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En la oscuridad
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Índice
1. Asesino
2. Pesadilla
3. Comenzar de Nuevo
4. Vigilia
5. Cambios
6. Presentimientos
7. La próxima víctima
8. Secretos
9. Dudas
10. Decisiones
11. Cuento de hadas
12. Disculpas
13. Temperamento
14. Complicaciones
15. Instrucciones
16. Punto de ebullición
17. Delirios
18. Tinieblas
19. Gabriel
20. Erica
Epílogo

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34
54
69
89
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210
225
241
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276
291
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366

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¡Dios mío!, pensó cuando reparó en la hora que
marcaba su reloj. ¡Son las diez! Ya deben haber cerrado.
Salió corriendo desde fondo de la biblioteca, el lugar más silencioso para estudiar, y también el más solitario. Casi nunca lo ocupaban, por
lo tanto, nadie se había tomado la molestia de ir a
verificar que se encontrara vacío antes de cerrar
con candado cada puerta del edificio.
Maldijo su costumbre de no dejar de leer
hasta terminar un libro. Maldijo haber escogido
el libro más largo que pudo encontrar. Maldijo el
talento del escritor que hizo que no pudiera soltarlo ni un segundo, ni siquiera para encender la
luz que quizá hubiera advertido de su presencia.
No, en lugar de eso prefirió seguir leyendo con la
poca iluminación que le proporcionaba la luz de
la calle, y ahora se encontraba atrapada.
Repasó mentalmente la estructura del edificio. Las ventanas estaban casi todas a cuatro me7

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tros de altura del piso; el sótano no tenía entrada de luz, pues allí se guardaban los libros delicados; había tres puertas de salida y ya había revisado las tres.
Su única esperanza era una ventana del segundo nivel que estaba cerca de un enorme árbol por
el cual quizá podría bajar. El riesgo era que si no tenía éxito, se quedaría atrapada toda la noche en él.
Decidió arriesgarse.
Le costó un poco abrir la ventana, pues ésta
no había sido abierta en años. La rama del árbol
estaba muy cerca, no tuvo que esforzarse mucho
por alcanzarla. Sin embargo, desplazarse por ella
fue un problema debido a que su falda tenía algunos encajes que se enganchaban en las astillas y
su largo cabello negro a veces le impedía la vista
al ser alborotado por el fuerte viento de la noche.
Había logrado llegar hacia el tronco y ahora
tenía que bajar, pero el pudor le impedía continuar.
Tonta, nadie va a verte, se reprendió y comenzó
a bajar, desenganchando su falda cada vez que podía dejar de sostenerse con una mano, ignorando
cuando ésta se levantaba a causa del fuerte viento.
Llegar al suelo fue una bendición. Estaba a
salvo, o al menos, así lo creía.
—¿Tan noche y todavía en la biblioteca? —dijo una suave, pero varonil voz que la tomó por
sorpresa, le hizo dar un brinco y voltear con rapi8

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dez hacia quien le había hablado.
Recostado en la pared del viejo edificio de ladrillos, una figura masculina bañada por la luz de
la luna llena se revelaba ante ella. Lo conocía, lo
había visto miles de veces en los pasillos de la universidad mientras se dirigía a sus clases. No recordaba su nombre, sin embargo, su figura alargada y
flacucha, la piel pálida y su largo cabello negro, que
usualmente mantenía atado, eran inconfundibles.
Lo había visto miles de veces en los pasillos
de la universidad, pero jamás se habían dirigido
la palabra ni lo había escuchado hablar, aunque
una vez sus miradas se habían cruzado y le parecía recordar que tenía unos preciosos ojos azules.
Ahora los tenía cerrados y permanecía inmóvil
en la esquina del edificio, con la espalda recostada en la pared de ladrillo y los brazos cruzados
frente a su pecho.
—Perdona si te asusté —articuló él comenzando a incorporarse.
—No, no me asustaste. Me tomaste por sorpresa, es todo —excusó ella alegrándose de la oscuridad que protegía el árbol y que probablemente la había ocultado lo necesario para evitar cualquier bochorno—. Te he visto antes, en la facultad. No creo que tú puedas causar miedo.
—Quizá debas reconsiderar tus palabras —apuntó infundiéndole un tono de presunción a su voz.
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Comenzó a caminar hacia ella sin abrir los
ojos, con andar pesado y sigiloso. En un segundo lo tenía a su lado, como si no hubiera tenido tiempo para reaccionar, y la sujetaba por los
hombros.
Entonces abrió los ojos y lo que vio no fue el
intenso azul que conocía, sino un intenso negro y
la parte que debía ser blanca se encontraba bañada en sangre.

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Asesino
El despertador la sacó de la cama en un brinco. Eran las seis de la mañana y ella tendría que
haber salido ya, pues a esa hora recibía clases de
inglés y luego debía ir a la primera clase en su facultad. Había olvidado cambiar la hora del despertador y ahora llegaría tarde.
Se desvistió sin fijarse que ni siquiera se había cambiado de ropa para dormir y se dio una rápida ducha. Se vistió con lo primero que encontró
sin prestar atención en la combinación de colores
y salió corriendo a la parada de autobuses.
Mientras esperaba bostezó varias veces, como si no hubiese tenido el descanso adecuado. El
vidrio de la marquesina que señalaba la parada
era suficiente para reflejar su figura. Por alguna
razón, se notó un poco más pálida (quizá estaba a
punto de enfermarse). No pudo examinarse mejor porque el autobús ya había llegado.
Era tarde, muy tarde. Si tenía suerte, llegaría media hora antes de que terminara el periodo
de inglés. Ya no valía la pena, no se atormentaría
por haber perdido una clase, aunque no se había
perdido una clase de ninguna materia en lo que
iba del año.
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Adiós a mi récord perfecto.
Tomó asiento muy cerca de la puerta, en el
sillón que iba pegado a las ventanas del bus. De
inmediato sacó su espejo de bolsillo para revisar
de nuevo su aspecto. Efectivamente, sus mejillas
carecían de su color característico, y unas profundas ojeras enmarcaban sus ojos, que lucían ligeramente más oscuros, casi negros. Negros…
Un destello de memoria le hizo recordar
unos ojos negros en medio de un mar de sangre,
y eso le causó un temible escalofrío.
Cerró el espejo y levantó la mirada, encontrándose con dos ojos azules que estaban fijos sobre ella. Él parecía sorprendido de verla, y se sobresaltó cuando sus miradas se cruzaron.
Pero el autobús comenzó a llenar y varias
personas que iban de pie se interpusieron en la
posible conversación entre los dos desconocidos.
—Anoche mataron a otra persona cerca del
campus central de la universidad —comentó uno
de los pasajeros a su acompañante—. Muy pronto, las clases nocturnas estarán desiertas por temor a la muerte.
—Ya es la décima víctima este mes. El problema es que no saben cómo murieron estas personas,
pues no presentaban ninguna herida en el cuerpo.
—¿Escuchaste los rumores? Al parecer, todos
los cadáveres tienen algo en común. Al examinar12

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los, no les encuentran una sola gota de sangre en
el cuerpo, ¿te imaginas eso?
—Me sorprende que no comenzaran ya a sacar teorías ridículas. Quizá es el chupacabras.
El otro rió.
—¡Ya comenzaron! No es tan buena como tu
teoría del chupacabras, pero es igual de descabellada. Dicen que es una banda que se dedica a robar la sangre de otros y la vende clandestinamente a los bancos de hospitales.
Ambos rieron, al igual que otros cuantos pasajeros, divertidos por la conversación hecha a viva voz.
—Tienden a creerselo todo, así que no me
sorprendería que pronto lanzaran la alerta.
—Sí, tienes razón. Supongo que pronto oiremos noticias de que están haciendo análisis en los
bancos de sangre de cada hospital de la ciudad, lo
que hará que miles de transfusiones se retrasen…
Se sintió somnolienta y se quedó dormida
mientras el autobús seguía su camino. Durmió
profundamente y sin soñar hasta que alguien la
tomó por el hombro y la sacudió ligeramente.
Abrió los ojos y volvió a encontrarse con los
mismos ojos azules de hacía un momento, sólo
que ahora estaban más cerca.
—¿Ya estás despierta? Llegamos, debemos
bajar del bus.
Miró a su alrededor y vio que el autobús es13

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taba vacío, excepto por ellos dos.
—Gracias por despertarme —dijo apresuradamente y se bajó del vehículo, seguida por él.
Se giró para agradecerle, pero lo hizo tan rápido que se sintió mareada y se tambaleó. Él la
sostuvo a tiempo para que no cayera al suelo.
—¿Estás segura que quieres ir a clases? No te
ves muy bien, quizá deberías estar descansando
en tu casa —dijo con cierto bochorno.
—Siento como que fuera a enfermarme, pero no quiero manchar mi récord de asistencias
—mientras se incorporaba, consultó su reloj.
—Parece que fueras a desmayarte. Yo creo
que lo mejor es que…
—¡Dios mío! —dijo tomándolo por el brazo y
jalándolo para que caminara a su lado—. Vamos a
llegar tarde a la clase de Comunicación.
Mientras se dirigían a uno de los dos edificios
en los que funcionaba la facultad, el silencio, aunque caminaban muy rápido, se hizo incómodo.
—Te he visto otras veces en el salón. ¿Cómo
te llamas? —dijo ella con poco aliento.
—Soy Gabriel Lira, ¿y tú?
—Erica Rivas, yo… —Ella se detuvo de golpe
frente a un pequeño puesto donde tenían los periódicos del día, en cuya portada anunciaban el
hallazgo del cuerpo de un estudiante en la puerta
de la biblioteca, cerca de las diez de la noche.
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Compró uno de los ejemplares y continuaron
caminando con un poco más de calma.
—A las diez de la noche yo estaba todavía
dentro de la biblioteca —comentó.
—¿Qué hacías en la biblioteca a esa hora?
Revisó sus memorias del día anterior que
terminaban en la bizarra escena junto al árbol
que le había servido de escalera.
—Pregunto lo mismo… Recuerdo que tú estabas allí cuando salí.
—¿Yo?
Quizá todo había sido producto de su imaginación, pues, ¿desde cuando los ojos de una persona podían ser como los que había visto la noche anterior? La realidad era que las imágenes de
la noche anterior le parecían más un sueño. Ni siquiera recordaba cómo había llegado a su casa.
Caminaron un poco más mientras ella buscaba la página donde estaba la noticia y comenzaba
a leerla.
—El joven, identificado como Alexander Ross, hijo del
decano de la facultad de ingeniería y estudiante de la misma, fue encontrado a eso de las diez de la noche en la puerta principal de la biblioteca central del campus universitario. El policía privado encargado de hacer el patrullaje lo
encontró, pero no vio a nadie más en los alrededores.
—Vas a tropezarte si sigues leyendo mientras
caminas.
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—Tranquilo, tengo experiencia en esto —dijo antes de continuar—. Sin embargo, la ventana del
segundo piso de la biblioteca se encontraba abierta.
¡Ves! Esa fui yo. Yo tuve que salir por esa ventana
porque me quedé encerrada en la biblioteca.
—Yo que tú no lo gritaría a todo el mundo, podrían creer que estás implicada en el asunto —advirtió con una ligera molestia en su forma de hablar.
Lo examinó con curiosidad. Jamás había hablado con ella, y ella tampoco había hecho nada
por hablar con él, pero algo parecía distinto esa
mañana, como si se hubieran conocido de siempre. Lo observó apartar un mechón que se escapaba de la coleta de su cabello y volver a meter
la mano en el bolsillo de su chaqueta, mientras la
otra sostenía la mochila que iba colgando en su
hombro izquierdo.
—O quizá creerían que tú estás implicado, recuerda que te vi —comentó con un tono ligeramente amenazador.
—No pude haber sido yo, me voy a casa temprano —replicó con tranquilidad.
Sonaba sincero, pero eso sólo le causó un poco de desilusión.
—Esperaba que sí fueras tú. Quizá podrías
decirme qué sucedió después de que nos encontra… no, olvídalo. Creerás que estoy loca.
Pero él parecía interesado.
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—¿Por qué iba a creer eso?
—Bueno, es que no recuerdo cómo llegué a
mi casa, ni siquiera recuerdo haberme dormido.
Él tenía la mirada fija en el camino, pero una
expresión seria en su rostro.
—Quizá sea mejor que no lo recuerdes, a veces la memoria nos protege de cosas que nos hacen daño.
Continuó examinando las fotografías. Sin
marcas de sangre, ni heridas, ni violencia. La expresión del muchacho era bastante pacífica, como si durmiera, como si hubiera muerto de forma natural. ¿Por qué pensaban que era un asesinato? El muchacho quizá…
Entonces recordó la conversación de los dos
pasajeros del autobús. No había sangre en sus
venas, ¿cómo podían drenar la sangre sin dejar
huellas de agujas o alguna otra herida?
Caminaron en silencio hasta llegar a la puerta de la facultad, donde los muchachos se reunían en torno a aquellos que tenían algún periódico en sus manos y comentaban sobre cosas que
creían haber visto y rumores sobre las supuestas
pistas que tenían los policías.
Ella se dirigió directo a su salón, buscando un
asiento en primera fila que estuviera lo bastante
cerca al profesor para no perderse una sola de sus
palabras. Él la siguió, silencioso, pero fue a sentar17

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se al fondo del salón, como era su costumbre.
Se arrepintió de haberse sentado en un lugar
tan evidente cuando a los veinte minutos de comenzada la clase comenzó a sentirse somnolienta y un par de veces estuvo a punto de quedarse dormida. A la tercera vez, el profesor la atrapó
y aplicando la estricta ley que había advertido en
el inicio del curso, la invitó a abandonar el salón
ya que la clase le resultaba muy aburrida.
Abochornada por completo, decidió huir de
la mirada de todos sus compañeros y buscar una
cafetería lo más pronto posible para ingerir una
alta dosis de cafeína que la mantuviera despierta
las siguientes horas.
Mientras bebía un moccachino doble, tomó
un periódico del día anterior que alguien había
dejado abandonado en una de las mesas.
Habían hecho un reportaje sobre la creciente ola de desapariciones y muertes que se habían
ido sucediendo durante la noche, en distintos
puntos de la ciudad. Cada noche desaparecía alguien y alguien más aparecía muerto. No era algo
tan fuera de lo común en una ciudad en la que la
violencia se había vuelto algo tan cotidiano, pero
la teoría de la sangre de contrabando no parecía
tan descabellada si lo pensaba bien.
—¿Aún le estás dando vueltas a eso? —dijo una
voz conocida. Gabriel estaba de pie junto a su me18

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sa, sonriéndole con algo de diversión en su rostro.
—¿Ya terminó la clase? —Fue lo primero que
le preocupó, al tiempo que miraba la hora en su
reloj de pulsera— Aún es temprano…
—Suspendieron las clases por el resto del día
para hacer una exhaustiva investigación en todo el
campus. Supuestamente intentan descifrar cuando, como y dónde fue asesinado el hijo del decano.
—¿Por qué no lo hicieron desde temprano?
Ahora ya deben haber… —Se detuvo en su discurso y comenzó a hiperventilar cuando cayó en la
cuenta de un detalle que no había pasado inadvertido para la policía—. Yo estaba allí a esa hora, van a
creer que yo tuve algo que ver —murmuró aterrada.
Gabriel tomó asiento en la misma mesa y se
inclinó hacia ella para que pudiera escuchar el
susurro.
—Nadie te vio allí, no hay forma que sepan
que fuiste tú quien dejó abierta la ventana.
Lo miró a los ojos y recordó su… pesadilla.
Recordó el miedo que había sentido segundos antes de que todo se volviera oscuridad, segundos
antes de despertar en su cama preocupada por
las clases sin entender cómo había llegado a ella.
Su padre no había llegado a dormir, lo sabía porque la puerta de entrada estaba sin llave
cuando salió. Tenía que esforzarse mucho para
lograr terminar los planos del nuevo centro co19

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mercial que su compañía estaba encargada de diseñar. Lo extraño era no haberse encontrado con
su madre, o que ella la hubiera despertado. Ya
tendría tiempo de preguntarle a la noche cuando
ella regresara del trabajo.
—¿Sucede algo? Te quedaste muy callada.
—Es que no entiendo. ¿Por qué iba a soñar
contigo si antes no te conocía? Digo, te había visto muchas veces por la facultad, pero nunca habíamos cruzado palabra.
Él se sonrojó ligeramente.
—¿Soñar conmigo? —dijo con voz temblorosa y mirando hacia el techo.
—Sí, te dije que creí verte anoche en la biblioteca —susurró—, pero si eso no sucedió, debió
haber sido un sueño.
Más bien, una pesadilla, pensó para sí misma
mientras volvía a examinar el periódico.
—Pobre tipo —comentó él con un dejo de
frustración en su voz—, seguramente sólo estaba
en el lugar equivocado en la hora equivocada.
—¿Crees que sea como dicen? ¿Para qué iban
a querer sacarle la sangre a una persona?
Su rostro reflejaba una extraña mezcla de
dolor, frustración y rabia.
—Sólo alguien muy enfermo haría tal cosa.
Es cosa de monstruos.
Ella tomó un sorbo más de café y comentó:
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—Tienes razón, quien toma la vida de otros tan
a la ligera difícilmente puede ser llamado humano.
La observación pareció haber molestado o entristecido a Gabriel, así que prefirió cambiar de tema.
—No sabía que vivíamos por el mismo rumbo.
—Yo tampoco —respondió con sequedad.
—Tampoco te había visto hablando con nadie si no es por los trabajos de equipo. Eres muy
tímido, ¿no es así?
Él sonrió con un poco de bochorno demostrado por el sonrojo de su cara que, al ser tan pálida, se hacía más notorio.
—Supongo que lo soy, o quizá sólo soy antisocial.
Al parecer, no esperaba que ella le sonriese
con esa calidez que ahora demostraba su rostro, y
su sonrojo se vio empeorado por las palabras que
ella diría.
—No creo que seas antisocial, o no te habrías
acercado a mí.
—Quizá —respondió simplemente. Lucía como si tratara de controlar el flujo de sangre a su
rostro, como si fuese capaz de hacerlo.
—Ya sé. ¿Por qué no nos vamos juntos? Ya
que no hay clases y pronto nos vendrán a sacar de
aquí. Podríamos ir a cualquier otro lado si quieres.
Él la examinó con seriedad.
—Tú no eres nada tímida, ¿cierto?
Ella rió con frescura.
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—Sí, ya me lo han dicho otras veces. ¿Me estoy sobrepasando? No quiero que te asustes, pero
siento como que te conociera de siempre.
Lo observó mientras pensaba su respuesta.
En realidad, parecía más estarse debatiendo entre hacer lo correcto o romper las reglas, pero,
¿qué reglas podría quebrar al salir con ella?
Creyó adivinarlo.
—¿Es por Orlando? No es mi novio, si eso es
lo que piensas. Y, aunque lo fuera, no estaría haciendo nada malo en salir con un amigo.
Gabriel rió. Su risa fue relajada, aunque ella
no creía haber dicho nada que tuviera gracia.
—No era exactamente por eso, pero tienes razón, no hay nada de malo en salir con una amiga.
—¿Me equivoqué?—preguntó asombrada—.
Ah, entonces debe ser por tu novia.
—No tengo novia —aclaró—. Te lo dije, soy
antisocial.
Tomando el último sorbo de café, se levantó
de la mesa y lo jaló de la muñeca.
—Pues vamos a quitarte lo antisocial.
Su aspecto no había mejorado del todo, seguía
pálida y lucía como si fuera a desmayarse en cualquier momento, pero su ánimo no decaía. Él parecía muy confundido por alguna razón desconocida
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y se había dejado llevar por la enérgica muchacha.
Ahora debía sentar un precedente e imponer algunos límites o su nueva amiga lo arrastraría a cualquier lado aún en contra de su voluntad.
—¿A dónde vamos? —dijo soltándose y alentando la marcha.
—¿Importa? —Su mirada era bastante severa,
así que no tuvo otra que revelar sus planes—. Vamos
al boliche. Hace un año que está cerca de la universidad, pero no he tenido la oportunidad de ir allí.
—Me parece bien. Tengo que advertirte algo
antes. A la una de la tarde debo estar en mi trabajo, así que debemos terminar a las doce.
—Yo también soy muy estricta con mis horarios, así que te entiendo perfectamente —comentó sin dejar de caminar.
—Te sorprendería lo puntual que debo ser
—comentó sin querer.
—¿Ah sí? ¿Por qué tanta puntualidad?
De nuevo pareció decaer en su estado de ánimo.
—Es sólo algo que tengo que hacer —dijo con
voz ronca, mas luego sonrió—. ¿Por qué tú eres
tan estricta con tus horarios? No tienes que trabajar, ni otras ocupaciones, ¿o sí?
—No lo sé, lo he sido toda mi vida y me siento mal si no los cumplo. Hasta hoy, mi récord de
asistencias este semestre era perfecto, pero siempre hay una mancha en mi historial.
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Mientras caminaban, él no le despegaba la mirada de encima, como si intentara descubrir algo en ella, como si intentara memorizar cada fragmento de su imagen. Su estudiosa mirada no pasó desapercibida para ella, que después de algunos
minutos en silencio, decidió ponerlo en evidencia.
—¿Tengo algo extraño? Me vestí de prisa, así
que puede que haya cometido algún error.
Él volteó la cabeza hacia el otro lado de la calle completamente avergonzado de que ella se
hubiera dado cuenta de lo que hacía.
—Disculpa, no fue mi intención molestarte.
Ella no era tímida, pero no estaba acostumbrada a que la vieran con tanto detenimiento. No
le parecía que su aspecto pudiera causar tanto
impacto. Tenía el cabello negro y ligeramente ondulado; se lo había dejado crecer hasta la cintura.
Sus ojos café tenían la particularidad de parecer
negros según las condiciones de luz y el impacto
que éstos causaban en combinación con sus largas y espesas pestañas eran su mayor atractivo.
Su piel, si bien estaba más pálida de lo normal y
tenía ojeras, solía tener un saludable tono rosado
en sus mejillas. Era delgada, mas no flacucha y de
altura apenas había revasado el metro y medio.
Gabriel caminaba a su lado con la mirada baja, como si evitara volver a verla con tanto detenimiento. Era bastante más alto que ella, así que
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Erica aún tenía la oportunidad de ver su rostro y
darse cuenta de que lucía preocupado.
No iba a quedarse con la duda de por qué él
estaba tan absorto en sus pensamientos. Tenía
que preguntarle la razón, pero en cuanto abrió la
boca sintió que el mundo le daba vueltas y sólo
alcanzó a murmurar su nombre antes de perder
por completo la noción de si.
Estaban frente a una cafetería, así que la arrastró como pudo al interior y ordenó un refresco de
cola o algo que sirviera para subirle la presión, pero no volvía en sí y hacer que bebiera fue más difícil de lo pensado. Estaba tan blanca como el papel.
La oscuridad le hacía recordar su más reciente pesadilla. Los ojos ensangrentados, el sueño, la
pérdida de conciencia… una pajilla. ¿Una pajilla?
Eso ya no era un sueño, era Gabriel que le ofrecía
algo de beber mientras luchaba por mantenerla
derecha en su silla.
El primer sorbo le supo amargo, pero el azúcar y la cafeína la hicieron despertar casi por
completo.
—¿Mejor?
Con dificultad pudo enfocar lo suficiente para examinar el rostro de Gabriel, que estaba lleno
de preocupación y algo de remordimiento.
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—Un poco.
—Será mejor que te lleve a tu casa —dijo con
autoridad—. Dejaremos la salida para un día que
estés de mejor salud.
La debilidad no la dejó rebatir la decisión tomada por su más reciente amigo, y se dejó guiar
sumisamente a donde quiera que él la llevara.
Pronto descubrió que se trataba de un taxi.
—Erica, tu dirección —precisó con urgencia.
Difícilmente podía pensar, mucho menos hablar,
pero se las arregló para balbucear algunas palabras y el automóvil se puso en marcha.
La debilidad volvió a ganarle dentro del taxi,
pero Gabriel le permitió recostar su cabeza sobre su pecho y él se encargó de cuidarla para que
no cayera en alguna de las veces que el conductor frenaba repentinamente. El recorrido se le hizo eterno, aún más largo que el que solía hacer
en autobús, aunque lo hubieran hecho en la mitad del tiempo.
Aún mareada, sin estar segura si era por su
misteriosa debilidad o por el tumultuoso recorrido en el vehículo de la muerte, intentó pagar la tarifa del taxista, pero Gabriel se lo impidió. Luego la
cargó en sus brazos y la llevó hasta la puerta de su
casa. Erica comenzó a sentirse incómoda. Por muy
poco tímida que fuera, le apenaba poner en tantos
problemas a alguien que recién había conocido.
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A pesar de eso, lo dejó llevarla hasta la sala,
donde la depositó con delicadeza sobre el sillón.
—Gracias —murmuró.
—No tiene importancia.
—Sí la tiene. Desde muy temprano te has estado encargando de mí. ¿Por qué?
—Es probable que sea un poco de culpabilidad —recitó en voz ronca, bajando la mirada.
—¿Culpabilidad? No sé por qué habrías de
sentirte culpable. —Su voz sonó como una alegre
melodía.
—Bueno, eso… —sonrió una vez más—. Es lamentable mi poco poder de convencimiento, o podrías haber estado en casa desde más temprano.
Ella rió y esto devolvió un poco de color a sus
mejillas.
—Disculpa por entrar con tanta confianza en
tu casa.
—¿Por qué te disculpas? No tiene nada de malo.
—No es muy propio que estes a solas con un
desconocido. ¿Crees que estarás bien si me voy?
—Tranquilo. Sé cómo usar el teléfono en caso de una emergencia, pero no te vayas aún. No
estoy tan débil como para no defenderme si intentaras hacerme daño —dijo en tono de broma.
—Lo dudo —respondió, aunque no sonaba
como si estuviera intentando llevarle la corriente
y si así era, lo hacía muy mal.
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—Pero tú no intentarías hacerme daño. Has
estado muy ocupado preocupándote por mí como para ser tú quien me causase daño.
Ocultó un suspiro con una risa fingida.
—Está bien, me quedaré hasta que te sientas
mejor.
Erica no le despegó la mirada mientras se
sentaba en el sillón frente a ella. Él tampoco había dejado de verla con el mismo interés que minutos antes, como si aún intentara descifrar algún misterio que se encerraba en su apariencia.
—¿Trabajas por necesidad o por lujo? —preguntó rompiendo el silencio. Gabriel sonrió confundido.
—¿Cómo puede alguien trabajar por lujo? —Ella
rió cuando notó la incoherencia de su pregunta.
—Quiero decir que si trabajas para pagarte
algunos lujos.
—No, tengo que sostenerme. Mis padres…
—El dolor que reflejaba su rostro indicaba que el
final de la frase resultaba demasiado doloroso.
—¿Murieron? —concluyó en voz suave, intentando no herir susceptibilidades.
—Hace casi dos años —dijo con un tono de
voz bastante grave—. Fueron… asesinados —La
aflicción de su tono de voz se hacía más fuerte en
cada frase—. Los encontraron cerca de las antiguas vías del tren. —Hizo una pausa más—. Corta28

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dos en pedazos.
De repente, el misterioso pesar que había demostrado en la mañana mientras hablaban de la
noticia tomó sentido para ella.
—Lo siento, de verdad que sí.
Él tenía la mirada fija en un punto indefinido del espacio, sus ojos se habían llenado de lágrimas y su rostro de ira. Tenía la mandíbula y los
puños apretados.
—Gabriel… —Erica, preocupada por su reacción, se levantó rápidamente del lugar donde reposaba, pero la debilidad la hizo volver a su posición original.
Mientras todo se volvía oscuridad, escuchó
su nombre pronunciado con insistencia y unos
gritos en voz de una mujer. No podían provenir
de su propia garganta, ¿o sí?
Cuando despertó, Gabriel colocaba una manta
sobre ella y ya había una almohada bajo su cabeza.
—¿Dónde encontraste esto? —balbuceó.
—No he sido yo. Tu madre llegó justo en el
momento en que…
—¿Ella era la que gritaba? —exclamó mientras hacía el intento de levantarse, pero Gabriel
se apresuró a empujarla gentilmente para que
volviera a recostarse.
—¿Qué querías que hiciera si me encuentro
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con un joven desconocido que te tiene las manos en el cuello y tú estás inconsciente en el sillón? —La voz de la mujer provenía de la otra habitación. Erica volvió sus ojos hacia Gabriel y éste
sonreía muy divertido por lo sucedido.
—Te estaba tomando la presión —aclaró volviendo a su anterior puesto en el sillón contiguo—.
No deberías levantarte tan rápido cuando la sangre no puede llegar a la cabeza con facilidad.
—Supongo que tendré que ir al médico. Nunca antes me había desmayado y van ya dos veces
este día.
—Tres —dijo Gabriel sin estarle prestando
atención.
—¿Por qué tres?
Volteó hacia ella y mantuvo la mirada fija en
sus ojos por algunos segundos.
—Bueno, casi tres. Al bajar del bus casi te caes.
—Pero eso fue un traspié de mi equilibrio. Y
además…
Posó su mirada en un enorme reloj que colgaba al centro de la pared frente a ella y cayó en
la cuenta de un detalle.
—Mamá —gritó—, ¿qué haces en casa tan
temprano?
Cargando una bandeja y tres vasos de limonada helada, la madre de Erica entró al salón. De
ella había heredado la mayoría de sus rasgos, sólo
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que su cabello era mucho más ondulado y de un
color castaño, además lo usaba corto. También
sus ojos eran de un color caramelo, mucho más
claros que los de su hija.
—A veces es bueno tener una vecina tan metiche como Ingrid. Llamó al salón, muy indignada
porque creyó que eras una muchacha decente y
dijo que nunca esperó verte llegar borracha y en
brazos de un hombre.
—¡Mamá! ¿Y tú creíste que yo…
—No, yo imaginé que algo te había pasado y
me alegra haber hecho caso a mis instintos.
—Sí, y le gritaste a Gabriel.
Ella rió.
—Ya me disculpé, además tuvimos tiempo de
conocernos un poco. ¿Verdad, Gabriel?
—Sí, Sonia —Él desvió la mirada hacia el reloj—. Ya casi es la hora, será mejor que me vaya o
llegaré tarde a almorzar con mi abuelo.
—Gracias por todo —dijo Sonia acompañándolo a la puerta.
A pesar de que Gabriel le había causado una
muy buena impresión, el misterioso sueño de la
noche anterior aún turbaba sus pensamientos y le
hacían desconfiar un poco de él. Era tonto, no podía hacerle más caso a un sueño ilógico que a las
pruebas que él le había dado. Seguramente sus
sueños le habían alertado que conocería a Gabriel
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© Maite Sánchez

ese día, pero se habían mezclado también con lo
que había estado leyendo toda la tarde en la biblioteca. Sí, de seguro era eso, aunque aún restaba el asunto de cómo había llegado a su casa.
Sonia regresó a la habitación en ese momento y se sentó donde antes había estado el invitado.
—Un muchacho muy agradable, aunque un
poco callado.
—Mamá, ¿me viste regresar a casa anoche?
—Te escuché entrar, pero cuando quise saludarte, ya habías cerrado la puerta de tu habitación. ¿Por qué llegaste tan tarde?
Lo meditó un momento. Si le decía que había
estado en la biblioteca, probablemente deduciría
que estuvo en la escena del crimen y se preocuparía de más. Decidió arriesgarse a un castigo antes que preocuparla.
—Estuve en casa de Orlando y tuve que esperar
a que llegara su padre para sacar el carro, pues cuando nos dimos cuenta de la hora ya era muy tarde.
Tal y como lo esperaba, recibió una mirada
severa por parte de su progenitora.
—No me gusta nada ese muchachito, ya te lo
dije. No sé por qué te pasas tanto tiempo con él,
si tienes amigos mucho más agradables… como
Gabriel, por ejemplo.
Erica rió para sus adentros.
—Realmente te ha simpatizado, ¿no es así?
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© Maite Sánchez

—Me dijo que recién se conocieron, ¿es verdad?
—Sí, coincidimos en el autobús, aunque ya lo
había visto otras veces en el salón. Si no hubiera
sido por él, me habría desmayado sola en la calle.
La expresión en la cara de la madre se volvió
ligeramente ilusionada.
—Siempre he dicho que cuando lo necesitamos, la vida nos pone ángeles guardianes. Y uno
muy guapo, si te fijas bien.
—¡Mamá! ¿Por qué siempre insistes en eso?
—reclamó con un poco de bochorno—. A mí me gusta Orlando, pero lo estamos tomando con calma.
Sonia volvió a enojarse.
—Creo que deberías darte la oportunidad de
conocer a otras personas, no te decidas por ese
muchacho aún.
Con un gruñido de inconformidad, Erica dio
por concluido ese tema de la conversación. Durante un minuto ambas guardaron silencio, hasta
que la joven decidió romperlo.
—¿Y ahora cómo lo voy a contactar? Mañana
no iré a clases —dijo disconforme. Su madre nunca la dejaría ir a clases sin haber ido al médico—.
Y luego viene el fin de semana. Tendré que esperar hasta el lunes, porque no le pedí su teléfono.
Con una sonrisa triunfal, Sonia tomó los vasos que ya estaban vacíos y se levantó del sillón.
—No te preocupes, sé donde trabaja.
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© Maite Sánchez

2
Pesadilla
Detrás del centro comercial había unas bodegas que por lo general se encontraban siempre
llenas de gente recibiendo la mercadería. Era ya
muy noche y casi todos los locales estaban cerrados, así que ya no había actividad en aquel lugar
y las luces habían sido apagadas en su totalidad.
La oscuridad del lugar era tenebrosa, y un peatón
solitario parecía saberlo, pues su paso era veloz
mientras atravesaba por la penumbra del sector.
Un pequeño ruido lo hizo detenerse y examinar su alrededor en busca de la fuente; al no encontrarla, reinició la marcha a una velocidad aún
mayor. Volvió a detenerse repentinamente y se
giró lentamente, con una expresión temerosa en
su rostro, hasta que sus ojos se encontraron y el
terror se apoderó de su semblante. Pudo ver su
cara cada vez más cerca, más aterrada, y todo se
tiñó de un color carmesí.
El reloj volvió a despertarla en punto de las
seis, pero no corrió a vestirse como todos los
días, ya que su madre le había hecho una cita con
el doctor a eso de las diez de la mañana. En cambio, se recostó hacia su lado derecho y repasó de
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© Maite Sánchez

nuevo su extraño sueño. Quizá no le hacía mucho bien leer historias de terror de un solo golpe,
pues soñar dos veces con escenas sacadas de películas de miedo no era muy normal.
Se levantó un par de minutos después y se
vistió pacientemente. No le apetecía nada ir a
una clínica para perderse sus clases, menos si era
el día que la pasaba en compañía de Orlando.
Nunca entendió por qué a su madre no le
agradaba Orlando. Lo conoció en su primer año
en la universidad, cuando aún era un muchacho de 19 años; ella, con sus 18 recién cumplidos,
no dudó en ir a saludarlo y entablar una amistad
bastante cercana con él. Cerca de dos años después desde su primer encuentro, él quiso que su
relación avanzara al siguiente paso, pero la forma en que hizo su petición hizo que sonara más
como una orden y su orgullo se vio comprometido. Habían otros factores que también influían en
que ella dudara. Con la excusa de tomar las cosas
con calma, había logrado aplazar el suceso por
seis meses, para tortura de Orlando y alegría de
su madre que sospechaba de la relación de su hija con el joven. Sin embargo, aunque su propuesta fue rechazada, el trato que él le tenía no era el
mismo de antes, sino un poco más detallista y eso
a veces la incomodaba.
Claro que él le gustaba, y mucho… pero ese
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© Maite Sánchez

era el problema. Si ahora aceptaba ser su novia,
las cosas podrían darse con demasiada rapidez
y no confiaba mucho en su fuerza de voluntad y
autocontrol.
Pero mientras no se cumpliera el tiempo y él
no volviera a insistir, todo estaba bien y ella no
tenía de qué preocuparse. Saldría con sus amigos
sin ningún remordimiento y se enfocaría en sus
clases todo lo que fuera necesario.
Después de un abundante desayuno reparador, ambas salieron rumbo a la clínica del médico
de la familia, quien le diagnosticó una leve anemia y recetó unas vitaminas. Al regresar a su casa,
descansó un par de horas en el sofá, viendo televisión. Ese era el lado positivo de las enfermedades
súbitas y asintomáticas, no podía estar mejor.
La costumbre durante el almuerzo era escuchar
el noticiero local. Erica jamás le había prestado atención alguna, pero esa tarde, una noticia en especial
interrumpió su amena conversación con su madre.
“Esta mañana, los empleados de una tienda local
encontraron el cadáver de una mujer dentro de uno de
los contenedores que permanecían afuera de sus almacenes. Se presume su asesinato, aunque no se le hallaron heridas. Los testigos del hallazgo especulan que se
trata de otro caso más del misterioso ladrón de sangre.
La policía aún no ha dado sus declaraciones”.
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—Es horrible —comentó Sonia—. Ya habían
suficientes muertes criminales como para que
ahora apareciera un asesino en serie.
—Mamá, ¿tú crees que sea como dicen? Lo
del contrabando y todo eso.
—No hay tanta demanda de sangre como para ser contrabandistas —aseveró—. Me parece
que se trata de una secta diabólica que está haciendo algún ritual monstruoso. Hay que ver las
cosas que hacen los jóvenes hoy en día.
La teoría de su madre le pareció más lógica, pero aún había un pequeño detalle que no la dejaba
tranquila. ¿Por qué no detectaban ninguna herida?
Su pensamiento se vio interrumpido por la
voz de su madre.
—¿Hablaste con tu padre?
—Sí, irá a buscarme cuando salga de la oficina. Eso me dará tiempo suficiente.
—Cuídate, porque contrabandistas o secta
diabólica, han vuelto muy peligrosa la ciudad.
A las dos y media Erica se encontraba abordando un autobús que la llevaría a recorrer media ciudad hasta llegar a su destino. Descendió
del vehículo cuando éste se detuvo frente a un alto edificio de arquitectura moderna, cubierto de
espejos. Cruzó la calle hacia una serie de locales
más modestos, entre los cuales se encontraba un
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© Maite Sánchez

pequeño café que era muy famoso, pues se decía
que servían el mejor café de toda la ciudad.
Al entrar, el aroma era maravilloso. Ella no
era muy aficionada al café, lo tomaba cuando le
era necesario, sin embargo, el aroma realmente
provocó que se le antojara probar una taza de tan
famosa infusión.
Caminó decidida hacia el mostrador donde habían varias sillas altas y se sentó lo más cerca que
pudo del joven cajero, que estaba ocupado cobrando una cuenta y no se percató de su presencia. El
encargado tomó su orden y mientras esperaba a
que se la llevasen, decidió iniciar la conversación.
—Estás muy concentrado. ¿Es un trabajo
muy delicado?
Gabriel no le contestó.
—¿Te interrumpo?
Parecía que ni siquiera le estaba prestando
atención.
—¡Gabriel! ¡Te estoy hablando! —exclamó alzando la voz y levantándose un poco sobre su lugar. El aludido volteó sorprendido aún más al descubrir a la persona que le había estado hablando.
—¿Erica? ¿Qué haces aquí?
—Vaya que te concentras en tu trabajo —respondió ella riéndose moderadamente—. Llevaba
rato hablándote.
—Te escuché, pero no creí que fuera a mí. No
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estoy acostumbrado a que la gente me hable —dijo como si fuera la cosa más normal del mundo,
arrebatando una carcajada de la muchacha.
El encargado del mostrador llevó el café que
ella había ordenado, pero su mirada estaba bastante extrañada al ver la interacción del cajero
con la cliente. La taza humeaba, así que ella decidió esperar antes de tomar el primer sorbo.
—¿Hace cuánto que trabajas aquí?
—Desde que mis padres murieron. Tengo que
trabajar para pagar mis estudios y mi alimentación
—respondió cerrando la caja registradora y entregándole una bandeja con la cuenta de alguna mesa
a una de las meseras que sonrió al ver a Erica.
—¿Y aún así no estas acostumbrado a que la
gente te hable?
—Te lo he dicho muchas veces, soy antisocial. Creo que alejo a las personas.
No estaba segura si era una broma mal hecha
o realmente pensaba eso sobre él mismo. Decidió
ignorar el comentario y tomó un sorbo del café
que ahora estaba un poco más tibio.
—Vaya, realmente es tan delicioso como decían.
Gabriel sonrió ante el comentario.
—No creo que hayas venido hasta aquí sólo
para probar el café. ¿Vas a ver a Orlando?
Ella rió por el comentario.
—No, quedé de reunirme con alguien más,
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pero mi intención desde el principio era hablar
contigo. ¿Eso te molesta?
Se giró para alcanzar una bandeja con la
cuenta de otro de los meseros, pero aún así pudo
ver la contrariedad que había en su rostro.
—Si es así, me portaré como cualquier otro
cliente y sólo disfrutaré mi café —dijo ocultando
su propio disgusto.
—¿Por qué tienes tanto interés en acercarte
a mí? —preguntó con un extraño tono de voz que
no sonaba como si tuviera curiosidad, sino que
tenía algunos matices de contrariedad.
Era una extraña pregunta, sobre todo porque
ella estaba muy acostumbrada a ser bastante pegadiza con todos sus amigos. Luego le pareció natural, considerando que lo decía alguien tan poco
habituado al contacto social.
—No lo sé, me caes bien y eso ya es suficiente razón para mí, pero supongo que parece que te
estoy acosando. —Dejó escapar una corta risilla—.
Mamá dice que debería ser un poco más recatada, que terminaré asustando a todos mis amigos.
Simplemente no puedo, yo soy así.
—Todo lo contrario a mí —murmuró.
—Probablemente, pero por eso creo que nos
llevaríamos bien. Puedo aprender de ti lo reservado y tú puedes volverte más social juntándote
conmigo, ¿no te parece?
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Gabriel sonrió de medio lado y volvió a dirigirle la mirada.
—Podría ser. Aunque no te garantizo que
después de un tiempo quieras seguir siendo mi
amiga —aseguró.
—¿Por qué suenas tan seguro de ello? Es como si tuvieras una horrible enfermedad o algo
que fuera a repelerme —comentó bromeando.
—De verdad que así suena —añadió él riendo.
La conversación se alargó un café más, aunque
ella bebía lentamente, disfrutando cada sorbo y él
la dejaba de vez en cuando para concentrarse en
cobrar una cuenta. Ninguno se dio cuenta de la hora hasta que un hombre, de cabello y ojos negros y
en sus cuarenta y tantos, tomó asiento junto a Erica y captó la atención del mesero encargado.
—Un machiatto —ordenó el hombre y luego
se giró hacia su hija.
—Papá, quiero presentarte a Gabriel Lira, mi
amigo. Gabriel, te presento a mi padre, Jorge Rivas.
—Mucho gusto —dijo Jorge extendiéndole la
mano al joven que le correspondió con algo de
inseguridad—. Mi esposa dice que ayudaste ayer
a mi hija, te lo agradezco mucho.
—No tiene por qué —tartamudeó Gabriel
mientras se soltaba del fuerte apretón que le había dado.
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© Maite Sánchez

—Papá trabaja en el edificio del frente en un
bufete de abogados. Le dije que vendría a verte y
que podríamos regresar juntos a casa. ¿Quieres
que te esperemos?
—No, no, no —respondió con velocidad y
nerviosismo—, digo… —Se tomó un segundo para recobrar la compostura—. No es necesario, me
voy a tardar un buen rato con el cierre de caja y
no quiero retrasarlos. Además, debo hacer una
diligencia antes de llegar a casa. Muchas gracias
de todos modos.
Jorge había terminado ya su café y después
de pagar la cuenta, volvió a tomar todas sus cosas
y extendió de nuevo su mano hacia Gabriel.
—Mucho gusto, jovencito. Eres bienvenido
en nuestra casa cuando quieras.
—Se lo agradezco —respondió todavía nervioso mientras correspondía el gesto de despedida.
—Gabriel, ¿te gustaría ir a algún lado el domingo? Quizá podríamos almorzar y luego ir al
cine, o lo que tú quieras. ¿Puedes?
Agobiado por la frescura de su amiga, Gabriel
tartamudeó un momento antes de poder contestar:
—Claro.
—Dame tu número de teléfono.
Aunque su expresión se tornó llena de duda
por un instante, escribió con resolución una serie
de números en el dorso de la papeleta de cobro y
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© Maite Sánchez

se lo extendió a ella con un movimiento brusco.
—Toma. Nos veremos el domingo —afirmó
con un ligero temblor en su voz.
—Sí, hasta el domingo —respondió sonriendo mientras guardaba el papel en su bolsillo y se
marchó en compañía de su padre.
Jorge no dijo nada por largo rato, pero estando a corta distancia de su casa, rompió el silencio
que había reinado desde que abandonaron el café.
—Ese muchacho es muy distinto al resto de
tus amigos. Es muy respetuoso, aunque bastante
callado. También parece que captó tu interés bastante rápido, ¿me equivoco?
—Ya lo conocía, pero nunca le hablé —intentó
excusar Erica, pues no podía decirle que además
de su repentino interés existía una extraña curiosidad acerca de Gabriel ocasionada por la pesadilla previa a su primer contacto aquella mañana.
—Aún así, no es común que acoses tanto —hizo
énfasis en esa palabra— a un amigo que acabas de
conocer, aunque lo hayas visto muchas veces antes.
Menos a alguien que parece tan tímido como él.
—¿Me estás reprochando algo?
—Sólo te digo que tengas precaución. Parece
un buen muchacho, pero aún no sabes nada sobre él y podrías llevarte una sorpresa.
Ambos guardaron silencio un segundo antes
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que Jorge comenzara a reír.
—Aunque lo más probable es que él se asuste de ti.
—¡Papá! —reprochó con una mueca, mas luego rió también—. No soy tan fastidiosa como ustedes dos lo pintan. Mamá y tú son unos exagerados.
—Sólo queremos que te controles. Tienes
muy buenos amigos, pero hemos visto a muchos
alejarse cuando se sentían demasiado intimidados por tus atenciones.
Ella bajó la cabeza, aceptando que lo dicho
por su padre era cierto.
Sin embargo, no esperó mucho antes de tomar el teléfono y marcar el número que Gabriel
había anotado en el dorso de la factura y con paciencia escuchó el tono de marcado hasta que alguien tomó el auricular del otro lado de la línea.
—Buenas noches —contestó una profunda y
ronca voz.
—Buenas noches, ¿se encuentra Gabriel?
—Él no vive aquí, buenas noches.
Antes de que Erica pudiera decir algo, la persona al otro lado había cortado la comunicación dejando caer pesadamente el receptor sobre su base.
—Hija, ¿pasó algo? —Sonia había entrado en
la habitación en el momento en que la conversación (si así podía llamarse) había concluido y se
basó en la expresión en el rostro de la muchacha
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para hacer su pregunta.
—Estoy segura que marqué bien el número,
pero me dijeron que Gabriel no vivía allí.
—Quizá él se equivocó al entregártelo. ¿Por
qué no esperas a mañana para llamarle?
Erica desvió la mirada y comenzó a morderse
el labio inferior.
—¿Qué tienes planeado para mañana?
—cuestionó cruzando los brazos en signo de desaprobación.
—Bueno… quedé con mis amigos de salir
temprano a asaltar tiendas y luego Orlando me
llevará al cine.
El suspiro quejoso que escapó de la boca de
Sonia le indicaba que, aunque estuviera furiosa
por su repentina cita con Orlando, no le prohibiría la salida.
—Te quiero en casa antes de las cinco.
Después de cenar y una considerable charla
por teléfono con Paola, su mejor amiga, Erica se
dispuso a dormir y no tardó mucho en entregarse al sueño.
La oscuridad de la carretera era siempre un
motivo de temor entre aquellos que se veían obligados a recorrer el desierto tramo de asfalto a altas horas de la noche. Los eventuales faros de los
automóviles eran sólo un alivio pasajero para los
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peatones solitarios. Muchas veces se habían visto
víctimas de atracos y las mujeres tenían prohibido salir, temiendo por su integridad, pero esa noche había sido distinta para la solitaria dama que
se había visto obligada a caminar por aquel sitio.
Llevaba una bolsa con el logotipo de una conocida farmacia, el cual justificaba haberse arriesgado a tal aventura.
Un automóvil pasó a su lado a alta velocidad
y un fuerte movimiento de la maleza cerca de
ella la hizo sobresaltarse. Probablemente había
sido un gato o un perro callejero, quizá algo peor
como una rata u otro animal salvaje. Sus pasos se
hicieron presurosos al pasar por donde había escuchado el ruido, pero el lugar había vuelto a ser
completamente silencioso.
De nuevo hubo movimiento entre el follaje, haciendo que ella se detuviera y volteara a ver
aterrada. Sus ojos casi se salían de su órbita y gritó en un tono muy agudo. Luego se quedó petrificada, aunque en sus ojos era evidente el pánico.
No fue el reloj lo que la despertó esa mañana, sino el timbre de su teléfono celular que yacía
junto a su almohada donde lo había dejado la noche anterior luego de su conversación con Paola. Parpadeó varias veces para lograr enfocar el
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nombre de quien llamaba.
—Orlando —murmuró para sí misma, desperezando su voz y aclarando su garganta repetidas veces para quitarse el tono de haberse recién despertado. Sólo entonces presionó el botón para contestar y pegó la bocina a su oído—. Hola, Orlando.
—Erica, querida… los muchachos llamaron
hace un momento y se disculparon por que no
podrán dar la vuelta de asalta tiendas, ¿te gustaría hacer algo más conmigo o prefieres esperar a
nuestra cita de la tarde?
—Mamá me ha puesto toque de queda, debo
estar en casa antes de las cinco —dijo en voz alta por si su madre podía escucharla desde la habitación al otro lado del pasillo. Luego, susurró:
—Perfecto, podemos aprovechar el tiempo.
—Y exactamente, ¿cómo quieres aprovecharlo? —respondió en un tono ligeramente sugerente.
—Orlando, ¿Cuántas veces debo decirte que tú
y yo sólo somos amigos? Me gustas, pero no estoy
lista para establecer una relación formal contigo.
—¿Quién habla de relaciones? —bromeó.
—Ahora en serio, por favor —replicó molesta— ¿Qué tienes planeado?
—Básicamente, lo mismo: ir a pasear por el
centro comercial, comer algo, ir al cine… lo que
usualmente hacemos, con la diferencia que estaremos sólo tú y yo.
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—Me parece bien. ¿Después me podrías llevar al Café Alba? Quedé de ver a alguien allí.
—¿Antes de las cinco? Me parece difícil, pero
lo intentaré.
—Nos veremos a la hora acordada. Hasta más
tarde.
—Hasta más tarde, cariño.
Si había algo que no soportaba era la tediosa costumbre que él tenía de llamarla “cariño” al
menos una vez en cada conversación que tenían,
además de su constante insistencia solapada en
hacer avanzar su relación al siguiente paso. ¿Por
qué no podía comprender que ella no estaba lista
para hacerlo? Sólo lo soportaba por que en realidad se sentía atraída por él y también ella debía
poner de su parte para cumplir el “pacto” al que
habían llegado, aunque muchas veces se veía tentada a romperlo.
Cuando Orlando finalmente desapareció de
sus pensamientos, la llamada de la noche anterior
ocupó su mente durante los pocos minutos que
permaneció aún acostada en su cama antes de levantarse, meterse a la ducha y arreglarse para salir.
Se demoró más de lo que esperaba en decidir
lo que iba a ponerse, tratando de armar un conjunto que fuera casual pero que al mismo tiempo la hiciera lucir muy atractiva. Al final eligió un pantalón
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negro de tela suave y ceñido al cuerpo que combinó
con una sencilla blusa roja con mangas blancas.
Rojo y negro.
Esos colores parecían saltar a cada momento en que su subconsciente tenía la oportunidad,
haciéndole imposible olvidar aquella terrible pesadilla. Su cerebro intentaba decirle algo, pero las
señales que enviaba no eran muy claras.
Desayunó de prisa y se despidió de su madre
antes de que ella tuviera la oportunidad de hacerle las respectivas advertencias sobre Orlando. Siempre era lo mismo: Cuídate de él, no parece tener buenas intenciones, haz que te respete y
respétate a ti misma…
Odiaba recibir los sermones de su madre,
sin embargo, había puesto en práctica cada uno
de sus consejos y nunca había permitido ningún
acercamiento más allá de un abrazo o un beso en
la mejilla. En el fondo, Erica era una chica romántica y esperaba que el momento de su primer beso fuera realmente especial.
Se encontró con Orlando en la entrada del
centro comercial y pasearon por el lugar una vez,
antes de decidir qué hacer. Entraron en la librería
y él le regaló un tomo que recopilaba los mejores
cuentos cortos de terror. Ella lo recibió entusiasmada, aunque por dentro se debatiera si debía seguir leyendo ese tipo de relatos.
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© Maite Sánchez

Almorzaron y luego entraron al salón de juegos electrónicos, donde compitieron bailando
por largo rato. Orlando era bastante más alto que
ella, tanto que cuando conversaban de pie en los
pasillos de la facultad solía terminar con dolor
de cuello. Su figura era bastante atlética debido a
que había formado parte del equipo de futbol de
su colegio y aún solía practicarlo con frecuencia.
Sin embargo, por ser tan corpulento solía tener
movimientos algo torpes en esa clase de juego, lo
que le daba la ventaja a Erica que además tenía
muy buenos reflejos. Al final, la vencedora indiscutible fue ella.
Al fin llegó la hora de ir al cine, como había
sido el plan original, y sus opciones eran la película infantil del momento, una comedia romántica y una película de acción basada en un dibujo
animado de los que disfrutó durante su infancia.
Era tentador entrar a ver la segunda opción, pero
si quería continuar evitando a Orlando, la última
alternativa era la más indicada.
Mientras los cortos previos a la película eran
proyectados, Orlando se ofreció a ir por palomitas
y sodas dejando a Erica sola en la oscuridad. Entre los cortos había una película de terror sobre un
asesino en serie, en la que ella vio reflejados sus
sueños. Mientras pensaba en aquello, Orlando regresó y le provocó un susto que la hizo gritar y es50

© Maite Sánchez

tuvo a punto de tirar las cosas que él traía.
—Vaya, parece que esa película estará realmente buena, si sólo el avance ya te puso a temblar.
—Sí, es cierto —fue lo único que dijo por la
vergüenza; luego se encogió en su asiento y olvidó sus pensamientos.
La película terminó a las cuatro, pero se encontraban muy lejos del café Alba. Aún así, Erica insistió en que la llevara allá o iría por su cuenta, por lo que Orlando no tuvo más opción que conducir su pequeño Yaris azul hacia donde ella quería
ir. Se detuvo frente al café y se giró sobre su asiento para encarar a su acompañante. En la penumbra
de la tarde, los ojos verdes de Orlando adquirían un
tono oliváceo que a ella le encantaba, pero debía
luchar para no mostrarse demasiado afectada.
—¿Quieres hacer algo mañana? —El tono de
su voz era ligeramente más ronca.
—Gracias, Orlando, pero ya tengo planes —replicó con un temblor en su voz—. ¿Te veo el lunes?
—En clase de redacción, como siempre.
—Sonrió y luego de recibir un beso amistoso en
la mejilla, observó cómo ella bajaba del auto y se
despedía de él con la mano.
Una vez el Yaris desapareció de su vista, Erica se dispuso a entrar al café, pero en la puerta tropezó con la mesera que había visto la noche
anterior, quien iba de salida.
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© Maite Sánchez

—Lo siento, ya no está abier… —Cuando la reconoció, sonrió ampliamente—. Ah, eres la amiga
de Gabriel. Pasa, yo ya me iba.
Sin poder decir una palabra, la dejó marcharse y luego volteó hacia el mostrador, donde Gabriel lucía incrédulo.
—¿Qué haces aquí?
—Embustero, el número que me diste no era
el tuyo —reclamó en tono de broma.
Su expresión cambió mostrando enfado.
—¿Cuándo llamaste y quién contestó? —Las
palabras sonaban pesadas mientras las pronunciaba. Ella se sintió desconcertada por la reacción
de Gabriel y respondió con la misma economía de
palabras con las que él le había hablado.
—Anoche, un señor que parecía enojado.
—Debió ser mi abuelo —contestó más tranquilo—. No está de acuerdo con que me llamen… y
otras cosas —añadió más para sí mismo que para
ella. El ceño fruncido no desapareció de su rostro.
—Creí que me evitabas —bromeó Erica sin
recibir respuesta de él, que estaba concentrado
haciendo el cierre de caja. —Entonces, ¿quieres ir
a almorzar conmigo mañana?
—No creo que sea buena idea. —Su voz volvía
a tener el mismo tono de enfado.
—Bueno, entonces déjame esperarte hasta
que termines y nos iremos a casa juntos.
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© Maite Sánchez

La reacción de Gabriel fue inesperada, sus ojos
se abrieron a su máximo un segundo, sus músculos
se tensaron y su respiración se hizo irregular.
—Eso no —remarcó tajante—. Vete pronto a
tu casa.
Erica titubeó un instante, confundida por su
extraño comportamiento.
—No me importa esperarte, en serio.
Gabriel exhaló con fuerza al tiempo que cerró los ojos y se aferró con fuerza al mostrador,
cuando comenzó a hablar lo hizo en un tono suave, pero gradualmente aumentó su fuerza.
—No, Erica… no lo entiendes. No quiero tener
nada que ver contigo, no quiero volver a hablarte
ni que te me acerques —hizo una pausa antes de
añadir con voz tajante— Márchate, por favor.
—Pero…
—¡Márchate! —gritó dirigiéndole una severa mirada que la hizo retroceder. Sus ojos azules
brillaban como zafiro y, aunque no se parecían a
los de su sueño, le causaron un hormigueo en la
boca del estómago.
Se marchó sin decir nada.

