Podríamos afirmar, sin ser demasiado exagerados, que la afectividad forma parte de

la entraña de la vida de las personas. Amar y sentirnos amados son, quizá, las necesidades
que más nos preocupan a hombres y mujeres, después de la propia supervivencia, claro está.
Cuando nacemos, otros seres humanos, distintos a nosotros, nos toman en sus brazos y nos
cuidan. Se preocuparán de alimentarnos, vestirnos y convertirnos en seres autónomos. El ser
humano es un ser necesitado, por definición, alguien que no puede subsistir sin este vínculo
que lo anuda a otros semejantes. Durante el resto de nuestras vidas viviremos en relación a
otros en un movimiento que unas veces buscará el acercamiento y otras la huída. Movimiento
que nos aportará grandes alegrías, pero en ocasiones profundas decepciones que nos harán
sufrir. Habrá personas con las que no queramos vivir y otras de las que nunca nos queramos
separar.
Muchos filósofos han insistido en el carácter desajustado de lo humano. Así, como el
animal sí está ajustado a la naturaleza y al mundo, el ser humano tiene que ir construyéndose
y creándose cada día. Por eso dirá Ortega y Gasset que así como el un tigre siempre será el
primer tigre, el hombre no es igual al primer hombre. Decía Sartre que estamos condenados
a ser libres, es decir que no podemos no elegir, y las distintas elecciones que hagamos en
nuestra vida configurarán quienes somos en cada momento. Por este motivo la reflexión sobre
la afectividad nunca estará acabada. De ahí que este asunto tenga mucho que ver con la
Responsabilidad y con la ética, ya que no sólo somos responsables de nuestra vida sino de
la de aquellos con quienes convivimos.
En este artículo vamos a analizar cómo son esos vínculos que vamos forjando a lo
largo de nuestra vida y nos preguntaremos qué es lo que la fe nos puede aportar. El evangelio
de Jesús quizá tenga que decirnos más de lo que imaginamos sobre este asunto.

Podríamos partir de tres ideas que nos servirán de telón de fondo:

La primera, que todos los seres humanos andamos buscando la felicidad. Y, como es
lógico, no de la misma manera. Para unos esa felicidad tendrá mucho que ver con la
salud, la mejora económica, el sentido de la vida o el amor perdido.
La segunda, que la felicidad hay que buscarla, hay que ir tras ella. Algunos incluso
afirman que se es más dichoso en el camino que conduce al encuentro de los objetivos
que el hecho de conseguirlos.
Por último que, en no pocos casos, alcanzarla supone pagar un precio no exento de
sufrimientos y de duro esfuerzo. Lo que los cristianos identificamos con la cruz.
Página 1

International Dominican Youth Movement - IDYM

San Mateo afirma en su evangelio: “Donde está tu corazón, está tu tesoro”(Mt 16,19).
Para la lengua hebrea la palabra corazón tiene un sentido mucho más amplio que en otras
tradiciones lingüísticas. Corazón no sería sólo el mundo del afecto o de la pasión, sino que
incluiría, además, la memoria, la espiritualidad, el intelecto e incluso la conciencia. El corazón
designa, por tanto, la misma personalidad del ser humano, lo más profundo que posee. Y así
es como tenemos que interpretar el texto del evangelista.
El evangelio nos invita a hacernos una seria reflexión sobre el lugar en el que
colocamos nuestros más profundos intereses, a quién o a qué le damos nuestro corazón,
porque no se trata simplemente de qué es lo que nos atrae, sino más bien, a qué o a quienes
nos entregamos.
La afectividad, desde esta luz evangélica, tiene mucho que ver con el sentido de
pertenencia. Los seres humanos, con las decisiones que vamos tomando en nuestras vidas,
acabamos siendo parte de algo o de alguien. De ahí la importancia de decidir adecuadamente.
También, en las distintas elecciones, vamos configurando un tipo de corazón u otro, una
personalidad propia.
La sociedad actual occidental nos ofrece un amplio abanico de posibilidades para
elegir, algo impensable hace tan sólo cincuenta años. Los hombres y mujeres modernos
podemos adherirnos a instituciones, opciones políticas y experiencias de muy distinta índole.
Del mismo modo, la capacidad de comunicación y de movimiento actual nos permite conocer
multitud de lugares y de personas. Pero corremos el riesgo de no arraigarnos a nada, ni a
nadie, de no pertenecer a ningún lugar. El concepto de afectividad que estamos manejando
aquí nos lleva a hacernos un replanteamiento de esta pertenencia.

