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Artículos de Costumbres

EMILIO ROIG DE LEUCHSENRING

Edición anotada

Selección, compilación y notas:

María Grant González Karín Morejón Nellar

y notas: María Grant González Karín Morejón Nellar Ediciones La Memoria Centro Cultural Pablo de la

Ediciones La Memoria Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau Editorial Boloña de la Oficina del Historiador de la Ciudad La Habana, 2004

Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau Ediciones La Memoria Director: Víctor Casaus Coordinadora: María Santucho Editor-Jefe: Emilio Hernández Valdés Jefe de diseño: Héctor Villaverde

Edición:

Diseño y cubierta: Héctor Villaverde Tratamiento de imágenes digitales: José Luis Vega Cruz Emplane computarizado: Carlos F. Melián López

© Sobre la presente edición:

Ediciones La Memoria Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, 2004 Editorial Boloña de la Oficina del Historiador de la Ciudad, 2004

ISBN: 959-7135-35-3 ISBN: 959-7126-22-2

Ediciones La Memoria

Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau

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Agradecimientos personales:

Lidia Pedreira Roberto Guerra González Ambrosio Fornet Félix Julio Alfonso Obdulia Castillo María Teresa Trueba

Agradecimientos institucionales:

Revista Opus Habana Fototeca y Biblioteca de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana Departamento de Referencia Biblioteca Nacional José Martí Biblioteca del Instituto de Literatura y Lingüística

Contenido

Liminar Emilio Roig de Leuchsenring / XIII Presentación de la edición / XVII

A mi maestro y predecesor por Eusebio Leal Spengler/ XIX

Homenaje a la vitalidad de la memoria por Víctor Casaus / XXIII Prólogo de José María Chacón y Calvo a la edición de El Caballero que ha perdido su señora / XXVII

Artículos de costumbres

El caballero que ha perdido su señora / 3

El día de los difuntos / 7

El

conocido joven / 12

El

médico de los muertos / 16

Chismografía social / 21 De la farsa política / 25 Rascabucheadores / 30 Los novios de sillones / 35 Los novios de ventana / 42 Los mataperros / 50 Los velorios / 54 Bufones modernos / 60 ¿Se puede vivir en La Habana sin un centavo? / 64

San Antonio y sus devotas / 68 Consejos a las solteras / 72 Bombos y autobombos / 76 Rosario la romántica / 80 Sonoridades latosas / 83 Maridos carceleros / 88 Tenorio oficinista / 92 La niña precoz / 95 Pesados / 99 Familia distinguidísima / 103 Los consagrados / 106 Moralistas criollos / 109 Personajes populares: Mariposa / 112 Los ingleses / 116 El Médico chino, la Virgen de Jiquiabo, el Hombre Dios, Ñica la milagrera y otros «salvadores» de la humanidad / 121 Telefonomanías / 126 El diretivo / 129 Lo que se oye desde una silla del malecón / 135 Un chiquito de sociedad / 139 Una coqueta / 145 Automovílogo / 150 Los maridos que no salen de noche / 154 Los buenos partidos / 159 El Dios estómago / 164 Nuestros civilizados sportsmen / 169 Motivos de carnaval. El reinado de Momo / 174 Estudio psico-físico de la simulación femenina / 179 ¿Para qué sirve el matrimonio? / 184 Niñas cursis: la beata / 188 Notas / 191

Bibliografía Relación de publicaciones / 215 Bibliografía / 223

Liminar

Emilio Roig de Leuchsenring

Este incansable historiador y promotor de la cultura americana (La Habana, 1889-1964), fue nombrado el primero de julio de 1935 Historiador de la Ciudad de La Habana, cuya Oficina se organizó tres años después (1938) por decreto del alcalde Antonio Beruff Mendieta.

Roig había iniciado sus trabajos históricos desde 1927, cuando desempeñaba el cargo de Comisionado Intermunicipal de La Habana.

Además de la Oficina del Historiador, creó la Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales, la Comisión de Monumentos, Edificios y Lugares Históricos y Artísticos Habaneros, así como la Junta Nacional de Arqueología, entre otras instituciones.

Integró la Sociedad de Estudios Afrocubanos que presidiera Don Fernando Ortiz. 1

En 1941 fundó el Museo de la Ciudad de La Habana.

Participa, en 1942, en el Primer Congreso Nacional de Historia convocado por la Sociedad Cubana de Estudios Históricos e Internacionales y la Oficina del Historiador que, a partir de entonces, se celebraba anualmente. Ese mismo año es designado miembro titular de la Junta Nacional de Arqueología y Etnología. Precisamente convocada por ésta, organizó en 1950, con el doctor Osvaldo Morales Patiño y José Luciano Franco, 2 la Reunión de Antropólogos del Caribe que sesionó en la Oficina del Historiador.

Es el autor de varios libros y folletos, además de editor de diversos volúmenes; en 1928, redacta, dirige y publica La Habana de ayer, de hoy y de mañana, álbum destinado a las personalidades de América y Europa que visitaron la capital de Cuba, con motivo de la VII Conferencia Internacional Americana y del II Congreso Internacional de Emigración e Inmigración. Otro momento importante en su vida lo constituye su iniciativa de que se publicara en 1932 la primera edición cubana de La Edad de Oro, precedida de su estudio Martí y los niños; Martí, niño. En 1935 el alcalde de turno acepta la sugerencia de Roig de publicar por el Municipio obras claras, sencillas y de distribución gratuita sobre temas históricos diversos; de ahí que disponga la edición de Cuadernos de Historia Habanera y la designación del Historiador de la Ciudad para la dirección de esta publicación de divulgación histórica que alcanzó el nº 75 (apareció ininterrumpidamente hasta 1962, en volúmenes de 80 a 200 páginas cada uno y tiradas de mil ejemplares). Ese mismo año publica Historia de la Enmienda Platt, una interpretación de la realidad cubana, y, luego de un decenio de intenso trabajo, edita el primer volumen de las Actas Capitulares del Ayuntamiento de La Habana, el cual es dado a conocer con posterioridad durante la inauguración en 1938 de la Biblioteca Histórica Cubana y Americana Francisco González del Valle, evento en el que también hace público el tomo uno de su Historia de La Habana. Ambas obras fueron distribuidas gratuitamente.

Tuvo una destacada labor periodística en revistas y diarios habaneros. Se distingue en Carteles 3 (1923-1954), en la cual tuvo a su cargo varias secciones; en Gráfico ,4 que dirigía Conrado Massaguer, 5 y donde redactaba las secciones de costumbres «Rasgos y Rasguños», y

«Personajes y Personillas». Es notorio el trabajo que desarrolla en Social 6 en el período 1926- 1938, bajo el seudónimo de Cristóbal de La Habana.

Después de 1959, intensifica su gestión como Historiador de la Ciudad, editor de volúmenes y promotor de la cultura. Publica, ese año, El antimperialismo de Don Francisco Henríquez y Carvajal; Los Estados Unidos contra Cuba Libre; Males y vicios de Cuba republicana, sus causas y su remedio; Máximo Gómez, el libertador de Cuba y el primer ciudadano de la República.

En 1960, ven la luz: Hostilidad permanente de los Estados Unidos contra la independencia de Cuba; El presidente Mc-Kinley y el gobernador Wood, máximos enemigos de Cuba Libre; y Los Estados Unidos contra Cuba Republicana. Por su parte, en 1961, publica La Casa de Gobierno o Palacio Municipal de La Habana y El Grupo Minorista de intelectuales y artistas habaneros, esta última en la colección Cuadernos de Historia Habanera, de la Oficina del Historiador.

Los cuatro tomos de La literatura costumbrista cubana de los siglos XVIII y XIX y Tradición antimperialista de nuestra historia, aparecen en 1962.

Fallece en La Habana, el 8 de agosto de 1964, a la edad de 75 años. Un año después de su muerte, el Museo Histórico de Ciencias Médicas Carlos J. Finlay publica la obra de Roig Médicos y medicina en Cuba. Historia, biografía, costumbrismo.

Presentación de la edición

Sólo unas palabras para explicar a grosso modolos criterios de selección que seguimos para poner ahora en manos de los lectores apenas unos 42 artículos de costumbres de Emilio Roig de Leuchsenring, quien tiene en su haber centenares de trabajos de este género periodístico-literario que, durante las primeras décadas del siglo XX, fueron reproducidos en disímiles publicaciones periódicas cubanas.

Primero, decidimos reeditar las 12 crónicas que, en 1923, reunió el editor costarricense Joaquín García Monge, en la «pequeña colección de artículos de costumbres cubanas» única con textos de este tipo bajo la rúbrica de Roigtitulada El caballero que ha perdido su señora. Incluso incorporamos la carta que, escrita por José María Chacón y Calvo 7 al también llamado en su momento«benemérito de las letras latinoamericanas», fuera usada como Prólogo a dicho volumen.

Luego aparecen los trabajos que han sido publicados hasta ahora en la revista Opus Habana (Oficina del Historiador), la cual, desde su primer número en 1996, los ha venido reproduciendo como una continuidad palpable de la labor editorial que desarrollara hasta su muerte en 1964 el primer Historiador de la Ciudad de La Habana.

Agregamos otros 14 con características similares al resto, también ilustrados en su mayoríacon caricaturas de Conrado Massaguer.

Por último, quisimos otorgar un valor añadido a este volumen ofreciendo datos sobre personalidades cubanas, nombres de calles e instituciones habaneras, entre otros términos a los que alude Roig de Leuchsenring en sus artículos, además de adicionar una relación de las publicaciones en que éstos vieron la luz.

A mi maestro y predecesor

Nacido en la calle de Acosta 8 número 40, no lejos de la iglesia y del Real Colegio de Belén, 9 que sería luego su casa de estudios, la infancia de Emilio Roig de Leuchsenring transcurrió en

el seno de uno de los barrios populares de La Habana.

Con esa gracia y forma de vivir tan nuestra, las familias que como los Roig de Leuchsenring disfrutaban de un status acomodado, no se distanciaban de los que tenían menos recursos en esa especie de promiscuidad que fue un sello característico del antiguo patriciado.

Coinciden en él dos tradiciones: la primera, la de los Roig rojo en lengua catalana, sólida en cuanto a sus conocimientos del comercio y en la que, según su propio testimonio, se habían desempeñado por largo tiempo hasta que ya en Cuba tomaron otro camino. El más privilegiado, sin dudas, fue el que llevó a su tío Enrique al exclusivo ámbito del foro habanero, donde brilló por su sabiduría y elocuencia.

Y

la segunda, la de los Von Leuchsenring, que adquirió notoriedad por tener sobre el dintel de

la

puerta de su casa el escudo de la ciudad libre de Hamburgo que integró la hansa, importante

asociación de ciudades-estados en tierras germanas. Precisamente en la calle del Obispo 10

número 39 se hallaba la farmacia de Hermann Leuchsenring, sitio en el que pasaba tantas horas.

Siendo un niño amable y gentil, debió esencialmente este rasgo de su carácter al de su madre, quien cuidó de los hijos con ternura.

La plazuela de Belén fue el lugar propicio para sus juegos, llamando poderosamente su atención el arco y la torre. En lo alto de esta última, el sabio padre jesuita Benito Viñes estudiaba por aquel entonces las leyes naturales que regían uno de los más temidos y frecuentes fenómenos de la naturaleza tropical: el ciclón.

El primer artículo de Roig de Leuchsenring para El Fígaro 11 vio la luz el 4 de agosto de 1912. Este trabajo era ya un atisbo de lo que sería su quehacer periodístico futuro en el que él asume, con la vertiente costumbrista, uno de los signos de identidad del carácter cubano.

Y no podía ser de otra manera. Desde su hogar, adonde llegaban a golpear la aldaba de la

puerta vendedores que pregonaban los más disímiles productos, podían percibirse claramente los toques de tambor con que los miembros de los Cabildos solemnizaban sus fiestas; el paso de los cofrades en su andar al vetusto templo, el mismo en que la eximia Gertrudis Gómez de Avellaneda 12 depositó la áurea corona de laureles con que la intelectualidad había querido ceñir su frente al volver de su prolongado alejamiento.

Tal y como los había juntado Víctor Patricio de Landaluze, 13 allí lucían su facha desaprensiva, los guapos de Belén con su atrabiliario y gracioso andalucismo; las mulatas de rumbo o los chinos cantoneses a quienes se apodaba de Manila.

Con su incipiente vocación, se grabaron en forma indeleble las figuras de los novios de balcón

y de ventana; las travesuras de los mataperros y de los bufones modernos; las peripecias del

conocido joven; los infortunios del médico de los muertos; las penurias de los maridos carceleros; los atributos de la niña precoz; las infinitas variedades de pesados, como los rompegrupos; el muy abundante tipo de familia distinguidísima… Ahí está la génesis de su acierto.

Lector insaciable, creyó sin embargo en la virtud de la memoria popular y dejó constancia en sus artículos y escritos posteriores de la utilidad de lo uno y de lo otro.

Gran conversador, escuchaba con paciencia y gozo a todos aquellos que contribuyeron de manera notable a forjar tan fascinante imaginario. De ahí que siendo muy joven pareciese que hubiese sido testigo de otras vidas.

Su afición por lo universal jamás limitó su ardorosa y militante cubanía.

Nacido en 1889, muy temprano colocó sobre su escritorio aquella pequeña torre de Eiffel con que, al decir de Martí, 14 la modernidad se había erigido su propio movimiento. Y es que ambos emergieron al unísono. La réplica del monumento fue como su temprana consagración a las luces del humanismo.

Admiró las crónicas y pasajes de José de Armas y Cárdenas, 15 José Victoriano Betancourt, 16 el Conde Kostia… 17 y escogió para sí diversos seudónimos como el de Hermann Leuchsenring, Unoquelovio, Unoquelosabe, Cristóbal de La Habana, Juan Matusalén Junior, El Curioso Par- lanchín

Los artículos de costumbres modelaron su tan agradable y directo estilo y quedaron para siempre en el acervo de su inagotable creatividad.

Agradezco al Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau y a mi incansable amigo Víctor Casaus la publicación de este libro y a las compiladoras, cuya devoción por la obra de Emilito bien conozco, sin poder evitar que, al escribir esta letras breves, aparezca ante mí la imagen amada del maestro sin cuya vida y obra la nuestra habría sido imposible.

Eusebio Leal Spengler

Homenaje a la vitalidad de la memoria

La Colección Homenajes de Ediciones La Memoria presenta estos 42 artículos de costumbres escritos por Emilio Roig de Leuchsenring a partir de la segunda década del pasado siglo XX. Con ello esta Colección que se inició con la publicación de un libro querido y olvidado de Raúl Roa, 18 Historia de las doctrinas sociales, quiere recordar a una figura laboriosa e intensamente batalladora de la cultura cubana.

No faltarían otras muchas razones para festejar este nuevo volumen de nuestra editorial que aparece gracias a la labor y el apoyo de la Oficina del Historiador de la Ciudad y de su director, el Dr. Eusebio Leal Spengler. Además de cumplir con el objetivo confeso de homenajear a su autor, Artículos de costumbres es, en sí mismo, un homenaje a la vitalidad de la memoria. Por sus páginas pasan los personajes populares que Roig supo ver, descubrir, fotografiar para nosotros a través de la palabra, en un ejercicio de observación y comunicatividad que nos recuerda la creciente hegemonía de esos recursos en el mundo de hoy, ahora con la utilización de nuevas tecnologías y nuevos lenguajes artísticos, en los que la imagen en movimiento tiene una presencia definitiva.

Traer este texto agudo y amenode Emilio Roig de Leuchsenring para que enriquezca la papelería entusiasmada y creciente del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau es también un acto de consecuencia y un homenaje otroa la amistad. Las evidencias pueden hallarse al vueloen las obras, los artículos, el intercambio epistolar entre aquellos compañeros de entonces que siguieron, en esencia, siendo los mismos: Roa, Pablo 19 y el autor de estos artículos de costumbres que las imágenes de Conrado Massaguer acompañan, como fiel contrapunteo, a lo largo de las páginas de esta obra. Una carta enviada por Pablo desde su exilio neoyorquino a finales de 1935, informa a su amigo en La Habana:

Por lo pronto comunicarte que hemos fundado aquí el Club «Martí», bajo los mismos lemas de esta organización, y con el fin de movilizar hacia la revolución a un barrio importante de New York en el cual hay numerosos cubanos. (…) Concretamente: te pido a ti todo lo que hayas publicado sobre el problema imperialista en Cuba, sobre Martí y sobre cuestiones sociales y económicas.

En esos temas sobre los que Pablo solicitaba materiales, desarrolló Roig sin dudaslas

facetas más importantes de su extensa e intensa actividad intelectual, comprometida con la historia y la verdadera independencia de su Patria: sus textos sobre las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, su análisis de la vergonzosa Enmienda Platt, su visión de Martí antimperialista que llega hasta nuestros días, son ejemplos de su vocación de combate y lucidez. Paralelamente a la bibliografía del autor, corren las líneas de su copiosa ficha biográfica que nos llevan a transitar junto a élpor momentos esenciales de nuestra historia, desde la Protesta de los Trece 20 y la fundación del Grupo Minorista 21 hasta la sistemática y diversa labor de la Oficina del Historiador de la Ciudad, que dirigió desde 1938

hasta su muerte en 1964.

Defensor del patrimonio cultural, historiador y maestro de historiadores, activista y creador, editor y ensayista, periodista siempre, Emilio Roig fue de esas figuras que engarzaron, con su vida y su obra contra viento y marealos sueños del nacimiento de la conciencia revolucionaria moderna en nuestro país, en la década del 20 del siglo pasado, con la realizaciones alcanzadas a partir de 1959 en «esta intimidad aldeana de nuestra pequeña gran ciudad» y en la Isla toda.

Realizado juntamente con la Oficina del Historiador de la Ciudad, este libro es una muestra de

la continuidad de esa voluntad creadora que hoy anima la transformación de la parte más

antigua de La Habana.

El Centro Pablo agradece a nuestro amigo el Dr. Eusebio Leal Spengler la posibilidad de

incorporar esta compilación a su catálogo editorial y sumarlo a otro proyecto con el que rendimos homenaje, hace algunos años, a Emilio Roig de Leuchsenring: aquel casete de la Colección Palabra viva que reúne algunos de sus discursos y nos devuelve la maravilla de su

voz y de su ímpetu.

Hecha con amor y profesionalidad, esta obra contiene valiosas notas finales con las que sus realizadoras enriquecen los contextos de estos artículos de costumbres que nos harán mirar a nuestro entorno para buscar similitudes y diferencias y sonreír ante la agudeza y el humor de aquel historiador constante, fundador de proyectos y defensor incansable de nuestra soberanía.

Víctor Casaus

Prólogo a la edición de El Caballero que ha perdido su señora

Santa María del Rosario, 26 de septbre, 1922.

Sr. D. Joaquín García Monge, San José de Costa Rica, Centro América.

Mi excelente amigo:

Recibirá Ud. en estos días la preciosa colección de artículos de costumbres de Emilio Roig de Leuchsenring. No sé si mi amigo se habrá decidido, al fin, a dar a la inédita colección el título

de

uno de los más finos e ingeniosos artículos del libro: El caballero que ha perdido su señora;

lo

que si sé es que vienen a renovar estas páginas una tradición que parecía perdida en

nuestras letras.

Roig de Leuchsenring, escritor de muy diversas actividades, ha sido uno de los más amenos y mejor informados críticos que ha tenido nuestra literatura de costumbres. Si el trabajo no fuese demasiado largo, yo le pediría que reconstruyese, para que se publicara en las páginas preliminares de su libro, la interesantísima conferencia que sobre los costumbristas cubanos pronunció, ya pronto hará diez años, en nuestro instituto de segunda enseñanza.

No olvidaré nunca el formidable éxito humorístico que tuvo el admirable trabajo. Los escritores

olvidados revivían en la brillante evocación del nuevo costumbrista. Una voz lejana, que venía a través de los siglos, sonaba en nuestros oídos como algo actual y palpitante. La vieja página del Papel Periódico, 22 la más antigua de nuestras publicaciones literarias, recordada por mi amigo con oportunas y justas palabras, se nos aparecía llena de gracia y humor, con cierto

sorprendente matiz de realidad contemporánea.

Ya era un costumbrista Emilio Roig cuando revisó la obra de sus más remotos y más recientes

predecesores. Así tuvo su trabajo cierta nota de creación propia. Casi pensé, en algún momento, que mi amigo ensayaba su género predilecto escribiendo sobre los casi olvidados costumbristas cubanos. El relato adquiría animación dramática; los autores eran figuras vivas, llenas de dinamismo. Al terminar la brillante disertación, el público numeroso que llenaba el viejo salón de nuestro instituto se mostraba sorprendido de que el tesoro de nuestra gracia popular, la rica y variada colección de agudezas nacionales les fuera casi completamente

desconocido.

Porque era también el trabajo de Emilio Roig de Leuchsenring una ventana abierta sobre nuestro folklore. El costumbrismo sin una fase folklórica no pasa nunca de ser un capricho humorístico. Los buenos costumbristas cubanos citemos ahora sólo el nombre de José María

de Cárdenas, 23 fueron siempre ingenios populares, que sabían llegar a la íntima poesía del

pueblo, aunque fuese por las vías de la erudición. De la mesa clásica de un erudito y un artista cayeron las primeras migajas de nuestro folklore: los refranes que dicen las viejas tras el

fuego, que juntó el Marqués de Santillana.

Nuestra literatura de costumbres, nuestro folklore… Le hablo a Ud. de temas tan gratos para

mi espíritu que temo divagar demasiado. Déjeme sólo decirle algunas palabras sobre el buen

amigo que acaba de enviarle su breve libro inédito.

Este escritor, que parece no vivir sino para la observación cómica, el rasgo humorístico o la aguda ironía, es uno de los hombres que más seriamente, con más constante dedicación han trabajado por el triunfo de los ideales nacionalistas en Cuba. Abogado cultísimo y sagaz, ha intervenido e interviene en los actos más importantes relacionados con nuestra cultura jurídica: fundó y dirigió la Revista de Derecho; 24 fue Jefe de Despacho del Primer Congreso Jurídico Nacional; es en estos momentos Vocal de la Comisión Nacional Codificadora y

Secretario de la Sociedad Cubana de Derecho Internacional. Su labor en el aspecto jurídico y político es de carácter profundamente americano. En la nombrada Sociedad de Derecho Internacional defendió con sobria y precisa elocuencia el derecho a la independencia de las pequeñas nacionalidades. Expuesta la tesis en relación con un país tan infortunado como digno

de nuestra fraternal simpatía y de nuestro alto respeto por su importancia en la historia de la

cultura americana he nombrado a Santo Domingo, el trabajo de Roig de Leuchsenring tuvo repercusión nacional y no haría una frase pomposa si dijera que despertó el interés de los verdaderos representativos de la conciencia americana. Y después del trabajo sobre la ocupación anglo-americana de Santo Domingo, vino la excelente memoria sobre el apéndice a

nuestra Constitución que internacionalmente se conoce con el nombre de la Enmienda Platt.

Cito sólo trabajos fundamentales. Su obra como periodista es de inagotable variedad. Nuestra

Academia de la Historia recientemente le ha abierto sus puertas. Tiene la dirección literaria de Social, una de las más elegantes y finas revistas que se publican en América. Todo sabe hacerlo

mi amigo con una mesura perfecta, con una amable sonrisa. Su literatura de costumbres, a

pesar de que es correctora, quizá con no encubierta finalidad didáctica, no tiene nunca una acritud, ni un gesto airado. Flota en ella un cálido amor a nuestra tierra. A veces, un hondo recuerdo de nuestra vida da cierto tono lírico a la narración, en la que percibimos una velada

melancolía: así las primeras páginas del admirable artículo que abre esta colección.

La misma no es sino una pequeña parte de la vasta obra que como escritor de costumbres ha

realizado Emilio Roig de Leuchsenring. Los artículos que pudiéramos llamar de costumbrismo histórico ya forman dos nutridas series, que bajo el título de La Habana Vieja debiera nuestro

autor imprimir a la mayor brevedad. Su amplia obra de nacionalismo se completa con estas páginas evocadoras. Tenemos tradiciones; hagamos que la conciencia de las mismas despierte, se haga fuerte y luminosa, y pueda darnos así mayor seguridad en nosotros mismos, más fe en nuestro porvenir y una visión más diáfana y pura de lo que hemos sido. Cuando esta empresa espiritual se realice a ella habrá contribuido con gran eficacia el escritor amable, fino, mesurado que nos regala hoy a los públicos de América y a nosotros, sus amigos, con este libro.

Le saluda con simpatía fraternal,

José M. Chacón y Calvo

Artículos de costumbres

El caballero que ha perdido su señora

Fue aquella una época de alegre bohemia literaria, bohemia sin chalinas ni melenas. Diariamente nos reuníamos varios amigos: escritores, artistas o meros aficionados a las bellas artes y a la literatura. Juntos asistíamos a teatros, paseos y fiestas. Hoy muchos de nosotros sólo nos vemos al encontrarnos casualmente en la calle, de cuando en cuando. Uno, pobre amigo desaparecido en plena juventud, duerme, desde hace años, allá, en la morada de la Intrusa, el sueño del que no se despierta jamás. Otro, fue el Judas de aquel grupo; aunque su persona, de aventurero incorregible, vague, como el fantasma de un réprobo, por esos mundos del diablo, yo

sé que no existe; quiero hacerle ese piadoso favor. Algunos continuamos siendo fraternales amigos. Sean para ellos estas líneas como recuerdo de otros días, blanca estela que nos deja, al irse perdiendo en el lejano horizonte, la barca risueña y feliz de nuestra juventud.

