(Libro de Acuerdos Nº 57 Fº 2796/2809 Nº 745).

En la ciudad de San Salvador de Jujuy,
Provincia de Jujuy, a los un días del mes de octubre del año dos mil catorce, los Señores
Vocales del Superior Tribunal de Justicia, Dres. Sergio Ricardo González, Clara D. L. de
Falcone, José Manuel del Campo, María Silvia Bernal y Lilian Edith Bravo –por Habilitación,
bajo la presidencia del primero de los nombrados, vieron el Expte. Nº 9721/13 caratulado:
“Recurso de inconstitucionalidad interpuesto en el Expte. Nº 12720/12 (Sala I – Cámara de
Apelaciones en lo Civil y Comercial) Ordinario por cumplimiento de contrato: Torres, José
Luis c/ Nan, María Virginia; Nan, Luis Rafael (Sucesorio)”.
El Dr. González dijo:
Promovida demanda ordinaria por cumplimiento de contrato por José Luis Torres en
contra de María Virginia Nan y los sucesores de Luis Rafael Nan, el juez de grado condenó
a estos últimos a hacer entrega de la mitad del remanente de las tierras de su propiedad
una vez cumplimentada la dación de pago para el ente bancario, conforme lo pactado por
las partes en el contrato celebrado el 28 de mayo 1998 (fs. 4) y en sus modificatorias del
28 de julio del 1998 (fs. 5) y 27 de diciembre de 2002 (fs. 6/7). Impuso las costas a los
demandados vencidos y difirió la regulación de honorarios para cuando existan pautas
económicas para ello.
En contra de ese decisorio, articularon los demandados a través de sus apoderados Dres.
Daniel Anún y Carlos Topp por María Virginia Nan y el Dr. Gerardo Barconte Ramos en
representación de Luis Rafael Jesús Nan -Administrador Judicial de la Sucesión de Luis
Rafael Nan- recurso de apelación.
La Sala I de la Cámara de Apelaciones en lo Civil y Comercial, declaró la nulidad absoluta
del convenio cuyo cumplimiento se exigía, revocando la sentencia del juez de grado. En
base a la solución postulada, impuso las costas por el orden causado y no reguló los
honorarios de los letrados intervinientes por considerar su actividad inoficiosa.
Para fallar así, consideró que el contrato celebrado entre las partes el 28 de mayo de 1998
y sus modificatorias (fs. 4/7 del principal) –cuyo cumplimiento exigía el actor- era nulo de
nulidad absoluta (art. 1047 del Código Civil), por transgredir las disposiciones contenidas
en el art. 19 de la Constitución Nacional y los arts. 953 y 21 del Código Civil y atentar
contra las reglas de la moral y buenas costumbres, al haber pactado las partes una venta
de influencia.
Ponderó principalmente los términos del convenio aludido. En base a lo dispuesto en los
arts. 1197 y 1198 del Código Civil, sostuvo que de la cláusula segunda del mentado
contrato, no se encargó al demandante a tramitar la venta de las tierras de propiedad de
los Nan al Instituto de Vivienda y Urbanismo de Jujuy –en adelante I.V.U.J- sino que se

consignó que él debía “conseguir” que dicho organismo oficial compre la propiedad o
parte de la misma para que con el producido de ella se cancele la deuda que en su
concurso tenían los demandados con el Banco de la Provincia de Jujuy - ente residual.
Adujo, que no precisó el actor –en la demanda y tampoco en los alegatos formuladoscuáles fueron los trámites efectivamente realizados, no alegó su calidad de abogado,
procurador o apoderado de los Nan para solicitar la compra de las tierras por parte del
Estado Provincial. Ante ello, concluyó que lo que se pactó entre las partes constituía una
“venta de influencia”, lo que estimó acreditado con certeza del análisis que efectuó a las
probanzas rendidas en la causa.
En torno a ellas precisó, que el actor era empleado del Poder Judicial desempeñando sus
tareas en el Centro Judicial de San Pedro de Jujuy, por lo que no se entendía cómo podía
realizar trámites en los organismos provinciales ubicados en esta ciudad, cuando su
actividad como empleado la desarrollaba durante el turno matutino y los organismos
donde tenía que realizar los trámites también tenían su atención al público en horario de
la mañana. Ponderó para ello, los pedidos de licencia efectuados ante su empleadora para
ausentarse de su trabajo y realizar tales gestiones, detallando los días solicitados en el
lapso de seis años (período comprendido entre el año 1998 y 2003). Asimismo, consideró
incompatibles las tareas por él desempeñadas con la realización de trámites ante la
Administración Pública, citando las disposiciones del Reglamento Interno del Poder
Judicial y el Estatuto del Empleado Público, de aplicación supletoria.
Valoró también las testimoniales rendidas en la causa, en particular la ofrecida por la
actora, precisando que no quedó acreditado que Torres haya participado activamente –
como él refiere- en la firma del convenio con el I.V.U.J., surgiendo de las declaraciones de
los testigos propuestos, que su intervención se limitó a sacar fotocopias; preguntar sobre
el estado de cuenta y forma de pago del impuesto inmobiliario; consulta del trámite de
venta de las tierras, entre otros.
A igual conclusión arribó cuando analizó la prueba instrumental agregada a la causa.
Ponderó que en la nota dirigida por uno de los codemandados (Luis Rafael Nan) al I.V.U.J.
para ofrecer las tierras en dación de pago de sus deudas, si bien se consignó en la misma
que el actor estaba habilitado para realizar “todo tipo de trámites relacionados con el
presente”, no se asentó en ella que participaría en la celebración del convenio o su
carácter de apoderado o que se encontraba en ejercicio de la profesión de abogado o
procurador. Cotejó también, las manifestaciones vertidas por la otra co-demandada –
María Virginia Nan- en las presentaciones efectuadas ante el Juzgado Penal y el Colegio de
Abogados de esta Provincia y que surgen del expte. penal Nº 511/2004, “Denuncia
formulada por la Sra. María Virginia Nan”, que obra agregado por cuerda al principal.