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© Maite Sánchez

3
Comenzar de Nuevo
El centro comercial estaba desierto y las luces completamente apagadas, excepto por la débil linterna del guardián de turno. Acostumbrado a la soledad de la noche, se sentó en una de
las sillas del área de restaurantes y sacó su vaso térmico para degustar un cálido café. Un leve ruido captó su atención y apuntó rápidamente
con su linterna hacia donde creía que éste provenía, pero no encontró nada, así que la apagó y tomó otro sorbo de café. Otro ruido lo hizo reaccionar con mayor velocidad, pero no encontró nada.
Apagó la linterna una vez más y le dio otro sorbo
al café antes de que otro ruido lo hiciera sobresaltarse, dejando caer el vaso y la linterna.
Los golpes en su puerta la despertaron de
golpe, causándole taquicardia. Miró su reloj y
eran las nueve de la mañana; la puerta se abrió
dando paso a su madre.
—Hija, es tarde ya. ¿No pensabas salir hoy
con Gabriel?
—No, mamá, eso quedó cancelado —dijo volviendo a arroparse hasta cubrir su rostro con la
sábana.
54

© Maite Sánchez

Sonia se acercó a la cama y se sentó junto a
su hija, descubriéndole el rostro.
—¿Qué sucedió? —preguntó con tono maternal.
—Ayer, luego de salir del cine, le pedí a Orlando
que me llevara al café Alba para hablar con Gabriel
—Sonia asintió mientras se debatía entre la satisfacción y la protesta—. Cuando le conté lo de la llamada
se molestó, aunque no sé porqué, y cuando le pregunté sobre salir hoy, me dijo que no era buena idea.
—Hija, no creí que manejaras tan mal el rechazo —comentó sorprendida.
—No es eso, mamá —respondió sentándose
para quedar frente a frente con Sonia—. Es que…
después de todo, papá y tú tenían razón. Soy
completamente fastidiosa.
—Puede que si —dijo satisfecha por haber
hecho entender a su hija—, pero no entiendo lo
que quieres decirme.
—Es que le dije que lo esperaría para regresar juntos y parece que se hartó de mí, porque estaba muy desesperado por que yo desapareciera
de su vida.
—¡Ay, hija! —repuso Sonia abrazando a Erica—, me lo temía y por eso te advertí tantas veces
que te contuvieras, ya que esto podía pasar.
—Sí, y no te creí, y ahora Gabriel me odia
—añadió como berrinche.
—No te odia, sólo lo asustaste. —Ella reprimió
55

© Maite Sánchez

su risa—. Pobre chico, siendo la timidez personalizada, seguro lo abrumaste con tu frescura. No podemos culparlo por sentirse intimidado por recibir
la atención de una chica tan bella como tú.
—¡Mamá! —reclamó Erica librándose del abrazo y abandonando la cama por el lado contrario—.
Asustado o lo que sea, no quiere volver a verme.
Con una cálida sonrisa, Sonia caminó hacia
Erica y apoyó su mano en el hombro de la joven.
—Yo que tú, no me rendiría tan fácilmente.
¿Por qué no intentas comenzar de nuevo? Sólo
contén tu entusiasmo ésta vez.
Erica hizo una mueca, pero asintió y Sonia se
marchó dejando que ella se arreglara.
Orlando la llamó a eso de las tres de la tarde.
—¿Tienes tiempo? Los chicos y yo vamos a
una fiesta. ¿Quieres ir?
—Gracias, pero no —dijo con voz dormida.
—Vamos, Erica, no seas aguafiestas.
—No me siento con ganas de ir a una fiesta,
además tengo que levantarme temprano mañana
pues ya me perdí dos clases de Inglés.
—No entiendo tu obsesión con los horarios,
cariño. Es aburrida.
—Hasta mañana, Orlando —contestó y colgó
el teléfono.
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© Maite Sánchez

Por la mañana, la clase de inglés se le hizo
larguísima por la ansiedad de llegar a la clase de
comunicación antes que el profesor Darío. Esperaba que Gabriel ya estuviera allí, pero el día parecía conspirar en su contra.
Al entrar al salón, el profesor ya había comenzado a escribir en la pizarra y aún no había
rastro de Gabriel. Éste llegó unos minutos después, psin siquiera voltear a ver a Erica. Sólo buscó su acostumbrado escritorio al fondo del salón.
—Comencemos —anunció el catedrático—.
Hoy les asignaré un proyecto que deberán entregar al finalizar el semestre, en unas nueve semanas. Por lo tanto, lo mejor sería que desde ya eligieran un compañero de equipo. Les daré cinco
minutos para organizarse.
Agradeciendo la oportunidad y sin vacilar,
Erica se levantó de su asiento y caminó decidida
hacia Gabriel.
—¿Quieres hacer el proyecto conmigo?
—preguntó resuelta. Gabriel lucía asombrado una
vez más. Como no había nadie sentado en el escritorio frente a él, ella tomó el lugar para hablar
con mayor comodidad.
—Lo siento, sé que dijiste que no querías volver
a verme, pero de verdad me gustaría que me dieras
otra oportunidad de ser tu amiga. —Él guardó silencio—. Prometo no ser tan… molesta esta vez.
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Aunque titubeó por un momento y no parecía estar completamente conforme, aceptó la
propuesta de Erica y también trabajar con ella,
por lo que acomodaron los escritorios para estar
uno junto al otro con la mirada hacia el frente.
—Bien, en un momento pasaré por sus lugares
y les asignaré el tema. En el pizarrón están los lineamientos del proyecto, tomen nota mientras tanto.
Ambos obedecieron a la indicación. Gabriel
terminó primero y esperó en silencio mientras
Erica aún escribía, pero no soportó mucho.
—Perdona —murmuró.
—¿Qué has dicho? —dijo ella sin dejar de
apuntar.
—Que lamento haberte gritado el otro día. De
verdad…
Ella se detuvo.
—No te disculpes. Fui demasiado insistente y
era normal que reaccionaras así.
—Pero, Erica… eso no excusa mi comportamiento.
—Basta —dijo dejando el bolígrafo en el escritorio—. Te propongo algo. ¿Por qué no olvidamos lo sucedido los últimos días y comenzamos
de nuevo? —Gabriel asintió titubeante y ella sonrió—. Soy Erica Rivas, ya te había visto antes en el
salón. ¿Cuál es tu nombre?
—Soy Gabriel Lira —dijo intentando llevarle
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la corriente—. Encantado de conocerte.
Ella sonrió y continuó tomando notas sin
darse cuenta de la sonrisa en el rostro de Gabriel.
La siguiente hora de clase correspondía a la de
Redacción. Gabriel también la llevaba, pero ella, en
ese período, se sentaba en el lado derecho del salón,
cerca de la ventana. La razón era que la clase también era el momento en que su grupo de amigos se
reunían, entre los cuales se encontraba Orlando.
Al abandonar el salón de la primera clase,
Erica caminó junto a Gabriel.
—Debemos organizarnos con este proyecto,
¿cuándo podemos reunirnos?
—Mi horario es algo complicado, ¿podemos
hacerlo los domingos?
—Sí, claro. Aunque sería bueno usar las noches. Sales a las cinco de trabajar, ¿cierto?
—¡No! —dijo alarmado—. Digo, no puedo. Mi
abuelo es muy estricto y si no llego a la hora que
debo, me deja afuera toda la noche.
—Pues pasarás la noche en mi casa… —Se
mordió la lengua al ver el nerviosismo de Gabriel
que estaba a punto de volverse terror—. Lo siento. El domingo está bien para mí.
Llegaron a la puerta del salón y se detuvieron un minuto.
—Si quieres, puedes venir a sentarte con no59

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sotros —invitó ella.
—Te lo agradezco, pero no estoy listo aún para dejar de ser antisocial.
Ambos rieron.
—De acuerdo, pero si cambias de opinión te
guardaré un asiento.
Orlando aún no llegaba. Sus amigos Nicolás y
Valeria ya ocupaban los asientos acostumbrados.
—Te extrañamos anoche —dijo Valeria—
¿Por qué no fuiste?
—No tenía ganas. ¿Se divirtieron?
—Apenas —contestó Nicolás—. Orlando se
pasó de tragos y tuvimos que cargarlo hasta el
carro y llevarlo a casa.
—¡Pobre Pao! Iba en el asiento trasero con él
y… digamos que vació su estomago.
—¡Vale! —reclamó Erica— No es necesario
que seas tan explícita.
—No creo que ella venga hoy, estaba muy
molesta con él.
—Y yo no creo que él se aparezca, con la resaca que debe tener —comentó Erica evitando
mostrar su molestia.
Mientras Renato, el profesor de Redacción,
explicaba la correcta sintaxis de una oración y el
análisis gramatical de ésta, Erica dividía su atención al contestar las notas que Valeria le mandaba.
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Te vi hablando con el chico raro del
fondo. Cuenta.
Nos encontramos en el autobús un
día y comencé a tratarlo. Y no es
raro, sólo es tímido.
Esperaron a que el profesor se diera vuelta
para volver a pasar el papel.

Es guapo. ¿Lo presentarás? ¿Cómo se
llama?
¡Vale! Se supone que te gusta Nico.
Y su nombre es Gabriel
Valeria rió mientras leía el mensaje de Erica.

Me gusta Nico, pero te conviene que
seamos tres chicos y tres chicas. Así
estaremos más parejos durante las
salidas. Tal vez le guste a Pao
¿Y que terminen como anoche? No
gracias, él se asustaría
La clase terminó unos minutos antes. Aún
así, Erica y sus amigos se apresuraron a salir a
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conversar frente a la puerta del salón. En el momento en que Gabriel salía, Erica lo llamó y él no
tuvo otra opción más que acercarse al grupo.
Nicolás era alto y delgado, con un rostro ligeramente cuadrado, acentuado por el corte al estilo militar que usaba y que no dejaba ver su cabello castaño claro.
Valeria era un poco más alta que Gabriel,
aunque no llevara tacones altos; de complexión
delgada y rostro alargado, pero agradable, sobretodo por sus ojos avellanados, casi del mismo tono de su cabello que llevaba atado en una coleta a
un costado de su cabeza.
Aunque parecían muy amigables, Gabriel no
pudo evitar sentirse intimidado.
—Gabriel, quiero presentarte a mis amigos,
Nicolás y Valeria.
—Nicolás Márquez —dijo ofreciéndole la mano para un apretón que Gabriel respondió tímidamente.
—Yo soy Valeria Romero, encantada de conocerte. Y por favor, no me llames Valeria. Soy Vale.
—Encantado —dijo con un temblor bastante
perceptible en su voz—. Soy Gabriel Rivas.
—Bien, me voy a clase —anunció Erica—
¿Vienes, Nico?
—Sí, ya voy —dijo mientras se acercaba a
darle un beso de despedida a Valeria y volvía a
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estrechar manos con Gabriel.
—Nos veremos mañana en Matemática —dijo Valeria despidiéndose de sus amigos y luego se
giró hacia Gabriel—. Espero que el miércoles te
sientes con nosotros.
Sin poder deshacerse del nerviosismo en su
voz, respondió:
—Te lo agradezco… lo pensaré. —Erica sonrió
y se despidió de él a lo lejos. Los cuatro jóvenes se
separaron y cada uno atendió a sus ocupaciones.
Erica llegó a su casa cerca del medio día. Su
madre aún no llegaba y su padre estaba en la oficina, así que se tiró en el sofá y cerró los ojos al
suspirar.
Había logrado arreglar las cosas con Gabriel
y definitivamente tendría que aprender a controlar su ímpetu. Al menos podría tranquilizar a su
madre sobre su insistencia en que debía aprender
a ser recatada.
Su teléfono móvil permanecía en modo de
vibrador en el bolsillo de su pantalón, donde comenzó a hacerle cosquillas.
—Orlando —resolló enfadada al ver el identificador. Respiró profundamente antes de contestar.
—Erica, cariño, ¿cómo estás?
—Aparentemente, mejor que tú. ¿Qué tal la
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resaca?
—Mejor no te cuento. ¿Me dirás qué hay que hacer para la clase de Redacción y la de Historia?
—Nico vive a dos casas de la tuya —contestó
con notoria molestia—. ¿Por qué no vas con él?
—Está bien. Yo sólo quería darte una excusa para
verme, pero ya que no quieres —dijo con tono quejoso.
—Sabes bien que mis padres se molestarían.
—Sumando el hecho de que había llegado tarde
una noche por estar supuestamente en su compañía—. Además, estoy molesta contigo.
—¿Y yo que hice?
—Romper tu promesa.
Otra de las razones que hacían que Erica
aplazara su relación con Orlando era su poco autocontrol cuando se trataba de una fiesta. Casi
siempre terminaba pasado de copas o cometía alguna imprudencia, como la fiesta en la que le declaró sus sentimientos. Estaba completamente
sobrio y aún así se paró sobre su silla y le gritó a
Erica, quien estaba al otro lado del salón, que le
gustaba mucho y que quería que fueran novios.
—Por favor, Erica. Fue sólo una vez. Llevo seis meses portándome bien por ti. ¿No me vas a dar la oportunidad?
—La oportunidad la tienes, depende de ti
aprovecharla.
En realidad, no estaba molesta por que él hu64

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biera faltado una vez a su promesa, sino que lo había hecho estando tan cerca de que se cumpliera su
plazo secreto. Si hubiera soportado un mes más…
—Te lo prometo, no te volveré a decepcionar. ¿Te
veré mañana?
—Sí, seguro —respondió con más amabilidad
y colgó.
Un minuto después llegó su madre.
—¿Hace mucho que llegaste?
—No, mamá, acabo de llegar.
—Muy bien. Enseguida calentaré la comida,
así que prepara la mesa.
Como de costumbre, Sonia encendió la radio
para escuchar las noticias. Aún no comenzaban,
pero se conocía su proximidad por las mismas
tres canciones que colocaban antes del noticiero.
—¿Arreglaste las cosas con Gabriel? —gritó
desde la cocina.
—Sí, incluso tenemos un proyecto que debemos trabajar juntos.
—¿Lo veremos seguido? Eso es grandioso
—exclamó entusiasmada.
Erica sonrió al tiempo que negaba con la cabeza. Su madre estaba aliviada de ver a otro muchacho entrar en su vida.
Orlando no era del agrado de su madre y Nicolás no era del tipo de Erica, además estaba al
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corriente que era del gusto de Valeria. Otros chicos habían pasado fugazmente por su grupo cercano de amigos, pero ninguno le gustaba a su madre tanto como Gabriel, ya que con ninguno había reaccionado con tanta amabilidad y complacencia a cada uno de sus movimientos.
En realidad, Gabriel encerraba dentro de su
personalidad distante un inexplicable atractivo
que una vez se conversaba con él te hacía querer
saber más. Quizá era ese aire misterioso o su penetrante mirada. Sólo había que romper la barrera de su timidez para darse cuenta.
Decidió no volver a pensar en su pesadilla nunca más. Ése, por ningún motivo, podía ser Gabriel.
“El macabro hallazgo ocurrido ayer por la mañana en el centro comercial Arango, en el que se descubrió
el cadáver de Miguel Ponce, desaparecido desde el viernes, se ha atribuido una vez más a los contrabandistas
de sangre. Según declaraciones de las autoridades, los
ataques deben ser perpetrados por un grupo muy organizado, ya que no dejan huellas que los delaten, y no se
ha reportado la presencia de ningún vehículo cerca de
los lugares de ataque, lo que los lleva a deducir que entre todos cargan con la víctima. Lamentablemente, la
ola de ataques no parece retroceder, pues se ha reportado la desaparición de Gonzalo Fernández, el vigilante
del turno nocturno. Lamentablemente, las cámaras de
seguridad del lugar se encontraban apagadas”.
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La noticia dejó petrificada a Erica. La coincidencia ya era demasiada. ¿Acaso era psíquica?
Cuando su madre colocó una mano sobre su
hombro, ella se giró sobresaltada y dejó caer los
cubiertos que tenía en la mano.
—¿Qué sucede, hija? Te has puesto pálida de
pronto.
—Nada, mamá… estaba en la luna y me tomaste por sorpresa —se apresuró a contestar y
forzó una sonrisa para tranquilizar a su madre.
—Últimamente has estado actuando muy extraño. ¿Qué tienes, hija? Sabes que puedes confiar en mí.
Para disimular mejor su nerviosismo, Erica
continuó con lo que estaba haciendo y llevó los
cubiertos a la cocina para limpiarlos.
—Te juro que no es nada, mamá.
La mirada de Sonia reflejaba que no estaba
convencida, pero era inútil insistir, Erica nunca le
diría lo que pasaba por su mente cuando trataba
de mantenerlo oculto.
Erica no estaba segura de por qué no debía
contarle a su madre sobre sus pesadillas y la conexión con los asesinatos. Quizá porque la llevaría a contarle su primer sueño y si le daba mucha
importancia podría prohibirle el trato con Gabriel y suficiente tenía con sus restricciones en lo
que se relacionaba con Orlando. Además, descu67

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briría que le había estado mintiendo sobre su paradero aquella noche.
Hasta que no supiera la razón de los sueños
no diría nada. ¿Cómo podría hacer las averiguaciones sin despertar sospechas?
Tenía que comentárselo a alguien.

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4
Vigilia
Aunque tuvo que esperar hasta la siguiente semana, la oportunidad de sacar a luz el tema
se le presentó en la persona que menos hubiera
imaginado.
El lunes, en la clase de comunicación, Erica
fue a saludar a Gabriel al fondo del salón y aprovechando el misterioso retraso del profesor, comenzó a conversar con su amigo sobre los avances de la reunión del día anterior. Al poco rato,
Gabriel bostezó con fuerza y ella le contestó al
bostezo con otro igual.
—Disculpa —dijo él—. Me desvelé terminando las tareas de esta semana. No dormí en toda la
noche, pero logré ponerme al día.
—Yo tampoco he podido dormir bien, pero
desearía que fuera por una razón tan responsable
como la tuya.
Gabriel guardó silencio un momento, como temiendo preguntar más. Erica se disponía a
cambiar el tema cuando él rompió el silencio con
un poco de reserva en la forma en que articulaba
cada palabra.
—¿Puedo preguntarte… la razón de… tu vigilia?
—He tenido pesadillas —contestó ella sin sa69

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ber cómo explicarse—. Si te las contara, dirías
que probablemente he visto demasiadas películas
de terror, pero no es así. Ni siquiera he abierto el
último libro que me regaló Orlando.
Gabriel suspiró con fuerza, como demostrando resignación.
—Cuéntame, no te juzgaré.
—Está bien, pero no digas que no te advertí.
Erica fue relatándole una a una sus pesadillas
desde el día en que lo conoció y él parecía bastante confundido, como si los relatos no fueran lo
que él esperaba oír.
—¿Qué crees que sean todos esos sueños? ¿Habrá una posibilidad de que me haya vuelto psíquica?
—Erica, yo…
Gabriel no pudo continuar con la conversación, pues el rector de su facultad llegó en compañía de varios de sus profesores. Erica se sentó
en el escritorio delante a Gabriel y todos pusieron atención a lo que dirían sus maestros.
El rector fue el primero en tomar la palabra.
Su discurso sonaba como ensayado, como algo que
ha dicho ya muchas veces con un tono metódico y
sin flexiones que demostraran algún sentimiento.
—Alumnos, el motivo que nos reúne aquí esta mañana es realmente alarmante. Estamos seguros de que todos se han enterado de la ola de violencia que acosa nuestras calles. Ya antes cobró
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la vida de uno de nuestros ilustres alumnos de la
hermana facultad de ingeniería. El mismo campus
fue escenario de su muerte. Lamentablemente,
ahora es nuestra facultad la que se viste de luto.
Cuando él hizo una pausa, la profesora del curso de filosofía emitió un fuerte suspiro y concluyó la
noticia con una frase que recitó en un solo respiro.
—El profesor Darío está desaparecido desde
el sábado en la noche.
Las reacciones de los alumnos fueron variadas. Muchos guardaron silencio y bajaron la cabeza. Las mujeres reprimieron gemidos y dejaron
brotar algunas lágrimas. Erica entró en una especie de estado de shock hasta que escuchó un golpe seco que venía detrás de ella y a Gabriel que
no dejaba de repetir:
—Maldita sea, maldita sea.
El profesor Julio Medrano, que impartía el
curso de fotografía, llamó al orden y continuó con
el discurso. Su voz sonaba titubeante, desprovista
de la seguridad que lo caracterizaba en sus clases.
—Están buscando pistas de su paradero, pero
no hay mucho optimismo.
—Suspenderemos las clases por hoy. Mañana
habrán clases normales —concluyó el rector, haciendo que todos los profesores salieran tan repentinamente como habían irrumpido en el salón.
Aunque todos habían sido afectados por la
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noticia, Gabriel parecía en cierta forma más afligido que el resto de sus compañeros. Tomó su
mochila y salió sin dirigirle la palabra a Erica,
provocando que algunos comentaran a sus espaldas por su comportamiento extraño.
Ella no tardó en seguirlo, pero no lo encontró
hasta la puerta de la facultad. Estaba apoyado en la
pared y su respiración era agitada, como si tratara
de contenerse, como si tuviese enfermo. Con reserva, Erica se acercó y susurró suavemente su nombre. No obtuvo respuesta, así que acercó su mano
casi tocando su hombro, pero entonces él habló.
—Déjame sólo, por favor.
—Gabriel… —replicó suavemente.
—Te lo suplico, necesito estar solo.
Ella suspiró y luego respondió con serenidad.
—Está bien, pero sabes que puedes hablar
conmigo.
En ningún momento dejó que ella le viera el
rostro, sólo se giró antes de marcharse y pronunció una última palabra.
—Gracias.
Todos se marchaban a sus casa, así que Erica
también decidió hacerlo. No podía dejar de pensar en Gabriel y su reacción.
Casi parecía exagerada, aunque ella estaba
egura que debía tener algún motivo.
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Esa noche no soñó como las anteriores, pero Gabriel no abandonó su mente ni aún dormida. En su sueño, él tenía la mirada perdida hacia
el cielo y las lágrimas brotaban de sus ojos sin detenerse y formaban un charco que crecía y crecía
hasta cubrir su cabeza y ya no pudo verlo.
Despertó sin sobresalto, aunque su sueño la
dejó intrigada. La oscuridad de su habitación le
llamó la atención, entonces examinó su reloj y
eran las cuatro de la mañana, cerca de media hora más temprano que la última pesadilla que la
despertó en la madrugada del domingo.
Gabriel definitivamente guardaba un dolor
muy grande del que no podía desahogarse. Quizá
su abuelo tenía que ver y su personalidad tampoco
ayudaba. ¿Podría haber algo que ella pudiera hacer?
Era martes y no esperaba verlo en clase, pues
no compartía la de matemática que era la única
que ella llevaba ese día después de inglés. Sin embargo, agradecía el tiempo que le daba esa situación para pensar en algo que lo ayudara.
Aunque, su pensamiento pronto fue distraído por la presencia de alguien más.
Con la suspensión de las clases del día anterior no había tenido la oportunidad de hablar con
Orlando, que se había molestado cuando le dijo
que el domingo no podía salir con él, pues tenía
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un proyecto para la clase de comunicación. Evitó
decir quién sería su compañía por la seguridad de
Gabriel. Sin embargo, ese día marcaba una fecha
determinante en su relación y encontrarse con
Orlando la ponía especialmente nerviosa. La clase
de matemática no era la favorita de ninguno, pero era única que compartían durante ese día. Ella
esperaba que ya hubieran llegado todos, para no
tener que estar a solas con Orlando.
En el salón, la única de su grupo que ya había llegado era Paola. Se acomodó en el escritorio
frente a ella y luego giró para saludarla. Se disponía a sacar su cuaderno cuando una pregunta de
su amiga la hizo girarse de nuevo en su lugar.
—¿Te pasa algo? Pareces preocupada.
—¿Preocupada? —Guardó silencio un rato
mientras se debatía internamente si contarle todo o hacer como si no tenía importancia. Paola
había sido su amiga demasiado tiempo como para creerse lo segundo. Decidió confiarle sus pensamientos.
—La verdad, sí estoy algo preocupada por algo que ocurrió ayer.
—¿Por lo del profesor Darío?
—Algo así. Es por Gabriel, que parecía muy
afectado por la noticia.
—Ah —articuló sin disimular su fastidio—
¿Por qué crees que sea?
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—Lo he estado pensando desde entonces. Yo
creo que tiene que ver con la muerte de sus padres.
—¿Qué vas a hacer? —dijo con aún menos interés.
—No lo sé. Quisiera ayudarlo, pero no creo
que sea posible.
—Entonces no te compliques y deja de preocuparte.
Erica se quedó fría ante la contestación de
Paola, pero no tuvo oportunidad de encontrar la
razón, pues en ese momento llegó Orlando, seguido por Nico. No pasó mucho para que se les uniera
Valeria y saludaran como si nada hubiera pasado.
—Erica —llamó Orlando con tono de insistencia—. ¿Estás en la luna?
—Disculpa, no te había escuchado. ¿Qué sucede?
—Hoy será nuestra noche de cine, ¿te unes a
nosotros?
Ella lo pensó un instante. Sus padres irían a
una cena organizada por la oficina de su padre, así
que nunca se enterarían si llegaba un poco tarde.
—Claro, ¿a qué hora? —respondió con entusiasmo, pero no prestó atención a la respuesta pues se distrajo con la expresión del rostro de
Pao, que sin saber que era observada, demostraba
un completo descontento.
—¡Otra vez, Erica! ¿Quieres decirme qué es
más importante que escucharme?
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La respuesta tendría que esperar. La profesora había llegado ya y comenzaba a repartir algunas
copias. Cuando llegó a sus manos pudo darse cuenta de que no se trataba de material para la clase.
—La inseguridad ha crecido mucho las últimas semanas. La policía no tiene pistas y no se
sabe como son escogidas las víctimas porque no
tienen nada en común. Las autoridades nos han
pedido que les demos una pequeña charla preventiva para que sepan que características evitar.
Aunque se trataba de un asunto muy delicado,
el interés demostrado hacia el tema fue evidente por
el murmullo audible en todo el salón y el número de
veces que la profesora tuvo que llamar al orden.
Erica tampoco estaba muy interesada en la
conferencia, pero se tomó la molestia de dar un
vistazo a las copias que les habían repartido.
Si nos prohíben todas las actividades nocturnas,
hasta las clases estarán desiertas.
Y recordó la conversación que escuchó en el
autobús la primera vez que habló con Gabriel.
“Pronto las clases nocturnas estarán desiertas por
temor a la muerte”.
Se estaba cumpliendo.
Luchaba por mostrarse indiferente como todos sus compañeros, pero sabía que su inconsciente debía estarle enviando señales de que se
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preocupaba más de lo que quería creer.
O quizá quería advertirle de algo más, de un peligro. La idea de tener algún poder psíquico dejó de
parecerle imposible. Quizá podría usarlo para detener a quien fuera que provocara tantas muertes.
Pero sus sueños no eran completamente reveladores. En ningún momento había visto el rostro del asesino y la víctima nunca era a quien ella
soñaba. La última vez ni siquiera había visto el
rostro del protagonista de su pesadilla.
Con el siguiente período libre, el grupo decidió que sería bueno hacer algo del trabajo de la
clase de redacción y para eso debían ir a la biblioteca. Cada uno pidió un libro distinto de los que
necesitarían, pero el último tomo de “Historia de
la Literatura Latinoamericana en el siglo XX” ya
no estaba disponible.
—Pero, debe haber un tomo para consulta en
sala. No pudieron haberlos prestado todos —reclamó Erica con tono sereno.
—Tiene razón, señorita —respondió la bibliotecaria— pero es que está siendo usado por alguien más en éste momento.
—¿Quién? —dijo toscamente Orlando, impaciente por la costumbre de Erica de discutir por todo.
El rostro de la mujer se endureció por el poco respeto que le demostraba el joven.
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—Aquel muchacho —señaló molesta y dándose vuelta añadió—: Arréglense con él.
Erica miró hacia donde la bibliotecaria había señalado, que era una de las tantas mesas dispuestas para los grupos de trabajo, pero sólo había un ocupante en ella y era un muchacho de cabellos negros y ojos azules. En un principio, le
costó reconocerlo pues había un drástico cambio
en su apariencia.
Había cortado su cabello.
—¿Qué no es tu amigo? —dijo Nico con un
mensaje implícito en sus palabras: “Pídele prestado el libro”.
Normalmente hubiera avanzado hacia él y
de la manera más diplomática hubiera invitado a
Gabriel a hacer el trabajo con ellos, pero no estaba muy segura de cómo reaccionaría.
—No me dirás que de un momento a otro te
has vuelto tímida —dijo Orlando tomándola del
brazo y guiándola hacia él.
Al sentir la cercanía de ambos, Gabriel levantó la mirada y de inmediato se cruzó con los ojos
de Erica, pero la presencia de Orlando junto a ella
pareció intimidarlo. Ella agradeció en sus adentros que los demás guardaran su distancia.
—Hola, Gabriel —dijo un poco insegura—. Ya
creía que no iba a verte hoy.
—Hola, Erica —respondió con cortesía—. Orlando.
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Él saludó con un movimiento de cabeza. Erica puso los ojos en blanco al recordar el día en
que los presentó.
El miércoles de la semana anterior, después de
la clase de sociología, les tocaba la de Redacción y
Erica venía seguida por Orlando que le rogaba por
su perdón. Como aún era muy pronto para perdonarlo, decidió ignorarlo por completo y al ver
a Gabriel en el pasillo, corrió de inmediato a saludarlo con efusividad. Sólo logró perturbar un poco a su tímido amigo, pero se arrepintió de haberlo hecho cuando un segundo después se les unió
Orlando que logró llevar a Gabriel al borde del pánico al demostrar su peor rostro amenazador, además de que le sobrepasaba por varios centímetros.
Intentando suavizar las cosas, Erica los presentó amablemente y al hacerlo sólo logró darle la oportunidad a su pretendiente de demostrar
su fuerza al momento de estrechar sus manos.
Gabriel se disculpó y se apresuró a entrar al salón
para refugiarse en su lugar acostumbrado, lejos
del grupo de Erica.
Después de dejar sus libros en su escritorio,
Erica se apresuró a acercarse al lugar de Gabriel
para pedirle una disculpa.
—Perdóname. Fui egoísta, sólo pensaba en lo
enojada que estaba con Orlando y no pensé en ti.
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—Tranquila, es sólo que no estoy acostumbrado —dijo un poco más tranquilo y liberándose un poco de su personalidad tímida—. Como no
tengo amigas, jamás sufría de la inseguridad de
sus novios.
—En primer lugar —reclamó en tono de broma—, sí tienes amigas. Al menos una: yo. Y en segundo… él no es mi novio.
—Eso dices, pero lo tratas como tal…
—No es así. Además, en éste momento está
más lejos de ello que antes.
—Pero está más cerca que cualquier otro. Todos pueden verlo.
Erica se sonrojó. Fuera de su grupo de amigos, nadie sabía de las condiciones que existían
en su relación con Orlando, pero por las palabras
de Gabriel se percató de lo evidente que era.
Sin embargo, eso no importaba en aquel momento. Orlando se había comportado mal y debía
pagar por eso.
Orlando le dio un ligero codazo que la hizo
volver al presente y recordar la razón de su presencia frente a Gabriel.
—¿Haces la tarea de Redacción? La bibliotecaria nos dijo que tienes el libro de Historia de la
Literatura —dijo Orlando con tono desafiante.
—¿Lo necesitan? Yo… ya estaba por terminar
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con él —respondió sumiso.
Molesta por la rudeza de Orlando, le dio un
codazo un poco más fuerte y tomó la palabra.
—En realidad, nos preguntábamos si quisieras hacer la tarea con nosotros —dijo señalando a
sus amigos detrás de ella— Así tendríamos todos
los libros a mano.
Gabriel echó un vistazo a los otros chicos.
Valeria y Nicolás lo saludaron con amabilidad y él
les respondió con una cálida sonrisa. Paola tenía
la vista fija en la portada que tenía en sus manos.
Regresó la mirada al rostro de Orlando, impregnado de soberbia. Luego miró a Erica y sus ojos
permanecían suplicantes.
—Está bien —dijo finalmente—. Quizá así logre terminar hoy.
—Gracias —susurró ella sentándose a su derecha y llamando a los demás.
Valeria tomó la iniciativa y se sentó junto a
Gabriel. Orlando ocupó el lugar disponible junto
a Erica y a su lado se acomodó Paola. Nicolás ocupó el último sitio de la mesa redonda y colocaron
todos los libros al centro, turnándose cada cierto
tiempo el uso de estos.
Por la forma de la mesa podían ver el rostro
de todos sin hacer demasiado esfuerzo, pero los
ojos de Erica estaban fijos en Gabriel, que cuando
se sintió observado, levantó la vista del cuader81

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no y examinó nervioso el rostro de su amiga. Ella
sonrió y sólo articuló una frase antes de volver a
sus apuntes.
—Te sienta muy bien el corte de cabello.
Él se sonrojó ligeramente y aunque su rostro
permaneció inexpresivo, sonrió para sí mismo un
segundo antes de sentirse intimidado por la amenazante mirada de Orlando. Enterró de nuevo la
vista en su cuaderno, pero también experimentó
algo que no era común.
Enfado.
Nicolás examinó su reloj y dio un pequeño
salto en su lugar.
—Debemos irnos, ya es hora de clase —advirtió.
Valeria, Paola y Orlando comenzaron a arreglar sus cosas. Erica continuaba con sus apuntes
y eso despertó la curiosidad de Gabriel.
—¿No piensas ir a clase?
—No tengo clase —contestó sin levantar la
vista del libro— ¿Y tú?
—Yo tampoco.
Ella dejó el bolígrafo a un lado y miró a sus
amigos.
—No se preocupen por los libros, nosotros
los devolveremos.
Valeria y Nicolás se despidieron con cortesía.
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Paola sólo salió corriendo, pero Orlando se inclinó sobre Erica y le besó la mejilla.
— Te llamaré más tarde, ¿de acuerdo? —dijo con una extraña galantería que dejó a Erica un
poco sorprendida.
—Esperaré tu llamada. —Su voz sonó más
dulce que de costumbre. Gabriel estaba concentrado en sus apuntes, pero levantó la vista justo para notar la mirada despectiva que Orlando
le dirigía. Esperó el tiempo necesario a estar sólo
con Erica y dejó escapar una corta risilla.
Cuando Gabriel se hallaba a solas con ella,
solía deshacerse de su rigidez y se mostraba más
abierto y risueño. Incluso conversaba más y no
era tan reacio a contestar preguntas. Esto hacía
que ella se sintiera mejor, segura de que lo ayudaba a liberarse de su timidez. Sin embargo, aún
era muy pronto para que lograra que socializara más con otras personas. Al menos, parecía que
Valeria y Nicolás eran de su agrado.
—¿De qué te ríes? —preguntó simulando estar ofendida.
—De sus celos —contestó simplemente—. De
que no se ha dado cuenta de que yo no soy su rival.
—Tienes que comprenderlo. El que me junte
con alguien tan guapo debe hacerlo dudar.
Gabriel mantenía los ojos en los libros, ocultando el sonrojo y la sorpresa que se había apo83

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derado de su rostro.
Erica se alegraba de esto, pues también ella se
había sonrojado aunque fuera por su odiosa costumbre de decir todo lo que pensaba sin medir las
consecuencias. El relacionarse con Gabriel había
hecho que se volviera más prudente, pero no podría olvidar viejas costumbres tan fácilmente.
Al menos él ya no parecía asustarse con su
forma de ser.
—¿Irás a almorzar con tu abuelo? —preguntó
por hablar de cualquier tema, pero la repentina
seriedad en el rostro de Gabriel la desconcertó.
—Hoy no —dijo con tranquilidad—. Se molestó porque ayer me tomé la tarde libre y no fui al
café. Dijo que no me apareciera en todo el día.
—Entonces… —dijo con efusividad. Todos
voltearon hacia ella por haber perturbado el silencio de la biblioteca y Gabriel rió para sí mismo
mientras ella se encogía en su lugar y luego se le
acercaba para susurrar—: Te invito a almorzar y
no aceptaré una negativa.
Él sonrió. Ya estaba un poco más acostumbrado a los súbitos despliegues de efusividad de
su amiga, aunque aún se mostraba inseguro al tomar sus decisiones.
—Parece que no me dejas muchas opciones.
Erica sonrió triunfante y regresó a sus apuntes, interrumpiéndose un momento para tomar el
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teléfono y llamar a su madre. Habló en susurros
todo el tiempo, pero la voz de su madre resonaba
por el auricular y varias veces le tuvo que recordar
que no gritara tanto, pues estaba en la biblioteca y
todos estaban en silencio. Al fin, colgó y se disculpó con Gabriel por el ruido. Él continuaba riendo.
—Está muy emocionada. La dejaste muy impresionada el domingo.
—¿Impresionada? ¿Por qué? No hice nada
para impresionarla.
—Aún así, la tienes encantada desde que te
conoció.
—No entiendo por qué —concluyó cerrando su cuaderno y respirando aliviado. Al fin había
logrado terminar el proyecto.
Ella sonrió divertida por el bochorno que sentía y demostraba Gabriel, pero se alegraba de que
todo estuviera saliendo tan bien entre ellos dos.
Por eso, se atrevería a hacerle una invitación más…
—Quizá… —Se detuvo. Ya era demasiado, no
podía arriesgar más el cruzar los frágiles límites
del progreso de Gabriel. Prefirió guardar silencio.
—¿Qué ibas a decir? —preguntó él con el tono
de voz que indicaba que podía seguir sin temor.
—Es que… pensamos ir al cine esta noche y
pensé que tal vez quisieras ir.
—No —respondió tajante y aún así sonó cortés—. Te lo agradezco, pero no puedo ir al cine.
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© Maite Sánchez

Se moría por preguntar la razón, pero Gabriel le sostenía la mirada con una clara expresión en sus ojos: “No preguntes nada más”.
El camino del autobús fue lento, pero le dio
la oportunidad a Erica de conversar con más libertad que en la biblioteca.
—¿Te fijaste en el comportamiento de Paola?
—No la conozco lo suficiente como para saber a lo que te refieres.
—Cierto —dijo para sí misma—. Ha estado actuando extraño los últimos días y esperaba que
pudieras decirme si lo has notado.
—¿En qué sentido extraña?
Analizó un momento su actitud, intentando
encontrar las palabras que mejor describieran lo
que ocurría.
—Como si estuviese enojada por algo… pero
no entiendo qué puede enojarla, si siempre ha sido tan… alegre y despreocupada.
—Tú la conoces. Pero, ¿no crees que quizá algo le ocurra con su familia que la tenga así?
—Puede ser. Intentaré acercarme a ella. Nunca la había visto así, no desde que la conozco…
Ella ha sido mi mejor amiga desde antes de ingresar a la universidad. Sólo ella está completamente al tanto de mi relación con Orlando.
Hubo silencio un momento.
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© Maite Sánchez

—Él me pidió que fuera su novia —dijo como
si estuviera confesándose. No sabía por qué le decía esto a él, pero en el fondo sentía un gran alivio de haber logrado sacarlo de su interior.
—¿Por qué no lo aceptaste? —replicó con un
tono de voz cálido. Ella sabía que la escucharía
sin juzgarla, así que sonrió y se giró ligeramente
para estar más de frente a él.
—Hoy se cumplen seis meses desde que él
me hizo la petición, pero yo no quise aceptar de
inmediato porque… bueno, por ciertas cosas.
Él respetó que guardara ciertos detalles y asintió con la cabeza como señal de que continuara.
—Aunque decidí darle la oportunidad de que
si se portaba bien estos seis meses, yo podría decirle que sí.
—¿Crees que te lo pedirá de nuevo esta noche?
La risa que salió de su garganta sonó demasiado forzada para ser signo de alegría.
—Sé que lo hará, estoy segura de eso... pero yo no puedo decirle que sí —añadió con clara
frustración en su voz—. La semana pasada, él faltó a su palabra.
—Lamento que lo haya hecho —dijo él con tranquilidad, pero se detuvo antes de añadir otra cosa.
Lo pensó durante algunos minutos en los
que ella se distrajo viendo el camino pasar a través de la ventana del autobús. Finalmente, deci87

© Maite Sánchez

dió hablar.
—Creo que deberías darle otra oportunidad... puedo ver que deseas hacerlo, pero no te
has decidido.
—¿Tú crees?
—Te lo debes a ti misma, además... él realmente te gusta, ¿no?
Ella asintió.

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© Maite Sánchez

5
Cambios
Salió a eso de las cinco de la tarde en dirección a los Cines Metrópoli, donde había quedado con sus amigos. Orlando ya la esperaba y aprovecharon a conversar un poco antes que los demás llegaran. Había una pared en la que colgaban
los afiches de las películas que pronto estarían en
cartelera y que era el punto de reunión acostumbrado. Estuvieron allí varios minutos en los que
Erica pudo detectar el deseo de Orlando por que
algo le diera la oportunidad de sacar su tema de
interés especial esa noche. Por más que ella quiso
evitarlo, finalmente hubo un segundo de silencio
que dio pauta para hacer su declaración.
—Erica —comenzó con tono muy formal y
sin añadir el “cariño” por una vez— no sé si te
has dado cuenta, pero hoy se cumplen seis meses
del plazo que tú...
—Lo sé —interrumpió. Era difícil hablar
mientras tenía de frente su rostro suplicante,
así que se giró y apoyó su espalda en la cartelera
que estaba detrás de ella—. Sabes que me hubiera
gustado decirte que sí, pero no puedo... no estando tan reciente tu falta.
Él exhaló exasperado, caminó hasta estar
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frente a ella y apoyó su mano en la pared, muy
cerca del rostro de Erica.
—¡Por favor! Tú sabes que estoy arrepentido
de eso. ¿No puedes olvidarlo?
Había una molesta cosquilla en la boca de
su estómago que no podía entender. ¿Era por la
frustración que él le causaba o por su cercanía?
—Era nuestro convenio —logró balbucear.
Él se acercó lo más que pudo –lo que ella le
permitió–, intentando seducirla con la mirada.
Ella lo detuvo con las manos apoyadas en su torso,
ejerciendo la presión necesaria para mantenerlo a
la distancia en la que ella pudiera controlarse.
—¿Qué pasa? ¿Es que acaso no te gusto? ¿No
quieres ser mi novia?
—No es eso, pero...
Él ejerció un poco más de fuerza y se acercó
a milímetros de su boca.
—Dí que sí —murmuró haciéndole cosquillas
en los labios con su aliento.
Por su mente cruzaron varios pensamientos
en un segundo: Mandar al diablo su convenio, dejarlo besarla sólo esta vez; pero un segundo de lucidez fue suficiente para recobrar la fuerza y empujarlo para poder alejarse unos pasos de él.
—Perdóname —exclamó lanzándose a sus
pies. Arrodillado a su lado, tomó su mano y la besó—. Lo lamento de verdad, haré lo que tú quie90

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ras, esperar otros seis meses, un año, pero dame
la oportunidad.
Él realmente te gusta, ¿no?, había dicho Gabriel
y no había añadido nada al asunto. Era ella quien
tenía el poder de decidir hasta donde llegaba su
relación con Orlando. Sólo ella y nadie más.
Meditó unos segundos antes de responderle.
—Está bien —contestó suavemente—, te daré
otra oportunidad. Para que realmente reflexiones
sobre tu error, tendrás que esperar... un mes antes de que puedas volver a hacerme la pregunta.
—¡Gracias, Erica! —exclamó levantándose y
abrazándola con fuerza, casi al borde de asfixiarla.
Los que estaban cerca reían disimuladamente ante la cómica escena de la pobre chica siendo
estrujada entre los brazos del enorme joven.
—Interrumpo algo —dijo una voz familiar. Nicolás había llegado justo al último momento y se
contaba entre los risueños espectadores. Erica
agradecía la llegada de Nico porque podría liberarse del abrazo y de la atención desmesurada de Orlando. Sin embargo, en el fondo de su mente lamentaba haber perdido la oportunidad de darle su
primer beso sin que importara la nueva condición.
Esa parte de su conciencia debería esperar
un mes más.
Valeria no tardó en llegar, anunciando que
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Paola había llamado para disculparse. Erica estaba
extrañada de que no hubiera llamado a su móvil
primero, siendo su amiga desde siempre. Luego
cayó en cuenta de que ella debía recordar la fecha
y no querría interrumpirla. Eso debía ser, pues
Pao siempre había sido tan considerada en ese
sentido. También debió haber augurado una velada de sólo parejas en la que ella probablemente
estaría fuera de lugar e incómoda. Lástima que no
le comunicó antes su decisión, así no habría tenido que perderse su tradicional noche de cine.
Tendrían que buscar pronto una compañía
para Paola si querían que las noches de cine continuaran en la agenda del grupo. El plan de Valeria de emparejarla con Gabriel no había resultado
en ningún sentido, pues él no era del tipo de Pao y
tampoco estaba listo para involucrarse con nadie.
De cualquier forma, aún tenían un mes para
preocuparse por eso.
—¿Y tú, Erica? —preguntó Valeria. No tenía
idea de la razón de la pregunta, pero se encontró repentinamente frente a la taquilla sin saber
cuando habían comenzado a caminar.
Las lagunas comenzaban a hacerse más frecuentes desde que no descansaba bien por las noches. Le resultaba muy fácil quedarse absorta en
sus pensamientos y seguir actuando como si fuera consciente de lo que hacía. Ninguno de sus
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amigos sabía que eso se había vuelto parte de su
vida y no les contaría, pues la tomarían por loca.
O quizá estaba demasiado a la defensiva. De
cierta forma, ya no se sentía la misma de antes.
Algo estaba cambiando.
—No me decido —respondió sin estar aún segura de la pregunta.
—Eso nos deja en la misma situación —comentó Orlando en clara muestra de su impaciencia—. No veremos cuatro películas distintas. Es
muy simple, Erica. Debes elegir entre acción, romance o terror. Es muy simple.
Al menos la desesperación de Orlando le servía para recuperar el hilo de la conversación.
Observó las carteleras. Le hubiera apetecido
ver la de romance, pero no se encontraba de ánimos para ver ni en película que otros obtenían lo
que ella tuvo que rechazar. Eso la dejaba con dos
opciones: Acción o Terror.
Jamás le habían gustado demasiado las películas de acción, pero la película de terror era la
misma que había visto en avances la última vez y
con la frecuencia de sus sueños... o mejor dicho,
pesadillas, no quería arriesgarse a empeorar sus
pocas horas de descanso. Las ojeras ya comenzaban a hacerse visibles en su rostro.
—Acción —contestó. Nicolás celebró su
triunfo ante los demás, pero le sorprendió aún
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más que Valeria añadiera protestando:
—Pero la próxima vez veremos la de terror.
¿Era Orlando quien quería ver la película de
romance? Era algo extraño y en parte se alegró
de no haber escuchado sus elecciones personales
antes de decidir, pues quien sabe si hubiera sido
capaz de resistir a la tentación de entrar al juego
romántico de Orlando y olvidar por completo el
nuevo trato. Sólo estaba segura de que él estaba
muy decepcionado.
La película no logró captar su atención,
por lo que se vio viajando en sus pensamientos.
La mayoría de las veces se encontraba pensando en las anécdotas que compartía con sus amigos, otras recordaba las visitas de Paola a su casa cuando solía vivir en la que estaba junto a la
suya. Pero una escena de la película en la que los
protagonistas tomaban un café le hizo recordar a
Gabriel y su reacción de la mañana anterior. Quería ayudarlo y aún no sabía como.
Durante el almuerzo en su casa parecía más
tranquilo. Sonia había sido especialmente cuidadosa de dejarles todo el tiempo a solas que pudieran necesitar mientras se escondía en la excusa
de una llamada telefónica.
—No te llevas muy bien con tu abuelo, ¿cierto?
—En realidad no es mi abuelo —aclaró—. Es
el tío de mi madre, pero yo siempre le dije abuelo.
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Antes era más cariñoso, pero desde que mis padres
murieron... —Se quedó callado intentando contener su tristeza. Después de un rato, suspiró con
fuerza y forzó una sonrisa que no logró engañarla.
—¿Por qué cambió? —preguntó con delicadeza.
—Porque yo tengo la culpa de que ellos hayan muerto —respondió simplemente, pero parecía que no tenía la habilidad de infundir el tono
adecuado de sarcasmo a sus palabras.
Ella le examinó el rostro. No parecía estar
enojado con su abuelo por tratarlo con indiferencia. Más bien, parecía que lo hubiera aceptado como si realmente pensara que él tenía la culpa de la muerte de sus padres.
Se sintió muy molesta del conformismo que
demostraba y gruño por lo bajo. Él fijó sus ojos en
ella, preguntándose qué era lo que le pasaba. Iba
a romper su propia regla de no curiosear más de
la cuenta, pero no era común en Erica enfadarse así por así. No encajaba en la impresión que se
había formado de ella.
—¿Por qué el repentino enojo? —dijo con
tranquilidad.
—No quieres saberlo, me estaría entrometiendo demasiado en tu vida.
Él volvió a suspirar. Tenía que enfrentar el
hecho de que si iba a permitir que Erica fuera su
amiga, tendría que dejar que indagara un poco
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sobre su vida.
—Supongo que te dejaré entrometerte un
poco... pero sólo un poco.
Casi podía ver el pánico en su mirada, pero le
sonrió para tranquilizarlo.
—Me preguntaba... más bien, me pareció que
estás de acuerdo con tu abuelo en el asunto de la
muerte de tus padres. También pareces muy conforme en la forma que te trata Orlando y todo el
mundo. No creo que eso sea justo.
Su silencio era desconcertante. No le decía si
estaba de acuerdo o en contra de lo que ella decía.
—Erica, ¿por qué quisiste ser mi amiga?
La sorpresa por la pregunta la hizo titubear.
No estaba segura de qué había sido lo que le atrajo de Gabriel en primer lugar, pero tampoco sabía
qué la había convencido de ser amiga de Valeria,
Nicolás, Paola y Orlando. Su primer encuentro con
Gabriel había estado envuelto de una capa de misterio. Había sido el primero de sus sueños premonitorios y nunca habría hablado con él si no hubiera tenido la gentileza de despertarla en el autobús.
—Que yo recuerde, fuiste tú quien se acercó
a mí en primer lugar aquella mañana en el autobús... y también en la cafetería.
Él asintió inconforme.
—Lo sé, pero por qué quisiste ser mi amiga
después de nuestro encuentro en la cafetería de la
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facultad... o después de que traté tan mal en el café.
Lo pensó bien. Gabriel había sido sincero con
ella y le debía lo mismo.
—En un principio fue pura curiosidad —respondió—. Te dije que había soñado contigo la noche anterior.
Por alguna razón, él gruñó por lo bajo.
—Pero luego te portaste muy bien conmigo y pude darme cuenta de que eras una persona excelente.
—¿Aún después que te grité?
—Pues eso fue culpa mía por ser tan fastidiosa siempre y supongo que tarde o temprano alguien tenía que reaccionar como tú lo hiciste.
Guardaron silencio mientras tragaban un par
de bocados, pero luego ella lo rompió.
—Creí que olvidaríamos lo sucedido. ¿Por
qué lo mencionas ahora?
—Erica, por si no lo has notado, eres mi única amiga y la razón es que te quedaste a mi lado
aunque yo traté de alejarte. Claro que, nunca nadie se había acercado a mí.
—Corrección, fuiste tú quien se acercó a mí.
—Cierto —dijo más para sí mismo—, lo que
también es extraño. Admitiré que también tenía
curiosidad.
—¿Ah si? —dijo interesada—. ¿Se puede saber
por qué?
—No —contestó acompañado del movimiento
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de su cabeza. Era el mismo tono cortés pero definitivo que ella ya conocía como inquebrantable.
Comieron en silencio un poco más. Esta vez,
Gabriel tomó la palabra.
—La verdad es que contigo me resulta más
fácil liberarme de mi yo usual. Es como si... en
cierta forma se hubiera despertado una parte de
mí que creí muerta hace mucho.
—Me halaga saberlo, pero si te abrieras a los
demás...
—No, Erica, no esperes que con otras personas sea igual que contigo.
Preguntar por qué sería un poco atrevido,
pero decidió arriesgarse. Recibió un suspiro exasperado como primera respuesta.
—¿Prometes conformarte con la respuesta
que te dé? —preguntó más como propuesta.
—Es eso o interpretar tu suspiro, ¿no? —Él
asintió—. Lo prometo.
—Los demás no son capaces de soportar mi
lado oscuro.
Había prometido no seguir con el tema y lo
lamentaba, pero no había nada qué hacer.
Una fuerte explosión hizo que ella regresara al presente. La película ya casi terminaba y no
había visto más que unos minutos. Era de imagi98

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nar que la pareja protagonista terminaría bien.
Los créditos comenzaron a aparecer y las luces se
encendieron de repente. Erica se levantó al mismo tiempo que todos sus amigos y salieron de la
sala. Ya estaba oscuro.
Todos se fueron en el auto de Orlando, que
dejó a Valeria no muy lejos de los cines y luego
se dirigieron a casa de Erica. Nicolás no dejaba de
comentar la película y Erica escuchaba con interés para recuperar los fragmentos que se había
perdido de la película. Al fin llegaron a su casa y
se despidieron hasta la mañana siguiente.
Cerca del cine había una caseta telefónica convenientemente colocada a la entrada de un almacén que ya había cerrado. La luz de la calle era demasiado tenue como para revelar que había un angustiado jovencito que se esforzaba por comunicarse a casa lo más pronto posible. El lugar, desierto casi por completo, era justo lo que los folletos
habían advertido como posible punto de ataque.
Erica volvió a despertar sobresaltada. Sus pesadillas ya habían durado un par de semanas y
ella aún no sabía como olvidarlas ni por qué cambiaban cada noche. Debería considerar con mayo99

