La psicosis nacional por los exámenes vuelve corregida y

aumentada
Por Ángel de la Llave Canosa

¡Peligro! el perfil del profesor-examinador-examinado puede acabar privando a los
educadores de la perspectiva necesaria para entender el papel de la escuela.
Las reválidas desaparecieron del sistema educativo español con la Ley General de Educación
de 1970. A pesar de ello, después de un par de generaciones, nuestro sistema educativo sigue
traumatizado por los exámenes y parece no haberse recuperado.
Ya, a finales del siglo XIX, en un artículo de 1894, planteaba Francisco Giner de los Ríos el
dilema “O educación o examen” [1].
El maestro, esclavizado a una tarea servil, no puede consagrar lo mejor de sus fuerzas a
aquello que más responde a su vocación y que él realizaría con superior desempeño, sino a ese
ideal de satisfacer a los examinadores: todo lo demás es perjudicial, o cuando menos artículo
de lujo, a que no hay tiempo ni posibilidad de atender. Mientras tanto, por su parte, el discípulo
tiende a encogerse de hombros ante la idea nueva, la investigación original, el punto de vista
personal y fresco, que es lo único que puede despertar su interés, abrir su espíritu, dilatar su
horizonte, fortalecer su inteligencia y su amor al saber y al trabajo. ¿De qué sirve todo esto en
un examen? […] Si por examen se entendiese la constante atención del maestro a sus
discípulos para darse cuenta de su estado y proceder en consonancia, ¿quién rechazaría
semejante método sin el cual no hay obra educativa posible? Pero justamente las pruebas
académicas a que se da aquel nombre constituyen un sistema en diametral oposición con ese
trato y comunión constante. Pues, donde esta existe, aquel huelga, y, por el contrario, jamás los
exámenes florecen, como allí donde el monólogo diario del profesor pone un abismo entre él y
sus alumnos.[...] La enseñanza es función viva, personal y flexible.

La situación que comentaba Giner no cambió mucho en el siglo XX. Por ejemplo, en el curso
1965_66, la distribución del alumnado de bachillerato en España, según el Libro Blanco de la
Educación [2], era así: alumnos oficiales 179.487; alumnos colegiados 366.807; alumnos
libres 287.996. Los alumnos colegiados cursaban estudios en centros homologados,
generalmente religiosos, y acudían a los Institutos públicos a hacer las reválidas de grado y los
exámenes de ingreso. Los alumnos libres, estudiaban en casa o en "academias de piso" y
debían ir a examinarse de todas las materias de cada curso al Instituto al igual que los alumnos
oficiales. Esta situación se mantuvo de manera semejante hasta los años ochenta, en que
culminó la implantación del BUP.
Para hacerse una idea de la hipertrofia que suponía examinar a todos estos alumnos (libres,
colegiados y oficiales) voy a dar unos datos del curso 1972_73 del Instituto de bachillerato del
Cardenal Cisneros de Madrid [3]. En aquella época el Instituto “Cardenal Cisneros” tenía un
total de 28.408 alumnos, que se desglosaban en 1.421 oficiales, 25.111 colegiados y 1.876
libres. ¿Os imagináis que un claustro como el del “Cisneros” de entonces (de 45 profesores)
tuviese que examinar en junio y septiembre de todas las asignaturas a los alumnos oficiales y
los libres (3.277 alumnos) y del examen de ingreso y las reválidas de 4º y 6º de bachillerato a
todos los alumnos, incluyendo también a los 25.111 colegiados? No es de extrañar que el
sistema haya resultado traumatizado por semejante experiencia. Según estos datos un profesor
no hacía otra cosa que poner y corregir exámenes de manera obsesiva a alumnos que no
conocía.
Por otra parte, el sistema en su conjunto resultaba ser completamente selectivo y asumía esta
misión con naturalidad. Para hacerse una idea de la criba que suponía el sistema de reválidas,

