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EDITORIAL

Título: La última ronda.

© 2015 Antonio Sánchez Vázquez.

© Diseño Gráfico: Nouty.

© Ilustración de portada: Daniel Expósito.

Director de colección: JJ WeBeR. Corrección: Sergio R. Alarte. Colección: Volution.

Primera Edición Noviembre 2015.

Derechos exclusivos de la edición

© nowevolution 2015.

ISBN: 978-84-943866-4-4 Depósito Legal: GU 198-2015

Esta obra no podrá ser reproducida, ni total ni parcialmente en ningún medio o soporte, ya sea impreso o digital, sin la ex- presa notificación por escrito del editor. Todos los derechos reservados.

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Para Sara, lo mejor que me ha pasado en la vida, mi ilusión y mi alegría. Sin ti estaría perdido, hija mía.

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LA ÚLTIMA OBSESIÓN

Introducción de Juan José Díaz Téllez

—¿Otra vez con ese tío? ¡Me prometiste que se había acabado! —gritó Carmen desde la puerta del cuarto de estudio que acababa de abrir de repente. Por mucho que Curro intentó minimizar la pantalla del nave- gador, su giro de muñeca con el ratón no fue todo lo rápido que hubiese deseado. La cara sonriente de Antonio Sánchez Vázquez brilló durante unos instantes en la pantalla de Youtube que tenía abierta en el navegador, antes de minimizarla y sustituirla por la imagen de fondo del escritorio de Windows. —Es que no puedo evitarlo —se defendió Curro—. Me encan- ta todo lo que hace este hombre… ¡No entiendo por qué te pones así! ¡Si ni siquiera has visto una de sus mundialmente famosas ví- deo-reseñas! Los autores se dan guantazos por conseguir que rese- ñe alguno de sus títulos… ¡Las ventas se disparan con el solo rumor de que él vaya a dedicarle un par de minutos! —¡Ya hemos hablado de esto mil veces antes! ¿Te dije algo cuando publicó Los distintos y no tenías otro tema de conversación? Noooo… ¡Aguanté tus interminables monólogos sin protestar lo más mínimo! —Pero… —intentó meter baza Curro sin conseguirlo. Carmen retomó el ataque dialéctico en apenas medio segundo. —¡Y luego llegó Zona catastrófica y ya fue el acabose! ¡Tenía- mos zombis hasta en el cuarto de baño! ¿Te recuerdo cuántos ejemplares te compraste? ¿O cuando cogiste el avión y te plantaste

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en la puerta de su casa hasta que conseguiste que te dedicara el li- bro? ¡Una denuncia por acoso es lo que te llevaste! ¡Tuve que ir al cuartel a sacarte del calabozo! ¡Por Dios! El tono de Carmen había subido hasta casi llegar a convertirse en una letanía ininteligible. Curro estaba acostumbrado a llevarse regañinas por su desmedida idolatría por aquel hombre, pero esta tenía toda la pinta de convertirse en la madre de todas las broncas. —Pe… pero tú no lo entiendes, cariño… Hay rumores en los foros que apuntan a que está preparando un nuevo libro. Dicen que se va a llamar La última ronda. —¡Y encima lo dices con toda la tranquilidad del mundo! Esto… ¡Esto ya es demasiado! —gritó, y cerró con un portazo que hizo retumbar las paredes. El estrambótico cuadro cubista que presidía la pared principal de la habitación se descolgó y cayó con estrépito al suelo, dejando al descubierto el póster de Antonio que escondía en su reverso. Cu- rro se apresuró a recogerlo y lo ocultó en uno de los cajones de la mesa sobre la que descansaba su ordenador portátil, el mismo que había provocado el inicio de la enésima discusión entre ambos. —Se le pasará —susurró al cajón en el que se escondía la foto de su adorado ídolo—. Siempre se le pasa. Como para subrayar lo equivocado de sus palabras, un nuevo portazo retumbó en la casa. Esta vez era la puerta de la calle. Curro salió disparado de la habitación para descubrir que Carmen se ha- bía ido. Recorrió en dos zancadas la distancia que lo separaba del cuarto en el que ambos dormían a diario. Este presentaba un as- pecto desaliñado, con el armario abierto y los cajones vacíos, sin el más mínimo vestigio de la ropa femenina que los había estado ocu- pando unos minutos antes. Sintiendo un indescriptible vacío en el estómago, recorrió el pasillo en sentido contrario y abrió la puerta de la calle de par en par. Ella ya no estaba allí y el ascensor estaba detenido, con toda seguridad, en la planta baja, donde ella había bajado para desaparecer de su vida. —¡No! —gritó, y volvió a toda prisa al interior de su casa.

Se abalanzó hacia la ventana que daba al exterior, hacia la ca- lle en la que desembocaba el portal del edificio, y casi descolgó los visillos al abrirla. Cuatro pisos más abajo, Carmen se alejaba con parsimonia, cargada con una gigantesca maleta en la que llevaba los restos de su vida en común. —¡CARMEEEN! —gritó Curro con desesperación. Ella se detuvo durante unos segundos, dubitativa. Por último, levantó la mano libre y, sin girarse, le dedicó un inequívoco gesto mostrando el dedo corazón. Luego siguió su camino, aumentando el ritmo de sus pasos. Curro se dejó caer a los pies de la ventana y abrazó sus rodillas. Durante unos minutos lloró en silencio, sintiendo el roce de los vi- sillos que le acariciaban el cuello, mecidos por el suave viento. Año- ró el modo en que los labios de Carmen lo habían hecho antes, y entonces una fuerte determinación lo hizo levantarse y dirigirse de nuevo hacia el ordenador. Iba a conseguirlo, iba a hacer que ella se sintiera de nuevo orgullosa de él. Conseguiría aquel trabajo, logra- ría superar su adicción a los libros de Antonio y recuperaría su vida. En la pantalla, la oferta de empleo para vigilante de los grandes almacenes apareció insinuándose. No se lo pensó dos veces y pulsó el botón para enviar su currículum. Carmen iba a estar muy orgullosa de él.