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res posibilidades la teoría de las premoniciones.
Aunque no le agradaba nada la idea de volver
a ver con tanta claridad el rostro de la víctima, como había sucedido esa noche. Esa imagen se quedaría grabada en su memoria por el resto de su vida. ¿Qué había cambiado? Las imágenes de sus
sueños solían ser demasiado borrosas como para
tener una idea de la identidad de las víctimas.
El reloj junto a su cama marcaba las cuatro y
media de la mañana, apenas tenía tiempo de dormir un poco hasta que llegara hora de levantarse
e ir a clase de inglés.
Realmente pensaba en abandonarla en el siguiente curso si no recuperaba sus horas de sueño. Poco a poco iba perdiendo su capacidad de
concentración.
Para la primera clase, Orlando ya la esperaba. Sociología era la única clase en la que estaban
juntos sólo ellos dos y esta mañana estaba especialmente nerviosa.
Cuando llegó a su escritorio encontró en él
un pequeño clavel rojo. Él sabía que eran sus favoritos y logró arrancarle una sonrisa y el sonrojo de su rostro.
—¿Dormiste bien, cariño? —saludó él.
—Sí —mintió— ¿Y tú?
—Maravillosamente. Soñé contigo.
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La galantería no era algo común en Orlando, al menos no en una forma tan refinada y romántica. Solía tener sus detalles eventuales, pero
nunca como en estos días.
Quizá no era tan malo que se creyera amenazado por Gabriel.
La clase terminó y tocaba el turno de la de
redacción. Gabriel, como casi todos los alumnos
esperaba en el pasillo a que llegara el profesor.
Orlando caminaba al lado de Erica con su brazo
rodeándole los hombros.
—Orlando, ¿te molesta si te dejo un instante?
Tengo que darle un mensaje a Gabriel.
Él puso cara de pocos amigos, pero asintió aún
en contra de su deseo. Ella agradeció con entusiasmo y volvió a salir corriendo hacia su amigo.
—Hola, Erica —dijo él con tono distendido
cuando ella se acercó. Tenía un semblante melancólico y taciturno que la incomodó. La tarde anterior parecía tan calmado y menos angustiado
que de costumbre.
—¿Ocurrió algo con tu abuelo? —preguntó
con discreción. Él negó con la cabeza sin añadir
nada más.
—¿En el café? —él volvió a mover la cabeza y
forzó una sonrisa hacia ella.
—Te ves cansada —dijo señalando a sus ojos,
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o más bien a las manchas violáceas bajo ellos—
¿Siguen las pesadillas?
—Sí —respondió con un hilo de voz recordando su pesadilla de noches atrás, en la que él
había sido el protagonista.
—En verdad lo siento. —No sonaba como si
quisiera ser compasivo, sino como si se sintiera culpable de las pesadillas que la atormentaban
cada noche—. ¿No pudiste descansar ni el lunes?
Evidentemente, estaba intentando desviar la
atención a cualquier cosa que no fuera él.
La pregunta le extrañó y él pareció notarlo,
pues aclaró el motivo.
—Dices que ves los lugares donde encuentran... —sacudió la cabeza para deshacerse del
pensamiento desagradable—. No reportaron hallazgo ayer.
—Cierto, pero tienes razón, no pude dormir
bien esa noche... aunque la pesadilla era distinta,
creo que provocada por mi preocupación por ti.
Se mordió la lengua justo después de soltar
la última palabra y se dio un leve golpe en los labios con los dedos. Sin embargo, el semblante
de Gabriel no mostraba bochorno, sino que una
mueca se había dibujado en su boca.
—Eso no está bien —susurró al mismo tiempo que su frente se arrugaba de enojo y sus ojos
parecían demostrar pánico.
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—¿Gabriel? —La voz de Erica tembló por la
preocupación—. ¿Qué te pasa?
Él la miró y su respiración se volvió entrecortada.
—¿Estás bien? —volvió a preguntar.
Él cerró los ojos y suspiró con fuerza.
—Sí, estoy bien —respondió con más calma.
—¿Por qué no me dices qué te preocupa?
Suspiró.
—¿Aparecí yo en tu sueño? —volvió a evadirla.
Ella también suspiró, pero con exasperación.
—Te contaré el sueño completo si prometes
decirme lo que te pasa.
—No quieres saberlo —respondió él sin dirigirle la mirada, aunque pareció que también se lo
decía a sí mismo.
—Gabriel, somos amigos, ¿o no?
La miró de soslayo y asintió.
—Se supone que los amigos se tienen confianza —Él retiró la mirada y ella volvió a suspirar exasperada.
—Está bien, sé que no estás acostumbrado
a esto, pero quiero que sepas que puedes contar
conmigo.
—Lo sé y te lo agradezco, pero no es algo con
lo que cualquiera pueda ayudarme.
—Pero es que no soy cualquiera —regaño
dándole una palmada algo fuerte en el hombro
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© Maite Sánchez

que lo tomó por sorpresa. Ella enrojeció mientras
se disculpaba.
—No me dolió —dijo sereno—, sólo me tomó
por sorpresa.
En ese momento –y con quince minutos de retraso— llegó el profesor y los obligó a entrar pronto.
Nicolás, Paola y Valeria ya se habían reunido
con Orlando y Erica los saludó mientras se acomodaban. Gabriel permaneció de pie detrás de
ella por un instante.
—No trae los libros —advirtió. Un repentino
temblor invadió su voz y su cuerpo.
—Lira, tome asiento —indicó con amabilidad
el profesor Renato y él obedeció quedándose en
el escritorio detrás de Erica, junto a Orlando. Su
respiración era agitada.
El profesor esperó a que hubiera algo de calma para hablar con libertad.
—Lamento la tardanza, pero estaba en reunión con el resto de los profesores. Esta mañana
encontraron el... —Tragó saliva y respiró profundo—. Es una pena que ocurriera lo que temíamos.
El profesor Darío fue encontrado... sin vida en el
callejón junto a los cines Metrópoli.
Hubo un silencio funerario ante la noticia que
luego se rompió con varios “No” llenos de incredulidad y dolor. Atrás, Erica podía sentir el temblor
que salía del cuerpo de Gabriel y volteó alarmada.
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—¿Qué te pasa? ¿Qué tienes? —susurró alarmada, girándose en su escritorio para verlo. Tenía
el rostro oculto entre las manos y los brazos pegados al cuerpo, como intentando detener el temblor.
—Oye tú, ¿estás bien? —dijo Orlando curioso.
Gabriel respiró profundo dos veces y pareció
tranquilizarse. El profesor llamó la atención otra vez.
—El profesor Darío no tenía familia y por eso
velaremos su cuerpo en la facultad. Sería bueno
que nos acompañaran por la tarde o mañana durante el funeral. Estos dos días no habrá clases.
Con solemne andar, el profesor salió del salón. Los demás alumnos lo imitaron, pero Gabriel
permanecía inmóvil en su lugar. Su semblante taciturno era aún más marcado que cuando Erica
se encontró con él fuera del salón.
—Estaremos afuera —dijo Valeria mientras
obligaba a Orlando a salir. Nicolás y Paola sonrieron compasivos al tiempo que salían junto a los
demás. Pronto se habían quedado solos.
—Ay, Erica —dijo volviendo a cubrir su rostro—. Esto nunca se va a detener.
—Sí lo hará, ten esperanza de que habrá forma de encontrar al culpable.
—No... no la hay... no hay forma.
Ella le colocó una mano en el hombro y él alzó el rostro hacia ella. Sus ojos estaban llenos de
un terrible dolor. ¿Cómo era posible que alguien
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© Maite Sánchez

pudiera sufrir de esa forma?
—Me gustaría mucho ayudarte a no sufrir así
—confesó ella—. ¿Qué puedo hacer para hacerte
menos desdichado?
Él cerró los ojos y suspiró.
—Haz caso de las advertencias y no salgas de
noche tú sola, ¿quieres? Eres mi única amiga y no
quiero... perderte.
Sus palabras la conmovieron, e impulsada por
el sentimiento, se levantó a abrazarlo con fuerza y
luego le besó la frente. Con cariño casi maternal,
limpió una lágrima que le recorría la mejilla.
—Me mantendré segura —afirmó mientras
sonreía.
El calor que ella le transmitía hizo que esbozara una sonrisa que borró parcialmente el sufrimiento de su rostro y lavó un poco la tristeza de
sus ojos.
Cuando lo notó más tranquilo, reinició la
conversación, conscientes de que tendrían que
abandonar pronto el salón.
—¿Te quedarás al velorio?
—No, ya sabes que no puedo.
Debía ir al café y ya había tomado una tarde
libre esa misma semana, era muy poco probable
convencerlo de que pidiera licencia otra vez.
—Entonces te veré mañana en el funeral.
Se puso serio y suspiró.
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—No iré, me sentiría fuera de lugar.
—Oh —exclamó con decepción—. Está bien.
¿Hasta el viernes?
—Hasta el viernes —respondió sonriendo sin
alegría y poniéndose de pie.

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6
Presentimientos
El cementerio era un lugar lúgubre sin tener que añadirle el factor de la oscuridad. Para
un viejo indigente era fácil olvidarlo si los mausoleos vacíos le brindaban la oportunidad de resguardarse del frío. Sólo sus pies se asomaban entre el agujero rectangular destinado al descanso
eterno de alguna persona.
Estaba casi listo para dormirse cuando sintió
que algo lo tomó por los tobillos y lo arrastró, sin
problemas, fuera de la tumba.
Eran las tres de la mañana cuando Erica volvió a despertar sobresaltada por su sueño. El corazón estaba a punto de estallarle en el pecho.
Cada día despertaba más temprano y más
asustada. Habría un momento en el que despertaría gritando y eso alarmaría a su madre. Entonces
ya no podría seguir ocultando lo de sus pesadillas.
Intentó dormir, pero el sudor frío que recorría
todo su cuerpo le resultaba demasiado incómodo.
Pensó en Gabriel y su sufrimiento. ¿Se debería a la
indiferencia de su abuelo o era algo más? ¿Tendría
relación con la muerte de sus padres?
El celular que descansaba en su mesita de no108

© Maite Sánchez

che se iluminó y comenzó a vibrar. En el velorio lo
había silenciado y no lo había regresado a la normalidad al llegar a casa, lo que ayudó a no despertar a sus padres. El identificador advertía que la
llamada era realizada desde la casa de Gabriel.
—¿Gabriel? —contestó con la voz dormida.
—Disculpa por despertarte —susurró él.
—No, no te preocupes. Ya estaba despierta...
—añadió susurrando—: ya sabes, una pesadilla.
—Lamento oírlo —dijo él—. ¿De la misma clase de siempre?
—Sí. Ahora fue en un cementerio.
Pudo oír un resuello en el otro lado de la línea. Después de eso, la conversación se tornó demasiado confusa.
—Erica, por favor... no vayas —dijo él con angustia—. No vayas al funeral.
—No entiendo. ¿Por qué no?
—Es que... tus pesadillas tienden a cumplirse.
¿Y si te encuentras con algo desagradable?
Él tenía razón, pero parecía demasiada coincidencia que la llamara justo cuando despertó.
Había algo en su interior que le decía que algo estaba mal, pero no lograba descifrarlo.
—Gabriel, no creo que me hayas llamado sólo
para eso, ¿o sí?
—Erica, por favor —repitió alzando la voz—.
Prométeme que no irás al cementerio mañana. Te
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lo suplico.
—Gabriel, ¿por qué pides eso? No entiendo
que tú...
—Debo colgar —interrumpió—. Mi abuelo
despertó y estoy seguro de que comenzará a gritarme. De nuevo, lamento haberte despertado.
Ambos colgaron y ella soltó el móvil entre
sus almohadas mientras intentaba encontrar alguna explicación para las palabras de Gabriel.
Despertó justo a tiempo para arreglarse y salir hacia la universidad, donde se reuniría con Orlando y sus amigos. Juntos acompañarían el cortejo hacia el cementerio general.
Erica no conocía ningún cementerio de la
ciudad, pues su abuelo paterno –el único que había conocido— pidió que se le llevara a su pueblo
natal al morir. Aparte de eso, nunca había puesto
un pie en otro cementerio.
Hasta ahora.
Había tanta gente que el grupo quedó muy
lejos del mausoleo donde colocarían el féretro
del maestro. Valeria y Nicolás conversaban muy
animados, pero Orlando estaba aburrido y decidió regresar a su auto para escuchar música. Ella
insistió en quedarse, pero pronto no tenía nada
que hacer, así que intentó dar una vuelta.
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© Maite Sánchez

De día lucía muy tranquilo y leer los epitafios en algunas de las tumbas la distrajo un poco.
Caminó un poco más hasta donde ya estuvo más
vacío y le pareció estar en un lugar conocido.
—¿Y si de pronto sí soy psíquica? —pensó mientras se aventuraba en los caminos de su pesadilla.
En el fondo de su pecho iba creciendo una
sensación de alerta que le gritaba que diera media vuelta y no buscara el último escenario de la
noche anterior, pero no era su naturaleza dejar
su curiosidad sin satisfacer.
Caminó un poco más, aún en contra del instinto de quedarse quieta y del peso de sus pies
que parecían haberse vuelto de piedra.
Giró lentamente en la esquina donde había
un mausoleo familiar con forma de capilla, entonces reconoció el lugar. A lo lejos podía ver el
punto vacío donde el hombre de su sueño se había refugiado. Sin embargo, no había nada allí.
Avanzó decidida sin notar nada fuera de lugar, ni un sólo rastro de que un asesinato hubiera
ocurrido unas pocas horas atrás. Un par de pasos
más y pudo ver un extraño bulto a un costado de
la construcción. Se acercó otro poco y tuvo una
vista más clara de lo que allí había.
Un grito le salió desde el estómago. Al mismo tiempo sintió que alguien la tomaba por el
hombro y la hizo voltear.
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© Maite Sánchez

—Tranquila —dijo una voz conocida. Sus brazos la rodearon con fuerza y la sostuvieron mientras sentía sus piernas flaquear. Ocultó el rostro
en su pecho mientras algunos gritos histéricos seguían saliendo de su boca. Gabriel la condujo lejos
del lugar en cuanto fue capaz de moverse, mientras que la gente que había sido atraída por el grito de Erica se encargaba de llamar a la policía.
—Todo está bien, tranquila —repetía Gabriel
en un tono de voz que se asemejaba a un arrullo.
—¿Cómo me encontraste tan rápido? —balbuceó entre sollozos y sin soltarse de los brazos
de Gabriel.
—Te... te estaba siguiendo. ¿Por qué no hiciste lo que te pedí?
—¡Ay, Gabriel! ¿Cómo podía estar segura de
que mis sueños son visiones del asesino? Necesitaba comprobarlo, pero nunca imaginé que... que
iba a encontrarme con... con eso.
La policía ahora recogía los trozos del cuerpo
destrozado de un muchacho, el mismo que ella había
reconocido en la pesadilla de la noche del martes.
Él apretó más el abrazo y suspiró con fuerza.
—Eso es... demasiado, el trabajo de un monstruo.
Ella dejó de sollozar un poco, mientras recordaba la última vez que él había hablado así, el día en
que se conocieron. También recordó cuando le contó la forma en que habían encontrado a sus padres.
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© Maite Sánchez

¿Quería decir que el asesino era el mismo que
había tomado la vida de los padres de Gabriel?
Si era así, sus pesadillas comenzaban a tener
más sentido como visiones del futuro y se desencadenaron el día anterior a que él se le acercara
por primera vez.
Pero él también debía haber llegado a la conclusión sobre la identidad del asesino y ahora debía estar muy afectado.
Se separó de él un poco para verlo a los ojos.
—¿Tú estás bien? —preguntó y eso provocó
que la fortaleza de su amigo se derrumbara, haciendo aparecer lágrimas en sus ojos.
—Sólo quisiera que todo esto se terminara, pero
parece que eso no es posible —se lamentó mientras
se esforzaba por mantener la sonrisa en su rostro.
Orlando había llegado al lugar movido por la curiosidad de ver a la policía llegar. No llegó hasta el punto donde recogían el cuerpo, pues se quedó observando desde lejos a Gabriel y Erica conversar abrazados.
—¿Por qué decidiste venir?
—Sé que eres testaruda y trataba de evitarte
esto... pero fallé.
—Lo siento, debí hacerte caso... pero no podía resistirme.
—Sólo promete que me harás caso la próxima vez.
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© Maite Sánchez

—Al menos lo intentaré —respondió con sinceridad y riendo. También él rió un poco y se separaron del apretado abrazo que mantenían.
—Te ves fatal —le dijo secando una lágrima
que estaba en su mejilla.
—Tú tampoco te ves tan bien, pero al menos
no estás llorando —respondió correspondiendo a
la caricia.
La policía se acercó a ellos para interrogarlos
por separado. Cuando Erica estuvo libre, Orlando
se acercó a ella.
Nerviosa aún, quiso refugiarse en su pecho
para llorar, pero él en lugar de abrazarla, la separó de él.
—¿Qué crees que haces? —reclamó. Ella estaba muy confundida y no respondió— ¿Por qué
abrazabas a ese tipo? —insistió señalándolo.
Ella parpadeó un par de veces, confundida y
aturdida. No pensaba claro y no sabía por qué él
le reclamaba.
—¿Acaso ese... sujeto te gusta?
La realidad la golpeó como un balde de agua
fría. Un intenso calor se reunió en la boca de su
estómago y le invadió el pecho desatando una
profunda rabia.
—¡Tonto! —exclamó dándole un fuerte empujón— ¿No ves lo que pasa aquí? No es momen114

© Maite Sánchez

to para sentirse celoso.
Los reclamos de Erica sólo sirvieron para
enardecer más a Orlando.
—Tengo muy claro lo que sucede y ahora estoy seguro que sólo estás jugando conmigo. ¿Por
qué yo debo cumplir tus condiciones y tú estás
allí, libre de hacer lo que quieras?
—¡Yo no estoy haciendo nada! —exclamó indignada. ¿Cómo se atrevía a reclamarle cuando él
había sido quien faltara a su promesa—. Tú fuiste
quien lo arruinó, por tu culpa aún no somos novios.
—No, Erica... eso es tu culpa.
Orlando se dio media vuelta y pasó junto a
sus amigos que lo verán confundido. Paola caminó detrás de él, pero Valeria y Nico se acercaron a Erica al mismo tiempo que lo hizo Gabriel.
Ella permanecía de pie, pero por su expresión parecía que se derrumbaría en cualquier momento. Valeria fue quien más se acercó y la que recibió el abrazo necesitado de su amiga que rompía
en llanto. Gabriel y Nico intercambiaron miradas
confundidas.
—Lo siento —dijo Gabriel—. Te ocasioné problemas.
—No —replicó entre sollozos—, no fue tu culpa.
—Ese Orlando —protestó Nicolás—. Mira que
hacer una escena frente a todos.
Un agente se acercó a ellos y les pidió que
115

© Maite Sánchez

abandonaran el lugar. Al llegar a la entrada pudieron darse cuenta que Orlando ya se había ido.
—Patético pedazo de... —comenzó Nicolás,
pero una mirada de Valeria lo hizo desistir. Erica
iba delante, rodeada por el brazo de de su amiga.
Al ver que no tendrían transporte, decidieron irse a casa en autobús. Continuaron caminando pero Nico y Gabriel se quedaron rezagados.
—Nunca había visto tan triste a Erica, pero
no sé si es por la impresión de lo que pasó aquí o
por Orlando.
—Es mi culpa —reprochó Gabriel—. No debí
meterme en su vida. Si yo no...
—Alto —interrumpió—. A ella le ha hecho
mucho bien convertirse en tu amiga.
—No veo como, sólo le he traído tristezas.
Nicolás movió la cabeza de un lado al otro
antes de continuar.
—Erica ha sido mi amiga desde antes de la
universidad, pero... aunque siempre se lo dijimos,
no había forma de que ella entendiera que en
ocasiones era demasiado... desconsiderada. —Rió
un momento—. La mayoría de las veces actuaba
con buena intención, pero como tú habrás podido comprobar, con frecuencia rebasa los límites
de lo que una persona puede soportar.
—Sí, lo sé.
—Pero desde que te conoció parece que fi116

© Maite Sánchez

nalmente cayó en la cuenta y se ha propuesto
cambiar. Se le ve más feliz y a Valeria y a mí nos
da mucho gusto de verla tan cambiada.
Gabriel guardó silencio, no parecía muy contento.
—Aún así, creo que le he causado más daño
que beneficio...
Llegaron a la parada de autobús y allí Nico avisó
que acompañaría a Valeria a su casa. Gabriel se ofreció para llevar a Erica a la suya, pero ella se negó.
—No quiero ir allá. ¿Podrías acompañarme a
cualquier otro sitio?
Estaba confundido, aunque terminó aceptando llevarla a almorzar antes que tuviera que entrar al café. Nicolás se despidió de ambos y Valeria lo imitó. Cuando se acercó a Gabriel, ella le susurró una frase en el oído.
—Gracias por acompañarla.
Ella había insistido en ir al McDonald’s que
estaba cerca de allí. Ahora tenía su comida frente a ella, pero apenas mordisqueaba una papa con
lentitud y sin ganas. No había dicho nada desde
que montaron el autobús.
—Quizá sería mejor que me alejara de ti un
tiempo. —El semblante de Gabriel no era muy
alegre tampoco, pero sus palabras provocaron la
reacción contraria en Erica, que tomó varias pa117

© Maite Sánchez

pas y las comió una tras otra y luego bebió un
gran sorbo de coca-cola, dejando con fuerza el
vaso sobre la mesa.
—No sé qué se cree para reclamarme de esa
forma. Como si me prohibiera ser tu amiga... ¡Vaya tontería!
Su rostro ya no demostraba tristeza, sino enojo. Gabriel estaba desconcertado con su reacción.
—Pero, Erica...
—No, él no tiene derecho de decidir cómo
trato yo a mis amigos. Vaya descaro. Y tú —añadió enérgicamente—, ni se te ocurra desaparecer
pues... yo... —Su voz se quebró—. No sé qué haría
si no tuviera a mi lado.
Él suspiró con fuerza mientras dejaba su vaso en la mesa. Se conmovió ante las palabras de
Erica, pero no sabía como hacerle saber que podía contar con él. Ella tenía la mano sobre la mesa, jugueteando con el envoltorio de la pajilla y
con la vista perdida en una de las fotografías que
había en la pared cuando, sin aviso, sintió el calor
de una mano que se posaba sobre la suya. Volvió
la mirada para encontrarse con una cálida sonrisa en el rostro de Gabriel.
—Está bien, no me alejaré si tú así lo deseas.
También ella sonrió. Le gustaba tanto estar
junto a Gabriel que no le importaba nada de lo
que hubiera ocurrido. Pero también tenía miedo
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© Maite Sánchez

de que esa sensación se acabara cuando se separara de él. Las imágenes que había visto en la mañana eran mucho peores que sus sueños, cuyas
imágenes jamás habían sido demasiado claras.
No, no podría soportarlo si tenía que estar sola.
Pero no quería comportarse como una sanguijuela y volver a asustar a Gabriel. Tendría que explicárselo, aunque no le molestaba tener que hacerlo. Él la comprendía a la perfección.
—No quisiera tener que regresar a mi casa
sola —titubeó antes de continuar—. Tengo miedo
de revivir lo de esta mañana.
El silencio de Gabriel la hizo sentir ansiosa y
comenzó a hacer pedacitos su servilleta. Cuando
él volvió a hablar ya había una montaña de trocitos junto a la caja vacía de papas.
—¿Puedes llamar a tu padre para que te recoja en el café?
Una sonrisa de oreja a oreja se formó en el
rostro de Erica que aplaudió en su interior la brillante idea de Gabriel. Era jueves, pero sabía que
su padre acababa de terminar un proyecto y el
trabajo de la oficina se había reducido considerablemente. Tenía muchas probabilidades de convencerlo de regresar temprano a casa.
—¿De verdad puedo acompañarte?
Él suspiró.
—Sí.
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—Gracias, gracias, gracias —repetía mientras
lo abrazaba inclinada desde su lado de la mesa.
Tumbó ambos vasos de refresco, pero ya no tenían más que algunos cubos de hielo.
Al llegar al café, Erica ocupó el mismo asiento en el mostrador mientras Gabriel intercambiaba el lugar con su compañero. De pronto, la muchacha que le había sonreído la primera vez que
estuvo allí, se acercó para tomarle su orden.
—Buenas tardes, mi nombre es Vivian y hoy
estaré atendiendo el mostrador.
Gabriel volteó al escuchar las palabras de su
compañera y habló con ella.
—¿Qué pasó con Ignacio?
—Al parecer, su hijo estaba desaparecido desde el martes y esta mañana...
Antes de que ella terminara, él dejó caer la
llave de la caja registradora que hasta ese momento sostenía en su mano. Erica se cubrió la boca, reprimiendo un grito, y sus ojos se llenaron
de lágrimas.
—¿Qué... qué sucede? —Vivian estaba consternada por la reacción de ambos.
—Lo encontraron en el cementerio —declaró
Gabriel con la voz ronca—. Estuvimos allí.
—Fue tan horrible —añadió Erica entre sollozos.
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Gabriel recogió la llave y continuó con sus labores, no sin antes pedirle a Vivian que le sirviera un té a Erica. Ella lo tomó por sorbitos hasta
que se sintió más tranquila. Gabriel estaba demasiado ocupado para hablar con ella, pero Vivian
hacía lo posible por distraerla en tiempo necesario para que no pensara en lo ocurrido.
Finalmente, Gabriel se desocupó y pudo
acercarse a ella.
—¿Cómo te sientes?
—Mejor, pero no creo que nunca pueda olvidar lo que vi. Si antes solía tener pesadillas, ahora estoy segura de que nunca volveré a dormir.
—Si yo supiera la razón por la que tú... —Sus
ojos estaban fijos en la taza que Erica sostenía entre sus manos. También ella había dejado de escuchar lo que Gabriel decía para sumergirse en
sus recuerdos de lo sucedido en la mañana con
Orlando.
Vivian se acercó para entregarle una cuenta a Gabriel, lo que hizo que ambos volvieran a la
realidad.
—¿Llamaste a tu padre? —recordó Gabriel.
—¡Aún no! —dijo apresurándose a sacar su
teléfono. Mientras ella hablaba con su padre, él
se detuvo a pensar. Se frotó con fuerza el tabique
nasal y suspiró desesperado. En sus ojos se reflejaba desesperación o frustración, Erica no pudo
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© Maite Sánchez

descifrarlo. Cuando ella colgó, volvió a acercarse.
—Me preocupa que tus pesadillas sigan afectando tu vida aún cuando estas completamente
despierta. ¿Podrías prometerme que te alejarás
de los lugares de tus pesadillas?
Ella no respondió de inmediato. En el fondo, la curiosidad de comprobar qué tan acertados
eran sus sueños aún le provocaba inquietud. Al
menos ahora sabía por qué la persona a la que soñaba no era la misma que encontraban la mañana siguiente.
—Lo intentaré, pero no estoy segura. ¿Imagina que el lugar que sueño es la facultad?
Gabriel no respondió porque llegó otra cuenta que debía cobrar, pero su rostro había sido suficiente respuesta para ella: “Eso no”.
Era ya casi la hora de cerrar, pero Jorge no
había llegado a recoger a Erica. Gabriel ya estaba
un poco preocupado, porque el último cliente ya
había pedido la cuenta y los demás comenzaban a
recoger las mesas.
—No contesta —dijo presionando el botón de
colgar en su móvil—. ¿Qué podría haberle pasado?
—Tranquila —dijo él sujetando con fuerza
su mano—. Seguro no le ocurrió nada y sólo está
muy ocupado.
El lugar estaba casi vacío. Vivian era la úl122

© Maite Sánchez

tima que colgaba su delantal en el armario y se
despedía de Erica. Gabriel estaba demasiado pendiente del exterior como para prestarle atención
a Erica, que le había hecho una pregunta.
—¿Cómo estás tan seguro de que no le ha
ocurrido nada?
—Aún hay sol, no es tarde —susurró.
—¡Gabriel! Te estoy haciendo una pregunta.
Él volteó sin borrar su expresión seria.
—¿Por qué no vas a buscarlo a su oficina? Así
estarás completamente segura...
Justo en ese momento, el móvil de Erica sonó
y ella le contestó a su padre.
—Sí, papá —dijo a su primera frase—. Está
bien, voy para allá —colgó.
—¿Todo bien?
—Sí, dijo que está atrapado en el estacionamiento y que vaya para allá. Si quieres, te podemos esperar...
—No es necesario —dijo con tranquilidad—.
Que tengas una buena noche.

El silencio de Erica mientras estaba en el auto con su padre se hizo demasiado sospechoso.
Jorge le lanzaba una mirada curiosa cada vez que
podía quitar la vista del camino. Después de va123

© Maite Sánchez

rios minutos, se atrevió a preguntar.
—¿Ocurrió algo?
Ella no supo que contestar.
—Estás demasiado callada y pensativa. ¿Te
afectó mucho la muerte de tu profesor?
—Sí, pero... no es exactamente por eso. Papá,
hoy me pasó algo horrible.
Le contó a su padre su terrible experiencia,
omitiendo la parte en que se peleaba con Orlando. También le contó la relación del muchacho
con Ignacio, el mesero del Café Alba. Fue especialmente detallista con los sentimientos que observó todo el día en Gabriel y para nada mencionó lo de sus pesadillas. Sin embargo, fue muy insistente en una única petición.
—Por favor, no le cuentes nada a mamá. Ya
sabes que tiende a reaccionar exageradamente y
se va a preocupar demasiado.
Jorge hizo una mueca y suspiró preocupado.
—No le diré nada, pero tendrás que hacer un
mejor esfuerzo para disfrazar tu estado de ánimo. Te daré una de mis píldoras cuando tu madre no esté viendo. No creo que con lo que pasaste puedas dormir sin ayuda.
—Gracias, papá.
Jorge usaba unas píldoras para dormir como
ayuda para recuperar su horario normal de sue124

© Maite Sánchez

ño luego de que un proyecto lo mantuviera despierto varios días. Gracias al narcótico, Erica pudo dormir tranquila y sin soñar.
Despertó a las seis de la mañana, cuando su
alarma sonó. La idea de hacerse de algunas píldoras más se le hizo demasiado tentadora, pero sabía que su padre jamás le permitiría depender de ellas. Tenía mucho cuidado de no usar más
de una píldora por proyecto, para evitar la adicción. No obstante, tarde o temprano tendría que
hablar con alguien sobre sus pesadillas y prefería
hacerlo con Jorge.
Volvió a asistir a la clase de inglés, pero no
prestó atención a nada de lo que la maestra decía.
Ir a la siguiente clase no le apetecía, porque allí
estaría Orlando. Esperó hasta el último momento para entrar al salón y quedarse en un escritorio muy cerca de la puerta. Para cuando terminó
la clase, tomó sus cosas sin siquiera cerrar el cuaderno y se apresuró a llegar a donde sería la clase
de redacción. Valeria y Nicolás ya estaban presentes, pero no se veía a Gabriel por ningún lado.
—¿Cómo estás hoy? —preguntó Valeria cuando ella se acercó.
—Me siento mejor. ¿Han visto a Gabriel?
—Aún no ha venido. Yo he estado aquí desde
hace un rato.
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Sintió como se formaban mariposas en su estómago. Gabriel siempre estaba esperando fuera
del salón cuando ella llegaba. ¿Y si le había ocurrido algo? ¿Si se había convertido en la próxima
víctima del asesino?
Cuando estaba a punto de desmayarse por el
efecto de la respiración errática, divisó a Gabriel
que caminaba lentamente hacia donde ellos estaban. También se percató que Orlando conversaba
con Paola y que ambos se voltearon hacia Gabriel
cuando pasó a su lado.
Cuando estuvo bastante cerca, ella salió corriendo y lo abrazó efusivamente. Él no tuvo
tiempo de reaccionar hasta que ella se separó y
pudo verle los ojos llorosos.
—¿Qué pasa? ¿Por qué lloras?
—Estaba preocupada —respondió—. No es
normal que no estés aquí cuando yo llego. ¿Y si te
había pasado algo?
Ella volvió a abrazarlo y él gruñó por lo bajo. Levantó la vista hacia donde estaban Nicolás
y Valeria y pudo comprobar que ambos tenían la
misma expresión preocupada en sus rostros.
Erica no estaba bien, era el pensamiento de
los tres.
—Estaba en la biblioteca —aclaró con hastío—. El profesor Renato me dio la oportunidad
de entregar los trabajos que tengo atrasados.
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© Maite Sánchez

—Lo siento —dijo ella dándose cuenta de lo
posesiva que se había mostrado—. Es que no tenía idea si algo te había pasado...
—No te disculpes —dijo con calidez—. Lamento haber hecho que te preocuparas, pero
confía en mí, que nada me pasará.
—No eres indestructible —reclamó bromeando. Se sentía mucho mejor ahora que Gabriel estaba allí. No volvería a pasar por la angustia y seguiría enfrentando sus pesadillas hasta que hallara una forma de ayudar a atrapar al que ocasionaba tanto dolor.
El cansancio era día a día más notorio en Erica.
Las pesadillas la despertaban cada vez más temprano y eran cada vez más crueles. Sus rostros estaban
tan claros ahora que ella siempre temía encontrar
entre ellos el rostro de uno de sus amigos. Recordaba el rostro pacífico que tenía Alexander Ross en la
fotografía que le tomaron al encontrarlo frente a la
biblioteca. Las últimas víctimas no lucían tan tranquilas. El dolor era demasiado evidente en su expresión facial que aún resultaba difícil creer que no
había una sola herida en sus cuerpos.
Sin embargo, todo eso no podía haberla preparado para lo que tendría que enfrentar el jueves por la noche.
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© Maite Sánchez

Durante el día estuvo en compañía de Gabriel, a primera hora. Los últimos días se veía
mucho más preocupado por las pesadillas que la
atormentaban y bastante enojado por los crímenes diarios. Sólo parecía estar de mejor humor el
lunes por la mañana, aunque con frecuencia se
lamentaba por la ausencia del Profesor Darío. El
profesor suplente había suspendido el proyecto
final y la clase era ahora muy aburrida.
Para la segunda hora se encontró con sus
amigos en la clase de matemática. Orlando le había guardado un lugar junto a él que ella aceptó
sin problemas. Él se había mostrado muy arrepentido al día siguiente y por el resto del fin de semana, así que en la clase de sociología del miércoles decidió que era suficiente penitencia y lo perdonó. Ahora estaba más detallista que antes, pero
Paola estaba aún más rara que la semana anterior.
Apenas se molestaba en contestar a sus saludos.
Nicolás y Valeria eran siempre muy afectuosos entre ellos a pesar de que ninguno de los dos
había dicho nada acerca de sus sentimientos. Sin
embargo, algo había cambiado en esos días que
los tenía silenciosos y distantes.
Todos se habían vuelto muy precavidos desde
que vincularon los misteriosos asesinatos a los que
habían ocurrido cerca de dos años atrás en una de
las provincias cercanas (Sonia y Jorge casi se ha128

© Maite Sánchez

bían vuelto paranoicos en cuanto a la seguridad de
Erica). Gabriel gruñó cuando Erica le comentó lo
difíciles que se habían vuelto sus padres y le confesó que él sabía bien que ninguna precaución estaba de más si se trataba del mismo asesino, pues
había vivido en el lugar de los primeros casos.
La única diferencia que los periódicos hacían con respecto a ambos lugares era la frecuencia con que los cuerpos aparecían destrozados, y
lo que los unía era la ausencia total de sangre, incluso de cualquier muestra coagulada.
No era difícil deducir que se trataba del mismo asesino, o de alguien con la misma forma de
pensar. ¿Y si era, como su madre creía, una especie de secta diabólica? Era algo horrible de pensar y todos hacían lo posible por continuar con
sus vidas. Tampoco era necesario dejar las calles
completamente desiertas por la noche, eso no
haría bien a la salud de nadie y pronto los asesinatos ocurrirían a plena luz del día. Había miedo,
pero la vida debía continuar.
—¿Por qué la gente está tan nerviosa con esto del asesino en serie? Desde que tengo memoria han habido cinco o seis muertes violentas durante el día —comentó un día Orlando, mientras
discutían el tema en la clase de sociología.
—Es el temor a lo desconocido —contestó el
profesor—. Sabemos que el crimen organizado y
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© Maite Sánchez

las pandillas ocasionaban la mayoría de las muertes, pero el no saber quién es el responsable de
esto... Además, no es algo común de nuestra cultura. Los asesinos en serie son algo a lo que sólo
hemos estado cercanos por medio de los noticieros, películas y libros de terror. No eran algo que
nos ocurriera a nosotros, y eso también afecta a
la psique colectiva.
Todos iban llegando a la conclusión de que lo
único que se podía hacer era rezar para no ser el
próximo en la mira del asesino y sólo una persona conocía el rostro de la víctima elegida la noche de su desaparición.

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© Maite Sánchez

7
La próxima víctima
Era la noche anterior al examen de Historia y a media noche aún estaba estudiando. No
fue hasta que su madre tocó a la puerta de su habitación que se dio cuenta de la hora que era. Se
acostó en su cama, pero su mente no dejaba de
repetir datos de su examen. Finalmente, a eso de
la una, se quedó dormida.
La casa que veía en sus sueños estaba completamente a oscuras y la calle tampoco estaba muy
iluminada. Aparentemente, el alumbrado público
había fallado y la casa de dos plantas estaba justo
en el punto más oscuro de la cuadra. Las paredes
estaban limpias y pintadas de un color claro.
Las ventanas del primer nivel tenían un enrejado exterior muy adornado, pero las del segundo nivel estaban completamente descubiertas. Un frondoso árbol crecía a unos cuatro metros de la ventana que captó la atención del protagonista del sueño. Una gruesa rama se prolongaba al menos metro y medio hacia la casa y permitía al observador explorar el interior de la habitación en donde se podía observar un escritorio
lleno de libros y desordenado. En el lado contra131

© Maite Sánchez

rio, una cama sencilla donde descansaba una joven mujer de cabello oscuro.
Despertó de golpe cuando se dio cuenta de
que se trataba de su propia habitación. Corrió a la
ventana, pero no había nadie allí. Debía ser alguna clase de visión y si era así, significaba que ella
sería la próxima en la lista del asesino.
Una repentina seguridad invadió su alma.
Ese sería el día en que moriría. Volvió a su cama
y logró dormirse casi de inmediato y no tuvo ningún otro sueño por el resto de su descanso.
A pesar del poco sueño que había tenido, despertó muy temprano, aún más temprano que lo
que acostumbraba y se levantó para bañarse. Tomó de su armario una bonita blusa de encaje blanco que sólo usaba en ocasiones especiales y su falda favorita color gris con detalles en rosado. Se
maquilló un poco y bajó a la cocina donde tomó un
delantal y comenzó a preparar un desayuno muy
elaborado para su padre y su madre. Sonia la sorprendió cuando terminaba de arreglar la mesa.
—¿Cual es la ocasión? —preguntó admirada
por el detalle.
—Ninguna —respondió tratando de no romper en llanto. Ocultaba su rostro para que Sonia
no pudiera darse cuenta de sus ojos llorosos. No
había pensado en lo difícil que sería despedirse
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© Maite Sánchez

de ella y de su padre. Respiró profundo y esbozó
una sonrisa en su rostro, esperando que invadiera también sus ojos. Al fin le dio la cara a su madre—. Sólo tenía deseos de prepararles algo rico.
—Pero te vestiste muy bonita. Esa es tu blusa de las ocasiones especiales. —Sonia entrecerró los ojos e hizo una mueca—. ¿Vas a hacer algo
con Orlando?
Hasta ese momento no había pensado en él.
Era el día en que estaban siempre juntos, pero
probablemente sería el último. Ahora ya no importaban plazos ni nada; tendría que provocar
una última cita que fuera especial.
—¿Pasa algo, hija? —preguntó alarmada—. Te
has puesto muy seria de repente.
Erica volvió a sonreír y terminó de servir la mesa.
—No es nada, mamá. ¿Por qué no te sientas
antes de que se enfríe?
Su padre apareció en el comedor en ese momento y también se mostró sorprendido por el
desayuno, pero fue menos inquisitivo que Sonia.
—¿Qué quieres? —dijo medio en broma.
—Nada, papá —respondió ella con dulzura y
dándole un beso en la mejilla. También se acercó
a besar a su madre y se sentó a comer en silencio.
No tenía apetito, pero comió de prisa para no tener que alargar demasiado ese momento con su
familia. Aunque hubiera querido no tener que se133

© Maite Sánchez

pararse de ellos en todo el día, no sabía cuanto
tiempo podría resistir el deseo de llorar.
Ya era tarde para la clase de inglés aunque
no le prestó atención a eso. Cuando subió al autobús, tuvo la doble fortuna de encontrarse con Gabriel y de que hubiera un asiento vacío junto a él.
—¿Qué pasó? ¿No tenías clase de inglés?
—Decidí no ir. Me quedé preparándoles el desayuno a mis padres. Desde que era niña no lo hacía y hoy era una ocasión especial.
Se notaba que ella quería hacer el esfuerzo
de infundirle ánimos a su conversación, pero no
era posible ocultar la tristeza de su voz, al menos,
no pudo ocultarlo de Gabriel.
—¿Ocurre algo? No pareces la misma de todos los días.
Ella sonrió y los ojos se le iluminaron. Llevaba poco tiempo conviviendo con Gabriel y ya la
conocía muy bien. También le tenía más confianza que a cualquiera de sus amigos, así que con él
podía abrir su mente y corazón. Un par de lágrimas escaparon de sus ojos.
—Parece que soy la próxima —dijo con la voz
quebrada—. Anoche pude verme en mi habitación desde el árbol que está fuera de mi ventana.
Los ojos de Gabriel se abrieron como platos y
su piel –pálida de por sí– se puso aún más blanca.
—No, Erica, eso no... —dijo comenzando a entrar
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© Maite Sánchez

en pánico. Balbuceó algunas palabras sin sentido alguno y luego se sujetó con fuerza del asiento delante
del suyo y escondió el rostro entre las dos manos.
Erica estaba arrepentida de haberle contado
la verdad. No pensó en cuán afectado se vería por
la noticia de su muerte.
—Gabriel, no te preocupes —declaró tranquila—. En realidad, no estoy asustada. He vivido
una vida muy buena y... aunque me arrepiento de
un par de cosas, no me quejo de nada.
Él volteó a verla con enfado se echó para
atrás, apoyando su espalda en el respaldo del sillón y alzando el rostro al techo del autobús.
—No tiene por qué ser así —protestó—. No
tiene que ser hoy tu último día... hay cosas que
puedes hacer para evitarlo.
—¿Como qué? No creo que nada pueda detenerlo si quiere matarme.
—Erica, necesito que confíes en mí una última vez y que no preguntes razones para lo que te
voy a pedir. ¿Podrías hacerme ese favor?
Ella suspiró segura de que sería innecesario,
pero iba a intentarlo.
—Está bien.
—Escúchame bien, porque es necesario que
cumplas al pie de la letra lo que te pida para intentar alargar tu vida cuanto sea posible. ¿Es algo
que te perjudique?
135

© Maite Sánchez

Ella rió como respuesta.
—Muy bien. Primero, por ningún motivo te
atrevas a salir sola de noche. Tampoco creo conveniente que salgas acompañada, pero si lo haces que
sea de todo tu grupo, nunca de una sola persona.
Adiós a su última cita con Orlando, pero quería creer con todas sus fuerzas que el plan de Gabriel funcionaría y ese no sería su último día sobre la faz de la tierra.
—Segundo, no apagues tu luz. Si puedes
mantener tu cuarto tan iluminado como si fuera
de día estaría perfecto.
La forma en que lo decía le hacía pensar que
era un hecho fundamental para su integridad,
como cuando era niña e insistía en mantener la
luz encendida por miedo a los monstruos que se
ocultaban bajo su cama o en el armario.
—También debes asegurarte de que la luz de
tu calle sea arreglada cuanto antes —añadió, pero
Erica estaba segura de no haberle contado sobre
el desperfecto del alumbrado público y su rostro
demostraba la curiosidad por saber cómo se había enterado.
—¿Cómo supiste...
Gabriel suspiró.
—Este... supongo que lo vi cuando pasé ayer.
Erica, la luz es muy importante. ¿O has visto que
ataque en lugares iluminados? Todos tus sueños
136

© Maite Sánchez

tienen algo en común: la oscuridad.
Ella hizo un repaso mental de las pesadillas que
la atormentaban desde dos meses atrás. Él tenía razón, y estaba asombrada de lo observador que era al
percatarse del detalle de la oscuridad con los relatos
que ella hacía cada mañana que conversaban.
—¿Por qué estás tan seguro de que la luz será
suficiente para ahuyentarlo?
—Prometiste no hacer preguntas.
—Pero...
Él negó con la cabeza.
—Si haces lo que te digo, te prometo que uno
de estos días te explicaré la razón.
—Está bien —dijo extendiendo su mano hacia
él. Gabriel respondió al gesto y estrechó su mano
con firmeza. La sonrisa en su rostro era gratificante y el brillo en sus intensos ojos azules era alentador, muy distinto al azul opaco que había conocido.
—Sabes... —dijo con un poco de miedo— si
muriera ahora, no sería tan malo. Estoy muy contenta de haberte conocido.
—No morirás hoy, no si sigues mi consejo al
pie de la letra. —Titubeó un poco antes de añadir
algo más—. Pero... yo también estoy feliz de haberte conocido.
Ambos sonrieron, pero a Erica se le llenaron los
ojos de lágrimas y se refugió en el hombro de Gabriel
que luego se giró para abrazarla y darle consuelo.
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© Maite Sánchez

—No sucederá —repetía él mientras frotaba
su espalda.
Orlando ya estaba en la clase cuando ella llegó. La saludó como de costumbre y luego comenzó a hablarle de algo a lo que ella no prestó atención, pero si quería que sus preocupaciones pasaran desapercibidas, tendría que hablar un poco sobre lo que él decía, así que se dispuso a escucharlo.
—El próximo martes pensamos ir al cine, así
que haz todos los arreglos para evitar a tus padres.
De eso no estaba muy segura, pero si lograba
sobrevivir hasta ese día haría lo posible por asistir a su cita con sus amigos. De pronto valoraba
más cada minuto que tenía para pasar con ellos.
¿Qué tal si no era ella la próxima, pero resultaba
que era uno de ellos? En alguna forma encontraría la forma de explicarles todas las precauciones
que Gabriel le había indicado sin que la creyeran
paranoica. Ya suficiente tenía con la preocupación de Nico y Vale por su estado de ánimo.
Pasó varios minutos inmersa en sus pensamientos hasta que se dio cuenta de que Orlando
seguía hablando sobre un tema completamente
distinto y sin siquiera percatarse de que ella no le
estaba poniendo nada de atención.
—Me lo dijo esta mañana —afirmó con alegría—. Dijo que lo había estado pensando desde ha138

© Maite Sánchez

ce meses, pero que no encontró mejor ocasión que
el próximo fin de semana largo. —El feriado por la
fiesta de la ciudad había caído en día lunes ese año
y faltaban dos semanas para el acontecimiento por
el cual Orlando estaba tan emocionado—. ¡Imagínate ir a acampar con mi padre! Es una tarde sólo para hombres, por lo que no podrás venir conmigo.
Esa era la última de sus preocupaciones en
ese momento. Estaba más concentrada en llegar al
próximo fin de semana que por no poder pasar el
feriado con Orlando. ¿Es que él no se percataba del
extraño silencio que ella guardaba? Era cierto que
estaba esforzándose por parecer normal, pero no
creía estar haciendo tan buen trabajo. Gabriel había sido capaz de detectar su preocupación con una
sola mirada y eso que no tenían ni un mes de conocerse. ¿Acaso Orlando era tan despistado? Se suponía que fuera quien mejor la conociera de todos sus
amigos y ni siquiera se había molestado en preguntar si estaba bien o si algo la estaba preocupando.
La rabia fue acumulándose cada vez más en la
boca de su estómago, revuelto ya por haber tenido
que comer su desayuno sin apetito real. Orlando no
dejaba de hablar de cuán emocionante sería el fin de
semana con su padre y de todos los planes que habían hecho, y cada palabra no hacía más que añadir
más al enfado que se acumulaba en el interior de Erica. Sin embargo, sus palabras finales rebasaron el lí139

© Maite Sánchez

mite de tolerancia que Erica aún guardaba.
—Pero eso sí —dijo en tono de advertencia—.
No quiero saber que te pasaste todo el fin de semana
con ese amigo tuyo. Si llego a enterarme de que tú...
—¡Eres un... —exclamó mientras se levantaba
abruptamente, pero apretó sus dientes evitando
que más palabras salieran de su boca. Su rostro
estaba completamente rojo por la ira y sus puños
estaban tan apretados como sus labios en ese momento. Tomó sus cosas y salió del salón justo en
el momento en que el profesor llegaba.
Caminó tan rápido como pudo sin saber
realmente hacia donde se dirigía. Cuando se dio
cuenta, se encontraba en la biblioteca y tenía a
Gabriel en su campo visual. Caminó decidida hacia él, que no se dio cuenta de su cercanía hasta
que escuchó la silla junto a él arrastrarse en el piso y sintió un par de brazos que lo rodeaban.
Erica había refugiado su rostro en el hombro
de su amigo sin poder contener ya las lágrimas y
haciendo un enorme esfuerzo por enmudecer sus
sollozos. Como lo había hecho antes, Gabriel se giró
para poder abrazarla en signo de apoyo y confort.
—No pudiste aguantar frente a Orlando —supuso.
—No fue eso —respondió con la voz temblorosa—. Él... él... ¡Es un imbécil, un idiota, un...!
Los sollozos volvieron a apagar su voz. Ahora
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© Maite Sánchez

sabía que no lloraba por la misma razón que minutos atrás. Sus lágrimas ahora tenían tintes de
frustración y enfado. Últimamente la había visto
llorar demasiado, principalmente por temor, pero ahora era distinto.
Ella volvió a tranquilizarse y exhaló con fuerza
para liberarse de todo lo que la molestaba. Por alguna razón, mostrarse tan vulnerable ante Gabriel no
le parecía tan vergonzoso como si hubiera hecho lo
mismo con Orlando. Valeria, Nicolás y Paola le hubieran brindado su apoyo, pero ninguno habría sido
tan comprensivo como lo era Gabriel y ella deseaba
poder agradecerle lo suficiente por eso.
—¿Te sientes mejor?
—Sí, gracias por prestarme tu hombro para
llorar —dijo mientras se secaba algunas lágrimas
con el dorso de su mano.
—Cuando quieras. —Sonrió al mismo tiempo
que le ofrecía su pañuelo. Ella aceptó y le sonrió
de vuelta. Mientras terminaba de secar su rostro,
echó una miradita a los libros que estaban sobre
la mesa y el cuaderno que Gabriel tenía enfrente.
—¿Aún analizando oraciones? —preguntó
asombrada por la tarea tan atrasada en la que Gabriel trabajaba. Él gruño con un dejo de frustración.
—Tengo mucho trabajo atrasado y nunca terminé de entender bien tantos auxiliares. Se suponía que hoy debía entregarle al menos tres ejerci141

© Maite Sánchez

cios y me faltan dos.
Ella lo miró con compasión. Había perdido al
menos media hora en consolarla y ahora debía estar mucho más atrasado que antes. Con resolución tomó su cuaderno de apuntes y lo abrió en el
lugar donde ella había resuelto el mismo ejercicio.
—Te ayudaré con esto. Luego lo estudiaremos juntos, pero por ahora preocúpate por entregar lo que te hace falta.
Él dudó. Copiar las respuestas del cuaderno
de Erica hubiera sido hacer trampa, pero no tenía
tiempo para hacerlo por su cuenta.
—Te lo debo por ayudarme. No me hagas
sentir mal por haberte atrasado.
Contempló sus ojos aún enrojecidos por las lágrimas, pero llenos de gratitud. Le sostuvo la mirada aún más tiempo del necesario aún cuando ya había tomado una decisión. En el largo silencio que
imperó por bastante rato, Erica no pudo evitar examinar bien la mirada de Gabriel, intentando descifrar lo que sus penetrantes ojos azules escondían
detrás de su misterio. Apenas parpadeaba, pero sus
ojos no se movían del mismo punto que debía estar
justo en sus propios ojos. ¿En qué estaría pensando?
Finalmente él desvió la mirada y suspiró
mientras acercaba el cuaderno que ella le había
extendido y comenzaba a copiar el contenido en
su propio cuaderno. Ella sonrió satisfecha por ha142

© Maite Sánchez

ber podido ayudar un poco en comparación a todo lo que él la había ayudado.
Era gracioso. Al principio de su relación había pensado que ella podría ser de ayuda para él,
pero resultó ser todo lo contrario.
Él continuaba copiando cada palabra, pero se
detenía unos segundos para articular alguna pregunta o contestar a algo que ella había dicho.
—¿Por qué te molestaste tanto con Orlando?
Ahora que estaba tan tranquila –como normalmente le ocurría en compañía de Gabriel– se
sintió un poco mal por su reacción, pero no menos molesta que antes.
—Porque detesto que quiera controlarme tanto. No dejaba de hablar del maravilloso viaje que
realizará el próximo feriado y de cómo no podría
llevarme con él porque era sólo de hombres, pero
se atrevió a reclamar que no debería pasar todo el
tiempo contigo, que si se llegaba a enterar...
Exhaló frustrada, dejando escapar el enojo
que el solo recuerdo de sus palabras le causaba.
Inhaló con fuerza, intentando llenar su interior
de la paz que su acompañante le brindaba.
—Probablemente no deberías pasar todo el
tiempo conmigo, yo...
—Lo sé, no voy a acaparar tu fin de semana
—interrumpió con algo de diversión en su voz.
Ahora le causaba gracia el misterioso pánico que
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© Maite Sánchez

embarga a Gabriel cuando ella hacía planes que
lo involucraban—. Eso no quiere decir que él tenga derecho a decirme que debería hacer o qué no.
—La rabia volvió a invadir sus palabras—. Y menos en ese tono de voz.
Gabriel suspiró con fuerza.
—Tendrás que verlo en clase de redacción.
¿Qué piensas hacer?
Cuando no contestó, él levantó la mirada para toparse con sus ojos cafés, casi negros, que lo
miraban suplicantes.
—Necesito que me hagas un gran favor.
Algo no le gustaba en la forma en que ella le
suplicaba, pero tampoco encontraba la forma de
negarse a lo que fuera que ella le pidiera. Con temor, preguntó cual era el favor que necesitaba.
—Siéntate a mi lado en la clase. No podría soportar estar a su lado un minuto más.
El bolígrafo en su mano derecha comenzó a
temblar y él lo colocó en la mesa para tratar de
ocultarlo, pero Erica no se perdió el detalle. Las
pupilas se habían dilatado dentro de sus orbes
celestes y sin embargo, se esforzaba al máximo
para parecer tranquilo.
—¿No crees que eso pueda enfurecerlo más?
Ella rió.
—Es probable, pero no puede hacerte nada...
sabe que eso no le convendría.
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© Maite Sánchez

