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Profesiones Para mujeres*

Virginia Woolf V W
Virginia Woolf
V
W

Cuando su secretaria me invitó a venir, me dijo que su sociedad se ocupa del empleo de las mujeres y sugirió que podía hablarles sobre mis experiencias profesionales. Es verdad que soy una mujer; es verdad que tengo un empleo; pero ¿qué experiencias profesionales he tenido? Es difícil decirlo. Mi profesión es la literatura, y en esa profesión hay menos experiencias para las mujeres que en cualquier otra, con excepción de las tablas -menos, digo, que les sean particula- res a las mujeres. Pues el camino fue abierto hace tiempo -por Fanny Burney, por Aphra Behn, por Harriet Martineau, por Jane Austen, por George Eliot- muchas mujeres famosas y muchas más desconocidas y olvidadas, vinieron antes que yo, emparejando el camino, y regulan- do mis pasos. Por eso, cuando comencé a escribir, había muy pocos obstáculos materiales en mi camino. Escribir era una ocupación con buena reputación e inofensiva. La paz familiar no era interrumpida por el razgar de una pluma. No implicaba exigencia alguna para el

* Un ensayo leído en la Women’s Service League en enero de 1931 y publicado en el libro The Death of the Moth and Other Essays. (Traducción de Manuel Kalmanovitz)

presupuesto familiar. Con 16 peniques se puede comprar todo el papel necesario para escribir todas las obras de Shakespeare -si siente tal inclinación. Pianos y modelos, París, Viena y Berlín, amos y amantes,

no son necesarios para una escritora. El módico precio del papel para

escribir es, claro, la razón por la cual muchas mujeres han tenido éxito como escritoras antes de tenerlo en otras profesiones. Pero para contarles mi historia: es simple. Les basta con imaginarse a una muchacha en una habitación con una pluma en su mano. Sólo necesita mover la pluma de izquierda a derecha -desde las 10 de la mañana a la una. Luego se le ocurrió hacer lo que, después de todo, resultaba simple y económico: poner unas de esas páginas en un sobre, ponerle una estampilla de a centavo en la esquina, y dejar el

sobre en la caja roja de la esquina. Fue así que me hice periodista; y

mi

esfuerzo se vio recompensado el primer día del mes siguiente -fue

un

día glorioso para mi- con una carta de un editor que contenía un

cheque por una libra y 16 chelines. Pero para mostrarles lo poco que merecía ser llamada una mujer profesional, lo poco que conozco las luchas y dificultades de esa clase de vida, debo confesar que en vez

de

gastar ese dinero en pan y mantequilla, renta, zapatos y medias, o

en

las cuentas del carnicero, salí y compré un gato –un gato hermoso,

persa, que al poco tiempo me había metido en amargas disputas con mis vecinos. ¿Qué podía ser más fácil que escribir artículos y comprar gatos persas con las ganancias? Pero esperen un momento. Los artículos deben tener un tema. El mío, según recuerdo, era sobre una novela

de un hombre famoso. Y mientras escribía esta reseña, descubrí

que para reseñar libros debía luchar contra un cierto fantasma. Y el

fantasma era una mujer, y cuando llegué a conocerla mejor, le puse el nombre de la heroína de un famoso poema, –el Ángel en la casa–.

Era ella quien solía interponerse entre el papel y yo cuando escribía reseñas. Era ella quien me molestaba y me hacía perder el tiempo y

me atormentaba tanto que al final la maté. Ustedes que vienen de una

generación más joven y feliz pueden no haber oído de ella -puede que

no sepan a qué me refiero con el Ángel en la casa. Lo describiré tan

brevemente como pueda. Era intensamente empática. Era inmensa- mente encantadora. No tenía ni el más mínimo egoísmo. Se destacaba

en las difíciles artes de la vida familiar. Se sacrificaba a diario. Si había pollo, se servía la pierna; si había una corriente de aire, se sentaba en ella -para resumir, estaba constituída para no tener una opinión o un deseo propio, sino que prefería simpatizar siempre con las opiniones

o deseos de otros. Sobre todo -debo decirlo- era pura. Su pureza era supuestamente su mayor belleza -su sonrojo, su mayor gracia. En

esos días -los últimos de la Reina Victoria- cada casa tenía su Ángel.

