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HOMENAJE

Poético - musical a

MIGUEL HERNÁNDEZ

LA VOZ QUE NO CESA


Martes, 27de Abril a las 20:00h
en la Casa de la Cultura de Arenas

Organiza: Colaboran:
Proyecto Poesía para Arenas Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Arenas
Biblioteca Municipal de Arenas
Fundación Miguel Hernández (Orihuela)

http://poesiaparaarenas.blogspot.com/
CANCIÓN:

VIENTOS DEL PUEBLO ME LLEVAN

Vientos del pueblo me llevan,


vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.

Los bueyes doblan la frente,


impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.

No soy un de pueblo de bueyes,


que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.

¿Quién habló de echar un yugo


sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?

Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de relámpagos,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las lágrimas;
extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza,
hombres que entre las raíces,
como raíces gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,
yugos que habéis de dejar
rotos sobre sus espaldas.

Crepúsculo de los bueyes


está despuntando el alba.

Los bueyes mueren vestidos


de humildad y olor de cuadra;
las águilas, los leones
y los toros de arrogancia,
y detrás de ellos, el cielo
ni se enturbia ni se acaba.
La agonía de los bueyes
tiene pequeña la cara,
la del animal varón
toda la creación agranda.

Si me muero, que me muera


con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.

Cantando espero a la muerte,


que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.
1.- PRESENTACIÓN:

Bienvenidos a todos y a todas. Llegó con tres heridas: la de la


vida, la del amor y la de la muerte, en estos hermosos, esenciales y
tremendos versos, Miguel Hernández nos hace un resumen de lo
que ha sido su vida y su poesía. Vida, amor y muerte, estos serán
los tres vértices que guiarán este homenaje a un hombre y a un
poeta apasionado y comprometido con lo que vivió y con lo que
escribió.
Quiero dar las gracias a todas las personas que han
colaborado y que han hecho posible que este acto de homenaje se
haya podido realizar: Concejalía de cultura, equipo técnico,
músicos, recitadores, artistas y a todos vosotros por estar aquí. Sin
más, os invito a que os dejéis llevar por LA VOZ QUE NO CESA, la
voz del poeta Miguel Hernández.

Canción:
Llegó con tres heridas
Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.

Con tres heridas viene:


la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.

Con tres heridas yo:


la de la vida,
la de la muerte,
la del amor.
A.- PRIMERA PARTE:

PRIMERA HERIDA: LA VIDA

Miguel sintió la vida como una herida abierta, como un


rayo incesante, devorador de goces y dolores. “Como el
toro he nacido para el luto....” dejó escrito.
Miguel Hernández Gilabert nació en Orihuela, el 30 de
octubre de 1910. Fue el segundo hijo de una familia
numerosa y humilde. Su padre, hombre autoritario y
siempre receloso de los “aires” literarios de su hijo, y quien
según las propias palabras del poeta “me molía a palos”,
contrasta con una madre asustada de su hombre y
preocupada por su hijo, incluso en los momentos más
difíciles, ayudándole a espaldas de su propio marido.
Cursó estudios primarios en diversos colegios, hasta
que a los catorce años su padre, a pesar de la negativa de
sus profesores, lo coloca de aprendiz en un comercio local,
y posteriormente, le pone a cuidar un rebaño de cabras y a
repartir leche a los vecinos del pueblo. Este hecho, de
principio penoso, también hizo que Miguel se esforzara con
más ahínco en su empeño de libertad y cultura y en
soledad, mientras vigilaba sus cabras leía a Virgilio, a San
Juan de la Cruz ó a los nuevos poetas, y se sobrecogía al
contemplar los misterios de la naturaleza (la lluvia, el
viento, la luna, la fertilidad desbordante de los animales....).
Cada vez que podía acudía a la biblioteca a devorar
libros, y se incorporó a la vida literaria de su pueblo, fue así
como conoció a Ramón Sijé “Con quien tanto quería...” que
le animaba a desarrollar una vida artística.
Miguel soñaba con entrar en contacto con la gran
cultura, por eso viaja a Madrid, pero tras fracasar en la
capital, vuelva a Orihuela, donde se encuentra con Josefina
Manresa, mujer y compañera que le marcará gran parte de
su vida sentimental. Publica sus primeros poemas y escribe
su primer libro: “Perito en Lunas” (poemario de corte
gongorino, donde la luna será el eje conductor de los
poemas y donde recoge sus experiencias vividas del
contacto directo con la tierra).

