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GRAFFITEROS Y GRAFFITIS

En este capitulo me voy a central en la vida de un graffitero de Madrid, nombrare


también algunos de los graffiteros mas conocidos.

Taki 183, era un chico de origen griego que a la edad de 17 años comenzó a
poner su apodo. Su verdadero nombre era Demetrius (de hay su diminutivo taki) y
183 era la calle donde vivía. Trabajaba como mensajero y viajaba constantemente
en el metro de un lado a otro de la ciudad, Y en los trayectos pintaba su firma en
todos los lados, dentro y fuera del vagón. El no lo consideraba algo malo, de
hecho respondía así a las preguntas que le formularon en una entrevista en el
new York times: “simplemente es algo que tengo que hacer. Trabajo, pago mis
impuestos y no hago daño a nadie” estos actos le convirtieron en un héroe y poco
después cientos de jóvenes empezaron a imitarle.
Phase 2, un escritor de Bronx, fue el primero e desarrollar una autentica “obra
maestra”. Partiendo del un diseño básica de otra obra, escribió su nombre en
letras inmensas, huecas, pero bien formadas, coloreadas y perfiladas, que bautizó
con el nombre de “letras pompas”.
Pistol 1, un escritor de Brooklyn, que pinto la primera pieza con letras
tridimensionales (letras 3D) consentía en su nombre pintado en letras rojas y
blancas y sólo parcialmente perfiladas con una línea en determinadas zonas de la
obra que le daban a la misma un aspecto tridimensional.
Flint 707, supero a todo el mundo. Hizo una obra en letra tridimensionales que
ocupaba todo el lateral de un vagón, de arriba a abajo y de un extremo a otro.
Estaban pintadas a rayas en negro y plata con una lista azul y una nube en
blanco. Como las letras eran tridimensionales daban la impresión de que estaban
apoyadas sobre el vagón.
Cap, fue uno de los escritores defensores de la cantidad pero actuando de una
forma mas drástica, ya que generalmente realizaba sus throw ups encima de la
obras de otros escritores de la calidad, por lo cual no obtuvo el respeto de la
mayoría de los escritores.

Ahora voy a hacer una pequeña biografía de unos de los primeros graffiteros mas
conocidos de Madrid.

