VIA CRUCIS

DESDE LA MISERICORDIA

Pbro. Jaime Herrera González
Cura Párroco de Nuestra Señora de las Mercedes de Puerto Claro.

Primera Estación:

“Jesús es condenado a muerte”.

Statio Primae:

“Iesus condemnatur ad mortem”.

Sacerdote:

Adoramoste Cristo y te bendecimos.

Feligreses:

Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“Nos auten, gloriari opportet in cruce Domini Iesu Christi, in quo est salus,
et vita et resurrectio nostra; per quem salvati sumus” (Epistola ad Gálatas VI,14).
¿De donde surge la ligereza de emitir juicios en cada uno de nosotros? Sin otra
medida más que aquello que parecen ver nuestros ojos, e ilustrar nuestra
imaginación, nos aventuramos y nos alzarnos como jueces de nuestros
hermanos, olvidando con avidez que Jesús dijo: “No he venido a condenar
sino a perdonar”.
Los juicios de los hombres responden muchas veces a componendas con una
justicia de fantasía que parece que es, pero no deja de ser una simple ilusión.
Nuestro Señor fue juzgado: Quien era el Señor, y ante cuyo solo nombre se
dobla toda rodilla en el cielo y en la tierra, y daba pleno cumplimiento a la ley,
es alzado por un veredicto como el mayor de los criminales.

No siendo suficiente con llevarlo a la vocería de las mayorías vulnerables,
fácilmente manipulables, ahora, es juzgado por quien incluso…“nada malo ve
en Él”. Cobardemente el juez inicuo se lava las manos, y en el silencio
culpable condena al inocente. Cristo, es juzgado por quienes vociferantes
claman: “su sangre caiga sobre nosotros y nuestra descendencia”. Es
juzgado por los expertos en la Escritura, cuyas voces llamadas a transmitir la
verdad del cielo se detienen –ahora- en la condenatoria frase de la
muchedumbre: “Crucifícale, crucifícale”.
¿Qué hace Cristo? No se limita calladamente a padecer. Sería fácil guardar
silencio. Responde a Poncio Pilato invitándole a conocer la verdad. La
humildad no es callar por orgullo ni para ganar tiempo. En todo momento
nuestro Señor desea nuestra salvación, incluso en medio del juicio de los
hombres. Su Sagrado Corazón, en esos momentos, sólo puede perdonar y es
capaz en medio de la humillación de hablar extensamente con Pilato. Era la
última oportunidad no de salvarse, sino de salvar el alma de aquel hombre.
De pie se mantiene con actitud de enseñar e invitar a la conversión. El juicio
de Dios está lleno de misericordia, el que es capaz de perdonar no es blando ni
débil sino que manifiesta con ese acto, la fuerza más honda, más novedosa
traída por Cristo desde el cielo: el perdón envuelto en misericordia.
Imploramos que el juicio de Dios sea benévolo desde ya para cada uno de
nosotros. En medio de una sociedad empoderada en razonamientos ciegos
muchas veces expresados en las redes sociales de manera sesgada, y cruel, hay
un Dios que nos invita a tener criterios de misericordia para lo cual su
Corazón es el camino más seguro: “Aprended de mí que soy manso y humilde
de corazón”. Dios juzga desde el perdón no desde la culpa. Dios sabe
escuchar desde el silencio, y sus palabras eran tan elocuentes como sus
silencios llenos de la fuerza de la unión con su Padre celestial. “Yo y mi padre
somos uno”.
Oremos: Señor concédenos el don de saber discernir, para que revestidos
de tu Divina Misericordia, podamos prestar nuestra voz y nuestras
acciones a tu voluntad de llenar el mundo de tu perdón, de tu gracia y de
tu amor. Amén.

Segunda Estación: “Jesús carga

con la Cruz”.

Statio Secundae:

Iesus oneratur ligno crucis

Sacerdote:

Adorámoste Cristo y te bendecimos.

Feligreses:

Que por tu Santa Cruz redimiste el mundo.

“Christus factus est pro nobis oboediens usque ad morten, mortem auten
crucis, propter quaci et Deus exaltavit illum et dedit elli nomen quod est super
omne nomen” (Epstola ad Philippenses II,8-9).
La dulce invitación hecha en las riberas del Mar de Galilea a sus primeros
discípulos adquiere un nuevo sentido: “Aquel que quiera seguirme tome su
cruz y sígame”. De forma resuelta lo dijo: ¡Para esto he venido! ¡Vamos a
Jerusalén!
En este camino recorrido, cuando sus Apóstoles lo ven cargando la pesada
cruz, vislumbran el primer destello del misterio que despunta. Como
despertando de un plácido sueño, el mismo que los venció en medio del lago y
que los derrotó en el Huerto la noche previa, abruptamente se dan cuenta:
¡Jesús nos hablaba en serio! No era algo figurado ni simbólico.

Es que nuestro Señor siempre nos habla claramente, no anda con rodeos, ni
con verdades a medias que son mentiras enteras. ¡Se dijo, se hizo! Por esto, lo
que hasta ese día era la prueba del mayor castigo impartido, se transforma, al
tomar Nuestro Señor la Cruz, en el camino de mayor bendición.
Hay tantas realidades a nuestro alrededor que se tienen como castigo, como
condena, como algo ante lo cual no hay que contaminarse. Jesús toma la cruz
y con ello, asume los pecados de todos. El varón de dolores que avanza es el
Cordero inmaculado que perdona, ante Quien -de inmediato- descubrimos el
abismo de nuestros pecados y miserias pero, también, experimentamos la
misericordia de Dios que no evade la misión asumida el día de la encarnación
del Verbo: “Verbun caro factum est et habitabis in nobis”.
El seco leño ignominioso se transforma en el árbol verdadero que conduce a la
Vida. Tomemos nuestra cruz cotidiana. No aquella deseada, no la inventada,
sino la que el Señor libremente con presente. ¡Esa es la que vale! ¡Esa es la
necesaria!
¡Manos en la Cruz, manos a la obra! Ni mañana, que puede ser tarde y
desconocemos su devenir, ni ayer que ya se fue y no podemos cambiar, ahora
nos pide el Señor asumir el camino que nos propone.
¡Manos en la Cruz, y el alma en ella! Que nada quede al margen de nuestra
respuesta. No basta ser diligente en tomarla es necesario ser consecuente al
asumirla, descubriendo las necesidades, primero espirituales, también
materiales, de cuantos caminan junto a nosotros.
Bendito leño que simbólicamente llevamos en nuestras manos. Si cabe en
nuestra mano, en nuestra vida, en nuestra alma, es porque Jesucristo en este
día la tomó resueltamente, sin dilación ni recortes.
Señor: En tus manos asidas a la Cruz está impreso el rostro de cada uno.
Sabemos que el precio de nuestra Redención es tu Sangre preciosa
derramada y tu vida inmolada. Concédenos la gracia para poder
descubrir tu voluntad en cada acontecimiento de la vida diaria, y haznos
atentos a las necesidades de quienes en silencio llevan el peso cotidiano
del menosprecio, de la persecución, y de la incomprensión. Amén.

Tercera Estación:

“Jesús cae por primera vez”.

Statio Tertia:

“Iesus procumbit primun sub onere crucis”.

Sacerdote:

Adoramoste Cristo y te bendecimos.

Feligreses:

Que por tu santa Cruz redimiste el mundo.

