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Como casi todo, las condiciones laborales han cambiado y la división marxista

entre proletariado y burguesía ya no responde a la realidad. La terciarización de la


economía, su dimensión global a través del comercio internacional y las
transformaciones del sistema capitalista, entre otros factores, hacen que surjan otras
clases sociales y que sufran variaciones las ya existentes. Las clases medias europeas
son mayoría en el continente, a pesar de su relativa novedad, y también son variopintas.
La clase trabajadora, por su parte, está compuesta también por diferentes grupos de
población. En este artículo, Dahrendorff se centra en el llamado subproletariado.

La creciente especialización laboral en todos los sectores forma trabajadores y


trabajadoras adaptados a puestos de trabajo muy concretos. Esto ocasiona, por lo menos,
dos problemas. Hay personas que no consiguen el nivel de especialización exigida y por
lo tanto se quedan un tanto al margen del sistema laboral. En su mayoría acabarán en
puestos de trabajo poco valorados y retribuidos. Por otra parte cuando un puesto de
trabajo muy especializado deja de existir, la persona que lo ocupaba se ve en un aprieto
ya que le resultará difícil encontrar otro puesto para el que no está formada y para el que
ya existirá una oferta más cualificada.. Si a esto le sumamos que a partir de ciertas
edades se hace complicado encontrar un trabajo el problema se agrava.

En el fondo este artículo se plantea la necesidad de transformar el sistema de


vida que tenemos, basado en la profesión. El trabajo define a las personas y marca sus
trayectorias personales en gran medida. Cuando nos preguntan qué somos no solemos
responder: simpática, caluroso o aficionada al parapente sino que nos identificamos con
nuestra profesión, si es que la tenemos. ¿Y que pasa con quienes están en paro?
Dahrendorff se plantea la necesidad de que esta masa social adquiera una especie de
conciencia de clase. Sólo de esta forma, admitiendo que se encuentran en paro, que no
están solos y de que pueden aspirar a otra cosa, serán capaces de convertirse en una
fuerza de presión importante. La individualización de los destinos de la gente en paro
impide esto último. Aunque el autor resalta la falta de una conciencia común entre los
parados dice no creer en la acción colectiva. Es una de las grandes críticas que se le
pueden hacer, pues ejemplos de acciones colectivas que han conseguido
reivindicaciones no faltan.

En el texto se dice que los parados son subproletariado, una subclase. Sin
embargo parece ser que el concepto de subclase está siendo puesto en duda ya que se
trata de un concepto vacío de contenido. Simplemente indica que está debajo de otra
clase, pero ¿ello qué implica?, ¿qué significa? Este autor se apoya en argumentos poco
sólidos, sin ningún tipo de datos empíricos que los refuercen. Realiza también
generalizaciones abusivas basadas en prejuicios que criminalizan a ciertos sectores
sociales. Tacha de delincuentes e indeseables a los jóvenes, metiendo a todos en el
mismo saco. Curiosamente no menciona la delincuencia a lo grande: la corrupción, el
abuso de poder, la malversación de fondos públicos, todo eso que no suelen hacer los
jóvenes indeseables de los que él habla. Sin embargo, y tristemente es cierto, lo que él
llama subclase, ligada a la delincuencia, hace más daño a la vista de la ciudadanía en
general que la gente bien vestida que nos roba sin palancas y de día. La subclase suscita
reacciones políticas y sociales, generalmente en contra. Se convierte en un problema
para la sociedad.

Cómo hacer para que las personas excluidas de un sistema social basado en el
trabajo tiren hacia delante es un problema con difícil solución. Del artículo se desprende
la opción de instaurar una renta básica que ayude a quienes tienen menos recursos. El
debate sobre la renta básica está de actualidad y no se encuentra exento de polémica.
Existen iniciativas privadas (Dahrendorff nombra a la Ford Foundation en EE.UU.),
pero creemos que solo desde el sector público se puede llegar a estar a la altura del
problema. Una empresa privada vive de sus beneficios económicos y esta actividad no
es económicamente rentable, ni lo tiene por qué ser. Hay otras rentabilidades, no sólo la
económica.

La instauración de una renta básica por parte del sector público plantea a su vez
otros inconvenientes. Principalmente se trataría de inconvenientes económicos y
morales. Económicamente habría que sacar el dinero para la renta básica de algún lado.
Moralmente se basaría en la buena voluntad de la gente porque es bien sabido que existe
la posibilidad de acostumbrase a recibir subvenciones y caer en su dependencia,
perpetuando así la situación que se quiere evitar. El autor no plantea ninguna solución
concreta. Afirma que la sociedad actual basada en el trabajo está caduca y que no
sabemos cómo enterrarla, él tampoco. Una posible vía sería condicionar la percepción
de la renta básica a la realización de otro tipo de actividades como pueden ser cursos de
formación o un procedimiento de intercambio de servicios y tareas en base a un sistema
de créditos. Actualmente ya existe algo parecido. Es común entre la población gitana
recibir el I.M.I. (Ingreso Mínimo de Inserción, por lo menos en Castilla León responde
a estas siglas) con la condición de realizar cursos sobre áreas concretas. El Ingreso
Mínimo de Inserción es un salario de subsistencia que nunca puede superar el Salario
Mínimo Interprofesional, para no desincentivar la búsqueda de empleo. Siempre queda
la posibilidad de la picaresca tan típica de aquí y de que haya quien se conforme con un
salario de subsistencia y quien no quiera salir de la situación de exclusión. Una renta
básica tiene sus pros y sus contras, pero es una salida para quienes quieran huir de la
rueda de la exclusión social.

Si pretendemos que el trabajo remunerado deje de ser el eje de la vida de los


individuos hay que tener en cuenta cómo se podría financiar la renta básica. Si la
mayoría de la financiación sigue proviniendo de los bolsillos de los cotizantes, según el
sistema actual, el trabajo remunerado seguirá siendo de vital importancia. En su artículo
Dahrendorff parece que no se muestra muy partidario de intervenir ya que dice que el
lumpemproletariado (formado por estas subclases de las que estamos tratando) siempre
decae al llegar a un cierto límite. ¿Acaso se regula sólo? La autorregulación del
mercado ha demostrado que no sirve para todo. El mercado de trabajo es un mercado
muy concreto, ya que no se trata de mercancías que se compran y venden, sino de
personas. Si nos preocupa el bienestar de la población se requiere necesariamente algún
tipo de regulación pública del mercado laboral, no se puede dejar todo a las leyes de la
oferta y la demanda ya que éstas no diferencian las personas de los objetos y estaremos
de acuerdo en que no son lo mismo.

Una transformación tan grande cómo la que supondría que el trabajo dejase de
ser un elemento esencial en la vida humana y en la social removerá todas las estructuras
de la sociedad que conocemos. Para que sea un cambio real y verdadero no se puede
realizar a base de parches, si no que tiene que llevar emparejada una nueva forma de
entender el mundo y la vida. Es un cambio que no parece muy viable pues el sistema
capitalista actual está muy enraizado y el trabajo asalariado es uno de sus pilares.
Trastocar el funcionamiento actual sería cambiar piezas claves en la organización
existente. Pero ¿quién sabe lo que puede pasar si las personas nos unimos para alcanzar
objetivos comunes que consideramos deseables y justos? ¿Quiénes nos van a poner los
límites a parte de otras personas?