Está en la página 1de 29

Infidelidad conyugal: Dificultades de manejo en la terapia de pareja.

Propuesta de un modelo de intervención.

CARMEN CAMPO 1

RESUMEN

La infidelidad conyugal es una variable que suele estar presente en muchas de las consultas en las que se plantea realizar una terapia de pareja. En una revisión de una muestra de 100 casos tratados con terapia de pareja que hemos realizado, 43 la presentaban.

Tanto si constituye el principal motivo de consulta como si aparece como un dato más en el curso de un tratamiento, hemos observado que su presencia complica el manejo terapéutico y alarga o dificulta la obtención de buenos resultados. Por ello consideramos que puede ser útil disponer de una metodología de trabajo que permita un abordaje específico de la misma.

El presente artículo muestra un análisis de las dificultades más frecuentes observadas,

a la vez que describe un modelo de intervención diseñado específicamente para

subsanarlas.

El procedimiento propuesto consta de dos partes. La primera de ellas, formulada como

consulta, tiene como finalidad la de ayudar al terapeuta a valorar cuáles serían los posibles objetivos terapéuticos, y también a cada miembro de la pareja a tomar las decisiones, más acordes a lo intereses de cada uno, respecto del futuro de su relación. La segunda parte, describe las intervenciones específicas propuestas para el abordaje de los sentimientos de rencor, una de las dificultades observadas, en el caso en que se decida iniciar una terapia de pareja.

SUMMARY

Marital infidelity is a common feature of many referrals for couple therapy. In a review

of 100 couples treated with this approach we found it to be present in 43 cases.

Regardless of whether it is the main reason for referral or an aspect that emerges during treatment we have found that its presence complicates therapeutic management, and means that more time or effort are required to obtain good outcomes. Therefore, it would be useful to have a specific working method for addressing this issue. The present article analyses the most common difficulties observed and describes a model of intervention designed specifically to deal with them. The proposed procedure consists of two parts. The first, formulated as a consultation, aims to help the therapist assess possible therapeutic objectives and assist each member of the couple in making decisions about the future of the relationship that are more consistent with their respective interests. The second part describes the specific interventions proposed for dealing with grievances, one of the observed difficulties, in the event that couple therapy is embarked upon.

CARMEN CAMPO, Psicóloga adjunta de la Unidad de Psicoterapia del Servicio de Psiquiatría del Hospital de la Santa Creu i Sant Pau. Subdirectora de la Escuela de Terapia Familiar. Profesora del Master “Terapia Familiar Sistémica” de la universidad Autónoma de Barcelona. 1

1

1.

DIFICULTADES DE MANEJO TERAPÉUTICO

1.1 Sobre la demanda

La infidelidad conyugal es una realidad que, con frecuencia,

debe ser encarada por el

terapeuta en su quehacer cotidiano. Autores como Glass, S.P. (2003), señalan que la

infidelidad está presente aproximadamente en el 50% de las parejas que deciden iniciar

una terapia.

En una reciente revisión realizada, sobre una muestra de 100 casos tratados con terapia

de pareja de orientación sistémica, se halló presente en 43 de los casos.

Por otra parte, el estudio detallado de dichos casos puso de relieve hasta qué punto la

presencia de dicha variable complicaba el manejo terapéutico, así como la obtención de

los objetivos terapéuticos propuestos.

Diversas son las dificultades que fueron observadas, algunas de ellas ya desde el primer

contacto con los miembros de la pareja y, en otros casos como complicación del proceso

terapéutico en base a los sentimientos de rencor que se experimentaban por parte del

cónyuge traicionado.

La primera dificultad se da,

en muchas ocasiones, desde el principio y tiene que ver

con la demanda. Esta puede fácilmente presentarse con la apariencia de una demanda

realizada por ambos cónyuges para llevar a cabo una terapia de pareja, en base a que

ambos consideran que la relación es insatisfactoria y desean mejorarla. Esa, que sería la

situación tipo más favorable para el manejo terapéutico, puede de hecho ocultar muchas

otras realidades. Algunas de ellas convirtiéndose en una trampa para el terapeuta, pues

suponen

una

falta

de

motivación

encubierta

para

colaborar

consecución de los objetivos terapéuticos.

activamente

en

la

En realidad, en muchos casos ambos cónyuges, cada uno por su lado, lo que desean

conseguir del terapeuta es solo un aliado para poder “ganar “ en la lucha que están

manteniendo y que, en ocasiones, presenta una gran virulencia. Esa, que es una

posibilidad que se puede contemplar también en relación con muchos otros tipos de

conflictos, tiene mayor posibilidad de desarrollo cuando se han producido los agravios

y ultrajes que acompañan a menudo a la experiencia de

ha hecho de la misma por ambas partes.

infidelidad y al manejo que se

El terapeuta corre el riesgo, además, dados los dispares criterios que hay en la sociedad

sobre ese tema (Cirillo S. 2005), de sucumbir más fácilmente a esa propuesta de

triangulación y colocarse a favor de uno u otro cónyuge; sobre todo, si sus creencias le

llevan a considerar la infidelidad desde criterios más morales que terapéuticos. Cuando

así sucede, la necesaria neutralidad para trabajar desde la perspectiva de una terapia de

pareja se resiente y puede favorecer resultados insatisfactorios. En ese sentido el

terapeuta debe presentar una actitud abierta y flexible, con una perspectiva multicultural

que recoja los diversos significados que tiene, (Scheinkman, M. 2005)

Otra demanda que debe ser tenida en cuenta para poder ser neutralizada implica la

búsqueda, no tanto de un terapeuta que les ayude a buscar soluciones, sino, en realidad,

de un juez que dictamine quién tuvo la culpa e incluso imponga sentencia, sobre todo si

esta es condenatoria y puede ayudar al cónyuge traicionado en su empeño de castigar a

quien le ha herido tan intensamente.

En otras ocasiones, lo que se busca es un especialista que dictamine que el cónyuge

transgresor tiene que estar loco para hacer lo que hizo; sobre todo, si no realiza una

crítica culposa de lo sucedido.

Nos hemos encontrado

este tipo de casos con más frecuencia en infidelidades

realizadas por las esposas, en parejas de corte complementario en cuanto a la jerarquía

interna y con cónyuges con características de personalidad de tipo narcisista y un rol

protector desde el inicio de la relación.

Son situaciones interesantes, pues ponen en evidencia cómo la experiencia de sentirse

deseadas y, más aún, valoradas puede propiciar en esas mujeres un bienestar extremo

que les hace sentirse como nunca se han sentido, realidad que expresan con un grado tal

de euforia que puede llegar a ser considerado incluso de corte hipomaníaco. Sobre todo

visto desde alguien como el esposo que, hasta ese momento, ha ocupado una posición

up que ahora ve peligrar. En esos casos, la demanda suele ser hecha por éste tras la

revelación del secreto y cuando, de hecho, todavía la esposa está planteándose la

conveniencia o no de separarse. La posición de los cónyuges es que no se lo acaban de

creer, lo que se expresa con un grado alto de estupefacción y perplejidad.

