Jaime de Carlos Gómez-Rodulfo

INSTITUCIONES DE LA MONARQUÍA ESPAÑOLA

Al comenzar a escribir un libro sobre la Monarquía, nos engañaríamos si no reconociéramos, de antemano, que en España hay amplios y estimables sectores de opinión que no son monárquicos. La política es una ciencia no sólo de principios, sino también de realidades -de aquí lo que tiene de arte-, y por eso, en un libro sobre temas políticos no pueden soslayarse éstas. Tenemos, pues, que fundamentar nuestra exposición en los hechos concretos del momento histórico en que vivimos. Y lo primero que estos hechos nos indican es algo aparentemente contradictorio: que el régimen connatural de España es el monárquico, realidad por una parte acertadamente recogida en la legislación actual con vistas al próximo futuro de nuestra patria, y, por otra, que hay en ella mucha gente que no conocen ni sienten la monarquía. Más todavía, que incluso se opone a ella. La cuestión es seria, pero no irremediablemente grave. Siempre, en toda comunidad, son lógicas y naturales las discrepancias y aun las oposiciones. Es ley humana e incluso señal de vitalidad. Y a nosotros no puede extrañarnos, después de los muchos avatares políticos por que ha pasado nuestra Patria en los dos últimos siglos, que se haya roto la unanimidad de criterio entre los españoles sobre el problema teórico de las formas de gobierno y sobre la cuestión práctica de su mejor adecuación a nuestras necesidades. Pero no sólo esto. A nosotros tampoco puede extrañarnos que, además de romperse esa unanimidad de criterio, se haya producido también, en la opinión general, una cierta y clara indiferencia hacia uno u otro sistema o forma de gobierno. Y hemos de decir, además, que comprendemos esta indiferencia y aquella rotura en la unanimidad de criterio en lo político. Son la consecuencia de haber sufrido los españoles, desde la guerra de la Independencia, hasta la segunda República, siglo y cuarto de desgobierno. Siglo y cuarto de desbarajuste y de caos político, de oscilaciones entre el despotismo y el libertinaje, de partidismo disgregador, de trágalas y de revanchas, es decir, de falta de orden, de equilibrio y de justicia en la dirección de la cosa pública. Cuando tantas panaceas salvadoras se le han ofrecido al pueblo español en el transcurso de estos años, y todas ellas han fracasado ruidosamente y se han revelado muchas veces como engaños miserables, no tiene nada de extraño que los españoles hayan perdido su fe en los remedios de la política y de los políticos. Y que la indiferencia política se haya hecho tónica general en un amplio sector de la opinión nacional. Y que, en aquellos otros sectores que aún piensan en la cosa pública, y se preocupan por ella, no haya la debida unidad de criterio, ni se compartan las mismas ilusiones y esperanzas, en cuanto a las posibles soluciones del problema político. Si, como hemos dicho antes, la discrepancia y la oposición, en lo político, son cosas humanamente naturales, se comprende perfectamente que esta tendencia se haya agudizado en nuestra Patria a la vista de los acontecimientos que en ella han tenido lugar como consecuencia de la revolución liberal. Y si tenemos en cuenta que este desastre político a que había llegado España en 1936, oficialmente lo ha presidido, y realmente lo ha producido la Monarquía, hasta que sus propios errores la desbordaron y derribaron el 14 de Abril de 1931, se comprende fácilmente que mucha gente mire con recelo los intentos de restaurarla, que bastantes españoles no se sientan monárquicos y que otros, incluso, se manifiesten totalmente contrarios a ella. He aquí, pues, una realidad que no podemos negar ni desconocer en el día de hoy: buena parte de los españoles no es monárquica. De entre ellos unos son francamente antimonárquicos, otros, los más, totalmente indiferentes a la Monarquía. No la combaten, pero no la sienten y no tienen fe ni ilusión en ella. La cuestión, como hemos dicho anteriormente, es seria, pero no irremediablemente grave. Porque la fe que justificadamente han perdido en la Monarquía, según ellos la han vivido o conocido por testimonios recientes, o por las consecuencias sufridas personalmente de sus errores o extravíos, puede volver a recuperarse. Como también puede volver a recuperarse la necesaria unidad de criterio en lo político, en cuanto lo político acierte a presentar, a la opinión pública, unas formas y unos principios aceptables que le ofrezcan una garantía de seguridad y estabilidad, de justicia y de buen gobierno, es decir, de lo que el anónimo hombre de la calle necesita para vivir bien y en paz, que es, en definitiva, lo que él quiere y lo único que, de verdad y en serio, le preocupa e interesa. El momento político en que estamos hoy es verdaderamente interesante. Se trata de consolidar y dar continuidad al esfuerzo realizado en la Cruzada Nacional para rescatar a España de la caótica situación a que la había llevado la revolución liberal. De reencauzar a nuestra Patria en sus tradiciones y de asegurar con carácter permanente y decisivo, un sistema de gobierno que haga posible, en el futuro, la tranquila convivencia de todos los españoles dentro de unas formas políticas, ponderadas y justas, que garanticen la consecución del bien común, aspiración final y legítima de toda comunidad política. Y aunque de momento no lo vean así todos, puede afirmarse que ello no se conseguirá mas que buscando la necesaria estabilidad y continuidad políticas en la restauración de la Monarquía. Y por eso se ha constituido oficialmente el Estado español en Reino y oficialmente se va, para el futuro, a la restauración monárquica. Y esto porque la Monarquía es el régimen connatural al ser de España. Porque no es cierto que las formas de gobierno sean accidentales en relación con cada país, sino que, por el contrario, cada país requiere, esencial y necesariamente, aquellas formas de gobierno que, por haber brotado históricamente de su propio ser, se han identificado con él.

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No se trata ahora, en este punto, de hacer un elogio de la Monarquía como forma de gobierno, ni una crítica y condena del sistema republicano. Se trata únicamente de afirmar un hecho: a saber, que en general, y prescindiendo de los distintos tipos de Monarquía y Repúblicas que puedan darse, no hay, en lo que respecta a la futura configuración política de España, otra opción que la de elegir entre las dos únicas formas de gobierno posibles y conocidas: la República o la Monarquía. Y en esta opción, prescindiendo también ahora de análisis puramente teóricos y doctrinales -que por otra parte nos llevarían a la misma conclusión-, la elección nos viene hecha históricamente. La República es extraña al ser y a la historia de España. La República, en nuestra Patria, ha sido un fracaso y una catástrofe. No tenemos otra salida que la Monarquía. Quede esto así por el momento. No se nos oculta que a algún lector podrá parecerle una afirmación totalmente gratuita y discutible, pero la contestación a su objeción es, precisamente, el objeto de este libro. Confiamos en demostrar esta tesis en las páginas sucesivas y esperamos que, al terminar su lectura, haya comprendido nuestro posible objetante, las razones que nos han movido a hacer una afirmación tan terminante y rotunda en principio. Ahora bien, si en España ha de restaurarse, o instaurarse nuevamente la Monarquía y si estamos en esta tarea es evidente que interesa sumar a ella el máximo posible de adhesiones, porque la Monarquía popular, de todos y para todos, un régimen entrañable, no impuesto por la fuerza, sino querido y deseado con ilusión y esperanza, o al menos aceptado con un decoroso margen de confianza en sus posibilidades y en su porvenir, que serán las posibilidades y el porvenir de todos nosotros. Y llegados a este punto, nos dirigimos especialmente a aquellos que no son monárquicos. A los que no sienten la Monarquía, a los que miran su anunciada restauración sin fe ni ilusión o, lo que es peor, con temor, con recelo o con antipatía. Y nos dirigimos a ellos porque, como hemos dicho, si es cierto que encontramos en principio justificados su falta de fe, y aun sus recelos y temores ante la restauración de la Monarquía, creemos también posible disipar en ellos esos recelos y temores y hacerles sentir, si no un entusiasmo ferviente en todos los casos, sí una cierta y confiada expectación ante la citada restauración monárquica. La cuestión estriba en que sepan todos que la Monarquía cuya restauración propugnamos no es, ni puede ser, ni confiamos en Dios que será nunca, la Monarquía que sucumbió el 14 de Abril de 1931. Es decir, la caricatura de la Monarquía que se alió con la revolución liberal y fue la causante de todos los males políticos y sociales que nuestra Patria ha sufrido en la última centuria. La Monarquía constitucional del desgobierno y de la traición a las esencias tradicionales de la Patria. La Monarquía que ellos han conocido, o cuyas consecuencias han sufrido y que, como es natural, no ven ni pueden ver, como no la vemos tampoco los verdaderos monárquicos, ni con simpatía, ni con ilusión, ni con fe. La Monarquía que propugnamos no es la liberal o parlamentaria, la Monarquía constitucional en que, a influjos de la revolución, degeneró la verdadera Monarquía española, sino la Monarquía católica y templada, la Monarquía tradicional que surgió al hilo de nuestra historia y que hizo y presidió nuestra grandeza. Esta Monarquía tradicional puede decirse que es, ante la historia contemporánea de España y ante la actual opinión nacional, una Monarquía inédita, conservada incólume y pura, para el futuro de nuestra Patria, por el esfuerzo generoso y sorprendente del Carlismo. Una Monarquía que se presenta libre y limpia de los errores y extravíos que se han cometido en el gobierno de España durante la usurpación liberal, porque todo lo que en esta época se ha hecho en nuestra Patria, se ha hecho de espaldas y en contra de ella. Y frente a su constante oposición. Oposición que ha permitido, por fin, vencer los excesos de la revolución y situarnos en la actual coyuntura de reorganización y de replanteamiento político y definitivo de las instituciones tradicionales adecuadamente remozadas y actualizadas. Propugnamos con ella un régimen católico, paternal y estrictamente jurídico, en el cual la autoridad y la libertad -la libertad concreta de las personas y de las sociedades infrasoberanas- se coordinen y armonicen, junto con el más amplio respeto a todos los derechos y el exacto cumplimiento de todos los deberes, de forma permanente y estable, ya que la permanencia y la estabilidad, además de la continuidad, son condiciones necesarias a toda labor de buen gobierno. Un régimen de esta clase no puede basarse ni en una concepción arbitraria del poder, ni en un conglomerado amorfo de individuos en continua presión sobre él. De aquí que la Monarquía Tradicional no consista sólo en el Rey -la corona, con toda la importancia que esta institución tiene en ella- ni en el conjunto de individuos, circunstancialmente unidos en agrupaciones partidistas, que periódicamente imponen su voluntad mayoritaria. La Monarquía Tradicional está constituida por una serie de instituciones, todas y cada unas de las cuales son piezas imprescindibles y necesarias en la construcción política a la cual pertenecen. La Monarquía no es el Rey, la Monarquía no es el pueblo. La Monarquía está constituida por el pueblo y por el Rey, pero por el pueblo organizado, inserto en una serie de entidades y de organizaciones que le amparan, protegen y ayudan a conseguir sus fines

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personales y sociales -familias, municipios, corporaciones y regiones- y por el Rey que rige y que gobierna, si, pero de acuerdo con la ley, limitado en sus funciones por los derechos de las sociedades infrasoberanas, auxiliado por sus secretarios y ministros, necesariamente asesorado por los Consejos y con la presencia activa de su pueblo organizado debidamente representado en las Cortes. De aquí que, al ponernos a escribir sobre la Monarquía española -como ver quien siga leyendo-, antes de hablar del Rey tenemos que hablar de otras muchas cosas, porque la sociedad, lo social es anterior al Estado, a lo político, y por eso pudo decir Carlos VII que los Reyes son para los pueblos, no los pueblos para los Reyes. El Rey -la Corona- es la piedra clave que remata el edificio monárquico, pero en éste, tan importantes como el remate son los cimientos, los muros maestros y toda la obra de fábrica -diversas instituciones de todos los tipos- que constituyen la gran construcción de los siglos y del Derecho público cristiano que es la Monarquía Tradicional española. Vamos a estudiarla ahora, estudiando y analizando las diversas instituciones que la integran. El lector que nos siga podrá ver cómo en ella se recogen y amparan todas las aspiraciones y necesidades personales y sociales, cómo se protegen las legítimas libertades y derechos de los individuos y de las sociedades infrasoberanas, cómo se previenen y evitan los abusos y excesos, tanto del poder como de la demagogia y del libertinaje, y cómo, en fin, ella hace posible un sistema de gobierno actual, paternal y justo, que garantice el orden y la continuidad política y armonice en forma estable y permanente todos los legítimos intereses en la consecución del supremo interés político que es el bien común. Que esto, en resumidas cuentas, es lo que interesa al anónimo hombre de la calle, al mismo que, escarmentado y desconfiado, puede hoy sentirse escéptico o indiferente ante la Monarquía o ante la República. Vivir libre y tranquilo: sentirse persona humana y considerado y respetado en sus derechos, así como amparado y ayudado en sus necesidades. Ver cubiertas, amplia y decorosamente, las de su familia, y saberse integrado en una comunidad ordenada, pacífica y próspera, que le haga mirar con tranquilidad el porvenir y le permita sentir el orgullo de ser ciudadano de su Patria. Aspiraciones, todas ellas, que puede satisfacer la Monarquía Tradicional. De aquí nuestro optimismo y la confianza con que la presentamos en las páginas que siguen ante la opinión nacional, en la seguridad de que, aunque parte de ella no sea monárquica, la prestar en su inmensa mayoría, cuando la conozca y se sienta protegido por ella, ese mínimum de adhesión y apoyo que es necesario a toda obra política estable. Para que un régimen político pueda ser justo tiene que asentarse en una exacta concepción del hombre y de los valores humanos. Porque, como veremos, la política no tiene justificación sino en función de servicio al hombre y a sus necesidades, es decir, en cuanto que, llegado a un cierto punto de su desenvolvimiento, el hombre la precisa para su perfeccionamiento y el mejor cumplimiento de sus fines propios. Pero al hablar del hombre y de sus valores, aun cuando lo hagamos sin particularizar, en general, téngase siempre muy en cuenta que no hablamos del hombre abstracto, que no se da en la realidad y que, por lo tanto, es una pura entelequia que no nos interesa en absoluto, sino del hombre concreto y real, es decir, del hombre que vive en un tiempo y un espacio determinados y tiene, como tal, una serie de necesidades que debe satisfacer y una serie de problemas que precisa resolver, si es que quiere -y ya lo creo que quiere- seguir viviendo. Seguir viviendo. He aquí la cuestión fundamental. He aquí el principal problema del hombre: vivir. Pero vivir de acuerdo con su naturaleza, es decir, bien y dignamente, para poder alcanzar sus fines propios y, entre ellos, el fin supremo de glorificar a Dios, su Creador, y salvar su alma. ¿Y cuál es esta naturaleza del hombre de acuerdo con la cual ha de vivir? La de un ser libre y racional, creado por Dios a su imagen y semejanza. Tenemos, pues, que la vida del hombre importa una primera exigencia: la libertad. Es decir, el derecho a vivir, a desarrollar su vida, libremente. El derecho a la vida, a que se respete su vida, es el primero y más radical de todos los derechos que, al nacer tiene el ser humano. De él derivan, naturalmente, todos los demás. Porque el ejercicio de este derecho requiere unas condiciones y medios sin los cuales sería imposible el mantenimiento de la propia vida. Todas estas condiciones y medios forman un conjunto de derechos, que, con el primero y ya citado derecho a la vida, constituyen el patrimonio nativo de todo hombre, por el mero hecho de serlo. Por derivarse de la naturaleza humana, a la que van unidos inseparablemente, y por ser, como la misma vida, de concesión divina, estos derechos son llamados naturales y la disciplina que los contiene, estudia y expone, Derecho natural. Vamos ahora a exponer los principales, siquiera sea someramente, pues es imprescindible tenerlos en cuenta para cuanto hemos de decir después, ya que sobre ellos, sobre su reconocimiento y salvaguardia, ha de asentarse -a guisa de sólidos y profundos cimientos- todo el posterior edificio político. Pues hasta tal punto son esenciales, que un régimen político que se estructure sin contar con ellos, bien sea desconociéndolos, bien sea negándolos, será siempre antinatural -porque ir contra la naturaleza del individuo- e injusto -porque lesionar intereses y derechos anteriores y superiores a los suyos propios-, con lo cual adolecer siempre -por tiránico que llegue a ser- de la suprema debilidad de estar asentado sobre una base falsa y de ser contrario a la verdadera esencia de su objeto propio: el bien común de la colectividad humana.

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Hemos dicho que el derecho primordial y fundamental de la persona humana, como ser creado por Dios y destinado a cumplir fines naturales y sobrenaturales, es el de ver respetada su vida y, consiguientemente, el de poder conservarla y perfeccionarla. Si el hombre, en sí mismo, tiene el deber de hacerlo así, en su relación con los demás es evidente que tendrá el derecho de que ello se le reconozca y facilite y, en consecuencia, de poder contar con los medios precisos y necesarios para esta conservación y perfeccionamiento de la propia vida. Pero estos medios que el hombre necesita para desenvolver su vida no pueden referirse sólo al presente, sino también al porvenir, ya que el hombre es un ser naturalmente previsor y provisor y puede y debe proveer no sólo a sus necesidades presentes, sino también a las futuras. Y para hacer frente a estas necesidades futuras -pérdida o falta de trabajo, enfermedades, época de escasez, ancianidad o invalidez, etc.- tiene que tener el derecho y la posibilidad de adquirir y retener lo conveniente y preciso para sobrellevar estas contingencias, normales o anormales, de la vida. Pero al mismo tiempo, es natural que el hombre desee tomar estado, y la creación de una familia con las obligaciones que supone, implica una mayor necesidad de bienes y recursos económicos y hace aumentar el instinto previsor del hombre, para poder criar y educar adecuadamente en su día a sus hijos, para darles estado y para que éstos y la mujer no queden desamparados ante la eventualidad de su muerte. Todas estas razones, o sea, el que el hombre se provea de lo necesario para todas las ocasiones, son razones a favor del derecho a la propiedad, ya que es ésta la que, al constituir una reserva de bienestar y seguridad materiales, contribuye a hacer más tranquila, más desahogada y digna, la vida del hombre. Pero ésta no puede quedar relegada solamente al disfrute de lo material. El ser humano tiene que cumplir fines espirituales: tiene que perfeccionarse y elevarse en lo intelectual y moral. Para esto necesita más de lo estrictamente necesario para subsistir en lo material. El cultivo de los fines espirituales requiere holgura, decoro e independencia en lo material: sólo así la vida del hombre será propiamente humana, acorde con su naturaleza hecha a imagen y semejanza de Dios. Pero para obtener esta holgura e independencia y poder espiritualizar la vida, es necesaria la propiedad estable y privada. Esta necesidad de la propiedad la confirman, junto con las anteriores razones, el reconocimiento constante y universal de la propiedad en la historia, y la naturaleza íntima del hombre. En efecto, el instinto de la propiedad es fundamental en el hombre y aparece en él desde los primeros años de vida. Ahora bien, los títulos, todos ellos legítimos, para adquirir la propiedad privada y ejercer el derecho de la persona humana hacia ella, pueden ser el ahorro, el trabajo intelectual y manual, la ocupación de lo que no tiene dueño, la compraventa, la donación, la transmisión hereditaria, etc. Pero si la propiedad privada es uno de los factores esenciales para el orden, la paz y la prosperidad individual y familiar, si tenemos en cuenta que el ser humano al ser limitado e insuficiente por sí mismo, es eminentemente sociable, y busca en la asociación con los demás hombres la ayuda y complemento que necesita para suplir sus deficiencias, veremos que la propiedad se hace también necesaria a las entidades y asociaciones que el hombre crea llevado de este instinto de sociabilidad. En efecto, ésta, la propiedad social, el derecho a la propiedad de las entidades sociales, derivado del individual que tienen las personas que en ellas se integran a la propiedad privada, es el mejor y más eficaz medio con que ellas cuentan para la consecución de sus fines propios. Hay que tener en cuenta, por otra parte, que siendo difícil que todos los individuos sean privadamente propietarios en la medida necesaria o conveniente, es precisamente la propiedad social (de los municipios, de las corporaciones, de las asociaciones de todos los tipos y clases) la que permite que en su seno sean propietarios todos los hombres que a ellas pertenecen, con lo cual aquellos que aisladamente carecían de propiedades, o no tienen las suficientes, pueden compensar en parte su falta y beneficiarse de las ventajas de la propiedad colectiva. Establecida así la necesidad de la propiedad, tanto privada como social, es evidente que el Estado debe reconocer el derecho que los individuos y las sociedades tienen a ella y, en consecuencia, protegerlo con sus leyes y fomentarlo, persiguiendo el ideal de lograr que todos, a ser posible, lleguen a ser propietarios de los bienes más precisos. Por ello la propiedad privada debe ser defendida por el Estado contra todo ataque injusto, así como favorecida para que participen de ella el mayor número posible de personas. Y convencidos de que, en una situación de ataque a la propiedad privada, los que más sufren y desamparados quedan suelen ser, precisamente, los más humildes, por ser los que tienen menos defensas, creemos también que el Estado debe tender, con una legislación adecuada y protectora, a la creación del patrimonio familiar inembargable, con lo cual se dar protección y seguridad económica a los que hoy carecen de todo. Por las mismas razones estimamos que el Estado debe facilitar con su legislación a las sociedades infrasoberanas la constitución de patrimonios propios, en los cuales y con los cuales, puedan ser propietarios y beneficiarse todos los que en ellas, natural o libremente, se integren.

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En consecuencia con lo dicho, creemos que el derecho a la propiedad no ha de tener, en un Estado cristiano y justo, más límites que los que señale el bien común, así como el lícito ejercicio de los restantes derechos de los individuos y sociedades. El Estado no podrá, pues, limitar arbitrariamente la propiedad privada, ni expropiarle a nadie, individuo o sociedad, sin causa justa y grave -y mediante adecuada indemnización- los bienes legítimamente adquiridos. Podrá, eso sí, cuando sea preciso, intervenir en el ejercicio de este derecho a la propiedad para regular su uso, y sobre todo para evitar abusos, pero siempre por razón de bien común, respetando los intereses legítimos de los individuos y sociedades y dejando en todo momento a salvo la intangibilidad del principio inviolable que es el derecho, individual o social, a la propiedad. Hemos visto en el apartado anterior que uno de los medios que tiene el hombre para mantener, conservar y perfeccionar su vida es la propiedad. Otro, fundamental como éste, es el trabajo, el cual al tiempo que es un título legítimo de acceso a la propiedad (mediante el ahorro y la transformación que opera en los objetos), es también el ejercicio del derecho a la propiedad, ya que la presupone (pues de lo contrario no podríamos disponer de los objetos para transformarlos), y su complemento, puesto que por el trabajo adquirimos lo que nos falta y necesitamos y gracias a él, también, suplimos la carencia de propiedades o lo que éstas no alcanzan a proporcionarnos. De acuerdo con esto tenemos que es obligatorio reconocer al hombre el derecho a ejercer, mediante el trabajo, sus actividades en orden a la adquisición de lo que le falta y le es necesario para vivir y, por lo tanto, debe facilitársele el ejercicio de su derecho a trabajar. Pero en sentido estricto, esto no quiere decir que tenga derecho a que se le proporcione un trabajo determinado y concreto, lo cual, por otra parte, sería imposible y contrario a la misma dignidad e independencia del individuo. El derecho a trabajar implica, en realidad, un derecho al trabajo abstracto y en general y sólo a su sujeto le corresponde determinar, a su gusto y en su caso, las condiciones del ejercicio concreto de este derecho. La persona humana ha de tener, pues, absoluta libertad para la elección de su profesión y, correlativamente a esta libertad, la de moverse libremente por todo el territorio nacional y la de poder fijar su residencia donde crea conveniente y oportuno. Al escribir sobre el trabajo conviene advertir que entendemos por él no sólo el manual, sino también el intelectual y que, en lo que se refiere al derecho a trabajar, no hacemos salvedad alguna sobre la forma o clase de trabajo en que éste se ejercite. Todas son dignas y respetables y todas merecen consideración y ayuda. Diremos ahora que el trabajo, considerado en general, tiene dos características fundamentales: es personal, porque lo lleva a cabo el hombre con sus fuerzas particulares, y es necesario, porque sin él no puede lograr, normalmente, lo preciso para la vida. Pero como la vida del hombre no es puramente individual, sino también social, se deduce de aquí que lo preciso para vivir no es lo que estrictamente baste a uno solo, sino lo suficiente para que el hombre pueda desempeñar dignamente sus funciones sociales. Por esto es injusta la retribución que no permita al trabajador cumplir su tendencia social de crear una familia y poder mantenerla dignamente. Y no cabe alegar aquí que es suficiente considerar el carácter personal del trabajo, si el trabajador renuncia voluntariamente a lo necesario para cumplir con su misión social. Si así lo hace, por no tener más remedio y verse obligado a aceptar lo que le den, pese a su "consentimiento" se comete con él una violencia opuesta a la justicia, ya que lo necesario es irrenunciable y es de obligada justicia el otorgarlo. Esto quiere decir que el trabajo no es una mercancía que pueda comprarse y venderse, que en su ejercicio hay que respetar la dignidad humana del operario y que la retribución ha de ser justa y suficiente, dados sus caracteres de personal y de necesario y sus fines individuales y sociales. El trabajo da, pues, un pleno derecho al salario y a la libre disposición del mismo y este salario ha de ser siempre adecuado a las necesidades verdaderas del individuo. El régimen de salario y de contrato de trabajo sin perjuicio de que, donde voluntariamente así se establezca entre las partes interesadas, se llegue al ideal de contrato de sociedad, no son injustos de sí, sino perfectamente lícitos, siempre y cuando el salario que en dicho contrato se estipule reúna las necesarias condiciones de justicia y suficiencia. De acuerdo con esto, para determinar la cuantía del salario justo han de tenerse en cuenta la justicia conmutativa y la distributiva, dando a cada uno lo que le corresponde, según su capacidad y según sus necesidades legítimas. Pues no es justo pagar lo mismo al buen operario que al malo, ni tampoco al que, por razones de edad o de estado, tiene más necesidades que otro más soltero o más joven. Así, sobre la base del salario individual, justo y mínimo ha de establecerse el salario familiar y un sistema de bonificaciones (bajo forma de premios de antigüedad, de producción y de comportamiento, p. ejemplo), que estimulen el amor al trabajo, la lealtad a la empresa y permitan la operario aumentar sus ingresos conforme crecen sus necesidades. Ahora bien, así como el trabajador deberá tener garantizado un salario justo, es evidente que éste no hay que cobrarlo sólo, sino también ganarlo: es decir, que ha de alcanzar el rendimiento mínimo que se estipule. No es sólo la Empresa la que tiene obligaciones con el trabajador, sino también éste con aquélla y, por consiguiente, la Empresa podrá exigir el rendimiento adecuado, gozando del derecho de sancionar o despedir al operario que se haga acreedor a ello.

