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ANTONIO PRIANTE

MUNDO
DEMONIO
Y
FAUSTO

TRAGICOMEDIA FANTÁSTICA

EN

TRES ACTOS

NUEVE JORNADAS

ENTREGA 3
ACTO III
(MUNDO Y APARTE)
Bosque del centro de Alemania. Tendido en tierra, Fausto duerme. Cerca de él,
Mefisto, sentado sobre un tronco caído, está tallando con un cuchillo un trozo de
madera. A su lado, Homúnculus, observa sus movimientos con interés.

HOMÚNCULUS.- ¿Qué haces?


MEFISTO.- Una figura con aspecto humano. ¿Lo ves? Aquí van las piernas, y de esta
parte del palo saldrá la cabeza.
HOMÚNCULUS.- ¿Será como yo?
MEFISTO.- En tamaño sí, pero espero que no pueda hablar ni hacer preguntas
impertinentes.
HOMÚNCULUS.- ¿Por qué lo haces?
MEFISTO.- Me entretiene, y de paso demuestro que, contra lo que dice la leyenda,
también puedo crear.
HOMÚNCULUS.- ¿Cuándo despertará?
MEFISTO.- ¿El palo?
HOMÚNCULUS.- ¡El hombre!
MEFISTO.- Dejémosle. Siempre que hay un cambio brusco necesita un buen sueño.
Parece que esto le pone en condiciones de abordar cualquiera empresa nueva.
HOMÚNCULUS.- ¿Pero qué busca, qué pretende?
MEFISTO.- No lo sabe, aunque a veces habla y actúa como si lo supiera. Es una
característica de la raza humana. Lo normal es que acaben aceptando los límites, pero
nuestro amigo es muy terco.
HOMÚNCULUS.- Parece que se despierta.
MEFISTO.- Déjanos solos. Tengo que prepararle el nuevo escenario.

Homúnculus se va. Fausto despierta, mira a su alrededor y, al ver a Mefisto, se pone


en pie con mucha dificultad.

FAUSTO.- ¿Nunca me pierdes de vista?


MEFISTO.- Es mi deber seguirte de muy cerca, pero cuando conviene también sé
dejarte a tus anchas. Es un buen sistema. No digas que no funcionó en el episodio del
Imperio.
FAUSTO.- Aún ignoro el desenlace.
MEFISTO.- Eso es lo de menos. Lo único que te debería importar y alegrar es que el
maleficio del Emperador no hizo efecto.
FAUSTO.- Es cierto. Pasaron más de seis horas y…
MEFISTO.- Y nada. Ya ves, ni de la tecnología más moderna se puede uno fiar. Y
ahora ¿qué deseas?
FAUSTO.- Ya lo sabes, llegar hasta el fin y hasta el fondo de todo y poder decir
satisfecho: lo he conseguido. Ni la sabiduría de los libros, ni el amor de la mujer, ni la
acción desinteresada han colmado ese vacío de realidad suprema que anida en mi
alma.
MEFISTO.- Quizá tengas que volver al principio.
FAUSTO.- ¿A los libros? Todo lo he leído. Y sólo he encontrado anuncios engañosos
de respuestas.
MEFISTO.- Entonces, busca la sabiduría sin libros, por difícil que parezca.
FAUSTO.- La dificultad es mi terreno favorito. Pero ahora te suplico que me dejes
solo: tengo necesidad de reponer mis fuerzas en comunión con la naturaleza.
MEFISTO.- Nunca entenderé qué le veis los mortales a ese decorado tan insípido.
Para mí, una haya es igual que otra haya. Pero, de acuerdo: el bosque es tuyo.

Fausto se queda solo. Se contempla las manos, envejecidas; se palpa el rostro,


surcado de arrugas: es un anciano. Empieza a caminar, despacio, hacia la última
claridad del sol poniente.

FAUSTO.- Dentro de poco se hará de noche. Dentro de poco anochecerá también en


mi cuerpo, y quizá en mi alma ya para siempre. Y nada he conseguido. Ni la
juventud, ni la madurez, ni la ancianidad han visto cumplidos ni uno sólo de sus
deseos. La felicidad es una nube inasible. Si al menos pudiese desprenderme de esta
carne, alcanzar la sabiduría que sabe prescindir del deseo…pero es ése un camino
extraño para mí ¿Se puede desear no tener deseo? ¿Se puede cifrar en el no existir la
meta suprema de la existencia? Contradicciones, paradojas, palabras, palabras…No,
no hay que robarle a la vida sus derechos. Vive, camina, avanza. Ahora me envuelve
el manto de la noche, pero el sol sigue existiendo…Ese par de estrellitas en la
oscuridad son sin duda los ojos de un búho.
BÚHO.- Búho soy, aunque también he sido hombre.
FAUSTO.- ¡Por todos los dioses! Yo te conozco.
BÚHO.- Puede ser, pero perdona, no lo recuerdo. Tengo una vida social muy activa.
Unos me piden consejo, otros me ruegan que les acompañe y les guíe. Poco tiempo
me dejan para la contemplación. Y tú ¿qué deseas?
FAUSTO.- ¿Qué me ofreces?
BÚHO.- Lo que a todos: iluminar tus pasos en la oscuridad.
FAUSTO.- No es poca cosa. Pero, entonces, sólo me sirves de noche.
BÚHO.- Te puedo recomendar a un buen amigo para los tramos diurnos.
FAUSTO.- ¿Qué falta hace iluminar el día?
BÚHO.- Cuenta el número de tropiezos que has tenido bajo el sol y vuélvetelo a
preguntar.
FAUSTO.- De acuerdo, acompáñame.

Fausto camina por el bosque, acompañado por el Búho, que revolotea de rama en
rama. Entre las altas hayas, se filtra la luz de la Luna llena.

BÚHO.- ¿Tienes idea de adónde vas?


