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La Constitución de 1823, de 27 de diciembre, y elaborada por el jurista Juan Egaña, es conocida como la constitución

moralista, por su marcada tendencia conservadora y autoritaria, en la que se mezclaban elementos políticos, religiosos y
morales. En ella se reconoce al Ejecutivo como el gran poder del Estado, cuyo mandato sería ejercido por un Director
Supremo por un período de cuatro años, reelegible por una sola vez. En cuanto al Legislativo, estaba constituido por un
Senado y una Cámara Nacional. Al mismo tiempo, se establecía el requisito de religiosidad para ser ciudadano, y se fijaban
controles y censura para las relaciones entre las autoridades y los ciudadanos. En vista de su impracticabilidad, esta norma,
luego de dos años de vigencia, fue prontamente derogada en el año 1826, año durante el cual se elaboraron una serie de
ensayos constitucionales, entre los que destaca el Ensayo Federal de 1826, cuyo inspirador fue José Miguel Infante, político
liberal defensor del federalismo.

De este modo, se desarrolló en Chile, un proyecto de implantación de un régimen federal, que hizo que el Congreso aprobara
distintas leyes de carácter constitucional que lo anticipaban, por lo que, el 14 de julio de 1826, se declara que la República
de Chile se constituye como un régimen federal. Posteriormente, se reorganiza el sistema municipal, dividiendo el país
en ocho provincias, y determinando la elección popular de los Cabildos. Cada una de las provincias tendría además, una
Asamblea de elección popular con carácter legislativo.

Mientras tanto, el Congreso, al preparar el proyecto de nueva constitución, llegó al problema central de precisar el sistema
del Estado, al no adoptarse decisión alguna, en mayo de 1827 suspende sus sesiones y decide consultar directamente a las
provincias. Las respuestas de éstas tardaron en llegar o no llegaron, debido al rechazo al federalismo, y al desorden
provocado por los problemas políticos, económicos y geográficos que esta idea representaba. Ese mismo año, el Congreso
tiene que dejar sin efecto los pasos dados hacia la instauración de una Constitución.

No obstante el caos reinante, siguen los intentos de dotar al país de un orden constitucional, por lo que el año 1828, bajo el
gobierno interino de Francisco Antonio Pinto, se promulga la Constitución de 1828, aprobada por el Congreso el 6 de agosto,
confeccionada por el diputado Melchor de Santiago Concha Cerda y el Ministro del Interior subrogante José Joaquín de Mora.
Esta norma de principios liberales, considerada como la más completa y de contenido superior a las constituciones
promulgadas hasta la fecha no responde, sin embargo, a la realidad social y cultural del país.

En términos generales, a través de ella, se establece una clara independencia de los tres poderes del Estado, determinando
que la República sería gobernada por un Presidente elegido por votación indirecta de electores, a razón de tres por cada
miembro del legislativo; el gobierno duraría cinco años, posibilitando la reelección después de un período de otros cinco años;
el Presidente podría, en caso de muerte o de imposibilidad física o moral, ser reemplazado por un Vicepresidente, elegido de
igual forma que éste. El Poder Legislativo reside en dos cámaras: Senado y Cámara de Diputados, que como poder del Estado,
tiene la facultad de nombrar a los ministros de la Suprema Corte de Justicia; dictar el presupuesto; suprimir y crear puestos
de empleo; aprobar ascensos de jefes superiores del ejército y ministros en el extranjero, etc.

Por otra parte, se mantiene la división del país en ocho provincias, que se manejarían con independencia del poder central;
se establece la tolerancia religiosa y su culto privado; se establece la libertad de imprenta sin censura previa; se refuerzan
los derechos individuales; se amplía el electorado a las milicias suprimiendo el requisito de saber leer y escribir, entre otros.

Promulgada la Constitución, se llama a elecciones presidenciales, siendo electo presidente Francisco Antonio Pinto, pero la
elección del Vicepresidente no logró mayoría de ninguno de los candidatos, lo que finalmente termina por provocar una
guerra civil, que finaliza el año 1830 con el triunfo de Diego Portales en la batalla de Lircay. En esa ocasión se nombra como
Presidente de la República interino a José Tomás Ovalle, uno de cuyos ministros, Diego Portales, tendría enorme incidencia en
la dictación de la Constitución Política que regiría por los siguientes 92 años. Termina así una prolongada etapa de
inestabilidad política caracterizada por variados ensayos de organización constitucional.