 Ramón Hernández Martín

LA CUESTIÓN INDIANA AL VIVO EN FRANCISCO DE VITORIA

LA CUESTIÓN INDIANA AL VIVO EN FRANCISCO DE VITORIA
Dr. Ramón Hernández Martín O.P.

La cuestión indiana al vivo en Francisco de Vitoria – Ramón Hernández O.P. 3

1.- INTERPRETACIONES ENFRENTADAS A los cuatro años de la muerte de Vitoria tenemos ya enfrentadas dos interpretaciones sobre su doctrina de los títulos de la conquista de América por España: Juan Ginés de Sepúlveda, que les da una significación absoluta como apoyo a sus pensamientos sobre la conquista, y Bartolomé de Las Casas, que les otorga una significación de hipótesis, inaplicable al caso americano. Sepúlveda en la apología, que escribió de su Demócrates Alter y que se publicó en Roma en 1550, transcribe el juicio positivo que de ese escrito dio el hermano de Francisco de Vitoria, Diego. Este juicio supone Sepúlveda que refleja también el parecer de Francisco de Vitoria, a quien sin duda consultaría su hermano1. Bartolomé de Las Casas recusa la interpretación absoluta de Sepúlveda con respecto a Vitoria. Admite el valor definitivo de la crítica vitoriana contra los títulos ilegítimos, pero niega el valor de los ocho legítimos en su aplicación a los indios, pues "supone – dice– en la mayor parte ciertas cosas falsísimas, para que esta guerra pueda ser considerada como justa, cosas que por estos salteadores, que amplísimamente despueblan todo aquel orbe, le fueron dichas a él".2 El mismo Vitoria –según Las Casas– se habría puesto en guardia ante esa posibilidad, exponiendo sus títulos "en condicional por temor de suponer o decir falsedades por verdades".3 En el siglo XX aquella doble interpretación inicial ha vuelto a repetirse. Teodoro Andrés Marcos parece inclinarse por la interpretación absoluta de Sepúlveda con respecto a los títulos vitorianos de conquista, mientras que Luis G. Alonso Getino coloca su valor en la línea hipotética. Dice el primero en su obra sobre Carlos V y Vitoria: "quien lea pausadamente la exposición completa de ambas clases de títulos advertirá claramente que Vitoria pronuncia con igual firmeza la insuficiencia de los títulos ilegítimos que la suficiencia de los legítimos, cuando éstos reúnen las condiciones en que el Maestro los coloca y que expresa también su firmeza de juicio con frases sensiblemente iguales".4 Alonso Getino, que polemiza con el anterior sobre la tirantez o no tirantez de relaciones entre Carlos V y Vitoria, había afirmado: "los títulos legítimos analizados en la segunda Relección tienen para Vitoria valor condicional tan sólo". 5 Poco antes había comparado la actitud de Vitoria con respecto a las dos clases de títulos y había indicado que Vitoria se comporta con los ilegítimos como un "fiscal despiadado", que aniquila
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JUAN GINÉS DE SEPÚLVEDA - FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS, Apología. Traducción castellana de los textos originales latinos... por ANGEL LOSADA (Madrid 1975) p. 32, sin numerar. 2 Ib., p. 375. 3 Ib., p. 376. 4 T. ANDRÉS MARCOS, Vitoria y Carlos V en la soberanía hispano-americana... (Salamanca 1937) p. 32. 5 L. G. ALONSO GETINO, El Maestro Fr. Francisco de Vitoria. Su vida, su doctrina e influencia... (Madrid 1930) p. 165.

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los argumentos del contrario en todos sus reductos; en cambio con respecto a los títulos legítimos dice que "concede estado a sus razones, aunque personalmente no le llenen".6 Estas dos interpretaciones –la absoluta y la hipotética– son las que han prevalecido entre los estudiosos de Vitoria, siendo más frecuente la segunda que la primera. Ha habido también otra tendencia, menos socorrida, que casi reduce a la nada las adquisiciones vitorianas. La crítica más fuerte en este sentido es la de Günther Krauss. Según este autor, dejando aparte lo que pretendiera Vitoria, lo que parece deducirse de sus relecciones es un "non licet" a la conquista7: la conquista española de América es ilegítima, incluso mirada desde los títulos legítimos, ya que en ninguno de éstos se consigue probar nada. El mejor servicio de Vitoria a la humanidad hubiera sido el silencio, no haber pronunciado semejantes relecciones: "nadie –escribe– puede negar a Vitoria el derecho de abrigar dudas o de guardar distancia y neutralidad. Mas, en su situación, lo que convenía a esa actitud era el silencio, y silencio era lo que exigía Carlos V en su carta al prior de San Esteban. Ese silencio era perfectamente exigible. De haberse observado, la humanidad, la ciencia y el derecho de gentes no habrían perdido más que algunas afirmaciones y normas abstractas, que no admitían ninguna aplicación segura a aquella situación concreta".8 El servicio prestado por Vitoria a su rey y a su patria fue, para Günther Krauss, menos que desafortunado. El estudio termina con estas palabras: "Vitoria es un escéptico. No quisiéramos ser injustos calificándole sin ambages de mal vasallo. Llamémosle, mejor, vasallo escéptico y, como tal, dudoso."9 I. DESMONTAJE DOCTRINAL DEL REQUERIMIENTO Oficialmente los títulos de legitimación de la conquista del Nuevo Mundo por España habían sido recogidos por el texto del requerimiento, redactado por Juan López de Palacios Rubios en 1513. Los españoles tenían la obligación de proclamarlo en los poblados indios antes de enfrentarse con ellos. El requerimiento habla explícitamente del poder universal de los papas sobre el mundo, heredado de Jesucristo a través de san Pedro. Ese poder se extiende tanto a las cosas espirituales como a las temporales. El papa, según el texto del documento, ha donado la jurisdicción de las nuevas tierras a los reyes de España, y desde ese momento los indios son sus vasallos. Deben éstos aceptar ese vasallaje y la predicación de los misioneros para poder hacerse cristianos. Lo segundo – hacerse cristianos– dependerá de su voluntad, pero lo primero -declararse vasallos de los reyes de España es necesario, y, de no hacerlo, vendrá la guerra y serán reducidos a esclavos. Los títulos directos de dominio que aparecen en el requerimiento son dos: el poder universal del papa y el poder particular de los reyes de España, que han recibido donación de esa parte del mundo para colocarla bajo su mando.10 Recuérdense los dos primeros títulos ilegítimos criticados por Vitoria (dominio universal del Emperador y del Papa). Otros motivos aparecen en el requerimiento como indirectos o condicionados con respecto a los primeros:

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Ib., p. 157s. G. KRAUSS, "La duda vitoriana ante la conquista de América", Arbor 21.1 (1952) 337-355; ve para este párrafo págs. 342 y 343. 8 Ib., p. 354. 9 I b., p. 355. 10 Para el requerimiento, con bibliografía sobre el mismo, cfr. L. HANKE, Estudios sobre fray Bartolomé de Las Casas... (Caracas 1968) p. 91-93.

