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G.

COURTOIS

EL ARTE DE DIRIGIR
GASTON COURTOIS

EL ARTE DE DIRIGIR

Coedición Mexicana
De Ediciones Promesa, S.A.
Y
Sociedad de Educación
Atenas, S.A.
LICENCIA ECLESIASTICA

NIHIL OBSTAT
D. Martín Arroyo
Censor

IMPRIMATUR:
JOSE MARIA
Obispo Aux. y Vicario general.
Madrid, 9 de agosto de 1963.

Con autorización de la Editorial francesa FLEURUS.


París.-Título del original: “L’ART D’ETRE CHEF”.-
Traductor: Juan Oteo y Uruñuela, Pbro.

___________________
© ES PROPIEDAD
Copyright by Sociedad
ABATE GASTON COURTOIS

Sacerdote francés, perteneciente a la Congregación de


los Hijos de la Caridad.

-Es Procurador general de los Hijos de la Caridad.

-Dignatario de la Iglesia Católica Oriental.

-Director general de la UNION DE LAS OBRAS


CATOLICAS DE FRANCIA.

-Fundador del Movimiento de CORAZONES


VALIENTES Y ALMAS VALIENTES DE Francia. (Dos
millones de muchachos.)

-Capellán general, nombrado por la Santa Sede, de la


OFICINA INTERNACIONAL CATÓLICA DE LA
INFANCIA.

-Director eclesiástico de la UNIÓN DE LAS


RELIGIOSAS PARROQUIALES DE Francia.

-Asesor general de la OFICINA INTERNACIONAL


CATÓLICA DE LA INFANCIA.

-“Sacerdote ejemplar y que viene realizando una labor


verdaderamente meritoria.” Carta del Excmo. Sr. D.
Juan Ricote, de 28 de julio de 1955, en nombre y por
encargo del Excmo. Sr. Patriarca-Obispo de Madrid-
Alcalá, al Abate Gastón Courtois.)
CAPITULO PRIMERO

LA MISIÓN DEL JEFE (1)

SUMARIO

I.-Lo que es el Jefe.

II.- Por qué se necesitan jefes.

III.- La gran misión del jefe: servir.

IV.- Lo que hace el jefe.

(1) La palabra francesa Chef equivale a jefe, cabeza principal,


fundador, caudillo, superior de algún cuerpo u oficio, rey, etc.
I.- Lo que es el jefe

1. Jefe, etimológicamente, es el que está a la cabeza, o mejor


dicho, el que es la cabeza; cabeza que ve, y piensa y hace
obrar, pero en beneficio del cuerpo entero (NOTA 1)

2. Es jefe el que sabe y quiere y realiza, y también hace saber,


querer y realizar.

3. Es jefe el que sabiendo lo que quiere, sabe también


proporcionar el esfuerzo al fin pretendido.

4. Nadie es jefe más que en la medida en que sea capaz de


hacer que un grupo participe del ideal de que él vive y de
conducirlo a la realización superando todos los obstáculos.

5. Decidir no es nada; lo importante es que las decisiones sean


ejecutadas. Ser jefe no es sólo mandar, sino escoger a los
que han de realizar, educarlos, animarlos, sostenerlos,
revisarlos.

6. Cuando llega la hora de tomar decisiones, de incurrir


responsabilidades, de imponer sacrificios, ¿dónde hallar los
auxiliares para las empresas arriesgadas, sino en esas
naturalezas superiores, empapadas de voluntad de vencer,
que solo ven claramente los medios conducentes a a la
victoria y que encuentran el valor de arriesgarlo todo? (1).
7. Compréndase bien el sentido y la grandeza del nombre “jefe.
Jefe es el que sabe hacerse obedecer y amar a la vez. Jefe
no es el impuesto, sino el que se impone, No olvidéis que
para mandar a los hombres se ha de saber mandar.

8. Ser jefe no es sólo hacer una obra, sino, sobre todo, hacer
los hombres, buscarlos, unirlos, amarlos y ser de ellos
amado. Saint-Exupéry dice en Terre des Hommes: “La
grandeza de un oficio está quizá, sobre todo, en unir a los
hombres.” Esto particularmente es verdad en el oficio o
profesión de jefe.

9. Jefe es otra cosa que presidente. Presidente, presida lo que


quiera, por definición es, no un hombre de pie, sino un señor
sentado, que arbitra los consejos de los presididos y en ellos
saca una preponderante mayoría. Puede ser hábil, influyente,
pero no manda, no es un jefe.

10. ¿Queréis saber cuál es el verdadero jefe de una empresa?


Preguntaos a quién será imputada la responsabilidad, en
caso de fracasar.

11. Ser jefe no consiste en dar pruebas de vigor, de elocuencia,


de audacia o de habilidad. Ser jefe tampoco consiste en
reunir en torno suyo sentimentales o interesadas adhesiones.
Ser jefe consiste esencialmente en saber hacer trabajar a los
hombres en comunidad, en conocer y utilizar lo mejor las
habilidades de cada uno, en señalar el puesto más eficaz
para cada uno, en infundir en todos el espíritu de solidaridad
y de igualdad en la faena de que son responsables en los
diferentes puestos de un mismo equipo o cuadrilla.
12. El jefe no se conoce por la electricidad de la mirada, ni por la
prominencia del maxilar, ni por los labios finos, ni por la
resolución de la voz. Jefes hay dulces en la mirada, de tono
modesto, de aspecto sin presunción; los hay también, como
San Pablo, feos y débiles y los más grandes jefes detestan la
ostentación. El jefe no se define por señales externas, sino
por una misión propia. El es sobre todo, quien toma sobre
sus hombros la carga de los otros.

13. En conocer al hombre en general, a sus hombres en


particular, y a sus subordinados directos bien a fondo; el
conocer de manera exacta sus contratos y atenerse a ellos;
el acordarse durante el trabajo que se trata de voluntades,
que no de ruedas o máquinas; el descubrir
consiguientemente el más amplio campo a la iniciativa de
ellos; el conseguir de este modo la agilidad, el celo, el
entusiasmo en vez de la inacción indiferente y mecánica; el
hacer que reine la disciplina de consentimiento, más bien que
de imposición violenta; el mantener la subordinación de los
intereses particulares al interés general; el reducir o contener
incesantemente las tendencias centrífugas en fecunda
coordinación; ésta es la función esencial del jefe; para ésta
es necesario e irreemplazable.

14. El hombre es un ser social y la libertad individual debe estar


encauzada y disciplinada hacia el bien común. Pero sería
imprudente dejar a la perspicacia de cada socio el cuidado de
resolver lo que el bien común reclama de él, y todavía más,
dejar al arbitrio de su voluntad el cuidado de conformar a él
su conducta.

El jefe no es más que el mandatario del bien común, que


tiene que interpretar, defender y realizar, en servicio del
interés superior del grupo y, por tanto, de la persona de cada
uno. (NOTA 2)
15. Reconócese el verdadero jefe por esta señal: su sola
presencia es para los hombres que él dirige un estímulo para
excederse a sí mismos en servicio del bien común.
Si sustituís “presencia” por “recuerdo”, entonces ya tendréis
los grandes jefes.
II.- Por qué se necesitan jefes

16. Una asamblea es incapaz de mandar. Tropa sin jefe es


cuerpo sin cabeza. Tropa sin jefe es tropel, rebaño errante a
la aventura y a merced de la primera espantada.

17. Una asamblea, excelente para vigilar siempre es impropia


para funcionar. Un grupo no puede mandar nada, nada, ni un
desayuno (1).

18. En contra de todas las teorías igualitarias, muchos hombres


sienten la instintiva necesidad de apoyarse en otro que los
supera cuando no tienen quien les comprenda y anime, se
ven vacilantes e inseguros. La presencia del jefe, digno de tal
nombre, es para cada uno apoyo, fuerza, seguridad.

19. Sin un jefe que ordene y coordine, sin un jefe que piense y
transmita su pensamiento a los subordinados, como la
cabeza transmite a los miembros el influjo nervioso, un grupo
humano se agota en esfuerzos yuxtapuestos, que se
neutralizan y terminan siempre en un fracaso, tanto más falaz
cuanto mayor era la voluntad de cada uno, fracaso
simbolizado en la torre de Babel y en la corte del rey Pétaud
(1)
20. Cuando falta jefe, manda la anarquía, y la anarquía no es
buena más que para destruir, nunca para construir.

21. El jefe, signo visible de la autoridad, lo es también de la


unidad. Ordenando, coordina y evita que un grupo se
disgregue, se desorganice y muera.

22. Tened por algún tiempo un grupo sin jefe; las mejores
voluntades se desunen, las energías más entusiastas se
paralizan, vendrán los razonamientos y, por fin quedará
pulverizado.

23. Para unir eficazmente a los hombres con miras a salir


adelante con una empresa, es necesario el jefe, principio de
unidad y cohesión, capaz de exponer e imponer a todos el
bien colectivo y también capaz de arrastrar y entusiasmar a
todos para la persecución de este bien.

24. En toda sociedad hay tantos elementos de discordia como


socios, porque cada uno entra en ella con la mezquindad de
su egoísmo. Si la causa del bien común, o de la misión que
hay que cumplir, en orden a dicho bien, no la toma por su
cuenta un jefe responsable, pronto los conflictos, la falta de
inteligencia y la incuria general habrán logrado disgregarlos
todo.

25. En todo grupo humano, sea cual sea, es necesario un jefe, y


un jefe que se haga obedecer. A él toca coordinar las
actividades con miras al máximo rendimiento. Por más que
sena generosos y desinteresados, los sacrificios que nos
están coordinados desembocan fatalmente en ñun fracaso,
tanto más doloroso cuanto que se trata precisamente de
personas sinceras y de buena voluntad.
26. Para hacer una grande obra hay que reunir los esfuerzos
que, dispersos, quedarían estériles. Hay que seguir la pista
indicada por el jefe, no porque en sí es la mejor –muchas
veces hay mil otros modos de hacerlo tan bien-, sino que es
la mejor porque él la indica y porque sólo ella hará la unión
fecunda de las voluntades y corazones.

27. Un equipo mediocre puede animarse y excederse al soplo de


un jefe de valía.

Un equipo excelente puede enervarse y disociarse al seguir a


un jefe mediocre cuya conducta descorazona las buenas
voluntades y apaga los entusiasmos.

28. Para justificar el principio de autoridad no hay para qué


invocar un contrato social primitivo o un consentimiento
positivo de los socios. Esto es superficial. Debiendo la acción
humana estar unificada, coordinada, para que de muchos
esfuerzos se componga uno solo, la autoridad es una de las
condiciones de la vida del hombre. Tiene su fundamento en
la naturaleza de las cosas y, por consiguiente, en Dios,
principio de nuestra naturaleza y de nuestro ser.

29. Como Hacedor que es de todas las cosas, Dios es el Señor


supremo: su autoridad es soberana; pero ha querido asociar
a los hombres para su acción en el mundo. ¿Oh grandeza de
la misión del jefe!; su autoridad es una participación de la
autoridad divina. (NOTA 3)

30. En verdad es cosa excelente el espíritu de equipo. Un jefe,


por bien dotado que esté, no puede saberlo todo, ni
conocerlo ni verlo todo; y el empeño que todos sus
colaboradores pondrán en el trabajo será proporcionado al
sentimiento que tengan de su responsabilidad en la obra que
se ha de realizar. Pero hay una idea falsa del equipo, que
tendería a convertirlo en algo absoluto, que absorbe y
condiciona el papel de jefe.
Decíase en la “Reveu de Jeunes”, en octubre de 1935: En el
equipo el jefe acepta dar en cada instante pruebas de su
valor y de no deber más que a su capacidad el derecho de
mandar o de orientar, puesto que no es él, sino el trabajo
quien manda.

31. Un equipo o cuadrilla sin jefe es algo absurdo, aunque se


componga de personas de mucha valía.
Cuanto más fuertes son las personas de un equipo, tanto
más necesario es un jefe para encausar sus energías,
orientarlas hacia objetos determinados adoptados por todos,
y aunarlos a sincronizar la acción; de otro modo esto correrá
riesgo de desparramar las fuerzas, dispersar los esfuerzos,
invadir el terreno de otro y, sobre todo, esas brillantes salidas
se estampia, sin preocuparse del vecino, que tienen como
efecto el comprometer la armonía y el equilibrio del conjunto.
Véase el comentario del General de la Porte du Theil,
entonces Comisario Scout de Francia, hoy Comisario
General des Chantiers de Jeneusse.

“Le Chef” del 15 de enero de 1936:

“No es él quien manda, es el trabajo.” Pero ¡Esto es la


negación de la autoridad!
Negación en su fundamento: todo poder viene de Dios. Todo
jefe es elegido y consagrado por Dios mismo, y Dios escoge
al que quiere, y no es por necesidad ni el mejor ni el más
fuerte ni el más inteligente. Además, ¿cómo juzgar del
relativo peso de todas las cualidades del alma de un jefe?
(NOTA 4).

Negación en las consecuencias. No es el jefe quien juzga el


trabajo, sino el trabajo, la obra material es el que le juzga; y
como esto en último término es absurdo, hay que decir que
es la idea que cada uno se forma del trabajo. Y, ¿quién no ve
así un excelente pretexto para todo abandono y disciplina?
Formar una sociedad que descanse exclusivamente en el
espíritu de equipo con tales extremos es levantarla sobre
arena.
Toda sociedad tiene como base una jerarquía, una autoridad
legítima y en su origen divina; autoridad cuyo ejercicio está
regulado por el espíritu de equipo bien entendido, que une a
los jefes con sus subordinados, pero que deja al jefe en
nombre de la investidura que ha recibido la iniciativa, el poder
directivo, la responsabilidad.

Si en rigor puede concebirse un jefe que no forme equipo con


los subordinados, no es posible concebir un equipo sin jefe.
“El jefe no debe más que a su trabajo el derecho de mandar”.
Es desmedido orgullo de quien no hace de jefe más que por
creerse con capacidad superior a los demás.

32. No esperéis nada decisivo de movimientos colectivos, de la


actividad de asociaciones generosamente ofrecidas para la
elaboración de un ideal. Todas estas buenas voluntades
anónimas no hacen más que trabajar la tierra. Los granos de
semilla son los que darán cosecha, y estos granos son los
jefes, los hombres de corazón puro y de voluntad fecunda”
(1)

33. No hay que imaginarse que el mandar es fácil y que con una
cara hermética y una voz imperiosa ya está ganada la
partida. Para ser jefe se necesita tener el amor del prójimo y
la cultura que permite conocer al hombre y escudriñar los
últimos repliegues del alma. Además se precisa pertenecer
esta espiritual aristocracia que tiene por divisa: servir. Pero
con servicio desinteresado, perseverante, resuelto, que
reclama convecciones, entusiasmo, carácter.

(1) PAUL BAUDIN en la revue des Jeunes del 10 de abril de


1939.
III.-La gran misión del jefe: servir
(NOTA 5.)

34.Una nación, para vivir, necesita que los individuos


escojan una doctrina, se conserven fieles a ella, se fijen una
regla, una consigna: “Yo he escogido y me he impuesto una
disciplina: servir” (1).

35. Toda autoridad viene de Dios, pero se ha concedido al


jefe un beneficio de los demás, no para beneficio personal.

36. La autoridad puede definirse: derecho de mandar lo


más conveniente al bien general social (NOTA 6.)

37 El jefe no desempeña su papel sino cuando proclama


no su voluntad, sino el bien colectivo, y cuando es guiado no por
el interés privado, sino por el interés general.

38. El verdadero jefe no busca dominar por dominar. No


se aprovecha de los hombres sino les ayuda en servicio de una
causa que los supera: la obsesión de la obra que se ha de
terminar es el principal elemento del alma del jefe (NOTA 7.)

39. Mandar es servir: servir a Dios, en cuyo nombre se


manda –porque toda autoridad que no se funda en El es al fin
ilusoria y usurpada; servir a los que uno manda, que sin jefe
estarían en peligro de ser rebaño sin pastor; servir a la causa
que nos sobrepuja y merece adhesión, obediencia y, si es
preciso, el sacrificio propio.
40. ¡Hermoso oficio es el de jefe! Pero es también algo
más que un oficio, es una vocación, un llamamiento, una como
predestinación; porque “toda autoridad viene de Dios”, lo que
sitúa a quien desempeña función de jefe como intermediario
entre Dios y sus subordinados. El texto escritural no adminte
restricciones ni reservas. Se es jefe “en nombre de Dios”, y
únicamente para realizar en los otros hombres una imagen más
semejante a Dios, ayudándoles a hacerse más hombres,
haciéndoles adquirir conciencia de su dignidad de criaturas
divinas, ayudándoles a poner en práctica los dones que tienen
providencialmente recibidos (1)

41. La autoridad es un servicio, pero un servicio


magnífico. Consiste, no en acariciar caprichos individuales, sino
en obligar a la nación a ejecutar lo que la naturaleza y la
conciencia exigen de ella (NOTA 8.)

Además, hasta cuando el jefe resiste a la opinión


extraviada y cuando somete la nación a duros y necesarios
sacrificios, no es un déspota. Sirve, aunque como servidor
animoso y leal.

La nación no debe reclamar sino seguirle. Y le seguirá,


pues verá claramente que el jefe, a pesar de la rudeza, o mejor,
por su misma rudeza, no pretende mandar hacer simplemente lo
que quiere, sino lo que ella quiere de veras como nación y no
como lucha de egoísmos.

42. “Sirviendo” manifiestamente el bien común, el jefe, a


su modo, da ejemplo de obediencia y, además, hace presente a
toda mirada lo que legitima y exige la obediencia: el bien común
impuesto por la naturaleza y por Dios (1).

43. El jefe es el que manda; también es el que asume


resueltamente y a la vista de todos lo más penoso de la
obediencia.
El jefe no decide arbitrariamente; su regla es buscar
resonancia en lo más hondo de sus dirigidos. El jefe es quien
orienta y ayuda; alegrándose los subordinados al pensar que el
jefe no está más que para ayudarles a querer.

44. Basta, para que la autoridad aumente, ejercerla


conforme a su naturaleza; es decir, sirviendo al bien común.

Que en el jefe el individuo quede absorbido de algún


modo y desaparezca en la función. Esta desaparición varonil y
denodada confiérele un prestigio y una fuerza que ninguna
guardia proporciona. Llegando a ser personaje público, pero de
manera clara y visible, elévase por su mismo servicio por encima
de los mezquinos egoísmos. Su voz resuena de modo diferente
que las demás: es la voz de la conciencia moral buscando el
bien superior colectivo. Entonces las decisiones parecen más
fuertes por la voluntad de Dios.

45. La autoridad está ligada, sobre todo, a la existencia y


a la conciencia de una misión superior, de la que está encargado
el jefe, no para provecho suyo, sino para el bien de los que
conduce y cuya responsabilidad asume. El jefe no manda por
placer, desde fuera, como lo hace el amo que manda a esclavos
y saca un provecho del trabajo de los otros, no; antes bien, para
conducir una comunidad mediante una ingeniosa ordenación de
medios a la completa realización material y a su más elevado
valor moral.

Su misión le domina como una vocación, le pertenece. Su


comunidad es la que le posee. El es de ella, para hacerla llegar
a ser todo cuanto puede, todo cuanto debe ser. El sirve. Y si
está compenetrado de la idea de su misión, obsesionado por
esta vocación, consagrado a este servicio, entonces, y sólo
entonces, es un jefe (1).

46. Desde luego, jefe no es el que anima, persuade,


arrastra, convence, sino el que manda en nombre de la
autoridad de que se halla legítimamente investido, y para él es
ésta la más noble manera de servir. Su misión es un verdadero
servicio social.
47. Mandar es servir. El jefe para el servicio de la
comunidad, sin que esto quiera decir que ha de estar a sus
órdenes: éstas, con demasiada frecuencia, no son sino la
expresión de sus caprichos o de sus fantasías, cuando no el
fruto de sugestiones extrañas más o menos interesadas.

Razón hay para decir del jefe que debe ser el intérprete
del bien común; esto, empero, no significa que él deba ser el
intérprete de la voluntad general. Esta, dadas las variaciones de
sensibilidad propias de la psicología de las multitudes, con
mucha frecuencia no es otra cosa que la inconstante opinión
pública, en contradicción frecuente con el verdadero bien
superior del conjunto.

El jefe no es un simple delegado de la comunidad, sino su


guía en la persecución de sus mas altos fines. Aun si está
elegido y designado por sus iguales, la autoridad de que es
depositario le da derecho de mandar, sin que cada vez tenga
que emplear para hacerse obedecer la persuasión y argumentos
personales.

48. Un jefe está poseído del sentimiento de la


responsabilidad. Tener el sentimiento de la responsabilidad no
significa que se tema un castigo si no se cumple la obligación.
Un jefe de verdad jamás piensa en las sanciones en que podría
incurrir de parte de otros jefes superiores a él en la jerarquía.

Pero estos hombres que él tiene no quiere que sufran


inútilmente; no quiere que sean injustamente castigados; no
quiere que estén privados del poco bienestar que pueden tener.

No quiere que anden tres kilómetros de más porque las


órdenes han sido mal dadas. No quiere que después de una
larga etapa anden errantes por el pueblo a que acaban de llegar
sin saber en dónde han de dejar la mochila, sin tener paja para
tenderse, sin tener, si es posible, la sopa caliente que les
conforte.

Piensa en todo, todo lo vigila, no va ni a comer ni a


descansar hasta que todo está en orden. Una cosa hay en que
no piensa, es en su propio cansancio. Si no es el esclavo de sus
superiores, es el esclavo del deber de protección que tiene para
con los suyos. Este sentimiento de la necesidad de los otros,
muchas veces le hace capaz de trabajos que parecen superiores
a las fuerzas humanas (1).
IV. - Lo que hace el jefe
.

49. Lo que da al jefe el derecho de mandar no es


directamente su capacidad; es el mandato auténtico que ha
recibido; es el mandato auténtico que ha recibido. Más no llevará
eficazmente su visión de jefe en bien de la colectividad si no
desarrolla en sí la cualidad que hagan digno del título de jefe.

50. El ejercicio del poder es la prueba en la que los faltos


de las cualidades constitutivas de los jefes se manifiestan pronto
frívolos y provocan, en los que deben conducir, la terrible
tentación de tratarlos de usurpadores.

51El jefe verdadero se da a conocer en que cerca de él se


experimenta una impresión casi física de fuerza y seguridad, y
que se siente uno pronto a seguirle en todas partes a donde le
pida. “Con él nos hubiera hecho ir hasta el fin del mundo”,
decían los veteranos de Napoleón.

52. Cerca de sus hombres, amándolos tanto por ellos


mismos, seres de carne y sangre, creados a semejanza de un
Dios, en quien Patrich Arbois creía en toda su alma, como por
que ellos disponían, cada cual por su parte, de una partecita de
la fuerza de la patria, el joven oficial, de año en año, había
adquirido esta experiencia humana, hecha de benevolencia y
fuerza, de comprensión y de prudencia, de rigidez y de tacto, sin
la cual no hay verdadero de jefe (1).

53. La confianza en un jefe es una consecuencia directa de la


admiración y de la seguridad que inspira; pero la admiración y
seguridad, para ser duraderas, han de estar merecidas por las
cualidades intelectuales y morales que forman a los verdaderos
jefes.
54 El verdadero jefe es el que es admirado, amado y
seguido. Se le admiraba: se confía en él, se reconoce su
competencia , sus cualidades, sus cualidades, su valor,
sábese que con él ni se extravía uno ni jamás se queda
sin salida. Se le ama: hay confianza en si desinterés, en
su espíritu de servicio y se sabe que para él cada uno de
sus encomendados vale por una realidad, mejor dicho,
vale por una persona y por eso se puede él contar con
cada uno. Se le sigue: su palabra, su presencia, su
mirada, hasta su recuerdo, son otros tantos estímulos. Se
está dispuesto a sacrificarse con él, o también por él, en
servicio de la causa que él representa.

55 El ejercicio del mando es otra cosa que el llevar una insignia,


el derecho al saludo de parte de algunas categorías de
funcionarios, y como argumento supremo, el derecho a
castigar. Se supone actividad extrema, un permanente don
de sí mismo, el cuidado de realizar, el de las
responsabilidades, un sincero y profundo amor de los
hombres, una perfecta dignidad de vida.

56 Muchos jefes revestidos de mando, que ostentan uniforme y


galones, no tienen autoridad alguna. La eficacia de los gestos
de verdad jefe no depende del traje, sino que brota de su
persona de su cuerpo, de su alma. El desgaste del traje no
hace que desaparezca el prestigio, pero sí el desgaste del
alma.

57 El jefe debe estar siempre en todas partes presente. La


presencia tiene una eficacia que con nada puede
reemplazarse: el gesto la mirada, la voz el porte y los
modales es lo esencial de un jefe y esto es por lo que se
actúa. Por que en el jefe lo que importa es el hombre, y sus
cualidades de hombre se manifiestan, primero y
principalmente, en las cosas menudas. De una suma de
cosas pequeñas nace la autoridad del jefe. Por ejemplo la
atención que presta a un detalle que se impone.
El jefe debe tomar las cuestiones una por una, y a los
hombres uno por uno, para que su acción, en defecto de la
persona, se desarrolle siempre y en todas partes por la
posibilidad de sorprenderlos en todo momento, llegando de
improviso sin causarle ansiedad, pero forzándoles a estar
siempre a punto, de modo que se cree en ellos una
conciencia, y una conciencia siempre alerta. Ahí está el
secreto de los jefes, tan desemejantes como un Condé y un
Turena.

58. Lo que hace el jefe es la voluntad, el deseo, la necesidad de


actuar en los hombres para transformarlos, levantarlos y
encadenarlos para algo más mejor.

59. Jefe es cualquiera que ama de verdad a sus hombres:


descubriendo lo mejor que hay en cada y queriendo a toda
costa acarrearlos a ponerlos al servicio del conjunto. Esto no
se logra sin luchas, por que la ley de la pereza es una ley
natural.

60. Sólo el que está emocionado por la realidad humana, el que


está empapado de inmensidad de la vida, es digno de ser
jefe. Y por falta de jefes de verdad nuestra nación se
marchita. (1)

61. El hombre satisfecho de lo que tiene y le rodea, el hombre sin


preocupación de cambio., sin deseo de ver el mundo de otra
manera que como está, desde luego está falto de algo para
llegar a ser jefe: todo lo más podrá ser un expedidor de
negocios ordinarios.

62. Para ser jefe se necesita lo que a cada grupo falta para
cumplir con lo que es su razón de existir, saber darle el
completo a medida y según la necesidad, un vez recibido
auténtico mandado, obrar en consecuencia.

63. El temperamento de jefes es el que tiene vocación para


asumir no sólo su parte normal de responsabilidad y peligro,
sino también las numerosas partes que millares de hombres
descargan en torno de él. Es, primer lugar, un vicario; él no
es un domador que esclaviza, ni un príncipe que humilla, ni
un emboscado favorito.
Ha de estar más despierto que los otros para ser el primero
en advertir el peligro o la suerte; más perspicaz, para
interpretar mejor los datos o antecedentes de la acción; más
seguro de juicio; más pronto en la decisión, para que la
acción estalle en el momento querido; más audaz en aceptar
los peligros necesarios, para obligar a los otros a aceptar los
suyos, más valeroso, para dominar las timideces
circundantes; más perseverantes, para vencer la pérdida de
tiempo y los obstáculos; finalmente, más resistente a la
soledad, al mismo tiempo que más rico de calor humano. No
se agranda esta vocación anegándola en un misterioso
misterio. Todo el misterio consiste en su complejidad y en el
raro equilibrio de cualidades diversas que exige. (1)

(1) BUSSY-ROBIN.
CAPITULO SEGUNDO

CUALIDADES DEL JEFE

SUMARIO

I. Fe en la misión.
II. Sentido de la autoridad.
III. Espíritu de decisión e iniciativa.
IV. Espíritu de disciplina.
V. Energía realizadora.
VI. Calma y dominio de sí mismo.
VII. Sentido de la realidad.
VIII. Competencia.
IX. Espíritu de previsión.
X. Conocimiento de los hombres.
XI. Benevolencia del espíritu.
XII. Bondad de corazón.
XIII. Respeto de la dignidad humana.
XIV. Espíritu de justicia
XV. Firmeza.
XVI. Ejemplo.
XVII. Humildad.
I. Fe en la misión

64. El jefe que no tiene fe en la causa a que sirve no merece el


nombre de jefe. Empero, no basta creer, es necesario hacer
partícipes de su fe y entusiasmo. Se necesita que cada uno
de sus encomendados comprenda su propia responsabilidad
en la obra que se ha de realizar; corresponde al jefe hacer
comunicar a sus hombres en el ideal de que está animado
(NOTA 10)

65. “La fuerza eficaz de un ejército dijo Marmont- no crece en


razón del número de soldados y de elementos materiales,
sino mucho más en razón del espíritu que lo anima.”
Esto es y resulta verdadero para todo grupo humano, sea el
que sea. Infundir el espíritu, crear el clima, comunicar el
fuego, es uno de los trabajos más principales de la misión del
jefe.

66. El jefe que no tiene fe en su misión no puede ser afortunado;


esto en todo el significado de la palabra; no tiene en sí
alegría, va de cara al fracaso.

67. Un jefe abatido es un jefe ya batido.

68. Un jefe escéptico, con cualquiera forma de escepticismo,


elegante o cínico, es un destructor de entusiasmo, tanto en sí
como en los demás.

69. Nada más engañoso para el jefe y para los subordinados que
un escéptico “¿para qué?” o un descorazonante “no hay nada
que hacer”. Reaccionar vigorosamente; todavía hay algo que
hacer, todo puede servir.
70. Cuando oigáis que alguien os dice: “No hay nada que hacer”,
traducidlo así: aquí todo está por hacer, pero yo no estoy en
condiciones de hacer nada.

71. No hay tarea inferior ni ser inferior, sino que lo que es inferior
es el cumplir mal la tarea (1).

72. La sola fe en la grandeza de la empresa y en las


posibilidades de realización despierta en el jefe las energías
bastantes para excederse a sí y para arrastrar a los otros a
seguirle.

73. “Para llegar a la meta en cualquier cosa, la primera condición


es creerla posible”, decía Luis XIV.

74. La acción en común, sea la que sea, exige demasiados


sacrificios de intereses particulares, supone mucha y rígida
tensión de fuerzas, disciplina muy prudente de libertades,
para poder pasar sin fe, sin aliento, sin mística.

75. Todo lo que vive, alienta; lo que no alienta está muerto.

(1) PÉGUY
76. No se hace bien más que lo que se hace con pasión. El que
trabaja simplemente para ganar dinero y el que no siente la
pasión del oficio, jamás será hombre de valía, menos aún de
jefe.

77. Todas las empresas humanas, las más humildes y las más
levantadas, las profanas y las sagradas, están sometidas a
las mismas condiciones orgánicas. Creer, esperar, amar, son
las virtudes necesarias a todo hombre que pretenda hacer
obra viva y fecunda. Creer en lo que emprende y esperar el
éxito; amar su trabajo y ofrecer a los hombres el fruto de su
trabajo son las condiciones primeras y necesarias, sin las
que ninguna empresa prospera.

La inteligencia no puede proseguir el esfuerzo de


construcción si no cree en la verdad y utilidad de la faena. El
valor solo puede afrontar las dificultades cuando espera
vencerlas.

Finalmente, todos los resortes de la acción son tanto más


frágiles cuanto son más violentos, como no vayan impuestos
por el amor (1).

78. El jefe que no ha logrado comunicar su entusiasmo por la


faena común ordenada al bien común se parece al
maquinista que quisiera hacer avanzar la locomotora sin
vapor.

(1) P. DONCOEU
79. El entusiasmo, ante todo, nace de una profunda convicción,
de un pensamiento bien madurado y que llega a ser tan
obsesionante que impone la invencible necesidad de
exteriorizarlo.

80. Exígese, ante todo, a los oficiales, que sean hombres


convencidos y persuadidos; atrevámonos a decir la palabra:
que sean apóstoles dotados, en altísimo grado, de la facultad
de “prender el fuego sagrado” en las almas jóvenes: en esas
almas de veinte años, dispuestas para las impresiones
hondas y que una chispa puede encender para toda la vida,
pero que también el escepticismo de los primeros jefes
habidos podría enfriar para siempre (1)

81. El ascendiente de los verdaderos jefes viene de la amplitud


de sus proyectos. El hombre tiene necesidad de extensos
horizontes. Se ahoga en lo mezquino.

82. El jefe que padece de timidez en el ideal jamás será


adiestrador de hombres.

83. Poca inteligencia, empleada por un corazón apasionado, irá


mucho más lejos que un genio manejado por un alma fría (2).

84. Hacer creer en su suerte, para un jefe es la mejor suerte.

85. El jefe que cree en su suerte se da un aire de seguridad que


descarta las veleidades de resistencia. No conoce la
indecisión, tan dañosa para el éxito. Tiene la convicción de
que triunfará, haga lo que haga, y así se encuentra al abrigo
de las nefastas consecuencias del “esfuerzo revertido”.
Obedece a su impresión instintiva, continuamente dictada por
lo subconsciente, abundante en anteriores experiencias.
(NOTA 11.)

