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LA SOCIOLOGÍA DE LA EDAD MADURA

Si la primera mitad del siglo XX estuvo dominada, en el


ámbito del pensamiento social -y, en buena medida, en el de la práctica
política- por el problema de las clases sociales -“la cuestión social”, en un
lenguaje más eufemístico-, la segunda parece estarlo, siempre dentro de lo
que concierne al ámbito de la preocupación por las desigualdades y por la
justicia social, por la problemática de la discriminación o lo que llamaré,
siguiéndome terminológicamente a mí mismo, el privilegio. La propiedad
(de los medios de producción), la autoridad (en el proceso de trabajo) y la
cualificación (para el trabajo) siguen siendo, sin duda, elementos
importantes a tener en cuenta en el análisis de las desigualdades sociales,
pero la atención pública ha ido derivando de forma creciente, en parte por
la gravedad de estos problemas en sí y en parte por el fracaso cosechado
por los sucesivos intentos de solucionar los anteriores, hacia cuestiones
como el género (las diferencias sociales asociadas al sexo), la etnia (trátese
de la raza, la nacionalidad, la religión, la lengua o cualquier combinación
entre ellas) y la edad (en particular, la juventud y la vejez).

Hay una serie de características que permiten unir relaciones tan


dispares como las de género, étnicas y generacionales bajo el epígrafe
común del privilegio (positivo para unos y negativo para otros, pero
también podrían emplearse otros términos como discriminación, exclusión o
usurpación), y a grupos en sí tan dispares como las mujeres, las minorías
étnicas o los ancianos, las personas maduras y los jóvenes bajo el de
categorías sociales negativamente privilegiadas. Se trata en todo caso de
relaciones en las que los individuos entran, o grupos a los que pertenecen,
por características, reales, imaginarias o ambas cosas -normalmente ambas
cosas-, adscritas y no adquiridas, a diferencia de las que. como la
propiedad, la autoridad o la cualificación, vertebran y separan a las clases
sociales. Tales relaciones implican desigualdad de oportunidades, en el peor
de los casos su monopolio por un grupo y la exclusión de los otros, pero no
necesariamente -aunque sí habitualmente-, ni directamente -aunque lo
hagan de manera indirecta-, relaciones de explotación. A diferencia también
de las de explotación y clase, tales relaciones y pertenencias son, desde el
punto de vista de los individuos -otra cosa es el cambio social- tan
inevitables como irrenunciables. Se nace y se muere inexorablemente
hombre o mujer, blanco o negro, y casi lo mismo -pero sólo casi- puede
decirse de la nacionalidad, la religión, la lengua o la cultura, y se nace
inevitablemente joven y se muere inexorablemente viejo, sin que quepa
quemar o evitar etapas ni invertir su orden (y, por trivial que esto sea, es lo
que une condiciones pasajeras como la juventud o la vejez a condiciones
permanentes como el género o la raza).

Común a estos tres tipos de relaciones y a los grupos configurados en


torno a ellas es también su vinculación a elementos biológicos, en particular
al proceso de reproducción. El género es la dimensión social del sexo, como
la generación lo es de la edad, y de la etnia podría decirse que se alimenta
de la idea básica -a menudo falsa- de un origen común. Mas no es éste,
ciertamente, el lugar para desarrollar estos paralelismos, de modo que nos
ceñiremos ya a la cuestión de la edad.

Al ocuparse de las dimensiones sociales de la edad, la antropología y


la sociología han recurrido al uso de una serie de términos como cohorte,
grupo de edad, generación y otros con un sentido no necesariamente
similar al que se le va a dar aquí. El término generación, en concreto, ha
adquirido, de la mano sobre todo del excelente trabajo de Mannheim y del
no tan excelente de Ortega, un sentido particularista distinto del que le
daremos aquí. Según estos autores, una generación es siempre única,
producto de una coyuntura histórica determinada, en el mismo sentido en
que lo es en el lenguaje común: la generación del (18)98, la del (19)68, la
de la posguerra, la de Elvis Presley, la del Rey o la “X”: algo así como una
promoción histórica, en vez de escolar. Aquí se utilizará el término
generación para significar la idea de que no se trata simplemente de grupos
de distinta edad, sino de grupos separados más o menos por un ciclo
generacional, por un período de tiempo del mismo orden que el que media
del nacimiento a la reproducción, y que la pugna entre las generaciones no
es sino el lado socialmente conflictivo de la naturalmente inevitable
sustitución de unas por otras (la sustitución es inevitable, pero el cuándo y
el cómo no lo son).

Hay etapas en la vida de las personas en las que lo biológico domina


sobre cualquier otro aspecto y los grupos e individuos que pasan por ellas
ven determinada su posición social de un modo decisivo, pudiendo
considerarse accesorio lo que la sociedad añade de propio al respecto. Así,
por ejemplo, la infancia es necesariamente dependiente, aunque las
formas de la dependencia puedan variar de modo radical, y parece poco
objetable la idea de que la vejez también lo es en algún grado y a partir de
algún momento, aunque sin dudas menos. Pero hay también otras en las
que lo social parece imponerse a lo biológico, como sucede cuando
individuos que ya o todavía poseen las características biológicas para
incorporarse o mantenerse en la corriente principal de la vida social se ven
excluidos de ella, sea postergados porque se les impide acceder o
expulsados porque se les obliga a abandonar. Este es o puede ser el caso,
por un lado, de la juventud, y, por otro, de la madurez, entendida aquí
como el tramo final de la vida activa, e incluso, si se quiere distinguirla
como tal, el de la tercera edad, entendida como el principio de la
inactividad económica y como diferente de y previa a la cuarta edad.

La tabla adjunta1 expresa esto de forma sintética. La cuestión en


torno a la juventud y la madurez es precisamente si a) son etapas sociales
más que biológicas, o si b) su diferenciación como etapas sociales tiene un
alcance mayor, en intensidad, que el que correspondería a cualquier
diferencia debida únicamente a factores biológicos, o si c) su duración es
mayor como etapas sociales que como etapas biológicas, prolongándose la
juventud y anticipándose la vejez.

ETAPA CARACTERÍSTICAS AMPLITUD


DE LA GENERACIONALES DEL
VIDA PERÍODO
BIOLÓGICAS
Niñez Incapacidad Dependencia Creciente ⇓
1
Tomada de M.F. Enguita, “Redes económicas y desigualdades sociales”, Revista
Española de Investigaciones Sociológicas 64, oct.-dic. 1993, donde desarrollo más
ampliamente la cuestión de las relaciones de privilegio como tipo específico de
desiugualdades sociales.
Juventud Maduración Incorporación ⇓
/Postergación
Creciente ⇓
Adultez Plenitud Plenitud ⇓
Decreciente ⇑
Madurez Decadencia Desvinculación ⇑

/Exclusión Creciente ⇓

Vejez Incapacidad Dependencia Decreciente ⇓

En lo que concierne exclusivamente a la madurez, estas cuestiones


pueden plantearse de forma específica, pero antes conviene aclarar, en la
medida de lo posible, qué período designamos como tal. Situada entre la
adultez plena y la vejez, podríamos definirla como el período en que los
individuos, en general -no necesariamente todos en particular- sufren un
proceso paulatino de pérdida, disminución o degradación de las
oportunidades sociales (en particular económicas y laborales) a su alcance,
más allá de lo que pudiera justificar su proceso puramente biológico (es
decir, la evolución de sus capacidades físicas e intelectuales). Podemos
considerar que la edad típica de jubilación pone un punto final a la vida
económicamente activa y, por tanto, aceptarla aproblemáticamente como
límite superior de la madurez, tras el cual daría comienzo una vejez
indiferenciada o dos etapas sucesivas, la tercera y la cuarta edades,
marcada la primera por la inactividad económica y la segunda por la
decadencia física final, y volver entonces nuestra atención, en todo caso, al
problema de determinar cuál pueda ser su límite inferior. O podemos,
igualmente, considerar que la edad de jubilación está muy lejos de ser una
divisoria sagrada y que, tal vez, lo que ayer era un derecho (verse libre del
trabajo) esté convirtiéndose ya en una imposición (verse apartado de él),
con lo cual dicha “tercera edad” debería considerarse, en todo o en parte,
en sentido fuerte o con matices, dentro de o junto con la madurez, en el
entendido siempre de que ésta y otras etapas no son enteramente
discretas, homogéneas, funciones de valores constantes a lo largo de los
cuales los individuos permanecen iguales a sí mismos, sino procesos
generalmente graduales, a menudo imperceptibles a corto plazo, pero que
a largo plazo presentan discontinuidades importantes que son precisamente
las que nos permiten hablar de fases o, en este caso, generaciones.