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a) La aceptación del vasallaje, imitando a los otros pueblos, que lo han admitido, y convencidos del buen gobierno que les ofrecen los hispanos. Relaciónese esto con el título sexto de los ilegítimos, rechazado por Vitoria (la elección voluntaria). b) La aceptación de la predicación evangélica. No se les obligue a aceptar la religión que se les predica, sino sólo la predicación. Compárese este considerando con el título cuarto ilegítimo (el rechazo de la fe predicada). Francisco de Vitoria sistematiza estos motivos, uniéndolos a otros, que ofrecían los conquistadores o los legistas de entonces, o que simplemente podían darse como relacionados de alguna manera con los anteriores: el hecho del descubrimiento, las costumbres inhumanas de los indígenas, la misión providencial para llevar a aquellos pueblos a un trato más humanitario o a la fe en Jesucristo; son respectivamente los títulos ilegítimos tercero, quinto y séptimo de los impugnados por Vitoria. Vitoria somete a duro examen todos los títulos que se aducen, sea por la autoridad pública, como los incluidos en el requerimiento, sea por los particulares. Si no resisten el examen, la conquista o debe ser considerada como injusta o deben buscarse otras vías que la justifiquen. El tribunal ante el que tienen que pasar esos títulos de dominio es múltiple. Se tiene en cuenta la Sagrada Escritura, la tradición doctrinal y legislativa, pero el argumento supremo es nuevo: la aplicación a las nuevas razas del derecho de gentes en sus diversas manifestaciones, en cuanto llevan consigo unas exigencias, que derivan de la misma naturaleza del hombre o de la dignidad individual y social de la persona humana. Si los anteriores criterios pueden servir para los creyentes o para las civilizaciones entonces conocidas, no valen para las nuevas razas; sólo el derecho de gentes, en cuanto enraizado en la naturaleza humana, es criterio universal para todo hombre y es el que ha de privar en las relaciones con aquellos pueblos. Veamos cómo, a tenor de este medio argumentativo, desmantela Vitoria las razones de conquista invocadas directa o indirectamente por el requerimiento. 1. El papa, señor de todo el orbe El contenido de este título, tal como lo expone Vitoria, es que "el sumo pontífice es monarca temporal en todo el orbe y por consiguiente pudo nombrar a los reyes de España príncipes de los indios, que es justamente lo que se ha hecho”.11 En la redacción del contenido de este título tiene sin duda delante el requerimiento, pues es lo esencial de su texto, y buena confirmación de ello son las últimas palabras, "eso es lo que se hizo". Para que no haya ningún equívoco, el mismo Vitoria lo va a advertir un poco más abajo.12 Este título del poder universal del papa fue el más socorrido. Vitoria constata que "se pretende y se afirma con vehemencia para la justa posesión de aquellas provincias".13 El se opone a todos sus defensores medievales, pero se ensaña particularmente con Silvestre de Prierias, que "con mayor amplitud y con mayor condescendencia atribuye esa potestad al papa".14 Asoma la ironía en el lenguaje de Vitoria, recordando esta doctrina del dominico italiano. "Dice cosas maravillosas" –escribe. Se asombra de que siga creyendo en la donación de Constantino al papa san Silvestre y en la otra versión de la misma leyenda, la restitución del emperador Constantino al papa de sus dominios, reconociendo que le pertenecían propiamente a éste como vicario de Cristo, verdadero dueño del universo. El papa no ejercería actualmente la potestad directa sobre el mundo,
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CHP V, p. 43.

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Ib., p. 46. Ib., p. 43. 14 Ib, p 44, y nota 103.

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para evitar escándalos y fomentar más fácilmente la paz entre los pueblos. "Y por este estilo –comenta Vitoria– sigue Prierias exponiendo vaciedades y absurdos."15 La aplicación de esa doctrina a los indios americanos sería la siguiente: "el papa como supremo señor temporal del orbe pudo constituir a los reyes de España como príncipes de los bárbaros".16 Si ésta no fuera una razón válida para apoderarse de los pueblos indios, sí parece incontrovertible que esos pueblos caían bajo la jurisdicción del papa. Debían los naturales reconocer ese dominio, y, si no lo hacían, se les podría combatir por las armas en nombre del papa, deponer a sus príncipes y colocar otros nuevos, que serían los españoles. Vitoria analiza estos pasos con cuidado y observa que las etapas indicadas se dieron históricamente: en 1493 el romano pontífice dio aquellas tierras a los españoles y en 1513 con el requerimiento se intima a los pueblos americanos a aceptar el señorío pontificio con sus determinaciones, pues en caso contrario ocuparían sus territorios por la fuerza. En la primera de sus relecciones sobre la Iglesia, pronunciada siete años antes, en 1532, niega que el papa sea señor temporal de todo el orbe. Los infieles se le escapan plenamente de su jurisdicción y tienen verdadera potestad y dominio sobre sus bienes y sobre sus pueblos. Oponiéndose a los juristas y teólogos que opinan en contra, afirma taxativamente: "ellos dicen que su tesis es manifiestamente verdadera; yo no dudo que es manifiestamente falsa".17 Rechaza la donación de Constantino como carente de valor histórico y "digna de ludibrio".18 Más adelante, al evocar de nuevo esa tradición, comenta: que las autoridades temporales sean delegadas del papa; que éste haya hecho emperador a Constantino, es "una pura ficción".19 Además; aun suponiendo que Jesucristo tuviera ese poder temporal directo sobré toda la tierra, no consta que se lo haya comunicado a los papas, pues sería una potestad de excelencia, intransferible o exclusivamente suya. Es lo que pasa en el orden espiritual: Cristo tuvo potestad espiritual sobre todo el orbe (fieles e infieles), y sin embargo, el papa no heredó la potestad espiritual sobre los infieles, sino sólo sobre los fieles.20 El único poder temporal del papa dentro del mundo cristiano (y fuera de sus Estados) es el que se ordena al fin espiritual, es decir, "el necesario para administrar las cosas espirituales".21 No obstante esa potestad temporal "en orden al fin espiritual es amplísima".22 Puede declarar inválidas las leyes que fomenten el pecado; puede hacer de árbitro entre los príncipes en litigio, y hasta puede en virtud de esa jurisdicción indirecta "deponer en ocasiones a los reyes y constituir otros nuevos, como alguna vez ha ocurrido".23 Vitoria es consciente de que tal potestad indirecta o por orden a las cosas espirituales puede acarrear abusos. Para evitarlo establece en su ejercicio algunas limitaciones; no debe ejercerse ese poder "por avaricia y lucro, sino por necesidad y para utilidad de las cosas espirituales".24 Otra cortapisa importante es la siguiente: "debe el pontífice respetar el gobierno temporal, y no decretar cualquier cosa que a simple vista juzgue a propósito para fomentar la religión sin hacer caso de las cosas temporales, pues ni los
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Ib., p. 45. Ib., p. 46. 17 Obras, p. 295. 18 Ib., p. 295. 19 Ib., p. 297. 20 CHP V, p. 48 21 Ib., p. 49. 22 Obras, p. 305. 23 CHP V, p. 50; cfr. Obras, p. 306-309. 24 Ib., p. 51.

