IAGO REY DE LA FUENTE

MATRIZ
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FUNDACIÓN
BILBAOARTE
FUNDAZIOA
FUNDACIÓN BILBAOARTE
FUNDAZIOA
Edizioa / Edición

Bilboko Udala
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MATRIZ

IAGO REY DE LA FUENTE

E

ulogio era un hombre de mediana edad, de mediano tamaño y de mediana vida. Su capacidad económica y de consumo era media. Nuestro
hombre mediano tenía una vida tranquila y estable. Su día a día trans-

curría entre un ir y venir de ficheros. Se había construido a sí mismo en el convencimiento de la objetividad de los números. Había estudiado para contable,
porque como se dice, era una apuesta segura y el mundo de los números le
daban una certidumbre, un suelo firme sobre el que pisar, lejos de otro tipo de
prácticas, más imprecisas, más subjetivas y más inconsistentes, los números
no mienten.
Nuestro sujeto mediano no tenía familia, evidentemente no nació de la
nada, pero lamentablemente sus padres habían fallecido bastante jóvenes y él
había optado por no establecer ninguna relación estrecha con nadie. Como es
sabido, las relaciones implican, las implicaciones generan sentimientos y los
sentimientos son inestables, imprecisos y mutables. Era una de esas cosas que
no le interesaba incluir en la rutina de su vida y una de esas cosas de las que
prefería prescindir.
Certeza era la palabra preferida de Eulogio. Se había convencido a sí mismo de que una rutina bien estructurada, bien organizada y bien contrastada
para con las necesidades de un ser vivo era el mejor artefacto cotidiano para
llevar una existencia serena e imperturbable. Entre sus parámetros de vida
rutinaria había tenido que incluir, entre otras cosas, una casa media, de un
solo dormitorio, un coche de tres puertas, para ir y volver del trabajo, y eso, un

trabajo que era la pieza que no encajaba perfectamente con su concepción de
estabilidad. Como ya sabemos, nuestro mediano ser se había cultivado bajo la
esperanza de poder trabajar en el mundo de los números, un mundo certero,
con leyes estables. Pero por avatares de la vida, Eulogio terminó trabajando
de archivador y no de contable como se esperaba. Digo archivador y no clasificador, aunque de pie a malos entendidos, porque ese era exactamente su
cometido. A nuestro ser mediano no le gustaba que le confundieran con un
secretario, o con un ayudante de oficina, porque para ser exactos, y la exactitud es importante, lo que el hacía era archivar. Archivar, ordenar y reordenar
ficheros, mover fichas de izquierda a derecha, de arriba abajo. Fichas que contenían palabras, palabras que desplazaba de lugar según el día y los criterios
que su superior le ordenase aplicar.
Su jefe era, como algunas veces ocurre, un ente que él no conocía más que
por su voz y con el que nunca había tratado en persona. Era algo así como la
voz que sale en algunos programas de televisión, una voz que pertenece a eso,
a un ser superior, pero superior de ánimo, de conocimiento y de presencia, tan
superior que no parecía humano. Eulogio, nuestro mediano sujeto, llegaba a
las ocho de la mañana a la oficina y atendía a la voz superior que le dictaba el
cometido del día. Hay que puntualizar que, a pesar de haberse acostumbrado a la extraña tarea de ordenar palabras, a la más extraña metodología de
trabajo y a la voz sobrenatural, el mediano ser había conseguido, a base de
no hacerse demasiadas preguntas, sentirse cómodo y proseguir con la tarea
que le asignaban. Pues el único propósito de aquel trabajo era procurarse un
sueldo medio que le permitiese una vida estable con comodidades medianas.
La oficina se situaba en una de las Gran Vías de este Estado. Una de esas
calles que por no tener, no tienen ni nombre propio y de las cuales puedes
encontrar un ejemplar en cada ciudad. La oficina se encontraba en un segundo piso, al que solo se podía acceder mediante un ascensor, cosa que siempre
había sorprendido al ser mediano. Pero Eulogio, como ya he dicho, prefería
no cuestionarse demasiado las fuerzas ocultas que designan sentido a las co-

