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ESTACIÓN CERO —1—

ESTACIÓN CERO —2—

Dos Carilinas por un peso


Gerardo Rean

Ayer a la mañana fui a comprar la mercadería para vender hoy.


Lo mío es un trabajo digno, como cualquier otro. Me gustaría que dejen de pensar que soy un
vago, que mangueo, que lo mío no es trabajo. A ver si se animan a trabajar como yo, ocho
horas arriba de un colectivo. Poner la cara para vender no es fácil, más cuando te miran con
bronca. Yo sé lo que piensan, éste en vez de trabajar pide limosna, pero no, lo mío no es pedir,
yo vendo un producto, yo camino todo el día. Yo pongo la cara.
Todos los días, arrastro mi vergüenza en el 60, el colectivo que arrastra a muchos a sus trabajos,
pero a mí no, porque este es mi sustento, aquí arriba les toco el corazón, les indigesto el des-
ayuno o el almuerzo, les muestro mi pobreza.
— Estimados pasajeros, directamente de fábrica y por mi intermedio, hoy llega a ustedes
esta partida, que al no haber intermediarios puedo ofrecerles a solo un peso. Sin ningún
compromiso de compra, voy a pasar a entregarles dos paquetes de pañuelos descarta-
bles… Si señora ya estoy con usted.
Ofrezco mi mercancía haciendo malabares apoyado detrás del asiento del conductor. Y así em-
piezo la rutina, les cuento mi pobreza, mientras el bondi recorre la paqueta Avenida Santa Fe.
Este es mi trabajo, tengo dos hijos, que ahora tienen hambre y tengo que darles de comer.
— Dos paquetes de pañuelos de papel solo por un peso.
Recorro el pasillo y los miro uno a uno. Algunos me escuchan pero no pueden mirarme, hurgan
en sus bolsillos, encuentran unas monedas que rápido sacan y rápido esconden su vergüenza
mirando por la ventanilla la Avenida Santa Fe.
Y mañana otra vez seguiré con mi rutina.
— Directamente de fábrica les ofrezco dos Carilinas por un peso.
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Función inolvidable
Edelmira Gallino

Máxima Lucero se despertó al alba, como todos los días. Tomó un baño y un desayuno rápidos.
Manoteó en el placard algo para vestirse y salió de casa rumbo al teatro.
En la puerta la esperaba el chofer de su productor para entregarle una nota de él. Le informaba
que le había agendado una rueda de prensa para después del ensayo general. Hizo un gesto de
fastidio. Tomó el celular y lo llamó.
— Otra vez rueda de prensa. Ya sabés que me enferma atender a los periodistas.
— Máxima, aunque hayas alcanzado la excelencia, te debés al público que te ama.
— Yo no bailo por el amor del público. Bailo porque la danza es mi vida, mi valor supremo.
— Te recuerdo que el público te da de comer — señaló el productor.
— Si es así, cualquier día de éstos paro de comer.
— Máxima Lucero, no seas arrogante. Nos vemos a las seis en el foyer.
— Está bien. Iré con la condición de que les anticipes a esos entrometidos que seré breve
porque mañana estrenamos. Y que no se metan con mi vida privada, que no es asunto
de ellos. Ni del público, que para mí no es más que una parte del decorado de la sala.
Ensayó todo el día sin descanso hasta agotar al maestro, a la pianista y al resto del elenco.
Finalizado el ensayo, se vistió en su camarín y se cepilló la cabellera negra con cuidado. Estudió
los efectos de la luz que le iluminaba los pómulos blancos. Se maquilló con esmero y al salir
echó llave a la puerta. Se presentó ante los periodistas caminando con un andar armonioso.
Durante la entrevista, con voz sugestiva y sonrisa cálida, se limitó a repetir las mismas frases
que usaba en los reportajes en todo el mundo: "Los bailarines nacemos y crecemos al compás
de una melodía interior". "El universo de un bailarín no reconoce fronteras. No precisa de otro
idioma que no sea el de la música".
A la salida del teatro, se topó con su imagen esbelta reflejada en los espejos. Se exigió:
— Más alto el mentón.

Pasó las horas previas al estreno encerrada en el camarín, donde nadie era admitido. Lo dejó un
minuto antes de que le golpearan la puerta para avisarle que debía salir a escena.
La recibió una ovación cerrada. Respondió aleteando los brazos como si estuvieran deshuesa-
dos. Bailó con la habitual destreza, dando vueltas como un torbellino que fuera impulsado por
un fuego interior.
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Al terminar el primer acto, Máxima se acercó a la platea para saludar, con la mirada puesta en
el infinito. Mientras el público la aplaudía con intensidad, reparó en un hombre joven que esta-
ba en las primeras filas, de pie y con los brazos cruzados. Le causó extrañeza que alguien pudie-
ra verla bailar sin inmutarse.
— Peor para él — dijo entre dientes, con la cabeza inclinada y con una sonrisa dulce añadió
— total, no es para el público que yo bailo.
En el segundo acto tenía una parte breve pero muy difícil. La interpretó con tal perfección que
debió salir a saludar varias veces. El hombre de las primeras filas estaba otra vez de pie y de
brazos cruzados, con la mirada fija en ella.
Máxima se preguntó si ella habría equivocado algún paso pero el fervor del público no dejaba
lugar a dudas.
— Debe de ser ciego — murmuró — o no entiende nada de ballet.
El tercer acto estaba a su exclusivo cargo.
— Ese hombre tendrá que reaccionar esta vez — susurró entre bambalinas, momentos an-
tes de salir al escenario.
Puso toda la energía en capturar la atención de ese hombre extraño. Cuando llegó el momento
de saludar, el hombre seguía imperturbable. Parecía que hubiera pasado todo el tiempo en la
misma posición.
Angustiada, Máxima contó las filas que la separaban de él. También calculó las butacas a uno y
otro lado. Corrió al camarín y garabateó una nota para que el acomodador se la entregara. Lo
invitaba a pasar por allí al terminar la función.
Bailó el cuarto y último acto como si fuera el acto final de su vida. La audiencia respondió con
un aplauso delirante e interminable, que la obligó a salir a saludar tanto tiempo como el que
había empleado en bailar.
Máxima estaba desesperada. El hombre se había marchado sin dejar rastros, dejando en la pla-
tea un enorme espacio vacío.
Desde entonces, Máxima Lucero baila sólo para Él. Lo busca en vano entre los miles de espec-
tadores que asisten a cada una de sus inolvidables funciones.
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La madre
Alcira Saldaña

En París, Eugenia recibió la carta de su madre diciéndole que la esperaba para las fiestas. Quizás
sea la última vez que los vea. La frase le resultó familiar. Desde chica, la madre los había inquie-
tado siempre con frases como: No llego al año que viene. Hoy no pude respirar. Un día me van
a encontrar muerta. Eugenia llamó a Nueva York.
— Hugo ¿Te escribió mamá?
— Si, parece que nos avisó a todos. Piensa hacer reunión familiar, como en los viejos tiem-
pos.
— Lo de siempre.
— Pobre vieja, nos extraña ¡Nos fuimos todos!
Hablaron un rato más y se despidieron.
— Bueno Hugo, nos vemos en Buenos Aires.
A Eugenia no le fue fácil pedir vacaciones en el nuevo trabajo. Todos querían irse para las fies-
tas y ella era la más nueva. Tuvo que recurrir al: Mamá está enferma. Si no voy ahora quizás no
la vuelva a ver. Los compañeros comprendieron. Tuvo también problemas con el vuelo. Ya no
había pasajes. Mi madre se agravó en las últimas horas, le dijo al gerente de la línea. Le consi-
guieron lugar en clase ejecutiva y tuvo que aceptarlo para llegar a tiempo, aunque las cuotas
del pago le fueran a complicar los próximos meses. Llegó a Buenos Aires el 30 de diciembre a la
tarde.
— ¡Hija mía! Creí que ya no te iba a volver a ver — la recibió la madre.
Se abrazaron.
— Mami, me imagino todo lo que habrás preparado para el festín.
— Eugenita, ya estoy vieja. No tengo la paciencia de antes. Las manos no me responden.
Mientras hablaban iban entrando al comedor. Los tres hermanos que ya habían llegado, se le-
vantaron a abrazarla.
— ¡Oh, bon jour, París, París! — dijo Hugo, el mayor.
— ¡Euge, tanto tiempo! — dijo Claudio, el que le seguía en edad a Hugo.
— ¡No me dejen afuera! — dijo Frida, la hermana y se acercó a sumarse al abrazo.
Después del abrazo, se acercaron al arbolito. Al pie, había cuatro regalos envueltos en papel
dorado.
— ¿Les traigo un licorcito? — interrumpió la madre — Lo preparé especialmente.
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— Tu tradicional Lemon chelo — dijo el mayor.


La madre asintió con la cabeza.
— ¡Qué venga!
Se sentaron en los sillones. La madre trajo el licor y unas cositas dulces. Comían y se contaban
las experiencias de la vida lejos de Buenos Aires. La madre no dejaba de servir y traer platitos.
Interrumpía a cada rato preguntando que tal estaba esto o aquello.
— No se llenen, guárdense para la cena — les dijo.
— ¿Te ayudamos?
— No. Quédense charlando. Me encanta verlos a todos juntos. Yo me arreglo.
Hugo contó de Estados Unidos, de cómo se había adaptado.
— Me va muy bien, son tan desabridos los yanquis, que un porteño cualquiera los puede
dar vuelta - dijo.
— Tan tontos no deben ser. Son la primera potencia mundial — dijo Claudio.
Eugenia contó de París, de su nuevo trabajo en una galería de arte en Montparnase y Claudio,
que siempre hablaba muy poco, se despachó con relatos de Brasil.
— La única resistente soy yo — dijo Frida.
— Gorda ¿Qué tal La Puna, mucho estrés? — le preguntó Hugo.
— A mí, mi país me gusta. Después que murió papá, no me iba a quedar acá con la vieja.
Hoy pesaría doscientos kilos. Me fui p’al norte.
— Con los coyas ¡Siempre tuviste debilidad por los indios!
— Te dan muchas satisfacciones.
El tiempo iba pasando y los cuatro hermanos solo paraban de contarse cosas cada vez que la
madre preguntaba sobre la comida.
— A poner la mesa — se asomó la madre desde la cocina.
Pusieron el mantel, las servilletas, los platos y los cubiertos. Cada uno buscaba algo y lo encon-
traba en el lugar de siempre. Se divertían adivinando los lugares, a ver quien se acordaba más
rápido.
— Y ahora todos a la mesa — dijo la madre.
— Te ayudamos a servir.
— No. Dejen que yo se como vienen las cosas.
— ¿Alguna vez nos dejó entrar a la cocina? — preguntó Eugenia.
— ¡Jamás! — respondieron a coro los otros tres.
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La madre iba trayendo platos y platos hasta que llenó toda la mesa de colores y aromas delicio-
sos. Frida tendió la mano para probar un empanadita.
No piquen todavía. Esperen que dé la voz de ¡Áura! — dijo la madre dándole a Frida un golpeci-
to en la mano.
— Esperamos a que te sientes — dijo Claudio.
Cuando terminó de servir los platos y traer la bebida, la madre se sentó en la cabecera. Empe-
zaron a comer y se hizo el silencio. Solo se oían los choques de los cubiertos en los platos y las
exclamaciones de gozo. Recién cuando se hubieron saciado, volvieron los comentarios y las
chanzas. La madre retiró los platos de la comida y trajo los postres. Comieron.
— Es bueno estar en casa — dijo Claudio desabrochándose el cinturón.
— ¡Cuánto hace que no comía tan bien! — dijo Frida.
— En París te sirven un poquito en el medio de un plato enorme ¡Y a eso le llaman comida!
— agregó Eugenia.
— Ya verán lo que tengo pensado para mañana — dijo la madre.
— ¡Estuvo todo buenísimo! — dijo Hugo y fue hasta la ventana a tomar un poco de aire.
Claudio se sentía repleto, a duras penas logró levantarse para darle un beso a la madre y vol-
verse a sentar.
— ¿Un café con otro licorcito? — preguntó la madre.
Todos asintieron. Esta vez la madre sirvió el licor de huevo.
Ahora a la cama — ordenó la madre.
— Mami ¿Te ayudamos a levantar la mesa? — preguntó Eugenia.
— De ninguna manera. Vayan a ver como les arreglé las piezas.
Las camas estaban listas. La de Eugenia tenía ositos de peluche al lado de la almohada, la de los
varones sábanas escocesas y la de Frida, almohadones en tela indígena. Durmieron como leños
esa noche.
— Arriba chicos, ya está el desayuno — los despertó la madre a las nueve.
Les costó despertarse, se sentían llenos, pero la mesa estaba servida con tortas y facturas tan
apetecibles que no pudieron negarse.
El desayuno es la comida más importante del día — dijo la madre mientras cortaba las tortas.
— A mi ya no me entra más nada — dijo Eugenia dejando un pedazo de torta en el plato.
— Sabés que no se debe despreciar la comida. Hay quien no tiene para comer — le dijo la
madre.
Y puso en la cuchara la porción de torta y se la acercó a Eugenia a la boca.
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— ¡Vamos! ¡Comé!
— ¡Ma, no doy más! — se quejó Eugenia masticando la torta.
Frida no se hacía rogar y picaba de todo lo que había en la mesa. Los varones comieron y se
tiraron después en el sillón del living a descansar. Frida y Eugenia se retiraron a sus habitacio-
nes porque dijeron que se sentían descompuestas.
Al mediodía los despabiló el olorcito a cordero asado. No tenían ganas de almorzar.
— Algo tienen que comer para tirar hasta la noche — les insistió la madre.
Hicieron un esfuerzo. Después de comer fueron a dormir la siesta y no se levantaron hasta que
anocheció.
— Arriba dormilones que hay que preparar la mesa — los despertó la madre.
Cenaron los platos fríos y los calientes. La madre trajo la sidra, el pan dulce y las frutas. Les pi-
dió que brindaran aunque faltaba para las doce.
— ¡Salud! — brindaron chocando las copas.
— Antes de comer lo dulce, quiero que abran los regalos que les preparé.
Eugenia fue a buscar al arbolito los paquetes dorados. Empezaron a abrirlos mientras la madre
comía pan dulce.
— ¿Qué es esto? ¡Un babero! - dijo Eugenia.
— Tu primer babero — dijo la madre.
Cada uno encontró un babero en su paquete. La madre había terminado de comer el pan dulce,
se puso de pie y le dio un beso a cada uno.
— No quiero más despedidas. Se que no los volveré a ver — dijo conmovida.
— Todavía no nos fuimos - dijo Frida.
— Esta vez, soy yo la que me voy… Así lo he planeado. Solo me queda decirles: No coman
el pan dulce – la madre se apretó la garganta - ¡Los amo!— clamó.
Se le aflojaron las piernas. El vértigo y las convulsiones la volcaron al piso.
Cuando afuera comenzaba la algarabía del año nuevo, la madre tenía en la cara, la mueca rien-
te e inmóvil de la muerte.
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El bulto
Alberto Parra

Es el cuarto expediente. Tiene un papelito rojo prendido con un clip. Me duele el talón del pie
derecho. Me saco el zapato deslizándolo contra el otro. Bajo la mano para tocar el talón. No
duele. Sigo revisando el expediente sin ponerme los zapatos. Ahora me duele el dedo gordo del
pie derecho. Bajo la mano y me toco el dedo. El dolor vuelve al talón. El dolor se me escapa de
las manos. Ya va a pasar. Continúo con el cuarto expediente. No duele. Miro la espalda de
Martha. Tiene una blusa verde con flores amarillas. No tiene buen gusto para vestirse. Miro mi
escritorio. Las cosas están en su lugar. Sigo con el cuarto expediente. No duele. Juan recibe un
expediente y lo revisa. Le pone el papelito rojo prendido a un clip. Me lo va a traer. Bajo la ca-
beza y miro el cuarto expediente que tengo en el escritorio. Juan se me acerca con el expedien-
te del papelito rojo. Lo recibo y lo apoyo sobre el escritorio. Termino con el cuarto expediente y
le pongo un papelito azul prendido con un clip. Me levanto y se lo paso a Rubén. Martha no
tiene buen gusto, pero lleva el pelo muy prolijo. Me siento y abro el quinto expediente con pa-
pelito rojo. Miro el reloj. Son las seis de la tarde. Cierro el quinto expediente y acomodo el es-
critorio. Me voy. No duele.
Llego a casa y preparo algo para comer. Como. Voy a la cama. Me siento. Duele el talón del pie
derecho. Me saco los zapatos y las medias. Aprieto. El dolor desaparece. Saco la mano. Vuelve
el dolor. Me acuesto. No puedo dormir. Miro el reloj. Son las cuatro. Me levanto a las siete. Voy
a la oficina.
Reviso el quinto expediente. Me duele. Me saco los zapatos. Rubén me ve. Me pregunta si me
pasa algo. Le digo que no. Podés ir a la Clínica del Ministerio. Es posible que te den unos días.
Termino el quinto expediente. Le pongo el papelito azul y se lo paso a Rubén. Juan me trae el
sexto expediente con el papelito rojo prendido con un clip. Martha tiene una camisa plateada
con rayas azules. Reviso el sexto expediente. Miro el reloj. Son las doce. Voy a almorzar. Antes
de volver al sexto expediente voy al médico. Me ordena análisis, un calmante y que vuelva a
verlo en una semana.
Vuelvo a mi escritorio y abro el sexto expediente. Me duele el talón. Me saco los zapatos y toco.
Tengo un bulto. Cuando lo toco se corre al dedo gordo. Toco el dedo y el bulto se corre al talón.
Termino con el sexto expediente. Le pongo el papelito azul y se lo paso a Rubén. Juan me trae
el séptimo expediente con el papelito rojo prendido con el clip. Lo apoyo en el escritorio.
Martha hoy no tiene el pelo tan prolijo. El bulto está en el talón. Miro el reloj. Las seis. Me pon-
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go el zapato izquierdo y acomodo el pie sobre el derecho. Cierro el séptimo expediente y aco-
modo el escritorio. Me voy.
Llego a casa. Me saco los zapatos y me pongo sandalias de plástico. Preparo algo para comer.
Como. En el talón está el bulto. Voy a la cama. Me siento. El bulto sigue en el talón derecho. Lo
toco y pasa al dedo gordo. Toco el dedo y el bulto pasa al talón. Me acuesto. No puedo dormir.
Miro el reloj. Son las cuatro. A las siete me levanto. El bulto está en el talón.
Salgo con las sandalias de plástico. En la puerta la vecina me pregunta si me pasa algo. Le digo
que un golpe. Lo mismo les digo en la oficina a Martha, a Juan y a Rubén. Reviso el séptimo ex-
pediente con papelito rojo. El pié no es necesario para revisar expedientes. El bulto sigue en el
talón. Martha tiene una camisa bordó con flores marrones. Termino el expediente, le pongo un
papelito azul y se lo paso a Rubén. Me pregunta porque no tomé licencia. Miro el reloj. Son las
doce. Me levanto cojeando. Martha, Rubén y Juan se levantan. Martha me toma del brazo y
vamos los cuatro juntos a comer. Vuelvo a mi escritorio. El bulto sigue en el talón. Juan termina
el octavo expediente y le pone el papelito rojo. No me lo pasa, se lo da directamente a Rubén y
me sonríe. Martha me trae un té y una revista. No está mal, el color bordó de su camisa le
combina con el color del pelo. Leo la revista. Miro el reloj. Son las seis. Me paro para irme y
Martha, Juan y Rubén se acercan para darme un beso. Me voy.
Paso por una Veterinaria y compro un pájaro cantor. Cuando voy a entrar a casa, la vecina me
invita a cenar con su familia. Le agradezco pero le dijo que no puedo. Voy a casa y preparo la
cena. Como. Voy a la cama. Me siento y me toco el pie. El bulto no está. No duele. Duermo. Me
despierto a la siete de la mañana y me pongo las sandalias de plástico aunque el bulto no está y
tampoco el dolor.
Llego a la oficina. Juan termina el noveno expediente y le pone el papelito rojo. Se lo pasa direc-
tamente a Rubén y me sonríe. Martha tiene una camisa blanca y el pelo muy prolijo. Me trae
una revista. La leo. Me saco la sandalia y el bulto no está, tampoco duele. Miro el reloj. Son las
doce. Vamos a comer los cuatro. Vuelvo a mi escritorio. Sigo leyendo la revista hasta las seis.
No me duelen ni el talón ni el dedo gordo. Me levanto e invito a Martha a tomar un café en el
bar de la esquina. Acepta. En el camino me pregunta si me duele el talón. Le digo que si.
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El buzo azul
Norma Troiano

José tenía delante el sobre amarillento. Lo hacía girar entre las manos sin comprender, casi con
temor. El sobre se lo había dado su abuela y decía en el frente: A José, en su cumpleaños núme-
ro 21, de mamá.
La recordaba muy bien. Cuando murió, él tenía doce años. La lloró por los rincones de la casa,
en las noches, después que la abuela apagaba la luz del cuarto, creyéndolo dormido. Com-
prender lo definitivo de la muerte le había hecho todo más difícil. Sintió, entonces, bronca por-
que la madre lo dejó solo y culpa por sentir eso.
Con su mamá, Beatriz, se habían mudado desde el departamento de Palermo a la casa de los
abuelos, cuando ella empezó a tener dificultades para arreglarse sola y atenderlo. La excusa
que había dado fue que él estaba creciendo y Castelar, el barrio de los abuelos, era tranquilo,
con muchos chicos y chicas que salían a andar en bici o iban al cine juntos, sin peligro. Era cier-
to, a la semana de empezar las clases ya todos lo conocían y muchos eran vecinos.
En el centro nunca terminó de saber quiénes eran sus vecinos del edificio. El ascensor principal
tenía palier privado y el de servicio, que José usaba cuando Juanita salía con él a hacer las com-
pras, a llevarlo a la casa de compañeros de colegio o a las fiestitas de cumpleaños; era otro
mundo. Ahí sabía quién era el sodero, el electricista, la chica que cuidaba a la viejita del 8° B,
que no conoció nunca, el novio de Juanita, que venía a tomar unos mates con ella después de
las dos de la tarde, cuando terminaba su trabajo de camillero en el hospital Rivadavia. Era el
secreto que guardaba de Juanita y Juanita fue su confidente sobre algo que siempre deseó:
conocer a su papá.
Su madre le había dicho, tantas veces como él se lo preguntó, que su padre había muerto en un
accidente cuando él estaba en la panza. Que no estaban casados y por eso él tenía el apellido
de su madre y nada más.
José recordaba sus propias preguntas cuando tenía cuatro o cinco años.
— Mami ¿Por qué no tengo tías como la tía Alicia o primos, pero del lado de papá?
— Era hijo único, querido, sin hermanos.
— ¿Y no tenía papás? ¿Por qué yo tengo dos abuelos y no cuatro como todos mis amiguitos?
— Porque papá nació en Francia, mi amor, y se vino para acá solo.
Cuando estaba en tercer grado le pidió fotos, quería saber cómo había sido su papá. Ella le
mostró dos; en una su mamá estaba sentada sobre la falda de un señor de pelo castaño y barba
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en la pera. Los dos sonreían. En la otra estaban saludando con la mano hacia la cámara, uno
parado al lado del otro, tomados de la cintura. El señor tenía un buzo azul, era alto, más alto
que su mamá, que también era alta.
— ¿Éste es mi papá?
— Sí, mi amor ¿Ves? Vas a ser un hombre alto y buen mozo. Las chicas van a mirarte mucho.
Vas a tener un arrastre bárbaro José.
Eso de arrastre lo entendió para los once años y estaba orgulloso de que fuera a ser así. Todavía
se sentía petiso, las chicas medían igual que él.
Ese año, hasta que cumplió los doce, pasó muy rápido, con sus nuevos amigos, los juegos por
las tardes y sus propios cambios. No registró demasiado el desmejoramiento de la madre. La
muerte le cayó, inesperada y cruel, golpeándolo fuerte.
Después, cuando volvió con las preguntas sobre el padre, los abuelos contestaron más o menos
las mismas cosas. ¿Por qué dudaba?
Cuando cumplió los dieciocho se acercó a las Madres de Plaza de Mayo, a pesar de ser cons-
ciente de que en 1982, cuando él nació, las cosas ya no estaban en el país como tres o cuatro
años antes. Fue con las fotos que tenía del padre y el nombre: Paul Dubois. Lo atendieron jóve-
nes y mayores, todos muy amables, buscaron en los archivos donde tenían listados de aquellos
NN que fueron dejando de serlo; en la lista de nombres que, familiares como él, iban acercán-
dole a las Madres; en los registros de extranjeros desaparecidos en Argentina; en tantos lugares
buscaron que empezó a sentir vergüenza por dudar de la madre y culpa por toda la gente que,
verdadera y desesperadamente, quería saber de hijos, nietos, nueras, yernos.
Un horror, había pensado y nunca les contó a los abuelos lo que había hecho. Fue su último
intento por encontrar al padre.
Y ahora, el sobre. Así como nunca dudó del amor de la madre, de su sinceridad y rectitud en
tantas cosas, recelaba de las respuestas respecto del padre.
No podía abrirlo, lo dejó sobre el escritorio. Tenía que tomar aire y pensar. Estas cosas le pasa-
ban a él. Ese espacio sombrío, impenetrable que la duda le producía siempre y que no podía
manejar, le hacían ver o presentir cosas que a otro, quizás, no se le habrían ocurrido. ¿Por qué
el sobre le daba miedo?, se preguntaba ahora. ¿Por qué no podía pensar que era uno de esos
gestos dulces y protectores de su madre lo que iba a encontrar en él?
A la noche se iban a juntar sus amigos y amigas en un boliche para festejarle el cumpleaños. No
no podría enfrentar la reunión después si abría el sobre. Estaba seguro de eso. Se avergonzó de
sí mismo, veintiún años y no era capaz de enterarse de algo para lo que, era claro, su madre
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había creído que ya estaba en condiciones de afrontar. ¿Y por qué tengo que pensar éstas cosas
y sentirme así?, se dijo furioso consigo mismo.
Mover el cuerpo y, a veces, tocar la guitarra, le permitían dominar la angustia.
— Salgo — le dijo a los abuelos al pasar por el comedor.
— Bueno, Pero vení para la cena que vamos a festejar.
— Sí. Vengo.
Caminó a paso rápido. Caminó sin rumbo y volvió caminando. Fueron dos horas largas, pero
pudo reír en la fiesta familiar. Pasadas las doce de la noche se fue con los primos hasta el boli-
che.
Facundo, el organizador de eventos del grupo, había reservado en un lugar chico. En el salón
actuaba siempre algún grupo desconocido que tocaba y cantaba sobre un estrado minúsculo,
con buen sonido. Esa noche unos jóvenes tocaron con mucho timing, blues que estaban acor-
des con su estado de ánimo, escondido entre las bromas, las risas y la cerveza.
Cerca de las tres de la madrugada, lo hicieron parar y sus más queridos amigos armaron una
barrera frente a él. Con la música de fondo del Cumpleaños feliz que tocó la banda, Carina se
asomó por una punta de la barrera, sosteniendo el regalo. A él se le llenaron los ojos de lágri-
mas. Su sueño inconfesado estaba ahí: una preciosa guitarra eléctrica.
— ¡Viejos, se jugaron! — dijo — ¿A quién afanaron para poder comprarla?
Y los abrazó a todos, uno por uno. Los que estaban en las otras mesas, empezaron el coro.
— ¡Qué toque! ¡Qué toque! — y sus amigos corearon también, imitando voces de trueno e his-
teria femenina de recital — ¡Qué toque! ¡Qué toque!
Nunca pensó que este cumpleaños iba ser tan conmovedor. Los de la banda empezaron a gol-
pear con los dedos el micrófono y decían por él:
— ¡Probando! ¡Probando!
Agarró la guitarra, la acarició. Subió al estrado, la enchufó, ajustó el encordado y con toda la
carga del día se largó a cantar Get up, stand up, de Bob Marley. Los que quedaban en el salón,
corearon con él:
Levántate, ponte en pie.
Ponte en pie por tus derechos.
Levántate, ponte en pie.
Ponte en pie por tus derechos.
Levántate, ponte en pie no abandones la lucha
Pudo seguir la farra hasta el final.
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Llegó a su casa a las cinco de la mañana, decidido, ahora si, a enfrentarse con el sobre. Era
consciente del temor que su fantasía había estado poniendo en él. Basta, se dijo, tengo que
terminar con esto. Fue derecho al sobre y lo abrió. Adentro había un papel doblado varias veces
y atrás vio un tarjetón. Desplegó el papel y se le cayó una llavecita. La dejó en el suelo y leyó la
letra de la madre:
Querido hijo, la llave es de una caja fuerte en el Banco. Hay lo suficiente para que decidas qué
hacer. Te dejo las alas, confío en que también te enseñé a volar. Te quiero, te querré desde
algún lugar, si lo hay, cuando leas esto. Si no lo hay, amor, no es importante. El sentido de nues-
tras vidas siempre se manifiesta en el corazón de los otros. No lo olvides. Yo sé que estoy en el
tuyo. Mamá
El tarjetón decía solamente: Paul Dubois, Rue de les Inocent 247, 2e étage, Premier cuartier,
París, Francia. Tel. 78406779094
El corazón le palpitaba en la garganta, los largos años de sospecha, ahora con posibilidad de
resolver, le hacían temblar las manos. Corrió hasta la computadora buscó la hora en París: las
ocho de la mañana. Marcó el número en el teléfono y mientras escuchaba el sonido de la lla-
mada, recordó que casi no sabía francés, apenas lo que le había quedado del secundario ¿Cómo
decir: soy tu hijo? ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué mamá dijo que habías muerto? ¿Por qué no me
buscaste nunca? ¿Cómo preguntar si Dubois no seguía viviendo allí? ¿Cuál era su dirección aho-
ra? Una voz de hombre del otro lado, interrumpió el amontonamiento de sus preguntas.
— ¡Aló! ¡Aló! ¿Qui parle?
José cortó, con ansiedad volvió a la PC, armó con los diccionarios en red dos diálogos básicos,
si todavía vivía ahí y si se había mudado. Se equivocaba navegando. ¡A mí! ¡A mí me estaba pa-
sando esto!, se dijo.
Fue con los papeles al teléfono. Qué no se hubiera ido el hombre que lo había atendido antes,
rogó. Que no empezaran a trabajar temprano en Francia ¡Que pudiera, por Dios, terminar su
angustia, hoy, ahora!
— ¡Aló! ¿Qui parle? Est—ce que vous êtes monsieur Dubois?
— Oui. Je suis il. ¿qu'est—ce qui vous voulez?
— Je...suis le fils de Beatriz Martini
— ...
— Beatriz Martini —repitió con creciente incertidumbre.
— ¡Beatriz! ¿Cómo está Beatriz?
Hablaba español con tonada francesa.
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— Muerta. Mamá murió hace nueve años – tenía un nudo en la garganta.


El silencio lo sintió ahora como algo sólido. Volvió a escuchar la voz.
— ¡Oh…! ¡Mon Dieu…! ¡Mon Dieu…!
El dolor era palpable. Se imaginó al hombre de la barba en la pera agarrándose la cabeza,
mientras seguía hablando:
— ¿Y tú quién dices que eres?
— José, el hijo de Beatriz. Señor, ayer, cumplí veintiún años. Ella dejó para esta fecha, un sobre
donde está su nombre y su teléfono y… — titubeó — Ella me decía, cuando era chico, que usted
era mi padre, pero que había muerto. Ahora no entiendo ...
La infancia entera la puso en la frase. Se sintió un niño otra vez.
Oyó la voz, melancólica, diciendo:
— Yo no sabía que estaba embarazada. Es que no me lo dijo. Yo la busqué, la busqué mucho. Le
llamé por teléfono y no atendía. Pedí a los amigos en Buenos Aires que fueran hasta su casa y
se había mudado. La perdí, la perdí cuando tuve que salir de apuro de allí. O quizás...ya la había
perdido.
— Señor — la ansiedad le empujaba las palabras — necesito saber.
El silencio duró poco y la voz volvió, ahora más animada.
— Mira, yo estuve en Buenos Aires entre 1979 y fines de 1981. Estuve allí por Amnesty, tu ma-
dre era la esposa de un detenido desaparecido. Movimos cielo y tierra por todos ellos, con poca
suerte también para quien fuera su marido. Nos enamoramos ¿Sabes? Nos amamos mucho y la
familia de él le insultó a la cara en una reunión de familiares de desaparecidos.
José percibía la conmoción del hombre. Lo que no podìa percibir era el caos de sentimientos
que provocaba en Dubois su existencia, la muerte demasiado temprana de Beatriz, el retorno
de los recuerdos que tanto tiempo le llevó dominar para seguir con su vida, la duda entre callar
o continuar hablando y contarle, por ejemplo, que la familia del marido de Beatriz la insultó y
repudió en una reunión de familiares de desaparecidos—Señor ¿está ahí? No escucho —El si-
lencio era insostenible para José.
—Sí, aquí estoy —las palabras sonaban lentas y tristes — Mira, todo fue demasiado doloroso en
algún momento —Dubois no podía decirle así, sin conocerlo, por teléfono, que mientras estu-
vieron juntos, la madre nunca dejó de sentir que, con su amor, estaba traicionando dos veces:
al marido y a todos los desaparecidos. Ella había pasado tres años sola, buscándolo, golpeando
puertas, denunciando su ausencia infructuosamente y, aún así, no se sentía con derecho a amar
ESTACIÓN CERO —16—

otra vez. —José, yo creo que sé por lo que estás pasando y quiero estar a tu lado. Juntos arma-
remos toda la historia.

José trataba de unir los pedazos y la historia le parecía coherente, pero ahora quería saber
quiénes eran esos familiares de los que nunca habló la madre, quería saber si vivía ese hombre
que fue su esposo, quería... Dubois interrumpió sus pensamientos.
— José Arreglaré mis cosas y trataré de estar allí en una semana o diez días. Espérame. Te avi-
saré por teléfono. . ¿Te ha dado ella el buzo azul?
Desde el recuerdo, lo sacudió la imagen de la madre, sentada en silencio, con el buzo azul
puesto, el mismo que vestía su padre en la foto. Ella se lo ponía a veces y se quedaba en la casa.
Sin embargo, él la sentía lejos, muy lejos.
— Está..., está. La abuela quiso guardarlo —alcanzó a balbucear
— Ése fue un símbolo de nuestro amor. Se lo di una tarde que tenía frío y quise que lo tuviera
siempre. Cuando llegue a Buenos Aires, para que te pueda reconocer, ponte el buzo azul. Espé-
rame José, la amé mucho y la podré llorar contigo. Confía, tu madre era una gran mujer y...—
por el teléfono no llegaba ningún sonido hasta que, quebrada, la voz continuó— si ella lo dijo,
yo debo ser tu padre.
— Está bien. Gracias. Esperaré.
Cortó. Se sintió en el torbellino de los años de plomo y al mismo tiempo, por primera vez, com-
pleto. Sin tachaduras ni enmiendas. Entero.
ESTACIÓN CERO —17—

Para Vos
Lena Berardone

Esther abrió los ojos, se llevó las manos a la cabeza. Sintió que le dolía. Giró en la cama y vio a
su lado al hombre. Se tapó la boca con la mano cuando le surgió una repentina náusea. Ahora
con movimientos torpes bajó de la cama. En el piso las botellas de vino estaban vacías. Casi con
pánico vio que el cuadro de la pared se movía. El hombre continuaba durmiendo y eso le dio
tranquilidad. No lo reconocía. Se inclinó, miró el tatuaje que él tenía en el brazo. Seguía sin sa-
ber quien era. Se masajeó las sienes tratando de recordar lo sucedido la noche anterior. Su cara
pálida mostraba arrepentimiento y tristeza. Pensó: ¿Por qué volví a hacerlo? Recogió la ropa sin
hacer ruido. Movió despacio la cabeza para no perder el equilibrio. Aún estaba mareada. Vio
más botellas, vasos volcados. Lloró. Se dijo: soy una basura, que culpa tienen los tipos. Se
acercó al espejo e intentó darle un puñetazo a su cara, pero se contuvo. Se sentó al pie de la
cama, inclinó la cabeza y refregó con rabia las lágrimas. Permaneció en esa posición por unos
minutos. Se levantó y se vistió, tomó la cartera, fue caminando desgarbada hacia la puerta del
departamento. Volvió a mirar el cuadro, ahora lo vio inmóvil. Dudo en irse. De la agenda sacó
un papel y una lapicera. Escribió unas líneas. Se acercó a la mesita de luz y dejó debajo del ceni-
cero el escrito.

Lo despertó la bocina del tren. Vio la cama vacía y no le interesó que esa mujer que la noche
anterior había conocido en el bar, no estuviera. Se levantó. Pasó frente al espejo, miró con sa-
tisfacción el tatuaje que hacia unos días le habían hecho.
A través de la ventana miró las vías. Levantó la mano respondiendo al saludo de un vecino. Bos-
tezó, cerró la ventana. Al girar vio el papel sobre la mesita de luz. Se acercó con curiosidad.
Leyó: Para Vos. Lo dio vuelta: Anoche, no sé si te dije que tengo sida, Esther.
Miró hacia la mesita de luz, la caja de preservativos estaba intacta.
ESTACIÓN CERO —18—

Frambuesas y sangre en las manos


Mercedes Rocca

Anatina Perdíaz regresa a la casa mientras disfruta del prado, lleno de flores silvestres y pastos
verdes.
Está feliz y quiere serlo aún más, en este espacio de tiempo que precede a otro, donde hoy,
necesariamente, va a sufrir.
En la mañana cuidó a la antigua farmacéutica del pueblo, ahora postrada, y no pensó en el tra-
bajo de la noche, porque decidió que le convenía aplicar el método de los compartimientos
estancos.
Ya en la casa, acompañada por Alquitrán, el perro, corta frambuesas de un arbusto del jardín y
las va poniendo en una bolsita de papel madera.
A las 19 golpean la puerta. Es el cliente del turno de 19 a 20.30, don Escipión Macedo, el criador
de pelícanos.
Anatina lo recibe con calidez, pero está nerviosa y con las manos frías.
— Hola, ¿Cómo estás?
El viejo, de piel oscura, alto y huesudo, sin contestar, arroja sobre la mesa el sombrero y el re-
benque que lleva cuando se traslada a caballo.
Un rato después, el criador de pelícanos se va, sin utilizar los noventa minutos del turno. Mien-
tras atraviesa el comedor, larga un salivazo, como un momento antes escupió semen en el
dormitorio, sin sacarse los pantalones ni las botas. Y paga, después de rechazar la bolsita llena
de frambuesas que le ofrece Anatina.
Ella estuvo intranquila durante toda la visita, pero nunca se niega a atenderlo por temor a las
represalias.
Repuesta, se prepara para el turno siguiente, de 21 a 22.30.
El cliente de ese turno vive también en Guardado, donde nacieron los dos y se entretuvieron
con juegos cuando eran chicos.
— Estás preciosa.
— Vos no te quedás atrás.
El sonríe y le da un beso.
— Tomamos un cafecito o querés una limonada.
— Un café.
ESTACIÓN CERO —19—

Ella va a la cocina a buscar el café y el amigo - cliente mira el cuerpo tan apetecible en este
momento en que se va, al igual que cuando viene.
El cliente queda muy relajado y contento después de aprovechar los noventa minutos del turno
y Anatina antes de recibir el pago de sus servicios, le regala frambuesas, que él come en el ca-
mino, donde tira la bolsita de papel madera. No las lleva a la casa, porque es casado y ya es
conocida en el pueblo la procedencia de las bolsitas de papel madera con frambuesas.
Anatina atiende a cada cliente durante noventa minutos. Ella pierde dinero al dar un turno tan
extenso por un precio común, pero respeta ese horario como algo sagrado.
La amplitud del horario tuvo su origen quince años atrás, en la época de pobreza y soledad ab-
soluta de Anatina. Hija única, quedó sola a los dieciséis años por la muerte de los padres en un
accidente. Fue entonces que estalló en ella el frenético deseo de amar que vivió en esos tiem-
pos, en los que imperiosamente necesitaba dar y recibir amor.
Todos los vecinos de Guardado se conmovieron ante su desgracia. Las mujeres se turnaban
para hacerle compañía y le llevaban comidas ya preparadas. Luego las visitas se espaciaron y
entonces los hombres del pueblo, que ya le habían expresado sus condolencias, se presentaron
para hacerle compañía. Ella se sintió mejor, porque los notaba más contentos, sentía que la
acompañaban de corazón y no obligados por el deber cristiano. Además le dejaban dinero, lo
que nunca habían hecho las mujeres, que sólo le llevaban comidas, que a veces no le gustaban
y que además le organizaban y le ordenaban las tareas de la casa.
El que acudió primero fue Oliverio, el herrero, muy fuerte y joven. Ella recordó muchas veces
esa visita, que había recibido hacía tanto tiempo, justo el día anterior a su cumpleaños número
diecisiete. Los dos se habían sentado en el sofá y Anatina le sirvió a Oliverio licor de huevo, en
una copa muy grande. Ella había preferido saborear un chupetín y él le había dicho que parecía
una nena, mientras la miraba conmovido. Después el joven le había prestado el pañuelo para
limpiarse la boca y los dedos pegoteados y cuando ella le quiso poner el pañuelo, hecho un bo-
llo, en el bolsillo de la camisa, con estas maniobras hizo volcar el licor de huevo de la copa de
Oliverio. El licor se derramó sobre el vestido de la adolescente, que se puso muy nerviosa. Oli-
verio, para solucionar el problema, le había quitado lentamente el vestido sucio y ella lo había
dejado, porque sentía placer, aunque por momentos temor. El se fue dos horas después, pero
antes le había dejado una cantidad de dinero más que suficiente para comprar un vestido nue-
vo, porque el que llevaba puesto se había arruinado con las manchas de licor.
Así recuerda Anatina su iniciación sexual y comercial, que tuvo lugar quince años atrás, en
aquellos tiempos de gran soledad y pobreza.
ESTACIÓN CERO —20—

El pueblo está alborotado. Se ha desatado un conflicto entre Escipión Macedo, el criador de


pelícanos y Servando Luzuriaga, el comisario.
Anatina se entera por la mañana, cuando llega a la casa de la vieja farmacéutica. La enfermera
que la cuida por la noche, apenas la ve, le dice:
— No sabés lo que pasó. Están enfrentados el comisario y el criador de pelícanos.
— ¿Por qué? — pregunta Anatina.
— Porque Escipión no tiene bien el alambrado de sus campos y el comisario ya le había
avisado que tenía que arreglarlo — le contesta la enfermera mientras se saca el guarda-
polvo.
— ¿Por eso nomás?
— No, porque una vaca de Escipión salió al camino y se le cruzó al sulky de doña Honoria,
que se rompió la frente y dos costillas y el caballo se mancó y lo tuvieron que sacrificar.
Escipión dice que la culpa es de Honoria, que está muy vieja para manejar el sulky y has-
ta para salir sola a caminar.
— Pero si casi tienen la misma edad— dice Anatina.
— La que está bien es la vaca y eso que se le fue encima el sulky con el caballo. Apenas
Honoria recuperó el conocimiento, preguntó varias veces por la dentadura postiza, pero
ahora casi no habla, porque tiene muy hinchada la cara.

A mitad de la mañana, doña Pelagia Bruno viuda de Condorsés, la amadora de aves, camina
rápidamente hacia la comisaría. Custodiando la entrada del edificio está sentado Yuto, el perro
policía de raza pura, de catorce años de edad, que ya merecería jubilarse por los largos servicios
prestados. Sin levantarse, con dos movimientos de la importante cola, le da entrada a Pelagia.
Esta pasa a la sala de recepción, donde también está sentada frente a una mesita, la cincuento-
na Clodovea, profesora de piano y mujer culta, ahora secretaria ad honorem del comisario, a
cambio de casa y comida.
Las dos mujeres se conocen desde siempre. Clodovea está encantada con la llegada de Pelagia
pues ya lleva leída tres veces la novela que tiene sobre la mesita, debajo del cuaderno de “En-
tradas y Salidas” de la comisaría. Pero la visitante, apurada, le estampa un beso en la cara y
entra sin golpear al despacho del comisario; la secretaria, asombrada, también se apura a ano-
tarla en la columna de Entradas del cuaderno.
— Servando, esta vez es la definitiva.
ESTACIÓN CERO —21—

El comisario levanta solamente la vista cuando entra Pelagia y después continúa mirando unas
fotografías que tiene sobre el escritorio.
— Vos bien sabés que yo vengo haciendo mis propias investigaciones, porque te las vengo
contando paso por paso.
Hace una pausa y después de suspirar, continúa emocionada:
— Ya mi amado Cóndor, antes de emprender el vuelo final, me había hablado del asunto.
El comisario saca la vista de las fotografías y extiende los brazos sobre el escritorio. El recuerdo
de su gran amigo Abelardo Condorsés, el difunto marido de Pelagia, lo hace interrumpir la ta-
rea.
Ante la actitud del comisario, Pelagia continúa con más fervor:
— Servando, no estoy aquí por el caballo, las costillas rotas ni la dentadura de Honoria, que
el maldito criador de pelícanos tiene que pagar, vengo por otra cosa más importante.
— ¿A qué te referís?
— A que en este momento hay madres, madres pelícano que se están desangrando por la
maldad del que las cría, que están sufriendo y que pronto van a morir ¿Vos lo sabés, no?
Y vos también sabés que el criador de pelícanos hizo construir un estanque de cemento
y que lo cercó con un tejido de alambre de siete metros de alto. Y por último te pregun-
to: ¿Sabés por qué llenó el estante con agua y dejó allí varias madres pelícano con sus
crías, vos lo sabés? Yo sé que vos lo sabés.
— Decímelo vos Pelagia.
— Porque el criador de pelícanos no les da alimento a las aves del estanque y como bien
sabemos vos y yo, Servando, la pelícano madre cuando no tiene alimento para sus crías,
se destroza el vientre a picotazos y alimenta a los hijos con su sangre. Es una crueldad
que el comisario de Guardado no puede permitir ni esta servidora tampoco. Un día de
éstos lo bajo de un escopetazo.
— Tranquila, Pelagia, que yo estoy trabajando en el caso.
— Sí… ¿Y cuando lo resolvés? Porque tu apellido es Luzuriaga, pero de la velocidad de la
luz, no tenés nada.
Pelagia piensa satisfecha que el último parlamento le salió redondo, pero al instante se arre-
piente por lo que le dijo al comisario. Sin embargo, él dice muy tranquilo:
— Pelagia, ya he tomado fotografías del estanque con las aves heridas y el lago. Y como no
tenemos tribunales, ya le comuniqué el caso al fiscal de Altovalle, que se puso en con-
tacto con la Sociedad Protectora de Animales de la ciudad. Sin pruebas, no podemos ca-
ESTACIÓN CERO —22—

ernos sobre él, porque tiene abogados y mucha plata. Fijate que cuando le pregunté al
criador por el vientre destrozado de la madre pelícano del estanque, me dijo que la sacó
del lago porque había enloquecido. Y lo notable del caso, es que el maldito siempre tie-
ne una madre pelícano de turno, que enloquece y se lastima ella misma.
Mientras hablaba el comisario a Pelagia se le habían escapado unas lágrimas por el sufrimiento
de las aves tan amadas. Al fin le da un beso al comisario y se va sin decir una palabra.

Escipión Macedo, el criador de pelícanos, no está preocupado por el accidente que causó una
vaca de su propiedad, al cruzársele en el camino al sulky de la vieja Honoria. Sabe que debe
pagar por los daños y perjuicios ocasionados a Honoria, pero confía en que sus abogados tor-
cerán los hechos y no deberá indemnizarla.
Pero sí lo inquieta el interrogatorio que le hizo Servando Luzuriaga, el comisario de Guardado,
sobre las madres pelícano que tiene encerradas en el estanque y que para alimentar s sus crías,
se desangran a picotazos en el vientre.
Su olfato de zorro viejo lo alerta sobre la proximidad del peligro y aún tiene que confirmar cier-
ta información que le llegó sobre las actuaciones del fiscal y de la Sociedad Protectora de Ani-
males de la ciudad de Altovalle, que es la más próxima a Guardado y tiene jurisdicción sobre
este pueblo.
Está ansioso y por ello toma un turno con Anatina, además del que tiene habitualmente. Llega
montado en el caballo negro, que ata en el palenque, seguido con recelo por Alquitrán, el perro
de Anatina. Cuando el cliente ya entró en la casa, el perro se dedica a morder las patas traseras
del caballo, porque le tiene rabia, tanto a él como a su dueño.
Adentro de la casa, Escipión no responde al saludo amable de Anatina y arroja como siempre el
rebenque sobre la mesa del comedor. Entra al dormitorio y ella lo sigue, desabrochándose la
bata que cubre el cuerpo desnudo, porque sabe la rapidez con que este cliente concreta el ne-
gocio sexual. Escipión Macedo, el criador de pelícanos, sin sacarse las botas se baja los pantalo-
nes hasta las rodillas y espera con la cara enrojecida, de pie junto a la cama. Anatina mira ex-
trañada el semblante púrpura del cliente, lo que es raro en él.
— Acostate tarada.
El criador de pelícanos quiere decir otras que en su interior presionan para salir y sabe que Ana-
tina podría escuchar, pero lo único que puede hacer es eyacular en silencio. Cuando se va, ella
le ofrece frambuesas en una bolsita de papel madera. Él se detiene, su mirada se enciende y
habla con un tono especial.
ESTACIÓN CERO —23—

— Dámelas vos, en tus manos.