Hizo hincapié en las constancias del expediente administrativo Nº 061/0031/1998, “Luis
Nan, ofrecimiento de terrenos en la localidad de Santo Domingo”, cuyas fotocopias
certificadas obran agregadas en autos (fs. 342/765), actuaciones en las que se constata
que no existe intervención alguna del actor en la tramitación de la adquisición de tierras
por parte del I.V.U.J., sino de los propios demandados –Luis Rafael Nan y María Virginia
Nan- y del apoderado de éstos, Dr. Bustamante.
Por ello, concluyó que lo pactado en el contrato fue una venta de influencia, en tanto se
convino, que un particular, sin ser apoderado ni letrado de los demandados, conseguiría
de los funcionarios públicos lo que correspondía según el derecho vigente y que sería
retribuido por esa intervención.
Al respecto, después de definir la venta de influencia y con citas en notas de doctrina y
jurisprudencia, precisó que si de un contrato emerge una obligación irreconciliable con la
prohibición del art. 953 del Código Civil –como ocurre en el caso de autos- corresponde
declarar su nulidad “como si no tuviera objeto”, siendo obligación del Tribunal
pronunciarse sobre su ilicitud.
Con esos fundamentos, revocó entonces la sentencia del juez de grado y declaró la
nulidad del convenio firmado por las partes en fecha 28 de mayo de 1998 (fs. 4) y sus
modificatorias de fecha 28 de julio de 1998 (fs. 5) y 27 de diciembre de 2002 (fs.6/7). Por
la solución adoptada, entendió que no correspondía tener por ganadores a los apelantes,
en tanto ejecutaron un acto sabiendo o debiendo saber el vicio que lo invalidaba, no
pudiendo derivar para los mismos provecho alguno del acto contrario a la ley. Impuso las
costas por el orden causado y no reguló los honorarios de los profesionales intervinientes
por considerar su actividad inoficiosa.
Disconforme con esa sentencia, el actor representado por los Dres. Eduardo Gabriel
Insausti y León Adolfo Bonilla como sus apoderados, interpuso el recurso de
inconstitucionalidad cuyo tratamiento nos ocupa.
Después de reseñar los requisitos formales de admisibilidad y los antecedentes de la
causa, expresa que el fallo en crisis es arbitrario, por cuanto no constituye una derivación
razonada del derecho vigente lo que lo descalifica como acto jurisdiccional válido. Dice
vulnerados sus derechos de propiedad y las garantías del debido proceso y defensa en
juicio.
Refiere puntualmente como primer agravio la falta de cumplimiento de los extremos
conducentes para la declaración de la nulidad del convenio firmado en base a lo normado
por el art. 953 y 1047 del Código Civil. En torno a él, expresa que para que el juez pueda
declarar de oficio la nulidad absoluta, el vicio o defecto debe aparecer manifiesto en el

acto, ser rígido, definido, taxativo, sin sujeción a una investigación previa. A poco de andar
en el fallo –prosigue- se advierte con prístina claridad que el tribunal de grado para llegar
a la conclusión de que el contrato es nulo de nulidad absoluta, debió indagar e investigar
los hechos de la causa, lo que está vedado en el art. 1047 del Código Civil. En todo caso –
agrega- debió declarar la nulidad relativa en tanto el interés que se encuentra afectado es
de carácter privado.
Como segundo agravio, postula que el fallo contiene afirmaciones dogmáticas, se aparta
de las reglas de la sana crítica (art. 16 del C.P.C.) y efectúa una calificación errónea de la
relación substancial (art. 17 C.P.C.) incurriendo en contradicción.
Aduce que la sentencia atacada, comienza examinando el acápite segundo del convenio
de fs. 4 olvidando como lo exige la hermenéutica hacer una integral interpretación y
dando cuenta del acápite primero. Las sentenciantes –prosigue- forzando su
interpretación pretenden encuadrar el convenio dentro de la aplicación de los arts. 953 y
1047 del C.C. por haberse consignado en la cláusula segunda del contrato que “el Sr.
Torres se obliga a conseguir que el organismo estatal compre la propiedad …”, para
concluir que lo pactado era una venta de influencia. Le endilga a esa valoración,
arbitrariedad e irrazonabilidad, porque no existió de su parte ninguna influencia; y de
haber sido así, postula que, debió el ad-quem denunciar tal situación ante la Justicia
Penal.
Dice que el fallo contraría la sana crítica racional por dar un valor absoluto y fuera de
contexto a la palabra “conseguir”. Afirma que ha realizado una actividad absolutamente
lícita; que formaba y forma parte de su actividad habitual -aún antes de ingresar al Poder
Judicial- y que no reconocer las tareas por él realizadas importa sin lugar a dudas un
ejercicio abusivo del derecho, beneficiando a los accionados, convalidando un verdadero
enriquecimiento sin causa.
Predica violación al principio contenido en el art. 19 de nuestra Carta Magna, el que
consagra que la determinación del objeto del acto jurídico es asunto entregado a la
libertad de los particulares. Efectúa el recurrente un análisis minucioso del art. 953 del
C.C., precisando los conceptos de moral y buenas costumbres y la acepción que de esos
conceptos contiene nuestra legislación.
También critica y endilga arbitrariedad a la valoración de la prueba que efectúa el tribunal
de grado.
En relación a ello, y luego de detallar las testimoniales e instrumentales incorporadas en el
proceso, insiste en que quedó acreditada la gestión llevada a cabo en beneficio de los
demandados y su participación activa en la concreción de los fines propuestos en el

