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Jason Goodwin

La serpiente de piedra
Estambul, 1838. Mientras el sultán Mahmud II agoniza en su palacio sobre el
Bósforo, la comunidad griega anda misteriosamente inquieta y rumores de
conspiración se propagan por las esquinas. Entre el tumulto, Maximilian Lefèvre, un
misterioso arqueólogo francés, llega a la ciudad de la Sublime Puerta en busca de un
tesoro bizantino perdido. Yashim, un célebre detective eunuco conocido por su astucia
y exquisito gusto, debe custodiar al recién llegado. Pero pronto el cuerpo de Lefèvre
aparece mutilado, y Yashim se convierte en el principal sospechoso del marcado
asesinato. Un enigma se oculta tras las exóticas calles de Estambul, y Yashim sólo
podrá demostrar su inocencia resolviéndolo.

Jason Goodwin

La serpiente de piedra

Primera edición: abril 2008
Título original: The Snake Stone
© Jason Goodwin, 2007
www.jasongoodwin.net
© Editorial Seix Barral, S. A., 2008
Avda. Diagonal, 662-664 - 08034 Barcelona
www.seix-barral.es
© Traducción: Francisco Lacruz, 2008
ISBN: 978-84-322-3172-8
Depósito legal: M. 11.898 - 2008
Impreso en España

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Jason Goodwin

La serpiente de piedra

A Izaak

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Lord Byron. y el doctor nos medicastra. Don Juan 4 .Jason Goodwin La serpiente de piedra El rey nos gobierna. el cura nos sermonea y así expiran nuestras vidas.

su piel estaba pegajosa por el aire salino. antes de convertirse en una segunda Roma. rematada por un capitel corintio. Un pie alcanzó a Giorgos en la zona lumbar. Su cola golpeaba el suelo. La mayor parte de la gente ignoraba que la columna aún existía: a veces uno la veía. 5 . gimiendo con esperanza. antes de convertirse en el ombligo del mundo. Levantó la mirada hacia los muros del palacio del sultán y se dio palmaditas en el cogote con el pañuelo. Giorgos sacó el cuchillo de cocina de su cinto y cortó el aire mientras se daba la vuelta. las mezquitas de la línea costera devolvían el eco. Barrían el Bosforo hasta Uskudar. Era la reliquia que subsistía de una acrópolis que se había alzado allí muchos siglos atrás. Las ásperas ululaciones se extendían en sollozantes oleadas por el Cuerno de Oro. Era muy afilado. los almuecines. —Eh. cuando uno ya no puede distinguir entre una hebra negra y una blanca.Jason Goodwin La serpiente de piedra 1 La voz era baja y áspera. a veces no. Era la hora de la plegaria de la noche. Lo arrojó a las sombras. pero para Giorgos se detuvo antes. El primer perro soltó un grave gruñido y mostró los dientes. La llamada a la plegaria duró unos dos minutos y medio. La Punta del Serrallo iba apareciendo por la proa a babor. Las notas de la plegaria se extendían por el barrio europeo de Pera. un perro amarillo asomó cautelosamente de un cercano portal. tejiendo entre los minaretes de la ciudad el tenue resplandor de un cántico que expresaba de un millar de maneras la flaqueza del hombre y la identidad de Dios. Tras esto el cuchillo perdió su uso. 2 Maximilien Lefèvre se inclinó sobre la barandilla y dejó caer su cigarro puro en la hirviente espuma que se formaba junto al casco del buque. que resultaba visible a veces desde el mar. El sonido fue aumentando a medida que un almuecín tras otro iba recogiendo el grito. El hombre de la triste expresión se agachó y recogió el cuchillo. mientras el crepúsculo caía. Era un buen momento para descargar un golpe mortal contra un hombre en la calle. donde los remeros griegos estaban encendiendo sus luces de navegación en sus deslizantes esquifes. Cuando el barco daba la vuelta a la Punta. Un segundo perro avanzó furtivamente sobre su barriga y se acercó agachándose. una mancha de color púrpura que se diluía en la negrura de las montañas: y desde allí. Había una vieja columna en el Cuarto Patio del serrallo. revelando la Torre de Gálata en la colina de Pera. sus árboles aún se veían negros y macizos a las tempranas luces. Giorgos. Por todo Estambul. subidos en sus minaretes. en el lado asiático. No era un cuchillo para luchar. Cuando el hombre se hubo ido. echaban hacia atrás la cabeza y empezaban a cantar. Lefèvre se sacó un pañuelo de la manga para secarse las manos. pero su punta estaba rota. Tropezó con un hombre que tenía una cara larga como si estuviera lamentando alguna cosa. Los brazos de éste se separaron y avanzó tambaleándose. entre los árboles. y procedía de atrás. con algunas luces que oscilaban contra el negro acantilado de la colina. cuando Bizancio no era más que una colonia de los griegos.

Lefèvre depositó una monedita en su mano y el joven escupió. Lefèvre parpadeó. El capitán levantó la mano. Se lanzó un bote y Lefèvre bajó en él junto con su baúl. Lefèvre se encogió de hombros: «A la prochaine. la ciudad de patriarcas y sultanes. m'sieur -replicó el marinero lentamente. Todos éstos son unos ladrones. —¿El doctor Lefèvre? Sígame. Los hombres del embarcadero se quedaron en silencio. gracias. Lefèvre se encogió de hombros. Un hombre se estaba acercando a través de las tablas con unas babuchas verdes. ¿Quiere que le encuentre un mozo? ¿Hotel? Muy limpio. el ancla agarró y el barco fue retrocediendo lentamente por la acción de la cadena. en Estambul.Jason Goodwin La serpiente de piedra El barco viró. Ése era el panorama que los visitantes siempre admiraban: Constantinopla.» —Adio. Bajo las cúpulas. descalzos y ataviados sólo con sucias camisetas. —Dineros de ciudad -dijo despreciativamente-. un joven marinero griego saltó a la orilla con un bastón para empujar a la multitud de vendedores. el orgullo de quince siglos. Era de mediana estatura. la cadena se deslizó con el estruendo de un disparo de cañón. Algunos de ellos empezaron a dar la vuelta. Mu. Lentamente. —¡Ajajá! -El griego bizqueó ante la moneda y su rostro se iluminó-. atravesó el bajo portal bizantino de 6 . Al cabo de un momento. roja. Se vistió rápidamente y bajó a la planta. pasándose soñolientamente las manos por los rizos de su cabello. por favor. aguardando la señal de su capitán. -Y. -Mantenía su mano extendida. Dineros de ciudad muy malos. Llevaba unos pantalones azules holgados y una camisa abierta de algodón. echó a un lado su manta korasiana y se deslizó del diván. añadió-: Nos haremos cargo de su baúl. con una cabeza de cabello blanco como la nieve. en el barrio de Fener. Con su otra mano hizo un gesto esperando una propina. excelencia. —No. Yashim se despertó bajo un cálido rectángulo de luz solar y se incorporó. descolorida. y luego modestamente se retiraban. y Lefèvre soltó un gruñido de satisfacción. la costa de Estambul del Cuerno de Oro apareció a la vista. una a una. Cuatro marineros.uy bien. los tejados de Estambul despedían resplandores rojos y anaranjados bajo las primeras luces del sol. Otros estaban izando las velas sobre sus cabezas. —Piastras de Malta -dijo con calma. 3 Aquella misma mañana. excelencia. encendió otro puro y dedicó su atención a la cubierta. el concurrido caleidoscopio del espléndido Oriente. La decepción se producía más tarde. acercándose a la orilla y a la contracorriente que los iría empujando hasta hacerlos detenerse. -Redobló sus esfuerzos con los vendedores-. metiendo sus pies automáticamente en un par de babuchas de cuero gris. Estambul. En el embarcadero de Pera... volviendo la cabeza. cayendo en cascada hacia el bullicioso muelle. El timonel conducía con cuidado el barco a babor. una procesión de cúpulas y minaretes que surgían al frente. se encontraban inclinados junto a la cadena del ancla. Sus ojos eran de un azul penetrante.

Uno de sus ojos estaba velado por las cataratas. oscuros rizos. Con su amable rostro. libros griegos. La moneda falsa era como veneno en las tripas. donde el hombre que se encontraba en la cocina le hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y puso una pequeña sartén de cobre al fuego. Tras torcer por algunas calles. algo irritante de lo que Estambul nunca podía liberarse. justo a tiempo de ver cómo el dueño del café recogía la moneda y la mordía. Sopesó la bolsa y oyó el seco crujido de su fortuna susurrando entre las puntas de sus dedos. Deslizó los pies bajo su túnica. Bajo una larga capa. a los cuarenta. una curiosa chaqueta como de frac de alto cuello. libros turcos -y muy pocos de ésos-. Yashim era un eunuco.Jason Goodwin La serpiente de piedra la casa de la viuda y salió al callejón. Yashim bien podía haber sido un pliegue en el tapiz que cubría el diván. esta particular renuncia al desafío o a la amenaza constituía su talento esencial. Algunos de los vecinos de Yashim en el diván parecían escarabajos negros de pies descalzos. su trabajo como librero era observar. un individuo que trataba con libros viejos y curiosidades. y se comió la çörek. un tranquilo interrogador. En la calle de los Libreros. Y no era un hombre completo. por el paso de los años. Y con ese gesto se volvió. dejó una piastra de plata sobre la bandeja y salió a la calle hacia el Gran Bazar. Goulandris miró fijamente a su visitante con su único ojo bueno e hizo rechinar los dientes. Pero no se fijaba en él. Yashim se detuvo ante una tiendecita que pertenecía a Goulandris. Los libros no 7 .. se limpió las migajas del bigote. en cierto sentido. Libros viejos. todo codos y puntiagudas rodillas. En la esquina se dio la vuelta y miró hacia atrás. al acabar. y lo hacía. pero el otro hacía el trabajo de ambos. Goulandris no era uno de esos atrevidos e insistentes griegos. o una soltura de gesto. bajo las salientes ventanas superiores. y sus ropas holgadas por pantalones y la estambulina. entre rojo intenso y marrón. de vez en cuando. Si es que «hombre» era la palabra adecuada. llegó a su café favorito.. libros nuevos. y esta ausencia de bordes ásperos. no hablar. apenas afectado. Se tomó el café apoyado en un codo. ojos grises. ni a las mujeres. más que llamarla.. Habían transcurrido varios años desde que el sultán empezara a alentar a sus súbditos a que adoptaran la forma de vestir occidental: los resultados eran variados. La gente lo veía. invisible. El sultán se estaba muriendo. y una bata color azafrán. la expresión de su cara cuando lo abría y empezaba a leer. Yashim lanzó un suspiro. pero eran pocos los que llevaban botas con cordones. incluso en el Estambul del siglo XIX. tomando nota de cómo se movía el cliente. en francés. que parecía desviar la atención.. Pero la invisibilidad de Yashim era también una cualidad de aquel hombre. Yashim era alguien que escuchaba. la rapidez con que seleccionaba cierto libro. una especie de fluidez en sus movimientos. Decidió fumarse una pipa. Había una inmovilidad en él: una firmeza en la mirada de sus grises ojos. en la Kara Davut. y había amargura en el aire. Yashim se instaló en el diván que daba a la calle. A veces tenía las novelas francesas a las que Yashim casi siempre sucumbía. sólo su turbante era deslumbrantemente blanco. Ello se debía en parte a la forma en que Yashim seguía vistiendo. Yashim no desafiaba a los hombres con quienes se encontraba. libros en armenio y hebreo e incluso ahora. único. Muchos habían cambiado su turbante por el fez rojo. Dimitri Goulandris los almacenaba tal y como llegaban a él: desordenadamente.

Yashim sonrió. tampoco tenía ni idea. Había más escritura en él. en tanto que no dejaba de sentir la mirada de Goulandris firmemente clavada en sus movimientos. y el impulso astutamente concebido y perfectamente dramatizado. —Doce piastras -gruñó Goulandris colocando un dedo regordete sobre el libro que tenía ante sí. Adolphe. sospechaba Yashim. los viejos rollos imperiales que mostraban una bella tugra del sultán. Pero cómo valorar un libro. amontonados al buen tuntún con los libros de texto francos sobre balística. El libro de la mesa era más grueso. escogiendo -al azar. cuidadosamente. de Carême. Goulandris. Por un momento.. observaba los signos. Eso ya era otra cuestión. alargó la mano y volvió a coger el ejemplar de Adolphe. un tesoro captó su atención. No pensaba comprar ese libro. llevándose una mano al pecho. detrás de un mostrador franco. Escuchaba lo que le decían. el librero. Pero el libro delgado estaba en la mano del eunuco. Yashim salió a la calle de los Libreros. o al menos así lo esperaba. Se limitó a sugerir precios. Y quizás no estaría al mes siguiente. con un gesto de la cabeza hacia el viejo del sucio fez. los impenetrables tratados religiosos griegos. 8 . Le gustaba ese lugar. el ejemplar añadido a última hora como si nada. Al llegar al pie de la colina se dio la vuelta hacia el mercado. Goulandris creía que era capaz de descubrir todas las estratagemas que la gente usaba para despistar. Goulandris veía a un caballero acomodado recién llegado a la mediana edad..algo francés. el puñado de novelas francesas con las que Yashim tanto disfrutaba. con su ojo bueno. Muy bueno. por curioso que fuera. Yashim lo deslizó bajo la pila cuando situaba los libros sobre el mostrador. su negro cabello ligeramente teñido de gris bajo un pequeño turbante. esa pequeña cueva de libros. Yashim hurgó en su bolsa. Vaciló un poco en su tercera elección.. No estaba ahí el mes pasado. agarrando el volumen I de L'Art de la Cuisine française au 19me Siècle. las paredes cubiertas de libros desde el suelo hasta el techo. El librero miró con sospecha primero al libro que Yashim tenía en la mano y luego al libro de la mesa. Lo cerró suavemente y lo devolvió a su lugar en la estantería. un escritor francés cuya pequeña novela ponía al descubierto las agonías del amor no correspondido. Adaptando su mirada ahora. había estado muy lejos. alargó una mano y cogió el Adolphe. Goulandris se chupó los labios. No regateó ni ofreció argumentos. Uno nunca sabía lo que podía encontrar allí. con Benjamin Constant. Sólo el maldito eunuco seguía siendo un constante rompecabezas.. y que llevaba una blanda capa de color indeterminado. Observaba cómo sus manos se movían. Dudaba de que supiera hacer algo más que leer y escribir en griego. se encontró en el familiar chiribitil del Gran Bazar. Y hoy. con su sucio fez gris. y el parpadeo de sus ojos. La fingida indiferencia. quedó desconcertado.. Pero el eunuco. Medio sonriendo para sí mismo. bajo el brazo.. Como sin darle importancia. Quedándose sólo con dos. era bueno. Devolvió el Adolphe a la estantería y. Allí. la débil lámpara y al propio Goulandris. De manera que.Jason Goodwin La serpiente de piedra le interesaban. Yashim se inclinó. las piernas cruzadas en su taburete. —¿Está usted buscando algún libro? Yashim levantó la cabeza de la página que estaba leyendo y miró a su alrededor. A Yashim le costó reprimir un estremecimiento de decepción cuando Goulandris solemnemente valoró el tercer libro sólo un poquito más de lo que estaba a su alcance.

Los hermanos Constantinedes llevaban idénticos bigotes finos y estaban siempre en movimiento detrás de sus pilas de verduras. 4 9 . ¡A los precios de ayer! —Dicen que os vais a hacer cargo de su puesto. —¡Effendi! ¿Qué podemos hacer por usted hoy? -Uno de los hermanos se inclinó hacia delante y empezó a arreglar un montón de berenjenas con rápidos movimientos de la muñeca-. —Cinco minutos -dijo quedamente. cinco) ¿y nada más. Yashim frunció el ceño. —Quédate el cambio. El hombre recogió los calabacines en su platillo. Los calabacines cayeron en el cesto. effendi.. Constantinedes frunció los labios pensativamente.¡Fasulye hoy. eh. Si tuvo un accidente. dijeron. por favor.. quizás pueda ayudar. y dejó ir el platillo.Jason Goodwin La serpiente de piedra Yashim vio al pescadero que contemplaba fríamente sus balanzas mientras pesaba una perca para una matriarca. —Una oka de calabacines. El hombre vaciló. ¿Cómo pasó? —Los calabacines. Giorgos era un viejo y obstinado griego y simplemente refunfuñaría y diría que el dinero era una mierda. —Ya no va a venir. para hacerse cargo de su puesto. Giorgos no tenía trato alguno con la sospecha. effendi -explicó un tendero armenio-. —Cuatro piastras. pensó Yashim. éste lo agarró por el borde y suavemente volvió a alzar su nivel. veinte-veinte-veinte-ochenta y cinco las patatas (cinco. —Soy amigo suyo. a cinco. como bailarines. —Vinieron ayer. Constantinedes pesó dos okas de patatas y las echó en el cesto de Yashim. Yashim siempre había sido fiel a Giorgos. recordando a Giorgos en su puesto de verduras. —¿Accidente? -Yashim se acordó del vendedor de verduras. El dinero falso alimentaba la sospecha. luego recogió las dos monedas sin mirarlas y las dejó caer en la bolsita de lona que llevaba en la cintura. y dijeron que Giorgos ya no vendría más. Y entonces volvió a sonreír. El cadí era el funcionario que regulaba el mercado. El tendero volvió la cabeza y escupió. —Puedo preguntar al cadí -dijo Yashim con calma. colocando de nuevo el platillo sobre las balanzas con un floreo. Dos hombres regateaban por un puñado de zanahorias. al menos eso es lo que he oído. Uno de los hermanos Constantinedes. Cuando Constantinedes inclinaba el platillo sobre el cesto de Yashim. al precio del año pasado! ¡Sólo por un día! Yashim empezó a reunir sus ingredientes. oh. Giorgos siempre tenía buenas ideas para la cena. Miró hacia delante. effendi? —¿Qué le ha pasado a Giorgos? —Hay judías hoy. —A cinco. Alguna clase de accidente. con sus grandes manos. Giorgos no estaba allí. —He oído que tuvo un accidente.

mucho antes de que formaran una pelota con sus puñitos y respiraran su primera bocanada de aire en Estambul.. escoltas. ¿sabe? —Sí. cómo se casaban. cómo les pagaban. los amigos que tenían. Yo lo dejaría. Regresó a su tenderete. Los residentes de la parte más antigua de Estambul estaban acostumbrados a la confusa atmósfera. eso Yashim lo sabía muy bien. Muchos pertenecían a la mayor familia de todas. Los eunucos corrientes del Imperio. 5 Estambul era una ciudad en la que todo el mundo. a una familia. el lugar en que rendían culto a su Dios. Estoy hablando con usted porque era amigo suyo. A veces se sentía más como un fantasma que como un hombre. Constantinedes se llevó la taza a los labios. Yo no pregunto. se le ocurrió.. de calidez humana y a la vez de chismorreos. el trabajo que hacían. a un gremio. nacían o eran enterrados. y no por primera vez.. No queremos problemas. eran todos miembros de una familia. De manera que Yashim había elegido entre la libertad y la pertenencia. Esto pasó entre ellos y Giorgos.. En aquella ciudad. a un barrio. del olor del mar. por así decirlo. que. su invisibilidad le dolía. -Se inclinó para coger algo del suelo y Yashim oyó que susurraba-: La Hetira. de las especias y de las alcantarillas. preguntándose dónde había oído aquel nombre anteriormente. No nos meta a nosotros. cómo los comerciantes se amontonaban en una calle o una sección del bazar.Jason Goodwin La serpiente de piedra Yashim removió el café y esperó con calma a que el poso se asentara. —¿Quiénes son ellos? El hombre apartó su café y se puso de pie. por una temporada. y vivían y morían al servicio del sultán. un aire cargado de almuecines. pero sus talentos eran demasiado grandes para que se sintiera cómodo retenido allí. Dónde vivían. de todo Estambul. que los rodeaba desde la cuna y los seguía hasta la tumba. él podía ser la excepción que confirmaba la regla. Todas estas cosas les venían dadas. y un agradecido sultán le había otorgado esa libertad.. 10 . pertenecía a alguna parte. Los recién llegados -los extranjeros especialmente. Frecuentemente sentían claustrofobia. —Todos tenemos que hacer una elección. Observaban la disposición como en harén de las casas.a menudo se quejaban de que la vida en Estambul estaba muy compartimentada. y se acabó. Yashim.. a una iglesia o a una mezquita. —Pero tú te quedarás con su puesto. —Escuche. y del perfume de los cipreses. —Un poco de todo. dejando a Yashim en su contemplación de los gruesos y brillantes posos de su taza de café. Deslizó su pulgar por el borde de la mesa. effendi. Incluso los mendigos tenían un gremio que les prometía ocuparse de su entierro. guardianes. los lisos muros de las calles. entre las mujeres del harén y los secretos del sanctasanctórum del sultán. desde el sultán hasta el último mendigo. incluso los muertos pertenecían a alguna parte. que servían de carabinas. había servido en el palacio del sultán. ¿Está bien Giorgos? —Quizás.

alguien en la ciudad lo sabía. cuando Yashim le preguntó si pensaba adoptar el fez. Casi diez años después de que el sultán le hubiera dicho a sus súbditos que vistieran todos de la misma manera. ¡yo llevo lo que llevo porque soy lo que soy! Yashim no le había vuelto a preguntar al respecto nunca más. El sonido del agua cayendo llamó su atención. ¿En Yildiz? ¿En Dolmabahçe? En algún lugar del Bosforo. vivo o muerto. un grupo de griegos habían aparecido por el muelle pidiendo que los llevara por el Cuerno hacia Eyüp. preguntándose si tal vez se encontraba en una de aquellas estrechas calles donde Giorgos había sufrido su accidente. —¿Giorgos? Nunca le pregunté -dijo el dueño del tenderete de al lado. Vio el festoneado borde de una fuente. hacia el mercado. porque las farolas estaban encendidas y observó que los braseros ardían en la costa de Pera. donde unas monjas vivían en dormitorios. Ignoraba dónde había tenido el accidente.Jason Goodwin La serpiente de piedra Con la libertad habían llegado responsabilidades que Yashim se esforzaba por cumplir. En una ocasión. Yashim le ofreció una propina. Aquella puerta que daba a la calle le había dado a Yashim una idea. reconoció a Giorgos por la descripción de Yashim. Giorgos le respondió irguiéndose con rigidez: —¿Qué? ¿Crees que voy a vestir para sultanes y pachás toda mi vida? ¡Bah! Como estas flores de calabacín. Un grupo de discretos edificios formaban un complejo alrededor de la iglesia. que descansaba su atlético cuerpo sobre el erguido remo de un frágil esquife. Entonces Yashim volvió sobre sus pasos. Lo llevaba al Bosforo la mayoría de las noches. sería a esa puerta. 11 . unas moneditas de plata que el barquero se guardó sin mirarlas. Pero entonces Yashim supo dónde podía encontrar a Giorgos. y seguían vistiendo como antes. Todo lo que tenía eran sus amigos. donde los vendedores de mejillones estaban preparando sus cucuruchos de la noche. dijo. y tampoco Giorgos había hecho ninguna observación sobre el turbante de Yashim. y entre todos los demás que daban de lado el fez. rascándose la cabeza-. Pero ¿qué sabía realmente sobre Giorgos? Ni siquiera sabía dónde vivía. Si su amigo había sido encontrado en la calle después de su accidente. adonde lo habrían traído. captó el vislumbre de un patio con trozos de una tela deslumbrante puesta a secar sobre un arbusto de romero. Giorgos era un amigo. Una iglesia se alzaba en la calle paralela con aquella por la que él estaba fatigosamente subiendo hacia el mercado. Se había convertido en una especie de signo secreto entre ellos. ni su profesión le daban el derecho a esperar ver su propio reflejo en otro par de ojos. Siempre viene andando del muelle Eminonu. Ni su condición. Uno de los barqueros de Eminonu. sin la menor duda. gracias a su gorro azul y sus negros zapatos. situado a más altura que el nivel de la calle. sin ala. estuvieron discutiendo un rato porque él no quería renunciar a su tarifa regular. y babuchas negras que lo identificaban como griego. Recordó también que debía de haber sido después del crepúsculo. comían en un refectorio y también dirigían un dispensario y un hospital de beneficencia para enfermos incurables. reprimiendo cortésmente un reflejo que era una segunda naturaleza para la mayor parte de comerciantes de la ciudad. Giorgos se aferraba al tradicional gorro azul. A través de un portal. La puerta se balanceó y se cerró. Pero estuviera donde estuviese. estoy totalmente seguro. una fuente de silenciosa satisfacción y mutuo reconocimiento entre ellos. Dos noches antes. Hasta los muertos pertenecen a alguna parte. Pero también la soledad.

y en la iglesia. el daño ya estaba hecho. que continuaban por sus hombros y alrededor de su fornido pecho. dispuestas para ser reparadas. Giorgos tenía la mandíbula y media cara envuelta en vendajes. y varios oscuros coágulos allí donde la sangre se había secado alrededor de las heridas. cuando no un absoluto secreto. De vez en cuando su recorrido aparecía bloqueado por una maraña de redes y nasas. a veces agachándose para pasar por debajo de los salientes pisos superiores de las casas de madera. Los negros zapatos de Giorgos descansaban en el suelo. Sólo después de que la puerta se hubo cerrado a sus espaldas. que se inclinaban en absurdos ángulos. Pero está muy grave. El pabellón estaba bañado por una fría luz verde y olía a jabón de aceite de oliva. Su o sus identidades seguirían siendo un misterio. Pero era demasiado tarde. El turbante del conquistador. entablillado y vendado. —Está vivo. y que dijo que. a fin de cuentas. 12 . ¿Qué significaba eso? Mientras la monja lo acompañaba a través del pequeño patio. Quienquiera que había atacado a su amigo había hecho un trabajo concienzudo. sus regazos llenos de redes rotas. Lo que Yashim pudo ver de su rostro no era más que un hinchado cardenal. la ascendencia de la media luna en la ciudad santa de la Cristiandad ortodoxa. pero la monja le tocó el brazo y le dijo que no se preocupara.Jason Goodwin La serpiente de piedra Pero la puerta permaneció cerrada. Yashim instintivamente se llevó la manga a la boca. Las mujeres lo miraron con curiosidad cuando pasó. que no había posibilidad de contagio alguno. a pesar de sus llamadas. en efecto. Para Giorgos. habían dejado a un griego a su puerta justo dos noches antes. Respiraba con dificultad. pensó Yashim en advertirla de la necesidad de guardar discreción. todos los catres estaban ocupados. —Ha tomado un poco de sopa -susurró la monja-. cuando finalmente llegó a ella. Ancianas vestidas de negro de la cabeza a los pies se encontraban sentadas en sus escalones. Pero no podrá hablar durante muchos días. pensó. Yashim difícilmente podía discutir con ella. Yashim le contó lo que sabía sobre su amigo. en medio de la calle. Uno de sus brazos -el izquierdosobresalía rígidamente del catre. procurando evitar el canalón al aire libre que bajaba tortuosamente por la colina. a los pies de su camastro. hasta que Giorgos se recuperara lo suficiente para hablar. Le dejó también una bolsita de monedas de plata y la dirección del café en Kara Davut donde podían localizarlo cuando Giorgos recobrara la conciencia. entonces saltaba sobre el canalón y continuaba por el otro lado. Eso es bueno. como si el peso de las cuerdas de tender que había entre ellas las fueran arrastrando hacia abajo. Pero cuando finalmente pasó más allá del retablo y a través de la puerta de la sacristía. y el derecho a intervenir en sus asuntos. Había cuatro catres de madera y un amplio diván. La Hetira. tuvo que superar las sospechas de un joven sacerdote griego que sin duda había sido criado en un imperecedero odio por todo lo que Yashim podía representar. se encontró con una vieja monja que asintió. negro y morado. por la voluntad de Dios -dijo la monja-. 6 Maximilien Lefèvre bajó ágilmente del esquife y anduvo por la estrecha calle guijarrosa. y probablemente no importaba.

la Sombra de Dios sobre la Tierra. y más aún. La idea hizo fruncir el ceño a Lefèvre. el sultán Mahmut II. ¿no? Lefèvre levantó la cabeza y lanzó a su compañero una mirada de intenso desagrado. pese a la reputación de que allí se comía buen pescado. y estalló un pandemonio cuando toda la pandilla de niños se lanzó a perseguirlo calle abajo. Habían navegado por esas aguas mientras los turcos aún andaban pastoreando sus rebaños por los desiertos de Asia. El hombre lanzó una risita. producida por una vida de dedicación a la reforma de su imperio. otro más atrevido se apoderó de la moneda. El sultán yacía recostado sobre las almohadas de un enorme lecho con dosel del que colgaban cortinas adornadas con borlas. El pequeño vaciló. Le vieron sacar una moneda del bolsillo y ofrecérsela con una sonrisa al niño más pequeño de todos. Lefèvre guardó silencio por unos momentos.son unos ruidosos del carajo. y todos imaginaron que era rico. los griegos seguían ganándose la vida con el mar. 7 En el palacio de Besiktas. —Los griegos -gruñó.. Lefèvre se dirigió rápidamente a la parte de atrás y se sentó en una pequeña veranda que daba a los tejados en forma de canalón y al Bosforo. —Éste es un buen lugar.. Al poco rato. explicó que Dios dio la tierra a los turcos. No es probable que nos molesten. cuando Lefèvre se detuvo y se dio la vuelta.. signor. de manera que. en griego. Los griegos del Bosforo habían tripulado los barcos que navegaron contra Jerjes. Los extranjeros raras veces visitaban los pueblos griegos. se congregaron.. Las apartó como pudo de la cara y mantuvo la boca cerrada. Lefèvre se quedó mirando sus manos. El otro hombre se pasó la mano por el bigote. recordó Lefèvre. Algunos de los niños más pequeños supusieron que Lefèvre era turco. cuatro siglos antes de Cristo. yacía agonizando de tuberculosis. y cirrosis hepática. Un pachá otomano. —No me gusta que nos encontremos aquí -dijo con calma. Allí estaban desde hacía ya dos mil años. —Pero usted. y un mal champán acompañado de fuertes licores. signore. con sus setenta y tres habitaciones y cuarenta y siete tramos de escaleras. muy pronto Lefèvre se encontró con una comitiva de niños curiosos. y a los griegos el mar. tal como cantó Homero.. entre Pera y las residencias de verano de los diplomáticos europeos. según unas normas más occidentales. ¿Cómo podía haber sido de otro modo? Cuatrocientos años después de la conquista turca. Lefèvre dobló la esquina para entrar en un callejón abandonado. —Hablemos -dijo. usted es francés. Bandadas de diminutas moscas se alzaron de estancados charcos al aproximarse él. medio curiosos y medio temerosos. contemplando a través de sus ojos inyectados 13 .. habían transportado a Alejandro Magno a Asia cuando éste llevó a sus ilotas en sus legendarias campañas en Oriente. más modernas. La puerta del café estaba abierta. que gritaban tras él y se empujaban mutuamente mientras sus abuelas observaban. Cuando Agamenón reunió su flota..Jason Goodwin La serpiente de piedra Ortaköy era uno de la docena aproximada de pueblos griegos que se extendían a lo largo del Bosforo. otro hombre se unió a él..

los almirantes. y los ojos hundidos de Abdul Mecid. agarrando la Bandera del Profeta. en un caftán manchado con la sangre de la Casa de Osmán. Los resultados habían sido dispares. concubinas. lo sabía vagamente. como si fuera una pistola. y no sabía a quién podía llamar. en el Egeo. Había ordenado a sus súbditos que dejaran de llevar turbante. Las flotas del sultán otomano patrullaban el Mediterráneo y el mar Negro. la que le masajeaba los pies tal como a él le gustaba. el todopoderoso regimiento que se oponía a cualquier reforma. y a su concubina favorita. Había otra cara. y el asombro en su cara cuando apareció repentinamente en el viejo palacio. el sultán Mahmut no podía recordar a quién deseaba ver. un jenízaro que le apuntaba con sus dedos. Había algunas personas de las que se acordaba. cuyo pecho era como la cintura de una muchacha. alegre. con la ayuda europea. Vio a su tío Selim muerto. el imperio de sus antepasados. sin levantar la vista. si eran judíos. Y en muchos de sus súbditos cristianos se habían despertado unas esperanzas no realistas. así como las caras de los hombres que había visto.. Tenía. el profesor de equitación piamontés. y preservar.que había recibido de sus manos la Cruz al Servicio y murió retorciéndose al extremo de una cuerda bajo el ardiente sol. ahí. sus dedos agarraron la borla. los seraskiers. con sus furiosos mostachos. de rodillas. un eunuco negro. Veía al viejo general Bayraktar. hacía muchos años. sus soldados hacían guardia en el Danubio junto a las Puertas de Hierro. -empezó a decir el esclavo. Pero cuando el esclavo llegó. eso es -dijo. Había destruido el poder de los jenízaros. si eran musulmanes. Fátima. a la edad de cincuenta y cuatro años. obediencia a su voluntad. Al cabo de siete años de luchas. —El doctor Millingen. Y ahora. Se estaba muriendo. haciendo una reverencia. viva: gorda. sino también de sus caras. las pálidas patillas de Calasso. y sin esperar nada a cambio.. no sólo de sus nombres. y le guiñaba el ojo. y llevaran el fez rojo y la estambulina. Recordó a otro general que había caído mortalmente. se recitaban plegarias en su nombre en las mezquitas de Jerusalén. Tenía esposas. El sol trazaba lentamente su recorrido circular y ahora brillaba desde el oeste. moría por su causa. voivodas y hospodares que gobernaban su extenso imperio con medrosa. y luego volvió a caer. Su mano se movió lentamente hacia un cordel de seda cuyas borlas rozaban sus almohadas. un mundo bajo su mando. y la barba del Patriarca -¿cómo se llamaba?. y sacó a Mahmut del cesto de la ropa sucia para hacerlo sultán.. Muchos de sus súbditos musulmanes lo denigraban ahora como el Sultán Infiel. por no mencionar a los pachás. Aquellos griegos de Atenas se habían rebelado contra él. En sus treinta años como sultán. y babuchas azules. 14 ... al otro lado de los estrechos. y era el señor de Egipto.. la medicina. de La Meca y Medina. y gorros azul celeste. o al menos respetuosa. Su mano se movió. Había querido que todos los hombres recibieran el mismo tratamiento. habían creado su propio reino. ¡El reino de Grecia! El champán y el coñac habían aliviado parte de la ansiedad que el sultán experimentaba en sus esfuerzos por actualizar. Había adoptado las botas de montar y las sillas francesas. su hijo.. si eran griegos. y en las montañas del Líbano. entre la multitud: un sufí con una amable sonrisa. tenía esclavos a su servicio. también. un estudiante presa de la lealtad.Jason Goodwin La serpiente de piedra en sangre el Bosforo bajo su ventana y las colinas de Asia. independiente. Mahmut había presidido muchos cambios. —Un vaso..

y yo soy un hombre sin país». ¡Un francés a cenar! Eso sí que era un desafío. había forjado una amistad con Yashim. casi ceceante. antes de eso.. Pero yo soy el sultán. en él había más copas rotas y menos frases en francés. seguía siendo un tema de discusión. Palieski abría la boca para hablar. Austria y Prusia. Porque tú eres un hombre sin pelotas.hacemos un hombre. ¡Sirve! 8 —Tenga cuidado con estas escaleras. Pero desde entonces «Juntos -había declarado Palieski en una ocasión. 15 . Ahora Lefèvre se le adelantaba para entrar en la habitación y alargaba la mano. como representante de un país desaparecido. Palieski dejó su maletín sobre la mesa y lo abrió con un sonido metálico. en otras capitales de Europa. porque el recuerdo de Yashim del hecho difería del de Palieski. Stanislaw Palieski. —Enchanté. Lo cual ocurría. como si tocarla lo tranquilizara. —Lefèvre -se adelantó Palieski-. Palieski era vagamente consciente de ello. es mi médico. pero los turcos. ¿Estaba el francés dando a entender que se encontraba bebido? Se llevó una mano a la corbata. pensó frunciendo el ceño. No era costumbre de Yashim estrechar manos. Cómo se habían hecho amigos. pertenecía a otra época. con una incipiente barba blanca de unos días y una voz que era blanda y sibilante. El doctor Lefèvre es arqueólogo. Es un honor. Palieski había llegado a Estambul veinticinco años antes. —Pues no. Estaba seguro de que no te importaría. claro que no. intrigantes y traficantes de todas las nacionalidades y ninguna. monsieur. la corbata no era. cuando el francés añadió: —No estaba en absoluto preparado para una invitación tan generosa. en los días anteriores a que Estambul se viera totalmente invadida por charlatanes. el embajador polaco era sólo un recuerdo diplomático. como sus botas. pero tomó la de Lefèvre y la apretó cortésmente.. embajador polaco ante la Sublime Puerta. Impecablemente almidonada y adecuadamente anudada... Yashim. lamentándose ante un culín de vodka. frunció el entrecejo y prosiguió su subida por las escaleras del apartamento de Yashim. antes de que Polonia hubiera sido borrada del mapa por las hostiles maniobras de Rusia. monsieur.Jason Goodwin La serpiente de piedra —. Alguna vez he resbalado ya en ellas. Pero también. Antes de que cualquier francés recién llegado te cogiera por banda y se autoinvitara a cenar. —¡Pero sólo al bajarlas.. Están muy gastadas. monsieur -dijo-. el viejo enemigo.. Los ojos de Yashim se iluminaron. lo habían recibido con cortesía. Como su chaqueta. como su propia posición diplomática. Era un hombre bajito. excelencia! Estoy seguro de eso. de constitución delicada. En otros lugares. Era una declaración de amistad de Palieski. Es francés. entre tú y yo. —Pero estoy encantado. de hombros encorvados. ¡Es muy amable por su parte al recibirnos! Algo huele bien. de la última moda.

Por la mañana es Bizancio. —¿Byron? -preguntó Yashim. sacando una botella más pequeña y pálida que Yashim reconoció inmediatamente-. —Estoy seguro de que será excelente -dijo Lefèvre a Yashim con una sonrisa afectada. Para mí. Lefèvre. y luego rellena de nueces y especias. karniyarik.. —Burbujea -dijo Lefèvre. carente de arte. y todo ello hecho según recetas perfeccionadas en las cocinas del sultán. qué fue Bizancio. estoy seguro de ello. tengo esto -añadió. —No por mucho rato -añadió Yashim. o flores de calabacín rellenas. ¿no? No fue nada. el doctor Millingen.Jason Goodwin La serpiente de piedra —Champán -anunció. esta ciudad es como una mujer. Yash. —Ah. por lo que yo sé. No puedo resistir su encanto. sacando dos botellas verdes-. pequeñas berenjenas rellenas de cordero especiado. Y Bizancio no recuerda nada. —Millingen no es demasiado malo como médico. muy simple. Pilló unas fiebres. de manera que probablemente será una porquería. El inglés. Es decir. su exterior no daba ninguna pista en cuanto a los tesoros que contenían. Al cual consulté recientemente. Me asegura que pertenece a un envío originalmente destinado a la mesa del sultán Mahmut.. la piel crujiente de una caballa liberada de su carne. Un famoso poeta inglés. Murió tratando de organizar a los rebeldes griegos en el veinticuatro. Metió la mano en su bolsa. —Uno vive con la esperanza -dijo tristemente. Alejandro vino y se fue. 16 . Todos eran dolma. -Las manos de Lefèvre revolotearon hacia su cabeza-. observando atentamente la copa-. Byron era un entusiasta de la independencia griega -prosiguió-. Palieski estaba rumiando sobre su champán. Me atrae como si fuera una sirena. un pueblo griego. Millingen era su médico. Por un dolor de cabeza. —¿Cómo lo diría? -comentó Lefèvre-. —Si el champán no es bueno. -Vació la copa y la posó silenciosamente en la palma de su otra mano-. —La ciudad ordenada por la Naturaleza para ser la capital del mundo. —Lord Byron. Nunca vivió para llegar a disparar un arma.. por supuesto. Por eso Bizancio es joven. —Yo más bien pienso que la enfermedad del sultán habla por sí misma. Je suis archéologue. ¿Sabe ella quién es? ¿Que se alza entre Asia y Europa? Difícilmente. Aunque mató a Byron. Lefèvre cogió una flor de calabacín y se la metió en la boca. le doy la bienvenida a Estambul. Sabrán ustedes.. Procede de un belga del barrio de Pera. y un platito de kabak cicegi dolmasi. Yashim trajo una bandeja en la que había dispuesto una selección de meze. Palieski asintió. Derrota a los mejores doctores. en el sitio de Missolonghi. conchas de mejillón cubriendo una preparación de piñones. -Lefèvre fijó sus oscuros ojos en Yashim-. —¿Le curó? Lefèvre enarcó las cejas. sí. Bebieron el champán en las copas de tulipa de Yashim. El embajador lo miró fríamente. uskumru dolmasi: algunos pequeños böreks rellenos de queso y eneldo. Doctor Lefèvre.

le da su nombre. pero aún tiene encanto. Se recupera. desde las Columnas de Hércules hasta los desiertos de Arabia. los dedos extendidos. la ciudad de Constantino. Levantó la mano. De manera que busca un nuevo protector. Lefèvre se volvió hacia el embajador. el emperador como regente del Altísimo. el 375 después de Cristo? Bizancio es suya. sí. Y se convierte. El nuevo corazón del Imperio romano. excelencia. Palieski estaba estudiando la bandeja. —Hasta que llegaron los cruzados. ¿Qué año. Ahora le llegó el turno a Yashim de parpadear. Lefèvre cerró los ojos y asintió. La copa y el platillo que Jesús utilizó en la Última Cena. Constantinopla. En 1204. Su diadema arrojada al polvo.. se vuelve hermosa otra vez. -Extendió sus manos. no obstante. Lefèvre. caballeros. —Trato de aprender de ellas. Encaja con él. la vergüenza de Europa. —Constantino. 17 . El sanctasanctórum.Jason Goodwin La serpiente de piedra Su mano se cernió sobre la bandeja. —Hubo un hombre que apreció su belleza. en la puta de Mehmet. sin embargo. igual que una mujer. Los clavos que fijaron a Jesús en la cruz. Le trae los cuatro caballos de bronce de Lisipo. El señor de Jerusalén y Roma. ah. frunciendo claramente el entrecejo. -Hizo una pausa-. Los turcos la conquistan en 1453. Estambul es también una serpiente. desde luego. puede cambiarse. Palieski enterró su rostro en la copa. Constantino saquea el mundo antiguo como un hombre que colma de joyas a su amante. Yo lo llamaría una violación. Reliquias de los primeros santos... que se alzan actualmente sobre la Piazza San Marco de Venecia. —Y usted va recogiendo esas pieles desechadas. ¿No es así? Lefèvre contempló pensativamente el silencio. Nada es demasiado bueno para ella. la adoran. —Todas las sagradas reliquias de la fe cristiana fueron traídas a esta ciudad -añadió-. como si fuera un prestidigitador-. Santa Sofía. monsieur. —Santa Helena. —Pero ¿quizás mi pequeña analogía les disgusta? Alors. ¿Qué se puede añadir? Los siglos de riqueza. Es una sombra de sí misma. es una mujer. Seleccionó un manjar exquisito de la bandeja.. el césar. Es doloroso para nosotros hablar de esa época. Y la eleva hasta la púrpura imperial.. Le trae la Columna de la Serpiente de Delfos. —Deberían hacerla santa patrona de los arqueólogos. que muda su piel. —Los turcos. —Ah. la octava maravilla del mundo. El francés parpadeó. el emperador Justiniano construye la madre de todas las iglesias. Bizancio ha recorrido un largo camino desde su época de jovencita pescadora. La perfección del arte bizantino. —Y a su madre también. la violación de la ciudad por los brutales soldados de la Europa occidental. Le trae el tributo del mundo conocido. Ceremonia.. Y por tanto. Llegó a la ciudad y desenterró un fragmento de la Vera Cruz. —Y. Palieski asintió. monsieur.. permítanme decirlo. derramamiento de sangre.. —Dos siglos más tarde. No lo olvide -añadió Palieski. se enamoró.

Apenas a un centenar de kilómetros de donde estamos nosotros. No siempre nos preocupamos de las cosas como deberíamos. —Cuán interesante. en la Tróada. —Más que eso. monsieur. La despreocupación de esa clase puede ser un don del cielo para un arqueólogo. La información trivial puede a veces resultar muy útil. Uno no tiene más que ir a su Atmeydan (el antiguo Hipódromo de los bizantinos) para ver que todos sus monumentos permanecen 18 .. Elijo mis lecturas cuidadosamente. excelencia. ¿Ha oído usted alguna vez hablar de Troya? Yashim asintió. Diarios. Pero para eso (y para cualquier otra cosa) uno necesita dinero. —Sí y no. lanzando otra mirada a su amigo. en resumen.Jason Goodwin La serpiente de piedra —Buen meze. -Y soltó una carcajada. Más tarde. —Sin duda. le diría a Yashim que la visión de su cara en aquel momento le había producido el primer placer de la noche. Lefèvre se lamió los dedos y se los secó con una servilleta. Yo iba a sugerir que un día descubriremos las ruinas de la ciudad que Agamenón saqueó. Tomó un sorbo de champán.. —El sultán Mehmet en una ocasión reivindicó su ascendencia troyana -dijo-. si pudiera conseguir permiso aquí. —Pues lo hago. quería explicar la teoría subyacente en su selección. Cartas. —Todo dolma. Me creo todo lo que leo. Palieski se puso de pie y abrió la segunda botella con un ruido sordo. pero Lefèvre se le acercó un poco y le dio un golpecito a Palieski en la rodilla.. —Ah.a veces estas cosas pueden venir por sí solas. juntando sus pulgares-. sólo estoy citando) es el jugo aromático de la judía árabe. —Me temo que quizás nos encuentren ustedes muy descuidados con el pasado -dijo Yashim-. ¿no cree usted. —No debería usted creerse todo lo que lee en los libros -dijo Palieski.. y puedo decir que toda la comida callejera es buena en el Levante. -Se inclinó hacia delante. —¿Cree usted que existió realmente? Lefèvre rió suavemente. si uno lee cuidadosamente y aprende dónde mirar. —Por supuesto -continuó Lefèvre. No me quejo. -empezó a decir Yashim. Recuerdos de viajeros. tal vez tenga usted razón. —¿Va a excavar usted mismo? —Lo haría. monsieur? Yashim asintió lentamente. el café. —La singular contribución de los turcos (creo que esto es correcto) a la dégustation de la Europa civilizada (me perdonará. quizás. desde Albania al Cáucaso. -Lefèvre se humedeció los labios con la punta de la lengua-. Palieski levantó la mirada. —He viajado. Yashim -dijo. Una ligera brisa agitó las cortinas. Un hábito profesional. Creo que se la encontrará exactamente allí donde la leyenda siempre la ha situado. Pero por cada migaja de información útil tiene uno que desechar cientos. monsieur. Presentó la caída de Constantinopla como una venganza contra los griegos. sí. Sonrió agradablemente y extendió las manos. -El francés se pellizcó el labio inferior-. y una de las anillas tintineó en la barra.

lo cual no es culpa de los turcos. Ningún signo en absoluto. En el silencio que siguió a este comentario. Eso fue vandalismo extranjero. Estoy seguro de que tengo razón. que ésta ha sido una noche deliciosa. volvió la cabeza involuntariamente y miró hacia atrás. en un momento en que se dejó llevar. —No era la primera vez que mencionaba esas cabezas de serpiente. descorchando la botella. sacudiendo la cabeza. pero cuando dobló la esquina. el callejón estaba oscuro. tal como digo. Girando la llave en la cerradura. Bebieron de la segunda botella mientras el francés esbozaba sus planes para dejar Estambul y darse una vuelta por los monasterios griegos del este. —Uno de estos días. hombres ignorantes -les dijo. insistiendo en que podía irse solo a casa. —¡Sabe usted. antes de llegar a su puerta. Lefèvre se frotó las manos y lo declaró excelente. —Trabzon. reflexionando sobre la conversación de la cena. pero yo no veo ningún signo de ello. —¡Qué vergüenza! -murmuró Palieski. si vuelve a pedirme que nos veamos.Jason Goodwin La serpiente de piedra intactos. diría -prosiguió Lefèvre-. de manera que Yashim no pudo captar el final de su despedida. Yashim. Sabes. Llevaba cogida la botella de vodka por el cuello. en los siglos transcurridos desde que se alzaron al lado del Oráculo de Delfos! -Medio se volvió hacia Palieski-. cuando todo el champán se hubo terminado. Con la excepción de la Columna de la Serpiente.. Lo había visto -y olidocociéndose en el brasero. recuerdo una historia que fue perpetrada por unos compatriotas suyos! Unos jóvenes bravucones del cuerpo diplomático. Yashim lo acompañó al callejón. Yashim sacó su plato principal. Dicen que un visitante echa de menos la buena compañía estos días en Estambul. excelencia. —Sí. Palieski había conducido a Yashim hasta un vasto armario que se alzaba en lo alto de las escaleras de la embajada polaca. seguido de un mantecoso arroz pilaf. Pero las cabezas de bronce fueron arrancadas de la columna hace poco más de un siglo. excelencia. y oyó solamente el sonido de sus propios pasos. Se marchó poco después. —Debo decir. Creo que bastante a menudo resulta rentable creer en lo que se lee. Lefèvre frunció el ceño e inclinándose señaló a Palieski. A veces caen cosas de lo más provechosas para todos. Se dio la vuelta y regresó por el callejón. En una ocasión. —Nadie lo recuerda ya. -le gritó Lefèvre con un gesto de la mano: y entonces los porteadores levantaron la silla sobre sus hombros y salieron trotando. uno nunca sabe lo que le puede caer en el regazo inesperadamente. -Palieski parecía impresionado por una idea-. donde ardía una pequeña vela votiva en un nicho. hace un siglo. Sin embargo. Palieski cogió su copa y la vació. Erzurum. Hombres estupendos. lo condujo hasta la Kara Davut y le buscó una silla de manos. Lo hizo en cuanto nos conocimos. Mucho tiempo atrás. un suculento estofado agridulce de cordero y ciruelas pasas. había abierto las puertas para 19 . le diré que no. por supuesto. La columna ha perdido sus cabezas. -Hizo una pausa-. ¡Piensen ustedes en lo que sus ojos habrán contemplado. Claro que no voy a dejar que se pierda de vista -añadió paradójicamente. Por un momento tuvo la impresión de que algo se había movido en la parte superior del callejón.. Palieski abrió la puerta bruscamente cuando Yashim llegó a lo alto de las escaleras.

Pero ahora tú lo sabes. —Bebo por eso -dijo Palieski.» —Ni siquiera Lefèvre miraría en ese armario en busca de las cabezas de la serpiente. o por ambas cosas. Sintió sequedad en la boca. Mientras que los hombres consultaban a Yashim sobre temas monetarios. durante unos minutos. Yashim. Lamento haberlo traído. Las sienes de Yashim latían con fuerza. —Mi viejo y querido amigo. sólo un puñado de hombres merecían ese título. en una tallada silla de madera. Yash! -Miró frenéticamente hacia la puerta-. Sencillamente no sabía cómo librarme de él. pero hoy el equilibrio era delicado. erguida y rígida.. Tenía el rostro de un dios capadocio. estaban más preocupadas por sus maridos. que había bajado cautelosamente por las escaleras de su apartamento a media noche. amigo mío. su cabello. sabes. y se balanceó un poco sobre sus pies. recogido y sujeto con agujas. 20 . la mejor. En circunstancias normales. —¡Por el amor de Dios. y la mayor parte de ellos trabajaba en las dependencias de las mujeres en los palacios del sultán. Me ha estado corroyendo durante años. Y a veces no querían nada más que satisfacer su curiosidad sobre Yashim. Ah.Jason Goodwin La serpiente de piedra revelar dos de las tres cabezas de bronce que antaño habían adornado la Columna de la Serpiente en el Atmeydan. seguiría confortablemente dormido en su cama. Madame Mavrogordato tampoco era lo que él había esperado. Deseó haber ignorado la nota e ido al hammam primero. por lo general. Yashim parpadeó. No era un reproche. Me imagino que ese hombre es una especie de ladrón. Esto te limpia por dentro. sus criados. Palieski dio una sacudida a la botella con tanta fuerza que unas salpicaduras de vodka cayeron sobre su muñeca. antes de que Palieski cerrara bruscamente la puerta y dijera: «Ahí está. Estaba sentada.. Palieski. de manera que ellas inventaban pequeños problemas y lo llamaban para que les alegrara el día. cortésmente. «Provechosas para todos». Sopesándolo bien. eso era bueno. 9 —No es usted lo que yo había esperado -dijo madame Mavrogordato. Las estuvieron contemplando. Lo llamaban. Sopa de callos. Y bebió. La nota le había sido entregada muy temprano. incluso las mujeres cristianas se lo hubieran pensado dos veces antes de llamar a un hombre a sus habitaciones. y a veces sobre la muerte. negro como el azabache. pero Yashim estaba más allá de toda sospecha. narices. con rectas cejas negras y cincelados labios. al menos habría tomado un poco de sopa. Era la simple exposición de un hecho. Las damas. y no tengo ni idea de cómo. Ese francés podría reaparecer en cualquier momento.. las mujeres lo llamaban más raramente. Palieski probablemente tenía razón. o «guardián». y el sultán se estaba muriendo realmente a causa de aquel champán. -Se lamió la muñeca-. Él estaba vinculado al palacio. estoy mejor. lala. Sabe demasiado. con los ojos desorbitados por el horror. no hace falta que lo volvamos a ver jamás. y me alegro. En una ciudad de un millón de personas. Él las huele. vivía en la ciudad. -Se sirvió dos tragos y echó la cabeza hacia atrás-..

—Quizás le sorprenda saber que yo también he vivido modestamente en mi vida -empezó a decir madame Mavrogordato. un reloj americano colgaba de la pared. Sus manecillas indicaban algo más de las diez. Yashim miró al reloj. No permito que se fume en estas habitaciones. —Llega usted tarde -dijo ella. completamente cerrada por postigos. dieciocho años antes. Me gusta más estar ocupado que ocioso. Cogió un collar de cuentas de su regazo y empezó a pasarlas a través de sus esbeltos y blancos dedos-. con un pequeño panel de cristal a través del cual se podía ver el péndulo reflejando rítmicamente la suave luz de la gran sala. Los Mavrogordato pertenecían a un círculo de familias opulentas que realizaban la misma clase de negocio que había llevado a cabo la aristocracia fanariota. en medio de un silencio acompasado sólo por el tictac de los cuatro relojes de madame Mavrogordato. Los negros ojos de madame Mavrogordato parpadearon en dirección a un enorme reloj del abuelo alemán. sacerdotes y banqueros. gobernadores. Hizo un gesto señalando una rígida silla francesa. —¿Por qué no lleva usted el fez? —No soy un empleado del gobierno. el distrito había sido asolado por un incendio. Yashim hizo una reverencia. después de los disturbios. Pero no era exactamente el mismo nombre y tampoco la misma gente. también. —Café. Algunas viejas familias griegas de Fener habían proporcionado durante siglos al Estado otomano dragomanes. hanum. pero puedo estar ocioso. y. Entre las ventanas. El señor Mavrogordato y yo hemos trabajado duro y. pero eso difícilmente los convertía en vecinos: el hogar de Yashim era un pequeño apartamento encima de un callejón.Jason Goodwin La serpiente de piedra Madame Mavrogordato no lo llamaba lala. Confío en que eso ya sólo sea cosa del pasado. Yashim vivía en Fener también. Más allá de ése. El criado regresó con el café. esta supuesta aristocracia fanariota casi había desaparecido. Durante los disturbios griegos. la mansión era enteramente nueva. Tengo casi cuarenta años y creo que soy lo bastante viejo para elegir lo que considero confortable. Apareció silenciosamente un sirviente en la puerta. e incluso su nombre parecía bastante familiar. pero muchos se habían vinculado al movimiento de independencia griego. —¿Qué significa eso? —Vivo modestamente. los Mavrogordato. Detrás de madame Mavrogordato. en el barrio de Fener. -La mujer miró a Yashim durante un momento-. Nunca querría tener problemas con el servicio. Era un buen café.. aparecía otro gran reloj del abuelo. La mansión Mavrogordato se alzaba solitaria detrás de unos altos muros ennegrecidos por el fuego. hanum. Yashim tomó un sorbo. que se alzaba contra la pared del oscuro apartamento. Estoy completamente 21 . De la misma manera que elijo para quién trabajo -añadió fríamente. Cuán absolutamente nuevos resultaba difícil decirlo. Madame Mavrogordato cogió una campanilla de plata que tenía junto a su codo y la agitó. a mitad del camino del Cuerno de Oro. hemos tenido a veces la buena fortuna de la que otros han carecido.. más allá de los ennegrecidos muros. Y nuevos eran. otro reloj descansaba sobre una taraceada mesilla.

por su matrimonio conmigo. Procede de una familia eclesiástica.. pero retorció la ristra de cuentas en sus manos con tanta fuerza que Yashim pensó que quizás iba a romperlas. —No es necesario que tenga que saber. —Sé muy poco de negocios -dijo Yashim. Abandonado a sí mismo. Pero no es un hombre osado. Muy pronto. Maneja bien las cifras. Una mujer cuya audacia no podía ponerse en duda. Lo que se requiere es cierta. realmente. mi marido recibió anoche la visita de un francés. —Lo cree usted. Hizo una pausa. Yashim parpadeó. Y discreción. —Maximilien Lefèvre -dijo Yashim. evidentemente. —Mi marido es un hombre moderado. Promesas. A Yashim no le importaba. Madame Mavrogordato lo miró atentamente. Me resulta difícil decirlo. Como si estuviera insinuando algo. Éste le pidió un pequeño préstamo. guiado por la mujer cuyos pequeños derechos sobre el legado Mavrogordato habían proporcionado la necesaria influencia. Como cuando digo que no permitiré que nada ponga en riesgo esa buena fortuna. Más tarde. ser discreto. —¿Cree usted que su marido estaba siendo extorsionado? El rostro de madame Mavrogordato permaneció impasible. pero le resultó difícil recordar exactamente lo que el hombre dijo. 22 . ofrecimientos.Jason Goodwin La serpiente de piedra segura de que comprenderá usted lo que quiero decir. —No lo creo así. Los labios de la mujer se apretaron. —Así es. Mi marido no tiene nada que temer. En mí recae la tarea de mantener un hogar que sea tranquilo. Creo que el francés le estaba proponiendo venderle algo. Miró a Yashim directamente a los ojos. inteligencia. Yashim no dijo nada.. ordenado y apropiado. se había convertido en un próspero comerciante en la capital del Imperio otomano. En el transcurso de la discusión. Disfruta con ellas.. Si es que. —¿Y bien? —Espero. observó Yashim.. hanum. el hombre hizo algunos ofrecimientos que fueron en cierto sentido inquietantes para mi marido. Monsieur Mavrogordato. y monsieur Mavrogordato. —Tal vez haya usted oído decir que monsieur Mavrogordato es búlgaro -prosiguió-. Madame Mavrogordato.. del tono.. —¿Ofrecimientos. reconocí su talento para las finanzas. Yashim asintió. era búlgaro. Yo estoy emparentada con la familia Mavrogordato por sangre. monsieur Mavrogordato podría estar todavía llevando las cuentas de la iglesia en algún viyalet de provincias... supuso. Cualquier cosa que perturbe a monsieur Mavrogordato en su trabajo también nos perturba aquí. ¿Qué más sabe usted? Yashim extendió sus manos ampliamente. que residía antiguamente en Varna. no había tocado el café. —Yashim. Eso no es cierto. pero ¿no está segura? —Mi marido no me oculta nada. yo pude detectar su agitación. Las cuentas se deslizaban por sus dedos una a una. dijo algo. Fue más una cuestión de. En vez de eso. de hábitos completamente regulares. hanum? —Sí.

si me perdona usted. Dimitri. Estaba usted hablando con madre. Yashim se quedó un momento pensativo. Mavrogordato soltó su presa. negros pantalones de tubo y un par de finos escarpines de cuero negro. y Yashim se levantó para irse. —Es suficiente con que hable usted conmigo. Yashim levantó una ceja y no respondió. pero sus ojos. —No lo sé. entonces? Yashim bajó lentamente la mirada a la mano que sujetaba su manga y frunció el ceño. cuando llegaba a la puerta-. Me molesta esta agitación de mi marido. Yashim se alisó la manga con la mano. yo (es decir. El muchacho en cuestión tendría algo más de veinte años. ¿Deberíamos? El joven Mavrogordato le lanzó una mirada de sospecha. —Un momento -dijo el joven-. —¿Por qué está usted aquí. mi marido y yo) querríamos que encontrara usted algo más. 23 . —Una cosa -añadió. El joven frunció el ceño. ¿Le concedió su marido ese préstamo? Madame Mavrogordato apretó los labios y lo miró airadamente. no hablábamos de usted en absoluto. y con esa vacilación Yashim comprendió que la mujer era mucho más joven de lo que originalmente había pensado. Yashim compuso una mueca con el labio inferior. Yo acompañaré al amigo. ¿Quién es usted? —Mi nombre es Alexander Mavrogordato -añadió en actitud desafiante. Vete.. contrastaban con su sensual boca.. —Eso. almidonado cuello de camisa con una corbata de seda. me gustaría que animara usted a monsieur Lefèvre a llevar a cabo su. con anchos hombros y una gran mandíbula que no había perdido sus mofletes de mocoso.Jason Goodwin La serpiente de piedra —Muy poco. Pero ahora. Lefèvre es arqueólogo. Tenía una espesa pelambrera negra y era de fuerte constitución.. Se produjo una pausa. más duros.. —¿Se está usted haciendo el listillo? —Así lo espero. —Le vi llegar. investigación. Pero debería hablar con su marido. —Puedo tratar de averiguar algo sobre Lefèvre. como si medio hubiera esperado que Yashim lo negara. y miró fijamente a Yashim. se abrió una puerta y un joven salió por ella. Cogió la campanilla. que eran más pequeños. cosa que a Yashim le gustó más bien poco. No. aún no tendría los cuarentano lo pregunté.. Apareció un sirviente. El joven alargó la mano y agarró a Yashim por la manga. monsieur Mavrogordato. y la sacudió. -empezó a decir. —Muy bien. 10 Cuando Yashim seguía al criado por el vestíbulo. Si es posible. en algún otro lugar. —Buenos días -dijo cortésmente. Los ojos de Madame Mavrogordato eran negros como el hierro. Iba ataviado con una bien cortada estambulina. —¿Hablaban de mí? -preguntó bruscamente el joven. Era casi tan guapo como su madre -el parecido era notable-.. —No.

effendi. eso demostraría que estaba ansioso. De vez en cuando alargaba la mano para alinear los libros con un golpecito y llenar los huecos. por favor. me voy a casa. Tiene usted que mirar y tocar. No le pido que los compre (hoy no hablaremos de eso). Si volvía al día siguiente. 24 . —Ahora no -dijo-. Goulandris quería poder reconocerlo. Goulandris tragó saliva. —Por favor. la voz parecía más cercana. tengo algunos tesoros nuevos que me gustaría mostrarle. regresó a su taburete. Tomaremos juntos el té. Empezó a levantarse de su taburete. siempre era difícil decirlo. Satisfecho. Por favor. Una sombra cruzó la mesa. —Paciencia. Mañana. Siéntese. pero contémplelos y admire qué artesanía existía en el pasado. Un libro latino. El hombre estaba cerca de la mesa. Pasó por el lado del joven. —Entre. Se inclinó. paciencia -murmuró con una sonrisa. apoyando ambas manos sobre la mesa. apartándose un poco de la mesa. señor Goulandris. amigo mío. —Hay muchos libros -dijo quejumbrosamente-. Las sombras se hicieron más intensas. no toque esa campanilla. Sólo uno. Giró nuevamente la cabeza. 11 Sosteniendo la lámpara en una mano. Goulandris levantó la mirada. 12 Aram Malakian sacó un manojo de llaves con sus largos y finos dedos. Estoy seguro de que puede usted recordarlo. Pero sí. Cerró el cajón con ambas manos. Movió la cabeza para ver mejor. Cuando lo hacía sintió su respiración sobre su cara. apestaba como una taberna. —La tienda está cerrada -dijo. —No muchos libros. Abrió el cajón y dejó caer el pequeño libro de contabilidad en él. El librero lanzó un suspiro. Goulandris se reprimió. Vuelva usted mañana. sin entusiasmo. dejó la lámpara sobre la mesa y sopló la llama. pero la figura de la puerta permanecía recortándose contra la luz-. con un solo ojo. Goulandris tuvo la impresión de que el hombre había avanzado un paso. esperando identificar al hombre de la puerta. entrando en la habitación. no vuelva a detenerme. al parecer. Pero el desconocido. y encajó una de ellas en la cerradura.. La cerradura cedió y las puertas de metal de su tienda giraron hacia atrás.Jason Goodwin La serpiente de piedra —Quizás podría usted discutirlo con su madre. no quería que Goulandris volviera a ponerse de pie. Pero para él. Goulandris inspeccionaba las estanterías que se alineaban en su chiribitil del Gran Bazar.. dejando que sus manos se movieran un poco hacia una pequeña campanilla que se encontraba en una estantería baja detrás de su taburete. —Había un libro -dijo el hombre lentamente. Aram chasqueó los dedos y un muchachito acudió corriendo a tomar el pedido.

Un francés visitó su monasterio hace unos años. Es un arqueólogo de gran erudición. effendi... explicando que el mejor encuadernador para el trabajo estaba en Francia. —En realidad. en efecto. Pero ha tenido suerte.. sin decir ni sí ni no. Esas cosas son. para estudiar. Esto es para personas que no saben nada en absoluto. Muchos. Pienso que deseará tener éstas. —Creo que cava. Por favor. Tengo un primo. ¿qué quiere que le diga? No soy un cazador. —Obras bizantinas. Malakian levantó la mano. Faltaban algunas de las páginas originales ilustradas. Lefèvre parece ser un hombre listo. como una tortuga vieja. 25 . sí.. a menos que uno sepa dónde mirar.. por ejemplo. Es un monje. Lefèvre ha dejado de responder a las cartas. me siento satisfecho. —¡El té! ¿Dónde está ese té? En Estambul. Pero.. —¿Suerte? ¿Quiere usted decir que a veces encuentra lo que quiere por casualidad? Seguramente todos los anticuarios tienen esa experiencia. Yashim esperó a que continuara. lamento decirlo.. El francés mostró al bibliotecario algunos libros que estaban muy deteriorados. su placer duró poco. ¿Ve usted? —No creo que éste sea un caso aislado -prosiguió-. no. Sacó una bolsita de tela y dejó caer varias monedas sobre la mesita baja. En tanto que Lefèvre. mejor que los pobres monjes a los que engatusa. de Erzurum. Sabe apreciar las cosas de calidad. Este año. ¿se mostró descuidado.. —Monsieur Lefèvre. ¡Bendito sea el ignorante! Tengo algunas piezas que son interesantes. Ése es el primer paso. sí. Me siento y espero. Yashim arqueó las cejas. él es un arqueólogo. Fue mucho tiempo.. —¿Incunables? —Los primeros libros impresos. -Malakian se tiró del lóbulo de la oreja-. Todos los coleccionistas pasan por su tienda. El monasterio tiene una famosa biblioteca. por supuesto.. también. Y muchos viejos curas ignorantes. ¿no? El viejo armenio meneó la cabeza. o quizás no era honrado? Es difícil decirlo. en Dijon. creo. —El médico inglés. y muy raros libros. y el bibliotecario quedó encantado. se ofreció a hacer que restauraran esos libros. Manuscritos incunables e iluminados. muy raras. El encuadernador de Dijon. los libros regresaron. —¿Qué clase de cosas le interesan? Malakian cogió una semilla de girasol y la partió entre sus dientes.. no miremos ahí. pero no siempre con una pala. sí. Viejos iconos.. Pero más tarde escribió al bibliotecario. bien informado. pero estaban bien encuadernados. Lo conozco. Vajillas de plata.Jason Goodwin La serpiente de piedra —No. —¿En Estambul? Malakian giró su cabeza en todas direcciones.. Agradecido por la ayuda de los monjes en su trabajo. Un francés.... —¿Y luego? —Effendi.. —Lefèvre. Eso fue hace casi tres años. —Cava en yacimientos. joyería. mosaicos. y si el tesoro viene a mí de vez en cuando. —Increíble. es un gran coleccionista de monedas. el doctor Millingen.. Yashim suspiró.

. —Pero sabe usted. -Miró tristemente a Yashim-. ¡paf!. somos un pueblo pequeño y preferimos no hacernos enemigos. Iré a ver. en vez de ello. lanzándose contra las plegadas puertas. para asustarnos. Yashim asintió lentamente. —¡La vigilancia de noche! -jadeó-. Malakian sonrió y asintió.. entran en ellas.. Dejamos nuestras tiendas para ir a mirar y. Unas pocas palabras y.. effendi. Una multitud de hombres silenciosos bloqueaba su visión. Hace tres días. Saqué un buen precio por ella. Así que. ¿qué se ha perdido? —Mi confianza. La confianza se ha ido. Asintió pensativamente. Antes de que Yashim pudiera responder. —¿Sangre? El muchacho salió con precipitación. y en el mismo callejón apenas se podía percibir algún sonido. En el Bazar de los Libros. —Palacio -murmuró. —Lo siento. effendi. Yo estaba hablando de confianza. vendí una moneda falsa a un dragomán de la embajada rusa. effendi. y Yashim observó que sus manos estaban temblando-. Parecía ansioso. Podría ser la obra de ladrones. No es esa suerte a lo que me refiero. Malakian hizo una pausa y paseó su mirada por su cubículo. 26 .Jason Goodwin La serpiente de piedra —No.. espero. Nosotros. se ha escandalizado usted. los armenios.. su vacía bandeja balanceándose frenéticamente a punto de caer de sus dedos. Dicen que hay sangre por todas partes. pero uno nunca es demasiado cuidadoso. —Tonterías -murmuró Malakian. está usted pensando. -hizo chasquear sus afilados dedos. Lo veo. El chico habla de muerte. Pero ¿y los griegos? Me sorprende que Lefèvre haya regresado a Estambul. tal vez. Yashim había esperado encontrarse cada vez con más barullo a medida que se aproximaba al Bazar de los Libros. la atmósfera se volvió más tensa y helada. —Sí. ¡puf. —A veces pienso que Lefèvre debe de haber olvidado que esos ignorantes monjes. 13 El mercado estaba alborotado. el muchachito del té reapareció. Quizás. -Dejó caer la bolsa en un cajón y lo cerró. —Quédese aquí -dijo-. ¿Entiende usted? Yashim se había puesto de pie. Siguiendo los pasos del muchachito del té. Pero como estaba hecha en la misma época que la moneda auténtica. Creo que quizás tienta demasiado la suerte. ¡Voy a ver! Malakian se volvió lentamente. tienen todavía poderosos amigos y protectores.su confianza se ha restablecido. Ahora.. los dos sabíamos que esa moneda era una falsificación. Empezó a recoger las monedas en la bolsita de tela. se trataba de un artículo de coleccionista. y sangre. aislados del mundo. Malakian no era el único comerciante que guardaba apresuradamente sus mercancías y bajaba las persianas mientras los compradores salían atropelladamente en dirección a las puertas del recinto. «no le voy a comprar nada más a Aram Malakian».

¿pensó usted que parecía extraño? —Todos los comerciantes habían venido ya. Suena un poco estúpido.Jason Goodwin La serpiente de piedra Los hombres se echaron a un lado automáticamente. —Debo quedarme aquí -explicó-. Se percibía un olor metálico. No se ve mucho en la oscuridad. —Pero con la luz del día.. Conocía aquella habitación. —Bueno... mi compañero.. —¿El librero? Enséñemelo. Cuando Talak traiga al cadí. juntas las muñecas. En resumen. aproximadamente hace una hora. trastornaba el orden natural de la creación de Dios: por lo tanto. un hosco y astuto tendero. Aún estamos tratando de encontrar al cadí. Estaba sólo colgando ahí. effendi. A lo sumo. libros religiosos. apretado contra la pared. —No estaré mucho rato -dijo Yashim. y cuando me agaché vi que era un rollo. Yo. la muerte repentina convierte en una tontería las cosas que la gente hace y dice. se podía decir que era capaz de leer y escribir en griego. Dentro estaba oscuro. Habíamos apagado las linternas. el aire cargado.. -El guardia tragó saliva-. —No. y recibió un saludo de un hombre pálido que llevaba el uniforme rojo que lo identificaba como guardia del mercado. la 27 .. Lo había visto anteriormente. yo no recuerdo bien.. Inclinándose hacia delante para ver detrás del mostrador franco. y daba la impresión de que lo estaba con llave. rollos imperiales-. no podía esperarse otra cosa que lo siguieran la sinrazón y el absurdo-. Podría haber estado cerrada toda la noche.. Goulandris. —Palacio -repitió Yashim-. al menos al principio. effendi.. El asesinato. El guardia parecía dudar. —Estaba oscuro. sus delgados brazos levantados por encima de su cabeza. sobre todo. ¿Un hombre muerto? —Así es. pero el viejo lo mismo podría haber estado vendiendo manzanas o babuchas. pero comprendo -dijo Yashim. Miró a la multitud. Pasó por el lado del guardia y abrió de un empujón la puerta verde que daba al tienducho de Goulandris. Goulandris había comerciado con muchas clases de libros -obras en griego antiguo y moderno. y usted abrió la puerta? El guardia asintió. Talak. estaba puesta la barra y todo. Se adelantó. Quiero decir. Yo toqué algo con el pie. El cadáver estaba encajado entre el mostrador y un taburete. -Se estremeció-. y no vimos nada que debiera preocuparnos. cuando veo la barra todavía puesta. con una mano levantada. Estaba pegado al suelo. Eso es todo. y. ¿No vino nadie. Valoraba su mercancía -por lo que Yashim podía decir. Miré detrás de la mesa.leyendo la expresión en las caras de sus clientes. effendi. no exactamente. dijo que deberíamos echar una mirada. y el candado. dedicándole apenas una ojeada. —¿Observó usted eso durante la vigilancia nocturna? El guarda se agitó con nerviosismo. Se apartó de la puerta para hacerse luz y miró a su alrededor. —¿Puede usted decirme lo que ha pasado? —La puerta estaba cerrada. Llamé a la puerta con mi bastón. effendi. judíos. Yashim vio que Goulandris había tasado su último libro. ¿no? Hacerlo con la puerta medio cerrada por fuera. Entonces sentí que también mis botas se estaban pegando al suelo. -Sus palabras se fueron apagando.. Fue esta mañana. por lo que sabía de libros.

