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I

I.'I'ANCIISCO CARNELUTTI

lVTETODOLOGIA

DEL DERECHO

)o 2q

' TRADUccIoN poB EL

DR. ANGEL OssoRto

Ex PBESIDENTE DE LA ACADEMIA NACIoNAI,

DE LEcfSLAcIoN Y JURISPBUDENCIA DE MADBID

BDER

Ex DEcANo DEL Col.acro DE ABocADos DE Ma.DRrD

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UNION TIPOGRAtr'ICA EDITORIAT TIISPANO-AMERICANA

stfllos atR$c rAc s, GUATífau.ltASat{4,

uñl,nom mo. no DIJAIHRo. s,txJtur

MEXICO

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UTEHA

(Unión Tipográfica Editoriat Hispano Americana)

ES PROPIEDAD

(Qucda hccho el rcgirtro y cl de-

pósito que dete¡min¿n las rerpcctivas

leyce dc todos los paíscr. Rcse¡vedo¡

sin

ercepción todos los derecho¡ en

idioma cspañol.)

PNINTED 'N MEXICO

Monseñor:

¿Record.áis cuan¿o, abatido, he oenido a bu¡caro¡

y m.e habéis abierto los brazos? Aquel día ha reco-

mcnzado rni tida. ¿Rita y la mamá han rnuerto por

tsto?

Asi, si me ¡uce¿e, eagan¿o ?or las cambres, Jen- tirme inundado Por una luz que ar¿ienlemente er/ero sca la fe, mi pensamiento se utelt¡e a úos como el cordero al pastor. Cuanlo má¡ alra et lo soledad, már prolundo es el conoencimiento en z¡uestra risueña

cerlidumbre.

Por eso a e¡ta¡ meditacione¡ oa unido tnestro

nombre.

trfilán, 3 0 diciembre 193 8

F. C.

A Monseñor Giooanni Arbam,

I

l"

PROLOGO

l.-Estas páginas han sido escritas por el estí-

mulo que determinó en un lib¡o reciente de Co-

lonna, joven abogado de Turín, de ingenio fuerte y

nutrido (l).

Dicho esto, para quien tenga ganas de leerle, es

mejor que yo liquide rápidamente lo que se podría llamar un incidente personal.

Rompiendo en una crítica sin cumplimientos

contra la ciencia del derecho, Colonna distingue entre

aquella que señala como doctrina iurídica tradicional

y un grupo de doctrinas

modernas cuya filiación ob-

tiene aludiendo al ((carácter exterior simple e incon-

fundible de su autortt; cuyo autor soy yo (Pág.

nota l).

Sea dicho sin ambajes, que como este elogio ju-

venil me ha complacido, no me pone en situación

(l).-Artüro ColoDna, "Por cie¡ci¡ del De¡€chd'. TiD. Ed. Er-

Desto Arduini 1938, XVI.

l,ltoLOGo

embarazosa. La verdad es que en la vida mi éxito ha

sido y continúa siendo tan disputado que no sólo me

ha dejado la posibilidad sino que me ha creado la

necesidad de mirarme continuamente al espejo, lo

cual, después de todo, es una gracia de Dios, Así, con-

frontando 1o que Colonna ve en con aquello que el espejo me dice, creo poder aceptar una parte del elogio que se me brinda; y la acepto voluntariamente porque sé que no hay en esa confrontación, como en

la confrontación con los demás jóvenes estudiosos,

ningún ascendiente, sino solamente mi libertad; he aquí una situación que, si no aumenta la cantidad del

elogio, al menos garantiz¿ su valor. Admito, pues, haber superado y aun continuar

superando con mi obra, algunos límites en los cuales

la ciencia del Derecho se había detenido; diré con una metáfora muchas veces usada, que he cavado en la roca perdida de vista por la inteligencia humana y

de donde debe salir algún nuevo escalón. En esto Co-

lonna, según mi juicio, dice la verdad.