En esas circunstancias, el terapeuta sin olvidar los criterios diagnósticos clínicos

convencionales,

ha

de

poder

ayudar

a

contextualizar

la

conducta

del

cónyuge

transgresor, de manera que ésta tome el significado relacional que tiene mas allá de las

apariencias.

Otra de las demandas también inadecuadas se produce cuando uno de ellos, o ambos,

han llegado a la conclusión de que no hay nada a hacer; de hecho, “han tirado la toalla”,

pero la posibilidad de separación no se contempla, bien por creencias religiosas, por el

temor de perder a los hijos, o ante la dificultad de encarar la vida en soledad después de

muchos años de convivencia.

En esos casos, el fenómeno de la homeostasis se instala primando que todo siga igual

pero pareciendo que se hace algo, aparentemente, para cambiarlo. En esas ocasiones, lo

único que consigue el terapeuta es que vayan a la sesión, lleguen siempre puntuales y

conversen con el terapeuta

acerca de la difícil convivencia y de los múltiples motivos

de reproche que ambos pueden hacerle al otro. Esa posición puede implicar que la

terapia se alargue sine die, se convierta en un simulacro y el terapeuta, si no lo detecta a

tiempo, quede engullido como un miembro más de ese sistema homeostático.

En otras ocasiones, en realidad uno de los cónyuges, frecuentemente el transgresor, ha

tomado ya la decisión de separarse, pero necesita disminuir sus sentimientos de culpa

con la “bendición de un experto” que dictamine que, ciertamente, no hay nada a hacer.

Es evidente que, en esos casos, la colaboración por parte de ese cónyuge es inexistente y

que su actitud negativa respecto de facilitar ningún cambio positivo imposibilita la

terapia. De hecho, la demanda de ayuda para poderse separar de manera adecuada

podría ser pertinente si no fuera que se enmascara tras la apariencia de una demanda

de terapia, con lo que el otro cónyuge entiende que todavía hay posibilidades de

propiciar

un reforzamiento del vínculo. Son

situaciones en las que una intervención

terapéutica orientada desde el principio a clarificar la demanda resulta de lo más

pertinente.

Desde la apariencia de una demanda para realizar una terapia de pareja,

también se

puede estar encubriendo, en realidad, una demanda de ayuda individual al cónyuge

traicionado. Orientada a que pueda superar la separación cuando se teme que no estará

de acuerdo con ella, bien porque se le contemple como alguien débil, susceptible de

hundirse y presentar conductas sintomáticas, bien porque realice amenazas que hagan

temer por su integridad. Esta última posibilidad se encuentra, de hecho, en muchos de

los casos en que, a pesar de no desearlo, el cónyuge opta por mantener el matrimonio.

Ni que decir tiene que cuando es así, se está produciendo una de las consecuencias más

nefastas del fenómeno de la infidelidad, en tanto que facilita no sólo la emergencia de la

conducta sintomática, sino -lo que es peor- el mantenimiento del síntoma.

Otra demanda de tipo fraudulento, por suerte no muy frecuente pero con la que también

nos hemos encontrado-, ha sido cuando el motivo de consulta es la celotipia. Definida

como “sin fundamento” por parte del cónyuge transgresor cuando, en realidad, éste

estaba manteniendo otra relación. Ese es un caso evidente de “juego sucio”, en el que sí

consideramos que el terapeuta no puede ser neutral. De hecho, son conductas que, por

poner en riesgo claramente la salud del cónyuge, el terapeuta ha de poderlas encarar de

manera que no pueda convertirse en cómplice de las mismas.

1.2. El rencor

El otro gran

inconveniente de trabajar con parejas en las que se ha producido uno o

varios episodios de infidelidad es el rencor. Es uno de los sentimientos más costosos de

manejar con el que debe bregar el terapeuta (Gordon, C K. Baucom, DH 1998)

Pocos sistemas relacionales pueden brindar un marco más adecuado que la pareja para

el desarrollo del rencor.

Ese sentimiento tan destructivo supone cultivar y estimular una mirada negativa hacia

el otro. Se niega que pueda tener y, por tanto, no se potencia ningún aspecto positivo.

Mientras que, por el contrario, se ayuda a que lo peor de uno mismo y del otro se ponga

de manifiesto.

Puede darse tras un largo proceso de agravios o mediante una afrenta

tan intensa y

repentina como suele suceder en la infidelidad (Campo,C., Linares, J.L., 2002).

No en todos los casos se detecta, pero, cuando hace acto de presencia, ignorar el rencor

puede impedir que se produzca cambio positivo alguno y, por tanto, obstaculizar en

gran medida la consecución de los objetivos terapéuticos.

La primera dificultad de su manejo es que pocas veces es un sentimiento que se

reconozca tener. Una de las frases que nos puede poner en alerta es la

consabida

“Puedo perdonar, pero no olvido”. De hecho, cuando se formula, encubre a menudo la

imposibilidad de perdonar, con lo que ello significa de imposibilidad de pasar hoja y

darse a sí mismo y al otro una nueva oportunidad.

Por otra parte, más allá de las palabras y de la buenas intenciones, la mejor fórmula que

tiene el terapeuta para valorar su existencia radica en el análisis de los gestos y las

acciones. Cuando sólo prevalecen las de tipo negativo, incluso como respuesta a

acciones positivas del otro, es probable que el rencor haya hecho acto de presencia.

El terapeuta ha de poder ayudar a explicitar dichos sentimientos y a valorar, sobre todo,

hasta qué punto son la expresión de una situación de irreversibilidad.

Cuando es así, cuando ya no es posible dar marcha atrás y, por tanto, haga lo que haga

el cónyuge transgresor, nunca va a ser perdonado, esa actitud debe poderse poner de

relieve de manera que se evidencie el riesgo que supone para el bienestar personal de

ambos e, incluso, para su salud mental. En efecto, no es infrecuente que, como

consecuencia de esas continuas interacciones negativas, se facilite la emergencia de

sintomatología depresivo-ansiosa, máxime cuando se experimentan desde la vivencia

de no tener otras alternativas.

