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De genes y creencias

J. Enrique Cáceres-Arrieta

Llama la atención que a pesar de las teorías en cuanto al origen del


universo y la vida y de la proliferación de libros y escritos escépticos que
irrespetan las creencias y convicciones cristianas y vomitan sobre aquel que
cree en Dios, el común de los seres humanos confesamos creer en Dios, y
muchos aceptan ser creados por Él. (Para frustración e ira de ateos
humanistas, su diagnóstico de que a estas alturas la mayoría seríamos ateos
racionalistas, como “parte del progreso”, no se ha cumplido)
Desde hace tiempo sabía yo que somos conscientes de la existencia de
Dios gracias al espíritu humano que tenemos (no abordaré tal punto por
falta de espacio y por haberlo desarrollado en El origen del sufrimiento...);
pero, según Selecciones (febrero 2002), hasta el cerebro (parte física de la
mente = gr. nous, pero distinta a la masa encefálica) está dotado de
circuitos para experimentar y estar consciente de la realidad de Dios. Dios
nos ha creado de tal manera que en cordura y libres de ideas preconcebidas
es prácticamente imposible negar Su imagen y semejanza en nosotros.
Jeffrey Kluger, en Is God In Our Genes?, pregunta si Dios está en
nuestros genes. No lo está, pero Su obra sí está presente en ellos. Dean H.
Hamer en The God gene: How faith is Hardwired is into our genes
considera que hay un “gen de Dios” en nosotros, y que existe un gen
responsable de nuestra espiritualidad. Pero aclara que ello no significa que
haya un gen que provoque que la gente crea en Dios, sino que tal gen nos
predispone a ser espirituales; querer alcanzar lo intangible y buscar ser
mejores. ¿Acaso nos recuerda eso las confesiones de Camus, el “buscador
de sentido”, a su confesor antes de su trágica muerte? ¿O las inquietantes
revelaciones de ateos como Sartre y otros en cuanto a que no se percibían
como producto del azar y sin propósito en el universo? ¿O lo que parece
ser la búsqueda de Nietzsche de Dios en El lamento de Ariadna al exclamar
“¡Oh, vuelve/ Mi Dios desconocido, mi dolor!”?
Quizá el gen de Hamer no lleve a creer en Dios, mas basta que nos
incline a buscar lo trascendental. A no estar enraizados en lo terrenal. Si lo
natural (gen) no nos hace creyentes en Dios, ello sí es posible gracias a la
dimensión sobrenatural (espíritu) que Dios nos dio.
Otro que asevera hay una base racional para creer en la existencia del
Creador y que los descubrimientos científicos “acercan al hombre a Dios”
es Francis Collins, quien dirigió con Craig Venter el Proyecto Genoma.
Collins en sus años de estudiante de medicina se definía ateo, mas al
comprobar la fuerza y el coraje que daba (y sigue dando) la fe a sus
pacientes más críticos quedó vivamente impresionado, y buscó respuesta a
sus inquietudes, hallándola en Mere Christianity, de C. S. Lewis, otro
ex ateo.
Las declaraciones y testimonio de Collins retrotraen las palabras de
Pasteur: “Un poco de ciencia aleja de Dios; mucha ciencia acerca de nuevo
a Dios”. El nanocientífico James Tour expresa: “Solo un novato que no
sabe nada de ciencia podría decir que la ciencia nos aleja de la fe. Si uno
estudia realmente ciencia, esta le llevará más cerca de Dios”. Bacon creía
que “el ateísmo aparece más bien en los labios que en el corazón del
hombre”. Parafraseando al filósofo Fred Dretske sobre tiempos de precios
inflados y a William Lane Craig acerca de evidencias astrofísicas y
cosmológicas que confirman Génesis 1: 1, diríamos que vivimos en épocas
inflacionarias, y el costo del ateísmo ha aumentado. De ahí que “si
necesitamos un ateo para un debate -expresa el físico matemático Robert
Griffiths-, voy al Departamento de Filosofía. El Departamento de Física no
sirve para mucho”, pues los ateos suelen ser filósofos. El ateísmo es
filosófico. No tiene fundamento científico. Y el ateo intelectualmente
satisfecho es un cuento chino inventado por Richard Dawkins.
Andrew B. Newberg, sostiene en Why We Believe What We Believe que
el cerebro tiene un sistema subyacente encargado de gobernar creencias.
Este sistema de creencias no solo moldea nuestra moral y ética; también
puede sanarnos el cuerpo y la mente y engrandecer y profundizar nuestras
relaciones espirituales con otros. Empero, tal sistema también puede ser
utilizado para manipular y controlar porque nacemos con la tendencia
biológica de imponer creencias (naturalistas, teológicas o filosóficas) a
otros.
Algunos recurren al pansiquismo (cree que “la materia no es solo algo
físicamente inerte, sino que también contiene estados proto-mentales”),
monismo reduccionista (“hay una sola realidad, independientemente del
número de realidades que haya”; además, “todas son materiales”) y al
fisicalismo (“los procesos síquicos pueden reducirse a procesos físicos y
explicarse en términos físicos”) con la presunción de “explicar” la mente;
“rebatir” el alma y la conciencia y “demostrar” que el humano se reduce
meramente a lo físico. Tales creencias no son nuevas; son refritos
filosóficos retomados por naturalistas ateos para intentar quitar a Dios del
escenario del origen del universo y la vida. ¡Adorada sea la materia!
Los fanáticos racionalistas y cientificistas adoran dar explicaciones
naturalistas a lo sobrenatural por extraña o absurda que sean sus creencias
para rechazar a Dios; argumentan “científicamente” -mezclando ciencia-
ficción con filosofía- con el objeto de refutar lo irrefutable. San Pablo diría
que están peleando contra el aire.

El autor es periodista

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