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NOTA DEL AUTOR

Esta historia está basada en un hecho real, acon- tecido en uno de los establecimientos de la franqui- cia de El Corte Inglés, en el año 2003. En ningún momento se menciona a ninguna de las personas implicadas en el desagradable inciden- te que se retrata en la escena inicial de esta novela, y mucho menos el nombre de la víctima de aquel funesto día. El relato solo toma como punto de partida la noticia publicada y difundida por la gran mayoría de medios de comunicación de la época. El resto es fruto de la dramatización que recrea el autor y, en consecuencia, cualquier parecido con personas o lugares reales es mera coincidencia.

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HACE DIEZ AÑOS

11:06 a. m.

Limpiar unos grandes almacenes es una tarea en la que, por mu- cho tiempo que inviertas, es imposible que consigas tenerlo todo como los chorros del oro. Se trata de un trabajo desagradecido por- que, mientras se limpia una zona, la que dejaste impoluta antes se ensuciará en cuanto le des la espalda. Sería el ejemplo más repre- sentativo de lo que se conoce como batalla perdida. La suciedad se expande, se reproduce y crece sin límite, con lo que rendirse no es una opción. Sobre todo, teniendo en cuenta que las facturas no se pagan solas, y que era su obligación como madre ganarse el susten- to para poner pan todos los días sobre la mesa y poder alimentar así a sus hijos. Charo y Arancha siempre coincidían en el mismo turno desde hacía ya más de dos años y habían establecido una muy buena amis- tad. Además de eso, formaban un equipo inmejorable. Eran las dos limpiadoras más veteranas y eficientes de la empresa, por lo que eran autónomas al cien por cien y no necesitaban supervisión. Tra- bajaban de una forma tan sincronizada que rayaba la perfección. Mientras una higienizaba los baños, la otra limpiaba las vitrinas; cuando una estaba sacando brillo a las oficinas, la otra hacía lo pro- pio en los vestuarios. —¿Qué tal tu tata? Arancha estaba al corriente de que la hermana de Charo estaba pasando una mala racha. Ambas solían charlar mientras se cam- biaban y a veces se reunían en la cafetería al terminar su jornada.

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Frente a una taza de café compartían sus penas y se daban conse-

jos para afrontarlas antes de volver a sus casas. Aquellas reuniones eran toda la vida social que Charo podía permitirse, siendo como era una madre soltera a cargo de dos niños pequeños, y la ayu- daban a sobrellevar con mayor entereza la visita de su hermana recién divorciada. —Entre el niño y ella me van a volver loca, chica. Ella se pasa todo el día deprimida y apenas me ayuda con las tareas domésticas,

y el niño es un terremoto y consigue que los míos se revolucionen

aún más. »Y es que no lo entiendo, Arancha; yo también me separé y no molesté a nadie, ya lo sabes. Salí adelante yo sola. Mi madre no paraba de insistir en que me fuese a vivir con ella, pero me negué.

Como si no tuviese bastante con mi padre, la pobre, como para tirar del carro también con su hija separada y con dos criaturas. Pero mi hermana es de otra pasta. No sabe desenvolverse por sí misma. Arancha asintió. Llevaba varios años trabajando a su lado y la admiraba precisamente por su entereza y su espíritu luchador. Cha- ro era cinco años mayor que ella, pero mostraba día a día la misma

o más vitalidad que la mayoría de chicas jóvenes que encontraban

en aquel centro comercial el inicio de su vida laboral. Muchas de esas «niñas» iniciaban su primer día con la idea en la cabeza de que aquella era una tarea sencilla, sin embargo enseguida se daban de bruces contra la dura realidad, y pocas de ellas soportaban dejarse la piel durante tantas horas al día por un salario tan bajo. Además, de las que asumían el puesto y conseguían una renovación de contrato, ninguna era capaz de seguir el ritmo de aquella veterana limpiadora. —A ver si hay suerte y le sale un novio. Creo que va a ser la única

manera de que se vaya de tu casa. —Con la depresión que tiene encima creo que va para largo. A este paso encontraré yo uno antes que ella. Ambas festejaron el comentario con una risa aguda, más propia

de unas quinceañeras en el patio de un instituto, al ver pasar frente

a ellas al chico más popular de su clase, que de dos mujeres bien entradas en la treintena.