Ella toma varias frambuesas y se las ofrece juntando ambas manos.
Él se acerca a la joven y de sus manos ahuecadas saca una frambuesa, tomándola directamente
con los dientes. Mientras la mastica muy despacio, parece ausente. No le presta atención a
Anatina y en su lugar ve otra cara, la cara de otra mujer. Está ido, recordando el momento en
que esa mujer lo abandonó, sin besarlo ni mirarlo, simplemente se fue, dejándolo solo. Es la
madre, esa figura durísima que aparece siempre cuando él se relaciona con las mujeres.
Ahora, cincuenta años después, el criador de pelícanos está frente a una mujer, a la que odia,
pero que también necesita. Y que amablemente le ofrece frambuesas, que esta vez no rechaza.
Movilizado por los recuerdos, come frambuesas de las manos de Anatina. De pronto sus dientes
atraviesan las frambuesas y también las manos de la joven. Ella grita por el dolor, pero él con-
tinúa masticando. La sangre de Anatina es más roja que las frambuesas. Afuera, Alquitrán ladra
desesperado porque no puede entrar.
Cuando la joven cae desmayada, el criador de pelícanos se va; está fuera de sus cabales y olvida
el rebenque sobre la mesa del comedor. En el momento en que sale dejando la puerta abierta,
entra Alquitrán.
Anatina está en el piso, sin conocimiento y el perro trata de reanimarla con la lengua, luego con
el hocico le golpea la cara y el cuerpo. Ella no reacciona. Alquitrán va corriendo a la casa de Ve-
nancia, la vecina más cercana y ante ella ladra con desesperación. Luego la lleva afuera de la
vivienda, tironeando con la boca de la pollera, que después suelta para correr hacia la casa de
Anatina, seguido por Venancia.
Anatina ya recuperó el conocimiento pero continúa tirada en el piso. Venancia se hace cargo de
la situación. Primero le da una copita de licor para reanimarla; luego le cura y venda las manos
porque sangran mucho. Por último la ayuda a levantarse y la hace acostar. Sobre la mesa del
comedor hay un rebenque; Venancia ya lo ha visto y ahora lo guarda bajo llave en el aparador.
Luego llama a la policía.
El comisario de Guardado se presenta de inmediato. Decide interrogar después a Anatina y la
lleva enseguida al consultorio del único médico del pueblo. Antes de salir, el comisario escucha
complacido a Venancia.
— Servando, después del médico traéla a casa, porque me va a resultar más cómodo cui-
dar allí a Anatina, hasta que se reponga. Y cerrá la casa con llaves para preservar la es-
cena, porque hubo un acto criminal. Tengo algo muy importante que contarte. Vení
apenas puedas, porque en el pueblo hay un criminal suelto.
ESTACIÓN CERO —24—

Alquitrán tiene mucho trabajo. Le corresponde cuidar dos casas: la de Venancia, donde hace
días está el ama y la del ama, ahora deshabitada y cerrada. De tanto ir y venir entre ambas ca-
sas, ha adelgazado, aunque Venancia le da comida abundante y le permite entrar dos veces por
día a la casa para ver a la queridísima ama.
Estando en el jardín de Venancia, Alquitrán ladra contento porque ve llegar al comisario. Viene
acompañado por el subcomisario, que trae una máquina de escribir, ya que se desempeña
también como oficial sumariante, porque él y Servando Luzuriaga son los dos únicos policías del
pueblo. El momento es más que importante. Venancia tiene sentados en el living comedor de la
casa, al comisario y al subcomisario de Guardado. La dueña de casa está a la altura de las cir-
cunstancias, pues ya desempolvó los muebles del comedor y se vistió con especial cuidado.
También le recomendó a Anatina que se arreglara muy bien y la hizo sentar en el sillón más
cómodo, porque aún está convaleciente.
— Servando ¿Gustás vos y el subcomisario una copita de coñac? Es excelente.
— Gracias Venancia, lo dejamos para otra oportunidad. Cuando trabajamos no tomamos
alcohol.
— Entonces les sirvo un vaso de granadina.
— Eso sí, te lo agradezco ¿Vos también tomás, Sub? — agrega preguntándole al subcomi-
sario.
Todos toman granadina. El comisario mira con disimulo a Anatina, que está muy tensa y parece
no disfrutar de la deliciosa bebida.
— Anatina ¿Cómo te lastimaste las manos?
Anatina se reacomoda en el sillón y no contesta. El subcomisario se pone de pie y después se
sienta frente a la máquina de escribir, que ya había colocado sobre la mesa del comedor.
Anatina permanece en silencio. El comisario no necesita que responda para conocer la verdad.
Con una orden de allanamiento y acompañado por el fiscal de Altovalle, ya había entrado a la
casa de Anatina. Allí recolectó varios elementos probatorios que incriminan al criador de pelí-
canos, entre ellos el rebenque. También en el Juzgado se recibió el testimonio de dos vecinos
que vieron cabalgar al criador de pelícanos en dirección a la casa de Anatina y volver aproxima-
damente una hora después. Otro vecino declaró que lo vio atar el caballo y después entrar a la
casa de la joven. Venancia y su marido dijeron en su testimonio que lo vieron pasar cabalgando
hacia la casa, frente a la cual dejó el caballo atado un largo rato. Sentado en el living de Venan-
cia, el comisario con suavidad, pregunta otra vez.
ESTACIÓN CERO —25—

— Anatina, me tenés que decir cómo te lastimaste las manos.


— No sé bien. Pero sé que debo volver a mi casa y que vivo sola. Venancia me cuidó como
una madre y nunca llegaré a agradecerle todo lo que hizo por mí, pero debo volver a mi
casa y allí estoy sola.
Se oye el tecleo de la máquina de escribir y cuando termina, el comisario dice:
— Anatina, tenés el deber de hablar, porque otras personas pueden ser atacadas como te
pasó a vos. Y no temas represalias, porque durante un tiempo prudencial podés vivir en
la vivienda de la comisaría, compartiendo el cuarto con mi secretaria Clodovea, que es
muy buena y sensible. Y que venga con vos Alquitrán, que se lleva muy bien con Yuto.
Y agrega con sagacidad:
— Si el autor de tus heridas está libre, puede pensar que corre peligro porque en cualquier
momento vos lo podés acusar. Y no sé que puede llegar a hacer ese individuo, desde
amenazarte con golpes para que no hables hasta eliminarte. Es un hombre maligno y lo-
co, todos lo sabemos.
— Sí, es cierto. Y mata a las madres pelícano — exclama Venancia.
Anatina reflexiona y enseguida cuenta los hechos tal como sucedieron. Sólo se escuchan su voz,
las preguntas del comisario y el tecleo de la máquina de escribir.
Una vez firmada el acta, el subcomisario vuelve rápido a la comisaría, que ha quedado a cargo
de la señorita Clodovea.
Mientras tanto el comisario camina muy apresurado hacia la casa de Escipión Macedo, donde
comprueba que no está. Se queda a esperarlo, ocultándose para no ser visto. Durante días repi-
te el procedimiento, pero el acusado no regresa. Y no envía al subcomisario porque quiere ser
él mismo quién arreste al maldito criador de pelícanos.

Servando Luzuriaga, el comisario de Guardado, está en la carpintería del pueblo para retirar la
cama de una plaza que encargó hace quince días. Todo el pueblo está enterado que el comisa-
rio ha encargado una cama de una plaza y el mismo comisario también ha divulgado esa com-
pra. Además hace quince días le dio a la secretaria indicaciones muy puntuales, que ella viene
cumpliendo desde entonces, como lo está haciendo precisamente en este momento, en que
habla con la mujer de Arnoldo, el panadero.
— Sí, Ernestina, yo misma controlé al subcomisario cuando pasó el sofá del living - come-
dor a mi cuarto. Y aunque te parezca mentira, yo tuve que darle instrucciones de cómo
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llevarlo, para que no dañara el tapizado. Porque como bien sabemos vos y yo, querida,
los hombres nos ganarán en fuerza bruta, pero en intelecto, jamás.
— Sí, tenés razón, Clodovea, ya estoy harta que mi marido entre a cada rato en la casa, por
cualquier motivo, apoyando en cualquier lado los bártulos mugrosos que usa para traba-
jar. Una vez me apoyó la asadera que trajo don Aniceto, con un lechón para asar, enci-
ma de la mesa del comedor, que quedó manchada de aceite para siempre. Y dijo el ca-
radura que fue por el apuro que tenía para ir al baño y que no lo podía culpar. Ojalá la
panadería estuviera a mil cuadras de mi casa y no en el mismo edificio.
— Sí, tenés toda la razón, Ernestina. Yo en mi caso, sufrí mucho mientras el subcomisario
llevaba el sofá del living a mi cuarto y ahora, quince días después, lo tienen que pasar
otra vez al living. Espero que lo pasen los empleados de la carpintería, cuando traigan la
cama, porque deben estar especializados en trasladar muebles. Lo único que me con-
suela de todo este lío, es que Anatina es adorable y una gran compañía.

Todo el pueblo de Guardado sabe que Anatina y Alquitrán viven en la casa del comisario, anexa
a la comisaría y que la joven comparte el amplio dormitorio de la secretaria Clodovea, adonde
primero se llevó un sofá para que durmiera y que ahora va a ser reemplazado por una cama
nueva de una plaza.
Alquitrán no es ajeno a la vorágine que afecta a Clodovea, porque ayuda a custodiar la entrada
de la comisaría al anciano Yuto, el perro policía; también se hace una escapada varias veces por
día para controlar la casa del ama, ahora desocupada y además debe cumplir con su obligación
más importante, que es cuidar a la queridísima ama. Está muy estresado y por eso, aunque fue
muy bien educado por Anatina, se descargó los nervios comiendo las flores del jardín del frente
de la comisaría, ante la mirada comprensiva del mismísimo Yuto.

Clodovea está desorientada. Siente que las cosas han cambiado en la comisaría, donde hasta
hace poco detentaba el rol femenino, en forma exclusiva. El comisario y el subcomisario son
dos caballeros y sólo ella la única dama, hasta hace poco.
Con frecuencia, el hecho de ser la única hembra en la comisaría, le producía un cosquilleo en las
partes pudendas y también fantaseaba con la idea del tan deseado asedio masculino. Aunque el
subcomisario es casado, no por eso deja de ser un hombre. Y, en su ancianidad venerable, Yuto
también tiene testículos. Pero el único destinatario de su amor es, desde hace mucho tiempo,
el comisario. Buen mozo y cuarentón, sin saberlo movilizaba a la romántica Clodovea, a quién
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por dentro la golpeaban flujos y reflujos fuertísimos, generándole ardores muy intensos. Ella en
muchas oportunidades había querido seducirlo. Equivocada o no, pensaba que el punto más
fuerte de su belleza estaba en la cara, puntualmente en los supuestos grandes ojos negros y en
los labios carnosos. Por eso en varias oportunidades, frente al comisario, abría mucho los ojos y
adelantaba la boca muy gruesa, para realzar estos encantos. Al principio el comisario quedó
extrañado, pero luego empezó a preocuparse ante la persistencia de los movimientos faciales.
Por su parte, Clodovea interpretó las miradas preocupadas del comisario como un interés amo-
roso y en consecuencia arreció con los gestos sensuales.
— Clodovea ¿Porqué no se hace una escapadita a Altovalle y allí ve al doctor Persalutti,
que como usted sabe es un excelente médico y muy amigo mío? Me gustaría que él la
revisara, porque siempre es conveniente acercarse al médico para comprobar el buen
estado de salud.
Es que el comisario, ante los continuos gestos de la secretaria, había pensado que podía tratar-
se de un problema neurológico y por eso agregó ansioso:
— ¿Va a ir? ¿No es cierto mi querida, que va a ir?
Clodovea quedó muda por la emoción. Con la cara completamente enrojecida, no podía articu-
lar palabra; sólo pensaba en el mi querida que le había dicho el comisario, que le seguía reso-
nando en los oídos. Él, alarmado, vio confirmadas sus sospechas; por eso le tomó las manos y le
dijo con dulzura, mirándola a los ojos:
— Quiero que usted se cuide mucho, Clodovea.
— Sí, Servando, sí — pudo balbucear ella con esfuerzo, con la cara hecha un fuego.
La secretaria había entendido, sin abrigar la menor duda, que su amado quería conocer el esta-
do de su salud, en forma previa al pedido de mano. Por eso fue de inmediato al médico para
comprobar su excelente salud. Y a partir de ese momento le empezó a hablar al comisario de lo
sublime del acto de adoptar un bebé abandonado y mientras se lo decía lo miraba muy fijo,
para que supiera que ella, aunque muy sana, ya no tenía la regla. Pero que en el futuro matri-
monio, el tema de los hijos no iba a ser ningún problema. Tampoco era problema para Clodo-
vea, que estaba por ingresar en la sexta década de su vida, que le llevara dieciocho años al co-
misario, porque le habían prestado como muy buena una novela, una donde los protagonistas,
después de grandes dificultades, al final se casaban con mucha felicidad, triunfando el amor
sobre el tiempo, dado que la novia tenía treinta cinco años más que el flamante marido.
La había leído sólo dos veces antes de devolverla por el pedido urgente de la dueña, porque
Clodovea acostumbraba retener los libros prestados más de lo debido. Pero el hecho que la
ESTACIÓN CERO —28—

anciana protagonista fuese multimillonaria, fue un dato que evidentemente no registró la me-
moria selectiva de Clodovea. Ella había leído muchísimas novelas, varias veces cada una, por-
que no podía comprar otra o no la conseguía prestada. Sabía de memoria las situaciones y en
particular lo que hacían los personajes femeninos, con los que se identificaba, al punto de vivir
sus peripecias como propias.
La vida de Clodovea ha cambiado drásticamente. Ahora está alojada en la vivienda de la comi-
saría una mujer joven y hermosa. Esto afecta de manera inexorable el castillo que había cons-
truido, donde ya no puede ser la reina. Y para colmo de males, la intrusa duerme en su misma
habitación, donde con gran sufrimiento, percibe a diario la belleza de la joven. Una angustia
muy fuerte le atraviesa la garganta como un puñal y la realidad le parece una pesadilla. Pero
puede ocultar su aflicción al comisario, ya que éste sale todos los días a buscar a Escipión Ma-
cedo, el criador de pelícanos, al que aún no ha podido detener. Además el comisario y con me-
nor frecuencia el subcomisario, acompañan a Anatina cuando va y vuelve de la casa de la an-
ciana farmacéutica, a quién cuida hace años, trabajo por que recibe un sueldo exiguo. Y la afli-
gida Clodovea viene notando que el comisario disfruta mucho en esas custodias y la custodiada
también. Y que entre ellos hay un vínculo sentimental creciente, indisimulable.

El comisario tiene vigilada la casa del criador de pelícanos de manera permanente y secreta.
Una noche está él de guardia cuando aparece Escipión. La noche es muy oscura y lo escucha
llegar, aunque cabalga al paso. Oculto, espera que ate el caballo y cuando camina hacia la casa,
se presenta en forma sorpresiva, iluminándolo con una linterna. Queda paralizado, está sor-
prendido y muy molesto por la luz intensa. El comisario le comunica su arresto y mientras le
está informando los motivos, el otro alza el rebenque para golpear la cara del comisario, pero
éste más rápido, se lo hace volar con el machete reglamentario. Y también con un machetazo
en las piernas lo tira al piso, donde lo esposa. Y aunque no es necesario, lo amordaza con el
propio pañuelo, como para que esos dientes malditos no dañen nunca más.
En la comisaría hay un movimiento inusual. El criador de pelícanos está ocupando la única celda
y sus abogados lo visitan con frecuencia, después del período de incomunicación que dispuso el
juez de Altovalle. La novedad distrae momentáneamente a Clodovea del pesar por su revés
amoroso.
Anatina tiene un problema, porque la proximidad del criador de pelícanos, aunque está en una
celda, le causa miedo y le desequilibra los nervios. Por eso, decide dejar la habitación de Clodo-
vea y volver a la casa.
ESTACIÓN CERO —29—

Clodovea se alegra por el alejamiento de la intrusa y siente que ha recuperado su lugar.


Además está muy entretenida con el movimiento que hay en la comisaría, por lo que debió es-
cribir muchas páginas en el cuaderno de entradas y salidas. Y aunque no olvida la relación sen-
timental del comisario, no ver a Anatina le da un cierto sosiego. Precisamente, por su decai-
miento, había dejado de cuidar el jardincito que tiene a un lado de la celda; había sido su pasa-
tiempo favorito y le permitía obtener claveles, rosas y sobre todo lavandas, su flor preferida.
Con las lavandas, colocadas en bolsitas de tela muy fina, perfuma sus calzones, adornados con
puntillas muy vistosas que hace ella misma. Ahora está en el jardín, que había descuidado du-
rante varias semanas.
— ¡Ay Dios! ¿Por qué, porqué? — exclama casi en un grito Clodovea.
El criador de pelícanos la escucha, extrañado. Agarra enseguida el vaso de vidrio que tiene es-
condido entre las mudas de ropa y para oír mejor, lo pone contra la pared de la celda.
— ¿Qué me pasó? — dice desesperada Clodovea y se pone a llorar.
Después agrega entre sollozos, refiriéndose a las plantas:
— ¿Por qué les tuvo que pasar esto?
El criador de pelícanos la escucha. Reconoce la voz de Clodovea, la secretaria del comisario. Y
rápidamente hace memoria: proviene de una familia adinerada venida a menos, los padres mu-
rieron, la hermana se fue del pueblo. Fue criada a la antigua, es ingenua y soltera. No tiene
ningún pariente. Está sola. Y por lo que oye, desesperada. Calcula que le puede ser útil y decide
actuar.
— ¿Qué oyen mis oídos, alguien está llorando?— dice en voz muy alta.
Clodovea, sobresaltada, se apura a ponerse de pie, pero se cae sobre los rosales secos, lanzan-
do un grito de dolor.
— ¿Qué le pasa, qué infortunio la aqueja? ¿Y por qué estoy injustamente encerrado y no la
puedo ayudar, como quisiera hacerlo, de todo corazón?
Y mientras piensa si ha dicho lo correcto, porque acostumbra a decir palabrotas y no esas fine-
zas, se apura a tomar de nuevo el vaso para escuchar la contestación de Clodovea, quién per-
manece en silencio.
— Respóndame mujer, dígame cual es su desgracia. Yo, con toda sinceridad, le digo que en
este momento, mi mayor desgracia es no poder ayudarla y no el estar injustamente pre-
so.
Después agrega con tono imperativo:
— Mujer ¡Dígame qué le pasa!
ESTACIÓN CERO —30—

Ante tal apremio, ella se decide a hablar:


— Se me secaron las plantas.
— ¡Es una tarada! — se le escapa al criador de pelícanos, pero luego, consciente del ex-
abrupto y deseando que ella no lo haya oído, rápidamente dice en voz alta — ¡No es
nada! ¡No es nada! No sufra ¡Yo le regalaré miles de plantas y flores!
Y agrega, manejando ya la situación:
— Por favor, venga mañana a esta hora. Y traiga un vaso de vidrio, así no tenemos que gri-
tar. La espero. Ahora no puedo seguir hablando porque mi corazón no resiste tanta
emoción. No le cuente a nadie lo que hablamos.
Clodovea, obediente, se retira enseguida. No puede creer lo que ha vivido y le parece que está
soñando.
Por su parte, el criador de pelícanos le encarga al asistente que traiga en la mañana siguiente
una docena de flores variadas y dos plantitas en macetas pequeñas. Insiste en que las macetas
deben ser muy chicas, para evitar sospechas sobre la introducción de objetos prohibidos. Quie-
re que su conducta tenga el máximo de transparencia, porque planea fugarse.
A la mañana siguiente, el asistente le trae un ramo de calas, claveles y crisantemos y dos mace-
titas, una de ellas con una plantita de alelí y la otra con un cactus enano, lo único que pudo
conseguir en tan poco tiempo.
El subcomisario revisa y permite pasar las flores y las plantitas, mientras piensa que no se equi-
vocan quienes comentan en el pueblo que el criador de pelícanos está completamente loco.
El preso recibe la docena de flores y las dos macetitas. Se enfurece con el asistente porque le
parece inapropiado el cactus enano y por eso lo retiene en la celda, junto con las flores. Y le
ordena que coloque la macetita con la planta de alelí en el jardín abandonado, muy junto a la
pared de la celda.
Clodovea se comporta de una manera errática durante las veinticuatro horas que preceden a la
cita. Busca algo pero no sabe qué, no recuerda donde ha puesto las cosas y en el Libro de En-
tradas y Salidas de la comisaría, se saltea algunas entradas y anota dos veces la misma salida.
Llega al jardín al atardecer, como el criador de pelícanos le ha indicado el día anterior. No sabe
si él la puede mirar, pero igualmente quiere estar hermosa, porque presiente un interés amoro-
so. Por eso se pinta los labios con un rojo muy fuerte y también usa el lápiz labial como rubor
para las mejillas. Y como se le ha terminado el cosmético, en un acto desesperado se aplica en
las pestañas un poquito de betún negro para zapatos.
ESTACIÓN CERO —31—

— ¿Estás allí, bella mujer? — dice el preso, al escuchar el crujido de las plantas secas bajo
las pisadas de la visitante.
— ¡Me está mirando! — piensa ella emocionada al escuchar que él dice bella mujer y en-
seguida eleva el pecho y mete para adentro el vientre. Y se olvida de responder la pre-
gunta.
— ¡Tan tarada como siempre! — piensa él, dado que no escucha ninguna respuesta.
Entonces le pregunta:
— ¿Trajo el vaso?
— Sí — balbucea ella.
— Bueno, ponga la base contra la pared, y después ponga la oreja sobre el vaso.
— ¿Por qué?
— Porque quiero que hablemos y así vamos a escucharnos mejor.
Con la oreja apoyada en el vaso, Clodovea escucha palabras que le aceleran los latidos del co-
razón.
— Como le prometí, le daré mil plantas y flores. No quiero que llore por lo que perdió.
Quiero que sea feliz con todo lo que yo le voy a dar ¿Entiende?
— Sí.
— Y ahora le enviaré flores, porque mi corazón ya lo tiene usted.
— ¿Qué? — pregunta ella.
El criador de pelícanos, hastiado, da por concluida la charla y cumpliendo con su promesa, le
arroja por entre las rejas del ventanuco, uno por uno, los crisantemos, claveles y calas. Y por
último, tira con rabia la macetita con el cactus enano, deseando embocar a Clodovea, porque
piensa que jamás va a poder fugarse con su ayuda.
Pero enseguida reflexiona y como no tiene otra alternativa para escapar, le dice:
— Venga mañana a la misma hora y no le cuente a nadie lo que hablamos.
Clodovea cuida el jardín durante el atardecer, como acostumbraba. Esa tarea ahora coincide
con las citas de amor. Está viviendo el romance soñado.
El asistente, por orden del criador de pelícanos, hizo una marca disimulada en la pared de la
celda, donde ella apoya el vaso para escuchar la voz del amado. El le dice en una de las prime-
ras conversaciones:
— Querida mía, le pido que se comporte como siempre, que haga lo mismo que hacía an-
tes. Y de rodillas, le pido por favor, que mantenga en secreto la sagrada relación que nos
ESTACIÓN CERO —32—

une, porque la maldad de ciertas personas la va a querer destruir. Y entonces me van a


destruir a mí, porque usted es mi vida.
Desde esa conversación, todas las tardes ella encuentra una rosa blanca escondida en un reco-
veco de la pared de la celda. La lleva al cuarto y pone los pétalos entre las hojas de un libro,
donde guardó también un papel color rosa, porque en él su enamorado le escribió una poesía:
Cultivo una rosa blanca
en junio como en enero,
para el amigo sincero
que me da su mano franca.
A continuación agregó: Quiero ser su amigo, pero también la amo. No sea cruel, dígame si co-
rresponde mi amor.
Ella, educada a la antigua, no le expresa sus sentimientos, porque le parece una falta al recato
con que debe comportarse.
El cielo está lleno de nubarrones oscuros, que presagian lluvia. Es el atardecer de un día domin-
go y en la comisaría hay poca gente y mucho silencio. Clodovea está en el jardín y decide no
regarlo porque va a llover. Está inquieta por ciertos pensamientos, que le dan vueltas en la ca-
beza desde que despertó, y como ya mantuvo muchas charlas con el criador de pelícanos, se
anima a preguntarle:
— Escipión, ¿por qué usted lastimó a Anatina?
— Clodovea querida, no le hice nada a Anatina, que es amiga del comisario y se entiende
con él. Me avergüenza decirlo, pero yo, necesitado de amor, fui a su casa. Cuando le iba
a pagar, ella vio que yo tenía un fajo de billetes y me pidió que se los prestara. Como no
quise, gritó primero y después me agredió, porque mi negativa la puso furiosa. Le pagué
lo convenido, y cuando me iba, vi que se estaba mordiendo las manos.
Clodovea cree el relato, ya que siente un rencor profundo contra Anatina, por haberle robado
el amor del comisario. Además, conoce el trabajo de la joven y le parece creíble que se haya
puesto furiosa y lastimado a sí misma, dado que ella vende el cuerpo por dinero. Él dice des-
pués:
— ¿Me oye bien, querida?
— Sí.
— También le quiero decir que yo no mato en el estanque a las madres pelícano, como di-
ce Pelagia Bruno. Pelagia me odia por algo que dije en la Asamblea Nº 1941 de los No-
tables del Pueblo.
ESTACIÓN CERO —33—

En Guardado adquieren la categoría de Notables los que tienen más de veinte años de residen-
cia en el pueblo y que además hayan realizados actos meritorios, destacables o que beneficien
a la comunidad.
Clodovea no recuerda bien esa Asamblea, en la que estuvo presente, con derecho a voz y voto
y para refrescar la memoria, le pregunta:
— ¿Qué dijo usted en la Asamblea Nº 1941?
— Pelagia, la mal llamada amadora de aves, propuso crear el Día del Ave Amiga; entonces
yo pedí la palabra y a continuación propuse crear el Día del Pajarito que voló. Pelagia lo
tomó como una afrenta, porque vio, erróneamente, una alusión jocosa a su difunto ma-
rido Abelardo Condorsés, del que siempre anda diciendo que emprendió el vuelo final.
Lejos de mí tal intención, se lo juro, querida amiga.
Ella lo escucha con atención y después recuerda el día que Pelagia Bruno estuvo en la comisar-
ía. Había llegado muy acalorada, apuradísima, la saludó apenas con un beso y después entró,
sin golpear, en el despacho del comisario. Clodovea se acuerda que permaneció allí un largo
rato y ahora deduce, con total convicción, que estaban confabulando contra el criador de pelí-
canos.
Finalmente, el dice reflexionando con preocupación:
— Desde que empecé con el proyecto para ser candidato a alcalde de Altovalle, han des-
atado una campaña en mi contra, inventando todo tipo de acusaciones. Y tan es así, que
mis abogados me avisaron que me están armando una denuncia por estafa en la venta
de tierras.
El criador de pelícanos respira muy hondo, y luego de una pausa, dice con voz desesperada:
— Clodovea, voy a matarme, ya lo decidí. No quiero estar el resto de mi vida encerrado in-
justamente, sin poder estar con usted. Prefiero la muerte. Desde el más allá velaré por
usted y sólo así podré estar tranquilo.
Clodovea se sobresalta, porque puede perder el único candidato que tiene y el amor que la
hace de nuevo feliz.
— Escipión, usted no va a quedar encerrado de por vida. Y no tiene que matarse para ser
libre. Yo sé lo que tengo que hacer. Sólo le pido una cosa.
— ¿Qué? — contesta él, ansioso, porque hasta ahora el plan iba bien, pero se agrega una
exigencia.
— ¿Puedo llamarlo Escy? Diga que sí, por favor.
— ¿Por qué?
ESTACIÓN CERO —34—

— Porque Escipión se parece a escorpión. Escy me gusta más, es más dulce.


— Sí, llámeme como quiera — contesta él, entre aliviado y furioso por lo ridículo de su fla-
mante sobrenombre.
El criador de pelícanos ya está en la habitación de Clodovea, quién veinte minutos antes le
abrió la puerta de la celda. La cama de Clodovea tiene el colchón descubierto y en un extremo
están dobladas con prolijidad las sábanas y la colcha. En el piso hay una maleta mediana y un
paquete grande. En la mesita, una mochila y un bolso de mujer. Sobre el escritorio hay varios
paquetes, hechos en papel madera, con la anotación Para los pobres en letras grandes y en
color rojo. En el más grande de los paquetes, la inscripción dice: Propiedad de Clodovea E.
Apercantini.
Son las dos de la madrugada y faltan sólo treinta minutos para la hora convenida. Él está tenso
y además a punto de estallar, porque Clodovea nunca termina de acomodar las cosas. Ya le dijo
que se mueva lo menos posible y sin hacer ruido, pero ella no puede quedarse quieta esperan-
do el momento de partir. Ahora la ve subiéndose a una silla, para descolgar un cuadrito. Enoja-
do, se acerca para retarla, pero la ira desaparece cuando mira las piernas macizas, emergiendo
de los calzones blanquísimos y largos, adornados con una puntilla muy vistosa. Se enternece. Y
piensa complacido que Clodovea es una adelantada porque no usa enaguas, como las demás
mujeres de su generación.
La ayuda a bajar de la silla, agarrando también el cuadrito. Y para hacer más rápido, lo guarda
en su mochila, mirando con asombro la cara de un santo con aureola pero con los ojos bizcos.
Por fin ellos ven la luz de la linterna, detrás de los vidrios y las cortinas de gasa. Es la señal que
el criador de pelícanos está esperando. Muy despacio, sin hacer ruido, abre las dos hojas de la
ventana y saca primero al patio exterior el equipaje y luego pasa él. Después agarra a Clodovea,
que espera subida a una silla y la tiene que arrastrar y después alzar con esfuerzo, para que por
fin, pueda salir. Ya afuera y con sus petates, los dos se pierden en la oscuridad de la noche.

Guardado está en ebullición, como un hormiguero en un día caluroso. Salen a la calle los due-
ños de los negocios, para hablar con el comerciante de al lado o con quién encuentren. Las mu-
jeres no entran a las tiendas, están en la calle parloteando con las bolsas vacías y cuando las
cargan, olvidan la mayor parte de lo que debían comprar. La fuga de Clodovea y Escipión es la
comidilla del día. Todas las bocas se abren por el asombro causado por la inconducta de la se-
ñorita Clodovea. Algunos pocos directamente no lo creen, como la dueña de la mercería, que
conversaba mucho con Clodovea y dan posibles motivos para el viaje nocturno y urgente.
ESTACIÓN CERO —35—

Anatina, con miedo por la fuga del criador de pelícanos, vuelve a la comisaría, donde ocupa el
cuarto que dejó Clodovea. Yuto está deprimido por su ausencia de Clodovea, ya que lo alimentó
y cuidó desde que era cachorro. Está tirado y no quiere levantarse ni comer. Alquitrán le muer-
de y tironea la cola, porque sabe que eso lo irrita y finalmente, Yuto se levanta furioso para
morderlo, mientras Alquitrán escapa, entre ladridos y saltos.
El comisario realiza las búsquedas e investigaciones de rigor para hallar al criador de pelícanos.
Y por ello allana la casa de Escipión Macedo, acompañado por el fiscal de la causa. Encuentra
algunos datos que pueden ser útiles para localizar al prófugo. Pero el hallazgo más importante
está dentro de un cofre metálico.
— Cierre el cofre, por favor — dice el fiscal, muy pálido y alterado.
— Sí, doctor — la respuesta del comisario se hace esperar, porque el contenido del cofre lo
sorprende y además lo impresiona fuertemente.
En el cofre rectangular están prolijamente acomodadas las dos manos de una persona adulta,
seccionadas en la muñeca. La mano izquierda tiene en el dedo anular, que es sólo hueso como
el resto de la mano, un anillo de sello, con las iniciales A.M. grabadas en el platino.
— Y déjelo donde está — indica el fiscal y agrega como explicación —. Para favorecer el
trabajo de los peritos — después se va rápidamente.

El vestido de encaje color marfil luce espléndido, en la percha que Venancia ha colgado en la
araña de la habitación que antes ocupaba la señorita Clodovea. El traje está allí hace tres días y
hace apenas quince minutos Venancia sacó las sábanas que había colocado para que ni el polvo
ni nada lo ensucien
— Bueno, es hora de que te vistas.
— Sí — dice Anatina, que tiene un hermoso peinado de alto y un maquillaje suave.
Venancia está por descolgar la percha de la araña, cuando golpean la puerta de la habitación.
Anatina va a abrir, mientras se cierra la bata que había empezado a sacarse.
— No abras.
— ¿Por qué? — pregunta Anatina.
— ¡Sos la novia! — exclama Venancia y después pregunta con irritación — ¿Quién es?
— Soy Aparicio.
— ¿Qué querés?
— Traigo un paquete del criador de pelícanos.
Venancia mira a Anatina, que contrariada, va a abrir la puerta.
ESTACIÓN CERO —36—

— ¡Dejame a mí! — le dice.


El paquete es muy grande, está hecho con un papel azul y atado con una cinta roja. Abajo del
moño, hay una tarjeta que dice: Escipión Macedo y Clodovea Eufemia Apercantini de Macedo
les desean muchas felicidades.
Al dejar el paquete, Aparicio ya ha cumplido con la primera entrega y entonces piensa en reali-
zar el segundo encargo. Mira a Venancia mientras comprueba que el gran sobre blanco está en
el único bolsillo útil del saco muy gastado.
— ¿Y ese sobre? — pregunta Venancia.
— Es para el comisario — contesta Aparicio.
— Dámelo a mí — ordena Venancia.
— No, me dijo que se lo diera al comisario.
— ¿Quién?
— No sé.
— ¡No seas estúpido, como no vas a saber a quién viste! — exclama nerviosa Venancia.
— No es del pueblo, no lo conozco.
Anatina quiere intervenir y por ello decide dejarse ver. En Guardado la novia no debe ser vista
antes de la ceremonia religiosa.
— Dámelo a mí, Aparicio, que después yo se lo doy al comisario — dice con suavidad.
El muchacho, con los cachetes más rojos que nunca, está encantado de haber podido ver a la
novia, pero no suelta el sobre y se va corriendo a cumplir la entrega número dos.
Venancia, que un rato antes no quería perder ni un segundo, abre el paquete; Anatina está a su
lado, expectante. Las dos mujeres quedan deslumbradas al ver un juego magnífico de plata la-
brada, compuesto por una fuente, cafetera, tetera, tres jarras, azucarera, y otras piezas, todas
tan bellas como valiosas. Por primera vez en su vida, Venancia no sabe qué decir. Anatina, pen-
sativa, toma el traje de novia.
El comisario de Guardado termina de vestirse en la habitación del hijo del subcomisario. Consi-
dera que está muy elegante con el smoking y piensa en lo linda que debe estar Anatina, a quién
no ve desde el día anterior. Y se siente feliz al pensar que ella se está preparando una unirse a
él. La quiere totalmente, sin reservas y sabe que es correspondido. Es una hermosa mujer, tan
linda como buena. Sólo eso le importa. Se palmotea y abraza con el subcomisario. Los dos están
solos en la casa, porque la familia del Sub hace un rato que salió hacia la iglesia.
ESTACIÓN CERO —37—

Y ya en la calle, cada uno se va por su lado: el novio al templo y el padrino a la comisaría, donde
lo espera Anatina. Y el Sub piensa muy contento, que su amigo no se equivocó cuando la eligió
a ella y no a la rubia insulsa de Altovalle, con quién jamás habría decidido casarse.
Aparicio corre ligerísimo hacia la casa del subcomisario, donde sabe que está alojado el comisa-
rio desde la noche anterior. Cuando llega encuentra la casa vacía, con la puerta y las ventanas
cerradas. Empalidece al recordar una vez más lo que dijo el desconocido, cuando le dio el en-
cargo:
— Dale este paquete a Anatina Perdíaz y el sobre al comisario. Y se te va la vida si no ponés
el sobre en manos del comisario, antes de que empiece la fiesta.
Entonces sale disparando hacia la iglesia, donde supone que está el comisario. Cuando llega,
entra por la puerta lateral y enseguida irrumpe en la sacristía. El cura levanta la vista del papel
donde está anotando el nombre de los contrayentes, para no equivocarse, como ya le ha pasa-
do en otros casamientos.
El novio está sentado, charlando con la madrina de la boda, mientras espera que le avisen la
llegada de la novia. La entrada estrepitosa de Aparicio termina con la charla. El comisario lo
mira asombrado, porque tiene los ojos desorbitados y ha perdido el rubor de los cachetes.
— ¿Qué pasa? — pregunta el comisario.
El muchacho saca el sobre del bolsillo y se lo entrega.
— Agarre esta carta — dice muy alterado.
— Bueno, tranquilizate — responde el comisario mientras toma la carta.
— Y léala, si no me pueden matar — exagera Aparicio, para asegurarse la supervivencia.
— ¿Cómo es eso? — pregunta el comisario.
— Comisario, por Dios, lea usted inmediatamente la carta y vos muchacho, estás muy páli-
do, vení conmigo — dice el cura y lo lleva de la mano hacia un aparador. Le sirve un po-
co de vino en un vaso, mientras le dice — Tómalo que te va a hacer bien.
También le corta varias rebanadas de pan y salamín, que Aparicio saborea tranquilo, porque ve
que el comisario está leyendo la carta.
Servando Luzuriaga lee la primera frase de la carta y como le resulta extraño el asunto tratado,
la vuelve a leer: Las manos han sido un tema obsesivo durante toda mi vida, ya no. Continúa
leyendo: Tal vez por eso lastimé las manos de Anatina. Cuando era chico, mi padre me golpea-
ba, muchas veces sin motivos, seguramente por ser el hijo de la mujer que lo abandonó. Las
palizas eran atroces, sobre todo cuando estaba borracho. A los trece años me fui de esa casa y
juré que le cortaría las manos a ese individuo. Ya siendo adulto, me daban ganas de lastimar a
ESTACIÓN CERO —38—

los demás, como mi padre me había lastimado a mí. Una madrugada, con algunas copas de
más, decidí cumplir mi juramento. El dinero permite concretar ciertos proyectos. Pagué una
suma considerable al sujeto que abrió el féretro de mi padre y le cortó las manos. Me las trajo
en un cofre, que está en mi casa. A veces también pensaba en las manos de mi madre, siempre
muy cuidadas y con anillos. Nunca me pegaron, pero tampoco me acariciaron, ni me cuidaron.
El tema recurrente de las manos ya no me persigue. Quizás porque ahora hay otras manos que
se ocupan de mí. Le pido transmita mi arrepentimiento a Anatina. Le pido perdón, aunque creo
que en ese tiempo todavía estaba loco. Estoy muy contento por mi nueva vida y celebrando su
casamiento, ofreceré un espectáculo de fuegos artificiales, especialmente en honor de su espo-
sa. Lo saludo con el mayor respeto.
Escipión Macedo.
P.D.: Excúseme por haber retirado del depósito de la comisaría el paquete que es propiedad de
Clodovea, porque tenía libros que ella quiere leer.
El comisario sonríe cuando termina de leer la carta, porque recuerda las numerosas y desgasta-
das novelas que contenía el paquete de Clodovea, sin ningún interés para la causa judicial.
Suena muy fuerte el timbre en la sacristía avisando la llegada de la novia. El comisario y la ma-
drina van hacia el altar. Servando Luzuriaga siente la mayor emoción de su vida, cuando ve en-
trar a Anatina, bellísima, del brazo de su gran amigo, el Sub.
Toda la gente de Guardado quiere saludar a los recién casados. Como el atrio resulta estrecho,
los novios salen al patio anterior de la Iglesia, que es enorme. Allí afuera, el fresco de la noche
atenúa el calor del amontonamiento.
De pronto se escuchan múltiples ruidos. Y el cielo se ve surcado por fuegos artificiales muy
hermosos e impactantes. Los concurrentes los miran, encantados. Cuando terminan, a lo lejos,
ven descender una bengala. Una explosión fuertísima, seguida de una enorme lengua de fuego,
surge del lugar donde cayó la bengala.
El espectáculo es tan inesperado como descomunal y todos aplauden enloquecidos, sin saber
que acaba de estallar, por decisión de su propio dueño, la casa del criador de pelícanos.
ESTACIÓN CERO —39—

El cuaderno verde
Gerardo Rean

Desde el ventanal José Luis veía la plaza, donde dos viejos jugaban al ajedrez, con piezas de
madera en un tablero de cartón, eran las últimas horas de la tarde y las sombras empezaban a
cubrir la plaza.
Cerró las cortinas y se acercó a su escritorio que estaba tapado con una pila de libros y cajas,
había un cuaderno de tapas verdes junto a los libros. Guardó los libros en la biblioteca y al cua-
derno lo dejó a un lado. Una caja tenía boletas con cifras que ya no significaban nada, abrió otra
caja rotulada: Papeles importantes.
Ahí estaba la garantía del primer televisor y recordó los primeros tiempos de casados, cuando
con Laura miraban la televisión acurrucados en la cama. La garantía de la filmadora y evocó
aquellas salidas de fin de semana a Escobar, quien sabe donde están los rollos y siguió orde-
nando. Halló las patentes del Renault 12 abrochadas con un clip ya oxidado y recordó las vaca-
ciones en Córdoba. De un sobre saltaron los carnets del club. Hizo memoria: fue en el segundo
año de casados, iban con Joaquín en su cochecito a la pileta y, sin plata, habían disfrutado igual
del verano. Siguió sacando papeles, ahí estaba el manual de la multiprocesadora que nunca
usó, regalo de su suegra, el manual de la cámara de fotos que compró cuando nació Joaquín, le
tengo que pedir las fotos a Laura y continuó. Del fondo de la caja sacó el carnet de la biblioteca,
sonrió recordando cuando los echaban por charlatanes y ruidosos.
El cesto rebalsaba y el escritorio no parecía suyo y ahí estaba el cuaderno verde, antes de tirarlo
lo leyó.
En la primera hoja reconoció la caligrafía de Laura, que había olvidado el cuaderno la última vez
que se vieron y no la pudo atender, quedaron en encontrarse otro día y otro día fue nunca.
Escrupulosa Laura consignaba todo. Desde el primer beso que le había robado en la biblioteca,
la primera salida al cine cuando no la dejó ver la película, las impresiones de las vacaciones, de
los viajes, el día que nació Joaquín. Notó como al pasar las hojas se espaciaban los buenos mo-
mentos y se amontonaban reproches, enojos, días de estar juntos sin hablarse, comiendo en
silencio mientras miraban la televisión, las angustias de Laura y sus resentimientos.
Cerró el cuaderno y lo guardó otra vez en la caja de papeles importantes.
Levantó el teléfono, marcó el número de Laura y escuchó: “El número no corresponde a un
abonado en servicio…”
ESTACIÓN CERO —40—

Fin de mes
Edelmira Gallino

Salí caminando sin apuro hacia la parada de la esquina. Tenía lo justo para comida y movilidad
hasta fin de mes, más algunas monedas extra. Y un enorme aburrimiento.
El domingo pintaba eterno y la única distracción al alcance de mis posibilidades era tomar un
colectivo que tuviese un recorrido largo. Le hice señas al primero que apareció con asientos
vacíos. Subí, saqué el boleto y me senté por la mitad del colectivo.
A mi derecha, un sujeto cabeceaba con los ojos entrecerrados. Un par de veces le sacudí el bra-
zo porque se quedaba dormido sobre mi hombro. Mientras trataba de ponerlo en vereda, el
colectivo se llenó de gente.
Una gorda, tan abundante en años como en carnes, entró con aires de princesa. Parecía esperar
que sus súbditos le cediesen el asiento. Dado que nadie se movía, la gorda lanzó un suspiro y
disparó con voz chillona:
— Ya no hay caballeros.
De atrás se escuchó:
— No hay asientos de dos plazas, doña.
La gorda, con el cuello estirado, miró indignada en todas direcciones. Por no poder identificar
quién había sido, nos fulminó a todos. De golpe, se puso colorada y gritó:
— Degenerado.
El que cabeceaba sobre mi hombro dio un respingo y murmuró:
— Esta se cree que están interesados en su trasero. Debería saber que esta línea está pla-
gada de carteristas.
La gorda consiguió asiento delante de mí. Ocupó tanto espacio que aplastó al vecino contra la
carrocería.
Al otro lado del corredor, alguien encendió un cigarrillo. La gorda se puso de pie y le ordenó
que lo apagara. El tipo del cigarrillo ni se inmutó. Ella se hizo lugar con los brazos para acercarse
y encararlo:
— A usted le hablo. No ve el cartel que prohíbe fumar.
— No fume usted si el cartel la inhibe.
— No sea atrevido.
— Ni usted metida.
Allí terció una mujer mayor que se tapaba la nariz con un pañuelo. Se dirigió a la gorda:
ESTACIÓN CERO —41—

— Tiene razón señora, estos imberbes ya ni saben leer.


El que estaba sentado delante de la mujer del pañuelo sacó un cigarrillo del pliegue de la man-
ga y le pidió fuego al fumador. Una pareja lo aplaudió. Otros lo desaprobaron a los gritos.
A medida que subían pasajeros, un viejito sentado en el primer asiento los ponía al tanto del
motivo de la trifulca y los invitaba a alinearse en una u otra facción. Yo no lograba decidir cuál
bando integrar. Aunque no fumo, la gorda me resultaba una cretina.
De pronto, voló una colilla apagada que fue a caer sobre la nariz de la gorda. Ella, irritada, se
abalanzó a los codazos hacia el frente para exigirle al chofer que impusiera orden en el vehícu-
lo. El chofer se limitó a señalar el cartel que prohibía a los pasajeros hablar con el conductor.
La gorda puso cara de ofendida y pretendió retomar el asiento pero ya había sido ocupado por
una chica atrincherada bajo una pila de libros y carpetas. Furiosa, increpó a la chica:
— Ese asiento es mío.
— Muéstreme el título de propiedad, abuela — le contestó la chica con una sonrisa de
ángel.
— Insolente.
— No sabía que decir abuela fuera un insulto.
— Sepa que no tengo hijos ni nietos.
— La Humanidad agradecida — se oyó de atrás.
Hubo algunas risas mal disimuladas.
Fuera de sí, la gorda apuntó hacia el fondo. Se abrió paso a empujones y nos preguntó a cada
uno en tono amenazador quién era el que había hablado. Nadie le contestó, ni siquiera los que
antes le habían apoyado la moción en contra del cigarrillo.
En la parada siguiente varios pasajeros se bajaron en tropel. Los restantes miraban para afuera.
Con el pasillo más despejado, la gorda enfiló otra vez hacia adelante. El chofer le echó una mi-
rada provocadora a través del espejo y apretó el acelerador en el momento en que ella se sol-
taba del pasamanos. La gorda tambaleó y cayó de espaldas, como un saco de papas pero con
las piernas abiertas en alto. El fumador, que ya había encendido el segundo cigarrillo, le dijo
con sorna:
— Doña, aunque no esté escrito en los carteles, es un escándalo que usted nos exhiba la
ropa interior.
El pasaje rió a carcajadas. La gorda explotó en un llanto convulsivo. Yo me contuve a duras pe-
nas.
Algunos pasajeros nos acercamos para ayudarla a levantarse.
ESTACIÓN CERO —42—

El chofer, que desde el incidente había reducido al mínimo la velocidad, se detuvo frente a un
bar que había en la mitad de la cuadra.
— Su majestad puede descender — la invitó el fumador con una reverencia.
Ella no dejaba de llorar. Yo la agarré del brazo y la acompañé abajo. Para calmarla, le ofrecí sen-
tarse a tomar un café conmigo.
La gorda necesitó un tiempo para recuperarse. Yo no sabía qué decir. Le pregunté qué quería
tomar.
— Lo que usted diga — respondió, con la vista baja.
Llamé al mozo y le pedí dos cafés.
— No sé cómo darle las gracias — dijo en un tono pausado, con los ojos todavía húmedos.
— No es nada. Por qué no me cuenta algo sobre usted.
La gorda suspiró.
— Qué puedo decirle. Soy huérfana desde antes de tener memoria. Me crió una tía viuda,
prima lejana de mi madre. Era una persona muy estricta. La única concesión que se hac-
ía a sí misma era fumar en mi presencia, uno tras de otro, con una boquilla de marfil.
Cuando yo tenía dieciocho años y el cigarrillo acabó con su vida, descubrí que era juga-
dora. Dejó tras de sí un tendal de deudas.
— Qué espanto — logré mechar.
Por primera vez, la gorda sonrió.
— Vendí todo lo que había quedado de mi tía y me conseguí un puesto. Apenas me alcanzó
para sobrevivir y terminar de saldar las deudas. Ahora, que estoy jubilada, ayudo a un
asilo de huerfanitos. De ahí venía cuando tomé el colectivo.
Se levantó la manga para mirar el reloj con disimulo y agregó sobresaltada:
— Qué barbaridad. Le he robado todo su tiempo. No sé cómo agradecérselo.
— Ha sido un placer — le respondí.
Abrió una minúscula cartera y amagó con pagar lo suyo pero la detuve con un gesto. Se pintó
los labios antes de despedirse de mí. Se levantó y salió caminando erguida.
Me quedé una hora más en el bar. Quería amortizar el costo de los cafés. Cuando pedí la cuen-
ta, descubrí que lo que me habían robado era el dinero.
Faltaban dos días para terminar el mes. Por lo menos, se me había pasado el aburrimiento.
ESTACIÓN CERO —43—

La cena
Alcira Saldaña

— ¡Hija de puta, de acá no te movés!