En realidad hemos podido constatar en algunos casos que, tras el agravio, la relación de

pareja quedaba presidida por la voluntad de castigo al cónyuge transgresor casi como

una penitencia que se debía pagar “in eternum”. Quedando así los dos atrapados en una

situación sin salida, castigándole uno por su infidelidad y pagando el otro eternamente

por su falta, con el resultado de un infierno en vida para ambos, pues en la relación de

pareja vengarse del otro es tirar piedras contra el propio tejado y, por tanto, en definitiva

autocastigarse. En los casos más corrosivos se puede observar como todo vale con tal de

destruir al otro.

En algunos de esos casos, y como consecuencia de dicha situación tan claramente

disfuncional, se habían llegado a producir al cabo de un cierto tiempo fenómenos de

violencia que son los que, de hecho, habían propiciado la demanda.

2.

INTERVENCIONES ESPECÍFICAS

2.1 Intervenciones terapéuticas orientadas a la clarificación

Cuando la variable infidelidad se halla presente, el principal reto de la terapia de pareja,

reside en poder discriminar de forma adecuada si se están dando, o se podrían llegar a

dar, las condiciones mínimas necesarias para finalizar con éxito la terapia, teniendo en

cuenta, por supuesto, las intervenciones iniciales del propio terapeuta.

Entendiendo que unos buenos resultados deben incluir, antes que nada, la prevención y

resolución de las conductas sintomáticas, tanto en uno como en el otro cónyuge, la

desaparición del malestar en ambos, así como la posibilidad de una nueva vida

satisfactoria en común, si esa es, finalmente, la decisión elegida con suficiente

conocimiento de causa por uno y otro. O también, por el contrario, la posibilidad de

poner en marcha una separación consensuada si uno de ellos, o los dos, llega al

convencimiento de que ya no es posible darse una nueva oportunidad como pareja y,

por ellos, es positivo encarar de nuevo la vida solos.

Por eso, vale la pena formular los primeros encuentros en clave de consulta y no de

terapia, más allá de que el terapeuta esté convencido, sobre todo si trabaja desde el

modelo sistémico, de que es imposible no comunicar y, por tanto, dejar de intervenir.

Se trata de poder evaluar si se dan las condiciones necesarias para que se puedan

beneficiar de un abordaje psicoterapéutico. Formulándolo así desde el inicio del

encuentro terapéutico se tiende, además, a generar una actitud más proactiva por parte

de la pareja, siempre que, por supuesto, se acompañe de una actitud empática y de un

genuino interés por parte del terapeuta.

2.1.1. Protocolo

El encuadre propuesto pasa por la realización de un protocolo de tres primeras visitas

semiestructuradas realizadas con ambos miembros de la pareja, más una sesión

individual con cada uno, y una sesión de devolución conjunta con ambos, en la que se

podrá formular un contrato siempre que se den las condiciones mínimas necesarias para

poder trabajar ( Linares, J.L., Campo, C.,

2000). En ese sentido pensamos que es útil

formalizar un contrato que explicíte el compromiso, por parte de cada uno de los

cónyuges, de mantener una actitud colaboradora y activa en aras de conseguir los

objetivos propuestos. Estos, por otra parte, han de quedar suficientemente claros en

cuanto a que ambos desean trabajar en la misma dirección.

La finalidad de dicho protocolo es la de poder tener suficientes datos como para que la

experiencia de la infidelidad pueda contextualizarse. Se trata de poder clarificar qué les

ha pasado, cuáles han sido las circunstancias que han posibilitado dicha conducta, así

como poder entender con la máxima claridad posible, cuál es la situación actual y, por

consiguiente, cuáles son las expectativas que ambos cónyuges pueden plantearse en el

futuro con respecto a la relación. (Olson, M. y otros, 2002)

Se trata, tal como propugna el modelo sistémico, de ampliar el foco de observación de

tal manera que puedan ponerse de relieve las conexiones entre las diferentes variables

que conforman la realidad; en este caso, de un fenómeno tan complejo como es el de la

infidelidad.

Además, esa perspectiva más global y completa de la realidad de la pareja, permite al

terapeuta valorar mejor la conveniencia

o no de realizar un contrato, así como en qué

términos éste debería ser formulado. El terapeuta ha de poder valorar, hasta que punto,

ambos cónyuges están realmente interesados en darse mutuamente una oportunidad para

empezar una nueva etapa juntos, o si por el contrario la opción elegida, al menos por

parte de uno de ellos se decanta hacia la separación. En ese caso la ayuda debe

orientarse en la línea de poner en marcha una separación no litigante que tenga en

cuenta las necesidades individuales de cada uno de los cónyuges, y que preserve si hay

hijos el ejercicio de una buena parentalidad.

La posibilidad de poder decidir con mayor conocimiento de causa que quieren hacer de

sus vidas, se convierte por si misma en una intervención terapéutica fundamental.

Ese aumento de los grados de libertad, para que cada uno pueda decidir mejor y más

acorde con sus deseos y necesidades personales legítimas, es el núcleo básico de las

intervenciones de clarificación.

De hecho, las preguntas del terapeuta, tanto en las tres sesiones que se realizan con la

pareja, como en las sesiones individuales realizadas con cada uno de los cónyuges,

permiten poner sobre el tapete todos los datos más relevantes, de cara a que la elección

por parte de cada uno pueda ser hecha con conocimiento de causa.

Eso supone no sólo

poner en evidencia las dificultades que tienen por delante, sino,

por otra parte, también los recursos, tanto personales como aquellos que forman parte de

su patrimonio como pareja.

El protocolo de clarificación propuesto tiene un doble objetivo: por una parte, la

construcción de un contexto terapéutico para el que es imprescindible una buena

acomodación del terapeuta; por otra, la recogida de datos significativos que permitan

tomar decisiones, en el menor tiempo posible, tanto al terapeuta como a cada miembro

de la pareja

Se desarrolla a través de tres primeras sesiones semiestructuradas, de la siguiente

manera: En la primera sesión se indaga, en primer lugar, cómo se tomó la decisión de

realizar la consulta, quién de los dos la propuso inicialmente, qué pensó el otro y qué

factores facilitaron su solicitud al respecto.

Se trata de poder entender quién hizo la demanda, cuáles son las expectativas de

ambos, así como su grado de interés. También es útil conocer si un tercero significativo

se lo sugirió, sea amigo, familiar o terapeuta. En ese caso, es importante recoger qué les

dijo y a quién de los dos. Ese es un dato interesante en tanto apunta posibles alianzas y

triangulaciones.

La siguiente pregunta incide en la definición del problema, cómo y en qué términos es

formulado por cada uno de los cónyuges. También es útil conocer si previamente han

hecho ya alguna otra consulta o tratamiento, y la valoración de la misma por cada uno

de ellos.

Esa es, de hecho, una primera aproximación al problema. La descripción en detalle

suele ser más útil recogerla cuando ya se tienen más datos para poderlo contextualizar y

eso es más fácil que se consiga en la 3ª sesión, que tiene como objetivo conocer la

historia de la pareja.