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El grave problema de la continuidad -propiedad lo llamaríamos nosotros-, del trabajo, de forma que éste no falte nunca, debidamente retribuido, a quien tiene una profesión y ganas de ejercerla, deberá resolverse en el seno de las organizaciones profesionales, según veremos en el capítulo a ellas dedicado. Diremos ahora dos palabras sobre unos problemas muy debatidos en la actualidad: el de la cogestión y el de la participación en los beneficios. No creemos que el trabajo tenga derecho ni a la cogestión de la Empresa, ni a la participación en los beneficios, tal como en sentido estricto y corrientemente se entienden ambas cosas. Respecto a la cogestión, son muchos y complicados los factores técnicos y económicos que entran en la constitución y funcionamiento de una Empresa para que pueda admitirse que tengan derecho decisivo a participar en su dirección quien carece de la adecuada preparación. Ello sería, en la mayoría de los casos, perjudicial para su prosperidad, pero sería también atentatorio contra los derechos de los creadores y fundadores de la Empresa, que arriesgan su capital y sus esfuerzos no sólo al servicio de sus intereses, sino también de sus empleados y de la sociedad misma, y que deben conservar la legítima libertad de iniciativa y dirección de la obra por ellos emprendida y financiada. Otra cosa sería, ciertamente, dar cauce al trabajo para que, debidamente representado, puedan los operarios estrechar su relación con los Consejos de Administración y las direcciones de las Empresas, a fin de poder aportar sus sugerencias y hacerles llegar las aspiraciones y necesidades del personal, así como participar en la administración de las obras asistenciales, culturales o deportivas, que puedan y deban crear las Empresas. Sobre la "participación en los beneficios", creemos que el precio justo de un artículo debe venir determinado por su coste de fabricación (incluidos en él los salarios justos de cuantos participan, en las distintas escalas laborales, en su producción, el valor de las materias primas y la repercusión en cada unidad de los impuestos legales y gastos generales), la adecuada amortización del capital invertido en enseres y maquinaria, que será preciso ir renovando, la constitución de un prudente fondo de reserva y el lícito y legal interés del capital invertido en la Empresa. Estos factores que determinan el precio de venta han de ir exacta y justamente aquilatados. No hay, ni puede haber, en rigor, más beneficios que éstos, y todo sobre precio, que para beneficiar a uno u otro de estos factores se introduzca en el valor del artículo producido, constituye una especulación indebida, es decir, una estafa fraudulenta al público consumidor, a quien se le hace pagar más de lo que vale lo que compra. Si la retribución del trabajo es la justa, atendidas todas las condiciones que hemos expuesto, no cabe hablar de otra participación en los beneficios. Incrementarla sobrecargando el precio de venta no sólo no es de justicia, sino que, como hemos dicho, va en perjuicio del comprador. Incrementarla a costa de lícito interés del capital, tampoco es justo y tendría graves repercusiones en la economía nacional por las consecuencias de retracción de capitales que, admitido este principio, se produciría, así como tampoco puede defenderse, en justicia, que el capital aumente sus beneficios, sobre lo lícito, a costa de la justa retribución del trabajo, o de encarecer el producto sobre el exacto y legal precio de venta que ha de tener de acuerdo con los factores de valoración que anteriormente hemos enumerado. Finalmente, y para terminar con este apartado sobre el derecho a trabajar, diremos que la regulación y ordenación de todo lo referente a trabajo corresponde llevarla a cabo a los propios interesados: es decir, a los operarios y a los patronos, dentro de unas normas generales de justicia social y en una estrecha armonía de los dos elementos precisos e inseparables de la producción: el capital y el trabajo. Tan sólo si éstos no lo hicieran por sí o por sus organizaciones profesionales, le cabe al Estado intervenir como regulador, pero respetando siempre el carácter personal y social del trabajo. Es precisamente por ese carácter personal y social del trabajo, por lo que todo lo referente a éste, como organización de la producción, de la distribución, fijación de precios, salarios, pulses, seguros del trabajador, mejoras de todas clases, fallo y resolución de pleitos laborales, etc., no es de la incumbencia inmediata y directa del Estado, ni debe hacerlo éste, sino los propios interesados, al margen de la política y en el seno de las organizaciones profesionales, tal como explicaremos al hablar de los gremios o corporaciones. Por libertad de opinión entendemos el derecho a manifestar en todo momento, y en cualquier forma, nuestro pensamiento u opinión sobre los problemas y cosas que nos afectan. Antes de pasar a su estudio conviene distinguir dos aspectos en la libertad de opinión: 1, lo que podemos llamar elección de opiniones, o formación de criterio, y 2, su manifestación al exterior. Aunque ambas fases están estrechamente unidas, son distintas en rigor y deben considerarse separadamente. Consideraremos en primer lugar lo referente a la elección o formación de las opiniones. El hombre es un ser inteligente y, como tal, siente un deseo innato de saber y un amor a la verdad que le lleva a buscar la razón de las cosas y a formarse su propio criterio sobre ellas. En consecuencia, cuando racionalmente llega a la convicción de que una

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opinión es verdadera, se siente obligado a compartirla y le presta su adhesión. Ahora bien, bajo el influjo de diversas causas el hombre puede extraviarse en su búsqueda de la verdad y llegar a tomar por verdadero lo que en realidad es falso, adhiriéndose así, de buena fe, a un error. La cuestión entonces es delicada, pues nada es tan difícil como apreciar con justicia el grado de sinceridad y buena fe, así como la responsabilidad en los extravíos, de las opiniones ajenas. Por ello no es justo condenar a la ligera al prójimo porque no piense como nosotros y porque creamos que está en un error. Y por eso no se puede, tampoco, tomar medidas vejatorias contra él, ni mucho menos emplear la violencia para obligarle a repudiar lo que tiene por verdadero o aprobar lo que estima falso. Métodos, por otra parte, inútiles, pues en la opinión no influye la violencia, sino el convencimiento. La caridad cristiana y el respeto a las convicciones del prójimo nos aconsejan presumir su buena fe, aunque le creamos equivocado, siempre y cuando no se tengan pruebas fehacientes de lo contrario. Sin embargo no por eso se puede admitir que todas las doctrinas sean verdaderas. La verdad no es más que una y nace de la existencia y voluntad de Dios, debiendo el hombre conformar su vida a ella, y por lo tanto, aceptarla, con la ley de ella derivada (religión y Derecho Natural), como norma suprema y objetiva de todos nuestros actos. Sólo así el hombre obrar de acuerdo con su naturaleza racional y alcanzar los fines, naturales y sobrenaturales, a que está llamado. Obligado a poner los medios posibles para obtenerlos, el hombre no puede desentenderse, de ninguna manera, de las cuestiones religiosas y morales. En consecuencia tenemos que no hay libertad para el error, como no la hay para el mal. El hombre puede equivocarse y caer en el error, pero no tiene libertad moral para permanecer en él a sabiendas, ni menos aún, derecho, salvada su dignidad humana, a propagarlo, aunque lo crea de buena fe. De aquí que, si en lo que respecta a la formación de sus opiniones no se le podrá coaccionar en el fuero interno de su conciencia, en la manifestación externa si se podrá impedir que las propague y manifieste públicamente cuando sean erróneas. Así, pues, partiendo del reconocimiento de una Verdad superior, y de la obligatoriedad en que está el hombre de adherirse a ella, tenemos que, cuanto esté de acuerdo con ella podrá manifestarse libremente. En consecuencia diremos que el derecho a obrar según los dictados de la propia conciencia, y de manifestar libremente las opiniones, es absoluto si se trata de una conciencia recta e ilustrada, pero no lo es si se trata de una conciencia falsa, en cuyo caso se podrá n impedir sus manifestaciones, pues la libertad está sujeta a un orden, a una ley, y no existe la libertad de propagar el error, ya que esto sería ir contra el Derecho de Dios, de la sociedad y del mismo individuo que está llamado al bien y a la verdad. Ahora bien, como la suprema dirección de los espíritus no le compete al Estado, sino a la Iglesia, como depositaria que es de la Verdad revelada, es a ésta y no a aquél, a quien le corresponde fijar los exactos límites de la libertad de opinión. En consecuencia, el Estado, como tutor que es del orden social, e intérprete en lo positivo de la ley natural, ha de sancionar en su legislación lo que la Iglesia haya dispuesto sobre la materia. Y así, en líneas generales, podemos decir que será lícito todo lo que no se oponga a la religión católica, a la moral cristiana y a los principios fundamentales en ella asentados. Estos principios son aquellos que sirven de base a la sociedad y al Estado legítimamente estructurado y constituido, y sin cuyo reconocimiento peligraría todo el orden social y político. El Derecho Canónico y una adecuada ley civil de Prensa y Publicaciones serán los que regulen, en la práctica, los límites de este derecho de libre opinión. En principio, y de acuerdo con el Derecho Canónico, serán intangibles los principios religiosos y morales, contra los cuales no podrá emitirse ninguna opinión ni doctrina. En lo puramente civil, la citada Ley de Prensa y Publicaciones establecer los principios políticos y sociales que han de considerarse indiscutibles. Estos serán pocos, fundamentales, y siempre de acuerdo con el Derecho natural cristiano, en que se ha de inspirar el Estado, así como los inviolables derechos de los individuos. Fuera de lo indicado, todo lo demás será libremente opinable, y podrá quedar sujeto a discusión, sin que el Estado pueda pretender coartar la legítima libertad de conciencia del individuo, ni prohibir, con un fin meramente político, sus lícitas manifestaciones. Por ello, con objeto de garantizar la libertad de crítica y opinión del individuo -tan necesaria por otra parte para poder ejercer bien la función de gobierno-, dentro de los lícitos cauces del Derecho natural cristiano, la interpretación de las justas limitaciones que pueda imponer el Estado, no se hará nunca de forma discrecional y arbitraria, sino previamente regulada por la citada Ley de Prensa y el Código Penal. Al mismo tiempo, la aplicación de esta Ley y Código, y la sanción de las infracciones, no será ejercida directamente de modo gubernativo, sino por vía judicial y con intervención, en su caso, de magistraturas especiales, que serán plenamente responsables del uso que hagan de sus atribuciones, quedándole siempre, por otra parte, al sancionado, como garantía contra la injusticia y el abuso, el derecho a entablar el oportuno procedimiento de recurso. Por el derecho de asociación se entiende el que tiene el individuo para agruparse con otros hombres para conseguir un fin común.

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El mismo fundamento y demostración que tiene el derecho de asociación tienen otros derechos propios del hombre para poder elegir libremente el lugar de su residencia, así como el de trasladarse, sin trabas de ninguna clase, de un sitio a otro del territorio nacional. Prescindiendo de estos últimos, diremos que el derecho de asociación se apoya en el principio de que los hombres son sociables por naturaleza. No vamos ahora a demostrar la sociabilidad humana. Basta para nuestro propósito con señalar, y ello es evidente, como la experiencia de su propia insuficiencia y limitación le hace al hombre agruparse con otros hombres para alcanzar los fines que no puede lograr solo. Ahora bien, si el hombre por si solo no puede obtener cuanto necesita en su vida, y esto lo puede lograr asociándose con otros hombres, es obvio que de un modo natural ha de poseer el derecho de libre asociación, ya que de lo contrario sería ir contra su propia personalidad, libertad e independencia, pues entonces le faltarían parte de los medios precisos para desarrollar sus facultades, perfeccionar su vida y obtener sus fines legítimos. Pero si el hombre ha de poder asociarse con sus semejantes, en entidades siempre útiles y muchas veces necesarias para el progreso no sólo individual, sino de la sociedad misma, para que no sufran merma sus derechos de libertad e independencia, el ejercicio de asociación ha de ser libre. Así, pues, los hombres podrán organizar libremente las asociaciones que crean convenientes y, una vez creadas, podrá n también gobernarlas y regirlas con entera independencia y libertad, pues no es justo, ni razonable, que una entidad sea dirigida por quien no pertenece a ella. De esta forma tenemos que, siempre y cuando los medios utilizados Y los fines perseguidos por estas asociaciones, sean lícitos -y medimos su licitud no por el capricho de nadie, sino por la Ley de Dios y el Derecho Natural Cristiano de ella derivado-. El Estado no podrá prohibir nunca su creación ni existencia, pues su misión es defender, y nunca aniquilar, ni limitar esclavizándolo, el derecho natural del hombre. Por ello tampoco podrá el Estado, ni nadie, obligar al individuo a ingresar en contra de su voluntad en ninguna asociación, ni tampoco impedir que, quien lo desee, pueda darse de baja, cuando lo estime oportuno, de aquellas asociaciones a las cuales no le interese seguir perteneciendo. Estas asociaciones, libremente creadas y gobernadas por los hombres, gozar n de plena capacidad jurídica, ya que toda sociedad es una persona moral, como integrada que está por individuos dotados de libertad e inteligencia y sustentadores de derechos imprescriptibles. El Estado, por su parte, a los efectos del reconocimiento oficial y jurídico de estas asociaciones, podrá exigir que se le dé cuenta de su constitución y fines, pero sin que esto pueda significar nunca limitación ni intromisión en su funcionamiento y se hará de forma que queden garantizadas siempre la libertad de asociación y su independencia respecto del Estado, para lo cual la vigilancia de su funcionamiento y la sanción de las posibles infracciones que cometan quedar encomendada a las autoridades judiciales competentes. Entendemos por tal el que cada hombre tiene de poder participar en la elección de quien ha de representarle en los órganos administrativos o políticos del Estado. Esto, en cuanto se refiere al sufragio activo, el pasivo supone el derecho a presentarse candidato para desempeñar alguno de estos cargos representativos. Y aquí el lector habrá observado que hemos utilizado, repetidamente, el concepto "representar". Entendamos, en efecto, que la base y fundamento del Estado monárquico tradicional consiste, junto con la legitimidad del titular de la Corona, en la presencia eficaz y activa, ante el poder político, mediante una adecuada representación, de todos los legítimos intereses de los individuos y entidades infrasoberanas que se integran políticamente en tal Estado. Ahora bien, esta presencia activa de los intereses individuales y sociales ante el Estado, no pueden conseguirse hoy día, dada la imposibilidad de que todos y cada uno de ellos se hagan presentes directamente ante él, más que mediante el nombramiento de representantes de dichos intereses y que, libremente elegidos, tengan plena capacidad para manifestarlos y defenderlos ante los organismos correspondientes. La "representación" de la sociedad, ante el poder político, es, pues, pieza fundamental en la concepción monárquica tradicional, ya que al Estado le será imposible desempeñar sus funciones de administración y de buen gobierno, si desconoce las auténticas necesidades de sus gobernados, es decir, de aquellos de los es servidor y protector. Pero al señalar la importancia de la "representación" interesa muchísimo dejar claro que no la entendemos a la usanza, vaga y abstracta, demoliberal. Y esto porque los estados no son un conjunto amorfo de individuos, dotados de unos derechos inconcretos, que cualquiera pueda interpretar y representar tras una elección inorgánica y en virtud de unos votos que no tienen de común y coincidente más que un interés meramente político y, por lo tanto, puramente circunstancial y secundario. Creemos que a más de un lector le habrá sorprendido nuestra última afirmación. Debemos, por ello, explicarla. En el sistema demoliberal los individuos, considerados independientemente de sus características concretas, personales y sociales, se agrupan para votar, bajo el lema abstracto de 'un hombre, un voto" en los partidos políticos.

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Votan los conozcan o no, a los políticos que esos partidos presentan como candidatos, los cuales si son elegidos, representan, en consecuencia, no los intereses peculiares de sus electores, a la mayoría de los cuales ni siquiera conocen, y que no han en la elección, sino a los programas políticos de los partidos que los han presentado y a los cuales, circunstancialmente, se han adherido los votantes individuales. Pero es que los intereses primordiales de los individuos no son, fundamentalmente, de carácter político. La prueba está en que, a la mayoría de los hombres la política y lo político no les interesa más que muy secundariamente, es decir, tan sólo en cuanto se relaciona. -favoreciéndolos o perjudicándolos- con otros intereses más vitales para ellos. Estos intereses pueden cifrarse y resumirse -hay que ser realistas- en el ideal medio de "poder vivir dignamente y en paz". Es decir, que al hombre de calle lo que de verdad le interesa es sentirse respetado en su dignidad humana y protegido en sus derechos legítimos; poder ejercer con provecho su profesión, sacar adelante holgadamente a su familia y disfrutar con tranquilidad de los bienes espirituales y adelantos materiales propios de la época en que vive. Sus intereses verdaderos son, pues, no políticos, sino eminentemente individuales y sociales. Pero no abstractamente individuales y sociales, sino concretos y determinados en grado sumo. O sea, respecto a su propiedad que es esta y no aquélla, a su integridad personal, que no es la del vecino, a su derecho a asociarse y manifestarse lícita y libremente, en tal caso y de tal forma; respeto y protección a su trabajo, que es éste y ejerce en tal sitio; a su familia, que tiene éstas necesidades bien definidas; a su municipio, que tiene tales problemas, y que, a su vez, ha de resolverle satisfactoriamente sus necesidades colectivas, derivadas de su condición de vecino en él, y así sucesivamente. Es decir, que la vida del hombre no es una vida sobre el papel, aunque éste, convenientemente impreso, reciba el nombre de "Constitución"; sino una vida que transcurre en situaciones bien definidas y en el seno de una serie de entidades, familias, corporaciones, clases y asociaciones, municipios, comarcas y regiones, reales todas ellas y en las cuales busca la solución de sus problemas y la consecución de sus aspiraciones. Es pues, en el seno de estas entidades, surgidas para proteger su vida, donde se tiene que buscar el cauce concreto, real y eficaz, de la auténtica representación de las necesidades individuales y sociales ante el poder político. Nada, por tanto, de sufragios individuales, políticos, amorfos e inorgánicos. Los hombres tienen derecho a votar, es decir, a elegir a las personas que han de representarlos ante la autoridad. Pero como sus necesidades son concretas, sus representantes han de tener también mandatos concretos y precisos. Y para ello deben ser elegidos orgánicamente, es decir, en el seno de las sociedades en las cuales transcurre la vida humana. Y de acuerdo con los problemas reales de esas sociedades que son las personas que las integran. Voto libre sí, pero cada uno debe votar sobre lo que entiende y necesita, a fin de poder elegir, de entre sus conocidos, al apoderado más idóneo para hacer llegar ante el Estado, y defender frente a él, sus anhelos y necesidades auténticas. Que es por otra parte, también lo que precisa el Estado; conocer la exacta realidad sobre los problemas y aspiraciones de sus gobernados, a fin de poder resolver los unos y satisfacer las otras. En consecuencia opinamos que el Estado tradicional tiene que facilitar y proteger el ejercicio de este derecho al voto libre y cualitativo -quien tenga más actividades y más intereses que defender es lógico que tenga más votos-, ejercido siempre a través de las entidades naturales en que los hombres se integran y dirigido a nombrar los representantes de esos intereses sociales ante los organismos administrativos y políticos del Poder. Por otra parte, al tiempo que los hombres tienen derecho a votar, es decir, a elegir sus representantes, es evidente que, siempre que reúnan las necesarias y normales condiciones de honorabilidad, capacidad y responsabilidad, tienen también el derecho a presentarse candidatos en estas elecciones orgánicas, para ser ellos los procuradores o representantes de las entidades a que pertenecen. En otros capítulos, cuando tratemos de estas entidades y singularmente, por su relación con lo político, de las Regiones, los Consejos y las Cortes, ir quedando definitivamente perfilado lo referente a este derecho al sufragio y a su forma de realizarse. Queda ahora a este respecto, por indicar, únicamente que la pureza y autenticidad de estas elecciones orgánicas han de estar garantizadas por la responsabilidad que en todo momento podrá exigirse a las propias entidades que designan sus representantes, responsabilidad que podrá hacerse efectiva en su propio seno, o, si fuera preciso, ante los Tribunales de Justicia, a los cuales podrá acudirse en demanda contra cualquier atropello o abuso sufrido. Al tratar de la libertad de opinión hemos sentado ya unas premisas fundamentales en relación con este apartado emparentado, por una parte, con ella. Vimos entonces que no es lícito manifestar libremente cualquier opinión, sino tan sólo las que son rectas y están de acuerdo con la verdad fundada en la existencia y ley de Dios. Vimos, también, como consecuencia, que el error no tiene derechos y que, por lo tanto, objetivamente, puede y debe impedirse su difusión.

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Esto nos lleva a afirmar, en problema tan importante como el de la supuesta libertad de cultos que, frente al Culto verdadero, los demás no tienen, en rigor, derechos equiparables ni equivalentes. El problema, que es claro teóricamente, en la práctica tiene sus dificultades políticas en cuanto que en un país de buena fé que sinceramente creen profesar la verdadera religión. En estos países los Estados deben ser confesionalmente católicos -puesto que la religión católica es la verdadera- pero en la práctica esto no es tan simple ni este ideal podrá realizarse en todos ellos y siempre, en uno u otro caso, se realice o no, se le plantear n al Estado delicados problemas relacionados con la coexistencia bajo su jurisdicción de diversas religiones. Una cosa, no obstante, es clara también, y es que ésta es una materia sobre la cual no tienen, ni pueden tener, derecho a opinar los indiferentes, ya que éstos no pueden pretender imponer una solución sobre un asunto en el cual, por definición, no tienen interés de ninguna clase al manifestarse indiferentes en cuestión religiosa. Al mismo tiempo, y en asunto de tal trascendencia, no cabe tampoco defender como ideal el indiferentismo del Estado, indiferentismo que, por otra parte, no se ha dado nunca en realidad, pues cuando un Estado se ha proclamado indiferente en materia religiosa en la práctica ha obrado siempre como enemigo y conculcador del catolicismo. Evidente es, por otra parte, que, ante un Estado confesional, pero de confesionalidad distinta a la católica, los católicos tienen el derecho y el deber de tratar de obtener la máxima libertad religiosa posible, hasta ver de conseguir, cuando menos, igualdad de trato con la religión oficial. Pero dejando ya de considerar situaciones que afortunadamente no se dan en nuestra Patria, nos ceñiremos únicamente a analizar la cuestión en ella. En España, donde la mayoría de los españoles profesa la religión católica, es Estado tiene, necesariamente y sin disculpa alguna, que ser confesionalmente católico. Ahora bien, dándose la feliz circunstancia de que la mayoría no católica es ínfima, el problema de la libertad de cultos en nuestra Patria no presenta dificultades prácticas que en otros países. Y al margen de hipótesis y casos especiales, puede y debe resolverse en una actitud de clara y franca tesis católica. En consecuencia podemos decir que, siendo la religión católica la verdadera, y no existiendo derechos por parte del error, frente a la verdad, no puede hablarse en España, de derecho a una libertad de cultos en sentido estricto, libertad que sería, por otra parte, ofensiva para con el legítimo derecho de la inmensa mayoría del país que, en este caso, vería el error autorizado oficialmente a atacar y socavar la unidad religiosa de nuestra patria. Pero hemos visto también antes, que si el error no tiene derecho ha ser difundido, no se puede tampoco coaccionar las conciencias de quienes lo profesan de buena fe. En consecuencia, si el Estado no debe permitir su difusión, tampoco debe perseguir a quien, en el fuero interno e inviolable de su conciencia lo profese. De acuerdo con este criterio, el Estado español tolerar a los reducidísimos grupos que en el territorio de su soberanía profesan religiones distintas a la católica, el ejercicio particular y privado de su culto, respetando todos los derechos individuales y concediendo a sus miembros todas las garantías que les sean debidas en su condición de personas humanas, pero prohibir e impedir terminantemente la manifestación y difusión pública de los cultos no católicos, así como de toda idea o costumbre que pueda atacar o resquebrajar la unidad religiosa y moral -católicas- de España y de los españoles. La Familia constituye la célula social primaria mediante la cual el ser humano se inserta en la vida común con sus semejantes para atender a las más radicales y directas necesidades de su naturaleza. No obstante su carácter primario, su importancia es fundamental; pues sin la familia no existiría el orden social económico; es más, no existiría tampoco la vida humana misma, que en ella encuentra su cauce legítimo y natural de aparición y desarrollo. De aquí la absoluta obligación que tiene el Estado no ya de respetar a la familia como institución, sino de protegerla y favorecerla en todo momento y grado sumo. El Estado ha de ser el constante y eficaz servidor y defensor de la familia y de la vida familiar, pero no de una familia y vida familiar moldeada caprichosa y arbitrariamente, con un criterio político, a gusto del mismo Estado, sino tal y como ellas son en sí, con pleno reconocimiento de su esencia genuina y de todos sus derechos, que son, además, superiores y anteriores a los del mismo Estado. Diremos ahora que la estructura institucional de la familia ha ido evolucionando con el tiempo. Antiguamente se nos presentaba como una sociedad compleja, en la que se aglutinaban otras más simples, a saber: la conyugal, formada por el marido y la mujer; la paterno-filial, por los padres y los hijos, y la heril, constituida por los señores y los criados. Esto sin olvidar su antiguo carácter patriarcal que hacía permaneciesen adscritas a ella, con carácter de íntima y sólida unión, es decir, formando un solo cuerpo familiar, en sentido estricto, otras líneas rectas y colaterales, que abarcaban varias y distintas generaciones ligadas entre sí no sólo por los vínculos del afecto, sino también por una serie de derechos y deberes recíprocos que no eran sólo de carácter moral, sino también jurídicos. Hoy en día, sin embargo, en virtud de la complejidad que ha adquirido la vida, así como de las leyes emancipadoras y destructoras de los patrimonios familiares y de la autoridad paterna, podemos decir que en la familia, ha desaparecido su antiguo y venerable carácter patriarcal. Y ha desaparecido también, o al menos está desapareciendo rápidamente, de

