las muertes de

Katriuska

Adriana Bañares

Los textos que se presentan a continuación fueron publicados en el blog Las Muertes de Katriuska entre abril de 2007 y febrero de 2009. http://laninfasolitaria.blogspot.com

las muertes de Katriuska by Adriana Bañares is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License

Chocolate Buenas tardes. Me presento ante ustedes con el nombre que merezco. Con aquella denominación que mejor me define: Autista Ninfómana. Es de risa, lo sé. Pero es como me siento. Soy tímida desde que nací. Dudo hasta de que el día de mi nacimiento hubiera soltado un mínimo gemido de dolor. Callada. En el colegio me decían: "eres muy callada". Y, sí, es cierto. Y lo sigo siendo. Pero tengo una especie de don magnético que excita. De manera más o menos inconsciente, estoy continuamente insinuándome, queriendo provocar.

Me excita que me miren. En clase paso las horas muertas jugando con el boli, rozándolo con mis labios. Paso las horas mordiéndome los labios, jugando con mi pelo. Y en casa, jugando con mi vibrador.
#1 Contra la pared Paseé desnuda por la habitación, con los ojos cerrados, acariciando la pared. Sabía en qué estabas pensando, sabía que querías que me fuera. No soportabas tenerme cerca ni un minuto más. Mi presencia te enloquece, porque nunca sabes qué es lo que quiero. Nunca podrás adivinar si existo... Me apoyé contra la pared. Sentí los pelillos de la nuca erizarse. Sentí un aura frío a medio centímetro de mi piel. Por todo mi cuerpo. Me estabas mirando. Pero yo seguía con los ojos cerrados. Apoyada en tu pared, invadidos todos los poros de mi piel por tu mirada, me sentí perdida, ausente. Incapaz de pensar en nada. Me había olvidado de respirar. Sólo mis manos eran capaces de reaccionar a aquello. Sólo mis manos fueron capaces de abrazar mi esencia, darme calor. Recorriendo mis dedos suavemente por mi cintura, rodeando el ombligo, subiendo hacia mi pecho, introduciéndose lentamente en mi boca, bajando hacia el reino de tu placer. Dándome todo lo

que tú no pudiste ofrecerme. No emití ni un solo gemido. Sólo suspiraba, porque no soy capaz de hablar, de expresar ni un solo sonido. Suspiros rápidos, entrecortados, suaves. Silencio. Y tus ojos puestos en mí. Este aura frío. Te acercaste a mí, me gritaste, me agarraste. Suplicaste que me fuera. Abrí los ojos, enfoqué mi vista con fuerza hacia los tuyos. Como un rayo de

luz, te dejé ciego. Me agarras, me elevas bruscamente en tus brazos. El gotelé de la pared no entiende de pasiones. Y celoso sesga la piel de mi espalda, convirtiéndola en jirones. Escuece, pero teniéndote dentro, nada duele. Sólo es otra pequeña muerte. Sólo una más... ¿Volverás a verme? Jamás.

#2 Pelusas Me descalcé y caminé así por todo el piso, a veces riendo, a veces dando saltitos. Me sentía como una retrasada mental, lo cual resulta más humillante y menos delicioso que sentirse como una loca. - ¿Quieres hacer el favor de ponerte los zapatos? El suelo está lleno de pelusas. No le respondo. No le hago caso, ni mucho menos. No hay ni un solo mueble, y el eco repite incluso el sonido de mis pasos indigentes sobre el parqué. Un parqué repleto de pelusilla. Ni siquiera aún está seguro de si quiere vivir ahí, y, sin embargo, ya me ha invitado a subir. Se acercó a mí y detuvo mi líquida coreografía

amarrándome desde atrás por la cintura. Reí, meneé un poco las caderas y al fin decidió deslizar sus manos por debajo de mi falda. Lo que mi cuerpo experimenta al sentir unos dedos masculinos bajar mis bragas es algo casi indescriptible. Todo el vello de mi cuerpo, al notar cómo un pene crece apoyado en mi trasero, se eriza inmediatamente. Es el delicioso placer de la excitación, de eternizar el sentimiento de impaciencia, abandonándome como si estuviera enamorada. Todo el suelo está lleno de pelusas, pelusilla rosa, dulce. Me arrojas al vacío, cual cigarro consumido, para luego abalanzarte sobre mí con apetitosa ansia. Las pelusas, negras, grises, pesadas, revolotean traviesas de un lugar a otro. Pero no desaparecen: se multiplican. Se multiplica mi excitación, (rosas) tu fuerza, (pesadas) mi vulnerabilidad, (negras) tu virilidad, (dulces) mi lujuria, tu lascivia, mis pezones, tu polla. Ya no queda de mí más que una blusa rota en el suelo y un sujetador abandonado con desprecio en la esquina de un salón sin amueblar. No quisiste quitarme la falda, y en mi pelo alborotado se fundieron miles y miles de pelusas hambrientas. Rosas, pesadas, negras, dulces.

Tu lengua es como una tira de pica pica. roja, rosas, áspera, pesadas, fina, negras, ácida. dulces. ¿Qué sientes? Silencio. ¿No sientes nada? Silencio. Me abofeteaste, me mordiste un pezón. Y me reí de todo, porque me hacías muchísima gracia, desesperándote sin razón. No sabías que en tu desesperación encontraría el éxtasis, el máximo dolor. El exquisito dolor, el dolor que me encadenaría a ti y me liberaría de mí misma. Por cada embestida, perpetrada con gran fuerza, intentando

castigarme. Follándome sin emotividad, sólo ira, sólo desesperación, como una terrible violación. Sentir que desgarras mi interior, que destrozas mi pecho con tus dientes. Ya no lames, muerdes. Ya no follas, violas. Ya no acaricias, pellizcas. Y mi pelo lleno de pelusas, Como tu boca y tu lengua. Tu lengua, roja. Mi coño, rosa. Tu ira, mi dolor. Mi dolor, mi orgasmo. Mi orgasmo, tu felicidad. Tu felicidad... Suavidad. Sólo es otra pequeña muerte. Sólo una más... ¿Volverás a verme? Jamás. Ya no me sirves.