Sin embargo, no se nos escapa que la cuestión de los privilegios


generacionales resulta harto más problemática que la de los privilegios de
género o étnicos. Mientras que la realidad de la existencia de relaciones de
privilegio basadas en el género o el grupo étnico aparece ante la conciencia
general como algo indiscutible, no importa el marco conceptual y teórico en el
que se inscriban o desde el que se deseen interpretar, no puede decirse lo
mismo de la relación entre los grupos de edad. Sin embargo, aunque su
sentido tal vez no presente la constancia de los privilegios de género y étnicos
y aunque su intensidad sea tanto variable para los distintos grupos de edad
negativamente afectados como mayor o menor, según los casos, que la de los
otros privilegios mencionados.

Lo primero que diferencia al privilegio de edad frente a los de género y


étnicos es que éstos conciernen claramente a rasgos permanentes de las
personas que consideramos, bien falsos, bien irrelevantes para su desempeño
social, pero aquél aparece estrechamente asociado a características
cambiantes de todos y cada uno de los individuos que sin duda tienen una
fuerte influencia sobre sus potencialidades y sus necesidades en el
intercambio social, y más concretamente en la actividad económica. Parte de
estas características se refieren al ciclo biológico, como el hecho obvio de que
ni los niños y adolescentes, porque sus capacidades físicas e intelectuales no
se han desarrollado todavía por completo, ni los ancianos, porque esas
mismas capacidades sufren en ellos un proceso de degradación, pueden
ejercer un trabajo de la misma intensidad y complejidad que los adultos. Sin
embargo, la asociación se desvanece tan pronto tenemos en cuenta que,
cuando hablamos de jóvenes, no estamos aludiendo a los niños de doce años,
sino a lo que normalmente se define como "jóvenes" y "jóvenes adultos" (16-
29 años, en conjunto), y, cuando nos deplazamos al otro extremo, no importa
que elijamos designar a los individuos que allí se encuentran como "personas
maduras", "de mayor edad", "de edad avanzada" o de cualquier otro modo,
no estamos refiriéndonos a quienes se encuentran ya en la recta final de la
decadencia física e intelectual, incapaces de valerse por sí mismos o de
mantener una actividad continuada, etc., sino a grupos de edad que
generalmente se delimitan, según los propósitos, desde algún punto entre los
cincuenta y los sesenta y cinco años en adelante y, en ocasiones, desde
edades aún más tempranas. Por consiguiente, aunque el problema de dónde
fijar los límites de la juventud o la vejez2 permanece enteramente abierto,
debe quedar meridianamente claro que no lidiamos con los distintos
momentos del ciclo biológico, sino con categorías de edad socialmente
definidas. Aquí nos ocuparemos especialmente del tramo de edad en el que el
derecho y el hecho difieren en uno u otro grado, es decir, en el que se supone
que los individuos están plenamente incorporados a la vida económica,
laboral y social pero hay motivos para pensar que ya comienzan a verse
apartados de ella: este período es la madurez.

Existen, no obstante, otras características, pertinentes desde el punto


de vista económico, que se atribuyen a los grupos de edad, particularmente a
jóvenes, mayores y viejos, y que pueden aducirse como explicación de su
posición comparativa frente a los que han dejado de ser lo primero y todavía
no son lo segundo. Así, por ejemplo, se argumenta a menudo que los jóvenes
son por naturaleza inestables o por su biografía inexpertos, rasgos que
disminuyen su productividad, o que los viejos presentan menos apego a la
ética del trabajo, soportan peor una actividad continuada o requiere un alto
coste su recualificación, rasgos que conducen al mismo resultado. Aunque
luego tendremos ocasión de discutir algunas hipótesis de este tipo, baste
ahora señalar que, como las puramente biológicas, proporcionan un elemento
de legitimidad (es decir, un motivo de aceptación, una presunta justificación)
a las prácticas diferenciadas (por no decir todavía discriminatorias) de que
son objeto los grupos de edad afectados.

Es difícil, por otra parte, en este terreno de la edad más que en otros,
distinguir las constricciones sociales de los actos libres de los sujetos. La
inestabilidad de los jóvenes en el mercado de trabajo, por ejemplo, puede ser
2
O de cualquier otra definición en torno a la edad: infancia, niñez, adolescencia, adultez
joven, madurez, primera madurez, mayor edad, madurez media, tercera edad, última
madurez, ancianidad, senectud, cuarta edad.
en principio resultado tanto de sus preferencias (combinación de trabajo y
estudios, actitud puramente instrumental hacia el trabajo, búsqueda de
empleos temporales o de jornada parcial, etc.) como de condiciones que les
vienen impuestas (relegación a empleos de carácter secundario, preferencia a
la hora del despido, políticas públicas que favorecen el trabajo juvenil "fuera
de la norma", etc.) o de una combinación de ambas cosas. La jubilación
anticipada de los viejos o los trabajadores de mayor edad, de manera
análoga, puede obedecer tanto a una decisión estrictamente voluntaria
(deseo de disfrutar de tiempo libre, posibilidad de valerse con unos ingresos
menores, evitación del esfuerzo físico) como a diversas presiones exteriores
(cierre de las oportunidades de promoción, despidos y dificultades para
conseguir un nuevo empleo, caída de los ingresos, hostilidad del empleador,
etc.) o, de nuevo, a una combinación de ambas.

No menos complicado resulta diferenciar lo que tanto las normas


legales que atañen a los distintos grupos como las actitudes sociales y
culturales frente a ellos tienen de mecanismos de exclusión o de medidas de
protección. Así, la legislación sobre la edad mínima para trabajar puede
considerarse una forma de protección de la infancia, pero no puede decirse lo
mismo, o al menos no con la misma seguridad, de algunas normas
particulares que excluyen a personas por debajo de cierta edad de empleos o
actividades concretas; tampoco es sencillo determinar, por otro lado, en qué
punto la ampliación de los periodos de derecho y de hecho de escolarización
pasa a ser, en lugar de una garantía de acceso a la cualificación, o además de
ello, una manera de retrasar la incorporación de los jóvenes al mercado de
trabajo. En cuanto a los viejos, la jubilación puede considerarse también
desde ambas perspectivas, es decir, como protección contra la prolongación
desmesurada de la necesidad de trabajar, más allá de las propias capacidades
personales, y como pura y simple exclusión que trae consigo, en todo caso,
una fuerte merma en la posibilidad de acceder a toda suerte de bienes
deseables y deja el camino expedito a los aspirantes de menor edad.

Una complicación adicional deriva del hecho de que todos los


individuos hayan de pasar sucesivamente por los distintos grupos de edad,
salvo que su vida se trunque antes de tiempo. Esto ha llevado a algunos
autores a afirmar que no puede hablarse de los jóvenes o los viejos como
grupos,3 sino como simples agregados o categorías sociales transitorias. Sin
embargo, parece razonable pensar que los grupos de edad no son, cuando
menos, simples "agregados" o "categorías" en el sentido en que puedan serlo
los rubios, los bajos, la "buena gente" o los solteros. Y, si podemos mostrar
que están en una situación de privilegio negativo, incluso la palabra "grupo"
se nos queda corta o, cuando menos, resulta poco expresiva. Por lo demás,
este razonamiento impediría calificar como grupo, por ejemplo, a un colectivo
de siervos si la condición de tal fuera temporal y universal (posibilidad que no
debería desdeñarse, por ejemplo, si el servicio militar obligatorio se
prolongara). En todo caso, es cierto que el hecho de que juventud, adultez y
vejez sean etapas por las que todos hemos de pasar quita fuerza a cualquier
argumento sobre privilegios o discriminación, pues las desventajas de hoy
han de tornarse para todos en ventajas mañana, y viceversa, con lo que, por

3
Para los jóvenes, por ejemplo, E. Douvan y J. Adelson, The adolescent experience,
Nueva York, Wiley, 1966; para los viejos, G.F. Streib, "Are the aged a minority group?", en
A. Gouldner y S.M. Miller, eds., Applied sociology, Nueva York, The Free Press of Glencoe,
1965.
graves que puedan ser las diferencias sincrónicas, el saldo final es, ceteris
paribus, para todos el mismo.