Sus palabras no sirvieron para tranquilizarlo. Se mordió la lengua como represalia a su imprudencia.
—No pasará nada. ¿Podrías hacerlo sólo por
hoy? —Suplicó.
Él regresó a sus apuntes.
—Sólo por hoy.
—Te invito a almorzar el domingo —dijo
mientras caminaban hacia la clase—. Mis padres
comenzarán a celebrar su aniversario y quiero
darles tiempo a solas.
Acababa de recordar que el martes era la fecha de su aniversario y probablemente saldrían
a cenar, por lo que no tendría que encontrar una
excusa para ir al cine con sus amigos. Era una lástima que salir con ellos no le apeteciera tanto en
ese momento, sobre todo si iba Orlando con ellos.
No se preocuparía por eso por algunos días e intentaría ignorarlo de ser necesario.
Gabriel lucía confundido e indeciso. Ahora que ya no tenían el proyecto de la clase de comunicación no había podido pasar tanto tiempo
con Erica como hubiera sido sin la ausencia del
profesor Darío. También había otros factores que
podrían afectar a su decisión, como su estricto
abuelo, así que ella decidió no forzarlo en su res145

© Maite Sánchez

puesta. La sorpresa fue evidente cuando él aceptó gustoso y lleno de entusiasmo, sonriendo ante
la perspectiva de un fin de semana diferente.
Al llegar al salón, Erica escogió su lugar justo detrás de Nico. A su lado estaba Valeria y frente a ella, Orlando. Usualmente hubiera elegido su
lugar lo más cercano al profesor, pero quería estar tan lejos de su pretendiente que prefirió estar
atrás. Gabriel se detuvo titubeante en el lugar detrás de Valeria y fijó sus ojos en el rostro de Erica que le suplicaba silenciosamente. Exhaló con
fuerza y se forzó a cumplir su promesa, sentándose en un solo movimiento.
Nico volvió hacia él con una sonrisa en su
rostro.
—¿Al fin te convenció de unirte a nosotros?
Gabriel le devolvió la sonrisa.
—Sólo por hoy. Erica fue más insistente que
de costumbre.
Valeria miraba de reojo a Erica, que se había
sonrojado y sonrió para ella misma al percibir un
ligero gruñido del escritorio de adelante.
Paola llegó y parecía confundida por la asignación de lugares, pero ocupó el lugar vacío junto a Orlando sin decir nada y estuvo así por el
resto de la clase.
Hubo un momento en el que Erica sintió la
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© Maite Sánchez

fuerza de una mirada sobre ella. Creyó que era Orlando, pero él no se había molestado en voltear a
ver. No era Nico ni Valeria, y Paola estaba muy concentrada en la clase como para verla tan fijamente.
Giró su rostro hacia su derecha y encontró los azules ojos de Gabriel que estaban fijos en
ella. Al verse descubierto, sonrió abochornado y
regresó a sus apuntes.
Nunca se había molestado en prestar atención a Gabriel durante la clase de redacción. En
la de comunicación, él se mostraba atento y dispuesto a responder cualquier pregunta. Ahora
que lo pensaba, si sus asignaciones estaban tan
atrasadas y le costaba tanto resolverlas, era probable que la clase no le interesara y por eso se
distraía con tanta facilidad.
El final de la clase llegó y Orlando se levantó de golpe, apresurándose a salir. Paola lo siguió
con tranquilidad y Nico fue el siguiente en levantarse de su asiento.
—Vamos, Erica. Es hora del examen —avisó
y luego se volteó hacia Valeria—. ¿Sigue en pie lo
de mañana?
Ella asintió nerviosa y sonrió.
—Te llamaré más tarde —prometió.
Erica se despedía de Gabriel.
—¿Podrías llamarme cuando tengas tiempo?
Así nos ponemos de acuerdo.
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—Sí, lo haré —dijo con seriedad.
—Gracias por lo de hoy. Te lo agradeceré el
resto de mi vida.
—Haz lo que te dije y eso será por mucho tiempo.
Ella y Nico salieron de salón. Cuando volteó
a dar un vistazo atrás, Valeria le estaba preguntando algo a Gabriel. Ella parecía divertida y entusiasmada; él, por su parte, lucía totalmente aterrado.
Había ya una fila frente al salón y el profesor
ya estaba asignado los lugares, lo que le dio unos
minutos a Erica para interrogar a Nico.
—Así que tienes planes con Valeria.
Percibió un dejo de tensión en Nicolás.
—Sí, la invité a comer.
Ella entrecerró los ojos y sonrió con ligera
malicia.
—No es tu costumbre estar a solas con ella
tanto tiempo.
—No, no lo es —respondió con un ligero temblor—. Es que ahora es distinto.
—¿Distinto, cómo? —insistió.
—Le diré lo que siento. No puedo seguir fingiendo que todo sigue igual.
Erica se cubrió la boca con las dos manos para evitar que su grito de emoción saliera a todo
volumen.
—Ya era hora —añadió no con menos entusiasmo.
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© Maite Sánchez

—Espero que ella responda que sí.
—Ya verás que lo hará. ¿Por eso es que han
estado tan callados?
El entusiasmo en el rostro de Nicolás pronto
se convirtió en preocupación.
—Ella se puso muy nerviosa cuando le propuse salir. ¿Y si intuye lo que voy a decirle y no
siente lo mismo que yo? Debe estar nerviosa por
tener que decir que no.
—No temas.
Gabriel llamó a eso de las cuatro del sábado.
Erica había hecho todo lo que él había dicho, aunque sus padres luego se quejaron de la luz encendida. Logró evitar la respuesta, pero si insistían mucho no tendría más que contar algo sobre sus pesadillas. Ahora no tendría que ir tanto tiempo atrás,
pues tenía la excusa perfecta de que habían sido
provocadas por su experiencia en el cementerio.
Quedaron de reunirse en el centro comercial
Arango y dar vueltas después de almorzar. A las
12, Erica ya estaba en el punto acordado y Gabriel
no llegó mucho después.
—¿Qué te preguntó Valeria?
—¿Cuándo?
—El viernes, al terminar la clase de redacción.
Él se sonrojó y tosió como si se hubiera atragantado con su propia saliva.
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—Prefiero no decirlo —dijo aún tosiendo.
Aunque ella se enfuruñó, pronto lo olvidó cuando
él cambió de tema.
—¿Cuánto tiempo estarás peleada con él esta vez?
—No lo sé.
—Van a ir al cine el martes, ¿no? —Continuó
cuando notó la confusión en su cara—. Tu amiga
me lo dijo.
—Supongo. Mis papás saldrán otra vez esa
noche por su aniversario.
—Si quieres disfrutar tu cita, será mejor que
te contentes con él antes.
Ella meditó un minuto.
—¿Crees que estoy siendo muy ruda con él?
—A fin de cuentas, él no tenía idea de lo que
te estaba pasando.
A las cuatro de la tarde ya estaban de regreso y se sorprendieron de ver a los empleados municipales trabajando en reemplazar las bombillas
del alumbrado público.
—Ya no tendrás de qué preocuparte, pero no
olvides no salir sola o con poca compañía.
—Lo sé. Gracias por preocuparte.
—Te veré mañana.
¿Era tristeza lo que sus ojos reflejaban? Había estado más callado de lo acostumbrado toda
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© Maite Sánchez

la tarde, pero se rehusó a abrir sus pensamientos.
Aún la mañana siguiente, en la primer clase,
él estaba demasiado callado y melancólico. Intentó preguntar, pero no hubo explicación.
Mientras llegaban a la siguiente clase, descubrieron que Nicolás y Valeria ya estaban allí. El estaba con la espalda apoyada en la pared y entre
sus brazos estaba ella, con la cabeza recostada en
su pecho. De vez en cuando, él daba algunos besos
a su cabello e inhalaba el perfume de su champú.
Al verlos cerca se separaron, pero sus manos se
mantuvieron unidas y con los dedos entrelazados.
—¡Qué te dije! —exclamó Erica dirigiéndose a
Nico y él sonrió.
—Sí, tenías razón. Me estaba preocupando
por nada.
—Tú tienes que ser la próxima, Erica —intervino Valeria.
—Eh... lo seré —afirmó sonrojándose—. Por
cierto, ¿han visto a Orlando?
—Ya está dentro. —Respondió ella y pareció
mostrarse decepcionada— ¿Significa que harán
las paces?
—Así disfrutaremos más nuestra noche de cine. Ni a ustedes les conviene que nos estemos peleando si tenemos que estar todos juntos.
—Aunque seguimos disparejos —comentó Nico.
—Quizá Gabriel quiera acompañarnos —dijo Va151

© Maite Sánchez

leria con picardía, haciendo que Erica recordara su
plan de emparejar a Paola con su amigo. Por un instante se sintió a la defensiva y quizá demasiado posesiva con su amigo, pero, como los demás, sólo se limitó a observarlo mientras él daba su respuesta.
—No gracias —dijo suspirando—. No puedo ir
al cine.
—Es una lástima —añadió Valeria con un dramático tono teatral—. Te hubieras divertido con
nosotros.
Gabriel rió cortamente.
—Con él en el plan —comentó señalando hacia el salón—, en verdad lo dudo.

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© Maite Sánchez

8
Secretos
Y así fue. La noche siguiente, los nuevos novios y los recién reconciliados amigos estaban en
el cine. Paola los acompañaba esta vez, pero seguía sin dirigirle la palabra a Erica.
Valeria insistió en que debían ver la película de terror que habían rechazado la última vez y
Erica no estaba muy segura, pero perdió ante el
apoyo de Nico y Paola a la idea.
Resultó que su miedo era totalmente irracional y quizá había sido exagerado por su recién
descubiertas visiones. La película era muy mala y
pronto se quedó dormida.
Reconoció la fuente que estaba viendo. No
estaba tan lejos del lugar donde ella estaba. Era
un parque oscuro, ideal para que las parejas se
refugiaran para pasar algunos minutos a solas.
Había dos jóvenes muy entretenidos el uno con
el otro como para darse cuenta de que alguien los
vigilaba muy de cerca.
Despertó a causa de un grito. Al parecer se
había perdido el único momento escalofriante de
la película. Ni siquiera se puso a pensar en eso,
153

© Maite Sánchez

porque algo más ocupaba su mente.
Su sueño no había terminado, era probable que
lo que había visto aún estuviera ocurriendo. No estaba muy lejos y podría cerciorarse de todo si corría.
Procuró salir sin llamar la atención y abandonó el cine a toda velocidad. Corrió un par de
cuadras y reconoció la fuente, los dos jóvenes estaban aún allí.
Observó a su alrededor. Estaba justo en el lugar donde había visto su sueño, con la pareja aún
en la fuente, pero no había nadie más.
—Es tan humano el hacer exactamente lo contrario a lo que se les ordena —dijo una voz familiar, aunque sus nervios se crisparon de terror al
escucharla con tanta rudeza al hablar. De la sombra de un árbol con tronco grueso emergió una figura estilizada, de rostro pálido y cabello corto.
—¿Gabriel? —tartamudeó. Una macabra risa salió de los labios de él conforme se acercaba.
Ella permanecía rígida aunque una voz en su interior le gritaba que corriera. ¿Por qué tenía tanto miedo? Era solo Gabriel, su amigo, su confidente y la persona más amable que conocía. ¿Qué
era lo que la hacía temblar tanto?
—Perfecto, la adrenalina está corriendo por
tu cuerpo. Eso lo hace mucho mejor, le da un toque especial.
Algo en su mente le prohibía profundizar
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© Maite Sánchez

en las palabras que él pronunciaba, al menos no
concientemente. Su cerebro seguía gritándole al
resto de su cuerpo que no había nada que temer,
que sólo se trataba de Gabriel. ¿Por qué su cuerpo
se estremecía tanto y sus pies querían levantarse
en carrera, pero pesaban tanto como el plomo?
¿Por qué seguía una pequeña voz en su cabeza,
gritándole ¨Corre¨ con tanta desesperación?
—¿De verdad creíste que podía ser tu amigo
cuando todo este tiempo sólo quería matarte?
Un escalofrío recorrió su cuerpo, pero su
mente seguía negándose.
Ya sé, pensó, debe ser otra pesadilla. Sí, seguro
que en cualquier momento despertaré en el cine o algo
así. Sabía que no debía entrar a ver esa película.
Él se acercó sin abrir sus ojos y le apartó un
mechón de su larga cabellera que se había movido de su lugar. El contacto de su piel fue suficiente para alertar todos sus sentidos y derrumbar su
teoría del sueño.
—Era cuestión de tiempo para que uno de tus
sueños te guiara a mí, a un lugar donde fueras
vulnerable. Después de todo, tenías razón. Eras
la próxima en mi lista, aunque tuve que esperar
unos cuantos días más.
El descubrimiento de la realidad se iba haciendo cada vez más doloroso, pero aún se resistía a asimilarla por completo.
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© Maite Sánchez

—Fue un terrible error dejarte vivir aquella
noche en la biblioteca, pero tenía demasiada curiosidad por ver qué era lo fascinante en ti.
¿Aquella noche? Su mente retrocedió a una
noche de no más de un mes atrás, en la que se encontró sola en la biblioteca. ¿No había sido un
sueño después de todo?
¿Dejarla viva? No recordaba en qué momento su vida había peligrado, claro que sus memorias de esa noche no eran muy buenas.
—Te mandé tantos mensajes para que descubrieras la identidad del asesino y siempre rehusaste creer que se trataba de mí.
No, no, no, repetía frenéticamente en su mente. ¿Por qué no podía moverse, ni hablar?
Lanzo una mirada de reojo hacia la fuente,
pero ya no había nadie allí. Cuando regresó la vista al frente, Gabriel había abierto sus ojos, ahora
perfectamente visibles.
Un mar de sangre y un enorme círculo negro.
—Fue grandioso conocerte. Tu muerte dejará
un gran vacío justo en donde lo necesito.
El temblor de su cuerpo aumentó. Quería correr, quería gritar, pero no podía hacer nada de
eso. ¿Acaso estaba en estado de shock?
Él levantó su mano con la intención de tocar
su mejilla, pero se desvió hacia su cuello e hizo
algunos movimientos sinuosos sobre su piel, in156

© Maite Sánchez

cluso apartó su cabello del camino con delicadeza
justo antes de dar un fuerte tirón y lanzar un grito desgarrador. La soltó y dio un paso atrás mientras gemía de dolor. Luego cayó de rodillas y se
sujetó con fuerza la cabeza.
La extraña rigidez de su cuerpo desapareció
y quiso correr, pero verlo sufrir lleno de dolor la
hizo titubear e intentar acercarse para ayudarlo.
—Corre —dijo él entre sus gemidos de dolor, logrando detenerla en su intención. Lo veía
convulsionar y gritar y cada espasmo hacía que
su terror se convirtiera en temor por él. —¡Corre! —insistió aún en el suelo, pero con un quejido lastimero y suplicante. Por un instante fijó sus
ojos en ella y aunque aún podía ver un rastro del
manto sangriento, el azul de sus pupilas era evidente aún en la oscuridad—. Busca un lugar iluminado. La luz, Erica... ¡VETE!
Las convulsiones se hicieron más fuertes, pero ella obedeció corriendo con todas sus fuerzas.
Llegó a la antesala iluminada del cine y se recostó
en la pared para intentar recobrar el aliento. Nicolás y Valeria, que habían estado buscándola, salieron del pasillo que dirigía hacia los baños y corrieron hacia ella.
Toda la adrenalina de su cuerpo pareció diluirse en un segundo cuando los tuvo cerca, llevándola a las lágrimas y a los gritos histéricos.
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© Maite Sánchez

Nico fue por Orlando y Paola mientras Vale
hacía todo por tranquilizarla. Se marcharon rápidamente en el automóvil de Orlando y la acompañaron a casa. En el camino, ella iba muy silenciosa, intentando descifrar qué era lo que había visto.
Sus amigos no dejaban de hacerle preguntas, a las
que ella mayormente contestaba con monosílabos.
Definitivamente no había sido un sueño y
ese era Gabriel, pero algo no cuadraba.
No, ese no podía ser Gabriel, aquel que le
brindaba tanta tranquilidad, que se había vuelto
su mejor amigo. ¿Acaso eso era toda una farsa para acercarse a ella? ¿Por qué? Si sus intenciones
eran las de matarla, ¿por qué la dejó ir? También
había un detalle que le causaba mucha curiosidad
y duda. ¿Por qué sus ojos cambiaban de esa forma?
Sólo descansó de sus pensamientos mientras
pasaban por el lugar donde estaba la fuente de
los enamorados, donde no se podía percibir ni un
solo movimiento.
Con más tranquilidad, comenzó a analizar
los sucesos de la noche y de los días anteriores.
Había sido él quien le dijo como evitar al asesino.
¿Por qué habría de hacer eso si era él quien estaba detras de todo? Quizá sólo quería hacerla sentir segura y guiarla a su trampa. Sabía sobre sus
sueños, ella le había contado. ¿Por qué podía ver
las imágenes a través de sus ojos? ¿Cómo había
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© Maite Sánchez

ganado esa habilidad? Sabía de su noche de cine
y la había motivado a ir, pero cómo podría saber
que iba a quedarse dormida.
No, nada encajaba y principalmente porque se
rehusaba a creer que Gabriel podía ser el asesino
tan temido por todos, no después de ver tanto dolor
en sus ojos, tanta pena... ¿o era arrepentimiento?
Sus amigos demandaban una explicación y
ella se los debía por haberla sacado del cine antes
de que se despertaran sospechas. A pesar de su
agradecimiento, nada podría hacerla Pero no diría nada muy concluyente.
—Fui a dar una vuelta, me estaba durmiendo.
—¿Saliste tú sola a la calle? —exclamó Orlando con enfado.
—No estaba pensando. Sólo necesitaba salir.
—¿Y por qué tanto grito?
—Alguien me siguió, corrió tras de mí varias
cuadras hasta que logré regresar al cine. Por un
momento creí que iba a matarme.
—¡Por el amor de Dios, Erica! —gritó Paola
desde el asiento del copiloto—. ¿No has visto las
noticias? ¡Hay un asesino suelto allá afuera!
—Lo sé, lo sé —dijo sintiéndose un poco contenta por haber logrado que Paola le dirigiera la
palabra—. Fue muy tonto de mi parte.
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© Maite Sánchez

Llegar a su casa fue más escalofriante que de
costumbre. No había nadie, las luces estaban apagadas y solo pudo ver el camino por el brillante
farol de la calle.
Entró y encendió todas las luces de su habitación y se recostó en su cama sin desvestirse.
No se dio cuenta de cuando se quedó dormida.
Su sueño no la condujo a un lugar desconocido. Sabía bien a donde pertenecía aquel escenario: el edificio rodeado de árboles. Era la misma
biblioteca donde se había desarrollado su primera pesadilla. Sólo que no había sido una pesadilla,
lo había descubierto horas antes.
—¿Tan noche y todavía en la biblioteca? —dijo la voz que ya le resultaba tan familiar. Su sueño fue desarrollándose tal y como la primera vez.
Él pareciendo galante y al mismo tiempo aterrador. Comenzó a caminar hacia ella y en un parpadeo lo tenía a su lado, con una mano en cada uno
de sus hombros. Sus ojos, tan aterradores como
los recordaba, derramaron una lágrima de sangre
mientras se inclinaba sobre su cuello descubierto. Lo sintió recorrer su cuello con la lengua y luego apoyar sus dientes en el punto más frágil. Sin
mucho esfuerzo, rasgó su piel causándole mucho
dolor. ¿Por qué no se movía? ¿Por qué no gritaba
aunque el sufrimiento era tanto? No podía hacer
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© Maite Sánchez

nada mientras comenzaba a sentir que el mundo
daba vueltas. Pronto todo se hizo negro.
En sus recuerdos resonó una frase que no
pertenecía a esa noche.
“Prometo explicártelo algún día”
Despertó sobresaltada por el despertador.
Furiosa, lo arrancó del tomacorriente y lo lanzó a
la pared. ¿Qué había sido todo ese sueño? No, no
era un sueño, el dolor en su cuello era demasiado real. Corrió al espejo para examinarse, pero no
encontró nada, ni un pequeño rasguño.
Se cambió y arregló como si fuese un día
normal, saliendo prisa para intentar no encontrarse con Gabriel en el autobús, sin embargo,
quería verlo. Al menos tendría tiempo para pensar qué decirle mientras llegaba la hora de la clase de redacción. No quería dejarse llevar por la
conclusión ala que su mente había llegado.
“Prometo explicártelo algún día”
Se lo había dicho cuando le expuso las precauciones necesarias para mantenerse viva unas
noches más.
Curioso, comenzaba a contar su vida como noches y no como días. La esperanza de esa promesa
le dio nuevos ánimos y decidió correr el riesgo.
No contaba con que Gabriel no estuviera en
la clase aquella mañana.
161

© Maite Sánchez

Estaba demasiado ansiosa. Necesitaba respuestas pues sus pensamientos eran una completa maraña de ideas sin sentido. El único que podía darle esas respuestas era Gabriel y aún dudaba si quería enfrentarlo.
Pero debía hacerlo, cuidando siempre de estar en un lugar público y con mucha luz, como él
mismo se lo había advertido. ¿Cómo podía seguir
confiando de sus sugerencias?
Sólo un lugar encajaba con la descripción
que se había dado y esperaba que él estuviera allí
cuando ella se presentara en la tarde.
Se detuvo justo frente a la puerta, dudando
en entrar, pero una ola de coraje baño sus entrañas y avanzó decidida hacia la puerta.
Todo su valor desapareció cuando estuvo al
otro lado de la puerta y encontró a Gabriel en su
lugar de siempre, ocupado en cobrar una cuenta.
Estuvo a punto de dar la vuelta y salir, pero uno
de los meseros le advirtió de su presencia.
—Eh, Gabriel... te buscan.
Levantó la mirada de golpe, causando que
ella se sobresaltara y retrocediera instintivamente un paso. Había rabia en sus ojos y su frente estaba arrugada con enfado, pero disimuló cuando
Vivian se dirigió a él.
—Atiéndela, yo te cubro. —Asintió agradeci162

© Maite Sánchez

do y luego caminó con determinación hacia Erica
que no se había movido ni dicho nada aún. La tomó con gentileza del codo y la invitó a seguirlo.
Ella obedeció y juntos fueron a la alacena, donde
él la soltó con violencia y le hizo frente.
—¿Qué haces aquí?
—Necesito hablar contigo... sobre anoche.
Él sonrió de medio lado, pero sus ojos lucían
apagados.
—¿Qué quieres que te diga? Me viste, me escuchaste... ¿Acaso crees otra vez que se trató de
un sueño?
Erica tembló por el cinismo con que hablaba.
—¿Por qué viniste? —preguntó otra vez con
tono de reproche. Ella titubeó.
—¿Por qué no estuviste hoy en clase?
—¡Ja! Como si te importara que yo hubiera
saltado a una estúpida clase. ¿Por qué no vas al
grano de una vez por todas? Lo que quieres saber
es si yo maté a todas esas personas, ¿o no? Pues
ya lo sabes, la ciudad entera está atemorizada y
es por mi culpa.
Sus palabras, a pesar de ser duras, tenían un
dolor implícito, angustia en la mayor parte.
—No... no puede ser. Ese no puedes ser tú
—dijo con firmeza—. No cuando he visto tanto
dolor en tu mirada. Mi mejor amigo no puede ser
un asesino cuando ha sido tan cariñoso y dedica163

© Maite Sánchez

do conmigo. No lo acepto, ese no puede ser tú.
La mirada de Gabriel estaba perdida, desenfocada, hasta que volvió a posarse en los ojos de
Erica, con furia.
—Ni tú misma crees eso. —Ella dio un respingo—. Tu mente aún está llena de dudas.
—¿Por qué dices eso? —intentó sonar firme,
pero su voz tembló demasiado.
—¿Tienes idea del pánico que hay en tu mirada en este momento? ¿O cuando entraste en el
café?
Ella se mordió el labio, apenada de su duda.
Pero también despertó en ella un ímpetu que no
conocía, llenando su mirada de determinación.
—¿Cómo quieres que no sienta pánico cuando me dices tan tranquilo que tú eres el asesino?
¿Y qué tal mis sueños que parecen sacados de libros de ciencia ficción o las películas? Y no he
leído a Bram Stoker desde el colegio. ¡Ese no podías ser tú! Pero necesito que tú me des las explicaciones, porque ciertamente no entiendo nada.
Gabriel le dio la espalda y suspiró resignado.
—Es una larga historia y tengo trabajo qué hacer.
—No importa, esperaré a que termines.
De un golpe, derribó algunos contenedores
plásticos que estaban apilados cerca de él.
—¡Maldición, Erica! ¿Es que aún no lo comprendes? La noche es peligrosa... —decidió recti164

© Maite Sánchez

ficar—. Yo soy peligroso en la noche. Tus sueños
y suposiciones no son tan descabellados, ¿sabes?
Ella tembló mientras se esforzaba por articular una palabra que ni siquiera había permitido
concretar en su pensamiento.
—Vampiro —dijo en un hilo de voz.
—Exactamente.
—Pero... ¿Cómo?
Gabriel volteó con una expresión endurecida
en su rostro.
—Prometiste que algún día me lo explicarías
—sacó a relucir, logrando suavizar un poco el rostro de Gabriel.
—¿Te importaría mucho perder tus clases de
mañana?
—No sería la primera vez que las pierda por
tu causa —intentó decir como broma—. Ya no es
una tragedia.
Él no estaba de humor para bromear.
—Espérame mañana en tu parada de autobús. ¿Ahora podrías marcharte?
Ella no se movió y él se mostró exasperado.
—Vete, Erica, por favor. No puedo soportar
un momento más el verte... es muy doloroso.
Esta vez había sinceridad en sus ojos y ella
aceptó silenciosamente. Abandonó el lugar tan
pronto como sus pies se lo permitieron.
165

© Maite Sánchez

Un vampiro.
No era lógico, los vampiros no existían en
realidad. ¿Por qué de pronto estaba tan segura de
que esa era la única respuesta considerable?
El recuerdo del dolor de su cuello podría ser
un factor, pero había tanto que no cuadraba en las
imágenes mentales que tenía sobre los vampiros,
en su mayoría tomadas de los libros o la televisión.
El asunto de la sangre era lo único que explicaba por qué parecía que hubieran drenado hasta
la última gota.
Pero estaban tantos otros aspectos, como el
poder salir de día. Los libros decían que los vampiros dormían de día, aunque la televisión aportaba algunos elementos de mentira en esa afirmación. Sin embargo, el sol siempre causaba algún efecto en los vampiros.
Pero había pasado suficientes mañanas soleadas junto con Gabriel como para saber que ese
no era su caso. Él ni siquiera había hecho el esfuerzo de protegerse con un gorro o algo, el sol
había dado completamente en su rostro y no daba ni una sola señal sobrenatural.
Si lo pensaba bien, quizá sí había otro factor
en favor de la teoría del vampiro, y eso eran sus
ojos. Los ojos de los vampiros nunca eran los más
normales e incluso algunos programas de televisión sostenían que sus ojos sólo cambiaban duran166

© Maite Sánchez

te la cacería y eso parecía ser lo que sucedía con él.
También eso podría explicar su falta de colmillos.
No, los vampiros no existían. Debía ser algo más. Tenía en la cabeza la idea de que con frecuencia los cuentos de aparecidos que tanto contaban los mayores tenían una explicación, si no
científica, sí psicológica o de algún tipo.
Pero no había otra explicación. Al menos, no
que ella pudiera imaginar. Y es que lo que menos
encajaba de Gabriel en su imagen mental de los
vampiros era la personalidad.
Pensando en todo eso, se encontró a la mañana siguiente en la parada de autobús, esperando a Gabriel.
Cierto. Todos los vampiros de los que tenía referencia eran extrovertidos y sumamente seductores,
conscientes del atractivo que poseían. Si bien Gabriel era muy guapo, era la timidez personalizada.
—No creí que de verdad vendrías —fue el saludo de Gabriel.
Ella no le dirigió la mirada. Si lo hacía, su
tranquilidad se perdería, por lo que lo saludó sin
verlo a los ojos.
—¿Y por qué no habría de venir? —Él gruñó
por lo bajo.
—¿Alguien sabe dónde estás? Digo, por si nadie vuelve a verte.
167

© Maite Sánchez

No era broma, de verdad él sonaba como si
esa fuera la última hora que ella estaría en la tierra y esto logró ponerla nerviosa.
—No le dije a nadie —respondió con voz temblorosa.
—Llama a Nicolás o a Valeria, estoy seguro de
que ellos no te harán demasiadas preguntas si les
dices que irás a mi casa.
Ella obedeció, deseando no haberse mostrado tan ansiosa por reportar su paradero. Seguramente había herido sus sentimientos y se sentía
terrible por ellos. ¿Tendría que sentirse mal después de escuchar la explicación de Gabriel? Esperaba que así fuera.
Dijo que su casa no estaba lejos, por lo que
comenzaron a caminar.
—¿No tienes miedo? —preguntó con curiosidad.
—Algo, pero por que tú insistes en darle un
tono macabro de todo esto.
—¿Y no es macabro el estar a solas con el
asesino de tus pesadillas?
—Si hubieras querido matarme realmente,
no estaríamos aquí ahora, ¿no crees?
—No tienes idea de lo que dices, pero ya lo
sabrás.
La casa donde Gabriel vivía era del más estricto estilo colonial. Grandes ventanas y un portón de
madera labrada que al abrirse reveló un patio gran168

© Maite Sánchez

de y una fuente vacía con algo de maleza. Cruzaron el patio y en la habitación más alejada y más
pequeña de todas estaba instalado el cuarto de Gabriel. Lámparas de todos tipos llenaban las paredes
y cada mueble en la pequeña habitación.
—¿Miedo a la oscuridad? —murmuró para si
misma.
—No exactamente —contestó—. Más bien,
miedo a la luz. Era una forma de contenerme
—exhaló—. Si lograba estar aquí a tiempo.
Le acercó una silla –la única de la habitación– y luego se dedicó a buscar algo en su armario. Sacó varios recortes de periódicos y un paquete de cartas, la mayoría sin abrir.
—Hace casi dos años me encontraba preparándome para la inscripción en la universidad.
Iba y venía como yo quería hasta altas horas de la
noche, acostumbrado ya a ese movimiento, por
lo que no me di cuenta de que alguien me seguía.
—Él rió como si fuera divertido—. Aunque hubiera estado alerta, no habría podido percibir nada.
Los movimientos del vampiro son muy ágiles.
—Sí, creo que lo he visto —dijo recordando
sus pesadillas.
—Te dije que a mis padres los asesinó un
monstruo... el mismo que maldijo mi vida y me
convirtió en lo que ahora soy... un monstruo igual.
Sus ojos estaban llenos de dolor y a ella se le
169

© Maite Sánchez

conturbó el corazón.
—Lo peor es que yo mismo no sabía qué había ocurrido. Desperté sin saber cómo había llegado a mi cuarto, la casa estaba vacía. Mis padres nunca salían sin avisar y comencé a preocuparme. Se organizó una búsqueda y hallaron sus
cuerpos dos días después.
”Yo seguía sin recordar a qué hora me iba a
la cama y despertaba sobresaltado por pesadillas,
similares a las que tú has tenido desde nuestro
primer encuentro en la biblioteca.
—¡Un momento! —gritó ella— ¿Quiere decir
que yo también... ?
—No, tú estás libre. La diferencia entre tú y
yo es que aún recuerdas cuando vas a dormir y
puedes salir sin problemas después del atardecer. Yo también creí un momento que había maldito tu vida, pero resultó que las personas que tú
veías en tus pesadillas eran las mismas a las que
yo atacaba cada noche, así que debías estar viendo a través de mis ojos.
Lo dijo con tanta tranquilidad que le causó
un escalofrío.
—También hay otra diferencia en relación
con mi historia.
Le extendió uno de los recortes de periódico.
OLA DE CRIMENES ES RESPONSABILIDAD DE DOS ASESINOS.
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© Maite Sánchez

—En aquellos días siempre encontraban dos
cadáveres. Uno, hecho pedazos y el otro abandonado como si hubiera estado durmiendo en vez
de estar muerto. Sin embargo, aún había algo que
los vinculaba. ¿Puedes imaginar qué es?
Lo imaginaba, pero le fue difícil contestar.
—¿No había sangre?
Él asintió. Hizo el esfuerzo de leer el artículo,
pero el nerviosismo le impedía concentrarse. Finalmente, llegó a la conclusión que él debía estar
esperando.
—La persona que te hizo eso estaba aún en tu
pueblo. ¿No es verdad?
—Yo no lo sabía, hasta que recibí la primera
carta... o debería decir, nota.

Lamento haberte condenado a una media vida y a cargar con la
muerte de tantos para saciar una sed que no es tuya.
—Pero no dice que te ha convertido en un
vampiro.
—No explícitamente, pero de alguna forma
sirvió para despertar la voz de mi lado oscuro y
ya no hubo ninguna duda, me había convertido
en un vampiro y las muertes de mis amigos, mis
conocidos, caían sobre mis hombros.
—¿Qué más decían las notas?
Le extendió la otra carta que había abierto.
171

© Maite Sánchez

Estás condenado a la soledad. No imploro tu perdón por haber tomado las vidas de tus padres. No lo merezco, pero sí suplico que comprendas ahora que tú también estarás obligado a llevar
una vida solitaria. En verdad lamento lo ocurrido, pero no puedo
hacer nada por cambiarlo.
—No abrí más cartas. No quería cargar con el
dolor de alguien más, suficiente tenía con el mío. No
creí que luego tendría que lamentarme por que alguien más sufriera por mis actos. En verdad lamento
que tuvieras que ver a cada una de mis presas.
Volvió a hablar con tanta normalidad que le
causó un escalofrío.
—Bien —dijo con voz temblorosa—. Eres un
vampiro. ¿Cómo es que puedes salir de día?
—No todo lo que sabes sobre los vampiros es
cierto o está trasgiversado. Los vampiros no pueden salir a la luz del sol, es demasiado dolorosa
para ellos por el simple hecho de que sus cuerpos
están diseñados para salir de noche.
—Pero entonces, ¿cómo funciona? ¿No podría cazar también de día?
—No podría. Técnicamente, el sol si le causa daño, pero no entraré en combustión espontánea. Más bien, es cuestión de tener los sentidos
demasiado agudos.
—No entiendo.
—No, supongo que no. ¿Cómo te lo explico?
172

© Maite Sánchez

—pensó un instante—. ¿Has intentado ver directamente al sol en un día despejado a eso del medio
día? Resultaría demasiado doloroso y quedarías
ciega. Ni siquiera cerrar los ojos serviría para frenar por completo los efectos de los rayos de sol.
”Algo así sucede cuando el vampiro decide
salir. Hasta los más débiles rayos del sol del atardecer hacen que sus ojos, adecuados a ver con las
más extremas faltas de luz, resulten una desventaja. Cerrar los ojos ayuda con las luces tenues de
la calle y los autos, pero los lugares iluminados
son demasiado dañinos para la visión sobrehumana del vampiro.
—Tus ojos son aterradores cuando están bañados de sangre. Toda la semana después a nuestro encuentro tuve que regañarme por el nerviosismo que me causaba su solo recuerdo.
—Sí, es un efecto secundario. Mi pupila se dilata al máximo y el esfuerzo hace que los vasos
sanguíneos se revienten.
—Así que no saldrá si estás rodeado de luz.
¿Por eso hay tantas lámparas en ésta habitación?
—Mi pueblo no era tan iluminado como la ciudad y por eso no me había dado cuenta de sus limitaciones. Funcionó muy bien hasta hace dos meses.
—¿Qué cambió?
—Me ascendieron. El trabajo de caja es mejor
pagado que el de mesero y no podía darme el lujo
173

© Maite Sánchez

de rechazarlo, pero no he podido llegar aquí antes del anochecer desde entonces.
—Oh.
—Intenté buscar rutas llenas de luz, pero todas las oficinas alrededor del café cierran temprano. ¿No te has preguntado por qué el café deja
de servir a las cuatro? Es porque todos los trabajadores están por salir y el dueño se rehúsa a vender su delicioso café a personas que no lo buscan
por su sabor sino por el agregado de la cafeína.
Yo lo creía una ventaja cuando conseguí el trabajo de mesero, pero dejó de serlo cuando comencé a encargarme del cierre de caja. Una noche incluso llegué a quedarme dormido en el local, pero no contaba con las cámaras de seguridad y recibí una reprimenda del jefe al día siguiente.
”La noche que me viste en la biblioteca había
captado un aroma conocido, pero no sabía que se
trataba de ti hasta que te vi bajar del árbol y luego no supe nada, me cerró el acceso a su conciencia. Ni siquiera sabía que eso era posible, pero
me sentí... creí que no volvería a verte jamás. Sin
embargo, allí estabas —una sonrisa se formó en
su rostro—. Viva, aunque débil y supe que te había atacado. ¿Por qué no te había matado?
—¡Oye! —reclamó y obtuvo una risa como
respuesta. Era una buena señal.
—Te dije que me había acercado a ti por cu174

© Maite Sánchez

riosidad, y es cierto. Al principio tenía curiosidad
de saber qué recordabas, cómo te sentías y qué
pensarías de mí, pero luego me pregunté por qué
él te había dejado con vida.
—¿Por qué hablas así, como si fueran dos
personas distintas?
—En cierta forma, pienso que así es, como si
alguien más tomara el control de mi cuerpo y yo
no pudiera más que observar lo que él hace. Muchas veces tengo que forzarme a hablar de mí como el monstruo que soy.
—¿No crees que sea eso? He oído de personas
que tienen una enfermedad que les hace creer que...
—Es como una enfermedad, pero no como
tú crees. No está sólo en mi mente, también todo
mi cuerpo (no solo mis ojos) ha sufrido cambios.
¿Quieres saber por qué no encuentran heridas en
las víctimas?
—Recuerdo que me mordiste, pero tampoco
tengo señal de colmillos en mi cuello.
—No tengo colmillos, sólo una mordida muy
fuerte —respondió mientras tomaba con delicadeza su mano y sin darle aviso le hizo una cortada profunda con una tijera que tenía cerca.
—Ay —exclamó llevando su mano al pecho y
acunándola—. ¿Qué demonios crees que haces?
—Perdona, pero es necesario para ilustrar mi
exposición. Trae acá. —Le tomó el brazo con fir175

© Maite Sánchez

meza y lo acercó a su rostro hasta poder pasar su
lengua por la herida. Sintió como su piel comenzaba a tirar de sí y en un momento ya no sentía
dolor. Gabriel tomó un pañuelo y limpió la mano,
pero ya no había herida.
—Guau. Eso es...
—Casi genial, si no tomamos en cuenta que
lo uso para no dejar rastros de mi trabajo en mis
presas.
Esa costumbre de hablar con tanta tranquilidad sobre el asunto estaba comenzando a resultarle molesta, pero decidió ignorarla.
—¿Recuerdas cuando me golpeaste? Me tomaste por sorpresa, pero estaba más preocupado
por que te hubieras lastimado o hubieras notado
algo extraño. Mi cuerpo se volvió más fuerte que
el de un humano normal.
—¿Qué tan fuerte?
—Lo suficiente para cargar un cuerpo y ser
capaz de correr a una velocidad imperceptible
por el ojo humano. Otro factor del cambio. ¿Aún
crees que es un desorden de personalidad?
—No, pero por un momento me parecía más
real que la idea del vampiro.
—Sí, es difícil de aceptar.
Guardaron silencio un momento mientras
ella asimilaba lo que él había dicho.
—La última vez dijo algo similar a lo que tú
176

© Maite Sánchez

dijiste sobre la curiosidad. Que me había dejado
viva por saber qué había de interesante en mí. ¿A
qué crees que se refería?
—No lo sé —dijo simplemente.
Otra vez el silencio.
—Te he visto comer, ¿es una forma de guardar las apariencias?
—No, aún lo necesito. Tengo la teoría de que
la sangre nutre de alguna forma todas mis habilidades “especiales”.
—Quizá podrías intentar nutrirlas de otra
forma. Ya sabes, donaciones o animales...
—Sí, sé de donde sacas la idea, pero a diferencia de tus vampiros de ficción, no puedo hacer esa elección. Es una maldición y cargaré con
muchas muertes en mi conciencia hasta que mi
alma pueda arder en el infierno. Tengo la esperanza de que el tiempo haga su trabajo y no tenga que pasar por esto una eternidad.
—¿No sabes si eres inmortal?
—No sé si pueda ganarle al tiempo, porque
intenté algunas formas de terminar con mi vida y
ninguna resultó. Mi cuerpo sana demasiado rápido como para hacer un daño significativo, así que
sólo me resta aguardar a que mi vida termine en
un ciclo normal, aunque eso signifique perder mi
alma en el infierno.
—Pero tú no quieres hacerles daño, no es tu
177

© Maite Sánchez

culpa —reclamó. Todo su miedo había desaparecido, pero se había vuelto en compasión. Tanto
tiempo había cargado con esa terrible pena y sin
poder decirle a nadie.
—Es difícil cuando has sentido el calor de
la sangre humana recorrer tus entrañas. No tienes idea de lo desagradable que es el sentimiento cuando despierto cada mañana y los recuerdos de la cacería nocturna aún están frescos en
mi mente. Desde el muchacho en el cementerio,
parece que se ha empecinado en torturarnos con
esas imágenes tan cruentas.
Por eso estaba tan preocupado por mis pesadillas,
se sentía culpable por hacerme sufrir.
Ambos suspiraron, dejando algunos minutos
de silencio que para Gabriel se hizo incómodo.
—Yo siempre había sido muy tímido. Tenía un
par de amigos en mi pueblo, pero... no sé si fui yo o
ese... —Exhaló con fuerza mientras lograba calmarse—. Mis planes siempre habían sido hospedarme
con el abuelo cuando comenzara la universidad,
pero temía por su vida si dejaba que me quedara
aquí, así que le conté que mis padres habían muerto por mi culpa y en lo que me había convertido.
Erica recordó su primera conversación sobre
su abuelo y en como había pensado que Gabriel
no tenía la habilidad para imprimir sarcasmo en
sus palabras. Ahora comprendía que en realidad
178

© Maite Sánchez

no había tenido la intención de sonar sarcástico.
—Al parecer, su sangre no es apetitosa para él y eso me alegra. Sin embargo, ya ves que no
puedo darme el lujo de entablar ninguna amistad, porque esa cercanía los pone en peligros innecesarios. Él se divierte al ver lo solitario de mi
vida y hará cualquier cosa por hacerme sufrir.
—“Tu muerte dejará un gran vacío justo en
donde lo necesito” —recitó recordando su último
encuentro con el vampiro—. Un vacío en tu corazón, ¿cierto?
Gabriel asintió con pena.
—Entenderé que quieras dejar de ser mi amiga, pero no podría soportar ponerte en peligro otra vez. Sólo quería tener la oportunidad de
agradecerte el que hayas sido tan buena conmigo.
Sus palabras tardaron un instante en hacer
efecto en ella, que reaccionó con enojo.
—Ah, sí. Fingiré que nunca te conocí y que
nunca me contaste nada de esto y seguiré mi vida normal mientras tú sigues sufriendo en soledad —canturreó llena de sarcasmo—. ¿De verdad
crees que te voy abandonar ahora que sé por lo
que estás pasando? ¿Qué clase de amiga sería?
Su firmeza y decisión lo tomaron por sorpresa. No estaba preparado para que ella reaccionara
de esa forma.
—¿No tienes miedo?
179

© Maite Sánchez

—Estaré bien si me mantengo en sitios muy
iluminados, ¿no?
—Pero...
—Ahora que sé qué esperar, estaré más segura
y seré más precavida. Además, ¿quien te ayudará a
entregar los trabajos que tienes atrasados y te sacará de tu monótona vida? No... —toda su seguridad desapareció en un segundo y su voz comenzó
a temblar— … no puedo ayudarte a liberar tu maldición, pero al menos quiero ayudarte en algo.
Gabriel había estado bastante sereno, pero
las palabras de Erica quebraron por completo esa
tranquilidad y comenzó a llorar.
—Erica, tenía tanto miedo —sollozó llevando
sus manos al rostro—. Te vi en sus pensamientos
y no sé cómo reuní la fuerza suficiente para dominar su voluntad el tiempo suficiente para dejarte huir. Creí que te mataría y no lograría hacer
nada para evitarlo...
—Pero no lo hiciste —dijo mientras se acercaba a él y lo rodeó con sus brazos delicadamente—, me salvaste la vida.
—No, yo te puse en peligro... debí mantenerme alejado después de que te ataqué la primera
vez, pero no pude, no cuando tú me brindaste tu
amistad tan sincera e incondicional.
—No tienes por qué tener miedo —le dijo—. Prometo no volver a poner en peligro mi vida. Lo juro.
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© Maite Sánchez

No te volveré a dar motivo para que temas por mí.
Antes de que él pudiera decir algo, una voz
grave interrumpió la conversación.
—¡Gabriel!
Él dio un respingo.
—Es mi abuelo —advirtió—. Es raro que salga de
su cuarto a ésta hora —añadió con un poco de pánico.
—¿Qué pasa?
—¡Gabriel! —gritó una vez más entrando a
la habitación y se sorprendió al ver a Erica allí—.
Perdón, señorita.
—Buenos días —respondió temerosa, pero él
no pareció ponerle atención.
—¿Qué hace ella aquí?
—Ella lo sabe... tuve que explicarle por que
me vio, dos veces.
—Hijo, ¿puedo hablar contigo a solas?
Ambos sostuvieron miradas desafiantes antes
de que Gabriel asintiera y se levantara de la cama.
—Discúlpame un momento.
Cuando ambos abandonaron la habitación,
ella ojeó un par de recortes de periódico y luego
tomó el fajo de cartas sin abrir. Todas tenían escrito el nombre de la persona a quien estaban dirigidas, pero había una ligeramente distinta. Esta
tenía timbres postales, como si hubiera sido enviada desde un lugar lejano.
La estaba examinando cuando escuchó gritos
181

© Maite Sánchez

que provenían de la otra habitación.
—Tú no entiendes lo que es vivir con ésta
maldición —gritó Gabriel.
Movida por la curiosidad, salió de la habitación
y buscó el lugar donde la discusión se originaba.
—No sé por qué te arriesgas, ella no puede
querer ser tu amiga realmente.
—¿Por qué no? ¿Tan difícil es creer que a alguien puedo agradarle?
—¿Quién estaría tan loco como para querer
ser amigo de un monstruo?
El silencio reinó por algunos segundos, pero
luego Gabriel comenzó a hablar en voz baja y fue
aumentando el volumen hasta terminar en un sonoro reclamo.
—Quizá sea un monstruo, pero lo soy en contra de mi voluntad... ¿cual es tu razón?
Oyó pasos acercarse, pero no tuvo tiempo de regresar a la habitación. Gabriel salió y tropezó con ella.
—Lo siento, yo no quería... —dijo ella sin percatarse de las lágrimas que resbalaban en las mejillas de Gabriel.
—Salgamos de aquí —espetó como si fuera
una orden y la jaló del brazo con suavidad, dirigiéndose a la salida.
Subieron a un autobús que iba casi vacío y se
sentaron al fondo, donde nadie los escuchaba.
—¿Estás bien?
182

© Maite Sánchez

—Siento que hayas escuchado eso. A veces
creo que la única razón por la que mi abuelo sigue vivo es porque me hace la vida imposible
cuando mi yo vampiro no puede hacerlo.
—En verdad lo siento, pero si ayuda de algo...
yo no creo que seas un monstruo.
Él sonrió y ella le devolvió el gesto.
—Al menos una persona aquí no lo hace.
Mientras el autobús hacía su recorrido, Gabriel
observaba con melancolía a través de la ventana.
—Creo que no hay sitio en la ciudad donde
no recuerde un rostro aterrorizado.
—¿Piensas en eso todo el tiempo?
—Solía hacerlo. Las clases nunca me distrajeron lo suficiente, el trabajo en caja no es muy demandante... pero sólo estando contigo he logrado
dejar un poco esa tortura.
—No temas, no te dejaré... ya vi que me necesitas para vivir tranquilo —añadió en tono de broma.
—Erica, tienes un ego muy saludable, siempre lo he dicho.
Ambos rompieron en risas. Todo volvía a
ser como había sido hasta entonces y su amistad
ahora sería más fuerte, porque ya no había secretos entre ellos.

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© Maite Sánchez

9
Dudas
Volvió a despertar a eso de las tres de la mañana, después de que terminara otra de sus pesadillas.
Ahora que comprendía la realidad detrás de ellas,
resultaba más doloroso si se ponía a pensar en lo
que Gabriel sufría. Habían seguido conversando sobre el asunto después de dejar el autobús, pero aún
había muchas cosas que quedaban sin respuesta.
—¿Qué les pasa a las víctimas luego de que él
las ataca?
—No era consciente de que él me guardaba
información, pero ahora sé que conscientemente ha estado evitando que yo me entere de dónde
los mantiene mientras busca a una nueva víctima. Ante todo, él busca no dejar pistas de su existencia. ¿Por qué crees que no ataca dentro de las
casas como los vampiros de ciencia ficción? Tarde o temprano alguien llegaría a la suposición
acertada y nunca se sabe cuándo se encontrará
con un grupo de fanáticos de lo sobrenatural.
—Yo creí que tenía que ver con que no había
sido invitado... ya sabes, en la televisión...
Su conversación se había desviado a todas
las teorías que mostraban las series de televisión
y los libros. Comunidades de vampiros, arrepen184

© Maite Sánchez

timiento y redención, cazadores de vampiros.
Ella intentó volver a dormir, pero no podía dejar
de pensar en lo que habían conversado en la tarde.
—Fuiste tan fuerte como para detenerlo antes,
para salvarme la vida. ¿No crees que podrías luchar?
—Lo intenté tantas veces antes que no creí que
funcionaría esta vez. Quizá por que tu vida era la
que estaba en juego logré enfocar todas mis fuerzas en la lucha. No quería perder a mi única amiga.
—Siempre estaré a tu lado, te lo prometo.
De repente, su promesa no parecía suficiente.
Quería ayudarlo de alguna manera a librarse de su
maldición y para ello debía hacer algún tipo de investigación. ¿Quién podría saber algo sobre los vampiros que no tuviera que ver con libros y películas?
Pensó en la persona que maldijo a Gabriel.
Había escrito tanto y quizá sabría mejor sobre
qué esperar en esa extraña vida. Sin embargo,
Gabriel parecía guardarle tanto rencor como para no querer saber nada de él, aunque estuviera
consciente de que su situación era la misma, no
tenía elección ni dominio de sus actos mientras
el vampiro se apoderaba de su cuerpo.
Observó su mesita de noche, donde la esquina doblada de un sobre de papel blanco resaltaba en la poca luz que entraba por su ventana.
Cuando salió de la habitación de Gabriel, curiosa
por la discusión que sostenía con su abuelo, olvi185

© Maite Sánchez

dó dejar la carta que tenía entre sus manos junto
con las otras y en algún momento de la confusión
la guardó en su bolsillo y no lo recordó hasta que
estuvo de vuelta en su casa. Tenía pensado regresársela al día siguiente, pero ahora le parecía mejor idea guardarla si él no se había dado cuenta
que le hacía falta una de las cartas. La dirección
escrita en el sobre le serviría para buscar pistas e
iniciar su investigación.
¿Qué estaría haciendo Gabriel en ese momento? Probablemente estaría ya en su casa, recordando con dolor su último ataque. Al parecer,
él también despertaba cada vez más temprano de
su extraño trance y no se explicaba la razón del
cambio. De pronto se hallaba en su habitación, a
oscuras y aún sin sentir la amenaza del cambio,
se apresuraba a encender todas las luces.
Le había explicado que cuando finalmente se
hallaba en total oscuridad, pasaban algunos segundos de pelea mientras el vampiro lograba dominarlo. Era menos violento que lo que había visto en la
fuente, aquella noche, pero se asemejaba mucho.
El domingo podía estar en su cuarto aún antes del anochecer, y podía descansar de la violenta lucha interna. Eso explicaba su repentino cambio de humor de los lunes por la mañana.
Volvió a quedarse dormida mientras pensaba y
186

© Maite Sánchez

no despertó hasta que ya era muy tarde para la clase
de inglés. No tenía caso ya, había fallado a tantas clases
que ya no podría ponerse al corriente. Era mejor no
alargar lo inevitable y renunciar a una causa perdida.
Para su fortuna, Gabriel iba de nuevo temprano para ponerse al corriente con las tareas de
redacción que había vuelto a atrasar por causa de
Erica (aunque este no había dicho nada). Como
el asiento a su lado estaba vacío, ella se apresuró
a ocuparlo y lo abrazó efusivamente. Él se tensó,
pues iba distraído viendo por la ventana, pero se
relajó al darse cuenta de que se trataba de Erica.
—¿Te das cuenta de que cualquiera podría
malinterpretar lo que haces?
—No me importa. Estoy muy feliz de verte
—dijo sin soltar su abrazo.
—Me ves casi todos los días. ¿Por qué de
pronto estás tan feliz?
—No lo sé. De alguna forma, hoy se siente distinto.
—Sí, creo que sé a qué te refieres.
—Dime, ¿Cómo están las cosas con tu abuelo?
—Peor que nunca. Ni se molesta en dirigirme la mirada. Para él es como si hubiera dejado
de existir.
—Lo siento, si yo no hubiera...
—Erica —interrumpió con reproche—. Tú
eres lo único bueno que ha pasado en mi vida
desde que ocurrió aquello.
187

© Maite Sánchez

Ella se sonrojó y él se puso nervioso.
—Imagina qué tan mal está mi vida comparado con eso —intentó bromear.
Su respuesta se desvaneció en su garganta cuando notó una repentina expresión de dolor
en su rostro. Había visto algo que lo molestó y al
buscar la explicación encontró la primera plana
de un periódico que alguien llevaba y el titular en
letra grande y gorda.
50 VICTIMAS DEL MISTERIOSO ASESINO
—Han sido 50 vidas sacrificadas sin razón
—susurró para que solo ella lo escuchara—. Si no
fuera por... quizá si yo no hubiera querido aparentar tener una vida normal, esto no estaría sucediendo. Si yo no estudiara no tendría que trabajar y nada de esto hubiera ocurrido. Incluso si
me hubiera conformado con el trabajo de mesero, yo hubiera podido seguir evitando esto. ¿Acaso soy muy egoísta, Erica? ¿Crees que debería renunciar ahora?
—Ni se te ocurra —dijo con seguridad—. Si
renuncias ahora, sus vidas realmente habrían sido sacrificadas sin razón.
—Vaya nobleza en su muerte —bufó—. Sólo
para que yo pudiera continuar con mi carrera.
188

© Maite Sánchez

Tenía que haber alguna forma en que ella pudiera ayudarlo, pero aún no tenía idea de cómo
comenzar su carta. Tendría tiempo de pensarlo,
pero ahora ya habían llegado a la universidad.
—Te veré en clase de redacción —dijo entregándole su cuaderno de apuntes y sin darle la
oportunidad de rechazarlo, se fue corriendo hacia
donde estaba Orlando. Gabriel podría ser muy orgulloso, pero seguía evitando estar cerca de Orlando cuanto fuera posible. Después del incidente de
la semana anterior, el amenazante pretendiente de
Erica había hecho todo lo posible para dejar en claro que ella era, en cierta forma, su ¨propiedad¨.
Esa mañana no era la excepción. Sus ojos
transmitían sin equívoco el mensaje: Aléjate de
mi chica. Por lo regular, Erica lo hubiera reprendido por tratarla como una posesión, pero en
ese momento su carácter celoso le servía para su
propósito. Gabriel dio la media vuelta y desapareció rumbo a la biblioteca.
La semana transcurrió con relativa normalidad. Erica pudo enviar su carta, luego de hacer
casi veinte borradores. Gabriel parecía más animado, aunque no había ningún tipo de avance en
su lucha contra el vampiro.
Por su parte, Paola había regresado a aplicarle la ley del hielo. Nicolás y Valeria evitaban mos189

© Maite Sánchez

trarse demasiado cariñosos mientras estaban en
compañía de todos, pero su relación saltaba a la
vista del más distraído.
Sin embargo, había algo por lo que todos estaban especialmente entusiasmados con la llegada del viernes. Ese era el fin de semana por el
que habían esperado todos, cuando pudieran gritar por la libertad de tres días por el feriado de
la fiesta de la ciudad. Orlando saldría con su padre. Nico había invitado a Valeria a pasar el fin de
semana con una tía en las afueras de la ciudad y
ella había aceptado. Paola no había comunicado
sus planes. Erica no tenía un plan decidido, pero había recibido la noticia de un viaje a la playa
justo a tiempo para incluir a alguien más en ellos.
Seguramente, Gabriel se mostraría desconfiado
al inicio, pero haría todo lo posible por convencerlo
de que estaría bien que los acompañara. A su madre
le encantaría tenerlo de compañía y no tenía excusa de tener que trabajar, porque viajarían el domingo en la mañana y regresarían el lunes por la tarde.
Para su sorpresa, él aceptó sin vacilación.
—Vaya, creí que tendría que suplicar de rodillas para convencerte.
—Sólo dime una cosa. ¿Habrá suficiente luz
durante la noche? No quiero poner en peligro a
toda la familia.
—Iremos a la casa de un amigo de mi papá.
190

© Maite Sánchez

Tiene todas las comodidades, así que no tendrás
de qué preocuparte.
—Supongo que será mejor fingir que le tengo
pánico a la oscuridad que pasar todo el fin de semana con mi abuelo.
Estaba intentando escapar de su casa, aunque
a ella no le molestó nada poder ayudarlo con eso.
—¿Tu abuelo sigue sin dirigirte la palabra?
—Parece como si yo hubiera dejado de existir para él y fuera un fantasma que ronda su casa.
Pero no importa, al menos dejó de molestarme.
Quería sonar despreocupado, pero podía ver
claramente en su rostro el dolor que la indiferencia de su abuelo le causaba. Habían sido muy cercanos, según le había dicho, y siendo su único familiar vivo debía ser muy difícil no haber podido
continuar con ese trato cordial.
Durante la clase de redacción del viernes, Valeria le pidió a Erica que se sentara a su lado. Ella
sabía que esa petición era porque tenía algo importante de qué hablarle, o más bien escribirle.