#3 agua Hago sonar mis dedos contra la mesa, incordiándote. Te miro, para después agachar de inmediato la mirada. Y sonreír, y volver a ronronear. - Si no hablo yo, estamos apañados. – Me dices. Vuelvo a ronronear. Es lo más que puedo hacer. Nunca escucharás el sonido de mi voz. Ladeo mi cabeza, de un lado a otro, como si estuviera bailando sin poder bailar, y dejo de chocar mis dedos sobre la mesa, posándolos sobre mi pelo, enredando cada mechón entre mis manos. Oigo tu respiración, cada vez más cerca. Primero en mi oreja, bajando hasta el brazo, subiendo de nuevo hacia mi nuca. Las yemas de tus dedos, un poco ásperas, rozan la piel de mi cuello. Me siento como una muñeca de cristal, a punto de quebrarse. Pero tú no quieres que me rompa, al menos no por el momento, y por eso acaricias con tanta suavidad: más que tocarme, susurras sobre mi piel. Bajas hasta el pecho, sin dejar de mirarme. ¡Rómpeme! Quiero que rompas este sujetador, quiero que me destroces, que me devores. No quiero otro niño tierno; aquello ya se pasó con la pubertad. No quiero besitos, no quiero cariño; quiero que me hagas daño. Quiero que me revientes el corazón, y no de amor precisamente.

Harta de tanta estupidez, me voy al baño, creyendo que el agua de la ducha me otorgará el placer que merezco y el cual parece tú no eres capaz de darme. Pero no lo consigo. Me siento frustrada, impotente, totalmente desvalida: si yo no puedo darme placer, ¿quién podrá? Y me apoyo en la mampara, dejando que el agua purifique las heridas de mi espalda. Otra vez, esos dedos susurrando sobre mi piel. Recorres mi espina dorsal con tus manos, mientras besas mi nuca; antes de aferrarme a tu cuerpo amarrando mi cintura. Noto tus vaqueros, empapados, chocar contra mí. Un roce que me basta para suspirar, resignada: has logrado excitarme. Subes tus manos hasta tapar con ellas mis pechos. Y apretarlos, levantarlos, juntarlos... El agua cae sobre nosotros, uniéndose a tus labios, aún entretenidos con mi nuca. Giro la cabeza, en busca de una boca que besar, para luego quitar tus manos de mis pechos. Ahora quiero tocarme yo, sentir mi propia piel, notar el endurecimiento de mis pezones, e ir bajando, lentamente, por mi cintura, y reencontrarme con tu cuerpo. Me agarras aún con más fuerza, y me das la vuelta. Me tienes frente a ti: una vez más, contra la pared. Mirarme a los ojos te ha hecho recordar quién soy. Has recordado mi silencio, mi impertinencia, mi falta de madurez. Mirarme a los ojos te ha servido para odiarme. Encarcelas en tu mano derecha mis dos muñecas y las levantas por encima de mi cabeza.

Enhorabuena: ahora me tienes a tu entera disposición. Sin haberme soltado, vuelves a mirarme. No puedo soportarlo, cierro los ojos, y apoyo la cabeza sobre el hombro izquierdo. ¿Es ternura lo que ahora sientes hacia mí? ¿Por eso acaricias mi pelo? No, no puede ser ternura cuando me tienes inmovilizada con la otra mano. Siento que soy tu esclava, tu puta, tu muñeca de cristal. Una parte de ti quiere matarme, follarme, romperme. Otra parte quiere quererme, amarme, protegerme. Fóllame, rómpeme. Besas mis labios, mi cuello... mi pecho. Te miro desafiante y logro liberar mis muñecas. Tú me atrapas cogiéndome por la cintura. Pero yo no quiero eso... Y voy bajando... Hasta quedar de rodillas frente a ti. Miro un segundo lo que me espera, y curiosa te desabrocho el pantalón, y por un segundo pienso que no hay caramelo en este mundo que desee introducir en mi boca más que eso.
#4 Petropavlovsk-Kamchatsky - Tocarte es una odisea. - Llorar es un signo de inmadurez. Pensar que quiero pasar una noche entera contigo es una soberana estupidez. Pedirme que me quede, una pérdida de tiempo. Que no quiero, que no. Que no quiero que me veas dormida, no. Que no quiero relajarme. Que no. Que no quiero sentir tu

respiración mientras sueño. No quiero que te apropies de mis sábanas con tu olor. Que no, que no, que no quiero. Te di cada uno de los poros de mi piel. Tú me reclamas una noche. Pero yo pido que te vayas. Era tierno, era suave. Era dulce, era tímido. Como yo. Quién me dijera en su momento... ¿Fui yo? Me dije: es perfecto. Y temí. No hay perfección. No existe, ni para ti, ni para nadie. No existe, no. No existe. Si te vi así... No hay amor. No existe, ni para ti, ni para nadie. No existe, no. Ni te veo así... Por eso no puedo, no puedes. No quiero que te quedes. Déjame sola, en mi silencio. Déjame esta noche mirar por la ventana. Déjame para siempre, sumida en la alegría

interna. Perdida en mi infinito, viendo el horizonte, soñando que soy un hada, como cuando era una niña. Como cuando paseaba por mi añorada PetropavlovskKamchatsky... Qué importaba por aquel entonces la playa. El calor, como el frío, eran tan sólo dos conceptos, nunca sensaciones. Sólo llenarme de mí, introduciéndome en el vacío de mi existencia, reencontrarme con esa niña. Y bajar a la playa, en esta noche de mayo, con aquel pareo blanco que compré al llegar aquí. Como una suave sábana de seda protegiéndome. Como las sábanas que debieron acompañarme la noche que descubrí el placer. Como las sábanas de seda que te protegieron... Bajaré con el pareo. Sólo con el pareo, porque demasiado tejido corromperá mi piel, mi ser. Porque si no siento la brisa, me convertiré en un cachito de plástico. En una muñeca fantasma. Y bajé...