FAUSTO.- De momento, me agradaría encontrar un claro, donde disfrutar de esa
mágica luz lunar.
BÚHO.- Desconfía de la Luna, y en especial de la Luna llena. Su magia es de las más
perversas.
FAUSTO.- De eso entiendo bastante, y te aseguro que los poderes de la Luna son tan
necesarios como inocuos. Es verdad que se basan en un engaño, pues nos hace creer
que es fuente de luz cuando en realidad nos envía un pálido reflejo de una luz
superior, pero también los engaños pueden favorecer la vida.
BÚHO.- Me pareces poco escrupuloso en cuestiones morales.
FAUSTO.- No hay moral en la naturaleza, que es el Antiguo Testamento del
Universo; la moral aparece con el espíritu humano, que es el Nuevo Testamento.
BÚHO.- ¡Qué pozo de erudición, amigo! Mira, ahí tienes un hermoso claro, bañado
por la luz lunar. Y eso que ves en el centro son tumbas antiguas.
FAUSTO.- ¡Qué cuadro tan misterioso! ¡Qué extraña sensación me embarga!
BÚHO.- Pues yo, con tu permiso, te esperaré a la sombra.

Fausto se adentra en el claro del bosque, en dirección a las tumbas. De pronto, se


detiene: ha visto una figura humana. Es un hombre; se está desnudando; deposita las
vestiduras en el suelo y a continuación mea alrededor de ellas. Acto seguido se
transforma en lobo. Fausto intenta acercarse, pero el lobo le planta cara abriendo
las fauces y aullando.

FAUSTO.- He leído y oído de tus desdichas, pobre versipellis. En todos los


bestiarios antiguos figura tu caso, pero nunca había tenido ocasión de conocerte.
¿Sufres mucho? ¿Qué es lo peor de tu condición? ¿Ser lobo? ¿Ser hombre? ¿O el
momento de la terrible transfiguración?

El lobo se acerca a Fausto y parece que va a atacarle, momento en el que el


revoloteo del Búho le desconcierta.

BÚHO.- Se acercan hombres armados. Más vale que te ocultes.

Fausto sigue al Búho hasta la espesura del bosque, y ahí permanecen al acecho. Un
grupo de hombres, vestidos y armados a la usanza del siglo XVIII, entra en el claro
del bosque; con sus lanzas y redes logran reducir al lobo, y se lo llevan, tirando
varios hombres de distintas cuerdas.
FAUSTO.- ¿Qué piensan hacer con él?
BÚHO.- Mi visión no alcanza al futuro.
FAUSTO.- ¿Saben que también es hombre?
BÚHO.- Ni a las cosas ausentes o pasadas.
FAUSTO.- Sigámosles.
BÚHO.- No me parece buena idea. Pero, en fin, yo no arriesgo nada.

Castillo del Barón Vollterr. En una sala rococó, el Barón, la Baronesa y Fausto.

BARÓN.- Un viajero extraviado siempre es bien acogido en nuestra morada.


FAUSTO.- Agradezco vuestra hospitalidad, pero a la medianoche he de reemprender
el camino.
BARÓN.- Parece que tenéis mucha prisa. Espero que eso no nos impida disfrutar un
ratito de vuestra compañía. Sentaos, por favor. (Los barones se sientan en el sofá, y
Fausto en una butaca próxima. A través de la puerta del fondo llega el sonido de
risas y música.) Perdonaréis a esa juventud; han organizado un baile de despedida…
quizá demasiado ruidoso. Y decidme, vuestro nombre es…
FAUSTO.- Fausto.
BARONESA.- Y vuestra condición u ocupación, si me permitís que sea indiscreta...
FAUSTO.- No es indiscreción por vuestra parte, señora, sino descortesía por la mía
no haber correspondido en un primer momento con franqueza y sinceridad a un
acogimiento tan caluroso. Señores, soy doctor en ciencias, en teología y en filosofía,
y mi único afán es el conocimiento de los secretos de la vida y del Universo.
BARÓN.- La filosofía, la ciencia, por ahí va el futuro de la humanidad. Cada vez está
más claro que, por fortuna, los siglos de oscuridad han terminado. Y decidme, vuestro
viaje nocturno ¿tiene relación con alguna investigación concreta?
FAUSTO.- Todo viaje es investigación, pero en los nocturnos es cuando se revelan
los fenómenos más sorprendentes. Como esta misma noche.
BARÓN.- ¿Un fenómeno sorprendente? ¿Esta misma noche? Contad, doctor, contad.
Me apasiona la ciencia, soy un hombre totalmente poseído por el espíritu del siglo.
FAUSTO.- No lejos de aquí, en un claro del bosque, iluminado por la Luna llena, he
sido testigo de algo excepcional.

De pronto, se abre la puerta del fondo y entra una muchacha, casi arrastrando por
la mano a un joven; ella, con el rostro encendido por la agitación del baile; él, más
circunspecto, pero con el brillo de alguna copa de vino en los ojos. Ella se dirige a
su acompañante.

OTTI.- Repetid delante de mi padre lo que acabáis de decir, Johann.


JOHANN.- Por Dios, Otti, qué ocurrencia. Disculpad, señor. Le decía a vuestra hija
que, a mi regreso de Weimar, que supongo será por la primavera, se podría organizar
aquí mismo un baile aún más lucido…Si no tenéis inconveniente.
BARÓN.- ¿Tanto ruido para eso? ¿Dónde está el problema?
OTTI.- El problema está, padre mío, en que si no lo oís de boca de Johann…siempre
decís que estas cosas me las invento yo.
BARÓN.- ¡Qué niña eres! Sin ánimo de ofender, me extraña que un caballero como
Johann von Goethe te dé tanta importancia.
OTTI.- ¡Qué desagradable! No soy una niña, padre, tengo dieciséis años.
BARÓN.- Y Johann veintiséis, si no me equivoco.
JOHANN.- No os equivocáis…Pero, dispensad (Johann se fija por primera vez en
Fausto), os hemos interrumpido.
BARÓN.- La verdad es que manteníamos una conversación muy interesante con el
doctor Fausto, sobre temas científicos. Tal vez queráis participar.