“Aflictus est et ipse subjecit se et non operit os suum; sicut agnus, qui ad
occisionem ducitur, et quasi ovis quae coram tondentibus se obmutuit, et non
operit os suum” (Liber Prophetiae Isaiah LIII,7).
Toda caída surge por una debilidad. Desde el pecado original nuestra
naturaleza permanece inclinada al pecado. El Demonio nos coloca
creativamente muchas tentaciones a diario. Conocedor de lo que somos, nos
dice el Señor que “hemos de estar vigilantes y orantes para no ceder a la
tentación”. Aquella tierra en la que Jesús dibujo el nombre de quienes querían
lapidar a una mujer, ahora, conoce por primera vez el rostro divino de Jesús.
Si Dios moldeó del barro el rostro del primer Adán, ahora aquella arcilla
moldea por un instante la faz divina de su creador y Nuevo Adán. Más que a
causa del calor ya agobiante, o por lo disímil del camino, nos recuerda esta
primera caída, la debilidad. ¡Sólo cuando soy débil entonces soy fuerte!

No confiemos en nuestras fuerzas, que ante la cruz se transforman en miserias.
Aquella bondad de Jesucristo que no tiene límite va a tierra. Con ello, por un
instante mira en cada partícula polvorienta el reflejo de tanta debilidad de los
hombres, de ayer, hoy y del futuro. Tantos a punto de ceder a la tentación,
luego de una constante lucha acética, otros que por inadvertencia ceden y
finalmente no faltan los que se colocan temerariamente en situación de
sucumbir.
De pronto, Cristo se coloca de pie, dando con ello una nueva oportunidad a
cada uno de ellos: los que aplaudían, imploraban, gritaban, lloraban y
callaban. Ante ellos y por ellos, una vez más sigue el Señor su caminar.
Es posible ser fuertes en la fuerza de un Dios que no duda en colocarse de pie.
¿Qué es la miseria ante la misericordia? Una piedra colocada junto a nuestros
ojos es enorme, puesta a la distancia casi desaparece, de manera similar
acontece cuando queremos enfrentar las dificultades al margen de Dios, todo
es cuesta arriba, todo es arduo y empinado. Más junto a Él todo camino se
allana y todo desencuentro desaparece.
Simón Pedro se hundió al no mirar al Señor. Su mano misericordiosa es atenta
y cercana, en ocasiones, sobrepasa –incluso- el silencio nuestro para venir en
nuestra ayuda. No espera reconocimiento por su advenimiento, solo implora
nuestra confianza en su poder y nuestro caminar en su voluntad.
Debemos evitar toda ocasión próxima de pecado. Frente a la eventualidad de
perder la amistad plena con Jesús no hay accidente menor. Al ver a Cristo que
cae por primera vez le imploramos con sus propias palabras: “No nos dejes
caer en la tentación”, a la vez que procuraremos buscar los mejores caminos
para que cuantos participan de nuestro apostolado sean “liberados del mal”.
Oremos: Señor, danos una mirada atenta a tu Misericordia, para que,
apoyados en todo momento en tu gracia que nunca falla, tengamos la
fuerza interior de evitar ceder a las tentaciones que el Demonio nos
proponga y evitemos permanecer en situaciones próximas a pecado.
Amen.

Cuarta Estación: “Jesús encuentra a su Madre”.
Statio quarta:

“Iesus fit perdolenti matri obvius”

Sacerdote:

Adorámoste Cristo y te bendecimos.

Feligreses:

Que por tu santa Cruz redimiste al mundo.

“Sicut aqua effusus sum, et dispersa sunt omnia ossa mea; factum est cor
meum tamquam cera liquescens in medio ventris mei. Aruit tanquam testa
palatum meum et lingua mea adhaesit in faucibus meis (Liber Psalmorum
XXII, 15).
No podía ser de otra manera. Si desde el anuncio del Arcángel Gabriel hasta
hoy, la vida de nuestro Señor estuvo unida a la de su madre, la cual, lejos de
ser una estrella fugaz, es el lucero que irradia cada jornada en la vida de la
Iglesia.
Asemejándose en todo a nosotros y sin dejar de ser Dios, el Verbo de Dios
vino al mundo llevando el ADN materno. Todo en Él daba cuenta de aquella
Virgen que, ante la invitación d Dios, tuvo pendiente la creación entera, a su
inmediata disponibilidad: “Hágase en mi según tu Palabra”.

¿Quién más que ella podía comprender lo que había en el rostro de su hijo y
Dios ese día? Recordaba nítidamente la escena acontecida en el templo, a
ocho de nacido Jesús, cuando el anciano Simeón le anunció: “A ti una espada
de dolor atravesará tu alma”.
Al ver a su hijo, gestado, nutrido y nacido en su vientre virginal, recibe el
consuelo de vislumbrar el sentido de tanto sufrimiento. Si el amor es
verdadero necesariamente es ordenado. Y, bueno es amar a los desconocidos,
partiendo por los de nuestra casa, evitando ser luz de la calle y oscuridad en el
propio hogar.
Consolar a quien sufre es una obra de misericordia, e implica asumir como
propio el drama que hay oculto muchas veces en el corazón de muchas
personas y en el claustro de los hogares.
Porque María era una madre atenta, unió en ese momento el dolor de su Hijo a
su vida, y como un corazón lleno de misericordia solo atinaba a repetir como
tantas madres lo hacen ante el dolor de los suyos: “Que se cumpla tu voluntad,
Señor”.
Sin desesperación, sin rencor, sin altanería, como quien sabe que Dios solo
tiene una debilidad cual es acoger benigno aquella petición que surge de un
corazón que es capaz de perdonar y olvidar las ofensas ajenas.
Por ello, María Santísima no interrumpe el paso de su Hijo hacia la Cruz, sino
que le conforta y da el bálsamo preciado del amor de una madre.
Oremos: Señor Jesús, Hijo de María, te pedimos que nos concedas un
corazón atento a las necesidades de quienes están junto a nosotros,
ilumina nuestro entendimiento para poder encontrar las mejores
palabras y los más cercanos gestos para consolar a quien sufre, haciendo
patente tu misericordia en todos los ambientes, especialmente los más
renuentes a tu Palabra. Amen.

Quinta Estación: “Simón Cireneo ayuda a Jesús a llevar la cruz”.
Statio quintae:
Sacerdote:

Adorámoste Cristo, y te bendecimos.

Feligreses:

Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

Debe ser muy audaz aquel que asuma cargar una cruz ajena, porque era
hacerse parte del signo de una pena de muerte, que en cualquier momento
podía volverse contra el que se involucrara.
Previendo que a causa de los azotes, el condenado no llegase vivo al
Calvario, los guardias obligan con severidad a uno de los espectadores a
cargar la Cruz. Casi sin darse cuenta ya estaba en los hombros de Simón de
Cirene el madero de la ignominia.
¿Qué tengo que ver? ¡No es mi problema! ¿Por qué yo? Se preguntaba aquel
fortuito ayudante del sangrante condenado, y son interrogantes que ante el
misterio de una cruz en nuestra vida suelen surgir con rapidez.