Lo ha hecho usted todo bien. En Pera encontrará usted muchas tiendas nuevas. en el bazar. Yo me voy a palacio.. Es terrible. —El cadí está de camino. pero se encogió de hombros. —¿Goulandris? Increíble. tal como el guardia había observado. lentamente. sí. —No comprendo. —Yo soy un hombre obstinado.. él también era un comerciante. Yashim movió negativamente la cabeza. Como Goulandris. Yashim miró hacia abajo y lanzó un gruñido. Y era todo lo que podía hacer. —Sabía muy poco sobre libros. y tiró de su cabeza hacia atrás. competencia suya. su amigo Giorgos. Estaban completamente fríos. Malakian? Malakian se frotó el borde de una de sus enormes y planas orejas con el índice y el pulgar. pero Pera es caro.. Malakian frunció el ceño. hizo una bola con él y dio unos toques a la garganta del hombre. apaleado y dejado por muerto en la calle. Había una asombrosa cantidad de oscura y pegajosa sangre manchando el suelo. —Pero la palabra significa algo para usted. De manera que... Un viejo y obstinado griego.Jason Goodwin La serpiente de piedra cabeza apretada contra sus dobladas rodillas. como Goulandris. Yo no sabría decirle. Trató de no mirar al único ojo brillante.. Eso es algo griego. effendi. amigo mío. éstos se movieron rígidamente hacia delante. Agarró a Goulandris por su mata de pelo gris con un temblor de prevención. —Pregunte a un griego. —Pero usted. Él sabrá qué medidas hay que tomar. Es barato aquí.. Pero yo no soy griego. ¿Quién querría matarlo? Era un hombre muy viejo.. —¿Por qué la Hetira quiere echar a los griegos? Malakian no dijo nada. frenados por el rigor de la muerte. 28 . —No. No se preocupe -añadió cuando vio que el guardia retrocedía un paso-. Se saludaron llevándose la mano al pecho. effendi. Pero había un montón de sangre en el suelo. pero su cogote brillaba casi como si fuera blanco a la débil luz. Esto es. Se acordaba de otro viejo obstinado. 14 Malakian permanecía de pie con ademán inseguro delante de su tienda. como siempre. —¿Qué sabe usted sobre la Hetira. luego sacó su pañuelo. un candado en sus manos. era obstinado. Yashim movió negativamente la cabeza. —¿Muy poco? Eso lo dice usted. effendi. Cuando ésta se escapó entre sus brazos. La luz se oscurecía y había un hombre en la puerta. effendi. —Ésta es mi tienda. —Eso es bueno. El pañuelo salió limpio. Pero sí. Yashim se quedó rígido durante un momento. Yashim palpó los brazos del hombre. effendi.

tiendas.. verduras en putrefacción y hombres gesticulando. o sobrepasando la jungla de edificios -mezquitas. ambos griegos. Pero fluía. —Muy bien. siempre que Yashim miraba con más atención. casas. el pescado azul que todo Estambul consideraba el mejor. Orgulloso de sus mercados. No obstante.. Yashim estaba orgulloso de Estambul. —¿Y quizás. Picado todavía por la indiferencia del francés hacia los dolma que él tan amorosamente había preparado. uno prácticamente podía caminar hasta Uskudar sobre el torrente de pescado que discurría por las calles.Jason Goodwin La serpiente de piedra 15 Yashim se detuvo junto al mercado de pescado del Cuerno de Oro. tenemos demasiada poca agua -gruñó el pescadero-. caravanserrallos. si puede comer. como el agua en las tuberías y acueductos. porque la magulladura del costado de su 29 .éstos parecían inevitablemente pertenecer a alguna economía oculta de la ciudad. El pescado empezaba a deteriorarse a partir del momento en que perdía su viscosa capa protectora. a veces le parecía increíble a Yashim que la ciudad siguiera funcionando un día tras otro. ¿Qué otra ciudad en el mundo podía ofrecer un pescado que pudiera compararse con la frescura o la variedad que había en el Bosforo. orgulloso de las ovejas de cola gruesa procedentes de Anatolia que a veces llegaban asustadas y balando a través de las estrechas callejuelas. una plétora de pescado que corría directamente a través del corazón de Estambul? Porque. en cualquier estación del año. Observó cómo el pescadero les rajaba las panzas y quitaba las entrañas con un giro de su pulgar..que se alineaban en la costa de Estambul del Cuerno. pueda hablar. de pie en la colina de Pera y mirando atrás a través del Cuerno de Oro hacia el horizonte familiar de la ciudad. quizás pueda verlo un momento. o se hiciera pedazos. marcado por las grandes cúpulas de las mezquitas de Sinán. un canal de un comercio cargado de amenaza y brutalidad. Eso era lo que importaba. un poco? Ella rió con los ojos. —No lo lave -dijo rápidamente. Yashim se inclinó.. Yashim entregó uno de los pejerreyes a las monjas del hospital. la cornucopia de frutas y verduras que se vertían en ellos cada día. iglesias.. quedaba sorprendido por el aire de invisible buen orden que lo mantenía todo y a todo el mundo fluyendo suavemente. incapaces de avanzar o retirarse a través de las atestadas calles. dos pejerreyes. entonces. y no simplemente estallara. o como mínimo se sumergiera en una confusión de ovejas baladoras. No más. effendi. mercados cubiertos. vociferando en veinte lenguas distintas. Si no está dormido. A veces. por favor. Giorgos parecía estar peor que cuando lo había visto por primera vez bajo la filtrada luz subacuática del pabellón del hospital. —Le sentará bien. a una calle en particular. digamos. —Bah. —¿Quizás pueda llegarle a él un poco de esto? -preguntó. La monja sonrió. De manera que cuando un hombre era asesinado y otro atacado -ambos comerciantes.. El suministro es escaso otra vez. eligió dos lüfers.

—¿Y ella piensa. Lüfer. Yashim se balanceó hacia atrás sobre sus caderas. Giorgos era un hombre orgulloso. —Sí. 16 Las cejas de la viuda Matalya se fruncían y se desarrugaban mientras ella hacía sus cuentas. Giorgos? —Lo he olvidado -dijo con un suspiro. el otro atisbaba con dificultad a través de unos hinchados. y demasiado orgulloso para hablar. Escucha a su mujer. también. —Eres un gran hombre. Giorgos emitió un débil sonido silbante entre sus labios. Fuiste atacado. effendi. —Giorgos. Fue un accidente. —Resbalo. Giorgos cerró su único ojo en señal de acuerdo. mientras le temblaban los pelos sobre un gran lunar negro de su mejilla. —Demasiada sopa -dijo Giorgos finalmente.Jason Goodwin La serpiente de piedra cabeza había aumentado. y oyó cerrarse la puerta con pestillo a sus espaldas. —¿La Hetira? Pero su amigo había bajado la persiana de su único ojo bueno.. Su respiración. bueno. Fuiste golpeado terriblemente. —¿De modo que recuerdas eso. -Yashim frunció el ceño-. y éste apartó la cabeza. me caigo. —¿Quién te empujó. De vez en cuando sus dedos se crispaban. Seguía vendado. effendi. O demasiado asustado. Sólo tratamos de curarlos. Él es un hombre bueno. El ojo abrió una rendija. quizás tengas razón. encontró su camino hacia la calle. Yashim se inclinó para acercarse.. Ha venido cada día. verdad? Los ojos de Giorgos giraron hacia él. —Duro de cagar -crujió. —¿Qué pasó. Giorgos. Murmurando una despedida. Yashim se puso de cuclillas junto a su cama. A la viuda Matalya no le importaba. El pescado es sólo el comienzo. sin embargo. que fue un accidente? La monja bajó los ojos y respondió recatadamente: —No juzgamos a nuestros enfermos. effendi.. Lo suficientemente duro y orgulloso para recibir una paliza. —Sólo su mujer. Ella le lanzó una mirada a Yashim entonces. Masticaba con sus encías sin dientes. con un ojo tapado. Su voz era como un crujido. —No fueron golpes. 30 . Te conseguiremos un poco de buena carne en unos días.. abultados párpados. Me caí por las escaleras. Casi te mataron. parecía haberse normalizado. —Van a darte un poco de pescado. Yashim tenía una pregunta para la monja cuando salió. porque estaba dormida. Parecía una especie de risa. Siempre habla. Giorgos? La rendija se cerró. Nada. Su hinchado rostro era incapaz de expresar algo. Las monjas sabrán. —Trata de recordar.

hanum -gritó una voz-. treinta y tres. una ciudad que a menudo había visitado en su imaginación. —¿Quién es? —Soy Yashim. Arreglarán las tuberías y mañana tendremos agua otra vez. Treinta y dos. Los ojos de la viuda Matalya se abrieron. se preguntaba quién se las había comido. Abrió el libro y alisó las páginas. inshallah. Saboreaba la luz que éste empleaba para iluminar el corazón secreto de París. en la calle. entonces desde una ventana protestaron y el perro se calló. por supuesto. cuando sipahi Matalya los había perseguido a través de su patio y los había enviado graznando y aleteando al tejado de su propio gallinero. —Eso es porque el grifo del patio está atorado. Era bueno volver a ser joven. aflojando sus junturas de madera. Yashim alargó una mano para coger el chal que descansaba a su lado. Iré a buscar un soujee en la calle. ¿O se había equivocado? El ruido producido por los picos de las aves golpeando el suelo la estaba confundiendo. Veintinueve. A medida que la brisa de la noche fluía hacia la ciudad. Dormida. No tengo agua. con toda aquella vida por delante. Le gustaba Balzac. pero. —No tiene por qué preocuparse del grifo. Despediré al hombre si viene. hanum -replicó Yashim. y habían compartido un muy feliz matrimonio hasta que él murió. oyó que el edificio crujía al enfriarse. Esparció un poco más de grano y observó cómo las aves lo picoteaban en la tierra. —Tengo mi barreño -dijo Yashim-. Treinta y una. Hay mucha agua más allá de la Kara Davut. hanum? Yashim estuvo fuera durante media hora. preparó un cazo de té y se retiró a su diván. profundamente. como de costumbre. effendi. ¡Cras! ¡Cras! Treinta y dos. Pasa en toda la calle -dijo-. Yashim echó los restos por la ventana para los perros. 17 Se comió el lüfer simplemente asado. con pollos. ronca. leghorn y bantam. Con un suspiro se levantó laboriosamente del sofá. varias veces. Había una docena de ellos. comprobaba que todas estaban a salvo. Los labios dejaron de moverse. y volvió con aire de exasperación. escarbando en el polvo del pueblo anatolio donde ella había nacido hacía más de setenta años. La viuda Matalya abrió la puerta. Sipahi Matalya se la había llevado con él a Estambul.Jason Goodwin La serpiente de piedra Soñaba. Abajo. porque él era sólo un sipahi de verano. sobre el 31 . Era un buen hombre. con un limón exprimido y el pan que había comprado en el panadero libio de vuelta del hammam. se ajustó el pañuelo de la cabeza y se dirigió a la puerta. con todo su engaño y codicia. con la lámpara de petróleo y una novela francesa que le había prestado un amigo de palacio. Tenga. ¿Puedo traerle un poco de agua para usted. ella pensaba muy a menudo en aquellas cuarenta aves. Despierta. Hemos de tener paciencia. centímetro a centímetro. ahora que sus hijos habían crecido. un perro empezó a ladrar. —Inshallah. mientras cerraba la puerta. y los pollos de su sueño eran exactamente como los pollos que ella había cuidado de joven. Ha de venir alguien. effendi. reflexionó la viuda Matalya. Treinta. —Gracias. llené su barreño.

así como la aparentemente despreocupada frase inicial a la que Balzac había prestado tanta consideración a fin de crear entre él y su lector aquel sentido de agradable complicidad. como debía hacer un amigo. o Goulandris. y se envolvió los hombros con él. Yashim levantó la cabeza de pronto y escuchó. dijo. una sencilla herramienta de hoja recta que a veces usaba para cortar tabaco. sin duda. un suave chirrido que parecía proceder de cerca de su puerta. Leyó las primeras líneas rápidamente. las escaleras crujían. tratando de aclarar su actitud hacia el miedo. Bajó la cabeza y empezó a leer. Habían transcurrido meses desde que fuera convocado a palacio. cuando la luz del sol menguaba. tensando las piernas. Pero cuando llegó al final del párrafo. pensando en otra cosa. no recordar nada? Como Giorgos. Comprobar su estado. Pensó en el sultán. La lámpara proyectaba un constante óvalo de luz amarilla alrededor de las brillantes páginas de su libro. cogió el pomo con su mano izquierda y tiró de él. pensando en la Hetira. y miró fijamente la primera página. mientras seguía escuchando el sonido de la madera caliente al crujir cuando se encogía por el frío de la noche. Malakian había reconocido el nombre.. Se trataba de algo griego. deslizándose detrás de la puerta mientras ésta se abría de par en par. con avidez. Yashim se frotó los ojos con el pulgar y el índice. fuera. saboreando la promesa de rostros nuevos y nombres no familiares. Pero no era asunto suyo. Había estado leyendo demasiado deprisa. Por un momento. Al igual que el propio viejo edificio. Estaba dejándose llevar más de la cuenta por ese asunto.. había sonado inusualmente fuerte. no ocurrió nada. ¿Eran simplemente víctimas de la misma intriga? Como un crujido de las vigas. Lentamente se deslizó del diván y se puso de pie. ¿Qué significaba.Jason Goodwin La serpiente de piedra diván. Yashim. 18 32 . Pero todo estaba tranquilo. La muerte de Goulandris era espantosa. ¿No había hecho ya todo lo que podía por Giorgos? Llevarle comida. Desvaneciéndose como la luz. arrastrando una maleta de piel tras de sí. mirando de soslayo. Su otra mano se cerró sobre un cuchillo que descansaba en la estantería. se preguntó. Yashim frotó su pulgar contra la empuñadura del cuchillo y enderezó su espalda contra la pared. parecía que le costaba asentarse. Digiriendo los golpes a su orgullo. Yashim avanzó. Y Giorgos. descubrió que no recordaba nada. Ya les había echado una ojeada antes. Mientras hacía eso. Aquel crujido procedente de las escaleras. Se rascó el muslo y contempló la página con aire ausente. tal vez. Oyó un gemido que sonó casi como una súplica. Y entonces oyó. Yashim se quitó el chal de los hombros con la mano izquierda y lo envolvió rápidamente en torno de su puño. Extraños crujidos y detonaciones seguían resonando en las tablas. claramente. Apretó su mano contra el libro. también. estaba pensando en la Hetira. y un hombre entró tambaleándose por el umbral. se oyó un arañazo en la puerta.

De no haber sido por el cabello. —Debo salir. Está muy oscuro. —¡Monsieur Yashim! -exclamó con un suspiro-. tratados iluminados.? Dios mío. un relicario.. No tengo a nadie en quien confiar. —¿Quiénes son ellos? ¿Qué quiere usted decir? Lefèvre se retorció las manos. Daba la impresión de no saber dónde se encontraba. ¿Me ayudará usted? Un barco extranjero. a codiciosos y a crédulos. Lefèvre levantó la cabeza y miró a un lado y a otro de la habitación como un animal asustado. presa de sus terrores. mirando al espacio. —No. y en su boca se formó un rictus de desesperación. una alfombrilla. hasta descubrir a Yashim. Luego miró fijamente a Yashim. Me conocen.. No. si no contendría más que biblias antiguas. Anduvo arrastrándose sobre sus rodillas hacia la maleta y quitó las correas con manos temblorosas. Pero sí sentía 33 . no. Completamente a salvo. algunos libros impresos. que no sea griego. Se lo bebió de golpe. —¿Cree usted que.. Sus negros ojos se movían nerviosamente de un lado a otro. donde se sentó. Ni uno. esparciéndolos alrededor. Éste parecía haberse encogido y tenía un aspecto increíblemente envejecido. Era horrible ver al hombre humillándose. monsieur. Lefèvre temblaba sobre el diván. Después de lo que Malakian le había contado sobre los métodos de Lefèvre. De ella salió una colección de ropas viejas. y Lefèvre lo cogió con ambas manos. Y húmedo. Me conocen. Ayúdeme. sacerdotes venales. se lo suplico! Mientras Yashim así lo hacía.. a Yashim le hubiera costado reconocer a Lefèvre. Yashim le sirvió un vaso de agua fría como remedio contra el shock. No tengo nada. Se preguntó qué libros habría en ella. Lefèvre los cogió.. Yashim dejó el cuchillo a un lado. por favor. -Se estremeció y gimió. Confiará usted en mí. Se quedó helado. no se sentía avergonzado de sus sospechas. pasándose la mano a través del pelo. No tengo ningún lugar adonde ir. comentarios escritos sobre una vitela birlada a ignorantes monjes. ¡Cierre la puerta. Por un segundo pareció encogerse. y se apretó la mano contra la cara-. Escapar. de vez en cuando era presa de una convulsión y los dientes le castañeteaban. ¡Confío en usted! Pero ellos están vigilando. —Está usted completamente a salvo aquí -dijo Yashim con calma-. mientras sus dientes entrechocaban con el borde. —Ils me connaient -murmuró-. su cara era del color de una almendra pelada y mostraba una incipiente barba. Nadie los conoce. Podría contener cualquier cosa: comida. Me conocen.. Yashim apartó la cabeza. —¿Qué ha hecho usted? Los ojos de Lefèvre parpadearon y oscilaron hacia la maleta.Jason Goodwin La serpiente de piedra El hombre dio unos pasos hacia la lámpara y luego miró a su alrededor frenéticamente. —¿Está usted enfermo? La palabra pareció herir a Lefèvre en lo vivo. enfebrecido. el hombre fue tambaleándose hacia el diván. Yashim levantó la barbilla. Yashim dirigió su mirada a la maleta. ¡Por favor. No. que lo observaba asombrado desde detrás de la puerta. luego se volvieron hacia el rostro de Yashim. una petaca forrada en piel. tiene que ayudarme! Se deslizó del diván y extendió las manos. apretándolo contra su pecho como si pudiera detener sus temblores. ropas.

En la oficina del capitán del puerto pidió ver la lista de embarques y la examinó para encontrar un barco adecuado. No se podía remediar. y por la mañana hallaré una manera de hacerle salir. —Por favor -empezó a decir torpemente-. El caballero podía subir a bordo directamente. Yashim declinó la oferta. y luego. Es usted mi invitado. Yashim lo colocó cuidadosamente en una posición recostada. Ellos saben quién soy yo. Yashim no deseaba prolongar la agonía mental del francés ni un momento más de lo necesario. o esa misma noche. no piense que lo estoy acusando de nada. si Lefèvre iba a regresar a Francia. que partía para La Valetta y Marsella con carga diversa cuatro días más tarde. 19 A primera hora de la mañana siguiente. pero aquella visión le hizo estremecer. para calmarlo. trayendo a la tripulación de regreso así como las compras del último momento. a su lado. Quizás no eran tan enteramente diferentes. se echó en el diván. Lefèvre se agarró a sus palabras con verdadera gratitud. el Ca d'Oro. Tenía que actuar con astucia-. el Ca d'Oro zarparía con la marea a la mañana siguiente. daba lo mismo.. —No sé qué decir. él y aquel francés que no le gustaba. por dos veces. pero había también un buque napolitano. Entonces todo le parecerá mejor. y al que se le habían asignado ya los conocimientos de embarque. y dormir.. 34 .Jason Goodwin La serpiente de piedra vergüenza por ese hombre que ahora se arrodillaba murmurando entre sus magras pertenencias diseminadas por el suelo. dejando al francés durmiendo en el diván. Lefèvre tuvo pesadillas. Durante la noche. Más tarde. que zarpaba para Palermo. pero usted ¿puede. Dios mediante. azafrán y mantequilla hizo un arroz pilaf in bianco. había literas. Por favor. Debe usted quedarse aquí. primero. como dirían los italianos. y con arroz. de manera que el viaje no sería mucho más largo. había algo más bien terrible en ser un extranjero en una ciudad donde hasta los muertos pertenecían a alguien. pero aceptó un café. El barco italiano sería sin duda más barato. Encontró al capitán del Ca d'Oro en un pequeño café que daba al Bosforo. fácilmente podría tomar otro barco en Palermo. se retorcía y se pasaba las manos con excitación por la cara. Y estaba la indudable ventaja de que el Ca d'Oro podía partir al día siguiente. Pero. Lefèvre se quedó dormido con las piernas cruzadas. por supuesto. el centro del comercio extranjero. -Había un vínculo entre ellos ahora. Yashim se dirigió al Cuerno y cogió un esquife para Gálata. tal como más tarde recordó. a falta de algo mejor. puede encontrarme un barco? —Desde luego.. Certo. Había un buque francés de 400 toneladas. pero las uñas de los dedos del hombre estaban muy limpias cuando le ofreció a Yashim una pipa. O bien uno de los esquifes podría traerlo en cualquier momento. La chaqueta estaba sucia. Le ayudaré.. Yashim se dirigió a su pequeña cocina. El bote del buque iría arriba y abajo desde el muelle todo el día. Yashim no era supersticioso. La Réunion. sabe. si lo prefería. Sí. Lucía unas espesas cejas negras que se juntaban encima de su nariz y llevaba una sencilla chaqueta de verano que daba la impresión de haber sido confeccionada por la misma persona que había fabricado las velas del barco. Tiene usted que comer. Se sorprendió de su propia seguridad.

Más caro. ¡ja. —No. las mordió y las devolvió a la pila con un gruñido. —Servirán -dijo. No lo conozco. podría costar una fortuna esperar en Sicilia. bene. —Pero ¿cuánto costaba la litera del barco francés? —No lo pregunté. Y Lefèvre parecía tenerla.Jason Goodwin La serpiente de piedra Le tendió a Yashim un catalejo y le instó a que mirara hacia el barco. de haber tenido prisa. ¿Se dirige a Francia? —A Palermo. antes de que se supiera nada al respecto. Había un buque francés. aquél era el buque que él mismo hubiera tomado. pero no salía hasta el lunes. al menos Lefèvre estaría a bordo y de camino. Quizás el barco francés hubiera sido mejor. desde luego. vaya. signor. Ciertamente. Confiaba en que eso fuera cierto. Yashim se sacó la bolsa del cinto y contó cuarenta piastras de plata sobre la mesa. Más bien viejo. El capitán esparció algunos papeles sobre la mesa. El capitán escribió el nombre en su hoja y se guardó los papeles doblados en la chaqueta. cuarenta piastras. Ca d'Oro. ¡y un francés! Ambos rieron. —Lo verá cerca de la costa. Abejas. —¿Qué carga lleva? El italiano sonrió. 35 . me debe usted cuarenta piastras por la litera. -Tomó algunas notas sobre una gastada hoja de papel-. ja! Podría encontrar por sí mismo su camino a Palermo después de todos estos años. y el blanco y oro de Nápoles colgando flácidamente de su popa. —Bueno. eso no es Francia. —La mitad por adelantado. 20 El arqueólogo seguía tumbado en el diván cuando Yashim regresó a casa. que tenía todos los documentos necesarios. Algodón egipcio. Debe usted pagar la misma cantidad al capitán. Yashim entrecerró los ojos para mirar por el telescopio y encontró el barco. Arroz.. certificado de cuarentena? Yashim respondió que sí. pero conoce su trabajo. Ochenta monedas de plata otomana. es lo normal. pero. ¿Viejo? Sí. más bien sin sentido. Un bergantín de dos mástiles. Pimienta. de popa alta.. sabría cuidar de sí mismo. Lefèvre no era ningún inocente. de baja línea de flotación. —El lunes. espero. —Lo que usted quiera. —Francese. Se estrecharon las manos. naturalmente. ¿El nombre de su amigo? La mente de Yashim se quedó momentáneamente en blanco.. Tiene todos sus papeles. con un par de marineros de pie en el combés. desde luego. El capitán cogió dos monedas al azar. —¿Esta noche? Eso es muy pronto. pero parecía haber perdido algo del nerviosismo de la noche anterior. Yashim se puso a hacer café mientras explicaba los preparativos que había hecho. ¿Pasaporte. Levantó la cabeza débilmente al abrirse la puerta. —Lefèvre -tartamudeó finalmente. y bastante pequeño.. —¿A Palermo? -Lefèvre frunció el ceño-.

cómo diría. —Estoy confuso -confesó-. Los devuelvo a la vida. A veces he rescatado un objeto de su inminente desintegración. —Algunas personas captan la idea equivocada.. Se sorprendería usted. Pero les encuentro. mientras se frotaba las yemas de los dedos-. en efecto -dijo Yashim. tanto que apenas pudo sostener la taza sin derramar la pequeña cantidad de untuoso líquido que contenía. —Porque pagan -explicó. subiré a bordo del Ca d'Oro. No era una sonrisa amplia. ¿Qué les pasa? Pueden estar rotas o rasgadas o perdidas. destruidas por el fuego. las manos del francés estaban temblando. —¿La Hetira? -Su risa tenía un todo agudo-. 21 36 . Es más pequeño. haré lo que usted sugiere. esparciendo lo mejor de ella a los cuatro vientos? —Ahora me comprende usted un poco mejor. naturalmente. -De nuevo aquella sonrisa-. Y yo no puedo cuidar de todas estas cosas bellas por mí mismo. enfin. Convierto un montón de cosas descuidadas y sin valor en dinero. con todo. guardianes. haber sido mordisqueadas por las ratas. Usted quería marcharse. Se la llevó a los labios y fue bebiendo de ella a pequeños sorbos. incorporándose. Saco a la luz tesoros perdidos. ¿Por qué la Hetira? Yashim sorbió su café. Personas que las cuidan. Yashim sirvió el café lentamente en dos tazas. y encontró la pregunta que hacía rato que revoloteaba en su cabeza-.Jason Goodwin La serpiente de piedra —Eso es lo que usted dice -dijo Lefèvre. y hurgándose los dientes con la uña-. Debería usted haberme despertado. —Naturalmente. Piezas únicas. ¿Pasa algo con el Ca d'Oro? —Nada en absoluto. se preguntó Yashim? ¿O podía ser que Lefèvre -y hombres como élsimplemente erosionaran los cimientos de la cultura de un pueblo. Quelle bêtise. O de algo. en cuanto se haya hecho oscuro. Pero sale mañana. ¿verdad? Claro que no. que nadie reconoce.. monsieur. ¿Y cómo sé que lo van a hacer? —¿Cómo? Lefèvre sonrió. Pero. puedo a veces restaurar su poder de inspirar a los hombres y hacerlos reflexionar sobre su visión del mundo. descubro. haberse mojado. del Brasil. Era un buen café. Yashim dio unos golpecitos con la cafetera contra el borde de la mesa para asentar los posos. Se produjo un silencio mientras le tendía su taza a Lefèvre. Pero. el doble más caro que el arábiga que le servían en los establecimientos públicos. eso es lo que dijo. ¿Era cierto eso. -Lefèvre sorbió el aire a través de sus labios semicerrados-. —¿Porque tengo buen ojo para las antigüedades griegas? -Los ojos de Lefèvre se estrecharon-.. Lo compraba en pequeñas cantidades para las raras ocasiones en que hacía café en casa. Es usted mi invitado. Garantizo su supervivencia. si no es demasiado decir. cambiaremos nuestros planes. Esta noche. Quizás. Me consideran un ladrón de tumbas. —Pero si lo prefiere. ¿Se trata de la Hetira? Lefèvre no dijo nada. Palermo. ¿No está usted de acuerdo? —Lo he observado.. De repente. Anoche pensé que "tenía usted miedo de alguien. Y la gente. A veces simplemente tomaba el tarro y olisqueaba el aroma. es cuidadosa con el dinero. -Alargó la mano en busca de las tazas.

y tenía pulgas. que el doctor Millingen estaba cometiendo una injusticia. entrometiéndose en la esfera de otros. Y a nadie.no había una forma más fácil de sembrar el caos y el enojo en la casa de un hombre que siguiendo la curiosa prescripción del doctor. Excepto tomando una segunda esposa -le gustó a este caballero insistir. Los turcos. de haber simplemente 37 . es decir. la tiranía de los príncipes y los efectos a largo plazo de la Revolución francesa. la fauna de Pera. De ninguna raza determinada. y de eso el doctor Millingen se había dado cuenta hacía tiempo. y un relativamente reciente residente como el doctor Millingen. Habían declamado poesía juntos. al intentar cualquier esfuerzo físico por su cuenta. Algunas personas suponían que habían estado siempre. el enojo sería compartido por su hogar. Aunque con frecuencia eran empinadas e incluso estaban provistas de escaleras. se pasaban la mayor parte del día tumbados en los callejones. Incluso había insinuado. donde se constituyeron en jaurías y se adueñaron de unos territorios que seguían dominando hasta la actualidad. constituían una parte del tejido de la ciudad. Pero nadie lo sabía a ciencia cierta. o incluso por qué. Goethe. que habían invadido la ciudad en la época de la Conquista. para verlos con un ojo forense. con un ojo cerrado y el otro estudiando perezosamente las actividades de la gente a su alrededor. eso era algo que le ponía en riesgo de ser empujado en la calle. En cuanto a dar un fatigoso paseo. y meditado sobre Adam Smith. estaban tan perfectamente integrados en el propio mapa mental de su barrio que. portales y callejuelas del barrio antiguo. bajando desde los Balcanes para rondar a través de las devastadas calles y las ruinas de los campos. las calles de Pera no eran las colinas de Lammermuir. paseaba. o sufrir una apoplejía. El doctor Millingen enfiló la calle. los perros habían venido a Estambul. evitaban el ejercicio. admirado el sobrecogedor paisaje. pese a las protestas de sus amigos y clientes turcos. y donde el rey de las codornices volaba a ras de tierra por los campos al crepúsculo. media hora como máximo cada día. pero todos parecidos. otras. probó su bastón y empezó a caminar. incluso en la época de los griegos. como la del propio Estambul al otro lado del Cuerno. Nadie podía decir cómo. Para todos los demás. todo lo delicadamente de que fue capaz. le importaba mucho.Jason Goodwin La serpiente de piedra Armado con un bastón de Malaca negro y un par de botas de Picadilly. grandes mandíbulas y apelmazadas colas curvadas. o el macho del corzo ladraba imperiosamente a través de las cañadas silvestres. era perezosa. esos perros amarillos de áspera piel y cortas patas. siempre la encontrabas bajo los pies. creyendo que aquel suave ejercicio mejoraba su circulación y estimulaba su hígado. el café o la comida de la noche. los deprimentes callejones del puerto difícilmente podían ser comparados con los oscuros senderos de sus amados pinares. versado en los hábitos de la observación científica. Hoy en día. Hacía falta ser un visitante para verlos adecuadamente. Uno de sus clientes le había comentado en una ocasión que él tenía ya a otros para que hicieran ejercicio en su lugar. el doctor Millingen cerró cuidadosamente la puerta y descendió por los pocos y bajos escalones a la calle. por norma. y como de un caballero otomano difícilmente podía esperarse que apareciera en las calles sin su séquito. Un hogar lleno de sirvientes que le trajeran la pipa. Durante sus estudios de medicina en Edimburgo se había aficionado a hacer excursiones con otros jóvenes de largos cabellos por páramos y montañas. El propio doctor tampoco se lanzaba a esos paseos con excesivo entusiasmo.

Pasabas por encima de un perro que dormía en un portal. Pero raramente probaban carne fresca. Al doctor Millingen se le ocurrieron varios argumentos como réplica. esa raza de perros sarnosos. durante una consulta con el propio sultán. los musulmanes consideraban animales sucios. tal como él lo entendía. y buscaban comida en las calles de la ciudad. se los llevaban al campo. rodeabas un revoltijo de perros diseminados bajo un rayo de sol en medio de la calle. estaban simplemente ahí. no correteaban por el mercado destruyéndolo todo. perros que.. Podían comer cualquier cosa. y de Pera nuevamente a la ciudad. Durante siglos. o simplemente volvían a crecer. —¿Acaso no pensaría usted que sería muy bárbaro por mi parte si diera la orden de que todos los médicos ingleses de Estambul fueran acorralados y alimentados con carne envenenada? Pues es lo mismo con los perros. Las famosas góndolas de Venecia no eran más importantes para la vida en la laguna que los esquifes para la gente de Estambul. De vez en cuando. incluso zapatos. eran confinados en islas. y nunca reparabas en su existencia. balanceaba su bastón de un lado al otro y miraba con sospecha a los perros amarillos. como la cola de los lagartos o el musgo. cáscaras. Como los charcos después de la lluvia. sarnosos. de Uskudar a Pera. Como Venecia también. esqueléticos. llenos de picaduras de pulgas y cicatrices de las peleas.a los bosques de Belgrado. y el sultán. o expulsados por la puerta de Edirne. también. con quinientas okas de la carne de caballo más barata y cinco onzas de arsénico. las vías públicas más importantes eran vías acuáticas. Un sucio mendrugo. un pájaro muerto. el sultán podía liberar a sus súbditos metropolitanos de esa interminable molestia. Y a nadie le importaba. o el ardiente sol a mediodía. éstos simplemente bostezaban.. que. maniobrando para obtener una posición ventajosa en el Mediterráneo oriental. replicó que suponía que los perros. El doctor Millingen sugirió en cierta ocasión. ni robaban las salchichas del carnicero. fruta podrida: no pasaban nada por alto y no rechazaban nada. conducidos -sorprendentemente dóciles. o regresaban todos. huesos. y las mantenían limpias. Casi nunca mordían a un niño.. y nueve de cada diez estambuliotas habrían hallado difícil decir qué. cortezas. la gente estaba siempre pasando de la ciudad a Uskudar. las autoridades caían en la cuenta de la omnipresente molestia de los perros e intentaban acorralarlos. como en el caso de Venecia. y con sus propios y definidos territorios. o la sombra. pero una de ellas. restos de verduras. Los perros no producían impresión. inclinando la cabeza bruscamente en señal de sorpresa. quizás una vez cada cien años. tampoco. las dos ciudades estuvieron unidas en el comercio y la guerra. y fingían no reparar en el doctor Millingen. a través del Cuerno de Oro. formaban parte de la creación de Dios. los mismos perros amarillos. Pero. dabas vueltas en la cama cuando los aullidos y ladridos de los perros por la noche aumentaban hasta hacerse intolerables. estaba vuelta hacia el mar. Avanzando a paso vivo por la calle. la gente hubiera tenido sólo la incómoda impresión de que algo había cambiado. desechos. pero no quiso discutir al percibir el tono del sultán. 22 Venecia y Estambul: el cliente y el proveedor. Estambul tenía muchas caras.Jason Goodwin La serpiente de piedra desaparecido los perros una noche de las calles. o se rascaban las pulgas.. y aunque la góndola 38 .

de manera que bajó la mano. En una ocasión un perrazo gruñó en la oscuridad. Entonces el barquero vació su pipa con unos golpecitos. moviéndose silenciosamente a pie a través de las desiertas calles. pero Yashim conducía a su compañero a través de ellas simplemente por instinto. con faroles en sus proas. eran contadísimos. seguro de que el francés le distinguiría recortado contra las bajas luces del embarcadero. Parecía una imagen cargada de significado. Yashim se sorprendió de encontrarse silenciosamente detenido por un centinela.Jason Goodwin La serpiente de piedra veneciana tenía sus defensores. Un barquero se levantó con felina agilidad y se adelantó. ¿Van los dos? Yashim explicó que se trataba de un solo pasajero y fijó el precio. que se alzaba con los brazos cruzados. nasas y redes. por el Cuerno. bloqueándole el 39 . y posteriormente nadie pensó en reemplazar a los centinelas. o para posar su mano suavemente sobre el hombro del francés. Gálata es toda ojos. —¿El Ca d'Oro? Conozco el barco. Incluso después del crepúsculo los esquifes pululaban por los embarcaderos como escarabajos de agua. la maleta sobre sus rodillas. Pera centelleaba más allá de las negras aguas del Cuerno de Oro. Las estrechas calles de Fener estaban silenciosas y oscuras. Pensó en su amigo Palieski. pero los jenízaros habían sido brutalmente aniquilados en 1826. El agua rompía oscuramente contra los pilotes donde estaban amarrados los botes. Los visitantes. Y más aún saber que ninguno de ellos tendría que volver ver a Lefèvre jamás. Es mejor que yo salga desde aquí. Los faroles se balanceaban suavemente en las rodas de los esquifes amarrados al muelle. la mayor parte de la gente hubiera convenido en que el esquife era superior en cuanto a elegancia y velocidad. Yashim levantó una mano en señal de despedida. Una guardia jenízara había sido antaño apostada ante sus puertas. haciendo una pausa de vez en cuando para mirar al otro lado de una esquina. Más abajo. Lefèvre cargaba con la maleta que aparentemente contenía todas sus posesiones. se dio la vuelta e inició el regreso a casa. Sonrió para sí. murmurando y fumando unas pipas que brillaban en la oscuridad. La luz del esquife se había fundido en la oscuridad. donde un puñado de barqueros griegos estaba sentado entre maromas. sin ser observado. Le encantaría esa historia. incluso una imagen de la misma Polonia. de hecho. cuando Polonia sucumbió a las ambiciones territoriales de sus codiciosos y más poderosos vecinos. pero hasta que llegaron al embarcadero no se encontraron con ningún signo de vida. Entrando por la puerta. subió a la popa de la pequeña embarcación y con un rápido y hábil movimiento de muñeca empujó el débil esquife hacia la oscuridad. Estas puertas no se habían abierto para recibir un carruaje desde el siglo XVIII. Salieron del apartamento de Yashim después de anochecido. la ciudad podría haber estado deshabitada. 23 Bloqueadas en un ángulo sólo lo bastante ancho para permitir el paso de un visitante a pie. Se estrecharon las manos con Lefèvre y observó cómo se instalaba en el fondo del bote. las puertas de entrada de carruajes de la residencia del embajador polaco estaban oxidadas por sus goznes y los escudos de armas se iban desconchando. algunos barcos flotaban anclados. Está anclado más allá de la punta. —Olvidémonos del bote del barco -dijo Lefèvre con calma-. En el embarcadero.

pero se ha vuelto un poco extraña. Ha empezado a. La señora Xani parece pasarse el día dentro. por alguna razón. Yashim? Yashim levantó una ceja. naturalmente. y los niños jugueteando en el patio. Cuando Marta se hubo ido.. Bueno. —Yo creía que estabas bastante bien guardado. En lo alto de las escaleras.. Oh. Marta llegó con una bandeja. empujó la puerta. Yash. —Entiendo. estoy un poco preocupado por ella. —No puedo decir que sirvan mucho de compañía. Podrías tener razón. Yashim. Yashim sirvió el té. y se pone toda roja y sale disparada como una flecha. —¿Crees que es porque hizo venir a los Xani? —¿La familia del cobertizo? Sí. Sí. Entra.. El muchachito constituye una promesa. —¡Oh. Es sólo que hay algo. mirando al vacío. Era pequeño para aquella tarea. Stanislaw Palieski. sí. maldita sea -dijo una voz desde el oscuro vestíbulo-. Y llorando. Yashim puso sus pies sobre uno de los andrajosos sillones de piel del embajador. Simplemente empuje. Desde que perdí la llave no dejo de encontrar montones de extranjeros vagando por la casa. entre las desordenadas estanterías y el retrato del rey Jan Sobieski. donde ocupó una posición al pie de las escaleras.. —Me llamo Yashim. —¿Llorando? —Rompe a llorar. No creo que sea mudo. embajador polaco ante la Sublime Puerta. Yashim se inclinó cortésmente. no lo sé. no lo creo. giró bruscamente sobre sus desnudos talones y caminó con rigidez hacia la puerta principal. Y eso es más de lo que puedo decir por lo que se refiere a su padre. sólo que no quiere hablar. y tenía la cara sucia. donde pidieron té. Palieski. que se abrió con un crujido. eres tú. Está como ida la mitad del tiempo. ¿Está Su Excelencia el embajador en casa? El pequeño centinela se llevó el arma al hombro. —Sí. Yashim obedeció. Palieski se dio la vuelta y dijo: —¿Qué piensas de Marta.. agitando un brazo en irónico saludo. como compañía. Sube. —¿Guardado? Supongo que te refieres a los Xani. Hace años que la conozco. Hay uno que no habla..Jason Goodwin La serpiente de piedra camino. que estoy empezando a pensar que no es feliz. —No se moleste en llamar. —¿Crees que está enferma? —¿Enferma? No. Sí. Yashim! Está bien. Es más bien 40 . —¿Marta? —Mi ama de llaves. Doblo una esquina y me la encuentro apoyada en una escoba. estaba apoyado en la barandilla del piso de arriba. Palieski parecía dubitativo. y Palieski asintió con gesto distraído. limpiando el cobertizo. Yashim siguió a su viejo amigo a la sala de estar. Yashim pasó por su lado haciendo un gesto de asentimiento con la cabeza. mientras Palieski se dedicaba a recorrer la habitación arriba y abajo. —Sé quién es Marta... sostenía un bastón cruzado contra su pecho y una expresión en sus ojos que no admitía ninguna oposición. El hecho es. Le pregunto algo.

—Pero no muy firmemente. Probablemente hizo que el barquero lo dejara en alguna parte. La ciudad está mejor sin un hombre como Lefèvre correteando por ella. dejan que alguien compre su puesto. No con mucha firmeza. supongo. todo gratitud y sonrisas. —Ocurrió una cosa extraña mientras yo venía esta mañana. lo vi delante del mercado de pescado. de todas formas. y ellos mandaron los matones contra él. y lo perdí entre la multitud. por lo que pude ver -dijo con calma. Pensé que era él. ¿Qué pasa? Yashim había mirado a su alrededor de repente. Yashim volvió la cabeza y miró por la ventana. y un pajarillo se balanceaba sobre una ramita. Pero.Jason Goodwin La serpiente de piedra extraño. eso es cierto. basta de Xani -añadió agitando una mano. de manera que Yashim. Palieski asintió. Y al diablo todas esas pequeñas reparaciones que iba a hacer. Parecía haberse olvidado de Marta por el momento. lo comprobé. -¿Cómo podía explicar a su amigo que la visión de la patética maleta de Lefèvre lo había cambiado todo?-. Libros. A la pequeña le gusta ayudar a cocinar. Realmente. Yashim suspiró. Pero si un guardián muere sin tener un sucesor. le contó la misteriosa llegada -y partida. claro. —¿Y qué pasa con el padre? —Llegó. —Como norma. Lo considero un impuesto. en su lugar. deberías haber hecho que ese sinvergüenza pagara. —Eso es lo que tú dices. frunciendo el entrecejo. —¿Se ha retrasado la salida? —No. Mientras sea albanés. —¿Xani se unió a los guardianes? Pensaba que uno tenía que nacer dentro del gremio. —Lo intenté. Se me ocurre la idea de subir a comprobar si están las malditas cabezas. Creo que debe de haber andado a la caza de algo mayor que eso. Fue sólo un vislumbre. Supongo que tenía un primo o alguien para proponerlo. Viejos manuscritos. —Me pregunto qué consiguió llevarse esta vez -dijo. El Ca d'Oro ha partido. Se convirtió en un su yolcu. Pero Marta parece estar muy encariñada con los niños. El cielo estaba azul y hacía una pizca de calor. Ponerles un techo sobre la cabeza. No creo que las vuelvas a ver. El capitán del Ca d'Oro. Palieski movió negativamente la cabeza. —No. Luego fue y se afilió al gremio de guardianes del agua.de Lefèvre. Las hojas de glicinia producían un sonido susurrante al chocar contra el marco de la ventana. Palieski juntó las yemas de sus dedos. —No tenía nada. —¿Y las cuarenta piastras? -Palieski arqueó las cejas-. —Mmm -murmuró Yashim-. Me pregunto a qué vino. Yashim. así que no me quejo. bueno. acicalándose el plumaje con nerviosas sacudidas. Fue idea suya traerlos. Palieski lanzó un bufido. 41 . —¿Libros viejos? Eso difícilmente explicaría su canguelo.

los extranjeros eran escasos incluso en Pera. agentes de transporte. en Cerdeña. Yashim sonrió. tenderos. —Eso no es muy probable. Yashim apretó los labios. Hoy en día. Y casi carecía de sentido esperar que el embajador británico se sentara a juzgar a algún asesino maltés que agitaba los papeles de su nueva nacionalidad ante la policía otomana. la situación se había escapado de las manos. Había estado a punto de decir que los propietarios estarían muy lejos.. sombrereros. fuera el que fuera. Muchos de ellos eran la hez de los puertos mediterráneos. las calles estaban llenas de ellos. Más de todas partes. La mitad de ellos. Ingleses de origen griego. los otomanos habían permitido que los embajadores extranjeros juzgaran y sentenciaran a sus nacionales -un marinero errante. Cambian los capitanes por una u otra razón. viejos soldados e incluso curas protestantes. Debía sencillamente de haber estado demasiado cansado. griegos de las islas que ondeaban los colores de los Países Bajos en unos barcos que nunca habían viajado más allá del Adriático. —Los griegos. un criado ladrón. toda la pesca. cuando Palieski llegó por primera vez para ocupar su puesto. no es tu funeral -dijo Palieski-. Pero ahora que había tantos extranjeros en la ciudad. mientras no se tratara de un barco griego. sin hablar una palabra de ese idioma. Pero eso había sido por la noche.con la inteligente creencia de que los extranjeros se comprendían mejor mutuamente de lo que ellos lo podían hacer. hombres cuyo pasado no soportaría ningún examen. Veinticinco años antes. Yashim hizo una pausa. El Mediterráneo era como una bolsa y Pera la costura del fondo. sobreexcitado. Yash. La pizca de ansiedad que había estado vagando por la mente de Yashim desde que viera al italiano en el mercado de pescado se tensó un poco más. sí -dijo Yashim lentamente.. Será eso. Siglos atrás. o que los armadores tuvieron que reemplazarlo en el último momento. Hay más italianos que en el funeral de un organillero.. Lefèvre había deseado cualquier barco extranjero. naturales de Corfú que reclamaban la protección del embajador francés. sastres. —Anímate. extranjeros. El barco está registrado en Palermo. Tampoco querían a infieles de otros países atascando los engranajes de la justicia otomana. pero que nunca habían estado más cerca de Inglaterra que los muelles de Estambul.. los griegos han nacido para el mar. donde se acumulaban el polvo y la pelusa. cuando parecía más muerto que vivo. Colores napolitanos. La mitad de la flota nativa en aguas otomanas estaba formalmente fuera de la jurisdicción otomana. De todas maneras.. ya sabes cómo es Pera estos días. —Estoy seguro de que podemos encontrar una docena de italianos que se parecen a tu capitán vagando por las calles en este mismo momento -estaba diciendo Palieski-. Te devolverán a tu indeseable amigo de una pieza. los británicos ni siquiera tenían un calabozo en el recinto de su embajada. Ser un extranjero no significaba ya mucho. —Probablemente alguna firma local griega -observó Palieski plácidamente-. o Nápoles. o Sicilia.. por ejemplo. cuyos papeles estaban en orden. derechos extraterritoriales. y la otra mitad. Llegaban aquí para poner en práctica sus trucos y engaños sin el más pequeño temor de ser pillados.. Marineros. griegos fingiendo serlo.. Muchas de las personas que pretendían derechos extraterritoriales apenas si eran extranjeros. así que los dueños. 42 . Al día siguiente se había mostrado más bien irritable sobre todo el asunto.Jason Goodwin La serpiente de piedra —Bueno.

¿Se debía eso a que las serpientes emergían de algún lugar más profundo. desgastada y sujetada con grandes grapas de bronce. las cabezas. comerciantes árabes habían montado una ancha tienda verde sobre estacas. Se preguntó qué significarían aquellas aves jeroglíficas.Jason Goodwin La serpiente de piedra El pilaf in bianco. con amplias fauces y pequeños ojos reptilianos. un esbelto tronco de tosca piedra. Yashim se inclinó sobre la barandilla para atisbar en el pozo del que se alzaba la Columna de la Serpiente. a beber por los dos. Desde arriba las serpientes enrolladas parecían un taladro. y cuando Yashim bajaba la mirada para verlas pasar. no preocupándonos por él. hubiera dicho Lefèvre. deberíamos estar celebrando la marcha de este individuo. Sinceramente. más recientemente. la piedra se había erosionado. esculpida con los triunfos balcánicos de un emperador romano. su atención quedó retenida por el entrelazado pie de la Columna de la Serpiente. Se había alzado durante siglos en el Oráculo de Delfos. —Tomemos un trago de aguardiente de cereza -dijo Palieski. Yashim había sabido de la existencia de la Columna de la Serpiente años antes de que viera por primera vez las cabezas de bronce en el armario de Palieski. tratando de aterrorizar y devorar su presa. hasta que Constantino se apoderó de ella y la trajo aquí para embellecer su nueva capital. un milagro de la artesanía para celebrar el milagro de la victoria griega sobre los persas en Platea. con tres espantosas cabezas de serpiente sosteniendo un gran caldero de bronce. Bajo ella. musitó Yashim. Había sido construida más de dos mil años antes. Yash. de manera que quedó aterrado por aquellos monstruos cuyas crueles máscaras había observado a la luz de una vela aquella noche. legionarios con casco amontonados con sus cortas espadas desenvainadas. Había imaginado que parecerían serpientes reales. también. el tiempo no había sido amable con ella. el tendido de puentes a través de los ríos. 24 Yashim anduvo lentamente a través del Hipódromo. la degradación de jefes y reyes. Desde entonces. levantándose de su sillón-. con un instintivo horror hacia todo lo oculto y pagano. Un regalo para su amante. obligando a Palieski. Pasó por su lado una recua de mulas. Se detuvo por un momento en el haz de la sombra del obelisco y tocó su base. provistas de colmillos. había sido la causa. hueco y roto como un junco: un torzal de verdín no más alto que una palma marchita. tal como éste señaló a guisa de reproche. el fragor de los caballos. Pero tomaré sólo uno. Eran criaturas de mito y pesadilla. El pilaf y una noche de buen sueño. constituyendo un eje triunfal entre el obelisco y la columna. La malevolencia rezumaba en ellas como sangre. y el lamento de las mujeres. ¿Qué me dices? —Tienes razón -replicó Yashim-. con unos ojos sin expresión. la ciudad de Bizancio. Las escenas eran difíciles de descifrar. hacia el obelisco que el emperador Constantino había traído de Egipto hacía mil quinientos años. alguna oscura y sumergida región de la mente? Se estremeció. aquellos ojos incapaces de parpadear. un tornillo que se 43 . El caldero hacía tiempo que había desaparecido. Las otras columnas se alzaban a nivel del suelo. La columna de Trajano se alzaba a unos cuarenta y cinco metros más allá. Cosa que hizo. las manos y pies grabados con fantástica precisión en la brillante piedra.

Pero entre ellos. —En absoluto -respondió Yashim con amabilidad-. —Acaba de llegar. penetrando en la habitación.Jason Goodwin La serpiente de piedra introducía cada vez más profundamente en el tejido de la ciudad. —Madre dice que su trabajo ya está hecho. —¿Está Yashim? -dijo. Mavrogordato fue pillado por sorpresa. los anillos de un verde negruzco de las serpientes de bronce aludían a un oscuro enigma. La puerta se abrió. Mavrogordato subió por ellas pesadamente. como una mancha en el alma humana. ¿Por qué. Éste parecía frío y reservado. aterrorizado y luego devorado. Yashim levantó la mirada. —Mi madre me dijo dónde podía encontrarlo -dijo Mavrogordato. aunque no lo suficiente. Volvió a llamar. exactamente. Por favor. Ella cree que reaccionó exageradamente. Una bolsa fanariota: pesada y musical. Casi está dentro ya. -Metió la mano en el bolsillo y sacó una bolsa-. Alexander Mavrogordato se agachó. Luego toqueteó el cierre y el dinero cayó al suelo. —Su madre es muy amable -dijo-. Yashim devolvió la bolsa por el aire. Yashim volvió su mirada hacia atrás. Miró a su alrededor y se dirigió sin pausa hacia la cocina. tenga cuidado con la cabeza. La arrojó hacia Yashim. toqueteando los botes. En un rellano se detuvo y luego empujó la puerta. 25 Alexander Mavrogordato miró automáticamente calle abajo y luego golpeó en la puerta con el pomo de su bastón. como si esperara un rechazo. —¿Le importa si entro? -El tono del joven era ofendido. desinteresado de su destino. Si le dabas la vuelta de manera que los anillos se hundieran más profundamente en el terreno. Luego giró en redondo y se dirigió a los libros. penetrando sus capas una a una. —No importa. Y así al final te encontrarías mirando fijamente dentro de aquellos despiadados y vacíos ojos y cavernosa boca. que estaba sentado en el diván. deslizando distraídamente las manos por sus lomos. —¿Dónde lo encontraré? La vieja señaló las escaleras. creo. me está pagando? El joven se volvió. lo que hacías era acercarte a los monstruos de los colmillos. Y la columna romana no era más que un tópico: los imperios se descomponen. observando la representación con interés. poniendo sus manos sobre la mesa. al obelisco egipcio. Al cabo de un rato oyó arrastrarse unos pies en el interior. si seguías el trazo de las sinuosas curvas de los cuerpos de las serpientes desde la cola hacia arriba. sorprendido. Tome. pero logró cogerla. La vieja asintió. Yashim levantó el brazo y cerró sus dedos sobre la bolsa. penetrando en el oscuro lugar de los mitos y sueños. y entró en el pequeño vestíbulo frotándose la cabeza. 44 . effendi.

Era una cuestión de forma. estimulados por sus almuecines. 27 Estambul no era una ciudad madrugadora. En el Cuerno de Oro. medio vestido. Ahora coja usted su dinero. es que crecen incapaces de pensar por sí mismos. a la débil luz de su balanceante lámpara. antes de que empiece a recordar que estuvo aquí alguna vez. Yashim no se movió del diván. Por unos momentos se quedó inmóvil. no hay honorarios. Stanislaw Palieski roncaba entre sus almohadas. monsieur Mavrogordato. en la residencia polaca. El problema con los niños a los que se dice exactamente lo que deben hacer y lo que no. Luego. su mejilla aplastada contra el pecho de una odalisca circasiana: la mujer estaba resistiendo imperturbablemente la tentación de quedarse dormida. el sultán dormía. porque. Nosotros nunca hemos hablado. solamente los devotos. Mavrogordato movió la bolsa con el pie. rascándose la cabeza. —Así es -replicó el joven cautelosamente. —No creo que lo entienda usted. Ella jamás me riñó por llegar tarde. respirando pesadamente y soñando con Atenas. —Entiendo. o me dijo que no fumara. haciendo un esfuerzo por interpretar los movimientos nerviosos de su marido. eran conscientes del alba cuando ésta empezaba a deslizarse desde las montañas detrás de Uskudar. estaba dormido. reflexionó Yashim. de los portales y bordillos. ataviado con un grueso y viejo batín. Cerca de allí. Yashim dormía silenciosamente. 26 El vigilante nocturno que patrullaba por las calles de Pera estaba acostumbrado al ladrido de los perros. y su protesta ritual proseguía mucho después de que él hubiera pasado. Levantó su linterna y atisbo en la oscuridad. oyó un suave sonido de succión y desgarro. 45 . —Es bastante extraño. cerrándola de golpe a sus espaldas. sobre nada. El joven pegó un violento puntapié a la bolsa. ni me preguntó por qué no llevaba fez.. que aquel día iba a ser convocado por la embajada francesa. El doctor Millingen. sin importancia: una irreflexiva ceremonia que hacía mucho tiempo que había dejado de tener significado tanto para los perros como para el vigilante.. si tenía un solo fallo. mientras la linterna se balanceaba al extremo de un bastón lanzando un tenue y oscilante rayo amarillo a un lado y a otro de la calle sin empedrar. madame Mavrogordato estaba también despierta.Jason Goodwin La serpiente de piedra —En cuyo caso. ése era roncar con la boca abierta. ¿sabe lo único que realmente nunca hizo? Nunca discutió de honorarios conmigo. a través del silencio. Cuando se aproximaba. En el Bosforo. con tanta fuerza que fue a chocar contra la pared. De manera que eso fue lo que le sorprendió cuando giró para entrar en la calle y pasar por delante de la embajada francesa: el silencio. Luego abrió la puerta. ¿verdad? Mi madre no quiere saber sobre. los sarnosos animales se alzaban penosamente de las sombras.

. estaba vagando por algún lugar entre los dos estados. salió tambaleándose de la habitación. —No puede ser. Auguste Boyer. Lefèvre era ciudadano francés. vestido y asomado por la ventana de la planta baja al patio. chargé d'affaires en la embajada francesa. Se trata de Lefèvre. Envía a buscar al doctor Millingen. casi ante la puerta. Más bien una estrecha relación con la muerte. un hombre de mediana edad. No. su voz era más firme. —Pero yo vi marchar a Lefèvre -insistió Yashim. ¿Los dos cafés son para mí? Bien. dirigió su mirada una vez más a la sábana manchada de sangre. estaba despierto. ¿Estás enfermo? —Me he sentido mejor otras veces -dijo el embajador con una voz tan grave que era casi un murmullo-. Es uno de los suyos. Acabo de llegar de la embajada francesa. Cerró la puerta. en Waterloo. haciendo tintinear la taza de café. —Vuelve a poner en su sitio la sábana -dijo débilmente. Malakian estaba dormido. -Frunció el ceño-. Yashim alargó una mano y levantó la mirada para descubrir a Palieski de pie ante él. Un café. —Extrañas noticias. Sería una exageración decir que el color regresó a las mejillas de Palieski mientras se bebía el café. aparentemente. secándose un resto de vómito de la barbilla con un pañuelo adornado con encajes. El vómito era pequeño y olía a bilis y a café.Jason Goodwin La serpiente de piedra tapado con una vieja capa. Y tú puedes llevar la maleta a mi despacho. Manteniendo con firmeza sus ojos fijos en la puerta y el pañuelo en su lugar. 46 . 28 Un par de guantes de algodón blancos cayeron bruscamente sobre su mesa. Yashim lo miró sin expresión. Se oyó el sonido de la sábana al subir. El ordenanza. y Boyer se dio la vuelta con el pañuelo sobre la boca-. Giorgos. —Me temo que no te va a gustar. Deberías haber estado allí con el emperador. —Cuán extraordinario. Palieski giró la cabeza e hizo una señal al dueño del café. Aquel Boyer era sólo un crío. de modo que técnicamente es responsabilidad suya. observando cómo las manchas se volvían otra vez brillantes por el contacto con las heridas del muerto. La Gloire! No. la gloria no. el tendero. que sean dos. Yashim. El cuerpo está hecho una asquerosidad. Palieski se encogió de hombros. luego se inclinó rígidamente y cogió la maleta de piel. pero cuando a continuación habló. porque aquéllas siguieron pareciendo exangües. Sintió náuseas nuevamente: se le revolvió el estómago y un hilillo de baba le cayó de los labios a los secos adoquines que había bajo la ventana. Y tampoco desea tener a demasiadas personas involucradas. Pero las autoridades tienen que ser informadas. estaba pensando. —Me temo que es así. hizo la señal de la cruz con un movimiento reflejo y fue a buscar al criado. y el embajador está preocupado porque ninguno de los dragomanes de la embajada sabe de qué va el asunto.. La embajada necesita de tu ayuda para tratar con la Puerta -dijo-. -Yashim hizo una señal al propietario del establecimiento-. —¡Mi querido amigo! Toma asiento. El vigilante nocturno encontró un cuerpo anoche.

mejor que sea así. Era débil.. con el cuerpo. cogió la cabeza por las orejas y le dio la vuelta de manera que los horriblemente expuestos globos oculares se fijaron en el propio Boyer. Supongo que piensa que todos somos lo mismo. Demasiado al descubierto. Como dije. con un gesto. la manera en que los perros buscan el rostro -musitó Yashim-. Boyer señaló con gesto lamentable una maleta de piel. Yo le sugerí tu nombre. Los perros. Me llamó a una hora infernal esta mañana para pedirme consejo. en un momento dado. sus restos estaban debajo de algunas planchas y vigas. Yashim se dedicó a examinar las manos y los pies del cadáver. examinando la espantosa carnicería. y éramos los que estábamos más cerca. aquí cerca. Lo siento. El turco. —El buen doctor.. Boyer sintió que volvían sus náuseas. —Tomó un bote directamente para el barco -dijo Yashim. ese tipo de cosas.» Quería dejar aquel horror urgentemente en las manos de un profesional competente.. tras una conveniente pausa. Palieski se encogió de hombros. Yash. Yashim dijo lentamente: —Le debo algo a Lefèvre. —Nada estaba muy claro en Lefèvre. Querrán que estés allí para eso. -sugirió Yashim enderezándose. el turco se limitó a apretar los labios. supongo. sobre una sonriente fila de ensangrentados dientes. dónde estuvo. el vigilante reconoció la escritura extranjera.. La nariz desaparecida. Pero no han tocado para nada las orejas. No podía saber que estaba en francés. Las cosas de la maleta estaban esparcidas por todas partes. pero. Cuando Boyer retrocedió. «Y -pensó. quien sugirió que a Yashim podía gustarle ver el cadáver entero.. Incluso entonces. 29 La impresión de Auguste Boyer de que los turcos eran una raza insensible se vio confirmada por la fría inspección de Yashim de lo que quedaba del cuerpo de Lefèvre. Yashim le siguió fuera de la habitación. Fue el ordenanza. -Sus palabras volvieron a apagarse-. Palieski asintió. —Él confiaba en ti. observó Boyer. que parecían vivos comparados con el destrozado cuerpo al que estaban unidos. —No puedo comprender del todo por qué trajeron el cuerpo a la embajada -dijo Yashim. la estudió con una paciencia que era casi obscena. Quizás seas tú la última persona que lo vio vivo.. desde luego. —El doctor Millingen no tardará -dijo Boyer rápidamente... —Es extraño. cubierta de sangre y jirones de carne. La cara había sido lavada y ahora ofrecía una vista más terrible aún que al principio. De todas formas. A quién vio. —El doctor Millingen llevará a cabo una investigación. 47 . al doblar la esquina. El embajador francés cree que yo me las sé arreglar muy bien. quedándose de pie a su lado cuando comprendió que Boyer estaba conteniendo sus arcadas con un pañuelo. imagino. en una obra.Jason Goodwin La serpiente de piedra Palieski le ignoró. Supongo que el asesino estaba buscando dinero. la barbilla arrancada. —Los vigilantes encontraron eso con.

—¿Porque era de noche? —Porque. se había convertido en una obligación de hospitalidad: una tarea en la que había fracasado por un grotesco margen. tenía el lomo áspero y estaba empezando a desencuadernarse. Un criado bajó por las escaleras y murmuró algo al oído de Boyer. Estaba también la camisa que había llevado dos noches antes. Fue una coincidencia. —Sólo superficialmente. Recordó a Lefèvre abriéndola violentamente y esparciendo su contenido por el suelo tres noches antes. 30 El embajador francés levantó la mirada de su mesa. no tengo ni idea. Monsieur Palieski lo trajo a cenar una noche a mi casa. Eso. Bueno. sintió la espontánea afinidad que tenía con el muerto. sin embargo. -Expresó en voz alta la idea que lo había estado asaltando desde el café-: ¿No lo estaban esperando aquí. Y menos por la noche. pero me pidió que le buscara un barco para ir a Francia. sucia por los puños y cuello. Se secó la mano en su capa. Estaba asustado y confuso. verdad? —¿A Lefèvre? No lo creo así. La maleta aún contenía los libros que Lefèvre le había mostrado. junto con la ropa sucia. —¿Nada más? ¿Sólo la maleta? —Eso fue todo lo que los vigilantes trajeron. Supuse que se había marchado de Estambul. —Podemos subir a ver al embajador ahora. Algo de ropa interior. a pesar de todo. 48 . monsieur. desde luego. -Boyer vaciló-. excelencia.. lo antes posible. El barco tenía que haber zarpado ayer por la mañana. y que olía al sudor del muerto. —Era un ciudadano francés -dijo. cuando lo hube hecho así. Nunca le gustó aquel individuo. Al día siguiente. junto con un ejemplar sin encuadernar de Papá Goriot de Balzac. El Ca d'Oro. la carga de un deber especial. Simplemente traté de ayudarlo -explicó Yashim-. —No es un gran conocimiento -convino el embajador. en la mente de Yashim. monsieur. —Tengo entendido que conocía usted a ese Lefèvre. —Unos días más tarde. El embajador levantó un dedo. Parecía ansioso. y había confiado en Yashim para salvarla. Yashim vaciló. Una vez más. Yashim devolvió los libros a la maleta. Supongo.Jason Goodwin La serpiente de piedra —Sí -dijo Yashim-. no esperábamos verlo. a Pera. de Palermo. Yashim volvió a mirar la maleta. su ánimo parecía haber mejorado. De cómo llegó aquí. —Pídale a Boyer que venga -dijo-. —Pero ¿monsieur Lefèvre no era completamente comme il faut? Boyer hizo una profunda aspiración con la nariz. ¿Así que no eran ustedes amigos? —No. reapareció en mi puerta. Pero Maximilien Lefèvre había temido por su vida. Casi un poco loco.. —¿Y lo vio usted subir al barco? —Lo vi partir en un bote que salía desde Fener anteanoche.

tuvo que reconocer. Se encuentra a un hombre donde se supone que no debería estar. otros canales. anduvo por encima de un montón de arena esparcida entre los adoquines. si es que era una profesión. realmente. em. Incluyendo. Yashim tuvo la sensación de que era sólo un observador. —Encuentro la situación curiosa.Jason Goodwin La serpiente de piedra Boyer llegó con un secretario. mirando a su alrededor. de que sólo tres personas podrían haber sabido dónde estaba aquella noche monsieur Lefèvre. Esto se ha confirmado. evidentemente. ¿Por qué? El embajador levantó lentamente la mirada de la mesa. Se encogió de hombros y salió a la calle. Dice usted. monsieur Yashim. —Como ha dicho usted.. es deber mío procurar que se imparta justicia a los ciudadanos franceses que caen bajo mi jurisdicción en este Imperio. El embajador chasqueó la lengua. Y un capitán de barco (seleccionado al azar en el puerto) que no es probable que conociera a Lefèvre. naturalmente. Una curiosa situación. La insinuación del embajador no era. tan absurda.. medio esperando ver algo que los vigilantes hubieran pasado por alto en la oscuridad. por supuesto. podría parecer que el desafortunado arqueólogo se pasó las últimas veinticuatro horas de su vida en su apartamento.. él quizás hubiera hecho la misma deducción. Yashim guardaba silencio. pero el embajador prosiguió. Tenemos que hacer un informe de sus movimientos. Se levantó y se inclinó con toda la dignidad que pudo reunir. monsieur. sin embargo. como si estuviera contemplando la entrevista desde algún otro lugar. podía olvidarse de esa posibilidad ahora. que tenía miedo. el Ca d'Oro zarpó ayer. Yashim no podía recordar la última vez que se había ruborizado. El embajador dobló la esquina de la hoja de papel arriba y abajo con su pulgar sobre la mesa. Se oyó a sí mismo decir: —No lo sé. En effet. Dice que Lefèvre debió de morir anteanoche. pero. En estas circunstancias.. no creo que su asistencia en este asunto sea requerida. Preferiría proseguirlo con las autoridades. ¡Yashim. El doctor tiene sus métodos. sintió un ligero mareo y tuvo que apoyarse en la pared. Unos pocos metros más adelante. sin levantar la mirada. Tantas cosas habían pasado por su mente que simplemente había olvidado la regla principal de su profesión. El doctor Millingen ha efectuado un examen preliminar. el cual tosió ligeramente. Pero confiaba en usted. En parecidas circunstancias. Teniendo en cuenta la opinión del médico en la cuestión. el enlace con el embajador francés! Bueno. quizás podamos saber algo por su capitán. por supuesto. El embajador medio se dio la vuelta en su silla para intercambiar una mirada con Boyer. Como representante del reino de Francia. al propio Lefèvre -añadió con un deje de ironía en su cansina voz-. si regresa. monsieur Yashim. »Mientras tanto. —Francamente. asesinado de una manera curiosa y bárbara. no lo sé. Yashim abrió la boca para hablar. Tratar de pensar como su oponente. Dentro de un mes o dos. —Enfin. imagino. —Llego a la conclusión. y por lo que usted dice. —¿Está seguro el médico? -quiso saber Yashim. Éste dejó un papel sobre la mesa. una vez en el patio. dice usted que no conocía bien al arqueólogo. 49 . y el embajador cogió el papel con los dedos y lo alineó con el borde de la mesa. por. Habrá que preparar un informe. la noche en que usted le vio subir al esquife.

50 .. ¿Cuánto tiempo necesitaría el embajador para hacer su informe? Unos días a lo sumo. rumores. algo no totalmente correcto sobre el propio Yashim. Algo dudoso sobre el papel que él había jugado: Yashim y el barco. Quizás el caballero otomano. insinuaciones.. la elección de tus amigos decidía quiénes serían tus enemigos. 31 El embajador francés no daba especial importancia a los hechos. Lefèvre. sabía más de lo que decía. el capitán y Yashim: los tres habían sabido. entonces. No tenían necesidad de decir que había matado a Lefèvre. Esas cosas serían suficientes para condenarlo. el polvo levantado por el informe del embajador francés. pero permitía que le aliviara un poco de la tristeza que sentía. Lo que pudiera haber entre él y el muerto se convertiría en fuente de susurros. sino de supervivencia. un batir de manos.» El informe del embajador lo cambiaba todo para él. como Yashim hacía. El discreto solucionador de problemas del sultán.. que su resumen no encajaba bien con la verdad. en el palacio. En el subconsciente de Yashim flotaba la idea de que Palieski le había llevado a una trampa. y ya nadie en el palacio albergaba motivos para apreciar los esfuerzos de Yashim.necesitarían un nuevo protector. Un hombre había sido asesinado. así como los barqueros de los esquifes. Yashim se llevó la mano a la cabeza. en el meollo de todo el misterio. un francés de poca importancia. Yashim y su curiosa relación con el muerto. Yashim. Había sido demasiado lento: demasiado lento en salvar una vida. por anticipado. era deber suyo hacer un informe a las autoridades de Estambul.. De manera que el embajador no se detuvo a reflexionar. el amigo de Palieski. Pera se estaba volviendo más peligroso cada día: ahí estaba la cosa. Un meneo de la cabeza. un fruncimiento de cejas. Yashim había sido el eunuco confidente. No alentaba la idea. el último hombre en ver vivo a Lefèvre. Personas que habían dependido de él -tal como había hecho el pobre Lefèvre. Y. Unos pocos días. dónde había que buscar a Lefèvre aquella noche. Uno debía tener más cuidado. No era una cuestión de elección. Pero éste se estaba muriendo. pública. una referencia al misterio de los últimos días de Lefèvre.Jason Goodwin La serpiente de piedra «Habrá que preparar un informe. quizás incluso era responsable. Bastaba con la nube de inseguridad. La vasta residencia del sultán estaba dividida entre cien camarillas. Sabía lo que el informe contendría: detalles de un curioso acto de barbarie cometido contra un súbdito francés en las calles de Pera. Amigos poderosos lo dejarían en la estacada. Pero ahora estaba convirtiéndose en una urgencia más terrible. que lo vieron partir. Su deber de protección con el muerto había sido hasta entonces un asunto privado. por supuesto. demasiado lento en rescatar su propia reputación. Pero cualquiera capaz de examinar el manifiesto del barco lo habría sabido también. ahora los tropiezos de Palieski le habían costado su espacio para maniobrar. y a un barco que ya había zarpado. era todo lo que tenía para encontrar a los asesinos y salvarse él mismo.

cuando Constantinopla se alzaba en el centro del mundo cristiano.. ahorcado en su dintel por orden del sultán durante los disturbios griegos de 1821. Revestidos durante mil años con la insignia de la Iglesia. los emperadores bizantinos se habían comportado orgullosamente como los gobernantes ungidos por Dios sobre la tierra. Grigor -dijo Yashim. —Estoy gordo. Los ángeles se encontraban en el umbral entre los hombres y Dios. y feo.. la iconografía bizantina representaba a los ángeles como eunucos. un par de años mayor. los eunucos. más grandes que papas o patriarcas. el Patriarca constituía un vínculo con los siglos anteriores a la conquista otomana. él y Yashim habían trabajado para el mismo dueño. los golpes palaciegos. el ángel! Grigor abrió los brazos de par en par a través de la mesa donde se amontonaban paquetes y papeles atados con cinta púrpura. —Tienes buen aspecto. Lo del ángel era una pequeña broma de Grigor. Durante cientos de años. Ambos eran intermediarios. Grigor se encontraba en su despacho privado. y las mujeres.Jason Goodwin La serpiente de piedra Yashim se instaló en el fondo de un bote. y no era algo que a Yashim le agradara particularmente. Yashim. la traición. Desgastados escalones conducían hasta una abollada puerta que había visto muchas cosas desde que el último emperador de Bizancio desapareciera con sus borceguíes color púrpura. effendi? —A Fener Kapi -dijo Yashim. y a los griegos les gustaba ir a Fener. Era un hombre gordo de gran barba ataviado con un capote negro. que se extendía desde los desiertos de la Mesopotamia y los fondeaderos del Egeo hasta las montañas de los Balcanes y a lo largo de los acantilados de basalto del mar Negro. luego avanzó a lo largo de la calle hasta otra puerta más pequeña que durante los últimos diecisiete años había servido de entrada principal para el Patriarca. Como Grigor había explicado en una ocasión. Pero. todo eso había sobrevivido a la batalla de iconoclastas e iconodulos. y tú lo sabes. mientras las tropas otomanas entraban en tropel a través de los muros de su desolada ciudad. la traición de los latinos y las proezas guerreras de los turcos. La gran puerta había sido sellada como señal de respeto hacia el Patriarca Bartolomé. El embarcadero de Fener. Muchos años atrás. todos somos uno a los ojos de Dios. dedicados a servir. el alma del Estambul griego.. afortunadamente. Era griego. Yashim contempló la gran puerta. Grigor. entre los hombres. interrumpida solamente por la usurpación. —¿Adónde.. la ciudad de Constantino y Justiniano. El barquero asintió. —¡Yashim. los asesinatos y las maniobras políticas llevadas a cabo por los tiranos en todas partes. Todo eso era lo que quedaba del poder y la gloria de la segunda Roma. la principesca familia fanariota de los Ypsilanti. En la entrada pidió ver al archimandrita. En una ciudad donde se mezclaban diversas razas y fes. rodeados de una incesante rutina de plegaria y ostentación. Detrás de aquella puerta se encontraba la pieza central del complejo mosaico de la fe ortodoxa. se había 51 . El barquero lo desatracó con un golpe de su largo remo. la muerte violenta. Fener había sido la sede del patriarca ortodoxo.

