REVISTA EL MAL PASO

NUMERO 1. AÑO 2004

Sumario
Retratos nómades
Niño del bar, por Alejandro Ricagno
20 asientos
El viaje, por Lao Vogelmann
Viajes cortos con el señor Cornelius
Elevador, por Fernando Ghersini
Arqueólogo de lo concreto
Despertar por tercera vez, por Joaquín dos
Santos
Reportaje
Nicolás Azalbert
Policial negro
Hogar del mamado, por Fernando Ghersini
Grupos étnicos
Las locas aventuras de CiCe, por Joaquín dos
Santos
Il morto chi parla
Basuras al amanecer, por Joaquín Gianuzzi
Epílogo
Por Lao Vogelmann

Niño del bar
por Alejandro Ricagno
El niño abre la puerta del bar a medianoche.
-¿Cómo es esa medianoche?
Es áspera, una medianoche desasosegada, de invierno, sin viento, de
un frío áspero que no se decide a la tormenta, que se acomoda en la
humedad helada como un gato sobre un cojín desecho.
-Hábleme del niño.
Es un niño común, pobre. Nada en él de maravilloso, de encantador.
-¿Allí reside su encanto, entonces?
Sí, en su total y absoluta
comunes, sueltos expulsados.

pertenencia

al

mundo

de

los

niños

-¿Qué edad, calcula, tiene el niño?
Cinco, seis años; tal vez más. No puede saberse. Cinco, seis años,
tal vez, en la noche antigua. Parece creado para esa noche.
Engendrado por la noche misma. Para habitar en ella. Para
acomodarse en su aspereza.
-¿Va hasta su mesa?
No. La mesa esta cercana a la puerta, paralela al ventanal. El pasa
por al lado. Se dirige al fondo del bar con un objetivo claro:
recorrer todas y cada una de las mesas, desde la última que separa
al corazón del café del salón de los billares, hasta la parte
anterior. Hasta esta mesa.
-En esa mesa, ¿usted escribe?
Se intenta, sí. Entre las conversaciones que llegan de las otras
mesas. Entre el eco de los billares, las tazas, la máquina de café.
Se intenta entre el distraído vagar de la mirada por el salón. En
la repetición de la noche, en su aspereza, su orfandad disimulada,
se intenta: Sí.
-¿Y el niño habla? ¿Qué le dice?
No aún. Se acerca a otra mesa. Pide dinero, monedas. Lo hace
graciosamente sin abusar de su gracia –de la que por otra parte
carece-. Eso lo vuelve enternecedor: ya conoce su límite y lo
traspasa.
-¿Alguien habla con el niño?

Una mujer mayor; sí. Le hace una seña para que se acerque. Él
acude. Se han visto otras veces, otras noches. La mujer reconoce
inmediatamente la negligencia del niño. Su pedido sin pasión ni
piedad. Está lejos de tener ambos y por eso mismo es efectiva la
ciega insistencia neutra con que recoge sus monedas o dibuja en la
mano el precio de su ausencia metálica.
-Usted lo mira, ¿le hace señas? ¿Acaso deja de escribir la salmodia
con que intenta nombrar lo que está lejos de ese pedido, de ese
niño?
No. Ninguna complicidad. No llega aún hasta este borde. Se detiene
en la mesa de la mujer, obtiene su ración, pero no se retira. La
mujer le habla, le pregunta por su nombre, por su edad.
-¿Usted escucha mientras escribe? ¿Escucha algo más que el rasgar
de la lapicera en el papel? ¿Llegan a usted los datos externos de
ese niño?
Exactamente: son externos y se olvidan de inmediato. El niño ha
dicho un número: seis o siete, tal vez. Ha dicho un nombre. Esos
datos que a otro le otorgarían una identidad son repetidos con el
mismo tono neutro con que efectúa el pedido. Como si no le
pertenecieran. Ajenos a él, esos datos llegan hasta aquí con la
música del eco de los billares del fondo. No alcanzan el corazón de
la fruta de ese hambre violentamente resignado vibrando tras los
ojos de la astucia natural de la supervivencia. Como algo
que
nace, no se calcula como el escrito sobre las monedas del niño,
sobre su deambular entre las mesas. No alcanzo a entender, a
retener un nombre. Anoto: Brian, Iván, Jonatan. Da lo mismo. Anoto
un número: seis o siete años. Tal vez sea la cifra del recuento de
sus monedas. No la de su edad. Su edad, es la de todos los niños
expulsados y a la vez suya propia, inexpugnable. Como el pedido
neutro que reemplaza una ausencia de rezo, de grito. De arma.
Se acerca ahora.
Antes que diga nada saco mis monedas.
El metal frío cambia de manos.
No nos miramos a los ojos.

El viaje
por Lao Vogelmann
No hay nadie a mi lado. Ya no recuerdo si espero o si solo es la
angustia la que espera por mí. Encorvándome en mi asiento, llevando
mis rodillas a mi pecho, ocultándome dentro de mí. Retrocediendo al
útero.
Hierros
se
entrecruzan
en
mis
viejas
nostalgias,
confundiendo mi perspectiva. Fierros cromados, reflejando el
retrato que tanto fastidio me trajo siempre, metales helados a la
espera de que una mano cálida se apoye; los sujete con fuerza.
Acero sólido que perturban mis frágiles sentidos. Huecos, igual que
todo este lugar; huecos, al igual que mis ojos; huecos, al igual
que este viaje.
Las tres de la madrugada, horario en el que los desamparados, no
encuentran refugio, no encuentran consuelo, no encuentran excusas.
Hora en que las parejas felices hacen el amor, con carteles en la
puerta de “no molestar”. Momento tardío de la necesidad insensata,
por conseguir un bar abierto, un bar que nunca cierre; uno, donde
no te echen a la tercer botella; uno, donde no existan sillas
vacías; uno, donde brindar con manchas de humedad. Tiempo de
enfrentar con una sonrisa el saber de que ya no se puede telefonear
ni a un amigo, privatización de cables, antenas desafinadas,
enjambres de sonidos. El instante en que uno descubre que está
realmente más solo de lo que pensaba.
Las malditas tres de la madrugada. No dejo de contar las vueltas de
las agujas del reloj, y el maquiavélico sigue clavándose en estas,
perdón que repita, malditas tres de la madrugada. Tal vez por eso
hoy este aquí, con mi rostro pálido, con mi estomago hambriento,
con mi joroba erguida. Tal vez por eso hoy me enrosco, me sepulto
nuevamente en mis pensamientos, cavo sin palas el nicho ambiguo de
mi semen; hasta resquebrajar mis uñas, hasta enyaguecer mis dedos.
Reinvento excusas para no sacar la gillette oxidada del baño. Por
eso, sólo por casualidad, sólo porque mi dios tiro sus dados,
quizás solo por eso, este aquí esta noche; buscando algo, buscando
a alguien, aunque sea intentando encontrar el recuerdo de alguien.
Algún rastro de que alguna vez estuve vivo. Algún rastro de que
alguna vez la aurora brillo naranja desde mi ventana.
Intento recobrar la postura moviendo mis huidizas piernas, ya
cansadas de sentir ese murmurar del suelo; este temblar ruin que no
deja de inclinarme hacia el asiento contiguo, hacia el asiento
vació. Precipicio que destierra de mis sueños a los sonámbulos, el
balcón caído de mis quimeras, el fondo estrecho de banderas
desteñidas. Me acusa desde el banquillo el cartel que me prohíbe
fumar. No soporto los terremotos, no sin un cigarrillo en mi boca.
Es lo único que deseo hacer ahora. Dibujar espirales violáceas de
humo, disolverme en la encrucijada del techo. Accidentarme contra
el cielo raso, contra las luces blancas que palidecen poco a poco;
dejándome a oscuras, dejándome a solas. Encender un cigarrillo que

apacigüe el tronar de mis dedos escuálidos, que me permita
despertar antes de llegar a mi destino; a mi destino, cualquiera
que fuese. Trágico final de un comediante insignificante. No puedo
beber un buen vino, sin fumar un cigarrillo; no puedo, ni quiero,
leer mi diario intimo, sin fumar un cigarrillo; no puedo
acostumbrarme a este paisaje, sin fumar un cigarrillo. No, no puedo
imaginar una silla perfumada, sin mi asqueroso cigarrillo.
El temblor continúa haciendo cosquillas, mis pulmones siguen
ansiosos, mis huesos siguen suplicando. Hasta aquí nada ha
cambiado.
Me distrae un anciano que se encuentra cerca mío, las lejanías
pueden ser tan cercanas. Embellezco con mis pupilas su humilde
calvicie, su barba gris cortada con navaja, ese cráneo perfecto
lleno de incertidumbres. Me vuelvo detective creando paradojas,
invento parentescos, comparo, me amparo en las tinieblas, me
flagelo ante la luz. Encojo los hombros ante su mirada tan fija; se
apequeñan mis preguntas con sus dedos tan tranquilos, reposando
frágiles sobre un bastón de roble enchapado. No pestañea, no
tiembla, un híbrido y macizo árbol que no teme ser talado. Será su
oscuro pasado, será lo poco que le queda de futuro. Será un
presagio solitario de la noche o también a él le angustia lo habrá
traído a este desarmadero de almas, a este pequeño purgatorio. Por
qué mis pies se anclan al plástico piso, impidiéndome llegar a su
lado, por qué mi lengua se atraganta en mi nuez, por qué estas
nueces no hacen ruidos. Me vuelvo un infante preguntándome hasta el
último porqué.
Giro mi cuello por todo el recinto, que alguien me de las fuerzas,
que alguien arranque de mis huesos el pudor de mi habla. Malabareo
con mi cuello, sólo un borracho tirado en una butaca del fondo,
esta vez no me toco ser a mí. Me alegro, reconstruyendo cada una de
mis borracheras. Me entristezco por él, pero me siento feliz de no
ser yo el sujeto sucio del fondo esta vez, de no ser el que le
afile la guillotina al verdugo, de que las moscas no me persigan
esta noche. Todavía me queda la estúpida esperanza de que alguien
suba, se siente a mi lado, sonrío. No estoy con mi remera vomitada,
manchada de excesos y blasfemias, no estoy babeando repelente para
cristianos, ni huelo a bañaderas llenas de sangre. Todavía me queda
la desahogada ilusión, el incrédulo disfraz de zorro viejo. Venceré
esta noche a las agujas del reloj. Dicen que la esperanza
es lo
último que se pierde. Yo ya lo perdí todo, sin haber tenido nada.
Los hierros vuelven a entrecruzarse ante mis ojos, cuando
desaparece el temblor, cuando el paisaje de la ventana deja de
moverse por completo, cuando se aprieta pausa en la ciudad. Un
ruido mecánico acecha mis oídos, agudo sonido que desvirtúa mis
ojos, alfileres de voodoo para el corazón ajeado. Subirá la mujer
que ocupe mis ansias de escribir un poema, para cantárselo entre
susurros a su cuerpo desnudo. Fantaseo con mirarla a los ojos, me

ruborizo de pensar en las pinceladas de su sonrisa. Pintoresca y
barroca; de labios gruesos, boca que me enseñe a besar en un simple
pestañear. Boca infame que me convide un cigarrillo.
Mis fantasmas desparecen al percibir el rostro indígena de la
señora de las mil bolsas. La señora torpe arrabalera, cuadro
nihilista y patético a manos de un pintor mediocre. Odio sus bolsas
que da haber estado cerca tiraría contra mis tobillos haciéndome
caer; caer de nuevo al precipicio, caer desde la caída. Odio sus
senos, también caídos, me devora una sed vil contra toda su gordura
incomoda, obsoleta para tan pequeño lugar. Abro la ventanilla de
para en par procurando aire. Me asfixio con mi propia bilis, escupo
un grito violento que hace estallar los cristales; astillar los
dientes postizos, carcomer los gusanos de las tumbas. Me muerdo los
labios con rabia desconocida, con melancolía suicida. Veo el
asiento ausente, veo que nunca se llenara. Bebo una y millones de
veces del vaso vacío. Me reencuentro desnudo y esposado, tirado en
una cama de hierro. No puedo dejar de sentirme más solo que cuando
subí. No puedo abandonar el temblor que horroriza este invierno.
Como el crítico ve una película, una pieza de baile, una obra
teatral; me detengo en cada personaje. El viejo autista, el
borracho dormido, la señora atropellada. Tres solitarios seres a
las tres de la madrugada, a las malditas tres de la madrugada.
Guiados por un conductor indeciso, por una estrella de Belén
apagada, ya sin fuerzas, un conductor que esquiva problemas. Que
juega a no comprometerse con nadie. Que guiña ojos a otros
conductores, el también, buscando compañía en cada gesto. Un guía
que irrumpe el silencio con alguna bocina burlona. Molestando a las
habitaciones de los hoteles, reprochándoles a los durmientes,
bocinas que se hacen eco en las calles solitarias de la ciudad.
Dejándonos llevar, entregándonos en forma de sacrificio a un dios,
mas desconsolado que cualquiera de nosotros. Pagando un diezmo de
ochenta centavos para que nos conduzca a ningún lado.
Pienso en bajarme en la próxima parada. Pero mis ojos se cierran
cansados de lagrimear lluvias sin paraguas, tormentas inconclusas
sin fragancia de verano. Me duermo en mis sueños, sonámbulo,
rezando en el altar de los pecados. Imaginándola al despertar,
sentada junto a mí. Curando los callos, y moretones que adornan mi
cuerpo. Acariciando mi pelo enrulado, sonriendo.

Elevador
por Fernando Ghersini
La Torre Alsina. Edificio magno, levantado en el centro de la
ciudad, frente a los corredores de cafés repletos de jóvenes.
Fachada grisácea, envuelta de palomas oscuras. El señor avanza por
el corredor hasta el elevador. Un Otis, formado por vueltas de
rejas que desembocan en la puerta de madera de roble.
-Buenos días, Cornelius.
-Buenos días, señor. Diga usted.
-Hasta el cuarto piso, ya sabe.
El engranaje comenzó a quebrarse junto al aceite viejo.
-Sabe, hoy tuve un día bastante particular. Usted verá, cuando me
disponía a comer en el receso me detuve frente a una pared,
teniendo el sol a mis espaldas.
-Y naufragó en un río vasto de ideas oscuras.
-Todavía no, Cornelius. Déjeme terminar la idea.
1.° piso: Una pareja de ancianos con un perro pequeño. Mueven las
manos indicando hacia abajo y protestan. Se vuelven contra su
habitación de donde sale una damisela sonriente.
-Entonces, cómo decirlo, francamente no puedo. Me sonrojo y padezco
de la vergüenza de lo que diré.
-Su cuerpo temeroso vacila ante la verdad. Trágico.
-Exacto. Ese es el punto, Cornelius. Ahora llegan a mí las ideas
más dudosas. Me asecha una tormenta y me acosan las garúas. Siento
la fragilidad de ser sincero acerca de lo que duele en mí. De decir
lo que me acontece.
2.° piso: Silencio de corredores vacíos. Más silencio.
-Su sombra, ¿dónde está?
-¿Cómo lo ha notado? Qué imbécil (llora, se lamenta contra el
espejo del ascensor). No encontré mi sombra durante todo el día.
Miré por entre cada bloque, cada columna, cada azulejo, cada
damero. Ahora entiende mi pena. Mi oculta pena, si así puede
decirse.
-Absolutamente señor, tenga mi pésame.
-Lo tengo, lo tengo.
-Cuando un hombre inválido se estremece en su silla, hay que
desnudar su validez, la que lo siga haciendo hombre. (Con la
respiración entrecortada) Se suceden los segundos y no encuentro,
no encuentro. No hay maneras. ¡No hay forma! Estoy solo, nunca
estuve tan solo. Siento esa sensación, la frustración. Incluso,
podría decirle soy un embustero, pues ya no cargo con mi compañía,
mi dama en la soledad. No me siento ni siquiera humano
-No se agite, que el elevador temblequea en sus lamentos

-Perdón, es la ansiedad que me hace perder la rectitud. Es que
usted tiene su sombra, usted sí es feliz. No carga con este vacío
en su pecho. Si supiera lo que es no verse manchado en el suelo
mientras camina por las calles, Dios. Usted sí que es afortunado,
Cornelius.
-¿Ha revisado en su chaleco?
-Sí-responde apenado.
-¿En sus gavetas?
-No –desconcertado- todavía no.
-¿Se ha fijado en los bolsillos del pantalón?
Apenado, desconcertado e iracundo, responde:
-No me vea con ojos compasivos. Tenga un gesto más digno a mi
persona. No llevo bolsillos.
-Lo siento, trataba de ayudarlo. La necedad cubre los ojos de mal.
3.° piso: Una corriente
reconciliación.

fría

del

río.

Olores

de

mediodía.

De

Cornelius reflexiona contra el mando de botones del ascensor.
-¿Sabe usted una cosa? Mis tíos, cuando era adolescente, solían
decirme que si permanecía mucho bajo la sombra de un árbol, podría
llegar a perder mi sombra.
Arrojado contra el piso, cubierto de terror y tragándose las manos
entre el sudor de la camisa, pregunta:
-Eso que dice, ¿es verdad?
-Absolutamente, señor. Palabras de hombres de estudios.
-Su reflexión...me duele el cuello. Como decía, su reflexión es de
una sabiduría inmensa. Y con qué porte me lo ha dicho. Y yo, olvido
que paso mis horas de trabajo bajo la sombra de la garita del tren.
4.° piso: Un gato seduce al elevador con su cola. Y el pájaro en su
boca ya no vuela.
Se abre la puerta.
-Hemos llegado, señor.
-Discúlpeme usted las molestias. Todo esto, fue una situación de
niños
-No se preocupe, no le haga importancia a la cosa.
-Claro, tenga un buen día, Cornelius.
-Gracias, señor. Le deseo un buen día a usted también. Que tenga
buena dicha en sus asuntos. Su sombra es feliz, bebiendo las gotas
del río más dulce.
Se detiene frente a su cuarto y se da la vuelta en un salto.
-Ea, Cornelius. ¡Mi buen hombre!
-Dígame, señor.
-Mándele mis cumplidos. A mi sombra, digo.

-Me da gusto oírlo bien, señor. Buen día. Le llevaré en balsa sus
buenos deseos.
-Ea, enhorabuena. Tan amable. Gracias, sí, me serán correspondidos,
de seguro.
El cuarto piso calló de golpe. Cual muerte de guerrero japonés. El
señor entró en su habitación con la boca repleta de palabras
joviales, tartamudeando su nombre. Cornelius desapareció en el humo
que brotaba del ascensor, bajo la sombra del mediodía.

Despertar por tercera vez
por Joaquín dos Santos
El patio de mi colegio, un cubo enorme de paredes resquebrajadas,
heridas de grietas calcáreas diagramando geometrías arborescentes.
Sin embargo, el patio en sí está muerto y no hay más vida que mala
hierba silvestre creciendo aquí y allá en los muros debido a la
humedad. Me detengo a observar el lugar, pues probablemente dice
más de lo que esta masa de concreto devela a primera vista. En el
ala izquierda se irgue un edificio del colegio con sus cinco
ventanas ( la primera enrejada con barras de metal oxidado ). ¿Cómo
dejar pasar este último detalle sin darle un significado a la
herrumbre que cubre las barras? Sobre el muro norte, a la derecha,
hay una pequeña pared de ladrillos tras la cual se oculta un tanque
de agua. En este muro hay una canilla que al abrirla olvida su
función y oficia de regadera. El suelo de baldosas está cubierto de
manchas y colillas de cigarrillos. A veces, en los declives del
suelo se forman charcos de agua marrón y cuando se está en esos
melancólicos días nublados en los que sopla un viento fuerte, se
ven bolsas de plástico (en las que se entregan los respectivos
sánguches a los jóvenes carenciados) bailando, ascendiendo en
irregulares espirales sin llegar a ningún lado.
Tengo media hora para mimetizarme con este lugar. Media hora. Es
una pena que no haya otra cosa más interesante que hacer que
contemplar este paisaje junto a ella.
Continúo.
El cielo está recortado por el filo de los muros, apenas se llega a
vislumbrar un trozo de la bóveda lejana y celeste. En ella desfilan
nubes multiformes que incitan el peligro de la imaginación.
Lamentablemente ninguna autoridad de la institución puede evitarlo.
En una esquina del patio hay un escritorio destruido, de un verde
metálico y pálido. El rincón que cubre sirve de refugio para los
pibes que quieren fumarse un porro.
Estamos sentados sobre una viga de madera, al lado de la escalera
que baja al recinto. A pesar de todo lo ancho que es el patio, me
siento encerrado. Y el generoso tiempo que me otorgan para
permanecer aquí no alivia esta sensación. Supongo que me siento
atrapado debido a las paredes, pintadas con monotonía con la
expresa intención de inferir una sensación de agobio. Dos inmensas
líneas, una blanca y la otra verde, que en las sombrías aulas pasan
a ser blanca y crema, evitan que mi cerebro reciba estímulos
demasiado fuertes. Quizás si fueran rojas y violetas me desnudaría
y con mis ropas ahorcaría a los profesores. Quizás haría el amor en
el rincón fumón o violaría al
vicerrector. Quizás hasta sería
feliz. Pero eso no va a pasar y tengo la regadera para hacer de
este cubo inmenso una pileta absurda y ahogarme en ella.

La niña sentada a mi lado, también parte del paisaje admitámoslo,
está quieta y callada. Piensa en quién sabe qué caballos de papel,
en qué reinos de legos adornados con brillantina. Yo también callo
y entiendo cada vez más los vanos intentos de las bolsas por tocar
el cielo. Mientras, ella mira el pedazo de cielo que le está
permitido y busca formas en las nubes. Se aferra a los escasos
sectores del cuadro que no pueden ser controlados. Qué estúpida, me
digo, ni siquiera se voltea a verme a mí, benévolo cacharro del
decorado. Entonces siento como la mala hierba crece debajo de mis
axilas, se abre paso en mi nuca e inunda mi entrepierna. Esta es la
vida cotidiana, le digo. Sí, contesta. Ella está en las nubes, yo,
atrapado en un cubículo que se cae a pedazos. ¿Y? Siento las
rasgaduras de los muros en mi cuerpo, las hendiduras ya viejas
causadas por la exposición prolongada a patios de esta calaña, a
recintos idénticos a éste.
Siento pánico pues aún quedan pasillos grises con tufo a ganado
humano por recorrer. Pues no tengo otra alternativa que endurecerme
gradualmente hasta convertirme en piedra y que mi piel se
descascare como pintura seca. Para alejarme momentáneamente de
sensaciones tan angustiosas y de ideas tan estúpidas, pienso en
apagarme el cigarrillo en el brazo. Luego desisto asustado, al
notar las colillas dispersas sobre el suelo y las cenizas
ennegreciendo las baldosas. Es imposible escapar de uno mismo,
aunque no se sepa donde se está ni quien se es, y a las ganas de
huir se le sume el miedo a transformarse en lo otro, tan parecido y
diferente a lo que creemos ser. Una vez más, giro a verla a ella.
Continúa con su pose de esfinge, con ese aire imperturbable que
sólo otorga una infancia prolongada y quizás eterna. Me pregunto si
alguna vez podré llegar a tocarla, si me cruzaré con su rostro en
alguno de los corredores y encrucijadas de la vida que nos queda.
Si podré extender mis brazos y tocar con las puntas de los dedos
esas ontológicas formas de algodón. Pues ella no entiende el
significado del óxido que corroe al metal ni de los charcos de agua
pútrida en los declives. A ella no le duelen estos treinta minutos
ni siente el paso del tiempo. Y lo más atemorizante, aún más que la
certeza de tener la obligación de vagar por instituciones
burocráticas y paredes derruidas sin poder encontrarla, es que
mucho tiempo atrás, por la época en que usábamos guardapolvos y nos
preguntábamos donde estaría manuelita, luego de que yo crecí y ella
no, la haya perdido.
Suena el timbre.

Entrevista a Nicolás Azalbert
A: Vimos tu película “Sinon J’Etouffe” y venimos a hablar de ella.
Informarle a la gente que existe tu película y que vas a filmar
otra más, “Si fuera yo un helecho”. Hablar de cómo llegaste acá, de
tu pasado, de tu vida. Del bar Nanaka, por supuesto.
L: ¿Por qué te juntaste en un bar friendly si sos heterosexual? ¿O
vas a salir como Robbie Williams a desmentir todo?
A: Es que era un friendly caché, un friendly secreto.
L: Te metiste en la boca del lobo sin saberlo.
N: Sin saberlo, ya estaba adentro.
A: Abrieron el closet y estaba él.
L: Yo tengo ganas de hablar de la mujer. De cómo ves a la mujer
tanto en tu film como en tu vida.
N: Me gustan las chicas que en la vida parecen salir de una
película.
L: ¿Qué se siente estar escribiendo en “Cahiers du cinemá”, la
misma revista que dio lugar a la nouvelle vague? Ser crítico y
decir: No, para ser crítico tengo que hacer una película.
N: Mi primera película no es una película, por eso. Mucha gente me
pregunta eso. Para mí no lo es para nada.
L: ¿Qué es?
N: Una carta de amor para una chica y punto. No encontré las
palabras y para mí era más fácil el filmarlo.
L: Como toda carta de amor, ¿dio resultado o no?
N: No, obvio. Como toda carta de amor. Jamás la vio.
L: ¿No le mandaste un video a la casa?
N: No, eso no se hace. Después de que hice la película me pareció
que encontré la forma cinematográfica para expresarme, con un
lenguaje específico que es el del cine.
L: Deja de ser una carta de amor y pasa a ser una película en el
momento en que decidís mostrarla en festivales.
N: No. No podía escribirle a ella sólo palabras. Las encontré
después de ponerlas en la película. Después, de la misma manera
como en una carta, quiero que le llegue. Se da en un festival de
cine en la ciudad en la cual vivía la chica, en Toulouse.
L: Pero la presentaste en Venecia, en Grecia, Buenos Aires. Tenías
miedo de que esté de vacaciones y estuviera en Grecia, o en Buenos
Aires y la tiene que ver.
N: No, es una cuestión material. Yo hice esta película, la carta de
amor, que costó al final 100.000 F (900 euros). Tenía cierta
esperanza en mostrarla en festivales, que le interesara a algún
distribuidor o productor, y así recuperar la plata porque el dinero
lo puse yo.
A: Una de las intenciones de este reportaje es que mientras no
pueda estrenarse tu primera película por los fragmentos que usaste,
y por los cuales hay que pagar derechos, a través de este medio,
los que estén interesados puedan acceder a una copia en video, ya
veremos cómo. Por ahí pedir la copia en el bar o que nos escriban.
N: Recientemente estuve con Guido Rud, en su oficina Film Sharks
para ver si la película puede comprarse, pero no funcionó.

L: Yo dije que venías siguiendo el camino de la nouvelle vague.
Críticos de cine que deciden en un momento hacer una película.
N: Yo digo que para mí no es una película sino una carta de amor.
No era difícil para mí hacer una película después de haber sido
crítico. Para muchos críticos de la revista es muy difícil
franquear ese paso.
A: O sea, él dio el mal paso.
N: Para mí era muy fácil dar el mal paso.
L: Vos marcás propuestas cinematográficas, hay tres formatos
distintos en la película.
A: El subtítulo además es “Una sinfonía para una nueva percepción
amorosa”.
N: Sí.
L: Hablo de cosas técnicas que indican una nueva forma de contar en
el cine. Como si quisieras revolucionar, siendo crítico. Pero vos
les encontrás una función lógica, cada formato es un personaje.
Como hacía Godard, buscaba decir “No usen mal las cosas, úsenlas
bien”. Hay dos o tres formatos para que tengan una utilidad, no
porque se te antojó.
N: Sí, intenté aproximarme a una forma, la que sentí más cercana a
mi historia. Encontrar un idioma cinematográfico acerca de lo que
yo sentí de esa historia. No quería revolucionar el cine.
L: No me acuerdo bien. La chica es video, el amante es digital y
vos sos fílmico.
N: Bueno, es tu lectura. La película existe a través de tu mirada.
L: ¿Hay una lógica o es por instinto?
N: ¿Una lógica? Sí, obvio, hay una cosa muy pensada al principio.
Me gustó porque es una lógica muy personal. Nadie la puede entender
excepto la chica a la cual le hice esta película, y yo. Entonces
cada uno puede ver lo que quiere, lo que puede. Eso.
L: ¿Era una carta de amor de despedida?
N: Sí, totalmente.
L: ¿Por qué necesitabas despedirte de ella?
N: Acá en Buenos Aires me parece que cada uno va al psicoanalista.
Yo preferí hacer esta película para sacar cosas de mi vida.
A: Ahora quería preguntarte algo, después de hacer esta película
dijiste: “Yo ya no soy más cineasta, yo sólo hice esta película.”
N: A todo el mundo. Era verdad. Era cero. Lo que pasó después es
que yo pensaba que hacer una película era como tomar cocaína una
vez: después no se puede parar. Hay cosas en la primera película
que no me gustan y que tengo la necesidad de arreglar, mejorar,
hacer de nuevo, esperando un mejor...
F: Un mejor efecto.
N: Sí.
J: Habiendo leído el guión de tu nuevo proyecto, “Si fuera yo un
helecho”, me pareció que hay menos rabia que en tu primera
película. Una visión diferente de las cosas. En algún sentido,
distinta respecto al amor. Al final se la hacés a ella, en memoria
de ella.
N: También.

A: La primera está dedicada a “una” ella, hay un cartel, “a quién
sino a ti”. En la dedicatoria de la segunda hay un nombre, Myriam,
y dice “In memoriam”. Como si la primera estuviera dirigida
directamente a ella, y en ésta a lo que ella dejó en vos, el
legado.
N: La segunda película es más impersonal, y a la vez mucho más
personal que la primera porque con el libro del escritor del que yo
parto tengo una distancia. También está el tiempo y el paso del
tiempo.
A: Terminás de hacer la primera película, decís que no vas hacer
más nada y encontrás un libro de un escritor muy particular. ¿Cómo
encontrás ese libro? ¿Quién es el autor?
N: Es un libro que la chica en la que se inspira la primera
película, Myriam, me recomendó. Compré ese libro y lo tuve durante
cinco años al lado de mi cama, pero nunca lo leí. Cuando volví a
Francia hace cuatro meses, lo leí y sentí ganas de servirme de él
para hacer una nueva película, que para mí es la misma que la
anterior, pero con un poquito más de distancia y calma. Para volver
a hablar de esta historia desde otro punto de vista. El autor se
llama Timour Serguei Bogousslavski, un francés de origen ruso. El
libro se llama “El bacalao de Brixton” y lo escribió hace cincos
años. Ahora tiene 90 años y vive en Suiza.
L: ¿De qué trata el libro?
N: Son sus memorias, desde su nacimiento hasta sus 35 años. Tiene
600 páginas.
L: Hay algo que quiero saber de “Sinon J`Etouffe”. ¿Por qué las
escenas documentales de la guerra?
N: Ahí intenté mostrar la idea que existe en una imagen. En la
segunda película intento extraer la imagen que existe en un texto.
Por eso, en la primera me pareció muy metafórico lo de la guerra.
El odio en el amor se puede parecer a una guerra.
J: Pero los textos de Timour en el guión de la segunda película, en
los extractos que elegís también habla de la guerra. Y dice que lo
único que le da un sentido a su vida o el que él prefiere para
escapar de la guerra, el aburrimiento, las leyes, las reglas, es el
amor. Es algo bastante diferente a la metáfora de la primera.
N: No tanto, hay un cambio, pero no es muy importante. En el amor
puede existir odio, guerra. En la guerra nunca puede existir el
amor. Hay solamente odio.
A: A mí también me pareció lo mismo que a Joaco. Si bien el
escritor se mofa de la guerra, no le importa. En el nuevo guión
incluís imágenes documentales de las torres gemelas. No es
cualquier guerra la que vos elegís. No pusiste la guerra de Timour,
la Segunda Guerra Mundial, y en la otra película era pleno Irak. Si
bien el primero lo veo como comentario político muy acotado,
también es una metáfora del amor. En el segundo caso, lo veo más
político. La crítica a la guerra es diferente. Hay una separación
de amor y guerra.
N: Sí, Estoy de acuerdo con eso. En una y otra se trata de una
cuestión de actualidad. Muestro lo que pasa en el momento de la
filmación.

A: Pensaba en el corto de Anne Marie Melville, la mujer de Godard,
que se exhibe conjuntamente con “Je vous salue Marie”. En el pasaje
de uno a otro hay un cartel que dice “Mientras tanto”. Las escenas
documentales de Irak funcionarían así. “Mientras filmo mi historia
de amor sucede esto”.
N: En esa época podía sentir simpatía por los iraquíes. Ahora, por
los norteamericanos en las torres, no. Por eso el texto de Timour
en ese momento está bien: “La guerra me importa un carajo”. Se da
el mismo distanciamiento que con mi historia de amor.
A: ¿Seguís con simpatía iraquí?
N: Entiendo que un pueblo necesite defenderse.
A: Es un significado simbólico.
N: Es la única manera de ver un poco, sino no se puede ver nada.
J: Lo que nos preguntábamos con Fernando era por qué siempre te
manifestás a través de otras voces. Con fragmentos de textos, de
películas. En “Sinon J’Etouffe” utilizás diversos autores.
N: Sí, textos de Gombrowicz, Pavese, Canetti, Hölderin y fragmentos
de películas como “Le maman et la putain” de Jean Eustache, y otras
de Rossellini y Cocteau.
J: Podías sentirte identificado con esas voces. Pero por qué no
algo que vos hayas escrito, fuera de que hayas hecho el guión de la
película. ¿Por qué no te basás en un texto propio ni en la primera
ni en la segunda?
N: Escribí un pequeño texto, aparece al final sobre el fragmento de
la película de Eustache. Pero me parece que cada uno no piensa
solo, no mira solo. Porque cada vez que mira su pensamiento es una
mezcla de todo lo que escucha, lee. Me interesa poner eso en la
película. Mi película no es mi película, sino la película de una
persona, yo, con el ambiente en el que vivo, mis lecturas, las
películas que veo en este momento, la situación política.
L: Igual vos mezclás el presente, pero siempre hablás de un pasado.
No contás las cosas desde el caliente, el ahora.
J: La primera está más en caliente.
N: Respecto a la percepción del tiempo, comparto la idea de Deleuze
que me parece muy importante y en el cine no veo mucho. Ese
tratamiento del tiempo que dice que no hay pasado, presente ni
futuro, sino una actualización de todos los presentes.
L: O de todos los pasados.
N: No, de todos los presentes. El pasado es un presente
actualizado. El futuro es un presente también. Me interesa la
mezcla de los tiempos. Esa concepción de presente, pasado y futuro
de Aristóteles me parece falsa, trucha.
L: Resnais lo emplea también en su cine. En “El año pasado en
Marienbad” lo utiliza.
N: Sí, en el cine de Resnais existe.
A: ¿Por eso la confusión cronológica en “Sinon…”, con esos carteles
de “una semana después” que nunca se sabe qué tiempo es?
N: Intenté deconstruir la cronología de una narración. Pero al
final me parece que esa cronología que intentaba evitar se puede
ver.

L: En un momento la película termina y vos hacés un epílogo
bastante largo, y recién después termina. El final está a los tres
cuartos de la película, en la escena de Charles Chaplin. Ahí se
termina y sin embargo sigue. Le estás dando todo un margen de
tiempo.
A: Además, al final necesitaba estrangular a la chica.
N: Sí, eso también. Estaba consciente de que toda la gente que vio
la película, decía “se debe cortar acá, acá es el final”. Es un
déjà vu, se repite. Pero mi relación con la chica siempre fue así.
Cada semana se debía parar, y cada semana recomenzar. Al final la
película puede resultar aburrida porque no avanza, pero quería
mostrar también eso.
A: A mí no me aburrió. Me dejó un silencio. Un agobio.
J: A mí me dio una sensación de enajenamiento.
L: En un momento uno dice, quiero que la película deje de estar
encima mío.
A: Adoro el momento en el que la estrangulás. Es muy loco, pero
Joaco no lo vio. Vos Lao sí.
N: Hay gente que no ve ese momento, es muy rápido y si en ese
momento no mirás pasa.
J: Ahora que lo pienso creo que lo vi y no lo registré.
A: Como diría Serge Daney, “es la escena que nos concierne en la
que estamos ausentes”. Para mí es una película donde el odio, no el
odio de guerra, el odio del amor, está tan en primer plano que
finalmente termina trasluciendo un amor inconmensurable, como debe
ser.
J: Yo no vi el odio, y Fer tampoco.
L: Hay algo violento por lo menos. Una violencia contra la mujer.
N: Hay dos que no vieron y dos que vieron. Está bien.
L: ¿Para vos hay una actitud misógina?
N: Entiendo cuando decís eso, pero para mí la película empieza con
una situación de amor y no es un punto de vista exterior sobre la
mujer. No sé si logré dar a entender eso, pero la película empieza
al final de una historia de amor. Yo la quiero a la chica, y el
odio no es a la mujer sino a una situación que no puede durar más.
El personaje en la película no es simpático porque hace sufrir al
otro. Pero en la mirada del otro hay amor por el personaje.
A: Perdón. ¿Querés que hablemos de cuando te conocí? Así podemos
hablar de tu pasado. No tengo una imagen de la primera vez que te
vi.
N: En el bar de la Cinemateca de Toulouse, me parece.
A: Con Jean Paul Gorce. Era el director en esa época. Un personaje
maravilloso, igualito a Andy Warhol.
N: Totalmente.
A: Faltaba a todas las reuniones protocolares y lo encontrabas en
el bistreau, tomando. Gay, viejo. Encantador. Ortodoxo en un montón
de cosas, testarudo en otras, pero muy generoso.
N: Sí.
A: Dijo: “Vos escribís en El amante cine y tenés que conocer a este
crítico
que
trabaja
aquí
y
dirige
una
revista
llamada
Persistances”. Hablemos un poco de vos en la cinemateca.

N: Es cierto que la Cinemateca de Toulouse es para mí un lugar muy
importante. Fue durante mucho tiempo mi segunda familia. Ahora
Nanaka es mi tercera familia.
L: Qué familia solitaria. ¿Cuánta gente trabaja en la Cinemateca?
N: Quince. Ahora veinte, veinte personas.
L: Es grande la Cinemateca.
N: Es la segunda de Francia.
L: Como la de Buenos Aires.
N: Son dos. ¡Son dos en la Cinemateca de Buenos Aires!
L: ¿Cómo?
N: Son dos.
L: Dos películas.
N: Dos personas.
A: ¿Cómo llegaste a la cinemateca de Toulouse?
N: Nací en Montpellier. A los cuatro años me mudé a Toulouse. Moré
desde los trece años hasta los veinticinco en la cinemateca.
A: ¡Ahora entendí un montón de cosas!
L: Sí, yo también. ¿Había pornografía por lo menos?
N: No.
A: Imagino que el erotismo era el de Greta Garbo, Ingrid Bergman,
Kim Novak. Ahora entendí tu dificultad para hablar con las mujeres.
Como Eustache. Pero no te suicides. ¿Tu educación sentimental tiene
que ver con la educación del cine?
N: Sí, seguramente. Mi primera vez fue con Myriam a los
veinticinco. Vi un montón de películas antes.
A: Viste mucho erotismo.
N: Sí, pero un erotismo, no sé, Gene Tierney. Todo eso. Había que
entender. Leer entre líneas.
L: Cuando dejaste de trabajar en la cinemateca, por fin pudiste
ponerla.
N: Más o menos, más o menos.
A: Es importante comprender que la cinefilia tradicionalmente es
masculina, y pone en un lugar especial a la mujer. Sobre todo en la
cinefilia heterosexual, si es que eso existe. Hay teóricos que
dicen que la cinefilia siempre tiene un componente homoerótico. Yo
creo que la cinefilia homosexual es diferente.
L: ¿Por qué uno va al cine para levantarse chongos?
A: No, porque tiene otra cuestión. Tanto en una como en otra la
mujer queda en ese lugar intocable. Pero en la cinefilia homosexual
el otro es como tu compañero, con quien...
N: Con quien se comparte el deseo.
A: En cambio en la cinefilia heterosexual, donde el movimiento del
deseo es otro, sin un compañero, la mujer está tan lejos, tan
idealizada, que es mucho mas difícil dar el primer paso hacia su
realización.
F: ¿Qué pensás de la mujer? En tu cine y en el cine en general. En
la vida.
N: Todo está vinculado.
L: Con qué otras mujeres del cine podríamos comparar a Myriam.
N: Con chicas de las películas de Hollywood en los años 40s y 50s.
Elizabeth Taylor.

L: Siempre en el pedestal la mujer.
N: Si no, no hay deseo.
L: No, el deseo existe cuando la mujer baja del pedestal.
A: No, eso es el otro movimiento. La circulación.
J: Cuando baja la mujer desaparece el deseo.
F: No, se cumple, se cumple el deseo.
L: ¿Nunca estudiaste cine en una escuela?
N: Un año en Toulouse, en la ESAV a los dieciocho. Pero no fui casi
nunca y no aprendí nada.
L: O sea que todo lo que aprendiste, lo aprendiste mirando.
N: Seguro. No conozco nada de la técnica, por ejemplo. Soy muy
dependiente de los técnicos. No sé filmar, no sé nada de la luz, de
todo eso.
L: Sabés qué querés contar y cómo contarlo.
N: Eso no sé si es bueno, pero sé qué quiero.
L: ¿Qué querés?
A: Comer tranquilo.
J: “Quiero comer mis ravioles en paz”
N: Sí, esa es la última frase de la entrevista, me gusta.
A: ¿Cuándo devenís “critique” en la revista “Persistances”?
Contanos un poco de eso.
N: No se cómo contar eso. En la Cinemateca encontré a una pareja,
Muriel Combes y Bernard Aspe, que para mí son los más grandes
filósofos de Francia, pero ahora fracasaron los dos.
A: Como todos los filósofos, está bien entonces.
N: No, como todas las parejas. Ellos eran amigos de Toni Negri,
Giorgio Agamben, Alain Badiou. Para mí son personas muy brillantes,
pero ahora que la pareja se separó, fracasaron. Con ellos hicimos
una revista que duró poco tiempo.
A: ¿A qué edad hiciste esa revista?
N: A los veintidós.
A: O sea de los trece a los veintidós hubo como una especie de...
N: Túnel. Solamente cuatro películas por día y nada más.
A: Y en la tradición francesa, ¿”Cahiers” qué tiene que ver con
todo esto?
N: A los trece años, de vacaciones en Montpellier, compré una
biografía de Francois Truffaut. Muy mala.
A: Yo pensé que el primero era Godard.
N: El primero fue Truffaut. Leí ese libro y después me interesé en
André Bazin, la nouvelle vague y después en los “Cahiers”. Y sí, la
revista “Persistances” se acabó.
L: Y era una revista específicamente de cine.
N: Pero con una mirada muy conceptual.
A: Muy política, me parece. Yo leí un número.
N: Muy política. Muriel y Bernard no eran solamente teóricos,
también se involucraron en movimientos sociales y políticos. Para
ellos hacer esa revista era una manera de construir otro colectivo.
A: Tenías la dirección.
N: Sí, pero era muy formal. La revista era sobre todo de Muriel y
Bernard. En la cinemateca escribía los textos de los programas,

pero en la revista empecé a escribir textos más largos y teóricos,
gracias a la ayuda de ellos.
A: ¿Cuál es tu relación con la política?
N: La primera relación con la política fue a través del cine.
Aprendí que cada película es política a través de la mirada del
director.
L: En tu túnel de los trece a los veintidós, ¿Sólo veías cine o
además leías libros?
N: No, solamente cine.
L: Empezás a leer literatura a partir de los veinticinco
N: Con Myriam.
L: ¿Y ella qué hacía?
N: Nada, no hacía nada. Era desempleada.
L: ¿Más grande o más chica que vos?
N: Tres años más grande. Robaba libros en librerías y comida en los
supermercados.
L: Era anarquista.
N: No, nada que ver. Como decía Jean Pierre Leaud en una película,
creo que en la de Eustache: “Ser pobre no es razón suficiente para
no leer ni comer”.
A: Conocí a los dos, a Myriam y a su novio, Jérôme, crítico de la
revista “Los Inrockuptibles” de Francia. Ambos eran un combo de
seducción a dos puntas. Jérôme, de una seducción totalmente
intelectual muy brillante, aunque algo fría. Myriam, de una
seducción absolutamente vital. Entiendo que Nico haya estado en ese
lugar perfecto donde tiene un amigo con el que puede compartir
muchas cosas y al lado tener una presencia femenina muy loca y
apasionada con la que comparte otras.
L: A los catorce conocés todo lo que es la nouvelle vague, que está
muy relacionada con los escritores. ¿Nunca te había tentado leer
libros?
N: Sí, pero solamente relacionado con el cine, no con la
literatura.
A: Pero, por ejemplo, los escritores que ensalzaba la nouvelle
vague eran Balzac, Girardoux. Yo recuerdo a Godard citando a
Cocteau, que también era director. ¿No te daba curiosidad buscar
esos referentes?
N: No, en esa época no. Lo que me gustaba era la sala negra, yo
solo en la sala y la pantalla con la película enfrente.
F: Un túnel solitario.
L: Una vida muy social tuviste. Me sorprende mucho que no fueras
lector.
N: El cine es la única cosa que descubrí solo. Con Myriam aprendí
literatura, teatro, poesía. Cocina.
A: Y Jérôme, su novio, tu amigo. ¿Qué es lo que te da?
N: Música. Rock. Ella, música clásica.
L: ¿La volviste a ver a Myriam después de haber hecho la película?
N: Una vez en la calle, pero no nos saludamos.
A: ¿A él lo viste, a tu amigo?
M: Con ella en la calle. Estaban juntos y él me saludó. Ella siguió
de largo. A Jérôme lo reencontré en el festival de Nantes dos años

después y la pasamos muy bien los dos. Bebiendo en fiestas como si
nada hubiera pasado, porque entre nosotros había una amistad como
la de las películas de Howard Hawks.
A: ¿Cuándo entrás a “Cahiers”?
N: Cuando fui a París. A los cinco minutos después de la ruptura
con Myriam, me fui al campo de mis abuelos durante tres meses.
Después me fui de vacaciones una semana para visitar a mi hermana,
que vive en París y fui a la oficina de “Cahiers” donde dejé
algunos textos y en la semana el director me llama para decirme:
“Estamos interesados”. Por eso me quedé en París.
A: ¿Cuál fue tu impresión de escribir en “Cahiers”? En una revista
con esa tradición, inclusive cuando hayan cambiado de dirección
actualmente.
N: Durante mucho tiempo estuve muy emocionado. Cada vez que debía
ir a la oficina, tenía el corazón así al encontrar gente que estaba
en la revista que me procuraba mucha impresión. Era muy impactante.
Hasta que entendí que la revista ahora no era para nada la misma.
Que no me importaba más escribir. Creo que “Cahiers” hoy sólo vive
del prestigio de su historia.
L: ¿Por qué venís a Argentina?
N: Eso me pareció muy raro. Me pareció una revista de mierda por
eso.
J: Porque me mandan a Argentina. País sudaca de mierda.
N: Está bien. Muy buen chiste, pero no es la verdad.
A: Somos fordianos en ese sentido. “Frente a la verdad publiquen la
leyenda”.
N: En un momento, nadie de la revista quería ir al Festival de Mar
del Plata. Argentina no existía en el mapa mundial del cine en esa
época, en 2002.
A: Pero ya empezaba a verse el nuevo cine argentino. Estaba “Mundo
Grúa”.
N: Sí, empezaba. pero muy poquito. Entonces el director me preguntó
si yo sabía hablar castellano. Le digo “No, nada”, y después
pregunté: ¿Por qué?”. “Está el Festival de Mar del Plata y nadie
quiere ir”. Contesté: “Sí, pero en el colegio estudié cuatro años
y...”. Me fui a Mar del Plata.
F: ¿Te gustó el mar de Mar del Plata? Porque lo filmaste.
N: Para mí el mar representa la ida y la vuelta del deseo. Muy
metafórico. Me parece muy malo ahora.
L: No, el tema es que el mar puede ser millones de cosas. El
desierto de agua por ejemplo.
A: Qué bueno Lao, me parece una maravillosa definición del mar.
N: Usé el mar para decir: el desierto de agua.
L: ¿Conociste Buenos Aires en ese viaje?
N: No, la primera vez conocí solamente Mar del Plata. Al próximo
mes para el Bafici, pedí volver para cubrir el Festival de Buenos
Aires y me quedé un mes más. Después volví a Toulouse y conocí a la
actriz de mi película, Moro Angeleri. Es la actriz de “Buena Vida
Delivery” y de “Sábado”. Volví a Buenos Aires para cubrir otra vez
el Bafici y me dije que era un buen desafío hacer la película acá
con ella.

A: ¿Cómo es tu contacto con el nuevo cine argentino, el Bafici?
N: En Francia, durante cuatro años en la revista más famosa del
país, pude conocer pocos directores de cine franceses. Cada uno se
toma por una estrella. No se puede hablar con casi ninguno. Sobre
todo un director joven. No se puede hablar ni se lo puede
encontrar. Acá todos los directores jóvenes que encontré me
parecieron muy humildes, muy simpáticos.
A: Estás equivocado, pero para un francés es una buena percepción.
N: Me parece que ellos dicen: “Hago cine, yo hice una película”.
Pero para ellos no hay nada de excepcional en esto. No tienen la
postura de yo soy un artista.
J: Esperan a que los demás se den cuenta.
L: Fue lo primero que te enamoró de Argentina la humildad de las
personas.
N: Sí, era mi percepción, y todavía lo es.
L: ¿De Buenos Aires qué es lo que te gustó?
N: La gente, cómo decir. En París me parece que hay muchas cosas
para ver y nada para sentir. Es muy fría. Acá me parece que no hay
nada que ver, sino todo para sentir. La primera vez que estuve en
Buenos Aires era muy importante. No podía decir qué lindos
monumentos, o no sé qué, sino que había un ambiente, un universo,
el espíritu de la ciudad en general. Creo que más corpóreo que el
espíritu de París. Para mí es libertad. En Toulouse y en París era
muy tímido. La cinefilia es un comportamiento de autista, de
persona muy tímida. Cuando vine acá, la gente era muy amable
conmigo, podía hablar fácilmente, encontrarme con la gente. También
con chicas más fácilmente, pero yo sé que para un francés es más
fácil. Eso cambia todo.
A: Es más, te relacionaste con chicas francesas con las que de otra
manera no te hubieras relacionado en Francia.
N: Por eso me parece que encontré acá mi lugar.
F: La libertad para expresarte de alguna forma, con el público, la
gente.
A: De hecho, la película se mostró primero en Buenos Aires.
N: Sí, en el Bafici, en el Konex, en la Alianza Francesa y en
Rosario.
A: Vos en Toulouse conociste a la actriz que querés para tu segundo
proyecto. La viste en una película a Eugenia Capizzano.
N: Sí, la segunda. La conocí en el Bafici.
A: Pero vos hace años en el Festival de Toulouse, viste una
película argentina llamada “Fuera”. Nunca se vio acá. Es de un
director argentino que vive en Francia, Martín Schvartzapel.
Trabajaba mi amiga Eugenia y te encuentro a vos que me decís:
“Acabo de ver una película, la única película argentina que me
interesa y con una actriz, ¿no sabés quién es esa actriz, por
favor? Si alguna vez llego a hacer una película, la debo hacer con
ella”.
N: De eso no me acuerdo.
A: Estabas muy borracho. Dijiste eso.
N: ¿De verdad? Está bien. Tengo coherencia entonces. No me acordaba
de eso.

A: Una vez me dijiste hace muchos años que había que estar
enamorado de la actriz.
N: Para mi sí, siempre. Si el director no siente deseo por la
actriz, la película no funciona. Como Cassavettes y Gena Rowlands,
Godard y Anna Karina.
L: ¿Las últimas palabras para esta pobre grabadora que se está
acabando?
N: Ya lo dije. ¡Quiero comer mis ravioles en paz!

Hogar del mamado
por Fernando Ghersini
Volví a mi barrio en Palermo después de diez años de exilio. Cuando
pasé enfrente del Hogar del Mamado sentí las memorias que
irrevocablemente siguen presentes. La tosca necesidad de volver al
pasado.
Nosotros -y cuando menciono nosotros hago referencia a mis
compañeros del primario-, habíamos bautizado Hogar del Mamado a esa
inmensa casa ubicada entre Paraguay y Bustamante, una tarde de
agosto. De mis recuerdos de infante no existían claros vestigios
para recordarla, salvo alguna trifulca menor armada contra los de
Colegiales cuando venían los fines de semana. Ahí se armaban los
nuestros; luego nos refugiábamos tras las verjas cuando caían los
cascotes más fieros.
Pasando por alto el recuerdo pendenciero, jamás le había dado
importancia. Simplemente sabía que vivía un hombre mayor de carnes
colosales y que su presencia ocupaba los tres pisos de la
residencia. Aquel anfitrión descansaba en la vulgaridad del
anonimato, exceptuando aquellas ocasiones en que gritaba durante
las siestas y recién lograba callarse llegando el crepúsculo,
cuando le daban oscuridad total a la fachada los dos álamos del
frente.
Una tarde encontré a los vecinos parados delante de su puerta. Esa
vez yo venía de casa de mis primos. Era feriado nacional y me
acuerdo que venía con una sonrisa de lado a lado. Había cortado
camino por el Hospital Ricardo Gutiérrez para llegar más pronto.
Llevaba una docena de figuritas de colección que trajeron los
parientes de Morón, porque allá se conseguían las más difíciles.
Caprichos de proveedores, habían dicho.
Cuando oí los murmullos que venían de aquella casa, me aproximé al
gentío. Las mujeres mayores tenían tal cara de espanto que yo me
reí por lo bajo, me causaban una enorme gracia sus expresiones
exageradas. A veces vislumbraba una mueca de descomposición en los
hombres, sobre todo en los más altos cuyas miradas llegaban bien
tras el portón. Desde lo más bajo, yo acariciaba las piernas llenas
de estrías y várices y me empujaba más adentro. Los calzados eran
sencillos y algunos, incluso, venían descalzos por la prisa. Pisaba
con humildad y avanzaba sobre aquellos pasos.
Cuando llegaron las patrullas de la Comisaría 21, se desparramó el
contingente de observadores de tal manera que quedé sujeto del
mango de la puerta y pude entrar, completamente solo. Decían que
los que vivían al lado fueron a llamar a la policía por el olor
pestilente que venía de la casa desde hacía una semana.
Sin embargo, yo no sentía ningún olor. Ni la mínima fragancia.
Parecía el hogar del demonio.

Avancé con delicadeza para que no crujiera demasiado el parquet
viejo. Después del corredor venía un living bastante oscuro, apenas
un hilo de sol entraba por las ventanillas que daban al baño. Pero
no andaba con pudor ya que tenía la ligereza de un niño repleto de
energía. Entré al cuarto forcejeando la manilla de la puerta. Y
allí, a unos metros de la puerta, estaba el gordo. Sentado entre
sus grasas sobre una silla de mimbre, con los brazos echados al
vacío del cuarto, oscilando en el aire como péndulos.
Su camisa estaba apenas arrugada y los pliegues se hundían sobre la
prominente barriga. El rosario caía devotamente sobre el valle de
su pecho envuelto por vellos; donde se cerraba el quinto botón.
Tenía las piernas abiertas y su sexo se escurría por el cierre
bajo. No pude ver su cara hasta momentos antes de salir. Cerca de
él había una cama de dos plazas cubierta por una frazada verde,
sucia de hollín como todo el recinto. Ahí corría la brisa que venía
por la ventana del sur, azorada por el olor húmedo de los placards
y la biblioteca. Volteé mi vista al rincón izquierdo, y ahí estaba,
en posición de plegaria. La muchacha. En ese entonces la encontré
anciana, acaso unos instantes. Creí que se trataba de su madre,
pero en mis recuerdos, ahora la veo más pequeña, con el llanto de
una niña que había perdido el encanto. Parecía mucho menor que el
gordo, unos tantos años. Estaba desnuda por completo, pálida como
el viento de desierto; y sí que rezaba. En voz alta y mirando al
suelo. Por cierto, el piso estaba inundado, no supe si del sudor
del hombre o de la bañera que escuchaba desbordarse, pero sentía
cómo acariciaba mis pantorrillas y eso me dio una alegría que llegó
hasta el cielo raso, lejano a mi cabeza de niño.
Después
llegó
la
policía,
los
peritos,
los
investigadores
judiciales y el fiscal de turno. A mí no me dieron importancia.
Miré cómo cubrían torpemente a la joven entre mantas blancas y la
llevaban junto a ellos. Días después, oí en casa que habían
caratulado el hecho como “muerte natural”. A mí en todo momento me
había parecido natural aquella escena sin demasiado examen de por
medio.
Una noche en mi cuarto, oí a mis hermanos mayores susurrarse entre
burlas que el mofletudo era casto en el ocaso de su adultez. La
mujer desnuda era una prostituta que le habría dado su primera
fellatio. El gordo, por no contener la emoción del placer, se fue
de éxtasis al Cielo, todo por completo hasta las pupilas.
Se acercaba la noche mientras yo seguía ahí, contemplando la
miseria de la habitación con los pies empapados. Los policías
revisaban todo con desprecio y tiraban las pertenencias del difunto
al piso. De a ratos, alguno me empujaba con descuido y yo me iba
haciendo a un lado, lentamente. Hasta que terminé por aburrirme de
la casa que comenzaba a tomar cierto olor a muerto. Me di la
vuelta, pero antes miré su cara.

Nunca podré saber hacia dónde miraban esos ojos abiertos totalmente
en blanco. Era una nebulosa penetrante que se abría paso contra el
revoque caído de la pared.

Las locas aventuras de CiCe
por Joaquín dos Santos
“ Hay potretas bagreando insenses esta noche ” , pensó CiCe, la
joven rubicundapánicos. Entonces rasonó que era una ocasión
ofortuna para abrir su ostra y salir de su ostracismo. Empolvó su
nariz
soberana y popular con polvución negra ( pues es éste un
relatoso
políticamiente
co-recto
)
y
se
puso
su
bestido
transpotente. “ así pocos se rezigzaguearán de mis espantos ” ,
repensó, y ya dos veces en una noche era demasía. Salió a las
callesuelas que la cagarían pronto a patadas y patrinó como una
ruiseñorita con patines. Y como ella ya se había vaticenado pocos
pudieron escindirse de sus desencantos. Sus cadaveras eran muy
culposas como para escapar de ellas y sus sepos demasiado
apretecibles. mientras flatulenteaba calmada dos jovenas hinchadas
empezaron a percucionarla. le lanzaron pitrapos y uno casi le quita
a CicE un ojo. sin embargo, a pesar de que el engullo de CiCe
pesaba muchos kilovatios, estos pitrapos alimentaron su ciego. aún
así, la joven difuckultosa de atrapar, rerepensó “ éstos jojóvenes
son unos inverbes iletrinados, son como los chiqueros con los que
anzuelo cojer sempiterna y serpenteantemente, pero esta no-che salí
a busconear algo distante ”. entonces conchinuó su insustancial
caminar a no lugares remotos. Pero, a dónde transgredir ? supusso
que no debía ir al boludiche al que siempre iba a balar, pues allí
todos querrían lo único imputante que ella pusseya: su conchichina.
a esos cochinos sólo les impetuaba su conchichina, acaso no podían
sodomarla también por sus aspavientos ? y peor todavía, acaso la
habían sodomado en realidad alguna vez ? y era tan tiritiste
rerererepensar que ella gozneaba con el gozo que los cochinos
ufanaban de su conchichina. ¡ maldita conchichona ! si no fuera o
fuese por ella ella sería inimputable, al menos para su madre, a su
padre siempre le había gustado su conchachachá. entonces desidió
infingir que su conchichán no sexistía busconeando a alguien que no
le diera revelancia. otro pero... dónde encontronar a esa persona
? compaginó que en bahres litera-rios ayharía a su críado. tendría
unos ojos verdes profundados y labios de carmín, usaría bufanda y
se vestiría sólo ( sin ayuda de su mami ) de negro. como sería un
letrinado balbucearía mucho de Paulho Coelho, Jorge Bucay y Tolkien
y siempre tendería rasón por su excesividad de facto. o de falo.
entonces
caminó
nuestra
heroinómana
hacia
cafés
donde
se
reproducirían contrafundas disgresiones y gente ( no gentuza )
sapiente piantada en sus sillas bebería café latte o expresso o
capuchino o negro o cortado. mientras trajinaba hacia su desatino
bebía la noche de la calle corrientes, en especial los cartoneros
que tanto le atraían. tenía una pervisión muy romántica de “ esos
”. a veces soñolenteaba ( pues soñar le estaba velado ) que ella
sisma era una cartonera y que vagueaba por las calles recojiendo
basura. ¡
Oh qué vello sería ser poobre y miseriable ! ¡ cuán
potético y teatétrico ! ¡ tener la facha color café latte o
expresso o capuchino o negro o cortado ! y mientras su imagenación
( era imagenación desde que veía t.v. ) nanegaba CicE notó que el

coff-y? chopp de la esquina parecía ser interesado por lo que se
dijo que si lo parecía no hacía falta que lo fuera. fué CiCe
entonces hacia allí con la cabeleza erecta, segura de esa que no
era ella y de ella que no era esa .
¡ Oh ! ¡ qué reconfartante
rinconcito era ese ! ¡ qué alientante ambiente se aspidaba allí ! ¡
Lleno de bucálicos personajeros y mujikeres mistressiosas ! ¡ qué
analgama de horriginalidad ! se sentó CicE en una mesa aparte, pues
no estaba asqueastumbrada a rondar lugares de ese destilo. cuando
el mozo se dignó atenderla ( pues no era ella digna de ser tendida
) pidió ... sí
sí ... un café. lo pidió negro, pues quería
aparentar que estaba acostumbrada a beber café y así inmiscuirse
entre los de más. sin embargo le salió el tiro por la culata pues
esto llamó la atención de un grupo de perversonas en la mesa de al
lado. ellos encayaron en la cuenta de que CicE era ajena a esos
pagos. se notaba que era pobre de intelecto. este grupo estaba
construido por dos muchachos y una mucha-chacha. todos eran
bisexuales pues cuando se presentaban decían “ hola, me llamo x y
soy bisexual. ¿ tenés algún problema con eso ?
”.
era muy
conocida una historia sobre ambos jóvenes en un baño. la chica, de
mirada inquistadora e in(casi)diferente, hermosa en su desolación,
era la cabecilla del grupo. su nombre era ( buscar el libro de
monelle ).
había intentado suicidarse cuatro veces y a pesar de
ser reconocida como relativamente inteligente todas había fallado.
al ver a CicE allí sentada e indefensa vió la oportunidad para
salir de su aburrimiento. habló con sus compañeros de mesa y todos
acordaron invitarla a sumarse.
cuando uno de los muchachos se
dirigió a ella CicE pensó que su búsqueda se acercaba a su fin. se
sentó junto a los tres con un poco de timidez ( al pincipio un poco
de timidez era buena pues hacía sentir confiados a los desconocidos
sabía CicE ). M , con la intención de turbarla, dijo que estaban
leyendo textos que habían escrito para luego opinar sobre ellos.
sacó el eterno cuaderno de su morral y comenzó a leer: “
muerde
las sombras del todo vive en los rosedales de quejidos de violines
apagados como la sangre de medio mundo opresor y oprimido por vos y
por ellos vomita los restos deglutidos de lo que te han enseñado
para ser igual a vos que pasás las noches con los ojos abiertos
secos rasposos como la verdad una herida que rasga la paz de tu ser
atormentado por la calma agobiante como mariposas que pesan
toneladas como amantes en tu lecho oscuro cual sus entrañas
carbonizadas por las llamas burbujeantes del desamor que sienten
por ti y por otros iguales a ti meros cadáveres violáceos, verdes y
anaranjados, intrascendentes como mi fútil pluma que me clavaría en
la yugular si mi alma masoquista no supiera que es más terrible y
mortífero que la use para eyacular incoherencias vistosas llenas de
sentidos ”.
habiendo terminado la lectura, M cerró los ojos y
suspiró largamente. lo había logrado, CicE estaba turbada. Pedro y
Pablo ( que así se llamaban ) se miraron con ojos tristes y
húmedos. luego empezaron a alabar la obra de M como siempre lo
hacían. CicE, que no había entendido nada, probablemente al igual
que el resto, se sumó a los cumplidos.
donde fueres haz lo que
vieres sabía CicE. M, todavía no conforme con la perturbación

inferida a la vagina con cuerpo , inquirió ; “ jovencita atrepante,
¿ que es pesquisamente lo que propinás de mi texxxto, por qué ,
permíteme inquererte, te marabolló el cerobelo ? ”. nuestra
porotagonista crepusculó silenciada, pues ni siquiera había
compenetrido la inquisición. M sonrió placenteadamente, habiendo
iluminado con su lumilenaria inteligentzzzia la insufi-ciencia de
la compenetración de CicE, tantas veces penetrada. Pedro y Pablo se
miraron cada uno al otro, viéndose a sí mismos, sólo hasta allí les
permitía ver su ilimitada vición. sonrieron ante el maniqueavelo
plan maestro de M. se lanzaron un vesito. pero M no se apetecía
satisfecha
con
lo
fechado
hasta
el
momento.
sus
ensias
sanguilinolientas la ombligaban a más y no querían abdicar de la
reynada de sus necedades. hizo signos a los compaginados en su complot. los tres que sólo hacían uno se abortaron. la pobrellecita
CicE quedó en soltería de nuevo. se preguntó a sí misma, ( no veía
a nadie más en corredor ), si no la estarían abuceando otra vez, de
una forma indiferente. sin embargo, no hizo caso de sus
supositorios temblores, con-vencida de que los tenorios la
consolarían llegado el ocaso. ¿ y si la utilizazonaban de una forma
difuminada, qué importaba de todas formas ? ella se había
propungido discorrerse en nuevas abducciones , fumigarse en ese
mundo de seres de hormigón.
atrás un viejo que jugaba con piedritas la observaba. el viejo de
vez en cuando decía algo en francés al público ( pues todo el mundo
del café era su público ) y éstos se desternillaban de risa. ¡ era
tan gracioso ese viejo ! solía jugar por plata con los allegados al
bar y les permitía ocasionalmente hacerle alguna pregunta. su
sabiduría bien lo valía. al ver a CiCe, al igual que M., pensó que
saldría de su aburrimiento. si bien de una manera diferente.
cof,cof, tosió el viejo. CiCe se dio por eludida. ¡cof, cof ¡
retosió el vejete. CiCe no se vio interpelada, ajena a ideologías
como era. ¡!COF; COF!! y el mozo se asustó y fue corriendo a su
mesa, temiendo por la vida del lustrado personaje que tanto
divertía a los turistas. al vejestuoso esto no le simpatizó pues
interrumpía su coqueteo. el mozo había acabado su propia tumba.
recibió una zarta de agresiones en francés intercaladas con
críticas a Lacan. el alboroto finalmente llamó la atentación de
CiCe que se dio vuelta con velocidad, pero con una falta de modales
aberrante. el hombre al notar esta ironía del desatino se disculpó
con el joven empleado. rápidamente entabló contienda con la
deliociosa chiquilla. él no entendía el castellano y ella no
comprendía el francés. pero la niña se sentió mejor persona pues le
hablaron en un idioma extranjero, que le supo muy dulce y
romántico. quizás el viejo la aceptara. se comunicaron con señas.
fue asombroso pues CiCe realmente comprendía al canoso joven, cosa
que sorprendió al sabio mas que a nadie. La chica veía en sus ojos
cierta gentileza del espíritu. Descubría una personalidad cándida y
amable, mucha humildad. El se embelezó con su espíritu fresco y
joven, con la gracia animal de su cuerpo. Se esperanzó al notar que
para aquella tierna muchacha nada era inasible. con solo ver al

viejo a los ojos CiCe entendió que el cine y la literatura no
podían mezclarse. que ellos quizás no se habían visto nunca, tal
vez sí. quizás volverían a encontrarse ahí, donde se sucedían las
mesas de madera y las sillas de metal, sobre las baldozas
brillantes y marmóreas, debajo de los ventiladores negros y las
moscas zumbantes. que siempre se trataría de ella y él, o de
cualquier ella y él, sin ser ellos precisamente pero siendo ellos
de todos modos. no importaban el cuándo y el quién. siempre.
siempre dos personas en aquel impreciso café de corredores pulcros
e infinitos. ( el lugar en realidad era bastante pequeño, pero eso
no venía al caso ).
M, Pedro y Pablo regresaron a la mesa. habían planeado un plan
maestro mientras CiCe descubría la magia de los personajes
foráneos. la tan mascada estratagema consistía en llevarla al baño
y encerrarla allí. luego los tres tomarían un café con leche en
señal de festejo. quién sabe qué pasaría con la indecente CiCe;
quizás nunca saldría de su confinamiento en aquel luminoso rincón,
se volvería loca escuchando música funcional, se suicidaría, su
cuerpo se pudriría... no habría ratas para comerse su cuerpo, el
lugar era famoso por su limpieza. eso molestó en un principio a los
tres camaradas ( en el buen sentido de la palabra ), pero tuvieron
que conformarse.
extrañadamente, cuando notaron que CiCe y el viejo se llevaban
bien, desistieron.

Basuras al amanecer
por Joaquín O. Gianuzzi
Esta madrugada, en la calle
dominado por una especie
de curiosidad sociológica
hurgué con un palo en el mundo surrealista
de algunos tachos de basura.
Comprobé que las cosas no mueren sino que son asesinadas.
Vi ultrajados papeles, cascaras de fruta, vidrios
de color inédito, extraños y atormentados metales,
trapos, huesos, polvo, sustancias inexplicables
que rechazó la vida. Me llamó la atención
el torso de una muñeca con una mancha oscura,
una especie de muerte en un campo rosado.
Parece que la cultura consiste
en martirizar a fondo la materia y empujarla
a lo largo de un intestino implacable.
Hasta consuela pensar que ni el mismo excremento
puede ser obligado a abandonar el planeta.

Epílogo
por Lao Vogelmann
En una cama vacía y deshecha, éramos uno deleitándonos con la
mancha de humedad que yace en todo cielo raso. Acariciábamos su
silueta inspiradora entre las sombras de la habitación. En silencio
le recitábamos epístolas melancólicas en noches de fantasmas.
Éramos dos los que tendíamos las sabanas burlándonos del espejo. El
espejo opaco comenzaba a desfigurar nuestros retratos. Alguien
quiso romperlo, otro trato de evitarlo; la habitación nos consoló
con una fábula que pintó sobre nuestros cuerpos. Éramos tres,
cuando el sol calentó la almohada desde la ventana. Dejamos los
ojos cerrados imaginando un despertar de fantasía. Tomamos nuestras
manos y comenzamos a bailar un vals desafinado que el suelo entonó
bajito para nuestros pies danzarines. Éramos cuatro cuando nos
trajeron el desayuno a la cama. Como sibaritas expertos nos
embriagamos en cada medialuna, disfrutamos de la mermelada y del
dulce de leche; comimos hasta el hastío, olvidando leer la borra
del café. Éramos cuatro y tropezamos con la alfombra; éramos tres y
se cerraron las ventanas; éramos dos dando vueltas por el cuarto;
sonó el reloj despertador cuando tan sólo éramos uno. Éramos
ninguno, éramos la cama esperando que te acuestes.