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Población Indígena:

Los primeros habitantes de América procedieron de Asia, según demuestran


evidencias genéticas, lingüísticas, osteológicas y odontológicas. Este poblamiento
inicial se dio en varias oleadas; la primera de ella se difundió desde el estrecho de
Behring hasta el extremo meridional de Suramérica, en un largo proceso migratorio
y de adaptaciones a nuevos ambientes naturales.
La antigüedad del hombre en Venezuela se estima de unos 20.000
años, aunque las fechas radiocarbónicas asociadas a los primeros
habitantes conocidos como Paleo-Indios datan de 16.000 años A.C.
Los yacimientos que dan testimonio de estos primeros pobladores de
Venezuela son El Jobo, Muaco y Taima-Taima en Falcón, Manzanillo
en Zulia, El Vano en Lara y Tukupén en Bolívar.
Alrededor de los 5.000 años A.C. ocurrieron cambios climáticos
notables en el norte de Suramérica y como consecuencia de ello, la
megafauna (herbívoros gigantes) probablemente se extinguió y el
hombre se vio forzado a buscar otras fuentes de alimentación, de las
cuales la modalidad más conocida corresponde a los pescadores,
recolectores y navegantes desarrollando una industria lítica de
piedra pulida como hachas y martillos, y de concha, como las gubias
o vaciadores de canoas monóxilas para la navegación hechas de
botutos Strombus gigas.. Esta nueva vida se conoce como la
época Meso-India.
La siguiente época en la arqueología venezolana y del Caribe se conoce con
el nombre de Neo-India y se caracterizó en líneas generales por la adopción
de un sistema agrícola eficiente, lo cual permitió el establecimiento de
comunidades permanentes, cuya subsistencia se basó principalmente en las
plantas cultivadas como la yuca, el maíz y otros productos tropicales,
complementada con la pesca, la recolección y la caza de animales salvajes,
un modo de vida que caracteriza aún a algunas poblaciones indígenas. Esta
época data en Venezuela en unos 1.500 años A.C. Estas fueron las
sociedades que los conquistadores europeos encontraron en el momento de
su llegada.
A fines del siglo XV con la llegada de los europeos, se inicia la época
Indo-Hispana; aquí se destaca el sitio de Nueva Cádiz en la isla Cubagua
en el oriente venezolano, que fue la primera ciudad española fundada en
Suramérica.
Para el momento del contacto europeo había una gran heterogeneidad
de etnias indígenas en el territorio que hoy es Venezuela. Muchas de
estas poblaciones desaparecieron por diferentes motivos: exterminio,
esclavitud, guerras, reducciones, enfermedades y por asimilación a la
población global.
Según el censo de 1992, la población indígena venezolana alcanza a
314.772 personas, agrupadas en 25 grupos étnicos.
La mayoría de estas etnias se han adaptado parcialmente a la
convivencia con la población criolla, mantienen su identidad étnica, el
idioma, los valores culturales ancestrales, extensiones variables de
tierras originales, registran un perfil demográfico positivo y gozan de
niveles de salud aceptables aunque a veces precarios.
Según su filiación, los indígenas venezolanos pertenecen a las siguientes
familias lingüísticas:
• Los Arawak, que agrupa a los:
• Guajiro o Wayú
• Paraujano o Añú
• Baré o Balé
• Curripaco o Kurrim
• Baniva o Baniwa
• Piapoco o Tsase
• Warekena o Guarequena
• Los Caribe, formado por:
• Pemón
• Kariña o Kari’ña
• Yukpa
• Yekuana o Makiritare
• Panare o E’ñapa
• Akawaio y Yabarana
• Los Warao o Guaraúno
• Los Yanoamama, que agrupa los:
• Yanomami
• Sanema
• Los Guahibo o Hiwi
• Los Piaroa o Wótuha
• Los Yaruro o Pumé
• Los Chibcha, representado en Venezuela por los Barí, que son los mal
llamados "motilones bravos"
• Los Puinave y
• Los Hoti
Las etnias que tienen poblaciones por encima de las 5.000 personas
son: los Guajiro o Wayú, los Warao, los Pemón, los Yanomami, los
Guahibo o Hiwi, los Piaroa o Wótuha y los Kariña.
Población Indígena:

Los indígenas que actualmente habitan Venezuela son descendientes de aquellos


primeros pobladores que llegaron a nuestro territorio hace miles de años provenientes
de diferentes puntos de la tierra, principalmente de Asia. Aunque somos muy parecidos
unos a otros, hay diferentes maneras de ser indígena.