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su estructura constitucional y en su forma clásica, la sociedad heril, o sea, la integrada por los señores y los criados, de carácter muy distinto, en la actualidad y por lo general, al que esta sociedad heril tenía en siglos pasados. Pero no obstante estas evoluciones sufridas por la institución familiar en el transcurso del tiempo, subsiste íntegramente la importancia de la familia, con sus derechos y deberes característicos, en el doble y más esencial aspecto de la sociedad conyugal y de la paternofilial. Y para no alargarnos demasiado centraremos y reduciremos el estudio de estos derechos y deberes fundamentales de la institución familiar, solamente en dos, que son los que más nos interesan desde nuestro punto de vista y que el Estado ha de reconocer y amparar de modo muy especial. Son el derecho a la integridad del hogar y el derecho a la enseñanza. Este concepto de "la integridad del hogar" es mucho más amplio de lo que vulgarmente se suele pensar. No se refiere sólo a lo material y puramente externo, sino también, y principalmente, a lo espiritual e interno. No se reduce la cuestión, pues, a la creencia vulgar de que la defensa de la integridad del hogar consiste en que nadie pueda violar su intimidad contra la voluntad de sus ocupantes legítimos. Ciertamente que esto es fundamental y nadie podrá, ordinariamente, penetrar en ningún hogar sin mandamiento judicial que oficialmente, y con todas las garantías precisas para los derechos de sus moradores, les autorice a ello; pero con ser esto fundamental no es lo único ni, tampoco, lo más importante en realidad. El derecho a "la integridad del hogar" ha de entenderse, en su conjunto, como el derecho a la salvaguardia y protección de la integridad familiar, es decir, de todas las condiciones que necesita y requiere la familia para su normal desenvolvimiento y el cumplimiento de sus fines. Fines que bueno ser recordar que son: la procreación, protección y educación de la prole, como fin inmediato; la prestación de socorros mutuos, espirituales y materiales, entre los cónyuges, como el fin secundario, y el bien del prójimo humano, como fin remoto, derivado naturalmente del recto cumplimiento y consecución de los fines anteriores. Es preciso pues, que el Estado cree las condiciones legales necesarias para hacer posible la integridad total de la vida familiar. Esto, sin embargo, muchas veces no será de su incumbencia directa, sino que será propio, como veremos, de otras entidades sociales intermedias, como las corporaciones o municipios; pero siempre será función estatal, el armonizar y tutelar toda la vida social y facilitar, con una legislación adecuada, el libre y normal desenvolvimiento de todas las instituciones y entidades menores. Y así, en el tema que ahora nos ocupa, de la integridad del hogar, o con más precisión, de la vida familiar, condición muy importante es la de hacer posible que cada familia cuente con los medios económicos y materiales precisos para su subsistencia. El salario familiar decoroso y suficiente -tal como hemos señalado al escribir sobre el derecho al trabajo-, la propiedad y estabilidad de ese trabajo, la seguridad en su ejercicio y la protección social en sus quiebras naturales -por enfermedad, vejez, invalidez o defunción-; así como poder contar con las viviendas dignas y adecuadamente confortables, son condiciones necesarias para el desarrollo de la vida familiar que las organizaciones profesionales, y, en su defecto, al Estado, han de asegurar a todos los cabezas de familia, según veremos en el capítulo correspondiente a las corporaciones. Muy importante, a este respecto, es proteger la función específica de la mujer para que la necesidad no la desvíe de la primordial atención a su hogar, obligándola a incrementar con su trabajo los ingresos familiares. Si bien es cierto que esta eventualidad no se da normalmente si el cabeza de familia gana el salario familiar suficiente y el ejercicio de su trabajo se encuentra debidamente asegurado y protegido en el seno de la corporación correspondiente, las entidades sociales deben tomar las medidas necesarias para que, en caso de que se dé, por la razón que fuera, ello no repercuta, o repercuta mínimamente, en la marcha del hogar y en el cuidado y atención de los hijos. Respecto a estos, al tiempo que se facilitarán los medios precisos para su buena instrucción general y su capacitación profesional, se tomarán las medidas necesarias para protegerlos no sólo o contra el posible abandono en que excepcionalmente pudieran caer, sino también contra su eventual explotación en trabajos prematuros e inadecuados, mediante una estricta y severa reglamentación que regule y ordene el trabajo de los menores. Dentro de este orden de cosas de protección a la vida familiar, es también interesante, e importante, la creación y mantenimiento por las entidades sociales de centros y organizaciones culturales y deportivas, artísticas y de recreo, que faciliten a las familias, o a sus componentes, considerados según sus sexos, edades y aficiones, la posibilidad de aumentar sus conocimientos, cultivando sus espíritus y de distraerse y divertirse, sana y honestamente, en sus momentos de descanso.

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Y aquí llegamos a un punto de suma importancia: es el relativo a la protección de la moralidad del hogar y de sus componentes, individualmente considerados. Moralidad familiar que si es de la competencia directa de los propios interesados -bajo la dirección y vigilancia de la Iglesia- y cae bajo la responsabilidad inmediata del jefe de familia, si han de ayudar, proteger y fomentar, indirecta o externamente, las entidades sociales y el propio Estado. Para ello las leyes respaldarán y fortalecer n la autoridad del cabeza de familia, impedir n la emancipación prematura de los hijos, sancionar n eficazmente los ataques contra la unidad, indisolubilidad y carácter sacramental del matrimonio, así como los posibles intentos y atentados, en todos los órdenes, contra la moralidad individual, familiar y social. Será por tanto, prohibido y perseguido todo cuánto pueda representar un foco o peligro de inmoralidad, como la instalación de centros de corrupción, la difusión desde la cátedra, el libro, la prensa o la radio de doctrinas heterodoxas e inmorales, así, como los espectáculos -teatro, cine y televisión- que atenten contra las buenas costumbres y sanas doctrinas. Objeto de muy cuidada regulación y vigilancia serán, en este orden de cosas, la radio y la televisión, ya que estos medios de difusión penetran con sus emisiones directamente en la misma intimidad de los hogares, donde quedan al alcance de cualquiera. Finalmente, para completar las ideas expuestas en este apartado, diremos que, siendo el matrimonio, base y origen de la familia, un sacramento, cae de lleno bajo la jurisdicción de la Iglesia, competiéndole únicamente al Estado lo referente a su reconocimiento legal, y a la regulación de los derechos y efectos civiles de él dimanantes. Atención primordial del Estado, en orden a la tutela de la familia ha de ser también facilitar, con su legislación, la constitución de los patrimonios familiares inembargables, así como el respeto al derecho de testar y especial protección -con la desgravación de impuestos y otras ventajas- a las familias numerosas, persiguiendo implacablemente todas las prácticas que atenten contra la fecundidad matrimonial o que representen factores de disolución y desmoralización de la vida familiar y social. Siendo el fin esencial del matrimonio la procreación y la protección y educación de la prole, tenemos que derecho a la enseñanza es un derecho fundamental que poseen los padres y que es anterior a cualquier derecho civil y del Estado, y, por lo mismo inviolable por parte de toda potestad terrena. Pero al hablar del derecho a enseñar, no entendemos por enseñanza lo que en sentido estricto puede considerarse dar una instrucción, más o menos extensa y de mayor o menor profundidad. Sino ese concepto más amplio que comprende no sólo el instruir, sino también el educar, el formar, es decir, el preparar integra y totalmente a los niños para que en su mayoría de edad sean hombres y mujeres en el pleno sentido de la palabra, aptos para enfrentarse con todas las dificultades de la vida y desempeñar dignamente su misión en ella. Tanto en este sentido amplio como en el estricto, el derecho a la enseñanza corresponde, por derecho natural a los padres, y por derecho divino positivo a la Iglesia, a quien su divino Fundador encomendó la misión de enseñar a los hombres lo concerniente a la religión y a la salvación de las almas. Ahora bien, en sustitución de los padres y por delegación y elección de éstos, la función docente la puede desempeñar quien tenga adecuada preparación práctica y solvencia intelectual y moral. Junto a los padres y a la Iglesia, éstas son las personas con derecho verdadero y directo a la enseñanza. Respecto al Estado diremos que este no es, y por función propia, persona docente. Únicamente cuando los padres no pueden hallar quien los sustituya en la función docente de sus hijos, y las sociedades más próximas a la familia, como son las corporaciones, los municipios y las regiones, carezcan de posibilidades para suplir esta insuficiencia, el Estado, cumpliendo su deber de completar la acción de las sociedades infrasoberanas, puede y debe crear y sostener establecimientos propios de enseñanza. Pero esto sin pretender atribuirse nunca su monopolio, para el cual carece en todo caso de título jurídico, así como de preparación y capacidad. Vemos, pues, que en esta materia, la misión propia del Estado es la de titular el ejercicio del derecho a la enseñanza, a fin de que al enseñar las personas a quien por función propia corresponde hacerlo, como son los padres y maestros, no se falte a la justicia ni se incurra en negligencia o en abusos reprobables. De acuerdo con esta misión tuteladora, el Estado podrá regular lo relativo a la colación de grados y vigilar y fiscalizar el ejercicio público del derecho a la enseñanza, pero esto siempre en defensa de los legítimos derechos que en la materia asisten a la familia y a la sociedad y sin que esta tutela y vigilancia suponga nunca merma de la lícita libertad a enseñar. Al mismo tiempo proteger el ejercicio de este derecho, facilitando a la Iglesia, padres de familia y entidades menores, la creación de centros adecuados de enseñanza a los cuales ayudar con subvenciones, exenciones de impuestos y premios a su labor docente, así como fomentar mediante ayuda directa a los organismos sociales adecuados, la erección de Colegios Mayores y menores, la creación de becas y bolsas de estudio y la edición económica de libros de texto y consulta. Todo ello no quiere decir que el Estado, en cuanto tal Estado y al servicio inmediato de sus propios fines, no tenga también el derecho de dar o exigir directamente una enseñanza especializada determinada. Es decir, que el Estado, aquí como en cualquier particular, para tomar una persona a su servicio podrá exigirle la preparación que estime necesaria y así, para nombrar sus funcionarios y representantes, podrá someterlos a exámenes previos,

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concursos, oposiciones, etc. en la forma y con los programas que estime oportunos. Como podrá también, en su caso, establecer centros de enseñanza, estatales, donde se preparen estos aspirantes a funcionarios o se cursen los estudios requeridos para entrar al servicio directo del Estado en alguna de sus dependencias especializadas. Lo que sí ha de quedar claro es que al no corresponderle de suyo el derecho a enseñar, el Estado no puede pretender monopolizar el ejercicio de la enseñanza, ni de los textos ni cuestionarios, y que su misión, a este respecto, no es otra que la de proteger, tutelar y ordenar, facilitándolo siempre, el libre ejercicio de este derecho por parte de la Iglesia y de los cabezas de familia o sus delegados, que es a quienes pertenece por derecho divino positivo y por derecho natural. Así como la unión de dos seres de distinto sexo, surge la familia, primera sociedad natural, de la agrupación de distintas familias, con intereses comunes de vecindad, nacen los Municipios. Estos son, pues, sociedades naturales surgidas de la agrupación de familias que tienen por fin facilitar el desenvolvimiento de las normales actividades de éstas y atender a las necesidades comunes de todas ellas que, por desbordar el ámbito propiamente familiar, requieren una coordinación de esfuerzos e intereses y una administración común. De lo dicho se deduce que los Municipios no son entidades de carácter político ni estatal, sino sociales, que se constituyen naturalmente como organismos administrativos al servicio de las necesidades de las familias que los integran y sin más atribuciones que las derivadas de ese servicio y las que sus administradores y representados deleguen en ellos de acuerdo con sus intereses. Entre estas atribuciones o funciones propias de los Municipios, tenemos como más características, en general, las administrativas de los intereses comunes, las 'urbanísticas", las sanitarias, las docentes (como complemento de la docencia familiar y por delegación de ésta), las benéficas (donde y cuando no alcance la beneficencia particular y de la Iglesia), las de abastos, no en cuanto intervención monopolizadora, sino en cuanto facilitación y complementación de la iniciativa privada y regulación de los mercados, la de orden público y las de fomento y protección de cuantas iniciativas particulares redunden en beneficio de la comunidad de familias que los integran. Además de estas funciones generales, antiguamente los Municipios desempeñaban, en su mayoría, otra de gran interés e importancia social; la de hacer propietarios, con sus bienes, a todos los vecinos incluidos en el término municipal. En efecto, a tal fin los Municipios tenían patrimonios propios, que eran inalienables, pues cada generación no se consideraba más que usufructuaria de ellos y reconocía su obligación de conservarlos e incluso aumentarlos para legar su disfrute a las generaciones venideras, patrimonios municipales de cuya renta o beneficios de explotación participaban todos los vecinos. De esta manera, el que carecía de bienes propios disfrutaba de la propiedad común, la cual, por otra parte, servía también para atender las necesidades comunes, a cargo del Municipio, con la consiguiente desgravación de impuestos y cargas que de otra manera habrían tenido que abonar irremediablemente todos los vecinos. Estos patrimonios municipales fueron deshechos por la revolución liberal, que creó así un grave problema económico a la inmensa mayoría de los municipios, al tiempo que desarraigaba de ellos a las familias que los integraban y dejaba abandonados a la miseria -o entregados forzosamente a la beneficencia- a los vecinos pobres que subsistían gracias a su participación en los bienes comunes. Difícil es ahora, pero fundamental, la reorganización de estos patrimonios municipales. De aquí que, el Estado, tras de reconocer a los Municipios el derecho a poseerlos, debe crear con su legislación y acción protectora las condiciones necesarias para que, poco a poco, puedan ir formándose de nuevo estos patrimonios comunes, en los Ayuntamientos que carezcan de ellos, o incrementándose convenientemente los de aquellos otros municipios que, más afortunados, consiguieron salvar algunos de la desamortización o adquirirlos posteriormente. Como organismos esencialmente administrativos, los Ayuntamientos serán elegidos en votación libre y secreta, por aquellos vecinos que tengan intereses que defender y representar en los Municipios, es decir, por los cabezas de familia, sin más condición para ello que la de estar legalmente en pleno disfrute de sus derechos civiles y la de residir en la localidad con suficiente antelación y permanencia para poder ser considerados vecinos de ella. En consecuencia, en estas elecciones municipales, las mujeres sólo tendrán voto cuando tenga esta calidad de "cabezas de familia". Respecto al voto, parecerá conveniente que se establezca el acumulativo, ya que el carácter representativo y la función administradora de los Ayuntamientos hacen aconsejable que los vecinos que tengan más intereses que representar y más importancia social en el Municipio, tengan mayor participación en su constitución. Así pues, cada cabeza de familia y en condición de tal, poseer un voto al que, en su caso, se le agregar n los que puedan corresponderle por sus títulos académicos, en su categoría profesional y su condición de propietario o contribuyente dentro del Municipio.

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Todo elector, o sea, todo cabeza de familia, podrá a su vez ser elegido para formar parte del Ayuntamiento. A ninguno se le podrá privar de ser candidato a concejal o alcalde, exceptuándose tan sólo de este derecho a los funcionarios públicos estatales, ni se podrá exigir para ello más condiciones que las de tener vecindad ganada en el municipio y llevar una vida moral y digna. La votación para elegir los ayuntamientos será hecha ante un tribunal o tribunales -según la cuantía numérica del censo de votantes- formado por personas de la mayor solvencia moral elegidas entre los residentes en la localidad. Los cabezas de familia, en esta votación libre y directa, elegir n los dos tercios del número de concejales que haya de tener el Ayuntamiento. El tercio restante lo elegirán, de entre sus miembros, los organismos corporativos, culturales y profesionales, que existan en la localidad. De esta manera se conseguir que en los Ayuntamientos están representados, además de los intereses individuales y familiares, los de sociedades corporativas con vida propia en el Municipio. Respecto al nombramiento de los alcaldes, que nunca deberá ser gubernativo, existen dos procedimientos, pudiendo adoptarse, previo estudio, el que en cada caso parezca conveniente. Uno de ellos consiste en que los alcaldes los nombren por votación, los concejales electos, inmediatamente después de ser elegidos y el otro, en ser proclamado automáticamente alcalde el concejal que haya tenido mayor número de votos. Una cuestión muy importante, sobre todo en los Municipios pequeños es que, con objeto de evitar “coacciones” o que no se planteen, en las sesiones del Ayuntamiento cuestiones que pudieran resultar desagradables, por hallarse en pugna sobre ellas distintos intereses, o por temor a que se produzcan enemistades, así como para evitar que se produzcan "cacicazgos", se admitan varias veces al año, en las deliberaciones municipales "proposiciones secretas, es decir, introducidas por los concejales en un buzón en pliegos cerrados y sin firma, que serán leídas y discutidas a continuación por los concejales que lo deseen y que deberán ser votadas en sesión secreta en la siguiente reunión del Ayuntamiento o Consejo Municipal. Por su parte, todos los vecinos cuyas peticiones y quejas no sean atendidas por el Ayuntamiento tendrán el derecho y el deber de presentarlas, con las correspondientes denuncias, en el Gobierno Regional. Este dispondrá de cierto número de comisiones inspectoras, encargadas de investigar estas denuncias y de realizar periódicamente inspecciones comprobadoras de la gestión administrativa de los Ayuntamientos. Estas comisiones no tendrán ninguna jurisdicción sobre los Municipios ni podrá n intervenir en la labor municipal en ningún sentido: se limitar n a informar al Gobierno Regional sobre la marcha de la administración municipal y, si procediera, proponer las oportunas recompensas o penalidades. En caso de propuesta de sanción, contra algún Ayuntamiento, se nombrar otra Comisión extraordinaria que hará una nueva inspección en el Municipio de que se trate para comprobar su procedencia; si por el contrario, en ella se pusiera de manifiesto que el informe de la Comisión inspectora ordinaria era inexacto o injusto, se le exigir la oportuna responsabilidad. Al mismo tiempo los integrantes de los Ayuntamientos, durante el ejercicio de sus cargos y al cesar en ellos, estarán en todo momento sujetos a responsabilidad que será exigible, mediante la vía judicial o la denuncia y reclamación al Gobierno Regional, según proceda, por todos y cada uno de los vecinos, los cuales, a su vez, serán también responsables de las reclamaciones infundadas o de las denuncias injustas que formulen. Respecto a las relaciones del Municipio con el Estado, hay que tener en cuenta que los Municipios son sociedades civiles derivadas de la familia y anteriores al Estado, con fines y esfera de acción propios. En consecuencia, el Estado respetar su autarquía y personalidad, reconociéndoles el derecho a regirse libremente, bien por régimen común, por régimen de carta o fuero propio, o por sistema de gerencia, según la tradición y fisonomía peculiar de cada uno, de modo que se logre en ellos la más directa y eficaz intervención de los vecinos en las cosas que les afectan. Tendrán pues, también, a fin de contar con los medios precisos para desempeñar sus funciones, la facultad de nutrir libremente sus haciendas -dentro, claro está , de las directrices que, en pro del bien común, establezcan las Cortes y promulgue el poder político en materia de impuestos- quedando, por otra parte, en este aspecto, sujetos a las correspondientes fiscalizaciones de cuentas que ejercitar n las Comisiones inspectoras de los Gobiernos Regionales. Interesa mucho señalar que, así como el Estado no podrá inmiscuirse en la vida de los Municipios, ni mediatizar su gobierno y administración, éstos, a su vez, habrán de cuidar muy especialmente de mantenerse dentro de los límites de su competencia, sin invadir la del Estado y sin dedicarse a actividades propiamente políticas que no son de su incumbencia. De acuerdo con estos principios, la insuficiencia de los Municipios, en los en que se produzca, será suplida, en primer lugar, por la ayuda de la inmediata sociedad superior, o sea, por la Comarca primero y la Región después y tan sólo cuando las facultades y medios de éstas tampoco basten para remediarla, deberá intervenir el Estado, con su función supletoria, complementaria y tuteladora.

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Por su parte, como representantes de una serie de intereses y necesidades comunes de las familias que los constituyen, los Municipios tienen derecho a hacerse presentes ante el poder político, por lo cual, bien solos o agrupados en Comarcas -según su importancia- tendrán adecuada representación en las Cortes Regionales, así como, debidamente integrados en la vida regional, en las Cortes generales del Reino. Como ya ha quedado indicado en capítulos anteriores, los hombres no nacen miembros de un partido político, ni tienen, primariamente un interés político que defender. Los hombres nacen en una familia, insertos en una sociedad y, dentro de ella, en una clase determinada, desarrollando su vida en el ejercicio de una profesión. Así pues, los intereses fundamentales de los hombres no son políticos, sino sociales, clasistas y profesionales. Pero si políticamente su único interés está en ser bien gobernados y en que se reconozcan y amparen sus derechos, en cuanto hombres que viven una vida individual y social, pertenecen a una clase determinada y ejercen una profesión, es evidente también que todos ellos tienen problemas que son comunes a cuantos viven en la misma sociedad, pertenecen a la misma clase y ejercitan la misma profesión. Ahora bien, la relación que implica la vida social, la relación que hay entre las clases, y las cuestiones que se plantean al ejercer una misma profesión, que son comunes a todos los que la ejercen, desbordan las posibilidades de la vida individual y llevan al individuo, limitado de por sí, a asociarse con los demás hombres de su clase, a asociarse también con sus compañeros de profesión, para lograr unidos los objetivos que no pueden conseguir solos y defender sus comunes intereses clasistas y profesionales. Prescindiendo ahora de lo relativo a las clases, así como del estudio de otro tipo de corporaciones, nos ocuparemos en este capítulo de las integradas por las organizaciones profesionales, que son las de más interés y trascendencia y que hemos visto cómo surgen natural y espontáneamente de la misma naturaleza limitada del individuo y de las necesidades de la vida social, pero nunca de la política. De lo dicho se deduce que las Corporaciones son entidades con personalidad jurídica reconocida, que tienden directa y principalmente a cumplir fines sociales y a resolver necesidades de la comunidad, e indirectamente, a satisfacer fines individuales de defensa y mejora de los intereses de los individuos que las constituyen. Así pues, la Corporación de distingue de la Asociación en que los fines de ésta son principalmente individuales, mientras los de aquella son preferentemente los sociales. Y al comenzar a estudiar las Corporaciones profesionales, interesa mucho señalar que la restauración de la vida corporativa, fundamental en la concepción de la Monarquía Tradicional, no consiste en que el Estado organice múltiples oficinas, con comisiones de enlace y rigurosas inspecciones, sino por el contrario, en que el Estado se desprenda de funciones que no le son propias y devuelva a la sociedad y las profesiones el derecho a organizarse y gobernarse por sí mismas, dentro, claro está , de los imperativos del bien común. Solamente de esta forma podrá brillar en genio creador y previsor del hombre, e irán surgiendo, independientes y con vida propia, las entidades que él necesita para el desenvolvimiento de su vida individual y social. Ahora bien, si la prosperidad de la vida social requiere que el Estado se limite a sus funciones propias y no invada las reservadas a la Sociedad, el buen orden político requiere que, de un modo recíproco, la Sociedad no irrumpa en lo propiamente estatal y no recabe para sí funciones políticas que no le corresponden. Debe distinguirse claramente entre lo social y lo político, cuestión sobre la que volveremos al hablar del Estado y de las Cortes. Solamente de esta forma será posible evitar que la política de partido, lo invada todo, como ocurre en los regímenes liberales y totalitarios, y lo que debe ser armonía, degenere en lucha de clases y las organizaciones profesionales se vean convertidas en políticas al servicio de los partidos, y no de los intereses profesionales de los que los integran. Por ello, al hablar de la organización de las corporaciones profesionales debe tenerse en cuenta: 1. Que han de ser auténticamente profesionales, sin ficción, sin mediatización política y sin supeditación a los organismos estatales. 2. Deben estar de tal forma concebidas y estructuradas que en su funcionamiento no sean estímulo ni instrumento de lucha de clases, sino de defensa lícita de intereses profesionales. 3. Deben ser producto espontáneo de la Sociedad, de abajo a arriba, y con dirigentes libremente escogidos por los propios profesionales y nunca impuestos por el Estado. 4. La doctrina, fundamento y desarrollo de toda organización laboral debe estar inspirada en rígidos principios de moral católica. Así pues, el Estado deberá dejar a la Sociedad organizarse libremente y en la organización de las corporaciones su misión, tutelar y protectora, se reducir a reconocerles su personalidad jurídica, favorecer y amparar su desarrollo, respetar sus atribuciones, atender sus peticiones y necesidades, garantizar que cada sector no se salga de su propia órbita, que en su seno no haya exclusiones ni monopolios de nadie y que, coordinados los verdaderos intereses de cuantos las integran, sirvan todas al bien común, cuidando de que no queden impunes los abusos que dentro de ellas

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pudieran cometerse por quien intentara desnaturalizar su verdadero carácter o pretendiera servirse de ellas en provecho propio, con perjuicio de los intereses comunes. Ahora bien, al igual que el aficionado al arte se une con otros amigos con la misma afición y constituye libremente una asociación, de la manera que juzgue más oportuna y adecuada, de acuerdo con los otros asociados, para el cultivo de su afición, así el que ejerce una profesión debe poder asociarse libremente con quien desee, para la defensa de sus intereses profesionales. Este es el título de derecho del corporativismo y en su desarrollo nos encontramos, pues, con un primer punto: la libertad de asociación. Es lícito, pues, que, donde la vitalidad de las profesiones lo permita, haya multiplicidad de organizaciones correspondientes a una misma profesión, pues en cada una de ellas, dentro de lo común de la profesión, puede haber características diferenciales que hagan que una vaya mejor con el temperamento y las necesidades de un profesional que las otras. Ahora bien, aunque haya distintas organizaciones de una profesión en una localidad, todas tendrán puntos comunes, que son los comunes intereses profesionales, por lo cual al servicio de ellos las distintas asociaciones habrán de coordinarse y relacionarse organizadamente. De esta forma tenemos que el principio enunciado antes de la libertad de asociación se convierte en este otro más completo: asociación libre en la profesión organizada. Vamos a ver cómo se traducen a la práctica todos estos principios de la vida corporativa. En primer lugar tenemos que distinguir entre los profesionales y elementos de la producción dos categorías fundamentales: la de los asalariados y la de los patronos. Prescindiendo de la política, desde un punto de vista exclusivamente profesional y social, es evidente que, en determinados casos, los intereses de los asalariados y de los patronos pueden ser distintos y aun contrapuestos, dentro de la misma profesión o rama de la producción. Esto requiere que cada uno de estos sectores, patronos y asalariados, puedan agruparse libremente en asociaciones que representen y defiendan sus peculiares intereses colectivos y de clase. Pero no es menos cierto que, es un peldaño superior, y salvadas estas diferencias de clase, todos los que integran la misma rama de la producción, o ejercen la misma profesión, tienen intereses comunes: a todos les interesa por igual que prospere su profesión y que se favorezca el desarrollo de su actividad. Por consiguiente, las asociaciones puras, o sea las constituidas e integradas por sólo asalariados o sólo patronos, deberán coordinarse en una organización superior que las abarque a las dos y armonice y represente sus comunes intereses. Las organizaciones puras, de obreros o de patronos, podrían llamarse sindicatos, las comunes a todos los profesionales de la misma rama, gremios. Los sindicatos constituirían según esto secciones distintas de un mismo gremio. Así por ejemplo, "el gremio de zapateros" encargado de resolver los problemas y atender las necesidades de todos los que vivan de la industria del calzado, en una misma localidad, constaría de dos sindicatos o secciones, la de los asalariados y la de los patronos. De lo dicho se desprende que los gremios son organizaciones locales. Pero el ejercicio de cualquier profesión o actividad desborda hoy lo puramente local, para, extenderse por todo el ámbito nacional. Los distintos gremios, dedicados a una misma actividad, en las distintas localidades y regiones de la Nación, necesitan coordinarse y relacionarse, es decir, asociarse entre sí en una organización de tipo más amplio. De esta forma surge, espontáneamente, la Corporación. Esta es, pues, consecuencia de la integración de los distintos gremios locales, dedicados a una misma actividad, en una organización de carácter regional primero y nacional después. Vamos a estudiar estos tres estamentos naturales de la organización corporativa, indicando ahora lo que luego pondremos más de relieve, que de las tres organizaciones -sindicatos, gremios y corporaciones- la fundamental y básica de los gremios. Los sindicatos, o secciones sindicales de los gremios, se constituir n libremente y se organizar n por sí mismos de forma que sus componentes elaborar n sus reglamentos, resolver n sus asuntos, se gobernar n a si mismos y elegir n, mediante votación secreta, los cargos directivos. Estos sindicatos asumirán, dentro del gremio en que por sí mismos se coordinen, la representación de sus afiliados en la resolución de los conflictos surgidos en materia laboral. Las secciones obreras se ocupar n, muy preferentemente, de cuanto signifique mejora de las condiciones de vida y trabajo de sus afiliados, llevando al gremio cuantas peticiones o iniciativas se hagan precisas para ello. Los gremios, como hemos dicho, estarán constituidos por la agrupación de los sindicatos existentes de patronos y asalariados, que constituir n dos secciones coordinadas de la misma actividad laboral. En su seno se resolver n todos los problemas profesionales locales, y aquellos que desborden el ámbito local los elevar n a las Corporaciones. La junta directiva y cargos de responsabilidad de los gremios estarán desempeñados, proporcionalmente, por miembros de las dos secciones, obrera y patronal, libremente elegidos por cada una de ellas.