———————

Por las tardes nos sentábamos en la amplia terraza de un café de moda. Coches y automóviles dejaban ver, al pasar fugaces, envueltas en pieles y sedas, bellas y fascinadoras mujeres. En esa intimidad aldeana de nuestra pequeña gran ciudad, conocíamos y saludábamos a casi todas estas hermosas hijas de Eva. Eran siempre las mismas, pero siempre también nos parecían encantadoras y adorables. Lentamente consumíamos sendos bocks de cerveza, cocktails, o turbias copas de ajenjo, en las que el absintio y el anís daban, según los gustos y el arte de los bebedores, todas las

tonalidades del ópalo, todos los cambiantes del ágata lo llama Machado, creador de locos y de artistas

«Néctar nuevo, néctar moderno como tuya es la hora lenta del crepúsculo

tornasolado, tuyos los ojos aterciopelados que se entornan para mirar, tuyo el espíritu de la sospecha y el dejo de la remembranza y el presentimiento de la verdad, tuyo el sentir de los nuevos poetas y el pensar de los cuentistas nuevos »

de los nuevos poetas y el pensar de los cuentistas nuevos » ¡Cuántas veces, oh absintio

¡Cuántas veces, oh absintio misterioso, me reflejaste la misma figura, vaga, imprecisa y etérea, de mujer desconocida y esperada, que me ofrecía también, en sus mil variados y

caprichosos matices de oro y fuego, el crepúsculo esplendoroso de las tardes del trópico! ¿Eras Tú? Como amigos y camaradas charlábamos hasta bien entrada la noche. Tan pronto se discutía arduo problema literario, filosófico o artístico, como se comentaba el último escándalo social. En las mesas cercanas a la nuestra veíamos a los asiduos concurrentes: hombres de negocios que iban a tomar la tarde antes de regresar a sus casas; damas que después de unas cuantas vueltas en automóvil, hacían un alto en su paseo atraídas por la belleza de la puesta del sol, que desde allí podía admirarse; alguna cocotte de alto rango

———————

Ya al oscurecer se presentaba siempre un hombrecillo menudo y algo enclenque, trajeado correctamente, de finos modales, circunspecto, distinguido. Saludaba a diestro y siniestro y, acercándose a alguna de las mesas, dirigía a sus ocupantes, en un tono que jamás he podido definir ni clasificar, la misma invariable pregunta:

¿Han visto ustedes por aquí a mi mujer? De ahí el apodo con que era conocido por nosotros: El caballero que ha perdido su señora. Ésta llegaba más tarde. Era una real hembra, airosa y gentil, altiva y dominadora; una de esas mujeres que, por capricho risible e irónico de la suerte, se casan con peleles, y a las que se puede observar a menudo contemplando con envidia y codicia a los hombres de robusta y atlética constitución. Las excentricidades de nuestra dama habían servido muchas veces de

comidilla a nuestras conversaciones y comentarios sociales. Eran famosas sus cosas. Un espíritu observador podía sorprender con facilidad delatadoras miradas que ella cruzaba hábilmente con los amigos de su marido; esos amigos de los que un día oí exclamar ingenuamente a un pobre esposo:

Me parece que son más amigos de mi mujer que míos. Ella trataba a su editor responsable con esa cortesía mundana que saben tener las mujeres

inteligentes para sus compañeros de mesa, casa y

interesarse en público por él y preguntarle qué había hecho durante el día. ¿Cuál era la psicología de este marido metafísico y civilizado? Él no parecía ni ciego ni sordo. No era posible, tampoco, decir que fuese desgraciado. Siempre lo tuve por un superhombre cuya figura desentonaba, en realidad, dentro del marco estrecho y burgués de una capital semialdeana. Se había adelantado unos cuantos años, muy pocos nada más, a nuestra época. Convencido de su papel en el mundo, lo desempeñaba sabia y correctamente, sin afectación, con una naturalidad admirable. Si en su presencia se comentaba la infidelidad de alguna mujer, tenía ese gesto de asombro, esa sonrisa de salón que ponemos cuando nos están contando algún suceso que no nos interesa y al que somos completamente ajenos. Cuando ya hacía buen rato que se habían encendido todas las luces de la ciudad, se retiraban ambos esposos en su flamante máquina, adquirida, según rumores, de uno de los más asiduos amigos de la casa, a cambio de la vieja y carcomida duquesa que antes usaban. Voy ganando en el cambio le dijo su amigopues pienso vender este coche en doble de lo que vale el automóvil, a un americano millonario, maniático por todo lo antiguo. Y nuestro marido, dignamente, y convencido con estas razones, aceptó la máquina. ¡Desde hacía tiempo su mujer tenía tantos deseos de poseer una igual! Cuando ellos se retiraban del café, después de los saludos del caso, todos enmudecíamos un momento; se cruzaban algunas miradas de inteligencia, pero a ninguno se le ocurría hacer un comentario, ni decir una palabra inconveniente. La conversación interrumpida continuaba naturalmente. Y es que hay seres superiores, que aunque no simpaticemos con sus ideas, con su modo de ser, ni con su actuación en la vida, llevan en sí algo impalpable, pero cierto, nuevo e

incomprensible, que nos hace respetarlos e

nada más. Llegaba en ocasiones a

iba a decir también, admirarlos.

Es ese mismo recogimiento que sentimos ante una obra artística cuadro, escultura, monumentorara y audaz. Nos damos cuenta de que por falta de preparación no la entendemos, pero nos es imposible negar que hay en ella arte y grandeza. Algo parecido nos ocurría con El caballero que ha perdido su señora. ¡No éramos suficientemente civilizados para comprenderlo!

El día de los difuntos

Meditaciones de un esqueleto filósofo

¡Cuán falsa es la paz de los sepulcros! No hace aún muchos años, creo que unos meses tan sólo, que vivo aquí, en esta tumba húmeda y estrecha. Y yo, que había soñado para después de muerto, en el descanso y en la tranquilidad, no he hallado todavía reposo, ni paz, ni sosiego… ¿Será, como a veces me figuro, que no estoy completamente muerto y que hay algo impalpable y misterioso que me liga al mundo de los vivos? Vibran hoy las campanas con sus lenguas de hierro, llamando, plañideras, a los vivos para que se acuerden de sus muertos. ¡Es día de difuntos! Y el rebaño acude a la llamada. Desde temprano, y desafiando las inclemencias del tiempo, esta inmensa ciudad se ha ido llenando de fieles, de turistas, que sólo acuden hoy, cuando los llaman. ¡Qué feliz es la humanidad, que todo lo tiene reglamentado, clasificado, encasillado! Lo mismo el dolor que la alegría, el placer que el trabajo. He oído decir a un jovencito que pasó cerca de mi tumba, que iban a reglamentar de nuevo el vicio. ¡Qué humanos son! ¡Y hablan todavía del Kaiser que hizo de sus súbditos autómatas y muñecos de resorte, sumisos a la voz del que los manda! Si todos los hombres, en mayor o menor escala, son lo mismo. Hasta los cubanos, rebeldes por naturaleza y educación, se rebelarán contra el uniforme de un policía que les ordena hacer esto o lo otro; protestarán enfurecidos, se fajarán, en último caso. O junto al aviso que dice: «Se prohíbe pisar la yerba», habrá un trillo claro y perfecto, por donde todos han tenido buen cuidado de pasar, demostrando con esto al extranjero que nos visita, nuestra rebeldía a la autoridad y a las leyes. Pero todas estas cosas no son más que reminiscencias de otros tiempos de opresión y tiranía, en los que era patriótico y hermoso desobedecer al orden público, o al guardia civil, o a las leyes y reales órdenes, porque unos y otras representaban la metrópoli contra la que había que luchar a sangre y fuego; y todavía no se han acostumbrado a pensar que ese vigilante de ahora, es suyo, y esa ley, buena o mala, es ley de la República. Otras veces su rebeldía es un fenómeno puramente calorífico.

Pero en el fondo son como todos: obedecen ciegamente a esos fantasmas dominadores que se

Pero en el fondo son como todos: obedecen ciegamente a esos fantasmas dominadores que se llaman el Estado, la Sociedad, la Religión, la Rutina, los Convencionalismos, las Conveniencias sociales. Si no, miradlos. Suena el alegre cascabel, y allá van atropellándose, arlequinescamente

Han cumplido lo que la sociedad les mandaba. Era

carnaval. Hoy les toca llorar, acordarse de nosotros, y aquí vienen. Esta noche irán también, ceremoniosamente, a oír ese Tenorio utópico e insulso. Admirarán, como en otros años, su valor

y su audacia; reirán como siempre los chistes de Ciutti y volverán a identificarse también con la pobre doña Inés. Y hasta el nuevo año que viene.

Y así son en todo. Y así era cuando yo vivía. Y en su carnerismo llegan a la exageración.

Sólo van a los paseos un día a la semana, los domingos. A los teatros, los días de moda. Cenan, una vez al año, por nochebuena. Y ¡ay de aquel a quien se le ocurra quedarse de vez en cuando hasta las cuatro de la mañana para cenar en la placita unas cabrillas fritas! Es un perdido; no hace lo que los demás.

Y todos son lo mismo. Piensan, sienten y quieren juiciosa, reglamentadamente. Las niñas en

edad de merecer siguen esperando, para corresponder a su enamorado, que éste se lo diga tres veces. Los jovencitos, cuando terminan su carrera, se casan enseguida para ser personas serias.

Y pobre de aquel cuya manera de pensar, de sentir o de amar no pueda ser clasificada por la

sociedad. Será un raro y un loco. Que para no asustar al rebaño, hay que ser hipócrita. Hay que

tener anestesiados, a gusto de la humanidad, el cerebro y el corazón. Pero… me he puesto triste y tonto. Esta maldita costumbre de filosofar, que tenía cuando estaba en el mundo de los vivos, no me ha abandonado en la tumba. Por eso fui muy desgraciado. Quise rebelarme contra los convencionalismos y fui vencido por la conjura social. Y hasta en mi matrimonio quise pedir a mi esposa amor después de dos años de casado,

disfrazados, a bailar y reírse. ¿Lo sienten?

olvidándome de que era mi esposa. Recuerdo que el día de mi muerte, con esa clara y fina percepción que da la naturaleza a los difuntos sólo muriéndose se sabe estomi esposa, en lo primero que pensó, después de haber desahogado sus glándulas lagrimales, fue en un traje de teatro que acababa de comprar y no había usado todavía. ¡Qué dolor!decía a sus amigas¡quién me iba a decir que no me lo podría estrenar! ¡Y hasta después de hecho, tuve que subirle un poco el escote, porque el pobre Juan era muy raro y exagerado en esas cosas! Divago. El aire frío y húmedo de la mañana «hiela mis huesos», como dirían los poetas. Y además, el recuerdo de la aventura de ayer me preocupa todavía. Nunca creí que el poder de los hombres llegase a tal extremo: a resucitar los muertos. ¿Será cierto o será un sueño de mi cráneo, no tan hermoso como el busto de la fábula, pero sí tan vacío como el de muchos consagrados? Ayer salí de mi tumba, recorrí alegre y tumultuosamente las calles de la capital. La ciudad se hallaba engalanada, como en días de carnaval. Se oían gritos y aclamaciones. Coches y automóviles, atestados de hombres de todas clases y condiciones, iban veloces, precipitadamente, de uno a otro lado. ¡Zayas 25 sí va! ¡Zayas-Mendieta, 26 victoria completa!gritaban unos desde su automóvil. ¡Vivan los conservadores!decían otros. Frente a una casa, creo que de la Calzada de Galiano, 27 el público se aglomeraba, como en días de grandes agitaciones. ¡Veinte blancos! pedía uno enronquecido. ¡Blancos son los que hacen falta! ¡Ya los negros se han acabado! ¡Forros blancos! ¡A votar, a votar! Y en un camión enorme me metieron atropelladamente, con otros muchos… ¿Muertos como yo? Tal vez. Y en un colegio electoral voté candidatura completa; no recuerdo la de qué partido. Para el caso era lo mismo. Después volví a mi tumba. ¿Habrá quien crea en la paz de los sepulcros? La humanidad ha progresado demasiado… Pero ¿es cierto que los hombres pueden hacer ya que los muertos resuciten? ¡Los hombres, los hombres! ¡Qué idiota, qué cándido soy a veces, tanto como cuando estaba en el mundo, según me dijo un día un amigo hablando sobre mi matrimonio! Los hombres no han llegado todavía a hacer resucitar a los muertos. ¡Hasta ahora los únicos que pueden hacer eso son los políticos!

El conocido joven

Nuestras crónicas sociales suelen reducirse hoy en día, salvo raras excepciones, a una lista interminable de sustantivos y un buen número de adjetivos. La moda y el gusto del público así lo exigen. Son muchísimas las personas que asisten a una boda u otra fiesta, con el único y exclusivo objeto de ver al día siguiente su nombre en letras de molde. De ahí que los cronistas de salones se vean obligados a desdeñar, a prescindir en sus trabajos, de floreos al hablar de algún evento social, yendo inmediatamente al grano, como pedía el magistrado del cuento. Y el grano, en este caso, o mejor dicho, los granos, son los nombres de los asistentes al acto. Como detalle curiosísimo que comprueba lo arraigada que está entre nosotros esta costumbre, debemos citar una típica fiesta que actualmente se celebra en La Habana: el baile infantil que dan, por carnavales, las sociedades regionales españolas, y al cual llevan las familias, vestidos con trajes de capricho o de sala, a sus pequeñuelos. El atractivo principal de la fiesta consiste en una lista cuatro o cinco mil nombresque publican después los periódicos, de todos los niños que concurrieron al baile y el disfraz que llevaba cada uno. Los

felices padres y demás familiares se leen, pacientemente, esos millares de nombres para encontrar el del hijo o pariente, que, a lo mejor, aparece mal escrito. Pero hay algo que resulta mucho más incómodo, molesto y complicado para los cronistas sociales: los adjetivos. Hay damas, damitas y caballeros a los que no basta nombrarlos; hay que adjetivarlos también. Y he aquí los apuros, de los que no saldría triunfante ningún maestro de la lengua, pero que, sin embargo, los cronistas sociales vencen y resuelven con pasmosa facilidad. No sabemos cómo se las arreglan, pero es lo cierto, que ellos pueden diariamente calificar y adjetivar a veinte o treinta personas de todos los sexos.

adjetivar a veinte o treinta personas de todos los sexos. Bella , encantadora , gentil ,

Bella, encantadora, gentil, interesante, simpática… son adjetivos que usan para las mujeres. Ilustre, distinguido, sabio, acaudalado, notable… puede decirse tratándose de hombres. No quiero citar un de eterna belleza con que he visto elogiar (!) a muchas señoras de nuestra sociedad. Todos estos adjetivos son relativamente fáciles de aplicar. Pero existen individuos que no son nadie, ni tienen título alguno, profesional ni pontificio, ni cultura, ni capital. No son ni distinguidos, ni simpáticos, ni elegantes… son la personificación, la encarnación de la nada. Son seres amorfos, negativos. Son unos Don Nadie. Y a pesar de esto, son personas que frecuentan asiduamente nuestros salones, teatros y paseos. Hay, pues, que citarlos en las crónicas, tanto más, cuanto que ellos lo piden directa o indirectamente. ¿Cómo calificarlos? El único adjetivo

adecuado sería la partícula privativa «a» antepuesta a su nombre. Pero el cronista no podría llevar su crueldad a ese extremo. ¿De qué manera resolver el problema? Muy fácil, muy sencillamente. ¡Oh prodigioso invento de nuestro siglo! Cada uno de esos individuos será siempre, en todos los momentos, dondequiera que vaya… El conocido joven. ¡Admirable! ¡Estupendo! ¡Maravilloso…! ¿Verdad? Al conocido joven, como queda dicho, se le encuentra en todas partes. Por la mañana en Obispo, por la tarde en el Prado 28 y el Malecón; 29 por la noche en la retreta, el cine o el teatro. No pierde tampoco ningún baile ni fiesta, sobre todo si son de invitación o gratuitos. Es amigo de los cronistas, los obsequia, los halaga y hasta los invita a tomar una copa o a refrescar, la víspera de su santo, para que al día siguiente lo feliciten en la crónica: «Hoy celebra su santo el conocido joven Fulano de Tal. Felicidades». Conoce y hasta saluda a toda La Habana, aunque de él todos no sepan más sino que es el conocido joven, ignorando la mayoría su nombre. Sonríe y piropea a las muchachas, entre las que tiene la rara cualidad que gráficamente se halla expresada en esta frase por la que son conocidos algunos de estos tipos: rompe grupos. Aunque no es un buen partido para las niñas en edad de merecer, éstas lo buscan con frecuencia:

cuando, por no haber llegado todavía ninguno de sus amigos, no quieren aparecer, en un baile, que están comiendo pavo; y también para dar caritate a los pretendientes o para que se decida algún enamorado tímido. En el Malecón paga las sillas, y a la salida del cine o teatro pueden sacarle, de cuando en cuando, la convidada. Tal es su papel en sociedad. Los hay que tienen capital, pero éstos son muy pocos. La generalidad vive de un destinillo o mesada. En sus trajes no suelen ser elegantes ni cursis. Un término medio indefinible. En sus conversaciones, vacíos, tontos. Por sus modales y aspectos, presuntuosos o estúpidos, ridículos. Por su cuna y antecedentes penales… más vale no averiguarlo. Por su cara, ¡oh, la cara es el espejo del alma!

El médico de los muertos

No creo sea aventurado afirmar que en nuestra patria, de cada diez personas, cuatro son médicos, cuatro abogados y las dos restantes generales. Las demás profesiones están repartidas entre individuos que, habiendo fracasado en esas carreras o encontrándose fuera de servicio, han creído oportuno dedicarse a algo más productivo. Conviene aclarar que de esa decena, la mitad, por lo menos, son periodistas, sin que esto quiera decir que los tales sean capaces de escribir correctamente ni aun cartas a la familia. Esta abundancia y exceso de profesionales redunda, desde luego, en perjuicio de la calidad. Son infinitos los abogados sin clientes y médicos sin enfermos, que, para ir viviendo, desempeñan plazas de escribientes con treinta pesos y hasta de vigilantes y motoristas; lo que, bien mirado, es un beneficio que hacen a la sociedad, porque si a esos doctores se les ocurriera ejercer, sería necesario ensanchar las cárceles y los cementerios. Y, después de los maridos, son galenos y togados los dos tipos que, a través de todos los tiempos, más han servido de blanco a las burlas e ironías de los escritores. Circunscribiéndome ahora a los médicos, ¿quién no ha leído Le Médecin malgré lui, de Moliére, o, por lo menos, el arreglo de Moratín El médico a palos? ¿quién no ha leído los intencionados versos del más insigne de los saineteros españoles, o el famoso artículo El médico de campo, del primero de nuestros costumbristas, José María de Cárdenas? Moliére no quería a los médicos, se burlaba de ellos acribillándolos con sus dardos. Del doctor Mauvillain, su íntimo amigo, decía:

Es mi médico, me da recetas que yo no tomo y somos los mejores amigos del mundo. Pero la burla más sangrienta que se ha hecho de los médicos, no se debe a un francés. Es cubana. Por algo se llama a nuestra patria la tierra clásica del choteo.

Todos cuantos hayan tenido que acompañar los mortales despojos de algún familiar o amigo hasta la última morada, la Quinta de los Pinos, o San Antonio Chiquito, como llama el vulgo a nuestro cementerio general, habrán observado, sin duda, al final del Paseo de Carlos Tercero 30 y a la falda del Castillo del Príncipe, 31 hoy convertido en presidio, una fuente, la última de las varias que adornan y embellecen esa calzada, construida por el general Tacón. 32 Dicha fuente marca el límite del Paseo y el comienzo del camino que conduce al cementerio de Colón. 33 ¿Os habéis fijado en ella? ¿Habéis visto la estatua que ostenta en su remate?

ella? ¿Habéis visto la estatua que ostenta en su remate? Es una estatua, dijo el doctor

Es una estatua, dijo el doctor José Antonio González Lanuza, 34 hablando sobre el particular, en un interesantísimo artículo publicado hace años, «es una estatua muy mala como obra artística: pequeña de cuerpo, cargada de espaldas, barbuda, envuelta a medias en un manto cuyos rígidos pliegues, como las duras líneas de su pecho descubierto, recuerdan el estilo griego arcaico, el Apolo de Tenea o la estatua funeraria de Orcomene, cuando más se le quiera conceder de respetable y de rudimentariamente artística». ¡Es una estatua de Esculapio! «Y ese emblema del semidiós de la Medicina, continúa diciendo el doctor Lanuza, en la puerta misma de la triste ruta que lleva directamente a la casa del descanso eterno, me parece, por lo casual, por lo no intencionado, por lo graciosamente inconsciente, la más espiritual de las bromas, macabra y festiva a un mismo tiempo, filosófica y burlona, demostrativa de lo poco que vale el esfuerzo humano, de la inanidad de nuestra ciencia, y de que no hay nada más irónico que el azar, ese tremendo o inaguantable bromista». Y, bromista también irreductible, el doctor Lanuza pide que dejen la estatua ahí, «porque tiene un valor ideológico en el sitio en que está, porque encierra toda una serie de ideas, porque

resulta supremamente alegórica, cumpliendo así con lo que es (a mi entender) la más alta finalidad de la escultura. Y que me perdone esta opinión y este deseo la respetable Facultad de Medicina». Pero no termina aquí, con ser de sobra sangrienta y cruel, la broma de que han sido víctima los médicos. A la ironía del azar, colocando la estatua del padre de la Medicina en el umbral casi de la morada donde habitan los únicos que ya no pueden utilizar los servicios médicos, y que tal vez son víctimas de ellos, y a la ironía, aún más implacable, con que el doctor Lanuza pide que no se quite de allí esa estatua porque es un símbolo, hay que añadir una nueva burla que la necesidad ha introducido para completar lo que bien pudiera denominarse «tríptico irónico». Es necesario que en el cementerio haya un individuo dedicado expresamente a dar fe de que los cadáveres llevados a enterrar son en realidad cadáveres muertos. Y esa plaza sólo puede desempeñarla un médico: ¡el médico de los muertos!

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Hemos llegado al cementerio tras el cortejo fúnebre de un amigo o conocido. Cuatro zacatecas sacan en hombros la caja mortuoria para depositarla, antes de darle sepultura, en la mesa de mármol que a ese efecto existe en los portales de la menos burocrática de nuestras oficinas públicas. Un señor pequeño, apergaminado y enjuto, se acerca. A un gesto suyo, destapan la caja. A través del cristal, dirige una rápida mirada al rostro del difunto. Hace otro gesto y vuelven a cerrar de nuevo el ataúd. El médico de los muertos ha cumplido su misión. Muchas veces, al encontrármelo en la calle enfundado en su antidiluviano chaqué verdinegro y llevando en la diestra enorme paraguas de los llamados antiguamente de billetero, he tenido la intención de celebrar con este discípulo de Esculapio una interview. Pero, dejándolo de un día para otro, nunca he llegado a entrevistarlo. ¿Habrá él, al fin, descubierto, después de estar mirando a diario cara a cara tantos cadáveres, el misterio de la muerte? ¿Sabría explicarme dónde comienzan los linderos del más allá? En la vidriosa mirada y el gesto último que como huella de su marcha definitiva ha dejado la vida al abandonar aquellos cuerpos, ¿no ha podido sorprender el secreto del ser y del no ser? Me he fijado muchas veces, detenidamente, en nuestro personaje cuando está en funciones, y me ha parecido adivinar cierta inteligencia entre él y sus clientes. Siempre, al observarlos tras el cristal de la caja, les guiña un ojo, de ese modo especial con que solemos dar a entender a otra persona que nos damos cuenta y estamos al tanto de lo que se trata o pasa. ¿Ellos, los cadáveres, le contestan? ¿El guiño que él hace es un santo y seña? ¿O es un tic nervioso, hijo tan sólo de la costumbre?

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Tal vez. Ni tú mismo podrías decírmelo, ¡oh médico de los muertos, el más famoso de los galenos, pues nunca has matado a ninguno de tus clientes! Y si lo sabes, guárdatelo, no nos reveles el Misterio. ¿Qué íbamos a hacer los hombres con la Verdad?

Chismografía social

En Cuba podemos decir que, salvo honrosas excepciones, todos los hombres son oradores y todas las mujeres, chismosas.

Confirma esta regla, la existencia de individuos completamente mudos o, a lo más, monosilábicos, a causa de su agudo pachequismo; hombres de inmenso talento… callado, famosos sabios e ilustres estadistas cuya verdadera sabiduría consiste en no hablar, adoptando, eso sí, para todo, la bella pose del Pensador de Rodin. «El silencio es oro», sostienen ellos, y, efectivamente, casi siempre les produce oro y otros metales. Lo que sí resulta difícil de encontrar es una mujer que no sea chismosa. La chismografía es la única forma hablada de elocuencia que poseen la mujeres. Sabemos que la elocuencia es el don natural de la persuasión, y la oratoria, el arte, la manera de la elocuencia. Las mujeres, para persuadir y convencer, jamás emplean la palabra; queda ésta reservada al hombre. El hombre habla, ruega, suplica, increpa, apostrofa. La mujer, conociendo que en ella el don de la elocuencia no está en la palabra articulada, sino en la palabra vivida, nunca usa aquélla en los instantes supremos, en los momentos solemnes. Cuando ella quiere convencer, calla, pero actúa. Recuerdo que una mujer muy sabia en cuestiones de amor, me dijo hablándome de uno de sus amantes:

Es un hombre encantador, simpatiquísimo, pero en ciertas ocasiones habla demasiado. A la mujer le basta un gesto, una mirada, para resolver a su favor la más difícil, ardua y complicada de las situaciones. Y la elocuencia de una caricia o de un beso, no ha sido hasta ahora, ni lo será por los siglos de los siglos, superada nunca.

ni lo será por los siglos de los siglos, superada nunca. Las mujeres conocen que, hablando,

Las mujeres conocen que, hablando, el hombre si es medianamente inteligente, pues de todo hay en la viña del Señor, las envuelve, las ofusca, las sugestiona, las derrota; y que, en cambio, en los gestos, en los ademanes, son torpes; y no hay nada más contraproducente que la inoportunidad de un gesto o de una caricia.

Se afirma, por el contrario, que las mujeres son comediantas consumadas. Poseen el arte supremo y exquisito de la mímica. Así como el orador confirma lo que está diciendo, con sus ademanes, la mujer usa la palabra para dar mayor fuerza a sus gestos; en estos casos sus frases llegan a alcanzar una plasticidad asombrosa, admirable. Buena prueba de cuanto dejo dicho nos la ofrece el cinematógrafo. Existen actrices eminentes, de facultades extraordinarias: Priscilla Dean, la Bertini, Pina Menichelli… No ha habido todavía, ni es fácil que se encuentre, un gran actor, y aun los que, como Novelli, son verdaderos genios de la escena, cuando lo vemos en películas nos resultan amanerados, artificiosos. ¿Cómo utilizan las mujeres la elocuencia hablada? En la chismografía. Poseyendo un gran espíritu observador, un profundo conocimiento del corazón humano y una fina y delicada percepción de las cosas y las personas, saben darse cuenta, en un instante, de todo cuanto las rodea, del lado flaco de los seres a quienes conocen; y, maestras de la ironía y la sátira, con una palabra o una frase, inutilizan y matan a aquel que se les interpone en su camino. A la posible rival que se figuran puede arrebatarles el hombre que a ellas les gusta o les conviene, la destrozan, la descuartizan, en público y en privado; dirigirán sus dardos contra aquello de lo que más presume o se enorgullece su víctima; llegarán a afirmar que su belleza es ficticia, que el carmín de sus labios, que sus ojeras y el rosa de su cutis son falsos, son pintados; que sus bellas formas son postizas; que si usas tales o cuales esencias es con el único fin de disimular otros olores. Y en su elegancia también se cebarán, haciendo resaltar los pormenores ridículos o cursis de su toilette. Si esto no basta para conseguir el fin que se han propuesto, acudirán entonces a la maledicencia y la calumnia, poniendo en la picota pública las interioridades de su hogar, los más mínimos detalles de su vida privada. Conozco mujeres que han llegado al extremo de tomar una criada, que acababa de salir de casa de una amiga que odiaban por suponer que era su rival, con el fin de enterarse de las interioridades de la casa. Con el hombre que las desprecia o las ofende o tiene con ellas un acto de descortesía o de indiferencia, son asimismo implacables… y en muchas ocasiones, justas. El hombre chismoso por despecho, es un ser despreciable, indigno, cobarde. Martí decía:

¿De mujer? Pues puede ser que mueras de su mordida; pero no empañes tu vida diciendo mal de mujer! *

La chismografía en La Habana está perfectamente organizada y reglamentada. Hay grandes centros o lugares donde periódicamente se reúnen las mujeres para dedicarse a la chismografía. Es conocidísima una gran tienda de ropa, situada en uno de los sitios más céntricos de La Habana. Allí, mañana y tarde, en horas de compras, se congregan, a arrancarle la tira del pellejo a todo bicho viviente; y, hasta los mismos dependientes las ayudan y auxilian, proporcionándoles datos de los demás marchantes de la casa, como harán de cada una de ellas con las restantes. Y esta chismografía se convierte a veces en espionaje. Conozco el caso de una señora que fue avisada inmediatamente por teléfono, que su marido se encontraba en esa tienda hablando con otra dama. Y también el de un marido al que le llamaron la atención de que su esposa estaba flirteando con un joven. Existen igualmente asociaciones femeninas que convierten sus días de juntas, o de recibo, en clubs conspiradores o de chismografía. Todas las asociadas van aportando, como en las antiguas sociedades secretas, los informes que han podido adquirir. Los mayores misterios se descubren, y aclaran; el último acontecimiento social se da a conocer; los disgustos de la familia, los reveses de fortuna y hasta las cuestiones políticas se discuten y, a veces, se resuelven allí, pues sus asociadas pertenecen a todas las clases sociales y, principalmente, a las más encumbradas. Los centros menores de chismografía son incontables; todos aquellos lugares donde se reúnan dos o más mujeres: visitas, días de recibo, de santos, teatros, bailes…

Los medios transmisores de chismes: las cartas, los anónimos, el teléfono, este último el más usado hoy en día. Tales son la vida y milagros de las chismosas, fieles de esa nueva religión que practican con fervor y entusiasmo muchas mujeres de La Habana, en salones y ciudadelas.