(1) LYAUTEY, Le Róle Social de l’officier, página 43.


(2) MAUROIS. Dialogues sur le Commandement, pag. 116
86. La delicadeza de espíritu y la bondad de corazón serán nada
sin ese aire vivo, sin esa expresión animada que habéis de
tener si queréis entusiasmar a vuestros encomendados.

87. No seáis de aquéllos que al ver delante una media botella se


lamentan de que la mitad esté vacía.

88. Quizá hay en el mundo más pensamientos bajos y malos que


pensamientos levantados; pero el poder de un solo
pensamiento de amor es infinitamente superior a un
pensamiento de odio.

89. El que tiene razones para estar descontento de sí, se piensa


está descontento de los otros.

90. ¿Puede concebirse un jefe dormido, que no vigila? Sin duda,


hay cuidados de la responsabilidad, pero también hay sus
exigencias y no es la menor el optimismo. (NOTA 12).

91. Los disgustados no hacen más que cosas bobas; los


descuidados no hacen más que cosas oscuras; los
pesimistas no hacen más que cosas muertas.

92. Bien sé yo que algunos pretenden que sean reclutados los


optimistas casi exclusivamente entre los imbéciles, y una
parte entre las gentes que quizá no son del todo imbéciles,
pero que al menos lo son a sobrehaz. Evidentemente, esta
tesis puédese ensayar y probar pero también puédese probar
que es mucho más sagaz, cuando es posible ser optimista
que ser pesimista. La hermosa se crece viendo el lado feo de
las cosas; la hermosa se crece pudiendo decir, cuando un
siniestro acontece: “Lo había predicho.”

Cada cosa, cada acontecimiento, tiene, cuando menos, dos


caras: una hermosa y una fea. ¿Por qué mirar la fea y no, por
el contrario, contentarse con mirar la hermosa?
...En la vida hay que ser optimista: los pesimistas no llegan a
nada; reflexionan siempre, se preguntan siempre con qué pie
han de bailar, y esperando, esperando, jamás bailan.
Hay que ser optimista, en absoluto optimista (1)

93. El mundo no será en verdad feliz sino cuando todos los


hombres tengan alma de artista; es decir, cuando todos
tengan gusto en su ocupación, comprendiendo la hermosura
y la bondad (2).

94. El jefe dinámico es el que, teniendo fe en su misión, cree en


el éxito de su causa, saca de los menores acontecimientos
toda la parte favorable y no se deja abatir ni por la
contradicción ni por la falta de éxito.

95. El jefe jamás se espanta de tener contratiempos,


contradicciones, dificultades.

Cuando un desagradable suceso acontece, ¿es el primer


movimiento de queja, de dolor, quizá de encolerizarse? Otro
tanto de energía mal gastada. Lo mejor es mirar fríamente la
situación y decirse: ¿Qué podría hacer yo para que este duro
golpe sea el punto de partida de alguna cosa mejor? ¿Cómo
me las ingeniaré para rebotar y transformar este disgusto en
ventaja?

Hasta cuando no se ve la solución inmediata, el hecho de


reaccionar positivamente constituye la mejor actitud para
limitar los daños. Hay tejas que sirven para construir; hay
pepitas que son simientes.

96. El jefe, con toda humildad y verdad, ha de tener cierta dosis


de confianza en sí mismo: confianza razonable, no
presuntuosa, por la realidad de sus talentos y posibilidades.
Porque ser humilde no consiste en decir: “nada tengo, nada
soy”, “nada puedo”, pues la conclusión es obvia, “no hago
nada”, sino en decir: he recibido un número de talentos. No
tengo el derecho de gloriarme en mí mismo; antes tengo
obligación de desarrollarlos y explotarlos en beneficio de los
demás.
97. El jefe es el signo sensible de la autoridad.

98. El jefe ha de tener concepto elevado de su misión de jefe en


cualquier grado que este puesto representa la autoridad;
tiene obligación de hacerla respetar en su persona.

99. Haciendo respetar la autoridad, el jefe sirve a la colectividad


humana a cuyo frente está puesto.

100. Importancia de la autoridad del jefe para la eficiencia de la


tropa: “Tropa bien mandada, menos instruida, vale más que
tropa más instruida, menos manejable”, decía Lyautey (1).

101. La autoridad es un depósito que tiene confiado; no tiene


derecho para dilapidarlo. La autoridad es una fuerza; no tiene
derecho para malgastarla. La autoridad es una partecita de la
majestad divina; no tiene derecho para hacerla despreciar.

(1) Du róle social de L’officier.

102. Un jefe bueno de niño, bueno de muchacho, no tardaría


en dejarse caminar por sus huellas de bonachón. Más por
encima de la persona está el principio de autoridad, que
resultaría lesionado con el mayor perjuicio del grupo entero.

103. El jefe que no inspira respeto no es digno del puesto que


ocupa. Y para hacerse respetar es necesario ser respetable,
no sólo en el ejercicio de la función, sino en toda la vida.

104. Grandeza y servidumbre del jefe: el jefe está


comprometido por la causa a que se entregó y por el grado
en que sirva a dicha causa. El jefe no tiene el derecho de
decaer del rango; toda falta, aun las privadas, es una
disminución de prestigio para el ideal que representa.
105. Depositario de una porción de autoridad, el jefe no tiene el
derecho de abdicar; debe al interés general el hacer respetar
la autoridad.

106. Los hombres no apetecen la complacencia de una


autoridad débil; pero están satisfechos encontrando uno que
sea fuerte y en quien puedan apoyarse; la firmeza varonil los
asegura; la debilidad complaciente los hace desconfiados y
por fin les disgusta (1).

107. Elbien común marca exactamente los límites de la autoridad


de un jefe; pero, a la vez, le da la fuerza y el ascendiente. La
conciencia de que se habla y se obra en nombre del bien
social, comunica al superior esa firmeza inflexible y esa
seguridad, sin las que no es de verdad jefe. Como dentro de
los límites del bien común verdaderamente hay una
autoridad, es decir, poder de unir y de obligar; no usar de
ella, o hacerlo con mano débil, sería traicionar al bien
común, permitiendo hacerse molesto el vigor
imprescindible del derecho.

108. Firmemente creo no haber jamás observado que las


gentes se hayan quejado de tener impuestas cosas difíciles,
siempre y cuando hayan estado bien mandadas.
Al contrario, a la falta de ordenamiento suceden las más
terribles revueltas. Yo me pregunto si lo que con el nombre
de libertad reivindicaron tan energéticamente nuestros
padres era otra cosa que el derecho a ser bien mandados
(1).
109. Por ningún pretexto puede un jefe rebajar en su
persona la noción de la autoridad: que no es ella un
privilegio personal, sino la forma especial, eminente que
reviste su <<servicio>>. Dejarse arrastrar hasta la
camaradería, el traicionar a su misión; así perdería con el
prestigio la confianza, que es la condición indispensable de
su actuación.
Como el padre de familia en quien el amor no excluye el
vigor, así manda el jefe (2).
(Nota 14.)

110. En la medida posible el poder del jefe es prevenir el


descontento y poner remedio a las injusticias antes de
cualquier queja. Para conseguirlo a de guardar contacto con
aquellos que manda. Exponga, pues, su persona.
Vaya a las trincheras, si es genera; lléguese a la fábrica con
los obreros, si el patrón; el mandar nunca es un privilegio, es
una carga.
Necesario es que el jefe tenga un poco de imaginación y que,
esforzándose por tener presente la vida de todos, ahorre a los
que están a sus órdenes sufrimientos y molestias evitables. El
secreto de ser amado es amar – y saber el oficio mejor que
todos -. Los hombres aguantan ser mandados, y hasta desean
serlo, con tal de ser bien mandados (1).

111. Jefe es quien sabe tener autoridad y tomar


responsabilidad. De ningún modo es necesario que tenga
plumas en la testa, ni entorchado en todo el cuerpo; ni
tampoco que tenga diplomas o grados universitarios. Pero es
necesario que tenga carácter y deseable que tenga
imaginación. Es necesario que sea bastante sagaz, para saber
rodearse de consejeros, y bastante seguro de juicio, para
tomar decisiones por sí solo (2).

112. El jefe sabe perfectamente que no tiene la ciencia infusa:


necesita informarse, documentarse aun de sus subordinados,
que muchas beses están más en contacto con las realidades y
dificultades inmediatas.
Mas al oír sus advertencias no debe estar nunca sujeto por
nadie. El soviet o consejo es el embrollo. Diligente en buscar
luces, un jefe de verdad no busca por ningún lado apoyo.
Muda, sí, de parecer; no consiste en comprartir
responsabilidades. Repetidas veces Napoleón, en el
Memorial, explica lo que fue en orden a esto su propia
práctica. Escuchaba a todos, provocaba las advertencias, se
hacia presentar memorias y oía a cada uno le hablase con
toda libertad. Después de eso decidía él solo.
113. Para un jefe la mayor desgracia es temiendo de hablar y
actuar como jefe.

114. Cuando un jefe llega a olvidar su condición de jefe, los


subordinados tienen buen cuidado de olvidarlo también.
115. El jefe debidamente constituido no tiene porque
excusarse del rango de superior, no tiene que mendigar de la
obediencia. Mande sin arrogancia, pero mande. Guarde su
puesto sin orgullo, pero guárdelo. La falta de autoridad es
mucho más perjudicial a la colectividad que no el exceso.

116. Jefes hay que por deseo de popularidad o por pueril


igualamiento ha tenido por bueno practicar ilimitadamente el
no oponerse y vencer; pero han provocado la incuria, el
desorden, la ruina, la derrota.

117. Cuando por falsa humildad, por reparo de las


responsabilidades o por miedo a molestare, el jefe vacila en
tomar una decisión en hacer respetar su autoridad , prepara un
estado de anarquía cuyas víctimas serán él mismo y sus
subordinados .

118. Hablábase cierto día a san Tomás de Aquino de muchos


posibles candidatos para el cargo de superior.
_Fulano es un sabio.
_Que nos enseñe_ respondió Santo Tomás.
_Zutano es un santo.
_Que ruegue por nosotros.
_Mengano es un jefe.
_Que se ponga al frente y que nos mande.
III.- Espíritu de decisión y de iniciativa

119. Puédense tener cualidades excelentes y no tener


disposición más que subalterno; lo que revela al jefe es la
iniciativa y el valor de las responsabilidades.

120. El hombre que <<asume las responsabilidades>> es


aquel que habién-
dolo pesado todo y examinado con frialdad, ha visto los
peligros, ha contrapesado esto con los resultados y ha
juzgado que el sobrepuja en mucho al riesgo y después ha
decidido marchar (1).

121. El jefe que tiene miedo de las responsabilidades y que


limita sus ambiciones por las cosas fáciles y ordinarias,
siempre se hallará falto de inspiración para animar a los
demás.

122. Una oportuna decisión, aunque imperfecta, seguida de


tenaz ejecución, es mejor que la espera indefinida de una
resolución que o nunca o muy tarde será ejecutada.

123. He aquí lo que Pedro de la Force escribió de la


mentalidad de los ministros que rodeaban a Luís XVI:
<<Intimidaba la preocupación de no moverse más que
siguiendo la costumbre, y parecía que todo intento marcado
con fuerte sello personal tuviese aire de originalidad
peligrosa; si una atrevida iniciativa osaba presentarse,
interponíase la etiqueta , que hacia lentas todas las cosas, y
los pareceres para llegar hasta el señor pasaban por tantos
trámites que entre tanto la ocasión se había escapado.
.>> Sabido es a qué catástrofe condujeron esta timidez
afectada y este conformismo paralizador.

124. Para un jefe nada hay mas pernicioso que la impotencia


para decidirse La voluntad incapaz de determinarse a aceptar
o rechazar un proyecto vacila perpetuamente. Cierto que
antes de decidirse a de proceder un examen leal y
concienzudos de las soluciones presentes; pero querer
encontrar la solución perfecta y del todo adecuada es una
quimera. En este sentido, decisión es mejor que precisión,
porque de la constante oscilación del jefe nace el
enervamiento, de los colaboradores, la inquietud de los
operarios, sin contar las pérdidas del tiempo y de dinero; y al
fin, el jefe indeciso, so pretexte de evitar la precipitación,
provoca nuevas complicaciones.

125. Jefes es todo aquel que para estar siempre pronto para
obrar, ha adquirido buenos reflejos, porque la vida es una
suma de decisiones pequeñas, y la, fidelidad a estas
decisiones animas dispone al jefe para tomar las grandes en el
momento mas imprevisto.

126. Un jefe jamás debe quedarse pasivo o inactivo, pues si


no trata de dominar los acontecimientos será por ellos
dominado. <<La alegría del alma está en la acción >>, ésta
era la divisa de Shelly, que Lyautey tomó por suya. .
En verdad podría decirse que la salvación del jefe está en la
acción.

127. El jefe que espera órdenes o tiempos mejores para actuar


no es un verdadero jefe.

128. El jefe ha de saber tomar iniciativas, y para esto tiene


que ser enemigo de la rutina, de los caminos trillados de las
fórmulas estereotipadas. Nada ha producido mayor daño en
multitud de jóvenes dotados de disposiciones para ser jefes
que un funcionalismo que, poco a poco, les causa esclerosis.
Ahora bien, para tener iniciativas hay que conservar el alma
joven y ágil, no temer a la imaginación, pues según la
fórmula de Maurois en los diálogos sobre el mando, <<el
territorio de lo posible es de es de superficie elástica>>, y del
jefe depende el dilatarla o el contraerla.

129.Las dos nociones de responsabilidad y de autoridad


están estrecha-
mente relacionadas: no andan solas si no en función mutua
una de otra. No puede haber responsabilidad más que donde
hay autoridad, por que para estar obligado a responsabilidad
es necesario estar en condiciones de responder. Y, al revés,
no podrá haber autoridad sino allí donde haya
responsabilidad, porque una autoridad responsable seria una
locura, un absurdo. La autoridad debe crecer con la
responsabilidad.

130. La iniciativa puede muy bien consistir, no en tomar el


jefe por sí mismo determinaciones que son competencia de
un jefe superior, sino en dar las ordenes impuestas por la
situación.

131. Los beréberes tienen un proverbio:<<Escoge y


ganarás.>>Y ¿si no hay razón de escoger?
No importa: escoge o tu ruina es segura (1).

132. La capacidad de decisión es una cualidad especifica del


mando. Si el jefe esta desprovisto de ella se paraliza el
negocio; y sí por lo contrario, la toman sus colaboradores
tenemos la anarquía.

133. Hay que tener un temperamento ávido de


responsabilidades. Las decisiones hay que tomarlas antes de
que nos sean impuestas; conviene ir delante de las
responsabilidades (2).

134. Es jefe nato quien concibe con entusiasmo lo que se ha


de hacer; decide con prontitud y arrastra a los otros por la
prontitud de su elección.

135. Mejor es tener pocas ideas y ejecutarlas que tener


muchas y no ejecutar ninguna.

136. La obediencia no será alegre y confiada cuando el jefe


sabe lo que quiere y lo que quiere con energía; es decir,
cuando manifieste espíritu o ánimo decidido.
Nada es tan nocivo a la autoridad como aparecer vacilante,
andar buscando salidas o retroceder. A la vez se asesta un
golpe a la admiración debida a la superioridad del jefe y a la
tranquilidad y reposo legítimo de los subordinados.
137. ¿Habéis observado alguna vez a los choferes en las
encrucijadas? Delante, el conductor con determinación señala
la dirección y se mantiene en ella; los demás, profundamente,
hacen lugar. Cualquier vacilación es entonces 100 veces más
peligrosa que la audacia (1).

138. La obediencia pasiva no es nunca el rebajamiento de un


hombre delante de otro hombre. Es la voluntaria desaparición
de un individuo ante una función. Cuando yo me pongo
delante del coronel, ¡ atención ¡(con vivo placer, os lo
aseguro ), no es delante de un hombre de quien choco los
tacones. Es ante un principio la autoridad que juzgo útil y
respetable, y sin el cual las sociedades humanas, nodrizas de
vuestra preciosa libertad, jamás habrían existido (2).

139. La decisión es la solución de un problema, cuyos datos,


como vivos y humanos, son complejos y delicados; de un
problema nuevo al que no satisface ninguna solución del
todo acaba. Ante todo, hay que conservar la atención de estos
datos, observáramos, estudiarlos, purgarlos de cualquier
prejuicio, detallar, pedir referencias precisas y contrastadas,
ser imparcial con respeto a sus propios pensamientos. Mas
luego de tomada la decisión, hay que seguir con energía hasta
la ejecución.
IV.-Espíritu de disciplina

146. La mayor parte de los jefes tienen que obedecer a


otros superiores tanto como mandar a los inferiores. A los que
están por debajo de ellos débenles el ejemplo de respeto y
obediencia a sus propios superiores.

147. El verdadero jefe se esfuerza por penetrar el


pensamiento de los superiores y concilia la independencia y
originalidad de sus proyectos personales con el respeto de las
órdenes legítimas. Extralimitarse no sólo es personal
insubordinación, sino un desorden tanto más grave cuanto que
es responsable de una colectividad.

148. Discutir las decisiones del superior jerárquico


siempre es pernicioso, porque las más de las veces la discusión
está fundada en el vacío, sin tener los elementos necesarios de
juicio, y determina en los subordinados una vacilación en la
obediencia, suficiente para hacer fracasar los planes mejor
combinados.

149. Sólo el comenzar la ejecución leal de una orden


permite juzgar la importancia real de las dificultades que nuestra
nativa pereza y el miedo de ser atropellados en nuestra rutina
han muchas veces exagerado a placer.

150. La crítica deprime la moral: ataca al valor de los


individuos; introduce en los grupos la incertidumbre y el
desacuerdo, y rompe la unidad de plan de acción.

151. Aunque investido de una autoridad, cuyo principio se


remonta hasta Dios, el jefe, con todo, quédase hombre. Y
porque es hombre no puede no tener en sí alguna imperfección.
Cierto; el jefe tiene la obligación de valorizarse
incesantemente y de todos modos, para estar a la altura de su
misión y ser merecedor del mando. Sus subordinados, empero, y
sus colaboradores principalmente, quienes al vivir cerca de él
pueden con más facilidad descubrir los puntos débiles, han de
tener cuidado de no dejarse hipnotizar por ellos. Serían ellos
mismos las primeras víctimas del desprestigio del jefe a sus
ojos.
Se ha de creer en el jefe, para estar prontos a seguirle
hasta el fin, y es necesario que el jefe sienta que su equipo cree
en él, para que tenga el valor de pedir a los que le rodean los
esfuerzos y sacrificios que los llevarán a todos a la victoria.
152. El jefe verdadero atenúa las faltas de los superiores,
cuando se dan, sintiéndose satisfecho de manifestar a los
subordinados que todo el éxito es debido al jefe responsable.

153. Cuanto de más alto viene la crítica, tanto más daño


puede causar. Un jefe que critica a su superior delante de los
subordinados arriesga a perder su influencia y a ver pasados por
el tamiz sus propios métodos. En realidad, lo moral descansa en
lo legal, en la fidelidad para con los jefes.

154. La disciplina no es fecunda más que a condición de


ser alegre y activa. El simple conformismo pasivo, tímido, el
vago temor de los reproches o de las sanciones, están
desprovistos de verdadero valor social. Lo que hace consentir la
disciplina ha de ser una poderosa sensación del interés común,
del honor común, de la obra o empresa común.
Entonces la disciplina no peligrará en suprimir o debilitar
las iniciativas (1).

155. “Ser disciplinado no quiere decir callarse, abstenerse


o no hacer más que lo que se cree poder emprender siguiendo
el arte de evitar responsabilidades, sino más bien actuar en
conformidad con las órdenes recibidas, y para ello encontrar en
su invención, en la consulta, en la reflexión, a posibilidades de
ejecutar las órdenes, y en su carácter, energía para salvar los
peligros que van unidos a la ejecución” (2).

156. Para un jefe, disciplina no es lo mismo que ejecución


de las órdenes recibidas en cuanto que parecen razonables,
convenientes y aun posibles; disciplina significa que ha abrazado
completamente las ideas del jefe que dio la orden y que hace
todo lo posible para cumplirlas. Disciplina no quiere decir silencio
o abstención para no hacer nada más que lo que os parezca
posible sin comprometer; no es el arte de zafarse a las
responsabilidades; por el contrario, es actuar en el sentido de las
órdenes recibidas (1).

157. Si el jefe subalterno se contenta con unir su voluntad


con la del superior, si no llega hasta conformar su juicio con el
juicio de aquel a quien está sometido; si no tiene para con él la
confianza absoluta y la docilidad de una “desposada”, la armonía
del “hogar”, de la autoridad, será precaria, con detrimento del fin
buscado en común (2).

158. La disciplina no apunta a matar la personalidad, sino


regular y coordinar los esfuerzos.
159. El aumento de disciplina se traduce siempre en
aumento de bienestar, lo mismo que el desarrollo de la energía
en un suplemento de fuerza.

160. En todos los grados de la escala social, lo mismo en


la vida familiar que en la profesional, se impone, de un lado, la
restauración del sentido de la autoridad, y de otro, la
reeducación del espíritu de disciplina.
“La disciplina –dice un antiguo proverbio militar- es la
fuerza principal de los ejércitos”. También es la fuerza principal
de una nación que quiere no perecer. Un resurgimiento nacional
pide la colaboración y adhesión de todos.
Habrá, quizá, muchos caminos para salir de un bosque.
Pero el que se ha de seguir es el escogido por el jefe
debidamente nombrado. Teóricamente podrán, quizá,
imaginarse mejores, pero, de hecho, el mejor será el que haya
indicado, y precisamente por haberlo indicado. Si cada uno,
guiado por su fantasía o por sus instintos, tira por su lado,
seguiráse la neutralización de las fuerzas del grupo y pronto
también la desaparición del grupo como tal.
Además, un jefe posee elementos de información
ignorados de los súbditos. Una vez tomada “en junta” la
determinación, ha de tener certeza de que se seguirá, pues no
es posible aplicar sus facultades de jefe para el bien general sin
no tiene absoluta seguridad sobre este punto.
V.- Energía realizadora

161. El jefe no ha de contentarse con tomar una decisión;


la decisión tiene que “encarnarse en la realidad”. Lo que cuenta
no es la orden dada, sino la orden ejecutada.

162. Jefe sin energía no puede ser jefe. No se trata de


una energía brutal, sino de una energía ejecutiva que
proporciona el esfuerzo con el fin que pretende obtener, que
mira siempre las posibilidades para que no se encuentre sin
aliento en el preciso momento de tomar una cota.

163. El jefe ha de tener razón resistente; no debe


acobardarse por los primeros obstáculos; conoce el lema “a
hombre valiente nada es imposible”, y conforme al dicho de
general Clément Grandcour, “el verdadero jefe, civil, o militar,
espiritual o temporal , saca posibles de lo imposible; en eso
mismo se le reconocerá.

164. Nada se obtiene sin trabajo , y el hombre activo no


tiene que sorprenderse de encontrar dificultades. Estas pueden
nacer de sí mismo , y no sen estas las menos duras de
resolver . Pueden también nacer de los subordinados o las mas
de las veces, de parte de aquellos que deberían de serle sostén
y apoyo.
Asimismo pueden venir de las circunstancias y de la misma
naturaleza de las cosas. El verdadero jefe acepta siempre lo
irreparable y, como lo decía Lyautey ,<<el se las arreglará<<.

165. El jefe espera las dificultades, aunque no se deja


hipnotizar por ellas . Previstas o imprevistas, forman parte del
programa.

166. Las dificultades se presentan para ser vencidas.


Para un jefe las dificultades no son barreras que le detienen,
sino trampolines que le dan ocasión de excederse al obligarse a
sobrepujarlas.

167. Un jefe, aun siendo muy flexible y <<realista<< , no


ha de cambiar con mucha frecuencia de dirección. Los cambios
demasiado frecuentes inquietan a los subordinados y les quita la
confianza.

168. El éxito depende de la perseverancia y tenacidad


en la ejecución todavía mas que de la habilidad de la
concepción.
169. El don del jefe es el don de la fuerza , pero
entendiendo <<por alma fuerte no solo la que conoce las
emociones fuertes, sino más bien aquella cuyo equilibrio no
turban las fuertes emociones<<, según decía Foch.

170. No hay acción sin riesgo , pero quien nada


arriesga nada tiene. Hase de pesar el riesgo, probar de
disminuirlo ; pero, según el reglamento de marina , <<se ha de
correr con ánimo valeroso y resuelto<<.

171. El esfuerzo es la única fuente segura de libertad y


de ideal contra la anarquía interior de los instintos y apetitos
egoístas. Quien salva el esfuerzo, salva la personalidad y, por lo
mismo salva la comunidad.

172. Cualquier cosa que hagáis en la vida , hacedla con


el mayor vigor posible (1).

173. Nadie puede ser verdadero jefe sino sabe triunfar


de los obstáculos excepcionales, y no triunfara si no da muestra
de una voluntad excepcional.
Ahora bien ; nada exige mayor grado de voluntad ; nada ejercita
más las facultades que el mandar a las pasiones, a los deseos
vehementes , al mismo exterior, reprimiendo todo gesto inútil o
excesivo de alegría, de dolor , de espanto, de entusiasmo , de
horror ; a la fisonomía que se sabe conservar impasible en
presencia de las mas grandes angustias.
Todo esto forma el dominio de sí mismo y esculpe en el
rostro rasgos austeros y le comunica ese aire a la vez inseguro e
inexorable que obliga a la obediencia; pues quien es inflexible
para con sus debilidades , ha de serlo para con las de otros.
Quien sabe imponerse a sí mismo , sabrá desafiar la resistencia
de los subordinados . Es decir , el completo dominio de sí mismo
prepara la autoridad (2).

174. La menor resistencia exige alguna firmeza y


tenacidad.

175. ¿E inteligencia? Ciertamente , se necesita. Pero


sobre todo , voluntad :voluntad fija, que no se desparrama . Todo
está en esto : querer...
Aún con mediana inteligencia , quien encausa toda su voluntad
hacia un hito concreto y persevera con ánimo constante , está
seguro de alcanzarlo. Tomad una idea , fijadla como otra estrella
polar , caminad con los ojos clavados en ella . No se llegua a
triunfar más que por el trabajo encarninado y bien dirigido(1).
(Nota 16).

176. Solo los atrevidos realizan. Solo los que


organizan tienen éxito.
Muchas veces lo que puede parecer <<suerte<< o <<acaso<<
no es si no un triunfo de un largo trabajo de preparación y de
empeño de llegar.

177. La acción no es otra cosa que una incesante


adaptación de sí mismo y de lo que arrastra la vida a un fin visto
con claridad y buscando con tesón.

178. Cualquiera que sea el ideal que anima al jefe, hay


horas en el que el trabajo cotidiano puede hacérsele pesado. Es
hombre y siéntese por una atmósfera de tedio con sus puntas de
amargura : tan ingratas resultan muchas veces las condiciones
de trabajo.
Recuerde entonces que ningún esfuerzo es pedido y que ningún
fracaso es definitivo.

179. Pálpese que el jefe no se no se decide sino por


motivos muy elevados , por obligación , por el bien de todos ,
olvidándose de sí mismo , y , además, con dominio de sí , de
sus emociones , de su capricho y de su ingenio. Nunca turbado ,
nunca sorprendido , nunca desconcertado . Pero pálpese
también que, una vez tomada la decisión, nada hará doblegar su
voluntad , y que si tiene el alma bastante grande para reconocer
sus yerros y para corregir sus miradas, tiene el alma demasiado
grande para no asegurar las obligaciones necesarias , aun a
costa de su paz (1).

180. Todo jefe tiene que prepararse para una vida


dura , física y moralmente con mezcla de éxitos y reveses, de
alegrías y desengaños, de apoyos y dificultades ; mas quien se
renunció a sí mismo para entregarse a la empresa no se dejará
arredrar por esta perspectiva , ya que el tiene otra en su corazón
: la de la fecundidad invencible de su acción, que trasciende las
apariencias. En esta fe es en donde encuentra la escondida
fuente de sus mejores energías.

181.-Para tener calma ha de haberse tomado la costumbre de


jamás dramatizar las cosas, y según la fórmula de Foch: “No
tomar por lo trágico las cosas sencillas y simplificar las cosas
trágicas.”
182.-El jefe que quiere ser digno de mandar debe
comenzar por hacerse capaz de mandarse a si mismo. Sin
dominio de sí propio nadie puede pretender el dominio de las
cosas, y menos todavía el de las personas.

183.-Toda la persona del jefe ha de irradiar una


impresión de serenidad, a fin de que sientan seguridad todos
los que le rodean.

184.-La menor señal de inquietud , de depresión y “a


fortiori“ de perturbación, que estando solas no tendría graves
consecuencias, puede tener repercusiones irreparables en el
grupo que mandáis.

185.-Un jefe no conoce el miedo, o si lo conoce, nadie


ha de saberlo. El debe dar la impresión de que será en todo y
siempre superior a los acontecimientos, según la fuerte
expresión de La Varende. Con los reflejos abolidos, dominada
la naturaleza y, si hay necesidad, cómico del valor, acepta
todos los peligros siempre que su aparente sangre fría
asegure a los suyos y les evite el pánico, que en la guerra es
el peor de los peligros.

186.-Por instinto, en los momentos de peligro se mira la


cara del jefe: si se sorprende en el desasosiego o angustia,
esta impresión se refleja en la colectividad con un coeficiente
tanto mayor cuanto mayor es la estima del jefe y la confianza
de poder contar con el.

187.-Uno d los generales de Verdun, que aguardaba en


su puesto de mando las noticias del ataque y no podía saber
sino lo que migajas le comunicaba el teléfono, nota: “La
inquietud me devora, la angustia me tortura y, no obstante, si
quiero conservar mi prestigio, irradiar confianza, he de
presentarme a los ojos que me preguntan a hurtadillas, con
una cara imposible. Mi gesto debe ser sobrio, mi voz firme, mi
pensamiento claro. No conozco prueba mas dura y, a la vez ,
mas decisiva para la voluntad del jefe”

188.-La calma en seguida causa la impresión de una


voluntad que sabe lo que quiere y que no consentirá
desviarse del blanco. Una mirada sosegada y tranquila es
bastante muchas veces para inspirar una como seguridad a
los indóciles: entonces sienten por instinto que no tienen ellos
la ultima palabra.
189.-Todos los que han estado en la guerra recuerdan
la inquieta mirada de la tropa hacia el oficial que manda en
momentos difíciles la calma o el alegre disimulo de un joven
jefe de sección, ¿no resultan entonces mas engendradores de
confianza que los brillantes y alocados de un veterano
ayudante?

190.-Para estar tranquilo, el jefe tiene que saber


cuidarse y tomarse el tiempo de reposo necesario, evitando
tanto el agotamiento como el exceso de trabajo.

191.-La salud y la facultad de trabajo están en primer


puesto entre las condiciones requeridas para ser jefe. La
grandeza de la obra es todavía menos exigente que la
continuidad del esfuerzo, y mientras que la enfermedad
permite al sabio sus investigaciones y al artista sus
creaciones, aniquila la acción del jefe.

192.- Para un jefe es un arte el saber tomar descanso,


pero es un arte indispensable, y el jefe que lo descuida en sí
mismo está expuesto, un día u otro, a perder el dominio de
los reflejos. Gengis Khan decia que el jefe incansable no vale
para mandar.

193.-Todos los conductores de pueblos sienten la


necesidad de aislarse par meditar con calma y se reservan
tiempo para elaborar acción inmediata o lejana GALLIÉNI
llamaba a esto “el baño del cerebro”.

194.-El jefe, a fuerza de darse, se vaciará rápidamente


si no cuida de abstenerse intelectual y espiritualmente. Ha de
distribuir el tiempo de manera que cuide cada día de tener
una o dos horas de meditación y lectura. Con sus compañeros
debe tener con regularidad reuniones que le proporcionen no
solo amistad y descanso, si no que le permitan seguir en
común encuestas y reflexiones.

Ante todo ha de conservar y cultivar en sí la facultad


inventiva: buscar sin parar nuevas iniciativas, nuevas
experiencias: hacer el balance de lo que conoce desde su
juventud; aventurar hipótesis nuevas, que de seguida vendrán
los hechos a debilitar o confirmar; permanecer accesible a al
riqueza humana, que muy bien podría traerle el hallazgo de
sus años juveniles (1).

195.-Como siempre tengo más cosas que hacer que


tiempo para hacerlas, y el pensar en esto me preocupa y
estorba no considero las cosas que he de hacer, sino el
tiempo que puedo emplear.
Lo emplearé sin perder nada, comenzando por las mas
importantes, y no me inquietaré por las que no estén hechas

196.-El jefe evita las palabra inútiles; sabe ser discreto, no


publica sus proyectos ni los estados de ánimo. Richelieu
afirmaba que el secreto es el alma de los negocios , y que se
ha de oír mucho y hablar poco para actuar con eficacia

197.-El silencio del jefe, índice de una voluntad firme y


de una intensa reflexión, inspira respeto. La verborrea y la
charla hacen decaer el prestigio muchas veces; siempre, la
confianza.

