PRECISIONES

SOBRE
EL
FUERO DE MADRID DE 1202

El fuero de Madrid del año 1202, por sus especificidades (entre
ellas que se han conservado tres de sus cuatro cuadernos), permite
comprender mejor la formación social de la Edad Media hispana, alta y
central. Es representativo de esa sociedad, definible como concejil,
comunal y consuetudinaria con monarquía, que emerge de la colosal
transformación en la cosmovisión, los valores y las metas, al mismo
tiempo personal y social, política y económica, espiritual y civilizacional,
acaecida en la Alta Edad Media, peninsular y sureuropea. Este juicio es,
por tanto, aplicable no sólo a los territorios castellanos sino al resto de
los ibéricos, así como a un segmento de los hoy subordinados al Estado
francés, italiano, etc. Por ello, lo mostrado sobre el Madrid medieval es
muy similar a lo que puede exponerse de cualquier villa o ciudad de
Galicia, Portugal, Asturias, León, Cantabria, País Vasco, Aragón y
Cataluña en esa época, por no decir de Castilla.
Varios peligros acechan a la investigación de estas materias. Uno
es el presentismo, el trasladar interpretativamente los fundamentos,
metas, instituciones, relaciones sociales, rasgos formales y naturaleza
concreta del sujeto propios de las sociedades europeas actuales a las de
hace 800 años, sin comprender que son cualitativamente diferentes.
Otro reside en la ausencia de un análisis holístico, debido a que el
estudio de los fueros se suele hacer casi exclusivamente desde lo
jurídico, olvidando que emergen y son reflejo de una sociedad total, que
existe de manera no especializada. Hay un tercer factor de distorsión,
más importante, la férrea voluntad política de falsear nuestra historia
medieval para hacerla coincidir con las necesidades del actual régimen.
El contenido del presente estudio discrepa de la historia
académica medieval que, dejando a un lado unas pocas excepciones,
sigue siendo una embrollada narración sobre reyes, condes, princesas,
obispos y batallas, en la cual el pueblo, la gente común, está ausente.
Aquí, por el contrario, hay una voluntad de historiar la vida de las
clases populares, que son quienes elaboran el fuero de Madrid de 1202.

Los orígenes del Madrid autogobernado
La luego villa a orillas del rio Manzanares se libera del
imperialismo islámico en el año 1085, cuando el pueblo sometido al rey
musulmán de la taifa de Toledo (que ocupó el espacio entre el Sistema
Central y el río Tajo y al que, por tanto, pertenecía Madrid) repudia
unánime y multitudinariamente al Estado Islámico, conmina a su rey
para que abandone el reino (lo que hace acompañado de los principales
prebostes, musulmanes, cristianos mozárabes y quizá algún judío) y se
incorpora voluntariamente a Castilla sin violencia. Es éste el gran y
fundamental fracaso del islam hispano, pues significa que todo un
territorio rechaza el totalitarismo teocrático, militarizado, terrateniente
y oligárquico musulmán para sumarse a una sociedad libre,
asamblearia, igualitaria en lo esencial y colectivista, la castellana. Y lo
hace de manera tan masiva y rotunda que las élites del poder en Toledo
concluyen que no están en condiciones de usar la fuerza para mantener
su dictadura. Esa acción emancipadora fue realizada por el pueblo
unido por encima de sus creencias religiosas.
Así se constituye la villa medieval de Madrid concejilmente regida.
Antes de la mencionada fecha era una aldea-fortaleza, humillada,
pobre, atrasada, sin libertad y sometida a los excesos de las tropas
islámicas, que la tenían como una de sus bases de operaciones contra
los pueblos libres del norte. El régimen político propio del Estado
Islámico andalusí excluía cualquier participación del pueblo en la vida
política. El emir, rey o califa, apoyado en un impresionante aparato
militar, funcionarial, policial, fiscal y clerical, designaba a todas las
autoridades territoriales y municipales: visires (altos funcionarios),
gobernadores, cadíes (jueces), jefes de la policía, comandantes militares
(caídes), alcaides de fortalezas, señores de ciudades, zabazoques
(encargados de los abastecimientos), recaudadores e inspectores del
fisco, verdugos, etc. Éstas, a su vez, nombraban a las jefaturas del
segundo nivel y así sucesivamente.
Fue aquélla, por tanto, una sociedad rigurosamente jerarquizada
y centralizada, en donde el poder fluía desde arriba hacia abajo, sin
asomo de división de poderes, donde los municipios carecían de
autonomía y la persona quedaba despojada de todas sus libertades y
prerrogativas fundamentales. En ella el individuo medio estaba
apartado de la vida política, siendo un gobernado, por tanto un
sometido y un oprimido en estado puro. Su existencia quedaba
confinada en cinco ámbitos, la sumisión al poder político-clerical, el
trabajo, la familia, la religión y el ejercicio de la violencia de agresión
conforme al precepto islámico de la “guerra santa”.

Convertida Madrid en una villa castellana tiene lugar en su
interior una decisiva revolución política, consistente en remover y
desmontar la tiranía de los altos funcionarios, militares, clérigos,
inquisidores y policías del Estado Islámico para establecer el sistema de
autogobierno por asambleas propio del régimen de concejo abierto con
monarquía que existía no sólo en Castilla sino en todos los territorios
norteños.
Es también realizada una colosal revolución económica y social,
con la expropiación de las tierras y demás medios de producción en
manos del Estado Islámico, el clero musulmán y los terratenientes
colonialistas árabe, que en su mayoría se convierten en el enorme
patrimonio comunal de la villa, mientras que una minoría del terrazgo
se reparte y hace bienes familiares de cada casa habitada. Asimismo, se
pone fin a la esclavitud, que en Al Andalus era una institución al menos
tan floreciente como bajo el Estado visigodo, en particular para las
mujeres1. El patriarcado es abolido.
Los fueros de Madrid
Se suele admitir que antes del de 1202 Madrid tuvo otro texto
foral, hoy perdido, promulgado en 1145. Fuero significa código jurídico
del medioevo que, supuestamente, recoge por escrito el derecho
consuetudinario, o de elaboración popular, creado en las asambleas
concejiles, cuando éstas ejercían la potestad legislativa y también
cuando sesionaban como poder judicial, dictando sentencias que se
convertían en ley positiva. Dicho derecho aparece en los documentos
con la expresión “usus terrae”, o costumbre jurídica de cada territorio.
Todo ello ha sido calificado de “creación popular del derecho”. La
1

Negar, como hacen sus apologetas, que la sociedad andalusí era esclavista como
lo habían sido la de los godos y antes la de Roma, es falsear la historia, pues los
testimonios son muchísimos. Estos indican que fue incluso más esclavista. Por
ejemplo, el harén de Abderramán III tuvo 6.300 mujeres, la inmensa mayoría de
ellas esclavas concubinas, y todos los notables de aquella formación social
disponían de harén según sus posibilidades financieras. La captura de mujeres en el
norte peninsular para ser vendidas en los numerosos y florecientes mercados de
esclavos del sur fue una de las principales actividades económicas del Estado
Islámico. En la agresión a Cataluña efectuada por Almanzor en el año 985 fueron
cogidas unas 70.000 mujeres y niñas. En la ofensiva contra los vascones de los años
991-992, que con seguridad tuvo al Madrid islámico como una de sus bases de
operación, resultaron capturadas unas 5.000. Con la del año 1001, también contra
los vascones, en la que Pamplona fue conquistada, se elevaron a 18.000 las féminas
esclavizadas y llevadas al mercado. Consultar “Las campañas de Almanzor, 9771002”, Rubén Ruiz, “Abderramán III y el califato omeya de Córdoba”, Maribel
Fierro. No eran sólo mujeres, pues al Andalus creó un colosal sistema esclavista
mercantil transcontinental, trayendo esclavos negros de África (maltratados por el
racismo imperante en aquél) y eslavos del este de Europa.

elaboración del derecho por el pueblo concejilmente organizado es una
de las mayores manifestaciones de la soberanía popular.
Pero lo cierto es que resulta difícil comprender con precisión qué
es un fuero municipal, también porque existen diversos tipos de ellos.
Ciñéndonos al que es objeto de nuestro estudio cabe decir que, aún
siendo de extensión media, no recoge ni mucho menos todo el derecho
consuetudinario matritense. Su lectura muestra que una enorme
cantidad de asuntos decisivos quedan fuera, por ejemplo, la gestión de
los inmensos y variados bienes comunales. Así pues, derecho
consuetudinario y derecho foral no son equivalentes: el segundo no es el
primero escrito, salvo de forma mínima y a menudo, además, hay
notables distorsiones y divergencias.
Aquella formación social se fundamentaba en la oralidad y la
cultura oral, de manera que un texto escrito resultaba chocante y ajeno
a la mentalidad popular. Las normas jurídicas que eran derecho vivo y
aplicado se conservaban memorizadas y en las asambleas concejiles se
empleaba exclusivamente la palabra. La pregunta es, por tanto, qué
llevó al vecindario de Madrid a escribir un texto relativamente extenso y
complejo como el de 1202. Se debe explicar, además, por qué usan el
latín cuando el pueblo, para tal fecha, se servía ya del romance. El latín
era la lengua de la corona (entonces, embrión de Estado) mientras que
el romance era la del pueblo, observación que contribuye a hacernos
comprender mejor dicho fuero, su significación y objetivos.
El fuero tiene una presentación bien expresiva, rotunda: “esta es
la carta foral que elabora el Concejo de Madrid”. Así pues, resulta ser la
institución concejil de la villa la que lo redacta y promulga, no el rey, lo
que prueba que en los albores del siglo XIII el poder legislativo seguía
siendo prerrogativa popular, de tal manera que la soberanía del pueblo
se manifestaba también como capacidad plena para hacer las leyes,
quedando reducido el monarca (Alfonso VIII en este caso) a sujeto sin

poder legislativo efectivo, en lo referente a las clases populares 2. Hasta
aquí todo es coherente.
La primera formulación chocante es la que define las metas o
propósitos de tal documento legal, que en la traducción del latín al
castellano efectuada por A. Gómez Iglesias 3, afirma estar elaborado con
el “fin de que ricos y pobres vivan en paz y en seguridad”, en el original
latino “unde dives et pauperes vivant in pace et in salute”. En una
traslación literal, abstracta, la única acepción de “dives” es “ricos” y de
“pauperes” es “pobres” pero si a esos dos vocablos se les otorga el
concreto significado que hoy tienen no cabe duda que así es negada la
realidad más profunda, en lo social, de la sociedad madrileña de
entonces. Debido a la existencia de un formidable patrimonio concejil, a
la debilidad de los mecanismos mercantiles (lo que el fuero expone
pormenorizadamente), a la escasez del trabajo a jornal y la práctica
ausencia del trabajo esclavo, a lo débil de la circulación monetaria, a la
naturaleza concreta de la cosmovisión fundante y a bastantes motivos
más la estratificación social era irrelevante. Que en la asamblea concejil
todos tuvieran los mismos derechos y deberes es una expresión añadida
de igualitarismo social.
La traducción citada, literal, no tiene en cuenta la realidad
concreta de aquella formación social. Ésta sí tenía una diferenciación
fundamental, que era su contradicción principal, entre el “palatium” o
espacio político, jurídico y económico del aparato de la corona
(monarca, nobles, mesnadas reales y nobiliarias, jueces del rey,
sayones, tributos percibidos, etc.) y el “concillium”, en tanto que
organización política del pueblo para autogobernarse. Así pues, “dives”
se refiere a la corona y “pauperes” al pueblo, aunque ni la primera
poseía en aquellas fechas demasiado poder económico ni el segundo era
2