* José Martí, «Versos sencillos», Obras completas, t. XVI. Editora Nacional de Cuba, 1964. pp. 116.

De la farsa política

El «Orador de mitin»

Suidadanos: va a hacer el uso de la palabra el consecuente correligionario José Dolores Socarrás y de la Cruz. Y, después de un agudo toque de corneta, subió a la tribuna, levantada en la plaza de Z, un hombre que, arrojando violentamente su sombrero de jipi al suelo, prorrumpió en desaforados gritos:

Debemo montá a caballo y etá dipuesto a derramá la sangre de nuetro huesos po la vitoria de nuetro partido. (Histórico). ¡Métele, guayabo! le interrumpió una voz de entusiasta correligionario, enardecido por las elocuentes palabras que acababa de pronunciar el orador en turno. Y así, de esta manera, entre aplausos y gritos, continuó su peroración José Dolores, hasta que las indirectas que a todo pulmón le dirigían de ¡corta!, ¡corta! le dieron a entender que ya el auditorio empezaba a considerar su speech como una lata. Y, uno tras otro, fueron desfilando después por la tribuna los prohombres del partido, o simplemente los políticos de arrastre en el barrio. El pueblo, según sus simpatías, recibía a los oradores con mayor o menor entusiasmo, premiando con nutridos aplausos y aclamaciones a los gallos del partido.

Nada tan interesante, para conocer la psicología de un pueblo, como estas fiestas populares, clásicas de los democráticos Estados modernos, llamadas mítines. Uno de los más brillantes periodistas cubanos, el Sr. Márquez Sterling, 35 dijo, hace tiempo, en uno de sus notabilísimos artículos, refiriéndose al mitin, que «la propaganda política a través de nuestro clásico mitin, produce en el ánimo de los patriotas inteligentes, honda y desconsoladora tristeza. Si la estatura cívica del pueblo y de los hombres que dispútanse el dirigirlo, no alcanzaran talla más alta que la de esa tribuna, salvo rarísimas excepciones, chocarrera y vacua, sería imposible negar que no pasamos de mínimos liliputienses. El orador en estas fiestas del ciego entusiasmo procura casi siempre excitar las bajas pasiones y explota

para el éxito de su causa, los rencores morbosos y los odios enfermizos

procura de su parte, la adaptación al medio ambiente del mitin; reduce su mentalidad a moldes

mezquinos, finge deleite en el derroche de su gárrula incendiara, y oculta cuanto puede sus nobles pensamientos».

Nuestro intelectual

Yo me atrevería a afirmar que en el mitin el auditorio suele estar por encima

Yo me atrevería a afirmar que en el mitin el auditorio suele estar por encima del orador. Nuestro pueblo es inteligente, y, aunque le falta cultura e ilustración, se da cuenta en seguida de lo ridículo, malo o censurable que hay en todo lo que ve u oye. Cuando sube a la tribuna un orador conceptuoso y elocuente, un gallo, como se dice en el argot político, lo oye con entusiasmo y recogimiento, lo aplaude y aclama en sus períodos inspirados, y, al terminar, comentan unos y otros:

Ése sí que habla fino. En cambio, cuando habla algún ignorante o algún latoso, lo califican a las primeras palabras. Usted está sacao, compadre, apéese de ahí, he oído decirle frecuentemente a algunos oradores. O cuando la lata no puede ya soportarse:

Acorte, acorte, que todavía no ha hablado Fulano (uno de los buenos). Desde luego que, generalmente, el auditorio no está capacitado para juzgar el valor literario de los discursos, y hay oradores sumamente cursis, que han logrado alcanzar fama y renombre, no ya entre el pueblo, sino también entre las clases más altas de la sociedad. Y el pueblo aprecia, además, la sinceridad de sus oradores. De un señor, candidato a representante, fracasado ya en varias elecciones, y el cual es famoso por lo exagerado e insincero que resulta en sus demostraciones de afecto e identificación con sus correligionarios, a los que abraza ridículamente donde quiera que se los encuentra; de este buen hombre, oí yo exclamar a un infeliz moreno que le escuchaba un discurso. Ése no siente lo que dice; lo que quiere es salir representante; pero ni aun los abrazos le van a servir.

Y es que hay oradores que llegan ya, en su frescura, a lo inaudito. He oído al hijo de un

candidato, decir, teniendo a su padre al pie de la tribuna:

, bufete, sus cuantiosos intereses, su familia, todo, en una palabra, por servir al partido, bien merece que vosotros le deis vuestros votos el día de las elecciones.

que siempre se ha sacrificado por nuestro partido, que ha abandonado su

Porque el Dr

Y

no digo nada de los oradores yoístas, porque éstos los hay aun entre los de altura.

El

orador verdaderamente culto, el hombre inteligente, no apela en el mitin al insulto. Los

vulgares y mediocres, encumbrados por el azar o las circunstancias políticas, son los que vierten

siempre en sus discursos la calumnia y la injuria, el ataque personal a la vida privada de los adversarios, creyendo que con eso halagan los gustos del pueblo. Y, efectivamente, a veces, el pueblo les aplaude, gritándoles:

¡Métele caña! Pero, tarde o temprano, esos ídolos de un día caen ruidosamente de sus pedestales. No quiero citar ejemplos.

Soy de los que opinan que los males, los defectos y el fracaso de nuestra política, hay que ir a buscarlos, no en las clases bajas, no en el pueblo, sino en las clases altas, en los directores, en los tramoyistas, que, ya oculta o abiertamente, manejan los hilos de todo el escenario de lo que bien puede considerarse verdadera farsa moderna. Nuestro pueblo es noble, nuestro pueblo es generoso, nuestro pueblo es bueno. Del pueblo, pienso como de las mujeres. Uno y otras sólo son malos cuando han tropezado en el camino de la vida con hombres perversos, con falsos padres de la patria, con viles explotadores de profesión. Pueblo y mujeres son como espejos cuya límpida superficie, que el menor soplo mancha, refleja siempre la imagen que tiene delante. ¡Ay de las mujeres y del pueblo delante de los cuales se coloca un hombre de bajas pasiones y malos sentimientos, o un político sin conciencia! Padecemos de logorrea. Todos quieren hablar y quieren hablar de todo. En nuestros mítines hay verdadera lipidia por consumir un turno y, a muchos, una vez en la tribuna, les cuesta trabajo abandonarla. Asistí días pasados a un mitin en el que uno de los oradores, al primer párrafo, pidió, para seguir hablando, agua; no la había cerca, y tardaron en traérsela; se bebió un vaso, pero necesitó más y volvió a pedirla. Le gritaban que terminase ya, que se retirase; pero él, aferrado a su tribuna, no la soltó sino después de consumir tres vasos de agua. Ese hombre es un elefante, que le traigan un cubole dijo un chusco. Es popular entre nosotros un tipo, joven estudiante o abogado ya, que no pierde un mitin de su partido, aun esos de altura que se celebran en el Teatro Nacional. 36 Después que se han consumido todos los turnos señalados, él se levanta y dice que no pudiendo contener su emoción, va a hablar. Y, efectivamente, habla, o mejor dicho, grita lo que de antemano tiene

preparado, que a veces resulta un discurso de Castelar

Se ha dicho también de los mítines que son fiestas en las que el pueblo da rienda suelta a sus

enfermizas y bajas pasiones y a sus instintos groseros. Pero de esto conviene mejor no hablar,

pues he visto en más de una ocasión, al terminarse la comida que se daba en alguna de nuestras más elegantes y aristocráticas sociedades, convertirse aquel salón en verdadero campo de Agramante, donde hacían el papel de proyectiles pedazos de pan y otros desperdicios del banquete, arrojados por los finos y distinguidos concurrentes. Innumerables son las anécdotas que pueden contarse de los mítines. Sólo voy a referir una. Se daba, hace de esto algunos años, la víspera del 24 de Febrero, * y en conmemoración de esa

fecha patriótica, un mitin de los llamados bajo techo, en el local de un comité de barrio. Luego de haber hablado el presidente del comité, ocupó la tribuna un notable orador, que empezó su discurso diciendo:

Después del hermoso retrato de Martí que con mano maestra ha pintado el señor X no tengo nada que añadir. Entonces un buen hombre, que se encontraba a mi lado, se volvió hacia mí y me preguntó:

, yo

aprendido de memoria.

Dígame, ¿cuál de esos dos retratos es el que ha pintado el señor X? Yo no sabía que fuera pintor. (En el salón, entre otros adornos, había, efectivamente, dos cuadros de Martí!) Quiero hacer constar, antes de concluir este artículo, que no deben sentirse ofendidos los oradores de mitin por la opinión que tengo de ellos, pues yo también he sido orador de mitin. Y a confesión de parte

* El 24 de febrero de 1895, en distintos puntos de Oriente, tuvieron lugar varios alzamientos simultáneos, con lo que se inició una nueva etapa de la lucha por la independencia. Grito de Independencia.

Rascabucheadores

El rascabucheo, considerado como una de las bellas artes

Si Tomás de Quincey escribió su obra El asesinato considerado como una de las bellas artes, bien puedo titular este artículo de manera análoga. Es verdad que el asesinato es tan antiguo como el mundo, pues Caín, «que mató a Abel por envidia de su virtud», es el primer asesino de que nos habla la historia; pero el rascabucheo no se queda atrás en lo de tener una gloriosa antigüedad, pues la Santa Biblia nos cita el caso de aquellos tres viejos que quisieron rascabuchear a la casta Susana cuando se estaba bañando. Como todas las bellas artes, sus comienzos fueron toscos y rudimentarios. Recordemos los primeros trabajos que han llegado hasta nosotros de pintura y escultura, hechos por hombres de las épocas terciaria o cuaternaria. Es con el transcurso de los siglos que el rascabucheo, como arte también, va perfeccionándose poco a poco, hasta llegar a adquirir en nuestra época su edad de oroel esplendor y grandeza que hoy goza, sobre todo en Cuba, su verdadera patria, «la Italia del rascabucheo», como la llamó uno de nuestros más insignes críticos de arte. ¿Qué es el rascabucheo? Veamos el diccionario: «Rascabucheo. Acto o efecto de rascabuchear. Se dice también del arte liberal descubridor de los secretos de la naturaleza». Como sucede siempre con los diccionarios, no están explicadas aquí las distintas acepciones de la palabra; pero consultando las obras de los más eminentes lingüistas, podemos ampliar estos conceptos. El verdadero sentido y significado del rascabucheo, más que el descubrir todos los secretos de la naturaleza, es el de descubrir los secretos físicos femeninos, y ya en esto encontramos el refinamiento a que ha llegado este arte, pues ha elegido como su fin principal lo más bello de la Naturaleza: la mujer. Ahora bien, aunque este arte en sí es puramente ocular, hay, como derivación de él, un oficio que se conoce con el mismo nombre y se practica simplemente por medio del tacto. De esto no hablaré hoy.

Billiken , escritor cubano perito en estas materias, afirmó hace años que Adán fue el

Billiken, escritor cubano perito en estas materias, afirmó hace años que Adán fue el primer rascabucheador del mundo. Esta afirmación es completamente falsa. Adán no podía rascabuchear lo que no estaba oculto, y Eva, según nos dice la historia, no ocultaba nada. El rascabucheo es arte complicado y sutil, gusta de refinamientos y de exquisiteces, es arte de nuestro siglo, cerebral y civilizado. Busca descubrir los secretos femeninos, pero su mayor encanto y atractivo está en no llegar a descubrirlos por completo. Se rompería entonces el encanto. Más que los ojos, es el cerebro el que actúa. ¡Oh poder inefable y embrujador del misterio! Más que el deseo de lo desconocido y determinado, nos atrae y nos sugestiona en la vida lo que, ignorado, despierta en nosotros ensueños e ilusiones. La verdad desnuda es prosaica y antiartística. Cuando fantaseamos, nos convertimos en verdaderos genios, creando a nuestro capricho y gusto todas las cosas. Si pudiera radiografiarse el cerebro de un rascabucheador en momentos de trabajo artístico, se obtendrían las más bellas imágenes de mujer. En La isla de los pingüinos, encontramos una admirable demostración de cuanto venimos exponiendo, en la aventura que ocurrió cuando trataron de vestir a las pingüinas. La más fea, vestida, arrastraba tras sí a todos los pingüinos, jóvenes y viejos, porque dice Anatole France: «para que el interés y la belleza de esa pingüina les fuese plenamente revelado, fue necesario que dejando de verla claramente con los ojos, se la representaran en la imaginación». Entre nosotros el rascabucheo se cultiva en gran escala, practicándose por todos, chicos y grandes, jóvenes y ancianos. Pero no debemos considerar solamente el sujeto activo o rascabucheante, que es el hombre, sino también el sujeto pasivo o rascabucheado, que es la mujer. Ésta contribuye a su vez, de manera directa, al mayor auge y esplendor de este arte

nobilísimo. ¿Cómo? Dejándose rascabuchear, contribuyendo, con su pasividad y tolerancia, a que los hombres puedan practicar estas artísticas aficiones. Otro factor importantísimo es la moda, que ha venido, con sus mil diabólicas y fascinadoras innovaciones, a dar más facilidad, más atractivos y más encantos a las que de por sí los tienen insuperables. Díganlo, si no, esas sayas cada día más torturantemente cortas que se usan en la actualidad, esas telas transparentes, esos encajes y calados ¿En qué sitios se practica principalmente el rascabucheo? En todas partes, aunque existen verdaderos centros artísticos. Voy a citar algunos de ellos:

Hay en nuestras principales avenidas, tales como Obispo y San Rafael, 37 sitios estratégicos, en los que en ciertas horas del día, al dar el sol de manera adecuada, produce maravillosos efectos de transparencia cuando pasan las bellas hijas de Eva en el diario recorrido de tiendas. En las esquinas de las calles; al subir a los tranvías; en los teatros, a la entrada y a la salida de la concurrencia; en la Acera del Louvre, 38 por la noche, al bajar y subir de los automóviles, las damas que acuden al Telégrafo 39 e Inglaterra; 40 en las iglesias, a las horas de misa, los

domingos, o los jueves en la visita del Santísimo

que buscan los fieles de esta nueva religión de la Belleza y de la Forma. Los balcones ofrecen, asimismo, ancho campo de experimentación. Las mujeres se colocan, tranquila y disimuladamente, como quien no quiere enterarse de lo que está sucediendo, y efectivamente, por debajo, pero mirando hacia el cielo, pasan los hombres, disimuladamente también, con una cara de inocencia y de ingenuidad que no les envidiaría una colegiala de El Corazón de Jesús. 41 Hay muchas casas en las que los maridos o novios celosos y los padres de ideas atrasadas, han hecho colocar unas tablas feas, horrorosas. ¡Cuán pocas son las personas que saben comprender y sentir el arte! La casi totalidad del público que acude a la playa de Marianao, durante el verano, no va a tomar fresco ni a mitigar los rigores de la canícula, sino a contemplar a las encantadores bañistas. Y hay más de un señor muy respetable que se pasa las horas y las horas sumergido hasta el cuello en el agua, pescando lo que Dios o el Diablo se sirvan depararle. ¡Cuidado con los resfriados! En los baños del Vedado, 42 durante la temporada, raro es el día que no se ven cruzar muy cerca de la costa, botes y lanchas tripuladas por amantes del divino arte. Entre las muchachas y señoras hay entonces carreras, zambullidas, sustos y hasta desmayos En las casas cuyas azoteas dominan todas las colindantes, es costumbre poner sobre el muro un cajón con su correspondiente agujero, cajón que, por estar permanentemente colocado allí, no llama la atención de las vecinas, quienes, sin temor, se entregan en sus cuartos, con las ventanas y puertas abiertas, a hacerse la toilette. Mientras, resguardado y escondido tras el cajón, el rascabucheador toma cuantos bocetos desea de sus gratuitas e inocentes modelos. Hoy en día se ha llegado al extremo de proveer a muchos automóviles de potentes focos eléctricos, giratorios en todas direcciones, que situados en la parte delantera del carro, a un lado del cristal del parabrisas, permiten alumbrar, en las tinieblas de la noche, lo alto de los balcones, las ventanas o el interior de salas y cuartos. Son la industria y los inventos modernos puestos al servicio del arte. Infinidad de anécdotas, aventuras y sucedidos, realmente curiosos e interesantes, podría

son estos lugares que frecuentan y ocasiones

contar para hacer ver cómo se ha extendido y propagado entre nosotros el arte del rascabucheo; pero no dispongo de espacio suficiente. Me limitaré a citar un caso que publicó hace meses toda la prensa y que tuvo su epílogo en el Juzgado Correccional de la Primera Sección de esta capital. Cierta noche fue detenido un individuo de aspecto decente, a quien se le sorprendió mirando por las persianas de una casa de la calle del Tejadillo * esquina a la de La Habana. ** Registrado por el vigilante de posta, se le ocuparon en los bolsillos del saco unos gemelos de teatro, un berbiquí y una barrena, instrumentos todos que utilizaba este artista para el mejor desempeño de su arte. Llevado al Prescinto de Policía, se contentó con sonreír maliciosamente a las preguntas que le hizo el oficial de guardia.

El

divino

Pietro

aprovechado.

el

Aretino

no

hubiera

tenido,

con

seguridad,

otro

discípulo

más

* Se le puso este nombre por ser la única casa de teja que primitivamente existía en esta calle. ** Debe su denominación al nombre de la ciudad.

Los novios de sillones

I

Aunque Carlos de la Torre, el sabio naturalista cubano, discípulo de Poey, 43 ha llegado a descubrir y clasificar setenta y dos especies distintas de novios, hoy voy a ocuparme solamente de una de ellas, la más antigua, conocida y numerosa: la de los novios de sillones. Y si los métodos científicos modernos aconsejan que a los animales se les estudie en el sitio o región donde más frecuentemente habitan, podré con los novios de sillones seguir fácil y cómodamente este sistema, pues introducidos, al decir de un historiador, en 1767 por la esposa del entonces Gobernador de Cuba Don Antonio M. Bucarely, 44 que tenía una hija en edad de merecer, se extendieron en seguida y propagaron después por toda la isla, a tal extremo que es muy difícil encontrar hoy calle donde no existan numerosas parejas de esta especie animal. Y es que muchos o casi todas las otras especies cubanas de novios son transitorias, viniendo a convertirse, al fin y al cabo, en lo que constituye su estado perfecto y propio: el noviazgo de o en sillones. Nos basta, pues, para examinar y conocer esta clase de novios, con salir una noche (es especie nocturna) a recorrer cualquier calle de La Habana, deteniéndonos, como centro de operaciones, en una cuadra donde encontremos arribazón de ellos. Aquí, en esta calle, podemos hacer alto. Hay seis casas con novios, de las que dos, por ofrecer sólo novios de ventana, no nos interesan. Pero las cuatro restantes nos van a presentar ejemplares curiosísimos. En una de las casas hay tres parejas. ¡Admirable! Los novios de sillones, según acabo de decir, son exclusivamente nocturnos, como las lechuzas, los murciélagos, los serenos y los basureros. Se dejan ver durante la prima noche únicamente, de ocho a once por lo general. En las restantes horas del día son seres vulgares e inofensivos.

¿Cuáles son sus costumbres? La novia, desde muy temprano se ha acicalado cuidadosamente, empolvándose y

¿Cuáles son sus costumbres? La novia, desde muy temprano se ha acicalado cuidadosamente, empolvándose y perfumándose pecho, cara y brazos. Completa su adorno con alguna flor, ya marchita, que la noche antes le trajo su novio. La respetable señora mamá y futura suegra, se ha puesto su matinée o bata de por las noches, y está presta a ocupar su sitio de vigilancia. Llega el novio; saluda a la mamá, que le contesta con un gruñido más o menos cariñoso; estrecha la mano de… llamémosla Cachita, y, si es domingo, le entrega su ramito de flores o el indispensable cartucho de bombones. Vamos a sentarnos dice Cachita—. Y… (fíjate bien, lector, que en esto que voy a exponer ahora, está la base de las relaciones y el principio y fundamento de la familia, de las naciones y de la humanidad). Cachita toma un sillón, su novio, que llamaremos Manolín, toma otro; los colocan de modo que formen, en conjunto, lo que se llama vis a vis (no conviene confundirlo con el coche llamado vis a vis, que se usa para los bautizos domingueros). Y Cachita y Manolín se sientan en sendos, aunque pequeños sillones. Acto continuo, la respetable autora de los días de Cachita, agarra otro sillón y se sitúa en la misma sala, a una distancia calculada de antemano y desde la cual se pueda distinguir con claridad el ángulo de separación que forman los cuerpos y, sobre todo, las caras de los futuros esposos. Los sitios donde estos tres sillones sagrados cimientos del futuro edificio del hogardeben colocarse, varían según las condiciones del terreno y el carácter de los moradores. Si la casa tiene dos ventanas, los novios ocupan una de ellas, y la respetable señora mamá, la otra. Si

ésta la mamá, no la ventanapadece de mal de sueño, los novios distraídamente eligen algún rincón de la sala que tenga buen efecto… de sombras. Cuando hay dos o tres parejas, se colocan como Dios les da a entender. Así sentados, permanecen hasta las diez y media u once, en que el novio se retira. Si hace mucho calor, se paran un rato en la ventana o llaman al heladero para enfriarse un poco, sin dejar, por supuesto, de convidar a la respetable mamá. Se vuelven a sentar, arrullándose al vaivén de los sillones, con esas mil frases y tonterías que todos, quien más quien menos, hemos repetido alguna vez en la vida. Si la respetable señora mamá da alguna cabezada, ¡ah! entonces recitan aquello que dijo Bécquer: «Por una mirada un mundo…» Pasa el manicero, y el de los «¡tamaaales!» La respetable señora mamá hace alguna indicación:

Dicen que ese hombre vende unos tamales muy buenos… Y se compran tamales. Yo sin picante dice la respetable señora mamá— porque ahora con el calor… Cuando

era

joven sí me gustaban picanticos. Pregúntale a tu padre, Cachita. ¡Qué tiempos aquellos! Se sientan otra vez y continúan meciéndose y arrullándose, siempre bajo la vigilante mirada

de

la respetable mamá. Conozco una de éstas que no deja solos a los novios ni cuando van al

comedor a beber agua. A lo mejor, la mamá, en el tono más inocente de este mundo, exclama:

¡Qué tarde debe ser ya! Y… pero antes de pasar adelante conviene que hagamos breves consideraciones filosóficas y sociológicas. Hemos dejado ya a Cachita, a Manolín y a la respetable futura mamá suegra en sus respectivos sillones, formando lo que, según el doctor Lanuza, suele llamarse el triángulo de las

relaciones, bien distintos, por cierto, del triángulo de la familia, muy generalizado en algunos países. ¿Qué papel componen todos estos personajes vivientes y muebles? Dos de los sillones son, desde luego, indispensables para sentarse los novios; pero tú, lector curioso, quieres saber para qué sirve el tercer sillón y su respetable ocupanta. He meditado mucho sobre este punto sin poder hallar la solución. Las respuestas que me han dado algunas personas, tampoco me han satisfecho, pues no creo como me dijo uno de los individuos interrogados, que la respetable señora mamá se sitúe junto a los novios para vigilarlos y evitar malos movimientos (fueron sus palabras), pues ello equivaldría a confesar

tácitamente que ella había educado tan mal a su hija y ésta era tan ligera de cascos, que no podía perderla de vista; o tampoco que haya que vigilar al novio, pues si no fuera una persona decente,

la respetable señora mamá no lo aceptaría en su casa. Otro me afirmó que era cuestión de guardar las formas, y realmente no he podido

comprender a qué formas se refería. En vista de esto, invito a mis lectores a que me digan, si lo saben, qué papel componen, entre

los novios de sillones, la respetable señora mamá y su sillón.

II

Modestia aparte, mi anterior artículo sobre los novios de sillones ha alcanzado un éxito grande, franco, extraordinario, debido, sin duda, a la vital importancia y trascendencia del tema en él desarrollado. Hombres y mujeres de todas edades y condiciones, ya personalmente, ya por carta

o por teléfono y hasta uno por cable, han emitido su opinión sobre el problema que, al final de

mi

trabajo, presenté a los lectores para que ellos lo resolvieran: «¿Qué papel componen, entre

los

novios de sillones, la respetable señora mamá y su sillón?».

En la imposibilidad de publicar todas las respuestas recibidas, doy a conocer las más notables. El mismo sábado, por la tarde, encontré en mi mesa de redacción una epístola escrita por un novio y su respectiva novia. Aunque no resuelve el problema, por ser la primera carta que recibí, la inserto a continuación. Dice así:

«Sr. Roig de Leuchsenring. Estimado señor: En contestación a su escrito sobre los novios de sillones, voy a manifestarle que soy uno de tantos. A mi parecer creo que mi futura mamá desea saber si soy buen afinador y al mismo tiempo recuerda cuando ella era piano. Atentamente, Un incansable afinador». En la otra cara del pliego, dice la novia:

«Tan largo como su apellido debe ser usted. ¡Ay!; pobrecita de la suegra que le toque a usted, Cachita». Un individuo que se firma: «Una Víctima», y que, probablemente, lo es de su futura suegra, me dice:

«Hace tres años que llevo relaciones. Mi futura suegra no me pierde pie ni pisada. Es nuestra sombra. Ni duerme ni lee los periódicos. Nos acosa, nos martiriza. Conmigo, su papel es el de verdugo, y para mayor desgracia, desde que tengo que soportarla, no ha habido en Cuba ni ciclones, ni siquiera un modesto ras de mar». Otro me escribe:

«No componen ningún papel. El Secretario de Gobernación debía suprimirlas o el Jefe Local de Sanidad debía ordenar se hiciera con ellos, como se hizo con los tarecos viejos durante la primera Intervención americana, una requisa y recogida general de futuras suegras y sus sillones. Son dañinos a la salud pública. Van contra el ornato. Desdicen de una gran capital». Un novio, aficionado, según parece, a los estudios históricos, opina:

«Tienen un origen histórico. En la época de los piratas, la mamá era indispensable en las relaciones, y no podía perder de vista a su hija para evitar que se la llevase algún bucanero o corsario, de los que frecuentemente asaltaban la Isla, arrasando con personas y bienes. Después pedían por las niñas secuestradas grueso rescate. Se dio también el caso de ser los mismos novios los que disfrazados de piratas, se llevaban a las novias. Entonces, como es de suponerse, cargaban con el dinero y la muchacha». Un habanero se expresa así:

«Hasta ahora la mamá no componía ningún papel entre los novios de sillones. De aquí en adelante servirá para sustituir a los serenos, que van a ser suprimidos por el Ayuntamiento». De un solterón empedernido:

«No deben suprimirse las futuras mamás suegras. En ciertas épocas del año, cuando en La Habana se cierran los teatros y no hay donde pasar la noche, ellas constituyen una de las diversiones y entretenimientos nocturnos. No hay nada más cómico que el espectáculo que ofrecen a la vista del público los novios de sillones y la mamá». P. P. L. me manifiesta:

«Es una costumbre más o menos ridícula; pero acuérdese de lo que dice Voltaire no Vultaire:

«Nada hay tan respetable como una antigua costumbre». Sería interminable el seguir copiando las restantes misivas que he recibido, ya que en ninguna de ellas se resuelve satisfactoriamente el problema planteado. Sólo voy a dar cuenta, por ser de quien es, de un cablegrama que desde los Estados Unidos, donde se encuentra, me ha enviado el doctor Lanuza. Dice así:

«Roig de Leuchsenring. Habana. Frase triángulo relaciones, no es mía. Le felicito por ella. Asunto su artículo muy complicado. Véame regreso. Lanuza». En cuanto a la pregunta por mí formulada, creo, como el Doctor Lanuza, que es asunto muy complicado; y me parece lo más oportuno que cada cual lo resuelva prácticamente como mejor pueda, ateniéndose desde luego, a las consecuencias. En cuestión de suegras, lo mejor es no tenerlas. Ya lo dice la copla popular:

Quien tuviera la suerte de Adán y Eva que en su vida tuvieron suegro ni suegra.