En Io demás exagera y yerra. Exagera cuando

cree que haya tras mi obra y la de algunos otros, una

separación de esencia antes que de medida. Este yerro

procede de una posición falsa o al menos convencional

y discutible en el concepto de ciencia. No hay que confundir la ciencia con el progreso de la ciencia, esto es, su existencia con su madu¡ez, La cie¡cia

MI''I'OI)OLO(;IA DUL I)EItIiCTIO

comienza niña, da los primeros pasos inciertos, se

apodera poco a poco del lenguaje y tarda en adquirir

conciencia de sí misma. Cualquier intento de descu-

brir las reglas de la vida, por grosero que sea el mé-

todo y por incierto que sea el resultado, es obra de ciencia. Por eso la comparación entre la ciencia del

Derecho y las matemáticas, la física y la biología,

podrá llevar a la conclusión de que éstas son más

maduras que la nuestra, pero no a la de que ellas se¿n

ciencia y la nuestra no.

En 1o que a se refiere respecto a la apreciación

demasiado favorable que Colonna expone sobre mi

obra, siento el deber de contestar que esta obra no habría sido posible sin aquella que muchos otros en

Germania y en Italia han realizado antes que yo y

ser disociada de la otra. Por ejem-

plo, entre mis libros ((La prueba civilt' (escrito en el

que

la una no puede

tiempo, ya lej ano, en que para mí maduraban las

espigas) es reputado uno de los mejores; pero yo sería

un deshonesto si no reconociese que muchos de los

conceptos con que lo he construído, no han sido fabri-

cados por sino por aquellos juristas tudescos del

800, cuya estimación, como la de los músicos y los

poetas, puede ser oscurecida hoy por causas exteriores y transitorias, pero está destinada ¿ renacer y no morir.

Y si yo confieso habe¡ llevado los estudios del Derecho

procesal a un nivel más alto que aquel que había

I',ItOl-O(;t)

alcanzado el grande y quericlo maestro de todos nos-

otros José Chiovenda, es sin embargo cierto que sus Principios señalan un igual o mayor P¡ogreso en rela-

ción con la fase precedente y es de igual modo inevi-

table que a mi vez yo sea igualmente y aun mayor-

mente superado.

A fin de que tal eventualidad en Ia cual consiste la más pura esperanza de totlos los cultivatlores hon- rados de la ciencia se pueda comprobar mejor, me aPresuro a exponer, estimulado por la bella y sincera página de Colonna, algunas nuevas rcflexiones sobre el métotlo en la ciencia tlel l)erecho.

2.-Debo dar cuenta ante todo' d,el método de la

indagación sobre el método. Diré sintéticamente que la metodología no es ot¡a cosa que la ciencia que se estudia a sí misma y así encuentra su método' Pero

si también la metodología e s ciencia, o mejor, si también la metodología es acci¿)n, el problema del

método se presenta también a la metodología. Asít

aquello que se puede llamar introspección de la cien-

cia, Ilega hasta el infinito.

Afortunadamente ese recambio, análogo al que ve- rcmos entre la ciencia y la técnica entre la ciencia y la

metodología donde las relaciones entre una y otra se

desarrollan en círculo, proviene de una verdadera cir- cr¡lación del pensamiento que recuercla el milagro de

l0

l\' ttol )ot_( x; t A I)l _ l)tit tc o

l¿ circr¡laci<in tlc Ia sangre. Como la metodología

ayrrda a la ciencia, la ciencia sirve a la metodología

o, en otras palabras, esta última en cuanto descubre

Ia regla de la ciencia, descubre su regla propia.

No hay, pues, razón para que yo no aplique al

estudio de la ciencia del Derecho, aquellos principios

del método que he venido descubriendo uno por uno en el estudio asiduo del Derecho. Por eso también la

summa dixisio de este pequeño trabajo, es aquella a

la cual obedecen ahora todas mis obras: el problema

del método es estr¡diado bajo el aspecto de la función

y bajo el aspecto /¿ la cstructura de la ciencia. Si esta

tentativa mía no resulta del todo vana, se podrá ob-

tener de ella una importante confirmación de Ia

hondad del principio.