198.-Para tener calma el jefe no debe jamás dejarse


desbordar, ni por las ocupaciones, ni por los acontecimientos,
ni aun por los hombres, y puede añadirse: ni por si mismo.

199.-El hombre de acción no se entretiene en deplorar


lo que le viene en contra; lo acepta como un nuevo dato del
problema que tiene que resolver.

200.-Jamás digais “estoy fuera de mi” por que después


de cierto tiempo esto llegará a ser en vosotros como una
obsesión y una necesidad de repetirlo sin cesar; acabaréis
creyéndolo, y esto será abrir la puerta a todos las
impaciencias y a la fatiga nerviosa.

201.-Lo que fatiga y enerva no es tanto lo que se hace


como lo que no se llega a hacer; esta es la razón por qué el
jefe prudente ha de organizar su vida. Tener el sentido de la
jerarquía de los valores, establecer el orden de urgencia para
su actividad y proporcionar a la importancia de cada esfuerzo
el tiempo que le debe estar reservando.

202.-La paciencia es una gran garantía de orden, dice el


educador americano Huger. Y añade, con razón : “perder el
dominio propio es siempre el medio mas seguro de perder la
autoridad sobre los demás. Una postura tranquila, que nace
no de temperamento flemático, sino de la disciplina personal,
ejerce en el mundo, nervioso, desordenado, una influencia de
sugestión a la que no resiste”.
203.-Dicho está por un antiguo poeta de la india:

“Subyúgate a ti mismo para subyugar a los otros. No siendo

por una fuerza personal, ¿cómo podrías conducirlo hasta

querer lo que tu quieres?.

204.-Un jefe irritado o excitable cesa de cumplir la mas


esencial de sus funciones, cual es encarnar la autoridad y el
orden verdadero: tampoco el es otra cosa que una muestra de
esa disipación, de esa inquietud, de esa falta de regularidad
que pretende combatir en otros. Y desde entonces, por mas
celo que despliegue, no podrá irradiar el espíritu de orden (1).

205.-Vais a dominar a los hombres, no es momento


oportuno para perder el dominio propio.

206.-Si se presenta obstáculos imprevistos, únicamente


el jefe es quien no debe emocionarse. Cuando todos estén
desanimados tendrá que gallear todavía para infundir valor en
los otros aun cuando para sí no lo tenga.

207.-Véanse los consejos dados por un patrón


conocedor de los negocios para el caso de crisis. “no digáis a
vuestros colaboradores: ¡esto no es nada, sois unos
cobardes!; tampoco exageréis en sentido inverso, gritándoles:
¡todo esta perdido, sálvense el que pueda!; antes bien,
decidles: la situación es muy grave y pide toda vuestra
energía; pero estad tranquilos y tened confianza en mi fuerza,
como yo la tengo en vuestra abnegación”.
VII.- Sentido de la realidad

208.-Bueno es tener una idea grande, alimentar un


bello ideal; pero si el ideal es quimérico y la idea se queda en
imaginación, todo esto no es nada. Es preciso que el ideal
encarne en la realidad y aquí es donde el jefe, para no
extraviarse, para evitar toda desviación entre la inteligencia y
la vida, necesita desarrollar en sí mismo el sentido de la
realidad.

209.-La misión de jefe implica algunas


contraindicaciones. Es un oficio que no conviene al soñador;
quien al vivir en la estratósfera olvida que tiene la cabeza
sobre los hombros y los pies en la tierra.

210.-Es un oficio que tampoco conviene al pesimista


mórbido, quien no queriendo ver mas que el lado malo de las
cosas, de los hombre y de los sucesos, se ha hacho incapaz de
descubrir todas las posibilidades que se le ofrecen
escondidas.

211.-Es un oficio que tampoco conviene al optimista


bobo, cuya natural sencillez se pone por juguete de los
astutos y charlatanes.

212.-Este cargo no conviene tampoco al verboso, que


se cree haber obrado porque ha hablado, y que no se da
cuenta que, al pagarse de palabra, se alimenta de ilusiones.

213.-El cargo del jefe requiere a un hombre que tenga


la cabeza sobre los hombros y los pies en la tierra. Puede todo
resumirse en este principio: la falta de adaptación a la
realidad es la ineptitud primera para el mando.

214.-Influenciada por la filosofía subjetiva y por causa


del exceso de enseñanzas puramente teóricas, la inteligencia
no es para muchos la facultad de ver lo real, sino la facultad
de especular y disertar brillantemente. Del hombre hábil para
hablar se dice: “es inteligente”.

Constrúyanse sistemas en la imaginación, amontonándose


hipótesis; creeríase perder el rango yendo a ver sobre el
terreno lo que hay. Ha sido una gran debilidad, en todos los
departamentos de la actividad nacional, de los estados
directores. Demasiados espíritus brillantes se habían de tal
manera acostumbrado a hacer juegos de manos con los
sistemas financieros, económicos y militares, que habían
perdido el contacto con las realidades humildes de la vida y
antes con el sentido común.

215.-Tener sentido de la realidad es, ante todo, conocer


objetivamente la realidad y conocer lo que la realidad puede
sostener de posibilidades ahora y en lo venidero.

216.-Ver claro, ver lo verdadero, ver lo justo, tal debe


ser la mirada del jefe

217.-La peor alteración del espíritu es el ver las cosas


como uno quiere que sean, en vez de verlas tales como son.

218.-No os contentéis con lo que se os diga aconsejaba


Foch, id a verlo con vuestros ojos. No os pregunto que es lo
que pensáis. Decidme lo que hay... hechos, hechos. Hay que
verlos. Esos quedan. No los haréis desaparecer con el
sentimiento.

219.-Tener sentido de la realidad es conocerse a si


mismo, conocer sus posibles tan bien como sus limites. Esto
forma parte de los datos del problema, y se ha de tener el
valor de saber lo que es antes de tener el valor de saber lo
que se quiere.

220.-Tener sentido de la realidad es, en vez de


lamentarse estérilmente de los efectos de los subordinados,
poner todo el empeño en aprovecharlos según su capacidad.

221.-Tener sentido de lo real es desconfiar de las


fórmulas totalmente hechas. No hay formulario tan completo
en el que los casos que se presentan tengan una solución ya
impresa de antemano. Hay que estudiar y resolver cada caso
por si mismo. Las soluciones totalmente hechas son cosa de
empleados de oficina, es decir, de los que no se atreven, o
porque no saben, o porque no conocen mas que el famoso
“precedente” administrativo, padre de la “odiosa rutina, que
atolla tantas energías para trasformarlas en estériles”.

222.-El jefe ha de andar siempre alerta. Jamás ha de


considerar su organización como definitiva.
Desde cierto punto de vista resulta menos difícil poner una
institución en marcha que el mantenerla en buen orden de
marcha, puesto que la vida es algo tan variable que se
necesita renovar incesantemente los conceptos para
encuadrarlos en las nuevas condiciones de las circunstancias
y de la personas.
El jefe que se adormeciese en la rutina no tardaría en perder
contacto con la realidad y pronto llegara a ser un inadaptado.

223.-Un jefe se hace viejo ya desde que rehúsa volver a


pensar los problemas, ya desde que no se siente con fuerza
para renovar sus conceptos y los cuadros.

224.-El desarrollo de la acción hace olvidar con sobrada


frecuencia la necesidad de volver a pensar, para toda
empresa, continuamente en su origen, espíritu, mística y
porvenir. Uno ha arrancado con gran entusiasmo; Luego, falto
de tiempo, absorbido por la faena que sobreviene al día
deslízase en el automatismo.
Un jefe de estado o un industrial ingenioso tendrá a su lado un
grupo de hombres de ciencia encargados de este único
empeño: de reponer la obra a punto, de cuidarla con
inteligencia y espiritualidad.
Hoy sería conveniente multiplicar los encargados de estudiar
y los de misión en todos los organismo colectivos,
considerando su función no como una amable sinecura, sino
como una de las mas esenciales entre todas (1).

225.-El jefe jamás debe hacer tabla rasa de lo pasado.


Hay interés, cuando toma las palancas del mando en las
manos, de que no se resuelva todo, y sobre todo de no dar la
impresión de que quiere cambiar por el simple placer de
cambiar algo.

Mas, por otra parte, derecho tiene de querer los progresos


que, ya por experiencia, ya por estudio, se imponen, sin
dejarse jamás detener por la objeción: “siempre se ha hecho
así” lo pasado es interesante para explicar lo presente; mas
nunca para sujetar a los que desean hacer el porvenir.

226.-Hay que estudiar los asuntos, repetía Foch


constantemente. Y el estudiaba a fondo todos los suyos.
Desde luego, encarga el examen de los mismos a los que
trabajan con el. “mirad también todas las vueltas y revueltas.”

Quien le informe no ha de llevarle impresiones: “No os pido


vuestra manera de pensar, si no cosas precisas, realidades.”
Hasta cuando pregunta si hace frió, no se ha de responder: el
aire es fresco, sino cuántos grados marca el termómetro.
Informes seguros, exactos, comprobados; solo “los hechos
constituyen para él una base sólida” no os apoyéis en frases
si no en hechos. Con estos podéis construir.”

No os paguéis de palabras si queréis no ser pagados con


decepciones.
Fuera elegancia, fuera sentimiento. Se dice: “Yo creo que ...
se hace el elegante”: “ pienso que el enemigo hará esto... o
aquello.” Mal: “yo creo yo creo”... ¡se ha de estar seguro! Hay
que estudiar, ver las posibilidades, contarlas, juzgar, decidir, y
entonces va bien. (1)

227.-Muchas reglas tenidas por intangibles por los


practicones de espíritu corto cesan de ser aplicables a poco
que cambien los datos del problema. De querer aplicar, con
datos inseguros, las reglas demasiado invariables, se
terminan en evidentes absurdos; también los que han
profundizado en estas cuestione sean filósofos u hombres de
acción, todos al unísono han vituperado el abuso del
formulismo.- nada mas perjudicial al estado que aquellos que
quieren gobernar las naciones por las máximas que sacan de
los libros.

Pocas máximas son para todos verdaderas. Nada es absoluto


en la guerra. Fuera los moldes, hay que aprender a discurrir.

228.-Tener el sentido de lo real es tenerlo de todo lo


real. Algunos hay que tienen, a veces, la tentación de
hipnotizarse con un detalle y de no mirar tal por menor. El
verdadero jefe no pierde de vista el conjunto; mira siempre en
su espíritu presente “la síntesis de que está encargado”. Esto
le facilita el poder mirar el sentido de las proporciones y el dar
a cada cosa su relativa importancia.

229.-“El jefe. Decía Lyautey a de ser el técnico de ideas


generales. Pero las ideas generales no han de ser vagas
generalidades. Vea las relaciones algunas veces lejanas que
unen dos problemas; dé a la cuestión presente su verdadero
valor, sin disminuirlo, porque haya de tener repercusiones sin
aumentarlas, porque no es la única que nos interesa y porque
no debe triunfar a costa de otros asuntos o de otros intereses
igualmente legítimos.

230.-La energía de espíritu es la cualidad preferida del


jefe, no tanto con miras a trabajar en el análisis arduo de un
asunto difícil como para concentrarse rápidamente sobre una
cuestión urgente que resolver, abarcando fuertemente, de
una vez, todos los datos de la cuestión y todas las incidencias
de la solución.

Esta energía supone una intuición que ningún ingenio


geométrico puede detener en su vuelo; una extensión de
miras que ninguna especialidad absorbe; una flexibilidad de
adaptación que ninguna rutina anquilosa; una solicitud de los
acuerdos que ninguna psicosis de detalle reduce, y ,
finalmente, esta cultura general que, dando conocimiento de
todo, prepara a comprenderlo todo.

231.-Tener sentido de lo real es también desarrollar en


sí ese como olfato, que permite ver al instante las nuevas
posibilidades que se presentan con un cambio de situación
para utilizarlas y tomar una nueva decisión adaptada a las
circunstancias.

232.-Hay que saber, según el dicho de Talleyrand,


“aceptar lo inevitable para hacerlo utilizable.”

233.-Es necesario que la intuición del jefe sea constante


y que su capacidad contractiva sea templada por el sentido
práctico de las posibilidades de realización. No es el lanzarse
adelante, sin reflexión, contando solo con su audacia o con su
buena estrella, porque, según confesión del mismo Napoleón,
“con la audacia se puede emprender todo, empero no se
puede hacer todo”

234.-Un gran jefe nos pone en presencia de las cosas


tales cuales son, solo que nos manifiesta que podremos hacer
con ellas otras cosas. No por su capricho, si no por el bien
público no arrebatado quiméricamente por la imagen que
proyecta ante sí, con clarividencia traza la ruta por lo mejor
del terreno. Su misión, y primeramente para sí, prefiere lo
real a su ideal, como prefiere su faena a su persona.(1)

235.-Unos no ven mas que las dificultades; otros


quieren ignorarlas. Lo mejor es ver las posibilidades pensando
en las dificultades y hallar en las primeras recursos para
vencer las segundas.

236.-Cuando se es de veras todo un hombre, se toma


de las cosas lo presente, como es, y se trabaja para que en lo
venidero estén algo mas ajustadas a lo que deben ser.

237.-Si hay un pesimismo desalentador, consistente en


cruzarse de brazos ante la fatalidad, hay también un
optimismo pernicioso, que sustenta la ilusión so pretexto de
conservar la confianza.(2)
238.-Hay planes muy bien hechos; no son los planes los
que faltan, ni tampoco las ideas; mas para cada circunstancia
hay entre ellos uno bueno y manada mas. Quizá es el menos
bello de todos, el menos grandioso, el que conquistará menos
gloria; pero, seguramente, es el único que la realidad hace
posible, y ese es el que ha de escogerse.

El jefe que tiene la responsabilidad y toma la decisión, debe


tener esta noción de lo posible. Si le falta, podrá ser un
estético militar eminente, pero no un jefe de veras.
VIII.- Competencia

239.-El valor no es el exclusivo fundamento de la


autoridad del jefe.

No es menos verdad que el jefe tiene que desarrollar la


competencia para a estar en disposición de servir mejor, y su
autoridad moral crecerá en proporción de las muestras que
diere de valor.

240.-La competencia del jefe no es de la misma


naturaleza que la de los subordinados. Su competencia ha de
consistir esencialmente en poseer las nociones generales
necesarias y el suficiente conocimiento de las diferente ramas
de actividades para organizar el conjunto de ellas. Cuanto
mayor es la responsabilidad del jefe, tanto mas ha de evadirse
de la especialización, mientras que cuanto mas el agente un
ejecutor, tanto mas ha de dar pruebas de su capacidad
técnica.

241.-La competencia específica del jefe es una


competencia de gobierno, que consiste en prever, organizar,
mandar, comprobar, en orden a la faena o misión que se ha
de llenar; competencia que permite apreciar los valores
relativos y ponderar las oportunidades; competencia
psicológica que se adquiere con la práctica del manejo de los
hombres.

242.-La competencia profesional no es solo una


condición de prestigio, si no cuestión de moralidad. “la mayor
inmoralidad -escribía Napoleón a su hermano José- es ejercer
un cargo que no se sabe.”

243.-No se puede pedir al jefe que sea competente en


todo. No habría jefes. El jefe domina las ideas generales: ese
es su propio dominio. Si, además, tiene algún otro talento
particular, tanto mejor, o, quizá, tanto peor. Quizá tanto peor,
porque si tiene la debilidad de entregarse a sus éxitos, se
achicará y no será mas que un especialista.
El jefe deja los especializados para cuando han visto que
serán útiles y eficaces, y dentro de los limites prefijados. El es
quien se esfuerza para “dominar la situación”, orientando y
coordinando los esfuerzos.
244.-La cultura no consiste en saberlo todo, ni en saber
un poco de todo, si no en tener dominio de las cosas para
tomarlas miradas desde lo alto.

245.-No hay que pedir al jefe que sea competente en


todo –aunque ha de tener en su favor una competencia
indiscutida e indiscutible, sino para hacer, al menos para
juzgar, apreciar y decidir con conocimiento de causa.

246.-El que no es más que militar, no es sino un mal


militar; quien no es más que profesor, no es sino un mal
profesor; quien no es más que un industrial, no es sino un mal
industrial. El hombre completo, el que quiere cumplir de lleno
su destino y ser digno de guiar a hombres; en una palabra, ser
jefe; este tal ha de tener sus ventanales abiertos a todo lo que
honra a la humanidad. (1)

247.-Además de la competencia técnica requerida, la


competencia peculiar del jefe es la que consiste en el arte de
crear la unidad, sabiendo ordenar y coordinar los esfuerzos de
cada uno con miras a la obra común.

248.-La victoria no se contenta con la virtudes de


ultima hora. La realidad del campo de batalla es que allí no se
estudia; se hace, sencillamente, lo que se puede para aplicar
lo que se sabe. Desde luego, para poder allí un poco es
necesario saber mucho y bien. (2)
IX.- Espíritu de previsión

249.-El bueno o mal resultado depende mucho de las


miradas del jefe sobre el porvenir. El jefe no puede trabajar
solo “al día”. Ha de prever para plazo mas o menos largo las
consecuencias de sus decisiones, la oposición o dificultades
que puede encontrar y la parada que tendrá que montar en la
diferentes hipótesis.

250.-La costumbre de prever y de vivir en el porvenir es


lo que permite la rapidez del cálculo y la prontitud de
decisión. “si estoy siempre dispuesto decía NAPOLEÓN, es por
que antes de emprender he mediado mucho tiempo. Vivo
adelantado en dos años y tengo previsto lo que pueda
ocurrir.”

251.-A puro de prever y preparar es como se hace uno


capaz de improvisación cuando las circunstancias lo piden. Y,
al contrario, si deliberadamente se remite perezosamente a la
inspiración del momento, se camina al desastre.

252.-No es un genio quien me revela en secreto lo que


yo tengo que hacer en una circunstancia no esperada para los
otros, sino la reflexión, la meditación (1).

253.-Difícilmente se imagina cuanto se esfuerzan los


grandes jefes en prever con precisión. Véase a MANGÍN
preparando la revancha del fuerte de Douaumond: “Nada se
ha dejado a la ventura.” Utilizó todos los informes recibidos de
sus aviones, de las patrullas, de los desertores, los clasificó
recortados, verificados… ¡que trabajo supone todo esto! Sólo
entonces acometió y el triunfo fue completo. El mismo
método en 1917 en Fismes: “En el mapa se contaba, no por
kilómetros, si no por metros; cada salida de las trincheras
estaba estudiada en las múltiples posibilidades; se notaban
los menores accidentes del terreno, las ruinas de las
casuchas, los troncos de los árboles cascados; se trasladaban
las señales para orientarse en las fotografías de avión y en los
planos directivos; el tiro de la artillería y el alcance del tiro, el
desplazamiento de los cañones, el avance de la infantería, a
la cobertura de los obuses; todo estaba determinado en un
segundo” (1)
254.-El jefe que está siempre en vela, en previsión de
dificultades, en intuición de los acontecimientos; el que no
proyecta su voluntad en el misterioso provenir, par plantar en
él con anticipación jalones de su marcha: iniciativas,
creaciones, campañas, propaganda...; que no sabe, cuidadoso
de lo real, son atosigar la imaginación, construir un plano,
establecer un programa, combinar horarios, asegurarse de las
posiciones de repliegue o de las líneas de socorro, no es mas
que “un encargado de negocios”, inerte valiente, rutinario,
que al no dominar la vida será por ella dominado y vencido.

255.-Cuanto mas precisa sea la idea que el jefe se


forme de lo venidero, tanto la idea tendrá mas probabilidad
de convertirse en realidad. Querer no significa solo decir lo
que se quiere; es representarse con energía como se obrará.
(MAUROIS: Dialogues sur le Commandement.)
X.- Conocimiento de los hombres

256.-El arte de conducir hombres es difícil. Lo es


primeramente por que depende de dones naturales
desigualmente repartidos, y también porque las leyes
psicológicas, que son la base de las relaciones entre jefes y
subordinados, están muy poco conocidas.

257.-Un hombre de experiencias, entrado en años, que


rápidamente llegó a sacar adelante una empresa industrial,
empleando numeroso personal, respondía a los amigos que se
admiraban de un tan rápido éxito; “Yo no conocía las
máquinas, es verdad; pero conocía bien a los hombres.”

258.-Primero hay que hacer rueda de gente, como en


familia, para ver lo que valen (1)

259.-Conocer sus oficio bueno es, y puede ser lo


bastante para el artesano que trabaja solo; pero el jefe, por
definición, tiene que mandar a otros hombres, y el
conocimiento de los hombres a los que ha de mandar le es
tan necesario como el conocimiento de la tarea para la que
los debe mandar.

260.-El primer servicio del jefe consiste en estudiar y


comprender a los que debe formar. Siendo toda educación un
contacto, no es posible tener contacto con ellos si no hay
unión entre las dos partes: el jefe y sus subordinados,
adaptación del que manda al que obedece, a fin de que un día
haya adaptación del que obedece al que manda. (1)

261.-El ideal para el jefe es colocar a cada uno en su


puesto: the right man in the right place. Un hombre que se
encuentra delante de una tarea que le puede, parece zurdo y
desmañado; un hombre que ocupa el sitio que le conviene
parece siempre inteligente.

262.-No siempre resulta fácil hallar para cada uno el


sitio que le conviene; mas por experiencia se sabe que
muchas veces basta un desplazamiento, al parecer
insignificante, para convertir en bueno a un mal obrero.

263.-Es falso decir que el hombre vale tanto como otro


hombre, y hay que conocer bien a sus hombres para poner el
hombre preciso en el sitio que le convine.
264.-El jefe debe conocer a sus hombres para estar en
condiciones de adaptar las órdenes a la capacidad de cada
uno, dejando a los que se lo merezcan mucho de iniciativa y
teniendo mas de la mano a los que no puedan actuar solos,
con todo un teclado que recorre desde la orden a secas hasta
la sutil persuasión. Hay jefes tan poco hábiles, que cuando
han hablado, los subordinados sienten ganas de hacer todo lo
contrario de lo que se ha dispuesto.

265.-Un individuo calificado como malo por un jefe


puede ser estimado como excelente por otro jefe, solo porque
el segundo ha sabido ganarlo, mientras que el primero no lo
comprendió.

266.-No juzguéis de ligero a nadie como incapaz. Son


muchos menos los incapaces de lo que generalmente se cree;
lo que sí son muchos los mal aprovechados, a quienes no se
ha dado el empelo que convenía.

267.-Un grupo, sea cual sea, no tiene cohesión mientras


sus miembros no se conocen mutuamente, y conocen a su
jefe, y se creen conocidos de todos ellos; el ser humano tiene
necesidad de sentirse apreciado, asimilado, comprendido,
conocido, para entregarse totalmente a la faena que tiene
impuesta, y será capaz de excederse a si mismo si sabe que
su jefe cuenta con él. Personalmente para un esfuerzo que
hay que hacer.

268.-Todo hombre tiene mas o menos confusamente el


sentido de dignidad humana, y espera que su personalidad
sea reconocida. Ser tratado como un número o como una
simple rueda de una máquina determina en él un complejo de
inferioridad que tratará de compensar con la indiferencia, la
rebelión o el desprecio.

269.- El jefe tiene que dar a cada uno la impresión de


que le reconoce una individualidad propia, que no le confunde
con los otros, que le distingue por tener una existencia y valor
singulares en medio de la multitud de semejantes.

270.- este profundo conocimiento es a la vez para el


jefe la mayor habilidad y la mayor fuente de su poder: este es
el secreto de los caudillos de los pueblos. (NAPOLEÓN, tirando
de la oreja: “¡Hola, tú; te vi en Marengo!)
271.- el jefe, siempre que es posible, llama a cada uno
por su nombre, sin olvidar que el nombre es para cada uno la
palabra mas dulce e importante del diccionario.

272.- el conocimiento de los hombres permite apreciar


con exactitud la moral del grupo y de terminar lo que se le
puede exigir en un momento dado sin peligro de provocar
desorden. Este es el que da la sensación de lo que se llama
“lo practicable” , sin él la disciplina se rompe.

273.- todo jefe, que es más o menos educado no puede


ejercer su bienhechora influencia mas que siendo a la vez
perspicaz para adivinar las necesidades, las aptitudes, los
gustos, los caracteres y los reflejos de sus hombres. No es
bastantemente conocer el corazón humano; es preciso tener
el instinto de adivinar lo que pasa en el alma de los
encomendados.

274.- Para conocer bien a los hombres, el jefe debe


precaverse de las simplificaciones exageradas. El hombre no
es siempre razonable y sencillo, sino un ser con múltiples
tendencias, que se compensan y equilibran las unas con las
otras, sometido, además, a variaciones mas o menos
frecuentes, según el temperamento, el carácter, la salud, el
ambiente que le rodea, los acontecimientos que le afectan.

275.- conocer, según la etimología francesa (“connaitre


= naitre avec”), es nacer con, vivir con, sentir con. No hay
verdadero conocimiento sino en cuanto se simpatiza, se
penetra en las penas y dificultades de cada uno, se sabe
sustituirle en su puesto.

276.- el hombre inquieto busca siempre a quien confiar


el objeto de sus inquietudes; mas vale que la confidencia sea
recogida por el jefe, que podrá rectificar el error o testimoniar
la simpatía. De toro modo, el hombre está tentado de pedir
ayuda a un ignorante o a un irresponsable.

277.- el jefe ha de esforzarse para estar en contacto


con los subordinados. Esto le dará ocasión para observaciones
fecundas, porque así podrá sorprender infraganti las más
espontáneas reacciones, a la vez que podrá romper las
timideces que paralizan y provocan las conferencias que dan
descanso.

278.- el hombre que carece del instinto de adivinar lo


que pasa en el alma de sus subordinados puede ser un genio
en otro plan, pero nunca será un jefe de verdad.
279.- el hombre que se queja no exige necesariamente
que se le de una satisfacción; desea sobre todo, ser
escuchado con interés y que se provoque una decisión en el
sentido que sea.

280.- para apreciar a sus hombres, el jefe tiene que


desarrollar en sí, enfrente de ellos, una disposición afable y
benévola, porque los defectos, frecuentemente, son mas
visibles que las cualidades. Además, la importancia de un
defecto no puede ser algo absoluto en valor, depende
esencialmente de la cualidades que le contrapesan y de la
naturaleza de la función encomendada al interesado.
XI.- Benevolencia de espíritu

281.- Las relaciones humanas entre jefes y sus


subordinados se producen por naderías, al día, a la ventura de
circunstancias y ocasiones; pequeñeces, nadería; una corta
conversación sin objeto determinado, sostenida con tono
sonriente, una pregunta tan corta como esta: “¿Cómo esta
usted?, cuando se adivina algo de cansancio posible; una
palabra que indica vuestro interés por lo que a él interesa. En
un palabra, todos esos gestos minúsculos, discretos , sinceros,
que se dirigen a un hombre; a esas pequeñeces con las que
uno quiere parecer humano, contribuyen a despejar la
atmósfera que los inevitables choques del servicio tienden de
continuo a cargar. Con frecuencia permiten contestar con
calma algunas preguntas espinosas, explicables, hacerse
comprender mejor y hacer aceptar con mas facilidad sus
decisiones y direcciones. Quitan poco a poco a las exigencias
del servicio todo lo que tienen de duro y costoso, permitiendo
atenuar o corregir las torpezas y las observaciones, quizá
demasiado secas o bruscas. Contribuyen, mas que todo, a
crear atmósfera de colaboración y confianza.

282.- Sus disposiciones para con nosotros son tan


benévolas y favorables que podemos desearle. Facilitan
nuestros deberes, sin que las haga desagradables ninguna
muestra de orgullo. No hace sentir las distancias sociales, con
tal que se guarden. Es justo; su seriedad jamás es inmerecida.
Se da uno cuenta que es la razón, no el sentimiento, lo que
guía.

283.- La simpatía y compresión mutuas constituyen,


entre los miembros de una colectividad, el lazo que produce la
armonía en la acción. Todos los grandes sentimientos pueden
responder a la llamada de la simpatía, y el jefe avisado sabrá
aprovecharlos y hacer reinar la concordia entre sus
subordinados.

284.- Después de haberse impuesto el respeto y


consideración de los súbditos por su valor personal y por el
ejemplo que les da en toda ocasión, el jefe ganará su
confianza interesándose por los detalles de su vida,
escuchándoles afablemente, siempre que no lo impidan las
reglas de la disciplina; probándoles que , después del
cumplimiento del servicio, el principal cuidado del
comandante es el bienestar de la tropa. (2)
285.- Dése a los hombres la impresión de que sus
preocupaciones personales interesan a sus superiores.

286.- El súbdito es particularmente impresionable en


presencia de su jefe. No le consiente de buena gana
mezclarse en los asuntos privados; todo el “complejo paterno”
se pone en juego nuevamente en presencia del jefe, lo mismo
que en presencia del padre. Por consiguiente, no es posible
ayudar a los subordinados dándoles consejos de “alto a
bajo” . esos consejos les hieren, les irritan, no pueden
seguirlos. El medio único es que el jefe se ponga “al lado de
ellos” y les comunique sus propias experiencias, sin
pretensiones de enjuiciamiento; así esto no resulta una
ingerencia en las vidas privadas, si no un don de experiencias
personales puesta a disposición de ellos.

287.- El jefe, manifestando a los súbditos que los


conoce, no se preocupa por lo que les atañe, ganara
fácilmente el corazón de unos y de otros y conseguirá la
confianza mucho antes que si en su presencia no se sale en
ninguna circunstancia de la fría y distanciada reserva,
pareciendo por otra parte confesar de este modo la poca fe
que tiene en su autoridad.

288.- Saber hablar a un soldado de manera que se le


muestre que se le conoce y comprende es uno de los mas
seguros medios de ganar su confianza, de hacer que nazca en
él la seguridad de que, en caso de peligro, sus intereses serán
amparados en la medida posible, pues estarán reconocidos.

289.- la criatura humana busca con avidez la simpatía


comprensiva. Por tanto, las alegrías y las penas del trabajador
no pueden tomarse como fenómeno que solo a él concierne,
sino una ocasión para el jefe de faena de ponerse en
comunicación con un alma.

El jefe que se acerca a sus empleados en los momentos de


sus pruebas o de sus triunfos penetra mas hondamente en su
corazón, en tan breve instante, que dure muchos años de
trabajo impuesto. Siempre servirá a la causa la expresión de
simpatía: el alistamiento, el ascenso, el nacimiento de un
niño, la muerte de un pariente, un aniversario, ofrecen
excelentes ocasiones al jefe de trabajo para manifestar su
interés, para estrechar los lazos que le unen al empleado y de
provocar, por lo mismo, sentimientos recíprocos.
290. cuando algunas veces hay un rencor secreto, o violento, del
soldado para con el oficial, no es porque este le haya exigido algo penoso o
peligroso; será porque lo ha exigido con un tono que significa indiferencia o
desprecio. El noventa por ciento de las veces el oficial duro para el servicio y
para el fuego, pero que sabe hablar con humanidad a su soldados, compartir su
vida y, como suele decirse, -explicarles el golpe-, es mas amado y mejor
seguido que otro jefe menos exigente, pero grosero, frío y desdeñoso.

291. Imaginad a vuestro superior en la guerra, a


vuestro director en la paz, o bien sólo a vuestro hermano
mayor, a vuestro abuelo, que haya omitido un día trataros con
afecto. Estalla al punto el despecho, la cólera, la amargura
rencorosa, el sufrimiento y confesad que quienes están
siempre bajo jefes o superiores lo sentirán cien veces al día y
que lo sueñan por la noche. Pensad también que todos esos
nubarrones se disipan con una mirada apacible, y de seguro
haréis con toda el alma la obra de divina caridad de vuestra
fineza a tantos seres que sienten necesidad de ella (1).

292. No es buen sistema responder a la antipatía, a un


mal proceder con otro mal proceder. No hacéis mas que
envenenar las cosas.

Pensad intensamente que estáis lleno de benevolencia para


con el inferior; pronto le veréis transformado.

Proceder así no es debilidad, sino energía superior, la que


vence al mal con el bien.

293. No podéis pensar que satisfacción tan superior y


completa hay en tener en la mano una gran maza y en no
servirse de ella. Los fuertes son bondadosos...(1).

294. El jefe que aprecia lo real, lejos de lamentarse


estérilmente de los defectos de los subordinados, pone su
empeño en utilizarlos según sus habilidades.

295. Ni por sus excelentes intenciones, ni por todos sus


esfuerzos, el jefe puede jactarse de conquistar a todos los
subordinados; algunos se quedarán distanciados, inertes y
cerrados hasta el fin; otros no se dejarán ganar sino con el
tiempo. Días vendrán de infiltrarse el mal espíritu, la mala
voluntad y todas las molestas pequeñeces que la siguen. Pero
si no os desanimáis y si desinteresadamente os esforzáis por
ser humanos con todos y siempre, terminaréis por formar una
atmósfera de confianza y de simpatía, cuya bienhechora
influencia experimentarán todos.

296. En la vida de negocios y en la vida familiar hay


una malsana tendencia a olvidar las cualidades para no ver
mas que los defectos de los que se nos acercan: según el
dicho de SHAKESPEARE, tallamos sus defectos sobre bronce, y
escribimos sus virtudes sobre el agua: “Men´s evil manners
live in brass; their virtues we write in water....”
Fenómenos, por otra parte, muy comprensibles, porque las
más hermosas cualidades nos parecen, a la larga, naturales,
mientras que la manifestación repetida de un efecto acaba
cansando la paciencia.

