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Los fragmentos del 45 uruguayo

Elvira Blanco, Universidad Católica del Uruguay

Todo proyecto de nación, todo proyecto cultural, toda obra simbólica (artística o no) funciona hacia atrás pero también hacia delante. Toda reflexión, toda producción simbólica, toda narración es, en definitiva, una repuesta al tiempo en que se vive pero también una propuesta hacia el tiempo que se avecina.

Achugar, 1992.

Uno de los grandes vacíos actuales en la cultura uruguaya es el análisis de la generación del 45. Luego de la apertura democrática de los 80 se realizaron una serie de debates y publicaciones periodísticas que intentaron poner punto final a la discusión sobre su actualidad o no. Los críticos que actualmente se refieren a ella lo hacen ya como parte de la historia. Llama la atención que en los medios cultos del país exista cierta resistencia a la revisión de esta etapa:

los comentarios la dilapidan como cerrada o fuera de vigencia.

En mi opinión esta negativa de los medios culturales está exponiendo un miedo a hablar de algo no asumido. Algo similar a lo que sucede con las etapas reprimidas, no analizadas, que en cualquier momento pueden estallar y alterar nuestros comportamientos: entonces es mejor continuar como estamos, no hablar de lo que molesta, porque en definitiva si nos ponemos a analizar seguimos aún allí, no hemos superado la etapa, o peor, no hemos podido construir nada nuevo.

Es innecesario explicar aquí quiénes fueron los participantes de la generación del 45, cuáles son sus obras y sus temas; se ha repetido hasta el cansancio, y de allí no se sale. Lo que falta en definitiva es el análisis de una parte de nuestra cultura que representó nuestra entrada a la modernidad, por medio de un proyecto que pretendía sentar las bases de nuestra cultura uruguaya a través de la ácida crítica al pasado, del análisis minucioso del contexto y del ingreso a la lectura de literaturas extranjeras más actuales y renovadoras.

Para ello, la generación del 45 tuvo básicamente tres medios: el texto literario, el ensayístico y

el periodístico. La prédica en ellos coincide, o al menos así parece; aunque es posible detectar

fracturas entre ellos.

Cuando en 1939 se publica El Pozo, Juan Carlos Onetti abre el canal literario de la generación, rompe con la literatura del momento y propone a partir de allí una renovación narrativa sin continuadores en su generación. Porque si bien en la generación hubo otros narradores de peso como Carlos Martínez Moreno, éste no empleó la renovación de Onetti, y si bien otros autores luego innovaron dentro de esa línea, fueron de otra generación.

A nivel periodístico y ensayístico la generación del 45 fue más compacta, y principalmente

desde el Semanario Marcha, Martínez Moreno, Real de Azúa y Carlos Quijano, entre otros, proponían una unidad de propósitos. Inclusive en el plano ensayístico, a pesar de las

Blanco, E. (2002): “Los fragmentos del 45 uruguayo. Actas del 2º Congresso Brasileiro de Hispanistas,

en:

São Paulo, 2002.

Consultado

el

20

de

agosto

de

2012.

Disponible

diferencias, Angel Rama, Emir Rodríguez Monegal y Real de Azúa apostaron a la revisión de una manera de pensar sobre el país.

Entre todos conformaron una cultura, entendida como modo típico de un grupo y como sistema de símbolos, significados y esquemas cognitivos trasmitidos mediante códigos simbólicos, que distinguen a ese grupo de otros. Según Amos Rapoport (Rapoport, 1984, p.50) la cultura puede considerarse relacionada a un grupo de personas que tiene un conjunto de valores, creencias e ideales que transmiten a sus miembros; estos valores conducen a una visión del mundo que también es un modo de configurarlo, es una construcción, que se selecciona entre alternativas posibles.

Es el resultado de elecciones el que ha configurado un sistema ordenador, si se detecta ese sistema de elección se llega al esquema cognitivo del grupo, se llega a determinar cuáles fueron los constructos mentales que permitieron al grupo seleccionar los elementos que consideraron significativos y organizadores, para dar un sentido al mundo. Se obtiene un sistema conceptual, que se relaciona con el nivel ideológico del grupo. Esa ideología se ve representada por medio de una cultura y sus componentes seleccionados, se imponen en un momento dado, a través de una representación y producción que determinan simbólicamente al mundo.