Un último problema, en fin, surge del escaso acuerdo existente sobre


dónde situar los límites de la juventud y la vejez y otras etapas de la vida.4
Con independencia de que la biología, lo que es probable, o la psicología, lo
que es dudoso, puedan establecer con claridad sus propias categorías en
torno a presuntas fases del desarrollo fisiológico o psíquico, éstas, salvo tal
vez en los extremos marcados por la incapacidad para la atención autónoma
a las propias necesidades primarias, son de poco interés desde el punto de
vista sociológico. Desde la dicotomía infancia/adultez que, según Ariès, sería
suficiente para clasificar las categorías de edad en la Edad Media,5 hasta las
distinciones actuales entre infancia, niñez, adolescencia, juventud (o pubertad
y juventud adolescente) y juventud adulta (o adultez joven), hay un largo
camino propiciado por el aumento de la duración media de la vida, la
universalización y prolongación de la escolaridad y la variación de leyes y
costumbres en torno a las pautas y los momentos de transición hacia la vida
adulta.6 De manera análoga, hemos pasado de la vejez como fase
contingente, marcada por la decadencia física, a la que la mayoría de la
población probablemente no llegaba, a distinciones como la que separa a los
"adultos" a secas de las personas "de mayor edad" y los jubilados, propia de
los estudios sobre la fuerza de trabajo, o la que distinque entre "primera
madurez" (o "fin de la edad media"), "madurez media" y "última madurez",7 o
"tercera" y "cuarta edad", etc., más propia de la gerontología social. El límite
inferior a partir del cuál se sitúan los "trabajadores maduros" (aging workers,
travailleurs de l'âge mûre) varía enormemente entre los distintos estudios,
informes, fuentes estadísticas, etc.,8 con una notable tendencia hacia los
múltiplos de cinco (lo mismo que con los jóvenes) inducida simplemente por
la configuración habitual, por quinquenios o decenios, de las estadísticas, es
decir, por el mero hecho de que usamos un sistema numérico decimal.

4
Hipócrates ya dividía la vida en ocho periodos de siete años, y los tres primeros eran
los de párvulo (menor de 7 años), niño (de 7 a 14) y adolescente (de 14 a 21). Cf. H.-I.
Marrou, Historia de la educación en la Antigüedad, Madrid, Akal, 1985, pp. 138 y ss.

5
Véase P. Ariès, El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen, Madrid, Taurus, 1987.
Ariès no pretende que exista una transición de la infancia a la adultez de la noche a la
mañana, sino que los niños son tratados como adultos en miniatura. Por otra parte, esta
pauta parece encajar con las sociedades de subsistencia, pero ya los griegos
diferenciaban la efebía y los romanos la pubertad, y aun en la Edad Media la transición al
mundo de trabajo de los adultos no significa, por supuesto, una plena incorporación al
mismo.

6
Para una discusión de esta evolución desde el siglo XVI hasta nuestros días, véase H.
Klein, "Adolescence, youth, and youth adulthood: Rethinking current conceptualizations of
life stages", Youth and Society XXI, 4, 1990.

7
E.W. Burges, R.S. Cavan y R.J. Havighurst, Your activities and attitudes, Chicago,
Science Research Associates, 1948.

8
D.L. Asbaugh y Ch.H. Fay, comparando ciento cinco estudios, encontraron 30 que lo
situaban a los 55 años, 17 a los 60, 13 a los 45, 12 a los 50, 7 a los 65, 4 a los 40, y 12 en
otras diversas edades, desde los 30 a los 64 ("The treshold for aging in the workshop",
Research on aging IX, 3, 1987).
Los mayores en el mercado de trabajo

Consideraremos aquí mayores, maduros o viejos a todas aquellas


personas que pertenecen a los grupos de edad que sufren situaciones de
desventaja por razón de lo avanzado de ésta. Dejaríamos de lado solamente,
en principio, a quienes, por una edad ya muy avanzada, se ven abocados a
una situación de dependencia debido a su incapacidad física o intelectual para
participar ploenamente en la vida social o incluso para cuidar de sí mismos.
Quiere esto decir que, según la sociedad y del entorno laboral preciso de que
se trate, se puede empezar a ser envejecer no ya a los sesenta y cinco años,
umbral habitual en un lenguaje más convencional, sino mucho antes.
Nuestros maduros y viejos comprenden, por consiguiente, tanto a las
personas que rebasan la edad de jubilación como a las que se sitúan en ese
tramo más vaporoso de la edad avanzada, la madurez, la mayor edad, etc.
Sin embargo, nuestros datos cuantitativos originales no han sido producidos
con miras a esta investigación, lo cual habría supuesto, por ejemplo, rastrear
en el pasado laboral de los jubilados, evaluar su capacidad de trabajo e
interrogarles sobre el grado de satisfacción cobre su condición de tales, etc. El
hecho es que los datos de la Encuesta de Población Activa son relevantes sólo
para las personas ocupadas, escasos para los parados y rudimentarios para
los inactivos, por lo que la población de la que podemos decir algo se reduce,
en la práctica, a los menores de 65 años. Por otra parte, y aunque en un
sentido pueda considerarse que hay cierta continuidad y bastante coherencia
entre las crecientes dificultades laborales de las personas situadas en el
último tramo de su vida laboral (adelantemos ya que entre los 50 y los 64
años) y el mantenimiento de la edad de jubilación (típicamente a los 65,
aunque varíe por profesiones, a veces por sexos, etc.) a pesar de que las
condiciones de salud pública y otros factores han alargado enormemente la
esperanza de vida de las personas y de que los cambios en las condiciones de
trabajo, al menos en una parte de las ocupaciones, an podido modificar las
expectativas y los proyectos laborales de éstas en su mayor edad (en
particular, llevándolos a aceptar o a desear prolongar su vida activa); aunque
pueda considerarse así, decíamos, parece claro, por otra parte, que se trata
de dos problemas distintos, o de dos facetas de un mismo problema lo
bastante diferentes como para ser tratadas por separado: de un lado, la
situación de un sector de la población que se encuentra con que, después de
la jubilación, no está ya en la novelesca condición del anciano incapaz de
satisfacer sus propias necesidades y sin otro deseo que tomar el sol en el
parque y contar batallitas a los nietos, sino en la de alguien que conserva en
gran medida, o puede que plenamente, su capacidad de trabajo y de disfrute
del ocio, pero que ha sido definitivamente separado del primero y
probablemente cuente con escasos medios para el segundo: este es el caso
de lo que denominaremos, en adelante, la tercera edad, dado que se trata de
una expresión ampliamente aceptada (sin embargo, en nuestro cómputo sería
más bien la quinta, tras la infancia, la juventud, la adultez y la madurez); del
otro lado, un grupo de personas, cada vez más numeroso, al que se reconoce
plenamente su capacidad de trabajo, su derecho a ejercerla, y la plenitud
adulta de sus necesidades y deseos, pero que se ve estimulado o
irremediablemente abocado al abandono de la vida activa o a una posición
marginal en ella: esta etapa, distinta de la anterior, es la que denominaremos
madurez, edad madura o mayor edad, la de los trabajadores mayores o
maduros.
Aunque las ciencias sociales se han ocupado de la edad mucho menos
que de cualquier otra divisoria social, y de la madurez menos mucho menos
que de la juventud y menos que de la vejez, contamos ya, no obstante, con
cierto acopio de literatura que, a pesar de su carácter a menudo fragmentario
y ocasional, apunta, casi invariablemente, indicios de que la mayor edad se
ve crecientemente asociada a toda una serie de desventajas. Así, por
ejemplo, sabemos que, con la excepción de las clases situadas en el vértice
superior de las distintas categorizaciones (propietarios de medios de
producción, altos directivos y algunos grupos profesionales monopolistas o de
muy elevada cualificación), es decir, de una reducida minoría social, los
ingresos de todos los demás conocen una caída pronunciada a partir de cierta
edad.9 Esta llega antes para las mujeres que para los hombres, para los
trabajadores manuales que para los no manuales, para los no cualificados que
para los cualificados, para los subordinados que para los que poseen
autoridad, para las minorías étnicas que para el grupo étnico dominante. Si
prescindimos de las diferencias sexuales y étnicas, para evitar la dificultad
adicional de tener que distinguir los efectos específicos de varios tipos de
privilegio más sus efectos conjuntos, encontramos que los trabajadores
manuales alcanzan sus ingresos máximos entre los treinta y los treinta y
cinco años, los no manuales entre los cuarenta y los cuarenta y cinco, y los
directivos hacia los sesenta.10 A partir de ese momento, los ingresos de los
dos primeros grupos empiezan a disminuir sensiblemente, y los del tercero de
forma más tenue. Naturalmente, las edades indicadas son sólo aproximativas
y varían entre países, pero son características constantes tanto que existan
como que aparezcan en la secuencia apuntada para los distintos grupos.

