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Ciudad de México a 21 de enero del 2016.

Ricardo E. Ortiz Calderón de la Barca.

Soy un seguidor de la ética kantiana, cuyo precepto fundamental es la
tolerancia y la consideración del ser humano como un fin en sí mismo.
Considero que trabajar en una institución como la del museo Memoria y
Tolerancia supone encaminar mis pasos en una dirección que considero muy en
armonía con mis ideales éticos. Estoy profundamente interesado en las
transformaciones geopolíticas y en la historia que provocó que la situación del
mundo se desenvolviera de la manera en que lo ha hecho. Considero que
ningún acontecimiento es fortuito. Cualquier conflicto del presente tiene un
trasfondo histórico y político. Si uno se olvida de ese trasfondo, es imposible
que comprenda adecuadamente su presente. Olvidar también nos hace
susceptibles a repetir las atrocidades que cometimos en el pasado.
La historia de los genocidios y del Holocausto se puede entender como una
historia de aquellos que han pretendido negar el carácter de “humano” de otro
conjunto de personas y que, con base en ese rechazo, se han apropiado el
derecho para exterminarlos. Sin embargo, si consideramos que aquellos que
fueron masacrados (armenios, judíos, tutsis) eran personas con principios
morales, con posturas propias, con deseos y aspiraciones, resulta
contradictorio desde cualquier punto de vista (incluido el ético o filosófico) el
negarles la categoría de humanos. Según Kant, sólo hay un precepto ético
fundamental que todo ser humano debe obedecer, so pena de caer en
contradicción con sus actos: “Actúa como si tus actos estuvieran regidos por
una ley universal”. Esto quiere decir que, aún si no existiera un juez máximo o
último que legislara si tus actos son correctos o no, uno debe actuar como si tal
juez existiera. De la misma manera, las normas, garantías y beneficios que
impongas a tus actos, deben ser de tal tipo que puedan ser asignados sobre el
resto de los seres humanos. Este principio, considero, es una base moral para
la actitud de la tolerancia: si uno se permite a sí mismo tener cierto tipo de
posturas intelectuales o de cualquier otro tipo ¿por qué no va a permitirle lo
mismo al resto de los seres humanos?
Entonces, siguiendo el precepto kantiano del Imperativo Categórico, a menos
que uno sostenga como ley universal que es correcto que le maten a él o a su
familia, resulta racionalmente contradictorio aprobar el asesinato sistematizado
en contra de otro grupo de personas.
Reflexionar en torno al Imperativo Categórico me hace defender el principio de
que todo ser humano es un fin en sí mismo. Y, en función de consideraciones
filosóficas como ésas, ofrezco mis servicios a esta institución.