Fidel aplasta a Carmen contra la mesada y le aprieta el cuello.
Es la hora de la cena. El repartidor de pizza pasa en moto bajo la ventana de la cocina donde
Carmen de espaldas a la mesada, manotea el tenedor.

Sentada en el comedor, con las manos atadas al respaldo de la silla, Carmen mira la ventana
cerrada. Por las rendijas entra algo de luz. Le duele donde le aprieta la soga ¿Cuándo hace que
Fidel empezó a atarla a la silla? Siempre fue desconfiado, pero antes los celos de Fidel le cosqui-
lleaban el sexo y la hacían sentir realmente mujer. La rabia le viene a la boca y grita. Los perros
ladran en la calle. Nadie puede oírla, quizás la oigan los chicos que en el dormitorio deben estar
atados a la pata de la cama.
— ¡Chicos raspen con fuerza! Así, para arriba y para abajo.
Mientras habla, sube y baja las manos raspando la soga contra la silla.
— ¡Todavía hay tiempo, chicos!
La herida que le provoca la soga, sangra. Se muerde los labios y entre las lágrimas ve sobre la
mesa los vasos sucios y las botellas vacías de la noche anterior. De los platos con restos de co-
mida sale un olor rancio que le revuelve el estómago ¿Hace cuanto que solo come restos? Los
restos que él deja. Escucha una cumbia que le llega desde algún lugar del barrio y le recuerda
los bailes y las peloteras con Fidel cuando se ponía un lindo vestido y bailaba con ganas. Des-
pués de la bronca venía la borrachera y el amor furioso. Cierra los ojos y se adormece. La cabe-
za le cuelga para atrás. El pelo largo y negro roza las manos atadas. El cuarto va quedando a
oscuras.
— ¡Aquí estoy, hija de puta!
Fidel entra chocando contra el marco de la puerta y manotea la llave de la luz. Cierra de un por-
tazo. Se acerca a la mesa tambaleando y tira el revolver y una bolsa de supermercado sobre las
cosas sucias. Vuelca un vaso. Se acerca a Carmen. Le eructa en la cara. Le manosea los pechos y
tiene una erección. Se desabrocha la bragueta.
— ¡Abrí la boca!
A Carmen le da asco Fidel, quisiera seguir sola, atada a la silla. Él le acaba en la cara y se va
tambaleando hacia la pieza donde están los chicos.
ESTACIÓN CERO —44—

— ¡No! — grita Carmen y retuerce las manos atadas.


Ahora queda atenta a cada ruido. La voz del chico más grande le llega mansa y apagada. El más
chiquito tiene la voz chillona. Los golpes pronto apagan las voces de los chicos y Fidel viene
tambaleando hacia ella.
— Turra, prepará algo para comer.
Le desata las manos y la lleva arrastrando hasta la mesa.
Carmen se limpia la cara.
— Aquí te traje comida — dice Fidel.
La apunta con el revolver y le señala la bolsa de supermercado. Carmen toma la bolsa y va hacia
la cocina. Él la sigue de atrás apoyándole el revolver en la cintura.
— ¿Y los chicos? — pregunta ella.
— Mientras yo coma, no van a joder.
Carmen piensa que si dijo eso es porque no los mató, aunque un día lo hará. Los matará a los
tres y ella no podrá hacer nada para evitarlo. En la comisaría le dijeron que no puede hacer na-
da, Fidel es el padre. Quizás él se enteró de cuando fue a la comisaría y eso lo puso peor ¿Fue
por eso que la ató a la silla? No tendría que haber ido. Abre la bolsa de supermercado en la me-
sada de la cocina. Hay un pedazo de carne y pan. Fidel la sigue apuntando mientras toma vino
de una botella. Carmen pincha la carne y la corta en fetas. Le tiemblan las manos. El temblor no
le deja cortar. Fidel le grita que se apure. Aprieta el gatillo y sale un tiro que se incrusta en el
techo.
— ¡Mamá! — grita desde la pieza el chico mayor.
Carmen suelta lo que tiene en la mano y se da vuelta. Fidel se le echa encima y la aplasta contra
la mesada. Con una mano le aprieta el cuello. Se oye la moto del repartidor de pizza.

Carmen está tranquila. De espaldas a la mesada manotea y encuentra el tenedor. Lo agarra


firme. Levanta el brazo con el tenedor en la mano y se lo clava a Fidel en el cuello.
La sangre fluye a borbotones de la herida y Fidel cae. En el piso echa el último aliento con olor a
alcohol.
Carmen espera quieta y tranquila hasta que los labios de Fidel se tornan pálidos y los ojos vac-
íos. Entonces acomoda el cuerpo con cuidado y le cierra la boca y los ojos. No le da asco el
cuerpo muerto. Se limpia las manos con un repasador y camina serena hasta el dormitorio. El
chico más grande le sonríe cuando la ve. El menor con la cara amoratada deja de lagrimear. Los
dos tienen el pelo transpirado. Carmen los desata y les acomoda el pelo para atrás.
ESTACIÓN CERO —45—

— Papá se fue. No se muevan de aquí. Quédense sentaditos que les voy a traer de comer.
Carmen lleva los sándwich y los tres comen sin hablar. Ese día y los dos días siguientes siguen
comiendo los restos de comida sin moverse del dormitorio. Hasta que alguien abre la puerta de
la casa a los golpes. Escuchan ruidos y voces. Un policía irrumpe en el dormitorio. Agarra a
Carmen y con brusquedad le esposa los brazos en la espalda, le cubre con un trapo la cabeza y
se la lleva.
— ¡Mamá! — grita el más grande.
El más chico llora.
ESTACIÓN CERO —46—

Final del verano


Gerardo Rean

La habitación estaba en silencio, solo se escuchaba el ruido del ventilador de techo.


Ayer habían discutido y ahora en el silencio, él lo recordaba y no le parecía que hubiera sido tan
importante.
Se dio vuelta en la cama y con su mano izquierda acarició la cintura de ella. Le tomó la cintura
como si ayer no hubiera pasado nada. En la oscuridad no podía ver si ella estaba despierta y
siguió acariciándole el cuerpo.
Ella sintió como él la acariciaba y lo dejó hacer. Le apoyó una mano sobre la suya.
Ahora solo se escuchaba el ruido del ventilador de techo.

Se presentía en el aire la tarde de tormenta. Sin embargo, ni la mujer ni el hombre querían


aceptar ese final para sus vacaciones.
El tiempo no nos jugara una mala pasada dijeron los dos y después de almorzar fueron a la pla-
ya y se alegraron cuando vieron el cielo sin nubes.
La mujer se tiró boca arriba sobre la arena para tostar aun más su cuerpo ya tostado. Se puso
los auriculares y prendió el walkman, cerró los ojos, la música tapaba el ruido del mar.
El hombre fue corriendo hasta el mar, se zambulló de cabeza, sintió el sabor del agua salada e
intentó nadar dejando por momentos que las olas lo acercaran o alejaran de la playa.
La mujer no escuchó al hombre que se acercó y le dijo:
— ¿Vamos a caminar un poco?
Le tocó el hombro y ella abrió los ojos, se sacó los auriculares y ahora si, escucho al hombre que
repetía.
— ¿Vamos a caminar?
Empezaron a caminar bordeando la orilla, lejos se veían las siluetas de los edificios y el muelle.
El hombre le tomó la mano con cariño y dijo:
— Lo bueno dura poco y pronto estaremos de vuelta con las preocupaciones de siempre,
pero ¡Que bien que me hicieron estos días!
En la playa quedaban algunos pescadores, otras parejas caminaban y algunos chicos, desafian-
do al frío y a las olas, seguían en el agua.
Al hombre se lo veía contento. Con los pies tocaron el agua y siguieron la marcha.
ESTACIÓN CERO —47—

Ella ahora escuchaba el ruido del mar, las olas se deshacían en la orilla y regresaban y sus pen-
samientos también iban y venían: Le cuento todo o no le cuento nada. Ahora tengo temor, aho-
ra angustia. Ahora tengo valor, ahora miedo. Ahora tengo confianza, ahora cobardía. Y siguió
pensando en otro hombre.
— Que hermosa playa, verdad amor, que imponente es el mar.
— Si, tenés razón - dijo ella.
— Mirá donde pisas, hay aguas vivas, si las tocás no vas a poder dormir de la picazón.
Si supiera cuánto hace que tengo picazón, pensó ella.
— Te parece que haga un asado esta noche.
— Si, lo que vos quieras.
— Estas seria, qué te pasa.
— Nada, es por el sol.
Se tomaron de la mano y dieron la vuelta, la tarde desaparecía, como las vacaciones, como el
mar, como la pareja.
Ella lo miró, le sonrió y pensó: quizás pueda hablarle en Buenos Aires.
Y siguieron caminando en la playa, ya casi era de noche.
— Apuremos el paso — dijo él — tengo que comprar el carbón.
ESTACIÓN CERO —48—

Había una vez... un perro.


Alcira Saldaña

— ¡Queda despedido!
El hombre acostumbrado a esta clase de despedidas, no dijo nada. Recogió del escritorio el pa-
quete de cigarrillos y el portarretrato con la foto del perro y se fue a la casa.
Su mujer, lo esperaba con la comida servida. Siempre le preparaba de comer lo que él pedía.
Esa misma tarde la había llamado pidiéndole tallarines con estofado.
Cuando él llegó a la casa sacó al perro que gruñía adentro del baño y se sentó a la mesa. El pe-
rro se le puso a los pies.
— Ahí tenés los tallarines que me pediste ¿Cómo te fue hoy? — le dijo ella.
Él no contestó y se puso a comer. El perro volvió a gruñir y le mordisqueó los talones.
Le tiró la comida al perro.
— ¿Estás loco? — le gritó ella.
— Él sabe como pelear por lo que quiere — le respondió.
Ella le dijo que así no podía seguir, que ese lugar era una pocilga, que el perro había destrozado
la casa y ahora el baño y que encima lo único que él hacía, era defenderlo y darle de comer.
— Voy a hacerme linyera — dijo él.
— ¡Estás requete loco!
El perro había terminado de comer los tallarines. Ella lo encerró en el baño y salió a sacar la
basura. Él se fue a dormir.

— El cuchillo eléctrico también lo llevo. Total vos no lo vas a usar — le dijo ella.
Cargó los muebles y los electrodomésticos en una furgoneta. Él la ayudó a cargar. Ella le dejó
las herramientas, los interruptores y todas las piezas eléctricas que depositaban en un rincón
de la casa.
— Si necesitas algo, vendes las cosas — le dijo antes de irse.
Ella le dejó al perro y se fue y a pesar de que se acomodó bien en el departamento que había
alquilado, sintió por mucho tiempo que algo más tenía que hacer por él. Un día preparó tallari-
nes con estofado y los puso en un paquete. Con el paquete de comida fue a visitarlo.
Llegó a la casa. La puerta estaba abierta. Golpeó y nadie salió a recibirla. Entró. Como no había
muebles dejó el paquete en el piso. Aún estaban allí las herramientas y en una heladerita de
telgopor rota, botellas de vino vacías. Sintió una vaga ternura, quizás él la había extrañado. Al
ESTACIÓN CERO —49—

fin era un hombre bueno. La puerta del baño estaba abierta y el perro tampoco estaba, solo
había en el piso, un charco. Esperó hasta que se hizo la noche.
De pronto entró a la casa el perro. Cuando la vio se le tiró encima. Gruñó y le mordió las pier-
nas. Intentó alejarlo y le mordió los brazos. Como pudo logró soltarse y salir corriendo.
El paquete había quedado en el piso. El perro lo olfateo, lo deshizo y comió los tallarines y el
estofado. Después, tranquilo, se echó en el medio de la pieza a vigilar la puerta.
ESTACIÓN CERO —50—

La felicidad
Norma Troiano

El pelo se le vino a la cara cuando abrochó el corpiño. Se puso el pulóver y, recién ahí, con los
dedos abiertos, se peinó la mata lacia hacia atrás.
— Chau — le dijo
Él, todavía desnudo, la había estado mirando en la rutina de vestirse y dijo:
— ¿Chau, nada más? Podés darme un beso.
Ella, con la cartera en la mano, sonrió, tiró un beso con los dedos y se encaminó a la puerta del
departamento. Él insistió:
—La pasamos bien. Podemos volver a vernos.
Ella, sin darse vuelta, levantó la mano para que se viera el pulgar hacia arriba. Sin embargo, no
lo iba a llamar. Era una regla que había roto apenas por excepción. Por eso, cuando alguno que
le parecía interesante le pedía el teléfono, siempre retrucaba pidiéndolo ella. Más seguro, más
libre. En estos casos no llevaba el coche. Entre salir del edificio, llegar hasta la parada, esperar
el colectivo y hacer el trayecto, se le fueron cuarenta minutos. Caminó otras dos cuadras y an-
tes de que sacara la llave, el portero, gentil, le abrió la puerta.
— Buenas tardes señora.
— Buenas Omar, gracias.
Tomó el ascensor principal y ahí sí, tuvo que usar la llave. Adentro estaba todo en orden, como
siempre. Cruzó el enorme living, todavía iluminado por la luz del atardecer, el comedor con sus
sillas vestidas y fue a la cocina a hacerse un café. Siempre que hacía el amor le daban ganas de
tomarse un café, sería porque no era fumadora.
Leticia salió de su cuarto al oír ruidos.
— ¿Quiere que le haga algo, señora?
— No, gracias Leticia. Sólo voy a tomar un cafecito — y continuó —Las camisas que le dejé
¿están planchadas y dobladas?
— Si señora, las puse sobre la cama, en el dormitorio.
— Saque la valija de mano que siempre lleva el señor y vaya haciéndola. Ponga abajo las medias
y los calzoncillos, después el pijama. Arriba van siempre las camisas y las corbatas. No se olvide
que las medias tienen que hacer juego con las corbatas.
— Sí señora.
Estaba terminando el café cuando entró Juan.
ESTACIÓN CERO —51—

— Hola querida
Le dio un beso fugaz en la mejilla y apoyó el maletín en la mesada. Se aflojó la corbata.
— No tengo tiempo para nada amor. Me tengo que bañar, hacerme la valija y salir. Ya sabés,
este trabajo me ocupa hasta los fines de semana.
Lo miró. Estaba tostado del trabajo de fin de semana de quince días atrás, probablemente en
Las Leñas con alguna menor que él. Lo conocía bien. Le miró las manos cuando agarró el ma-
letín otra vez y siguió mirándolo cuando se fue camino al dormitorio.
— No tenés que apurarte tanto, Leticia ya te está haciendo la valija.
El giró la cabeza para sonreírle y decirle gracias mientras seguía caminando.
Ella dejó la taza de café en la pileta de acero inoxidable y pensó, una vez más, que las cosas
estaban muy bien así. El mejor de los mundos.
En el fondo de la taza, el café era negro.
Fernet con hielo
Lena Berardone

Jorge entró al bar. Tenía el ceño fruncido, como cuando debía quedarse hasta tarde en la ofici-
na, buscando diferencias de caja.
—Dame un fernet con hielo— Se sentó en el taburete de tapizado roto. Buscó en el bolsillo del
saco. Tiró sobre el mostrador el paquete de cigarrillos y el encendedor. Miró el reloj, eran las
once de la noche. No quería llegar a su casa.
—Parece que venimos de mal humor— dijo Ezequiel con una sonrisa extraña. Limpió una copa,
y la miró frente a la lámpara cerciorándose de que no le quedara ninguna pelusa.
—Servime - y se acomodó mejor en el taburete. Estaba en el centro de la barra.
¡Que carácter de mierda! ¿para qué carajo habrá venido?, pensó Ezequiel, dándole la espalda.
—Se vengo fiero— le salió a Jorge casi sin darse cuenta. Se quedó con la mirada perdida en los
que jugaban billar en la punta del bar. Ezequiel, agarro una copa y le sirvió.
—Acá tenés tu fernet, te lo hice doble, a ver si se te pasa la mufa— Se fue al otro lado de la
barra a acomodar botellas. Jorge escuchaba sin demasiada atención como hablaba con el hijo
del panadero. Se tomó de un trago lo que quedaba en el vaso y masticó los pedazos de hielo.
—Dame otro — pidió. Pensó en ella. También le gustaba el Fernet.
—Lo que mandes amigo, para eso pagas— llenó el vaso. En la otra punta de la barra seguía el
hijo del panadero. Ezequiel lo miró y le dijo a Jorge:
—Ese pibe anda mal, al padre le esta trayendo muchos quilombos.
ESTACIÓN CERO —52—

— ¿Y a mí qué?
—No seas guacho. Lo conocemos de chico.
— ¿Y?
—Eso, que lo conocemos hace mucho.
—A mi también me conoces hace mucho y no me tenes lástima— dijo casi sin darse cuenta.
— ¿Te tengo que tener lástima?—preguntó y le guiñó un ojo al hijo del panadero, quien le res-
pondió con una sonrisa cómplice.
—Quizás— y se tomó lo que quedaba en el vaso. Prendió un cigarrillo y fumó con apuro.
—Entonces voy a tenerte lástima. Pero al menos decime de qué.
—Dale. Sos especialista en hacerte el boludo, Lo sabe todo el barrio. Dame otro.
—Se te va la mano, macho—comentó Ezequiel, pero aún así le volvió a llenar el vaso.
—Ése es mi problema.
—Tomá, pero es el último. Tengo que cerrar—fue hasta la mesa que estaba cerca de la barra,
levantó las tasas de café y recogió la propina que habían dejado. Paso el trapo rejilla y volvió—
¿Que te pasó?—preguntó Ezequiel. Jorge movió la cabeza hacia delante y golpeo con el puño
cerrado sobre la madera.
— ¿De verdad no sabés? — Se le trababa la lengua.
—No, no sé.
—Margarita, de Margarita, te estoy hablando.
— ¿Que le pasó?
Hubo un silencio largo.
—Se fue hace unos días, la muy…— dijo en voz muy baja.
— ¿A lo de la vieja?—
—No me dijo donde. Me dijo solo que se iba, que no me aguantaba más ———Da...dame otro.
—Te va hacer mal.
—Mal me hace que se haya ido, que me haya dejado. Eso me hace mal.
—Te acompaño con el último.
Jorge asintió con la cabeza. Tenía la mirada turbia. El bar había quedado vació, solo estaba el
hijo del panadero al que Ezequiel le dijo algo en voz baja. El pibe bajo del taburete, dejo un
billete de diez pesos en la barra y se fue.
—Si te hace bien emborracharte, hacélo, pero te quedas acá—.
—No puedo, a ver si llama por teléfono.
—No jodas, no te va a llamar.
ESTACIÓN CERO —53—

—Capaz que sí, Quizás se arrepintió.


Ezequiel, bajó la cortina del bar, y cerró la puerta de vidrio.
—Vení, vamos.
— ¿Don...dónde duermo?—
—En el sofá que está acá atrás en el comedor.
—Ella ya no me quiere en la cama.
—Al principio vos no la querías en la tuya, ¿te acordás?— comentó Ezequiel con un tono sobra-
dor.
—Se vengó fiero ¿no te pare…ce?
—No lo sé.
—Para mí, para mí … que tiene otro— Ezequiel no le contestó.
—Dam…e otra co…pa— intentó incorporarse y se tambaleó. Ezequiel logró sostenerlo.
—Ya ni se te entiende.
—No jugamo… a las...cartas.
—No. Mañana después del laburo venís y hacemos un truco.
—Sab…es, su…erte que no tuvim…os pi…bes. Vos si que sos un ami…gazo.
—Si, es una suerte.
Lo llevó hasta el sofá sosteniéndolo por la cintura. Le sacó los zapatos, lo acomodó.
—Ja, me lle…vas de la cintu..ra, como cuando me las…timaba en la can…cha. Desperta…me, si
llama Mar…garita a ca…sa. Jorge siguió murmurando cosas. Lo tapó, dejó la lámpara prendida.
Ezequiel entró a la pieza. Miró la foto que estaba sobre la mesita de luz. La tomó y la apoyó con
regocijo contra el pecho. Volvió a mirarla. La sonrisa de Margarita en la foto era casi perfecta.
La guardó en el cajón y lo cerró. Fue hasta la barra y se sirvió un vaso de fernet con hielo.
ESTACIÓN CERO —54—

Punta Desengaño
Alberto Parra

Pese a las dificultades, el capitán general Hernando de Magallanes de origen portugués, consi-
guió una tripulación completa de unos 250 hombres, que incluía italianos, franceses, alemanes,
flamencos, moros y negros, a más de españoles y portugueses.
El 20 de septiembre de 1519 todo estaba dispuesto. Las cinco naves: la Trinidad (nave capitana
de Magallanes), la San Antonio, la Concepción, la Victoria y la Santiago, enfilaron al Atlántico
desde el puerto de Sanlúcar de Barrameda. El 26 de septiembre llegaron a las islas Canarias
para acabar de abastecerse y cargar agua dulce. A las pocas horas arribó un barco al puerto con
una carta urgente para Magallanes. El mensaje era alarmante: Juan de Cartagena, hijo natural
de Juan de Fonseca, Obispo de Burgos, proyectaba amotinarse y matar al jefe. Con frialdad,
Magallanes decidió vigilar de cerca a Cartagena. Pocos días después, la pequeña armada siguió
hacia el sur por la costa de África. Los vientos eran favorables y el clima tranquilo.
En la cubierta de la nao Victoria, Baltasar de la Cruz recibió el tasajo y sonrió al cocinero.
— El agua la tomas de la barrica con las manos — le indicó el cocinero.
— ¡Vaya gentileza! — exclamó con sorna un marinero que esperaba la ración detrás de
Baltasar.
— ¡Habla cuando te lo permita! — le dijo el cocinero de mal talante.
— Me imagino como tratarás a los negros y a los moros — respondió el marinero.
— Calla hombre que te van a azotar — intervino Baltasar.
— Estos bellacos portugueses no van a azotar a un español, me comprendes amigo.
— ¡Toma tu ración! — dijo el cocinero y tiró el trozo de carne seca al piso.
Baltasar se agachó, agarró la carne y se la dio al marinero.
— No creas que esto termina aquí — dijo el marinero dirigiéndose al cocinero y agarrando
el tasajo.
— Vamos hombre, comamos en paz — dijo Baltasar y avanzó hacia la borda.
Después de pasar por violentas tormentas, la flota puso proa al sudoeste y en pocos días quedó
atrapada en la calma chicha ecuatorial. Las naves quedaron quietas en el mar que parecía vitri-
ficado. La brea se derretía, los palos se resquebrajaban con el calor y los hombres empezaron a
rezongar sospechando que el viaje era inútil. Magallanes se mantenía envuelto en su acostum-
brado silencio. Al fin se alzó el viento y los barcos reanudaron su camino hacia el occidente.
— ¿Te has enterado? — preguntó el marinero.
ESTACIÓN CERO —55—

— ¿De que debería haberme enterado? — preguntó Baltasar.


— Pues, ha habido una rebelión en la Nao Concepción y Juan de Cartagena ha terminado
prisionero y reemplazado por un portugués.
— Ese hombre tiene mala entraña.
— ¡Como que es hijo de un Obispo! — rió el marinero.
La flota ancló a mediados de diciembre en una bahía en la costa del Brasil. Magallanes concedió
a los fatigados marineros dos semanas de licencia. Los hombres que bajaron de las naves fue-
ron recibidos como dioses por los nativos y festejaron banquetes de lechón y piñas en lugar de
carne salada y galletas. En los buenos ratos se dedicaron a perseguir a las indias desnudas. Los
padres de las muchachas ansiaban entregarlas como esclavas a cambio de un cuchillo o de un
hacha. Magallanes se mantuvo al margen de las diversiones que se le ofrecían a sus hombres. El
27 de diciembre, entre los adioses lastimeros de las nativas, el capitán general ordenó levar
anclas y poner rumbo al sur.
Los vigías escrutaban la costa buscando señales del estrecho. Cundió la esperanza cuando, al
cabo de dos semanas de navegación, descubrieron una vasta cuña de agua al oeste, hacia la
latitud donde los mapas situaban el estrecho. Pero el canal se cerró en seguida, era el estuario
del río de la Plata. Desengañado, Magallanes determinó que el estrecho debía estar más al sur,
en las heladas regiones de la Terra Australis.
Muchos marineros se desanimaron y quisieron regresar, pero la férrea voluntad de Magallanes
y su desprecio por la cobardía, les hizo seguir.
Batidos por mares salvajes, vientos huracanados y granizadas interminables, los cinco navíos
siguieron adelante mientras se acercaba el otoño. A fines de marzo, Magallanes se compadeció
de su tripulación aterida y decidió invernar en tierra. La flotilla recaló en una bahía imponente
pero abrigada, que llamaron Puerto de San Julián. Ningún nativo les dio la bienvenida. Los capi-
tanes rogaron a Magallanes volver a la patria, o al menos a las latitudes más clementes del río
de la Plata para pasar el invierno, pero Magallanes se negó tercamente. Juan de Cartagena,
confabulado con tres capitanes inició la rebelión con el objeto de retornar a España.

La tropilla de guanacos pastaba tranquila en el cañadón. Aonikenk se arrastró entre los coirones
hasta que una cría quedara a tiro. Sostuvo el arco con firmeza y apuntó. Un guanaco adulto dio
la alerta. La tropilla emprendió la huida. Aonikenk dejó el arco en el suelo y corrió detrás del
chulengo. Cuando lo alcanzó, lo tomó del cuello y lo remató con un golpe de boleadora. La tro-
pilla se había desperdigado por el cañadón. El chulengo volcó la cabeza hacia el suelo. Aonikenk
ESTACIÓN CERO —56—

lo levantó y lo cargó para llevarlo hasta la aguada. En el borde del agua comenzó a destriparlo.
Le sacó el corazón y lo comió. Limpió la piel del animal y la puso sobre otras tres. Estaba satisfe-
cho. Ató las pieles con una tripa seca de guanaco y las cargó sobre la espalda. Puso la carne y
las entrañas del chulengo en un saco de piel de ñandú. Terminada la faena cruzó la aguada pi-
sando el barro. Se detuvo en el suelo seco y miró el desierto hacia el este. Oscurecía. Cuando se
hizo noche llegó a una toldería asentada cerca del mar. El cacique lo recibió dándole la bienve-
nida. Entregó las carnes y las entrañas a las mujeres para que fueran asadas en las brasas. Un
hombre le ofreció que pasara la noche en su toldo junto a la familia. Aceptó. Al día siguiente
Aonikenk se ocupó de juntar leña y buscar agua.

Un bote se acercó a la Nao Victoria, en él, el alguacil enviado por Magallanes gritó que traía una
carta.
Baltasar de la Cruz se asomó y lanzó la escalerilla por la borda. El alguacil trepó hasta tomar del
brazo a Baltasar y saltar a cubierta.
— ¿Cómo te llamas marino? — preguntó el alguacil.
— Baltasar de la Cruz, señor.
— Ve y dile a tu capitán que traigo un mensaje de puño y letra del Capitán General.
Baltasar se fue y regresó a los pocos minutos.
— El capitán me ha dicho que lo acompañe a la cabina.
— Está bien, pero tú te quedarás afuera.
El alguacil golpeó la puerta de la cabina.
— Adelante alguacil — dijo el capitán.
— Gracias capitán, tengo una encomienda del Capitán General que debo entregar a su ex-
celencia. Yo seré el portador de vuestra respuesta — dijo respetuoso entregando el pa-
pel.
— Tenga la bondad de esperar.
El capitán comenzó a leer de pie, de espaldas al mensajero. El alguacil sacó de entre sus ropas
un puñal y de un golpe le atravesó el cuello. El capitán cayó al suelo con la boca abierta,
agarrándose la garganta. El alguacil extrajo el puñal y lo degolló. Luego salió de la cabina.
— Toma — le dijo a Baltasar entregándole el puñal —, descuartiza al traidor.
A Baltasar le tembló la mano.
— No puedo señor — balbuceó.
— Si no lo haces correrás la misma suerte que él.
ESTACIÓN CERO —57—

El alguacil subió hasta la explanada del puente, apoyó las manos en la baranda y habló a la tri-
pulación.
— Esta embarcación sigue siendo fiel al Capitán General Don Hernando de Magallanes y
aquél que ose desobedecer mis órdenes será ahorcado o degollado según sea su rango.
Baltasar, descompuesto, juntó los pedazos del muerto y los tiró a la bahía de San Julián.
El alguacil se acercó a Baltasar en cubierta.
— Has hecho lo que te correspondía Baltasar, ahora ve a la Trinidad a dar el mensaje de
que esta nave está en mis manos.
Baltasar y dos marineros bajaron al bote. Remaron por la Bahía hasta el borde de la nave Capi-
tana. Subieron. El Hidalgo Juan de Roncesvalles los recibió y luego trasmitió el mensaje al taci-
turno Capitán General. Pasaron dos horas. El hidalgo salió de la cabina de Magallanes y dio las
órdenes para que treinta hombres tomaran por asalto a la nave San Antonio, la segunda de las
naves amotinadas. Se hicieron los aprestos. Los hombres, al mando de Roncesvalles, bajaron a
los botes. Baltasar iba con ellos. La escaramuza fue breve. El capitán de la nave San Antonio fue
degollado y descuartizado al final de la tarde.
De las tres naves amotinadas, solo quedaba la Concepción al mando de Juan de Cartagena, asis-
tido por un clérigo. Al entrar la noche, el cabecilla rebelde se rindió sin dar pelea y fue hecho
prisionero junto al clérigo. Magallanes los condenó al destierro. Los dejó en la costa desierta
con unas pocas provisiones. El viento comenzaba a azotar la inhóspita región.
Al otro día de la revuelta, Magallanes juzgó a los rebeldes y ordenó que se construyera una hor-
ca al oriente de la bahía para ajusticiar a los de menor rango. Llamó Punta Desengaño al extre-
mo de tierra que separa la bahía del Océano Atlántico.
— Magallanes ha dicho que pasaremos el invierno aquí — le dijo con pesar Baltasar al ma-
rinero.
— Pero imagínate cuando lleguemos a las Molucas ¡Nos haremos ricos!
— Ya estoy harto de esta expedición.
— ¿Es que no quieres ser rico?
— ¿A que precio? ¡En una travesía sin final, donde vamos doscientos hombres solos! ¿Qué
importa la riqueza aquí?
Juan de Roncesvalles interrumpió la conversación.
— ¿Tú eres Baltasar de la Cruz?
— Si excelencia, a sus órdenes.
ESTACIÓN CERO —58—

— El alguacil me ha contado sobre ti y tu valor. Quiero que esta noche duermas en mi ca-
bina.

Aonikenk abandonó la toldería junto a tres hombres. Fueron hacia el mar. Detrás de una loma
divisaron la bahía y las cinco naves de Magallanes con las velas plegadas. Aonikenk le pidió a un
compañero que volviera a la toldería y pusiera sobre aviso al cacique de la presencia de las na-
ves extrañas.
Aonikenk y sus compañeros se alejaron por la costa. Acamparon en una gruta del acantilado, a
unos pasos de un ojo de agua dulce. Cazaron dos liebres, hicieron una fogata dentro de la gruta
y pasaron la noche hablando.

Al día siguiente amainó el viento y los tripulantes de la Trinidad salieron a cubierta. Algunos se
echaron a descansar.
— Es un viento que nos mandó el demonio para que no sigamos adelante — dijo Baltasar
al marinero.
— ¿Quien te ha dicho eso?
— En la misa lo han dicho muchos.
— ¡No seas mojigato hombre! Preocúpate por las raciones que están menguando.
— Ayer han bajado a tierra y nadie ha podido cazar. Esto no es tierra de Dios. No hay bes-
tias, no hay hombres, no hay árboles, ni peces, ni pájaros.
— Oye, que yo he visto gaviotas.
— Pronto habrá matarlas para comer algo.
— No te quejes, todavía tomamos agua dulce. Poca pero buena.

Era el mediodía. El cacique se acercó a la gruta acompañado de los guerreros. Aonikenk le


mostró las naves quietas lejos de la orilla. El cacique ordenó que el grupo se quedara observan-
do desde atrás de la loma, mientras Aonikenk se mostraba en la playa como advertencia para
los extraños.
Aonikenk se vistió con pieles, se pintó la cara y el pelo y caminó hasta la playa. Comenzó a dan-
zar y a cantar tirándose arena y polvo sobre su cuerpo.
Magallanes, que había estado dos meses en la Bahía sin descubrir presencia humana, se sor-
prendió al descubrir la presencia del indio en la playa. Llamó a Roncesvalles y le ordenó que
enviase a un hombre a parlamentar con el nativo.
ESTACIÓN CERO —59—

— Buscad a Baltasar de la Cruz y decidle que venga — ordenó el Hidalgo al marinero.


El marinero encontró a Baltasar comiendo un pedazo de carne seca.
— Tienes suerte Baltasar, Roncesvalles te necesita.
— No creas amigo, a eso no le llamo yo suerte.
— Tu y tus quejas. Ya quisiera estar en tu lugar. Comer carne y no oler mierda cuando te
acuestas.
— Pues, una de estas noches te cedo el lugar.
Roncesvalles le dio a Baltasar una cruz de madera y le ordenó que bajara a tierra para hablar
con el nativo.
Baltasar salió en el bote escoltado por dos hombres armados. Llegó a la playa. Al bajar se mojó
los pies y el frío lo hizo tiritar. Caminó hasta quedar a unos metros del indio que le llevaba dos
cabezas. Retrocedió unos pasos. Agarró la cruz y la mostró a la altura de los ojos del indio. Se
acercó con la cruz en alto.
Aonikenk movió la mano hacia arriba y hacia abajo con el dedo índice extendido.
— Si, el cielo y la tierra — dijo Baltasar —. Eres una criatura de Dios.
Aonikenk siguió moviendo la mano. Los que estaban en el bote le gritaron a Baltasar que tenía
que llevar al indio ante la presencia de Magallanes. Baltasar aguardaba.
Ante los bramidos incomprensibles de la tripulación extraña, el cacique exhortó a los guerreros
a tensar los arcos y cargar las flechas. Los hombres del bote levantaron el arcabuz.
Baltasar seguía acercándose al indio.
— ¡Amigo! — exclamó levantando los brazos.
— ¡Hueney! — gritó Aonikenk levantando la cabeza y acercándose a Baltasar con los bra-
zos extendidos.
Los hombres del bote y los guerreros indios vibraban en sus lugares.
Aonikenk y Baltasar no llegaron a abrazarse. El estampido del arcabuz coincidió con el disparo
de las flechas, los dos hombres cayeron sobre la tierra.
ESTACIÓN CERO —60—

Dieguito
Gerardo Rean

De la camioneta Mercedes Benz caen gotas de sangre y forman una mancha, que se pierde en
la banquina. En la cabina, una mujer embarazada tiene la cabeza apoyada sobre el volante
haciendo sonar la bocina.
La mujer está desmayada y la bocina, como si supiera, pide socorro. Los focos iluminan la ban-
quina oscura en la noche bonaerense.

En la casilla las voces y las risas del Rata y su mujer se confunden con las voces y las risas de la
televisión. En la pantalla aparece El Diego. El Rata recuerda la fábrica, las mateadas y los paste-
litos.
— Si en la fábrica me decían Diego, Dieguito.
Recuerda los viernes cuando volvía de la fábrica con un sobre gordo, lleno de billetes y cómo lo
apretaba en el tren para que no se lo robaran. Llegaba a la Estación de Moreno y compraba
fiambre, pollo, vino y jazmines para la Rosa, porque la Rosa siempre lo esperaba en la puerta de
la casita de ladrillos, todavía sin revocar.
En la televisión sigue hablando El Diego.
Su mujer le dice:
— Rata, hace algo si no ya sabés, empiezo a trabajar en la calle, vos no querés, pero voy
igual.
— Ya salgo Rosa, ya salgo, con esa panza qué vas a traer, ni un peso traés.
Y se va el Rata a trabajar pisando con cuidado en los ladrillos rotos de la senda, esquivando el
barro y el agua estancada de las esquinas.
Son casi tres cuadras hasta el campito en el centro de la villa. El Rolo está en la puerta del Kios-
co tomando fresco en camiseta, sentado en la silla con el respaldo al frente y con un vaso de
cerveza en la mano.
— Lo de siempre Rata.
— Si varón y apuráte que se escapan los chabones, en un rato ya no pasa nada.
— Tranquilo hermano si querés sacarme bueno — el Rolo termina de tomar la cerveza y se
limpia la boca con el brazo izquierdo y chancleteando entra al kiosco.
El Rolo es un amigazo, piensa el Rata, de día me fía los bizcochos, la yerba y de noche la merca.
Bueno él sabe que nunca le fallo, me tiene confianza.
ESTACIÓN CERO —61—

Después el Rata cruza el campo y salta el alambrado. En el Camino del Buen Ayre, respira el
miedo y aspira la merca. Busca una piedra y queda escondido debajo del puente. Le tiemblan
las manos. Diego, no seas cagón, si es fácil. Rompés el vidrio, manoteás la guita y corrés por el
campo hasta la villa.
Ve dos luces que se acercan. En la curva una camioneta Mercedes Benz baja la velocidad y ahí
no más el Rata tira la piedra. El vidrio del parabrisas se rompe y la mujer embarazada frena.
— Dame toda la guita, ahora ¡Rápido! o te quemo. Soltá boluda, soltá...

— Sabés Rosa que la tipa se asustó, me agarró la mano y ahí nomás apreté el gatillo y ape-
nas pude manotear la cartera. Toma, te la regalo y al Rolo mañana dale unos billetes pa-
ra achicar la cuenta.
El Rata aspira la droga y respira el calor de las chapas y la tierra todavía caliente. Que poca guita
tenía la boluda.

En la ruta las gotas de sangre dejan de caer y la bocina deja de sonar cuando llega la ambulan-
cia. La mujer todavía respira y la llevan a la sala de primeros auxilios. El médico de guardia hace
lo que puede, pero la mujer ha perdido mucha sangre y no aguanta, al pibe lo salva.
En la sala de espera, cuando llega el padre del recién nacido, la enfermera le dice:
— Es un varón. Qué nombre le ponemos.
— Diego, como quería la madre.
ESTACIÓN CERO —62—

Bicho bolita
Lena Berardone

Me sequé la transpiración con el borde de la remera. A la hora de la siesta era cuando más me
gustaba la casa. La pieza más grande, en la que dormíamos con mi hermana Lourdes, se encon-
traba después del comedor y antes de la de papa y mamá. En el medio de las dos estaba el ba-
ño, que tenía dos puertas, una que daba a nuestra pieza y otra a la de ellos.
Fui para el fondo de la casa a buscar lagartijas y bichos bolita, esos bichos que se esconden con
el sol y a los que papá les tenía asco. Mamá dormía la siesta. Espié por la ventana la pieza de
Ramona. Estaba apoyada contra la pared con los ojos entrecerrados. No estaba sola, papá le
tocaba las tetas. Me asusté, salí corriendo y me llevé el balde por delante. Patiné en el agua
enjabonada y fui a dar contra la pared de la cocina. Me levanté rápido antes de que papá me
viera. Paré en la mitad del patio y me apoyé en el limonero. Llegué a la pieza. Mi hermana, al
verme, dejó de escribir en el diario.
— ¿Qué pasa piojo? — me dijo burlándose — ¿Te pescó alguien?
Me senté en la cama, ella levantó los hombros y volvió a escribir. Estuve callado por un rato.
Agarré el frasco donde tenía, con un poco de tierra, los bichos que había juntado en la semana
y conté los agujeros de la tapa.
— ¿Lourdes?
— Qué.
— No, nada
— Habla tonto.
— Recién lo vi a papá en la pieza de Ramona. Le estaba tocando las tetas.
— El sol te hizo mal — ella se levantó — Papá tiene razón, te la pasas inventando cosas — tiró el
cuaderno sobre la cama.
— No invento, yo los vi ¿Se lo contamos a mamá?
— Terminala — se tiró en la cama —. Acostáte y dormí antes que nos vean y se arme la podrida
— cerró el cuaderno con la llave y se la colgó del cuello.
No me animé a ir a jugar. A la cinco de la tarde vino Ramona a decirnos que teníamos la leche
lista. Le miré las tetas. No estaban hinchadas. Fuimos al comedor. Mamá estaba perfumada,
papá en pantuflas fumaba la pipa y leía el diario. Ellos tomaban mate, yo no pude terminar la
leche, me dolía el estómago. A la cinco y media papá se levantó, se puso los zapatos y fue abrir
la farmacia. Mamá prendió la radio para escuchar la novela y empezó a tejer.
ESTACIÓN CERO —63—

En la cena, Ramona sirvió pollo al horno con papas, la comida que más me gustaba. Los lunes
no se hacía esa comida en casa. Ramona me guiñó un ojo antes de irse para la cocina. Pensé
con temor: Me vió por la ventana.
Miré a Lourdes, ella tenía la vista clavada en el plato y con la mano apretaba la llave del diario.
Cuando papá acomodó la servilleta en la falda, todos pudimos empezar a comer.
— ¿Terminó la tarea de la escuela?— me preguntó papá. Cuando se ponía serio trataba de us-
ted. Si Ramona me había visto, le contó. Tal vez él sabía que esa tarde no había dormido la sies-
ta.
— Si papá, la terminé — y acerqué el vaso a mamá para que me diera agua.
Esa noche no dormí bien, los mosquitos me picaron mucho. Al día siguiente en el colegio no
tuve ganas de jugar ni siquiera a la pelota. Llegué a casa después del mediodía. Me esperaban
para comer. Comí poco. Nos mandaron a dormir porque el sol a esa hora era fuerte. En la pieza
agarré el frasco con los bichos. Salí al patio sin hacer ruido, vi la ventana de Ramona, no me
animé a espiar. En la puerta del comedor estaban los zapatos, que papá se sacaba ni bien llega-
ba. Sacudí el frasco y lo abrí, agarré un zapato. No pude tirar los bichos bolita adentro. Caminé
hasta el limonero y los desparramé alrededor del tronco, aplastándolos contra la tierra. Fui
para mi pieza a tratar de dormir la siesta.

Cuando me levanté Ramona lavaba las camisas de papá. Apoyadas sobre la tabla de lavar, cepi-
llaba el cuello y las dejaba en remojo en un balde. Tarareaba una canción que a mi me resultaba
desconocida. Fue para la cocina. Yo estaba detrás del limonero. No me había visto. El balde
quedó dentro de la pileta, la botella de lavandina estaba cerca. La miré. Me acerqué, saqué la
tapa y eché un buen chorro adentro del balde. Fui para el fondo sin hacer ruido. Me habían
vuelto las ganas de juntar lagartijas y bichos bolita.
— Ramona, Ramona ¿qué hizo?—Arruinó las camisas de mi marido— la voz de mamá sonaba
alterada.
— Yo, las puse en remojo señora. No las arruiné— dijo Ramona.
— Ah ¿No? y ¿Esto qué es? — mamá le mostraba acercándole a la cara, la camisa que había
sacado del balde. Yo las espiaba desde la ventana de mi pieza.
Siguieron discutiendo por un rato.

— Prepare la valija y váyase, estoy cansada de sus descuidos.


A mamá nunca la había visto tan enojada. Ni cuando yo hacía esas macanas bien grandes.
ESTACIÓN CERO —64—

— Voy a esperar al señor — dijo Ramona.


— No es necesario ¡Se va ahora!
Ramona tardó lo más que pudo en preparar la valija, pero no le fue suficiente como para ver a
papá.
Se fue sin despedirse. Apenas cerró la puerta de calle, mamá llamó a la parroquia.
— Si, doña Matilde, que sea una señora grande, estas mocosas no hacen las cosas bien — dijo
mamá y me sonrió al verme en la puerta del comedor con el frasco de
los bichos bolita que había juntado esa tarde.
ESTACIÓN CERO —65—

El Bolso
Norma Troiano
La tierra está maldita
y el amor con gripe en cama.
La gente en guerra grita,
bulle, mata, rompe y brama.
Al hombre lo ha mareao
el humo al incendiar,
y ahora, entreverao,
no sabe adónde va.
De ¿Qué sapa Señor?
Enrique Santos Discépolo

— Y mañana a las ocho y media. No a las nueve menos cuarto.


— Sí señora.
— ¡Sí señora, sí señora! Yo trabajo también y no puedo llegar más o menos a las nueve ¡Tengo
que llegar a las nueve!
— Sí ss…
¡Cinco meses que llevo trabajando acá y nunca llegué tarde! —pensó —Ni siquiera falté. En
cambio, ella no llega casi nunca a las seis, como habíamos arreglado. Llega más o menos siem-
pre más tarde. Pero qué me importa, la verdad, se dijo, ella era feliz igual desde hacía unos cua-
tro meses.
Se fue por la salida de servicio de ese piso doce del barrio de Belgrano, donde trabajaba para la
Señora Mercedes Ibarra. Cuando llegó a la calle, apretó el bolso de plástico rectangular que
llevaba colgado del hombro y se fue caminando hasta la parada del colectivo que la llevaría
hasta Constitución. Como todas las noches desde hacía un tiempo, el primer amor verdadero
que sentía en su vida, la esperaba en la estación de Temperley.
El colectivo tenía que cruzar media ciudad. Cuando subió y tuvo que quedarse parada, apretó el
bolso contra su pecho. “Por las dudas”, pensó. En la mitrad del trayecto pudo sentarse. Se
acomodó para ver si podía dormir. Siempre hacía eso. Total —pensó—, Constitución es la ter-
minal.
Todos los días se levantaba a las seis de la mañana para llegar a tiempo a lo de la señora Mer-
cedes. Ella le dejaba tres hijos a su cuidado, además de la limpieza del departamento que ocu-
ESTACIÓN CERO —66—

paban cinco personas. . En el traqueteo del colectivo y la modorra, su pensamiento seguía:


“Atender los chicos que se pelean, lavar, planchar, hacer las compras y encima dejar medio
preparada la cena, me dejan cansada y no quiero estar cansada para el Tito”. Se durmió y soñó
con sus besos.
— ¡A bajar! ¡Vamos!
El chofer gritaba desde el volante. Dos hombres y ella caminaron hasta la puerta y después fue-
ron para el mismo lado, la estación del ferrocarril.
El andén estaba demasiado lleno para esa hora. La gente se movía inquieta.
— ¿Qué pasa? — preguntó a otra mujer que tenía los zapatos deformados por los juanetes y
usaba unas medias tres cuartos de hombre, que no alcanzaba a tapar la pollera.
— No sé. Parece que hay lío con la empresa. Yo hace media hora que estoy acá parada ¡Con lo
que me duelen los pies!
— ¿Y no sabe si va a haber tren o no? —preguntó ella y se empezó a preocupar
— Sí, dicen que sí. Pero que viene atrasado.
El Tito está esperándome —pensó— y se va a ir tarde para la casa. No quiero que esté mal
dormido. Una obra es peligrosa.
Tito era oficial de albañil y madrugaba mucho todos los días para llegar a la obra donde traba-
jaba, en el norte de la Capital.
Un tren vacío entró en el andén. La gente, apiñada, caminó hacia las puertas, algunos se metie-
ron por las ventanas que encontraron abiertas. En el amontonamiento, ella quedó prensada
arriba de la escalerilla para subir al vagón. A sus espaldas había varias personas más, un par con
medio cuerpo colgando afuera del tren. Ahora, ella tenía el bolso agarrado con las dos manos y
siempre colgado del hombro. El pase semanal. No sé para qué en este loquero — se dijo —, lo
tenía enganchado en el cuello del pulóver.