En su segunda estancia en Madrid, comienza su


reconocimiento como poeta, conoce y trata a importantes
personajes de la cultura más vanguardista española: Lorca,
Aleixandre, Neruda, María Zambrano, Maruja Mallo, que le
en ponen contacto con las nuevas corrientes literarias y con
el compromiso social.
La muerte de su amigo Ramón Sije marcó
profundamente su corazón del que sale su memorable
Elegía a Ramón Sijé. Logra publicar su nuevo libro “El rayo
que no cesa” ( manifestación del amor apasionado, herido y
encendido del poeta. libro de crisis personal y lleno de
hermosos sonetos).
Nada más comenzar la guerra, Miguel se une a la
causa republicana, el compromiso político le llevó a militar
en el partido comunista, acudiendo incluso a los campos de
batalla para dar aliento a las tropas. Publica “Vientos del
pueblo” (poesía de combate y profundamente social)
La muerte de su primer hijo Miguel Ramón y los graves
sucesos que contempla en la guerra serán el germen de su
próxima publicación “El hombre acecha” (que aunque sigue
siendo un libro de compromiso, se refleja en él un cierto
desencanto y se llena de dolor al comprobar la crueldad del
ser humano).
El nacimiento de su segundo hijo Manuel Miguel, le
supuso un respiro espiritual, y escribe “Cancionero y
Romancero de Ausencias” (su libro más depurado,
personal, maduro, e íntimo, con poemas dirigidos a su
mujer, a sus hijos, y a su propio existir).
El final de la guerra precipitarán los más terrible
presagios del poeta. Es detenido cuando se dirigía a
Portugal, sin embargo es dejado en libertad de manera
sorprendente. Miguel decide volver a Orihuela sin ser muy
consciente del riesgo que allí corría, es entonces detenido y
juzgado a pena de muerte, que se conmuta por cadena
perpetua. Pasa por diferentes cárceles de España, donde se
encuentra con numerosos amigos y donde sigue
escribiendo poemas.

POEMAS RECITADOS:

Sonreír con la alegre tristeza del olivo


Sonreír con la alegre tristeza del olivo.
Esperar. No cansarse de esperar la alegría.
Sonriamos. Doremos la luz de cada día
en esta alegre y triste vanidad del ser vivo.

Me siento cada día más libre y más cautivo


en toda esta sonrisa tan clara y tan sombría.
Cruzan las tempestades sobre tu boca fría
como sobre la mía que aún es un soplo estivo.

Una sonrisa se alza sobre el abismo: crece


como un abismo trémulo, pero valiente en alas.
Una sonrisa eleva calientemente el vuelo.

Diurna, firme, arriba, no baja, no anochece.


Todo lo desafías, amor: todo lo escalas.
Con sonrisa te fuiste de la tierra y del cielo.

Aceituneros
Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién,
quién levantó los olivos?
No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor.

Unidos al agua pura


y a los planetas unidos,
los tres dieron la hermosura
de los troncos retorcidos.

Levántate, olivo cano,


dijeron al pie del viento.
Y el olivo alzó una mano
poderosa de cimiento.

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién
amamantó los olivos?

Vuestra sangre, vuestra vida,


no la del explotador
que se enriqueció en la herida
generosa del sudor.

No la del terrateniente
que os sepultó en la pobreza,
que os pisoteó la frente,
que os redujo la cabeza.

Árboles que vuestro afán


consagró al centro del día
eran principio de un pan
que sólo el otro comía.

¡Cuántos siglos de aceituna,


los pies y las manos presos,
sol a sol y luna a luna,
pesan sobre vuestros huesos!

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
pregunta mi alma: ¿de quién,
de quién son estos olivos?

Jaén, levántate brava


sobre tus piedras lunares,
no vayas a ser esclava
con todos tus olivares.
Dentro de la claridad
del aceite y sus aromas,
indican tu libertad
la libertad de tus lomas.

Menos tu vientre
Menos tu vientre,
todo es confuso.

Menos tu vientre,
todo es futuro
fugaz, pasado
baldío, turbio.