En oposición a quienes, una gran mayoría de historiadores y publicistas, sostienen
que los reyes medievales anteriores al siglo XIV disponían del poder legislativo,
Rosalía Domínguez realiza el tan irreverente como exacto comentario que sigue al
referirse al fuero de 1202, “fue redactado por el propio Concejo de Madrid y
ratificado, no sabemos si con agrado o a la fuerza, por el rey (Alfonso VIII)”. En
“Fuero de Madrid de 1202”, publicado en “Madrid Histórico” nº 43, 2013. El
poder legislativo en ese tiempo estaba repartido entre los concejos, las cortes y el
rey, con la particularidad de que los primeros autolegislaban por y para el pueblo,
las cortes dependían principalmente de los concejos (al menos así fue en su fase
inicial) y el rey lo hacía únicamente para el aparato de la corona, situación que
comienza a cambiar en la segunda mitad del siglo XIII. Aquellos que tiene una
concepción tópica y pintoresca del mundo medieval deberían recordar que también
en el presente el rey de España sanciona y promulga las leyes pero no las hace,
pues la potestad legislativa formal reside en el parlamento. Similarmente, en el
medioevo castellano anterior a 1348 el monarca gozaba de atribuciones
simplemente simbólicas y protocolarias en este ámbito.
3

En “Fuero de Madrid”, con Introducción de Eduardo-L. Huertas Vázquez, 2002.

una masa de menesterosos, en el sentido actual, como el fuero prueba,
por ejemplo, al dictar normas anti-suntuarias contra el gasto y
consumo excesivo que se realizaba en las bodas populares.
Hecha esta observación comenzamos a comprender el porqué del
fuero de Madrid de 1202, para regular las relaciones entre la corona y el
concejo. No es tanto una sistematización del derecho consuetudinario
popular sino un pacto o acuerdo (a mi entender fallido) entre las dos
partes de la sociedad entonces, entre sus dos poderes: el real o
monárquico y el concejil o popular. Eso viene a significar que dichas
relaciones eran en esos años más tensas y difíciles, en buena medida
porque la capacidad de mandar del aparato de gobierno de la
monarquía había crecido en el precedente siglo XII.
Lo sabido sobre la época indica que los hombres del rey dentro de
Madrid, así como los de igual condición que visitaban la villa de vez en
cuando, eran gente conflictiva, de ahí la importancia del derecho penal
en el fuero. Un dato imprescindible es que no se otorga a nadie
privilegios jurídicos, tampoco a los oficiales de la monarquía, a quienes
se tiene como vecinos con iguales derechos y deberes. Asimismo, el
fuero defiende las tierras comunales contra prácticas abusivas,
salvaguarda el sistema de ferias protegiendo el abastecimiento comercial
de la villa, regula los precios de venta de productos de primera
necesidad, etc.
Una cuestión significativa es esta última, la fijación por el concejo
del precio del pescado de río (muestra, dicho sea de paso, que el
Manzanares entonces era mucho más que un “aprendiz de río”), de la
carne y de otros bienes básicos, asunto de mínima importancia para un
vecindario que producía casi de todo y se autoabastecía, practicando el
intercambio de productos y servicios con sus iguales mucho más que la
compra y venta. Otro era el caso de los oficiales del rey, ajenos casi
siempre a las actividades productivas.
Sorprende también la deficiente sistematización del fuero, que
incluso repite títulos, por ejemplo, el I y el CVIII, lo que podría significar
que estamos ante un simple borrador que quedó a medio hacer. Su
estilo es tosco, como de texto aún no pulido.
Las condiciones concretas en que el fuero es elaborado tienen que
ser consideradas. En el año 1202 Madrid hacía frente a un peligro
cierto, inmediato y temible, la invasión de los almohades, imperialistas
norteafricanos que habían desembarcado en la península Ibérica para

constituir un nuevo Estado Islámico. Y se iban acumulando hechos
inquietantes para la población de Castilla, en especial para la de la
frontera. En el año 1173 el legendario jefe o adalid -designado por el
concejo- de las milicias populares de Ávila, Sancho Jiménez, es vencido
y muerto por los nuevos agresores islámicos. En 1195 las fuerzas
castellanas son rotundamente derrotadas en la batalla de Alarcos
(Ciudad Real) por los almohades, con una gran mortandad, lo que
aterrorizó a toda Europa. En Alarcos participaron las milicias concejiles
de Madrid, sufriendo un grave quebranto. La ciudad de Toledo era
regularmente atacada y asediada. En 1197 una incursión almohade
cercó Madrid (que estuvo a poco de ser debelada, siendo conquistada
toda ella menos el alcázar) y otras muchas poblaciones de la nueva
Castilla, tomando al asalto la cercana villa de Talamanca de Jarama
(situada 50 kilómetros al norte) y exterminando a su población.
En esas condiciones de enorme tensión, temor, incertidumbre y
preocupación, mantenidas hasta que en 1212 los conquistadores
islámicos norteafricanos quedaron derrotados en Las Navas de Tolosa
(Jaén), es redactado por el concejo de Madrid el fuero de 1202.
Para resistir y vencer al agresor imperialista llegado del sur era
decisiva la función de la corona castellana, al ser elemento unificador de
las villas y ciudades en el terreno militar. Sólo ella podía agrupar
institucionalmente a las diversas milicias municipales y, además, añadir
las unidades armadas propias (de la corona y de los nobles). Teniendo
en cuenta que Madrid estaba en primera línea de la pelea, por razones
geográficas, le era imprescindible lograr una buena y amplia avenencia
con el aparato de poder real. Éste, en tales condiciones, debió afanarse
por incrementar todo lo posible su soberanía y potestad a costa del
poder concejil, al saberse la clave de bóveda de la situación. Se debe
observar, ya metidos en esta cuestión, que la neta preponderancia de la
corona en la movilización militar de toda Castilla, para la fecha
estudiada, manifiesta un fracaso, o al menos un importante retroceso,
de las cortes en sus funciones de unificación política, y por tanto
militar, de todo el territorio.
La prepotencia de la corona y sus oficiales, en tales condiciones,
seguramente proporcionó muchos disgustos al vecindario de Madrid en
esos años, lo que se manifiesta, según se ha dicho, como centralidad en
el fuero de las norma de derecho penal, destinadas a castigar agresiones
a vecinos y vecinas, la gran mayoría, con seguridad, provenientes de
aquéllos, siempre altaneros y vejatorios. Un modo de atajar tal situación
pudo ser la redacción de un documento para que “palatium” y

“concillium” se avinieran a vivir “en paz y en seguridad” en las nuevas
condiciones. La evolución más previsible de los acontecimientos es que
dicha propuesta escrita no fuera aceptada por la corona, quedando en
los archivos municipales como un texto inacabado. Unos años después,
probablemente 1222, pasado ya el peligro almohade, es compuesta la
denominada Carta de Otorgamiento, trascrita al final del diploma foral,
un documento de difícil intelección4. Formalmente es un compromiso
entre el rey y el concejo de Madrid elaborado por ambos, aunque de
facto dirigido a incrementar la influencia y dominio de la corona en la
villa. Anunciaba el Fuero Real de 1256, obra de Alfonso X, cuya
intención explícita era despojar a las asambleas concejiles del poder
legislativo.
Lo cierto es que la mayoría de los fueros municipales son
acuerdos o componendas entre el concejo y la corona mucho más que
derecho consuetudinario escrito, si bien una parte mayor o menor de
éste aparece en ellos. Por tanto, el de Madrid de 1202 no es excepción.
Las gentes de las clases populares, cuando se unían en concejo, solían
prestar muy poca atención a los textos escritos, aferrándose a lo propio,
la cultura oral y el derecho consuetudinario verbalizado.
Como curiosidad se añadirá que el único edificio completo
actualmente en uso en Madrid contemporáneo del fuero de 1202 es la
pequeña ermita de Santa María La Antigua, en el hoy barrio de
Carabanchel Alto y antaño aldea de la Tierra de Madrid. Fue levantada
a principios del siglo XIII, en estilo románico con mampostería y ladrillo,
según una interpretación bastante sencilla, humilde y popular de dicho
estilo. Se erigió sobre los restos de una villa romana del siglo I de
nuestra era, de la que incluso se reutilizaron ladrillos para erigirla, lo
4