Los novios de ventana

En este siglo del one step, los fords, el teléfono automático, los patines y las matinées cinematográficas y bailables, los novios de ventana resultan un verdadero anacronismo. Es realmente extraordinario que se conserve y practique aún esa costumbre, una de las más antiguas de nuestra ciudad, propia de los siglos bárbaro-caballerescos, en los que, embozados en sus capas, tenían los pobres amantes que esperar frente a las rejas de su amada, el momento en que la dueña o el marido Barba Azul la dejase por unos minutos libre de toda vigilancia, para entonces, presos de temores y sobresaltos, poder estrecharse nerviosamente las manos y dirigirse unas cuantas palabras de amor. Y así, a medida que la humanidad ha ido progresando y se han conseguido todas esas libertades sociales y políticas que debemos, entre otras cosas, a la revolución francesa y a la de agosto, al reinado de la sicalipsis y de las operetas vienesas, ha ido también desapareciendo de todos los pueblos de Europa y América tan incómoda costumbre, a tal extremo, que ya hoy únicamente se practica en esta ex fidelísima Ínsula. No puede ello atribuirse a otra causa que al apego que tenemos los criollos a todo lo antiguo y tradicional, como lo demuestran claramente el afán que sienten las familias por conservar en sus casas los trastos y tarecos viejos, y el que a los veinte años de constituida la República no hayamos modificado los viejos códigos que nos dejó la ex madre peninsular. Antes, eran novios de ventana aquellos infelices que no tenían otro medio de verse y hablarse, por ofrecer la familia oposición a las relaciones y no dejar salir de la casa a la muchacha. Pero hoy, las cosas han variado por completo. Las muchachas gozan de bastante libertad; no viven encerradas perpetuamente en sus hogares, y las mamás no son tan rigurosas y exigentes como antes.

En nuestra época pueden las niñas salir a menudo, ya solas, ya en compañía de

En nuestra época pueden las niñas salir a menudo, ya solas, ya en compañía de hermanas, primas o amigas, al cine, al parque, al Malecón, a tiendas, a la botica «para dar un recado por teléfono», a la bodega a pesarse o a otros muchos sitios que les ofrecen magníficas oportunidades de ver a sus enamorados y hablar con ellos. Y hasta las condiciones de las casas han variado: las antiguas y enormes llaves coloniales que se colgaban detrás de la puerta, han sido sustituidas por los pequeños y manuales llavines; y las mismas ventanas, que antes eran perfectamente cerradas con gruesos barrotes, hoy se construyen provistas de postigos modernistas y cómodos. Tengo ahora sobre mi mesa de trabajo un dibujo de Landaluze, el pintor de las viejas costumbres habaneras, que reproduce una escena de los novios de ventana. En él puede observarse a la pobre niña, tímida, que asoma la cabeza tras el postigo, mientras el novio, vestido a la usanza de la época, casaca negra, sombrero de copa y pantalón blanco, le dirige desde la acera, a distancia, tiernas palabras de amor. Un costumbrista * de entonces cuenta que el novio de ventana podía ser de tres clases:

aspirante, mientras se limitaba a pasear la cuadra de arriba abajo, mirando insistentemente para la ventana que guardaba a la niña de sus pensamientos; meritorio, ya junto a la ventana, en las primeras horas de la noche, pero todavía en la época de ruegos sin haber realizado aún la conquista, conformándose con oprimir entre sus manos los hierros; y efectivo, cuando ya pasadas las diez de la noche, podía estrechar las manos o cualquier otra pertenencia de su niña, elevada a la categoría de novia, y en posesión él de todos sus derechos y funciones de novio. Las declaraciones las hacían en aquellos tiempos los jóvenes, después de haber sido durante varios días aspirantes, depositando, ya por sí, o por medio de un amigo o mandadero, la consabida epístola en prosa o verso, copiada de El Secretario de los amantes o escrita por un amigo poeta. El ya mencionado costumbrista nos da a conocer un soneto-declaración. Empieza así:

A

SONETO

Mi corazón está muy enamorado

y como la flor seca se deshoja,

así se secará el desdichado

si tú, Panchita, al verle

tan angustiado

* Se trata del Doctor Cantaclaro, escritor costumbrista cuyo artículo «Los amantes de ventana» fue publicado en el libro Tipos y costumbres de la Isla de Cuba, 1881.

Una carta era poco; nuestras bisabuelas y abuelas, cuando niñas, necesitaban tres cartas, por

lo menos

Se veían por primera vez en la ventana, a escondidas de la mamá. La muchacha, después de

las excusas de la edad, el traje corto, el colegio, etc., le daba al galán vagas promesas, ofreciéndole consultarlo con la almohada.

Y el esperanzado meritorio pasaba así unos días, hasta que tras el anhelado quedaba

convertido en amante efectivo o verdadero novio de ventana. Se cambiaban, primero, numerosas pruebas de amor: retratos, lazos, pañuelos, ricitos de pelo, etc. Por fin convenían en verse a altas horas de la noche. Ella, en puntillitas, se levantaba de la cama, burlando el sueño de la familia y auxiliada por la negra vieja que la crió o la vio nacer, y se prestaba a estas peligrosas combinaciones, no sin refunfuñar:

¡Ay, niña! Si lo viejo se entera me va a comprometé. Algún beso menos disimulado llamaba la atención del sereno, que cruel e implacable, ponía fin al amoroso coloquio:

Váyanse a acostar y cierren la ventana, si no quieren que le avise a la familia gruñía, haciendo al mismo tiempo sonar contra las losas de la acera la lanza, símbolo de su oficio.

Hoy basta con dos palabras.

II

Los novios de ventana, por ridículos, antiestéticos y anacrónicos, constituían un atentado al

ornato público, un estorbo para el mejor orden y reglamentación del tráfico en nuestra capital y una rémora al progreso y civilización de la humanidad. Hoy, propiamente novios de ventana, quedan muy pocos. Hay, en cambio, conquistadores, enamorados y amantes de ventana.

Se ven también algunos casos excepcionales: novios que después de dejar los sillones y salir

a la calle, se están despidiendo en la ventana más de una hora; u otros, que no tienen entrada en

la casa más que tres veces a la semana, y se pasan los otros cuatro días conversando por la

noche en la ventana. ¡Ridiculeces familiares! Fuera de esas y otras excepciones, la ventana desempeña en nuestra época otra misión, no menos elevada e importante que la que antiguamente desempeñaba. Así como las muchachas en edad de merecer, pertenecientes a la alta sociedad, al smart-set

o high life, tienen el salón, el teatro, el paseo, el automóvil, como cosas y lugares apropiados para lucir sus encantos y atractivos naturales o artificiales, para exhibirse y llamar la atención de los futuros pretendientes, así también las pobres a veces más felicesmuchachas de la clase media, han encontrado en la ventana, el cuadro, marco, sitio, lugar, vidriera o escaparate, donde, exponiéndose en periódico, constante y llamativo anuncio, se dan a conocer

y atraen, en mayor o menor escala como el panal de miel a las moscas o el bombillo de luz

o viejecitos, que de tarde y noche pasean la

eléctrica a las mariposillasa los jovencitos

cuadra, buscando una noviecita aunque no sea más que para pasar el rato, rato que después la

muchacha, si es lista e inteligente, se encarga de que se convierta en «esposa y compañera te doy para toda la vida»

Y merece la pena hacer un recorrido, de tarde o de noche, por algunas calles de La Habana,

v. gr. San Lázaro. 45

Las muchachas, desde temprano, se han emperifollado con sus mejores cintas, lazos y encajes, dándose su vivificante colorete y mano de polvos de arroz.

A veces se sientan en su silloncito de mimbre, y con un libro en la mano hacen que leen;

otras se recuestan artísticamente en el postigo de la ventana. Situadas de esta manera, a verlos venir, esperan el paso, ya de sus amigos o conocidos, ya del misterioso desconocido; y en cada uno de ellos creen ver un esposo, más o menos buen partido, pero esposo al fin, que es lo importante. Los jóvenes miran o saludan. En ocasiones se detienen. Cuando esto sucede, la muchacha puede considerar que ha tenido una tarde o noche feliz.

Las más desesperadas por pararse a la ventana son las chiquitas de 14 a 16. En una cuadra de la calle de Lealtad 46 he visto cinco muchachitas que tarde y noche se sitúan en sus respectivas ventanas; cuando pasa varias veces algún joven, se discuten a cual de ellas miró con más entusiasmo o interés, y llevan después la cuenta de los amigos y admiradores que tiene cada una. Suelen también, cuando pasa un automóvil con bastante velocidad, saludar a los que van dentro, para poder anotarse ante sus amigas unas cuantas amistades más. Esta lucha entre vecinas llega a tal extremo que recuerdo haber leído una correspondencia secreta, redactada en esta forma:

«J. L. Dígame si los paseos que da por mi cuadra, son por mí o por mi vecina. María Luisa». Después de dar los jóvenes varias vueltas y revueltas, vienen los piropos:

¡Qué chiquita más linda! ¡Qué boquita más sabrosa! La muchacha finge enfadarse y le contesta:

¡Qué confianzudo!

Y

esta u otra respuesta sirve al joven para entrar en conversación.

Si

es una pollita la agraciada, a los tres días son novios, lo cual no impide que a la semana

siguiente tenga otro distinto.

Porque los actuales amores de ventana, relegados casi a los fiñes y pollitas, son rápidos, fugaces. Hay jóvenes que tienen dos o tres noviecitas en distintas cuadras, y todas las noches

conversan con cada una de ellas 10 ó 15 minutos

Buscando la razón por la que existen todavía algunos novios de ventana y la causa de que los hombres sean tan aficionados a enamorar y conversar de esta manera, he podido observar que

las ventanas que tienen cerca algún farol, no suelen ser las más visitadas por los enamorados. ¿Motivo? Chi lo sa!

Y respecto a éstos no encuentro otra explicación a su entusiasmo ventanero que el afán,

propósito y deseo, casi único, que persiguen en cuestiones de amor: que el público se entere y los vea hablando con una mujer, o en compañía de ella. Con eso les basta. Ellos se encargan del resto, de ponderar lo que son o han hecho con esa pobre e incauta muchacha. ¡Hay tantos conquistadores inéditos, cuyas famosas hazañas, sólo por ellos conocidas, se encargan ellos mismos de pregonarlas y ponderarlas! Pero aunque, como se ha visto, estén en decadencia y amenazados de desaparecer los novios ventaneros, en los pocos que quedan y en los enamorados, conquistadores y amantes de ventana, es indudable que se realiza lo que el vulgo ha dado en llamar beefs teak en parrilla y cuya historia me contó el Dr. Lanuza en una carta de la que copiaré aquí los siguientes párrafos:

«En un viaje que hice a Matanzas por un asunto judicial, me dijeron una noche, en una casa de familia que visité, que así llamaban en Matanzas a tales novios, porque la ventana hacía de parrilla, a un lado se suponía que estaba el fuego y al otro la carne puesta a asar».

y en esto nada más consisten las relaciones.

Y terminaba su epístola el doctor Lanuza planteándome esta interesante cuestión:

«Dejo a usted en libertad de distribuir estos dos elementos, fuego y carne, como lo crea conveniente, aunque a mí se me ocurre que la carne está por los dos lados y el fuego entre ambos, como dicen los lógicos que sucede con el concepto de relación, que no está en los rela- tivos, sino entre los relativos». Realmente es esta una muy ardua, delicada y peligrosísima materia. Desde los Santos Padres hasta nos, mísero escritor de costumbres, ha habido discrepancia completa y la más lamentable confusión en cuanto al verdadero significado de los términos carne y fuego. En la misma Biblia hay pasajes donde se anatematiza la carne como causa de todos los males de la humanidad, y, por el contrario, en el admirable Cantar de los cantares se ensalzan y cantan todas y cada una de las variedades de carnes: rubias, blancas, trigueñas, gordas y flacas. He encontrado también esta confusión entre la carne y el fuego:

«Humilla vuestro espíritu, pecador, porque la carne es fuego y te consumirá». Ecles., c. VII. v. 19. Creo, pues, que en los novios de ventana no está la carne de un lado y el fuego de otro, ni la carne a ambos lados y el fuego en el centro, sino que la carne está de uno y otro lado de la ventana, o parrilla y el fuego va por dentro de ambas carnes o novios.

Mi opinión es, sin duda, la más acertada y competente. Por algo jamás he podido ser

vegetariano!

Los mataperros

Son las cinco de la mañana. Perico Manga Mocha acaba de salir del solar donde viven sus padres: Francisca, la lavandera, y José, el carpintero. Perico va vestido con un pantalón muy roto y sucio, y una levita, heredada probablemente de

alguno de sus antepasados, que por lo larga y ancha parece más bien un sobretodo; levita a la

que ha tenido el cuidado de recortarle las mangas: y de ahí el apodo Manga Mocha, por el que

generalmente es conocido «entre sus amistades», como diría un cronista social. Perico no usa

sombrero, medias ni zapatos; y el agua, el peine y el cepillo son completamente desconocidos para él. Lleva en la boca una colilla de cigarro, que fuma con deleite, echando más humo que el

que echaban las seis chimeneas de la Planta Eléctrica 47 para regalo y satisfacción de los vecinos

de aquella barriada.

Y, ¿hacia dónde se encamina Perico, a tales horas? Pues, sencillamente, a su trabajo .

Y, ¿hacia dónde se encamina Perico, a tales horas? Pues, sencillamente, a su trabajo. Perico es un mataperros, y en este oficio, aunque no lo parezca, tiene más obligaciones que las que tendría desempeñando algún destino o botella del Gobierno. Nuestro muchacho se dirige primero a la Plaza, y allí, con los desperdicios que consiga, preparará un desayuno-almuerzo a la americana, muy confortable. Después de hecho esto, le queda, hasta la hora de ir a comer a su casa, el día completamente libre. Pero no estará ocioso, ni mucho menos: jugará con varios amigos al picado, al chorreado o al chocolongo: correrá detrás de las guaguas y de los coches; romperá a pedradas los faroles de las calles; empinará papalotes Los sábados y los domingos asiste a algunos de los grandes desafíos de base ball que se celebran en los placeres de la ciudad y de sus arrabales. Cuando consigue algunos centavos o puede meterse de colado, va al cine o al tío-vivo, y en los días de recepción de algún ministro extranjero, entierro de un militar o algún otro acto público a que asista la banda de artillería, acompaña a los soldados, marcando el paso y hasta llevando el compás de la música. Entre las diversiones favoritas de los mataperros figuran, en primera línea, los bautizos, pues gracias a estas fiestas pueden conseguirse algunos centavos. Los mataperros corren, gritando, detrás de los coches donde van los padrinos y convidados:

Madrinita de tanto lujo, tira un kilo pa los dibujos.

Madrinita de Carraguao, tíralo, tíralo, pa los finaos. El padrino no tiró, la madrina si tiró. Tíralo, tíralo, que no tiró:

tíralo, que ya otro lo cogió. Y pa la bomba del cochero, ¡hueso!

Y a la voz de ¡hueso! o de ¡fuego!, y si los padrinos no les han tirado bastantes centavos, la

emprenden a pedradas con los cocheros. Alegre, revoltoso y pillo como es, el mataperros, sólo tiene temor nunca respetoal policía, a la Corte y a Guanajay, que es como llama él a la Escuela Correccional. Su mayor encanto, su más grande anhelo, su ambición más alta, es ser vendedor de periódicos.

Y, con qué orgullo exclaman algunos, cuando les preguntan a qué se dedican:

¡Yo soy periodista!

Y son, en realidad, factores de no poca importancia en el periodismo moderno.

Con sus gritos y sus pregones y la agilidad de sus piernas, llevan y anuncian a todos los puntos de la población el diario o la revista. ¡Mund! 48 ¡Heraldo! 49 ¡Luch! 50 ¡Sión! ¡Carteles! Siempre he sentido por estos infelices muchachos callejeros las mayores compasión y simpatía. Las gentes demasiado preocupadas de sí mismas miran a los pobres mataperros como seres degenerados, viciosos, incapaces de corregirse, rebeldes a toda educación y disciplina, carne de presidio. No son sino desgraciados niños faltos de vigilancia y cuidado. Desde sus más tiernos años, cuando los hijos de los ricos o de los burgueses apenas saben caminar, ellos son ya hombres libres, se ganan la vida haciendo recados o vendiendo periódicos. ¡Demasiado buenos resultan para el medio en que viven! Ayunos por completo de educación, de ellos puede decirse que son buenos, por instinto, por naturaleza. ¡Cuántos jovencitos de casa rica, a los que sus papás apenas dejan respirar, se corrompen y pierden, al poco tiempo de empezar a salir solos! Y, ¡cuántos señores muy respetables resultan verdaderos mataperros! Eduquemos a esos niños; son nuestros hermanos. De su ignorancia nos hemos de servir más tarde, en la política, para explotarlos miserablemente, lucrando con su desgracia y triste suerte. Como en todas las revoluciones, de ellos salieron en nuestras luchas libertadoras los soldados, la miserable carne de cañón, que nos sirvió para hacer esta patria que hoy ellos no gozan.

Démosles escuelas, asilos, parques: ellos son dóciles, generosos y les agrada como a nosotros el buen techo y la buena mesa. Miremos por ellos, porque en ellos también está el porvenir y la esperanza de la patria.

Y los que uno y otro día vivimos en esta brega periodística, amémoslos como a compañeros,

como a hermanos. Con el poeta, les digo:

Venid, yo tengo para vosotros también un poco de corazón; mientras riendo pasan lo otros, venid, yo tengo para vosotros una canción.

Los velorios

Es tan antigua en Cuba la costumbre de velar los cadáveres, que en las páginas de la primera de nuestras publicaciones literarias, el Papel Periódico de La Habana, y en el número correspondiente al 4 de diciembre de 1804, hay un artículo intitulado «Extracto de lo que suele acontecer en los velorios». Éstos eran verdaderas orgías, al extremo que, encontrándose el autor del mencionado trabajo frente a una casa donde se velaba un cadáver, se le acercó uno de los amigos del muerto, a decirle:

Entre usted a divertirse, que para todos hay y para más que vengan. ¿Cuál es el origen de esta costumbre y cómo nació y se arraigó entre nosotros? Fácil nos es averiguarlo. Sabido es que los primeros españoles que pisaron tierra cubana, aquellos famosos conquistadores nuestros ilustres antepasadosladrones, bandidos, vagabundos y presidiarios de la peor calaña, que acompañaron a Colón en sus viajes y después poblaron esta «fermosa isla», eran en su mayoría andaluces. Pues bien, en Andalucía se encontraba entonces muy generalizada una fiesta que hoy ya sólo practica la gitanería de Granada: el Velatorio, dedicada principalmente a celebrar «la feliz subida de un angelito al cielo». Mientras los padres lloran, sus amigos y amigas bailan y cantan con loca alegría, junto al cadáver del tierno infante. Por cierto, que sobre el Velatorio, existe un cuadro del pintor español J. López Mezquita, que obtuvo primera medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid, celebrada hace varios años. Y no solamente en Andalucía, sino también en otras muchas provincias de España, existían, y aún existen, los velorios con el carácter de fiestas lírico bailables. Pero, además de esta procedencia española, nuestros velorios tienen su origen, como indica acertadamente el doctor Fernando Ortiz en su obra Los negros brujos, en una supervivencia africana, introducida por distintos habitantes del país. Y son nuestros negros los que con más exageración han practicado y practican esta costumbre. Eróticos bailes, cánticos obscenos, música, bebidas y manjares en abundancia, acompañado todo esto de ridículas ceremonias, tal es lo que constituye, en síntesis, el velorio de la gente de color en Cuba, y principalmente de los ñáñigos. Introducida, como dejo dicho, por españoles y africanos esta costumbre, se extendió bien pronto y arraigó de tal manera entre nosotros, no tan sólo en las capas inferiores de la sociedad, sino también en nuestra no muy bien definida clase media, que para evitar los excesos y abusos que se cometían, dictáronse en distintas épocas bandos y decretos. Numerosos escritores cubanos se han ocupado en el asunto, estudiándolo ya bajo su aspecto de mal social, ya como costumbre ridícula y digna de censura. ¿Existe hoy día en Cuba el velorio? Sí. No podemos negar que, aunque muy restringido y algo refinado, se practica todavía en los barracones de los ingenios, en los solares y ciudadelas, en muchos juegos de ñáñigos y hasta en ciertas casas de familias de la clase media, más o menos barrioteras o picúas. Sobre este último aspecto que ofrece hoy el velorio, ya que es el menos repugnante y el que más tiene de cómico y risible, voy a tratar ahora.

Nuestra clase media busca siempre con afán aquello que pueda proporcionarle un esparcimiento o diversión.

Nuestra clase media busca siempre con afán aquello que pueda proporcionarle un esparcimiento o diversión. Podría decir que esta fiebre de placeres que padece es uno de sus rasgos característicos. Y bailes, bautizos, bodas, santos, funciones teatrales, retretas, etc., no son para ella más que un motivo o pretexto para pasar el rato alegremente. Y esa ansia desordenada y loca que siente por las diversiones llega al extremo de no respetar siquiera la muerte de un semejante, convirtiendo la cámara mortuoria, sitio consagrado al recogimiento y al dolor, en salón de fiestas más o menos bailables. Apenas ha fallecido el enfermo, y sin haber tenido aún sus familiares tiempo de enjugar las lágrimas derramadas ante el hecho del que acaba de pasar a mejor… o peor vida, y cuando todavía no se han ocupado de avisar a la agencia mortuoria, se empieza a preparar ya en la casa todo lo relacionado con el velorio. En ese sentido, las primeras medidas que se toman son: avisar a los parientes y amigos, pedir prestados en la vecindad sillas, platos, tazas y cubiertos para el buffet que ha de servirse a media noche, y mandar a la bodega por café, galletas, chocolate, queso, jamón, vino y otras chucherías. Mientras tanto, la noticia se ha esparcido rápidamente por la vecindad. Jóvenes y viejos, al encontrarse en la calle, se preguntan enseguida:

¿No vas al velorio esta noche? A eso de las nueve empiezan a llegar los invitados. Entran en la casa muy serios; la tristeza más profunda reflejada en el rostro; a simple vista parecen intensamente adoloridos por la desgracia ocurrida. Después de saludar compungidos a los familiares del extinto, y enumerar y ponderar las virtudes de éste, comienzan a hablar sobre temas adecuados al acto: muertes, enfermedades, desgracias de todas clases y hasta catástrofes. Las viejas, sobre todo, son las que hacen el gasto, enterando a la concurrencia de sus males y padecimientos y sacando a relucir ¿cómo no?lo

que cambean los tiempos y cuán dignas de censura son las costumbres actuales comparadas con las de su época. Pero, ya a eso de las diez, empieza a animarse un poco la reunión. Se forman grupos. Los señores maduros discuten acaloradamente de política o de negocios. Las señoras, en una de las habitaciones interiores, y mientras se arreglan el pelo y empolvan un poco, hablan de trapos y chismografía social. Los jóvenes no comprometidos han procurado separar su compañera para esa noche. Y ¡cuántas relaciones y noviazgos, y a veces hasta bodas, salen de los velorios! Tal parece que la presencia de un cadáver, lejos de infundir ideas tristes y disolventes, despierta

ansias de vida y deseos de multiplicar la especie. Una muchacha se desmaya. Los novios se refugian en los rincones a pelar la pava, y allí, muy pegaditos y acaramelados, se dicen toda esa serie de boberías y hacen toda esa serie de ridiculeces que nos hemos dichos y que hemos hecho, y que nos seguiremos diciendo y seguiremos haciendo, por los siglos de los siglos, hombres y mujeres. Se van entusiasmando por grados, estréchanse las manos disimuladamente,

y, cuando creen que no hay espectadores inoportunos, se unen también los labios y suena un

beso. No os asustéis. ¡Es la vida y el amor que pasan junto a la muerte! Pero ha llegado la hora del buffet. El comedor se ve concurridísimo; y entre sorbo y sorbo, y bocado a bocado, se hacen chistes, se tiran bolitas de pan, y hasta algún atrevido se permite

pellizcar por debajo de la mesa a su compañera, que protesta, aparentando que se ha enfadado…

A lo mejor, el chocolate está algo viejo, o la leche quemada, o el vino no es de buena calidad, y

entonces las censuras y las críticas contra los dueños de la casa, son acerbas y despiadadas:

¡Miren que invitarlo a uno a pasar una mala noche y dejarlo casi sin probar bocado! ¡Qué

familia!

Terminado el refrigerio, se puede ya hablar en voz alta, sin temor alguno; las risas se transforman a veces en mal reprimidas carcajadas; se cuentan historias de color más o menos subido; se juega a las prendas; se hacen maldades a los que les ha sido imposible dominar el sueño. Interminable sería este artículo si fuera a enumerar los variados y cómicos incidentes que ocurren en los velorios. Recuerdo que en cierta ocasión asistí al de una pobre muchacha llamada Charito. Hermosa, llena de vida, en plena juventud, su muerte produjo pesar inmenso, no tan sólo a sus familiares, sino a todos aquellos que la conocían, como lo demostró la gran cantidad de flores y coronas que le enviaron parientes y amigos. Una tía de la difunta, que adoraba a su sobrina, encargó una hermosísima corona de flores naturales, con su gran lazo blanco y una expresiva dedicatoria. Al llegar la corona, quiso ella misma colocarla sobre la caja; pero de repente la vimos palidecer, e indignada arrojar la corona al suelo. En la cinta habían puesto esta inscripción: «A mi adorada Chelito». * Hacía entonces furor en La Habana la aplaudida cupletista de ese nombre… En otro velorio, en el momento de traer la caja que había de guardar los tristes despojos de un respetable señor, uno de sus hijos, dirigiéndose a otro amigo y a mí, nos preguntó:

¿No les parece a ustedes que la caja tiene un olor especial, como a brea o a pintura? Sí, eso debe ser el paño con que está forrado, contestó el amigo. Pero volviéndose a mí, me dijo al oído:

Lo que huele mal son mis zapatos, que eran amarillos y para poder venir esta noche al velorio, pues no tenía otros, los pinté de negro.

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Pero, ¿a qué seguir enumerando todos y cada uno de los atractivos y diversiones que ofrecen los velorios? Tarea imposible sería ésta. En los velorios, como dice el cantar, «nunca falta el jolgorio», pues aun en el caso de que el

entusiasmo decaiga, ahí está para impedirlo un tipo que nunca se echa de menos en estas fiestas,

a las que concurre aunque no lo conviden ni conozca mucho a la familia del muerto, y cuya única misión es animar con sus chistes, sus cuentos y sus gracias, el acto.