basta observar estos datos tomados, de nuevo, de El Libro Blanco de la Educación: De cada
100 alumnos que iniciaron la enseñanza primaria en 1951 (con 6 años), llegaron a ingresar 27
en la enseñanza media; aprobaron la reválida de bachillerato elemental 18 y, de ellos, 10 la de
bachillerato superior; de los titulados en bachillerato, aprobaron el curso preuniversitario 5; y
sólo 3 alumnos, de los 100 iniciales, culminaron sus estudios universitarios en 1967. Esta
situación resultaba especialmente cruel porque la selección se cebaba en las clases sociales
populares y en determinados territorios. De 100 niños hijos de obreros que iniciaban primaria
cursaban enseñanza media 4,2 y enseñanzas superiores 0,2. Mientras, que de 100 niños hijos
de directivos que iniciaban primaria, 71,9 cursaban enseñanza media y 14,2 enseñanzas
superiores. El desequilibrio territorial también era muy elocuente. En zonas urbanas el
porcentaje de la población con estudios medios o superiores era del 7,8%, mientras que en las
zonas rurales sólo del 1,6%. La situación de desequilibrio se agudizaba más si se comparan
unas regiones con otras. Por ejemplo en Madrid o Salamanca había casi 60 estudiantes
universitarios por cada 10.000 habitantes, mientras que en Cádiz o Hueva eran sólo 12.
Con La Ley General de Educación de 1970 se cambia la identificación de enseñanza con
preparación de exámenes y se incorporan aspectos relacionados con la didáctica, la tutoría y la
educación compensatoria. D. Víctor García Hoz, el padre pedagógico de la Ley de Educación
del 70, en su libro “La Educación en la España del siglo XX”, escribe un capítulo que titula La
psicosis nacional por los exámenes en el que podemos leer:
Alguien dijo que con este plan [el de 1953] el Examen de Estado había desaparecido para
quedar establecido el «estado de examen». Porque, efectivamente, una psicosis de examen se
iba a apoderar de toda la clase media y de una buena parte de la clase popular afincada en las
grandes poblaciones. [...] Parece como si los legisladores estuvieran preocupados únicamente
por el modo de realizar los exámenes, como si lo demás no importara nada. Claro está que las
formas de evaluación, concretamente los exámenes, condicionan y casi determinan la
organización de las actividades y la utilización de unas u otras técnicas docentes. En España, la
sucesiva legislación sobre exámenes, yendo toda ella, según sus autores, a suprimir la
enseñanza memorística, lo que hicieron fue irla reforzando progresivamente. A pesar de todo,
podemos sentirnos optimistas una vez más, pensando que el estímulo hacia la evaluación
continua, iniciada a raíz de la Ley de 1970, y la aceptación de la promoción natural, facilite la
introducción de contenidos y técnicas de enseñanza y aprendizaje que sean en verdad
elementos de formación personal para los estudiantes.

La nueva visión del Sistema Educativo que supuso la LGE70 y las siguientes leyes educativas
de la democracia han producido un cambió notable. En los últimos treinta años, el gasto
público en educación ha pasado del 1,3% del PIB al 4,7% y la evolución del porcentaje de
jóvenes de 25 a 34 años con estudios superiores no ha parado de crecer. En 1992 ya se llegó al
12,7% y en la actualidad es del 34,7%. En los últimos veinte años la población adulta con al
menos estudios secundarios superiores (Bachillerato o FP media) se ha duplicado, pasando del
12,8% al 34,7%. Y el sistema educativo español hoy en día encabeza los indicadores de
equidad.
Con la llegada de la LOMCE se ha sumado al tradicional trauma nacional por los exámenes
las teorías neoliberales de los rankins competitivos entre centros y profesores. Una mezcla
muy preocupante.
---------[1] Obras selectas de Francisco Giner de los Ríos. Edición de Isabel Pérez-Villanueva Tovar. Austral-Summa,
2004
[2] La Educación en España. Bases para una política educativa. Ministerio de Educación y Ciencia, 1969.
[3] El Instituto del cardenal Cisneros. Crónica de la enseñanza secundaria en españa (1845-1976). Gloria
González y Begoña Talavera. 2014.
[4] La educación en la España del siglo XX. Víctor García Hoz. Editorial Rialp, 1980.

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