Este error de óptica es tanto más peligroso cuanto mas


inconsciente, aunque puede corregirse haciendo de vez en
cuando el balance intelectual y moral de sus colaboradores:
pónganse, de una parte, las cualidades, habiendo pesado bien
su valor, y de la otra, los defectos; pero apreciados en su justa
proporción, y compárense los provechos y los perjuicios. Si el
saldo es favorable, amortizad los defectos con un poco de
indulgencia y no os privéis de un excelente jefe de servicio
con el pretexto de que es algunas veces difícil de soportar.
“Se han de conocer las debilidades humanas y hay que
acomodarse a ellas antes de combatirlas”, decía NAPOLEÓN.
Temed, sobre todo, que por contenerlos bruscamente no
consigáis hacer presentarse a vuestro derredor la hipocresía.

297. Todos conocen la celebre orden del día de G. Q. G.


Francés del día 19 de mayo de 1917: “Nuestros oficiales...
titubean en manifestar a sus jefes las dificultades de
ejecución que ellos comprueban, por miedo de ser tachados
de espíritus apocados. De esta tímida abstención resulta que
el mando superior mantiene, a las veces, órdenes que no
habrían dudado en completar o en diferir si hubiera estado
mejor informado”.

Es un hecho. Hay informaciones preciosas para el mando que


no se atreverá un inferior a exponerlas a su jefe sino cuando
esté seguro de ser escuchado con oído simpático.

Por esto añade la orden del día: “El superior ha de dispensar a


sus subordinados una acogida benévola, manifestar el deseo
de ayudarles a resolver las dificultades que los detienen,
pasar lista de los informes útiles y hasta provocarlos. La
actitud afable del jefe está conforme con las mas nobles
tradiciones del Ejercito francés... cuando se disminuye tiende
a provocar un estado molesto y censurable: los agriados
confían su rencor a los indiferentes o a los incompetentes
creando poco a poco una atmósfera de disgusto e inquietud
que puede llegar a ser peligrosa.

Esto es verdad, no solo en el ejercito, sino en todo.


}

XII.- Bondad de Corazón

298. “Perjudicial es toda otra ciencia a quien no posee


la ciencia de la bondad”, dijo MONTAIGNE.

Aunque pudiera hacerme temer, todavía prefiero hacerme


amar.

299. Se puede resistir a un argumento, se puede resistir


a un acto bueno, pero no se resiste a la influencia de un
corazón bueno... que se rodea de una atmósfera en que se
bañan las vidas y se impregnan de la misma sustancia que
él...

300. Cuan inflexible era su severidad en el curso de una


acción, tanta era su bondad terminada aquélla, su
longanimidad se confirmaba en toda ocasión, en su manera
de tratar y juzgar a los individuos... todavía lo oigo repetir: “El
jefe nunca se engaña por exceso de bondad” (1).

301. Hay una manera de ser que influye en la manera


de ver. Recíprocamente, los que ven el buen fuera de sí,
prueban que lo han experimentado en sí. (Nota 17).

302. Cuando nos parezca que la bondad ha desertado


del mundo, pensemos que antes desertó de nuestro corazón.

303. El espíritu recto, el corazón bueno, no se dejan


alucinar ni por la falta ni por el mal...
Sin ser exclusivos, saben buscar preferentemente el buen
meollo...; en una teoría encuentran el embrión de la verdad...;
en un gesto, el deseo mas amplio que él...; en un alma, el
poder generoso...; en el grano de mostaza, un árbol, en
potencia...

304. La recompensa del capitán no están en las notas


del comandante, sino en la mirada de sus nombres (2).

305. La recompensa del jefe no tanto son las


felicitaciones del superior, cuando el mudo, pero total afecto
de cuantos sienten, aun los más bajos en la escala, que
forman parte de la casa.
“En cuanto a los altos jefes, su amor me ha interesado
siempre infinitamente menos que el de mis subordinados,
únicos que yo anoto” (3).
306. el corazón seco bien podrá hacerse temer; pero se
está mal servido por esclavos.

307. Es un error el creer que la indulgencia y la


delicadeza están vedadas a la autoridad.
Conocido es el dicho de TURENA a uno de sus oficiales: “A
nadie hablo yo con dureza...; pero os haré cortar la cabeza en
el punto que os neguéis a obedecer”.
Arranque de un jefe que, sobre todo, tenía autoridad porque
era equitativo, y cuya indulgencia y humanidad han llegado a
ser proverbiales: “Severo para consigo, tenía todas sus
desgracias por faltas; indulgente con los que habían faltado,
hacia pasar sus faltas por desventuras”.

308. ¡Tal es el poder del corazón! Aquel que no ha


conseguido ampararse en nuestros pechos, que no confié en
sus órdenes y que no espere llevarnos lejos por el camino de
la obediencia. Pero quien se haya hecho dueño de nuestros
corazones, ya puede atreverse a exigir. Lo puede pedir todo.
La autoridad fuerte es la que está apoyada en la fuerza del
amor. (1).

309. “La cima de la habilidad está en gobernar sin


fuerza”, escribe justamente VAUVENARGUES; y LACORDAIRE
decía aún más exactamente: “No se puede reinar en los
hombres cuando no se reina en los corazones”.

310. No hay mando eficaz sin amor: la voluntad


impuesta a viva fuerza, no hay duda, es capaz de impulsar la
ejecución momentánea de una determinada faena; pero no
puede obtener esta “adhesión total de las voluntades, de los
espíritus y de los corazones”, absolutamente necesaria al jefe
para cumplir su misión.
Esta adhesión no la conceden los subordinados más que si
sienten en el que los guía amor profundo y sincero; deseo de
entregárseles con todo su corazón y con toda su inteligencia;
voluntad para hacerles realizar de lleno, en función de su
dignidad, todo cuanto hay en ellos en potencia y, por tanto,
de hacerles colaborar a la obra común.
Así mandados, dan ellos a quien se les ha dado su propio
amor; y solo a partir de eso puede un hombre pedirlo todo a
los que tienen por misión el conducirlos; entonces solamente
puede llamarse en verdad jefe.
Efectivamente, nada se ha obtenido en tanto que la confianza
del interior no ha respondido a la confianza del superior, en
tanto que un inmenso cambio de amor verdadero no se haya
establecido entre todos los que, en diversas escalas de la
jerarquía, han de colaborar al trabajo común (1).
311. Los franceses valen cada uno por diez con jefes
estimados y queridos, y no valen nada con un jefe que no le
inspira estima ni confianza (2).

312. Una buena palabra es, muchas veces, mas eficaz


que una buena razón (3).

313. Cuanto mas alto es la jerarquía y mas encumbrado


está uno, más obligado está a ser bueno (4).

314. Con unas pinzas pueden abrirse los erizos; los


corazones, no.

315. cuando LA BRUYERE quiso trazar la verdadera


grandeza de alma, trazó el retrato de Turena:
“La verdadera grandeza es libre, dulce, familiar, popular; ella
se deja tocar y manejar; nada pierde cuando se la ve de
cerca; cuanto más se la conoce, más se la admira; se dobla
por la bondad hacia los inferiores y sin esfuerzo recobra su
dirección natural.
“Nos acercamos a él con libertad y respeto...
Y ahí esta el secreto de los sentimientos tan particulares que
inspira a los hombres de su tiempo en los que van unidos al
efecto y la admiración”.

316. Hablando de un residente que poco había


sobresalido, decía LYAUTEY: “Es muy inteligente, pero nunca
hará nada, porque está falto de la partecita del amor, sin la
cual ninguna grande obra humana se lleva a cabo”.

317. Muchas veces hay hombres tímidos y


desconfiados, cuyos corazones se abren por la cordialidad y
se cierran por la grosería.

318. Hablando de sus soldados, dice el oficial,


satisfecho: “Mis hombres”, tendría por lo mismo, que no
ponerles esta nota de soberanía opresiva, sino siempre de
solícita inquietud, lo mismo que el padre que dice: “Hijos
míos”, o el cristiano: “Hermanos míos.”

319. Ciertamente, un jefe debe tener cuidado del


bienestar, de la salud, de la moral de todos los que tiene a su
cargo. Pero aún ha de tener mayor cuidado de la dignidad de
ellos. Respecto a ella, jamás será delicado en demasía. El
progreso social no ha hecho más que afinar la susceptibilidad
de los hombres, quienes tienen derecho de querer no ser
tratados como menores eternos.
XIII.- Respeto de la dignidad humana

320. Un Jefe nunca tiene que olvidar que los subordinados son seres
humanos y que al lado del servicio tiene sus intereses, sus cuidados, sus
sentimientos humanos. El jefe comprensivo ha de interesarse con discreción y
tacto por todo lo que es humano en ellos.

321- La cuestión social es, ante todo una cuestión de atenciones (1).

322. El deber más esencial del jefe al frente de los subordinados es,
aun en el ejercicio del mando, el reconocer el valor de hombres y el tratarlos
según su dignidad de personas racionales y libres.

323. Porque el Hombre es persona, no pertenece más que a si mismo y


a Dios; no podría pertenecer a otro hombre que pudiera considerarle como
cosa. Sería esto volver a un concepto pagano de la autoridad, según el cual, en
la antigüedad, el amo poseía sus esclavos con el mismo titular que sus rebaños
o sus tierras.

1(1) León Hamel

324. El servicio, en primer lugar, es cierto. Pero el Servicio no lo es


todo; ¿Para qué serviría una hermosa tarea por el bien de la humanidad, si
termina por hacer menos hombres a los que tienen que trabajar en ella?

325. La disciplina es un medio, no un fin. Ha de ser flexible para que


sea formativa; ha de permitir a los hombres que tomen sus responsabilidades.
Se procede como hombre según se comprende el porqué de sus actos.

326. De la educación cristiana se ha conservado la idea hermosa y


profunda de que todo hombre es importante, no sólo en cuanto es un sujeto, un
cuidado, sino en cuento es un hermano, individuo fraterno (1).

327. El hombre rechaza la servidumbre, aunque no rehuye el servicio;


antes halla en éste la satisfacción de un instinto natural de fidelidad, siempre y
cuando esté seguro del aprecio y confianza de quien le manda y reciba de él
trato humano.

328. Brusco o tranquilo, quien reconoce en cada hombre una


individualidad, que es toda su riqueza y orgullo, no puede menos de poner
misteriosamente en el tono una como llamada de un hombre a otro hombre,
manifestación de un profundo y fundamental sentimiento de igualdad, a pesar
de la diferencia de jerarquías.

No hablemos de esa igualdad insultante, de esos pequeños que


resultan mandiles o taparrabos, de esa flamante juventud que sólo inspira
disgustos a quien la adula, sino de esas relaciones nobles de un hombre con
otro hombre, de uno

(1) Maurois, En parlant de Lyautey

a otro, señor feudal el uno, vasallo el otro, unidos por el deber preciso del
mando y de la obediencia. Así, en tiempos del feudalismo, jerarquizando hasta
el abuso y abundante en célebres y trágicas obediencias, corría el raudal
escondido y vivificante de la fraternidad cristiana de las almas iguales ante
Dios , a pesar de las desigualdades naturales y universalmente (1).

329. Una mala palabra, una falta de atención, una expresión dura y
despectiva, pueden hoy sembrar el rencor que mañana se presentará en cólera.

330. Cuando más elevado en dignidad está un jefe, tanto con más
miramiento ha de tratar la susceptibilidad de sus subordinados, porque una
flecha cuando cae de más alto, más honda se clava, y así toca el corazón puede
ser mortal.

331. Una injuria en boca de un jefe deshonra y abre en el alma del


inferior una herida incurable.

332. El mariscal De Belle-Isle escribía a su hijo “Os recomiendo que


delante de los soldados no uséis expresiones duras ni epítetos denigrantes, y
jamás profiráis ante ellos palabras innobles y bajas. Creedme, hijo mío, éste
es el único medio bueno que por sí hace respetar las órdenes tornarlas
agradables y acelerar su ejecución; inspirad en los soldados esa confianza en
sus oficiales, que es la madre de la buena disciplina y los éxitos”. (Nota 18)

(1) El Capitán Morel, en Revue d’Infanterie, julio 1930: Esprit de finesse et


de commandement.

333. Véase el muy sugestivo extracto de una carta escrita en 1831 por
un artillero al general Drouot, a cuyas órdenes había servido en 1809:
“A mi juicio, lo principal es hacerse querer del soldado, porque si el coronel
no es amado, no hay mucho empeño en hacerse matar por las órdenes de uno a
quien se detesta. En Wagram, cuando aquello ardía y nuestro regimiento hizo
tanto, ¿creéis que de no haber sido vos como erais, los artilleros de la Grande
hubiesen maniobrando tan perfectamente?

“Yo, mi general, jamas he hallado un coronel que haya sabido hablar a los
soldados como vos; erais severo, lo admito, pero erais justo; es decir hablabais
al soldado como si hubiera sido vuestro ideal, Hay oficiales hablan a los
soldados como si los oficiales fuesen soldados, unos iguales, y esto lo tengo
yo por nada.”
334. El Jefe debe empeñarse en caer entre él y los subordinados una
atmósfera y unas relaciones de colaboración verdadera. ¿Y no es el medio
mejor para esto interesarles en la faena que se ha de cumplir, habiendo que
participen, en la medida que sean capaces, del ideal que perseguís?

335. Cada cual de nosotros está, naturalmente, persuadido de que respeta


la persona de sus colaboradores. Todo nombre valiente busca el hacerlo; pero
guardar ese respeto hasta el cabo, no es tan fácil como se cree. Porque respetar
la persona humana en cada uno de los subordinados es hablarles con la misma
estima que a los jefes (1).

(1) A. Carrard, le Chef, sa formation et sa tache, Pág. 17.

336. un militar no se inclina cuando saluda a su superior. Al contrario,


debe darse importancia, y su gesto arrogante simboliza la grandeza que ha de
tener en servir.
Sería deshonrar semejante gesto, todo confianza y grandeza, hacerle significar
bajeza o debilidad.

337. Desde las primeras instalaciones de fábricas en Francia, ¿cuáles


son las que no han ido a la huelga? Por todas partes donde lo hemos podido
comprobar había fábricas en que el jefe estaba en contacto personal con los
subalternos; en las que el (hombre) , como persona humana, era el objeto de su
atención y cuidados; en las que el jefe sabía interesarse por la familia de sus
obreros, les preguntaba por las novedades de casa, les proporcionaba ayuda
personal efectiva.

Conocí en un deseos establecimientos un jefe que empieza sus relaciones de


fábrica por lo personal. Quiere que los subordinados le informen de las fiestas
o de los duelos, de los aniversarios, de las dificultades momentáneas de los
hombres que les ha confiado. Solo después se entra en la parte técnica.
Cuando faltaba este contacto personal, olvidando todo lo que, por otra parte,
se hubiera hecho por los obreros, éstos han entrado en el taller y han
manifestado su odio profundo contra los jefes que les había tratado, en último
término como “máquinas de producción” (1).

338.Siempre he estado convencido de que el superior debe respetar la


dignidad personal de los subordinados; éstos jamás cumplen evidentemente
con su ideal absoluto. Pero tenemos que servirnos de los subordinados tales
cuales son, utilizando sus cualidades y aun sus defectos, los que muchas veces
no son otra cosa que exageraciones de las cuales.

Esforcémonos por mandar y obedecer con buen humor; el hombre


malhumorado y el encolerizado están enfermos; por lo tanto, son,
momentáneamente, seres de calidad inferior.

Seamos siempre corteses con nuestros inferiores: cuando uno es educado,


educa a los que dirige; cuando no es grosero, se rebaja a sí mismo. En
presencia del superior la falta de educación es una falta contra la disciplina; en
presencia del inferior es, además una cobardía.
Sólo la delicadeza hace soportable la dureza de un reproche. Hablemos
siempre dulcemente, lo cual no empece para hablar con firmeza: al dar
órdenes, al hacer observaciones con tono demasiado levantado, enloquécese a
los subordinados, indúceselos a gritar, pónese fiebre en el servicio (1).

339. Los obreros, aplastados por la maquinaria, han sido mucho


tiempo víctimas del progreso de una técnica sin alma y de un liberalismo
pagano, que los ha reducido a la categoría de material humano, menos
apreciado muchas veces que la maquinaria que cuidaban. De ahí ha resultado
en el alma obrera un complejo de inferioridad que ha conducido acá y allá a
reacciones de violencia.

Desde el momento en que un jefe respeta la altivez de sus hombres y los trata
de veras como a hombres, empieza a estar resuelta la cuestión social.
XIV.- Espíritu de Justicia.

340. Que sea justo es la primera cualidad que un hombre digno de este
nombre reclama de quien tiene autoridad sobre él.

341. Reste sentimiento de justicia es tan innato en el corazón del


hombre, que toda injusticia hasta en el jefe amado, le intranquiliza, le
revuelve, le encabrita. Comprenderá que un superior sea exigente, severo si se
quiere; pero si es derrotado por una maniobra desleal, o por una acato
arbitrario, guardará en el hondo del corazón una secreta herida, que exhalará
un día a otro en amarga queja, en tenaz rencor y quizá en odio implacable.

342. Ser justo es distribuir elogios y censuras con discreción, saber


reconocer la buena voluntad de cada cual, llegar al fondo de las cosas y tener
en cuenta, por si acaso, las causas que han frenado el esfuerzo de quien ha
procedido lo mejor que pudo.

343. Ser justo es atribuir, a quien de hecho lo merece, y sobre todo a


un inferior, el mérito de tal idea ingeniosa; saber reconocer lealmente la parte
que ha cada colaborador suyo corresponde en el éxito.

344. Ser justo es quedar imparcial en todas las circunstancias, sin


dejarse guiar nunca por sus simpatías o antipatías; conceder el ascenso según
la valía y aptitudes probadas, y no según el peso de las recomendaciones o la
habilidad en el arte de adular que pudiera poseer el candidato.

345. Ser justo es respetar la jerarquía por uno mismo creada, reforzada
la autoridad de los que han sido puestos al frente de un servicio o de una
sección, y no intervenir en su radio sin contar con ellos.

346. Ser justo es reconocer noblemente su error o su falta, y no buscar


el hacerla recaer en otro; menos todavía echarla a un subalterno, que no ha
hecho más que ejecutar, lo mejor que pudo y con los medios de que disponía,
las órdenes imprecisas o incompletas.

347. Ser justo es aportar en el ejercicio de su misión una rectitud


irreprochable, que hace más para asegurar el ascendiente moral sobre una
colectividad que el empleo de todos los artificios del mando.

348. No hay en el mundo un hombre, por virtuoso que sea, que pase
por inocente en concepto de un amo que sin examinar las cosas por sí mismo
da oídos a las calumnias (1).

349. Nuestros inferiores tiene derecho a la justicia absoluta: hagamos


todos nuestros esfuerzos para dársela.
No busquemos inspirar a nuestros subordinados terror, sino confianza: que no
teman, antes bien deseen la presencia del jefe.

Protejámosles siempre cuando han ejecutado o han creído ejecutar nuestras


órdenes .

350. Nada de inútiles exigencias. El francés no gusta de estar siempre


molestado por tonterías. Por lo que exijamos sea de manera absoluta y
continua. Sobre todo, hagamos comprender a nuestros inferiores la razón de
nuestras exigencias; hagámosles comprender que la disciplina es necesaria, no
sólo para el servicio, sino para el bien de cada uno (1).

351. El jefe defenderá siempre a sus inferiores si sus órdenes le valen


por advertencias; debe irradiar lealtad, por que es deshonor del jefe mandar a
sus inferiores con doblez porque él no anda con sinceridad.

352. Pensad que todo ser humano es perfectible.


Sean vuestros juicios muy provisionales y nunca irreformables, Tened cuidado
en nunca “fichar” definitivamente a un hombre. Nada habría más injusto y
debilitante.

353. Nada hay que antes mate el esfuerzo que un hombre podría
intentar hacer para mejorarse o corregir, como este pensamiento: “¿para qué?
Estoy fichado.”

354. Sed prudentes, sobre todo en presencia de gentes que veis raras
veces. Cuidaos de la impresión que os han dejado en un contacto fugitivo hace
ya muchos años. Después han podido modificarse. No os fiéis sólo vuestros
recuerdos.

355. ¡Cuántos gérmenes de rebeldía depositados durante la guerra en


millares de almas de soldados por la arrogancia de jefes indignos¡ El Corazón
del Soldado no buscaba para entrenarse más que admirar: rodeaba con
verdadera ternura al jefe que había ganar su estima. Pero esta necesidad de
admiración y afecto se convertía en cólera y en desprecio en presencia de la
injusticia, la infamia y la dureza (1).

356. Como el rey era el defensor nato de su pueblo contra la avidez de


los grandes, así todo jefe supremo ha de vigilar para que los “ejecutores”
obreros, soldados, marinos, sean tratados por sus subordinados con justicia y
honor. Ahí está el papel más difícil, porque el deber del patrón es doble: no
debe debilitar la autoridad de sus lugartenientes, pero no debe tolerar abuso de
autoridad.

357. Un acto de la justicia es el no hacer jamás promesas que no se


pueden cumplir. Si es tan difícil “Cumplir lo que se promete”, es porque muy
difícil “no prometer más que lo que se promete”, es porque es muy difícil “no
prometer más que lo que se está seguro de poder cumplir.”
358. Nada gana tanto la confianza de los subordinados como la
franqueza. De Ernesto Psichari decían sus hombres: “Es tan sincero que se
tienen ganas de imitarle.”

359. El mantenimiento de la disciplina, absolutamente necesario para


conseguir el fin de la acción militar, exige de parte del oficial no solo la
firmeza, sino también cierto respeto de las distancias.

Quien quiera mandar sólo por amistad y persuasión, renunciando al prestigio


del grado, a esa especie de poder absoluto que dan los galones, se expondría a
graves disgustos; el procedimiento, sin duda, tendría éxito en los mejores,
mientras que los peores se aprovecharían de él para sustraerse a la obligación,
y aun los mejores no tardarían en pedir a gritos justicia y a perder ánimos.
XV.- Firmeza

360. Excelente método de mando es la firmeza, cuando es una manera


habitual de ser; pero es poco eficaz si procede a golpes inconsiderados.

Tenéis derecho para ser exigentes; pero evitad las brusquedades de la cólera;
sed estables en la seriedad.

361. El jefe ha de merecerse la reputación de que es un hombre que


sabe lo que quiere y lo que quiere hasta el fin. Esto no le empece de escuchar
una observación justificada de los subordinados y de corregir los errores de
sus decisiones o de sus directivas.

362. Nada tan dañino como la debilidad y la cobardía. Y nada tan


humano como la firmeza. Los regímenes de cobardía son los que cuestan más
al mundo, y en definitiva son los que pueden acabar y los que realmente
acaban en la atrocidad.

No me gusta un bonachón que está en el poder. Quiera Dios que nuestros


señores sean firmes; es todo lo que les pedimos. Para quien está de súbdito
nada hay más dañoso que la hombría del bien –bobería-del que está arriba (1).

363. Este hombre (el Capitán) era duro; justo, sí; pero con justicia
severa y no indulgente. Ninguno de sus subordinados creyó jamas que fuera
posible, o no hacer, o no hacer más que a medias lo que él había ordenado, y
cada uno sabía, o mejor sentía, que estaba completamente en peligro de recibir
un balazo en la cabeza en caso de faltar.

Todas las mañanas, lo mismo en la línea que en el cuartel, revisaba su


compañía, a paso largo, practicando su justicia, como él decía. No dejaba
pasar nada ni toleraba que un hombre o un graduado no hiciese su oficio.

Frecuentemente acompañábale, y algunas veces le vi demasiado riguroso;


parecíame que en su puesto hubiera sido más complaciente; pero hoy veo que
él tenía razón. La regla inflexible es siempre buena, pero protege contra el
desorden, y el que es severo es bienhechor.

Además, aumentaba su severidad a medida de la graduación, porque a sus ojos


un grado era un aumento de deberes antes que un aumento de sueldo o
bienestar. Y en verdad que no se privaba de sacudir con vigor a sus
suboficiales y oficiales. Yo lo fui lo mismo que los otros, y fuertemente, sin
pensar jamás en quererle mal (2).

364. Gentes hay que a cualquier precio pretenden subir; para ellas son
buenos todos los medios de hacerse valer y de aplastar a los otros en la
carrera. Aprovecha todas las ocasiones para decir de sus camaradas cualquier
cosa de desventaja y para hacer resaltar la superioridad propia, no queriendo
saber la de los demás. Desde que se presiente que un jefe se deja influenciar
de tales arribistas y que se tienen más probabilidades de prosperar haciendo lo
mismo que hacer ellos, que no trabajando en su puesto a conciencia, entonces
todo cambia; cada uno se encierra en su trabajo, nada comunica ya a sus
compañeros y, a su vez, empieza a intrigar. La colaboración ideal se cambia
en desconfianza, en lucha solapada de cada uno contra todos; la atmósfera se
hace irrespirable.

365. Otra clase de colaboradores hay todavía más peligrosos, porque


son más difíciles de descubrir. A presencia de los jefes son serviciales
sumisos, acordes con todo, sin personalidad. Delante de los subalternos con
duros, cargantes, distanciados, desconfiados. No puede sufrir que los demás
prosperen.

Aquí es donde ha de intervenir la firmeza clarividente del jefe. Debe “apreciar


cada uno en su justo valor”, sin permitir que por celos o envidia ni diferencia
sea olvidado éste o aquél. (Nota 20)

366. Sed afables, pero no ingenuos.


Estad preparados para hacer confidencia; pero no os confiéis sino con entero
conocimiento.

367. No es necesario cegar la confianza para darla a alguien.

368. Poniendo a vuestros colaboradores en las mejores condiciones


para salir bien, graduad sus responsabilidades y su autoridad. Mejor es
aumentársela que no el disminuírsela en vista de los fracasos.

369. Cuando se conoce que el jefe ni es un impulsivo ni un


influenciado, para quien el último en hablar es el que tiene razón, se le tiene
por jefe.

370. Todo el que no se deja manejar es un jefe.

371. Es frecuente que subordinados que quieren y sirven bien al jefe


estén celosos unos de otros y se discuten con demasiada avidez las señales de
su estima. El “patrón” ha de adivinar y apaciguar estas susceptibilidades, que
debilitan peligrosamente el cuerpo.

Como un chófer experimentando sabe, al oír el ruido de su motor, que uno de


los cilindros no va bien, así el jefe nato siente que el equipo no rinde y busca
la causa de ello y la encuentra. Esta causa es frecuentemente minúsculas: un
grano de polvo en un tubo, un encogimiento de hombros, que no era más que
un tics (contracción involuntaria), y que se tomó por un insulto. Lyautey tenía
el instituto de las cosas: “Fulano se queda a trasmano”, decía, y al momento,
con dulzura y firmeza, le hacía sentir la espuela (1).
372. Proseguid hasta tanto que hayáis conseguido un resultado. No se
debe abandonar cosa alguna sino cuando se ha llegado al término. Cuando no
se logra resultado, nada está hecho. Hay que acabar (2).

373. El jefe debe ser un hombre de carácter. Tener carácter no es lo


mismo que tener mal carácter, como lo creen muchos. Es sí caber conservarse
libre e independiente; es mandar sin buscar la satisfacción inmediata, aunque
legítima y apetecible por otra parte. Es, cuando se tiene la certidumbre de una
verdad, saberse mantener en ella, cueste lo cueste, suceda lo que sea. Es saber
mantenerse solo en la barra esperando cuando todo lo del rededor se cansa.
Finalmente, es saber ser imparcial en su conciencia y reconocer sus yerros.
XVI Ejemplo.

374. Quiéralo o no, el jefe es un blanco o hito. Los ojos de los subordinados
están dirigidos constantemente sobre él, y el ejemplo tiene tanto mayor peso cuanto
más es él más apreciado.

375. El ejemplo es decisivo; los ejemplos arrastran. Concretan el acto o una


actitud lo que hasta entonces sólo era una idea abstracta del entendimiento. (Nota 21).

376. Los hombres nunca se conducen por los preceptos de la razón pura;
necesitan ver su ideal encarnado en un hombre, que los obliga a su seguimiento por la
seducción del ejemplo. (Nota 22).

377. El jefe que da el ejemplo puede pedirlo todo a sus hombres, por que
siempre acaba por merecer y conquistar su confianza.

378. La vida del jefe habla siempre a sus hombres mas alto que su voz, y
cuando la vida esta en contradicción con sus palabras, hay una falta de lógica que
escandaliza a los débiles y rebela a los fuertes.

379. El concepto de la autoridad varia en la acción y situaciones peligrosas;


disminuye la que al jefe presta el grado, mientras crece la que le da su carácter y el
ejemplo.

380. El jefe que exige de los otros un trabajo duro debe ser un modelo
ejemplar de trabajo. No se obtiene fácilmente de otros la colaboración si no se exige
todavía más de sí mismo.

381. El jefe que se abandona a la ley y el esfuerzo mínimo autoriza


tácitamente a sus hombres para que hagan lo mismo.

El hombre moderno no admite disciplina si no es reciproca y si que el manda no


cumple los deberes de su cargo con tanta exactitud cuanta exige de sus subordinados.

382. Cuando un subordinado ve al superior trabajar sin tregua como


prescindir de legítimas comodidades, desdeñar la riqueza y los honores; cuando se da
cuenta de que sólo una pasión le mueve: la buena marcha del grupo y la satisfacción
de los inferiores, entonces también el se deja ganar de la generosidad y no quiere ya
rehusar nada a quien nada se concede.

383. Quien piensa que hace lo bastante para la recompensa que recibe nunca
pasará de subalterno, jamás será jefe.

384. Muchas veces se oye decir que es bastante dar buen ejemplo en el
servicio y que, fuera de esto, el jefe pueda hacer lo que quiera. No; lo que el
subordinado a de poder encontrar en su jefe es, desde luego, ejemplo en el trabajo;
pero después es la manera de vencer y resolver los problemas de la vida en general; la
influencia no puede ahondar mucho si el ejemplo no es total.
385. A medida que se haciende mas alto, hay menos frecuente inspección de
los superiores; por tanto debe la conciencia del jefe agrandarse al paso que subiendo
de la jerarquía, se encuentra mas libre y solo.

386. En otro tiempo mi lema era: << Ciencia y conciencia.>> También hoy lo
conservo, pero invirtiendo los términos y poniendo primero conciencia y después
ciencia. Sí, primero conciencia. Es lo más importante (1).
XVII.- Humildad

387. El mandar es una función pública; para ella se prepara uno


desembarazándose del mezquino egoísmo, de las preocupaciones demasiado
interesadas y de la vanidad que suele acompañarla.

388. Evitemos, sobre todo, el hablar mucho de nosotros mismos y él


proponernos como ejemplo. No hay cosa más desagradable que un hombre siempre
pagado de sí mismo. Efectivamente, el ejemplo no es eficaz sino cuando naturalmente
se impone a la intención de los subordinados; sería grosero error psicológico creer que
se puede acrecentar el efecto útil con afirmaciones gratuitaso con gargarismos de
cumplido; por que el espíritu de contradicción, dormido en toda alma, sé despertaría
en los colaboradores y secretamente vendría a demoler el efecto que creiais producir.
(Nota 23) (1).

389. El jefe debe haber nacido grande o ha de llegar a serlo; pero no se es


grande sino en la medida en que se es desinteresado de sí mismo. Como afirma
Lacordaire, <<Todo lo que en él se ha hecho de miserable se hizo en nombre del
interés.>>

390. La misión del jefe esta confiada esencialmente para el bien común; ni el
capricho ni el interés, ni el orgullo deben dictar al jefe sus decisiones.

391. Sin humildad, la fuerza no es mas que violencia; sólo la humildad


permite aminorar los peligros, disminuir los defectos, reconocer y reparar las faltas.

392. Cuando algo no marcha, las nueve décimas de los hombres tienen una
tendencia muy natural para justificarse, de buscar razones fuera de ellos, es decir, a su
lado, probando que quien tiene la culpa es el vecino.

Pues bien, cuando uno quiere elevarse en la vida y estar a la altura de una situación, a
de procurar pertenecer a la décima última, a la que sabe reconocer leal y francamente,
sin hipócrita humildad, que a podido engañarse... y que sabe buscar el medio de hacer
lo mejor en lo venidero, o de hacerlo a ser mejor, que es más exacto.

Todos nos equivocamos: nadie cumple su oficio hasta la perfección, y yo no tengo, en


verdad, pretensión de desempeñar el mismo, de manera irreprochable; pero, al menos,
cuando alguien me indica, o veo yo mismo que las cosas no caminan, cuido de hacer
que caminen, pueden hacer que caminen mejor y no busco el excusarme en mis
adentros (1).

393. Él yo es odioso, sobre todo en el ejercicio de la autoridad: <<Toda


autoridad que no es humilde es grotesca>> - dice Fóerster -. Decir: <<Yo soy el
amo>> Es ridículo; decir: << Yo tengo razón>>, es pedante; decir: <<Por mí tienes
trabajo>> es rencoroso y tiránico.