contrato. Dice vulnerados los principios constitucionales de defensa en juicio, debido
proceso e igualdad de las partes.
Agrega que nada obsta a que no ostente el título de abogado, procurador o apoderado de
los Nan, y cualquiera fuere la figura en la que encuadre la actividad por él desplegada a
favor de los mismos -gestor de negocios, intermediario inmobiliario, locación de servicios
u obra; etc.- debe ser remunerada en tanto la actividad encomendada fue ejecutada,
invirtiendo tiempo y dinero en la realización de la misma.
Como otro agravio enuncia que corresponde actuar la doctrina de los actos propios
porque el tribunal de grado intervino en dos oportunidades anteriores y nada dijo de la
nulidad que luego consideró manifiesta, lo que genera inseguridad jurídica.
En capítulo aparte, afirma que no se encuentran reunidos los extremos para calificar al
objeto del contrato como de venta por influencias porque se trata de un mero empleado
judicial y tal circunstancia aparece como diametralmente opuesta a que sea encasillado
como un agente activo de la misma, por lo que no puede concluirse que ha ejercido un
predominio moral sobre una cadena de funcionarios públicos provinciales. Refuta que le
sean aplicables las prohibiciones contenidas en el art. 103 del Estatuto del Empleado
Público, por cuanto el asunto o actividad encomendada en el contrato no se encontraba
dentro del área a su cargo.
En defensa de su postura, efectúa otras consideraciones, a cuya lectura, remito para
abreviar. Formula reserva del caso federal.
Admitido el recurso deducido mediante providencia de fs. 34, se corre traslado del mismo
a María Virginia Nan y a Rafael Luis Jesús Nan, Administrador de la sucesión de Luis Rafael
Nan.
Se presenta a contestarlo el Dr. Gerardo Daniel Barconte Ramos a fs. 39/51 en
representación de Rafael Luis Jesús Nan y el Dr. Daniel Abraham Anún a fs. 52/53 como
apoderado de María Virginia Nan, quienes solicitan el rechazo del recurso incoado, por los
fundamentos que exponen y que doy aquí por reproducidos para no abundar.
Repuestos los aportes debidos por los letrados de los recurridos, a fs. 65 se ordena la
integración del Tribunal, la que se cumplimenta a fs. 68.
Remitidos los autos a Ministerio Público conforme lo prevé el art. 9, inciso 4 de la ley
4346, emite dictamen el Sr. Fiscal General, propiciando la admisión parcial del remedio
tentado.

Traídos los autos a estudio, anticipo mi voto en sentido adverso al recurso incoado. Ello en
base a las consideraciones que a continuación expondré.
Considero pertinente reiterar aquí que a los fines casatorios y/o de inconstitucionalidad,
los litigantes no pueden soslayar la obligación de precisar concretamente, a través de un
análisis razonado y mesurado, en qué consiste el agravio que causa el pronunciamiento,
pues no basta que manifieste que el Tribunal ha violado la ley sustantiva o que omitió
aplicar las reglas de la sana crítica. Ello deberá demostrarse y expresarse clara y
concretamente, ya que las generalizaciones conceptuales no son idóneas para fundar
estos remedios excepcionales. La doctrina es conteste en afirmar que no basta con que se
cite la ley que se considera aplicable, inaplicable o infringida, sino que ha de expresarse
además, en qué consiste su infracción o inaplicabilidad (cfr. L.A. 29 Fº 106/108 Nº 44).
También cabe señalar que los jueces no están obligados a analizar todos los argumentos
articulados por las partes ni a valorar toda la prueba producida en la causa, pero son de
insoslayable consideración las alegaciones pertinentes y la prueba útil para la fiel fijación
de los hechos del caso. Por lo mismo y en palabras de la Corte “debe dejarse sin efecto la
sentencia que omite tratar elementos de juicio conducentes y oportunamente propuestos
a su consideración y expresa fundamentos que sólo en apariencia satisfacen los requisitos
a cuyo cumplimiento la Corte Suprema ha supeditado, con base en la Constitución, la
validez de los actos judiciales” (CSJN 29/03/84, en LL t 1984-B- p. 930) (L.A. 52, Fº
1736/1738, Nº 629, entre otros).
Sentado ello, entiendo que los argumentos vertidos por el recurrente, no logran rebatir en
forma adecuada los fundamentos de la sentencia impugnada y no hacen más que
evidenciar su mera disconformidad con ella.
En efecto, la queja esbozada en la falta de cumplimiento de los extremos conducentes
para la declaración de nulidad del convenio y la calificación errónea de la relación
substancial no pueden prosperar.
Coincido con las conclusiones a las que arriba el ad-quem para declarar la nulidad absoluta
del contrato suscripto por las partes en fecha 28 de mayo 1998 y sus modificatorias
(28/07/98 y 27/12/2002) y de la interpretación que de sus cláusulas efectúa.
Los requisitos del negocio jurídico, desde el punto normativo, están mencionados en el
art. 953 del Código Civil. Del mismo se infiere, que los hechos y bienes materia o realidad
social del acto deben reunir ciertos requisitos, a saber: ser posible; determinado o
determinable; y lícito, abarcando este último los casos de objeto prohibido y de objeto
inmoral.

En relación al presupuesto de moralidad, el objeto del acto tiene que conformarse con la
moral y buenas costumbres (arts. 21, 530 y 953 C.C.). Acerca del concepto de moral, de
buenas costumbres, o de moral y buenas costumbres, indistintamente, existe una
explicación sociológica: se trata de la moral media de un pueblo en un momento dado.
Este criterio, es sostenido por la mayoría de los autores, quienes en algunos casos, lo
extienden a la “moral pública” de que habla el art. 19 de la Constitución Nacional (BueresHighton, comentario art. 953 Código Civil, Tomo 2B, 3º reimpresión, Edición Hammurabi).
Entonces, corresponde que los jueces refieran su apreciación a estándares de tipo
sociológico, donde sean captados aquellos procederes que ostenten consenso entre
quienes integran la comunidad. Se sobreentiende que esa estimativa deberá atender no a
una ponderación arbitraria o caprichosa, sino al reconocimiento de un estado de
conciencia colectivo que el juez considerará objetivamente (Alfredo Bueres, “Objeto del
Negocio Jurídico”, Ed. Hammurabi, 1986).
En base a ello, tal como surge del propio contrato cuyo cumplimiento pretende el
recurrente y de la interpretación que efectuó de sus cláusulas, el ad-quem concluyó que el
mismo transgredía claramente las reglas de la moral y las buenas costumbres. Y es en base
a esa transgresión, que declaró la nulidad absoluta del mismo, por encontrarse
comprometido el interés general o público o social y no como sostiene el recurrente que
sólo se encuentra comprometido el interés particular, por lo que se debió declarar, en
todo caso, la nulidad relativa del mismo.
En el Código Civil -que no contiene una normativa precisa para la tarea interpretativa, a
diferencia de lo que ocurre en el derecho comparado- el art. 1198 en su primer párrafo
establece: “Los contratos deben celebrarse, interpretarse y ejecutarse de buena fe y de
acuerdo con lo que verosímilmente las partes entendieron o pudieron entender, obrando
con cuidado y previsión”, lo que ubica a la buena fe como norma prevalente para analizar
el sentido contractual.
En ese orden de ideas, el tribunal de grado luego de realizar un exhaustivo detalle y
análisis de la prueba producida en la causa principal así como la obrante en los
expedientes agregados por cuerda al principal, concluyó que lo se había pactado era
precisamente una venta de influencia o venta de humo, lo que se encuentra reñido con las
buenas costumbres.
La redacción de la cláusula segunda del contrato de fecha 28 de mayo de 1998, cuyo
cumplimiento pretende el recurrente, no deja lugar a dudas en cuanto al objeto del
mismo, la que claramente expresa: “Que el Señor Torres se obliga a conseguir que el
organismo estatal compre la propiedad o parte de la misma para la construcción de las