Independientemente de lo diversas que sean nuestras experiencias, o de lo llenas que
se encuentren nuestras agendas, los seres humanos tenemos cuatro o cinco lugares de
pertenencia básicos en los que ponemos nuestro corazón. Son los pilares sobre los que
construimos nuestra vida. Teniendo en cuenta, por supuesto, las diferencias individuales y
culturales, esos pilares podrían ser: la familia, las amistades, la pareja, el trabajo, la fe (donde
podríamos incluir la vivencia en comunidad y el compromiso con el mundo), y el ocio. Todos
estos elementos configurarían lo que podríamos denominar nuestro proyecto de vida.
Si estos pilares son sólidos, si hemos discernido bien la manera de vivirlos, entonces
estaremos bien, en otro caso nos encontraremos con dificultades que pondrán en juego
nuestra estabilidad emocional y la de los demás. No tener una cierta coherencia con los
Página 2
International Dominican Youth Movement - IDYM

diversos aspectos de nuestra vida puede llevarnos a vivir experiencias que sólo nos aporten
una felicidad ilusoria, que en ningún caso es la alegría de la que nos habla el evangelio.

A continuación veremos varias competencias básicas extraídas de los actuales
estudios sobre inteligencia emocional y de los propios textos evangélicos. Se trata de
herramientas que nos ayudarán a discernir en las distintas facetas de nuestra vida. Éstas son:
Visión/Sentimiento; Excelencia/Mediocridad; Zona de conforte/ Zona incómoda; Abundancia/
Escasez y Gana-Ganar/ Ganar-perder.
Tenerlas presentes a la hora de caminar nos será de utilidad a la hora plantearnos
dónde y cómo gestionamos nuestros afectos.

Buscad ante todo el reinado de Dios y su justicia y lo demás se os dará por
añadidura (Mt 6, 33)
Qué es aquello que quiero para mí y para los demás puede ser la pregunta básica que
oriente mi vida y mis afectos. Necesitamos un telón de fondo, una guía, una hoja de ruta en
la que consultar. Si no tengo claro qué mundo quiero y qué tipo de persona he de ser,
difícilmente podré decidir en cada momento lo más adecuado. Todos tenemos proyectos,
sueños y metas que queremos conquistar. No es lo mismo trabajar de una manera o de otra,
o invertir mi tiempo en unas cosas que en otras. El sermón del monte nos da una serie de
pautas sobre lo que significa el reinado de Dios como proyecto para la humanidad. Ser sal y
luz en medio de los otros, no murmurar sobre los demás, amar a los enemigos, no hacer del
dinero un dios o no devolver el mal recibido son sólo algunas de las claves que conducen a
construir el mundo que Dios sueña para todos.
Sin embargo, no siempre es fácil permanecer ahí. Si el mismo Jesucristo fue víctima
de las tentaciones del dinero, el poder y la fama, nosotros no vamos a ser menos. Las
tentaciones tienen mucho que ver con las sensaciones y con las apetencias. En el trabajo, en
la familia y en el resto de facetas de mi vida, los sentimientos a menudo me llevan a desear
lo que más me gusta en ese momento, pero no siempre aquello que me conduce a mi visión
o a mi proyecto vital.
Lo más significativo de todo esto es que aunque guiarme por la visión sea, en no pocas
ocasiones, menos cómodo que hacerlo por lo que siento, la felicidad que me produce es
mucho mayor, más duradera. Su fruto es la alegría profunda de la que hablábamos más
arriba. Cuántas veces nos hemos arrepentido al dejarnos llevar por lo que sentíamos y no por
Página 3
International Dominican Youth Movement - IDYM

lo que estábamos convencidos. Decidir cómo me comporto con los demás, o qué clase de
amor voy a dar, comportará muchas veces una renuncia. Una renuncia a la apetencia en pro
de algo mayor que quiero construir. El objetivo final al que apuntan mis decisiones forma mi
visión con la que la totalidad de mi persona se compromete.
Preguntas: ¿Qué visión de futuro tengo para mi vida?; ¿Cuáles son mis convicciones?;
¿en qué se parecen a lo que Dios quiere?; ¿Cuáles son los sentimientos que al usarlos como
guía no me funcionan en mi vida?; ¿Qué hábitos me alejan de mi visión?