Menos tu vientre,
todo es oculto.

Menos tu vientre,
todo inseguro,
todo postrero,
polvo sin mundo.

Menos tu vientre,
todo es oscuro.

Menos tu vientre
claro y profundo.

El niño yuntero

Carne de yugo, ha nacido


más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.

Nace, como la herramienta,


a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.

Entre estiércol puro y vivo


de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.

Empieza a sentir, y siente


la vida como una guerra,
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.

Contar sus años no sabe,


y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.

Trabaja, y mientras trabaja


masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.

A fuerza de golpes, fuerte,


y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.

Cada nuevo día es


más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepultura.

Y como raíz se hunde


en la tierra lentamente,
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.

Me duele este niño hambriento


como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
revuelve mi alma de encina.

Le veo arar los rastrojos,


y devorar un mendrugo,
y declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.

Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.

¿quién salvará a este chiquillo


menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?
Que salga del corazón
de los hombres jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.

B.- SEGUNDA PARTE


2ª HERIDA: EL AMOR

El beso, el abrazo, la pasión, el amor forman parte del


universo personal y poético de Miguel Hernández.
Miguel, hombre complejo y sensible fue capaz de
conectar con su ser más profundo y comunicárnoslo a
través de su poesía. Ahí están sus combates, sus dudas, sus
alegrías. Su fuerte impulso vital y sexual se contrapuso
ferozmente a lo largo de su vida con su deseo de pureza y
de esencia, hecho éste que le hace conectar con la pena y
la muerte. En el poeta podemos distinguir diferentes etapas
a la hora de vivir y escribir la experiencia amorosa.
Una primera etapa adolescente profundamente
católica, donde aparece atormentado y lleno de
remordimientos al experimentar en su interior el choque
entre su instinto sexual (vivido como pecado) y su deseo de
castidad, así lo refleja en su poema La primera lamentación
de la carne. Ante esta dicotomía surge en él la pena,
sentimiento de angustia al frenar sus impulsos primarios, y
que le acompañará transformado bajo diferentes formas a
lo largo de toda su vida.
Con el descubrimiento de Madrid, los intelectuales, la
conciencia política y el amor hacia Josefina Manresa, el
poeta pasa del amor a Dios al amor a la mujer. Es el
momento del descubrimiento del amor erótico, que refleja
magistralmente en los sensuales sonetos de “El rayo que
no cesa”. Pero Miguel, hombre de luchas internas
poderosas, contrapone su deseo de amar, de libertad (de
hecho tiene varios escarceos amorosos) con el amor casto y
de novia formal con Josefina. La culpa, la distancia, la
inquietud, siguen presente en sus poemas. La metáfora del
“rayo” simboliza como ninguna otra, el deseo amoroso que
se hace incesante, encendido. El rayo como una herida de
amor fulminante y trágica.

La conciencia política, hace que Miguel despliegue una


nueva forma amorosa, el amor a la humanidad, al
compromiso de hermandad con el resto de los hombres, no
hay que olvidar que el poeta se crió entre campesinos y
gente del pueblo. Vivió de primera mano el sufrimiento de
los pobres y explotados. Se sentía parte de ese pueblo y
puso su poesía al servicio del combate y de la liberación. De
ese sentir nacen sus libros “Vientos del pueblo” y “El
hombre acecha”. Al igual que tiende a ese amor intenso y
entregado al la mujer, aquí se entrega al fragor de la lucha
en los campos de batalla. Pero este amor también se
enturbia y le llenan de desesperación al constatar los
destrozos de las guerras.
La derrota y la cárcel, hacen que Miguel enfoque su
mirada hacia Josefina y Manolillo. Miguel cambia su pulsión
amorosa arrebatada, por un amor más realista e íntimo,
alejado de los cánones románticos. Pero al Igual que las
etapas anteriores, el amor del poeta sigue estando marcado
por las dificultades. El trasiego de cárceles hace que le
separe de sus seres queridos. Su hambre de amor nunca
saciada, se va transformando en un sentimiento de entrega
amorosa como vemos en la carta que envía a su mujer al
saber que solo tienen para comer pan y cebolla, y de donde
saldrán los conmovedores versos de las “Nanas de la
cebolla”:
“Estos días me los he pasado cavilando sobre tu
situación, cada día más difícil. El olor de la cebolla
que comes me llega hasta aquí, y mi niño se sentirá
indignado de mamar y sacar zumo de cebolla en vez
de leche. Para que lo consueles, te mando esas
coplillas que le he hecho, ya que aquí no hay para mí
otro quehacer que escribiros a vosotros o
desesperarme…”