—Bueno, luego nos tomamos un café y te desahogas. Ahora será mejor que nos centremos en el trabajo, que se nos va el día. ¿Cómo nos repartimos hoy? Charo le dio a Arancha una bayeta, dos trapos secos y un cubo con agua jabonosa que sacó del carrito en el que transportaban todo el material de limpieza y los dos contenedores de residuos en los que depositaban la basura. —Hoy te toca a ti encargarte de los vidrios de las escaleras me- cánicas. —Uf. Tengo la espalda fatal, Charo. —Arancha se llevó una mano a los riñones y compuso una mueca de disculpa—. Sé que esto es lo que menos te gusta hacer, pero es que si me doblo por encima del pasamanos para limpiar los cristales, me pondré peor de esta maldita lumbalgia. Charo le dedicó una mirada de recelo, pero también de preo- cupación. Una parte de ella la avisaba de que Arancha pretendía escaquearse y la otra se apiadaba de ella. —El dolor de espalda lo tenías la semana pasada. Se suponía que ya te habías recuperado. —Arqueó una ceja y puso los brazos en jarras, a pesar de saber que acabaría transigiendo. Su buen corazón nunca la llevaba a decantarse por las opciones egoístas. —Todavía estoy fatal, nena, créeme. Mi hijo es muy movido y me ha dado un fin de semana muy malo. Tenía mamitis aguda y no me ha dejado hacer reposo. Ya le he dicho a mi marido que este fin de semana lo deje en casa de mis suegros, a ver si así puedo recupe- rarme. De verdad que estoy fatal, Charo. Al final no pudo resistirse. Era su mejor amiga, la creía y estaba dispuesta a encargarse de esa tarea por ella. —Anda, lianta. Llévate el carrito, que ya me ocupo yo de esto. —¡Gracias, Charo! Te prometo que cuando me recupere haré yo las escaleras dos meses seguidos. —No me des las gracias y ve a dejar los baños como una patena. Su compañera no se hizo de rogar, quitó el freno de las ruedas del carrito y enfiló con él por el pasillo.

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Aquel no estaba siendo un día muy concurrido. La llegada del

verano era inminente y muchos de los clientes habituales comen- zaban a cambiar su rutina de compras por escapadas con la familia para aprovechar el buen tiempo, y eso era algo digno de agradecer; tener los pasillos despejados ayudaba a acabar mucho antes el tra- bajo. Charo dudó entre detener la escalera mecánica para limpiarla o no hacerlo. Era obligatorio desconectarla, por seguridad, pero con el mecanismo encendido era más sencillo y rápido, debido a que

la propia inercia de la escalera evitaba que fuese ella la que tuviese

que descender o ascender para pasar la bayeta por la superficie del cristal. A pesar de que no tenía prisa por llegar temprano a casa, se de- cantó por trabajar con la escalera en marcha para acabar antes y po- der pasar un poco más de tiempo con su compañera en la cafetería. Mientras desempeñaba su labor, podía imaginarse sin dificultad

a sus dos hijos y a su sobrino discutiendo a voz en grito en aquel

mismo momento, en plena disputa por la posesión de algún muñe- co, de una pelota o por el mando de la dichosa videoconsola. Mien- tras tanto, su hermana se mantendría ajena al conflicto, llorando desconsolada por el abandono del cabrón de su marido, en compa- ñía de alguno de esos programas de cotilleo, sentada en el sofá y con un Kleenex arrugado y húmedo en la mano. Charo dejó escapar un suspiro, se encaramó por encima del pasamanos de la escalera me- cánica y comenzó a frotar la parte exterior del cristal con la bayeta. Aquella era la tarea que más detestaba. Tanto ella como Arancha preferían cualquier otra, como pasar la pulidora para sacar brillo al suelo, por ejemplo. Sus compañeras siempre se quejaban de que esa

dichosa máquina les dejaba los brazos hechos pulpa, sin embargo a ella le gustaba —lo tomaba como un reto personal y la ayudaba a mantenerse en forma—, mientras que limpiar los vidrios del pasa- manos era un sinsentido. No entendía a sus compañeras, porque esa sí que era la tarea más ingrata de todas ya que los críos restre- gaban los dedos y las manos por los cristales cuando utilizaban las escaleras y no duraban mucho tiempo adecentados.

A pesar de todo, y de que el trabajo de mujer de la limpieza no era el que más glamour tenía, ella consideraba que era el puesto que gozaba de más ventajas. Los guardias de seguridad hacían turnos nocturnos y estaban obligados a vérselas con los clientes de manos largas; las cajeras se pasaban todo el día de pie, estáticas, forzando siempre una sonrisa al recitar el importe al que ascendía la cuen- ta de los clientes aunque tuviesen un mal día; los reponedores y los mozos de almacén andaban siempre deslomados y trabajando a contrarreloj; los vendedores debían ir siempre emperifollados e impecables, con sus trajes y corbatas, asediados además por los ob- jetivos de ventas mensuales; y los jefazos llevaban el estrés por den- tro y como buenamente podían. Sí, tenía suerte de dedicarse a la limpieza. Era un trabajo pesado, poco motivador y el peor pagado, pero al menos eran invisibles a los ojos de los clientes, y los jefes las dejaban bastante a su aire. Resultaba un poco desagradable limpiar los vómitos de algún niño con el estómago revuelto y restregar roña en los baños, pero para ella eso solo eran males menores. Su superior directo era Paco Flores, el jefe de seguridad del edificio. Él se encargaba de coordinar los horarios y supervisar los trabajos de limpieza, además del de los vigilantes. Se trataba de un tipo con un carácter voluble, pero era muy atento y escuchaba a los empleados y empleadas a su cargo, tratándolos a todos por igual y con respeto; sin embargo le generaba cierta incomodidad cuando trataba temas cotidianos o de su vida conyugal, ya que presumía de tener un criterio de pensamiento demasiado machista. En fin, los jefes también son humanos y, en consecuencia, no pueden ser perfectos. Pese a todo, ella no tenía queja del suyo. Paco la trataba muy bien. Él no era padre, pero creía que los empleados con des- cendencia debían tener determinados tratos de favor, entre los que se encontraba una disimulada preferencia para elegir las vacacio- nes. Estaba separada y el padre no la ayudaba con los críos, con lo que a ella le venía como anillo al dedo poder coger siempre agosto para coincidir con los críos, ya que los primeros meses de verano los llevaba de colonias. De no tener libre ese mes, se vería obliga- da a costearse una canguro, con lo que su cuenta corriente estaba