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Su misión será no abandonar a los trabajadores aislados a la contratación sin defensa de su trabajo, vigilando las condiciones en que éste se presta, interviniendo en la firma de los contratos, siempre que una de las partes lo requiera, y asegurando al trabajador y a la empresa, el pleno reconocimiento de sus mutuos derechos. Los gremios asegurar n al trabajador la plena propiedad de su profesión, en forma que todo el que teniendo una profesión esté afiliado a un gremio, tenga asegurado por éste su trabajo y colocación en todo momento. Consecuentemente, en caso de despido o de paro forzoso, mientras se resuelve esta situación, el gremio facilitar al agremiado en paro, a cambio de una prestación personal de trabajo en favor suyo (nunca gratuitamente), un subsidio equivalente al último sueldo o jornal devengado. Los gremios elaborar n, por labor conjunta de sus secciones integrantes, las reglamentaciones de trabajo a ellas concernientes y fijar n los sueldos y jornales que en cada caso han de cobrarse, así como las jornadas, régimen y condiciones de trabajo. Los sueldos y jornales se establecer n sobre la base de un mínimo vital justo y suficiente para llevar una vida decorosa y digna. Sobre esta base se establecer n los sueldos y salarios familiares, que modificar n, ampliándolos, los anteriores, conforme crezcan las cargas que pesan sobre los asalariados. En este punto de las retribuciones se tendrán muy en cuenta los aumentos y premios a la capacidad y a la antigüedad en el trabajo, a fin de fomentar un sano ambiente de estímulo y competencia. Los gremios, por concierto con sus afiliados, y con cargo a sus fondos, crear n los pluses sociales y seguros necesarios, que completen las retribuciones y cubran los riesgos de enfermedad, paro, invalidez, vejez, defunción, etc. Estos seguros y pluses sociales serán administrados, en el seno del gremio, por los mismos que contribuyen con sus cuotas a crear los fondos precisos para atenderlos y que luego se benefician de ellos. Así se evitan intermediarios y gastos de administración y se asegura el que las prestaciones vayan a parar íntegras al fin a que se han destinado. Los gremios admitir n donaciones y con una escrupulosa administración, procurar n adquirir bienes y constituir reservas que le permitan ampliar al máximo los beneficios a sus agremiados, con el mínimo de contribución por su parte. Crearán escuelas y talleres de capacitación en la profesión, que perfeccionen en el oficio a sus afiliados y les permitan adquirir la máxima categoría y llegar a los más altos puestos en las empresas. La formación de aprendices, oficiales y maestros, así como la expedición de los correspondientes títulos de aptitud, son funciones de su exclusiva competencia, así como el sostenimiento de clínicas, hospitales, centros de recreo y culturales, que cubran y llenen todas las necesidades, espirituales y materiales, de sus afiliados. De un modo muy especial se encargar n del sostenimiento de las viudas de sus agremiados y de la capacitación y educación de sus hijos, a los que se crear un porvenir dentro del gremio. En casos justificados harán prestamos, con poco o ningún interés, a los agremiados que por excepcionales circunstancias los necesiten, y en épocas de escasez o necesidad, o en otro caso que se juzgue conveniente, crear n cooperativas y economatos donde los afiliados puedan adquirir en buenas condiciones de precio los artículos de primera necesidad. Dentro de un sentido cristiano de la sociedad, los gremios acabarán con el aislamiento entre los patronos, los empleados y los obreros, restableciendo entre todos la conciencia de la solidaridad y la responsabilidad de la producción. Dirimir n con el espíritu de recta justicia los conflictos laborales y velar n por el respeto mutuo de todos los derechos y el cumplimiento de las respectivas obligaciones, por parte de todos los agremiados, sean patronos, empleados u obreros. Resolver n todas las dificultades que se presenten en la esfera de sus actividades y concertar n todo lo relativo a la producción, precios y mercados, facilitando la adquisición de materias primas en época de dificultades y asegurando de un modo equitativo la continuidad en el trabajo, la propiedad del jornal, y los justos beneficios del capital invertido en las empresas, armonizando rectamente todos los factores de la producción. Los gremios, mediante sus consiliarios, cuidar n de un modo muy especial de la formación espiritual, religiosa y moral, de sus afiliados. Tendrá cada uno su Santo Patrono, cuya fecha celebrar con solemnes honores y fiestas. Las Corporaciones se constituir n primero con carácter regional, agrupando a los Gremios de cada Región que, siendo de la misma actividad, se integrar n en ellas y después, con carácter nacional, a base de las distintas corporaciones regionales. Sus cargos directivos serán nombrados directamente por los gremios que la constituyan. Su misión será resolver todas las cuestiones de carácter nacional que se presenten a los gremios que las forman: apertura de mercados exteriores, importaciones, aranceles, coordinación de actividades de los distintos gremios entre sí y con otras corporaciones afiliadas y, en general, todo cuanto desborde las posibilidades locales de cada gremio. Ellas espiritualizar n y dignificar n la vida colectiva y del trabajo, restaurando en éste los valores morales y la disciplina. Articular n de un modo solidario y armónico, a la vez, todas las actividades nacionales, subordinándolas, al mismo tiempo, al bien común de la nación. Acabar n con el proletariado, capacitando a la masa trabajadora y facilitándole el acceso a las clases sociales más elevadas, con lo que se lograr la constante aportación de valores nuevos a la vida

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nacional y la renovación de directivas, vengan de donde vengan sus componentes. Lograr n el respeto y estímulo a la iniciativa privada, haciéndola compatible con el progreso de la nación. Impondrán la verdadera justicia social, que sólo se logra con el respeto a las legítimas libertades y el reconocimiento y armonización de todos los derechos, acabando con la lucha de clases, los derechos de huelga, y los despidos colectivos u otros abusos patronales. Y por último, las Corporaciones, mediante representantes libremente elegidos en su seno, participar n en las tareas legislativas y harán acto de presencia con sus peticiones y la exposición de sus problemas y necesidades ante el poder político, ya que estos representantes formar n parte de las Cortes y de los Consejos, como se explicar en los capítulos dedicados a estas instituciones. Con este capítulo llegamos en nuestra exposición a un punto fundamental pero extraordinariamente delicado: el Regionalismo, o defensa de los Fueros Regionales, del pensamiento político tradicionalista. Y decimos que es fundamental porque, en efecto, la Monarquía Tradicional es esencialmente foral y regionalista. Junto a la defensa de la Unidad Católica es el Regionalismo fuerista su más peculiar característica. El Rey y los Fueros son, indiscutiblemente, los dos pilares maestros que sustentan todo el edificio de la Monarquía española. En esta formula "Rey y Fueros" se contraponen y armonizan a la vez, las dos soberanías de que tan magistralmente hablara Mella: la política y la social. Prescindir del Rey, o prescindir de los Fueros es, sencillamente, negar o destruir nuestra Monarquía, que no es una Monarquía absoluta, ni centralista, ni constitucional uniformadora, ni siquiera federal, sino una Monarquía con amplia tradición de libertades hermanadas y coordinadas bajo un poder único, efectivo y entrañable. Quede, pues, bien sentado en estas líneas, el carácter eminentemente foral de la Monarquía española. Pero al mismo tiempo -y por esto consideramos delicado este punto- el Regionalismo tradicionalista actualmente es mirado por muchos con recelo y con antipatía. Hasta tal punto se ha infiltrado en las conciencias el centralismo liberal, que las gentes, aunque abominen de sus catastróficas consecuencias, que bien palpablemente sufren, no comprenden las soluciones verdaderas y completas que a este centralismo antinatural se les ofrecen. Y decimos verdaderas y completas porque, en rigor, no reúne estas condiciones la única solución que hoy parece viable a los más: la sencilla y pura descentralización administrativa. El caso es que el fuerismo es mirado con mucha prevención y ello, en realidad, no se debe más que a la incomprensión e ignorancia de lo que es y significa, pues no tienen otra explicación los dos "argumentos" más usuales que se esgrimen contra él: que es algo superado, un arcaísmo que no tiene razón de ser en la época actual, y que es un peligro para la unidad de la Patria, y del Estado, ya que en él se originan, o pueden originarse los movimientos disgregadores y separatistas. Ante estos "prejuicios" antirregionalistas se hace necesario, en este punto, explicar brevemente en qué consiste el regionalismo postulado por el pensamiento tradicionalista y tratar de desvanecer las injustificadas prevenciones que contra él existen. Y como para ello conviene aclarar conceptos previamente, explicaremos, en primer lugar, la diferencia -y relaciónque hay entre "fuerismo" y "regionalismo". Por "fueros", cuando se usa esta palabra en general, y sin especificar, debe entenderse, según la concepción tradicionalista, el conjunto de derechos, libertades y privilegios propios de los individuos y de las sociedades infrasoberanas. Habrá pues, "fueros individuales -de la persona humana, que podrán ser tanto nativos como adventicios-, familiares, municipales, corporativos, de clase y regionales, pero siempre este concepto de "fueros" se aplica en un sentido concreto y determinado. No se enumeran en él libertades o derechos abstractos y puramente teóricos, sino efectivos y reales, "fueros" que realmente corresponden a sus sujetos, que verdaderamente los poseen y, que por lo tanto, han de disfrutarlos en su plenitud, sin que la justicia consienta se les prive de ellos. Así, por ejemplo, el derecho a la integridad de mi persona, que yo tengo y ha de reconocérseme y respetárseme en todo momento, y, como a mí, a los demás hombres que, como yo, viven en un momento determinado del tiempo y del espacio y en tales circunstancias personales. Así, por ejemplo, el derecho que tienen los municipios a autoadministrarse libremente; así, como ejemplo de privilegio de derecho natural, sino adquirido por concesión real, el que tenía Cataluña, incorporado al conjunto de Fueros catalanes, de no pagar el impuesto de papel sellado estar sujeta "a las obligaciones de alojamiento". Vemos con esto que unos "fueros" son de derecho natural, es decir, se limitan a reconocer y respetar derechos que de naturaleza corresponden a los individuos y sociedades; otros, en cambio, tienen su origen en concesiones, hechas a título de privilegio, a lo largo del tiempo, por el poder real, en concepto de pago de servicios, de premio a méritos destacados o de pactos acordados. Estos fueros de concesión real lo mismo podían ser hechos a individuos, que a clases sociales, que a municipios -sobre repartimiento de tierras, reconocimiento de usos del lugar, excepciones y franquezas- que a cualquier otra entidad infrasoberana, como la concesión anteriormente citada, incorporada a los Fueros catalanes.

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Con lo dicho queda claramente puesto de manifiesto que el concepto "fuerismo" es de mayor amplitud que el de "regionalismo", es decir, que este está comprendido en aquel. Cuando hablamos de "fueros" nos referimos a todas las libertades, derechos y privilegios de todos los individuos y sociedades y, cuando hablamos de "regionalismo" hacemos mención a los "fueros", o sea, a los derechos, libertades y privilegios, propios de las regiones. En los capítulos anteriores hemos hecho una breve exposición de los principales fueros, de derecho natural, que corresponden a las personas individuales y a las instituciones básicas, en la Monarquía Tradicional, que son la familia, los municipios y las corporaciones. Deliberadamente hemos evitado entrar en pormenores, que nos habrían hecho extendernos demasiado y exponer fueros y privilegios particulares, concedidos a tal clase, o tal municipio, o tal persona. Dentro de esta línea de breve resumen y exposición general, nos queda ahora, para completar el bosquejo del orden social, o sociedad organizada, en que ha de fundarse el poder político en la Monarquía Tradicional, hablar de los fueros regionales. Lo cual podemos hacer ya tras este exordio explicativo, necesario para poner las cosas en su punto y precisar el sentido que debe darse a las palabras, única manera de evitar ambigüedades y confusionismos. Y centrada así la cuestión, en lo que respecta a las prevenciones contra el regionalismo, cabría todavía distinguir entre los fueros que naturalmente corresponden a las regiones y los que no son de naturaleza, sino de adquisición histórica. Porque nadie puede, sin violar la ley de Dios, transgredir el derecho natural y privar a individuos y entidades sociales, de aquellos derechos inalienables que por su propia naturaleza le corresponden. Pero hay un punto, precisamente por la mayor complejidad social de la región, en que es difícil separar y distinguir lo que es derecho natural o de derecho adquirido y debido, en los fueros regionales. Por ello, al hablar del regionalismo evitaremos también el particularizar -salvo en los casos en que sea estrictamente indispensable para mayor claridad- y nos limitaremos a una argumentación de conjunto y en líneas generales. Recordaremos, en primer lugar, que la Monarquía lentamente en el transcurso del tiempo y que la unidad política que ella encarna y representa, no se consiguió hasta el reinado de los Reyes Católicos. Es decir, que nuestra unidad política fue fruto de un largo periodo de integración, durante el cual diversos reinos, principados y señoríos, fueron uniéndose entre sí, por diferentes medios y motivos y en determinadas formas y condiciones. Se trataba, pues, de un proceso integrador de pueblos ya hechos, con sus características peculiares, sus usos, sus costumbres y sus leyes y era perfectamente natural y lógico que al unirse unos con otros se respetaran y reconocieran mutuamente cuanto constituía su personalidad histórica, política y social. Esto, que es fácilmente comprensible en las uniones pactadas, es razonable, también, en las debidas a la conquista y, más tarde consolidadas históricamente. Sencillamente porque esta consolidación, cuando se trata de pueblos en grado semejante de madurez política y parecidos niveles culturales y de civilización, es absolutamente imposible por el camino insensato de la absorción violenta y de negación y atropello, por parte del pueblo conquistador, de la realidad social, cultural y política del pueblo conquistado. Solamente cuando éstas realidades se reconocen y se respetan y se acierta a integrarlas con las propias en una unidad superior que las abarque a todas, puede aspirarse a una unión que resista todas las vicisitudes y se haga definitiva en el transcurso del tiempo. De acuerdo con lo dicho, no puede extrañar ahora que, cuando en el año 12OO se incorporó voluntariamente Guipúzcoa a Castilla, lo hiciese con la condición, aceptada por el Rey castellano, Alfonso VIII, de que se conservasen y respetasen sus fueros, es decir, todos sus privilegios, franquicias y libertades. En igual forma, y en las mismas condiciones, aceptadas por Alfonso XI, el 2 de abril de 1332, se incorporó, también voluntariamente, Álava a Castilla. Para citar otra forma distinta de incorporación recordaremos la de Vizcaya, también a Castilla, que aunque se hizo por herencia, estaba ésta idénticamente condicionada al respeto de los fueros vizcaínos. Pero es que aún en el caso de la unión debida a la conquista, como fue la de Navarra a Castilla, tenemos el, hecho ejemplar y cristiano de que el primer Virrey de Navarra, el Alcaide de los Donceles, en nombre y orden del Rey, Fernando el Católico, juró el 17 de diciembre de 1512, ante las Cortes Generales de Pamplona, "los fueros, leyes, ordenanzas, usos, costumbres, franquezas, exenciones, libertades y privilegios del "Reino de Navarra", cuya constitución política, social y civil, permaneció integra. Es más, el mismo Rey don Fernando, el 12 de junio de 1513, ante los embajadores del Reino de Navarra, ratificó el anterior juramento, y así, cuando en las Cortes de Burgos de 1515, se sancionó oficialmente la incorporación de Navarra a Castilla, quedó definitivamente establecido que esta incorporación se hacía "guardando los fueros e costumbres de dicho reino". No creemos que sea necesario aducir más ejemplos históricos. Únicamente interesa a este respecto, señalar cómo, era tal el respeto de los Reyes españoles a sus compromisos históricos y tan profundo el carácter foral de la Monarquía española que, al morir sin sucesión nuestro último Austria. Carlos II, al dar en su testamento la corona a los Borbones les transmitió e impuso la obligación de que, antes de sentarse en el Trono, los Reyes jurasen respetar y guardar todos los Fueros.

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Con esto queda expuesto nuestro argumento histórico a favor del Regionalismo. Si la Patria española -las Españas históricas y esta denominación es harto elocuente- surgió de la unión de los distintos reinos, pactada o hecha en determinadas condiciones, es debido y justo respetar éstas, como ha de respetarse siempre todo acuerdo o contrato mientras no sea denunciado por ambas partes contratantes. Y la denuncia o violación unilateral es injusta e inválida, obligando a la parte violadora a la debida reparación y restitución del orden violado y del perjuicio causado. En rigor, podríamos decir que, el no respetar los Fueros Regionales el Poder Central, contra la voluntad de las Regiones antiguos Reinos- anula las acuerdos de unión e integración y coloca la cuestión en la situación anterior a ésta. Es lógico, entonces, que la Región -Reino- que ha visto incumplido el acuerdo de unión, reclame sus fueros y exija el cumplimiento de lo pactado, es decir, el respeto a sus derechos, y en caso de no ser atendida en sus demandas desee volver a la situación antigua y con la separación busque, nuevamente la independencia. Vemos, pues -más adelante insistiremos en esto- que el Regionalismo no provoca ni produce el separatismo, sino que, por el contrario, éste se produce como reacción y movimiento de defensa contra su negación y violación, es decir, contra el centralismo uniformador. Tras este argumento histórico-jurídico aduciremos otro geográfico. España, geográficamente, está integrada por regiones extraordinariamente distintas y contrapuestas. La variedad de clima, de configuración y producción es grande en nuestra Península. Y esta realidad, en el transcurso del tiempo, ha influido en la psicología, en las costumbres y en la general manera de ser de los naturales de cada una de las Regiones, que han adquirido así unas características peculiares e inconfundibles. Pero al mismo tiempo, la diversidad de recursos entre unas y otras Regiones, y como consecuencia, las distintas necesidades de sus habitantes, hacen que requieran distintas soluciones a sus problemas, que son, a su vez, diferentes a los de las otras. Todo esto indica naturalmente que lo razonable es que el poder se amolde a esta realidad y gobierne de acuerdo con ella. Es absurdo pretender que se puede legislar igual, en absoluto, para las Vascongadas como para Extremadura, para Cataluña como para Andalucía. Como decía Mella "querer legislar uniformemente para todas partes es querer que la realidad social y la realidad geográfica se acomoden a la ley, en vez de ser la ley la que se acomode a la realidad geográfica y social”. Pero es que, reconocida esta diversidad regional, que influye y se manifiesta en la psicología de los habitantes de cada región, puede esgrimirse también, a favor del regionalismo, un argumento psicológico. En efecto, al igual que dentro de la unidad de cada hogar el padre ha de tratar a cada hijo según su carácter y condiciones, amoldando a ellas el común trato familiar dentro de la unidad nacional el Rey ha de reconocer las peculiaridades de cada Región y de sus hijos, respetándolas y amoldando a ellas la legislación general. No se olvide, finalmente, que la autoridad nace al servicio de la sociedad y que, el primer deber del Poder político es respetar la constitución natural de ésta y amoldarse a ella, para así poder servirla adecuadamente. Lo contrario, además de antinatural, es ilegítimo e impropio de Poderes justos y debidamente constituidos. Un régimen justo y esencialmente de derecho, como el que propugnamos y ha de ser la Monarquía Tradicional, no puede incurrir en estas aberraciones. Es preciso, pues, que el Poder respete todos los Fueros sin que puedan ser excepción los regionales, tanto más cuanto que este respeto y reconocimiento ni es, ni puede ser nunca, una concesión gratuita y arbitraria, sino una consecuencia histórico-política, fundamentada en la misma naturaleza de los individuos y de las sociedades infrasoberanas que son las familias, las corporaciones, los municipios y las regiones. Cuando en España se hizo así y se respetaron todos los fueros legítimos, la Monarquía española alcanzó su máximo apogeo y, con vitalidad y empuje nunca superados, nuestro pueblo paseó triunfante sus banderas por todo el mundo y tuvo aún fuerzas para descubrir y evangelizar un continente nuevo. Por el contrario, cuando empezaron a negarse y conculcarse las diversas libertades y derechos sociales, nuestra vitalidad fue decreciendo y se iniciaron los síntomas de disgregación y decadencia. Claro está que la defensa de los Fueros Regionales que hace el Tradicionalismo no implica que, rota su observancia hace muchos años, al hablar de su restauración se pretenda resucitarlos sin modificación alguna. Forzoso y necesario será revisarlos y adaptarlos a las circunstancias actuales, pero esta revisión y actualización tiene que hacerse con absoluto respeto al principio fuerista, con total reconocimiento de los legítimos derechos de las regiones interesadas y en completo acuerdo con ellas, es decir, pactándolos nuevamente en su forma modernizada con sus legítimos representantes. Prescindiendo ahora de entrar en el estudio de los fueros peculiares y característicos de cada Región que, como hemos dicho, habrán de ser objeto de una prudente y cuidadosa revisión actualizadora, nos limitaremos a hacer una exposición de conjunto de los principios y formas -generales y comunes- que habrán de inspirar y darse a la nueva estructura regionalista.