El tren arrancó y empezó a tomar velocidad. De pronto, se armó un revuelo por el pasillo del
vagón a la izquierda, se oyeron gritos y vio tres hombres que empujaban y golpeaban a todo el
mundo para hacerse lugar hacia la salida. Una mujer empezó a los gritos y otras voces la imita-
ron:
— ¡Ladrones! ¡Hijos de puta!
— ¡Párenlos!
— ¡Párenlos!
ESTACIÓN CERO —67—

Aprisionó el bolso con una mano, se pegó contra el hombre que tenía a la derecha y se sujetó
tan fuerte como pudo, del marco de la puerta que iba al vagón de ese lado. Igual, la tromba la
llevó por delante. La arrancó del pasillo, junto a otras dos personas, que se le fueron encima, se
fue para atrás, trastabilló, perdió pie, lanzó un grito de terror y agarró el bolso con toda su fuer-
za. Sintió un golpe terrible en la espalda, le zumbaron los oídos y tuvo la sensación de que caía
en un pozo profundo, sin poderlo evitar.

La gente insultaba furiosa. Porque el tren había arrancado con personas colgadas; porque no
se sabía cuándo iba a volver a salir, porque había pasajeros golpeados y una jovencita, tirada
al costado de la vía, sangraba, parecía muerta. Algunos gritaban cosas para descargar la bronca,
otros se arremolinaron, curiosos, a mirar la chica.
— ¡Viajamos como bestias y todavía nos cobran, carajo!
— ¡Siempre lo mismo, roban a la gente y se largan con el tren andando!
— Mirá; no se mueve la piba. ¿Estará frita?
— Es el golpe, Japonés. ¿Nunca te quedaste groggy por un golpe?
— ¿Y ahora aparecen los tipos de seguridad de la empresa?
— ¿Qué estaban haciendo, viejo, mientras nos afanaban?
— Cuándo se les va a cantar hacer salir el tren, digo yo.
— ¿Qué te pasa flaco?
—Me parece que me reventé la pata
El personal de seguridad y unos policías empezaron a alejar a la gente agolpada alrededor de la
chica, mirándola, con las piernas torcidas sobre el piso, inconsciente y perdiendo sangre.
— Circulen, circulen, dejen espacio.
— ¡Má qué circulen ni circulen!¡Tengo el brazo hecho pelota!¿Cómo me arreglo?
—Tranquilos, ya llega la ambulancia.
— ¿Y nosotros?¿Qué hacemos nosotros?¿Nos quedamos a dormir acá?
—Circulen, circulen. A la estación, ya se les va a avisar cuando se reanuda el servicio.
— ¡El servicio! Esto es una joda.
Llegaron dos ambulancias. Una se ocupó de la chica y la otra de los contusos.

Cuando abrió los ojos tenía un hombre con batín celeste encima de su cabeza. Quiso hablar y
no pudo, tenía puesto algo sobre la boca y la nariz. Oía el ulular de la ambulancia.
— ¡Reaccionó, viejo! ¡Metéle! ¡Está perdiendo mucha sangre a pesar del torniquete!
ESTACIÓN CERO —68—

— ¡Son las siete, pibe! ¡El tránsito es un quilombo! ¡Transfundila, para eso estás!
— ¡Ya lo hice, gil! ¡Por eso reaccionó!
El del batín celeste la miró y se dijo: “Es una morochita preciosa y no debe tener mucho más de
veinte años.” Ella seguía queriendo hablar. Él acercó la boca al oído de la chica y le preguntó,
sabiendo que no podría oírlo bien en ese estado:
— ¿Qué te pasa? ¿Te duele mucho?
Sacó un momento la mascarilla con el oxígeno y puso la oreja junto a la boca, para escucharla
mejor.
— Eeel...Tito, me espera...
Volvió a ponerle la mascarilla, mascullando:
— ¡Me cacho, m´hijta! ¡Que espere! ¡Poné el alma en tu vida, que te hace falta!
A ella, otra vez, se le cerraron los ojos.

Un hombre corpulento con pelo negro y rizoso amarrado en una colita había esperado que pa-
sara todo y que la gente se fuera, rezongando, hacia la estación. Fue de los últimos que se puso
en movimiento. Levantó, como a quien se le cae algo, el bolso de plástico que había estado sos-
teniendo entre las piernas, a tres metros de las marcas de sangre. Lo dobló y lo puso debajo de
la campera. Ahora debo parecer un dogor — se dijo y a paso normal, poniendo cara de bronca,
como tenían todos, empezó a caminar hacia la estación,. Tardó en llegar al andén y cruzar los
molinetes. El tren no se había parado tan cerca, después de todo. Enfiló hacia los baños. El olor
a orín le pegó en las narices. Uno de los muchachos de siempre estaba ahí, con un jean apreta-
do y reventándose un granito de la cara. Lo miró a él a través del espejo, le sonrió y se dio vuel-
ta, quebrando la cintura. Él le levantó el dedo del medio con el puño cerrado y se metió en el
retrete. El muchacho, a sus espaldas, se encogía de hombros frente al espejo. Cerró la puerta,
bajó la tapa rajada del inodoro que, calculó, lo aguantaría. Se sentó encima, sacó el bolso de la
campera y lo abrió. Aparecieron una remera y un delantal gastados y recosidos. Los tiró al piso,
sobre la mugre. Encontró un monedero: tres pesos con cincuenta. No lo podía creer. Siguió
buscando: un peine, un lápiz de labios barato y gastado y otras chucherías. Encontró un bolsillo
grande contra un lado y se puso contento. Corrió el cierre y metió la mano, sacó una foto. En la
foto se veía la piba que estaba tirada al costado del tren y un hombre como él abrazándole la
cintura.
Está sonriéndole como un huevón — pensó y colérico, rompió la foto mascullando:
— ¡La puta madre! ¡Me tomé tanto laburo por tres mangos de mierda!
ESTACIÓN CERO —69—

Hallazgo
Edelmira Gallino

Fue a tomar la pasta de dientes. Ahogó un grito. No podía verse los dedos de la mano izquierda.
Miró la otra mano, con la que sostenía el cepillo. Tampoco podía verse los dedos. Apretó el tu-
bo de la pasta. Cargó el cepillo y se miró al espejo. Vio cómo el cepillo giraba en redondo alre-
dedor de sus dientes, suspendido en el aire. La mano estaba en movimiento a la altura del
mentón. O, mejor dicho, lo que le restaba de la mano derecha. Se enjuagó la boca y salió del
baño en dirección al comedor.
Su padre leía el diario. Enfrascado en las noticias, le contestó los buenos días con un gruñido. La
madre tenía las uñas recién pintadas. Mientras las dejaba secar, hojeaba una revista con las
yemas de los dedos. La hermana, que cursaba el último año de primaria, se levantaba más tar-
de.
Se acercó a la madre para darle un beso. Ella le puso la mejilla sin mirarlo. Él se le sentó a un
costado. Desayunó en silencio. Al terminar, se volvió al cuarto. Buscó la mochila y se fue al co-
legio sin despedirse. Dio varias vueltas al patio antes de entrar a clase. Quería ser el último en
llegar.
Cuando sonó la campana corrió a la puerta trasera del aula. Sólo uno de los compañeros giró
apenas la cabeza y le hizo un ademán de saludo con la mano en alto. El repitió el gesto. El otro
no pareció notar la falta de los dedos. O no le dio importancia.
Empleó horas en observar cómo algunas cosas se movían con naturalidad a su alrededor, siem-
pre a la misma distancia de sus palmas. Después de varias experiencias, cayó en la cuenta de
que él sentía igual los dedos aunque no los viera. Por la tarde jugó al fútbol en clase de gimna-
sia. Lo sancionaron por rozar la pelota con las manos. Prefirió no protestar.
Esa noche, la mucama le avisó que los padres se habían ido al teatro con unos amigos y que la
hermana se quedaría a dormir en la casa de una compañera. Le sirvió la comida como si no pa-
sara nada de especial. Después de la cena él intentó estudiar. La falta de los dedos lo distraía.
Resolvió acostarse y apagar la luz. Se durmió enseguida.
A la mañana siguiente, al encender el velador no se vio las manos. Sintió que se golpeaba la
izquierda contra la mesa de noche cuando tiró de las cobijas para levantarse.
Durante el día, lo mismo que a la víspera, nadie reparó en las partes del cuerpo que le faltaban.
Cada mañana, al despertarse, descubría que otro pedazo suyo había desaparecido durante el
sueño. Cada noche repasaba los hechos y trataba de recordar si los otros le habían dado algún
ESTACIÓN CERO —70—

signo de reconocimiento. Nadie parecía percatarse del problema. Trató de confiarle la inquie-
tud a la hermana. Ella se burló de él y lo trató de mentiroso.
Transcurrieron semanas así. Ya se había acostumbrado a calcular mejor las distancias para evi-
tar golpearse. Porque doler, claro que le dolía aunque no se viera.
Se mudó una familia al dúplex del último piso de su edificio, que hacía tiempo estaba desocu-
pado. Era un matrimonio con una hija adolescente como él. La chica era regordeta y con la cara
salpicada de acné. Cada vez que se encontraban en el ascensor, ella bajaba la vista. Los padres
no hablaban con ningún vecino. Ni siquiera los saludaban.
Él cruzaba la calle a la vuelta de la casa. Llovía a mares. La chica del dúplex caminaba varios pa-
sos adelante, encogida bajo un paraguas. Él vio cómo ella quedaba paralizada delante del auto
que doblaba para entrar a la avenida. Saltó y la empujó, de manera que los dos cayeron de rodi-
llas en un charco que se había formado junto al cordón de la vereda. El auto les pasó a escasos
centímetros de los pies y siguió de largo por la avenida.
— Disculpáme — dijo él —. Vi que iba a atropellarte.
Ella no contestó.
— Estás bien — preguntó él, mientras la ayudaba a levantarse.
Ella asintió con la cabeza.
Ambos adolescentes caminaron bajo el mismo paraguas sin decir palabra. Llegaron al edificio.
Él la acompañó hasta el dúplex pero no salió del ascensor. Ella tocó el timbre. Cuando le abrie-
ron, él esperó a que entrase y cerrara la puerta. Recién entonces marcó el botón de su piso.
Al día siguiente, de vuelta del colegio, la mucama le avisó que le habían traído un paquete
grande. Se lo había puesto sobre la cama.
Intrigado, se fue al cuarto a buscarlo. Tenía una tarjeta manuscrita: Los padres de tu vecina del
dúplex, muy agradecidos. La releyó un par de veces antes de decidirse a abrir el paquete.
Lo abrió con nerviosismo. Era una pista eléctrica para autos de carrera. A él lo apasionaban los
autos a control remoto. Se sentó en el piso para armar la pista. A medida que encastraba las
piezas, pudo vislumbrar la silueta de sus propias manos.
ESTACIÓN CERO —71—

Cajón de sastre
Alcira Saldaña

— Comisario, me destruyeron el rodete.


— Lo siento señora, estamos ocupados, tenemos que custodiar una heladera. Esperé allí.
Prontito le vamos a tomar la denuncia.
La señora Nieves se sentó a esperar. El comisario hizo una llamada telefónica.
— Disculpe que lo moleste magistrado, es por lo de la heladera.
Se oía en la radio de la Comisaría, un rock nacional... y las heridas son del oficial.
— No le escucho bien — dijo el comisario — ¡Si, a mi también me tienen podrido con lo de
la heladera!
— Comisario — dijo un policía al entrar — Se cayó el sistema ¿Escribo a mano?
— No, perá — siguió hablando por teléfono — ¿Qué haga lo que quiera? Tá bien, después
le informo magistrado.
El policía seguía esperando en la puerta. El comisario cortó, buscó algo en el cajón. Sacó un dis-
quete. Se levantó y fue a la oficina de al lado. Se puso a revisar la computadora.
— ¿Alguien se metió en la página porno? ¡No saben que la compu se llena de virus! —
gritó.
Puso el disquete, tocó un par de botones y la máquina se reinició bien.
— ¡Tá!
Estaba por levantarse para volver a su despacho, cuando entró a la oficina un agente llevando a
un hombre del brazo.
— Comisario ¿A éste lo ponemos en la celda de los hombres o de las mujeres? — dijo el
agente.
El comisario lo miró. El hombre tenía una peluca rubia con bucles que le caían sobre los hom-
bros y estaba en ropa interior. Los pelos le afloraban por encima del corpiño verde.
— Comi, siempre me ponen con los hombres — dijo el hombre de la peluca.
— Llevalo a donde te dice y después cebame un mate. Estoy sin morfar — dijo el comisario
al agente — ¡Ah! Dame que guardo la peluca y el corpiño.
Mientras el agente le daba la peluca y el corpiño, se asomó un policía.
— Comisario, tiene teléfono — le dijo.
El comisario volvió a su despacho. Guardó la peluca y el corpiño en el cajón y agarró el teléfono.
— ¿Si? No, jefe, el otro móvil está en taller. Bue, bue — cortó.
ESTACIÓN CERO —72—

Entró el agente que tenía que traer el mate, con una bandeja plateada y encima de la bandeja
el termo con agua caliente y el mate vacío.
— Comisario se acabó la yerba ¿Voy a comprar?
— No, pará. Tenés que ir al taller a ver si está el móvil listo.
Sacó del cajón, un papel y una lapicera y escribió la dirección del taller. Se lo entregó al policía.
— Decile que tenía que estar para ayer. Que lo termine como pueda ¡Rajá!
El agente salió con el papel en la mano. El Comisario y la señora Nieves que estaba sentada es-
perando, lo siguieron con la mirada. El agente se rascó el trasero con la mano.
— ¡Decile a tu jermu que te lave los calzoncillos! – dijo el Comisario.
El agente no llegó a oír. La señora Nieves se tapó la risita con la mano.
— Comisario, está el tipo de la heladera — dijo el policía que entró al despacho.
— Que pase — dijo el Comisario y mirando a la señora Nieves exclamó — ¡Yo no se para
que carajo quise ser policía!
Pasó el tipo de la heladera.
— Comisario...
— Si ya se, ya se. Saque al cerdo, tireló a la basura y buenas pascuas.
— Pero no lo voy a sacar así a la calle.
El Comisario revolvió el cajón del escritorio y sacó una bolsa negra de consorcio.
— Métalo en esta bolsa y póngalo directamente adentro del camión de la basura.
— Es que no pasan los basureros. Están de huelga.
— Me cacho en dié. Llévelo usté mismo al cinturón ecológico.
El tipo hizo una venia y se fue con la bolsa. Entró un policía acompañando a un mozo.
— Comisario, este mozo del restaurante de la esquina viene a denunciar al moñito, dice
que lo quiso ahorcar.
— ¿Qué?
— Dice que el Patrón se lo hizo poner en el cuello y el desgraciado lo quiso ahorcar.
— ¿El Patrón?
— No el moñito negro.
— Tómele declaración al mozo y deje retenido al moño.
— ¿Lo pongo en la celda de los hombres?
— Déjeme el moño aquí.
ESTACIÓN CERO —73—

El policía y el mozo se fueron. El comisario guardó el moño negro en el cajón y respiró profun-
do. La señora Nieves se puso de pie y se le acercó.
— ¿Comisario tendré que esperar mucho por lo mío?
— A ver, acérquese.
La señora Nieves se acercó y le mostró los pocos pelos entrecanos que le caían por los hom-
bros.
— ¿Para que quiere el rodete, si así le queda muy bien? — le dijo el Comisario y tosió.
— Siempre lo tuve conmigo.
El Comisario la hizo sentar y buscó algo en el cajón. Encontró la peluca de bucles rubios y se la
puso a la señora Nieves en la cabeza. Sacó el mate y el termo de la bandeja plateada y le acercó
la bandeja para que se mirara.
— Parezco veinte años menos — dijo la señora Nieves.
— Y el toque final.
Eligió del cajón el moñito negro y se lo puso sobre la peluca, a un costado.
— Y ¿qué tul? — le dijo el Comisario a la señora.
— ¡Increíble! Es la primera vez en mi vida que me veo con el pelo suelto. Jamás me había
sentido mejor ¡Lastima no haberlo conocido antes Comisario!
La señora Nieves lo besó y se fue cantando.
El día en la Comisaría siguió como siempre.
ESTACIÓN CERO —74—

La billetera
Gerardo Rean

Vivo en Palermo y soy abogado. Para presentar un oficio en La Plata decidí tomar el subte y
luego en Plaza Constitución el tren.
En la estación era un ir y venir de hombres y mujeres que avanzaban a codazos. Eran las nueve
de la mañana y me crucé con obreros con bolsos gastados y oficinistas apurados que se zam-
bullían en la boca del subte.
En el Hall Central de la estación había un grupo de manifestantes con banderas y pancartas que
se preparaban para una marcha al Congreso.
Al verlos me aflojé el nudo de la corbata, me quité el saco y desabroché el primer botón de la
camisa.
En la boletería saqué un boleto de ida y vuelta con las monedas que tenía en el bolsillo izquier-
do del pantalón, haciendo malabares con el saco en una mano y el maletín en la otra. Un tipo
me llevó por delante. El maletín cayó al suelo. En ese instante una nena me pidió unas mone-
das.
- No nena, no tengo, le dije y levanté el maletín.
Me faltaba la billetera, no estaba en el bolsillo derecho del pantalón, ni en el saco, empecé a
sudar por los cien pesos, las tarjetas de crédito y el documento de identidad, revisé nuevamen-
te mis bolsillos y grité:
- Me robaron la billetera.
Desde la cola me miraron todos, como diciendo yo no fui.
Enseguida pensé, el hombre con la nena estaban de acuerdo. Le pedí auxilio a un policía que
miraba a los manifestantes. Me dijo que no podía hacer nada y me indicó que fuera a la oficina
de vigilancia del tren donde expliqué lo que me había pasado. El tipo y la nena habían desapa-
recido.
Me resigné e hice la denuncia telefónica del robo de las tarjetas. Esperé el tren y viajé hasta La
Plata. El viaje de vuelta lo tenía pago y todavía me quedaban unas monedas en el bolsillo iz-
quierdo del pantalón.
La rabia me duró durante todo el viaje, con malhumor hice los trámites en los tribunales y seguí
maldiciendo mientras regresaba. Llegué a casa cansado, dejé el saco y el maletín en el sillón. Fui
derecho a la cocina, abrí la heladera, llené un vaso con Coca Cola y mientras la tomaba vi la bi-
lletera sobre la mesa del comedor.
ESTACIÓN CERO —75—

Trucos maravillosos
Edelmira Gallino

El empresario manda encender todas las luces como en los mejores tiempos. Escondido detrás
de las cortinas, recorre la sala con la mirada y se frota las manos con satisfacción. Hace años
que no se agotan las entradas. Ha estado a punto de cerrar el teatro porque la recaudación no
le alcanzaba para cubrir los costos de las funciones. Llegó a recibir el ultimátum de los acreedo-
res que querían rematarle el edificio.
En la platea hay mucha gente de pie o que se turna para ocupar los asientos. A otros los han
dejado pasar con banquitos plegables. Nadie se queja por el hacinamiento ni por el excesivo
precio de las entradas. Entre el público se hacen enormes esfuerzos por dejarse ver antes de
que empiece la función.
En primera fila están el Alcalde y una corte de adulones. En los palcos bajos, los notables de la
ciudad y sus familias, vestidos con las mejores galas. Las autoridades han invitado a dependien-
tes y subordinados. Hasta el cura párroco ha venido escoltado por sus monaguillos.
Los chicos con los delantales blancos como el primer día de clases se han sentado de a dos por
butaca en los palcos superiores. Vuelan caramelos y otros proyectiles improvisados de un lado
a otro del teatro. Los maestros que los acompañan no les dicen nada, empeñados como están
en demostrarse unos a otros lo que saben sobre el mago Tchan Yu Tung que en pocos minutos
subirá a escena.
Durante la última semana El Pregón de la Verdad, periódico que se distribuye en toda la región,
ha publicado varios artículos en primera plana, en los que pondera las alucinantes pruebas que
realiza Tchan Yu Tung, al que califica de curiosa mezcla de prestidigitador con hechicero.
Para atender la extraordinaria demanda, la compañía regional de ómnibus ha debido reforzar
los servicios. Varios camiones han colaborado para transportar a los asistentes.
Llega la hora de comenzar el espectáculo. El empresario se asoma por entre las cortinas. Hace
bocina con las manos y anuncia:
— Señoras y señores. Estimable público. Por favor, todos sentados aunque sea en el piso
porque en breves minutos comienza la función.
Dicho esto, desaparece detrás del cortinado. Desde el pasillo, les indica a los acomodadores
que apaguen las luces de la sala y cierren todas las puertas.
Del escenario en penumbras sale un humo blanco, espeso, que avanza sobre la audiencia.
ESTACIÓN CERO —76—

Transcurridas dos horas, los acomodadores abren las puertas y aplauden con vigor. El público
se une al aplauso frenético a medida que va despertándose.
El Alcalde, todavía con cara de sueño, manda a buscar al empresario, que está fuera del teatro.
Lo felicita con efusión por los trucos maravillosos que afirma haber visto. Los adulones asienten
con la cabeza.
Los maestros explican a los chicos, con lujo de detalles, versiones disímiles sobre lo ocurrido en
el escenario.
El editor del periódico corre a su oficina para redactar un editorial muy extenso en el que pon-
dera la originalidad del espectáculo.
El público abandona la sala entre comentarios elogiosos.
Cuando el teatro se vacía los dos acomodadores reciben como pago excepcional el equivalente
a varios meses de sueldo.
Estación Lima
Alcira Saldaña

“Sin embargo, en el universo se ha detectado que hay relaciones entre las partículas a pesar de
que estén alejadas en el tiempo, son relaciones dentro de la acronología”. Ésta es Sáenz Peña,
la próxima estación es Lima, dijo alguien a mis espaldas. Levanté la vista del libro. El chico esta-
ba sentado en el sentido en que iba el subte y yo estaba en la dirección contraria. Hace años
que viajo de Primera Junta a Plaza Mayo esperando el escenario relativo en el que pasado y
futuro se presenten simultáneamente. El chico le señaló mi ojo tuerto al hombre que tenía al
lado. El hombre le dijo algo y el chico miró por la ventana el túnel. Miré por la ventana. El chico
comenzó a preguntar cosas al hombre. El hombre contestaba y le daba explicaciones para todo
con esa voz latosa que me traía la presencia de lo que antes ya había oído. Esperé ¿Y si el azar
fuera algo más que un mero accidente del destino? El chico tenía un bolso marinero de esos
que se usan para ir al club. Balanceaba un cartoncito de leche chocolatada de un lado para otro.
Los pasamanos se bamboleaban al mismo ritmo del cartoncito. El ruido era monótono. El hom-
bre agarró el cartoncito de leche y le acercó la pajita a la boca. En cada acto se generará un ca-
os, sin embargo, cuando recogemos una gran serie de datos, el caos se nos muestra como un
conjunto ordenado. El chico torció la cabeza y la alejó de la pajita como si fuera el meneo invo-
luntario ocasionado por el vaivén del subte. Las relaciones entre las partes son más importantes
que las partes mismas, las realidades no percibidas son abundantes como las ondas de radio,
que no percibimos a pesar de que están aquí. El hombre insistió con la pajita y el chico en un
ESTACIÓN CERO —77—

movimiento brusco de la cabeza chocó con el cartoncito de leche. Ocurre todo en el mismo
orden. El cartón cayó y una gota de leche salpicó los pantalones del hombre. Supe entonces
que pronto vendría el golpe en la cara. Como el que me había dado mi padre. El golpe que me
había hecho perder el ojo izquierdo. De un salto me levanté. Esta vez lo iba a evitar. Tropecé
con la mujer que estaba parada junto a mi asiento. Le pedí disculpas. Habíamos llegado a la
estación Lima. Esa era la estación del club y el hombre bajaba con el chico. Traté de bajar. El
golpe de mi padre había sido en el andén. Las puertas se cerraron. Otra vez el túnel.
ESTACIÓN CERO —78—

Pibe de la madrugada
Lena Berardone

Desde el muelle, Humberto tiró otra piedra al agua, trató de que cayera más lejos que la ante-
rior. El sol empezaba a salir. Cuando bajó el brazo e iba a apoyarlo sobre el paredón, sintió un
tirón en el saco. Se sobresaltó. El recuerdo del golpe en el capot del auto de hacía unas horas,
lo estremeció. Antes de darse vuelta creyó que lo habían descubierto. Giró la cabeza. Aliviado
vio, que un chico que no le llegaba a la cintura, tenía la mano extendida.
— Me da una moneda pa’ comer, deále señor— Humberto buscó en el bolsillo, no encontró
ninguna.
— No tengo pibe — se dio vuelta y volvió a mirar el río, a sumergirse en la angustia que desde
hacía horas estaba con él.
El pibe insistió tirándole del saco. Él hizo un gesto para desprenderse de la mano.
— No tengo monedas, dejame.
— ¿Y uno de dos pesos? Tengo hambre. Deale, sea bueno.
Humberto lo miró casi con odio. No contestó nada
— ¿Me lo da?
Con bronca y solo para que se fuera, Humberto puso la mano en el bolsillo y le dio un billete de
cinco pesos.
— Tomá y dejame en paz.
— Gracias señor.
Los que pescaban los miraron. Algunos estaban sentados en las sillas que se habían llevado,
esperando el pique. Otros sostenían las cañas con mano firme para evitar que se escapara el
pez que había caído en la trampa. Humberto no podía dejar de pensar en el cuerpo tirado en la
Avenida Libertador. Giró la cabeza y miró la trompa del Peugeot 405. Una sensación de espanto
le hizo subir calor a la cara. Con la mano se tiró el pelo para atrás, con la otra pegó un golpe
fuerte en el muro.
— ¿Etá enojado? — era otra vez el pibe que hablaba mientras comía el pancho y tenía otro en la
mano — ¿Quiere?
Humberto lo miró y no le contestó. El pibe se sentó en el suelo.
— A mi me da por bañarme cuando veo el río. Me meto en la punta de allá — hablaba con la
boca llena —. Siéntese. Pa’ hablarle tengo que levantar mucho la cabeza y no puedo tragar
bien.
ESTACIÓN CERO —79—

Humberto lo volvió a mirar. Se agachó para quedar más cerca de la cara del pibe y que lo escu-
chara bien.
— ¿Por qué no me dejas en paz pibe? Ya te di para comer - le dijo con ira, conteniendo las ganas
de darle un cachetazo.
— Usté tiene el mismo olor que mi viejo cuando viene borracho.
Humberto se puso pálido y se enderezó automáticamente. Pensó: Porque habré tomado tanto
en la reunión...
— Cuando mi viejo está borracho me caga a golpes. ¿El Peugeot es suyo? ¿le limpio el vidrio?
— Ya basta, tomátelas si no querés ligarla.
El pibe se fue corriendo. Humberto subió al coche y arrancó. Quería estar pronto en su casa. Ni
bien llegó, salió la mucama. Tenía gesto de preocupación.
— Señor, al fin… La señora está en el hospital Fernández. Dijo que vaya urgente.
— ¿Qué pasó?
— Su hijo está muy grave.
— ¿Qué le pasó a Gabriel?
— Lo atropellaron en Avenida Libertador y lo dejaron tirado.
— ¿En Libertador…?
ESTACIÓN CERO —80—

A la mañana temprano
Norma Troiano

Esperó recostado sobre el paredón de ladrillos del baldío. No tenía reloj pero hacía tiempo que
cumplía esa rutina. Hacía dos años largos, claro que con unos meses de intervalo entre una y
otra espera. A veces en González Catán, otras en Laferrere o Florencio Varela.
Estaba en el lugar y la hora que su recorrida previa de la zona le habían indicado como más
conveniente. Por la esquina vio venir un cuarentón medio calvo con una jovencita al lado. Cru-
zaron delante de él sin mirarlo, pero sospechaba que el cuarentón lo había tenido en cuenta.
Al rato pasaron cuatro, entre varones y mujeres. Una joven llegó poco después. Supo que podía
ser la suya al verla venir por la misma vereda, sola, la mochila al hombro y apurada. Se hizo a sí
mismo una apuesta que sabía ganadora: me va a cruzar todavía más apurada.
Así fue. Tuvo que hablarle alto, tan rápido lo pasó por delante:
— Señorita —casi gritó -dígame la hora, por favor, el ómnibus no llega y no tengo reloj.
Ella titubeó. Frenó a los diez pasos, recelosa, sin embargo bajó la cabeza y buscó el reloj debajo
de los pulóveres. Eso le dio el tiempo que necesitaba para llegar hasta ella. Sacó el trapo que
llevaba en el bolsillo, lo apretó sobre la cara de la adolescente y se la llevó, tambaleante, a la
puerta de chapa que daba al baldío.
ESTACIÓN CERO —81—

Hora puntual
Edelmira Gallino

La campanilla sonó un par de veces.


Medio dormida, María Luz estiró el brazo y manoteó el teléfono.
— Hola. Hola — miró la hora por encima del hombro.
Eran las tres y trece.
— Otra vez vos, cobarde. Hablá.
Se puso tensa y esperó, con el tubo pegado a la oreja.
— Me tenés harta. A ver si encontrás algo mejor que hacer por las noches —agregó entre
dientes.
Al colgar, resopló y se hizo un ovillo bajo las cobijas. Empeñada en vencer el insomnio, dio vuel-
tas en la cama hasta cerca de las diez. Se levantó para buscar en la agenda el número de celular
de su amiga abogada.
— Disculpá que te jorobe un domingo por esto, pero ya me saturaron. Todas las madruga-
das a la misma hora me despierta el teléfono — le dijo.
Intentó abrir el cajón de la mesa de noche. Se le atascó. Tironeó de la manija para destrabarlo.
— Claro que estoy segura. Durante varios días anoté la hora al atender.
María Luz revolvió el contenido del cajón en busca de las anotaciones.
— No. Silencio total. Nadie contesta.
Giró los papeles con los garabatos que había escrito a oscuras, sin conseguir descifrar ninguno.
— Ni la menor idea. Por más que lo piense, no se me ocurre nada.
Con el ceño fruncido, guardó las anotaciones dentro del cajón y forcejeó para cerrarlo.
— No. Nunca me amenazaron. Hace tres semanas que llaman pero no hablan.
María Luz golpeaba la madera con las uñas.
— ¿Y si le digo al juez que sí me amenazan? Tiene que haber algo que uno pueda hacer pa-
ra averiguar quién es.
Se puso de pie despacio, con el codo apoyado sobre la mesa.
— De acuerdo. Después te cuento cómo me fue.
Cortó. Se quedó unos minutos con la cabeza baja. Levantó el tubo y pulsó con fuerza los núme-
ros de la telefónica. Pidió un informe de los últimos llamados recibidos. Le contestaron lo que la
amiga le había anticipado.
ESTACIÓN CERO —82—

Recorrió el departamento de punta a punta. Se puso en cuclillas frente a la biblioteca y la revisó


hasta encontrar un libro.
— Más allá de lo racional — leyó el lomo en voz alta.
Lo sacó de la biblioteca. Pasó un par de páginas con los ojos entrecerrados. Fue a la cocina.
Apoyó el libro sobre la mesada. Se preparó un café bien caliente. Se sentó con el libro entre las
manos. De tanto en tanto, leía algún párrafo. El café se enfrió en la taza.
Volvió al cuarto y llamó de nuevo a la amiga. La tranquilizó que le prometiera presentar un es-
crito al día siguiente para pedir un listado de las comunicaciones del mes.
Al cabo de tres semanas llegó el listado. María Luz lo revisó varias veces. Comprobó que esta-
ban todos los llamados que recordaba haber recibido en ese lapso, menos los de las tres y tre-
ce. Se acostó tarde. Se durmió con una sensación extraña.
A las tres y trece sintió un dolor muy agudo en el pecho. No llegó a despertarse.
ESTACIÓN CERO —83—

La cabaña abandonada
Alcira Saldaña

— ¡Cuatro horas de caminata! ¿Dónde está el lago Queñi?


— Vamos, Aimé. Ya tiene que faltar poco — le dice Pedro y me pasa la mochila.
Seguimos caminando. El sendero de piedras trepa entre bosques de cañas y pinos. Después de
una curva descubrimos entre los troncos, un espejo de agua.
— Allí está — dice Pedro.
Apuramos el paso. El sendero termina en una pequeña playa de arena blanca y detrás está el
lago Queñi cercado por las montañas.
— ¡Es maravilloso! — dice Aimé.
— Si hermoso. Lástima que se hizo tan tarde. Yo dije que era mejor dejar el viaje para ma-
ñana. Salir al mediodía no era buena idea — me reprocha Pedro.
— No me mires así. No me acordaba que era tan lejos.
En la playa veo un tronco y me siento mientras Pedro hace sapitos tirando piedras al agua.
— Mirá, todavía hay luz y ya apareció la luna — me dice Aimé.
La luna se ve como una rodaja de luz entre las montañas. Algo se mueve abajo del tronco.
— Una iguana ¡Que asco! — exclama Aimé.
— ¿Por qué? — me estiro para tocarla.
— Gaspar, no es un gato — me dice Pedro.
La iguana se va corriendo y se pierde en el bosque más allá de la playa. La seguimos con la mi-
rada.
— Ahí debe estar cabaña — dice Pedro.
Nos acercamos al bosque y a poco de caminar, aparece en un claro la casita con techo a dos
aguas. Golpeamos la puerta.
— No contesta nadie — dice Aimé.
— Parece abandonada.
No sale humo por la chimenea y las paredes están manchadas de verde.
— Miremos alrededor — dice Pedro.
Tomados de la mano damos una vuelta alrededor de la cabaña. Las ventanas parecen cerradas.
Golpeamos las manos y nadie contesta.
— Esta ventana está entreabierta — dice Pedro.
— Entremos.
ESTACIÓN CERO —84—

— ¿Y si hay alguien? — murmura Aimé.


— Si queremos averiguar, tenemos que entrar.
Me estiro y abro el postigo de madera.
— Siempre entrábamos por la ventana ¿No apilábamos unos ladrillos para subir? ¿Dónde
habrán quedado?
Pedro sin contestarme busca una rama, camina diez pasos desde la puerta y con la rama se po-
ne a cavar.
— ¿Ahí los escondías?
Desentierra tres ladrillos y los coloca debajo la ventana.
— Yo entro — me subo a los ladrillos, trepo y me meto.
Recorro el interior con la mirada. No hay más luz que la de la luna que entra por la ventana.
— Vengan, no hay nadie.
Aimé y Pedro se trepan. Los tres nos quedamos de pie en el centro de la pieza. Dejo la mochila
en el piso. Hay cuatro camas sin colchón y cerca de la puerta una repisa de madera.
— En la repisa dejaba las llaves papá — dice Pedro.
— No veo nada — paso la mano por el estante — ¡Escamas verdes! ¿Qué es esto?
Me limpio las manos en la pared.
— Tengo miedo — Aimé tiene un escalofrío.
— Nena no seas cagona. Vinimos a averiguar que pasó con papá.
— Allá estaba el baño y aquí la cocina — dice Pedro.
Nos tomamos de la mano y vamos a la cocina. El piso de madera cruje. En la cocina hay cuatro
sillas rotas y sobre la hornalla una cacerola de hierro. Pedro se acerca y abre la tapa.
— Debe ser sopa de carpincho — dice.
— ¡Que olor a hueso podrido! — Aimé se aprieta la panza.
— Es como la que nos hacía Nuria. Siempre me dio asco.
— ¿Y ese ruido? — dice Aimé.
— No se. Ya no se ve nada ¿Trajiste la linterna? — me pregunta Pedro.
— La dejé en la mochila.
Nos vamos a buscar la mochila agarrados de la mano. El piso de madera vuelve a crujir. Saco de
la mochila la linterna y un paquete de galletas. Ilumino la pieza.
No hay nada.
Nos sentamos sobre los elásticos y nos ponemos a comer las galletas.
ESTACIÓN CERO —85—

— Esa era la cama de papá — murmura Pedro.


— Esta era mi cama.
— Yo no me acuerdo — susurra Aimé.
— Para que estamos hablamos en voz baja si no nos escucha nadie.
Nos reímos nerviosos.
— Acostémonos y mañana investigamos — dice Pedro.
— Ni loca me acuesto. No voy a poder dormir.
— Aquí no pasa nada, quédate tranquila.
Nos tiramos sobre los elásticos.
— Gaspar. No puedo dormir.
— Yo tampoco, pero tratá de cerrar los ojos.
— Cada vez que nos movemos chillan los elásticos de las camas.
— ¿Quién dijo niño? — pregunta de pronto Pedro.
— Quién dijo ¿que?
— Me pareció que alguien dijo niño.
Nos quedamos en silencio y no escuchamos ningún ruido. De pronto veo pasar una sombra por
la ventana.
— ¿Viste eso?
— No vi nada, pero yo me voy — dice Pedro.
— ¿A dónde vas a ir? — digo y veo pasar otra vez la sombra por la ventana.
— Duérmase niño, duérmase ya, que la mamita lo va a cuidar.
— ¿Quién cantó? — pregunta Aimé.
— ¡Callate nena! Si hay alguien nos va a oír.
— Tendríamos que haber venido de día — dice Pedro — ¿Vieron? ¡La sombra entró por la
ventana!
— Se fue para la cocina — dice Aimé y se acurruca al lado mío.
De la cocina nos llega un ruido de ollas y un murmullo de alguien que canta. Nos quedamos
quietos. La sombra pasa por la pieza y va hacia el baño.
— ¡Pasó para allá! ¿Qué era? — murmura Aimé temblando.
— No se.
— ¡Hagamos algo! — dice entre dientes Pedro.
Busco con la linterna alguna cosa que sirva para trabar la puerta del baño.
ESTACIÓN CERO —86—

— El perchero de astas de ciervo — me levanto y agarro el perchero.


Engancho el asta por debajo de la manija y lo trabo en el marco de la puerta.
— Listo. No se va a escapar.
Nos quedamos en silencio, atentos a cada ruido.
— ¡Quisiera que fuera mañana!
— Nena fue un bicho.
Pasa un rato y la manija de la puerta del baño no se mueve. Lejos se oye el ladrido de unos pe-
rros. La manija del baño sigue sin moverse.
— Fue nuestra imaginación — digo. Me levanto y agarró la linterna —. Voy a hacer pis.
Destrabo la puerta del baño y me asomo.
— ¡Una vieja! — grito y me quedo petrificado.
La vieja está inmóvil sentada sobre el inodoro.
— ¡Vengan pronto!
— Aimé se acerca.
— ¡Ahhhhhh! — grita.
Sigo paralizado y me tiemblan las piernas. Cuando logro mover un brazo, ilumino a la vieja con
la linterna. No mueve ni una sola parte del cuerpo.
— Está momificada.
Aimé grita y cae sentada en el piso.
— No te asustes. La vieja está muerta — digo seguro y todavía me tiemblan las piernas —
¡Pedro vení!
De los brazos de la vieja sale corriendo una cosa que se escapa por el tragaluz del baño.
— ¡Ahhhhhh! — grita Aimé — ¡Pedro vení!
— ¡Era una iguana!
La vieja sigue inmóvil.
— Vinimos a averiguar algo y vamos a lograrlo. Esta momia no nos va a asustar.
— Tengo miedo, Gaspar.
— Voy a buscar a Pedro — digo y sigo temblando.
— No te vayas ¡No me dejes sola! Voy con vos.
Vamos juntos a la pieza. Ilumino con la linterna.
— Gaspar ¡Pedro no está! — dice Aimé tiritando.
Pedro está acurrucado debajo del elástico. Me acerco y lo llamo al oído.
ESTACIÓN CERO —87—

— ¡Pedro!
— ¡No! ¡Dejame, dejame!
— Dale, vení a ver la momia que está en el baño.
— Estás loco. No voy.
— Dale Pedro vamos los tres.
Pedro temblando sale de abajo de la cama y vamos juntos hasta la puerta del baño. La vieja
sigue inmóvil.
— ¿A quién te hace acordar? — le pregunto.
— ¡A la vieja Nuria!
— ¿A quién? — pregunta Aimé.
— La vieja que nos cuidaba cuando papá tenía que ir a trabajar. Salgamos de acá. Esta vieja
me da frío — dice Pedro.
Salimos del baño y cerramos la puerta con el asta de ciervo. Nos vamos a la cocina.
— ¿Qué hacemos ahora? — pregunta Pedro.
— Investigar que pasó con papá. A eso vinimos.
— Papá murió — dice Aimé.
— Si, pero cómo murió. Esa es la…
De pronto la vieja muerta entra a la cocina y se me abalanza. Sin darme tiempo a nada me
aprieta el cuello.
— ¡Ahhhhhh! — grita Aimé.
La vieja me clava las uñas. Siento que me está ahogando.
— ¡Lo va a matar! — grita Aimé.
La vieja tiene ojos de iguana. Me mira. Me está ahogando.
— ¡El caldo! — grita Pedro.
Agarra la olla de hierro y le vuelca a la vieja el caldo en la cara. La vieja lanza un grito y me suel-
ta. Se tapa la cara y da vueltas por la cocina hasta que sale. Me masajeo el cuello y las manos
me quedan pegajosas.
— ¡Qué es esto! La vieja me dejó escamas verdes en el cuello.
Cuando me voy a tirar sobre la puerta de la cocina para cerrarla, se asoma una iguana.
— ¡Cerrá! — me grita Pedro.
Saltó y cierro la puerta empujando hacia fuera la iguana.
— Hay que salir de aquí — exclama Pedro.
ESTACIÓN CERO —88—

— Si ¿Pero como?
Los tres miramos la cocina buscando una salida. La ventana está muy alta. Debajo de la venta-
na, en el piso descubrimos una puerta trampa. La levantamos. Ilumino el hueco. Está lleno de
telarañas. Una escalerilla de madera baja hacia el sótano.
— ¡Que olor a hueso podrido! — dice con repugnancia Aimé.
— ¡A fiambre, a muerto! — dice Pedro.
— Bajemos.
— ¿Estás loco?
— Quizás allá abajo haya una salida hacia fuera — lo agarro a Pedro del brazo y bajamos.
Aimé baja con nosotros.
— No se aguanta el olor — dice.
Se apoya en el escalón y vomita. La ilumino. Está pálida.
— Si querés esperá arriba.
— No, yo voy con ustedes.
Ilumino el sótano. De un tirante cuelgan cuatro jamones roídos. Llegamos abajo. En el piso hay
bolsas de sal y una manguera vieja. Ilumino la pared del fondo.
— ¡Dos cajones!
Me acerco a un cajón y levanto la tapa.
— ¡Sal gruesa!
Remuevo la sal y encuentro dos patas de chancho.
— ¿Desde cuando estará esto? No me acordaba que comiéramos chancho.
Me acerco al otro cajón y abro la tapa. También tiene una capa de sal.
— ¡Qué fue ese ruido! Vino de allá — dice Pedro.
Apunto la linterna hacia donde señala.
— No hay nada.
Vuelvo a iluminar el cajón. Algo brilla.
— Acá hay algo de oro.
Remuevo la superficie de sal.
— ¡Una mano!
La mano tiene la piel pegada a los huesos y un anillo de oro.
— ¡El anillo de papá! — exclama Pedro.
Escarba enloquecido y deja al descubierto el cuerpo de un hombre.
ESTACIÓN CERO —89—

— ¡Papá! — grita Pedro.