El primer capítulo va dedicado a delinear la fun-

ción de la ciencia del Derecho, que yo creo poder

señalar como dcscubrimiento d.c la regla dc la ¿yp"-

ricncia iuridica.

Al estudio de la estructura de la cienci¿ atienden

el segundo y el tercer capítulo. Los capítulos son dos porque <los son las fases en que del lado estructural

se resuelve la ciencia: observación y elaboración de

los datos. Tomendo las palahras del lenguaje del

trahajo manual, se podría d,eci; prot;isión tlc las pri_

tn¿'ras malcrias y producción dc las manttfacturas.

1l

P RO LOGO

En el campo del trabajo intelectual, la materia prima

son los lenómenos y el producto son los conceqtos.

Además de los tres capítulos que contiene este

pequeño libro, así como los precede un prólogo, así

les sigue un epílogo. Siempre escuetamente demuestro

que mis libros están construídos como mis edificios y

que hay en ellos al lado de la física, una arquitectura

inmaterial. A aquellos más pensadores de entre mis

lectores que quieran meditar en torno a la armonia de las cosas, quiero señalarles que desde el prólogo hasta el epílogo, a través de los tres capítulos el libro

procede hacia lo alto; y necesariamente el argumento

del prólogo y del epílogo quedan fuera del tratamien- to científico. El prólogo queda a los pies de la inda-

gación de la cual cuenta, descubriendo el estímulo,

la pequeña historia; el epílogo está no tanto en la

cima cuanto al otro lado de ésta y por ello mís allá

de la ciencia.

También al construir esta tentativa de ciencia de la ciencia del Derecho, me he regulado según los

principios que aquí dejo expuestos en cuanto a la

no observación y a la elaboración de los datos; pero

para la no observación (porque el dato consiste tanto en el producto científico cuanto en la producción, esto

es, en el acto científico), he observado, y no podría haberlo hecho de otro modo, sobre todo, a mismo.

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CAPITULO PRIMFJRO

3.-xl obrar que es una especie de deoenir se re- suelve en el empleo de los medios para alcanzar un fin. La coincidencia de stt resultado con el propósito

depende de la adecuación de los medios al fin; en otros términos, de escogerlos bien y de usarlos diestra-

mente. Según se posea tal cualidad, la acción es útil

y fecunda o inútil e infecunda. Tal coincidencia es lo que suele llamarse éxito.

En principio, el éxito se resuelve en un fenómeno

de in¿uición. Puede ocurrir, por las acciones inferiores,

que se trate solamente de inslinto. Así, con las diversas

dosis de intuición de las cuales pueden disponer los

varios agentes, se explica que unos tengan éxito y

otros no. Aquello que ocurre con el nombre de for-

tuna en el obrar, se explica, no raramente, coD una

dosis superior de intuición, Por otra parte, cuando el agente tiene acierto, gracias a la intuición, para alcanzar el fin, Io debe,

13

a

I.'ITANCESCO CAITNI'L( ITTI

no tanto a sí mismo, como a los demás, los cuales

aprenden de él siguiendo el ejemplo. Así el fenómeno

cle intuición se propaga por virtud de un fenómeno

de imitación.

Este obrar, que actúa por vía de la intuición o de la imitación, puede señalarse como un obtar empírico.

Por otra parte, al fenómeno de intuición y de

imitación sucede naturalmente, un fenómeno de r¿-

fl.exión gue opera sobre dos planos.

Ante todo, en el plano teórico mediante la re-

busca del secreto del éxito, esto es, mediante el cono-

cimiento de la regla da obrar. Poco a poco la expe-

riencia multiplicada de los éxitos y de los fracasos

enseña a los hombres que pueden encontrar cierta

regla, Ia obediencia a la cual si no garantiza propia-

mente el éxito, por lo menos aumenta su probabilidad.