Bajé con el pareo... Y un sentimiento de extrañeza, intentando redimir mis actos con imágenes de la melancolía, acompañó mis pasos por la orilla. Un concepto, una sensación. El sonido del mar es sólo un ronroneo inmortal, el eco de una vida. El agua que acaricia mis pies, la arena húmeda. El viento me desnuda, pero no lo siento. No siento nada que sea ajeno a mi mente, ni las lágrimas, ni el frío, ni el agua... Sometida al nirvana. Embriagada de mí, embriagada por un pasado que no fue feliz, borracha de recuerdos de una vida que no viví. Tan llena de una confusión que juega con mi equilibrio, me convierto en el pareo y ruedo por la orilla, movida por el viento. Etérea, soy un fantasma desnudo y solo en esta playa. Soy algo abandonado. ¿Por quién? Por mí. Soy un cuerpo, y él lo supo. Sólo un cuerpo... Unos ojos verdes ofreciendo ayuda azul a un cuerpo blanco. Unos brazos intentando ayudarme. Alguien me abraza, y al

principio no lo noto... aún no he vuelto en mí, pero siento frío húmedo en las mejillas. Siento lágrimas de humillación. A veces no lo puedo evitar... No puedo evitar ser humana. - ¿Eres una sirena? No sé sonreír. Pero siento que es el momento. Pero no lo haré. No quiero ser humana. Sólo quiero ser un cachito de plástico. Por eso le beso, Por eso le pellizco, Por eso muerdo y por eso me arrodillo. Porque no vale para nada más, porque esta noche tampoco soy humana, sólo soy silencio y lágrimas. Sólo soy una sirena jugando con un hombre, y como Lillith beberé de su esencia para nutrirme de la humanidad de la cual carezco. Y le dejaré marchar después, o me iré yo. Dejaré que sus manos acaricien mi piel, que el agua purifique esa arena que manchamos de placer. Dejaré que se introduzca en busca de mi éxtasis y en busca del suyo propio. Dejaré que su aliento se pose en mi nuca cuando, hundiendo mis rodillas y mis manos en el barro de

esta playa, observe esta luna llena que vaticina el verano sobrevolando el horizonte. Pues no hay imagen más bonita que un mar iluminado por la luna llena. Y la luna me mira con tristeza, mientras él se mueve dentro de mí, mientras yo grito. Ya ni sé qué es el dolor. No sé qué es el placer. Quizá no importen: como el frío y el calor en Rusia, sólo serán conceptos rozando una piel insensible. Y cuando se corra, cuando yo también haya alcanzado el punto máximo de humanidad y deje de ser una sirena añorando el

horizonte, dejaré de mirar a la luna. No le diré adiós, pues me importará casi tan poco como él... Y manchada de barro y semen, desnuda y silenciosa, me introduciré en esta playa, borraré con el agua todos mis recuerdos y entraré de nuevo en casa. Miraré por la ventana, me olvidaré de ti y me meteré en la cama. Sola. Me meto desnuda en esta cama de uno cincuenta, recordándote en el tacto de las sábanas. Condenándome a estar sola.

#5 Primera Vez Estaba borracha y despeinada. Confusa, extrañamente feliz y engañada. Pero también me sentía humillada. No fue bonito. Todo fue un desastre y sabía que me había dejado usar cual muñeca hinchable. Sabía que todo era mentira, pero no lo podía aceptar. Por orgullo, fingiría que fue genial ante mis amigas. Fingiría que él estaba enamorado de mí. Pero sabía que no habría beso. No habría nada más. Me acompañó a casa. Pero sabía que no habría beso. No

habría nada más. La pared izquierda del portal era un espejo, así que miré hacia otro lado y solté lo que en verdad sentía: - No me quiero ni mirar. - Pues yo sí. No lo reconocí, porque tampoco fue así, pero follarte a una virgen puede resultar divertido. Si la virgen está en un estado alto de embriaguez... Eso es de cobardes. De violadores. Desde aquel día nunca me miro en el espejo al volver... No soporto verme con el rímel corrido. Por llorar. Por odiarme. La que no se mira en
#6 Baba Yaga

el espejo soy yo. La que no se enorgullece. Esa soy yo. No doy detalles de aquel primer encuentro a partir del cual me convertí en esta autista ninfómana... No porque fuera traumático, sino porque el whisky que bebí me impidió guardarlo en la memoria como algo más que imágenes oníricas. De una pesadilla. Un año más tarde me envió un mail: “Perdóname por todo lo que hice y no te gustó.” Pero quien sigue sin mirarse en el espejo soy yo. La que no se enorgullece. Esa soy yo.