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príncipes ni los pueblos están obligados, ni se les puede forzar a lo más perfecto de la vida cristiana, sino solamente a la ley cristiana dentro de ciertos límites y términos".25 Por lo que se refiere a los infieles, ese poder indirecto le faculta para deponer a un príncipe infiel, que ejerciera dominio sobre un pueblo cristiano y pretendiera apartar a éste de la fe en Jesucristo. No obstante, como quiera que el poder emana del pueblo, el papa debe aconsejar u ordenar al pueblo que lo deponga26. Y, tratándose de cualquier gobierno del pueblo cristiano, si el papa declara que algunas leyes o disposiciones son contrarias a la salvación o "van contra el derecho divino", es necesario obedecerle.27 Cierta aplicación de esta doctrina a los pueblos recién descubiertos del Nuevo Mundo la hace ya Vitoria en 1532 en la relección Sobre la potestad de la Iglesia. Dice en efecto: "también se argumenta que los pontífices distribuyen la tierra de los infieles, como se ve con las islas descubiertas por los españoles. Pero de todo lo dicho se desprende claramente la solución de esto".28 En la relección Sobre los indios Vitoria no concede al papa con respecto a los nuevos pueblos ningún poder, ni temporal ni espiritual, ni directo ni indirecto. Ni siquiera le concede el poder temporal indirecto, porque éste se basa sobre el espiritual, y el papa no tiene potestad espiritual alguna sobre ellos.29 La conclusión de esta doctrina con respecto a la justicia de la ocupación americana es la siguiente: bajo ningún aspecto se puede invocar el poder del papa como motivo que justifique la guerra ni la ocupación de sus bienes.30 Trae en apoyo de esta doctrina lo que santo Tomás y Cayetano enseñan con respecto a los infieles en general: los príncipes cristianos no pueden despojarles por la fuerza de sus bienes, a no ser que sean súbditos suyos y "por las causas legítimas. por las que los demás súbditos pueden ser despojados".31 Incluso algunos de los que admiten el poder temporal directo del papa sobre el orbe, como Silvestre de Prierias (contra Enrique de Segusio), defienden que "no se puede obligar por la guerra a reconocer ese dominio a los infieles, ni despojarles por tal título de sus bienes".32 A tenor de lo expuesto es –según Vitoria– un "puro sofisma" la doctrina del requerimiento y de sus defensores: si los indios reconocen el poder temporal del papa sobre ellos, con su disposición de vasallaje a los reyes de España, no se les puede hacer la guerra, pero, si no reconocen ese poder, se les puede hacer la guerra. Eso es lo mismo que hacerles la guerra por su infidelidad, pues el poder temporal del papa sólo se explica en razón del poder espiritual y es contra los doctores señalados y contra la costumbre de la Iglesia hacer la guerra por la sola infidelidad. Los sarracenos que viven en los reinos cristianos no creen en ningún poder del papa, ni espiritual ni temporal, y no por eso se les despoja de sus posesiones.33 Para coronar su larga argumentación vuelve a recordar Vitoria, al final de la crítica de este título ilegítimo, lo que ha sido desde el principio, y va a ser hasta el final, el hilo conductor de su doctrina sobre la conquista de América por los españoles. No es la ley positiva, tanto civil como eclesiástica, la que haya que tener en cuenta primordialmente en este asunto, aunque su doctrina está de acuerdo con la mayor parte y los mejores de
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Obras, p. 309. Ib., p. 307. 27 Ib., p. 309. 28 Ib., p. 316. 29 CHP V, p..51. 30 Ib., p. 51s 31 Ib., p. 52s. 32 Ib., p. 52, y notas 128 y 129. 33 Ib, p. 53.

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los canonistas. Para la cuestión americana lo que hay que tener en cuenta por encima de todo es, no el derecho positivo, si no el natural.34 Si este título es el fundamental del requerimiento, derivando de él los otros, y resulta que es inválido, la injusticia de las ocupaciones españolas en América era manifiesta. Si a esto añadimos que la concesión pontificia no vino sino hasta el año siguiente al descubrimiento, los primeros conquistadores españoles estarían desnudos de todo derecho. Las últimas palabras de Vitoria expresan esto en los siguientes términos: "claramente se ve por todo lo dicho que cuando los españoles navegaron por primera vez a las tierras de los indios, ningún derecho llevaban consigo para apoderarse de aquellas provincias"35 2. El emperador, soberano del universo El requerimiento habla del poder de los reyes de España como otorgado por el papa. La figura de Carlos V como emperador hacía resaltar más ese poder, hasta convertirlo en propio u originario, sin necesidad de una derivación del pontífice romano. "Si en los tiempos pasados -escribe Vitoria- había existido algún vicio en ese dominio universal del emperador, se encuentra purgado ahora en nuestro César, que es emperador cristianísimo".36 La tesis defendida por Vitoria es que ni en el derecho natural ni en el derecho positivo -divino o humano- se encuentra una base firme para un poder universal del emperador. Todos los hombres a través de sus representantes en las diversas naciones podrían elegir una autoridad suprema, pero esto no es expresión necesaria de la naturaleza y por ahora no se ha dado ni se da. El derecho positivo tanto humano como divino habla de multitud de reyes según los países. Ni la Sagrada Escritura reconoce otra autoridad suprema sobre todo el orbe, que no sea la espiritual de Jesucristo, transmitida para los creyentes a su vicario. Vitoria recuerda los grandes imperios, anteriores y posteriores a Cristo. Ninguno de ellos tenía el dominio sobre todo el orbe. Al evocar el imperio de Nabucodonosor, apostilla que las frases bíblicas en su favor, como instrumento del gobierno divino, no significa sujeción del universo, pues muchos pueblos estaban fuera de su poder: "lo cierto es –dice– que Nabucodonosor no recibió este imperio de un modo especial de Dios, sino de la misma manera que los otros príncipes".37 El mismo juicio le merece el imperio romano. Santo Tomás había afirmado que Cristo desde su nacimiento era el señor y monarca del mundo y que Augusto, sin darse cuenta, ejercía sus veces en el dominio temporal.38 Vitoria interpreta a santo Tomás diciendo que lo que pretendía hacer resaltar el santo en ese pasaje era la subordinación de la potestad temporal a la espiritual, sin precisar todavía el modo, pues lo explica enseguida el Aquinate con estas palabras: "el dominio de Cristo se ordena a la salvación de las almas y a los bienes espirituales, como se verá; aunque de las cosas temporales no se excluya ese dominio en tanto en cuanto se ordenan a las espirituales".39 Como expusiera en el fragmento Sobre el reino de Cristo en la relección Sobre el poder civil, que aquí se recuerda,40 la realeza de Jesucristo es "de distinta especie que el

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Ib, p. 53. Ib, p. 53s. 36 Ib, p. 33s. 37 Ib, p. 37. 38 Ib, p. 39. 39 Ib., p. 40, y nota 92 40 Ib., p. 40s.

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reino de que gozan los príncipes de la tierra".41 No se funda el reino de Cristo en razones humanas (herencia, golpe de fuerza, elección), sino en la divinidad de la persona del Maestro; no tiene por objeto directo las cosas materiales, sino las del espíritu. "Consta, pues, que es pura fantasía decir que por donación de Cristo hay un solo emperador y señor en el mundo”.42 Por lo que se refiere a los emperadores medievales cristianos, su jurisdicción era bastante limitada. Estaba por un lado el imperio cristiano oriental, cuya autenticidad era innegable y reconocían los emperadores de occidente.43 Las mismas naciones occidentales (Francia, España) y algunas ciudades italianas tenían sus propios reyes y gobernantes con independencia total de la jurisdicción del emperador.44 Confirma esto Vitoria con la concepción que del imperio ofrece Tomás de Vio Cayetano: los reyes y demás señores de sus dominios están bajo el emperador "como una perfecta causa universal bajo otra más universal, y no como una causa imperfecta bajo otra perfecta... La unidad del emperador y su dominio es de derecho humano positivo, de forma que el derecho natural ni la autoridad de la Sagrada Escritura obligan (a ello)"45. Vitoria es todavía más exigente: "ni siquiera según el derecho humano el emperador es señor de toda la tierra. Esto, en efecto, tendría que venir expresado por la autoridad de una ley y esa ley no existe. Incluso, si existiera, carecería de valor, pues la ley presupone la jurisdicción. Si antes de la ley el emperador no tenía jurisdicción en el orbe, la ley no pudo obligar a los que de hecho no eran súbditos".46 Muy importantes son las últimas frases que dedica Vitoria a este título. En ellas se muestra enemigo de todo absolutismo, sea imperial, sea regio. Todo está acorde con la doctrina de su relección Sobre el poder civil, en donde. mantiene con firmeza que el poder dimana del pueblo.47 Y, si no cabe absolutismo con los súbditos inmediatos, mucho menos con los de pueblos lejanos, como son los indios, que deben mantener sus propios señores. Ni siquiera concediendo que el emperador fuese el rey del universo, podría ocupar las regiones americanas, colocar al frente de ellas nuevos gobernantes deponiendo a los anteriores y cobrar de ellos tributos. Escuchemos el final de la refutación de este título: "ni aun los que atribuyen al emperador el dominio del orbe dicen que sea dueño con dominio de propiedad sino tan sólo con el de jurisdicción. Este derecho no se extiende hasta el punto de poder convertir los territorios en lo que a su provecho personal convenga, o poder donar pueblos o haciendas a su arbitrio. De todo lo dicho se infiere claramente que por este título no pueden los españoles ocupar aquellos territorios".48 3. La libre elección de la soberanía española Otro de los títulos que "se pretende", en lenguaje de Vitoria, es el de la libre elección por parte de los mismos indios. Como en los casos anteriores, se nos recuerda aquí de modo expreso el requerimiento: "cuando llegan los españoles a las Indias, dan a entender a los naturales cómo fueron enviados a ellos por el rey de España para su bien,

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Obras, p. 172. CHP V, p. 41. 43 Ib., p. 41. 44 Ib., p. 41, y notas 96 y 97. 45 Ib., p. 41, y nota 98. 46 Ib., p. 42. 47 Obras, p. 159. 48 CHP V, p. 42.