La cuestión es si tales diferencias de ingresos pueden atribuirse a


variaciones en los factores determinantes de la productividad, si pueden
considerarse discriminatorias o ambas cosas. Parece de sentido común y ha
sido defendida repetidamente la hipótesis de que la productividad disminuye
con la edad, pero los datos empíricos no la sostienen para los tramos de edad
que aquí resultan prioritarios, los anteriores a la jubilación.11 En particular, y
salvo que medien problemas específicos de salud, el rendimiento de los
trabajadores maduros podría incluso aumentar para los trabajos cuya
productividad depende de la culificación y mantenerse y decrecer muy poco
para aquellos en que depende del ritmo, o disminuir sólo muy levemente en
el conjunto de ellos.12 En todo caso, conviene señalar que, para compatibilizar
esta hipótesis con la que pretendía explicar las desventajas de los jóvenes
9
Jencks afirma, de manera general e indiferenciada, que la edad es relevante a este
respecto hasta los veinticinco y a partir de los cincuenta y cinco años (Ch. Jencks, Who
gets ahead?, cit., p. 47).

10
H. Phelps Brown, op. cit., pp. 382-384. Los ingresos absolutos de las algunas
profesiones liberales, por ejemplo los dentistas, también caen desde la madurez, pero esto
parece deberse principalmente a una disminución voluntaria de la carga de trabajo.

11
Un ejemplo de la hipótesis típica es J. Botwinick, Aging and behaviour, Nueva York,
Springer, 1978. De estudio empírico que la desmiente, S. Giniger, A. Dispenzieri y J.
Eisenberg, "Age, experience, and performance on speed and skill jobs in an applied
setting", Journal of Applied Psychologie LXVIII, pp. 469-475, 1983.

12
S. Giniger, A. Dispenzieri y J. Eisenberg, "Older workers in speed and skill jobs", Aging
and Work VII, 1, 1984, y D. Baugher, "Is the older worker inherently incompetent?", Aging
and Work I, 4, 1978, sustentan, respectivamente, esas conclusiones.
sobre la base de su nula o menor experiencia, es necesario ya recurrir a
algunas filigranas, aunque éstas no sean difíciles de imaginar (la decadencia
física pesaría en sentido negativo más que la experiencia en sentido positivo,
etc.). Controlando los efectos de variables como el origen social, el tipo de
familia, las características del puesto de trabajo, los componentes
convencionales del "capital humano", el sector de actividad y otras, todavía
pueden observarse efectos muy relevantes de la edad sobre los salarios.13 A
menudo esa pérdida se da esencialmente en términos reales y relativos,
porque los trabajadores de mayor edad no participan de las mejoras
obtenidas por sus compañeros más jóvenes.14

Otras investigaciones han mostrado una alta frecuencia de prácticas


discriminatorias contra las personas de mayor edad en la contratación, la
promoción y el despido.15 Aunque los empleadores se declaran habitualmente
contrarios a cualquier forma de discriminación, incluido, si se les cuestiona,
por razón de la edad, la mayoría de ellos, no obstante, manifiesta la
convicción de que los trabajadores maduros rinden menos, y una proporción
importante la de que son menos adaptables y han perdido habilidad y
precisión.16 Una encuesta a mil seiscientos lectores de Harvard Business
Review, la mayoría de ellos empresarios y directivos, reveló que, al margen
de sus declaraciones de principio, proponían medidas sobre contratación,
promoción, formación, etc. radicalmente distintas para supuestos entre los
cuales solamente variaba la edad.17 Los límites máximos de edad, en todo
caso, son un lugar común en las ofertas de empleo, sobre todo en las más
deseables.

Si nos atenemos a los criterios típicamente utilizados para definir las


clases sociales en un sentido objetivo, también podemos observar
parcialmente las desventajas producidas por el envejecimiento. No tiene
sentido detenernos en la relación entre edad y propiedad, pues, siendo ésta
un derecho absoluto, erga omnes, no cabe perderla por razón de la edad
(aunque la legislación civil prevé algunos procedimientos para defender a la
propiedad de su propietario presente en favor del heredero, su propietario
futuro).

En la escala de la autoridad, la caída se produce con mayor intensidad


13
Ch.W. Mueller, E. Butran y E.H. Boyle encontraron una pérdida salarial neta anual,
debida a la edad, del 1.6 % en 1966 y el 2.1 % en 1976 para los trabajadores del sector
primario, para una muestra de trabajadores que tenían entre 45 y 55 años de edad en
1966, entre 55 y 65 en 1976 ("Age discrimination in earnings in a dual-economy market",
Research on Aging, XI, 4, 1989).

14
R.A. Wanner y L. McDonald, "Ageism in the labor market: Estimating earnings
discrimination against older workers", Journal of Gerontology XXXVIII, 6, 1983.

15
H.S. Parnes y R. King, "Middle-aged job losers", Industrial Gerontology IV, 1977, pp. 77-
96; B. Rosen y T.H. Jerdee, "The influence of age estereotypes on managerial decisions",
Journal of Applied Psychology LXI, 1976, pp. 428-432.

16
A.-M. Guillemard, Le déclin du social: Formation et crise des politiques de la vieillesse,
París, Presses Universitaires de France, 1986, pp. 146 y ss.

17
B. Rosen y T.H. Jerdee, Older employees: New roles for valued resources, Homewood,
Ill., Dow Jones-Irwin, 1985.
en los niveles más altos y menor en los intermedios.18 Para los que optan por
trabajar después de la jubilación, y logran hacerlo, la caída es relevante entre
los directivos y espectacular, casi total, entre los supervisores.19

En cuanto a la cualificación, no conozco estudios anteriores a éste con


datos que permitan determinar directamente el grado de presencia de los
grupos de mayor edad en los puestos de trabajo de distinta cualificación, que
es lo que interesa y algo distinto de la cualificación personal. Podemos
presumir, no obstante, que su mayor presencia en la economía sumergida, en
puestos temporales y a tiempo parcial, que pronto veremos, y su menor
presencia en puestos de autoridad, que ya hemos visto, irán asociadas a un
descenso de la cualificación de los empleos ocupados. Al traspasar la edad de
la jubilación, en cualquier caso, resulta típico, si logran mantenerse ocupados,
que los hombres pasen de un trabajo cualificado a otro no cualificado, y las
mujeres de uno de oficina a otro manual.20

Lógicamente, la cualificación personal media de los trabajadores de


cualquier generación tiende a ser menor que la de los de la siguiente, por
efecto de la expansión de la educación formal. No obstante, esto no significa
que la cualificación disminuya con la edad, ya que tal cosa sólo podría
verificarse con datos longitudinales, no transversalmente.21 Una de las
razones con las que suele explicarse la decadencia de las oportunidades
laborales de los trabajadores de mayor edad es justamente la obsolescencia
de sus cualificaciones. Pero la cuestión no es ésta, ni si treinta, cuarenta o
cincuenta años, los que separan, según cómo los definamos, a los extremos
viejo y joven en el mercado de trabajo, han traido consigo una elevación de
las oportunidades de acceso a la formación inicial, sino si los trabajadores de
mayor edad tienen acceso a renovar sus cualificaciones, o sea a la formación
permanente (aparte de la experiencia), o si son excluidos de hecho de esta
vía, y todo apunta en favor de esto último.22

18
En el ya mencionado estudio de Wright, el porcentaje máximo de directivos se
alcanza, entre los varones, en el tramo de 36-45 años, con un 20.4, para descender a
partir de ahí: 16.1 en el tramo de 46-55 años, 10.0 en el de 56-65; luego aumenta de
nuevo, con 12.6 para el de más de 65, pero esto se debe a que sólo los directivos y los
autónomos suelen mantenerse activos a esa edad (E.O. Wright, Classes, cit., p. 199). En
cuanto a los supervisores, se alcanza la frecuencia máxima también en el grupo de 35-45
años, con un 22.6 %, descendiendo después a 19.2 para los de 46-55, 16.9 los de 56-65 y
3.3 los de más de 65 (ibíd., p. 325).

19
A. Walker, "Towards a political economy of old age", Ageing and Society I, 1, 1981, p.
82.

20
Ibíd.

21
Una versión más de lo que Riley llama "la falacia de la trayectoria vital" (M.W. Riley,
"Aging, social change, and the power of ideas", pp. 42-43, en S.R. Graubard, ed.,
Generations, Nueva York, Norton, 1969).