- ¿Nunca te han dicho Te Quiero mientras hacías el amor? - Nunca he hecho el amor. Nunca me han dicho te quiero. ¿Para qué? ¿ Acaso eso cambia algo? No me valgo de mentiras. No necesito que me mientan... - No siempre es mentira. Te quiero. Maldita sea, ¿qué ha dicho? ¿Por qué? Me tiemblan los párpados, los labios. Él sigue moviéndose, dentro de mí, pero no me está gustando nada. No necesito que me mientas. No deberías ser tú quién me dijera esas cosas... No quiero... ¿Qué haces? – Te empujo cuando intentas besarme. ¿Qué pasa, acaso eres una puta? Vete de aquí, vete. ¡Lárgate de mi casa! ...No te entiendo. Mírame a los ojos. Mírame, maldita sea: ¡quiero que me mires! No...- Sigo mirando al parquet. Él no puede ver estas lágrimas. No son suyas. – Tengo miedo... a que me los arranques. - ¡Madita zorra! Cree el ladrón que todos son

de su misma condición. - Nunca había escuchado esa frase, ¿es tuya? - No, es un dicho popular. El calor mediterráneo, la pasión de la que me hablaron cuando me fui de Rusia, es una falacia. Os valéis de tradiciones, de dichos populares. A veces extraño el frío... - Puta. Levántate y apóyate contra la mesa. Ni siquiera me das tiempo. Me pones contra la mesa, me subes el vestido y me penetras. Maldito hijo de puta... no me has dado tiempo... - ¿ahora gritas? Me hace daño, pero no pienso decirle que pare. No quiero darle a entender que me duele, que me molesta. Más me ha dolido ese te quiero, esa mentira. - Estáis llenos de prejuicios... ¿Este es el calor que encontraría en la gente de este país, del que me hablaron cuando me fui?

- ¿Quién me habla de prejuicios y tradiciones? ¡Una puta en cuyo país creen en las brujas del bosque!. - Baba yaga. – Musito. - ¿Qué? No lo soporto. No soporto que hable entre jadeos. No aguanto más, ¡me da asco! Me muevo bruscamente, golpeo con fuerza mi pierna contra él, para lograr desprenderle de mí y salir corriendo después. - ¿Se puede saber qué haces? Estoy en el extremo opuesto de la habitación. Apoyada contra la pared. No dejo de llorar, ¿qué ha pasado conmigo? ¿Dónde está la autista sin emociones? ¿Por qué no estoy, como siempre, en silencio follando, jugando a ser inmortal?

- No te acerques, por favor. Es mejor que te marches. Te agachas frente a mí, me miras directamente a los ojos. - Sólo quería asegurarme... Y sí, eres sólo una fulana más. - ¡Cállate! ¡Calla! – Golpes sobre tu pecho. Pum Pum Pum Sigo azotando tu torso, aún sudoroso. Zas Zas Zas Vete, vete, vete, vete. Saco mis manitas y las pongo a bailar, las abro, las cierro y las vuelvo a guardar. Saco mis manitas y las pongo a danzar, las abro , las cierro y las vuelvo a guardar. Saco mis manitas y las pongo a palmear, las abro, las cierro y las vuelvo a guardar.

Si piensas seguir pegándome, esmérate más. No consigues hacerme sentir nada. Los deditos de la mano, todos juntos estarán; si los cuentas uno a uno, cinco son y nada más. Los deditos de las manos, estirados los verás; Miau Miau, maúlla mi gato, miau, miau, muy enfadado, porque quiere que le compre, un lacito colorado, y yo no se lo he comprado. miau, miau, maúlla mi gato miau, miau, muy enfadado,

si tú cuentas las dos manos, cinco y cinco ¿qué serán? Tírame al suelo, hazme sangrar.... ¡Sólo consigo sentirme viva por esa vía! Haz que me desinfle, que deje de sentir. No dejes que vuelva a llorar por el recuerdo... nunca más. porque quiere que le compre, un lacito colorado, por qué me gusta enfadado, miau, miau, maúlla mi gato.

#7 Без чувств No percibo nada en el ambiente que me haga capaz de tomar conciencia de mi alma. No hay nada en ti, tampoco en mí, por supuesto. En mí.. En mí no hay nada. Vacía, hueca, ausencia de mitad en una naranja.

No hay soledad, aquí no hay sitio para eso. Quién es el rey del instinto asesino, mi sitio, mi plaza, tu cuerpo, mi boca. Egoísmo, pérdida. ¿Yo una perdida? Miré a través. A través de tu rostro, tu lengua, tu ropa. Quítame la ropa. Me mientes, copias, debes, superas. Intentas. Me excitas, me

pierdes. Si me tocas, si me besas. Pero nunca, nunca, nunca... nunca me hables. Si te ríes, si te toco. Te ríes si te toco. Quiero probarte, superar a todos tus amantes; porque puedo, sé que puedo. Sé que puedo satisfacerte, sé que quieres, que me deseas, que te excito. Sé que quieres que lo haga. Que te bese, te acaricie, te haga lo que ellos me hacen a mí. Lo que intentan, quien lo intenta, cuando te besan, te acarician. Si quitan un botón y #8 Beige

se introducen en tu pantalón. O por debajo de tu falda. Dedo a dedo, como pulsando un botón. Que nadie mejor que yo maneja ese interruptor. Y lo sabes, y me quieres. Por eso, por poco, por mucho, por nada. Mi experiencia. Mi cuerpo... De mujer. Por eso quieres que te desnude, Poco a poco, La yema de mis dedos, tu vello, el calor. Tus pechos, tu belleza, tu cuerpo... De mujer.

Hay veces en las que al llegar al orgasmo lloro. Lloro y quien está conmigo pregunta por qué. ... y nunca sé qué contestar. Lloro cuando el sexo ya no es sexo sino sentimiento; y llora mi incredulidad, mi escepticismo, mi inseguridad. Lloran indignados mis sentidos y esta mente que siempre se empeñó en estar fría. Las caricias son más suaves, aunque no pueda evitar clavarte las uñas, y los dientes, a veces. Que me llames puta y me azotes. Repetirte que soy tuya, otra vez. No dejar de gritar, porque me pones, porque me dueles, porque sabes manejar mis

pulsaciones. Porque me conoces y sabes qué me gusta, qué quiero, cuánto te quiero. Has hecho de mi piel una propiedad, como toda yo, me has convertido en parte de ti... Cuando recorres mis piernas con los labios... Si me haces cosquillas y me río, no puedes evitar abrazarme. No sé quién soy. No sé qué ha pasado conmigo. A veces me tiras al suelo. A veces me haces cosas que sólo yo sé valorar. A veces pierdes el control... Cuando me tiras del pelo. Me insultas.