viviendas, y que el producido de la misma cubra y cancele la deuda que el señor Nan tiene
en su concurso con el Banco de la Provincia de Jujuy ente residual…” (fs. 4 juicio principal).
Coincido con el ad-quem, cuando expresa que en el contenido del convenio formulado no
aparece que se encargue al accionante tramitar la venta de tierras de propiedad de los
Nan al I.V.U.J., sino simplemente se asienta en el contrato, que éste debe “conseguir” que
el organismo estatal compre la propiedad.
Ante ello, considero que resultan infructuosos los esfuerzos efectuados por los letrados en
su iter recursivo para cambiar la acepción de las palabras contenidas en el mentado
contrato u otorgarle otra interpretación, ya que resulta imposible inferir del mismo
conclusiones diferentes.
En igual sentido, emite dictamen el Sr. Fiscal General, cuando expresa “… el recurrente
insiste en su pretensión de revisión de los hechos en disputa con el argumento de que la
nulidad no surge manifiesta del acto y el Tribunal tuvo que acudir a una actividad
investigativa desconociendo las tareas efectivamente cumplidas por el requirente (…) el
accionante del principal se comprometió expresamente a conseguir un resultado concreto
en orden a la decisión positiva del parte del Estado y no al mero cumplimiento de trámites
administrativos como insiste en señalar. Surge entonces sin hesitación que lo ofrecido
indubitadamente configuró una “venta de influencia” que trasunta por esencia y/o propia
naturaleza, absoluta nulidad por resultar contraria a la previsión expresa del art. 953 C.C.
que fulmina de invalidez los actos ilícitos (aún sin constituir delitos) o contrarios a las
buenas costumbres …” (fs. 76 de autos).
Es que no debe olvidarse, que una de las primeras normas interpretativas de los
contratos, es atenerse a la literalidad del texto. Pues cuando los términos o expresiones
empleados en un contrato son claros y terminantes, sólo cabe limitarse a su aplicación, sin
que resulte necesario una labor hermenéutica adicional.
En este sentido se expidió la Corte Suprema de Justicia de la Nación, al sostener,
“corresponde aplicar lisa y llanamente las previsiones contractuales cuando éstas son
claras y precisas –es decir no existiendo ambigüedad en los términos empleados- sin
efectuar una labor hermenéutica adicional ni recurrir a otras pautas interpretativas, por
aplicación del principio de buena fe contractual”(L.L. 2001-D-301).
Ricardo Lorenzetti, concluye de igual manera al sentido aquí propuesto, al manifestar que
la primera fuente de averiguación de la intención de las partes es lo que ellas han escrito,
por razones de seguridad jurídica (citado por Revista de Derecho Privado y Comunitario,
“Interpretación del Contrato”, 2006-3, Ed. Rubinzal-Culzoni).

Resulta necesario ahora, detenerme en el examen de la llamada venta de influencia, es
decir, la que tipifica la actividad de un sujeto que se compromete a conseguir un puesto,
empleo u otro beneficio ante la Administración Pública, remuneradamente o sin recibir
contraprestación.
En torno a ella, Alberto Bueres refiere que dicha figura presenta varias aristas, a saber: a)
el sujeto influyente compromete sus servicios a cambio de una retribución pero no
despliega ninguna actividad y el funcionario es ajeno por completo a los supuestos
propósitos de aquel –venta de humo-; pues el vendedor promete una influencia que no
posee o que no ejerce, es un impostor, configurando tal variante un delito penal
(defraudación); b) cuando el sujeto influyente entrega dinero al funcionario (delito penal
de cohecho), sin distingo de que el acto a cumplir sea o no ajustado a derecho; c) si el
funcionario no recibe el precio pero en virtud de la influencia decide en contra de las
normas vigentes (prevaricato) y d) cuando el sujeto influyente se hace pagar un precio y
su influencia es verdadera, real y por supuesto no se paga al funcionario, quien actúa
conforme a derecho.
En esta última variante, si bien no hay delito penal, desde un plano civilístico no hay duda
de que el acto contraría la moral y las buenas costumbres. El hecho (objeto) es inmoral
(art. 953 del C.C.) y la causa se encuentra alterada al generarse un desvío de la función o
del fin típico (arts. 944 y 502 del C.C.).
Añade Bueres, que “nuestras costumbres resisten la posibilidad de celebración de
negocios jurídicos mediante los cuales alguien se obligue a pagar un precio para obtener
algo que es de rigor, que es legítimo” (“Objeto del Negocio Jurídico”, Ed. Hammurabi,
1986).
En igual sentido Alfredo Orgaz expresa, “… cuando la persona influyente se hace pagar o
prometer un precio para ejercer su influencia, que no es mentida sino verdadera, y el acto
que procura del funcionario es conforme a derecho ¿hay ilicitud penal o siquiera civil?
Según nuestra ley penal, habría que responder negativamente, pero ante la ley civil la
respuesta es diferente. La doctrina uniforme de los escritores, antiguos y modernos,
enseña que en este caso, aunque no haya delito penal, hay ilicitud en cuanto a la causa u
objeto de las obligaciones respectivas y que, en consecuencia, el contrato carece de
validez…” (“La venta de influencia o de humo”, en La Ley, t. 58-50, Pág. 363 y ss.,
comentario a fallo Cámara Civil 1º de la Capital).
Tal como expresé líneas arriba, el recurrente refuta que lo pactado entre las partes se
trate de una venta de influencia y más aún, que Torres sea “un vendedor de influencia”,
en tanto el mismo se desempeña como empleado del Poder Judicial, por lo que resulta
diametralmente opuesto encasillarlo como un agente activo de venta de influencia,