¿Qué vas a hacer este fin de semana?
Escuché que Orlando tiene un viaje con
su padre y algunos de sus primos. ¿Te
invitó?
191

© Maite Sánchez

No, dijo que era “sólo para chicos”.
A mi papá le prestaron una casa
en la playa y me permitió invitar a
Gabriel. ¿Por qué la pregunta?

¿Y aceptó? No puedo creerlo.
En realidad, me preguntaba si te habías
dado cuenta de la fecha. Ya casi se
cumple el plazo que le diste a Orlando.
Erica miró el calendario que había pegado en
la tapa de su cuaderno. Sus ojos se abrieron como platos y comenzó a sudar. Había esperado tanto tiempo por ese día y había llegado sin que ella
sintiera el tiempo pasar. Tantas cosas habían ocurrido desde esa noche en el cine que el tiempo se
le hizo mucho más corto. Sería el próximo viernes, justo un día antes de las fiestas de Halloween.
Lo había olvidado.
Regresó el papel con disimulo mientras respiraba con fuerza para intentar recobrar algo de la
tranquilidad que tenía antes de leer las notas de
Valeria. Ella leyó la nota y puso los ojos en blanco
mientras escribía su respuesta con ansiedad.

192

© Maite Sánchez

Sí, lo imaginé. Aunque también creí
que podrías haber cambiado de opinión.
¿Aún estás segura de tu decisión?
Enarcó una ceja mientras hacía contacto visual
con su amiga, pero no pudo escribir su respuesta
hasta unos minutos después, cuando el profesor volvió a darse vuelta para hacer apuntes en la pizarra.
Estoy segura. ¿Por qué? ¿Tú crees
que estoy cometiendo un error?
Valeria suspiró al leer la respuesta y enfocó
los ojos al vacío. Las explicaciones del profesor se
hicieron largas hasta que pudo recibir el papel,
bastante arrugado, de manos de su amiga.

Era solo una impresión mía. No me
hagas caso.
El profesor dejó de lado el marcador y se dedicó a explicar lo que ya había en él y algún texto del libro que todos tenían en su escritorio. No
podía ni siquiera pensar en una pregunta para sacarle más información a su amiga, así que tendría
que esperar al cambio de período.
Nico fue muy amable en recordarle que el
193

© Maite Sánchez

profesor los estaba esperando para una comprobación de lectura, lo que solo le dejaba la opción
de una llamada telefónica. Si el comportamiento
de Valeria no había sido suficientemente extraño,
después de despedirse de Nico permaneció en el
salón, esperando a Gabriel. Cuando Erica volteó
atrás, ella ya se había acercado a hablarle. Ambos
tenían una expresión seria en su rostro, pero no
pudo ver nada más después del saludo inicial.
A pesar de sus dudas, no lograba encajar
las palabras correctas para interrogar a Valeria.
¿Con qué excusa la llamaría? No era que le avergonzara mucho que la llamada sólo tuviera una
intención, pero temía iniciar la conversación entrando directo al asunto.
Al fin la llamó, esperando que las palabras
llegaran conforme la conversación avanzara. Le
preguntaría si no estaba nerviosa por ser el primer viaje que hacía en calidad de “novia”.
—No tienes idea —contestó con entusiasmo—. Nico está más nervioso que yo, creo que
tiene que ver con que siempre ha sido muy apegado a la tía que iremos a visitar.
Aunque a Erica le divertía escuchar a su amiga relatarle cada detalle de la expectativa por el
viaje, las palabras para formular la esperada pregunta no llegaban a su mente. Siguió alargando
el tema de conversación hasta que Valeria deci194

© Maite Sánchez

dió cambiarlo.
—Parece que Gabriel no está tan entusiasmado con el viaje. Intentó hacerme creer que sí, pero
no es muy buen mentiroso, ¿te has dado cuenta?
No, claro que no le entusiasmaba del todo. La
tonta pelea que tenía con su abuelo era suficiente para hacerlo huir de su casa por el feriado, pero no lo era para hacerlo disfrutar del viaje.
—Lo he notado... En realidad, me preocupa
que haberlo invitado no sea tan buena idea.
—¿Y eso?
—Hay cosas que él tendría que enfrentar y creo
que mi invitación no llegó en el mejor momento.
Espero que el cambio de ambiente le sirva de algo.
Valeria balbuceó un par de palabras antes de
poner en claro sus pensamientos.
—¿Qué pasará con Gabriel luego de que te
hagas novia de Orlando? ¿Crees que no resentirá
que pases menos tiempo con él?
Sus preguntas le ocasionaron una punzada
en la boca del estómago. No había tenido tiempo
de pensar todas las implicaciones que tendría su
decisión. No era que pasara todo su tiempo libre
con Gabriel, pero si se hacía novia de Orlando, él
demandaría todo su tiempo libre y le reñiría cada
vez que se negara por estar con su amigo.
—No he tenido tiempo de pensar en ello —dijo sin poder ocultar su aflicción.
195

© Maite Sánchez

—Será mejor que lo pienses pronto. Piénsalo
bien...
Al fin, la pregunta que tanto había querido
formular tomó sentido en su mente.
—¿Por qué pareces tan insegura sobre mi decisión? Y no me digas que son impresiones tuyas.
¿Qué pasa en realidad?
—Erica —dijo con decisión—, sólo te pido que
medites sobre lo que vas a hacer y no actúes sólo
porque hiciste una promesa.
—Vale, esa no es una respuesta.
—No quiero darte mi respuesta, le prometí a
Gabriel que no te influiría de ninguna forma y no
pienso romper mi promesa.
—¿Gabriel? —En ningún momento se le ocurrió pensar que Gabriel podría estar involucrado
en todo eso. ¿Qué le habría dicho a ella y cual habría sido su respuesta? ¿Por qué temía él que Valeria pudiera influirla en qué forma?
—Sólo piénsalo, ¿sí?
Pensarlo. Claro que lo pensaría, pero probablemente no la dejaría dormir. Por más de seis
meses había estado esperando el momento en
que podría dejar de evadir su relación con Orlando, pero ahora era el peor momento para dar ese
paso tan importante.
Por un lado, sus padres no estaban más abier196

© Maite Sánchez

tos a la posibilidad de que Orlando fuera su novio
y él no parecía más dispuesto a convencerlos de lo
contrario. Valeria parecía tener muchas dudas y estas involucraban a Gabriel de alguna forma. ¿Qué
pensarían Nico y Paola, sus más antiguos amigos?
Por el otro, ella misma tenía sus dudas que
involucraban a Gabriel. Ahora que conocía su secreto se le hacía más difícil tener que separarse
de él y dejarlo solo.
Quizá no tendría que hacerlo. Aún seguirían
compartiendo varias clases juntos y podría escaparse algunos domingos para pasarlos con él. No
tenía por qué cambiar mucho su situación actual.
¿Por qué no se sentía más tranquila?
Empacó su maleta desde muy temprano y recibió una llamada de Gabriel a eso de las once,
cuando podía descansar del turno completo que
hacía los sábados.
—¿Tienes todo listo? —preguntó con tono casual.
—Sí, hice mi maleta en la madrugada, cuando logré regresar.
—Pasó algo, ¿no es verdad? —El tono de su
voz la había alertado.
—Esta vez no desperté en mi habitación. Estaba muy cerca de tu casa cuando recuperé la
conciencia —confesó.
—No perdona que me dejaras con vida —afir197

© Maite Sánchez

mó molesta—. ¿Estás dudando sobre el viaje?
Hubo silencio del otro lado de la línea por un
instante.
—Estoy dudando sobre todo esto. No creo que
estar cerca de ti todo el tiempo sea tan buena idea.
—Lo estás dejando ganar —reprendió—. Lo
dejas condenarte a la soledad.
—Lo dejaré ganar si puedo hacer que tú estés
a salvo.
—Voy a estar a salvo. ¿Crees que me interesa
morir? Me mantendré bajo la luz, gracias.
Gabriel gruñó.
—¿A qué hora debo estar en tu casa?
Ella rió satisfecha.
—A las seis y media. No te quedes mucho
tiempo viendo a mi ventana esta madrugada
—concluyó bromeando y volvió a recibir un gruñido como respuesta.
¿Cómo podía parecer tan natural bromear
sobre sus hábitos nocturnos? No dejaba de ser
macabro, pero bromeando sobre ello era más fácil disipar la rabia de Gabriel y dejar sólo el arrepentimiento.
Su carta ya debía estar en camino y esperaba
hacer algún avance significativo en su propósito
de ayudar a Gabriel.
Otra pregunta invadió su pensamiento mientras disfrutaba el almuerzo en compañía de sus pa198

© Maite Sánchez

dres. Ni siquiera estaba pensando en eso cuando algo de lo que Gabriel había dicho la hizo perder el hilo de la conversación que sostenía con sus padres.
—¿Erica? Te hice una pregunta, hija —insistió Sonia.
—¿Qué? Ah, sí... ¿me la repites? Creo que me
distraje un poco.
—¿Te preocupa algo?
Su padre era mucho más observador que Sonia, pero no era tan curioso como ella.
—No, no es nada. Sólo pensaba en... en algo.
Jorge se conformó con la respuesta, pero Sonia no.
—¿En algo o en alguien? —dijo con recelo.
—En algo, mamá. ¿Qué creías?
—Hija... tú sabes que al salón llegan varios
conocidos. ¿Cierto?
—Sí —dijo dudosa por las implicaciones de su
pregunta.
—¿Sabes que la madre de ese amigo tuyo es
una de mis clientes regulares?
—¿Atiendes a la mamá de Orlando?
—Sí, bueno... desde hace algún tiempo.
La voz de Sonia temblaba como si estuviera a
punto de confesar un terrible crimen.
—A qué viene todo esto, mamá. —Erica sentía como la vena en su frente comenzaba a palpitar con más fuerza. Respiró un par de veces antes
199

© Maite Sánchez

de escuchar la respuesta de su madre.
—Es que ella me contó que... Bueno, fue ella
quien sacó el tema a relucir, yo no le pregunté
nada... Quizá un poquito, por cortesía, pero...
—¡Quieres dejar de dar tanto rodeo!
Jorge le puso una mano en el hombro a su hija y la hizo volver a sentarse. Los años de práctica
manejando el humor de su esposa eran aplicables
también a su hija.
—Respira y tranquilízate. Tu madre tiene
que decirte algo importante.
Erica obedeció, pero no dejó que la mueca de
su boca se relajara mientras esperaba las palabras
de su madre.
—Habla sin rodeos, querida —ordenó suavemente.
—Sí, bueno... Ella me comentó hace como un
mes que se había cumplido un plazo... —De pronto, Erica entendía a donde iba todo el palabrerío
de su madre— ...y que ustedes dos iban a ser novios después de eso. —Erica iba a interrumpir, pero su padre le hizo señal de que se contuviera—.
Yo esperaba que me lo dijeras, pero cuando no lo
hiciste supuse que tenías miedo a lo que podríamos pensar y yo sólo quería que supieras que si
de verdad creías que él era suficientemente bueno para ti, nosotros no nos opondríamos.
Los tres se relajaron. Al parecer, todos se habían
puesto de acuerdo para discutir su relación con Or200

© Maite Sánchez

lando desde todos los puntos de vista. ¿Quién faltaba?
—No somos novios todavía —se sinceró sin
dejar de estar molesta—. Le pedí un poco más de
tiempo, pero ya que tocamos el tema, es posible
que el próximo fin de semana ya seamos novios.
Aunque actuó ligeramente movida por la
venganza para ver la reacción de su madre, le debía la misma sinceridad que ella había tenido.
—Está bien, hija —contestó, pero no había
enfado en su voz, ni siquiera decepción. Al parecer, sus palabras eran motivadas por la pena.
Ahora sentía mariposas en su estómago. Si
sus padres no se oponían a su relación con Orlando, el asunto marchaba sobre ruedas. ¿Por qué,
entonces, no se sentía mejor?
Le hubiera gustado conversar con Paola. Ella
siempre la había escuchado y aconsejado, pero
había estado tan distante últimamente que hasta
temía acercarse.
Sintió la urgencia de hablar con Gabriel, pero
llamarlo a esa hora sería inútil, no podía distraerlo.
Tuvo que esperar hasta la tarde siguiente para poder estar a solas con él.
Fue muy puntual para la hora de salida. Sonia fue la que lo recibió con más alegría y Jorge
fue muy cordial, pero Erica no pasó por alto las
miradas que Sonia dirigía desde el asiento del copiloto a su amigo. Lo hizo durante todo el viaje,
201

© Maite Sánchez

mientras conversaba sobre cualquier cosa con su
esposo y más cuando compartía un tema de conversación con los jóvenes.
Llegaron y eligieron algunas habitaciones para
cada uno y salieron apresurados para pasar todo el
tiempo que pudieran bajo la cálida luz del sol de la
mañana. Gabriel estaba especialmente encantado
con la idea de descansar en la playa bajo el sol.
Las suaves olas que llegaban a la costa eran
como un masaje relajante y permitió que los cuatro disfrutaran de la mañana en el mar, pero a
medio día era mejor salir y comer algo, en el jardín de la casa y a la orilla de la piscina.
—¿Te estás divirtiendo, Gabriel? —preguntó
Jorge.
—Le agradezco mucho haberme invitado, hace tiempo que no me divertía tanto.
Erica sonreía satisfecha al ver que su invitación, después de todo, no había sido mala idea.
Había logrado que Gabriel se distrajera de la nube
negra que parecía estar siempre sobre él.
Pero su mayor deseo era poder liberarlo definitivamente de esa oscuridad que lo cubría siempre.
No era momento para dejarlo de lado. Orlando iba a tener que esperar un tiempo más, hasta
que ella tuviera un plan o alguna pista de cómo
cumplir su deseo.
202

© Maite Sánchez

Sonia y Jorge salieron después de almuerzo a
dar un paseo, lo que finalmente le dio la oportunidad a Erica de conversar a solas con su amigo.
—Tus padres te tienen mucha confianza,
¿verdad?
—Mas bien, creo que confían mucho en ti. Si
yo hubiera invitado a Orlando, entonces no me habrían despegado el ojo en todo el fin de semana.
Ambos rieron.
—Pero tendrán que acostumbrarse a que él
esté cerca, ¿no? El próximo fin de semana será
con él con quien estés.
—¿Lo sabías? —Su voz tembló—. A mí se me
pasó por completo la fecha.
—Valeria me lo contó. ¿Por qué tan nerviosa?
—No lo sé. Lo estuve esperando por tanto
tiempo que ahora me da miedo que llegue el día.
Es… complicado.
—No desde mi punto de vista.
—¿Y cual es ese punto de vista que no tiene
complicaciones?
—Contesta. ¿Él te gusta?
—Sí.
—¿Quieres ser su novia?
—Pues, sí.
—¿Por qué, entonces, dudas tanto? Si quieres
mi opinión…
Se detuvo. Erica adivinó por qué. No quería
203

© Maite Sánchez

influirla, pero no le quedaba clara la razón.
—Sí quiero tu opinión. Eres mi mejor amigo en el mundo y tu opinión es muy importante
para mí —dijo con decisión y aunque logró abochornar a Gabriel, él contestó sin titubear.
—No deberías pensarte tanto lo tuyo con Orlando. Si realmente quieres ser su novia, no deberías retrasar tanto el momento… no sabes qué podría pasar.
Sus palabras sonaron muy claras para ella. Temía que todas sus precauciones no fueran suficientes para resguardar su vida, o el vampiro que lo atormentaba podría representar un peligro para Orlando.
—Eres el primero que me dice que no lo
piense. Valeria parece tener sus dudas y mis papás… bueno, dicen no oponerse pero en realidad
creo que solo temen que no les diga si ya tomé
esa decisión. ¿El que lo digas no tiene que ver con
el hecho de que yo esté en la mira del vampiro?
—Incluso si no me hubiera cruzado en tu camino, no entiendo por qué pospones tanto tiempo algo que en verdad deseas.
Claro, ya lo había pospuesto aún antes de saber el secreto de Gabriel. Se había convencido
que era para hacer reflexionar a Orlando, pero de
pronto sus razones no le parecieron suficientemente válidas.
—A pesar de todo, creo que lo pensaré algunos días más. Gracias por ser tan sincero conmigo.
204

© Maite Sánchez

—Soy tu amigo, ¿no? —dijo con bochorno,
forzándose a expresar su pensamiento completo—. Por cierto, tú también eres mi mejor amiga
en todo el mundo.
Estuvieron un rato en la piscina, tomando el
sol. Disfrutaban de la mutua compañía en silencio. Erica incluso pensó que él se había dormido, pero cuando abrió los ojos y se giró hacia él lo
notó muy pensativo y preocupado.
—¿Qué haces? Creí que te habías dormido.
—Sólo disfrutaba del sol. Desde que dependo
tanto de él, he aprendido a valorar más su grandeza.
—Pero estás muy pensativo. ¿Qué te tiene
tan preocupado?
—El próximo fin de semana. Es Halloween.
—¿Hay algún campo de fuerza sobrenatural que te afecte en noche de brujas? —preguntó
bromeando y logró hacer reír a Gabriel.
—No. —Su buen humor fue demasiado breve—.
Pero habrá mucha gente en la calle… muchos niños.
Tampoco ella pudo conservar su sonrisa.
—Seguro habrá algo que podamos hacer.
—Supongo que podría intentar cambiar de
turno. Aún no tomo la decisión.
Los padres de Erica no regresaron hasta que
ya había anochecido y encontraron a los mucha205

© Maite Sánchez

chos dentro de la casa, conversando.
—¿Qué pasa? ¿No quieren dar un paseo por
la playa a la luz de la luna?
Gabriel se negó demasiado ansioso como para
ocultar su miedo. Erica se apresuró a distraer a su
madre con la excusa de preparar la cena, antes de
que pudiera hacer su usual interrogatorio. Mientras, Jorge retó al joven a una partida de damas.
En la cocina, Erica y Sonia conversaron en
susurros.
—¿Qué pasa con Gabriel?
—A él no le gusta hablar de eso, pero le tiene
miedo a la oscuridad.
—Tú también le temías a la oscuridad cuando
eras más chica, y lo venciste enfrentándote a ella.
—Es distinto, mamá. Su miedo surgió después
de la muerte de sus padres… y eso está muy reciente.
—Te preocupas mucho por él, ¿verdad?
—¿A qué viene la pregunta?
—No es nada… —Algo ocultaba, pero Erica no
pudo descifrar el extraño tono de su voz—. Sólo
me alegra que sean tan amigos.
Aunque esa noche podrían descansar libres
del vampiro, Erica no pudo dormir tranquilamente. Recordaba el día en que Orlando se le declaró
y la emoción que sintió, pero al mismo tiempo se
sintió avergonzada de él. ¿Por qué había rechaza206

© Maite Sánchez

do ser su novia si lo deseaba tanto?
Dejaron la casa a medio día, después de pasar
toda la mañana en la playa. Almorzaron en el camino y regresaron a casa justo al atardecer.
—Les agradezco mucho la invitación —dijo Gabriel al bajar del automóvil—. Me divertí mucho.
Ojalá un día pueda devolverles toda su amabilidad.
—No te preocupes por eso —dijo Jorge—. Eres
bienvenido cuando quieras.
—¿Puedo acompañarlo a su casa? —dijo Erica
con entusiasmo y sin esperar la respuesta, empujó a su amigo a caminar.
Caminaron en silencio por un rato, pero Gabriel tuvo que romperlo.
—¿Por qué tan ansiosa por acompañarme?
—Un segundo más, y mi mamá te hubiera
obligado a quedarte a cenar. No es que a mí no
me hubiera gustado, o que tú hubieras aceptado,
pero quise evitarles la molestia a ambos.
—Sabes que… he estado pensando en algo.
—¿En qué?
—Todo este tiempo me he estado preguntando por qué cada noche despierto más temprano,
pero ayer reconsideré esa pregunta. —Él sonrió de
medio lado y continuó hablando—. ¿Por qué cada
noche, él parece tener menos control sobre mí?
Ella lo meditó un momento.
207

© Maite Sánchez

—¿Crees que se está debilitando? ¿Es posible
que no sea una maldición permanente?
—Aún escucho su voz, fuerte y clara. Pero
tienes razón, está más débil y me gustaría saber
qué lo causa.
Erica rebozaba de alegría. Si era posible debilitar al vampiro, ¿quién decía que no era posible desterrarlo por completo de la mente de Gabriel? Era algo grandioso y no podía dejar de sonreír mientras llegaban a su destino.
—Me alegra que estés tan feliz. Has estado
un poco distante estos días.
—Disculpa, es que entre Valeria y tú me han
tenido muy pensativa. ¿Acaso se pusieron de
acuerdo para atormentarme con lo de Orlando?
Lo que me recuerda… ¿Por qué le dijiste a Valeria
que no me influyera? ¿En qué sentido influirme?
—No es nada, Erica. Ella tenía una idea y me
la comentó, pero le dije que no era sensato comunicártela o te confundirías más.
—Grandioso. Te lo agradezco, pues no soportaría la confusión, pero me dejarás con la curiosidad por el resto de mi vida.
Al fin llegaron al portón de Gabriel.
—No, te prometo explicarte algún día.
—Sí, pero espero que no sea en la misma situación que la última vez que me hiciste esa promesa.
—No creo que sea el caso. Digamos que te lo
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© Maite Sánchez

explicaré la otra semana. ¿Contenta?
—Sí. Duerme bien —concluyó. Le dio un beso en
la mejilla y se dio la vuelta, andando con paso veloz.

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10
Decisiones
Sus padres habían decidido ir a la feria durante la noche. Ella no pensaba ir, pero no tenía muchas
oportunidades de salir sin tener que preocuparse
por estar faltando a la promesa que le hizo a Gabriel.
Quedaron en que se reunirían en el automóvil a eso
de las nueve y así ella podía ir por su propio camino.
No tardó mucho en encontrarse con alguien
conocido: Paola.
Estaba preparada para que ella se diera la
vuelta, fingiendo no haberla visto, pero ocurrió
todo lo contrario y ella caminó directamente a
donde Erica esperaba sorprendida.
—Tengo que hablar contigo.
—¿De qué? —La sorpresa no la dejaba pensar
con claridad.
—¿Por qué... —Ella se mostraba molesta, pero se tomó unos segundos para recobrar la cordura—. Erica, se supone que tú y yo somos amigas.
—Yo creía que sí. ¿Hice algo que te molestara?
—Sí. Bueno… no. —Agitó la cabeza a ambos lados
para acomodar sus ideas—. En realidad, no hiciste algo. ¿Por qué ya no me cuentas nada? De pronto te hiciste amiga de Gabriel y parece que te olvidaste de
que tenías amigos antes que él y te convertiste en su
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© Maite Sánchez

sombra. Y todo ocurrió de un día para otro. ¿Por qué
no me dijiste que lo conocías? Normalmente soy la
primera en saber antes de que hagas un acercamiento con cualquier persona, como con Isabel, aunque
no resultó tan genial como tú creías que sería.
Erica había dejado que se desahogara, pero
conocer el motivo de su molestia le causó gracia
y comenzó a reírse muy bajito.
—¿De qué te ríes?
—¡Perdón! —dijo aún riéndose—, es que me
tomaste por sorpresa con todo eso. Pero, tienes
razón —aclaró su garganta para recuperar la seriedad—, me he comportado muy mal contigo,
pero no es lo que crees. Mi amistad con Gabriel
fue tan repentina que ni siquiera yo lo vi venir.
—¿En serio? ¿Por qué no me lo contaste?
—Su voz parecía menos hostil.
—Iba a hacerlo, pero... ocurrieron tantas cosas. Si pudiera contarte...
—Sí, puedes —reclamó—, pero no quieres.
—No es del todo cierto. Antes, no quería contarlo porque temía que todos me consideraran
loca. Ahora no puedo contarlo, porque estoy protegiendo el secreto de alguien más. Sabes que todos mis secretos te los confío siempre, pero esta
vez no son sólo mis secretos, así que han sido seis
semanas que por poco me vuelven loca.
Erica hablaba con toda sinceridad y Paola
211

© Maite Sánchez

pudo verlo, así que se relajó y le sonrió.
—Claro, creo que tengo una idea de lo que es
volverse loca. ¿Sabes lo molesto que se volvió Orlando desde que Gabriel entró en tu vida?
—¿Orlando?
—Se volvió completamente paranoico y me
llamaba a cualquier hora suplicando que le ayudara a conservarte. ¿No te pareció extraño que
fuera tan detallista de repente?
De pronto, entendió todo.
—¿Tu idea? —Se quedó boquiabierta durante unos instantes. Sabía lo insistente que podía
ser Orlando, no le sorprendía el mal humor que
se traía su amiga desde hacía tiempo. No era sólo
con ella el enfado, sino con Orlando.
—Ese hombre es de lo más despistado. No conocía ni la mitad de tus gustos. Cuando seas su
novia, vas a tener que buscar la forma de que ambos me recompensen lo que he hecho por ustedes. Lo que me recuerda...
Le pasó el brazo por debajo del suyo y la guió
a una banca, donde se sentaron frente a frente.
—Él no va a esperar hasta el jueves. Mañana
piensa pedirte que salgan y te pedirá que seas su
novia, así que tienes que mañana vístete muy linda y finge que te sorprendes.
Las mariposas en su estómago se multiplicaron. Esperaba tener esos cuatro días para organizar212

© Maite Sánchez

se mentalmente y arreglar su vida, pero la noticia de
Paola derrumbó sus planes. Las palabras se le atoraron en la garganta y de pronto se sintió enferma.
—¿Te sientes bien?
—Me pregunto... si es así como se siente un
condenado a muerte el día anterior a su ejecución.
La risa de Paola hizo una escala antes de permitirle decir algo.
—Pero nadie te ha condenado a muerte. El
día que tanto has estado esperando finalmente
llegó. Deberías estar rebozante de alegría.
No lo estaba. El retortijón en su estómago no
era causado por la alegría, ni su respiración agitada era signo de gozo.
—¿Por qué no estás feliz? —La voz de Paola
ahora reflejaba sincera preocupación. Erica no respondió, pero dejó su mirada fija en la de su amiga mientras intentaba descubrir la respuesta en su
mente. La preocupación de Paola alcanzó sus ojos,
y con un tono más precavido, hizo la pregunta más
importante que Erica había escuchado en toda su
vida—. ¿Realmente estás enamorada de Orlando?
Su mente se quedó en blanco, pero su corazón se aceleró hasta el punto en que sentía su
golpeteo haciendo eco en su estomago, alterando
a las mariposas.
El suspiro de Paola era señal de que había algún problema. Ella sólo torcía la boca de esa ma213

© Maite Sánchez

nera cuando se enfrentaba a algún inconveniente. Incluso su mirada inquisitiva era señal de que
algo no estaba bien. Si se inclinaba hacia ella y le
ponía la mano en el hombro...
Demonios.
—Tienes que hallar la respuesta, pero no tienes mucho tiempo. No puedes hacerlo esperar
una vez más, su paciencia no lo resistirá.
Sería un día difícil. Tenía clase de matemática
a primera hora y luego había período libre. Después
de eso, ellos se marcharían a clases y ella estaría libre para correr a su casa y tratar de aclarar sus pensamientos antes de tener que enfrentarse a Orlando.
Pero ya había pasado la noche intentando
aclarar su mente y no había tenido mucho éxito.
El tiempo se acababa y cada instante estaba más
insegura en su decisión.
No era fácil estar junto a Orlando y pretender
que todo estaba bien mientras en su cabeza había
tantas interrogantes. Hablar con Paola la había
ayudado a descubrir sus inseguridades, pero no le
ayudaba a resolverlas y la hora de terminar la clase pronto llegaría. Las mariposas en su estómago
ocupaban tanto espacio que no le habían permitido probar bocado. También tenía un nudo en la
214

© Maite Sánchez

garganta y la boca seca, pero nadie pareció notarlo aunque tragaba con mucha dificultad.
—Vamos a comer algo antes de la próxima
clase —dijo Nico en cuanto el profesor salió—.
¿Nos acompañas, Erica?
—Sí —respondió, pero su voz sonó rasposa y
varios tonos más aguda de lo normal. Sólo Paola se rió, porque conocía que ese era un signo de
que estaba nerviosa.
—Adelántense —dijo Orlando, mientras se
acercaba a Erica—. Necesito hablar a solas con
ella. Luego los alcanzamos.
Erica miró con nerviosismo los ojos verdes de
Orlando, que brillaban de un modo diferente. Al
mismo tiempo no se percató de la mirada preocupada que intercambiaron sus otros tres amigos,
para luego marcharse con rumbo a la cafetería.
—¿Quisieras ir a dar un paseo esta tarde?
Quiero decir, solos tú y yo.
—Veré como me escapo de mi madre. —Esperaba que su respuesta justificara la ansiedad de su voz.
—¿Nos encontramos a las tres y media en el
centro Arango?
—Claro, allí estaré. Ahora, vamos a la cafetería antes de que se desesperen.
No quería pasar más tiempo a solas con él, no
fuera que adelantara aún más el momento, pero todavía le restaban los cinco minutos que les toma215

© Maite Sánchez

ría llegar a la cafetería. La suerte le sonrió, pues Gabriel iba saliendo de una clase en ese momento.
—Ve tú primero —dijo con toda su amabilidad—. Sólo voy a saludar y luego te alcanzo.
Él no estaba muy seguro, pero accedió aunque fuera de mala gana.
Corrió hacia Gabriel, que le sonreía de medio
lado y con mirada acusadora.
—¿Sigues torturando a tu novio? —Ella rió,
pero sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No sabía que tenías clase a esta hora —intentó desviar el tema.
—Métodos de investigación, curso atrasado
—No iba a ignorar las señales de angustia en su
amiga, así que colocó una mano sobre el hombro
de la chica y la enfrentó—. ¿Qué te pasa?
Ella suspiró.
—Es una larga historia, pero tengo que reunirme con mis amigos en la cafetería. ¿Vas a irte
a tu casa ahora?
—No, pensaba ir a la biblioteca. Aún tengo
mucho trabajo atrasado.
—¿Te importa si te encuentro allí más tarde?
Prometo ayudarte a cambio de unos minutos de
tu tiempo.
—Mi tiempo es gratis, no necesitas pagarme.
—Lo sé, pero no se me hace justo, así que lo
haremos a mi manera, ¿de acuerdo?
216

© Maite Sánchez

—Está bien —dijo entornado los ojos—. Te veré más tarde.
Ambos sonrieron y ella se dio vuelta, corriendo hacia la cafetería. Los nervios habían dejado de ser un problema. Estaba ansiosa por que
llegara la hora en que podría conversar con Gabriel y pensaba muy poco en la cita que tendría
más tarde con Orlando.
Cuando finalmente estuvo sola, salió hacia la biblioteca con paso apresurado y buscó en un par de
salas hasta dar con su amigo, que parecía realmente complicado con un párrafo que debían analizar. Al
menos, la arruga en su frente así lo hacía pensar.
—Si pusieras más atención en clase, todo te
resultaría más fácil.
Él se molestó un poco, pero también había
un ligero sonrojo en sus mejillas que Erica calificó como vergüenza por haber sido descubierto.
—Me tomaré un descanso ahora. ¿Lista para
hablar?
Su buen humor desapareció y las mariposas
regresaron.
—Tengo una cita con Orlando esta tarde. Paola
me advirtió que iba a adelantarse al día que convenimos y en este momento tengo muchas dudas.
—Dudas tales como…
—Bueno, en realidad sólo una. No sé si realmente estoy enamorada de él. Digo, él me gusta
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© Maite Sánchez

mucho, pero no estoy segura de que sea suficiente para quererlo de novio.
Él se acomodó en su asiento y cruzó los brazos.
Parecía molesto, pero quizá solo estaba pensativo.
—Algo me quedó muy claro cuando acepté
que había una maldición sobre mí y es que no se
puede confiar en todo lo que tengas en mente, y
que a veces lo único que tienes que hacer es escuchar a tu corazón. ¿Qué dice tu corazón, Erica?
También ella cruzó los brazos, echándose hacia atrás hasta quedar bien apoyada contra el respaldo de su silla. Después de pensar un minuto,
se pasó los dedos con desesperación entre el cabello y se dejó caer hacia el frente, cruzando de
nuevo sus brazos sobre la superficie de la mesa.
—No lo sé y no sé que le voy a responder hoy.
—Lo sabrás cuando sea el momento.
Él sonrió compasivo y con cuidado apartó un
mechón de su cabello que había caído cubriéndole el rostro. El leve roce de sus dedos le causó un
escalofrío que no pasó desapercibido para él.
—Lo siento —dijo en un tono demasiado lúgubre—. Olvidé que él hizo lo mismo aquella noche en la fuente.
No podía ser que su cerebro todavía albergara el miedo que le había ocasionado aquel encuentro. Se molestó con su cuerpo por responder
a memorias que ella había querido desterrar. Ese
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© Maite Sánchez

no era Gabriel, ese no era su Gabriel.
—Ya me escuchaste —dijo molesta, arrebatándole su cuaderno—. Ahora yo te ayudaré con esto.
Aún no tenía una respuesta cuando volvió a
dejar su casa y se encaminó hacia el lugar de su
cita. No se cambió de ropa ni se arregló más de lo
normal para no alimentar las esperanzas de Orlando. Aún en el autobús intentó poner en claro
sus sentimientos y no funcionaba. Los minutos y
la distancia se hacían cada vez más cortos.
Pero todo tomó una repentina claridad cuando lo vio sentado en la orilla del jardín central
del establecimiento. Solo estaba allí, tomando un
refresco y con la mirada perdida en cualquier lugar menos en la puerta por donde ella había hecho su entrada. La respuesta estaba más que clara
en su interior y ahora sólo se debatía en cual sería el momento y la forma más adecuada para hacerle saber de su decisión.
Se inclinó por ir directo al grano, así que se
acercó con paso firme y se detuvo a un par de centímetros de él, que ya había notado su presencia.
—¿Qué quieres hacer? Podemos ir…
—Mejor dime ya la razón por la que me invitaste aquí hoy —interrumpió, pero sus palabras
sonaron demasiado a la defensiva.
—Debí suponer que lo adivinarías. Perdóna219

© Maite Sánchez

me por querer adelantarme, pero no puedo más
con la duda. ¿Aceptarás por fin ser mi novia?
Ella suspiró. Aunque quería decirlo de la forma más amable que pudiera, las palabras no sonaban de esa manera.
Sinceridad ante todo.
—Lo estuve pensando mucho y finalmente me di cuenta de que me gustas mucho y también te quiero… —Volvió a suspirar cuando se dio
cuenta del rostro esperanzado de Orlando. No había elegido bien sus palabras—. Pero, no estoy
enamorada de ti y no quiero ser tu novia.
Ahora se había pasado de dureza. Nada parecía salirle bien y a juzgar por el enfado en su rostro, realmente lo había estropeado todo.
Orlando se levantó y la tomó violentamente
por la muñeca, sacudiéndola un poco. Era mucho
más alto que ella, así que resultaba bastante intimidante y amenazador. Erica no quiso gritar por
evitar llamar la atención, pero se le escaparon algunos quejidos en tono muy agudo.
—¿Quién te crees que eres para jugar así conmigo? Me hiciste cumplir tu promesa y tú no
cumples la tuya.
—Perdón —suplicó intentando soltarse del
agarre de Orlando, pero él se aferró con más fuerza y sintió los huesos de su muñeca crujir ligeramente—. Yo no… no estaba segura de lo que sentía.
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© Maite Sánchez

Él apretó más y tiró de su brazo hasta tenerla
muy cerca. Con la mano que tenía libre, le sujetó
la barbilla y la hizo mirarlo a los ojos.
—¿Crees que soy idiota? ¿Crees que no me
he dado cuenta de cómo miras a ese… amigo tuyo,
ese imbécil de Gabriel?
—¿Qué tiene él que ver con todo esto? —chilló al punto de las lágrimas.
—¿Qué tiene que ver? Dime tú por qué si te
habías enamorado de él me hiciste esperar como
un tonto. ¿Por qué? ¿Acaso pensabas esperar a
ver si él te hacía caso? ¿Era yo una especie de plato de segunda mesa? ¡Dime!
El dolor de su muñeca empeoraba y no le
ayudaba a pensar con claridad en todo lo que Orlando le había dicho.
—¿Querían burlarse de mí?
—No, yo… no.
—¿Todo está bien? —dijo un guardia de seguridad que seguramente se vio atraído por el escándalo. Orlando le soltó el rostro y debilitó la
presión que ejercía con la otra mano, dejando
que la sangre finalmente fluyera hacia sus dedos.
—Sí, oficial… no hay ningún problema —respondió con hostilidad, pero el guardia lo ignoró y
se dirigió a Erica para confirmar.
—¿Se encuentra bien, señorita?
La mano de Orlando la dejó libre del todo y él
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© Maite Sánchez

se dio media vuelta, marchándose sin ocultar su
enfado, pero el guardia sólo lo siguió con la vista
y luego regresó a su puesto. Una señora que quizá tendría unos sesenta años se acercó a ella y
con amabilidad la llevó hacia donde Orlando había estado sentado unos minutos atrás.
—Es mejor que te sientes, parece que estás
en estado de shock.
Probablemente así era. Lo que había ocurrido había sido demasiado repentino y aún no lograba asimilar todo lo que Orlando le había reclamado. Jamás se imaginó una reacción así de
su parte y mucho menos que fuera a involucrar a
Gabriel. ¿Por qué habría pensado que ella estaba
enamorada de Gabriel?
—¿Estás bien? Perdona que haya llamado al
guardia, pero por un momento realmente creí
que él iba a hacerte daño.
La piel de su muñeca palpitó en reacción a la
pregunta. El shock derivó en enfado y finalmente
pudo rebelarse de su silencio.
—¡Ese idiota! Me va a oír la próxima vez que
lo vea. ¿Cómo pude sentirme atraía por él? Siempre ha sido un… un… bestia.
La mujer rió a su lado.
—Sí, con frecuencia nos atraen los hombres equivocados y al menos tú te diste cuenta a tiempo. Un
día encontrarás a alguien que te haga feliz con su sola
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© Maite Sánchez

presencia y que te conozca mejor que nadie. Cuando
menos te lo esperes, encontrarás a esa persona.
Orlando no había encajado nunca en esa descripción. Por un momento ella quiso creer que la
conocía bien, pero había estado demasiado ciega
para darse cuenta de que había sido todo gracias
a la intervención de Paola. No, él no encajaba en
esa descripción, pero había alguien más que sí.
—Quizá ya la encontraste. ¿Él no te estaba
reclamando por alguien llamado Gabriel? ¿Es él
la persona de quien estás enamorada?
¿Podría ser? Su corazón se aceleró al máximo y las mariposas en su estómago regresaron,
pero no era la misma sensación que horas antes,
cuando estaba tan confundida y sólo tenía ganas
de salir corriendo. Sentía el deseo de reír como
loca, pero se contuvo.
La dama volvió a reír.
—Se ve que solo soy una vieja cursi. Es tan
bonito ver el rostro sonrojado de una joven enamorada. Tus ojos brillan con sólo pensar en él,
¿verdad que sí?
Erica se tocó el rostro, que irradiaba calor y
sus manos temblaban, pero su pecho ardía en un
inexplicable gozo.
Puede que hubiera dudado antes, pero ahora
todo se había despejado. Escuchaba con toda claridad lo que su corazón le gritaba. Lo único que le
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© Maite Sánchez

preocupaba en ese momento era salir cuanto antes de allí, pero no podía irse sin agradecer a la
señora que le había ayudado a abrir los ojos.
—Le agradezco mucho su ayuda —exclamó
sonriéndole—. Tengo que irme, pero le estaré
agradecida de por vida. ¡Muchas gracias!
—Suerte, niña.
Le dedicó una última sonrisa y corrió. No tenía mucho tiempo si quería llegar al café alba antes del anochecer. Subió al autobús y observó el
largo camino pasar frente a ella, pero su mente
estaba en otro lugar.
¿Por qué no se había dado cuenta antes? Orlando tenía razón después de todo y se sentía mal
por haberse enojado con él. ¿En qué momento se
había enamorado de Gabriel?

224

© Maite Sánchez

11
Cuento de Hadas
Siempre le había parecido guapo, pero no era
atracción lo único que sentí por él. Era su mejor
amigo, le confiaba cosas que ni a Paola había sido
capaz de decírselas y él también había confiado en
ella, pero no era simple camaradería lo que había
entre ambos. Era mucho más que eso, eran almas
gemelas. Sólo esperaba que él pensara lo mismo.
¿Y si no lo hacía? ¿Quedaría destruida su
amistad?
No, no lo permitiría. Ya no podría vivir tranquila si se alejaba de él.
El sol en la distancia ya había tomado una tonalidad naranja y la luz era menos intensa. ¿Por
qué tenía que demorar tanto el conductor?
Llegó muy cerca del café cuando el cielo ya
había adquirido tonalidades violáceas. No le quedaba mucho tiempo, por lo que sólo tenía una opción, y esa era correr.
Cuando dio vuelta en la esquina contraria a
la del café, Gabriel ya estaba cerrando la puerta de
servicio del local. Corrió aún más rápido y se detuvo
sólo porque Gabriel la sostuvo entre sus brazos. Estaba tan agitada que no pudo hablar de inmediato.
—¿Erica? ¿Qué haces aquí? ¿Estás loca? Ya
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© Maite Sánchez

casi anoche…
—Lo sé, me iré pronto, pero hay algo que
tengo que decirte —aseguró haciendo uso de todo el aire que había logrado reunir, jadeando un
par de veces antes de poder volver a hablar y
dándole tiempo a Gabriel de girarla sobre sí misma y empujarla hacia donde ella venía.
—Puede esperar hasta mañana, pronto será
de noche.
Ella comprendía su preocupación, pero era
mucho más importante lo que ella tenía que decir, no podía esperar porque no sabía si al día siguiente tendría el valor para confesarle sus sentimientos. No podía esperar, tenía que ser en
ese momento porque ya comenzaba a sentir que
se quedaba sin el coraje que la había llevado a
arriesgarse a una hora tan peligrosa para ambos.
—Espera, lo que tengo que decir… estuve con
Orlando y… hice lo que me dijiste, pero… le hice
caso a mi corazón y…
—Mañana, Erica —insistió comenzando a impacientarse—. Es muy peligroso.
Pero ella se dio media vuelta y se plantó frente
a él con un gesto decidido que desconcertó a Gabriel
el tiempo necesario para que ella pudiera hablar.
—¡Quieres callarte un segundo mientras intento decirte que te amo!
Sus ojos se desorbitaron y dejó caer la man226

© Maite Sánchez

díbula por la sorpresa, incluso dejó de respirar y
no se movió un milímetro de la misma posición
durante un largo rato, suficiente para que ella se
angustiara por la respuesta que iba a obtener.
Justo cuando ella iba a decirle que no había problema si él no sentía lo mismo, él respiró profundo,
tragó saliva y cerró los ojos sólo por un momento.
—Yo también te amo —susurró abriendo los
ojos y dejando que su boca dibujara una sonrisa.
Sus ojos azules brillaban con intensidad y ella se
llenó de alegría. Estaba tan eufórica que sin pensarlo, le lanzó los brazos alrededor del cuello y
fundió sus labios con los de él. Demoró un par de
segundos en notar que él se había quedado quieto
y todo su cuerpo se había tensado. Se preocupó un
momento, pensando que quizá estaba en peligro,
pero por el borde de su ojo pudo captar unos débiles rayos de sol suficientes para dibujar sus sombras fusionadas en una sobre la pared del café.
Sólo lo había tomado por sorpresa y no era de
extrañar que reaccionara de esa forma. No tenía que
olvidar que él era de naturaleza tímida y ella ya había sobrepasado los límites dos veces en esa noche.
Pero ella fue la sorprendida cuando decidió
que era el momento de separarse. Sus movimientos fueron muy rápidos. La sujetó por la cintura y
la elevó unos cuantos centímetros en el aire hasta que estuvieron a la misma altura y sus cuerpos
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© Maite Sánchez

estuvieron aún más cerca que antes. Él presionó
sus labios, con movimientos lentos y delicados,
delineando el contorno de los de Erica.
Por varios minutos fue únicamente conciente
de cada centímetro de su cuerpo que estaba en contacto con él. Sentía sus dedos recorrerle la espalda y
también enredarse con su cabello. Ella aún tenía los
brazos aferrados alrededor de su cuello, buscando
que el beso fuera más profundo, pero él se resistía.
Estaba disfrutando de las suaves caricias de su boca.
Las sensaciones que recorrían su cuerpo
eran desconcertantes, de modo que el resto del
mundo parecía haber desaparecido y ellos habían dejado de ser dos personas para convertirse en una sola alma. Chispas de electricidad le recorrían la columna vertebral con cada roce de sus
labios y la cosquilla de su aliento.
Los movimientos lentos del inicio fueron aumentando en velocidad y en ardor. Dejó de sentir
el resto de su cuerpo en el momento en que el beso se hizo más profundo. Si su sentido del resto del
mundo era débil antes, en ese momento todo se
hizo completamente inexistente, incluso se olvidó
de que necesitaba respirar y al parecer a él le había ocurrido lo mismo porque, tan abrupto como
había comenzado, el beso terminó. Ninguno de los
dos deshizo el abrazo por completo. Él le permitió volver a sostenerse con sus propios pies, pero
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© Maite Sánchez

ella agradeció que no la soltara por completo porque la cabeza le daba vueltas y no sabía si era por
la falta de aire o por lo hermoso de la situación.
Recostada sobre su pecho, ella pudo escuchar
el acelerado ritmo del corazón de Gabriel casi al
mismo compás que su propio corazón. Aunque estaba de nuevo sobre la tierra, se sintió flotando en
una nube de la cual no se quería bajar.
Pero la repentina tensión en el cuerpo de Gabriel la hizo caer de su cielo. Abrió los ojos rápidamente y pudo darse cuenta de la razón por la
que él estaba tan tenso.
Alrededor de ellos reinaba la oscuridad.
—¿Cuánto tiempo duró el beso? —dijo él con
pánico en su voz.
Ella se separó un poco y lo miró a los ojos. Ambos tenían la misma expresión de sorpresa y desconcierto, porque no había una sola luz en esa calle, pero
los ojos de Gabriel seguían tan azules como en el día.
Aunque brillaban de un modo especial.
—¿Cómo te sientes? —preguntó sondeando
el peligro.
—No es normal —respondió anonadado—.
Está demasiado silencioso. Su voz… desapareció
por completo.
—¿Significa que no vas a cambiar?
Examinó su interior un momento más y luego contestó.
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© Maite Sánchez

—Creo que no, al menos por ahora.
Ella sonrió y se inclinó sobre las puntas de
sus pies para darle un corto beso.
—Perfecto, tenemos la noche para nosotros.
Gabriel se puso serio y dio un paso hacia
atrás para estar en una mejor posición de conversar con ella.
—No creo que sea seguro, podría ser sólo
temporal y tú estarías en mucho peligro si yo…
Ella suspiró mientras entornaba los ojos.
—Iremos directo a casa. No tomará tanto
tiempo y si sientes que él regresa, me lo dirás y
buscaré un lugar seguro.
—¿Y si no hay un lugar seguro? No, Erica, es
mejor que te vayas por tu lado y yo por el mío.
—¿Escuchas su voz?
—No…
—¿Lo sientes venir?
—No, pero…
—Pero nada. Estamos en plena oscuridad y
además estamos solos. ¿No crees que si algo fuera
a pasar este sería el momento adecuado?
—No lo sé. Mira, no sé la razón de ésta repentina libertad, pero no quiero arriesgarme hasta no
saber que es permanente. Es mejor que te vayas.
Tenía razón, quizá la buena suerte solo les estaba sonriendo por un momento, pero aunque se
tratara de un golpe de suerte, había algo que no en230

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cajaba. ¿Por qué precisamente en ese momento?
Gabriel estaba libre y había sido algo repentino, algo que solo había ocurrido esa noche. Estas afirmaciones plantaron una idea en la mente
de Erica que después de unos segundos no parecía
tan descabellada. Se apresuró a contársela, antes
de que siguiera insistiendo en que se separarían.
—¿No crees que cuando nos besamos… algo
ocurrió que causó esta libertad?
Aunque se sonrojó por la sugerencia de Erica, Gabriel consideró lo que ella había dicho. En
su mente todo estaba muy silencioso y eran sus
propios miedos los que lo invadían y no las palabras instigadoras del vampiro.
—Es una teoría. Suena a algo que sacaste de
un cuento de hadas.
—Bueno, pero lo del vampiro parece sacado de historias de horror. ¿Por qué no podemos
mezclarlas un poco? ¿Qué tal si sólo necesitabas
el beso de tu princesa para romper la maldición?
Miró a Erica con los ojos llenos de esperanza
y volvió a besarla sin aviso, separándose casi de
inmediato pero sin dejar de abrazarla.
—¿Te parezco un sapo? —comentó como broma y ella rió.
—Un sapo muy bien parecido —susurró antes
de que él volviera a besarla.
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© Maite Sánchez

Tomaron el autobús para regresar a casa. No había asientos libres, pero no había tanta gente de pie.
Gabriel insistió en que se quedaran cerca de la puerta
de salida al fondo del carro, solo como precaución.
Por algunos minutos, ninguno de los dos dijo nada. Parecía ser suficiente estar frente a frente, observando sus rostros sonrientes. Erica se sujetaba a uno de los asientos solo con su mano derecha. No hacía mucha fuerza, pues mantenía el
equilibrio con la posición de sus pies, pero un repentino acelerón la hizo irse hacia atrás y cuando quiso sujetarse, no pudo hacerlo con la fuerza
necesaria. No cayó de espaldas gracias a que Gabriel reaccionó a tiempo y la sostuvo pasándole
la mano por la cintura, pero el dolor de su muñeca la hizo lanzar un ligero quejido.
—¿Estás bien? —preguntó, preocupado por
haber sido él el causante de su lamento—. ¿Te sujeté muy fuerte?
—No, no fuiste tú. Me duele la muñeca y por
eso no me pude sostener, pero…
Sonrió con ligera malicia y se acercó a él, rodeándole la cintura con sus brazos y recostándose sobre su pecho.
—Creo que encontré una mejor forma de sostenerme.
Gabriel se puso muy rígido y ella se preguntó por
qué, así que separó solo su cabeza y buscó su rostro. Él
232

© Maite Sánchez

miraba a todos lados, con una expresión de bochorno.
Ella suspiró, divertida por la timidez de Gabriel.
—Si te resulta incómodo, puedo buscar otra
forma de sostenerme.
Él la miró, inexpresivo por algunos segundos, antes de suspirar, sonreírle y darle un beso
en la frente.
—Quédate así, yo te cuidaré.
Ella regresó a su anterior posición y disfrutó
del descontrolado tamborileo del corazón de Gabriel mientras él se entretenía pasando sus dedos
por su larga cabellera y se sostenía sin problemas
con la otra mano.
El camino a casa se hizo demasiado corto y
ninguno quería que llegara el tiempo de separarse. Aún quedaban algunos minutos mientras caminaban de la parada de autobús a la casa de Erica y
ambos redujeron su paso lo más que pudieron sin
realmente acordarlo. Iban tomados de la mano y
ahora parecía necesario hablar un poco, intentando extender el tiempo que pasarían juntos.
—¿Cómo te diste cuenta de lo que sentías?
—preguntó con nerviosismo.
—Pues… —Pensó un instante. No quería entrar
en detalles sobre su encuentro con Orlando. Ya era
una suerte que no le hubiera preguntado cómo se
lastimó la muñeca—. Digamos que fue un momento
de revelación que surgió por algo de lo que dijo Or233