Si estamos hablando de amor, es preciso hablar de su


amor a las palabras y a la poesía. Miguel Hernández, poeta
de extracción popular, adquiere de forma autodidacta “su”
cultura literaria en un esfuerzo titánico por conquistar el
dominio del instrumento expresivo, siendo capaz de
encauzar su vigoroso caudal de sentimientos en un estilo
poético depurado y personal.
Miguel fue un poeta del amor entusiasmado, pero
también del amor herido. Un poeta del amor total: la mujer,
el hijo, las cosas, la vida, el pueblo….

CANCIÓN:

CANCIÓN DEL ESPOSO SOLDADO

He poblado tu vientre de amor y sementera,


he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.

Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,


esposa de mi piel, gran trago de mi vida,
tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos
de cierva concebida.

Ya me parece que eres un cristal delicado,


temo que te me rompas al más leve tropiezo,
y a reforzar tus venas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.

Espejo de mi carne, sustento de mis alas,


te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
ansiado por el plomo.

Sobre los ataúdes feroces en acecho,


sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
hasta en el polvo, esposa.

Cuando junto a los campos de combate te piensa


mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
te acercas hacia mí como una boca inmensa
de hambrienta dentadura.

Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:


aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.

Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado


envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garras.

Es preciso matar para seguir viviendo.


Un día iré a la sombra de tu pelo lejano,
y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
cosida por tu mano.

Tus piernas implacables al parto van derechas,


y tu implacable boca de labios indomables,
y ante mi soledad de explosiones y brechas
recorres un camino de besos implacables.

Para el hijo será la paz que estoy forjando.


Y al fin en un océano de irremediables huesos
tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.
Elegía a Ramón Sijé
(En Orihuela, su pueblo y el mío, se
me ha muerto como del rayo Ramón Sijé,
con quien tanto quería)

Yo quiero ser llorando el hortelano


de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas


y órganos mi dolor sin instrumento.
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.


Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.
Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,


lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,


y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,


temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,


no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta


de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,


quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte


y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera:


por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.


Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,


y tu sangre se irán a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,


llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas


del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

La boca
Boca que arrastra mi boca:
boca que me has arrastrado:
boca que vienes de lejos
a iluminarme de rayos.

Alba que das a mis noches


un resplandor rojo y blanco.
Boca poblada de bocas:
pájaro lleno de pájaros.
Canción que vuelve las alas
hacia arriba y hacia abajo.
Muerte reducida a besos,
a sed de morir despacio,
das a la grama sangrante
dos fúlgidos aletazos.
El labio de arriba el cielo
y la tierra el otro labio.
Beso que rueda en la sombra:
beso que viene rodando
desde el primer cementerio
hasta los últimos astros.
Astro que tiene tu boca
enmudecido y cerrado
hasta que un roce celeste
hace que vibren sus párpados.

Beso que va a un porvenir


de muchachas y muchachos,
que no dejarán desiertos
ni las calles ni los campos.

¡Cuánta boca enterrada,


sin boca, desenterramos!

Beso en tu boca por ellos,


brindo en tu boca por tantos
que cayeron sobre el vino
de los amorosos vasos.
Hoy son recuerdos, recuerdos,
besos distantes y amargos.

Hundo en tu boca mi vida,


oigo rumores de espacios,
y el infinito parece
que sobre mí se ha volcado.

He de volverte a besar,
he de volver, hundo, caigo,
mientras descienden los siglos
hacia los hondos barrancos
como una febril nevada
de besos y enamorados.

Boca que desenterraste


el amanecer más claro
con tu lengua. Tres palabras,
tres fuegos has heredado:
vida, muerte, amor. Ahí quedan
escritos sobre tus labios.
Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío...
Yo no quiero más luz que tu cuerpo ante el mío:
claridad absoluta, transparencia redonda,
limpidez cuya entraña, como el fondo del río,
con el tiempo se afirma, con la sangre se ahonda.