rebatiendo también que le sean aplicables las prohibiciones contenidas en el Estatuto del
Empleado Público.
Considero que las razones invocadas por el quejoso no revisten ninguna relevancia y en
nada cambia la calificación del objeto del contrato como una verdadera venta de
influencia. Esta se configura por el objeto mismo del contrato con independencia de las
calidades personales y/o laborales de los intervinientes del acto. Que Torres sea un
empleado judicial no obsta a que haya convenido con la otra parte una venta de
influencia.
En definitiva, de toda la probanza colectada en la causa, el ad-quem concluyó con certeza
que lo que se pactó en el convenio que se pretendía hacer cumplir era una “venta de
influencia”. Y de esa valoración que efectúa el sentenciante, también se agravia el
recurrente, queja ésta que tampoco puede prosperar.
Ello porque es criterio reiterado y pacífico de este Tribunal que no es posible en esta
instancia revisar los hechos tenidos por ciertos por el Tribunal de la causa volviendo sobre
el mérito que a ese fin le asignó a la prueba rendida, salvo caso de absurdo manifiesto
que, no obstante las alegaciones del recurrente, no encuentro configurado en el caso. Tal
principio, sólo admite excepción en casos de arbitrariedad palmaria, error patente y vicio
intolerable por su impacto en derechos y garantías constitucionales.
Tampoco supone -de suyo- arbitrariedad, que el tribunal atribuya preponderancia a
determinadas piezas probatorias restando gravitación a otras. La valoración de la prueba
supone, precisamente, eso: atribuir fuerza de convicción a ciertos elementos y, en su caso,
descartar o minimizar la de otros. Quien pretenda convencer de que en ese cometido el
Tribunal incurrió en arbitrariedad, debe ser preciso y convincente.
El caso que nos ocupa no es de los que justifican abandonar la regla pues no advierto
evidencia alguna que permita sostener distorsión entre la prueba y los hechos tenidos por
ciertos, ni entre éstos y el derecho aplicado al caso.
Sin embargo, insiste el recurrente que surge acreditado en forma acabada que ha
participado “proactivamente” en la concreción de las gestiones encomendadas, lo que no
fue reconocido en el fallo en crisis, provocando un verdadero enriquecimiento sin causa a
favor de los ahora recurridos.
Precisa las diferentes figuras en las que se puede encuadrar la actividad por él
desarrollada en beneficio de los Nan, para concluir que las prestaciones a las que él se
obligó fueron cumplidas y por ende deben ser abonadas, de lo contrario se convalidaría
una situación de injusticia.

Entiendo que el planteo aludido y que realiza en esta instancia es diferente al formulado
en la de grado. Surge del libelo de demanda (ver fs. 12 y ss.) y de su ampliación (fs. 44 in
fine, expte. principal) que lo reclamado por Torres fue que se condene a los demandados
a que transfieran a su nombre el dominio de 18 hectáreas 7551 metros cuadrados,
correspondientes al cincuenta por ciento (50%) del remanente de las tierras de propiedad
de los mismos, por haber dado cumplimiento a la obligación asumida de gestionar y
obtener la aceptación del ofrecimiento de tierras al Estado Provincial. Resulta claro que lo
pretendido fue el cumplimiento contractual.
Siendo así, está vedado a este Superior Tribunal de Justicia considerar planteos que no
fueron oportunamente sometidos a tratamiento y resolución del juez de grado, por lo que
corresponde desestimar la queja formulada en el sentido aludido.
Resta expedirme ahora respecto al agravio enunciado en cuanto a la oportunidad en que
declaró el tribunal de grado la nulidad del convenio, alegando preclusión y obrar contrario
del juzgador a sus propios actos por haber intervenido con anterioridad en la causa.
En relación a ello, adhiero a las consideraciones vertidas por el Ministerio Público, cuando
afirma que “… carece de asidero no sólo porque la cuestión relativa al cumplimiento del
acuerdo contractual posibilitó el análisis de la licitud - por surgir manifiesta su
contrariedad con el art. 953 del C.C.- recién se introduce a debate en la oportunidad y por
conducto del principal (…) se trata de un pronunciamiento jurisdiccional que declara una
nulidad absoluta con todos los efectos legales que ello conlleva, entre otros la obligación
de los Magistrados de declararla en cualquier estado del proceso…” (cita fs. 76 vta.).
En efecto, vedarle al juez el ámbito de actuación que le confiere el art. 1047 del Código
Civil, fundado en que él mismo intervino con anterioridad en la causa para dirimir
cuestiones meramente procedimentales, tal como surge de fs. 127/128 y 206/207 del
proceso principal, significaría restringirle los poderes jurisdiccionales que la misma norma
le confiere como depositario del control de legalidad que atañe a los intereses generales.
Intereses que, como tales, exceden los de los particulares y por ende las más o menos
circunscriptas pretensiones controvertidas de las partes del pleito.
Propicio en mérito de los fundamentos expuestos, rechazar la impugnación recursiva del
actor, ya que lo decidido por el ad-quem cuenta con fundamentos suficientes que impiden
su descalificación como acto judicial válido.
Las costas serán a cargo del recurrente vencido, porque nada justifica prescindir del
principio consagrado en el art. 102 del C.P.C.
En cuanto a los honorarios profesionales a fijar a los letrados intervinientes, teniendo en
cuenta que lo que constituyó materia de agravio carece de base económica, propongo