Johann mira insistentemente a Fausto, que aguanta impasible la mirada.

JOHANN.- ¡Doctor Fausto! Como el de la leyenda.


BARÓN.- ¿Qué leyenda?
FAUSTO.- Se cuentan historias fantásticas y sin sentido de un personaje que tenía mi
mismo nombre.
JOHANN.- ¡Fausto! He soñado tantas veces con este nombre…Pero cuando pienso
en él, todo lo veo envuelto en una espesa niebla.
FAUSTO.- Despejad esa niebla. Dadle forma y sentido.
BARÓN.- ¿Sabías que, a su edad, este joven es ya una de nuestras glorias literarias?
FAUSTO.- Es fácil saberlo; basta con mirarle a los ojos.
JOHANN.- Así pues, me habéis reconocido.
FAUSTO.- Y vos a mí, ¿no es eso?
JOHANN.- Sí, pero permanecéis en la niebla.
FAUSTO.- Dadme forma y sentido, aunque en ello os vaya toda la vida. Otros
también lo intentarán.
JOHANN.- Lo intentaré, sí, lo intentaré…Con permiso.

Johann toma de la mano a Otti y ambos se retiran.

BARÓN.- Un muchacho notable, un gran talento, sin duda. Lástima que su linaje…
Perdón, estaba pensando en voz alta. Decíais que esta noche, en un claro del bosque
iluminado por la Luna llena habéis visto…
FAUSTO.- Un lobo.

El alegre rostro del Barón se nubla al instante, y el de la Baronesa palidece.

BARÓN.- Un lobo…Hay bastantes por esta región.


FAUSTO.- Fue capturado vivo por unos hombres armados y…
BARÓN.- Esas alimañas acabarían con el ganado.
FAUSTO.- Por ese motivo se les mata, no se les captura vivos.
BARÓN.- ¿Y por qué creéis que lo han capturado vivo?
FAUSTO.- Por lo que pude ver momentos antes. El lobo era un hombre: yo vi cómo
se transformaba.
La Baronesa se levanta de repente y abandona la sala entre sollozos.

BARÓN.- ¡Hombre de Dios, qué habéis hecho! Vos, un doctor en filosofía, un


hombre de ciencia, y venir aquí con esas patrañas. No salgo de mi asombro.
FAUSTO.- He contado lo que he visto, y siento que haya impresionado tanto a
vuestra señora esposa. Y si estoy aquí es porque deseo estudiar y conocer el asunto en
toda su extensión y profundidad, porque habéis de saber que también he visto cómo
el hombre-lobo era conducido a esta casa.
BARÓN.- Patrañas, no son más que patrañas. Mi esposa no es que esté impresionada,
está enferma, muy enferma, envenenada, intoxicada por el oscurantismo y la
superstición que, desde el pueblo más bajo, emana su pestilencia en su intento de
acabar con las luces. Olvidad este asunto, por favor. Es muy doloroso para nosotros.
Os daré una breve explicación y olvidadlo, os lo ruego. Habéis de saber que, además
de esa niña que acabáis de ver, tenemos un hijo de veinte años. Hace un tiempo que el
muchacho ha cogido la costumbre de desaparecer de casa ciertas noches. Algunos
dicen que lo han visto por las tabernas de los pueblos próximos. Aunque no es ésta
una explicación muy satisfactoria para un padre, yo la acepto de buen grado, sobre
todo teniendo en cuenta la otra, la que ha urdido la ignorancia, el miedo y la
superstición y que ya va de boca en boca por toda la comarca, y que, absurdamente,
afirma que en las noches de Luna llena, mi hijo…se transforma en lobo.
FAUSTO.- Es cierto, yo lo he visto.
BARÓN.- Patrañas, patrañas. Estamos en 1775, doctor Fausto, parece mentira que
podáis dar crédito a esas leyendas. Yo, un hombre de este siglo, de ningún modo
puedo aceptar que se den por buenas historias que pertenecen a la noche más oscura
de la humanidad. ¿Acaso no sabéis que, ante la clara mirada de la ciencia, las viejas
supersticiones han de acabar desvaneciéndose? Parece mentira, insisto, que un
hombre como vos pueda sostener semejantes afirmaciones. ¿Habéis leído a
Condillac? ¿a Helvetius? ¿a mi primo el Barón d’Holbac? ¿a mi estimado amigo
François, llamado Voltaire? Un hombre que hubiese leído a esos filósofos nunca diría
lo que vos estáis diciendo.
FAUSTO.- No hablo de filosofías, señor, sino de lo que ven los ojos. Yo he visto
cómo ese hombre, que sin duda ha de ser vuestro hijo, se convertía en lobo.
BARÓN.- ¡Por la santa Enciclopedia! Me estáis sacando de quicio. ¡Qué importa lo
que ven los ojos! Tanto como lo que cuenta la comadre de la esquina. La Razón es lo
único que cuenta, y si la Razón dice que una cosa no puede ser es que no puede ser, y
punto. Y conste que no soy obcecado, sino, como veis, razonable y muy razonable.
Tanto es así que, para que la cosa quede muy clara desde todos los puntos de vista
posibles, en estos momentos, mientras vos y yo estamos hablando, un cirujano
llegado de París y un anatomista llegado de Berlín están diseccionando al lobo de
marras para demostrar que en su cuerpo no hay punto alguno de conexión con la
naturaleza humana.
FAUSTO.- ¡Están matando a vuestro hijo!
BARÓN.- En alguna taberna se estará matando él.
FAUSTO.- ¿Y cómo sabéis que el lobo que tenéis es el animal en cuestión?
BARÓN.- Elemental, doctor Fausto. Porque, siguiendo mis instrucciones, el capataz
que dirigía la captura no ha procedido hasta después de asegurarse de que el animal
era el que había sufrido la transformación.
FAUSTO.- ¿Entonces?
BARÓN.- Entonces ¿qué? Sois de una obstinación increíble. ¿Cómo podéis insistir
en esas patrañas? Lo he dicho y lo volveré a decir las veces que haga falta: estamos
en el siglo de la Razón, y cuando la Razón dice que no es que no. Y ahora, idos,
doctor Fausto.