Destaca en él la protección jurídica de la libertad sexual de las mujeres, pues su
titulo 1 dice “el que forzare a una mujer muera por tanto”, equiparando en el
castigo la violación con el asesinato, también penado con la muerte en la horca.
Sobre la participación de las mujeres en las asambleas y juntas concejiles no sólo
tenemos el célebre testimonio que proporciona un diploma del concejo de San
Zadornil, Berdeja y Barrio (entre Burgos y Álava), del año 955, sobre que a aquellas
reuniones gubernativas acudían “varones y mujeres, jóvenes y viejos, máximos y
mínimos” sino que María del Carmen Carlé, en el libro “Del concejo medieval
castellano-leonés”, enfatiza en varias ocasiones esa cuestión, la asistencia
femenina al concejo, aunque luego yerra al suponer que a partir de una fecha, en la
fase de decadencia de aquél, eso dejó de suceder. Es con la instauración del
concejo cerrado cuando las féminas desaparecen de la vida política, porque en las
villas y ciudades dejan de operar las asambleas y porque los integrantes de dicha
institución, designados por el monarca, eran necesariamente varones. Son muchos
los testimonios documentales, así como los autores que los recogen, de la
fundamental igualdad entre hombre y mujeres en el orden emergido de la
revolución altomedieval, con la excepción de las milicias concejiles, asunto del que
luego se tratará.

que manifiesta una significativa continuidad cultural. Hoy es el
inmueble útil más antiguo de la urbe.
El concejo de Madrid como institución
La villa de Madrid era, en los inicios del siglo XIII, una población
castellana como otras tantas, sin nada que la singularizase o hiciera
especial (hasta 1561 no es hecha corte y hasta el siglo XV no crece
significativamente). Tenía unos 3.000 habitantes, de los cuales no
llegarían a dos centenares los que eran judíos o musulmanes. Poseía
diez barrios, que se hacían distritos electorales, colaciones o collaciones
en la terminología de la época. En torno a la villa estaba la Tierra de
Madrid, con más de 100 aldeas (una parte de ellas hoy son barrios de la
urbe, otras siguen como pueblos y un tercer bloque desapareció, al
perder sus habitantes, sobre todo en la gran crisis integral del siglo
XIV). A cada aldea podemos asignarle en torno a 150 habitantes de
media. Para ejercer sus funciones políticas y autogobernarse la Tierra
se organizaba en seis sexmos, integrado cada uno por una quincena
larga de aldeas. Así pues el conjunto de la villa y Tierra estaba
constituida por 16 distritos electorales. La entidad conocida como “todo
el Concejo” de Madrid contenía e incorporaba dicho conjunto.
Sabemos poco sobre su funcionamiento en el día a día pero la
interpretación más probable es que fuera como a continuación se
expone.
Era una institución multiforme, plástica, fluida y compleja. Su
fundamento y base eran las asambleas populares soberanas, de barrio
y de aldea, que fueron juntas gubernativas operativas, con un número
de sujetos políticos, electores y elegibles, en torno a los 100/250
individuos, hombres y mujeres. En las asambleas se ejercía la
soberanía popular, se informaba, debatía, deliberaba y votaba a mano
alzada; se exigían responsabilidades, rendían cuentas e imponían
sanciones; se hacía la ley e impartía justicia; se designaban los oficios y
magistraturas concejiles con una duración anual: alcalde, juez,
andador, escribano, adalid, pregonero, etc. y los portavoces (por tanto,
sometidos al mandato imperativo) que constituían el organismo
permanente del concejo, actuante cuando las asambleas no estaban
sesionando; se establecían las pautas para el manejo de la economía
comunal y colectivista a la vez que se fijaban los tributos y prestaciones
del vecindario para con el gobierno municipal, además de ordenar la
vida económica de la villa o ciudad y Tierra en su totalidad; se
organizaba la hueste concejil y designaba a su jefe cada año, el adalid;
se declaraba la guerra y firmaba la paz; se enviaban portavoces a las

cortes de Castilla; se regulaban las relaciones con la corona, cuestión
fundamental; se redactaban instrumentos jurídicos como el de 1202; se
establecían relaciones con los territorios próximos y, en suma, se
realizaba de una manera práctica y eficaz, además de barata y sencilla,
el gobierno del pueblo por el pueblo.
Era lo que los documentos denominan también “Concejo entero”.
Debió existir, además, como se ha dicho, un organismo restringido, que
se limitaba a recoger y aplicar las opiniones y decisiones políticas de las
asambleas de base, probablemente el conocido como “concejo de
Madrid” a secas. Estaba formado, presumiblemente, por dos portavoces
de cada colación de la villa y otros dos (o acaso tres) de cada uno de los
sexmos de la Tierra. En total, 32 personas si era de la primera manera y
38 si acudían tres. Éstas se reunían en el templo de San Salvador, que
poseía la torre más elevada de la villa, y su función era unificar las
decisiones y ejecutar lo acordado en las asambleas de base, según éstas
decidían que debía hacerse por dicho colectivo, sometido al mandato
imperativo, lo que hacía de él un mero instrumento pasivo de quienes
les habían designado. Sus integrantes, hay que repetirlo, eran voceros,
delegados o portavoces, nunca representantes. Sus atribuciones,
subordinadas, vicarias y secundarias.
Previamente, las asambleas concejiles de cada aldea habían
designado a dos portavoces para llevar su voz, parecer y decisiones a la
junta del sexmo. Cada sexmo tenía por sí mismo una rica vida
participativa y democrática. En cada una de éstas se designaba, en un
segundo momento, a los dos (o quizá tres) portavoces del sexmo que
irían a la permanente del concejo, en la villa. En todos los casos lo
esencial del poder de decidir residía en las asambleas y no en los
organismos de segundo o tercer nivel, constituidos por portavoces 5.
No se puede descartar que, en alguna ocasión excepcional, toda la
población de la villa y la Tierra se agrupase políticamente en una única
y magna asamblea popular, probablemente en algún bosque tenido
como sagrado, uno de los muchos espacios arbóreos de que disponía el
territorio, entonces medioambientalmente ubérrimo. Debían ser
encuentros de mucha gente, en torno a 15.000. No hay, es cierto, la
más mínima referencia a estas asambleas extraordinarias unificadas en
5

Es posible mejorar nuestro conocimiento de cómo funcionaban los concejos
medievales de villa y Tierra observando su desenvolvimiento institucional en la
edad moderna, cuando la documentación es mucho más abundante, siempre que se
tenga en cuenta la pertinente diferenciación entre épocas. Un libro apropiado para
tal fin es “Pedraza y su Tierra. Retazos de historia”, Luciano Municio Gómez,
que se ocupa de una comunidad relativamente próxima a Madrid, enclavada en la
provincia de Segovia.

la documentación conservada, pero como indicio quedan las romerías y
otros expresiones de la fiesta popular autoconstruida, que eran, y en
algún caso siguen siendo, congregaciones de miles de personas con
fines de reconocimiento mutuo, hermanamiento y mejora de la
convivencia entre individuos que habitan en lugares próximos pero
distintos. Pero esto, si sucedió alguna vez, no formaba parte de la vida
política habitual del concejo.
La redacción del fuero de 1202 por el concejo de Madrid tuvo que
seguir un procedimiento normalizado, que podemos reconstruir.
Presentada la propuesta a partir de un análisis de la situación, hubo de
ser aprobada por mayoría de votos en las asambleas de barrio y aldea, y
debió señalarse un modo de elaborar el documento. Con probabilidad,
la permanente del concejo encargó a un equipo su redacción como
anteproyecto, remitiendo una copia a cada colación y a cada sexmo.
Examinado y debatido dicho texto en todas las asambleas, éstas fueron
haciendo las aportaciones y mejoras pertinentes. Hay motivos para
suponer que en algún momento del proceso se determina no continuar,
posiblemente porque la corona se negaba a una avenencia, quedando el
inconcluso códice guardado en el archivo municipal.
La notable complejidad y naturaleza multiforme del concejo de
Madrid se manifiesta en las denominaciones que recibe en los textos de
la época. Además de la ya citada de “Concejo entero” están las de
“Concejo mayor”, “todo el Concejo”, “Concejo de Madrid” o simplemente
“Concejo”. Son modos de nombrar a las distintas manifestaciones
concretas del poliédrico régimen de autogobierno popular de la villa y
su Tierra. Que aquella formación social se sustentara en lo oral tiene,
para nosotros, un enorme inconveniente, que al haber dejado escasa
documentación escrita se hace difícil conocer con precisión sus
procedimientos, organismos y sistemas.
El régimen concejil es netamente diferente del actual orden
parlamentarista, o “democracia (sic) representativa”. Éste se define,
dejando aparte demagogias, como gobierno “con el consentimiento de los
gobernados” y no como autogobierno popular. El régimen concejil
medieval fue gobierno pleno del pueblo por el pueblo, democracia
verdadera, plena participación de la persona común en el todo de la
vida política, económica y social, por sí mismo y no, pretendidamente,
por medio de representantes. Hubo democracia política y al mismo
tiempo democracia económica.

Precondición de esto era la casi inexistencia (o debilidad, aunque
en crecimiento en 1202) del aparato estatal. El concejo de Madrid era
manifestación de la soberanía popular porque se apoyaba en la milicia
concejil de la villa y Tierra, de la que fue parte determinante la
legendaria caballería popular.
¿Cómo se organizaba esta fuerza combatiente?: cada casa debía
enviar un hombre armado y equipado para el combate, y el concejo
designaba al jefe militar de la hueste cada año, el adalid. Era el concejo
el que determinaba contra quien se combatía, cuándo y en qué
circunstancias políticas, al mismo tiempo que acudía a las cortes y
establecía pactos con la corona, para unificar las milicias concejiles de
todos los municipios castellanos. Quienes iban a la hueste popular del
concejo no eran conscriptos reclutados a la fuerza sino vecinos que
cumplían con el deber cívico. Por un lado, seguían en sus oficios, como
agricultores, recolectores, ganaderos, artesanos (Madrid en el medioevo
destacó por los trabajos del cuero), pescadores, albañiles, carpinteros,
tejedores, arrieros y similares; por otro debían destinar un tiempo y un
esfuerzo al adiestramiento bélico, confección del armamento ofensivo y
defensivo y doma de los caballos para el combate.
Era la materialización del pueblo en armas, sin lo cual no hay ni
puede haber democracia de verdad y no puede mantenerse la libertad
política ni las libertades de la persona. Debido a que el combate a
caballo exige un entrenamiento continuado, duro y riguroso, del jinete y
su montura, quienes escogían esa forma de pelear quedaban exentos de
aportar tributos al concejo, medida dirigida a compensarles por el
tiempo, esfuerzo y gastos ocasionados. Era la primera “nobleza” o
“hidalguía” de Madrid. Aquellos que preferían pelear a pie (aunque se
desplazaban siempre a caballo) sí contribuían fiscalmente. El paso de
uno a otro era fácil, simplemente se advertía de ello a la asamblea. Los
caballos, en contra de lo que se ha dicho, fueron criados en yeguadas
comunales, no eran de propiedad privada, de manera que su posesión
no significaba nada personalmente en el terreno económico. Al parecer,
tales yeguadas fueron privatizadas y desaparecieron como tales con la
extinción del concejo abierto y el final de las huestes populares, lo que
seguramente sucedió a finales del siglo XIII y comienzos del siguiente.
El adalid revistaba la hueste concejil dos veces al año, en un acto
solemnizado que se denominó alarde, comprobando el buen estado de
las armas, el apropiado amaestramiento de las monturas y el adecuado
estado físico, destreza y aptitud del combatiente. En el palenque, un
espacio despejado y acondicionado para tal fin, se entrenaban y

