CERO - Año 2306

Al final del horizonte brillaba la estrella, cuya luz se reflejaba en el inmenso disco
de polvo y gases que la rodeaba, tiñendo la noche del espacio en una deslumbrante
riqueza de tonos blancos, amarillos y rojos. Desde lejos, donde estaba la nave, se
podían ver dos planetas, dos gigantes gaseosos que orbitaban a su joven sol. Uno
de ellos, que le ocultaba parte de la luz de Rea a la lancera, estaba ribeteado por
una deslumbrante claridad blanca, a modo de halo. A su alrededor giraba una luna,
la única del sistema solar. Esta presentaba una curiosa peculiaridad: Su superficie
tenía una zona la cual, vista desde el espacio, formaba un cuadrado perfecto. Una
extensa área de matices azulados que rompía la uniformidad del marrón que
coloreaba el resto del satélite.
La lancera, una nave exploradora de Hades, estaba allí en una misión
meramente cartográfica, aportar nuevos datos a los mapas estelares. Sin embargo,
en cuanto su tripulación observó las fotos de la luna que habían realizado sus
sondas, sospecharon que podían estar a punto de entrar en contacto nada menos
que con una civilización alienígena. Tras comprobar que no había nada parecido
en ninguno de los dos planetas, la capitana decidió ir en persona a verificarlo.
Emocionada, grabó sus intenciones en el registro de la lancera y aterrizó sobre la
luna, a pocos cientos de metros de distancia de la zona delimitada por esas líneas
tan rectas.
Casi todos los miembros humanos de la nave, los cuales sumaban poco más
de dos docenas, bajaron a la superficie. Para ello, se distribuyeron primero en
el amplio par de vehículos todoterreno que guardaba la lancera en su hangar y,
desde allí, a través de la rampa que se desplegó sobre el suelo rocoso del satélite, se
acercaron al área cuadrada. Cuando llegaron, descubrieron una ciudad alienígena
deshabitada, llena de maravillas tecnológicas de las que poder aprender. O eso
pensaron ellos. Porque si bien era cierto que se trataba de una tecnología superior
a la de la Federación humana, la urbe no estaba desierta: cuando sus habitantes
se marcharon, dejaron tras de sí a un anciano. En su sociedad, robótica, tan solo
había tres tipos de ciudadanos: ancianos, madres y aprendices. Los primeros
maduraban muy rápido. Eran los vástagos de las madres y su misión consistía en
convertirse en un miembro útil en pocos meses. Las madres eran esos miembros
útiles, los cuales, además de trabajar, fabricaban y tutelaban aprendices cuando así
lo solicitaba un anciano. Los ancianos eran los ciudadanos más antiguos, aquellos
que habían abandonado su forma física. No todos los antiguos moradores de
aquella luna tenían la suerte de vivir tanto como para llegar a convertirse en uno,
y los que lo hacían, recibían la suma de todos los conocimientos de su raza. Por
eso, cuando sus creadores los habían llamado de vuelta a casa, los denominados
«carinaes» dejaron atrás a un anciano. Este se movía por la estructura metálica de
la ciudad como si fuera un flujo de electrones por un cable eléctrico, utilizándola
para almacenar la información que definía su ser. Su misión era observar y, cuando
los suyos volvieran, ponerlos al corriente de todo lo que hubiera pasado. Ese fue
el motivo de que aquel día, cuando a través de los sensores de la urbe el anciano

vio acercarse a ese extraño ser desde el espacio, el carinae no dudara en abandonar
sus otras tareas y centrar toda su atención en el recién llegado. Así, registró cómo
se posaba en la luna y cómo se abría su estómago para dar a luz a dos niños. En el
momento en el que uno de esos dos niños entró en contacto con su ciudad, en el
que sus ruedas la pisaron y uno de sus laterales se abrió y golpeó la pared metálica
de una de sus cuatro murallas, el anciano se apresuró a trasladarse al cuerpo del
niño, siguiendo el camino de metal. Y a observar. No entendía cómo era posible
que unos aprendices hubieran dado a luz a más crías, unos seres pequeños y
bípedos que salían de ellos y caminaban por la ciudad. Pero tenía todo el tiempo
del mundo para asimilar a esas nuevas y extrañas culturas.
Hizo una copia de sus conocimientos y la mandó a la urbe. Siguió aguardando.
Horas después, cuando los humanos volvieron a los vehículos y a la lancera,
el anciano se trasladó al suelo de la nave. Desde allí comenzó a moverse por su
estructura con recelo. Tenía que saber más de ellos para contárselo a los suyos
cuando volvieran. Por eso se había ido, pese a no tener ningún dato que le indicara
si el nuevo hábitat era seguro. Entonces, transcurrido menos de un segundo, se
dio cuenta de que el ser madre tenía circuitos. No eran como esos de los que él
disponía para moverse por su ciudad, sino un modelo más arcaico. Servirían. Sin
saber que estaban habitados, se metió dentro.

