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Era una noche realmente bella, con cientos de estrellas en lo alto y un ambiente que

transmitía el equilibrio en el que se encontraba la naturaleza en ese remoto lugar.


La oscuridad se veía disipada por los pocos faros de poca potencia que estaban allí.
Apenas si alumbraban unos cuantos rincones, dejándole lo demás de la maleza a las
tinieblas y la incertidumbre. De pronto, se oyeron pasos indecisos en las sombras.

“¿Quién anda ahí?” dijo Chris.

Nadie respondió….

Muy bien planeado. Lo habían dejado sólo, en medio de la nada, sin manera de pedir
auxilio y completamente indefenso.

Sabía que ese era su fin. Lo sentía. No era un tipo que se dejara llevar por sus
corazonadas, al menos no la mayoría de veces. Pero ese día era diferente, ese día habían
sucedido cosas muy extrañas, lo imposible se había vuelto posible. De alguna manera
tenía la certeza de que esa noche sería su última noche.

Además el sonido del arma cargándose hizo evidente la intención de los sujetos que se
escondían entre los arbustos. No iban a quitarle dinero o ropa, iban a matarlo, porque
nadie asalta en medio de un bosque, en la noche, exponiéndose a ellos mismos al
peligro inminente que representa un lugar como ese sin las bondades del sol alumbrando
desde el cielo. ¿Eran profesionales? A quién le importaba. Un arma mata sin importar
que sea un sicario o un niño quien jale del gatillo.

Hacía frío, mucho frío. Pero a Chris le gustaba el frío. Era el momento perfecto, como
se lo había imaginado desde que tomó conciencia de la muerte, desde que supo que
algún día dejaría de respirar. De hecho, pensó que era un privilegio morir en esas
circunstancias, asesinado, porque era lo suficientemente importante como para que otra
persona vea necesario acabar con su existencia ¿Acaso no morían asesinados la mayoría
de sujetos importantes? ¿Acaso no era mejor enfrentarse a la muerte así, sin
experimentar la agonía de la vejez?

Los pasos continuaron.

Finalmente se pudo divisar un bulto humano saliendo de las sombras. De negro y con la
cara tapada con un pasamontañas, el asesino en potencia se encontraba a sólo unos
metros de Chris, respirando el mismo aire, compartiendo el ambiente tenso, sosteniendo
el arma, atento al momento en que debía disparar. Sin palabras, sólo con el lenguaje
mudo que suponen las miradas, Chris supo que aquel tipo no estaba tranquilo como
podría esperarse de un asesino profesional. Un profesional no esperaría tanto para
disparar, un profesional mata porque ese es su trabajo, no le importa de quién se trate,
no quiere la recompensa de la satisfacción que siente el cazador cuando su presa se ve
indefensa. Este disfrutaba u odiaba cada momento, cada segundo que precedía al
asesinato. ¿Acaso era un conocido? ¿Acaso estaba siendo obligado?
La actitud de aquel sujeto hizo que naciera una luz en la mente de Chris, una última
voluntad: saber quien era la persona detrás de la máscara.

“¿Quién es usted?........”

Después del breve eco en los alrededores el silencio volvió a imponerse con toda su
inclemencia. La falta de respuesta hizo que el instinto de supervivencia de Chris
resurgiera de las cenizas causadas por el fuego de la resignación, en una mezcla de
curiosidad y furia. Furia porque iba a ser asesinado por un mudo. Curiosidad porque ni
siquiera iba a saber si su asesino era hombre o mujer, si su muerte iba a ser de venganza
o pasional (si acaso hay diferencia). Tal vez, solo tal vez, durante unos micros segundos
sintió miedo. Porque era la primera vez que iba a morir y esto le causaba nervios.
¿Sentiría dolor? Cualquier dolor habría sido mejor que esas ansias y esa desesperación,
que esa fatigante y molesta espera.

“! Responda maldita sea ¡”

Sólo pasaron unos pocos segundos, suficientes para que el miedo se apoderara de Chris
por completo. En un grito desesperado, como motivado por la incertidumbre dijo:

“! Dispare de una vez y acabemos con esto ¡”

Después de unos segundos sólo se oyó un disparo… y un cuerpo tocando suelo, como
quien cae rendido por el sueño. Una bellísima noche para morir.