Por ejemplo los Yekuana y los Warao son reconocidos como excelentes navegantes y
constructores de curiaras, pero habitan en lugares distantes y sus idiomas y algunas de
sus costumbres son diferentes. Los Yekuana viven en la selva del Amazonas y la
Guayana venezolana donde abundan los tepuyes y nacen muchos de los ríos tributarios
del Orinoco. Construyen unas hermosas y grandes casas circulares de techos cónicos
llamadas churuatas.

Los Warao por su parte, habitan en el Delta del Orinoco desde hace miles de años. Allí,
sobre las aguas de los muchos caños que conforman el delta, levantan sus casas
encima de una estructura de pilotes. Estas casas, muy parecidas a las que construyen
los Añu o paraujanos en la Laguna de Sinamaica (Estado Zulia), son las que conocemos
como palafitos.

Pero para todos los pueblos indígenas, así como para el resto de los venezolanos y
muchas otras sociedades, el bienestar de la familia y la educación de niños y jóvenes,
es lo más importante.

De acuerdo al Censo Indígena realizado en 1992, la población indígena de Venezuela


sobrepasaba las trescientas mil (300.000) personas pero algunos consideran que en
realidad son más de quinientos mil (500.000) indígenas, divididos entre unas veinticinco
etnias. Cuando hablamos de una etnia, un pueblo o una comunidad indígena, nos
referimos a un grupo humano que posee su propio idioma, creencias y costumbres y
cuyos miembros se reconocen entre sí como parientes o descendientes de un origen
común.

Es importante señalar que la mayoría de nuestros pueblos y comunidades se localizan


en las fronteras, en las zonas limítrofes con Brasil, Colombia y Guyana.

La Diversidad de los Pueblos Indígenas

Es difícil saber a ciencia cierta el nómero exacto de pueblos indígenas términos


utilizados como sinónimos para el Censo Indígena que existen en el país o en cualquier
otro país con poblaciones análogas. Después de largos cotejos y un complejo proceso
de toma de decisiones, el Censo Indígena optó por incluir el total de 28 pueblos
indígenas, pero ello no debe tomarse como verdad definitiva y absoluta sino como una
buena aproximación práctica que permite la operatividad necesaria en un campo de
actividades donde ocupa un lugar muy destacado el criterio demográfico, además del
antropológico y lingüístico. De este modo es factible que para otros censos se llegue a
trabajar con un nómero mayor menor de etnias, aun en el caso de que la situación
indígena global que prevalece en el país no sufra mayores alteraciones.

En efecto, sin necesidad de agregar o quitar poblaciones reales, basta con cambiar uno
o varios criterios clasificatorios para que salga un nómero distinto de denominaciones
étnicas. Como en cualquier hecho de alguna complejidad, los criterios son variados y en
alguna medida divergentes y hasta contradictorios: autoidentificación de las personas,
identificación a partir de las poblaciones vecinas o alógenas, identificaciones hechas por
especialistas y conocedores, autodenominaciones y heterodenominaciones, cultura
global distintiva, alguna característica colectiva particularmente destacada; pero
predomina por encima de todo la llamada Identificación lingüística, es decir, el idioma
o a veces la variedad idiomática empleada por determinado grupo humano, en tanto
diferente o contrastante respecto de las hablas vecinas.

No resulta difícil la escogencia inicial -a-veces casi intuitiva- de la lengua como criterio
fundamental de clasificación étnica. Salvo situaciones límites, es fácil establecer cortes
discretos entre sistemas lingüísticos inclusive afines. De este modo, se dice que en tal
comunidad la gente habla yaruró, en la otra guajibo y en la de más allá español o
cualquier otro idioma. En términos contrastivos tan simples cualquier equivocación
resulta imposible. Además no parece haber rasgo alguno que sea tan fácil de precisar
como un hablar característico.