Él sabe lo que me gusta, sabe lo que quiero, cuándo y cómo. Sabe que muero en cada orgasmo, sabe que soy agresiva cuando me hacen daño. A veces. A veces en el pecho, a veces en la boca, a veces me derrito. Un calor inmenso se desborda en mi interior. A veces no sé diferenciar el placer del dolor. Él no sabe, no sabe... no sabe lo que siento... Yo no sé... no sé... No sé explicar, no sé describir. Sólo sé llorar y perder. Perder el control, pedirle que me pegue más fuerte, y suplicarle que sea yo la única. La única.

Una puta, sólo la suya. Sólo soy suya, quiero pertenecerle... Quiero dejar de ser yo, quiero dejar de pensar en finales, dejar de pensar en noches de lunas beige. Lunas beige, lunas beige, lunas beige... Lunas que me espían, siguen viéndome, colándose por mi ventana. Cuando le beso el cuello, cuando estoy sobre él. Cuando a punto estoy de perder la razón... Lunas beige. Cuando me dice "te quiero", lunas beige. Cuando me llama "puta", lunas beige. Si me caigo, si le muerdo, cuando mi boca juega con él. Cuando me fotografía desnuda, empapado mi pecho de él. Mis labios

rojos, mis ojos... Mis ojos brillan... Brillan como el hielo que acecha las noches de Petropavlosk, como las noches en que la luna no es luna... cuando la luna no es beige. Brillan las noches blancas, ensuciadas por una lujuria que trasciende al sexo en esta habitación. Brillan las noches beige. Erizas mi vello, desde el vientre y por detrás a través de toda la espina dorsal. Mi nuca, mi voz... Mi voz, un grito, desgarrador. Ya no sé si es placer... o es dolor. Y volver a llorar, a sentirme más cerca de ti, a suplicarte que estés conmigo. A obligarme ser

superior, cada vez mejor. Ya no sé... no sé si es amor o sumisión. Que en las noches, la luna, la luna beige... Me recuerda, me recrimina, me acecha y me castiga. Me mira desafiante, me dice... Me dice que no es suficiente. Que no es esto sino una máscara. Y mis labios siguen recorriéndote, llevándote a un calor y una humedad que nadie como tú llegó a conocer mejor... jamás. Sintiendo en mi boca la satisfacción, tu placer, cómo cambia al paso de mi lengua, más adentro, movimientos lentos... Que si voy rápido me tiras del pelo, que si lo hago mejor me dices Te Quiero...

Que sabes que lo quiero sentir en mi pecho. Hay veces que al llegar al orgasmo lloro.

Lloro porque la Luna Beige... me vigila de lejos.

#9 джазовый человек Porque no me gusta hablar. Porque te ríes de mi acento, de mis intentos por suavizar las palabras. Por hablar entre susurros. Rojo y negro. Esta oscuridad, violada por un humo azul que dibuja abstracciones hacia el techo, cortándose en los vértices

indefinidos de unas sillas negras o en la tenue luz que emana de unas escasas lámparas, me da tranquilidad. Esta oscuridad, casi granate, traspasada por las notas que brotan del piano, que me erizan la piel, chocan contra mi nuca como pequeños besos. Mis ojos, mis labios, mis manos. Esta luz, casi granate. La oscuridad. Mi quietud. Las sensaciones llegan a tal punto que me meto dentro del piano. Porque tú, pianista anónimo, produces sueños. Con los ojos cerrados, entre todas estas mesas ocupadas por gente incapaz de entender lo que tus manos están expresando. Gente ingrata consumiendo licores que taponan sus oídos, todos sus sentidos. No, ellos no merecen escucharte. Sólo yo, hierática, aparentemente ausente, soy capaz de recoger lo que sientes. Las últimas notas de un jazz desesperado, las últimas notas precipitándose al vacío de cada copa, cerrando una velada de conversaciones impías, vacías. Secos aplausos, ignorantes consumidores que jamás escucharon a Yákov Okun. Vulneran mis tacones el sucio suelo, estremece la negra tela del vestido cada poro de mi piel, hasta llegar a ese escenario oscuro, donde un hombre y su piano, empequeñecidos por la inmensidad del escenario; como dos copas de cristal a punto de quebrarse se preparan para oscurecerse, desaparecer, desvanecerse. Negro ébano. Porque no me gusta hablar, porque no lo veo necesario, no te digo nada. Pero me miras, y tu mano se posa en mi hombro. Es todo tan suave que da frío. Son tus manos tan grandes, tan seguras cuando sujetan mi cintura. Ya vale. No quiero más tonterías. Se acabó. No quiero jugar más. No quiero estar triste.

