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LA SOCIEDAD DE LA INSEGURIDAD Y LA PELIGROSIDAD CRIMINAL

Jesús Miguel Cáceres García


Jurista Hospital Psq. Penit. Alicante

Establecer como objetivo de la Política Criminal la seguridad total es una falacia.


La seguridad total no existe, ni se puede conseguir.

La necesidad de garantizar la seguridad ciudadana es inversamente proporcional


a la consecución de inseguridad jurídica de los ciudadanos, conseguida a través
de las ultimas reformas legislativas.

Esto ultimo es lo que realmente crea “alarma social”. No hay que olvidar que las
situaciones de inseguridad ciudadana son típicas de Estados en situación de
conflicto o posconflicto en los que la proliferación de la actividad criminal crece
constantemente aprovechándose de un vacío legal, que no es el caso de nuestro
país.

La política criminal debe orientase hacia una noción humanista y solidaria, que
atienda al criterio de “a cada uno según sus necesidades”, lo que significa que a
los débiles, grupos minoritarios, pobres, drogadictos, extranjeros, enfermos
mentales y a todos aquellos que de alguna manera se hallan en posición social
desventajosa y son especialmente vulnerables, habría que hacer lo necesario para
compensarles su handicap, y recibir, no como respuesta principal y única, su
encarcelamiento, sino la ayuda necesaria para salir de su pozo sin fondo.

Nuestro actual sistema de justicia penal esta dirigido hacia una misma dirección:
mantenimiento de estas personas en prisión mediante leyes que nuestro
parlamento aprueba, aumentando las injusticias sociales existentes. La justicia
penal es discriminatoria en el sentido de que se ejerce sobre tipos tradicionales de
delitos contra las personas y los bienes, resultando inoperantes sobre hechos
socialmente perjudiciales estructurados en torno a la organización política y
económica.

El problema de la actual política criminal radica, al parecer, en la delincuencia


habitual de “baja intensidad”, que se maldenomina por el poder como
“delincuencia profesional”, olvidándose, de nuevo, de formas delictivas, como el
delito financiero. Basta observar la población penitenciaria española. Es decir, la
actual política criminal va encaminada a la pura y dura represión del pequeño
delincuente. Política que no resulta eficaz porque no reinserta y no reduce, por
tanto, las tasas de criminalidad, olvidándose de políticas de prevención como son
la mejora de las tasas de desempleo, la disminución de la pobreza, la integración
de los inmigrantes...

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Se piensa que la solución esta en la inocuización. Todos a la cárcel.

Ahora bien, este termino tiene varias acepciones. Si entendemos por tal, la
neutralización de la capacidad criminal del mismo, esto es, la neutralización de la
peligrosidad criminal, no es preciso el encarcelamiento de estas personas porque
existen otros medios de conseguirlo en un régimen de libertad. Especial
significación tiene la prisión para enfermos mentales para quienes supone un
elemento estigmatizador (toda sanción penal estigmatiza), de ostracismo (pura
inocuización) y un castigo deshumanizador. Una política criminal seria, debe tener
en cuenta la predicción de las tendencias económicas y sociales de los países de
su entorno. En este sentido es fundamental tomar medidas para el intercambio de
información entre los países acerca de las posibles condiciones futuras. Estoy
totalmente de acuerdo con que “los tiempos de encerrar a los delincuentes y
perder las llaves, llega a su fin”. En los Estados Unidos, donde hay tres veces más
enfermos mentales en prisión que en clínicas psiquiátricas, la situación es
insostenible, ya que el déficit, las apreturas economizas resultan ser los “mejores
abogados”. Es decir, no van a la cárcel. Lo contrario de lo que se “predica” y
legisla en nuestro país.

Hemos de preguntarnos en primer lugar, cual es la meta del Derecho Penal actual.
Tal vez el castigo de los delincuentes y su inocuización, entendida como
separación de la sociedad, para tranquilidad de esta.

En segundo lugar, si identificamos peligrosidad criminal con Medidas de


Seguridad, qué meta se persigue. Prevención del delito asumiendo el principio de
proporcionalidad en la duración de la medida (en cuanto gradación de la
peligrosidad), no como castigo, sino como deber del Estado de rehabilitación y
asistencia del enfermo mental, al que hay que respetar sus derechos y libertades
como ciudadanos, desechando, por tanto, todo carácter aflictivo y todo ello con la
finalidad de obtener la curación mediante el tratamiento medico ambulatorio
(como señala el Tribunal Supremo en ST de 9 de junio de 2003 en su fº de
Derecho 4º) o el internamiento si fuere necesario para el tratamiento medico.

En este sentido, “tratamiento medico, cuya finalidad es curar a un paciente”, se


expresó en el debate parlamentario de la L.O. 10/95 por la que se aprobó el nuevo
Código Penal, en la enmienda núm. 294, del Grupo parlamentario Popular.