adiestraban. Un reglamento riguroso, elaborado por la milicia reunida
en asamblea, fijaba el actuar en operaciones ofensivas y defensivas, con
sanciones a los cobardes, flojos o incompetentes. Aquél establecía
también los procedimientos para la distribución equitativa de lo tomado
y capturado al enemigo, en caso de victoria. En las operaciones todos
estaban obligados a cumplir las órdenes del adalid y sus oficiales. Uno y
otros eran simples vecinos de la villa o las aldeas de la Tierra, gentes
que vivían del trabajo de sus manos, siendo sustituidos o reelegidos en
sus cargos cada año, el 1 de enero, por las asambleas populares
soberanas.
Lo cierto es que no hay libertad sin los instrumentos y
estructuras que garantizan la libertad. No hay libertad popular sin
armamento general del pueblo, porque la vida humana no se da en el
vacío de lo material, y porque el angelismo y el buenismo son extravíos
de la mente. El asunto queda expuesto para el caso estudiado, aunque
sin la deseable profundización y potencia argumentativa, en un libro de
significativo título, “El concejo y la milicia de Madrid”, de María del
Carmen Pescador del Hoyo. Lo indudable es que donde hay ejército
permanente y policía profesional no puede existir libertad para el
pueblo.
La hueste concejil, como organización armada de los vecinos de la
villa y Tierra, cumplía asimismo funciones de policía, guarda de montes,
lucha contra los incendios, etc. Lo decisivo era que no estaba formado
por un cuerpo especializado, ajeno a la gente común, sino por esta
misma gente organizada, entrenada y armada, que cumplía tales
funciones sin abandonar los trabajos productivos. Su eficacia combativa
era grande, como tuvo ocasión de mostrar la milicia madrileña, junto
con las de otros muchos concejos, en la decisiva batalla de las Navas de
Tolosa, en 1212, donde el poderoso ejército almohade fue
completamente vencido, arrollado y desarticulado. Allí se batió en torno
a su pendón, un oso pasante. Hay que insistir en eso, en que las
milicias concejiles no eran tropas de mediocre calidad sino la fuerza
principal en la lucha de los pueblos libres del norte contra el
imperialismo musulmán.
Entre la villa y la Tierra de Madrid podrían reclutarse unos 3.000
combatientes, pero sólo una parte intervenía en acciones ofensivas
alejadas de su territorio (a este tipo de operación se denominaba
fonsada), pues siempre quedaba una buena fracción de ellos en tareas
de protección y vigilancia. De los disponibles, una porción cumplía
funciones logísticas y otra realmente combatía. Ésta se diferenciaba

entre caballeros (en el sentido de jinetes) y peones, o combatientes a pie.
En el choque de Las Navas podemos suponer que el total de integrantes
de la milicia concejil de Madrid pudo ser unos escasos cientos de
personas, un tercio a caballo. Pocos, pero hay que tener en cuenta que
en operaciones anteriores la juventud masculina (pero no la femenina)
madrileña tuvo que sufrir bastantes bajas, entre muertos, mutilados y
enfermos crónicos, sobre todo en la derrota, terrible y sangrienta, de
Alarcos, en el cerco almohade a Madrid dos años después y en las
muchas escaramuzas que tuvieron lugar en tales fechas.
Las mujeres, que asistían a las asambleas gubernativas en
condiciones parejas a las de los varones, no participaron en las milicias
concejiles. Esto fue, al mismo tiempo, una forma de marginación y un
formidable privilegio. No cabe ante esta cuestión ninguna posición
victimista o androfóbica por cuanto fue decisión tomada y mantenida
por toda la población, incluidas las féminas. Fue un desacierto, uno de
los varios que lastraron a la formación social asamblearia, comunal y
consuetudinaria. La igualdad ha de ser total, completa y rigurosa, sin
exclusiones, marginaciones ni privilegios para ninguno de los sexos.
La organización de abajo a arriba de la sociedad castellana no
terminaba en la Tierra de Madrid. El concejo de ésta era soberano para
suscribir pactos de hermandad con otras comunidades similares, y lo
hacía a menudo. Además iba a las corte de Castilla. El origen y
significación de esta institución es bastante oscuro, así que hay que ser
cautelosos. Sabemos que en aquéllas llegaron a estar más de 100 villas
y ciudades, cada una con su Tierra, aunque en tiempos posteriores el
número se quedó en 17. Los portavoces acudían sometidos al sistema
del mandato imperativo, de manera que las cortes era una junta de
delegados de las asambleas populares de todo el reino, no un
parlamento. Las cortes hacían innecesaria la institución de la corona y
la figura del rey pues, como organismo, unificaban el territorio. El
porqué se mantuvo y dejó crecer a la sección no-asamblearia del orden
político medieval (el aparato de la monarquía) es, a la vista de estos
datos, un lacerante misterio.
Lo decisivo en el Madrid de 1202 era la vecindad, la condición de
vecino. Si se tenía casa habitada en la villa o en su Tierra, se formaba
parte de la comunidad humana madrileña, con iguales derechos y
deberes al resto de los vecinos, hombres y mujeres. Dicha categoría
estaba muy por encima de las diferencias religiosas, de modo que judíos
y musulmanes allí residentes eran vecinos y, si lo deseaban, podían
participar en el concejo y servirse de los bienes comunales. Sólo en la

fase de decadencia del concejo abierto surgió, en diversas villas y
ciudades (los datos sobre Madrid son confusos y no concluyentes), la
discriminación por materia de religión, exigiéndose que para acceder a
los oficios del concejo se fuera de fe cristiana. Esta fue una disposición
tardía, propia de la fase de decadencia del concejo abierto citadino,
inducida maquiavélicamente por la corona y sus agentes territoriales,
los señores, para dividir al pueblo. Es similar a la introducción del
patriarcado con la instauración del concejo cerrado, operación
destinada a enfrentar a hombres y mujeres. Todo poder despótico busca
dividir y fragmentar, igual que todo poder revolucionario desea
aproximar y unificar, estatuyendo un régimen de igualdad con
responsabilidad compartida y universal.
Las dos soluciones políticas que se otorgó a la existencia de
minorías religiosas fueron o que se integraran en el concejo abierto,
dado que éste es una institución civil y arreligiosa, o que vivieran
conforme a sus leyes y creencias, según un pacto suscrito por el concejo
y dichas minorías. Para el caso de Madrid en 1202 no existen datos
probatorios suficientes pero algunos indicios parecen señalar que judíos
y musulmanes escogieron gobernarse de acuerdo a sus propios códigos,
sin participar en las asambleas concejiles. No fue el caso de poblaciones
próximas, Guadalajara por ejemplo, en las que todos los vecinos
asumían las libertades y cargas concejiles sin consideración a la fe
religiosa de cada cual, simplemente como vecinos, participando los
varones de las tres religiones igualitariamente en la milicia popular. En
Madrid la intolerancia por motivos religiosos no se dio hasta bien
avanzado el siglo XIV, para los judíos, y hasta los años finales del siglo
XV, para los musulmanes, en un tiempo en que el sistema de concejo
abierto de villa y Tierra ya no existía. Fueron los nuevos poderes
despóticos de la corona, los mismos que habían derrocado el orden
concejil en la villa de Madrid en 1346, quienes promovieron arteramente
el conflicto entre vecinos so pretexto de su fe y credo.
Se suele argüir que el régimen asambleario no es posible en
poblaciones populosas, debido a que las asambleas de miles de
personas resultan irrealizables. Tal juicio ignora la realidad de los
distritos electorales o colaciones, que junto a otros procedimientos
(mandato imperativo, organización del orden político en varios estratos,
etc.) hacen posible que el sistema de autogobierno por asambleas sea
perfectamente funcional en urbes de mayor vecindario. Un ejemplo de
ello es la ciudad de León, cuyo fuero de 1020 la presenta gobernada por
un sistema concejil asambleario, aunque para esas fechas podría tener
unos 10.000 habitantes, la mayor población de los territorios norteños.