Medianoche. Acompañado por el Búho, Fausto se aleja caminando. De pronto, en la


torre más alta del castillo aparece el Barón Vollterr, con camisón y gorro de dormir
y, muy excitado y entre grandes ademanes, se dirige a Fausto, que ya no puede oirle.

BARÓN.- ¡Sois un tramposo, doctor Fausto! Habéis jugado sucio conmigo, vos o
quien sea que haya ideado esto. Me habéis retratado como un racionalista cerril,
como un cabeza-cuadrada esclavo de sus esquemas y ciego ante la realidad de la
vida. Claro…muy fácil…En una historia donde los demonios se disfrazan y los búhos
hablan ¿qué tiene de raro que los hombres se transformen en lobos? En el mundo real
quisiera veros yo, no en esta fantasía creada a capricho, sino en la sociedad de seres
de carne y hueso, donde no hay diablos acróbatas ni búhos parlanchines. Nos vemos
ahí y me enseñáis unos cuantos hombres-lobos ¿os parece? ¿No me respondéis,
tramposo? Habéis hecho trampa conmigo, doctor Fausto, vos o quien sea que haya
ideado esto. ¡Tramposoooos!…

Amanecer en el bosque. Fausto y el Búho.

BÚHO.- No pareces muy satisfecho de esta jornada.


FAUSTO.- La verdad es que no. El único episodio interesante, el del hombre-lobo, se
ha quedado sin resolver.
BÚHO. -¿Qué significa resolver?
FAUSTO.- Aclararse, descifrarse, revelar su sentido.
BÚHO.- Hablas como un diccionario de los que yo usaba cuando era hombre.
Entonces también pretendía aclarar, descifrar, desvelar el sentido de las cosas.
FAUSTO.- ¿Ahora no?
BÚHO.- No. Una noche comprendí que todo consiste en ver, que no hay nada detrás
de los fenómenos, que los mismos fenómenos son toda la teoría. Entonces me
convertí en búho.
FAUSTO.- Una historia ejemplar, pero una opinión muy discutible. Bien, ya sabes, y
si no lo sabes te lo digo ahora, que a estas alturas no me interesan ni las historias ni
las opiniones, sino la realidad de la vida, desde su superficie hasta su máxima
profundidad. ¿Y esto era todo lo que tenías para ofrecerme esta noche?
BÚHO.- Hay más cosas, pero lo tenemos muy mal, más que nada por una cuestión de
tiempo y de lugar. Un aquelarre o asamblea de brujas, por ejemplo, es siempre un
espectáculo muy colorista, pero no se celebran en invierno. La iniciación en los
Misterios de Eleusis tampoco estaría nada mal, pero habría que viajar a Grecia.
FAUSTO.- Y además, no me apetece en absoluto descender al reino de Plutón. Los
mundos subterráneos pertenecen a nuestro pasado. Por incorporados que estén a
nuestro ser inconsciente no conviene agitarlos demasiado. La tendencia natural de la
humanidad consiste en remontarse a los mundos superiores, aspirar a la luz.
BÚHO.- (señalando al sol naciente) Precisamente, por ahí aparece una luz que ciega.
Yo, con tu permiso, me retiro.
FAUSTO.- ¿Me dejas solo?
BÚHO.- Mi primo no tardará. Puedes tratarle como si fuera yo mismo, o tú mismo
(como irás viendo, todo es cuestión de forma).

El Búho alza el vuelo y, ya fuera de la vista de Fausto, en el instante de posarse en


tierra, se transforma en

MEFISTO.- “Los mundos subterráneos pertenecen a nuestro pasado”…Si será


pedante… No está bien despreciar así el estilo de vida de los demás. Después de todo,
yo no elegí mi mundo subterráneo, como nadie ha elegido el suyo. Pero si quiere luz,
la tendrá, ya lo creo que la tendrá. Y ahora, he de ponerme el nuevo plumaje…

Mefisto se transforma en Águila. Alza el vuelo, y desciende en seguida junto a


Fausto.

ÁGUILA.- Dice mi primo el Búho que me necesitas.


FAUSTO.- Necesito la luz del día, el calor del sol, la belleza de las formas.
ÁGUILA.- Entonces, ¡rumbo al sur!

El Águila emprende el vuelo, con Fausto a cuestas…

FAUSTO.- Esas montañas de ahí abajo son los Alpes.