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Y así diremos que el principio fundamental y básico del regionalismo tradicionalista es el reconocimiento de la autarquía de la Región. Es decir, el derecho que tienen las Regiones a administrarse y regirse a sí mismas, en todo lo que atañe a su vida propia y a sus problemas de carácter exclusivamente regional. Esta autarquía comprender , pues, no sólo a lo puramente administrativo, sino también a lo político, siempre que estas cuestiones políticas se refieran exclusivamente a la vid interna de las Regiones y no rebasen la esfera de su competencia. Esta autarquía en lo político interno es lo que caracteriza al regionalismo y lo hace distinguirse de la simple descentralización administrativa. De esta forma, al permitir que las Regiones se autogobiernen, se descongestionar a la Administración y al Poder Central de múltiples funciones que en rigor le competen y que hoy, como consecuencia del absurdo centralismo liberal, tiene absorbidas; con lo cual se conseguir no sólo una notable reducción de gastos en los Presupuestos generales del Estado, sino también una mayor rapidez y eficacia en la solución de muchos problemas y en la adopción de muchas iniciativas. Es realmente absurdo que problemas exclusivamente locales de carácter industrial, o referentes a la agricultura o ganadería de una Comarca, se tengan que resolver en Madrid, por personas que no los han vivido, y que por preparadas que están, se encuentran en peores condiciones para resolverlos adecuadamente, que quienes están en contacto físico y permanente con ellos. Es evidente que, el reconocimiento de su autarquía, hará posible una mayor vitalidad y prosperidad de la vida regional, la cual redundar a su vez, beneficiosamente, en la marcha general de la Nación. Entonces, cuando las regiones se sientan libres y respetadas, amparadas en su derecho y con su vida simplificada, más fácil y más próspera, no sentir n hacia el Poder Central el recelo y la antipatía que naturalmente se suscitan en ellas bajo un régimen uniformador y centralista. Es más, entonces el poder no será central, sino auténticamente nacional y su representante, el Rey, amparador de todos los Fueros, será entonces, no el Rey de un grupo, ni de un partido, ni de una Región, ni de una masa nacional informe y sin cualificar, sino el Padre de todas las libertades y de todos los derechos, es decir, el Rey de todas las Regiones, de todos los municipios y de todas las familias: el Rey paternal de todos los españoles. Porque entonces las regiones y los pueblos todos, contrariamente a lo que sucede bajo el centralismo que les impone leyes y concepciones extrañas, ver n en él y en el poder que encarna la garantía de sus derechos y de su normal desenvolvimiento y entonces lo defender n con el mismo tesón y arrojo con que defienden sus más queridas libertades y, al hacerlo así, defender n también la unidad nacional que el Rey representa. Es decir, que la mayor y mejor garantía de la unidad nacional está en el Rey, entendida su misión fundamentalmente, al estilo tradicional, como tutelados de la justicia y protector de las libertades sociales, con lo cual tenemos, que en esta concepción, el Regionalismo no es más que la presencia de un poder único de cada una de las Regiones para gobernarlas y administrarlas según sus leyes, su carácter y sus costumbres. Ahora creemos que se hace claramente comprensible la denominación con que tradicionalmente se designaba a nuestra Patria: las Españas. Porque, en rigor, no hay una España centralista, áspera y única, sino una Patria constituida por un conjunto de antiguos Reinos, Principados y Señoríos, gobernados todos paternalmente por el mismo Rey, que les da unidad en su rica diversidad y los integra, con sus estructuras propias, en su misma nacionalidad. Tan España es el Principado de Cataluña como el Reino de Murcia, de Galicia o de Castilla, o el Señorío de Vizcaya. Y el Rey de las Españas es el Rey de Murcia, de Galicia y el Conde de Barcelona y el Señor de Vizcaya... Es decir que, como hemos dicho anteriormente, el regionalismo no sólo no produce el separatismo, sino que es la mejor y única forma de evitarlo y de mantener, vigorosa y fructífera, la unidad española. Y hecho este inciso necesario, para terminar de aclarar en lo relativo a la unidad nacional, el verdadero sentido del Regionalismo y disipar temores infundados, volvemos al tema de la autarquía regional. En rigor, este principio de la autarquía regional no es más que una aplicación del fundamental principio político de que lo que pueda resolver o hacer una entidad inferior no deberá resolverlo o hacerlo una superior, y sólo si esta tampoco pudiera hacerlo, deberá acudirse a la siguiente en categoría e importancia. Y todo se reduce, y lo repetimos una vez más, aún a riesgo de hacernos pesados y machacones, al absoluto y total respeto, en todo momento, de los legítimos derechos y libertades -fueros- de los individuos y de las sociedades infrasoberanas. He aquí por que hemos dicho también, anteriormente, que la fórmula que sintetiza magistralmente el espíritu de la Monarquía española es la de "Rey y Fueros". Los fueros como exponente de la vida de la sociedad organizada y el Rey como amparador de esa vitalidad y coordinador de su marcha hacia el bien común. Así, de acuerdo con la doctrina que ha ido quedando perfilada, las Regiones desempeñarán, respecto a las sociedades inferiores en ellas integradas, la misma función complementaria que se ha reconocido a los Municipios y al mismo Estado, en su suprema misión tuteladora, cuando han fallado las posibilidades de las sociedades anteriores a él. De esta forma, en el orden docente, deberán suplir las insuficiencias de las familias, corporaciones y municipios, ayudando a estas entidades a crear los centros necesarios de enseñanza que ellas no hayan podido instalar. Igualmente

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podrá n tener las instituciones de beneficencia que sean precisas para suplir las faltas de la iniciativa privada o de la Iglesia. Función suya será atender y cuidar los servicios sanitarios, de transporte y comunicaciones dentro del ámbito propiamente regional. Ayudar n a las corporaciones y entidades particulares y privadas, fomentando por todos los medios la vida regional, así como, la prosperidad del campo, del comercio y de la industria de la Región, pulsando para ello constantemente, a través de sus auténticas expresiones y organismos rectores, sus deseos y necesidades, con el fin de resolverlas en lo que sea de su competencia o, en otro caso, elevar al poder político lo que en este aspecto corresponda. Las Regiones podrá n y deberán organizar y mantener Academias literarias, artísticas y culturales, así como Museos, Archivos y Bibliotecas. Serán responsables del mantenimiento del orden público en su demarcación y contarán con los medios necesarios para ello. En lo que respecta a la administración pública de sus recursos, serán autárquicas e independientes de las otras Regiones y del Poder político, así como también en el orden económico, ya que todos los tributos de carácter regional serán fijados, recaudados e invertidos, por sus propios municipios y organismos regionales. Un concierto económico hecho con ellas, de acuerdo con sus posibilidades, fijar las cantidades con que, cada Región ha de contribuir a las cargas generales del Estado. Pero no podrá n establecer, bajo ningún concepto, en sus demarcaciones, frontera arancelaria, aduana, ni tributo de ningún género que grave ni beneficie la entrada o salida de productos de ellas, ni podrá n, tampoco, obstaculizar el libre comercio y trasiego de mercancías por todo el territorio nacional. Las regiones serán gobernadas de acuerdo con la legislación general de la Nación, adaptada a la suya propia, o sea, a sus Fueros, y conservar n el derecho de rechazar, o no acatar, aquella Ley general que vaya contra Fuero propio. Representante del Rey en la Región, y suprema autoridad política en ella será el Gobernador General. Estos Gobernadores Generales serán nombrados por el Rey, de entre las personalidades más características de la Región, oído el dictamen del Consejo del Reino y de los organismos Regionales. El plazo de mando de los Gobernadores Generales de Región o Reino será limitado, pero de larga duración, como corresponde a un cargo que requiere experiencia y continuidad en su ejercicio. Terminada su gestión, el Gobernador General quedar sujeto a juicio de residencia. Organismo auxiliar del Gobernador General en el desempeño de sus funciones será el Consejo Regional, cuya misión consistir en asesorar a los Gobernadores y limitar el ejercicio de su gobierno. Estos Consejos Regionales, supremos organismos administrativos y políticos de la Región, estarán constituidos por personas de reconocido prestigio y capacidad, procedentes de cada una de las clases, instituciones o corporaciones que existan en la Región y serán libremente nombrados por ellas y confirmados en su función por el Gobernador General. Las regiones deberán tener también sus Cortes o Juntas Regionales, que estarán integradas por los representantes de las clases e instituciones sociales de la Región, las cuales elegir n libremente, les pagar n sus emolumentos y les señalar n las normas u mandato para su actuación. Su misión será entender sobre cuestiones internas y peculiares de la Región y asegurar n y limitar n, en sus funciones, el Gobernador General y al Consejo Regional, los cuales serán los encargados de hacer cumplir sus acuerdos. Finalmente, queda por decir que las Regiones, a través de sus organismos propios, y en la forma en que oportunamente se determine, nombrar n sus representantes en las Cortes Generales del Reino. Respecto al número de Regiones que deberán reconocerse e integrarse en la unidad del Reino, de acuerdo con lo que queda dicho en éste capítulo, serán las tradicionales, a las cuales convendría actualmente añadir dos más: las Canarias y las provincias africanas, que constituirían otra. O sea, que serán las dieciséis siguientes: Vasconia, Navarra, Aragón, Cataluña, Valencia, Murcia, Andalucía, Extremadura, Castilla la Nueva, Castilla la Vieja, León, Galicia, Asturias, Mallorca, Canarias y las provincias africanas. Hasta aquí hemos pasado breve revista, en los capítulos anteriores, a lo referente a la soberanía social, es decir, a la existencia y derechos de la Sociedad organizada, que es anterior al Estado y, para servir y amparar a la cual éste nace y se constituye. Pero si tanto, los derechos individuales como los sociales son innegables e inviolables, al requerir la sociedad necesariamente a la autoridad -ya que no puede existir sociedad sin autoridad- es decir, sin alguien que la gobierne y la dirija desde el punto de vista del bien común- es evidente que esta autoridad -y quien la ejercetendrá que tener también unos derechos, propios e indiscutibles, para poder cumplir la misión que le está confiada. Y aquí, entre los derechos de la sociedad organizada -soberanía nacional- y los de la autoridad -soberanía política-, es donde, en los regímenes mal estructurados y antinaturalmente constituidos, suelen producirse roces, interferencias y aún graves colisiones. Es frecuente, sobre todo, el mal equilibrio entre los legítimos poderes de ambas soberanías, lo que trae como consecuencia que una invada la esfera de prerrogativas de la otra, absorbiendo parte de sus funciones propias. Así, en los regímenes demoliberales, suele ser la sociedad -o mejor, la masa votante inorgánicamente considerada- la que tiende a limitar y cercenar las legítimas facultades de la autoridad, debilitándola e impidiéndola el normal desenvolvimiento de sus funciones, lo que frecuentemente provoca una reacción defensiva de la autoridad generalmente violenta- en la que ésta trata, a su vez, de privar a la sociedad de atribuciones que en rigor le

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corresponden. De esta forma suele llegarse, actualmente, al extremo contrario, al abuso totalitario -que es la forma moderna del antiguo absolutismo-, situación en la que es el Estado quien absorbe y mutila los derechos de la sociedad a la cual deforma y esclaviza. Con esto vemos que el problema que se plantea, al comienzo de la práctica política, y en la base misma de la constitución de los Estados, es un problema de equilibrio y coordinación entre las dos soberanías: la social y la política. Ahora bien, si partimos de la base de una sociedad debidamente organizada -en las instituciones y con los principios que hemos bosquejado- y de la necesidad de un Estado, nacido en sus entrañas, que la sirva y que coordine sus actividades en pro del bien común, tenemos que este problema de equilibrio y coordinación entre las dos soberanías se reduce a un problema de representación. Porque si es evidente que el Estado tiene que servir a la sociedad, para ello es preciso que conozca sus problemas y necesidades y, por lo tanto, ésta debe contar con medios adecuados para poder llegar a él y hacerle presente estos problemas y necesidades, participando, al mismo tiempo, ya que es sobre ella sobre quien se legisla, en la función legislativa del Estado. Pero para que el Estado conozca los problemas de la sociedad y ésta pueda intervenir en la función legislativa, es preciso que la sociedad se haga presente ante el Estado de una forma genuina, auténtica y eficaz. ¿Cómo, si esto no pueden hacerlo a la vez y por sí, lo treinta millones de españoles? Por representación libre y verdadera. Al igual que el propietario que no puede encargarse de llevar personalmente todos sus asuntos nombra libremente, para que se ocupe de ellos, al representante o administrados que le parece más idóneo, así también debe procederse en la cuestión que nos ocupa. Por mandato y representación. Pero como es imposible que cada uno de los treinta millones de españoles nombre y tenga su representante -aquí está la razón del error liberal, en creer que cada español mayor de edad podía, en cierto modo, nombrar individualmente el suyo propio- es necesario que éstos sean nombrados colectivamente, pero no en el seno de los partidos políticos -entidades artificiales y disgregadoras- en el seno de las sociedades naturales en las que los hombres se mueven y actúan, y en las cuales, real y verdaderamente, tienen intereses comunes con el resto de los asociados. Y es que, si de hecho el hombre actúa individualmente en las sociedades menores, en las que naturalmente se integra -según hemos visto-, al pasar al plano de lo político la representación corresponde a estas sociedades, ya que son las que encarnan y contienen los elementos sociales representables y permiten considerar al hombre como ciudadano. Lo que hace falta, para que las Cortes que recojan esta representación, sean verdaderamente eficaces y representativas, es que se encuentren en ellas auténticamente representadas todas las sociedades e intereses en que el hombre pueda agruparse y tener. Pero existente en el país una vida próspera y organizada, tal como la hemos propugnado en capítulos anteriores, es posible y fácil la constitución de éstas auténticas Cortes representativas. Basta para ello, con que cada una de estas sociedades infrasoberanas, debida y genuinamente organizadas, se reúna y elija directamente, entre todos sus miembros y por sufragio secreto, universal y orgánico, sus representantes. Estos, que recibir n el nombre de procuradores, serán eficaces defensores de los intereses de sus electores: 1. porque por pertenecer a la misma sociedad que ellos, los conocen como ellos, y como ellos tienen también los mismos intereses; 2. porque dentro de cada sociedad la elección se puede hacer con conocimiento de causa, ya que los electores conviven con el que votan y conocen su preparación, capacidad y honradez y, en general, cuantas condiciones le hacen el más indicado para administrar sus intereses, ya que si no fuera así no lo elegirían; 3. porque el procurador no actúa de por sí, sino por mandato imperativo, es decir, con instrucciones concretas sobre lo que ha de hacer en cada caso y no podrá tomar en las Cortes ninguna determinación para la cual no esté expresamente autorizado; 4. porque si sus electores, los que le han nombrado y pagan, ven que no defiende debidamente sus intereses, pueden retirarle los poderes, destituirle y nombrar otro procurador o representante y 5. porque en todo caso, al cesar en su gestión, ha de dar cuenta de ella a la sociedad que le eligió y a la que representó y, al abandonar el cargo, ha de quedar sujeto a juicio de residencia. Vemos, pues, como, a través de estas Cortes, que son las tradicionales en la Monarquía española, puede hacerse una auténtica representación de los intereses sociales ante el Estado es decir, ante la autoridad y la persona que la representa. Así, mediante ellas, se realiza el entronque y puesta en relación de las dos soberanías, la social y la política, y la participación de la Sociedad, de la única forma posible y precisa, en la tarea legislativa, que es, por otra parte, función propia del Rey, ya que es en él en quien encarna el poder soberano. Por este carácter de institución representativa e intermedia entre las dos soberanías es por lo que hemos decidido tratar de las Cortes en este capítulo, colocándolo entre las dos partes dedicadas, respectivamente, a la soberanía social y a la política, aunque en rigor, por ejercerse con su concurso la función legislativa, su sitio propio habría estado en la segunda parte, junto a los capítulos referentes a la función ejecutiva y a la función judicial. Pero interesaba, para mayor

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claridad de la exposición y por su trascendencia dentro del pensamiento tradicional, subrayar su carácter de institución armonizadora de lo social y de lo político. Y dicho esto, podemos pasar ya a tratar de su organización y atribuciones. En el punto anterior hemos visto la forma en que la sociedad organizada elige a sus representantes en las Cortes y las garantías que, con vista al acierto en su gestión, ofrece el sistema tradicional de nombramiento de procuradores. Interesa ahora indicar que absolutamente todas las instituciones y entidades menores con vida propia, organizadas en la sociedad española, han de tener su adecuada representación en Cortes. Estas estarán pues, integradas por representantes -en la proporción y forma que se establezca- de todas las clases, corporaciones, instituciones y cuerpos organizados del país, o sea, de la Iglesia, de los municipios y Regiones, de la vida del campo y del mar, de la industria y comercio, de la defensa nacional, de la nobleza, de la vida de la cultura y de todos cuantos sectores sociales se hagan acreedores a ello por su influencia y por los intereses que tengan que representar Estas Cortes generales radicar n en Madrid y sus reuniones serán convocadas por el Rey, que lo hará necesariamente una vez al año, debiendo estar reunidas por lo menos dos meses, sin que en ningún caso puedan disolverse -salvo en circunstancia totalmente excepcional, determinada por el Rey en una Pragmática Regia dirigida a la Nación tras oír el dictamen del Consejo Real- sin haber terminado el estudio de las leyes y cuestiones incluidas en el orden del día de la convocatoria. Este orden del día será dado a conocer por el Gobierno a todas las instituciones y corporaciones con derecho a representación, con especificación de todos los proyectos de ley y asuntos a despachar y resolver, con la suficiente anticipación sobre la fecha de la convocatoria, a fin de que estas entidades puedan estudiarlos y dar instrucciones concretas a sus representantes sobre la aptitud que han de tomar en las deliberaciones. Como medio de enlace entre el poder y la soberanía social, representada en las Cortes, el Rey nombrar su Presidente, nombramiento que hará de una terna presentada por las mismas Cortes. Este Presidente será el encargado no sólo de dirigir los debates, ordenándolos y manteniéndolos dentro de la adecuada disciplina, sino también el representante directo del Poder ante los procuradores reunidos en Cortes. Ahora bien, como quiera que las Cortes han de ser una institución representativa de la Sociedad, ni el Gobierno, que representa el Estado, ni los funcionarios de la Administración estatal, podrá n pertenecer a ellas. No obstante, el Gobierno o los funcionarios por éste designados, podrá n asistir a sus sesiones para defender los proyectos de Ley por él presentados, así como los intereses del Estado de quienes son representantes. También estará el Gobierno obligado, en las Cortes, a responder de sus actos ante los representantes de la Sociedad, siendo igualmente, misión suya, recoger y hacerse cargo de las iniciativas y peticiones que éstos le presenten y dirijan. Este último punto recoge un derecho de gran importancia en el carácter representativo de las Cortes. En efecto, los procuradores podrán siempre que lo crean conveniente, presentar en ellas, para su transmisión al Rey, los llamados "cuadernos de peticiones" en los cuáles solicitar n del Poder político cuanto sus representados necesitan y las hayan encargado que pidan. Estos "cuadernos de peticiones" serán trasladados por el Rey a los consejos respectivos a fin de que procedan a su rápido estudio y resolución, siendo obligatorio que, en la siguiente convocatoria de las Cortes, el Gobierno dé cuenta de la resolución recaída sobre cada petición. También podrán los procuradores presentar al Gobierno, en las Cortes, "los cuadernos de agravios", en los cuáles se pedirá satisfacción por los agravios que los órganos gubernamentales hayan podido producir a los de la Sociedad y, contra los cuales, por su índole especial, no pueda recurrirse por el régimen judicial ordinario, pero que deben ser resueltos satisfactoriamente por sus causantes. Además del ejercicio de estos derechos citados, las Cortes intervendrán, necesariamente, en la confección y aprobación de todas las referentes a asuntos importantes o extraordinarios, singularmente en la promulgación, modificación o derogación de la ley sucesoria a la Corona, así como en las medidas a adoptar en caso de minoría de edad, incapacidad o ausencia prolongada del Monarca del territorio nacional; en la confección de los Presupuestos y en la autorización de los tributos extraordinarios que se hayan de exigir a la Nación, ya que los impuestos han de aprobarlos los que los pagan -si es que están justificados- y no quienes los cobran; en la emisión de Deuda y amortización de empréstitos, en todo lo que diga relación con el exterior, como declaración de guerra, tratados internacionales, alianzas, etc. En todas estas cuestiones será imprescindible el concurso de las Cortes, y ninguna ley sobre estos puntos, podrá ser promulgada por el Rey sin haber sido votada y aprobada por las Cortes. Sobre los asuntos ordinarios, los proyectos de Ley elaborados por los consejos y el Gobierno, serán sometidos al estudio y aprobación de las Cortes. También podrá n éstas, a su vez, presentar a la consideración del Gobierno proyectos de ley, cuyo estudio entonces corresponder a los Consejos y al Gobierno. En uno y otro caso, la

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promulgación definitiva corresponder al Rey, el cual, en el caso de que no este conforme con lo aprobado o propuesto por las Cortes, previo dictamen del Consejo del Reino, se lo devolver a ellas, junto con las observaciones pertinentes, para que procedan a un nuevo estudio de la cuestión. Finalmente, sobre este punto diremos que las Cortes tienen también la facultad, en estrecha relación con el derecho de presentación de "los cuadernos de agravios", de ejercer una discreta y ponderada fiscalización y crítica de la labor gobernante y, de un modo especial, de la administración pública. Otra cuestión de interés es la relativa a la forma de desarrollarse las sesiones y el plan de trabajo de las Cortes. No cabe, aquí, entrar en casuismos y minuciosidades excesivas, sino mantener la exposición en el terreno de los principios y de las orientaciones generales que, en su día, según las circunstancias y conveniencias se desarrollarán de una u otra forma, adoptándose el procedimiento que se estime oportuno. Sí cabe decir que, como es natural, las Cortes se guiarán en su funcionamiento por un reglamento que será elaborado conjuntamente por ellas y por el Gobierno. En líneas generales diremos que, en aquellos asuntos que requieran estudio y deliberación, convendrá huir en principio de las sesiones plenarias demasiado numerosas, y en las que participan los representantes de todos los cuerpos, muchos de ellos ajenos por completo a la materia sometida a dictamen. En estos casos, los procedente será constituir comisiones, integradas por los representantes de las instituciones interesadas, las cuales adoptar n las resoluciones pertinentes que serán dadas a conocer a los plenos, los cuáles las aprobarán, salvo en el caso de que alguno de sus miembros, que no hubiese intervenido en las deliberaciones de la Comisión, viera que el acuerdo de ésta se oponía o perjudicaba a los intereses por él representados, en cuyo caso se formará una nueva Comisión, de la que pasará a formar parte también el procurador oponente, para volver a estudiar el asunto. Claro está que estas Comisiones disfrutarán de cuántos elementos y facilidades requieran para el buen desempeño de su misión, estando, por lo tanto, las entidades obligadas a procurarles los datos y ayudas técnicas necesarias; así como deberán comparecer ante ellas, cuando sea preciso y lo requieran, de la misma forma que ante los plenos, para justificarse o dar las explicaciones necesarias, los ministros, secretarios o funcionarios públicos que para ello sean convocados. De todo lo dicho en éste capítulo se desprende que las Cortes, al tiempo de ejercer una función representativa ante el Estado y de participar en la tarea legislativa del Poder soberano, constituyen, también, un eficaz cauce moderador y freno ante posibles abusos y extralimitaciones de la autoridad. El sólo hecho de tener en sus manos la aprobación de los presupuestos y la concesión de tributos, les da una fuerza real y eficaz sobre el Estado. Pero además de esto, ya hemos visto su intervención en el estudio y redacción de las leyes, así como su facultad de hacer "peticiones" y de presentar "recursos de agravio", que la autoridad política está obligada a contestar y satisfacer. Todo ello, unido al derecho de la representación de ejercer una prudente fiscalización y crítica de la administración y de los actos de gobierno, constituye un sabio conjunto de garantías que la sociedad encuentra en las Cortes para limitar los poderes del Estado y armonizarlos con sus intereses. Hasta aquí hemos expuesto, en primer lugar, los principales derechos individuales y, a continuación, los de las sociedades infrasoberanas que son la familia, el municipio y la región. Hemos también dedicado un capítulo a las Cortes, indicando su forma de constituirse y sus atribuciones, y destacando su carácter de institución coordinadora entre la soberanía social y la política. Ahora, al comenzar esta tercera parte, dedicada a exponer las atribuciones de la soberanía política, conviene hacer unas consideraciones generales que, resumiendo las principales ideas expuestas, centren la cuestión de forma que quede definitivamente establecido que es lo social y qué es lo político y cual es la diferencia y relación entre ambos conceptos. Precisemos, pues. Las personas individuales y las sociedades menores cuyos derechos hemos estudiado, integrándose unas en otras, constituyen lo que se ha llamado la sociedad civil, la cual, cuando forma una unidad moral y espiritual, es decir, un pueblo organizado, da lugar lo que también se ha llamado nación. Pero una sociedad, sea cualquiera su índole, para subsistir precisa de la autoridad, y esta, para poder ejercer sus funciones directoras y de gobierno, requiere también la posesión de medios adecuados. Pues bien, unidos los individuos en sociedades -familias, municipios, etc.- y estas integradas en una sociedad superior que se llama nación, y que es la sociedad civil por antonomasia, necesita también del principio de autoridad. La sociedad civil superior, que es la nación, requiere también, como todas las sociedades, una dirección, un gobierno, que sirva sus intereses y le permita la ordenada consecución de sus fines. De esta forma surge el Estado, en quien reside el principio de autoridad civil y a quien compete esta función de gobierno, en la cual consiste lo que se ha llamado soberanía política. Vemos, pues, como lo social se identifica con el concepto de nación, y lo político con el de Estado. Pero vemos, también, que lo social y lo político son dos cosas distintas y que lo primero, lo social, la sociedad, la nación, es anterior y superior al Estado, o sea, a lo político. En efecto, la sociedad surge y se constituye por sí sola de un modo natural con unas características propias y unos derechos inviolables, y una vez constituida la sociedad civil, surge, como su consecuencia y creación, para su dirección y servicio, el Estado.