¿Qué lucientes materias duraderas te han hecho,


corazón de alborada, carnación matutina?
Yo no quiero más día que el que exhala tu pecho.
Tu sangre es la mañana que jamás se termina.

No hay más luz que tu cuerpo, no hay más sol: todo ocaso.
Yo no veo las cosas a otra luz que tu frente.
La otra luz es fantasma, nada más, de tu paso.
Tu insondable mirada nunca gira al poniente.

Claridad sin posible declinar. Suma esencia


del fulgor que ni cede ni abandona la cumbre.
Juventud. Limpidez. Claridad. Transparencia
acercando los astros más lejanos de lumbre.
Claro cuerpo moreno de calor fecundante.
Hierba negra el origen; hierba negra las sienes.
Trago negro los ojos, la mirada distante.
Día azul. Noche clara. Sombra clara que vienes.

Yo no quiero más luz que tu sombra dorada


donde brotan anillos de una hierba sombría.
En mi sangre, fielmente por tu cuerpo abrasada,
para siempre es de noche: para siempre es el día.

Tristes Guerras

Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes, tristes.

Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes, tristes.

Tristes hombres
si no mueren de amores.
Tristes, tristes.
C.- TERCERA PARTE

3ª HERIDA: LA MUERTE

La metáfora de la herida se hizo carne en el cuerpo del


poeta. La presencia de la muerte deja de ser un
presentimiento en verso, para convertirse en realidad
palpable.
Miguel Hernández cae preso nada más terminar la
guerra civil, y comienza un peregrinaje por diferentes
cárceles franquistas de España. Al llegar al Reformatorio de
adultos de Alicante ya venía arrastrando una bronquitis y
un principio de pulmonía, de los que parece bastante
recuperado. A finales de 1941, en pleno invierno, Miguel
comienza a sentirse cada vez más enfermo y entra en la
enfermería de la cárcel quedando postrado en cama. Los
médicos tras barajar la idea de la pulmonía, diagnostican
un cuadro de “tuberculosis pulmonar”, su pulmón izquierdo
está muy afectado. La fiebre es constante, y él se sabe muy
enfermo. Intuyendo su gravedad, encomienda a Josefina en
una de sus visitas a la cárcel que escondiera todos sus
escritos: “porque estos serán el pan de nuestro hijo”.
En marzo de 1942, el estado de Miguel empeoró
considerablemente. En la última visita que le hace su
mujer, mantienen esta escueta conversación:
- ¿Cómo que no has venido con Manolillo?
- Esta vez no he traído al niño.
- ¡Te lo tenías que haber traído!.

A las 5.30 del día 28 de marzo de 1942 a los 31 años,


muere en la enfermería de la cárcel de Alicante, el poeta de
Orihuela, Miguel Hernández.
Los amigos más íntimos de la cárcel logran reunir sus
últimos poemas escritos a lápiz y lo depositan en bolsas a
los pies del cadáver. Su hermana Elvira los recoge y se los
entrega a Josefina para que los guarde, entre estos poemas
está la “Casida del sediento”:

Arena del desierto


soy: desierto de sed.
Oasis es tu boca
donde no he de beber.

Boca: oasis abierto


a todas las arenas del desierto.
Húmedo punto en medio
de un mundo abrasador,
el de tu cuerpo, el tuyo,
que nunca es de los dos.

Cuerpo: pozo cerrado


a quien la sed y el sol han calcinado.

Tras conocer la muerte de Miguel Hernández, escribió


su amigo Vicente Aleixandre esta carta a su hermana
Elvira:
“....Tenía un corazón enorme, ciegamente generoso, latidor
en su poesía entera y que se le trasparecía en los ojos,
como en su poesía. El fuego de la vida, estaba en su alma.
Capaz de pasión, apasionado, capaz de esa desnudez del
alma, de ese pálpito de la sangre a que llega el verdadero
poeta. Por eso no había en él (como no puede haberlo en el
poeta esencial) ni ñoñez, ni intransigencia.
Era un alma libre, que miraba con clara mirada a los
hombres. Era el poeta del triste destino, que murió
malogrando a un gran artista, que hubiera sido, que ya lo
es, en honor de nuestra lengua....”