La rebusca de la regla de obrar, determina que se

forme la ciencia; más precisamente aquella parte de

la ciencia que podría llamarse ciancia de la práctica.

Por lo demás, el objeto de la ciencia es más vasto en

cuanto se extiende, además de la regla de obrar, a todas las reglas del devenir. Esta regla del devenir

y en particular del obrar, son reglas de la naturaleza.

Lo decimos así, para justificar que no son puestas lor

se pueden llamar también

reglas de la experiencin, no en el sentido de que éstr

las constituya sino de que las revela. En cuanto al

el hombrc sino sobre /l;

74

Mlt't'otx)t.(x;t A I)t'l- t)EuEct Io

acierto para descubrir tal regla, la ciencia enseña la

ún dtl obrar que es lo que se llatna el método,

En segundo lugar y sucesivamente, en el plano

pr:íctico, la ¡eflexión sustituye al obrar intuitivo o imitativo, es decir, al obrar cnpirico, e\ obrar según

rcglas, o sea el obrar técnico, Si la ciencia es la busca

de las reglas, la lécnica es aplicación de éstas. La pri- mera pe¡tenece al campo del conocimiento, la segunda

al campo de la acción.

4.-También el conocer es un obrar. También la

ciencia es un trabajo. Entre el uno y la otra, las rela- ciones son recíprocas; se trata de tn recambio: asi

como para obrar hace falta conocer, también para

conocer hace falta obrar.

De ahí que el éxito de la ciencia o mejor dicho,

de l¿ acción científica, depende de la adecuación de

los me dios al fin.

También en el campo de la ciencia se dan éxitos

y fracasos; hay eh él intuitivos, imitativos y afortu- nados. También el obrar científico se sirve como las demás especies <le obrar, en una primera fase de la

intuición y de la imitación. Esta es la fase de h ciencia

¿,m.firica o del cmph'ismo cientifico. He ahí un modo de decir ante el cual alguno podrá

sorprenderse, pero quien reflexione cautamente no

tardará en persuadirse de que responde a la verdad.

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F'ItANCITSCO CAItNITLU'I"f I

Solamente esta fórmula resuelve lógicamente la apa-

rente paradoja de la tesis de Colonna cuando niega

a muchos, quizás a demasiados tratados de Derecho,

de la ciencia; verdaderamente a ese libro bien como título aquel equívoco de b An-

la dignidad

Ie vendría

wissenschaf tlichkeit der rec/t'tstoissenscltaf t que hizo

célebre hace algunos años, una mediocre obra de

Lundt; pero Ia ley italiana no tiene este resorte.

Empírica es aquella ciencia que mientras busca la re-

gla del obrar ajeno, desconoce la regla del propio.

Que esto sea, especialmente en el camPo del Derecho,

un fenómeno demasiado común queda demostrado de

modo audaz e incluso convincente por Colonna y hace venir a la mente el médice cu.ra te ipsum, corr el

cual más de una vez los operadores del Derecho, po-

drían responder a los científicos.

La ciencia supera Ia fase del empirismo para

ent¡ar en la del tecnicismo cuando se propone el pro-

blema de su propia regla. También, ciertamente, el

trabajo científico como cualquier otro, sigue conscien-

temente o no, las líneas obligadas que son descubiertas

por la experiencia como ocurre con cualquier otro

género de acción. Son, por tantor reglas de experiencia

científica como la experiencia en cualquier otro sector. Si la ciencia (digamos, en su ser) tiene por objeto la

experiencia, es una experiencia en misma (digamos,

en su devenir).

16

N t',t'( )t x)t.o(;t A t)tit_ t)tI tclIo

Ill problema de la regla de la experiencia cientí-

fica es a su vez, como el de la regla de cualquiera otra

experiencia, un problema teórico y práctico y no

presenta en esta zona del obrar, una naturaleza diversa

sino sólo una mayor dificultad.