UNO – Año 2544
Anika Nouk caminaba por el pasillo del gigantesco crucero de guerra seguida
de su ayudante. Su figura, alta y cubierta por una holgada bata blanca, se movía con
una energía que contrastaba con el marcado cansancio de su acompañante. Llevaba
su largo cabello castaño recogido en un moño bajo y sus labios se curvaban en
un gesto de preocupación, pues sabía que sus servicios podían, por desgracia,
ser necesarios. La joven había acabado la carrera de medicina a los veintiuno y,
tras doctorarse con una brillante investigación en técnicas quirúrgicas, la habían
destinado a uno de los hospitales de la capital de Hades. Allí tuvo la suerte de
operar a uno de los coroneles de confianza del general y este se la llevó consigo,
destinándola a su nave, en la cual llevaba tres años trabajando como jefa de la
unidad médica y encargada tanto de la salud de los cincuenta mil hombres que la
habitaban como de continuar con sus investigaciones.
El crucero era el modelo de nave más grande que habían fabricado en su
sistema solar natal. Anika era de Elísea, un planeta de la constelación de la Quilla
colonizado en el año 2080, que orbitaba alrededor de la enana amarilla OGLETR-111, ahora llamada Hades, como todo su sistema. Por su enorme tamaño,
el crucero era una base erizada en armas que servía de transporte a destructores,
fragatas, lanceras y otros vehículos espaciales. La nave estaba patrullando por
el espacio fronterizo entre Hades y Olimpo, los dos sistemas solares que la
humanidad había colonizado. Tan cercanos y a la vez tan distintos, ya que ellos se
rebelaban contra la tiranía de la Tierra y en Olimpo aún seguían bajo el yugo del
Sistema Solar. Anika no entendía por qué no se unían a ellos en su lucha por la
libertad. En todo caso, su labor no consistía en intentar entender y analizar a sus
enemigos (el general ya tenía una sección de Inteligencia dedicada a ello), sino en
curar. A la doctora Nouk no le gustaba la guerra, ni las heridas ni la muerte; por
eso había estudiado medicina, para seguir los pasos de su madre y ayudar a todos
los patriotas que caían heridos. Y, en esos momentos, debía acompañar a uno de
los capitanes de su coronel a una de las destructoras.
Los suyos habían desarrollado una nueva arma y querían probarla a suficiente
distancia de cualquier planeta por si algo salía mal. Medidas típicas de seguridad.
Ella era la doctora que iba a ir a bordo, junto con uno de sus ayudantes, por si
alguien resultaba herido. Para esta misión la nave apenas tendría tripulantes, tan
solo los mínimos necesarios. Nouk esperaba que no tardaran demasiado, pues
estaba avanzando en su investigación sobre las técnicas regenerativas de los
carinaes, los alienígenas en cuyo planeta desierto se había originado todo. Incluso
la guerra.
Ella lo sabía porque su abuela estuvo allí.
Aunque no era algo de lo que le gustara hablar.
Seguida de su ayudante, llegó al hangar y confirmó su identidad para entrar a la
destructora. Una vez dentro, ambos ocuparon sus asientos y aguardaron hasta que
todo el equipo científico y los soldados que los acompañaban estuvieron listos.
Entonces el capitán dio la orden y despegaron, alejándose del crucero de guerra