Le faltan los ojos y tiene dentelladas por todo el cuerpo. Nos quedamos mudos. No podemos
movernos, ni siquiera llorar. Lo único que me viene a la mente es cuando papá me regaló el
álbum de estampillas. Aimé aterrada me agarra del brazo.
— ¡Basta! ¡Vamos! — dice Pedro — ¡Algo se mueve por la escalera!
— ¡Una iguana!
Recorro el sótano con la luz de la linterna. En el techo y las paredes hay iguanas. Dos, tres, cin-
co. Una se abalanza sobre Aimé y le muerde la pierna. Agarro la iguana y la tiro contra la pared.
La linterna se me cae al piso. Pedro la levanta y le ilumina la pierna. La tiene cubierta de esca-
mas verdes.
— ¡Son muchas y se nos vienen encima! — grito.
Tratamos de subir la escalera, pero nos alcanzan. Una se lanza sobre Aimé. Pedro agarra a Aimé
de los brazos y la arrastra escaleras arriba mientras patea las iguanas. Los veo subir y desapare-
cer en el hueco de la escalera. Las iguanas vienen hacia mí. Siento los dientes en mi pierna. Que
vuelva Pedro, pienso.
Cuando despierto estamos los tres en el piso de la cocina y la puerta trampa del sótano está
cerrada. Siento el cuerpo flojo y recuerdo la estampilla de San Martín cara rayada.
Pedro nos arrastra hasta la pieza y nos lleva hasta la ventana.
— ¡Ahora! ¡Suban!
Aimé con ayuda de Pedro se trepa y sale. Luego sube Pedro y con todas sus fuerzas me toma de
los brazos para ayudarme a salir.
— ¡Dale Gaspar!
Trato de subir. Las piernas me tiemblan, están cubiertas de escamas verdes. Escucho un mur-
mullo.
— Duérmase niño...
Me doy vuelta. La vieja Nuria está viniendo hacia mí. No puedo subir.
— ¡Dale! — me grita Pedro desde afuera.
Hago un esfuerzo y salgo. Caigo sobre la pila de ladrillos.
Pedro me ayuda a levantarme y los tres corremos hasta el camino. Pasamos la playa, el lago y
seguimos por el bosque. No miramos hacia atrás. Seguimos corriendo.
Se oyen cerca ladridos de perros.
— Quizás nos estén buscando a nosotros — dice Pedro.
ESTACIÓN CERO —90—

Seguimos corriendo. Cuando damos vuelta la curva, aparece en el camino, una cuadrilla de
gendarmes con perros de caza.
— ¡Alto! ¡A ustedes estamos buscando! — dice el que parece comandar la cuadrilla.
— ¡Las iguanas mataron a papá! — dice Aimé.
— ¡Ustedes son los que se escaparon!
— ¡La vieja es una bruja! — dice Pedro.
— Basta de pavadas. Arriba.
El jefe da la orden de subirnos al vehículo y llevarnos de vuelta al Orfanato. Pedro se resiste.
— ¡Hay un muerto! — dice.
— Callate y metete arriba — dice el jefe.
Le da un golpe a Pedro y lo hace subir al vehículo.
— Usted — le ordena a un joven gendarme — quédese requisando la zona.
Cuando llegamos al Orfanato, busco mi álbum de estampillas y está allí donde siempre lo guar-
do, en el cajón de la mesita de luz y está el San Martín cara rayada. El Director nos reta y por
unos días nos deja sin postre. Después todo vuelve a la normalidad. A la semana, viene el carte-
ro que suele regalarme estampillas para mi álbum.
— Hoy te traje estampillas de la serie de animales. Tomá las del jaguareté, del zorro y de la
iguana. ¿Sabés pibe, se comenta que apareció el Nahuelito?
— ¿En una estampilla?
— No, allá por donde está el lago Queñi. Se tragó un gendarme. ¡Ni los huesos dejó! Solo
encontraron el arma cubierta de escamas verdes.
ESTACIÓN CERO —91—

El autito rojo
Gerardo Rean

La tarde se llenaba de sol cuando iba con mamá a la plaza del Botánico.
Los sábados venía papá a buscarnos al departamento para luego ir caminando los tres hasta la
plaza.
Si, cuando pienso en vos papá, ahora ya de grande, te veo como en esas tardes de verano y en
mis sueños estás sonriendo, haciéndome girar con tus manos hoscas.
Me llevaban de la mano y cuando hablaban fuerte, corría hasta la esquina y volvía despacio.
Mamá te decía que no y vos insistías y me alzabas por los aires y creía volar y cuando tocaba de
nuevo el suelo algo había cambiado y en casa mamá lloraba. Los sábados pensaba que venías
para quedarte. Te recuerdo peinado a la gomina y a mamá en silencio enojada.
Mientras caminábamos corría alrededor de ustedes, cuando me acercaba dejaban de hablar y
vos me sonreías, me tocabas la cabeza y como un gato me enroscaba entre las piernas tuyas y
las de mamá. Sabes que los dos me parecían tan altos.
Es curioso pero de mis cinco años, no recuerdo ninguna otra cosa tuya, salvo aquellas tardes, el
sol del verano, tus miradas, los silencios de mamá y el autito rojo que me regalaste.
Yo llevaba siempre figuritas y bolitas para jugar con Enrique, pero esa tarde además de las figu-
ritas y las bolitas en los bolsillos tenía el autito rojo.
Con Enrique hicimos una pista con tiza en la vereda y el autito coleaba en las curvas. Prometiste
traerme masilla para que se afirmara en el suelo y no volcara.
Dejaste de venir los sábados, te olvidaste de traer la masilla y le cambié a Enrique el autito rojo
por una figurita difícil.
ESTACIÓN CERO —92—

Carta a los Reyes Magos


Edelmira Gallino

Queridos Reyes Magos:


Les escribo para darles las gracias por todos los juguetes que nos dejaron, aunque todavía no sé
bien si fueron ustedes los que los trajeron, porque cuando vienen Los Reyes aquí hace más ca-
lor.
Disculpen que no les pusiéramos ni pastito ni agua en la ventana, ni los zapatos. Nadie nos
avisó que venían esa noche. Volvíamos de pasar unos días en casa de una amiga de mi Mamá.
Ella nos llevó al cine y a todas partes. Nos daba helados después de comer, aunque hacía frío.
Igual los comíamos, porque nunca nos dan helado cuando hace frío, aunque insistamos. Por ahí
hasta nos ponen en penitencia por insistir.
Al volver a casa empezaron a pasar cosas medio raras. Estaba esa tía que vemos poco, la que
vive muy lejos, que cuando nos vio entrar se fue corriendo a llorar al baño. Yo la seguí y le pre-
gunté si le dolía algo. Me dijo que no pero seguía llorando. Quise subir a ver a mi Mamá, pero
mi tía dijo que estaba durmiendo, que mejor nos fuéramos al cuarto y no hiciéramos ruido para
no despertarla. Mi Mamá nunca duerme por la tarde. Creo que era la tarde porque por el cami-
no nos habían comprado papas fritas y caramelos y después tomamos la leche. Peor fue cuando
quise ver a mi Papá. Mi tía se puso muy colorada y dijo que no se podía y que después mi
Mamá nos iba a explicar.
Entonces nos fuimos al cuarto y casi nos caemos de espaldas de tantos juguetes nuevos que
había. Había más juguetes que cuando cumplí seis años. Son todos buenísimos. La muñeca es la
que les pedí la otra vez que vinieron, cuando mi abuela dijo que no me la habían traído porque
no cabía en los camellos. Además dijo que los Reyes tenían muchos chicos para traerles regalos.
Por suerte, ustedes se acordaron ahora. Y los platos, de esos de verdad, que brillan como los de
la abuela. Pero lo que más me gustó fueron los muebles para hacerle el cuarto a mi muñeca.
Creo que a mi hermano también le gustaron sus regalos.
La amiga de Mami dice que voy a empezar el colegio todo el día como mi primo. A él le parece
más divertido que el Jardín, porque te enseñan a leer y escribir. A mí eso no me sirve, porque
para poder escribirles a ustedes, señores Reyes Magos, se lo pedí mucho a mi Papá hasta que él
me enseñó. Yo extraño mucho a mi Papi. A Mamá, por lo menos la veo a la noche, a veces, por-
que ahora se pasa todo el día en el negocio de mi Papá.
ESTACIÓN CERO —93—

De las explicaciones de mi Mamá no entendí mucho. Porque si mi Papá se fue de viaje ¿Cómo
no se despidió antes de nosotros, ni se llevó la ropa? Traté de preguntárselo a mi abuela, pero
me dijo que cuando fuera grande iba a entenderlo mejor. A veces son difíciles los grandes.
Y ahora que todavía mi Papá no ha vuelto y, si entendí bien, no vuelve más, quería preguntarles
si aceptan llevarse todos mis juguetes nuevos y viejos, sí, todos dije, y traerme a cambio a mi
Papá.
Los quiero hasta el cielo. YO
ESTACIÓN CERO —94—

Arnaldo y la piedra
Alberto Parra

Arnaldo se paró en el jardín frente a la piedra. Se frotó las manos y flexionó las rodillas varias
veces.
— Te voy a levantar.
Se golpeó la barriga con las manos y volvió a flexionar las rodillas.
— Ya te voy a levantar.
Resopló y puso los brazos hacia delante separándolos según el tamaño de la piedra.
— Preparate, te voy a levantar.
Se acercó, se agachó y la enganchó por abajo. La piedra no se movió. Se alejó un poco y se vol-
vió a parar frente a ella.
— Fue una prueba. Ahora va en serio.
Extendió los brazos hacia delante, manteniendo entre uno y otro, la distancia de la piedra. Se le
acercó a la carrera. Se agachó.
— ¡Ops!
Nada. La piedra no se movió.
— Si no puedo levantarte, voy a convencerte.
Arnaldo fue a la biblioteca y buscó. En el primer estante se entretuvo con La Odisea.
— No, no es Circe ni una Sirena.
Pasó al estante superior y hojeó el Martín Fierro.
— Si, pero no me da el tono para una payada.
En el estante de arriba, encontró Como Convencer a una Piedra. Se lo llevó a la cama y lo leyó
de pe a pá. Durmió abrazado al libro.
A la mañana tomó una cuajada. Se paró en la cocina frente a la puerta que daba al jardín y res-
piró hondo. Flexionó los brazos y las piernas. Tomó un huevo crudo mezclado con vino blanco.
Se acostó en el piso e hizo abdominales. Probó los músculos frente al espejo.
— Ahora si, te levanto o te convenzo.
Salió al jardín. La piedra estaba en el mismo lugar.
— ¡No me desafíes!
Se frotó las manos.
— No me des la espalda ¡No es eso lo que tendrías que hacer!
Arnaldo se arremangó y fue directo a la piedra. No llegó a tocarla. La piedra se levantó sola.
ESTACIÓN CERO —95—

Un matrimonio virtuoso
Lena Berardone

Natalia estaba de espaldas preparando el mate cuando el doctor Buitrago entró a la cocina. La
tomó por la cintura y con la boca semiabierta empezó a recorrerle la nuca y el cuello. Ella dejó
la pava y se pegó a su cuerpo. Eran las seis de la tarde. Por unos minutos se balancearon sin
soltarse. Natalia le dio un beso suave en la boca y con pereza se separó. El doctor se sentó en la
silla y esperó el mate. Le gustaba llegar a la casa. Los pacientes del hospital y del consultorio lo
dejaban cansado.
Fedor, el dogo blanco que había traído a la casa hacía dos años, corrió desde el patio, lo olfateó
moviendo la cola y se echó a los pies de Natalia. El doctor Buitrago se sacó los zapatos y apoyó
los pies sobre la falda de ella que lo miró y sonrío. Entre mate y mate Natalia le masajeó los
pies. El doctor disfrutaba del momento y veía por el ventanal la antena que tenían instalada en
el fondo.
— Hoy vino al hospital el electricista. ¡Si lo vieras, está perfecto!
— ¿A qué fue? — preguntó Natalia.
— Una pavada, dolor de cabeza. Le dije que afloje un poco con el trabajo
Eran las siete. El doctor bajó los pies de la falda de Natalia. Se paró y le dio un beso en la frente.
— Amor, dame las llaves del consultorio, voy a trabajar un poco antes de comer.
Natalia saco las llaves que tenía en el bolsillo de la pollera. Se quedó tarareando una canción
mientras preparaba la comida, el perro seguía echado.
En el escritorio, el doctor abrió varias carpetas, cada una tenía un nombre. Se puso los lentes y
prendió la pantalla. Tomó la pipa, la cargó con deleite y se acomodó en el sillón. Había pasado
muchas noches despierto para inventar el RO: Receptáculo Obediente. Se lo había injertado a
doce personas elegidas con cuidado. Ninguna sabía nada. Veía los casos con Natalia y entre los
dos decidían. Todas las tardes el doctor manejaba los movimientos de esas personas. En cada
paciente tenía la respuesta buscada y eso lo hacía disfrutar. Los pacientes que tenían de pro-
medio treinta años lo entusiasmaban mucho. Los cuerpos más jóvenes ofrecían un poco de re-
sistencia, a Natalia le producían ternura. Los más viejos, en muchos casos, ni se daban cuenta.
Eligió la carpeta RO12 de Manuel García, abogado. En la pantalla se lo veía en el estudio con un
cliente. El doctor oprimió un botón y desplegó en la parte superior de la pantalla el dibujo del
cuerpo de García. Puso el cursor a la altura del brazo derecho. Al apretar la tecla de acción rápi-
da, vio como el puño de García golpeaba la cara de la mujer sentada frente a él. Apretó el botón
ESTACIÓN CERO —96—

de retroceso y el brazo volvió a la posición normal. Al doctor Buitrago se le erizó la piel de pla-
cer. A Natalia le era más grato escuchar. En ese momento el volumen estaba bajo, pudo obser-
var por los gestos, que García no había encontrado disculpas que le fueran aceptadas. La señora
dio la espalda y se fue. A García se lo veía perturbado mirándose el brazo.
El Doctor Buitrago hizo unas anotaciones en la carpeta y cambió de paciente. RO10, Carlos Me-
reo. El electricista instalaba un aparato de aire acondicionado ayudado por un muchacho joven.
El doctor oprimió el comando de acción y la pierna de Carlos golpeó la escalera en la que había
subido el ayudante, que cayó con el aparato de aire acondicionado sobre la pierna. Buitrago
levantó el volumen y escuchó los gritos. Natalia, que había entrado al escritorio, lo abrazó y le
apoyó la cara sobre el hombro. El doctor apretó el botón de retroceso. Podía manejar los mo-
vimientos y el tiempo de cada uno.
— Poné a la peluquera, hoy fui y no me dejó lindo el pelo — pidió Natalia.
La peluquera de barrio norte, RO09 Teresa Menéndez, alisaba el pelo a la clienta con una plan-
chita. El doctor tocó el botón de acción y dejó la mano de Teresa inmóvil, la planchita quedó
cerrada. Empezó a salir humo y las mujeres gritaron. El doctor Buitrago pulsó el botón de retro-
ceso. Natalia le acarició los ojos, la nariz y con el dedo le dibujó los labios.
— ¡Te quiero tanto!
El doctor la besó, la sentó sobre sus piernas y ella pudo sentir la erección que tanto la excitaba.
La comida se enfrió sobre la mesa.
Fedor seguía echado en la cocina, de tanto en tanto levantaba la cabeza con las orejas paradas
escuchando las risas de Natalia y del doctor.
Al día siguiente en la puertita del fondo, Natalia despidió al jardinero que había cortado el
césped y plantado las begonias y azucenas que ella había indicado. El doctor estaba por llegar.
Natalia corrió a la cocina. Prendió el fuego para preparar el mate. Cuando llegó el doctor, des-
pués de besarla, tomó un solo mate y un trozo de torta de manzana que ella le dio en la boca.
Estaba apurado por mostrarle a Natalia un nuevo paciente. Tenía una particularidad que quería
comentar con ella.
Los dos se sentaron frente a la pantalla.
— Es la hija del periodista.
— No me dijiste nada — reprochó ella.
— Es verdad, quería darte una sorpresa. Es la primera vez que pruebo con dos personas que
viven juntas. ¿Qué te parece la idea?
— Está buena — siempre le parecían buenas las ideas del doctor.
ESTACIÓN CERO —97—

En la pantalla se desplegó RO04, periodista y RO13 la hija. Estaban en el living de la casa. El doc-
tor apretó el botón de acción. Los brazos del periodista abrazaron a la hija, que se sonrió. El
doctor Buitrago movió el cursor. El periodista besó a la hija en la boca. Ella quedó estupefacta.
El doctor volvió a mover el cursor. La hija abrió la boca y devolvió el beso. Natalia estaba senta-
da al lado del doctor y lo agarró fuerte del brazo. Por varios minutos disfrutaron viendo la esce-
na. El doctor tocó el botón de retroceso primero en el periodista y después en la hija. Bajaron
los brazos y se miraron despavoridos. El periodista corrió para un lado y la hija para el otro.
Natalia y Buitrago se miraron y rieron a carcajadas. Ella se levantó y lo abrazó, le mordisqueó
los labios.
— Podríamos elegir a Don Jesús para que lo operes y le pongas el receptáculo.
— Es un poco grande — contestó él doctor.
— No tanto. Además hoy puso las begonias y las azucenas donde él quiso. Con el receptáculo le
haríamos hacer lo que nosotros queremos.
Escucharon un ruido en el fondo de la casa. Miraron por la ventana y vieron que el jardinero se
iba.
— ¿Habrá visto algo? — preguntó Natalia.
— Visto y escuchado. Llevalo a la cocina — respondió el doctor.
Natalia salió del escritorio, y caminó con pasos rápidos en busca del jardinero. Lo llamó, él se
detuvo, pero no se dio vuelta. Natalia se acercó y lo tomó del brazo. Lo llevó a la cocina.
— Lo veo pálido, Don Jesús, voy a llamar al doctor — dijo y le dio un vaso de agua.
El jardinero no dijo palabra. Natalia salió y lo dejó solo.
En el escritorio el doctor presionó el botón de acción. El dogo salió corriendo y atacó al jardine-
ro, que apenas pudo defenderse. El doctor apretó el botón de retroceso cuando terminaron los
gritos. Apagó la pantalla. Cerró el escritorio con llave.
En la cocina, el doctor y Natalia vieron como Fedor se limpiaba con la lengua el hocico lleno de
sangre. Se acercaron, Don Jesús estaba muerto. Natalia corrió a la puerta de calle y pidió auxi-
lio. Él llamó por teléfono a Emergencias. Se llevaron el cuerpo del jardinero en la ambulancia.
Un policía subió al dogo en el patrullero.
— Tendremos que sacrificar al perro — dijo el policía.
— Lo acompaño, quiero traerlo conmigo para enterrarlo en el fondo — dijo el doctor.
Ella se quedó a limpiar la cocina. El doctor trajo a Fedor en una caja grande. Antes de enterrar-
lo, cerca de las begonias y azucenas, le cortó la oreja y sacó el receptáculo. Lo guardó en una
ESTACIÓN CERO —98—

cajita. Natalia quemó la Carpeta RO01, Fedor el dogo. Tiraron la cucha y las correas en la calle.
Se ducharon.
— Cenemos, aunque sea un poco tarde — dijo el doctor Buitrago.
Natalia abrió un buen vino tinto, olió el corcho y lo sirvió en dos copas de cristal con una sonri-
sa.
ESTACIÓN CERO —99—

La Reina Mora
Alberto Parra
A José Luís Maldonado (El Coya)

El camino de tierra corta en dos el valle flanqueado por montañas.


Terminaba la hora de la siesta soleada y tranquila, cuando una camioneta que circulaba por el
camino se detuvo junto al alambrado del maizal de López. Carmen y Julio bajaron de la camio-
neta y se sentaron a la sombra de un algarrobo. Al otro lado del camino, entre las cortaderas,
se asomó un hombre y apretó los dientes. Julio abrazó a Carmen y luego, atravesando el alam-
brado fueron juntos al maizal.
El hombre que sostenía un machete en la mano cruzó el camino, miró hacia el maizal y de un
salto se acercó al alambrado. Separó los alambres y en la maniobra una punta se le hundió en la
palma derecha. Entró al maizal. Caminó endemoniado apartando las plantas hasta donde esta-
ban Carmen y Julio. Los sorprendió semidesnudos. Dio un grito rabioso y mató a los dos a gol-
pes de machete.

Luna miró la hora. Eran las nueve de la noche cuando salió de la casa. Fue al bar del pueblo y
preguntó si habían visto a Carmen. La habían visto a las tres de la tarde. Fue a la mercería y la
dueña dijo que estaba segura de haberla atendido antes del mediodía. Se decidió a hablar con
el Oficial Sandoval, a cargo de la comisaría, a las once de la noche.
— Hoy tenemos dos perdidos — le dijo Sandoval.
— ¿Quien es el otro? — preguntó Luna por curiosidad.
— Julio, el que trabaja para vos.
— Hoy tenía que ir a San José a buscar un fardo de alfalfa — aclaró Luna.
— La camioneta de Julio estaba parada cerca del maizal de López, hace un rato la hice tra-
er, pero Julio no está ni apareció.
— ¿Y entonces?
— Ahora estamos revisando la zona, si Julio no aparece voy a dar parte a Córdoba. Volvé a
tu casa, quizás tu mujer ya llegó.
— Me quedo acá — dijo Luna preocupado.

— Me voy a meter al maizal, vos buscá por las cortaderas — le dijo un agente al otro.
ESTACIÓN CERO —100—

En el maizal de López, dos agentes con linternas recorrían el campo.


— ¡Acá! — gritó de pronto el agente que estaba en el maizal.
El otro salió a la carrera en dirección a su compañero. Cuando llegó vio los cuerpos ensangren-
tados.
— Voy a llamar a la comisaría — dijo.
Sandoval les ordenó a los agentes precintar la zona y que quedaran de custodia, comunicó el
hecho al Juez de instrucción y éste pidió la intervención del Departamento de Homicidios de la
Policía de la Provincia, ordenó que dos ambulancias trasladaran los cuerpos a la morgue judicial
de la Ciudad de Córdoba.

El Comisario Terrada estaba por acostarse cuando recibió la orden de hacerse cargo de la inves-
tigación. Llegó temprano al pueblo y fue a la comisaría a buscar a Sandoval. Lo encontró to-
mando café.
— Vamos al maizal — dijo Terrada.
— Ya revisamos todo — informó Sandoval.
— ¿Cuánta gente tiene allá?
— Dos agentes.
— ¿Están frescos?
— Hoy a la mañana reemplazaron a los de la noche.
— ¿Usted durmió bien?
Sandoval asintió.
— Somos cuatro entonces — concluyó Terrada y sin dar otra explicación le pidió a Sando-
val que lo acompañara.
Las cintas plásticas cerraban el paso por el camino a ambos lados de la zona del crimen. Hasta
allí se habían acercado muchos lugareños atraídos por la noticia que había corrido de boca en
boca a primeras horas del día.
— Parece un día de feria — dijo Terrada entre dientes cuando trataba de abrirse paso con
el auto entre el gentío.
Terrada pasó las cintas de seguridad.
— ¡Comisario, déme algo para la edición de la tarde! — gritó un reportero pegado a la cin-
ta.
— Pregúntele al Juez, hay secreto de sumario — contestó Terrada.
ESTACIÓN CERO —101—

Una vez que la gente quedó a suficiente distancia como para no escuchar, Terrada organizó el
rastrillaje.
— Ustedes vayan al terreno de enfrente — se refería a las tierras de Luna — caminen des-
pacio y con cuidado, miren bien el suelo, pueden encontrar pisadas, huellas, lo que sea,
algún artefacto, un arma, lo que vean me lo traen o me avisan — les dijo a Sandoval y a
los dos agentes y continuó — yo me voy a meter en el maizal.
Al mediodía volvieron a juntarse bajo el algarrobo.
— Nada Comisario — dijo Sandoval.
— Comemos algo y seguimos — dijo Terrada —. En un rato va a llegar un investigador des-
de Córdoba y nos va a dar una mano.
El que venía de Córdoba, el principal Miguel Bustos, llegó pasadas las dos de la tarde y se
acopló al rastrillaje. Era, como Terrada, integrante del Departamento de Homicidios.
Encontraron huellas de bicicleta en el barro, detrás de las cortaderas y pisadas que apuntaban
al algarrobo. En los alambres que limitaba el maizal Terrada notó como si alguien los hubiera
separado adrede. Los examinó y prestó atención a los tensores que los sostenían desde los pos-
tes, luego entró al maizal y fue a donde se habían encontrado los cuerpos de Carmen y Julio. En
cuclillas observó los tallos torcidos de las plantas de maíz. Algunos de ellos presentaban tajos a
media altura. Llamó a Bustos.
— ¿Qué te parece? — le preguntó mostrando los cortes en las plantas.
— Esos tajos no los hizo un cuchillo grande. Tuvo que haber sido un machete o un hacha
bien afilada.
Desde afuera del maizal uno de los agentes llamó a Terrada.
— Jefe, encontré algo.
El agente tenía una jaula con un pájaro negro dentro. Terrada miro al pájaro.
— ¿Dónde estaba? — le preguntó.
— Allá adelante, cerca del arroyo — señaló el agente.
Terrada estimó a ojo la distancia. Unos treinta metros, pensó.
— ¿No vio si había algo más?
— Huellas, pero hay un montón de huellas.
— ¿Huellas de que?
— De autos, de bicicleta, de camiones.
— Deje la jaula en la patrulla y acompáñeme.
ESTACIÓN CERO —102—

Caminaron por el borde del camino. El agente, que iba señalando el lugar donde había encon-
trado la jaula, tropezó con una piedra.
— Espere, no se mueva — le dijo Terrada sosteniéndolo.
Delante de la piedra se notaba con nitidez una huella de bicicleta como si una rueda se hubiera
hundido en la tierra, luego la huella se confundía en el polvo del camino. Esto es un barquinazo,
pensó Terrada.
Bustos mientras tanto recorría el alambrado del maizal. Cerca del lugar donde se había encon-
trado la jaula notó un par de pisadas en el suelo que iban del alambrado hasta el camino. Se
acercó a los alambres y encontró que uno que estaba retorcido y tenía una diferencia de color.
Sacó un cortaplumas y una bolsa de plástico de la campera, raspó la superficie y guardó el polvi-
llo en la bolsa. Siguió examinado el lugar. A unos centímetros en dirección al camino encontró
un trozo pequeño de género con un botón amarillo cosido. Guardó la tela con el botón en una
bolsita. Después informó a Terrada de los hallazgos.
Terrada estaba de buen humor, en una sola jornada había conseguido los elementos suficientes
como para tener una pista. Era la punta de la madeja que con la intervención de Policía Científi-
ca terminaría con la identificación del asesino.
Esa noche, el Juez de instrucción citó a Terrada para que fuera a verlo en su oficina.
— ¿Tenemos algo? — preguntó el Juez.
— Poco todavía — respondió parco Terrada.
— Mire, el crimen ya es famoso en la provincia y si sigue así va a llegar a nivel nacional en
dos o tres días. Pídame lo que necesite, hay que apurar la investigación.
— Mañana temprano voy a la morgue y a científica, cuando vuelva me pongo en contacto
con usted.

Luna, sentado en la recepción de la morgue judicial esperaba el momento de entrar para reco-
nocer el cadáver de Carmen. Frente a él estaba la hermana menor de Julio.
— Si no hubiera sido por su mujer mi hermano estaría vivo — dijo la muchacha secándose
los ojos.
Luna agachó la cabeza y no respondió.
Terrada llegó un instante después y se acercó para hablar unas palabras con la hermana de Ju-
lio, luego le dijo a Luna que lo siguiera. Entraron a la sala donde estaban los cadáveres a los que
se les había practicado la autopsia.
ESTACIÓN CERO —103—

— No le voy a pedir que reconozca a su esposa, quiero que me diga si usted estaba al tanto
de…
— ¡Carmen era una buena mujer! — dijo Luna con rudeza.
— Señor Luna, en estas circunstancias usted está involucrado. Le voy a pedir que no se va-
ya del pueblo hasta que yo le diga.
— Quédese tranquilo comisario, voy a estar en mi casa — dijo Luna y salió.
Terrada tenía una idea para armar el rompecabezas. Almorzó con Bustos.
— En principio el asesino pudo haber estado oculto detrás de las cortaderas, después fue
al maizal, mató a los dos y se escapó por el camino — afirmó Terrada —. Hay algo más:
los de Laboratorio encontraron sangre en el óxido que sacaste del alambrado, el tipo se
lastimó abriendo los alambres.
— Las huellas de la bicicleta que encontramos atrás de las cortaderas coinciden con la que
estaba en el camino, lo que vos llamás el barquinazo — le confirmó Bustos.
— Mañana vamos a saber el grupo sanguíneo y en una semana podemos tener los patro-
nes de ADN. En cuanto al botón y la tela están haciendo un análisis completo de los ma-
teriales — continuó Terrada.
— ¿Y la camioneta de Julio? — preguntó Bustos.
— Ahora hay un grupo de científica para ver si encuentran algo que nos sirva.
— ¿Qué hay de la autopsia?
— Hubo lucha, Julio tenía tres cortes en los brazos como si se hubiera atajado, el macheta-
zo mortal le dio entre la clavícula y el cuello.
— ¿Y la mujer?
— Casi la degolló, murió enseguida, según el forense la mató primero.
— No me cierra. Si Julio se defendió tuvo que haberlo matado antes.
— La hipótesis del forense, por las características de las heridas, es que la mató a ella, lue-
go luchó con Julio y después de matarlo se ensañó con ella, tenía veintiocho heridas, la
cosa era con la mujer, el hombre la ligó porque estaba con ella, además, Carmen estaba
embarazada de un mes, quizás ni ella misma lo sabía.
— ¿Tendremos un loco suelto que mata mujeres? — se preguntó Bustos en voz alta.
Ambos se quedaron en silencio. La perspectiva de un homicida al voleo no era un asunto fácil
de desentrañar. Para peor ya tenían la presión de los diarios con titulares del tipo catástrofe:
“Masacre del Maizal. La inseguridad aumenta”, “Dos muertes horribles en un maizal. El gober-
nador manifestó su preocupación”.
ESTACIÓN CERO —104—

— Sabemos como los mataron, sabemos con que los mataron, tenemos una bolsita con
óxido y sangre y un pedazo de tela con un botón y probablemente algunas huellas
cuando terminen los de científica — enumeró Terrada, optimista, para terminar con el
silencio.
— Y tenemos una jaula con un pájaro — dijo Bustos.
— ¿Dónde está?
— La dejé colgada en la comisaría. A Sandoval le gustan los pájaros.
— Dejála ahí, los pájaros no hablan, pero y por las dudas, decile a Sandoval que no la se la
lleve.
— ¿Cómo seguimos? — preguntó Bustos.
— Ahora vamos al maizal, hay que encontrar el machete.
— O el hacha — apuntó Bustos.
— No se por qué, pero me parece que fue un machete.
Las nubes comenzaban a oscurecer la tarde cuando Terrada exploraba el camino en dirección al
pueblo mientras Bustos lo hacía en dirección contraria.
— ¡Disculpe!
Un hombre, montado en una bicicleta llamó a Terrada desde atrás de la cinta de seguridad.
— Buenas — contesto Terrada.
— ¿Puedo pasar? — preguntó el hombre.
— Esta cerrado y no puede, lo lamento.
— Vivo a media legua más adelante y si tengo que entrar por el otro lado se me hacen más
de dos y ya estoy viejo para esos trotes — explicó el hombre.
— Bueno, pase y dígale al agente de guardia que está autorizado — dijo Terrada señalando
al policía que estaba parado bajo el algarrobo.
— Gracias Don.
El hombre levantó la cinta, pasó por debajo y comenzó a pedalear. Terrada lo siguió con la vista
y cuando el ciclista se había alejado unos metros le llamó la atención la jaula vacía que llevaba
atada al portaequipaje de la bicicleta. Pensó que la jaula que habían encontrado podría haberse
caído de la bicicleta del homicida, luego siguió buscando en el camino.
Entrada la noche, Terrada y Bustos volvieron al pueblo sin haber encontrado el arma homicida.

A la mañana velaron a Carmen en la casa y a Julio en el Club del Pueblo. Los cortejos fúnebres
se encontraron, a pedido del cura, a la una de la tarde en la Iglesia. Una multitud de familiares,
ESTACIÓN CERO —105—

curiosos y periodistas estuvieron en la misa de cuerpo presente. Luego caminaron hasta el ce-
menterio. Las últimas palabras para Carmen las dijo Luna, emocionado pero calmo.
— Querida Carmen, vos no tenés la culpa, descansá en paz.
El cura se encargó de despedir a Julio. Terrada y Bustos siguieron de cerca las ceremonias y no
detectaron nada que les llamara la atención. Después se subieron al auto para ir a la zona del
maizal.
— Me llegó un informe de científica, dicen que encontraron huellas digitales en la camio-
neta de Julio y una pañoleta de mujer. No había signos de pelea adentro de la cabina —
dijo Terrada conduciendo el auto.
— Entonces ella no fue a la fuerza — afirmó Bustos.
— Eso me lo imaginaba. Ahora, si el asesino llevaba una jaula en la bicicleta, entonces, es
posible que sea un habitante de la zona y no un loco suelto.
— El hombre debe ser de por acá.
— Es de por acá, seguro, pero… ¿Dónde carajo está?
— Yo diría que tratemos de seguir en la dirección hacía donde iban las huellas de la bicicle-
ta.
— El viejo que me pidió permiso ayer para pasar iba en esa dirección, vamos a buscarlo.
— No hace falta, ahí viene — Bustos señaló para adelante en dirección a un ciclista.
Terrada detuvo el auto y sacó la cabeza por la ventanilla para gritarle al viejo que parara.
— Quiero hablar con usted un minuto — dijo Terrada bajando del auto y acercándose.
— Diga — el viejo había bajado de la bicicleta y la sostenía del manubrio.
— Soy el Comisario Terrada y estoy a cargo de la investigación del crimen del maizal.
— Ya me parecía — dijo el viejo.
— ¿Usted como se llama?
— Ciriaco Domínguez, señor.
— Dígame, conoce a alguna persona que use o tenga un machete.
— No se señor, por estos lados para sacar los pastos se usa la pala, el zapín o se los corta
con la máquina, es raro que se use un machete.
— Yendo como para su casa ¿Vive mucha gente después del maizal?
— No mucha, el camino cruza las sierras y hasta ahí ha de haber no más de diez familias.
— Gracias Señor Domínguez — agradeció Terrada.
Ciriaco le agradeció a su vez haberle autorizado el paso por la zona precintada y siguió camino.
ESTACIÓN CERO —106—

Terrada y Bustos visitaron las casas entre el maizal y la sierra. Encontraron familias de chacare-
ros y puesteros. Ninguno de los que entrevistaron se rehusó a dar información. Los datos que
obtuvieron no tenían relevancia para el caso.
— Por cada hora que se pierda el asesino se aleja diez kilómetros — le dijo Terrada a Bus-
tos.
Esa noche Terrada recibió los informes finales de científica y del laboratorio sobre la sangre que
estaba en el alambre. Algo es algo, pensó y observó el grupo sanguíneo: cero RH positivo. Luego
leyó el informe de científica sobre las huellas digitales que habían quedado en la camioneta.
— ¡Suerte perra! — exclamó.
Bustos lo esperaba en el boliche del pueblo. Cuando Terrada llegó no pudo ocultar la preocupa-
ción.
— ¿Te pasa algo? — le preguntó Bustos.
— La camioneta tenía dos huellas nítidas, las de Carmen y Julio, las otras eran difusas, si-
guen trabajando, incluso con láser, pero en el informe no se juegan a que puedan obte-
ner una identificación positiva — Terrada habló como queriendo desahogarse —… y el
grupo sanguíneo es el mas común de todos, lo tienen entre el cincuenta y el sesenta por
ciento de las personas.
— ¿Y la tela y el botón?
— Nada todavía.
— O sea que vamos a tener que laburar horas extras — dijo Bustos con ánimo de broma.
— Dependemos de nosotros y no tenemos mucho tiempo — dijo Terrada más tranquilo,
con la vista puesta en una rústica pintura campestre colgada detrás del mostrador.
— Comamos algo y veamos lo que hay hasta ahora — dijo Bustos.
Bustos era un investigador racional y paciente que rara vez perdía la calma. En contraposición,
Terrada era un intuitivo nato, que solía tener accesos de ira cuando la investigación se compli-
caba.
Mientras comían repasaron el asesinato, hicieron hipótesis y una estrategia para continuar con
la pesquisa.
— El asesino tiene un machete o un hacha, una bicicleta y quizás le gusten los pájaros, vive
por la zona, si se ensañó con Carmen es porque algo tuvo que haber tenido con ella. No
parece el perfil de Luna — Bustos levantó la mano para llamar al mozo.
El mozo se acercó a la mesa.
— Dos cafés — pidió Bustos.
ESTACIÓN CERO —107—

Bustos sacó un anotador para escribir algo. Terrada ojeó el ambiente: en una mesa había cuatro
hombres jugando al truco y un parroquiano que apoyado en el mostrador levantó el vaso para
saludarlo, era Ciriaco.
— Siéntese amigo — lo invitó enseguida.
Ciriaco se arregló la boina y fue a la mesa. El mozo trajo los cafés.
— Dígame Ciriaco, usted debe conocer a casi todos en el pago ¿O me equivoco? — Terrada
le puso azúcar al café.
— No don, no se equivoca, hace sesenta años que vivo por acá.
Bustos prestó atención al interrogatorio que había comenzado Terrada.
— Entonces tuvo que haber conocido a los finados — dijo Terrada mirando fijo a Ciriaco.
— Y muy mucho, a Julito lo tuve en brazos, era hijo de una prima de mi mujer.
— ¿Y Carmen?
— Vino de Buenos Aires, al tiempo de estar en el pueblo se casó con Luna, hace seis o siete
años.
— ¿Un vaso de vino? — preguntó Terrada.
— Si me va a seguir preguntado deale nomás.
Bustos fue al mostrador a pedir el vaso de vino.
— ¿Cómo era Julio?
— Era muy gueno. Luna le dio el laburo porque sabía manejar muy bien y no era de traer
problemas — Ciriaco cerró los ojos — ¡Que cosa! Pobre muchacho. La madre quedó
muy mal.
— ¿Y que pudo haber pasado?
— De seguro que llevaba a Carmen pal pueblo, la chata se le habrá quedao en el algarrobo
y un trastornao los metió al maizal pa’ matarlos como a perros.
Terrada supuso que esa era la versión que había corrido por el pueblo y no pensaba cambiarla.
Bustos volvió a la mesa trayendo el vaso de vino.
— ¿A usted le parece que ese trastornado es de por acá? — preguntó Terrada.
— Mire, no creo, por acá nos conocemos todos… — Ciriaco tomó un trago e insistió — Nos
conocemos todos.
Volvió a beber, miró el vaso de vino que estaba a la mitad y siguió hablando.
— El último en llegar fue un tal Eleuterio con la familia, el Eleuterio vive a tres casas de la
mía y… ¡Che Pirincho! — dijo en voz alta dándose vuelta hacia el mostrador — ¿Te
acordás como se llama el gordo que vive atrás del zanjón?
ESTACIÓN CERO —108—

— ¡Juan! — contestó el dueño.


Bustos tomaba nota. Ciriaco se acordó de algunos más y cuando bebió lo que le faltaba, se le-
vantó de la mesa.
Terrada y Bustos fueron a la comisaría.
— ¿Qué estás pensando? — preguntó Bustos.
— En un amante despechado — respondió Terrada.
— Mañana voy a tener la historia de los que nombró Ciriaco.
— ¿Quien te dice que la historia no la tengamos ahora? — dijo Terrada.
Hablaron con Sandoval y éste hizo llamar a dos agentes que vivían en el pueblo desde hacía
más veinte años. Pudieron entonces enterarse de algunas cosas de las vidas de los que había
nombrado Ciriaco. Se quedaron revisando los datos.
— Juan Estévez vino del Chaco, nació en Taco Pozo, trabajó en una obra y se quedó porque
se juntó con una mujer del pueblo — dijo Bustos leyendo los apuntes que había tomado
— Salvador Da Silva trabajó en un aserradero en San Antonio, Misiones, después vivió
unos años en Buenos Aires y terminó en el campo de Luna…
— ¡Listo! — exclamó Terrada —. Allá nacen con el machete en la mano ¿Dónde está el
hombre?
— Ya te dije, vive en el campo de Luna — respondió Bustos —, pero tené en cuenta que en
el Chaco también usan el machete.
— No es lo mismo el Chaco que la Selva Misionera.
Terrada le pidió a Sandoval que formara una partida para buscar al individuo para traerlo a la
comisaría. Eran las once y media de la noche.
— Entre hoy y mañana terminamos, si no es éste lo vamos a buscar a Estévez y después a
los otros — dijo optimista Terrada.
— Habrá que ver, es pura suerte creer que vamos a agarrar al asesino por las fechas en que
llegaron al pueblo — Bustos mantenía el escepticismo.
— Si tenés algo mejor decímelo y lo hacemos — respondió serio Terrada.
Había pasado la una de la madrugada cuando llegó el patrullero a la comisaría. Salvador Da Sil-
va estaba en el asiento de atrás.
— Ahí está — Terrada, parado junto a la ventana señaló el auto —. Empezá vos — le dijo a
Bustos.
Da Silva, era alto, de aspecto huraño, pelo rojizo y tez blanca. A Terrada le pareció que rondaba
los cuarenta años. Bustos le hizo señas a Sandoval para que lo llevara hasta la oficina.
ESTACIÓN CERO —109—

— ¿Pa’ que me traen a esta hora? — se quejó Da Silva que aún estaba amarrado por San-
doval.
— Ya te dije que te querían hacer unas preguntas — le dijo Sandoval mirándolo — ¡Ca-
miná!
— Esta bien Sandoval, déjelo que vaya solo — dijo Terrada y le señaló a Da Silva la puerta
de la oficina.
Bustos le pidió a Da Silva que se sentara. Quedaron enfrentados a ambos lados del escritorio.
Terrada cerró la puerta y se apoyó en la pared a espaldas de Da Silva.
— Bien Salvador… Dígame ¿Usted vivió en Misiones?
— Nací en Misiones y viví allá, en San Antonio — Da Silva contestó seguro.
— ¿Porque se fue a Buenos Aires?
— Por trabajo, el patrón me mandó.
— ¿Y después vino a Córdoba?
— No me vine, me trajeron para trabajar en el campo.
— ¿El señor Luna lo contrató?
— Si.
— Ajá y después se quedó.
— Me hice un rancho y me quedé.
— ¿Conoció a la señora Carmen?
Da Silva levantó los hombros.
— La mujer de Luna, como no la voy a conocer.
— ¿La veía seguido?
— Si venía al campo la veía.
— ¿Y si no?
— Alguna vez en el pueblo la he visto.
— ¿Usted sabe que la mataron?
— Todo el mundo sabe eso.
— ¿Cómo se enteró?
— Me lo contó un peón
— ¿Me puede decir el nombre?
ESTACIÓN CERO —110—

— No lo conozco, estaba trabajando en la cosecha, en el campo de Luna y me dijo que en


el maizal habían matado a dos, después me enteré en el pueblo que eran Carmen y Ju-
lio.
— ¿No se acuerda como era el peón?
— Un hombre de campo, medio grande. No ando fijándome como es la gente.
— ¿Usted sabía que Julio era el amante de Carmen?
— ¡No! — dijo rotundo Da Silva.
— ¿Donde estaba la tarde que mataron a Carmen y a Julio?
— En mi rancho, tomando mate con Ciriaco.
Bustos entendió que no tenía sentido seguir el interrogatorio.
— Bueno, Salvador, le voy a pedir que se quede en el pueblo o en su casa, el patrullero lo
va a llevar.
Terrada no le hizo ningún comentario a Bustos sobre el interrogatorio pero tuvo la sensación
que Da Silva sabía mucho más que lo que había dicho.
Una hora después, Juan Estévez entraba a la comisaría. El interrogatorio lo hizo Terrada y
quedó casi convencido de la inocencia del chaqueño.
A las cuatro de la madrugada Bustos y Terrada compartían un café en una oficina de la comisar-
ía.
— Ni bien amanezca ponéte en contacto con la comisaría de San Antonio y hablá con Ciria-
co a ver que tiene para decir sobre la tomada de mate — dijo Terrada.
— ¿No te parece muy pronto para apuntarle a Da Silva? No hay una sola prueba ¿Y los
otros seis que tenemos de la lista de Ciriaco? — dijo Bustos.
— Yo te digo que la cosa está entre Luna y Da Silva. Ocupáte vos de los seis que faltan.
— Vos sos el jefe — concluyó Bustos.
Durmieron hasta media mañana. Cuando salieron del hotel llovía con intensidad. Bustos y Te-
rrada fueron a desayunar al bar.
— Buenos días — Terrada saludó al mozo.
— No muy buenos, mucha agua — respondió el mozo.
— ¿Para ir a lo de Luna se sale por el camino viejo? — preguntó Terrada para confirmar el
camino que pensaba tomar.
— Derechito por el camino viejo, la primera casa con tejas azules es la de Luna — indicó el
mozo.
ESTACIÓN CERO —111—

El camino estaba anegado. El auto patinaba en el barro con cada maniobra que Terrada hacía
con el volante.
Luna escuchó el timbre de la casa y le pidió a la empleada que fuera a abrir.
— Señor, son el Comisario Terrada y el Principal Bustos — dijo la empleada después de
atender.
— Hágalos pasar a la sala — dijo Luna dejando el libro que estaba leyendo.
Terrada y Bustos tomaron asiento en un sillón de dos cuerpos, Luna se ubicó frente a ellos en
otro sillón.
— Usted dirá Comisario — dijo Luna cruzando las piernas.
— Señor Luna, hay una versión en el pueblo que asegura que a su mujer la fue a buscar Ju-
lio para llevarla y que la camioneta tuvo un desperfecto cerca del maizal.
— Puede que haya sido así.
— También sabemos que usted había mandado a Julio a buscar un fardo de alfalfa a San
José ¿En que momento le hizo ese encargo?
— El día anterior.
— ¿Julio pudo entonces ir a buscar a Carmen para llevarla a San José?
— ¡Carmen no tenía nada que hacer en San José! — afirmó Luna abandonando la calma
que parecía tener hasta ése momento.
— Según usted ¿Por qué su mujer le pudo haber pedido a Julio que la fuera a buscar?
— No lo sé, ella tenía su auto.
— ¿Para que le habría pedido a Julio que la viniera a buscar? — insistió Terrada.
— Si ella estuviera viva me lo hubiera dicho — dijo Luna.
— Mire Luna, el asunto es bastante grave y le voy a pedir que trate de ser veraz en lo que
diga. Las dos muertes están muy cerca suyo ¿Se da cuenta lo que trato de decirle?
— ¿Intenta decirme que Carmen se acostaba con Julio y por eso los maté? No me joda
Comisario — Luna trataba de mantenerse equilibrado.
— Dígame señor Luna ¿Dónde estaba la tarde del crimen? — intervino Bustos.
— En Córdoba atendiendo a unos clientes.
— ¿Me puede decir quienes eran? — Bustos sacó la libreta y el bolígrafo.
Luna, seguro, le dio las direcciones y teléfonos de varias personas que lo había visto esa tar-
de en Córdoba.
ESTACIÓN CERO —112—

— Ahora discúlpenme, tengo que hacer cosas — dijo Luna y se levantó —. La muchacha les
va a abrir la puerta.
En la comisaría, Bustos hizo varias llamadas a Córdoba y pudo comprobar la veracidad de lo
que había dicho Luna.
Terrada pensó que la coartada de Luna era válida hasta cierto punto, ya que la distancia en-
tre Córdoba y el pueblo podía recorrerse en auto en no mas de una hora y ninguno de los
que habían hablado con Bustos precisó la hora justa, en general habían dicho: por la tarde
me encontré con Luna.
Después de almorzar, Terrada y Bustos decidieron ir a visitar a Ciriaco para preguntarle so-
bre la mateada con da Silva. Llegaron a la casa y los atendió la nieta de Ciriaco. Después de
los saludos, Terrada empezó con las preguntas.
— ¿Usted conoce bien a Salvador Da Silva?
— Cómo no lo voy a conocer — respondió Ciriaco.
— La tarde que mataron a Carmen y Julio ¿Donde estaba usted?
— ¿Pa’ mí es la pregunta? ¿Soy un asesino ahora?
— Contésteme nomás, después le digo — Terrada le dio a entender que tenía que contes-
tar sin exageraciones.
— Como quiere que me acuerde, no tengo tanta memoria — dijo Ciriaco.
— El otro día, cuando lo autoricé para que pasara por el camino usted llevaba una jaula
vacía en la bicicleta — machacó Terrada.
— ¿Y por eso voy a matar a Julito y a la mujer de Luna? — Ciriaco se puso nervioso.
— Atiéndame Ciriaco, nadie lo está acusando — intervino Bustos.
— ¡Desde que llegaron están meta preguntar!
— Es nuestro trabajo preguntar — dijo Terrada de mal talante — y si no me contesta lo
mando preso.
— ¿Preso? Una sola vez me metieron en e la comisaría porque Sandoval creyó que yo le
había robado un pájaro.
— Ciriaco, el Comisario necesita que le diga lo que hizo esa tarde — Bustos intentó tranqui-
lizar al viejo.
— No me acuerdo bien, me falla la cabeza, capaz que fui a cazar pájaros o a hablar con al-
guien, o me fui al pueblo, que se yo.
Ciriaco puso un jarrito de aluminio sobre la hornalla y se quedó esperando que hirviera la leche.
Bustos y Terrada saludaron al viejo y se fueron.
ESTACIÓN CERO —113—

— Vamos a visitar a Da Silva — dijo Terrada subiendo a la camioneta.


— ¿Sabés donde vive? — preguntó Bustos.
— En el campo de Luna, por el lado del maizal de López — dijo Terrada.
El camino que llegaba al rancho era una huella de tierra convertida en un guadal a causa de la
lluvia. Llegaron al rancho que estaba construido bajo un grupo de árboles. El silencio era abso-
luto. Terrada sacó el arma de la sobaquera. Bustos lo siguió. Terrada abrió la puerta. Detrás de
la mesa ordinaria, en la pared del fondo, había dos machetes amarrados a ganchos que colga-
ban de una soga.
— No me equivoqué. Vamos a mandar los machetes a Córdoba para que los analicen. Aho-
ra si que estamos en camino — dijo Terrada — Vamos a hablar con el Juez para que
haga la orden de detención.
Terrada llamó por la radio a la comisaría y ordenó que un agente se apostara en la entrada y
que si llegaba Da Silva fuera detenido.

A la mañana siguiente desayunaban en el hotel cuando llegó Ciriaco.


— Buen día, siéntese — lo invitó Terrada.
Bustos lo saludó levantando la mano. Ciriaco se sentó.
— Me acuerdo de algo — dijo Ciriaco arreglándose la boina.
— ¿Qué es? — preguntó Terrada.
— Que Carmen era una linda mujer.
— ¿Y?
Bustos miró la cara arrugada y la mueca de pesar que tenía Ciriaco.
— La tarde del maizal yo estuve tomando mate con Da Silva, después él se fue pal campo y
yo pa’ mi casa.
— ¿Está seguro ahora o se va a olvidar de nuevo? — dijo Terrada.
— Estoy seguro. Me lo dijo mi nieta, yo le cuento a mi nieta las cosas y me dijo: abuelo us-
ted había ido a tomar mate con el Salvador…
— ¿Cuando le dijo eso?
— Ayer, ella estaba escuchando atrás de la puerta y me ricordó eso cuando usté se fue.
— Bueno está bien, entonces Da Silva tenía razón, tomaron mate esa tarde.
— Así fue nomás.
A Terrada le pareció que el viejo había venido a verlo por otra cosa.
ESTACIÓN CERO —114—

— ¿Su nieta le hizo acordar de algo más?


— Es muy inteligente la chinita, vea, una vez que íbamos los dos por el maizal vimos a
Carmen y a Salvador hablando debajo de un algarrobo.
— ¿Se acordó ella de eso?
— Se acordó solita y yo ni cuenta que me había dado.
— Usted sabe que anoche quería hablar con Da Silva y no lo encontré — dijo Terrada.
— A veces va al quilombo de San José.
— ¿Estará ahora en el rancho?
— Si fue al quilombo es casi seguro que ha de volver a mediodía.
Terrada y Bustos se despidieron de Ciriaco. Estaba fresco y el cielo se mantenía plomizo. Cruza-
ron la plaza y encararon para la comisaría.
— Hace que traigan a Da Silva — le dijo Terrada a Sandoval.
— ¿Te hicieron la orden?
— No, todavía no la pedí, pero me parece que esta vez no sale de la comisaría.
Media hora después Da Silva llegó acompañado por Sandoval.
— Quedate Sandoval — dijo Terrada.
Da Silva se sentó. Tenía la cabeza gacha. Bustos se sentó al lado.
— Decime donde estuviste la tarde que mataron a Carmen y a Julio — preguntó Terrada.
— Ya le dije la otra vez.
— Decímelo de vuelta — Terrada hablaba con dureza.
— Con Ciriaco, tomando mate.
— Ahora decime donde fuiste después de tomar mate.
— Me quedé en el campo limpiando yuyos.
— Sandoval, por favor, mandá a traer a Ciriaco.
Sandoval salió de la oficina. Bustos salió detrás de él, un agente le había hecho una seña para
que saliera de la oficina.
— ¡Ahora me vas a decir porque mataste a Carmen y a Julio! — Terrada se puso de pie.
— Yo no maté a nadie.
— No te hagás el zonzo. Tengo el machete que usaste. Vos los mataste, ahora decime por-
qué.
— No maté a nadie.
— Es más fácil para vos que me digas la verdad.
ESTACIÓN CERO —115—

— No tengo nada que decir aña membuí.