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tan agradecida a su superior como la propia beneficiaria. Aunque eso era un detalle insignificante en comparación con la especial cortesía y la descarada zalamería con la que la trataba Paco Flo- res cuando estaban solos. Ella se sentía halagada y atraída por ese hombre, aunque no le quedaba más remedio que lamentarse de que estuviese casado. De no haber sido por aquel detalle, ella ha- bría tomado la iniciativa mucho tiempo atrás y le habría tirado los trastos sin pudor. Se acercaba el punto crítico de la escalera mecánica. El pasama- nos pasaba junto al tramo del techo que subía a la planta siguiente y seguir encaramada sobre él implicaría perder la cabeza, literalmen- te, ya que aquel punto era similar a una guillotina. El señor Flores siempre la reñía cuando la veía limpiar el vidrio exterior del pasamanos con la escalera encendida. Se ponía como un energúmeno y amenazaba con abrirle un expediente. Ella sabía que no lo haría jamás, porque estaba prendado de ella, y él sabía que le desobedecería a pesar de todo porque así acababa antes de limpiar; sin olvidar que era una mujer muy temperamental y muy cabezota, a la que nadie conseguiría convencer de lo contrario so- bre ese asunto ni respecto a cualquier otro del que ella estuviese convencida de poseer la verdad absoluta. Dejó de limpiar y se apoyó sobre el pasamanos para erguirse. El techo del tramo de escaleras se acercaba lenta pero inexora- blemente y debía apartar la cabeza si no quería que se le quedase enganchada. Había hecho aquello tantas veces que, sin mirar, sabía el momento justo en que debía retirarse para que el techo no la de- capitase y por eso apuraba siempre hasta el último momento. Pero esa vez fue diferente: su cuerpo no se separó del pasamanos. Soltó la bayeta y lo intentó de nuevo. Empujó con los brazos al tiempo que echaba la espalda hacia atrás. El esfuerzo le provocó un calambre en el cuello y sintió el primer ramalazo de pánico al ver el techo acercarse. Su corazón comenzó a bombear sangre a toda velocidad cuando se percató de la presión sobre su espalda, quiso girarse para ver si había alguien detrás de ella forzándola a mantener la peligrosa postura, pero su cuerpo continuó pegado

al pasamanos. Trató de serenarse diciéndose que en realidad no había nadie echado sobre ella con el fin de inmovilizarla. De ser así percibiría su aliento en la nuca o el agarre de unas manos. Eso no la tranquilizó. El techo estaba cada vez más cerca, la escalera mecánica seguía ascendiendo, con su característico ritmo lento pero implacable, y no podía apartar la cabeza de la mortal trayectoria. Sus piernas, en cambio, no estaban sometidas a aquella poten- te presión que mantenía inmovilizado su torso y que le arrebataba el aliento al comprimir sus pulmones, impidiéndole pedir auxilio. Alzó los pies en un desesperado intento de apartar a la persona que le impedía incorporarse, pero pateó el aire. Los clientes que habían subido a la escalera o deambulaban por los alrededores charlaban con sus familiares o estaban concentra- dos en sus propios pensamientos, por lo que nadie se fijó en los aspavientos y las coces que daba la mujer de la limpieza. El techo del otro tramo de escaleras estaba ya a pocos centíme- tros, continuaba acercándose, y fue ese el momento en el que tomó consciencia de que no podría apartarse a tiempo. Segundos antes de que su cuello quedase atrapado entre el te- cho y el pasamanos, Charo se percató de que la temperatura había subido varios grados. Hacía mucho calor —aquel estaba siendo un día bastante sofocante para estar aún a primeros de junio—, pero el ambiente se sobrecargó demasiado. «¿Quién ha encendido la cale- facción?» fue su último pensamiento. Su cabeza se enganchó entre el pasamanos y el techo del siguien- te tramo. Charo sintió la fuerte presión en su cuello y la lengua se le hinchó dentro de la boca. La inercia ascendente de la escalera hizo el resto.

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EN LA ACTUALIDAD

21:42 p. m.

Enfundarse en el uniforme se convirtió en una tarea titánica. Estaba muy nervioso, y era incapaz de atemperar el pulso de sus manos para cambiarse de ropa con la cotidiana soltura con la que se vestía cada mañana. Perdió un par de veces el equilibrio al introducir los pies en las perneras del pantalón y, por si fuera poco, las mangas de la camisa se le enrollaron en torno a los brazos. No es que fuese un hombre torpe, sino que los nervios por emprender una nueva etapa laboral reavivaban los fantasmas de su pasado. Curro se licenció en Ingeniería Informática y trabajó siempre como diseñador web o administrador de sistemas, pero desde que quebró la última empresa por la que fichó, le fue imposible encon- trar un nuevo trabajo. Meses más tarde, cuando dejó de percibir la prestación por desempleo, llegó el momento de pedir a su madre que le permitiese regresar al nido familiar ya que le era imposible pagar el alquiler y las facturas, pero para entonces, la depresión ya le había llevado a juguetear con la botella y a romper su relación con Carmen. Curro agradecía a su madre que le abriese las puertas de su casa de nuevo, por supuesto, pero él preferiría tener trabajo y poder aportar capital para contribuir a pagar los gastos de la vivienda y no tener que quedarse en casa lamiéndose las heridas, aunque las

