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No hay derechos humanos sin las luchas de

los pueblos, ni éxito para la lucha popular sin
defensa de los derechos humanos.
Rosario Ibarra

En un foro en días pasados scuché a las madres de los jóvenes acribillados
impunemente en la colonia popular Villas de Salvárcar en Ciudad Juárez y
las lágrimas contenidas frente a los poderosos fluyeron en mis ojos que han
visto tantas atrocidades en esta vida, que no pude ni quise contener,
fundiéndome en un abrazo con las madres de los feminicidios en Lomas de
Poleo, de la Guarderia ABC, de la masacre en Sucumbíos, de las mujeres del
SME y los mineros de Cananea, Sombrerete, Taxco, de Atenco y mis
compañeras del Comité Eureka. Muerte y dolor por tantas víctimas a lo
largo y ancho del país. Muertes sin sentido ni razón. Muertes impunes.
Muertes y también -de nuevo- el azote de las desapariciones forzadas.
Todo ocurre en medio de una engañosa versión que pretende ocultar el
verdadero carácter de la militarización del país. Engañar con la versión de
una guerra contra el narcotráfico y con los supuestos "levantones". La
mayoría de los asesinados no son parte de una guerra contra el narcotráfico,
de un enfrentamiento entre miltares y narcos, sino en realidad de
ejecuciones de población civil, de jóvenes -hombres y mujeres- y de pobres.
Esa es la realidad de la mayoría de los asesinatos denunciados ahora en
Ciudad Juárez. Jóvenes ejecutados a manos de grupos paramilitares o
militares vestidos de negro o con pasamontañas.
La otra versión engañosa es la de los "levantones". De nuevo, comandos con
las mismas características policiacas y militares, realizan no "levantones"
sino desapariciones forzadas de personas; se trata nuevamente y a una
escala mayor que la que conocimos antes, de desaparecidos. La diferencia
con las de los 70s es que los desaparecidos no son ahora mayoritariamente
activistas o militantes políticos sino población civil ajena a todo conflicto
social, político o al narcotráfico. No solamente en Ciudad Juárez, sino en
muchas entidades del país, como decenas en Coahuila, Tamaulipas,
Michoacán o Guerrero, donde se despliega la militarización y su cauda de
violaciones y abusos. Se manejan como meras cifras, como las de las
ejecuciones, que les permiten decir a las fuerzas militares y al espurio que se
"va ganando la guerra", porque ha aumentado el número de muertes.