regular los correspondientes a los Dres. … y … en la suma de pesos mil ($ 1.000) para cada
uno de ellos, como apoderados de los vencedores y para los Dres. … y … en la suma de
cuatrocientos pesos ($ 400) como apoderados del vencido, conforme Acordada 14 Fº
27/28 Nº 16 de honorarios mínimos fijados por este Tribunal. Sumas estas a las que
deberá adicionársele el IVA de corresponder.
Tal es mi voto.
La Dra. de Falcone, dijo:
Respetuosamente me permito disentir con el criterio sustentado y la solución a la que
arriba Presidencia de Trámite en el voto traído a mi consideración, al disponer el rechazo
del recurso articulado por el Dr. Insausti con el patrocinio letrado del Dr. Bonilla en
representación del Sr. José Luis Torres.
Del estudio pormenorizado de las constancias de la causa, no encuentro basamento
alguno que pueda sostener la sentencia emitida por la Cámara de Apelaciones Civil y
Comercial en el proceso de marras.
El Tribunal A-Quo consideró que el convenio celebrado entre el recurrente y el Sr. Luis
Rafael Nan y la Sra. María Virginia Nan está viciado de nulidad absoluta en base a los
artículos 1047, 953 y 21 del Código Civil al atentar lo pactado por las partes, contra la
moral y las buenas costumbres.
El sentenciante, estimó que de las probanzas de la causa, específicamente de la cláusula
segunda del convenio sometido a litigio, donde el Sr. Torres se obliga a “conseguir” que las
tierras de propiedad de los Sres. Nan fueran compradas por el Instituto de Viviendas de
Jujuy -IVUJ- (para que con ello se cancele la deuda que tenían los demandados con el
Banco Provincia de Jujuy), quedó demostrado el accionar ilícito del Sr. Torres
configurando su conducta dentro de lo que se denomina tráfico de influencias o venta de
humo.
Para analizar el fallo en estudio, es útil recordar los parámetros que encierran la nulidad
absoluta dictada de oficio y el marco legal necesario para que se configure el delito de
tráfico de influencias o venta de humo.
Abordaré como primer tema el continente del fallo atacado que es la procedencia de la
declaración de nulidad absoluta por parte de los Magistrados:
La distinción entre los actos en "nulos" y "anulables" atiende a circunstancias externas, y
se vincula con la forma en que el vicio se presenta a los ojos de los terceros; cuando no es
necesaria una previa investigación judicial para advertir los defectos que existían a la

época de formarse el acto, estaremos frente a una nulidad manifiesta, o sea un acto nulo;
en cambio, cuando la determinación de la existencia o inexistencia del vicio depende de
un pronunciamiento judicial, diremos que el acto es "anulable" (José A. BUTELER, Manual
de Parte General, ed. Ábaco, Buenos Aires, 1979, p. 335 y ss).
En cambio la distinción entre nulidad absoluta y nulidad relativa se funda en un aspecto
de mayor importancia: la naturaleza del vicio que afecta al acto, considerando que cuando
por su gravedad atenta contra el orden público la nulidad es absoluta; pero cuando la
sanción se ha instituido solamente en defensa de intereses privados, la nulidad será
relativa.
El principio dispositivo que rige nuestro proceso civil limita las facultades de los
magistrados impidiendo -por regla general- que se pronuncien sobre aspectos que las
partes no han sometido a su consideración. Pero esta regla reconoce una excepción
importante, contenida en el artículo 1047 del Código Civil, para el caso en que el vicio
"aparece de manifiesto en el acto", y provoca una nulidad absoluta.
Para que el juez pueda proceder de oficio es menester que se conjuguen ambas
circunstancias, o sea que el vicio afecte el orden público (nulidad absoluta), y que
aparezca de manifiesto en el acto (acto nulo), hipótesis en la cual creemos que el
magistrado deberá ineludiblemente pronunciarse declarando la invalidez del acto (Jorge J.
LLAMBÍAS, ob. cit, N° 1974, p. 627).
Se tiene en cuenta el hecho de que el vicio que afecta al acto es de tal gravedad que
atenta contra el orden jurídico, lo que impide su convalidación y justifica la intervención
del poder jurisdiccional aunque no haya mediado petición de parte.
Pero el juez no podrá embarcarse de oficio en la investigación sobre la presunta existencia
de un vicio, por más que se alegue que ese defecto provocaría una nulidad absoluta; en tal
caso se estaría frente a un acto "anulable" y para llegar a su declaración judicial sería
menester la correspondiente petición de parte interesada (Luis MOISSET de ESPANÉS (J.A.
1980-II-164).
Es claro en este punto, que no correspondería en este caso la declaración de oficio de la
nulidad del convenio, en razón que de simple interpretación de una palabra –“conseguir”-,
no puede develarse de manera patente la comisión de la conducta ilícita del recurrente sin
haber realizado una investigación pormenorizada de las actuaciones y de los hechos que
rodean la causa.
El sentenciante, como lo referí en los párrafos precedentes, concluye que la conducta a la
que se obliga el Sr. José Luis Torres de conseguir conlleva a la comisión del delito Tráfico
de influencias, ahora bien, de acuerdo a la acepción etimológica de la palabra para la Real

Academia Española “conseguir” significa: Alcanzar, obtener, lograr lo que se pretende o
desea.
En conclusión, no puede interpretarse hasta aquí, que la obligación asumida por Torres de
“conseguir” la venta de las tierras conlleve a pensar en la comisión del delito de venta de
humo o tráfico de influencias.
Es necesario puntualizar, cuáles son las conductas típicas del delito en estudio, y cuáles
son sus elementos caracterizantes, a fin de determinar si el objeto del convenio realizado
por las partes es ilícito y en consecuencia punible de declaración de nulidad absoluta.
Para demostrar que se cometió la conducta inmoral analógicamente debemos analizar si
la conducta descripta por la Cámara de Apelaciones se encuadra dentro de lo que se
denomina tráfico de influencia o venta de humo.
La ilicitud del acto, en estos casos, excede el ámbito civil, y se proyecta en el campo penal,
donde los autores hacen referencia a la llamada venta de "humo".
Se trata de una conducta reñida con los más elementales principios éticos que mina las
bases mismas de nuestra organización social, deslizando duda sobre la honestidad de los
funcionarios "influenciables", por lo que sobrepasa incluso el terreno de las
"defraudaciones", para atentar contra la Administración y la confianza que en ella se debe
tener (Sebastián SOLER, Derecho Penal Argentino, 8ª reimpresión, TEA, Buenos aires,
1978, T. 4, p. 314.).
La venta de influencia, aunque no se haga efectiva, corrompe las costumbres, desacredita
a la Administración y crea hábitos perniciosos entre los administrados, que esperan de esa
manera lograr ventajas indebidas.
El delito prevé tres conductas alternativas, que son solicitar, recibir (en ambos casos,
dinero o cualquier otra dádiva) o aceptar (una promesa directa o indirecta). La acción de
solicitar supone que el autor fija un precio por sus servicios, en tanto que las de recibir y
aceptar implican prestar consentimiento respecto del precio ofrecido o prometido por la
otra parte. En consecuencia, las dos últimas (que coinciden con las del artículo 256 del
C.P.) son supuestos de codelincuencia necesaria. En tanto que la primera constituye una
modalidad unilateral, que se consuma con el mero requerimiento dirigido a una persona
concreta, quien a su vez debe recibirlo (es decir, la acción es de carácter recepticia),
aunque sin necesidad de aceptación o acuerdo de su parte. En suma, podría decirse que
sólo en las conductas de recibir o aceptar subyace un verdadero “tráfico” de influencias
(entendido como “negocio”), puesto que sólo ellas requieren la existencia de un acuerdo
entre las partes.

