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Ray Smith: El orologista

Ge Galería (Monterrey, México. Noviembre de 2007-Enero de 2008)

La nueva exposición de Ray Smith, recién inaugurada en la flamante Ge Galería, de

Monterrey, se concentra, con engañosa precisión, en un tema que fluctúa entre lo mundano

y lo trascendental. El tiempo, esa obsesión recurrente en todas las culturas, es la referencia

que organiza el conjunto de obras realizadas con distintas técnicas y formatos. El reloj es la

figura que se constituye en leit motiv de todo el conjunto. Su presencia ubicua –“crónica”

en más de un sentido- le da al espacio de la galería un aspecto ambiguo; como si fuera una

relojería sumida en el silencio.

Por los títulos y la información adicional puede deducirse que lo que ha hecho Ray Smith

es reproducir relojes pertenecientes a otras personas. Y que con ello ha pretendido que la

representación de cada reloj equivalga, al menos metafóricamente, a la representación de su

propietario. Es un proyecto que tiene mucho de antropológico, no sólo porque busca

esbozar un perfil de los sujetos en su relación con las cosas, sino porque asume la

temporalidad de esa relación como formando parte de un ciclo de vida y muerte. Y porque

nos hace sentir que toda relación simbólica tiene como referente esa circularidad; a veces

para reproducirla; pero casi siempre para tratar de fracturarla.

El núcleo de la exposición está concentrado en un despliegue profuso de piezas que

abarcan la pared más llamativa de la galería. La mayoría son circulares u ovaladas y tienen

toda una variedad de tamaños, que fluctúan entre los 15 y los 150 centímetros de diámetro,

aproximadamente. Aunque la técnica que predomina es el óleo sobre lienzo, en este

conjunto llaman la atención especialmente algunas piezas realizadas con tempera


(llamativas por la luminosidad, los efectos de transparencia y una combinación de sutileza y

lujuria) y otras de pintura sobre madera, de aspecto más imponente y sólido.

Todas las obras de la exposición son firmadas en 2007, con excepción de un grupo de

cuadros realizados entre 2003 y 2005. Con títulos como Leffingwell, 342 América o 340

México, estos cuadros constituyen un momento de particular significado en la muestra. No

representan propiamente relojes, sino partes de la pizarra de los automóviles y, en algunos

casos, lo que pudiera ser parte de su maquinaria. Hacen derivar los significados desde el

tema más o menos abstracto de la temporalidad hacia el tema de la fascinación por la

máquina y por lo instrumental. Frente a esas obras siento que tal vez a Ray Smith no le

interese tanto el tiempo, sino la medida, no tanto la serie como el cánon. Tal vez valga la

pena recordar que si estos coches de lujo son objetos de especial deseo es, sobre todo,

porque contienen un sentido de la belleza, del misterio y del erotismo en el que se resume

básicamente nuestro universo estético. Creo que eso es lo que ha sintetizado el pintor en

estos cuadros.

Por último, hay una serie de obras recientes que establecen un foco de dinamismo visual en

la muestra. Son relojes representados por medio de impresiones serigráficas sobre espejos.

Como son mayormente monocromas, no poseen muchos elementos de distracción, excepto

(y no es poca cosa) el hecho de que el resto de la galería puede verse reflejado en ellas.

Estas obras además obligan al espectador a intervenir en la representación por medio de su

propio reflejo, lo que tiene total coherencia con su sentido personal y biográfico, dado que

los relojes pertenecen o pertenecieron a personas cercanas al autor. Además de estas

implicaciones, que entrecruzan la identidad del autor con la de los espectadores, estas

serigrafías de Ray Smith llaman la atención sobre lo que pudiera ser el aspecto filosófico
crucial en su propuesta: las variantes en la percepción de la obra de arte, de la realidad y de

nosotros mismos.

De hecho, aunque el espectador común inevitablemente asociará estos relojes reblandecidos

con el antecedente de Salvador Dalí, yo siento que aquí el reblandecimiento y la disolución

no están presentados como una cualidad de los objetos percibidos, sino como una cualidad

de nuestra propia percepción. Pareciera que no es la realidad, sino nuestra mirada y nuestra

confianza en la percepción, lo que está siendo manipulado por el artista. Tal vez de ahí

venga también el desenfado con que se permite dialogar con los referentes históricos.

Finalmente Ray Smith es un autor con suficiente sentido del humor como para moverse

entre el Surrealismo y el Pop con absoluta frescura.

Juan Antonio Molina

México