Basta una dificultad, una enfermedad, una incomprensión, para revelarnos y
no tomar la cruz. Es tan fácil ser espectador, pero otra cosa es ser actor y estar
en medio del escenario.
Simón de Cirene hasta este momento veía el paso de su vida sin sobresaltos.
Miraba con curiosidad lo que estaba pasando, como gran parte de la
muchedumbre que estaba junto a él sorprendido por el paso de Jesús.
¿Resistirá? ¿Caerá nuevamente? Era lo que en ese instante pensaba, hasta que
se encuentra cara a cara con la mirada del Señor. Entonces, no sólo es
factible, se hace necesario ayudarle, y tomar parte por unos minutos del
camino de la cruz.
No es solo por un sentimiento fugaz por el que colabora con Jesús, es por la
convicción que nace de saberse observado por el Dios hecho hombre. Aunque
en aquella mañana Jesús oculta su grandeza como Dios, su mirada llena de
misericordia es capaz de modificar la conducta de cada uno de nosotros.
¡Muéstrame tu rostro Señor para poder cargar con la Cruz! Que no nos
quedemos pasivos e inertes espiritualmente ante quien lleva el peso de una
cruz, que en ocasiones se le hace pesada. Que la mayor vergüenza para
nosotros sea no involucrarnos con quien necesita de nuestra ayuda sino que
nos ruborice el carecer de un corazón misericordioso.
No nos hagamos los desentendidos ante el paso de Jesús hoy en nuestro
mundo. No cerremos nuestros oídos ante la exigente llamada de ir a colaborar
con quien lo requiere con urgencia.
Oremos: Señor, abre nuestros ojos, y nuestros oídos del alma para
discernir tu voluntad y descubrir tus huellas camino a la cruz en medio
nuestro. Que puedas contar con nuestras manos y nuestros pies para ir
donde estás presente, en las realidades donde tu Palabra hoy es
despreciada y en muchas ocasiones perseguida, para desterrar el
relativismo reinante con la próvida fidelidad a tu santa voluntad. Amen.

Sexta estación: “La Verónica limpia el rostro de Jesús”.
Statio Sextae:

“Iesus Veronicae sudario abstergitur”

Sacerdote:

Adorámoste Cristo y te bendecimos.

Feligreses:

Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“Si quis vult post me venire, abneguet semetipsum, tollat crucem suam, et
sequator me” (Evangelium secumdum Lucae IX,23).
Desde hacía largo rato que una mujer contemplaba con dolor todo lo sucedido.
Nada parecía escapar de su mirada. Contempló a aquella madre acercarse a su
hijo, vio tambalear y caer al condenado, notó la renuencia de algunos a
ayudar, y sin esperar ser coaccionada para colaborar, dio un paso al frente,
para servir al sirviente. Mientras todos tomaban distancia, ella dijo: “aquí
estoy presente”.
Lo percibimos: En aquel momento, la figura de Cristo era especial…el sudor
sobre sus ojos, la sangre coagulada que escurrió a causa de la corona puesta en
su cabeza, la tierra sobre su cara impregnada en su caída, todo ello le hacía
mirar en forma algo borrosa y caminar vacilante.

Pocos se dieron cuenta de todo esto. La delicadeza de su alma le hacía
descubrir aquello que para muchos parecía intrascendente. Por esto, tomó un
paño limpio y lo pasó por el rostro rubicundo del Señor. Hasta ese momento
parecía irreconocible, sin figura, luego de ello ve las huellas del sufrimiento
que guardaban palabras llenas de aquella misericordia que sólo del cielo
podía provenir.
Sorteando los respetos humanos, sobreponiéndose a los insultos y burlas de la
muchedumbre culposa, evitando la rudeza de los guardias, logró llegar hasta
Jesús quien la miró con cariño, como si la hubiese conocido por largo tiempo,
agradeciendo en el silencio el detalle de amor prodigado por la Verónica.
Esa mirada llega de perdón, cambió la vida de esa mujer de una vez para
siempre. Es que el perdón y la caridad fraterna encierran la riqueza de poder
colocarse siempre sobre cualquier rencor y odio, por arraigado que se estos se
encuentren, a la vez que, un solo acto de misericordia puede transformar el
más empecinado de los corazones rebeldes en íconos del amor del Corazón de
Jesús.
Así, la caridad es oportuna, no anda con premuras ni tardanzas; la caridad es
humilde, lejana al orgullo y a la falsa modestia, es audaz: no espera invitación
ni usa distintivos cuando se presenta. Aquella mujer no esperaba otro
reconocimiento que aquel que provenía del Corazón de Jesús, que es manso
ante los agravios y humilde ante la soberbia.
Las palabras del Señor, pronunciadas desde aquellos labios desechos por las
bofetadas, la impulsaron a servir al Señor que una vez más pasaba por su vida;
la mirada de Jesús, le hizo cambiar para siempre apostando desde esa mañana
por el Dios hecho misericordia con quien se cara a cara encontró.
Oremos: Dulce faz de Jesús, danos la valentía y perseverancia para ir al
encuentro de tu rostro allí donde te has querido revelar más
patentemente. Amén.

Séptima Estación: “Jesús cae por segunda vez”.
Statio Septimae:

“Iesus procumbit iterum sub onere crucis”.

Sacerdote:

Adorámoste Cristo, y te bendecimos.

Feligreses:

Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“Noli instare mihi ut relinquam te et abeam; quocumque penexeris, pergam;
ubi morata fueris, et ego pariter morabor; populus meus, et Deus tuus Deus
meus” (Liber Ruth I, 16).
Luego de la primera caída del Señor, tres rostros se acercaron a Jesús: su
Madre María, Simón de Cirene y la Verónica. Es que parecía imposible no
darse cuenta que nuestro Señor hizo realidad lo anunciado en la antigüedad:
“casi sin figura”, “varón de dolores”, cada parte de su cuerpo y de su alma
estaban profundamente conmocionadas.
Cansancio físico sí, pero más aún era el peso de saber que llevaba los pecados
del mundo de todas las generaciones lo que en esta oportunidad le hace caer
nuevamente.

No era los pecados genéricamente considerados, sino los individualmente
asumidos con nombre e historia de cada uno…los míos, tuyos y de todos, tal
como San Pablo lo experimentó: “Jesús me amó y se entregó por mí”. Nunca
acabaremos de profundizar en el misterio por el cual los pecados cometidos
por una creatura hicieron posible que Cristo, de manera plenamente voluntaria
asumiese conscientemente -como Mesías- padecer el largo camino que desde
el amanecer lo condujo hacia el Gólgota en mediodía.
Fue su amor misericordioso el que le hizo colocarse de pie para no dejar
inconcluso el itinerario de la salvación. Su condición divina le hacía tener una
visión plena de lo que había en el corazón de cada uno de quienes le
acompañaban, como de aquellos que temerosamente se ocultaban para no ser
descubiertos.
“Vino al mundo y los suyos no lo recibieron”. ¿Se alejó por ello de su misión?
¿Se entibió su amor por el eventual rechazo y olvido? ¿Vaciló en seguir
adelante por las negaciones, dudas y traiciones de sus propios apóstoles?
Nada de ello. No sin dificultad una vez más se puso de pie. ¿Valía la pena
tanto esfuerzo? Por cierto, pues la sangre y la vida del Verbo Encarnado era la
que se inmolaba, por lo cual ¿cómo dudar del sentido sanador y reparador que
le llevó el amor misericordioso a tender la mano a quienes hasta ese momento
solamente mostraban odio y desdén hacia Aquel que “pasó haciendo el
bien”?
Dios es más que nuestro pecado. Realmente, Él siempre puede más. Si acaso
se colocó de pie, fue para darnos la fuerza necesaria de retomar el camino
luego de haber negado de su amor. Dios solo es obsesivo cuando se trata de
colocar su propia mejilla, si solo se trata de dar vuelta una página, si solo se
trata de rescatar del precipicio una sola alma.
Oremos: Señor Jesús, reviviendo tu camino a la Cruz, te pedimos la
gracia de no ceder a la tentación de la melancolía y del desaliento en
medio de las dificultades de nuestra vida, que seamos con tu gracia un
apoyo seguro donde nuestros hermanos retomen la confianza de poder
escribir una vida nueva desde la certeza de saberse amados por tu Divina
Misericordia. Amen.