hasta alcanzar una distancia segura.
A Anika el rato se le hizo bastante aburrido. Como siempre, la disciplina era
muy estricta y no se permitía hablar dentro de la cabina de mando, en la cual
ella estaba en calidad de oficial médica. Cuando dejaron de acelerar y la sujeción
artificial que los mantenía sentados en sus asientos se retiró, la mujer se levantó
para desentumecer un poco las piernas. Se habían quedado solos en la enorme sala
de mando, ella, su ayudante, el piloto y un par de técnicos.
—¿A qué viene tanto misterio? —le preguntó a uno de estos últimos tras mirar
hacia arriba, hacia esa cúpula abovedada que había sobre sus cabezas y que era tan
opaca como las paredes.
Normalmente, solía ser transparente y permitía a los ocupantes de la cabina de
mando ver el espacio que los rodeaba y sus estrellas.
—Es por el modo de alerta, ya sabes... —le contestó el aludido, un hombre
cuyos ojos presentaban las primeras arrugas y que vestía con el color marrón
reservado a su oficio.
Sí, Anika ya lo sabía. Cuando estaban en una alerta se tomaban ciertas medidas,
como levantar todos los escudos o eliminar la transparencia de la cabina de mando
para evitar emisiones lumínicas al exterior. No era que en esos momentos se
estuvieran ocultando del enemigo, pero los protocolos eran así. Anika se encogió
de hombros.
—Ya... ¿Y qué es esta vez? Porque en el último armamento experimental
que probaron acabé teniendo que hacer un informe forense del científico que lo
manejaba a partir de pedacitos suyos del tamaño de una cereza.
—Se rumorea que un prototipo de brazo robótico capaz de variar su forma
—intervino el otro técnico, sin dejar por ello de estar con los ojos cerrados
visualizando los paneles de control de la nave a través de su espira, la red neural que
se enroscaba en las vértebras de su columna y le daba acceso a la IA del destructor.
—En esa luna alienígena hay tecnología demasiado peligrosa, deberían dejarla
en paz —sentenció el ayudante de Anika, un hombre de semblante severo que le
sacaba un par de décadas a esta.
—Pero gracias a ella tenemos las mejores armas y por eso podemos ganar la
guerra —intervino uno de los oficiales del capitán, que justo en ese momento
estaba entrando por la puerta de la sala y había escuchado la última frase. Su
uniforme, sencillo, se parecía al de los técnicos; tan solo se diferenciaba por el
color azul marino que denotaba que era militar y, por supuesto, por los galones—.
Doctora Nouk, tenemos un par de heridos, el capitán la llama.
—Muy bien, señor. Vamos —le indicó a su ayudante a la vez que le obsequiaba
con una mirada reprobatoria, una que parecía decirle que tuviera cuidado, que su
comentario no había sido muy acertado y que tenía suerte de no estar en el ejército
o el oficial ya lo habría puesto bajo arresto.
No habían dado ni cuatro pasos por el amplio pasillo cuando se escucharon los
gritos, fuertes, agudos, cargados de dolor. Hasta que de repente se cortaron y tan
solo se oyeron las respiraciones agitadas del oficial y los dos médicos. El ayudante
miró hacia detrás, hacia la compuerta que ya se había deslizado cerrándose a sus
espaldas, como deseando poder volver y quedarse tras la seguridad de la sala de