sas y se había terminado por acostumbrar al uso del ascensor para llegar a su
trabajo. El despacho donde desempeñaba su tarea era una especie de biblioteca donde se acumulaban palabras en ficheros. Una suerte de biblioteca de
cajones archivadores, archivadores de oficina desde el suelo hasta el techo con
ficheros que contenían palabras con su consiguiente significado.
La extraña tarea que desempeñaba nuestro hombre era aquella en la que,
siguiendo órdenes, aplicaba los criterios referentes a la ordenación de las palabras que el ser superior le hacía llegar. Uno de los criterios por los que la
ordenación se podía regir era colocando las palabras en orden alfabético, criterio bastante normal, pero por el que el ser superior solía decantarse pocas
veces. Otro criterio, el que más emocionaba a nuestro hombre, consistía en
ordenarlas por el uso que de ellas se hacía. Así las palabras más utilizadas
se posicionaban en los primeros puestos y las palabras más infames se iban
quedando rezagadas en aquellos archivadores a los que el ser mediano solo se
asomaba de vez en cuando, por contener términos de uso marginal. El quehacer de nuestro hombre era un tanto extraño y, sobre todo, imposible de llevar
a cabo en su totalidad. Tanto es así, que la tarea quedaba a medio cumplir de
semana en semana. Pero como nuestro hombre mediano tenia alma de contable y memoria de ferretero, se las apañaba para recordar el orden anterior y
poder proseguir con la reordenación de los vocablos.
A veces ese ser superior, el superior por antonomasia, le exigía que estableciese un método poco ortodoxo, donde las palabras se sucedían siguiendo la
letra por la que hubiese finalizado la anterior. Método que a Eulogio le disgustaba profundamente por el hecho de tener que establecer criterios personales
como el de gusto, la ocurrencia o incluso peor, el azar. Tales días le resultaban
tediosos, ya que tenía que atender a la palabra anterior y a la siguiente en
la colocación del nuevo fichero y solía ocurrir que, con esta metodología sin
método, con este procedimiento sin táctica, este modo sin norma, las palabras
permanecían resonando en su memoria por más tiempo del deseado.

Esos días, fastidiosos donde los haya, añoraba volver al mundo concreto
de los números, añoraba cumplir su sueño, el sueño de su alma de contable.
Esos días odiaba en silencio al ser superior. Pero se las apañaba para que el ser
superior, la voz que llega aérea, no se diese cuenta y, en un fastidioso silencio,
ordenaba y desordenaba los fichero, aunque más lento que de costumbre, esperando a que la semana transcurriese y el sistema de criterios de ordenación
se renovase a un orden más lógico, objetivo. Un orden más de este mundo, un
orden más establecido.
A pesar de saber que el orden mutaría nuevamente, nuestro sujeto mediano veía desestabilizado su ser y más allá de las horas de trabajo, las palabras
le perseguían y le hacían perder su estabilidad interrumpiendo su rutina, su
certeza y su matemática vida de alma de contable.
Había incluso días en los que las voces resonantes no le dejaban dormir,
pues cuando se prestaba al sueño, de improvisto y produciendo una violenta
sacudida, alguna de las palabras que durante el día había reordenado resonaban en su mente. Era como si algo del sentido de la re-ordenación quisiera
salir a flote y fuera imposible contener este impulso. Como si una potencia
reprimida empujase por hacerse sitio en este mundo. Y claro está, a Eulogio,
nuestro ser mediano, de medianas inquietudes, estos arrebatos de potencialidades incontenibles le inquietaban.
Aclarados ciertos aspectos sobre el quehacer diario de nuestro personaje
y dejando de lado este largo preámbulo, llegamos ahora al punto álgido de la
historia, donde un 27 de agosto de 2015 Eulogio abandonó todo. Nadie supo
de él nunca más. El único rastro que dejó fueron los tres ficheros abiertos donde había colocado las tres últimas palabras de aquel día. Tres palabras recién
reordenadas y tres ficheros abiertos a la espera. Ese fue el legado que Eulogio
dejó en este mundo.
Las malas voces dicen que se fue a comprar tabaco, tesis improbable donde