Sed pues perfectos como vuestro Padre del cielo es perfecto (Mt 5, 48)
En repetidas ocasiones Jesús provoca a sus interlocutores para pedirles que si su
modo de actuar no es éticamente superior al de los fariseos, o incluso al de los paganos,
difícilmente podrán vivir el plan de Dios. Se trata de una llamada a la perfección. El corazón
del hombre (en el sentido amplio en el que hablábamos más arriba) es capaz de llegar más
lejos de lo que sospechamos. Los santos, y los grandes hombres y mujeres de la historia, han
sido un ejemplo de ello. El seguimiento de Jesús no es un camino para ser simplemente
“buenas personas”, no es una forma de vida para hacer sólo lo correcto o lo que se espera
de mi en cada momento. Jesús critica a los fariseos precisamente por eso, por ser
extremadamente correctos y cumplidores. El joven rico que se acerca a Jesús buscando la
perfección era una buena persona y cumplía con los mandamientos, pero le faltaba algo más
que lo separaba de la plenitud.
Podemos vivir una vida normativa, acorde con lo que marcan nuestras pautas sociales,
pero en definitiva un tanto mediocre. Somos mediocres cada vez que nos conformamos con
una adecuada forma de trabajar o de vivir mis relaciones de pareja. Somos mediocres cada
vez que no damos un paso más sabiendo que podría darse. Somos mediocres cada vez que
no arriesgamos y nos quedamos con lo convencional.
El psicólogo Lawrence Kohlberg, analizó los niveles de madurez ética dividiéndolos en:
pre convencional, convencional y pos convencional, definiendo éste último nivel como el
propio de aquéllos que no actúan por convención sino por convicción. Son pos convencionales
aquellos que añaden un plus en su manera de vivir y de actuar, aquellos capaces de ir incluso
contra las leyes establecidas, si eso supone encontrar un bien mayor. La sociedad posee
manuales no escritos de comportamiento que a menudo son invitaciones a comportarnos de
un modo vulgar. Desde el evangelio estamos llamados a ser excelentes. No se trata de ser
mejores que nadie o de imitar lo que otros hicieron, pero sí de sacar la mejor versión de
nosotros mismos. ¡Cuántas cosas nos estamos perdiendo a veces por no dar un paso más
en los distintos aspectos de nuestra vida!

Página 4
International Dominican Youth Movement - IDYM

Preguntas: ¿En qué aspectos de mi vida estoy siendo mediocre?; ¿Qué metas
alcanzaría si me atreviese a ser realmente excelente?; ¿En qué nivel de madurez personal
considero que me encuentro?

Entrad por la puerta estrecha; porque es ancha la puerta y espacioso el camino
que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella. ¡Qué estrecha
es la puerta, qué angosto el camino que lleva a la vida, y son pocos los que
dan con ella! (Mt 7 13-14)
Todos tenemos en nuestra vida lo que algunos llaman nuestras “zonas de confort”. Se
trata de aquellos espacios en los que estamos totalmente cómodos y en los que disfrutamos
porque ahí no tenemos que hacer ningún esfuerzo. Nuestro cuerpo y nuestra mente nos lo
agradecen. También son zonas de confort aquellas maneras de afrontar el mundo a las que
ya estamos acostumbrados gracias al hábito creado. Trabajar de un mismo modo o solucionar
nuestros problemas de una forma similar nos ahorra energía y esfuerzo. Hasta aquí no hay
ningún problema.
Sin embargo existen otras zonas de confort que pueden ir en nuestra contra. Decidir si
nos ponernos a estudiar o no, si madrugamos o permanecemos en la cama o si convendría o
no poner a trabajar nuevos talentos, nos incomoda, y mucho. Aunque en muchos momentos
tengamos claro el camino que hemos de seguir, los pretextos y las excusas se sucederán
para persuadirnos a permanecer en nuestra zona de confort (esto no va a servir para nada,
otros lo hacen mejor que yo, lo haré en otro momento, etc.) pero la voz de la conciencia
también nos dirá que lo intentemos, que lleguemos más lejos, que no nos conformemos. El
evangelio, desde el símil de la puerta estrecha, nos deja claro que lo cómodo no nos llevará
a ninguna parte, mientras que la vida se encuentra detrás de lo incómodo. Pero no es
incómodo porque hagamos uso de una espiritualidad de sufrimiento por sí mismo, sino porque
todo lo que merece la pena cuesta trabajo. No olvidemos que seguimos al Señor Jesús, a
quien se le complicaron bastante las cosas por ser fiel al Padre.
Existe un método muy interesante para aprender a tomar buenas decisiones. Se llama
el método coste-beneficio. Este método nos enseña que ante una decisión, cualquiera que
sea, importante o no, tenemos varios caminos a elegir, por ejemplo, implicarme activamente
en mi comunidad de fe o dejarme llevar. El método nos dice que no hay respuesta correcta,
sino conveniente o no conveniente, dependiendo de lo que queramos conseguir. Los dos
caminos posibles tienen un precio y un beneficio, y nosotros tenemos que discernir uno u otro,
no por lo cómodo o incómodo que resulte, sino por los costes y beneficios que para nosotros
tenga. Con frecuencia, detrás de todo lo que me resulta incómodo hay un regalo para mí: una
superación personal, un beneficio para otros, etc.
Página 5
International Dominican Youth Movement - IDYM