© Maite Sánchez

lando. También tuve algo de ayuda. —Sonrió al recordar el momento—. Darme cuenta de que te amaba
fue el momento más feliz de mi vida… aunque saber
que tú sentías lo mismo lo redujo al segundo lugar.
Él se detuvo de repente y la sujetó con fuerza
entre sus brazos. Tomó unos segundos para que
ella pudiera reaccionar ante la pasión y la entrega del beso en que ahora se habían unido. Había
algo en la química de ambos que hacía difícil concentrarse siquiera en respirar. Al separarse, ambos jadeaban con agitación.
Sin poder hablar, continuaron caminando
hasta llegar a la casa de Erica.
—Este… ¿quieres pasar? Estoy segura de que
mi mamá estará más que contenta de que ambos
le dijéramos…
—No, Erica —dijo con repentino pesimismo—. Creo que es mejor esperar un poco a tomar
cualquier decisión. Aún no sabemos si este cambio es permanente.
—No has cambiado y no has escuchado su
voz. ¿Por qué dudas?
—Por lo que sé, aún soy casi indestructible y
tengo fuerza sobrehumana. Aún no he dejado de
ser un monstruo.
Erica suspiró. No quería separarse de él, no quería posponer su felicidad, pero lo comprendía y no
valía la pena pelear por algo que después sería una
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© Maite Sánchez

tontería. Era mejor despedirse en buenos términos.
Él volvió a apartarle de la cara el mechón rebelde que siempre se salía de su lugar y extendió
su gesto a una caricia en el contorno de su rostro.
Ella sintió el escalofrío, pero se dio cuenta de la
verdadera razón de éste.
—No fue miedo lo que me hizo temblar esta
mañana. —Sonrió y cerró los ojos para disfrutar
de la caricia—. Sólo reaccioné a tu caricia porque
me gusta el contacto con tu piel.
Al abrir los ojos notó que él también sonreía.
—Es un alivio saber eso.
Fueron acercándose hasta poder sentir las
cosquillas de la respiración del otro.
—Te amo tanto, Erica —susurró él y recorrió
la corta distancia que había entre él y los labios
de su amada.
Erica aún estaba sobre una nube cuando entró a su casa. Gabriel había tenido que abrirle la
puerta, porque ella estaba demasiado aturdida
para lograr sostener correctamente su llave. Sonia estaba en la cocina y por eso no lo vio, pero sí
escuchó la puerta cerrarse y de inmediato llamó
a su hija. Estaba preparando la cena y en ese momento cortaba algunos vegetales junto al fregadero, al fondo de la cocina.
—¿A dónde fuiste? No sabía que ibas a salir,
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© Maite Sánchez

me tenías preocupada.
—Lo siento, mamá. No tenía planeado tardarme tanto.
—¿Y qué pasó que te demoró?
Aún no podía decir nada, pero odiaba tener que mentirle a su madre. Quizá si le daba una
buena noticia primero, no notaría que le estaba ocultando algo importante. Caminó hasta que
estuvo a sus espaldas, donde no pudiera leer la
mentira en su rostro.
—Orlando me pidió que saliéramos hoy, para
pedirme que aceptara ser su novia.
—Ah. —Sabía que Sonia había evitado decir
nada más para no herir sus sentimientos, pero
también anticipaba lo que diría mientras le contaba el resto de su historia.
—Tomé la decisión de decirle que no.
Su madre la miró con la duda expresa en sus ojos.
—¿Van a esperar un tiempo más?
—No, me di cuenta de que realmente no estoy enamorada de él y que no valía la pena jugar
más con sus sentimientos.
Aunque hizo todo lo posible por ocultar la satisfacción que sentía, Sonia era como un libro
abierto y era muy fácil decir que estaba encantada
por saber que Orlando ya no era una “amenaza”.
—Que bueno que te diste cuenta a tiempo,
hija. Supongo que demoraste bastante en con236

© Maite Sánchez

vencerlo y por eso vienes a esta hora.
—Bueno, no realmente —añadió con nerviosismo—. Fui a ver a Gabriel y esperé a que saliera
para regresar. Tenía que conversar con alguien.
—Ah, ya veo —dijo con satisfacción—. ¿Podrías pasarme el tazón de la ensalada?
El plato en cuestión era una fuente de porcelana bastante pesada que tenía que tomar con
ambas manos para levantarla y estaba en un estante un poco alto, aunque al alcance de Erica.
Logró levantarlo, pero el tazón resbaló entre sus
manos. Se hizo añicos en el suelo.
—Ay, duele —exclamó mientras acunaba su mano contra su cuerpo y lo examinaba. Alrededor de
la muñeca se había formado una pulsera morada y
apenas podía distinguir donde terminaba su brazo
y comenzaba la mano. La hinchazón también le impedía mover la mano con facilidad, pero no lo había
notado antes. Quizá estaba muy feliz para hacerlo.
—¿Qué pasó? —Sonia miró primero al desastre a los pies de Erica y luego hacia el brazo que
ella protegía contra su cuerpo—. ¿Estás bien?
—No, parece que no.
Ignorando los trozos de porcelana regados
en el suelo, Sonia se acercó a su hija y le tomó la
mano con cuidado para examinarla.
—¿Cómo te lastimaste?
El enfado volvió. Estaba tan enojada con Or237

© Maite Sánchez

lando que no le importaba más protegerlo de su
madre. Dijo toda la verdad.
—Fue Orlando. Ese bestia se enojó tanto por
el rechazo que me agarró de la muñeca con demasiada fuerza.
—Sí, ya lo decía yo que ese muchacho no era
de fiar. Su madre me va a oír cuando vaya a retocarse el tinte.
—No, déjalo… yo quiero encargarme de él.
Pasó gran parte de la noche en la sala de emergencias, donde le tomaron radiografías para descartar una fractura. Le diagnosticaron un esguince y
pudo regresar a casa con solo un cabestrillo y algunas píldoras para el dolor y para desinflamar el área.
El lado malo fue no poder escribir sus notas
durante las clases al día siguiente. No podría pedirle copia a Orlando en clase de sociología. Al menos durante la clase de redacción podría recurrir a
Valeria, que tomaba las mejores notas. En historia,
haría un esfuerzo de entender los garabatos de Nico, pues Paola tomaba sus notas en taquigrafía.
Esperaba poder encarar a Orlando y reclamarle por su mano, pero él no llegó. Sin embargo, fue otra ausencia la que preocupó a Erica.
Paola, Nicolás y Valeria la rodearon al ver el
envoltorio azul de su brazo. Ella no entró en detalles, pero tuvo que delatar al responsable.
238

© Maite Sánchez

—Siempre dije que parecías frágil, pero no creí
que te rompieras con tanta facilidad —bromeó Nico.
—Ja, ja. Nico, si ves a ese idiota hoy, dale un
golpe de mi parte.
—Y de la mía —añadió Vale.
—Yo iré a golpearlo en persona —opuso Paola.
Erica examinó a su alrededor, buscando a Gabriel. ¿Estaría aún en la biblioteca?
—No lo hemos visto —dijo Valeria—. Y eso
que llevamos rato aquí.
—Tenía algo que preguntarle, pero supongo
que tendré que esperar.
Poner atención en clase de redacción nunca
le había resultado difícil, pero estaba muy pendiente de a qué hora llegaría Gabriel, que no parecía tener intenciones de aparecer ese día.
Intentó tomar apuntes, pero no lograba que
su mano respondiera como deseaba, así que se
rindió y echó un vistazo a todo el salón. Gabriel
sí estaba allí, pero al lado contrario, en el último asiento de la primera fila. Estaba demasiado
concentrado en la clase y no apartó la vista de su
cuaderno o del pizarrón.
Cuando terminó la clase, ella no quiso parecer demasiado ansiosa por hablar con él, así que
caminó al ritmo de sus amigos.
—Erica, ¿podemos hablar? —dijo él en tono
sereno. Ella pidió a sus amigos que se adelanta239

© Maite Sánchez

ran y sonrió a Gabriel.
—¿Cómo estás?
—Vamos afuera, ¿sí? —suplicó viendo que
aún había mucha gente a su alrededor. Ella accedió y al rato estaban en un rincón muy cerca de
la puerta de salida. Él no estaba muy entusiasmado a pesar de que ella irradiaba alegría.
—¿Qué pasa? ¿Por qué todo este misterio?
—Erica, no podemos seguir así. —Ella sonrió imaginando qué quería decir—. No podemos
seguir viéndonos, no puedo estar a tu lado. —La
sonrisa desapareció al escuchar completamente
lo contrario a lo que esperaba—. Es muy peligroso, no puedo arriesgar tu vida así.
Ella se molestó y dejó que la furia dominara
sus palabras.
—¿Y permaneciendo separados mi vida estará segura? ¿A cuántas personas desconocidas ha
asesinado…
En el segundo que sus palabras dejaron su
boca, el arrepentimiento borró el enfado, pero
era tarde. Ahora él era quien estaba enojado.
—Ya veo qué poco significan sus muertes para ti.
—No, yo lo siento, no quise decir eso.
—Como sea, lo mejor es que no vuelvas a
buscarme.
Se dio media vuelta y se fue de allí.
Su cuento de hadas había terminado sin final feliz.
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© Maite Sánchez

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Disculpas
Pasó de mal humor el resto del día y no contestó a nadie cuando le preguntaban qué le pasaba. Estaba molesta consigo misma por no haberse
detenido a pensar en la razón de la preocupación
de Gabriel. La voz del vampiro había vuelto y tenía miedo. Ella había sido muy imprudente la noche anterior ante la creencia de que el beso había
sido la cura mágica a su maldición. ¿Por qué había tenido que reaccionar así y decir algo tan insensible? Ella había sido testigo y había participado en cierta forma en el dolor que él sentía cada vez que moría alguien por su culpa. Qué tonta
había sido en reaccionar de esa forma sólo porque él le negaba algo que ella deseaba tanto.
Se fue a dormir temprano, gracias a que su
padre tenía una reunión muy temprano en la mañana y que su madre estaba muy cansada por haber atendido a todo un séquito de boda. ¿Quién
se casa un miércoles por la tarde?
Eran las ocho de la noche cuando logró convencerse de dormir. Volvió a soñar con su casa,
borrosa entre tanta claridad. El árbol junto a su
ventana se sacudió violentamente y dejó caer algunas hojas. Su ventana estaba a la vista…
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© Maite Sánchez

Despertó de golpe y segundos después escuchó un ruido seco. Se apresuró hacia su ventana y
pudo ver la sombra de una persona que intentaba
ponerse de pie muy cerca del árbol.
Estaba segura de que era Gabriel. Bajó las escaleras tan pronto como pudo y se asomó a su
pórtico. Bajo el árbol ya no había nadie.
—¿Gabriel? —susurró.
—Aquí estoy —contestó. Su voz provenía del
lado derecho, al contrario de donde estaba el árbol. Al parecer, ya había comenzado a marcharse—. Creí que no te habías dado cuenta.
—¡Dios mío! —exclamó Erica llevándose las
manos al rostro.
—Tranquila, no estás en peligro —explicó
dando un paso hacia atrás.
—Eso lo sé, ya vi tus ojos. —Sonrió brevemente acercándose a él—. Grité porque estás sangrando mucho —señaló su frente.
—¿Qué? —Tocó el punto que ella había señalado—. Ay, eso… —observó su mano manchada
con sangre y la dispersó entre sus dedos, mirando boquiabierto primero su mano y luego el árbol—. Fue una larga caída.
Ella lo tomó por la muñeca con el brazo bueno y lo jaló hacia la casa.
—Vamos, te curaré antes de que te desmayes.
Él seguía contemplando su sangre con asom242

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bro, pero se dejó conducir por ella hasta el comedor, donde lo obligó a sentarse en una de las sillas.
—Déjame ver que tan grave es la herida —Le
tomó el rostro entre las manos y lo movió hacia la
luz. Él posó sus ojos en el rostro de Erica, que estaba muy cerca de él. Se movió con rapidez y logró darle un corto beso que la tomó por sorpresa.
—Creí que no querías volver a verme —reclamó sin ganas.
—Dije que no podía, no que no quería. Además, las cosas han cambiado.
—No entiendo.
—Por ejemplo, esto —aclaró señalando la herida. A Erica le tomó un par de segundos entender a qué se refería.
—Todavía estás sangrando —concluyó perpleja.
—Sigue debilitándose y todo es gracias a ti.
—Sonreía extasiado—. Por eso está tan enfadado
y desea matarte con todo su ser, pero ahora entiendo cual es la razón. Por alguna razón, que tú
y yo estemos juntos hace que se enferme. —La
emoción de su voz era contagiosa—. Después de
lo que sucedió anoche, estaba decidido a dejarme
ciego si era necesario para acabar contigo, pero
tu sola presencia lo hizo perder el control.
—¿Yo soy el antídoto?
—¿Erica? —gritó su madre desde la escalera
y ella saltó en su lugar, pero Gabriel la tomó con
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suavidad de su mano izquierda y le sonrió.
—Tranquila —susurró. Ella sonrió y finalmente pudo contestar al llamado de su madre.
—Estoy aquí, mamá. —Él le hizo señas de que
también lo anunciara a él—. Eh… y Gabriel también.
Sonia apareció terminando de cerrar su bata, pero lucía completamente a gusto con la visita imprevista de Gabriel hasta que notó la sangre
que ya se había deslizado por su cuello hasta llegar a mancharle la camisa.
—¡Dios mío, Gabriel?
—¿Qué pasó? —exclamó Jorge, apareciendo
un segundo después.
—Lamento haberlos despertado. Tuve una
pelea con mi abuelo y no estaba pensando realmente cuando decidí venir aquí.
—No, no hay problema. Siempre eres bienvenido en esta casa.
—¿Tu abuelo te hizo eso? —El tono sobre
protector de Jorge hizo reír a Erica.
—No, no fue él. Me tropecé cerca de aquí y
no me di cuenta de lo serio que era hasta que Erica me vio.
—Traeré el botiquín —dijo Jorge bostezando
y volviendo a subir las escaleras.
Sonia corrió a la cocina y trajo una toalla húmeda que le entregó a su hija.
—Límpialo un poco, yo prepararé algo de ca244

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fé. ¿Quieren?
—Muchas gracias, Sonia. Estaría bien.
Erica acomodó una silla junto a Gabriel e inició con la meticulosa limpieza de la herida que
no paraba de sangrar. Estaban tan cerca que él
volvió a robarle un beso y ella sonrió.
—¿Significa que podremos decirle a todos
que somos novios? —susurró.
—Mm, le diremos a tus padres, pero deberás
esperar para decirle a tus amigos.
Ella hizo una mueca.
—¿Por qué esperar? No quiero seguir fingiendo.
—No será por mucho —prometió antes de
volver a acercarse a ella para besarla.
El beso no duró mucho porque fueron interrumpidos por Sonia, que gritó al verlos.
—¿Qué pasó? —volvió a preguntar Jorge que
acababa de bajar. Sonia estaba demasiado emocionada para responder y Erica estaba muy nerviosa. Gabriel tuvo que tomar la palabra, aunque
la voz también le temblaba.
—La verdad… lo que pasa es que… —tragó saliva y lo dijo todo de un golpe—. Le pido su autorización para ser el novio de Erica.
Sonia volvió a gritar y abrazó a su hija. Jorge
permaneció impasible.
—¿Es lo que quieres, hija?
—Sí, papá —contestó con firmeza.
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© Maite Sánchez

Miró a Gabriel un segundo y volvió la mirada
a Erica.
—Mejor encárgate de esa herida antes de que
tu novio se desangre —dijo alargándole el botiquín—. Yo volveré a dormir.
Sonia aprovechó para abrazar a Gabriel y
luego hizo acto de desaparición.
—Vaya, ahora resulta que tú eres más valiente
que yo —comentó Erica—. Me quedé completamente
muda. —Tomó un algodón y lo empapó de alcohol.
—Sí, bueno… —dijo aún nervioso—. No creo
que pudiera hacer lo mismo si se tratara de mi
abuelo, así que no soy tan valiente.
—Espero que no le temas al alcohol, porque
esto va a doler.
Lo colocó justo sobre la herida, pero él ni se
inmutó ni despegó la vista del rostro de Erica.
—Te amo tanto que no sé como creí que podría estar lejos de ti —susurró. Sólo eso fue necesario para hacer que Erica se sonrojara y su corazón se desbocara.
—Yo también te amo —susurró, pero se sintió mal—. Perdóname por lo de hoy, no estaba
pensando cuando dije lo que dije.
—Puede que no, pero tenías razón en estar
molesta.
—¡Voy para allá! —advirtió Sonia y Erica rió.
Dejó el algodón sobre la tapa de la caja del botiquín
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© Maite Sánchez

y tomó un trozo de gasa que dobló con una sola
mano. El problema fue cuando quiso cortar el esparadrapo y su mano inutilizada se lo impidió. Sonia
preparaba las tazas desde el otro lado de la mesa.
—Deja que te ayude —dijo él quitándole el
rollo de la mano—. ¿Qué le pasó a tu mano?
—Fue ese energúmeno de Orlando —intervino Sonia antes de que Erica contestara—. Me alegra tanto que Erica no se hiciera su novia. Yo tenía la esperanza de que lo que veía entre ustedes
fuera amor y no estaba equivocada. ¡Qué alegría
me da que ella te eligiera!
Erica rió, pero Gabriel se mantuvo serio, observando el cabestrillo en la mano de Erica.
—Solo es un esguince —tranquilizó—. Se curará pronto.
—Vaya, olvidé el azúcar —dijo Sonia y volvió
a desaparecer.
—¿Cómo se atrevió a lastimarte de esa forma? —susurró enfurecido.
—Cálmate, no es tan malo. Además, dijo algunas cosas ciertas durante la discusión que valen la pena la herida.
—¿Cómo qué? —preguntó no muy convencido.
—Por ejemplo, que yo estaba enamorada de
ti. —Habló con un tono melodioso lleno de alegría mientras terminaba de colocar el vendaje en
la frente de Gabriel—. No me habría dado cuenta
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© Maite Sánchez

tan pronto de no ser por él.
—Vaya, hay que darle un premio —ironizó—.
Quizá debí dejar que Valeria interviniera y así no
tendría que agradecerle nada a ese sujeto.
—Espera un momento. ¿Qué dijiste?
—¿De qué?
—Mi mamá sospechaba lo que yo sentía, ¿Valeria también? ¿Acaso yo fui la última en enterarme?
Él rió.
—Ella me atacó —explicó—. Comenzó a preguntarme sobre cuando pensaba decirte lo que
yo sentía y entré en pánico. Le dije que no pensaba hacerlo nunca, porque yo creía que estabas
enamorada de Orlando. Ella dijo que pensaba hablar contigo, pues creía que si aceptabas ser novia de Orlando cometerías un grave error porque
te habías enamorado de mí. Claro que no le creí,
así que técnicamente, yo fui el último en saberlo.
—Genial. La persona más importante de todas es la última en enterarse —dijo rodeándolo
con los brazos e inclinándose sobre él.
Esta vez nadie interrumpió el beso hasta que
ellos así lo quisieron. Erica comenzó a guardar el
botiquín, pero se detuvo por una risa de Gabriel.
—¿Qué es tan gracioso?
—Creo que tu mamá nos está dando tiempo a
solas. El azucarero está justo allí —dijo señalando
el frasco sobre la mesa. Erica también rió.
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© Maite Sánchez

—Luego le agradeceré —dijo besándolo un
momento más—. Mamá, el azúcar está aquí.
Sonia apareció sonriéndolo.
—Vaya, con razón no la encontraba.
Mientras esperaba el autobús, la mañana siguiente, no podía dejar de pensar en Gabriel y en lo
que le había dicho la noche anterior. Si ella era el antídoto, ¿cómo lograría que todo fuera permanente?
Se distrajo un momento con su reflejo en la
marquesina junto a la parada y se arregló el cabello, pensando en lo que diría Gabriel.
—Te ves muy linda —dijo una voz detrás de
ella. Ella giró y encontró a su novio sonriéndole
con una expresión un tanto burlona que ella ignoró. Estaba demasiado contenta de verlo como
para molestarse con cualquier cosa.
—¡Gabriel! —exclamó lanzándose sobre él,
pasándole los brazos alrededor de su cuello. Él la
sujetó por la cintura, acercándola más hacia su
cuerpo—. No sabes qué alegría me da verte ahora.
No quería esperar hasta la hora de clase.
—Yo tampoco podía esperar, por eso decidí
probar suerte y venir a buscarte.
—Parece que la suerte está de nuestro lado.
Levantarla unos centímetros en el aire no
significó ningún esfuerzo para Gabriel. El movimiento tomó por sorpresa a Erica, que se afe249

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rró con más fuerza al cuello de su acompañante y
miró hacia abajo.
—No voy a dejarte caer —le dijo, divertido
por su miedo.
Ella regresó su vista a él y se perdió en sus
ojos azules. Todo lo que supo después fue que el
mundo había desaparecido a su alrededor.
Se separaron y él la dejó volver a pararse sobre sus pies, pero se tambaleó en cuanto lo hizo.
—¿Estás bien? —preguntó preocupado.
—Sí, eso sólo para que veas que mueves mi
mundo.
Ambos rieron. Gabriel alzó la vista y rió un
poco más.
—Creo que se nos pasó un autobús.
Erica volteó y pudo ver a lo lejos la parte de
atrás del autobús al que Gabriel se refería.
—Así parece. Cuando me besas, pierdo la noción del resto del mundo.
Él sonrió abochornado.
—Y yo que creí que repentinamente habías perdido tu timidez —bromeó—. Con esa forma de besar...
Eso lo hizo sonrojarse, pero el brillo de sus
ojos se apagó.
—¿Dije algo malo?
—No... es que... —Suspiró y el rojo de su rostro
aumentó—. Aunque me encanta besarte, hay otra razón por la que busco tus labios con tanta necesidad.
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Yo también pierdo la noción del resto del mundo.
Erica no entendió a qué se refería Gabriel que lo
había entristecido de esa forma. Ella también había
dicho lo mismo, ¿por qué era diferente en su caso?
Entonces lo comprendió. Al besarla, no sólo
apagaba el mundo a su alrededor, también callaba
las voces en su cabeza. Acallaba la voz del vampiro.
Gabriel había desviado la mirada hacia el
otro lado de la calle. Con ternura, ella le tomó el
rostro con sus manos y lo obligó a verla a los ojos.
—No te avergüences de querer librarte de él.
Tu tranquilidad es mi tranquilidad. ¿Entiendes?
Él sonrió de medio lado, un poco más animado que antes y le dio un pequeño beso.
—Será mejor que estemos atentos. No queremos llegar tarde a clase.
Mientras esperaban el siguiente autobús, Erica recordó algo que había quedado sin respuesta
la noche anterior.
—Gabriel, ¿por qué no podemos decirle a mis
amigos que tú y yo somos novios?
Él gruñó por lo bajo y reflexionó por un minuto.
—Primero tienes que pedirle perdón a Orlando.
La expresión en el rostro de Erica era de desconcierto.
—¿A Orlando? ¿Al mismo idiota que me hizo
esto? —reclamó mostrándole su mano herida.
—Sí, a mí tampoco me suena muy justo aho251

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ra, pero sigo creyendo que es lo más correcto.
Después de todo, sí jugaste con sus sentimientos
por mucho tiempo.
Ella respiró. Tenía razón, había sido muy
egoísta con Orlando y era mejor quitarse ese peso de la conciencia, sin importar que él se hubiera portado como un salvaje.
—Está bien, pero no será fácil. No sé si tendré la oportunidad.
Gabriel sonrió con malicia.
—¿Qué?
—Nada. Sólo pensaba en... Olvídalo.
—Dime —ordenó entrecerrando los ojos.
Él se rió.
—Estaba pensando que quizá un incentivo te
ayudaría a no desaprovechar ninguna oportunidad.
—Ah, ¿y cual sería ese incentivo?
—Como técnicamente no soy tu novio, no
podré besarte cuando quiera, así que una vez entremos a la universidad, todo será como antes y
yo me quedaré en mi lugar al fondo del salón y tú
te quedarás cerca del profesor.
Ella gruñó.
—No es justo.
Él rió mientras se inclinaba para besarla otra vez.
Cumplir con esa condición no sería fácil. La
primera clase era la de comunicación y como Ga252

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briel lo había dicho, ella tuvo que quedarse al frente de la fila y él se acomodó al fondo del salón.
Varias veces, ella volteó a verlo enfadada y él
le sonrió, luciendo divertido y hasta entretenido
con la actitud que Erica había adoptado.
Salieron juntos del salón y caminaron hacia
sus salones.
—¿Te veré después de esta clase? —Ella sonaba molesta.
—Te estaré esperando en el pasillo. —Él intentaba ocultar su risa.
—Yo no le veo lo divertido.
—Yo sí. Eres muy divertida cuando estás encaprichada por algo.
Ella murmuró algo que él no pudo entender,
pero sólo logró hacerlo reír sonoramente. Le dedicó una mirada asesina y aceleró el paso, perdiéndose entre los otros estudiantes que se dirigían a la clase de matemática. Se resistió a echar
un vistazo atrás y entró decidida al salón.
Nicolás, Valeria y Paola ya estaban allí y ella
fue a ocupar su asiento, demostrando su mal humor
cuando dejó caer el cuaderno con toda su fuerza sobre el escritorio. Los tres la miraron desconcertados.
—¿Qué mosco te picó hoy? —dijo Nicolás.
—Ninguno. Sólo detesto no poder tomar notas —mintió.
¿Qué pasaba con ella? Estaba haciendo un be253

© Maite Sánchez

rrinche por algo que era fácil solucionar y Gabriel
tenía razón en encontrarlo divertido. Sin embargo, que Orlando no estuviera todavía en el salón
no ayudaba a mejorar su estado de ánimo. ¿Tendría que ir a buscarlo a su casa para disculparse y
cumplir lo acordado? Iría a buscarlo hasta la Patagonia si era necesario para poder gritar a los cuatro vientos que estaba enamorada de Gabriel.
Como si los demás no se hubieran dado cuenta ya.
Orlando llegó junto con el maestro, lo que al
menos fue un ligero alivio para Erica. Él estaba
allí, sólo hacía falta reunir el valor para enfrentarlo y disculparse de corazón aunque todavía le
guardara resentimiento por lastimarla.
Como no podía tomar notas, ni se molestó en
sacar sus lapiceros y se concentró en las explicaciones del profesor hasta que anunció que la clase había concluido. Se levantó decidida y logró
alcanzar a Orlando en el pasillo. Gabriel no estaba muy lejos de allí, atento a lo que ella hacía.
—Orlando, ¿podemos hablar?
—No quiero hablar contigo, Erica —contestó
intentando esquivarla.
—Sólo será un momento, lo juro.
—¿Qué parte de no quiero hablar contigo no
entiendes?
La empujó un poco mientras se alejaba, tro254

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pezando con varias personas en el camino. Incluso Gabriel tuvo que esquivarlo cuando pasó a su
lado sin darse cuenta de su presencia.
Erica ya era rodeada por sus amigos. Sus ojos
estaban llenos de lágrimas de frustración, así que
bajó su mirada al suelo.
—Es un idiota, ¿por qué lo buscaste? —indagó Paola.
—Sólo quería disculparme.
—¿Por qué tendrías tú que disculparte? —exclamó Valeria—. Fue él quien te lastimó y él debería ser quien se disculpara.
Erica suspiró.
—Yo lastimé su corazón tanto como él lo hizo con mi brazo... o quizá peor.
Gabriel se había acercado en silencio, pero
ella levantó la mirada directamente hacia él.
—Te dije que no sería fácil.
Él se encogió de hombros y le sonrió de medio lado, como suplicándole resignación.
—Ya tendrás tu oportunidad.
Valeria se aclaró la garganta y entrelazó su
brazo con el de Nicolás.
—Es hora de irnos. Nos vemos mañana.
Nico, aunque algo confundido, secundó la despedida de Valeria. Paola los imitó después de prometerle a Erica que intentaría razonar con Orlando.
—Suerte con eso —intentó bromear, pero no
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le salió muy bien.
Cabizbaja y pensativa, comenzó a caminar.
Gabriel caminó silencioso a su lado por un rato. Ahora sabía por qué Gabriel había insistido en
que se disculpara. El remordimiento no la dejaría
entregarse completamente a su nueva relación.
Al fin, él se interpuso en su camino y la sujetó por los hombros.
—Erica, si esperar te hace tan infeliz, yo...
Ella levantó la mirada y su corazón se derritió al ver sus ojos azules llenos de sincera preocupación. Una sonrisa se dibujó en su boca y eso
sirvió para tranquilizar a Gabriel.
—No me molesta esperar. Sólo así podré ser
completamente feliz a tu lado.
No, había algo más de lo que tenía que ocuparse antes de aspirar a la felicidad completa. ¿Qué habría sido de su carta? Quizá debería comenzar a
buscar en otras fuentes la información necesaria.
En el autobús se sentaron el uno al lado del
otro y ella recostó la cabeza sobre el hombro de
Gabriel. Él tomó su mano lesionada entre las suyas y se entretuvo acariciando los delgados dedos
que permanecían al descubierto.
—Estaba pensando...
Era algo arriesgado, pero debía hacerlo si de
verdad ella era el antídoto.
—¿En qué pensabas?
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© Maite Sánchez

—Bueno, quizá te parezca peligroso, pero de
verdad creo que sería bueno que estuviera cerca
de ti al anochecer. ¿Qué dices?
Su silencio era indescifrable. Sus caricias no
se detuvieron, pero esperaba alguna señal, como
un gruñido, un suspiro...
Pero obtuvo una risa.
—Ese plan realmente lo hizo enfurecer.
Ella se alejó para poder verle el rostro. Él
sonreía.
—¿Significa que sí?
—Significa que sí.
Sonia no se opuso cuando Erica le comunicó
su plan. Estaba demasiado encantada con Gabriel
como para negarse a cualquier cosa que lo involucrara más en la vida de Erica.
Llegó al café justo cuando cerraban. De nuevo, Vivian era la última en dejar el local y sonrió
ampliamente al ver a Erica. Apenas la dejó saludar
mientras expresaba su gusto de volver a verla allí.
—Qué alegría verte. La última vez que te vi,
creí que ustedes dos habían terminado definitivamente. Gabriel parecía estar de un humor de perros y yo pensé que era una lástima, porque ustedes hacían una hermosa pareja.
—Ay, ¿tú también? —se quejó, confundiendo
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a la amable mesera.
—¿Qué dije?
Gabriel rió mientras cerraba la caja registradora.
—Erica y yo no éramos novios.
—Un momento. No eran novios. ¿Significa
que ahora sí lo son?
—Sí, ahora sí.
—¡Qué bueno! Aunque aún no entiendo por
qué Erica reaccionó así.
—Porque parece que todos estaban al tanto
de nuestros sentimientos, menos nosotros mismos —respondió ella.
—Era demasiado obvio. Gabriel siempre había sido serio, silencioso y reservado... probablemente, antisocial. —Gabriel miró a Erica con un
“te lo dije” implícito en su mirada—. Pero luego
llegaste tú y lograste que él conversara y sonriera. Todos nos dimos cuenta de que él estaba enamorado de ti. Cuando regresaste aquí la noche siguiente, lo confirmé y también vi algo especial
en la forma en que lo mirabas.
Erica sonreía con ternura hacia donde estaba
Gabriel, que les ocultaba el rostro, pero sus orejas
delataban que se había sonrojado.
—Desde que te conoció, es más fácil hablar
con él. A veces lo veía sonreír sin razón alguna.
—¿Yo hacía eso? —Volteó, intrigado por lo
que Vivian había dicho.
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© Maite Sánchez

—La gente enamorada tiende a actuar de formas extrañas —dijo mientras iba a la parte de
atrás de la tienda por sus cosas.
Erica rió y luego se inclinó sobre el mostrador, hacia Gabriel.
—Me alegro, porque me gusta mucho tu sonrisa.
Él sonrió y se inclinó hacia ella, rozando suavemente sus labios. Ella hizo una mueca de inconformidad cuando él volvió a alejarse.
—¿Cómo tomó tu madre que vinieras hasta
aquí a esta hora?
—Ella te adora, ya lo sabes. ¿Alguna vez leíste
Orgullo y Prejuicio?
—Vi la película, ¿eso cuenta?
Ella rió pero asintió.
—Mi mamá me recuerda a la Señora Bennett
—Él tardó un poco en entenderlo, pero también rió.
—¿Y tu papá?
—También me recuerda al Señor Bennett. Él
estará de acuerdo con lo que yo quiera.
Vivian volvió a unirse a ellos brevemente.
—Los dejaré solos. No lo distraigas mucho, o
no terminará eso hoy.
—Adiós, Vivian —despidió con tono de reproche.
Erica se reía, así que sólo la despidió con la mano.
En el autobús, Gabriel se dio cuenta de algunos decorados en las tiendas y restaurantes. Se
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acercaba Halloween y ahora no tendría que temer por la vida de los niños. Había intentado
cambiar el turno con el compañero que cubría
los domingos, pero no lo había logrado. Abrazó
con más fuerza a Erica mientras pensaba en esto.
—¿En qué piensas?
—Erica, ¿te gustaría hacer algo el sábado?
—¿Como una cita?
—Sí, como una cita.
Al día siguiente, Orlando tampoco dejó que
Erica se disculpara. Estuvieron en las mismas tres
clases, pero él la ignoró por completo. A Gabriel
le tomó algunos minutos lograr que Erica se olvidara de su mal humor.
—Inténtalo una vez más. Si él no te escucha,
no te pediré que sigas y podremos decirles a todos que somos novios.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
Erica fue al café como la noche anterior y
conversó un rato con Vivian mientras esperaba
que Gabriel avanzara con su trabajo. Jorge se había ofrecido a esperarlos para regresar juntos a
casa, pero ella se había negado. Gabriel se había
negado a besarla frente a sus padres, lo que hacía
más atractivo el largo viaje en autobús.
Además, tenían que arreglar los detalles de
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© Maite Sánchez

su cita para la noche siguiente.
Ella estaba muy nerviosa cuando llegó al café
el sábado. Vivian la examinó dando un breve paseo
a su alrededor. Hacía frío, por lo que se había puesto un suéter blanco de cuello alto que se adaptaba
al contorno de su figura y unos pantalones de mezclilla color negro, además de zapatos de tacón alto.
Usaba un poco más de maquillaje que de costumbre y había recogido un poco su cabello. Vivian rió
al ver el rostro embobado de Gabriel.
—Que se diviertan —dijo despidiéndose.
Gabriel fingió estar concentrado en su trabajo,
pero de vez en cuando espiaba por el borde del ojo
hacia Erica, que jugaba con un mechón de su cabello
mientras se distraía con las fotografías en los muros.
Habían acordado que irían a la plaza del sur,
donde había una exposición de altares del día de
muertos. Además había varios puestos con comidas tradicionales y una pista de baile al aire libre
que usualmente estaba demasiado apretada para bailar, pero Erica había insistido en que buscarían algún rincón. Él no parecía muy emocionado
con esto, pero a ella no le importó; confiaba bastante en su capacidad de persuasión.
Erica esperó en la mesa mientras Gabriel
traía la comida. No había prestado atención al barullo que se había formado a su alrededor hasta
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© Maite Sánchez

que él regresó con cara de pocos amigos. Entonces escuchó.
—¿Qué hace una belleza como tú tan mal
acompañada?
—Vamos, sabes que quieres venir con nosotros. Nos divertiremos mucho en la parte de atrás
de mi carro.
La sangre le comenzó a hervir, pero guardó la compostura y se concentró solo en Gabriel.
Aunque él ya había ocupado su asiento, estaba visiblemente irritado y se notaba que estaba pensando en acercarse a los dos chicos que la estaban molestando. Ella colocó su mano izquierda
sobre el dorso de su mano y llamó su atención.
—Ignóralos, te lo suplico. Yo estoy contigo esta
noche y nada va a arruinar nuestra primera cita.
Pero ellos siguieron molestando.
—Quizá debería ir a callarlos y luego fingiremos que nada ha ocurrido.
—Espera, tengo una mejor idea para hacerte olvidar que ellos están allí. —Sonrió mientras
se levantaba y rodeaba la mesa, sólo para volver a
sentarse, esta vez sobre las piernas de Gabriel. Él
se sonrojo, sorprendido, y ella sonrió satisfecha
mientras se inclinaba para besarlo.
Cuando el beso terminó, los dos muchachos
ya se habían ido.
—Aquí se está muy a gusto —entonó con alegría.
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Aunque él parecía muy entretenido enredando sus dedos en el cabello de Erica, había algo que
ocupaba sus pensamientos y ella quiso saberlo.
—Sólo estaba pensando en esos dos tipos.
Hace un tiempo me hubiera sido fácil ignorarlos, pero desde que te conocí no he reaccionado
como siempre lo hacía. Es como si me estuvieras
cambiando en todas las formas posibles.
Ella le pasó los dedos por el cabello.
—¿Es eso malo?
—No necesariamente. Jamás había tenido
problemas con mi temperamento, hasta que tú
entraste en mi vida. Quizá sólo signifique que había estado demasiado deprimido como para llegar a enfadarme realmente.
—Así que yo tengo la culpa —bromeó. Él rió y
la abrazó con más fuerza.
—Quizá la tengas. ¿Mencioné que te ves muy
bonita esta noche?
—No lo hiciste, pero tus ojos sí lo hicieron.

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© Maite Sánchez

13
Temperamento
El lunes por la mañana, Erica decidió que esa
vez sería ella quien sorprendiera a Gabriel, así
que salió de su casa algunos minutos antes y se
plantó frente a la puerta de la casa de su novio
esperando a que saliera.
La puerta se abrió, pero detrás de ella no
apareció Gabriel, sino el otro habitante de la vieja casa. Gabriel le había dicho que su nombre era
Mario, pero no estaba muy segura de cómo dirigirse a él.
—Buenos días, señor —saludó con nerviosismo.
—Ah, eres tú —dijo sin señal de hostilidad—.
¿Vienes a buscar a Gabriel?
Ella asintió. Estaba demasiado nerviosa para
articular cualquier palabra.
—Jovencita, ¿puedo preguntarte algo?
Titubeó.
—Sí, claro.
—¿Por qué seguiste siendo amiga de Gabriel
aún sabiendo la verdad sobre él?
La pregunta la extrañó. No parecía que estuviera molesto por que ellos eran amigos. En realidad, daba la impresión de que realmente tenía
curiosidad sobre su amistad.
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© Maite Sánchez

—Él significa mucho para mí. Sé que tiene un
buen corazón y que lo que le ocurre no es su culpa.
—Eso pensé...
Gabriel salió en ese momento y se mostró
claramente confundido de verlos a ambos conversando civilizadamente.
—Tienes una muy buena amiga —dijo tomándolo por sorpresa.
—En realidad... es mi novia —confesó con cautela.
Mario sonrió de medio lado, demostrando de qué
lado de la familia había heredado Gabriel su sonrisa.
—Cuídense, muchachos.
Se alejó de ellos mientras Gabriel cerraba la
puerta de la casa y se acercaba a Erica, todavía
con una expresión incrédula en su cara.
—¿De qué hablaban?
—Quería saber por qué seguía siendo tu amiga. ¿Ya te habla otra vez?
—Sí, lo cual es realmente extraño. Mi vida
parece estar arreglándose de repente, pero aún
siento que algo no está bien.
—¿Tanto te cuesta aceptar que finalmente
puedes disfrutar de una vida normal?
—Tengo miedo de que todo esto sea un sueño.
Erica comenzó a creer que todo era una pesadilla en el momento en que pudo estar frente a
Orlando otra vez. No se detendría hasta que pu265

© Maite Sánchez

diera disculparse, pero la aliviaba saber que esa
sería la última vez que lo intentaría para cumplir
la promesa que le había hecho a Gabriel.
Y el alivio aumentó temporalmente cuando
al fin parecía que Orlando iba a escucharla. La clase de redacción estaba por comenzar, aunque eso
no fue obstáculo para la determinación de Erica que se acercó decidida a obligar a su expretendiente a escucharla. Gabriel y sus amigos guardaron distancia, pero no se alejaron demasiado.
—Habla de una vez por todas y deja de molestarme, ¿quieres?
—Yo sólo quería disculparme —habló con
sinceridad.
—¿Y realmente crees que una disculpa basta?
—No, en realidad no. Mira, estoy consciente de que me porté muy mal contigo y que no debí jugar con tus sentimientos de esa forma. No lo
hice a propósito.
La risa de Orlando estaba impregnada de un
tono socarrón.
—Casi me haces creerte.
—Pero...
—No me engañas, Erica. Esa apariencia de
niña buena no es más que un disfraz. Todo este tiempo estuviste riéndote a mis espaldas, disfrutando de cómo me tenías comiendo de tu mano. Todo este tiempo yo solo fui un pobre tonto
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al que pudiste engatusar con tus artimañas y te
divertiste manejándome a tu antojo. Espero que
haya sido muy satisfactorio para ti.
Erica se esforzaba por no llorar. Sus palabras
la herían y al mismo tiempo la hacían enfurecer,
provocando un remolino de emociones en la boca de su estómago que parecían incitar a sus ojos
a provocar una inundación.
—¿Cómo puedes decir eso?
—Con esa cara bonita no debe ser difícil encontrar candidato para pasar una noche de diversión. Todas las mujeres son...
—¡Basta! —intervino Gabriel interponiéndose entre ambos con porte amenazante—. No dejaré que le sigas hablando de esa forma.
—¿Qué piensas hacer? Sólo eres su perrito
faldero, su juguete más nuevo.
—Podría tumbarte todos los dientes si así
lo quisiera —dio un paso hacia adelante, pero el
brazo de Erica lo detuvo. Ella suplicaba silenciosamente que lo dejara y eso fue suficiente para
tranquilizar su ira.
Erica estaba en estado de shock, por lo que
Gabriel tuvo que guiarla hasta donde estaban sus
amigos. En ningún momento la soltó de la mano.
—¿Estás bien? —preguntó Paola con tono
compasivo.
Su mente estaba reviviendo cada instante de
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la discusión, palabra por palabra y asimilando la
situación. Al fin, apretó la mano que Gabriel le
sostenía y gruñó protestando.
—¡Por qué me quedé callada! —reprochó—.
¿Por qué siempre tengo que quedarme callada?
Me gustaría poder decirle un par de cosas.
—Es mejor así —dijo Gabriel—. Luego no tendrás remordimientos por haber dicho algo sin
pensarlo. Si él quiere ser un patán, no tienes por
qué rebajarte a su nivel.
—Pero no creo que tengas que preocuparte —señaló Valeria—. Todo indica que tienes a alguien que está dispuesto a hacer el papel de Superman para ti.
Gabriel se sonrojó y Erica sonrió, tanto por las palabras de su amiga como por la reacción de su novio.
—¿Se supone que haga el papel de Luisa Lane? —bromeó—. De todos modos, no me gustaría
que usaras gafas, ocultarían tus ojos.
Él sonrió de medio lado, mientras su sonrojo
empeoraba.
Valeria se acercó a ellos y pasó su mirada del
rostro de Erica al de Gabriel y de vuelta, observando con curiosidad. Era difícil que los detalles
más sutiles se escaparan a sus ojos y Erica lo sabía, pues rió con nerviosismo.
—Ustedes dos actúan muy extraños desde la
semana pasada. ¿Qué se traen?
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Erica volteó hacia Gabriel, que estaba a punto
de hiperventilar, pero contestó a la pregunta implícita en su mirada con un discreto movimiento
de cabeza que la autorizaba a cumplir su deseo.
—¿Nos van a decir qué sucede?
—No pasa nada —respondió con despreocupación—. Sólo somos novios.
Valeria lanzó un grito agudo mientras abrazaba a Nico con entusiasmo.
—¡Lo sabía, lo sabía, lo sabía! —canturreó.
—Valeria hubiera estado muy decepcionada
si ustedes dos no se juntaban —confesó Nico entornando los ojos e intentando controlar a su novia, que brincaba en su lugar llena de emoción.
—¿Desde cuando son novios? —preguntó Paola.
—El jueves. Gabriel se puso difícil —respondió haciendo reir a Gabriel.
—¿Por qué no me lo contaste? —prosiguió,
demostrando un ligero resentimiento.
Antes de que Erica pudiera responder, Gabriel tomó la palabra.
—Yo le pedí que no dijera nada hasta que no
pudiera disculparse con Orlando. A Erica le hubiera gustado gritarlo a los cuatro vientos, pero
yo creí que... —se giró hacia Erica—. Perdóname
por haberte obligado a hacer esto, no me puse a
pensar en cómo iba a reaccionar él. Debí imaginar que iba a hacer algo co...
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Ella le colocó un dedo en los labios, interrumpiendo su discurso.
—Tú tenías razón. Mi conciencia está tranquila porque yo me disculpé sinceramente. Ahora, si él no quiso aceptar mi disculpa... —gruñó
por lo bajo— ...es muy su problema.
—Yo creo que lo volveremos a escuchar
—opinó Valeria.
—Tienes razón —apoyó Paola—. Él no es de
los que se aleja sin dar algo de batalla.
Lo dicho se cumplió la mañana siguiente.
Erica llegó acompañada de Gabriel y se separaron para asistir cada uno a su clase, pero Orlando
la esperaba en la puerta del salón de matemática.
Gabriel permaneció observando un par de segundos, pero Erica le hizo señal de que todo estaba
bien y se introdujo en su salón sin ver si Gabriel
había hecho lo mismo.
—¿Qué querías decirme?
—Pues... que quisiera que me perdonaras,
por lo de tu brazo y lo de ayer. De verdad, no sé
en qué estaba pensando... o si siquiera estaba
pensando.
—¿A qué se debe el cambio? Ayer sólo querías que dejara de molestarte.
—Lo sé, lo sé. En realidad, me dolía demasia270

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do verte y saber que no eres para mí. Supongo
que dejé que los celos hablaran por mí.
—Yo nunca quise que tú salieras lastimado. Tenías razón sobre Gabriel y yo, pero yo había estado
tan ciega con mis propios sentimientos que no me
di cuenta del momento en que éstos cambiaron.
—Lo sé, pero ya no te atormentes por eso
—sonrió amigable—. Así que... tú y Gabriel, ¿cierto?
—Podría decir que gracias a ti. Me ayudaste a
abrir los ojos.
—Me alegra que seas feliz.
Nunca había visto a Gabriel tan ansioso a
plena luz de día como esa tarde, cuando al fin
terminó la clase. La abrazó y le besó la frente antes de mirarla con aire examinador. Su sonrisa la
tranquilizó, pero se puso a la defensiva cuando
Orlando se les acercó.
—Tranquilo, sólo quiero disculparme contigo y
desearte suerte… aunque creo que eso ya lo tienes.
Erica rió del semblante de desconcierto que
tenía Gabriel en ese momento.
—Gracias, supongo —atinó a contestar. Orlando se marchó, dejándolos solos. Ya habían hecho planes de ir a la biblioteca y repasar los contenidos de la clase de redacción, así que los cinco
salieron a la biblioteca.
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Finalmente parecía que habría paz entre
ellos y Erica no cabía de contento.
Su vida fue perfecta por dos días. Gabriel
cenó en su casa la noche del martes y el abuelo invitó a Erica a almorzar con ellos la tarde del
miércoles. Todos lucían algo incómodos con la situación, pero Mario estaba intentando acercarse a Gabriel y ella estaría de acuerdo en cualquier
cosa que los volviera a unir.
Pero la mañana del jueves ocurrió algo que
ella no esperaba, algo que cambió el rumbo de las
cosas y reventó la burbuja de su mundo perfecto.
Todo había estado bien hasta que terminó la
clase de matemática. Gabriel aún no salía de su
clase, así que Orlando la acompañó un rato después de que sus amigos se fueron. Al fin comenzaron a salir los alumnos del salón donde estaba Gabriel y Orlando se despidió con un beso, pero la forma en que la abrazó fue demasiado atrevida. Erica reaccionó de inmediato, empujándolo
para apartarse de él y de inmediato le plantó una
sonora cachetada que lo hizo girar el rostro. Sin
embargo, él sólo se rió.
—¿Qué crees que haces? Jamás te permito
que me toques de esa forma.
—Lo sé —él aún reía—. Sólo quería vengarme
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un poco de tu novio por llevarse lo que yo quería.
Erica volteó justo a tiempo para lograr detener
a Gabriel, que estaba decidido a atacar a Orlando.
—No lo hagas, cálmate.
Él permaneció unos segundos con la mirada
fija en donde debía estar Orlando y luego bajó la
mirada hacia Erica.
—¿Por qué lo defiendes? Creí que lo que hizo
te había molestado.
—Lo hizo, pero ya le dí su merecido. Además,
no te detengo por defenderlo a él.
Volteó a comprobar si Orlando podía escucharlos, pero él ya se había ido, al igual que la
mayoría de los demás alumnos.
—Él no tiene súper fuerza. Hubiera sido una
pelea muy desigual —susurró—. Y luego tú no hubieras soportado la culpa de verlo todos los días
con la nariz chueca o con algunos dientes faltantes.
Él sólo gruñó.
Durante todo el camino de regreso, él estuvo muy callado y apenas contestaba las preguntas de Erica. Aún lucía muy molesto, pero estaba
pensando en algo, él sólo tenía esa mirada cuando había algo muy importante que debía meditar.
Al llegar a la parada de autobús, él finalmente habló.
—Creo que hoy no es buena idea que vayas al
café, Erica —explicó.
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—¿Por qué no? —exclamó sorprendida.
—Necesito pensar, por eso.
A veces, la lógica de Gabriel hacía enfadar a
Erica y ésta era una de esas ocasiones.
—¿Y vas a poder pensar con él dominando tu
voluntad?
—Ya veré como me las arreglo. No quiero que
vayas al café hoy.
Ella no entendía.
—¿Es por lo de Orlando?
—No —mintió atrozmente.
—Si quieres, puedes darle un golpe, pero espera a que recuperes tu fuerza normal para darle
una paliza.
Algo pareció colmar la paciencia de Gabriel,
pues alzó la voz más de lo que acostumbraba.
—¿Por qué lo defiendes tanto? Ese tipo sólo
te ha hecho daño. ¿Cómo… Olvídalo, ya me voy.
Gabriel comenzó a caminar y la rabia de Erica aumentó de golpe.
—¿Por qué le das gusto a Orlando? ¿No te das
cuenta de que lo hizo solo para molestarte? —le gritó.
—¿Crees que lo hago para darle gusto? —replicó con tono de indignación mientras se daba vuelta y volvía a acercarse a Erica—. Toda esta furia que
siento dentro de mí… lo detesto tanto que siento
que sería capaz de quebrarle el cuello si se apareciera en este momento frente a mí. ¡Y tú lo defiendes!
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Respiró profundo, intentando recuperar el
control.
—Creo que es mejor que no nos veamos esta noche si no quieres que me convierta en un
monstruo aún siendo yo quien esté en el control.
Erica se quedó helada.
—Quizá mañana ya me halla calmado. Adios,
Erica.
—Adiós —respondió temblorosa—. Llámame
si cambias de opinión.
Pero no lo hizo.
Eran pasadas las cuatro y Erica comenzaba
a desesperarse mientras daba vueltas en su sala,
aguardando que el teléfono en su mano timbrara.
Otro repicar fue el que la sorprendió. Era poco probable que Gabriel llamara a la casa, pero
aún así contestó esperanzada.
—¿Se encuentra Erica Rivas en casa?
—Soy yo. ¿Quién habla? —estaba demasiado
decepcionada para ser cortés.
—Creo que tú me enviaste una carta. Te llamé en cuanto la leí.