Los elementos que la generación del 45 seleccionó para configurar su mundo parten de la necesidad de reformular el esquema identitario que se consumía y que provenía aún de aquel construido rápidamente por la generación de 1879-80, generación, según Caetano y Rilla, ''comprometida con la construcción del primer imaginario nacionalista uruguayo, que evidenció una obsesión empecinada por fundar a través de múltiples vías (ensayos, manuales escolares, relatos, novelas, obras históricas, poemas, pinturas, etc.) una mitología nacional y una determinada conciencia del pasado'' (Caetano, Rilla,1998,p.150).

Con esta generación, Uruguay obtuvo su galería de héroes y episodios históricos, sobre los cuales bien parodiaría Onetti, en la famosa frase de El Pozo (1939) ''Detrás de nosotros no hay nada. Un gaucho, dos gauchos, treinta y tres gauchos'' (p. 71), haciendo alusión a la gesta histórica de los Treinta y Tres Orientales, 1 o en el comentario realizado entre paréntesis en El Astillero (1961) sobre la inauguración del monumento al prócer en la plaza principal de Santa

el poncho, por norteño; las

botas, por españolas; la chaqueta, por militar; además, el perfil del prócer, por semita; su cabeza vista de frente, por cruel, sardónica, y ojijunta; la inclinación del cuerpo, por maturranga; el caballo, por árabe y entero. Y, finalmente, se calificó de antihistórico y absurdo el emplazamiento de la estatua, que obligaba al fundador a un eterno galope hacia el sur, a un

María. Allí se discute sobre la estatua del ''héroe epónimo'': ''( [

]

1 En la década del 40 se podía leer en los libros de historia adaptados a las curricula comentarios como:

''Tan solo treinta y tres hombres formaban aquella falange redentora, y su patria era dominada por cerca de 20.000 soldados brasileños'' (1955. Hno. Damasceno, Ensayo de historia patria. 7ª edición, p.

452).

regreso, como arrepentido, hacia la planicie remota que había abandonado para darnos nombre y futuro).'' (Onetti, 1961, p. 1177). 2

Desde esta generación que dotó al país de un elemental comienzo hasta la generación del 45, pasan pocos años, pero suficientes para configurar una identidad singular, que se conoce como la ''identidad de la diferencia''. El país había surgido de una imposición político- económica, carecía de cultura precolombina (o al menos así se enseñó durante décadas), se consideraba étnica y culturalmente europeo y detentaba el mayor progreso económico y social del continente. El resto de América Latina eran problemas políticos, sociales y económicos. Con estos elementos se construyó el mito de la ''Suiza de América'' - que recién acabaría por derrumbarse cuando la crisis económica, la guerrilla, la dictadura y el exilio nos hicieron sentir parte del continente -.

Sobre ese modelo de la Suiza de América, trabajaría el 45, negándolo y denunciándolo, pero apresado en él. El modelo procedía de la configuración ideológica que el batllismo había otorgado al país. Se había alcanzado un buen amparo social, educación gratuita, consolidación democrática y un estado capaz de sostener el andamiaje educativo, social y económico; repercutiendo en el crecimiento de una clase media que ascendería socialmente por medio de su nivel cultural, adquirido gratuitamente. Emir Rodríguez Monegal se refiere a esta mentalidad como ''política paternalista'' (Rodríguez M. 1966, p. 311), 3 o sea, el Estado como protector, estatizante y patrón benevolente: el ''Estado resuelve todo''.

La literatura de los años 20 se vio envuelta por este remolino de prosperidad, civilismo y democracia, no consiguiendo adoptar una postura analítica y objetiva con respecto al proceso, terminando muchas veces al servicio del oficialismo o descansando en la fama de la generación anterior - la del 900- que poseía nombres como José Enrique Rodó, Julio Herrera y Reissig y Horacio Quiroga, entre otros grandes. El 45 simplemente desdeñó toda literatura nacional con excepción de la del 900, que ejerciera una crítica ruptura modernizadora.