El Derecho Penal no combate a la delincuencia mediante la pena y la medida de


seguridad, si bien es cierto que las consecuencias jurídicas del delito son la pena y
la medida de seguridad. Esto es así porque las personas a quienes se aplica la
medida de seguridad del articulo 101 del C.P., no son delincuentes, sino enfermos
mentales. Por tanto el Derecho Penal no combate a los enfermos, sino que
establece su tratamiento medico. La medida no es por tanto una sanción jurídica.
La medida no intimida, ni es capaz de intimidar a quien no es susceptible de poder
ser intimidado por la norma (prevención general). Tampoco cabe la prevención

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especial en la medida, pues se trata de sujetos a quienes no hay que resocializar,
sino curar. Por tanto la Politica-Criminal debería ser distinta.

El termino “peligrosidad” es impreciso e inseguro debido a la dificultad objetiva de


emitir un juicio de peligrosidad ya que no se trata nada mas que de emitir, en
definitiva, un juicio de probabilidad.

Hablamos de predecir una conducta humana. Tal vez sea más sencillo establecer
una serie de rasgos de personalidad que son más frecuentes entre colectivos
probadamente peligrosos. Aun así definiremos a colectivos, no a individuos
peligrosos.

La habilidad de los psiquiatras expertos en predecir un comportamiento violento,


ha sido seriamente cuestionada (Mullen, 1984; Christie, 1982). La A.P.A.
( American Psychopathological Association) (1983), puso de relieve de forma
evidente, la dificultad y seguramente la incapacidad de los psiquiatras en predecir
la probabilidad de que un enfermo pueda delinquir de nuevo.

Para predecir un estado peligroso hemos de analizar dos elementos:


- Diagnóstico de capacidad criminal
- Diagnostico de inadaptación social.

Del primero se deduce la “agresividad” (odio o pasión en la ejecución de los


hechos) y la “indiferencia afectiva” como componentes de la “nocividad”, y el
“egocentrismo” (no le afectan las repercusiones que la realización del hecho
pueda tener en su contra), y la “labilidad afectiva” (no se condiciona por los
sentimientos que rodean la acción), como componentes de la “inintimidabilidad”.

Del segundo hay que destacar los “rasgos de temperamento”, las “aptitudes” y las
“necesidades instintivas”, que nos conducirán a conocer la motivación y la
dirección general de una conducta criminal, pero que no son suficientes para
explicar el paso a la acción.

Bueno, a pesar de todo esto, no llegaremos a conocer la evolución de la


personalidad del sujeto pues desconocemos circunstancias biográficas o
ambientales que incidirán sobre su personalidad, y por tanto sobre hechos futuros.

Tardiff (1989), señala la importancia del diagnostico inicial, mediante la entrevista


con el paciente, familiares y terceras personas que den información adecuada
sobre el control de los impulsos del enfermo. Averiguar posibles ideas o
pensamientos de agresión, amenazas, sintomatologia delirante y alucinatoria.

Junto a este diagnostico es muy importante el informe de “alta”, pues no basta


basarse en consideraciones clínicas como “La situación clínica del paciente es

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estable”, sino que debe fundamentarse en la predicción de que el enfermo no
supone una amenaza para si mismo ni para la población en general.

Barcia (1993), señala que uno de los mejores predictores de la violencia, podría
ser el tipo de delito, puesto que, la peligrosidad suele referirse a una conducta
especifica y no a una “conducta general” y esto en función del tipo de enfermedad
mental.

Ya lo refirió Birnbaum (1926), existen delitos “típicos” de determinadas


enfermedades, sobre todo en la “forma” en que se han cometido, y que ofrecen a
menudo características especificas.

Encerrar a los enfermos en una prisión supone una situación de alto peligro, un
incremento del desamparo, un estadio previo a la extinción física. Como señala
Pedro Mata (1859), fundador en España de la Medicina Legal, en el prologo de
una de sus obras “ Es un propósito irrevocable arrancar de las garras del verdugo,
de los presidios y de las carceles a ciertas víctimas de su infeliz organización, o de
sus dolencias, y trasladarlas a los manicomios o establecimientos de orates, que
es donde las esta llamando la Humanidad a voz en cuello”.

Por otro lado, podemos asimilar la “prisión preventiva” con la peligrosidad criminal
y de esta manera concluir que en realidad se trata de una medida de seguridad,
cuyo ultimo objetivo es reemplazar la ineptitud policial al ser sus objetivos: impedir
la fuga, asegurar la presencia en el juicio, asegurar las pruebas, proteger a los
testigos y víctimas. Se trata de prevenir nuevos delitos (peligrosidad criminal), pero
a la vez es innegable su carácter punitivo (aunque para todos esta claro que no se
concibe como una ejecución anticipada).