A su vez, el tipo exige que tales acciones tengan la finalidad específica de que el autor
“haga valer indebidamente su influencia ante un funcionario público”, con el fin de que
éste haga, retarde o deje de hacer algo relativo a sus funciones. Dicho carácter indebido
constituye un elemento normativo que permite delimitar el ámbito típico con relación a
las conductas legalmente admitidas de grupos de presión o poder (lobbying). En este
sentido, ha de tenerse en cuenta que toda conducta indebida es por definición ilegítima,
por lo que se excluyen los canales lícitos para interceder ante la Administración (el
subrayado me pertenece).
En orden al aspecto subjetivo de las figuras analizadas, la configuración del tipo es
claramente dolosa. Asimismo, atento la estructura típica de ambos delitos, sólo es posible
el dolo directo. El tipo se completa con un elemento subjetivo que consiste en la finalidad
de hacer valer influencias indebidas ante un funcionario, para que éste haga, retarde o
deje de hacer algo relativo a sus funciones (CLEMENTE - RÍOS, op. Cit., p. 102; CREUS BUOMPADRE, op. cit., p. 302).
Que en la causa en estudio, no existe una sentencia penal que declare la existencia del
delito denunciado y por consiguiente la sanción al autor del mismo, lo que destruye la
idea de venta de influencias.
En consecuencia, es necesario analizar la validez de los convenios realizados por las
partes, y si ellos se basan en la posibilidad de la comisión del delito de tráfico de
influencias y la ilicitud del objeto del contrato,- lo que lo hace pasible de la declaración de
nulidad absoluta del negocio jurídico-.
Del análisis de las pruebas, se desprende que los convenios que rolan a fs 4, 5, 6 y la
certificación de firmas por ante escribano público de fs. 7, determinaron la existencia de
acuerdo entre los Sres. Nan y el Sr. Torres en los cuales en ningún párrafo o cláusula se
precisa de manera fidedigna que se lo contrata al Sr. Torres por sus relaciones personales
ya sean familiares o de amistad con algún funcionario público, que tuvieran poder de
decisión sobre el negocio encomendado.
Asimismo, de las declaraciones rendidas por los testigos Dra. Carmen David, Dr. Guillermo
Luis Aguirre, Sr. Roberto Mario Bernal, Sr. Carlos Marcelo Quintana -(todos funcionarios y
empleados de la I.V.U.J. y de la Dirección de Inmuebles)-, no se puede advertir que el Sr.
Torres haya realizado presión alguna sobre los funcionarios encargados del expediente
administrativo, tampoco puede desatenderse que en la declaración de los mencionados,
se lo reconoce al recurrente como quien realizaba las averiguaciones y tramitaciones del
expediente, hablando con los empleados y funcionarios a cargo del ofrecimiento de tierras
de los Sres. Nan.

Lo que sí resulta lógico, es que analizando el tiempo que demoró la celebración de los
acuerdos entre los Sres. Nan y los entes públicos, los que fueron por demás extensos,
demuestra a las claras que no fueron favorecidos de ninguna manera y que el proceso
administrativo se llevó adelante de manera legal y sin ningún favoritismo.
En definitiva, no existe una sola prueba en el expediente de referencia que determine que
el Sr. Torres haya realizado acto delictual alguno, que amerite la declaración de nulidad
del convenio.
El acuerdo y la conducta pactada del actor, bien podría encuadrarse dentro de lo que se
denomina corretaje inmobiliario, el cual es definido como la actividad que realiza una
persona en forma normal, habitual y onerosa, intermediando entre la oferta y la
demanda, en negocios inmobiliarios ajenos, de administración o disposición, participando
en ellos mediante la realización de hechos o actos que tienen por objeto conseguir su
materialización.
La naturaleza jurídica de lo pactado -intermediación inmobiliaria- es el corretaje; aunque
la doctrina no es pacífica a la hora de calificarla, hay quienes sostienen que se trata de un
mandato, gestor de negocios, locador de servicios, locación de obra, obligación de hacer,
etc. Se sostiene que la figura del intermediador en negocios inmobiliarios excede estos
moldes jurídicos. Su encargo comprende, por lo común, hechos y actos jurídicos,
admitiendo un gran número de variantes o posibilidades. No es el mero corredor, ni sólo
martillero, o un colaborador ocasional como el mandatario civil (Cámara de Apelaciones
en lo Civil y Comercial de 2a Nominación de Santiago del Estero- ESTOFAN, JULIO E. v.
MANZUR, MARÍA DEL C. s/COBRO DE PESOS - DAÑOS Y PERJUICIOS).
La autorización de venta que se otorga al corredor inmobiliario, es conferida a efectos de
"ofrecer en venta" y no configura un poder especial que autorice al intermediario a iniciar
una contratación, obviando la figura del propietario, quien tendrá lógico interés en
interiorizarse de las condiciones pactadas.
Sobre dicho punto es dable aclarar que la interpretación de los acuerdos de partes deben
ser realizados teniendo en cuenta lo que los contratantes tuvieron en miras al suscribir el
negocio jurídico, y no caer en ritualismos y formalismos oscuros o rebuscados que
desvirtúan el objeto principal del acuerdo; esto último es lo realizado por la Cámara de
Apelaciones.
En consecuencia, la interpretación realizada por el Ad Quem sobre la utilización de la
palabra “conseguir” como sinónimo de tráfico de influencias, empleada por las partes en
el convenio en litigio, no sólo es arbitrario sino también contrario a las probanzas de la
causa.