22
En 1987, los alumnos de formación ocupacional mayores de 56 años en España
alcanzaron solamente el 1.1 % del total; en 1988, o 0.9 % (Ministerio de Trabajo y S.S., La
formación profesional en España. El Plan F.I.P. 1985-1989. El Fondo Social Europeo 1990-
1993. Avance, Madrid, M.T.S.S., 1989, p. 20). En el segundo año de referencia, el grupo de
55-64 años representaba el 12.7 % de la población activa. Para el Reino Unido véase M.P.
Foggarty, Forty to sixty: How we waste the middle aged, Londres, Centre for Studies in
Aunque las tasas de desempleo disminuyen de manera consistente con
la edad, debe tenerse en cuenta que, en la edad avanzada, los trabajadores
tienen a menudo la alternativa de la jubilación anticipada, lo que los traslada
del capítulo de los desempleados al de los inactivos. La proporción creciente
de desempleados de larga duración (más de un año) entre el total de los
desempleados23 puede tomarse como un indicador de la existencia de
dificultades específicas en el grupo de edad, y la jubilación anticipada, cuando
no es forzada por el empleador, como una alternativa cuyo atractivo
aumenta, a pesar de la reducción que comporta en los ingresos, a medida que
se deterioran las oportunidades en la actividad económica. Una vez que se ha
caído en la situación de desempleo, las posibilidades de volver a encontrar un
empleo disminuyen de forma clara con la edad.24

Aunque, tomando como punto de partida la juventud, el nivel de


empleo aumenta más o menos regularmente con la edad (para los varones en
todas partes y para las mujeres donde presentan los niveles de actividad
económica más elevados), la tasa de desempleo vuelve a aumentar, en
numerosos países de la OCDE, a partir de los cincuenta años, y en algunos a
partir de los cuarenta,25 de manera sensible, y lo haría aun más si no fuera
prestidigitada en jubilación. El subempleo también aumenta: los trabajadores
varones de edad avanzada que persisten en el mercado de trabajo tienen más
probabilidades de estar en la economía sumergida26 (más que los restantes
adultos, pero muchas menos que los jóvenes) y de desempeñar puestos de
trabajo a tiempo parcial.27 Este fenomeno resulta mucho más acusado para
los que están empleados después de la edad de jubilación.28

Social Policy-Bedford Press, 1975, p. 77.

23
O.C.D.E., Perspectivas del empleo 1988, cit., p. 153.

24
De los que llevaban parados menos de un año en un momento dado, permanecían sin
empleo un año después, en Francia (1986), el 56.3 % de los trabajadores jóvenes, el 61.4
de los adultos y el 84.3 de los de edad avanzada; en Italia (1986), 51.9, 53.3 y 90.1; en
Gran Bretaña (1984), 53.5, 61.7 y 74.2; en los Estados Unidos (1985), 48.5, 47.4 y 63.1. Si
nos fijásemos sólo en los que permanecían parados, las cifras serían: Francia, 38.7, 44.7 y
66.4; Italia, 35.2, 50.3 y 50.5; G. Bretaña, 26.1, 42.6 y 41.9; EE.UU., 23.2, 24.6 y 20.5 (Ibíd.,
p. 190).

25
O.C.D.E., Perspectivas del empleo 1988, cit., pp. 68-73.

26
El 13.5 % de los ocupados mayores de 55 años, frente al 10.9 de los de 25 a 54 años,
según el informe del Ministerio de Economía y Hacienda Condiciones de vida y trabajo en
España, cit., p. 132.

27
Si nos fijamos tan sólo en las cinco grandes potencias económicas capitalistas, la
proporción del empleo a tiempo parcial para los grupos de 25-54, 55-59, 60-64 y 65 o más
años era siguiente: Estados Unidos, 4.0, 6.1, 12.1 y 46.2 % (1987); Japón, 4.0, 7.6, 18.1 y
35.2 % (1987); Alemania Federal, 1.6, 1.7, 5.5 y 39.9 (1986); Reino Unido, 1.5, 3.1, 7.3 y
66.2 % (1986); Francia, 1.7, 4.8, 9.1 y 35.8 % (1986) (O.C.D.E., Perspectivas del empleo
1988, cit., pp. 56-57).

28
A. Dale y C. Bamford, "Older workers and the peripheral workforce: The erosion of
gender differences", Ageing and Society 8, 1988, pp. 43-62.
La exclusión definitiva

Con la excepción de Japón, la tasa de actividad de los varones de edad


avanzada ha disminuido a ritmo galopante durante las décadas de los setenta
y los ochenta. Según la O.C.D.E., un quinto entre los de cincuenta y cinco a
cincuenta y nueve años, dos quintos entre los de sesenta a sesenta y cuatro y
más de la mitad entre los de sesenta y cinco y más.29 La excepción de Japón
podría deberse a una peculiar tradición cultural que, especialmente atenta a
cualquier categorización de la autoridad, otorga un elevado valor a la edad y,
por ello mismo, prestigio a los ancianos; sin embargo, ello no ha impedido
que éstos, a cambio de mantenerse activos, se convirtieran en parte de la
mano de obra barata e inestable exigida por el crecimiento económico.30

Esta disminución de la actividad es resultado, en primer lugar, de la


aplicación efectiva de la edad de jubilación. En la mayoría de los países, la
edad fijada para tal menester no pasa de ser, legalmente, la de su
posibilidad,31 pero en la práctica se ha convertido en la de su obligatoriedad.
Aunque los empleadores no suelen contar con medios para obligarle
directamente, existen mil y una maneras de empujar a un trabajador a optar
por la jubilación. A finales de los setenta, en Inglaterra, algo más de la mitad
de los varones que se retiraban a los sesenta y cinco años y un quinto de las
mujeres que lo hacían a los sesenta se habían visto forzados a ello.32 En un
estudio sobre los funcionarios norteamericanos, más de dos tercios de los de
cincuenta y cinco o más años declaraban que seguirían trabajando, tras la
edad de jubilación, si se les diera la oportunidad: un quinto a tiempo completo
y la mitad a tiempo parcial.33 En Suecia, una encuesta a jubilados indicaba
que dos tercios querían continuar trabajando, y dos quintos lo habían hecho.34

El hecho de que la tasa de actividad de los grupos de mayor edad haya


descendido especialmente en la década de los setenta,35 marcada por el
29
Ibíd., p. 156.

30
E. Palmore, The honorable elders, Durham, Duke U.P., 1975; E. Palmore y D. Maeda,
The honorable elders revisited: A revised cross-cultural analysis of aging in Japan, Durham,
Duke U.P., 1985.

31
La edad obligatoria, si existe, viene algo después. En España, por ejemplo, donde la
edad de jubilación está, salvo excepciones, en los 65 años para los hombres y los 60 para
las mujeres, la obligatoriedad llega a menudo sólo cinco años más tarde; pero, en la
práctica, la edad de la jubilación voluntaria funciona como si fuera la de la jubilación
obligatoria. Para información sobre distintos países véase A. Inkeles y Ch. Usui,
"Retirement patterns in cross-national perspective", en D.I. Kertzer y K.W. Schaie, eds., Age
structuring in comparative perspective, Hillsdale, N.J., Lawrence Erlbaum, 1989.

32
S.R. Parker, Older workers and retirement, Londres, H.M.S.O., 1980, p.13.

33
T.W. Bosworth y K.C. Holden, "The role part-time options play in the retirement timing
of older Wisconsin state employees", Aging and Work VI, 1, 1983.

34
J. Skoglund, "Work after retirement", Aging and Work II, 2, 1979.

35
Entre 1970 y 1980, la tasa de actividad de los varones de 45 a 54 años en los Estados
Unidos descendió tres puntos porcentuales, mientras en las dos décadas anteriores lo hizo
estancamiento económico y el desempleo masivo, refuerza la idea de que no
se trata de una retirada voluntaria. Si lo fuera, debería mantenerse constante
o disminuir de manera más regular. Tampoco cabe interpretarlo simplemente
como una respuesta al deterioro de los salarios, pues éste también se ha
dado, y tal vez más, para las pensiones, que por lo demás son siempre
notablemente más bajas que aquéllos.36 La explicación más verosímil,
entonces, es que la jubilación, especialmente si es anticipada, encubre en
gran parte el caso de parados desanimados y despedidos de hecho,37 que es
en buena medida resultado de la presión del mercado.38 La permanencia más
prolongada en la actividad de quienes ocupan empleos de alto estatus39
puede explicarse no sólo por su mayor atractivo frente a la jubilación, sino
también por el mayor poder de esas personas para oponerse a su expulsión
de la vida activa. En el mismo sentido apunta el hecho de que la edad de
jubilación real sea más elevada en el mercado de trabajo primario que en el
secundario.40

El hecho incuestionable es que el abandono de la vida activa se va


adelantando más y más. Entre 1.971 y 1.978, en Gran Bretaña, la proporción
de jubilados entre los varones de 60-64 años pasó del 6 al 12 %, y para los de
65-69 del 67 al 73 %.41 En Francia, de 1.962 a 1.984 la tasa de actividad de
los varones de 55-59 años descendió del 86 al 68 %, para los de 60-64 del 70
al 31 %, y entre los de 65-69 del 38 al 10 %.42 La tasa de actividad masculina
del cincuenta por ciento, que en 1.962 correspondía a la edad de 65.5 años,
entre cero punto y un punto y medio y, en las siguiente, otro punto y medio; para los de 55
a 64 años, el descenso en la década estrella fue de casi once puntos, frente a cero y tres
en las anteriores y cinco en la siguiente (R.L. Clark, "The future of work and retirement",
Research on Aging X, 2, 1988).