Muelle se impuso en el Madrid de los años ochenta sólo por su apodo convertido
en rúbrica, una firma donde no había demasiados intenciones artísticos. La espiral
terminada en punta de flecha que hacía de vector a la lectura bajo las letras, no
era apropiadamente un dibujo, sino un recurso caligráfico bastante elemental. A la
larga, no tuvo mucha fortuna en aquello de colocar su creación (en realidad su
nombre), tener un galerista, probar con otros soportes. Soñaba Muelle con
derechos de autor, con tener un buen local y mejores instrumentos para ensayar
con sus colegas del grupo de rock donde tocaba; soñaba con poder hacer en una
imprenta de verdad aquellas pegatinas que esmeradamente coloreaba a mano, y
soñaba buscando incansablemente el muro limpio que se viera bien al pasar
(como su última obra importante: la firma a seis colores en la M-30, ya borrada).
Sus cálculos en las estaciones del metro le crearon enemigos, tanto entre el
funcionario del metropolitano como entre los propios chicos del grafito, pues había
quien iba detrás para emborronar la obra o algún imitador, que siempre detectaba.
Juan Carlos Argüello, Muelle, murió a los 29 años víctima de un cáncer. El profeta
de los graffiteros castizos, que adornó el Madrid de la segunda mitad de los
ochenta con su peculiar marca, alumbró a toda una pléyade de guerreros del
aerosol que usaban los muros de la ciudad para expresar una actitud y una ética
distintas a las convencionales. Ahora, después de miles de pintadas, la herencia
mural de Muelle es escasa. Pero el concejal de cultura está dispuesto a exhibir
alguna de sus obras si recibe solicitudes para ello. Sería un homenaje póstumo al
artista callejero que dió bastante trabajo a otro servicio municipal, el de Limpiezas.
Un empleado de ese departamento se refería al artista callejero como "ése que
puso de moda el guarrear la ciudad". Muelle había dejado de actuar en 1993, al
considerar que su "mensaje" estaba ya "agotado". Casi todas sus huellas y las de
sus epígonos han sido borradas por bayetas municipales, y sus retoños pintan
garabatos inspirados en las nuevas culturas de baile.
Lo que Muelle no previó jamás es que su firma se iba a quedar como parte de una
geografía de la que se participa sin conciencia y con mucha prisa. La firma de
Muelle se ve pero no se mira. Con algo de buena voluntad, algo habrá de
conservar, que hoy, arrancar trozos de muro pintarrajeados y guardarlos, tras lo
de Berlín, no resulta nada raro. El que tenga un Muelle que lo cuide. Ya no habrá
más.
Muelle se hizo, literalmente, un nombre en las calles del Madrid de la movida. A
partir de 1984 difundió su mote (que arrancaba desde la escuela, por haberse
hecho una bicicleta con un muelle gigante de amortiguador) por el perfil estético
de la ciudad, a través de miles de pintadas. Primero en el barrio de Campamento,
donde vivía. Después por toda la Villa y Corte, e incluso por toda España. Casi
siempre con nocturnidad. Al principio sus obras eran meras firmas.
Posteriormente empezó a sombrearlas con colores o con dimensiones de
profundidad, que le aproximaban a la estética del grafito neoyorquino. Los años
de práctica también le proporcionaron unos sólidos principios éticos. Muelle fue
seleccionando sus lienzos, concentrándose en superficies muy visibles, tapias de
solares o vallas publicitarias (por las que sentía predilección, ya que consideraba
su "mensaje" como un antídoto contra el bombardeo de imágenes que nos
invade). Evitaba lugares de interés cultural o natural. Le preocupaba, incluso, el
hecho de que los aerosoles que usaba se cargaran la capa de ozono. Lo suyo,
como él mismo decía, era una historia carismática, democracia cultural en
movimiento, corte de mangas al sistema. Voluntad de expresión de un chaval de
barrio con ganas de dejar impronta, tanto plástica como sonora (aporrear los
parches de su batería era su otra pasión). No admitía bromas al respecto: en
diciembre de 1985 Muelle registró su logotipo en la propiedad industrial, y nunca
permitió que su nombre quedara ligado a marca o establecimiento alguno. El
dinero para el maletín repleto de rotuladores y aerosoles salía de su bolsillo.
Incluso llegó a poner pleitos a un par de agencias de publicidad, acusándolas de
haber plagiado parte de su logo. Hasta llegó a denunciar, en junio de 1988,al
mismísimo ayuntamiento de Madrid, con ocasión de una ilustración en la revista
Villa de Madrid que reproducía su marca. Y es que con el consistorio no parecía
llevarse bien.
En 1987 fue sorprendido mientras plasmaba su rúbrica sobre el pedestal de la
estatua al oso y el madroño, pocas horas después del emplazamiento definitivo
de ella en la entonces recién remodelada Plaza del Sol. Multado con 2500
pesetas, Muelle defendió ardorosamente, como un moderno Veronés la validez de
su arte callejero ante los tribunales. La repercusión de su hazaña le valió para
salir en los periódicos, en una de las pocas veces en que relajó su reacia actitud
hacia los medios de comunicación. Un año más tarde, cuando operarios
municipales limpiaban la estatua de la Cibeles, todas las cubiertas del andamiaje
que rodeaba la estatua aparecieron firmadas por él. Su actividad transcurrió al
margen de las instituciones. Pero éstas son las únicas que pueden preservar lo
que queda de su obra (después de haber destruido la mayoría), como el enorme
logo en rojo que saluda a la Red de San Luis, varios metros por encima de la
acera, a la altura del número 32 de la calle de la Montera. Es una de las pocas
pintadas de Muelle que aún existen en la ciudad. El concejal de cultura deja
abierta la puerta a la conservación de alguna pieza. Pero no es el único
protagonista. Muelle también viajó con su arte fuera de Madrid y allá por donde
anduvo no se recató en dejar huella.

Pintaba siempre algo parecido a esto.

Est
a foto que podemos ver aquí es de una exhibición de graffiti que se hizo en
memoria de muelle en conmemoración del décimo aniversario de su muerte.
Muelle fue el primer escritor de graffiti de España QUE allá por los años 80
empezó a inundar las calles y el metro de Madrid con su preciosa firma. La gente
que vivía en Madrid en los años 80 seguro que recuerda su firma por todos los
rincones de Madrid.