las haya, ya que como todo el mundo sabe, en los tiempos que corren los seres
medianos no fuman. Pero como la improbabilidad no es imposibilidad, me
aventuro a proponer la idea de que tal vez empezase a fumar aquel día. Quién
sabe, siempre hay un día en el que se empieza.
Quizás como a mí, las tres palabras reordenadas en los ficheros os suscitan curiosidad. Curiosidad inocente del lector, curiosidad del querer buscar
un porqué. Lo he intentado, he intentado comunicarme con el ser superior
para preguntarle cuáles fueron las últimas tres palabras que nuestro personaje re-ubicó. El ser superior no contesta. Podría incluso aventurarme a escribir
aquí las combinaciones de palabras que pudieron ser la causa, pero en cualquier caso, sería un sinsentido mostraros mis vacilaciones, ya que como yo,
vosotros tendréis las vuestras.
Por lo tanto, atengámonos a las certezas, y la única certeza a la que nos podemos acoger son los hechos y los hechos son: la luz de la oficina encendida,
tres archivadores abiertos, tres palabras reubicadas y un hombre con alma de
contable desaparecido.
Zuhar Iruretagoiena Labeaga

E

ulogio adin ertaineko, tamaina ertaineko eta bizitza ertaineko gizona
zen. Bere ahalmen ekonomikoa eta kontsumitzekoa ere ertainak ziren.
Gure gizon ertainak bizitza lasai eta egonkorra zuen. Bere egunerokoa

fitxategi artean igarotzen zuen. Bere burua zenbakien objektibotasunaren uste
osoaren gainean eraikita zuen. Kontulari izateko ikasi zuen, beti esaten den
bezala, apustu segurua zelako eta zenbakien munduak, zehaztugabeagoak,
subjektiboagoak eta egonkortasun gutxiagokoak diren beste era batzuetako
praktiketatik urrun, beti ziurtasuna, zapaltzeko moduko zoru irmoa ematen
zizkiolako; zenbakiek ez dute gezurrik esaten.
Gure subjektu ertainak ez zuen familiarik; oso argi dago ez zela ezerezetik jaiotakoa, baina zoritxarrez bere gurasoak nahiko gazte hil zitzaizkion eta
berak inorekin harreman esturik ez ezartzearen bidea hautatu zuen. Gauza
jakina den moduan harremanek inplikatu egiten dute, inplikazioek sentimenduak sortarazten dituzte eta sentimenduak ezegonkorrak, zehaztugabeak eta
aldakorrak dira. Berak nahiago zuen bere bizitzako errutinan horrelakorik ez
edukitzea eta gurago zuen horrelakoak saihestea.
Eulogiok gustukoen zuen hitza ziurtasuna zen. Bere burua konbentzitu
zuen izaki bizidun baten beharrizanekiko errutina ondo egituratua, ondo antolatua eta ondo erkatua izate barea eta ikaragaitza burutzeko tresnatik one-

na zela. Bere ohiko bizitzako parametroen barruan, besteak beste, etxe ertain
bat sartu behar izan zuen, logela bakarrekoa, eta hiru ateko kotxe bat lanera
joateko eta itzultzeko eta, hori, egonkortasunaren bere ikusketarekin bat ez
zetorren pieza zen lan bat. Jakin dakigu gure izaki ertainaren itxaropenik behinena zenbakien munduan lan egiteko aukera edukitzea zela, mundu ziurra, lege egonkorrak dituena. Baina bizitzaren gorabeheren ondorioz Eulogio
artxibozaina zen, eta ez kontularia berak itxaroten zuen bezala. Artxibozain
esan dut, eta ez sailkatzaile, nahiz eta bien artean gaizki ulertzeko aukerak
sortu eta, egia esan, horixe zelako bere betebeharra. Gure izaki ertainari ez
zitzaion gustatzen bere lan hori idazkari batenarekin nahastea, edo bulegoko laguntzaile batenarekin, zehatz esanda, eta zehaztasuna garrantzitsua da,
berak egiten zuena artxibatzea zelako. Fitxategiak artxibatzea, ordenatzea eta
berriz ordenatzea, fitxak ezkerretik eskuinera mugitzea, goitik behera. Hitzak
zituzten fitxak, egunaren eta bere nagusiak agintzen zizkion irizpideen arabera lekuz aldatzen zituen hitzak.
Bere nagusia, batzuetan gertatzen den bezala, ahotsagatik baino ezagutzen
ez zuen eta berarekin inoiz zuzeneko traturik izan gabeko izakia zen. Nolabait
esateko, telebista saio batzuetan ateratzen den ahotsaren antzeko zerbait zen,
horrena den ahots bat, maila goreneko izaki batena, baina gorenekoa gogoan,
ezagutzan eta presentzian, hain gorenekoa ezen ez zuela humanoa ere ematen.
Eulogio, gure subjektu ertaina, goizeko zortzietan iristen zen bulegora eta eguneko aginduak ematen zizkion maila goreneko ahotsari egiten zion jaramon.
Azpimarratu behar da izaki ertainak, hitzak ordenatzearen ataza arraroarekin,
lan egiteko are arraroagoa zen metodologiarekin eta naturaz gaindiko ahotsarekin ohitu arren, bere buruari galdera gehiegi egin gabe eroso sentitzea eta
agintzen zioten lanarekin jarraitzea lortu zuela. Hori horrela zen bere xede
bakarra lan hartan erosotasun ertaindun bizitza egonkorrera iristeko aukera
ematen zion soldata ertaina eskuratzea zelako.
Bulegoa Estatu honetako Kale Nagusietako baten zegoen kokatuta. Ez edukitzearren, izen propiorik ere ez duten eta hiri guztietan ale bat dagoen kale

