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El infinito: luz y color

Al igual que todos los hombres siempre he tenido un conflicto por encontrarme
constantemente con mis propios límites; sin embargo a pesar de estos
conflictos me he adaptado a ellos al igual que el resto de los seres humanos.
Siempre he intentado superarlos, por mi espíritu implacable y mi gran
curiosidad, pero cada vez que supero uno encuentro uno nuevo,
transformándose en un objetivo personal. Me siento como una ciudad
medieval, la cual cada vez que crecía, sus murallas tocaba derribarlas para
construir unas propias capaces de abarca todo, hacia un desarrollo personal y
social que parece no terminar nunca.

Este conflicto comenzó a agobiar mi vida, cada vez de una manera mas
continua, necesitaba encontrar paz interior y poder resolver lo que sentía.

En esta pelea con mi yo interior decidí comenzar un viaje por el Mundo.


¿Encontraría en alguna parte, el algún país, en alguna religión, en alguna
persona, la respuesta a la insaciable necesidad humana de ir mas allá de los
limites y siempre luchar contra ellos?. Viaje meses y meses, caminando por el
mundo, viviendo cada momento como el último, aprendiendo a ver la vida con
otros ojos pero aún no encontraba ninguna respuesta, ni siquiera un indicio de
algo que era constante en todos los hombres pero que nadie, a pesar de
analizar, había logrado resolver.

Un día de verano, como todos los otros, lleno de luz, color y vida, llegue a un
misterioso pueblo italiano, Ravena. Visualmente era igual a los otros, muy
clásico, pero sentí algo diferente, una energía indescriptible. La mirada de la
gente era transparente similar a la de los monjes tibetanos, lo cual me causo
mucha curiosidad. Después de saborear un rico helado típico italiano algo en
mi comenzó a cambiar, no lo puedo describir con exactitud que fue pero venia
con fuerza, algo estaba dispuesto a luchar con el monstruo que me acechaba
pero no entendía que era.

A lo lejos, como si hubiera sido una visión divina, vi una catedral, en la cual no
me había fijado antes.

Al entrar a esta Basílica sentí una gran impresión pues no había visto un
santuario tan grande y bello como este. Después de mi impresión en la Basílica
de San Pedro en Roma no había vuelto a sentir esta sensación en ningún otro
pueblo o gran ciudad durante mi viaje por Italia y con ninguna estructura
arquitectónica. Al llegar a Ravena, después de un viaje intenso y duradero,
después de haber visitado ciento de basílicas y mausoleos alrededor del
mundo, sentí una gran admiración por los arquitectos y decoradores de la
Basílica de San Vital.
Entre por la puerta principal, que es adyacente al ábside, y habían tantas cosas
bellas que no sabía por donde comenzar a observar y a examinar. Su base era
un octágono y tenía dos salas adyacentes a ella. Había un gran numero de
columnas que estaban alrededor de la planta central en sus dos salas. Cada
columna estaba decorada por tres mosaicos con una perfección inimaginable.
En el capitel de cada columna se representaban los santos mártires, en el fusto
se simbolizaban los milagros de Cristo y en el estilóbato se reproducían
vírgenes. Todos los mosaicos de cada columna eran similares pero no iguales,
no existía una monotonía sino una variación indeterminada sobre un mismo
tema. Cada uno de los mosaicos estaba compuesto por teselas de varios
colores y formas, y aunque muy de cerca y con un gran examen de cada una
de las teselas se veían imperfecciones, desde lejos se veían imágenes
perfectas y maravillosas. Alrededor del octágono estaban ubicadas, de forma
diversa, ventanas de distinta grandeza.

El sol al despuntar y reflejar su luz por estas ventanas se proyectaba sobre


cada mosaico y así mismo sobre la cantidad de teselas que los componían. Se
veía un juego infinito de colores y formas abstractas, la luminosidad de la
Basílica era colorida y en cada hora del día las figuras y la mezcla de los
colores eran distintos por el movimiento del sol. Un rayo del sol al entrar por
cada uno de las ventanas y reflejarse en una tesela siempre comenzaba con un
color y forma, y terminaba con uno distinto. En ninguna hora del día se paraba
de ver figuras y colores siempre distintos, mágicos y así mismos infinitos.

Estuve todo el día tratando de encontrar algo igual y nunca lo logré,


experimente un gran asombro y como si hubiera cesado la tormenta, sentí paz
en mi interior después de tantos meses.

Durante los varios días que estuve en Ravena fui a varias Basílicas y en cada
una el infinito se representaba y manifestaba en modo distinto; durante mi
estadía en esta ciudad volví diversas veces a la Basílica de San Vital y en
ningún día vi repetirse un mismo color o forma.

En esos días entendí que el infinito siempre va a ser posible en cualquier parte
de nuestro universo y va a existir en nuestra imaginación y mente pues para
cada ser humano el infinito puede manifestarse en forma diversa; para algunos
con una biblioteca gigantesca , para otros con el mar o incluso con el tiempo.

Finalmente entendí que era la imaginación el único elemento que nos va a


permitir ir mas allá del límite físico y para poder integrar el infinito espacial y
temporal, dado que es una superación de lo real y es introducirse a un mundo
mágico, que nos permite evadir temporalmente el sufrimiento, característico
de la existencia.
Para mi, en un momento inesperado se manifestó el infinito y me hizo entender
su forma de existir, fue con un juego increíble y variado de colores. Este
encuentro fue mágico, sorprendente y por supuesto colorido y abstracto.

Esto proporcionó un nuevo aire, pensamiento y objetivo a mi viaje, por esta


razón solo espero que en mi aún largo recorrido por el mundo, el infinito sea
continuo, manifestado siempre de formas tan sorprendentes y maravillosas
como fue esta.