Sólo quiero que me abraces. #10 Ilyena Pero es tan difícil no caer... Y me dejé llevar... Dije, por qué no, y le dejé pasar. Y por qué no, y le ofrecí algo para tomar. Y por qué no, y puse mis canciones, y le enseñé fotos de Petropavlovsk. Y, por qué no, pensaría él... segundos antes de besarme. Era la tontería, la excusa para dejarlo. Pero, ahhh..., fue tan placentero. El apartamento está vacío. Tan vacío que hay eco. Tan vacío que sólo verlo da frío, y evoca soledad. Mis labios se abren, como dos ramas. Rama de conjunción que se parte en dos, porque tocándote estoy negando a una variable... que está satisfaciendo a esta valuación, que soy yo. Saber que no debo hacerlo, este remordimiento tan jodidamente excitante, me está llamando la atención disfrazado de calambres. Recorren toda mi piel, pero tú los matas con caricias, reavivando una lujuria oculta, incandescente; escalofríos que me hacen arder. Más que besarte... te quiero morder. Y tú, dime, ¿qué vas a hacer? Quieres hacer conmigo cosas que nunca has hecho. Cosas que no has podido hacer con ninguna otra... Y sabes que conmigo sí que puedes. Lo intuyes, lo supiste desde el momento en que me viste por primera vez. Maldita sea... de ti pensé lo mismo. Me tienes atada a la cama, a tu alma; mis ojos vendados, tampoco puedo tocarte. Me pides que te hable en mi idioma, но я не знаю то, что я могу сказать Вам, mientras susurras con tus labios hormigueos de placer en la cara oculta de mis muslos. Sentir el calor, como tu aliento entra en mí. Fóllame antes de que me arrepienta... Quiero... De alguna forma lo necesito. Pero no te veo, no sé quién eres realmente. Es como antes. Hay silencio.

La música ha parado. El aire se ha tensado en la habitación. Poco a poco todo revive, recobra el movimiento. Más rápido, por favor, susurro a un hombre a quien no puedo ver, pero al que siento como si fuera parte de mi ser. Te noto encima de mí. Siento que me derrito, que dejo de ser humana. La verdad es que ni siquiera me reconozco como animal. Sólo percibo tu olor, tus manos agarrándome las muñecas,

intuyo tu mirada fija en mis pechos encendidos; intuyo cómo te excitan mis gemidos. Te gusto tanto que quisieras matarme. Me gustas tanto que quiero matarte. Pero no te veo, no estoy segura de quién eres. ¿Y si me equivoco? Si más que mal me estás haciendo bien... Hoy me tienes para ti, maldita sea. Eres mi maldita tentación... a la cual he sucumbido... Quizá. Esta es mi primera pequeña muerte...

#11 убийство меня едва Te gusta follarme el culo porque puedes hacerlo sin condón y es más pequeño que el coño de una virgen. Te gusta hacerlo de pie, conmigo apoyada en la cama. Me haces sentir como una guarra. Puta. Vivo de esto, y lo sabes bien porque soy la mejor. Porque me comporto como un ser inferior sin sentimientos y, por eso, no puedes penetrarme... no como se lo haces a tu mujer. A mí no me conoces, ni a mí ni a mi mente. Por mucho que transites con caricias de levedad incandescente el aroma de piel, no puedes traspasar la línea que corta mi físico y mi psique, porque no quieres conocerme. Sólo quieres follarme, quebrarme en mil suspiros, en un par de orgasmos que conforman tu deseo.

Y así, como muchas tardes, vuelves. Vuelves a desnudarme, a ponerme las medias, los tacones de aguja y el corto vestido blanco de satén, para subirlo un poco y agarrarme fuertemente las nalgas mientras susurras a mi oído palabras soeces con acento pegajoso. - Eres mala conmigo, perra. - Péname. La seda sucumbe al tacto de un par de pezones endurecidos. Mis ojos se cierran, los labios se entreabren, y el aire que sale de tu aliento rebota contra los lunares de mi nuca. Eriza el vello. Hace frío en esta casa. Tu polla arde entre mis piernas, haciéndome sentir, poco a poco, ese calor inigualable que siempre se extiende a través de la espina dorsal. Ese calor que derrite mis entrañas y acribilla mi cerebro, exangüe finalmente en un alarido, un espasmo, un coma profundo de tan sólo un segundo.

#12 Irresponsable Es tan triste el metro como las puertas corredizas de un Sabeco. Tropezar, caer desde unos tacones, siempre es igual de humillante. Que me ayuden riéndose resulta bochornoso, de ahí que quisiera morderte, besarte como nadie, dolerte por dentro; despertar en ti un tipo de deseo confuso e irracional, para que tú me dolieras por dentro, me mordieras y besaras como nadie lo ha hecho.

Pero nunca me digas te quiero, por favor. Ya sabíamos que de un momento a otro acabaríamos así. Un sofá de goma-espuma y el color amarillento del apartamento; apolillado y lleno de humo, pósteres de modelos mediocres para no alejarse demasiado de la realidad. No sé negarme cuando me proponen algo sin decirme nada. #13 Vacuidad Apetece morder el cristal para alcanzar la nata, para alcanzarte. Para morir en la asfixia de la exquisitez, como una fresa descuartizada, pero dulce y bella a la vez. Para morir y derretirme gracias y por culpa de las fresas. Para esclarecer la pena que supone dejar de amarte paulatinamente, para retenerte. Para. Parar frente al tren; la despedida. Para volver a casa y encontrarme con dos copas vacías, una pequeña fresa y nata deslizándose como las gotas de agua que juegan y mueren sobre la ventanilla del coche. #14 Delirio Histérico Me toca, me quema, me duele. Sufro. Un poco. Huye de mí, le rodeo con mis brazos. No quiero que escape. Soy una araña y he picado el anzuelo, que eres tú. Ninguno de los dos hemos ganado, pero tampoco somos perdedores. No sé hasta dónde piensas llegar. Qué te propones, ¿Qué piensas hacer conmigo? Maniatarme y quemarme con cigarrillos hasta que el dolor me haga quebrar en mil burbujas. Qué quieres. Soy el cazador cazado, tu presa, tu esclava, tu muñeca en carne viva. El refugio de tu perversión; tú, lo que siempre he querido tener. El único que me tiene en cintura, el único que me lleva a orgasmos con lágrimas de sangre. El único que me hace morder la almohada para amortiguar un placer tan intenso como desgarrador. El único que me desgarra. Tú, me haces sentir viva poniéndome al lado de la muerte. Rozando el límite, llegando a la línea de meta. Juntos. Eres quien me muerde

los labios y penetra hasta llevarme al delirio. Hasta la locura más intensa, hasta el grito más agónico. Sólo tú has sabido retenerme, aislarme, alejarme de todo lo que más quiero hasta quererte sólo a ti.