Para el 45 la primera ruptura del modelo democrático fue un duro golpe. El 31 de marzo de 1933, Gabriel Terra dio un golpe de Estado. Al respecto escribía esa misma tarde Carlos Quijano, el fundador del Semanario Marcha: ''El criminal golpe de fuerza de Terra, es algo más que una reacción fascista, es el fracaso de un régimen y de una generación que no supo [ ] prever ni planear'' (Caetano, Rilla, 1987, p. LVI); en 1943, volverá sobre esto: ''A diez años del 31 de Marzo, hay que decir, decirlo hasta que duela, que el país traicionado por las oligarquías dirigentes, ha perdido una oportunidad, una de esas oportunidades que en el curso de la historia en muy pocas ocasiones se le ofrece a los pueblos, de encontrarse y valorarse''. (idem.LV)

Pero aunque la democracia se quebró, quedaban los otros elementos del mito de donde sustentarse. Fue allí donde el 45 se volvió hegemónico, abrazó la cultura y promovió un espíritu crítico inigualable, que revisó constantemente el contexto, cuestionando y discutiendo

2 El sur es un símbolo dentro de la cultura uruguaya. Surge de la posición asumida por el pintor Joaquín Torres García (1874-1949), quien tuvo ascendencia no solo en el campo plástico sino en todo el ámbito cultural del país. 3 Cf. Literatura uruguaya del medio siglo.

la modernización del país, mantenida por una estructura burguesa que se denunciaba como inoperante y caduca.

En 1965, Carlos Quijano escribía ''En América Latina pocos países tienen como Uruguay, un pasado cercano -relativamente cercano- y venturoso, relativamente venturoso. Durante los primeros veinticinco años del siglo gozamos de estabilidad, de un nivel de vida superior al de otras naciones del continente, de un desarrollo comparativamente superior al de éstas, en las letras y las artes, la instrucción, la salud pública y las prácticas políticas. Creímos haber

En un determinado

alcanzado una especie de jefatura espiritual, un puesto de vanguardia [

momento histórico, todos los factores se conjugaron para que el país alcanzara cierto

equilibrio y se distanciara de los demás de América Latina [

Poco después del término de la

primera guerra mundial, por los años veinte, la crisis de todo el sistema en el cual habíamos

vivido se produjo. [

Entre tanto otros países de nuestra América y del resto de la tierra que

no tenían como nosotros un 'pasado venturoso' hacia dónde mirar, que no tenían como nosotros algo que perder y que añorar, se lanzaban, entre la confusión y la sangre hacia delante''. (Quijano, 1965, p.215)

]

]

]

Retomo la palabra utilizada por Quijano: ''añoranza''; en 1986 en mi tesis de maestría defendida en esta universidad, sobre la ciudad ficcional de Santa María creada por Juan Carlos Onetti, utilicé ese mismo término para definir esta identidad de la que el 45 no pudo huir: ''la identidad de la añoranza''. Para contrarrestarla se volvieron acérrimamente críticos y culturales; ningún ejemplo mejor que el Semanario Marcha fundado por Quijano en 1939. Según Angel Rama éste fue el canal privilegiado para la actuación de la generación y agrega:

''La atención por la cultura que caracterizó desde su primer número a esta publicación básicamente política- en un país donde el desdén de los diarios por tales actividades era

famoso, confirió una importancia mayor a las secciones de literatura, artes, cine, historia, etc., las que fueron atendidas en su doble aspecto informativo y crítico, proporcionado un material indispensable a las clases educadas del país, por lo mismo especialmente a los universitarios

se

[

enriqueció la información cultural del país acentuando el conocimiento del mundo cultural externo y a la vez se dotó a la nacionalidad de instrumentos contemporáneos eficaces [ ]

operó como corrosivo de viejos andamiajes vigentes. [

En las páginas críticas de Marcha

estuvieron o están casi todos los intelectuales, [luchó] contra la mediocridad de la vida literaria nacional y la proposición de valores del pasado, todo dentro de una específica y restricta

apreciación de la literatura'' (Rama, 1972, p.88).

]

con ávida preocupación por las novedades y los descubrimientos extranjeros, [

]

]

La añoranza se suplió con crítica y cultura, que el Semanario Marcha se encargó de hacer llegar

a la intelectualidad uruguaya, sin alcanzar a la clase media no intelectualizada y mucho menos

a la baja. El administrador de Marcha, Hugo Alfaro, admitiendo que los planteos del Semanario

''no siempre fueron accesibles a todos'', se preguntaba: ''¿Fue 'Marcha' un semanario de elites

para las elites?''. (Alfaro, 1984, p.63).

Para el 45 ciertos mitos entraron en crisis y se denunciaron como inoperantes, pero otros continuaron funcionando y fueron reafirmados, entre ellos el de la cultura uruguaya, al respecto Hugo Achugar dice ''la supuesta extendida y enorme cultura de los uruguayos no ha sido, en el mejor de los casos, sino una hiperbolización de una realidad propia de cierta elite

montevideana o montevideanizada, extendida de modo imperial al conjunto de la sociedad''. Estas palabras de Achugar (Achugar, 1994, 17) hacen referencia a lo que el crítico uruguayo llama una cultura de periferia, de una elite de periferia, que considero que es lo que fue y continúa siendo la cultura uruguaya.