Esto es, bajo el aspecto teórico, como he advertido hace poco, el problema de la ciencia. Mas, como la

ciencia se estudia ¿ misma, y hay una ciencia de la

ciencia y también una ciencia al cuadrado, es opor-

tuno distinguir de todos modos la especie del género.

Entre las varias denominaciones que se usan p¿ra

señalarla, escogeremos \a d.e metodologla. Si se busca

el significado puro del vocablo, toda la ciencia o, al menos, la ciencia de la práctica, es metodología, por- que no cumple otra tarea que la investigación de la vida del obrar. Pero como también se procura atribuir a los nombres un valor convencional, metodología puede significar por antonomasia discurso sobre el método científico. No es menos exacto, por cierto,

hablar de lógica d.e la ciencia, o también, según uso

de los filósofos, de epistemología; pero yo escojo el

vocablo que mejor sigue la vía común del pensamien-

to, y más tarde, a propósito de las denominaciones

jurídicas, trataré de descubrir la razón. Después de todo, como la ciencia de la ciencia del Derecho esté cn grandísima parte todavía por hacer, la conciencia

17

t,'ttANCltsc( ) cAl{N ItLt

1'f'f I

de su necesi<lad es bastante difusa y ha tomado format

precisamente cle noticia de un problcma del méto<lo'

Resta, clespués de esto, la vertiente práctica del

problema de la regla de la experiencia científica' Es

preciso hablar resueltamente de unt técnica cienti'fica

ello de unl- ciencia técnica en contraposición a

y por

\n

,irrrcio cmpír'ica, Ni tar-r-rpoco la rcgla ile la acción

científica se tlescubre por el gusto tle descubrirla sino

la necesidad de ponerla en ¡rráctica' Cuya pucsta

por

en

práctica, esto es, cl haccr la cicncil scgún las

leglas descubiertls a srt vez de la cicncia, es por su

p"rt.

,,"d^ más t¡uc lót:nic¿ de Ia ci¿ncia' Natural-

mente, la fase ernpírica de la ciencia se contrapone

a la fase técnica como su infancia a su madurez'

Por tanto, igual que entre la cicncia y el arte'

así entre la ciencia y la técnica la rclación es recí- proca y todavía cabría hablar mejor <\e 'tn rccatnbio:

la ciencia sirve a la técnica y la técnicir sirvc a la cien-

cial no sc hace técnica sin ciencia, pero es mencster

la técnica para que la ciencia alcance su perfección'

S.-Esto esr exPuesto en forma técnica, lo que

no el mayor ingenio sino la mayor experienci:r en

relación con Colonna, me consiente decir sobre el fun- damento de su acta de acusación, severa pero en buena

parte merecidar contra la ciencia del Derecho' Cuan-

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N t',l\ )t x)t.(x;tr\ l)t . l)l lEcll()

do mi jovcn arnigo hacc la amarga comprobación de

un notrble dcsnivel entre la cienci¿ del Derecho, la rnatcmirtica, la física o la biología, no dice más que

la verdad; pero la consecuencia que se obtiene no es que

la cienci:r clel Derecho no sea tal, sino que no ha al-

canzado el grado de tecnicismo que las otras, lo que

significa su madurez. ¿ Por qué I

I-a ciencia del Derecho no ha nacido después

que sus hermanos. No se trata de una mayor juventud,

sino de un de senvolvimiento más lento. Queda ex- c'luído que esta lentitud haya de imputarse a un menor

valor de los hombres que se dedican a ella; y sin embargo Colonna 1o ha pensado. C;ertxmente no

todos los cultivadores de h cicncia del Derecho están

a la altura de su tarea; pero en el tipo medio no

cabría establecer seriarnente una diferencia en peor a cargo de la ciencia tlel Derecho. Si la razón no estí

dcl lado de los hombres que tratan la materia, debc

estLrt en la. materia que hace su trabajo singularmente

tlrrro.

También Colonna ha acabado por convenir en

ello, puesto quc al lado de la dificultad genérica del estudio científico, ha tocado dos rirdenes o grados de

dificultad específica: el quc mira el estudio de los

fenómenos social.es y el quc se rcfierc ¿l estudio de los

fenómenos juridicos.