— ¡Hablá en castellano carajo!
— ¿Podés salir? Tengo algo que comentarte — dijo Bustos entrando a la oficina.
Un agente se quedó cuidando a Da Silva mientras Bustos y Terrada salieron de la comisaría.
— El Juez anuló la diligencia de los machetes por una cuestión de forma — dijo Bustos.
— ¿Qué mierda?
— No teníamos la orden de allanamiento.
— ¡Y la reputa madre que lo parió al Juez! ¡Tenemos al asesino sentado en la oficina y no lo
podemos meter preso!
— Tengo el fax que me mandaron de Córdoba donde además me dicen, extraoficialmente,
que los machetes no tienen nada, lo que si dicen es el tipo de tela que estaba con el
botón.
— ¿Qué tipo de tela es?
— Lanilla, suponen que de un pantalón viejo por el estado de desgaste que tenía, el botón
es también muy común.
— Debe haber millones de pantalones en ese estado — Terrada miró hacia adentro de la
comisaría —. Decile al agente que meta a Da Silva en el calabozo y que cuando llegue Ci-
riaco nos avise. Vamos a tomar algo al boliche.
Terrada estaba casi convencido que había sido Da Silva el asesino, pero le faltaban pruebas con-
tundentes y los motivos del doble crimen.
El agente fue a buscar a Terrada y Bustos al boliche. Cuando entraron a la comisaría Ciriaco es-
taba sentado en la sala de espera.
— Venga Ciriaco — dijo Terrada invitándolo a pasar a la oficina.
— ¿Estoy preso? — preguntó temeroso Ciriaco.
— No, no está preso — dijo Bustos acompañando al viejo.
Terrada se acomodó en la silla y cuando levantó la vista vio la jaula con el pájaro que estaba
colgada frente a él.
— ¿Quién trajo la jaula? — preguntó Terrada.
— Debe haber sido Sandoval — dijo Bustos.
— Preguntále para que la puso ahí.
Bustos fue a hablar con Sandoval. Ciriaco miró la jaula.
ESTACIÓN CERO —116—

— ¡Linda Reina Mora! — dijo con admiración y después se sentó de espaldas a la pared
donde estaba colgada la jaula.
— Tengo entendido que son bastante salvajes — acotó Terrada.
— ¿Salvajes? Son como los baguales y es raro que vivan mucho tiempo adentro de una jau-
la.
— No me diga — Terrada había agarrado una carpeta con informes y empezó a leer.
— Vio que usté puede hacer que un loro hable o haga morisquetas, gueno, a una Reina
Mora ni que la degüelle consigue algo parecido.
— Mire usted.
— Pero mire, yo conozco un hombre que puede domar a una Reina Mora…
— Ajá — Terrada levantó la vista.
Bustos entró a la oficina.
— …si usté lo hubiera visto… es de no creer, vea… — seguí diciendo Ciriaco.
— Dice Sandoval que puso la jaula acá para que el pájaro estuviera más cerca de la claridad
— interrumpió Bustos y preguntó a Ciriaco— ¿Que es lo de no creer?
— Le contaba al comisario que yo vi domar una Reina Mora — dijo Ciriaco.
— ¿Domar? ¿Y como es eso? — insistió Bustos.
— Dejen eso para mas tarde — intervino Terrada y cerró la carpeta — Ciriaco, quiero que
hable con Da Silva delante mío.
— ¿Y pa’ qué? — preguntó Ciriaco con recelo.
— Porque Da Silva dice que la tarde que mataron a Carmen y a Julio usted estaba tomando
mate con él.
— Eso es verdá ¿Pa’ qué se lo tengo que decir delante suyo?
— Si lo que usted dice es verdad y lo que diga Da Silva es verdad, y si los dos estuvieron
tomando mate esa tarde, entonces vamos a aclarar quién entró al maizal.
— La verdá que no entiendo, pero usté es la autoridá y gueno, dele nomá — dijo Ciriaco no
muy convencido.
— Bustos, traé a Da Silva — ordenó Terrada al instante.
Delante de Bustos entró Da Silva. La presencia de Ciriaco en la oficina le causó una sorpresa que
no pudo disimular.
— ¿Qué hace el viejo acá? — preguntó.
— ¡A vos eso no te importa! — dijo seco Terrada —. Sentáte.
ESTACIÓN CERO —117—

Da Silva se sentó al lado de Ciriaco. Bustos se quedó de pie detrás de los dos con los brazos cru-
zados.
— ¿Decime a que hora tomaste mate con Ciriaco?
— No se la hora, no tengo reloj — respondió Da Silva.
— ¿Usted, se acuerda la hora? — preguntó Terrada a Ciriaco.
— Y no, la hora no, pero era como pa’ la siesta.
— ¿Después de tomar mate que hicieron? Usted primero — Terrada señaló a Ciriaco.
— Yo me fui como pa’ las casas — dijo Ciriaco.
— ¿Y vos? — Terrada miró a Da Silva.
— Me quedé en el rancho.
Ciriaco miró a Da Silva con un gesto de desconcierto.
— ¿Pasa algo Ciriaco? — preguntó Terrada
— No sé, me debe estar fallando la cabeza otra vez.
— ¿Hay algo no entienda?
— Me parece que no me acordaba…
— ¿De que no se acordaba?
— De que se hubiera quedado en el rancho…
— ¿Qué decís tujá ytí? — Da Silva terminó la pregunta en guaraní.
— ¡Hablá para que se te entienda! — Terrada reprendió a Da Silva y luego se dirigió a Ciria-
co —. Entonces según usted ¿Da Silva no se quedó en el rancho después de tomar ma-
te? — le preguntó.
— Creo que salimos pal campo, los dos íbamos en la bicicleta como pá cazar pájaros.
— ¿Y llevaban alguna jaula? — preguntó Bustos.
— Y si íbamos a cazar pájaros tuvimos que haber llevado las jaulas.
Terrada miró la jaula con la Reina Mora.
— Poné la jaula en el escritorio — le pidió Terrada a Bustos.
Bustos agarró la jaula y la dejó en el medio del escritorio. Da Silva miró indiferente la maniobra
y Ciriaco le echó un vistazo a la Reina Mora.
— ¿Esa Reina Mora es tuya? — le preguntó Terrada a Da Silva.
— A mis pájaros los guardo en el rancho — Da Silva mantenía la vista a la altura de los ojos
de Terrada.
La Reina Mora daba saltitos. Ciriaco sonrió.
ESTACIÓN CERO —118—

— ¡Esa Reina Mora no es la mía! — insistió Da Silva negando con la cabeza.


— ¡Mirala bien! — exigió Terrada.
Da Silva apretó los dientes y miró la jaula. De pronto la Reina Mora dio un par de saltitos y mo-
vió las alas como si fuera un pollo.
— ¡Es la tuya! — dijo Ciriaco sonriendo con espontaneidad.
— ¿Así que es tuya? — preguntó Terrada.
— ¡No es mi jaula! —dijo confuso Da Silva.
Perturbado con lo que ocurría Ciriaco abrió la boca, tragó saliva y con ingenuidad le dijo a Da
Silva:
— Te acordás que una guelta me ibas a enseñar a domar a mi Reina Mora, la azulcita…
— iQue te va a acordar vos de algo si ni sabés como te llamás! — le respondió Da Silva con
dureza.
Ciriaco se encogió en la silla asustado por la reacción del amigo.
— Puede irse Ciriaco, si lo necesito lo vuelvo a llamar — dijo Terrada.
— Ta gueno — Ciriaco se levantó despacio sin mirar a Da Silva y salió de la oficina.
— ¿Por qué mataste a Carmen y a Julio? — preguntó con serenidad Terrada.
Da Silva agachó la cabeza. Cuando levantó la vista tenía los ojos llorosos.
— ¡Déjate de joder! — Terrada cambió el tono, habló fuerte — Tengo tu machete con la
sangre de Carmen y Julio, tenemos un pedazo de tu pantalón, el que se te rompió cuan-
do saliste del maizal, hay huellas de tu bicicleta por todos lados y tu propia Reina Mora
te reconoció… — se detuvo como si se hubiera acordado de algo — ¡Mostrame las pal-
mas de las manos! — le ordenó.
Da Silva no entendió la orden y se quedó quieto.
— El comisario te dijo que des vueltas las manos para arriba — le dijo Bustos.
Da Silva obedeció.
— ¡Y ésa es la lastimadura que te hiciste en el alambrado del maizal! — dijo Terrada se-
ñalándole una herida en la palma derecha.
Da Silva retiró las manos para apoyarlas en las piernas. Levantó la vista hacia Terrada y le pre-
guntó:
— ¿Vos tenés el pañuelo?
— Si ¿Para que lo querés? — respondió irritado Terrada.
— A ella le gustó… — Da Silva se había quebrado — Dámelo chamigo.
ESTACIÓN CERO —119—

Bustos fue a buscar el pañuelo. Cuando regresó Da Silva estaba encogido de hombros con los
brazos tomándose el pecho.
— Tomá — le dijo Bustos extendiendo la mano.
— ¡Es mío! —Da Silva le arrebató el pañuelo.
Terrada extendió los brazos en el escritorio y se recostó en el sillón. Se sentía cansado.
— El kunumí era mío y ella me engañó con Julio — dijo Da Silva angustiado.
— Vamos a hacer el acta de confesión — ordenó Terrada a Bustos resoplando.
La Reina Mora seguía dando saltitos en la jaula.
ESTACIÓN CERO —120—

Burbujas
Gerardo Rean

En la cocina hervía el agua. Ana arrugó la frente y fue a preparar el café. Jorge abrió la puerta y
dejó la campera en una silla.
Ana levantó la campera de la silla y la llevó al placard del dormitorio, regresó al living. Se senta-
ron los dos en el sillón.
Ya eran las nueve de la noche, el partido de fútbol iba a comenzar. Jorge agregó sacarina al café
y revolvió con resignación. Con Ana había quedado en tomar un café como se los había reco-
mendado la psicóloga.
Ana le dijo:
— Hoy me acordé del viaje a Córdoba, hace rato que no vamos.
— Tenés razón, hace tanto tiempo.
Ana trajo el álbum de fotos y mientras las miraban creyeron estar a cielo abierto, en la orilla del
lago. La brisa despeinaba y tapaba la cara de Ana que sensual se alisaba el pelo, sonriéndole a
Jorge.
— Podríamos ir unos días a las sierras — dijo Ana.
Esa misma semana hicieron los preparativos para el viaje.
Llegaron al lago y discutieron, Ana insistió y estacionaron el coche en la pendiente, casi en la
orilla, donde ella quería. Bajaron las reposeras y se sentaron. Ana se puso a pintar las uñas de
los pies, Jorge a leer el diario con bronca, porque el viento doblaba las hojas y no podía leer.
Una hormiga, le dejó una roncha en el pie. Ana, con varios kilos de más, casi se cae de la repo-
sera. El pelo movido por el viento, a cada rato le tapaba la cara. Además tenía frío. Con fastidio
le dijo:
— Voy al coche — parecía hablarle al diario
Jorge de reojo, la vio subir. Ana cerró la puerta trasera bruscamente y el coche con el peso se
balanceó. Falló el freno de mano, avanzó unos centímetros y después unos metros y cayó al
agua. El coche se deslizó unos segundos, empinó el capot y se hundió, formando círculos a su
alrededor. Ana no sabía nadar. Jorge se sacó las zapatillas y el jean. Se zambulló en el agua
helada y nadó hasta las burbujas. Buceó y abrió los ojos debajo del agua. Vio una mancha bo-
rrosa a unos metros, unas brazadas y pudo reconocer el techo del coche. Tocó con las manos la
puerta, se acercó a la ventana. Ana desesperada hacía gestos. Ambos se miraron a los ojos co-
mo nunca. Jorge giró la cabeza hacia ambos lados, largó todo el aire de sus pulmones y con una
ESTACIÓN CERO —121—

patada en el techo se dio un envión y se alejó del coche. Las burbujas y Jorge subieron a la su-
perficie, cuando asomó la cabeza fuera del agua respiró aliviado.
ESTACIÓN CERO —122—

Lo que Dios une


Norma Troiano

Susana miraba a su marido. Ernesto, inmóvil y acostado, tenía la cara inexpresiva, como casi
siempre; las manos cruzadas sobre el pecho, ese estar y no estar que había sido su estilo. Ella
no pudo parar los recuerdos. A pesar del esfuerzo por seguir mirándolo, el perfume, tan pre-
sente, de las coronas de flores y los fogonazos de la memoria, la distraían. Del pasado volvió la
voz potente de él, su risa bronca mientras palmeaba la espalda de su amigo Pedro.
A las mujeres hay que arrinconarlas contra la pared y no preguntar — había dicho Ernesto,
mientras reía. Pedro, sin hablar, sin aceptar, el corazón puesto en la morena baja de ojos dul-
ces y pechos grandes, escuchaba manteniendo la cabeza gacha.
Susana aprendió después, con dolor, que esconder los ojos es una buena manera de ocultar los
sentimientos. Cerca escuchó sollozos, aún así, las imágenes seguían sucediéndose como esce-
nas de una película sin montar todavía. La voz y las frases del marido se disparaban desde el
recuerdo, ajenas a la secuencia de los hechos: “Tarada. Te preocupás por estupideces. Qué tan-
ta vuelta con giles que no mueven nada. No sabés hacerte respetar.; Ocupáte de pagar las
cuentas.; Llevá el coche al taller.; “Cuidás demasiado a los chicos, los anteponés a mí.; “La plata
la manejo yo, vos no tenés idea de nada.”
Hasta los silencios a la hora de la cena resonaban en su memoria. El televisor prendido, los chi-
cos sin mirar un programa que nunca elegían, el ruido de los cubiertos o los vasos y, en los es-
pacios de propaganda, las órdenes o los discursos.
— ¡Inútil! A tu edad yo armaba solo una bicicleta, vos podés arreglar la tuya por lo menos. Pare-
ce mentira que seas hijo mío
— ¡No grités papá!
— No estoy gritando. Yo hablo fuerte.
Susana apretó los dientes y canceló la trampa de la memoria. Volvió a fijar la mirada en la cara
inexpresiva, ahora lívida. Su amiga Lucía se acercó y le dio un beso que ella no pudo devolver.
— Vení a tomar una taza de café con nosotras.
La obligó casi, a acompañarla hacia la otra habitación, pasando entre personas que no quería
ver. Se dejó abrazar, sin embargo y el café caliente le hizo bien. No podía hablar todavía, ape-
nas le salió una sonrisa de agradecimiento y apretó fuerte la mano de la amiga. De nuevo, las
imágenes y los sonidos.
ESTACIÓN CERO —123—

La piedra de sesenta kilos, inmensa, destinada a fraccionarse para bordear veredas, puesta así,
en un solo bloque, a la salida del garaje. Monolito marcando sobre el pavimento los límites del
vecino.
— Para que no joda. De acá para allá que haga lo que quiera.

La mano de él había dejado una marca roja en la mejilla infantil, que se borró al día siguiente.
Jamás desapareció del corazón de la hija. Susana la buscó ahora con la mirada, mientras se de-
jaba atender por Lucía. No estaba a la vista, pero la recordó diez años antes, acostada sobre dos
sillas, al lado del padre.
— ¿Qué le pasa a la nena?
— No sé —la vista fija en el televisor—, debe estar cansada. Fijate a la hora que llegás vos.
— Vengo del trabajo, no de pasear en bote.
— Sos una boluda.
Susana le tocó la frente a la hija. Volaba. Cuarenta grados marcaba el termómetro.

Y las noches de amor, todas calcadas. El silencio, los besos que seguían un diagrama ajeno, un
ritual del que ella era objeto. El trámite rápido. El Date vuelta que tenía al menos, la ventaja de
no verle la cara. Recordó que por diez años no le dijo te quiero y él ni se dio cuenta.

Lucía le estaba pasando el brazo por los hombros.


— No te pongas mal, te quiero mucho. Te queremos mucho y te vamos a ayudar.
Susana la miró. La miró de frente pero no la vio.
Veía el living familiar y a Ernesto con su ataque de asma, gesticulando por el atomizador, ella se
lo fue a buscar, como otras veces. Con el remedio en la mano se dijo: Basta. Que acabe este
infierno y se quedó largo tiempo sentada en la cama matrimonial, inmóvil. Cuando volvió al
living seguían solos. Los chicos no habían vuelto todavía.
Fue la primera vez que trató de mirar la cara de él sin pensar en otra cosa. Su cara inexpresiva,
como casi siempre, como ahora.
Por fin, estalló en un llanto visceral. Sólo ella sabía que viviría el resto de sus días con un secreto
pero también con libertad.
En una hora partirían todos hacia el cementerio.
ESTACIÓN CERO —124—

La telaraña
Alcira Saldaña

Ella le mostró la rendija por donde entrar. Llovía.


— Vamos — le dijo al compañero.
Él, cauteloso se había detenido a un costado. Era la primera vez que a pesar de sus años y de su
vasta experiencia, aceptaba esta clase de encuentros. Nunca le habían gustado las presentacio-
nes y cada vez que había estado por suceder alguna, ya sea por ser galante con amores nuevos
o prudente en situaciones estratégicas, había escapado justo a tiempo a despecho de perder
todo lo que con su habilidad había logrado. En realidad a esta altura de la vida había perdido
todo. Todo, hasta que la encontró a ella. Ella lo había acompañado a recorrer el mundo y a dis-
frutar de las pequeñas cosas. Esta vez tenía que atreverse a entrar. Ella le resultaba tan inocen-
te como una virgen y tan maravillada con cada cosa, como una niña que despertara a la vida.
Eso le daba fuerzas para vivir. Esta vez tenía que entrar.
— Vamos — le repitió ella.
Entraron. Juntos se quedaron mirando desde adentro como la lluvia se hacía cada vez más den-
sa.
— Gracias por venir — le murmuró ella — Se que para vos hacer esto es excepcional, pero
mi familia está esperando conocerte.
En el centro, la tela estaba servida con todos los comensales alrededor. Él se acercó sin titubeos
y ella le fue presentando uno por uno. Comieron y a pesar de que él se sintió examinado y juz-
gado cada vez que se llevaba una porción a la boca o decía algo, la cena le resultó agradable,
llena de sonrisas y cordialidad.
— Ves, no es tan difícil — le dijo ella cuando todo había terminado y salían por la rendija.
La lluvia había pasado.
Volvieron varias noches. Y siempre él sintió la misma cordialidad y los mismos agasajos.
— Me siento como de la familia — dijo finalmente una noche.
Después de comer no se pudo ir. Había quedado prendido a la telaraña. Ella lo miró con tristeza
y abatida se les quejó a los otros. Después de un rato se fue. Él quedó allí.
Una noche lluviosa la vio entrar a ella por la rendija, traía un nuevo huésped.
— Mi familia está esperando conocerte — le oyó decir.
Escrutó al nuevo huésped como habían hecho con él los otros y con los demás le mostró cordia-
lidad. Ella lo miró con tristeza. Esta vez había sido él el devorado.
ESTACIÓN CERO —125—

El casamiento
Lena Berardone

Esa tarde vuelve a mi memoria cada vez con mayor frecuencia, más aún con el pasar de los
años. Estaba preparándome para ir al cumpleaños de mi hermana, cuando me llamó.
— Evaristo venga a mi escritorio quiero hablar con usted en privado.
Él me infundía temor. Me sequé la cara para que no quedara una gota de sudor, limpié las bo-
tas y me paré frente a él.
— Si señor Ordóñez, que quería decirme — nunca pude llamarlo patrón, como le decían los de-
más.
— Evaristo usted sabe que favor con favor se paga ¿No es así?
— Si señor, así es.
— Bien. Yo los ayude a usted y a su familia impidiendo que pusieran presa a su hermana. Hoy,
necesito que usted me ayude con la mía.
— Como no señor, lo que mande.
Todo lo que me había pedido, siempre lo cumplí, por respeto y como bien él decía por obliga-
ción.
— Hay un tema que me tenía preocupado, pero ya le encontré solución. Mi hermana tiene que
casarse.
— Ah…y ¿En qué puedo ayudarlo yo?
No me gustaba como me miraba. Dio unos pasos hasta el mueble que estaba debajo de la ven-
tana. Abrió una caja de donde sacó los cigarros que había traído de la Capital. Después de
echar el humo me dijo:
— Puede ayudar y mucho. Usted es el que va a casarse con Rosario.
Un rebencazo en la cabeza no me habría lastimado tanto como lo que el señor Ordóñez me
estaba diciendo.
— Yo ¿Con su hermana? Es muy jovencita señor y además no nos tratamos.
— No es tan joven Evaristo. Será un matrimonio solo en apariencia. Entre ustedes no habrá na-
da, jamás habrá nada — y me miró remarcando el peso de sus palabras.
— Entonces no entiendo señor.
— Lo he pensado mucho y me parece lo mejor. De esta manera estoy seguro de que ningún
tilingo de los que andan por ahí se adueñe de ella — se alisó el bigote — y tengo la certeza de
que usted sabrá respetar mis órdenes. No olvide que su vida y la de su familia dependen de mí.
ESTACIÓN CERO —126—

— Disculpe el atrevimiento, pero ¿Si pensamos en otra solución? Yo puedo cuidarla, estar aten-
to a las personas que se le acerquen. Hasta puedo convencerlos de que se vayan del pueblo —
me costaba mantener firme la voz —. Lo que me está pidiendo es mucho para mí.
— Le di mil vueltas en mi cabeza y le repito que es la única solución y espero no tener que des-
pedirlo y menos aún delatar a su hermana ¿Ha entendido, Evaristo? — había apoyado las ma-
nos en el escritorio y me miraba con dureza — Puede tener sus asuntos con otras mujeres, pero
con mucho cuidado.
Sentí que el pañuelo en el cuello me estaba apretando, lo aflojé con la mano.
— El casamiento será dentro de un mes — siguió dando más y más instrucciones sin importarle
absolutamente nada.
— Señor Ordóñez ¿La señorita Rosario qué opina?
— Está de acuerdo — dicho lo cual se fué a la puerta y me ordenó seguir en mis tareas, como si
lo que acababa de decir fuera cosa de todos los días.

Los preparativos para el casamiento fueron rápidos y grande la sorpresa en el pueblo. Yo no


ignoraba que los hermanos Ordóñez no eran muy queridos. Era habitual que se tejieran histo-
rias, a veces instaladas por puro aburrimiento. Ahora sería el cuñado de Ordóñez y no podía ni
tenía valor para negarme a cumplir lo pactado.
En la fiesta, los invitados nos miraban con suspicacia presumiendo la gran noche que se aveci-
naba y yo debía fingir. Las frases con doble sentido salían rápidas de las bocas de mis pocos
amigos entonados por la bebida.
Los invitados se fueron. En la casa, Ordoñez me agarró del codo y me llevó hasta la puerta que
estaba al lado de la pieza de Rosario. La abrió y me ordenó que entrara. Una cama, una mesita
de luz y una cómoda era todo lo que había:
—Usted dormirá siempre acá Evaristo— me dijo y salió con paso firme.
Esa noche, la señorita Rosario dió gritos de placer, pero no en mis brazos, sino en los de Ordó-
ñez. En la pieza de al lado, pasé la noche en vela.
ESTACIÓN CERO —127—

Nova3
Gerardo Rean

Año 5001, la nave se desplaza casi a la velocidad de la luz.


Aturdido el hombre abre los ojos, al despertar no reconoce sus piernas. Sus músculos apenas
responden a las órdenes que intenta darles su cerebro. Pasa una mano sobre el tatuaje en su
brazo: una rosa negra.
Ha estado inmóvil durante siglos. Despertó para asegurarse de que la nave siguiera el rumbo de
regreso a Nova3. Luego continuará hibernando.
El tablero no presenta señales de cambios o desvíos; por unas horas, tratará de olvidar esa si-
lenciosa paz que le rodea. Se descubre pensando una paradoja, es curioso que quiera descansar
de años de inmovilidad. Añora los campos dorados de Nova3, aún a varios siglos luz.
Teclea en la Megawrite y presiona el icono de Cervantes 7.0, el mejor programa de literatura
activa. No escribirá obras maestras pero al menos le permitirá recordar su mundo e imaginar un
futuro.
El hombre empieza a crear la historia. La pantalla de plasma se ilumina.
Carga los parámetros del cuento.
En narrativa selecciona: cuento corto.
En género: Ciencia Ficción.
Elige en autores: Clásicos Siglo Veinte. Siempre le interesó el siglo oscuro de la Tierra, cuando se
iniciaban los viajes por el espacio. Se despliega una lista de autores con nombres desconocidos
para él. Al azar elige: Isaac Asimov 10%, Ray Bradbury 60% y Jorge Luis Borges 30%.
En seudo lenguaje literal, define los personajes principales y secundarios: Un hombre, un viejo y
un robot.
En trama: sueño, vida y muerte.
Lugar: Nova3.
Tiempo: año 5001
Estación: verano
Hora: tarde y noche
El final aleatorio.
Tiene sed, marca whisky con hielo en el tablero auxiliar.
Esta preparado para ver la historia. La pantalla de plasma es aceptable pero prefiere el holo-
grama en el centro de la nave.
ESTACIÓN CERO —128—

Se acomoda en la butaca y apaga las luces. Le gusta entrechocar los cubitos de hielo girando el
vaso, bebe unos sorbos de whisky.
Inicia la proyección, las imágenes inundan la sala:
Son las últimas horas de la tarde, en el cenit, las lunas iluminan el desierto.
Todo es silencio. Las ciudades están ocultas, enterradas en la arena.
Un hombre avanza hasta llegar a la colina. No muy lejos ve una casa, sabedor de su destino
camina resuelto. Llega a la puerta de la casa. Es de noche. Transpone la puerta e ingresa a un
mundo de cielo azul poblado de nubes y viento. Un robot le señala al viejo, sentado en una
mecedora leyendo un libro. El viejo tiene el brazo tatuado con una rosa negra. Al ver al
hombre se sorprende y deja caer el libro. El hombre lo levanta y empieza a leer su historia.
O todo es un sueño del viejo y el fin está del otro lado, en el desierto, detrás de la colina.

La nave continúa su viaje a Nova3.


ESTACIÓN CERO —129—

Amor por amor


Edelmira Gallino

— Nada podría estar peor si no fuera porque todavía seguimos juntos — Carola tomó des-
pacio un trago del jugo de naranja que el mozo acababa de servirle.
— Por qué se lo contaste — preguntó la amiga con curiosidad.
— Para blanquear la situación entre nosotros. Él me habló de la chirusa que se volteaba a
diario, en mis propias narices y yo terminé por contarle lo de Manuel.
— Hacía falta que se lo contaras — insistió la amiga con un dejo de reproche.
— Por supuesto que hacía falta. Si me dan escalofríos de pensar que la loquita esa se pa-
seaba frente a mi casa revoleando las curvas como una centrifugadora. Tiene las ideas
más cortas que la minifalda — Carola le hacía varios pliegues a una servilleta de papel —
. Ojalá se caiga alguna vez de esos zancos monumentales que usa.
— Carola, no seas tan guacha.
— Claro, guacha yo mientras la otra despierta a todo el vecindario con sus tacos siempre
que sale de cacería a la hora de la siesta. Te juro que si me la tropiezo le arranco las pes-
tañas de un tirón. A ver con qué va a enlazar después a los viejos babosos como mi ma-
rido.
— Y cómo reaccionó tu marido cuando le hablaste de Manuel — quiso saber la amiga.
— No vas a comparar. Lo de Manuel es diferente. Fue flechazo total. Nos enamoramos de
verdad aunque nos durara poco. Fue un amor intenso, algo tan espiritual, tan mágico.
Te diría que fue casi místico.
— Digamos de paso que tu matrimonio no andaba muy bien.
— Nada que ver. Nosotros teníamos los problemas normales de cualquier pareja hasta que
a él se le cruzó esa basura. Cuando yo empecé a sospechar, él me lo negó todo. Imaginá-
te. Aparece de sorpresa este ángel que me cambia la vida, que me hace sentir atractiva,
revalorizada.
— Nunca antes le habías puesto cuernos a tu marido — preguntó la amiga con cara de in-
credulidad.
— No, jamás — Carola se pintaba los labios mientras relojeaba por el espejito a un hombre
sentado cerca de la ventana.
— La verdad, me cuesta creerte.
ESTACIÓN CERO —130—

— Tendría que acordarme — siguió Carola, con una sonrisa inocente —. Y te aseguro que
él no puede decir lo mismo.
— Pero querida, vos...
— Pero querida, nada — la interrumpió Carola —. Lo que pasa es que lo de la atorranta esa
fue tan alevoso que él no pudo ocultarlo. Si no, yo no habría precisado hablarle de Ma-
nuel.
— Qué vas a hacer ahora — preguntó la amiga.
— Querés que te diga. Para mí está bien así. Ahora quedamos a mano. Y más le vale a mi
marido pensarlo bien antes de reincidir. Siempre puedo encontrar otro Manuel.
ESTACIÓN CERO —131—

El remate
Alcira Saldaña

— Acompáñeme a la licitación. El que debe decidir este caso es usted — me dijo el Direc-
tor.
— No se de medicina más que ...
— Usted es el administrador.
El Director de la Clínica era un tipo de pocas palabras. Tampoco era buen conocedor de las co-
sas que yo tenía que vencer a diario para velar por sus intereses. Subimos a su BMW.
— No lo he visto en la última semana — me dijo con frialdad.
Un paciente había muerto en la Clínica de una intoxicación en la cual yo había tenido algo que
ver. Sabía que el tema sería la comidilla de todo el personal y me ausenté la última semana. No
hablamos más hasta llegar a destino, el salón del piso once de un edificio vidriado.
— ¿Trajo la calculadora? — me dijo antes de entrar.
— Siempre la llevo conmigo — contesté triunfante.
Entramos al salón. Nos entregaron unas carpetas negras.
Por los ventanales se veían las grúas del puerto. Los Directores de las Clínicas más importantes
de la ciudad iban y venían buscando ubicación en las butacas. Al frente, en una tarima había un
escritorio, un micrófono y dos sillas. A un costado un sillón de ruedas vacío.
Nos sentamos. Cuando se escuchó el sonido de una campanilla, dos hombres subieron a la ta-
rima, se sentaron y pidieron silencio.
— Señores, vamos dar comienzo. La situación requiere tomar decisiones con urgencia —
dijo el que estaba frente al micrófono.
El otro le dijo unas palabras al oído. El hombre prosiguió.
— Aquí el colega, me informa que en instantes llegará “el propósito”. Demos nomás co-
mienzo. Bueno... el caso está descrito con lujo de detalles, en las carpetas negras que le
hemos enviado por correo hace dos semanas. Supongo que habrán tenido tiempo de es-
tudiarlas.
— ¡Si las carpetas nos las dieron hace diez minutos! — dijo uno desde el fondo.
— ¡Ah! Lo ignoraba — siguió el del micrófono — Bueno de todos modos no es mucho lo
que hace falta saber — y acercándose al otro le preguntó en voz baja aunque se oyó por
el micrófono — ¿Y el caso?
— No se como aún no llegó — se oyó decir al otro.
ESTACIÓN CERO —132—

— ¡Qué mala organización! —dijo el que estaba sentado a mi espalda.


— Les comentaré los datos sobresalientes — continuó el del micrófono abriendo una car-
peta — Aquí está... si: sexo masculino, setenta años, raza blanca, aparato cardiovascular
sin particularidades, aparato respiratorio sin particularidades o sea... s/p — dijo levan-
tando la vista.
Los presentes hicieron un gesto de aprobación.
— Continúo: Resto de los aparatos s/p, antecedentes personales ninguno de relevancia.
¿Alguna duda o pregunta? — volvió a levantar la vista y al no ver ningún gesto en la
concurrencia, siguió — Luego de los exhaustivos estudios que se le efectuaron, se llegó
a la conclusión de la necesidad de hacerle un trasplante.
Dos muchachas de uniforme entraron al salón trayendo de los brazos a un viejo atemorizado y
lo sentaron en el sillón de ruedas. El disertante continuó.
— Perdonen la interrupción. Decíamos que se concluyó que el tratamiento adecuado para
este caso es ¡El trasplante! Teniendo en cuenta los valores históricos, partimos de una
base de cincuenta mil pesos. Solicitamos a los distinguidos profesionales, que ajusten
los presupuestos de sus ofertas para llevar a cabo el trasplante, atendiendo a la situa-
ción que hoy, 2002, está pasando el país. Comenzamos — dijo, dando un golpe en la
mesa con el martillo.
Se puso de pie un hombre de bigotes gruesos en la primera fila.
— Nuestro reconocido Centro — dijo — cuenta con profesionales formados en el Center
Hospital. Contamos con flujo laminar y crío preservación. Nuestra oferta es treinta mil
dólares — y por lo bajo agregó a los que estaban cerca — Nosotros cotizamos en dóla-
res.
Hablaba moviendo a penas los labios para sostener la pipa apagada que tenía en la boca y que
se ajustaba perfectamente a la forma de su labio inferior.
— El dólar cerró a... — dijo el de la tarima revisando papeles — a… a… a 1.9 o sea que — y
buscó su calculadora.
Me apuré a hacer la cuenta en la calculadora.
— ¡Cincuenta y siete mil pesos! — grité.
El Director me miró complacido. Hubo un murmullo general de admiración.
— No cierra, la cuenta no cierra ¡Señores! ¿Quién puede hacer el trasplante por menos? A
ver por allí ¡Vamos, vean este pobre anciano! ¡Vamos! — dijo el de la tarima señalando
al viejo.
ESTACIÓN CERO —133—

Una señora encorvada se puso de pie y dejó el tejido en la butaca.


— ¡Qué sean cuarenta y nueve mil pesos! — gritó.
— ¡Cuarenta y nueve mil, cuarenta y nueve mil! ¿Quién oferta menos? Piensen que la su-
ma se entrega de inmediato. Al tercer día de comenzada la preparación para el trasplan-
te.
— ¡Cuarenta y ocho mil quinientos! Y somos un Centro de primer nivel, con experiencia e
idoneidad.
— ¡Cuarenta y ocho mil! Pero aceptamos patacones — se oyó otra oferta.
— He aquí una oferta interesante ¡A ver señores, cuarenta y ocho mil a la una, cuarenta y
ocho mil a las dos!....
— ¡Cuarenta y siete mil! Pueden ser patacones o lecop — dijo una voz afónica desde el
fondo.
— ¡Señores! ¿Quién oferta menos? ¡Cuarenta y siete mil a la una, cuarenta y siete mil a las
dos!
— ¡El paciente se está descomponiendo! — gritó alguien de la primera fila.
Miré hacia la silla de ruedas. Efectivamente el viejo estaba pálido, sudoroso y con una mano se
agarraba el pecho.
— ¿Señor? ¡Señor! — le dijo el de la tarima al viejo — Mire que esto es para usted ¡Tenga
un poquito de paciencia! ¡Es por su bien! — viendo que el hombre no se recuperaba,
llamó por el micrófono — ¡Un médico, por favor!
Nadie en el auditorio se movió. Por la puerta aparecieron dos jóvenes de ambo verde llevando
maletines. Se acercaron al viejo. Le tomaron la presión, lo auscultaron y le inyectaron algo en la
vena.
— Va a necesitar un tiempo para recuperarse — dijo uno de los jóvenes de ambo verde.
— ¡Uh! — fue la exclamación general del auditorio.
— Vamos a tener que hacer un receso — informó el de la tarima.
— ¡No! — dijeron varios — Tenemos otros compromisos ¡Esto no es serio!
— ¡Que falta de organización! —volvió a decir el que tenía sentado a mi espalda.
El viejo se compuso pronto y el remate continuó. Me puse a hacer cálculos.
— Continuamos — dijo el de la tarima — Habíamos quedado en cuarenta y siete mil, in-
cluidos patacones y lecop ¿Quién oferta menos para llevar a cabo el trasplante, seño-
res? ¡Vamos!
ESTACIÓN CERO —134—

— ¡Cuarenta y seis mil! y aceptamos los créditos amarillos y los del arbolito — dijo la seño-
ra encorvada e hizo un gesto de ganadora.
— ¡Eh! — me dijo el Director de la Clínica — Esto es jugar sucio ¡Si sigue así va a ofrecer a
cambio un par de bufandas tejidas!
— Director — le comenté — Calculé: los gastos totales sumarían diez mil pesos... pero creo
que este viejo va a morir al cuarto día y no va a llegar a producir gastos mayores a la
cuarta parte de lo acordado. Podríamos ofrecer... treinta mil, aceptando de todo ¿Qué
le parece?
— Mi estimado, haga la propuesta.
Levanté la mano.
— ¡Treinta mil! — grité.
— ¡Treinta mil a la una, treinta mil a las dos! ¿Nadie da menos?... Treinta mil a las tres
¡Vendido!
El doctor y yo recibimos felicitaciones de todo el auditorio. Las muchachas se llevaron rápida-
mente al viejo en la silla de ruedas y volvieron con bandejas de café y tortas galesas.
Al viejo lo llevamos a la Clínica. Se empezó con la preparación para el trasplante. Al tercer día
recibimos la suma acordada. El viejo murió al cuarto día. Los gastos no llegaron a dos mil pesos.
Esta vez, la comidilla del personal fue que yo había tenido algo que ver con eso.
— Usted es un buen administrador — me dijo el Director.
Me felicitó en el despacho y me dio una semana de licencia.
— Para que no tenga que soportar habladurías — me dijo cuando me llevaba a casa en el
BMW.
ESTACIÓN CERO —135—

La calentura de José
Alberto Parra

José miraba el canal 65304 de ciencia ficción en su diván aeróbico. En el techo, cinco monos
culo rojo reposaban prendidos de la araña pollito.
— No está mal este canal — dijo con satisfacción José.
Desde su entrepierna, el piróscafo testicular, donde producía la mitad de las ideas, le susurró:
Es una sarta de pavadas. A José le salió vapor verde por la espalda.
Saturnina que le traía la copa de clavo de olor de las seis de la tarde, vio el vapor verde.
— ¡Que te pasa! ¡Justo cuando te traigo el clavo de olor! — lo regañó.
El piróscafo le susurró a José: A esta mina no me la aguanto.
— Podrías haberme traído otra cosa — rezongó José.
Saturnina, que no tenía ni una antena de tonta, murmuró:
— A este viejo idiota las ideas le salen de los testículos.
José no la escuchó.
En ese instante la Escafandra Ecléctica salió con disimulo del palacete llevándose el Eco de la
Historia.
Mientras Saturnina se iba mascullando, una roca le creció en una de sus cinco tetas. Se la tapó
con la cuarta mano.
— ¡La próxima lipoaspiración me la voy a hacer yo misma! — exclamó.
— ¿Qué estás diciendo? — preguntó José.
— Nada.
— Dejá de refunfuñar y traéme la máscara de oler infortunios ¡Estoy para la merde!
— Está bien, viejo rancio — dijo Saturnina cuando se alejaba hacia la cocina de los Guasos
Inconformes.
José tomó el trago de clavo de olor y no le gustó. Tiró la copa al piso. Enseguida se descolgaron
los cinco monos culo rojo, se acercaron a la copa y olfatearon el líquido.
— ¡Que hacen aquí! ¡Fuera! Si me siguen jorobando, los reviento a patadas.
Los monos lo miraron sorprendidos, nunca José los había tratado así. Empezaron a llorar.
— Si lloran no les dejo la mamadera con ácido muriático ¡Monos de porquería!
Esto fue demasiado para los monos. Lloraron más fuerte. La catarata de ruido envolvió el pala-
cete. José se tapaba los oídos y se agarraba la cabeza.
ESTACIÓN CERO —136—

— ¡Siempre quieren estar en el medio! ¡Piensan que todo tiene que ser para ustedes! —
les gritó.
— ¡Mentira! — protestaron los monos — ¡Ahora queremos el ácido!
— ¡No hay nada para ustedes! ¡Me tienen repodrido!
Cuando José le sacó la lengua al mono más grande, llegó Saturnina. Traía la máscara entre los
dedos de los pies. Los monos se tranquilizaron y se volvieron a colgar de la araña.
— Tomá ¡Ponete la máscara y no molestés más! ¡Dejá tranquilos a los monos!
El piróscafo testicular le dijo a José: ¡Es una arpía!
— ¡Me das antipatía! — insultó José.
Saturnina se largó a reír con la quinta boca.
— Viejo idiota ¡Ni siquiera sos capaz de cantar! — le dijo entre carcajadas.
No es posible que te diga justo eso, dijo el piróscafo.
José quedó estupefacto y empezó a caer. En su caída recorrió tres dimensiones de cinco espa-
cios cada una. Sintió herido el proxis. No podrás hacerte las abluciones matinales en el día de
las desgracias, le murmuró el piróscafo.
La ira se apoderó de José. Una maraña de espaguetis le atenazaron los brazos. Explosiones
neutrónicas controladas le salieron de los dedos.
— ¡Perra mal diseñada! - le gritó a Saturnina - ¿Por qué no sacás tus conciencias?
Saturnina se estremeció, pero agachó la cabeza y desprendió una conciencia de la primera cos-
tilla. La conciencia escapó y se fue a esconder a la cocina de los Guasos Inconformes.
— ¡La otra! ¡Quiero la otra! — exigió José.
— ¡Nunca! ¡Esa nunca la vas a tener!
Ahora la furia de José se hizo un huracán incontenible. Buscó en un rincón la lata de aceite SAE
40, la abrió y se mojó el dedo meñique. Hizo una reverencia con el dedo y terminó levitando de
cara al norte.
Saturnina se mantuvo indiferente ante el rito patético de José. Por las dudas movió el ojo de la
nuca para no quedar atrapada en la ceremonia.
— Así me tratás ¡Malasombra! ¡Te importa un rabanito mi vida! ¡Desagradecida! Me llevás
hasta el limbo — gritó José moviendo el dedo con aceite, haciendo círculos — Este ple-
nilunio me haré sobar el plexo por Gardunia.
— ¡Esa estéril que no ha podido criar ni una lagartija!
— ¡Picátelas de mi existencia! — dijo José al borde del colapso.
ESTACIÓN CERO —137—

— ¡Viejo mal hecho! Cuando necesites la alabanza matriarcal y el clavo de olor, te vas a
acordar de mí — amenazó Saturnina — Y en todo caso tomátelas vos, el palacete es mío
y de los monos.
Los monos empezaron a cantar a coro Let it be. Saturnina se palpó una nueva piedra. José sintió
al piróscafo testicular diciéndole: ¡Pará, te vas a ionizar!
— ¡Paremos! Nos vamos a ionizar — dijo fatigada Saturnina con la tercer boca.
Saturnina y José se miraron y miraron a los monos que seguían cantando.
— Viejo ¿Te traigo otra copa de clavo de olor? — preguntó Saturnina.
— Bueno — dijo José y volvió a mirar el canal 65304.
La Escafandra Ecléctica volvió al palacete acarreando el Eco de la Historia.
ESTACIÓN CERO —138—

Convalecencia
Norma Troiano

Estoy en una habitación de un metro treinta por dos metros cincuenta. Tengo las baldosas de
veinte centímetros contadas. Paredes blancas, una cama, una silla, un baño, una ventana de
una sola hoja, una repisa con travesaño para colgar la ropa a la vista. Nada más. Sin contar el
baño, vienen a ser poco más de tres metros cuadrados según mis cálculos y unos ocho metros
cúbicos, considerando techo de madera en declive.
No es un cuarto de reclusa. Es un cuarto individual en un hotel de una estrella de las costas ar-
gentinas. Es el cuarto donde pasaré las primeras vacaciones sola de mi vida. Las primeras vaca-
ciones después de separada, las primeras vacaciones después de casi veinticinco años de ma-
trimonio. Cualquiera podría pensar ¡Pálida a la vista! Y no. Me acompañan libros, fruta, el sol, el
mar, el cielo, el pasado, el futuro, que quiero diferente. La gran decisión ya fue tomada. Hubo
dolor, como no podía ser de otra manera y culpa, por el pesar que produje a los hijos por des-
hacer el matrimonio. Pasaron ya los días de hablar con ellos, como podíamos. Los días de decir:
“Queridos míos, uno siempre hiere a los que ama, porque con ellos está el compromiso. El
compromiso de la verdad, del sentimiento” “No soy deshonesta para continuar algo que ya es
una parodia” “No podrán hacerlo ustedes, mis queridos, si algún día les toca. Son demasiado
dignos para hacer un simulacro de lo una vez fue amor.”. Pasaron los días de arrastrar mi pena
y sostenerlos a ellos. De decirles que toda relación que se rompe es un fracaso de dos y que yo
me hacía cargo de mi parte.
Ahora no hay silencios obligados, conversaciones de compromiso, dificultad para disponer del
tiempo. No hay que acordar, que ceder, que acompañar. No hay esa tensión opresiva y la que
siento, tiene que ver más con la libertad a la que tendré que darle algún destino No hay angus-
tia. ¡Qué paradoja Dios mío, la soledad ha desaparecido al estar sola!
Han desaparecido la percepción del disgusto del otro, de sobrar, de no ser lo que se espera, de
no decir lo que el otro quiere escuchar. No ser la piedra en el zapato, el testigo, el lastre, las
cadenas. No ser la juventud pasada, los sueños de un día, las promesas que nunca se cumplie-
ron. No ser la mujer que nos acompañó en las buenas y en las malas, la madre de los hijos que
nos ata, no ser la que se amó y que aún parece que se ama, la compañera solidaria. No estar
siempre tan presente.
Entre este cuartito y el mar pasaré días. Los últimos meses tuvieron cosas extrañas. No hay sor-
presa con la pena, con los nuevos silencios, mucho más gratos, con los recuerdos. La sorpresa
ESTACIÓN CERO —139—

es que la vida le va pasando a una de nuevo por la mente y, como sucede con esas películas que
vimos varias veces, se ven y se escuchan cosas que antes no fueron percibidas. La sorpresa es
que, de a ratos, me encuentro haciendo y diciendo como veinte años antes, como si estuviera
aflorando, después de un tremendo paréntesis, aquello que fui y había olvidado. Quizás todo
sea una regresión, como dicen los sicólogos: actúo y siento como si fuera la joven que fui y no la
mujer madura que soy.
Caminando hacia el mar divago sobre estas cosas.
No me importa ni poco ni mucho las eventuales regresiones, la cuestión es que causan dolor.
Una siente que ha estado en una cárcel sin permiso de visita o que fue una monja de clausura y
se perdió las mutaciones de la realidad que la rodea y la propia. Una se mira, en esa película
impiadosa que pasa y repasa por la mente y no se reconoce en esa mujer que ve y da pena.
Quizás deba volver, como los locos, al principio, recorrer todo el camino y encontrarme. Así
como estoy, disociada, como si fuera dos mujeres; esa que se casó y tuvo hijos y la que soñaba
el amor y la familia y se quedó perdida en el pasado. Esto es lo extraño.
La playa está hermosa. He alquilado una carpa para mí sola, un acto contradictorio si se piensa
que es poco más chica que la habitación en la que duermo, pero es lo que quiero hacer. Estar
así, en los mismos espacios que estuve como esposa y madre pero sola. El sol calienta lindo sin
matar a esta hora de la mañana, las carpas están casi todas vacías: una pareja de ancianos por
allí, un matrimonio con niños muy chiquitos por allá. Un par de fanáticos de cara al sol, con el
evidente propósito de pasarse vuelta y vuelta todo el día. Yo dejo mis libros y me voy al mar.
Cuando vuelvo me siento más flaca y más liviana. Es la placentera sensación que nos deja el
abrazo entre rudo y amoroso de las olas saladas. Me pongo a tomar sol, casi, como los lagartos
detectados en la hilera de carpas que enfrenta la mía. El sol pronto estará demasiado alto y yo
desapareceré en mi cueva de lona.
Para las dos de la tarde el balneario es una fiesta, los jóvenes llegan bostezando y tirándose al
sol, con los ojos todavía pegados después de la nocturna rutina del boliche; las familias tipo y
tipo más uno o dos –hijos o parientes-, instalados con heladerita y termo para el mate; los ma-
trimonios amigos con pibes acomodándose al sol: las nenas con las nenas, los nenes con los
nenes. Me refiero a los integrantes del matrimonio, los chicos se entreveran entre el acuerdo y
el estrépito.
Salgo de mi cueva para ir a comer, el sol vertical me mata. Camino hacia el bar y trato de hacer
memoria cuándo fue que me di cuenta que teníamos que ser cuatro para cenar afuera, ir al cine
o al teatro; cuándo fue que resultaba importante coordinar las vacaciones con los amigos,
ESTACIÓN CERO —140—

cuándo fue que dos empezó a ser un número temido, aburrido hasta para pelearse. No pude
recordarlo, debe haber sido una muerte lenta y por asfixia.
Al regreso, mi propiedad virtual de arena delante de la carpa está totalmente invadida.
A la izquierda un matrimonio con hijos adolescentes, y un par de adultos más, a la derecha un
matrimonio con hijos púberes más los abuelos. Dejo mis cosas con parsimonia dentro de la car-
pa, me saco la remera y las zapatillas, de espaldas al espacio copado pensando, arteramente,
cómo reaccionaría el “ser nacional” frente a la situación. Cuando me doy vuelta, sólo dos se
hicieron cargo: el abuelo a la derecha y un adulto varón a la izquierda.
La cuestión es que disfruto tomando sol sentada con las piernas apoyadas al mismo nivel y,
cuando me aburro de otear gente y actitudes con los ojos entrecerrados, me tiro panza abajo
sobre la arena. Como los chicos, hago “milanesa” con mi cuerpo húmedo. Se puede compren-
der que la rutina requiere un cierto espacio y no estoy dispuesta a ceder mis placeres primarios
en estas deseadas vacaciones. Siempre sin apuro, me pongo el sombrero, la toalla al hombro y
cargo, en cada mano, un sillón de paja de la carpa. Consciente del diámetro aproximado con el
que salgo de ella, camino impávida cual no vidente y, a mi paso, se empiezan a correr repose-
ras, lonas, alguna heladerita. Saludo, amable, a los vecinos ignorando las miradas de fastidio de
quienes se corren y leyendo sus pensamientos: jovata loca, me va a dar con las patas de los
sillones.
Las piernas sobre un asiento, la espalda sobre el otro, la cabeza sobre el respaldo, el ala del
sombrero hace una fresca sombra sobre mis ojos.
En este primer rastreo del patio y sus carpas descubro un padre sin conflictos con su parte fe-
menina. Está jugando con su beba en tren de dejar pañales. Ella acarrea agua con su baldecito,
incansable, desde una especie de tremendo fuentón que él debe haberle llenado en el mar. Se
la lleva a su hermano, que apenas debe doblarle la edad. El papá obedece las reglas de juego de
sus hijos, sin poner mano cuando el ingeniero constructor de castillos y explanadas lo corre de
la escena, se ríe cuando la nena le tira agua con su balde, precisamente donde molesta.
De mi segundo descubrimiento no me quiero hacer cargo demasiado. Es un matrimonio solo,
que no cruza palabras por lo que veo –escuchar imposible, estoy muy lejos para eso-, cada uno
sumergido en la lectura o simplemente al sol. En materia de literatura andan parecidos; Hola y
Gente y cosa así, la entretienen a ella y a él, Ámbito Financiero.
Me parece mirar mi futuro si hubiera dejado todo como andaba, tratando de no pensar que
otra vida existe o que la que estaba haciendo no era para mí. Por cobardía, por estupidez, por
debilidad, por los hijos, por tantas cosas una no se libra de pesares ni se anoticia de carencias.
ESTACIÓN CERO —141—

Basta. Al mar y después, panza bajo, en la paz de los ojos cerrados.