Volviendo al caso de Madrid es posible sostener con rigor que hacia
1202 Castilla podría tener entre dos y tres millones de habitantes, que
se autogobernaban por un sistema de asambleas en red, no sólo en las
aldeas sino también en villas y ciudades. Lo mismo en esencia es
legítimo sostener para León, Cataluña, Navarra, Aragón, Galicia, etc.
El patrimonio concejil o comunal de la villa y Tierra de
Madrid
La lectura del fuero de 1202, si se realiza de manera
descontextualizada, puede llevar a conclusiones equivocadas sobre la
vida económica en ese tiempo. La importancia de las penas pecuniarias
(caloñas) y la determinación de los precios de los bienes básicos por el
concejo podrían llevar a pensar en un orden económico altamente
mercantilizado y monetizado. No es así.
La moneda era, sobre todo, medida del valor, y las sanciones
económicas no se solían satisfacer en numerario sino en bienes, y a
menudo también en trabajo personal. Su medición en dinero era sólo la
indicación de cuánto producto o cuánto tiempo de trabajo había que
aportar. Son célebres las “multas vinarias” del régimen concejil,
constituidas por pequeñas sumas enunciadas en dinero que se
abonaban en una cantidad equivalente de vino, utilizado en el ritual de
tomarlo al inicio de la asamblea popular, generalmente en copas de
plata. Lo mismo sucedía con las de mayor cuantía, aunque éstas se
liquidaban con otros productos más consistentes. La hacendera y sus
derivaciones, en tanto que trabajo personal inexcusable no remunerado
en beneficio del común, era también una forma de tributo bastante
frecuente, y debió utilizarse asimismo como procedimiento sancionador.
La fijación de precios que se halla en el fuero establece las pautas
de intercambio de bienes sin uso de dinero y, al mismo tiempo, lo que
debían pagar en numerario por los productos los integrantes del cuasi
aparato estatal de la época, la corona. El trueque (conforme al principio
de intercambiar cantidades equivalentes de tiempo de trabajo de
intensidad y calidad similares) era la forma más utilizada de obtener lo
que se necesitaba pero no se poseía, siendo el dinero muy poco
manejado por el pueblo. Apenas se usaba del trabajo a jornal, y las
referencias del fuero a éste, a criados, etc., indican que es una manera
de citar a los miembros del “palatium” avecindados o estantes en
Madrid. En efecto, en cada villa y ciudad, e incluso en algunas aldeas,
había hombres del rey que representaban y organizaban el naciente
aparato estatal en sus localidades. En otros casos eran los hombres de
la nobleza y el alto clero (no en Madrid que era villa realenga, sin

nobleza de alto rango y con una clerecía que para entonces apenas es
citada, por su escasa relevancia, estando además sometida al concejo),
considerados como parte del artefacto del poder. De ese grupo social
salían los merinos, sayones, caballeros, corregidores y demás
integrantes del aparato de dominación, o estatal, en constitución.
La propiedad colectiva concejil aparece citada en varios títulos del
fuero estudiado, con referencias parciales y asistemáticas, por lo que
carecemos de información sobre el conjunto. No hay datos con
anterioridad al siglo XV, y éstos son poco fiables además de harto
escasos y confusos. Es posible confeccionar una relación parcial de
predios, fundos, ejidos y dehesas concejiles aludidos aquí y allá,
bastante incompleta, pero avanzar más allá resulta irrealizable por el
momento. Ahora bien, existen testimonios asertivos de que la propiedad
comunal era muy notable en el Madrid medieval 6. Con seguridad,
seguía las mismas pautas que en toda la península Ibérica, a saber:
tierras comunales de labor que se cultivaban con trabajo en común o se
distribuían formando suertes entregadas por el concejo a los vecinos
durante un tiempo; pastizales, aguas, canteras, hornos y bosques
comunitarios; molinos, lagares, batanes, fraguas, etc. igualmente
colectivos en su mayoría; yeguadas comunales y tal vez otros tipos de
ganado… Además estaba la propiedad familiar de la casa y huertos
anejos, que constituía las heredades. La eficacia productiva tenía que
ser notable, lo que hacía de la villa y su Tierra una sociedad próspera
en lo material en 12027.
6

Un documento del año 1551 dice de Madrid que abunda en montes baldíos y
propios “más que otro pueblo alguno”, citado por Agustín Gómez Iglesias en “La
dehesa de Amaniel o de la villa”, “Anales del Instituto de Estudios Madrileños”, t.
II, 1967. Baldíos son las tierras que se utilizan de balde por el vecindario, sin pagar
por hacerlo, esto es, las tierras comunales. Propios es el comunal administrado por
el regimiento, o ayuntamiento, que lo arrienda a particulares, una forma de semiprivatización de aquél que empieza a existir tras la constitución del concejo cerrado,
desde principios del siglo XV en concreto. Los comunales madrileños tenían
bastante terrazgo agrícola, incluso todavía en el siglo XIX: no eran sólo pastos y
montes ni mucho menos. Por eso otro documento de 1769 informa que los bienes
rústicos concejiles incluían tierras “así de labranza como de pastos”. Gómez Iglesias
menciona algunos de los fundos comunales, además del más conocido de todos, la
Dehesa de la Villa, refiriéndose a la dehesa de Amaniel y luego a las de
Valdelomasa, Zarzuela, Las Jarillas, Prado Herrero, Bolaños y la Arganzuela. En un
paraje llamado Vadillo prosperaba el majuelo (viñedo joven) sobre terreno concejil.
Además, una porción conspicua de las tierras del común estaban privatizadas de
facto desde al menos el siglo XVIII, por apropiaciones ilegales. Si retrotraemos la
situación en esta materia al año 1202 podemos concluir que para entonces el
comunal tuvo que ser abrumadoramente mayoritario en la villa. El fuero de ese año
cita en varios de sus apartados fundos concretos de aquél, como se expuso.
7

El factor causal de dicha prosperidad debió ser, en primer lugar, los modos
colectivistas y comunitarios de efectuar el trabajo, y a continuación del precepto
sobre la universalidad del quehacer productivo, pero no hay que olvidar los muchos
y sustanciosos adelantos que aquél tiempo conoció en la mejora de las

El orden surgido de la revolución altomedieval fue de posesión y
explotación colectivas de la tierra y de los demás medios de producción
por las comunidades populares.
El régimen de libertad individual y colectiva e igualdad políticojurídica del concejo abierto no podía mantenerse si no existía al mismo
tiempo una primordial igualdad económica y social. Ésta no consistía
en una equivalencia mecánica y cuartelera, amenazante para las
singularidades de cada persona, pero sí en un situar a todo el
vecindario dentro de una franja de esencial similitud en posesión,
dominio económico y consumo. La tenencia colectiva de los medios de
producción básicos realizaba tal estado de cosas. Esa situación
comenzaría a cambiar precisamente con la abolición del concejo abierto
en Madrid en 1346 por el rey de Castilla, para imponer el regimiento o
concejo cerrado, un ente gubernativo de 12 miembros designados por el
monarca. El monopolio del poder municipal por un patriciado integrado
en el ya ascendente aparato estatal llevó a la privatización de partes
progresivas del patrimonio comunal del concejo, aunque el proceso
tardó siglos en alcanzar resultados sólidos, estables y bien visibles, en
la forma de propiedad privada concentrada, esto es, de minorías ricas y
poderosas económicamente.
La primera documentación sobre los patrimonios comunales de
los vecinos de aldeas y poblaciones mayores es del siglo X. Apenas nadie
duda que, por un lado, existiera ya en el siglo IX (centuria muy parva en
fuentes documentales) y que, por otro, el comunal no formó parte de la
formación social romana y visigoda (tampoco de la islámica), siendo por
tanto otra formidable realización de la revolución de la Alta Edad Media
hispana.
Hay que atraer la atención sobre un hecho, la pérdida de la
prosperidad económica en Castilla (y en todo Occidente) coincide con el
ascenso del aparato estatal, esto es, con el derrocamiento del concejo
abierto en las urbes. El proceso se puede situar en el tiempo señalando
que se inicia con el intento (fallido, por el momento), de imponer el
Fuero Real en 1256 y alcanza su cénit con el Ordenamiento de Leyes de
Alcalá de Henares, en 1348. En ese casi un siglo el Estado se impone,
muy precariamente todavía pero lo hace. Pues bien, casi coincidente
herramientas, las máquinas y las técnicas. Será útil que quien desee informarse
sobre esto consulte “La revolución industrial en la Edad Media”, Jean Gimpel,
aunque se puede acudir también a textos más próximos, como “Ingenios de
madera. Carpintería mecánica medieval aplicada a la agricultura”, José M.
Legazpi Gayol, y “Tecnología popular española”, Julio Caro Baroja.

con ese lapso temporal tiene lugar el derrumbamiento de la prosperidad
precedente, adentrándose Europa occidental en esa experiencia terrible,
tan difícil de comprender y explicar, denominada crisis del siglo XIV.
Está hecha de escaseces, malas cosechas, hambres, epidemias,
descenso demográfico, abandono de núcleos habitados, miseria casi
general y, finalmente, la peste negra, que golpea los territorios durante
la segunda mitad del siglo XIV. ¿Hay relación de causa a efecto en ello?
Muy probablemente sí. Este asunto es uno de los mayores misterios de
la historia universal.
Los orígenes: la revolución de la Alta Edad Media
Una minoría de estudiosos e historiadores se atreve a dar el salto
desde el mero describir y disertar a preguntarse, aunque sea
parcialmente, por los orígenes del orden concejil, comunal y
consuetudinario, logrando resultados apreciables. Enrique Orduña
Rebollo en “Democracia directa municipal. Concejos y cabildos
abiertos” señala que del concejo abierto “no se encuentra ningún
vestigio ni rastro” en las fuentes visigodas, siendo una creación nueva en
tanto que institución, nacida “en los siglos IX y X”. Es una lograda y
penetrante exposición de que hubo una ruptura revolucionaria con el
viejo y reaccionario orden visigodo y romano (por no hablar del islámico
andalusí) para constituir otro nuevo. Tal es el meollo de la revolución
altomedieval.
Añade Orduña que dicha innovación es el logro de “las
comunidades de aldea” y que tiene lugar en la “Alta Edad Media”, de
donde resulta la institución más fundamental, el “Concillium”. Ésta
actúa, además, en el seno de “una sociedad igualitaria”. Al estudiar
casos particulares se fija en el fuero de León de 1020, que establece la
esencial igualdad de sus habitantes, quienes poseen “idénticos derechos
y deberes” y confirma la existencia de “un Concejo General de los
ciudadanos de fuera (su Tierra) y de dentro de la ciudad, su igualdad y
sometimiento a una misma norma”. Investiga además otros casos, entre
ellos el de Madrid y su carta foral de 1202. Define el concejo abierto
como “Asamblea General de Vecinos”.
En el libro “Principios y valores del Fuero de Madrid” EduardoL. Huertas Vázquez arguye que los pueblos del norte organizaron un
orden político “articulado en municipios libres”. En ellos “el Derecho
emergía de la comunidad” y no de ninguna autoridad externa, pues se
establecía,
promulgaba,
administraba
y
hacía
guardar
asambleariamente. El criterio primordial fue “el derecho de participación