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páginas web de trabajo rechazaban todas y cada una de sus solici-

tudes y no le llamaban ni para hacer una mísera entrevista, así que se refugió aún más en la bebida. En una de las ocasiones en que llegó borracho a casa, lo hizo en tal estado que tuvo que ayudarle

a meterse en la cama. Antes de dormirse, la escuchó llorar descon-

solada en la habitación de al lado. Ese momento quedó grabado a fuego en su mente mientras se sumía en un profundo sueño y, a la mañana siguiente, ese era el recuerdo más vívido que conservó de su aventura etílica. Decepcionar de ese modo a su madre le sirvió como principal punto de apoyo para dejar la bebida y dedicarse aún más en cuerpo y alma en encontrar trabajo. —¡Seré gilipollas! —Acababa de darse cuenta de que se había puesto la camisa al revés, con las costuras por fuera y los botones por dentro. El pulso le seguía temblando. Un buen trago quizás podría ayudarle a serenarse, pero hacía ya más de seis meses que su reluciente petaca descansaba en un cajón de su cómoda. Curro retomaba las riendas de su vida en una buena dirección

y no se iba a amedrentar ahora por culpa de un ridículo ataque de

nervios, con lo que, sin más dilación, se sacó la camisa, le dio la vuel- ta y se la colocó de nuevo. Abrochó los botones —ya no parecían pequeñas perlas de jabón mojado, obcecadas en escurrirse entre sus dedos—, luego alzó el cuello de la camisa y se colocó la corba- ta alrededor. Su madre empleó varias horas en enseñarle a hacerse el nudo el día anterior, y gracias ello consiguió anudarla en pocos segundos. Para terminar, la sujetó con un alfiler dorado y se calzó la chaqueta con las placas que lo identificaban como vigilante de

seguridad. Curro nunca había desempeñado un cargo de guardia jurado, pero aceptó el puesto porque era la única oferta en la que no pedían candidatos menores de treinta años y porque su situación era des- esperada; mas, por mucho que actuase por necesidad, no le quitaba el derecho de estar asustado, pero no podía permitirse el lujo de ba- jar la guardia, el temor a no volver a recuperar las riendas de su vida le hizo caer en el ponzoñoso pozo de la bebida y no podía permitir

que volviese a suceder. Y es que, pese a haber aprobado el examen

de aptitud sin dificultades, aquel trabajo no tenía nada que ver con la informática y era nuevo para él, así que tenía delante un reto que debía afrontar él solo, sin ayuda del alcohol ni de su madre. Esta era la oportunidad de demostrarse a sí mismo su valía y que podía desempeñar esa y cualquier otro tipo de labor. Es curioso ver cómo las personas pueden llegar a juzgar las co- sas desde una situación acomodada. En época de bonanza, cuando era un bien remunerado administrador de sistemas, habría restado importancia a la función de un vigilante y lo consideraba un trabajo sencillo, de segunda categoría, que cualquier persona con dos de- dos de frente podría desempeñar. Sin embargo, ahora que estaba

a punto de comenzar su primer día asumiendo ese rol, no paraban

de asaltarle cientos de dudas, ya que del curso de formación de se- guridad privada parecía haberlo olvidado todo. El disco duro de su cerebro se había formateado sin su autorización y eso era algo que le preocupaba en exceso, ya que uno de los síntomas que más le costó superar mientras luchaba para aparcar su alcoholismo eran la fugaces pérdidas de memoria que le producía el mono… además de las visiones, desde luego. Al principio se trataba solo de ilusiones sonoras. Algunas ma- ñanas se despertaba, por ejemplo, oyendo a Carmen, su expareja, cantar bajo el teléfono de la ducha; entonces se levantaba de un

salto de la cama y abría la puerta del aseo, pero allí no había nadie. Días después comenzó a ver sombras por el rabillo del ojo cuando miraba la televisión, a su espalda, mientras navegaba por Internet

o en el reflejo del espejo del baño, en medio del afeitado. Incluso

hubo una vez que se desveló en plena noche y, al girarse y cambiar de postura, vio la silueta de una persona que estaba durmiendo a su lado. Fue tan real que hasta pudo sentir el peso del cuerpo de esa presencia hundiendo esa zona del colchón. Al girarse para en- cender la luz de la lamparita de la mesita de noche, la sombra ya se había esfumado. Por suerte, una vez que hubo dejado de beber, estas visiones se espaciaban cada vez más en el tiempo, hasta el punto de que ya casi nunca le visitaban, así que no le cabía ninguna duda de que el hecho

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de que no recordase los puntos claves del temario que tuvo que em- pollar para superar el examen, se debía solo a ese nerviosismo que la mayor parte de mortales sentimos cuando emprendemos una nueva aventura laboral. Lo demás formaba parte de un pasado que había conseguido dejar atrás. Resoplando para expulsar las energías negativas de su cuerpo, introdujo en su taquilla la mochila en la que guardó su ropa de pai- sano, cerró el candado y se plantó frente al estrecho y ajado espejo que colgaba sobre el lavabo del vestuario. —Venga, Curro, tú puedes —se animó a sí mismo al ver su reflejo. Estaba impecable. Su madre siempre le decía que era un hom- bre guapísimo, y no iba del todo desencaminada. No es que fuese atlético y varonil, sino que más bien poseía un perfil aniñado que le daba un aire tierno y dulce, siendo esta una combinación que resul- taba muy atractiva para muchas mujeres. Su constitución delgada y una estatura media reforzaban aún más tal efecto. A muchos de sus conocidos les resultaba peculiar que no se asemejara al típico afi- cionado a la informática. Cualquiera esperaría encontrarse con un hombre obeso, de pelo grasiento y con gafas de pasta si escuchase una descripción de sus hábitos y aficiones, pero Curro se alejaba de ese cliché. Por fin había conseguido colocarse el uniforme a la perfección y, teniendo en cuenta que a los nuevos los ponían siempre en el turno de noche para que aprendiesen el oficio poco a poco y sin la presión de encontrarse cara a cara con los clientes, ahora es- taba convencido de que nada podía salir mal y se sentía ridículo por haberse dejado llevar por los fantasmas del pasado y por unos miedos infantiles. Además, el día anterior estuvo reunido con su jefe, el señor Flores, durante algo más de hora y media; interva- lo en el que le impartió una pequeña formación sobre una serie de conceptos básicos. Su nuevo jefe aprovechó la reunión para transmitirle serenidad y asegurarle que él mismo lo recibiría al día siguiente, antes de que comenzase su primer turno, para acom- pañarle en la ronda de las diez de la noche, poder enseñarle así el