19

F-IiANCESCO CAITNI'LTIT'I'I

ó.- ¿ Qué es la materia ittrídica? En línea de me-

todología, este es el primer punto a establecer.

Se puede concebirla, y también Colonna la con-

cibe, como el complejo de 7as normas iurídicas. Con

alguna reserva, que desenvolveremos dentro de poco,

está bien. Pero las normas jurídicas no sonr a su vezt

otra cosa que reglas del obrar; se dice, por 1o demás,

regla puesta 1o r el hombre antes que por la noturaleza;

mucho mejor sería decir regla arbitraria en antítesis a

rcgla necesariai Pero, en suma, regla también'

Aquí se puede anotar la primera y más grave

dificultad que contempla el cumplimiento mismo de la ciencia del Derecho. Esta es, sin duda, una sub- especie de la ciencia de la práctica; como tal, busca la regla del obrar f uridico. Pero como el obrar jurí-

dico significa colocar o aplicar la regla del Derecbo,

su misión se resuelve enla busca de la regla para hacer

obrar la regla del Dereclto. La dificultad culmina en

esta especie de equívoco y desemboca no pocas veces

en una confusión entre el dato y el resultt ¿o de la cien- cia, por lo que hay de común entre estos dos términos

que se han constituído en regla el uno y el otro; pero el dato consiste en la regla del Derecho y el resultado

en la regla sobre el Derecho; podríamos llamar a esta

ítTtima regla de la experiencia farídica. Cuya confe- sión llega hasta el punto de que se ha dudado si se

puede hablar de una ciencia del Derecho, porque

20

METODOLOGIA DEL DEITDCHO

prccisamente las reglas que buscamos no serían reglas rle la naturaleza.

La verdad es que también el arbitrio del legislador

tiene sus límites; o, en otras palabras, que también el legislador, si bien impone leyes a los hombres, obedece

ir las leyes de la naturaleza. Puede, por ejemplo,

mandar que un hombre, si ha cometido determinada

acción deje de vivir; pero no puede obtener que muera sin que le maten. Son, pues, las reglas que

están ¡obre el Derecho las que buscamos para enseñar

a construir, a maniobrar, a obse¡var las reglas que

están ¿entro del Derecho; en otros términos, busca-

mos la ley de la ley.

He aquí que la ciencia del Derecho, a diferencia

no sólo de las ciencias matemáticas, físicas o biológi- cas, sino también de las otras ciencias sociológicas, se

encuentra desde su primeros pasos en un embrollo por

la dificultad de distinguir entre el dalo y el resultado de

su labor. Hay una cantidadde modos de pensar que nos

invitan al equívoco: cuando se dice, por ejemplo, que la cosa juzgada, esto es, la sentencia, y con mayor razón

hley f acit de albo nigyum, el proverbio deslumbra con

la imagen de un legislador y de un juez poderosísimos,

casi omnipotentes, hasta el punto de que a nosotros no

nos compete otra cosa sino conocer el producto de esa potencia; pero la verdad es que nosotros trabajamos

2T

FITANCESCO CAITNELT]TTI

para descub¡ir sus límites y el resultado de esta labor es Ia destrucción de esos mitos.

Por eso hay que cesar en la confusión del docto

con el intérprel¿ de las leyes. Este último es un opera-

dor, es decir un práctico no un teórico del Derecho.

Claro que el primero también tiene que entenderse con

la interpretación, pero su oficio no es interpretar sino enseñar cómo se interpreta, lo cual puede también ha-

cerse interp¡etando por vía de imitación, pero ante

todo debe hacerse descubriendo y mostrando las leyes

de la interpretación. Entre 7a ley dcl interpretar y 7a ley de inlerprefar, cLrlmina la dificultad que he trata-

do de esclarecer y que si no se esclarece amenaza en sus

fundamentos la ciencia del De¡echo.