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y les exhortan a que los reciban y acepten como rey y señor, y ellos respondieron que estaban de acuerdo".49 El derecho romano venía a reforzar el valor de la supuesta decisión libre de los indios: "nada más natural que dar por válida la voluntad del dueño, que quiere transmitir su dominio a otro". Vitoria no cree aplicable el argumento a nuestro caso. El contrato no es válido y por consiguiente "tampoco este título es idóneo". Las circunstancias de la ignorancia y del miedo lo vician, anulando la libertad de dicha elección. Los indios no entienden lo que los españoles les piden y éstos vienen acompañados de armas más poderosas que las suyas. Por si esto fuera poco, la amenaza de la guerra y de la esclavitud, expresada en el requerimiento, borraba de un sólo golpe toda posibilidad de consentimiento libre. Elevándose sobre estas adversas circunstancias, Vitoria añade otras dos importantes consideraciones. La primera es que es necesaria una causa razonable para que el pueblo pueda elegir otros jefes, deponiendo a los que tiene; el poder viene del pueblo, y éste se lo concede a sus gobernantes, pero éstos no pueden ser depuestos sin una causa que lo justifique. La segunda nota es que tampoco los príncipes de esos pueblos pueden entregar su autoridad a los extranjeros sin un consentimiento de sus subordinados. Vitoria parece hablar aquí de una especie de plebiscito, de una consulta popular, como lo había manifestado ya en la relección Sobre el poder civil.50 Una conclusión parece desprenderse de estas argumentaciones de Vitoria, muy acorde con lo que indicará más adelante en esta relección Sobre los indios: si para entregar el poder a los españoles es necesaria una situación especial interna en el pueblo, solamente mientras dure esa situación de crisis, podrán permanecer en el gobierno los poderes extranjeros. 4. La oposición a recibir el Evangelio Recuerda Vitoria el título tan invocado de que los indios "no quieren recibir la fe de Cristo, no obstante habérsela predicado y haberles exhortado insistentemente a recibirla".51 No parece que este título, tal como lo vemos enunciado en Vitoria, esté incluido en la letra del requerimiento. Este se contenta con que escuchen la predicación, quedando los indios libres para aceptar o no el mensaje evangélico. Lo único que deben admitir es el vasallaje temporal a los reyes de España. Reza el requerimiento: "y no vos compelerán a que os tornéis cristianos, salvo si vosotros, informados de la verdad, os quisierais convertir a nuestra santa fe católica, como lo han hecho casi todos los vecinos de las otras islas".52 A pesar de ello había habido autores y seguiría habiéndolos que consideraban la oposición a recibir la fe como motivo de guerra. Los infieles deben ser compelidos a recibir la fe, después de una predicación suficiente. Vitoria no cita a ninguno de los defensores de este título; solamente aduce sus argumentos, respondiendo a ellos con, seis proposiciones escalonadas, en las que va cerrando por pasos contados las puertas, que dan acceso a esa doctrina. El contenido de las cuatro primeras proposiciones es el siguiente: antes de oír hablar de Cristo, la infidelidad no es culpable; la mera enseñanza del Evangelio no obliga, si no va acompañada de milagros o pruebas que persuadan de su verdad; si, amonestados a
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Ib., p. 73. Obras, p. 178s. 51 CHP V, p. 54. 52 L. HANKE, Estudios sobre fray Bartolomé de Las Casas... (Caracas 1968) p. 92.

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escuchar pacíficamente las predicaciones o enseñanzas religiosas, no lo hicieren, pecarán gravemente por ello, pero no hay motivo para la guerra; si se expone la palabra de Dios con argumentos razonables y con una vida digna, están en conciencia obligados a aceptarla, pero tampoco en este caso hay motivo de guerra, si no aceptan la doctrina evangélica. En la proposición quinta llega a lanzar esta atrevida denuncia: "no me es bastante claro que la fe cristiana haya sido hasta el presente de tal manera propuesta y anunciada a los bárbaros, que estén obligados a creerla bajo un nuevo pecado.53 Repetidamente nos dice en este título que son necesarios unos criterios de credibilidad, para poder con cierto derecho esperar las conversiones que se desean.54 Y añade, tratando de ir al terreno de los hechos: "milagros y señales no oigo ninguno, ni tan religiosos ejemplos de vida; antes al contrario muchos escándalos, crímenes horrendos y muchas impiedades. No parece, pues, que les haya sido predicada la religión de Cristo lo bastante piadosa y convenientemente, para que estén obligados a asentir. Aunque parece que muchos religiosos y otros eclesiásticos varones con su vida, ejemplos y diligente predicación hubieran puesto suficiente trabajo e industria en este negocio, si no hubiesen sido estorbados por otros, cuyos intereses eran ajenos a eso".55 La proposición sexta niega la licitud de la guerra en el caso en que, aunque la verdad cristiana haya sido muy bien expuesta, los indios, a pesar de ello, no hayan querido recibirla. La guerra para que sea justa necesita una grave injuria, y en el caso aducido esa injuria no se da. El creer es un acto libre; no se puede imponer desde fuera, ni por la más sangrienta de las contiendas. Aceptar la fe exteriormente, por mero temor a las represalias, es un puro sacrilegio. Nunca la Iglesia –continúa arguyendo Vitoria– siguió en la antigüedad esa táctica de recurrir a las armas para convertir a los gentiles. En todo caso "la guerra no es ningún argumento en favor de la verdad de la religión cristiana". El efecto producido sería contrario: los infieles se sentirían escandalizados de una religión que se predica a sangre y fuego, y huirían de ella antes que abrazarla.56 II. SOLIDARIDAD NATURAL DE LOS PUEBLOS Después de haber desmontado los pilares, en que fundaba la conquista el requerimiento, Vitoria establece un conjunto de títulos, a los que da el calificativo de "legítimos", que orientan por otros derroteros la ética de la ocupación americana por los españoles. Esas bases nuevas serán las diversas exigencias postuladas por el derecho natural y de gentes. Dos perspectiyas tendrá en cuenta Vitoria en la exposición de estos derechos: una macrocósmica o internacionalista, que mira a las exigencias de los pueblos o sociedades civiles, y otra microcósmica o individualista, que se fundamenta en la dignidad de la persona humana con sus derechos inalienables. Se inspira para ello en la doctrina evangélica, en el derecho clásico y en la teología tomista, pero logra darnos una visión tan personal de sus contenidos que justamente puede considerarse como el creador del derecho internacional público o moderno y un gran teorizante de los derechos del hombre.
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CHP V, p. 65. Ib., p. 62. 55 Ib., p. 65. 56 Ib., p. 66.