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Conviene dejar aquí bien aclarado que al ser posterior y derivado, el Estado es para la nación, ya que nace de la necesidad de dirigir y ordenar el conjunto social, pero nunca la nación para el Estado, por lo que éste no tiene derecho a mermar la autarquía de las partes anteriores a él, que lo constituyen y sin las cuales no existiría, por lo que ha de reconocer y respetar los derechos y libertades de los individuos y de las sociedades infrasoberanas, de las cuales se distinguen y a cuyo servicio está. Con lo dicho vemos que el principio de autoridad es connatural a la sociedad. No podemos, por consiguiente, poner su origen en la voluntad de todos o parte de los miembros de dicha sociedad, sino en el hecho mismo de la constitución de la sociedad y de la exigencia natural que esta tiene de ser gobernada. Es decir, que la autoridad, en todos los casos, viene y procede de Dios, que es autor de todos lo seres y de sus tendencias naturales. Otra cosa es que la sociedad haya podido pactar, o parte, en un momento de su existencia, el ejercicio de esa autoridad, eligiendo y designando, por el procedimiento que sea, la persona física que haya de encarnarla y ejercerla. Y que una vez elegida desempeña una función que es de origen divino, no según hemos visto, en cuanto a la designación de su titular, sino en cuanto a la función misma. Solamente este origen divino del poder puede dar su sentido adecuado a la obligación de obedecer que tienen todos sus súbditos, tanto en la sociedad política como en el Estado, como en cualquier otra sociedad de derecho natural, ya que por sí mismo ningún hombre tendría facultad para obligar a otros a obedecerle y acatar su jefatura. Sólo en cuanto representantes de Dios en el puesto que ocupan, y en cuanto ejercen una potestad que es de origen divino, tienen los gobernantes legítimos el derecho a ser obedecidos, bajo pena de pecado, en lo que se refiere al ejercicio del poder que les ha sido conferido. Rechazamos, por consiguiente, tanto la concepción liberal según la cual el poder lo otorga el pueblo, ya que los individuos son soberanos en sí mismos, como la totalitaria que afirma que el Estado tiene en sí mismo su propio fin y es la razón suprema, la voluntad universal a la cual todo tiene que supeditarse. Frente a estos dos errores, el primero de los cuales produce el monopolio de la sociedad, que usurpa las funciones del Estado, y el segundo, que produce el monopolio estatal, irrumpiendo en lo social y anulando a la sociedad, el pensamiento tradicionalista se sitúa en el exacto termino medio: distingue claramente lo social de lo político, los derechos de la sociedad de los del Estado, y armoniza sus relaciones, manteniendo las dos esferas en su exacto límite, pero sin olvidar nunca la anterioridad de los derechos de la Sociedad que el Estado ha de proteger y servir. Ya hemos visto, en capítulos anteriores, cuales son los derechos fundamentales de la sociedad. Vamos a ver en los sucesivos los del Estado, y como se ejercita la función de gobierno, que al Estado compete, para cumplir su fin esencial que no es otro que procurar la felicidad natural de la sociedad y de los miembros que la forman, haciendo que vivan al amparo de la paz y de la justicia y con la abundancia de bienes que reclama la conservación y prosperidad de la vida humana y la libre consecución de los fines propios de las sociedades infrasoberanas y de los individuos que en ellas se integran. Esta felicidad de la sociedad, en la que estriba el bien común, no consiste precisamente en la felicidad de cada uno de los individuos que la componen, directamente procurada por el Estado, sino en facilitar a la sociedad civil en su conjunto, las condiciones de vida necesarias para que cada una de las entidades que la constituyen puedan proporcionársela a sí mismas y conseguir sus fines legítimos. Por ello conviene resaltar que si bien la personalidad jurídica del Estado es distinta de la de los ciudadanos (aunque no pueda existir Estado sin ciudadanos) y está necesariamente compuesto por individuos, éstos tienen otro fin distinto al ser miembros del Estado. Su cualidad de miembros o súbditos del Estado no agota toda su razón de ser, sino que hay algo en ellos que rebata al Estado y anterior y superior a él. En efecto, en el individuo se da no sólo la tendencia al bien común, sino al bien individual y al de las sociedades infrasoberanas en que, natural o voluntariamente se integra, y todo esto supone derechos, funciones y finalidades, que el Estado no puede desconocer, ni menos, conculcar o suprimir. Por ello podemos decir que no todo lo necesario al bien común es de la competencia exclusiva del Estado y que su derecho de intervención en lo social nace, exclusivamente, del hecho de que un bien común necesario no pueda lograrse sin la acción del poder público y solamente puede ejercitarse para suplir en lo preciso para su consecución, de una forma subsidiaria y complementaria, lo que falta a las posibilidades privas o sociales y únicamente en la medida en que éstas resulten insuficientes. Concretando lo dicho en este capítulo tenemos que los fines a que está ordenado el poder político son, fundamentalmente, dos: la tutela del orden jurídico y el fomento de la prosperidad temporal, no pudiendo nunca sustituir con su acción la de los individuos y sociedades infrasoberanas, sino que su misión es ayudar las iniciativas de la sociedad y facilitarla la consecución de sus fines. Dentro de esta misión específica y para su cumplimiento, el Estado que, repetimos, no debe confundirse con la sociedad, ni con la nación (ni siquiera con el gobierno, que es el instrumento por el cual obra y se representa), es una

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sociedad humana, natural y espontánea -en cuanto se funda en una necesidad del hombre- completa y perfecta que ha de contar -como veremos en los próximos capítulos- por propio derecho, con los medios adecuados para el logro de sus fines propios. La administración de la justicia es función que compete, propia y exclusivamente, a la soberanía política. Y como en el sistema tradicional la soberanía política reside íntegra en el Rey, tenemos, como consecuencia que la administración de la justicia es función privativa y característica del Rey. Siempre se ha considerado así, no sólo en la Monarquía española, que es la más templada y respetuosa de todas con los fueros de sus súbditos, sino en la inmensa mayoría de los países civilizados. Hasta tal punto es esto cierto, que en el pensamiento político tradicional, se ha considerado siempre, que la principal función y misión del Rey es, precisamente, la de defender y administrar la justicia. Y esto, porque en su mantenimiento radica la quintaesencia de la función de gobierno, y de la consecución de un estado de justicia se deriva, como por añadidura, la consecución del bien común. En efecto, ya hemos visto en el capítulo anterior, que los a que está ordenado el poder político son fundamentalmente dos: la tutela del orden jurídico y el fomento de la prosperidad temporal. Ahora bien, este último, en un estado que rige una sociedad organizada, en la cual las distintas entidades infrasoberanas que la constituyen son autárquicas y tienen vida propia, con unos derechos y deberes bien definidos, como están bien definidos también los derechos y deberes de los individuos que las integran, puede reducirse en rigor al primero. Porque la prosperidad temporal pueden y deben buscárselas los individuos y sociedades por sí mismas, sin que para ello necesiten nada más que desenvolver lícitamente sus actividades. Y esto requiere, únicamente, una función tuteladora y protectora del Estado, es decir, el crear las suficientes condiciones de justicia y equilibrio para evitar abusos, colisiones de derechos y transgresiones del orden jurídico, haciendo posible así la pacífica convivencia de todos dentro de la superior unidad nacional. Esta extraordinaria importancia que atribuimos a la función judicial nos obliga, como ya hemos dicho, a atribuírsela total y exclusivamente al Rey. Porque es la función más característica del poder y éste corresponde al Rey. Rechazamos, pues, la absurda doctrina liberal de la separación de poderes. El poder por definición no puede ser más que uno, pues si se divide o mutila, ya no es soberano. El error de esta doctrina es hablar de poderes. No hay "tres poderes", pues si los hubiera, ninguno será soberano y ninguno tendrá título suficiente para imponerse a los otros, ya que si uno fuera en teoría superior a los otros, para ser soberano le faltaría lo propio de los otros dos y sería paradójicamente, en este orden de lo característico de los otros "dos poderes" inferior a ellos. Y si fueran iguales, a cada uno de ellos, para ser soberano, le faltaría también lo propio de los otros y, unos con otros entrarían en fácil y continua colisión, creándose, entonces, un difícil problema de equilibrio que haría necesario un poder superior a ellos, que fuera, precisamente el verdadero, es decir el soberano, el superior a todos y el tutelador de todo orden político. Esta teoría es, pues, absurda y contradictoria, aún en el simple terreno de los principios y sin entrar en el análisis de sus consecuencias prácticas, del que prescindimos. No hay, pues, tres Poderes. Hay un sólo poder auténticamente soberano, que corresponde al Rey, con tres "funciones", pero estas tres funciones le corresponden también al Rey como partes inseparables que son de la misma cosa. Porque ya hemos dicho que separar una de ellas del Poder será mutilarlo, privarle de la necesaria condición de soberanía, con lo cual ya no sería, y valga la repetición, el Poder soberano. Y es que el problema lo plantean mal los liberales. La cuestión no está en "el equilibrio de Poderes" que ellos buscaban, pies el Poder, no siendo más que uno, no puede desequilibrarse; ni "equilibrio" de funciones, que siendo parte de la misma cosa y estando en la misma mano, se equilibran mutuamente y marchan naturalmente coordinadas. El problema está en buscar y conseguir, ya lo hemos indicado en capítulos anteriores, el equilibrio no puede conseguirse más que en un Estado de derecho -vuelve a aparecer aquí la importancia de la función judicial-, o sea, en un sistema, como la monarquía Tradicional, en la cual se reconozcan y respeten todos los fueros legítimos y, ambas soberanías, la social y la política, armonicen sus actividades y derechos mediante instituciones intermedias, de carácter coordinador y moderador. La solución está, con total respeto a las atribuciones de ambas, en conseguir y lograr una auténtica representación, tal como hemos indicado en el capítulo referente a las Cortes y quedar completado en el que hemos de dedicar a los Consejos. Y hecha esta necesaria disgresión podemos reintegrarnos al estudio de nuestro tema. Ahora bien, si ha quedado establecido que la función judicial corresponde al Rey, es evidente que el ejercicio de esta función, por parte del Rey, no puede ser, en manera alguna, arbitrario ni caprichoso. Si así fuera se faltaría, precisamente a la justicia. Es necesario, para ello, ya existencia de un derecho anterior que se reconoce y se protege, es decir, de una Ley positiva, fiel reflejo de la natural, en cuyo servicio y mantenimiento se aplica la justicia, cuya misión no es otra que sancionar el orden legal y reparar las violaciones de éste que se cometan. Por consiguiente, el Rey que administra la justicia ha de hacerlo como interprete de un orden superior y sin poder salirse de las normas y cauces legales previamente establecidos para el mantenimiento del orden legal.

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Esto quiere decir que, según opinión general del pensamiento tradicionalista, el Rey está sujeto al cumplimiento personal de la ley. Esta le obliga a él como obliga a sus súbditos, aunque haya sido promulgada por él, pues su promulgación es debida al reconocimiento de unos derechos, anteriores y superiores a su voluntad, que hay que proteger y defender. Y con mayor razón, pero con idéntico fundamento, el Rey ha de respetar el derecho positivo anterior a él, ya que su misión es, precisamente, salvaguardarlo y mantenerlo como expresión que debe ser del derecho natural que obliga a todos. Solamente considerándolo así y partiendo de esta base de absoluto respeto y reconocimiento de un derecho superior, la administración de la Justicia por parte del Rey puede convertirse, y de hecho se convierte, en el fundamento y garantía de todo orden político y social y constituya la salvaguardia de los derechos de los individuos, personas morales y sociedades infrasoberanas. De lo dicho anteriormente se desprende que si la justicia es la aplicación y mantenimiento de la Ley, para que pueda hablarse en verdad de ella tiene que fundarse en algo más que en la voluntad de un individuo -como pretende el totalitarismo- o de una muchedumbre -como sostiene el liberalismo-. Tiene que fundarse, sencillamente, en la Ley de Dios, única norma inmutable y verdadera, válida para establecer un derecho político justo y cuya imposición y cumplimiento pueda llamarse hacer justicia. Siendo la ley objetivamente justa lo que vaya contra ella será injusto, y reparar esta violación,"hacer justicia". Otra consecuencia, muy importante, de lo anterior es que la administración de la Justicia debe ser independiente por completo de la política y ajena totalmente a sus variaciones y coacciones, así como a cualquier otra influencia. No hay una justicia monárquica y otra republicana; ni una justicia de derechas y otra de izquierdas. No hay más que justicia o injusticia, sin que ninguna de las dos admita calificaciones partidistas. Sentados estos principios podemos ir resumiendo las características principales que ha de tener el ejercicio de la función judicial en la Monarquía española: 1. Si bien la función judicial le corresponde ejercerla al Rey, por delegación suya, y en su nombre, la administrar la persona que él determine y elija. Antiguamente, esta persona encargada de administrar justicia, en nombre del Rey, era llamada justicia Mayor del Reino. A nosotros los nombres nos dan igual: nos interesan solo los conceptos y funciones que se designan con ellos. Por nosotros no hay inconveniente en conservar esta denominación tradicional, pero sí nos gusta hoy, puede designarse el cargo con el título de Secretario de Justicia o cualquier otro. Cualquier otro, menos el de Presidente del Tribunal Supremo -contra lo que alguien ha propuesto-, pues esta designación puede dar lugar a confusiones, ya que el cargo reúne en sí, al ser su misión administrar toda la justicia, las funciones que hoy desempeñan el Ministro de Justicia y el Presidente del Tribunal Supremo, de modo que darle ésta última denominación resultaría equívoco e insuficiente. 2. El secretario de Justicia será en su gestión absolutamente independiente de todo organismo oficial y gubernativo, y despachar directamente con el Rey. 3. La justicia estará, como hemos dicho, libre y exenta de toda influencia política, sin que admita señoría ni sombra siquiera, de ninguna de los demás sectores y componentes del Estado, siendo tan sólo cumplidora estricta de la Ley y amparadora del Derecho. 4. Las personas adscritas a su administración estarán ampliamente retribuidas en lo económico, a fin de asegurar su dignificación y facilitar y proteger su independencia. Ninguna persona podrá simultanear cargo activo en la carrera judicial con otro cargo político o directivo, bien sea de organismos estatales o sociales. Y del mismo modo, quien tenga cargo político no podrá tener, al mismo tiempo, bufete abierto, o participar en ningún grado en la actividad judicial. 5. La administración de la justicia, se procurará que sea seleccionada y competente, mediante la intervención reglada de sus jerarquías (magistrados, jueces, secretarios, etc.), en los nombramientos, ascensos, traslados y jubilaciones, así como en las demás inspecciones que se establezcan. 6. Los encargados de administrar la justicia serán responsables de sus actos, con responsabilidad efectiva, sumaría y ejemplar. Para ello, a requerimiento de la parte agraviada podrá n constituirse tribunales especiales para depurar la responsabilidad de los jueces. Estos tribunales no serán de apelación, para modificar sentencias, sino para apurar responsabilidades. Podrá n inhabilitar para la profesión temporal o perpetuamente, disponer indemnizaciones o multas a favor del querellante y decretar jubilaciones y privación de los derechos civiles. Estarán formados por jueces de otras jurisdicciones, de modo que los jueces militares serán juzgados por eclesiásticos o civiles, etc. Estos tribunales podrán entender también querellas para establecer la responsabilidad de peritos, testigos, etc.

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7. La justicia será también rápida en sus procedimientos y económica, para hacerla accesible a todos lo españoles, por modestos que sean. 8. La jurisdicción eclesiástica se mantendrá independiente de esta organización judicial. La militar y la del Trabajo dispondrán de fuero propio en los asuntos de su incumbencia. 9. El justicia Mayor, o Secretario de Justicia, estará asesorado, en el desempeño de su misión por un Consejo judicial constituido por personalidades de la mayor solvencia moral y profesional, pertenecientes a las tres jurisdicciones: eclesiástica, civil y militar. De este Consejo -sobre el cuál volveremos a hablar en el capítulo sobre "los consejos"- formar n parte, también, un representante de cada uno de los Reinos o Regiones, en calidad de especialistas en las modalidades peculiares de la legislación foral, así como otro representante de los Colegios o corporaciones notariales, de procuradores judiciales y de los registradores de la propiedad. Misión de este Consejo será ayudar y asesorar al Secretario de Justicia en el desempeño de su misión velando al mismo tiempo por el prestigio y dignidad de la carrera y por el mantenimiento de la independencia e integridad de la función judicial. 10. En cada región habrá magistraturas Regionales, que serán los órganos supremos de la justicia regional y que estarán en estrecho contacto con el Tribunal Supremo y el Secretario de Justicia. En el capítulo anterior hemos visto cómo el Poder soberano -en el cual reside la soberanía política- es uno, si bien tiene tres funciones propias, que son la legislativa, las judicial y la ejecutiva. Ahora bien, si el poder es uno, lógico es que su ejercicio recaiga, también, en una sola persona, pues sólo así podrá mantener su unidad y responsabilizar debidamente la función de gobierno. En efecto, la complejidad de los asuntos políticos requiere unidad de criterio y unidad de voluntad en su dirección y resolución. Y es que, precisamente por la complejidad aludida de los asuntos políticos, y el volumen que éstos representan, se hace materialmente imposible que el Rey ejerza por sí sólo en todos sus aspectos, las tres funciones en que consiste el Poder. Así, en el capítulo anterior hemos visto cómo, la función judicial, que a él le corresponde, la ejercer por delegación y en nombre suyo y con total independencia de lo político, el Secretario de Justicia. Respecto a la función legislativa, en el Capítulo V ha quedado explicado cómo la ejercer el Rey, previo asesoramiento de los Consejos, con la sociedad organizada y debidamente representada en las Cortes Tradicionales. Pues bien, en lo que se refiere a la función ejecutiva, la ejercer también el Rey, pero con la ayuda de los Secretarios y Ministros -que constituir n el Gobierno- que el volumen de los asuntos públicos hagan necesarios. De esta forma el Gobierno vendrá a ser el medio o instrumento mediante el cual obra el Estado encarnado y representado por el Rey. Pero como ya ha quedado dicho en los capítulos anteriores, el buen Gobierno, en lo político, demanda el reconocimiento de la realidad social y requiere que se ejercite de acuerdo con las costumbres, hábitos, necesidades y gustos del país. Esto justifica la distinción tradicional entre las funciones de gobierno municipal, regional y nacional distinción que también hacen modernamente los Estados Unidos- y que tienen cada uno su esfera de competencia propia. Ya hemos estudiado, en los capítulos respectivos, lo referente al gobierno de los Municipios y las Regiones. En lo que respecta al Gobierno nacional y de acuerdo con los principios expuestos, es evidente que, el mejor gobierno para un pueblo es aquel al cual está acostumbrado desde siglos, es decir, aquel que está identificado con sus características y necesidades, ya que en este caso tal gobierno puede decirse que responde a ellas, y no es obra de charlatanes ni de improvisadores arbitrarios -y no hay mayor peligro para un país que el que suponen los advenedizos e improvisadores en la política-, sino de Dios y de los hombres en el transcurso de la historia. En consecuencia tenemos que, el buen gobernante no podrá hacer jamás lo que quiera, sino lo que deba en cada circunstancia y vendrá obligado siempre a identificar su actuación con el estilo nacional del pueblo que dirige. Y por eso, contrariamente a lo establecido por el liberalismo, que degrada lo dogmático poniéndolo a la altura de lo opinable, y que erige en cambio, en axioma, cualquier vulgar declaración ministerial, el buen gobierno requiere tanta intransigencia en lo fundamental, es decir, en lo que constituye el verdadero ser histórico de la nación, como amplitud en lo circunstancial y oportunista. Y el ejercicio de esta función de buen gobierno, igual que la actividad anímica del hombre, se compone de dos actos: uno, de inteligencia, o sea, de ciencia política, de pensamiento y prudencia (el estudio y elaboración de la ley); y el otro acto de voluntad, es decir, de imperio y soberanía o mando, que es la promulgación de la ley. Por ello vemos que el Rey, en quien reside esta voluntad soberana y con ella la facultad de promulgar la ley, tiene que asesorarse y ayudarse, en su labor de buen gobernante, por las personas e instituciones precisas para ejercer con acierto y equidad las funciones propias del Poder. Y esto nos lleva ya, en lo que respecta a la función ejecutiva, a la cuestión de la constitución del gobierno propiamente dicho, como órgano auxiliar del Rey en su desempeño.

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Y lo primero que hemos de decir es que, todos los miembros del Gobierno, como auxiliares que son del Rey, serán nombrados libremente por él. Pero el ejercicio de la función ejecutiva abarca muchas y muy distintas cuestiones. Entre las cuales podemos hacer dos grandes grupos; a) El de aquellas que son eminentemente políticas y se refieren a la dirección política general que ha de llevar la gobernación del país, que deben resolverse de acuerdo con altos ideales y sin la presión de preocupaciones técnicas o puramente circunstanciales; y b) El de aquellas otras de carácter esencialmente administrativo, que deben resolverse con un criterio técnico, por personas especializadas en la materia y sin interferencias político partidistas. De donde se deduce que el Gobierno deberá estar constituido por dos Gabinetes, distintos e independientes, aunque según veremos, relacionados entre sí. El Gabinete político, que entender de las cuestiones políticas, y el administrativo, que se ocupará de las administrativas. Los dos Gabinetes normalmente trabajarán y se reunirán separadamente, pero cuando las circunstancias lo requieran podrán reunirse juntos en plenos presididos por el Rey. El Gabinete administrativo estará presidido por uno de los miembros del político, que habitualmente será el Secretario General, con el fin de establecer la necesaria relación y coordinación entre ambos y de garantizar la observancia, por su parte, de las directrices políticas que dé el Gabinete político. Sus miembros recibir n el nombre de Ministros, esto de administradores y comprender los siguientes ministerios: de Hacienda, de Obras Públicas, de Educación Nacional o Instrucción Publica, de Agricultura, de Industria, de Comercio, de Previsión Social, de Ejercito, de Marina y de Aire. El Gabinete político, presidido por el Rey, estará integrado por los siguientes Secretarios -pues como en él no se trata de desempeñar funciones administrativas no le conviene la denominación de Ministerios y Ministros- un Secretario General, un Secretario de Estado, para los asuntos exteriores, un Secretario de Defensa Nacional, otro de Economía y Finanzas y un último de Ordenación Social. Tanto los secretarios de despacho como los Ministros que, según ha quedado dicho serán nombrados por el Rey, podrán también ser libremente destituidos por él sin expediente ni trámite de ninguna clase. Únicamente, dentro de su independencia y libertad para elegirlos, es lógico y natural que el Rey lo haga entre las personas más capacitadas e idóneas, por su preparación, y por sus cualidades morales. Lo normal, pues, será que aquellos altos puestos en el Gobierno sean desempeñados por personas -de cualquier procedencia social- que en cargos anteriores, de menor categoría, hayan demostrado su capacidad e ido adquiriendo la necesaria experiencia y visión precisa de los problemas para resolverlos con acierto. Respecto a la libertad del Rey para hacer cesar en sus cargos, cuando lo estime conveniente, a Secretarios y Ministros, nadie podrá negársela si tiene en cuenta que, tanto unos como otros, no son más que meros y personales auxiliares del Rey en el ejercicio de sus funciones y, por tanto, a él le compete determinar si ha de seguir o no utilizando sus servicios. Ahora bien, la subordinación de Secretarios y Ministros al Rey que, dada la índole de estos cargos ha de ser total y permanente, no quiere decir, de ninguna manera, que están obligados a actuar contra la conciencia en lo que crean perjudicial o equivocado. En un caso de estos podrá n elevar al Rey un escrito pidiendo la separación del cargo, en el cual razonar n respetuosamente los motivos que tengan para presentar su irrevocable dimisión. Como se ha hecho constar en el capítulo correspondiente, los Ministros y Secretarios no forman parte de las Cortes, pero comparecerán ante ellas para justificar sus actos, dar cuenta de ellos, informar y explicar los proyectos de Ley que presenten y defender los intereses del Estado. Cualquier persona jurídica -bien individual o colectiva- que haya sido agraviada podrá siempre apelar ante las Corte o el Rey -si es que dada la índole del agravio no procediese utilizar la vía judicial normal- contra los acuerdos injustos de los Ministros, los cuales serán plenamente responsables de los actos que realicen, teniendo en este caso el Rey el deber de castigar sus excesos, corregir sus errores y evitar que se produzcan nuevos males en su gestión. Cada Ministro o Secretario de Despacho tendrá en su Departamento un Consejo de carácter consultivo y permanente, que le ayude en su tarea, constituido de la forma y con las atribuciones que se indicarán en el capítulo próximo. Las funciones fundamentales de estos Secretarios y Ministros serán las siguientes: a) Dirigir la administración de su Departamento y presidir el Consejo del mismo. b) Proponer al Consejo de su Departamento las normas o Decretos que impliquen modificaciones en su legislación. c) Preparar, de acuerdo con el Consejo, las peticiones de los créditos necesarios al Departamento, que se dirigirán a las Cortes. d) Actual como gerente o ejecutor de las órdenes del Rey y de los acuerdos que el Consejo respectivo adopte dentro de sus facultades.