Octava Estación: “Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén”.
Statio Octavae:

“Iesus plorantes mulieris alloquitur”.

Sacerdote:

Adorámoste Cristo y te bendecimos.

Feligreses:

Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“Ego, autem vermis sum et non homo, abjecto plebis. Omnes desiderunt me,
et torquentes labia dicunt: “Speravi in Domino, salvum faciat eum et eripiat
eum, quoniam Deus amat eum” (Liber Psalmorum XXII,7.10).
Aquel corazón que tanto amó e hizo el bien, que un día condujo a Jesús a
tomar la iniciativa para consolar a una viuda que había perdido a su hijo único;
que se detuvo ante el juicio injusto y falaz de los hombres hacia aquella mujer
pronta a ser lapidada; que revivió a la hija de un padre desesperado, ahora
avanza por las resecas callejuelas a la salida de la ciudad de Jerusalén, con el
solo murmullo de las suspicacias y desdenes que parecen resurgir desde cada
recoveco.

No es al agotamiento físico, el que dificulta el avance del condenado. Es el
desprecio y odio deicida de cuantos ven como rival poderoso a sus orgullos,
poderes y placeres, el amor misericordioso y gratuito de quien no dejaba de
insistir, hasta la noche anterior: “Amaos los unos a los otros como Yo os he
amado”.
El odio destruye y reseca, la misericordia edifica y vivifica con una esperanza
que resulta un permanente amanecer. Era cerca del mediodía. Cuando el sol
golpeaba con más fuerza aquella región, de la misma manera el mundo hoy
parece estar en la plenitud de su agotamiento, donde la crispación social, el
desencuentro con la naturaleza, la mutua desconfianza, y la soberbia
exacerbada de un mundo edificado a espaldas y contra Dios, ha llevado al
hombre a experimentar un grado creciente de soledad y desamparo.
Un mundo alzado sin Dios es un mundo edificado contra el hombre.
A nuestro alrededor son muchos quienes, de múltiples maneras, padecen la
indiferencia y la frialdad del pragmatismo.
La falta de una verdadera intimidad con Dios y de una vida espiritual acorde
con sus preceptos, nos coloca en el camino de los sucedáneos que terminan
engañosamente condiciéndonos a la tibieza de la caridad que apaga la
misericordia.
El consuelo que Jesús da a las piadosas mujeres de Jerusalén es una invitación
para estar atentos y disponibles a toda hora del prójimo que está a nuestro
lado, en el cual, se recrea el rostro sufriente del peregrino del Calvario,
que –nuevamente- detiene su mirada y dirige su voz a cada uno de nosotros
diciéndonos: “Consolad, consolad a mi pueblo, dice el Señor”.
Oremos: Buen Jesús, consuelo de quien te busca, mira el interior de
nuestra sociedad, que prontamente retorne al camino que le invitas,
venciendo la soberbia de una fantasiosa autonomía que le conduce al
olvido de los más desvalidos y necesitados. Sea el abandono permanente
en tu Divina Misericordia el faro de todo consuelo en estas horas cruciales
para la humanidad y para nuestra Iglesia Santa. Amen.

Novena Estación: “Jesús cae por tercera vez”.
Statio Novenae:

“Iesus procumbit tertium sub onere crucis”.

Sacerdote:

Adorámoste Cristo y te bendecimos.

Feligreses:

Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“Filiae Ierusalem, nolite flere super me, sed super vos ipsus flete et super
filios vestros…quia si in viridi ligno haec faciunt, in arido, quid flet?”
(Evangelium secumdum Luccae XXIII, 28,3).
El refranero condensa la sabiduría de nuestros antepasados: “La tercera es la
vencida” solemos decir cuando luego de dos intentos fracasados lo hacemos
nuevamente. En este caso, hay una lógica del Cielo que es contraria a nuestra.
Y, en el empinado ascenso al patíbulo, las fuerzas flaqueaban en el
condenado.
Y, abruptamente se desploma. Ante el dolor de su madre, ante la sorpresa de
los espectadores y los vítores de quienes clamaban “que su sangre caiga
sobre nosotros y nuestra descendencia”.

Sería ligero pensar que sólo por el peso físico del madero sobre sus hombros,
o por el hecho de haber trastabillado por una piedra que se derrumbara ante
todos el Dios hecho hombre, Creador de cielo y tierra. ¡Había algo más!
¡Hubo una razón más poderosa!
Es verdad que Dios no hace basura. La hacemos nosotros cediendo al pecado.
La verdadera miseria consiste en alejarse de la misericordia, que es gratuita,
diligente, audaz y sobreabundante.
¿Qué tenemos que realmente no nos haya sido dado? ¿A qué llamamos propio
o esencialmente creado por cada uno? La creación entera nos habla no sólo del
poder de Dios sino que evidencia su cuidado providente y misericordioso
hacia cada una de sus creaturas. ¡Nada escapa a su mirada!
Como hombre verdadero y Dios verdadero llevaba el peso de nuestros
pecados, también de tantas superficialidades y tibiezas que predisponen a las
faltas mayores. Más íntimo a nosotros que nuestra propia conciencia sabe de
qué estamos hechos, y hasta dónde llega nuestra maldad y menosprecio.
No obstante ello, es capaz de levantarse por tercera vez desde el suelo, para
decirnos con ello que el amor vence finalmente, y que la misericordia no se
doblega ante ninguna dificultad.
Por la práctica de “la ley del mínimo esfuerzo”, estamos habituados a
mantener una “religiosidad del más o menos”, que nunca acaba de asumir una
convicción por evitar la senda que conduce hacia la Bienaventuranza eterna.
Y, entonces, quedamos a medio camino. No somos capaces de colocarnos de
pie. Y, aplicamos un doble estándar pretendiendo mutilar el evangelio con las
tijeras de nuestros deseos y caminos propios, lejanos a los que Dios quiere de
cada uno recorra.
Oremos: Dios de infinita misericordia, danos el don de sabiduría para
comprender tu voluntad y así poder retomar cada día, incluso desde el
suelo de nuestro pecado, la senda que más seguramente nos lleva hacia la
Vida Eterna, que nos has prometido y así poder escuchar un día de tus
propios labios: “Venid bendito de mi Padre al lugar preparado para ti desde
toda la eternidad”. Amen

Décima Estación: “Jesús es despojado de sus vestimentas”.
Statio decimae: “ Iesus a vestibus suis expoliatur”.
Sacerdote:

Adorámoste Cristo y te bendecimos.