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1. Comunicación natural múltiple entre los pueblos En la exposición del primer título legítimo encontramos una gran riqueza de doctrina internacional: la libre comunicación entre los pueblos, la libertad de los mares, el libre comercio entre las diversas sociedades civiles, los contratos y negociaciones mutuas sobre intercambios de productos o explotación de materias primas o sobre coproducciones; igualmente las cuestiones de ciudadanía, migración, domiciliación y convivencia. Son éstos los contenidos de las cuatro primeras proposiciones. Veamos el punto central de su prueba. La distribución de las tierras -escribe- por personas, por familias, por sociedades o naciones, no puede abolir un derecho subyacente, propio de todo hombre como habitante del mundo, y que por ello todas las naciones tienen que reconocer. Evoca asimismo la amistad o fraternidad que debe existir entre todos los hombres: todas las razas forman parte del género humano; hay un derecho natural de amistad, aparte las consideraciones evangélicas, que exige respeto, amor y ayuda mutua, que los poderes civiles no sólo no pueden quebrantar, sino que han de procurar intensificar. El derecho clásico consideraba comunes a todos los hombres por derecho natural el aire, los ríos, el mar y sus litorales; los convenios interestatales podrán poner condiciones en lo que está dentro de sus fronteras, pero no cerrarlas de modo absoluto para quienes, sin causar perjuicio, penetran en ellas. Los indios, como los españoles, tienen sin duda sus leyes y costumbres, pero esas instituciones no pueden oponerse a los derechos que otorga la naturaleza. Fue Plauto el autor de aquella frase tan difundida por Tomás Hobbes: "el hombre es un lobo para el hombre"; a esta concepción de la persona humana en relación con los demás se había opuesto en la antigüedad el poeta Ovidio, y Vitoria lo recuerda aquí, encareciendo la comunicación que debe existir entre los humanos.57 Lo que más llama aquí la atención no es tanto el que Vitoria nos haga una cuidadosa exposición de derechos humanos, hasta entonces desconocidos o no suficientemente desarrollados. Lo que aquí llama la atención es que Vitoria, amigo de la paz, considere la defensa de esos derechos como motivo de guerra justa, no obstante las consecuencias que lógicamente derivan del uso de la fuerza: desgracias sin cuento, ocupación de territorios y destitución de sus jefes. Son las tres últimas proposiciones –quinta, sexta y séptima– las que tratan de la guerra. Observamos en la proposición quinta que Vitoria mide sus palabras y cuida bien los pasos antes de llegar a la confrontación bélica. Primero, es necesario exponer razonadamente a los indios el derecho natural de gentes que asiste a los españoles para emprender esas expediciones. Segundo, debe evitarse todo abuso y el escándalo. Tercero, hay que demostrar con palabras y con hechos que no vienen a causar ningún daño, sino a recorrer sus tierras o residir pacíficamente en ellas. Por parte de los indios serían necesarias dos cosas para que los españoles se decidieran con justicia al uso de la fuerza: primera, que los indios no quieran acceder de ningún modo a lo que se les propone; y segunda, que acudan los mismos indios a la violencia para impedir los derechos de los españoles. Según la redacción y según las exigencias de Vitoria en su doctrina sobre la guerra, no bastaría sólo la primera condición (que los indios no accedan), sino que es necesaria también la segunda (que recurran a las armas). Al llegar a este punto, cabría una solución máximamente pacifista al conflicto, pero que no encuentra suficiente base en los textos de Vitoria. Los indios se negarían a recibir a los españoles, pero –supongamos– no recurren a las armas. Los españoles
57

Ib., p. 81.

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podrían protestar por la violación de sus derechos y reclamarlos, indicando a los indios su injusticia, pero deberían volverse a su tierra, esperando mejores oportunidades, y no recurrir por sí mismos a las armas. Sólo en el caso de que se vieran atacados y rodeados, podrían los españoles hacer la guerra defensiva con las consecuencias, que vienen expresadas en las proposiciones sexta y séptima: ocupar sus ciudades, someter el territorio, deponer a sus jefes, etc. No es ésa, sin embargo, la dialéctica de Vitoria. El rechaza toda guerra injusta, y, mientras no se agoten todas las posibilidades de inteligencia, la guerra es injusta. Recuerda a este propósito la sentencia de Publio Terencio Africano: "es de sabios intentarlo todo con palabras antes de la guerra".58 El tiene en cuenta tres cosas importantes. La primera es que habla sobre una guerra, que ya está hecha y con todas las consecuencias; hay que mirar si es posible excusarla. Lo segundo es que, según toda su exposición anterior, hay unos derechos naturales, a los que no es necesario absolutamente renunciar. Por fin la guerra que emprenden los españoles no es ofensiva, que sería a todas luces injusta, sino defensiva, siendo los indios los que inician la contienda. Veamos su desarrollo según el texto de Vitoria. Los naturales no se avienen de ningún modo a permitir a los españoles el ejercicio de los mencionados derechos; no admiten ningún pacto, que pueda evitar daños o abusos, sino que se niegan rotundamente y sin posibilidad de diálogo. Los españoles no están obligados a ceder en sus derechos y en la consecución de los mismos de modo pacífico, aunque contra la voluntad manifiesta de los naturales. Una decisión de este género, por mucha paz que se quiera poner en ella, suscita la precaución, el temor y, por fin la oposición armada de los naturales contra los que consideran intrusos. Entonces vendría por parte de los españoles la guerra defensiva justa. Vitoria exige en este caso la máxima moderación, pues la guerra es justa por ambos bandos: en unos por ignorancia; en otros por defensa. "Es lícito defenderse y guardar la moderación de una justa tutela o propia defensa. No pueden ejercer sobre ellos los demás derechos de guerra, como sería, obtenida la victoria y la seguridad, matarlos, despojarlos y ocupar sus ciudades, pues son inocentes y temen con fundamento, como suponemos.”59 En este avance hacia la consecución de los propios derechos, en muchos casos no bastaría el estar sólo a la defensiva y atacar solamente cuando atacan. Es necesario tomar previsiones para no estar expuestos de continuo a una traición o a un ataque por sorpresa. Por ello Vitoria da todavía un segundo paso, antes de llegar a la guerra absoluta con sus terribles consecuencias. Es la proposición sexta: "si después de haberlo intentado todo, los españoles no pueden obtener la seguridad y la paz con los nativos, si no es ocupando sus ciudades y sometiéndolos, pueden lícitamente hacerlo".60 El último paso es la guerra total. Vitoria coloca ya las cosas, en la proposición séptima, en la situación límite. Tendría lugar cuando los naturales a ciencia y conciencia, negándose a todo pacto, atacan para destruir. Las negociaciones se han venido abajo y comienza la guerra a vida o muerte con todas sus consecuencias. Los indios ya no serían inocentes, que luchan por ignorancia en una guerra justa, si no que se han transformado en enemigos conscientes, que han inferido a los españoles una grave injuria. Vitoria considera este recurso y sus desastrosos efectos como un derecho de gentes, impreso en la misma naturaleza y que es necesario ejercer. Pudiera uno

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Ib., p. 83, y nota 182. Ib., p. 84. 60 Ib., p. 85.

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resignarse a sufrir la personal injuria, pero no debe dejar perecer a la sociedad a la que pertenece; ésta reclama su sacrificio de otra forma: morir combatiendo. También aquí hace Vitoria una llamada al sentido de humanidad en los vencedores: es necesaria "la moderación y la adecuación a la gravedad del delito y de las injurias". 61 Esto lo debe tener muy en cuenta el príncipe que hace la guerra justa, pues el derecho natural le constituye en juez de los vencidos. Viene expresado mejor en la relección Sobre el derecho de la guerra, en donde el príncipe en guerra justa ejerce esa función de juez, como delegado de todo el orbe. No habiendo representantes de esos poderes en el universo, que puedan desempeñar esas funciones directamente, esa delegación le viene implícita por el derecho de gentes: "los príncipes no sólo tienen autoridad sobre sus propios súbditos, sino también sobre los extranjeros, para obligarles a que se abstengan de hacer injurias, y esto por derecho de gentes y por la autoridad de todo el orbe... Luego ciertamente pueden los príncipes castigar a los enemigos, que hicieron injuria a la república, sobre todo después que la guerra ha sido declarada justamente y con arreglo a todas las formalidades, pues entonces los enemigos quedan sujetos al príncipe como a su propio juez".62 2. Protección y defensa de los inocentes Lo enuncia en estos términos: "otro título podría ser la tiranía de los mismos señores de los indios o de las leyes inhumanas que perjudican a los inocentes, como el sacrificio de hombres inocentes o la matanza de hombres sin culpa con el fin de comer sus carnes".63 Nos advierte que es una cortapisa a la negación del quinto título ilegítimo: "en este sentido, y en cuanto a esto solamente, es verdadera la opinión de Inocencio IV y del arzobispo de Florencia de que los bárbaros pueden ser castigados por los pecados contra la naturaleza".64 Se trata de un derecho o postulado que evoca la solidaridad humana universal o de todo el orbe. Hay una autoridad implícita de todo el orbe, que da derecho a intervenir. Este derecho de intervención por solidaridad humana y en virtud de esa autorización implícita de la humanidad es Vitoria el primero en formularlo, y encierra un gran contenido. Ya lo había expuesto en la relección Sobre el poder civil dando fundamento a una sociedad de naciones de todo el orbe con los amplios poderes legislativos y coercitivos. Vitoria tenía estudiado y resuelto este problema desde el famoso fragmento de su relección Sobre la templanza, de 1537. Fue la cuestión de los sacrificios humanos de Yucatán la que había motivado la composición de dicho fragmento. Piensa que estos hechos hieren en lo más hondo la dignidad humana y no duda en considerarlos como motivo suficiente de guerra justa que podría terminar con el nombramiento de nuevos príncipes o gobernantes, si fuera necesario. No cree que se pueda aplicar en este caso el principio "cuando la mayoría del pueblo delinque, el crimen permanece impune". Esta sentencia es aplicada por Las Casas en su Apología, para defender a los indios del crimen de los sacrificios humanos.65 Pedro Mártir de Anglería lo había usado mucho antes para defender a los españoles de sus
61 62