ÁGUILA.- Lo que tú digas. No entiendo nada de geografía.
FAUSTO.- ¿Cómo te orientas?
ÁGUILA.- Por el Sol, por las corrientes de aire y por el vuelo de las otras aves.
……………………….
FAUSTO.- Ahora se ve la superficie terrestre cubierta por grandes masas de nubes
bajas, o más bien, por una espesa niebla. Sin duda estamos sobre Milán.
ÁGUILA.- Lo que tú digas.
……………………….
FAUSTO.- Ahora la tierra se muestra despejada. Veo extensas plantaciones de vid,
bosquecillos amenos, ríos sinuosos, castillos y ciudades sabiamente emplazados. Sin
duda estamos sobre la Toscana.
ÁGUILA.- Lo que tú digas. ¿Seguimos?
FAUSTO.- Seguimos… Y ahora volamos sobre el Lacio…Y ahora estamos sobre la
reina de las ciudades, la que fuera soberana del mundo. Oh, Roma inmortal, cuánto
me gustaría pisar de nuevo tus calles, beber el vino fuerte de tus tabernas, soñar a la
sombra de tus palacios, recuperar la luz del mundo antiguo recolocando una a una las
piedras de tus ruinas.
ÁGUILA.- ¿Descendemos, pues?
FAUSTO.- No, no es ésta la época más adecuada.
ÁGUILA.- ¿En qué época crees estar?
FAUSTO.- En 1775. Lo dijo ayer el Barón.
ÁGUILA.- Si, pero… ha habido una pequeña corrección. Por exigencias de vuelo tan
singular (y por necesidades del guión), hemos retrocedido 16 años. Así que ahora
estamos... no entiendo mucho de números…
FAUSTO.- En 1759. Es lo mismo. Roma está gobernada por el sucesor de Pedro, el
Papa, que también extiende su poder sobre las conciencias de media humanidad.
Mejor pasamos de largo.
ÁGUILA.- No te gusta la Iglesia Católica…
FAUSTO.- Esta sí que es buena. No entiendes de geografía, pero sabes que hay una
Iglesia Católica. Eres una ave muy extraña ¿te lo han dicho?
ÁGUILA.- Sí, “rara avis”, suelen decir. Es cierto que, como ave, no debería saber
nada de la Iglesia, a menos que fuese paloma, pero como “rara” (es decir, como
Mefisto) tengo mucho que agradecerle (después de todo, ella me inventó).
FAUSTO.- Pues yo no, todo lo contrario. La infancia, la adolescencia, la primera
juventud las pasé bajo su omnímoda influencia, y buena parte de mis esfuerzos
intelectuales tuve que emplearlos en sacudirme sus ridículos dogmas,…¡cuánto
tiempo malgastado!
ÁGUILA.- No hay que ver sólo el aspecto negativo. Sabios viajeros me han
asegurado que la educación católica es el mejor remedio contra las tormentas de la
vida.
FAUSTO.- No lo niego, pero yo no busco remedios que adormezcan el espíritu.
ÁGUILA.- (Lo sé, viejo amigo, lo sabemos todos). En fin, seguimos
FAUSTO.- Sobrevolamos las tierras del reino de Nápoles. Ahí tienes la hermosa
bahía, y sus islas, que son perlas, y sus villas, que son diamantes. Raras veces la
naturaleza y el hombre se han acordado tan sabiamente para crear un conjunto de tal
belleza.
ÁGUILA.- (Ya me lo dirás de aquí a doscientos años, cuando todo eso esté perdido
de nórdicos en pantalón corto y la bahía apeste al gasóleo de los vaporetos)
FAUSTO.- ¿Qué dices? No te oigo.
ÁGUILA.- Que si te apetece descender.
FAUSTO.- Sí, creo que es esto lo que buscaba.

Descienden. El Águila deja a Fausto ante las puertas de la ciudad y luego alza el
vuelo y desaparece en el cielo pintado de azul. Se acerca un carruaje y se detiene
junto a Fausto.

COCHERO.- ¿Sois el doctor?


FAUSTO.- Doctor Fausto, ¿me conocéis?
COCHERO.- Rápido, subid, mi amo os está esperando.

Alcoba de un palacio del centro de Nápoles. En el lecho, un hombre de 25 años, con


el torso vendado, atendido por un criado. Amalia, la madre, ha introducido a Fausto
en la alcoba.
AMALIA.- Le hemos aplicado las primeras curas, pero parece que está muy grave.
FAUSTO.- ¿Me permitís examinarle?

Se acerca y le quita con cuidado parte del vendaje. El joven despierta.

FERNANDO.- Ah, qué dolor…¿Quién sois?


AMALIA.- El doctor. No te preocupes, hijo. Pronto sanarás… Y todo por esa bruja.
FERNANDO.- Dejadme, madre, os lo suplico. (al criado) Y tú también.
FAUSTO.- Señora, es mejor que nos dejéis solos.
AMALIA.- ¡Soy su madre!
FAUSTO.- No lo dudo, señora, pero si queréis que vuestro hijo sane…
AMALIA.- Vámonos.

Se marchan, y se queda Fausto solo con Fernando. Fausto acaba de deshacerle el


vendaje y lo coloca en la mesita de al lado.

FAUSTO.- Es una herida muy superficial.