local y que se familiarizara con el entorno de cara a la siguiente ronda, la de las doce. Así que nada podía salir mal. —¿Listo? —El señor Flores entró en el vestuario en el mismo momento en que Curro observaba su reflejo en el espejo. Por un momento no supo qué decir. Era el primer día de trabajo

y su superior le pillaba allí de pie, plantado como un pasmarote. —Pues… estaba… comprobando el uniforme —se excusó. El señor Flores tenía cincuenta y dos años y era un hombre de baja estatura. Le sobraban quince kilos, tenía una calva que reflec-

taba a la perfección la luz que incidía sobre ella y lucía un bigotillo debajo de la nariz que tenía más aspecto de pelusa que de mos- tacho. La primera idea que le venía a la gente a la cabeza al verlo era que debía de tratarse del típico tontaina buenazo y bobalicón, pero, pese a su apariencia, era un hombre estricto y observador, a

la vez que justo y leal con las personas a su cargo. A todo ello había

que sumar su dilatada experiencia, ya que llevaba trabajando allí como jefe de seguridad desde hacía más de trece años. —Te dejas la porra. —Al señor Flores no se le escapaba nunca ningún detalle, y señaló el alargado objeto que Curro había dejado sobre uno de los bancos, junto a su taquilla. El novato giró la cabeza para mirar hacia el lugar que indicaba su jefe y constató que se la dejaba allí olvidada. —¡Oh, sí! Perdón. —La cogió y consiguió encajarla en el en- ganche de su cinturón al cuarto intento. —Francisco, tranquilízate, hombre. Ya te dije ayer que esto es muy sencillo. Los nervios volvían ahora, y con mayor intensidad, ya que ni siquiera fue capaz de entender lo que acababa de decirle su jefe.

Solo supo que le había llamado Francisco. —Señor Flores, todo el mundo me conoce como Curro. Si me llama Francisco y no le contesto, sepa que no es por mala educa- ción. —Pues entonces no me llames señor Flores. Aquí todo el mundo me llama Paco. Y tutéame. Aún estoy hecho un chaval.

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Los dos rieron y generaron así un ambiente distendido. Ambos se llamaban Francisco en realidad y debió de parecerles lo más gra- cioso del mundo. —Antes eras programador web, ¿verdad? Curro asintió. —La informática no es lo mío. Empecé una vez un curso pro- mocionado por el Ayuntamiento y aguanté dos días. Es algo que no voy a poder aprender en la vida. ¿Para qué esforzarme? Curro rio de nuevo y se ofreció a darle unas clases particulares si alguna vez lo necesitaba. Un par de comentarios intrascendentes después, el señor Flo- res ordenó al novato que le siguiera, y Curro salió tras él al pasillo que conectaba los diferentes departamentos y las oficinas del su- permercado. Había visitado varios centros de la franquicia, pero era la primera vez que recorría la parte que no se ve, la que solo es habitual y familiar para los empleados. A esa hora ya se había marchado casi todo el mundo a casa. El centro comercial cerraba las puertas al público a las diez de la no- che, y en las líneas de caja de la planta de alimentación se agolpaban los últimos clientes rezagados. Por los pasillos solo quedaban algu- nos empleados que no habían podido finalizar su jornada en punto y algún que otro jefe que debía darse prisa en apurar los minutos finales para adelantar trabajo de cara al día siguiente, ya que el edi- ficio debía quedar vacío minutos después del cierre a excepción del guardia jurado del turno de noche. Antes de pasar a enseñarle las instalaciones, el señor Flores le llevó en primer lugar a la sala de monitores. Todas las cámaras de seguridad del centro transportaban la señal de vídeo a una batería de quince pantallas, conectadas a un sencillo panel de control que permitía elegir entre las imágenes de unas u otras para verlas en los monitores y poder seguir así los pasos de cualquier cliente sospe- choso. El panel, además, permitía reproducir, rebobinar y pausar grabaciones anteriores que el servidor almacenaba. Sentado en una cómoda silla de oficina, frente al conjunto de pantallas, había un hombre fornido de alrededor de cuarenta años y

con el pelo cortado a cepillo, que se levantó para presentarse al ver entrar a su jefe acompañado del novato. —Hola. Me llamo Pacheco. —Acompañó el saludo tendien- do la mano al recién llegado para estrechársela—. Tú debes de ser Francisco. El novato correspondió al gesto de Pacheco y aprovechó para indicarle que prefería que le llamasen Curro. —Claro, no hay problema. —El vigilante volvió a tomar asiento frente a los monitores—. Creo que aquí no llamamos a nadie por su nombre. Curro asintió sin saber muy bien qué decir a continuación; no era un hombre retraído, ni mucho menos, pero tenía ese toque de introspección que suelen tener casi todos los informáticos. —Pacheco fue el jefe de seguridad de una de las empresas far- macéuticas más importantes de España —intervino el señor Flores, visiblemente orgulloso por contar con él entre sus filas. —¿Y cómo has acabado aquí? —preguntó Curro, sin caer en la cuenta de que esa cuestión se podía considerar un tanto indiscreta. En efecto debió de ser así, puesto que el rostro de Pacheco se ensombreció y a Curro le quedó claro que no guardaba gratos re- cuerdos de aquella época. El señor Flores iba a intervenir, pero Curro se percató de que el comentario no había sido del todo acertado y se disculpó. —No, no pasa nada —dijo enseguida Pacheco para quitarle im- portancia al asunto—. Es que… perdí a un compañero allí en un incidente. Luego la empresa se fue a la mierda y decidí continuar en el mundo de la seguridad privada, pero sin responsabilidades. —Vaya, lo siento —se disculpó Curro por segunda vez. —¡Bah! Tranquilo. Está superado. Lo que importa es que hoy es tu primer día y que todo va a ir estupendamente. Paco te va a poner al tanto de todo y te va a dar una lista enorme de tareas para que se te pase el turno de noche volando. Los tres hombres sonrieron. —No te creas nada de lo que te diga este tío —intervino Paco—. En el turno de noche es en el que menos se trabaja. Es