394. El jefe no tiene que bajarse delante de los superiores. Conviene para las
relaciones humanas, que goce de prestigio. Pero ante la obra que se hace a de
permanecer modesto. Por la sumisión a los datos reales, siempre debe acordarse de
que el jefe, por más grande que sea, nunca es la regla de la vida del mundo, sino que
es un intérprete.
395. El gran enemigo para el espíritu de equipo es el orgullo, que hace que,
apuro de referirlo todo a sí mismo, se llegue a ser incapaz de comprender las
necesidades ajenas, y, por tanto, de colaborar con ellos.

396. El verdadero jefe es desinteresado. Va hasta el fin por que su deber es él


alcanzarlo; no va por su medro personal. No busca sus ventajas personales ni su
gloria; recuerda que no es jefe sino para representar o realizar el bien común; no es
jefe para sí, sino para los demás.

397. El jefe tiene que guardarse de aceptar de sus colaboradores la mejor


lisonja. No están allí para alabarle ni para criticarle; aunque algunas críticas de parte
de los colaboradores son admisibles cuando están presentadas con respeto y son la
expresión de su entrega a la causa común. Pero la lisonja de un subordinado rara vez
es desinteresada. Y es tanto más dañosa cuanto más sutil. <<Creemos aborrecer la
adulación, cuando lo que odiamos es la manera de adular>> - dijo la BRUYERE -, y
hay que confesar que se acaba por ser menos exigente con la manera cuando se deja
dominar por la costumbre.

398. El hombre tiene necesidad de apoyarse en algo mayor que él. Busca un
ser superior que le guíe y con quien pueda contar, porque pocos hombres soportan la
idea de estar del todo solos. Por tanto, con facilidad tendrá el subordinado tendencia
de atribuir al jefe cualidades sobre humanas. Tanto mas fácilmente caerá en esto
cuando el jefe se permita favorecer está tendencia que lisonjea a su amor propio, por
que gusta de <<figurar>> y de señalar su <<superioridad>>. Pero es un juego
peligroso, por que rodeándose de halagadores, que no ven más que por sus ojos, se
priva de la ayuda de la sana crítica de personas que pueden ver la cosa desde otro
punto de vista, y pierde así el contacto con el medio en el que vive. No puede guiar
con conocimiento de causa.

399. Por excelentes que sean las cualidades, el jefe no es un superhombre, y


pronto o tarde el subordinado se da cuenta de que había sobretasado al superior. Si
este es modesto, el inferior no achacará su error de óptica más que así mismo, y no
modificará nada en la intensidad de su entrega. Pero si, por le contrario, estima que ha
sido engañado por las promesas que no se han sostenido, resulta en el una violenta
reacción que puede llegar al desprecio del jefe.

400. Un jefe no puede tener ilusionados por largo tiempo a los que manda.
Después de algunos tanteos, aquéllos le conocen. De ser humilde en su juicio, el jefe
es más fuerte en presencia de los otros; verídico para sí, puede pedir a los otros que
sean veraces ante él. Hay una manera de decir a un hombre, mirándole sin dureza a los
ojos: <<a mí no me cuentes eso>>, yo desinflo todo bluff. Se conoce pronto a los jefes
a quienes <<no se llena la cabeza con estopa>>. A ésos se atreve uno a confesar sus
flaquezas, pero es para preguntar como el médico: <<¿Cómo podré curar?>> (1).

401. El jefe de veras jamás habla de sí: nunca dice: <<Yo.>> se incluye en el
conjunto y dice: <<Nosotros>> mientras que el <<yo>> sea la preocupación céntrica,
se constituye en término final de su actuación y explota más o menos conciente mente
a los demás para su servicio. No comprende su misión si no a partir del momento en
que se arranca de sí mismo para entregarse sin interrupción al interés general.

402. Jamás hagáis de profeta, ni vencedor ni vencido: <<Ya lo había dicho


yo..., lo tenía previsto..., una vez más tengo o he tenido razón..., bien tenía anunciado
lo que ha acontecido...>>; por que si, en efecto, habiais previsto lo sucedido, una de
dos: o habéis tomado las medidas consiguientes, y en tal caso no hay porque
trompetear la victoria, o no habéis tomado las medidas que se imponían, y en este caso
vuestro interés esta en callar por que haciendo de profeta inatendido os hacéis ridículo
u odioso a todos vuestros colaboradores.

403. El signo más seguro de la fecundidad de un jefe es el verle trabajar para


su sucesor, conocido o desconocido, por que es prueba de que supone la duración de
su obra por encima de su persona.

404. Un hombre no es más que un hombre, y ha de recordarlo cada día. El


que no entra dentro de sí y no se pone constantemente en un situio delante de Dios,
caerá fatalmente en el orgullo; sus esfuerzos quedaran estériles, por que no puede
abarcarlo todo con su inteligencia, siempre limitada, y porque con el orgullo ha
perdido la preciosa facultad de escuchar.

405. La virtud capital de un jefe, y quizá la más rara, es la humanidad.

Si nuestros jefes no están profundamente convencidos de esto, sino saben aceptar las
inevitables lecciones que les vienen de los hombres y de las cosas, si persisten en su
opiniones hasta llegar a no querer escuchar a nadie, pronto serán inútiles, por estar
desgastados y avejentados.

A buen seguro encontrarán imediatamente un coro de admiradores y se creerán que


están apoyados por los subordinados, sino por todos, al menos por los que son
inteligentes, comprensivos... Que tengan cuidado. Los más servirles adoradores que
tornarán contra ellos a la primera ocasión que les parezca su sinterés está en adular a
otro.

Y esperando abusarán muy pronto del señor a quien afectan servir, desde luego para
servir a sí mismos.

Son demasiadas las personas que confunden voluntad y terquedad, y mal carácter.

Es, por el contrario, prueba de una gran fortaleza de alma el aceptar una advertencia,
escuchar una observación, el reflexionar en ella, despojándose de sus ideas propias y
doblando la voluntad.
El hombre que reconoce lealmente que se ha equivocado, o, más sencillamente, que
no lo sabe todo, se engrandece singularmente. Y por añadidura conquista, al
conquistarse a sí, una magnífica independencia. Ahí está tan sólo la verdadera
libertad: dura es la esclavitud de un hombre ante otro hombre; pero es peor todavía la
esclavitud de sí mismo (1).
CAPITULO TERCERO

LA JEFATURA

SUMARIO

I.- El arte de formar y educar.

II.- El arte de organizar.

III.- El arte de mandar.

IV.- El arte de comprobar.

V.- El arte de reprender.

VI.- El arte de castigar.

VII.- El arte de neutralizar las resistencias.

VIII.- El arte de animar y recompensar.

IX.- El arte de hacerse ayudar.

X.- El arte de formar equipo con los demás jefes.


I El arte de formar y educar.

406. Todo verdadero jefe es un educador, porque se esfuerza en sacar del ser
humano que asocia a su faena todas las virtudes acultas de que es capaz, a fin de
guiarle a que se sobre puje así mismo para realizar cuanto su misión espera de él.

407. El verdadero jefe no es el propietario de una especie de talismán


reservado para su uso; es un despertador de iguales. Gusta de que el más humilde de
sus trabajadores esté hecho a su imagen y de enfocar sobre él el reflejo de un hombre
libre, creador, atrevido. Regocíjase cuando alrededor ha esparcido iniciativa, lucides,
desición de espíritu, franqueza, en aquellos que hace poco eran todavía niños ante la
vida (1).

408. Uno de los medios mejores para ganar la confianza de un hombre es


dirigirle a sobre pujarse a sí mismo, y no pocas veces el tratarlo como mejor que lo
que dicen las apariencias.

409. El jefe educador habrá de ver, por encima de los defectos y vicios que
forman la corteza, las cualidades profundas de las cuales hay que hacer al individuo a
adquirir conciencia, para que, encantado de alegría en vista de las desconocidas
riquezas, se aplique a darles valor.

410. No hay cosa que determine más a un hombre a perfeccionarse que la


persuasión de estar comprendido y animado por su jefe.

411. Siempre se hace con inteligencia y corazón aquello que a cada uno
interesa y en lo que sobresale. En fuerza de este principio, el jefe hase de aplicar a
despertar el interés del subordinado por las faena que se ha de hacer y ponerle en
condiciones de tener éxito en ella.

412. La educación dada por el jefe debe conducir a desarrollar en el subordinado


el amor del esfuerzo, el sentido de la responsabilidad del gusto en común.

a) Amor del esfuerzo.


413. El gusto del esfuerzo mínimo conduce a la rutina, quiebra los arranques más
generosos y esteriliza las actividades más prometedoras.

414. Nada se gana sin pérdida, y las cosas tanto valen cuanto cuestan.

415. Renunciar al esfuerzo es renunciar a la vida, al progreso, a la fecundidad.

416. El hombre no es esforzado naturalmente, y para infundirle la costumbre de


vencerse y de encontrar en su vencimiento la suficiente alegría que compense el
esfuerzo empleado, es preciso haber determinado en él una actitud positiva en
presencia de las dificultades que le aguardan, con una de las dos siguientes:

<< Las dificultades están hechas para ser vencidas.>>


<< las dificultades no son barreras que nos detienen, sino trampolines que nos
facilitan el sobrepujarnos, obligándonos a subir.>>

417. A propósito de educación escribía DUGÁS: << el maestro que trata de


instruir sin inspirar amor a la instrucción es un herrero que machaca un hierro frío.>>
Otro tanto puede decirse del jefe que intenta obligar a los hombres sin inspirarles
gusto por el esfuerzo y por la faena que se ha de hacer.

418. La educación del esfuerzo debe también conducir a desarrollar el gusto


por el trabajo bien hecho, el cuidado de los detalles bien acabados en cada uno y el
sentimiento del orden, sin el cual todo lo demás resulta despilfarro e incuria.

419. Hase de amar el esfuerzo; hase de hacer con amor lo que se hace.

420. la educación del esfuerzo es tanto más necesaria cuanto que el hombre,
por instinto de conservación, está propenso a evitar el peligro y a buscarse
comodidades.

421. No tanto se trata de imponer los esfuerzos cuanto de provocarlos


hábilmente, por que no hay obra de verdadera y honda educación sino en la medida en
que hay adhesión y colaboración.

422. Uno de los mejores medios de estimular el esfuerzo de los subordinados


es hacerle saborear el contenido del progreso realizado y, todavía más, la satisfacción
de estar en disposición de servir mejor.

423. El ser humano es complejo. Es un campo de lucha de tendencia


profundas, que se corrigen y se neutralizan. El papel del jefe, sobre todo cuando
quiera cumplir su deber de educador, es el llamar a todas las tendencias generosas que
están ocultas en cada hombre y neutralizar con ellas los instintos de pereza y miedo al
sacrificio, que no son sino formas del instinto de conservación. (nota 24).

424. << No rechaces al héroe que hay en tu alma >>, dice NIETZSCHE al
hombre que quiere merecer tal nombre . En todo ser humano, sea como sea, hay
siempre una llama en potencia, una mecha humeante. Toca al jefe señalar las faenas o
restringirlas, según sean necesarias, en relación con lo que cada uno lleva en sí de
heroísmo latente.

425. Para desarrollar en los hombres el gusto del esfuerzo está permitido
estimular el amor propio. <<La falta de amor propio y de sana estimación – escribe P.
KIEFFER en Educación y equilibrio- quebranta los arranques del alma, mata el
espíritu de iniciativa, y crea seres pasivos e inertes.>>

426. Guárdese mucho el jefe de pedir esfuerzos desproporcionados con las


actuales posibilidades de sus subordinados, a los que los han de poner.
Progresivamente hay que acostumbrar a los hombres a triunfar de los obstáculos
siempre más difíciles, de tal manera que no se desanimen, sino que confiando en los
medios, entren en ganas de continuar progresando.

427. Hay una grave equivocación en concebir el progreso como un fin que no
busca otra cosa que facilitar al hombre más y más medios para que haga cada vez
menos esfuerzos. El progreso no es legítimo sino cuando llega a ser un medio para
servir más y mejor.

b) Sentido de la responsabilidad

428. Lo que esencialmente diferencia al hombre y al autómata o al animal es que


el primero está dotado de libertad y, por tanto, de responsabilidad. Despertar el sentido
de la responsabilidad en los subordinados es para el jefe uno de los más eficaces
medios de hacernos más hombres.

429. ¡ Cuántos hombres tomarían mas a gusto su faena si se les hubiese


presentado ésta como un servicio social del que se sintieran responsables!.

430. ¡ Cuántos hombres pondrían también todos sus sentidos para lograr el
resultado que se espera de ellos, si pensaran que su jefe tiene puesto en ellos su
confianza!.

431. En una gran fábrica de productos químicos el contramaestre explica a un


obrero novel cómo debe portarse éste, e insiste, sobre los tres graves accidentes que
pueden producirse de no observar estas prescripciones. Todo esto es normal. A partir
de éste instante el contramaestre puede tomar una de estas actitudes: mostrar
desconfianza, haciéndole temible la <<inspección>> o manifestar confianza
diciéndole: <<precisamente por que es peligroso os elegí para este trabajo, por que se
que puedo contar con vos>>. Esto no suprime la necesidad de la inspección; pero ésta
se convierte en una ayuda bien vista o en una comprobación del deber cumplido (1).

432. Uno está tanto más interesado en una faena cuando más capaz se siente de
hacerla; mejor comprende su utilidad y encuentra ocasiones de probar su inteligencia e
iniciativa.

433. Dos tendencias se dan en la necesidad de independencia: la una, negativa,


consiste en no querer someterse a la disciplina: la otra , positiva, consiste en querer
elegir por sí el mejor medio para llegar a la meta que se ha propuesto. El arte del jefe
consiste, consiguientemente, en llevar a sus subordinados a que hallen por sí mismos
el medio mejor para lograr el fin común. En este concepto ha de ser un animador y no
un dictador.

434. El hombre tiende siempre ha protestar del trabajo que se le confía.

435. Dos maneras hay de obrar un jefe : <<desembarazarse>> del trabajo


desagradable y de menos importancia con los subordinados, o <<confiar>> el trabajo
que están capacitados de hacer. Si el estado del alma del jefe es bueno, con facilidad
encontrará la fórmula correspondiente, por ejemplo: <<¿Querríais encargaros de este
quehacer?, porque tengo empeño en que esté bien hecho>>. Los hombres llevados de
esta manera trabajarían con muy otro sentimiento del deber, con muy otra nobleza
profesional, con muy otro placer en el trabajo, aunque las condiciones exteriores
fuesen tratados de otra manera.

c) Gusto del trabajo en común

436. La idea de responsabilidad crece a medida que se desarrolla al mismo tiempo


el sentimiento de solidaridad, en virtud del cual nuestros actos nos siguen, y nada de
cuanto hacemos es indiferente para el bien general del conjunto. El arte del verdadero
jefe esta en despertar ese sentido de solidaridad en todos los subordinados.
437. Poner interiormente de perfecto acuerdo un equipo es difícil
frecuentemente. No ha de tolerar el jefe que cada servicio adquiera espíritu de casta y
como un patriotismos local, que lo pondría en guerra con los demás servicios. Trátese,
en los ferrocarriles, de la tracción y de la exploración, o, en un estado mayor, del
gabinete primero y segundo, es de importancia que el jefe haga comprender a todos
que un ejercito, una fábrica, un país, formar un cuerpo único y vivo y que toda lucha
de un órgano con los otros sería literalmente un suicidio (1).

438. Sólo el hecho de trabajar al mismo tiempo y bajo el mismo techo no es


suficiente para producir la cohesión y espíritu de unidad. Un grupo, sea cual sea, si se
quiere que no se deshaga en esfuerzos estériles y muchas veces contradictorios, ha de
llegar a ser un organismo vivo en el cual trabaje todo pensamiento en armonía con los
otros, inspirándose todos en el pensamiento del jefe superior, asimilado por los jefes
subalternos y transmitiéndose hasta los últimos peldaños de la escala, diverso en el
modo, inmutable en el fondo.

439. Buena es la división del trabajo; pero hace de vigilar que los servicios no
olviden la acción colectiva, que no se desconozca entre sí, que colaboren
amistosamente, de modo que no se llegue a un mosaico de esfuerzos yuxtapuestos,
sino una acción concorde multiplicada.

440. El hombre esta fácilmente inclinado a ponerse en un punto de mira personal


para juzgar de todo. En una medida tomada por un jefe con facilidad no ve más que el
lado vejatorio o simplemente molesto para él. No acierta a colocarse en el punto de
mira del orden general y del bien común, que tiene sus exigencias . Necesítase cierto
grado de abnegación propia para mirar las cosas desde el punto de vista del conjunto;
más oficio es del jefe aplicarse a ser comprender a sus subordinados la relación de
cada directiva con la prosperidad o con la relación de la faena común.

441. El espíritu de asociación en común opónese diametralmente al de la


concurrencia, en el que se ha fundado hasta nuestros días la vida social y todos los
métodos de educación y enseñanza. El espíritu de concurrencia opone los intereses
particulares y excita los egoísmos: pone el interés general y el bien común en segundo
grado; crea clases, hace oposición, suscita las luchas sociales y las guerras.

II.- El arte de organizar

442. Ordenar, antes que mandar, significa poner en orden; es decir, organizar.

443. un coronel no manda a 3000 hombres; un jefe de batallón, 1000; un


capitán , 250. el coronel manda a 3 batallones; el comandante 4 compañías; el capitán,
4 secciones; el jefe de sección, 4 escuadras. No lo olvidaremos.
Instruyamos a nuestros directos subordinados y mandemos por medio de ellos; sobre
todo no nos pongamos hacer sus veces, que no estaríamos en nuestro oficio (1).

444. En la vida, lo mismo que en el ejercito, el técnico va en importancia


general detrás del organizador. Uno de los generales franceses que se a hecho
tristemente ilustre en el pasado, Bazaine, a devorado muchos disgustos porque hacía
oficios de ayudante, pues iba tan pronto a corregir un tiro como a mandar la posición
de un arma o la de un tirador, sin permitir nada a sus generales agrupados en derredor
y que solicitaban, que mendigaban casi, una orden o una idea de conjunto capaz de
sostener la acción suya propia.
445. El jefe, si quiere estar a altura de su cargo, debe, desde luego, organizar
su propio trabajo y encontrar el tiempo necesario para ocuparse de los problemas que
le incumben como jefe, a saber: la división del trabajo, el prudente reparto de trabajo
en proporción de las diferentes aptitudes de los colaboradores; luego, la coordinación
del movimiento en función de la idea directriz que se a de realizar.

446. En cuanto al orden y método sirve de ejemplo el mariscal Yyautey. Para


terminar una obra hay pequeñeces que el jefe debe saber hacer por sí mismo.
Entre las faenillas de cada día hay una que el mariscal llamaba <<hacer la cocina>>;
era capital; cuando el mariscal hacía la cocina, no había que intentar interrumpirle.
<<Tú comprendes esto es demasiado importante>>, decía él mismo al amigo que
entraba en su gabinete en tal momento, y tenia que aguardar, algo asombrado y quizá
impaciente, hasta tanto que hubiese puesto exactamente cada cosa en su sitio. En ello
ponía su atención totalmente, de manera que cada papel, cada carta, cada nota, fuese, a
la primera, al lugar señalado, en la <<carpeta>> de uno de los oficiales del Estado
Mayor; al cestillo, para <<contestar>> a los <<compromisos adquiridos>>, o al legajo
<<para tener a la mano>>. No era esto una manía de burócrata, sino la convicción de
que un orden real y metódico es el fundamento de toda acción profunda y duradera
(1).

447. Según crece la perfección de un ser y según son mas numerosos los
órganos, más diferencian el esfuerzo: un órgano, una función.
Es la ley de la división del trabajo, cuya inobservancia produce confusión.

448. Luego de estar el trabajo separado, ha de ser repartido enseguida a los


operarios, contando con las aptitudes de cada uno. De esto resulta un cuadro de
organización que fija para cada uno el trabajo, el suplente, los colaboradores y el
superior. Un principio del agrado no M. FAYOL es: <<para un acto determinado el
ejecutante no ha de recibir ordenes más que de un jefe solo>>. Así esta asegurada la
unidad de mando, que se diferencia de la unidad de dirección, pero del todo necesaria
siendo la violación de esta ley una de las causas más ordinarias del malestar orgánico,
de la vacilaciones, desorden, ofensas y conflictos. Por lo mismo, prohibe al superior
mayor actuar apartando a los intermediarios, aunque exigen, igualmente, una
definición categórica de los poderes.

449. La división del trabajo ofrece algunos peligros que apuntan nada menos
que a destruir la unidad viva del grupo o de la empresa, y el deber del jefe a de ser
reducir incesantemente las tendencias centrífugas, hacia una coordinación fecunda.
Uno de los mejores medios para asegurar la coordinación será la conferencia o
conformación frecuente de los jefes de servicio en presencia del director, para hacer
conocer a cada uno las necesidades, las dificultades, los recursos de los otros, resolver
los problemas de interés y asegurar la marcha armoniosa del conjunto. Para que dichas
conferencias sean provechosas se debe comunicar con tiempo a cada uno y bastante
pronto para que pudiera estudiar el orden de las cuestiones que se trataran. No se
traten en común más cosas que las interesantes para todos los participantes y liquidar
con rapidez los asuntos pendientes (dejando para estudiarlos fuera de la reunión los
que no están madurados para una decisión rápida); educar a los jefes de servicio para
que presenten las preguntas en forma clara y concisa, proponiendo ellos mismos
después las soluciones que les parecen mejores.
La tarea del jefe será, por tanto, dirigir a sus jefes de servicio con preguntas, para
serles precisar las ideas y conducirles o la solución que ellos desean, y después
sancionar (ocasionalmente protocolizar) la decisión tomada.

450. En todos los consejos hay para el jefe un escollo que ha de editarse: el
hablar demasiado. Los jefes que hablan siempre ellos no saben escuchar y dejar que
hablen los subordinados jamás sabrán exactamente lo que hablan, lo que resulta mas
grave, matar toda iniciativa en sus colaboradores.

451. Gracias al concurso de todos los servicios y de todas las competencias es


como se elabora el programa de las reuniones de consejo. Cada uno de los agentes,
preguntado sobre el próximo pasado, pese al presente que le envuelve y predice el
futuro que sospecha. Cuando a esta experiencia y balance se a juntado la ciencia de los
especialistas, entonces, informado de todo, juzgándolo todo, el jefe pondrá su parte
como ordenador y resolverá sus planes.

452. Calcúlese lo que cuesta este trabajo. Ha exigido de los participes un


grande esfuerzo de inspección e imaginación. Supone que todos tiene interés por la
empresa y que se dedican con ella con celo y que son bastante estables para conocer lo
pasado y las posibilidades. Pero de parte del jefe reclama más trabajo y más
capacidades. Especialmente la competencia, el valor de mirar al porvenir y mandarlo;
también el valor de comprometerse cuando tan fácil es <<esperar y ver=waid and
see>>, y por encima de todo, el arte de estimular la colaboración de los jefes de
servicio.

453. La recompensa es segura: reduciendo al mínimo las sorpresas,


vacilaciones, falsas maniobras, cambios de orientación, caprichos de los dirigentes,
incertidumbre de los dirigidos, funda la reciproca confianza, asegura la inteligencia a
media palabra de las órdenes y directivas y en presencia de súbitos acontecimientos
proporciona calma, fuerza y habilidad. Por otra parte, sólo así es posible apreciar con
certeza los resultados obtenidos, confrontados con las previsiones concebidas, y
permite la educación del personal, tan importante para la suerte del negocio(1).

454. La reunión semanal de cuadros parece una excelente ocasión de


establecer el balance de la vida de la compañía durante la semana transcurrida.
En el curso de este consejo de familia, los buenos resultados se hacen observar, los
errores notados con espíritu estrictamente educativo, exento de toda polémica
personal, marcado con la serenidad, pero siempre en busca de las causas para explicar
los efectos. Además, los mismos reparos se repiten sin cesar. Su repetición a través de
casos diferentes acaba poco a poco por sorprender, convencer a los mas incrédulos y
traducirse en la ejecución por hechos sin tacha (1).

455. Si para remediar la lentitud inevitable del camino jerárquico se emplea


la pasarela o paraje inmediato de un servicio a otro, el jefe superior a de autorizarlo y
se le debe dar cuenta.

456. No hay acción eficaz más que la organización, y no hay organización


más que donde se da jerarquía. Todos deben colaborar para el fin propuesto; pero cada
uno desde su puesto.
Tan hermoso resulta obedecer con miras a una acción de conjunto como el dar órdenes
para conseguirla.

457. se debe evitar a toda costa las falsas situaciones en dos asociados que
tienen iguales poderes, sobre los mismo hombres; cuentan con que la amistad, la
mutua confianza, las solicitud de interés común, el tacto, harán inútil el inmediato
reparto y atribuciones. Esta ilusión dura poco. A esta indecisión siguen de cerca la
irritación y la desavenencia.

458. Las cargas aplastantes y las excepcionales cualidades que impone o


exige la función <<capital>> hacen con pena resaltar los déficits humanos. Limitados
en el tiempo, en el espacio, en los conocimientos adquiridos y en la capacidad, ¿ no es
una necesidad para ellos el completarse uniéndose con otros?. Si, más a condición de
que al multiplicarse los órganos el poder ordenado sea único.

Por esta razón todo jefe se rodea de un Estado mayor, que le sirve de ojos, manos,
piernas, orejas, boca, cerebro y memoria y competencia, con lo que multiplica sus
medios de ver, de escribir, de oír, de estudiar. Pero de cualquier forma que se
presenten: de secretarios, de especialistas consejeros, mesas de estudio, laboratorio,
etcétera, no son más que órganos poderes subsidiarios de la persona única del jefe.
No tiene ninguna autoridad ordinaria y es peligroso que el jefe delegue; quizá pone la
firma, pero nunca tienen el mando.

FAYOL es de parecer que, si falta el jefe, sea reemplazado por un directo inferior,
más no por un oficial por un oficial de estado mayor.

459. Una preocupación dominante del jefe ha de ser el colocar en su sitio


conveniente a cada uno de los hombres de quienes dispone, o, en otros términos,
buscar para cada uno un encaje; quiere decirse la situación en que pueda él responder
afirmativamente a estas preguntas: ¿estará bien? ¿trabajará bien?.

460. Como hay una escala de valores, hay una escala de cargas. Lo esencial
es concordarlas exigencias del puesto con las facultades de un hombre; hay quien será
un excelente jefe de compañía y nunca será un buen jefe de regimiento.

III.- El arte de mandar.

461. Lo que más aprecian los hombres en el jefe es el mandato (1).

462. Mandar no es doblegar las voluntades, y aun menos quebrantarlas, sino


buscarlas para conducirlas a adherirse a los actos necesarios a la realización de la
faena encomendada.

463. El verdadero jefe no busca el dar ordenes por mandar, sino que se
esfuerza en hacer que nazca en los subordinados el deseo de colaboración voluntaria.

464. El mandar no es nada. Lo importante es comprender bien en los que se


tiene encomendados y en hacerse comprender bien de los mismos. Entenderse bien es
el secreto de la vida (2).

465. Nunca he mandado tal como se cree. He traído a cuanto me rodeaban a


mi modo de pensar, y esto es todo (3).

466. El arte de mandar es el arte de guiar a los hombres de manera que se


obtenga de ellos el mayor rendimiento para la causa que se sirve, con el mínimo de
rozamientos y el máximo de colaboración.

467. El subordinado nunca debe ser considerado como una simple máquina
para cumplir órdenes, sino como un ser humano dotado de inteligencia y libertad,
llamado por el jefe a colaborar de cerca o de lejos con él, en vistas a una faena o a un
ideal que lo excede y a que junto sirve, cada uno en su puesto.

468. Mandar no es imponer su voluntad a esclavos pasivos; para el jefe de


verdad, apoyado en un equipo bien seleccionado, mandar es aconsejar y guiar. Y
entendida así la autoridad, lejos de ponerse la comunicación de ideas entre jefes y
subordinados, la suscita y desarrolla.

Para los verdaderos jefes, para aquellos que por la elevación de su inteligencia parecen
cernerse por encima de lo vulgar, el aislamiento moral es rara vez de temer, por que
saben ganarse la confianza en su derredor, y por que de esta confianza nacen con mas
frecuencia los sacrificios que los abusos (1).

469. Atiéndase a esta palabra: <<orden>>. Tiene doble sentido y esto


afortunadamente; feliz coincidencia. Marca una relación curiosa, pero ¡cuan curiosa!.
Orden es la indicación precisa dada a un subordinado de lo que tiene que hacer.
Orden es también en un sentido mucho mas amplio, el armonioso arreglo de los
elementos de un todo para que responda a una concepción de conjunto. El jefe no ha
de dar órdenes sino en función de un orden general preconcebido.

470. Si el derecho de mandar es un título para la autoridad, el talento de


hacerse obedecer es el que le da la talla de jefe.

471. El mando no se reparten – y cuando se vio en la República Romana


elegir dos cónsules, al menos estaba claramente establecido que mandasen por turno.
El jefe es único responsable – y libre, dentro de los términos fijados a sus atribuciones
(1).

472. Cuando deis una orden, nunca descuides señalar por su nombre al que es
responsable por su cumplimiento.

473. La responsabilidad, cuando mas se reparte, más tiende a cero.

474. El jefe no tiene que buscar lo que piensan o desean los subordinados
para ser una suma de las intenciones; aunque, por otra parte, debe hacer llamadas a su
experiencia y proximidad a la realidad (frecuentemente mayor que la propia) en que se
a de trabajar, para intentar descubrir la verdad de la acción. Por esto, en la fase de
consejo, de preparación de trabajo que se ha de hacer, el jefe debe rodearse de
consejo; cuando haya examinado, escogido, decidido, a de dar las ordenes, sin tener
que alegar excusas y sin tener que cuidarse más de saber si corresponden a la mayoría
de las advertencias recogidas.

475. En la elección que haga no ha de esperar la infalibilidad. La realidad es


demasiado compleja y nuestras inteligencias excesivamente débiles. Pero hay que
pensar que, por su función y situación, la decisión que haya tomado será la mejor
aproximación, la solución suficiente para obrar, solución que todos conjuntamente
trabajarán por hacerla verdadera, guardándola con toda sus fuerzas y mejorándola en
su curso de la acción.

476. Toda orden dada compromete la responsabilidad de quien la da. Un jefe


digno de mandar debe tener la necesaria entereza de carácter para cargarse de buena
gana esta responsabilidad. Si la teme, es incapaz; si la huye, es indigno.

477. La cosas duras, penosas, peligrosas, no amedrentan al soldado que tiene


valor y dignidad. Esto le llevará a cumplir con seguridad e inteligencia todo lo
necesario, entre sonrisas, heroísmos y sacrificio apasionado por su jefe, siempre que
éste sepa mandar.

478. Es preciso hacerse comprender y para esto dar las ordenes netas, claras,
leales, que no parezcan están redactadas para esquivar responsabilidades eventuales y
para dejar caer sobre los inferiores el peso de los fracasos y la vergüenza de los
reveses.

479. El jefe no ha de implorar obediencia: debe mandar con calma. Si tiene el


derecho y el deber de explicar una orden, jamás tenga interés en llegar a discutirla. Un
jefe no debe dejarse manejar por los subordinados.

480. Una orden que por su forma o aplicación parezca arbitraria, tiránica,
restrictiva de la libertad personal, arriesga bloquear el instinto de confianza, y
provocar el resentimiento y aún el descarado antagonismo. Más bien templada con
algún prudente comentario y lograréis una reacción psicológica completamente
distinta; abriréis las esclusas por las que correrá, guiada por la razón, la energía que
habréis soltado. Habréis hecho funcionar el instinto de conservación, o hasta el
instinto gregario, si la orden dada interesa a la seguridad del grupo.
Pongamos por ejemplo una orden que limite, restrinja o suprima los permisos; desde
luego, provocará una reacción hostil. Más suponed que, al mismo tiempo, el
comandante anuncia una epidemia en el vecindario; ante el peligro que se debe evitar
desaparece toda objeción (1).

481. Es cosa experimentada que los subordinados realizan la idea del jefe
tanto mejor cuanto mejor han comprendido el objeto y la comunicación, y ponen tanto
más ardor en el trabajo cuanto más hacen suya la idea y más a despertado el jefe en
ellos el deseo de realizarla.

482. Un comandante de compañía dijo a los veteranos la víspera del


licenciamiento: <<habéis sido buenos soldados hasta hoy. Los seréis hasta el último
instante. A pesar de vuestra salida, mañana, de madrugada, dejaréis los dormitorio
bien arreglados: quiero poder enseñarlos a los nuevos reclutas como modelo.>>
Jamás recordaba el jefe haber quedado el cuartel tan limpio el día del licenciamiento
(2).

483. Una decisión cuyas razones se han comprendido y aprobado, será


aplicada con el máximo de conciencia y eficacia; una decisión aceptada a
regañadientes será saboteada voluntaria o involuntariamente.

484. Las ordenes han de ser claras, pues nada enerva más la autoridad que las
ordenes equivocadas que siempre parecen dar pie al jefe para criticar a los
subordinados.