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Complicaciones
Sentía que el corazón iba a salírsele del pecho, pero aún así seguía corriendo. Las personas
la esquivaban al verla acercarse, tratando de evitar ser atropellados, aunque no impidió que varias personas tambalearan a su paso.
No importaba, ya estaba cerca y el sol aún
era perceptible en el cielo… apenas.
La luz en el local ya estaba apagada y no veía
a nadie cerca. ¿Dónde podría haber ido?
La conversación telefónica de aquella tarde ya era bastante borrosa, excepto por una advertencia hecha con suma urgencia: “No dejes que
vuelva a transformarse. En este momento sería muy
peligroso para ambos y quizá más para él. Si deja que
el vampiro tome el control, hará lo que sea para acabar
contigo, incluso arriesgar su propia vida”.
Ambos podrían morir.
En aquel instante pudo percibir la silueta de
una persona, refugiada en la casi invisible puerta
de servicio. El sol era ya un simple recuerdo, pero
el destello de la luz de un automóvil fue suficiente para captar el tono azulado de sus ojos que la
miraban sorprendidos. Aún era tiempo.
Corrió hacia él y lo abrazó, refugiándose en
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su pecho. Él correspondió al abrazo con ternura y
delicadeza.
—Tenía tanto miedo de no llegar a tiempo.
Perdóname, no debí dejarte solo… aunque tú me
lo pidieras, no debí hacerte caso.
—Me alegra que vinieras, no sabes cuanto me
alivia tenerte cerca.
La forma en que la besó fue mucho más apasionada y llena de ansias que lo que acostumbraba. El pulso se le aceleró al máximo cuando él
desvió sus labios hacia su cuello, provocando que
la electricidad que le recorría la espina dorsal se
extendiera por todo su cuerpo. Fue un beso lleno de sensualidad y deseo, algo que él no se había
permitido mostrar hasta ese momento.
—Qué interesante —le susurró al oído—. Un poco de lujuria y tu sangre se vuelve muy apetitosa.
Y de pronto, todo se volvió oscuridad.
Había tenido una buena vida. Se había divertido, había complacido a sus padres en todo lo
importante, había cumplido muchos de sus sueños y se había enamorado perdidamente.
Eso era lo que más le dolía: dejarlo solo y atormentado por haber tomado su vida. También le dolía no haber podido cumplir su objetivo de ayudarlo.
A lo lejos pudo percibir una luz que se iba
haciendo cada vez más intensa. Seguramente ha277

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bía llegado a donde pasaría la eternidad.
Aquello no podía ser el cielo. En el cielo no
sentiría dolor alguno y en cambio sentía que le
habían atravesado el brazo con un clavo y que la
cabeza le daba vueltas.
Abrió los ojos y lo que vio no le pareció el infierno. Era una habitación blanca y muy iluminada, tanto que tuvo que parpadear varias veces hasta que sus ojos se acostumbraron a la luz.
Una cortina rodeaba el lugar donde ella estaba,
que parecía ser una cama. El clavo que ella creía
le atravesaba el brazo no era más que una aguja
que transportaba un líquido blanco opaco desde
una bolsa que colgaba de una especie de perchero metálico junto a su cama.
—¿Erica? —La voz de su madre provenía de
su derecha.
—¿Cómo te sientes? —Su padre le hablaba
desde la misma dirección. Ambos estaban sentados en la cama junto a la suya.
—¿Qué pasó? ¿Dónde estoy?
—Te desmayaste cuando llegaste al café Alba.
Gabriel me llamó muy alarmado y te trajimos al
hospital —respondió Jorge.
Gabriel estaba bien, pero no estaba en ningún lugar de la habitación. Una terrible ansiedad
por verlo la atacó en ese momento.
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—Gabriel... ¿dónde está Gabriel? ¿Por qué no
está aquí con ustedes? —hizo el esfuerzo de levantarse, pero estaba rodeada de tubos que la
ataban a la cama. Su madre la empujó con suavidad para obligarla a permanecer acostada.
—Tranquila. Está en la cafetería —contestó sonriente—. El pobre ha estado tan preocupado que no se ha apartado de tu lado. Creo que se
siente culpable, pobrecito —añadió riendo.
—Quizá sea mejor que vaya por él. Además,
ya tengo hambre.
—Pídeme el almuerzo —solicitó Sonia—. Yo
sólo voy a ayudar a Erica un momento y me reuniré contigo en cuanto esté lista.
—Sí, cariño. Te esperaré allá.
Hubo un tiempo en el que el tono tan acaramelado en que sus padres se hablaban le parecía demasiado cursi, pero ahora que había regresado de la
muerte, se sintió muy emocionada con el amor tan
intenso que existía entre sus progenitores.
Sonia tomó el control de la cama y presionó
el botón hasta que Erica estuvo sentada. Entonces
arregló los cobertores y la horrible bata que usaba.
—Que estés enferma no es excusa para que
luzcas mal ante tu novio.
—No creo que a él le importe mucho como
me miro —dijo, pero su voz tembló por el nerviosismo de verlo.
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—Tonterías, ahora inclínate un poco para
que yo pueda peinar tu cabello.
Sonia aún desenredaba la rebelde maraña de
rizos oscuros cuando Gabriel entró en la habitación. Sintió el impulso de correr y abrazar a Erica,
pero se contuvo y caminó regularmente hasta llegar al pie de la cama, donde permaneció inmóvil.
—¿Cómo te sientes? —preguntó con timidez.
—Feliz de verte —contestó con lágrimas en
los ojos. Otra vez, él se resistió al deseo de acercarse y abrazarla.
—¿Lo ves? Te dije que estaría bien y todo
gracias a tí. Si no hubieras estado con ella cuando
ocurrió, quien sabe lo que podría haber pasado.
—Probablemente habría estado en casa, descansando —respondió con culpabilidad implícita
en sus palabras.
—Te dije que esas eran tonterías. Confiaría
la seguridad de mi hija en tus manos sin dudarlo.
—Continuó desenredando mechones del cabello
de Erica mientras los dos guardaban silencio. Erica estaba demasiado emocionada para controlar
sus palabras y Gabriel estaba demasiado arrepentido como para decir algo. Repentinamente, Sonia rió con una alegre escala—. Quizá no debería
confiarte tanto su seguridad...
Gabriel la miró desconcertado y Erica tenía
la misma expresión, vigilando el rostro de su ma280

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dre por la rabadilla del ojo.
—Quién iba a decirlo de ti, que te ves tan
tranquilo y serio. Supongo que lo que dicen es
verdad —Sonia volvió a reír.
—¿De qué estás hablando, mamá?
—Pues de esta mordida en tu cuello, hija
—respondió como si se tratara de algo obvio—.
Había escuchado de chupones, pero mordidas...
Ambos intercambiaron miradas, llenas de
confusión, esperanza y bochorno. Al menos, Sonia lo había interpretado mal o quizá no había razón para que sospechara de un vampiro. ¿Quién
iba a creer que esos seres de ficción realmente
existieran y mucho menos que se tratara del novio de tu hija al que idolatras?
Y quien sabe qué más estaría pensando en
ese momento. Aunque a veces era realmente molesto que Sonia dijera todo lo que pensara.
—Sólo prométanme que se van a proteger si
deciden hacer…
—¡Mamá! —interrumpió Erica—. ¿Cómo dices
esas cosas?
Ella estaba casi tan sonrojada con Gabriel,
sólo que la falta de sangre en su organismo no
le permitía llegar al tono carmesí que tenían las
mejillas de su novio.
—Es que no quiero ser abuela tan joven —respondió riendo y terminando de peinar el último me281

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chón de cabello—. Terminé, ahora los dejaré solos.
Cuando Sonia salió, ninguno de los dos se atrevió a dirigirse la mirada. Había tantas cosas en el
aire que era difícil saber por donde comenzar. Al
fin, ella levantó la mirada y rompió el silencio.
—¿Tú estás bien?
Él casi rompe en llanto cuando escuchó la
pregunta. Esta vez no se resistió al deseo de acercarse y besarla, aunque se detuvo demasiado rápido para el gusto de Erica.
—Tenía tanto miedo. El cambio fue tan rápido que apenas me di cuenta de que tú estabas
cerca y cuando noté que no me dejaba ver lo que
estaba haciendo, supe que era por tu causa. —Las
lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos—. Creí
que esta vez no había actuado a tiempo, que te
perdería para siempre.
—Pero no fue así, sigo junto a ti como lo estaré todos los días de mi vida.
—No, eso no puede ser, no quiero seguir poniendo en riesgo tu vida. No podría soportarlo.
—Espera, no digas eso. Tú y yo debemos estar juntos.
—Yo tampoco podría soportar separarme de
ti, pero es la única solución. Debemos sobreponernos a los deseos de nuestros corazones y pensar lo que es más correcto...
—Es que no entiendes, Gabriel. Tú y yo no
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podemos separarnos ahora.
—La que no entiende eres tú...
—Me temo que ella tiene razón —intervino
una tercera persona. Ambos voltearon hacia la
puerta para mirar a quien había hablado.
—¿Quién eres tú?
—Vaya que tienes fuerza de voluntad. Muchos
no logran dominar al vampiro en ésta etapa, aunque
es mucho más fácil acabar contigo mismo cuando ya
no eres indestructible. Eso seguro acaba con la culpa.
Gabriel se levantó de su lugar, a la derecha de
Erica y encaró a la joven que permanecía de pie
cerca de la puerta con aires de sabelotodo a pesar de parecer más una niña. Era pequeña y frágil, delgaducha y pálida. Llevaba el cabello castaño atado en una cola de caballo y usaba unas gafas de aro grueso frente a sus ojos almendrados.
—¿Cómo es que sabes...
—¿De verdad no leíste mis cartas?
La mirada de Gabriel se transformó cuando comprendió quién era la chica que se encontraba frente a
él. Ella retrocedió un paso, con temor en sus ojos.
—Ay, me odias —concluyó con nerviosismo.
Erica logró alcanzar la mano de Gabriel y reclamó su atención.
—Ella no tuvo la culpa —reprendió—. Tú debes saberlo bien, no debes odiarla.
—No, él tiene derecho a odiarme —corrigió y
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luego se dirigió a él—. Sólo espera a liberarte de tu
vampiro para dejar fluir todo tu rencor, ¿quieres?
Los músculos de Gabriel se relajaron y su mirada se volvió desconcertada.
—¿Qué has dicho?
—¿Creíste que había venido sólo para reclamarte que no leyeras mi patético intento de ganarme tu simpatía? ¡Qué va! Eso lo superé hace
mucho tiempo —rió, pero recobró la seriedad con
bastante facilidad—. Vine porque Erica acertó al
pensar que yo podría saber la forma de librarse
del vampiro para siempre.
Gabriel no pudo preguntar nada más porque
llegó una enfermera a atender a Erica y a administrarle algunos medicamentos. Como debía hacerle algunos exámenes de rutina, les pidió que
salieran de la habitación.
Todo el tiempo la dominó la incertidumbre. Por lo que sabía de la situación de Gabriel,
bien podría haber matado a la chica en un ataque
de ira, pero el silencio fuera de la habitación era
tranquilizador.
Al fin, la enfermera se fue y Gabriel pudo regresar.
—¿Qué pasó? ¿Dónde está ella?
—Si te dan de alta al menos mañana, el domingo nos reuniremos con ella.
Aún estaba molesto, pero no dudó en ir a
sentarse junto a ella en la cama y rodearla con su
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brazo, dejándola recostarse en su pecho.
—¿Cómo te contactaste con ella?
—Una de tus cartas tenía dirección del remitente. Yo… sin querer me la llevé el día que me las
enseñaste en tu casa —Volteó para examinar su expresión y cuando decidió que no estaba molesto,
continuó—. Le escribí un par de días después, pero
no recibí respuesta hasta ayer, que llamó a mi casa.
—Así que una de mis cartas… ¿La leíste?
—Quise hacerlo, pero no la leí.
—Lo supuse. Ella dijo que esa era la única
carta donde decía algo positivo: que podía liberarme del vampiro. Imaginó que no la habías leído porque también daba un ligero instructivo de
qué hacer en caso me encontraba en una situación como la de ayer.
—¿No estás molesto? Yo…
Él la besó en la frente y le acarició el contorno del rostro con un dedo.
—Claro que no. No ahora que sé que no tendré que separarme de ti y que es probable que no
vuelva a hacerte daño nunca más. Aunque todavía me molesta que fueras al café a una hora tan
peligrosa, no importa que razón creyeras tener.
—Ella dijo algo. —Una parte de la conversación telefónica regresó a su mente—. Dijo que
yo era tu luz y que me necesitabas, que debía estar a tu lado cada anochecer hasta que nos libre285

© Maite Sánchez

mos del vampiro. Ahora la luz artificial no será
suficiente para detenerlo, porque preferirá que
te quedes ciego a que yo siga existiendo. Además,
no le importará poner tu vida en peligro y eso si
no podría soportarlo, por eso fui.
—¿Y yo sí puedo soportar que tú pongas tu
vida en peligro? —reclamó indignado.
Ella rió, lo que sólo hizo que el mal humor de
Gabriel aumentara.
—Es bueno saber que te importa tanto mi angustia.
—Gabriel —dijo en un maternal tono de advertencia. Pudo escuchar cómo él suspiraba.
—Ya sé, estoy reaccionando de forma exagerada, pero no puedo evitarlo. Erica, tú eres lo más
importante para mí y que alguien te haga daño
(aunque sea yo) es lo que más me enfada.
—Yo me siento de la misma manera —confesó
acomodándose entre sus brazos—. No importa lo que
tengamos que hacer, tú estarás libre muy pronto.
La enfermera regresó en ese momento con
una bandeja de comida que colocó en la mesa que
estaba cerca de ellos.
—Será mejor que coma algo, así recuperará
más rápido la salud.
Había estado en el hospital una vez antes,
cuando le extirparon el apéndice, y sabía que la
comida del hospital no era nada apetitosa. Forzó
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una sonrisa hacia la enfermera y esperó a que ésta saliera para quejarse.
—No quiero comerla, seguro es un asco.
Gabriel rió.
—Erica, perdiste mucha sangre y si no comes algo, no podrás reponerte. Además, tu madre ya cree
que tienes un desorden alimenticio, porque no es la
primera vez que te desmayas sin razón aparente.
—¿Eso creen que me pasó?
—No están seguros. Tus exámenes mostraron
un bajo conteo sanguíneo y como
aparentemente no tienes ninguna herida o
lesión interna...
—No, sólo una muestra de afecto de mi novio
—replicó con sarcasmo tomando el tenedor y decidiendo qué podía ser lo menos desagradable del
platillo frente a ella. Como Gabriel estaba muy silencioso, se giró hacia él y lo notó muy triste. Se
mordió la lengua como castigo autoimpuesto.
—No lo dije con esa intención, perdóname.
—No es eso. Estaba pensando en algo él hizo y...
Se detuvo, pero su rostro estaba muy sonrojado.
—Será mejor que me vaya, ya se me hizo tarde
para llegar al café —dijo dándole un beso en la frente.
—Espera, ¿qué pasará con esta noche?
—Estaré aquí antes de que anochezca, estamos muy cerca —se levantó, permaneciendo de
pie cerca de ella—. Tu madre puede ser muy in287

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sistente algunas veces y logró obtener el permiso
para que yo pudiera entrar cuando quisiera.
—¿De verdad hizo eso?
Se inclinó sobre la cama empujando un poco
la mesa donde estaba la comida y la besó sin permitirle reaccionar. Cuando se separaron, ella se
recostó sobre sus almohadas y se llevó la mano a
la frente, luciendo más pálida de lo que ya estaba.
—¿Te sientes bien? ¿Quieres que llame al
doctor? —preguntó alarmado.
—No —susurró cerrando los ojos—. Estoy
bien, sólo se me olvidó respirar y creo que la sangre se me subió toda a la cabeza.
Abrió los ojos y lo miró con picardía.
—Vaya efecto el que causas en mí.
Él sonrió de medio lado.
—Tú también me afectas de muchas formas,
Erica. —Volvió a besarla, esta vez cortamente y se
encaminó hacia la puerta—. Te veré esta noche.
—Te esperaré ansiosa.
La tarde se le hizo demasiado larga. Su madre había estado a su lado un rato y le había contado los pormenores de la noche anterior y cada detalle en los gestos de Gabriel mientras estuvo en la habitación. La dejó únicamente para ir a
la casa y cambiarse. También había posibilidad de
que le dieran de alta esa misma tarde y por eso le
llevó una muda de ropa.
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Para la hora que llegó Gabriel, Erica ya estaba vestida y su madre la había maquillado un poco para que no luciera tan demacrada.
Mientras arreglaba el papeleo con el doctor
y esperaba la llegada de Jorge, les permitió tener
algo más de tiempo a solas, algo muy importante
para ellos.
—Te noto preocupado —dijo Erica, acercándose a Gabriel que permanecía de pie cerca de la
ventana de la habitación.
—Algo es distinto esta noche. Me cuesta mucho separar sus pensamientos de los míos y está
intentando que yo tenga sus mismos deseos. Es totalmente repugnante y al mismo tiempo, no lo es.
Erica le colocó una mano en el hombro. Apenas tenía una idea (por haber compartido sus pesadillas) de lo que Gabriel tenía que soportar.
¿Qué extraños pensamientos estaría usando para
atormentarlo?
—Todo terminará muy pronto. Ya lo verás.
El sábado pasó muy pronto. Gabriel tuvo que
pedir permiso en el café para poder estar en casa
de Erica antes del anochecer. Esa noche lucía más
atormentado que la anterior.
—Cada vez que me despertaba y aún podía
sentir el sabor de la sangre en mi lengua, mi es289

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tómago se revolvía al punto de que no podía probar bocado en todo el día. Jamás imaginé que
ese sabor se me antojaría y ahora me siento peor
—confesó en cuanto pudieron estar solos. Aunque Erica sintió un fuerte escalofrío, se acercó a
él y lo abrazó con fuerza.
—¿Hay algo que pueda hacer para distraerte?

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15
Instrucciones
El silencio comenzaba a hacerse incómodo.
Gabriel estaba sentado en una vieja silla de madera
en un rincón de la sala, ocupado en examinar el diseño del mantel que cubría la mesa a su lado. Erica
había ocupado asiento en un hermoso sillón de estilo Luis XVI que estaba al centro de la habitación,
a la izquierda de donde Gabriel seguía sin levantar
su mirada y frente al mullido sillón ocupado por la
frágil muchacha que no se atrevía a dirigirle la mirada a ninguno de los dos. Probablemente esa era
la conversación más importante de toda su vida y
ninguno de los dos se atrevía a iniciarla. No había
imaginado cuando Gabriel le dijo que su abuelo había permitido que la reunión se llevara a cabo en
su casa que tendría que actuar como mediadora y
ayudarlos a iniciar la conversación.
Pero primero, debía romper el hielo.
—¿Puedo preguntarte tu nombre?
—Me llamo Rita, Rita Figueroa —contestó sin
levantar la vista.
—Es bueno conocerte, Rita. Yo soy Erica Rivas y él es Gabriel Lira.
—Lo sé. Yo… probablemente no debí ser yo
quien viniera, debí dejar que Omar fuera quien
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los guiara. Mi presencia aquí no está ayudando
nada y no sé que tanto podría afectar a Gabriel.
—Ya estás aquí —dijo él con hostilidad—.
Ahórranos la espera y cuéntanos lo que sabes.
Rita suspiró.
—¿Él normalmente es así de malhumorado o
sólo lo ha sido los últimos días? —le susurró a Erica.
—Ahora que lo dices, él no solía ser tan irritable.
—Entonces, ya comenzó —declaró en voz alta.
Erica se inclinó hacia ella como señal de
prestarle atención. Gabriel no se movió de su posición, pero estaba muy atento a lo que Rita tenía
que decir.
—El vampiro sólo sale cuando hay oscuridad,
no puede resistir la luz. Por mucho tiempo, yo creí
que esto era sólo por la ceguera que ésta causaba
a los sentidos hipersensibilizados de nuestro invasor nocturno. Después descubrí que esto era solo la
verdad a medias. En realidad, el vampiro depende
completamente de la oscuridad para existir y la luz
es su enemigo mortal, la única capaz de desterrar
su existencia para siempre. Solo que no se trata de
la luz y la oscuridad en un sentido físico.
”Cuando yo… —Cerró los ojos y tragó saliva, intentando darse valor—. Era necesario que tu
vida fuera absolutamente miserable para que el
vampiro tomara control sobre tus noches, por eso
mi invasor se encargó de matar a tus padres. El
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© Maite Sánchez

dolor causado por sus muertes llenó de oscuridad
tu corazón y por eso pudo ocuparlo. Matar a tus
amigos y conocidos sólo lo hizo más fuerte, así como el remordimiento que sentías durante el día.
—¡Así que hubiera sido mejor que no me sintiera culpable! ¿Acaso debía disfrutar de cada muerte?
—estalló Gabriel, pero Rita siguió con la cabeza agachada mientras lanzaba un fuerte suspiro.
—Eso sólo lo hubiera hecho peor. Es una fórmula infalible que garantiza que de cualquier forma
se logre la oscuridad del corazón del condenado a
cargar con ésta maldición. Si éste tiene buenos sentimientos, el hecho de causar daño a otras personas lo llenarán de dolor y tristeza… oscuridad. Por
el contrario, si tiene sentimientos malvados, su corazón ya es de hecho un sitio oscuro y aún durante
el día seguirá alimentando esta maldad. No hay otra
escapatoria, hasta que no encuentres tu luz estarás
condenado a vivir con el vampiro irrumpiendo en
tu mente en cada descuido de autocontrol.
”Pero tú ya encontraste tu luz, o quizá ella
te encontró a ti, no sé cómo haya ocurrido. Supongo que desde que la encontraste comenzaste
a sentir que el vampiro se debilitaba. Erica no alcanzó a contarme todos los detalles, pero parece
que intentaste matarla la primera vez que se vieron. ¿Cómo lograste controlarte?
—No lo sé y no creo que importe —arguyó
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© Maite Sánchez

con ira—. Ve al grano.
—Gabriel — amonestó Erica sonriéndole
cuando el enfado de su cara se volvió arrepentimiento—. Discúlpalo, ¿qué ibas a decir?
—Es normal que esté tan irritable. ¿Ya comenzó a entrometerse con tus gustos alimenticios? —Le dirigió la mirada por primera vez en
toda la conversación y volvió a mostrar ese aire
de sabelotodo mientras comprobaba la sorpresa
que sus palabras habían causado en él. Luego volvió a tomar su postura inicial.
—¿Qué pasará luego? —incitó Erica mientras
Gabriel también volvía a sumergirse en el mantel
de la mesa.
—Es difícil decirlo. El vampiro está agonizando, pero se aferrará con todas sus fuerzas a cualquier vestigio de oscuridad que pueda provocar. Es
por eso que se ha vuelto tan irritable. Es posible que
antes se molestara por las mismas cosas que ahora,
pero el sentido común le decía que debía controlarse. El vampiro ha disminuido esta barrera y por eso
reaccionará exageradamente a cada estímulo.
”Sufrirá de ataques de ira y de profundas depresiones que cada día se irán haciendo peores. Durante ese tiempo será muy peligroso que permanezca cerca de otras personas sin la supervisión
adecuada. Por lo que veo, tú sola no serás capaz de
controlarlo ni aunque su fuerza esté disminuyendo.
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© Maite Sánchez

Rita estaba viendo el cabestrillo que aún permanecía en la muñeca derecha de Erica.
—Esto no lo hizo Gabriel.
—Pero lo hizo alguien que no es tan fuerte como lo es él en este momento. Necesitarás mucha
ayuda para contenerlo cuando se vuelva violento.
—Yo jamás lastimaría a Erica —objetó.
—Puede que no concientemente, pero si algo
provoca tu ira y ella está en el camino…
Gabriel se levantó y fue a sentarse junto a
Erica, tomando ansiosamente su mano.
—¿Ves lo que haces? —señaló—. No creo que
seas conciente de cuánto necesitas la cercanía de
Erica para permanecer tranquilo, pero aún así buscas estar a su lado y encuentras la paz. Será imprescindible que en los peores días estén muy cerca, día y noche. Mi misión aquí no es sólo dar las
instrucciones, sino ofrecer la ayuda necesaria para que esto sea posible. Yo encontré mi luz y logré
superar la agonía gracias a la ayuda del doctor Fernando Saenz, que desde hace mucho tiempo se ha
encargado de buscar a personas como tú y yo, que
fueron maldecidas por un vampiro. La última carta
que te escribí fue pocos días después de descubrir
que era posible encontrar la libertad, pero después
de eso no pude escribirte más, no porque no quisiera, pero eso ya lo comprenderás.
”El doctor intentó escribirte, pero tú ya te
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© Maite Sánchez

habías marchado de aquella casa y aunque rastreamos las noticias para saber a donde te habías
mudado, no volvimos a hallar evidencias de la
existencia de un vampiro hasta hace poco tiempo
que comenzaron las noticias de un asesino en serie. Había algunos amigos del doctor buscando al
responsable, pero la carta de Erica llegó antes de
que ellos pudieran descubrir algo.
”Justo a tiempo, debo decirlo. Si hubiéramos
demorado un par de semanas más, todo el proceso de transformación podría haberse echado a
perder y uno o ambos habrían muerto. Pero ahora deben prepararse para lo que viene.
—¿Qué tenemos que hacer?
—Por lo pronto, deben buscar la forma de viajar conmigo. No sé si necesiten inventar algo, pero será mejor que se apresuren. Claro que el doctor puede brindarles ayuda, pero será mejor que lo
piensen pronto. Tienen menos de dos semanas.
—¿Por qué tan poco tiempo? —preguntó Erica.
—¿Por qué tanta urgencia? —reclamó Gabriel
al mismo tiempo.
Rita entornó los ojos y sonrió.
—Porque en dos semanas serás sencillamente insoportable y Erica debe tener aliados contra
ti. Creí que no querías hacerle daño.
Antes de que Gabriel pudiera argumentar en
contra de Rita, Erica intervino.
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—Inventaremos algo. ¿Qué haremos después
de eso? ¿Por qué debemos viajar?
—Lo único que harán será esperar. El único
objetivo de que viajen es que tengan toda la ayuda necesaria para sobrevivir los momentos duros
hasta encontrar su evento de luz. Nunca se sabe
cuánto demorará en suceder.
—¿Evento de luz?
—Ah si. Lo olvidaba —Rita mostró entusiasmo
por abordar ese tema, feliz de ser capaz de demostrar todo lo que sabía—. Encontrar tu luz solo es la
mitad de la cura, aún deben encontrar un evento
que haga irradiar tanta luz a tu corazón que no haya rincón alguno donde el vampiro pueda sobrevivir. Algo como un momento de felicidad absoluta.
—¿Cómo qué? ¿Cuál fue tu momento de luz?
—Tuve un bebé.
Como ambos estuvieron a punto de estallar
en pánico, ella se rió.
—Yo reaccioné igual cuando me contaron la
historia de Sally, una chica que se curó cuando
se hizo religiosa. Pero no hay una fórmula única.
Para Omar fue suficiente que el doctor lo adoptara. Conocí a otra chica llamada Nelly, una enfermera, que se curó al salvarle la vida a otra persona. Cada caso es diferente.
—¿Cómo sabremos qué hacer? ¿Cómo supiste que tener un bebé era lo que te curaría?
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—No lo sabía. Cuando el doctor logró descubrirme, tuve la oportunidad de conocer a Omar. Él
tenía 17 y yo sólo 15, pero nos enamoramos perdidamente y solo pensamos en pasar el resto de
nuestras vidas juntos, así que nos casamos. Después de nuestra noche de bodas me volví completamente loca, pero el bebé ya estaba en camino.
Fue muy difícil controlarme y evitar que matara al
bebé, pero nació mi niña y a partir de ese momento no tuve que volver a huir de la oscuridad.
Gabriel se levantó al escuchar la puerta principal
abrirse. Fue a echar un vistazo a la puerta de la sala.
—Es mi abuelo. Iré a decirle que ustedes están aquí antes de que se enfade.
Salió un instante y regresó pronto.
—¿Qué te dijo? —preguntó Erica, preocupada.
—Que estaba bien. Él iba a leer el periódico en
su cuarto, pero que le avisara si necesitaba algo.
—Parece que ya se están arreglando las cosas
con él.
—Jamás hubieran estado mal de no ser por…
La silla donde había estado antes perdió un
trozo de su respaldo ante la presión de la mano
de Gabriel. Rita se puso muy nerviosa.
—Erica, ¿tienes alguna razón por la que tus
padres creyeran que huiste de casa?
—No, ¿por qué?
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—Es que vas a necesitar una excusa rápido.
No creo que Gabriel pueda contenerse por mucho
tiempo. Deberíamos irnos ahora mismo.
La furia de Gabriel aumentó.
—No, aún no podemos irnos. Faltan dos semanas para el fin de semestre, aún podré controlarme… lo intentaré. No haré que Erica pierda todo un semestre por mi culpa.
—No podrás controlarte —aseguró, pero sólo logró irritarlo más. Aterrada, se levantó de su
lugar y puso toda la distancia posible entre ella y
Gabriel mientras le hablaba a Erica.
—Cálmalo. Siempre que lo veas así debes correr a calmarlo. Eres la única que puede hacerlo.
Ella obedeció levantándose de su asiento, pero dio dos pasos y se tambaleó. La habitación comenzaba a ponerse oscura. Las voces a su alrededor se volvieron murmullos.
—Se levantó muy rápido. Va a desmayarse.
Antes de perder el conocimiento pudo sentir
un cálido abrazo que la envolvió justo a tiempo
para evitar estrellar su cara contra el suelo.
Iba recuperando su conciencia poco a poco.
La primera sensación que recuperó fue el oído.
Un par de voces masculinas conversaban no muy
lejos de allí. Al inicio no identificó sus voces, pe299

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ro conforme fue ganando conciencia, distinguió a
Gabriel y a Mario como los que conversaban.
—¿Es forzoso que se vayan tan lejos? —Hizo una
pausa en lo que probablemente recibía una confirmación silenciosa a su consulta—, ¿Cómo lograrás
que la familia de esta chica la deje irse contigo?
—Aún no lo hemos planeado. En este momento es más urgente encontrar la forma de pasar las
veinticuatro horas del día junto a ella, o no podremos aguardar hasta que termine el semestre.
—Ella es bienvenida aquí, si crees que eso
ayudaría.
—Gracias, aunque no creo que sus padres la
dejen abandonar su casa y tampoco quiero separarla de ellos antes de lo necesario.
Ambos guardaron silencio, lo que le dio la
oportunidad a Erica de prestar atención al resto de sus sentidos que ya habían despertado.
La habitación en la que se encontraban no era
la de Gabriel, pero tampoco debía ser la de Mario ya que la decoración tenía un toque demasiado femenino. Además, su olfato le indicaba que
ese cuarto no había sido abierto en mucho tiempo ya que el aire y la frazada que la cubría hasta
los hombros tenían un aroma como a madera. No
hizo ningún movimiento para no interrumpir la
conversación que no tardó en reanudarse.
—¿Por qué no se van ahora? Perder un se300

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mestre no será demasiado grave y luego será todo más fácil para ambos.
—Entonces todas esas personas que tuvieron
que morir porque yo pudiera continuar estudiando, porque no quise renunciar antes... —Su respiración era pesada, casi como si estuviera evitando llorar o ponerse a gritar—. Sería todo un desperdicio. Si hubiera sabido antes que había una
forma de curarme, entonces no habría dudado en
renunciar y evitar tantas muertes...
—Si yo me hubiera dado cuenta antes de lo
estúpido que era culparte de la muerte de tus padres, no hubieras tenido que conservar ese empleo que te hacia tanto daño como bien. No lo necesitabas porque yo podía darte todo. No sé por
qué me tomó tanto tiempo entenderlo.
El silencio fue corto esta vez.
—Quizá todo hubiera sido diferente de haber
hecho esas cosas que decimos. Sin embargo, si
no hubiera sido por culpa del vampiro, nunca me
habría atrevido a acercarme a Erica y jamás habría encontrado mi luz. En este momento ella podría ser novia de alguien más. —Su voz sonó forzada mientras pronunciaba esta última frase—. Al
final, nuestras decisiones nos llevaron al punto
en el que estamos hoy y no podemos cambiarlas.
—Tienes razón. Es que nunca me puse a pensar lo que tú debías estar pasando con todo esto.
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—Lo sé, pero creo que te entiendo. Yo sé lo que
es estar a merced del vampiro y aún así no puedo
perdonar a Rita por lo que le hizo a mis padres.
El teléfono comenzó a sonar en ese momento y Erica escuchó un par de pasos antes de volver a oír a Mario hablar.
—¿Vas a renunciar al café?
—Sí, no hay otra opción.
—Sabes que ya no tienes que preocuparte
por eso, ¿cierto?
—La verdad, no estaba seguro de que hubiéramos llegado a ese punto aún.
—Si necesitas cualquier cosa, no dudes en
preguntarme —concluyó mientras se alejaba.
Erica ya se sintió en confianza de revelar que
estaba despierta, así que estiró los brazos y bostezó como si se hubiera despertado de un sueño.
—¿Cómo te sientes? —Gabriel se acercó y se
sentó en la cama junto a ella.
—Yo estoy bien. Yo... me alegro que te hayas
reconciliado con tu abuelo.
Él rió mientras se inclinaba a besarla. Cuando se
separaron, él le pasó los dedos entre el cabello y jugó
con sus rizos durante el resto de su conversación.
—Algo que tú le dijiste lo hizo reflexionar. Al
menos, eso fue lo que dijo cuando le reclamé que
por qué había tardado tanto en darse cuenta.
—¿Le reclamaste?
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—No es que yo haya querido hacerlo. Tú sabes que su rechazo me lastimaba mucho y ahora
que ya no me culpa no podría estar más feliz. Ese
día no pude evitar reclamarle y no sabía porqué
actuaba de esta forma tan... iracunda. Sin embargo, él lo tomó muy tranquilo y hasta se disculpó.
—¿Y tú te disculpaste con él?
—Algunas horas después, cuando ya había
pasado la tarde contigo.
Erica hizo una mueca.
—Gabriel, ¿que es eso de que debemos pasar
juntos día y noche?
—A Rita se le ocurrió que quizá podremos
terminar el semestre si logramos quedarnos bajo
el mismo techo las siguientes dos semanas. ¿No
se te ocurre alguna idea?
—Aún no, pero intentaré buscar alguna forma. ¿Rita se fue?
—Tiene un bebé que cuidar. Creo que comienza a agradarme esa chica.
—Pero aún no la perdonas. —No era una pregunta, sino una afirmación.
Él sonrió de medio lado.
—En este momento no me fío de mis sentimientos, pero tienes razón. Aún le guardo rencor.
Ella entornó los ojos y ahogó un gruñido, lo
que hizo que él volviera a reír.
—¿Renunciarás al café?
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—Intentaré pedir vacaciones. Si no me las otorgan, tendré que renunciar. Ahora sólo debo preocuparme de estar a no más de veinte metros de donde
estás tú y entre más cerca esté, mucho mejor.
—Es una lástima porque ya no veremos a Vivian tan seguido —confesó levantándose lentamente de la cama. Gabriel se apresuró a sujetarla
entre sus brazos para ayudarla. Ella sonrió complacida—. Aunque parece que yo salgo ganando.

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16
Punto de ebullición
A Erica se le había ocurrido un plan que involucraba un poco la colaboración de Mario. Llegaron a
su casa por la noche, cuando Sonia y Jorge ya estaban
allí, con todo un teatro armado diciendo que Gabriel
y su abuelo habían tenido una pelea horrible y que
le había prohibido regresar a su casa. De inmediato,
Sonia le ofreció la habitación de huéspedes. Jorge se
ofreció a hacer de intermediario con Mario, pero lo
único que logró fue que les dejara sacar las cosas de
Gabriel (aunque sólo Gabriel pudo entrar, para evitar
que Jorge viera su extraña habitación).
Esa fue la primera noche que pasó en casa de Erica.
Las clases eran extrañas. Entre el final de cursos
y el refuerzo de contenidos, los días se pasaban volando. Con todo lo que había sucedido, Erica se había perdido de muchas clases y entregas, por lo que dependía
totalmente del exámen para aprobar la mayoría de los
cursos. Gabriel estaba en una situación similiar.
Desde la semana anterior, Erica había evitado
encontrarse a solas con Orlando, sólo por evitarle un disgusto a Gabriel. En cuanto estuviera libre
del vampiro tendría que hablar con él sobre sus
actos. No iba a permitirle que la celara tanto, aunque él insistiera que sólo deseaba protegerla. Iba a
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enseñarle que ella sabía protegerse por sí misma.
Pero no pudo hacer mucho el miércoles, después de la clase de sociología. Como se la habían
pasado juntos todo el semestre, les asignaron un
trabajo en parejas para la clase. Al final, Orlando
siguió conversando con ella mientras salían y en
el pasillo se despidió de ella. Se inclinó para besarla en la mejilla, como siempre lo hacía, pero la tomó por sorpresa y la sujetó con fuerza mientras
la besaba en los labios. Ella forcejeó por largo rato
para que la soltara, pero débil como estaba y fuerte como era Orlando, sus esfuerzos eran inútiles.
Lo que ocurrió luego fue demasiado rápido para su debilitada atención. Sólo supo que de
pronto los rodeaba un grupo nutrido de estudiantes y que, a su espalda, Gabriel había tomado por
el cuello a Orlando y lo tenía contra la paed.
—Haz algo —suplicó la voz de Valeria, pero no
supo de donde provenía hasta que Nico se abrió
paso entre la multitud y se lanzó a separarlos. Gabriel se giró y lanzó un golpe directo a la mandíbula de Nico, que salió despedido con la fuerza del
golpe. Sólo hasta ese momento fue capaz de ver
sus ojos, que solo se diferenciaban de los iracundos ojos del vampiro por el color de sus puplilas.
Corre a tranquilizarlo, resonaron las palabras de Rita
en su memoria. Comenzó a moverese, pero el tiempo
que le demoró acercarse a él le pareció una eternidad.
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No podía detenerlo ni nada parecido porque
no era suficientemente fuerte para hacerlo. Tenía
que interponerse entre ambos para evitar que Gabriel matara a Orlando.
Como pudo, se sujetó al brazo de Gabriel y logró obtener la misma reacción que cuando Nico
intervino. Cerró los ojos al ver venir el golpe, pero
no llegó a tocarla.
Abrió los ojos con lentitud y miró directo al
rostro de Gabriel, que lucía horrorizado mientras
relajaba su puño y lo alejaba de ella, luciendo como
si fuera a salir corriendo en cualquier momento.
—Idiota —bufó Orlando mientras se limpiaba
un poco de sangre que le goteaba del labio.
A Gabriel volvió a hervirle la sangre, aunque
esta vez le fue más fácil controlarse al ser envolvido
suavemente en el cálido abrazo que Erica le brindaba. Respiró profundo y ella pudo tomar la palabra.
—Te lo merecías —recriminó—. Deberías estar agradecido de que no te tiró un diente y me
hubiera encantado que lo hiciera.
—Tuvo suerte de encontrarme desprevenido,
si no hubiera sido yo quien le tumbara un diente—
objetó mientras se marchaba.
Erica sintió como Gabriel volvía a tensarse, así
que lo abrazó con más fuerza hasta que se relajó.
Por suerte, el profesor Renato se había atrasado y la turba curiosa se había dispersado para
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cuando llegó, excepto el grupo de amigos de Erica, que ahora examinaba a Nico que no presentaba ninguna herida.
—Oye, que buen golpe tienes —le dijo a Gabriel.
—Lo siento, yo… perdí el control y no me fijé
que tú… —Gabriel no podía ni levantar la vista por
la vergüenza y el remordimiento que sentía.
—Vimos todo lo que ocurrió y yo concuerdo con
Erica, él se lo merecía —declaró Valeria sin dejar de
examinar el rostro de Nico, que no reflejaba dolor sino molestia por la exagerada atención de su novia.
—Quizá, pero no excusa que le hiciera daño a
Nico o que lastimara a Erica.
—Pero no me lastimaste. A mí no me pasó nada. No tienes por qué sentirte culpable. ¿Verdad
que no están enfadados con Gabriel?
—No —contestó Nico con total sinceridad.
—Solo un poco —respondió Valeria—, porque me
hubiera gustado que al menos le dejara un ojo morado.
Todos rieron, menos Gabriel y su estado de
ánimo fue sombrío por el resto del día.
A media noche, Sonia y Jorge ya se habían dormido y Erica ya estaba en su cama, dando vueltas
sin poder dormir. Por alguna razón, el decaimiento
de Gabriel le causaba demasiada ansiedad y no había tenido la oportunidad de preguntarle la razón
porque ahora que Gabriel había dejado de ir al café,
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Sonia tenía mucho cuidado de no dejarlos solos en
la casa y aunque seguía dándoles cuanta privacidad
pudiera, nunca estaba demasiado lejos. Claro que
les habían mentido, diciendo que había tomado las
vacaciones ahora que los exámenes etaban cerca.
Quizá era un buen momento para hablar con
Gabriel. Lo único que debía procurar era no despertar a sus padres.
Se deslizó fuera de la habitación sin encender
las luces y con los pies descalsos. Recorrió el corto
camino hacia las escaleras y tentando cada centímetro con la punta de sus pies, bajó los escalones
de uno uno hasta llegar al primer nivel. La habitación que le habían preparado a Gabriel estaba cerca de la cocina, originalmente pensada para ser el
cuarto del servicio. Ellos nunca lo habían usado
con ese fin, pero la habían arreglado tiempo atrás
para Erica, mientras se reponía de la apendicetomía. Por eso aún conservaba una decoración completamente floral.
La luz estaba encendida, aunque eso no era
indicio de que Gabriel estuviera despierto.
En cuanto Erica asomó desde atrás de la puerta, él se levantó un poco de la cama, apoyándose
con sus codos, para tener mejor visión de ella. No
se había cambiado y tampoco había deshecho la
cama, algo que le extrañó enormemente.
—¿Pasa algo? —preguntó cuidando del volu309

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men de su voz.
Sonriendo, entró en la habitación y cerró la
puerta tras de si para evitar que el sonido de sus
voces escapara del cuarto.
—Lo mismo pregunto yo.
Gabriel se dejó caer de nuevo sobre su espalda
mientras exhalaba fuertemente. Observó fijamente el techo hasta que Erica fue a sentarse en la orilla de su cama y le tomó la mano, entonces giró su
rostro hacia ella y suspiró.
—No quieres saberlo y no es algo que yo quiera contarte.
Erica contuvo un gruñido. Debía ser muy cuidadosa con sus reacciones y ser muy precavida
con las reacciones de Gabriel.
—¿Tan malo es?
—Prométeme que me dirás sólo la verdad y
que por un día no te importarán mis sentimientos
sino únicamente los tuyos.
La petición le sonaba muy extraña. Sus presentimientos no estaban tan equivocados. A Gabriel sí le
preocupaba algo más que lo ocurrido esa mañana.
—Te lo prometo.
Él volvió a dirigir su mirada al techo.
—No sé si... Es posible que sólo sea esta maldita voz en mi cabeza, pero... Es que a veces pienso
que... —Se llevó las manos al rostro, desesperado
por no poder concretar su pensamiento. Sin des310

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cubrir su cara, lanzó la pregunta tal y como estaba
en su cabeza— ¿Estás conmigo sólo por ayudarme
a deshacerme del vampiro?
Fue difícil asimilar la pregunta y Erica guardó
silencio más tiempo del que Gabriel hubiera querido, pues se apresuró a aclarar su declaración.
—Es que no entiendo cómo puedo gustarte si
después de todo sólo soy un repugnante monstruo.
Tenía que recordar que Gabriel era muy inseguro, un rasgo típico de la timidez. Sonrió mientras le tomaba las manos y las separaba de su rostro para poder verlo a los ojos.
—El Gabriel del que yo me enamoré es amable y valora la vida. Sabe que la violencia no lleva
a ninguna parte y sólo busca lo mejor para los demás, no importa si son desconocidos. Lo que hicieras durante la noche estaba fuera de tu control
y ese no eras tú.
—Sí, pero hoy...
—Hoy tampoco eras tú mismo. ¿No entiendes que
esto es sólo una etapa? Cuando la superes, podrás volver a ser el mismo chico tímido y amable que yo adoro.
El viernes fue la última clase antes de los exámenes y aún no tenían un plan para justificar su
futura ausencia. Todo cambió cuando llegaron a
la casa después de una furtiva visita a Mario y encontraron a Sonia en compañía de un hombre ma311

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yor. Ambos se mostraron muy complacidos de que
hubieran llegado.
—Hija, el señor Juárez los estaba esperando.
Me ha contado que ustedes se ganaron una beca
para un curso de fotografía en el extranjero. ¿Por
qué no me habían contado sobre eso?
—Ellos no estaban al tanto —intervino—. El
profesor Darío Almeda hizo la solicitud, antes de
morir, y parece que no llegó a notificarles. —Gabriel abrazó a Erica y así pudo darse cuenta de la
respiración forzada que trataba de ocultar, típica
de cuando intentaba controlar uno de sus ataques
de ira—. Busqué a Gabriel en su casa y me dijeron
que estaba aquí. ¿Son parientes?
—No, pero Gabriel es como de la familia —repuso Sonia—. ¿Cuándo es ese curso?
—Inicia la próxima semana. Los boletos de avión
están reservados para el miércoles por la tarde.
—¡Tan pronto! ¿De verdad tienen que ir? —Sonia
no estaba muy feliz con la idea de separarse de su hija.
—Vamos mamá. Es una oportunidad única en
la vida. Yo quiero ir, de verdad que sí.
—¿Y tú, Gabriel?
—Yo también quiero ir, pero sólo si Erica va
también.
Sonia no lucía muy convencida.
—Todo el tiempo estarán en compañía de los
encargados del estudio y la beca incluye aloja312

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miento y comida. No a cualquiera se le ofrece.
—No sé, tengo que esperar a que mi esposo
regrese. —Volteó hacia Erica—. Sé que ya eres mayor, pero tu padre se enfadará si no le consultas
primero. —Regresó la mirada al señor Juárez—.
Ahora me gustaría que me explicara todos los pormenores de la beca, pero primero le serviré algo
de beber. —Se levantó y comenzó a dar indicaciones—. Erica, ¿me ayudas? Gabriel, hazle compañía
al señor mientras nosotras no estamos.
—Con gusto.
Sonia se puso a servir los vasos mientras Erica les colocaba platillos y servilletas.
—¿Qué tiene Gabriel?
—¿Por qué la pregunta?
—No sé, últimamente luce como si separarse
de ti representara un terrible peligro. ¿Tanto miedo tiene de que te pase algo?
Guardó las apariencias lo mejor que pudo y
trató de inventar algo que justificara la forma de
actuar de su novio. ¿Por qué su madre podía ser
tan observadora algunas veces?
—Con todo lo que me ha pasado últimamente
y que casi me vuelvo a desmayar cuando estábamos en la universidad. ¿No me veo más pálida?
—Tú siempre has sido muy pálida. ¿Segura
que has estado comiendo bien? Quizá sea bueno
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que Gabriel esté tan al pendiente de ti, así te cuidarás mejor.
—Mamá, no soy anoréxica ni nada por el estilo. Pero tienes razón, tengo que cuidarme mejor.
Regresaron a la sala y ambos estaban en silencio. Gabriel intentó disimular su rostro dolido. Lo logró con Sonia que no lo conocía tan bien como Erica. Ella sabía que algo de lo que habían conversado
lo había entristecido realmente. Más tarde tendría
la oportunidad de preguntarle, cuando regresaran a
la universidad para hacer uso de la biblioteca.
—Nunca te lo conté porque no tenía la seguridad de ello, pero yo sospechaba que el profesor Darío sabía lo que yo era y que su muerte no había sido por casualidad. Me dijo que necesitaba hablar
conmigo y que lo buscara el lunes muy temprano.
—Pero no pudo cumplir la cita.
—Les tomó un tiempo vincularlo conmigo,
pero se dieron cuenta de lo que había ocurrido.
Él dio voz de alarma que podría haber otro como
ellos en una de sus clases, pero que aún no lo había
identificado realmente —Cerró los ojos con fuerza
y varias lágrimas se deslizaron por sus mejillas—.
Él quería ayudarme y yo lo asesiné.
—No fuiste tú —corrigió Erica con amor—. Recuerda que tú no eres el asesino aunque él quiera
que lo veas de esa forma.
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No era de sorprender que Jorge aceptara que
su hija viajara a recibir tan exclusivo curso, aunque sí se mostró algo receloso de que Gabriel la
acompañara. Su única preocupación era preparar maletas y ocuparse de los exámenes. Nicolás,
Paola y Valeria les hicieron una pequeña fiesta de
despedida y Jorge solicitó licencia para llevarlos
al aeropuerto. Harían una escala en Miami y luego
irían, supuestamente, a Nueva York. Eso era parte
de la farsa, ya que en Miami abordarían un avión
privado y de allí un coche que los llevaría a su destino final, un lugar desconocido para todos.
El único que estaba al tanto del verdadero itinerario era Mario, que solicitó que se le informara de todo lo que ocurriera. Esa despedida fue conmovedora, pues Gabriel estaba hipersensibilizado
y se emocionaba de que su abuelo volviera a tratarlo como antes de que ocurriera lo del vampiro.
Viajaron varias horas en una camioneta arreglada especialmente para contener al vampiro. La
parte trasera de ésta estaba provista de la mayor
cantidad de lámparas que habían podido instalar y
aire acondicionado para contrarrestar el calor que
las luces producían. Ambos se quedaron dormidos
en el automóvil e hicieron varias paradas antes de
llegar a un lugar montañoso. Oculto entre los bosques estaba su destino. La construcción a la que
llegaron lucía más como un hospital que como una
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casa. Había habitaciones a cada lado de un estrecho
pasillo hasta la mitad del recorrido donde el espacio se ampliaba revelando un salón que era ocupado por la sala y el comedor. El pasillo continuaba unos metros más hasta dar a una escalera. El segundo piso era similar, pero sin salón al medio.
La iluminación era como la de las oficinas, donde las luces neón están incrustadas en el cielo raso,
sólo que eran varias veces más brillantes. Las paredes estaban cubiertas de una pintura gris pálido
que contrastaba con la mitad de la pared que era
blanca. El piso era de azulejo blanco y sólo estaba
cubierto por una alfombra azul oscuro en el salón
del primer nivel. Allí, los sillones eran muy sencillos y tapizados con cuero sintético color blanco.
Los guiaron al segundo piso, a dos habitaciones contiguas en el lado de la casa que daba al sur.
Ambas habitaciones tenían amplios ventanales
y tragaluces. Ambas estaban provistas de varias
lámparas que, según la explicación de Omar, se
encenderían automáticamente cuando la luz del
sol se hiciera muy tenue. Toda la casa estaba diseñada para ser el sitio más iluminado de la tierra y
aún así había un aire muy oscuro en cada rincón.
—Estas serán sus habitaciones por ahora.
—¿Por ahora?
—Mientras todavía duermas
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No tardaron en ser presentados al doctor Saenz,
quien les explicó un poco más sobre como había comenzado su cruzada para encontrar a los “malditos
por la noche”. Al principio fue por una razón egoista.
Había escuchado rumores de un vampiro real
y sus verdaderas cualidades más allá de los relatos
de ficción y mitologías. Lo que más le había llamado la atención era la capacidad de curarse rápido
y la de sanar las heridas de otros con su saliva.
Tardó un poco en encontrar al vampiro y no fue
fácil convencerlo de que lo dejara usarlo como conejillo de indias. Logró contenerlo bastante tiempo
con la luz, casi por dos años, hasta que el vampiro se
reveló una única noche para hacer lo único que podía hacer para acabar con su propia vida.
Se arrancó el corazón con sus propias manos.
Para ese momento ya sabía, o sospechaba, de
la existencia de otro vampiro en un sitio alejado.
Tenía que continuar buscando pistas porque sus
avances eran pocos y no tendría tanto tiempo con
cada espécimen una vez los encontrara.
No contaba con que el vampiro que fue a buscar fuera solo un niño de ocho años.
Al ver al pobre chico, solo, desamparado y
desesperado por el tormento de su otro ser, su corazón se ablandó y decidió que le daría una vida
pacífica mientras eso fuera posible.
Ganarse la confianza del pequeño Omar para que
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lo dejara entrar en su vida fue más difícil de lo que creyó. El día que aceptó ir a casa con el doctor dijo que había dejado de escuchar al vampiro. Sin embargo, la mañana siguiente estaba presente de nuevo y más irritado que nunca. El pequeño temía por la vida del doctor
e intentó escaparse un par de veces sin lograr irse realmente. Siempre regresaba antes del atardecer.
Los cambios de humor eran desconcertantes.
La casa parecía arrasada por un tornado debido a
sus ataques de ira y luego pasaba hasta dos días
sin comer por la depresión.
Para entonces, el doctor ya había pensado en
adoptarlo y se lo comunicó. Luego vino la peor etapa
de la transformación. Fueron días angustiosos, pero
el doctor fue paciente y su cariño fue incondicional.
—Mi evento de luz fue el más simple de los que
hemos presenciado. Mi padre sólo tuvo que mostrarme el documento donde decía que oficialmente era
su hijo. Ya pasaron diez años desde ese momento y
hemos ayudado a muchos más a encontrar la cura.
—No es que podamos hacer mucho —corrigió
el doctor—. Sólo darle esperanza a los que han sido malditos y guiarlos cuando encuentran su luz
para que no la destruyan o se autodestruyan antes
de completar el proceso de transformación.
—Solo hemos visto un par de casos de éstos, pero fueron aquellos a los que no pudimos llegar a tiempo. Me alegra que eso no sucediera con ustedes.
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© Maite Sánchez

Aunque el relato de la curación de Omar fue
conmovedor e ilustrativo, había un agujero que
también había dejado Rita al contar su historia.
—Yo creía que este… sube y baja emocional
era lo peor de todo, pero ustedes dicen que hay
una etapa peor. ¿Qué me va a pasar luego?
Ambos intercambiaron miradas, mas no contestaron.
No demorarían tanto en descubrir lo que sucedía al avanzar a la siguiente fase. Aunque tuvieron bastante tiempo para adoptar la nueva rutina.
Se levantaban muy temprano y disfrutaban todos juntos de los primeros rayos del sol. El bosque
entero despertaba en un hervor de trinos y chasquidos y las ramas se estremecían cuando las aves
en parvada emprendían su vuelo. El río cercano
añadía un pequeño rumor a la música matutina.
La apreciación de todo esto y el aire puro de
las montañas era todo un ejercicio de relajación
para ayudarlos a soportar el resto del día.
Iban muy temprano a la ciudad más cercana
donde realmente tomaron un curso de fotografía
con uno de los amigos del doctor Fernando, así no
tendrían que mentirle a sus padres totalmente.
Muchas veces, con el ir y venir de la gente, Gabriel regresaba muy irritado y hacer que se tranquilizara demandaba mucho de la paciencia de
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© Maite Sánchez

Erica, que terminaba el día agotada.
No era el mejor momento para resfriarse, pero Erica no pudo hacer mucho para evitarlo. Su
sistema inmunológico estaba muy debilitado por
sus encuentros con el yo nocturno de Gabriel y eso
la obligó a pasar varios días en cama y encerrada
en casa. Gabriel estuvo todo el tiempo al pendiente hasta que ella sanó, sin dejar de culparse por su
enfermedad.
Ya habían estado una semana en la casa y Rita no se había acercado, aunque venían al doctor
y a Omar todo el tiempo. Incluso habían conocido
a su pequeña hija, Luz.
—¿Por qué Rita no está aquí? —preguntó Erica.
—Ella está aquí, solo que está evitando a Gabriel. Sabe el odio que le tiene y no quiere empeorar su estancia aquí.
—No la odio —confesó con algo de tristeza en
su voz—. No creo que de verdad lo haga. No tiene
porqué jugar a las escondidas por mi culpa. Ya los
he puesto en suficientes problemas.
—Has sido relativamente tranquilo. Rita fue
la más problemática hasta ahora…
Todas las noches se les iban en escuchar las historias de todos aquellos que fueron ayudados por el doctor y los que estaban involucrados con la búsqueda.
El profesor Darío había sido vampiro por cinco
años antes de que el doctor Sáenz lo conociera y lo fue
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© Maite Sánchez

por al menos dos años más. Ahora sabía que no podía
encerrar por siempre al vampiro sin arriesgar la vida
del anfitrión, pero esa regla no se aplicaba cuando se
encontraba a la verdadera luz, aunque el proceso de
cambio era muy engorroso y hasta peligroso.
Erica se quedaba dormida escuchando las historias y siempre despertaba en su cama, sobresaltada
por las pesadillas de Gabriel. Aún no sabían cual era la
razón para esa extraña conexión que tenían y el doctor se había enfrascado en la búsqueda de una respuesta. Para eso estaba contactado a todos sus conocidos por si ellos tenían alguna idea de lo que sucedía.
Un día, cuando regresaron de la ciudad, Rita los
estaba esperando. Aún se rehusaba a presentarse
ante Gabriel por temor a que alguien resultara lastimado, aunque éste había insistido en que no haría
nada. Lo cierto era que cada día estaba más irritable
y a Erica le costaba mucho tranquilizarlo.
Rita tenía una razón muy fuerte para estar ese
día al pendiente de su regreso. La pequeña Luz estaba enferma y necesitaba con urgencia una medicina que ya se les había acabado. Omar no estaba en
casa y el doctor tenía algunos asuntos pendientes,
así que solo los había llevado al sendero que conducía a la casa y se había vuelto a marchar. Los había
llamado a sus celulares, pero ninguno le contestó.
Fernando seguramente se había quedado sin carga
y Omar debía estar fuera de cobertura.
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—Nosotros podemos ir —ofreció Gabriel.
—No puedes salir —interrumpió Rita—. No estarías de vuelta antes del anochecer y no puedes
arriesgarte a estar a solas con Erica en la tenue luz
de la carretera. Yo...
—Así que vuelvo a ser esclavo de la luz —protestó alzando la voz. Entró a la casa, dando un portazo al hacerlo. Rita suspiró.
—¿Puedes cuidar a Luz unas cuantas horas?
Iré a la farmacia yo misma.
—Sí, claro —accedió Erica—. ¿Dónde está?
—Hay una habitación a la que sólo puede accederse desde la cocina.
—No te preocupes por nada. Vete sin pendiente.
Ya había oscurecido cuando el doctor Fernando llegó a la casa. Erica no había tenido la oportunidad de ver como estaba Gabriel en el tiempo que
estuvo cuidando de Luz. Era hora de cenar y ella
pensó en hacer la cena. Preparó algo sencillo y dispuso de una bandeja para llevarle algo a Gabriel.
Entró con cautela en la habitación y lo encontró recostado en su cama, dándole la espalda a la
puerta y con la mirada fija en la enorme ventana.
La puerta emitió un ligero chirrido mientras ella
la cerraba, lo que la delató por completo.
—Volví a hacerlo, ¿no es cierto?
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© Maite Sánchez

—¿Qué cosa?
—Me estoy comportando como un niño con
rabietas. ¿Como me soportan?
Erica dejó la bandeja sobre la mesa de noche y
se deslizó en la cama hasta quedar recostada frente a él, capturando su mirada con la suya.
—Ellos comprenden a la perfección por lo que
tú estás pasando.
—¿Y tú? Nunca antes has tenido que pasar
por esto y si ni siquiera yo me soporto...
—Conmigo es distinto. Yo te amo y no me separaré de ti nunca.
Él suspiró, mirando las siluetas de los árboles
en el exterior de la casa.
—¿Y si nunca encontramos nuestro evento de luz?
Ella se quedó pensativa un momento.
—Mientras cuidaba a la bebé me puse a pensar... —titubeó mientras sus mejillas se teñían de
rojo—. Si tenemos un bebé, quiza...
Su risa la interrumpió. Él le dedicaba una mirada llena de calidez.
—Yo no creo que eso funcione. Recuerda que
es un momento de inmensa felicidad. ¿Serías inmensamente feliz con un bebé en este momento?
Probablemente tendrías que dejar la universidad
al menos un semestre más para cuidarlo, sin contar que tu madre se sentiría muy decepcionada de
que la hayas hecho abuela siendo tan joven.
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Erica hizo una mueca.
—No, probablemente no esté tan contenta
con eso, pero si tú...
—Yo tampoco sería inmensamente feliz porque es algo que no te hace feliz. —Ahora él también se había sonrojado—. Pero me alegra saber
que estás dispuesta a hacer un compromiso tan
permanente conmigo.
Erica sonrió y se acomodó en la cama para poder estar suficientemente cerca para besarlo.
—Por el resto de mi vida y aún después de esta.
No se percató del momento en que se habían
quedado dormidos. Gabriel la había abrazado después de besarse y ella se había recostado sobre su
pecho. Conversaron un poco más sobre la forma
de encontrar el evento de luz y el sueño comenzó
a hacer que sus párpados pesaran.
Despertó con el sonido del despertador. Era la
primera noche desde que habían llegado a ese lugar en el que habían podido dormir sin interrupciones. Gabriel también había despertado y, al descubrir que era de día y Erica aún estaba con él, sonrió complacido. Ella le devolvió la sonrisa y volvió a
recostarse a su lado para estar frente a frente.
—No recuerdo cuando fue la última vez que
dormí tan bien —le confesó.
—Entonces debería dormir contigo todas las
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noches.
El gruñido de sus estómagos interrumpió el
ambiente del momento, haciendo que ambos rompieran en risa.
—Para la próxima, comeremos algo antes de
dormir —bromeó ella—. Me muero de hambre.
—Yo también. ¿Por qué no vamos por algo de
desayunar?
—Sí, sólo iré a cambiarme de ropa. No tardo.
Aunque hubiera querido dejar de sonreír, no
hubiera podido hacerlo. Mientras se vestía, mientras se peinaba, le sonreía a la Erica en el espejo. No estaba segura de lo que estaba sucediendo
y sin embargo estaba segura de la felicidad que le
causaba estar junto a Gabriel.
De repente se escuchó un grito desgarrador
que provenía del cuarto contiguo. Dejó caer el cepillo que tenía en su mano y ni siquiera había llegado al suelo cuando ella ya tenía la perilla de la
puerta bien sujeta y se disponía a salir. Escuchó
pasos veloces que venían desde la escalera, aunque no los esperó sino que abrió la puerta de la
habitación de Gabriel y entró decidida.
Gabriel se retorcía y gritaba como si hubiera caído en agua hirviendo. Su primer instinto fue
acercarse y emplear toda su fuerza para que dejara
de convulsionar. Sólo logró que él la empujara y la
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lanzara hacia el otro lado de la habitación. Omar y
el doctor llegaron en ese momento y con la fuerza
de ambos fue posible dominarlo un momento, suficiente para que Rita llegara con una hipodérmica y
le administrara un tranquilizante al pobre Gabriel.
—Ya empezó —suspiró Omar cuando Gabriel
se tranquilizó.
—¿Qué le pasa? ¿Por qué se puso a gritar así?
—exclamó Erica al borde de la histeria.
—Es hora de que se muden de habitación. Te
lo explicaremos abajo.

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Delirios
Gabriel ahora dormía profundamente en una
habitación que Erica sólo había visto en las películas. Las paredes estaban completamente acolchadas, a excepción del techo, que era una inmensa
luz blanca. Sólo había una pequeña puerta, invisible desde dentro por estar forrada como las paredes. Era como un manicomio y ahora Gabriel tenía
que pasar sus días allí por su propia seguridad.
Entre los tres le explicaron a Erica lo doloroso
de ésta última fase. Era la más peligrosa y delicada
de todas. El vampiro ya no tenía control alguno sobre el conciente de Gabriel, pero aún podía entrometerse con su inconciente y aprovecharía todo lo
que tuviera a su alcance para lograr un instante de
descuido para poder volver a tomar control sobre
el cuerpo de Gabriel y acabar con la vida de Erica o
de él mismo. Ya no era indestructible y cualquier
cosa que intentara podría resultarle exitosa.
Erica tendría que pasar la mayor parte del
tiempo con él y siempre estarían vigilados por alguien más, en caso ella necesitara la ayuda. Él estaría demasiado débil y adormecido como para
representar un peligro para ella. No obstante, los
ataques serían cada vez más fuertes y lo dejarían
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cada vez más extenuado.
Esa no era la peor parte de todo, pero Erica
lo descubriría por su cuenta.
La habitación junto a la de Gabriel era relativamente normal, pero tenía conexión a la salita desde donde monitoreaban su estado y por lo
tanto era muy fácil llegar allí cuando ella lo deseaba. Los tranquilizantes tenían a Gabriel en un
estado de adormecimiento y no podía siquiera
detenerse en pie. Erica había insistido en ser ella
quien le diera de comer, ya que el doctor Saenz
había decidido que ellos se encargarían de brindarle todos los cuidados y ella sólo debía ser su
compañía durante el resto del tiempo.
Quería tanto verlo bien que pasaba algunas
noches en la misma habitación con Gabriel, que
ni con los calmantes lograba conciliar el sueño.
Muchas veces estuvo a punto de quedarse dormido y repentinamente comenzaban los ataques.
Rita le había enseñado a administrarle el sedante,
pero pronto no funcionó más.
Las tardes que llamaba a su madre o conversaba por Internet con su padre tenía que esforzarse
por no demostrar la ansiedad que le causaba su separación de Gabriel, aunque fueran unos minutos y
siempre tenía que mentir cuando ella le pedía conversar con él. Mario estaba completamente al tan328

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to de la situación en la que estaba su nieto y siempre que conversaba con Erica tenía que disimular
su preocupación para no aumentar la de la joven.
Había pasado una semana desde que Gabriel
estaba en la nueva habitación. Como todas las
mañanas, Erica entró para darle su desayuno y lo
encontró en el rincón más alejado de la puerta,
con la mirada perdida en ningún lado.
—Te traje tu desayuno. ¿Tienes hambre?
Él la miró fijamente y la siguió con los ojos
mientras se acercaba y colocaba la bandeja a su
lado. Se sentó junto a él y le sonrió amablemente,
intrigada por la forma tan exhaustiva con la que
parecía estarle examinando el rostro.
—¿Qué te sucede?
Parecía confundido. Su frente se arrugó
mientras continuaba examinando cada una de las
facciones de Erica, hasta que finalmente habló.
—¿Quién eres tú?
Al inicio no lo entendió, o se negó a entenderlo, así que contestó como si la pregunta hubiera sido lo más normal del mundo.
—Soy Erica, tu novia.
—¿Mi novia? No, yo no puedo tener novia
porque soy un monstruo —dijo con demasiada
tranquilidad—. ¿Es esto un sueño?
Las lágrimas y los sollozos se le atoraron en
la garganta mientras intentaba mantener su son329

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risa inicial. Le siguió la corriente y se aseguró de
que comiera. Mantuvo la serenidad hasta que él
terminó y ella pudo llevarse los platos; llegó a la
cocina y los dejó en el lavabo.
Entonces rompió en llanto.
—No me recuerda. No sabe quien soy —sollozó cuando Rita se acercó. Ella la abrazó mientras intercambiaba miradas compasivas con su
esposo. Con suavidad, la condujo hacia la sala y la
ayudó a sentarse en un sillón.
Omar se sentó en una de las sillas del comedor
mientras Rita se encargaba de tranquilizar a Erica.
—Esperábamos que Gabriel no tuviera que
pasar por eso. Muchos no lo hacen —confesó—.
El vampiro está intentando que ustedes se rindan
en su propósito y por eso trata de desanimarte.
¿Te mostraste triste mientras estaba con él?
—No, él creía que todo era un sueño y yo fingí que era así.
—Hiciste bien. Si se da cuenta que esa treta
no funciona, es posible que lo deje recordarte.
—¿Cómo puede hacer eso? ¿Cómo logró que
él me olvidara tan fácilmente?
—Está usando la misma habilidad que usaba
para bloquearle su conciencia cuando se apoderaba de su cuerpo. Sólo que ahora la usa para bloquear partes de su memoria. Gabriel también la
debe estar pasando mal —lamentó—, aunque quizá
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sea bueno que crea que está dentro de un sueño.
—O una pesadilla —protestó Omar—. Olvidarte de
todo lo bueno y no tener más que los recuerdos de…
—¿Tú también pasaste por eso?
Él negó con la cabeza.
—Pero fui testigo de cómo torturaba a Rita.
Yo no fui tan sabio como tú y mostré mi dolor ante ella cuando dijo que no me recordaba.
—¿Cuánto tiempo estuvo así?
—Hasta que Luz nació —contestó ella.
Erica se revistió de serenidad antes de volver a entrar a la habitación de Gabriel. Él no había cambiado de posición desde que ella se había
ido y su mirada siguió firme en su rostro.
—Volviste —dijo aliviado.
—Así es. No me separaré de tu lado, te lo prometí.
—¿Por qué? —Su forma de hablar y su actitud se parecían más a las de un niño.
—Porque tú eres muy importante para mí.
—¿De verdad?
—Sí. Tienes un lugar muy especial en mi corazón.
—¿De verdad eres mi novia?
—Sí, desde hace ya un tiempo. ¿No recuerdas
que iba todas las noches al café Alba para verte?
—No lo recuerdo, pero está bien. Es un sueño, no tengo por qué recordar nada.
—¿Por qué estás tan seguro de que es un sueño?
—Porque ya te he visto otras veces en mis
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sueños. Tienes unos ojos muy bonitos.
—Los tuyos también son muy lindos —respondió sonriéndole.
Gabriel dejó de mirarla y recostó su mejilla
contra la pared.
—No debería soñar tanto contigo. Será muy
doloroso si después te asesino.
Él debía estar recordando el tiempo en que
solo fueron amigos y aún no le explicaba la razón
de su reticencia a ser amigos.
—Tú no me harías daño.
—No, puede que yo no. Pero no conoces mi
lado oscuro.
La conversación comenzaba a molestarlo, así que
decidió desviar un poco el rumbo que estaba tomando.
—¿Sueñas muy a menudo conmigo?
—Desde que te vi aquel día en la universidad.
Me gustaría saber si te diste cuenta que te estaba viendo. Seguramente no, porque ibas con tus
amigos y ese sujeto. —El tono despectivo de las
últimas palabras le causó gracia a Erica. Sin embargo, la ocasión que él había relatado no era la
que ella recordaba como su primer encuentro.
Gabriel estaba hablando de otro encuentro.
—¿Cuándo fue eso?
—Fue en febrero, cerca del día de San Valentín. Lo recuerdo bien porque en el café estaban
obsesionados con la decoración y había corazo332

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nes por todos lados.
—¿Por qué te fijaste en mí?
—Nunca veo a la gente a mi alrededor, pero
en ese momento levanté la vista y me crucé con
tu mirada. No pude apartar mi vista y jamás podré
olvidar tus ojos. Esa será mi maldición si te llega a
pasar algo y es lo que menos deseo en el mundo.
Ahora lo recordaba. Había visto a Gabriel varias
veces en la facultad y siempre iba caminando con la
mirada al suelo. Ese día también lo había visto a los
ojos y se quedó admirada del hermoso color que tenían. Orlando la había distraído inmediatamente y
no había recordado ese momento hasta ese instante.
—Yo también te vi ese día —confesó con una
sonrisa—. Me gustaron mucho tus ojos.
Eso volvió a captar la atención de Gabriel. Sus ojos
se habían llenado de lágrimas y la miraban suplicante.
—Me hubiera gustado acercarme y hablar contigo. Cuantas veces he soñado con verte sonreírme
como le sonríes a él o poder tocar tu piel —levantó su mano e intentó tocar la mejilla de Erica, deteniéndose a escasos milímetros de ella para dejarla caer pesadamente—, pero eso nunca será posible
—se lamentó—. Yo nunca dejaré de ser un monstruo.
Impulsivamente, Erica le tomó el rostro con
ambas manos y lo besó tiernamente. Sin soltarlo,
lo obligó a verla a los ojos y así pudo hablarle.
—Nunca has sido un monstruo. Tienes un cora333

© Maite Sánchez

zón muy bueno que está atormentado en este momento, pero un día llegarás a ser libre. Te lo prometo.
Él desvió la mirada.
—Que hermoso sueño. Ojalá no tuviera que
despertar.
—¿Y si te dijera que esto no es un sueño, sino
una pesadilla y que cuando despiertes todo será
mucho mejor que lo que recuerdas?
—Es muy difícil de creer —volvió a mirarla—,
pero parece que este sueño no terminará pronto,
así que lo disfrutaré cuanto pueda.
Ella le sonrió y volvió a besarlo.
Gabriel estaba agotado, así que Erica le permitió que se recostara en sus rodillas. Le acarició el cabello, esperando que se relajara y lograra
dormirse, pero no parecía ser suficiente para que
él conciliara el sueño. Hacía días que no dormía
nada y apenas comía lo que Erica le ofrecía.
Sin embargo, parecía disfrutar de sus conversaciones y como creía que todo era un sueño no tenía reservas en contestar a todas las preguntas que Erica hacía.
—Dijiste que nunca veías a la gente a tu alrededor. ¿Por qué haces eso?
—Si evito relacionarme con las personas, es
menos probable que las ataque mientras no soy
yo. Es como si disfrutara de hacerme sufrir cuando muere alguien a quien he visto antes.
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—¿Y por qué es distinto conmigo? Aún sigo
viva, ¿verdad?
—Yo también me pregunto lo mismo.
Despertó y era ella quien tenía la cabeza sobre las piernas de Gabriel. Él se entretenía con
una hebra de su cabello que entorchaba entre sus
dedos. Su mirada estaba nuevamente en ningún
lugar, hasta que ella se movió.
—¿Dormiste bien?
—Sí, aunque no me di cuenta a que hora me
quedé dormida. Perdón.
—Es lindo verte dormir. Sonreíste un par de
veces mientras lo hacías. ¿Tuviste buenos sueños?
No lo recordaba. Si no eran las pesadillas de
Gabriel, no podía recordar ninguno de sus propios sueños. ¿Tendría eso algo que ver?
Revisó su reloj y eran cerca de las ocho. ¿Por
qué nadie había ido a despertarlos aún?
—Me iré solo un instante —advirtió suavemente mientras se levantaba. En los ojos de Gabriel había una súplica silenciosa para que no se fuera—. Te
traeré el desayuno, necesitas comer algo.
—Creo que comienzo a creerte lo de la pesadilla.
No tengo hambre sólo se me antoja... beber sangre.
—¿Lo ves? —dijo tratando de ignorar su macabra revelación—. Ya despertarás y verás que todo ha pasado.
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© Maite Sánchez

Salió del cuarto y fue a cambiarse rápidamente. Fue a la sala y encontró a los otros tres habitantes de la casa muy afanados con varios papeles.
—Buenos días —saludó con temor a interrumpirlos.
—Buenos días, Erica —saludó el doctor—.
¿Cómo sigue Gabriel?
—No ha mejorado, pero al menos está tranquilo. ¿Qué es todo eso? —añadió señalando la
pista de hojas en la mesa.
—Pistas —respondió Rita—. Creemos que hay
otro vampiro y reunimos pistas para saber donde está. Pensamos que se desplaza hacia el norte, probablemente a pie o pidiendo aventón de vez en cuando.
—¿Cómo saben eso?
—Aunque la forma de asesinar es la misma, el
modo en que cada vampiro varía dependiendo del
caso —confesó Omar con arrepentimiento—. Yo
solía romperles el cuello y prefería los callejones.
—Yo desmembraba a mis víctimas —lamentó Rita.
Gabriel había sido benévolo con sus víctimas,
al menos hasta que supo que aquello la afectaba
también. Los secuestraba y los daba por desaparecidos un par de días hasta que regresaba su cadáver a un punto totalmente distinto de donde
los había raptado.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por
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un grito desgarrador de Gabriel. Erica fue la primera en reaccionar y corrió a la habitación donde él estaba. Gabriel yacía de rodillas, con la cabeza entre éstas y las manos halaban de sus cabellos. Volvió a gritar y cayó de costado, retorciéndose como si tuviera espasmos en la columna.
Erica se lanzó a abrazarlo y logró detener un
poco el movimiento frenético de su cuerpo. El doctor llegó con una jerigna ya cargada y con la ayuda
de todos logró introducir el líquido en sus venas.
Demoró un par de minutos en hacer efecto y finalmente se quedó tranquilo y se durmió. Ella sabía
que ese sedante debía ser demasiado fuerte, que
por eso no lo habían usado antes y se preguntaba
por qué había cambiado de opinión el doctor.
—Avanza demasiado rápido —señaló Omar—.
Nadie había llegado tan pronto a esta etapa.
—¿Qué le pasará? —interrogó Erica entrando
en pánico.
—Se dejará morir. A partir de ahora será como si estuvieramos tratando con un zombie
—contestó Rita con tono solemne.
—Iré por el suero —anunció Omar.
Gabriel durmió el resto del día. Erica pasó casi
todo el tiempo vigilándolo, pero Rita la convenció de
que aprovechara el momento para llamar a su casa.
—¿Como esta todo, hija? ¿Aún no les dicen
cuando estarán de regreso?
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Sonia comenzaba a sospechar.
—No. Aún no nos dicen.
—Ojalá lograran regresar para la navidad. No
me gustaría pasar lejos de ti las fiestas.
Erica extrañaba a sus padres y tampoco deseaba pasar lejos las fiestas. Era solo que el sufrimiento de Gabriel ocupaba una escala más alta
en sus prioridades. Aún así, intentó sonar entusiasmada.
—Ojalá sea posible, mamá. Quizá estemos allá
antes del cumpleaños de Gabriel.
Hubo silencio al otro lado de la línea. Su intento había fallado.
—¿Mamá?
—Hija, hace tiempo que te noto... no sé, muy
apagada. ¿Sucede algo?
Algo debía decir, aunque fuera una mentira. Por
una parte, era un alivio que ella no estuviera allí para verle el rostro y detectar que no decía la verdad.
—La hemos pasado mal. Creo que fue un virus o algo. La semana pasada, cuando te llamé,
recién comenzaba a sentirme mal. Ahora es Gabriel quien lo tiene y él está grave, muy grave
—No pudo evitar que le temblara la voz en las últimas palabras. Su mentira se parecía demasiado
a la verdad como para que Sonia no la creyera.
—¿Qué dijo el doctor? ¿Por qué a él le afectó más?
—El virus mutó o algo —inventó sobre la
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marcha—. No lo sabemos, pero está solo en una
habitación y con una intravenosa. Se ve tan indefenso allí dormido yo me siento tan impotente.
—¡Ay, hija! —exclamó recobrando su tono
normal de voz—. Cuando tengas hijos será peor,
ya verás. Por cierto, no están pensando en eso todavía, ¿cierto?
—¡Mamá! No es momento para pensar en eso.
—Yo sólo decía. Hija, cuídate mucho, por favor.
—Lo haré. Besos a papá.
—Escríbele pronto y espero que Gabriel mejore. Erica...
—¿Qué pasa?
—No te cases pronto. Te extrañaría demasiado.
—Adiós mamá. —Cortó antes de que Sonia
pudiera añadir nada más.
Aunque aún no había considerado la posibilidad, pasar el resto de su vida con Gabriel se le antojó más de lo que se hubiera imaginado.
Rita, Omar, Fernando y la pequeña Luz estaban en la sala, actuando como si solo fuera otra
tarde más en familia. Pudo imaginarse el cuadro
con su propia familia y le dieron deseos de llorar.
Se refugió en el cuarto de Gabriel y se sentó
junto a la camilla donde ahora descansaba.
—Tengo miedo —reveló—. No estoy completamente segura de que logremos hallar ese evento de luz . Trato de mantener la esperanza aun339

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que cada día sea más difícil. ¿Sabes qué me dijo
hoy mi madre? Me pidió que no me casara pronto. No lo había pensado hasta ese momento y me
di cuenta de que sería hermoso pasar el resto de
mi vida contigo, no importa como, pero quiero
estar siempre a tu lado.
Gabriel seguía durmiendo profundamente.
—No sé si tú tienes el mismo deseo. En realidad, no sé si tendría el valor de decirtelo si estuvieras despierto. Sólo quiero que estés seguro de
que pase lo que pase, no me iré de tu lado.

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18
Tinieblas
Un par de días transcurrieron sin novedad.
Gabriel había despertado y parecía reaccionar a
los estímulos externos, pero no comía, ni hablaba, ni dormía.
Erica permanecía la mayor parte del tiempo en su cuarto, hablándole o tratando de que comiera. Ambos tenían ojeras muy marcadas y él
lucía como si la vida se le estuviera escapando.
El doctor se debatía ante la posibilidad de
darle a beber sangre. Habían probado con transfusiones y éstas no habían tenido ningún efecto. Rita y Omar se oponían, pues eso sólo fortalecería al vampiro y podría atrasar el progreso que
llevaba. Tampoco garantizaban que eso fuera de
ayuda para Gabriel, ya que el vampiro se alimentaba más de su miseria que de la sangre.
Erica apenas se separó de él para dormir un poco, darse un baño y hablar con Mario. Su vida era
estar junto a Gabriel y no le importaba nada más.
Rita era quien la obligaba a salir de vez en
cuando de la habitación, como esa tarde. Con la
excusa de que su padre iba a preocuparse por
ella, la obligó a que conversara con él desde la
computadora que estaba en la oficina del doctor.
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Estaba en la habitación frente a la de Gabriel, por
lo que podría estar atenta a él.
En eso estaba cuando Omar llegó a avisarle
que saldrían un momento. Habían encontrado al
vampiro que estaban buscando y pronto lo traerían como huésped a la casa, por lo que tenían
que ir a recogerlo a la ciudad. No demorarían
mucho y quizá estarían en casa antes del anochecer. También se llevarían a Luz.
Gabriel seguía ausente y Erica lo visitaba cada quince minutos, ya que su padre no la dejaba
despedirse. Afuera había comenzado a llover y la
lluvia se había convertido en tormenta. Comenzó
a temer por la seguridad de los otros.
Un fuerte relámpago resplandeció en todas las
ventanas y las luces se apagaron un segundo antes de volver a encenderse, aunque su conversación
con su padre se interrumpió por la falta de servicio.
Las luces del pasillo y la sala estaban apagadas porque aún había luz afuera, pero las del
cuarto de Gabriel y la antesala a éste estaban encendidas como lo estaban todo el tiempo desde
que él la ocupaba. Era tranquilizante saber que la
casa estaba tan bien preparada.
Fue a ver como estaba Gabriel. El pobre se
había bajado de su camilla y estaba ahora en el
rincón más apartado del cuarto, actuando como
si fuera un gato asustadizo.
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Se acercó lentamente mientras él intentaba
alejarse aunque tuviera la pared detrás de él. Se cubría el rostro con sus brazos, como protegiéndose.
—Tranquilo —murmuró—. No pasa nada.
Al escucharla, descubrió su rostro y la miró con
los ojos desorbitados, como asombrado de verla.
—Erica —gimió tratándo de levantarse sin
éxito, pues estaba muy debilitado.
—Calma —Erica se apresuró a sostenerlo y
ayudarlo a volver a la camilla. Ni un segundo él
había despegado su mirada de ella. —¿Mejor?
—¿Qué hago aquí? ¿Dónde estamos? —preguntó con ansiedad.
—Estamos en la casa del doctor Saenz y estás
aquí para curarte —dijo intentando mantener la
calma—. ¿Recuerdas quien soy?
—¿Acaso perdí la memoria? ¿Por qué me
siento como si hubiera estado a punto de cambiar? ¿Te hice daño?
—Las luces fallaron un segundo. Supongo que él creyó que podría aprovecharse de ello
—contestó. Quiso evitarlo, pero la voz le tembló
demasiado—. Por suerte, parece que el lugar está protegido contra los apagones. Afuera hay una
tormenta torrencial.
—¿Por qué lloras? —dijo acariciándole la mejilla y secando una lágrima que se había deslizado
de su ojo.
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© Maite Sánchez

—Es que estoy contento de verte bien aunque sea un corto tiempo. No has sido tu mismo
los últimos días.
—¿Tan malo ha sido? En realidad me siento como si me hubiera arrollado un tren y todo me da
vueltas, pero tenerte cerca es como mi ancla con la
realidad, lo que me impide volverme loco —El sonido
del timbre del teléfono llegó a ellos en ese momento
y fue muy insistente—. ¿Por qué nadie contesta?
—No hay nadie más en la casa, pero no pienso
ir a ningún lado. Si te dejo ahora, no sé si podrás
conservar la cordura y hay mucho de lo que quiero hablarte antes de que vuelvas a olvidarme.
—Podría ser urgente.
—No me iré de tu lado —insistió.
—Erica...
—No me harás cambiar de opinión —concluyó mientras acercaba su silla y se acomodaba
junto a él—. ¿Por qué no me habías dicho que soñabas conmigo?
Él no pudo ocultar su sorpresa y el sonrojo
de su rostro.
—¿Cómo lo supiste?
—Me lo dijiste creyendo que soñabas otra
vez. ¿Qué clase de sueños eran?
—¿Recuerdas cuando salimos la noche de
Halloween? —Ella asintió—. Algo así, pero sin
entrometidos.
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© Maite Sánchez

—Así que estuviste soñando nuestras citas medio año sin dirigirme siquiera una mirada
—reclamó con voz dulce.
—No es cierto —contestó sonriéndo como
era su costumbre—. Sí te miraba, pero tú no te
dabas cuenta.
La confesión la tomó por sorpresa.
—¿Cuándo me mirabas?
—Al principio me conformaba con los pocos
minutos que te veía con tus amigos entre clase y
clase. Fue diferente al inicio del siguiente semestre,
cuando me di cuenta que compartíamos clases.
—¿Por eso siempre te sentabas al fondo del
salón?
—No, eso era para no hablar con nadie. Para verte me aprovechaba de la clase de redacción, que tú te
sentabas a un lado del salón con tus amigos y no te
darías cuenta de que me distraía observándote.
—¿Por eso ibas tan mal en esa clase? Con razón no entendías los ejercicios —Ella rió y él la
imitó luego—. ¿Cómo hiciste con comunicación?
—Tú te sentabas cerca del profesor, así que
era fácil poner atención y complacer a mis ojos al
mismo tiempo.
—¿Me acosabas todos los días?
—No —contestó riendo—. Recuerda que no
teníamos clases juntos los martes y tampoco te
veía los sábados y domingos.. En esos días me
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© Maite Sánchez

embargaba una ansiedad inexplicable.
—¿Crees que en tu subconciente ya sabías
que yo era tu luz?
—Es posible. Eso explicaría...
Un fuerte ruido, como la explosión del motor
de un auto viejo, llamó su atención.
—Quizá ya regresaron —supuso Erica—. Sólo
me asomaré a la puerta.
El pasillo estaba completamente oscuro. En el
cuarto anexo al de Gabriel había un par de lámparas
de emergencia desprendibles, así que tomó una y ésta se encendió al desconectarla del tomacorriente.
Se asomó al pasillo y no vio a nadie, aunque
el ruido volvió a escucharse. Afuera aún llovía
con fuerza y el sol ya se había ocultado.
—No hay nadie —gritó desde donde estaba
para que Gabriel la escuchara.
Una vez más se escuchó el estallido muy cerca de allí. Luego todo se oscureció en la habitación y sólo se miraba el leve resplandor de la
lámpara que Erica sostenía y de la que estaba aún
en su lugar dentro de la antesala del cuarto donde Gabriel ahora gritaba dolorosamente.
Erica corrió en su auxilio, pero se detuvo en
la puerta cuando la lámpara que llevaba alumbró
la camilla volcada de Gabriel, pero más importante iluminó sus ojos...
Negros en un mar de sangre.
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Se protegió del leve destello con su brazo derecho y maldijo por lo bajo, pero no se movió ni
parecía tener la intención de hacerlo. En realidad
parecía como si permanecer sentado significara
un gran esfuerzo para él.
—Maldición, no creí que estaría tan débil
—resolló—. No duraré mucho en este estado.
—Vete de una vez —gritó sin dejar de dirigir
la luz hacia él.
—No has entendido. Que yo sea quien está en
control exige mucho de este cuerpo y si no me alimento pronto, ambos moriremos. —Sus brazos no
pudieron mantenerse en posición y comenzó a bajar
la luz—. No puedo moverme, no tengo la energía, de
lo contrario ya me hubiera lanzado contra tí. —Ella
recobró el control y sostuvo la lámpara en alto—.
¿Quieres dejar eso de una vez? Si yo muero, él también morirá y no creo que tú quieras que eso suceda.
—No —suplicó dando un paso hacia delante—, déjalo.
—Tú sabes bien qué tienes que hacer para
evitarlo.
—No lo haré, si quieres vivir tienes que dejarlo ahora —exclamó enfadada. Él rió lleno de
arrogancia.
—Poco me importa lo que me suceda, pero a tí si te importa y si quieres que él viva, debes
acercarte.
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Erica dudó.
—No importa quien sea —añadió riendo—,
una vida se extinguirá esta noche y se cumplirá
mi objetivo de crear miseria.
—No, espera —suplicó. Lanzó la lámpara al
otro lado de la habitación de modo que aún la dejara distinguir la silueta de Gabriel y que resultara tolerable para los ojos del vampiro. Se acercó a
él con cautela y se arrodilló frente a él.
—Déjame hablar con él.
El vampiro rió otra vez.
—Si tienes algo que decir, dilo. Por ningún motivo dejaría que él se perdiera de éste momento.
Ella suspiró y se enfrentó a sus ojos que tantas pesadillas le habían causado, pero seguian
siendo los ojos de la persona que ella más amaba
y no le fue dificil olvidar su aspecto actual.
—Gabriel —habló con seguridad—, lo que me
pase no es culpa tuya, ¿entiendes? Es mi decisión
que tú vivas, aunque yo tenga que morir. Sé que
tú harías lo mismo por mí si estuvieras en la posición de elegir, pero soy yo la que tiene que hacerlo en este momento. Sólo quería que supieras
que... —la seguridad de su voz la abandonó en un
segundo— ...te amo y no tengo miedo.
Levantó su mano para acariciarle el cabello,
pero él se aprovechó de su descuido y le atrapó el
brazo, mordiéndola en la muñeca.
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Sintió dolor solo al principio. Luego su pensamiento voló hacia aquellas imágenes que solo se quedarían en su imaginación, donde se veia
pasando el resto de su vida junto a Gabriel. Recordó los momentos que había podido disfrutar junto a Gabriel, aún en aquellos momentos
de crisis. También revivió el tiempo que compartieron cuando aún había secretos entre ellos y el
tiempo en que no se conocían. Tendrían que haberse conocido antes y disfrutar más tiempo juntos, pero ahora ya era tarde.
Ya solo había oscuridad.

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19
Gabriel
¿Donde estoy?
Cuando desperté, estaba de nuevo en una camilla y las luces estaban apagadas. Lo último que recordaba era estar conversando con ella y que afuera llovía. Se alejó por algo que llamó su atención y
luego el cuarto se oscureció. Intenté luchar contra
él, no podía permitirme ponerla en peligro. Al final,
su sed y odio fueron más fuertes que mi voluntad y
quedé relegado a ser observador de como él la manipulaba para que sacrificara su vida por mi.
“Esto no es tu culpa” , había dicho. Claro que lo
era, si yo hubiera insistido en que se fuera cuando tuve la oportunidad, pude haberlo alejado y
ahora ella no estaría...
“Te amo y no tengo miedo”
Sentí las lágrimas brotar sin control de mis ojos.
Finalmente lo había hecho, la había asesinado. ¿Para qué? Mi vida no valía nada si ella no estaba. Yo no
merecía su muerte, yo no valía la pena. El dolor me
hizo comenzar a gritar su nombre con desesperación
como si aún hubiera esperanza de poder verla.
—Erica, Erica... —grité en un patético tono
de dolor, de ira, de arrepentimiento. No tenía derecho ni a decir su nombre cuando había sido yo
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quien acabara con su vida.
¿Por qué lo hizo? ¿Cómo pudo sacrificarse
por mi? Yo no lo valía, no merecía la pena conservar la vida de un monstruo y dejar que su hermosa luz se extinguiera.
Sentí clavadas a mi piel las agujas que debía
encargarse de mantenerme con vida. Tuve el impulso de arrancarlas de golpe, sin importar cuanto
dolor fueran a causarme. Yo no merecía estar bien,
merecía el dolor y una muerte larga y penosa.
Luego recordé sus palabras, dichas hace tiempo.
“Si haces eso, sus muertes serán un desperdicio”
Mi vida no valía nada, pero ella creía que sí y yo no
podía decepcionarla al dejarme morir. Ella quería que
yo viviera tanto como yo deseaba morir y poder estar
con ella otra vez. Eso era imposible, pues ella debía estar en el paraiso y yo estaba condenado al infierno.
—Erica, perdóname —grité una última vez.
Una tenue luz amarilla se encendió en la habitación y una mujer se acercó a mí. Era Rita.
—Calma, vas a despertar a todo el hospital.
—Me sonreía con compasión y sin rastro de acusación alguna en su semblante. ¿Por qué no mostraba in un signo de tristeza por la muerte de Erica?
¿Cómo podía estar tan tranquila en la habitación
con un asesino capaz de quitarle la vida al ser más
importante para él? Al contrario, parecía más molesta por el hecho de que la había despertado.
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—Vaya hora para despertar. Son las dos de la mañana, vuelve a dormirte —regañó, pero su voz tenía
un dejo de alegría. ¿Cómo podía estar alegre si yo...
Tardé en caer en cuenta de que estaba oscuro y yo no había cambiado.
Hasta ese momento no había notado el vacío y el silencio en mi cabeza. Dentro sólo estaban mis propios pensamientos y recuerdos. ¿Cómo podía ser libre si había extinguido la luz que
me mantenía en mis cabales?
Rita volvió a apagar la luz antes de hablar.
—Cuando sea de día podrás verla. Ella también necesita descansar.
¿Podré verla? Creí que mis oidos me engañaban. ¿Podré verla?
Algo en mi interior gritaba que eso era cierto,
que ella dormía en otra habitación de aquel lugar.
Un hospital, según había dicho Rita. De una u otra
forma, habían logrado salvarla de la muerte.
Recuerdo cuando él la mordió y haberla sentido luchar por unos minutos antes de acomodarse
a mi lado y apoyar su cabeza sobre mi hombro. Mi
conciencia se fue apagando lentamente, como si
entrara en una especie de sueño profundo y luego
desperté en esta habitación. ¿Qué había sucedido?
Lo más lógico era pensar que el vampiro estaba
muy débil para oponer resistencia y habían logrado
alejarla de mí justo a tiempo para salvar su vida.
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—Está viva —sollozé antes de romper a llorar. No
la había matado, estaba a unos pocos metros de allí.
—Apenas —aclaró Rita volviendo a encender la luz—. Perdió mucha sangre. Al menos Alejandro se alegró de haber podido ser de utilidad,
porque esa mordida en la muñeca no hubiera sido fácil de curar sin su ayuda.
Entré en pánico. Aún podía perderla, estaba
en peligro por mi culpa y no podía soportar perderla otra vez.
—Algo debe haber que yo pueda hacer, tiene
que salvarse, tengo que verla —supliqué intetando que las palabras sonaran claro, pero estaba demasiado desesperado como para que tuviera éxito. Rita rió y eso me confundió.
—Tranquilízate. No corre peligro ya. Es sólo que
le tomará algo de tiempo recuperarse por completo.
Tú también debes descansar —añadió apagando la
luz—, creímos que ninguno de los dos lo lograría.
—Por favor, tengo que verla —insistí.
—La verás en la mañana, cuando haya luz. Y
trata de dormir o llamaré para que te pongan un
calmante que te hará dormir otros tres días.
Tenía muchas ganas de verla, era como si mi
vida y mi cordura dependieran de ello. Era insoportable estar pegado a la cama y si no hubiera
sido porque me hice conciente de las correas que
me mantenían sujeto a ella, había intentado le353

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vantarme y buscarla por mi cuenta.
Intenté dormir, con la esperanza de que el
tiempo pasara más rápido. Era imposible porque
mi mente estaba llena de preguntas. Este silencio
me dejaba todo el espacio de mis pensamientos
para llenarlo de dudas. ¿Sería un silencio definitivo o sería como la primera vez que besé a Erica?
En la mañana podría ser que volviera a escuchar
su voz, confundiéndome y amenazándome con
matarla. No, tenía que resolver mis dudas ahora
que solo mi voz ocupaba mi cabeza.
—¿Cómo lograron detenerme?
—Duérmete —protestó.
—No puedo dormir. Por favor, necesito saberlo. ¿Cómo evitaron que matara a Erica?
—En realidad no sé que fue lo que ocurrió
con ustedes. Estabamos esperando a que uno despertara para que nos disipara las dudas.
Si no fueron ellos, entonces cómo...
—Por favor, dime lo que sepas.
Suspiró con fuerza y volvió a encender la luz.
—En verdad que no sabes cuando rendirte.
—Por favor, necesito saberlo mientras aún
tengo claridad.
Ella sonrió socarronamente y asintió.
—Cuando nos dimos cuenta de que no había
electricidad, llamamos para ver como estaban y
cuando no contestaron, supusimos que algo malo
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había pasado. Los generadores de la casa no se habían usado en años y supongo que por eso fallaron.
—Funcionaron al inicio —corregí—. Pero ella
no quería irse de mi lado porque temía que perdiera la razón, que volviera a olvidarla.
—¿Recuperaste la memoria antes de atacarla? —Sacudió la cabeza y reformuló la pregunta— ¿Que fue lo que ocurrió?
—Los generadores fallaron minutos después.
Yo... hubiera muerto si ella no hubiera accedido
a dar su vida por mí. Podía sentir mi cuerpo cada vez más débil al tener que soportarlo dominando mi cuerpo, intentando forzar las habilidades que antes le eran tan naturales. Ella... —volví
a romper en llanto— aceptó morir por mí. ¿Cómo
es que sigue viva? ¿Cómo ocurrió algo tan maravilloso?
—No lo sabemos —respondió anonadada por
mi relato—. Lo que fuera, detonó su evento de luz.
¿Evento de luz? Por semanas estuvimos esperando y pensando en cual sería ese evento de
luz que podría llevarme a la libertad. ¿Habíamos
logrado pasar por eso justo a tiempo para salvar
nuestras vidas? (Sobre todo, para salvar su vida)
¿De verdad había ocurrido?
—¿Evento de luz? ¿Tú crees que eso fue lo
que pasó?
—Vamos —dijo riendo—. ¿No has notado el
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silencio en tu cabeza y la paz en tu corazón?
—Sí, pero... ¿y estas correas? No pareces tan
segura de que yo esté curado.
—Oh, bueno —musitó apenada—. Es que no
estabamos seguros de que eso hubiera sido lo que
la salvó . Tuvimos que arreglar los generadores
antes de entrar, no podíamos arriesgarnos con
Alejandro entre nosotros. Cuando entramos en la
habitación, ella se estaba desangrando y aún así
parecía que se estaban abrazando. Tu mordida
le cortó la vena y si no hubiera sido por nuestro
nuevo amigo no hubieramos podido detener la
hemorragia. Sin embargo, ambos estaban demasiado débiles para sobrevivir en la casa y por eso
los trajimos a este hospital.
—¿Y por qué ahora sí crees que ya pasó el
evento de luz?
—Por algunas cosas —me sonrió y comenzó a
desatarme—. La más obvia es que no te has transformado aunque no haya luz y hace tres días que
no has tenido contacto con Erica.
Vaya, habían pasado tres días ya.
—La otra es que lograste controlar tus sentimientos aunque creías que ella había muerto.
Eso era cierto, también me fue fácil pasar de
la miseria a la felicidad y nunca me había sentido
tan feliz.
—Y por último, tu mirada —añadió mientras
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volvía a acercarse a mi lado—. Ya no está llena de
puro odio y eso me agrada, aunque no lo merezca. Deberías aborrecerme.
Noté que sus ojos estaban llorosos, probablemente por la culpa que sentía. Ahora sí la comprendía bien. Era tranquilizante el volver a ser
dueño de mis sentimientos y mis deseos, pero
aún tenía las memorias de esos días en que me
convertí en un asesino aún en contra de mi voluntad. Aún sentía el peso de todas esas muertes en mi alma. Rita tenía razón, yo ya no podía
odiarla por algo que ella que ella no quiso hacer.
—No te odio, ni puedo aborrecerte —expresé tratándo de que la sinceridad se hiciera evidente en mi
tono de voz—. Creo que hasta estoy agradecido contigo por haber cuidado tan bien a Erica en estos días.
Una lágrima rodó en su mejilla.
—Gabriel, eres la persona a la que más daño le
causé porque no solo te arrebaté a tus seres queridos sino que te condené a ser un monstruo como
yo. No sabes cuanto significa para mí que tú...
—Te perdono —concluí, adivinando lo que
iba a decir antes de que la voz se le cortara. Lloró
en silencio un rato más.
Bostecé, me había relajado saber que Erica
estaba bien y que ya todo había terminado.
—¿Crees que ahora sí podrás dormir? —dijo
con la voz aún quebradiza.
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—Lo intentaré. Quiero estar descansado para
ver a Erica.
Rita apagó la luz y la escuché acomodarse en
la silla.
Aún tenía muchas dudas en mi cabeza, pero finalmente el sueño pudo más que yo y pude dormir.

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20
Erica
¿Estoy muerta?
No, no lo estaba. Reconocí el dolor en mi brazo y la molestia en todo mi cuerpo. Estaba viva y
seguramente estaba de nuevo en el hospital. Había sobrevivido otra vez y eso no era lo que yo
quería, no quería estar viva porque eso significaba que había sido demasiado tarde para él. No debí haber dudado tanto en actuar. Ahora él estaba...
No quería abrir los ojos. Podía sentir la luz a
través de mis párpados y no quería ver a nadie.
Tenía fresca la memoria de la última vez que lo
había visto bien, de su sonrisa y sus ojos sinceros.
Quizá si lo deseaba con todas mis fuerzas no
tendría que volver a despertar nunca y podría estar de nuevo junto a él.
Todo mi cuerpo estaba adormecido y no necesitaría mucho esfuerzo para librar mi espíritu
de él. Él estaba muerto y yo quería estar con él.
No quería delatar que ya había despertado,
quería dormir por siempre para soñar con él. Él
ya solo era real en mis pensamientos y ese era el
único lugar donde yo podía vivir. La realidad ya
no tenía sentido sin él allí.
Le había fallado. Prometí estar a su lado siem359

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pre y no lo había cumplid. Había jurado estar con él
por el resto de mi vida y ahora él estaba muerto.
Era imposible aguantar más. Las lágrimas y
los sollozos no quisieron permanecer en mi interior. Grité como si alguien hubiera arrancado una
parte de mí, la que más dolía.
Habían arrancando mi corazón.
—Erica, ¿qué tienes? ¿Qué te duele? —Era Rita la que había acudido al oir mi grito. Apreté mi
mano contra mi pecho mientras me retorcía en la
cama, intentando que conociera el origen de mi
dolor. Alguien más entró en la habitación, preguntando la razón de mis gritos.
—No lo sé, no quiere decírmelo.
Vi a la enfermera acercarse y con una jeringa introdujo algo en el tubo que tenía clavado a
mi brazo. El adormecimiento de mi cuerpo se hizo más fuerte, pero aún sentía el terrible dolor en
mi corazón. Sus voces aún eran muy claras cuando dejé de gritar, no porque no doliera sino porque ya no era dueña de mi cuerpo. Comenzaba a
sentir que pronto quedaría inconsciente.
—Los dos me van a matar de un susto —exclamó Rita—. Espero que ninguno vuelva a despertar gritando.
—Ella dormirá por un par de horas más. Pobrecita, con lo que pasó es probable que haya tenido una pesadilla.
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—No me extrañaría —sus voces sonaban cada vez más distante—. Es una lástima, porque Gabriel tenía muchas ganas de verla.
No la escuché más, pero mi mente siguió
procesando la información mientras dormía.
Gabriel quería verme.
Eso solo podía significar que estaba vivo y
estaba bien, o al menos aún recordaba quien era
yo. Era lo más maravilloso que podría haber pasado, dadas las circunstancias, pero me intrigaba el
cómo podía haber sucedido tal cosa.
Era probable que la luz hubiera regresado a
tiempo, también era probable que nuestros samaritanos hubieran sido oportunos con su regreso, pero yo me inclinaba a pensar que había sido
él quien había luchado por vencer al vampiro y
evitar, otra vez, que me matara.
Estaba bien y aún podríamos estar juntos para superar su maldición, no era demasiado tarde.
Aún podíamos encontrar nuestro evento de luz.
Aún había una oportunidad de cumplir esos sueños que creí desvanecerse cuando decidí entregarle mi vida a cambio de que él viviera.
Pero él no lograría ser más fuerte que nosotros. Juntos podíamos más que él y eso era lo único que necesitaba saber.
Cuando volví a despertar, alguien sostenía
mi mano.
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Mis párpados estaban muy pesados y me costó trabajo abrirlos. Luego me tomó varios segundos lograr enfocar, pero al fin logré centrar mi
vista en sus adorables y amorosos ojos azules que
se llevaron de lágrimas cuando sonreí absolutamente feliz de verlo.
—Estás aquí. —La voz me salió ronca, quizá
por el tiempo que habría estado sin usarla o por
qué había estado gritando antes.
—Gracias a ti. —Se mostró enojado un instante—. Erica, hiciste lo más tonto que se te hubiera
podido ocurrir y de alguna forma todo salió bien.
—Me salvaste otra vez.
—No, esta vez fuiste tú la que me salvó —aclaró—. Algo que hiciste detonó nuestro evento de luz.
Me quedé sin saber qué decir. ¿Nuestro evento
de luz ya había sucedido? ¿Cómo era eso posible?
—Ya no está, soy libre del vampiro. —Se acercó
a mí y me besó. Eso logró que yo también comenzara
a llorar como él ya lo hacía—. Y todo gracias a ti. Yo...
desperté y sólo recordaba que te había mordido.
—Yo creí que no había actuado a tiempo, que
no había logrado salvar tu vida.
La puerta se abrió lentamente y ambos volteamos hacia ella. Rita, Omar y el doctor Fernando entraron sigilosamente.
—¿Cómo te sientes? ¿Te duele algo? —preguntó Rita.
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—Disculpa por el susto que te di antes. Yo creí
que lo había perdido todo y no pude soportarlo.
—Descuida. Es bueno ver que ambos estén bien.
Me agradó ver que Gabriel le sonreía tranquilamente. Luego de un rato de regocijo, Omar
tomó la palabra.
—Todos nos hemos estado preguntando qué
sucedió, cómo encontraron su evento de luz. Gabriel nos contó sobre el apagón y las palabras de
su vampiro para asustarte y las tuyas para despedirte. —Él apretó mi mano con fuerza—. Pero no
recuerda más.
—¿Qué recuerdas tú?
Lo que yo recordaba eran las imagenes de lo
que yo soñaba, de lo que hubiera podido ser si yo
no hubiera muerto en ese momento. No conté los
detalles sobre mi hermoso sueño, pero sí les conté hasta qué momento perdí la conciencia.
—No entiendo —dijo él—. Se supone que el
evento de luz es un momento de inmensa felicidad. Erica iba a morir y eso era lo peor que podía
ocurrirme. ¿Cómo pudo eso hacerme feliz?
Todos lo pensaron un poco. Gabriel hubiera
estado muy triste si yo moría y no hubiera estado destrozada si él dejaba de vivir. Pero yo estaba
feliz de dar mi vida si él podía continuar la suya y
creo que él hubiera preferido morir antes de hacerme daño.
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¿Cómo habíamos detonado la felicidad más
grande que invadió de luz su corazón?
—Quiza... —el doctor parecía tener una teoría— todo este tiempo lo hemos estado viendo
desde una perspectiva equivocada. ¿Qué tienen
en común todos los eventos de luz además de que
los hicieron felices?
Recordaba algunos. La chica que se hizo
monja, la enfermera que salvó una vida, la adopción de Omar, la bebé de Rita, la abuela desconocida que acogió al profesor Darío cuando supo
que existía...
—Fueron gestos de amor —vislumbró Omar—.
Lo que el vampiro provocaba eran que sintieramos
que mereciamos ser odiados por todos y cuando
alguien demostró su amor por nosotros...
—Pero no cualquier clase de amor. Amor incondicional —aclaró Rita—. Por eso era que cada
fase de la transformación ocurría después de un
momento en que se hacía más evidente ese amor:
nuestro noviazgo, el compromiso, la boda... hasta
que nació Luz, que era el fruto de nuestro amor.
—El cariño de papá, sus intenciones de adopción
y la confirmación de ésta —recitó Omar sonriéndo—.
El amor de un padre es el único que un niño necesita
a la edad en que mi transformación ocurrió.
—Y Erica le dio la prueba de amor más grande cuando estuvo dispuesta a dar su vida por
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él —concluyó el doctor— y por eso, mientras el
vampiro creía que se estaba fortaleciendo, en
realidad firmaba su sentencia de muerte.
Gabriel y yo nos miramos, con la seguridad
de que ese sería el inicio de nuestra vida juntos.

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Epílogo
Navidad
Era 20 de diciembre cuando salieron del hospital y también era el cumpleaños de Gabriel. Lo
primero que hizo fue llamar a su abuelo para decirle que ya todo estaba bien y que no había ya
nada de qué preocuparse.
Erica también llamó a su casa. Tuvo que esperar varios minutos a que su madre le diera todo un discurso de como no volvería a dejar que
ella se fuera lejos porque no podría soportar tanto tiempo sin saber de ella, peor si había estado
tan enferma como para llegar al hospital. La versión de los hechos que le habían contado era que
el virus que tenía Gabriel volvió a mutar y ambos
habían terminado graves en el hospital.
Regresaron a casa justo antes de navidad y el
recibimiento incluyó el montaje de la reconciliación de Gabriel y su abuelo. No fue necesario que
actuaran mucho.
Ambos se extrañaban por ser la única familia
que tenían en el mundo.
En la víspera de Navidad, Mario y Gabriel estuvieron invitados a la cena. Los recién llegados lograron
escaparse un rato y escogieron la oscuridad bajo el árbol en el jardín como refugio para su conversación.
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—¿En qué piensas? —preguntó Erica, intrigada por el semblante taciturno que Gabriel había
mostrado desde que habían tocado tierra.
—En lo que dijo el doctor antes de marcharnos.
Una llamada había distraído al doctor minutos
antes de que salieran hacia el aeropuerto. En el camino les explicó cual había sido el motivo de la llamada.
—Me llamó un colega que está familiarizado
con varios casos de los que nosotros no tenemos
registro. Supo que habíamos regado la pregunta de por qué Erica podía ver en sus pesadillas lo
que el vampiro de Gabriel hacía.
—¿Sabía la razón? —preguntó Rita, entusiasmada por la noticia.
—Hubieron otros dos casos —contestó el
doctor—. Para que Erica sufriera de esas pesadillas tenían que cumplirse una serie de condiciones. La primera era que tú fueras la luz del vampiro que te atacaba y no haberle mostrado miedo,
la segunda era que una de sus lágrimas hubiera
hecho contacto con tu sangre y la última, que él
hubiera intentado convertirte en vampiro sin haberlo logrado, porque siendo tú su luz, él tendría
que haber sido lo suficientemente fuerte para luchar con él por tu vida.
Él había sonreído al escuchar eso y asintió a
todo lo que él había dicho.
—Esa noche en la biblioteca —relató—, lo vi
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acercarse a tí y tú no te asustaste, incluso intentaste ser amable conmigo. Desde hacía un tiempo te
habías vuelto en mi obsesión y no iba a dejarlo hacerte daño, aunque no pude evitarlo antes de que te
desmayaras. Tu corazón aún latía y yo sabía que estarías bien después de descansar un poco. Te llevé a
tu casa y abrí con tu llave, moviéndome rápidamente para evitar a tu madre. Luego salí por tu ventana.
”No estaba seguro de cómo reaccionarías en
la mañana, cuando me vieras en la clase de comuunicación. Estaba pensando en eso cuando
nuestras miradas se cruzaron en el autobús. Dudé
un poco cuando vi que te habías quedado dormida, no quería que te asustaras al ser despertada
por aquel que horas atrás intentó acabar con tu
vida. En ningún momento me miraste con miedo o con desprecio y por primera vez en mucho
tiempo sentí que volvía a ser humano.
Gabriel no había dicho nada al inicio porque
no quería delatar cuales eran sus verdaderos sentimientos hacia Erica ni el peligro al que la había
expuesto, al hacerla vulnerable a la maldición.
Luego, cuando Rita había preguntado, el vampiro
se sintió vulnerable y lo obligó a callar.
—¿Aún te sientes mal por haberme puesto en
riesgo de sufrir la maldición? ¿Por qué aún piensas en eso?
—Es que... hace mucho tiempo que sabía lo espe368

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cial que tú eras para mí. Nunca creí que podría llegar
a ser tan feliz a tu lado y... aún no creo que lo merezca.
—¿Por qué no lo crees?
—Causé mucho daño a gente inocente. No
merezco ser feliz cuando tanta gente sufre la pérdida de uno de los suyos.
No sería fácil desterrar la tristeza del corazón de Gabriel. Rita y Omar parecían felices porque habían aprendido a manejar la culpa al ayudar a otras personas como ellos a terminar con la
maldición.
—Tenemos tiempo —le aseguró—. Debe haber algo que podamos hacer para resarcir algo
del daño causado, ¿no crees? Yo estaré a tu lado
para ayudarte.
Él sonrió complacido. Sus miradas se cruzaron y aguardaron en silencio algunos minutos
hasta que él lo rompió.
—También estaba pensando... —titubeó un
instante—. Cuando desperté y creí que habías
muerto... me sirvió para darme cuanta de hasta qué punto no puedo vivir sin ti y de cuanto...
yo... —las palabras se atoraban en su boca y aunque la luz ocultaba su sonrojo, se hizo evidente
para Erica que tenía su mano apoyada contra su
mejilla. Ella sonrió para darle valor y funcionó,
pues él aclaró su garganta y continuó con el discurso—. Me sirvió para darme cuenta de que de369

© Maite Sánchez

seo pasar el resto de mi vida a tu lado.
Ella no se resistió al deseo de abrazarlo con
toda su fuerza. Era lo mismo que ella sentía y aún
no había encontrado la ocasión para repetirselo
ahora que estaba despierto.
—¿Cómo crees que tomarían tus padres si yo
les pidiera tu mano esta misma noche?
Ahora era ella la que se había sonrojado y se había
quedado sin habla, provocando que Gabriel se riera.
—¿Te quieres casar conmigo? —dijo riéndose, pero haciendo que sonara como una propuesta seria.
Ella sonrió, pero sus ojos se inundaron de lágrimas.
—Sí quiero —exclamó lanzándose sobre él y
fundiéndo sus labios en un largo beso.
Permanecieron abrazados y en silencio varios minutos más.
—Probablemente no sea buena idea decirle a
mis padres esta noche. Mamá aún está muy sensible por la separación.
—Oh —dijo simplemente—. Al menos eso me
da tiempo de comprarte un anillo. No me molesta
esperar algún tiempo para que tengamos nuestra
boda, pero quiero que todo el mundo sepa que tú
y yo estaremos juntos el resto de nuestras vidas.
Ella se separó de él un poco para poder verlo
a los ojos.
370

© Maite Sánchez

—¿Quién dijo que yo quería esperar?
Él rió.
—Te conozco. Querrás esperar a concluir la
carrera y yo quiero lo mismo.
Ella también rió antes de besarlo cortamente.
—Ni creas que dejaré que te retrases ni un
curso más. Quiero casarme contigo lo más pronto posible y si es necesario que tomemos los cursos en salones separados para que tú no distraigas, entonces lo haré.
—Estaría todo el tiempo pensando en tí y no
podría concentrarme, además... no quiero que te
separes de mi lado más tiempo que el estreictamente necesario. Eres como el oxígeno para mí.
—Te amo —susurró ella acercándose a milímetros de él.
—Yo también te amo y siempre te amaré
—murmuró él haciéndole cosquillas con su aliento.
—Por el resto de mi vida y aún después —añadió rozando con sus labios los bordes de su boca.
—Por la eternidad —concluyó antes de callarla con un beso.

FIN

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© Maite Sánchez

Lo miró a los ojos y recordó su… pesadilla. Recordó
el miedo que había sentido
segundos antes de que todo
se volviera oscuridad, segundos antes de despertar
en su cama preocupada por
las clases sin entender cómo había llegado a ella.

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