Ib., p. 85. CHP VI, p. 137. 63 CHP V, p. 93. 64 Ib., p. 94. 65 J. G. DE SEPÚLVEDA - B. DE LAS CASAS, Apología. Traducción castellana... por A. LOSADA (Madrid 1975) p. 271.

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brutalidades contra los indios.66 El pensamiento de Vitoria es el siguiente: "no es obstáculo el que todos los indios consientan en tales leyes y sacrificios, y que no quieran ser en esto defendidos por los españoles. Pues no son en esto dueños de sí mismos ni tienen derecho a entregarse a sí mismos y a sus hijos a la muerte".67 3. Defensa de los aliados y amigos Los lazos de la amistad son los que más estrechan a los hombres, hasta el punto de hacer de los amigos uno. Esto engendra derechos y deberes. En el comentario a la cuestión de la guerra de la Suma de Teología de santo Tomás se pregunta Vitoria si se puede entrar en guerra, para ayudar a un aliado injustamente agredido. La respuesta es afirmativa, y la razón es que "los amigos son una sola cosa con nosotros".68 Los horizontes de la amistad se pierden para Vitoria, al lograr establecer sus exigencias en el derecho natural. Lo había indicado ya a propósito del primer título legítimo: "parece que la amistad entre los hombres es de derecho natural y que es contra la naturaleza evitar el consorcio de los hombres, que no causan daño".69 En algunos casos esa alianza y amistad lleva consigo los más duros derechos, cuales son los de la guerra. Vitoria exige como condición indispensable, para poder intervenir en favor de los aliados, que la guerra sea justa, es decir, que haya habido una grave injuria por parte del enemigo. Teniendo presente su doctrina, debería ser una adecuada representación del orbe o de todas las naciones la encargada de hacer justicia en estos casos extremos. Si ese organismo no existe o es inoperante, la nación injuriada busca la ayuda de sus aliados, y éstos actúan cumpliendo una obligación. De esta forma explica la constitución del imperio romano. Sus gobernantes se mostraron hábiles en buscar aliados, a los que era preciso ayudar en caso de guerra. Por lo que se refiere a la cuestión americana, cita la alianza de los tlaxcaltecas con los españoles para combatir a los mexicanos, que los oprimían, causándoles grave injuria. Más difícil de explicar serían otras conquistas, de las que no constan esas alianzas. ¿Cómo explicar las primeras: la de la Española y la de Cuba? Este título, para el mismo Vitoria, justificaría algunas de las conquistas, pero no todas; conocemos sus protestas por lo que se refiere al Perú. III. INSUFICIENCIAS DE LAS HIPÓTESIS VITORIANAS Es en la solidaridad natural de los pueblos, en donde Vitoria se encuentra más seguro sobre el problema de la justicia de la conquista de América por los españoles. En su exposición general parece hablarnos en un lenguaje absoluto, de tesis. No obstante, ya hemos indicado cómo en la aplicación concreta de sus principios doctrinales hay casos, en los que aparece algo limitada su doctrina general. Esta advertencia es todavía más clara en los otros títulos vitorianos, que él llama también legítimos, pero que no se derivan de modo directo de la mencionada solidaridad natural. Es aquí donde podemos hablar ciertamente de insuficiencias en las hipótesis de Vitoria.
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P. MÁRTIR DE ANGLERÍA, Décadas del Nuevo Mundo. Vertidas del latín al castellano por el Dr. JOAQUÍN TORRES ASENSIO... (Buenos Aires 1944) p. 517. 67 CHP V, p. 94. 68 F. DE VITORIA, Comentarios a la Secunda Secundae de Santo Tomás. Edición preparada por el R.P. V. BELTRÁNDE HEREDIA, O. P... T. II (Salamanca 1932) p. 281. 69 CHP V, p. 79.

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1. Propagación de la religión cristiana "Los cristianos tienen el derecho de predicar y anunciar el Evangelio en las provincias de los indios.”70 Vitoria ve reflejados los preceptos escriturísticos de la evangelización en la misma ley natural. "La corrección fraterna –escribe– es de derecho natural, como también lo es el amor. Y como ellos no sólo están en pecado, sino también fuera del estado de salvación, compete a los cristianos corregirlos y dirigirlos; más aún, parece que hasta están obligados a ello".71 En cierta manera iría implicada esta doctrina en lo expuesto sobre el derecho de comunicación; el objeto más digno de esas relaciones es la enseñanza y la comunicación de la verdad. Defiende en la segunda conclusión del título segundo que el papa puede encomendar esa predicación a solos los españoles, a pesar de que el derecho de evangelización es común a todos los cristianos. El romano pontífice, que gobierna a toda la Iglesia, puede ver en eso mayores garantías. Los reyes españoles habían cargado con este empeño y habían sufragado los viajes. La participación de misioneros de otras procedencias podría crear conflictos. La prudencia aconsejaba esas normas de orden pastoral. Lo más difícil de entender es cómo la predicación evangélica pueda ofrecer base para la guerra. El proceso expuesto por Vitoria es el siguiente: a pesar de la oposición de los naturales a la predicación, los misioneros se internan y se dedican a la conversión de los indios; los jefes de aquellos pueblos responden con la violencia; semejante injuria es causa de guerra justa, que puede llevar hasta la ocupación de los territorios. En estos casos son muy fáciles los abusos. Advierte por ello que es necesario "moderación y justicia, para no ir más allá de lo necesario. Que más bien se ceda del derecho propio que se invada lo que no es lícito, y siempre ordenándolo todo más bien al provecho y utilidad de los indios que al propio interés".72 Será lícita esa guerra, pero puede ser contraproducente e impedir la expansión del cristianismo más que favorecerlo. Vitoria parece estar seguro de estos derechos de guerra. Teme sin embargo por los abusos: "yo no dudo que no haya habido necesidad de acudir a la fuerza y a las armas, para que los españoles pudieran permanecer allí, pero temo que se haya ido más allá de lo que el derecho y lo honesto permitían".73 Teniendo en cuenta las consecuencias catastróficas que acarrean las guerras, se esfuerza constantemente por reducir lo más posible sus desastrosos efectos. Las circunstancias malas –advierte– pueden convertir en malo el objeto bueno. 2. La defensa de los convertidos Desarrolla este tema en los títulos tercero y cuarto legítimos. En el primero de ellos se invoca la intervención del poder civil y en el segundo la del poder pontificio. Dice en el primer caso: "Si algunos de los indios se convierten al cristianismo y sus príncipes quieren por la fuerza o por el miedo volverlos a la idolatría, los españoles pueden por esta razón, si fuere necesario, o no puede hacerse por otra vía, desatar la guerra y obligar a los bárbaros a que desistan de aquella injuria y aplicar todos los derechos de la guerra contra los pertinaces, llegando en algunos casos a destituir a los gobernantes, como en las otras guerras justas."74 Vitoria evoca "la amistad y sociedad humana", originadas por la conversión. Hay sin embargo una diferencia sustancial con el título séptimo (de los aliados y amigos) ya ex70 71

Ib., p. 87. Ib., p. 87. 72 Ib., p. 90. 73 Ib., p. 90s. 74 Ib., p. 91.