horietariko baten. Bulegoa bigarren solairu baten zegoen eta bertara heltzeko aukera bakarra igogailua zen; horrek hasieratik harritu zuen izaki ertaina.
Baina, lehen ere esan dudan moduan, Eulogiok nahiago zuen gauzei zentzua
ematen dieten ezkutuko indarrei buruzko galdera askorik ez egitea eta azkenean bere lanlekura iristeko igogailua erabiltzera ohitu zen. Lan egiten zuen
bulegoa fitxategietan hitzak metatuta zeuden liburutegi baten antzekoa zen.
Kutxa-artxibagailuak, behearen gainetik sabairaino hitzak eta horien bidezko
esanahia zuten bulegoko artxibategiak zituen liburutegi antzekoa.
Gure gizakiak burutu behar zuen ataza arraroan, jasotako aginduak betez, hitzak maila goreneko izakiak helarazten zizkion irizpideen arabera ordenatzea zen. Hitzak ordenatzea eraentzeko erabiltzen zen irizpideetako bat
alfabetikoa zen, irizpide nahiko normala dena, baina maila goreneko gizakiak gutxitan hautatzen zuena. Beste irizpide bat, gure gizona gehien hunkitzen zuena, hitz horien erabileraren arabera ordenatzea zen. Horrela gehien
erabiltzen ziren berbak lehen postuetan jartzen ziren eta hitzik penagarrienak
atzean geratzen joaten ziren bazterreko erabilera baino ez zuten terminoak
edukitzeagatik izaki ertainak lantzean behin baino ukitzen ez zituen artxibagailu haietan. Gure gizonaren betebeharra nahiko arraroa eta bitxia zen eta,
batez ere, erabat burutzeko ezinezkoa. Horregatik ataza betetzeke geratzen
zen astetik astera. Baina gure gizon ertainak kontulariaren arima eta burdindegiko saltzailearen memoria zituen eta aurreko ordena gogoratzeko eta
hitzen antolakuntza berriarekin jarraitzeko gauza izaten zen.
Batzuetan maila goreneko izaki horrek, nabarmen gorenekoa zenak, ortodoxia gutxiko metodoa ezartzeko exijitzen zion, non hitzak aurreko berbaren
amaierako hizkiaren araberako hurrenkeran kokatu behar ziren. Eulogiok
nazka zion metodo horri gustua, ateraldia edo, horiek baino txarragoa zena,
zoria bezalako irizpide pertsonalak ezartzeagatik. Egun horiek gogaikarriak
gertatzen zitzaizkion fitxategi berriaren kokapenean aurreko hitza eta hurrengoa zaindu behar izaten zituelako eta gertatzen zen, metodorik gabeko metodologia honekin, taktikarik gabeko prozedura honekin, araurik gabeko era ho-