política” de toda la población adulta a partir de una categoría central, la
de vecino, aquel que tiene casa habitada. La vecindad otorgaba derechos
políticos y económicos cardinales, desde participar en el concejo a
disfrutar de los bienes comunales, al mismo tiempo que le imponía
deberes cívicos insoslayables, como acudir armado a la hueste concejil.
Huertas coincide en que este régimen de autogobierno popular se
constituye en “la alta Edad Media”, reseñando que su centro es la
“institución alto-medieval del Concejo abierto”.
Ese autor aduce que las comunidades de aldea ponen a punto la
institución concejil “allá por los siglos VIII al X”, afirmación de mucho
interés, por rebajar en el tiempo la formación del concejo abierto del
siglo IX al VIII, lo que es congruente con la realidad histórica. Define la
asamblea concejil como “institución natural”, verdad obvia e indudable
de notable significación y trascendencia, también para el presente.
Congruente con ello califica al derecho consuetudinario, creado por el
vecindario asambleariamente organizado, como “derecho de la
comunidad”.
En realidad, la revolución civilizadora y participativa de la Alta
Edad Media estaba ya en marcha en el siglo VII, e incluso antes, a
través del cenobitismo cristiano revolucionario. Fijémonos en la palaba
“cenobio”, de origen griego (“koinós” es común y “bios” vida), que
significa “vida en común”, compartiéndolo todo, sin propiedad privada
particular, realizando el ideal del amor de unos a otros y, en
consecuencia, sin división de la comunidad en mandantes y mandados,
por tanto, con un sistema igualitario y democrático de toma de decisión
sobre lo que compete al bien común que no puede ser otro que el
asambleario.
A partir de mediados del siglo IV, como respuesta crítica a la
fusión del alto clero -que se decía cristiano sin serlo y se organizaba en
la Iglesia- con el Estado romano va emergiendo una manera renovada
de vivir el cristianismo, a la que se conoce como monacato, del griego
“monos”, uno. Es un tiempo en que las personas disconformes con la
Iglesia, convertida como dice Charles N. Cochrane en “criatura del
Estado”8, se retiran a los desiertos, bosques y montañas a llevar una
existencia apartada de perfeccionamiento espiritual, dando origen al
movimiento monástico. Son “los solitarios”, anacoretas y eremitas. Pero
esa vida asocial no es realmente cristiana, dado que ésta es una religión
8

Consultar su libro “Cristianismo y cultura clásica”. En la cita anterior se
sobreentiende que es criatura del Estado romano, al haberse entregado al
emperador Constantino en el concilio de Nicea, año 325.

de lo colectivo, del afecto y el servicio de unos a otros, de manera que
quienes existían en soledad se van agrupando, creando cenobios,
también llamados monasterios, o colectividades para la práctica del
amor mutuo vivencial sobre la base de la comunidad de bienes y la
inexistencia de jerarquías9.
En la península el cenobitismo cristiano innovador y
revolucionario ya era poderoso y estaba bien implantado y bastante
extendido en el siglo VII, hasta el punto de ser capaz de perturbar y
trastornar en sus bases sociales al Estado visigodo. A finales de dicha
centuria se detecta un estado de decadencia y regresión de éste, que
para lograr la iniciativa política y militar, aplastando a los
revolucionarios, concluye, en su sector mayoritario (el de los seguidores
del rey godo Witiza) llamar en su auxilio al islam norteafricano. Éste
penetra en el año 711 arrasando a sangre y fuego la península 10 y
9

Los enrevesados avatares y episodios del cristianismo renovado tras la
capitulación del alto clero ante el Estado en el siglo IV se pueden seguir en el libro
“El monacato primitivo”, García M. Colombás. Lo argüido señala que la expresión
“monacato cristiano revolucionario”, hasta ahora utilizada, es menos exacta que
“cenobitismo cristiano revolucionario”, aunque resulta cierto que el vocablo
“cenobio” y sus derivaciones resulta ser hoy de mucho menor uso y conocimiento
que su sinónimo, “monasterio”.
10

Durante mucho tiempo algunos autores han negado la naturaleza imperialista y
policiaca, por ello particularmente violenta, de la invasión musulmana del 711, a
pesar de que el documento más fiable, cuyo autor fue seguramente contemporáneo
y por tanto testigo, la anónima “Crónica mozárabe de 754”, describe el terror
desencadenado, lo que es corroborado por fuentes hispano-musulmanas en varios
de sus extremos, además de por los últimos hallazgos arqueológicos. El principal
autor negacionista es Ignacio Olagüe Videla (1903-1974), autor de “Les arabes
n’ont jamais envahi l’Espagne”, ejemplo de trabajo pseudo-histórico granuja, y
de “La revolución islámica en Occidente”, una versión ampliada del primero.
Una crítica demoledora de las formulaciones de ese autor, que se convierte en un
alegato contra la falsificación de la historia con fines oscuros, se encuentra en “La
conquista islámica de la Península Ibérica y la tergiversación del pasado”,
Alejandro García Sanjúan. También, en “Inexistente Al Andalus. De cómo los
intelectuales reinventan el Islam”, Rosa María Rodríguez Magda, y en
“Invasión e Islamización. La sumisión de Hispania y la formación de alAndalus”, Pedro Chalmeta Gendrón. Importante es detenerse en la adscripción
política de Olagüe, un hombre de las JONS, el más conocido partido nazi español
bajo la II república, y por tanto nazi él mismo. Eso explica que tenga además un
libro escrito por él y otros autores entre los que está Ernesto Giménez Caballero,
fundador de Falange Española y asimismo islamófilo notorio. Olagüe forma parte del
extenso plantel de autores nazis y fascistas entusiastas del islam, junto con Miguel
Asín Palacios, personaje de confianza de Franco que fue designado por éste
procurador en las cortes franquistas, y Jaime Oliver Asín, premiado por el régimen
franquista a causa de su adulteración en un sentido favorable al islam de nuestra
historia medieval. La causa última de todo ello la expone quien fue ministro de
Armamento de Hitler, Albert Speer, que trató en la intimidad el jerarca nazi. En sus
“Memorias” informa que Hitler planeaba declarar por decreto al islam religión
oficial de Alemania, para convertir a esta fe al pueblo alemán, lo que haría una vez
ganada la guerra, asunto corroborado por otras fuentes.

estableciendo un nuevo orden político y jurídico en alianza desigual con
el mencionado sector de las élites visigodas.
En el norte de la península los pueblos poco y mal romanizados
(astures, cántabros, vascones, gentes del este de los Pirineos, etc.), que
habían resistido con asombroso vigor y efectividad al Estado visigodo
pasan ahora a oponerse al nuevo régimen opresor e imperialista, el
Estado Islámico andalusí. Pero lo hacen revolucionarizando su sistema
de vida, para lo que se apoyan no sólo en el cenobitismo cristiano sino
en sus propias tradiciones, cultura, ideario e instituciones. De la fusión
de ambas corrientes, creativamente renovadas y actualizadas, resulta la
revolución hispánica de la Alta Edad Media. Una consecuencia de ella,
andando los siglos, es el concejo “mayor”, o concejo “entero”, y el fuero
de Madrid.
Los fundamentos, que también son logros, de dicha revolución se
pueden enumerar sintéticamente del modo que sigue: 1) gobierno por
asambleas con inexistencia, o muy escasa presencia de un aparato
estatal, y armamento general del pueblo, 2) propiedad comunal de los
principales medios de producción, que se complementa con la
propiedad colectiva familiar, 3) derecho consuetudinario, elaborado,
promulgado y aplicado por el pueblo asambleariamente organizado, 4)
trabajo productivo en común, con ayuda mutua y asistencia de unos a
otros, 5) obligatoriedad y universalidad del trabajo manual, con
extinción de la esclavitud, 6) conservación y desarrollo de la herencia
cultural clásica, griega, romana y cristiana, así como la de los pueblos
prerromanos, ésta última extraordinariamente valorada por la gente
común, 7) creación de un orden social basado en la ética del amor
fraterno y en el sistema de valores que de ella se deriva, 8) el individuo
es sujeto de libertad con responsabilidad y de derechos con deberes,
que se entrega al esfuerzo por autoconstruirse conforme al ideario
clásico de la virtud personal, 9) fin del sexismo precedente, con
liquidación de la institución del patriarcado y estableciendo la igualdad
política, jurídica y económica entre hombres y mujeres, 10) la meta
última de la vida humana no es la riqueza material y los goces,
supuestos o reales, que ésta proporciona sino la riqueza inmaterial,
espiritual, y la elevación de la calidad y valía de la persona, 11) neta
separación entre lo religioso y lo civil, entre el clero y el concejo, como
aparece en el fuero de Madrid de 1202, documento secular e incluso
laico, 12) si el ideario fundante es la cosmovisión del amor, la tolerancia
hacia el otro, y hacia los otros, es un deber apremiante y permanente.

Resulta fácil constatar y entender que la aldea altomedieval es,
sencillamente, un cenobio en el que las familias se desempeñan de
manera similar a como lo hacían las personas en el cenobitismo
individual. Si algunos textos altomedievales se refieren al “monacato
familiar” en el siglo VII, se puede afirmar que dicho monacato tiene su
máxima expresión en la sociedad de aldeas sin ciudades, propia de la
revolución altomedieval de los siglos VII al X, que es rural, vinculada a
la naturaleza, restauradora de la esencia concreta humana en íntima
conexión con el mundo natural y antiurbana.
En el origen mismo de la revolución civilizatoria altomedieval hay
una incongruencia capital, o desacierto decisivo, que es
extraordinariamente difícil de comprender y explicar, la existencia de la
institución monárquica. Es verdad que muy probablemente, durante los
primeros tiempos los pueblos libres del norte no tuvieron reyes (eso
exactamente alega la Introducción o Preámbulo al Fuero General de
Navarra, de la segunda mitad del siglo XIII), siendo invenciones
maliciosas y patrañeras las listas de reyes incluso hasta bien entrado el
siglo IX, en algún caso. Luego la institución monárquica aparece y se
asienta, al principio con muy escaso poder y atribuciones, pero siempre
incrementando su presencia y fuerza. No hay duda que hacia 1202 el
conflicto en Madrid (lo mismo en toda Castilla, y en todos los otros
reinos peninsulares) entre el pueblo y la corona (o aparato estatal de
entonces) era ya fuerte, hasta el punto de hacer temer por el futuro del
régimen concejil, comunal y consuetudinario.
Este asunto es tanto más enigmático por cuanto uno de los textos
guías del gran giro altomedieval, el “Comentarios al Apocalipsis de
San Juan”, del monje cántabro Beato de Liébana, libro terminado de
escribir hacia el año 776, presenta a los reyes como la quintaesencia del
mal, advirtiendo que “todos los perversos del mundo son llamados
reyes”. Qué llevó a las sociedades surgidas del cambio altomedieval a
admitir la existencia de la monarquía, en tanto que forma concreta de
ente estatal, es una cuestión que requiere mucho más análisis y
reflexiones. Lo indudable es que las imputaciones y denuestos de Beato
contra los reyes quedan rigurosamente confirmados por lo acaecido en
Madrid en los siglos XIII y XIV, dado que ellos son quienes demuelen el
régimen concejil, comunal y consuetudinario.
Las funciones de la corona medieval en tanto que institución
eran, en su fase inicial, principalmente tres, mediar entre comunidades
municipales, haciendo de árbitro en los conflictos entre ellas, presidir
las cortes y unificar el aparato militar en la lucha contra el enemigo