36
En Gran Bretaña se estima que los ingresos netos de una persona soltera o viuda
jubilada equivalen más o menos a un tercio de los de un adulto más joven, y los de una
pareja jubilada a la mitad de los de una pareja joven (D. Wedderburn, "The financial
resources of older people", en E. Shanas et al., Old people in three industrial societies,
Londres, Routledge, 1968, y P. Townsend, Poverty in the United Kingdom, Harmondsworth,
Penguin, 1979, cap. 20).

37
Así lo muestran diversas encuestas. Dos tercios de los franceses jubilados
anticipadamente desde el desempleo hubieran preferido no hacerlo (E. Malinvaud, Sur les
statistiques de l'emploi et du chômage, París, La Documentation Française, 1986); el 62 %
de los jubilados anticipados de 60-64 años en el Reino Unido había dejado su último
trabajo como resultado de un ajuste de plantilla (F. Laczko, A. Dale, S. Alvbert y G.N.
Gilbert, "Early retirement in a period of high unemployment", Journal of Social Policy, julio
de 1988*).

38
Véase, por ejemplo, R.F. Boaz, "Early withdrawal from the labor force: A response only
to pension pull or also to labor market push?", Research on aging IX, 4, 1987.

39
M.A. Hardy, "occupational structure and retirement", en Z. Blau, ed., Current
perspectives on aging and the life course, Greenwich, Conn., JAI Press, 1985.

40
M.D. Hayward y M.A. Hardy, "Early retirement processes among older men:
occupational differences", Research on Aging VII, 4, 1985.

41
A. Walker, op. cit., p. 81.

42
A.-M. Guillemard, Le déclin du social, cit., anexo metodológico, tabla VI1.
en 1.978 lo hacía ya a la de 60.9.43

Dadas las circunstancias, no hay de qué sorprenderse en que la


pobreza se cebe especialmente entre los viejos. En Inglaterra, por ejemplo, si
se define como pobres a aquellos cuyos ingresos no superan el 140 % de los
ingresos mínimos garantizados, lo son la cuarta parte de los viejos, frente a
un veinteavo de los no viejos, y llegan a los dos tercios en total los que están
bajo la línea de pobreza o en sus márgenes, frente a dos quintos entre los no
viejos.44 En los Estados Unidos, uno de cada cinco viejos está por debajo del
mínimo federal.45 En el Japón, cuatro de cada cinco hogares encabezados por
personas mayores de sesenta y cinco años están en el cuartil inferior de la
distribución de la renta.46

Lo que ha tenido lugar en los años setenta y ochenta ha sido una


disminución relativa, y en ciertos periodos absoluta, del empleo, al mismo
tiempo que se producía una incorporación creciente de las mujeres a la
actividad y, en algunos países, llegaban al mercado de trabajo generaciones
particularmente numerosas de jóvenes. Esto ha venido a plantear con mayor
fuerza un problema que, por lo demás, no era nuevo: el del reparto del
trabajo. Dejando de lado la cuestión de las causas del desempleo y las
estrategias para combatirlo como tal, hubiera sido posible plantearse el
reparto del empleo disponible de otro modo, concretamente a través de la
reducción de la jornada o el calendario laborales entre todos los aspirantes a
compartirlo. Sin embargo, esto habría resultado perjudicial para los
empleadores, que se habrían visto enfrentados probablemente a un aumento
en los costes unitarios de la mano de obra y a una fuerza de trabajo con gran
capacidad de negociación y conflicto, así como, al menos a corto plazo, para
los sectores de trabajadores que, en todo caso, se sentían capaces de
conservar un empleo a tiempo completo en competencia con otros. Se abordó
y se aborda, pues, de la manera que ya conocemos: mediante una pugna por
qué individuos, en última instancia qué grupos, van a mantenerse en el
mercado de trabajo y qué otros van a ser expulsados del mismo. Cuando no
hay paja en el pesebre, dice un refrán sueco, los caballos se muerden.

Al igual que los rasgos étnicos (minoritarios) o el sexo (femenino), la


edad era un criterio al que agarrarse, siempre legitimable a través de los
manidos tópicos sobre la menor productividad de jóvenes y viejos, sus
menores necesidades de consumo, su carencia de responsabilidades
familiares, su derecho al estudio o al descanso, etc. En el caso de los "viejos",
en la muy amplia dimensión que aquí hemos dado al término, se arbitraron
una serie de medidas tanto de política económica como en el ámbito
particular de las empresas. Entre las primeras, las más importantes fueron la
obligatoriedad de hecho de la jubilación, las jubilaciones anticipadas y la
garantía de recursos. Donde en otro momento se habría animado a los

43
Ibíd., p. 281.

44
A. Walker, op. cit., pp. 73-74.

45
J. Hendricks y C.D. Hendricks, Ageing in mass society, p. 236; Cambridge, Mass.,
Winthrop, 1977.

46
D. Maeda, "Ageing in Eastern society", p. 61; en D. Hobman, ed., The social challenge
of ageing, Nueva York, St. Martin's, 1978.
trabajadores que alcanzaban la edad de jubilación a permanecer en las
empresas, en sus puestos de trabajo o en otros, en medio de la crisis del
empleo se les empujó y se les empuja a hacerla efectiva. La jubilación
anticipada se ha convertido en una de las formas favoritas de hacer frente a
las reducciones de plantillas, reestructuraciones de sectores industriales, etc.,
auspiciada por las empresas y por la administración pública. La garantía de
recursos, en fin, cuyo único fin reconocido es completar cierto nivel de
ingresos para los trabajadores en situación de desempleo, se ha condicionado
al no desempeño de actividad remunerada alguna, precipitando así a un
importante número de parados a la jubilación de hecho.

Los sindicatos han sido parte activa, junto con los empleadores y el
poder ejecutivo, en la puesta en práctica de esta política. Aunque
nominalmente afectos a la defensa de los intereses del conjunto de los
trabajadores, su base social está entre los trabajadores empleados, no entre
los parados. Así, su política ante la jubilación se ha deslizado de su defensa
como un derecho a poner fin a la vida activa a su aceptación como una
obligación. Su posición ante ésta suele limitarse a la edad, que querrían
adelantar, y a las pensiones, que desearían ver aumentar. Después de todo,
tampoco pueden abandonar de plano a los jubilados, que son los trabajadores
y los afiliados de ayer, así como los trabajadores y los afiliados de hoy son los
jubilados de mañana.

Ajuste, cambio y discriminación

La gerontología social y la sociología de la vejez han tenido que


recorrer en la teoría un camino parecido al que la sociedad, la vejez y la
relación entre ambas han seguido en la práctica. No faltan los consabidos
precedentes aislados,47 pero la vejez es, pese a ello, un objeto tardío de las
ciencias sociales, mucho más reciente que el género o la raza y, por supuesto,
que las clases. La primera oleada de interés por la vejez tuvo un sabor
inconfundiblemente asistencial, centrándose en los problemas individuales de
adaptación de los ancianos a su condición de tales; no en vano se identificaba
a sí misma como "gerontología social", como si fuera una extensión a lo social
de la disciplina médica, en vez de hacerlo como sociología de la vejez. La
segunda puede considerarse un subproducto de la preocupación por la
discriminación racial y sexual en los años sesenta y setenta. La tercera llega
de la mano del pavor económico ante la creciente tasa de dependencia, es
decir, ante el aumento de la proporción que representan las personas
clasificadas como económicamente inactivas, y en particular los jubilados,
frente a las activas, y de la alarma por el crecimiento del desempleo entre los
trabajadores de mayor edad. Paralelamente, siempre se ha prestado desde la
sociología cierta atención a la relación entre la edad, las generaciones y el
cambio social, y las relaciones entre los grupos de edad han sido y siguen
siendo una cuestión central para la antropología.