485. Algunos niegan al ejercito el derecho a <<querer comprender>> y no le


dejan otro recurso que el de la obediencia pasiva. Esta teoría, que se encamina a negar
a los soldados el carácter de criaturas humanas ya considerarles como ruedas de una
máquina, da por resultado matar no sólo el instinto de curiosidad, sino también la
confianza de sí.

La depresión moral, consiguiente a la ignorancia, engendra el desorden. El espíritu


humano es activo y no se puede nutrir del vacío sino se le proporciona algún alimento,
la imaginación acaba por deformar la realidad. Vale más muchas veces confesar a las
tropas un fracaso que el dejarlas en la incertidumbre (1).

486. Ser exigentes, pero sin olvidar que tendréis tanto mas derecho a hacerlo
cuando vuestros subordinados más hayan comprendido lo bien fundado de vuestras
exigencias.
487. Hay que arreglárselas para no tener que repetir mucho la misma orden.
Por eso no se a de dar una orden sino en tales condiciones que los que tenga que
ejecutarla la hayan entendido y comprendido y puedan realizarla inmediatamente.

488. La vacilación de un jefe permite suponer que al dar la orden a tropezado


con las dificultades de la ejecución; desde entonces el inferior no piensa en obedecer,
espera pacientemente la contraorden. Un mandato dado netamente consigue la
adhesión casi automática.
Servirá de prueba una observación tomada de la vida cotidiana: un viajero sale de una
estación importante, con una mano lleva la maleta y la otra frioleramente metida en el
bolsillo.

Un individuo a la larga un prospecto con decisión. Sin reflexionar, el viajero saca la


mano que iba muy calientita en el bolsillo y coge el papel, que tirara al momento
siguiente. Sí por el contrario, el repartidor hubiérale ofrecido el prospecto con
vacilación, aquel hubiera pasado de largo a lado sin molestarse.
Cuando un hombre tiende la mano a otro, hay que hacer un esfuerzo de voluntad para
no estrecharla, aunque el individuo sea antipático. Un gesto bien hecho y resulto
arrastra casi automáticamente a ejecutar un gesto de conexo; lo mismo una orden dada
sin vacilar implica el comienzo de la ejecución (1).

489. Cualquiera que sea el método de aproximación adoptado, es


recomendable el proceder por afirmación, mejor que por negación.
La fórmula <<cumplid la obligación>> contiene una fuerza psicológica de propulsión
muy superior a la formula negativa: <<no estéis sin hacer nada>>.
Igualmente, no hay para que hacer jugar una cualidad negativa: el miedo, por ejemplo,
allí donde se puede acudir para lo mismo a una cualidad positiva, como el amor
propio.

490. Jefes hay que, pensando en imponerse a los subordinados, buscan


intimidarlos y hacerlos perder sus facultades. No se admiren si terminan por perder
algo de confianza y del afecto de sus colaboradores más acérrimos.

491. Si se ha podido decir que el oficio militar despersonaliza al hombre, es


cuando la autoridad habitualmente procede con órdenes absolutas, sin ganarse la razón
y la voluntad de los ejecutantes. En tal sentido, aquel famosos: <<no se ha de buscar
comprender>> podría pasar en la boca del soldado, expresión natural de una especie
de desesperación ante un esfuerzo cuyo alcance se escapa.
Por el contrario, el buen oficial a de hacerlo más frecuentemente posible comprender y
movilizar el espíritu del soldado a la vez que el cuerpo. Si sólo decís a los que abren
hoyos mientras llueve: <<¡cavad esos hoyos y aguantad la mojadura!>>, no tenéis
delante más que máquinas humanas irritadas por el sentimiento de su miseria y
desgracia aunque a escondidas, y crispadas contra vos.
Mas si habéis sabido con una palabra bien dicha explicarles la razón de vuestra orden,
la utilidad de este remate de trinchera; si habéis dado a estos humildes maniobreros de
conciencia de una solidaridad activa con todos los que contribuyen a la gran obra de la
guerra entonces habéis salvado a unos hombres.

492. Ante todo, respeto absoluto de la forma, lo cual no implica en manera


alguna debilidad.
Efectivamente, toda acto del jefe tiene doble aspecto: el fondo y la forma.
Si hay que dedicarse a dar siempre ordenes justas, inspiradas por el cuidado superior
del bien del servicio, y no por capricho ni fantasía personal, también hay que
esforzarse para obrar siempre con tacto y guardar buenas maneras. (Nota 25).
Demasiado frecuente es ver que ordenes justificadas dan lugar, por su forma, a que
criticas que destruyen su efecto.
Pregúntese frecuentemente: <<¿qué pensaría yo si estuviese mandado o reprendido
así? ¿Cuáles serían mis reacciones internas?>>(1).

493. El arte de mandar no esta en pensar y decidir en vez y por todos los
subordinados, en los que la pereza de espíritu llevan la indisciplina. Se han de dejar a
los subjefes las decisiones de su incumbencia (2).

494. Cuando hayáis encomendado una misión, pedid a vuestro colaborador


que os presente el programa, el presupuesto o el plan de su obra antes de proceder a
ejecutar. así podréis dar vuestro beneplácito con conocimiento de causa, verificar si el
plan propuesto coincide y casa bien con el plan general, poner oportunamente los
reparos necesarios (que prevenir es mejor que curar) y poneros en condiciones de
poder sostener con mas fuerza, si es necesario, la obra de vuestro colaborador,
mientras que esté realizando.

495. El jefe ha de inhibirse de dar ordenes directamente sin pasar por los
grados jerárquicos normales.

496. Cuando una orden urgente a empezado a ejecutarse no pretendáis


mejorarla en el curso de la ejecución con intempestivas modificaciones; las órdenes
complementarias no harían otra cosa que embrollar la ejecución.

497. Ver claro no es mucho. Dar la orden es una cuarta parte; las tres cuartas
parte es hacer que se ejecute (1).

498. Orden dada, cuya ejecución no se vigila, es orden en vano (2).

499. Antes de tomar decisiones, discusión; después de tomadas, ejecución.


Todos obedecen (3).

500. Tolerar que una orden, cualquiera que sea, no se ejecute, es consentir en
una abdicación (4).

501. La noción del servicio no empaña la de amistad ni la perjudica, más bien


la enriquece, dándole sentido. En el tiempo en que la acción no esta inmediata y el jefe
necesita reflexionar y rodearse de advertencia, lo natural es conferenciar con sus
colaboradores, solicitar sus avisos, provocar las discusiones. Pero una vez juzgue que
ha reunido todos los elementos de su decisión y la ha tomado, ya no se trata de
amistad; se trata de servicio. Cuando se ha dado una orden, debe ejecutarse. Se a
expuesto la idea, sean dado las instrucciones, cada uno debe de seguirlas y no hacer
nada más (1).

502. Autoritario, Lyautey era, no obstante, el hombre menos obstinado,


menos prevenido, menos rígido que haya. Asimismo era de una flexibilidad
extraordinaria, de una agilidad casi felina. Escuchar con serenidad todas las
indicaciones. No eliminaba sino a los que juzgaba ininteligentes. Pero desde que una
observación le parecía fundada, aunque fuese opuesta su manera de ver, la tenía en
cuenta. Su juicio se formaba metódicamente. Trataba siempre de asegurarlo. Cuando
se había pensado en todo, y pesado y puesto a punto, entonces tomaba la decisión.
Desde aquel momento se abría una zanja. El era un jefe que manda. Su voluntad era
una vara de hierro: ni admitía discusión, ni retraso, ni desidia. Era tenaz, exigente,
trepidante, arrolladora, insaciable. Nada ni nadie podía doblegarla. De máxima
serenidad en la preparación, y de máxima voluntad para le ejecución. Tal fue la teoría
de mando Lyautey. Así fue él (2).
503. Sea cual fuere intuición inicial y la perseverancia posterior, el jefe se
verá con frecuencia obligado a rectificar las primeras órdenes generales. Más para
justificar una contraorden no es bastante valorar el obstáculo; para pesar exactamente
la situación es preciso poner en el otro platillo de la balanza las posibles repercusiones
de la contraorden y tener previstos los modos que impedirán que degenere en
desorden.
En todo caso, es un precaución que nunca se encarecerá demasiado explicar a los
colaboradores interesados los motivos de un cambio eventual en las <<órdenes
iniciales>>. Temed el confesar que os habíais equivocado, o que los acontecimientos
os han rebasado; esto sería pensar que los colaboradores no son capaces de notarlo por
sí mismos, y si tuvierais de ellos opinión tan mezquina, ni tendríais razón para
conservarles cerca de vos.
Además, muchas veces, una dificultad que a distancia os parece infranqueable, y que a
juicio vuestro motivaría un cambio de método, a vuestros colaboradores, parecerá de
otro modo, por estar mejor situados que vos para apreciar detalles. Ellos mismos os
invitarán a perseverar en la dirección inicial, cuando estabais dispuesto a abandonarla
por medio de imponerles un esfuerzo demasiado duro. Mirado de lejos un acantilado
parece inaccesible; pero un guía del país podré enseñar el sendero por el que se puede
llegar a la cima.
También es necesario que vuestros colaboradores sean de los que creen en el esfuerzo
y gustan caminar por las alturas(1).

504. No se deben repetir las órdenes; esto sería hacer notar en nosotros que
apenas se tiene confianza de su eficacia.
Si se teme que una orden haya sido mal entendida, mal comprendida o mal
interpretada lo mejor es hacerlo repetir por uno de los que la deben ejecutar. Entonces
será fácil rectificar o precisar.

505. Los subordinados esperan que los jefes sean consecuentes.


Ser consecuente es no pedir más de lo que se puede y que se está
resuelto a conseguir. Esto es verdad aun para la educación de los niños en las
familias donde la madre se pasa el día diciendo a sus hijos: “No hagáis esto,
no hagáis eso”, pero no castiga severamente cuando el niño sigue haciéndolo
igual, hay indisciplina y disgusto porque la madre no es consecuente.
Lo que es verdad para los niños, lo es tanto más para los adultos.

505. Los subordinados esperan que los jefes sean consecuentes.

Ser consecuente es no pedir más de lo que se puede y que se está resuelto a


conseguir . Esto es verdad aun para la educación de los niños. En las familias
donde la madre se pasa el día diciendo a sus hijos: No hagáis esto, “no
hagáis eso”, pero no castiga severamente cuando el niño sigue haciéndolo
igual, hay indisciplina y disgusto porque la madre no es consecuente.
Lo que es verdad para los niños, lo es tanto más para los adultos.
IV. – El arte de comprobar (1)

506. Dar órdenes es cosa fácil; asegurar su ejecución no lo es tanto, y


en esto es en lo que se discierne a los jefes entre todos los aspirantes al
poder.

507. Habéis dado unas ordenes. ¿Y después? Hay que ver si se


ejecutan. Hay que vigilar a la gente, espolearla. Creedme: si el mando se
limitase a dar ordenes, ese oficio no sería difícil. Hay que hacerlas ejecutar
(2).

508. Poder organizar, mandar, coordinar, no es bastante. Es


necesario que el jefe se asegure de la respuesta que ha dado los hechos a
sus proyectos para hacer con urgencia las reparaciones convenientes.

509. La comprobación es una necesidad para los subordinados y un


deber para el jefe.

510. La comprobación es la que frecuentemente falta: para muchos, la


organización es un placer de la actividad constructiva, como el trabajo
apasionado del inventor que monta una máquina. Lo que sigue: la prueba en
el banco de ensayo, la mirada crítica de su propio esfuerzo, la comprobación
de las piezas defectuosas, los retoques o también la refundición, el esfuerzo
de memoria, el trabajo de verificar la ejecución de las órdenes, todo esto es
duro, ingrato, sin poesía, fastidioso para el amor propio... Y no obstante, en
esto esta toda la responsabilidad (1)

(1) “Contróler”, en francés = revisar, inspeccionar, verificar,


comprobar, censurar, examinar, criticar. “To control”, en inglés
= gobernar, intervenir, dirigir.
(2) Foch.

511.- Demasiados jefes se imaginan que lo esencial del mando está en


dar órdenes; y satisfechos pretenden disculparse del fracaso diciendo con
tono amargado y de suficiencia: “Y, sin embargo, tenía dada la orden de ...”
Dar una orden no es cosa ; la ejecución lo es todo. Lo que cuenta son los
resultados, y hasta eso llega la responsabilidad del jefe.

512. La orden ha de encarnarse en la vida pasando por los que han de


ejecutarla. Pero dada la humana flaqueza, pueden no haber encajado el plan
previsto y la realidad vivida. Y es una de las razones por las que se imponen
la comprobación, no una comprobación minuciosa y vejatoria, sino
constructiva, destinada a verificar la adaptación de la idea a la realidad.

513.- La comprobación ha de hallar el justo medio entre la continuidad


cargante y el retraso que la haga inútil. Pude adoptar la forma de inspección
periódica o también de sondeo imprevisto, que permite evitar toda rutina.

514. La comprobación ha de practicarse de modo que no sea malévola y


los subordinados la acepta de buen grado cuando la aprecia como dominada
por un pensamiento constructivo, que tiene por objeto, no tanto el corregir las
faltas como el sugerir medios para reparar el mal y para trabajar mejor.
(1) Rigaux, La táche des sayes.

515. El jefe debe saber reconocer lo bien hecho; pero no ha de vacilar en


manifestar lo que habría debido hacerse; para esto no pocas veces se
necesita valor. Puede resultar molesto en ocasiones comprobar que un
colaborador no vale para la tarea, y todavía más molesto tener que decírselo.
No obstante, es un deber de lealtad mirando al bien común, del que el jefe no
es sino un servidor; un deber de caridad mirando al colaborador deficiente,
que necesita ser estimulado en su tarea, o colocado en un puesto en
proporción con sus habilidades; un deber de justicia, mirando a los otros
colaboradores, que corren el peligro de quedar en desventaja por la
insuficiencia del compañero.

516. Un grupo, sea cual sea, en que no se hace nunca la comprobación,


corre gran peligro de ser víctima de la ley de la degradación de energía que
vale tanto para lo moral como para lo físico.

517. A puro de tolerancia y abandono se llega a no hacer las cosas sino a


medias, hasta el punto de comprometer la causa a la que se había entregado
con generoso impulso, o el trabajo que se había emprendido con ardor.

518. Una rigurosa comprobación es uno de los primordiales deberes del


jefe, que habiendo hecho con largueza particiones de su autoridad, sabe que
está obligado a dar cuenta del ejercicio de tal autoridad, tanto por los otros
como por sí mismo.
Esta comprobación, para que resulte eficaz, ha de ser personal, hecha por el
mismo jefe; rara vez por intermediarios; aún menos por el procedimiento del
papel de informes; jamás por el ejecutor. Ha de ser, por otra parte, terminal,
es decir, que ha de llegar directamente al pie de la escala jerárquica, al último
ejecutor.
Según dicen todos los que le han conocido, en Marruecos, no amanecía
cuando LYAUTEY, desembarazándose por una o dos horas por las cadenas
del bufete, hacía una escapada a Rabat, con pretexto de “revisar los
trabajos”; pero, en verdad, para tomar en contacto directamente con “su
pueblo”, para saltar la barricada y colocarse en el plano del público, para
meterse en el cuerpo del administrado. En toda ocasión marchaba de viaje...
para ver las cosas en su lugar, en la ciudad, en un puesto, en un bled (1); y
allí ningún programa, ningún protocolo le estorbaba para quebrar las pantallas
y llegar directamente al colono, al empresario, al comerciante, al indígena y
dejarles desahogarse; contacto cargado de poder, del que saltaba con
frecuencia la chispa de la decisión.

(1) Lugar interior desierto del Marruecos Francés.


V.- El arte de reprender.

519. Un jefe que tiene miedo de hacer las necesarias reconvenciones,


con el pretexto de quitar historias, es un incapaz , pues crea a su derredor
una atmósfera propicia para la organización del desorden y del abandono en
todas sus formas, y el resultado inesperado es que el jefe pusilánime, que se
imagina ganarse las simpatías de los subordinados con su espíritu de
tolerancia, acabará, a la corta o a la larga, por ser blanco de profundo
menosprecio. ( NOTA 26.)

520. Cuando una observación es necesaria, debe hacerse sin


dilación; el que recibe una represión mucho tiempo después del caso
recriminado, tendrá tendencia a creer que habíais al principio aprobado sus
actos, pero que una influencia extraña o una determinación a este respecto
ha cambiado después vuestra opinión (1).

521. Hacer resaltar una falta demasiado duramente acusa poco


conocimiento de psicología y con frecuencia una injusticia. El culpable jamás
es, a su juicio, tan responsable como parece, y una reconvención demasiado
viva corre el riesgo de, al herir el amor propio, desanimar, o lo que es peor, de
rebelar al inferior, sin ningún beneficio de nadie.

(1) COURAU, Le Patron et son équipe, pág. 208.

522.- Una reprensión desproporcionada a la falta cometida tiene un


resultado diametralmente opuesto a lo que se espera. El subordinado se
indigna contra la exageración, que juzga inmerecida, pierde confianza en la
justicia de su jefe y con ello toma motivo para olvidar completamente su parte
de culpabilidad.

523. Es regla general que las faltas por las que el jefe está mas tentado
de indignarse, ordinariamente son aquellas en que tiene él una parte de
responsabilidad más grande, porque o se explicó mal o no ha sabido
comprobar la ejecución.

524. Cuando ha de darse una reprensión hay que recordar que menos
peligro hay de ser injusto utilizando las circunstancias atenuantes que
juzgando con severidad por sólo los hechos probados. La malicia,
propiamente dicha, es rara, y también la mala voluntad. Las negligencias y
distracción, por más reprensibles que sean, pueden tener explicación en
causas que el jefe tiene la obligación de averiguar, lo mismo que la tiene de
remediarlas.

525. Guárdese mucho de generalizar con precipitación una falta


cometida, atribuyéndola a defecto congénito e irremediable, pues, aun siendo
verdad, sería un medio infalible de aniquilar para siempre toda posibilidad de
levantamiento o corrección.

526. Jamás deis una seria represión estando dominados de la cólera o de


gran nerviosidad; correríais peligro, al exagerar los reproches, de disminuir el
efecto y os desacreditaríais ante vuestros colaboradores por causa de vuestra
falta de moderación.

527. Cuando se reprende, siempre hay que tener presente el fin que se
quiere alcanzar, que es la educación y formación del subordinado; hay, pues,
que pensar en las reacciones que nacerán en él violentas y no dar libre curso
a un momento de mal humor.

528. Cuando dominados por la nerviosidad estéis a punto de dirigir a un


colaborador unas frases hirientes, o si estáis prontos para refrenar su
iniciativa con un destemplado mandato, o si sentís alguna tendencia a invadir
bruscamente sus atribuciones, reflexionad, aunque sea sólo un instante, y
mentalmente poneos en lugar de vuestro colaborador y preguntaos con
sinceridad cómo reaccionaríais, dado que se invirtiesen las situaciones, y no
hay duda que evitaréis una torpeza.

529.- También se ha de tener cuidado de no recordar, con ocasión de


una falta, las quejas antiguas. No hay cosa que pueda desanimar más a un
hombre que el pensar que está catalogado de manera desfavorable y
definitiva por aquel de quien depende.

530. Tened cuidado con la ironía. Puede, sí, en cosa de ninguna


importancia, contener elegantemente una observación; pero tratándose de
cosa mayor, la ironía reviste el mismo carácter que la injusticia.

531. Apreciad las proporciones: no vayáis a dar una severa amonestación


por una falta de poca importancia.

532. No intervengáis a cada paso: las intervenciones demasiado


repetidas, o por nonadas, acaban por gastar la autoridad.

533. No se ha de confundir la firmeza con la brutalidad. La reprensión


más severa puede darse con palabras cultas. Fortiter in re, suaviter in modo.
Sobre todo, evitad en vuestras observaciones las palabras injuriosas; vuestro
colaborador olvidaría el objeto de vuestras observaciones para no acordarse
más que de la injuria.

534. Un jefe exigente puede ser querido, y aun lo es siempre, más que un
jefe indiferente o débil. El mejor medio para hacer que sea aceptada la
severidad es no tolerar cerca de sí más que a los que se aprecia. Todo
hombre soporta fácilmente las críticas tan luego como su carácter y su
espíritu están evidentemente fuera de lugar.

Decir en seguida y con energía lo que se tiene en el pecho es una sabia


política. Un reproche duro, pero rápido, hace menos daño que un desprecio
hostil y burlón. Los subordinados deben saber que si no cumplen las órdenes
serán sacrificados; pero también que, en caso de ir al desastre, cumpliendo
las órdenes, ellos estarán a cubierto. Un jefe de verdad siempre acepta la
responsabilidad total de sus actos (1).

535. Mejor que agobiar con tonterías al jefe responsable de servicio,


examinad las disposiciones por él tomadas, y preguntaos en conciencia si con
los elementos de información de que podía él disponer no hubieseis vosotros
seguido iguales procedimientos. En tal caso, explicadle los hechos de manera
objetiva; analizad con él las causas y las consecuencias de su error; pero
dispensaos de todo reproche y, por otra parte, ayudad a vuestro colaborador
a corregir sus directivas; si está impresionado del fracaso, le habéis
proporcionado una ayuda moral preciosa y, de seguro, ganaréis en su estima
confesando sinceramente que en su puesto no hubierais, probablemente,
obrado de otro modo.

No obstante, si ha habido error flagrante y vuestro colaborador se ha dejado


sorprender por un acontecimiento que habría debido prever, será él bastante
reflexivo, por lo general, y no será útil apesadumbrarlo con ello; únicamente
significad le que la falta no pasó inadvertida y confiad en la buena fe y sentido
del culpable para reconocer y reparar su error. Insistiendo torpemente le
incitaríais a buscar argumentos especiales para defenderse y acabaría por
asirse a sus propios argumentos, y bajo la impresión de una sorda rebeldía
contra vuestra falta de tacto acabaría persuadiéndose que su falta es del todo
excusable.

Pero si reincide en un error ya cometido, en el que a sabiendas ha


quebrantado vuestras órdenes precisas, no haya consideración que os impida
aplicarle la reprensión merecida; por amarga que sea la medicina, es
indispensable administrarla sin vacilación. Con todo, guardad en ella modo,
que las medicinas más eficaces son nocivas en crecidas dosis (1). (Nota 27.)

(1) COURAU, op. cit., pág. 307

536. Hay un método de vivir y de pensar que llamaré yo negativo; otro, que
llamaré activo, positivo.

El primero consiste en ver siempre lo defectuoso en los hombres y en las


instituciones, menos para remediarlo que para tomar ocasión de alabarse: a
volver de continuo la vista atrás y a buscar preferentemente lo que separa y
desune.

El segundo consiste en mirar alegremente la vida de frente y los deberes que


impone; en buscar en cada ser lo que tiene de bueno para desarrollarlo y
cultivarlo; en no perder jamás la esperanza en el porvenir, fruto de nuestra
voluntad; en sentir por las faltas y miserias humanas esa compasión valiente
que produce la acción y no nos consiente más la vida inútil (1).

537. El jefe que echa la culpa a los subordinados jamás llegará a nada; más
bien debe tenerse por responsable de su formación. Había un jefe industrial
que gustaba repetir que cuantas veces tenía que dar una reprensión a uno de
los subordinados, tenía la impresión de que él estaba equivocado, porque
decía : una de dos: o había exigido demasiado o no había preparado lo
bastante , dirigido y vigilado al subordinado.

538.- En la reprensión hay que establecer una diferencia entre los hechos que
materialmente se pueden comprobar y los hechos de interpretación; podéis
decir a un colaborador que trabaja insuficientemente ( hecho de
comprobación); pero le haríais una herida mortal, y no os creería además, si
le decís que está falto de inteligencia, que es torpe ( hecho de interpretación)
(2).

(1) ELISABETH LESEUR.


(2) COURAU, op. cit., pág.208.
Por desgracia, la educación consiste para muchos en aprovechar las faltas
cometidas para ponerlas ante los ojos del culpable, hasta conseguir que no
tenga otra conciencia de sí mismo como delincuente y que haya perdido toda
especie de entusiasmo para levantarse más. (1).

540. Si tenéis que hacer una observación, dadle la forma de consejo bastante
seguro. Nunca repitáis lo que ya habéis corregido.

541.- El reporte del jefe verdadero no es ducha que enfría, sino soplo que
aviva el ardor (2).

542.- Cuando con ocasión de un incidente mínimo se hacen revivir todas las
quejas antiguas, es como si se buscara encarcelar al hombre en sus ingratos
recuerdos (3).

543. Nunca se debe dejar largo tiempo a un subordinado bajo la impresión de


un reproche, aunque fuera merecido; porque todo reproche determina un
complejo de inferioridad que busca hallar compensación por una actitud
interior de desconfianza, o de oposición, cuando no acaba ya en desaliento,
ya en desprecio.
Por esto, todo reproche, para ser educativo, debe terminarse con una llamada
alentadora a lo que todo hombre lleva en su fondo con más estima.

544. Hace años un ingeniero suizo verificó una encuesta entre gran número
de obreros manuales de las mejores fábricas. Por medio de preguntas
indirectas, ajenas a toda sugestión, buscó saber de lo que dichos obreros se
sentían. El resultado fue que, en el 90 por 100 de los casos, lo que ellos más
temían era el tener que encajonar reproches inmerecidos. El trabajo, hasta el
que exteriormente estaba en condiciones desfavorables, sólo en tercero o
cuarto lugar les resultaba desagradable.

VI.- El arte de castigar.


545. Castigar es hacer justicia, no es enajenarse por fuerza las simpatías,
porque los hombres tienen el sentido de lo justo, y algunos no comprenden el
alcance real de sus actos sino cuando las consecuencias están a la vista.
( Nota 28.)

546. La sanción automática general y unida a la inobservancia de una ley sólo


es un medio empírico rudimentario, indispensable algunas veces, pero que se
queda en una manera primitiva de justicia ciega. El castigo, para que sea
eficaz y justo, ha de estar adaptado a cada caso particular.

547. Una mirada, algunas palabras, bastan al jefe apreciado para expresar su
satisfacción o su desagrado. Un ejemplar castigo dado a tiempo consigue, de
seguro, su intento.
Quien levanta la voz y castiga a menudo, es perjudicial. Las amonestaciones
vehementes y los vejámenes destruyen la confianza en sí y para con los
otros.
El médico ni previene ni cura las enfermedades tan sólo con drogas: utiliza
los maravillosos recursos de la naturaleza, puesta en las mejores condiciones
posibles de desarrollo y de resistencia.
548. Castigar no sólo es un deber, sino que, sobre todo, es a menudo un
deber penoso, al que no tiene derecho a sustraerse. El castigado ha de darse
cuenta de que no nosotros, sino la ley y los reglamentos, cuyos
representantes somos, le castigan.
Jamás castiguemos en un momento de irritación: generalmente aguardemos
al siguiente día para fijar el castigo. Oigamos al que ha cometido alguna falta
y busquemos de buena fe con él las circunstancias que puedan ser
atenuantes.
Cuando estemos ciertos de tener que habérnoslas con un individuo malo,
inaccesible a los buenos procederes, paguemos, paguemos sin descanso
hasta que se cambie o desaparezca. Esforcémonos para no dejar nunca
juntos a los malos, pues para buenos y malos la unión es la fuerza.

Nunca reprendamos a un graduado delante de sus subordinados; rebajándole


en nuestra presencia disminuiríamos el principio de autoridad.
Jamás dudemos sin motivo de la palabra de los subordinados, que sería una
injuria sin fundamento. Si nos damos cuenta que nos ha mentido, tendremos
el derecho de castigarle con tanta más severidad cuanto que habíamosle
mostrado más confianza (1).

549.- No podéis creer qué superior y completa satisfacción hay en tener en


las manos una gran maza y en no servirse de ella. Los fuertes son dulces...
(2).

(1) DE MAUD´HUY.
(2) LYAUTEY.

550. Antes de fijar un castigo es con frecuencia ventajoso preguntar al


culpable a solas, escuchar sus explicaciones sin interrumpirle, buscando
penetrar su pensamiento y las circunstancias que han motivado su acción.
Entonces será más fácil descubrir las excelentes disposiciones que están
muchas veces en estado latente en el ánimo del delincuente, y si se pone un
castigo, o como saludable advertencia, o como ejemplo, hacérselo aceptar de
corazón, como medio para rehabilitarle.

551. La falta puede provenir de muchas cosas:

1.- La orden inicial fue mal concebida por el jefe; por tanto, hay que corregirla.
2.- La orden estaba bien concebida, pero ha sido mal interpretada por el
subjefe. Entonces la falta está en los dos: en el jefe, que debía haberse
asegurado de que había sido comprendido haciendo que se repitiera la orden;
en el subordinado, que ha aceptado la tarea que se le confiaba sin
cerciorarse de que había tomado bien la voluntad de su jefe. Por lo tanto,
cada uno en su puesto ha de juzgarse responsable.
3.- La orden estaba correcta y la transmisión de ella fue buena; sólo que la
persona encargada de la faena carecía de la capacidad deseada para vencer
las dificultades encontradas.
También entonces la falta es doble: el jefe no debiera haber confiado una
faena demasiado difícil al subordinado; este último, por su parte, no debía
aceptarla, o cuando menos, debía haber hecho su informe en vista de que no
se hallaba preparado para cumplir la misión que se le tenía confiada.
4.- Los puntos 1,2 y 3 están todos en orden, pero el subordinado no se ha
molestado.
En este último caso, y sólo en este caso, la falta recae enteramente en el
subordinado, a menos que el jefe del último no se sienta también responsable
por no haber sabido despertar en aquél el interés necesario.

552. En el ánimo del jefe la mala reputación no ha de perseguir


constantemente al delincuente, y las sanciones han de ser consideradas
mucho más como un medio de liberar al culpable de la falta cometida que de
ejercer contra el una medida coercitiva. También es preciso que sepa el
delincuente que, una vez cumplida la pena legal, estará considerado como si
nunca hubiese merecido represión.

553. Sobre todo, no deis jamás al hombre la impresión de que esta


<<notado>> (aun cuando sea objeto de estrecha vigilancia), y que todos sus
actos serán criticados por principio; antes, por el contrario, que si lo hace
bien, se tendrá la satisfacción de decírselo. Así es como empiezan las
reparaciones (1).

554. Quebrantar una voluntad es siempre esterilizar un ser; pero no siempre


es aniquilar la rebelión.

555. Quizá las faltas serían menos numerosas si se desarrollase más el


sentimiento de comunidad y, de rechazo, el sentimiento de la responsabilidad
comunes. Entonces la falta de un miembro se convierte en falta de todo el
cuerpo, y en vez de agobiar al infeliz, esfuérzase cada uno en ayudarle a
desquitarse y superarse. Es algo parecido a un entramado: la falta de uno
perjudica a todo el equipo; a cada uno le interesa que el desfalleciente sea
apoyado, sostenido, animado.

<<En la crujía de los O.S. los marineros castigados estaban alineados


delante del despacho de Arboís, vigilados a la vista del cabo de armas. Allí
estaban cinco, entre todos y por todos, lo cual, para un efectivo de 600
hombres, era honroso. Cada mañana, Arboís, se imponía el verlos uno por
uno, después de <<la audiencia>> que les concedía Leblond, quien,
lugarteniente del vapor fusilero, estaba a cargo de la disciplina de a bordo. El
segundo juzgaba que el derecho de castigar era una de las prerrogativas
esenciales del mando, y sostenía de buena gana que un castigo, por suave
que sea, y por un delito lo más caracterizado, no se debía imponer sin que
antes se hubiese establecido un contacto humano entre el delincuente y la
autoridad superior.

Cuando De Esmond entró, Arboís, sentado en su bufete, acababa de


preguntar a un marinero:
-Así que, Marsot, a pesar de la palabra que me habías dado, otra vez
te has emborrachado abominablemente.
-Si, mi comandante.
-¿Y tu estimas que esto está bien?
-No, mi comandante; pero....
-¿Pero, qué...?
-Me he contenido más de un mes.
-Exacto, y es meritorio, ¿sin duda para recuperarte habrás procurado
resistir a la patrulla que te ha recogido en tierra?. Primer castigo, tú te has
proporcionado que se te quite tu portamonedas y no podrás enviar a tu madre
el dinero convenido.
El marinero bajó la cabeza.
-¡ De él tiene, no obstante, necesidad la pobre anciana, y los ciento
veinte francos que te has gastado o perdido, hubiéralos ella empleado mejor!
-Si, mi comandante.
-En fuerza de nuestras convicciones estoy obligado a alinearte quince
días, lo que te privará de la salida en Bizerta y en Oán. Tanto peor para ti.
Más como yo no quiero que tu madre tenga el disgusto de saber que tú te has
portado mal, recibirá ella lo que tú le habrías mandado <<sin tu borrachera>>.
Sólo te prevengo que como no quiero borrachos a bordo del <<Guichén>> en
la próxima escapada te desembarco.

Marsot se cuadró, juntando los talones.


-Gracias por el envío, comandante-dijo-. Y en cuanto a
desembarcarme, creo que no llegaréis a ese extremo.
-¿Promesa?.
.Promesa, mi comandante.
-Bién fío en tu palabra. Puedes retirarte (1).