exterior. Además, gobernaba y dictaba las normas legales a quienes
formaban parte del aparato de la corona aunque no al pueblo. Para
cumplir sus funciones disfrutaba de un régimen fiscal, tributando el
pueblo a su favor, aunque inicialmente las cantidades aportadas eran
reducidas. En cada villa y ciudad, e incluso en alguna aldea, tenía su
gente, que representaban al rey en ella cuando éste estaba ausente. Por
eso se dice que en cada población existía el “palacio” (como organismo,
no como edificación) a la vez que el concejo, inicialmente con escasas
atribuciones aunque éstas fueron incrementándose con el paso de los
siglos. La obligación de contar con las cortes en todas las cuestiones
fundamentales limitó el poder real hasta fechas avanzadas, el siglo XVI,
aunque esa institución fue paso a paso desnaturalizada por la corona,
haciendo bajar el número de ciudades y villas asistentes a ella al mismo
tiempo que incrementaba el de nobles y eclesiásticos asistentes.
Para comprender la formación social surgida de la revolución
altomedieval (aunque muy probablemente eso sólo fue así, como se ha
dicho, desde su segunda etapa) hay que entender que fue un orden de
doble poder.
La revolución altomedieval es la revolución cristiana. En ella el
ideario cristiano, el auténtico y genuino, resulta realizado, si no del todo
al menos en una parte notable. Así pues, quien desee profundizar en el
conocimiento de su sistema primordial de ideas tiene que acudir a los
textos fundacionales del cristianismo, aún sabiendo que están bastante
adulterados y modificados. Junto con el Apocalipsis conviene leer los
Hechos de los Apóstoles, determinantes para inteligir el asunto que nos
ocupa, además del evangelio y las cartas de San Juan, por lo menos.
Estos deberían se complementado con escritos del cenobitismo cristiano
altomedieval, en particular diversas reglas monásticas, aunque son bien
difíciles de localizar, al no haber ni reediciones ni estudios objetivos
asequibles al lector medio.
Dicho vacío no debe tomarse como simplemente casual, pues todo
acontece en este asunto como si hubiera una voluntad firme en las
alturas del poder establecido de ocultar a la opinión pública la realidad
del cenobitismo, o monaquismo, cristiano revolucionario, aunque es un
componente decisivo de la historia de Europa y de Iberia. Ese vacío
contrasta, pongamos por caso, con la enorme masa de textos
apologéticos institucionales11, sin fundamento ni verdad, sobre al
11

Una manifestación concreta de ello es la reedición en 2004 de la obra más
importante de Ignacio Olagüe, “La Revolución islámica en Occidente” con el
apoyo y la ayuda de la Junta de Andalucía. Además del resto de las cuestiones
implicadas, ya citadas, ¿no sabía la Junta, entonces gobernada por la izquierda, que

Andalus, elevado a modelo de sociedad perfecta, a edén paradisiaco. La
historia de Europa, por tanto la historia del cenobitismo y de la gran
revolución emancipadora altomedieval, tiene que secularizarse para
hacerse asequible a creyentes y no creyentes, a los miembros de todas
las religiones y también a los agnósticos, deístas y ateos, que hoy son el
25% de la población europea12. Es exige el respeto más escrupuloso por
la verdad, la más rigurosa imparcialidad y objetividad al investigarla,
estudiarla, contarla y escribirla.

El final del fuero de 1202 y del concejo abierto en la villa de
Madrid
El régimen de concejo abierto de Madrid villa queda abolido en el
año 1346, cuando el rey Alfonso XI ordena sea sustituido por un
concejo cerrado de 12 personas designadas por él. En algunas aldeas de
la Tierra se mantiene, aunque con merma continua de atribuciones y
prerrogativas, casi hasta el presente, si bien limitando su ámbito de
actuación a la propia aldea.
Derogado de facto el fuero de Madrid en 1346 es anulado además
de iure dos años después, en 1348, cuando el Ordenamiento de Leyes
promulgado en las cortes reunidas en Alcalá de Henares establece que
es función del soberano, y no del pueblo hacer las leyes. Por tanto,
dicho ordenamiento se eleva a legislación general para Castilla,
quedando rebajado el derecho consuetudinario local, así como el foral, a
cumplir irrelevantes funciones de legislación supletoria. Dicho asunto
muestra, además, que las cortes estaban ya en manos del rey y no del
pueblo, como había sucedido en los orígenes de la institución.

estaba contribuyendo a editar el libro de un jonsista, de un nazi? Llama
poderosamente la atención que prácticamente toda la izquierda española, así como
los intelectuales de este signo, defiendan ante la cuestión de al Andalus las mismas
posiciones que nazis, fascistas y franquistas, valiéndose de los falaces y delirantes
argumentos de Olagüe sin limitaciones.
12

Los muy escasos trabajo sobre el cenobitismo cristiano son de autores
eclesiásticos, que viven al margen del mundo contemporáneo y han perdido el
contacto con la realidad, de manera que de muy poco sirven en el siglo XXI. Esto se
manifiesta en que ofrecen enfoques y tratamientos irrealistas, absurdos e incluso
penosos de esa cuestión, aún obrando con la mejor voluntad. Es el caso de “La
tradición benedictina. Ensayo histórico”, tres tomos, de García M. Colombás.
Un libro que podría de ser de interés para el lector culto, “Pacomio. Reglas
monásticas”, Ramón Álvarez Velasco, al ocuparse del padre del movimiento
cenobítico, el egipcio Pacomio que actuó en el siglo IV, resulta decepcionante. Estos
asuntos deben ser tratados con ánimo de llegar al gran público, no para quedarse
en el cada día más pequeño ámbito de los católicos piadosos.

La intervención real contra el sistema de asambleas populares
matritense en el año citado tiene antecedentes en lo jurídico. Está la ya
citada Carta de Otorgamiento de 1222, donde por primera vez el
monarca aparece como legislador en Madrid, si bien junto al concejo
por el momento. Está también el tortuoso otorgamiento del Fuero Real a
Madrid, en 1256, por Alfonso X, que la villa rechaza (aunque en
precario), por no ser derecho de elaboración propia y porque el rey se
atribuye con él un poder que no le compete, el de hacer las leyes para la
comunidad popular. En 1262 y 1264 el mismo monarca concede
franquicias y privilegios a un grupo de caballeros villanos de Madrid, lo
que les eleva por encima de sus vecinos, haciendo de dicho colectivo un
aliado sólido y fiable del monarca para introducir la desigualdad política
y económica en la villa.
A todo lo expuesto se une la redacción del Código de las Siete
Partidas por un equipo de juristas a las órdenes del rey Alfonso X,
terminado hacia 1265, asunto de una gravedad difícil de exagerar, pues
por sí mismo y por sus objetivos fue un golpe de Estado. En lo jurídico
resulta ser un retorno, por los procedimientos y contenidos, al derecho
romano y a su expresión última peninsular, el “Fuero Juzgo” godo (o
“Liber Iudiciorum”), que se propone liquidar el derecho popular y
consuetudinario emanado de los concejos. Con todo esto la revolución
de la Alta Edad Media es contestada y revertida, en lo que fue una ola
anti-revolucionaria persistente, bien pensada y contumaz. A lo anterior
se ha de añadir que las milicias concejiles se van desnaturalizando y
liquidando a lo largo del siglo XIII, dudándose de su existencia a
comienzos de la siguiente centuria, lo que deja al pueblo inerme ante la
minoría poderhabiente. El servicio de armas como deber cívico y
fundamento último de las libertades populares es sustituido por una
prestación económica, por el pago de un tributo, la fonsadera.

Lo expuesto muestra que el acto liberticida y despótico de 1346 13
tiene antecedentes de bastante significación.
Es cierto que tras 1346 las asambleas populares en Madrid
continúan reuniéndose de vez en cuando, sobre todo en situaciones
excepcionales y ante problemas particularmente complicados o graves,
pero ya el sistema de autogobierno del concejo, tan complejo, está roto y
desarticulado, con neta separación además entre la villa y la Tierra 14. A
partir de aquella fecha el poder de la monarquía crece y crece,
llegándose a finales del siglo XV, bajo los Reyes Católicos, a constituirse
como un aparato estatal con todas sus atribuciones e instituciones,
entre ellas el sistema de corregidores, o tiranos públicos impuestos por
13