Feligreses:

Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“Omne caput languidum et omne cor maerens; a pede usque ad verticem non
est sanitas in eo. Vulnus et plaga tumens, non circumligata, nec est
medicamine, nec curata, oleo fota” (Liber Prophetiae Isaiaha I, 5-6).
El hijo de Dios no tiene dónde reposar su rostro. Desprovisto de todo lo que
para el mundo pudiera tener algún valor y poder, nuestro Señor, antes de ser
puesto en la Cruz, se desprende de todo lo prescindible. Y, tal como la
Escritura lo profetizada y con el fin de dar cumplimiento pleno a ello, rifaron
la vestimenta que con prolijidad las manos su madre confeccionaron. No
podía ser quebrantado lo que el amor filial y maternal, divino y humano,
habían trazado. ¡Delicado gesto de nuestro Señor por las obras de su madre!

Respondía al reconocimiento que ya había hecho cuando un día preguntó:
¿Quién es mi Madre, sino aquella que cumple en todo la voluntad del Padre
que está en los cielos?
Es que su amor misericordioso le hizo considerar como importante lo que para
muchos eran simples detalles. En el amor verdadero que nace, se nutre, y se
plenifica es preocupado, atento, disponible, mostrando un espíritu de
generosidad en todo momento.
Pero, además, el amor misericordioso se reviste de aquellas virtudes que lo
presentan íntegro: es fiel, es puro, no tiene otro límite que alcanzare el bien
del cielo y de la tierra.
Lleno del amor de Dios, el amor humano se reviste de entrañas de
misericordia, que patentemente contempla la muchedumbre, y que
experimenta cada nuevo samaritano que viste a quien lo necesita y quien
custodia su cuerpo con la vestimenta decorosa que invita a la virtud de la
castidad.
El despojo de las vestimentas del Señor es una invitación a cubrirnos con las
virtudes. ¡Haznos más blancos que la nieve, Señor!
Es la misericordia la que nos exhorta a custodiar el cuerpo como templo de
Dios, aún en medio de una cultura que no comprende, que reniega y que se
burla, tal como lo hizo en el Calvario, de Aquel que pasó haciendo el bien.
Desprovisto de todo, desfigurado por los azotes, nuestro Señor se presenta
ante el mundo como quien está revestido de todo poder, de toda honra, y de
toda gloria. Desciende hasta lo más bajo de la miseria humana para desde ahí
tomarla y cubrirla de su amor que es siempre misericordioso.
Oremos: Señor Jesús, atento siempre a cada de una de nuestras
necesidades, concedemos la gracia de vestirnos de las virtudes y alejarnos
de los disfraces que surgen de la soberbia y de la falta de pudor, que
afean la dignidad a la cual tu amor misericordioso nos invita
permanentemente. Amén.

Undécima Estación: “Jesús clavado en la Cruz”.
Statio Undecimae:

“Iesus clavis affigitur cruci”.

Sacerdote:

Adorámoste Cristo y te bendecimos.

Feligreses:

Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

“Deus, Deus meus, quae me derelinquisti? Circundederunt me vituli multi et
super me os suum apererunt…Obsederunt me sicut leo pariens, faderunt
manus meas et pedes meos et dinumerari ossa mea. Diviserunt sibi vestimenta
mea et super vestem meam miserunt sortem” (Liber Psalmorum XXII, 13-17).
Estamos en la cultura de lo desechable. Todo es considerado transitorio. La
palabra empeñada, los juramentos dados, las promesas hechas suelen pender
en el delicado hilo de circunstancias y deseos.
El camino de Jesús junto a la Cruz, ahora llega a un momento determinante.
Para que se cumpla lo anunciado por el Señor: “Cuando sea elevado hacia lo
alta atraeré a todos hacia Mí”, es necesario que previamente su cuerpo se una
aún más al árbol de la vida que lleva en sus hombros.

En silencio fue llevado al matadero, sin rostro humano. A la distancia
escuchan la muchedumbre una docena de veces el martillo golpear el metal de
las estacas que taladran el cuerpo del Señor.
Sus manos, que bendijeron, sanaron, acogieron y perdonaron, se abren para
recibir el frio metal que no es capaz de cerrarlas en el puño obtuso de la
violencia, el egoísmo y la impotencia. Una vez más el amor misericordioso
tiene la última palabra.
Sus pies que recorrieron agrestes senderos, que escalaron cimas y avanzaron
prodigiosamente sobre las aguas impetuosas, fueron asidos al bendito madero
que recibía la sangre derramada para la salvación de muchos.
Ni la frialdad del metal, ni la rudeza de los golpes fueron capaces de doblegar
que esos pies volviesen a recorrer los caminos para ir a ver a sus hermanos
una vez que había resucitado.
Confiemos en que a pesar de encontrar tantos ambientes gélidos al Evangelio,
en verificar tanta persecución en un nuevo siglo marcado que padecen tantos
creyentes, será el amor misericordioso de Dios el que terminara reinando, para
lo cual no dejaremos de implorar cada día: Adveniat Regnum Tuum
En medio de la tibieza ambiental y la renuencia al compromiso miremos a
nuestro Señor que une voluntariamente su vida, su alma, su cuerpo a la cruz,
para que desde allí, descubra el mundo creyente, y cada bautizado, el valor
que tiene el amor como compromiso y testimonio de aquello que trasciende y
es definitivo.
Oremos: Jesús Misericordioso, te pedimos que nos des la gracia en este
día, donde te has unido de una vez para siempre al misterio de la Cruz, de
poder tener la sabiduría y la entereza de dar cumplimiento a los
compromisos asumidos a la medida de tu ejemplo desde lo alto del
Calvario. Amen.

Duodécima Estación: “Jesús muere en la Cruz”.
Statio duodecimae:

“Iesus moritur in cruce”.

Sacerdote:

Adorámoste Cristo, y te bendecimos.

Feligreses:

Que por tu Santa Cruz redimiste el mundo.

“Cristo confixus sum cruci; vivo autem non ego: vivit vero in me Christus, qui
se tradidit per nos. Christus passus est pro nobis, nobis relinqueras exemplum;
et cum dilexisset suos, in finem dilexit eos” (Epistola ad Galatas II, 19).
Todo está consumado. La Cruz es el horizonte del amor de Dios, allí donde
por medio de Cristo se une el cielo y la tierra.
La medida del amor misericordioso de Dios no tiene medida: va mas allá de lo
que imaginamos, se ubica un paso más delante de lo que deseamos, llega más
lejos que lo que podemos. ¡Dios siempre puede más!
Ni antes ni después un hombre ha pretendido alzarse como Dios. ¡Jesús lo dijo
claramente y fue la causa definitiva de su condena a muerte en Cruz: “Yo y mi
padre somos uno.

