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NO TODO LO QUE SE COME, ALIMENTA

La Biblia dice en 1ª Pedro 2,1-3: “Por lo tanto, abandonando toda maldad y todo engaño,
hipocresía, envidias y toda calumnia, deseen con ansias la leche pura de la palabra, como niños
recién nacidos. Así, por medio de ella, crecerán en su salvación, ahora que han probado lo bueno
que es el Señor”.

Se sentó a la mesa, gordo, lustroso, satisfecho de la vida y del poder. Le tenían servida una cena
exquisita: faisanes asados; peces al horno gratinados; carne de cerdo, de cordero y de res; vinos
de Francia y de España; y panes y repostería de Holanda y de Dinamarca.

El hombre comió como rey porque lo era. Se trataba de Enrique VIII, el célebre rey de Inglaterra.
Nunca comía verduras, porque las verduras -afirmaba él- son comida del pobre. Pero a pesar de
sus apetitosas comidas, Enrique VIII -glotón, epicúreo y sensual- murió de malnutrición a los
cincuenta y seis años de edad.

Hay dos detalles importantes en la vida de este monarca. En primer lugar, era erróneo el concepto
que tenía con respecto a las legumbres. Como éstas se sacan de la tierra -alegaba él-, hay que
dejárselas a los pobres, que viven como prisioneros de la tierra. En mesa de príncipes sólo debe
haber faisanes, palomas y venados. Y nunca agua; sólo ricos vinos importados.

En segundo lugar, en cuanto a alimentación, no todo lo que se come, alimenta. Los médicos
dijeron que a pesar de su gordura y su aspecto saludable, el rey murió de escorbuto, es decir, falta
de vitaminas.
Eso mismo les pasa a muchas personas en lo espiritual. Leen de todo, practican muchas religiones
y sustentan muchas creencias. Y a pesar de todo esto, están espiritualmente raquíticas. No todo lo
que entra en la mente, alimenta. Mucho de lo que introducimos en la mente y en el corazón tal
vez produzca gordura, es decir, orgullo, vanidad, arrogancia, pero esto no es alimento.

Lo que nuestra alma necesita es la sustancia espiritual que viene de Dios. Ésta consiste en la
lectura de la Santa Biblia, la consagración a Dios en devoción diaria, y la comunión con otros
seguidores de Cristo que también andan buscando a Dios.

Vale más, muchísimo más, una sola verdad de la Biblia que diez mil aseveraciones que puedan
hacer las filosofías religiosas y las disciplinas ascéticas. Es posible vivir alimentándose
continuamente de creencias religiosas, y sin embargo tener el alma enferma de escorbuto
espiritual.

Sólo Cristo, el Pan de vida, puede alimentar nuestra alma de modo que esté siempre rica, sana,
fuerte y llena de salud. La fuente de salud eterna es creer en Cristo, confiar en Él y servirle de todo
corazón. Alimentémonos, pues, de la única sustancia que produce verdadera salud.
Alimentémonos de Cristo.