FERNANDO.- Me duele mucho.
FAUSTO.- No es el cuerpo lo que os duele.
FERNANDO.- El cuerpo, el corazón, no sé…¿dónde se aloja el amor?
FAUSTO.- Si supiera eso, y algunas cosas más, no seguiría viajando a mi edad.
FERNANDO.- Sois un médico muy extraño. Dejadme que os mire bien. Tenéis
aspecto de mago, de brujo…(al borde de las lágrimas) ¿Habéis oído cómo la ha
llamado?…bruja, la ha llamado bruja… a ella, mi condesa, mi condesita, que es la
reina de las hadas buenas.
FAUSTO.- Y la causa de esa herida, ¿no?
FERNANDO.- No, he sido yo, yo he querido matarme. Porque, sin ella, la vida es
sólo una larga agonía.
FAUSTO.- ¿Una agonía? ¿Vivir aquí una agonía? ¿Cómo una sola mujer, por
hermosa que sea, puede velaros toda la belleza de esta tierra? Aunque fueseis el
hombre más desdichado del mundo, todos los días deberías dar gracias al destino por
permitiros vivir aquí.
FERNANDO.- No la conocéis, doctor…Mi condesa… sol de mi día, luna de mi
noche, estrella de mi vida.
FAUSTO.- ¿Podéis casaros con ella?
FERNANDO.- ¿Cómo? Está casada, nada menos que con el Secretario Real. Ésa ha
sido mi desgracia.
FAUSTO.- ¿Que esté casada? Se comprende.
FERNANDO.- No, que su esposo sea el Secretario Real. El matrimonio nunca ha
sido un problema para el amor.
FAUSTO.- Cierto. Sé de algunos matrimonios que se adoran.
FERNANDO.- Para el amante, quiero decir. Durante meses, hemos gozado de las
delicias del amor sin límite ni freno, y normalmente en su palacio.
FAUSTO.- ¿Y el marido?
FERNANDO.- No cuenta para nada en estos casos. Al menos, si es hombre educado
y de buena cuna.
FAUSTO.- ¿Y a qué se ha debido cambio tan brusco? ¿Se ha cansado de vos?
FERNANDO.- Por piedad, no digáis eso. O dadme mi puñal y esta vez no fallaré…
No, no ha sido así…Os lo explicaré…Como sin duda debéis saber, el Rey nuestro
señor se va a España para reinar allá, y naturalmente se lleva consigo al Secretario
Real, y naturalmente el Secretario Real se lleva consigo a su señora esposa, la
condesa, y la condesa…me ha prohibido terminantemente que vaya yo también a
Madrid…(solloza)…No podré soportarlo, no podré. Yo la amo, la amo…
FAUSTO.- (Hombre infeliz, atrapado entre lo más bajo y lo más alto de la naturaleza
humana. Por tu bien, ojalá sea esto un capricho banal. Porque no hay remedio para la
pasión. Solo tiempo, tiempo y tiempo, y cuanto más honda es la pasión más tiempo es
necesario, y a veces la existencia más larga no contiene el tiempo suficiente para
restañar la herida). Vuestra herida sanará, no os preocupéis.
FERNANDO.- No, no sanará nunca, nunca. ¿Cómo podéis decir que sanará? ¿Acaso
conocéis la terrible fuerza del amor? Ayer era el hombre más feliz del mundo, hoy
soy el más desgraciado. Solo deseo morir.
FAUSTO.- Conozco la terrible fuerza del amor, y aún es más, os confiaré un secreto:
que el amor es sólo una de las máscaras de la terrible fuerza de la vida. Con el tiempo
esa máscara que tan fatalmente hoy os atrae se caerá, pero no desesperéis: es posible
que otra venga a sustituirla.

Se oyen voces de mujer, cada vez más próximas.

FERNANDO.- Esas voces…¡Dios mío! Es mi madre. No la dejéis entrar, por favor,


no sabéis cuánto la temo. Y cómo gritan y discuten…Esa otra voz…¡es ella! ¡ella! No
puede ser…Se acercan…No, no…

Fernando se cubre todo el cuerpo, cabeza incluida, con la sábana. Irrumpe en la


alcoba la Condesa, seguida de Amalia.

CONDESA.- Nadie me impedirá que vea a mi héroe.


AMALIA.- (al ver a su hijo cubierto como por un sudario) ¡Hijo, hijo mío!…(a la
Condesa) Maldita víbora, ¡ved lo que habéis hecho!
FAUSTO.- Calma, señoras mías. Don Fernando está bien, muy bien.

Fausto se acerca al lecho y le aparta la sábana hasta la cintura. Fernando se cubre


la cara con las manos.

FERNANDO.- No, no, por favor…


CONDESA.- (acercándose a Fernando) ¿Lo has hecho por mí, rey del cielo? (Le
mira la herida; decepcionada) ¡Pero si es sólo un rasguño!
AMALIA.- Pécora, mala pécora, queríais verle muerto, ¿no? Pues ya habéis
comprobado lo máximo a que podéis aspirar. Para una mala comediante, con un poco
de comedia basta. Y ahora salid de aquí, salid inmediatamente.
CONDESA.- Cómo se os nota en la boca vuestra condición.
AMALIA.- Mi linaje es tanto o más noble que el vuestro, ¿o acaso sabéis con certeza
quién era el padre de vuestra madre? No, nadie lo sabe.
CONDESA.- ¡Harpía!
AMALIA.- ¡Bastarda!
FERNANDO.- Marchaos, por favor. Dejadme solo. Estoy muy mal, la cabeza me da
vueltas…¿Dónde tengo el puñal?
FAUSTO.- Señoras mías, atendedme un momento. Ni en el pleno disfrute de su
salud, ningún joven de sentimientos delicados podría soportar espectáculo tan
lamentable.
AMALIA.- (a la Condesa) ¿Qué dice éste?
FAUSTO.- Considerad que Don Fernando está asistiendo a la más triste y cruel de
todas las batallas: la que libran las dos mujeres que más ama.
CONDESA.- (a Amalia) ¿Quién es este tipo? Habla como mi bufón Pirandello.
FAUSTO.- Cuando un hombre asiste a una contienda entre la madre que le ha dado el
ser y la amada que se lo reclama, es como si su corazón riñese con su hígado, o su
pulmón izquierdo con su pulmón derecho. A veces, no puede resistirlo.
CONDESA.- ¡Qué tipo tan chusco! ¿A quién me recuerda…Ya sé…Doña Amalia,
¿conserváis el fresco romano de la cripta?
AMALIA.- Naturalmente, es la joya de la casa. (mira atentamente a Fausto). Sí, es
él…no hay duda de que es él.
FAUSTO.- Ignoro de qué habláis, señoras mías.
AMELIA.- Acompañadnos….

Fausto sale de la alcoba acompañado-arrastrado por las dos mujeres. Por unas
amplias escaleras descienden los tres a la planta, donde, en el hueco mismo de la
escalera, hay una gran puerta de hierro cerrada, flanqueada por dos antorcheras
con sus antorchas apagadas. A una señal, un criado se acerca, enciende las dos
antorchas y entrega una a Amalia y la otra a la Condesa. Amalia abre la puerta;
descienden los tres por una escalera estrecha; llegan a una sala vacía; a la luz de las
antorchas, que las mujeres depositan en sendas antorcheras de ambos lados de la
pared de enfrente, ésta aparece espléndidamente decorada con un fresco de la época
y estilo de los de Pompeya. Fausto, flanqueado por las dos mujeres, contempla la
pintura como extasiado.