Sin embargo cuando se desciende a la realidad concreta surgen complicaciones que


dificultan significativamente el trabajo clasificatorio, aun utilizando un criterio
aparentemente tan unívoco y transparente como lo es el lenguaje. Cuando se trata de
hablas muy disímiles como el yukpa y el barí, por ejemplo, no tiene que surgir ninguna
duda razonable; pero en el caso de variantes dialectales de una lengua no se da una
fundamentación segura para la separación de identidades étnicas, a menos que se
utilicen criterios distintos de lo lingüístico. Un caso típico es el de los guajibos y los
kuivas, que han sido agrupados bajo el mismo rubro de "guajibos", más exactamente
como diferentes subgrupos de guajibos, por este Censo; mientras que en otros trabajos
de diversa índole los kuivas aparecen; como una población indígena particular. Es cierto
que hay una ínter comprensión mutua entre unos y otros, tal vez en el mismo grado
que la existente entre hablantes del español y del italiano, es decir, probablemente
menos que entre el español y el portugués. En lodo caso, nadie diría que las dos
poblaciones poseen un lenguaje idéntico. Al mismo tiempo, las discrepancias culturales
son bastante obvias, si bien la autodenominación puede coincidir hasta cierto punto, por
utilizar ambos grupos el término "jiwi" (gente). Este solo ejemplo ayuda a demostrar lo
delicado que es establecer límites dentro de un continuo, como es el caso de los
grandes diasistemas lingüísticos que sólo cambian gradualmente, de comunidad en
comunidad o de región en región. Por ello no debería extrañamos que más adelante los
guajibos y los kuivas figuren en rubros censales separados, o que se hagan otros
acomodos de esta naturaleza, bien sea uniendo lo que estaba separado o viceversa.

La opinión póblica no especializada desconoce hasta qué punto las lenguas indígenas
son o pueden ser diferentes entre sí, aun habiendo idiomas muy parecidos por el hecho
de pertenecer a una misma familia lingüística. Muchos incluso se sorprenden al
informárseles que la diferencia puede ser equiparable a la que se da entre el español y
el chino o entre el español y cualquier otro idioma amerindio. Desde los albores del
contacto, ha habido la preocupación de agrupar y clasificar las lenguas nativas de
América, y hoy día se ha llegado a un refinamiento que es imposible reflejar en una
breve reseña. Dejando de lado clasificaciones más atrevidas, entre las lenguas
indígenas de Venezuela están representadas las siguientes familias lingüísticas bien
establecidas: arawak (baniva, baré, kurrpako, wayuu, añó, piapoko, warekena,
yavjtero); caribe (akawayo, kariña, japreria, makushi, mapoyo, panare, pemón,
yekuana, yukpa. yavarana) chibcha (barí); tupí-guarañí (ñengató). Las demás lenguas
ubicadas en territorio venezolano se clasifican como independientes, ya que hasta la
fecha ninguna investigación las incluye de manera incontrovertible en las familias
fundamentadas en semejanzas sólidamente comprobadas y reconducidas a un comón
origen histórico.

Como subproducto lamentable de la aculturación inarmónica, ocurre en varias etnias la


pérdida paulatina de la lengua materna en las nuevas generaciones. Sin embargo, este
hecho no significa la separación automática de los no hablantes ni su I des identificación
respecto de su matriz de origen, ya que muchas de estas personas continóan viviendo
en las mismas I comunidades, comparten características culturales similares y I
pertenecen a las mismas familias. Dada esa continuidad y coincidencia, así como en
numerosos casos su admisión consciente por parte de los individuos involucrados, el
Censo Indígena nunca ha tenido óbice en reconocer como indígenas a I los
descendientes directos de hablantes de lenguas étnicas.

La situación se vuelve aón más complicada cuando se trata de comunidades


históricamente rastreables como indígenas, pero ninguno de cuyos miembros conoce la
lengua autóctona y a veces hasta ignora el tipo de lengua que hablaban sus ancestros.
De todas maneras, muchas comunidades con tales características, sobre todo aquellas
que siguen conservando importantes elementos tradicionales de raigambre amerindia,
se autodefinen como indígenas, particularmente en el Oriente del país. Si bien no faltan
casos en que dicha auto identificación está afincada en la posesión de antiguas tierras
comunales o en un constante litigio por recuperarlas, el fenómeno de las llamadas
"comunidades indígenas genéricas" no debe ser desdeñado o pasado por alto por la
antropología u otras disciplinas sociales.