Siempre se supo que Chris era un sujeto predecible, todo mundo lo sabía, menos él. Y es
que en su cabeza siempre había ideas nuevas sobre un asunto u otro. Siempre sintió que
podría ser capaz de hacer lo que fuera necesario hacer cuando se presente el momento
adecuado. Así, durante su infancia vivía tranquilo porque siempre se imaginó que si por
ejemplo alguien lo asaltaba sería lo suficientemente rápido como para defenderse y
detener al malhechor. Tener miedo de un asalto no es común en los niños, a ellos solo
les importa jugar y jugar, tal vez ser castigados. Un asalto constituye para ellos una
escena de película, algo de fantasía que jamás sucedería, al menos es así en la mayor
parte del mundo, pero no en el país de Chris. En ese país (como en tantos países
vecinos) ser víctima de un asalto era una situación muy real. Así como no tener empleo
ni educación, o ser víctima de una manifestación, una multitud enardecida de cólera
contra el gobierno debido al alza de precios, la corrupción o la falta de vacaciones y días
de ocio oficiales, como la conmemoración de la independencia de tal ciudad, la
cantonización de aquel lugar o las fiestas culturales en las que emborracharse y fornicar
es bien visto y aceptado.
Así también fue normal para Chris esperar hasta la noche para saber si el gobierno había
suspendido las clases a causa de movilizaciones minoristas en medio de las vías de
tránsito. Esperaba cruzando los dedos por si el señor ministro de educación le regalaba
un día de vacaciones sorpresivo. Las veces que todo seguía normal tenía que resignarse
al cansancio de hacer las tareas atrasadas hasta altas horas de la noche. Al siguiente día
continuaba con la rutina de la invisibilidad en su clase. Era invisible, invisible en los
juegos, invisible en el fútbol, invisible en el recreo. Pero era importante cuando había
que dar una respuesta al profesor o cuando se trataba de exámenes. Sobra decir que era
bastante inteligente. Pero dentro de sí creía que era uno más, no se sentía especial, y si
era el mejor de su clase era porque sus padres pusieron grandes expectativas en el desde
que empezó a vivir. Le habían dicho tantas veces que era bueno, que terminó por creerlo
el mismo, durante un tiempo. “Los pensamientos son poder” decía su padre. Y fue así en
ese aspecto, porque terminó siendo inteligente. Y todos pensaban lo mismo. Además ese
aire solitario que le seguía a todos lados hacía que todos lo respetaran dentro de esa
mini sociedad de la escuela. Para sus profesores era el fruto de tantos años de duro
trabajo como pedagogos, para sus compañeros era una fuente inagotable de respuestas
audibles que les ahorraba el pesado trabajo de buscar un término en medio de un párrafo
escrito en alguna hoja de esos aburridos libros de texto para escolares.

Estaba tan lleno de seguridades internas que nunca creyó necesario probarlas ante nadie.
Y nunca lo hizo durante aquellos años. Era bastante bueno para el fútbol pero nunca lo
demostró porque simplemente su vida no dependía de ello. Veía aquellos partidos entre
compañeros como algo totalmente vano y tonto. Y creía que los adultos que dirigían
juegos infantiles como el del “lobo” eran buenos actores, porque fingían interés en una
situación tan irreal, sacada de los cabellos. Claro, el también participaba, teniendo el
control de sus facultados y sin apasionarse por nada.
Cualquiera que lo viera llegaba a la misma conclusión a la que llegaron sus padres en
cuanto lo vieron desenvolverse en una fiesta de niños, parado junto a los bocadillos,
bebiendo gaseosa mientras discutía los problemas que supone comprar juguetes de mala
calidad en mercados callejeros, mientras su oyente (que era mayor) lo escuchaba muy
atento, pues el niñito de cinco años le había hecho ver algunos aspectos importantes
sobre las precauciones que deben tener los padres con sus hijos al dejar que jueguen con
cualquier cosa, y es que según Chris los infantes eran unos tontos al meterse a la boca
todo menos la comida.
María, la mamá, regresó a ver a su esposo (padre de Chris) con una mirada de sorpresa,
a lo que César respondió encogiendo los hombros y alzando las cejas. Si, cualquiera que
lo veía pensaba igual: era un adulto en el cuerpo de un niño.

La soledad fue su mejor amiga durante la infancia; ella lo escuchaba, lo contemplaba y


acompañaba como nadie jamás lo había hecho. Mientras existía un universo entero en
su mente, llena de personas, llena de lugares y llena de preguntas. Además a soledad
nadie tenía que entretenerla, era sumisa y no le importaba que se portaran mal con ella
ni que le ofrecieran algo de beber por ser la invitada. Estaba con el pasara lo que pasara.
Siempre fiel