—¿Has oído los rumores sobre el sultán? Grigor apoyó la barbilla en la mano. —Y Mahmut era sólo un niño. para ampliar la escuela griega. Sólo el hijo que podía librarse de los jenízaros comprándolos. —Lo cito como un ejemplo -dijo lentamente-. —Qué bien volver a verte. —Así lo tengo entendido. 52 . «Ya era hora de que alguien le diera una lección a ese pequeño mocoso». Estuvo bajo el control de los jenízaros. Mi vida cambió. El sultán se está muriendo poco a poco. como tapándose la boca. dos años antes. apoderarse del tesoro y ganar el apoyo de los hombres santos. Pero después de aquello. habían herido en lo vivo a Yashim. en cierto sentido. Sería un hombre viejo quien pudiera recordar la última vez que un sultán murió de esta manera. Charlaron durante unos minutos. Pero la enfermedad de Mahmut arroja una sombra sobre Estambul. bordeando temas delicados. Grigor. la muerte del sultán detenía los relojes. —Soy un cura. y Yashim había ayudado a limar asperezas. Fíjate en el dinero. dijo el encargado de la cuadra. durante casi veinte años. y lucharon por toda la cocina y el patio. Yashim volvió la cabeza y miró por la ventana. ocupaba su lugar. mientras conducía a Yashim arriba. bebiendo su café. —En aquellos años. a enfrentarse con Ypsilanti. —Está muy enfermo. —Cuando los jenízaros mataron a Selim. Finalmente el sacerdote devolvió su taza vacía al platillo. Su valor se hunde cada día más. se habían comprendido mutuamente. y la gente tiene miedo del dinero. en amigos. Yashim se arremangó. Ha reinado durante mucho tiempo. ¿Sabes por qué? —Para unirte a la iglesia -dijo Yashim. no un banquero. Se habían convertido. Esas obscenas historias. por encima de todo. Cuando el Patriarca fue ahorcado y estallaron disturbios en las calles. Un día Grigor había ido demasiado lejos. Grigor lanzó un suspiro. —¿Tomarás café con nosotros? -Grigor hizo sonar una campanilla-. Yashim hizo una inspiración. Selim fue asesinado en Topkapi. En otros tiempos. —Hay un ambiente en la ciudad que yo nunca había conocido antes. Y volví. su propio ejército. pero no gobernado. —Un arreglo bárbaro -dijo Grigor. cuando me ayudaste a escapar de aquí. estuve vagando por los monasterios de Bulgaria. Grigor frunció el entrecejo. mandándolo a recados estúpidos y atormentándolo con salaces detalles de sus conquistas. —¿Así que no debería rendir cuentas sobre lo que sucedió antes de que destruyera a los jenízaros? ¿El asesinato del Patriarca Bartolomé no debe recaer en él? Yashim decidió ignorar esto. Había habido alguna dificultad. se hicieron con el poder antes de que nadie pudiera reaccionar. Volver a charlar. —Reinado. La escuela está prosperando -añadió.Jason Goodwin La serpiente de piedra creído en la obligación de mofarse del provincianismo de Yashim. Yashim ayudó a Grigor a escapar de la ciudad. —Me alegro.

Nuestra preocupación es el espíritu. Pero. ¿Una ciudad del arte? ¡Bah! ¿El lugar donde triunfamos durante un milenio. —Es griega porque su gente es griega. O para protegerlo. Constantinopla es (diría sin que en ello haya blasfemia) nuestro Gólgota. Obedecemos a un emperador. —De hecho -continuó Grigor-. posiblemente.. asintiendo con la cabeza-. Obedecemos a un sultán. hemos comprado esta ciudad con nuestra sangre.. y no dijo nada.. Un catálogo entero.. Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. 53 . hasta el último? Apretó los labios. lo reconozco.. sobre nuestros enemigos. y sobrevivimos. algún objeto. sobre el Papa de Roma. Para mí.. sobre los bárbaros. Una sombra se deslizó por la cara del archimandrita. —No buscamos batallas. —Creo que hay algo que los obliga a matar para poseerlo -continuó Yashim-. La pérdida de nuestra cristiandad occidental (Roma. Algún. Porque es el escenario de nuestros triunfos. Hemos sufrido la pérdida de nuestras iglesias. todo eso) terminó con el Gran Cisma. sí. Dentro colgaban sus vestiduras. aquí mismo. Vosotros. porque ésta es mi ciudad. tenía una mirada pensativa.. Por supuesto. Y. —No sé quiénes son: una hidra de muchas cabezas. Grigor se puso de pie y abrió un armario. Pero ella sí nos gobierna a nosotros. La caída de la ciudad en 1453. tú puedas comprender lo que quiero decir. y el Redentor nos instruye para que establezcamos la paz con este orden. Rávena. —Háblame de la Hetira. no sé. Yashim permanecía sentado. Yashim inclinó la cabeza cortésmente. quizás. antes de la conquista turca. Grigor. cuando alguien se acerca demasiado. -Hizo una pausa-. Está en la Biblia. —En esta ciudad la fe griega ha experimentado sus más profundas humillaciones. y la muerte del emperador dentro de sus muros. o alguna clase de conocimiento. sus objetivos tienen cierto peso en algunos círculos de la iglesia. No miró a su alrededor. —Tengo que oficiar una misa. muy rígido. Se echó hacia delante. en el reino de Grecia. Estaba impresionado. su larga barba rozando la mesa. Éste es el orden dictado por Dios. en la iglesia de la Santa Sabiduría. reaccionan. los turcos. la muerte de nuestro patriarca. Volví. Cortó el aire con un dedo regordete. Yashim. Nosotros. los dedos extendidos. Luego se produjo el saqueo de la ciudad por los cruzados. Santa Sofía. también. sí. los griegos.. Quien gobierne carece de importancia para nosotros. —Pienso que asustan al pueblo. No tienen nada que ver con nosotros.» Cualquier cosa menos el Papa de Roma. Una campana sonó gravemente en la lejanía. y el misterio de la vida. Grigor pasó los brazos por la sotana. teníamos un dicho: «Es mejor el turbante del sultán que la mitra del obispo.Jason Goodwin La serpiente de piedra —Para unirme a la iglesia -repitió Grigor. más allá de eso. y de todos nuestros sufrimientos. en 1204: durante sesenta años soportamos el dominio de los herejes. no la gobernamos. —Ahora. Ah. Grigor -dijo Yashim. sois simplemente los vigilantes de Constantinopla. Creo que. Levantó las manos. Pero había venido para algo más. uno a uno. esta ciudad no es un recuerdo de lo que fuimos. en el mundo material. la furia de las turbas.

. ¿no temes por ti mismo? —Tengo miedo sólo de mi ignorancia -respondió Yashim cuidadosamente-.. Tarasios. seguía su sinuoso camino.» »"Y en un Señor.. difunto médico del ejército griego de la independencia. puedes echar una ojeada a este ejemplar. falsas premisas y argumentos circulares. y de León el Sabio. el Hijo unigénito de Dios. 32 «Durante el tiempo que se tarda en decir una misa. Creador del cielo y de la tierra y de todo lo visible e invisible. la capital de la Grecia independiente. Predicaba una historia que empezaba con el colapso del poder bizantino en 1453. Un desordenado conjunto de profecías. Si eras griego y deseabas creer. ángel. El sacerdote cogió despreocupadamente un libro de la estantería que tenía a su lado. Después de eso. el curiosamente profético epitafio sobre la tumba de Constantino el Grande." 54 . El libro estaba escrito -recopilado sería una palabra más adecuada. pero embriagadora. Entonó las palabras del credo: —«Creo en un Dios. a lo largo de centenares de páginas y muchos falsos comienzos e irrelevantes apartes. el libro no existe. que había fundado la ciudad mil quinientos años antes. -Se puso la capa pluvial sobre los hombros. agarrando el libro con ambas manos. Durante el tiempo que se tarda en decir una misa. mientras los turcos eran expulsados más allá del Árbol de la Manzana Roja. Ésa. aquí estaba tu texto sagrado. El papel era barato.. 33 En la iglesia de San Jorge. Un fárrago de blasfemias y fantasías. entonces. Se miraron fijamente. —Tu enemigo es una idea. El título estampado en oro de la cubierta estaba difuminado por los bordes. el archimandrita volvió a balancear el incensario y llenó el aire de la agradable fragancia de madera de sándalo e incienso.. sin la menor duda. -Había una mirada de desprecio en el rostro de Grigor-.. Los griegos la llaman la Gran Idea. era la Gran Idea. hasta su restauración final bajo su último emperador. Yashim tenía que reconocerlo. Como meter la nariz a través de la puerta en el Bazar de las Especias. Luego Grigor se fue. Jesucristo. las profecías de Metodio de Patara.por un tal doctor Stephanitzes. milagrosamente renacido. Tengo miedo del enemigo que no conozco. Había sido publicado recientemente en Atenas. engendrado del Padre antes de todos los siglos. Y tú.Jason Goodwin La serpiente de piedra —Entiendo. Yashim nunca se había topado con un libro así en toda su vida. todo ello retorcido y almibarado por las visiones de un tal Agathangelos. Padre Altísimo. y Yashim se quedó solo.» Yashim se sentó. y se volvió hacia Yashim-: La Iglesia no tiene ninguna parte en este asunto tuyo. Yashim descubrió los oráculos de un antiguo Patriarca. prejuicios. el cual previo la ciudad liberada por una gran falange de rubios gigantes provenientes del norte.

Podría llevarle la moneda. O a alguien. Malakian. effendi. —Es como dije. —¿De Lefèvre. —Dios los bendiga -dijo Yashim cortésmente-. el librero. Malakian. Malakian? El viejo asintió solemnemente. —La Hetira.» 34 Yashim se dirigió al Gran Bazar. los vendedores parecían deprimidos y la multitud. No viene aquí cada día. ¿aún tiene usted aquella moneda para el doctor Millingen? ¿El coleccionista inglés? Fue Malakian entonces el que pareció sorprendido. pero su mente estaba en otra parte. hay demasiados secretos. consubstancial con el Padre. su cuerpo temblaba ante la mayestática profesión de fe. creo. —Yo estaré en Pera esta tarde -dijo Yashim-. —¿Sus hijos? -A Yashim le costaba imaginar a Lefèvre con hijos. el francés del que hablamos? Fue asesinado en Pera. engendrado. —Cinco -dijo. Malakian estaba ante su puerta. Pero algunas veces. —Eso no es exactamente lo que usted dijo. bueno. si usted quiere. Lefèvre vivía una vida peligrosa. fuera asesinado. Una negociación no es fácil. Las autoridades otomanas probablemente no sabían de su existencia. no hecho. dicho demasiado? —«Reconozco un bautismo para el perdón de los pecados. Habían transcurrido dos días desde que Goulandris. amigo mío. Y la vida de los siglos futuros. Era mejor así. que la dejen en paz. ¿qué sabía él?-. Lo siento por sus hijos. y por lo tanto no hay confianza.» De esa manera debía ser guardado. es mejor que no molesten a la tierra.» Y luego estaba el libro. Verdadero Dios de Verdadero Dios. Malakian suspiró. en esos lugares. —Tómese un café conmigo -dijo Malakian. Dijo usted que no siempre cavaba con una pala. -Yashim se puso en cuclillas a su lado-. —Naturalmente. Pero. 55 . —Lefèvre molestaba a algo. se preguntó. y la confianza no había retornado: puertas cerradas salpicaban de vez en cuando las abundantes filas de puestos." Cantaba las palabras. Malakian volvió la cabeza para mirar a Yashim. Yashim comprendió que la oferta era por compromiso. —«Amén. sentado tranquilamente sobre una estera con las manos en el regazo. ¿Había.Jason Goodwin La serpiente de piedra »"Luz de Luz. a través del Cual todas las cosas fueron hechas. ¿Tiene usted hijos. —¿Tiene usted noticias? Yashim movió la cabeza. El viejo armenio hizo una pausa antes de replicar. En Estambul. menos bulliciosa que de costumbre. —«Espero la resurrección de los muertos. y declinó. —Es lo mismo. —Pienso que a un hombre como Lefèvre le gustaba trabajar donde hubiera dinero.

Se sorprendería usted. Millingen agitó la mano. Es un médico como yo. y mi instinto de coleccionista me dice lo que usted ha traído. -Millingen agitó sus dedos-. doctor Millingen.. —Dispare -dijo afablemente. Acaba usted de vender su primer ángelus. Apostaría algo a que siempre ha tenido la moneda. sabe usted. Y entonces. y Aram Malakian me hará pagar un dineral. que soy yo quien le ha engañado a usted. yo no hubiera dado ni cinco piastras por esta moneda. ¡El viejo zorro! Sabe que he estado sentado aquí con la lengua fuera. —Ah. No hizo mención del dinero. Un ángelus. Yashim. aunque reconozco que él es el mejor. así como un viejo amigo en Atenas. su corbata estaba floja por el cuello. pero realmente es un poco de información lo que deseo. —Me temo. Maldita sea. El grisáceo cabello.. —Bueno. Hay otros comerciantes. me temo que su viejo amigo le ha engañado completamente. me temo -dijo Millingen. doctor. Iba elegantemente vestido con un chaqué turco y una brillante camisa blanca. Y en un momento va y pone este ángelus con los otros. Éste. Ahora puede completar una serie. y completa la serie. erguida. Pero ¡Malakian me arruinará! Yashim sonrió. No es gran cosa. también. No me fío de Aram. Me alegré de traerle esta moneda. Obloides de plata acuñados por déspotas moreanos. —¡Mejor para usted! Yo cogí el vicio en Grecia. A veces pienso que operan en grupo. supongo que si Malakian siempre le proporciona sus monedas. la postura alta... Aram ha estado lanzando indirectas estas últimas semanas. Todos esos estados y pequeños reinos que crecieron después de que los cruzados saquearan la ciudad en 1204. que intercambian su información. no. Yashim la tomó: el doctor tenía un apretón firme. —Yo no colecciono monedas. —Es sumamente amable por su parte venir. —Me temo que sólo me pidió que la trajera. la delgada y morena cara. Eso forma parte del juego. effendi. pero Malakian es muy listo. pero he estado haciendo una colección de monedas bizantinas tardías. no puede evitar saber lo que usted está buscando -señaló Yashim. cuando recuerdo cómo jugarlo adecuadamente. Yashim sonrió. Tiempo de sobra.. 56 . —La conozco. parecía estar en buena forma. regular.. —¡Ni una palabra! -El doctor Millingen volvió a reír y deslizó sus manos por los rizos de su cabeza-. podría ser uno que me falta. 35 —Mi francés es. Un coleccionista es un hombre muy débil. El doctor Millingen dejó caer la moneda de la bolsa a una mesa con tablero forrado en piel y la tocó con el dedo. -Levantó la mirada e hizo una mueca-. por ejemplo.Jason Goodwin La serpiente de piedra —¿Quiere conocer al doctor Millingen? —Sí -dijo Yashim. sospecho. Hay un monje en Filibe que me ayuda. ¿También tiene usted esta manía de coleccionar? Yashim sonrió. A veces tengo que apoyarme en amigos fuera del bazar. Apenas más viejo que Yashim. ¿no le parece? Hace seis meses. Rió agradablemente y alargó una mano. ¿cómo podría dejarlo escapar? Oh.

Un plan bastante razonable..Jason Goodwin La serpiente de piedra Yashim se encontró de pronto vacilando.. 57 . —¿Y cómo es eso. las seis de la mañana del martes. Yashim se sintió alentado. El hombre que fue asesinado.. Trinchado como un pato silbador o una cerceta. a una hora en que él podía haberlo matado. digamos. —Es bastante posible. —Usted examinó el cuerpo. para ser sincero. no Estambul. no un patólogo: mi oficio es salvar vidas. Luego una serie de marcas superpuestas. Quienquiera que lo mató quería atraer a los perros. Eso quiere decir ver con los propios ojos. Nunca me gustó el material post mórtem. Así que sugeriría una hora de la muerte entre el lunes al mediodía y.. en medio de la noche? Puede descartar posibles testigos. Millingen tenía aspecto dubitativo. hay otros indicios. —Podemos salvar vidas si descubrimos quién lo hizo.? La gente aquí es más fría que una bienvenida escocesa. Mal asunto ése. Millingen pareció sorprendido. —Pero la causa de la muerte. Yashim. Soy un doctor. posiblemente. el cuerpo fue hecho pedazos. como el estado de descomposición. ¿No lo ha observado usted. solos.. De todas maneras. Algunas son más viejas. desecación de los globos oculares y demás. esto es Pera. Los perros tienden a alimentarse por la noche. —Yo conocía al desgraciado monsieur Lefèvre también.. y la hora.. pensó Yashim. —En palacio.. sospecho. con una cachiporra. —Sí. viene del griego antiguo. El tronco fue cortado. por supuesto. un golpe poderoso en la base del cráneo. —¿Effendi? —Haría falta algo más que un asesinato para sacar a los habitantes de Pera de su casa en una noche oscura.. Pero realmente lo mataron. desde el estómago al esternón. —Pero ¿por qué? —Pura especulación. ¿Ha llegado usted a formarse una opinión? Millingen frunció el ceño. —Sí. lo he hecho. sí. doctor Millingen? —Las marcas de los dientes. —Una autopsia. irónicamente. Lo más tarde que lo mataron fue anteanoche. lo que me ayuda a sugerir el momento de su muerte. Y. Fue algo espectacular.. como estoy seguro de que habrá usted observado. «Eso no es bueno». El doctor Millingen asintió. las que causaron una pérdida de sangre cuando el cuerpo estaba todavía fresco. ¿Quién sabe? Me temo que más bien estaba irreconocible esta mañana. —Me dijo que ustedes se conocían. Anoche. —¿Un oscuro callejón. imagino. a veces formando una serie paralela. Estaba ciertamente inconsciente cuando lo abrieron... Aquellos perros hacen suficiente ruido para despertar a un muerto. Los situaba a él y a Lefèvre juntos. —Ah. Creo que sé quién es usted. Aunque son los perros. un poco antes. responderán por mí.

Cuando era un niño. Nadie lo es. Muy decepcionante. Es política. y. Los griegos pretenden que no lo tienen. Pero. solíamos fabricarnos guaridas en los arbustos. Este tipo de crímenes es de lo más difícil de resolver. Extermina albaneses. Tiene usted alguna experiencia de sus. Me pregunto si habrá usted oído hablar de ella. Nadie podía negar que el pequeño reino de Grecia había sido fundado en gran parte a pesar de los propios esfuerzos griegos. Así son todos los griegos. confiando en que su tono sonara casual. Sostuvo la moneda entre el índice y el pulgar y la hizo girar sobre la mesa. se olvida de todo y se sienta como un viejo turco. Yashim. Y cuando digo que participan en la lucha. pero es juego. desde luego. se toma su café. usted ha vivido entre los griegos.. Pero ¿sabe usted por qué no luchan? Se lo diré gratis. Sociedades secretas. ¡y se abre camino para luchar contra Mehmet Alí hasta las mismas puertas de El Cairo! Se apoderará del mundo. Pero el embajador me ha concedido una semana. y estábamos preparados para desafiarlo. El campo de batalla que existe en su propia cabeza. —Umm. doctor Millingen? -dijo Yashim. Un griego puede reír. Fui a Missolonghi con lord Byron. Pero tienen el hábito kif peor que nadie. en la provincia de Morea. Todos participaban en la lucha por la independencia griega. Llegué a saber mucho de ellos hace años. olvidar y querer matar a su mejor amigo ¡todo ello en el transcurso de una tarde! -Se echó hacia atrás y sonrió-. -Cerró los ojos y dejó que su cabeza se balanceara lentamente. también.. de la que he tenido un pequeño conocimiento recientemente. -siguió diciendo-.. pero como niños. no me refiero a que se esfuercen por ganarla. Once años antes. mirándolos. Un griego nunca puede obedecer a otro griego.. como Alejandro Magno. podría ser mañana.. La manera en que un hombre preparado observa las cosas. derrota a los turcos. a él y a su ejército. -Bajó la mirada hacia la moneda de su mesa-. y cada facción tiene un solo miembro. llorar.. —Conozco a muchos griegos... y no lo son.. Le gustaba el aire de despreocupación del doctor Millingen.. La mayor parte del tiempo luchan entre sí. por supuesto. en 58 . —Doctor Millingen. Yashim se rió.. La Hetira.. Excepto que después se fuma su pipa. La verdad es que conspirarían por una patata. Millingen sonrió. si quiere usted... —No.. Millingen frunció el entrecejo.. a veces uno lo creería.. -Millingen alargó la mano y cogió la moneda moreana-. Yashim asintió. »¿Qué era lo que lord Byron solía decir? -prosiguió-. Se crean mundos. Es lo que usted llama kif. —El griego es un bravo luchador en el campo de batalla. Lo que el doctor Millingen decía era irrefutable. Son buena gente. Los griegos eran muy temperamentales. Byron hubiera querido que fueran como los griegos clásicos. Los griegos ven problemas en todas partes. Le deseo toda la suerte. Existe una sociedad. perdóneme -dijo Yashim-. ambiciones. luego se recuperó de golpe y soltó nuevamente una risita ahogada-. Los griegos son un pueblo encantador. Están todos divididos en facciones. —Entre usted y yo. -Meneó la cabeza y rió entre dientes-. Pero ¿sus ambiciones? Me temo que no entiendo.Jason Goodwin La serpiente de piedra —¿Cuándo podrá usted tener listo su informe.. una sociedad secreta. llenos de virtudes platónicas. Era un aire profesional. Poníamos a Bonaparte marchando a través del jardín... ¿no? Un estado de satisfecha contemplación.

36 —¿Quién es ahora? Otro contratista más. por lo que he oído. Anuk. doctor? El doctor Millingen jugaba con la moneda. —¡Yashim! Preen sufrió un falso desmayo. La vieja moneda centelleó en su palma. excepto Mina. Y fue una interesante compañía. que levantó la mirada y sonrió. corazón. Los griegos no viven sólo en Grecia. —Missolonghi fue un asunto que se dilató mucho tiempo -dijo riendo el doctor Millingen-. Dobló sus dedos. En el reino de Grecia. Abrió los brazos. Esmirna. o no existirían. Yashim sonrió y se puso de pie. Lee esto. Nadie en la habitación le prestó la más mínima atención. Creen que el reino fue construido por negociaciones secretas entre el Imperio otomano y las potencias europeas. ¿Y la Hetira? —He oído hablar de ellos. lo recibiremos. Y de armenios. Ya estás bastante gordo. Constantinopla: están llenas de griegos. Si no es un contratista. ya veo. y dictado los términos de la independencia griega para terminar una guerra civil que llevaba arrastrándose varios años. —¿Una sociedad secreta. Mina. pasándosela entre los dedos. Como he dicho. podría no haberte reconocido. —Pero también de turcos. Algunas son para comerciar. Desean un nuevo imperio. Cuando abrió la mano. Para la gente como la Hetira. Grecia no es más que una concesión a la opinión europea. pero ella vivía en un mundo 59 . y judíos. El sentido del tiempo de Preen siempre había sido elástico. estirándose o encogiéndose según su estado de ánimo. Trabzon. de modo que le contaré lo que sé. deja ese pastel. La mayor parte de las sociedades secretas lo son. Preen se recuperó instantáneamente de su desmayo y echó los brazos al cuello de Yashim. se permiten un sueño. para mantener a los griegos callados en las tierras otomanas. —¿Una conspiración? —Entre un astuto sultán y acomodaticios embajadores extranjeros. una flota anglofrancesa había destruido a los otomanos en Navarino.Jason Goodwin La serpiente de piedra 1828. hay muchas sociedades secretas griegas. ¿Qué pasa con ellos? El doctor giró su muñeca y sus dedos se cerraron alrededor de la moneda. —¡Pensaba que eras un contratista! De todas maneras. y juro que gritaré. Usted es amigo de Malakian. ¿no? Yashim observaba fascinado cómo el ángelus pasaba entre los dedos de Millingen. Los de la Hetira son antiotomanos de una manera bastante contenida. si me comprende usted. Pero la Hetira realmente desprecia el reino de Grecia. Lo llevan en la sangre. No debe ser repetido. —Es un bonito truco -dijo. o el socialismo. Han pasado meses. —Sí. la moneda había desaparecido. Otras son para la familia. Mientras tanto. algunos hacen campaña para lograr una república. el momento estaba de nuestra parte. —Según mi experiencia. Yashim sonrió. Dime si está escrito correctamente.

vendiendo entradas. Dos de los dedos de su mano derecha estaban permanentemente doblados. cada vez más deteriorada. Quizás habían bailado para los emperadores de Bizancio. —Soy una mujer nueva. para mí. sorbetes y café. Yashim. a fuer de sincero. la manera francesa que Yashim había empleado cuando por primera vez le explicó la idea-. Reconozcámoslo. con los turcos. fiestas y reuniones de la gran ciudad de Estambul. Mucho tiempo atrás. sus subyacentes ansiedades. Había leído sobre esos lugares. aparte de un poco de rouge. bailaba y pasaba días enteros en el hammam.. y su cara no mostraba ningún rastro de maquillaje. —¿Meses. —He visto a demasiadas bailarinas hacerse viejas. pero. Ambos rieron. Tan pronto como captó la idea de que podía dirigir un teatro. tan sensual y provocativo como cualquiera de las «chicas» köçek que bailaban en las bodas. puedo sentirlo. Había desaparecido la bailarina que trabajaba sólo por las propinas de los clientes. -Sus dedos revolotearon hacia sus ojos-. esperaba que funcionara. buscó un equipo de contratistas y los sometió a su voluntad. —Una semana. Todo ello en el lapso de unos pocos meses. Muchas personas lo desaprobarían. quizás habían venido de la estepa. —¿Cansada? Chisporroteas de energía. Yashim. ni contradicciones. 60 . Había un toque de gris en su corto pelo ahora. cuando dejó aparte sus pelucas y bustiers en favor de un erizado cuero cabelludo y unos holgados pijamas. me estaba volviendo demasiado vieja para bailar cada noche. sinceramente.. que se preocupaba por su apariencia. Yashim. Yashim había quedado sorprendido por el talento de Preen para la organización. Pero..Jason Goodwin La serpiente de piedra que era más vivo y extravagante que el suyo. Me hizo pensar. No los escatimaba con él. aquel accidente fue lo mejor que podía haberme sucedido. por Preen -y por su tribu-. formaban parte de la ciudad. He conseguido trabajo para tres de las chicas más viejas.. siendo un muchacho. Preen? Más bien diría una semana. Nadie sabía exactamente cómo o cuándo se habían desarrollado las tradiciones köçek. Preen no había perdido su energía vital. -Lo pronunció tay-atre. Localizó buenos locales en Pera. ni su sentido del humor. en el que las fronteras entre la realidad y la simulación eran borrosas. ¡es un mes! No tengo tiempo para dormir. Preen había sido preparado como bailarín köçek. Llevaba un chaleco escarlata bordado. Yashim esperaba que tuviera razón. No soportaba tonterías. como el sol o la humedad. Pero no regateaba elogios cuando correspondía. Pareces una nueva.. pero Yashim estaba familiarizado con los métodos de Preen. —Es verdad. se puso a ello con entusiasmo.. ¿Parezco cansada? Sonaba alegre. planeó el programa entero y organizó el decorado. Yashim.. Sería algo entre un music hall inglés y una revista parisién. al igual que los perros o los gitanos. Preen sonrió. desde luego. —Bailas tan bien como siempre. lo desaprobaba también un poco. que Pera pudiera aceptar un teatro. que dormía. Yashim. Preen mostraba una inesperada veta de acero.. el resultado de un accidente relacionado con un asesino y un difícil tramo de escaleras. algo de antimonio y un toque de lápiz de cejas y el kohl. El teatro será algo diferente.

las bolsas de la ropa colgando de una fila de ganchos. ¿Quieres un café? —No. Ésta volvió a balancearse. falda y piernas peludas también? —Más bien zapatos de cordones y una estambulina. Barrió las rodajas hacia el borde de la tabla. Bajó la tabla de cocina y la instaló en la mesilla alta donde guardaba la sal. Movió los botes y frascos a un lado. la jarra del agua de pie. Yashim continuó cortando. Todo estaba en orden. Estaba casi lleno. la cucharilla enterrada en el grano hasta su empuñadura. a fin de cuentas? —Mejor que no. Pero tengo un favor que pedirte. y encontró algunos granos más. Tomó un cuchillo afilado de la caja que tenía a su lado y lo afiló bien en un acero inglés que Palieski le había regalado una vez. Los banqueros -terminó Yashim. Algunos granos de arroz se pegaron a sus dedos. 37 Yashim dejó el cesto en el suelo. Preen. sino en una hoja afilada. ¿Puedes darle utilidad? Preen apartó la cabeza. Podríamos necesitar la bolsa. El arte culinario no se basaba en el fuego. y cogió tres cebollas y varios calabacines. todo como la viuda lo habría dejado después de haber venido a limpiar. Pero alguna otra persona había estado allí. Ya lo sabes. Yashim se frotó las yemas de los dedos entre sí. Su brazo se extendió como un tentáculo e hizo caer la bolsa en su mano. —Mmmm. Desde la independencia griega. Luego su expresión cambió-. La partió por la mitad y dejó los dos trozos boca abajo. Arrancó la piel externa de la cebolla utilizando el borde romo del cuchillo. ¿No vamos a despreciar el dinero. —Gracias. —Ah. Preen volvió la cabeza y trazó un dibujo distraídamente en su cuero cabelludo. apartando un grano de arroz. el arroz y las especias. de hecho. Por un momento. —¿Chico de academia? —Es lo que supongo. frunciendo ligeramente el ceño. me temo. se quedó mirando el diminuto grano. El cuchillo se alzó y cayó sobre su punta. como si hubiera otros. muchos griegos ricos había enviado a sus hijos a ser educados en Atenas. y más bien de buena apariencia. abrió la tapa del bote del arroz y miró dentro. el salero y los frascos de especias. Griego. diez años antes. —Aquí lo despreciamos. en la palangana. ¿Fajín. —Me sorprendes. Luego levantó la mirada y metió su dedo dentro de los espacios entre el bote del arroz. esos Mavrogordato -dijo Preen picaramente. los trapos de cocina doblados. Y un aliento que huele a whisky. —Alexander Mavrogordato. La tabla dio momentáneamente un bandazo y se balanceó a un lado. Un chico rico. Yashim la levantó por un borde y barrió con su mano bajo ella.Jason Goodwin La serpiente de piedra —He recibido un poco de dinero extra -dijo tendiendo la bolsa de Mavrogordato-. Paseó la mirada por la habitación. Yashim. 61 . -Preen arqueó delicadamente una ceja-.

Devolvió los botes a su sitio. PAPÁ GORIOT-BALZAC. Yashim suspiró: el regalo de la Valide estaba irremediablemente estropeado. Buscaba algo lo bastante pequeño para que pudiera esconderse en un bote de arroz. sin duda. derramando el grano sobre el trapo. Fue a la librería y deslizó el dedo por un estante hasta encontrar el libro. Se trataba de un ejemplar de Papá Goriot. El francés. y salieron fácilmente. y se agachó para desatarse los zapatos. lo cual no le dijo nada. En invierno. por el suelo antes de morir. Así que se despertó y quiso prepararse algo de comer. Regó con aceite de oliva la base de un plato de loza. la Valide. con el colofón de la Casa de Omán. Los dejó cuidadosamente sobre una piedra. congelado. Se secó las manos con un trapo. decían los hermanos. 38 Enver Xani introdujo su llave en la cerradura y empujó la puerta suavemente. Fue a sus libros y miró los estantes. Excepto uno. Cogió el tarro del arroz y lo inclinó hacia delante. Hace falta un libro para esconder un libro. encuadernado en papel. taraceado en el lomo en pan de oro.Jason Goodwin La serpiente de piedra Yashim investigó. la maleta de Lefèvre contenía media docena de libros. Yashim cogió un paño doblado y lo extendió en el diván. cerró la puerta a sus espaldas y se quedó esperando a que sus ojos se adaptaran a la penumbra. Apareció una fría y oscura cámara donde se oía el sonido del agua corriendo. Estaba vacío. Antes de regalárselo lo había hecho encuadernar en piel imperial verde. tres. La frialdad del agua aún lo sorprendía. Los libros no estaban en ningún orden en particular. Lefèvre no cocinaba. Quizás habían sido desordenados. había encontrado un escondite. Devolvió el arroz al bote con sus dos manos al principio. Sacó el Balzac de la estantería y abrió la tapa de piel. y luego con la cucharilla. ligeramente raído por el lomo. y siguió cortando las cebollas. se te metía hasta el tuétano. disculpándose. Una joya se oculta en el cuello de una mujer. Título y autor estampados en el lomo en oro. Miró dentro del bote. En la embajada. Lefèvre. Eran los mismos libros que el aterrorizado individuo había derramado. Entró. al menos. manos y cabellos 62 . Nada más que un montón de arroz. moviéndote entre los sifones y las cisternas de la ciudad en botas forradas de piel.» Yashim frunció el entrecejo. en un envoltorio de papel color manila. Había sido un regalo de la madre del sultán. quizás no. Limpió algunos granos de arroz del borde y volvió a colocar la tapa. una pluma de garceta. La mujer lo había recibido sin encuadernar. te pasabas el día mojado. ¿Cuánto tiempo lo había dejado solo? Dos horas. que él no había visto antes. Partió un limón y exprimió su jugo en el aceite. «Me creo todo lo que veo. No distinguía las aceitunas negras de las cagarrutas de oveja. Era un obsequio exquisito. recordó Yashim. Un hombre puede perderse en una multitud. Probó uno o dos al azar. agradecido de poder escapar al calor y el polvo de la ciudad. Lefèvre.

levantado por el paso de muchos pies. como un chirrido. decían. glub. porque en aquel momento un pequeño ruido. como una iglesia o una mezquita. El agua fluía en ondas por encima del borde del canalón y caía en una gruesa espiral en el tanque. Enver había pagado bien por ello. a su manera. uno podía sentirse agradecido por el frescor y la humedad. No era un trabajo para hombres viejos. Formaban parte de las reglas. pensó Enver. continuamente. uno podía penetrar en la fría quietud de los bosques. A la hora señalada. Era un privilegio. situados a unos veinticinco kilómetros de distancia. por el tranquilo y refrescante sonido del agua fluyendo. Aquí. Sólo siguiendo las reglas podía quizás suplir la experiencia de que carecía. Para los hermanos. cinco y seis. Preparado». Enver cogió un bastón de su lugar en la pared y lo sumergió en el amplio tanque receptor. veía menguar la espiral: a veces estaba seguro de que el agua estaba llegando. Y unos momentos más tarde la diminuta bola caía en el tanque. ahora. «Aún no». las reglas eran como un ritual religioso. 3. Enver sintió una presión en su pecho producida por la ansiedad mientras ensayaba los versos mnemotécnicos que había aprendido. sino por medio de una serie de casi imperceptibles impulsos. Lo cual era el motivo por el que la mayor parte de los guardianes del agua llevaba a un aprendiz con él en sus rondas. la más pequeña variación en la música de la cascada. en cualquiera de la aproximadamente docena de sifones y cisternas repartidos por la ciudad. y tuvo que cerrar los ojos y respirar profundamente para disipar la ilusión. ciertamente no dejaría caer una llave en el laberinto de canales de agua que se arremolinaban a sus pies. midiendo su profundidad. «Cuidado. Fuera. sin detenerse. glub. abriría la tubería para liberar el flujo de la balsa número dos. en las sombras. siempre alertas al cambio sutil. frunciendo el entrecejo mientras se concentraba en el canalón. En tres meses. Su trabajo ahora era vigilar la bola. 6. pero había calculado mal.Jason Goodwin La serpiente de piedra permanentemente fríos y húmedos. De vez en cuando. no en una corriente incesante. al igual que la deslustrada bola hueca de estaño que pronto saldría disparada de la tubería de distribución y activaría su tarea. y pasaría la señal por el canal principal al siguiente hombre. pero sin verse afectado por la más ligera brisa. tal como le habían enseñado. en el otro lado. él detendría los desagües en las balsas tres. El agua de la tubería de entrada fluía suavemente por un extremo. el polvo se cocía en las ardientes calles. el agua rebosaba por el borde del tanque. las articulaciones de los dedos de manos y pies hinchadas por el frío. Enver se puso de cuclillas al borde del tanque receptor. Pero ¿se trataba de una ilusión? Muchos de los hermanos eran capaces de predecir exactamente cuándo iba a aparecer la bola. por el más insignificante cambio en el volumen del flujo. En verano. del mismo modo que esta sala de sifones era. glub. fría y tranquila en medio del calor y el bullicio de la ciudad. en cambio. hundiéndose unos centímetros y luego saliendo a la superficie y deslizándose suavemente hacia el borde. interrumpiendo una conversación. Colgó la llave del gancho. 5. Luego 2. invariablemente uno de sus propios hijos. desde donde el agua iniciaba su largo y lento descenso hacia la sedienta capital. como la sangre por las venas de la muñeca de un hombre. anunciaba la llegada de la bola al borde próximo del 63 . deslizándose sin hacer ruido por encima de siete poco profundas muescas hasta las balsas de distribución. le habían enseñado todo lo que cabía esperar que un aprendiz supiera después de años de seguir a su padre en el trabajo.

Jason Goodwin La serpiente de piedra tanque. cocineros vociferando órdenes. carros cargados de provisiones rodando lentamente hacia las cocinas imperiales. y más público. 3. 39 Era ya avanzada la noche cuando Yashim llegó a las puertas del Palacio Topkapi. cerca de las vallas. no a Besiktas. tratando de no parecer atemorizados. La luz procedente de una serie de agujeritos diseminados por el techo de la cámara bailaba y se disolvía en la superficie del agua. mirándolo desde el oscuro tanque. bloquear las tuberías de distribución necesarias con los trapos. pero también empezaba a hacer más frío ahora. y uno de ellos puso su pie descuidadamente sobre un par de dados en el suelo de la escalera. el nuevo palacio franco sobre el Bosforo. y algo le cogió por la nuca. con sus pistolas en las fajas. lacayos disparados en todas direcciones a cumplir diversos recados. eunucos negros trotando de vuelta a casa con su compra en una bolsa de cordel. las ruedas crujiendo 64 . Yashim pasó por su lado y entró en el primero. recordando cuando el gran patio estaba lleno de personas. ¿no? -murmuró Yashim. Soldados que desmontaban respetuosamente del caballo. Cruzó los adoquines a la sombra de los plátanos. indiferentes al ruido. y luego soltar la bola en la tubería de salida. Por un momento la luz pareció rebotar en la superficie por toda la habitación. tratando de descifrar el ritmo del agua. Enver no tuvo tiempo de hacerse preguntas. un pavoneante grupo de soldados irregulares albaneses. alrededor de ellos. ¿Adónde. bajó los ojos hacia el tanque. captó la imagen de otro rostro. hacia su propio reflejo en el agua oscura. En Besiktas. y. de manera que la última cosa que Enver Xani vio en este mundo fue la visión de su propia cara acercándose hacia él. luego se aposentó una vez más. los carruajes giraban diestramente a través de la rastrillada gravilla. Había oído las historias de los hermanos sobre ifrits y demonios que frecuentaban los rincones oscuros de las cisternas. Luego 2. Agarró la bola y miró abajo. 6. entre ellos.. Los alabarderos sonrieron tontamente. y él se estremeció. los pachás que iban arriba y abajo. mozos que aguardaban. su boca abierta en un silencioso grito. rodeados por sus séquitos. se dobló hacia delante y recuperó la bola de estaño. Decepcionado. de cuclillas bajo las oscilantes ramas de los plátanos. como el del mar. El patio estaba silencioso. Con un suspiro. la gente corriente de Estambul. 5. Por una fracción de segundo. Jadeó. se habían ido todos? Desde luego. muchachitos levantando la mirada hacia la colección de cabezas cortadas exhibidas en la columna. Ni siquiera la había visto venir: debía de haber caído del canalón cuando cerró los ojos. ésta tan negra e insondable como un charco de petróleo. donde centinelas cubiertos con kepis permanecían firmes delante de sus garitas. cadíes con turbante discutiendo gravemente los juicios del día. cuya conversación era un subyacente murmullo.. sólo se veía a los jardineros entregados a sus tareas. un repentino resplandor que Enver distinguió por el rabillo del ojo. carruajes del harén circulando con gran estrépito hacia algún resguardado lugar de merienda junto a las Aguas Dulces. Debía recoger la bola. Dos alabarderos se levantaron como pudieron. se preguntó Yashim. —Mucha tranquilidad. patio del palacio. para marcharse flotando en su largo viaje a través de Estambul.

Al otro lado del Primer Patio se alzaba la Puerta de la Felicidad. Las iba pasando entre los dedos mientras caminaban: la llave de las cocinas. cuyas torres cónicas podían verse desde el Bosforo y el Cuerno de Oro.. y un viejo alabardero con trenzas.hubiera sido interpelado instantáneamente. jugueteando con ellas en su mano. Yashim se preguntó si seguía siendo la Puerta de la Felicidad ahora que ya no se abría a la morada de la Sombra de Dios sobre la Tierra. La entrada al harén era como una calle en miniatura. con fuentes que brotaban de nichos en las paredes. Se había destruido u honrado a hombres con sólo una palabra. Al cabo de un rato la puerta se abrió. El informe del embajador francés iría a parar a otras manos. —¿La Valide. A su izquierda se encontraba la sala del diván. El alabardero metió la llave en una pequeña cerradura. un signo. 65 . —Así es. Llamó y esperó. un leve interrogante que ponía en duda su buen juicio. —Los silos del grano -dijo Yashim. El viejo dejó escapar una risita... Se había sellado el destino de razas enteras. le dio la bienvenida sin ceremonia. y ejércitos habían sido alzados a la gloria. Se detuvieron ante una puertecita practicada en el muro exterior del patio.. effendi -dijo animadamente. un trazo de pluma. Más pesada que el grano. effendi. donde los grandes pachás habían discutido los asuntos de un imperio que se extendía desde las puertas de Viena hasta las pirámides. un hombre al que Yashim conocía. esta llavecita. ¿Lo está esperando? Yashim asintió. effendi?. —Le mostraré algo. que subían por las escaleras y desaparecían. con las ventanas de los apartamentos de los eunucos negros proyectándose sobre los adoquines. con sus vastos aleros salientes. Yashim entró en la habitación. levantando a la luz una enorme llave de hierro-. -dijo. No había necesidad de decir nada más.Jason Goodwin La serpiente de piedra contra las piedras. Tan sólo unos pocos años atrás -parecía una vida entera. effendi? Va bien. a lo sumo. y luego enviados a la derrota. estúpida. Sólo que se trataba de una calle de mármol perfectamente pulido. y estaba totalmente en silencio. ¿Y esta pequeña? —No tengo ni idea -reconoció Yashim. Y ésta. y sin embargo no poder ya compartir el mismo suelo que el sultán? Tan pronto como hubo formulado la pregunta.. a cielo abierto durante sus primeros metros. Con un solo giro de la muñeca. La implicación de Yashim con el arqueólogo parecería. ¿Podía uno todavía considerarse feliz al pasar por esa puerta. La de los silos del grano. —Ahora las tengo todas. y acompañado con prisas ¡con la seguridad de que cien pares de ojos lo estaban observando envidiosamente desde atrás! El viejo sacó un puñado de llaves. Yashim supo que no era en el suelo en lo que estaba pensando. —¿Sorprendido. no se lo imaginaría nunca. En aquella sala se habían destruido reinos. sino en la sombra de la protección bajo la cual siempre había operado. Una palabra suya lo salvaría. muy lejos de su palacio del Bosforo. Ahora estaba vacía.. El escándalo lo marcaría como un borrón en su reputación. effendi. y bajaban de ellos personas con estambulinas. Pero esa palabra no vendría de un hombre enfermo. se abrió la puerta. El sultán confiaba en él. Usted mire. y acompañó a Yashim a través del Segundo Patio. la llave de los establos-.

Bueno. Sus manos eran blancas y delicadas. el mundo se ha alejado de nosotros dos. Yashim asintió. Yashim. como tú bien sabes. Yo encuentro que parece una fábrica. La mujer tenía toda la razón del mundo. su figura seguía siendo graciosa. de los preparativos finales de la gözde. donde finalmente había subido de escalafón hasta ocupar el puesto de Valide. y eso sería el final de todo. ay.. completamente vestida. sin embargo. por encima de todo. Yashim inclinó la cabeza. la hora. Aimée Dubucq du Riviery. yo.Jason Goodwin La serpiente de piedra La puerta se cerró a sus espaldas. A medida que se va haciendo mayor. Tantos años habían pasado desde que. Todo el harén se hubiera revoloteado y agitado como un bosque de pajarillos. —Lo siento. Yashim oyó el sonido ahogado de babuchas sobre las baldosas. Raras veces caminaba ahora. dándose aire con un abanico hecho de juncos. También él es viejo. La reina madre estaba en su sofá recostada contra una nube de cojines. 40 —C'est bizarre. en Besiktas. Debajo de un kaftán de terciopelo de seda llevaba un fino vestido de gasa cuyo cuello y mangas estaban embellecidos con el más delicado encaje de Transilvania. Su nuevo palacio le encanta. había conducido a su amiga de la 66 . La hora de los rumores y la intimidad ante la comida. cuando miles de suculentos platos fluían de la cocina de palacio a los apartamentos del sultán. En el palacio del sultán. Hyacinth. —Pregúntale a la Valide. si es que lo hacía alguna vez. y un viejo negro ataviado con un kaftán hermosamente bordado y un gran turbante blanco dobló una esquina. A estas alturas (me gusta pensar) nos comprendemos mutuamente. El remolino de su turbante estaba sujeto por una diadema de esmeraldas y diamantes. que resultaba fácil olvidar lo bien que la Valide conocía la moda europea. Se está haciendo tarde. Hyacinth. que nací en ella. fuera capturada por corsarios argelinos y entregada aquí. Era una francesa. con la luz como siempre artísticamente arreglada detrás de su cabeza. me pondrían un camisón y me meterían en una cama francesa. y las sombras sobre su cara revelaban la belleza que antaño había sido y que aún. una persiana corrida sobre la pequeña ventanilla lateral. Sin embargo. Él difícilmente viene ya aquí. Sólo dos o tres años antes. ¿Acaso no sabía la Valide que su hijo se estaba muriendo en Besiktas? —Soy muy vieja. ese encaje. Yashim. La misma inescrutable ley del destino que la había llevado a ella al serrallo del sultán. Yo tengo intención de morir aquí. si me recibirá. hija de un plantador de la isla francesa de la Martinica. Yashim. siendo joven. a los alojamientos del harén del viejo sultán Abdul Hamit. Compartimos recuerdos. descubro que prefiero las comodidades de la tradición oriental. y un chal sobre las piernas. Yashim. en cierto sentido. perfumar y calmar los nervios a la muchacha lo suficientemente afortunada para haber sido seleccionada para compartir el lecho del sultán aquella noche. —Hola. recordó Yashim. y sólo para verme. el momento de engalanar. Topkapi ha sido mi hogar (algunos dirían mi prisión) durante sesenta años. seguía siendo. —Ay. El silencio y la quietud eran audibles ahora. mi hijo cada vez está más encaprichado con la moda europea. estaba hecho por monjas. éste hubiera sido el momento más importante de la vida del harén..

a nadie le importaba si dormitabas. en el harén. magníficamente sabia. La conocía como lectora. Padre quería que fuéramos bonitas. Fue hace mucho tiempo. Yashim. En cuyo caso la propia inválida compartía la soledad y la desolación. Tienes razón. para quitarse una lágrima-. De aedificio et antiquitae Constantinopolii -leyó lentamente. Comportamiento social. Un camisón. la mismísima emperatriz de Napoleón. pero las gafas la hacían parecer. naturalmente. —¿El latín. en todo caso.. que ya había supuesto eso. con su manía por las divisiones. La Valide cogió el libro y levantó una ceja. lejos de la actividad de la casa. y salones para retirarse. cambiándose y vistiéndose una y otra vez. Ella era una soñadora. con delicados artilugios creados para realizar ese acto mismo. Pero mi madre. siempre escapando del compromiso con la vida real. Yashim sabía cómo vivían los europeos. una idéaliste. Yashim estaba demasiado encantado con la novedad de ver a una mujer con gafas para detenerse a considerar su efecto en la belleza de la Valide. La Valide alargó la mano en busca de un par de gafas y se las puso. la división era una mera cortina. Como si. -Deslizó un dedo bajo su párpado. andando de puntillas de una habitación y una función a la siguiente.que sea el tipo de libro que nos interesaría. A menos que pertenecieran a una inválida. Bailes. dándole varias vueltas.. no para ser eruditas. y salas de estar para permanecer en ellas. Parcelaban sus hogares del mismo modo que segregaban sus acciones. para servir de adorno. No obstante. su vida entera no fuera más que una serie de retiros.. trató de ocultar su decepción. si enfermo. al trono de Francia. La gente dividía su vida entre lo que era público y lo que estaba reservado para la familia. Los francos tenían habitaciones especiales para dormir. Estaba pensando en mi madre... como Josefina. La mano que sostenía el libro se hundió en los cojines-. alguien sin duda aparecía para animarte. —Quizás pueda parecerte terriblemente vieja. Miró a modo de advertencia a Yashim por encima de la montura. Los francos tenían comedores para comer en ellos.. más allá del 67 . Si querías dormir.. Si tenías hambre. hace mucho tiempo. Una mujer muy inteligente.. Tonta de mí. Las interminables tragedias de monsieur Racine. Si estabas triste. si cansado. bueno. con un pequeño estremecimiento. Yashim. desde luego. consolados sólo por el polvo que se alzaba bajo la luz del sol. -Hizo una pausa-. Yashim soltó una risita. —No me parece -dijo. Yashim. entre selamlik y haremlik: en los hogares más pobres. traían comida. Lo siento. ella trató de enseñarnos algo más. Creo que es latín -añadió. Para empezar. Mientras que en un hogar otomano -incluso aquí. —Tengo mis vanidades. la pequeña Rose. Una estrecha cama francesa. Yashim? -La Valide soltó una estridente risita-. La mujer examinó la tapa de piel marrón del librito con cierto detalle. no es francés. alguien te velaba. Pero no. quand même -dijo. te reclinabas y te echabas un chal por encima. pero espero que no te estés preguntando si llegué a conocer al autor. —Pensaba que quizás le resultaría a usted familiar. y a lo largo de todo el día estos dormitorios estaban vacíos y desolados. y fuimos educadas. estirabas las piernas. No a mi manera.Jason Goodwin La serpiente de piedra infancia. Deslizó un esbelto dedo detrás de la cubierta y abrió por la primera página.a todo el mundo se le permitía flotar según las corrientes de la vida a medida que éstas pasaban con rapidez.

y nuestra vida es corta. Levantó la mirada casi con timidez. Yashim. Uno de los baños estaba siendo usado actualmente como almacén. La Valide lanzó a Yashim una larga mirada. No había nada de monumental en la altura de la Columna de la Serpiente. nada que llamara la atención. jovencito. descubrió Yashim. —Flûte! No seas tonto. en Roma. Su misma pequeñez constituía una burla de las pretensiones de los monumentos más grandes. ¿Has hablado con él? —No. La Valide inclinó la suya a un lado. y fue criado en un país católico. -Sonrió tristemente-. brotaban de los agrietados techos de plomo. Tres serpientes. —No. Yashim apartó la mirada. —Monsieur Palieski me ha puesto en una situación embarazosa -dijo rígidamente. —Está pasando alguna cosa entre tú y tu amigo Palieski. entre otras cosas. —La amistad es una oportunidad. devolviendo el libro-. la esposa de Solimán el Magnífico. siempre resultaba difícil apartar la mirada. que habían venido del Templo de Apolo en Delfos. —No hablo de ellos desde hace muchos años -dijo. no era más que una inútil evocación de una desvanecida gloria. Pero una vez que reparabas en ella. —Ya veo. Probablemente tú ya sabes cuándo fue publicado. 68 . No soy de mucha ayuda. Ahora estoy cansada. —¡Latín! 41 Yashim salió por la puerta del palacio y cruzó hasta la fuente del sultán Ahmed. Incluso el latín. Un país frío. Hierbajos. ¿Por qué no le consultas? Es amigo tuyo. Salió. pasando por delante de los abovedados baños que el gran arquitecto Sinán había construido para Roxelana. n'est ce pas? —¿Valide? Ella movió un dedo desaprobadoramente. aunque intrincada. ¿Y era intención suya hacerlo así? Yashim movió negativamente la cabeza. Yashim se preguntó qué tenía que decir al respecto el libro de Lefèvre: Los edificios y antigüedades de Constantinopla. Diría. incluso un arbolito torcido. la sede de la sabiduría de los oráculos en el mundo antiguo. -Se colocó bien el chal sobre los hombros-. La Valide se quitó las gafas y las dejó sobre la alfombra a su lado-. torció a la izquierda. y entró en el Hipódromo. —¡Por Dios! Palieski es un hombre bien educado. A pesar de sí mismo. donde es fácil aprender latín. Desprovista de sus placas. No lo he hecho. Pienso que su latín sería mejor que el mío. Los edificios y antigüedades de Constantinopla -dijo. Una creación simple. simétricamente entrelazadas. Cerró los ojos y dejó escapar un gran suspiro.Jason Goodwin La serpiente de piedra baile y de la manera de usar el abanico. —En 1560. hablando un lenguaje perdido. probablemente. Lleva este libro a tu amigo. Pienso que hacía siempre demasiado calor. se alzaban muy por encima del suelo.

Tophane. Los antros de Tophane.Jason Goodwin La serpiente de piedra Pero ¿y qué decir del autor? ¿Habría quedado asustado por aquellas feroces cabezas el autor del libro? Éste se habría encontrado donde estaba Yashim ahora. —¿Por quién me tomas. como una maravilla del mundo antiguo. —Decoroso -murmuró Yashim. Es de los juerguistas. donde lentamente se dedicó a pasar las páginas del libro de Lefèvre. tenía una pésima reputación. un poquito. —¿Quieres decir opio? —Podría ser. —Hasta aquí -asintió Preen-. Cuando volvió a alzar la mirada. —Alexander. Regresó al barrio de Fener y ocupó una silla en el café que le gustaba en la Kara Davut. Éste asintió. No les gustan las preguntas. —Pero el opio explicaría por qué no se le ha visto demasiado. al parecer. —¿No tan decoroso? —Me resulta difícil decirlo. que asintió y se encogió de hombros. —Podemos ir esta noche. donde. Preen estaba bajando por la calle.. 42 69 . Yashim. —¿Los conoces? Preen arqueó una ceja. Yashim. supongo. Yashim sonrió. observó Yashim divertido. Pero Yashim no estaba escuchando. Es conocido en varias tabernas del puerto. buscando ilustraciones. aunque su cabeza. Pero disfruta de una vida nocturna también. desde luego. Yashim se encogió de hombros y se apartó. Botes subiendo por el Cuerno de Oro hasta las Aguas Dulces. Ella también lo divisó y lo saludó con la mano.. la fundición de cañones. —El chico de la Academia -la apremió Yashim. En Kumkapi. —Fue licor lo que yo olí en su aliento el otro día. luego se acercó a grandes zancadas. Hay una información que quisiera obtener. se sentó y se echó hacia atrás el pañuelo. Tophane. —No se lo ha visto mucho recientemente. Sería un erudito. iba cubierta con un modesto charshaf. entre los jenízaros y las tiendas de campaña. —La gente va a Tophane a olvidar. de la misma manera que Yashim dirigía ahora su mirada años atrás. vino y un interés por la chica de los Ypsilanti. Yashim? —Me gustaría ir a Tophane. Música. Varios viejos que se encontraban en las proximidades hicieron crujir sus sillas al darse la vuelta y se quedaron mirándola. sin duda. veía al autor tomando notas cuidadosamente. a la época de Solimán. docto y desapasionado. Hizo una señal al propietario del establecimiento. Reconoció su manera de andar. Habría contemplado aquella columna. Alguien dijo que podría estar fumando. por ejemplo. Algunos de esos lugares son de bastante mala nota. pero sobre todo en la parte de Pera. los estandartes de ejércitos derrotados y las pululantes multitudes.

la puerta de la taberna se abrió de golpe y los malteses salieron en tromba al callejón. bruscamente le explicó a Preen sus planes para la noche. Yashim dejó que Preen encabezara la marcha. No había farolas encendidas en los serpenteantes callejones. o en el bajo dintel de un portal. Tenían que llegar a aquella esquina antes de que los malteses los vieran. Esos planes la incluían a ella. La fundición se quedaba en silencio. el lino egipcio. Antes de que Yashim pudiera hacerla volver. a Preen. los buques de carga crujían débilmente en sus amarras. Preen empezó a caminar muy deprisa colina abajo.Jason Goodwin La serpiente de piedra Durante siglos. Retrocedieron y salieron juntos por la puerta. donde marineros y porteros de burdeles. que superaba en tamaño y competencia a cualquier astillero naval situado al este del propio. Por la noche. los barcos de almáciga procedentes de Quíos. de rostro enrojecido por la bebida. los navios otomanos habían sido reparados y aprovisionados en el arsenal. el mineral de hierro de los puertos del Adriático: las materias primas del imperio que servían para mantener su marina a flote. si bien ya no formidable. Algunos empezaron a abrir sus navajas. Cuándo ésta puso objeciones. Tophane se retraía sobre sí mismo. guiando a los hombres a sus tabernas y cuchitriles de bebida. que dispusiera de unos segundos para esconderse. sin un portal. Yashim paró el golpe con el antebrazo. y a correr colina abajo. los paisajes al otro lado del Bosforo hasta las colinas de Asia se sumergían en la oscuridad. holgazanes y ladrones se empujaban y maldecían mutuamente en la oscuridad. De día. Yashim los oyó venir. —¡Me ha golpeado! ¡El cabrón! —¡Asesino de niños! ¡Homicida! Yashim no sabía de qué estaban hablando.. en la oscuridad parecían lisas.. —¡Asesino de niños! ¡Te haremos pedazos! 70 . Arsenale de Venecia. el cobre de Anatolia. que. Hizo girar a Preen a la derecha. con su carga de madera y cáñamo. En la tercera taberna en la que entraron un marinero maltés. unos metros más adelante. Al dar el primer giro miró a las paredes. aparentemente. lo cual llamó la atención de un grupo de marineros malteses. Sólo parpadeantes linternas colgaban de ventanucos. el maltés estrelló una botella contra el suelo y se lanzó contra su rostro con el borde dentado. de marineros que se esforzaban por descargar los buques que llegaban procedentes del mar Negro. El callejón conducía fuera de la ciudad y hacia el mue lle. olor de la pipa. Había un callejón que volvía a correr colina abajo. cerca de Tophane. La agarró por el brazo. así como al dulce. el barrio era un infierno de resplandecientes hornos y metales fundidos. Decidieron que cortarían en pedazos a Yashim por su papel en una matanza en la que ninguno de ellos había estado presente. empalagoso. Era preciso conseguir que Preen se adelantara doblando por una esquina. mujeres y niños inocentes en la isla de Quíos por soldados irregulares otomanos dieciséis años antes. y vedado. seguían trastornados por la matanza de hombres. al ron y al raki y a fatigosas cópulas sobre jergones de paja.

y excusarse. Rodeó con el brazo el poste de amarre. y luego atrás. al muelle. Usted no podía haber sabido eso. 43 —Gracias por detenerse. Se metió en el esquife. —¡Espere! ¡Socorro! -gritó Yashim-.. ¿verdad? —¿Por qué preocuparse? Un hombre como Lefèvre. Hizo un gesto de asentimiento al remero y el bote se deslizó hacia atrás. —¡Ahí está! ¡Cójelo! Los malteses estaban en las escaleras. Si pudieran llegar a la embarcación. Estaban en el muelle. Preen se tambaleó y gritó. —Lefèvre ya estaba muerto -dijo Yashim-. 71 . El hombre se encogió de hombros. En la oscuridad. Allá delante podía ver los postes verticales del embarcadero.. Tenía una vaga idea de que podían seguir la línea de la costa y dar la vuelta más tarde. Al pie de las escaleras. Yashim y Preen se encontraban a unos veinte metros de distancia. El joven se encogió de hombros. las encontró. El hombre no miró a su alrededor. agitando los puños. El remero puso su mano sobre el remo. resultaba difícil decir si estaba mintiendo. —Madre lo hizo. Usted me apartó del caso. Era Alexander Mavrogordato.Jason Goodwin La serpiente de piedra El callejón descendía.. El bote se separó de la orilla con una sacudida. con un único bote descansando entre ellos. ¡Ayúdeme! -gritó en griego. El remero miró a Yashim. El hombre del esquife les lanzó una mirada. Cuando el esquife salió disparado nuevamente hacia delante. Yashim giró bruscamente a la derecha. los malteses aminoraron la velocidad. El bote se había alejado unos tres o cuatro metros. Anduvieron al trote corto por el muelle. Yashim la volvió a coger por el brazo y la obligó a torcer la esquina. al muelle. Yashim oía el agua goteando de la espadilla. donde los malteses acababan de aparecer. —No. El muro a su izquierda perdía altura. —Habría que poner un vigilante aquí -dijo. Estaban cerca de la orilla. -Yashim se secó la frente y tomó aliento-. Un hombre salió de un callejón a la derecha y se dirigió al bote. Preen y Yashim saltaron a bordo. —¡Asesino de niños! Yashim levantó la mirada para dar las gracias al hombre. —¡Espere! -bramó Yashim. no eran ésas las que buscaba. Había una especie de escaleras. Preen y Yashim las bajaron de tres en tres. Mavrogordato miró hacia atrás.. —¿Qué está usted haciendo aquí? —Estaba buscando a unas personas -dijo Yashim. —Al parecer.

—Eso no es cierto.. El bazar. La gente tiene opiniones allí. Usted no lo entendería. Yashim movió negativamente la cabeza. —¿Usted. El resto del mundo. Le regalaré vestidos elegantes.. ¿Está usted seguro de que querrá ir allí? —¿Mi mujer? Hará lo que yo quiera. San Petersburgo. se estaban construyendo a 72 . Basura. y nadie se fija en usted. Alexander gruñó algo que Yashim no captó. Pero oí que usted venía aquí a veces.. y. París. ¿no? Me voy allí... Si había estado fumando. yo lo estaba buscando. Quedaban aún parcelas de verdor. Del lado de Estambul. El muchacho estaba en lo cierto. allí donde semillas y enredaderas habían reclamado unas zonas limpiadas por el fuego que barriera la ciudad cuatro años antes. incrustada de tejados. Periódicos.Jason Goodwin La serpiente de piedra —¿Fue una coincidencia. Puede usted comprar un periódico y sentarse a leerlo en un café. Se sorprendería usted. 44 De día. ¿no? —Quizás. Dentro de seis meses. pero no durarían mucho.. también. política. -Alexander se acercó-. Salas de concierto. la colina de Gálata era gris y árida. El Fener. ¡Vaya. Pero... —¿Qué tiene eso que ver con ello? —¿Es uno de los barcos de su padre? —Escuche. se ríe de nosotros. ¿no? Alexander Mavrogordato no replicó. Tienen. Probablemente. estaré fuera de aquí. El Bosforo. era mejor así.. entonces se trataba sin duda de algo que él jamás comprendería. visto desde el agua.. amigo. —Y su mujer. quizás. Eso parece una coincidencia. pensó Yashim. Usted no lo entendería. usted piensa que es el mundo.? ¿Usted me seguía? —No. Pera parecía un enorme crustáceo sacado del mar. Constantinopla es un lugar atrasado. todo. Si la libertad significaba sacar tus opiniones de los periódicos y vestir como todo el mundo. en Atenas tienen incluso luz de gas en las calles! En un montón de calles. Una placer. las ventanas de los edificios superponiéndose a medida que caían hacia el borde del agua.. y cosas así. que él nunca tendría derecho a disfrutar. si Dios quiere. Los alquileres estaban subiendo. Y sólo porque el sultán hace unos pocos cambios aquí y allá. Yo desconozco los negocios del viejo. —Gracias por detenerse -dijo-. entonces? —Está usted en mi bote -señaló el joven-. creen ustedes que están viviendo en el lugar más moderno de la tierra. ¿Quién le dijo eso? —Es cierto esta noche.. pensó. Puede usted dejarnos donde prefiera. Al igual que en el resto de Europa. parecía tranquilo. Seremos completamente libres. ¿no? Todos lo piensan. y celebraremos cenas e iremos a la ópera. amigo. pero sobre el Cuerno de Oro. por supuesto. —¿Quién es el dueño del Ca d'Oro? El frágil esquife se balanceó al cruzar la estela de un bote de pescador. Me casaré. había minaretes y árboles... me iré. —¿Y leen periódicos que tienen las mismas opiniones? —Sorprendente. filosofía. —¿Fuera de aquí? ¿Por qué? —Eso es asunto mío -replicó Alexander-. tenían que hacerse fortunas.

que iba desde la parte superior de las escaleras que conducían desde el muelle al gran tanque de agua que daba su nombre. para un negocio privado. El vestíbulo era estrecho y oscuro. penoso. feo y excitante. aguadores. como cualquier hombre de negocios. botas inglesas. llevaré su mensaje a monsieur Mavrogordato. pastelería francesa.Jason Goodwin La serpiente de piedra diario nuevos edificios. sombrillas. Era algo desarraigado -porque el dinero no tiene raíces-. —Un momentito. motivos egipcios y cariátides romanas. pálidos rusos de rubias barbas. Negocios privados. al parecer. No recibirá a nadie antes de las once. holgazanes. effendi -dijo. habría sido más fácil de despedir. Era la calle donde se alzaban las embajadas extranjeras. árabes y franceses. proxenetas. con una mayor demostración de cortesía-. Yashim vio fachadas de piedra clásicas y grandes ventanas acristaladas. Yashim se había preguntado adónde había ido a parar el gran desfile. marineros genoveses. a veces alguien se detenía u 73 . sastres belgas. eslavos de anchos hombros. En la última década se había vuelto tan cosmopolita como París o Trieste. surgían nuevos edificios que copiaban los estilos de imperios desaparecidos y civilizaciones perdidas. cuando desapareció de la corte en Topkapi. Si Pera era una criatura marina.. vendedores ambulantes. pero su turbante le prestaba un sentido de misterio. El turco de la puerta iba ataviado a la vieja usanza. donde un sultán estaba agonizando en su lecho europeo. hombres con sombrero. hombres con albornoces.. —¿Quiere usted informar a su amo de que soy un amigo del francés Lefèvre? Necesito verlo urgentemente. vagabundos. al público. El criado apretó los labios y frunció el ceño. Incluso un oso andaba arrastrando las patas y miraba a su alrededor. pero vestía correctamente. Todas las razas del Mediterráneo. drusos de piel olivácea procedentes de las colinas del Líbano. a su amo le gustaba atender su correspondencia sin ser molestado. Ayer mismo. en la calle. La combinación podía significar dinero. vaya. mujeres con tacones. Tiró de la campanilla de un gran edificio de piedra gris algo retrasado con relación al resto de casas de la calle. árboles o jardines. Por todas partes adonde mirara. Negocios privados. y un lacayo de grisácea tez e inmaculado uniforme respondió a la puerta. La frivola mezcla de estilos se repetía abajo. y los ciudadanos de Pera no necesitaban. Bueno. «negocios privados» podía significar muchas cosas. —Monsieur Mavrogordato está atendiendo su correspondencia. las tiendas vendían sombreros y guantes. licores. De haber llevado el fez. Yashim se quedó de pie mirando a la calle a través de los cristales de la puerta. y no había un lugar donde sentarse. La multitud iluminada por el sol circulaba a un ritmo constante. severos ingleses. No a Besiktas. nubios. En la multitud que se arremolinaba arriba y abajo de la Grande Rue había hombres y mujeres de todas las nacionalidades y ninguna. Un mono saltaba sobre un organillo. Yashim subía lentamente por la Grande Rue. con una agradable mueca. combinado con aquel aire de confianza que los empleados son rápidos en detectar. Pero no era un hombre al que le encantara perder una oportunidad. Dos docenas de vendedores callejeros ambulantes voceaban sus mercancías. la Grande Rue era su cresta espinosa. y también profuso. Si quiere usted pasar. actores. Taksim. Ciertamente. al barrio que se extendía más allá.