Es claro que nos encontramos dentro de un silogismo oscuro, cuando la sentencia atacada
intenta demostrar la existencia de lo que ellos llaman tráfico de influencia realizando un
razonamiento contradictorio, al decir que no se encuentra probado en la causa los
trámites o acciones de Torres para conseguir el convenio de dación en pago de los Nan
con el Banco Provincia y que por lo tanto sus tratativas sólo se valieron de traficar
influencia sin conseguir con ello lo acordado con los demandados.
Considero al respecto, que sí se encuentra determinada la relación de Torres con los Sres.
Nan y lo importante de su participación en la celebración de la dación en pago de la finca
Santo Domingo con el Banco Provincia; ello se hace patente en la nota dirigida por Luis
Rafael Nan al I.V.U.J. que rola a fs. 388, donde el suscribiente informa que el Sr. José Luis
Torres queda facultado a realizar todo tipo de trámite referente al expediente
administrativo, del mismo modo queda demostrada dicha situación en la denuncia
realizada por la Sra. María Virginia Nan ante el Colegio de Abogados cuando indica que ha
realizado distintos trámites en compañía del Sr. Torres (fs. 26 y 27).
Es totalmente arbitrario, entender como ilícita la conducta del recurrente por ser éste
empleado del Poder Judicial, dado que dicha situación laboral no lo ha beneficiado en su
rol de corretaje inmobiliario. El régimen de empleados públicos, determina la prohibición
a todos los empleados de la administración de realizar trámites administrativos para
terceros, dicha normativa es de aplicación supletoria al reglamento interno para el
personal del poder judicial. Ello es así dado que el fin de dicha prohibición es para aquellos
agentes que cumplen funciones en estamentos administrativos dependientes del Poder
Ejecutivo o Administrador del Estado, como de sus Entes Autárquicos, no así de los
empleados de otros poderes.
De todas formas, ante la posible comisión de una infracción de las obligaciones laborales
del Sr. Torres no es la Cámara de Apelaciones en este proceso quien debe resolver sobre si
el sujeto incurrió en alguna inconducta sino los organismos correspondientes del Poder
Judicial.
Es necesario realizar algunas apreciaciones sobre la concurrencia del objeto ilícito por ser
este contrario a la moral y a las buenas costumbres, como medio probo para la
declaración de nulidad del convenio celebrado entre las partes, tal como lo refiere la
Cámara de Apelaciones.
En consecuencia debemos entender como contrario a la moral y buenas costumbres aquel
derecho subjetivo cuyo ejercicio lesione la dignidad o valor que detenta la persona
humana -varón y mujer, nacido o concebido- en cuanto destinatario y protagonista del
fenómeno jurídico.

Moral y buenas costumbres, así entendidas, conformarán un factor indispensable para la
ordenación armónica de las conductas humanas en sociedad, y quedarán comprendidas
dentro del llamado orden público, entendido como "ciertos principios eminentes,
superiores, sobre cuya base se asientan la paz, la seguridad social, las buenas costumbres,
la justicia y la moral (CIFUENTES, Santos Elementos de Derecho Civil. Parte General.
Editorial Astrea. Buenos Aires, 1.997. 4ª edición, actualizada y ampliada, p. 12).
El convenio celebrado por los Sres. Nan y el Sr. Torres cae bajo la órbita privada de las
partes, la cual fue ratificada en diversas oportunidades, con conocimiento de los
contratantes de la regulación a la que se sometían a fin de concluir con el negocio
pactado, el cual no comprometió las normas de orden público y mucho menos la moral y
las buenas costumbres.
Finalmente, en atención a lo expuesto, propicio hacer lugar al recurso de
inconstitucionalidad presentado por los Dres. Eduardo Gabriel Insausti y León Adolfo
Bonilla en representación del Sr. José Luis Torres, en consecuencia revocar la sentencia
emitida por Cámara de Apelaciones Civil y Comercial del 26 de febrero de 2013. Imponer
las costas de la presente instancia al recurrido en calidad de vencido (artículo 102 del
Código Procesal Civil), y propongo fijar la retribución profesional según doctrina sobre
honorarios mínimos y Acordada Nº 16/2011, es decir en las sumas de pesos un mil ($
1.000) para los Dres. Insausti y Bonilla respectivamente, y pesos cuatrocientos ($ 400)
para los Dres. Gerardo Daniel Barconte Ramos y Daniel Anún respectivamente.
Así voto.
Los Dres. del Campo, Bernal y Bravo adhieren al voto del Dr. González.
Por ello, el Superior Tribunal de Justicia,
Resuelve:
1. Rechazar el recurso de inconstitucionalidad promovido por los Dres. Eduardo Gabriel
Insausti y León Adolfo Bonilla en representación de José Luis Torres en contra de la
sentencia dictada por la Sala I de la Cámara de Apelaciones en lo Civil y Comercial el 26 de
febrero de 2.013.
2. Imponer las costas al recurrente vencido (art. 102 del C.P.C.).
3. Regular los honorarios profesionales de los Dres. … y … en la suma de mil pesos ($
1.000) para cada uno de ellos y de los Dres. … y … en la suma de pesos cuatrocientos ($
400) para cada uno de ellos. Sumas a las que deberá adicionarse el I.V.A. en caso de
corresponder.

4. Registrar, agregar copia en autos y notificar por cédula.
Firmado: Dr. Sergio Ricardo González; Dra. Clara Aurora De Langhe de Falcone; Dr. José
Manuel del Campo; Dra. María Silvia Bernal; Dra. Lilian Edith Bravo (Habilitada).
Ante mí: Dra. María Florencia Carrillo – Secretaria Relatora.

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