nekin, hitzak bere buruan berak nahi zuen baino denbora luzeagoan geratzen
zitzaizkiola durundia eraginez.
Egun horietan, benetan gogaikarriak zirenetan, erabateko etsipenez
oroitzen zen zenbakien mundu zehatzera itzultzearekin, bere ametsa betetzearekin oroitzen zen samintasunez, kontulariaren bere arimaren ametsarekin.
Egun horietan isiltasunez gorrotatzen zuen goreneko izakia. Baina moldatzen
zen maila goreneko izakia, airetik heltzen zen ahotsa, horretaz ez konturatzeko eta, gogaikarria zen isiltasunean, fitxategia ordenatzen eta desordenatzen
zuen, nahiz eta ohikoa zena baino astiroago egin harik-eta asteak aurrera egin
eta antolakuntzari ekiteko irizpideen sistema ordena logikoagoa, objektiboagoa bihurtu arte. Mundu honekin zerikusi handiagoa duen ordena, ordena
ezarriagoa.
Ordena berriz aldatuko zela aurrez jakin arren gure subjektu ertainak ezegonkortuta ikusten zuen bere izaera eta lansaioko orduak amaituta ere hitzek
segika egiten zioten eta bere egonkortasuna galarazten zioten bere errutina,
bere ziurtasuna eta kontalariaren arimaren bizitza matematikoa hautsiz.
Egun batzuetan ezin zuen lorik egin ahots durunditsuengatik ia lo egoten
zenean, bat-batean eta astindua emanez, egunean zehar antolatutako berbaren baten oihartzuna entzuten zuelako bere buruan. Berrantolamenduaren
zentzuaren zerbaitek azalera atera nahi izango balu eta bultzada horri eustea
ezinezkoa balitz bezala zen. Potentzia zapaldu batek mundu honetan bere lekua lortzeko bultza egingo balu bezala. Eta, jakina, Eulogio, gure izaki ertaina,
kezka ertainak zituena, urduritu egiten zen eutsiezinak ziren potentzialtasunen eroaldiekin.
Gure pertsonaiaren eguneroko lanari buruzko alderdi batzuk argitu ondoren eta sarrera luze hau gaindituta, goazen gure kontakizunaren unerik gorenera, 2015eko abuztuaren 27an Eulogiok dena bertan behera utzi zuenekora.
Inork ez zuen ordutik aurrera bere berririk izan. Utzi zuen arrasto bakarra

egun hartako azken hiru hitzak kokatu zituen hiru fitxategi irekiak ziren. Berrantolatu berriak ziren hiru berba eta itxaroten zeuden hiru fitxategi ireki.
Horixe izan zen Eulogiok mundu honi utzi zion legatua.
Mihi gaiztoek diote tabakotan joan zela, egon daitezkeenen artean tesirik
ezinezkoena dena, mundu guztiak dakien moduan izaki ertainek ez dutelako
erretzen. Baina nekez gertatzekoa izateak ez du esan nahi gertaezina denik eta
ausarta izanda proposatuko nuke agian egun hartan hasi zela erretzen. Nork
daki, beti dago hasteko egun bat.
Agian, niri neuri ere gertatzen zaidan bezala, jakin-mina eragiten dizuete fitxategietan berrantolatutako hiri berba horiek. Irakurlearen jakin-min
inozoa, zergatia bilatu nahi duenaren jakin-mina. Ahalegindu nahiz, maila
goreneko izakiarekin komunikatzeko ahaleginak egin ditut gure pertsonaiak
birkokatu zituen azken hiru hitzei buruz galdetzeko. Maila goreneko izakiak
ez du erantzuten. Zioa izan zitezkeen hitzen konbinazioak idaztera ausartu
naiteke baina, edozein kasutan, zentzugabekeria litzateke nire zalantzak zuei
erakustea, nik ditudan bezala, zuek ere zeuonak edukiko dituzuelako.
Beraz, har ditzagun bakarrik gauza ziurrak eta heltzeko moduko ziurtasun
bakarra gertaerak dira, eta gertaerak hauek dira: bulegoko argia piztuta dago,
hiru artxibategi irekita, hiru berba birkokatuta eta kontulari arima duen gizon
bat desagertuta.
Zuhar Iruretagoiena Labeaga