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duro si estás acostumbrado a vivir de día y si tienes facilidad para dormirte, pero es el más relajado de todos. —Y es ideal para acostumbrarte a manejar este cacharro con tranquilidad y sin presiones. —Pacheco señaló con el pulgar el pa- nel de control y los monitores. —He repasado varias veces el manual en casa y no parece tan complicado —confesó Curro con cierta petulancia. —Vaya con nuestro nuevo amigo. —Pacheco se cruzó de bra- zos—. Eres un cerebrito de esos, ¿no, chaval? —Fue programador —aclaró el señor Flores—. No le costará trabajo adaptarse al software. —Dudo que me dé demasiados quebraderos de cabeza. —Aquí, en la sala de monitores, es donde pasarás la mayor parte del tiempo —prosiguió Paco Flores—. Todo se reduce a echar un vistazo cada cinco minutos a las pantallas para comprobar que todo está bien. Mientras tanto, puedes hacer lo que te dé la gana, menos dormirte, claro. —Yo no sabía lo que era una PSP hasta que entré a trabajar aquí. —Pacheco le mostró la consola portátil que descansaba sobre la mesa, junto al panel de control—. Los turnos de noche se me pasan volando gracias a este chisme. —Puedes traerte una consola, un ordenador, una tableta, un li- bro o lo que te dé la gana; pero cada cinco minutos le echas un ojo a las cámaras y cada media hora haces un barrido completo. Curro asintió, atento en todo momento a las indicaciones. —En ese cajón te he dejado una hoja con el planning de las rondas. Ya verás que es muy sencillo y no creo que te haga falta mirarlo siquiera. La primera la harás a las diez, nada más fichar; la segunda a las doce en punto, y así sucesivamente. Una ronda cada dos horas. Luego vuelves aquí para revisar los monitores y siguiente ronda, monitores y vuelta a empezar. Es monótono pero también muy sencillo. —Durante las rondas tampoco hace falta que lo revises todo al detalle —intervino Pacheco—. Consiste en comprobar que las sa- lidas de emergencia estén bien cerradas, que no haya ningún listillo escondido por ahí y poco más.

—Correcto —continuó el señor Flores—. Básicamente se trata de darte un paseo por todas las plantas. Muy importante lo de las salidas de emergencia; ahora cuando salgamos te enseñaré cómo se hace. ¿Has cogido el llavero? Por un momento pensó que lo había olvidado en el vestuario, pero recordó que lo llevaba colgado en la parte trasera de su cintu- rón. De todos modos, se llevó la mano a la espalda para comprobar si realmente estaba allí. —Sí. Aquí lo tengo —dijo al sentir el tacto frío del llavero en la yema de sus dedos. —Genial, chico —le felicitó el señor Flores con un firme asenti- miento de cabeza—, no nos demoremos más, entonces, y vamos a hacer esta primera ronda juntos. —¿Hace falta que os espere, jefe? —No, Pacheco. Puedes irte a casa. Ya has acabado tu turno. —Estupendo. —Pacheco volvió a levantarse y tendió de nuevo la mano al novato, que correspondió al gesto sin dudar—. Bueno, Curro, que vaya bien tu primer día. No creo que ocurra nada, pero si tuvieses alguna duda o pasase algo raro, tienes una hoja de papel pegada con celo ahí detrás. —Señaló la puerta de un pequeño ar- mario empotrado en un rincón de la sala. Se trataba de un cuarto de contadores—. En ella encontrarás todos los teléfonos de los com- pañeros. A mí puedes llamarme a cualquier hora. —Bueno… si pasa algo raro… —El tono serio de las palabras de Pacheco mezclado con su expresión ceñuda habían desconcer- tado a Curro hasta el punto de hacerle tartamudear, pero retomó la frase desde el principio y consiguió finalizarla sin tropiezos—. Supongo que si pasa algo inusual, a quien tengo que llamar es a la Policía, ¿no? El novato percibió la mirada furtiva y de recriminación que Paco dedicó a Pacheco. Este último pareció ignorarla, chasqueó la lengua y suspiró. —Claro, Curro —prosiguió—. Si pasa algo avisas a la poli. De- bes hacerlo si entra alguien a robar, si se prende fuego la tienda o si se produjese algún accidente. Yo me refiero a si pasa algo raro. Curro comenzaba a sentirse molesto a causa de tanta intriga.

