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De verdad y moral

J. Enrique Cáceres-Arrieta
En una entrevista a una actriz sobre su relación con un hombre casado, la
mujer no la negaba y señaló que esa era su verdad; mas reconocía que también
estaba la verdad de la esposa del hombre y la verdad. Razonamientos como
ese pueden asaltarnos con estas creencias: “cada uno tiene su verdad”; “la
veracidad de un hecho depende del ángulo a través del cual se miren las
cosas”; “todo es relativo”. ¿Será verdad que todo es relativo? ¿Será que todo
depende de la cultura donde nos hayamos criado?¿Será cierto que la verdad
depende del mundo de experiencia en el cual somos actores? ¿Dónde está la
verdad absoluta, si la hay?
Que algunas cosas sean relativas no significa que todo sea relativo. Si todo
es relativo, entonces hasta la afirmación “todo es relativo” no puede tomarse
en serio, pues “todo es relativo”. Hacer que la verdad sea relativa según la
cultura, circunstancias o los tiempos es conducir a la confusión, luego al
escepticismo y finalmente al desespero.
Tendemos a convertir creencias, opiniones y experiencias particulares
subjetivas en verdades generales objetivas. Eso es visible por lo menos en
religión, filosofía y ciencias naturales.
Religión: en el religioso que cree que Dios solo se manifiesta en su grupo y
de la manera en que a él se le reveló y/o siente la presencia del Creador,
olvidando que Dios no tiene moldes ni patrones sicológicos.
Filosofía: en el filósofo que hace de supuestos, prejuicios y resentimientos
su caballito de batalla para buscarle siempre la quinta pata al gato y desdeñar
creencias y convicciones, ignorando que es raro ser imparcial y objetivo
donde hay intereses y emociones involucrados.
Ciencias naturales: en el investigador que al investigar espera que lo que
cree suceda, evadiendo los hechos más evidentes, y siendo encantado por
paradigmas. Como todos los supuestos, una presuposición “científica” plantea
la posibilidad de convertirse en una predicción que se cumple, pues al suponer
el investigador que algo es verdad, inconscientemente se demuestra a sí
mismo que lo es. Todo lo deduce a la luz de su presuposición y actúa de
acuerdo a ello. El paso a seguir es que sus acciones provoquen el resultado
anticipado y confirmen su creencia en el supuesto.
Por otra parte, ¿será verdad que “la moral o costumbre, por etimología, es
un valor cambiante en el tiempo y entre culturas disímiles”? Eso es verdad
hasta cierto punto. Indiscutiblemente los vocablos “moral” y “costumbre” -del
griego mos y ethos- son variables sujetas a tiempos y culturas; empero, es
errado generalizar y obviar la existencia de principios bíblicos o valores
morales objetivos que por estar cimentados sobre verdades absolutas y
universales son invariables, válidos e independientemente obligatorios si
alguien cree en ellos o no. Además, esa afirmación desconoce que los
humanos, antes de éticos, somos morales. Nacemos con un ship moral
infalible, universal y común al humano. En cambio, la ética es falible,
particular y situacional. Podemos ser éticos, pero inmorales. Dificulto que
seamos verdaderos cristianos y antiéticos.
También hallamos valores morales absolutos en la vida: no mates, no
abuses de los niños..., que en Occidente tienen su génesis en la moral
judeocristiana. Sin moral y valores absolutos colapsaría el andamiaje de
principios, moralidad y legalidad de nuestra civilización. La anarquía y el caos
se entronizaran. Aún la ética y principios de los adversarios de todo tipo de
moral estarían en dificultades.
Obvio, si Dios no existiera los principios bíblicos y los valores morales
objetivos fueran solo el producto de la evolución sociobiológica que postulan
los ateos, tal cual cree Michael Ruse: “La moralidad es una adaptación
biológica no menos que las manos, los pies y los dientes”, y la moralidad es
“solo una ayuda para la supervivencia y la reproducción [...] cualquier
significado más profundo es ilusorio”.
Los críticos de la moral cristiana no entienden que tanto ella como la ética
son poco útiles sin la participación directa de la naturaleza humana propensa
al hedonismo. El mal no suele estar en la moral ni en la ética, sino en
nosotros. Los mandamientos y la ética pueden ser buenos, pero “la carne es
débil”. Y muchos usan esa verdad para seguir en la zona cómoda de la
inmoralidad y ausencia de ética. Conozco gentes que alardean de éticos, pero
son inmorales. Mas no he conocido cristianos nacidos de nuevo sin ética.
Analizar al humano solo antropológicamente es tan equivocado como
considerarlo exclusivamente en términos espirituales. De ahí los tumbos y
quebraderos de cabeza de la teología, sociología y sicología; también el fiasco
de la biología y de cualquier otra disciplina, ideología o filosofía apoyada en
el darwinismo social, propulsor de la creencia de que “no hay una norma legal
universal decretada por una deidad; solo existen valores culturales
condicionados que varían de lugar en lugar y de situación en situación”. Por
ello lo imperioso de hacer una investigación que aborde las dimensiones del
ser humano: espíritu, alma y cuerpo. El estudio que lo pase por alto está
condenado al fracaso.
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El autor es periodista