AMALIA.- ¿Qué veis?


FAUSTO.- Un ejemplo magnífico de la pintura mural romana. Una curiosa
representación de la diosa Cibeles, la Gran Madre de los romanos. La diosa va
erguida sobre un carro tirado por dos leones; a la derecha hay un árbol, que muestra
un par de espléndidos frutos dorados; junto al árbol, un hombre joven, sin duda Atis,
se apoya indolentemente en el tronco.
CONDESA.- ¿No os parece que ese joven sois vos?
FAUSTO.- Señora, ni soy joven, ni mi aspecto tiene nada que ver con el de esa
figura. Os confieso que estoy muy confundido. No sé qué significa todo esto…Es tan
extraño…Un oscuro presentimiento…
AMALIA.- ¡Despierta ya, hombre! ¿No nos conoces?
CONDESA.- Toda la vida buscando y huyendo, toda la vida entrando y saliendo, y
ahora resulta que no nos conoce.
FAUSTO.- El vello de la piel se me eriza, mi corazón palpita a un ritmo que ya no
recordaba…¿qué clase de espíritus o fantasmas sois?
CONDESA.- Ni espíritus ni fantasmas; somos lo más real que existe.
AMALIA.- Yo dicto las fases de la Luna.
CONDESA.- Yo, las mareas del mar.
AMALIA.- En mí germina la semilla.
CONDESA.- A mí regresa el corazón del fruto.
AMALIA.- La vida toma forma en mí.
CONDESA.- La vida busca forma en mí.
AMALIA.- Sin mí tú no existirías.
CONDESA.- Sin mí tú no desearías.
Amalia y la Condesa se sitúan, muy juntas, frente a Fausto. Se van juntando cada vez
más, hasta que se convierten en una sola mujer. La Mujer retrocede, retrocede, hasta
fundirse con la diosa Cibeles de la pintura.

DIOSA.- Fausto, escúchame, no te has portado bien conmigo. O me has olvidado, o


me has despreciado, y hasta has pretendido burlarte de mi poder. ¿Qué he de hacer
contigo? La Gran Madre es muy generosa, sí, pero también muy exigente; lo da todo,
pero también lo exige todo; da a luz a los hombres…
FAUSTO.- Y los castra para que mejor puedan servirla.
DIOSA.- Sabes la ley, pero no la cumples.
FAUSTO.- No soy Atis, soy un hombre entero y libre.
DIOSA.- Te equivocas. Yo hago a los hombres como me place, y también dispongo
de su libertad. No eres ni entero ni libre. Simplemente, estás equivocado.
FAUSTO.- Equivocado…quizás. Es el riesgo del que sigue la senda de la sabiduría.
Pero ignoro, Diosa, en qué me he equivocado contigo, en qué te he ofendido.
DIOSA.- Me has menospreciado, has tratado de humillarme. Eso la Diosa no lo
puede permitir.
FAUSTO.- ¿Me reservas algún castigo?
DIOSA.- Sufrirás la humillación de contemplar tu burda y culpable ingenuidad. Si
sales airoso de la prueba, te habrás salvado. Mírame bien.

El rostro y toda la figura de la Diosa van cambiando de aspecto, hasta convertirse en


el rostro y la figura de Mefisto, que se destaca de la pintura y se muestra en su forma
más habitual.