(1)POUMEYROL, L´éducation moral du soldat,


página 183.
(1) PIERRE VARILLON, Feux Masqués, <<Revue Deux Mondes>>,
1 de julio 1944.

VII.- El arte de neutralizar las resistencias.

556.-Por lo mismo que el jefe está obligado, en virtud de su misión a pedir a


los subordinados algunos esfuerzos, y aun algunos sacrificios, no ha de
admirarse de tener que encontrar resistencias.
Estas resistencias serán individuales o colectivas, descaradas u ocultas,
pasajeras o persistentes. El ideal sería prevenirlas; ahí es donde se conoce al
jefe que tiene buen olfato. En todo caso, hay que reducirlas y neutralizarlas;
en esto se conoce al jefe que tiene maña.

557.-Frecuentemente, lo que encabrita a un hombre no es tanto el esfuerzo


que se le pide. Nadie gusta de recibir órdenes. Un <<¿querría usted hacer
esto?>> es, a menudo, más eficaz que un <<haga usted esto>>, por que trata
con miramiento la altivez del subordinado y le da, además, la impresión de
que coopera más bien que ejecuta.

558.-Sacrificios hay para los cuales es mejor aguardar a que el ambiente


favorable esté creado para pedirlos; si no, corre riesgo de exponerse a una
oposición que, brotando del instinto de conservación, será peligroso que
aparezca como legítima defensa.

559.-En todo ser humano se da un complejo de sentimiento que no todos


afloran a la conciencia clara. Cuando os dirigís a lo mejor que hay en un
hombre, acudís a la luz, a lo desconocido del interesado, a los buenos
sentimientos que van a ser aliados vuestros.

560.-A pesar de todo vuestro tacto y bondad, encontrareís, no obstante,


descontentos, impresionables, que habrán interpretado mal vuestras
intenciones y darán otro sentido a vuestras palabras. La tontería humana es
insondable y variada en sus manifestaciones.
No os sorprenderéis de nada, ante todo, tened calma; nada echeís a lo
trágico. Intentad averiguar la causa de esta oposición sorda. Con mucha
frecuencia la causa será una palabra mal comprendida, un gesto mal
interpretado, una decisión juzgada como arbitraria. La imaginación aumenta
los hechos, los generaliza, y pronto el subordinado toma en su fantasía la
figura de víctima y de perseguido.
Con los recalcitrantes señalados no temaís sajar el absceso en una
conversación sincera, para poner las cosas en su punto. Desinflando la tripa y
dando confianza, restablecereís la paz.

561.-Nunca acepteís discutir con uno de vuestros subordinados delante de


otros. A solas, en vuestro despacho, podreís acudir a los argumentos <<ad
hominem>>, que ni por vos ni por el interlocutor son presentables ante una
galería. Tanto más que cualquier hombre rehuirá siempre el confesar sus
culpas delante de los camaradas, y si teneís evidentemente la razón, nunca
os perdonará el haberle humillado en público.

562.-Cuando más excitado esté vuestro interlocutor, tanto más afable y


tranquilo habeís de permanecer.
Cuando tengaís que discutir con alguno que sabeís está tirante, arreglaos
para proponerle las preguntas que pongan un sí en sus labios. Por el mismo
hecho de obtener de él un sí, le desirritaís.

563.-A quien por todos los lados ve obstáculos y dificultades y se da el


malsano placer de agrandarlos, presentadle los éxitos que lleva ya obtenidos.
Inmediatamente ganaís para vuestra causa su amor propio.

564.-La mayor parte de estos a quienes se les mete en la cabeza son,


sencillamente, víctimas de un complejo de inferioridad contraído muchas
veces en la primera infancia; cuando temían por ejemplo, quedar anulados en
la vida por otros más fuertes que ellos. Esta impresión está en algunos
transformada en horror a la humillación y ha concluido en una timidez que
paraliza; en otros, por reacción interior han provocado la actitud desconfiada y
de precaución, y hasta de protesta <<a priori>>, contra todo mandato de
autoridad; fórjanse así la ilusión, por una especie de compensación, de
conquistar su independencia y de salvaguardar su dignidad. Poco a poco esta
manera de obrar llegó a ser un hábito, un verdadero reflejo del que ellos no
tienen conciencia.

Lo que importa con estos temperamentos es permanecer bueno, indulgente,


animador, sin suprimir nada de las exigencias legítimas. Cuando les daís una
orden, de ninguna manera pongaís atención en su mal humor o en sus
recriminaciones, ni tampoco discutáis. Pero no exijáis inmediata ejecución;
dejad que la idea haga su obra; volved más tarde a contemplar vuestra orden,
sin mentar para nada su resistencia ni parecer que os hayáis por ella
impresionado lo más mínimo. El espíritu se habrá habituado a la idea de
obedecer, y la resistencia habrá caído por sí misma.

565.-Un jefe ¿debe aceptar reclamaciones de sus subordinados?


Hay que distinguir, pues hay muchas clases de reclamantes.
Se da el reclamante ocasional, que sinceramente créese lesionado en sus
intereses. A ese oídle con benevolencia esforzandoos por conocer bien su
punto de vista. Si está justificada su reclamación, agradecedle el haber
venido a encontraros, por que es para vosotros la ocasión, no solo de
prevenir o reparar una injusticia, sino de descubrir una falla en vuestra
organización.
Si sus reclamación cae en falso, mostrádselo con paciencia y bondad. No le
manifestéis ningún resentimiento, sino considerad su gestión como una señal
de confianza por parte de él; quedará de ello impresionado y reconocido.
Pero se da también el reclamante constitucional, que es una especie de
maníaco de la reclamación. Esta manía precede a menudo de un
traumatismo psíquico sufrido en la infancia. Los niños destetados demasiado
pronto, por ejemplo, están señalados de esto; toda la vida reclaman el seno
de la nodriza, del que se les ha privado; tan sólo el objeto de su deseo hase
transformado, y se traduce en gratificaciones, vacaciones suplementarias,
galones, acumulación de tratamientos, etc.

Reclamarán los inquietos, quienes en realidad tiemblan por la seguridad del


porvenir. Eso los hipnotiza en su caso propio; no piensan más que en sí y
llegan a incapacitarse para comprender el punto de vista de otro.

En algunos esta manía de reclamar puede crecer hasta llegar a ser como una
exigencia mental; reclamar a cada instante; no son ellos mismos si no están
reclamando el hecho.

Cuando tengaís que habéroslas, con un reincidente en la reclamación,


manifestaos firme; apoyaos, si es preciso, en la ley, en las reglas, en las
convenciones, en las costumbres; si es posible, enseñádselas y hacedle leer
en voz alta un texto escrito justificativo de vuestra negativa. El documento
escrito tiene un carácter imperativo, sagrado, que impresiona. Manifestadle
además que una aceptación de su demanda sería una injusticia que
perjudicaría a los otros.

566.-Entre los que se oponen a la actuación del jefe están los que podrían
llamarse los sublevados, con temperamento de jefes. Al poseer al menos
algunas de las cualidades que forman a los jefes, sufren por su situación de
subalternos y se sienten mal adaptados a ella.

Con los tales se ha de proceder con tacto y firmeza a la vez. Con tacto, por
que si se percatan de que los estimaís en su valía y que estáis decididos a
confiarles, tan pronto como sea posible, una orden en consonancia con sus
aptitudes reales recibirán ellos la impresión de estar rehabilitados a sus ojos,
y la rebeldía se apaciguará.

Con firmeza, por que es conveniente hacerles oír, sin equívocos ni


escapatoria posibles, que en interés de la misión que conjuntamente debéis
todos cumplir, cada uno en su puesto, jamás toleraréis una autoridad más o
menos oculta que arruine la vuestra.

567.-No levantaréis contra vosotros a una colectividad. Subrayad los


denominadores comunes que reúnen a los subordinados con el jefe y,
particularmente, la misión común, que es el fundamento de vuestra unidad.

568.-Cuánto más prestigio hayáis adquirido por vuestro valer técnico y moral;
cuanto ,más hayáis conquistado los corazones por vuestra equidad, vuestra
bondad, vuestro desinteresado entregamiento, tanto más fácilmente
conseguiréis vencer las resistencias.

VIII .-El arte de animar y recompensar.

569.-Encuéntranse jefes que están siempre dispuestos a intervenir cuando se


trata de hacer reproches o de imponer un castigo, pero que nunca tienen una
palabra de aliento o de alabanza, pretextando que cuando cumplen su tarea
los hombres no hacen más que su deber. Cumplir el deber no siempre es
cosa fácil, y el hombre está hecho de modo que tiene necesidad de sentirse
sostenido por la aprobación de los que tienen el encargo de guiarles. Es para
él un motivo de confianza el andar por buen camino y un estímulo para
progresar.

570.-Nada mina el ardor de un hombre como el sentimiento de que los jefes


se muestran indiferentes a sus pruebas, a sus gozos, a sus trabajos.

571.-No podría creerse hasta qué punto es el corazón humano sensible a los
procederes de confianza o a los contrarios. Dudar <<a priori>> de un
subordinado, sobre todo joven, es cerrarlo. Dudar de su enmienda después
de una falta, es perderle del todo.

572.-¡Cuantas magnificas energías estrelladas porque no encontraron en


horas decisivas una... Justa recompensa, un inteligente estímulo, una amistad
que despertara el valor! (Nota 29.)

573. Es ley en psicología que el medio mejor de provocar la repetición de un


acto bueno es unirlo en la memoria con la idea del deber cumplido y con un
sentimiento agradable. Para muchos, la satisfacción de la conciencia ha de
ser reforzada con el placer de ser comprendidos y recompensados.

574. hay en cada hombre valores positivos y constructivos que deben


encontrarse y desarrollarse.
Necesítase dar valor a sus fuerzas y aptitudes, ya que para él este es el
medio de afirmar su personalidad.
Nada alienta más a un hombre, sea quien sea, que el sentimiento de tener un
jefe que le ayude a valorar los dones que tiene recibidos.

575. El obrero acepta mal que sus aptitudes se vean negadas, ignoradas o
desestimadas, y si se le retira la confianza , reacciona contra la organización
de la que se cree víctima.
El remedio mejor es proporcionarle ocasión de mostrar su valor, su iniciativa y
su juicio, acudiendo a la emulación. Delegándole en caso necesario una
faena que extrañe para él alguna personalidad, se borrará el sentimiento de
subordinación cuyo peso soportaba mal.

576. Guardaos de aquel deplorable efecto de rancios y regañones jefes para


quienes el esfuerzo más laudable no arranca otra cosa que un <¡Bah!>
Enojoso y cuya pasión no se despierta más que para censurar.

577. Si observáis con cuidado quiénes son los que no pueden elogiar, que
critican siempre, que de nadie están contentos, reconoceréis que son los
mismos de quienes nadie está contento (1).

578. La necesidad de sentirse apreciado se deriva de la necesidad de


afianzarse, de tener éxito, de imponerse. El resultado ya atestigua la utilidad
del esfuerzo.. La apreciación de otros, especialmente de los jefes, viene
también a confirmarle y desempeña un papel psicológico enorme.

579. No hay cosa mejor para poner a flote un hombre que está hundiéndose
en el desaliento que el que se dé cuenta de que está mirado con simpatía por
su jefe y que vea su trabajo apreciado y valorado.
580. Cuanto más consideréis las cualidades buenas de cada uno, tanto más
benévolo seréis para con él. Buscad y hallaréis algún mérito en los más
desheredados de los hombres. En todo hombre, aunque fuera un bandido,
hay por lo menos un 5 por 100 bueno, gustaba decir BADEN POWELL.

581. < Conocí a un hombre que había hecho muchas obras buenas y un
número importante de obras reprensibles.
Un día que le encontré indeciso entre las diversas inclinaciones comencé a
decirle frases que empezaban poco más o menos como estas:
- Usted que es tan bueno...
- Usted que tiene tales y tales cualidades...
Pues bien, sucedió que aquel hombre se hizo bueno de veras para no decaer
de la reputación que había adquirido.
Si hubiera yo llamado la atención de tal hombre sobre las bajezas de su
conducta, puede ser que pronto hubiera llegado a ser un pirata > (1).

582. El peligro y lucha forman la cuadrilla, que de no verse coronada por el


éxito, termina por desalentarse y disgregarse. Un jefe digno de tal nombre
sabrá, pues, manifestar al grupo los resultados conseguidos, aun presintiendo
el riesgo que tiene, con el fin de probar con los mismos resultados que se va
por el buen camino y se está en disposición de vencer (2).

583. Por desgracia, es bien raro que el jefe sepa expresar oportunamente su
satisfacción por un determinado esfuerzo o por un trabajo bien hecho.
Partiendo del principio de que el trabajo < debe> estar bien hecho, cuando
nada se dice es que se está contento.
Justo; pero no obstante, < el subordinado necesita oír que se le diga que se
está contento de él >.
Se le confirma de este modo que va bien y que se le aprecia..
¿ Quiere decirse que es preciso repartir alabanzas a diestro y siniestro
incesantemente?
No, porque no aprovecharían.
El arte del jefe está en saber manifestar su contento en el momento en que lo
necesite el subordinado, bien después de un esfuerzo grande, cuando ha
vencido dificultades internas o ha hecho un progreso, bien para darle ánimos
cuando pierde la confianza en sí mismo. Nunca se ha de olvidar que el
subordinado necesita el aprecio y la confianza de su jefe para poder dar todo
su rendimiento. ( 1 ).

584. Todo se puede obtener de un hombre a quien se le ha dicho: < Os pido


un esfuerzo que sé sois capaz de poner >

585. No es bueno colmar a sus hombres de obsequios. Desde luego, es muy


laudable tratar de vez en vez de darles gusto. Pero que no se haga
costumbre el recompensar con eso la manera de servir: eso rebasaría su
ideal.

586. Saber apreciar el esfuerzo de un hombre es hacer que nazca en él un


sentimiento de altivez, propio del que crea, y es poner en acción lo mejor que
hay en él y también consagrar una dirección justa entre el servicio
espontáneo y la servidumbre.
IX.- El arte de hacerse ayudar

A) El verdadero jefe no es el que lo hace todo por sí mismo, sino el que


sabe hacerse ayudar.

587. El jefe no puede hacerlo todo. Está puesto para ver lejos y desde lo alto.
Ha de consagrarse a la meditación, a levantar o trazar planos. Si se pierde
en pormenores, se estrecha, se escoge y quita amplitud de visión a todo
aquello que concede a la elaboración de fines intermedios. La meditación
profunda se aviene mal con las minucias de las consecuencias del segundo
orden ( 1 ).

588.Para Stanley, el mando se ejercita de alto a bajo por todo el escalafón de


la ejecución. Ejecutar es mandar a su vez. De donde, a la inversa , síguese
que mandar es delegar en parte sus poderes de jefe; es distribuir a sus
subordinados su dominio de mando. Concepción concreta y viva: no un jefe y
las masas, sino un jefe y los jefes. ¡ Una pirámide de jefes!.

589. Lo importante para un jefe es el conservar independiente su espíritu


para dominar, por el pensamiento y la decisión, la obra, < ¡ Cuántas veces-
dice M. DE TARDE- hemos oído a Stanley alzarse en términos violentos
contra la falsa mística del < jefe, que todo lo hace por sí mismo >, del < jefe
que trabaja dieciocho horas al día ! > <Este supuesto jefe-decía él- no sabe
mandar: Si lo hace todo por sí mismo, es que no sabe enseñar a los otros a
trabajar y ayudarle, si no tiene confianza más que en sí, es que no sabe
tener confianza con los otros, señalándoles su tarea, si trabaja dieciocho
horas al día, es que no sabe emplear sus horas > <Un jefe- repetía otra vez-
jamás está alcanzado; siempre tiene tiempo.>

590. No se ocupe el jefe en detalles, a los que pueden proveer tan bien y
mejor que él los agentes subalternos, reservándose para el estudio de los
problemas generales, que sólo él puede resolver. Prívese, por tanto, de
pensar que está mal hecho aquello en que él no pone mano. En vez de
atarearse a medida que crecen las responsabilidades, se asegura una
libertad de pensamiento y de acción, tanto más necesaria para el examen de
los asuntos supremos; y como no le queda nunca demasiado tiempo o
fuerzas para las cuestiones que solicitan constantemente su atención
personal, se desentiende de todo trabajo que no tiene obligación estricta de
desempeñar por sí mismo. Así tan sólo él no produce; pero lo hace todo, a
condición de < no hacer nada, pero de mandar hacerlo todo >.

591. La marca del verdadero jefe es que sepa encontrar colaboradores y


utilizar del mejor modo sus aptitudes. Puede sostenerse también que,
cuando el jefe es más hábil en este arte, tanto está destinado a subir más,
pues muchas veces en esto se ve la diferencia de jefes; uno sabe sacar de
los demás lo que el vecino nunca llegará a conseguir. (Nota 30).

592. Será un error del jefe, por temor de que la faena quede mal terminada,
que prefiera trabajar él mismo antes que confiar en sus colaboradores. Por
una parte , los colaboradores, así dados de lado, pierden toda iniciativa y
todo gusto de trabajar, por otra, el jefe, que no puede entregarse a todo,
concentra sus cuidados en un detalle y acaba por perder de vista el conjunto
de que es responsable.
593. El jefe ha de aceptar que la labor que manda esté no tan bien
ejecutada como si la hubiese él cumplido; pues llegará un día – y quizá más
pronto de lo que se piensa- en que sus colaboradores, entregándose de lleno
al trabajo que se les ha confiado, se emplearán en él y lo harán mejor que él
mismo.

594. No es oficio del jefe reemplazar a sus auxiliares: < Tengo mis técnicos-
decía LYAUTEY-; yo soy el técnico de las ideas generales.>

595. La gran maña del verdadero jefe está en saber determinar en sus
colaboradores reflejos conforme a los suyos. Así, habiendo el jefe enseñado
a obrar y decidir por sí mismos, como lo habría hecho él en su lugar, no será
necesario multiplicar las órdenes con los detalles que supondría la última
precisión, pues será bastante comunicar la idea directriz a los colaboradores,
de modo que ellos realicen espontánea e instintivamente lo que él mismo
habría hecho en su puesto.

596. La envidia del poder en el jefe es la que mata las almas de los jefes
entre sus colaboradores.

597. Procurando que hagan se multiplica el jefe. Ingiriéndose en los


detalles, en vez de las responsabilidades que rechaza, se pierde el
tiempo y la autoridad. Se cree obrar< mejor >, lo mejor es enemigo de
lo bueno (1).

598. El jefe que quiere hacerlo todo por sí mismo y no ha sabido rodearse de
colaboradores capaces de suplirle, correrá el riesgo de ver caer su obra y
desorientados sus servicios el día en que por consecuencia de enfermedad o
de otra causa cualquiera tenga que ausentarse por un prolongado lapso de
tiempo.

599.Ningún jefe ha de hacer por sí mismo lo que un subalterno puede hacer


tan bien como él a fin de estar libre para las cosas que sólo él puede hacer.

600. La autoridad no se ejercita bien sino cuando el poder, que es su


detentador, no tiene que dar órdenes más que a un reducido número de
hombres, de los que está seguro y que tiene bien conocidos ( 2 ).

601. El jefe verdadero se esfuerza por descubrir todas las cualidades de sus
colaboradores, por llamar todas las posibilidades y poner de este modo los
talentos al servicio del conjunto.
602. En la vida hay dos categorías de seres: los que chupan, los parásitos;
los que irradian, la élite. Nunca me he rodeado más que de esta flor y nata y
ellos decuplicado mi fuerza. (1)

B) El arte de escoger sus colaboradores.

603. Las cualidades técnicas no bastan para ser un jefe. Encuéntrense


algunas veces hombres de valía que hasta pueden ser eruditos, sabios o
técnicos notables y constituir para el jefe unos excelentes secretarios, pero
que no tiene madera de jefe. Fulano será excelente segundo, y será
deficiente primero.

604. El secreto del éxito de Lyautey ha de buscarse en lo que M. TARDE


llama < el sentido del hombre > Lyautey lo poseía en altísimo grado. < Juzga
al hombre completo y, sobre todo, lo pesa. Sabe Lyautey hasta en donde
puede hacerle rendir el máximo.>

605. Los que tienen miedo de las responsabilidades, los faltos de voluntad,
los que retroceden delante de los obstáculos, los que buscan sobre todo
ponerse a cubierto, no pueden ser jefes.

606. Los incapaces de decidirse, que vacilan siempre, los que difieren para
más tarde y cambian a la continua de parecer y decisión, no pueden ser jefes.

607. Pero hay más hombres de lo que se piensa capaces de subir. Las
nulidades no son tantas como se pretende. Si se niega valor a los individuos,
es con mucha frecuencia porque no se ha sabido descubrirlo en ellos.

608. Pónganse los mismos hombres a las órdenes de dos jefes. Uno sabrá
animarles, les convencerá de la grandeza de su misión y conseguirá
resoluciones admirables. Otro se quejará de la incapacidad de los
subordinados, correrá de uno a otro para reprenderles y desalentarles.
Fracasará (1).

609. Alrededor del verdadero jefe encontraréis siempre el equipo, el grupo de


especialistas fieles, competentes, a los que deja en plena libertad, pues sabe
que harían en toda ocasión cuanto es humanamente posible hacerse (2).

610. Hay que buscar hombres de carácter bien templado, libres de padecer
muchas veces los excesos de su temperamento. El mal carácter de un
colaborador no es redhibitorio sino cuando lo comunica a los subordinados,
poniéndoles en peligro de < volverles al revés >, o si degenera en incorregible
testarudez en la discusión (3).

611. La abnegación y el sacrificio, que hacen a los buenos colaboradores, son


la señal de almas delicadas; pero esas almas generalmente son sensibles por
una palabra mal interpretada. Habrá quienes tratarán esta susceptibilidad de
sentimentalismo ridículo y apenas se cuidarán de ella; mas les excusaréis si
tenéis, como ellos, un alma delicada; sobre todo, tendréis gran cuidado de no
exacerbarles inútilmente, temiendo hacer de colaboradores leales, pero
susceptibles, lo que un autor contemporáneo llama ”despellejados morales”

612. si queréis rodearos de un equipo que tenga carácter, tened el alma


bastante levantada para aceptar algún despropósito de parte de un
colaborador un poco ardiente, pero afecto; bastará reprenderle dulcemente
una vez pasada la crisis.

613. No sólo se han de elegir los jefes, sino también se ha de escoger el


momento de nombrarlos.
Si el ascenso tiene lugar demasiado pronto, es un peligro, porque el
sujeto corre el riesgo de no estar preparado a la altura de la faena, de
hundirse bajo la responsabilidad que no ha podido llevar, o de recurrir a
expedientes que son nocivos para la buena marcha de los negocios. Si el
ascenso tiene lugar demasiado tarde, hay peligro de tener un jefe que ha
perdido todo entusiasmo, toda iniciativa; un jefe que carece del resorte del
joven que se lanza esforzado a la conquista de nuevas responsabilidades (1).

614. La tentación de un jefe un tanto activo está en querer hacerlo todo por sí
mismo, en particular si no está del todo contento de lo que se hace. Este es
un grave error. Un jefe de verdad deja a sus subordinados el máximo de
iniciativa y de autonomía compatible con la buena marcha de los servicios,
para que puedan formarse y, desde luego, desplegar libremente cuanto hay
en ellos de recursos.

C) El jefe debe desarrollar en los colaboradores el espíritu de


iniciativa y repartirles responsabilidades.

615. el jefe que cumple su oficio no absorbe el mando: lo suscita y lo


multiplica. “mandar es engendrar mando; es hacer pulular en los tejidos del
organismo... estas células vivas: los jefes” (1).
Desde entonces, la ejecución, hasta el peldaño mas bajo de la
jerarquía, es un escalón de mando, porque “no hay ejecución sin iniciativa y al
jefe corresponde suscitarla hasta el ultimo encargado de la ejecución de sus
órdenes”.

616. Para formar colaboradores y facilitar su unión con los compañeros, el


jefe no se ha de aislar con ellos estrictamente en los actos de servicio. Tiene
interés en desarrollar su competencia y en asociarlos al propio trabajo
explicándoles el porqué de sus directivas. Conociendo bien los pasos de
vuestras ideas es como alcanzarán más pronto ese estado del equipo ideal,
en que a media palabra cada miembro se posesiona del pensamiento del
jefe. Para huir el daño de la yuxtaposición lo importante es aprovechar todas
la s ocasiones para mostrar que la faena de cada cual está relacionada con la
de los otros y se ha de armonizar con el conjunto.

617. Una hora de colaboración sobre un punto concreto hace para la


educación de un equipo más que una avalancha de notas de servicio o de
llamadas al orden.

618. La formación del jefe no se logra por cursos “ex cathedra”. Buscando
con ellos la solución a los problemas prácticos de la vida es como el jefe
acostumbra poco a poco la mentalidad de sus colaboradores en la línea de su
espíritu.

619. el jefe no ha de tener miedo de confiar responsabilidades, a condición de


que estén proporcionadas a la valía y habilidades de quien las ha de llevar.

620. En un equipo hay que mantener la libertad de proponer mejoras. Nada


tan nocivo como los repetidos frenazos, que terminan siempre parando el
motor; las iniciativas se cansan de ser muchas veces rehusadas. Cuando un
equipo está completamente desanimado de haber propuesto innovaciones,
está muy cerca de que en él reine la rutina.

621. Es preciso que el jefe sepa aumentar, dentro del cuadro señalado, la
responsabilidad de los subordinados al paso que son capaces de soportarla.
También hay que ayudar a los subordinados a vencer las dificultades
interiores, enseñarles a conocer más, orientarles mejor con respecto a las
posibilidades que les aguardan, darles una noción más exacta del tiempo
necesario para conseguir este o aquel objeto (1).

622. Cada jefe ha de buscar desarrollar en sí la confianza, y en los


subordinados la iniciativa.

623. Cuando éstos hacen una falta, ha de informarse de los “motivos” que les
han hecho obrar así y ayudarles a descubrir por si mismos cómo debían
haber obrado; se ha de completar su instrucción para ponerlos de suerte que
no hagan faltas semejantes. Es una equivocación, cuando el subordinado ha
procedido con buena intención, reprenderle agriamente y con ello disminuir el
resto de la confianza en sí. “Bondad” y “paciencia” no son signos de debilidad
cuando el subordinado siente que detrás de la bondad y paciencia, nacida del
corazón, está “la firme voluntad de llegar a la meta fijada”.

624. No temáis dar a conocer por juntas generales, por consejos restringidos
y, dada la ocasión, por conversaciones individuales las metas de trabajo.
Manifestad su grandeza, su hermosura, la responsabilidad que a cada uno
corresponde en el resultado apetecido.

Tanto como los hombres dejan de interesarse en su trabajo, cuando


tienen la impresión de que son ruedas de una máquina, de la desconocen la
razón de ser y el rendimiento; tanto se apasionan por un quehacer, que viene
a ser su quehacer, porque saben a dónde tiende y cuánto pende de ellos el
éxito.
D) El jefe ha de sostener a sus colaboradores y asentar la autoridad
de ellos.

625. Muchas maneras hay de paralizar y, por tanto, de descorazonar a los


colaboradores:

__interviniendo a diestro y siniestro en el sector que le tenéis


confiado;

__advocando a la continua a vuestro tribunal las causas que son de


competencia suya;

__no autorizándoles iniciativa alguna;

__ pareciendo encontrar ridículo o absurdo todo proyecto que


presentan;

__ haciendo recaer en ellos las faltas de que vosotros mismos sois


más o menos responsables.

626. el verdadero jefe señala, desde luego, su fuerza en proteger a sus


inferiores. Alma de señor. ¿Cuál lleva a cuál? Si se inmola al primero, se
inmolan los humildes para hacer la corte a los poderosos. Si se gobierna a los
subordinados y además se les defiende, como un padre a sus hijos, se llega a
la inmolación propia. Esta fuerza, de que carecen los contemporáneos y más
los militares, habrá que dársela (1).

627. Tentación muy grande para las personas de importancia es el no acertar


a tener confianza en los demás. Oyese a menudo que los jefes se quejan de
sus subordinados: “no se puede contar con ellos”, “dejan siempre pasar las
faltas”, “no tienen iniciativas”, etc., y ¿de donde tendrían ellos todo eso? ¿se
ha procurado sistemáticamente desarrollarles en tal sentido?.

El jefe que hecha la culpa sobre los subordinados, jamás llegará a


nada. Al contrario, debe reconocerse responsable de su formación. Un jefe
industrial gustaba repetir que, cada vez que tenía que dar una reprensión a
alguno de sus subordinados, sentía que era él mismo quien era responsable
de la falta; porque, una de dos: o había pedido demasiado, o no había
bastantemente preparado, dirigido o vigilado al subordinado.
628. Jefes hay que para afirmar su superioridad no dudan en denigrar a sus
colaboradores. Hacen una cosa nefasta, cuyas primeras víctimas serán ellos
mismos.

629. Cuidaos de no infringir una reprensión a un jefe de servicio delante de


tercero; sobre todo guardaos de hacerle observaciones delante de uno de los
subordinados, si no queréis zapar la autoridad y sembrar el desorden en
vuestro negocio.

630. Si se escoge un colaborador para descargarse en el de una parte del


trabajo, cuya responsabilidad está aceptada, es que “se le estima”, que se ve
en el una “personalidad”, con sus necesidades de responsabilidad y
desarrollo, así como también una persona deseosa y capaz de cumplir bien el
papel que se le encomiende.

Hay que saber despertar la confianza en los subordinados, hacerles


partícipes de responsabilidad; así es como se siembra la alegría en el trabajo
y se recoge el agradecimiento.

631. Demasiados jefes olvidan la importancia que hay en respetar las


competencias de los subordinados.

Cierto; cuando la casa está ardiendo, se apaga el incendio antes de


preguntar quién lo encendió.

Intervenir directamente siempre es posible “la cosa quema”, pero


entonces es necesario advertir inmediatamente a los intermediarios que se
han “saltado”, por que es una ingerencia directa de sus dominios. Si no se
hace, tales intermediarios no pueden considerarse responsables, dado que se
cambian sus disposiciones sin consultarles ni orientarles. Se les quita de un
golpe todo gusto de trabajo y se les mengua autoridad a los subordinados.

632. ¿Trátase de disipar la envidia y los celos que pueden


alimentar los subalternos contra sus superiores? Ensalce el jefe
la valía técnica y moral de éstos últimos y consolide su posición
delegando en ellos su autoridad; no solo como es costumbre,
para mandar y reprender, sino, además, para ayudar y
recompensar.

E) El jefe tiene que “hacer atmósfera”.


633. El ambiente de simpatía que algunos jefes saben crear en su alrededor
es eminentemente favorable para el mejoramiento y coordinación del equipo.
Los colaboradores se inspiran entonces con naturalidad en el ejemplo del
jefe, por ese inconsciente mimetismo que nos empuja a modelarnos según
nuestros afectos, y su entusiasmo puede suplir muchas insuficiencias
anteriores, allanando las dificultades de adaptación (1).

634. El trabajo ha de hacer bien a quien lo ejecuta.


Habría cada uno de encontrar en su trabajo el sentimiento de bienestar que
fluye de la puesta en valor de una fuerza viva arraigada en su naturaleza; el
trabajo en común, la colaboración en una gran empresa, habría de
corresponder al sentimiento de sociabilidad, a la necesidad de no verse
aislado, que se oculta en todo hombre.
Poder trabajar y dedicarse a un trabajo que le supera habría de
levantar al hombre por encima de sí mismo y llenarle de una profunda
satisfacción interior (1).

635. Cualquiera que sea la naturaleza del malestar moral que podáis temer
en vuestros Colaboradores, encontrareis un excelente remedio preventivo en
el buen humor. LYAUTEY recomienda “trabajar con pulcritud”; yo añadiré
que también se ha de “trabajar con alegría”.

Dad por vosotros mismos ejemplo de bromas, el ejemplo será


contagioso y, esparciendo en torno a vos la animación por el trabajo, habréis
con esto ganado útiles simpatías.

Siguiendo el consejo de Horacio, aprended a olvidar a tiempo la


gravedad-decipere in loco- y no temáis, con colaboradores de vuestro plan
social y bien educados decir alguna palabra para reír, en medio de una
discusión seria; no pocas veces es un descanso útil para reanimar la
atención y despertar ideas nuevas.

636. Sucederá con frecuencia que se de a una de vuestras palabras mucha


mayor importancia que pensabais; o también que se haya supuesto en una
de las observaciones, una intención de reprensión que no le habíais dado.

Es imposible evitar del todo este inconveniente, sobre todo cuando la


urgencia de una decisión u otro orden de preocupación os impiden pesar
exactamente las palabras; pero tener cuidado de procuraros, además de los
ratos de trabajos, horas de libre conversación con vuestros colaboradores y
dadles suficiente confianza para tener una franca explicación.

X.- El arte de formar equipo con los demás jefes.