Usualmente, viajaba con su padre hasta una ciudad a dos horas de casa para comprar
mercancía que luego sería vendida en el negocio de César. Durante el trayecto
conversaban de todo, de todo asunto importante por supuesto. De política, de la
naturaleza y sus maravillas, de las últimas gemas de la ingeniería automotriz, entre otras
cosas. Chris era el interlocutor favorito de su padre, porque podía aportar información
importante a cualquier tema de conversación, y de poco en poco se ponían a filosofar
sobre cualquier cosa, que de dónde venimos, que a dónde vamos y cosas por el estilo.
Después de las tres horas de viaje los dos terminaban cansados pero satisfechos porque
al fin habían dicho todo lo que nadie quería escuchar. Eran dos personas muy parecidas.
César siempre decía con orgullo “ése es mi hijo”, claro, a sus adentros, porque si había
algo que caracterizaba a padre e hijo era la falta de emotividad y la incapacidad de
expresar sus sentimientos más recónditos, como el amor, la ira y el miedo.
Durante esos años Chris nunca tuvo tiempo para el miedo, para la ira o para el amor. Era
demasiado inteligente para caer en esas emociones que muy dentro de sí consideraba
cursilerías.
Así, siendo un pez grande en un estanque pequeño, paso la primaria con relativa paz y
confianza. Con las más altas notas. Sin obstáculos que le impidieran cumplir su sueño
de ser profesional algún día. Siendo el aspecto académico lo único importante para el.
Esos números en la libreta de calificaciones eran lo único que podía causarle esa
sensación de humedades los ojos y de golpe de balón en la nariz. Las lágrimas.
Y es que estaba tan poco acostumbrado al fracaso que cuando se topaba con el no sabía
que hacer y se sentía mal, tonto por empezar a sentir miedo. Enseguida agarraba esos
sentimientos y los arrojaba a lo más recóndito de su ser, a ese abismo en el que
cohabitaban las imágenes de su madre llorando y de su padre a punto de dejar el hogar,
ese lugar en el que guardaba cualquier inquietud y cualquier pena. Esa cárcel que cada
vez se quedaba más pequeña por tantos intentos frustrados de sentir. Su prisión, su
corazón.
Se graduó de la escuela con las mejores calificaciones y recibió una mención de honor.
Sin mostrar emociones en su rostro, el niño de once años recibió la medalla sintiéndose
orgulloso de si mismo, pero tranquilo, era sólo un paso más en el largo camino que
recorrería hasta ser profesional. ¿Profesional en que? En lo que el quisiera, su mente
daba para eso y más.
Ese mismo día fue a visitar a su vieja amiga soledad, pasó con ella todas las vacaciones,
conociéndola, estudiándola y hasta disfrutando de ella.
Sabía que se aproximarían cambios, como vio en la clase de ciencias, pero el siempre
estuvo arriba y supo manejar toda situación en la escuela durante su infancia, no tendría
que ser diferente en la adolescencia.
Tranquilo y sin prisas le tuvo paciencia al tiempo, que pasó rápido, casi asustado por la
urgencia que despuntaba Chris dentro de si, esa urgencia por crecer y hacer cosas
importantes, esa urgencia de crecer para salirse de ese hueco de tontos que se divertían
de las maneras más estúpidas del mundo. Esa urgencia por ser “alguien en la vida”.

Mientras actuaba como mediador en las constantes peleas de sus padres, las
conversaciones filosóficas con César se convirtieron en tediosas horas escuchando una y
otra vez las fallas de su madre, y sus incoherencias y sus tonterías y sus
sentimentalismos. Que “por qué son así las mujeres” decía César, “por eso mejor no te
casarás”, casi en broma, casi en serio. Mientras a sus adentros Chris se sorprendía al ver
como un sujeto tan inteligente como su padre sorteaba las vicisitudes del matrimonio de
manera tan torpe, peleando por cosas tan superfluas, tan desprovistas de importancia.
“Que el hogar esta con nosotros dos y no con su madre” decía César, que sus parientes
la cargan con problemas, que “a ver cuando pagan la deuda que tienen desde hace diez y
pico de años”. En fin.
Fue entonces cuando Chris comenzó a refugiarse en las novelas, las de verdad, no las
que emboban a la gente durante horas, sin exigirles más que tener los ojos bien abiertos
y los oídos no muy sucios, no esas que son tan comunes en el país de Chris y en todos
los países vecinos. Leyó clásicos, de esos que venden en cualquier papelería, reducidos
para que los jóvenes lectores no mueran en el intento de leerlos.
Aquellas historias lo sacaban de casa, lo llevaban a desiertos, a Francia, al espacio, a
donde el quisiera. Y lo ayudaban a conocer a miles de personajes inspirados en seres de
carne y hueso. Con el tiempo aprendió muchas cosas vedadas para niños de su edad,
como por ejemplo, que la gente se encasilla por haber nacido en tal o cual lugar, se
quedan ahí y siguen respirando sólo por inercia. Aprendió que el mundo de los adultos
está plagado de “muertos vivientes”, que comen solo porque no están dispuestos a
soportar el dolor de estómago, mastican pero no saborean, hacen el amor pero no aman,
respiran pero… ¿viven?
Sin embargo lo más revelador fue descubrir que siempre existe alguien que se parezca a
nosotros, además de los padres, porque en ese caso uno se parece a ellos. Se le ocurrió
que tal vez existiera alguien como el. Alguien que también conociera bien a soledad y
que disfrutara de su compañía. Alguien que no lo viera como un ser irreal. Alguien que
siquiera lo viera, no solo para buscar respuestas o dar exámenes, sino que simplemente
lo viera las veinte y cuatro horas del día, los siete días de la semana, los trescientos
setenta y cinco días del año, durante los años que le queden. Alguien a quien el pudiera
llamar “amigo”.

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