Yo comprendo me decía en cierta ocasión uno de esos personajes, que estos actos son tristes, pero hay que alegrar algo a la concurrencia para que no se duerma. Eso sí sería horrible. Y yo tengo la gloria de poder decir que en ninguno de los velorios a que he asistido, ha faltado animación. Por eso me solicitan siempre y halagan tanto. Además, mi práctica me hace conocer perfectamente todas las ceremonias de estos actos. Yo soy en ellos, terminó, una especie de maestro de ceremonias.

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Pero… ha empezado ya a despuntar el día. Los invitados deben retirarse para poder asistir, horas después, al entierro. La casa va quedándose desierta, abandonada. El muerto no, porque siempre lo estuvo, que nunca mejor que en estos casos puede exclamarse con el poeta:

¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!

Bufones modernos

Conservada su memoria, a través de los siglos, por los poetas e historiadores, e inmortalizados en el lienzo o la piedra por los artistas, han podido llegar hasta nosotros los bufones, míseros esclavos que, deformes, cubiertos de colorines y cascabeles, entretenían con sus piruetas, sus gracias y sus chistes, a sus amos y señores. Vivían en la intimidad y confianza de los más altivos y despóticos monarcas, y éstos les toleraban libertades y atrevimientos que hubieran costado la vida al más presuntuoso de sus ministros o al más petulante de sus generales. Y, a veces, discurrían con más juicio que todos los sabios del reino. La raza de los bufones no se ha extinguido. Existen en nuestros días infinitos ejemplares de ella, pero en lamentable estado de inferioridad y decadencia si los comparamos con sus gloriosos antecesores. Nuestro bufón es el individuo que, pobre de espíritu, necesita para ir viviendo, o para alcanzar el puesto o la posición que aspira tener en sociedad, doblegarse ante los magnates y adular o divertir a los poderosos; y, así, mendigando favores y mercedes, y arrastrándose por el suelo, despreciado por los mismos a quienes sirve o entretiene, a veces logra, vil y penosamente, llegar hasta donde se propuso. No repara en medios ni procedimientos, por bajos y mezquinos que sean, si han de conducirle a la meta ambicionada. Así, en nuestra sociedad, se han formado muchas falsas reputaciones y conseguido algunos elevados puestos. De bufones están llenos nuestros salones y academias, cámaras y secretarías, partidos políticos y corporaciones. Veamos algunas variedades de la especie. En política, en esta política criolla de istas, cada figurón, jefe, leader o cacique, tiene su bufón. Le acompaña a todas partes, le guarda las espaldas, le trae los cuentos y chismes de los correligionarios; lleva recados y cartas… de todas clases; es el que inicia los aplausos y bravos cuando el jefe pronuncia algún discurso, el que encabeza las firmas en las mociones en que está directamente interesado el astro; organiza en su honor mítines, banquetes y manifestaciones. Es, en la comedia política, junto a su amo, el Crispín de los viles oficios y bajos pensamientos. Suele ser también el que saca la cara por su padrino y recibe las bofetadas y demás golpes que se pierden. Pero, a veces, adulando y arrastrándose por el suelo, sube, sube y escala altos y codiciados puestos; que en la tierra de los ciegos, un tuerto, ¿por qué no ha de ser rey o, por lo menos, secretario? En nuestros centros literarios y artísticos abunda el tipo de que hablo, disfrazado con el nombre de discípulo o admirador. Es la sombra del consagrado. Guarda sus autógrafos, que recoge del cesto de los papeles; lleva a las redacciones los bombos que escribe el maestro; le imita servilmente, y, como ni aun para esto tiene capacidad, es el que más daño y perjuicio le

ocasiona para su buen nombre cuando en realidad lo tiene, y reputación literaria, artística o científica.

— , y reputación literaria, artística o científica. Hasta las artistas teatrales tienen también sus bufones:

Hasta las artistas teatrales tienen también sus bufones: los adoradores platónicos. Las contemplan desde una luneta de primera fila, siguen todos sus movimientos, rompen el aplauso y celebran en alta voz, dirigiéndose al compañero de localidad, los éxitos de la estrella. Y si ésta, compadecida, les sonríe una noche, ¡qué felices y orgullosos se consideran! Pero nunca llegan, ni aun después de grandes esfuerzos y sacrificios, más allá de permitirse acompañarla del teatro a su casa o al café. Más, ¿para qué está la imaginación, sino para crear fantásticamente hechos y escenas, que luego se pueden relatar como realmente acaecidos? Para gustos se han hecho colores… Con las eminencias que nos visitan ocurre algo por el estilo. Al arribar a nuestra tierra, siempre tan hospitalaria y novelera, una de estas notabilidades, jamás le falta un cicerone. Es el admirador, desconocido entre los suyos, que se pega a los faldones o a las sayas del prodigio o celebridad. Le enseña la ciudad, lo presenta a todo bicho viviente y a él ¿quién lo presenta?le escribe sueltos en los periódicos, y, como es natural, recoge las migajas de los banquetes y fiestas que se celebren en honor del huésped ilustre. En las aulas universitarias abundan mucho los bufones. Son las futuras glorias de la patria. Asisten diariamente, en primera fila, a clases; están atentos a todas las indicaciones del catedrático, toman nota detallada de sus explicaciones, y, al salir del aula, se le acercan a darle jabón, preguntándole sobre algún punto que pueda considerar oscuro o dudoso de la lección. Para demostrar su amor y consagración al estudio, van siempre cargados de libros y cuadernos; en épocas de exámenes no se afeitan ni se bañan más que los domingos; fingen apasionarse por

la especialidad del catedrático con quien desean estar bien, para cosechar, a fin de curso, el resultado y premio de sus esfuerzos. En sociedad, ¿no habéis observado esos escuderos y azafatas, que acompañan invariablemente a los señores y señoras ricos? No les pierden pie ni pisada. Son sus garzones, pajes o camareros, en paseos y teatros. En el automóvil le llevan el bastón o le dan cranque a la máquina. Y así viven felices y satisfechos. Las azafatas, ya de señoras o señoritas, son muchachas pobres pertenecientes a la clase media, pero con pretensiones y humos de aristocracia. Se visten con los trajes y sombreros que deja su amiga, la acompañan a la ópera y a las carreras; le entretienen al pretendiente, son sus confidentes; en ocasiones logran, quedándose con el recado, quitarle a la amiga algún buen partido; entonces hacen su agosto y terminan su carrera bufonesca. Descendiendo, o ascendiendo según las opinionesen esta escala de bufones, llegamos al protegido: el marido, sabio y metafísico, que acepta de su jefe o principal o de su amigo íntimo, regalos para él o para su señora, automóviles y colonias de caña, destinos o ascensos en su carrera, y que no tiene el menor inconveniente en ir a separar a la joyería las prendas que regalan a su esposa… ¡Oh bufones modernos! ¡Sabios, listos y aprovechados vividores de nuestro siglo! Vosotros llenáis en el mundo una misión social tan elevada, noble y necesaria para la existencia de la humanidad, como cualquiera otra. No importa que muchos os critiquen y denigren afirmando que más vale ser cabeza de ratón que cola de león. Sin vosotros se rompería el admirable equilibrio que, como obra portentosa del Supremo Hacedor, reina en la humanidad. ¿No existen altas cumbres y profundos barrancos, límpidas y cristalinas aguas y pestíferos y cenagosos pantanos, águilas que se remontan a los cielos y víboras que se arrastran por la tierra? ¡Oh, incomprendidos y calumniados bufones modernos! Vivid tranquilos y felices, que el Hijo del que todo lo puede dijo: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos!».

¿Se puede vivir en La Habana sin un centavo?

TRABAJO PREMIADO EN EL CONCURSO DE ARTÍCULOS HUMORÍSTICOS CELEBRADO POR EL FÍGARO.

Lema: BRUJA SOPERA

Hará cosa de un año, leí en una revista francesa, que París es la única ciudad del mundo donde se puede vivir sin dinero… con comodidad. Esta afirmación me indignó, por lo injusta; y aunque ha pasado, desde entonces, un año, mi indignación ha ido aumentando de tal manera, hora por hora y día por día, que ya hoy me es imposible contenerla. Y ¿sabéis lo que es una indignación de 365 días, una indignación de 4.380 horas? He ahí el por qué de este artículo, que me sirve de válvula de escape, y que tiene también por objeto romper una lanza en defensa de nuestra capital.

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¡Qué no se puede vivir sin un centavo en La Habana, donde se sostiene impera y triunfa el Bruja sopera! Nosotros debemos vanagloriarnos de poseer este tipo, genuinamente cubano, como se honran Buenos Aires con su atorrante; Madrid, con sus mendigos, inmortalizados por el genio de

Velázquez; París, con su bohemio, cantado por Murger y Rusia, con los Ex hombres, que encontraron en Gorki su defensor.

Y a nuestro bruja no se le puede confundir con ninguno de ellos. En los comienzos de su

carrera, tal vez pida limosna, como el mendigo, o dé algún sablazo, como el bohemio; pero le es imposible seguir haciendo esto, porque llega un momento en que todo el mundo le conoce, cosa que no es difícil en La Habana. Además, por su indumentaria, no podría nunca confundirse con sus correligionarios de otros países. Viste mucho mejor que el pordiosero y el vagabundo, y no usa ni la levita que fue negra, ni la chalina del bohemio. Su traje, obsequio de algún amigo pudiente o persona caritativa, se ve que está usado, que tiene manchas y tal vez algún siete; pero es bastante presentable y, a veces, hasta elegante. Apuesto cualquier cosa, a que andan por esas calles poetas, sabios y filósofos, o que presumen de tales, cuya indumentaria es mucho más incorrecta, desaliñada y antihigiénica que la de los «brujas soperas». Veamos, ahora, cómo pasa la vida nuestro hombre. Casa, ¿para qué la necesita?; en estos climas calurosos, no hay nada más agradable que

dormir en sitios frescos. Los bancos de los parques, los portales de las casas y la glorieta del Malecón, reúnen condiciones envidiables de ventilación e higiene.

Y si un guardia majadero viene a molestarle, el bruja no se apura por eso, pues sabe que, al

otro lado del muro del Malecón, sobre las rocas, hay lechos de arena en los que se pasan noches deliciosas, arrullado por el murmullo de las olas y la caricia del céfiro suave.

Se puede levantar a la hora que más le convenga.

Para asearse tiene, a dos pasos, la inmensa palangana del mar; pero si le disgusta el agua salada, las pipas de riego y las fuentes públicas le proporcionarán, en cantidad, agua dulce, pura

y cristalina.

Si es aficionado a la música, Marín Varona 51 le permitirá, gustoso, que asista, de once a doce,

a los ensayos de la Banda de Artillería en el cuartel de La Punta. 52 Muy cerca de allí tiene también un espectáculo interesante y sumamente económico donde entretener sus ocios: los juicios de las Cortes Correccionales. Después, sentado cómodamente bajo un laurel del Parque Central, 53 le es fácil enterarse, por algún periódico recogido en la calle, de lo que pasa en el mundo, de los chismes de vecindad, como llama un amigo mío a la historia contemporánea. Aunque no vive para comer, no le queda más remedio que comer para vivir. Su almuerzo, si

lo desea a la carta, le es bien cómodo conseguirlo. Se dirige a la Plaza, y allí, sin costo alguno,

y con un poco de maña y habilidad, puede proporcionarse lo que desee. En un solar yermo, le basta para construir la cocina, una lata de conserva vacía y tres piedras. Pero si no quiere tomarse la molestia de preparar él mismo la comida, en algunas fondas encontrará sobras en abundancia y buen estado. Como él se ríe de los que dicen que el agua de Vento 54 hace daño y cría ranas, sigue

proporcionándosela en las fuentes y, muchas veces, en los cafés y bodegas, donde la pide «fría».

El único vicio de que adolece, es el del tabaco. Por las calles se encuentran las colillas en

abundancia; y, si no, nunca falta un amigo o conocido a quien pedirle un cigarro. El medio día puede dedicarlo a asistir, en la Audiencia, a los juicios orales, donde suele pasarse el rato divertido. Si es amante de la cultura, las Bibliotecas del Instituto Nacional, Sociedad Económica 55 y Diario de la Marina, 56 le ofrecen el medio de ilustrarse. Y si prefiere la lectura de publicaciones extranjeras, puede ir a la librería de Pote 57 y allí revisar las últimas revistas españolas, americanas y francesas y hasta leer alguno que otro capítulo de Nick Carter y Búffalo Bill. Por la tarde, está indicado un paseo por Obispo, para ver el desfile interminable de mujeres hermosas, o por el Prado, y, si es día de moda, por el Malecón. Hay también varios espectáculos interesantes en el Campo de Marte, 58 con su Jardín Zoológico y el Padre de los Gatos, * que, de seis a siete, le da de comer a más de doscientos mininos.

Y no hablamos de la Isla de Cuba en miniatura, que se «admira» en el mismo sitio, porque

ha pasado ya de moda.

Por la noche, antes de acostarse, no le vendrá mal otro paseito por el Prado, de incógnito, en algún automóvil. Hay, además, películas gratis en los Anunciadores del Parque Central y Calzada del Monte. 59

Y, aunque como el Torral de «Los Civilizados», el bruja ha eliminado de la vida el amor, no

desdeña, sin embargo, alguna que otra aventura que al azar se le presente.

Y después… a dormir a piernas sueltas hasta el siguiente día.

* Se refiere a Isidoro Lombera y Marrón, tipo callejero, pintoresco e interesante, conocido como «padre de los pobres y de los gatos» porque se dedicaba a pedir para los desvalidos (hombres o animales) y a socorrerlos.

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Como se ve, es el bruja sopera uno de los seres más felices de la tierra. Conforme con su suerte, sólo desea que lo dejen vivir tranquilo; libre de preocupaciones, de quebraderos de

cabeza, vive al día, sin ocuparse para nada del mañana. Las conveniencias sociales, los cambios políticos, las alzas y bajas comerciales, le tienen sin cuidado.

Su divisa es, sin dudas, aquel célebre laissez faire; laissez passer.

Tiene por gran amiga, por compañera inseparable, la casualidad.

Su único amor, o para decirlo con la frase de un ilustre escritor, su más pródiga querida es la

pereza.

Y hasta esas pequeñas menudencias que tanto nos molestan y esclavizan en la vida, no

existen para él. Desconoce al acreedor, al terrible «inglés» que obliga a los infelices burgueses a no dar la cara en los fatídicos días de cobros. No tiene tampoco que estar pendiente del día en que se le vence la casa o la papeleta de empeño… Los ladrones jamás podrán robarle dinero, o el reloj que, por otra parte, nunca se le descompone ni tiene que ponerlo en hora, y no es más fijo que el Sol porque es el Sol mismo.

Hombre libre como ninguno, despreocupado y feliz, no se cansa el bruja sopera de repetir, sin cesar,

ande yo caliente y ríase la gente…

San Antonio y sus devotas

No puede negarse que entre los santos, al igual que entre los míseros pecadores, hay unos que nacen con buena estrella y otros, en cambio, estrellados. Lo cual nos prueba, que la igualdad eterna preocupación del hombre en la tierrano se encuentra… ni aun en la corte celestial.

Y, si no, a las pruebas me remito: ¿no creen ustedes que es diversa la suerte de San Alfonso,

San Pío o San Guillermo y la que tiene, por ejemplo, San Simón? Mientras los primeros ven usados sus nombres por reyes y papas, el último tiene que conformarse con ser patrono de nuestros primos los monos; y, menos mal que, a última hora, ha encontrado un tocayo, que aunque algo fúnebre, se ha hecho famoso: Simón, el enterrador.

Y, ¿qué me dicen ustedes de los pobrecitos San Mateo, San Cornelio y Santa Restituta?

Pero hay, en cambio, un santo que puede, sin disputa alguna, afirmar que es el más afortunado de todos los súbditos del Reino de los Cielos: el pillín de San Antonio de Padua.

Ríanse ustedes de D. Juan Tenorio y de todos los tenorios y burladores más o menos auténticos que padecemos en nuestra patria, tierra de guapos y conquistadores. San Antonio tiene dos millones de veces, por lo menos, más partidos que todos ellos, entre las mujeres, y, principalmente, entre las muchachas. Y, no se concibe, que en el cuarto coquetón y alegre de una joven soltera, junto a la camita, toda blanca, adornada con cintas y encajes y perfumada con ese olor fresco y voluptuoso de virgen adolescente, falte el cuadro o la estatuita de San Antonio.

adolescente, falte el cuadro o la estatuita de San Antonio. Y hacía él van, ¡oh Santo

Y hacía él van, ¡oh Santo afortunado!, las primeras miradas y las primeras palabras de la joven, cuando al despertarse, ya bien entrada la mañana, abre sus ojos, y, medio desnuda, de rodillas sobre la misma cama, se santigua y reza sus oraciones, pensando tal vez en el joven que la tarde anterior vio cruzar por frente a su ventana y con el que ha soñado durante la noche; y pide al Santo, con fervor ingenuo, mientras se arregla inconscientemente un mechón de su melena garzona, que le cae sobre los ojos, le conceda pronto un novio como aquel que, no hace aún mucho turbó su sueño. Además de tener en su habitación la imagen del Santo, es casi seguro que la joven lleve también, colgada al pecho, una medalla con la efigie de tan bendito patrono. Todas las noches, al acostarse, le reza al Santo su Responsorio, Oración Especial, y le pide las gracias y mercedes que desea alcanzar, punto este último sobre el que hablaremos enseguida. Los martes de cada semana y los días «13» de cada mes, como consagrados al bendito fraile, acuden muy temprano sus bellas devotas a la Iglesia para oírle allí su misa y pedirle mercedes. Existen por último como devociones mayores, los Trece Martes y el Pan.

Uno de los méritos de San Antonio es la rapidez con que concede las gracias que se le piden, y la libertad que pueden tomarse, o se toman, sus devotas, para obligarle a que acceda a sus ruegos. Sobre esto, he visto más de una escena curiosísima. Conozco cierta muchacha que le pidió una vez a San Antonio se le declarase un joven que, desde hacía tiempo, venía enamorándola; parece que el Santo no anduvo muy listo en concederle lo que ella deseaba, y, ¿saben ustedes lo que hizo?, pues cogió una estatua que tenía de él, la amarró por los pies a una de las patas de su cama y la metió de cabeza en una cuba con agua. Resultado: que a la semana, la muchacha tenía novio. Parece que San Antonio no quiso permanecer más tiempo dentro del agua, por miedo a un resfriado. Este sistema, aunque generalmente es eficaz, suele, sin embargo, dar resultados funestos. Sé de un caso en que San Antonio se negó rotundamente a acceder a toda clase de súplica, y su devota se encontró, a los tres días, al Santo, que, según parece era de pasta, ¡completamente disuelto en el agua! Acostumbraban también las muchachas, robarle el Santo a otra persona, o, al que ellas tienen, quitarle el Niño Jesús y no entregárselo hasta obtener lo que desean…

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¡Oh San Antonio bendito!, si a veces tienes que sufrir de tus devotas todas esas crueldades, no debes por ello considerarte desgraciado, porque hay, en cambio, infinidad de muchachas que emplean contigo otros medios más persuasivos y menos dolorosos, como son las caricias y los besos. Y ¿quién no se rinde ante ellos? ¡Oh San Antonio bendito! ¡Cuán afortunado eres y cómo te envidio a veces!

Consejos a las solteras

Innumerables son las cartas que he recibido con motivo del artículo que sobre «San Antonio y sus devotas» publiqué en esta Sección la semana pasada. De más está decir, que abundan las faltas de ortografía, y hasta… de sentido común. No se echan de menos, tampoco, las misivas romántico-sentimentales, perfumadas con esencia barata, y en las que, sabiendo leer entre líneas, puede uno reconstruir, con bastante facilidad, la imagen de la autora, una vieja, solterona y fea, que no se ha dado cuenta todavía que desde hace tiempo únicamente sirve para vestir santos. De todas esas cartas, voy tan sólo a contestar la de «una pobre víctima de los desdenes de San Antonio, que ha apurado en vano todos los recursos usados en tales casos, sin resultado satisfactorio alguno». Y como, triste y afligida, me pide otro remedio más eficaz para que las solteras dejen de serlo, yo no puedo negarle mis auxilios y consejos. Antiguamente, con un duende o espíritu maligno quedaba resuelta enseguida la cuestión. Hoy, aunque no tan espirituales, existen otros medios que suelen dar resultados sorprendentes.

No hay, tampoco, que pensar en el descarrilamiento de un tren, como aquella muchacha campesina,

No hay, tampoco, que pensar en el descarrilamiento de un tren, como aquella muchacha campesina, de la que nos cuenta Rusiñol que veía pasar diariamente por frente a su casa, trenes y más trenes cargados de viajeros que la saludaban, pero sin que ninguno de ellos se detuviese para decirle siquiera unas cuantas palabras de amor. Y, tanto se cansó ella de esperar, que descarrilase algún tren, que se hizo monja. Y, lo que son las cosas: al mes descarriló un tren de pasajeros muy cerca de la choza de la pobre aldeana… ¡Era ya demasiado tarde! Existe una oración que me han asegurado es muy milagrosa, sobre todo si después de llevarla durante tres meses en el seno, se logra frotar ligeramente con ella ¡con el rezo!la nariz del joven que se desee por marido. Dicho rezo es el siguiente:

Yo, Señor mío, creo en ti,

Y pues te adoro de hinojos,

Vuelve a mí tus santos ojos, Que estoy sin novio, ¡ay de mí!

De amor me estoy abrasando

Y es mi paciencia ya escasa,

Pues mientras el tiempo pasa,

Yo también me estoy pasando, De mi estado, piedad ten,

Y ya que mi amor no es ruin,

Permite, Señor, que al fin, Encuentre marido. Amén.

Pero, hablemos ya de los últimos procedimientos que ha inventado la ciencia para cazar maridos. Las Agencias matrimoniales, con todas sus artimañas y combinaciones, suelen, a veces, dar buenos resultados; pero está uno expuesto, también, a llevarse sorpresas bastante desagradables.

Una joven, casada desde hacía varios años, se vio obligada a separarse de su marido por incompatibilidad de los caracteres. Deseando crearse una nueva familia, escribió a una agencia matrimonial, la que le prometió ponerla en comunicación con su futuro novio. Llegado el momento convenido para la presentación, la muchacha vio aparecer… ¡a su propio esposo! Éste había escrito también a la agencia solicitando esposa. La lista de correos y la correspondencia secreta. Nada hay más interesante que ver el desfile, en La Habana poco numeroso, de mujeres que van a buscar sus cartas a la lista de correos. Un espíritu observador puede, sin gran trabajo, averiguar por la fisonomía, el traje, la expresión del rostro al abrir nerviosamente las cartas, y otros detalles, la historia de las mujercitas a las que el Estado, con su lista, sirve de mediador en líos amorosos. ¿Y la correspondencia de la última plana de algunos periódicos? Más de una vez habrán dirigido a ella sus miradas, como áncora de salvación, muchas solteronas en busca de algo que les pueda convenir. Hoy día, el remedio casi infalible para que una soltera cambie ese estado por otro más… interesante, es dar un paseo en automóvil por los repartos. ¡Para cuántas ese viaje es su única obsesión!

Y muchas, para realizarlo, esperan tan sólo que pasen algunos años. Y si el marido seriote y

acomodado, no aparece, vuelven ellas entonces los ojos como las antiguas románticas al paje de los cuentos azulesa aquel joven sportman, conquistador y galante, con el que bailaron una noche de los últimos carnavales en el Centro de Dependientes, 60 y el que no dudan ellas vendrá en su cuña de 50 H. P. y juntos emprenderán un paseo delicioso, inolvidable… e irreparable. Y, después… ¿quién piensa en el mañana? Yo poseo también el secreto de otro remedio maravilloso que me dejó al morir un sabio Doctor alemán; pero como he sacado patente, no puedo darlo a la publicidad. Particularmente,

pueden consultarme las solteras que lo deseen. Pero, si son viejas y feas, lo mejor que pueden hacer, es arrojarse desde lo alto de la Farola del Morro. ¡Tal vez encuentren algún tiburón compasivo que se apiade de ellas!

Bombos y autobombos

Me parece estar viendo la cara que has puesto, lector querido, al leer el epígrafe con que encabeza este artículo. Ya empieza a darse bombo tengo la seguridad que has exclamado. Pero yo te perdono, lector, ese mal pensamiento que ha cruzado por tu mente. Existen entre

nosotros tantos bombomaníacos, que no es extraño te figures vengo yo a aumentar el número.

Y no hablamos del elogio, más o menos apasionado o cariñoso, que nos hace un amigo; ni de

la nota encomiástica que nos dedica algún cronista social, al enterarse por nosotrosque es nuestro santo, que vamos a suicidarnos… digo, a casarnos, o a dar un viaje, aunque no pasemos de Cayo Hueso; ni del retrato, con su «leyenda» al pie, que aparece en algunas de nuestras revistas semanales. Nos referimos, especialmente, al autobombo que, aunque cultivado siempre entre nosotros,

ha llegado a su apogeo en este siglo de los autos, tan distinto de aquellos tiempos felices en los que no se conocían más autos «que los de fe», judiciales, y sacramentales.

El autobombo, se cultiva en todas las situaciones de la vida.

Se trata de pronunciar un discurso político, o parlamentario, en defensa de cierto proyecto de ley; o literario, sobre la vida de algún escritor; pues, ¿para qué hablar de los beneficios que al país le produciría el triunfo de aquella agrupación política, o la implantación de esa ley? ¿Qué

sacamos con hacer un estudio acabado sobre la obra y la vida de aquel grande en las Letras o en la Ciencia?

y la vida de aquel grande en las Letras o en la Ciencia? Lo más adecuado,

Lo más adecuado, y al mismo tiempo lo más fácil, es que el orador o el conferencista hable sobre sí mismo. Que nos cuente los trabajos y sacrificios (!) que ha realizado él por la patria; o nos diga las veces que conversó o la correspondencia que sostuvo con ese literato o científico, y después de citarnos los artículos que a sus obras dedicó, termine por hacer una autoapología de su propia personalidad intelectual, y, si es posible, hasta particular. Idéntico procedimiento se emplea cuando el trabajo, en vez de ser oral, es escrito. Y hasta en la vida privada se practica el autobombo: en las conversaciones, no hacemos otra cosa que criticar a los demás o alabarnos a nosotros mismos. Y, ¿cuándo se trata de ponderar las conquistas amorosas que hemos realizado? Entonces nos declaramos más terribles aún que el mismo Burlador de Sevilla. Y hasta conozco un señor que cuando le preguntan sobre una conquista que todos saben no puede achacarse, evade la respuesta afirmando entonces que a él no le gusta hablar de sus triunfos amorosos. Aunque suele utilizarse el bombo, ya solo o con auto, de diversos modos y para fines muy distintos, hablaremos aquí ligeramente, de una de sus más importantes aplicaciones. Se utiliza, con gran éxito, en la creación de eminencias. Supongamos que un individuo publica un libro, es nombrado para un puesto o cargo importante, o resulta laureado en algún concurso. Ese individuo está ya en camino de ser una eminencia. ¿Cómo podrá conseguirlo? Verán ustedes con que facilidad. Dan primero los periódicos la noticia en forma de suelto, en el que se habla aunque ni el director ni los redactores lo conozcande nuestro estimado amigo; noticia que es repetida y celebrada por todos los cronistas sociales.