Al fin y al cabo, ni la lengua es el ónico criterio clasificatorio posible, ni existe razón


alguna para asignarle a la categoría "indígena" atributos históricamente indelebles, ni
mucho menos nos incumbe negarle a un grupo humano el derecho a identificarse de tal
o cual manera, sobre todo si para ello aduce razones históricas contundentes. En todo
caso, el problema de los "indios genéricos ", de quienes los "caribes genéricos" de Píritu
del Estado Anzoátegui y otras zonas orientales constituyen un importante exponente,
sigue en pie y posiblemente tenga que ser asumido por futuros censos indígenas, como
ya de hecho ocurre en Brasil, Colombia y otros países de América.

Sin ánimos de agotar el tema, es significativo que tanto en Venezuela como en otras
partes el término indígena ha venido ganando inclusividad en años recientes. En las
condiciones actuales, es insuficiente y ahistórica la concepción estereotipada que
identifica lo indio con sus manifestaciones culturales más tradicionales sin que ello
signifique desconocer la legitimidad y valor simbólico de tales componentes ancestrales
de cada cultura. Así como el liquilique no define necesariamente al venezolano, tampoco
el guayuco o la manta guajira -de hecho una prenda de origen colonial son implementos
imprescindibles para una identificación étnica.

Para concluir, hacemos hincapié en la idea de que tanto por razones estructurales como
históricas es imposible y hasta innecesario postular criterios definitorios estáticos,
dogmáticos e invariables para diferenciar al indígena del criollo o a las diversas etnias
indígenas entre sí. Pero sí existen y son perfectamente accesibles distintos criterios
diferenciadores -entre los cuales el factor lingüístico, sin ser el privilegiado, es el de más
fácil aplicación- que resultan suficientes y de utilidad operativa inmediata, para definir y
clasificar en forma ordenada la inmensa riqueza y variedad cultural que significa la
presencia de poblaciones cuyo origen histórico remonta a tiempos previos al primer
contacto con formaciones socioculturales no amerindias.

Algunos Problemas Relativos a la Trascripción de los Nombres Étnicos y de las


Autodenominaciones

No hay necesidad de insistir en la complejidad inherente a la nomenclatura de las etnias


indígenas, sobre todo en el decurso histórico que ha generado multitud de variantes
gráficas y cambios aun más sustanciales. Por tal motivo el Censo Indígena, como
cualquier trabajo profesional serio, tuvo que enfrentarse desde el principio con la
tremenda dificultad de asignarle un nombre a cada etnia, sin lo cual habría resultado
imposible realizar el Censo como tal, ante el cómulo de contradicciones que hubieran
surgido en cada caso.

A todas las dificultades históricamente presentes debe añadirse una de corte más
reciente, la cual consiste en aplicar su autodenominación algo muy similar a la misma a
un nómero creciente de etnias que pugnan por reivindicar todo su patrimonio cultural,
incluyendo su nombre colectivo. Por ejemplo, durante .largo tiempo la gente se
conformaba con la palabra "guajiro", algunos inclusive escribían "goajiro", engendro
casi impronunciable, sin que nadie se percatara, sin excluir a los propios indígenas
sumidos en la vergüenza étnica, de que el, verdadero nombre o autodenominación de
este pueblo es wayuu. En la actualidad el Censó Indígena se ha visto forzado a admitir
esta autodenominación por la actitud justificadamente beligerante de las propias
organizaciones indígenas. De todos modos, durante los óltimos años un nómero
creciente de no indígenas está aprendiendo a reconocer e interpretar dicho término que
ya circula profusamente en los órganos de prensa, si bien muchos se extrañan por la
grafía "w", justificada en el idioma indígena mas muy poco utilizada en el español.