Sobre el muro del edificio que ocupa el solar que fue de la parroquia de San
Salvador, situado en el tramo de la calle Mayor de Madrid enfrente de la Plaza de la
Villa, hay una placa con la siguiente leyenda, “En este lugar se alzó la iglesia
parroquial de San Salvador demolida el año 1842. En ella celebraron durante más
de tres siglos sus sesiones públicas los regidores del Concejo de Madrid, creado por
Real Cédula de Alfonso XI el 6 de enero de 1346. El Ayuntamiento de la villa en el
DCXXXVI aniversario de su fundación. 14 de mayo de 1982”. Para ser respetuosa
con la verdad histórica, dicha placa debería haber advertido que el citado rey lo que
realmente hizo de tristemente notorio fue abolir el concejo abierto anulando el
régimen de autogobierno por asambleas del pueblo madrileño, de donde surgió lo
que dicho texto denomina torticeramente “Concejo de Madrid”, cuando tendría que
haber dicho “Concejo Cerrado, Regimiento o Ayuntamiento de Madrid”. La cosa es
más grave porque, muy probablemente, la permanente del concejo abierto debió
sesionar también en el mencionado templo, lo que tenía que haber sido recogido en
el lapidario, señalando el enorme retroceso político y social que el obrar del citado
monarca significó. Esta adulteración de la historia fue obra del ayuntamiento de la
izquierda, que estaba en el gobierno de la villa en 1982, siendo alcalde Enrique
Tierno Galván, del PSOE. La izquierda se niega a admitir la verdad sobre nuestra
historia medieval, que falsifica en un sentido irracional y antipopular. Su idea fija es
ocultar la existencia y realidad del concejo abierto. Es indecoroso e incluso fullero
que dicha placa presente favorablemente al rey más liberticida del medioevo
castellano, por no hablar de su loa implícita a la institución de la corona, denostada
con rigor y pasión por Beato de Liébana, el más importante pensador de la Alta
Edad Media hispana. Ni siquiera la influencia de un historiador del derecho tan
notorio como Francisco Tomás y Valiente, próximo a la izquierda, ha logrado que en
su seno se imponga algo de verdad sobre estas materias. Tampoco le llega las obras
de los autores alineados en el ala radical del liberalismo del siglo XIX, de Martínez
Marina a Sacristán y Martínez, sin olvidar a Muñoz y Romero (que publicó una
“Colección de fueros municipales y cartas pueblas” ya en 1847), en las
cuales se exponen verdades tan sustantivas como innegables sobre las
instituciones políticas, las libertades populares y el derecho del universo medieval
hispano.
14

Acerca de la vida madrileña en la fase de declive y anulación de su sistema de
autogobierno popular puede consultarse “El Concejo de Madrid en el tránsito
de la Edad Media a la Edad Moderna”, Carmen Losa Contreras. Un texto que, en
contradicción con su título, apenas se ocupa del régimen de concejo abierto, al que
trata con desdén a la vez que respalda la acción totalitaria de 1346, es “El Madrid
medieval”, Manuel Montero Vallejo. Con libros como ése es imposible comprender
con objetividad, amor por el pasado y sentido cívico nuestra historia.

el rey a las villas y ciudades, que además expoliaban al vecindario con
un régimen tributario oneroso.
Con el establecimiento de un régimen de gobierno oligárquico y
dictatorial en Madrid villa en 1346 se inicia la reducción y
desnaturalización del patrimonio concejil, con privatizaciones de
tierras, ingenios hidráulicos, inmuebles, etc. Ya antes había un tipo de
propiedad privada, precisamente la de quienes eran parte del aparato
de la corona, o estatal en embrión, donada por la institución a los
suyos, que se diferenciaba claramente de la propiedad colectiva, concejil
y familiar, del pueblo. Los reyes, los regidores por ellos nombrados, los
caballeros del rey, el alto clero y otros prebostes fueron apoderándose,
por procedimientos varios, de porciones notorias de los bienes
concejiles. Una forma de privatización que se detecta con facilidad es la
que resulta de los elevados emolumentos que perciben los oficiales y
funcionarios de la corona en Madrid, abonados con los fondos
provenientes de la fiscalidad15. Con el dinero así logrado adquieren
edificios, fundos, rebaños y otros bienes comunitarios, e incluso se
hacen con partes de los patrimonios familiares de las clases modestas.
Todo ello ocasiona una estratificación social en ascenso, ya significativa
a mediados del siglo XV, que antes no existía. Una vez más el monopolio
del poder político y la acción del Estado llevan a la difusión y expansión
de la propiedad privada concentrada.
Corolario
Finalmente, el conflicto entre “palatium” y “concillium” es ganado,
tras siglos de feroz y continuada contienda, por el primero. El orden
asambleario había durado en la villa de Madrid 261 años, los
transcurridos entre 1085 y 1346. La revolución altomedieval hispana
venció a su formidable enemigo exterior, el Estado islámico andalusí,
pero sucumbió ante su enemigo interior, los aparatos estatales de las
diversas monarquías hispanas. Aún así se mantuvo durante siglos y
15

El libro “Madrid en el tránsito de la Edad Media a la Moderna”, VVAA,
menciona a los grupos de altos funcionarios que medraron y se hicieron propietarios
tras la culminación de la estatización del gobierno de Madrid en 1346. Se refiere a
la nobleza de servicios (contadores, secretarios, consejeros y tesoreros reales),
escribanos, bachilleres, notarios y oficios jurídicos, alcaides del alcázar y similares,
así como a la nobleza urbana, y sin olvidar a los regidores. Todos ellos percibían
suculentos honorarios de la corona, que en parte invertían en bienes inmuebles,
urbanos y rústicos. De ese modo una porción creciente de las tierras de labor,
huertos, majuelos, viñas, sotos, ejidos, prados, dehesas, pesquerías y bosques de
propiedad comunal fueron siendo privatizados, al ser vendidos por el concejo
cerrado a esos funcionarios. Conviene advertir que el cargo de regidor del
ayuntamiento, instituido por Alfonso XI, era vitalicio… Para un más amplio
conocimiento del proceso de expansión del ente estatal castellano en ese tiempo
acudir a “Guerra y fortalecimiento del poder regio en Castilla. El reinado de
Alfonso XI (1312-1350)”, Fernando Arias Guillén.

creó mentalidades, ideales, valores, modos de ser de la persona, actos
existenciales e instituciones de notable valía, algunas de las cuales
subsisten (aún hay algunos millones de hectáreas de tierras comunales
y todavía permanece el concejo abierto en muchos cientos de aldeas),
aunque en trance de definitiva disolución. La trayectoria histórica global
de dicha revolución ha sido, por tanto, de 1.200 años.
No es recomendable especular con lo que pudo haber pasado si
alguno o todos los actores históricos de un acontecimiento hubieran, en
un momento dado, obrado de otro modo, pues los hechos de la historia
son los que son y no pueden cambiarse. Pero en este caso quizá
convenga hacer una excepción esbozando una de las posibilidades que
no realizó el decurso histórico pero que pudo haber realizado. El motivo
es comprender mejor lo que fue a partir de lo que tal vez podría haber
sido.
La liberación de Sevilla de la dominación del Estado islámico
andalusí en 1248 equivalía a la definitiva derrota estratégica de éste,
que si bien conservaba algunos territorios en la península ya no era
enemigo de talla para la revolución altomedieval hispánica. Que se
había producido un cambio medular de naturaleza estratégica lo
comprendió bien la corona, que sólo unos pocos años después, en 1256,
inicia a lo grande su ofensiva política, emitiendo el Fuero Real (ya había
tomado anteriormente numerosas medidas en la misma dirección,
aunque todas de pequeña significación y algunas meros tanteos), con el
objetivo final de derrocar el poder popular.
Eso era inevitable, y la estrategia del régimen concejil tenía que
haber sido pasar a considerar a la institución de la corona como
enemigo principal una vez dislocado y minimizado el poder andalusí.
Esto podría haberse realizado con un programa de culminación para la
mutación medieval como el que sigue: 1) todos los vecinos de las
ciudades, villas y aldeas deben acatar el poder de concejo y sólo a éste,
rompiendo con el aparato monárquico, lo que pondría fin al “palatium”
en cada localidad, 2) incautación sin indemnización de todos los bienes
de la corona y de sus oficiales, así como los de la nobleza civil y
eclesiástica, que se integrarían en los patrimonios concejiles, 3)
exclusión del rey, sus oficiales y los nobles de las cortes, para hacer de
ésta exclusivamente una junta de portavoces de los concejos, 4)
disolución de las mesnadas real y nobiliarias, quedando las milicias
concejiles como único aparato militar y de orden público legítimo, 5) el
monarca y los miembros de la curia regia escogerían un municipio

donde afincarse como simples vecinos, viviendo del trabajo de sus
manos.
Con estos cinco puntos la revolución habría predominado, y de
ese modo pervivido. Una sociedad como la estudiada, que tuvo un
sistema de doble poder, el “concillium” y el “palatium”, es inestable y ha
de culminar con la victoria de uno u otro, no pudiéndose mantener
indefinidamente dicha dualidad. Es probable que si el orden concejil
hubiera formulado un programa similar al de los cinco puntos de arriba
hubiera estallado una guerra civil, iniciada por el aparato monárquico,
pero en el terreno militar la superioridad de los concejos, siempre que
se unificasen en las cortes, era cierta hasta finales del siglo XIII, y
podrían haber vencido. De hecho, la promulgación del Fuero Real por
Alfonso X tenía que haber sido contestado con un alzamiento general de
todos los concejos de Castilla, no sólo para deponer al rey sino para
extinguir la institución real. Pero si bien se atacó con fuerza a aquel
monarca se pusieron esperanzas absurdas en su heredero, Sancho IV,
quién alimentó tales quimeras desmovilizadoras con promesas
demagógicas que luego, como es natural, incumplió.
En la realidad, la respuesta del sistema concejil a las
provocaciones y agresiones de la corona, que existió y tuvo cierta
importancia, fue defensiva, timorata, parcial y falta de cualquier
perspectiva estratégica. Consistió en resistir a éste y al otro acto
despótico del monarca, a menudo lanzando amenazas que luego no
cumplía, retrocediendo paso a paso, a fin de cuentas, batiéndose en
retirada. No hay noticias, pongamos por caso, de que el pueblo de
Madrid se opusiera significativamente al acto liberticida de 1346,
aunque se sabe que eso sucedió en alguna villa castellana. Tras esta
desdichada actuación están los defectos, errores y desaciertos de la
revolución altomedieval, que ahora no pueden ser expuestos por mor de
la brevedad pero que existieron y han de ser investigados. Es verdad, y
se debe insistir en ello, que Castilla vive el último tercio del siglo XIII en
una situación de pre-guerra civil difusa, originada por la presión de la
corona para hacerse con porciones crecientes y decisivas del poder de
mandar, hacer las leyes y gobernar, lo que encuentra una continuada
aunque falta de perspectivas e irresoluta resistencia popular, concejil.
El momento final de todo ello fue el ya descrito.

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