Los Evangelios nos entregan las siete palabras pronunciadas desde la cruz.
Hoy nos habla desde el silencio elocuente de permanecer pendiente.
Desde allí miraba a todas las generaciones de todos los tiempos, el que es ayer
hoy y siempre para morir por los pecados nuestros.
Señor: ¡No te bajes de esa Cruz! Sigue allí pues, es el camino para poder
alcanzar la salvación.
Aumenta nuestra fe para que nos mueva el verte en esa Cruz, donde te
presentas tan impotente: sin poder hablar, sin poder moverte, sin poder hacer
un gesto.
Nunca estuviste tan débil, pero nunca fuiste -a la vez- más poderoso.
Que la debilidad no sea obstáculo para seguirte sino que apoyados en tu fuerza
sirva para serte fiel y alcanzar un día la promesa llena de misericordia hecha
desde el altar de la cruz al buen ladrón arrepentido: “Hoy estarás junto a mí
en el Paraíso”.
Ver a Cristo muerto en la Cruz nos lleva a esforzarnos a llevar una vida
auténticamente cristiana, en la cual, una vez convertidos, sigamos la práctica
de las obras de misericordia a imagen de aquel amor cuya mirada se detiene
hoy en nuestros corazones.
Oremos: Buen Jesús de la Misericordia, que nos has amado hasta el
extremo de entregar tu propia vida por nuestra salvación, haznos
perseverantes en el camino de la conversión, para que asistidos por la
contemplación de la cruz, tengamos de determinación a la cual nos invitas
diciéndonos: “Vive en paz, yo no te condeno, procura no volver a pecar”.
Amén.

Decimotercera Estación: “Jesús es descendido de la Cruz”.
Statio Decimotertiae:

“Iesus ex cruce deponitur”.

Sacerdote:

Adorámoste Cristo y te bendecimos.

Feligreses:

Que por tu Santa Cruz redimiste el mundo”.

“Et erat jam fere hora sexta, et tenebrae factae sunt in universa terra, usque in
horam nonam; et obscuratus est sol, et velum templi scissum est in médium.
Et clamans voce magna, Iesus ait: ¡Pater! ¡Pater! In manus tuas commendo
spiritum meum. Et, inclinato capite, emisit spiritum” (Evcangelium
saecundum Lucae XXIII, 44-46).
La primera en tener en sus brazos al autor de la salvación del mundo que nacía
sería la primera en cobijar en sus maternales brazos el cuerpo inerte de su hijo
y Dios.
¡Cuánto veneración en el corazón de quien fue constituida llena de gracia!
Cuánta fe era ahora necesaria para enfrentar el cumplimiento de la profecía
echa en orden a que ¡una espada traspasaría su corazón! , y que María
experimenta en toda su crudeza lo que desde entonces ya vislumbraba. ¡Fiat!
¡Hágase en mí según tu palabra!

No nos cuesta recibir a visitas agradables, siempre es grato acoger a quienes
son virtuosos, pero lo que resulta un despojo para la sociedad, aquellos que
desde su miseria parecen poco queribles, suelen quedar relegados en un
segundo plano.
Nuestros hogares como nuestros corazones suelen tener despachos y lugares
para recibir de primera, de segunda y de tercera, no sólo desde una realidad
social, material, sino lo que es más grave aún, desde el plano espiritual y
moral. ¡Tenemos en nuestro corazón a quienes consideramos parias!
Jesús, en su amor misericordioso nos recibe a todos de primera, siempre,
haciendo de los despojos nuestros los verdaderos tesoros de la Iglesia.
Para Nuestro Señor no hay despojo humano indeseable e intratable, siempre
se puede acoger, siempre se puede esperar la conversión del pecador más
empedernido, pues la última palabra la tiene siempre el juicio justo, veraz y
misericordioso de nuestro Dios. Tenemos un Dios cuya misericordia hace
posible que seamos en todo momento sus hijos pródigos.
Al mirar en esta penúltima estación el cuerpo de Jesús en las manos de su
madre, recordamos a tantas almas que como despojos, no tienen una palabra
de consuelo, no obtienen una enseñanza de verdad, ni reciben una mirada de
compasión, de parte de quienes han sido constituidos para ser intérpretes de la
misericordia de Dios.
Oremos: Señor, danos un corazón atento a las almas que nuestra sociedad
desperdicia, para que podamos ser portadores de un corazón
misericordioso dócil a tus palabras fiel a las enseñanzas de la Iglesia, y
veraz en el trato hacia los más débiles que caminan a nuestro alrededor.
Amén.

Decimocuarta Estación:

“Jesús es sepultado”.

Statio decimocuartae:

“Iesus sepulchro conditur”.

Sacerdote:

Adorámostre Cristo y te bendecimos.

Feligreses:

Que por tu Santa Cruz redimiste el mundo.

“Dulce lignum, dulces clavos, dulcia ferens pondera, quae sola tu fuisti digna
Regem coeli sustinere. Ecce, enim, lignum crucis, in quo salus mundi
pependit: Ave, o Crux, Spes única hoc passionis tempore” (Ex in Feria Sexta
de Passione Domini).
Y, llegamos a la última estación. Con la sepultura de Jesús termina el extenso
camino del Vía Crucis. En una tumba nueva, donada por José de Arimatea,
descansará el cuerpo de Cristo para manifestarse resucitado al tercer día tal
como lo prometió.
Jesús conoció la muerte como todos los hombres. Entonces, el alma de Cristo
desciende para rescatar del lugar de espera, a cuantos desde el pecado original
anhelaban el advenimiento del Mesías.

Adán, Noé, Abrahán, Moisés, Juan Bautista, San José Custodio, cada uno
despierta en este día cuando el Señor va al lugar de los muertos para
anunciarles la Redención. Tiene por primera la certeza de estar ante Jesús, “el
Príncipe de la Vida” (Hechos de los Apóstoles III, 15).
¡Cuánta alegría en las almas que despiertan desde la nostalgia de Dios!
¡Despierten, vayan y vean a Dios! fue el anuncio de Cristo en este día: en el
cual “Hasta a los muertos ha sido anunciada la Buena Nueva” (1 San Pedro
IV, 6).
Aquel día les dijo: “Yo soy tu Dios, que por ti me hice hijo tuyo, por ti y por
todos estos que habían de nacer de ti”.
Despierta, tú que duermes; porque Yo no te he creado para que estuvieras
preso en la región de los muertos. Levántate de entre los muertos; yo soy la
vida de los que han muerto.
Es el pleno cumplimiento del anuncio evangélico de la salvación. Es la última
fase de la misión mesiánica de Jesús, inmersa en el tiempo, que llegaba a
todos los hombres de todos los tiempos.
Un silencio sonoro acampa sobre toda la tierra en estas horas. Una soledad
parece acampar en nuestras almas. Silencio, porque El Rey del Universo está
durmiendo, y la tierra espera el despuntar del alba que anunciará la una alegría
sin ocaso.
Oremos: Señor Jesús aumenta el espíritu de fe para recordar a cada uno
de nuestros difuntos necesitados de nuestra oración por su eterno
descanso, haznos devotos de las benditas ánimas del purgatorio y que
congraciados mutuamente, hagamos realidad el camino de la cruz como
la senda de la misericordia. Amen.

Sacerdote: Mirad el Árbol de la Cruz.
Donde estuvo pendiente la salvación del mundo.
Feligreses: Venid, adoremos a Dios.
I.

HIMNO: “PERDONA A TU PUEBLO SEÑOR”.

Perdona a tu pueblo, Señor, perdona a tu pueblo, perdónale,
Señor.
Por las tres horas de tu agonía, en que por Madre diste a María,
perdónale, Señor.
Por las heridas de pies y manos, por los azotes tan inhumanos,
perdónale, Señor
Por los tres clavos que te clavaron, y las espinas que te punzaron,
perdónale, Señor.
Por la abertura de tu Costado, no estés eternamente enojado,
perdónale, Señor.
Por tus profundas llagas crueles, por tus salivas y por tus hieles,
perdónale, Señor.
Padre Nuestro, Ave María, Gloria al Padre.
Antífona: Cristo por nosotros se sometió, incluso a la muerte.
Y una muerte de Cruz.
Por eso, Dios lo levantó sobre todo,
y le concedió el nombre sobre todo nombre.

Sacerdote: Mirad el Árbol de la Cruz.
Donde estuvo pendiente la salvación del mundo.
Feligreses: Venid, adoremos a Dios.

II.

HIMNO: “OH, CRISTO TU REINARÁS”.

Oh Cristo tú reinarás, Señor, tú nos salvarás.
El Verbo en ti clavado, muriendo nos rescató. De ti madero santo
nos viene la Redención.
Impere sobre el odio tu Reino de caridad, alcancen las naciones el
gozo de la unidad.
Extiende por el mundo tu reino de salvación, oh Cruz fecunda
fuente, de vida y bendición.
Aumenta en nuestras almas tu Reino de Santidad, el río de la gracia
apague la iniquidad.
La gloria por los siglos a Cristo Redentor, su Cruz nos lleva al cielo,
la tierra de promisión.
Padre Nuestro, Ave María, Gloria al Padre.
Antífona: Cristo por nosotros se sometió, incluso a la muerte.
Y una muerte de Cruz.
Por eso, Dios lo levantó sobre todo,
y le concedió el nombre sobre todo nombre.

Sacerdote: Mirad el Árbol de la Cruz.
Donde estuvo pendiente la salvación del mundo.
Feligreses: Venid, adoremos a Dios.

III. HIMNO: “VENID OH CRISTIANOS”.
¡Venid oh cristianos! La cruz adoremos, la cruz ensalcemos de
nuestro Jesús.
¡Oh Cruz adorable! Yo te amo, te adoro de gracias tesoro, emblema
de amor.
¡Oh almas amantes! La Cruz adoremos, la voz levantemos, Jesús nos
amó.
¡Oh árbol divino! ¡Oh fuente de gloria! Eterna memoria, de mi
Redentor.
Amemos cristianos, la Cruz del amado, Jesús que enclavado en ella
murió.
Venid, almas fieles, besad con anhelo, la Llave del Cielo, la Cruz del
Señor.
Tus brazos abiertos disipan temores y esparcen fulgores, de paz y perdón.
La Cruz es un libro, que en muda elocuencia enseña la ciencia de la salvación.

Padre Nuestro, Ave María, Gloria al Padre.
Antífona: Cristo por nosotros se sometió, incluso a la muerte.
Y una muerte de Cruz.
Por eso, Dios lo levantó sobre todo,
y le concedió el nombre sobre todo nombre.

Sacerdote: Mirad el Árbol de la Cruz.
Donde estuvo pendiente la salvación del mundo.
Feligreses: Venid, adoremos a Dios.

IV. HIMNO: “PERDÓN OH DIOS MÍO”.
Perdón, oh Dios mío, perdón e indulgencia. Perdón y clemencia,
perdón y piedad.
Pequé ya mi alma, su culpa confiesa, mil veces me pesa de tanta
maldad.
Mil veces me pesa, de haber mi pecado, tu pecho rasgado ¡Oh suma
Beldad!
Mi rostro cubierto, de llanto lo indica, mi lengua publica tan triste
verdad.
Yo fui quien del duro, madero inclemente, te puse pendiente con vil
impiedad.
Por mí en el tormento, tu sangre vertiste y prenda me diste, de amor
y piedad.
Mas ya arrepentido, te busco lloroso, Oh Padre amoroso, oh Dios de
bondad.
Padre Nuestro, Ave María, Gloria al Padre.
Antífona: Cristo por nosotros se sometió, incluso a la muerte.
Y una muerte de Cruz.
Por eso, Dios lo levantó sobre todo,
y le concedió el nombre sobre todo nombre.

Sacerdote: Mirad el Árbol de la Cruz.
Donde estuvo pendiente la salvación del mundo.
Feligreses: Venid, adoremos a Dios.

V.

HIMNO: “HASTA TUS PLANTAS”.

Hasta tus plantas, Señor llegamos, buscando asilo en tu Corazón, tus
gracias todas hoy imploramos, que ellas protejan nuestra Nación.
Do quiera el Rey de Reyes, lévantese un altar, a Dios queremos, en
nuestras leyes, en las escuelas y en el hogar.
Mientras el culto de nuestra historia a los patriotas aliento dé.
Nuestros mejores himnos de gloria, serán los cantos de nuestra fe.
A Dios queremos en la enseñanza porque la infancia desde su albor,
lleve en el alma fe y esperanza, y a Jesús ame su Redentor.
A Dios queremos en los hogares, crezcan los hijos en fe y pudor, y
los esposos en los altares, prometan fieles perpetuo amor.
Padre Nuestro, Ave María, Gloria al Padre.
Antífona: Cristo por nosotros se sometió, incluso a la muerte.
Y una muerte de Cruz.
Por eso, Dios lo levantó sobre todo,
y le concedió el nombre sobre todo nombre.

Sacerdote: Mirad el Árbol de la Cruz.
Donde estuvo pendiente la salvación del mundo.
Feligreses: Venid, adoremos a Dios.
VI. HIMNO: “SI, ME LEVANTARÉ”.
Sí, me levantaré, volveré junto a mi Padre.
A ti Señor, elevo mi alma, Tú eres mi Dios y mi Salvador.
Mira mi angustia, mira mi pena, dame la gracia de tu perdón.
Mi corazón busca tu rostro; oye mi voz, Señor ten piedad.
A ti, Señor, te invoco y llamo. Tú eres mi Roca, oye mi voz.
No pongas fin a tu ternura, haz que me guarde siempre tu amor.
Sana mi alma y mi corazón, porque pequé, Señor, contra Tí.
Padre Nuestro, Ave María, Gloria al Padre.
Antífona: Cristo por nosotros se sometió, incluso a la muerte.
Y una muerte de Cruz.
Por eso, Dios lo levantó sobre todo,
y le concedió el nombre sobre todo nombre.

Sacerdote: Mirad el Árbol de la Cruz.
Donde estuvo pendiente la salvación del mundo.
Feligreses: Venid, adoremos a Dios.
VII. HIMNO: “ESTABA LA MADRE DOLOROSA”. (A)
Stabat Mater dolorosa, juxta crucem lacrimosa, dum pendebat Filius.
Cujus ániman gementem, contristatam et dolentem per transivit
gladius.
O quam tristis et afflícta fuit illa benedicta, Mater unigéniti.
Quae maerebat et dolebat, pia Mater dum videvat, nati poenas
inclyti.
Pro peccatis suae gentis Jesum vidit in tormentis Et flagellis
subditum.
Vidit suum dulcem natum, Morientem desolatum, Dum emisit
spiritum.
Tui nati vulneráti Tam dignati pro me pati, Poenas mecum dívide!
Fac me vere tecum flére, Crucifíxo condolere, Donec ego víxero.
Padre Nuestro, Ave María, Gloria al Padre.
Antífona: Cristo por nosotros se sometió, incluso a la muerte.
Y una muerte de Cruz.
Por eso, Dios lo levantó sobre todo,
y le concedió el nombre sobre todo nombre.