Se completa esa 1ª sesión con una recogida de datos personales de cada miembro de la

pareja, orientada a conocer datos básicos, la edad, su procedencia, si se ha pasado por la

experiencia de emigración, cuándo, y en función de qué, así como qué valoración se

hace de dicha decisión. Qué estudios realizó, cual fue su experiencia en el ámbito

escolar, tanto a nivel de rendimiento como de sociabilidad, y hasta qué punto sus

expectativas al respecto se cumplieron. Cuál es su profesión y su experiencia en el

ámbito laboral, qué cambios significativos se produjeron y cuál es la valoración de los

mismos. Se trata de entender el grado de satisfacción y de posibles dificultades

que

proporciona esa área. Es también necesario recoger datos respecto a la salud en general,

si se está haciendo algún tratamiento y, si es así, quién lo controla. También es

pertinente indagar sobre gustos y aficiones como fórmula complementaria para conocer

el grado de sociabilidad de cada uno.

Al finalizar dicha sesión, resulta conveniente explicar a la pareja el procedimiento que

se propone el terapeuta utilizar. Definido en términos de consulta y valoración para

poder, con conocimiento de causa, darles su opinión y, eventualmente, proponerles una

terapia de pareja. Formando parte de esos comentarios finales, será importante señalar

todos aquellos aspectos positivos de las características personales de cada miembro de

la pareja que puedan ser resaltados.

En la 2ª sesión, el objetivo es conocer los datos de la familia de origen de cada uno. Se

trata de entender cuál ha sido su experiencia como hijo, qué recuerdos guardan de la

infancia, con especial atención a las experiencias en torno a los afectos y a las creencias

y valores aprendidos. Así como qué opinión tienen con respecto a la conyugalidad de

los padres, si consideran que fue armoniosa o conflictiva y basándose en qué. También

es interesante preguntar, según su opinión, cómo manejaban el poder, quién tomaba las

decisiones si no se tomaban conjuntamente. Se trata de poder valorar si el modelo

propuesto por los padres era de corte patriarcal y complementario, o si mantenían una

relación más igualitaria de tipo simétrico. También es necesario conocer qué relación se

mantiene en la actualidad con los familiares más directos, el grado de sintonía y los

posibles conflictos no resueltos. Al finalizar la sesión, es interesante preguntarle a cada

uno de ellos por su relación con la familia del otro, cómo fue inicialmente y si se han

experimentado cambios, así como

su valoración de la misma basándose en las

expectativas que se tuvieran desde el inicio.

Esta es una sesión que siempre ayuda al terapeuta, y a cada miembro de la pareja, a

entender mejor cuáles han sido las experiencias básicas en torno a los afectos y hasta

qué punto se han necesitado compensar, cuando estos han sido carenciales. En muchas

ocasiones, con expectativas desmesuradas difíciles de conseguir en relación con la

familia

del

otro;

posteriormente.

en

otras,

a

través

de

las

relaciones

afectivas

establecidas

En la 3ª sesión, formulada como una recogida de datos sobre la historia de amor de la

pareja, el objetivo es el de poder tener una imagen del proceso de la relación, de manera

que se pongan en evidencia las diferentes etapas por las que la pareja ha pasado y el

grado de satisfacción respecto a las mismas.

La primera etapa a explorar es la del inicio de la relación de pareja, cómo se conocieron

y qué edad tenían, quién tomó la iniciativa que favoreció los encuentros posteriores y

cuáles fueron los motivos de atracción mutua que les hizo elegirse. Esa ultima cuestión,

formulada de manera muy simple, “qué es lo que les gusto del otro”, recabando como

mínimos tres adjetivos, ayuda a entender cuáles eran las expectativas y hasta qué punto

se frustraron. También es útil recabar la valoración que hacen ambos de esa etapa

inicial, cómo se decidió empezar a vivir juntos y, si se decidieron casar, qué significaba

para cada uno de ellos ese compromiso.

El nivel de satisfacción respecto a la sexualidad es otro aspecto que debe ser explorado,

resaltando las diferencias de valoración entre los cónyuges, si las hubiere, así como las

posibles dificultades específicas que se hubieren dado y cómo se afrontaron.

Si la pareja tiene hijos es necesario entender qué papel ha tenido el desempeño de la

parentalidad, hasta qué punto fue deseada por los dos y cómo se repartieron las

responsabilidades al respecto.

Llegado ese punto, es útil preguntar hasta cuándo fueron bien las cosas entre ellos. Se

trata de poder recoger todos los motivos de insatisfacción que cada cónyuge empezó a

tener y qué cosas hizo para subsanarlos y no sólo centrarse en el episodio de la

infidelidad.

Este

ha

de

poderse

explorar

contextualizándolo

y

describiéndolo

en

términos de secuencias interactivas, de manera que sea más fácil entenderlo desde una

perspectiva de coparticipación.

Un dato siempre relevante es cómo se desveló el secreto. No tiene el mismo significado

si fue el propio cónyuge quien lo hizo, que se descubra por azar o que sea el cónyuge

traicionado quien haya tenido que pasar por una etapa larga de incertidumbre y de

búsqueda de certezas sistemáticamente negadas por el otro.

Es útil diferenciar la experiencia de infidelidad del manejo de la misma por parte de

ambos cónyuges. Y ello remite, inevitablemente, a plantear dificultades en cuanto a la

comunicación.

Si se considera que el fenómeno de la infidelidad incide de lleno en la comunicación

entre los cónyuges, en tanto se toma unilateralmente una decisión importante sin

comunicársela al otro, cómo se maneje posteriormente dicha realidad puede menoscabar

aún más las posibilidades de comunicación efectiva entre ambos.

En ese sentido, es útil conocer con quién se compartió y se comparte en la actualidad

ese secreto.

La complicidad que supone compartir información relevante genera con facilidad

alianzas. No hay que olvidar, en ese sentido, que compartir información es compartir

poder; por eso, es una información que es necesaria que el terapeuta conozca, pues

puede ser la clave para entender muchas actitudes.

Un dato que debe ser siempre explorado es qué han decidido decirles a los hijos y a las

familias respectivas, y también si esa información la han dado por separado o han

llegado a acuerdos al respecto.

En el caso de los hijos, las decisiones pasan, en ocasiones, por preferir mantenerlos al

margen, protegiéndoles del dolor que esto puede suponer para ellos; pero, más

frecuentemente, se les ha informado unilateralmente, con objeto de que tomen partido o

como forma de venganza hacia el cónyuge transgresor. Cuando eso sucede, el riesgo

para los hijos aumenta, pues incide de manera desfavorable en la buena relación

necesaria que han de tener con cada uno de los progenitores. El terapeuta debe alertar a

la pareja de ello e, incluso, proponerles una convocatoria por separado con los hijos,

para trabajar con éstos una fórmula más funcional de afrontar los problemas de sus

padres.