De esta manera, mis decisiones no debieran estar condicionadas por la dificultad que
éstas acarreen, sino por si me compensa los precios que pago a cambio de los beneficios que
obtengo. Cada vez que hacemos este esfuerzo, saliendo de nuestra comodidad, estamos
haciendo un estiramiento, es decir, estamos superándonos como persona y estamos
haciendo que nuestra zona de confort sea más amplia. El miedo también puede ser un gran
tentador de nuestra zona de confort pero ya el gran Nelson Mandela dijo: No es valiente el
que no tiene miedo, sino el que sabe conquistarlo. No hace falta explicitar ni los precios que
él pagó ni los beneficios que consiguió.
Preguntas: ¿Cuáles son mis zonas de conforte?; ¿Qué beneficios me estoy perdiendo
por no saltar a mi zona incómoda?; ¿Qué cosas tendría que empezar a cambiar?

El ojo suministra luz a todo el cuerpo: por tanto, si tus miras son generosas,
todo tu cuerpo será luminoso; pero si tus miras son tacañas, todo tu cuerpo
estará tenebroso. Y si tu fuente de luz está a oscuras, ¡qué terrible oscuridad!
(Mt 6, 22-23)
Pensemos por un momento en gente conocida que consideremos feliz. Con toda
probabilidad habrá llegado a nuestra memoria personas que son generosas con la vida: en el
tiempo que dedican a otros, en la implicación ante cualquier asunto o en las diversas
actividades de las que participan. Nuestra vida afectiva, es decir, nuestros vínculos con lo que
está fuera de nosotros mismos, puede ser estrecha y pobre o puede ser, en cambio, de una
gran generosidad.
El himno de la caridad de San Pablo (1ªCor 13, 1-13) es una verdadera catequesis
sobre este asunto. Dar sin condiciones y amar sin medidas ruines. El apóstol de Tarso es
absolutamente radical al afirmar que si no amamos no somos nada.
Sin embargo muchas veces nuestra vida se limita a unas reducidas relaciones y a un
pobre compromiso con el mundo que nos rodea. Nuestro ocio a veces se centra en hacer
siempre lo mismo y con frecuencia ponemos la condición de que nos quieran, o que nos
reconozcan, antes de donarnos a los demás. El evangelio nos invita a dar el primer paso, a
ser los primeros en comprometernos con el mundo sin contar de antemano con la seguridad
de que lo dado nos sea devuelto. Dad gratis lo que gratis habéis recibido. Se trata, por tanto,
de una actitud, de una manera de encarar la vida. Esta gratuidad nos proporciona una libertad
única, porque el amor hacia los demás no está condicionado por nada, sino que es pura
donación.
Quizá podamos pensar que esto sólo es posible para grades filántropos o gimnastas
de la fe, pero no es más que una cuestión de ponerse manos a la obra. Hacer pequeños
gestos de gratuidad nos lleva a querer embarcarnos en otros. Las investigaciones del cerebro
Página 6
International Dominican Youth Movement - IDYM

están demostrando que hacer el bien gratuitamente segrega endorfinas que nos hacen sentir
bien y, por tanto, nos alientan a volver a hacerlo. Lo más humano no es, por tanto, lo más
egoísta, como a veces insinuamos. Es como si Dios nos hubiese programado para hacer el
bien. Quizá esta sea la base científica de la profecía evangélica recibiréis el ciento por uno.
El siguiente ejercicio puede ayudarte a cambiar una vida escasa por una más
abundante. Pregúntate cuales son los roles que desempeñas en tu vida, como por ejemplo:
hijo, hermano, marido, tía, nieta, profesor, lector, cristiano, jugador de fútbol, compañero,
comprometido, soñador, orador, amante de la naturaleza, líder, etc. Una vez que tengas toda
la lista hecha (no tanto de lo que haces, sino de lo que eres) pregúntate que roles estás
descuidando y hazte un plan para que cada semana o cada mes vivas la gran abundancia
que eres y dejes atrás la escasez de la que a menudo participas.
Preguntas: ¿Cuáles son los talentos que tengo?; ¿Qué facetas importantes de mi vida
estoy descuidando?; ¿Qué ganaría yo, y los demás, si mi vida fuera fuente abundante?