Sacerdote: Mirad el Árbol de la Cruz.
Donde estuvo pendiente la salvación del mundo.
Feligreses: Venid, adoremos a Dios.
VIII HIMNO: “ESTABA LA MADRE DOLOROSA” (B).
Juxta crucem tecum stare, te libénter sociare in planctu desídero.
Virgo virginum praeclara, mihi jam non sis amara, fac me tecum
plangere.
Fac ut portem Christi mortem, Passionis eius sortem, et plagas
recólere.
Fac me plagis vulnerari, Cruce hac inebriari, ob amorem filii.
Inflammatus et accensus, per te virgo sim defensus, in die judicii.
Fac me cruce custodiri, Morte Christi praemuniri, Confoveri gratia.
Quando corpus morietur, fac ut animae donetur Paradisi gloria.
Amen.
Padre Nuestro, Ave María, Gloria al Padre.
Antífona: Cristo por nosotros se sometió, incluso a la muerte.
Y una muerte de Cruz.
Por eso, Dios lo levantó sobre todo,
y le concedió el nombre sobre todo nombre.

Sacerdote: Mirad el Árbol de la Cruz.
Donde estuvo pendiente la salvación del mundo.
Feligreses: Venid, adoremos a Dios.
IX. HIMNO: SEÑOR ¿QUIÉN ENTRARÁ?
Señor, quien entrará,
en tu santuario, para alabar (2).
El de manos limpias, de corazón puro
no ser vanidoso, enséñame a amar (2).
Señor, yo quiero entrar,
en tu santuario, para alabar (2).
Dame manos limpias y corazón puro
no ser vanidoso, enséñame a amar (2).
Señor, ya puedo entrar
en tu santuario, para alabar (2).
Tu sangre me lava, tu fuego me quema
tu Espíritu Santo inunda mi ser (2).

Padre Nuestro, Ave María, Gloria al Padre.
Antífona: Cristo por nosotros se sometió, incluso a la muerte.
Y una muerte de Cruz.
Por eso, Dios lo levantó sobre todo,
y le concedió el nombre sobre todo nombre.

Sacerdote: Mirad el Árbol de la Cruz.
Donde estuvo pendiente la salvación del mundo.
Feligreses: Venid, adoremos a Dios.
X. HIMNO: “TUYO SOY”.
Yo no soy nada y del polvo nací,
pero Tú me amas y moriste por mí.
Ante la Cruz, sólo puedo exclamar: ¡Tuyo soy! ¡Tuyo soy!

Toma mis manos, te pido,
toma mis labios, te amo,
toma mi vida, oh Padre tuyo soy, tuyo soy.

Cuando de rodillas te miro Jesús,
veo tu grandeza y mi pequeñez.
¿Qué puedo darte yo, sólo mi ser? ¡Tuyo soy! ¡Tuyo soy!

Padre Nuestro, Ave María, Gloria al Padre.
Antífona: Cristo por nosotros se sometió, incluso a la muerte.
Y una muerte de Cruz.
Por eso, Dios lo levantó sobre todo,
y le concedió el nombre sobre todo nombre.

Sacerdote: Mirad el Árbol de la Cruz.
Donde estuvo pendiente la salvación del mundo.
Feligreses: Venid, adoremos a Dios.
XI. HIMNO: “PESCADOR DE HOMBRES”.
Tú, has venido a la orilla, no has buscado ni a sabios ni a ricos, tan
solo quieres que yo te siga.
Señor, me has mirado a los ojos, sonriendo has dicho mi nombre,
en la arena he dejado mi barca, junto a ti buscaré otro mar.
Tú sabes bien lo que tengo, en mi barca no hay oro ni espadas, tan
solo redes y mi trabajo.
Tú, necesitas mis manos mi cansancio que a otros descanse, amor
que quiere seguir amando.
Tú, pescador de otros mares, ansia eterna de almas que esperan,
amigo bueno que así me llamas.

Padre Nuestro, Ave María, Gloria al Padre.
Antífona: Cristo por nosotros se sometió, incluso a la muerte.
Y una muerte de Cruz.
Por eso, Dios lo levantó sobre todo,
y le concedió el nombre sobre todo nombre.

Sacerdote: Mirad el Árbol de la Cruz.
Donde estuvo pendiente la salvación del mundo.
Feligreses: Venid, adoremos a Dios.

XII. HIMNO: “TU CORAZÓN JESÚS”.
Tu Corazón Jesús, es fuente de dulzura, do acude el pecador sus
penas a endulzar. Y el tuyo es oh María, el ancora segura del alma a
quien Satán te quiere arrebatar.
Corazón Santo de mi Señor, acoge el canto que alza mi voz. Y, tu
María a la mansión de tu reinado condúcenos.
Tu Corazón Jesús, herido por la lanza es fuente de esperanza del
mundo seductor. Y el tuyo es Madre mía, la ligera barquilla, que
lleva hasta la orilla al Hijo de su amor.
Tu Corazón Jesús es víctima sagrada, que a Dios por nuestro amor
se ofrece en el altar. Y el tuyo es Madre mía, María Inmaculada del
triste pecador, refugio singular

Padre Nuestro, Ave María, Gloria al Padre.
Antífona: Cristo por nosotros se sometió, incluso a la muerte.
Y una muerte de Cruz.
Por eso, Dios lo levantó sobre todo,
y le concedió el nombre sobre todo nombre.

Sacerdote: Mirad el Árbol de la Cruz.
Donde estuvo pendiente la salvación del mundo.
Feligreses: Venid, adoremos a Dios.

XIII. HIMNO: “SI YO NO TENGO AMOR”.
Si yo no tengo amor yo nada soy, Señor. Si yo no tengo amor yo
nada soy, Señor.
El amor es comprensivo, el amor es servicial, el amor no tiene
envidia,
el amor no busca el mal.
El amor nunca se irrita, el amor no es descortés, el amor no es
egoísta, el amor nunca es doblez.
El amor disculpa todo, el amor es caridad, no se alegra de lo injusto,
sólo goza en la verdad.
El amor soporta todo, el amor todo lo cree, el amor todo lo espera, el
amor es siempre fiel.
Nuestra fe, nuestra esperanza, junto a Dios terminarán; el amor es
algo eterno, nunca, nunca pasará.

Padre Nuestro, Ave María, Gloria al Padre.
Antífona: Cristo por nosotros se sometió, incluso a la muerte.
Y una muerte de Cruz.
Por eso, Dios lo levantó sobre todo,
y le concedió el nombre sobre todo nombre.

Sacerdote: Mirad el Árbol de la Cruz.
Donde estuvo pendiente la salvación del mundo.
Feligreses: Venid, adoremos a Dios.
XIV. HIMNO: “VIENEN CON ALEGRÍA”.
Vienen con alegría, Señor,
Cantando vienen con alegría, Señor;
Los que caminan por la vida, señor
Sembrando tu paz y amor.
Vienen trayendo la esperanza
a un mundo cargado de ansiedad,
a un mundo que busca y que no alcanza
caminos de amor y de amistad.
Vienen trayendo entre sus manos,
esfuerzos de hermanos por la paz,
deseos de un mundo más humano
que nace del bien y la verdad.
Cuando el odio y la violencia
aniden en nuestro corazón,
el mundo sabrá que por herencia
le aguardan la tristeza y el dolor.
Padre Nuestro, Ave María, Gloria al Padre.
Antífona: Cristo por nosotros se sometió, incluso a la muerte.
Y una muerte de Cruz.
Por eso, Dios lo levantó sobre todo,
y le concedió el nombre sobre todo nombre.