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e) Elevar al Rey todas las iniciativas que, para la mejor marcha de los intereses a él encomendados, deban traducirse en leyes. Diremos por último, que en su actuación de Ministros y Secretarios prescindir n de toda política personal y partidista y se guiarán únicamente por el imperativo del bien común, procurando ser justos en todo y amparar todos los derechos legítimos. Todos los hombres, en el ejercicio de sus actividades normales, necesitan constantemente pedir consejo a fin de decidir con acierto y conocimiento de causa lo que han de hacer. Tan es así que, al servicio de esta necesidad humana, han surgido asesorías y organismos especializados, dedicados a orientar y aconsejar a las personas que tienen que resolver un problema. Esto, que se da ya frecuentemente en el orden individual, donde sin embargo todavía es más habitual aconsejarse particularmente, pidiendo el consejo o la orientación a los familiares o amigos entendidos y experimentados en la materia de que se trate, es cosa normal e imprescindible en entidades y sociedades, cualquiera que sea su índole y su envergadura, que tienen todas sus asesorías y, las de cierta importancia, además de éstas y sus oficinas de gerencia y dirección, otros organismos que reciben precisamente el nombre de Consejos de Administración. Es decir, que cuanto más importante y compleja es una entidad, más necesita contar con asesoramientos técnicos y consejeros especializados. Pues bien, si esto ocurre en el orden individual y social, se comprenderá fácilmente que en una materia tan delicada como es la dirección política de un país, se haga absolutamente indispensable que quien tiene la responsabilidad del Poder se asesore y aconseje debidamente en el ejercicio de sus funciones. Y esto, porque el desempeño de la función de gobierno requiere necesariamente un profundo conocimiento de los problemas a resolver, al tiempo que una gran prudencia y oportunidad en la elección de los medios adecuados para ello y su aplicación. Y es totalmente imposible que un solo individuo, por capaz que sea y por preparado que esté, domine todos los problemas en el grado suficiente para poder decidir sobre ellos por sí solo y hacerlo en la forma y en el momento oportuno. Esta misión auxiliar y supletoria de la insuficiencia individual, es la que, en el orden político, como en el social y personal, toca cumplir a los organismos que vamos a estudiar en este capítulo y que tradicionalmente han sido llamados los Consejos. Pero la razón de su existencia no es sólo ésta: ya hemos visto cómo para ejercer bien la función de gobierno es necesario conocer, y conocer exactamente, las necesidades de los gobernados, al mismo tiempo que se hace preciso arbitrar medios para moderar el ejercicio del poder si se extravía y extralimita y proteger, en este caso, los derechos y las libertades de los individuos y de las sociedades, de posibles atropellos y arbitrariedades de la autoridad política. Pues bien, ya hemos visto antes cómo las Cortes son una de las instituciones de la Monarquía Tradicional por medio de la cual se verifica el enlace entre la Sociedad y el Estado y éste conoce las necesidades de aquélla, al tiempo que sirven de freno para evitar los abusos e injerencias estatales en los derechos de la Sociedad. Ahora, en este capítulo, veremos cómo los consejos son otra de estas instituciones intermedias entre lo social y lo político y moderadoras del poder del Estado. Es decir, que en la concepción tradicional los Consejos constituyen una institución integrada por organismos que, en los distintos aspectos del ejercicio del Poder, tienen una misión asesora, representativa y moderadora de su ejercicio. Son, junto a las Cortes, la mayor garantía de acierto en el desempeño de la función política y constituyen una eficaz defensa de los intereses y libertades de los gobernados. Ahora bien, al instaurar de nuevo los Consejos en toda su amplitud, hay que dotarlos también de las cualidades típicas que los caracterizaron antiguamente y que son las que hacen perfecta toda institución política o social, a saber: la lealtad, la competencia, la continuidad, la independencia y la responsabilidad. A) La Lealtad: es condición indispensable en quien ejerce cargo de consejero, y consiste en obrar siempre de acuerdo con la propia conciencia, diciendo en todo momento, al emitir dictamen, con entereza y claridad, al tiempo que con respeto y prudencia, la verdad de lo que se piensa, aunque se sepa que no va a agradar a la persona a quien se dice. Para conseguir que los Consejeros participen de esta virtud, se procurará evitar que formen parte de ellos personas conocidas habitualmente como aduladoras o como faltas de carácter y personalidad para mantener y exponer sus puntos de vista. B) La competencia, es cualidad que se conseguirá en los Consejos llevando a ellos, por su propio derecho y mérito, a los hombres más capaces y preparados en su propia disciplina. Poseyendo esta virtud, los Consejos y Consejeros gozarán de la autoridad necesaria para el buen desempeño de su misión. C) La continuidad: ha de ser hija de la permanencia de los Consejeros en sus cargos, que deberá ser larga para acumular en su labor los beneficios de la experiencia y a fin de asegurarla mejor y evitar roturas en ella, siempre que sea posible, se procurará no renovar de un golpe y al mismo tiempo los Consejos completos, sino irlo haciendo

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gradualmente, conforme se vayan produciendo naturalmente vacantes, y en caso de que se hagan precisas sustituciones colectivas, se espaciarán unas de otras largos intervalos y se harán sin que cada una de ellas exceda -salvo causa muy justificada- de un tercio sobre el número total de Consejeros. D) La independencia se conseguirá exigiendo a los componentes de los Consejos que cumplan su labor sin el menor partidismo y con absoluta dejación de toda opinión política, así como protegiéndoles en el ejercicio de su cargo contra toda coacción y remunerándoles generosamente para evitarles preocupaciones materiales y ajenas a su función y garantizar la dedicación a ella de todas sus actividades y facultades. E) La responsabilidad de los Consejos se obtendrá sancionando severamente su negligencia e inactividad y obligándolos, por medios eficaces y justos, al más celoso y exacto cumplimiento de sus deberes. Vamos a ver ahora, brevemente, los principales Consejos que postula el pensamiento tradicionalista y su constitución y atribuciones. Pero antes de comenzar nuestra enumeración, y como principio general, diremos que se deberán formar Consejos en torno a todo organismo o institución que ejerza un poder político y cumpla una función estatal. 1. Los Consejos Regionales: ya vimos, en el capítulo IV, cómo los Gobernadores Generales de cada Reino o Región estarán asesorados y limitados en sus funciones por un Consejo Regional, cuya forma de constitución quedó indicada en el citado capítulo. Estos Consejos Regionales tienen gran importancia en el pensamiento tradicional, pues en la Región existe ya vida política y en ella se plantea, en un primer escalón, el problema de las relaciones del Estado, o poder político, con la Sociedad o soberanía social. Y así vemos que, en ella, estos Consejos Regionales, representantes de las instituciones y cuerpos sociales de la Región, al tener por misión auxiliar en sus funciones al Gobernador General, representante del Rey, cumplen la misión de organismo intermedio y coordinador entre la soberanía política y la social. Ellos hacen posible el buen Gobierno Regional al representar ante el Gobernador los auténticos intereses regionales, y al efectuarse este gobierno con su ayuda e intervención, son una garantía de que la gestión política será acertada concorde con esos intereses y respetuosa con los fueros regionales. Y en último caso, su Consejo y acción ante el Gobernador, servir n de freno moderador contra posibles abusos y extralimitaciones de poder por su parte. 2. El Consejo judicial: En el capítulo dedicado al estudio de la función judicial, destacamos la gran importancia que ésta tiene en la concepción de la Monarquía Tradicional e indicamos la conveniencia de constituir un Consejo Judicial que, integrado por representantes de las tres jurisdicciones -eclesiástica, civil y militar-, así como por letrados representantes de las Regiones y de los Colegios de Abogados, notarios, procuradores y registradores, ayude y asesore al Secretario de Justicia en el desempeño de su misión. Cada una de las jurisdicciones y entidades citadas elegir libremente sus representantes en el Consejo Judicial, elevando sus propuestas al Rey, que confirmar a los elegidos en el cargo, de no haber para ello incompatibilidad legal o personal. Sus miembros, como el Secretario de Justicia y toda la organización judicial, gozar n de total independencia en su gestión de los organismos políticos, así como de toda fuerza o entidad social que pudiera influir o mediatizar el desenvolvimiento de la función judicial, velando con riguroso celo por la integridad y eficacia de la Justicia del Reino. 3. El Consejo eclesiástico: Sus componentes serán nombrados directamente, en la proporción que estime conveniente, y sin coacciones ni injerencias estatales o sociales, por Su Santidad el Papa o la Jerarquía eclesiástica en quien delegue, entre el clero regular y secular de nacionalidad española. Su misión será la siguiente: a) Asesorar al Rey en todo cuanto está relacionado con la Religión y la Moral en el ejercicio del Poder político. b) Revisar los textos autorizados para la enseñanza en cuanto dichas obras tengan alguna relación con la religión y la moral. c) Proponer e informar en los nombramientos de prelados y demás dignidades eclesiásticas. 4. Los Consejos ministeriales: Funcionará uno en cada Secretaría de despacho y Ministerio. Su presidente natural será Secretario de despacho o Ministro del ramo. El número de Consejeros se establecerá según la índole de cada Departamento, pero no podrá ser inferior a diez ni superior a veinte. La mitad de los Consejeros serán nombrados por el Rey a propuesta del titular del Departamento, de entre los funcionarios de la Secretaría o Ministerio más antiguos y capaces. La otra mitad estará integrada por los representantes propuestos por las Corporaciones relacionadas con el ramo a que pertenece el Consejo y nombrados por el Rey. El hecho de estar integrados estos Consejos, mitad por mitad, por funcionarios estatales, nombrados por el poder político, y por representantes de las Corporaciones, por ellas elegidos, permite conciliar en su seno los criterios políticos y sociales sobre las cuestiones de su competencia, a la par que se hace posible reflejar en sus estudios la experiencia política de su Departamento con la igualmente valiosa e interesante de las Corporaciones sociales. Los

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Consejos se convierten así, como hemos dicho, en un valioso instrumento de coordinación de las dos soberanías, al tiempo que se garantiza con ellos, en el máximo grado posible, el acierto de las resoluciones que se tomen inspiradas en sus propuestas y dictámenes, ya que en ellas se habrán tenido en cuenta todos los intereses y todas las conveniencias. Sus funciones y facultades serán: A) Asesorar al Ministro o Secretario de despacho respectivo, en el desempeño de su cargo, con intervención obligatoria en todos los asuntos que no sean de puro trámite. B) Preparar e informar la labor legislativa del Departamento, redactando las Leyes y Decretos de carácter sustantivo, e intervenir de un modo muy especial en la confección de los presupuestos de éste y en todas las leyes de carácter fiscal y que entrañen percepción de tributos, que hayan de someterse a las Cortes para su aprobación. C) Oponer su voto, ante el Consejo del Reino, a las resoluciones ministeriales que sean contrarias al bien del país o se dicten con abuso o extralimitación de poder. Vemos aquí cómo los Consejos, con esta facultad de recurrir con su veto ante el Consejo Real, se convierten en un eficaz freno ante los posibles abusos de la autoridad política. La actuación de estos Consejos Ministeriales será permanente, con severas sanciones en caso de inactividad o negligencia en el cumplimiento de sus obligaciones a fin de evitar que se conviertan en organismos entorpecedores o retardatarios. 5. El Consejo Real: Es el órgano asesor permanente de la corona en la suprema dirección política y gobierno de las Nación. Colaborar con el Rey en la función legislativa, estudiando las peticiones de las Cortes, informando proyectos ministeriales de Ley y resolviendo las consultas que el Rey le formule, a la vez que atender y transmitir al Rey las quejas y reclamaciones que, por el abuso de los órganos políticos, puedan producirse. Será inexcusable su reunión y asesoramiento en todos los asuntos extraordinarios y de declarado interés nacional, como en los problemas que pudieran suscitarse en la sucesión legal a la Corona, en la disolución de las Cortes y en las cuestiones internacionales. El Consejo Real estará integrado por aquellas personas que hayan dado muestras de excepcionales condiciones personales y destacado, anteriormente, en el ejercicio de sus actividades y en el desempeño de cargos públicos, escogidas y nombradas por el Rey de entre los representantes de los diversos cuerpos e instituciones sociales, tales como la Iglesia, la Aristocracia, la Milicia, la Cultura, la Justicia, la Economía y el Trabajo. El Rey presidir normalmente sus sesiones, a las cuales deberá asistir también, desde que alcance los 18 años, el Príncipe de Asturias a fin de irle familiarizando con los problemas políticos y con la serena deliberación del más alto Consejo del Reino, cuyas reuniones le corresponder presidir en ausencia del titular de la Corona. En los capítulos anteriores ha quedado analizada la constitución de la Sociedad y visto cómo, previo reconocimiento de los derechos individuales (que son algo así como los cimientos firmes e inconmovibles en los que ha de asentarse el edificio social-político), esta sociedad se va configurando orgánicamente, en una serie de instituciones naturales como son la familia, el Municipio, la Corporación y la Región, que tienen todas sus características y derechos peculiares. Hemos visto también cómo esta Sociedad organizada necesita de un órgano de gobierno en el que resida, y por el que se ejerza, la autoridad de toda colectividad precisa para su protección y su desenvolvimiento. Y, en consecuencia, hemos estudiado después las distintas instituciones políticas a través de las cuales se ejercen las funciones del poder y que son, fundamentalmente, la institución judicial, el Gobierno y los Consejos, sin olvidar a las Cortes, que participando en la función legislativa, y por tanto en la tarea política, son una institución intermedia entre lo social y lo político, o sea, el órgano mediante el cual la Sociedad se hace presente al Estado. Es decir, que asentado en los citados cimientos de los derechos individuales, hemos ido levantando en edificio institucional en el que todos los materiales -instituciones- han ido quedando armónicamente ensamblados. Cada uno en su sitio y todos juntos formando un airoso cuerpo estructural en el que, sin embargo, cada parte conserva su personalidad propia. Este es el edificio de la Monarquía Tradicional española. E interesa mucho aquí subrayar su carácter institucional. Todas sus partes son instituciones con características propias, que se unen al conjunto de forma que de ninguna de ellas se puede prescindir sin que el edificio se desmorone, es decir, sin que deje de existir, tal como debe ser, la Monarquía Tradicional. Y todavía, antes de seguir adelante, tenemos aquí que destacar una cosa más, y es esa constante repetición que hemos venido haciendo -estribillo que quizá haya llegado a cansar a algún lector- de defensa y protección de derechos individuales y sociales, de garantías contra posibles abusos del Poder o excesos de la Sociedad, de respeto, en una palabra, a la auténtica y verdadera libertad. Y es que ésta es la médula del pensamiento político tradicional, aunque muchos no hayan sabido verlo e incluso lo hayan negado; el amor, el respeto y la defensa de todas las libertades y de todos los derechos, y su justa armonización, dentro de la superior unidad nacional, para la consecución del bien común. Porque la realidad es, y los hechos y las doctrinas lo demuestran, que el único, constante y verdadero defensor de la libertad en España ha sido, en toda su existencia, el Tradicionalismo -léase Carlismo para mayor claridad- español.

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Y dicho esto, continuaremos con nuestro tema. Sobre el conjunto de instituciones estudiadas, que han ido formando el edificio de la Monarquía española, falta ahora exponer la institución clave, la que remata el conjunto de todas estas instituciones sociales y políticas y forma, con ellas, un todo armonioso, de perfección insuperable. Esta institución es la Corona. Para ello no vamos ahora a hacer un análisis de las distintas formas de gobierno. Diremos tan sólo que las históricamente conocidas pueden reducirse a dos, que las engloba a todas, si bien en cada una de ellas pueden caber, también, variantes y matices. Estas dos son la Monarquía y la República. Pero tampoco vamos a demostrar de un modo especial nada en contra de ésta ni a favor de aquélla. Ni menos vamos a afirmar de un modo absoluto que la Monarquía y dentro de ella tal Monarquía, sea el mejor de los regímenes para todos los países. Porque esto depende, fundamentalmente, de las características de éstos y a unos les ir bien con la Monarquía y otros prosperar n con la República. Pero si diremos que, de un modo relativo a cada país, puede afirmarse que, el mejor régimen para él, es el que el país haya consagrado históricamente y el que mejor se ajuste a sus tradiciones y a su modo de ser. Por eso, sin entrar en los regímenes que puedan tener otros países, decimos que para España el mejor, el único régimen adecuado y definitivo, es la Monarquía, pero no cualquiera, sino precisamente la tradicional española, la que nos llevó a crear el mayor imperio del orbe e hizo nuestra historia, al tiempo que surgió de ella. Pero antes de entrar en el estudio de la última de las instituciones que la integran y en el resumen de sus características, diremos unas palabras sobre dos tipos de Monarquía que se han dado en España durante nuestra decadencia, cuando por las influencias exteriores degeneró la Tradicional. Son éstas, la Monarquía absoluta y la Monarquía Constitucional. A) La Monarquía absoluta: En ella la autoridad del Rey no tiene límites en todo lo civil y humano -e incluso, en algunos casos dados históricamente, en lo divino-. Su criterio es la ley y no necesita atenerse a ninguna otra, a las que no respeta. De esta forma, el Estado es el Rey y el Rey es el Estado y, bajo éste, la Sociedad no cuenta. Lo que place al Rey es la ley. Esta Monarquía absoluta, totalmente rechazable y contraria a nuestras tradiciones, aunque mitigada, por el peso y la fuerza de éstas, vino a España con el despotismo ilustrado, importada de Francia, y tuvo su periodo de vigencia en el siglo XVIII, sobre todo en su segunda mitad. B) La Monarquía Constitucional: Es la de tipo parlamentario y liberal, que hemos padecido en España desde el siglo XIX. Se funda en el absurdo ideológico de la coexistencia de tres soberanías (las Cortes soberanas, el pueblo soberano, y el monarca soberano), y en la existencia real de otra soberanía oligárquica y aun demagógica, absolutista, que ejercitan el Consejo de Ministros, la camarilla de los jefes de partido, y el mismo Presidente del Consejo de Ministros. Este, singularmente, dentro del sistema se encuentra con unas facultades en su mano que naturalmente deriva hacia el despotismo, ya que, como decía ingeniosamente Mella, si con los poderes que se le dan no tira a déspota, es porque tira a tonto. Tomando como base la Monarquía Constitucional tipo 1876, podemos decir que igual puede degenerar en una Monarquía absoluta que en una república vergonzante. Todo depende de los artículos de su Constitución que, en cada momento determinado, se llevan a la práctica. Así, si nos atenemos a la facultad que se le concede al Rey de nombrar libremente sus ministros, y si tenemos en cuenta que los ministerios constitucionales se han conferido a sí mismos la facultad de forjarse mayorías parlamentarias a su comodidad, mediante el comodín del sufragio universal, tenemos que fácilmente puedan caer en el despotismo y transformarse en una Monarquía absoluta, en la cual las minorías aherrojadas nada tienen que hacer en cuanto no consigan convertirse en mayorías que, a su vez, esclavicen a los otros grupos y partidos. Ahora bien, si por el contrario nos atenemos al precepto constitucional de que "el Rey reina, pero no gobierna", y de que su firma no tiene validez si no lleva el refrendo ministerial, entonces resulta que, en realidad, son los ministros salientes los que encumbran a los entrantes y que, el Rey que firma, lo hace en su desprecio y desprestigio, pues su firma nada vale sin refrendar. Es lo mismo que la firma de un menor o de un imbécil, que no tiene validez si ni va acompañada de la de su tutor. Y con esto, la Monarquía constitucional se convierte de hecho, como hemos dicho antes, en una república vergonzante, en la que los políticos, pequeños soberanos sin corona, disculpan y esconden sus errores tras el prestigio de la realeza, convirtiendo al Rey constitucional en una mera y triste figura decorativa, cuya única misión es servir de pantalla a las maniobras de los profesionales de la política... hasta que, en una de ellas, prescinden de él y el régimen se encuentra transformado en lo que realmente es, en una República. Y dicho esto, vamos ahora a estudiar las características de la Monarquía Tradicional y lo que en ella es y representa le Rey, en quien se encarna la institución clave que es la Corona. La Monarquía Tradicional Española se define y caracteriza por las siguientes notas: es católica, responsable, foral, limitada o templada, representativa, orgánica, hereditaria y social.

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1. Católica: porque su primer dogma y principio son la Religión y la Unidad Católica y en ellas se inspira toda su actuación, lo que constituye, por otra parte, su mayor garantía de que el poder, al ajustarse a una ley moral y superior, ha de estar limitado en su ejercicio y sometido a la sanción superior de quien, como Juez Supremo, tiene potestad sobre todos los hombres y todas las cosas. 2. Responsable: Porque existe la responsabilidad de sus actos en el Soberano que encarna el Poder Supremo. El Rey es responsable. Lo que no existe, ni puede existir, es una persona o entidad que tenga facultad para enjuiciarle y realizar esa responsabilidad, porque si alguien tuviera ese poder, tendría un poder superior al supremo, lo cual es absurdo. El Rey es responsable ante la Nación, ante la Historia y ante Dios, pero no hay ni puede haber código ni Tribunal Supremo que lo juzgue, ya que entonces el soberano sería éste, en este caso, se plantearía el mismo problema. 3. Foral: Porque ya hemos visto que en ella se reconocen, con los derechos de la persona humana, la personalidad autárquica de las Regiones, dentro de la unidad nacional y de los Municipios, dentro de la diversidad regional, con plena aceptación de todas sus modalidades y fueros propios, y sin merma de los auténticos derechos del Estado ni lesión para la unidad de la Patria. 4. Templada: Porque en ella, si bien el Rey reina y gobierna, no lo hace arbitraria y despóticamente, sino asistido y moderado por lo Consejos y las Cortes, instituciones con las cuales tiene que contar siempre para todas las cuestiones de interés nacional, así como para elaborar, modificar o derogar leyes fundamentales del Reino. Estas leyes, al mismo tiempo, limitan también su autoridad real y constituyen un freno contra sus posibles abusos, ya que el Rey ha de jurar respetarlas, sin que pueda obrar contra ellas, que están a su vez respaldadas en su vigencia por los Tribunales de Justicia. Otro cauce moderador de las facultades reales existe en los fueros y autarquías que el Rey ha de respetar y reconocer en todo momento. 5. Representativa: Porque ya hemos visto cómo en ella todos los intereses individuales y sociales se encuentran debidamente representados ante el poder político, por medio de las Cortes, con lo cual se tiene la garantía efectiva de que éste conocer las auténticas necesidades de sus gobernados y, conjuntamente con ellos, que aportan en las Cortes su experiencia e iniciativas, podrá atenderlos en justicia y salvaguardarse en todo momento el bien común. 6. Orgánica: Porque la Monarquía española no está integrada con un conglomerado amorfo de individuos, sumidos accidentalmente en una masa irresponsable, sino constituida por un plantel de súbditos libres insertos naturalmente en un conjunto de sociedades, sujetas todos ellos de derechos y deberes, y las cuáles, jerárquicamente ordenadas, forman parte vivas del organismo político social. Esta ordenación jerárquica de la Sociedad, en entidades naturales, hace más fácil la tarea de gobierno y posibilita la coordinación de los distintos intereses y es respeto de todos los fueros. 7. Hereditaria: Porque la experiencia ha probado la superioridad de la Monarquía hereditaria sobre la electiva, ya que la sucesión automática, regulada por la ley, libra al país de la inseguridad y de los peligros que representarían una elección y un periodo de interregno. Después, porque la Monarquía hereditaria permite la formación y educación anticipada, en su difícil cometido, del sucesor, para el puesto soberano que ha de desempeñar y porque en ella los intereses de la dinastía se vinculan con los del país, y por su posición los Reyes se encuentran al abrigo de toda lucha y de todo egoísmo, ya que, ni pueden aspirar a más, ni a nadie deben el Trono, lo que les permite la justa y sosegada labor de gobierno. Así puede decirse que el interés del Rey no es otro que el nacional y, humanamente hablando, su mayor ambición ha de ser lograr el bien de su Reino y merecer un juicio favorable de la Historia. Respecto a una objeción que corrientemente suele hacerse a la Monarquía hereditaria, diremos que no debe temerse el peligro de la venida al Trono de un incapaz, ya que la legislación de la Monarquía española prevé el caso y, en estas circunstancias, la ley, conjuntamente por el Rey y las Cortes que juran al heredero, proclamaría al segundo de los hijos del Rey, o a quien correspondiera el derecho, si el primogénito fuera manifiestamente incapaz, según dictamen emitido por el Consejo Real. 8. Social: Porque en ella no sólo se respetan y amparan todos los derechos individuales y sociales, sino porque su fin es, primordialmente, el protegerlos y armonizarlos para conseguir el mayor bien común posible. Por otra parte, en su constitución íntima la Monarquía española no es una Monarquía de grupo ni de clases, sino auténticamente nacional, abierta a todas las clases y a todas las categorías sociales. Así, en ella, los cargos se darán a los mejores y más capacitados, lo que en su etimológico implica una concepción aristocrática del poder, pero el hecho de que para ello no se tenga en cuenta su origen ni su categoría social, la convierte en una Monarquía eminentemente popular, ya que así todos, incluso los más humildes, podrán llegar a verse situados en los más altos puestos. Todas estas características enumeradas de la Monarquía española, referidas directa e inmediatamente a la Corona, es decir, al titular que la desempeña, pueden reunirse en dos: en la legitimidad de origen y el la legitimidad de

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ejercicio. En efecto, es condición indispensable para que el Rey pueda ostentar la Corona que sea legítimo de origen, es decir, que de acuerdo con la Ley sucesoria. el Trono recaiga precisa y personalmente en él, y segundo, que posea legitimidad de ejercicio, es decir, que reine de conformidad con los principios y la constitución política natural de la nación española, de acuerdo con la vieja máxima que dice: Rex eris si recte facias: si non facias, non eris. He aquí, en las líneas que anteceden, una visión panorámica de las notas esenciales de la Monarquía española, representada por el Rey católico y tradicional que recibe el poder, mediante, de Dios, para bien de su pueblo y que, auxiliado por el maravilloso conjunto de las instituciones tradicionales, reina y gobierna sobre él de un modo efectivo y paternal. De esta forma, la gloriosa institución de la Corona cierra y remata, dignamente, de un modo cristiano y natural, el edificio constituido por las instituciones sociales y políticas, en el cual queda asegurado el equilibrio de todos los derechos, el respeto de todas las libertades y la prosperidad pacífica de la Patria España. Hemos visto, en el capítulo correspondiente, cómo el Estado es una sociedad completa y perfecta, en sí misma, en cuanto posee todos los medios adecuados para llevar a cabo sus fines, y una personalidad jurídica independiente. Ahora bien, la Iglesia, por su parte, es también una sociedad completa y perfecta, de acuerdo con el derecho público cristiano, que tiene a sus asociados, sus autoridades y sus medios y fines propios, con la característica, además, de que es Universal. Vemos aquí la primera diferencia, la Iglesia es una sociedad completa en sí misma, de carácter universal, mientras el Estado lo es tan sólo en forma circunscrita a una nación o conjunto de naciones federadas. La segunda diferencia es aún más fundamental: el fin propio de la Iglesia es espiritual, más aún, sobrenatural y eterno, mientras el fin del Estado es tan sólo temporal. Surge de aquí una consecuencia básica: lo temporal ha de subordinarse a lo espiritual, y cómo los individuos y las sociedades sobre los que actúan tanto el Estado como la Iglesia, tienen fines de las dos clases, no deberá haber colisión de derechos, ni interferencia de actividades, sino que cada sociedad perfecta tendrá plena soberanía y jurisdicción en las materias de su competencia, pero con la subordinación debida del fin temporal al espiritual. El liberalismo proclama la tesis, condenada en el Syllabus, de la separación de la Iglesia y del Estado. Al no reconocer el Estado liberal ninguna norma superior a la pura razón individual que se expresa en el sufragio inorgánico universal en forma soberana, relega a la Iglesia a la condición de mera sociedad privada y hace de la Religión un asunto particular de cada individuo. Como consecuencia, el Estado liberal no se inspira en el Derecho Publico Cristiano, ni reconoce el carácter de sociedad perfecta que la Iglesia tiene, por lo que no admite la supeditación de los fines temporales del Estado a los espirituales de la Iglesia. Así, al principio se separa de ella y la abandona negándole sus derechos fundamentales y en especial el de su superior magisterio, y luego, por un proceso paulatino y lógico, termina privándola de sus derechos menores y persiguiéndola más o menos abiertamente. Para el totalitarismo la única razón que existe es la del Estado y el único derecho que se reconoce, el que éste se inventa e impone. Todo queda, pues, sometido a la "razón" de esta violencia estatal, y privado de sus derechos y libertades propias. Por eso el totalitarismo es, por principio y esencia, un sistema antirreligioso y anticristiano. Al igual que extiende su dominio al resto de las sociedades pretende también dominar y someter a la Iglesia. En el sistema totalitario la Iglesia queda sometida al Estado y sólo disfruta de la libertad que éste le reconoce y que su misión le procura: por ello el Estado reacciona contra la Iglesia al defender ésta sus derechos y sostener su no sometimiento, y de ahí que los regímenes totalitarios se caractericen por su sectarismo antirreligioso y su saña persecutoria contra la Iglesia Católica. Frente a estas posiciones liberales y totalitarias, afirmamos su primer y fundamental principio: el Estado ha de ser confesional y su confesionalidad católica ha de figurar al principio de su legislación e inspirarla toda ella. Esta confesionalidad católica del Estado no es más que la declaración y el reconocimiento de una verdad y moral superiores, en cuya esfera ha de desenvolver éste sus actividades, leyes y actos de gobierno, pues si no se admite hoy la indiferencia del Estado ante sus doctrinas políticas, mucho menos puede aceptarse frente a las cuestiones religiosas. La Unidad Católica del Reino y la confesionalidad católica del Estado Español, son como consecuencia, los dos principios fundamentales, que han de inspirar toda la legislación y actuación de la Monarquía Tradicional. Ahora bien, la Religión no puede vivir, ni en apariencia, del favor oficial de un gobierno, sino que necesita el reconocimiento claro, explícito y completo de sus derechos inalienables, al cual debe hacerse de forma solemne e inequívoca, de manera que la Iglesia Católica quede asegurada en su personalidad y libre desenvolvimiento y a cubierto de cualquier cambio circunstancial que pudiera producirse en lo político. En consecuencia y para ello: a) Los asuntos de índole espiritual, religiosa o moral, corresponder definirlos exclusivamente a la Iglesia; pero si en su aplicación práctica rebasan la esfera de ésta y de su especial jurisdicción, y en lo que respecta a lo temporal hubiesen