***

La vengo mirando desde que llegó. Cumple, evidentemente, una cierta rutina. A partir del me-
diodía, que es cuando llegamos nosotros, veo que hace más o menos lo mismo. Despertó mi
curiosidad el primer día cuando, sin una palabra, hizo despejar el espacio enfrente de su carpa.
Yo ya me había corrido, así que me gané un punto. (¿Me gané un punto? ¿En qué me quiero
anotar?). También me resulta curioso que lea El Príncipe, y, al mismo tiempo, una soberana
pavada como el libro de la Erika Jung, que tuvo que llegar a los cincuenta para darse cuenta de
qué es ser una mujer libre. Debo reconocer que, además, está buena. Debe tener cuarenta y
tantos y la bikini le queda... ¿Qué carajo estoy pensando cuando recién hace dos meses que
logré sacar a Mirta de mi departamento? Y todavía, cuando nos encontramos, sigo cayendo en
su cama aunque después me arrepienta. Será cierto lo que me dijo Elsa cuando nos separamos:
los hombres no pueden estar solos, pronto tendrás una más pendeja que yo colgada del brazo.
Pero estoy decidido a ser capaz de estar sólo, ya empecé tomándome estas vacaciones sin mina
alguna ni antigua, ni nueva. Tengo que cortarla con los manejos de Mirta, aunque eventual-
mente el celibato me dure algún tiempo. Se está yendo al bar a comer. Es evidente que no le
teme al ridículo, el sombrero que usa debe de haber sido de alguno de sus hijos cuando eran
pibes o del dorima si iba a la cancha. ¿Por qué me la hago separada y con hijos? Me debe haber
influido la de la carpa vecina cuando suspiró y dijo, viéndola, “Mirá que bien la pasa. No tiene
que discutir con nadie a qué hora ir y hasta cuándo se queda en la playa, no tiene que preocu-
parse por dónde andan los hijos, no tiene que resolver la cena para cuatro que nunca están de
acuerdo. La envidio.” O quizás será por la forma en que se pone al sol, medio felina, medio ado-
lescente. ¡Carajo, espero quince minutos, me voy al bar y me siento en su mesa! Me quedan
tres días y no me voy a ir con dudas. ¿Dudas? Albertito, te querés ir con un teléfono. ¿No hab-
íamos quedado en estar sólo un tiempo? Sí, sí, ya sé que tengo un divorcio, un concubinato,
tres hijos y varios errores que creí amores, pero lo más previsible de mi futuro en materia de
genitales es que tenga que preocuparme por la próstata en pocos años más. Juro que es curio-
sidad y no me meteré en líos. Me voy al bar.

***
ESTACIÓN CERO —142—

Mi galán de verano se fue ayer. Cuando se sentó en la mesa del bar pensé que venía de levante
y todavía me queda la duda. A veces me parecía que sí, pero nunca se salió del modelo adulto
solo asumido. Creo que, sinceramente, no podía ubicarme entre una mujer dócil o rebelde y, si
es por lo que yo haya podido hacer o decir, debe de haberse ido sin la solución. Yo misma me
pregunto si no seré las dos cosas, según de qué se trate. Esquivé toda posibilidad de relación en
Buenos Aires, con buenas razones para hacerlo, pero también por miedo.
Estuvo bueno tomar mate una tardecita, sin apuro y caminar por la playa ayer que estaba tan
nublado. Hoy el sol va a pegar con todo. Siento la arena caliente a través de las zapatillas y ape-
nas son las diez y media. El carpero viene tras mis pasos descalzo, lo más fresco. Le envidio el
color que le ha dado el sol, tan parejito, y las piernas duras de caminar todo el día en la arena.
Las mías ya no serán así nunca más. Me alcanza y me da un sobre. Propaganda, supongo.
Mi cueva verde está fresca a esta hora, dejo las cosas y me voy al sol.
Mi padre preferido llega con la nena a babucha y el hijo de la mano. Su mujer los sigue y cada
día me parece más linda con esa placidez de embarazada, aunque no lo esté.
Mi matrimonio del pasado visto en el futuro no ha llegado. Por lo que veo, hay rotación. Apare-
cieron una pareja con un bebé de meses y dos matrimonios que deben tener nietos ya. Es el
cambio de quincena. Yo elegí semanas raras, segunda y tercera de enero.
El agua está hermosa y hay bandera celeste. Se me va el tiempo metida en el agua. A la vuelta
me seco al sol, busco el reloj en la carpa; casi la una, me quedaré aquí a leer el diario. El sobre,
maldito, se me resbala por debajo de la lona y casi lo pierdo en la carpa vecina. Veamos qué
tiene.

Me juré no pedirte el teléfono, pero no no dártelo. Llamáme, me quedó mucho por decir y por
hacer. Besarte, por ejemplo. Tengo algunas virtudes también: soy capaz de correr riesgos cuan-
do deseo realmente conseguir algo. Llamáme, quisiera que corriéramos juntos un riesgo.

Alberto Marini 7749-2211,

Lo leí dos veces.


Lo guardé en el lugar más seguro de mi mochila.
ESTACIÓN CERO —143—

Vestida para la cena


Mercedes Rocca

— Quiero una tela para verano, de algodón, muy liviana, en color negro.
El joven vendedor le miró, absorto, la boca carnosa y las pestañas espesas y quedó fascinado
con el cuerpo, muy alto y escultural.
— Estoy apurada — le dijo ella.
El vendedor fue de inmediato hacia el fondo del negocio y volvió muy pronto con las mejillas
enrojecidas y una pieza de tela negra, que apoyó en el mostrador.
Verónica evaluó con atención el espesor de la tela, tomándola entre los dedos índice y pulgar.
— ¿No hay una tela de trama más abierta?
Al escuchar la pregunta, el vendedor recordó.
— ¿Usted compraba antes en esta misma cuadra, en la sedería “La tentación”, que cerró
hace poco?
— Te pregunté si hay una tela de trama más abierta.
— No, señora, no hay - respondió con cortesía el vendedor, ante el tono seco de la mujer.
— Cortá medio metro.
El vendedor obedeció.
Verónica dobló la tela por la mitad y le pidió al vendedor que hiciera un tajo de cinco centíme-
tros en el doblez. Luego ella tomó la tela y a partir del corte, la rasgó sin mayor esfuerzo en dos
pedazos. Quedó satisfecha.
— ¿Cuántas piezas tenés?
— Creo que hay dos.
— Las llevo.
— Sí, es usted — dijo emocionado el vendedor.
— Sí y qué hay. Andá a buscar las piezas.
Verónica llamó por el celular al chofer y después pagó en efectivo.
El vendedor llevó la mercadería hasta la calle. El chofer le abrió a Verónica la puerta trasera del
Mercedes beige y colocó en el baúl las dos piezas de género.
Fueron hacia la casa de la modista, conforme a lo que correspondía hacer. Ella se quedó en el
auto mientras el chofer entregaba las telas.
La modista se puso a trabajar de inmediato en los vestidos que confeccionaba para Verónica, a
razón de dos por semana. Los diseños eran sólo dos y siempre iguales.
ESTACIÓN CERO —144—

Uno de los vestidos era abotonado en la espalda desde el cuello hasta la cintura, con presillas y
pequeños botones forrados con tela negra y con una delicada puntilla blanca aplicada en el
borde. La pollera terminaba a un centímetro del piso y en la parte posterior tenía un tajo cen-
tral de noventa centímetros, adornado también por la fina puntilla blanca.
El otro modelo estaba abotonado en la parte delantera, desde el mentón hasta la cintura, con
similares presillas y botoncitos y con el adorno de la misma puntilla blanca. La pollera llegaba a
un centímetro del suelo y por delante tenía un tajo central de ochenta centímetros, con la pun-
tilla blanca aplicada en el borde.
Los martes por la noche, convenientemente acicalada, se ponía el vestido con el tajo adelante;
los viernes, el que tenía el tajo atrás. Como preparación al amor y ante los pudores y negativas
de Verónica, el amante rompía el vestido de turno, en un ritual que siempre lo enardecía.
La relación había comenzado seis años antes, cuando el hombre de cincuenta y tres años, muy
buen mozo y seductor, cautivó con sus atenciones a la joven de veintidós años, que por último
lo atrapó a él. Con el tiempo los sentimientos de ambos se consolidaron, tanto en el afecto co-
mo en el placer. Dos departamentos, una cuenta bancaria, el Mercedes y una mensualidad con-
siderable, le permitían a Verónica estudiar abogacía, sin trabajar.
Un viernes, el amante comenzó a ejecutar la ceremonia amorosa de rutina. Como era lo indica-
do para ese día, ella llevaba puesto el vestido con el tajo atrás. En el juego amoroso, él rasgó
concienzudamente la vestimenta por la parte trasera, como correspondía, pero no pudo cum-
plir las etapas ulteriores. Verónica, desconcertada, se sentó en el sillón de pana con las largas
piernas extendidas, desnuda por completo, como siempre lo estaba bajo las telas negras y las
puntillas blancas. Él, muy alterado, optó por servirse whisky con hielo, más de una vez.
El martes siguiente, el encuentro sexual fue muy satisfactorio, lo que no ocurrió el viernes de la
misma semana. Esta peripecia de los viernes se instaló en forma permanente. Entonces, los
viernes, en las primeras horas del encuentro, ella se dedicaba a estudiar mientras el amante
revisaba su agenda, hacía llamados telefónicos y, a veces, como tenía el título de abogado, le
explicaba algún tema complejo. Luego cenaban, y tomaban el café charlando en el living. Una
noche el acaudalado amante mencionó los sucesivos amores de su vida, pero no había llegado
al último, cuando interrumpió el relato de una manera imprevista.
— Bombón, qué te pasa — le dijo Verónica, que tenía debilidad por el chocolate.
— Nada, sólo pienso por qué nos separan tantos años.
Sentado en el sillón de pana, el compungido amante recibió las caricias de la mujer. Ya había
ingresado en la sexta década de la vida y se sentía afectado por los impactos del tiempo.
ESTACIÓN CERO —145—

— Porque no estuviste en mis treinta años, así como sos ahora — se lamentó.
— Porque estuvo tu mujer que es tan hermosa y tan buena. Tenés tres hijos, dos nietos y
no sé cuántos millones.
Y agregó con humor, para quitarle la angustia:
— Y además estoy yo, como la frutilla del postre.
Él sonrió y la besó con suavidad en la boca.
— Hagamos un viaje. Cuando me reciba de abogada, vayamos a Hawai.
— Sí, por Dios, sí — respondió él.
— Y además, cuando me reciba, voy a llevar todos tus asuntos legales. Y quiero estar en tu
despacho, muy cerca tuyo. Va a ser excitante y un desafío, estar con vos sin que los de-
más sepan lo nuestro. Voy a llevar el pelo recogido en un rodete, no voy a usar maquilla-
je y me voy a poner vestidos negros, largos desde el cuello hasta el piso, pero sin tajos
especiales. Espero que con esa apariencia inofensiva nadie sospeche.
Él festejó la ocurrencia de Verónica y pareció reponerse, pero ella quedó muy preocupada por
el estado de ánimo del amante. Por eso contrató a Santina.

Santina era tan pequeña que no alcanzaba a la mesada de la cocina. Cuando llegó, traía una
bolsa de tela blanca y un banquito. Verónica quedó asombrada por su aspecto. Recordó en ese
momento las nociones de geometría y se decidió por el cuadrado, al ver los brazos muy cortos y
casi tan anchos como largos y también eran así el tronco y las piernas.
Pero no obstante la contrató, porque venía muy recomendada por sus habilidades culinarias. Y
porque había decidido en lo futuro alimentar al amante con comidas preparadas en casa y no
comprarlas más en la rotisería, ya que creía en los flujos vitales de las comidas caseras. En sólo
un día Verónica comprobó la valía de la cocinera; le había pedido que le hiciera fideos amasa-
dos y cortados a mano y una mayonesa casera para acompañarlos.
— Santina, son riquísimos y la mayonesa, un manjar. La felicito.
— Muchas gracias, señora.
Verónica siguió comiendo.
— ¿Usted es italiana? - le preguntó sólo por preguntar, ya que era inconfundible el acento
de la cocinera.
— Sí, señora.
— ¿De qué parte de Italia? - dijo mientras decidía comer los dos fideos que quedaban en el
plato.
ESTACIÓN CERO —146—

— Sicilia.
— ¡Ah! Yo nací aquí, en Buenos Aires.
Después agregó:
— Bueno, Santina. Ahora viene la segunda etapa del trabajo, la de poner la mesa. Este
viernes viene mi novio a cenar y quiero que todo sea muy especial. Vamos a poner la
mesa entre las dos.
— Sí señorita y yo tengo para eso mi banquito- le dijo la cocinera, quién consideró que co-
mo había nombrado a un novio, no debía decirle señora.
Verónica miró con admiración a la cocinera, porque ya la había visto amasar con una fuerza
increíble, subida al banquito, que podía correr por el piso de la cocina y a lo largo de la mesada,
sin bajarse de él. Y sintió que empezaba a querer a Santina. Después de reflexionar, le dijo:
— El plato fuerte de la comida van a ser las pastas, cortadas en cintitas de siete milímetros
de ancho, que a mi novio le encantan. ¿Me entiende, Santina?
La cocinera miraba hacia arriba, pendiente de las indicaciones de Verónica.
— Sí señorita, entiendo todo y yo lo voy a hacer todo bien — contestó entusiasmada con la
señorita, tan bella como generosa a la hora de pagar.

El jueves, Verónica le anticipó por teléfono al amante que al día siguiente no iba a estudiar.
Él llegó el viernes a la hora habitual y como siempre ambos se sentaron en el living; ella llevaba
puesto el vestido con el tajo atrás.
— Vero, ¿no tenés nada para estudiar?
— No, amor. Por eso preparé una comida especial, que hice con una cocinera que se llama
Santina.
— ¿Sí, que cocinó?
— Qué cocinamos, dirás. Es una sorpresa.
Luego agregó:
— Te pido que no uses el celular, porque cuando todo esté listo, te voy a llamar por teléfo-
no desde el comedor.
— ¿Por qué me vas a avisar así? Además tengo que hacer algunos llamados.
— Bombón, hacelos ahora o en los próximos veinticinco minutos y después dedicate a tu
agenda o a lo que quieras, pero no uses el celular ni entres al comedor, porque con San-
tina vamos a preparar una mesa especial.
ESTACIÓN CERO —147—

Ella, muy contenta, impidió una posible respuesta con un beso en la boca del amante y se ase-
guró su obediencia con un contoneo sugerente mientras caminaba hacia el comedor.
Santina, con la comida ya preparada, la estaba esperando en la cocina, para poner la mesa en el
comedor y después irse muy rápido por la puerta de servicio, de acuerdo a las instrucciones
que había recibido. Les llevó a ambas 35 minutos preparar la mesa.
Después Verónica, asistida por Santina, llamó por celular al amante para que viniera a comer y
enseguida despidió a la cocinera, quién en un instante desapareció por la puerta de servicio,
encantada por la creatividad de la señorita y contentísima porque debía volver el viernes si-
guiente.
El amante, hambriento, entró al comedor. Sorprendido, miró la mesa tan larga como vacía.
Ellos acostumbraban comer en un extremo de la mesa y en ese sector sólo vio, colgando en el
respaldo de la silla que siempre usaba Verónica, el vestido que llevaba puesto un rato antes. De
inmediato fue a la cocina. Ella no estaba allí y la cocinera tampoco. Respiró hondo y, desconcer-
tado, volvió sobre sus pasos. Entró de nuevo al comedor y fue directo hacia la silla con respal-
do, del que colgaba el vestido de Verónica. Se sobresaltó al ver en el suelo las piernas de Veró-
nica, con una pulsera roja en el tobillo. Se aproximó y la vio, acostada en el piso de mármol, a
un costado de la mesa.
— ¿Qué te pasa?
— Nada - contestó ella y sonrió.
Al mirarla con más detenimiento, le pareció que se había vestido según la usanza hawaiana, tal
vez por el viaje planeado y tantas veces postergado.
Tenía puesta una pollera de flecos finitos y muy cortos, que dejaban entrever su desnudez. En
el busto, tiritas rojas, muy angostas, partían de cada pezón. El miró, extasiado, esos dos soles.
Unas mangas de color verde suave, que cubrían los brazos de Verónica desde la muñeca hasta
las axilas, completaban el atuendo. Como adornos, ella tenía un collar de cuentas negras, ova-
ladas y en el medio de la frente, una pirámide pequeña, de color rojo. Por último, una bincha
gruesa, cilíndrica y en color manteca, ordenaba el pelo muy largo y rubio.
El quedó embelesado.
— Querido, la cena está servida.
Él se arrodilló a los pies de Verónica, tomó un pie para besarlo, pero se desprendió del tobillo la
pulsera roja. El amante quiso agarrarla, pero se le escurrió entre los dedos. Con la atención
puesta en la pollera hawaiana, soltó el pie sin besarlo. Agarró los flecos y enloquecido, los
apartó.
ESTACIÓN CERO —148—

— Comé, querido, comé todo lo que quieras.


Las cintitas amasadas por Santina estaban exquisitas. El amante empezó a comerlas y también
se dedicó a otras actividades. Verónica, satisfecha, levantó sólo la cabeza para mirar al amante;
en consecuencia, se le corrió la bincha y se le cayó de la frente el adorno rojo. Decidió comerlo
y así saboreó una frutilla, mientras él ascendía hasta el pecho, donde dio cuenta de las sabrosas
tiritas de ají morrón. Después ella desenhebró una cuenta del collar y comió la aceituna sin ca-
rozo, de primera calidad, muy negra y carnosa. Se sintió muy fuerte y le ofreció una al amante,
pero él no la escuchó. Enseguida Verónica se dispuso a comer la banana ya pelada, sacándose la
bincha, cuando él con muchos besos, llegó a la cara. Enloquecida de alegría y placer, sintió que
había sido accedida. Y antes del éxtasis, abrazó muy fuerte al amante. Entonces de sus brazos
volaron las lechugas capuchinas, que al descender, completaron esa cena, tan especial.
ESTACIÓN CERO —149—

Móvil 666
Gerardo Rean

— Cabo, haga traer una pizza y una gaseosa bien fría.


— Sí inspector, ya mismo.
La oficina del inspector Gutiérrez en el Departamento Central de Policía daba a la Avenida Bel-
grano, donde los patrulleros estaban estacionados a noventa grados de la vereda, prontos para
iniciar sus recorridos habituales.
En el móvil 666 se encontraban el Sargento Mario Benítez y el Agente Ramón Coría. El sargento
Benítez con mucha calle y el joven Coria con ganas de entrar en acción en esta vida, que siem-
pre fue para él un mundo de buenos y malos, de policías y ladrones, sin grises, todo siempre
había sido blanco o negro. Hacía un mes que había terminado la instrucción y éste era su pri-
mer día como agente. Con orgullo y hasta con cierta vanidad, presentía que pronto iba a lograr
sus sueños de gloria y de reconocimientos. Él estaba del lado de los buenos con la chapa y el
uniforme nuevos.
Le parecía indecorosa la forma en que el sargento se despatarraba en el móvil policial. Con esa
cara cubierta por el bigote duro y negro como el que alguna vez también Ramón llevaría. El sar-
gento seguramente pensaba en terminar la noche en la forma más tranquila posible y salir de
franco por dos días.
En cambio el agente Ramón Coria quería salir en los diarios, conseguir una medalla y ser el or-
gullo de la vieja, para que se dejara de embromar con esos miedos: Nene, cuidate, vos no sabes
dónde te metiste, porque no buscaste un trabajo menos peligroso, hay tantas cosas que podes
hacer.
Pero no, Ramón quería lucir pronto las insignias de cabo y porque no, las de sargento. No era
muy bueno con la pistola aunque tenía coraje y mucha fuerza. Con él no iban a joder esos cho-
rros de mierda. No sabían quien era Ramón Coria.
El Inspector Gutiérrez transmitió por radio la orden al móvil 666: Dirigirse a la Avenida Rivada-
via y Rioja para retirar paquete urgente. El Inspector quería mantener la silueta, pero las pizzas
de todas las noches no le permitían reducir la panza. Tenía trabajo y se quedaba hasta muy tar-
de mirando expedientes en la oficina de asuntos internos. No podía parar de investigar y pro-
poner ascensos o retiros. Ya estaba con hambre.
— Bajate pibe y trae la pizza y la gaseosa – dijo Benítez.
Ramón bajó y en el mostrador lo recibió el gallego con cara seria.
ESTACIÓN CERO —150—

— Ya te entrego el pedido.
Diez minutos esperó Ramón para recibir la pizza y la gaseosa.
Se estaba yendo con las pizzas, con el pié trató de empujar la puerta para salir, cuando vio a dos
morochos que entraban a la pizzería por la otra puerta. Uno tenía un revolver y le apuntó al
gallego.
A él no lo habían visto, al menos eso pensó. Dejó las pizzas a un costado y trató de sacar la pis-
tola reglamentaria. El pibe que estaba de campana no le dio tiempo. Le pegó un tiro en el pe-
cho y otro en la cara. Los tres ladrones huyeron.
Ramón Coria quedó tirado en el suelo.
ESTACIÓN CERO —151—

Códigos nuevos
Edelmira Gallino

— Así es, señor. Tiene la reserva confirmada con Ofelia, Rosa, Guillermina, Dorotea, Yolan-
da y Lola- le reiteró a su pedido la empleada de Aerolíneas.
— Gracias — contestó don Feliciano y cortó.
Se limpió el sudor con la manga. Al ponerse de pie debió aferrarse a la silla para dominar el
temblor. Era el primer llamado que hacía desde que le habían instalado el teléfono y le había
costado un gran esfuerzo lidiar con tantos datos. Releyó el papel con sus anotaciones y lo es-
condió en el cinto, después de haberlo doblado con varios pliegues.
— Qué dirá la Patrona cuando se entere de que me voy.

Cuando la Patrona regresó esa noche ya estaba al tanto del viaje que se había ganado el mari-
do.
Todo el mundo sabía que a don Feliciano lo habían llamado del programa La Suerte Viaja Por
Radio Nacional. Al acertar la respuesta, se había ganado una semana de estadía en Buenos Ai-
res, con el pasaje y los gastos pagos.
Durante esa tarde, el vecindario entero desfiló por la casa para felicitarlo y, de paso, compartir
unos tragos con él.
En los días previos a la partida, don Feliciano repartió leña a domicilio, como siempre, en la ca-
rreta. Pero no se detenía a comentar los detalles con cada cliente. Cuando le preguntaban por
el viaje él se encogía de hombros, miraba hacia arriba y sonreía.
El farmacéutico se ofreció a llevarlo en el jeep al aeropuerto. Quedaba a más de cien kilómetros
del pueblo.
La Patrona insistió hasta que logró acompañarlos. Ella nunca había visto un avión de cerca.
Él tampoco se había aproximado a esas máquinas que volaban más alto que un cóndor. Le pro-
ducían tanto miedo como curiosidad.
Llegó al aeropuerto vestido con la camisa blanca y las bombachas domingueras. Llevaba las
botas recién lustradas.
Al entrar, una señorita cuyo nombre no pudo leer bien a través del vidrio los derivó a un mos-
trador. Ahí le pidieron ver todos los papeles que traía consigo. Se los devolvieron junto con un
talón alargado, que le recomendaron conservar hasta el final del viaje.
— Ponga aquí el equipaje que va a despachar, señor.
ESTACIÓN CERO —152—

Se quedó boquiabierto mirando al maletero.


— Si esta mochila es todo lo que trae, abuelo, puede llevarla con usted a bordo — le
aclaró.
La mochila era un atado de cuero de oveja amarrado con una cinta, donde le habían empacado
dos pares de medias recién zurcidas, unos pañuelos y los mejores calzoncillos. También la otra
camisa, la que usaba para tocar el charango en la banda del pueblo. Y el poncho, porque la gen-
te opinaba que en Buenos Aires debía de estar haciendo mucho frío. Se pusieron detrás de la
fila. Al llegar a una puerta de vidrio, a la Patrona no la dejaron pasar. Entonces ella lo despidió
con un abrazo como no le daba desde hacía mucho. El pasó la puerta y ya no volvió a mirar
hacia atrás.
Una vez adentro, una empleada de uniforme quiso ver el talón. Lo rasgó, se guardo la parte
más grande y le devolvió apenas un pedacito. Preocupado lo apretó en una mano. Leyó el
nombre que la empleada tenía en la solapa: Marisa. Espió con disimulo el papelito con las ano-
taciones que todavía llevaba escondido en el cinto y meneó la cabeza contrariado.
Lo hicieron pasar a través de un marco que no tenía puerta y de allí a una nueva fila.
Caminó detrás de la mayoría hacia una escalerita por donde se entraba al avión.
Una vez arriba, se ubicó en el único asiento libre que encontró. Alrededor de él sólo había
hombres sentados.
Un tipo que entró casi corriendo le pidió que mirara bien el talón porque él tenía marcado ese
asiento. En seguida se les acercó una chica vestida de azul que no usaba cartelito como las otras
y revisó ambos talones. Se dirigió a don Feliciano:
— Usted tiene pasaje en Ejecutiva, señor.
Él se levantó y le preguntó cómo se llamaba.
Ella le respondió:
— Soy Cecilia, la Comisario.
Él dio un paso atrás y notó que esta policía no estaba armada.
— Me dijeron que subiera aquí- explicó todavía asustado.
— Está bien, señor, pero su asiento queda al frente del avión. Acompáñeme, por favor.
En el lugar al que lo llevó sólo había tres señores, todos de traje.
Antes de irse, la Comisario quiso sacarle la mochila para ponerla en un estante en alto pero él
se negó.
— El del mostrador me dijo que podía traerla conmigo — protestó por lo bajo.
ESTACIÓN CERO —153—

Esos asientos eran bastante amplios. Aprovechó para estirar las piernas y se puso a observar
por la ventanilla los movimientos en la pista.
Justo antes de cerrar la puerta llegó un señor con un portafolio de cuero negro y se ubicó al
lado de don Feliciano.
Una moza que salió de atrás de la cortina los convidó con unas copas llenas de espuma que no
tenían gusto a cerveza. Don Feliciano se incorporó para preguntarle algo al oído. La moza apoyó
la bandeja, mientras él trataba de leerle de reojo el nombre en el cartelito que llevaba en la
solapa.
— Es casualidad, señor — le contestó ella y lo empujó con suavidad para que se sentara. Lo
amarró al asiento con un cinturón y añadió — Creo que lo que pasa es que subieron los
dos equipos de fútbol que jugaron ayer aquí. Además, están volviendo los participantes
del congreso mundial de andinistas que hubo este fin de semana en Chile.
Don Feliciano, concentrado en revisar el papelito, ignoró las explicaciones que se daban por el
micrófono. De golpe sintió que se le revolvían las tripas y se quedaba sordo. De refilón vio cómo
el aeropuerto se esfumaba. Empezó a rezar con los ojos cerrados. Pasado el susto del despe-
gue, espió con disimulo la foto del casamiento que la Patrona le había puesto sobre la ropa. La
guardó boca abajo y acomodó las medias encima. Miró dubitativo al vecino enfrascado en leer.
Respiró hondo y le golpeó el diario con los nudillos.
— Disculpe, don. A usted también lo engatusaron con eso de las seis acompañantes — le
preguntó.
ESTACIÓN CERO —154—

El embargo
Alcira Saldaña
Ella le decía que hiciera algo, que trajera algún dinero, que si no nos iban a echar, pero el flaco
Hilario seguía tomando mate. Apoyaba el termo en la mesa del patio junto con la bolsa del pan
y un pedazo de queso y se sentaba bajo la parra. De vez en cuando se rascaba la camiseta o me
daba una palmadita. Ella un día se puso a llorar en la puerta del patio; con las manos se golpea-
ba el pecho. Al final se arrancó la medallita que tenía colgada, la tiró y se fue. Hilario recogió la
medallita y se la puso en el cuello. Los primeros días siguió tomando mate y comiendo queso.
Un ratón se le ponía entre los pies y se quedaba esperando que le tirara pedacitos. Una noche
lloró. Se arrodilló y lloró con la cara metida entre las manos. Después de eso empezó a tomar
solo mate. Le creció la barba y se le rompió la camiseta. Ya no se alejó de mí. Si llovía nos
quedábamos adentro, si no, me sacaba al patio, a la sombra de la parra. Estábamos tranquilos.
Una mañana vino un desconocido. Tocó el timbre varias veces. Hilario me dio la palmadita y se
levantó con las rodillas dobladas. Tardó un rato en enderezarse para ir a la puerta. Cuando
abrió, apareció un tipo con un papel en la mano. No se que diría el papel para que Hilario se
pusiera tan mal. Agarró el rifle de atrás del ropero y tiro un tiro al techo. El tipo se fue. Hilario
dio un portazo y se dio vuelta tan de golpe que pateó el balde donde caía el agua de la gotera y
asustó al ratón. Vino hacia mí y se sentó con las piernas abiertas y la cabeza gacha.
El tipo volvió con otro. Hilario tuvo que abrir. Se llevaron los muebles atados con sogas y algu-
nas cosas. Solo me dejaron a mi y a la mesa del patio. Hilario se puso a ir y venir buscando por
los rincones. Pasó a mi lado varias veces y buscó el rifle en el rincón donde ya no estaba el ro-
pero. Tampoco estaba el rifle. Agarró una soga que había quedado tirada en el piso. Trajo la
mesa del patio al centro de la pieza, se subió con dificultad y ató la soga del gancho donde mu-
cho tiempo antes colgaba un farol. Corrió la mesa, me puso a mi en el centro y se me paró en-
cima. Se acomodó la soga en el cuello y me dio una patada. Caí a un costado. Hilario quedó col-
gado del techo.
Llovió y salió el sol hasta que unos hombres uniformados entraron y se lo llevaron. Yo quedé
volteada hasta que vino ella. Recorrió la casa y me movió. Debajo de mi encontró la medallita.
La besó y se la colgó en el cuello. A mi me puso en la vereda.
Dos chicos me levantaron y me pusieron en un carro. Anduvimos un rato largo hasta que llega-
mos a una casa. En la puerta, una señora gorda los esperaba rodeada de basura. La gorda en
seguida me agarró. Se llama Vieja y se me sienta encima todas las tardes.
Estoy bien, pero extraño a Hilario. Quizás algún día venga a buscarme.
ESTACIÓN CERO —155—

Sin perdón
Lena Berardone

Otra vez encorvada encima de esos malditos papeles. Me obsesiona saber qué es los que es-
cribís y guardás tan celosamente. Nada querés compartir, ni siquiera mi dolor. Te odio y te ne-
cesito. Espero tu respuesta a mis pensamientos, que de tan fuertes siento que son gritos que
debieras oír.
¿Por qué no dejaste que la víbora me mordiera? Quizás hubieran podido salvarme ¡Pero no!
vos, impulsiva quisiste matarla con el machete y te enloqueció tanto el miedo, que no viste que
mis manos estaban ahí.
Junto con las manos me cortaste la vida. Estos muñones son tu obra. Tengo que vivir así, sin
poder hacer nada solo. Para comer, para afeitarme, para vestirme tengo que esperarte, ni si-
quiera puedo masturbarme y con tus silencios y tu amargura alejaste a los pocos amigos que
nos quedaban. Mamá, ¡te odio!, y seguís encorvada escribiendo.
No escribas más, mirame que es posible que te escupa todo lo que tengo adentro.
¡Mamá, Mamá!, le golpeo la espalda con los muñones y cae al piso.
¡Mamá, Mamá!, no me responde.
Leo los papeles.
Perdóname Señor
Perdóname Señor

ESTACIÓN CERO —156—

La leyenda del Chajarí


Alcira Saldaña

El mestizo Mabú cargó la flecha y tensó el arco. El disparo fue limpio y brutal. El ciervo rojo
cayó. La flecha de Eulogio se perdió en el monte.
— Has vencido — exclamó Eulogio — Tendrás la mano de mi hija Yarta.
Eulogio había propuesto un concurso permanente a todas las tribus, en el que ofrecía la mano
de su hija al arquero que consiguiese vencerlo. Años atrás había sido maestro de Mabú en el
manejo del arco y la flecha. Después Mabú había seguido su rumbo por otras tierras donde
había aprendido el manejo de la espada.
Según se contaba, Mabú se había convertido en un héroe. Sus hazañas se habían transformado
en leyenda. Ya desde el principio las cosas habían sido extrañas para él, lo había amamantado
una machi famosa por sus poderes de inmortalidad. Había crecido y alcanzado la talla de un
gigante, se había educado en las letras, en la música y el arte de la guerra. Ni siquiera su nom-
bre era el que le habían puesto al nacer. Le fue impuesto el nombre místico de Mabú cuando
pasó a ser servidor del imperio de Mabuta. En su primera proeza, para matar la jauría de pumas
que devastaba los rebaños del emperador, había tenido que instalarse en el palacio. Durante el
día cazaba y de noche iba a dormir a las habitaciones. Al cabo de cuarenta días consiguió dar
muerte a toda la jauría, pero durante ese tiempo, el emperador que tenía cuarenta hijas y de-
seaba tener nietos que fueran hijos del héroe, le introducía en la cama cada noche a una de las
muchachas. Mabú cansado de sus jornadas de cacería creía unirse cada noche con la misma.
Tuvo cuarenta hijos que poblaron las tierras de Mabuta.

Eulogio subió a su caballo.


— Traeré a mi hija, pero la afrenta que me has hecho será tu ruina — dijo y se perdió en el
monte.
Mabú, a pesar de su fama, era un hombre llano y no había tenido intención de violentar a su
antiguo maestro. Había vuelto a su tierra, El Litoral, para defenderla de los tributos que debía
pagar al reino del Norte. Al llegar se había enfrentado a los emisarios de rey y les había cortado
las orejas. Con ellas hizo un collar y pidió que lo llevaran como si fuera el tributo. El rey del
Norte enfurecido, mandó un ejército en su búsqueda, pero Mabú lo derrotó. El rey del Litoral
en agradecimiento por el servicio que había prestado a su pueblo, le dio en matrimonio a su
hija mayor, con quien Mabú tuvo siete hijos, que fueron muertos de manera sospechosa. Le
ESTACIÓN CERO —157—

atribuyeron ese crimen. Decían que lo había hecho durante un acceso de locura que le había
enviado la machi. Nunca pudieron aclararse los hechos, pero Mabú se alejó de su mujer para no
ocasionarle más amarguras.
Para expiar la culpa por el asesinato, aunque no lo considerara suyo, decidió librar al mundo de
todos los monstruos que lo azotaban. Luchó contra las mangas de langostas gigantes que des-
truían los sembrados y contra los jabalíes que comían carne humana. Cruzó las grandes monta-
ñas del oeste y persiguió a los toros hieráticos hasta que se ahogaron en las aguas del Pacífico y
siguió hacia el norte liberando a los pueblos de bandidos y mensajeros de los reyes que exigían
tributos.
Hasta que se encontró con Cexis, un héroe como él, que luchaba a favor de los pueblos. Tuvie-
ron una reunión secreta, después de la cual, Mabú emprendió el viaje a su tierra, dejando a
Cexis continuar con la epopeya. En el largo camino de regreso debió defender a Denina, que
había sido esclavizada por un conquistador blanco. Tras una encarnizada lucha, Mabú lo mató,
pero antes de morir el conquistador le había dicho algo en secreto a Denina. Ella recogió su
sangre y la guardó. Después le pidió a Mabú que se quedara a vivir con ella para protegerla.
Mabú quería volver a su tierra, pero ante el pedido desconsolado de ella, aceptó. Tuvo con De-
nina cinco hijos, pero poco a poco fue perdiendo las fuerzas y se transformó en su siervo. Tenía
que hilar, limpiar los establos y cocinar para Denina. Ella lo hacía atar con gruesas cadenas du-
rante el día y por las noches azotar por dos esclavos negros. Al fin Mabú una mañana mientras
limpiaba el establo, encontró una piedra de cuarzo. Cuando la guardó entre sus ropas, recuperó
la fuerza y pudo escapar para volver a su tierra.

Eulogio llegó trayendo en el caballo a su hija Yarta, una indiecita de trenzas negras y ojos azu-
les.
— Aquí la tienes — dijo Eulogio.
Mabú la ayudó a bajar del caballo y le ofreció el ciervo rojo que había cazado para conquistarla.
Eulogio se fue y Yarta lloró.
— Tendrás junto a mí, una nueva vida —le dijo Mabú.
Subieron al caballo y atravesando las cuchillas cubiertas de pastos verdes, llegaron al campo
donde se levantaba una casa con columnas de piedras de cuarzo.
— Este será tu hogar.
Yarta ayudada por Mabú bajó del caballo y se secó los ojos. Sintió una profunda soledad. Se
acercó a la casa y en la galería, la luz del sol reflejada en las columnas, la cegó.
ESTACIÓN CERO —158—

Entró. Recorrió los pisos brillantes de baldosas rojas y pasó la mano por el sofá del comedor.
Fue a la cocina y la sorprendió el horno de hierro. Ella solo conocía los de barro.
— ¿Por qué todo esto? — preguntó Yarta a Mabú que la acompañaba en su recorrida.
— Porque lo mereces
— Pero tú ni me conoces.
— Es verdad, pero quiero atreverme a descubrirte. Si tú no quieres, eres libre de volver con
tu padre.
Yarta solo había conocido a su propia familia y su rancho le había resultado el lugar más seguro
del mundo. Se encontraba perpleja frente a este gigante y su casa de piedra.
— Tu padre es un hombre magnífico pero su arrogancia le hace despreciar todo lo que no
conoce. Compitió ofreciéndote como recompensa, creyendo que nadie lo vencería.
— Yo amo a mi padre.
— Yarta — dijo Mabú acariciándole el pelo — entiendo. Si quieres toma unos días para de-
cidir que harás.
Yarta asintió. Mabú la llevó al dormitorio y abrió el arcón. Sacó un vestido marrón con guardas
geométricas y se lo ofreció.
— Puedes elegir del ajuar que te he preparado, lo que quieras. Aquí tienes un espejo para
mirarte.
— Si, señor.
— No me digas señor, dime Mabú y cuando lo sientas, dime Amor.
Mabú salió y Yarta se miró al espejo. Era la primera vez que veía un espejo. Siempre había pei-
nado sus trenzas, asomada a las aguas del río Urugua-y.
Se desnudó y se miró el cuerpo con asombro y lo tocó con timidez, notando como sus dedos
provocaban el estremecimiento de su piel dorada. Se puso el vestido.
— ¿Estás lista? — preguntó Mabú del otro lado de la puerta.
Yarta salió.
— ¡Eres hermosa!
Él la tomó de la mano y la llevó al sofá. Se sentaron.
— ¿Qué quieres hacer?
— No se, señor.
— En nuestra tierra se toma mate.
Tomaron mate. Mabú le contó sus historias y le preguntó por sus cosas. Ella contestaba sencilla
y reservada lo que había vivido en sus diez y siete años.
ESTACIÓN CERO —159—

— ¿Te puedo dar un beso? — le preguntó él pasándole el brazo por los hombros.
Yarta no contestó, cerró los ojos y le acercó la cara.
.
— Aguanta un poco, ya llega la comadrona — le dijo Mabú.
Yarta, en la cama, con las piernas abiertas, hacía fuerza. El pelo negro le caía sobre la cara
transpirada.
— Amor, alcánzame el paño — dijo.
— Déjame que yo te seque la cara.
La comadrona llegó y ayudó a nacer a un indiecito fuerte de ojos azules a quien llamaron Cha-
jarí, en recuerdo del nombre original que había tenido Mabú al nacer. La comadrona lavó al
recién nacido y envuelto en una sábana, lo puso sobre el pecho de Yarta. Felicitó al padre y se
fue. Mabú abrazó a Yarta.
Gracias por Chajarí.
— Tu ya tienes hijos — dijo Yarta.
— Para ti éste es el primero y yo como éste no he tenido otro.
— Eres sabio.
El recién nacido lloró y Yarta le dio de mamar.

— ¡Chajarí, ten cuidado con el río!


El niño se asomaba peligrosamente para ver las aguas del río Urugua-y. Yarta se acercó corrien-
do, pero no llegó a tiempo. Chajarí cayó al agua. Desesperada, corrió en busca de Mabú. Entre
los dos lograron rescatarlo. Y a pesar de que el niño había sufrido un principio de congelamien-
to en las frías aguas, logró recuperarse con los cuidados de ambos.
Un día Mabú volvió a casa con un ciervo rojo que había cazado para el almuerzo y unas perdices
para mascota de su hijo Chajarí. Mientras asaban al ciervo, los tres jugaron a correr las perdi-
ces. Después comieron y Yarta y Mabú se quedaron conversando bajo los árboles. Chajarí se
fue a correr a las perdices.
— Alguien me ha mandado estas ropas nuevas — dijo Mabú.
Y le mostró unas bombachas y una camisa rojas.
— Parecen rociadas con sangre — dijo Yarta mirando de cerca las prendas.
— Son extrañas, pero majestuosas.
— ¿Te las habrá enviado Denina? — preguntó Yarta — Quizás busca atraer tu atención.
— No creo ¿Por qué se acordaría de mí?
ESTACIÓN CERO —160—

— Hay seres vengativos. Tu historia ha sido colosal, pero muchas veces penosa.
— Ha sido. Antes de conocer a Yarta, mi Amor.
A la tarde, Mabú se puso las bombachas nuevas y la camisa y con Chajarí fue para el río. Mien-
tras caminaba por la orilla sintió calor. La ropa comenzó a adherirse a su piel y a desprender un
líquido rojo que lo quemaba. Fuera de si, Mabú intentó sacársela, pero con los pedazos de tela
que arrancaba, se desprendían pedazos de su carne. Chajarí impresionado y sin saber que
hacer, fue en busca de su madre. Cuando volvieron los dos, la ropa inflamada por los rayos del
sol, se había prendido fuego y Mabú para apagarlo se había tirado al río.
— Yarta ¡Te he amado! ¡Protege a nuestro hijo! — gritó Mabú.
Murió ahogado. Pero allí, en ese lugar, las aguas del río Urugua-y se tornaron tibias y se conser-
varon cálidas para siempre.
ESTACIÓN CERO —161—

El cazamariposas
Lena Berardone

Caminaba por Corrientes, el chaparrón se largó de golpe. Me faltaban tres cuadras para llegar a
la entrada del subte. Un taxi venía con la luz encendida, corrí, alcé la mano y tropecé con un
hombre que estaba abriendo la puerta trasera del auto. Quise decirle que al taxi lo había visto
primero, pero él me preguntó para dónde iba. Compartimos el viaje. Así lo conocí a Miguel. A la
semana empezamos a salir. Me puse al día con películas y obras de teatro. Las charlas se pro-
longaban hasta bien entrada la madrugada. Cuando me dejaba en la puerta de casa, le ponía la
mejilla para despedirnos. La primera vez que me besó en la boca me puse tensa. El se dio cuen-
ta y no insistió demasiado en el beso. Esa noche no pude dormir bien. Tenía la rara sensación
de haber tocado unos labios tibios que me produjeron escalofríos.
— Vayamos despacio — le dije la noche siguiente. Miguel había puesto cara de fastidio, pero
enseguida me tomó las manos, las besó.
Habían pasado dos meses. No me disgustaban sus besos. Esa noche no fuimos al cine, ni al tea-
tro. Cenamos en su departamento. Bailamos en la sala. Miguel me había sacado la blusa, me
apretaba contra su cuerpo. Con una mano me revolvía el pelo, con la otra me desprendía el
corpiño. Me dejaba llevar por una emoción hasta entonces desconocida. Cuando estuvimos en
la cama, cerré los ojos. Miguel estaba encima de mí. Me besaba los ojos, el cuello mientras
murmuraba: Tu olor, me excita tu olor, tu piel. Tu boca me vuelve loco, chiquita.
Me puse tensa, lo empujé con furia. El corazón me latía fuerte. Junté las piernas y me tapé con
la sábana.
— ¿Qué te pasa, que hice mal?—me preguntó sorprendido, acercando la cara.
— Nunca más vuelvas a decirme chiquita—le dije.
El intentó acariciarme la cabeza. No lo dejé. Corrió la sábana y se bajó de la cama. Lo tomé del
brazo para que se quedara. Me miró desconcertado, lo abracé y comencé a llorar.
— ¡Qué te pasa?, por favor decime.
— No, hoy no.
— Decime que te pasa.
Permanecí en silencio. El insistió y de pronto empecé a contar un episodio que nunca creí que
iba a revelar.
— Cuando tenía once años—le dije con un tono de voz que no me reconocí— una tarde corría
con el “caza mariposas” que habíamos hecho con mi prima Belén. Nos gustaba llamarlo así. Esa
ESTACIÓN CERO —162—

tarde Belén no había venido al campito donde a la hora de la siesta nos escapábamos para ju-
gar. A mí me gustaba cazar mariposas”
Miguel quiso acariciarme. Corrí la cara, le pedí que me escuchara.
— Había cazado a varias mariposas, sabés y me había quedado con una sola, cuando apareció el
tío, hermano de mamá. Le dije, no le cuentes a mami que no estoy durmiendo. El se acercó y
me abrazó. No chiquita, no vamos a decir nada y me dio un beso. Vamos a jugar juntos, dijo.
Tengo una sola red, le contesté y me solté del abrazo. El me agarró por el codo. Podemos correr
y atraparlas entre los dos, me propuso sonriendo. Dale, así cazamos más.
Miguel había apoyado la cabeza sobre la palma de su mano. Con el codo hacía un hueco en la
almohada. Seguí hablando y miré al techo.
— Fuimos avanzando por el campito. Sigamos a ésa, mira que colores, dijo mi tío. Cruzamos la
zanja y vi que muchas mariposas entraban en el galpón abandonado. Algunas se posaron en las
flores amarillas que habían crecido en el interior, bordeando las paredes descascaradas. Temí
que alguna se metiera en los agujeros del revoque caído o en los tachos oxidados que había
desparramados por el suelo. Íbamos detrás de ellas con la red en alto. Él se separó de mí. Cerró
el portón. Me dijo: Para que no se escapen.
Dejé de hablar, me incorporé y agarré un cigarrillo. Lo prendí. Miguel no se había movido, per-
manecía callado. Después de dos pitadas, volví a hablar.
— Correla, correla ya casi la tenés. Su voz retumbaba como un graznido en una caverna. El tío
estaba parado y tenía una mano en el bolsillo del pantalón. En un momento tropecé con él,
quise separarme, pero no me dejó. Agarró mi mano y la puso adentro de la bragueta. Quise
sacarla, me lo impidió. Acaricialo, dale, acaricialo como a las mariposas, me dijo con la boca
pegada a la mía. Me había agarrado de los pelos y seguía manteniendo fuerte mi mano des-
lizándola en forma brusca hacia su entrepierna.
Lo miré a Miguel.
— ¿Me estas escuchando?
No me contestó. Después de unos segundos, sin mirarme a los ojos, asintió con la cabeza.
Prendí otro cigarrillo. Apreté mi pecho con una mano y respiré hondo. Me animé a continuar.
— Tío, no quiero seguir jugando. Tenía mucho miedo. El me acercó aún más y su boca abierta la
apoyó en la mía. Su aliento me dio asco. Las piernas se me aflojaron. Con desesperación quería
estar en casa durmiendo la siesta o que mamá apareciera y me sacara de ahí. El tío me miraba y
espiaba hacia el portón. La odié a Belén por no haber venido. Quise soltarme. Se lo rogué llo-
rando, sabés Miguel, llorando. No me dejó. Me tiró al piso y caí sobre la red. Me arrancó la
ESTACIÓN CERO —163—

bombacha. Quise gritar, la voz no salió. Con una mano me sujetaba para que no me moviera,
con la otra me abría las piernas. Después sentí un dolor fuerte y que estaba mojada. El jadeaba.
Ese tiempo fue una eternidad. Se cerró la bragueta y se fue.
No me di cuenta que las cenizas del cigarrillo habían caído sobre las sábanas. En mi mano solo
quedaba el filtro. Miguel se había sentado en la cama. Di la vuelta, quedé de espaldas, doblé
las piernas hasta casi tocarme el mentón con las rodillas. Una intensa congoja se apoderó de
mí. No volví a hablar.