Tanta violencia oficial encubierta por una guerra jamás declarada por el
pueblo de México que no tomó esa decisión ni fue consultado para hacerla, y
que ha ocasionado una espiral de violencia estructural cercana a las 20 mil
ejecuciones en tan solo tres años del gobierno espurio que ha hecho trizas
cualquier institucionalidad y legalidad en una estrategia que subordina
cualquier derecho de la mayoría al interés económico de la clase dominante
y de las injustificables razones de Estado por encima y en contra de la
ciudadanía.
Cualquier programa de "reconstrucción del tejido social" debe pasar en
primer lugar por el regreso del ejército a los cuarteles y el rechazo a la
impunidad frente a las violaciones de derechos humanos cometidas por las
fuerzas armadas.
El catálogo de violaciones a los derechos humanos durante los últimos años
se ha elevado considerablemente: TORTURAS, ABUSOS POLICIACOS,
DETENCIONES ARBITRARIAS, EJECUCIONES EXTRAJUDICIALES,
CRIMINALIZACION DE LOS MOVIMIENTOS SOCIALES,
VIOLENCIA INSTITUCIONAL, FEMINICIDIO, DISCRIMINACION,
EXPLOTACION, MISERIA, HAMBRE, DESEMPLEO, IMPUNIDAD,
CRECIMIENTO DEL NUMERO DE PRESOS POLITICOS Y
DESAPARECIDOS.
Los recientes ataques a los campamentos del SME por las hordas
enfurecidas del modelo policiaco creado como engendro y llamado PFP, ya
ha arrojado un saldo de obreros golpeados, baleados, detenidos, torturados,
sufriendo allanamiento en sus domicilios, ocultos por las sombras de la
noche, violando el derecho de huelga y eliminando el derecho al empleo, a
tener un sindicato, a organizarse libremente, reduciendo a la nada las
conquistas históricas de la clase trabajadora y plasmadas hace casi un siglo
en la Constitución que fue la primera que incorporó los derechos sociales y
económicos, derechos colectivos hoy en pleno retroceso. El calderonismo
repite las crueles represiones de los gobiernos priístas que mandaron a las
tropas a reprimir a miles de ferrocarrrileros en 1959 y estudiantes en 1968, a
pueblos y comunidades campesinas e indígenas en los años 70s en Guerrero
o Chihuahua y en el 94 en Chiapas, como ahora se militariza casi todo el país
con decenas de soldados en las calles y plazas, en una guerra perdida contra
las drogas que no decidió el pueblo de México pero si le ha tocado poner los
muertos y los heridos, los mutilados y los desaparecidos por millares.
Ante tanta muestra de injusticia, intolerancia, abuso, desprecio de los que se
sienten dueños del poder contra la amplia mayoría de la población, vemos
cómo se pretende imponer por la fuerza las políticas neoliberales y
privatizadoras que vulneran los derechos humanos y eliminan cualquier
expresión de democracia. Para frenar la resistencia a sus planes, no han
dudado en criminalizar la protesta social, inventando delitos graves a los
presos del movimiento social que oculten su carácter de presos políticos y
aumenten sus penas manteniéndolos en la cárcel. No es sólo el abuso contra
mujeres indígenas en Querétaro acusadas de "secuestrar" agentes de la AFI,
es también el cargo impuesto a Ignacio del valle y los otros dirigentes de
Atenco, o a Sara López y los otros presos en Campeche acusados también de
"privación ilegal de la libertad" de funcionarios frente a los cuales ellos
protestaban. Desde la perspectiva del poder autoritario solo cuentan las
ganancias sobre la vida de los pueblos. Por eso, en lugar de construir
avances legislativos que protejan derechos humanos desde una perspectiva
integral, se introducen legislaciones regresivas y oscurantistas que vulneran
el derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo, o se pretende
legislar para echar abajo todas las conquistas laborales y sociales
establecidos en los contratos colectivos de trabajo y la Ley Federal del
Trabajo, para aumentar los privilegios de los mas ricos del mundo que
lucran con el sudor de la gente.

En nuestro desangrado país recuperar la capacidad de crear sueños
colectivos, implica construir organizadamente la resistencia y la solidaridad
entre el pueblo trabajador que desde abajo desde siempre ha producido y
creado toda la riqueza y se hunde cada día más en la miseria.
Reclamamos compromiso y decisión de luchar por cambiar esta situación.
Llamamos a que nadie se quede indiferente ante el dolor de tanta gente.
Estado que no es capaz de generar trabajo, salud, educación, vivienda,
alegría y felicidad entre sus habitantes, no merece seguir existiendo y el
pueblo, en todo momento y sobre todo cuando se han llegado a límites del
horror, tiene el inalienable derecho de elegir el gobierno que se merece y
revocar el mandato de quien ha incumplido el mandato constitucional de
defender el bien común y ha privilegiado sus intereses particulares como lo
ha hecho este gobierno espurio.
Real unidad de todos los movimientos contra la represión y la defensa de los
derechos humanos es urgente. Cualquier movimiento por legítimas que sean
sus demandas particulares debe incluir también estas demandas como
necesaria condición para el éxito y continuidad de la lucha. Es cierto,
también, que frente a la gravedad de la situación, el extremo casi de que la
manu militari del calderonismo linde no solamente con un poder espurio sino
con un estado policiaco similar al de un golpe militar, y en medio de la
creciente descomposición social, plantea nuevamente y para cada vez
sectores más amplios de la población la necesidad de la salida de ese
gobierno producto del fraude electoral.

Son ellos o somos nosotros, como lo dicen las voces de miles de personas en
las calles que, sin ellos y ellas, no hay derechos humanos posibles.