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de ser ordenados y regulados jurídicamente por el Estado (por ejemplo, en la cuestión del matrimonio) éste no podrá hacerlo sino con entera sujeción u acatamiento a lo que en este orden tenga determinado la Iglesia. b) Los asuntos temporales, puramente políticos, administrativos y judiciales, serán de la exclusiva competencia del Estado. Los mixtos, que participen de uno y otro carácter, serán objeto de concordias y acuerdos entre ambas potestades. c) Se reconocerá como ley del Reino el Código de Derecho Canónico y quedar n abolidos el "pase regio" de recursos de fuerza y cuanto se oponga a la plena libertad e independencia de la Iglesia, cuya misión favorecer al Estado por todo los medios adecuados, así como amparar el establecimiento y desarrolla de actividades, instituciones y órdenes religiosas, las cuales, una vez autorizadas en su constitución por la jerarquía eclesiástica, gozar n de plena personalidad moral y jurídica y gozar n de todos los derechos derivados pudiendo adquirir, retener, administrar y enajenar bienes, ejercer la agricultura, la industria y el comercio y, y de un modo muy especial, la enseñanza. Estas actividades se sujetarán en su ejercicio a la legislación general del Reino y quedar n sometidas a las mismas obligaciones tributarias y civiles que pesen sobre otras sociedades que ejerzan las mismas actividades sociales. d) Los sagrados derechos de la Iglesia, como derechos de Dios y de las conciencias, han de ser legalmente reconocidos en España, sin necesidad de Concordato, del que sólo deberán ser objeto aquellos, en cuanto al modo de su ejercicio, y los derechos llamados históricos, nacidos que fueron de las mutuas relaciones entre ambas potestades. e) Será objeto de concordato especial la continuación o no del Real Patronato y de los privilegios concedidos a lo largo de la historia, por el Pontificado, a los Reyes Católicos de las Españas, para, en el caso de renovar su concesión la Santa Sede, revisarlos y depurarlos de los excesos a que fueron llevados durante la Monarquía decadente, fuera la absoluta o la constitucional. f) La Iglesia no debe depender económicamente del Estado, pues esto le da a éste una fuerza coactiva sobre ella, de la que debe verse libre. Sin embargo, privada por el liberalismo de sus bienes, mientras no se repare por el Estado el inmenso latrocinio de la desamortización liberal, éste debe prever, obligatoriamente, a las necesidades del Culto y Clero. Con objeto de reparar el despojo de la Iglesia, hecho por la revolución liberal. El Estado deberá concordar con la Santa Sede lo procedente para ir reconstituyendo el patrimonio eclesiástico en forma suficiente, teniendo en cuenta siempre la grave necesidad de la Iglesia Española, la difícil situación económica del Estado español y la obligación que sobre éste pesa de restituir y reparar el robo cometido. g) En lo que respecta al punto concreto del nombramiento de Prelados y dignidades eclesiásticas, la Iglesia debe disfrutar de absoluta libertad, y el sistema o procedimiento que establezca Su Santidad, será acatado e implantado en España por el Rey y las Cortes, que le dar n fuerza de Ley. Estamos llegando al fin de estas páginas. En las anteriores ha quedado bosquejada la estructura institucional de la Monarquía española. Una por una hemos ida revisando cada una de las instituciones que la integran, enumerando las características y derechos y poniendo de manifiesto su coordinación con las demás y su definitivo acoplamiento en el conjunto. No hemos dicho nada nuevo. Todo ha sido extraordinariamente sencillo y elemental, pero éstas cosas, quizás precisamente por sencillas y elementales, quizá porque el sentido común es a veces el menos común de los sentidos, han sido con harta y demasiada frecuencia despreciadas y olvidadas. Y la consecuencia de ello no ha podido ser más funesta: la división y confusión de los espíritus, la ruina de las instituciones, la decadencia de la Patria. Y cómo intentos de solución y curas de urgencia a estos males, otros tal vez peores y que no han hecho más que agravar la situación hasta hacer necesario, en julio de 1936, un Alzamiento Nacional que costó a la Patria un millón de muertos y el consiguiente quebranto material. Y fueron estos intentos nefastos de solución, los arbitrismos de los teóricos desorientados, los ensayos de los revolucionarios, sin raíces y sin conocimiento -y por tanto, sin respeto- de la historia, las innovaciones de los que, faltos de originalidad y de sustancia hispánica, no veían posibilidades de salvación más que en importar y prácticas extranjeras, sin tener en cuenta, muchas veces, los catastróficos resultados que estaban dando en sus países de origen. Todo menos mirar hacia dentro, menos buscar en nuestras costumbres, en nuestra historia, en nuestros tratadistas y hombres públicos, la posibilidad de solución a nuestros males.-¡Triste afán de ir buscando lejos lo que verosímilmente tenemos en casa!- Triste tendencia humana de complicar las cosas, despreciando las soluciones claras para perseguir las difíciles y oscuras. Hoy, después de tantos ensayos fracasados, parece que podemos considerarnos "de vuelta". Y que otra vez la opinión española vuelve a lo sencillo, a la lógica y busca en casa la solución para sus problemas caseros. Y está a punto de ocurrirnos, en política, lo que pasa con la conocida anécdota "del huevo de Colón": que la solución no puede ser más sencilla y, en el fondo, todo el mundo la sabe, no hay que patentizarla, descubrírsela a quien por ofuscado no la "puede ver". Y la solución tan fácil, tan sencilla, tan lógica, pero tan cristiana y tan española al mismo tiempo, de nuestro problema político, está, ha estado todo el tiempo "ahí" y el Carlismo, que ante la desorientación general se constituyo en su depositario y conservador, la ha estado pregonando, ofreciendo, proclamando, a voz en grito y a tiro limpio, durante

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ciento y pico años. Pero los vientos soplaban contrarios -¡oh las modas que entontecen, los intereses creados que atan, los instintos pervertidos que ciegan los ojos y taponan los oídos!- y sus voces y sus tiros no se oyeron. Pero la solución siguió estando "ahí", y al cambiar los vientos a fuerza de desengaños y también, como en las buenas guerras carlistas -y que sea por última vez- a fuerza de tiros y de cañonazos, se ha hecho posible que los ojos la vean y los oídos la oigan, y los entendimientos la entiendan. Y aquí está. En estas páginas, sin pretensión ninguna, la hemos resumido, para que, en esta "hora de la verdad" en que ya oficialmente se ha proclamado, con fuerza legal, que España vuelve a su antigua Monarquía Tradicional, puedan todos saber qué es, y en que consiste, esta Monarquía española. Pero antes de dar por terminado nuestro trabajo tenemos que añadir, a guisa de colofón final, unas palabras que consideramos importantes sobre un asunto de trascendencia, sobre un asunto fundamental al tratarse de la restauración de la Monarquía. Sobre la cuestión del posible, futuro y conveniente -así subrayado- titular de la Corona. Y no es cuestión baladí porque, así como con Rey tradicional -carlista- no habrá nunca Monarquía Constitucional, con Rey liberal, constitucionalista, no podrá haber jamás Monarquía Tradicional. Hemos visto las instituciones que constituyen la Monarquía Tradicional y su esencia doctrinal -el respeto y armonización hacia el bien común de todas las libertades- y ahora, hemos de decir, que para volver a la Monarquía Tradicional, para que la Monarquía que se instaure o restaure, sea la Tradicional, estas instituciones hay que recrearlas, que organizarlas, que darlas vida de nuevo o permitir que la adquieran -la sociedad si se la tutela bien y se la deja actuar se organiza sola y así debe ser-. Pero, entiéndase bien, hay que recrear y revitalizar todas, absolutamente todas, las instituciones que han quedado enumeradas en estas páginas. Y dar vigencia a todos, absolutamente todos, los principios doctrinales que hemos expuesto en ellas como fundamentales. De lo contrario no será la Monarquía Tradicional la que implantemos en nuestra Patria. Y aquí viene lo delicado e importante de la cuestión. Porque a nadie puede ocultársele que, en el momento trascendental de echar a andar esta Monarquía -y de su éxito depende nuestro porvenir político- hace falta tener las máximas garantías de que la Monarquía restaurada va a ser la Tradicional, y no una de las fracasadas en nuestra Patria, de que se van a restablecer todas sus instituciones y respetar todos sus principios, es decir, de que no se va a permitir su desnaturalización ni su transformación en algo distinto a lo que queremos hacer. Y para ello interesa sobremanera que su primer titular sea un príncipe de máxima confianza. Es decir, un príncipe cuyas virtudes personales y convicciones ideológicas le señalen como el titular ideal de la Monarquía restaurada. Un príncipe que conozca y ame a la Monarquía española, tal como, la queremos y que, a ser posible, haya confirmado estas cualidades sirviéndola y luchando por ella. Un príncipe al que los españoles podamos aclamar como Rey seguros y confiados, sabiendo lo que podemos y debemos esperar de él, pero nunca recelosos y temerosos de si "será o no será", de si "dará o no resultado". Porque ya hemos dicho, y esto es más cierto todavía en el momento de la reorganización y primeros pasos de la Monarquía, que con Rey Tradicional no podemos derivar nunca a la Monarquía Constitucional o liberal, pero con Rey liberal, de formación ajena o contraría a la tradicional -postulada por el Carlismo- no podemos instaurar y tener una Monarquía Tradicional. He aquí por qué no hemos considerado superfluo, sino de gran importancia, hacer unas consideraciones sobre el titular de la Corona. Ahora tenemos que decir que ese príncipe de formación netamente tradicionalista, totalmente adscrito de siempre, por sí y por toda su familia y sus antepasados, a la causa de la Monarquía Tradicional, que haya trabajado y luchado y sufrido por ella, y que pueda ser el "Príncipe ideal", garantía absoluta de que, si en él se restaura, nuestra Monarquía será la auténtica y verdadera Monarquía Tradicional, gracias a Dios existe, y existe consciente e impuesto de los derechos y deberes que su condición política y su misión histórica le confieren y exigen. Este Príncipe es S.A.R. Don Francisco Javier de Borbón y Braganza, de la Casa Real de España en su españolísima rama de Parma, adscrita siempre a la legitimidad española y personalmente dedicado al servicio de España y a la Causa de nuestra Monarquía Tradicional. No vamos ahora ha hacer su biografía. Únicamente, y para terminar, diremos que, aunque no concurriesen en él las condiciones de legítimo sucesor de la dinastía legítima, tal como concurren de acuerdo con la legislación sobre la materia -y de cuya exposición y explicación prescindimos para no entrar en consideraciones históricas y jurídicas muy repetidas y que en realidad interesan poco a la generalidad de los españoles- basta el hecho de que se den en él estas virtudes personales de adscripción a la Monarquía Tradicional -que esto si que interesa a los españoles- para que se le pueda presentar a la opinión nacional como el Príncipe seguro, el Príncipe "de confianza" para ocupar, con toda garantía, el Trono de San Fernando en la Monarquía Tradicional, cuya hora definitiva parece próxima a sonar y restauración, o instauración, debe ser nuestra común para un futuro próximo y esperanzador.

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La cuestión que hemos tratado en las páginas que preceden -o sea, la futura configuración política de nuestra Patria-, es una cuestión que no puede, o mejor dicho, no debe ser indiferente a ningún español. Y hemos rectificado el "no puede" con el "no debe" porque, de hecho, ya hemos visto en la "Introducción" de este libro que, en el momento actual, por una serie de circunstancias que no es el caso volver a examinar, hay bastantes compatriotas que han tomado una actitud práctica de indiferencia y escepticismo hacia las cuestiones y problemas políticos. Pero una cosa es el no ver claro, el no sentirse solicitado interiormente a prestar adhesión entusiasta a una solución política concreta, y otra el tomar una actitud radical de indiferencia, como si todas las soluciones fueran iguales o como, sin serlo, fuese lo mismo, en el fondo, adoptar una que otra. Salta a la vista que, ni todas las soluciones pueden ser iguales, ni, al no serlo, da lo mismo adoptar una buena que otra mala. Porque, indudablemente, al no ser todas iguales, unas serán mejores que otras y unas serán buenas y otras malas. Y siendo esto así, no parece actitud lógica, ni moral, ser indiferente en materia de tanta importancia como es el futuro político próximo de nuestra Patria. De aquí que hayamos afirmado que, sobre esta cuestión, "no debe" tomarse una actitud de indiferencia. Nos va mucho, a todos, en el asunto, para que sea lícito mostrarse indiferentes. Y nos va mucho a todos, queramos o no, sintamos o no preocupaciones políticas, porque todos, directamente en nosotros, o en nuestros hijos a mucho tardar, sentiremos las consecuencias, buenas o malas, de la solución que en definitiva se adopte o se imponga. Aquí no caben subterfugios, ni encogimientos de hombros, ni, mucho menos, la actitud del avestruz de esconder la cabeza bajo las plumas del ala, porque aquí jugamos todos. Y como el juego tiene importancia, interesa jugar bien, o sea, jugar a ganar. Pero a ganar definitivamente. Es decir, interesa procurar que la solución definitiva que se dé al problema político español sea no sólo buena, sino la mejor posible. Porque de ello depende nuestro porvenir y el de nuestros hijos. Y esto no es, ni puede sernos, indiferente a ninguno. Es preciso verlo así, y en consecuencia, salir de la apatía y de la indiferencia política. No se trata, entiéndase bien, de que todo el mundo se lance a la actividad política: no hay nada más peligroso que "el intrusismo político", es decir, la intervención, en el campo de la política, de quien no tiene preparación ni aptitud para ella. La actividad política propiamente dicha debe dejarse en manos de los hombres con preparación y vocación para ejercerla que, forzosamente, han de ser una minoría en la que los demás debemos confiar. Confiar, he aquí de lo que se trata: de sacudir la indiferencia y la apatía política y, sin caer en el extremo opuesto, de querer arreglarlo todo por nosotros mismos, crearnos una conciencia y una preocupación política, es decir, ponernos en condición de poder confiar en una solución y en los hombres adecuados para llevarla a la práctica. Contra el escepticismo, contra la indiferencia, que son no ya estériles, sino suicidas en nuestra coyuntura actual, debemos oponer la fe y la confianza. La fe en que el problema político español puede resolverse perfectamente bien, con carácter definitivo, y la confianza en que no quedar todo en el terreno de la pura teoría, sino que ésta se llevará a la práctica y se impondrá la solución acertada. Es preciso, pues, que cada uno acierte a entrar a tiempo en el juego y sepa jugar sus cartas. Es decir, que cada uno se ponga en condiciones de sacudirse el polvo del neutralismo -ya hemos dicho que en este juego no hay neutrales ni espectadores- y acierte a prestar su adhesión y su apoyo moral -su confianza- a la solución real. Y nuestra pretensión, en las páginas que han quedado escritas, y partiendo del hecho real de que hay muchas personas de buena fe escépticas actualmente en materia política, o indiferentes, o aún enemigas de la Monarquía, ha sido mostrarles que la solución más perfecta, y la más práctica, está, como ya lo han definido los textos legales, pero hacía falta explicarlo y ponerlo de manifiesto, en la Monarquía Tradicional. Hemos pretendido, pues, exponer brevemente la esencia y consistencia de la Monarquía Tradicional, con la esperanza de que, al conocerla en sus líneas generales y en sus instituciones y principios básicos, puedan confiar en ella y prestarle su adhesión, los que hasta ahora se han sentido indiferentes hacia una u otra forma de gobierno o enemigos, en particular, de la monárquica. Y esto, porque honradamente creemos que la Monarquía Tradicional española es la solución definitiva que España necesita y porque, como hemos dicho en nuestra "introducción", creemos también que si esta Monarquía ha de instaurarse un día en España, "ha de ser una Monarquía popular, de todos y para todos, un régimen entrañable, no impuesto por la fuerza, sino querido y deseado con ilusión y esperanza, o al menos, aceptado con un decoroso margen de confianza en sus posibilidades y en su porvenir, que serán las posibilidades y el porvenir de todos nosotros". Y para ello se hace preciso, desde ahora, buscarle el mayor número posible de adhesiones. Pero de adhesiones voluntarias, movidas por el convencimiento, que es el único que hace posibles, en su momento, la ilusión y la confianza. Y confesado nuestro propósito, confesamos también, que, como es natural, ignoramos si lo hemos conseguido o no, o con qué alcance y en qué grado. Pero no nos consideramos fracasados si al menos hemos logrado despertar, en algunos de nuestros lectores, un mínimum de inquietud política sobre el tema tratado y un cierto interés hacia el contenido ideológico y la estructura institucional de la Monarquía Tradicional. Porque esto será una señal, en

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principio, de que se había empezado a romper la costra del escepticismo neutralista y se empezaban a disipar los recelos hacia la Monarquía que imperan en algunos sectores. Todo lo cual abre margen a la esperanza de que un día próximo pueda intensificarse esta tendencia y llegarse a contar con la adhesión a la Monarquía Tradicional, de la mayor parte de la opinión sana y honrada que, por desconocerla, hoy se mantiene ajena a ella. Porque toda obra de conocimiento empieza siempre con lentitud para acelerarse luego, de pronto, en forma muchas veces inesperada. Y confiamos en que será así en esta ocasión, porque confiamos en la virtualidad de la Monarquía Tradicional y en la atracción que sus fórmulas, una vez conocidas, han de ejercer sobre la opinión nacional. Porque es difícil que mentes patriotas y sanas ideológicamente puedan hacer objeciones de peso en su contenido doctrinal. ¿A quién le puede parecer mal que se defiendan y garanticen sus derechos y libertades, que se armonicen los de todos entre sí, que se proteja el ejercicio de su actividad profesional mediante organizaciones libremente creadas y regidas por los propios profesionales interesados, que se destierren el cacicazgo y el partidismo político de la gestión municipal, que se suprima la presión estatal sobre las entidades sociales, que desaparezca el centralismo administrativo y que se arbitren los cauces legales para que todos los intereses legítimos tengan su adecuada y eficaz representación ante el poder político? ¿A quién puede parecer mal verse convertido en súbdito de un Estado de Derecho, en que la ley, sabiamente estudiada por organismos técnicos de los que forman parte sus legítimos representantes, obliga a todos por igual y es celosamente protegida por una Justicia vigorosa e independiente de toda influencia y coacción? ¿A quién puede parecerle mal verse gobernado, de acuerdo con las más genuinas esencias españolas, por un Poder efectivo, pero limitado, paternal y entrañable, cuya estabilidad y continuidad están aseguradas por la ley y frente a cuyos posibles -aunque difíciles- agravios y abusos, la ley le dispensa también defensa y protección? No es cosa de seguir así indefinidamente. Es tan humano, tan español, tan equilibrado y concorde con las necesidades y aspiraciones individuales, sociales y nacionales, el sistema político de la Monarquía Tradicional que, repetimos, no creemos que puedan hacerse objeciones serias sobre su formulación doctrinal. Quizá la objeción más fácil y frecuente pueda versar, en consecuencia, no sobre su excelencia teórica, sino sobre su viabilidad y la posibilidad de dar estado de hecho, en la práctica y en la época actual, a un sistema semejante. Y estimamos que contestar que no a esta objeción, sería tanto como negar nuestra fe en la libertad, en la posibilidad de coordinarla rectamente con la autoridad, y en la capacidad creadora del hombre para organizarse y regirse de acuerdo con sus necesidades y aspiraciones. Por lo mismo que la concepción política tradicional no es una concepción racionalista, apriorística, elaborada en una mesa de conferencias, en un congreso o en un despacho, sino surgida histórica y espontáneamente de la propia naturaleza de las cosas, con la que se conforma y adecua en todo momento, es decir, una creación de los hombres, hecha a su medida y conveniencia y perfeccionada históricamente bajo las enseñanzas del tiempo y de la experiencia, creemos posible, en la época actual y en cualquier otra, llevarla nuevamente a la práctica. Porque la teoría política tradicional es práctica y viable por esencia, es decir, no es propiamente teoría, no se ha elaborado como tal para intentar luego implantarla en la realidad, sino que ha sido tomada de la realidad misma, de la propia naturaleza del ser social y político, cuando la sociedad y la política se inspiraban en el derecho natural cristiano, o sea, que lo que hoy llamamos doctrina tradicionalista no es más que la formulación conceptual e histórica de un sistema político social que se ha dado históricamente y que, pulido y perfeccionado por la experiencia, puede volver a darse, con plena actualidad, en cuanto se creen las condiciones precisas para ello. He aquí la clave de la cuestión. Es necesario -éste es el único problema- crear las condiciones precisas para que puedan irse reorganizando, por si mismas, las instituciones que integran y constituyen la Monarquía Tradicional. Cierto que ésta, por su carácter natural e institucional, no puede improvisarse, ni implantarse por Decreto de golpe y repentinamente. Pero puede y debe irse estructurando poco a poco, con paso firme y seguro, hasta alcanzar toda su plenitud institucional. Los procedimientos y formas para su reorganización pueden ser varios. Pero fundamentalmente y común a todos ellos ha de ser, junto con el profundo y sincero afán monárquico de restaurarla, el que el Estado vaya reconociendo a los individuos y sociedades infrasoberanas su legítima libertad y su derecho a organizarse y regirse a sí mismas en lo que les es propio. Conforme el Estado vaya reduciendo sus funciones y devolviendo prerrogativas a la Sociedad, los hombres ir n encontrando la forma de ir creando, o revitalizando, las sociedades que les son necesarias, y se ir n saneando y reorganizando los Municipios, se estructurar n las corporaciones, e ir renaciendo la vida y la autarquía regional, etc. Esta reorganización de la Sociedad ir haciendo posible el establecimiento de una genuina representación social ante el Estado, y éste, por su parte, descargado de funciones que hoy le agobian y complican su actividad, podrá ir puliendo y perfeccionando sus órganos propios, acoplando las funciones administrativas, simplificando las de gobierno, creando los Consejos, realzando y dando carácter genuino a la Justicia, depurando y

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actualizando su legislación para acoplarla a la nueva situación y realizando así su función tuteladora y coordinadora de los distintos intereses hacia el bien común. En una palabra, porque creemos en la libertad, en las posibilidades del hombre, en la perenne vigencia del Derecho natural cristiano, que inspira todo el pensamiento tradicional y en la necesidad del principio de autoridad, así como en la posibilidad de coordinarlo y armonizarlo, con todas las legítimas exigencias y necesidades de los individuos y de las sociedades menores, creemos en la posibilidad y viabilidad de la restauración de la Monarquía Tradicional. Pero nadie puede dudar que una restauración de este tipo, que implica no sólo una restauración política, sino también una restauración social que sirva de base a aquélla, será tanto más fácil y rápidamente conseguida cuanto mayores sean las adhesiones con que cuente, y con ellas, las aportaciones precisas para la reconstrucción, bajo una misma dirección y anhelo, del edificio institucional que constituye la Monarquía que preconizamos y queremos restaurar. Es necesario, pues, que cada uno en su terreno contribuya con su esfuerzo y su aliento a la obra común de restauración nacional. Todos podemos y debemos tener una participación en la tarea, aunque no tengamos vocación política y sin necesidad de operar en este terreno, ya que es mucho lo que hay que hacer también en el campo social en el que todos nos movemos de un modo inmediato. Lo importante es que comprendamos que la cuestión nos afecta a todos y que, por lo tanto, ante ella no caben escepticismos ni indiferentismos de ninguna clase. Lo queramos o no, el porvenir político de nuestra Patria es nuestro propio porvenir, y ha de ser, por tanto, obra nuestra, lo cual nos obliga a tomar una decisión positiva respecto al régimen definitivo que más garantías ofrezca y mejor responda a nuestro ser nacional. Para ello, y por nuestra parte -como ya hemos indicado- nos hemos esforzado, en estas páginas, en remover indiferentismos y en ofrecer a la decisión y adhesión de nuestros lectores el contenido doctrinal de la Monarquía Tradicional. Porque sinceramente creemos que en ella está la solución que todos, consciente o inconscientemente anhelamos, y que para hacerla posible hace falta tan sólo el darla a conocer. Si es o no así, Dios y el tiempo lo dirán.

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Introducción Capítulo preliminar. La persona humana. Sus derechos y sus deberes Capítulo I - La familia Capítulo II - Los municipios Capítulo III - Las corporaciones Capítulo IV - Las Regiones Capítulo V - Las Cortes representativas Capítulo VI - Teoría general sobre el poder político Capítulo VII - La función judicial Capítulo VIII - El gobierno o la función ejecutiva Capítulo IX - Los consejos Capítulo X - La Corona Capítulo XI - Las relaciones entre la Iglesia y el Estado Capítulo XII - Sobre el titular de la Corona Apéndice I. El derecho a la propiedad II. El derecho a trabajar III. La libertad de opinión IV. El derecho de asociación V. El derecho a votar VI. La libertad de conciencia y culto I. El derecho a la integridad del hogar II. El derecho a la enseñanza I. Fundamentación y explicación del regionalismo II. Principios y formas del regionalismo I. El problema de la representación II. Organización y atribuciones de las Cortes I. Importancia y fundamentos de la función judicial II. Organización y características de la función judicial I. Consideraciones generales sobre los consejos II. Principales clases de consejos I. Recapitulación y planteamiento del tema II. Dos formas de monarquía que no nos sirven III. Características de la Monarquía Tradicional Sobre el indiferentismo político y la viabilidad del sistema tradicional

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