En ese sentido, y desde una perspectiva de terapia familiar, aunque se trabaje

específicamente con el subsistema de la pareja, la responsabilidad del terapeuta implica

tener siempre en cuenta las necesidades de todos los miembros del sistema familiar

teniendo como regla de oro la prevención y el cuidado con respecto a

de todos.

la salud mental

El papel de la familia de origen de cada uno de los miembros de la pareja puede,

también, ser decisivo. Si se les informa de lo que ha sucedido, la reacción más

frecuente, y que se puede considerar más funcional, es la de apoyar al hijo en cualquiera

que sean las decisiones que tome. Escucharle sus razones y apoyarle en aquello que sea

necesario, sobre todo si se pone en marcha una separación, favorece que ésta se pueda

encarar de manera más funcional. En muchas otras ocasiones, sin embargo, lo que

sucede es justo lo contrario: se culpabiliza al hijo por lo que ha hecho, o piensa hacer, y

se cierran filas en apoyo del cónyuge. Esa respuesta, a menudo coherente con las

alianzas previas establecidas, puede favorecer en el hijo reacciones depresivas que a la

larga sean el germen del desarrollo de patologías más severas.

Al finalizar dicha sesión, el terapeuta ha de tener ya claras las características básicas de

la relación amorosa de esa pareja, desde una perspectiva de proceso. Es desde esa

perspectiva global y evolutiva que se podrán entrelazar todos los datos previos que se

han recogido tanto a nivel personal como en relación a los hijos y las familias

respectivas, de manera que se pueda construir una devolución que resulte terapéutica.

No obstante, y en base a la índole particular del problema, resulta conveniente

completar ese apartado de valoración de la situación con la realización de una sesión

individual por separado con cada uno de los cónyuges.

En efecto, ver en ese momento a cada cónyuge por separado puede ser útil por varias

razones. En primer lugar, permite responder a la demanda hecha por alguno de los dos o

por ambos, generalmente al inicio de la consulta, de tener un espacio individual para

hablar con el terapeuta. Cuando eso es así, resulta más fructífero poder ofrecer ese

espacio después de haber completado las tres sesiones descritas anteriormente, pues el

terapeuta va a tener mayor información para entender de una manera contextualizada lo

que se cuente en esa sesión.

Por otra parte, incluir ese espacio como un procedimiento estándar, que se le ofrece a

cada

uno

de

ellos,

rompe

con

las

posibles

fantasías

de

triangulación

que

tan

comúnmente se observan detrás de la demanda de realizar una sesión individual, cuando

la consulta es de pareja.

En segundo lugar, es un espacio oportuno para que el terapeuta pueda aclarar si tiene

alguna duda con respecto a algunas de las afirmaciones hechas por cada uno de los

cónyuges en las sesiones precedentes.

En la sesión individual con el cónyuge transgresor, el terapeuta debe explorar el estado

actual de la relación extraconyugal, pues no es extraño que esta no esté cerrada todavía

y que el cónyuge desconozca tal extremo.

Esa es una eventualidad que el terapeuta debe explorar de forma directa, pues, en el

caso de que así fuera, ello incidiría negativamente en los resultados, si se decidiera

iniciar paralelamente una terapia de pareja. Comúnmente, ello sucede porque no se ha

encontrado la formula para comunicárselo al amante, sobre todo si la decisión se ha

precipitado al conocer el cónyuge la infidelidad y darle éste un ultimátum.

Bien sea por lealtad hacia esa figura y su deseo de no hacerle daño, bien sea por el

temor hacia su respuesta, lo cierto es que no siempre resulta fácil dar por cerrada una

relación de ese tipo. Sin embargo, posponer esa decisión cuando lo que se desea es

recuperar el vínculo conyugal, puede complicar la situación y ser valorada como una

muestra más de imposibilidad de confiar en el transgresor por parte del cónyuge, si este

se entera, algo que, por otra parte, suele suceder dado el estado de alerta en el que se

posiciona el cónyuge traicionado a partir de la revelación de la existencia de una

infidelidad.

El manejo adecuado del secreto es, en esas situaciones, imprescindible. Por una parte, es

necesario entender cuál es la finalidad del mismo. Tal como dicen Carpenter

J.

y

Treacher A.(1993), lo interesante es poder ayudar a quien mantiene el secreto a valorar

las consecuencias del mismo. Muy frecuentemente este se mantiene con el objetivo de

proteger y preservar al otro de algún tipo de dolor, sin darse cuenta de que, cuanto más

se tarde en desvelarlo, más posibilidades hay de que se ponga en riesgo la confianza

necesaria para encarar esa nueva etapa, si lo que se desea es recuperar el vínculo con el

cónyuge.

Hay, también, la posibilidad de que la no-ruptura con él o la amante se deba a que

todavía no se ha podido tomar una decisión con respecto a qué relación elegir. Cuando

eso es así, el cónyuge transgresor suele estar atrapado en un dilema que no le permite

decidir. En muchas ocasiones, eso sucede cuando la relación con el o la amante es

prevalentemente de tipo romántico (Pitman, F., 1994), se ésta en la fase de

enamoramiento y no se puede prescindir de las fuertes emociones que se sienten. En

esa situación es bueno que el terapeuta le ayude a encontrar las fórmulas adecuadas para

comunicar la situación al cónyuge, con la esperanza de que éste se muestre comprensivo

y entienda que es necesario arbitrar una interrupción provisional del vínculo, de manera

que se den los dos la oportunidad de ofrecerse un tiempo para decidir.

Cuando es así, la posibilidad de iniciar una terapia de pareja también tiene que quedar

en suspenso. Pudiéndose abrir, en cambio, la posibilidad de seguir viéndoles algunas

sesiones

por

separado

mientras

dure

ese

paréntesis.

En

este

caso,

las

sesiones

individuales estarán orientadas con el cónyuge transgresor, sobre todo, a decidir la

conveniencia de mantener una relación u otra en base a sospesar, con la ayuda del

terapeuta, los pros y contras de esa decisión. También es necesario aprovechar estos

espacios para poner de relieve la necesidad de que, si decide intentar reanudar la

relación con el cónyuge, se contemple la conveniencia de estar dispuesto a realizar las

acciones pertinentes para conseguir neutralizar los sentimientos de desconfianza y

rencor que pueden estar presentes en éste.