Bizancio hacía tiempo que había desaparecido. effendi. Pero los negocios deben proseguir.. Incluso en aquel despacho podía seguir oyendo el murmullo de la multitud fuera. -Yashim levantó las manos. Hizo una pausa. pero el movimiento era intenso y finalmente empujaba y recuperaba a la persona. —No sé nada al respecto -dijo el banquero.. El arqueólogo. —Perdóneme. Mavrogordato hizo una pausa. Pensaba que. Era difícil imaginar su edad: cincuenta.. con su chaqueta colgando del respaldo de su silla. ¿eh? -bajó los ojos hacia una tarjeta que tenía sobre la mesa-. Yashim no dijo nada. —¿El nombre significa algo para usted? -preguntó Yashim. Estaba sentado. el débil tañido de campanillas. ¡Cuán fútil parecía esa Gran Idea! Cuán superficial comparada con el profundo significado del tiempo y los acontecimientos. con gesto ausente.. -Y empezó a tamborilear con sus dedos sobre la mesa. Vino aquí una vez. Y Yashim había tenido razón. y sus delgados antebrazos. el traqueteo de los carruajes sobre los adoquines-. Mavrogordato frunció el ceño. Cuando Stefan hubo salido de la habitación. en un tono sombrío. Mavrogordato era bajito y cuadrado. Su voz era un poco chirriante. Tratando de establecer algunos hechos. con un acento que Yashim no conseguía situar del todo. que se desvanecía en la corriente.. —No tenía intención de sugerir. luego se levantó enérgicamente de la mesa. El chico. Una pequeña cantidad. parpadeando. y parecía excusarse-. ¿Usted lo conocía? —Yo. —Estoy investigando su muerte. las mangas remangadas. Mavrogordato se sobresaltó. —¿Mi esposa? Se produjo una momentánea pausa. el hombre se inclinó hacia delante. —Y se lo presté -continuó el banquero-. —Lo lamento mucho. Maximilien Lefèvre. como si estuviera recordando. debería explicarme. quizás su esposa. con sus emperadores durmientes y antiguas profecías. —Tiene usted algún asunto de interés. Yashim movió una mano. Recordó las antiguas palabras que el Conquistador había murmurado mientras inspeccionaba las ruinas del palacio imperial: «La araña teje una cortina en el palacio del césar: la lechuza ulula en las torres de Afrasiab. Hum. —Lefèvre -repitió. cubiertos de blanco vello. —¿Cómo está usted? ¿Café? Stefan.. Luego.. como un marinero naufragado aferrándose a una balsa. Mavrogordato soltó un gruñido.Jason Goodwin La serpiente de piedra holgazaneaba un momento. —Lo conocía. se parecía a ella. añadió-: ¿No se ha enterado usted? —Lo conocía ligeramente -dijo Yashim con lentitud. tal vez. Más viejo que su mujer. café. Yashim se acordó del libro que Grigor le había mostrado.» —Monsieur Mavrogordato le recibirá. Quería que le prestara dinero.. levantando la cabeza. 74 . Yashim. su cabello era oscuro y llevaba un bigote cuidadosamente recortado. Alexander. descansaban sobre una mesa cubierta de papeles. El banquero no dio muestras de reconocerlo.

vio que Mavrogordato seguía observándolo. —No podría decirlo. una cigüeña entrechocaba su pico. Metió la nariz en el libro y empezó a murmurar para sí. Y se trataba sólo de un pequeño préstamo. —Yo supongo que se acordó de ello cuando fui a buscarle una litera en el barco -dijo Yashim-. -Yashim hizo una pausa. —Ah. sí.. —¿Porque. Yashim. Yashim se sirvió él mismo el té del embajador y se recostó en su silla. estoy seguro de ello. Yashim levantó la cabeza. —¿Cuánto pidió prestado? El banquero soltó un soplido..? —El valor es demasiado inestable. Son cuestiones financieras. en estos tiempos. ¿Qué clase de garantía le dio a usted Lefèvre? Por un momento. ¿cómo? Podía recordar que él.... Miró por la ventana.. —Me temo que no tengo el menor interés en la arqueología. intentando acordarse de sus últimas palabras.. —Lefèvre tiene que haber estado muy asustado para dejar esto en tu piso. 45 —Pobre diablo -dijo Palieski. —Pensar que estaba a salvo.. —Era un francés. se había sentido ligeramente impaciente con todo el asunto. Uno no puede prestar piastras. donde las abejas estaban libando soñolientamente la glicinia-. effendi. ¿Por eso vino a verle. ¿No le parece que estas tardes de verano son insoportablemente tristes? Debe de ser mi edad. los ojos de Mavrogordato recorrieron la habitación. Fuera. y cogió un papel de su mesa. —Ya que me lo pregunta. —Muchas gracias por su tiempo. Si pudiera solamente hacer una pregunta.Jason Goodwin La serpiente de piedra —Por supuesto. —Sí. Cuando cerraba la puerta. parpadeando.. Un error por mi parte. Una última cosa que me olvidé preguntar. -Mavrogordato agitó una mano regordeta-... con su mano sobre el pomo de la puerta-. Le deseo suerte. en cierta forma. tratando de recordar el estado de ánimo de Lefèvre.. -A Palieski se le notaba el malestar en la voz. últimamente. pero yo soy un hombre de negocios. No le dio a usted nada. a unos centenares de metros de distancia. 75 . piensa usted? Mavrogordato se encogió de hombros desaprobadoramente. El dinero y el malestar de Lefèvre por el barco. Eso lo animó. claro. Hizo un gesto con el papel que tenía en la mano. creo que fueron doscientos francos.. Palieski se volvió y recuperó el librito de la mesa.. Mavrogordato parecía sorprendido. ¿Hablaron ustedes? Era un hombre interesante. —Sobre lo cual sé muy poco -reconoció Yashim-. Se había metido en aquel esquife. —Sabe usted. dinero francés. hinchando las mejillas. una pareja de estas aves había establecido su residencia en el nuevo pináculo de la Torre de Gálata. Usted comprenderá.

—Este libro -dijo Yashim taciturno..era un anticuario.Jason Goodwin La serpiente de piedra Después de eso. dentro de poco. Conozco este libro. al francés. —Aquí lo tenemos. pero no se le podía criticar su valor. Salieron de sus fiordos hará unos mil doscientos años. Tiene que tratarse de algo sobre este ejemplar del libro que es único. Se quedó unos años y luego. —Vigila las pequeñas notas que hay dentro. —No sé a qué viene tanto alboroto -dijo-. qué? —Vikingo. Yashim. nadie agitaba acusaciones contra personas con poder indiscutible. De ahí el libro escondido. Ser puesto bajo sospecha demostraba que Yashim no tenía suerte: y a nadie en Estambul. —¿Un. No las dejes caer. Eso es.. Como vuestro antiguo regimiento de los deli. porque levantó los ojos del libro y sonrió. Yo investigaré. supongo... se unió a Solimán en una campaña contra los persas.. Y escribe su libro. —¡Dios! Como un sacrificio vikingo. no había prestado mucha atención a Lefèvre. Pero en aquellos tiempos los hombres instruidos escribían en latín. realmente. le gustaba un hombre desafortunado. ya sería suficiente. Palieski pareció sentir su mirada. Es extraño.. Llegó aquí en 1550 con el embajador francés. es Gillius. Yashim levantó su taza y miró con los ojos entrecerrados a su amigo a través del vapor. Disfruto bastante con ello. Habrás oído hablar de los vikingos. Pensaba que no lo volvería a ver. Gente que se volvía loca cuando iban a la guerra. todo el mundo tendería a pensar que Yashim lo había matado. Palieski se había levantado de su asiento y estaba mirando sus estanterías. —No -dijo Yashim tajantemente-. ésa es la primera edición. Sus barcos estaban 76 . —¿Por qué fue asesinado tan brutalmente? Le cortaron el esternón en dos y le partieron las costillas. vuestros días de gloria.. Palieski pestañeó. —Supongo que no se obtendría un ejemplar tan fácilmente.. y menos que a nadie. aunque ahora no la encuentro.. Llegó aquí durante el reinado de Solimán el Magnífico. con un repentino acceso de afecto. Gillius.. Yash. los hojeó uno tras otro.. de manera que para ti. muy fornidos. Y había subido al balanceante esquife sin decir una palabra. Sacó un par de tomos. Si pudiera leerlo. de repente. Pierre Gilíes. Yo tengo una edición francesa. Al inglés. a palacio. A mediados de 1500. 1560. sus páginas estaban atiborradas de notas y papeles doblados. pero regresa al año siguiente y luego se va a Roma. No importaba si lo creían o no: sólo con airear la posibilidad. Cabello rojo. Ha sido traducido. era francés. Petrus Gillius -explicó Palieski. Había muchas cosas que a uno le podían disgustar de Lefèvre. Éstos eran del norte. tremendos marineros. —¿Hubo otras? —Oh. ¿no? Esos guerreros enloquecidos. —Déjamelo a mí.. Mientras. y para mí. Pero Lefèvre debió de haber considerado que sí. La calumnia se lanzaba únicamente contra el débil. El libro parecía haber funcionado como una bolsa de viaje. Al igual que él. y finalmente deslizó su dedo por una página. Como tu desgraciado amigo.

Quizás lo abandonaron. además de las viudas. Arriba por el Volga. Largos poemas al respecto para mantenerlos felices. ¡Vodka. no sé si aún lo usaban entonces. Una base segura para sus incursiones por aquí. Poseían una gama primitiva de dioses. —En absoluto. los rusos empezaron a usarla por su cuenta. Tomemos una copa. Usaron los ríos bálticos. Los vikingos no viajaron sólo a través de los océanos. —¿Y ése es el origen de Rusia? —En un sentido amplio. la guardia varega. los bizantinos los utilizaron como guardia imperial. Lo ignoro. Su producto más notable. 46 77 . El águila con las alas extendidas era el símbolo de los emperadores bizantinos. —¿Qué quieres decir? ¿Rusia? ¿O se trata de una broma polaca? Palieski lo miró con expresión afligida. Atacaron unas pocas veces. No sé si ha servido de algo. —Siempre grito estos días -señaló afablemente Palieski. también.. Más o menos lo único que mantenía a salvo a los griegos en Constantinopla. Los orígenes de la ortodoxia rusa. escuchando son suma atención. Para demostrar su afinidad.. Pero no dejaba de ser un vikingo. fue Rusia.Jason Goodwin La serpiente de piedra tallados como dragones. Al final. si te interesa. Protectores de la Ortodoxia. pretensiones al trono de Bizancio. durante el invierno. Pero aquí hay algo curioso para ti. Y después de la caída de éstos. Durante el verano se dedicaban a la violación. Yashim pegó un brinco.. En cuanto los volvieron amistosos y medio civilizados. —La lección de historia terminó. Todos de más de dos metros de estatura y vikingos de la cabeza a sus peludos pies. vasos y hielo! Yashim sonrió. Marta se ha vuelto muy quisquillosa con las buenas maneras. el asesinato y el pillaje. Ahora movió negativamente la cabeza. y eso ha sido la tradición desde entonces. Hizo una pausa y se frotó las manos. Se instalaron en Kiev. Duros es decir poco. no se me ocurre por qué.. De todos modos. por supuesto. —¡Marta! -bramó-. los bizantinos encontraron que era más barato y más fácil convertirlos al cristianismo ortodoxo. Yashim se estaba inclinando hacia delante. junto con sus dioses paganos. abajo por el Dniéper. Su líder tomó el nombre de Yaroslav y pensó que era el hermano pequeño del emperador. —¿La guardia varega protegía a los griegos? ¿Y empleaba ese estilo bárbaro de ejecución? Palieski mostró una expresión de duda en su rostro. Fácil. Constantinopla. Pero cuando llegaron al Volga. El mar Negro. y todo eso. El sol se ha puesto. la campanilla está rota. Construyeron barcos que podían navegar en las aguas más someras. Arrastraron Europa a lo que nosotros llamamos la Edad de las Tinieblas. Me ahorra tener que decir por favor. ya no tuvieron más dificultades. sí. Fue por un lado de la mesa y se dirigió a la puerta para abrirla. Ya sabes. desde la puerta-. —Bueno.

El remero habló pero no con él. continúa viaje. y se produjo una débil sacudida. cuando los volvió a abrir. sus hombros inmóviles: parecía estar descansando sobre sus remos. El aire era cálido. más bien el propio esquife estaba haciéndolo gradualmente con la corriente. ¿verdad? 78 . Usted es un hombre bueno. otro bote se había situado a su costado-. Yashim sentía el rítmico tirón de los remos. A Yashim le gustó esa explicación. comprendió Yashim. Yashim sintió que se le erizaban los pelos del cogote. —¿Qué pasa? -preguntó Yashim. Yashim cayó en la cuenta de que no era Estambul lo que estaba girando. que lamía casi el borde de la barca. donde los esquifes estaban amarrados. Cerró los ojos. Yashim abrió los ojos. —¿Qué quiere usted? —Sí. estaba esperando a que él hablara. Ahora podía ver la gran extensión de la ciudad. el agua chocaba contra el casco. por detrás de su cabeza. Los perros que ladraban en la Punta de Gálata sonaban cerca. Una ola golpeó el esquife y lo hizo balancear ligeramente. hacia los faroles de lejanos buques que cabalgaban un invisible horizonte que parecía estar muy arriba y muy lejos. como las luces de un carrusel de feria. parecía extrañamente poco familiar. Vagamente recortado contra la luz del farol podía verse al remero. -El esquife tembló ligeramente. Una luz en la orilla se apagó. baja luz del farol del embarcadero. Su delgado y ligero casco era una endeble envoltura para proteger a dos hombres del agua. Por un momento. como de costumbre. Parpadeó varias veces. Estambul. Dentro de un momento. Un hombre bueno. Las luces de la ciudad viajaban lentamente alrededor de él. El remero colgó una endeble linterna en la proa y cogió los remos. Se reclinó en el rojo cojín. razonó. si usted gusta. sí. consciente de que el esquife no era una embarcación para un hombre que había bebido demasiado. al otro lado del Cuerno de Oro. Tomó el primer bote que le ofrecieron.Jason Goodwin La serpiente de piedra Ya había oscurecido cuando Yashim llegó al embarcadero de Karakoy. Yashim dejó que sus ojos se cerraran. no podía pensar en otra. el contorno de sus colinas oculto en la oscuridad. Como una flecha. era posible creer que la ciudad había sido reemplazada por montañas. En su lugar otra voz replicó: —No pasa nada. El remero no se movió. estoy seguro. el esquife se deslizó silbando a través del agua. murmullos y fragmentos de conversación llegaban perezosamente del desembarcadero. una ausencia de sonido familiar. A través del agua. No le gusta tener cosas que pertenecen a otros hombres. vagas alturas resaltadas por las linternas que ardían sobre minaretes y cúpulas. cambiando su peso al codo izquierdo para ayudar a equilibrar el elegante y oscuro casco. Por el momento. y la cálida. sus picos y laderas salpicadas aquí y allá por chozas de carboneros. El silencioso barquero. una quietud. El bote había dejado de moverse. Cuando reapareció al otro lado de la negra silueta del remero. se tambaleó ligeramente y. effendi. tuvo la impresión de mirar a través de una vasta extensión de negra agua. En la oscuridad. Empujó el esquife fuera del embarcadero con un movimiento amplio y experto del brazo.

Quizás se trataba del hombre cuya mano había pisado. y entonces soltó la capa y se volvió hacia delante. La mano de Yashim se dirigió a su pecho. Se adelantó y golpeó el suelo con el pie. Yashim retrocedió un paso. Había tenido la impresión de que la anónima voz de la oscuridad estaba demasiado cerca para eso.. que lo estaba llevando lentamente hacia el Bosforo. los hombres tendrían que nadar hacia la orilla. Yashim estaba bien despierto ahora. Yashim se incorporó. ¿comprendes? Pero haremos bien las cosas. o inmovilizado por los remeros.Jason Goodwin La serpiente de piedra La voz procedía de algún lugar detrás de su cabeza. el otro bote debía de haber venido a su lado. effendi? Sería muy pronto. maldiciendo. —Hablo de un libro. y se proyectó hacia atrás.. Con los botes desaparecidos. Con la cabeza sobre el agua. Uno de ellos estaba maldiciendo. Se oyó un crujido. cuando no hay nada que estabilice el bote y los remeros no están adiestrados. No tenía más que alargar el brazo y encontraría. Algo centelleó momentáneamente en la oscuridad. a menos que sus remos estuvieran desarmados. ¿Qué? La mano del que hablaba sobre el borde de su esquife. Podía oír a los hombres más claramente ahora. Yashim se puso de pie. Alguien finalmente le dijo que se callara. su mente esforzándose rápidamente por construir una imagen de su situación. No te pertenece. Sólo el libro. —¿Cuánto vale su vida. desde arriba. Se quitó el agua de los ojos con las manos. Alargó su mano buscando apoyo y trató de quitar los dedos del hombre del lugar donde se agarraban al borde de su esquife. El libro de Lefèvre no estaba allí. Negro. Si su remero se estaba apoyando en los remos. En aguas abiertas. y se oyó un clic metálico. todavía extendidos sobre el agua. —¿Quién es usted? -dijo con voz espesa. Cuando el casco de su esquife fue lanzado hacia arriba de rebote. Es pequeño. La veía. se concentró en permanecer a flote lo más silenciosamente posible mientras tres hombres forcejeaban. Quizás sólo de uno. El bote dio un leve bandazo. míster. La capa lo protegería y le serviría de aviso si alguien trataba de agarrarlo en la oscuridad. Lo cual hacía probable que los dos botes estuvieran popa contra popa. mientras se liberaba de su capa. 79 . sin tratar de luchar contra la corriente. no dispone de segundos. como si dijéramos. y los botes se sumergieron juntos. Yashim cogió el dobladillo de su capa con los dientes y retrocedió suavemente. es posible quedarse de pie durante unos momentos. —¿Qué passa? ¿De qué hablass? -Confiaba en que su voz pareciera la de un borracho. La costa de Pera estaba algo más cerca. Quedaba poco tiempo. Hizo lo mismo con el blanco turbante de su cabeza. Dame el libro y sigue tus caminos. entre los dos bordes. Otro se estaba lamentando de la pérdida de sus remos. dejándola flotar. probablemente nadarían hacia allí. Podía reflejar la débil luz. al agua. allí mismo. —Por favor. Nadaba braza. Cuando uno se dispone a subir a un bote sujeto firmemente contra un embarcadero fijo. Los nudillos estaban doblados sobre la regala. Yashim siguió braceando silenciosamente hasta que los oyó chapotear.

El mundo seguiría respirando sin él. En el agua. Ahora que se estaba cerniendo el gran sueño. La habitación de Palieski olía fuertemente a cera de vela y a coñac. la respiración de la mujer.estaría llena de libros y vasos. Dentro. apenas se movía. El negocio había estado muy tranquilo toda la noche. Por unos momentos se quedó mirando el patio. no producía ningún sonido. y sólo una pequeña rendija de luz entre los postigos mostraba que la mañana estaba avanzada. igual que las personas cuando alguien se estaba muriendo.. venía y se iba.Jason Goodwin La serpiente de piedra Unos veinte minutos más tarde. perturbados por los recuerdos. aquella noche. A veces podía ver una diminuta diadema de estrellas a través de una rendija cerca de la baranda. solos. llevado por la corriente y con un esfuerzo que era insignificante. algo chapoteó. Se imaginó deslizándose con ellos. Era inaceptable que el hombre estuviera chorreando. sus fríos y metálicos cuerpos manteniéndose en equilibrio. No tenía que prepararse más para el sueño eterno. Esto. la habitación estaba casi a oscuras. sino a alguien que estuviera dispuesto a venir. Suela. cualquier noche. especialmente. un olor que Marta asociaba con su amo y por el que nunca había llegado a sentir verdadero disgusto. El Bosforo estaba lleno de peces. Nadaba con ellos. Su propio aliento era más débil. El sultán se preguntó si así morían todos los hombres. parecía que su ojo volaba como una gaviota. 48 Marta medio se dio la vuelta con la bandeja en sus manos y empujó la abierta puerta con la cadera. fácilmente. La luz del día entró a raudales en la habitación. y los peces brillando como las estrellas. fría y plateada. agitadas por un soplo del aire de la noche.. ¿Acaso no habían estado allí siempre? Esperándolo. el suave frufrú de la muselina rozando contra la seda. zigzagueando entre los cabos. un par de porteadores descalzos que disfrutaban de una tranquila calada ante la Nueva Mezquita se vieron sorprendidos al ser llamados por un hombre que salió chapoteando de la oscuridad. rozando las oscuras ondulaciones. Oyó la respiración de la sala. y las ropas de la cama se agitaron y gimieron. Miró al frente. proseguiría. por supuesto. de manera que dejó la bandeja sobre las tablas del suelo y fue a abrir los postigos que ella misma había cerrado la noche anterior. imperceptible. la hija de los 80 . donde las crestas de las colinas descendían hasta el agua. Hasta donde los estrechos se abrían al inquieto mar. la luz de la luna refractada a través de la superficie del agua. mirando para observar el progreso de la muerte. pero les dobló la tarifa habitual por llevarlo a los baños de Fener. ya no tenía necesidad de dormir. Marta tiró del marco de la ventana y consiguió abrirlo unos cinco centímetros por la parte superior. abajo. o quizás no a él. 47 Las cortinas de muselina y seda se rozaban entre sí. para hacer un informe sobre la invisible lucha. eso era lo único que quedaba. y venía y se iba. La mesa -le constaba. presas de las dudas.

«Serp. en el caso de su destrucción.. de manera que hallar lo que necesitaba era una tarea muy penosa. Mehmet II lanzó la maza. a fin de cuentas. Shpëtin. y. paseando su mirada por los niños del patio.. Le dije que no admitía usted visitas. Procuró no desordenar ninguno de los libros esparcidos alrededor de la cama. más de los que nadie había visto en su vida.. pero Shpëtin hundió la barbilla en su pecho y miró hoscamente al suelo. Marta. Cabezas rotas hacia 1700. es sumamente probable que la ciudad sea destruida por una invasión de serpientes.Jason Goodwin La serpiente de piedra Xani.. Palieski emergió del edredón y sorbió débilmente su té. Column.. Gracias. sin embargo. y ella sabía perfectamente que no debía dejar que su falta de cuidado echara a perder su trabajo. Soy yo -dijo Yashim alegremente mientras cruzaba el patio. señor -dijo. 81 . Una de las notas escritas a mano de Lefèvre había volado del libro la noche anterior mientras él lo leía tumbado en la cama. Rompió una mandíbula.. envolvió la palabra con un intenso desprecio-. El embajador era un hombre inteligente desde luego. —No dispares. pero que podía escribir y pedir una cita. —El té está bueno. Cuando Marta se hubo ido. Noche tras noche pasaba horas interminables estudiando aquellos libros suyos. Más allá de sus libros. Marta. En su interior no pudo reprimir una sonrisa. haciendo rodar una pelota arriba y abajo. horrorizado. Patriarca de H. La pequeña -¿cómo se llamaba?. S. luego apagó rápidamente las velas y se hizo un ovillo en la cama. dejó la bandeja allí y se puso a recoger las botellas y vasos. —Muy bien -murmuró-. —Gracias a ti. que era griega precisamente. y ella se la llenó-. Marta asintió. -Palieski alargó su taza. y a la luz más fría del día volvió a leer el papel. El hombre parecía un timador. La había leído dos veces antes de comprender lo que era. —Gracias. —Un griego nos visitó a primera hora -dijo. 49 —¿Permiso para entrar? -Yashim estaba de pie en la puerta." El sultán desiste. Marta hizo una reverencia.» La palabra «serpientes» estaba subrayada. —El agua vuelve a flojear hoy -dijo ella. exactamente. Eso era. era sencillamente un niño grande. Ahora abrió nuevamente el libro. pero arreglárselas. Marta lanzó un suspiro. El embajador era un magnífico erudito. su hermano. Despejó un espacio en la silla que había junto a la cama. noble polaco.levantó la mirada y le brindó una breve sonrisa. no. "Este antiguo e ilustre talismán fue erigido aquí con el propósito de echar a las serpientes de Constantinopla. Las piernas de Palieski se agitaron con incomodidad bajo el colchón de plumas. jugaba silenciosamente en la tierra. y devolvió las palmatorias a la repisa de la chimenea. pasando una taza de té a la mano que había emergido de las ropas de cama. lo estaba barriendo con una pequeña escoba. Palieski se estiró desde la cama y palpó el suelo. Probablemente sería alguna especie de timo.??? consulta. Lo que hacía su tarea más difícil era que poseía muchos libros. puedo arreglármelas ahora. Marta.

digamos. formaba parte de la propia colección personal del último emperador bizantino en Estambul. solo. Probablemente hecha en Georgia. Apuesto algo a que Lefèvre sabía contar historias. Por su ascendencia. —Mmmm.Jason Goodwin La serpiente de piedra Encontró a Palieski en la cama. Bueno. Lo que le importa a él (y a sus clientes) es que ese libro ha pasado los últimos seiscientos años. —Eso se llama ascendencia. librero. pero ¿cuál sería su historia? ¿Cómo va a aparecer en el escaparate de una tienda en Saint Germain seiscientos años más tarde? —Lefèvre lo robaría. y se aferraron a él. Yashim le contó lo de los botes. Está completamente trastornada por el niño. Luego el chico volvió más bien tarde una noche. si los monjes lo apreciaron. Debía ser una mañana difícil para Palieski. Todo se está poniendo patas arriba. Xani y su hijo. Es bizantina. -Palieski estaba disfrutando-. cuenta la historia de la pieza.. —Toma un libro viejo o un cuadro viejo. ¿Un ejemplar original de Gillius? Nunca he tropezado con ninguno. Palieski se puso las manos detrás de la cabeza y se recostó en los cojines. Incluyendo éste. en una biblioteca conventual en Georgia. —Veo que tu centinela ha sido retirado -dijo. aparecía un óvalo que contenía las palabras en griego: «Dimitri Goulandris.. Ilustrada. tomemos uno de los favoritos de Lefèvre. Le tendió a Yashim el ejemplar de Gillius. pero es Marta la que me preocupa. Siglo trece. Pero quizás el asesino no sabía eso. —Querían ese libro. Le dice a la gente que el artículo es auténtico. Para enseñarles no sé qué. Marta. Otra vez. digamos una Biblia. Mejor aún. excepto que vendía libros. Su padre se ha ido a alguna parte sin decir nada. —¡Dios mío! Tuviste suerte. —Anoche me atacaron -dijo. —¡Querido amigo! -El embajador parecía conmocionado-. Él quería hablar del libro de Lefèvre. No sabía nada de Goulandris. —A los niños les gusta la rutina -dijo.. por supuesto. —Mmmm. Echa una mirada a esto. balanceando una taza de té sobre las rodillas.. —Pero ¡si Goulandris apenas sabía leer! No hubiera comprendido nada del libro.» Yashim dejó escapar un resoplido. 82 . Pero también. Yashim asintió. De hecho. y su inesperado chapuzón. Salieron juntos recientemente. —Con lo que pasó a la Historia. —¿Qué? Quieres decir. Yashim miró el libro que tenía en sus manos. y todo el mundo está empezando a pasar apuros. En la contraportada. supongo. el niño. Yashim asintió. y luego fue rescatado por los georgianos después de la conquista otomana en 1453. puntualizando-. Quiero decir. no lo sé. Hasta ahí llegamos. La señora Xani está bastante sombría en sus mejores momentos. No obstante -añadió. Pero tienes razón. ese ejemplar es bastante único. —No muchos lo hubieran comprendido. el niño. —Por supuesto que ha sido robado. estampado en tinta verde. pero eso es indiferente -dijo Palieski-. debe de haber sido auténtico. —Me dijiste que ni siquiera era tan raro.

que ha sido demolida o convertida en una mezquita. Yashim. Utilizaba tinta marrón. Sabía de qué estaba hablando.. es la Constantinopla clásica. —Por decirlo así. procede a identificar los viejos monumentos. Supongo que cuando nosotros. Gillius observó lo contrario: la remodelación de Estambul siguiendo el estilo musulmán... —La tercera ciudad. consultó el libro de Gillius. La primera.Jason Goodwin La serpiente de piedra —Pasa lo mismo con la Casa de Osmán. Por supuesto. Yashim cogió el libro de la cama y le dio vueltas por todos sus lados. Siglo quinto. a todos los efectos. 83 . Gillius ha conseguido un viejo libro. los polacos. el italiano. No.. el Grand Signor.. ante sus propios ojos. se interesó por el volumen de Gillius. escribiendo en italiano.. Yashim. Con esto en sus manos. Pero nosotros sí. Observaciones generales. Tengo el propio libro de Delmonico. Yashim movió negativamente la cabeza. Delmonico. Y ésa era la ciudad que tenemos hoy. había terminado. Es el Estambul otomano. En la época en que Delmonico. y hay trozos que reconozco. en el período adecuado. Luego perdimos a nuestro país -añadió con desaliento. los antiguos palacios. en efecto... porque éste describía la ciudad como había sido. —Por lo que he visto.. Hasta yo. tienes razón. —Desde luego. Material interesante. Escribió en los márgenes del texto... durante un millar de años de religión griega. el proceso. Tú y yo nos fijamos en que Estambul se está haciendo más occidental cada día. —Ya veo lo que quieres decir -reconoció Yashim-. Nadie más estuvo tan cerca de Estambul. eso no es totalmente cierto. está cambiando otra vez.. por ejemplo.. -Palieski frunció el ceño-. Yashim. es ascendencia.. yo diría que perteneció a Delmonico. ¿Y la tercera ciudad? Palieski juntó sus manos... una encima de otra.. Había sido paje en la casa del sultán.. »Pero hay otra Constantinopla que él está describiendo. perdimos la noción de la historia. Él no tiene un interés especial en todo eso. —Has dicho que este libro era único -dijo Yashim. Y eso. Es la ciudad que se levantó durante los siglos intermedios. Yashim. supongo. -Palieski frunció el entrecejo-. —¿Y qué ciudad era ésa? —La Constantinopla bizantina. —Y ese hombre. Los otomanos se han hecho cargo. —¿Cómo lo sabes? —No me di cuenta hasta que empecé a leer. De modo que Gillius agarra a los griegos viejos que aún pueden recordar cómo era la ciudad antes de la Conquista. la mayoría. Palieski recuperó su ánimo. Como hoy. —Aproximadamente cuarenta años después de que Gillius llegara a Estambul -explicó el embajador-. Pero sólo el sultán tiene. Tiene que ser Delmonico. llegó. una descripción de la ciudad tal como se alzaba en tiempos de Justiniano.. esa ascendencia. —Fue un tiempo de cambios. Gillius está realmente escribiendo sobre tres ciudades.. se está construyendo a su alrededor. empezamos a elegir a nuestros reyes. Para saber lo que había cambiado. Cualquiera podía gobernar el imperio.. El nombre de una vieja iglesia. En ruinas. leyes romanas e idioma griego. un italiano llamado Delmonico escribió un libro sobre la ciudad. Pero cuarenta años más tarde.. Aquella por la que él se está paseando.

Delmonico. —¿Y para qué lo querría Solimán a su lado? —Oh. en las tabernas del puerto. ¿Dijiste que tenías una traducción francesa? —La encontré anoche. Éste no habría tenido ni idea. 84 . y un buen hombre. bajo la escalera. Lefèvre lo habría sabido inmediatamente. —Lefèvre murió porque se guió por algo en lo que creía -dijo-. para luchar contra los persas. Yashim miró a su alrededor. —No quiero inquietar al señor embajador -dijo la mujer-. Pero no debes preocuparte. Gillius creía en ello. Trató de pensar en una. no la decepcionaría. —Eso he oído. Yashim asintió. con sus limpias manos y veladas amenazas. Marta había sido amable con él en el pasado. avanzando un paso hacia ella. Marta. alguien debería haber enviado un mensaje. Yashim. quizás? ¿La rotura de un depósito? Se preguntó si el gremio de los guardianes del agua avisaba a las familias cuando había problemas. Marta estaba de pie en las sombras. effendi. Marta se llevó los nudillos de la mano a los labios. Si Xani estaba siendo retenido toda la noche. Parece algo extraño. ¿Dijiste que había algo extraño en Gillius? ¿Su marcha a la guerra? —Se fue al este con Solimán. De modo que. Podía haberlo vendido por un poco más. para un anticuario. —¡Marta! -dijo Yashim. —Espero que lo comprara barato -dijo Palieski. en cuanto a eso. —Alguien escribe un libro. en vez de eso.. -Yashim se rascó la cabeza-. Y tú me recordaste que él se creía todo lo que leía en los libros. Yashim bajó la mirada al libro que tenía en sus manos. Pero eso no iba a hacerlo rico. estrujando el delantal entre sus dedos.Jason Goodwin La serpiente de piedra —¿Crees que Lefèvre se habría dado cuenta? Pero Yashim conocía la respuesta ya. exagerando la importancia de las anotaciones de Delmonico. —Sea lo que fuere. Hay una serie de razones por las que podría haber tenido que retrasarse. supongo.. no tengo ni idea. pienso que Solimán no pondría ninguna objeción a que unos extranjeros fueran testigos de sus triunfos. Otro hombre llega y garabatea algunos pensamientos en los márgenes. Pero ¿quizás podría usted ayudar? Es usted su amigo. —En cuanto a eso. también. ¿Por qué piensa Lefèvre que eso es tan importante? Palieski levantó las manos. Deja que te traiga la edición francesa. Yashim se acordó del francés. —Enver Xani. por favor. Excúseme. en el momento en que encontró el libro en la tiendecita de Goulandris. Ha desaparecido. Gillius. 50 —Effendi. tal vez hubiera pasado la noche con los amigos. ¿Una fuga de agua catastrófica. Se puso de pie. —Estoy totalmente seguro de que Lefèvre olía dinero en ese libro. Yashim asintió lentamente.

Xani es un hombre pobre. Si no pagan. effendi? —¡Vaya! -exclamó Yashim-. Unos honorarios de ingreso. —Su mujer tiene miedo cuando no regresa. ¿Por favor? Yashim golpeó el suelo con el pie. ¿Cuánto debe Xani? —Seiscientas -dijo Marta. -Levantó una pequeña bolsa de piel.. Yashim golpeó irritado con el pie en el suelo. 85 .. ¿cómo piensa hacerle llegar el dinero? Marta bajó la mirada y removió el suelo con los pies. comprende usted. effendi. es dinero mío. —¿Y la señora Xani no tiene nada de dinero? —No. ¿Comprende usted. bajando la voz-. —¿No puede la señora Xani pedir un poco más de tiempo. effendil Xani es un buen hombre. Yashim frunció el ceño.. reconoció. Cuarenta piastras. Marta. cuarenta piastras.. La mujer sentía mucho cariño por los niños. Xani sin aparecer para proporcionar un pretexto. Se cruzó de brazos y apartó la mirada.. —¡Oh. Cuarenta piastras son los intereses. y una escoba en la mano. —Effendi. «¡Mis hijos. señalando una posibilidad que no quiso formular en voz alta. o tu amo. Marta. Marta! ¡Oh. Vive en Balat. Y cuando Xani vuelva. Se llama Baradossa. Hizo un pequeño gesto de temor. que hable conmigo. Quizás..» —Marta -dijo Yashim firmemente-.. Te demostraré que yo puedo ser un estúpido mayor que tú. —¿Cuarenta al mes? No lo creo. la deuda crecerá. yo pensé (quizás como un favor) que quizás podía usted llevarle el dinero. —No lo entiende usted.. No lo tiene. Eso. pero la señora Xani no sabe dónde.. Balat. Y un guardián del agua. No. pero cualquier estúpido podía reconocer el carácter bonachón y crédulo de Marta. tengo tanto miedo! Sólo cuarenta piastras. que colgaba del cinturón que le rodeaba las caderas-.Jason Goodwin La serpiente de piedra —La señora Xani dice que deben pagar al prestamista mañana.. tenía más sentido. pero su impresión era confusa. Ella tiene muy poco dinero. effendi.. La señora Xani tiene miedo por los niños. hasta que su marido vuelva? Quizás él pueda pagar la deuda. si no pueden pagar el dinero.. Los pagan cada mes. Muy bien. ¿Quién le prestaría seiscientas piastras? ¿Y para qué iba a necesitar tanto dinero? Marta casi pegó un brinco de sorpresa. Se preguntó si todo no habría sido planeado. también. Marta movió negativamente la cabeza. El gremio esperaría el pago. la señora Xani no quiere que él lo sepa. Un cálculo de los recursos de Marta. pero. —Pero ¿ahora no está aquí para pagar? Parece muy oportuno. Pero necesitaba ese dinero para pagar al gremio. ¿Hacía bien Marta en entregar sus ahorros a esa mujer? Veintisiete piastras era mucho dinero. no. Tengo veintisiete piastras. Podría usted averiguar dónde vive. Xani era una especie de aprendiz. ¿Quién es el prestamista? —Un judío. —Entonces. Yashim juntó los labios y soltó un resoplido. había dicho Palieski. Trató de recordar a la señora Xani. Yashim se rascó la cabeza. Yashim no sabía nada de los Xani. guárdate tu dinero. Y el señor embajador es muy amable. una mujer con falda roja. y dijo irritado: —Baradossa. Muy bien. para comprar el puesto.

Al salir.Jason Goodwin La serpiente de piedra Marta empezó a protestar. platos y vasos brillaban en las estanterías. donde cogollos de lechuga cortados aparecían dispuestos sobre una plancha de mármol. y era un joven alegre y honrado que había ayudado a Yashim aquella semana en la que a veces parecía como si la ciudad entera fuera a estallar por el miedo. Murad Eslek. la ira. Dentro. Hizo un gesto de asentimiento a Yashim. no a holgazanear con una pipa y un café. Era una parroquia obrera. estuvo a punto de cerrar la puerta de golpe. La visión de un hombre bajito y corpulento con la cabeza afeitada al otro lado del restaurante le recordó a Yashim un viejo amigo. Al otro lado. un poco de toorshan. Mientras se bebía su zumo de nabo. Yashim sintió hambre. alargando una bolsita. sólo se le parecía un poco. y utilizando sólo el buen juicio y los mejores ingredientes. Pero en 86 . y un sentimiento de pérdida. Un camarero estaba espantando las moscas con un trapo limpio. una pequeña fuente lanzaba sus chorros en un rincón. Yashim no se fiaba de la comida demasiado elaborada de los restaurantes: al igual que sus salsas. Muchas vidas habían sido dedicadas a la perfección del piyaz o el tarator de judías. botes de loza. Yashim miró a su alrededor. al lado de cabezas y patas de oveja. ¡Los turcos habían estado probando y perfeccionando platos cuando los francos aún roían huesos! La tienda de kebab estaba abierta a la calle. o conservas en escabeche. en un horno de ladrillo y arcilla lleno de brasas. No era Murad Eslek. pero no llegó a hacerlo. cuencos de yogur y crema cuajada. Yashim se detuvo en una tienda de kebab en Sishane. de vez en cuando el cocinero de desnudos brazos soltaba otro pide sobre las parrillas al rojo y lo levantaba cuando empezaba a rizarse por los bordes. Éste se dedicaba a proveer los mercados en Estambul. observó: gente que venía a comer. o una sopa de callos recomendada por su viejo conocido el maestro sopero. Justo a tiempo había recordado que debería haber salido diez minutos antes. los mejores resultados se conseguían siendo fiel a la tradición. cuyas normas sobre la simplicidad eran. Unas judías estofadas. Vio a uno de ellos sacar un kebab köfte especiado de las brasas y dejar caer la carne del pincho sobre un pide fresco. detrás de la cual un hombre de largos bigotes reinaba en un pequeño imperio de frascos que contenían jarabes y frutos en conserva. desde donde podía ver a los cocineros. el que acercaba su kebab a los rojos granos de pimienta de su plato y se inclinaba para comer. a menudo buscaba algo más sencillo. las parrillas humeaban contra la pared. naturalmente. y una pequeña serie de simple meze. cuando no sentía la necesidad o la urgencia de cocinar. —¡Malditos albaneses! -murmuró para su coleto-. «Ayuda» no era la palabra adecuada. Había una mampara de cristal traslúcido. Había sido un error esperar que el hombre supiera algo de comida. En ocasiones. ¡Balat! 51 Antes de dirigirse a Balat a través del Cuerno de Oro.. Pobre Lefèvre.. pero él la rechazó. Varios trozos de carne estaban atravesados por un espetón. más estrictas que las suyas. las brochetas silbaban y crepitaban sobre las llamas. Yashim sólo tenía una. Él y el camarero decidieron lo que Yashim comería. Era una vergüenza despreciar una oportunidad. quizás. Eslek le había salvado la vida. si acaso. Yashim fue acompañado hasta un asiento en la galería.

rompió un pedazo de pide. ciertamente. en el Hipódromo.Jason Goodwin La serpiente de piedra adelante Yashim levantó la mirada cuando alguien entraba. un hombre con esposa. Agua sólo para un villorrio. Le hubiera gustado ver al tranquilo trabajador comiendo a su alrededor. La ciudad de Estambul en sí misma era una ciudad de árboles. situada en algún lugar de las colinas albanesas.. París tenía el Sena.. eran un terreno peligroso. Habiendo visto una oportunidad de escapar a la rutinaria pobreza. Era una vergüenza que Xani se hubiera visto empujado a pedir el préstamo a un extranjero. la mitad de las ciudades del Imperio otomano estaban regadas por el poderoso Danubio. Quizás no había tenido tiempo de pedir el favor en su tierra natal. Paseó su mirada por el restaurante. por donde fluían corrientes a través de los robledales y hayedos del Bosque de Belgrado. Londres. según la fórmula adecuada. que le habían salvado la vida. Había surgido una oportunidad. sifones y acueductos. Las de Yashim eran deudas de honor: deudas con aquellos como Eslek. que se extendía sobre el agua. El camarero había dicho que el agua procedía del manantial Kohrosan.. innumerables. y las ambiciones corrientes. Pero Estambul -por más perfecta que fuera su ubicación. todos y cada uno de ellos. pero salada. dos hijos. ¿Xani había dado ese paso por su cuenta?. Vivía gente extraña allí. se había agarrado a ella con ambas manos. y con otros. Se lo llevó a la boca. Sal por tres lados y medio millón de personas que necesitaban lavarse y beber agua fresca cada día. Pero el Bosque de Belgrado era un lugar solitario y abandonado.. incluso el gran y nudoso roble. El kebab de Yashim llegó. Con un trabajo adecuado. a veces se escapaba a las colinas y paseaba todo el día bajo la sombra de los árboles. otro hombre estaba repartiendo jarabe de una jarra para un refrescante khoshab. Se maravilló de no haber comido nunca allí. sería un buen hombre con quien hablar ahora mismo. Pero al menos la de Xani no había sido la devastadora deuda de los pobres. con amigos que lo ayudaban a vivirla. 87 . Eslek el vendedor. de porteador corriente a miembro de un gremio noble. desde luego. Un bonito nombre para los raquíticos manantiales que burbujeaban en la parte superior del Cuerno de Oro. Yashim percibió el olor del cordero que se estaba asando. Miembros del gremio. Las deudas. y Yashim tuvo la confortable sensación de que todo se estaba haciendo bien.tenía sólo las Aguas Dulces. era como una robusta raíz de la que brotaban otros: los cipreses y los plátanos. El viejo Árbol de los Jenízaros que se alzaba en su centro. cuando Yashim se esforzaba por mantenerse cuerdo porque no estaba completo. en Gálata. preparando una parrilla. Un hombre a quien felicitar. Observó al cocinero del kebab. No tenía nada contra Xani. y se dijo que le gustaría volver. así como el olor de las brasas de los carbones. que le daban lo que necesitaba porque eran buenas personas. Era de buena calidad. el capital podría ser devuelto. sin prisas. por supuesto. Habían pasado veinte años desde que Yashim había subido allí. Estambul era una ciudad de agua. Cogió una pieza de humeante cordero entre los dedos y reconoció su textura. En la época de Grigor y sus burlas. El cálculo era acertado. Durante mil quinientos años la ciudad había obtenido su agua de las colinas orientales.. Estas imágenes no aparecían por accidente. la especulación que conduce a la penuria y a la traición de los propios amores y creencias. el Támesis. Tuberías y canales. quizás.. Yashim estaba seguro de eso. Se sorprendió de que hiciera tanto tiempo.

Yashim sabía que Estambul obtenía su agua del bosque. demasiado caro. Eran descendientes de los serbios que Mehmet el Conquistador había establecido en las colinas. El viejo volvió la cabeza. Un rabino de larga túnica. entonces. En pleno verano algunos eran húmedos. hombres que hablaban alegremente en imcomprensibles idiomas. pero tenía sólo una vaga idea de cómo llegaba el agua a su surtidor del patio. y a los gitanos de bronceados rostros. los pies chapoteaban en el barro. Los callejones de Balat eran casi intransitables en invierno. cuyas afeitadas cabezas dejaban al descubierto las rojizas úlceras de la tiña. y el hedor de la putrefacción era dulzón y penetrante. cuyos acueductos copiaban y reparaban. Ése. Algunos niños. a las gaviotas o al adoquinado que tenían bajo sus pies. decidió Yashim. Y los miles de habitantes que bebían y se lavaban. y de vez en cuando tocando la pared a guisa de apoyo. copulando incesantemente entre los juncos. Era sólo cuestión de tiempo. pasando junto a montones de basura. 52 Justo a unos metros del embarcadero de Balat los callejones se estrechaban. De vez en cuando se detenía para preguntar el camino. Estoy buscando a Baradossa. y que daban nombre a los bosques. Los guardianes del agua habrían estado allí. Solamente los preciosos depósitos que cuidaban. un joven lampiño cubierto con una yarmulka. también. Murad Eslek aún no había aparecido. mientras se llevaba la servilleta a los labios. sorteando piedras y agujeros y agachándose bajo la ropa puesta a secar a la altura de la cabeza. pensó Yashim. tanteando el suelo delante de él con un bastón. que les cubrían el cabello y las orejas. cocinaban y reconfortaban sus cansados ojos y oídos con la música de las fuentes no prestaban más atención a ello que a los perros. los callejones eran tan estrechos que Yashim sintió que su capa rozaba sus muros al pasar. a fin de cuentas. verduzcas por la humedad. El viejo tocó la pared con sus nudillos. effendi -dijo Yashim-. era el secreto que Xani se había ofrecido a aprender. y las ranas se habían burlado de él. los guardianes albaneses del agua practicaban un arte tan vital y arcano que sus secretos eran transmitidos de padres a hijos. No era. —¿Necesita dinero? —Voy a pagar una deuda. Un hombre mayor de pequeña barba blanca se acercaba cuidadosamente por el callejón hacia Yashim. de color verde por las algas.Jason Goodwin La serpiente de piedra el perfume de la tienda de kebab le recordaba a los carboneros con sus cónicas chozas. Se frotó las manos con un trozo de limón y humedeció los dedos en el agua de un cuenco. —Perdóneme. Seiscientas piastras. escupió y alargó su bastón.. Yashim se vio encauzado entre viejas casas podridas por su base. le siguieron por los callejones. aunque él nunca los había visto. Mujeres de holgados turbantes. donde el agua se deslizaba en delgadas capas a través de losas de mármol. lo observaron desde los portales de sus casas. un petimetre de piel olivácea que llevaba unos ajustados pantalones europeos y estaba repantigado junto a un hueco de la pared.. Herederos de las tradiciones del Imperio romano. 88 .

se preguntó. Yashim volvió sobre sus pasos. -Soltó un bufido-. Piensas que es sucia y que la gente es arisca. Cuando el anciano se hubo ido. Un griego es como un niño. Y debían haber transcurrido muchos siglos desde que los judíos recibieron su estigma. eso no lo comprenderías nunca. Yashim apretó los puños de impaciencia. cada día. recordando el trazado de calles y sinagogas. pero una vez que encontró las calles más anchas recordó cómo hallar la tienda de Rebecca. —Tienes aspecto acalorado. Sabía que ella estaba en lo cierto. —Por eso somos capaces de vivir en paz. Un mechón de su pelo se balanceó por delante de su rostro. Yashim la oyó lanzar un penetrante silbido. —Nosotros somos los mismos. Podrías comer en el suelo. Me siento perdido y rechazado. Hoy son tu mejor amigo. Un niño de cabeza rapada entró con una bandeja de plata.Jason Goodwin La serpiente de piedra —¿Sabe dónde puedo encontrarlo? El viejo murmuró unas palabras y empezó a marcharse. —Ya lo sé. No hay mucho que mirar. ¿eh? Sí. ¿Comprendes lo que estoy diciendo? Yashim asintió y cogió el vaso de ayran. Balat seguía siendo un laberinto para él. Si entras en una casa aquí. Vuestra gente no busca oro en la escoria. Tomemos un poco de ayran. —¿Recuerda qué? Rebecca lo miró fijamente y negó con la cabeza. Ésta se rió. entonces ponen caras largas y sueltan desgarrados lamentos. ¿O era una promesa? Habían sido expulsados de España hacía mucho tiempo. la encuentras inmaculada. Si son dolencias y aflicciones. Yashim levantó una mano. y enfadado. les gusta alardear de ello. oscuras pecas. cuya lengua aún hablaban? ¿A ese al-Andalus que los judíos -como los moros. Rebecca. con una mata de pelo rojizo. y lo apartó con la mano.lloraban como el Paraíso que habían perdido? Aún guardaban como un tesoro las llaves de sus casas. Vació su vaso y lo dejó cuidadosamente sobre el mostrador. —Ah -dijo-. —¡Yashim! Era más alta que Yashim. Ayúdame. -empezó a protestar Yashim. como la suciedad de la calle. haciendo sonar la campanilla. cejas depiladas con elegancia y labios asombrosamente finos. No como esos griegos. Rebecca se cruzó de brazos. Rebecca se puso las manos en las caderas.. Yashim sonrió. 89 . Tengan lo que tengan. que había deambulado por la mayor parte de Estambul en su época. Y es buena. —De modo que has venido a nuestra parte de la ciudad. somos rudos. Un judío es un hombre. Cada día olvida. Es un hombre que recuerda. y mañana querrán matarte en la calle. Tenía tres dientes de oro. ¿Se debía esa actitud a España. —No.. —Me he perdido -dijo Yashim-. Rebecca lo recibió con una sonrisa irónica cuando él entró en su tienda. En un par de zancadas pasó por su lado y asomó la cabeza por la puerta. pero lo veo. Si son joyas o felicidad. llevan joyas y van por ahí sonriendo. —Yo no.

¿Lo conozco? —Estoy aquí por Xani. que chascaba en su boca cuando el hombre hablaba. —¿Cuándo? —Hará unos seis meses. sí? -Baradossa se frotó la mejilla-. ¿Sería el capital o el interés. —¿Quién está con usted? Yashim miró a su alrededor. portando una vela. —Xani no ha podido venir -dijo Yashim. Los ojos de Baradossa parpadearon mirándola fijamente. —Intereses. y apareció un ojo-. —¿Quiere retroceder y mostrarme las manos? Yashim entró en una habitación sin ventanas. Baradossa desvió la mirada de la bolsa al rostro de Yashim. que él sostenía levantadas ante su pecho como una ardilla. Dentro. ¿Y viene usted? —Vengo como un amigo. observó Yashim con sorpresa. y luego se oyó un clic. effendi? 90 . ¿Qué es hablar? -Se produjo un largo silencio. ligeramente encorvado. El frío aire apestaba a coles y a sudor. pudo oír a Baradossa murmurando para sí. aunque llevaba. hablar. El patio estaba vacío. Yashim sostenía la bolsa suavemente en su mano. Iba vestido con una chaqueta de lana oscura. —¿Conoce usted a Xani. He venido a pagar. una dentadura postiza. Su inmovilidad era expectante. «Podrías comer en el suelo». En el gélido aire flotaba un olor fétido. tapando la luz. —¿Frío? Era un hombre bajito.Jason Goodwin La serpiente de piedra —Si tu memoria es tan buena -dijo secamente-. La rendija volvió a cerrarse. —Estoy solo -dijo Yashim. había dicho Rebecca. —¿Un amigo. sí? -El viejo olisqueó-. tres pisos de galerías de madera se combaban sobre su cabeza. Baradossa dejó la vela sobre la mesa y se frotó las manos. con una tupida barba gris y blancas manitas. Tanto podría tener cincuenta y cinco años como setenta y cinco. Se abrió una rendija en la puerta. Movió la cabeza ligeramente. —¿Ah. —Quiero hablar sobre una deuda. Seiscientas piastras. —Xani -dijo Yashim-. 53 Yashim se abrió camino a través de la basura que se había acumulado en el patio. A Yashim le hubiera gustado traerla aquí. quizás puedas decirme dónde vive un prestamista llamado Baradossa. y se cubría los hombros con un chal estampado. —Hablar. El ojo volvió a aparecer. Cuarenta piastras. El albanés. Baradossa cerró los pestillos y se dirigió cojeando al otro extremo de la mesa. Rebecca apretó los labios. —Te estás buscando sufrimientos -dijo. —¿Cuarenta piastras? -Baradossa parecía sorprendido. Yashim llamó varias veces a la puerta antes de que una voz cascada le preguntara qué quería. Acercó sus labios a la puerta. effendi? Yashim hurgó en su capa y sacó una bolsa.

Perdóneme. Procedía del mar. Nunca ha sucedido nada como esto aquí. El viejo no se movía. Acaba de empezar. effendi. Baradossa desvió sus ojos hacia la mesa. Yashim sintió que la buena voluntad que lo había acompañado desde la tienda de kebab se evaporaba. Yashim se detuvo en medio de la calle. en tinta roja. Baradossa alzó lentamente los hombros hasta que casi le llegaron a las orejas. —¡No le debe seiscientas piastras! -exclamó Yashim. si no? El patio parecía brillante después de la oscuridad de la celda de Baradossa. Entonces su labio superior se retrajo en una mueca que dejaba al descubierto una fila de dientecillos amarillos. —Cuarenta piastras. Baradossa lo estaba observando. Había sido un truco. effendi? Baradossa abrió la puerta completamente y atisbo fuera. Los intereses han vencido. Xani había pagado su deuda. Levantó la mirada. si no?». Echó una última mirada a la habitación. Y luego. —Me pidieron que viniera. murmuró para sí mismo. ¿Quién. Luego volvieron a caer. en la cual figuraba en una clara escritura árabe el nombre de Xani. y la suma de 600 piastras. effendi. —Sí -repitió-. pensó. —Nunca existió una deuda. No los hubiera dejado subir. —¿Así que Xani vino y la pagó? —¿Quién. los corrió hacia atrás. una fecha del calendario judío y las palabras: TOTALMENTE PAGADA. hacia el Cuerno de Oro. Yashim se abrió camino colina abajo a través de las tortuosas calles. Bajo la rúbrica. 91 . ¿verdad? -Era una afirmación. casi inmediatamente. había desaparecido definitivamente. effendi? ¿Qué le hace pensar que quiero su dinero? Dio la vuelta a la mesa y puso sus manos sobre los pestillos de la puerta. —¿Eso es lo que le dijo a usted. no una pregunta. 54 —No sé quiénes fueron. y llevaré en este lugar cincuenta años el próximo abril. Una hoja de papel. si no? Ahora le tocó el turno a Yashim de encogerse de hombros. había desaparecido. «¿Quién. de haberlo sabido. de repente. Al menos había salvado el pequeño tesoro de Marta-. Se sentía confuso. No tenía sentido. Una brisa acarició sus mejillas. La cosa había estado allí todo el rato. En la puerta. —El mes de Tammuz -dijo Yashim sin terminar de comprender-. Éste bajó la mirada.Jason Goodwin La serpiente de piedra Yashim sacudió la cabeza de mala gana. —¿Cuarenta piastras. Yashim contó el dinero sobre la mesa. La viuda Matalya cerró los ojos y meneó la cabeza. y luego nuevamente a la cara de Yashim. Yashim no la sintió. El guardián del agua tendría que estar gozando de su recién recuperada libertad. Baradossa simplemente enarcó una ceja. Enver Xani.

-Hizo entrechocar sus encías-. al menos este año. y las alfombras llenas de polvo. ¿Cómo podría haberlo hecho. Ahora que ya lo sabe usted. Confió en que la señora Xani comprendería. Yashim aguardaba pacientemente en el oscuro vestíbulo donde ella lo había estado esperando. mi único effendi. protectores. Siguió hablando hasta que hubo conducido a la vieja señora a su apartamento. y eso es lo que les dije. mi querido effendi. pero cuando habló en albanés. Había llegado a Estambul hacía catorce años. —Estoy seguro de que tiene usted razón. Puso la tetera sobre la estufa y acompañó a la dama al sofá. —Hacía mucho tiempo que necesitaba quitarse el polvo. Xani cobraba un salario de cuarenta piastras al mes. Parecía como si estuviera a punto de llorar. —Esos hombres. no querría que pensara usted eso.? —A eso iba. Usted ya sabe eso.. Los eunucos corrientes de Estambul.. La viuda Matalya había sufrido un shock. sí -murmuró Yashim-. ¿Eran griegos? —¿Griegos? Quizás.... su madre movió la cabeza con desesperanza. no los hubiera dejado entrar si lo hubiera sabido. Amigos suyos. ¿no? —Gracias. oh. Lo ha hecho usted todo bien -la tranquilizó Yashim-. Vaya y tome una taza de té. Como he dicho. mensajeros y mediadores. Pero las alfombras lo cogen. pensé. Oigo que la puerta se abre mientras estoy limpiando. Lo vi a usted salir temprano. Por favor.Jason Goodwin La serpiente de piedra No era una mujer que se dejara llevar por la histeria. pensó Yashim. es lo mejor. servían en las familias: hacían de carabinas. ¿Puede decirme lo que ha pasado exactamente? —Dos hombres. Su madre levantó sus ojos irritados y miró tristemente a Yashim. Debe de hacer siglos desde que fueron sacadas. con el sol brillando en el patio. misericordioso effendi. 55 —Suela. Soy un lala.. y observó mientras se abría lentamente una escena de desolación. ¿no lo ha notado usted? Yo estaba pensando que era un buen día para sacudir las alfombras. dijeron. Siempre hago la limpieza por las tardes. No subiría allí ahora. Resistió el impulso de darle prisa. ¿querrás decirle algo a tu madre? Dile que me llamo Yashim. hatun. con toda esa lluvia que tuvimos en primavera? —Demasiada humedad. Un guardián. Dijeron que esperarían. tras vender su 92 . effendi. Trataré primero de explicarme un poco. No es que yo olvide mis deberes. Yashim subió los escalones de dos en dos. No podían haber sido musulmanes. La empujó con los dedos. mucho más de lo que había ganado como porteador. pero lo que hizo fue inclinar la cabeza y murmurar algo en albanés. Eran como animales -añadió. ¿Y esos dos hombres. Por las tardes. mientras él cerraba la puerta. effendi. Los ojos de Suela se ensancharon por un momento. Pero realmente no hay necesidad de preocuparse. ¿no es verdad?. —Dile que quiero encontrar a vuestro padre. los lala. y estaba llegando a la cuestión a su manera. no lo sé. La niña asintió como si comprendiera. y tenía la cabeza inclinada. La puerta en lo alto de las escaleras estaba cerrada. «Y por las mañanas también». mi effendi.

—Y en su trabajo. Suela se volvió hacia su madre. Aún vivía la madre de ella. que se limitó a mover negativamente la cabeza y mirar con tristeza nuevamente a Yashim. —Estoy seguro.Jason Goodwin La serpiente de piedra tierra en Albania a su hermano porque no daba suficiente para mantener a una familia. Tengo cuatro primos. —Dices que le gustaba su trabajo. —Y aquí tienes a Shpëtin para jugar. El instinto le decía que la desaparición de Xani no tenía nada que ver con la familia. doce años antes. Tu madre. o sólo de vez en cuando? —Sólo algunas veces. Está muy lejos -dijo Suela traduciendo a su madre. —Quiero preguntarle a tu madre. Las dos hablaron varios minutos. No. y había quedado encantada con el matrimonio. Mi padre se puso. —¿De manera que la familia no tenía enemigos en su pueblo? ¿Ninguna enemistad hereditaria? —Cuando Shpëtin era un bebé. manteniendo los ojos fijos en el suelo. Estaba relacionada. siempre estaba en casa para la cena. Fuimos en un barco. muy triste. creo que trabaja muy duro. antes de que.. —Mi madre dice que vino bastante tarde. Shpëtin tenía seis años. con los acontecimientos de la ciudad. Repitió la pregunta a su madre. —¿Amigos? La niña parecía insegura. para recordar.. —Entiendo -dijo Yashim rápidamente-. Suela asintió dubitativamente.. Cuando Suela se volvió hacia Yashim tenía una expresión pensativa. Yashim se recostó en la silla.. Yashim tiró de su labio. fuimos al pueblo. por tres veces.. la semana pasada. ¿es feliz tu padre? —Mi madre dice que es feliz. de alguna manera. ¿ha venido a veros alguien los últimos días? ¿Alguien pidiendo dinero? Pero nadie había venido. -Sus labios temblaron.. 93 . no había odio entre ellos. —Al principio.. —¿Sabes por qué? La señora Xani paseó la mirada por la habitación. y que trabajaba duro. Está orgulloso de ser un guardián del agua. —¿Tienes familia en Estambul? —El tío de mi padre estaba aquí. Me gustan mucho las niñas.. —Mis padres no tienen amigos en Estambul -explicó Suela. ¿Trabajaba las mismas horas cada día? Suela torció la cara. Yashim siguió preguntando.. Ambos padres habían muerto. Dos chicos y dos chicas. Suela estaba creciendo demasiado para los juegos de niños. con la deuda. Yo creo. ¿Todas las noches. Pero se quedaba muy tarde en el trabajo. el hermano había apoyado su matrimonio. quizás. —Estambul -susurró. ¿sabe adónde podría haber ido? Suela lanzó una mirada asustada a su madre. pero era viejo y se murió. Jugábamos cada día. —¿Dónde os hospedasteis? —En casa de mi tío. —No..

en dhows. a este gran centro del comercio mundial. y se desvanecían en una sopa. La viuda Matalya y sus damas habían realizado un trabajo concienzudo. Un inmigrante en la ciudad. los imperios no caerían. Salió del Bazar de las Especias por la puerta del norte para recorrer un serpenteante camino a través de los callejones y arcadas del Gran Bazar. De su cocina y sus provisiones sólo quedaban los cacharros de metal. de coriandro y de jengibre molido hicieron que la cabeza le diera vueltas. Sin embargo. y luego se metió en él. Se puso de pie.Jason Goodwin La serpiente de piedra —Mi madre -tradujo Suela finalmente. donde había encontrado a los porteadores de la litera la noche anterior. Se podía comer un arroz pilaf sin azafrán. antes de decidir que no necesitaba ninguno. vaciló. La tienda de Goulandris estaba cerrada. desaparecía. de procelosos mares. creo que ha habido algunas dificultades. especias picantes procedentes de todas partes del mundo. Pero quizás se había realizado una idea. llegaban a su mercado en el borde de Europa.. Quería añadir: «Vuestra deuda ha sido pagada. compró unos platos de loza. Nadie comía mejor. Lefèvre. La habitación olía a jabón. pero las vacías estanterías tenían un aspecto esquelético. 94 . nadie se moriría de hambre. Al pasar ante la entrada del Bazar Egipcio. traídas aquí. Montañas de vivido polvo rosa en cada puesto. La ciudad aún vivía. y respiraba y comía y dormía. los hombres podían ser asesinados. de Persia y de Arabia y de las islas de los Mares del Sur. en caravanas de camellos y de mulas. se había cumplido un sueño. de comino. ¿no? Por algo tan trivial y efímero.» Pero las palabras se atascaron en su garganta.dice que tenía problemas con el agua. de las costas de la India y las montañas de China. No había ningún dinero en su cadáver. por las que se había luchado y robado. Por una idea tan inmaterial como el perfume que se alzaba de los montones multicolores de semillas molidas. nada cambiaría si un vendaval esparciera todos aquellos polvos a los cielos. Los ricos aromas de canela y clavo. 56 Yashim descendió por la colina junto a la Sublime Puerta y cruzó por delante de la Nurisyane. los cazos y los cuchillos. ¿Por qué? Nada había sido robado. cruzando los pasos de legendarias cadenas montañosas. simplemente para dar color y sabor a su dieta! El bazar era una fuente inagotable de tesoros. ¡Qué mundo habían construido los hombres! ¡Qué aventuras emprendían. Las piedras mismas del bazar seguirían oliendo fuertemente a especias durante mil años más. Yashim hizo una pausa. un guiso o un arroz. mareado por la reflexión. en carraca. como si llevaran un significado que nadie quería oír. que se esforzaba por mejorar su posición y mantener a sus hijos. —Sí -dijo Yashim lentamente-. a través de desiertos. finalmente. Muerto por un libro.. Los suelos estaban fregados. Sí. quizás: algunas observaciones sobre una ciudad que ya no existía. trocadas y compradas. se quedó dubitativo ante una selección de candados ingleses. al parecer. los pensamientos y recuerdos de hombres que hacía mucho tiempo que habían desaparecido. muerto en la calle. Compró un chal nuevo y examinó algunas de las viejas alfombras korassianas. y finalmente se encaminó a casa a través del Bazar de los Libros. Las paredes habían sido nuevamente enjalbegadas y brillaban a la dorada luz de la tarde. había gente dispuesta a morir. adquiriendo cada vez más valor hasta que. Su patrona había encontrado un tapiz para el diván y reemplazado algunos de los cojines. pero no se habían llevado nada.

Miró también por la abierta ventana. con el trocito de ámbar gris descansando sobre su barriga. Les dio la vuelta a las berenjenas y regresó a la ventana. observando cómo su hermano jugaba en el suelo con un palo y una expresión de concentración en su rostro. ¡Pobre Marta! Este asunto de Xani debía de estar trastornándola más de lo que había pensado. Se dirigió a la ventana y miró abajo. 95 . la más extraña de las especias. se encajó en él con las rodillas levantadas. pensó. de la panza de la ballena. cogió tres berenjenas y las limpió con un trapo húmedo. se preguntó. ¿Adónde diablos. arroz. el Gillius en la mano. Su olor era dulce. con un sentimiento de culpa. arrojó unos trozos de carbón y sopló hasta que prendieron. pensando en lo que iba a hacer. Regresó a su asiento. por lo que Yashim había oído. con un gruñido de desconcierto. Harina. levantó la sartén hasta su nariz y olió. había olvidado la pimienta. la especie turca. Frunció el entrecejo. Palieski olisqueó el aire y luego su vaso. mientras deslizaba su dedo por la superficie del aparador. antes de darse cuenta de que había algo insólito en la habitación. Siguiendo un impulso. El papel doblado contenía un único taco de ámbar gris. Suela. luego cogió un pedacito de mantequilla y lo dejó caer en una pequeña sartén. desconcertado. y una botella no muy lejos. Las depositó sobre los carbones. El ámbar gris se recogía en el océano Atlántico. Tendría que buscar nuevos recipientes. aunque no empalagoso. y se sacaba. se puso de pie y se acercó para mirar las flores. era también irresistible. al callejón. se encontraba sentada bajo el árbol. el perfume más intenso del mundo. Su mirada cayó sobre el aparador. Palieski tuvo la impresión. 57 Stanislaw Palieski se había instalado en el asiento de la ventana de su sala de estar con una copa junto a su codo. de pétalos rizados. el gran vencedor de los turcos en Viena. Yashim se recostó en el diván. impregnando el aire. Se inclinó fuera y gritó: —¡Elvan! Volvió a la cocina. donde la mantequilla se fundiría. La niña. a centenares de millas de distancia. Estaba perfectamente limpia. desempaquetó su cesto. había ido a parar aquel desgraciado? 58 Yashim removió los fogones. Miró a su alrededor.Jason Goodwin La serpiente de piedra Yashim se sentó en el borde del diván y desenvolvió un paquetito del Bazar Egipcio. Contempló el aparador durante bastante rato y luego. Una porción de mantequilla. situado bajo el retrato al óleo de Jan Sobieski. penetrante. y los pies apoyados en la contraventana. Poco a poco su perfume se esparció con sigilo por su desnuda habitación. de manera que la colocó. poseyéndola invisiblemente. Marta había confeccionado un jarrón muy hermoso de tulipanes de floración tardía. y tan rara que un sultán había sido censurado por usarla en su barba. Estaba vacío. de que la mujer lo había encerado. envuelta en papel. y tomó un sorbo. capaz de impregnarlo todo. Mientras el carbón se calentaba. a un lado del fogón. aceite. «Todo resultaba muy extraordinario».

¿Quién está ahí? 59 El rostro de madame Mavrogordato tenía una expresión rígida. empezaron a formarse blandas migajas y luego una bola amarilla. —Puedes guardarte el cambio -dijo. Yashim lanzó una moneda. Un niño se encontraba de pie en el callejón.Jason Goodwin La serpiente de piedra —¡Elvan! La mantequilla se estaba deslizando por la sartén. volvió a dar vueltas a las berenjenas y se dirigió a la ventana. En la embajada francesa. —¿Elvan? -gritó. e hizo una mueca. madame. Yashim recordó los brazos de Mavrogordato sobre la mesa. Al cabo de un par de minutos empezó a raspar la piel con el borde de la hoja. apareció la carne blanca. Y pimienta blanca. effendi. Tomó un buen pellizco de harina con la mano izquierda y empezó a espolvorearla lentamente sobre la mantequilla. Muy cuidadosamente. Dimitri. La carita adoptó una expresión de herida inocencia. Elvan levantó una mano. Yashim! El niño levantó la mirada. Calentó nuevamente la sartén y con lentitud empezó a añadir leche. Sin acusar a nadie. gota a gota. y luego hacia el cuchillo que descansaba en el tajo. monsieur Mavrogordato le lanzó una furtiva mirada y se sirvió de una fuente de cordero. En el otro extremo de la larga mesa. si puedes conseguirla -gritó Yashim. Mientras lo observaba. y el niño la cogió al vuelo. —¿Quién es? -gritó-. Bajo la ennegrecida piel. de manera que la removió con una cuchara de madera. que se abría lentamente hacia dentro. —Puedes quitar el cubierto de Alexander. que seguía agitándose. Mavrogordato cogió su cuchillo y su tenedor. como siempre hacía. Elvan entró con una jarra de leche y un sobrecito de pimienta. con el más suave estilo diplomático. en Pera. Yashim frunció el entrecejo. —Un poco de leche. Oyó el clic del picaporte y sintió un hormigueo en el cogote. con las manos en las caderas. sin apartar los ojos de la sartén. Yashim envolvió las berenjenas con un trapo. Se oyeron unos golpecitos en la puerta. dejó a un lado la sartén. —Sí. por favor. Machacó las berenjenas en el mortero. Madame Mavrogordato observó que el criado colocaba la bandeja en la mesilla lateral. observando que empezaba a burbujear. Y dile que su padre quiere verlo. Cuando las pieles estuvieron chamuscadas. Palabra por palabra. y Yashim se rió. puede comer en la cocina. Afiló un cuchillo. —¡Elvan! ¡Soy yo. 96 . Miró hacia la puerta. dando mucho a entender. —¿Te has acordado de que la quería blanca? —Desde luego. Quitó la sartén del fuego. Cuando venga. la acusación contra Yashim estaba cobrando forma e hinchándose. el embajador estaba escribiendo su informe. Dimitri se retiró.

el banquero deseó no haber cambiado de tema. Su cuchillo oscilaba con inseguridad sobre el cordero. delante de ella. Retrocedió un paso. Las manos de su marido se congelaron en medio del aire. Una extranjera. Llevaba una capa de viaje azul ribeteada de satén. Mavrogordato volvió a asentir. Yashim hizo un gesto señalando el diván. Esta vez quiero que hables con Alexander.. Se oyó a sí mismo decir: —Entrez. descansaba en el suelo.. monsieur Mavrogordato.. —Es usted Yashim.Jason Goodwin La serpiente de piedra —¡Vaya! -La voz de la mujer era como un filo cortante. Mavrogordato asintió. se llamaba Yashim. La mujer levantó ambas manos y se echó la capucha hacia atrás. relajadas. Tras una pausa cogió nuevamente el cuchillo y el tenedor. Si sigue por ese camino. alisó la capa a sus espaldas y se sentó en el borde del diván. —¡Vaya! ¡Eres capaz de comer! —Tenemos que comer. —No podemos permitir que fracase ese matrimonio. —Una reputación. -Y se agachó para coger su bolsa.. y éste observó cuán alta era. Ella se movió en el mismo momento. je vous en prie.. Yo soy madame Lefèvre.. monsieur Mavrogordato. casi tanto como él. y un par de ojos también castaños lo miraron fijamente. uno debe elegir entre la deshonra y la muerte. monsieur Mavrogordato -salmodió ella-. —Un individuo extraño vino a verme hoy -dijo con un tono indiferente. n'est ce pas? Su voz era suave y ligera. Mavrogordato asintió. Madame Mavrogordato lo miró fijamente. Su cabeza tembló suavemente. —Eh. Madame Mavrogordato no dijo nada. pero tienen. Christina. con asa de cuero. Cinco minutos más tarde. La mujer cruzó con gracia la habitación con sus largas piernas. cuando el cordero de Mavrogordato se hubo petrificado en el plato. ah. —Deshonra. madame. Había una mujer de pie en el dintel. Yashim asintió. Parpadeó. por favor. No podía decidirse a pronunciar la palabra. Unos rizos castaños cayeron sobre sus hombros. Con una sacudida 97 . y la capucha subida para ocultar su rostro. Una pequeña bolsa de viaje. —Vamos. ¿Dónde está mi marido? Yashim sintió que se le agolpaba la sangre en los ojos. Sus manos entrelazadas. Christina. y sus hombros se rozaron. Madame Lefèvre paseó la mirada por el apartamento de Yashim. incapaz de hablar. Creo que es un eunuco.. —A veces. Y la chica Ypsilanti tiene casi diecisiete años. Dejó el cuchillo y el tenedor suavemente junto a su plato. a su lado. —Tres bien.. o nos moriremos -dijo Mavrogordato con voz triste. Los dedos de Yashim se relajaron. 60 Yashim cogió el cuchillo y dio unos pasos hacia la balanceante puerta. Los Ypsilanti puede que no sean tan ricos. se va a ganar una reputación.

. bechamel. Yo añadiré la leche. La mujer tomó la jarra y cuidadosamente dejó caer un chorrito sobre la sartén.. -Se puso un dedo sobre la nariz y cerró los ojos-.. Aún estaba caliente: madame Lefèvre tenía razón. y luego desabrochó el cierre de su capa y se puso de pie de un brinco. Recorrió con la mirada su pequeña cocina-. también? ¿O solamente aprueba? -Frunció el ceño. Debajo de ésta... Yashim parpadeó de asombro. La luz del sol del atardecer daba un tono de color cobre a sus rizos y realzaba la curva de su mejilla. Cogió la sartén y la dejó nuevamente sobre las brasas. aplastando la bola de harina. —¡Si nos damos prisa. antes de que sea demasiado tarde... Dile lo que tiene que saber. Ella hizo una mueca que significaba: «¿Qué puedo decir?» Yashim se pasó la mano por la frente. Ella le lanzó una cansada mirada.. n'est ce pas? —Nosotros lo llamamos miyane. Estaba catalogando algunos de los hallazgos de mi marido. —Ah. cerca de los pies de la mujer. —Por favor -dijo. podían verse las puntas de sus negros escarpines asomando por debajo del dobladillo.» —E ¿imam bayindi? ¿«El imán se desmayó»? Yashim sonrió. Usted remueva. madame. No tenía ni idea. levantando un dedo-. La dejó en el suelo. ¿Acaba de llegar a Estambul? —Desde Samos. «El sultán lo aprobó. Soy. no será demasiado tarde! -Madame Lefèvre se quitó el cabello del hombro y cogió la sartén-. funciona! 98 .. hünkar beyendi. Es hünkar beyendi. —Hünkar beyendi -repitió ella-. Se miraron mutuamente a través del mango de la sartén. «Debo decírselo -pensó para sí-. tenía que seguir o se echaría a perder. solamente. eran enormes. soy feliz entonces. —No. Madame Lefèvre.. Bajó la mirada y vio el cuchillo aún en sus manos. monsieur. Y cuando usted cocina. Debo decírselo ahora. alargando la mano en busca de su bolsa.. que aún estaba en las manos de Yashim. Sus ojos. llevaba un vestido de algodón estampado. —Perdóneme -dijo madame Lefèvre. mantequilla y leche con una cuchara. Se dio la vuelta para dejarlo. ¡Imam bayildi! Huelo las berenjenas. sí. y luego otro y otro. He interrumpido su felicidad. observó Yashim. -La mujer vio la jarra de leche y miró dentro de la sartén-. ¿no es feliz. —Sí.Jason Goodwin La serpiente de piedra de la cabeza deslizó una mano bajo sus rizos para liberarlos del cuello de la capa. ¿Qué significa? —Significa. como un sultán.» —No es imam bayildi -dijo. sus ojos estaban sonriendo. —Estaba cocinando cuando llegó usted -dijo tímidamente. No sabía qué más decir. Deténla. Éste lo había olvidado. Está usted haciendo. pensó Yashim. Madame Lefèvre levantó la mirada. Vuelva a decírmelo. Era muy feliz. Yashim se rió.. —Y usted. —¡Mire.

y también para reunir sus pollos en el corral. madame.. -Cerró los puños-. por la belleza del plato. bonita -canturreó. —¿Qué está usted diciendo. La viuda la cogió suavemente. Ayer. No se perdió nada importante.Jason Goodwin La serpiente de piedra La miyane empezó a esparcirse por el fondo de la sartén. Quizás pasaron la idea a Francia. Y tengo terribles noticias que darle. ¡aquí lo tenemos! -Hojeó las páginas-. —Catalina de Medici -dijo madame Lafèvre. Debería ser muy pálida. —Ya está -dijo él-. es una bechamel -dijo ella. monsieur? ¿Que no es seguro? Pero ¿qué quiere decir? -Su voz adquirió un tono agudo-. -Ésta era una de sus teorías preferidas. -Se dirigió a las estanterías-. ¡Escuche! -Entonces recordó-. lo tenía hasta ahora. ¿Dónde está Max? ¿Dónde está mi marido? —Está muerto -dijo Yashim. en efecto.» Quizás tenga usted razón. Mantequilla. ¿cómo habían llegado a ese punto tan pronto?-. He perdido un montón de mis libros recientemente. —¡Así lo creo yo! -Yashim sonreía con deleite-. Madame Lefèvre pareció interesada. Quizás no directamente. Los ojos de la mujer se ensancharon. Alargó una curtida mano. —No creía que tales cosas sucedieran en Estambul -dijo madame Lefèvre-. Estaba precisamente leyendo esto: «Los cocineros de la segunda mitad de 1700 llegaron a conocer el sabor de la cocina italiana que Catalina de Medici introdujo en la corte francesa.. Pare. —Siempre usamos pimienta blanca -explicó-. Estambul no es seguro. levantando sus plumosos hombros. —Anda. Lo leí en Carême. Los italianos estuvieron en Pera. —Madame Lefèvre -dijo-. 61 La viuda Matalya salió al patio. con la gran pala que utilizaba para sacudir sus alfombras. —Bueno -dijo Yashim con vacilación-. harina. Pienso que así es. No es en absoluto seguro. —No importa. Se sintió torpe al decirlo. Pero me temo que el apartamento ha quedado un poco desnudo. Carême. —¿Un plato viajero? ¿Por qué no? Quizás lo hemos aprendido de ustedes. —En effet. La gallina se agachó hasta tocar el suelo. se la colocó bajo el brazo y le retorció el cuello.. Un poco de leche se deslizó por la boca de la jarra y mojó la mesa.. Debía de referirse a su marido. 99 . —¿Le robaron? Yashim sonrió... Ahora le tocó reír a la mujer. Al menos. —Es una receta muy antigua en esta parte del mundo. —Mon Dieu! ¡Carême! —Es una suerte que todavía lo tenga -reconoció Yashim-. Él era consciente de su propia piel pálida. Alargó la mano en busca de la pimienta. ¿Max? Yashim frunció el ceño. Max siempre me cuenta lo seguro que es.

No tenía realmente mucha hambre. La cabeza del ave colgaba de su rodilla-. 100 .. Lefèvre no hubiera sido el hombre que habría imaginado para ella. Mientras que su mujer. Ella le había hablado como a un amigo. pobrecita. —La verdad es que yo tengo un buen susto. pero. A él.. Empezó a desplumar la gallina. difícilmente sabía qué pensar.Jason Goodwin La serpiente de piedra —Eras demasiado vieja. Los alimentaba y ellos la alimentaban a ella. Miró a su alrededor en busca de un trocito de pan o una galleta. Algo más que su belleza lo había afectado. Una no creyente. Cruzó la casa con la gallina en las manos. y luego las alas. un auténtico clamor.. Tendrían la sangre aguada. —La sopa es lo mejor -le murmuró al ave-. -Hizo una pausa y formó un dibujo con sus dedos. y en absoluto lo que esperaba a mi edad. y así eran las cosas. concluyó. como si se conocieran desde hacía mucho tiempo. y lo comías cortado en pedazos. de todos modos -dijo con tono de reprensión.. de todas las posibles apariciones. Estupendo para después de un susto. Una mujer extranjera. 62 Yashim dio unos toques a la costra que se había formado sobre la miyane.. la más inesperada. no se podía negar. Madame Lefèvre había sido. que tenía permitido caminar por el harén del sultán. naturalmente. era bueno tener un poco de sopa para cuando una sufría un disgusto. ¡en mi casa! Dio un irritado tironcito y rasgó la piel del ave. Le dio la vuelta a la gallina en su falda y empezó a arrancarle las plumas del pecho. ¡Cómo había gritado cuando su marido se murió! Un día entero. recogiendo al pasar un cesto de detrás de la puerta. y se sentó en un pequeño taburete en el callejón. Se fue hacia el diván y se sentó cogiéndose las rodillas. contra el mal de ojo-. La viuda Matalya hizo un poderoso esfuerzo de imaginación. también. Ningún marido ahora. ¡Estaba tan trastornada! A las francesas debía afectarles de otra manera. también -prosiguió. quizás. Miró por la ventana a través de los tejados.. El fuego estaba casi apagado. Bueno. ¡Miyane! Es lo que uno hace cuando un invitado aparece inesperadamente. Se preguntó cuántos pollos habría desplumado en su vida. Debían de ser centenares. Un poco de arroz. Y como eres vieja harás un buen caldo. dejando caer las plumas en el cesto. Debería irse con su propia gente. —Mira lo que he hecho. por supuesto. Le echabas un poco de pasta. podría ser. Es un trastorno. demasiado reservado y con pocos modales. No sintió ninguna urgencia de volver a empezar. Tal vez uno tenía que estar con su propia gente para dejarse ir como Dios manda. Una mezcla más espesa. entre docenas de mujeres escogidas en todos los rincones del imperio solamente por sus encantos. El sol se había puesto. el lugar estaba vacío. Y. No es que fuera glotona. y lo hacía con indiferencia. desde luego. Habían incluso reído juntos. pero la pared contra su espalda aún estaba caliente. Lo había sorprendido su belleza. ¡y tan lejos de su madre! Trabajó sobre las patas.

poco después de la salida del sol. El patio estaba silencioso.Jason Goodwin La serpiente de piedra Ella le había hecho reír. Yashim empujó la teja con su babucha. llamó con más fuerza. luego tomó por un desalentadoramente estrecho y tortuoso callejón tan deprisa como se atrevió.. Otro fragmento de teja yacía en el suelo. Llamó suavemente a la puerta de la celda de Baradossa. Mavrogordato. Salían temprano. de un respetable banquero. Sobre su cabeza.. Doscientos francos. tantos pequeños comercios en la ciudad con los que los judíos podían ganarse precariamente la vida! Limpiaban zapatos. y de vez en cuando una aislada raya de luz indicaba un postigo cerrado. llenos de energía. Nadie vino. ¡Doscientos francos! Yashim dejó de mesarse los cabellos.» La idea lo pilló por sorpresa. Los judíos eran moradores de ciudad: trabajaban las calles como si fueran surcos en la tierra. y la cabeza de una mujer apareció destacada contra la tenue luz. podía conseguir. por lo que Yashim sabía. agotados. luego la volvió a levantar y siguió su marcha. pero al día siguiente él tendría que llevar a madame Lefèvre con su propia gente. gritando «¡Carta! ¡Carta!» durante todo el día. Un postigo se abrió ruidosamente arriba. recogían trozos de papel y metal. al lado de la puerta. eran unas seiscientas piastras. 63 No era totalmente oscuro aún cuando Yashim llegó a Balat. un niño. Puso mala cara ante la idea. vendían flores. las puertas se cerraban de golpe. los pobres judíos corrían hacia casa con las menguantes luces.. y volvían a casa tarde. deambulando por sus accidentados callejones y sucias calles a fin de reunir unas pocas piastras para la bolsa familiar. Desde el otro lado de la ciudad. Quería llegar donde el prestamista antes de que se hiciera oscuro. podía distinguir las oscuras filas de balcones. Y él se había sentido demasiado embriagado para decir lo que sabía que se tenía que decir. —¿Qué es?[1] —Estoy buscando a Baradossa -gritó Yashim como respuesta. La viuda tenía un corazón bondadoso. apoyó su carga débilmente contra la pared. «Los judíos -pensó. al cabo de unos minutos de silencio. ¿Qué había averiguado por Mavrogordato? Sólo que un francés. tal como los vendedores de papel hacían en la Grande Rue. regresando pesadamente a Balat. ahora que pensaba en ello. Demasiado cobarde para romper el hechizo. la clase de préstamo que un albanés de la misma ciudad tenía que pedir a un usurero. Dio unos pasos hacia atrás y casi tropezó con una teja rota. y luego. como si éste fuera su pueblo. Yashim había visto pueblos más sucios y decrépitos que Balat. No tenía ningún conocimiento del ladino. con un traje europeo. Hizo una pausa para recordar el camino. ¡Había. transportando lo que Yashim reconoció como una pila de papel. La cabeza desapareció y un brazo se alargó para cerrar el postigo. Debía de haberse desprendido del tejado inclinado del 101 .están volviendo a casa. Respondería por el momento. A la embajada otra vez. El niño estaría en su puesto al día siguiente. Borrosas figuras rozaban contra él en los callejones.. la lengua judeo-española.

Descendió por la pendiente. le quitó el globo y aplicó otra cerilla a la mecha. para dejar que resbalara. quizás una serie de habitaciones. Giró en redondo. Dejó la lámpara sobre la mesa. Cuando la llama azul empezó a extenderse volvió a colocar el globo y recortó la mecha. 600 PIASTRAS. indeciso. En lo alto se abrió una puerta y Yashim oyó la voz de una mujer. pese al ruido que había hecho al caer a través del tejado. La puerta se cerró de golpe y el hombre bajó pesadamente por la escalera. Al pie. desde más de un metro de altura. pasando por delante de dos puertas. Se le ocurrió que Baradossa podía aún estar allí dormido. Yashim lo abrió con su mano libre. hasta que la llama le quemó los dedos. Yashim la cogió y la sacudió suavemente para comprobar si tenía combustible. Luego se puso de cuclillas sobre la brecha y silenciosamente levantó una teja. De la habitación de debajo no surgía ninguna luz. 102 . y pasó las páginas hasta encontrar lo que andaba buscando. y la depositó cautelosamente a su lado. Ahora pudo ver que había otra sala. En el último momento. Yashim renunció a esperar a que la mujer reapareciera y se inclinó para mirar la teja. Esperaba descubrir una cama en la parte trasera de la habitación. Siguió el balcón hasta la esquina. Yashim se relajó. perdió el agarre y se deslizó bruscamente entre los listones. como si pudiera delatar su posición. manteniendo los pies sobre las aristas. Levantó también un poco la de al lado. más allá de una puerta. desde el otro lado del balcón. que registraban el recibo mensual de cuarenta piastras. y colocó sus pies sobre el tejado. al pequeño tejado. en tinta roja: 200 FRANCOS FRANCESES.Jason Goodwin La serpiente de piedra porche de Baradossa. como si quisiera atisbar en la oscuridad. cuando trataba de mantener su posición. Se puso de pie. Los listones estaban separados unos cuarenta y cinco centímetros. se dio la vuelta. Se preguntó por qué se había caído. Yashim vio que ponía la mano sobre la barandilla y se inclinaba hacia delante. El libro descansaba sobre la mesa. En su primera visita. Al cabo de unos momentos el hombre se rehízo y retrocedió bamboleante hacia la escalera. Yashim serpenteó por encima de la balaustrada. En una repisa junto a la puerta encontró una caja de cerillas. se enderezó y lanzó un suspiro. cayendo. Luego dio un paso hacia atrás. Al llegar al rellano de la primera planta. que se balanceó peligrosamente. a la luz de la vela. y se encontró mirando abajo. Sólo podía distinguir de dónde había caído la teja rota. con sus fechas. Bajó al patio y salió al callejón. donde había un boquete entre las tejas. aproximadamente a medio camino del tejado. con prudencia. al suelo. y se frotó la rodilla. Regresó al patio y levantó la mirada hacia la escalera de madera que conducía a los balcones. Dio con el codo contra una mesa y sus dedos se arrastraron por encima de ella hasta que encontró una lámpara de petróleo. le había resultado imposible ver la pared del fondo. Un débil resplandor iluminó la habitación. Un hombre le respondió bruscamente. Yashim apoyó su peso sobre los listones y se deslizó por el agujero del tejado. Los peldaños crujieron cuando subió por ellos. TOTALMENTE PAGADOS. Deslizó sus dedos en el hueco y la teja de debajo se desprendió con un seco chirrido. pese a sus llamadas a la puerta. pero el silbido que hizo una de ellas al encenderse lo asustó. Había cinco anotaciones debajo. exactamente en el mismo lugar de antes. era ahogada pero estaba llena de ira. XANI.

Cualquiera que subiera para mirar por encima de los balcones vería la luz a través del agujero que él había hecho en el tejado. con la 103 . El corazón le latía con fuerza. Sonaba como si estuvieran usando la empuñadura de un bastón. una horrible guirnalda de alambre y hueso. Alguien llamó a la puerta. El viejo prestamista lo miraba de reojo desde el suelo. que Xani había tenido un amigo. La mueca no iba dirigida a él. y luego -de forma incongruente. Con un repentino fogonazo. Yashim era reacio a apagar la lámpara. El ardiente globo le quemó la mano y se separó de la lámpara. en el patio. Un grupo de hombres. Baradossa estaba en casa. Se oían varias voces fuera. En su sueño veía la lívida cara de Baradossa. Los pensamientos de Yashim se dirigieron a un francés. Entró tranquilamente por la puerta principal en la silenciosa casa. Giró el pomo lentamente. vio que no se trataba de Baradossa sino de la serpiente de bronce que lo miraba fijamente. La agarró con fuerza. cuya esposa se encontraba dormida en el apartamento de la viuda Matalya. retrocedió asombrado cuando Yashim pasó corriendo por su lado. Yashim corrió hacia la puerta principal y abrió los cerrojos. Yashim dio un brinco hacia atrás.el ruido de pasos sobre piedra. más listo que los demás. los brazos alzados delante de él. Doscientos francos. como si hubieran crecido. Yashim escuchó atentamente. su barrio. sin la menor duda. Se llegó hasta la puerta interior y aplicó el oído a ella. Aquellos dientes artificiales se habían abierto de golpe y deslizado hacia delante en la boca del muerto. al alzarse las llamas. Parecían estar saliéndose de su rostro. Yashim había visto muchos cadáveres en su vida. Corrió sin detenerse hasta llegar a Fener. Un hombre habló muy cerca. dejando la puerta cerrada por dentro. Quienquiera que lo hubiera matado había escapado de la misma manera que Yashim había entrado. Uno de ellos. mirando a Yashim. sin mirar alrededor. A través del tejado. Había otra posibilidad. Estaba sentado rígidamente en el suelo. Lo que había sido su pecho ahora no era más que una sangrienta confusión. los sonidos procedentes del patio se estaban filtrando a través del agujero en el tejado. el mutilado cuerpo de Baradossa se había ido poniendo rígido lentamente. Y un libro sobre la mesa. 64 Yashim dormía mal. no después. el petróleo vertido se encendió. Con el rigor de la muerte. No obstante. La lámpara casi se le resbala. se lanzó a agarrar su capa. Luego los ojos del muerto se oscurecieron y. Le desconcertaron los dientes. Oyó voces encima de él. empujó la puerta y entró. que se estrelló en el suelo. No se percibía ningún sonido. ahora muerto. ¡Fuego! ¡Fuego! El instinto natural de Yashim hubiera sido ayudar a apagar el fuego. —¡Yangin-var! -rugió-. pero esta vez no. fuera.Jason Goodwin La serpiente de piedra Yashim levantó la cabeza y escuchó. Yashim tiró de ella bruscamente para liberarse y corrió hacia la calle. levantándose por sí mismo del suelo donde yacía. El judío había sido asesinado aquella tarde. y los dientes salidos. los tendones de sus brazos se habían tensado. Un libro que demostraba. Alguien que había saldado su deuda en buena plata francesa.

Pero los libros eran la gloria del arte otomano.. la vez siguiente. excepto por mí. y él hacía mucho tiempo que había conseguido distanciarse de ella. y pescó algunos de ellos a la luz de las antorchas. en todos los países. su carne sería insípida. Leyó el pasaje nuevamente.. ¿Qué pasaba con el hombre cuya casa se alzaba sobre la cisterna?. lo que despertaba menos sospechas de que hubiera una cisterna allí. Gillius describía el trazado de la ciudad. preguntándose qué podía significar «Nunca descubierta excepto por mí». Se había edificado en toda la zona. se lo habían destrozado.. Lo descubrí después de que el amo de la casa encendiera unas antorchas y me llevara a remo por aquí y por allá a través de las columnas. analizando Santa Sofía en detalle. Debido al descuido y desprecio de los habitantes por todo lo que es curioso. Cuando despertó. con referencia a fuentes antiguas. ciegos quizás. ¿Un lago subterráneo.. Y Lefèvre estaba allí. Encendió una lámpara y cogió el libro de Gillius.. metiendo dinero por las fauces de la serpiente. y están sujetas a la decadencia causada por el tiempo. Hojeó el libro de Gillius y lo abrió al azar. tratando de compararla con el ejemplar de Lefèvre. lleno de peces? Se preguntó qué sabor tendrían esos peces. Primero alguien había registrado subrepticiamente su apartamento... ¿No la había descubierto? ¡Con un bote. Había algunas observaciones sobre el Hipódromo y la Columna de la Serpiente. Por casualidad. entré en una casa donde había un camino que bajaba a ella. 65 104 . pescando a la luz de una antorcha. La cisterna sigue existiendo. Estaba muy decidido a capturar los peces que abundan en la cisterna. lo hizo con una duda en su mente. dejando sólo algunos granos de arroz esparcidos. nada menos! Yashim sonrió para sí. pálidos. Yashim escribió una nota a lápiz a su lado. Todas las demás ciudades tienen sus períodos de buen gobierno. Para Yashim la pena era una emoción que no acarreaba más que peligro.Jason Goodwin La serpiente de piedra terrorífica amenaza implícita en la victoria. Sólo Constantinopla parece pretender una especie de inmortalidad y será una ciudad mientras viva la humanidad. al cabo de una larga y diligente búsqueda. Un hombre remando en un botecito debajo de Estambul. Pasó la página. en todas las épocas. Típico de los eruditos. Notó que su concentración iba empeorando. los eruditos son todos iguales. Se acordó de alguno de sus libros con una punzada de ansiedad. Lo más probable era que Gillius se hubiera inventado toda la historia. y él poseía algunos que consideraba un tesoro. y subí a bordo de un pequeño bote. Yashim parpadeó. y sus murallas.. nunca fue decubierta. bien sea para habitarla o para reconstruirla. Pero la imagen lo desconcertó. en su traducción francesa. que era un extraño entre ellos.

—Madame Lefèvre -empezó-. Está muy lejos de su gente. —Está bien. pero era como todo el mundo. No sabía qué sugerir. la viuda Matalya le llevó algo de comer. Más vale que recupere energías. Está bueno. es tan dulce. Sé lo que siente. —Incluso para mí. Ha sido usted muy amable. Habrá muchas lágrimas todavía. Amélie estaba sentada sobre el tocón de una vieja columna. Pero es tan cruel. —Es un pan bueno.. Luego cogió una aceituna y se la metió a la joven en la boca. con los ojos cerrados.. puede usted hablar con ella? Yashim la encontró en el patio.. Entonces levantó la mirada. —Sobrevivirá -dijo más tarde la viuda Matalya a Yashim-. y al siguiente.. —Pensaba decírselo directamente.. Coma -añadió-. la mujer no decía nada. muy animada. fue un golpe.. cuénteme.. La única palabra que conoce es chai. Es usted un verdadero bombón. simplemente la miraba fijamente con ojos tristes. cómo sucedió. bajo la sombra de una higuera. Señaló los platos uno a uno. apretada contra su cabello.. Luego. La joven puso su mano sobre la de la vieja y la mantuvo allí. La dama franca se había despertado horas antes. en la parte trasera de la casa. ¡Aprenda a sonreír de nuevo! Apenas tiene usted veinticinco años. y ¿quién sabe qué caballero franco no va a pegar un brinco ante esa sonrisa? -Alargó una mano y acarició el cabello de la muchacha-. Y tiene un cabello precioso. Al menos dejan algo detrás. Lo.. La viuda Matalya se sentó en la cama. ladeando la barbilla-. Se detuvo. lo siento mucho. Queso. Aceitunas. La mujer dijo algo. y una taza de té. La viuda Matalya lo había considerado más adecuado. Ella bajó los ojos hacia el suelo. había estado a punto de decir. Oyó la respiración de la mujer.. Las aceitunas son buenas -dijo amablemente-. Tomó la manita blanca de la otra mujer entre las suyas y le dio una palmadita. Y no sabía cómo. No es que pida mucho. por una vez. con una nueva blusa y la falda que había llevado el día anterior. un día. Pero ella no podía presumir. cuando iba a verla. effendi. —Chai -dijo tímidamente. se han ido. —Pan. -Se dio una palmadita en el estómago. 105 . Frotaba una hoja de higuera entre sus dedos. diré en su favor. —No había esperado. Quizás era franca. monsieur. Yashim pensó que su aspecto era adorable. Con cuidado rompió un pedazo de pan y lo mojó en el aceite de oliva. son sólo unos niños. ¿Por qué nos debería sorprender? Los hombres siempre corren arriba y abajo. como un pajarillo. diría. Los tenemos y luego los perdemos.. acarició la mejilla de la joven-. Sus gruesos rizos estaban sujetos con una cinta y llevaba el cuello desnudo. pero. Un precioso pajarillo. —Por favor.. La mujer franca le brindó una pequeña sonrisa. -Su voz se apagó. Finalmente. La viuda Matalya sonrió y asintió con la cabeza. de forma totalmente inconsciente..Jason Goodwin La serpiente de piedra La viuda Matalya se balanceaba de un pie al otro. Pero al menos. Yashim apartó la mirada. Bueno. La viuda Matalya asintió animadamente. Pero ¿puede usted.. La joven se incorporó en la cama. Aunque tenía los ojos enrojecidos.

sería su único contacto hoy con la gente que iba filtrándose y abriéndose camino a través de las calles de la ciudad. El hombre no los oía. Su hoja era muy brillante y muy afilada. No podían estorbarlo mientras se movía a través de la ciudad. Yashim pensó que nada de lo que ella pudiera haber dicho le habría hecho sentirse tan pequeño.Jason Goodwin La serpiente de piedra Y Yashim se lo contó. Desde lo alto de los minaretes. La multitud no significaba nada para él. Fener. y colgaba abiertamente de su cinto sin ninguna funda. Al igual que una cucharada de agua sacada de un tanque. el destino de un hombre no fijaba ninguna diferencia para la gente de Estambul. y la multitud seguiría moviéndose a su ritmo fijado... Siguió las instrucciones. Era la hora de la plegaria. Ellos pueden cuidar de usted. monsieur Yashim. -repitió ella lentamente. como si tuviera algo metido allí. effendi. Pasó de largo la esquina que conducía hacia Bayaceto. haciendo que pareciera que se habían hecho amigos. No prestaba atención a las multitudes que iban a las mezquitas. y de qué forma había buscado su ayuda. porque era más grande que un solo hombre. El hombre de la daga sabía eso. —La llevaré a usted a la embajada -dijo. bebería y comería. y prosiguió a paso rápido hacia la tercera colina. Yashim abatió la cabeza. la primera vez que se habían visto. Bayaceto. Se hundiría en el agua. Cumpliría su encargo. —Usted lo envió a la muerte -dijo ella. que no estaba cerrada. la gente no lo preocupaba. y la historia del barco y del bote. aunque su mirada estaba fija en la oscuridad. Ahora me parece. Los ojos de la mujer buscaron su cara. Se enderezó. No pensaba que lo estaría... 66 El hombre de la daga se movía tranquilamente a través de la ciudad. Localizó la puerta. —Su gente. Antes de marcharse. En Fener se movió de la oscuridad a la luz. asustado. La ciudad rezaría. Se quitó la cinta del pelo y con una sacudida de la cabeza dejó caer en cascada el cabello sobre sus hombros. Yo soy Amélie LefÈvre. 106 . Le habló de la manera en que Lefèvre reapareció más tarde. —La embajada. —Lo siento. Con todo. temblando. omitiendo muy poco. y se lavaría. —No tenía ni idea -dijo-. pensó. Sultanahmet. dando los giros familiares. los almuecines estaban llamando a los creyentes a sus devociones. Éste. El apetito de la ciudad no habría cambiado. Ahora Bayaceto estaba detrás de él. Tenía un encargo que cumplir. Hizo usted todo lo que pudo. Habló de su cena del jueves. —Así era él -dijo ella-. siempre al mismo ritmo. Creo que fue a encontrarse con alguien. Perdóneme. La mujer se inclinó para deslizar su dedo entre el cuero de su zapato y la media. Nadie (y menos que nadie la embajada) cuida de mí. sin más. Y los secretos serían preservados. madame -dijo él-.

107 . De vez en cuando pulsaba una de las cuerdas y jugueteaba con las clavijas. —Imagino que tenía algún otro motivo. y tenía un tapón de cera-. 67 Yashim se dejó caer pesadamente en el viejo sillón del salón de Palieski. que relacionaría a Lefèvre con Xani. —Lefèvre saldó una cuenta de Xani. —Así lo creí. se inclinó hacia delante en su taburete y dio un golpecito a la puerta del aparador. Quizás Lefèvre abordó a Xani y le prometió una fortuna por averiguar si las serpientes estaban realmente aquí. Encontró las escaleras. Son terriblemente pesadas. Yashim miró al techo. Yashim lanzó un gruñido. Palieski. —¿Crees que se asustó? Yashim ignoró la respuesta. y Xani ha desaparecido. Y yo conservo las cabezas. —Quizás tú eres el asesino. —¿Sabes. Y sintió confortablemente en su mano el peso de la daga. ya fue pagada. con su violín. —No le gusta el calor -explicó-. Yashim suspiró. Yashim. Pero ahora Lefèvre está muerto. —Muy decente por su parte. Las puse debajo de mi cama. Mata a Lefèvre. La puerta se abrió sin producir ningún sonido. Tienes el motivo evidente. Quizás está muerto también. Tan silenciosamente que pudo oír el murmullo de una vieja hablando consigo misma. el único tesoro que poseo francamente? ¿Qué es realmente mío? -Cogió el arco. Pulsó las cuatro cuerdas. Mi padre compró una caja entera el año que yo nací -dijo Palieski vagamente-. Ésta es la última botella. Lefèvre no tenía por qué saber que Xani no venía mucho por aquí. Mata al judío. —Es gracioso que lo menciones. como tú la llamas. en realidad. que eran oscuras y angostas. que sacó de su cinto.Jason Goodwin La serpiente de piedra Entró silenciosamente. Dentro se encontraba una botella. Mata a un viejo y anticuado librero con el que trataba. Palieski. Era chata y de color verde.. El embajador estaba sentado en un taburete. Pero Xani llevaba semanas sin aparecer por la casa. parece que he adquirido un ángel de la guarda. Palieski se acercó su violín y empezó a afinar una clavija. En lo alto de la escalera habría otra puerta. —Buena idea -dijo Yashim. —La fortuna. Está muy seco. Por otra parte -añadió animadamente-. Alguien que no quiere que las pierda. Le convenían. —Se me ocurrió la idea. Cerró el aparador con la punta de su arco. —¿Has comprobado que las serpientes aún están aquí? Palieski levantó la mirada hacia el techo. —Las cabezas.. Xani desaparece. Y así la pista se enfría. Las saqué del armario precisamente ayer. Martell. O lo desprecia.

tuviste la mejor oportunidad.. Fue a coger el violín para esquivar la mirada del embajador. 68 Yashim encontró a Amélie Lefèvre en su propio diván con un libro en las manos. Dígame. —No pensaba hacerlo. Uno era un librero. Pero tú. Pero tengo algunos contactos. —¿Cree usted eso? Yashim devolvió el libro nuevamente a la estantería. otro. Amélie pestañeó. ¿sabes? -dijo Yashim con rigidez. Él lo cogió y leyó el título en el dorso. El gremio más antiguo de la ciudad. un prestamista.. y se balanceó en el diván-. y todo eso. Su amigo levantó la mirada. De Lacios: Las amistades peligrosas. —¡Monsieur Yashim! —¡Madame! Ambos se quedaron mirándose fijamente. o adónde es probable que haya ido. Me gustó mucho. —Tenía curiosidad.. —¿Y ahora? —Han muerto tres hombres -dijo él-. De todas maneras -añadió. ¿verdad? Creo que deberías mandarla fuera por algún tiempo. Sostenía en sus manos un delgado volumen. nunca estuvo implicada. Dígame quiénes son los otros. Mueren seis o siete personas. Su marido fue el tercero. —Trae mala suerte -replicó Yashim. Ambos sabían instintivamente que Marta rehusaría-. supongo. La mujer pegó un brinco cuando él entró. —Lo haré -dijo Palieski. —Debería hablar con la gente de Xani. y encontré algunos libros.. —No esperaba. No creo que uno pueda dejarse caer por allí y mantener una charla. Libros franceses. —No lo había leído -dijo ella. La puerta no estaba cerrada. —Estamos en peligro. Quizás ellos sepan dónde está. ¿Y tu madame Lefèvre? —Mi madame Lefèvre. no conmigo. —Me sentía sola. como tú la llamas. —Mi marido -repitió. mirando hacia el violín de Palieski-.Jason Goodwin La serpiente de piedra —Motivo sí. 108 . sin demasiada convicción. Luego. —¿Marta? Ella ignora lo de las cabezas de las serpientes. -Deslizó el pulgar por el dorso del volumen-. Palieski. Son gente muy cerrada. se aloja con la viuda Matalya. Yashim. —Eso es lo que tú dices. Se rodeó con los brazos las rodillas. Amélie fue la primera en recuperarse. me imagino. Pero ellos no saben eso. Y quizás Marta también. —Lo leí en una ocasión. —¿El gremio de guardianes del agua? -Palieski lo miró con expresión dubitativa-. -Palieski sonrió y dejó a un lado el violín-. ambos empezaron a hablar al mismo tiempo.

perdóneme. agradecido. Yashim parpadeó con sorpresa. Su voz sonaba amarga. Pero era un hombre.. Monsieur Lefèvre pagaba por tener información. —Pensé. —¿Max? —Por favor. Debía dinero a un prestamista. —¿Sí? ¿Quién? Yashim midió el café en el cazo de cobre. Abrió la puerta con una daga. ese librero. a la estufa. Usted y Max se parecen. —¡Usted! -La mujer lanzó un bufido-. Pensaba que era usted su amigo. —Sabe usted mucho -dijo Amélie. ¿No le gustaba a usted? Mi marido. Yo pienso que está muerto. quiero decir. ¿Qué pasa con eso? —El prestamista estaba muerto. —¿Una daga? Amélie unió sus manos bajo la barbilla.. Luego un poco de griego. A él le gusta comprobarlo todo. luego se corrigió-: Le gustaba. Abrió la puerta. Quisiera saber qué estaba buscando. el prestamista. quiero decir. Después de que llegara usted. —Yo pensaba. —Voy a hacer café -dijo Yashim-. Yashim pensó: «Está sola. -Hizo una pausa. En cierto sentido. —Así que Max pagaba por información. —No lo sé. —Lo siento.Jason Goodwin La serpiente de piedra Yashim se sentó a su lado. cuando fueron amigos.. Yashim sintió que los cabellos se le erizaban en la nuca. —Parecía un bandido. Max. Se limitó a... —Perdóneme. —Me escribió sobre usted -dijo ella-. —¿Cómo iba vestido? Amélie se mordió los labios nuevamente. —Sí. Por favor. por un momento. realmente. —No comprendo. mirar fijamente. creo. -Yashim metió el cazo en las brasas-. Se dio la vuelta. monsieur. —Había un librero -empezó. Y le habló de Goulandris. su marido ha muerto. Pero se marchó.. El hombre al que pagó ha desaparecido. Su marido le pagó: doscientos francos. desde luego. dejando colgar sus brazos entre las rodillas. —Pues ¿quién lo mató? Yashim dejó caer su cabeza.» Hizo un gesto hacia el diván y se sentó donde ella se había sentado la primera noche. Amélie se dirigió a la estufa y se inclinó sobre ella. yo pensaba que éramos iguales. que podía haber sido su marido. —¿Dijo algo? —Probó en francés. Amélie se mordió el labio. —Vino un hombre -dijo ella-.. —El prestamista que encontré anoche -prosiguió Yashim-.. 109 . Amélie se puso de pie. ¿Querrá un poco? Ella asintió. y Yashim se volvió. Max era muchas cosas.

. había llegado a creerlo. como un helecho blanco tierno-.la gente elige a su gusto. en la oscuridad? Ése era siempre el punto de partida al que Yashim volvía una y otra vez. Para él. las tres serpientes entrelazadas en qué. Amélie no replicó nada. -La mujer vaciló-. Una valiente partida: así. Una mujer joven e inteligente. Estábamos trabajando en Samos. teníamos el dinero que mi padre me dejó al morir. y la mano levantada. Creyendo lo que leía en los libros. la despedida de Lefèvre. también.. —Algunos griegos. ¿Qué la hizo a ella elegir a Lefèvre. también.. El café borboteaba.. Max devolvía los griegos a la vida. en Estambul. su oreja era pequeña y delicada. Y la vida oculta también: Amélie. Al menos yo lo pensaba así. Yashim levantó el cazo por su largo mango y dejó que se asentaran los posos. El paseo a través de las desiertas calles. ¿qué otra cosa había planeado cuando subió al bote. incluso. Sabe usted. no se lo llevó de vuelta a Samos. —¿Personas? Yashim había tenido la impresión de que Lefèvre trabajaba solo. Con una herencia. establecido y hablando de arqueología y de Troya y de las cosas que ella leía. una aficionada a la lectura y. al menos. Para ella. las luces de los esquifes brillando en el Cuerno de Oro. —¿Su marido no le dijo por qué había venido? —Para encontrarse con algunas personas que conocía -respondió la mujer. -Yashim se acordó de la Columna de la Serpiente.. Sirvió dos tazas. Pero. —¿Cuánto tiempo llevaban casados. Ella movió negativamente la cabeza y se encogió de hombros. con todos sus secretos? Los encuentros. Las insinuaciones. hasta una pequeña excavación arqueológica puede costar mucho dinero. Yo quería ser arqueóloga también.. Y estaba interesado en los griegos más recientes. ¿Era posible creer eso de Lefèvre? Pero. pensó Yashim. Ella parecía tan. con Lefèvre. una ayudante leal.. la vida que deseaba. 110 . Debían de haber formado una extraña pareja. Quizás. Pero Max tuvo mala suerte en la Bolsa. ¿por qué no?. ¿Cómo la había encontrado Lefèvre? En su país -eso Yashim lo sabía. creo. por supuesto. erudita. ¿Una victoria?-. madame? —Cinco años. y. Al parecer estaba dispuesto a abandonar a su mujer. Lefèvre había conseguido un poco de dinero. Los hombres de su misma edad se alejarían de ella. Entonces algo lo asustó.Jason Goodwin La serpiente de piedra Se dio la vuelta y la miró. le pasó su taza a la mujer y se sentó. pensó Yashim. fresca.. con aire de incomodidad. que lo ayudaran. Ella era el secreto más sorprendente de todos. nada era completamente cierto. y trató de llegar a Francia.. —Fue a ver a Mavrogordato. Sus ojos se encontraron. con su marido. —Siempre me he sentido fascinada por el mundo antiguo. Yashim trajo el café al diván. -La mujer se echó para atrás los rizos. si no era así.. creyendo en ellas. Max esperaba que podría encontrar algunas personas aquí.. Y entonces llegó Lefèvre. no los alentaría. con una cara que le decía a Yashim todo lo que quería saber. sí.. —Los antiguos griegos. Yashim frunció el ceño. el banquero -dijo Yashim. Yashim la vio claramente. más viejo. Era una pregunta. entonces. Amélie sabía leer mejor un libro que el carácter de un hombre. De manera que teníamos un problema. Los griegos bizantinos.

en vez de ello. en los años veinte: los años revolucionarios. Grecia. Son la misma gente. Los otomanos siempre habían comprendido que los hombres se comportaban bien o mal. Le ponía enfermo oírles hablar. ¿no? ¿Por qué iban a ser los griegos modernos mejores. procedían de los orígenes más humildes. de Goulandris.. y aquel poeta inglés que Palieski había mencionado. —¿Qué va a hacer usted ahora? -tuvo que preguntar. —Solíamos discutir sobre eso.. cuántos francos se habían visto atraídos por ese país. a veces. o peores? ¿O mejores o peores que otros hombres? Todo el mundo era nuevo. sus iconos. —Tengo que ir a palacio -explicó él-. y ahora Lefèvre.. Cómase esos pastelillos y hábleme de la gran ciudad.. Max no estaba de acuerdo. decía. a una raza de. cada mujer. en los años veinte. La muerte y el intento de asesinato le interesaron. Millingen.. Amar a Grecia. reflexionó Yashim. Eso fue lo que lo convirtió en arqueólogo. no porque fueran griegos. entonces? ¿Descubrieron. o serbios o campesinos de Anatolia. Se acordó del hombre de la daga.acariciándose la barba en el diwan mientras formulaban alguna gran política de Estado. Pero muchos grandes pachás -muchos grandes visires. No tiene usted más que estudiar sus mosaicos. Soñando con los antiguos griegos. Era extraordinario.. búlgaros. llega inocente a este mundo. serbios. pensó Yashim.Jason Goodwin La serpiente de piedra Amélie hizo una mueca.? ¿De qué? ¿De asiáticos infantiles? ¿Qué esperaba esa gente? ¿Una raza de socráticos? Los antiguos griegos habían matado a Sócrates.. sin ahorrarse ninguno de los detalles que sabía que a la mujer le encantarían.. Yashim era otomano.. 69 Llegó una muchacha trayendo té de menta y baklava en una bandeja. A veces la elección estaba limitada. No salga usted. sino porque elegían un camino por sí mismos. sólo un franco. Él decía que los bizantinos eran degenerados. ¿Qué pensaba usted? —Yo decía que eran gente espiritual. Yashim se lo contó todo. seleccionaban las herramientas que deseaban en su viaje a través de la vida. sin embargo. —Lo ayudaré a encontrar al hombre que mató a mi marido -dijo ella. había dicho Millingen.. —Una palabra no puede herir. asiáticos. apreciar esas cosas. ahora que todo el mundo se ha ido a Besiktas. ¿Sufrieron todos una decepción. Tienen tan pocas cosas que hacer. Pasó años en Grecia. y odiar a los griegos. Yashim sonrió. sí. Le facilitas al hombre adecuado unas buenas herramientas y él les dará un buen uso. podía cometer semejante error. Los llamaba. pero lo 111 . Justamente lo que temía. Exactamente lo que él había esperado. Griegos. Decía que había tenido demasiados amigos griegos para hacerse ilusiones sobre los bizantinos. Le habló del espantoso asesinato ocurrido cerca de la Grande Rue. de su propia aventura en el bote y de los dos hombres que habían llegado a destruir su piso. —Son estas chicas las que me dan un poco de pena -observó la Valide-. Pero saben que yo no puedo seguir para siempre. Cada hombre. —¿Entendía el griego? ¿El griego moderno? —Oh.

Movió la cabeza de manera que su mejilla pasó a descansar sobre los dedos. aunque tiene algún otro título estos días. —Papel para notas. -Observó que las comisuras de la boca de la mujer se endurecían-. su compatriota -empezó. Pero también me hace reír. por supuesto. y ni una sola cosa que pasaba allí. —¿Orgulloso. —Quelle sacrilège! -murmuró. —Enfin. Hábleme usted de los antiguos griegos. era un buen toque. —Espero no habérselo estropeado -dijo Yashim. Quizás lo ha restaurado usted. y lo miró-. Es un viejo amigo. No estoy muy relacionada actualmente. La Valide le lanzó una maliciosa mirada. Esa «consulta». No me reiré de su acento. él trata con los guardianes continuamente. me gustaría consultar al maestro del gremio de los guardianes del agua. Yo le 112 . ¡Pensar que haya hombres capaces de semejantes actos! Eso debe de hacerle sentirse orgulloso. tal vez pueda escribir una nota. Yashim. —No lo creo así -dijo. Y con este atisbo de provocación. pienso. pensó... puede usted leerme un poco de este libro. un poquito-. Pero en estos tiempos la gente es demasiado tímida y educada. bien sur. Hagamos un trueque -sugirió-. Yo no llegué a Valide como recompensa por mi politesse. su cabeza bajo la luz del sol. —Et alors? -La Valide se encogió de hombros. Es bueno oírle hablar a usted. Yashim. écraser les autres a la merde! -Levantó una delicada ceja-.. totalmente horrorizada-. El bostanci del sultán podría ayudar. pensó Yashim.Jason Goodwin La serpiente de piedra que la fascinó de verdad fueron los detalles del bestial comportamiento de los hombres en su apartamento. Ser odiado. Yashim oyó su risita. ¿Qué está leyendo ahora? Pero. Está sentada allí. —Podría hablar durante días -dijo ella. La Valide reprimió el inicio de una sonrisa. Siga. Mientras tanto. y usted ha venido a buscar un libro.. o alguna tontería de ese tipo. amigo mío. en un palacio medio desierto. y no me gusta. el debilísimo tintineo de sus espuelas bajo la ironía. incluso si los detalles no son apropiados para los oídos de una vieja dama. Comisario de Obras. es una señal de carácter. 70 —Cuénteme -dijo Yashim-.. Ella conocía aquel nuevo título perfectamente bien. apoyando la barbilla en sus manos. su colección ha sido destruida. Yo no tengo apetito. Valide. Amélie yacía boca abajo en el diván. Por el arqueólogo. y. —En absoluto. y una pluma -le dijo a la muchacha que respondió a la llamada-. es otra cosa lo que yo quiero. dulcificando la historia con una pequeña mentira-. Sólo un gallina no tiene enemigos. o en Besiktas. La Valide hizo sonar una campanilla de plata. correr riesgos. No lo entiendo. De modo que no tema. Valide? —Mais. Estar al lado de los amigos. se le escapaba. —No. Le tocó el turno a Yashim de lanzarle una mirada maliciosa.. tome otra pasta. le tendió un ejemplar de Rojo y negro.

Cada noche. —El mismo sultán -murmuró ella. y usted lo hará de su pueblo. En francés. el Sava y el Danubio. Él alargó una mano y tocó la curva de su cadera. Le habló de la victoria de Solimán en Belgrado. el Donador de Leyes. En tiempos de la poesía. Lenta. Es una larga y agotadora marcha.. Roxelana. hasta que estuvo mirando a Yashim. Tiene veintidós años cuando conduce su ejército a Belgrado. Porque. Era un verdadero poeta del amor. Tenía el cabello rojo y una piel de un blanco pálido. de todos los sultanes. pero lo era -insistió Yashim-. Amélie abrió los ojos y lo buscó con la mirada. Los otomanos. medir las expresiones más elevadas de amor y tristeza y remordimiento. 113 . primero -dijo.. defendida por las huestes de la Cristiandad.. Cruzó las piernas y se sentó junto a ella en la ventana-. Solimán el Magnífico. pero amaba a una de ellas por encima de las demás. como una pluma al viento. en el que cada hombre trataba de superar al otro con la belleza de sus palabras.Jason Goodwin La serpiente de piedra hablaré a usted del momento más magnífico de la antigua Grecia. Yashim levantó la cabeza. tenía lugar un diwan de poesía. Estaba sonriendo.. —Ah. era el que más amaba a una mujer.. con vacilación. de su merodear por las fronteras de Austria.. inexpugnable. se acercó a él. —La guerra. Amélie se quedó quieta durante unos momentos. Bajó la mirada. -Descansó su mejilla contra la palma de su mano y sus caderas se apretaron contra el tapizado diván-. Transcurrió mucho rato antes de que ninguno de los dos pudiera hablar. Como Solimán. Era. Oyó que Amélie dejaba escapar un resoplido.. Decían que era rusa. Sus labios se tocaron.. Pero el sultán es el mejor de todos ellos. —Le hablaré de un poeta -dijo Yashim-. Estaba muy cerca. —¿Cómo se llamaba? ¿El sultán-poeta? —Solimán. Su momento de grandeza. Tenía centenares de mujeres (las más hermosas muchachas de la Circasia y los Balcanes). el Magnífico. Solimán. —Conforme -dijo.. y un pequeño mechón de su cabello castaño le había caído a través de su mejilla. la guerra. El brazo de Amélie se deslizó alrededor del cuello del hombre. —Iba usted a hablarme de los griegos -dijo Yashim. Hábleme de la paz. que se alza entre dos ríos. Los ojos de la mujer estaban cerrados. Se casó con ella. entonces. —¿Diferente? —Fiero. Con un sultán que se rodea de poetas. —Parece usted diferente cuando habla así. La Ciudad Blanca. Sus hermosos ojos se desplazaban de los ojos a los labios de Yashim. Arqueó la espalda y levantó la cabeza... así como unos expresivos ojos oscuros. y su humillación en la ciudad de Buda. Y suavemente recitó las líneas que sabía de memoria. ¿Época de guerra? ¿O un período de paz? Amélie sonrió. Éste se sentía como ingrávido. Rimar. El sultán Solimán. —Ah. y su conquista de Rodas dos años más tarde. -Yashim enderezó su espalda-..

abriendo un espacio en su mente que siempre había mantenido cerrado.. Yashim se separó de ella una vez. Cuando lo hubo hecho a su satisfacción se echó hacia atrás. sentándose sobre sus talones y supervisó la obra. 71 La luz del sol se deslizaba a través del diván a medida que avanzaba la tarde. El niño no levantó la mirada cuando Yashim se acercó y se puso en cuclillas a su lado. La dejó leyendo a Gillius. Volvió a clavar el palo en la tierra. Quería la luz. apoyando la espalda en la pared. Marta dijo que había ido a dar un paseo. luego fue rodando lentamente hasta llegar a descansar sobre su borde dentado. Yashim miraba fijamente la figura del suelo. —Recuerde. esperando librarse de la dolorosa pesadez de sus miembros. e invitó a Yashim a entrar y aguardar. El muchacho colocó la bola en la zanja. 72 Palieski no estaba en casa. era lo mínimo que podía hacer. desconcertado. Captó una última ojeada de la mujer sobre el diván: su cabello bajo el sol. Quizás algo en esto provocará un recuerdo. Aquella tarde. De nada servía. con la abolladura en su parte superior. 114 . Suavemente lo atrajo otra vez hacia ella con grititos como un pájaro. Amélie lo había invadido. Había venido andando. Ella mostró comprensión. pero el niño no reaccionó. La bola flotó un ratito. Yashim le brindó una sonrisa. Necesitaba aire. pero no hizo ningún esfuerzo por tocar la bola. El pequeño estuvo fuera unos minutos. En el extremo más bajo el niño había excavado un pequeño agujero en el terreno. —En este momento -dijo ella. una corta y poco profunda zanja que descendía suavemente de un extremo al otro. El pequeño se levantó y se fue. Se sentó en lo alto de las escaleras. un dedo sobre su mejilla y la curva de su cadera como una ola que podría ahogarlo. El niño miró hacia abajo. Levantó la mirada hacia Yashim por primera vez. observando al niño que jugaba en el patio. Muy cuidadosamente depositó la jarra sobre su base y empezó a verter agua del recipiente en la zanja. abrir sus constreñidos pulmones. —Es sólo porque la bola tiene una abolladura -dijo Yashim tranquilamente. luego lo dejó sobre el suelo y empezó a pulir los lados de la trinchera que había excavado. De su deseo. Puso sus dedos sobre sus labios. El niño suspiró. Dejó el palo a un lado y empezó a suavizar los costados del agujero. y había lágrimas en sus ojos. bajo el sol. Gillius escribió sobre un mundo desaparecido..Jason Goodwin La serpiente de piedra Amélie sonrió y le tocó con un dedo la punta de su nariz. El pequeño estaba arrodillado junto a la pared delantera y cavando en la tierra con un palo. La bola estaba hecha de estaño y tenía una gran abolladura. Volvió transportando una jarra y una bola. —Max nunca me besó así -dijo ella finalmente. —Me sentaré aquí -dijo Yashim.estoy más interesada en los otomanos.

«No habla -pensó Yashim-. Fruncía el entrecejo y se mordía el labio. mientras el niño se precipitaba a través de una nube de mujeres de anchas caderas. y faltando unos cuarenta para llegar a la cima de la colina. a medida que leía. estirando el cuello para no perder de vista la afeitada cabeza del niño. Leía con rapidez. sólo una escalera exterior hecha de piedra. balanceando las piernas. a unos ochocientos metros del hogar de Yashim. por el lado contrario. que deambulaban por el puerto. jadeando por el esfuerzo. Cruzaron el barrio del bazar. con la barbilla entre las manos. Una esbelta muchacha que llevaba un pañuelo que le cubría la cabeza y el rostro se metió entre ellos. como si tuviera miedo de romper un hechizo. mirando la puerta. El niño se precipitó colina arriba. sin volver la cabeza. allí estaba otra vez. sosteniendo un dedo entre las páginas del libro para marcar el punto. ausente.» Yashim se levantó y alargó su mano. y su cabeza pareció encogerse dentro de sus hombros. sus palabras son formas carentes de sonido dentro de su cabeza. abriéndose paso tozudamente entre ellas sin echar una sola mirada hacia atrás. Cuando hubo acabado de examinar el libro. Yashim lo alcanzó. y por un momento Yashim perdió de vista al pequeño. jugueteando con un mechón de su cabello. Yashim se preguntó si el niño recordaba que él lo estaba siguiendo. No tenía ni idea de que fuéramos a ir tan lejos. demasiado cansado y sobrecargado para quejarse. Yashim tenía razón. su atención concentrada en el viejo libro que su marido había dejado en el piso de Yashim. que subía desde la calle hasta una pequeña puerta de madera. Yashim las iba esquivando. Delante del Patriarcado. situado al otro lado de la calle. bastante rígida. enjalbegado. —¿Dónde la conseguiste? ¿De tú papá? El pequeño levantó la mirada. con una barandilla enlucida. y en una ocasión. —Te mueves deprisa -dijo-. siguiendo un laberinto de callejones donde Fener cedía el paso al asentamiento judío en Balat para llegar a la cima. La facilidad y el gesto experto de sus 115 . y por tanto. con las manos en el regazo y una expresión profunda. igual que ésta -dijo Yashim. El niño se subió él solo a una pared baja y se sentó. se levantó y paseó alrededor del pequeño apartamento lanzando una ansiosa mirada a la ventana. su expresión cambiaba. Los ojos del pequeño se desviaron de la cara de Yashim hacia un edificio bajo. de vez en cuando dando la vuelta al libro en sus manos con el fin de leer los diminutos garabatos pardos que decoraban los márgenes del texto. y de nuevo hacia Yashim.Jason Goodwin La serpiente de piedra —Puedo conseguirte otra. se irguió. 73 Amélie yacía en el diván. 74 El niño caminaba deprisa. No había ventanas. Cuando alcanzaron a la multitud. sonreía. la multitud se dispersó. saltándose a veces páginas enteras. -Ven conmigo -dijo. Éste volvió la cabeza para mirar. en Fener. se detuvo y miró a su alrededor por primera vez. Pero no. El niño no se movió. en sus claros ojos castaños. Yashim tropezó contra un porteador. con charshafs. Allí. sus hombros encorvados para resistir la marea de personas que bajaban por el Cuerno. La suya era una cara expresiva.

en torno del han. Al llegar delante del Bazar de las Especias. y éste asegurado por un candado de hierro. víctima del polvo y el sofoco de empinados callejones donde el terreno era accidentado y estaba abarrotado de escombros bajo los pies.» ¿Era eso lo que Xani solía decir? ¿Eran las palabras que su padre utilizaba? Yashim miró a su alrededor. Resultaba difícil para la mujer caminar como una natural de Estambul. En el han se dio la vuelta y se metió por un callejón empedrado que corría bajo los muros del Palacio Topkapi. Volvió a mirar a la pared donde el niño había estado sentado. entonces. Cruzó hasta las escaleras y subió por ellas. situada en lo alto de la blanca pared al otro lado de la calle. falto de aire. balancear las piernas. —Es allí. en otra vida. pudo distinguir los aleros caídos de la fuente de Ahmet III. —Quédate aquí. Vuelvo dentro de un momento. sobre los tejados. tocándose la nariz. reconoció el cerrado balcón desde el cual el sultán siempre había inspeccionado marchas y procesiones. El niño se había ido. En lo alto miró otra vez en torno suyo. donde los mercaderes se sentaban con las piernas cruzadas delante de sus tiendas. Yashim volvió a mirar la puertecita. La mirada del niño bajó al suelo. Por su lado pasaban porteadores. sacos de grano y cajas. 116 . el archimandrita. ¿verdad? La tensa carita no se movió. La visión la hizo sentirse sedienta. Fuera había sufrido calor intenso. Mucho tiempo atrás. observar. «Quédate aquí. Levantando la mirada. le había enseñado a forzar una cerradura. 76 Tardó Yashim un momento en ajustar sus sentidos cuando hubo cruzado la puerta. pudo ver que la ladera caía hasta las antiguas murallas de la ciudad. y ahora lo estaba haciendo sola. cambió de dirección y empezó a seguir por la calle que conducía desde la Nueva Mezquita al antiguo han de Riistem Pachá. 75 La multitud la absorbía. La calle estaba vacía. su revestimiento de mármol cincelado con versos coránicos. Yashim deslizó los pestillos y la puerta se abrió sin producir el menor ruido. La multitud se iba haciendo menos densa ahora.Jason Goodwin La serpiente de piedra movimentos hicieron pensar a Yashim que lo había hecho muchas veces en el pasado. aquellos grandes muros con franjas de ladrillo que habían sido construidos por los emperadores un millar de años antes. ella atrajo las miradas de curiosidad. Permaneció cerca de un grupo de mujeres con charshafs. al frente. inclinados bajo terroríficos paquetes. Más allá. en tanto que los sonidos de la ciudad nunca estaban lejanos. Grigor. La puerta estaba cerrada con pestillo. mientras avanzaban torpemente por el Cuerno de Oro. y más allá de ellos las colinas del Bosque de Belgrado. y se metió la mano en la camisa. Encontrar un lugar para sentarse. Yashim vaciló. tal como Amélie había sido consciente de que ocurriría. Esperar. sosteniendo el pañuelo cerca de su cara.

observando la forma en que los tanques estaban dispuestos contra las paredes. El agua salía por ella en un flujo constante. Y en la erupción de resplandor. Miró hacia atrás. Se agachó y se metió en el túnel. en el cual el agua discurría tan ampliamente y con tan poca profundidad que su movimiento era imperceptible. el borboteo del agua y su eco líquido procedente de las paredes y el techo. Yashim fue descendiendo de depósito en depósito. se veía la boca de un túnel bajo. mucho más grande que todo el resto. Mientras observaba. Yashim avanzó cautelosamente. Levantó la mirada. En el tanque grande. Yashim hizo lo único que podía hacer. Cuando respiraba profundamente sentía como si el aire lo estuviera purificando desde dentro. Y en el mismo momento un gran rayo de luz iluminó el tanque y los depósitos de agua. las pequeñas cañerías. el agua parecía negra hasta que salía a través del borde: «Así es como se reparte el agua». Parecía imposible que un solo caño como aquél pudiera dar servicio a tantas personas en toda la ciudad. por un grifo practicado en la pared. pisando los bordes. sus oídos captaron un nuevo y más suave sonido. cada uno de ellos más alto que el siguiente. y los surtidores y las fuentes. Su descarga no era más gruesa que el brazo de un hombre. pensó Yashim. inagotable. aproximadamente a un metro ochenta por debajo del tanque donde se encontraba Yashim. de avanzar a través de la tenue luz y sumergirse en la resplandeciente y negra piscina que se extendía a sus pies. Incluso si todos los desagües. Inquebrantable. Yashim pudo ver los pequeños orificios practicados en las paredes donde el flujo era canalizado por todo Estambul. Hacía frío en el sifón. el túnel nunca llegaría a rebosar. una serie de negras y pequeñas bocas.. 77 Muy lejos. y en diversos lugares alrededor de su borde el agua rielaba cayendo en tanques más pequeños. a la espita.. Algunas de ellas estaban taponadas con trapos. La mayor cantidad de agua que podía fluir por él procedía del grifo de arriba. El sudor se enfriaba sobre su piel. como una mujer que trata de ver en la lejanía en un día soleado. El túnel lo desconcertaba. sintiendo que el aire se enfriaba más a cada paso. Amélie retrocedió y se cubrió los ojos con su mano libre. Algunas estaban abiertas. Sintió el impulso de reír. en el otro extremo de la ciudad. El gran tanque estaba alimentado. la corriente se retorcía y doblaba como si estuviera viva. La puerta se abrió de golpe. y envió enormes ondas de sus reflejos a través de las paredes y el techo. Yashim se llevó los brazos al pecho. hasta donde podía ver. como madrigueras de serpiente. Yashim se estremeció involuntariamente. fueran obstruidos por trapos. una bola de plata cayó de la espita y flotó suavemente a través del gran tanque. como barreños. balanceándose sobre el ancho borde del tanque grande. 117 . Mirando a su alrededor. En el depósito más bajo de todos. y cada uno dejando que el agua borboteara a través de su borde para caer al depósito de abajo. frotándose las manos arriba y abajo.Jason Goodwin La serpiente de piedra Pero a medida que sus ojos se iban adaptando a la débil luz que brillaba encima de su cabeza. y levantó los brazos para sentir el aire.

con dificultad. Vio las grandes puertas de bronce. un tributo a la fuerza romana y a la fe de los romanos en la piedra. esbelto como un ala de pájaro. En esos últimos días. negras. Cinco pasos. Empezó a moverse a lo largo del borde del depósito como Yashim había hecho momentos antes. miró hacia atrás. hacia la luz. antes de los últimos días de mayo de 1453. Vio el color rojo ocre del gran tambor sobre su cabeza. Amélie bajó la mano. volvió a moverse y desapareció de la vista. Ella había visto el Panteón de Roma. hacia la Gran Iglesia. 78 Yashim se introdujo en el túnel como una serpiente que desaparece en su madriguera. listos para el asalto final. una cosa más que quedaba por hacer. y el gran arco que se curvaba encima de ellas. esculpidas en mármol. El hombre se puso de pie. con los otomanos preparándose fuera de las murallas. y se detuvo. sus decorativos forjados casi invisibles bajo el resplandor. Al frente sólo había oscuridad. Y en la cima. Vio los revestimientos de plomo de la cúpula. Sólo había. levantó la mano para dejar que sus ojos se dirigieran hacia arriba. Yashim podía verle las rodillas. que habían sido fundidas dos mil años antes en las arenas de Tarso. cuya maciza y enigmática mole ella había descubierto en la gran obra de los sabios napoleónicos. Vio. vio una media luna de plata sobre su esbelto soporte. Levantó los brazos para enmarcar la visión entre sus dos manos. Había permanecido despierta por la noche. El hombre se arrodilló. Las ventanas del tímpano. muy arriba. y el brazo que se alargaba hacia el tanque. Y el mundo había tratado de estar a su altura desde entonces. lo bastante fuerte para soportar el peso de la gran cúpula. Se vio el cielo volverse rojo y a la luna creciente brillar como una grieta de luz en la oscuridad. 118 . agachado en la oscuridad. Vio que un par de pies calzados con sandalias se acercaban al borde del gran tanque. La niebla la había ocultado. atravesado de ventanas que permitían la entrada de luz. Había visto los destrozados restos del Partenón. y no vio. debido al pánico.Jason Goodwin La serpiente de piedra Muy lentamente. Pero Santa Sofía era un caso aparte: el último y más grande gesto del mundo antiguo. Empezó a caminar hacia delante. de un resplandeciente color blanco bajo el sol. Al cabo de un momento. revelándose a cada momento más detalles de la celestial forma del más grande edificio construido jamás sobre la tierra. a la boca del túnel. Lentamente. la cruz había brillado con una luz misteriosa. Bajó un escalón. Dos pasos. los gráciles minaretes que subían acanalados desde las pechinas de la cúpula. Las pilastras. pequeñas y nítidas. obligándose a soñar con las pirámides. Se dio la vuelta. La luz de la puerta bailaba y destellaba sobre las paredes. un creciente lunar que se alzaba donde se había alzado la cruz durante mil años. pensó con vehemencia. resistiendo la urgencia de apretar la espalda contra el bajo techo del túnel. Respirando hondo. Estaba muy adentro.

y empezó a arrastrarse hacia delante en la oscuridad. Al niño en la puerta del sifón gritando el nombre de su padre. Después del Profeta (la paz sea con él) vinieron cuatro hombres que eran hombres buenos. se dijo a sí mismo. soltó sus babuchas y se agachó torpemente para recogerlas y tendérselas a Faisal al-Mehmed. recorriendo una serie de imágenes. Por lo que a él se refería. Porque cada nueva generación desde el Profeta (la paz sea con él) parecía estar condenada a ser menos reverente que la anterior. que se hubieran lavado en la fuente antes de dar el paso de entrar en el sagrado recinto. Cuando los hombres vieran el turbante verde. y habían muerto a manos de hombres. Vio al niño esperando a su padre en la baja pared de piedra del otro lado de la calle. tocó la basta obra de mampostería a cada lado. Y eso era bueno. Yashim dio varios pasos hacia atrás. Deteniéndose y abriendo los pequeños tubos a medida que avanzaba. Su turbante era un precepto. y Faisal era muy consciente de que muy pocos hombres podían estar cerca de su mezquita. Faisal al-Mehmed esperaba que el hombre se quitaría el fez. él era un hombre viejo y el pueblo había cambiado. Faisal las escondió. hombres que habían extendido el Dominio de la Paz más allá de todos los límites. que portaban el turbante verde. Yashim se dio la vuelta enfrentándose a la oscuridad. se acordarían del Profeta (la paz sea con él). incluso a través de países y pueblos enteros. Minutos que parecían un siglo.. en charlatanes grupos. señal de su descendencia del Profeta (la paz sea con él). y sin embargo eran hombres. pero quizás todos los viejos tienen razón. en la Gran Mezquita para la plegaria. Un turco de negro bigote. para visitar este lugar. 79 Faisal al-Mehmed saludaba con la cabeza amablemente a los fieles a medida que éstos se desprendían de su calzado y entraban... dondequiera que fuese. Sintiendo el horror de una luz a sus espaldas. La mente de Yashim se disparó. Vio ponerse el sol. Alargó las manos. Quizás. le hubiera gustado que no charlaran tanto: deseaba. cerca de la abertura. todos los viejos creen siempre que la gente ha cambiado. Algunos habían viajado muchos kilómetros. 119 . con fez y una pesada barriga. una luz anaranjada empezó a parpadear contra la pared lateral. No se había dado cuenta de que el hombre llevaba una antorcha. y grandes guerreros.. y el fin de los cuatro había traído confusión. y por tanto ajustarían su comportamiento en consonancia. encogiéndose más en la oscuridad del túnel. Una manita cerrándose en torno de una bola plateada.Jason Goodwin La serpiente de piedra El hombre estaba bajando por los depósitos que formaban como un tramo semicircular de escaleras. Mientras observaba. Sintiendo el peso del túnel en su doblado cuello. Pero aquellos que descendían del linaje. ésos eran legión. y divisiones dentro de su casa. Un hombre no podía estar cerca de una mezquita en cada momento de su vida. una bendición para el creyente. Él mismo llevaba un turbante verde. Una bolita hueca y abollada como la que había caído de la espita unos minutos antes.. incluso lejos de la mezquita. El hombre gordo entró en la mezquita. Pero bueno.. por encima de todo. la mayor de todo Estambul.

Pero allí estaba. Levantó una temblorosa mano. Y ahora. —¿Qué estás haciendo. La mujer se dio la vuelta. El guardián de la puerta llegó y la cogió del brazo. El portero miró la piedra. buscando al hombre que estaría con ella.. una mujer alta que caminaba con inmodestia y sin decoro. procedentes de las colinas. Su pañuelo se deslizó hacia atrás unos centímetros. Estaba retrocediendo. una mujer. Era inimaginable. Es una no creyente. quizás. decían. Se había formado una multitud ahora. pero sólo lo justo.. Desvariados derviches. No le correspondía al guardián de las puertas juzgarlos. Un círculo de hombres se formó detrás de ella. lavándose manos y pies. Agitó los brazos frenéticamente. Algunos de los hombres estaban agitando los puños. El guardián de las puertas empezó a correr. Faisal examinó el patio. riendo y aplaudiendo. luego nuevamente a la mujer. Resultaba escandaloso. contemplándola. La gente estaba gritando. sin una columna que proporcionara sombra a los fieles. Volvió a mirar. y se dirigía a la fuente. —¡No! ¡No! ¡Haram! ¡Haram! ¡Está prohibido! Uno de los hombres señaló el cabello de la mujer. Incluso él debía admitir que el patio de Santa Sofía no era perfecto. así como extraños y barbudos fanáticos que venían de los desiertos. y el blanco mármol despedía un cruel resplandor bajo el sol de la mañana. Empezó a caminar cojeando hacia delante. Los hombres empezaron a gritar. mientras que el patio de la Suleymaniye era sublime. como si fuera un hombre. una mujer muy hermosa. cuida de Su pueblo. haciendo pantalla contra el costado de su rostro. vio Faisal al-Mehmed. Alguien se agachó y otra piedra silbó en el aire. Los demás miraron a su alrededor. luego se dio la vuelta en redondo. que pasaba por delante de los grupos de hombres que se encontraban de pie en el patio esperando la hora de la plegaria. Aquello era demasiado. y a los hombres de abajo les pareció como si algún espantoso milagro estuviera siendo 120 . Vio el miedo en su cara. insensata? Una piedra cayó a sus pies. donde los hombres se sentaban en silencio.Jason Goodwin La serpiente de piedra Faisal al-Mehmed dirigió su atención al patio. Pero ¿una loca? Algún hombre debía de estar cuidando de ella. en una ocasión incluso un hombre desnudo había irrumpido corriendo en el recinto del santo lugar. porque todos eran creación de Dios: ¿quién se atrevería a decir que el loco no era el más grande de los hombres que había visto el rostro de Dios y entrado en éxtasis? Así decían los sabios. cierto. Tenía una fuente. Faisal al-Mehmed tiró con fuerza del brazo de la mujer. Algunos le dirigieron la palabra. Los hombres estaban rodeando a la mujer.. Entrecerró los ojos bajo la brillante luz. preparándose para lavarse. La mujer había levantado las manos. El almuecín comenzó a llamar desde el minarete. sin velo. —¡Mirad! -gritó una voz-. A veces aparecían locos en Santa Sofía. Empezó a empujarla hacia el exterior. Las cejas de Faisal se juntaron en un negro fruncimiento. Y una mirada de sorpresa. pero era un patio truncado.. —¡Esto está prohibido! ¿No lo comprendes? ¡Tienes que marcharte! La zarandeó. al portero que corría. Le pareció a Faisal al-Mehmed que una mujer estaba viniendo a través del patio. la mujer se estaba desabrochando los zapatos. ¡Cómo podía permitirse algo semejante! Algunos de los hombres habían dejado de hablar y la estaban mirando. pasmados. sonrió y movió la cabeza negativamente. La multitud se separó. Ella levantó la mirada. Dios.

Una vez él mismo había quedado atrapado. una aureola de débil luz que rodeaba un ascua en la oscuridad. Dos túneles. Toda su vida había sentido horror al confinamiento. el canal se bifurcaba. Mientras lo observaba. Faisal al-Mehmed empezó a rezar. Se agachó y miró hacia atrás. Incluso de niño luchaba como un león con sus compañeros de juego si éstos trataban de inmovilizarlo. «Es un laberinto -murmuró para sí-. como si se hubiera lanzado algún desafío. se fue haciendo más brillante. Yashim se sintió enfermo. ambas del mismo tamaño. Lo importante era ir profundizando en el túnel. al interior de las cuevas que solían explorar cerca de su casa. mirando fijamente con los ojos desorbitados a los hombres y al cuchillo.» 121 . El propio Faisal al-Mehmed tenía miedo ahora. tampoco.. Una mano se alargó y arrancó el pañuelo de la mujer. y por ambas pasaba la corriente. hay que seguir una regla. Uno lleva a la izquierda. en la costa del mar Negro. su mano tropezó con un borde curvado. El horror había impregnado sus entrañas. la otra por delante de su rostro. Le parecía que el nivel del agua había subido.. Había desprendimientos de rocas a veces. El movimiento de su mano le reveló la existencia de un débil resplandor.. que parecía colgar en el aire frente a él. —¡No hay más Dios que Alá! La puerta estaba atestada de fieles que llegaban para las plegarias. La mujer se encogió contra el portero. su voz haciendo el eco de la voz del imán sobre sus cabezas. como si el túnel se hubiera cerrado a sus espaldas. ¡Ya se marcha! La multitud se encrespaba a su alrededor mientras el portero arrastraba a la mujer hacia la estrecha puerta. que estaba ya a la altura de sus tobillos. Trataba de no chapotear. En un laberinto. Unos pasos más adelante. —¡Es una giaour loca! ¡Sólo una loca! Por favor. A Faisal alMehmed le pareció que ellos dos serían abatidos antes de que pudieran cruzarla. le pareció que estaba mirando una pared sólida. Se detuvo y palpó alrededor.Jason Goodwin La serpiente de piedra representado.. que agitaba su mano delante de ellos. tratando de abrirse un camino. Nunca los seguía. dejadnos pasar. pero el frío era tan intenso que no podía estar seguro. Alguien escupió. Hasta donde podía ver en la oscuridad. Leyendas de mineros. El operario estaba bajando por el túnel. y su vida sufrió un cambio. El griterío fue cobrando intensidad. incapaz de moverse. una mano arrastrándose por la pared del túnel. Sólo un laberinto. y alargó el brazo con una sensación de pánico. Cerró los ojos apretando los párpados con fuerza y luchó contra el pánico. Confinado. solían atormentarlo por la noche. 80 Yashim deslizaba sus pies por el agua. él se encontraba entre dos aberturas. buena gente. contra la idea de que lo estaban hundiendo cada vez más profundamente en la tierra. Intentaba no pensar. Durante un instante de aturdimiento. Si al menos el conducto se curvara en algún momento. atrapados bajo la tierra. lejos de la luz de la antorcha.

el tubo empezaría a llenarse de agua. densa y hostil. y de vez en cuando podía hacer una pausa y descansar. pero ahora parecía sólo asustado. El otro. Siguió avanzando. Ésta ya no era áspera al tacto. porque se tambaleaba al avanzar y su mano falló la pared casi por medio metro. el ascenso y la caída de sus colinas. Se acercaron a la puerta. La regla. Giró por ella. si se producía eso. Bien fuera porque la enfurecida multitud que tenía a sus espaldas no podía hacerse comprender por encima del canto del almuecín.Jason Goodwin La serpiente de piedra Podría bajar por la colina hacia el Fener. o los dos tubos podían conducir a otro sifón. y ella logró escabullirse. Avanzó unos metros. Casi pasó por alto la primera vuelta. Allí estaba la puerta. Se preguntó cuánto más lejos tendría que ir. Uno. Empezó a bajar. No recordaba haberse cortado. probablemente tomaba una dirección sur. La imaginó incrustada de endurecidos grumos calcáreos. era no dejar de torcer en el mismo sentido a cada curva. descubrió la abertura que había pasado por alto y torció por ella. Bajó la cabeza y vio sangre en sus desnudos pies. en un laberinto. y él tendría que dejar de moverse. palpando hacia atrás. ¿Izquierda o derecha? ¿Qué camino tomaría el operario? Yashim era diestro. Cuando volvió a alargar la mano notó una esquina dura. el sonido de voces que no podía comprender llenaba sus oídos. como un depósito curvado. Éste se había mostrado furioso hasta entonces. y cubierta de brillantes y goteantes algas. y ahí fue cuando encontró la vuelta. 81 Amélie sentía la presencia de la multitud a su alrededor. Alguien le tocó el hombro. Ahora apoyaba el hombro contra la pared de su izquierda. Adelantó las manos y cayó al vacío. dividiendo el peso entre sus piernas y el hombro izquierdo. Más tarde o más temprano. Yashim trató de imaginarse la forma de su ciudad. Arrastrar su mano izquierda sobre la pared y alargar la derecha hacia delante. Con tres vueltas ya. así como la presa del hombre en su brazo. Sintió que el suelo del túnel descendía. las posibilidades de descubrimiento eran cada vez más remotas. donde el agua se embalsaba en un nivel inferior al del tanque de que procedía. Pensó con horror en la posibilidad de no encontrar el camino de vuelta. Su mano se deslizaba a lo largo de la pared. que tendía hacia la derecha. Ésa era la manera. Algo duro golpeó contra su pie cuando se deslizaba alrededor de la esquina. sino viscosa y llena de protuberancias. atestada de hombres. Había dejado sus zapatos en la fuente. Decidió dar un último giro y luego esperaría. Así no corría tanto peligro de no encontrar un giro. Ella ladeó la cabeza y trató de evitar los golpes que casi podía sentir que iban a llover sobre ella. No tuvo tiempo de pensar que había sido una estúpida. Yashim alargó la mano y palpó en busca de la abertura a su izquierda. o porque la 122 . empujada al mismo tiempo por el peso de la multitud a sus espaldas y los insistentes tirones del viejo.

y no le pareció que se hubiera roto ningún hueso. Amélie medio cayó. medio saltó. ésta era resbaladiza. Avanzó chapoteando a través del agua helada. Soy el doctor Millingen. Como desde la lejanía. los hombres que venían a la oración se encontraron con la multitud que acosaba a la pareja. oyó una voz que decía. pero creo que hemos prestado algún servicio. Había un hombre frente a ella. de unos dos metros de anchura. El conductor tiró de las riendas. Sin pensarlo un momento. deslizando sus pies sobre el suelo. Amélie abrió los ojos. madame. Contó cuatro esquinas. que parecía ir rodando por el suelo bajo la superficie. tirado por dos caballos tordos. el médico del sultán. Lo apartó con el pie y trató de no pensar en ello otra vez.Jason Goodwin La serpiente de piedra gente estaba simplemente demasiado asombrada por el espectáculo del portero medio arrastrando a una mujer extranjera fuera del recinto de la mezquita. empezó a seguir la pared con la mano. Una especie de sollozo se escapó de su garganta. En una ocasión tropezó contra algo blando y grande. Permítame que me presente. la agitada turba que fluía hacia la puerta pareció detenerse y. sin salidas. vite! Salte dentro. como una tos. —¡Rápido. buscando una abertura. y la presa del portero sobre su brazo cedió. Aplicó una mano a la pared y apoyó la frente contra ella. El dolor le hizo pestañear. en francés: —Vite. tirando de ella hacia arriba. a través de la puerta del carruaje. y por un momento cada una de ellas frenó el impulso de la otra. El hombre se dio la vuelta hacia ella con expresión preocupada. Uno de éstos echó hacia atrás la cabeza. Un carruaje bajaba traqueteando por la pendiente del Palacio Topkapi. Amélie dio un repentino tirón. pero podía mover los dedos. Cruzaron atropelladamente la puerta. Miró a través de la ventanilla. arrodillándose en el asiento opuesto y dando órdenes al conductor a través de la trampilla. —Pero los venceremos -dijo oscuramente-. y no halló ninguna. Había justo el tiempo suficiente. por un momento. Había unos sesenta centímetros de agua en el fondo. —No tengo idea. se presentó una vía de escape. 82 Yashim se puso rápidamente de pie. Parecía que se encontraba en una pequeña cámara. Al no conseguirlo. de lo que la ha traído a usted aquí. Sentía un punzante dolor en su brazo izquierdo. ella se lanzó hacia los caballos. El cochero estaba de pie en el pescante y alguien se asomaba por la ventana. madame. El viejo se lanzó por ella. Otra mano estaba debajo de su codo. Había caído a través de una abertura en el 123 . Hassán! ¡Sigue! La sacudida la arrojó hacia atrás contra el asiento. El guardián de la portería arrastró a Amélie hacia delante. Extendió hacia arriba su brazo bueno y trató de encontrar la parte superior. y tocó una pared en la oscuridad. El agua le llegaba a las rodillas. como si fueran dos olas. Amélie cerró los ojos y apartó la cabeza. Al igual que el túnel.

No hacía falta suponer de quién era el cuerpo que rodaba por el agua. Con sumo cuidado ahora. El pequeño no levantó la mirada. Marta se encogió de hombros en un gesto de duda. o se hubiera hecho mucho más daño. 83 El niño se deslizó a través de las puertas y se dirigió lentamente a su zanja excavada en la tierra. —No. creo. seguía estando más allá de su alcance. Pídeselo por mí.. es que debe de haber tenido una razón. señor -dijo Marta asintiendo lentamente. 84 Yashim posó la mano sobre un rostro humano. Empujó la bola abollada a lo largo de la zanja. Pegó un brinco. Él se iría enfriando y se debilitaría. se estaba 124 . El crío piensa que soy una especie de ogro. Tenía que encontrar una salida.es la segunda vez que el pequeño vuelve a casa solo. haber más de unos tres metros y medio hasta arriba. No lo sé. Se preguntó si. Una ventana se abrió con un crujido de protesta. Procura que nos enseñe adónde fueron. ¿no? Los niños son. el operario vendría por este camino.» —Habla con él. niños. por milagro. «Y ésta -pensó Palieski. —Sí. supuso. En la ventana. Palieski frunció el ceño. —¡Shpëtin! ¿Has visto adónde ha ido el effendi? El niño cogió su palo. Marta lanzó un suspiro de exasperación y se encogió de hombros. -Palieski no sabía qué decir-. Fuera cual fuese su altura. un poco extraño. y supo inmediatamente que nadie iba a venir jamás a ayudarlo a salir. —No estoy tranquilo con eso.Jason Goodwin La serpiente de piedra canal o tubo de arriba.. Marta. Se marcharon juntos. Por favor. Todo sentido de la proporción. buscó a tientas su camino alrededor del pozo. podía perder fácilmente todo sentido de la dirección. Estaba apoyado en una esquina antes de recordar que allí. Yashim trató de no pensar en lo que iba a suceder a continuación. señor. —Ese niño es. Al final. tratando de hallar algo que pudiera ayudarlo a escalar las resbaladizas paredes. Metió la mano en el agua. compartiendo la tumba líquida del albanés. alejándose del cadáver. pensó. acabaría ahogándose en medio metro de agua.. moviéndose descontroladamente en el agua. El suelo estaba cubierto de baldosas sueltas y ladrillos caídos. señor. Marta asomó su cabeza. Entonces algo le volvió a tocar la pierna. no podía. El techo. Se volvió hacia el embajador. El hombre perdido había sido hallado.. Si Yashim se fue con el niño. —Es un niño. bueno. pero no lo sé. en la oscuridad. Un hilillo de agua se deslizó por sus dedos y su frente. Marta.

alargó los brazos para recogerla si caía. Se sentía muy cansado. Caía agua de la capa. Era fría como el hielo. La capa no volvió a caer.. Un cuchillo. El extremo que sostenía se quedó flácido durante unos segundos. y Yashim sintió náuseas ante el hedor. No le sirvió de mucho. Se desabrochó la capa y escurrió el agua. Sacudió la capa para desalojar algunas de las piedras. como una cadena. remetió las puntas y levantó el bulto hasta el nivel de su pecho. la estrujó un poco.Jason Goodwin La serpiente de piedra derrumbando lentamente. se detuvo y escuchó. El extremo que había lanzado estaba empapado. No podía conseguir que los húmedos. cualquier cosa. Algo borboteó en la superficie del agua. Tiró con fuerza y el cuerpo sufrió una sacudida hacia arriba. Todo lo que podía hacer era arrastrarla a través del agua. con la espalda apoyada en la pared. dando un paso atrás. No podía sentir nada. Sosteniendo un extremo. Perdió media hora utilizando el crucifijo y la cadena para coser estrechamente la capa. Lo intentó de nuevo. Era sólo otra manera de morir. Empezó a palpar en el suelo en busca de ladrillos. Las piedras se corrieron bajo su peso. Reunió sus fuerzas y arrojó la capa arriba contra la pared. Cuando la hubo lanzado. El cadáver estaba blando bajo los pies y no se mantenía quieto. Al cabo de un minuto recogió la capa por sus bordes y la levantó con esfuerzo. lo que la hizo más liviana. Cuando hubo lanzado una docena de piedras a la oscuridad. en la oscuridad. En la cadena había un crucifijo.. y rascó en ella con la punta de la cruz. Hizo flotar el cadáver de Xani sobre el fardo de piedras e intentó conseguir un punto de apoyo. Regresó a la pared. la lanzó por encima de su cabeza. Al cabo de tres o cuatro intentos. buscando una grieta. Buscó a tientas en el pecho del hombre. renunció. notando la presencia de algo duro. Avanzó un paso y tocó la pared. Bajó y trató de atar los extremos de la capa para formar un bulto más apretado. La pared era tan suave como mantequilla. un saliente. le dio la vuelta al cuerpo. Se oía un nuevo sonido. Esta vez oyó un ahogado chapoteo. de agua borboteando. Yashim encontró piedras en el suelo y empezó a lanzarlas hacia arriba. lanzándolos lo mejor que podía calcular hacia el centro de la capa. Luego sacudió la capa dejándola plana sobre la superficie del agua. Volvió a caer en sus brazos. 85 125 . El esfuerzo impedía que sintiera frío. palpando en busca de alguna cosa que el hombre hubiera llevado encima. confiando en que fuera la correcta. Deslizó sus dedos por la pared. un rollo de cuerda. Reprimiendo una oleada de náuseas. Aplicó los labios a la pared y sintió que el agua goteaba. luego la capa cayó sobre su cabeza. Una vez más rozó el cadáver de Xani. medios nudos de la capa se mantuvieran unidos. entonces la cadena se rompió y oyó que el cadáver volvía a hundirse en el agua. Dejó el bulto contra la pared y trató de escalar por él. empapados. Durante unos momentos pensó con los ojos cerrados. Volvió a lanzar piedras. No podía llegar a la abertura.

sé un buen chico. —Monsieur Yashim ¿está arriba? -preguntó Amélie. Amélie le brindó una curiosa sonrisa. pensó. Los ojos de la viuda la taladraban. —¿Fener? ¿Balat? Desembarcadero de Fener. —Por favor. Quizás Yashim simplemente había salido de casa. Aparte del niño encaramado a la pared. barquero. —De acuerdo -dijo Palieski-. Los sombreros. pensó. pero se encontraban en una pobre vecindad que Palieski no conocía. —Al menos tiene usted unas excelentes babuchas turcas ahora -dijo. —Creo que subiré a ver -dijo Amélie alegremente-. El doctor Millingen se tocó el sombrero con la punta de los dedos cortésmente. eran unas cosas muy repulsivas. madame. respirando con dificultad-. Chasqueó los dedos a una pareja de hombres que estaban en cuclillas junto a una pared. —Tendré que hacerlo. golpeando la pared con los talones y mirando atentamente hacia una puerta del otro lado de la calle. —Mi trato -dijo. Ya en la orilla cambiaron la silla por un bote. y no habría porteadores por allí. No demasiado lejos ahora. Ha sido usted muy amable. Caminaremos. El pequeño asintió con la cabeza.Jason Goodwin La serpiente de piedra —¿Está usted completamente segura? —Completamente. el niño hizo algunos signos complicados y meneó la cabeza vigorosamente. —En tal caso -dijo el embajador firmemente. de manera que Palieski se dio la vuelta para captar la mirada del niño. 126 . Palieski miró a un lado y otro de la calle. -Oye -dijo. supongo. y la vieja aspiró por la nariz. por favor. Había un candado en la puerta. doctor Millingen. Finalmente el niño se encaramó a una pared baja y se sentó en ella. La mujer se volvió hacia la pequeña puerta hundida y llamó. No sabía qué pensar al descubrir a la mujer franca en su umbral con un extraño. Gracias. Señala a estos hombres la correcta dirección. parecía totalmente vacía. señalando con un dedo. ¿vamos muy lejos? ¿Un largo camino? El muchacho levantó la mirada y asintió. manténgase en contacto. ¿eh? Lamentó haber seguido el consejo del niño mientras subía penosamente las colinas. Salut! 86 Palieski posó su mano sobre el hombro del niño. veo. La vieja cerró la puerta y se dio la vuelta con una expresión muy seria en su cara. Entró en el apartamento. trasladando su disgusto a un blanco sólido. —¿Entró allí? Palieski subió por las escaleras. —Sí. La viuda Matalya respondió a la puerta. los labios apretados. Señaló la puerta. El niño señalaba hacia el Cuerno de Oro. sonriendo-. sonriendo.tomaremos una silla. Pero una vez que llegaron a Fener.

Pensó que debía de ser Xani. pero estaba demasiado cansado para preocuparse al respecto. Giró lentamente en la oscuridad. El embajador se volvió hacia el niño. respirando aire. Entonces.. con una voz pequeña. que lo estaba observando con asombro desde el otro lado de la calle. cansada. Oyó a alguien cantando una antigua marcha militar. El cadáver de Xani iniciaba uno de sus gaseosos balanceos debajo de él. Pero debía de haber sido arrastrado hacia otro pozo. Hacía un sonido áspero. En cualquier caso no importaba. también. pensó. Durante unos minutos trató de imaginar lo que podría ser. flotante y complaciente. sus piernas. el primer sonido que no era gaseoso o 127 . antes de averiguar que era el sonido de sus propios dientes castañeteando. Acababan de conocerse.Jason Goodwin La serpiente de piedra Stanislaw Palieski. pensó Yashim como si estuviera soñando. Yacía boca arriba. ¡Querido Xani! Pestilente. No podía sentir las piernas. y le hizo un guiño sumamente impropio de un embajador. a veces tratando de lograr una presa mejor en el hombre que se había convertido en su nuevo amigo. abriéndola de golpe. y sintió que resbalaba otra vez. a diferencia del doctor Millingen. distinto del sonido del agua que se derramaba en el pozo desde el bloqueado conducto de arriba. Luego penetró en la helada penumbra para buscar a su amigo. con un tremendo estrépito. Descubrió que todo su cuerpo estaba temblando. El pozo se estaba llenando lentamente. en las profundidades. parecía. cerraba los ojos y sentía una oleada de gran lasitud y le invadía la paz. Qué buena suerte que se hubieran encontrado. Oyó un golpeteo. Pero aún era capaz de un repentino y violento esfuerzo físico. cuando empezó a sentir que ya no estaba flotando. chirriante. sobre un hombre que bajaba al río y pescaba en sus redes el alma de su amante muerta. largas. 87 Yashim estaba cantando una vieja canción de los Balcanes. Luego supuso que era él mismo. convulsionado por repentinos espasmos que sacudían su presa sobre el muerto y a veces lo enviaban tosiendo y debatiéndose bajo la superficie de la helada agua. no era un hombre que depositara mucha fe en los beneficios de un ejercicio regular. Se echó hacia atrás. de manera que deseaba dejarse ir y hundirse. En ocasiones tenía la sensación de encontrarse totalmente bajo el agua. Su codo se movía. Se veía a sí mismo flotando interminablemente de pozo en pozo. Había luchado duramente contra ello antes. Sabía que esta vez se dejaría ir. golpeó con ambos pies la puerta. y sólo muy lentamente. a veces golpeando sus piernas. cada vez más profundo a medida que el caudal de agua se acumulaba contra la capa y las piedras. Ojalá Xani estuviera aún caliente. No había tocado el suelo del pozo durante horas. pero ya no podía recordar por qué. sintiendo un dolor en su espalda. al consuelo del frío y la oscuridad. y en otras. se apoyó contra el muro y dobló aquellas largas piernas subiendo las rodillas hasta la altura de su barbilla. suave y soñadoramente. nuevamente hacia el profundo barro. Sus brazos eran delgados. sobre su cabeza. Fue entonces.. De vez en cuando se encontraba bajo la espita de agua que caía del bloqueado conducto. porque la espita había dejado de manar sobre él: ya no podía oír su chapoteo en la superficie.

Llamaré al niño. Abrió los ojos y allí estaba Amélie. empezó a deslizarse por el conducto. al final de sus brazos que se extendían. como si hubiera estado corriendo durante un larguísimo camino. Estaba nuevamente en el pozo. el cuenco humeante. Asomó su cabeza por la ventana. Fue el primer momento de auténtico terror que había experimentado desde que empezó su sufrimiento. Cuando ella hubo salido. traqueteando sobre los adoquines. pero. palpando débilmente los ladrillos. —El Gillius. y blando. 88 Envuelto en chales. Ya no era capaz de juzgar. pequeño. ¿Lo has leído? —Sí. y. —No hay pan -dijo ella excusándose. muy. Se arrastró durante un minuto. Un resplandor de magníficos fuegos artificiales estalló dentro de su cabeza. su propia habitación. Transcurrieron horas antes de que recordara que había de mantenerse a la derecha. como un ratón en su pequeño agujero. —¡Elvan! —¿Basta con esto? -preguntó Amélie mostrando una moneda. y para hacerlas obedecer trató con un esfuerzo de imaginarlas allí. Vio a Xani deslizándose por el tubo a su lado. Encontrarás un poco de dinero en esa bolsa. La idea de la sopa le hacía sentirse mareado. Yashim comprobó sus miembros. y los músculos tremendamente doloridos. Yashim asintió. arrastrando sus tripas en el agua. Oscuridad. de forma extraña. ¿Quizás ya había pasado por alto un giro? Podría haber avanzado un centenar de metros. sintiendo náuseas y temblando y deseando sencillamente morirse. podría haber avanzado cinco. Al despertar descubrió a Amélie a su lado. y entonces Yashim se encontraba en una litera y estaba traqueteando. leyendo un libro. al cabo de una noche y un día.es la sopa de la abuela. —Sí. eso será suficiente. Giró sobre sí mismo con dificultad y alargó las manos. descubrió que estaba hambriento. Como el feliz Xani. Palieski estaba gritando. sintiéndose débil. Se incorporó. cuando Amélie se la ofreció con el cuenco. Sus miembros crispados. luego durante un año. Con una lentitud que era inmensurable. Gordo. El movimiento pareció llevarle minutos enteros. Palieski estaba allí. Oyó a su viejo amigo Palieski que gritaba su nombre. Tenía algunas abrasiones en la barbilla y el pecho. Dejó la sopa a un lado y cerró los ojos. le dolían las articulaciones. —Eso puede arreglarse -dijo Yashim-. Yashim durmió durante dieciséis horas. —Lo que tú necesitas -dijo ella. 128 . Ya no podía sentir sus manos. como si estuviera haciendo rodar una enorme piedra colina arriba. girando cada vez más y más en un pequeño remolino bajo el suelo. Te prepararé un poco. en la oscuridad. pero muy.Jason Goodwin La serpiente de piedra líquido que oía en horas.

cegado. se produjo. se desvaneció. excepto que el enemigo nunca llegaría a la Gran Iglesia. él se quedaba deslumbrado. Hacía de él alguien útil. y éste casi le hizo una solemne reverencia. ¿Algo que había visto. —Los griegos bizantinos creían en una vieja leyenda sobre Santa Sofía -explicó Amélie-. Cuando los turcos llegaron. Trató de imaginarse la escena: soldados otomanos derribando las grandes puertas de la iglesia. una total negrura que corría por sus venas y le hacía poner los ojos en blanco. por encima de todos. una mujer. donde el aterrorizado pueblo había buscado refugio. exactamente. Pero Max siempre decía que todo mito contiene un núcleo de verdad. —¿Desapareció? —Penetró en una de las grandes pilastras. al llegar a la madurez. —No. y un cura en el altar con una copa y un platillo. Yashim volvió a cerrar los ojos. Elvan reapareció con el pan. un milagro en Santa Sofía. No podía recordar de dónde. —La Gran Iglesia -dijo Amélie. Yashim le dio cinco piastras al muchacho.. Hasta que a veces venía una mujer. La prisión de su propio y lisiado cuerpo. —Ummm. Yashim abrió los ojos. y el recuerdo se perdió. hermosa. pero sí una manera. de ver en la oscuridad. Así que cuando los turcos irrumpieron en la ciudad. meneando los dedos. Estaba muy cansado. alguna idea? —Sí. Creo que sí. y salió corriendo a su recado. Todo parecería que estaba perdido. El pequeño cogió la moneda lanzando una mirada de curiosidad a Amélie. Aunque no exactamente el milagro que todo el mundo esperaba. —No. -Yashim parecía sentir dudas-.. No era culpa de ella. otra vez. y permanecía cegado mucho tiempo después de que ella se hubiera ido. La leyenda continúa diciendo que reaparecerá el día que la cruz vuelva a ser alzada sobre la cúpula. Ella se inclinó para cogerla. Yashim lo envió al panadero libio por una hogaza de pan. Eso no ocurrió. jugando con la moneda. que arrojaba su propia luz. Y le preparaba sopa. cuando pasaba. Mucho tiempo atrás. Pero en ese momento. Elvan llamó a la puerta. Palpando en la oscuridad. Santa Sofía. quizás. Amélie tenía el brazo estirado y se estaba mirando la mano con una expresión concentrada en su rostro. pero no tenía miedo de la oscuridad. aparentemente. Y proyectaba tanta luz que. no podía sentir miedo de la oscuridad. Algo sobre ese cuadro le resultaba vagamente familiar. Él.. La leyenda decía que algún día un enemigo conseguiría invadir la ciudad... había penetrado en una región que era más oscura que cualquier túnel bajo la ciudad. haciéndola girar con su dedo pulgar-. de hecho. quizás. Pero al final había encontrado un camino.Jason Goodwin La serpiente de piedra —¿Y te sugirió. de ojos castaños y una nube de cabello también castaño. Pero sí un cura. Entonces la moneda cayó al suelo. que lo contemplaba mientras dormía. No un camino de salida. diciendo misa. 129 . quizás? Algo que Lefèvre había dicho. Yashim frunció el entrecejo. —Ningún arcángel. Yashim el eunuco: un guía cuando otros caen en la oscuridad. Antes de que esto ocurriera aparecería el arcángel San Gabriel con una espada flamígera y expulsaría a los invasores.. llevándose consigo la Sagrada Hostia. Su desesperación había sido una celda de la cual no había ningún escape.

Jason Goodwin

La serpiente de piedra

En vez de ello, lo que Yashim recordó fue una leyenda de un libro de Grigor, sobre el
emperador que fue convertido en piedra.
—Max pensaba que estas historias ocultaban un mensaje -explicó Amélie-. Quizás la
leyenda del cura significa que los griegos tuvieron tiempo de ocultar su tesoro antes de
que los turcos llegaran. Santa Sofía es uno de los edificios más grandes de la tierra. El
más ambicioso proyecto de construcción de la historia del mundo, después de las
pirámides.
Se cogió un mechón del cabello y lo retorció con el dedo.
—Pero no hay ninguna cripta en Santa Sofía. La mayoría de las iglesias tiene criptas,
para representar el mundo de los muertos. En Santa Sofía, levantaron la mayor cúpula
del mundo, como un microcosmos del universo... El conjunto de la creación de Dios.
Resulta extraño que no construyeran una cripta allí también.
Yashim rompió el pan y lo mojó en la sopa.
—Se dice que Mehmed entró en la Gran Iglesia la mañana después del ataque y
encontró a un soldado tratando de romper el suelo de mármol. Y se enfureció. Dijo:
«Vosotros, los soldados, podéis coger lo que os podáis llevar, pero el edificio pertenece
a Dios... y a mí.» Y Santa Sofía fue preservada.
—Quizás sabía que había algo allí debajo. Pero nunca tuvieron la oportunidad de
mirar, ¿verdad? Por lo que yo sé, Santa Sofía ha permanecido intacta durante
cuatrocientos años.
—Añadieron minaretes -señaló Yashim.
Se miraron mutuamente.
—Ese truco -dijo Yashim-. Ese truco que estás haciendo con la moneda. ¿Dónde
aprendiste eso?
Amélie soltó una carcajada.
—Aún no lo domino. Max me enseñaba, pero aún no tengo suficiente habilidad en
los dedos, supongo. Él podía hacer que la moneda corriera entre sus dedos y luego...
¡puf. Desaparecía. Igual que pasó con el cura.
Yashim se bebió la sopa. Dejó a un lado el bol vacío.
—Tu marido... Max. El doctor Lefèvre. Era doctor en arqueología, ¿verdad?
Amélie parecía sorprendida.
—¿En arqueología? Era arqueólogo, en efecto. Pero era doctor en medicina.
—Doctor en medicina -repitió Yashim lentamente-. No tenía ni idea.
Se oyeron unos golpecitos en la puerta, y entró Palieski, sacando una botella verde
del bolsillo de su chaqueta.
Se inclinó ante Amélie y luego miró atentamente a Yashim.
—Al parecer, el herido ha estado tomando sopa -dijo. Dio una palmadita a la
botella-. Coñac. Excelente con la sopa. Bueno para inválidos. Pensé que podía estar
muerto.
—Vivirá -dijo Amélie.
Palieski parecía decepcionado.
—El coñac es bueno para un velatorio. Pensé que podríamos sentarnos en torno de
su cadáver, recordando, madame.
—Me parece que me estoy recuperando -dijo Yashim con una vocecita.
Amélie se rió. Paseó su mirada de Yashim a Palieski, y enderezó la espalda.
—Madame Matalya querrá que le devuelvan el bol, Yashim. Lo llevaré abajo... Y
estoy un poco cansada.

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La serpiente de piedra

Cuando se hubo ido, el embajador descorchó el coñac y sirvió dos copas.
—No es la primera vez que me salvas la vida -dijo Yashim.
Palieski lo descartó con un gesto.
—No estoy demasiado ocupado en este momento.
Yashim sonrió. Con el sultán agonizando, la mayor parte de los embajadores estarían
rellenando sus informes y tratando de tantear al príncipe heredero. El embajador
polaco, en cambio, podía permitirse aguardar los acontecimientos.
—No entiendo completamente por qué te encontré arrastrándote por un túnel,
Yashim.
Éste se lo contó. Le habló de la bolita de estaño de Shpëtin y del sifón. Le contó
cómo se había perdido en el laberinto, y lo de Xani flotando en el estanque. Le habló
también de cómo había escapado.
—Así que Xani está muerto. ¿Lo siguieron hasta el interior del sifón, lo mataron, y
luego lo arrojaron por el tubo?
—¿Qué otra cosa podían hacer? El pequeño estaba observando la puerta desde el
otro lado de la calle.
—Los vio entrar... y salir. Sabe quiénes son.
—Pero no puede hablar, Palieski.
El embajador hizo crujir sus nudillos.
Yashim se incorporó apoyándose en un codo.
—Hay otra cosa. Amélie, madame Lefèvre, leyó el Gillius. Y eso le dio una idea.
—¿Las cabezas de las serpientes?
—Santa Sofía.
Palieski movió negativamente la cabeza.
—No entiendo.
—Gillius menciona las cabezas de las serpientes... Pero aún se encontraban en su
lugar en la columna cuando él estuvo allí. Y en la época de Delmonico, también. Ese
librito no nos dice nada importante sobre las cabezas de las serpientes, Palieski. Así
que, ¿por qué es tan importante para Lefèvre?
—Lo ignoro. Pero, si no fueron las cabezas de las serpientes, ¿para qué habría
necesitado a Xani? Y además, ¿por qué fue asesinado Xani también?
Yashim se pasó las manos por el cabello.
—Xani. Amélie. El libro de Gillius. Me siento como si estuviera tratando de recrear
un raro y asombroso plato a partir del recuerdo de cuál era su sabor, Palieski. Tenemos
todos los ingredientes del plato... Pero el sabor no es el que corresponde. -Levantó la
mirada-. Amélie me ha dicho algo hace un rato. Lefèvre era un verdadero doctor. No
un doctor en arqueología.
—¿Un doctor? ¿Y qué?
—No estoy seguro. Hablaba griego fluidamente, también. Griego moderno. Lo
aprendió en los años veinte, en las provincias griegas.
—¿Estás seguro? Había una guerra en marcha en esa época.
—Missolonghi, sí. Eso es lo que me interesa. Tu poeta... Byron, Milligen, su médico.
—Byron -repitió Palieski-. Hoy es jueves, Yashim. Tengo una idea.
—¿Jueves? -dijo Yashim, frunciendo el entrecejo.
Su cena del jueves era un ritual; pero le quedaba poco tiempo.
—Lo siento, pero no tengo...
—No, no, Yash. No hay problema. Esta noche, por una vez, cenarás en mi casa.

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89
Yashim se sintió aliviado de no tener que comprar ni cocinar. Pasaba del mediodía.
Se vistió con cuidado, y una hora más tarde se presentó en la puerta del harén del
sultán, en el Palacio Topkapi.
Hyacinth emergió de su pequeño cubículo en el corredor y sonrió, mostrando una
fila de rojizos dientes.
—Sabía que serías tú -dijo suavemente.
—¿Está la Valide?
El anciano eunuco meneó la cabeza y adoptó un aspecto serio.
—No recibirá hoy. Un pequeño shock. Está descansando.
—Vamos, Hyacinth -dijo Yashim malhumorado-. Todo el mundo aquí está
descansando.
Hyacinth soltó una insegura risita y dio unos golpecitos a Yashim en el pecho con su
abanico.
—Parece que es por tu culpa, Yashim -dijo-. Tú y tus pequeños favores.
Yashim parpadeó. Años atrás, cuando había trescientas o más mujeres encerradas
en los apartamentos del harén, atendidas por una cohorte de eunucos negros, se
esperaba que todo el mundo supiera cuál era la obligación de los demás. Ahora había
sólo una persona, la Valide, con un puñado de chicas y algunos ayudantes. Pero
algunas cosas no cambiaban nunca.
—¿El bostanci no la tomó en cuenta?
Las manos de Hyacinth se agitaron en el aire.
—Nunca dije una palabra -insistió, levantando las cejas-. Su Alteza no recibe... a
nadie.
Yashim bajó la cabeza; admiraba el brillo del acero que había bajo los gentiles
modales del negro. Pero se preguntaba qué ocurriría si trataba de apartarlo a un lado y
seguir adelante. Hyacinth, suponía, era más fuerte de lo que aparentaba. Lo invadió
una especie de vértigo. No habría ningún hombre de armas saltando hacia delante
para hacer cumplir la prohibición; nunca lo había habido. Nunca había sido necesario.
La voz procedente del pasaje era inconfundible. Yashim levantó la mirada, Hyacinth
se dio la vuelta rápidamente.
La Valide estaba avanzando, muy lentamente, por el pasillo, sujetando en una mano
la empuñadura de un bastón, y la otra alzada hasta el hombro de una muchacha cuyo
brazo pasaba alrededor de la cintura de la Valide. Lo que sorprendió a Yashim no fue
que la Valide estuviera encorvada, o tuviera un aspecto muy frágil, o que sus nudillos
parecieran enormes bajo la delgada piel de sus manos, sino que llevara joyas. Un
revoltijo de diamantes en sus orejas y alrededor del cuello, una brillante diadema de
perlas, y en el pecho un broche de lapislázuli con una «N» realizada en marfil. Cuando
salió a la luz del sol a Yashim le pareció que centelleaba como una hoja después de una
tempestad.
Yashim se inclinó.
—¡El bostancil -La Valide se detuvo y apoyó la mano nerviosamente en el bastón-. Il
m'a refusé!
Hyacinth bajó los ojos. Sus manos descansaban sobre su enorme barriga. La
muchacha lanzó una mirada asustada a Yashim.
132

Estoy bromeando. —Hombres -dijo-.. no. »Me acuerdo de las grandes mujeres que han pasado por estos apartamentos. contra un desordenado montón de cojines. Yashim movió la cabeza para expresar su conformidad. Anda. se irguió. Ils font ce qu'ils veulent. Yashim. hacen lo que deben. casi un muchacho. la comisura de su boca se levantó en una sonrisa apesadumbrada. Lentamente. Y tú fuiste muy encantador. —Tan poco tiempo. Hacen lo que quieren. Yashim. Años atrás. —¡Chis! Levantó la barbilla. pero yo le daba migas de pan.Jason Goodwin La serpiente de piedra La Valide apoyó ambas manos en la empuñadura de su bastón. —El bostanci me ha fatigado. no te vayas. alejada de la sede del poder. Había muchos. Yashim -repitió la Valide con calma-. ¿Cuánto tiempo.. Y algo más que pájaros. Yashim se le acercó un poco. dame el brazo. Pienso en ellas. Mi hijo. La Valide se cubrió las piernas con un chal. Hyacinth y la muchacha se retiraron. Yashim. —Rechazada. ¿Por qué no? Soy una vieja. Un pajarillo. ¡Incluso aunque sólo quisieras mis novelas! No. Muy lentamente. -Se dio la vuelta-. Yashim? Tú quizás haces lo que necesitamos. -suspiró. —Mais les femmes.. Dijo: «¡Por fin tienen espacio para respirar!» -La Valide hizo una pausa-. —Me pensaba que moriría de soledad cuando el sultán se trasladó por primera vez a Besiktas. Vengo de una isla supersticiosa. Nunca lo había visto antes. Con las piernas cruzadas sobre el diván.. mon ami. y me había acostumbrado a tener gente alrededor. Turhan Sultán. me sentí triste. Yashim.. para asombro de Yashim. lo confieso. emprendieron su camino por el corredor hacia el patio de la Valide. c'est rien. —El sultán debería haberse quedado en Topkapi. en todas partes. Tenía la impresión de que sabía lo que la Valide iba a describir. visitándome. y. Los jardineros me lo enseñaron. Las primeras semanas.. No. Yashim se miró fijamente las manos. a buscar comida. Tengo algo que decirte. había encontrado esperanza. ¿Y tú. El jardinero me explicó que eran djinns. siendo muy joven. Yashim. Kosem Sultán. No he estado sola en sesenta años. haciendo una reverencia.. ¡Sólo un pajarillo! Puedes reírte. Y entonces su labio tembló. ¿Un café? Yashim declinó la invitación.. los corredores que utilizaban. -Se miraron-. Pero poco a poco empecé a ver que no se trataba en absoluto de un solo pájaro. ¿Cómo explicarlo? Mira: hay un pajarillo que viene cada mañana a mi ventana. La gente las recuerda.. El bostanci ya no me teme. el lugar estaba tranquilo.. »Pero entonces descubrí algo.. —Créeme. Yashim? —Unos pocos meses -dijo-.. Yashim. sin hablar. y 133 . La Valide apoyó ambas manos en la empuñadura de su bastón. 90 La Valide se recostó en el diván. Éstas eran las habitaciones que ellas ocupaban. Semanas. en todo momento.

Uno los ve más claramente.. ¿Por qué se reunirían allí? La Valide se encogió graciosamente de hombros.. pero hasta entonces no había hecho muchos progresos. pero se equivocaron. —Pero no comprendo. pero en vez de regresar a Fener se encontró nuevamente en el Hipódromo. a estos patios y apartamentos. Ella lo miró con ojos entrecerrados. Yashim parpadeó. El sultán y sus pachás quizás pensaban que todo en este palacio dependía de ellos. y muchas picas y alabardas de otra época. Pero no soy tan fuerte como antes. —Ya veo. de sus paredes colgaban banderas y estandartes. y uno observa. —Pienso que sí.» —No te imagines que estoy pensando en Hyacinth o en mis esclavas -dijo la Valide-. -Levantó un dedo-. -pensó Yashim-. Yashim. —No por qué. «Su mundo se está reduciendo. alguien pone flores en la columna donde se exhibían las cabezas de rebeldes. —Sí. al igual que los pajarillos. Por todas las mujeres que han vivido aquí. geniecillos? Éstos son privilegios de la edad. el mismo día. Inclinó la cabeza. Observó con satisfacción el asombro de Yashim. los eunucos. Valide -murmuró él-. Había sido usado como almacén y para guardar los tesoros.. Yashim se imaginó el arsenal. Quizás. por ellas. Celebran una ceremonia para introducir a un nuevo miembro en el gremio.. Como miembro más antiguo de nuestra Casa. nada más. las muchachas. —¿Valide? —Cada año. —Tal vez asista -añadió-. —Es sólo un ejemplo. No irían a Besiktas.Jason Goodwin La serpiente de piedra siento que aún soy la Valide. Valide -dijo Yashim humildemente. contemplando la columna rota. ¿Qué son djinns. Yashim. 134 . dentro de estas paredes. Quería decir que cuando uno está gastado e inútil a los ojos del mundo. —Estoy a su servicio. es mi derecho. Exactamente como los guardianes del agua están acostumbrados a reunirse en el arsenal. Muchas.. tal como lo tengo entendido. le había dicho a Palieski. Quedaba poco tiempo.. Pensó en visitar el hammam. Para los vivos o los muertos. Cada día. aún es posible vivir para los demás. el gremio más antiguo de la ciudad. sino cuándo. Yo no he cambiado porque estoy acostumbrada a estas paredes. el círculo se va haciendo más pequeño. Yashim. Pero cuando las cosas están tranquilas y claras. La última vez que estuvo en su interior. Mañana por la mañana. éstos son hombres de carne y hueso que habitan en este lugar. una antigua basílica que estaba en el rincón más bajo del primer patio del viejo palacio. 91 Yashim salió lentamente del palacio. Lo entiendo. Necesitaré ayuda. Se preguntó qué debería hacer a continuación. y el más público. Pero. —¿Los guardianes del agua? —Son. descubre que muchas cosas no han cambiado.

reconociendo la voz. Cada día. Esparta. mucho antes del alba. donde se podía leer los nombres de treinta y una ciudades griegas: Atenas. Doce años antes. Era eficiente. —Hay algo que quería preguntarte -dijo Yashim-. robusto y sonriendo de oreja a oreja. por una causa. La unidad hacía la fuerza. —Effendi. de manera que cuando Estambul se despertaba. ni academia. Se dio la vuelta. Trató de pensar. Había comprendido. los griegos habían tratado de unirse otra vez. que pronto se encontrarían. —Me alegro de verte -dijo. Trabajando juntos. igual que Millingen.. un lugar neutral. Patras. Suficiente. donde el sultán yacía dormitando entre almohadones. se apoyó en la barandilla. y los griegos lo habían perdido. Murad Eslek era un hombre que tomaba las cosas tal como venían. por encima de todo. Ésta fue instalada en Delfos. Ninguna Columna de la Serpiente podía ser fundida para conmemorar aquellos años. Yashim apretó la frente contra la barandilla y cerró los ojos. contra el invasor persa. no habría existido ninguna Grecia. ¿Qué le había dicho el doctor Millingen? Que los griegos eran incapaces de trabajar juntos. Pero Lefèvre había estado allí. y era absolutamente cierto. Una vez había salvado la vida a Yashim. se encontraba en uno de los jardines del mercado situados más allá de las murallas de la ciudad. Yashim comprendió exactamente por qué estaba escrito que iban a encontrarse. asnos con cestos. Missolonghi apenas fue una batalla. Diez granos. En la batalla de Platea. Tenía la impresión de que el tiempo se estaba acabando. Viendo a Murad Eslek de pie ante él.C. Fue un asedio. Entrelazadas una sobre otra. supervisando la entrega de verduras y frutas a media docena de mercados callejeros de todo Estambul. la sede del oráculo respetado por todos los griegos por igual. —Lo vi cruzar el Hipódromo.Jason Goodwin La serpiente de piedra Las serpientes de la columna brotaban de un anillo de bronce. Pensó en sus pies. Solemnemente. y no demasiado. en la casa del kebab unos días antes. El láudano ayudaba a aliviar el dolor. ni Alejandro. Mecenas y el resto de aquellas enfrentadas ciudades que se aliaron en el 479 a. las tres serpientes se elevaban al cielo. los tenderetes ya estaban montados y. 135 . Yashim supuso que si la suerte de la batalla hubiera sido otra.. effendi. de fiar: un amigo. ¿Tomamos un café juntos? 92 El doctor Millingen cerró su maletín de golpe. unidos por primera vez realmente. Carros y mulas. Murad Eslek y sus hombres los llevaban a la ciudad y se ocupaban de su distribución. Yashim sonrió a su amigo. Murad Eslek era madrugador. los persas fueron derrotados por un ejército de griegos. llenos a rebosar de todos los productos de la estación. bajo.. como por arte de magia.. las armas y armaduras de bronce de los derrotados persas fueron fundidas y rehechas para fabricar la Columna de la Serpiente. Levantó la mirada hacia la cama. Pero. ¿no? Como médico. Para conmemorar esa victoria. ni griegos. Ni filosofía.

—Me dice que quiere ver al príncipe heredero -dijo Millingen. su gran rostro ladeado hacia el sol. pero agonizar resultara doloroso. Enviaré a buscarlo. estaba diciendo una verdad a medias.. No le faltaba coraje al sultán. —S'agit-il des mois. Apartó la idea de su cabeza. El gran visir discutiendo con su cadáver. Lo que la mayoría de las personas temían era ver cómo se aproximaba la muerte. Éste es el siglo diecinueve.. Millingen se preguntó si sabía. y un hombrecillo delgado con un fez saltó del diván. Dos lacayos se pusieron firmes a cada lado. Su trabajo era darles valor. muerto en su litera velada. con una madeja de lana en torno a las manos. como si la muerte en sí fuera fácil. Millingen se dio la vuelta y se dirigió a la puerta. un poco torcida. habrían muerto. El sultán no bajó la mirada. El sultán movió un dedo: «Siga. El hombrecillo se inclinó.» 93 Giorgos estaba sentado en el pequeño patio que había detrás del hospicio. Si pudiera disponer de otra semana. miró hacia atrás. y vivían. Tenía la boca abierta. —¿Sultán? —El príncipe heredero. On va de jour en jour. también. los ojos cerrados. A veces personas que estaban bien de salud venían a verlo. pensó. Millingen se cruzó de brazos y dejó caer su barbilla hasta el pecho.. Pero su profesión no tenía que ver con los vivos ni con los muertos: tenía que ver con los agonizantes.. Sabía que eso era probablemente fútil. consciente de que estaba siendo observado. a fin de no alarmar a los soldados. Una semana. 136 . de lo contrario. el príncipe sentía un horror patológico hacia las enfermedades. sultán. que aquello era inútil. El sultán estaba hundido entre almohadones y su piel entre sus huesos. Cuando le dijo al eunuco que su profesión tenía que ver con los vivos. «Ésta no es la época de Solimán -se dijo-. mientras iba por el corredor.Jason Goodwin La serpiente de piedra El doctor frunció el entrecejo. Éste abrió los ojos. A veces protegía a personas que. y amarilleaban alrededor del oscuro núcleo del iris. porque raras veces era la muerte misma lo que la gente temía. como si deseara hacer algún esfuerzo. Parecía de papel. Ya en la puerta. no con los muertos. él las sangraba y medicaba. Millingen se acercó para poner una mano cerca de la boca del sultán. —On ne sait rien -dijo con calma-. —Sí. y sus párpados casi estaban morados. evacuado a toda prisa del campo de batalla como si estuviera vivo todavía. Su respiración era tan débil que prácticamente resultaba imperceptible. ¿Horas o días? Millingen había visto esa fatiga antes. Carecían de vida. de jours ou de heures? Sus labios apenas se movieron cuando dijo esto.» Abrió la puerta y salió al corredor. Sólo su mano se movió lentamente sobre la colcha. Llamadlo. Un recuerdo de algo que una vez había leído acudió a su mente: Solimán el Magnífico. o concederles el olvido.

Y tú no te preocupes. Quédate con la granja. Aún había luz cuando llegó a la residencia del embajador polaco. Entrecerró los ojos para mirar a sus visitantes-. La risa de Giorgos terminó bruscamente en un acceso de tos.. Se pide dinero al rico. Engañáis a demasiadas personas. que engañaban a la gente. levantando la lana de su regazo-. Palieski lo saludó en la puerta. effendi. Hasta Murad Eslek lo sabe. —Duermo como una vieja dama griega -gruñó. Esos chicos engañan a la gente. —Murad me ha estado hablando de los hermanos Constantinedes -dijo Yashim. Pero yo pienso que no. mi padre ayudó a sus chicos. éste es Giorgos. 94 Yashim hizo una apresurada visita al hammam antes de cruzar el Cuerno de Oro en bote. Giorgos. Eslek cortó el aire con la mano. Giorgos se frotó el pecho. Yashim? ¿Quieres que tenga pesadillas? Yashim sonrió. Pero eran malos chicos. Un puesto muy rentable. este hombre tiene la mitad de sus años y dos veces su tamaño. ¿por qué no iban a engañarme a mí también? ¡Naturalmente! —¿Nadie te pidió dinero.» Giorgos se secó los ojos con sus manazas. ellos dijeron: Giorgos. Yashim y Eslek intercambiaron miradas.Jason Goodwin La serpiente de piedra Abrió los ojos y vio a dos hombres de pie ante él. —Esos cabrones -dijo-. le pegaba a su mujer. ¿Los reconociste? —No. Vende verduras en esa especie de mercado que hay ahí arriba. 137 . effendi. Y he oído por ahí que te querían quitar de en medio -añadió-. —¿Por qué te interesas por esos mierdas? -Escupió en los adoquines-. entonces? —¿Dinero? -Giorgos parecía sorprendido-. —Tiene razón. Cuando te sientas bien puedes volver a tu puesto. Vaya. Mi padre les dijo: «Os buscaremos un nuevo puesto. —Ya era el puesto de tu padre -señaló Eslek. Se le hincharon los ojos y se golpeó el pecho. ¿Para qué traes a este granuja aquí. —Mi abuelo tenía la granja -dijo Giorgos-. —Sé quién es Giorgos. Murad Eslek movió negativamente la cabeza. Son unos tipos malos. Así que. Los hermanos Constantinedes no volverán a molestarte. Éste no es Giorgos. se ha acabado para ti el mercado. Nunca los vi antes en toda mi vida. y nosotros vendemos a la gente. —Déjemelo a mí -dijo Eslek-. ¿no? Hicieron una oferta. véndenos tus verduras. llevó a los tres al mercado. la gente no viene. El viejo Constantinedes vivía cerca. Bebía demasiado. Trabajo en ese mercado desde antes de que ellos nacieran. ¡Me encontráis como las viejas! Sacó sus enormes manos de la madeja y las posó suavemente sobre el banco. —Cuando mi padre murió.. y escupió. No a un verdulero. —¡Ja! -mugió Giorgos. —Murad Eslek. Si yo dejo el mercado. effendi. Giorgos cerró los ojos nuevamente y soltó una débil risita. Es un viejo. —Y los hombres que te atacaron.

sí. Desagradable. Pero sucede que es un fanático de Byron. Maravillosamente frío. ¿qué representan? Amenazas. Palieski sonrió. Algo parecido. —Pero ¿y el bote? ¿Y tu apartamento. Igual que Goulandris y que el judío. Pero no la Hetira.? Acuérdate de eso. que habían crecido desenfrenadamente durante años. Muy violenta y muy inesperada. —La Hetira fue tras de ti por el libro. Para cuando el barco recaló en el mar de Mármara. si no me equivoco. Bueno. lo estás tú.. Tomó un pesado vaso de vino de cristal de encima de la mesa y lo llenó. —Giorgos no fue atacado por la Hetira. Lefèvre fue destripado... Sumamente ridículo. ¿Es eso lo que estás diciendo? Yashim miró a su alrededor. como tú dices. Las manos de Palieski se posaron sobre la botella amarilla. Yashim observó que la mesa estaba puesta para tres. Pero yo estoy vivo. Como. —Y esos hechos realmente. Uno de los trabajitos de los que Xani tenía que ocuparse. Pero me temo que está bastante mal. Pensé en abrir el comedor en honor tuyo. Pero aún estoy vivo. Pensé que era una red de extorsión.. Compston. —¿Por qué no? Mira lo que le sucedió a Giorgos.. y Marta anunció a un fornido joven de melena amarillenta y una abierta. Se detuvo en las escaleras. Palieski empujó la puerta y entraron en su cuarto de estar. sino que era capaz de pronunciar su título también.. La única persona que conozco es a ese ridículo muchacho. Yashim. Yashim trató de imaginarse el comedor de Palieski. sin duda. Palieski se dio la vuelta. Mira cómo te agredieron en el bote aquella noche. animada y rojiza cara. Era un viaje de seis semanas. —Creo que me he equivocado con Xani -dijo. Yash. Yo no tengo viejos amigos allí. pero no mataron a Lefèvre. con una mano sobre la barandilla. Estambul. Pensé que podía haber gente asesinada. ya puestos. —¿La embajada británica? -Yashim frunció el ceño-.Jason Goodwin La serpiente de piedra —Sube al piso -dijo-. —Fueron tras de mí.. está llegando ahora. y Compston se había mantenido en su litera durante todo el tiempo. Unos momentos más tarde oyeron unos pesados pasos en las escaleras. Fue una guerra entre él y otro puestero. El cuarto de estar será más confortable. —¿Equivocado? Yashim asintió. Había una pequeña mesa plegable colocada delante de la vacía chimenea. —Al igual que con la Hetira. La chifladura de Compston con la vida y la leyenda de lord Byron se había iniciado en el barco que lo transportaba a su primer destino diplomático. quizás. ¿Agujeros en el techo? ¿Telarañas? Las ventanas oscurecidas por enredaderas. no sólo había leído el poema «The Giaour». Y. —George Compston. Me di cuenta esta tarde. —¿A quién más estás esperando? —A un viejo amigo tuyo. El tercer subsecretario permanente del secretario del embajador en la embajada británica. —Tokay. un indulgente pariente le 138 . Empezó otra vez a subir por la escalera. sin duda. algo así..

Yashim se encontró más de una vez repitiendo involuntariamente las opiniones de Fizerly. —Con frecuencia.. hecha pedazos por la artillería egipcia. El sultán había traído los ejércitos de Egipto a Grecia. Actualmente llevaba una faja y un estrecho bigotito. e Ibrahim Pachá hizo retroceder a los griegos hasta ese desolado lugar. «para causar impresión». a su hermana. y aislada de toda esperanza de ayuda. Había llegado a esa fase de la pasión de un joven por una idea en que todo lo que miraba se ajustaba a ella y la confirmaba en su mente. un aspecto byrónico. A Compston no le importaba. y allí durante un año. de hambre. por la artillería egipcia. cuando veían a Compston por primera vez. Y cada día morían. la bandera de la libertad ondeó sobre la desdichada ciudad. una seña amistosa de la mano. —Por supuesto. No fue hasta que Marta hubo quitado los platos y colocado una licorera con oporto sobre la mesa cuando Palieski tosió y condujo al inglés hacia el tema que tenían entre manos. un gesto byrónico. Ben Fizerly. de Grecia. un suspiro. pero pocas personas. No se parecía mucho a Burnham Overy. Una serie de bucles castaños recordaba los mechones byrónicos. Missolonghi. ¡Habrían causado un verdadero revuelo! Sin la menor duda. —Sí. no tenemos griegos en Norfolk. excelencia? El orgullo. desde luego. Yashim soltó una ligera tosecita. Hasta Fizerly había declarado que Compston se estaba convirtiendo en un completo pelmazo. Creo que sí tenemos algunos judíos. Hay uno o dos en Norwich. Durante la cena -estofado de ternera con salsa de acedera. no crecerían las palmeras! —En efecto -murmuró Palieski. Más cálido que Burnham Overy.. Fue su amigo y mentor en la embajada. La ciudad no era gran cosa. y su veneración había avanzado y madurado durante los últimos dos años. -Entrecerró los ojos mirando su copa-. como el propio lord Byron. que corría a lo largo de la playa. Hay un poquito de costa allí de donde vengo. se habían vuelto tan repletas de las paradojas byrónicas y burlas escabrosas que ella apenas podía comprenderlas ya. como usted recordará. ¡De lo contrario. y la vergüenza. la verdad -añadió. asociaban al muchacho de abierta cara rojiza y grandes y blandas manos con el melancólico poeta cuya prematura muerte toda Europa había lamentado. de cólera. y se inclinaba cuando hablaba con damas europeas. Imaginen simplemente a Burnham Overy con palmeras. -Suspiró-. —¿Missolonghi. tampoco. que ésta parecía trasladarse de un pie al otro. Mr. Demasiadas tiendas de campaña. por supuesto.. —¿No podían romper el cerco? 139 . —Missolonghi. con faja o sin ella. Se sirvió una copa de oporto.. Vació de un trago su copa y miró fijamente la licorera..Jason Goodwin La serpiente de piedra había proporcionado Don Juan y La Peregrinación de Childe Harold. Se unieron a los albaneses. Sus cartas a casa. tan sólo una marisma realmente. Compston se llevó la mano a la barbilla y habló de perfil. Compston. Y su discurso estaba salpicado de citas del Childe Harold. el primero que observó su cojera y más tarde señaló. con kilómetros enteros de dunas. Un montón de fugitivos griegos. Burnham Overy. hombres con sus mujeres y sus hijos. pues eso es Missolonghi.. Todo protegido por un talud de tierra. trato de imaginarlo. con cierta sorna. Había miles de griegos rebeldes allí.

Byron lo veía como una cuestión de moral. Los demás. pese a los nobles esfuerzos de lord Byron por lograr la reconciliación. Da la casualidad que yo pienso que eso fue lo que lo mató.. Le prohibió ir a su casa... Chronica Hellenica.. Byron nunca vino a Burnham Overy. —Eso he oído.. —¿El suizo insoportable? —Así es. por la gente de usted. tuvimos un caso parecido en Burnham Overy hace unos años. finalmente. Supongo que hicieron lo que pudieron -añadió amargamente. terribles tiempos -terminó Compston vagamente. Meyer editaba una especie de revista. Al menos ante su propia cara.? ¿Después de la muerte de Byron. 140 . en cuanto tuvo noticias del asunto. Bruno. monsieur.. -Se golpeó la rodilla-. así que decidieron romper el cerco. pero Byron le envió a los suliotas. desde luego. —¿Más oporto. los griegos estaban divididos entre ellos. Trató de apaciguar las rivalidades entre las facciones. desgraciado. de veras. Según cartas de lord Byron.. Un ojo a la funerala. En primer lugar. y escapar a las colinas. —He oído que murió de fiebre. —Pero ¿los médicos. Bien hecho. Oh. Stephanitzes era el único griego entre ellos. no podían. De la misma manera que lo hizo Byron.. Palieski carraspeó suavemente. pero nunca se quejaba. Mr. ¿Stephanitzes. Un suizo. Me temo que perdieron los nervios. frunciendo el entrecejo. creo. Era demasiado generoso con su energía y su tiempo. eso por supuesto. Bueno. por no hablar de su dinero. Jenkins. Millingen fue capturado un año más tarde. no lo sé. quiero decir? Al final.. monsieur. diría -añadió Compston con guiño hacia el oporto-.. El padre lo arregló. No tan insoportable. Meyer sedujo a una muchacha en Missolonghi. Stephanitzes.. Dos mil rebeldes consiguieron atravesar las líneas turcas.. —Sí. Dio rienda suelta a su ejército. Y el pobre Meyer. quizás? ¿El doctor Lefèvre? —¿Lefèvre? -Compston frunció el ceño y negó con la cabeza-.Jason Goodwin La serpiente de piedra —Así es. —Estoy seguro de que usted sabe.. y por incompetencia médica. Yashim inclinó la cabeza. Meyer quería fanfarronear. también. —¿Y qué les pasó a todos. Byron decía que no tenía modales. Compston? —El doctor Millingen atiende al sultán ahora -señaló Yashim. Albaneses y egipcios. Compston parecía agraviado. Entrenó a los suliotas para luchar como verdaderos soldados. -Compston había olvidado su pose byrónica. Ibrahim vio su oportunidad. Pero no deberíamos acusar a los doctores. como Millingen. como un niño tratando de recordar su lección-. consiguieron escapar? —En su mayor parte. Se vieron reducidos a roer huesos. Pero había otros... —Bueno. Terribles. un par de dientes menos y prácticamente fue arrastrado al altar. Se pasó un tiempo en prisión. Meyer no lo consiguió. ¡Qué paciencia la de aquel hombre! Sabía lo estúpidos que los griegos pueden ser. Ahora que me acuerdo. luego salió y vino aquí. Quiero decir el de Missolonghi. y ahora se estaba inclinando hacia delante. Realmente no. En segundo. -Compston se frotó un ojo con el dedo-. Dieron la vuelta y huyeron hacia Missolonghi nuevamente. —¿El pobre Meyer? —Bueno. Provocó muchos odios. Ibrahim los había rodeado. cómo acabó Missolonghi.. Murió por tener un corazón noble. Él y Byron tenían diferencias sobre la publicación.

Sus párpados se agitaron y cerraron. apoyó la frente en la mesa y comenzó a roncar. —No. No. —¿Meyer? —El doctor que Byron no podía soportar. Excepto en el caso de su amigo Byron. No tenía ninguna oportunidad. No distinguiríamos al doctor Meyer. Es lo que hacen. Yashim esbozó una sonrisa. ya veo lo que está buscando. En un momento dado. Palieski y Yashim lo miraron en silencio. Los doctores se pasan su vida profesional matando a la gente. tras darle la vuelta a la cabeza de Compston para que su nariz no se aplastara contra la mesa de caoba. —¡Pobre Byron! -exclamó el embajador-. —Tal como dice Compston. —Aun así -dijo Yashim-. Palieski medio giró la cabeza. Fuera estaba oscuro. fue una matanza. no distinguiríais a Byron de una jeringuilla. Yashim. se fue desplomando hacia delante. Estaba sentado. ¿verdad? Millingen debe de haber venido aquí porque no podría encontrar un paciente en Europa. Tú mismo me dijiste eso. contemplando la pulida mesa. —¡Oh! Iba a ofrecerle un café. El hombre que no consiguió escapar. —He estado pensando al respecto -dijo. Un elegante doctor escocés que accidentalmente deja que el más grande poeta inglés vivo muera por su causa. La muerte de Byron llevó a la independencia griega. —Byron es un caso especial. ¿Quizás fue deliberado? —¿Deliberado? No. los otomanos (eso es lo que os hace tan encantadores). y luego. Un momento más bien ignominioso de su historia. no. —¿Al tipo de Burnham Overy? —A Meyer. Millingen estaba en Missolonghi por la causa griega. para el caso. con infinita paciencia.Jason Goodwin La serpiente de piedra —Así que. Pero Millingen se siente a salvo aquí. —Se casó con la chica. y al siguiente. No es una tarjeta de visita en Mayfair. Unió a los europeos. por supuesto. Vosotros. pero vale la pena considerarlo. La reputación de Byron era legendaria. 141 . -Compston sacó un gran pañuelo de encaje y se sonó-. diría yo. —Profundo. —Tú crees que es ridículo. Tomó un sorbo de café-. Yashim asintió. Debió morir en la matanza general que siguió a la caída de la ciudad. -Compston frunció el ceño y se sentó un poco más derecho-. —Oh. —No estoy seguro de que la guerra beneficie jamás la imagen de nadie. no escapó. —No del todo. ¿qué le ocurrió a él? -quiso saber Yashim. el tipo tiene un dolor de cabeza (quién no lo tendría con todos esos griegos dándole por todas partes). muy lentamente. ¿Yashim? Tomaron su café en el asiento de la ventana. Profundo. si de repente apareciera en Estambul. Estás empezando a pensar como un polaco. Sangrado y purgado por una pandilla de matasanos. está muerto. taciturno y abatido. improbable. supongo -dijo gangueando. —Quiero decir después -dijo Yashim. Yashim. el lejano sonido de los ladridos de los perros se mezclaba con el lento retumbar de los ronquidos del joven inglés. Me gusta. monsieur. N'eso consiste el genio.

Luego regresó y volvió a dejarse caer pesadamente en la silla. Una mirada de dolor cruzó por el rostro del embajador. eso es lo que Malakian pensaba. —Muy bien. —No es tan probable... Pero ¿por qué se descubrió y fue a ver a Millingen? Palieski se levantó de la silla y se dirigió a la puerta. —Pero no guardaba nada de valor. Y luego está el truco de la moneda que aprendieron los dos. Pero eso es exactamente lo que Lefèvre hizo. en la confusión. Escabullèndose cuando los enemigos se han ido. Palieski hizo una profunda aspiración. Caídos en una fosa común. Palieski asintió. —Tiene dolor de cabeza. Escondidos bajo el agua. Pero ¿por qué? ¿Por qué cambiar de nombre y todo eso? —Aún no lo sé -confesó Yashim-. tampoco. —Meyer sobrevive. uno del otro. Palieski lanzó un silbido de asombro.. —Míralo así. respirando por una caña. —No puedes criticar el juicio de lord Byron. Palieski contempló el techo. —Yashim. Ese que desagradaba a Byron nada más verlo. —¿Por qué consulta a un médico si él lo es? —Lo ignoro. —No necesariamente estaba en posesión de lo que se disponía a vender.Jason Goodwin La serpiente de piedra —Una matanza. Palieski cerró pausadamente los ojos. Y negó con la cabeza. ¿Qué más? —Negociar. Asustarse. El doctor Millingen lo recordaba. Él nos lo dijo así. no le quedaba dinero. Se dejó caer hacia atrás apoyándose contra el marco de la ventana. excepto aquel librito. Y eso no vale tanto. 142 .. —El doctor Meyer era el único que sentía interés por la arqueología griega. A fin de cuentas. —¿Tú piensas que Meyer y Lefèvre son la misma persona? —Hay un par de cosas que aún no comprendo. Consulta a un médico. la gente tiene una oportunidad de huir. Millingen. Lefèvre lo hacía. Ese tipo de cosas. —Muy bien. si ése es el caso. tiene sentido. Millingen lo hace. —¿O comprar? Yashim movió la cabeza negativamente. O haciéndose el muerto.. A veces. Yashim se encogió de hombros. Pero sí. —A ti tampoco te gustó Lefèvre a primera vista -insistió Yashim-. —Cierto. ¿Qué estaba haciendo Lefèvre los días previos a su muerte? —Leer viejos libros. —¡Marta! ¡Coñac! Se quedó junto a la puerta. Lefèvre tenía algo que podía vender..el hombre que aún podía demostrar quién era? Yashim entrelazó las manos. Y doce años más tarde. tendría la respuesta a cómo murió. —¿Y por qué descubrirse ante Millingen -preguntó Palieski. viene a Estambul. O todavía no. Si lo supiera. escuchando.

Jason Goodwin La serpiente de piedra —He dicho que estabas pensando como un polaco. —Eso encaja -dijo Palieski-.. Mavrogordato se lo hubiera contado a ella. Restaurar la salud. Se incorporó. Marta sonrió y sirvió dos copas de coñac. Éste sonrió. —No tengo ni idea -observó Yashim-.. Marta. 95 143 . Pero entonces no me habría llamado. y Mavro gordato siente pánico. Yashim. Si Mavrogordato quería que mataran a Lèfevre. Llega Lefèvre. Gracias. —Sí. —¿Una sociedad de médicos? —Millingen estuvo en Missolonghi por una causa. me llamó para que investigara por ahí? El hombre no estornuda sin permiso de su mujer. al menos todavía no. Yashim. Yash! ¿Por qué. Le contaba todo lo que sabía. Palieski hizo una mueca.. madame Mavrogordato. Sabía dónde encontrar a Lefèvre aquella noche. ¿por qué su mujer. —Sigue largando. y rodó lateralmente en su silla. Esos banqueros están haciendo las cosas bastante bien. Ella sí. y era el único griego entre ellos.. ¿no? Sabemos que Stephanitzes estaba. Él no organizaría a un grupo de asesinos por su cuenta. en nombre de Dios. frotándose la cabeza. algo que Mavrogordato no podía decirle. Maldita sea. Sí. o quizás simplemente esperaba una recompensa cuando el reino se estableciera. Ésa es la Gran Idea. El banquero griego. —Yo no calificaría de «discreto» ninguno de esos asesinatos. —No tengo la respuesta. te llamó ella? —Exactamente. Compston soltó un sonoro ronquido. Toma una de éstas -añadió cuando Marta trajo la bandeja a la habitación-. —¿Confundirla? —No creo que Lefèvre fuera balbuceando a su marido cosas sobre reliquias. Algo debió de confundirla. lo que sea. con los ojos nublados. Bruno trabajaba para Byron: seguía al poeta. no quieren poner en peligro el barco. Pero restauración significa curar. ¿Por qué estaba tan interesada en Lefèvre? -Yashim juntó las yemas de sus dedos-. —¡Eso es! -Palieski se dio una palmada en el muslo-. tengo una idea. No tenía secretos. Había algo en Lefèvre que ella quería saber. Quizás creía en La Gran Idea. No porque no quisiera.. amigo mío. Utiliza su riqueza e influencia para que se ocupen de todo el asunto discretamente. —Yo. el propietario de barcos. en tal caso. no dormía -murmuró automáticamente. A Mavrogordato. Tú le habías comprado un pasaje en uno de sus barcos. Meyer editaba Chronica Hellenica. Cuando la puerta se cerró. Pero Lefèvre también visitó a otro hombre antes de que lo mataran. Yashim dijo: —La Hetira es una sociedad dedicada a la restauración del Imperio griego. Los doctores ingleses no van por ahí asesinando a la gente. Yashim suspiró.. balbuceando cosas sobre las reliquias.. también. Yashim.. —Pero ¿tienes una idea? Yashim asintió pensativamente. y no exagero. cayendo finalmente al suelo. —¡Caray.

el jefe del gremio de guardianes. la crucé. observó con alivio. La sombra del sou naziry se transparentaba a través del biombo. El biombo. de todos los tesoros de Estambul. Yashim ofreció a la Valide la más afable de las sonrisas e hizo una reverencia. Puede recordar su última visita: la compara con ésta. Hay manchas de color en sus mejillas. Mira a su alrededor. —Bendito sea. Algunas cosas. los guardianes del agua estaban empezando a desfilar hacia el patio a través de las grandes puertas. 96 La Valide frunció el entrecejo. vendrían y presentarían sus salaams al biombo purdah. en este día. Está atenta a una posible desviación. el que tú guardas es el más precioso para el pueblo. —Valide. y ahora mete su pan en un plato de sal. Se sabrá que la compañía del sou yolci no fue olvidada.. —¡Valide! Tu fragante presencia aquí. No olvido que. Dentro de unos momentos. —Es la bendición del espíritu. naziry. No deben hacerlo. Las escandalizaba. Lo besa tres veces. Yo no lo creía cuando era joven. se dice a sí misma. Se inclina ante el nuevo recluta. y el dobladillo de su capa parecía estar húmedo. ¡Era realmente demasiado! ¿Dónde estaba Yashim? Miró a su alrededor. Luchaba con las ancianas. —Y que su bendición caiga sobre nosotros. le recuerda a los caballeros de la Martinica. —El agua es vida -responde el nuevo recluta con voz firme. Concluidas las plegarias. el agua es el principio vital? 144 . el Misericordioso. como la lluvia. Pero Yashim no está allí. La Valide frunció el ceño.Jason Goodwin La serpiente de piedra La Valide se inclina hacia delante. de todas las cosas vivientes. —El agua es vida. —Eres muy amable. Nunca había estado aquí en el pasado. no cambian. ¿No está escrito que. el Creador. Habían transcurrido unos minutos. Se estaba frotando las rodillas. lo ocultaba de los guardianes del agua. por tu boca habla la verdad. Yashim tendió las manos. Ahora bebe el agua pura de la copa. por tu gracia. El sou naziry se adelanta y posa sus manos en los hombros del discípulo. La expresión del rostro de la Valide se suavizó. justo a tiempo de verlo salir de una diminuta puerta entre dos de las grandes pilastras de la vieja iglesia. El guardián del agua cruza los brazos planos contra su pecho. La Valide casi sonríe. Éste es mi papel. Pero ahora lo veo claramente. para compartir su sonrisa con Yashim. que tenía cubiertas de barro endurecido. —Y el espíritu está en Dios -replica el otro. levanta las manos. implica mucho honor para nosotros. —¿Dónde has estado.. El sou naziry. scélérat? -siseó. bajo la mirada vigilante del sou naziry. —Vi una puerta. para demostrar su fraternidad.

y sus brazaletes tintinearon. se llama. A mi regreso. —Sí. Yashim añadió algunos cucharones más de caldo a la sartén. los cortó toscamente y los añadió a la cebolla con la parte plana de la hoja. Yashim sintió un punto de irritación mientras contaba las diminutas monedas... Valide? La voz del sou naziry sonaba ligeramente desconcertada. —Preparaste el fogón. Los próximos dos días tengo que inspeccionar los codos de las cañerías. Cuando ella le preguntó qué quería decir. Yashim añadió sal. La Valide no dijo nada. con una mano estirada. y desea hablar contigo. Yashim volvió a colocar el arroz en el fuego y le echó un poco de caldo. Tengo un sirviente. leyendo un libro. Al regresar a su apartamento no se sorprendió de hallar a Amélie en el diván. él le habló sobre los dolma que le había ofrecido a su marido. —Creo que era suizo -dijo cuidadosamente. —Me perdonarás. effendi! Pero esta moneda es pequeña. —¿Sí. sabes. —Ciertamente eso explica algo -murmuró. y haremos trato. Mire. Peló dos cebollas... ¡Ya vengo. El arroz se estaba secando. Voy a hacer un arroz pilaf -dijo él-. 97 Yashim metió las verduras en su cesto y sacó el dinero de la bolsa. que estaba empezando a humear. en su corazón. Hizo un gesto a Yashim para que se adelantara. las cortó muy finas y las echó junto con un puñado de piñones en una sartén con aceite de oliva. y lo removió todo. y lo cubrió con una tapa en forma de cúpula. De manera que sacó la sartén de las brasas y miró dentro de la olla. hanum! Cinco piastras. —A Max nunca le gustó cocinar -dijo la mujer-. de que la Valide realmente lo supiera-.. sí. —Escogiste al francés equivocado. ¡No se ofenda. Quizás. —Yashim. por eso no le gustaba besar. Valide. Dudaba. Amélie se rió. El naziry contestó con un leve asentimiento de la cabeza y luego levantó las manos. effendi. —Esperaba que volvieras -dijo ella.. No te muevas. Dejó que siguiera hasta hervir. pero no tengo tiempo para el lala ahora -dijo-. —¿Te habló sobre su estancia en Grecia? 145 . Quitó la piel a dos dientes de ajo. cinco piastras más. Sigue leyendo tu libro. No tenía paladar. sí. Luego dejó caer dos puñados de arroz en la sartén y lo removió todo cuando el arroz empezó a pegarse. Yashim reprimió una sonrisa. Es un lala.. Amélie se quedó en silencio durante un rato. pimienta y una pizca de canela al arroz. Se inclinó ante el biombo. -El hermano saltaba de un pie al otro. —Por si lo necesitabas. naziry.. y puso ésta sobre las brasas. mirando arriba y abajo de la calle-. Yashim salió de detrás del biombo y agachó la cabeza. Amélie lo estaba observando. —Sí. Es un hombre honesto.Jason Goodwin La serpiente de piedra —Está escrito -replicó la Valide.

y.. Y no era su pilaf. ¡no Grecia! —Pero tuvo una guerra allí... bueno. —Estaba clavada aquí sin nada que hacer. sola. —No -dijo-. o el doctor Meyer? Yashim recortó los tallos de cuatro alcachofas pequeñas y las puso a cocer al vapor. Lo siento. —¿Millingen? -Levantó la mirada rápidamente. y. Pensé que te enfadarías conmigo. Me trajo aquí. Una no creyente. Había algo en Amélie que resultaba extraño. Me temo que me entusiasmé un poco.. Yo pensé que tú te enfurecerías. ¿Estabas sola? —Fue descuidado por mi parte. sí. ¿No es una coincidencia? —Extraordinaria -reconoció Yashim y dedicó nuevamente su atención a cortar la alcachofa. así que decidí salir y echar una ojeada a Santa Sofía. La mujer llevaba un par de pequeñas babuchas puntiagudas. más allá de su vacilación o su rubor. —Ya veo. Pero Santa Sofía. —Eso depende de la mezquita -dijo Yashim-.. muy rígido e inglés... Tenía prisa. Olvidé el asunto hasta ahora. Amélie se estaba sosteniendo la cabeza con la mano. Yashim empezó a cortar a rodajas la alcachofa. Max nunca dijo nada sobre eso. —Yo. Sentía un hormigueo en la nuca.. gracias a Dios.. Yashim levantó la tabla y empujó las rodajas de alcachofa a la sartén con los dedos. fue espantoso. Miró a su alrededor. y olvidé que los cristianos no son bien recibidos en una mezquita.. a tiempo de que Yashim observara un pequeño rubor que se iba desapareciendo de sus mejillas-. Entonces se acercó un carruaje y fui a parar dentro. Y cuando volviste. lo sabía.. ¿Qué sucedió? —Me expulsaron.. como si estuviera inmersa en sus pensamientos. sobre el caldo. Espero no haberte ofendido. y Epidauro en el Peloponeso. —¿Así que nunca dijo nada sobre el doctor Millingen. Y además no estabas aquí. también.. —No quería contártelo. estabas medio muerto. Napoleón había invadido Egipto. —¿Y qué hay de Byron? ¿Mencionó Missolonghi? —¿Fue ahí donde murió Byron? No. Lo conocí justo ayer..Jason Goodwin La serpiente de piedra —Oh.. inmerso en sus pensamientos. a pesar de todo -dijo Yashim-. El doctor se mostró perfectamente caballeroso.. —¿Vino directamente aquí. Decía que había mucho más esperando a ser desenterrado. desde Santa Sofía? —Sí. Algo ahí. ¿El médico del sultán? Yashim estaba de pie con el cuchillo en una mano.. Yashim bajó la mirada hacia la tabla de cocina. 98 146 . ¿Y el doctor Millingen? —Era su carruaje.. ya conoces el resto. Yashim apretó los labios suavemente. la alcachofa en la otra. —Nunca me habló mucho al respecto -dijo Amélie. No. Removió el arroz lentamente.. Vio el Partenón.. estaba mal. No estaba segura de lo que iban a hacerme. y mujer. Si es que fue allá por los años veinte. -La mujer soltó una risita-.

Era mi invitada.. Sírvelo en el salón. eres tú! Realmente. —Demasiado tarde. —Mi querido amigo. —No más tristeza. aceitunas. Palieski la abrió. de no ser por usted. AMÉLIE LEFÈVRE. Se quitó de encima el edredón y se dirigió a la puerta. y creo que lo es. Debe de haberla hecho sentir incómoda. La chica se ha ido (la chica de Lefèvre. Café. Marta. Probablemente lamentas que se haya ido. —Tenía miedo de que pudiera ser demasiado temprano. y deseo que usted alguna vez se acuerde de mí. ¿Está despierta Marta? —Hizo el té. —Error -dijo Yashim. Yashim -dijo Palieski calurosamente-.. —La embajada fue mi primera sugerencia. eso no puede ser. Se volvió hacia su amigo y se frotó las manos. Yashim. ¿Podemos arreglarlo? Hay una confitura de arándanos que acaba de llegar del pueblo. sola. instalándose a los pies de la cama. Yo lo lamentaría. verse arrojada a la deriva en un país extranjero. tomaremos un poco. «Golpes que llegan a las profundidades del alma de una mujer.. querida. eres espléndida. su muy humilde y obediente amiga. Quizás incluso esperanza.. —Una muy adecuada expresión de sentimiento. Perder a un amado marido. noto. Sin usted me habría desmoronado antes de ahora. esa energía se ha agotado: me siento débil y. No podemos tenerla andando por ahí abatida. ¿quieres? Parece que hace un día estupendo. podemos comer en la ventana. Sus labios aún ardían de cuando ella lo había besado. Su amabilidad y hospitalidad me han dado energía para sobrellevar semejante adversidad. y pienso que ha hecho lo mejor. Que garantizará. también. Palieski lo miró atentamente. huevos.» Dios mío.Jason Goodwin La serpiente de piedra Palieski sacó la mano de debajo de las ropas de la cama para coger el té. Yashim se retorció las manos. -Yashim sacó un papel doblado de su capa-. Tengo intención de presentarme sin más tardanza al embajador francés. Nuestro amigo Yashim se está sintiendo un poco pachucho y quiere un desayuno abundante para reponerse. —¡Buen Dios. Palieski abrió los ojos. embutido diplomático. son golpes que llegan a las profundidades del alma de una mujer. Pero ahora. Le recordaré a usted con afecto. Marta. —¡Marta! Yashim oyó que Marta se apresuraba escaleras arriba. en un 147 . pan. —Gracias. Queso. ¿Qué más? Quizás un poco del. Encontré esta nota bajo mi puerta esta mañana. mi seguro retorno a Francia. puedes instalarte una cama aquí hasta que la mujer del desgraciado Lefèvre se haya ido. quiero decir). —Marta. si es amable. descubrir que las más grandes esperanzas y sueños de una se han vuelto irrecuperables. ah. Mon cher monsieur Yashim: Pocas palabras pueden expresar mi gratitud hacia usted. ¿Un poco de fruta? Gracias. Yashim.

Ibrahim. y estaré listo en un momento. con sus vestidos y corsés franceses.Jason Goodwin La serpiente de piedra país extranjero. Visten bien. —Yo tampoco -reconoció. 99 Sostenida por una robusta esclava en cada brazo. Intrascendentes como una bandeja de chocolates belgas. Valide. —Ibrahim Aga -dijo ella-. Valide. Ibrahim Aga sonrió con inseguridad. sin nadie con quien hablar excepto tú. Las chicas se inclinaron. Le contó a Palieski lo que Amélie le había explicado. No lo entiendo. Su sonrisa es encantadora.. Pero ayer se encontró con Millingen. todas vestidas a la última moda francesa. La Valide asintió con la cabeza y dejó escapar un suspiro. Te favorece mucho.» Y así sucesivamente. —¿Y estaba ocultando algo? -Palieski frunció el ceño-. Éste suspiró. y su aspecto es totalmente encantador. Francia. Después habían desfilado como una manada de tigresas. —Gracias. muchas de ellas estiraban la cabeza para ver mejor a la Valide. Las damas hicieron una cortés reverencia cuando ella empezó a subir por las escaleras. Al pie de la escalera inclinó graciosamente la cabeza para agradecer la atención del más alto dignatario de la casa del sultán. señorita. Ibrahim. sedas y pieles. Deja que me ponga alguna cosa. en Topkapi. —Son un mérito para ti. reflexionó la Valide. Damos un paseo cada mañana. Al final se volvió hacia el kislar aga. y para cada muchacha tenía unas palabras halagadoras. —Veo que estás engordando. el artístico collage de chales y echarpes. Yashim estaba tomando café en la sala de estar cuando Palieski se reunió con él. ¿Puedo presentarle a las damas? La escoltó a lo largo de la fila. Las damas se ruborizaban y sonreían.. quizás. —Necesitan ejercicio. brillantes joyas. alineadas con sus sombrillas para un paseo por los jardines del palacio. Ibrahim. ¡de miembros ágiles y 148 . Ella les sonrió. Un poco menos de rouge. Cuán banales parecían. De vez en cuando ella alargaba una pálida mano para enderezar una chorrera de encaje y pellizcar una mejilla. Yash. la forma en que llevaban el color. haciendo un gesto de asentimiento con la cabeza. Me alegro de verlas disfrutar del jardín. cómo se habían enorgullecido ella y las demás de su estilo. Llévame hasta la gobernanta. Las concubinas del sultán respondieron con un saludo murmurado. En su época. bajando modestamente los ojos hasta que la Valide hubo pasado. Éste se encontraba al frente de un grupo de damas. —Ella no sabe que su marido era Meyer -dijo Yashim-. ése es el lugar para ella. El jefe de los Eunucos Negros hizo una profunda reverencia. Una fábrica: sí. el jefe de los Eunucos Negros. el arreglo de su cabello. la Valide descendió de la litera en la gran sala del palacio del sultán en Besiktas. «¡Qué cabello más adorable! Muy bonito. No siempre teníamos semejante lujo en mis tiempos. —Sí. sus chales y zapatos de seda. Mesdames.

La primera mujer del sultán. dando lentos. Las kadineffendis se inclinaron recatadamente. llevaba el tradicional vestido del harén.Jason Goodwin La serpiente de piedra magníficos miembros de fina piel y perfectos dientes! No como aquellas muchachas. A monótonos intervalos. ella sintió que se le formaba un nudo en la garganta. Probó el sorbete y devolvió el vaso. sin que nadie los mirara. —¿Puedo ofrecerle humildemente un refrescante sorbete. permitió que las muchachas le arreglaran gentilmente el cabello y le alisaran las arrugas de los pliegues de sus ropas. El manojo de llaves que colgaba de su cintura hizo un sonido metálico cuando ella se inclinó. inclinándose y llevando el borde de su vestido hasta sus labios. en las escaleras. —¿Cómo está Mecid. Una escena 149 . se aproximó a su imperial suegra y tocó el borde de su túnica con una mano. La Valide les habló amablemente. la Valide miraba hacia abajo. nuestro imperial nieto. hizo el gesto de rozar el dobladillo con los labios y lo acercó a su frente. permaneciendo inmóvil con los brazos cruzados y los ojos bajos. madre del príncipe heredero y futura Valide.. algunas muchachas se adelantaron para ayudar a la Valide a quitarse su chaqueta de satén. —Allons -dijo. a través de las ventanas tapadas con gruesas cortinas. como epitafios de soldados que hubieran muerto y no fueran recordados. Dejándose caer en un dorado sofá. Sillas inglesas de respaldo recto. silenciosas y sin apresurarse. adiestrados canarios en su jaula. hija? —Está orando por su buena salud. Ella sintió la brisa en su rostro. Contemplando sus hermosas caras. se deslizó en la habitación como un cisne.. cuán silencioso. Cuán muerto estaba el palacio. y dando un paso atrás se quedaron esperando. Las restantes tres kadineffendis se acercaron discretamente a saludar a su suegra. una a una. La gobernanta imperial avanzó y ocupó su lugar al lado de la Valide. Valide? -preguntó la gobernanta. otra le fue a buscar un taburete para sus pies. Se movían con graciosa calma. Valide. y portaba un largo bastón de mando rematado en plata. La Valide se recostó contra los cojines y suspiró. Dos muchachas la ayudaron a ponerse de pie. ¡Era una vergüenza! Hizo una pausa en lo alto de las anchas escaleras. y ellas enrojecieron y sonrieron. Debería haber efectuado su visita antes. Las puertas se abrieron silenciosamente al aproximarse la curiosa pareja. y la Valide posó su mano sobre el brazo del aga. Siempre los mismos delicados rituales. señalando una bandeja. las mismas medio encubiertas miradas de afecto y respeto. estereotipos a la moda. cuidadosos pasos a través del encerado parqué. el Eunuco Negro con la diminuta mujer blanca que colgaba de su brazo. Alta y rellena. Luego miró a la gobernanta e hizo un casi imperceptible gesto de asentimiento con la cabeza. sus bonitas sonrisas. apoyándose en la barandilla. En señal de respeto y obediencia. Sintió que el corazón le palpitaba en el pecho. aparecían alineadas contra las paredes. En lo alto de la escalera. la gobernanta estaba esperando para rendirle homenaje. Con una elegante reverencia. al Bosforo. vacías. A su señal. y la acompañaron a una habitación iluminada por el sol que daba a las resplandecientes aguas del Bosforo. Los cuadros franceses colgaban. Una de las chicas ahuecó los almohadones en la espalda de la Valide.

—Hay muchas cosas que él no puede comprender. —Madre. Valide. La Valide le escuchaba en silencio. La Valide apretó su mano. Los ojos del sultán se apartaron de los suyos. cuando se sentó. Hacía un calor infernal. —Mi pequeño león -dijo la Valide por fin. Fizerly balanceó sus piernas hasta el suelo. Ella sintió la presión de los dedos de su hijo cuando apretaban los suyos. —Él no viene. Fizerly se encogió de hombros. sin soltar la mano de su madre. La encontró. 100 George Compston cogió la nota y le dio vueltas en las manos.. pero luego sintió el débil apretón que le devolvían los dedos del enfermo. la leyó rápidamente y enrojeció. y vio que las almohadas se retorcían cuando él volvió la cabeza. se le acercó y deslizó los dedos de su otra mano por la frente de su hijo. El príncipe heredero era joven y sin embargo tenía miedo de la muerte. —Courage. huesuda y fría. siempre -susurró. Cruzó la embajada dándose golpecitos con ella en los dientes. Lo encontró con los pies sobre la mesa. ¿Qué más? Era de aquel eunuco. Cruzó lentamente la habitación hasta la cama. Finalmente la Valide entró en el dormitorio del sultán. pensó. Por un momento su corazón dejó de latir. el viejo no aporta ningún consuelo al agonizante. Yashim. y por un momento la Valide hizo una pausa en el umbral. Los postigos estaban medio cerrados para proteger la estancia del resplandor del sol. —He recibido una nota -dijo Compston despreocupadamente. Durante mucho rato ninguno de los dos dijo una palabra. Compston volvió a leer la nota. 101 150 . mirando a su alrededor. ¡Había despertado interés allí! Un turco entusiasta de Byron. apartándole un mechón de cabello. —Con la ayuda de Dios -dijo ella finalmente-. El sultán cambió ligeramente de posición bajo las ropas. el pueblo permanecerá quieto. pero habló durante varios minutos. Una madre no debe enterrar a su hijo.Jason Goodwin La serpiente de piedra de actividad que era a la vez vigorosa. silenciosa y remota. frotándose el bigote con aceite de oliva. Se sorprendió al ver a Compston. El aga trajo una silla. descargando su corazón. viejo -dijo con una voz quebrada. La Valide no dijo nada. —Me temo que esto ha de quedar entre yo y estas cuatro paredes. Respiraba con dificultad. y hablar representaba un esfuerzo penoso. la mujer buscó a tientas en la colcha la mano de su hijo. buscando a Fizerly. —¿Es guapa? Compston abrió la nota. y.. Nunca debería ser así.

—No veo nada malo en los niveles -dijo el sou naziry. y los dos hombres levantaron cuidadosamente la tapa. Reconociendo al naziry. la luz del sol brillaba sobre la superficie del acueducto. dos de los guardabosques estaban agachados junto al tandir. con alfombras y bandejas de plata. cebolla y ajo machacados. tienen miedo al fuego. con pesos atados a los bordes para mantenerlas tirantes. bajo una cubierta de barro cocido y palos. Éste dispuso unos bocados y un poco de arroz sobre la bandeja. Los hombres. Apartando la tapa. Hizo una bola con la toalla y se la arrojó a Leke. Uno de los guardabosques bostezó. incluso bajo los árboles. reduciendo toda la madera a una pila de incandescentes brasas. El cocinero asintió. igual que los animales. Había desollado y destripado al animal. donde el cocinero estaba preparando un bulgur pilaff. coriandro y comino. Uno de los guardabosques levantó la mirada. 151 . Normal para aquella época del año. pero los bosques exhalaban un refrescante frescor y el mensual paseo a caballo le había despertado el apetito al sou naziry. mirando hacia el resplandeciente fuego. Se arrodilló sobre el borde del tanque y sumergió las manos en la fría agua: había sido un caluroso paseo a caballo. cuando el fuego empezaba a bajar. sellada por una improvisada tapa. pensó el naziry. el guardabosques se inclinó hacia delante y con un centelleo de su cuchillo le quitó al cordero uno de sus riñones. Un sultán está a punto de morir. El naziry cogió el humeante bocado con los dedos y se lo comió con deleite. No había viento. La sombra era negra bajo los árboles. Habían sufrido una caída de quince centímetros. Sería agradable sentarse en la linde del bosque y comer. El naziry vio emerger del pozo el ligerísimo hilillo de humo. dejando que la carne se fuera hundiendo más y más a medida que avanzaba la mañana. y piensan que el cielo les va a caer sobre sus cabezas. lo mechó con ajos antes de frotarlo con una mezcla de yogur y tomates. que le ofreció al naziry en la punta de la hoja. las golondrinas rozaban el agua y se alzaban gorjeando y piando en el aire. Se montó una tienda negra sobre la hierba. El fuego tenía miedo del agua. —A las viejas les gusta propagar esa clase de rumores -añadió-. A un lado crepitaba el fuego bajo un trípode. El pozo que habían excavado era invisible. tapadas con una gasa. Al alba. Leke le ofreció una toalla. que agitaba suavemente sobre la carne asada para ahuyentar las moscas. Las represas habían tenido exactamente la medida que él imaginaba. Mucho antes del alba habían empezado a hacer y cuidar el fuego. Se quitó el polvo del camino de su rostro y cogote. El naziry se instaló en la alfombra. luego tomó el largo cuchillo que colgaba de su cinto y empezó a cortar la carne. Un sirviente cogió una bandeja y la limpió cuidadosamente con un trapo. Sostenía una rama verde.Jason Goodwin La serpiente de piedra El sou naziry bajó deslizándose de su caballo y le pasó las riendas a un aprendiz. trayendo leña y troncos. las ranas croaban entre los cañaverales. y observó cómo los hombres sacaban el cordero del tandir. ataron el cordero a una estaca y lo bajaron sobre el pozo. hizo un gesto a su compañero. Los guardabosques habían preparado el acostumbrado refrigerio. cruzando las piernas debajo del cuerpo. Pero el fuego mismo tenía miedo del naziry. de pie junto al pozo. hasta que estuvo cociéndose bajo tierra. así como jarras de sorbete hecho de endrinas y naranjas amargas. El cocinero había seleccionado un cordero del rebaño el día anterior. Más allá.

pero no tengo intención de entrometerme -dijo. como el palacio de un djinn? No. —Es usted sumamente generoso. El naziry ya había recordado quién era. Y usted ha cabalgado mucho rato. 152 . naziry. —Naturalmente. Una o dos veces. El café fue servido en una bandeja. con un gesto hacia el cordero-. ni siquiera un sultán puede hacer esto. ¿no es verdad? El naziry lanzó un gruñido. Yashim observó que el naziry lo miraba con curiosidad por el rabillo del ojo. —¿Y cómo iba a ser de otro modo? -Echó una bocanada de humo de su pipa-. Había algo familiar en el jinete. —Es un acueducto. por favor. Los dos hombres comieron rápidamente. como otro cualquiera. No le reconocí en la sombra. Un criado trajo agua. en la época griega. tenía la impresión de que ya se habían conocido. y otra bandeja de pilaf y cordero fue traída a la tienda. naziry. El sou naziry levantó una mano a guisa de saludo. —Hace muchos años que no vengo por aquí -confesó finalmente Yashim-. con un tchibouk. por supuesto. Yashim sonrió. creo. —Que aproveche. y se lavaron las manos. tiró de las riendas e hizo una inclinación desde la silla. Y agua para defenderla. bajo nuestra dirección. beber y guisar comida. Sosteniendo las riendas en la mano. effendi -dijo el extraño educadamente. Acompáñenos. también. Sinán lo reparó. Hizo un gesto al syce para que se hiciera cargo del caballo de Yashim. de que el gremio tuviera tan larga memoria. porque la carrera de Sinán como arquitecto se había iniciado casi trescientos años antes. Ahora fue Yashim el que vaciló. —Gracias -dijo. en silencio. en la ceremonia de admisión. «¡Bajo nuestra dirección!» Magnífica frase. El naziry vaciló. Griego o turco. Pero ¿y para una ciudad? La gente tiene que lavarse. El extraño se deslizó de la silla. Al ver la tienda y la humeante carne.Jason Goodwin La serpiente de piedra Un jinete llegó por la pista y emergió de los árboles. Agua. pero no podía recordar dónde. basta con construir un pozo. -Desvió su mirada hacia el cordero-. dulce y refrescante. dijo: —Perdóneme. Yashim asintió con la cabeza. —Era más pequeño. y ella aparece. —Yashim. —¿Y cómo hacen los hombres una ciudad? ¿Piensa usted que un sultán da una palmada con las manos. —¿Existía ya entonces? El naziry asintió. El naziry parecía sorprendido. Yo soy Yashim. Éste tomó asiento. Ése es el acueducto construido por Sinán. un hombre necesita agua para vivir. —Para un pueblo. Después llegaron rodajas de sandía rojo sangre. pensó Yashim. Ayer asistí a la Valide. Agua para construir una ciudad. —Es carne -dijo el naziry. naziry. —No me había dado cuenta.

¿Es porque procedemos de las montañas. Yashim. —Incluso con un don. Usted ve una ciudad. sus colinas. Yashim meditó sobre la observación del naziry. Se echó hacia atrás en la alfombra y cerró los ojos. Pero. —Los hombres del gremio -empezó a decir Yashim. como un laberinto. es un lugar sumamente peligroso. -Dio una chupada.. Estas cosas pueden retrasar la caída de una ciudad. compartiendo el resto del arroz y la carne. sus casas. Grandes murallas. Yashim se sentó. No puede vivir. Yashim inclinó el cuerpo para aproximarse.. ¿no es verdad? El naziry hizo un gesto de rechazo. un hombre debe aprender. naziry? —Otra ciudad. eso es todo. En parte es más vieja que el recuerdo. -Permaneció en silencio un momento-. Llévate estas cosas. Levantó la mano.Jason Goodwin La serpiente de piedra —¿Defenderla? —Por supuesto. No puede comer. —No es tan vulnerable como podría usted suponer. que comprendemos la caída del agua y la medida de las distancias? No sé por qué es. ¿Ve usted la sangre de un hombre. —Tiene usted gran experiencia -dijo. Y esto -añadió. 102 153 . bravos soldados. —Había un hombre llamado Xani. sin nosotros. los albaneses. —¿Y qué ve usted. Yashim miró la reluciente agua. Pero sí. El naziry enarcó una ceja. su gente. —Estambul es vulnerable. Ésa es nuestra responsabilidad. Los guardabosques y los hombres del naziry estaban en cuclillas en círculo. sus pulmones? Pues un doctor ve a un hombre de esa manera. ve sus calles. Nosotros. incluso un sultán juicioso al mando. Pero el agua es lo que decide la batalla. observándolo durante varios minutos. Como he dicho. sabemos leer el agua. Y guardar secretos. todos tenemos un don. pero Dios asigna a cada raza una tarea especial. -repitió el naziry.. Un búlgaro conoce su rebaño de ovejas. al cabo de muchos años de experiencia.. Pero no ve tan profundamente como nosotros podemos ver.es la sangre de Estambul. apuntando con el cañón de su pipa hacia el resplandeciente acueducto. —Es un laberinto. que somos miembros de un gremio de doscientos miembros. -Se llevó la mano al pecho e inclinó muy ligeramente la cabeza hacia Yashim-. El naziry empezó a roncar.. y el criado dio un paso adelante. El naziry se encogió de hombros. —Quisiera dormir -dijo el naziry-. Un lugar peligroso para un hombre sin experiencia.. pensativo. la ciudad es polvo.son todos albaneses. Conservar recuerdos. Pero nosotros. —Son unos hombres que se comprenden mutuamente. pensó Yashim. Un griego sabe hablar y un turco permanecer en silencio. a su pipa-. su hígado. Un serbio siempre puede luchar. entonces -dijo. sin moverse.

Jason Goodwin

La serpiente de piedra

El doctor Millingen bajó por las escaleras de su casa y subió a una silla de manos que
lo aguardaba en la calle. Los porteadores se echaron al hombro la carga e iniciaron
plácidamente su camino con paso largo a través de la multitud que fluía colina abajo,
hacia el embarcadero de Pera.
El doctor Millingen colocó sus manos sobre el cierre de su maletín de cuero.
Edimburgo, pensó, lo había preparado para muchas cosas, pero nada podría jamás
reconciliarlo con una silla de manos. El sultán lo había ordenado, por supuesto, de
manera que no tenía mucho sentido rehusar el aparente honor... Y, como modo de
transporte, era muy adecuado para las empinadas y retorcidas calles de la moderna
Pera, donde un caballo podía tener problemas para pasar entre la multitud, o resbalar
en los adoquines bajando por la colina. Pero Millingen siempre se sentía ridículo y al
descubierto, como una cereza sobre una tarta escarchada.
Respiró pesadamente y dio unos golpecitos a su maletín. Lo tenía todo en su cabeza.
Lo que tenía que recordar era que todo eso no le importaba a nadie más que a él.
Captó su propio reflejo en el amplio escaparate de cristal de la pastelería parisién,
subido en su balanceante litera, y sonrió para sí. La cereza sobre el pastel, realmente.
Nadie en Estambul se fijaría en él.

103
Palieski mordió el pastelillo y se quitó una manchita de crème anglaise de la mejilla
con el pulgar.
—Pera... en estos tiempos. No son las pastelerías lo que me molesta -murmuró-.
Sólo la gente.
Yashim asintió y tomó un sorbo de su tisana, observando cómo desaparecía el
doctor inglés, balanceándose, entre las multitudes de Pera.
Buscó en su chaqueta y sacó un sobre, que alisó en la pequeña mesa de mármol.
—La gente -repitió finalmente Yashim-. ¿Y cuándo, crees tú, que empezaron a
cambiar?
No cabía el error con la librea de los porteadores. Incluso sin el borde dorado, los
chalecos que llevaban eran demasiado nuevos y limpios para pertenecer a los
porteadores corrientes de la ciudad. El doctor iba a Besiktas. Podía estar fuera durante
horas.
Palieski levantó una ceja y se chupó la punta del pulgar.
—Durante centenares de años -dijo-, la gente de Estambul vivió en paz. Eso empezó
a cambiar después del veintiuno -añadió pensativamente.
—Los disturbios contra los griegos.
—Disturbios. Matanzas. Lo que fuera, Yashim. Ahorcar al Patriarca...
—Echar a las viejas familias fanariotas.
Palieski frunció el ceño.
—Más que eso, Yashim. Miedo y desconfianza. Colgaron al Patriarca de la puerta de
su propia iglesia; luego hicieron que los judíos cortaran su cuerpo. Dicen que los judíos
lo dieron de comer a los perros. Lo dudo, francamente. Pero no es eso lo que importa.
Los turcos tenían miedo. Se volvieron contra los griegos. Los griegos tuvieron miedo.
Ahora odian a los judíos. Todo ha cambiado.
Yashim asintió.

154

Jason Goodwin

La serpiente de piedra

—Luego está el tema de los jenízaros cinco años después -añadió Palieski-. El final de
una tradición.
—No tardaron mucho en aparecer los nuevos hombres, ¿verdad? -Yashim se echó
hacia delante-. Mavrogordato. ¿Llegó antes o después del asunto de los jenízaros?
Palieski cogió una servilleta.
—Antes, juraría. Estaba en Estambul el veinticuatro, a más tardar.
—¿Mavrogordato podría haber conocido a Meyer, entonces?
Palieski consideró la cuestión.
—Meyer estuvo en Missolonghi en 1826, pero Mavrogordato estaba aquí en
Estambul, haciéndose rico y tratando de pasar inadvertido.
—Ummm. Cuando Lefèvre (Meyer) visitó a Mavrogordato el otro día, obtuvo un
préstamo sin garantía. ¿Por qué no? Francés, arqueólogo, muy respetable. Pero fuera
lo que fuese lo que Lefèvre le dijo al banquero, eso preocupó a madame. Despertó su
curiosidad. Me llamó, ¿recuerdas?
—Dijiste que estaba confusa.
Yashim asintió.
—Mavrogordato nunca había visto a Meyer. Madame no había visto a Lefèvre. Ella
tenía solamente la versión de su marido de su encuentro... y su descripción del
hombre que había venido pidiendo dinero.
—¿Y?
Yashim desvió su mirada hacia la ventana.
—Ella empezó a sospechar.
Palieski había cogido su pastelillo, pero lo volvió a dejar.
—¿Sospechar? ¿Quieres decir... que Lefèvre era un farsante?
—Lefèvre dijo algo que hizo que Mavrogordato le diera el dinero. E hizo que
madame se preguntara quién era Lefèvre realmente.
—Sigue.
—Se preguntó si podría ser el doctor Meyer.
—¿Madame Mavrogordato? ¿Sabía de Meyer?
—Mavrogordato, sabes, no estuvo en Missolonghi. -Yashim vació su taza-. Ella sí.
—¿Y conoció a Meyer?
La puerta de la calle se abrió con un cascabeleo de campanillas, y entró un hombre
de brillantes patillas y bigote, portando un bastón negro, exactamente como en París.
—Más que eso -dijo Yashim-. Se casó con él.
Palieski soltó un gemido y enterró la cara entre sus manos.
Yashim miró a través del gran escaparate. Calle arriba, la puerta de la casa de
Millingen se abrió y se volvió a cerrar, y un hombre con la librea de sirviente bajó a
paso ligero por las escaleras con un cesto en la mano. La multitud era muy densa, y el
criado levantó el cesto y lo colocó sobre su hombro.
—Compston me dijo que Meyer había seducido a una mujer griega en Missolonghi
-explicó Yashim-. Y lord Byron le hizo casarse con ella.
Yashim siguió con la mirada el balanceante cesto entre la multitud: el hombre se
dirigía al mercado.
Palieski movió negativamente la cabeza.
—Eso quizás sea cierto. Pero no significa que ella fuera la mujer que nosotros
conocemos como madame Mavrogordato. -Frunció el entrecejo-. No podría ser ella...
su hijo, Alexander, debe de tener al menos veinte años.

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La serpiente de piedra

—Si es que es su hijo.
—No... Pero ¡espera! Yashim, tú mismo me lo dijiste: Alexander es la viva imagen de
ella.
—Ella es su tía. Monsieur Mavrogordato es su hermano.
—¿Hermano?
Yashim tocó el sobre con un dedo, moviéndolo un poco sobre la mesa.
—Conseguí que Compston investigara un poco por mí. Desenterró el nombre de la
esposa de Meyer, ¡y adivina qué!
—¿Era Mavrogordato?
—Christina Mavrogordato. Está viviendo con su hermano y el hijo de éste.
Palieski estaba sentado y se inclinó sobre su pastelillo. Al cabo de un momento
levantó la cabeza.
—Pero ¿por qué?
—Creo que lo que ocurrió fue esto. Meyer escapó de Missolonghi... abandonándola.
Ella sobrevivió a la matanza y se dirigió a Estambul, donde a su hermano las cosas ya le
estaban yendo muy bien. Era viudo... Tenía un hijo, Alexander, que vivía en Quíos.
Alexander necesitaba una madre.
—Pero igualmente podría haber declarado que ella era su hermana -objetó Palieski-.
No había nada indecoroso en ello.
Yashim negó con la cabeza.
—Ella sabía cómo era Meyer. La había abandonado para salvar su propia piel, pero
no había manera de saber si podría tratar de volver. Su hermano era un hombre muy
rico. Y, legalmente, ella seguía siendo la esposa de Meyer.
—¿Tenía miedo de que él la reclamara... y acudiera a Mavrogordato en busca de
dinero, por añadidura?
Yashim le indicó con un gesto que así era.
—Ha vivido con ese temor durante los últimos trece años. La Iglesia ortodoxa enseña
que una mujer pertenece a su marido. Christina Mavrogordato era propiedad de
Meyer. Y ella estaba harta de él. Meyer la había seducido. La había abandonado. Pero
le gustaba el dinero.
Palieski posó sus dedos sobre la mesa.
—Un interesante detalle acerca de esta situación -dijo lentamente- es que
demuestra que Lefèvre era no sólo un sinvergüenza, un cobarde, un renegado, un
traidor y un perfecto mierda, sino también un bigamo. A menos... -Una mirada de
cómico horror cruzó por su rostro-. ¿No pensarás que se hizo musulmán?
Yashim le lanzó una mirada de suave reproche.
—Es una broma, Yashim. Lo siento. -Cruzó los brazos-. De modo que madame
Mavrogordato hizo matar a Lefèvre, entonces.
—Así lo pensé, alguna vez. -Yashim se puso de pie-. No tengo mucho tiempo, y hay
algo que aún necesito averiguar.
—¿De quién?
—Del doctor Millingen... indirectamente. Me voy a su casa. ¿Quieres venir?
—Médicos a mí, no, Yashim.
—Pero él no va a estar allí.
Palieski entrecerró los ojos.
—No estoy seguro de que eso mejore las cosas. Sigo siendo embajador, sabes. Y
estoy planeando disfrutar de ese pastelillo.

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Yashim cruzó la calle, subió por las escaleras y dio unos elegantes golpecitos en la
puerta del doctor Millingen con la aldaba. Al no responder nadie, se lanzó a la calle
otra vez, entre la multitud. Veinte metros más abajo, entró en una panadería. Pasó por
delante del mostrador haciendo un gesto con la cabeza al panadero, siguió por delante
de las barras de pan, cruzó el horno, y salió de la tienda, por la parte trasera, a un
pequeño patio rodeado por una pared baja. Yashim se izó por encima de ella y saltó
con ligereza al otro lado, consiguiendo evitar por los pelos aplastar una mata de
rábanos picantes que crecía en el pequeño huerto medicinal del doctor Millingen.
A partir de una puerta situada en la pared opuesta, un reguero de carbonilla
conducía directamente a través del jardín a la puerta trasera. Yashim se acercó a la
casa. Las ventanas de la planta baja estaban barradas, la puerta trasera cerrada con un
mecanismo de fabricación americana, pero había una tolva de carbón al final de la
casa, que sugería posibilidades. Yashim se puso a trabajar con el candado y al cabo de
unos minutos vio que se abría con un clic. Levantó las puertas y bajó a la tolva.
Un poco de carbón suelto estaba amontonado contra un panel corredizo al pie de la
tolva. Yashim levantó los pedazos más grandes dejándolos a un lado, hurgando con sus
dedos para encontrar el borde inferior del panel. Lo deslizó hacia arriba, el carbón
hacía ruido al caer.
Yashim hizo una pausa, escuchando, luego se metió con dificultad, con los pies por
delante, por la abertura. Una vez al otro lado, se puso de pie quitándose el polvo de la
capa mientras sus ojos se adaptaban a la oscuridad. Había unos escalones, y una
puerta con aldaba, pero la puerta no ajustaba bien. En un momento Yashim deslizó su
cuchillo entre la puerta y la jamba y salió furtivamente al pasillo.
El estudio de Millingen se encontraba justo al otro lado del vestíbulo. Yashim entró
en él rápidamente, dejando la puerta abierta, y miró a su alrededor. El papel de la
pared era a listas verdes y doradas, y de ella colgaban motivos deportivos. Por lo
demás, había una chimenea inglesa con un ornamentado reloj sobre la repisa, una
gran mesa de nogal rematada en cuero negro, así como una serie de estanterías en un
hueco, llenas de libros: todo limpio, metódico y próspero.
Probó los cajones de la mesa. Papel de escribir, lacre, una caja de plumillas de acero.
En un cajón inferior, algunos papeles. Yashim los hojeó rápidamente. Estaban escritos
en inglés, en una letra ilegible. Cerró el cajón y se dirigió a las estanterías de libros.
Los estantes más bajos contenían una serie de cajas forradas de piel, que a primera
vista parecían libros. Yashim se puso en cuclillas. En su mayor parte, las cajas contenían
más papeles. Estados de cuentas, copias de las facturas del doctor, notas sobre
pacientes escritas en inglés, y en la misma difícil caligrafía. Pero también contenían una
serie de cartas, escritas en griego, entre Millingen y un tal doctor Stephanitzes en
Atenas.
Yashim se disponía a levantar la caja hasta la mesa cuando un sonido, procedente
del pasillo -unos pasos suaves, quizás, y un peculiar sonido susurrante-, lo dejó
congelado. Iba a darse la vuelta cuando oyó el clic en la puerta y el sonido de una llave
girando en la cerradura.
Saltó en busca del pomo. En el último momento decidió no sacudir el pomo, y, en
vez de ello, dio unos golpecitos sobre el panel de madera. Si el criado había regresado,
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podría pensar que el doctor distraídamente se había dejado la puerta entreabierta.
Pero no vino nadie. Yashim volvió a golpear, con mucha más fuerza.
No se oyeron sonidos de pasos retirándose; y sin duda tampoco se oyó abrirse o
cerrarse la puerta de la casa. Aplicó el oído al panel. Por un momento, tuvo la
impresión de que alguien se encontraba al otro lado de la puerta.
Miró a su alrededor en la habitación. En la ventana colgaban cortinas de muselina,
tapando la calle, y estaba barrada como las ventanas de la parte trasera de la casa.
Yashim miró hacia la vacía chimenea y suspiró. Todo lo que hacía a esa habitación de
Pera sólida e inglesa la convertía también en una prisión perfecta.
Se agachó, con la débil esperanza de que pudiera ser capaz de recuperar la llave del
ojo de la cerradura al otro lado. Pero la llave ya no estaba en la cerradura.
Quienquiera que había cerrado la puerta lo había hecho deliberadamente, sabiendo
que Yashim estaba dentro.
Esa idea hizo fruncir el ceño a Yashim. Regresó y se puso de cuclillas junto a la
estantería, lugar desde el que la mesa de Millingen casi lo ocultaba de la puerta. Para
verlo, alguien tendría que asomarse por la puerta. Habría tenido que acercarse por el
pasillo muy silenciosamente... Como si supiera ya que él estaba allí.
En cuyo caso, alguien debía de haberlo visto entrar. Millingen, no. Se había ido. Pero
el criado... ¿podría haber vuelto sobre sus pasos mientras Yashim estaba pasando a
través de la tolva de carbón?
Pero entonces... ¿Por qué esperar tanto para cerrar la puerta con llave?
Yashim se mordió el labio. Levantó la caja de papeles sobre la mesa.
Había venido a hacer un trabajo, y ahora, al parecer, le estaban proporcionando el
tiempo para terminarlo.

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Transcurrieron varias horas antes de que Yashim, sentado en la silla del doctor,
oyera que regresaba Millingen.
El criado había vuelto mucho antes, andando ruidosamente por el pasaje hasta la
parte trasera de la casa. Yashim había dejado que el sirviente pasara; quería ver a
Millingen, a fin de cuentas. Cerró los ojos y se dispuso a inventar una imaginaria cena.
En los ojos de su mente había ya instalado las meze cuando oyó el sonido de una
llave chirriando en la cerradura, y entró el doctor Millingen, sosteniendo su sombrero
como si fuera una bandeja. Iba seguido del criado, que tenía un aspecto amenazador.
—¡Usted!
Yashim se deslizó de la silla e hizo una reverencia.
Millingen miró airadamente hacia la caja que estaba sobre la mesa.
—¡Esto es un ultraje! -exclamó-. Soy un médico. Mi práctica depende de la
confidencialidad. Este estudio es donde guardo las notas de mis pacientes.
—Pero yo no tengo ningún interés en sus archivos, doctor Millingen -dijo Yashim.
—¡Supongo que debo creer en su palabra! La garantía de un simple ladrón. -El
doctor Millingen rió con desprecio-. Quizás sea usted tan amable de explicar qué le
interesa, antes de que lo entregue a los guardias.
—Por supuesto, perdóneme. Vine aquí a causa de su colección de monedas.
—¿Mis monedas? ¡Qué va, hombre!
Yashim extendió las manos en un gesto tranquilizador.
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—Confieso que no tengo ningún interés particular por sus monedas. Pero me intriga
su colección, doctor Millingen. Su método de adquisición. Malakian, por ejemplo...
Usted lo describió como una excelente fuente.
Millingen dejó su sombrero sobre la mesa y cogió la caja.
—¿Qué pasa con eso?
—Malakian está aquí, en Estambul. Atenas podría ser un lugar mejor para buscar,
especialmente si su especialidad son las monedas de los déspotas moreanos. Imagino
que montones de esas monedas son descubiertas allí, enterradas en la tierra u ocultas
en edificios antiguos, o lo que sea. ¿Es así?
—Puede -dijo Millingen, que dirigió su mirada hacia la etiqueta de la caja, dejando
ésta lentamente encima de la mesa-. Sobre todo en mis sueños.
—Me preguntaba... Su amigo ateniense, el que le envía las monedas. Dijo usted que
era un doctor. ¿Quizás estuvieron juntos en Missolonghi?
—No he hecho ningún secreto de mi presencia en Missolonghi. El doctor
Stephanitzes era un colega.
—Naturalmente. Ahora escribe libros. Es un firme abogado de lo que los griegos
llaman la Gran Idea, ¿no? Tenía curiosidad sobre su correspondencia.
—Bien, bien. No tenía conciencia de que ni siquiera en Turquía la curiosidad fuera
una justificación para entrar en la casa de un hombre y registrar sus papeles. -La
expresión del doctor Millingen se endureció-. Supongo que me dirá usted qué
conclusiones ha sido capaz de sacar, ¿verdad?
—Muy pocas... Simplemente confirmé algunas ideas.
Que, por ejemplo, el tráfico entre usted y el doctor Stephanitzes no era sólo en un
sentido. A cambio de sus monedas, él le facilitó el camino para incrementar su propia
colección.
—Entiendo. Bueno, siga.
Yashim alargó la mano y abrió la tapa de la caja de papeles.
—Aquí, en su carta más reciente, el doctor Stephanitzes se refiere a un antiguo
miembro del club de coleccionistas. Usted lo menciona apareciendo en Estambul con
una oferta potencialmente devastadora. Stephanitzes lo recuerda abandonando el
club sin pagar sus deudas.
—Eso es correcto -dijo Millingen-. El nuestro es un mundo muy pequeño.
—Sí, ¿verdad? -dijo Yashim afablemente-. El doctor Stephanitzes confiesa estar
sumamente interesado en la oferta del antiguo miembro del club. Un tesoro bizantino
tardío... No, perdone, el último tesoro bizantino tardío. Pero imagino que usted
recuerda todo eso.
»Lo apremia a que inspeccione el tesoro personalmente -prosiguió Yashim-. Diría
que su doctor Stephanitzes es un escéptico. No parece confiar mucho en el antiguo
miembro. Pero si el tesoro demuestra ser auténtico, piensa que podría ser
intercambiado por una importante colección de valiosas monedas griegas.
—¿Y qué pasa con eso, Yashim? -El doctor Millingen cogió una pipa del soporte que
estaba sobre su mesa. Abrió un cajón y escarbó en él con los dedos en busca de
tabaco-. Me da la impresión de que ha tenido usted una tarde aburrida aquí. A fin de
cuentas, no es un coleccionista. ¿Qué sabría de nuestras curiosas pasiones? Quedaría
sorprendido de las envidias y satisfacciones que experimentamos en nuestro pequeño
mundo. De la intensidad de nuestros sentimientos. Incluso del nivel de nuestra mutua
desconfianza.

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Pero ¿y ahora? Más bien deprimido. Suizo cuando conviene. Parecía una causa por la cual luchar. amigo mío. llovida del cielo. —¿Otro comprador. -Hizo una pausa para encender su pipa-. Yashim frunció el entrecejo. podían superar a todos los compradores. Pero no fue así. Eso. así que no creo que jamás lleguemos a saber realmente lo que él ofrecía intercambiar. —Malakian (gracias a sus buenos oficios) completó la serie para mí. ¿Por qué iba a confiar en él? —Porque había sido su amigo. Compartieron ustedes una causa. A veces la gente moría cuando una granada aterrizaba sobre ella en la calle. Creo que donaré la colección al Museo Británico. El médico suizo de Missolonghi. Todo el mundo sabe que Byron fue a Missolonghi y murió. también. Millingen vaciló. Y eso. Yashim. discutimos sobre un tesoro. como mi amigo aconsejaba. y Byron murió exactamente igual que murió la mayoría de ellos. Creen que fue glorioso porque era un poeta. ¿eh? Muchos casos con los que romperse la cabeza. ¿no es verdad? Si deseaban lo que él les ofrecía con bastante fuerza. Yashim. entonces. Y. —Bueno. Millingen sujetó la pipa entre los dientes y se puso de pie. pero el inglés se limitó a buscar una cerilla y frunció el ceño. Era un saboyano. Bueno para un doctor. no. y francés cuando no es así. —Estrictamente hablando. o disentería. quizás? —Sí. Pobre hombre. El doctor Millingen se retrepó en su silla y dejó escapar una risita. o calambre. Me sentí lleno de alegría durante un par de días. Pero usted conoció a Meyer. acompañado de suliotas con pañuelos y fustanellas. Compartimos una causa. o cólera. —¿Meyer? -Encendió la cerilla que flameó entre sus dedos-. El peaje cotidiano de la enfermedad. Los bombardeos diarios de la artillería. Esperaba que Millingen pegara un brinco. blandiendo pistolas. —No sé si habrá usted oído hablar de lo que pasó en Missolonghi. Lo ha adivinado usted. y la mitad de esa gente piensa que él estaba dirigiendo una carga de caballería en aquella época. —¿Lefèvre. —Pero usted y Stephanitzes. como usted ha dicho. Por desgracia nunca pude inspeccionarlo. sí. —¿Y ahora? Millingen arrojó la cerilla a la chimenea y rodeó con la mano la cazoleta de su pipa. Vi al desafortunado doctor Lefèvre. —Olvida usted. —Me gustaría que se explicara usted sobre el tesoro de Lefèvre -dijo. Muchas viudas y niños huérfanos que asistir y mandar a la tumba. —¿Un saboyano? —Suizo francés.Jason Goodwin La serpiente de piedra Se sentó y fue introduciendo a golpecitos el tabaco en la cazoleta de la pipa. que Lefèvre estaba solamente ofreciendo una idea. Missolonghi era sólo una trampa. fue nuestra guerra revolucionaria. Una promesa. Yashim ladeó la cabeza. mi amigo? No conocía a Lefèvre. de fiebre. ustedes. de hecho. y que su muerte fue gloriosa. 160 . bueno -dijo chupando su pipa aún no encendida-. Yashim se encogió de hombros. si quiere. Estaba tocando muchas teclas. cuando uno era joven.

¿Cree usted que matamos a Byron? ¡Estupideces! Aplicación de ventosas. Purgas. Mi trabajo es preservar la vida. no a los muertos. Millingen se frotó los ojos con el pulgar y el índice. Y también sonaba como un discurso. y cuando los volvió a abrir. cuando el resto de ustedes escapó. —No. Millingen abrió y cerró los dedos. -La voz de Yashim reflejaba algo de desconcierto. abriéndose paso a tientas a través de las líneas turcas. —Ya veo. quizás. —Tenía una esposa en la que pensar. algunos de nosotros teníamos una oportunidad. Perdiendo el mutuo contacto. Yashim parecía desconcertado. Hasta ahí es cierto. Una multitud de personas aterrorizadas. Yashim asintió. en ese sentido. ¡No creo que Meyer pudiera haber hecho algo mejor! El tono de Millingen era de incredulidad. —Sin embargo. Lo que Millingen decía sonaba cierto.. Estaba respirando con dificultad.. A pesar de. manchas de color habían aparecido en sus mejillas. a fin de cuentas.. —No. —Pero ¿y Meyer? 161 . también. supongo que él no atendió al poeta. pero todo el mundo sabía cuán arriesgada era. -Yashim adelantó las manos en un gesto apaciguador-. Meyer se quedó atrás. —Algo parecido. —¡Por el amor de Dios! -soltó Millingen en inglés-. Sólo quería decir (había oído) que Meyer se había perdido. Como médico. ¿Qué pasa con él? —Bueno.. El rostro de Millingen se oscureció. —Quizás Missolonghi acabó tal como dice usted.Jason Goodwin La serpiente de piedra —Se lo dije ya el otro día. Todo según el manual. La evasión era nuestra única esperanza. ¿Es así como fue? Los labios de Millingen estaban apretados. Y le dije por qué. Los afortunados dos mil. parecían enrojecidos y cansados. Usted se unió a la evasión. Gente tomando por caminos diferentes en las colinas. perdóneme. el poeta murió.. —Ya se había ido. Atiendo a los vivos. si a Byron no le gustaba. —Pero entonces. —De modo que tuvo suerte. Diez mil personas tratando de escapar a través de las líneas enemigas. De todo lo que usted pudo hacer. en la oscuridad. Formando una manada. todos juntos. —Me estaba preguntando sobre Meyer. todo... Intentando (y fracasando en su empeño) proteger a su esposa. Sacamos pintas de sangre. Debe de haber sido una escena de espantosa confusión. Millingen frunció el entrecejo. Meyer no tomó parte en la evasión. Pero tampoco se quedó detrás. -Millingen hizo tintinear los hierros del fuego con la punta de su bota-.. Pero.. Imposibilitados de levantar la voz. ¿no es así? -preguntó Yashim. No me gustan los post mortem. y funcionó. quiero decir.. —¿Qué está usted diciendo? —Nada.

Cerró hace años. Realmente lo que le importa es que los griegos 162 . Sacándoles dinero. aterrorizándolos. cuando descubrimos que se había ido. Tenía muchas más posibilidades de escapar yendo solo. —Pero Meyer no fue capturado por los egipcios. Pero no dijo una palabra a nadie.. después las dos sillas. es simplemente un ejercicio de investigación de la leyenda de la restauración a lo largo de los siglos. Yashim parecía dubitativo. Él es griego. ¿Era así como el doctor Meyer pasaba las horas? ¿O estaba demasiado ocupado con la Hetira? ¿Fue constituida en Missolonghi. Nuestro objetivo ha sido siempre preservar la cultura griega. un levantamiento. Pero quizás hemos llevado el secreto demasiado lejos. —¿Y Chronica Hellenica? ¿Aún está usted suscrito? —¿Chronica. Tuvimos un día inquietante por ello. Asumiendo el control de los griegos en la ciudad. que puso en peligro todo el plan. Se enderezó e hizo una aspiración. que la Hetira era como un ejército secreto -continuó Yashim. ¿no? —El doctor Stephanitzes tiene una mentalidad mística. por supuesto.. era la revista de nuestra sociedad. y luego la recargada alfombra que cubría el suelo de madera. Supongo que hizo lo que creía que tenía que hacer para salvar el cuello. Patrocinamos escuelas. ¿por qué el secreto? —En parte como diversión. puede usted imaginárselo. En parte porque. Podría decir.. Una sociedad culta. no lo sé. —Entonces. quizás. Para Stephanitzes. editada por Meyer. —Ya le conté una vez lo que era la Hetira. Se largó la noche antes de la que nosotros habíamos planeado escapar. Millingen suspiró. también? La pregunta quedó en el aire. Recaudamos dinero para el mantenimiento de iglesias. Preparando. —Pero el libro del doctor Stephanitzes es incendiario.. —Me he estado preguntando si él le enseñó ese truco con la moneda.. Podría usted considerar ese libro como una declaración de intenciones. No podíamos estar seguros de que los egipcios no supieran que íbamos a ir. Nadie está suscrito a esa revista estos días. Éstos son tiempos delicados. Bueno. nos considerábamos rebeldes.. Si los egipcios lo hubieran capturado. monsieur. Yashim alzó un tanto la cabeza. Yashim se quedó muy quieto. castigándolos por cruzar la línea. cuando fundamos la sociedad. Pensé que los de la Hetira eran asesinos. —No -dijo Millingen lentamente-. cuando el doctor Millingen no replicó-. —Pensé. No sé si censurarlo mucho.? -El doctor Millingen frunció el entrecejo-. No todo el mundo en el Imperio otomano acepta buenamente la idea de una unidad cultural griega. Y en parte por prudencia. Quiere demostrar que los griegos son diferentes. —Ya veo. Y menos a su esposa.. No fue capturado. al principio. Yashim. Un club de muchachos. aquí y en todo el Imperio otomano. Podría usted llamarlo una cuestión de tacto. Y es una especie de erudito.. No es nada tan siniestro. Sus ojos recorrieron con lentitud la figura del hombre con levita que se inclinaba contra la chimenea.Jason Goodwin La serpiente de piedra —No esperó a averiguarlo. ¿La abandonó? —Nos abandonó a todos. Chronica Hellenica.

la Suleymaniye.. con aspecto alarmado. es el vicio nacional griego. buscando las palabras adecuadas-. -Hizo una pausa. —Este caballero se marcha -dijo Millingen tajantemente-. Sus reliquias bizantinas. y cierta ansiedad. —Si eso es verdad -dijo Yashim con desaliento-. Y la política. De lo contrario. Millingen hizo una pausa para volver a encender su pipa. que no fueran halladas. en el Gran Patio. y su fuente central. subiendo lentamente hacia el techo. Queríamos que Lefèvre encontrara su. Y de nuevo. Pero no lo olvide. Y es por lo que fundamos la Hetira. y esencialmente no política. sonaba como si alguien estuviera subiendo por unas escaleras. Secreta. Construida por Sinán. ¡Petros! Se oyó un ruido de pies apresurados fuera. si estuviera usted tratando de vender algo.. —¿Cree usted que los Mavrogordato lo hicieron asesinar? -preguntó finalmente. cultural. ¿no trataría de crear una subasta? —Pero nadie podía confiar en él. Muéstrale la salida. aquel curioso ruido susurrante que había oído antes. los fuertes chorros de la fuente fueron menguando hasta convertirse en un débil goteo. Madame Mavrogordato. —Eso -dijo.. Para Yashim. Pero entonces apareció Petros... Es solamente una idea. mientras chupaba. el maestro arquitecto. Y entonces. en 1557. Petros.. doctor. —Un hombre como Lefèvre -empezó-. refleja toda la piedad y grandeza de su época. Algunos de los primeros eruditos del islam trabajaron en su madrasa o consultaron su bien provista biblioteca. nada más verlo. 106 La mezquita de Solimán. ¿mencionó él la posibilidad de otros compradores? Millingen se encogió de hombros. se alza en la tercera colina de Estambul. En Missolonghi. ¡Petros! -Se levantó rápidamente y bramó hacia la puerta-. por caridad.... con vistas al Cuerno de Oro. serían simplemente otomanos con ropas griegas. recibí instrucciones de comprar. Cuando. como estoy seguro de que le he dicho. Solimán el Magnífico.. —Cuando vio usted a Lefèvre -dijo Yashim con parsimonia-.. —No sé de qué está usted hablando -dijo Millingen furiosamente-. —¿Por qué?. Una voluta de humo brotó de la pipa del doctor Millingen. —No. ¿qué nos queda? Sólo la política. Pero otras personas podrían haber deseado. Hasta que huyó. en el transcurso de la mañana... —Lefèvre estaba casado con madame Mavrogordato.... para su amo. Sus cocinas alimentaban a más de mil bocas al día. los más 163 . Yashim se quedó en silencio durante un momento. surgió la irritación. Algunos de los fieles objetaron que el agua quizás no era muy fresca. ¿Qué le hace pensar eso? —Ya sabe usted la respuesta a eso. comenzando a incorporarse. me ha hecho usted perder gran parte de mi tiempo.es lo que Missolonghi nos enseñó. alegraba los corazones de los fieles y refrescaba las manos y caras de los compradores que salían del cercano Gran Bazar. —Qué disparate -replicó Millingen.Jason Goodwin La serpiente de piedra desarrollaron una resistencia cultural a la dominación otomana.

el agua se estaba acumulando contra una poco común obstrucción. Los hombres llevaban chaqueta negra y chaleco a rayas. A unos treinta y tantos metros bajo el suelo. guiados por un hombre de enorme barriga. sombreros. con jarabe de azúcar. meciendo su taza de café. entre aquella gente cuyos orígenes eran tan nebulosos y confusos? 164 . en un ramal de la tubería principal que había construido el propio Sinán. o estiraba el cuello para inspeccionar alguna nueva obra de construcción. cuando se combinó con el cadáver a la deriva de un guardián del agua llamado Enver Xani. La obstrucción al principio era meramente una enmarañada masa de lana y piedras sueltas. El goteo de agua de la fuente de la Suleymaniye finalmente dejó de fluir.. quizás? ¿O un otomano realmente. En una ocasión se dio completamente la vuelta para seguir las balanceantes caderas de una bonita armenia que llevaba un cesto. pero se convirtió en un problema más tarde. ¿Y dónde se situaba él. Su intérprete llevaba un matamoscas y lucía bigote. descendiente de los habitantes genoveses de la ciudad. Aquella desgarbada figura con ropas francas. Un grupo de francos. En Fener o Sultanahmet. las damas. estaba hecha. y la lana y las piedras se atascaban aún más firmemente contra la estrecha boquilla del tubo más pequeño. Le parecía a Yashim que antaño había sido capaz de mirar a los pies de una persona y decir quién era. y adónde pertenecía. pero supuso que eran italianos. ¿Era rusa? ¿Belga. pero en Pera ya no. pero decidió que no. probablemente alojados en una de las casas de huéspedes que había más arriba en la calle. 107 Yashim estaba sentado al sol. que se secaba la frente continuamente con un pañuelo. De vez en cuando se detenía para mirar en un escaparate. Un anciano griego.. paseaba a lo largo de la calle. Las horas pasadas en el sombrío estudio de Millingen le habían mermado energías. el cual acabó perfectamente sellado.Jason Goodwin La serpiente de piedra supersticiosos se preguntaron si estaba a punto de estallar una crisis hasta entonces larvada. volvió a detenerse. Llevaba un fez rojo. quizás. como caballos con anteojeras. estaba bajando por un lado de la calle. seguía vivo. Yashim no podía oír lo que estaban diciendo. Yashim se preguntó si sería griego. antes de reanudar su solemne avance por la Grande Rue de Pera. un nativo de Pera de habla italiana. como si hubieran compartido juntos una broma. más probablemente. Cuando divisó a Yashim. sospechó Yashim. las categorías ya no se mantenían. o una pena. y pedían noticias de la salud del sultán.? ¿O un maestro de escuela bosnio. y levantó aquellas cejas ligeramente. según todos los informes.. levemente encorvado. Sus azules ojos brillaban bajo un par de tupidas cejas blancas. pero el sultán. una larga chaqueta y pantalones blancos. así como con miel.. sonrió. o un consignatario de buques moldavo rusificado? La baklava era dura y pegajosa. formada en un punto donde se encontraban dos tuberías de diferente calibre. y volvían la cabeza de un lado a otro. Pidió un poco de baklava. y el cabello recogido en una trenza. las manos cogidas detrás de su espalda. Las distinciones se borraban. Éste obstruía el paso casi totalmente.

obligado. Es una secuencia de vidas. la curva de la espalda de un remero en su bote. Podrían demoler los minaretes. Para un indio. era muy resistente.Jason Goodwin La serpiente de piedra Años atrás. sumergida como las cisternas del Estambul bizantino. Lefèvre descubría historias en sus escombros. pero la ciudad musulmana de Solimán seguiría sobreviviendo. Constantinopla. era el Oeste. Estambul era Constantinopla. en el murmullo que rodeaba mezquitas y mercados. un tercer aspecto en el hombre? Tenía una fugitiva visión de un espantoso cadáver. 108 —No creía que volviéramos a vernos -dijo Grigor. Lefèvre era Meyer. las distinciones habían sido sencillas. A muy pocos se les concedía -Yashim entre elloscambiar su condición en la vida. Las serpientes habían tenido sus tres cabezas y sus tres anillos. Una organización revolucionaria que al ser examinada más detenidamente resultaba ser un club de anticuarios. esperando llegar a ser un hombre -el hombre en el que. al fin. reflexionó Yashim. Estambul podría volver a ser la capital de Grecia. Un hombre y una ciudad cuyas identidades habían sido rehechas. Quizás la antigua profecía era cierta: con la Columna de la Serpiente destruida. ¿Y qué pasaba con los judíos. Grigor suspiró. Pensó nuevamente en Lefèvre. en el punto donde se encontraban Asia y Europa. Una ciudad sobrelleva todo aquello que también crece. Meyer. pero ocupaban el mismo espacio. 165 . o Lefèvre. a reconocer una afinidad con el muerto. recuerdos. Una superviviente. cambiar la media luna por la cruz.. si los hombres como el doctor Stephanitzes se salían con la suya. gestos. ¿Qué era lo que Grigor había dicho? Que una ciudad no cambia porque le cambies el nombre. Yashim suspiró. Lefèvre. Como el propio Lefèvre. -Aún compartimos esta ciudad. y Millingen era de la Hetira. Yashim el muchacho. una ciudad de palacios y concubinas? Un día. como las serpientes. todo entrelazado. o Estambul. apiñados en Balat. en una sola columna. Meyer. un gato saltando para atrapar murciélagos en la oscuridad. suponía Yashim. y vivías y morías en ella. y el mar Negro desembocaba en el Mediterráneo. era el recuerdo de una personalidad que se aferraba a él del mismo modo que las serpientes se enrollaban juntas en el Hipódromo. Esta ciudad. estas historias se descubrían en las voces que uno oía en la calle.? ¿Vivían en una ciudad judía? ¿Veía Preen una ciudad de artistas? ¿O la Valide. ¿Podía ser que hubiera. acurrucada en el substrato mismo del lugar.. Un lascivo matón se convertía en un cura. mudada cuando se movían de una encarnación a otra. para Yashim. Estambul era el Este. tan provisto de colmillos y tan terrible como la propia cabeza de una serpiente.. A veces la única prueba de su presencia era la capa exterior de su piel. Pero la gente ahora cambiaba de piel.. pese a sí mismo. Éste había hablado de su pasión por Estambul. no llegó a convertirse completamente-. de las capas de historia que se habían construido en las orillas de Bosforo. Para un parisino. quizás. Una ciudad no es un nombre. Nacías dentro de una fe. añadiendo siempre nuevas identidades a la antigua. en un niño cansado que apoyaba su carga contra una sucia pared. Estambul había sido invadida.

. Hay fronteras en Constantinopla. —No creo que Dios esté muy interesado en nuestra clase de verdad. y en el tiempo. Yashim movió la cabeza. la última vez? —¿La última vez? —Lefèvre. Dios es el Eterno. Ciertas obligaciones.. —¡Yashim! Sé lo que te quitaron. Las ideas nos sobreviven. para subir por la colina. —¿Qué decidió el Patriarca. Yashim. —Compartimos. al menos.Jason Goodwin La serpiente de piedra —En el espacio. lo hacemos por nuestra cuenta y riesgo. ¿No responde eso a tu pregunta? —¿Qué se supone que significa eso? —Pienso -dijo Grigor. Yashim. colocando sus manos sobre la mesa-.. Giró en el mercado. el año 1839. —¿Tú. —La experiencia me ha enseñado que deberíamos limitarnos a nuestras propias competencias. ¿O aquí? -Y colocó el dedo índice contra su sien. —¿Hacia quién? Yashim percibió la burla en la voz de Grigor. ¿Sabes realmente dónde están las reliquias? —No estoy seguro siquiera de que existan. —Lo que pagaría o no pagaría está fuera de discusión -dijo finalmente-... rumiando sobre las palabras de Grigor. ¿no es así? Grigor hizo un movimiento desdeñoso con la mano. Es muy pequeña. A nuestros límites. Pero eso no era lo que Grigor había dicho. —¡Yashim! Éste se inclinó en la pendiente.. monsieur Lefèvre -repitió Grigor. —¿Qué estás diciendo? -gruñó Grigor. ¡y no fueron las orejas! ¿Por qué estás sordo hoy? 166 . Grigor levantó una mano y deslizó los dedos por su barba. Si éste creía que las reliquias existían. El César exige obediencia. —El tesoro bizantino. Pero Dios quiere la Verdad. —Ah. Por los viejos tiempos. Pero ¿y aquí? -Se clavó el dedo pulgar en el pecho-. me alegro de que hayas dicho eso. también? —¿Me pagarías por ellas? Grigor se quedó en silencio durante un rato.. Yashim. Le correspondería al Patriarca decidir. Quién hizo qué a quién. —Tenemos una larga memoria. 109 Yashim regresó caminando lentamente a su apartamento. —Lo creas o no. Sé dónde están. Las reliquias. —Me dijiste hace unos días que a la iglesia le conciernen las cosas del espíritu -respondió Yashim cuidadosamente-. sin embargo.que olvidaré que hayamos hablado alguna vez. Si las cruzamos.. levantándose. Quién habló. quién guardó silencio. El archimandrita miró por la ventana... —Hacia los muertos.

110 167 . El sol se estaba desvaneciendo al oeste. los pepinos y tomates que rebosaban de las cestas. ningún suspiro. Amélie se había ido. golpeándose el pecho-. —¿Qué ha pasado? -preguntó. effendi. —¿Todo muy pequeño. inclinando la cabeza hacia una cesta de pepinos muy grandes curvados como unas hoces delgadas de color verde-. también. —Si te los comes crudos -dijo. Al llegar ante su puerta. Giorgos lo miró con una expresión de preocupación en su cara. Ningún locanta. Ninguna Amélie. Pero este puesto. y ahora ha vuelto. Hoy lo doy todo por nada.. pensó: «Giorgos dejó su huerto durante una semana. las manos en las caderas. ¡Sabe a mierda! Giorgos había tenido una notable recuperación. a sus espaldas. Algo más había cambiado. Al otro lado del Cuerno.. —¡Vaya! ¿Comes en lokanta estos días? ¿Olvidas lo que es comida? Pequeño kebab. señalando las grandes pilas de berenjenas. El Gillius también había desaparecido. —Pero -y la voz de Giorgos se volvió ronca al emplear un acento de conspiraciónencontré una cosa bonita. con únicamente su sombra como toda compañía. Entró lentamente y buscó a tientas la lámpara.. Cuando la hubo encendido. y una ristra de tomates en miniatura en la otra. Mi huerto -añadió disculpándose.. Sólo una sensación de su ausencia. ¡ella es muuuuy gorda! Yashim se acercó a grandes zancadas al tenderete. recordó Yashim. y atisbo en la penumbra. Fue a mirar detrás de su tenderete y regresó llevando dos pequeñas berenjenas en la palma de su maciza mano. —Son tan bonitos que podría comérmelos crudos. Yashim empujó la puerta con cautela. Yashim asintió. observó Yashim. En su mayor parte es mierda. junto a una pirámide de limones. delante. vamos mejorando otra vez. sin dejar nada detrás. No se oía ningún sonido: ningún susurro de páginas pasadas. lentamente. -Metió las verduras en las manos de Yashim-. Giorgos se encontraba de pie ante su puesto.» El sonido de los almuecines le pilló a media subida de la colina. effendi. En su camino de vuelta colina arriba. rascándose pensativamente un sobaco mientras revisaba su mercancía-. Yashim tomó el regalo. ¡Es como las mujeres! Las mujeres están felices de volver a ver a Giorgos. Pequeñas dolma. hizo una pausa y escuchó. soy un hombre delgado ahora. Al cabo de un rato. meneando las berenjenas en la mano. observó. Durante la semana en que Giorgos había estado en el hospital las verduras de su parcela se habrían desmandado. el embajador francés estaría pronto redactando el informe. Sí. Yashim fijó su atención en la estantería. Tú. Así que ella es.enfermarás del estómago. —Eh -suspiró Giorgos. Mi huerto. en lo alto de la escalera. Todo se encontraba en su lugar. suavemente. la oscuridad ya había caído. ves? Sin regarlas. —¿Estás viendo un fantasma? -rugió Giorgos. Lentamente.Jason Goodwin La serpiente de piedra Yashim levantó la cabeza y miró a su alrededor. se sentó durante largo rato en el borde del diván. Y yo. Yashim asintió.

Jason Goodwin La serpiente de piedra Auguste Boyer. Había estado en Samos. monsieur. —¿Sabe usted por casualidad si el embajador ha completado su informe sobre la muerte del desgraciado monsieur Lefèvre? Boyer miró al eunuco con cierto disgusto. en discusión con el personal de la embajada. el embajador estuviera despierto. la embajada es consciente. —Madame Lefèvre vino aquí a la embajada. no había dormido bien. O el diplomático estaba mintiendo.. —¿Madame Lefèvre? —Amélie Lefèvre. y necesitaba ayuda para volver a casa. Me temo que está usted completamente equivocado. sacó un pequeño pañuelo y tosió. Decidida. Auguste Boyer pensó en su bol de café. por supuesto. o Amélie se había ido a algún otro lugar. —¿Está dormido? —Desde luego que no -replicó Boyer-. Esa madame Lefèvre. monsieur. había dicho ella. Con tal que. pensó. Yashim se balanceó lentamente sobre sus talones. La tripa de Boyer empezó a hacer ruidos. soñó con hombres sin rostro y perros salvajes. —De monsieur Lefèvre -dijo incorporándose-. Pero por lo que se refiere a madame. Está ya resolviendo varios asuntos. No. Boyer captó el cambio de táctica de Yashim. y antes de que hubiera tomado su bol de café. Buenos días. Yashim seguía manteniendo una pequeña esperanza de conseguir una demora. Había un almuerzo programado. por la tarde.. conectándose mentalmente con su café y un cruasán caliente-. Giró sobre sus talones y se marchó a grandes zancadas a través del vestíbulo. encargado de negocios del embajador. con una desconcertada arruga en su rostro. La arruga de la frente de Yashim se hizo más profunda. dejando a Yashim mirándolo fijamente. había recordado con un inicio de vergüenza su escena en la ventana del patio. La llegada de Yashim poco después de que Boyer se hubiera vestido. Ya dormido. Su esposa -explicó Yashim-. Llegó aquí hace un par de días. El informe del embajador escapaba a su jurisdicción. chocaba desdichadamente en la mente del attaché con el recuerdo del cadáver desangrado de Lefèvre. Las ideas eran peligrosas. —Está usted completamente equivocado. a Francia. a averiguar quién había matado a su marido. pero los hombres podían ser mortales. pero esto era fácil.. El embajador podía haberlo visto. babeando sobre los adoquines. Al dejarse llevar por el sueño. 111 168 . —El embajador no puede ser molestado -dijo con vehemencia. —¿Y el testimonio de madame Lefèvre? ¿Ha resultado útil? Boyer lo miró con expresión vacía. quienquiera que pueda ser. Con el chef. que se estaba enfriando. no ha sido vista en la embajada -dijo resueltamente. —No tengo ni idea -dijo. llevándose su pequeña bolsa y con la cabeza llena de peligrosas nuevas ideas. ciertamente.. Había desaparecido en la gran ciudad tan repentinamente como había venido.

el carrete de algodón entre sus dedos. el libro que su marido había escondido en su apartamento. deslizándose por las bastas paredes de ladrillo para perderse repentinamente en las negras alas de su propia sombra en el techo.. una perdida proeza de la ingeniería bizantina. soltando la hebra detrás de ella. Una reparación posterior. miró hacia atrás. Como mi marido. Ha permanecido firme durante mil años. y la utilizó para fijar un extremo del hilo a la abertura del túnel. «Ésta es la Serpiente -se dijo a sí misma-. Ablandó la cera al calor de la linterna.» Ladrillos romanos. con materiales más toscos. más o menos un par de centímetros por encima del nivel del agua. 169 . cerrando lentamente la distante boca del túnel. Se metió la mano en el bolsillo y sacó una bolita de cera blanca y un carrete de hilo de algodón negro. «Amélie Lefèvre. Las paredes estaban desnudas. pero al cabo de unos cinco metros se detuvo a escuchar. dobló los dedos sobre el nuevo carrete y prosiguió su camino. »Estoy en buenas manos: obreros bizantinos. y balanceó la linterna nerviosamente sobre su hombro. levantó el cristal y encendió la mecha con una temblorosa mano. Contó un centenar.» Empezó a contar sus pasos. En la primera bifurcación se desvió a la derecha. y Maximilien Lefèvre. empezó a sentir el peso de la ciudad presionando sobre ella. El libro que Max siempre había querido que ella encontrara. «Cálmate -murmuró para sí. sin vacilar. Gotas de condensación en la linterna proyectaban motas de luz hasta el fondo del túnel. La acuciante oscuridad la pilló por sorpresa. Al llegar al fondo se metió en la poco profunda agua. Arqueóloga. Miró hacia abajo y sacó otro del bolsillo. El hilo se tensó del todo en su mano.» Lo había leído todo en el libro de Yashim. El aire estaba frío. sin apretarlo. entró en el túnel. cosa que le hizo pegar un brinco hacia atrás. Una gota del techo aterrizó sobre la punta de su nariz. Instintivamente. un recuerdo. Posó su linterna sobre un estante bajo.. pensó. nada podía crecer allí. doscientos. 112 Una idea. Ató los extremos del hilo. A los quinientos. Dejó de contar. y siguió vadeando-. quizás los constructores se habían abierto camino a través del techo en alguna época remota. Los turcos parecían haber redescubierto el secreto del cemento romano. El agua discurría suavemente en torno de sus pies. Olvidándose de la gente que pasaba por la calle. y empezó a descender lentamente por la espiral de depósitos de agua que conducían a la boca del túnel. recogiendo el borde de su falda con la mano libre.Jason Goodwin La serpiente de piedra Amélie Lefèvre se estremeció cuando la puerta se cerró de golpe a sus espaldas. Sostuvo la linterna encima de su cabeza. un erudito del Renacimiento. Sosteniendo. Concéntrate en el detalle. Se enderezó y se remangó las faldas. Se apoyó contra la pared y cerró los ojos. se agitaba en la mente de Yashim.

Columnas hasta donde llegaba su vista. Igual que habían asustado a Lefèvre haciéndolo huir. tal como Delmonico había dicho: el At meydan. Buscó el siguiente escalón con los pies. Y luego había abandonado la ciudad para marchar con los ejércitos otomanos hacia Persia. Se estremeció involuntariamente en el silencioso bosque. La mayor parte de ellos no era mayor que una madriguera de conejos. Uno. Dejó escapar un jadeo de alivio. la Gran Iglesia de los bizantinos. Un hipódromo hueco. Las reliquias estaban ahí. De su reluciente superficie sobresalían enormes columnas de pórfido y piedra que subían a partir de sus macizos plintos. No había más escalones. pero algunos eran lo bastante grandes para permitir el paso de un hombre. el orgullo de templos paganos procedentes de todo el Imperio romano. donde Yashim había visto su boca. antes de eso. a Lefèvre. Se encontraba de pie unos metros por encima de un vasto lago subterráneo. El mismo sou naziry lo había dejado claro. tres siglos más tarde. Entre el Palacio Topkapi. y la helada agua se cerró en torno a sus tobillos. Gillius lo debía de haber descubierto trescientos años atrás. Gillius había dicho la verdad. Los emperadores bizantinos las habían saqueado para ésta. Yashim se separó de repente de la pared y empezó a correr. centelleando bajo la luz de la lámpara hasta que se perdían en la oscuridad. la mayor cisterna jamás construida. Los recuerdos sí. 113 Amélie se quedó en la boca del túnel con la linterna levantada. Los hombres no viven trescientos años. al menos. La tubería debía de conducir al Hipódromo. donde la Columna de la Serpiente se había alzado durante quinientos años. o algo. Lentamente bajó por los escalones hasta llegar al nivel del agua. debía de haber supuesto dónde había que buscar las reliquias. Depositó el carrete de hilo en el escalón detrás de ella. Santa Sofía. Amélie creía en su existencia. Las tradiciones sí. perdida para el mundo y enterrada bajo el suelo. lo sabía.para identificar la ubicación de las reliquias bizantinas. pero las ideas sí. Como si alguien. La única pista de sus planes era el libro que se había llevado con ella. El camino hacia la cripta discurría a través de una red de túneles que corrían bajo la ciudad. Sus ojos brillaban. había dicho ella. 170 . lo hubiera ahuyentado. Cerca de donde Gillius afirmaba haber bajado a los sótanos de la casa de un hombre y paseado por una cavernosa cisterna en la oscuridad. Yasmin mantenía los ojos cerrados con fuerza. en un espacio hueco bajo la primitiva iglesia de Santa Sofía.Jason Goodwin La serpiente de piedra Amélie se había desvanecido en el tenue aire. parecía discurrir desde el sifón de Balat hacia la iglesia de Santa Irene. Dio otro paso. el agua le llegó a las rodillas. la cisterna de Gillius y la Suleymaniye se levantaba un antiguo edificio más famoso que los otros. Una cripta. empezó a vadear a través de las negras aguas. Se encontraban. sobre su cabeza. Gillius debía de haberle servido a Amélie -y quizás. Rechinando los dientes. bellamente fabricadas. en los terrenos del Palacio Topkapi.

Amélie tenía una lámpara. que daba la vida a la ciudad. una mujer estaba avanzando hacia la muerte. Bajo las calles. El sou naziry la cogió y sintió el tirón del hilo entre sus dedos. alejándose de la lámpara de la mujer? Porque allí estaba. 116 Amélie peleaba contra el peso de su falda mientras avanzaba por el agua. Sacudió la cabeza. El sou naziry cogió la hebra de hilo y entró en el túnel. Yashim no podía juzgarlo. La frontera entre la luz y la oscuridad. en aquella oscuridad. Sus ojos. Yashim estaba seguro de ello. entre el presente y el pasado. desconchando una nube de mortero. 114 Una mano extendida. El turbante de Yashim rozó el bajo techo. La daga tenía una empuñadura enjoyada y su hoja era curva. ¿Había vuelto sobre sus pasos. Volvió la cabeza. Miró hacia atrás. Apenas a quinientos metros de distancia Yashim sintió un cambio en la atmósfera del túnel. notando que aumentaba la humedad a medida que se aproximaba a la cisterna ciegamente. Entre fe y fe. Y los guardianes del agua estaban dispuestos a matar para preservar su único conocimiento de ese mundo. El sou naziry cogió su linterna y se aflojó la daga en el cinto. pero por detrás de él. Sacó la lengua y se humedeció los labios. y ocultas a la vista. 115 El sou naziry parpadeó. encontraría el signo. Si era valiente o ignorante. siguiendo sus fríos contornos con los dedos. y en cualquier momento vería la luz. que el trabajo estaba hecho. entre un barrio y el siguiente. le estaban jugando malas pasadas.Jason Goodwin La serpiente de piedra En alguna parte. desorientado. Por un momento se quedó confuso. frío. zigzagueando entre las grandes columnas. hasta este momento. Había creído. buscando el signo que sabía que estaría allí. Un pálido resplandor que iba y venía. la otra siguiendo el hilo en el que él había depositado su fe. unida a él por el delgadísimo filamento de algodón. ante él. entre las congeladas columnas de la antigüedad. oscuro.. Yashim se escabulló hacia delante en la oscuridad. las palpitantes arterias de Estambul. pero el castigo sería el mismo. Se detuvo y tocó la bola de cera con el dedo. Grigor había hablado de las fronteras de la ciudad.. La cera se separó fácilmente de la piedra. Siguió avanzando. El mundo muerto. En alguna parte. Pero los guardianes del agua patrullaban por otra frontera de la que pocas personas en Estambul eran conscientes. No había ninguna duda de que alguien estaba 171 .

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La serpiente de piedra

bajando por el túnel detrás de él ahora. Sintió el debilísimo tirón del hilo en su mano, y
vio la luz de la lámpara balanceándose a medida que se acercaba. Quienquiera que
fuese se movía más deprisa a través del exiguo túnel de lo que él podía hacer. Alguien
experto.
Yashim vaciló. Más tarde o más temprano, el hombre lo alcanzaría... Si no podía
encontrar algún pasaje lateral donde pudiera esconderse. Pero en la oscuridad sus
posibilidades de hallar alguno eran escasas. ¿Y qué pasaría, si lo conseguía? ¿Qué
pasaría, si salvaba la piel... y el hombre proseguía hasta descubrir a Amélie?
Soltó el hilo de sus dedos. Sin él, podía moverse más deprisa, confiando en la suerte
de que el túnel no volviera a bifurcarse, o de que, cuando lo hiciera, pudiera recuperar
el hilo y averiguar qué rama había tomado la francesa.
Sus dedos iban rozando las paredes. Durante algunos metros sintió el áspero ladrillo
dentado bajo sus yemas, y entonces, bastante repentinamente en el lado izquierdo, su
mano se encontró palpando el fino aire. Cautelosamente recorrió la abertura con los
dedos. Deslizó un pie, luego otro, en la brecha. Había un escalón hacia arriba.
Yashim no perdió más tiempo. Se metió en la abertura y subió varios escalones,
luego se aplastó contra la pared, y aguardó.
Notó que la oscuridad se iba disolviendo.
Oyó el chapoteo de los pies del hombre a medida que éste avanzaba por la poca
profunda corriente.
Entonces la luz se volvió cegadora, y Yashim no pudo ver nada en absoluto, sólo la
luz y el centelleo de ésta cuando se reflejaba en la curvada superficie de la hoja de
acero.
Y en algún lugar, a centenares de metros de distancia, en un apestoso túnel
secundario que llevaba ahora casi un día entero bloqueado, un delgado hilillo de agua
empezó a filtrarse a través de la hinchada masa de carne y hueso, piedras y lana
empapada.

117
Yashim se echó hacia atrás apoyándose contra los escalones y lanzó una patada a la
linterna. La lámpara estalló al estrellarse contra el techo del túnel, y la luz se esfumó,
pero él y el sou naziry se habían reconocido. Cuando Yashim cayó al suelo, giró y
golpeó con su puño.
Golpeó contra algo, no podía decir qué, y dio la vuelta en redondo. Se quitó la capa
de los hombros y la sostuvo como una pantalla en el túnel.
Sintió el tirón en los dedos cuando el cuchillo del naziry cortó la tela; entonces bajó
ambas manos con tanta fuerza como pudo, tratando de agarrar al hombre por sus
muñecas y sujetarlas contra el suelo.
Pero el naziry fue rápido. Sus muñecas ya no estaban allí. Yashim cayó de lado sobre
sus rodillas, en los escalones, y sintió la presión de un pie del naziry contra la rasgada
capa.
Saltó sobre una pierna en busca de los escalones nuevamente, mientras golpeaba
con la otra en la oscuridad. Tocó algo, pero sin fuerza. Cuando trataba de retirarla, el
naziry hizo presa en ella. Yashim soltó una patada con su pierna libre, pero su fuerza se
vino abajo cuando un dolor abrasador le atravesó la pantorrilla.

172

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Se dobló hacia delante, sus extendidas manos parando el segundo golpe dirigido a su
cuerpo. Yashim sintió que la hoja le cortaba la articulación de su dedo pulgar. Trató de
agarrar algo en la oscuridad y encontró una muñeca. Por un segundo mantuvo la
presa; levantó la pierna derecha y la descargó todo lo violentamente que pudo contra
el lugar donde debía de estar el brazo que sostenía el cuchillo del naziry, alcanzándolo
en el costado de la cabeza.
La muñeca se deslizó violentamente de su presa. Yashim trepó hacia atrás por los
escalones, y escuchó, manteniendo una pierna levantada. En la otra podía sentir la
sangre brotando por una herida en su pantorrilla.
No oía nada. Ninguna respiración, ningún chapoteo. Nada más que un sonido como
de un suave chasquido que parecía venir de muy lejos. Un sonido que no significaba
nada para él, que no podía ayudarlo a vencer.
Y luego el silencio.
Una débil brisa le golpeó su rostro.
Yashim soltó una patada con toda su fuerza, en la oscuridad.
Se dio cuenta de que el naziry había estado más cerca de lo que pensaba cuando lo
alcanzó en el hombro, antes de que sus rodillas se desplegaran. Acompañó el golpe de
un poderoso empujón y tuvo la satisfacción de oír que el naziry caía hacia atrás con un
gruñido.
Lo cual fue la última cosa que Yashim pudo oír antes de que el túnel estallara con un
rugido que pareció llenar la oscuridad, rebotando de pared en pared como un disparo
de cañón. Un viento salpicado de espuma se abalanzó sobre él, tirando de sus piernas.
Algo golpeó contra sus pies. Oyó un chirrido como de metal.
Luego, nada. Sólo un retumbar, muy lejano, y un suave borboteo en el túnel, abajo.
Yashim se quedó absolutamente inmóvil. El hecho había sido tan repentino que no
podía comprenderlo.
Pero, a doscientos metros de distancia, Amélie quedó aterrorizada cuando un
enorme chorro de agua brotó de la boca del túnel, estallando contra la columna más
cercana en una explosión de espuma y residuos, con un ruido como el de un trueno.
Los escombros golpearon la superficie a su alrededor, y luego el agua se detuvo.
Algo que podía haber sido una figura humana se deslizó de la columna, se estrelló
contra el plinto y cayó con un chapoteo en el oscuro lago.
Cuando Amélie levantó la mano para quitarse un poco de barro de la mejilla,
observó algo muy pálido y tentaculado balanceándose a su lado en el agua. Bajó la
lámpara para ver mejor.
Inmóvil en los duros escalones, Yashim oyó su grito.

118
Vio a Amélie primero, bañada en el halo de luz de la lámpara que ella había dejado a
su lado. La mujer tenía una mano alzada junto a su boca.
—¡Amélie! C'est moi! ¡Yashim! -gritó.
Amélie retrocedió hacia un plinto. Su falda se extendía a su alrededor como una hoja
de nenúfar.
Yashim empezó a bajar por los escalones. Apenas notó el agua hasta que tropezó
con el naziry, que estaba flotando boca arriba.
Pasó al lado del cuerpo.
173

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La serpiente de piedra

Amélie estaba llorando cuando él se aproximó, llevándose las manos a la cara, sin
tratar de detener las lágrimas.
Yashim la tomó silenciosamente en sus brazos. La mujer parecía estar temblando
contra él. La apretó con fuerza, frenando las convulsiones que la atenazaban.
Muy lentamente, sosteniéndola contra su pecho, se dio la vuelta. La cabeza de la
mujer se movió como si estuviera mirando fijamente alguna cosa; luego, se relajó y
cayó contra el hombro de Yashim. Éste miró hacia abajo, a través de su cabello, hacia
el borde de su falda en el agua. A la pálida luz, pudo distinguir una mano humana.
Se estremeció y apretó con fuerza la mano de la muchacha. Cómo había ocurrido, no
lo sabía con exactitud, pero Enver Xani, muerto desde hacía tiempo, le había salvado la
vida por segunda vez.
Amélie se fue calmando gradualmente. Primero, dejó de temblar; luego, levantó la
cabeza.
—Estuvimos muy cerca -dijo ella, y se separó.
—¿Cerca? ¿El uno del otro? -preguntó Yashim estúpidamente.
Era consciente de un dolor palpitante en su pierna, y cuando levantó su mano a la
luz vio que estaba negra de la sangre que manaba.
—De las reliquias -dijo Amélie.
Sus ojos brillaban bajo la luz de la lámpara.
Yashim se sentía mareado. Se abrió camino a través del agua y encontró los
escalones. Se quitó el turbante y empezó a rasgarlo en tiras, vendándose con ellas la
pierna. Amélie vadeó hasta él ayudándolo a atarse el vendaje y también a envolverse
la mano.
—Yo... yo no quería que vinieras.
—No. -Yashim se sentía terriblemente cansado-. De no ser por ti, no lo habría hecho.
Las manos de la mujer temblaban. Yashim vio que trataba de atar el nudo con unos
dedos que estaban rígidos por el frío.
—He encontrado las reliquias -dijo ella.
Él sabía que no era verdad. Todavía no.
—Este hombre venía a matarte -dijo él.
Vio que ella se enderezaba, una vez terminado el vendaje. Adelantó una mano y
apartó un mechón de pelo de la frente de la mujer.
—Aún puedes ayudar -dijo ella.
Y se apartó, vadeando, con la lámpara en la mano. Cansadamente, Yashim se esforzó
por ponerse de pie.
—¡Te habría matado! -Su grito sonó muy débil, allí, en aquel misterioso bosque
oscuro-. Tal como mató a los otros. Tal como mató a tu marido.
Ella no se detuvo; se limitó a volver la cabeza y decir:
—Estoy haciendo esto por Max. Es lo que él hubiera querido.
Yashim se estremeció de frío.
—Fuiste a casa de Millingen, ¿verdad? -gritó Yashim-. Tú me encerraste.
Amélie no respondió. Sus faldas la seguían, como un séquito.
—Mira -dijo ella finalmente.
Levantó la lámpara, y su brillo cayó sobre el plinto, que soportaba una columna cuyo
término se perdía en la oscuridad que se cernía sobre sus cabezas. La juntura quedaba
oculta por una capa de cobre verdoso moteada de humedad, y sobre el plinto mismo,
parcialmente sumergida en la negra agua, Yashim reconoció una cabeza esculpida.

174

Hazlo por mí. —La Medusa -murmuró con un estremecimiento. olvidándose del frío. las ensanchadas ventanillas de la nariz. Yashim. -Dejó la lámpara sobre el plinto-. Su mirada te clava. por el amor de Dios. sumergió sus manos en el agua. y cuando Yashim la levantó. valiente diablo que no pudo hacer nada para detener a los turcos. mientras la lámpara temblaba en la mano de Amélie y proyectaba sombras que danzaban y corrían a través de profundas incisiones en la piedra. con la frente hundida bajo el agua. Era la cara de una mujer. Max suponía.. volcando el contenido de su maleta en el suelo. —Se trata de suspender el tiempo. Se encontraron en el otro lado. Yashim se quedó paralizado. Yashim se acercó. Amélie volvió a besarlo. ella surgió del agua empapada y temblando. —Yo no lo creo así. Sus faldas flotaban abriéndose en abanico a su alrededor como el festoneado borde de una fuente. Confiere una especie de inmortalidad. Entonces se echó para atrás con un jadeo. —¡Sí! El emperador muere. también. Luego ella se separó lentamente y se hundió en el agua. Congelarlo. Yashim no se movió. Las reliquias están aquí. Yashim pensó que la mujer iba a retorcerse las manos. Puso sus manos sobre la cima del plinto y empezó a agitar el agua con los pies. Algo oculto reaparecerá algún día y estremecerá al mundo. pero se movió lentamente alrededor del plinto. Lo sé. aparecían aque llos grandes y ciegos ojos. luego. Ella las recogió hacia sí. deslizando sus helados pies por el suelo del lago subterráneo. tanteando el suelo bajo sus pies. Debemos hacerlo.. La idea del poder sagrado. ¿no lo puedes ver? Después de esto no habrá otra oportunidad. 175 . —Podemos hacer esto por Max. Convertido en piedra.. El emperador era sólo un pobre. Ella no respondió. —No por Max. —¿No lo ves? -Repentinamente. —¡Hace demasiado frío! Yashim. Por un momento vio a Maximilien Lefèvre de rodillas.Jason Goodwin La serpiente de piedra Aun cuando estaba en posición invertida. Ella lo atrajo hacia sí y lo besó con sus fríos labios. Se acercó al plinto y empezó a rodear su base. —Están aquí. palpando alrededor de la base del plinto.. en la sombra.. ayúdame. Pero en el mito. Su cabello era espeso y enmarañado. Por un momento le había parecido que las hebras de aquellos enmarañados mechones se enrollaban y retorcían como seres vivientes.. Yashim sintió que el muslo de la mujer le presionaba el suyo. los gruesos y redondeados labios. y el emperador despertará. En vez de eso. Majestuosos en su simetría clásica. ¡Los mitos! La Medusa convierte a los hombres en piedra. Amélie dejó escapar una risa temblorosa-. ¡Es una idea! El instrumento de Dios sobre la tierra. —El emperador -dijo Yashim tartamudeando-. Las serpientes volvieron a levantarse cuando Amélie dio la vuelta hacia él. vadeó a través del agua y le rodeó el cuello con sus manos. Pero demoníaca. era la expresión de agonía y de mando. Amélie. Deslizó sus manos sobre el esculpido mármol. en el apartamento de Yashim. Yashim cerró los ojos.

allí donde el vendaje había caído. pero Yashim la sujetó por la cintura y notó que estaba temblando. Era débil y tembloroso. No tenía la menor idea de qué hacer a continuación. El hilo de Amélie había desaparecido. Yashim observó la trayectoria. La risa de Yashim. mientras buscaba la salida a tientas. Trató de separarse. A medio camino a través del lago. pero era. antes de ir a estrellarse sonoramente contra el plinto y desvanecerse. Pero. Para empeorar las cosas. la espalda le dolía y protestaba. Pasando por encima de ella con exagerado cuidado. Y. pensó Yashim mientras deslizaba sus manos alrededor de la boca del túnel. Tenemos que pensar cómo salir de aquí. en el cual podía permanecer de pie. Sintió un escalón bajo los dedos. Se sentía mareado y aturdido.. La arrastró hasta el escalón inferior y apoyó suavemente su cabeza sobre la piedra. Amélie podría despertarse y encontrarse sola.. Amélie se desmayó en sus brazos. si lo conseguía. el corte de su mano derecha había empezado a sangrar otra vez. ¿qué pasaría entonces? ¿Cómo regresaría? ¿Qué ayuda podía esperar encontrar allí? Difícilmente podía confiar en que los guardianes vinieran en su socorro. mientras el sudor le corría por la cara. proyectando su luz a través de la sala de columnas. La escalera daba varios giros en ángulo recto antes de que Yashim se encontrara en lo que parecía un estrecho corredor. sobre los escalones. La entrada a esos escalones estaba festoneada con telas que se desmenuzaban al tacto y se pegaban a sus dedos. y las recorrió con los dedos hasta descubrir una nueva serie de escalones en el otro extremo. empezó a subir por los escalones. Aunque consiguiera arrastrar a Amélie cien o quinientos metros a lo largo del túnel. en la oscuridad.Jason Goodwin La serpiente de piedra —Ça suffit -dijo él. y de las negras aguas. Probablemente. mientras tanto. Y un sonido que no había oído durante lo que parecía un larguísimo tiempo rompió el impenetrable silencio de la cisterna. a fin de cuentas. Se preguntó si podía dejar a Amélie allí. Su otro brazo subió rápidamente para mantener el equilibrio. El ángulo era difícil. los escalones donde el naziry lo había encontrado. Las paredes eran rectas. formando un arco encima de la hundida cisterna. Rechinó los dientes y arrastró su carga unos pocos metros más. suyo. pensó. Él cogió la lámpara. sus posibilidades de encontrar el camino de salida eran escasas. debilitado por el frío y la pérdida de sangre. Alargó una mano para apoyarse y casi se cayó de costado. Cada pocos metros se detenía para recuperar el aliento. 176 . La cabeza le cayó hacia atrás. enterrada viva. y la lámpara se le escapó de la mano. Parecían haber transcurrido siglos. 119 No había más remedio. Se quedó quieto durante un momento en la oscuridad. Se dio la vuelta y buscó a tientas los brazos de Amélie. descargando todo el peso de su cuerpo sobre el brazo de Yashim. Los dientes de Amélie estaban ahora castañeteando demasiado fuerte para que ella pudiera hablar. Por un momento resplandeció. Puso las manos bajo los sobacos de la mujer y empezó a arrastrarla hacia atrás. Probablemente el naziry lo había ido recogiendo mientras avanzaba. Ya basta-.

buscando a tientas la pared exterior de la escalera. con los ojos cerrados. Al cabo. Una guirnalda de telarañas se enredó en su cabello. inseguro de lo que estaba buscando. Pero así era. pero nada dispuesto a admitir que todo el esfuerzo había sido inútil. unos pasos más. Edificios monumentales. cayéndole encima. A veces Amélie parecía perder el equilibrio. El movimiento pareció reanimarla. Amélie estaba todavía yaciendo donde la había dejado. subir por las escaleras le provocaba dolor en la pierna. La cogió en sus brazos y la colocó en posición vertical. se había abierto una delgada barra vertical de luz en el ángulo de las dos paredes. Sacudió la cabeza para quitárselas. y Yashim se acordó de lo difícil que había sido para él moverse cuando salió arrastrándose del pozo de Xani. —Casi hemos llegado. Los preciosos baños que Sinán había construido para Hürrem. sosteniendo el brazo de Amélie alrededor de sus hombros. Se preguntó cuánto tiempo había estado lejos de Amélie.Jason Goodwin La serpiente de piedra El segundo tramo de escalones era en espiral. luego la abofeteó. y empezó a sangrar por la nariz. La arrastró hasta ponerla de pie. pronto verás la luz. Su respiración era superficial y el tacto de su piel era como el del hielo. En la cima. Yashim bajó tan rápido como pudo por la escalera en espiral. debía de hallarse bajo el Hipódromo. donde los escalones eran más anchos. sujetándola firmemente por el brazo y murmurando palabras de aliento. Todo lo que tocaba parecía como si estuviera cayéndose. y empezó a llevarla medio arrastrando.. Un ruidito como de gruñido poco a poco se fue transformando en un sonido más grave cuando la 177 . muy cerca de la entrada del Palacio Topkapi y Santa Sofía. Los movimientos de la mujer eran lentos y pesados. se quedó mirando hacia atrás fijamente. medio cargando con ella. Comprendiendo que era capaz de ver algo. Apoyó la cabeza contra la pared y cerró los ojos con fuerza. Levantó la cabeza y se dio la vuelta. excepto por el espacio abierto. Por unos momentos. Si la cisterna de Amélie era la misma que Gillius había visto. resbalando. y él tenía que apuntalarse y cogerla cuando ella se deslizaba hacia atrás. escaleras arriba. Si alguna vez había habido una entrada a esos túneles a partir de este lugar. y no dejaba de girar y girar hasta que Yashim se sintió desorientado. Yashim sintió que Amélie tropezaba en los últimos escalones. La pared bloqueaba la escalera. incapaz de creer lo que estaba viendo. Hay una salida. avanzando a ciegas y llorando en la oscuridad. Se colocó detrás de ella cuando llegaron a la escalera en espiral. tan viejas y polvorientas que colgaban en hebras como el desgreñado cabello de un derviche. cuando cada músculo le pesaba una tonelada y todo lo que quería era quedarse dormido. Ella permaneció callada mientras él aplicaba su hombro contra la pared. moviéndose. y cuando entraron en el corredor. El palacio de Ibrahim. Yashim deslizó sus manos por ella y por las paredes que lo rodeaban. la mujer empezó a gemir. la esposa rusa de Solimán. Varias veces resbaló y cayó.. hacía tiempo que había sido tapiada. Pero al final Yashim vio que la oscuridad empezaba a disolverse. y la ayudó a encaramarse por ésta. Se sentía mareado y aturdido. Su caída final se produjo cuando se estrelló contra una pared. La Mezquita Azul de Ahmed I. quizás ahora ella estaba ya despierta. donde la pared cruzaba la escalera. su otra mano rodeándola por la cintura. muchas cosas habían cambiado en aquel distrito desde los tiempos antiguos. ya fue capaz de conducirla andando. Apoyó la espalda contra la curva de la pared y empezó a descender. Levantó la mirada hacia lo alto.

¿Dónde estaba la piedad. Yashim hizo una pausa y aplicó el ojo a la grieta. La escalera en espiral había sido construida dentro de una de las vastas columnas que soportaban la gran cúpula. Un movimiento de la multitud le hizo mirar a su alrededor. descubrió. estaban emergiendo por la puerta. escuchando su seco crujido. Estaba mirando a través de una extensión de agrietado y pulido mármol hacia una enorme ventana de barrotes. Un hombre y una mujer. de manera que un extremo se balanceaba hacia fuera y el otro lo hacia el interior. ¡Tantos zapatos! Con un tiempo como aquél. y luego con disgusto lo soltó y removió el fuego. sobre todo en un recinto sagrado. y con el otro le sostenía la mano. rompió un trocito y lo masticó. que no recordaba haber visto antes. 178 . situada a unos quince metros de distancia. y un cálido sol de la tarde estaba ya trazando un dibujo de sombras oblicuas a través de la habitación. 120 Faisal al-Mehmed deslizó sus ojos a lo largo de las estanterías bajas que lo rodeaban en su caseta delante de la Gran Mezquita y meneó negativamente la cabeza. como si jamás hubieran existido. Faisal sonrió enviando mentalmente una bendición a la pareja. vio un techo abovedado. observó. No en la planta baja. sintiendo su inconsistente peso. La pared. saliendo a la lluvia torrencial.. Habían hallado un camino para entrar en Santa Sofía. y ya. La luz le hirió en los ojos. Las nubes de tormenta se habían disipado. sintiéndose ligero y hambriento. provocando confusión. Faisal al-Mehmed aborrecía la confusión. 121 Cuando Yashim se despertó. Volvió a empujar. y en ningún lugar próximo al antiguo altar mayor. Se puso de pie lentamente. Algo en las proporciones del edificio y la polvorienta negrura de sus muros le recordaba un lugar. pero por el momento no pudo imaginar dónde estaba. y fue entonces cuando comprendió de golpe lo que pasaba. exigiendo recuperar su calzado. Pero tan pronto como la lluvia cesara. Tantas personas llegaban a esta mezquita sin un pensamiento piadoso. Antes de que alcanzara una anchura de quince centímetros. Pronto fue capaz de introducirse por la grieta y utilizar espalda y piernas para hacer girar la piedra. Había una rebanada de pan que nada tenía ya de tierno. porque en su corazón comprendió que poseían entusiasmo. La mujer apenas podía caminar: el hombre la rodeaba con un brazo. incluso. Sopló las brasas y alimentó su brillo dejando caer trocitos de carboncillo con los dedos. en utilizar una mezquita como refugio? La verdadera piedad ignoraba la lluvia. era tarde.Jason Goodwin La serpiente de piedra piedra empezó a moverse y la barra de luz se fue ensanchando. Simplemente. para resguardarse de la lluvia.. se lanzarían sobre él. todo el mundo quería entrar en la Mezquita. nadie quería salir. estaban empapados hasta los huesos. estaba montada sobre un eje. Levantando la mirada. Faisal se mesó la barba y asintió con la cabeza. y ellos emergieron mucho más arriba. centímetro a centímetro. en la abandonada galería que se extendía bajo las cúpulas menores del mayor edificio del mundo antiguo.

ajo y un puñadito de perejil marchito. los tomates y el perejil. El doctor Millingen hizo subir la mecha. los cortó y picó los trozos. brutalmente mutilado. el sol bañando su mano izquierda. sobre las brasas. luego les echó sal. añadió sal y machacó unos granos de pimienta en el mortero.Jason Goodwin La serpiente de piedra preguntándose. Se lavó las manos y la boca. sobre el calor. El médico se inclinó hacia delante y cogió una moneda que dejó lentamente sobre el escritorio. Siguiendo sus instrucciones como si aún estuviera vivo. Estoy seguro de que usted ya lo sabe. Yashim dejó en el suelo una bolsa delante de él. Peló un par de cebollas y las cortó toscamente. Comió con las piernas cruzadas sobre el sofá. pensando en las oscuras madrigueras que había bajo la ciudad. Miró en el cesto de las verduras. Vertió un generoso chorro de aceite de oliva sobre la ensalada. bajo una tapa en forma de cúpula. Pero es una luchadora. «Estoy haciendo esto por Max». Esparció el queso desmigajado por la ensalada y un gran pellizco de kirmizi biber. Una gota de aceite cayó en las brasas con sonido silbante. que había comprado después de que le revolvieran el apartamento. cómo algo tan liviano podía generar tanto calor. y las puso en un bol junto con los pimientos. la enorme cisterna como un templo. había dicho ella. mientras observaba el brillo que se extendía. como su marido. él tuviera el poder de dirigir y controlar las acciones de la gente en el mundo de los vivos. beyaz peynir. —¿Y madame Lefèvre? -preguntó. —¿Una superviviente? Sí. como si. aparecía una lonja de queso blanco desmenuzable. con una rebanada de pan tostado. al igual que el propio Bizancio. La luz que él había visto en los ojos de Amélie. Por el hombre cuyo cadáver. 122 —Es usted.» Por Max. una cálida y suave luz se esparció por la habitación. junto con unos pimientos. 179 . En un plato de loza. Colocó su mano plana por encima de la estufa y agradeció el ardiente calor en su palma. pero con buenos dientes. Removió la ensalada con una cuchara. Roció los tozos con aceite y los dejó en una esquina. Yashim cogió con la cuchara un poco de la ensalada. —Muy débil. Clinc-clinc-clinc. Nuestro viejo amigo Meyer -dijo Yashim.. con un gran puñado de guindillas machacadas en un mortero y rehogadas en una sartén. Metió las cebollas en un cuenco de agua para quitarles la sal. Cogió dos tomates. Trituró el queso con un tenedor. después de tanto sufrir. Un cuerpo sin rostro. él y el doctor Millingen habían examinado unos días antes. Sacó el pan tostado del fuego y lo puso sobre una fuente. «Estoy haciendo esto por Max. Partió la rebanada de pan duro longitudinalmente y restregó la miga con un diente de ajo y con el tomate cortado. Cumpliendo sus deseos.. y la vacilante luz que le había perseguido a través de sus sueños. El doctor Millingen frunció el ceño y miró hacia la puerta. Generalmente lo hacía él mismo.

—Siga -gruñó Millingen.Jason Goodwin La serpiente de piedra —Ya he arreglado las cosas para que madame Lefèvre sea repatriada -dijo. no obstante. Algo que a ella le importaba incluso más que el dinero. Una historia que él sabía vender. De usted consiguió todo lo que necesitaba. Y. Por un hombre muerto-. ¿Por qué tendría que confiar en él? En lo más recóndito de su pensamiento usted esperaba que él pudiera tener razón. —¿Accidentes? -dijo Yashim fríamente-. Y yo no creo que existan -añadió. 180 . llevándose con él la moneda-. doctor Millingen. en el muelle.. Pero no estaban. Se acabaron los accidentes. sin hacer ningún esfuerzo por negarlo. también. et voilá. —Por el contrario. No fue idea mía enviarla a las cisternas. Su interés sólo hacía subir el precio.. doctor Millingen. si hubieran estado allí. Quizás no podía estar seguro de Lefèvre. Lefèvre no tenía más que elegir un tema. —¿De veras? -Yashim se acordó de Amélie bajo la luz de la lámpara. Usted habría conseguido sus reliquias. como dice. Sale mañana. —El problema con las pistas es que puede usted hacer que señalen hacia donde más le guste. para otros. que la única persona que puede haber creído en toda esta charada es usted. Autenticidad. -Yashim se acordó de Amélie en el agua. No iba a conseguir nada de nosotros hasta que las reliquias fueran halladas. —Pero ya se lo dije. doctor Millingen. estoy seguro. -Yashim cruzó sus manos sobre el pecho-.. moviendo la cabeza negativamente-. Creo que se llama «ascendencia». —Supongo que ya sabrá usted que no encontró nada -dijo Yashim. Millingen frunció el entrecejo. —¿En un barco francés? —El Ulysse. —Las pistas encajaban. Pero lo convertía en alguien poco escrupuloso. Está atracado en Tophane. El doctor apretó los labios. Lefèvre vendía humo. Creo. —Podía haberle ofrecido dinero por las reliquias. Ignoro si eso quería decir que era usted débil. hundiéndose hasta las rodillas en las oscuras aguas-. Yashim. ¿Recuerda? Usted con esta moneda de Malakian que yo le traje (la moneda que le faltaba en su colección). para Francia. las pistas encajaban. Yashim avanzó un paso y extendió las manos. La moneda empezó a correr por los dedos del doctor Millingen. -Se echó hacia atrás. Ella se creyó la historia. El doctor Millingen miró a Yashim pensativamente. —De manera que convenció a madame Lefèvre de que encontrara la pista. Algunas viejas leyendas. girando su adorable cabeza para decir que estaba haciendo aquello por Max. casi a cualquier precio. Mi hombre la acompañará a bordo. sosteniendo la moneda bajo la luz-. un libro raro. Ella necesita dinero. Fue usted quien en una ocasión me dijo que un coleccionista es un hombre débil. Yashim sonrió.. —Eso fue lo que me dijo. vadeando mientras se alejaba de él. —Pero madame Lefèvre. ansioso por poseerla. Pero pienso que le ofreció usted algo más. —Estoy de acuerdo con usted -dijo al cabo-.

también. en la embajada. Estambul. Son todas el mismo lugar. Sus ojos se encontraron. La última. Un cáliz y un platillo. —Vamos. —No sé qué quiere usted decir. —Me pregunto qué va a decirme. Del mismo modo que Meyer y Lefèvre son el mismo hombre. también? Millingen. Soy médico. Constantinopla. Ése es su oficio. —No me dedico a la metafísica. supongo.. Es una cuestión de identidad. tratando de medir el efecto de sus palabras. No era Lefèvre. 123 Millingen dejó la moneda sobre la mesa con un sonoro ruido metálico. Pensó que los Mavrogordato estarían satisfechos. entrelazadas en una sola. Yashim asintió lentamente.. —Pero él no podía contar con su ayuda. —Aquel cuerpo. Lefèvre estaba fascinado por ellos. ¿Es eso lo que él esperaba. De manera que aceptó el trato. Estaba observando a Yashim ahora. Y el coleccionista que hay en usted no podía rechazar la oferta. Yashim bajó la cabeza y dijo: —Le prometió a Maximilien Lefèvre. -Levantó la mirada y sonrió-. en el lugar erróneo. ¿verdad? Lefèvre muerto.. lugares reales. desvió la mirada hacia una esquina de su mesa. ¿Era un cadáver que usted proporcionó para la ocasión? ¿O sólo un desgraciado peón. Pero no era exactamente quien pensábamos. arriesgando una vida por otra. después de Missolonghi. —Él le dijo. Millingen no se movió. hecho desaparecer por un cura en el altar cuando los otomanos invadieron la Gran Iglesia. 181 . Millingen hizo un gesto de impaciencia. doctor Millingen.. frunciendo el ceño.Jason Goodwin La serpiente de piedra Los dedos que daban vueltas a la moneda se detuvieron. tres identidades. pero no abrió la boca. Pero usted quería estar seguro. —No sería la primera vez.. estaba sin duda muerto.. ésa no es la cuestión más importante ahora -dijo Yashim apaciblemente-.. eso es todo. Todo. La vida. ¿verdad? De manera que concibió un trato. Él mismo me dijo eso. doctor Millingen. ¿qué? -El tono de Millingen era desdeñoso. El doctor Millingen apoyó el codo en la mesa y se protegió los ojos de la luz. -Yashim frunció el ceño con impaciencia-. Exactamente como las serpientes de la columna. el tesoro perdido de Bizancio. —Lefèvre está muerto -dijo Millingen.. Todo son nombres reales. -Ladeó la cabeza-. Yashim. por supuesto. ¿verdad? Al menos. ¿Quién era. Su vida por las reliquias. Y reconozco a un hombre muerto cuando lo veo. —Bizancio. en el Hipódromo. —Bueno. Estoy muy interesado en saberlo. si es que siguen existiendo. Estaba usted encantado de dejar que el mundo creyera que Lefèvre estaba muerto. no. Y tampoco creo que usted lo creyera. doctor Millingen? Tengo mucha curiosidad... en el momento inadecuado? Millingen empezó a dar golpecitos con su dedo contra la moneda. —Yo no creo que la propia Amélie creyera jamás realmente en las reliquias.

Dejó el libro con usted y envió a buscar a su mujer. y había un temblor en su voz. —La Serpiente de Delfos -dijo-. Se arrodilló en el suelo y desató la bolsa. En el puerto. Los ojos de Millingen eran como barrenas. —¿Cuál fue su trato.Jason Goodwin La serpiente de piedra —Algunas personas piensan -dijo lentamente. 182 . No creo que deba marcharse sola. Él no confiaba en mí. y luego otra vez hacia los ojos hundidos y la fría expresión de aquel rostro. —Me temo. Meyer. —Ésa fue su idea -dijo Millingen.que se trataba del Santo Grial. Pero Lefèvre no estaba muerto. Yashim desenvolvió la tela de golpe. No hay mucha confianza entre ustedes dos. Una piel que no había mudado. ¿dónde encontró esto? —No puedo decir dónde -repuso Yashim-. Madame Lefèvre tiene algo más que vender. Yashim frunció el ceño. —Él escondió el libro en mi apartamento. y lo dejó en el otro extremo de la mesa. doctor Millingen.. Millingen se estiró hacia delante. y. como usted dijo. Pero le diré por qué. y parecía pesado.. —Ustedes dos necesitaban a alguien para llevar a cabo el plan. doctor Millingen. doctor Millingen? ¿Por qué Amélie vuelve a casa sola? -Yashim sintió debilidad en sus piernas-.. —Sólo un estúpido confiaría en un hombre como Meyer -dijo. Seguía vivo. quizás. Levantó la mirada hasta fijarla en la cara de Yashim.. como si le hubieran picado. Tenía unos sesenta centímetros de largo. Madame Mavrogordato jamás intentó matar a Lefèvre. ¿Porque ha fracasado? Millingen asintió suavemente. —Pero ¡eso no es verdad! Su gente simplemente dio con el hombre equivocado. -Su voz sonaba desgarrada y envejecida. Yashim se inclinó hacia delante y apoyó las palmas en el borde de la mesa de Millingen. a fin de cuentas. Millingen dio un salto hacia atrás. Yo no. —Usted ha mantenido oculto a Lefèvre -dijo finalmente-. —Amélie lo hizo. —Espero que me comprenda. ¿verdad? Millingen emitió una especie de ladrido de desprecio. Incluso mientras hablaba. Yashim sacó algo envuelto en una tela. Poseía una identidad que no se había manifestado. —Yo no lo creo así. Yashim lo miró en silencio. Yashim recordó las tres serpientes. Lefèvre. Esta vez no puede huir de lo que es. Madame Lefèvre arriesgó su vida. Millingen se encogió lentamente de hombros. pasándose las palmas por el lado de la cara-. Yashim posó una mano encima del objeto. Yashim. Y yo no podía dejarlo ir. Y un hombre muerto. Yashim enrojeció de una ira repentina. que el doctor Lefèvre ha muerto. Las tres ciudades.

Al final. Ése es su error. prematuramente arrugado. doctor Millingen -replicó Yashim suavemente-. Madame Mavrogordato jamás descubrió quién era. ¿quién estaba tratando de matarlo? —Digamos sólo que él pisó la cola de una serpiente -dijo Yashim-. ¡Un pandemonio! -De repente sonrió-. 124 Yashim tardó menos de diez minutos en llegar al teatro. y ésta le mordió. juzgando volublemente la calidad de las monedas mediante su interés en las caras de los hombres que las arrojaban. que habían venido a protestar y se habían sentido intimidados por la naturaleza y variedad de aquella multitud. —Le voy a entregar esto a cambio de dos pasajes para el Ulysse. Una multitud se había reunido en la calle delante del local. Yashim encontró a Preen entre bastidores. y los habituales turcos con fez que se situaban de pie con aspecto grave y las manos en los costados. Preen divisó a Yashim y lo paró con un gesto. y se retiró. Un viejo de corta estatura. -Y parpadeó-. Preen le ofreció alguna enérgica seguridad. urgente. El doctor Lefèvre vuelve a Francia. Y un grupo de marineros que Yashim reconoció por sus curiosos gorros sin alas. bordados en oro con la palabra «Ulysse». cuando llegó. pero era consciente. holgazanes extranjeros de altos sombreros negros. los incendios de las casas o las ejecuciones públicas. exactamente. intercambiando miradas con estudiantes de madrasas de aspecto atareado y ataviados con turbante. hasta llegar a la puerta misma donde se estaban vendiendo las entradas en una atmósfera de obsceno desacuerdo. Gran parte del movimiento de la muchedumbre lo proporcionaban las tripulaciones de los barcos extranjeros. Yashim. que portaba un pequeño turbante. luego se dio la vuelta para enfrentarse con una delegación de músicos.. inclinada sobre el viejo.Jason Goodwin La serpiente de piedra —No. Yashim se abrió camino lenta y discretamente hacia delante siguiendo su estela. a la cual Yashim reconoció. de que había ido más lejos de lo que pensaba. —¡Un caos! -murmuró Preen-. Los habituales griegos que estiraban el cuello para ver mejor. el gordo asintió solemnemente. examinaba con cuidado las monedas que la gente le entregaba. con la ayuda de Mina. gesticulando con las manos y hablando muy deprisa con un gordo hombrecillo que llevaba el mayor turbante que Yashim había visto en su vida. luego retrocedió un paso para dejar que una mujer de ropas europeas con un mono sobre su hombro se dirigiera a Preen con una voz baja. Sospechaba. Yashim dirigió su mirada hacia la cabeza de la serpiente. que parecían izarse hacia la puerta principal mediante invisibles cables. sin dejar de hablar ansiosamente con el gordito. cuyos ojos parecían estar cerrados. Lefèvre. Millingen frunció las cejas. que acudía a presenciar las reyertas callejeras. todo su turbante balanceándose arriba y abajo como un pecio abandonado en el mar. observó con diversión.. que deslizaban sus dedos esperanzadamente en bolsillos ajenos. Siempre es una buena señal. La misma multitud. Parecía que se hubieran agotado las localidades. con su mujer. —Entonces. que se quejaban de que no tenían espacio 183 . ¿Dónde has estado? Yashim murmuró una respuesta. con perlas de sudor en su frente. pero no estaba segura.

Preen se deslizó con gracia en el asiento al lado de Yashim. La serpiente giraba la cabeza para seguir la música. El indio continuó tocando la flauta con una mano. Tu amigo Alexander Mavrogordato acaba de llegar. la cobra posó su cabeza sobre los dedos del hombre. pese a su vulgaridad y pesadez. sacando y metiendo su pequeña lengua. né Meyer. una soñolienta cobra se estaba alzando lentamente de una cesta mientras un indio tocaba una pequeña flauta. un encantador de serpientes. un lobo cazado en los Cárpatos. té. Lefèvre y Yashim se miraron. hasta que las puntas de sus dedos estuvieron justo debajo de la garganta de la cobra. A mitad del segundo acto. balanceando su grueso y ondulante cuerpo. mirando la representación sin hablar. Que constituyó un gran éxito. con la palma hacia abajo. bajo. ensanchando su caperuza como una corona pagana. y una cita romántica en un jardín persa. Ésta asintió con expresión ausente. Yashim se dio la vuelta en su silla. El indio bailaba gravemente alrededor del cesto. y le susurró algo a Preen en el oído. sofocada y con aspecto triunfante. en cuya escena la dama parecía estar representada por una pequeña babucha enjoyada. la cobra se inclinaba hacia él. —¿Solo? —Está con un hombre. Sin sonreír. El encantador y la serpiente estaban ahora moviéndose al unísono. Apoyó un codo sobre la mesa de café y habló cubriéndose con la mano. sorbete y pipas unas danzarinas con pantalones. Éste tomó asiento en una mesa de café para contemplar la representación. Llegó Mina. La cobra avanzaba ondulando sobre la muñeca del encantador. saliendo con lentitud del cesto y subiendo por el brazo extendido. y vio a Alexander Mavrogordato y Maximilien Lefèvre. el francés asintió con la cabeza e hizo un ligero gesto de saludo con el cigarro. Luego parpadeó y dedicó su atención nuevamente al escenario. 184 . Detrás de su cabeza. entre aplauso y aplauso. Se oyó un jadeo cuando la cabeza de la serpiente apareció sobre la cabeza del encantador y se levantó. Mina hizo un gesto de saludo a Yashim. Los ojos de Lefèvre se deslizaron hacia él. La ventrílocua y su mono. y todo el mundo hablaba incesantemente. Mientras tanto. cuando el indio se balanceaba hacia atrás. Yashim observó con desagrado cómo la mano del hombre se iba oscureciendo lentamente. al auditorio le servían café.Jason Goodwin La serpiente de piedra para actuar. el capuchón se aplastaba y ensanchaba. deslizándose hacia arriba hasta el hombro del encantador. —Qué pequeño es el mundo -dijo-. Un franco. La cabeza de la cobra estaba ya más alta que el borde del cesto. más tarde. una extravagante y bonita muchacha vestida como una odalisca. Que fuma un pequeño cigarro. El indio avanzó lentamente la mano. El hombre se dio la vuelta y se enfrentó a la multitud. todo salpicado con varios cuadros vivientes interesantes: un hogar franco. la caperuza encima de su mano. Muy despacito y siguiendo las suaves notas de la flauta. En el escenario. manteniendo el brazo inmóvil hasta que la serpiente entera se hubo extendido a lo largo de su brazo. Yashim dejó escapar lentamente el aire a través de los dientes. Yashim movió negativamente la cabeza. que cantaba y bailaba y. Más viejo. reapareció para ser serrada por la mitad por un mago ruso. Yashim reprimió el impulso de darse la vuelta.

Amélie Lefèvre alargó la mano.. su mano sobre el codo de la mujer. la metió otra vez en el cesto y cerró la tapa. —Tal vez. hizo un sonido explosivo suave con los labios y sonrió de torcido. «¡Pah!». Ahora ella estaba mirando a Yashim. Pensaba que el mito era real. Quizás las babuchas. inclinándose. dándole con el codo-.Jason Goodwin La serpiente de piedra El hombre y su serpiente dieron una vueltecita por el escenario. -Hizo un gesto a Lefèvre-. que esperaban sobre cubierta. —Adiós. —Mi valor -repitió Amélie sin inflexión en su voz-. en camiseta. —Recordaré su valor -dijo Yashim. El auditorio estalló en aplausos. Es sólo una serpiente.. y un pelotón de marineros elegantemente vestidos se pusieron firmes en la cubierta de proa. en vez de eso se la puso sobre el pecho. Yashim sonrió con tristeza. monsieur 'dame -murmuró. Amélie aún no había mirado hacia atrás. El marinero uniformado avanzó un brazo protector para acompañar a la pareja por la pasarela. Yashim -dijo Preen. girándose un poco. Un eructo de negro hollín salió vomitando de la chimenea y derivó hacia los enrollados obenques y palos del mástil mayor. Yashim retrocedió un paso y frunció el entrecejo. casi apagada expresión en los ojos de la mujer. y le apuntó con él. cuando todo sucedió. Pero yo creía en las reliquias. —El sultán Yashim -dijo-. No lo olvidaré. embajador. Había una extraña. —Vamos. Un gordo cochero hizo detenerse un elegante barouche lacado en negro sobre los adoquines. Lefèvre. Lefèvre se encontraba ligeramente por delante de ella. Parecía como una broma privada. Parece como si hubieras visto un fantasma. A mitad del camino de la pasarela. El doctor Lefèvre la cogió del codo. Nadie salió del carruaje. El sol iluminaba su cabello. estaba mirando nerviosamente alrededor del muelle. encendiendo bucles. Palieski le tomó la mano y se inclinó hacia ella. luego levantó su cigarro. Y el poeta. sabe. —Faites attention. observó Yashim. —Adiós. Al pie de la pasarela un marinero uniformado intercambiaba miradas con otros dos hombres. Doctor. desvaneciéndose lentamente en el cielo azul. madame. Sostuvo las riendas firmemente con la mano y volvió la cabeza para mirar el Ulysse. La pasarela crujió cuando el Ulysse cabeceó levemente en la corriente. No le ofreció la mano. luego el hombre alargó la mano y cogió a la serpiente por la cabeza. 185 . 125 La campana del buque repicó. Ladeó la cabeza para captar la mirada del Yashim. al parecer no afectados por sus correrías en Pera la noche anterior. Palieski enarcó las cejas y miró a Yashim. Quizás fue el movimiento del barco.

el oficial en el muelle dándose la vuelta. El oficial estaba ayudando a Amélie a ponerse de pie. Se cayó de costado. Yashim miró hacia abajo. y de repente desapareció. mirando hacia abajo. Un hombre empezó a deslizarse por una cuerda con los pies descalzos. hacia arriba. y en unos segundos ella desapareció de la vista. sus cabezas juntas. más órdenes. Yashim se mordió el labio. Un grupo de marineros. Hasta que descubrió que la realidad era un mito. e iba a darse la vuelta para mirar. colgando del brazo del oficial. Yashim empezó a caminar lentamente siguiendo al carruaje. Levantó la cabeza. y Yashim lo oyó murmurar: —No me lo acabo de creer. cuando Amélie hizo un pequeño y curioso gesto con la cabeza. sobrepasó la barandilla del barco y volvió la cabeza. Entonces se oyó el sollozo de Amélie. el doctor Lefèvre agitó los brazos al aire. —Digamos que madame Lefèvre era una mujer muy decidida. 186 . el oficial estaba persuadiéndola de que entrara en el buque. plantaron sus pies en el muelle. Palieski lo cogió por el codo. Luego asintió tristemente con la cabeza y se volvió hacia su amigo-. el rostro de una mujer de espesas y oscuras cejas. casi en cuclillas. los dos marineros de la cubierta inclinándose sobre la barandilla. —¡Por favor. Yashim oyó un brusco crujido a sus espaldas. —No fue un accidente. con palancas en la mano. con horror. Yashim saltó hacia delante. Palieski estaba junto a su hombro. Le pareció que reconocía un rostro en la ventanilla. estirando los brazos. empujándola suavemente por la pasarela. y no podía estar seguro. Palieski miró inquisitivamente al rostro de Yashim. —Madame Lefèvre pensaba que el mito era real -dijo. lo vio todo congelado. y se dio la vuelta viendo que el barouche había partido. y al punto el oficial llegó a su lado. Con un repentino grito de alarma. deslumbrada. estaba esperando bajar. Yashim sintió que su mirada resbalaba sobre él para ir a fijarse en algo más allá. Se encontraba de pie contra el sol. por un momento había dado la impresión de que sonreía. Amélie tropezó. Pero fue sólo una fugaz ojeada. —¿Cómo ha ocurrido? -preguntó. Pero entonces era ya demasiado tarde. Al cabo de unos momentos levantó la cabeza y habló al aire. agarrándose a su marido en busca de apoyo. Por un segundo. y aparecieron más marineros. Uno de los marineros estaba gritando algo por encima del hombro y el otro dejaba caer una cuerda por el estrecho espacio que había entre el barco y el muelle. de rodillas sobre la pasarela. Apoyaron sus musculosos brazos contra las paredes de madera del barco. ¡venga por aquí! Los marineros bajaron en tropel por la pasarela. Cuando Yashim volvió a ver con claridad. Amélie. —¡Aflojad los cables de popa! ¡Dadnos espacio! Sonaron gritos. madame! Por favor. ¿verdad? Ella lo empujó. con sus extremos puntiagudos.Jason Goodwin La serpiente de piedra Las babuchas que Yashim había comprado para ella. parpadeó. horrorizado. y empezaron a empujar. como un cuadro en el teatro: Amélie.

Al principio. Los asesinos le siguieron la pista. estaba interesado en las reliquias. Me hice preguntas al respecto. —¿De manera que pensó que yo había ordenado su muerte? —Ellos fueron amigos.. ¿Por qué? Yashim juntó los dedos. 126 —Pensé que había sido usted -dijo Yashim-. —Se supone que alguna otra persona llevó la maleta de Lefèvre a la casa del doctor -dijo finalmente-.e identificado como Lefèvre.. 187 . de manera que lo confinó en una casa. preguntándose si debía decir lo que sospechaba: que su supuesto hijo. —¿Y Millingen? ¿Por qué quería tener escondido a Lefèvre? Yashim se revolvió un poco en su silla y suspiró. Tenía más vidas que un gato. Pero más tarde. me enteré de que había perdido un par de dientes en una reyerta. a él. pensó que le había engañado a usted. se dio cuenta de lo mismo que yo había supuesto. Lefèvre hablaba con un leve ceceo. Que lo habían matado en la calle... Y Millingen. No era así como había de sucederle. a cambio de salvarle la vida. —Debería haber sido yo -declaró ella-. desde luego. en algún lugar junto a los muelles. Al principio. Excepto que tenía unos dientes perfectos. —Llevaba encima la maleta de Lefèvre. ¿qué pasó? ¿Quién era? Yashim se encogió de hombros. Millingen quería que Lefèvre estuviera a salvo.. Más tarde. Pero tampoco creo en ella. Una expresión que Yashim no logró entender pasó por la divina cara. He oído esa frase. Madame Mavrogordato entrecerró los ojos y miró a Yashim.Jason Goodwin La serpiente de piedra Y empezó a caminar otra vez. que no era usted en absoluto. Oyó el tictac de los relojes. —Pero dijeron que el cadáver era él.. —Cuando oí que había muerto. En Missolonghi. pensó Yashim. Esperaba que Lefèvre le dijera lo que sabía. Millingen decidió no decir nada al respecto. madame? Madame Mavrogordato asintió brevemente.. Un criado. El Ca d'Oro es uno de sus barcos. Madame Mavrogordato se echó hacia delante. a través de las polvorientas calles de Pera. una vez. Es decir. Madame Mavrogordato asintió. La venganza es un plato. —Cuando el hombre de Millingen fue asesinado -prosiguió Yashim.. el susurro de las sedas de madame Mavrogordato... colina arriba. Vaciló. Los perros lo habían atacado. el impaciente Alexander. había sido su carcelero. No me lo creí. Quedaba muy poco de su rostro.. el sonido metálico de su cuchara contra la salsera cuando ella la soltó muy lentamente. ¿no. —El doctor Millingen se enteró de que la vida de Lefèvre estaba amenazada. —Entonces.. Pero dieron con el hombre que no era. «Más pieles que una serpiente». cuando murió otra persona. También él creía en el axioma de la venganza. supongo. —Que se sirve mejor frío. sí. —Un hombre que Millingen mandó a buscar a Lefèvre al barco. No tuvo suerte.

. —Puede usted creer lo que le guste -casi escupió la mujer-. que sólo fueron cuatro? Volvió la cabeza para clavar su mirada en Yashim. Y abandonando a su esposa. —Cuatro hombres murieron primero. —Debe de haberlo odiado mucho -dijo. También en las bridas de los caballos. Madame Mavrogordato había cerrado los ojos y por entre sus dientes apretados dejó escapar un ahogado gemido. Madame Mavrogordato echó la cabeza hacia atrás. fue una mujer. —Cierra los postigos de delante. Eso es todo. Pregunta al cocinero si habrá bastante comida para mañana. antes de que cierren los mercados. hanum. —El mozo del establo pondrá crespones en el carruaje.. —¡Entre! El criado entró en el apartamento e hizo una reverencia. Captaba la ironía en el tono de la mujer. Yashim. Millingen. Yashim no podía decir si era de ira o de desprecio. Yashim oyó un golpe en la puerta del apartamento. El hombre que era capaz de traicionarme así. secándose las mejillas con las manos. muy agradecida. —Sí. Me mostró desnuda ante el mundo. ¡Vaya caballero inglés! Vaya escándalo. con sus oscuros ojos.. Nos vendió a todos. luego escupió sobre mí y se alejó. La mujer de la ventana volvió la cabeza. la inocencia que destrozó con sus manos desnudas como arrancando un velo que me tapaba los ojos. —Pero cuando eso ocurrió. -Bajó la voz y dos lágrimas corrieron por sus mejillas-. —Me alegro de que ella lo matara. ninguno de los dos habló durante varios minutos. Y les vendió Missolonghi a cambio de su propia vida miserable. Larga vida al sultán. pero estaba pensando en alguna otra persona. Dimitri. —El sultán ha muerto -dijo madame Mavrogordato al final-.. Y usted habla de cuatro hombres muertos..Jason Goodwin La serpiente de piedra Madame Mavrogordato esbozó una pequeña sonrisa. Cuando el sirviente se hubo ido. Hacía falta una mujer. y él le devolvió la mirada con un estremecimiento de comprensión. —Me ocuparé de ello. Podía traicionar a cualquiera.. Monsieur Mavrogordato comerá en casa. piensa el hombre. Lanzó una mirada a Yashim. ¡Cuatro hombres! Se levantó y se dirigió a la ventana. Estoy muy.. cuando eso realmente ocurrió. el sultán ha muerto. Estaba casi temblando. Debería usted haber oído lo que me decía. 127 188 . El golpe volvió a sonar. —¿Cuatro hombres? ¿Cree usted. el doctor Meyer escapando así. —Pero yo conocía a ese hombre. con más fuerza. ¡Vergonzoso comportamiento! No creo que Millingen lo recomendara en su club londinense. Yashim se miró las manos. Alargó una mano para tocar las cortinas. Max Meyer no era un hombre que cualquiera pudiera matar. Los turcos lo capturaron. Se puso de pie.. —Hanum -dijo con voz titubeante-. por causa suya. Las promesas que hacía. La mano de madame Mavrogordato hizo una bola con la cortina. estoy segura de ello. hanum. Madame apartó la cara.

boca abajo. La botella de la bandeja era vieja y chata. en el Primer Patio del serrallo. mientras un hombre tocado con un fez. pero aquí. en una desvencijada mansión próxima a la Grande Rue. para guardar en las bodegas de su hacienda.. Aquel hombre era el padre de Palieski. y risas. un noble polaco la había pedido. Palieski movió negativamente la cabeza. como si hubiera caído del cielo. Muchas personas -musulmanes. a una de las mejores casas de coñac de Francia. como si estuviera disgustado por ver interrumpido su sueño. con los miembros extendidos. pero conserva el coñac. donde sólo unos días antes había andado en medio de un absoluto silencio.. y esperanza en el siguiente. deshazte de los cuadros. Marta. con la cabeza descubierta.. como una joya metida en una caja. a la grande y vieja corte de las personas del imperio. Gobernó este imperio desde que yo conozco Estambul. —Señor. Yashim se encontró empujado y rodeado por todas partes. yo no puedo. el pueblo venía con sus esperanzas y sus lamentaciones. Una falange de niños pequeños permanecía en silencio apoyada contra la pared.. pero tan bajito que la mujer de la habitación sólo pudo imaginar que había hablado. Yashim veía expresiones de angustia y desesperación.» Palieski sacó una navaja de bolsillo y quitó el capuchón de cera que rodeaba el cuello de la botella. con su montura. «Es un buen Martell -había dicho-. Palieski se dio la vuelta. que vestía como un sirviente. y poseedor de una enorme barriga.pasaban las cuentas de su rosario y observaban. Descubría temor en los ojos de un hombre. yo. Un distinguido pachá caminaba en medio de un torbellino de capa y cuero. junto con algunas docenas más... Por las ventanas oía a los lejanos almuecines llamando a la oración por el muerto.Jason Goodwin La serpiente de piedra Al otro lado del Cuerno de Oro. y. sonriendo. Los alabarderos se pusieron firmes en la puerta. Oía el murmullo de los sutras. llevado de las riendas por un mozo de establo. lloraba abiertamente sobre el hombro de otro hombre. a Topkapi. armenios. aun antes de ver a la multitud. En caso de duda. —¡Por Mahmut! —Por Mahmut -repitió Marta. 189 . El sultán Mahmut había muerto. La descorchó y sirvió un poco en cada copa. Un murmullo de voces como el mar. haciendo corvetas. Un hombre mayor. —Es en recuerdo suyo -dijo-. un caballo tordo. En las caras que lo rodeaban. Levantó el vaso a la luz. Muchos años atrás. un hombre se encontraba de pie ante una ventana abierta. Toda tu vida. 128 El ruido lo sobresaltó. yacía en el suelo. —Y eso es todo -dijo finalmente. Un perro de un blanco amarillento se levantó de la sombra de un plátano y se alejó rígidamente. Marta enrojeció. Con suavidad cogió ambas copas por el pie. Dejó la bandeja cuidadosamente sobre la mesa. El sultán había muerto en Besiktas. y el grito de un vendedor de mazorcas pregonando su mercancía. al antiguo palacio de los sultanes.

para ver mejor. y tan pocas. Pura comedia. —¡Oh. No tienen ni idea de lo que va a pasarme a mí.. y completamente vestida. el maíz hervido. Yashim. Quizás si el sufí se hubiera detenido a pensar. si debería llegar tan lejos como la verja de Topkapi. de manera que lo sienten por ellos mismos. pero observó que la cabeza de la Valide iba de un lado para otro mientras observaba las caras de los hombres que la rodeaban. podría haber imaginado la identidad de la mujer con velo que caminaba lentamente. Me recuerda los viejos tiempos. A diario tenía una fantasía en la cual acompañaba a la Valide a 190 . Yashim reprimió una sonrisa. Anduvieron ambos en silencio hasta la puertecita que daba al harén. Yashim se frotó la barbilla pensativamente. —Es algo extraño. Sin embargo descubro que. Encontró a Hyacinth sollozando en una pequeña habitación del corredor. pero el sufí había vaciado deliberadamente su mente de todo pensamiento para concentrarse mejor en los noventa y nueve nombres de Dios. 129 La multitud congregada en el Primer Patio era más densa que antes. Su corazón es pequeño y duro. Era imposible que pudieran hablar por encima de los gritos y murmullos de los dolientes que atestaban aquel vasto espacio. —¿Sí? La Valide levantó la cabeza como para escuchar. Yashim! ¡Estamos todos muy tristes! —Ya lo veo -dijo Yashim. mientras caminaba lentamente. entonces? -quiso saber Yashim. con tantas cosas. De esta manera. Sus pendientes de plata tintinearon suavemente. Yashim no dijo nada. que iba ataviado con unos pantalones franceses. no tengo nada que hacer. con un bastón. Yashim -dijo. pero el clavero lo descubrió y le hizo una señal con la cabeza para que pasara. No puedo hacer otra cosa que estar sentada. sus narices moqueando. y la más bien flacucha montura de un jinete albanés de largas piernas. Valide. y solamente un sufí. sostenida por su poco distinguido compañero. que decir. Veo que tú. y levantaron las picas. nada menos que hoy. —El Primer Patio está lleno de gente. —Esperaba que serías tú. y de vez en cuando se detenía. con las manos en el regazo. No soporto ver sus caras desencajadas. Día tras día. vio a las dos figuras que salían del sagrado patio interior. Encontró a la mujer sola. Los alabarderos no lo reconocieron al principio. —Tengo una idea -dijo. sentada en el borde de un diván. las tradicionales ululaciones de las mujeres árabes. Yashim sintió que la Valide apretaba con más fuerza su brazo a medida que avanzaban hacia la multitud. con una sorprendente vocecita-.Jason Goodwin La serpiente de piedra Yashim avanzó a través de la multitud hacia la segunda puerta. contienes el llanto. Hyacinth levantó sus ojos bordeados de rojo hacia los suyos. no hago nada excepto envejecer. Yashim se preguntó. también. con las manos levantadas y un ojo fijo en la segunda puerta. Luego se arrodilló al lado de la Valide. —He despedido a los demás. —¿Quién está con la Valide. y lo consideró una buena señal.. la Valide delataba su particular interés en los niños.

Se levantó el velo. Ya no es ningún muchacho. pero la Valide no esperó a que su observación calara. ¿Sabes por qué? —No. Ésta no mostraba signo alguno de desear volver. un cura estaba diciendo misa en la Gran Iglesia. vamos. Yashim. Tal como el sultán hacía. —Porque el muchacho tenía miedo. Yashim. Moverse entre el pueblo. e hizo una pausa-. Yashim comenzó a dirigir a la Valide hacia las grandes puertas de la vieja iglesia de Santa Irene. poco antes de morir -dijo la Valide con calma.ésta se abrió. cuando los turcos tomaron Estambul. y me lo dijo a mí porque su propio hijo no vendría a escucharlo. pasado a través de generaciones. —Alors. de todo lugar sagrado.Jason Goodwin La serpiente de piedra través de la puerta y hasta la plaza. En fin. Era una fantasía que a veces se había permitido por su cuenta. como si hubiera cometido un acto de traición. Yashim. —El príncipe heredero. —Mi hijo me dijo algo interesante. Yashim la observó con atención. No estoy segura de haber visto a nadie excepcional -repuso ella cerrando los ojos. Encontró un banco de piedra bajo una ventana. —El propio Salim conoció a un panadero tan sabio que al día siguiente lo elevó a la dignidad de gran visir -dijo Yashim. y la Valide se instaló en él con un gesto de agradecimiento. —Abdul Macid es nuestro sultán ahora -dijo Yashim. Me parece que descubrirás que te conoce mejor de lo que piensas. —Vamos. —En la época de la Conquista -continuó ella-. de un sultán a otro. Pero ¿por qué un chico habría de tener miedo de la muerte? Yashim no tenía respuesta a eso. Cuando entraron a la sombra del pórtico. realmente. pasando junto a la fuente. Yashim parpadeó. Yashim bajó los ojos. dando paso a un silencio etéreo. y cuando la puerta se cerró con un sonido metálico a sus espaldas. —Apenas me conoce. aunque su peso sobre el brazo de Yashim iba aumentando y estaba evidentemente empezando a cansarse. situada al otro extremo del Gran Patio. cogían un carruaje y se marchaban traqueteando por las calles hasta el muelle de Eminönü. cruzando los brazos y apoyándose contra una columna. disfrazado. pero que le sobresaltaba ahora. pensó Yashim. La Valide lo miró fijamente. Valide. tú le gustas. Empezó a preguntarse dónde. donde él metía a la francesa en un barco francés y la mandaba a disfrutar de la vida en París. como si aprobara su decisión. ella le dio un golpecito en el brazo. Era un secreto.. Siempre he querido hacer eso. Yashim pegó un brinco-. Yashim probó con la puertecita y -para sorpresa suya. —Sí -dijo ella. Un chico habla con su abuela.. quizás. ¿No había dicho Lefèvre que Santa Irene nunca había sido secularizada. el silencio. Yashim -dijo sonriendo-. el ruido de la multitud fue bruscamente silenciado. Utilizaba las reliquias más santas de la 191 . Se preguntó si no estaría dormida. Entraron en el recinto. debía conducir a la Valide. —Gracias. que nunca había sido convertida en mezquita? Las viejas armas brillaban en las paredes.

Estaba hecho toscamente. Eran siempre albaneses. algunos ortodoxos. acabó muerto. Dentro encontró una copa de cobre de aspecto abollado y un plato de madera. de hecho. A la sombra del pórtico. Supongo que se quedaron muy decepcionados. Cruzó el ábside hasta un armario de madera que colgaba de la pared. —Bien. pero cuando los turcos irrumpieron en el templo. —Bravo! El gremio de los guardianes del agua. Pero posteriormente necesitó su apoyo. El patriarca griego accedió a tratar al sultán como su jefe supremo. Uno de ellos. Quería descargarme de ese secreto porque. la copa y el platillo estaban ya ocultos en las cisternas. non? Yashim bajó la cabeza. Agua y sal.Jason Goodwin La serpiente de piedra iglesia bizantina. —Pasé una semana con algunas personas que pensaban que sabían exactamente dónde estaban las reliquias -dijo. ¿Comprendes? —Llegaron a un compromiso. Pero la primera religión de los albaneses. Por lo que yo sé. bien. Algunos católicos. Lo dedujeron a partir de libros antiguos. Alguien tiene que contárselo al príncipe heredero si yo no puedo hacerlo. también. —Mehmet el Conquistador -continuó la Valide. Es lo que el sultán me dijo antes de morir. muy juntitos. dándose la vuelta hacia ella-. Valide. su puerta cerrada con un pestillo de madera. —Cuando volvamos a los apartamentos. en algún lugar bajo la Gran Iglesia.. —¿Decepcionados? Quizás se pueda decir eso. con el tiempo. Se llaman a sí mismos Hijos del Águila.había tomado la ciudad a los griegos. Estoy segura de que querrás hablar de ello. por lo que se refiere a las reliquias. —Y ése ha sido su secreto -murmuró Yashim. La Valide aspiró por la nariz. por supuesto. Los había vistos antes. Pero imagino que tú ya sabes quién fue elegido. Pero. ninguno de los dos pudo aceptar que el otro las poseyera. y salieron juntos de la sombra al sol. AGRADECIMIENTOS 192 . Eh bien. Yashim la tomó del brazo y salieron lentamente de la vieja iglesia. —Tus amigos. fueron musulmanes. Estaban bajo la custodia de los guardianes del agua. ¿no? —Sí. en efecto. la copa y el platillo usados en la Última Cena. la Valide levantó las manos para ajustarse el velo. Hace frío aquí. yo no soy una iglesia o una estirpe de sultanes. ¿no? Acerca de una tercera parte que protegería las reliquias para siempre. que se había roto y habían reparado con grapas de hierro. Yashim abatió la cabeza. Yashim. copa y plato. La vida te enseña que uno no puede creer todo lo que lee en los libros. Yashim? -La Valide lo miró-. Y ellos no tuvieron que mirar muy lejos. —Ya había oído esa leyenda -admitió Yashim.. desapareció. Monsieur Stendhal. Yashim. -Abrió los ojos y miró maliciosamente a Yashim-. es Albania. como viejos amigos. apoyándose mutuamente. más allá del control de la Iglesia o de los sultanes otomanos. -Se apoyó en su bastón y se puso de pie-. —¿Leyenda. Y algunos. creo que te pediré que me leas un poco.. —Muy bien.. Ya sabes lo que eso significa. n'est ce pas? Dejó caer su velo. como ellos dicen.

que hizo de L'Albero dei Giannezzeri un giallo tan exitoso. de Farrar. desviaciones y flagrantes desnaturalizaciones que aparecen en él se deben sólo a mí. su aliento y consejo. No solamente ha compartido ella su conocimiento de la cocina y la historia otomanas conmigo. 193 . por sus incansables y alegres esfuerzos en nombre de Yashim. editores. de la Wylie Agency. ni batallas por el control del ordenador. de Barcelona. correctores y dibujantes en todo el mundo dieron vida al debut de Yashim en El Árbol de los Jenízaros en veintidós idiomas. Sarak Chalfant. sin interrupciones. Fortunato Israel y mi traductora al italiano. me temo. cuya sensatez siempre he reconocido con agradecimiento. Gran parte de este libro fue escrito muy lejos del jaleo de la vida familiar.. esa hermosa e indispensable publicación trimestral dedicada a todas las cosas turcas.. y por la que generalmente me he guiado. Nina van Rossem de Holanda. y Elena Ramírez. de París. me presentó a este otro mundo. Straus and Giroux. Gracias también a Agnieszka Kuc de Polonia. que leyó el manuscrito en una primera fase. La ficción. Cristina Mannella. Me siento agradecido por el entusiasmo de. en el Reino Unido.Jason Goodwin La serpiente de piedra Me gustaría agradecer a los sospechosos habituales. y que confía en que Amélie volverá a Estambul algún día. pero. Mi hijo. a Charles Buchan. Isaac. Debería señalar que todos los errores. ha crecido y aprendido mucho. de Faber. en Nueva York. Julian Loose. Berrin Torolsan inspira tanto a cocineros como a eruditos con sus escritos en Cornucopia. He sido afortunado de tener a dos soberbios editores revisando. Traductores. Sylvie Audoly. entre otros. Mi agradecimiento al equipo. sino que también leyó el libro con mirada crítica. por encima de todo. no es respetuosa con los hechos. y no en último lugar a Richard Goodwin. y Sarah Crichton. Este libro es para él. mi familia y amigos.