E

ulogio was a middle-aged, middle-sized man who lived an unremarkable life. In economic and consumer terms he was in the middle of the
range. This average man led a quiet, stable life. His days were spent

inputting and outputting files. He was a self-made man, and he had built himself on the foundation of his conviction as to the objective nature of numbers.
He had studied accountancy because, as they say, it was a sure thing, and the
world of numbers provided him with certainty, with solid ground on which to
tread, far removed from other more imprecise, more subjective, more inconsistent things. Numbers do not lie.
Our Mr. Average had no family. Evidently he did not “just grow”, but his
parents had, unfortunately, died quite young and he had chosen not to form
any close relationships with anyone else. Everyone knows that relationships
have implications, implications lead to feelings and feelings are unstable, imprecise and changeable. It was just one of those things that he had no interest
in making a part of the routine of his life; something that he preferred to do
without.
Eulogio’s favourite word was certainty. He had convinced himself that a
well structured, well organised routine well suited to the needs of a living being was the best mechanism for living a quiet, undisturbed life day by day. He

had had to include an average one-bedroom house among the accoutrements
of his routine life, along with a three-door car to commute to and from work.
Work: that was the only thing that did not fit perfectly into his idea of stability.
This Mr. Average had built up the hope that he would be able to work in the
world of numbers, a world of certainty and stable laws. But fate led Eulogio to
end up working as a file manager and not, as he expected, as an accountant. I
use the word “file manager” rather than “clerk” even at the risk of being misinterpreted, because it describes exactly what he did. He did not like people
to mistake him for a secretary or an office assistant because managing files
was precisely what he did, and precision is important. Filing, arranging and
rearranging files, shifting files from left to right, from top to bottom; files that
contained words, words that he moved from one place to another as and when
instructed by his boss.
As is often the case, he only knew his boss as a disembodied voice and had
never met him in person. His voice was like that of the master of ceremonies
on some TV shows: the voice of a higher being – higher in spirit, in knowledge
and in presence – so superior that he hardly seemed human. Mr Average Eulogio got to the office at 8 AM and listened to the voice from above as it gave
him his instructions for the day. It must be said here that although he had
become accustomed to his strange task of sorting words, to his even stranger
job and to that supernatural voice, he had managed by not asking himself too
many questions to put himself at ease with the task allocated to him. For him
the only purpose of his job was to provide him with an average wage so that he
could afford a stable life of average comfort.
The office was located on one of the country’s High Streets: one of those
streets with no proper name that can be found in every town. It was on the
second floor and could only be reached by lift, which had always surprised our
Mr. Average. But, as I have said before, Eulogio preferred not to ask too many
questions about the hidden fate that gave things meaning, and he had grown
used to taking the lift to get to work. His workspace was a kind of library where

words accumulated in files. A kind of library of box files, office files stacked
from floor to ceiling that contained words and their meanings.
The strange task that he performed was this: he arranged words in order,
according to criteria given to him by his boss. One of those criteria might be to
place them in alphabetical order, but the voice on high seldom required him
to do anything quite so normal. Another criterion – and the one that most
thrilled Eulogio – was to order them according to their use. Thus, the most
frequently used words were placed first and the most notorious were relegated
to files that our Mr. Average opened only rarely, for they contained terms that
were used only marginally. His work was therefore somewhat odd, and above
all it was impossible ever to complete. Indeed, by the end of the week his task
was only half done. But he had the soul of an accountant and the memory of an
ironmonger, and he always managed to remember where he had left off and
continue rearranging the words.
Sometimes his boss, truly his superior, instructed him to use unorthodox
methods, such as making the last letter of each word coincide with the first
letter of the next. Eulogio deeply disliked this, because it forced him to apply
personal criteria such as taste, wit or – worse still – resort to random chance.
He found such days tedious, because he had to pay attention to each consecutive word placed in the new file and this methodless method, this procedure
without tactics, this rule-less modus operandi often caused the words to remain in his memory, echoing there for longer than he would have liked.
On those tiresome days he pined for the solid world of numbers, he pined
for his dream: the dream of his accountant’s soul. On those days he felt a silent
hatred of his boss. But he always managed to make sure that the voice from on
high was unaware of his hate, and in meticulous silence he sorted and unsorted the files, though more slowly than usual, waiting for the week to end and for
new, more logical, more objective sorting criteria to be provided; for an order
more of this world, a more established order.