Las sesiones individuales con el cónyuge traicionado también pueden ser muy útiles. No

es fácil mantener la calma en esas circunstancias, que es uno de lo requisitos esenciales

para manejar lo mejor posible esa situación; Pero ahí sí que el terapeuta puede favorecer

la necesaria reflexión para que las decisiones que se tomen no sean incoherentes con los

deseos que se tienen. Son sesiones orientadas a favorecer el conocimiento de cuáles son

sus necesidades, qué es lo que quieren y qué están dispuestos a hacer para conseguirlo.

Asimismo, son sesiones útiles también para que se valore cuál es la situación del

cónyuge, y cuál puede ser la respuesta de éste a sus acciones. En ese sentido, y

siguiendo los criterios que se derivan de un manejo de esas sesiones desde la

perspectiva relacional, acostumbra a ser muy útil ayudarles a valorar cuál puede ser el

efecto de sus acciones.

Hay cónyuges que pueden por sí mismos entender lo que comenta Alberoni, F.(1996) a

propósito de las consecuencias negativas de forzar una unión cuando esta no se desea

interiormente, o apresurar al otro a tomar una decisión al respecto para la que no se está

preparado, pero son los menos. La mayoría se beneficia de tener en cuenta que

determinadas acciones no suelen ser recomendables ya que, si se consigue retener al

cónyuge en esas circunstancias, su

actitud negativa y desesperanzada no permitirá

fácilmente recrear una unión satisfactoria.

Otro contenido central de esas sesiones radica en poder ayudar al cónyuge traicionado a

reconocer cuáles son sus sentimientos, y en qué medida pueden volverse en su contra y

en la consecución de sus objetivos, si estos son predominantemente de rencor.

Se trata de facilitar una actitud receptiva de tipo positivo, frente a las necesarias

acciones del transgresor, en la línea de reparar el daño causado, en el caso de que se

inicie una terapia de pareja.

2.1.2 Devolución

En la última sesión de ese bloque inicial definido como de consulta y valoración, es útil

que el terapeuta construya una devolución lo más completa posible del estado de la

cuestión.

La fuerza de dicha devolución, que se realiza, además, en presencia de ambos

cónyuges, es que se sustenta en datos idiosincrásicos y no sólo en base a planteamientos

teóricos, incorporando el resultado de las hipótesis confirmadas que formuló al inicio el

terapeuta.

Es bueno tener en cuenta, en ese sentido, cómo en una gran mayoría de casos la

situación relacional que presentan dichas parejas es de impasse. De hecho, ni están

aprovechando las posibilidades de confort y bienestar emocional que promueve un

vínculo de pareja cuando prevalecen las interacciones positivas,

ni se están dando la

oportunidad de rehacer sus vidas por separado y ofrecerse la oportunidad de poder

disfrutar

de

nuevas

relaciones.

Y

eso

es

así

para

cada

miembro

de

la

pareja,

independiente de qué papel haya jugado en esa historia.

Consideramos que el papel del terapeuta debe ser el de impulsar una salida de esa

posición

de estancamiento, presidida generalmente por la confusión, propiciando un

contexto favorable de entendimiento, tanto si la decisión última pasa por darse una

nueva oportunidad como pareja e iniciar, entonces, un trabajo terapéutico orientado

hacia la recuperación del vínculo, como si la opción finalmente elegida fuera la

separación.

En ese último caso, el terapeuta hará bien en señalar cómo esa opción es una realidad a

tener en cuenta, legalmente posible en la mayoría de países, para la cual sólo es

necesaria en última instancia la voluntad de uno solo de los miembros de la pareja. Eso

es lo que la diferencia, sustancialmente, de la decisión de recuperar el vínculo y trabajar

en el sentido de la unión, algo para lo cual será indefectiblemente necesaria la

colaboración activa de ambos cónyuges.

Pensamos que la separación debe contemplarse como una alternativa válida solo con

que uno de los dos cónyuges la plantee en firme, y funcional en tanto posibilita la

emergencia de nuevas alternativas. Siempre y cuando, se maneje con el máximo de

respeto y generosidad por parte del cónyuge que se decide a ponerla en marcha. En ese

sentido, la ayuda del terapeuta puede ser conveniente. (Brown, E.M. 1999)

2.2. Desacuerdos en torno a la definición de la relación.

Otra de las ventajas para trabajar, en la etapa inicial, con un tipo de intervención

orientada a la clarificación, radica en el hecho de que, muy a menudo, esas parejas

presentan desacuerdos importantes en la definición de la relación.

Esos desacuerdos pueden observarse en relación a los tres pilares básicos que

constituyen el fundamento de la relación de pareja (Campo,C., Linares, J.L., 2002) el

vínculo amoroso, la jerarquía interna en cuanto al manejo del poder y los proyectos

básicos que se esperan realizar tanto en el presente como en el futuro.

Esos desacuerdos pueden haber estado presentes desde el inicio de la constitución de la

pareja y, de hecho, haber imposibilitado una consolidación de la misma, más allá de las

apariencias. Cuando es así, suelen implicar una diferencia, en muchas ocasiones

enmascarada, en cuanto a la expectativa respecto al tipo de vínculo afectivo que se

desea establecer, total o parcial.

En esos casos, hay el deseo de conformar un vínculo amoroso definido como total por

parte de uno de los esposos, mientras que el otro apuesta internamente por un vínculo

parcial. Es evidente que, en esos casos, la infidelidad es simplemente consecuencia de

esos presupuestos y, cuando es así, suele haberse dado desde el inicio de la

relación

conyugal, independientemente de las dificultades de relación que se hayan podido

producir en el seno de la pareja.

Se trataría, pues, de una infidelidad que responde más a características estructurales, la

falta de acuerdo en el seno de la pareja, así como individuales del propio cónyuge

transgresor, en tanto toma una decisión unilateral sin darle al otro posibilidades de

decidir.

Este

ultimo

caso

correspondería

a

los

individuos

con

características

de

conquistador descrito por Pitman, F.(1994). En algunas ocasiones, pudo incluso ser

tolerada durante un tiempo por el otro cónyuge, de manera implícita, en tanto en cuanto

presuponía sólo un intercambio sexual. Ese es el caso de muchas mujeres que pueden

tolerar e imaginar como posible que el marido tenga contactos con prostitutas en base a

los presupuestos sociales imperantes que todavía justifican dicha conducta y, en cambio,

llegan a considerar una ofensa gravísima si se establece una relación en la que se den

componentes afectivos.

Cuando hay desacuerdo con respecto al tipo de vínculo afectivo que se espera y se

ofrece al cónyuge, es importante que el terapeuta ayude a clarificar si es factible un

acuerdo. Teniendo en cuenta, sobre todo, que si el componente que prevalece tiene que

ver con

expectativas diferentes con respecto a la vinculación afectiva,

vaya a ser una conducta que se repita.

probablemente

Otro de los motivos de desacuerdo básico que pueden observarse remite a cuáles son las

expectativas que cada miembro de la pareja tiene con respecto al manejo del poder.