Hay un grupo de teorías que podríamos llamar colectivamente del


ajuste: la de la desvinculación, la de la actividad y la de la continuidad. Todas
ellas dan por sentado que lo característico de la vejez es la jubilación y la
decadencia, y se centran en cómo pueden los individuos lograr un
envejecimiento satisfactorio. Para la teoría de la desvinculación, el individuo y
47
Por ejemplo Comte, Sorokin y Mannheim, en el análisis de las generaciones, y Simmel
para la vejez propiamente dicha.
la sociedad se preparan para la muerte del primero, de todo punto inevitable,
mediante un proceso de separación progresivo, gradual y satisfactorio para
ambos.48 Esto es funcional para la sociedad porque así se liberan roles que
pasan a ser ocupados por personas más jóvenes, se facilita la vida al anciano
al disminuir las expectativas dirigidas sobre él y se minimizan los costes
sociales y emocionales de la muerte.

La teoría de la actividad, por el contrario, sostiene que la satisfacción


es directamente proporcional al nivel de actividad, y sobre todo de interacción
social, mantenido. Este nivel de actividad, a su vez, depende del estilo de vida
anterior y de factores socioeconómicos. La disminución de la actividad no es
una decisión del individuo, sino una imposición de la sociedad.49 Si se ven
apartados de sus actividades anteriores, la satisfacción dependerá entonces
de la posibilidad y la capacidad de sustituirlas por otras nuevas. La teoría de
la continuidad plantea que la personalidad se mantiene consistente a lo largo
del tiempo y lo único que cambia es que el envejecimiento hace a la gente
más introvertida; el envejecimiento satisfactorio tiene lugar precisamente
cuando la gente puede mantener sus rasgos, actividades, intereses, etc.50 No
hace falta argumentar que esta teoría no es más que una variante o una
especificación de la anterior.

A caballo entre las teorías del ajuste y las de la privación, que


enseguida veremos, se sitúa la teoría socio-ambiental. Esta trata de
interpretar el grado de satisfacción y las actitudes individuales de los
ancianos, así como su grado de segregación y de conciencia como grupo en
cuanto respuestas a un ambiente relativamente estable (en relación a la
acción) e independiente de su percepción. Tal ambiente lo es respecto de la
mente del individuo, por lo cual no sólo incluye el contexto exterior (espacio
físico, normas, expectativas de los otros, etc.), sino también el propio
cuerpo.51 Resultado de la interacción con el ambiente es, primero, la
constitución del grupo de los viejos como minoría (por efecto de su imagen
negativa, propia y ajena) y, a la larga, su constitución como grupo de interés
(por efecto de su concentración y de un cambio de imagen).52

Otro grupo importante de teorías es el de las que tratan de poner el


fenómeno del envejecimiento en relación con el cambio social. Dentro de ellas
podríamos incluir, en la medida en que comportan una visión, al menos
implícita, de la vejez, los escasos análisis sociológicos de las generaciones. El
primer sociólogo que abordó de lleno este tema fue Comte, para quien los
jóvenes eran los protagonistas de toda innovación y los viejos intrínsecamente
conservadores. Más sugestiva fue la incursión en el problema de Mannheim,

48
E. Cumming y W.E. Henry, Growing old: The process of disengagement, Nueva York,
Basic Book, 1961.

49
R.A. Havighurst, "Succesful aging", en R. Williams, C. Tibbitts y W. Donahue, eds.,
Processes of aging, Nueva York, Atherton, 1963.

50
B. Neugarten, Personality in middle and later life, Nueva York, Atherton, 1964.

51
J.F. Gubrium, The myth of the golden years: A socio-environmental theory of aging, pp.
36-37; Springfield, Ill., C.C. Thomas, 1973.

52
Ibíd., p. 155.
quien subrayó cómo los miembros de una misma generación comparten "una
posición común" en el proceso social.53 Sorokin también vio el cambio social
como un constante conflicto entre generaciones.54 Por otra parte, la edad ha
sido considerada como un criterio de estratificación social por distintos
autores, en especial Eisenstadt y Lenski.55 Sobre esta doble base, la teoría de
la estratificación por edades (age-stratification) se basa en que las cohortes
son, a la vez, grupos de edad y generaciones. Como grupos de edad son
asignados a roles específicos, dentro de una jerarquía de las edades; como
generaciones pasan sucesivamente por todos los roles asignados por la edad,
han nacido y se han formado y socializado en un contexto determinado y
pasan a ocupar los roles abandonados por la generación anterior, que, más
tarde, dejan libres para la siguiente.

La esencia de este modelo se centra en la interacción


continua entre estos dos dinamismos: el cambio social y el
proceso de envejecimiento. Y el modo en que la gente envejece
--el proceso mismo de envejecimiento-- responde a estas
situaciones cambiantes.56

Esta teoría, sin embargo, no es muy explícita sobre en qué consiste la


estratificación, a la que considera presente en todas las sociedades, ni de qué
manera ha evolucionado, si es que lo ha hecho. La que sí busca una
explicación específica a la condición de la vejez en nuestra sociedad
contemporánea es la teoría de la modernización. Aunque puede encontrarse
un importante precedente en el estudio comparativo de Leo W. Simmons,57 su
formulación sistemática se debe a Donald O. Cowgill.58 De acuerdo con éste,
los mismos factores que conducen a la modernización (tal como los formula
W.W. Rostow en la conocida teoría del "despegue") determinan la pérdida de
estatus relativo de la vejez. El desarrollo del conocimiento y de los medios de
acumulación y transmisión de la información hace que los viejos no puedan ya
ser sus portadores y transmisores, desposeyéndolos de su monopolio anterior.
La escolarización masiva y la aceleración de la innovación científica y
tecnológica hacen que cada nueva generación posea un bagage de
conocimientos superior al de la anterior, o cuando menos más actual. La
urbanización y la industrialización destruyen la familia extensa y separan a las
generaciones. La movilidad social hace que los jóvenes puedan alcanzar en el
53
K. Mannheim, "The problem of generations", en Essays on the sociology of knowledge,
Londres, Routledge and Kegan Paul, 1952.

54
P.A. Sorokin, Society, culture and personality, p. 193; Nueva York, Harper, 1947.

55
S.N. Eisenstadt, From generation to generation: Age groups and social structure,
Glencoe, Ill., The Free Press, 1956; G.H. Lenski, Power and privilege: A theory of social
stratification, Nueva York, McGraw-Hill, 1966.

56
M.W. Riley, op. cit., p. 41; véase también M.W. Riley, M. Johnson, A. Foner et al., Aging
and society, vol. III, A sociology of age-stratification, cap 10: "Age strata in society"; Nueva
York, Russell Sage Foundation, 1972.

57
L.W. Simmons, The role of the aged in primitive societiy, Londres, Oxford University
Press, 1945.

58
D.O. Cowgill, Aging around the world, Belmont, Cal., Wadsworth, 1986.
trabajo y en la sociedad un estatus superior al de sus mayores. Cowgill
apunta, además, que las sociedades en proceso de modernización no estaban
preparadas para el rápido crecimiento de la proporción de viejos propiciado
por el aumento de la esperanza de vida, con lo que éstos se han visto
perjudicados por lo abrupto de la transición, aunque esté teniendo lugar ya
una mejora relativa de su posición.

Por otra parte, los que sí tratan de especificar el contenido de la


estratificación, o más exactamente de la desigualdad, son los análisis que
presentan a los viejos como una minoría, o cuasi-minoría, o como una
subcultura. Su conceptualización como minoría o cuasi-minoría responde a un
intento de homologar su condición a la de los grupos étnicos minoritarios o las
mujeres, apoyándose en la visibilidad de sus rasgos, la vigencia social de
estereotipos sobre ellos y las prácticas de discriminación colectiva de que son
víctimas,59 aun a sabiendas de que la vejez se diferencia de cualquier otra
minoría por el hecho de que ni se pertenece por toda la vida a ella ni está
claro que lo que la diferencia de la correspondiente mayoría contrapuesta sea
más que lo que la divide internamente.60

La teoría de la vejez como subcultura da un paso más respecto de la


anterior, al considerar a los viejos como grupo que comparte unos valores,
pautas de consumo, etc., por analogía con la popular tesis de la subcultura
adolescente o juvenil.61 La base sobre la que los viejos se constituyen como
subcultura viene dada, además de por su importancia numérica creciente, por
un conjunto de experiencias que tienden a reunirlos (concentración
residencial, recurso a servicios comunes, etc.); la manifestación de que lo son
se encuentra en la pérdida de importancia relativa, dentro del grupo, de los
factores de estatus propios de la cultura global (riqueza, sexo) y en la
conciencia creciente de que poseen intereses comunes y el surgimiento de
una actitud positiva hacia ellos.