Pasea después, la primera tarde de moda que se presente, por el Prado y Malecón en automóvil. Por las mañanas, se exhibirá al público, sentado en algún café o una tienda de la calle de Obispo, a la hora de mayor concurrencia. Todas las revistas ilustradas honrarán y engalanarán sus páginas con el retrato y algunas notas biográficas de la ya casi eminencia. Mientras tanto, un amigo oficioso, agente de algún restaurante de nota, lanza la idea de un banquete. Se publican diariamente las adhesiones que se van recibiendo; se invita a las autoridades y jefes políticos que, a título de propaganda electoral, prometen asistir. Y se realiza, por fin, el acto, amenizado por la Banda Municipal y por dos o tres discursos… Y entre vivas y cohetes, voladores y aclamaciones, queda consagrado eminente el neófito, recibiendo tal vez, cual moderno «espaldarazo», el tapón, mal dirigido por un criado torpe, de alguna de las botellas de champán que enviaron al banquete, como anuncio, los representantes de una nueva marca del espumoso, poco acreditada en plaza. Si es literaria, o pretende serlo, la eminencia, le falta solamente para terminar la carrera, lo que podríamos llamar su conferencia de recepción, que dará seguramente en el Ateneo 61 sobre una de las infinitas materias que desconoce. Y… ya puede dormir tranquilo sobre sus laureles: cada vez que se pronuncie o se publique su nombre irá acompañado de alguno de estos adjetivos: distinguido, notable, ilustre; prueba innegable de que es una eminencia criolla.

Rosario la romántica

Es el tipo de la niña romántica de hoy. No toma vinagre ni trenza sus cabellos a la veneciana; pero se emociona y suspira lánguidamente cuando le hablan de amor; y sueña con un idilio que termine, no ya en un subterráneo o en un cementerio, sino en la sacristía de la parroquia vecina. Y, asomada a su ventana, espera tarde y noche al deseado galán, tarareando todavía algún motivo de La viuda alegre, El conde de Luxemburgo, o La bayadera, producciones musicales que con Bohemia y Traviata y los valses de Chopin, son las que más la emocionan y llenan su corazón de un vago y dulce sentimentalismo. Es coqueta, como mujer al fin; pero su coquetería consiste en una tristeza resignada que se adivina en sus ojos dormidos, soñadores y lánguidos, sombreados a veces por profundas ojeras, en su aire meditabundo, en su manera de hablar, estudiada y melosa, oyéndose siempre lo que dice, y hasta en su sonrisa, vaga y apenas perceptible, que parece decir: «¡al que me ame, cuánto le amaré yo!».

Tiene pasión por los versos de Bécquer, Zorrilla y Campoamor. Lee, a veces, a Lamartine

Tiene pasión por los versos de Bécquer, Zorrilla y Campoamor. Lee, a veces, a Lamartine y a Hugo; pero prefiere las novelas de Carlota Braemé y la Invernizio y sobre todo María de Jorge Isaacs. Siempre que se pone en escena en alguno de nuestros teatros, La dama de las camelias, Rosario acude a presenciarla, interesándose y conmoviéndose, como si fuera para ella desconocida, con la historia de la infeliz Margarita Gautier.

En su conversación y en sus cartas emplea frecuentemente frases de tan marcado y cursi romanticismo como: «el ave negra de la desdicha», «la fatídica sombra de nuestros recuerdos», «la triste y amarilla flor de mis amores»… ¡Pobre Rosario!

El que la contemple, con un vaporoso traje blanco, sentada en una mecedora, la mano derecha

en la mejilla, perdida su mirada en lo infinito y lanzando, alguna que otra vez, suspiros tristes y enigmáticos, se creerá que Rosario tiene el corazón destrozado por algún dolor profundo, por una ilusión perdida; pero no es así: Rosario en lo que piensa constantemente es en que los años pasan y el galán no viene.

Sonoridades latosas

Una de las mayores calamidades de la vida contemporánea es la superabundancia de sonoridad.

A todas horas y en todos los lugares, principalmente en las poblaciones importantes, el ruido

sonoro priva y domina con dictadura tan molesta y escandalosa como la de ciertos hombres providenciales que nos gastamos por esta bella América. La Habana puede citarse como modelo, ejemplo y prototipo de ciudades escandalosamente sonoras.

Y aquel laudable decreto de nuestra máxima autoridad municipal contra los ruidos, si tuvo alguna eficacia en los días inmediatamente subsiguientes a su promulgación, después se ha convertido en letra muerta por la falta de eficiencia para imponer su cumplimiento de que se han hecho alarde los muy respetables señores agentes de la autoridad. Campanas, campanillas, timbres, fotutos, pregones, etc., etc., han vuelto a imponerse como en los mejores tiempos de su feliz reinado, y hoy arman, como antes, una algarabía de veinticinco mil demonios. A darle sonoridad a los ruidos callejeros contribuyen los miles de aparatos de radio de servicio público que existen en establecimientos y casas particulares. Los de éstas son tan… públicos como los de aquéllos, pues, aunque instalados en el interior de la casa, todos los vecinos y transeúntes de la cuadra disfrutan las delicias de conciertos, discursos, conferencias, anuncios, que transmiten los tales aparatitos. Y a veces, en una misma cuadra, varios aparatos establecen descomunal competencia para resolver cuál acalla a cuál, a fuerza de mayor… sonoridad, o dos o tres aparatos, transmiten, aunque no a coro, la misma pieza musical o el mismo discurso. Días pasados, oí, a la fuerza, y a dos voces, un discurso heroico que transmitían, en casas contiguas, sendos aparatitos de radio. ¡Delicioso! Muchos salones de limpiabotas han introducido maravillosas innovaciones y ampliaciones a la sonoridad de los aparatos instalados en su establecimiento, pues la música que éstos transmiten la acompañan con gratísimos golpes de cepillos y paños usados en el ejercicio de su cargo.

de cepillos y paños usados en el ejercicio de su cargo. Hasta médicos y dentistas, distraen

Hasta médicos y dentistas, distraen también a sus enfermos con audiciones de radio. Ignoro si ha podido comprobarse la bondad o maldad de este nuevo procedimiento curativo. Tanto o más temible que el radio es el cine sonoro. Y ¡cómo echo de menos, yo cinefan, aquel oasis de tranquilidad, reposo y recogimiento, que eran los salones cinematográficos, propicios a las más intensas y elevadas expansiones del espíritu, y a otras muchas expansiones, no menos intensas, aunque no tan elevadas!

Hoy podría llamarse a los cines la casa de los escándalos. El nuevo lema del cine «vea y oiga»lleva camino de convertirse en «oiga», sólo, pues ya el ruido apenas deja ver lo que está desenvolviéndose en la pantalla… Y, además, ya no vale la pena ver la película. La prueba al canto. Empieza la tanda con tres o cuatro variedades, solos de canto o de algún instrumento, dúos, etc., o piezas ejecutadas por orquestas generalmente de las más escandalosas del más escandaloso de los cabarets neoyorquinos. El público tiene que aguantarse la música sonora, más la presencia de uno o varios tipos, no siempre mujeres bonitas, sino frecuentemente finos pescados y valiosos elefantes marinos, y toda clase de fealdades masculinas. Son, 30 ó 45 minutos de aburridísima lata para los oídos y sobre todo para la vista. Hasta fenómenos, como tocadores de serrucho, de bombas de inflar neumáticos, etc., se exhiben vistos u oídospara desesperación de los cinefans. Ya han comenzado a manifestarse públicamente, por parte del auditorio, las protestas por esas inaguantables latas de las actuales variedades sonoras. Después de las variedades viene la cinta de la tanda. Antes, en la época feliz del cine mudo, las películas podían ser mejores o peores, pero tenían el atractivo de que eran otra cosa distinta por completo al teatro, ya en decadencia y casi en ruina absoluta. Ahora el cine sonoro ha vuelto a resucitar el cadáver del viejo y desprestigiado teatro. Ya no se ven films. Ahora se oyen revistas o comedias musicales, óperas, operetas o motivos traídos por los cabellos, para que Fulanita cante, Mengano baile y la orquesta de Sutano ejecute un jazz. Y esto ni es arte, ni es cine, ni es teatro, sino… ruido sonoro. Contra los talkies se han pronunciado un gran actor dramático Pirandelloy un gran autor y actor cinematográfico Chaplin. El famoso dramaturgo italiano, cree que la talkie es un retroceso, un subarte. «Desde el instante diceen que viene a disminuir, a limitar las formas de expresión artística, retrocede desde el cosmopolitismo del cine mudo al nacionalismo de cada idioma. Y esto, ¿qué es sino empequeñecer lo grande, ir despidiendo públicos país por país, restablecer las ―guerras artísticas‖, como las guerras de tarifas, levantar murallas entre los hombres? Es la apelación del nuevo rico que ha descompuesto la pianola, al pianista auténtico». Y considera el cine sonoro como un teatro vergonzante, inconfesable, ininteligible, cuyo fin será su rendición ante la ópera y la comedia. El maravilloso Charles Chaplin, del que en estos días acaba de publicarse la edición española, hecha por la Editorial Cenit de Madrid, de su último libro, Mis andanzas por Europa, se ha manifestado siempre adversario decidido del cine sonoro. En la extensa biografía que al frente de esa obra aparece, recoge Carlos Fernández Cuenta algunas de las opiniones de Chaplin contra el cine sonoro. Chaplin afirma que «la voz rompe la fantasía, la poesía, la belleza del cinematógrafo y de sus personajes. Los personajes del cinematógrafo son seres de ilusión y su naturaleza se deriva precisamente del silencio en que viven. Bien entendido, el cinematógrafo es poesía y belleza creadas en un mundo de silencio, y sólo desde ese mundo de silencio sus personajes pueden hablar a la imaginación y al alma de quienes los contemplan. Hacerlos hablar es echar abajo todo su encanto… Ponerles voz a las sombras es una imbecilidad y un error, tolerable en todo caso como negocio, para quienes lo hacen, pero sin relación con el arte». Obligado por las imperiosas demandas de los explotadores de films, Chaplin va a dirigir una película, parlante… por parte de los demás. Él permanecerá silencioso, interpretando a un sordomudo, y se propone con otras cuatro o cinco estrellas que aman el film silencioso crear una sociedad. «Me figuro declaraque podré gastar por año diez millones de dólares en producción de películas mudas. Por lo que a mí se refiere, por nada ni por nadie trabajaré en una película sonora. Sé muy bien que estoy completamente aislado, pero no me importa, pues tengo el convencimiento de que aún hay mucho campo para la película muda y de que mi propia presentación en la cinta perdería en popularidad desde el momento en que tuviese que abrir la boca».

No estamos tan mal acompañados, con Pirandello y Chaplin, los cinefans como este Curioso, enemigos irreductibles del cine sonoro. Como Chaplin dice, sabemos muy bien que estamos completamente solos, pero más vale estar solo que en la compañía de la sonoridad ruidosa del cine sonoro. Es preferible quedarse en casa que ir a ver, o mejor dicho, oír, con ruido, la ópera A en el cine B.

Maridos carceleros

Pocos tipos hay en la sociedad moderna tan interesantes y dignos de estudio como el marido. En vano han tratado psicólogos, filósofos, naturalistas y anticuarios de definirlo y clasificarlo. Considerado, desde los más remotos tiempos, como el personaje principal de la humanidad, las religiones han procurado revestirlos de todos los atributos inherentes a la alta y trascendental misión que está llamado a desempeñar en los pueblos, y los legisladores, por su parte, lo rodean de las mayores garantías para el mejor desempeño de sus funciones, poniéndole a sus pies, como una mísera esclava, a la esposa, y dándole sobre ella y los hijos el derecho de horca y cuchillo, a tal extremo, que es el esposo ofendido el único individuo al que el Código Penal (Artículo 437) faculta y autoriza para que, sin responsabilidad alguna, realice un asesinato. Esta monstruosidad no debe extrañar, puesto que los Códigos han sido hechos por los maridos. Pero este personaje casi sagrado, está hoy en decadencia. Al evolucionar los Estados modernos con las nuevas ideas que, desde la Revolución Francesa, vienen transformando y modificando constante y progresivamente los usos y costumbres de la sociedad, el marido, ense- ñoreado con sus antiguas prerrogativas y engreído con las ventajas y comodidades de su cargo, ha pensado que podría sustraerse a las corrientes del siglo, permaneciendo petrificado en sus viejos moldes medievales. Mas, como la historia enseña que para vivir es necesario renovarse y evolucionar si no se quiere ir al fracaso, el marido está sufriendo las consecuencias de su falta de tacto e inteligencia. Su papel está en crisis. De lo sublime, ha dado ya ese único paso que se necesita para caer de la altura y hacer el ridículo.

Y hoy es el gracioso de la comedia humana. Novelistas, dramaturgos y poetas lo toman

Y hoy es el gracioso de la comedia humana. Novelistas, dramaturgos y poetas lo toman como blanco de sus sátiras e ironías. Los caricaturistas encuentran en él, modelo adecuado para sus humorísticos tipos y escenas sociales. Y hasta en las tertulias y reuniones, cuando agotados todos los temas decae y languidece la conversación, basta para reanimarla que alguno de los contertulios cuente una anécdota o haga un chiste, en que aparezca como protagonista algún infeliz marido. A pesar de esto, no crean nuestros lectores que vamos también nosotros a burlarnos de los maridos. No somos tan crueles e inhumanos. Lo antiguo nos ha inspirado siempre viva curiosidad y hasta veneración. Cada vez que en nuestra capital, pasamos por delante de las estatuas de Carlos Tercero 62 y Fernando Séptimo, 63 o tropezamos en la calle con alguno de esos personajes que han vivido con todas las situaciones políticas, no nos explicamos, es cierto, por qué se encuentran todavía sobre sus pedestales esos viejos reyes de la ex-metrópoli ni por qué continúan gozando de privanza esos eternos vividores de la política; pero ante aquello y éstos, nos descubrimos respetuosos, como lo haría un anticuario ante el puñal del Godo o la carabina de Ambrosio. 64 No nos proponemos, pues, en este artículo más que estudiar brevemente una de las infinitas variedades de maridos modernos: los carceleros de su mujer. El tipo más corriente es el del esposo de una de esas mujeres que, por su belleza deslumbradora, han logrado alcanzar desde niñas renombre y fama en la sociedad; mujeres de las que afirma un amigo nuestro deben, al igual de lo que se hace con ciertos monumentos y edificios, ser consideradas como bellezas nacionales, interviniendo directamente el Estado en su guarda, conservación y mejoramiento. Sobre ellas tienen todos los ciudadanos cierto derecho:

por lo menos una servidumbre, si no de paso, de luces y vista; mujeres, que de haber nacido en la Atenas de Pericles, hubieran recibido, triunfadoras, al exhibirse en los baños públicos, la rama

mirtina, símbolo del excelso homenaje que les tributaba aquel pueblo el más culto y civilizado de la tierra— que logró hacer de la belleza una religión y una ley… Acostumbrados, pues, todos los hombres, a celebrar y admirar libremente, de solteras, en paseos, bailes y teatros, a estas reinas de la belleza, después de casadas les continúan tributando, aún más si cabe, su curiosa admiración. En tales casos los maridos tienen uno de estos dos caminos: conformarse con desempeñar el papel de guardadores o usufructuarios de su mujer, concediéndoles a los demás el derecho de propiedad o la servidumbre antes mencionada; o, rebelándose con lo que en cierto sentido podríamos llamar intereses creados, convertirse en carceleros de su mujer, viniendo a la postre, a ser ellos los verdaderos esclavos de su bella mitad. Miradlos. Ridículos, grotescos, viven en constante martirio, mirando siempre a todos lados, para observar quién sigue a su mujer, y en quién se fija ésta, y con quién habla. En todos los hombres cree encontrar un amante. Los celos los devoran, celos de la cabeza, según la frase de Bourget, celos fantásticos y estúpidos en los que interviene, más que otra cosa, el amor propio,

el

qué dirán y el temor al ridículo. Se dan cuenta de su inferioridad, y videntes, adivinan lo que

el

futuro les reserva. Y tanto más triste es su situación, cuánto que saben la inutilidad de toda

protesta. Asisten a su propio martirio, lento, inacabable.

Al ir de paseo, observan cómo los hombres se detienen o vuelven la cabeza para contemplar

a

la bella esposa, haciendo después comentarios y hasta dirigiéndoles piropos y galanterías. En

la

ópera, tras las ventanillas del palco que ocupan, tienen que soportar a los curiosos que se

extasían durante horas y horas admirando los maravillosos brazos, senos, espaldas y hombros, de la que él no acaba de convencerse si debe llamarla su mujer. En los bailes, sufren el penoso

calvario de ver a sus amigos disputarse afanosos el estrechar el cuerpo tentador y afrodisíaco de

su compañera ¿compañera de qué?mientras a ellos la sociedad los obliga a bailar con otras

o conversar con los conocidos. En tales casos, cada uno de estos maridos, al regresar a su casa, da entonces rienda suelta a sus mal contenidos y furiosos celos. Increpa a su mujer, se revuelve violento contra ella, amenazándola con matarla al menor desliz. La interroga de lo que le dijo Fulano o por qué la

miró Mengano.

Y después redobla más y más su vigilancia. No le pierde pie ni pisada, espía todos sus actos. No

come ni duerme. Vive muriendo, según la frase del poeta. Hasta que un buen día, al descubrir que su mujer lo engaña, con el único hombre de quien no ha tenido celos, con el que nunca ha vigilado, pone fin a su existencia, o adaptándose a la época, se convierte, de marido carcelero, en marido metafísico y civilizado…

Tenorio oficinista

Conocerás, sin duda alguna, este tipo y quizá te agrade verlo en letras de molde, si tienes, ¡oh benévolo lector!, la inmensa fortuna de pertenecer al número de los elegidos del Señor, de aquellos dichosos mortales que, generosamente, se sacrifican por la patria ofreciéndole al

gobierno sus servicios

Pero, si no gozas de las delicias del presupuesto, y desconoces, por tanto, a este personaje

burocrático, olvida un momento tus penas y entretente, al menos, leyendo estas líneas.

Debo ante todo advertirte que es éste un tipo de origen relativamente moderno, pues aunque

el empleomaneaco ha existido en todas las edades de la Historia, el empleomaneaco-tenorio no

surge hasta que la mujer, favorecida por las nuevas ideas y costumbres de nuestro siglo y rompiendo antiguos moldes y prejuicios, logra entrar en las oficinas públicas; y como esto no se realiza en Cuba hasta la primera intervención, * de ahí, que el tenorio oficinista no aparezca entre nosotros hasta esa fecha.

a cambio de una pequeña, de una insignificante remuneración.

Pero aunque ha aparecido tarde no por eso ha desperdiciado el tiempo; y de él bien podemos decir hoy, que es algo que no se puede concebir que falte en las oficinas del Estado, algo tan imprescindible en ellas como la pluma o la máquina de escribir.

en ellas como la pluma o la máquina de escribir. Es nuestro tipo casi siempre un

Es nuestro tipo casi siempre un joven que, aunque sea mal parecido, se considera muy guapo; vestido a la última moda, con trajes de colores llamativos, comprados probablemente en alguna tienda americana; zapatos de corte bajo y medias caladas, que disimuladamente deja ver al sentarse, lo que hace con alguna postura efectista, ya de antemano estudiada. Usa las más de las veces bastón, un coco macaco, o una cañita; el sombrero de medio lado; en los dedos su sortija con un grueso brillante, que examinado por un perito quizá resultase ser de Montana; para el reloj una vistosa cadena, al parecer de oro. Su andar suele ser exagerado, el modo de hablar dulce, empalagoso, oyéndose lo que dice y adornando siempre su conversación, insustancial y vacía, con chistes que, aunque él crea lo contrario, maldito lo que tienen a veces de ocurrentes o graciosos. Para él hacer una conquista amorosa, es la cosa más fácil de este mundo: más aún, todas las muchachas, según dice, se enamoran de él perdidamente mucho antes de conocerle. De ahí que se crea una especie de ser superior y mire al resto de los hombres como con lástima de ver que, a su lado y comparados con él, son todos unos infelices que apenas si se atreven en su presencia a mirar a una muchacha. ¡Dejemos, lector querido, que viva el pobre tenorio oficinista con esa ilusión!

Al llegar a la oficina lo primero que hace es recorrer los distintos departamentos donde

trabajan las señoritas y, aquí conversa un rato con una, a ésta le dice algún piropo, a aquélla le

y así pasaría todo el día;

pero no tiene más remedio que ponerse a trabajar, si no quiere exponerse a sufrir un regaño de

su jefe.

Pero no temáis, pues no trabajará demasiado; lo más que hará, después de estar media hora preparándose, es escribir unas cuantas líneas, en las que probablemente se equivocará varias

se echará fresco con

un hermoso abanico de guano y terminará por darle su trabajo a alguna tiperrita, a la que con sus latas, tampoco dejará trabajar. Y en estas y otras cosas llega la hora de salida. Y en esto sí que es el primero. Y, orgulloso, altivo y satisfecho, como podría ir uno de esos conquistadores de otros siglos al entrar en las tierras conquistadas, así sale todas las tardes, de su oficina nuestro amigo el tenorio, acompañando siempre a las muchachas mecanógrafas y repartiendo entre ellas sonrisas, piropos y miradas.

veces; fatigado y aburrido, se limpiará el sudor, con su oloroso pañuelo

dirige alguna mirada envenenadora, a la otra le dedica una sonrisa

Y

así pasa la vida, hasta que encuentre alguna muchacha, más lista que las demás, que le tome

el

pelo y se burle de él o alguna vieja solterona y fea, que tome en serio sus galanteos y le haga

caso, ante el temor de quedarse para vestir santos.

La niña precoz

Eres chiquilla; pero lo sé, gentil amiga, siempre te enojará que un majadero, creyendo ser galante, te lo diga. E. Ramírez Ángel.

Aunque ella afirma, con gran seguridad, que ha cumplido ya los diez y siete, a lo sumo, podrá contar catorce abriles. No ha sido aún presentada en sociedad, pero desde los doce no pierde fiestas, bailes ni paseos. «Cuando salimos Matilde su hermana y yo dice la mamános da pena dejar a Rosita en casa. Además, así va aprendiendo, y ¡cómo es tan inocente!».

No juega, ¡qué va!, a las muñecas; ni asiste tampoco al colegio. Acostándose casi todas las noches tarde, era un contradiós hacerla levantarse temprano. Hubo, además, que quitarla, porque las Madres siempre la estaban reprendiendo a causa de una dichosa moterita y también, según parece, de unas cartas y retrato que le descubrieron dentro del Manual. Pero mustia y llorosa

se lo juró a su mamáfue cosa de una compañera que le tenía envidia y para hacerle daño le

hizo esa trastada. Confidenta, desde muy pequeña, de su hermana, conoce al dedillo todo el repertorio amoroso noviazgo y flirt. Antes que Matilde recibiera las cartas que sus enamorados le enviaban, ella era la que mediadoralas leía, y hoy que ya Matilde ha formalizado sus relaciones, en las noches en que la mamá, por tener jaqueca, no puede sentarse en el recibidor con los novios, es Rosita la que los cuida, entre inquieta y curiosa, aunque hojeando al parecer distraídamente una revista. Y cuántas veces al recogerse ambas hermanas, Rosita ha exclamado:

«¡Por Dios, Matilde, que no soy de piedra!»

Apasionada por el cine, sigue nerviosa y anhelante las peripecias del drama que la cinta

Apasionada por el cine, sigue nerviosa y anhelante las peripecias del drama que la cinta desenvuelve y cuando los protagonistas se unen y estrechan en uno de esos besos largos, interminables, imprescindibles en casi todas las películas modernas, siente que algo desconocido y raro conturba y estremece todo su cuerpo. El baile la vuelve loca, y cuando ya rendida, muy tarde, se retira a su casa, en su lecho de virgen inconforme sueña toda la noche, despertándose a menudo, nerviosa y sobresaltada. Y amanece con la boca seca, las sienes palpitantes y unas ojeras profundas orlando sus negros ojos. De inteligencia clara, viva y despierta, apenas aprendió, sin embargo, durante el poco tiempo que estuvo en el Externado, aquellas nociones más elementales de la primera enseñanza, pero en cambio, por una íntima amiga, conoce los misterios del amor, y presiente y quiere adivinar sus secretas delicias. Diariamente y con fruición devora las crónicas sociales y sobre todo las del maestro «Fonta», 65 que ya varias veces la ha mencionado entre las jeune filles y en una ocasión no la podrá olvidarle dedicó un «párrafo aparte». Ha leído también, a escondidas de su madre, algunas novelas de Prevost, y Zamacois y Trigo. Una de sus mayores distracciones es el automático. Y al mediodía, mientras en su casa duermen la siesta, ella se entretiene en llamar a sus amigos o conocidos. Y, oculta tras el anónimo que da el teléfono, oye, entusiasmada, galanteos y piropos, más o menos insinuantes y provocativos. Como de dejarla tener «días de recibo», sólo le permitirían que la visitasen las niñas de su edad su verdadera edady ella detesta la compañía de tales chiquillas, tiene que conformarse con la diversión que le proporcionan las fiestas y bailes a que acude acompañando a su hermana y a su mamá. Y qué gusto el suyo, cuando en los salones del Yatch Club 66 es sacada a bailar aprovechando un descuido de la mamápor los jóvenes «ya unos hombres,

con su carrera terminada» y hasta por alguno que otro señor casado. Le gusta que los hombres la traten no como niña, sino como mujer; que le hablen de amores y amigos, de modas y novios. Adivina la mirada avara y codiciosa preñada de pasión y de deseo, que ya en el teatro o en el baile le dirigen amigos y desconocidos; y sus mejillas se sonrosan, más que de pudor, de secreta, íntima e ignorada satisfacción, cuando siente que la desnudan unos ojos varoniles, hermosos y atrevidos. Viste a la última moda. La melena cortada picarescamente a lo garzona. El traje, ella procura que parezca casi de señorita, cosa no muy difícil, ya que los caprichos de la moda, han borrado, acortando el largo de las sayas, lo que diferenciaba a niñas y mujeres, al extremo de que hoy sería difícil afirmar que las señoras visten de largo. Calzada con escotado zapato de alto tacón, sabe, ¡en eso sí!, aprovechar las prerrogativas de su edad, de su verdadera edad, para dejar ver, al sentarse o al subir al auto o a los carros, entre saya y bota, ceñida por perversa media calada, una cuarta de pierna, mórbida y tentadora. Su busto, aún no formado por completo, es ya una hermosa promesa que indiscretamente deja adivinar el escote pronunciado y hábil de su blusa. Su rostro, bello, entre candoroso y picaresco, encierra unos ojos negros, grandes e inquietos, velados por la sombra de sus ojeras, en las que no sabemos si ha intervenido más la naturaleza que el arte; ojos que ella sabe manejar con ingenua malicia, tras los impertinentes, cómplices inconscientes de sus locas y adorables coqueterías.

Y su boca risueña, fresca y roja, atrae y subyuga, cautiva y enloquece

Pesados

Una de las mayores plagas que padecemos, es, sin disputa, la de los pesados. Los hay en todas las carreras, profesiones y oficios. Vician y enrarecen la atmósfera que respiramos;

obstruccionan la vía pública, dificultando el tráfico; caen, como moscones, en nuestras casas a

la hora de la comida; desprestigian el periodismo y las letras con sus aceitosas e ininteligibles

producciones; han contribuido, con sus latosos e insoportables discursos, a que en Cuba conferencia y lata sean sinónimos; aguan, con su presencia, fiestas y paseos; salan las bodas y hasta los entierros; en los bautizos le hacen mal de ojo a los recién nacidos. Son, en una palabra, los causantes de que los automóviles choquen; a los tranvías se les acabe la corriente; haya ciclones; se interrumpa el tráfico en la calle del Obispo, el Paseo del Prado y otras avenidas… ¡Quiera el cielo que no acaben con la República! De todas las infinitas variedades de pesados, una de las más interesantes en nuestra sociedad, es la de los rompegrupos, aunque bien pudiéramos afirmar que todos los individuos oficialmente reconocidos como pesados, tienen esa cualidad. Conocedora nuestra policía de esto, en los días de manifestaciones, mítines, huelgas, etc., para disolver rápidamente los grupos, manda siempre, con un resultado extraordinario, a los oficiales y vigilantes más pesados del Cuerpo: en el acto queda la calle sin una hormiga. Raras veces ha tenido el Jefe necesidad de

personarse y realizar por sí mismo el despejo. Y en ese poder de disociación que esta clase de individuos posee, estriba y se halla la causa oculta del fracaso, inexplicable a simple vista, de numerosas asociaciones y empresas. Se constituyen o comienzan a realizarse, con gran entusiasmo; en los primeros días o meses el éxito parece asegurado. Pero, de la mañana a la noche, y con mayor o menor rapidez, la empresa va decayendo, hasta que al fin muere. De hacérsele la autopsia, como a un cadáver, se encontraría que han sido uno o varios microbios patógenos malignos los causantes de esa muerte: uno o varios pesados que entraron a formar parte de la empresa o asociación. ¡La tierra les sea leve y San Lázaro nos valga! El rompegrupos de sociedad, suele ser algún chiquito de ídem o conocido joven, o buen partido.