#15 Дай мне знак Con las piernas cruzadas espero un silbido Un guiño, una señal que me eleve al infinito. Con los dedos distorsiono el vaho del ambiente, Convierto en fuego el rubor que se enreda entre los dientes. Por un mordisco que me arranque la piel Una caricia que consiga desgarrar el aire. Agrietar la tensión, mentirnos al oído Deshacerme entre gemidos.

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Por el resto de mi cuerpo se derraman gotas de un sudor que no es el mío. Soy impermeable a toda clase de sentidos. De mi boca escapan multitud de suspiros, perdidos, desperdigados por cada rincón de tu organismo, buscando despertar en ti el más animal de los instintos. *** Quiero desmayarme, quedarme inconsciente. Que mis labios seduzcan cada poro de tu piel y decidas desnudarme. Que tu deseo se amarre a mis entrañas y

al salir de mí caigan gritos rotos, ahogados, por los bordes de la cama. *** Me muerdo los labios si me dices que me vas a secuestrar para poderme escapar entre tus yemas de esta sobria oscuridad. Me muerdo los labios intuyendo el tacto de tus manos por debajo de mis bragas, la agonía que disfrutaré liada entre las sábanas Evadirme de este infierno susurrándome al oído cuánto me gustas pero qué poco te quiero.
Tú me cuentas las sílabas El que resiste gana Yo rompo todos tus esquemas.

Y si nos quedamos solos te deslizas huidizo, porque en tus deseos más inicuos soy el más dulce de los trances. Pero no tendrás tiempo de te mer me cuando arranque a bocados hasta la más banal de tus dudas. Aspiraré de entre tus labios el calor imantado de tu lengua, y sentiré entonces cómo se pudre mi aliento al tiempo que permanece intacta tu total indiferencia.

Puedo probar la vergüenza en mi boca y convertirla con mi lengua en el más apetecible instrumento de tortura. Enredar entre mis piernas el vaquero de tus tan bien planchados tejanos negros, y disolverme sin quitarme la ropa, sabiendo que podría matarte sin necesidad siquiera de rozarte con mis yemas.

pero la única que lloró sangre, aquí, fui yo. J'adore Estuve desnuda, tumbada en tu cama, que no era tuya, y mucho menos mía. Eso nunca. Nos desaprovechamos entre besos que no nos llevaron, ni nos llevarán, a ninguna parte. Mordí la argolla que me unía a ti, la mordí hasta sangrarte, La única que perdió y a la que perdiste. Porque todas las lluvias no son como aquella, no saben igual. Porque ahora, todas, escuecen en los ojos. Nos comíamos a besos, literalmente. Nos comíamos hasta quedarnos sin dientes. Nos abrazábamos durante horas, como gilipollas, y nos abrasábamos con el ácido de nuestra vergüenza

como cerdos, en oro, légamo. Hoy estuve desnuda, ajena a todo porque nada de lo que hay aquí nos pertenece.

Hoy estuve a la espera de esas gotas, a la espera de una lluvia que me convirtiera en oro para demostrarme que aún, todo sigue igual.
la tiranía de la estética

era el inmenso desierto que habríamos de disponernos a cruzar solos Eduardo Fraile.

Me quité mucha importancia a mí misma. Sesgué las palabras eufónicas. De mi palidez, las pecas.

Los bucles. Todo. Para ser sólo una más como tantas (modernas de pelo negro lacio con flequillo). A cambio de esta carrera contra natura, canas en el campo de batalla donde Lolita perdió su guerra contra el tiempo.

Es una verdadera pena no ser ya adolescente ni pelirroja ni hermosa, (ni hija del peor de su generación) y que a pesar de haberme quitado tanto, no haya sido capaz de curarme de mi propia estupidez.
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Puta Desagradecida by Adriana Bañares is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License

Lo.Li.Ta Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Mi pecado, mi alma. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta. Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita. ¿De verdad no lo notas?, cada vez que viene a mí sólo tú estás presente. De hecho, si no fuera por ti, nunca llegaría.

Sueño con ser aún aquella niñata de quince para que te folles colérico los más de veinte años que nos diferencian. Aún, con veintiuno, deseo que me castigues por haber sido tan descarada, por gritarte, por insultarte, por no dejar de insinuarme y provocarte. No notas cómo pido a gritos que hundas tu experiencia en mi joven coño, y tus dedos en mi boca. Que me hagas sentir tan sucia e impura que no pueda hacer más que abandonarme, derretirme, ser sólo carne, tuya, despreciable. No sabes que quisiera tanto como lo deseas tú, arrodillarme despeinada y desnuda, atragantarme con tu sexo y arder en deseos de alimentarme del culmen de tu deseo. Notar tus yemas maduras, desgastadas, bordear mis labios y limpiarme, y entrar, y compadecernos mutuamente de nuestra perversión incomprendida, en un orgasmo de rubor que aniquile nuestros cuerpos. Recordar la época en que más me deseaste. Mi virginal descaro, y el narcisismo que aún conservo, cuando me probé aquel tanga tan hortera que regalaba la Ragazza cuando tenía catorce años. En silencio, en penumbra, observando mi cuerpo, mis tiernas curvas, un coñito que abultaba tímidamente y se humedecía apenas se encontraba con su reflejo. Mis ganas irresistibles, tú entereza para frenar las tuyas, y las que ahora vuelven a aflorar en mí, se apoderan de mí en cada encuentro desechable, insustancial, frío y decadente, patético, que tengo con niñatos de corrida fácil. Necesito saciar mi sed.