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puesto: en éste se trata de todo un pueblo o de una sociedad civil, mientras que ahora nos encontramos con una parte reducida de la "sociedad ("algunos" convertidos). Tal vez pudiera hablarse aquí de la defensa de la libertad religiosa ("título de religión", también lo llama) contra la imposición de los dirigentes o del resto del pueblo. Sería el derecho de creer, análogo al de enseñar y aprender. Todos ellos encuentran su base en la naturaleza del hombre, como tendencias y exigencias de la parte más noble cual es la del espíritu y son por ello derechos naturales. La segunda cara de nuestro tema tiene este enunciado: "si una buena parte de los indios se hubiera convertido a la fe de Cristo, bien según el derecho bien por la violencia, es decir, empleando la amenaza, el terror u otros medios injustos, mientras sean verdaderamente cristianos, puede el papa con justa causa, pídanlo ellos o no, darles un príncipe cristiano y quitarles los otros señores infieles".75 Hay una confusión importante en esta formulación: Se habla de "una buena parte" de indios convertidos. ¿Bastará con una amplia minoría? Que en este caso "en favor de la fe" pueda el papa deponer a un monarca contra el parecer de la mayoría, es muy difícil de demostrar. Cuando se trate de pueblos enteramente o en su mayor parte cristianos la justificación de la intervención pontificia aparece más fácil. No obstante tiene en cuenta aquí Vitoria como freno el posible "escándalo" y seguramente lo dicho antes en esta relección: el papa no depone, pues el poder reside en el pueblo; él aconseja, o en todo caso ordena al pueblo que deponga a su jefe o que le retire el poder conferido. 3. La verdadera y libre elección Vitoria había negado en el sexto título ilegítimo que cupiera una elección libre, si tenía como fondo el requerimiento. Rechazado éste, abriga en el sexto título legítimo esta posibilidad: los indios "al comprender la prudente administración de los españoles y su humanidad, querrían libremente tanto los señores como los súbditos recibir como príncipe al rey de España".76 Tres diferencias hay entre este título y el antes rechazado. Primera. En el ilegítimo se daban los vicios de ignorancia y coacción; los españoles intimaban la sumisión con amenazas. En el legítimo la iniciativa parte de los indios, que han visto la humanidad y el buen gobierno de los españoles. Segunda. En el ilegítimo no hay acuerdo entre el pueblo y sus gobernantes para ceder el poder. En el legítimo se habla como de un plebiscito, en el que intervienen jefes y súbditos, decidiendo la mayor parte de los electores. Tercera. En el ilegítimo no se da tiempo para sopesar las razones de una u otra alternativa, sino sólo para decidir la aceptación o la fuerza. En el legítimo antes de tomar la decisión han de examinar "el bien de la república".77 La razón que da Vitoria para considerarlo como título legítimo es que constituye un derecho natural. Recuerda haberlo ya expuesto en la relección Sobre el poder civil: "cada república puede constituirse sus propios gobernantes, y para esto no es necesario el consentimiento de todos, sino que basta el de la mayoría. Porque, como dijimos en otro lugar, en las cosas que atañen al bien común de la república, todo lo que determine la mayoría tiene fuerza de ley, aunque se opongan los demás".78

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Ib., p. 92. Ib., p. 94. 77 Ib., p. 95. 78 Ib., p. 94s.

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4. La protección y promoción de los indios Vitoria nos ofrece una descripción del estado de primitivismo y subdesarrollo en que se encuentran los indios en todas las manifestaciones de la vida humana: las ciencias, las artes, las virtudes de convivencia. "Ni siquiera son capaces de gobernar la familia."79 Esto hace que por la misma naturaleza estén encomendados al gobierno y a la tutela de sociedades superiores, que les vayan instruyendo en las cosas necesarias, para que vivan en pacífica y armónica sociedad, sin hacer quebranto de los derechos de los individuos. Vitoria razona en todo esto a tenor de los datos, muchas veces en desacuerdo, que le llegan de las Indias. Por ello advierte con respecto a este título que "no podría afirmarse con seguridad, pero sí discutirse, y parece legítimo para algunos. Yo no me atrevo a aprobarlo ni tampoco a condenarlo en absoluto". Esto no contradice lo afirmado en la primera parte de la relección, en que defiende que los indios son libres y dueños de sus bienes y de sus pueblos. Lo son pero de modo tan deficiente que los derechos elementales del hombre no se encuentran salvaguardados ni favorecidos. Dos son las razones que le sirven como prueba. La primera, el ser una exigencia de la naturaleza. Si aquellos indios fueran por completo amentes, no sólo sería lícito hacerlo, sino también necesario. Ya se ha dicho que tienen cierta capacidad, pero eso no quita la obligación natural de ayudarles. La segunda razón es la caridad cristiana; ésta tiene también sus postulados, con obligaciones más fuertes que las de la naturaleza: "son nuestros prójimos y estamos obligados a procurar su bien".80 Las mencionadas instancias son sólo temporales: hasta que los indios se encuentren en condiciones de gobernarse adecuadamente por sí mismos. Lo dice reiteradamente Vitoria: "mientras estuvieren en tal estado"; "mientras conste que les es conveniente". Estas condiciones de temporalidad son aplicables a los otros títulos. Aquí como en los casos anteriores llama la atención para no sobrepasarse: "lo acepto, como dije, sin afirmarlo absolutamente, y aun con la condición de que se haga por el bien y utilidad de los indios y no como pretexto del lucro de los españoles".81

CONCLUSIONES: VALOR Y ALCANCE DE LOS PRINCIPIOS VITORIANOS 1.ª Ocupación y comercio Examinemos primeramente las conclusiones del propio Vitoria. Después de haber expuesto el último de los títulos legítimos, da la impresión de que se preguntara si no habría perdido el tiempo con una disertación tan larga y de pasos tan numerosos y tan minuciosamente examinados: "de toda esta relección parece concluirse que, si fallasen todos estos títulos... deberían cesar también todas aquellas expediciones y el comercio".82 Hay en estas expresiones de Vitoria una referencia al pasado y una norma para el futuro. La referencia al pasado envuelve el hecho de la conquista y ocupación del Nuevo Mundo, y la norma para el futuro son unas breves sugerencias de posible política indiana. Por de pronto hay dos cosas que no deben cesar: el comercio y la evangelización. ¿Parte aquí Vitoria de la política de los hechos consumados? o ¿es que realmente esos
79 80

Ib., p. 97. Ib., p. 98. 81 Ib., p. 98. 82 Ib., p. 98.