Ese ingrediente básico de cualquier relación puede haber sido, en algunos casos, motivo

de discrepancia desde el inicio, pero ello suele ser frecuente, además,

cuando se ha

producido una infidelidad en el seno de la pareja.

En ese sentido, hemos podido observar una tendencia a cambios en la jerarquía interna

de la pareja, que propician la inversión de roles cuando el patrón que prevalece es el

complementario. Así, hemos visto que, cuando es el infiel quien está en la posición

down,

la experiencia

asociada a la infidelidad de ser elegido como objeto de deseo

puede

propiciar un aumento de la

autoestima, suficiente como para colocarlo en una

posición up con respecto al cónyuge, sobre todo si la relación extraconyugal ha tenido

un componente afectivo potente.

Añádase a esto el desconcierto que antes mencionábamos que se produce en tales casos

en el otro cónyuge, con el resultado de una muy probable incompatibilidad de

presupuestos básicos, que acaban propiciando la separación conyugal como única

alternativa si no es posible realizar el reajuste necesario.

No siempre es ello posible, pues la expectativa de posición up respecto a la relación de

pareja,

cuando

es

de

tipo

complementario,

suele

derivarse

de

aspectos

de

la

personalidad que tienen que ver con la identidad y han sido refrendados socialmente en

la mayoría de casos por un modelo social de tipo patriarcal.

Cuando la relación extraconyugal la mantiene el cónyuge en posición up, la experiencia

suele reforzar dicha posición, pero el resultado definitivo va a tener que ver con el

manejo de la experiencia de infidelidad que haga el cónyuge traicionado. No es

infrecuente que, además, se fuerce un cambio de roles, si, tras el desvelamiento del

secreto, el cónyuge traicionado recibe el apoyo de los hijos o de la familia de origen

propia, o ,caso menos frecuente, pero también observado, de la del otro .

La perdida del apoyo de los hijos, que pueden rechazar al cónyuge transgresor y tomar

partido

fácilmente

por

el

otro

progenitor,

suele

ser

una

experiencia

muy

desestabilizadora para aquél, que puede saldarse incluso con la emergencia de patología

depresiva.

Por el contrario, si la pareja no tiene hijos o estos son demasiado pequeños para quedar

involucrados, puede suceder que sean los miembros de la propia familia de origen del

cónyuge down quienes, siguiendo la estructura familiar prevalente en estos casos,

tendente a construir alianzas más con el cónyuge que con el propio hijo, puedan cerrar

filas en defensa del cónyuge transgresor. Llegando, incluso, a imputarle al propio hijo la

responsabilidad de los hechos.

Cuando la infidelidad se da en una relación de pareja presidida por la igualdad como

patrón

prioritario, todo dependerá de las alianzas que pueda conseguir cada uno, así

como de las variables concomitantes. La tendencia observada apunta, sin embargo, a

que se produzca una cierta tendencia a reforzar una posición up en el cónyuge

traicionado, así como una cierta aceptación de la culpa por parte del transgresor.

Otro factor que debe ser tenido en cuenta, y que puede propiciar cambios en la jerarquía

interna de la pareja, tiene que ver con las alianzas terapéuticas que hayan podido

consolidarse en psicoterapias individuales. Estas, orientadas generalmente a reforzar la

autoestima, pueden haberse realizado, como tan a menudo sucede, con el objetivo único

de beneficiar al paciente, sin tener en cuenta los cambios que esa nueva realidad podría

suponer para la pareja y, por tanto, sin poder ofrecer a la vez los ajustes necesarios para

que la misma siguiera siendo viable.

No es extraño que la consulta de pareja se realice tras haber realizado ambos, o uno por

separado, generalmente el cónyuge traicionado una psicoterapia individual.

Cuando es así, clarificar cuáles son las expectativas que tienen ahora del manejo del

poder y hasta qué punto serán compatibles, es uno de los objetivos a conseguir antes del

inicio de la Terapia de Pareja propiamente dicha.

La infidelidad también puede suponer un torpedo en la línea de flotación de las parejas

que incida, de manera central, en el ámbito de los proyectos básicos compartidos. Estos

pueden quedarse también en stand by o implicar diferencias incompatibles. No es

infrecuente que el cónyuge traicionado, sobre todo si reacciona con sentimientos en los

que prevalece la rabia, se plantee poner en marcha proyectos personales que quizás

había

postergado en aras del entendimiento con la pareja y que, en cambio, ahora se

siente

con

todo

el

derecho

de

realizar.

La

actitud

de

despecho

le

hace

velar

prioritariamente por sus intereses personales, independientemente que ello pueda no

beneficiar al otro.

El terapeuta deberá también poderles ayudar a valorar la posible incompatibilidad de los

proyectos y las consecuencias de querer mantener la convivencia cuando no se dan los

mínimos requisitos necesarios para que ésta pueda ser satisfactoria para ambos.

3.

INTERVENCIONES

RENCOR

ORIENTADAS

A

LA

NEUTRALIZACIÓN

DEL

Cuando ambos cónyuges, más allá de las dificultades, desean proseguir con la

convivencia dándose una nueva oportunidad, y el terapeuta no ve inconveniente en

hacerse cargo de la terapia, es útil formular de manera explícita el contrato. Este tendrá

que favorecer la explicitación de las condiciones que se piden entre sí, y definir el

compromiso por ambas partes. Por otra parte, si la variable rencor se ha hecho evidente,

debe incluir la aceptación, por parte de ambos cónyuges, de la conveniencia de poner en

marcha toda una serie de acciones para neutralizarla.

La primera

intervención al respecto consiste en aclarar los términos de culpa,

responsabilidad y coparticipación. Muy a menudo, los cónyuges o, como mínimo, el

que ha sufrido la afrenta, utiliza la palabra culpa, culpable etc. Nosotros preferimos

substituirla por la palabra responsable. Es más fácil de aceptar, tiene un significado con

menos connotaciones negativas y conecta más fácilmente con las acciones reparadoras

que se van a sugerir con posterioridad. Por otra parte, ese pequeño matiz más proactivo

que sugiere la palabra responsable, conecta mejor con el reconocimiento necesario de

su responsabilidad por parte del trasgresor en tanto que, de manera unilateral y sin dejar

posibilidades de elección

podía causarle perjuicios.

al cónyuge, tomó una decisión que también le incumbía y

Paralelamente, y fruto de la devolución contextualizada que se les ha brindado en la

sesión

de devolución y contrato, se puede empezar a hablar de coparticipación, dado

que el cónyuge traicionado, tanto con

sus acciones como con sus omisiones, también

ha participado en facilitar un contexto favorable a la infidelidad. Y eso es factible de ver

cuando, previamente, se ha hecho un recorrido minucioso por la historia de amor de esa

pareja.