Quiero…

… sentarme sobre ti y oprimirte en cada espasmo, gritar y morderte, marcarte con mis uñas la espalda hasta sangrarte, golpear sobre tu pecho la dureza de los míos, que me agarres las nalgas y me grites más deprisa, notar la dureza de tu polla en mis entrañas hasta vaciarte por completo. Y decirte, esto no se queda aquí, no se queda aquí, esto no acaba nunca, repásame entera con la lengua hasta que quede limpia y purificada, y vuelve a despertar con tu polla la raíz de mi lujuria.

Crash Los arañazos al aire no son tan importantes si a medida que se condensa el ambiente me pellizcas los pezones. El dolor ya no importa si me recoges el pelo con tus dedos y enredado en mí me sueltas un te quiero, falso y resbaladizo, que se diluye como mi flujo entre los dedos, en esta habitación y su ambiente extremadamente espeso. El vello de mi nuca, erizado y alerta, como las venas de tus brazos, y el rumor de cada latido aprisionando un pecho vacío, al que le va la vida en dos pezones completamente erectos. Todo junto dando lugar al más profundo vacío, al más tedioso silencio. De mis labios todavía húmedos, gemidos tan agudos que parecen estertores de muerte, y no vamos desencaminados. Al fin y al cabo, es lo que queremos.

El olor a gasolina y el frío del metal se cuela en nuestros poros, y el movimiento del coche, acelerado, nos excita de manera enfermiza, jugando continuamente con la idea de suicidio. Porque parar ahora sería la mismísima muerte. Pero hoy no ha habido suerte, y tranquilo me dices… Quizá la próxima vez.
Redención Quisiera saber por qué me despierto con la sensación de que he estado toda la noche contigo. Quisiera saber por qué quiero que seas tú y no otro quien me agarre las muñecas y penetre haciendo crujir todas mis articulaciones, como si entrases por completo, arañando a tu paso todos mis huesos. Haciéndome gritar hasta el punto de desconcertarte por no saber si es placer o es dolor. Quisiera saber por qué me despierto apretando los dientes y cerrando tanto los ojos que mi cara se transforma y oculta hasta ser sólo un apéndice de lo que tú estés pensando. Si es que piensas en mí y no sólo me estás odiando o te estás odiando por no saber realmente qué ha pasado. Quisiera repetir aquel rubor que sentí al notar el dolor en mi cuello cuando, sin querer, lo rocé en clase al querer apartarme el pelo. Porque el dolor recuerda tanto a ti… me

Quisiera saber por qué me haces sentir tan adolescente y por qué a tu lado no puedo evitar comportarme como una virgen. Tal vez porque quiero retroceder en el tiempo hasta ser la primera chica

de la que te enamores y así no me olvides nunca. O, mejor, ser la primera a la que te folles, y que ninguna de las siguientes consiga superarme. Quisiera ser esa primera y permitirme el lujo de no llegarte a querer nunca. Quisiera que me desearas como nunca lo has hecho, me rompas como he imaginado esta mañana… y me dejes así, pero que después, cuando me vaya, si consigo reponerme, tú no puedas librarte jamás del recuerdo difuso de mi cuerpo. Y en lugar de eso tengo que conformarme con no tenerte cerca y jugar a tientas, aún semidormida, con la humedad que la noche ha dejado entre mis piernas, y la ayuda de imágenes difusas de lo que nunca llegó a pasar.

Lo que no consigo entender es por qué poco antes de correrme te transformas, y aunque sigue retumbando en mi cráneo el crujir de todos mis huesos, ahora me tienes apoyada contra una mesa, con una manida falda de tablas, unas medias de colores hasta las rodillas y unas bragas blancas que nunca utilizaría, y ya no eres tú. Ahora eres mucho más adulto, mucho más gordo y tu sudor es tan intenso que casi puedo olerlo. Será que lo deseo demasiado, que me tengas así, que me castigues por mi infantil comportamiento, que me grites insultos, que me hagas llorar como la niña que soy, y, tirándome del pelo, me obligues a mirarte y pedirte perdón.

Tu Putita

Ya no eres tú: eres todos.

Me mola descubrirme por completa desnuda en una habitación en la que no he estado nunca. No me mola despertar y encontrarme con alguien que realmente no me gusta. Me mola desaparecer antes que despierte. No me mola recibir mensajes a media tarde en los que me dicen “me gustaría empezar a conocerte“.

No me gusta comenzar una relación personal que no es una relación sino un limbo entre el estar y no. No me gusta que me digan bonita si realmente quieren decir mi putita. Porque realmente es así, no sé a quién quieren engañar. No soy más que tu polvo de anoche, no soy más que aquella que se dejó las lentillas pegadas a tu mesilla de noche. No soy más que aquella compañera de clase a la que no te conseguiste follar, ni el falso ideal de tía buena que te creaste en la pubertad. No soy más que pura imagen, una idea concebida, y no, no seré para ti porque, al contrario que tú, aspiro a algo bueno. No seré tuya porque no soy capaz de darte lo mejor de mí, al menos no esta noche. Me quedaré esperando que amanezca recordando el beso que me diste en el portal, y las ganas que te tengo. De follar hasta desgastarme entre sudor y gritos que no me llevarán a ninguna parte. De pensar en que me hubiera querido quedar en tu piso de mala muerte a comerte la polla y derretirme en tu esperma hasta ser capaz de llorar lefa. Me voy a quedar quieta hasta el momento en que me vea capaz de venderme por cuatro perras. Me voy a quedar hasta que realmente tengas el valor de decirme perra, quiero verte a cuatro patas y borrarte a pollazos lo poco que te queda de decencia.

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