Todos habréis observado el curioso fenómeno que se produce al presentarse en cualquier sitio un tipo de éstos. Nos encontramos en algunos de nuestros cafés de moda. Junto a una mesa, han tomado asiento varios amigos, con el objeto de descansar del largo paseo en automóvil que acaban de realizar. Piden unas copas y, entre sorbo y sorbo, se enfrascan en charla animada, interesantísima. Pero de repente, sus rostros se transfiguran; la palabra muere, balbuceante, en los labios. Unos a otros se miran expresiva y dolientemente, con esas miradas que se cruzan entre sí, en noche de velorio, los parientes del difunto.

entre sí, en noche de velorio, los parientes del difunto. De un fotingo * se apean

De un fotingo * se apean dos jóvenes… (para qué te voy a decir los nombres, lector, si tú has pensado ya, seguramente, de entre tus conocidos, en cuatro o cinco). Se acercan a la mesa de nuestros amigos. Éstos, seca, aunque cortésmente, saludan. Los del fotingo, sin más preámbulos, piden unas sillas y se sientan. Vuelven a cruzarse miradas los amigos. Al poco rato, uno de ellos dice: «Como ustedes saben, me tengo que ir. Nos veremos luego en la Acera». Y así, dando alguna excusa, se van retirando los demás. Se han quedado solos los del fotingo. Al cuarto de hora los amigos se reúnen de nuevo en el Louvre… —¡De buena nos hemos librado! exclaman¡Qué par de tipos! De sobra te habrás dado cuenta, lector, quiénes eran los del Ford: ¡Dos pesados! La escena anterior, se repite, con gran frecuencia, ya en los bailes, o en el teatro o en el paseo. Apenas llega un pesado a cualquier grupo, se disuelve… para reunirse, momentos después, los que lo formaban, en otro sitio.

* En Puerto Rico, Panamá, México y Cuba se daba el nombre peyorativo de fotingo al automóvil de marca Ford que se consideraba barato y de mala calidad. Este término dejó de usarse cuando salieron otras marcas al mercado, aunque se sigue empleando como sinónimo de coche viejo y desvencijado.

Pero no siempre esta maniobra se realiza tan fácilmente. Las retiradas, según la táctica militar, requieren más inteligencia y estrategia, si cabe, que los avances y las acometidas. Y hay rompegrupos porfiados, que, aun haciéndoseles ver claramente que están estorbando, no se dan por aludidos. Todos conocen al famoso señor de los Voy contigo. Es una verdadera lapa, que cuesta gran trabajo quitarse de encima. Y no decimos nada del rompegrupos sinvergüenza, que explota su pesadez, convidándose, él mismo, a fiestas, comidas, etc. Hay un individuo que cuando se da alguna fiesta de importancia, tiene el descaro de llamar o escribirle al dueño de la casa, diciéndole que lo invite; o si no, va a buscar a algún amigo de esa familia y con él asiste a la recepción. Y es también muy popular otro sujeto, tan pesado, que ni aun poseyendo una máquina ha logrado nunca, a pesar de todos sus esfuerzos, que lo acompañen. Tal es el poder repulsivo de los rompegrupos. Propongo a la consideración de la Secretaría de Agricultura, ordene, por un decreto, el traslado si cabende todos los pesados de la República, a la Ciénaga de Zapata. Así podría desecarse con gran facilidad toda aquella región, hasta ahora improductiva. Sería una obra altamente patriótica. ¡Señor, Señor del mal de ojo, de brujerías, de los pesados, líbranos por siempre! Amén.

Familia distinguidísima

La mamá se llama Doña Sinforosa, y sus hijas, la mayor Adalsinda, la segunda Liberata y la menor Felicitas. La familia que voy a pintarte, ¡oh lector!, en estas líneas trazadas al correr de la pluma, tengo la seguridad de que la conoces tú, tan bien como yo, porque es un tipo de familia que abunda mucho en nuestra ciudad capitaleña. La mamá, viuda desde hace muchos años de un antiguo empleado del tiempo de la Colonia, cuenta ya, aunque su cabeza oxigenada lo quiera disimular, bastantes primaveras, otoños… e inviernos. Sus tres, aunque no muy frescos pimpollos, forman una trinidad que, ni aún un cronista corto de vista y que además usara espejuelos ahumados, llamaría nunca trinidad adorable. Con los ahorritos que al morir le dejara el marido, vive doña Sinforosa con sus hijas, sin necesidad de trabajar, pero muy modestamente, dedicada tan sólo a la chismografía y comadreo en su más alta escala. Aunque por su posición ni pueden tratarse con personas de categoría, conocen de vista y saben al dedillo la vida y milagros de todas las familias que figuran en nuestra alta sociedad, y cualquiera que las oyera hablar de esas familias, se creería que hablaban de personas a quienes conocían y trataban íntimamente. Doña Sinforosa y sus hijas saben, las primeras, y aun antes que los interesados, si Fulanito tuvo ayer un disgusto con su esposa, si la Marquesa de X. se entiende con el célebre sportsman Z., si el señor A. perdió anoche en el juego varios miles de pesos… que no eran suyos, si B. despidió el otro día a su chauffeur, etc., etc. Ellas conocen, en fin, perfectamente y en todos sus detalles, la vida íntima de todas las familias de nuestra alta sociedad.

Pero, cuando hay que verlas es cuando salen Sinforosa y sus niñas a divertirse. Si

Pero, cuando hay que verlas es cuando salen Sinforosa y sus niñas a divertirse. Si trabaja en alguno de nuestros teatros una compañía de ópera o dramática, van las cuatro a tertulia o cazuela, porque su posición no les permite otra cosa; en cambio, con el democrático cine, pueden ir a luneta y codearse con las personas a las que antes tenían que contemplar desde arriba, desde las altas localidades. Aunque no las conviden, asisten a todas las bodas que se celebran; a todos los bailes, y si no pueden conseguir entrada, van a verlos desde afuera; y a cualquier otra fiesta donde la entrada sea gratis. Pero donde quiera que vayan, lo menos que les importa es la función que se represente, la fiesta, el baile o la boda que se celebren: lo único que les interesa, es ver si asistió Fulanita, si tal o cual señora o señorita dejó de ir, o si iba bien o mal vestida… Otra de sus diversiones favoritas, que por nada se me queda en el tintero, es la de ir a ver toda casa desocupada donde haya vivido alguna persona distinguida o de importancia. En cuanto a cultura e ilustración, lo único que leen y aun no sé si estorbándoles algo lo negro, son las crónicas o notas de sociedad que publican los periódicos para enterarse de todo lo que pasa en el gran mundo; y son nuestras cuatro mujeres las primeras que adivinan el último chismecito que nos cuentan las crónicas. Y recortan y guardan cuidadosamente, pegadas en las hojas de un viejo libro de caja, todas las noticias sociales de importancia que hayan visto la luz en diarios y revistas. Llevan además una relación detallada de la edad que tienen o pueden tener las principales personas del gran mundo. ¡Oh, cronistas que leéis estas líneas!, si no tenéis pájaro que os ayude en vuestra labor informativa social, alquilad a doña Sinforosa o a sus hijas, que nadie ha estado, ni podrá estar nunca mejor enterado que ellas de todo lo que pasa y deja de pasar en el smart set habanero! He dejado para lo último, y como final de lata, el hablar de lo que constituye para esta interesante familia su mayor placer: las visitas. Así como yo, en general, me aburro soberanamente cuando voy a una visita, porque encuentro que en ellas la conversación se reduce, casi única y exclusivamente a hablar de dos cosas de las

que no me preocupo en lo más mínimo: política y chismografía; todo lo contrario le pasa a doña Sinforosa y sus hijas. Ellas en una visita se encuentran en su centro, pues allí la chismografía impera en toda su extensión. Por eso pasan la vida, hoy en una casa, mañana en otra, hablando de todo lo que saben y lo que ignoran metiéndose con la vida y milagros de todo bicho viviente. ¡Desdichado del que cojan por su cuenta!

Los consagrados

Entre las distintas plagas que azotan nuestra sociedad en lo que atañe a la vida intelectual y literaria, son dignos de especial mención los consagrados. Como pueblo grande o aldea con pretensiones de ciudad, que eso y no otra cosa viene a ser nuestra capital, tenemos para cada rama del saber humano, un perito en la materia. En las poblaciones pequeñas existen siempre tipos, como el médico, el cura, el poeta, el barbero, el sabio, el borracho, el loco, etc., que acaparan por completo y son los únicos y legítimos representantes y maestros en su especialidad y los personajes más conspicuos e ilustres de la población a los que es indispensable acudir cuando de la materia en que ellos son expertos se trata, y cuya opinión y consejo son tenidos y considerados como la última y decisiva palabra que resuelve las discusiones que se suscitan y los problemas que se presentan en la aldea. Forman ellos también parte, en su carácter de notabilidades, de las cosas importantes y dignas de verse que se enseñan a los turistas o extranjeros que visitan la localidad.

de las cosas importantes y dignas de verse que se enseñan a los turistas o extranjeros

Nuestros consagrados suelen ser respetables señores, muy conocidos, a veces, en su casa y

con tanta ciencia y cultura como Pacheco, que por haberse dedicado durante toda la vida al estudio de una materia, el vulgo los tiene como verdaderos sabios y los únicos autorizados y capaces para tratar sobre cuanto a su especialidad se refiere. Podría objetarse que en muchas y repetidas ocasiones el origen y fundamento de esa fama es bien pobre y deleznable: alguna conferencia pronunciada hace años y que fue bien acogida por

la «sociedad de bombos mutuos», el adjetivo que siempre anteponen o añaden a su nombre los

cronistas sociales, un artículo escrito con auxilio del diccionario enciclopédico… pero todos estos son chismes que corren los que envidian la gloria del consagrado o pretenden arrebatarle

su puesto y renombre. Yo siempre he sido entusiasta y resuelto partidario y defensor de los consagrados. Creo que ellos prestan en nuestra sociedad útiles servicios, que llenan una misión noble y provechosa a sus semejantes y, principalmente, a los que por suerte o por desgracia, por necesidad o por gusto

y afición, pertenecemos a ese cuarto poder tan calumniado, y, cuyos valores, la dictadura que

sufrimos ha hecho que apenas se coticen hoy en el mercado de la opinión pública. Los consagrados nos prestan a los periodistas un servicio inapreciable, pues cada que vez que la actualidad y los acontecimientos ponen sobre el tapete tal o cual cuestión política, literaria, artística o científica y deseamos informar al público sobre ella, no tenemos más que

recordar quién es el especialista sobre esa materia y pedirle un artículo o celebrar con él una entrevista. Desde luego, nos exponemos a que el consagrado no nos resuelva ningún problema

ni nos ilustre o aclare el punto discutido, pero el público queda satisfecho y nosotros salimos del

paso y cumplimos con nuestra misión informativa. Además, cuando alguna revista o periódico desea hacer algún número especial, reúne unas cuantas firmas de consagrados; o cuando se quiere organizar una velada, se procura que uno o

varios números del programa lo llenen consagrados. Aquella edición o fiesta alcanzarán un éxito ruidoso. El público se hará lenguas pregonando: «¡Qué buen número ha publicado la

Pero, no se te ocurra, lector amigo,

revista X! ¡Qué espléndida quedó aquella fiesta!

preguntar de qué trataba el artículo del ilustre Fulano, o qué dijo el insigne Mengano en su con- ferencia… ¡Sufrirías un triste desengaño! Esos trabajos no se publican para ser leídos, ni esas conferencias se pronuncian para ilustrar a los oyentes. Y en esto, estriba, por cierto, la gloria de los consagrados. En que nadie los lee ni los escucha. Los que tal hacen no los entienden pero los admiran y váyase lo uno por lo otro.

»

Moralistas criollos

En nuestra comedia política y social uno de los papeles más deseados es el de moralista, no sólo por lo fácil y cómodo que resulta su desempeño o interpretación, sino principalmente por las grandes utilidades y beneficios que con él se alcanza y el alto grado de influencia y autoridad sobre el resto de los mortales que produce. Lo primero y más importante que se requiere es adoptar aire, aspecto exterior o fachada, adecuada y propia. No reírse jamás, preocupándose poco de la sabia máxima de Rabelais quien dijo: «Reíd, reíd, porque la risa es propia del hombre»… Del hombre, sí, no del moralista, rectificamos nosotros.

Y ¿cómo va un moralista a reírse? Perderá su gravedad, confundiéndose e igualándose con sus

semejantes. Y ¿cómo va a censurar los vicios y defectos de los demás, con el rostro alegre y la sonrisa en los labios? El rostro serio y duro, esa inconfundible cara de cemento armado es la señal característica de que el individuo que la posee es uno de nuestros más insignes moralistas. Con estas bellas cualidades sólo le falta a nuestro personaje, para recibir la consagración de la crítica y vestir bien su papel, el saber garrapatear unas cuartillas y llevar siempre la

conciencia a la espalda, para no fijarse nunca en los propios vicios y defectos, procurando que la mano derecha no se entere de lo que la izquierda hace o… coge. Ya preparado así convenientemente, a censurar se ha dicho, siempre en tono olímpico y con un estilo seco, pesado, de predicador en días de misión. Que el látigo flagele, sin piedad, el rostro de los infelices, de los que no es fácil puedan devolver el mal por mal. A los poderosos, los gobernantes, se les puede censurar también, pero tan sólo para que aflojen la mosca, y de manera que, al atacarlos, pueda irse preparando ya la retirada.

que, al atacarlos, pueda irse preparando ya la retirada. Después, todo marcha sobre ruedas. El gobierno

Después, todo marcha sobre ruedas. El gobierno fija al moralista una subvención, o le da un buen puesto. Alguna compañía o empresa atacada lo gratifica generosamente… La oración se vuelve entonces por pasiva. El moralista se erige en defensor y panegirista de aquel gobierno o aquella compañía. Su puesto y su bandera de moralista los sostiene incólumes censurando sin piedad a los infelices, a la masa, al pueblo, a otros gobiernos que ya cayeron, a los poderosos de otros días. ¿Qué el gobierno o las compañías que hoy defienden, cometen los mismos atropellos, crímenes o errores que él ha estado censurando a otros? No importa. Él hace la vista gorda sobre ello, o, si es necesario, trata de demostrar que esos defectos son virtudes y esos errores aciertos. Mientras le paguen, el moralista pude estar tranquilo y vivir satisfecho, fabricando chalets y comprando automóviles con sus ahorros y economías. Si posee un periódico o revista, entonces su carrera será más rápida y su fama y renombre no igualados, por el autobombo y el bombo mutuo, figurará entre las más ilustres personalidades de las letras y la política. Siempre que de él se hable se le llamará insigne, ilustre, intachable y cívico ciudadano. Su periódico o revista será el órgano defensor de los más puros ideales de la patria, de la libertad y del derecho, el censor y guía de la sociedad dispuesto siempre a poner el

«inri» de su reprobación sobre la frente de todos aquellos que no comulguen con las ideas o las opiniones de su director o propietario. De más está el decir que teniendo los méritos y servicios prestados al país, el gobierno subvencionará en seguida el periódico del moralista, repartiendo entre su director y redactores unas cuantas sinecuras o botellas. Como es natural, unos y otros, continuarán censurando todos los males, vicios y defectos sociales… menos las botellas… esas son minucias, que, en todo caso, se deben más que a otra cosa, al gobierno anterior. De esta manera el moralista criollo vive feliz y satisfecho de la vida. Si algunos lo critican, ¡qué le importa mientras puede seguir haciendo fortuna! Eso sí, que no olvide nunca, el aire grave, el tono imperioso, el rostro severo, la conciencia a la espalda y las uñas largas, muy largas y bien afiladas.

Personajes populares: Mariposa

Este tipo, conocido también por los nombres de Fray Gonzalo, Cucaracha y Canalejas, es uno de los más populares que posee nuestra capital. ¿Es un loco? ¿Un sinvergüenza? Yo más bien me inclino a creer que es un enfermo. Místico y sensual al mismo tiempo, de vivir en otro siglo, tal vez hubiera terminado sus días, o en las soledades del desierto haciendo penitencia, o en las hogueras de la Santa Inquisición. Religioso, hasta el fanatismo, se pasa las mañanas en las iglesias. Entra, y a grandes pasos atraviesa, con la vista baja y las manos en el pecho, la nave principal para ir a arrodillarse a los pies del altar mayor. Besa el suelo muy devotamente, se persigna y se da varios y fuertes golpes de pecho, saca un voluminoso libro de misa o un rosario, y se entrega de lleno a la oración. A veces, vierte amargas lágrimas como de arrepentimiento y dolor de sus faltas; otras, transfigurado el rostro, nos parece preso de éxtasis sublime. Y mientras tanto sus dedos recorren, nerviosa e inconscientemente, las cuentas del rosario. Termina la misa en esa iglesia y marcha presuroso a asistir a otra. Y así pasa devotamente, de iglesia en iglesia, toda la mañana. Durante el resto del día, y cuando no hay otras fiestas religiosas bautizos, novenas, visitas al Santísimoque distraigan su atención, recorre incansable las calles, ya predicando el amor a Dios como única fuente de salvación ya censurando y anatematizando los vicios y pecados de la humanidad.

En ocasiones, se detiene frente a los establecimientos de modas a la hora en que

En ocasiones, se detiene frente a los establecimientos de modas a la hora en que estos se encuentran llenos de encantadoras marchantas que acuden allí a comprar o para pasar el rato, y con voz cavernosa y profética les dice a las bellas hijas de Eva. Mujeres: os ocupáis de adornar vuestros cuerpos, descuidando por completo vuestras almas. Día vendrá en que esos vestidos y esas joyas no os sirvan ya para cubrir vuestras carnes, hoy tentadoras y mañana pasto de los gusanos. ¡Arrepentíos de vuestras faltas; llorad vuestros pecados, que vuestro fin se acerca! A raíz de la persecución que, al decir de los católicos, emprendió Canalejas en España contra las comunidades religiosas, pasó nuestro biografiado una de las épocas más accidentadas de su vida. Los muchachos callejeros, para hacerle rabiar, le gritaban:

«¡Huye, que te coge Canalejas!» Mariposa se volvía furioso contra ellos, y a grandes voces pedía para el entonces Presidente del Consejo de Ministros de España, todas las penas y atrocidades que para sus fieles servidores dicen que guarda Pedro Botero. La verdadera persecución fue para Mariposa que desde entonces se llamó Canalejas, pues las trompetillas y pedradas que le arrojaron los mataperros menudearon más que de costumbre. Cucaracha, además de la obsesión religiosa, padece otra no menos terrible: la de figurarse que a él lo tienen por loco. Y para destruir esto se pone a recitar cánticos devotos o a referir algún suceso importante acaecido recientemente, terminando siempre con estas palabras:

¿Ustedes creen que el que recuerda esos hechos es un loco? ¡Yo no estoy loco, yo no estoy loco! Mas, a pesar de su religiosidad y de su fanatismo, no ha podido aún este pobre místico sensual dominar la carne, que a menudo se le rebela, imperiosa y dominadora. Yo le he visto, al cruzar por delante de una mujer hermosa, detenerse un momento a contemplarla, murmurando:

La belleza es un don divino, y como tal debemos adorarla.

Pero en seguida, como si pasase por su mente una idea pecaminosa, fuera de sí, se ha llevado las manos al rostro y ha emprendido la carrera, exclamando a grandes voces:

¡Señor: ¡líbrame de un mal pensamiento y de una mala hora! ¡Señor, sálvame, que me pierdo! Lector, ¿no es cierto que este pobre hombre, como al principio te decía, más que un loco o

un sinvergüenza parece un enfermo? Y ¿no es verdad que, si en lugar de vivir en este siglo, materialista y escéptico, hubiera nacido en aquellos tiempos sencillos y dichosos en los que la fe dominaba al mundo, hoy sería Fray Gonzalo adorado en los altares?

Y su vida, llena de martirios infinitos y milagros edificantes, lejos de narrarla un mísero pecador

como yo, la hubiera escrito, seguramente, un piadoso y docto padre de la Iglesia, muy versado en latines y en cosas del cielo.

Los ingleses

Si grandes e irreparables son los daños y perjuicios que al mundo entero proporcionó la última

guerra, no puede negarse, sin embargo, que, como reza la frase popular, «no hay mal que por bien no venga», y nosotros, los cubanos, no podemos quejarnos, pues si bien es verdad que en los primeros meses se puso de moda la bobería de cobrar tres por lo que valía uno, con el pretexto de a causa de la guerra, poco a poco se fue restableciendo la normalidad, subió bárbaramente el azúcar, vinieron los Fords, disminuyeron los latosos de la guerra, nos

convencimos ¡ya era tiempo!de la inutilidad a no ser para los congresistasde los

congresos de la paz, y vimos cómo Alemania llevaba a la práctica en Bélgica y Luxemburgo la letra del canto popular:

Papeles

son papeles.

Y así como «a río revuelto ganancia de pescadores», nosotros, mientras allá en Europa se mataban como convulsivos, nos dedicamos a sacarle partido a la guerra, logrando obtener esas y otras muchas ventajas, gracias a la dirección y consejos de nuestros dos anteriores Presidentes, entusiastas y hábiles pescadores. Pero entre todos los inmensos beneficios que obtuvimos por la conflagración europea, hay uno cuya importancia y trascendencia extraordinarias merece especial mención: a causa de la guerra, y mientras ésta duró, tuvimos una tregua en la enconada lucha que desde hace largos años sosteníamos contra los ingleses. Sabido es que las simpatías del pueblo de Cuba estuvieron a favor de las naciones aliadas:

Francia, Rusia, Italia e Inglaterra. He ahí cómo nosotros, que hemos vivido en constante y encarnizada guerra con los ingleses, no tolerándolos ni siquiera en pintura, nos llegaron a parecer simpáticos, agradables, finos.

He buscado, en vano, en nuestros archivos y bibliotecas, los orígenes de este odio mortal

He buscado, en vano, en nuestros archivos y bibliotecas, los orígenes de este odio mortal que

profesamos a los descendientes de Guillermo Tell. He oído la opinión de eruditos y sabios en cosas antiguas: Chacón, Iglesia, 67 Figarola-Caneda, 68 Pérez Beato, 69 Ricoy. Ninguno ha sabido

explicarme este curioso fenómeno. Días pasados me encontré en la calle del Obispo a un amigo que, además de deberle a las siete mil vírgenes, me debe a mí dos duros.

Oye le dijeno te cobro los dos pesos que me adeudas y te doy otro de regalo, si sabes explicarme el origen de la historia de los ingleses en Cuba.

Mi amigo, que aunque bruja, es hombre culto y de chispa, después de darme un abrazo por

mi generosidad, se expresó así:

La historia de los ingleses en Cuba se remonta al año 1555, en que Drake, el primer inglés que, como corsario, pensó sacarle dinero a los habaneros, pretendió infructuosamente desembarcar en la entonces villa de La Habana. Y fue, en vista de estos y otros ataques corsarios, que se resolvió, por los gobernantes españoles, fortificar la plaza, empezándose las construcciones de la Fuerza, 70 del Morro 71 y de la Punta.

Desde entonces, y en numerosas ocasiones, Morgan, Gant, Hossier, Vernon, Knowles y otros

habitantes de los mares, atacaron, con más o menos éxito, distintas poblaciones de la Isla, saqueando los bienes y propiedades de sus infelices moradores y secuestrando a éstos con el objeto de pedirles después por el rescate gruesas sumas.

Era tal el miedo, terror y pánico que inspiraban en Cuba los compatriotas de Drake, que sólo

al grito de «¡Ahí vienen los ingleses!», las mujeres se desmayaban y los hombres huían a la desbandada. Esta situación se agravó con la toma de La Habana, en 1762, por las fuerzas de Keppel y Albermarle, a tal extremo que, aunque beneficiosa para el comercio de la Isla la dominación de los ingleses, éstos quedaron para siempre considerados como seres sin entrañas, que sólo buscaban sacar los cuartos a sus semejantes, bien a título de rescate, bien por mercancías o por cualquier otro pretexto.

A todas estas causas, sin duda alguna, se debe el que por generalización se llamasen y llamen

todavía ingleses a los cobradores, caseros y demás individuos de la especie. Debemos distinguir dos clases de ingleses: el acreedor que cobra él mismo su crédito, y el cobrador, ser más odioso y repulsivo, pues sin estar interesado directamente en el asunto, ha elegido esa profesión y carrera, sólo comparable a la de verdugo. Aunque a veces tiene un tanto por ciento en las cuentas que se le entregan, en la mayoría de los casos es un individuo asalariado, un dependiente, al que por tener condiciones, se le dedica a ese trabajo. Desde muy temprano sale a la calle con su racimo de cuentas artísticamente dobladas en forma rectangular. Con imperio y altanería toca a la puerta de las casas. Yo me atrevería exclamó mi amigoa decir, sin temor a equivocarme, si el que toca en mi casa es un inglés. Su toque es fuerte, rudo, imperioso, exigente; y si no se le abre a la primera llamada, va aumentando el diapasón hasta convertirse en verdadera tempestad. Es capaz de echar abajo la puerta. No le iguala ni un policía con mandamiento judicial. Para desgracia mía suspiró

¡los conozco bien! Una vez dentro de la casa, no saluda; extiende su recibo y espera. Si le pagan, ensaya entonces una sonrisa de despedida, que a veces resulta una mueca. Si tan sólo le abonan a cuenta una pequeña cantidad, la acepta a regañadientes y hasta se permite indicar:

Vamos a ver si la próxima vez me pueden saldar la cuentecita. Pero si no le entregan cantidad alguna, diciéndole que «vuelva la semana que viene», entonces ¡horror! hará primero una mueca, como la que produce un purgante de Carabaña o Loeches, con ademanes y gestos molestos, se guardará el recibo, lanzando primero, con la entonación de un escolta de presidio, una frase que reúne generalmente los caracteres de diversas figuras retóricas, pues es al mismo tiempo apóstrofe, conminación, optación e imprecación. En síntesis, lo que quiere decir el inglés, en esos casos equivale, traducido al romance, que si no le pagan, nos dará garrote. Y, ¡cuántas veces es preferible una muerte rápida, sin sufrimientos, a esa muerte lenta, angustiosa, horrible, a manos de un inglés! Entes abominables, se encargan de averiguar detalladamente todas nuestras costumbres.