Ninguna de estas teorías da cuenta satisfactoriamente del fenómeno


de la vejez en la actualidad. Las teorías de la desvinculación, la actividad o la
continuidad parten de la aceptación como un hecho dado de lo que habría
precisamente que explicar, la expulsión de los viejos del mundo del trabajo.
Las teorías de la modernización y la estratificación, fieles a su raíz
funcionalista, son ahistóricas, en el sentido de que proponen un modelo de
evolución universal, la primera, o subsumen realidades muy distintas bajo un
mismo aparato conceptual renunciando a una explicación específica, la
segunda. Las teorías de la minoría o la subcultura, así como la socio-
ambiental, se acercan más a la consideración de la vejez como una categoría
social, pero tampoco explican de forma adecuada su proceso de constitución.

Viejos ha habido siempre, y, en contra de una muy extendida idea de la

59
M.L. Barron, The aging American, cap. III; Nueva York, T.Y. Crowell, 1961.

60
Para una crítica de esta teoría, véase G.F. Streib, "Are the aged a minority group?", en
B.L. Neugarten, ed., Middle age and aging, Chicago, The University of Chicago Press,
19734.

61
A.M. Rose, "The subculture of aging: A framework for research in social gerontology",
en A.M. Rose y W.A. Peterson, eds., Older people and their social world, Filadelfia, F.A.
Davis, 1965.
"divisoria de aguas", o el "antes" y el "después",62 hay motivos para afirmar
que muy a menudo han estado en una posición de desventaja. Pero lo que
necesitamos explicar es la nueva entidad cuantitativa y cualitativa de la vejez.
Respecto a lo primero, Peter Laslett sugiere que la "tercera edad" ha surgido
como un fenómeno nuevo a lo largo de este siglo, particularmente desde
mediados del mismo. Puesto que hay que fijar algún umbral cuantitativo,
Laslett sugiere que la tercera edad cobra carta de naturaleza demográfica y
social cuando más de la mitad de los mayores de veinticinco años puede
esperar alcanzar los setenta y cinco o más y cuando las personas de sesenta
y cinco años o más superan el diez por ciento de la población total de una
sociedad.63 Estas condiciones se alcanzaron en el Reino Unido, por ejemplo,
en el año 1.951. La evolución habida se expresa claramente en la
rectangularización de la curva de supervivencia y la compresión de la
morbilidad: las curvas de supervivencia de las sociedades avanzadas, que en
el siglo XVI presentaban una pendiente más o menos constante, a finales del
siglo actual presentan la figura de una meseta seguida de una caída drástica
(en otras palabras: casi todo el mundo llega ya a viejo).64

La tercera edad viene precedida de la primera, que se caracteriza por


la dependencia, la inmadurez, la socialización y la educación, y la segunda,
que lo hace por la independencia, la madurez, la responsabilidad, la ganancia
y el ahorro. Le sigue la cuarta, marcada por la dependencia final, la
decrepitud y la muerte. Laslett caracteriza la tercera edad como un periodo
de satisfacción personal: quien entra en ella ya ha cumplido sus obligaciones
con la sociedad y con la reproducción de la especie y, por lo general, ya ha
alcanzado sus objetivos básicos. Aunque no tiene por qué hacerlo, su
comienzo coincide normalmente, para la mayoría, con la edad de jubilación.65

La visión del contenido de la tercera edad que propone Laslett puede


que encaje bien con la experiencia de un profesor universitario prestigioso y
parcialmente retirado, pero seguramente no lo hace, al menos hoy por hoy,
con la de la mayoría de las personas. Más realista y plausible, además de
mejor fundada, resulta la interpretación de Anne-Marie Guillemard.
Refiriéndose a los trabajadores definidos como "entrados en edad" (âgés),
sugiere que la vejez ya no se confunde con la incapacidad física para el
trabajo, ni con la enfermedad, etc., sino que se define como

una inaptitud para el trabajo socialmente construida, que la


jubilación va a sancionar. Se designa así un nuevo espacio en el
ciclo de vida, aquél en que se es viejo en el mercado de trabajo
antes de estar decrépito y fisiológicamente gastado.66

62
Para una crítica, véase P. Laslett, "Societal development and aging", en R.H. Binstock y
E. Shanas, eds., Handbook of aging and the social sciences, Nueva York, Van Nostrand-
Reinhold, 1976.

63
P. Laslett, "The emergence of the third age", Aging and Society 7, 1987.

64
P. Laslett, A fresh map of life: The emergence of the third age, p. 74; Londres,
Weidenfeld & Nicolson, 1989.

65
P. Laslett, "The emergence of the third age", cit., pp. 135-136.

66
A.-M. Guillemard, op. cit., p. 49.
La definición social de la vejez no se formula ya en
nombre del derecho a la jubilación, o de un modo de vida
específico, sino en función del mercado de trabajo y de las
exigencias de regulación de la mano de obra.67

Es importante insistir en este cambio de sentido. La jubilación nació, o


por lo menos fue legitimada, como una defensa del trabajador frente a la
prolongación del trabajo y de la explotación más allá del límite de sus fuerzas
físicas, debilitadas por la edad, y como expresión de un derecho bien ganado
al descanso. Era viejo quien, por su edad, ya no podía trabajar en las
condiciones reinantes. Pero desde el establecimiento de la jubilación han
tenido lugar dos procesos que son los que dejan espacio a esa nueva vejez, o
a la tercera edad.68 Por un lado, la esperanza de vida ha aumentado, y la
mejora de las condiciones de vida y trabajo y los avances de la higiene y la
medicina han hecho que las personas tarden más en llegar a la decadencia
física final. Por otro, el estancamiento o el lento crecimiento de la economía y
la sustitución de trabajo vivo por maquinaria han hecho que la oferta de
empleo quede muy por detrás de la demanda real y potencial. La jubilación ha
pasado de ser opcional a ser, de hecho o de derecho, obligatoria. La edad
marcada para ello se ha mantenido a pesar del aumento de la esperanza de
vida, prolongando así el periodo de inactividad. Las prejubilaciones y las
políticas de garantía de recursos la han adelantado en la práctica aún más. La
escasez de empleos y la desigualdad entre los mismos, ambas crecientes,
han agudizado la competencia por obtener los más deseables y, en el peor de
los casos, por obtener siquiera alguno. Por todo ello, los viejos, la mayoría de
ellos sin anclajes ya ni en la propiedad ni en la familia extensa, se han
convertido en un grupo discriminado, negativamente privilegiado.

Que los viejos (no sólo la cuarta edad sino también la tercera, no sólo
los viejos en sentido estricto sino también las personas de edad madura, o
cualquier otro eufemismo que queramos utilizar) se hayan podido singularizar
como grupo discriminado tiene mucho que ver, naturalmente, con cambios
como los señalados por la teoría de la modernización, con el actual culto a la
productividad y a la juventud..., en fin, con todo un proceso de construcción
de una categoría social y una ideología que la sustente como tal y que
legitime sus relaciones con el resto.69 Pero lo que importa subrayar es la
relación de privilegio misma, que se materializa de forma progresiva en una
discriminación que aumenta con la edad y se absolutiza de forma definitiva
con la jubilación y la exclusión total de la actividad económica.
67
Ibíd., pp. 285-286.

68
W. Graebner sostiene que el retiro y la discriminación por razón de la edad han nacido
simultáneamente como fenómenos de cierta relevancia, pero esto, que parece bastante
verosímil para el caso de los Estados Unidos, no lo es tanto para Europa, donde la
jubilación es una institución bastante más antigua. (W. Graebner, A history of retirement,
New Haven, Yale U.P., 1980.)

69
Que yo sepa, fue el psiquiatra Robert Butler quien primero habló, al menos
ostensiblemente, del "edadismo", age-ism, por analogía con el sexismo y el racismo: R.N.
Butler, "Age-ism: another form of bigotry", The Gerontologist IX, 1969, pp. 243-246.
Aunque resulte chocante la construcción en castellano, el término es ya moneda corriente
en inglés.