mandos. Pero sabía que Anika no se lo permitiría, pues ella siempre ponía la
seguridad de los heridos por delante de la suya. Mientras tanto, el oficial les hizo un
gesto para que no se movieran, sacó el táser de su funda y se adelantó por el pasillo.
Llegó hasta la esquina en la que este giraba noventa grados, mientras intentaba sin
éxito comunicarse con el capitán o con cualquier otro de los soldados. Una vez
allí, cambió de táctica y, sin cruzar todavía ese ángulo del corredor, se puso en
contacto con la IA.
—Nave, ¿por qué no puedo hablar con el capitán o los hombres que iban con
él?
Deseó que la respuesta fuera que había interferencias o algún problema técnico
que lo impedía pero, por lo que había visto y oído, imaginaba que no era así.
—Están muertos.
«¡Mierda!», pensó apesadumbrado. No eran sus amigos, pero se trababa de
buenos hombres y buenos soldados.
—¿Y los científicos?
—Uno de ellos todavía vive, aunque sus constantes son débiles. Los otros
también están muertos.
—¿Y el brazo robótico?
—Ya no es un brazo, ha cambiado su forma.
—Explícate.
—Se ha soltado de su anclaje a la plataforma, ha sacado cientos de zarcillos de su
base y los utiliza para desplazarse. Sus dedos son también un conjunto de zarcillos
tecnorgánicos capaces de lanzar tanto descargas eléctricas como de plasma, o de
transformarse en armas afiladas o en látigos moleculares.
—Nave, informa de todo esto al coronel en la nave crucero.
—A la orden.
—Anika —abrió un canal de comunicación con ella, pues no quería elevar la
voz—, el arma se ha descontrolado y es letal. Vuelve dentro de la cabina de mando
y evacua la nave —le ordenó, ya que, después de él, ella era ahora la oficial con
más rango.
—¿Hay heridos?
—¿Qué?
—Que si hay heridos allí donde va.
—Uno.
—Voy con usted.
—Anika, no. Te ord...
La joven desconectó la comunicación. No tenía tiempo que perder explicándose.
Cuando el herido estuviera a salvo, hablaría con su superior para que le llamara
la atención a ese oficial, pues ella ya tenía órdenes del coronel tanto de cuidar de
la salud de sus hombres como de recabar todos los datos médicos posibles. Y eso
no podía hacerlo si se iba de la nave. Así pues, a continuación se giró hacia su
ayudante, el cual la miraba asustado.
—Entra allí dentro y encárgate de que se evacue la nave. Busca a los técnicos
de mantenimiento que estén todavía vivos y ordénales que vayan a los hangares.
Volved al crucero.

—Anika, yo...
El hombre se debatió entre el deber, los remordimientos y el miedo. Ganó
este último, pues el ayudante bajó la mirada al suelo, cambiando su eterno gesto
severo por uno avergonzado, y se dio la vuelta. Le pidió a la IA que le abriera la
compuerta para cumplir las órdenes de su superior. Sintió que debería haberse
negado, haberle pedido que le dejara acompañarla, ya no solo por lealtad, sino
también porque su jefa era muy joven, tanto como una de sus hijas. Pero, como
médico, conocía demasiado bien todas las cosas que podían provocar dolor y le
aterraba la idea de enfrentarse a algo que había podido con un montón de soldados
armados y preparados. Además, él tenía familia. Así que sin dirigir ni una mirada a
su jefa, la cual ya se movía hacia el oficial, entró en la sala de mandos y se apresuró
a guiar la evacuación.

El oficial no esperó a la doctora. Dobló la esquina y se internó por el corredor,
con el arma sujeta en una de sus manos mientras con la otra activaba su traje de
combate. Mientras andaba, el gel que lo formaba fluía desde las tiras tecnorgánicas
que ceñían sus antebrazos y cintura, expandiéndose como una segunda piel hasta
cubrir todo su cuerpo, protegiéndolo así con sus escudos y, además, potenciando su
fuerza, resistencia y agilidad, ya superiores a la humana base gracias a sus implantes
de soldado. Anika se apresuró a seguirlo, sin tener ningún traje de batalla que
poder activar y armada tan solo con su maletín médico, ese que agarraba fuerte
mientras corría detrás del oficial.
—Maldita sea, Nouk, esto es insubordinación, pienso arrestarla cuando
salgamos de aquí —le susurró una vez ella hubo llegado a su altura, varias decenas
de metros adentrados en el nuevo pasillo y muy cerca de la sala donde habían
experimentado con el brazo.
—Me parece perfecto que lo intente, señor, pero yo estoy cumpliendo órdenes
del coronel. Además —suavizó su voz—, que sepa que no pienso quedarme
plantada mientras alguien necesita mi ayuda.
—Solo hay un superviviente, doctora.
—Y a mí me pagan para que siga vivo.
—Solo es un soldado. —El oficial se giró para encararla; ella se dio cuenta de
que sus ojos, azules, eran bonitos incluso cuando se llenaban de desdén—. No voy
a seguir discutiendo contigo. Ten cuidado.
Antes de que ella pudiera pensar una respuesta a esa afirmación que la había
dejado enfadada y sin palabras, pues para ella la vida de un soldado era tan
valiosa como la de un oficial, llegaron a la compuerta cerrada de la cámara que
estaban buscando. El oficial le ordenó a la nave que la abriera, y en medio de un
escalofriante silencio la puerta se deslizó hacia la derecha, dejando ver un enorme
espacio vacío. A Nouk le recordó una cueva oscura que solía ver de niña en sus
pesadillas, una donde se escondían los monstruos antes de ir a por ella, como se
suponía que habían ido a por su padre. Y esta vez, a diferencia de en la vida real,
no serían sanguinarios soldados de la Federación, como los que habían acabado
con su progenitor, lo que la esperaba allí dentro, sino un ser que bien podía estar