Para abreviar estas consideraciones, baste con constatar que ya existe un conjunto de
autodenominaciones que han expulsado los anteriores nombres impuestos, de una
forma virtualmente irreversible. El Censo Indígena'92, por ejemplo, habla de warao en
vez de "guarao" o "guaraóno"; de pumé en vez de "yaruro "; de añó en vez de "parau
jano "; de yanomami en vez de "guaica", al extremo de que este óltimo término se
tornó obsoleto. Sin embargo, con otras autodenominaciones sigue habiendo problemas,
bien sea por tratarse de nombres escasamente conocidos fuera del ámbito indígena, por
haber serios desacuerdos entre los mismos indígenas en cuanto a la I grafía exacta que
haya de utilizarse, incluso por lo impronunciable en español que sería hasta una forma
simplificada de ciertas autodenominaciones.

Tal vez, el caso más llamativo sea la autodenominación wotuja [ü' wóthiha] mediante la
cual la propia etnia interesada trata de suplantar la heterodenominación piaroa. Pero
sucede que prácticamente ningón "criollo" conoce dicha autodenominación, cuya
pronunciación correcta es además imposible para cualquier persona no versada en
lingüística. Mientras tanto, la palabra d piaroa tiene, mal que bien, una amplia
aceptación en Venezuela y el exterior, de suerte que su reemplazo podría crear
confusiones muy difíciles de sobrellevar y justificar en el presente momento. Es posible
que a mediano plazo vaya ganando terreno el nombre: wotuja, pero aón así es dudoso
si el Censo Indígena '92 o cualquier otro documento o texto destinado a circular
profusamente en medios lingüísticos heterogéneos deba utilizar desde ahora una forma
netamente minoritaria, por decir lo menos. Albergamos el temor de que un uso
prematuro y la exagerado de las autodenominaciones, lejos de ayudar a consolidar las
etnias y su cultura, sólo llegaría a convertir el tema indígena en algo más esotérico e
inasible. Obviamente, en textos redactados en lenguas indígenas, las
autodenominaciones tienen que figurar sin discusión posible; pero tal vez no quepa ser
tan radicales en el contexto escrito del español u otras lenguas de origen europeo. Sólo
hay que recordar que para decir "alemán" no usamos en español la autodenominación
"deutsch" ni "syuomalainen" para decir "finlandés".

Para cerrar este punto recomendamos dar preferencia a las autodenominaciones en la


medida de que hayan adquirido alguna difusión y aceptación, sin caer en un
dogmatismo forzado. Por lo pronto, parece preferible emplear eñepá por panare, jiwi o
jivi (existen ambas formas) por guajibo, sólo a título experimental, al menos al tanto la
presencia política y cultural de es las etnias nos lleve a adoptar una decisión distinta.

Hay otro problema fundamental que debemos tocar al margen de la polémica entre
autodenominaciones y heterodenominaciones. Se trata de la forma ortográfica exacta
que habrá de fijarse para cada nombre étnico, al menos para efecto del Censo y otros
documentos oficiales. En este particular, el uso etnográfico internacional -en buena
parte establecido por autores de lengua inglesa, francesa y alemana- ha logrado
difundir ciertas gracias que a veces chocan con los hábitos ortográficos más netamente
hispanos o hispano latinos. Tampoco en esto es aconsejable adoptar una postura
cerrada e intransigente, pero hay que reconocer que se dan ciertas tendencias muy
difíciles de contrarrestar en las actuales circunstancias.

Así por ejemplo, aparte de ciertos lexemas netamente hispanizados, como la palabra
caribe, por ejemplo, las denominaciones étnicas parecen poco propensas a admitir el
uso de la "c" y la "q" con valor de "k", o el empleo de la secuencia "qu" con valor
semiconsonántico, utilizado históricamente sobre todo en la sílaba diptongada "gu". Por
tal motivo, para lograr un mínimo de coherencia y unidad de criterios, nos parece viable
emplear siempre la "k" y la "w" en denominaciones como akawayo, uruak, kariña,
kurripako, piapoko, warao, warekena; yekuana. En muchas versiones, algunos de estos
nombres llevan un apóstrofo en representación de una oclusión glotal o saltillo () que
jamás se pronuncia en la escritura hispanizada. Por tanto no nos parece procedente,
escribir en contexto hispánico ka'riña, e'ñepa, ye'kuana. Tampoco parece posible ya por
razones históricas, escribir "wajiro" y "wajibo", aun cuando ello permitiría una mayor
homogeneización de criterios en relación con formas como wayuu y warao.