7.-Las reglas de experiencia a las que debe obe-

decer quien hace Dcrccho., son de la más va¡ia natura-

leza; y en esta variedad se encuentra otra de las razones

por la que la misión de la ciencia, que la debe descu-

brir, es extraordinariamente vasta y dura.

Hay otras, aunque no sean muchas, que se refieren

a la distinción que hace poco traté de poner en claro

pensando, sobre todo, en las leyes lógicas a que están sometidos los fenómenos del De¡echo. Por ejemplo, las leyes de la interpretaci.ó/z que constituyen el grupo más

visible, o al menos más notado entre estas reglas, no

son otra cosa que regla lógica; de hecho, el mando

22

MF]TODOLOGIA DEL DERECHO

jurídico opera, ante todo, por la vía del Pensamientoi sus modos de operar sonr ante todo, conocer y hacer

conocer; su primer instrumento esr Por tanto, el len- guaje; así las reglas del lenguaje sirven preferente- mente al que manda para hacer comprender lo que

manda, y al que obedece para comprender lo que se le

manda. Bastaría en cuanto a la dificultad, haber com- probado cómo la regla que buscamos se contiene en el

campo de la lógica donde no constituye, después de

todo, vía más miste¡iosa que la que recorre el pensa- miento.

Pero la verdad es que las reglas lógicas no son más

que uno de los grupos de las innumerables reglas que

gobiernan los fenómenos del Derecho. Al lado de ellas

son de tener en cuenta las de otros géneros: psicológico,

fisiológico, sociológico, económico y hasta físico. Basta

refleiar, a propósito de la manifestación del pensa-

miento, como al lado de \a lógica existe la física del

lengua'ie para llegar a la conclusión de que en el campo

mismo del mando, la lógica no basta; y son los propios

cultivadores del Derecho procesal quienes con su polé-

mica sobre la oralidad y la escritura tienen ocasión de

ensayar mejor que otros la importancia en este sector,

del resultado de sus investigaciones. Pero después, es

decisivo reflejar como' en último análisis, el mando

no sirve sin la experiencia de su actuaciónr es decir,

sin la aplicación de las sancionesr las cuales todo el

I,'ltA N('ttsco cAttNltt_t rT-tl

I

mundo sabe que se resuelven en el uso de la fuerza

donde el operador del De¡echo no puede iimitarse a

mandar sino que para hacerse obedecer debe impulsar aquello que se llama \a e.iecución forzada de sus ó¡de-

nes; pero él a su vez debe prestar obediencia a las reglas físicas y aun biológicas. Por ejemplo, una ley

sobre la pena de muerte no puede ser hecha sin cono-

cimiento de la fisiología: si fuese cierto que, como he

leído recientemente, la silla eléctrica no ocasiona .más

que una muerte aparente, las leyes norteamericanas

serían espantosamente equivocadas. Lo que enseña fi-

nalmente que esto es un aspecto de la ciencia en el cual demasiado frecuentemente los juristas caen en el ye- rro de no pensar; de donde se deriva, entre ot¡as cosas, aquella subvaloración por no decir aquel desprecio del

proólema de las cosas en el proceso y también genéri-

mente en el Derecho sob¡e el cual más de una vez he procurado decir unas palabras.

Por otra parte, si la sanción hubiese de actuar en todos los casos, esto sería la quiebra más bien que el

éxito del Derecho; en definitiva, la maquinaria cos-

taría más de lo que rinde; hay necesidad unas veces

de que baste el miedo a la sanción pa¡a determinar la

obediencia al mandato; hay necesidad otras, de que

la obediencia, para que sea más segura, resulte en lo po-

sible menos grave a quien la debe prestar. Las mismas palabras usadas por mí, muestan que el Derecho no

24

NI I''I'OI X)I,OGIA DI.]L DEITI'CIIO

ptrctlc rc:rlizarse por parte del que manda ni por parte tlcl quc obcdcce, sin /ncer cuentar,