637. El equipo no es una tropa sometida por la necesidad o la violencia, ni


una clientela atraída por los favores que puede distribuir un poderoso... El
equipo es un grupo de hombres reunidos por un lazo orgánico; es decir, para
el servicio de una obra o de una causa común, a la que aportan igual
entusiasmo y se reparten el esfuerzo requerido en proporción de los dones
habilidades o medios, sin preocupación de competencias, rivalidades o
intrigas, asociados por el resultado de conjunto, no por el éxito del tal o cual
suerte particular. Esta fue la fórmula de todas las grandes obras que han
producido las civilizaciones humanas (1)

638. Para que un equipo pueda hacer obra fecunda, es preciso que haya
concordia de espíritus y voluntades. No todos han de hacer las mismas
obras, pero las obras de uno no han de estorbar las de otro. Es necesario
que cada cuál en su sitio facilite la tarea de su vecino.

Para esto cada uno tiene que seguir al menos de reojo, la actividad
de los otros, aunque no sea más que para ajustarse a ellos y sincronizar la
suya.
Para eso también es preciso que cada uno se olvide de sí y no parta
como una flecha con riesgo de romper el equilibrio.

639. El trabajo de equipo supone plena confianza de los componentes:


confianza mutua en la lealtad y aptitud.

640. Cuando los jefes de servicio no se entienden entre sí, resulta un


malestar, un verdadero razonamiento de ruedas, y toda la obra padece.
Además, es imposible que en un momento u otro los subordinados no se den
cuenta de ello, y entonces el malestar no hará más que extenderse, porque
una de dos: o tomarán el partido de uno de los jefes en contra de los otros y
aumentará así la oposición con peligro de comprometer gravemente y de
estorbar toda pacificación de los espíritus, o envolverán a todos los jefes en el
mismo desprecio, perdiendo confianza en los mismos, ya que no son capaces
de entenderse entre sí.

641. No se ha de tener la ingenuidad de creer que sea cosa tan fácil el


entenderse con los jefes vecinos cuando de hecho se ha de colaborar en
junto. Por definición, todo jefe tiene que ser un carácter, y cuanto más
decididos los caracteres tanto son también mas tajantes. Todo jefe tiene que
asumir responsabilidades, defender intereses, que bien pueden ser contrarios
a los de su colega. Este es el motivo de que se haya de poner de una y otra
parte leal voluntad, sostenida por comprensión mutua.

642 .nada hay más pernicioso para la salud y eficiencia de un equipo que las
sistemáticas críticas de un eterno descontento.
Tanto como es vigorizadora la crítica, aunque sea en forma enérgica, cuando
es amable y constructiva en el fondo, otro tanto es disolvente, aunque sea
con expresión amena, cuando es negativa y bañada en amargura.

643. Quien no se atreve a imaginar y quien no se toma la molestia siquiera


de crear, no tiene derecho a criticar las falsas maniobras de los que se
atreven y actúan... << Compadre, no debes criticar de palabra, sino de
obras, tratando de hacerlo mejor que nosotros. >>

644. La atmósfera de un equipo en que cada uno está al acecho de los


errores de los otros, pronto se hace irrespirable y paralizante.

645. La primordial ley del equipo es el mutuo auxilio fraternal para el servicio
del fin del equipo. Querer hacer gastar a los otros, felicitarse de subrayar la
deficiencia de un compañero de equipo, es arruinar la unidad del equipo y
hacerlo inepto para realizar su misión:

646. Comprensión, coordinación, cordialidad, son las tres virtudes principales


que ha de tomar a pecho practicar cada socio, si no quiere que su equipo
sea herido de muerte.

647. Cada uno ha de estar decidido a no dejarse envenenar de los


equivocados por diferencias o discusiones que, entre personas acordes en el
fondo, no pocas veces son tanto más sensibles por la forma.

648. El trabajo de mutua comprensión supone:


1. Que cada uno procure comprender a los otros.
2. Que cada uno procure hacerse comprender por los otros.
Un jefe nunca juega al desconocido.
649. Muchas veces es bastante una leal explicación confiada para disipar
los equívocos y poner las cosas en su punto. Lo que sí importa de una y otra
parte es la lealtad; la mentira es un corrosivo, un disolvente. Las almas
comulgan en lo que tienen más verdad.

650. La franqueza entre los jefes jamás ha de ser grosera, y prueba la


experiencia que cuanto más hay que trabajar en común más necesario es ser
fieles a todas las delicadezas de la mas completa cortesía. Sería un error el
creer que porque se vive en común puede uno dispensárselas. En todo caso,
hay que guardarse a toda costa de las discusiones violentas y de esas
palabras irreparables, que son la señal de un alma que ha cesado de ser
dueña de sí misma.

651. Siempre es posible, entre hombres de buena voluntad, expresarse un


tanto vivamente quizá, sin dejar de estimarse y respetarse.

652. Con mucha frecuencia, cuando uno se pone en lugar del compañero,
compréndese mejor su posición, y se encuentran mejores argumentos para
defender la propia, si es realmente defendible.

653. La cordialidad y el buen humor constituyen la atmósfera ideal para un


equipo de jefes, teniendo cada uno que contribuir a esto.

Sea nuestra preocupación el progreso moral o hablando en términos más


corrientes y prácticos, el mejorar nuestro carácter, y evitemos esos
rozamientos pueriles, que por servir a un interés personal siembran la
división, cuando tanta necesidad tenemos de estar unidos. ¿ Acaso no es
éste el origen de todos nuestros males ? Porque en efecto, ¿ Cómo
atreverse a predicar la paz y sembrar la discordia ? hablar de concordia y
fraternidad y alimentar el odio en los corazones es traicionar al país (1).

654. Cuando la cooperación no es franca, la obra se resiente de estos. El


actor que busca lucir a expensas de sus compañeros, puede triunfar, pero el
conjunto sufrirá.

655. Talleyrand era sobrado fino y tenía muchísima experiencia de


controversias diplomáticas para ignorar que en ellas es falta tener demasiada
razón, que allí se ha de negociar y no abogar, y que nada tanto daña en las
mismas como los éxitos de relumbrón, que siempre asienta en el pasivo de
quien los obtiene el adversario que se aplica a hacérselos pegar.

Tenía también mucha costumbre de los << caros colegas >> para no saber
que el humillarlos no es medio de ganarlos o de hacerlos neutrales (2).

656. El Espíritu de equipo está empecido o arruinado cuando los hombres no


creen en la tarea común, cuando cada uno pretende no estar de acuerdo más
que con quien le agrada o se le parece, cuando el amor propio pasa a ser
regla de los esfuerzos y cuando cesa la estimación y confianza mutuas, que
conservan en toda clase de incidentes la certidumbre de una abnegación
superior a los pasajeros desfallecimientos.

(1) CAPITÁN ROGUERT, Les forces morales, página 80.

(2) COMITÉ DE SAINT- AULAIRE, Talleyrand, página 321.


657. Trabajar en equipo es incluirse en un movimiento, no es ponerse el
movimiento en el bolsillo.

Hacer equipo es renunciar con miras al resultado común, conseguido por la


mutua común ayuda.

De aquí resultan, por un lado, sacrificios, esfuerzos a favor de terceros y el


desconocimiento de trabajos anónimos; pero del otro, numerosas y puras
alegrías, entusiasmo común y plenitud de una acción concertada.

Hacer equipo es, en esencia, preferir al amor propio el amor fraternal y a la


gloria personal la gloria de Dios (1).

(1) PIERRE SCHAEFFER, Le Chef, 15 enero 1934, página 34.

CONCLUSIÓN
El secreto del jefe.

658. Extravíase quien, para arreglar los grandes problemas de la


humanidad, se desentiende de los grandes principios, que son la base misma
de nuestra civilización y la esencia también del cristianismo ( 1 ).

659. Desde que los hombres pretenden organizar la tierra sin Dios, desde que
renuncian a estar parte de la vida contemplativa, o, como decía San Pablo, a
esta << conversación en el cielo >> para la que fueron criados, pronto
olvidan que son hijos de un mismo padre y de que son demasiado grandes
para que ninguna conquista de la tierra pueda llenar la insaciable
necesidad de dicha.

Luego se necesitan siempre más riquezas, más poder, más conquistas, más
dominación; toda participación la estiman como un atentado contra su
hambre de grandeza o de expansión; todo el que pone óbice a su avance
viene a ser un enemigo.

Si la busca de bienes terrenos es el todo del hombre, ya no se puiede limitar


esa búsqueda.

Al contrario, si lo esencial del hombre está en cultivar la vida del alma y en


prepararse para la vida eterna, cabe la posibilidad de poner moderación en la
actividad económica.
Sólo el << Homo religiosus = hombre religioso >> puede estorbar al << Homo
Faber = hombre productor >> de transformarse en una bestia insaciable
arrebatada por el vértigo de la grandeza material, verdadero lobo para el
hombre.

Léase en el Evangelio de San Juan (cap. 13) lo que podría llamarse la carta
de la autoridad cristiana, esa admirable escena en que Jesucristo, Dueño y
Señor, depositario de toda autoridad, quiso lavar los pies de sus discípulos.
Quiso enseñar a los que en el curso de los siglos participaran de autoridad a
considerarse como servidores de sus inferiores. Quería de este modo
defenderles del orgullo y vanidad, que son la tentación profesional del jefe
(1).

(1) Foch.

660. Carta que el Presidente de la Confederación suiza, M. Pilet-Golaz, dirigía


en agosto de 1934 a una reunión del grupo de Oxford, en Thoune:

<< He buscado mucho tiempo las hondas causas de la crisis moral


económica que el mundo atraviesa. No he hallado sino una sola que me
satisfaga, o más exactamente, que dé satisfacción a mi razón: nuestra
civilización cristiana ha perdido el espíritu que la animaba, la sostenía y
elevaba: el espíritu de Cristo.

<< Si de nuevo no se penetra en él, está condenada. Las medidas; casi todas
superficiales y temporales, que hoy se han tomado para luchar contra la
academia material y espiritual de que estamos amenazados, de nada servirán
– aun supuesto que la mayor parte de ellas no sean nocivas – sino se
chapean con una verdadera regeneración de los corazones. Es decir: yo no
veo la salvación terrestre, lo mismo que la salvación del alma, sino en un
retorno al cristianismo; pero entendido al cristianismo verdadero, íntimo y
convencido, no al cristianismos verbal y formulista con que muchos querrían
contentarse. >>

(1) R.P. FORESTIER, Le Chef, Octubre y noviembre 1940.

661. Dirigiéndose la palabra a los concurrentes a la inauguración del


monumento a los muertos de la escuela Ozanam. En Limoges, en junio de
1941. el general LAURE, secretario general del mariscal Pétain, declaró:

<< La educación religiosa y espiritual es la más grande, la más hermosa y la


más segura garantía de vuestro porvenir. Mediante ella podréis ser jefes, no
doblaréis la frente, daréis ejemplo.

Los que han aprendido a volverse a la inspiración suprema de la más


poderosa de todas las fuerzas, es decir, de la fuerza religiosa, serán siempre
unos jefes en cuyas filas se puede uno alistar, porque no ajarán el
honor...>>

662. El olvido de sí, la abnegación, el amor del prójimo – en otros términos, la


humildad y la caridad, esas dos grandes virtudes del Evangelio-, son, tanto en
los jefes cono en los súbditos, la base de la ciudad cristiana. Nada es tan
necesario como ellas para los que toman como es debido, con respeto y
temor, la carga pesada es dirigir a los que Dios ha hecho iguales y a los que
Cristo ha hecho hermanos y suyos.
<< Manso y humilde de corazón >>, << amarse los unos a los otros >>, <<
poner la mira no en ser servido, sino en servir >>, estas palabras del Salvador
son al mismo tiempo el programa de la verdadera autoridad y la carta de la
obediencia verdaderamente moral ( 1 ).

663. Ser jefe, oficio aplastante cuando se está solo, pero magnifico cuando
ser apoya en el mismo Dios. ( NOTA 31.)

Ser jefe: el alma de un grupo, el campanario de un pueblo, el ejemplo, el guía,


el primero no en los honores, sino en las cargas; no por los galones, sino por
los cuidados; el que ha de ser el más bueno, el más resignado, el más
prudente, aquel hacia quien se vuelve la mirada cuando caen los torpedos;
aquel que no tiene el derecho de quedarse en el refugio, que no está
autorizado para tener miedo, que es deudor ante su conciencia y ante Dios,
no sólo de si mismo, sino de los otros; el que tiene que olvidarse y
sacrificarse; aquel a quien la patria ha confiado un número determinado de
hijos y que puede ser el buen Pastor o el asesino.

Ser jefe: ¿ qué cualidades, no profesionales, sino morales, exige ese oficio
sagrado entre todos ? ¿ Qué dones se han de poseer, en guerra y en paz,
para ser de los que se siguen o se imitan ? Responderé muy sencillamente
enunciando las virtudes teologales: fe esperanza y caridad (2).

664. La vida social implica relaciones de autoridad y de sujeción; y como


Dios creó al hombre social, ha querido las relaciones de inferior a superior.
Someterse a la autoridad de respetar el orden divino; mandar y hacerse
obedecer cuando se está investido de autoridad, es también cumplir el orden
divino.

(1) R.M. MERSCH, Morales et Corps mystique, página 241.


(2) Aspirante JEAN BOUVIER, muerto en el campo de batalla.
Es preciso que quien mande pueda sacar la fuerza de imponerse a los otros
con la convicción de que coopera al cumplimiento de la voluntad de Dios, y
quien se someta pueda hacer retroceder toda tentación de rebeldía sugerida
por la idea de que, después de todo un hombre vale por otro hombre, en
diciéndose a sí mismo: << Dios lo quiere >> (1).

665. El alma del jefe digno del título me parece tan del todo hermosa, que veo
en ella la más elevada expresión del ideal divino en la criatura humana.

666. Francia necesita jefes inteligentes que comprendan las necesidades


presentes de las almas, que penetren iluminados por la Fe los designios del
amor de Dios sobre Francia, jefes activos que comprendan el pensamiento
de LYAUTEY: << la alegría del alma está en acción >>, procurando ser no
<< débiles ilusos >>, sino << sólidos constructores >>, jefes llenos de
esperanza a ejemplo de PÉGUY, cuando cantó << la admirable pequeña
esperanza, que todo lo enlaza y al mismo Dios admira >>, y por fin, jefes
caritativos y buenos; que ya pasó el tiempo de la autoridad dominante y es
ahora más que nunca verdadero que << el secreto del mandar es el amar
>> (3).

667. El jefe ha de hacerse querer. Esa es la respuesta a las angustiosas


preguntas que se proponen a cada instantes, cuando se considera tan
pesada la carga de mandar. La confianza y el afecto son los que que
resuelven de hecho todas las dificultades.
(1) KIEFFER, Equilibre et Autorité, pág. 21
(2) DESCHARD, en Le Chef, 18 noviembre 1928, página 410.
(3) MOR. MARTÍN, Obispo de Puy, 24 Enero 1941.

Hacer que los subordinados se apropien la idea y el plan de la empresa,


infundir voluntas en todos los ejecutantes. Pero si en ello se reflexiona, es
comunicarles su alma; asimismo, comulgar con ellos en una ´perfecta
concordia, cumplir en común un deber colectivo, coordinar los esfuerzos
para realizar un bien general en la justicia; digamos que es un unir a los
hombres entre si por Dios, deber supremo y bien absoluto, y démosle el
nombre teológico: es propiamente la caridad.

668. la primera cualidad que se exige a un jefe es, desde luego, que sea una
persona; es decir, abusando de la etimología de la palabra, per-son-a.

Un jefe ha de ser capaz de sentir el destino, no sólo el de la tarea por laque


trabaja, sino el de cada una de las personas que le están confiadas. Así,
pués, es necesario que cada cual sea bastantes despreocupado de sí mismo
para poder comprender el plan del Creador (1).

669. Cuantas veces me he relajado como cristiano, he aflojado como jefe.


(2).

670. Dios es el soberano Señor, hacedor de todas las cosas. Su autoridad es


soberana. Mas en un arranque de amor, asocia a los hombres en su acción
sobre el mundo. Lejos de hacer de ellos esclavos, o servidores, ofréceles
llegar a ser colaboradores y amigos suyos.

(1) A. CARRARD, op. Pág. 68


(2) RIGAUX, La tpache des Sages, pág. 36

¡ Grandeza de la misión del jefe ! Su autoridad es una participación de la


autoridad divina.

671. El Jefe que tiene en sus manos unos instrumentos, ( no es también el


mismo un instrumento en las manos de Dios ?

Al cabo, es la obra de Dios la que se le confía al mandar hacer. Que se trate


de conducir un ejército, o de fundar una obra, de animar una fábrica o de
botar navíos, probará de ponerse en comunicación con el Cielo para conocer
a qué le destina lo mismo que a los suyos, la voluntad soberana.

Este conocimiento será el fundamento mejor de su desinterés y tenacidad.


Tendrá menos inconvenientes en pedir a los subordinados que abdiquen
sus preferencias para hacer una voluntad unánime, y a tales alturas , la
misma obediencia será más espontánea.

672. El jefe que ha comprendido su misión de jefe, en un momento u otro


sentirá que el cargo le sobrepuja. ¡ Hay tanta distancia entre el ideal
previsto y la realidad vivida, tan grande diferencia hay entre los que se es y lo
que debería ser ! ¡ Los hombres son a veces tan desconcertantes y los
acontecimientos tan desconcertadores !

Además, a medida que un jefe avanza, parece que por un juego misterioso y
fatal, sus responsabilidades aumentan. Entonces es cuando el jefe
experimenta la necesidad de una luz y fuerza superiores.
¿ Donde las encontrará sino cerca de Aquel que es fundamento de toda
autoridad, cuyo conocimiento es el foco de toda luz verdadera, cuyo amor es
la fuente de toda energía bien- hechora ?.

673. El secreto del jefe no es otro que el mismo Dios, quien no rechaza
jamás al que viene a El con confianza y humildemente se apoya en El; Dios
que ha prometido completar los trabajos de quien obra en su nombre como
bueno y fiel servidor. Complevit labores illius.

NOTAS EXPLICATIVAS DEL TRADUCTOR.

1. Pág. 9 núm. 1. - << La definición, escribió Balmes, es la expliación de


la cosa... Cuando la cosa explicada es la significación de una
palabra, se llama definición del nombre: << definitio nominis >>.
Conviene no confundir la definición del nombre con su etimología;
porque siendo esta última la explicación del origen de la palabra,
acontece muchas veces que el sentido usual es muy diferente del
etimólogo. La etimología ilustra para conocer el verdadero significado,
pero no lo determina. >> ( BALMES: El criterio. S.E. Atenas. Madrid,
1941, Cap. XV, nota, pág. 227.)

2. Pág. 12, núm. 14 - <<Ni ha de creer el príncipe que es absoluto su


poder, sino sujeto al bien público y a los intereses de su estado; ni
que es inmenso, sino limitado y expuesto a ligeros accidentes.>>
( SAAVEDRA FAJARDO: Idea de príncipe político cristiano; << La
Lectura, Madrid, 1927, pág. 353.)

3. Pág. 16, núm. 29.-<<Diligis... omnia quae sunt, et nihil odisti eorum
quae fecisti>>... <<tua sunt, Domine>>. Amas todo cuanto tiene ser y
nada aborreces de todo lo que has hecho... tuyas son todas las
cosas, oh Señor. (sap.cap XI,vv.25,27.) En el mismo libro, capítulo VI
y versos 3,4 y 5, se lee: << Praebete aures vos, qui continetis
multitudines, et placetis vobis in turbis nationum; quoniam data est a
Domino potestas vobis, et virtus ab Altísimo, qui interrogabit opera
vestra, et cogitationes scrutabitur: quoniam cum essétis regni
ejus...>> Dad oídos, vosotros los que tenéis el gobierno de los
pueblos, y os gloriáis del vasallaje de muchas naciones. Porque la
potestad os la ha dado el Señor; del Altísimo tenéis esa fuerza, el
cual examinará vuestras obras, y escudriñará hasta los
pensamientos, porque siendo vosotros unos ministros de su
reino...>> <<Non est enim potestas, nisi a Deo.>> (Romanos, XIII, 1.)
Porque no hay potestad que no prevenga de Dios. << Dei enim
sumus adjutores.>> (1 Cor.III, 9.) Pues somos ayudadores de Dios.

4. Pág. 17, núm 31.- << Tu elegisti me regem populo tuo.>> (Sap. IX, 7.)
Tú me elegiste rey para tu pueblo. << Et elegit David servum suum et
sustulit eum de gregibus ovium.>> ( Ps. LXXVIII, 70.) Y escogió a
su siervo David, sacándolo de entre los rebaños de ovejas.

5. Pág. 19.- Misión = obligación impuesta por un oficio, empleo, cargo,


dignidad o comisión.
6. Pág. 19, núm. 36- <<No tiene otra comodidad el mando sino el poder
hacer mas bien.>> (P BALTASAR GRACIÁN, S.J.: Oráculo Manual.
Luis Miracle, Aribau, 179, Barcelona, página 300.) << El rey es
persona pública; su corona son las necesidades de su reino. El reino
no es un entretenimiento, sino tarea; mal rey el que goza sus estados
y bueno el que los sirve.>> ( QUEVEDO: política de Dios y Gobierno
de Cristo; <<La Rafa>>, Madrid 1939, pág. 54.)

7. Pág. 20, núm. 38.- << La dominación es gobierno, y no poder


absoluto, y los vasallos; súbditos y no esclavos.>> (SAAVEDRA
FAJARDO: Idea de un Príncipe político cristiano, >>La Lectura>>,
Madrid, 1927, Pág. 250.) << Ut non dominatorem et servos, sed
rectorem et cives cogitaret.>> (TÁCITO, LIB. 12 Ann.) Que pensara no
en dominador y en esclavo, sino en rector y ciudadanos.

8. Pág. 20, núm. 41.- Antígono advirtió a su hijo: <<An ignoras, fili mi,
nostrum regnum esse nobilem servitutem?>> (IROG.) ¿ Acaso
Ignoras, hijo mío, que nuestro reino es una noble servidumbre.>>
“Más es el reino oficio, que dignidad” (SAAVEDRA, ubi supra, nota 7,
página 251.) << El rey don Fernando el Santo tuvo el reinar por oficio,
que consistía en conservar los súbditos y mantenellos en justicia,
castigar los vicios, premiar las virtudes y procurar los aumentos de su
reino, sin perdonar a ningún trabajo por su mayor bien.>> 8Id. Ib.,
pág. 252.)
9.

10. Pág. 33, núm. 64.- Fe = confianza, Fidelidad, exactitud, puntualidad.

11. Pág. 36, núm. 85.- <<Tener tanteada la fortuna para el proceder,
para el empeñarse, Importa mas que la observación del
temperamento; que si es necio el que a cuarenta años llama
Hipócrates para la salud, más el que a Séneca para la cordura. Gran
arte saberla regir, ya esperándola – que también cabe la espera en
ella -, ya lográndola ; que tiene vez; y contingente, tan anómalo es su
proceder. El que la observó favorable, prosiga con despejo, que suele
apasionarse por los osados, y aun como bizarra, por los jóvenes. No
obre el que es infeliz, retírese; ni le dé lugar de dos infelicidades.
Adelante el que le predomina>> (P. BALTASAR GRACIÁN, ubi supra,
nota 6, pág. 209 ).

12. Pág. 37. núm 90.-<<No basta que el rey esté presente si
duerme...,es menester que asista a todo y que abra los ojos, porque
los suyos no pierdan la fe.>> (QUEVEDO, ib., pág. 20.)

13. Pág. 40.- Sentido.- Modo de entender una cosa, juicio que se hace
de ella, significado, acepción de la autoridad.

14. Pag. 42, núm. 109.- <<Ut enim gubernatio patris familias est regia
quaedam potestas domi, ita regia potestas est civitatis et gentis unius,
aut plurium quasi domestica quaedam gubernatio.>> (ARIST., LIB. 3,
Pol. C. L1.) Pues así como el gobierno del padre de la familia es
cierta regia autoridad en la casa, así la autoridad regia es como un
doméstico gobernar de una ciudad, de una o de muchas gentes.

15. Pág. 45,- Espíritu = genio, carácter, ánimo. Valor, tendencia, ingenio,
talento.
16. Pág. 60, núm 175.- << El entendimiento bien informado guía a la
voluntad, si le sigue. La voluntad ciega e imperiosa arrastra al
entendimiento, cuando sin razón le precede.>> ( GRACIÁN; ib., pág.
2.) << El corazón no piensa ni juzga, no hace más que sentir; pero el
sentimiento es un poderoso resorte que mueve el alma, y despliega y
multiplica sus facultades. Cuando el entendimiento va por el camino
de la verdad y del bien, los sentimientos nobles y puros contribuyen a
darle fuerza y brio; pero los sentimientos innobles o depravados
pueden extraviar al entendimiento más recto. Hasta los sentimientos
buenos, si se exaltan en demasía, son capaces de conducirnos a
errores deplorables.>> (BALMES: El criterio, ut supra, cap. XIX, XI
páginas 312 y 313.)

17. Pág. 96, núm. 301.- “Influencia del corazón sobre la cabeza”,
“Causas y efectos.” (BALMES; El criterio, ut supra, cap. XIX, II, pág.
279.) << ¿ Y cuál es la causa ? Es que el corazón se ha puesto en
juego, es que nosotros nos hemos mudado y nos parece que se han
mudado los objetos.>>

18. Pág. 104. núm. 332.- <<Siempre se ha de llevar la boca llena de


azúcar para confitar palabras, que saben bien a los mismos
enemigos.>> ( GRACIÁN: Oráculo Manual, ib., página 294.) Por otro
lago, dice el libro de los Proverbios, c. XXVIII, v. 26: <<Dux indigens
prudetia, multos opprimet per calumniam.>> Oprimirá a muchos con
vejaciones el príncipe falto de prudencia.
19. Pag.

20. Pág. 115, núm 365.- <<Hacer concepto, y más de lo que imparta
más. No pensando se pierden todos los necios; nunca conciben en
las cosas la mitad, y, como no perciben el daño o la conveniencia,
tampoco aplican la diligencia. Hacen algunos mucho caso de los que
importa poco, y poco de lo que mucho, ponderando siempre al revés.”
(BALTASAR GRACIÁ; IB., pág. 209.)

21. Pág. 118, núm. 375.- “ Rey que pelea y trabaja delante de los suyos,
oblígalos a ser valientes; el que los ve pelear los multiplica, y de uno
hace dos... Una cosa es en los soldados obedecer órdenes; otra,
seguir ejemplos.” (QUEVEDO; ib., pág. 20)

22. Pág. 118, núm. 376. “En los peligros, el rey que mira, manda con los
ojos. Los ojos del príncipe es la más poderosa arma; y en los
vasallos asistidos de su señor es diferente el ardimiento. Descuídase
el valor con las órdenes, y discúlpase el descuido.” (QUEVEDO; ib.,
pág. 19.)

23. Pág. 121, núm. 388.- “Qui se jacta, et dilatat, jurgia concitad.” Aquel
que se jactá y se hincha de soberbia, excita contiendas. (Proverbios,
cap. XXVIII, v. 25.)

24. Pág. 134, núm 423.- Es digno de ser leído y estudiado lo que Balmes
estampó en El Criterio en todo el capítulo XXII, y especialmente el &
XLVI.

25. Pág. 154, núm. 492.- El emperador Galva aconsejó a Pisón al


adoptarlo por hijo: “Cogitare, quid aut nolueris sub alio principe, aut
volueris.” Reflexiona en lo que no quisieras o querrías en otro
príncipe. (TÁCITO, I Hist.)
26. Pág. 163, núm. 519.- << Qui corripit hominem, gratíam postea
inveniet apud eum magis quam ille, qui per linguae blandimenta de
cipit. >> (proverbios, XXVIII, 23.) Quien corrige a una persona, será al
fin más grato a ella que otro que la engaña con palabras lisonjeras.

27. Pág. 167, núm 535.- << Hos tamquam pater momens probasti; illos...
tamquam durux rex interrogans, condemnasti.>> (Sap. XI, 11.) A los
unos los probaste como padre que amonesta; mas a los otros pusiste
en juicio, como rey inexorable para condenarlos.

28. Pág. 171, núm 545.- << Cum ergo sis justus, juste omnia disponis:
ipsum quoque, qui non debet puniri, condemnare, exterum aestimas
a tua virtute.>> (Sap. XII, 15.) Siendo como eres justo, dispones todas
las cosas justastamente: y crees ajeno de tu poder el condenar a
aquel que no merece ser castigado << Virtus enim tua justitiae initium
est.>> ( Idem ib., 16.) Pues tu poder es el prinicipio de la justicia.

29. Pág. 184, núm 572.- <<Bonis amici consiliis anima dulcoratur.>>
( Proverbios, XXVII, 9.) Con los buenos consejos del amigo se baña
el alma en dulzura. << Melior est vicinus justa, quam frater procul.>>
(Id, ib; 10.) Más sirve el vecino que está cerca, que un hermano
desviado.

30. Pág. 190, núm 591.- <<Saber empeñar los dependientes. Un


empeño en su ocasión hizo personas a muchos, así como un ahogo
saca nadadores; de esta suerte descubrieron muchos el valor, y aun
el saber quedaría sepultado en su encogimiento si no hubiese
ofrecido la ocasión. Son los aprietos lances de reputación, y, puesto
el noble en contingencias de honra, obra por mil. Supo con eminencia
esta lición de empeñar la católica reina Isabela, así como todas las
demás; y a este político favor debió el Gran Capitán su renombre, y
otros muchos su eterna fama; hizo grandes hombres con esta
sutileza.>> (BALTASAR GRACIÁN: Oráculo Manual, L. Miracle,
Barcelona, 1941, Pag. 293.)

31. Pág. 211, núm 663.- << Qui confidit in corde suo, stultus est; qui
autem graditur sapienter, ipse salvabitur.>> (Prov. XXVIII, 26.) El que
confia en su propio consejo, es un insensato; mas quien procede
sabiamente, ése se salvará. << Qui timet hominem, cito corruet; qui
sperat in Domino, Sublevabitur.” (Prov. XXIX, 25.) El que al hombre
teme presto caerá; el espera en el Señor, será exaltado.

* * *

Merece ser leído y estudiado con detenimiento cuanto BALMES escribió


concienzudamente sobre los principios católicos de gobierno en su obra. El
protestantismo comparado con el Catolicismo, particularmente en los tomos
tercero y cuarto. En sus palabras se oye hablar a la razón, sin parentesco con
pasiones o circunstancias que puedan modificar el juicio imparcial y sincero
de un gran entendimiento ilustrado por la ciencia divina y los conocimientos
humanos.
ÍNDICE DE MATERIAS.

Págs.
Licencia 4
eclesiástica... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

CAPITULO I.- LA MISIÓN DEL JEFE... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... 7
...

Lo que es un 9
jefe ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Por qué se necesitan 13
jefes... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
La gran misión del jefe: 19
servir... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Lo que hace al 25
Jefe ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
CAPITULO II.- CUALIDADES DEL 31
JEFE... ... ... ... ... ... ... ... ... ... .

Fe en la 33
misión... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Sentido de la 40
autoridad... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Espíritu de decisión y de 45
iniciativa... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Espíritu de 52
disciplina... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Energía realizadora... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... 57
...
Calma y dominio de sí 62
mismo ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Sentido de la realidad ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... 68
...
Competencia ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... 77
...
Espíritu de 80
previsión... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Conocimiento de los 83
hombres ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Benevolencia de 89
espíritu ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Bondad de 96
corazón ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Respeto de la dignidad 102
humana... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Espíritu de 108
justicia... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
Firmeza... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... .. 113
.
Ejemplo... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... .. 118
.
Humildad... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... 121
...
CAPITULO III.- LA JEFATURA. ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... 129
...

El arte de formar y de 131


educar... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
a) Amor del 132
esfuerzo... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
b) Sentido de la responsabilidad... ... ... ... ... ... ... 135
...
c) Gusto del trabajo en 137
común... ... ... ... ... ... ... ...
El arte de organizar... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... 139
...
El arte de 146
mandar... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
El arte de 159
comprobar... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
El arte de reprender... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... 163
...
El arte de 171
castigar... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
El arte de neutralizar las resistencias... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... 177
El arte de animar y recompensar.... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... 183
El arte de hacerse 188
ayudar... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

a) El verdadero jefe no es el que lo hace todo por sí


mismo, sino el que sabe hacerse ayudar... ... ... ... 188
b) el arte de escoger sus colaboradores... ... ... ... ... 192
c) el jefe debe desarrollar en los colaboradores el
espíritu de Iniciativa y repartirles responsabilidades... 195
d) El jefe ha de sostener a sus colaboradores y asentar
la autoridad de 197
ellos... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
e) El jefe tiene que “hacer 200
atmósfera”... ... ... ... ... ... ... ...
El arte de formar equipo con los demás jefes... ... ... ... ... ... ... 202

CONCLUSIÓN... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... .. 208
. ...

El secreto del 208


jefe... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

NOTAS EXPLICATIVAS DE 216


TRADUCTOR... ... ... ... ... ... ... ... ...

Esta edición de 200 ejemplares se


Terminó de imprimir el día 10
de octubre de 1989 en los talleres
De manufacturas Lusag S.A.
Dr. Vertíz No. 1084
México 14 D.F.

Risco 16 Lomas de Bella Vista


Estado de México
Tel. 562-21-89