Porque os digo que si vuestra justicia no supera a la de los letrados y fariseos,
no entraréis en el Reino de Dios (Mt 5, 20)
Todos los seres humanos somos herederos de los valores y creencias de la cultura en
la que nacemos. Se trata de formas de pensar, sentir y actuar que aprendemos con el tiempo
y que actúan sobre nosotros casi con la misma fuerza con la que lo hace nuestro código
genético. Gran parte de esas creencias son buenas y útiles, y nos permiten vivir y
desarrollarnos como seres humanos. Sin embargo, otras muchas no nos funcionan y sus
frutos van contra la propia humanidad. Son estas últimas las que necesitamos poner en
cuestión, si es que queremos construir un mundo mejor y unas formas de vida más sanas.
En prácticamente todas las tradiciones culturales se impone la falsa creencia de que
para ganar, otro ha de perder. Se trata de un pensamiento dicotómico en el que queda
excluida una tercera posibilidad: que ganemos todos. Hemos sido educados en la competición
y entendemos el mundo en blanco o en negro. La mayor parte de los conflictos humanos se
intentan resolver desde esta premisa errónea. Los conflictos amorosos, los problemas entre
iguales, las dificultades laborales o las disputas entre naciones consideran que al final siempre
habrá un vencedor y un vencido. Hasta las campañas y debates electorales son pensados
como un litigio en el que uno gana y otro pierde, cuando se trata de pensar juntos para
comprometernos con el bien común. No sería necesario mencionar los sufrimientos que este
planteamiento está infligiendo a las parejas que ponen fin a su matrimonio. Los datos de los
juzgados de muchos países pueden confirmarlo. Los propios discípulos de Jesús son
reprendidos por él porque discutían sobre quienes entre ellos debían ocupar los primeros
puestos. Si por algo llamó la atención la predicación de Jesús fue precisamente por tener en

Página 7
International Dominican Youth Movement - IDYM

cuenta a los últimos, algo que chocaba con las creencias fuertemente aprendidas de sus
interlocutores.
Frente al esquema de pensamiento basado en el ganar-perder, podemos elegir otro
escenario, ganar-ganar. Se trata de optar por un criterio de decisión en el que se contemple
la posibilidad de que nadie pierda. Se trata de una opción que muchos pueden calificar de
ingenua pero que está dando resultados positivos en muchos ámbitos. La justicia del
evangelio no puede estar basada en los mínimos, sino en los máximos. Estamos llamados a
conseguir lo mejor, aunque el camino pueda resultar algo penoso. La mediación familiar o la
integración de alumnos discapacitados en la escuela son logros basados en esta forma de
pensar alternativa.
También hay personas que bajo el esquema ganar-perder entienden que su bondad y
generosidad tiene que rebasar ciertos límites. Son personas que no han aprendido a decir
que no. Una buena salud mental pasa por no aceptar cargas que sobrepasan sus
posibilidades. Al fin y al cabo se trata de que todos ganemos. El asunto es que mi hermano
esté bien y yo también.
Preguntas: ¿contemplo en mis decisiones que los demás ganen?; ¿Soy capaz de decir
que no cuando tengo que hacerlo?; ¿Cómo podría diseñar un esquema ganar-ganar en mi
entorno?

Podemos concluir que la afectividad es la capacidad humana para ligarse a aquellas
realidades y personas de un modo vital. Son los vínculos, no pasajeros, que al establecerlos
definirán lo que somos y el tipo de mundo con el que deseamos vivir. Nuestra felicidad o
infelicidad, depende en no pocas ocasiones, en la forma y manera en que establecemos estos
vínculos. El Sermón del Monte de Mateo comienza, precisamente, con las bienaventuranzas,
con un proyecto de vida que nos lleva a la dicha. De nosotros depende recoger este testigo
para hacer posible un mundo mejor. Un mundo en el que nosotros y los demás podamos
hacer realidad lo que Dios sueña para todos, el reino de Dios. Ahora bien, embarcarnos en
este proyecto supone una tarea no exenta de esfuerzo. Pero todo lo que merece la pena tiene
un precio.

Antonio Luis Ferreira Siles
Psicólogo
Sevilla, España

Página 8
International Dominican Youth Movement - IDYM

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful