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RÉGIS DEBRAY

La obscenidad democrática *

Una bella y fresca animación arrastra al Estado entero, griegos y troyanos sin distingo:

“Acerquémonos a la gente de carne y hueso, peguémonos al terreno, salvemos la brecha. ¡Fuera la apariencia acartonada! ¡Dejemos de disfrazarnos! ¡Caminata matutina y en portada de semanario! Adiós a la naftalina, adiós máscaras, melindres y chaqués, nuestros ministerios serán sus casas de cristal. Ahí se sentirán como en su casa; y nosotros somos como ustedes. Sus deseos son los nuestros”. Así nos hablan sin pronunciar palabra, por montes y valles los atletas cuello abierto de las seducciones nuevas. 1 ¡Objeciones, señores! Tanto como ustedes yo prefiero la camiseta en lugar del traje. Ver que se quiten el cachaco y cambien los zapatos de charol por tenis Nike sólo inspirará simpatía. La modernidad es movimiento o no es. Queda por saber si ustedes, si nosotros trotamos en el sentido correcto. ¿Asunto de estilo, asunto fútil? No es tan seguro. El tiempo rebota sobre sus goznes, la New Frontier hexagonal merece reflexión. Ciertos espectros que se llaman autenticidad, proximidad y transparencia recorren nuestros salones Luis XV. Ustedes hacen como nosotros, ustedes sacrifican a esos ídolos, y cada quien aplaude. Muy bien. ¿Y si esos fueran, a su pesar y al nuestro, fetiches un poco huecos? ¿Y si el asno cargado de reliquias que ustedes quieren, debidamente ataviado, alerta y dinámico debiera su anquilosis no a un exceso de manías de vejete sino a una carencia de ilusiones motrices y proyectivas, a la evanescencia de los mitos de convocatoria? ¿Y si estuviéramos todos demasiado atados a nuestros hábitos, demasiado atragantados de nosotros mismos, demasiado pobres en admiración, para poder soportar la cura de verdad cuyo momento parece haber llegado? A la hora en que representativo significa arrinconado y participativo regocijante, en que la denuncia pública de la “sociedad de espectáculo” sirve de certificado de buena vida y costumbres; y en que el profesional de las tablas no ama nada tanto como descuadrar, disimular, descentrar, de-construir los trucos de la ilusión teatral, sugerir que es urgente no hacer su cine sino más bien el teatro elitista para todos, expone sin duda a viles sospechas. Un elogio del parecer como servicio público, del ciudadano como espectador comprometido y del Estado como espectáculo ritualizado pasará a lo mejor por ser un duelo de honor y, en el peor de los casos, por ser una apología del Rey Sol. Y tanto peor para los malentendidos e injurias al programa. Sé muy bien que esta simplificación de las maneras, esta manera de trepar la rampa para bajar en ropa deportiva a la sala es lo que les reclamamos e incluso hacemos de ella el sésamo de toda popularidad. La cultura joven, eso paga su hombre y su mujer en buenos y leales índices, sin esfuerzo alguno. Sin embargo, a más largo plazo, habrá una cuenta por pagar para los nuevos tótems. En efecto, no es seguro que la acción pública gane en eficacia cuando ella trueca los prestigios de lo teatral por los del show bussines. No es el mismo maravilloso. Télé 7 jours no está necesariamente de moda porque Shakespeare ya no lo está. Los mediadores elegidos de la República, encargados de hacer el puente entre su historia y esta actualidad, no evocan tanto, si creemos en los antecedentes, una tropa de revista o una banda de camaradas, sino más bien una Compañía, solidaria de una tienda de vestidos, de una leyenda, de un repertorio, de una decoración, de un Conservatorio, de maquinarias, de un aura (solemnidades un poco rígidas, pero de buen rendimiento, al final). Esos accesorios siempre sirvieron, entre

* Traducción del francés : Régis Debray, L’obscénité démocratique, Paris, Flammarion, 2007. 1. Régis Debray, L’Etat séducteur, les révolutions médiologiques du pouvoir (Gallimard, 1993).

Traducción de JORGE MÁRQUEZ VALDERRAMA

Lectura y correcciones de PABLO CUARTAS Medellín, marzo-abril 2008

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otros placeres útiles, para distinguir un Estado de una empresa, un pueblo de un objetivo comercial y la representación nacional de un puñado de fanáticos. ¿Y si nuestra escena política, horresco referens, tuviera más necesidad de un polvo dorado de Opera que de una enésima desempolvada? Es su crédito el que está en juego. Y ¿qué autoridad no funciona a crédito?

I

¡ESPECTÁCULO, POR FAVOR!

Puesto que esa palabra comodín, “espectáculo”, se aplica indistintamente a la sala del tribunal y al peepshow, pasando por el partido de rugby, el ring, la danza, el desfile de modas, el circo, la feria del libro, precisemos: hablo aquí de todo lo que supone además de una reunión voluntaria (los figurantes actúan por voluntad propia, y los espectadores pagan su cuota), además de un cara a cara entre concurrencia y actores, la convención previa de un como si. De un desenganche. De una efracción en lo ordinario de los días. Un performance, limitado en el tiempo, efectuado por hombres provistos de insignias excepcionales en lugar excepcional y dirigiéndose a un público situado por encima de ellos, es ya un frenazo al flujo de todo lo que venga y a la cultura de flujo. Una idealización de las cosas que da juego al aquí y ahora, y aire para nuestro apagador. Hay algo de espectacular en una celebración en Notre-Dame, pero la misa no es propiamente un espectáculo, en la medida en que la hostia es, para el creyente, realmente el cuerpo de Cristo, y no se usa que los fieles aplaudan o abucheen al oficiante después de su “Pueden ir en paz”. Las decapitaciones con sable de Arabia Saudita se hacen en público, pero escapan, desgraciadamente para los condenados, al campo del presente esbozo, lo mismo que la corrida porque es raro que el toro venga al final a saludar a los aficionados. Y la Cámara escondida fabrica cómicos a pesar de ellos, tomados como rehenes de una risa maquinada contra su voluntad. Por esa palabra magnífica, espectáculo, entiendo entonces todo lo que viene a deslizarse entre el sueño y la vigilia, todas las escapadas posibles propias de la aptitud de un mortal para evadirse de su jaula gracias a la dinámica creciente del símbolo. Los acrecentamientos de conciencia como el placer de los sentidos que hala al mamífero humanoide, desde cuando levantó la trompa al erguirse sobre sus dos patas, del don que sólo a él pertenece de despegar de su vida inmediata, en provecho de una imagen o de un signo que remplacen ventajosamente las cosas mismas. El mapa no es el territorio, la bandera no es el país, la palabra perro no ladra, el rojo no es sangre. Y un maquillaje puede revelar el secreto de un carácter. Toda la paradoja de la aeración simbólica está ahí: no encuentra uno su verdad mirándose en un espejo. Personne era, al comienzo, un término técnico de teatro. Era el papel que se le atribuía a una máscara. La dignidad de la persona proviene de su capacidad de figurar en el teatro del mundo, convirtiéndose así en personaje, como se llama a toda persona ficticia puesta en acción en una obra dramática. Una mímica de escena puede aportar sentido, un flash de actualidad reporta un hecho. La imagen en tiempo real hace desbordar la vida en el estado bruto; su modelo transpuesto por artistas, reducido, repintado, re-actuado, redicho, desencadena un comienzo de dominio. La cámara digital, la grabación en vivo nos ofrecen un guiñapo de lo que sucedió, no una visión global de tal y como pasa. ¿Hay que renunciar al hiato ínfimo y capital que, desde hace más o menos doscientos mil años –fecha de las más antiguas sepulturas y de las primeras órbitas de cráneo pintadas de bermellón color vida– distingue entre dos regímenes de intensidad, el real y el simbólico? ¿Entre el

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Traducción de JORGE MÁRQUEZ VALDERRAMA

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domingo y el lunes, entre el mocasín y la pantufla? No hay, más allá de nuestros centros dramáticos nacionales, ya en gran dificultad, pregunta más radical, en la raíz de las más inmediatas y urgentes que se plantean a nuestros ministros. Algo semejante sucede con nuestras escuelas donde, en clase de francés, el documento de actualidad remplaza al monumento de literatura; con nuestros tribunales de armiño y mortero frente a la justicia sin toga (mediadores civiles); con los “barrios difíciles” donde ni se comprende ni se ama los uniformes; con las manifestaciones donde se desfila sin bandera ni canción; con los museos de arte sin obra y sin imagen, donde pelo, trapo sucio, ceniza o mierda ya no se representan sino que se muestran en bruto, desechos y humores convertidos en sus propias reliquias. Pero no se apresuren a reír, eso sucede también con la política misma. Ese lujo bastante costoso es de aparición reciente en la historia de la humanidad, la cual podría prescindir de él mañana, como lo hizo durante milenios, entre el neolítico y la era moderna. Las luchas por los lugares datan de siempre. De ayer solamente, el hecho de que individuos se agrupen por afinidades electivas, en el seno de minorías actuantes y libremente cooptadas; o aun el hecho de hacer girar los conflictos de poder en torno a algunas ideas generales, algunos caprichos sobre el papel del hombre en ese bajo mundo, y no de fatalidades tribales, regionales o dinásticas que reclaman simplemente su reconducción en alto lugar. En Francia, esa rareza remonta a la Revolución. Posteriormente, ciertos progresos democráticos han ritualizado, formalizado, desactivado las violencias físicas inherentes al combate por la jefatura. Por eso la política ya no es la guerra. Pero que ella pueda todavía oponer dos escalas de valores, dos visiones del mundo, y no solamente dos individuos en carne y hueso que hay que juzgar por su bello rostro, esa extraña supervivencia no está bajo garantía del Eterno. No está comprobado que en una sociedad penetrada hasta la médula por la preocupación económica, la alternancia de equipos no venga a remplazar la alternativa de voluntades.

II

EFECTOS DE ESPONJA

Sucede lo mismo, en definitiva, en la corte como en la ciudad, con el destino de la representación. 2 No es un asunto de política, sino de civilización. La nuestra decidió marchar en la presencia. Lo bruto, lo emocional, lo ingenuo, el balbuceo, lo crudo, el “relajémonos” se celebran en cocina como en salón. En el museo y en la escuela. Que la representación haga crisis, la gente de teatro lo sabe mejor que nadie: ellos están en las primeras filas. La Comédie Française montó recientemente Le retour au désert de Koltès, donde figura un personaje, por lo demás secundario, llamado Aziz, argelino de origen, (y de hecho, en el texto hay algunas frases en árabe). El actor escogido por la compañía no era árabe. El hermano de Koltès, poseedor de los derechos de autor, decidió abreviar las representaciones, siguiendo la voluntad del autor de que el actor para ese papel fuera un argelino. Ese deseo fue transformado a título póstumo en sine qua non. ¿Cómo se llegó a ese collage? Por el mismo motivo pegajoso que había conducido a la misma honorable Casa a desprogramar poco antes la pieza de un autor, Peter Handke, por mala conducta personal (según los criterios mediáticos de ese momento). La confusión de la obra con el autor tiene que ver con el mismo agujero simbólico, con el mismo hundimiento, con la misma caída libre sobre la tierra firme que la confusión del actor con el personaje. ¿Se terminó la época en que Sara Bernhardt

2. Daniel Bougnoux, La crise de la représentation, (La Découverte, 2007).

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podía hacer el papel de Lorenzaccio y un teatro “burgués” montar el Nekrassov de Sartre? ¿Muy pronto se verá chocante que Shylock sea actuada por un no judío, Ysé por una no cristiana, Othello por Orson Wells, maquillado pero de piel blanca? Si Molière no tiene herederos de sus derechos, es una oportunidad para los chinos. A Diderot le toca por su paradoja, a Brecht por su toma de distancia. El proyecto de enseñar el hecho religioso en la escuela laica tenía, a este respecto, una punta de velo. Algunas eminencias católicas se sublevaron contra la idea de que alguien no cristiano pudiera hablar de la Trinidad o de las catedrales, lo mismo que los rabinos y los imams inquietos ante la idea de que ciertos goyim y ciertos infieles puedan evocar con alguna competencia y empatía el sacrificio de Isaac o el descenso del Corán increado. La piel de zapa de los narcisismos comunitarios hace parte de la misma pregunta: ¿tiene todavía algún lugar la metáfora en un mundo donde cada monje sólo tiene derecho a un hábito, el buriel a perpetuidad? ¿Donde el sentido figurado es desaconsejado, donde la alegoría, la parábola, la prosopopeya ya no tienen derecho de ciudad, ni siquiera de citación? ¿Estamos condenados, por el aplastamiento de los signos contra las cosas, al tartamudeo de los orígenes, a las identidades de cepa, al repliegue tono por tono del nosotros sobre el nosotros? “Apéguense a la vida”: nada más macabro que esta exhortación propia de la nueva lengua de viento. ¿Para quién suena ese aviso? Para los niños del balón, sin duda; para los niños del paraíso, también. Esto manda aquello. El desprecio de los rodeos miméticos e ilusionistas es un clásico de muy mal augurio. En la antigüedad, el teatro romano se extinguió hacia finales del siglo III, cuando se mezcló con los juegos del circo, cuando el actor y el gladiador se volvieron uno, cuando se llevó a los condenados a muerte a actuar las escenas de asesinato y agonía (pensemos en la Medea de Séneca), para ofrecer a los espectadores cierta muerte en vivo, en lugar de un simulacro. Fue a fuerza de muertos de verdad y de verdadera sangre que murió la tragedia, ella, cuya aparición había escoltado, en Atenas, el advenimiento de la primera Polis deliberante. El teatro naciente vio la democracia naciente y el teatro moribundo vio la democracia moribunda. Antes de ese desenlace político-dramático, nuestras puestas en escena cada vez más fuertes dan testimonio de una subida a los extremos de lo similar, de una voluntad de forzar la dosis que no deja de evocar un bis repetita y de la Roma imperial:

el agotamiento por desbordamiento. O la extenuación histérica. ¡Y qué! Me dirán. Una sociedad puede vivir muy bien sin política y sin teatro, sin ponerse irónicamente a distancia de si misma. Ese fue más o menos el caso del Occidente Cristiano entre el año 400 y el 1500, cuando las liturgias de la casa de Dios, con las Pasiones, los Misterios y las cofradías, habrían absorbido los juegos de la fantasía laica. Cuando el culto de la verdadera y única religión arrasó al falso-semejante escénico. Esa abstención no impidió que la Tierra continuara girando, que Europa masacrara y que los bípedos se reprodujeran. Ese es siempre y todavía el caso de la sociedad arabo-musulmana (el mundo persa derogando la interdicción). Los teatreros, cuando osan insistir, son allí mal vistos, y a veces asesinados por los puristas de la Charia. Lo que no impide que los estómagos digieran, que el muecín convoque a la oración y que la vida continúe, incluso si el vivir juntos no tiene exactamente la misma calidad cuando la libertad que el juego muestra es percibida como sacrilegio. El horror teocrático frente a la risa no les concierne a los comediantes, la creencia ingenua del hombre común pretende que hay que ser sincero e íntegro. Hay un pacto milenario entre la vitalidad del humanismo y la del arte dramático. Mientras que Dios, y no el hombre, esté en el centro del cuadro, mientras que la soberanía pertenezca al Altísimo y no al mundo de aquí abajo, el actor es menos que nada y el teatro una impiedad.

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Cuando se piensa en la audacia simbólica del Renacimiento, en la capacidad que tuvieron los tiempos isabelinos para simular una batalla con tres espadas oxidadas como en el teatro de la Rosa, de representar el océano en una palangana, y de hacer contener “los vastos campos de Francia en una cueva de gallos”, se queda uno perplejo frente a brutalidad desnuda de una puesta en escena reciente, el Titus Andronicus de Botho Strauss. Allí se veía ciertas tardes espectadoras vomitando en la sala, confrontadas a una violación perfeccionista. La obra de Shakespeare abunda en salvajadas, pero los comentarios del Globo dan testimonio de que las ignominias, durante su creación, eran alusivas y mimadas: las manos cortadas eran cintas rojas atadas al extremo de los brazos y la violación, un grito en una confusión de sombras. ¿Se cree que the real thing pueda reemplazar la emoción del less is more? ¿Nos volvimos demasiado hartos, demasiado saturados de sensaciones, demasiado atragantados de vivencias para atrevernos todavía a los oropeles, tres cordones y un cañamazo pintarrajeado? El material de un teatro, aseguraba Cervantes, puede caber en una bolsa de molinero. Entonces ocurrió algo insólito en nuestra cultura para que ahora haya que devolver lo más por lo más, con el gore y el trash, con el riesgo de bostezar después de los dos minutos de faroleo. “El secreto de aburrir, decía Voltaire, es querer decirlo todo”. El de asquear, querer mostrarlo todo…

III

UN PILAR DEL ORDEN NUEVO: EL SITU

Un viejo asunto, el miedo a lo estilizado, la fobia al mimo y a los juegos de rol. Fueron los apologistas de los primeros siglos (Tertuliano, Clemente de Alejandría, San agustín) quienes habían impuesto a sus fieles la continencia óptica y festiva, exhortando a los buenos cristianos a que desertaran los teatros y los baños mixtos. Los jesuitas, afortunadamente, volverán al ukase * , mucho más tarde. Ese ascetismo misógino y huraño condenaba el espectáculo como opus diaboli por tener que ver con la Carne (sexo, pasiones y su calor contagioso). ¿Para quién detenta la Verdad de todo, no es vergonzoso jugar con lo real querido por Dios? “Jamás habitará bajo mi techo nadie que practique el engaño; jamás prevalecerá en mi presencia nadie que hable con falsedad” (Salmo 101). La ironía de la historia es que el paleocristiano regresa a nosotros vía el neolibertario. Es hoy, en nombre de lo trémulo y de lo vibrátil, de lo apetecible y de lo carnal que nuestros campeones de la foto back stage rechazan los trajes, la decoración, el ilusionismo escénico y predican lo informal. Al imitar las pasiones, se excita el encanto, decía el Padre de la Iglesia. Ya no hay que imitar las pasiones, hay que vivirlas, continúa el moralista de lo directo, quien ve en el ornamento una engañifa, en el más mínimo ceremonial, una violencia simbólica contra los oprimidos, en todo recinto, una prisión y en el más ligero toque de retórica, una injuria a la igualdad entre los hombres. Dos reproches de sentido contrario (demasiada emoción, no suficiente), pero que, a veinte siglos de distancia, desembocan en un nuevo cuestionamiento (vía el imparable “hay que expandir la palabra”) de ese contrato de representación, como se habla de contrato de lectura, común a la delegación de soberanía y a la fe del espectador: el hiato asumido entre la vestimenta y el vestido, entre los criminales de los fortines y el Bulevar del crimen, el drama real y el melodrama. Entre el inquilino en carne y hueso del Eliseo y esa abstracción que se llama presidencia de la República. Que la función

* Ukase : edicto del Tsar (t).

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trasciende al individuo (y al género), como la obra a la persona de su autor, ¿ese logro de civilización, se volverá una incongruencia? La ortodoxia actual tiene su breviario, La Société du spectacle, y su pastor prematuramente desaparecido, Guy Debord. El libro de cabecera de la gente simple del año 2000 debe su prestigio social a una laguna de memoria por parte de la crema de la sociedad. Los defensores de la publicidad olvidaron que se trata de un refrito en estilo seudonietzscheano, de un cedazo gastado, el fondo de salsa del hypokhâgneux * de los años cincuenta del siglo pasado, que lo ayudaba a concluir cualquier disertación. ¿Qué nos decía La esencia del cristianismo del inmenso Ludwig Feuerbach (el genitor intelectual de Marx), publicada en 1841? Que el ser humano se separó de su esencia al proyectarla hacia Dios, imagen invertida de la humanidad real, en quien el humano venera su propia potencia retornada contra sí misma. Que esa separación generalizada engendró la ilusión religiosa, negación de lo humano en la cual el hombre afirma como otro lo que niega en sí mismo. Pero que esta ilusión terminará cuando la humanidad instruida por la crítica reencuentre la verdad de sus ilusiones, o sea su propia esencia hasta entonces alienada en la forma fantástica de la teología. ¿Qué nos dice La Société du spectacle publicada en 1967? Que la sociedad mercantil se separó de si misma alienándose en el espectáculo, imagen invertida de la realidad social, “modelo presente de la vida” en el cual veneramos nuestra propia potencia vuelta contra nosotros. Que esta separación generalizada engendró lo “espectacular integrado”, que es “el mundo realmente invertido” y la “negación visible de la vida”, la cual somete a su vez a los hombres vivos. Pero que esa ilusión terminará cuando, instruida por la crítica del espectáculo, la “muchedumbre atomizada sometida a las manipulaciones” se liberará al recuperar su propia esencia alienada en la forma fantástica del espectáculo o de la ideología. La liberación del hombre consistirá en la reunión de lo que estaba separado: el predicado y el sujeto. Ella verá la salida de la falsa conciencia y el retorno a un goce tranquilo de si, bajo la forma “concreta” de una democracia de consejos obreros. Pasto de las mediaciones triviales. Es como consecuencia de un reconocimiento de si mismos por iluminación, bajo el choque de la Verdad de las Sagradas Escrituras, por una abrupta y gozosa inversión de la inversión, que los hombres podrán volver a bajar del cielo a la tierra. Trastocarán su amor por Dios, la ideología, el espectáculo (términos equivalentes) en amor por la humanidad actuante y sensible. En resumen, la tradición evangélica se salva. Entre nuestras emociones y nuestros espectáculos, entre el parecer y el ser, habrá un juego de suma nula: “cuanto más contempla el hombre, menos vive”. Repintada en rojo vivo, color “revolución proletaria”, ambiente obliga, esa exaltación jactanciosa de la inmediatez postula una primavera eterna en la cual nuestra verdad nos sería dada por instinto y gratis, sin tener que construirse penosamente en salas de clase y de espectáculo; en la cual ya nadie tendría necesidad de salir de si para ajustarse; de expatriarse en el imaginario para afrontar su real inmediato. Ni de pasar por los locos para conocer a los normales, por la observación de los salvajes para descubrir que es lo civilizado. La opción está entre una sociedad que aprende, mediante el espectáculo, a desprenderse de si misma y una sociedad especular, que tiene la nariz pegada al espejo para mirase y admirarse de su ser-ahí. El rechazo de los cuerpos intermediarios como pueblo ausente y la crítica del espectáculo como vida ausente envían al infierno, juntas, a las imágenes y a las máquinas. Es decir, los dos medios de mantener su propia vida animal en

* Hypokhâgne: sustantivo femenino del siglo XIX, usado en el argot escolar. Clase de letras superiores, que precede a la khâgne (segundo año de la preparatoria para el concurso de ingreso a la Escuela Normal Superior). Hypokhâgneux:

sustantivo femenino del siglo XIX, usado en el argot escolar para referirse a los alumnos del nievel hypokhâgne. (Petit Robert, 1993) (t).

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respeto. El mediólogo honra a la vez la técnica y lo imaginario puesto que esas son las dos herramientas fabricadas por el primate omnívoro de las sabanas para convertirse en hombre, es decir un astuto gruñón, suficientemente descontento de su persona para no conformarse nunca con la suerte que le es dada hic et nunc.

IV

¡TELÓN, POR FAVOR!

Ha llegado el demócrata nuevo. Él también se apega a la vida. Abierto(a). Simpático(a). Herido(a). Cantando las hojas muertas en la televisión o rodando en patines por la acera parisina. Chaqueta de cuero y campera. Creíble por auténtico. Despeinado. En fin, tal y como es. La oficina da a la habitación. Sin hipocresía. Traduzcamos en buen latín:

obsceno. Ob-scenus: lo que queda de un hombre cuando ya no se pone en escena (ob: en lugar de, en cambio de). Cuando se exhibe lo que se debe ocultar o evitar. Tal es el primer sentido de la palabra. El segundo fue, consecuentemente, siniestro o de mal augurio. El plural neutro, obscena, designaba los excrementos. Llamamos entonces obscena, sin intención polémica y en sentido etimológico, a una sociedad que, por ya no soportar el corte escénico, confunde el yo y el super-yo, el nosotros y el yo, la ambición colectiva y el ambicioso a secas. Quien hace pasar la persona del escritor antes de su escritura, al hombre de acción antes de su acción y al músico antes de la música. Obsceno, en términos técnicos, es el foro cuya dramaturgia se somete a la telecracia. O que pasa, más precisamente, del plano general al primer plano que viene a escudriñar el rostro, la lágrima asomando en el ojo, el beso en la boca y el hijo menor, durante un ceremonial oficial. Y que hará muy pronto de cada “momento fuerte” de la vida pública algo intermedio entre la Rueda de la fortuna y el Loft. La transferencia de los modelos íntimos de identificación del continente teatro con el continente televisión (de Cirano a Gala) no arruina solamente la regla de impasibilidad que se espera de los oficiantes en República (véase los monolitos asistiendo a la entrada de Jean Moulin al Panteón). Ella sustituye el conformismo de los roles por la coquetería de lo intempestivo. Obscena entonces la sociedad deportiva y normativa producida por la “proximidad, convivencia, reactividad”, que borra de los frontones nuestra Libertad, Igualdad, Fraternidad, pomposas y caducas mayúsculas. Obsceno un país que ya no se despega de sus mirillas, fascinado por sus propios reflejos en una pantalla-espejo: Landerneau obnubilado por el desbordamiento del Garona, la cólera de los cultivadores de ostras y el desplome de un hangar en región parisina, que ocupan veinticinco minutos de los treinta que dura el noticiero de televisión de un canal público. Una Francia a la vez miope y narcisista, que no ve casi nada más allá de sus fronteras, y que ya no se ve a si misma tal como es porque renunció a alejarse de lo que es. A tomar la distancia del espectador. La misma sociedad llamada por antífrasis de espectáculo, que desacredita lo espectacular, deslegitima los secretos y abandona al mismo tiempo la distancia y la compostura. ¿Por cuál misterio se da esta paradoja? Por la intolerancia en claroscuro del todo-imagen, en el proceso del instante y del autoservicio a toda iniciación regulada. Por el abandono de los símbolos y la pasión por las huellas. Por la concentración en el órgano y el olvido de la función. Por el nombre de pila generalizado y el desdén por las formas impersonales. Como lo anota (al fin y al cabo mediólogo) Pierre Murat: “En la época de De Gaulle-Adenauer, se anunciaba pomposamente: ‘Francia se encuentra con Alemania’. Más tarde todavía se tenía derecho a los títulos oficiales: ‘El presidente

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Mitterrand y el canciller Kohl’. Luego, más personal: ‘Jacques Chirac y la señora Merkel’.” Mañana será: “Nicolas y Angela”. ¿Tiranía de la intimidad? Digamos más bien: servidumbre voluntaria y suave. Basta entrar en una librería parisina, en la sección “ça m’suffit” de las novelas domésticas, para saber que en el país de “Madame Bovary c’est moi” la Bovary está de más. Moi c’est moi, y sigo estupefacto, dice el escritor del momento. Tenderete, coming out y “ojo del pueblo”. Se sabe lo que sucedió con el secreto de la instrucción, con el secreto de la confesión, con el secreto médico. Se siente la sospecha de ilegitimidad, incluso de prevaricación, que pesa sobre el secreto de Estado, fondos secretos y servicios del mismo nombre. Incluso recientemente se hablaba de instalar una cámara en el Consejo de ministros, y un juez se indignó al no poder entrar

al Eliseo como Pedro por su casa, para investigar judicialmente en los archivos “secreto

de defensa”. Cercenado, incluso burlado, el secreto del voto. Que todo se haga a la vista

y evidente: en el teatro, los cambios de escenario; en arquitectura, las entrañas de

fluidos en el techo; en el cine, exhibir el making of de la película. Tener segundas intenciones se vuelve casi un motivo de inculpación (mientras que no tenerlas es signo

de idiotez). “Oculta tu dios, dice el Pórtico, es tu fuerza”. Oculta tu vida, dice el Jardín,

es tu felicidad. Ocultar su juego es en todo momento lo propio del estratega, el B.A.BA

de la inteligencia, e incluso de la acción a secas. François Mitterand protegió su función, reforzó sus defensas y organizó el futuro al ocultarnos su cáncer (siendo su única equivocación el haber cedido a la obligación contraproducente de transparencia, al infligirse la obligación de un boletín de salud periódico) ¿Qué jefe revela sus planes? En esa necesidad de “hacer completa claridad” no hay solamente una demanda de probidad. En la acechanza vindicativa de las pequeñas miserias y del “miserable montón de secretos”, en nuestro gozo maligno por la desmitificación no descartemos las pasiones bajas: se comienza por bajarle el cacareo a quienes estiran el cuello (bravo, tanto mejor) y se termina por poner en la fila de los funestos, la nuestra, a todas las figuras heroicas o geniales que sobresalen (como ha sido en los procesos hechos a Jean Moulin, a los esposos Aubrac, a los líderes comunistas de la Resistencia). Si De Gaulle escapa todavía a ese lavado retroactivo es porque se prefiere jactarse de denigrar a gusto contra “el gran comediante que hizo ilusión en la escena internacional”, reproche del cual también son susceptibles, si se reflexiona en ello, Sócrates, Julio César, Jesucristo y algunas otras personalidades corporativas y felizmente sobrevaloradas por la posteridad. Los rasgos insignificantes de los grandes hombres nos ponen a marchar, porque hay un Tersita * en

cada uno de nosotros, un maníaco del hueco de la cerradura y que un Aquiles pueda o haya podido existir nos molesta (Homero describió muy bien el placer hipócrita del chisme). Conocimos regímenes de servidumbre, fundados en el secreto, y la impunidad

del secreto, que tenían como primeros enemigos al periodista y al juez; y es su retorno

al primer plano de la escena, en Rusia, en Europa oriental, mañana en China, el que ha

traducido y permitido la emancipación del yugo autoritario. Sin embargo, no hay ejemplo que muestre que lo que un día fue liberador no pueda ser mañana opresor. Lanzados al acecho de lo opaco, amos de las legitimidades, detentadores de un derecho de inquisición casi ilimitado, ellos pueden también suscitar, por un reflejo de

autodefensa, en sus víctimas aterrorizadas el triunfo de lo fofo correcto, de lo convenido

y de lo insignificante. Cada siglo tiene su mal del siglo. La antigua carne de orca se

vuelve a encontrar casi omnipotente, el espiado de los regímenes totalitarios, el espía de

* (Dans la mythologie grecque, Thersite, fils d'Agrios, est un guerrier achéen de la guerre de Troie. Homère le décrit comme le guerrier le plus laid de l'armée grecque. Il est en outre insolent, menteur et railleur. Ulysse le fait bastonner et Achille, exaspéré, le tue pour avoir voulu violer le cadavre de Penthésilée. Après quoi, pour se purifier, Achille doit faire le pèlerinage de Lesbos) (t).

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las democracias, el hereje de los dictadores, el donante de unción liberal. Así marcha la dialéctica en historia, el culo encima de la cabeza. Deslizándose al otro lado del caballo. Hubo un tiempo en el cual hacer vomitar en secreto era la noble tarea de los hombres de progreso; actualmente les interesaría improvisar una asociación de defensa de los secretos, de conciencia, de corazón y de Estado (nuestros salarios, ingresos, cuentas bancarias quedando evidentemente por fuera de ese lote ¡Bienvenida su divulgación!). Muy obscena, la glotonería óptica de las cámaras de vigilancia, con su “juzgaos los unos a los otros”, desconfiando de los umbrales, de los filtros y de los ritos de paso, reacia a los recodos, soñando con una humanidad lisa y de una sola pieza, iluminada por una scialytique [dispositivo de alumbrado sin sombra, t.], como en el quirófano. La sociedad panóptica, prisión mejorada, donde no exhibirse significa que se tiene algo que ocultar, donde el hombre libre aspira a la suerte del detenido de antaño, poder ser visto en todo momento, por voluntad propia. Sin otro principio común que el derecho de los individuos (como se entiende desde ahora los derechos del hombre), convencida de que el presente goza de una superioridad esencial sobre lo acaecido, y confiriendo por esa misma vía a las formas y signos heredados del pasado el insoportable aburrimiento del estereotipo. Entonces nada será separado y, por ende, será poco sagrado (del latín secernere, poner aparte). La escuela confesional reconducirá el guiñapo familiar, la república, el equilibrio de las etnias, y no habrá nada que exceda ni en el reflejo ni en el modelo. Cuando todo el adentro sea puesto afuera, limpiados los jardines secretos, arrasados los repliegues breñosos, los podadores de lo inútil podrán cantar victoria: la cosa pública será economizada. Entonces se habrá disuelto limpiamente la nación en la sociedad, la historia en la actualidad, las ideas en las emociones (o en los valores, esos buenos sentimientos de los que se ufanan), la política en la psicología y las lógicas de solidaridad en las lógicas de competencia. Lo artístico se habrá fundido en lo cultural y la cultura en los entretenimientos, el ciudadano en sus orígenes, la literatura en la lingüística, la pantalla grande en la pequeña, el perdón en las excusas y la sátira en el chiste grotesco. Y el colérico se creerá un revolucionario. Obsceno y condenado al fracaso, puesto que un proyecto de absoluta e inmediata transparencia, ya sea bautizado ultra o posmoderno, ignora que un ser vivo perece si se lo priva de sus zonas sombrías. Cuando ya no hay capa vegetal en los barbechos, las piezas de caza dejan de reproducirse. Sin matorral ya no hay retoños. Sin bastidores ya no hay escena. Sin secretos, ya no hay Estado, y ciertas gesticulaciones en lugar de una acción. Evidentemente, todo el mundo sabe que gobernar es hacer creer y hacer creer es hacer ver. Pero no cualquier cosa y no en cualquier momento. ¿No decía Bonaparte que primero hay que hablarle a los ojos? Sí, y él inventó para eso, gracias a la pintura de género, el puente de Arcole (de donde cayó de bruces al pantano), las pirámides (de donde volvió derrotado) y el caballo blanco (que montaba bastante mal). Sin invitar a Gros y a David a cenas familiares. Ni el Estado ni la sociedad bajo otro nombre (Francia) podrían ser presidente, excepto en un afiche. 60 millones de franceses no cabrían en el patio del palacio del Eliseo. Además, cada uno de ellos tiene que ser fiel a sus ocupaciones. Ninguna población puede elegirse a si misma. La impotencia del grupo para constituirse en cuerpo político hace de la función mediadora la clave maestra de toda Polis democrática. Escamotearla sería divertido. ¿Qué habrá más regocijante que una humanidad autosuficiente y auto-instituida? Por desgracia, no todo lo que produce placer garantiza futuros felices. El hecho, sin duda desafortunado, pero muy real, de que un conjunto social no pueda producirse como totalidad organizada, sin alienarse en una instancia que esté por encima de ella, da a la mediación representativa su lugar central y neurálgico (y a la mediología su tiquete de entrada en primera fila de las ciencias

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políticas). De todas maneras, quienes pretenden (alabados sean por ahí derecho nuestros señores) inflamar la moral de las tropas, recuperar el tejido social, volver a enseñarnos a amar a Francia, deberían interesarse en recordar cómo y por qué vías se anuda un nosotros. Responsabilizarse, retomar el camino, cierto, pero ¿cómo lograrlo sin unirse codo a codo y sin volver a expandir la trama de un tejido tan desgarrado? Una comunidad mantiene su cohesión sobre un punto de inactualidad, sobre un agujero fundador situado por fuera de su plano inmediato de existencia “¿en qué nos convertiremos sin el auxilio de lo que no existe?” No hay inter sin meta. No hay ramas en la horizontal sin un tronco en la vertical. Quien no superpone a lo real un objeto ideal de creencia nunca compondrá nada y por todas partes donde lo alto se va (trátese de Lenin, del mandato del cielo o de lo sagrado republicano), lo bajo se descompone y las sociedades se disgregan. No se hace trampa impunemente con esa naturaleza crucífera y crucificante de los colectivos, abscisa y ordenada, sin importar cuáles sean las variaciones que admite en el curso de la historia esa invariante 3 . Las costumbres sólo se sostienen por las creencias. Las costumbres políticas norteamericanas sólo son viables por la creencia en el Dios de los norteamericanos, los Spin doctors, la First Lady y el Fund raising, por los Prayers Breakfast, los sermones sobre la Biblia y el In God we trust del dólar. Marilyn y el mafioso Sinatra pueden instalarse por la tarde en la Casa Blanca porque por la mañana Billy Gram “administra” en lo espiritual. Y Las Vegas sin los mormones ya hubiera volado en pedazos la banca. El entusiasmo que soñaría con introducir tales maneras en Francia ignoraría entre otros al genio del lugar, olvidando que cada historia nacional engendra su código genético. Norteamérica fue desde su nacimiento una teodemocracia, un nuevo Israel, un continente elegido y es el dios único y confederal (en el cual dicen creer 93% de los ciudadanos norteamericanos) el que cimienta el rompecabezas de los Estados, de los intereses, de las razas y de las comunidades. La hija de la revolución, que le cortó la cabeza a su rey, nunca será One Nation under God. Ella debe su unidad a su Estado central, a su lengua y a sus educadores. No puede darse el lujo de cierta vulgaridad hollywoodesca, porque no tiene un enmallado simbólico bajado del cielo al cabo Cod, un bello día del año 1620. Entre tanto, es notable ver que “la política conectada en directo con la vida” se traduce casi siempre en política de la postura, que permite acumular las UBM indispensables para la carrera (unidad de ruido mediático calculada por el barómetro “TNS media intelligence” a partir de tal o cual órgano de información). Postura es la posición moralmente simpática pero, por su falta de relación con las realidades, imposible de traducir en acción (lo que pasa con nuestras fanfarronadas humanitarias que solamente rozan la superficie de las cosas). La política moral sostiene que es suficiente con ser bueno para actuar bien y malvado para actuar mal, olvidando que si las almas justas hicieran buenos gobiernos, Maquiavelo y algunos otros no habrían tenido que torturarse escarbando las verdades del Príncipe. Es con el grito “¡fuera lo artificioso!” que se han abierto desde hace una o dos décadas la era de lo fabricado y mil tiendas de retoques. Falsa alarma, información no verificada, cita truncada, lo anodino en primera página, pánicos injustificados, inflación de lo nulo, gran escándalo de la semana, cámara bien situada para hacer del pequeño montón una increíble manifestación, o ausencia deliberada de cámara para hacer lo inverso: esos subterfugios son el pan cotidiano de un mundo estupefacto que profesa y quizás incluso cree sinceramente que “las imágenes hablan por si mismas”, sin necesidad de comentarios.

3 Sobre “el carácter incompleto” de lo político y las necesidades funcionales de creer en el orden colectivo, para más detalles, véase nuestra Critique de la raison politique ou l’inconscient religieux (Gallimard, 1981).

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Oportuna credulidad: si lo real es lo que no depende de nosotros, lo que nunca puede controlarse ni preverse, lo que acaece a nuestras espaldas, las imágenes, por su parte, se fabrican y se encargan: las industrias culturales están ahí para eso. Observemos sin embargo que los hilos del telerrealismo se vuelven tan evidentes, tan predecibles, tan rutinarios que el ciudadano común y corriente se hastía de ellos casi inmediatamente. En 1924, André Breton lo había previsto, primera frase del manifiesto surrealista: “Tanta fe se tiene en la vida, en la vida en su aspecto más precario, en la vida real, naturalmente, que la fe acaba por desaparecer”. Los muestreos de lo real operados por nuestros captores y nuestros censores, incluidos los teléfonos móviles, nos inundan con informaciones apresuradas y efímeras, cuyo poder magnético en nuestras conciencias, no obstante porosas, disminuye cada día más. Una época que renuncia a diferenciar entre “lo que existe y lo que consiste” (Bernard Stiegler), se condena a una pavorosa proletarización de su imaginario. Renunciar a las cortesías del como si es convertir a la grosería en mancha de aceite. En todo nivel de la escala, el relajamiento se vuelve desenvoltura, lo elaborado se considera como alambicado, lo digno como altivo, lo cortés como amanerado. De donde resulta una especie de egocentrismo incurioso respecto al otro y a todo lo que sobresalga o incomode. Es la moneda corriente de una fatiga cultural. Se requiere otro para concebir un hijo, una verdad o una obra de arte. Se trata siempre de un trabajo, ese aguijón, y trabajar fatiga. Del dejarse ir en la expresión a la depresión en las almas, y del neo- cínico al neo-mentecato, seamos cautos para no precipitarnos en el abismo. Se adivina lo que obsesiona a nuestro abandono de la palabra precisa, del matiz, de los laberintos y de los dobles sentidos, nuestra búsqueda exaltada de lo liso, de lo simple y del eslogan. El miedo a las secretas contradicciones, la fobia a las negaciones. Que cada quien adhiera a su razón social y no salga de su nicho (novelista, plomero, de izquierda, de derecha, bretón, homosexual, negro, fascista, etc.). La verdad de los personajes en el teatro (también de los seres en la vida) nunca acaece sin enigma ni ambigüedad, penumbras fértiles a las que les repugna el reino mercantil de los avisos publicitarios y de los logotipos. Nuestra desconfianza hacia los roles múltiples y las personalidades complejas, habituados como estamos a las marcas bajo fiducia, oculta una aversión muy emocionante, pero, hay que decirlo, sin esperanza: exorcizar el sufrimiento de ser lo que no se es y de no ser lo que se es. ¿Se quiere olvidar que esa “mala fe” (en el sentido sartriano del término) es incurable en cualquier conciencia alerta, desde que ella renuncie al pegote de los clichés y de los cromos? Reducir lo real a lo visual y lo pensable a lo filmable no es solamente una prenda de lo “no visto, no considerado”, para los astutos, ni el pretexto para mil manipulaciones sentimentales, para los vendedores de tabloides. Esa reducción permite a cada quien taparse los ojos, hasta el punto de creer saber porque se ha visto algo. ¿Qué? Lo que se encuadraba y pasaba por la pantalla. Pero lo que estuviera por fuera del campo, desapareció. A doscientos metros de la playa devastada por el tsunami, los aldeanos de Sri Lanka continuaban pese a todo en sus ocupaciones, sobre una tierra intacta, como si nada hubiera pasado. Cuando uno llega a un país, a una capital, a un lugar descrito por la televisión como en sangre y fuego o víctima de una espantosa catástrofe, siempre sorprende lo ordinario del corre-corre (trivialidad del bien y del mal) por fuera del perímetro sensacionalizado. La pantalla de lo actual no se contenta con evacuar el claroscuro, también le hace pantalla a lo esencial porque las mayúsculas que espantan y sacuden a los pueblos –Dios, Patria, Libertad, Tradición, Revolución– no son susceptibles de impresionar una película ni de hacer eco a una política de seguridad. La oferta política concebida como respuesta a una adición de sufrimientos particulares, la anécdota ocupando el lugar del argumento, la visión general como yuxtaposición de

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casos singulares, etc., corresponde al realismo propio de la video-esfera. De hecho, se trata de un remake del nominalismo medieval, que le negaba todo valor objetivo a las ideas abstractas y a las personas morales. Visualizadores sin visión, huérfanos de amplios planos, actuamos del mismo modo con todo lo que “no pasa en la tele”. República, Nación, Estado, esos invisibles se vuelven convenciones de lenguaje, flatus vocis sin realidad propia. Sólo existen individuos visibles. Cuando tienen un vago aire familiar y son sesenta millones, aquí los agrupamos, por comodidad de lenguaje bajo el nombre de “Francia”. Esa miopía reforzada por el uso inmoderado del zoom (facilidad de las cámaras digitales) no carece de influencia en nuestra dificultad para admitir que más allá de los franceses está Francia, para volver a poner el presente en perspectiva, para inscribir a nuestros bobos * y extravagancias en un panorama planetario. En el reemplazo de las coherencias y de las aspiraciones a largo plazo por los cabezazos y los golpes publicitarios disfrazados de flechazos … ¿no es a ese verismo puntillista y pulverizador al que se debe cierta evanescencia de las nociones de bien público y de interés general?

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LOS COSTOS CRECIENTES DE LA SIMPLICIDAD

Pauperización de lo simbólico, miseria de lo político. Otra reclamación, igual registro:

“El Estado simple y modesto”. En nombre de la virtud, por el lado de la izquierda, o de la cacería al déficit, por el lado de la derecha. Divino encuentro. Es honrada la coca de honor. A los pobres siempre les interesa un Estado bien provisto, siempre que éste redistribuya, pero los ricos prefieren el Estado pobre y enflaquecido, y se los comprende si son ellos quienes lo financian. ¡Suficientes despilfarros y privilegios! Fuera los esbirros de cadena y frac de gran papá, el adinerado viste blue-jeans. No más aparato, aparatos. El Barnum se volverá Te Deum, la fiesta, fête, y el jingle, Marsellesa. Esas pequeñas economías agradan, y hacen olvidar la centena de Altos Comités, Comisiones superiores, Altos Consejos, Observatorios y otras autoridades administrativas independientes las cuales mercadean, a veces mediante enormes gastos y en los bajos fondos, la benevolencia desencantada del proscenio. Con la desaparición del per-diem y el desmadre de los gastos de misión, hoy, para aceptar una misión de los poderes públicos, hay que contar con altos ingresos: uno va por cuenta propia. Que no sorprenda ver a los más astutos tomar el camino de lo privado. Sin embargo, un documental unánimemente elogiado, se consagró recientemente a pasar por el cedazo las finanzas del Castillo y a calcular cuánto le cuestan al contribuyente ciertos ceremoniales considerados anacrónicos e incluso los viajes en avión del Presidente. El Eliseo, que es una subprefectura, constituye, pues, un escándalo: 375 habitaciones, 61 automóviles, 1000 empleados, unos gastos anuales de 32 millones de euros. Se es más indulgente con la Ópera de París: 160 millones de euros en gastos anuales y 1500 asalariados permanentes (aunque sea mejor pagado, su director artístico parece tener menos responsabilidad que el presidente de la República). Al sonar la salida de la era gótica del comando y las jerarquías, nuestros Rouletabille * de la frugalidad, enarbolando como

* Bobo: es el acrónimo de “Bourgeois-Bohème”, muy usado en el francés actual de Francia y que traduce literalmente “burgueses bohemios”. Se refiere a ejecutivos exitosos y otros individuos burgueses, casi siempre jóvenes, que juegan a pobres, se instalan en barrios populares y de inmigrantes, y encarecen todo lo que antes era barato o de precio normal. * Joseph Rouletabille, cuyo nombre de orfanato era Joseph Joséphin, es un héroe de novela policíaca creado por Gaston Leroux, en 1907, en la novela Le Mystère de la chambre jaune. Hijo del criminal Ballmeyer, especialista del

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ejemplo la Presidencia finlandesa, donde cada galletita exhibe su precio, donde la señora Presidente deja filmar sus apartamentos, su sala de baño, sus facturas. “Aquí, ningún tabú. La transparencia reina”. “El país menos corrupto del mundo” nos es cantado como un nec plus ultra. La política vive allí modestamente, por clara vía, sin ambición histórica desplazada. En efecto, cada quien conoce las responsabilidades internacionales de Finlandia, la obligación de su presidente de viajar un poco por todas partes y de recibir en Helsinki a todos los Grandes de este mundo con los gastos derivados (en agua mineral, claro está, pues la champaña sería incorrecta). Sin duda se trata, y para una gran parte, de las ganas de ausentarse de la historia, en lugar de comprometerse en ella con sus riesgos y peligros, o si se lo prefiere, del rechazo a asumir la consecuencia. Será eso lo que explica la moda actual de las funcionalidades escandinavas en las argumentaciones cuyos modelos son líderes sin maneras ni protocolo. Neutralistas o neutralizados, envidiablemente prósperos y pacíficos, los países luteranos abandonaron, desde Carlos XII, el proscenio, lo que satisface el principio de precaución. Se goza allí de una envidiable plusvalía moral:

juzgar sin arriesgarse a hacer. Esa vocación hacia el bienestar justo, hacia el abeto por encima del techo, simple y tranquila, brilla a lo lejos como un modelo de civilidad democrática en el cual las vanas cuestiones de prestigio, la bravata teatral se agotaron (puesto que se cree que sólo puede existir teatro político de lo absoluto, es decir de lo absurdo). Desde el momento en que el Estado ya no es pensado en términos de potencia sino de servicio, prometido a usuarios y muy pronto a clientes, es lógico que se lo quiera someter a pan seco. Porque una representación tiene efectos de potencia y que toda prestación de majestad ligada a un imaginario colectivo es de por si un incremento de soberanía. De ahí podría surgir un deseo (costoso, sospechoso, peligroso) de influir sobre el curso del mundo, de los capitales y de las influencias. Quizás cometemos el error –con ayuda del auge liberal– de hacer de la democracia una sustancia, una realidad angélica, como otros lo hacen, a la inversa, con el terrorismo. Es un modo de obtención y de devolución del poder por delegación electoral, como el terrorismo es un modo de combate, en defensa y en ataque, por una acción violenta y clandestina. La primera no define un tipo de Estado o la naturaleza profunda de una comunidad organizada, así como el segundo tampoco define una ideología o la naturaleza de un combate. No hay democracia israelita, libanesa, norteamericana o brasilera; hay un Israel, un Líbano, una América del Norte, un Brasil democrático. Y los pioneros del Estado hebreo no tenían como objetivo ir a trasplantar una extensión del sufragio universal con voto de boletín secreto en el Oriente Próximo:

para prolongar la historia del pueblo judío, ellos re-fundaron Israel, al cual dieron, en el movimiento, forma parlamentaria. Y Francia existía antes de la aparición de los cubículos de voto y de los partidos políticos, como seguirá existiendo después de ellos. De igual modo, nos ufanamos a la ligera de una democracia totalmente diáfana, desde el momento en que la Nación ya no se encarna en un cuerpo de rey. Y que un rey toma todo funciona mejor cuando va desnudo, desde el momento en que el derecho divino partió. Porque la República es una idea abstracta, una trascendencia inmanente, que tiene necesidad de emblemas, de recintos y de aparato. El voto: pobre rito, pero rito aún. La escuela comunal, el ayuntamiento donde se erige el cubículo, donde se opera el registro, donde se lee nuestro nombre en voz alta, donde deslizamos en una urna un

disfraz, y de Mathilde Stangerson, célebre científica, Joseph Rouletabille es un joven periodista del diario L'Époque, que funge como talentoso detective aficionado. Su fiel amigo Sainclair sirve casi siempre de narrador de sus aventuras. Su lógica es metódica y consiste en hallar «el buen cabo de la razón», reconocible por ser “el único que nunca se raja” y cuya función es dar testimonio de su frente hiperdesarrollada. Sus peripecias dieron lugar a numerosas adaptaciones cinematográficas (t).

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rectángulo de papel: pobre santuario, pero lugar aparte. Cuántos gestos superfluos y complicados, que serán remplazados quizás mañana por el botón electrónico… El padre de la nación debe convertirse de ahora en adelante en su compinche. ¿Un mito contra otro? ¿Después del abanderado, el enjaezado? ¿Después de los derechos hereditarios,

los derechos de sucesión? Pueda ser que el descrédito de las discreciones y de las reglas de urbanidad no lance por tierra las majestades cívicas. La cortesía republicana reposa sobre un protocolo preventivamente formalista que fija los rangos respectivos de sesenta

y tres cuerpos de Estado y destinado a dejar, en ciertas ocasiones, lo doméstico y la

rencilla entre bastidores. Esta elegancia constituye la nobleza de los ciudadanos: saber esfumarse, dominar sus duelos y sus gozos. Hay una grandeza plebeya que consiste en separar lo pequeño que se es de lo grande que se representa. Sin duda la liturgia republicana no forma la mística del mismo nombre. Y el cúmulo de hierbajos en las lozas del monumento al Soldado desconocido ya sólo moviliza en nosotros un sagrado convencional (mientras que en el portal de Auschwitz se trata de un sagrado afectivo).

Y el Panteón, “templo de la patria”, los funerales nacionales, el desfile del 14 de julio,

las condecoraciones de la Legión de Honor, los árboles de la Libertad, los bustos de

Mariana se van uniendo lentamente a esas estepas de la memoria donde acaban de

desleírse las estatuas tragicómicas de la Razón y de la diosa Humanidad. El gallo galo

ya no es tan valiente sobre sus espuelas, como tampoco lo es el lis capeto sobre su tallo.

Esto porque los emblemas y las escenografías evolucionan. Hoy la dramaturgia del debate televisivo, entre los dos “finalistas” del partido de revancha de la Copa presidencial, opone, como en el teatro, dos héroes o campeones en un juego de roles palpitante. Esta herramienta permite una dramatización de la lucha política sin parangón en el pasado, con veinte millones de espectadores en la sala. Este ejemplo nos muestra que la televisión no plantea solamente inconvenientes. La monarquía democrática del Reino Unido hace cada año la apertura solemne del parlamento y el discurso del trono; la teo-democracia norteamericana hace el discurso del Estado de la Unión, el Thanksgiving Day, el culto a los padres fundadores, el Pledge of Allegiance. La hija mayor de la revolución tendrá, cada cinco años, un momento de excepción con el ceremonial de un torneo retórico y vestimental anunciado al son de clarines, como en Avignon. Mejor que nada. Pasado cierto umbral, el rebajamiento del Estado frente a los poderes de dinero y de imagen, agrupados bajo el nombre de sociedad civil, puede acarrear el del ciudadano de a pie. Si a veces la democracia debe jugar en contra del Estado, no se conoce aún quien haya sobrevivido a la extinción del poder público. Sus rituales de majestad constituyen también nuestra libertad de ciudadanos. Cuando un embajador de Francia vuelve a su puesto en Singapur, Roma o Nueva York en clase económica, mientras que los jefes de empresas, directores de bancos y comunicadores viajan en el mismo avión en primera clase, se puede decir de antemano que en su país de residencia él se mantendrá en el pináculo. Hoy nuestras embajadas se ven obligadas a recurrir a las empresas privadas para proveer los bufets de la fiesta nacional. ¿Querríamos que mañana nuestros ministros luzcan las insignias y logos de las empresas que les servirán de mecenas, como lo hacen nuestros jugadores de fútbol? ¿Y por qué no los pendones de Total, Google y Valeo flotando sobre el Eliseo, una vez reducido a las más finlandesas expresiones? Estado modesto, Medef * arrogante: toda la historia de Francia

ilustra esta oscilación, por contragolpe. Cuando el prefecto baja el pabellón, el Santo Oficio y la Bolsa de Valores lo izan. La laicidad consiste en poner al primero fuera del alcance de los segundos, separando bien los órdenes.

* MEDEF: Mouvement d’entreprises de France, es el mayor sindicato patronal francés.

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El que iba a la misa del domingo no era el general De Gaulle ni el presidente. Era Charles, en privado y en civil. Salvador desdoblamiento de personalidad. La “grandeza”, él se la reservaba al Estado y a la Nación. No para los suyos ni para si mismo. Charles mantenía una gran sobriedad en el uso privado de los medios gubernamentales: en el Eliseo, pagaba con su chequera personal las cenas y almuerzos de su familia y él mismo verificaba por la noche que las luces de su oficina quedaran apagadas, para no despilfarrar. Por el contrario, De Gaulle, como buen católico romano, no escatimaba en gastos cuando se trataba de las pompas oficiales. Se hubiera podido concebir la fórmula inversa, más rock and roll: vida privada de millonario, vida pública de reverendo. El people de las revistas y cierto evangelismo protestante, por razones diferentes, ciertamente se habrían felicitado. Sea: el General era un monstruo sagrado fruto de los amores anticuados de Edmond Rostand y Sarah Bernhardt. Sus sucesores son, de modo más trivial, vedettes, que se tutean con las estrellas de la pantalla chica. Esta es época del kitsch. Sin embargo, ¿de qué manera podría Francia añadir un capítulo o dos a su novela nacional y, por ende, sutil verdad de un cliché, continuar jugando su papel en la escena internacional, en medio de sus enemigos y competidores, de qué manera el Estado republicano en el interior podría hacerle algún contrapeso a las voracidades feudales de la buena sociedad, sin recurrir a una dramaturgia, a una escenografía y a algunos papeles estelares en el proscenio? Esos personajes requieren talento, cierta calidad espiritual, camerinos donde descansar, productores e incluso apuntadores, para retener al público y evitar quemarse. Requieren un patetismo y una retórica, si quieren continuar con el negocio abierto. Un gobernante es un ser de palabras y de gestos gobernados que, al ejercer su mandato, es al ciudadano elector lo que un mito de origen es a un registro de nacimiento. Su misión es interpretar, hacer vivir físicamente (mediante sus tics, su estilo, su sombrero) una ficción, una fábula, un poema colectivo (digamos al azar la Revolución, la Francia eterna, Europa, el Socialismo, los Derechos humanos), fantasma con poder de requisición y quien, durante su mandato, lo transfigura. El día en que el abismo se colme, en que la persona penetre al personaje y lo oculte, éste muere. Él vive (en nuestro pensamiento, claro está) de la no coincidencia entre ambos. La trascendencia del papel principal sobre quien lo detenta constituye su honor, su humildad y nuestro seguro de vida. Desde el Connétable ** , la República ha abandonado sus pretensiones respecto al decoro. En el soft del kenedyano resbalón, en el pórtico del Eliseo, del pingüino inmóvil y estoico al maratoniano de la 5ª Avenida, 1974 marcó sin duda un giro, con el advenimiento del primer candidato presidencial que utilizó a sus hijos y a su mujer para su promoción personal. Remontar a pie los Campos Elíseos, jugar fútbol ante las cámaras, desplegar el acordeón, invitarse a cenar como vecinos: es cuando el ejecutivo prefirió a los sitios marcados por el protocolo los artificios estudiados de lo natural, con un cambio de carga del verbo al gesto. Después del general-micro, el amo del Verbo, el amigo del teatro y de los escritores, el Presidente-foto, el amo de los clichés, el amigo de los fotógrafos (que llegó a hacer del excelente Depardon el cineasta atraído por el público íntimo), pero que no respondía a las cartas con una carta. Hay que hacer bien pueblo cuando se tiene partícula. La reclasificación de las noblezas de Estado en estilo compinche, después de las alarmas del 68, no ha coincidido por azar con el comienzo de las grandes privatizaciones y el retorno al terruño atlántico. A un país común y corriente y como los otros, le hace falta un líder “sport”, así sea un poco fofo. La reintroducción en la fila del capitalismo ordinario, sin formalismos caducos, se presentó con M.

** Connétable: en Francia, entre los siglos XII y XVIII, comandante supremo de los ejércitos del rey.

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Giscard D’Estaing como una emancipación respecto a los soberbios de ultratumba, mientras que las maneras de corte se adoptaron muy bien en el género “Puertas abiertas del Eliseo” * . Quien le siga la pista, estos últimos cuarenta años, a la de-simbolización de los ritos elíseos (desde la conferencia de prensa hasta la entrega de credenciales de los embajadores, pasando por el tuteo y el uso del nombre de pila en el G8 o en los Consejos), hará esta sorprendente constatación: cuanto más se aligera la formalidad, más las com ganan peso (De Gaulle tenía sólo un delegado de prensa y su esposa no era la primera dama de Francia). Cuanto más disminuyen los gestos protocolares, más abundan los efectos especiales. Los ahorros en etiqueta costarán caro. Muy pronto habrá que crear una nueva columna en los informes contables de fin de año (Presidencia, ministerios, administraciones): gastos de autenticidad. El monto superará los gastos de representación amputados. En los gastos reembolsados por el Estado, por ejemplo, y para atenerse a la foto principal de una campaña electoral, el Tribunal de cuentas se percatará rápido de que si se incluye a los agentes de seguridad y de barreras (la cuerda tendida a siete metros del candidato, las plazas reservadas, la selección de los clichés autorizados), el falso instantáneo de una presidencial (“querido, previsto y organizado”), se vuelve más caro para el contribuyente que un retrato Harcourt. Pues tal es el efecto perverso de la transparencia promulgada por todas partes: transformar a nuestros actores sin escenario en directores de sí mismos, que corren tras la buena foto, la buena prensa. En cocineros de efectos, en devoradores de sondeos y de “cualitativos”. La puesta en escena de la ausencia de puesta en escena es lo contrario del espectáculo que, por su parte, no trampea, porque se sabe de antemano que el actor no es su rol, y que no nos acusarán de no asistencia a persona en peligro si no nos precipitamos a la escena para arrebatarle a Hamlet su puñal. Cuanto más crece el relajo político, más crispación patogénica hay. La sonrisa se vuelve mueca y lo espontáneo fanfarronada. En todo caso no olvidemos que la publicidad que se le hace a lo privado de nuestros efímeros (familia, amores, prole) se paga con una privatización acelerada del sector público, cuando el principio civilizador de la institución (sea Iglesia, Estado, Justicia) es volver impersonales las funciones de autoridad. Sucede algo en ese mismo sentido –y hasta cierto punto– con la escena pública y con la religiosa. Revelar ese detalle de orden técnico no es cargar sobre la esfera pública un celo de Iglesia, ni esperar del Estado quién sabe qué salvación de las almas: la eficacia de una celebración, bajo nuestras latitudes, no hace acepción de los caracteres ni de la celebridad del celebrante (el sacerdote no tiene nombre propio, el sólo tiene una estatuto y un hábito). Un ministro incluso insuficiente, con tal que esté provisto del vestido “mistérico”, no impide la gracia de operar, pues el sacramento cristiano no actúa en intuitu personae, sino ex opere operato, independientemente de quien lo confiere. Esa despersonalización se compensa y corrige mediante una estricta codificación de los gestos. Si la solemnidad raya en la frialdad, ella protege de la familiaridad (esos dos forcings de signo contrario desaniman igualmente la adhesión). El oficiante en la misa hace verdadero falseando, el animador de televisión falsea haciendo natural. “Sin distancia, todo verismo es conformidad”, anota un liturgista. El Presidente, el ministro no tienen yo. Tienen la simplicidad de ejecutar en su lugar, marcada y no escogida, una secuencia de gestos y de palabras que los engrandece porque no les pertenece, dejándonos la libertad de prestar la atención “reverente y feliz” que suscita una justa armonía de notas, de

* Alusión del autor al evento anual que se realiza en los edificios públicos de París, considerados monumentos o patrimonio, pero que no son propiamente museos. Se museifican una vez por año durante las “Journées portes ouvertes”, jornadas durante las cuales los habitantes de París y sus suburbios pueden entrar y ver la intimidad de los espacios donde sesiona la Asamblea Nacional, o de aquellos donde se decide y se discute el mandato presidencial, etc. (t).

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entonación y de actitudes. Cosa semejante sucede en el orden republicano de los rituales y de las creencias, la brecha mantenida contra viento y marea entre el depósito y el depositario de la autoridad, la función pública y el individuo privado que hace compatibles las dos virtudes aparentemente contrarias del ciudadano: la libertad de conciencia personal y el respeto de la ley común. Cuando militares, magistrados y administradores civiles tienen que prestar juramento de fidelidad a la persona del jefe de Estado (“Nosotros, Philippe Petain, mariscal de Francia, jefe de Estado…”) estamos en otra parte. La República ignora los cuerpos de gloria. Es una majestad fantasma e incorporal que proscribe la lealtad, la mística del jefe, y donde nadie, mariscal o civil, hace don de su persona a Francia. A lo sumo de su personalidad, o más bien de una de ellas, la pública. Las otras, las más preciosas, sólo le pertenecen a Dios o a la literatura. ¿Hay que recordar, última obscenidad, que, en ese sentido, el episodio de Vichy no hace parte de la historia de la República, dispensada, en este punto y por una vez, de todo arrepentimiento?

VI

TRIVIALIDADES EXPLICATIVAS

Dejemos ya de sermonear a nuestras realezas telegénicas, trepando las perchas de los grandes principios. El mediólogo está ahí para bajarle al debate, es su razón de ser e incluso su punto de honor. Para aclarar a la vez nuestros estorbos simbólicos y nuestras repugnancias frente al mentir verdadero, basta situarse en el cruce entre la historia y la tecnología, de modo trivial. La historia: los Estados llamados totalitarios no resistieron la sobredosis espectacular. Pensemos en las puestas en escena de Nuremberg, en los retratos con antorchas, en las catedrales de luz del nazismo. Con sus lenguajes eufemísticos, sus estadios de cuadro vivo guiado por el silbato y sus liturgias en plástico, los Partidos- Estados del siglo XX tienen en común haber querido teatralizar la vida. La versión supuestamente comunista instauró de Berlín a Pekín la amalgama del fortachón y del oropel. Pioneros en uniforme, tapiz rojo, abrazos para la galería, álbum de fotos, desfiles del 1° de mayo, medallas, íconos, estatuas y uniformes, fraudes estadísticos, jerarquía y solemnidad: indigesto de representación, asfixiado bajo la ceremonia, el país de la gran mentira hacía de los individuos los figurantes en estuco de un museo Grévin planetario, cuyo acontecimiento principal lo constituían los congresos escenográficos del Partido comunista y cuyo terrorífico vestigio existe todavía en Corea del Norte. Ante lo cual los espíritus libres de nuestro lado de la barrera se sintieron llevados a tomar el partido contrario: expulsar contraplano y revitalizar lo teatral desterrando el gigante musculoso al estilo Arno Breker, los hombres de mármol de la Stallinealle, separándose instintivamente de las intimidaciones de la oriflama, del tambor y del vociferante. Que el espacio no sea nunca más un espectáculo: tal fue el compromiso íntimo del demócrata, azuzado por las multitudes estáticas y el paso cadencioso. Él se pretenderá un individuo del común, preferirá lo contractual a lo libidinoso, el caso por caso de los abogados al ahogamiento unánime en la histeria. El Mal cultiva lo grandioso y el énfasis, el bien es indulgente e informal. O sea, acto. La técnica: más que el rechazo ciudadano del abotargamiento, el odio del republicano estilo Jean-Jacques por los “antros oscuros” y los “cercos de hierro”, la alergia plebeya por la corbata Hermès y por el smoking, el cambio de zócalo tecnológico instaurado por una nueva economía de la presencia es evidente. Por ello se

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han visto modificados fisiológicamente hasta nuestros reflejos y nuestros equilibrios nerviosos (por ejemplo, el tiempo promedio de concentración mental y de inmovilización física). El actual imperativo de visibilidad es sólo una transición hacia un estadio moral de una nueva capacidad técnica. “Muéstranos todo, viejo, tenemos los medios para hacerte visible”. Detectable, localizable, identificable, on the spot y en temps réel. La hiperesfera que es la pecera en la cual nadamos –algunos hasta se ahogan– nos ha hecho pasar en medio siglo de una sociedad de la distancia a una sociedad del contacto. Ventaja de lo táctil: eso calienta. Besos, caricias, chacotas y empellones se han vuelto costumbre entre personas del mismo sexo, y los oficiales consideran ahora el apretón de manos, el abrazo solemne o el espaldarazo a la antigua como indicios de frialdad, al borde del incidente diplomático. Poniendo a parte los contactos corporales y nuestra libido, con el daguerrotipo, en pleno siglo XIX, se le asignó a las cosas mismas el privilegio químico de remplazar sus signos. Convertida en la primera de las artes, la fotografía suplantó a la imagen pintada o dibujada, el cuadro en su marco se convirtió desde entonces en una instalación sobreañadida [hors cadre], y Je suis sang, el título de una pieza de teatro última tendencia, en la cual todo tipo de humores, y no hemoglobina, destilan ante la vista. El tres-D remplazó el ante el mundo por un en el mundo. El doble-clic (consola de juego, bucle senso-motriz, pantalla táctil, casco de visualización, guante de recepción y envío de datos) transformó al aprendiz mirón, al auditor paciente en piloto de habitación o en Exterminador hiper-excitado estrangulando en su pantalla de video escuadrones fluorescentes de malvados. Para alcanzar a la competencia, por mimetismo o por instinto de supervivencia, las artes de la distancia se han visto obligadas a tomar por asalto las técnicas de inmersión. Estas artes han venido valientemente a nuestro encuentro y han escogido domicilio entre los rastrojos baldíos, los hangares, los lofts o los garajes. ¿Por qué no? El teatro nació en los suburbios y en las ferias. Puede recargarse allí, a condición de que tenga algo que transmitirnos, algo que ni la televisión, ni el cine, ni el video nos hacen sentir. Las artes plásticas anticipan, el arte dramático toma la delantera, el político va en la cola. “El fin de la historia” en el teatro anunciaba la metamorfosis televisiva del ganador de las elecciones en ganador de la lotería. Y las obras de teatro, liberadas de las referencias literarias, sin intriga ni personajes (Ionesco, Becket, Vautier, Audiberti), se habían adelantado cincuenta años a nuestras polémicas sin objeto, a nuestras voluntades de ruptura y a nuestros deseos de futuro sin referencia a las largas duraciones: la política sin la historia, brutalmente, a la topa tolondra. “Ya no habrá más mirones en mi ciudad, solamente actores”, decía Jean Dubuffet (el autor de El Hourloupe, quien remplazó la antigua escultura en duro por la estructura penetrable). “Por favor, tocar”, había pedido ya el pionero del ready-made, Marcel Duchamp. “Basta de representantes del pueblo, queremos al pueblo en persona”, pide el tribuno, plagiario que se ignora. El reemplazo del símbolo por la huella no deja intacto, es evidente, ningún sector de actividad. Y no es solamente hasta en lo escrito donde hierven calores miméticos de la onomatopeya y de los comics (chnof, rrhawck, etc.). Cada quien, en su vida, su trabajo y su obra, negocia lo mejor que puede la gran caída civilizatoria de lo lejano en lo más próximo, de lo indirecto en lo directo, de lo diferido en lo inmediato. Y la rampa, la vieja barra de separación que protegía el signo de la cosa, la obra de arte del documento, la ley de la costumbre, el voto del sondeo, las tribunas de los parlamentarios de los ardores de opinión, voló con todo el resto. El “¡tumben la reja, todos a la pista, todos en pelota!” ya no es el deseo del paseante solitario ansioso de rondas pueblerinas o de corazones desnudos, es la demanda conjunta del homo festivus y del homo politicus. Ya no toleramos ser representados por hombres o mujeres excepcionales, que podrían elevarnos quizás demasiado alto, exigimos sosias de nuestra estatura y semejantes a

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nosotros, y esos men next door demandan como contraprestación a su staff de comunicadores los trucos de un calco instantáneo y reactivo. En lugar de anuncio, efecto; en lugar de escrito, una infra-lengua oral; en lugar de busto, un clip. Toda elocuencia será tildada de grandilocuencia; todo hábito será reputado de función, travestido, y que el estrado descienda al nivel de la sala, o haga como si: es la norma por todas partes. Miniaturizado al estilo FIAC [Feria Internacional de Arte Contemporáneo] por los artistas plásticos, los técnicos del life style politics aplican la regla de oro en tamaño natural. La puesta en jaque de las artes en dos tiempos (teatro de texto, música y danza en partitura) anunciaba el arrinconamiento de los políticos en dos tiempos (primero la palabra, luego el acto o el programa seguido de aplicación). Lugar para el ataque de ira, la sangre caliente, la imprudencia verbal (¿prolegómenos al grito primario?). Fin de los pudores, comunitarios y físicos; los cambios bruscos de humor, la ráfaga de emoción se vuelven, como el torso desnudo y el ombligo al aire, procedimientos retóricos de acreditación. El afecto en trampolín reside en un universo donde la libertad ya no se define como autonomía reflexionada, sino como espontaneidad reflejada, un “déjenme hacer, déjenme pasar” y no una ley dada a sí misma. Lo hemos dicho y repetido: la primavera de la esperanza que debía brotar de la desregulación de las figuras impuestas y de la promoción de lo inmediato en todo lugar (living theater, tribunal popular, escuela abierta sobre la vida) partió desde una burla final, en forma de marcha atrás. La Buena Nueva del Indicio que cortocircuita al Símbolo, el Evangelio de la presencia real que quiebra los gastos de representación (a la cual la videoesfera ascendiente daba alguna credibilidad) se volvió casaca in extremis. Se esperaba la autogestión y vino el todo-mercado. Se exaltaban las radios libres. Se obtuvo –debajo de la calzada la playa– las franjas de publicidad. Se glosaba a Mao, se vota Bush. La cultura misma ha volteado su vestido: se ha democratizado, sí, pero del lado de la oferta, no de la demanda. Con una deserción creciente del público de las salas (en menos de diez años los cinco escenarios públicos más prestigiosos de Francia han perdido un cuarto de sus espectadores). Y de hecho nuevas proposiciones dramáticas, una proliferación de performances autistas. Las insurrecciones de la Vida que querían la subversión del espectáculo comercializado y de las mediaciones institucionales burguesas han terminado en espectáculo comercial de subversiones conformistas y en el advenimiento de un poder no constitucional de árbitros no elegidos: nuestros nuevos controladores de pesos y medidas, los people del primer círculo. Y he aquí dinero y simulación en ascenso. Por un lado, los caballeros del CAC40. Por el otro, el pensamiento Paris Match y behachelizado * . El primer movimiento es el más fácil pero rara vez el mejor. El uso de la palabra eficaz es común al teatro y a la política, dos formas de pantomima que tienen el texto como fundamento, de Sófocles a Beckett. De ahí el parentesco de ambos ejercicios, cuya vergüenza sería errada para saltimbanquis y responsables. Sin duda, aquí y allá, el objeto por ver se le impuso al objeto por leer, y lo que el ojo percibe de una vez aplaza, desclasifica, eclipsa lo que poco a poco recibe nuestro oído. De todas maneras es con palabras que el actor pasa la barrera, salta por encima del instante y hace eco en las memorias. “Tengo el honor de pedir a la Asamblea Nacional, en nombre del Gobierno de la República, la abolición de la pena de muerte en Francia…”. Palabras simbólicamente pesadas, si él lo hizo, que Robert Badinter nunca hubiera pronunciado en la televisión; momento excepcional que requería –tal es la regla

* Neologismo del autor construido a partir de la sigla BHL Enterprises, inc., proveedor mundial de servicios informáticos. (t)

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del juego republicano– el anfiteatro donde sesionan, no consumidores debidamente escogidos, sino los depositarios legalmente designados de la soberanía nacional, hemiciclo donde las palabras, incluso si no tienen en lo inmediato un gran público,

adquieren una resonancia emocional singular. El Garde des Sceaux leyó entonces un texto escrito, sin gesticular, desde lo alto de una tribuna, incitando, en ese arte oratorio amplio y formal que, desde la Revolución hasta ayer, ha hecho la historia de Francia. No es la misma elocuencia o ausencia de elocuencia que impone la televisión, médium informal donde la cara habla más que la palabra, donde el tiempo se cuenta en segundos, no en minutos, y donde el interlocutor mudo consiste en “tiempo de cerebro disponible” ofrecido en venta a anunciadores mediante un operador. Incómodo, se sabe, el teatro de texto, sinónimo, teatro de cabeza, (“una toma de cabeza”). Incómoda, la noción misma de autor, villana palabra, que resuena de autoridad, incómodo, el orador nunca lejos del populista. Es cierto que el teatro, Verbo encarnado, trance no prohibido

sino superado, no es, en principio, una industria de la cultura, así como la persuasión

política no es, en principio, una operación de marketing. El delirante imperialismo, en política, del comunicador, y en el teatro del director, no favorece evidentemente la bella lengua, menos rentable y menos fácilmente exportable que la bella imagen. El declive de los estudios literarios, el eclipse de la gramática en los colegiales, el crecimiento del analfabetismo no deberían, sin embargo, hacernos olvidar este hecho innegable: es por el ejercicio de una lengua hablada, encarnada, ritmada, viva en una palabra que se anuda y se recrea, después de veinticinco siglos, el lugar entre la Escena y la Polis.

VII

FRENTE POPULAR, FRENTE TEATRAL

Julien Gracq señala que los grandes momentos del arte dramático corresponden a los

grandes momentos políticos de la historia occidental: la Atenas del siglo V, el siglo de

oro español, la Inglaterra isabelina, la época clásica en Francia. Momentos de

afirmación nacional y de incorporación cívica. En Francia, fue en el siglo XVII cuando el teatro se instaló en sus muebles (nuestros edificios emblemáticos datan del siglo de Las Luces) y cuando las personas calificadas desocupan el escenario. Y fue en el siglo

XIX cuando el teatro se volvió, más que un arte, un modelo de identificación e incluso

un modo de vida. (De ahí ciertos abusos de teatralidad política. Napoleón, cuando residía en París, casi cada noche iba de incógnito a escuchar Talma, que lo turbó). Se aplicó a si mismo su famosa frase: “La tragedia hoy es la política”. Y sin duda compuso su retorno de la Isla de Elba como un quinto acto, el acto de más. El verdadero desenlace se le escapó. Fue atinadamente el azar el que le dio el último toque a su obra maestra: Santa Helena. Esas coincidencias cronológicas, cuál más cuál menos, nos recuerdan que “el teatro es cosa del común”; y que al teatro le gusta la unanimidad: las civilizaciones poderosas son conformistas. ¿Por qué no decirlo? Cuando en una manifestación aplaudimos como en un teatro –no hay vergüenza en ello–, también nos aplaudimos a nosotros mismos por estar ahí. En efecto, es un milagro que de un conjunto aleatorio de individuos que se ignoran, pueda nacer, durante una siesta o un cocktail, una pequeña comunión de cómplices. La era del apático ocupado no es ésta, que en apariencia, conviene mejor a las artes del fervor y de la reunión. Se puede mirar una película en una muchedumbre, pero eso no forma un público. Menos aún con el home-movie. Y en una

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sala Gaumont * , todavía se siente uno solo, cuando, del espectáculo vivo, se puede decir que exige, como las celebraciones religiosas, un quórum, un compartir, así sea mínimo, entre varios. De ahí su vocación emotiva y tumultuosa que por tanto tiempo lo ha vuelto peligroso y sospechoso a los ojos de los jefes de policía (en Francia, la censura teatral previa fue la última en ser retirada, en 1905). Y en consecuencia, Jaurès, en su época, podía anunciar que una sola representación de Les Tisserandes (pieza actuada por Antoine en el Théâtre Libre) le daría al socialismo más adeptos que todos sus discursos. El primer director del Théâtre National Populaire, Firmin Gemiré, tenía la costumbre de decir que el teatro no rige tanto al espíritu público, como este último lo rige a él. Es muy cierto que el teatro, al menos en Francia, está actualmente por fuera del debate de las ideas y abandonó el centro de la vida intelectual, política y social, luego de haberlo ocupado durante casi cuatro siglos. Le repliegue sobre el ombligo se paga de esta forma. ¿Quién se acuerda aún de que Léon Blum, el jefe del socialismo francés, presidente del Consejo bajo el Frente popular, en 1936, fue autor de una pieza y, sobre todo, durante veinticinco años, de una crítica dramática regular (“Soy crítico de profesión y, si oso decir, de vocación”)? Era el arte de referencia para esta “estética de masas” que el movimiento progresista consideraba como el mejor para federar, galvanizar, sintetizar (sobre todo con las piezas radiofónicas y con los matinales populares). Entonces florecerán como nunca la canción y el teatro. Prévert/Kosma y García Lorca. Esclarecer los espíritus e inflamar los corazones. Para hacer converger el discurso y la fiesta en una comunión popular, léase, en una nueva religión secular. Lo que el desfile popular es a la procesión, el meeting a la misa, es la canción al coro de iglesia y el teatro al misterio: una versión laica para un pueblo sin Mesías pero no sin fe. Sin duda había allí, en esa esperanza un poco boy scout, mucho más optimismo que educación y diversión, exultación popular y crítica social, podían fundirse en un solo todo entre bastidores. Nos burlaríamos, muy gustosos, de la lechera y sus cuentas, si no viéramos que a esta utopía un poco ingenua, bien podría sucederla mañana una religión civil de la incivilidad, cuando nuestros grandes intérpretes prefieran estar cómodos en sus tenis que bien parados en sus botines.

VIII

SEAN PRAGMÁTICOS: OFRÉZCANOS LEYENDAS

Noticias ordinarias o simple individuo, lo que sólo remite a si mismo no accede a la plenitud de la comunidad simbólica. Esta última comienza cuando lo que adviene a un particular toma un carácter de generalidad, o cuando una anécdota toma el carácter de una apología. No se reflexiona lo suficiente sobre lo que suelda uno en el otro los dos sentidos de la palabra simbólico: lo que evoca una cosa que no está ahí, de más grande o de más alto; lo que reúne a personas separadas (lo contrario entonces de diabólico, que divide lo que ya estaba unido). El orden pre-estructurante que nos precede, nos excede y nos sucede es también el elemento que nos permite estar y actuar juntos. Traducción:

nada reúne en presente del indicativo. Sólo lo irreal federa. Sueño, dios, edad de oro o sociedad sin clase. De ahí la fuerza aglomerante de las leyendas y el efecto catalizador de las mitologías, ignoradas por las centrífugas económicas. ¿Quiere unir un país? Cuéntele una bella historia. ¿Quiere reunir? Haga despegar, alzarse, delirar. American dream, sueño francés. No es un azar si Vilar, en su proyecto de TNP (teatro nacional

* Gaumont: una de las cadenas francesas de salas multiplex de cine. (t)

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popular) como servicio público * , decía: “El teatro, si no es a la vez popular y patético, no es nada”. Añadía que un arte de comunión suponía recurrir a un “principio elevado”. “Nuestro primer criterio será el sentido de la grandeza” (editorial del primer número de Théâtre populaire). Sucede igual con la cosa política. Se comprende que los manejadores de muchedumbres y los grandes capitanes sean siempre un poco artilugios o quiméricos… pragmatismo obliga. Después de todo, ellos animan el gran teatro del espíritu público, ese través hace parte de los idiotismos del oficio. ¡Saludo, los artistas! Mi viejo maestro bien amado, Henri Gouhier, decía: “Los más grandes dramas de la historia quizás sólo se explican por la pérdida del sentido dramático”. ¿Por cuánto tiempo pueden resistir el respeto de la vida o la sacralidad de la muerte la des- ritualización de los finales de vida, el declive de los cortejos funerarios, el escamoteo de las agonías en el hospital, los entierros apresurados? ¿Por cuánto tiempo puede mantenerse el cemento político, después del lavado retórico de nuestra lengua y el dictado por todas partes del primer grado (el segundo no pasa por la televisión, como todo el mundo lo sabe)? ¿Qué ganas de futuro habrá en el narcisismo del instante? ¿Cuánto tiempo más habrá civilización, si toda civilidad es leída como aburguesamiento, todo dominio de los afectos como afectación? Montherlant, precisemos, no es la única respuesta posible al malestar en la cultura, también están Ionesco y Dubillard (la farsa, la sátira, el sainete, incluso la revista). Más necesario que nunca es el cómico popular. Más detestable que todo, la barbarie sofisticada. El verbo contra la barbarie, como dice un lingüista y pedagogo francés, M. Bentolila. Ni los ángeles ni las bestias se ofrecen la comedia: sólo el hombre parlante se desdobla, se educa en la escuela recitando versos en el estrado y continuará creciendo mediante ciertos ceremoniales, aniversarios, matrimonios, votos, testamentos. ¿Cómo escapar a la barbarie si nos burlamos de la gramática? ¿Cómo desligar lo amoroso de lo sexual cuando se dispone solamente de cien palabras? La miseria cívica y sentimental es el precio que se paga por el uso de las infralenguas. Y poner en escena en los suburbios Le jeu de l’amour et du hasard, de Marivaux, no es, como lo ha mostrado una película, un ejercicio imposible. “Hemos hecho un gran camino hacia nosotros mismos”, dice al final un adolescente. Se ha visto que algunos centros dramáticos tengan vidrios rotos por los “diablillos”, pero el taller teatral no es la panacea, es probable que cuanto menos haya espectadores en una ciudadela de suburbio más vándalos y menos ciudadanos habrá. Quienes aprendieron a intercambiar palabras, tienen menos ganas de intercambiar golpes. Valéry decía: “La escena es un lugar metafísico como el Altar, el Tribunal. La civilización comienza en esas especializaciones”. Y esto, aunque el civilizado emerja con la sublimación, en una simple oveja degollada, del hijo o de la hija ofrecidos en sacrificio a los dioses (Abraham, Agamenón). Se consolida al transformar la batalla filada entre clanes en un partido de rugby entre aldeas vecinas, y se derrumba cuando se deja estallar en una acera las pulsiones instintivas de las profundidades. Sí, directamente. Civilización es sinónimo de ceremonia, lo más eficaz que se haya inventado para destriparse un poco menos. Siempre habrá razones para preferir la vaquería a las trompadas, y la teatralización a la regresión. El padre Freud, ese gran aguafiestas, lo dijo y lo repitió: la cultura es el nombre noble para la inhibición de las pulsiones humanas de agresión y de autodestrucción, la renuncia a las satisfacciones infantiles, el autocastigo del yo-placer, y “cada progreso de la civilización se paga con

* Jean Vilar (1912-1971). Célebre actor francés y director de teatro. En 1947, organizó "Une Semaine d’Art en Avignon", que se convertirá un año más tarde en el Festival d’Avignon. Desde 1953 había comenzado la redacción del texto “Le Théâtre service public”, véase: Jean Vilar, Le Théâtre service public et autres textes, Armand Delcampe (ed.), Gallimard, Paris, 1975, reed. 1986, 762 p. (t)

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una pérdida de felicidad individual”. Dicho esto, se ha obtenido suficiente claridad sobre el tema, después de unos treinta mil años de ensayos y errores, para saber que, de dos sacrificios, el destierro de la bestia por sublimación y la masacre bestial por

desublimación, hay que escoger el menor. Entonces, ¿anticuado el arte del teatro? Seguramente. Un médium pesado, costoso, en los límites de lo ridículo: toca mil veces menos personas que la tele, no tiene la audiencia de la radio, no tiene el dominio fascinante del cine, ni la influencia en profundidad del libro, ni la facilidad de manejo y la reactividad del periódico. ¿Un poco superado el arte de lo político? Seguramente. Menos grave que la religión, menos popular que el deporte, menos palpitante que el misterio de la habitación amarilla 4 y a tal punto menos jugoso que los negocios, que no se satisface con palabras. ¿El teatro “post-dramático” suena los tres golpes de un mundo post-político? De hecho, ese nirvana ya es explorado por algunas poblaciones vanguardistas. Por ejemplo, los Estados Unidos: blanca boina, boina blanca, y para arbitrar la carrera cada cuatro años, Wall Street y el botín del candidato. Nos será difícil resistir a esa versión obscena del one man one vote, a tal punto tiene veletas entre nosotros el viento de América. Al menos se puede glorificar, a título de exorcismo, las virtudes de la commedia dell’arte. Se dice que son los engranajes los que hacen la política. Pero para creer en eso, en serio, que se palpite y se pida bis, ellos deben solicitar en nosotros un alma de niño, de la que grita de terror al capitán y de gozo a Arlequín. El teatro moderno está en la misma situación. Ese es el lado un poco viejo juego, casi paleolítico, del ejercicio, emparentado con los bailarines sagrados, coronados con cabezas de animales, visibles en el fondo de algunas grutas ornamentadas, que lo vuelve extrañamente postmoderno (el retraso vale a veces como avance). Cuanto más la época se virtualiza, se digitaliza, se volatiliza, más aspira a reunirse en lugares de agregación primordial. Cuanto más vamos hacia una sociedad de burbujas impermeables comunicándose por medio de teclados, más necesidad tendremos de vibrar codo a codo, al unísono: felicidad de una sala, felicidad de un pueblo. Apostemos a que las rave parties, la pulsación del rap y los desfiles de porristas no son la única manera que tenemos para liberarnos del noticiero de la noche. Es dable esperar que un arcaísmo un poco disminuido, como un gran discurso Plaza de la República, al apoyarse sobre lo más físico que hay, efímero y precario (extremos de

para entreabrirnos hacia lo que hay de más perenne

tejidos, cuerdas bucales, tablado

y más impalpable (el sentido o el sin-sentido de lo que se hace en esta tierra), responde mejor aún que el estroboscopio disco a esta exigencia, ese sueño anclado en el fondo de nuestras soledades: soñar, reír y temblar entre varios, millones de cabezas, un sólo cuerpo.

),

Traducción del francés Jorge Márquez Valderrama, para cursos en la Universidad Nacional de Colombia, Medellín, 2008.

4 Le Mystère de la chambre jaune es unanovela de Gaston Leroux publicada en el suplemento literario de l'Illustration desde el 7 de septiembre hasta el 30 de noviembre de 1907, en volumen en 1908. El gran éxito de esta novela policíaca proviene, más allá de su intriga, de ciertos elementos surrealistas y poéticos, que fueron la admiración de Jean Cocteau, quien firmó el prefacio de la novela.

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