Y cuando empecé a escribir la encontré en las primeras palabras. La

sombra de sus alas caía sobre mi página; escuchaba el roce de sus faldas en la habitación. Inmediatamente, es un decir, tomé la pluma en mi mano para reseñar esa novela por un hombre famoso, se deslizó

atrás mío y susurró:–“Querida, eres una joven mujer. Estás escribiendo sobre un libro que ha sido escrito por un hombre. Sé simpática, sé tierna; adula; engaña; usa todos las artes y estratagemas de nuestro sexo. Nunca dejes que nadie adivina que tienes una opinión propia. Sobre todo, sé pura”. E hizo el gesto de guíar mi pluma. Ahora narro

el

único acto por el que pido algo de reconocimiento para mi, aunque

el

reconocimiento en realidad se debe a algún excelente ancestro mío

que me dejó cierta suma de dinero -digamos, unas 500 libras anuales-

para que no tuviera que depender exclusivamente de mi encanto para vivir. Me voltée hacia ella y la agarré de la garganta. Hice lo que pude por matarla. Mi excusa, de haber sido necesaria en un juzgado, habría sido que actúe en defensa propia. De no haberla matado, ella me habría matado a mí. Le hubiera arrancado el corazón a mi escritura. Porque, como lo descubrí apenas puse la pluma sobre el papel, no se puede reseñar ni siquiera una novela sin tener una opinión propia, sin expresar lo que uno cree es la verdad sobre las relaciones humanas,

la moralidad, el sexo. Y todas estas preguntas, según el Ángel de la

casa, no pueden ser tratadas libre y abiertamente por mujeres; deben ser encantadoras, deben conciliar, deben–-para ponerlo descarnada- mente- mentir para tener éxito. Así, cuando sentía la sombra de su ala o los destellos de su halo sobre mi página, tomaba el tintero y se lo echaba encima. Murió duramente. Su naturaleza ficticia le fue de gran ayuda. Es mucho más difícil matar un fantasma que algo real. Siempre volvía disimuladamente cuando yo ya creía haberla despachado. Aunque me halago al decir que al final la maté, la lucha fue severa;

tomó mucho tiempo que habría sido mejor empleado aprendiendo gramática griega, o paseando por el mundo en busca de aventuras.

Pero fue una experiencia real; fue una experiencia que inevitable- mente debieron vivir todas las mujeres escritoras de esa época. Matar

el Ángel de la casa era parte de la ocupación de la mujer escritora.

El Ángel había muerto, ¿qué quedaba?

Se podría decir que lo que quedaba era un objeto simple y común:

una joven mujer en una habitación con un tintero. En otras palabras,

Pero para seguir mi historia

ahora que se había deshecho de una falsedad, esa joven mujer sólo tenía que ser ella misma. Ah, pero ¿qué es –ella misma–? Es decir, ¿qué es una mujer? Les aseguro, no lo sé. No creo que ustedes lo sepan. No creo que ninguna pueda saberlo hasta haberse expresado en todas las artes y profesiones abiertas a la capacidad humana. De hecho esa es una de las razones por las que he venido, por respeto hacia ustedes que están en proceso de mostrarnos con sus experimentos lo que es una mujer, que están en el proceso de darnos, a través de sus fallos y éxitos, ese pedazo de información extremadamente importante. Pero para continuar la historia de mis experiencias profesionales gané una libra 16 chelines por mi primera reseña y compré un gato persa con las ganancias. Luego me hice ambiciosa. Un gato persa está muy bien, dije; pero un gato persa no es suficiente. Debo tener un automóvil. Y fue así como me volví novelista –porque es una cosa muy extraña que la gente te dé un automóvil si les cuentas una historia. Es cosa más extraña aún que no hay nada más delicioso en el mundo que contar historias. Es más placentero que escribir reseñas de novelas famosas. Y aún así, si he de obedecer a su secretaria y contarles mis experiencias profesionales como novelista, debo contarles de una ex- periencia muy extraña que me sucedió como novelista. Y para enten- derla, deben primero tratar de imaginarse el estado mental de un no- velista. Espero no estar divulgando secretos profesionales si digo que el mayor deseo de un novelista es ser tan inconsciente como sea po- sible. Debe inducir dentro de sí un estado de perpetuo letargo. Quiere que la vida siga con la mayor quietud y regularidad. Quiere ver los mismos rostros, leer los mismo libros, hacer las mismas cosas día tras día, mes tras mes, mientras escribe, para que nada rompa la ilusión en la que vive -para que nadie moleste o intranquilice los olfateos miste- riosos, recorridos, carreras, zambullidas y descubrimientos repenti- nos de ese espíritu muy tímido e ilusorio: la imaginación. Sospecho que este estado es igual para hombres y mujeres. Como sea, quiero que me imaginen escribiendo una novela en estado de trance. Quiero que se imaginen a ustedes mismas como una muchacha sentada con una pluma en la mano, sin meterla en el tintero durante minutos, u horas incluso. La imagen que me viene a la mente cuando pienso en esta muchacha es la de un pescador perdido entre sus ensoñaciones al borde de un lago profundo con una caña suspendida sobre el agua. Deja que su imaginación dé vueltas sin supervisión alrededor de cada roca y grieta del mundo sumergido que se halla en las profundidades de nuestro ser inconsciente. Ahora llegó la experiencia, la experiencia