Saben las horas a que nos levantamos y salimos a la calle, los sitios que frecuentamos; nos persiguen día y noche sin piedad, nos abordan en la calle, en la oficina, en el teatro, a la hora de la comida, en el paseo

Y no valen súplicas ni ruegos, los ingleses desconocen la piedad: no tienen, como dije antes,

corazón ni ninguna otra entraña. No vale que cierres con aldaba, pestillo y tranca la puerta de la calle, y, cuando toquen, sólo abras el postigo de la ventana; que digas que te has ido de viaje, que has fallecido ¡Son capaces de ir a buscarte al otro mundo! La guerra, como tú bien dices prosiguió mi amigo, los humanizó un poco. Hubo entonces entre ellos y sus presuntas víctimas, un breve armisticio. Pero restablecida la paz, se han reanudado las hostilidades que por algo es Cuba el país de los viceversas.

Enemigos, de nuevo, trato de no darles la cara y veo siempre con espanto llegar los sábados y días primeros de mes, ¡los fatídicos días de cobro!

Y mi pobre amigo, lleno de congoja y sobresalto, se despidió de mí, exclamando:

Ni los horrores del infierno del Dante son comparables a los sufrimientos, molestias, disgustos, contrariedades, que proporcionan estos verdugos y malhechores, plaga de la especie humana. ¡Dios nos libre de los ingleses!

El médico chino, la virgen de Jiquiabo, el Hombre Dios, Ñica la milagrera y otros «salvadores» de la humanidad

En nuestro manicomio nacional no me refiero, queridos lectores, al Capitolio, 72 donde moran, discurren muy raras vecesy hacen locuras con demasiada frecuencialos beneméritos padres y padrastros de la patriase halla recluida desde hace meses la más famosa de las curanderas criollas de estos tiempos: Antoñica Izquierdo o Ñica la milagrera, la que, adaptándose a la época, tan pródiga en curanderos políticos, salvadores, a la fuerza, de sus pueblos, no se conformaba con curar los males físicos de los que a ella acudían, sino que también quiso meterse en camisa de once varas, pronunciándose, como cualquier politiquillo o apolitiquillo, contra la tan cacareada, y cada vez más lejana, Asamblea Constituyente, panacea mágica que remediará todos nuestros males políticos, económicos, etc., etc., etc. Amén. La milagrera Antoñica curaba con agua: agua de los ríos, y por eso encontró su Waterloo en La Habana donde, como bien saben y padecen sus moradores, el agua sólo existe… en las nubes y en estado de vaporización, pues ya ni siquiera llueve de vez en cuando. ¡Felices tiempos aquellos de la colonia en que la Divina Providencia, apiadada de los muy devotos habaneros, tenía siempre repletos de agua lluvia los aljibes, tinajas, tinajones y bateas! Pero no voy a referirme especialmente en estas Habladurías * a la bienaventurada Antoñica, pues ustedes conocen tan bien como yo su santa vida y sus prodigiosos milagros. Quiero, sí, hablarles de otros curanderos, de uno y otro sexo, que florecieron en épocas pasadas, y cuyos nombres y hazañas han llegado hasta nuestros días. Hablaré en primer lugar del famosísimo Cham Bom-biá, el Médico Chino, cuyas curaciones fueron tan extraordinarias que de él ha quedado en nuestro folklore la frase ponderativa de la suprema gravedad de un enfermo: «No le salva ni el Médico Chino». Uno de los biógrafos de este milagrero, Herminio Portell-Vilá, 73 refiere que Cham Bom-biá llegó a La Habana en 1858, estableciendo aquí su consulta, que era visitada por personas de todas las clases sociales. Vivió después en Matanzas, con consultorio en la calle de Mercaderes esquina a San Diego, próxima a la residencia de la familia Escoto; y por último se trasladó a Cárdenas, pasando en ella sus últimos años, hasta su misteriosa muerte. Portell-Vilá lo pinta «Hombre de elevada estatura, de ojillos vivos y penetrantes algo oblicuos; con luengos bigotes a la usanza tártara, larga perilla rala pendiente del mentón y solemnes y amplios ademanes subrayando su lenguaje figurado y ampuloso; vestía como los occidentales, y en aquella época que no se concebía en Cuba al médico sin chistera y chaqué, él también llevaba con cómica seriedad una holgada levita de dril».

* Sección para la que escribió Roig bajo el seudónimo El Curioso Parlanchín, consagrada en gran medida al estudio y crítica de nuestras costumbres públicas y privadas.

En Cárdenas apareció por el año de 1872, instalándose en una casa de la Sexta Avenida, casi esquina a la calle 12, junto al actual cuartel de bomberos, en la que tenía su botiquín. Cham Bom-biá, si prescindimos del aparatoso ceremonial que usaba en su consultorio y en las visitas a los enfermos, puede ser considerado, más que como vulgar curandero, como un notable hombre de ciencias de amplia cultura oriental, que mezclaba sus profundos conocimientos en la flora cubana y china, como sabio herbolario que era, con los adelantos médicos occidentales. En Cárdenas realizó curas maravillosas de enfermos desahuciados por médicos de fama de aquella ciudad y de La Habana, devolviéndoles a muchos de sus clientes la salud, la vista, el uso de sus miembros. En el ejercicio de su carrera científico-curanderil, actuaba con absoluto desprendimiento, cobrando honorarios a los ricos, y conformándose con decirles a los pobres: «Si tiene linelo

paga pa mí. Si no tiene, no paga; yo siemple da la medicina pa gente poble». Las medicinas las proporcionaba unas veces de su botiquín particular, y otras mediante recetas que eran despachadas en la farmacia china de la Tercera Avenida número 211. Cham Bom-biá llegó a conquistar gran popularidad en Cárdenas y en toda la Isla, convirtiéndose, según afirma Portell-Vilá, en el sumo pontífice de la medicina, lo mismo ayer

que hoy, como bien lo expresa la frase popular que sobre él perdura, ya citada más arriba, y de

la que existe esta otra variante: «A ése no lo cura ni el Médico Chino».

Una mañana encontraron sin vida a Cham Bom-biá, tendido en el camastro de la casa que siempre habitó solo en la Perla del Norte. Nunca pudo esclarecerse la causa de su muerte, atribuyéndola, unos, a un suicidio, y otros a algún veneno administrado por cualquiera de sus colegas, envidioso de su fama. De él quedan, además de su reputación elevada a la estratosfera, estos versos que los mataperros callejeros aplican a todos los orientales:

Chino manila,

Cham Bom-biá:

Cinco tomates Por un reá.

Casi en la misma época que el Médico Chino hacía milagrosas curaciones en Cárdenas, sobresalió por Las Villas, en el caserío de Jiquiabo, término municipal de Santo Domingo, una curandera, que desde niña era conocida por sus milagrerías: Rosario Piedrahita, llamada la Virgen de Jiquiabo o la Vieja de Jiquiabo o Nuestra Señora la Virgen de Jiquiabo. Esta curandera no usaba agua como Antoñica ni yerbas como el Médico Chino, sino pañitos pertenecientes a las ropas interiores del enfermo o de la persona que deseaba prosperar en sus negocios o conservar su salud. Ya en poder de esos pañitos, la Virgen de Jiquiabo se encerraba en su cuarto para hacer sus conjuros o burlarse a solas de sus crédulos pacientes, y una vez benditos los pedazos de tela los entregaba a éstos. Los pañitos, aplicados a la parte enferma,

guardados en los bolsillos o conservados tras las puertas, debían resultar eficacísimos para curar una herida, un dolor, un grano, aumentar la familia y traer la paz a los matrimonios averiados. Según parece, esta embaucadora ejercía especial influencia sobre los alcaldes, pues logró catequizar a dos de éstos, uno de Villaclara, Juan Manuel Martínez, quien, según refiere Antonio Berenguer 74 en sus Tradiciones Villaclareñas, dicho mayor, muy querido y respetado en el Municipio, ya entrado en años y cargado de achaques, acudió a los pañitos de la Virgen de Jiquiabo. Pero cansado de no obtener éxito, quiso comprobar los poderes sobrenaturales o la charlatanería de la Virgen, enviando al efecto a tres limosneros del pueblo: un chino casi ciego, un negro viejo de nación y un gallego que se hacía más el enfermo de lo que en realidad estaba,

a que se consultaran con la milagrera. Regresaron los tres, y a preguntas del alcalde el chino

contestó: «Señó alcalde, ya yo ve poquito menos». El negro viejo: «Yo, mi señó, llevé quebradura y un espolón en la pata y yo viene con quebradura botá y do espolón que no dejan caminá». Y el gallego: «Yo llevé mis ahorros que quise aumentar, poniéndome un paño en los bolsillos; al venir me extravié, unos ladrones me robaron y sólo me dejaron este pañito que no me sirve ni para secarme las lágrimas». Ante este triplemente desastroso resultado, cuenta Berenguer que el bueno del alcalde se encerró en su cuarto, se quitó los paños y los arrojó violentamente, diciendo: «Esa vieja es una embaucadora, hoy mismo la mando a prender». El otro alcalde engatusado por la Virgen de Jiquiabo fue, según cuenta Herminio Portell- Vilá, el mayor de Cárdenas en 1882, don José Belaunzarán y Galarraga, quien trajo a la milagrera a su casa para que lo atendiese a él en sus males y también a la señora alcaldesa, no menos estropeada en su salud que su amante compañero, el señor alcalde. Y la residencia del alcalde se convirtió en la Meca de todos los enfermos de la población; pero si la Vieja de Jiquiabo ejercía sus curanderismos sin interés alguno, el señor alcalde y la señora alcaldesa se convirtieron en managers económicos de la milagrera, cobrando tres pesos

por cada pañito bendecido en el consultorio y cinco pesos si había que ir al domicilio del cliente, con honorarios mucho más altos para los ricos de la localidad. El negocio produjo tanto que algunos cardenenses lo hacen ascender a más de $20.000. Pero el cívico periodista Pedro Sust y el notable poeta Federico Torres Rangel desenmascararon a la Vieja, al alcalde y a la alcaldesa, realizando contra ellos lo que hoy se llamaría un acto de calle, con todos los enfermos, cojos y desgraciados a los que la Virgen de Jiquiabo les había tomado el pelo, y el alcalde y la alcaldesa sus dineros; y la Virgen, dando tusa se corrió hacia el Jiquiabo, y el mayor y la mayora tuvieron que dar 10.000 pesos de lo recaudado para la construcción de una sala de inválidos en el hospital de Santa Isabel. Desde entonces los cardenenses miran con prevención a todo el que viene ofreciéndoles milagros, curaciones, bienandanzas, por temor de que los tales prodigios sean «como los pañitos de la Virgen de Jiquiabo». Fernando Ortiz, en su vieja costumbre de desnucar santones, milagreros y hombres providenciales, demostró en documentado artículo que la tal Virgen de Jiquiabo ni siquiera tenía el mérito de la originalidad, pues sus pañitos habían sido usados algunos siglos antes por un ermitaño español, guardián de la Virgen de Godes, que se venera en el pueblo navarro de su nombre, para reaparecer, «siglos y mares de por medio, en las análogas maravillas de la carnal y criolla Virgen de Jiquiabo». El último curandero criollo que voy a citar figuró en tiempos republicanos, el año 1905, y era conocido por «El Hombre Dios, llamado en realidad Juan Manso, y habitaba en la loma de San Juan. Era de rústico aspecto, vestido con burda filipina oscura y provisto de hirsutos bigote y patilla. Curaba mediante pases sobre la cabeza de los pacientes». El gran periodista Manuel Márquez Sterling le dedicó un artículo en la revista El Fígaro, de aquel año, refiriendo los detalles de la visita que le hizo, «una tarde bajo los rayos de un sol que tostaba las entrañas de la tierra». Este Hombre Dios, que logró, como el Médico Chino y la Virgen de Jiquiabo, atraer a las muchedumbres ávidas de hazañas sobrenaturales, ha quedado olvidado, como lo será también, o lo es ya, Antoñica Izquierdo, y como han de desaparecer, igualmente, del recuerdo de sus pueblos, en lo que a sus providencialidades se refiere, todos aquellos santones y autores de prodigios que, ayer como hoy, han tratado de vivir de sabrosos, satisfacer su afán de lucro, sus perversos instintos o su vanidad, con la engañifa de salvadores de su pueblo, del mismo pueblo que explotan y atropellan, a su gusto, capricho y conveniencia.

Telefonomanías

Es un estudio curioso el observar como aplica y usa determinado grupo social (en nuestro caso los habaneros) algún invento de tanta importancia y trascendencia en la vida moderna como el teléfono. El teléfono, en teoría, es el medio de comunicación, rápida y eficaz, a distancia, con otras personas. Debe abreviar y acortar tiempo y lugares y contribuir al mejor desenvolvimiento de los negocios y las relaciones sociales y ahorrar criados y mensajeros. Pero, de la teoría a la práctica; de la intención y fin que se propusieron los inventores y constructores, a lo que en la realidad sucede va una gran diferencia. Lo primero que hace falta es que el teléfono responda cada vez que se le necesite y que cuando se descompone sea arreglado inmediatamente; y ambas cosas no suceden ni con mucho. Y resulta que cuando más urgente es la llamada que Ud. quiere hacer menos funciona el dichoso aparatico, y que a lo mejor se cansa uno de avisar a la compañía para que le arreglen su teléfono, y se pasan los días y hasta las semanas sin que esto ocurra; pero, eso sí, a fin de mes le pasarán la cuenta como si Ud. hubiese usado durante los treinta días su aparato.

Además, en Cuba, generalmente, cada abonado y hasta sus amigos y conocidos, se creen que el teléfono es patrimonio de ellos exclusivamente. Las muchachas y también las niñas, cuando no tienen nada que hacer y esto sucede muy a menudollaman a sus amigos o sus compañeras de juego o colegio, «para conversar un ratico», ratico que dura dos o tres horas.

Es clásico ya que los jóvenes novios, además de ir él por las noches, tener entrada en la casa y llevar relaciones «de sillones», se llamen por teléfono durante la mañana y el día, diez o doce veces, desde la oficina, desde su casa o algún café o establecimiento. Y menos mal que estas llamadas fueran rápidas y breves, pero lo corriente es que se prolonguen durante horas y horas. Las solteronas que después de haberse encomendado inútilmente a San Antonio de Padua,

o a cualquier

otro sitio, echan mano del teléfono como única áncora de salvación que les queda. Y valiéndose del ministerio que les dan los automáticos, se ponen a enamorar a sus amigos o conocidos, y, como siempre hay bobos y desocupados para todo, muchos hombres, creyéndose que se trata de

una «hembra pasada», aguantan y siguen la lata, para ver lo que pescan; hasta que, al fin,

descubren que, efectivamente, la mujer que los llama está pasada, pero es

Hay otras que se dedican a dar bromas, ya a particulares o a los establecimientos, pidiendo encargos o mercancías o metiéndose con las familias de sus infelices víctimas, insultándolos o diciéndoles pesadeces; otros a llamar a una casa durante horas y horas sin contestar quién es. Y ¡cómo se revela y descubre en esos casos el verdadero fondo moral y educación de una persona! Seguros del anónimo, hombres que en sociedad aparecen correctos y finos, se transforman en groseros, violentos, ordinarios; y muchachas y señoras, que creíamos modelos de delicadeza e inocencia, se convierten en mal habladas y conocedoras de todo el repertorio de palabras gruesas y de doble sentido que posea el más experto carretero o habitante. Existen también muchos que se consagran al deporte de «coger cruces», deporte que no se

practica, ni mucho menos, en los campos de batalla ni en torneos, pues no son las cruces sino los cruces los que cogen, o sean telefónicos.

perdida la esperanza de encontrar quien cargue con ellas y las lleve a la sacristía

de moda.

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Ring

¿Qué número es? ¿Qué número busca usted? No; dígame Ud. el número de su teléfono. Usted que llamó es el que debe decirme el número que quiere. Está Ud. equivocado; es a Ud. al que le corresponde. De ninguna manera, es a usted. Si yo le digo el número con el que deseo hablar puede usted decirme que es ése, no siendo así. Y si yo le digo el número con el que desea hablar puede usted decirme que es ése, no siendo así. Y si yo le digo el número de mi casa, también usted puede engañarme afirmando que es el número con el que desea hablar.

Mire que tengo prisa y no estoy para perder tiempo. Bueno, pues diga el número. No; dígalo usted. No; usted. Usted. Usted. (Y así hasta el infinito).

ring

ring

ring

Y como ésta ocurren a diario mil escenas, mientras tú o yo lector, queremos llamar a una de esas casas, y ¡claro! no nos contestan o está ocupada. Pero las personas que más dificultan y hacen casi imposible el uso normal, adecuado, rápido

y eficaz del teléfono, aparte de los abandonos y deficiencias de la compañía, son las amigas,

grandes y pequeñas, viejas y jóvenes, y los novios. Éstos son la pesadilla y la rémora de todo el atraso que se nota aún en nuestra vida social. Y es curioso observar que nosotros, los cubanos, hemos adelantado en casi todos los ramos de la actividad humana, pero los únicos que no solamente han permanecido estacionados, sino que han sido el obstáculo ante el cual se han estrellado todos los inventos e innovaciones introducidos en nuestra patria, del cese de la soberanía española a la fecha, los únicos reaccionarios, retrógrados y verdaderamente oscurantistas como que buscan la oscuridadson los novios. En lo que se refiere al teléfono, son los que más dificultan su rápido funcionamiento, pues se pasan las horas y las horas de palique interminable diciéndose toda esa serie de boberías

amorosas que si dichas cara a cara y, acompañadas del gesto y la acción, resultan interesantes y

agradables

Puede afirmarse, como artículo de fe, que en la casa donde hay novios es inútil llamar por teléfono, pues el 95 por ciento de las veces se encuentra éste ocupado. Córranse y no estorben.

(¡cómo no!), dichas por teléfono resultan insoportables.

El diretivo

Es evidente que Platón tío de Mr. Plattjamás soñó para su utópica República sin

carboneras, botellas ni colecturíascon un tipo que, como el Diretivo, encarnase de tal manera

el principio de autoridad, de orden, de respeto a la ley y a los reglamentos.

Pero nuestro personaje nació con un retraso de varios siglos y, lejos de ser una de las más firmes columnas de aquel ensayo de «gobierno propio» que quiso realizar el romántico político griego, vino a caer, para desgracia suya, en la tierra clásica del choteo, y se convirtió en un tipo de ídem. ¡Oh sueños de gloria e inmortalidad! Hechas ya estas breves consideraciones históricas, expongamos ahora los antecedentes de familia y demás circunstancias que concurren en la formación y desenvolvimiento de este curioso tipo. Para que se un Diretivo, es necesario que el individuo haya nacido en la Península, entendiéndose por tal para estos efectos, principalmente las provincias de Galicia y Asturias. Pero no basta esto; es indispensable que ese peninsular salga de su tierra y venga a Cuba, en donde es conocido más comúnmente con el calificativo de gallego. Pero no es suficiente tampoco esto. Ese gallego, aún conservando su característica e idiosincrasia, debe aplatanarse, lo cual no se adquiere sino después de varios años de permanencia en la Isla, un adecuado

tratamiento hidroterápico, alguna relacioncilla más o menos oscura y suficiente claridad en la pronunciación, de manera que haya perdido de tal modo su acentu que mesmamente parezca

nacido en el propio barrio de Jesús María, y, cuando se dirija a una dama, pueda hablar con esta perfección el idioma criollo:

«¡Cá, hombre, cá, niña: qui voy a ser de la Pinínsula! ¡Quite de allá! No ha comprendido

ustez en el acentu que soy cobiche

Cuando ya reúna todos estos requisitos, puede, entonces, nuestro hombre ser Diretivo, obteniendo previamente la mayoría de sufragios en una de las juntas que celebre la Sección de

Recreo y Adorno de alguno de los distintos Centros Regionales establecidos en nuestra capital. Sólo le falta ahora estar en funciones o en activo servicio, que es cuando verdaderamente se

le considera Diretivo.

75 !».

Estas secciones a que nos acabamos de referir tienen, entre sus fines principales, determinados, en

Estas secciones a que nos acabamos de referir tienen, entre sus fines principales, determinados, en el reglamento del Centro, la organización de grandes fiestas bailables, que pueden ser de dos clases, de socios y de pensión. A los Diretivos toca, no sólo dichos trabajos preparativos y de organización, sino también los más delicados y graves de vigilar la entrada el

día del baile y cuidar del orden en los salones, no permitiendo, bajo ningún concepto, que se infrinjan por los bailadores los artículos del susodicho Reglamento. Y es ésta, como hemos expuesto, la verdadera, más noble, alta, elevada y casi divina misión que desempeña en la tierra nuestro protagonista. Presentémoslo en el verdadero escenario de sus hazañas. La Junta de Recreo, ha acordado, después de una de esas acaloradas sesiones, típicas de estas sociedades, dar un baile de socios, nombrando, entre otros Diretivos, a Don Panchu Salgueiro y Cobielles, que cuando rapaz vino de su pueblo, perteneciente al Consejo de Carballeira, consignado a la bodega de un tío en La Habana, donde desempeñó los oficios de fregador de platos y mozo de recados. Fue subiendo, poco a poco en categoría y hoy tiene a su cargo el departamento de corsets, ligas y ahuecadores de una tienda de ropas de la Calzada del Monte, donde es ya el dependiente más solicitado por las niñas que allí acuden diariamente a

comprar y

La noche del baile, desde muy temprano, se enfundó Don Panchu en su ezmoquin de talle largo y anchas solapas, adquirido, hace años, muy barato, en una casa de empeño. En el chaleco ostenta la gruesa cadena de dos ramales y dije colgante en el centro y en el ojal del ezmoquin, el botón distintivo de la institución. Corbata negra muy pequeña, camisa de reluciente y más que endurecida pechera, pantalones de campana y zapatos de charol de grueso calibre que apenas disimulan los rebeldes juanetes. Al abrirse las puertas del Centro, ya está nuestro Salgueiro en su sitio de honor. El reglamento le manda que no deje entrar más que a los socios, lo cual debe acreditarse con el recibo correspondiente al último mes.

pasar el rato.

Con los peninsulares, no hay novedad. Pero con los creollos son las luchas y los contratiempos.

¿Por qué habrá cobiches en Cuba? exclama en estos casos Don Panchu. Ahí llegan cuatro. Señores: orden ante todu. No si pricipiten. Enseñen los ricibus. Aver ustez, ¿comun se nombra? Mateo Álvarez y López ¿Edaz? Cuarenta años. ¡Quite de hay! Ustez nu representa sinu veinticincu años. Es porque soy sietemesino y ahora no me dejo la barba. Buenu. ¿De dónde es ustez?

¿Yo? ¡Cub

¿Pruvincia? Galicia. ¿Conseju? ¡A mi nadie me aconseja!

Le diju que aquí Conseju pertenece ustez.

Ah! Al consejo de

! Digo peninsular.

de

de Lugo.

iSantiaju me valja! Luju es una pruvincia. ¡Hace vistu que cobiche más descaradu! Ustez no entra. ¡Larju dihay!

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Y como ésta se repiten centenares de escenas, en las que el Diretivo tiene que luchar a brazo partido con los cobiches que pretenden colarse, utilizando los recibos del portero o criado de su casa o del bodeguero amigo que, complaciente, les facilita el modo de entrar de guagua en el baile. Pero, aprovechemos que nuestro Diretivo ha abandonado, por unos instantes, su puesto de vigilancia, para colarnos, sin que nos vean, y subir al salón principal. Personas y gentes de las más diversas clases y condición social, discurren por doquier, ya entregados a los encantos y atractivos del baile, ya conversando en los rincones. Primos y primas de todas las especies y variedades: ellos, del ramo de motoristas y conductores, dependientes, criados; ellas, criadas, manejadoras, cocineras y hasta amas de cría. Muchachas cubanas de la clase media y baja, ya solas ya en compañía de sus respetables mamás, unas bailando o conversando con los dependientes amigos, otras con jóvenes criollos más o menos sportsmen. No sería raro encontrar alguna que otra niña que no pierde días de moda y sale en las crónicas sociales, entre las del smart. Alguna pareja non sancta llama también la atención y produce el asombro de ciertas mamás y la curiosidad de muchas niñas. Perdido entre toda esa abigarrada y heterogénea muchedumbre está nuestro Diretivo Don Panchu, cuidando del orden y la fiel observancia de todos los artículos del Reglamento. Ya el baile está en la segunda parte del programa. La orquesta de Pablito, después del Paso Doble Alfonso XIII y alguna que otra Jota y Muiñeira, ruidosamente aplaudidas por los peninsulares, ha hecho las delicias de los concurrentes criollos y de muchos aplatanados con sus inimitables danzones de moda: El Príncipe del Camaval, El Mareo de Tomasa, Galletica María, Anís del Diablo y otros. Después de un descanso, rompe la orquesta a tocar el danzón del Motorista. Da gusto ver las parejas profesionales que bailan en un ladrillito, o las que florean, o las que, completamente agarraos, parecen en éxtasis más o menos divino. De repente nuestro Diretivo, toma por el brazo a uno de los bailadores y encarándose con él, le dice:

¡Oija, cobiche! ¿Ustez nun ve que esta infrinjiendu el rejlamentu, cun esa manera de bailar

tan sicalíptica e muy impropia de prisonas dicentes? Hájame el favor di disagarrarse u llamo a la policía! Sobrevienen las naturales protestas; los ánimos, ya acalorados, hierven; y, Dios sabe, en qué hubiera parado la cuestión, sin la oportuna llegada de un vigilante. Mientras tanto, la orquesta, seguía tocando: «Pára, motorista, pára», coreada por un grupo de entusiastas, que dirigiéndose al pobre Don Panchu, le cantaban: «¡Que me vengo cayendo, pon;

que me vengo cayendo, pon

Y nuestro buen Salgueiro, molesto con esa falta manifiesta de respeto, los amenazaba con retirarlos del salón, diciéndoles:

Acuérdense que soy un Diretivo, y no me infrinjan el Rejlamentu. Hase vistu que creollos tan salaos. ¡Váljame Santiaju! Pur qué, habrá en Cuba tantus cobiches! Pero el clarinete, como burlándose de sus amenazas, repetía, ayudado por los timbales:

«¡Que me vengo cayendo, pon; que me vengo cayendo!».

Lo que se oye desde una silla del malecón

cayendo!». !» Lo que se oye desde una silla del malecón — No seas chiquillo; estate

No seas chiquillo; estate quieto; ¿te figuras que mamá se duerme también cuando está caminando?

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¡Prensa! 76

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Pero, ¿Ud. piensa que puedo creerlo? Si eso mismo le dijo Ud. anoche a María Luisa. Esta mañana me lo contó ella.

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¡Cómo está la juventud! En mi tiempo

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No lo dude Ud.; la reorganización del Partido Conservador es tan necesaria que

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y el pobre murió como un santo. ¡Dios le haya perdonado!

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¿Has visto a Ana María con su nuevo novio? Parece que al fin con éste se casará. Si es alemán, como dicen, y recién llegado a La Habana, lo creo; pero que se apresure Ana María porque

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¡Noche! 77

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¿Ud. cree que ya no tendremos más chivos? Pues, le diré a Ud

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¡Adiós, lindísima!

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Niñas, sentémonos un rato: ya no puedo más.

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¡Vayan las ricas pastillas de café y leche!

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su enfermedad es muy dolorosa. Yo creo que me dejará algo en su testamento. ¡Dios le lleve pronto a descansar!

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Hasta que Ud. no me escriba tres cartas, no le puedo decir que sí.

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Es un negocio muy bonito; con tres mil pesos que Ud. aporte

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¡Bombones y caramelos!

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¿ …con sable japonés? Yo prefiero el asalto con sable cubiche. ¿Quieres conocerlo?: Oye chico, préstame tres pesos.

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Si no me compras bombones le cuento a mamá lo que te estaba haciendo Gustavo.

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¿Me da Ud. un kilito?

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El precio del azúcar este año

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Yo iría a su casa, señorita, pero me da mucha pena.

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Ya verás mañana en el comité la moción que voy a presentar.