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—¿Algo raro? ¿Qué quieres decir con…? El señor Flores interrumpió la pregunta con un gruñido que rozaba la mala educación y tiró del brazo del chico, para que le acompañase a hacer la primera ronda de la noche. —No le prestes atención, Curro. —Clavó sus ojos en los de Pacheco en lo que parecía un sibilino reproche—. Ya irás viendo que tus compañeros son buena gente, pero les gusta mucho hacer bromitas de mal gusto. —Creo que deberías contárselo, jefe. El ceño del señor Flores se crispó aún más y acompañó el gesto con unas aspiraciones nasales profundas mientras mantenía los labios apretados con fuerza. Parecía estar a punto de montar en cólera. —¡Ya basta! —exclamó al fin—. Estoy harto de los cuentos chi- nos que hacéis correr por la tienda tú y tus compañeros. —Paco, tú mejor que nadie sabes que no son cuentos que nos… —Son cuentos chinos. ¡Y punto pelota! Curro asistía perplejo al enfrentamiento. Hacía tan solo unos minutos se respiraba una cordialidad muy positiva en aquella habi- tación, pero ahora la situación había dado un giro radical. —Vete a casa y déjame a solas con el novato de una santa vez. — El señor Flores consiguió dar la orden sin gritar, haciendo un gran esfuerzo por reprimirse. Acto seguido le dio la espalda a Pacheco y se dirigió de nuevo hacia el pasillo. El novato le siguió y, antes de salir de la sala, observó a Pacheco, que se mantenía impasible, sin decir nada, con la vista fija en su nuevo compañero. Antes de que Curro desapareciese por la puerta, el vigilante se despidió con un solemne y casi imperceptible asentimiento de cabeza.

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AGRADECIMIENTOS

En primer lugar, agradecer a Catalina Cazorla que me diese la idea para escribir esta historia. Además, en su blog me refugio en mu- chas ocasiones para distraer la mente cuando me quedo atascado. Sus entradas incluyen artículos de opinión, reportajes, fotografías y relatos de terror que escribe la propia Catalina. La última ronda está basada no solo en un hecho real acontecido en uno de los cen- tros de la conocida cadena comercial de El Corte Inglés, sino que el germen de la historia toma como punto de partida uno de los relatos de Catalina, titulado El último turno, que también se puede encontrar y leer en su blog. Os recomiendo daros un paseo por él:

catalina-elblogdecatalina.blogspot.com.es

Muchísimas gracias también, Catalina, por tu apoyo.

Especial mención para los Lectores Cero que tuvieron a bien darme sus impresiones con el manuscrito original. Sus opiniones han sido escuchadas con atención por mi parte y las he tenido en cuenta de cara a la revisión final. Un fuerte aplauso para Francesc Aznar, Marta Navarro, Loli Pagés, Vicky Martínez, José Pérez, Jor- ge Herrero, Patricio Hernández, Samantha Rodríguez y Enrique Cabrera.

También tiene un hueco especial en estos agradecimientos y, sobre todo, en mi corazoncito, Bea Magaña, que empezó siendo una lectora cero y acabó siendo la persona que más me ha apretado

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las tuercas, que más empeño ha puesto en que rice el rizo, que más me obliga a esforzarme al máximo… y eso, amigos, no se puede agradecer con palabras. El abrazobeso que le voy a dar cuando la vea va a ser de los que pasan a la historia.

Mando el más fuerte de los abrazos a todos mis familiares y ami- gos que me animan sin descanso para que siga contando historias. No me pongo a detallar nombres porque necesitaría muchas pági- nas para incluiros a todos y seguro que me dejaría a alguno.

No puedo olvidarme de Paola Belotti, por decirme siempre que está orgullosa de mí. Lo que no sabe ella es que yo también estoy muy orgulloso de ella. Bueno, desde ahora ella también lo sabe.

Gracias al destino por hacer que Arancha de Miquel se cruzarse en mi camino. Hay personas que deben formar parte de la vida de otras, y la mayor parte de seres humanos debería tener el privilegio de conocerla algún día.

Mando un saludo y un abrazo a Lidia Martínez. Ella es una de mis mayores fans, aunque le dé vergüenza confesarlo en público. Se lo voy a agradecer haciéndola aparecer como personaje en una de mis próximas novelas, y no porque me lo haya pedido ella expresa- mente, sino porque tiene suficiente carisma y personalidad como para ser personifijizada, o como se diga eso.

Tampoco me puedo despedir sin mencionar el póquer de da- mas que corretean y se pasean siempre por casa, distrayéndome y reclamando mi atención cuando paso demasiado tiempo frente al teclado. Un beso monumental para Mari, Rosario y Sara.

Papá, lo he vuelto a hacer. Aún continúo sin sentar la cabeza, creando mundos alternativos que surgen de la imaginación de esta mente inquieta, historias de las que no leerás ni una sola línea por- que te fuiste demasiado pronto, pero de las que no dudarías en ha-

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cer propaganda con propios y extraños porque, a pesar de estar tan castigado por la enfermedad, a ti nunca te faltaban energías para presumir de tus hijos. Sigue descansando en paz, que aquí nosotros ya nos encargamos de que nadie se olvide de ti.

Mamá, tú sigues a mi lado y, aunque puedo agradecértelo todo en persona, prefiero que también tengas oportunidad de leerlo en letra impresa: Tú tienes que llevarte todo el mérito de mis logros literarios, porque de no ser por ti nunca me habría aficionado a la lectura y, por eso mismo, jamás habría podido escribir un libro y, mira por dónde, este ya es el tercero. Eres la mejor madre que ha- bría podido desear. Te adoro.

Para acabar, decirte que tienes toda mi estima, lector o lectora, por elegirme, por dedicarme unas horas de tu tiempo y por conver- tir en realidad, aunque solo sea en tu cabeza, los hechos que descri- bo en estas páginas. Espero que nos encontremos muy pronto para poder saludarte y darte las gracias con un buen apretón de manos, un abrazo o dos besos en sendas mejillas.

Antonio Sánchez Vázquez

Web: antoniosanchezvazquez.com Twitter: @antonioSvazquez Facebook: antonio.sanchezvazquez.98

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