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En los primeros momentos de la sublevación, tan solo se dio una oposición armada, a

cargo de columnas obreras improvisadas. En el sur de las provincias de Ávila y de


Segovia también persistieron los choques armados hasta octubre de 1936. Los únicos
hechos de armas de cierta importancia se dieron en los pasos de la sierra desde la meseta
norte hacia Madrid. El frente de la sierra perdió importancia cuando los nacionalistas
conquistaron Talavera de la Reina y Toledo. Después del fracaso de los intentos
nacionalistas de conquistar Madrid en las batallas de Madrid, del Jarama y de
Guadalajara, ese frente permaneció olvidado hasta la ofensiva republicana sobre
Segovia y la batalla de Brunete.

Al norte de las provincias de León, Palencia y Burgos se formó un frente con la zona
republicana del Cantábrico que perduró hasta el otoño de 1937, cuando los nacionalistas
conquistaron Vizcaya, Santander y Asturias. La conquista de la bolsa cantábrica se dio
desde el Este y desde el Oeste, actuando las fuerzas situadas en Castilla y León como
elemento de contención al sur de las montañas.

En el plano político, una vez la sublevación se convirtió en guerra civil, comenzó a


formarse un nuevo Estado Español que tuvo como base territorial básicamente Castilla
y León.

A pesar del rápido control de todas las provincias por los militares sublevados, durante
varios años persistió el fenómeno de la guerrilla en León y norte de Palencia, así como
en el sur de Ávila.

Castilla la Vieja ofrecía a los sublevados una excelente plataforma para instalar los
órganos de mando de la sublevación hasta que cayera la capital, Madrid, cosa que se
preveía inminente. Todas las provincias de la región fueron controladas de inmediato y,
excepto el molesto pero poco amenazante frente norte, no había actividad bélica cerca
de las principales ciudades. Además, Castilla la Vieja se convirtió pronto en el símbolo
o la síntesis de la España eterna tradicional y católica que el nuevo régimen venía a
implantar, los Reyes Católicos y el emperador Carlos, en oposición a la España
moderna de la Ilustración, la Institución Libre de Enseñanza, la Masonería y el
marxismo.

Junta de Defensa Nacional

El 24 de julio de 1936 se constituyó en Burgos la Junta de Defensa Nacional, presidida


por el general de división Miguel Cabanellas Ferrer. La Junta estaba formada por el
general de división Andrés Saliquet Zumeta, los de brigada Fidel Dávila Arrondo,
Miguel Ponte Manso de Zúñiga y Emilio Mola Vidal, y los coroneles Federico
Montaner Canet y Fernando Moreno Calderón. Más tarde se incorporaron el capitán de
navío Francisco Moreno Fernández, los generales de división Francisco Franco
Bahamonde, Germán Gil Yuste y Gonzalo Queipo de Llano y Sierra y el general de
brigada Luis Orgaz Yoldi.

La Junta de Defensa Nacional tuvo poca actividad política, puesto que se contemplaba
como un organismo provisional. En realidad su existencia no era incompatible ni con la
forma republicana del Estado, ni con la existencia de la II República. Era más bien el
embrión del Directorio Militar previsto en los planes de Mola. Sus actos políticos más
importantes fueron el bando declarando el estado de guerra en todo el territorio nacional
y la elección de Franco como Jefe del Estado, con la consiguiente creación de la Junta
Técnica del Estado, el 1 de octubre de 1936, con sede en Burgos y presidida por el
general Dávila.

La elección de Franco como Jefe del Estado y la creación de la Junta Técnica, mediante
una ley promulgada por Franco, suponían la creación explícita de un nuevo Estado,
sobre bases jurídicas que ya no eran la Constitución de la República. Era una ruptura
definitiva con el sistema republicano. Sin embargo, Franco no dio el paso de crear
ministerios, sino comisiones: de Hacienda, de Justicia, de Industria, Comercio y
Abastos, de Agricultura y Trabajo Agrícola, de Trabajo, de Cultura y Enseñanza, y de
Obras Públicas y Comunicaciones, cuyos presidentes eran técnicos sin peso político.
Ninguno de los miembros de la Junta de Defensa Nacional o de la Junta Técnica del
Estado era miembro de Falange Española.

Gobierno General

Al mismo tiempo se creó el Gobierno General, con sede en Valladolid, para el que se
designó al general Francisco Fermoso Blanco, quien lo ocupó hasta principios de
noviembre de 1936, cuando fue reemplazado por el general Luis Valdés Cabanillas.

La figura del gobernador general ya había sido utilizado anteriormente por el gobierno
de la República en ocasiones excepcionales. El gobernador general venía a asumir la
dirección de todas las administraciones públicas en una provincia o varias, así como la
jefatura superior de las fuerzas de orden público. Se trataba, de un cargo administrativo
más que político, aunque con mucho poder, puesto que el gobernador general tenía
autoridad sobre todos los gobernadores civiles de las provincias controladas por la Junta
de Defensa Nacional. También se ocupaba de la depuración de los funcionarios de los
cuerpos de Investigación y Vigilancia, de Seguridad y Asalto, y de Carabineros.