CANCIÓN:

NANAS DE LA CEBOLLA
La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre


mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena,


resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,


me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño.


Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Ser de vuelo tan alto,


tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!

Al octavo mes ríes


con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos


serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela niño en la doble


luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.

CUARTILLAS LEIDAS POR ALBERTO SÁNCHEZ EN


UN HOMENAJE A MIGUEL HERNÁNDEZ
Me encontraba una tarde sentado en la terraza de un café de
Madrid, con varios amigos y otros que no lo eran. Ya estaba
dialogando no recuerdo con quién.

Pues, como íbamos diciendo, y en un momento de este volví la


cabeza y me encontré que junto a nuestra mesa había un mozo de
pueblo muy tostado de sol, en traje de pana, calzado de alpargatas
y con una carpeta pequeñita en la mano.

Yo me quedé mirando y me dije para mis adentros: ¿Qué hará


este paleto entre tantos señoritos? En esto llega el escritor José
Bergamín y me dice:

1. Mira, aquí te presento a Miguel Hernández, un buen poeta.

Y como siempre:
- Tengo tanto gusto en conocerlo. Hombre, a ver si le hacemos un
sitio.
Al que estaba sentado a mi lado le dije:
-¿Quiere usted correrse para que se siente este hombre?
Después de una ligera conversación con Bergamín, nos pusimos
los dos a dialogar: él, de campos y montes de Orihuela, y yo de las
tierras y montes de Toledo. Consecuencia de este diálogo fue una
invitación que le hice para pasar una tarde por los campos de
Vallecas.

A los dos días de este primer encuentro nos vimos andando


por los magníficos campos plásticos y nutritivos de Vallecas, pues a
medida que íbamos caminando íbamos comiendo espigas de
cebada y trigo de la que llevábamos los bolsillos llenos.
De pronto, Miguel se para y arranca una planta de la tierra y me la
muestra en la palma de la mano:
-¿Esto qué es?
-Esto es un cardillo- dije yo.
-Fue cardillo –dice él. Ahora es carduncha, para últimos de agosto
será cardo, y para septiembre dará flor, que pelada con cuidado, se
come y tiene el sabor de alcachofa- recargando esta última palabra
y empujándola con el pecho para que tuviese mayor fuerza.

Confieso que me quedé un poco molesto por este examen y


sin más me metí por un campo de cebada buscando una planta que
él no conociera.
Arranqué una y se la mostré.
-¿Esto que es?
Y tranquilamente se echó a reir:
- Pero hombre, si esta planta es la que da la flor que nosotros
llamamos margarita de sol.
Después de esto le propuse subir a los cerros a coger tomillos y a
demostrarle que no todos huelen igual.
-¿En tu tierra hay tomillos?- le dije.
Medio ofendido me contestó:
-¡Pero tú qué te has creído que es mi tierra! En mi tierra
seguramente los hay mejores y de olor más penetrante.
-Ten cuidado –le dije-, con lo que dices, que los de aquí crecen en
las piedras y entre los cuarzos.

Así es que nos fuimos de cerro en cerro arrancando y oliendo


tomillos y llegamos a la conclusión, de que tienen su propiedad
particular, según el sitio donde se dan.
Así nos sorprendió la noche y es una verdadera lástima que no
recuerdo bien la conversación habida en esta magnífica noche
sobre la propiedad y olor de los tomillos. Sólo recuerdo que en un
momento de este diálogo me dijo:
- La vida de los hombres suele ser retorcida como las raíces de los
tomillos en su lucha por subsistir, pero hay muy pocos que al final
de esta lucha huelan tan profunda y limpiamente como éste –y me
entregó uno de los varios tomillos que llevaba en su mano.

Litoral, nº 73-75, 1978. “VIDA Y MUERTE DE MIGUEL


HERNÁNDEZ”.
CIERRE DEL HOMENAJE A MIGUEL HERNÁNDEZ

Esperamos que este recorrido apasionado por la vida y la poesía


de Miguel Hernández haya sido fiel a su espíritu: comprometido y
en búsqueda constante de belleza.

Este Homenaje ha sido posible gracias a la colaboración de


muchos amigos que han querido unirse a la necesaria recuperación
de la voz de este gran poeta, para que su voz no cese. Gracias a
todos y a todas.

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