Although he knew that the criteria would be changed again, our Mr. Average was shaken to the core of his being, and even outside working hours words
haunted him and threatened to make him lose his stability by interrupting
his routine, his certainty and the mathematical life that he had built with his
accountant’s soul.
There were even days when the echoing voices would not let him sleep, because when he made ready for bed one of the words that he had sorted during
the day would resonate suddenly and violently through his mind. It was as if
the meaning of the continuous rearrangement of words was trying to float to
the surface, and the impulse was impossible to contain; as if some repressed
force was trying to push its way into the world. And of course Eulogio, as an
average man with average concerns, was upset by these waves of potentially
uncontainable force.
After these clarifications concerning our man’s daily life it is time to end
this long preamble and come to the point of the story: on 27 August 2015 Eulogio left it all behind him. No one ever heard from him again. The only trace of
him that remained comprised three open files, in which he had placed the last
three words of the day. Three recently rearranged words and three files open
and waiting. That was all that Eulogio bequeathed to this world.
Certain malicious gossips claim that he popped out to buy cigarettes, which
is highly unlikely story because everyone knows that nowadays average people
do not smoke. But since unlikely does not mean impossible, I may venture to
suggest the idea that perhaps he began smoking that day. Who knows, there
has to be a first day.
Perhaps, like me, you are curious to know what those last three rearranged
words were, just out of innocent curiosity as a reader and a desire to find reasons. I have tried, and tried hard, to communicate with his superior to ask
what three words were the last that our protagonist rearranged, but I have

received no answer. I could even venture to write combinations of words here
that could have been the cause, but there is no sense in revealing my doubts to
you. No doubt you also have your own theories.
So let us stick to certainties, and the facts are the only things that are certain. And the facts are these: the office light was on, there were three files
open, three words rearranged and one man with the soul of an accountant who
was nowhere to be found.
Zuhar Iruretagoiena Labeaga

Materia gris
Founded

Piezas - caja

Matriz

Ser mediano
Zuhar Iruretagoiena Labeaga
Materia gris
Founded
2013– “Blanca”. Alabastroa, plastikoa, goma - alabastro, plástico, goma
2013– Ikuspegi orokorra “Materia gris” Vista general exposición. Sala Garoa
2013– “Amarilla”. Xehetasuna - detalle. Egurra - madera
2013– “Rojo”. Plastikoa, alabastroa - plástico, alabastro
2013– “Palé”. Alabastroa, plastikoa, goma eta egurra - plástico, alabastro, goma, madera
2013– “B/N”. Plastikoa, alabastroa, goma - plástico, alabastro, goma.
2014– Ikuspegi orokorra “They found life on earth” Vista general exposición
2014– “Arquitectura”. Egurra, goma beltza - Madera, goma negra
2014– “Arquitectura dos, tres, cuatro”. Egurra, oihala, kartoia - madera, tela, carton
2014– “Trapecio”. Burdina, metakrilatoa - hierro, metacrilato
Piezas caja
2014– “Balda azul”. Isolatzailea, goma, egurra - aislante, goma, madera
2014– “Balda uno”. “Balda dos”. Isolatzailea, goma, zementua, igeltsua, egurra
- aislante, goma, cemento, escayola, madera
2014– “Alvaro”. Latoia, egurra, isolatzailea - laton, maderas, aislante
2014– “Alessandra”. Egurra - madera
2014– “Jorund”. Egurra, zintxak - madera, cinchas
Matriz
2015– “Porex”. Porexpana - porexpan
2015– “Bloque”. Hormigoia, metakrilatoa, eskaiola, burnia
- hormigón, metacrilato, escayola, hierro
2015– Serie “Pliegues” seriea. Irudi fotokopiatuak -imágenes fotocopiadas
2015– “S/T ” Igeltsua, isolatzailea, zintxak - escayola, aislante, cinchas
2015– “R/K “. Igeltsua, burdina - escayola, hierro
2015– “ Torre”. Hormigoia - hormigón
2015– Serie “Pliegues” seriea. Irudi fotokopiatuak - imágenes fotocopiadas
2015– “Z/I”. Egurra, isolatzailea - madera, aislante
2015– “Anxo”. Hormigoia, burnia, marmola - hormigón, hierro, mármol
2015– “Anxo”. Xehetasuna - detalle
2015– Serie “Pliegues” seriea. Irudi fotokopiatuak - imágenes fotocopiadas

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