EL PRIMER ÁRBOL DE NAVIDAD

Mi madre tenía una envidia blanca a los árboles de navidad plásticos de las vecinas
pitucas del barrio. Eran todos muy grandes e iluminados con juegos de luces de cien, doscientas,
quinientas luces; conque un día monta en cólera ―así la quiero llamar ahora que lo recuerdo de
buen talante―, y va donde el carpintero y manda a hacer una base de madera con un palo al
medio, rodeado arbitrariamente de ramas que eran palos más pequeños. Forró los palitos y la base
con tela verde brillante e hilos como barbas verdes; tendió el juego de luces de veinte y distendió
lana blanca sobre todo el ralo armatoste arbóreo. Era el primer árbol navideño de la familia. Yo
solía encenderlo unas veinte veces al día, de tan fascinado y enternecido que había quedado con el
tesoro navideño fabricado por mi madre. Lo encendía cuando regresaba de la escuela; cuando no
podía dormir; cuando regresaba de jugar pelota; cuando se me acababan los cohetecillos y ya no
podía llamar a los gatos misho misho, para amarrárselos a la cola. Cuando lloraba, me alegraban
las luces de colores desleídas en mis lágrimas, y ya toda esa tempestad terminaba. Cuando era más
pequeño, descolgaba las bombas de ese árbol, que ya más grande adoraba, y las soltaba desde la
ventana del segundo piso (aún no habría luces, supongo). Pero el recuerdo más brillante fue
cuando tenía unos ocho años y la navidad también se encendía por unos instantes en las pompas
de detergente que fabricaba con un casco de lapicero, que luego barnizaban los días de finales de
año de mucha expectativa y emoción en las manos. Recuerdo que el año terminaba cuando nos
llevábamos la clásica botella embadurnada con detergente, salpicada con escarcha, melancólicos, a
casa. La cinta roja como una corbata, envuelta en la botella, nos hacía desfilar hasta el otro año,
llevándonos toda la melancolía, y parte de la alegría que se disipa con los años. El recuerdo de las
luces desparramadas en mis lágrimas, el más brillante y colorido de todas las navidades, es lo más
sublime de la navidad con árboles gigantes y millonarios ahora, que ya no llevo dentro a ese niño
sonriente empecinado en prender el arbolito hechizo por mi madre, una y otra vez hasta llenar
esas lágrimas secas... otra vez.
Jack Farfán Cedrón

Cajamarca, 5 de diciembre de 2015

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