que considero mucho más común entre las mujeres escritoras que entre los hombres. El cordel corría por los dedos de la muchacha. Su imaginación se había alejado corriendo. Había buscado las piscinas, las profundidades, los lugares oscuros donde duermen los peces más grandes. Y luego se sintió un golpe. Se sintió una explosión. Hubo espuma y confusión. La imaginación se había golpeado contra algo duro. La muchacha despertó de su ensueño. Se encontraba realmente en un estado de sufrimiento agudo y difícil. Para hablar sin metáforas, había pensado en algo, algo sobre el cuerpo, sobre las pasiones que no le era dado decir como mujer. Los hombres, le decía su razón, se escandalizarían. La consciencia de lo que dirán los hombres de una mujer que dice la verdad sobre sus pasiones la había despertado de su estado inconsciente de artista. Ya no podía escribir más. El trance había acabado. Su imaginación ya no podía trabajar más. Esta creo que es una experiencia muy común entre mujeres escritoras -son frustradas por la convencionalidad extrema del otro sexo. Porque aunque los hombres sensatamente se dan grandes libertades en estas áreas, dudo que se den cuenta o controlen la severidad extrema con la que condenan tales libertades en las mujeres. Estas son, entonces, dos muy genuinas experiencias propias. Estas fueron dos de las aventuras de mi vida profesional. La primera -matar

el Ángel en la casa- siento haberla resuelto. Murió. Pero la segunda,

decir la verdad sobre mis experiencias como cuerpo, no creo haberla solucionado. Dudo que cualquier mujer la haya resuelto aún. Los obs- táculos en contra siguen siendo inmensamente poderosos. Y sin em- bargo, son muy difíciles de definir. Visto desde afuera, ¿qué hay más simple que escribir libros? Visto desde afuera, ¿qué obstáculos tiene una mujer que no tenga un hombre? Pero desde adentro, creo, el caso es muy distinto; aún hay muchos fantasmas contra los cuales pelear, muchos prejuicios que superar. De hecho, aún falta mucho tiempo, creo, antes de que una mujer pueda sentarse a escribir un libro sin encontrar un fantasma que matar, una roca contra la cual estrellarse.

Y si este es el caso en la literatura, la más libre de las profesiones para

mujeres, ¿cómo será en las nuevas profesiones a las que acceden por primera vez? Esas son las preguntas que me hubiera gustado, de haber tiempo, hacerles. Y, de hecho, si he enfatizado estas experiencias profe- sionales mías es porque creo que son, aunque de manera distinta, también las suyas. Incluso cuando el camino supuestamente está abierto -cuando nada impide que una mujer sea doctora, abogada,

servidora pública- hay muchos fantasmas y obstáculos, me parece, esperándola en su camino. Discutir y definirlos me parece del mayor valor e importancia; porque sólo así las cargas pueden compartirse, las dificultades resolverse. Pero además de esto, también es necesario discutir los fines y las metas por las que luchamos, por los cuales batallamos contra estos formidables obstáculos. Esos fines no pueden darse por sentados; deben ser cuestionados y examinado perpe- tuamente. Todo el asunto, como lo veo -acá en esta sala rodeada de mujeres que practican por primera vez en la historia no sé cuántas profesiones distintas- es de un interés e importancia extraordinarios. Se han ganado sus propias habitaciones en una casa que hasta ahora había sido dominio exclusivo de los hombres. Son capaces, aunque no sin mucho trabajo y esfuerzo, de pagar el alquiler. Ganan sus 500 libras anuales. Pero esta libertad es sólo un comienzo -el cuarto les pertenece, pero está desnudo. Debe amoblarse; debe decorarse; debe compartirse. ¿Cómo van a amueblarlo?, ¿cómo van a decorarlo?, ¿con quién van a compartirlo y bajo qué términos? Estas, creo, son cues- tiones de extraordinaria importancia e interés. Por primera vez en la historia son capaces de hacérselas; por primera vez, pueden decidir por ustedes mismas cómo responderlas. Con gusto me quedaría a discutir esas preguntas y respuestas –pero no esta noche. Mi tiempo terminó y debó detenerme.

gusto me quedaría a discutir esas preguntas y respuestas –pero no esta noche. Mi tiempo terminó

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