Mientras viajábamos en el auto, Miguel prendió la radio. Cuando llegamos a casa no apagó el
motor. Bajé. Abrí la puerta de casa y giré la cabeza. El auto había arrancado.
Recordé la frase del tío: Chiquita, acordate lo que dijimos. No podemos decir nada.
ESTACIÓN CERO —164—

Familia
Norma Troiano

—Sí, es lo que voy a hacer.


— ¿Lo pensaste bien, viejo? Te conozco y no me hago a la idea, viniendo de vos.
—Lo pensé, Beto. Lo pensé y lo repensé, por eso te hice la pregunta.
— ¡Contá conmigo! Ni lo dudes, lo que quieras. Sólo que no salgo del asombro.
—Gracias, flaco, sos un amigazo. Y no te preocupés, por momentos yo no sé si me asombro o
me asusto, pero no me queda otra salida.
Colgó el teléfono y salió del dormitorio. Bajó las escaleras con ánimo de irse sin más, comería
unas medias lunas en algún momento. Hoy iba a ser un día muy difícil, de eso estaba seguro.
Mientras se encaminaba a la cocina, donde los chicos estarían desayunando, se dijo: “Tengo
uno de esos pensamientos de viejo que me deprimen. Quiero mucho a los pibes, pero hay ve-
ces, como hoy, que me parecen un cronómetro temible.”
Milena tenía cuatro años y Gabriel ya estaba en quinto. Entró en la cocina. No quería que los
versos de Borges en “Me arrepiento de no haber sido feliz”, fueran un espejo de su vida.
—Cambiáte, la camisa no va con ese traje.
La miró y pensó con bronca: “tiene una voz dura, siempre tiene una voz dura. Vamos a ver qué
pasa hoy con esa dureza”. No contestó. Se acercó a darle un beso a los chicos, que ya estaban
listos para ir a la escuela.
—Hoy los llevás vos. Yo tengo la firma de una escritura a las once y quiero repasar la documen-
tación antes que lleguen a firmar. No le fío a Silvana.
La volvió a mirar. “Da órdenes, siempre da órdenes. Hasta en la cama —y se prometió —Hoy te
voy a cambiar las cartas, vamos a ver qué pasa”. No le contestó. Ayudó a Milena con la mochila
y les dijo a los dos:
—Vamos chicos, o van a llegar tarde.
—No dejes que Milena se pase adelante, es peligroso.
Tampoco le contestó y se fue detrás de los chicos hacia la puerta.
—¿Y ustedes no saludan a mamá?—reclamó ella.
Ellos volvieron y le dieron un beso.
—Vos podrías hacer lo mismo —dijo ella.
Esta vez él no volvió, le hizo “Chau” con la mano y se fue con los hijos. Ellos corrieron hacia el
coche riéndose, mientras él abría las puertas con el pulsador. Se subió, se puso el cinturón de
ESTACIÓN CERO —165—

seguridad. Milena ya estaba con la cabeza y medio cuerpo entre las dos butacas delanteras,
Gabriel esta vez no le peleó el lugar, puso los codos sobre el respaldo del asiento del conductor,
uno a cada lado del apoya-cabeza. Él giró la llave y el ruido del motor compitió con la voz del
hijo:
—Papá ¿Por qué siempre te callás?
Se le encogió el estómago. Once años y ya le hizo la pregunta que él se hacía desde apenas
uno.
—No te entiendo Gabriel.
Gabriel no repitió la pregunta, simplemente sacó los brazos de la butaca y se recostó sobre el
asiento de atrás, serio.
Condujo hasta el colegio entre el tránsito pesado de Buenos Aires. La sensación en el estómago
no aflojó. Le costaba hablar. Iba a decirle: “Cuando contesto se arma la pelea.” Pero eso ya lo
sabían ellos. Además, Gabriel le podía recordar: “Vos me dijiste que hay que saber defenderse,
cuando Gastón me golpeó en el cole.”
Hacía un año o más que se estaba dando cuenta de algunas cosas, por ejemplo que los chicos
no preguntan en forma directa. Milena, por entonces, le había dicho: Papá ¿De dónde salen las
muñecas? Y él le había contestado: De la fábrica de muñecas. Pero al día siguiente, cuando le
fue a dar el beso de las buenas noches, ella volvió a preguntar: Papá ¿De dónde salen las muñe-
cas? Y él le respondió lo mismo, con una vaga sensación de ser estúpido. Ese día decidió hablar
del asunto con Alicia, la morocha que trabajaba en la otra gerencia. Las mujeres siempre saben
de éstas cosas, había pensado. Y así fue. Alicia se rió, mostrando sus dientes blancos y le con-
testó:
—Quiere saber cómo se hacen los bebés, hombre. Mi sobrino le preguntaba a su madre ¿Cómo
hacen los bebés para saber quien era su mamá?
Esa noche, él había ido a darle a Milena el beso y la respuesta y ella le había echado los brazos
al cuello y le había dicho “Te quiero mucho, papá”.
Estaba a dos cuadras del colegio. De pronto decidió invertir los planes. Paró el coche en el esta-
cionamiento de una de esas cadenas de hamburguesas, se dio vuelta y le dijo a los chicos:
—Bajen, les convido un helado.
—Vamos a llegar tarde —le dijo Gabriel, con cara preocupada
—Sí, es probable.
ESTACIÓN CERO —166—

Bajaron. Milena estaba tan feliz que quiso dos helados. Él se compró el desayuno que pensaba
hacer algún lado. Sentados en esas mesas anónimas, todas iguales, lo miró a Gabriel y le con-
testó la pregunta:
—Mamá manda en casa.
Le leyó en los ojos la nueva pregunta y se la contestó también:
—Eso está mal y, en parte, es mi responsabilidad, que lo dejé pasar. Sin embargo, discutí con
mamá, a solas, muchas veces, para decirle que no fuera tan cabeza dura y criticona. No pude
convencerla o no me dio bolilla —fue consciente del desánimo de su voz.
—A mí mamá me dice que no sé peinarme, ni sacarle punta a los lápices. Que los gasto y los
rompo.
No pudo entender qué le pasaba en ese momento a Gabriel, parecía feliz de hablar y también
angustiado. Pero él no retrocedió.
—Mamá los quiere mucho y los cuida, a pesar de que sea hincha a veces. Yo también los quiero
mucho, pero estoy convencido que para cuidarlos mejor...—le tenía miedo a ese momento,
tanto miedo que lo venía postergando. Se tiró a la pileta —me tengo que ir de casa.
—¿A dónde papi? ¿Me llevás?
Milena tenía helado en la nariz. Se lo sacó con un dedo, le sonrió y le dijo:
—A otra casa, petisa. Y sí, podés venir conmigo y vos también Gabriel. Cuando quieran. —no
sabía cómo hacer menos duras las cosas o cómo decirlo para que no sufrieran demasiado. Le
faltaba convicción, estaba seguro de que estaba marcando un hito en sus vidas y, también, que
si se volvía atrás, el tiempo por venir sería un infierno para él y para ellos. Siguió —Por ahora
voy a estar en lo de Beto, mientras voy buscando un departamento con lugar para todos.
Gabriel se quedó callado. Sabía de qué estaba hablando él. Dejó de interesarle el helado como
a él las medias lunas.
—¿Se lo dijiste a mamá? —preguntó.
—Se lo voy a decir ahora y no a la tarde, como había pensado. —suspiró, se acordó de su pro-
pio padre, un hombre simple y de trabajo, que todavía ahora le palmeaba la espalda para darle
fuerza. No quería ser menos, no podía ser menos. —Todo va a ser un poco difícil, no te voy a
mentir Gabriel, pero también va a traer cosas buenas —le agarró la mano y siguió —Ahora es-
toy mandando yo, pero en mi propia vida. Sé que eso va a afectar la de ustedes también, pero
creo que, a pesar de todo, va a ser para mejor. A veces no nos queda más remedio que tomar
decisiones difíciles —le sonrió al hijo —pero eso sólo pasa cuando uno crece y puede hacerlo.
—¿No la querés más a mamá?
ESTACIÓN CERO —167—

La pregunta lo tomó de sorpresa. ¿Cómo explicar que la gente cambia o el amor se acaba? No
es fácil ser padre y a uno no lo entrenan, se dijo y las palabras le salieron del corazón.
—No como antes. Cuando tengas novia acordate que el amor es una plantita que se riega de a
dos, todos los días. No es como el amor a los hijos, a los hijos los padres los queremos siempre.
Gabriel le tendió la mano. Milena, para no ser menos, le estampó un beso de chocolate en la
cara.
Los llevó al colegio. Llegaron tarde, es cierto, él también llegó muy tarde a la oficina. En el baúl
del coche tenía la ropa, los libros y la música más queridos.
ESTACIÓN CERO —168—

Las mañanas de Laura


Gerardo Rean

6:29 hs. En el departamento, todos duermen, aún no comenzó el día. Apenas se escucha el tic-
tac del reloj de pared del living y comienzan a filtrarse algunos rayos de luz por el ventanal.
6:30 hs. Suena el despertador y rápido Laura lo apaga, para no despertar a los chicos - anoche
se quedaron hasta tarde mirando la televisión y chateando.
6:40 hs. Antes de levantarse prende el televisor con el volumen muy bajo y en el canal de noti-
cias trata de asegurarse de que no haya huelgas de maestros, ni piqueteros en las calles. En la
pantalla ve la temperatura y la sensación térmica. No hay noticias de cortes, ni huelgas — odio
hacer zaping de canal en canal para saber la sensación térmica porque lo que vale es el viento
que pega en la cara, la que sienten los chicos cuando van al colegio.
6:50 hs. Sale del dormitorio despacio, casi en puntas de pie, no quiere hacer ruido. Ya en la co-
cina de la alacena saca el tarro de café, lo prepara liviano — me gusta tomar el café liviano y
bien caliente. Prepara el Nesquik con mucha leche con sacarina para Pilar y con poca azúcar
para Christian, siempre en silencio, pone las rebanadas de pan en la tostadora y en unos instan-
tes saltan dos tostadas y sigue la rutina y pone otras dos rebanadas de pan y calienta las tazas
de chocolate en el microondas — en la tele no cambió la sensación termina.
7:00 hs. Entra en la habitación de Pilar y le dice en el oído, arriba mi amor, tenés que ir al cole,
le toca el hombro e insiste, una vez más.
— Vamos despertate.
Dejame, andate, quiero dormirrr, dice Pilar y se da vuelta para el otro lado en la cama. En la
otra habitación repite más o menos las mismas palabras.
— Arriba, arriba, ya es la hora, levantate.
En el living ordena las carpetas, las mochilas, separa monedas y dos billetes nuevos para el re-
creo y los alfajores — no quiero que se mueran de hambre en el colegio.
7:10 hs. Repite los zarandeos y les acerca el desayuno a la cama.
Las tostadas con manteca y dulce de durazno son para Pilar y para Christian las tostadas con
mucha manteca y la leche tibia.
Pilar la mira de reojo y se acurruca en la cama.
Le alcanza a Christian la leche chocolatada y las tostadas.
— Hoy no quiero tostadas, dice Christian.
ESTACIÓN CERO —169—

7:20 hs. Abre el ventanal, se asomaba al balcón — me gusta ver el cielo porque a veces el servi-
cio meteorológico se equivoca, a ver si hace mucho frío o llueve. Corre al dormitorio y busca las
camperas gruesas que deja junto a las mochilas.
7:30 hs. Suena el timbre de abajo.
El remisero, apurate Christian.
Christian encerrado en el baño no la escucha. Mira de reojo el reloj — si la nena llega tarde y le
ponen media falta.
— Apurate Christian el remisero está abajo
— Ya va má, ya va.
— Nena levantate, tomá la leche. Ponete la campera que después tenés frío. Enseguida ba-
ja — le dice al remisero por el portero eléctrico.
7:40 hs. Se pone el jean, una remera, la campera y mira una vez más la sensación térmica. En el
baño termina de arreglarse, en el espejo apenas se reconoce (al ver esa cara ya cansada, igual a
la de ayer y la de anteayer y la de siempre, desde hace tanto tiempo…) y apurada se pone un
poco de rouge en los labios — ahora estoy mejor.
7:50 hs. Acompaña a Pilar al colegio — si falta la maestra, no quiero que la nena camine sola
tres cuadras.
8:00 hs. Llegan al colegio cuando ya están jurando la bandera. Acompaña hasta el aula a Pilar,
que sin darse vuelta, entra sola sin responder al beso que intenta darle Laura — me acuerdo de
la vez que llegamos tarde al acto del 9 de julio y en el patio tus compañeros en fila desafinaban
esas estrofas “libertad es el grito sagrado, libertad, libertad, libertad” te uniste a la fila y no pu-
de quedarme. Me fui a casa triste. Y lo mismo siento hoy.
8:10 hs. Ya de vuelta en el departamento, se recuesta en cama.
En la cocina el pocillo de café está frío como todas las mañanas.
ESTACIÓN CERO —170—

Pandora
Alcira Saldaña

Antes del crepúsculo, Pandora tuvo fuertes dolores de vientre y expulsó un hombrecito sudoro-
so y feo. El hombrecito cayó entre los yuyos y empezó a crecer. Los brazos y las piernas se le
llenaron de músculos y de pelos. Cuando se irguió, tenía la altura de un hombre y se sintió libre.
La abrazó y se fue. Ella lo siguió extrañada.
En el camino el hombre besó a las ninfas y comió frutos de los árboles. Al pié del volcán, en-
contró un taller y se puso a trabajar. Pandora lo alcanzó.
— Serás un buen presente para mi amante — le dijo.
— Yo quiero vivir. Tú disfrutas el poder de los Dioses, yo soy un hombre simple.
— Quiero darle una sorpresa a Prometeo. Ponte esto.
Pandora le dio al hombre un saco de arpillera. Él se lo puso y siguió trabajando.
— Deja de trabajar, vas a transpirar la ropa — le rogó Pandora.
El Hombre ya había transpirado. En la fragua martillaba con furia. Cinceló un delicado arnés de
plata y se lo regaló a su creadora que se puso el arnés por el cuello, dejando que los hilos de
plata y las argollas le colgaran sobre el pecho.

— No me gusta hacer ese papel de boludo — dice El Hombre y suspende el ensayo.


— Y yo no entiendo quien es Pandora ¿Cómo la voy a representar?
— ¡Pandora es la primera mujer! — grita el Director de la Compañía.
— La primera mujer fue Eva — le responde ella.
— Según la mitología griega Zeus creó a Pandora y le dio una Caja donde estaban todos los
males del mundo — explica el Director.
— Siempre nos dejan como unas hijas de puta.
— Muchachos, tenemos que dejar un poco lo grotesco y hacer lago que tenga sentido… To
be or not to be — dice el Director.
— ¿Qué? — pregunta El Hombre.
La compañía de teatro ambulante, iba por los pueblos representando algo de circo y de folletín.
El Hombre era un poco cómico y otro poco malabarista. Pandora muy bonita, era la mujer del
Director quien rondaba los cincuenta años, esa edad donde la gente se propone cambios, pen-
sando en que ya es hora de hacer algo que lo lleve a la celebridad. El libreto se los había acer-
ESTACIÓN CERO —171—

cado un escritor novel. Otro cincuentón que también deseaba llegar. Los otros se habían incor-
porado al elenco para hacer esta obra.
En la sala de la sociedad de fomento hacían el primer ensayo.
— Si te fijás bien, no es un papel tonto. Le hacés una joya a Pandora, se la regalás… — dice
el Director.
— ¡Que gracia tiene! Es como si fuera mi vieja.
— Sigamos.

— Ven conmigo. Conocerás a Prometeo — dijo Pandora.


El Hombre la acompañó. En su morada, Pandora pidió a las ninfas que le trajeran la Caja que
tenía oculta en el jardín.
— Por favor entra — le pidió al hombre.
El hombre se metió.
Las ninfas pusieron a Pandora una túnica de seda roja encima del arnés de plata. Cuando todo
estuvo listo, cargaron la Caja y el séquito emprendió el viaje. Llegaron a los jardines del Olimpo.
Pandora caminó en puntas de pie y las ninfas dejaron la Caja junto a la fuente. Prometeo estaba
en el jardín. Un picaflor de oro estaba hablando con él.

— ¿De oro? Lo estoy viendo caer como un plomo — interviene El Hombre sacando la cabe-
za de la caja.
— Bueno digamos de alas doradas — dice el Director.
— Abrite el paquete de bizcochos de grasa — le pide El Hombre a Pandora — Me está aga-
rrando hambre.
Pandora reparte bizcochos y le da un mate al Director.

— Titán entre titanes. He visto flores bellas pero nada más grandioso que tú — proclamó el
picaflor.
— Exageras — dijo Prometeo.
Pandora se acercó y el picaflor, correveidile de Zeus, escondió el pico en una cala.
— Prometeo ¿estás platicando solo?

— ¿Platicando? ¿Qué carajo es eso? — pregunta El Hombre volviendo a sacar la cabeza de


la caja.
ESTACIÓN CERO —172—

— Creo que significa que están hablando – apunta tímido Prometeo.


— A ver Pandora, movete, traé el diccionario — dice el Director.
— ¡Siempre me pedís todo a mí! — se queja Pandora.
Y busca en la mochila del Director, donde además de herramientas para armar las improvisadas
escenografías, hay un par de libros, entre ellos un diccionario de bolsillo.
— Dialogando, conversando — lee en voz alta.
— ¡Tá! Adelante.

— Prometeo ¿estás platicando solo?


— ¡Pandora! Siempre me sorprendes — y llevándola del brazo hacia la fuente, continuó
hablando en voz baja - El picaflor trataba de quedar bien conmigo, sabes como es de
hipócrita.
— En el Olimpo lo que no es falso es violento.
— ¡Shhh! Te pueden oír los Dioses. Tú eres mujer y no entiendes. Menos aún lo que es ser
un Creador.
— Espera ver la sorpresa que te traje.
Pandora se desprendió los breteles y la túnica roja cayó al piso. Quedó desnuda, solo su cuello
estaba cubierto por el arnés de plata.

— Esta es la única escena que le va a interesar al público — dice el Hombre desde adentro
de la caja.
— ¡No seas guarango! Esto es arte — se queja el Director — Y vos, nena, cubrite un poco.

Se recostaron en el pasto. Prometeo la acarició.


— Eres bella. Casi merecerías ser una Diosa ¿Qué llevas en el cuello? — Prometeo miró el
arnés — ¿Esa es la sorpresa?
— No. Mi regalo está en la Caja.
Pandora hizo otra vez un gesto de dolor de vientre y lanzó una rana que se fue corriendo por
los jardines.
— Una sabandija verde — dijo Prometeo.
— Es la esperanza. A cada rato arrojo una que va corriendo a la Caja para no perderse.
ESTACIÓN CERO —173—

— No la veo ¡Una rana! ¿Cómo lo vamos a hacer? — se queja El Hombre.


— Metete en la caja y no jodas más. Yo me ocupo de eso — dice el Director.

Pandora se paró y fue hacia la Caja. El Picaflor sacó la cabeza de la cala, sonrió y se volvió a es-
conder.
— ¡No la abras! Temo por ti — le gritó Prometeo.
— No temas, para nosotros los humanos no hay condenas eternas, hay perdón, es algo que
no entienden los Dioses del Olimpo.
Pandora abrió la Caja. El hombre se lanzó hacia afuera y la miró excitado. Pandora le pidió que
se sacara la ropa. El hombre accedió y quedó desnudo y transpirado frente al Titán. Miró a Pan-
dora y tuvo una erección.

— Ese detalle no lo veo necesario — dice el Director.


— Hasta resulta burdo – agrega Prometeo.
El Hombre no dice nada, se queda mirando a Pandora.

Miró a Pandora.
— Es un hombre con el sudor vivo. Tiene emociones — dijo Pandora.
— Es apasionado y débil ¡El Olimpo lo verá como una plaga! — exclamó Prometeo.
El picaflor volvió a asomarse y de sus ojos salieron dos rayos. Prometeo creyó ver en esos ojos
los de Zeus. Los rayos hicieron arder las rosas y los mirtos del jardín. La Caja voló en pedazos y
las ranas desamparadas corrieron a refugiarse en el pelo de Pandora.
Fue entonces cuando una luz destelló en el arnés. La luz fue tomando la forma de una mujer
con el torso desnudo y la cabellera rizada.
— Venus — murmuraron las ninfas.
Escoltaron a Venus hasta el centro de la fuente. La Diosa extendió sus brazos y de sus dedos
surgieron gruesos hilos de agua que mojaron el jardín.
— Prometeo, los hombres son mortales y viven entre polvo y tierra sus esperanzas — dijo
Venus.
— ¿Y piensas que eso es venturoso?
— Es tan breve como vital.
Las llamas del jardín se habían apagado. Olvidados por la distracción de los Dioses, Pandora y El
Hombre lograron huir. Las ranas se fueron con ellos.
ESTACIÓN CERO —174—

— Me voy, Prometeo — dijo Venus —. Los hombres por débiles sobrevivirán y adorarán
nuestras eternas esfinges de mármol.
Venus partió.
Erguida en el centro de la fuente, apareció la estatua de una mujer con el torso desnudo y la
cabellera rizada. De sus dedos brotaban hilos de agua. Prometeo se mojó la cara en la fuente y
fue hacia donde estaba el picaflor.
— Creo que he comprendido ¿Acaso la venganza de los Dioses podría ser el futuro?
El titán miró el cielo y vio asomar el lucero del atardecer.

— Está bueno - dice El Hombre - Pero ¿Y si hacemos otra cosa? Venus, el lucero, es muy
rebuscado. Nadie va a entender un carajo.
— ¡Un poco de sensibilidad! Lo único que les pido es un poco de sensibilidad ¡Así no se
puede lograr nada de nivel! — dice el Director, tira el picaflor de utilería dentro de la ca-
ja, la cierra de un golpe y se va enojado.
— ¡Que le pasó a este! ¿No se da cuenta que el tema y los personajes no nos encajan? —
dice El Hombre — ¿Vamos a tomar una cerveza?
— Yo me tengo que ir a descansar – dice Prometeo – Mañana tengo una función importan-
te.
— Yo me prendo — dice Pandora.
— ¿Y vos? — le pregunta El Hombre a Venus.
— Tengo que salir esta la noche. Me voy — dice fríamente Venus y se va.
— Esta tipa parece de mármol - dice El Hombre y agarra a Pandora del brazo.
Salen y en la fonda de la esquina piden una cerveza. Se la traen con un platito de maníes sala-
dos.
— A mi me llegó lo de la esperanza — dice Pandora mientras pela maníes para los dos.
— ¡Ahí está! Zamba de mi Esperanza de fondo, una paisana y un gaucho se enamoran en
medio del campo y sueñan con tener un rancho.
— ¿Y Venus?
— La Pacha Mama y el picaflor, mandinga.
— ¿Ese pajarito de utilería lleno de colores? Mandinga tendría que ser negro.
— Estás equivocada, no todo lo que reluce es oro, ni todo Hombre errante anda perdido.
Pandora y El Hombre toman esa cerveza y otra. Terminan la noche en la sala de la sociedad de
fomento, haciendo el amor adentro de la caja.
ESTACIÓN CERO —175—

— Creo que te amo desde hace tiempo — confiesa El Hombre y al abrazarla con fuerza, la
vuelca contra el borde.
— ¡Ay! — grita Pandora.
Ha aplastado al picaflor, una astilla dorada se le clava en la espalda.
ESTACIÓN CERO —176—

La suerte
Gerardo Rean

La semana pasada había tenido una semana difícil. Era viernes y me estaba yendo de la oficina
cuando llamó mi amigo Luis.
Me invitó a pasar el fin de semana en Mar del Plata en el departamento de los viejos que esta-
ba disponible.
Estaba cansado y necesitaba tomarme unos días, distanciarme de los problemas de la oficina.
Tener que viajar en micro y de noche no me resultaba lo ideal, pero Luis insistió tanto que
acepté.
Quedamos en encontrarnos en la Terminal de Retiro a las once de la noche para poder llegar a
Mar del Plata el sábado bien temprano, desayunar y disfrutar del fin de semana.
Cuando llegamos a Retiro llovía y hacia frío. Para colmo Luis me comentó que había conseguido
los dos últimos pasajes de un micro doble. Un pasaje arriba y el otro abajo. Los dos queríamos
el asiento de arriba porque era individual.
Lo jugamos a cara o seca, elegí cara y salió seca. Luis se dio cuenta de mi bronca y se ofreció a
viajar abajo.
- De ninguna manera – le dije - Tengo que aprender a ser buen perdedor, si elegiste arriba y
ganaste me la banco y asunto terminado, no se hable más.
Dejamos las valijas en la bodega y cada uno fue a su asiento.
Entré al micro que lucía nuevo y limpio, sin embargo siguió mi mala suerte porque me tocó el
último asiento del lado de la ventanilla y a mi lado se sentó un hombre con pinta de obrero con
una caja de herramientas que no tuvo mejor idea que poner entre sus piernas.
Quedé arrinconado en el asiento, apretado contra la ventanilla.
Cuando el micro arrancó intenté llamar a casa pero no pude porque tenía el celular descargado.
La lluvia seguía y pegaba con fuerza en la ventanilla. Cada vez era más fuerte. Las gotas pega-
ban en el vidrio y por una punta de la ventanilla empezó a colarse un hilo de agua que me
manchó el brazo.
A la salida de Buenos Aires cuando ingresamos a la autopista, pusieron una película que tenía
muchas ganas de ver, pero en la pantalla de catorce pulgadas no alcanzaba a leer el subtitula-
do, además habían bajado el volumen.
Seguí incomodo con mi acompañante y su caja de herramientas, para colmo él disfrutaba de la
película mientras comía un sanwich de milanesa.
ESTACIÓN CERO —177—

Traté de inclinar el asiento, pero no pude era el último asiento y no era reclinable.
El micro estaba en plena ruta cuando mi vecino se durmió, con sus ronquidos yo no podía dor-
mir.
El micro hizo una mala maniobra y salió a la banquina. Avanzó unos metros, volcó y se aplastó
el piso de arriba. Gracias a mi vecino y a sus herramientas pudimos destrabar la salida de emer-
gencia y salimos antes de que el ómnibus se incendiara.

En el entierro de Luis su novia no me saludó.


ESTACIÓN CERO —178—

El padre de su hijo
Mercedes Rocca

-¿Y Tomás, para cuando?


Luciana termina de poner la mesa; un mantel de tela muy blanca, con el contorno bordado
en azul, permite el lucimiento de la vajilla que su abuelo paterno trajo desde Bruselas a Buenos
Aires.
Como el otro comensal aún no aparece, se da tiempo para cortar unas flores de las plantas
del balcón. Luego prepara con ellas un arreglo floral. Inclinada, su pelo rubio y lacio roza las
flores.
Siempre que cocina sus mejillas enrojecen, entonces en la cara las líneas de expresión se
hacen casi imperceptibles. Son surcos muy finos, cuya aparición ya había detectado siete años
atrás, al ingresar con desánimo a la tercera década de su vida.
-¡Tomás! ¿Terminaste?- grita impaciente.
El aparece muy tranquilo, envuelto en una salida de baño. Muy alto, con hombros anchos, su
cuerpo compacto contrasta con el de Luciana, alta y delgada, que lo reta mientras le acomoda
el cuello de la bata.
-Cuando te bañás se sabe cuando entrás, pero nunca cuando salís.
-Uh- refunfuña él.
-Y te dije que no te perfumes tanto, cuando vamos a comer.
Tomás no contesta.
Ella va a la cocina a buscar el guiso. La siguen Paco y Morrongo, perro y gato de la casa, que
aunque ya cenaron, están muy interesados en el evento gastronómico.
Por fin trae la comida en una hermosa fuente de porcelana. El olor es irresistible, en especial
para Morrongo, quién conmocionado adhiere su cuerpo a las piernas de Luciana, dibujando
eses envolventes.
-Tomás, no encerraste los animales- grita muy alterada por las maniobras del gato, que la
hacen trastabillar.
Apenas ha terminado de gritar, cae por culpa de los manejos gatunos y sólo alcanza a salvar
la fuente que no se rompe, pero sí la tapa, que junto con la comida, se esparcen por el piso.
Tomás queda inmovilizado ante el desastre. Su mirada se centra en Luciana, cuyo cuerpo ha
quedado de costado y con mucho guiso encima.
-Ay, me quema - se queja ella, quitándose el guiso que le cayó sobre las piernas.
ESTACIÓN CERO —179—

Los animales aprovechan y comen apresurados, aunque el perro echa miradas de soslayo,
porque no está muy seguro de su conducta.
Ella rechaza con furia a Tomás cuando la quiere ayudar a levantarse. Luego se sienta en el
piso y desde allí evalúa lo acontecido. Enseguida piensa en la sorpresa y mortificación que vio
en la mirada del hombre cuando rechazó su ayuda. Y como está más tranquila, se limpia rápi-
damente y después lo llama con dulzura. El encierra a Paco y a Morrongo para que no moles-
ten. Ella prepara café, que ambos toman con galletitas en la cocina y luego limpian a conciencia
el comedor.
Por último se bañan; él lo hace con una rapidez inusual. Después Luciana propone que se
recuesten a descansar en el piso recién lavado, que luce impecable. Allí no tarda en recordar
que unas horas antes rechazó a Tomás con dureza. Quiere desagraviarlo, por eso lo besa en la
mejilla y en el cuello, mientras percibe con agrado su perfume. El se arrima más y ella también.
Es especial el contraste entre el pelo rubio de ella y el negro de él, quién a los treinta y seis
años, no tiene una sola cana.
La mujer, que está muy junto a él, se siente profundamente feliz y concibe entonces una idea
que la asombra, pero que no rechaza.

En un atardecer de sábado, y una semana después del accidente doméstico, Luciana pone en
marcha su proyecto.
-Tomás.
Él no contesta, abstraído en la película que está mirando por televisión.
-Tomás-.ella habla más fuerte, tocándole un hombro.
-¿Qué?
-Tenés que sacarte una foto.
-¿Por qué?- pregunta él.
-Porque quiero poner en el living tu fotografía.
-¿Para qué?
-Porque sos muy lindo y quiero verte ahí - le responde ella, con un tono muy suave.
-Entonces te sacás una vos también.
Él pone condiciones, ella las acepta.
Tres semanas después están las dos fotografías colgadas en el living, una al lado de la otra,
colocadas en refinados marcos.
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Tomás fotografiado de frente, luce muy buen mozo. No obstante, ella pidió que se le hiciera
un retoque para darle expresión a los ojos.
En el otro cuadro está ella, bonita y sonriente, fotografiada en tres cuartos de perfil.
Ese sábado por la noche, antes de entrar a bañarse, él mira una vez más y con atención, las
flamantes fotografías. Luciana prepara una comida liviana y mientras tanto, se viste y se arregla
de una manera inusual.
Cuando él reaparece, no se queja por su demora en ducharse y lo recibe con mimos, que con-
tinúan durante la cena. Después de tomar el café, lo acaricia y lo besa; él responde abrazándola
con fuerza.
Paco y Morrongo no molestan porque ella, esta vez, se ha encargado de encerrarlos.

Cuatro meses después Luciana ya tiene la pancita propia de un embarazo incipiente.


En el laboratorio donde trabaja como bioquímica, ella no da explicaciones y los comentarios
se multiplican. Todos saben que ella es soltera, que el padre murió y que vive con la mamá y
con Tomás, el hijo de la muy querida y fallecida ama de llaves. Y que hace siete meses la madre
viajó a España para visitar a su hermano y realizar los trámites finales en la sucesión familiar.
Ella recuerda el abrazo y las palabras de la madre cuando la despidió en Ezeiza: “Cuidate Lu-
cita y cuidá mucho a Tomás”. Y no está muy segura de haberlo hecho en la forma correcta.

Una tarde de otoño, Luciana considera propicio el momento para comunicarle a Tomás su
paternidad.
Él está sentado en la vieja poltrona de cuero, con las piernas extendidas y acaricia al perro,
que permanece quieto, inmovilizado por el placer.
Luciana toma la mano de Tomás y la lleva a su vientre abultado. Percibe que la mano de él
está tensa, pero quiere retenerla allí.
En ese momento ella siente un temor repentino, una rara inseguridad, pero decide conti-
nuar, pues es una tranquila tarde de sábado.
-Tomás, aquí está tu hijo.
Se expresa con dulzura, mientras aprieta sobre su abdomen la mano endurecida del hombre.
-Tu hijo - repite él, sin comprender lo que se le comunica.
-Sí, mi hijo y tu hijo.
Ella habla con suavidad, pausadamente y Tomás parece empezar a entender.
-¿Porqué?
ESTACIÓN CERO —181—

-Porque hicimos el amor.


La respuesta es sencilla y ella, emocionada, agrega con solemnidad:
-Tomás, vas a ser papá.
La cara de él enrojece, parece agrandarse y a punto de estallar. Su cuerpo se sacude y en
forma brusca se pone de pie.
Ella retrocede varios pasos y lo mira, desconcertada.
Él va hacia Luciana y en su andar desmesurado hace caer la mesita con la vajilla dispuesta
para el té. Ya está frente a ella, quién ve la furia en los ojos, que ahora ya no están inexpresivos.
La empuja con fuerza arrojándola sobre el diván. Y la explosión emotiva deviene en un acto
sexual violento, que él decide y que la mujer consiente, asustada.
En esos momentos, Luciana sólo piensa en el bebé y en que quiere preservarlo.
Paco se ha retirado a un rincón y llora con gemidos muy quedos, el gato ha desaparecido.

El ataque sexual de Tomás deja muy triste a Luciana. Su decaimiento se prolonga durante
varias semanas, y va cediendo con lentitud. Al mismo tiempo comienza a sentirse desorientada,
pues no sabe con exactitud cual es su mundo y qué metas son las importantes.
Tomás ya ha vuelto a su tranquilidad habitual. Por lo demás, todo sigue igual. Pero con la
diferencia que ella extraña mucho a la madre y desea tenerla a su lado, aunque el regreso la
inquieta porque no le ha comunicado el embarazo.
Luciana se siente muy sola, aunque como siempre están con ella Tomás, Paco y Morrongo. Le
parece que la casa está vacía y ahora le resultan carentes de significado los muebles y los ador-
nos bellos y valiosos, todo lo que desde siempre apreció para vivir en forma confortable.
Ella también siente mucha culpa por haberle impuesto a Tomás una paternidad no deseada y
además sabiendo que la minusvalía intelectual que lo afecta es irreversible.
Todos los días Luciana debe hacer un esfuerzo para ir al trabajo, porque allí se siente in-
cómoda. Ella no lo sabe, pero en el sexto mes del embarazo, se ha abierto en el laboratorio la
denominada “polla del semen”, ideada por Pedro, uno de los extraccionistas, que es un averi-
guador consuetudinario.
El que tiene más votos como autor de la eyaculación y éstos son los términos en que el ex-
traccionista plantea la apuesta, es el dueño del laboratorio, un acaudalado cincuentón que
siempre tuvo con la futura mamá un trato preferencial, muy afectuoso y que hace tres meses
no aparece por allí.
ESTACIÓN CERO —182—

En segundo término está Marcelo, de profesión médico, ex-novio de la embarazada, del cual
ella siguió enamorada tras el alejamiento decidido por él, quién se casó con otra y después se
divorció.
Tomás figura también en la breve nómina de paternidad, ocupando el penúltimo lugar.
La futura mamá, que es muy observadora, percibe las habladurías de quienes trabajan con
ella y decide disipar las dudas.
Busca una conversación a solas con Silvia, con quién tiene un mayor acercamiento. Llegado
el momento le dice que como el tiempo pasa y ya cumplió hace rato los treinta años, quiso rea-
lizar ya el sueño de ser mamá y por lo tanto, se hizo inseminar en forma artificial, de lo cual no
se arrepiente en absoluto.
Larga así todo de un tirón y Silvia queda impactada, enrojecida por la emoción de conocer el
secreto. Por último, Luciana sin darle tiempo a hablar, le dice antes de alejarse:
-No fui a un banco de semen, pero no me preguntes quién es el donante, porque no te lo voy
a decir.
Luciana no sabe si divertirse o amargarse con la ebullición que se produce en la oficina des-
pués de la revelación. Silvia la ha divulgado enseguida, sin el permiso de la futura mamá, quién
ya había previsto la infidencia.
En el laboratorio todos se preguntan ahora quién es el donante del esperma.

Pasado el trago amargo de encarar en el trabajo el tema de la maternidad y como ya está en


el séptimo mes de gestación, Luciana se pone muy ansiosa pensando que el bebé podría nacer
sietemesino. Decide entonces abocarse a la preparación del ajuar y seguir puntualmente las
indicaciones del médico obstetra.
Ella ahora sabe que tiene el deber de cuidarse a sí misma, al bebé y a Tomás. Ellos la necesi-
tan y en este momento no hay nadie que los resguarde. Comprende que es responsable por
ellos y en consecuencia se libera en forma definitiva del sentimiento de culpa, que sólo le había
causado agobio.
Entiende y aprueba la elección de Tomás como padre del hijo tan deseado, decisión que
tomó en forma unilateral, pues no lo consultó. Y aprueba también la ejecución de ese proyecto,
en aquel encuentro sexual que planeó con prolijidad.
Y tal vez para afianzar ese razonamiento, retrocede veinte años en el tiempo, y recuerda en
especial el día de su cumpleaños número diecisiete, que pasó en la quinta de sus padres, en la
provincia de Córdoba.
ESTACIÓN CERO —183—

Revive ese día con nitidez. Es la hora de la siesta y en el parque sólo están ella y Tomás; los
demás duermen o descansan, porque el calor es fuerte.
El pasa allí las vacaciones de verano. Durante el resto del año está como pupilo en un colegio
religioso de Buenos Aires, donde cursa el secundario. Tomás es muy feliz en esos días, porque
convive durante tres meses con la madre, el ama de llaves de la familia de Luciana.
Además en la quinta están los padres de Luciana, que lo quieren como a un hijo, y con fre-
cuencia, las amigas cordobesas de Luciana, que lo siguen en forma incondicional.
El tiene l6 años, pero parece mayor porque es muy alto y de complexión fuerte. Su cara es de
rasgos perfectos; la tez blanca, el pelo renegrido y son en especial convocantes los ojos, hermo-
sos, color marrón muy oscuro.
Luciana considera al adolescente como de su propiedad y lo seduce cuando puede, lo cual no
es muy frecuente, porque casi siempre hay inoportunos alrededor. Sabe que él la quiere y la
desea, pero que por razones sociales y de respeto a los mayores, se inhibe de expresar esos
sentimientos.
El apasionamiento es recíproco.
Y esa tarde ella lo quiere como regalo de cumpleaños, para tenerlo para sí por completo, sin
más dilaciones. Con muchísimo cuidado, ya elaboró la estrategia para lograr el encuentro
sexual tan deseado, que debe concretarse en forma secreta. Y a más tardar, según los cálculos
que hizo, dentro de los próximos cuarenta minutos, pues siendo las 14.20 de un día canicular,
ambos ya están solos en el parque.
-Tomy, en mi cumple, yo quiero pedirte un regalo.
Se expresa con dulzura y con algo de vergüenza. Luego se queda en silencio, porque está tur-
bada y no encuentra las palabras para transmitir el deseo impostergable. Él no capta el mensaje
y como ya tiene el obsequio de cumpleaños guardado en la habitación, pero se lo quiere dar a
la noche, en la fiesta, le explica esto a Luciana.
Ella presiona para que le entregue en ese momento el regalo, porque necesita estar sola para
ir a un alejado cobertizo, pues quiere verificar que allí esté todo en orden. Él por fin accede y va
a buscar el regalo. Luciana corre hasta el cuartito donde se guardan los elementos de jardinería,
que sólo usa el jardinero y que hoy no está. Ella lo limpió por la mañana, minuciosamente. En
un rincón dejó una manta, plegada como al descuido, pues no se atrevió a extenderla sobre el
piso de ladrillos, para que su intención no fuese tan evidente.
Apresurada, busca detrás de un balde, donde hay un frasquito que escondió allí a la mañana.
Contiene un poco de perfume que escamoteó a la madre y que días atrás debió trasvasar del
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envase original, con muchísimo cuidado. Se tranquiliza, lo más que puede, para no olvidar per-
fumarse todas las partes del cuerpo, que evalúa como decisivas. El índice derecho, muy moja-
do, se detiene tras las orejas, en las sienes, en el cuello, en los hombros, entre los pechos, en el
vello púbico y alrededores y como ya se le está por acabar el perfume, distribuye el resto entre
ambos glúteos.
Tomás ya la está esperando, sentado a la sombra del pino, frente a la mesa rectangular de
granito, donde apoyó el regalo. Luciana se arroja sobre el paquete, y queda encantada con la
bonita lapicera y sobre todo con los papeles para carta, que tienen un filete rojo carmesí, que
también adorna la solapa de los sobres.
Ella, en agradecimiento, le da un beso en una mejilla, muy cerca de la boca y luego prueba la
lapicera, dibujando un corazón en el papel carta, con una letra T mayúscula adentro. Él sonríe
apenas, sin saber qué hacer. Sólo puede sentir las tórridas turbulencias que le ocupan el cuer-
po, absolutamente incontenibles. Queda inmóvil, alarmado por la invasión de esos fluidos,
asustado porque no los puede detener.
-Tomy, enseñame a hacer un avión.
La adolescente le da el papel de carta con el corazón dibujado.
-No es para usar en eso - dice él muy serio.
-¿Y para escribir cartas de amor?
Luciana lo mira sugerente y Tomás responde apresurado:
-Puede ser.... Mejor hagamos el amor... digo el avión.
Ella ríe, enloquecida de alegría por el acto fallido de Tomás y envalentonada, lo lleva de la
mano hacia el cuarto del jardinero.
-Vení, vamos para allá, que hay más sombra.
Y mientras caminan, le dice, razonando con dulzura:
-Yo tengo el papel en mis manos. Y vos con las tuyas sobre las mías, me vas mostrando como
se hace, como hacía tu mamá cuando éramos chicos, para enseñarnos a escribir.
Ya están por llegar al cuarto de jardinería.
-Quedémonos bajo este árbol, que da buena sombra.
Luciana asiente, mientras piensa que la separan apenas cinco metros del punto de llegada y
que muy pronto ambos los recorrerán.
Por ahora se sientan en el césped, a la sombra del árbol y él comienza la clase sobre cons-
trucción de avioncitos. La dicta con el método que ella le pidió, que requiere en este caso parti-
cular, la superposición de las manos masculinas sobre las femeninas.
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Mientras imparte la lección, Tomás no puede concentrarse. Ya había tenido experiencias


sexuales y quiere correr a su habitación para agarrar un sobrecito. Dicho sobrecito contiene el
elemento necesario para preservar a Luciana de consecuencias no deseadas.
-Hola, chicos. ¿Qué están haciendo?
-¿Qué está haciendo usted aquí? - replica Luciana en forma imperativa, enojada por la irrup-
ción de Albertina, la mujer del casero. Y fastidiada, agrega en tono de censura:
-¿No debería estar durmiendo la siesta?
-Sí señorita, estaba durmiendo, pero me despertó la calor, porque no la aguanto. Enseguidita
pensé sacar los caballetes, para la fiesta.
La empleada responde muy nerviosa y su voz no tiene la alegría con que los saludó al encon-
trarlos.
Luciana ya descargó la bronca y como Albertina es tan simple como buena, la besa con afec-
to, mandándola a descansar porque, como le explica, ese trabajo es para hombres.
Queda muy poco del tiempo calculado por la joven para hacer el amor; y también ya se enti-
bió la conjunción fogosa de los momentos anteriores.
Entonces ellos, por sugerencia de él, compiten para ver quién tira el avioncito de papel, más
lejos o también más alto, según sea el desafío.
Entretenidos, riendo, recorren el parque. Es el turno de Tomás, para tiro en alto. Según él
evalúa, el espacio de vuelo, es suficiente en lo ancho y hacia arriba, es infinito. Con fuerza tira el
avión, que recorre varios metros y se desvía, terminando el recorrido entre las ramas de un
pino.
Luciana se sienta junto a la enorme mesa de granito que está bajo el árbol, dando por termi-
nado el juego. Pero él piensa que quiere y puede rescatar el avioncito de papel, que lleva un
mensaje valiosísimo. Cuando sube al pino, ella lo mira sorprendida porque no le comunicó an-
tes esa intención. Emocionada, se queda sin palabras, pensando como se quieren. Y lo sigue
con la mirada, sin despegarla del cuerpo de Tomás. Así unidos, ellos son sólo uno en el silencio-
so parque.
Un ruido inesperado termina con la tranquilidad del momento. Cuando Tomás escala el árbol
y ya se encuentra en la mitad de la rama buscada, ésta se quiebra con un crujido penetrante.
Mientras cae, Tomás intenta sin éxito aferrarse al árbol. Impacta sobre la mesa de granito, de
costado, y la sien derecha recibe el golpe final.
Luciana se abalanza sobre él para auxiliarlo. Le habla y le grita, con desesperación, pero no
responde. Está sin conocimiento. Ella toma la cabeza ensangrentada y cuando la besa, ve un
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líquido transparente que brota de una oreja. Aterrorizada, alcanza a gritar pidiendo ayuda,
antes de desvanecerse.

Luego de su internación en una clínica cordobesa, Tomás fue dado de alta, pero la disminu-
ción de su capacidad intelectual quedó como secuela del accidente. En el aspecto físico no tuvo
cambios, salvo la mirada vacía, casi nunca expresiva. Ya en Buenos Aires, no pudo continuar los
estudios secundarios. Y fue a vivir a la casa de Luciana, porque los padres quisieron que el ama
de llaves estuviera con el hijo minusválido.
Luciana, después del accidente, padeció un estado anímico oscilante entre la depresión y la
ansiedad, pendiente en forma obsesiva de la recuperación de Tomás. Ella no pudo asistir a la
escuela ese año, por el shock traumático que le causó el accidente y un año después completó
el secundario, sin las compañeras de siempre. Nada volvió a ser como antes. Porque Tomás fue
el primer amor de su vida.
Desde el enamoramiento adolescente, siempre lo tuvo a su lado. Cuatro años después del
accidente, Luciana tuvo la primer relación amorosa con otro hombre. Tomó muchas precau-
ciones para que Tomás no lo supiera, porque temía causarle dolor y con el tiempo no ocultó sus
amores.
Pero siempre la unió a Tomás un fuerte vínculo afectivo. Muchas veces buscaba al Tomás
adolescente en el Tomás que estaba viviendo en su casa. Y comenzó a valorar al adulto, calmo
y sensible, respetuoso y tierno, al hombre que fue su primer amor. Por eso quiso que fuera el
padre de su hijo.
Pero Luciana siente que su mundo está incompleto. Falta la madre, entrañable y reflexiva,
que no está enterada del embarazo. Descarta una comunicación telefónica por las inevitables
preguntas y porque además quiere explicitar que ella indujo a Tomás al acto sexual. Por eso le
escribe:

Buenos Aires, 12 de agosto de 2005.


Querida mamá:
Quisiera que ya estés aquí, porque te extraño mucho y deseo con toda mi alma que estés
cuando nazca tu nieto.
Perdoname por no habértelo dicho antes. Es hijo de Tomás, él fue mi primer amor, nos quer-
íamos mamá, por eso yo busqué tener un hijo con él.
Ya estoy en el octavo mes de embarazo y el bebé está muy bien. Mami, es un varón.
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Quisiera que estuvieras en casa para acompañarnos a mí y al papá, que no está muy conven-
cido de tener un hijo, pero ya se está haciendo a la idea, porque me quiere. Y yo a él, tal como
es.
Paco y Morrongo te extrañan.
Vení pronto. Te quiero mucho, mamá.
Luciana.