sacado de las pesadillas de su infancia. Titubeó. El oficial no; él entró por la puerta.
Su traje amortiguaba el sonido de sus pisadas.
Nouk tan solo escuchaba su propia respiración agitada. De pronto hubo un
destello luminoso, unas chispas que se encendieron. Bajo la claridad que de repente
rasgó la cámara, la mujer pudo ver un tentáculo monstruoso con una forma
ligeramente parecida a la de un gigantesco brazo humano. Poseía zarcillos que le
salían de la base donde debería haber estado su hombro, y lo anclaban al techo
como si fuera una especie de araña alienígena, enorme y malévola, con sus dedos
extendiéndose en una miríada de finos látigos que chasqueaban y se iluminaban
con la electricidad que los recorría. El oficial tiró su táser y desenrolló el látigo
molecular que llevaba en su antebrazo, esa fila de moléculas capaces de cortar
cualquier cosa. Por un momento, pareció tropezar. Nouk miró a sus pies y vio
los cadáveres: cientos de cuerpos fallecidos de diversos y macabros modos: unos
quemados, otros desmembrados, otros rajados de arriba abajo... Suficiente para
remover el estómago de la joven, pero no para hacerle perder el aplomo. Mientras
tanto, el oficial, que había recuperado rápidamente el equilibrio y gritaba algo que
tan solo su traje y la IA recibían, devoró la distancia que lo separaba de esos zarcillos.
Y cortó. Blandió su látigo y partió en dos el metal orgánico que formaba esa cosa.
Pero fue en vano: los zarcillos cortados cayeron al suelo, algunos sobre su cuerpo,
aferrándose a su traje y provocando descargas eléctricas que consumían la energía
de sus escudos. Con la visión de un ojo cegada por uno de esos trozos alargados que
había seccionado de su enemigo, guardó el látigo: no podía arriesgarse a herirse a sí
mismo. Después, sacó un puñal de la funda de su bota derecha y le dio al botón que
lo alargaba hasta alcanzar tres palmos de largo. Entonces, se dispuso a defenderse
con él del resto de la mano de su enemigo, la cual, con sus dedos-látigo cortados, se
había reagrupado y adoptado la forma de una mano humana; en la palma había una
especie de ojo cuyo párpado apuntaba hacia él y comenzaba a abrirse.
A la vez que el oficial se lanzaba un par de metros hacia arriba gracias a que
su traje había ayudado a los músculos de sus piernas a impulsarse, y al tiempo
que apuntaba con su arma hacia ese falso ojo, la doctora había encontrado a su
superviviente y corría por encima de los cadáveres para llegar a él. Lo cual,
considerando la maraña de miembros por la que se movía, no era sencillo. Se cayó,
se levantó y continuó avanzando. Cuando el oficial clavó su arma en el párpado a
medio abrir, ella justo acababa de llegar hasta el herido. Se trataba de una mujer
soldado, la cual estaba inconsciente. Su cabeza sangraba dentro del traje y una de
sus piernas estaba seccionada. El traje seguía intacto y protegiéndola, por lo que la
médico supuso que se había reparado, además de aplicar medicinas y presión al
muñón de su pierna para que no se desangrara. La doctora abrió su maletín y cargó
su pistola médica con la cápsula que contenía los medibots que necesitaba. Por su
rango, su pistola tenía los protocolos necesarios para que el traje de uno de los suyos
la reconociera y le permitiera el acceso hasta la piel del paciente. Se encontraba
apretando el gatillo que inyectaba los picobots dentro del riego sanguíneo de la
soldado cuando se desató el infierno. Y la sala explotó en mil pedazos.

No te quedes con la intriga y
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