FAUSTO.- ¿Tú?
MEFISTO.- ¿Yo?…Bueno, digamos que yo…pero según y cómo.
FAUSTO.- ¿Qué significa esta farsa? ¿Qué clase de juego es éste? ¿Es sólo una
estúpida burla, o tiene algún sentido?
MEFISTO.- Enhorabuena. Por primera vez, pareces realmente indignado; por primera
vez, me recuerdas un ser humano. Se comprende. Hasta ahora no has sido más que un
espectador; hacías cosas, sí, enterrabas a los muertos, levantabas ejércitos, indagabas
en la noche, pero tú siempre estabas un poco al margen. Mi magia te servía para
moverte por el teatro del mundo sin que tu preciosa persona se viese directamente
afectada, hasta del maleficio del Emperador saliste indemne, ¿recuerdas? Ahora es
diferente, ahora ya no eres el fantasmal actor-espectador, ahora eres el sujeto, la
víctima de los acontecimientos, y eso, una persona tan exquisita como tú no lo puede
soportar… Y todo lo que se te ocurre es acusarme a mí, a mí que siempre he sido tu
seguro servidor.
FAUSTO.- Me gustaría saber en qué me has servido.
MEFISTO.- En todo lo que te ha apetecido, hasta en el menor de tus caprichos. Yo te
libré de Marga, personajillo insufrible que te pesaba como una losa; yo hice que
midieses tus fuerzas con las del Emperador, y al mismo tiempo te evité la visión del
desenlace para no herir tu fina sensibilidad; yo te he acompañado y guiado como
Búho…
FAUSTO.- ¿Cómo Búho?
MEFISTO.- Sí, y como Águila.
FAUSTO.- ¡Farsante!…Con que… el Búho que había sido hombre, y el Águila que
no sabía geografía…
MEFISTO.- Compréndeme, tenía que construir los personajes…
FAUSTO.- Espera, espera un momento …Si no lo entiendo mal lo que pretendes
decir es que, en todo este tiempo, me he estado moviendo por sucesivos escenarios de
ficción que tú mismo ibas montando.
MEFISTO.- Apruebo lo primero; lo segundo es más complicado. Sí, es verdad que te
has estado moviendo por escenarios de ficción, en cuanto a si los he montado yo…
luego lo tratamos.
FAUSTO.- No puedo creerte, no puedo creerte. Tú me engañas, quizá ahora, o
también antes, o lo más seguro que siempre. Pretendes engañarme, pero no, no
lograrás que comulgue con cosa tan absurda. Admito que, con tu magia, puedas
conseguir efectos sorprendentes, pero lo real es siempre lo real, y es real que he
estado con Filemón y Baucis…
MEFISTO.- Personajes reales donde los haya, sí señor…
FAUSTO.- Y es real que he tratado con el Emperador y que he levantado un ejército
para derribar el Imperio…
MEFISTO.- No se lo cuentes a un psiquiatra…
FAUSTO.- Y es real que he estado en el castillo del Barón, indagando sobre el
hombre-lobo…
MEFISTO.- Y de paso conociendo a tu autor más famoso, ¡bella coincidencia!
FAUSTO.- Y es real que aquí en Nápoles he conocido…
MEFISTO.- ¿Has conocido…? ¿A quién has conocido aquí en Nápoles?…
suponiendo que este aquí sea Nápoles…
FAUSTO.- A…
MEFISTO.- Dime, no te interrumpas. ¿Cuánta realidad tenía Don Fernando? ¿cuánta
realidad las dos mujeres? ¿O eran sólo una? ¿O era sólo la Diosa? ¿O era,
finalmente…?
FAUSTO.- ¡Tú!
MEFISTO.- Sí, yo. Pero no sólo la Diosa y las dos mujeres, y no sólo el Búho y el
Águila, sino también todas y cada uno de las personas con quienes te has cruzado en
tu camino.
FAUSTO.- No puedo creerlo, no puedo entenderlo, no puedo aceptarlo. Si fuese
cierto…sería terrible. Sería…la destrucción total de la realidad, y esto es algo que de
ningún modo puedo aceptar,
MEFISTO.- ¿Quién habla de destruir la realidad? Nadie puede destruir la realidad. Se
trata de descubrir dónde está.
FAUSTO.- No me dirás que en ti…
MEFISTO.- No, por favor. Yo soy tan fantasmal como el resto de los personajes.
FAUSTO.- ¿Entonces?
MEFISTO.- Entonces, aprende a mirar. Aprende a mirar con propiedad, quiero decir,
sabiendo que una cosa es el ojo, otra la mirada y otra el supuesto objeto. Si miras así,
reconocerás que sólo puedes captar las presuntas imágenes de las supuestas cosas, no
las cosas en sí mismas; si miras así, descubrirás que el ser humano no tiene
instrumentos para captar la cosa en si, suponiendo que eso exista, y por lo tanto que
todo lo que se forma en tu mente no está en otra parte más que en tu mente. Y ahora,
mírame bien. ¿Qué ves?
FAUSTO.- Al Mefisto de siempre.
MEFISTO.- Mírame bien. ¿Qué ves?
FAUSTO.- A…Mefisto.
MEFISTO.- Mírame bien. ¿qué ves?

El rostro y la figura de Mefisto se van transformando en el rostro y la figura del


mismo Fausto.

FAUSTO.- ¿Yo?
FAUSTO.- Sí, yo.
FAUSTO.- ¿Todo ha salido de mi misma alma?
FAUSTO.- Todo sale de la misma alma.
FAUSTO.- Sí, todo sale de la misma alma. Y sin embargo hay algo en mí que se
resiste a aceptarlo. El mismo espectáculo del mundo, múltiple, variado y cuyos
elementos se enfrentan entre sí, parece negar esa unidad total. Delante de mí he
tenido a personas que parecían moverse por motivos propios, muy ajenos a los míos:
Marga, Filemón, Woody Allen, el Emperador, Spartacus y los otros líderes, el
Barón… y a veces me han sorprendido con respuestas que yo nunca hubiera
imaginado. ¿Cómo es posible que también eso haya salido de mí mismo?
FAUSTO.- Piénsalo bien. ¿No te encuentras en los sueños con personas que parecen
movidas por motivos propios? ¿No te sorprenden a veces con respuestas que crees
que tú serías incapaz de imaginar? Y sin embargo, ¿quién es el único autor de tus
sueños?
FAUSTO.- Yo, sí, yo…Pero entonces, ¡qué terrible soledad! Estoy solo en todo el
Universo, perdido en los espacios infinitos.
FAUSTO.- No, míralo bien. Yo soy los espacios infinitos. Sí, siéntelo bien desde el
fondo velado de ti mismo…¡Qué plenitud! ¡Cuánta riqueza, cuánta abundancia,
cuánta libertad, cuánto poder, cuánto gozo! El principio y el fin se intercambian, el yo
y el tú se confunden, el tiempo y la eternidad se abrazan. Solo hay una realidad, que a
la vez es interior y es exterior. Lo exterior contiene a mi interior; mi interior contiene
a lo exterior: éste es el círculo perfecto de la Divinidad.

MEFISTO.- (recogiendo, con desgana, el decorado) Gran cosa la Divinidad, pero no


olvidemos al Autor de todo esto, que nos ha soñado de forma tan disparatada.
AUTOR.- (escribiendo con su bolígrafo habitual) Y tampoco olvidemos al Lector,
que lo lee y lo sueña a su manera.
LECTOR.- (leyendo a su manera en un tren de cercanías) Gracias, no está mal que,
de vez en cuando, el autor piense en el lector.
REVISOR.- Billete, por favor

Mientras el Lector busca su billete, por la megafonía del tren suenan las angélicas
voces del

CORO MÍSTICO.-
Por aéreas visiones transportado,
penosamente de la noche asciendes.
Las fuerzas primigenias incesantes
edifican el mundo que concibe
tu ser desconocido. El universo
gira al ritmo de tu razón extrema.
Alfa y Omega de la escena eterna,
serás el Dios que en el principio has sido.

FINIS

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