La segunda intervención tiene que ver con la necesidad de explicar con detalle, por

parte del cónyuge traicionado, y

así poderlos ventilar, los sentimientos de dolor que

esos hechos le han causado. Hay una parte del rencor que se relaciona con la necesidad

de

reconocimiento

y

explicitación

del

daño

recibido.

Por

eso

resulta

tan

contraproducente la tendencia a veces observada de “quitarle hierro” o de evitar hablar

de ese tema como formula de afrontar esos hechos.

Muy a menudo se han realizado intentos fallidos en esa dirección,

previos al espacio

terapéutico, pero, debido a la carga agresiva y de reproche con que esos sentimientos de

dolor y de rencor se han expresado, no se ha favorecido una escucha empática. Va a ser

el terapeuta quien deberá propiciar un contexto favorable que le permita al cónyuge

transgresor entender bien el daño causado y poder, así, llegar a identificarse con el dolor

y la rabia que se puede llegar a sentir. Es un trabajo de legitimación de los sentimientos,

que le puede permitir al transgresor ponerse en el lugar del otro. Es recomendable, a

efectos prácticos, que el terapeuta no pase por alto la máxima “si algo se siente, por algo

será”, como una manera de propiciar la actitud de curiosidad respetuosa que está

siempre en la base de una escucha atenta del otro. A la vez que conduce esa sesión de

manera cuidadosa, ayudando con su ejemplo a promover una escucha positiva, en

silencio y empática.

Posteriormente, también puede ser útil hacer un ejercicio de escucha a la inversa, de

manera que el cónyuge transgresor pueda explicitar cuáles eran sus necesidades previas

no resueltas y cuáles fueron las circunstancias que facilitaron sus acciones. Se trata de

acabar de contextualizar con detalle esas experiencias, de manera que disminuyan los

sentimientos de culpa tan poco productivos desde una perspectiva positiva y, por el

contrario, se estimule el aumento de la responsabilidad.

Este ejercicio de escucha atenta, que puede ser definido en términos de “oreja amiga”,

constituye por sí mismo un ejercicio que facilita una comunicación más funcional entre

los cónyuges, a la vez que posibilita, a través de la escucha empática que se genera, una

mayor cercanía emocional entre ambos.

Por otra parte, facilita que el cónyuge traicionado empiece a trascender su posición de

víctima, pues reconocerse como coparticipante favorece que

se dé cuenta de que se

puede participar de otra manera y, por tanto, a partir de ese momento empezar a hacer

las cosas de forma diferente. Un primer paso se logra cuando se empiezan a reconocer

las necesidades del otro y, a la vez, el papel que puede tener uno mismo

satisfacerlas.

para

La siguiente intervención pasa por facilitar la emergencia de rituales de reparación,

entendiendo por ello cualquier acción que se realice con la intención de reparar el daño

causado. Acostumbra a ser útil que suponga un cierto esfuerzo, y tenga en cuenta las

necesidades del cónyuge traicionado. Este, a su vez, tiene que poderlas dotar de ese

significado reparador.

No

hay

dos

rituales

iguales,

de

hecho

responden

siempre

a

las

experiencias

idiosincrásicas de la historia de amor de cada pareja. Lo importante es el significado que

se otorgue a las acciones elegidas y el grado de complicidad que genera su ejecución.

Tal como plantea Imber-Black, E. y otros (1991), los rituales tienen un peso especifico

en la vida de las familias y un importante papel en la consolidación del vínculo entre los

esposos. Por eso es importante que el terapeuta ayude a potenciarlos, máxime como

sucede en estos

casos, en los que es útil que se exprese claramente

la voluntad de

reparación, así como que se apuesta de nuevo, en firme, por el vínculo.

Cuando los objetivos descritos se consiguen, se está entonces en condiciones óptimas

para

trabajar, si es necesario, algún ajuste más en la relación de pareja, pero

en un

contexto de terapia de pareja, ahora sí ya claramente definido y con las condiciones

necesarias para su finalización exitosa.

Al concluir la terapia es conveniente, también, subrayar en términos de prevención,

cómo la mejor garantía para que no se pueda volver a repetir una experiencia de

infidelidad pasa por reasegurar una buena comunicación entre los dos. Y facilitar una

complicidad entre ambos, que permita conocer las propias necesidades y, sobre todo, las

del otro. En ese sentido, la mejor prevención radica en estar atentos al bienestar del otro

y en no fiarse sólo de las apariencias. Favorecer la conexión íntima y aumentar la

comprensión del otro permite, a la vez, ajustar mejor la propia conducta. Y si eso choca

con algún impedimento, es mejor explicitarlo antes que silenciarlo en aras de evitar

conflictos.

BIBLIOGRAFIA

Alberoni F., (1996), Ti Amo, Milano R.C.S. Libri Grandi Opere S.P.A. ( Hay trad.

Española: Te Amo, Barcelona, ed. Gedisa 8ª ed.2001).

Brown, E.M., (1999), Affairs: A guide to working through the repercussions of

infidelity, New York, ed Norton

Campo C./Linares J.L., (2002), Sobrevivir a la pareja. Problemas y soluciones,

Barcelona, ed. Planeta.

Carpenter J./ Treacher A., (1993), Problemas y soluciones en Terapia familiar y

de pareja, Barcelona ed. Piados, Terapia Familiar nº52.

Cirillo S., (2005), Las múltiples traiciones en la vida de pareja, en Revista Mosaico

nº 35, pp.42-49.

Gordon, CK., Baucom, D.H., (1998), Understanding betrayals in marriage: A

synthesized model of forgiveness, Family Proccess, 37, pp.425-449.

Imber-Black, E., Roberts, J., et al. (1991) Rituales terapéuticos y ritos en la

familia. Barcelona, ed. Gedisa

Linares J.L./ Campo C., (2000), Tras la honorable fachada: Los trastornos

depresivos desde una perspectiva

relacional, Barcelona, ed. Paidós Terapia

Familiar nº81.

Olson, M., Russell, C., et al (2002) Emotional processes following disclosure of an

extramarital affair. Journal of Marital and Family Therapy; Oct 2002; vol.28, nº4,

pp.423-434.

Pittman F., (1994), Mentiras privadas. La infidelidad y la traición de la intimidad.

Buenos Aires, ed. Amorrortu Editores.

Scheinkman, M., (2005), Beyond the trauma of betrayal: Reconsidering affairs in

couples therapy, Family Proccess; Jun 2005; vol.44, pp.227-244.