Sin embargo, se castiga a una persona para saber si se le debe castigar, lo que no
deja de ser absurdo. Sobre todo si la sentencia es absolutoria pues contradice el
principio de presunción de inocencia.

En este caso nos encontramos con el apdo. 2 del art. 503 L.E.Crim., mediante el
que se puede acordar la prisión provisional “para evitar el riesgo de que el
imputado cometa otros hechos delictivos”. Se establece, como señala Gerardo
Landrove, una “presunción de culpabilidad”, con lo que se desvirtúa el significado
de una medida cautelar que se convierte en medida de seguridad, con el
agravante de que ni siquiera ha llegado a probarse que el imputado haya
delinquido.

Mayor grado de represión surge con motivo de la aplicación del art. 502.4
L.E.Crim., como señala Manuel Díaz Martínez, al establecer la existencia de
“motivos bastantes de responsabilidad penal” que incorpora el plus de culpabilidad
al de autoria que se exige para el procesamiento (que requiere indicios racionales
de criminalidad) pues le esta vedado al Juez que ordene el ingreso en prisión de

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un procesado sobre el que existe la evidencia acerca de la concurrencia de un
causa de exención o de extinción de la responsabilidad penal.

Asi el Juzgado de 1ª Instancia e Instrucción de Vinaros en las D.U. 12/04, de 4-02-


04 hace saber que “se acuerda la prisión provisional de X por presunto delito del
art, 153 del C.P. Hágase constar en los mandamientos que se remitan que la
imputada se halla presuntamente afectada de esquizofrenia paranoide.

Una de las claves para entender la peligrosidad criminal puede ser la distinta
interpretación que se hace de las causas de exclusión de la culpabilidad. Así, no
es posible distinguir entre exclusión de una culpabilidad amplia, que excluiría
tanto la culpabilidad como la peligrosidad, quedando por tanto liberado del alcance
del derecho Penal, lo que significaría dejar, así mismo, sin aplicación las medidas
de seguridad, de la exclusión de la culpabilidad restringida, donde solo se
excluiría la culpabilidad pero no la peligrosidad, lo que justificaría la imposición de
medidas de seguridad. Tal seria el caso de la “justificación”, en el que el hecho
exculpado seria eximido por no ser reprochable, pero seguiría siendo ilícito
permaneciendo el derecho de la víctima al resarcimiento del daño. Ahora bien en
este caso, también debería quedar al margen el Derecho Penal y entrar a colación
únicamente el Derecho Civil. Es preferible que estas personas reciban tratamiento
en servicios de Bienestar Social, ya que estarían mejor atendidas fuera del
sistema de Justicia Penal y ejecución penitenciaria, ya que los Hospitales
Psiquiátricos Penitenciarios no dejan de ser cárceles y como tales están aisladas,
tanto geográfica como psicológicamente de la comunidad.

En este sentido cabe destacar el escepticismo que existe en torno a la eficacia de


la encarcelación como medio de rehabilitación, esto es, como medio para prevenir
la reincidencia en el crimen. El modelo de tratamiento, no me cabe la menor duda,
requiere la rehabilitación con base en la propia comunidad, en lugar de
encarcelación.

Para esto resulta imprescindible la participación ciudadana, que tiene una relación
directa con la eficacia de la ejecución de la medida, dirigida a evitar reincidencias,
ya que se aspira a realizar el tratamiento de rehabilitación bajo las condiciones
más favorables para la reintegración social del enfermo mental. Para ello se
requiere la estrecha colaboración de Ayuntamientos y Comunidades con Ongs
para procurar proporcionar viviendas necesarias así como un puesto de trabajo
adecuado. De otro manera las medidas adoptadas en relación con el tratamiento
medico llevadas a cabo durante el cumplimiento de la medida de seguridad no
bastarían para lograr la reintegración social.

Hemos de traspasar la idea de que lo que se le exige al Estado es “proporcionar


un ambiente humanitario en los Hospitales Psiquiátricos Penitenciarios en el cual
cumplan la medida de seguridad los enfermos mentales para pagar una deuda con

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la sociedad”. El Estado no puede, sin más, asumir la idea de venganza, de
castigo, que impera en la mayoría de la sociedad.

Otro problema fundamental es cómo se podrían medir los resultados de nuevas


formas de tratamiento y rehabilitación.

Directamente relacionado con lo anterior es la cualificación que debería tener todo


el personal que trabaja en un Hospital Psiquiátrico Penitenciario. Es decir, todos
deberían tener conocimientos psiquiátricos, parece lógico. Los funcionarios
deberían ser seleccionados de forma especial, ser personas adecuadas para este
tipo de trabajo, tan distinto al de una cárcel convencional. No estaría de más tener
conocimientos y capacidades pedagógicas y psicológicas, además de esos
conocimientos psiquiátricos.

Esto facilitaría la ejecución de las medidas de seguridad basadas en


conocimientos científicos.