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dos títulos, que son el primero y el segundo de los legítimos, serían en todo caso inamovibles? La palabra "cesar", que emplea, hace suponer que parte del hecho de haberse instalado ya los españoles en las Indias, prescindiendo de la legitimidad o ilegitimidad de tal asentamiento. Sin embargo, los argumentos fundamentales, que da en pro de la continuación del comercio, son los aducidos en la exposición del primer título y les da tanto aquí como allí un valor absoluto, por basarse en el derecho natural: "como ya hemos declarado dice- hay muchas cosas entre los bárbaros, en las que ellos abundan y que pueden por cambios adquirir los españoles. Además hay otras muchas que ellos mismos tienen abandonadas o que son comunes a todos los que las quisieren ocupar". 83 Pone el ejemplo de los portugueses, que trafican con otras naciones sin haberlas conquistado. Y advierte que quizás sea ese el mejor sistema, pues sacarían más renta los monarcas españoles con las contribuciones justamente impuestas a los mercaderes. Según esto podrían los reyes de España abandonar aquellas tierras, pero sin abandonar el comercio y unas bases para el mismo, como tenía Portugal. 2.ª Evangelización y cristianización Es el otro título de permanencia de los españoles en las Indias. Se supone más claramente aquí que en el caso anterior un hecho consumado: la aceptación de la fe cristiana por una buena parte de los indios. "Después que se han convertido –escribe– allí muchos bárbaros, no sería conveniente ni lícito al príncipe abandonar por completo la administración de aquellas provincias".84 También en este punto puede descubrirse una connotación del pasado y una norma para el porvenir. Con respecto al pasado pudiera dudarse de la legitimidad de los métodos misionales empleados, como advirtió en el título cuarto legítimo, pero una cosa en la que no duda Vitoria es en el derecho de evangelización en sí mismo. Sólo la oposición armada a esta evangelización daría ocasión para la guerra justa y para la conquista. La norma para el futuro parece de mayores exigencias que la expuesta en la conclusión anterior. Entonces hablaba de abandono de aquellas tierras, excepto lo que conllevara el comercio. Ahora habla de la necesidad de una permanencia en el interior de aquellas provincias con la administración y gobierno de esos territorios por los reyes de España, para perfeccionar la obra misionera. No obstante parece también concluirse de este apartado la temporalidad de esa permanencia. Una vez conseguida la seguridad de la obra de cristianización con la suficiente organización de la Iglesia, las autoridades españolas deberían retirarse de su gobierno de las Indias. Es necesario hacer constar a este propósito que para Vitoria la obra de evangelización es necesariamente lenta; limitada en el tiempo, pero lenta. En sus lecciones de 1534 en torno a la propagación de la fe le observamos enemigo de toda precipitación y violencia. En 1541 la universidad de Salamanca, con Francisco de Vitoria, responde a una consulta de Carlos V sobre el método a seguir en el bautismo de los indios. En la respuesta salmantina se exige de los indios para poder recibir el bautismo una formación suficiente en la fe y en la moral cristiana. Tanto en las lecciones de 1534 como en el dictamen de 1541 se recuerdan como condenables las conversiones forzosas de Sisebuto en el siglo VII.

83 84

Ib., p. 99. Ib., p. 99.

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3.ª De la hipótesis a lo absoluto Refiriéndonos a los otros títulos legítimos no insinuados en las dos primeras conclusiones, podemos observar a través de su exposición que son muchas las formulaciones condicionales. Recordemos, sin embargo, que no faltan expresiones absolutas y que Vitoria se encuentra convencido de la importancia de los nuevos caminos que él abre en el examen de la justicia de la ocupación de las Indias. "Si logro – decía al principio de la relección– desarrollar este asunto con la profundidad que merece, pienso que habré efectuado una obra de gran importancia".85 Hay un título en el que las condiciones son nulas y que, por consiguiente, parece tener sin más un valor absoluto en la mente de Vitoria. Tal es el título quinto, que trata de la defensa de los inocentes y en el que se ven conculcados los derechos más elementales de la persona humana. ¿Es en verdad para él un título absoluto y definitivo? La lectura aislada del título parece inclinar a ello. Ese absolutismo, empero, podría estar mediatizado: primero, por el estilo de los otros títulos, anteriores y posteriores, a los que añade algunos condicionamientos para su certera aplicación; segundo, por la expresión bíblica que utiliza Vitoria en casos similares en sus lecturas y en esta misma relección: "todo me es lícito, pero no todo conviene" (I Cor 6,12). Esta frase es una regla de oro de interpretación vitoriana; al final del título cuarto llama nuestra atención en estos términos: "nosotros señalamos lo que es de suyo lícito". En otros títulos la condición afecta a todo él, como sucede con el tercero (la defensa de los convertidos), el cuarto (poder temporal indirecto del papa), el sexto (libre elección), el séptimo (defensa de los aliados) y octavo (ineptitud para un justo gobierno). No obstante, Vitoria manifiesta que en ciertos casos las condiciones se cumplen. Y, una vez cumplida la condición –volvemos a preguntarnos– ¿la proposición vitoriana ha obtenido un carácter absoluto? La respuesta afirmativa es difícil de ver en algún título. No faltan los que rechazan el sexto (de la libre elección), pues yendo los españoles armados, la condición de libertad no se cumple; pero no olvides que hay una circunstancia señalada por Vitoria que diferencia bien el sexto legítimo del ilegítimo. Al enunciar el ilegítimo habla de la “elección voluntaria”; al enunciar el legítimo dice “verdadera y libre elección”; lo hemos explicado en su lugar. En otros casos sería más fácil captar el carácter absoluto, por ejemplo: que después de unos años de predicación son muchos los que se han convertido; que el papa como pastor supremo de la cristiandad tiene algún poder indirecto con respecto a ellos; que hayan tenido los españoles algunos pueblos como aliados; que hubiera algunos pueblos no preparados para un justo autogobierno, particularmente por lo que se refiere a la protección y fomento de los derechos humanos fundamentales. En resumen, podríamos decir que Vitoria está seguro de haber encontrado nuevos caminos, verdaderos y absolutos, que llevan ciertamente a la meta, pero son sutiles y están llenos de cortapisas, que aunque no los hacen del todo hipotéticos, sí estrechos y difíciles y poco transitables para los más. 4.ª ¿Ambigüedad, escepticismo, compromiso político? Lo que acabamos de decir con respecto a las sutilezas de las vías vitorianas y de sus cortapisas, parece hablarnos de posibles ambigüedades en la tensión tesis-hipótesis de sus formulaciones. La acusación de escepticismo y oportunismo la hemos visto en nuestra introducción transformada en duro reproche por G. Krauss.
85

Ib., p. 11.

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La verdadera crítica no sólo exige examinar los textos en sí mismo, con sus seguridades y vacilaciones. Es necesario hacer también de la doctrina una crítica absoluta: ver qué es lo nuevo, lo que diferencia a Vitoria de sus predecesores y contemporáneos, y cuál es el alcance y la proyección para el futuro de su doctrina. Lo verdaderamente nuevo es el fundamento. El no funda la justicia de la conquista en la infidelidad, que privaba del dominio público según una corriente teológica del Medievo, seguida Enrique de Segusio o cardenal Ostiense. Tampoco lo funda en el poder espiritual, que da al Papa el poder intervenir por la predicación, según enseña Matías de Paz. Tampoco la funda en la jurisdicción temporal sobre el universo del papa, como lo defendía una corriente jurídica seguida por Juan López de Palacios Rubios. Tampoco sirve de fundamento el mero principio de evangelización y la condición servil de los naturales, como lo defendía una corriente europea, encabezada por Juan Mair. El fundamento para Vitoria es el derecho natural y de gentes con sus amplias virtualidades. Este fundamento vale como medio argumentativo para siempre y será la cantera que ofrece Vitoria a sus discípulos para que precisen y completen sus teorías. El hecho de que algunas de sus aplicaciones fueran corregidas por sus discípulos no quita mérito a su descubrimiento, que va a estar presente en toda su escuela y que se muestra igualmente válido para nuestros días. Sus fallos prácticos son fruto de las circunstancias. El no estuvo en Las Indias y se vio obligado a operar con datos que le venían de lejos y eran en ocasiones contradictorios. Eso excusa plenamente las ambigüedades y salva las apariencias de escepticismo en los condicionamientos a que somete los principios. No creemos que fuera adulador ni oportunista por lo que se refiere al orden político. El conocía las suspicacias de la corte sobre los que ponían en discusión la justicia de la ocupación americana. Llevaba la inquietud de estos temas en su alma desde hacía varios años y no vacila en exponerlos, cuando los considera maduros. En su introducción se permite dudas reales sobre la justicia de la conquista, y en el desarrollo de la relección manifiesta desconfianzas de que se haya obrado en todo con rectitud. No es un temperamento ardiente ni agresivo, pero denuncia con claridad los abusos.

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