El otro mito que se funda con la generación, es el del país gris. Como diría Onetti, ''El nuestro es un mundo gris, con cielo de ceniza y alma de notario de pueblo. No, no éramos fríos ni calientes: éramos tibios'' (Prego, 1986, p. 5). Este mito, al que llamo de ''grisura'', tiene relación con otro ya existente: el de la medianía, que fue resultado del estado asistencial. La clase media adquirió un auge y extensión que se afincó en Montevideo, una de las formas de consolidación que manifestó fue el de la falsa modestia, el horror al destaque o la competitividad, porque todos éramos iguales y con las mismas oportunidades; fácilmente en muchos casos llevó a la mediocridad.

Hugo Achugar, sin embargo considera los mitos de la cultura y de la grisura uruguaya como operantes en la sociedad, pero independientes de la generación. Por ejemplo con respecto a lo que lo que llamo ''grisura'' dice: ''No se trata, pues de una desesperanza trágica u operística, sino de una desesperanza gris, mediocre, de clase media, que no surge de una catástrofe sino del desgaste que la crisis económica, la dictadura y la falta de un proyecto dinámico ha producido en los sueños del ciudadano medio'' (Achugar, 1994, p.42). Sin embargo, ambos conceptos fueron destacados y resaltados por el 45, el de grisura creado inclusive, como ejemplo de crítica y de paliativo a la situación del país.

País que además para esta generación se resumió a Montevideo, cuyos orígenes no tuvieron mejor suerte histórica que los del país, pues fue creada por ''Real Cédula'', nunca fue resultado de un conglomerado humano natural y sí de una conveniencia estratégica ante la presencia portuguesa. Hacia finales de la década de 1930, Onetti decía que la capital no tenía vida y que nuestros literatos debían resolverse a decir cómo y qué era Montevideo y la gente que lo habitaba y agregaba ''Es necesario que nuestros literatos miren alrededor suyo y hablen de

Es indudable que si lo hacen con talento, muy pronto Montevideo

y sus pobladores se parecerán de manera asombrosa a lo que ellos escriben'' (Prego, 1986, p.

ellos y de su experiencia [

]

42)

El 45 transformará a Montevideo en el ícono del país, desconociendo su realidad total. Hasta ese momento, dentro de la literatura nacional, la capital se había comportado como simple escenario o espacio de evocación, el 45 se apropió de la ciudad, la ficcionalizó y la transformó en protagonista de la realidad que denunció.

Mientras tanto, los escritores nativistas no denunciaron en forma madura la modernización del ámbito rural y su discurso no elaboró nuevas formas ficcionales, ni asumió una actitud crítica de denuncia, en la medida que desde la capital lo exigían los núcleos intelectuales. Por lo tanto el resultado fue categórico: se pasó a desconocer la producción nativista. Rodríguez Monegal denunció la exageración con que se actuó, pero suavizó sus resultados diciendo que en definitiva fue una lucha por el liderazgo de la generación (Rodríguez Monegal, 1966, p.39). El resultado fue un recorte de nuestra realidad total.

Para el 45 solo teníamos como antecedente la generación del 900, nada antes, nada después hasta ellos y el campo no existía. Aplicaron la valorización del fragmento y consiguieron potencializar simbólicamente las partes para comunicar la noción de totalidad. La fragmentación es una característica de la modernidad, Berger identifica a la modernidad como una pluralización, como un ''bricollage'' y da a entender la posibilidad de interconexión entre los elementos aislados de la visión del mundo moderno. La unión permitiría la relación entre fragmentos y totalidades con un contenido esencialmente simbólico (Berger, 1973, p.209).

La generación del 45 centrada en el fragmento urbano reconstruye, simbólicamente una totalidad. Un ejemplo rápido es la obra de Mario Benedetti, con sus personajes de clase media, en oficinas rutinarias, en una ciudad montevideanamente gris, esas imágenes quedan grabadas en un imaginario de país, en una totalidad. Otro ejemplo es el inicio de El Paredón (1963) de Carlos Martínez Moreno. En el primer párrafo aparecen todos los ingredientes de la construcción del mundo urbano ficcional del 45. La ciudad de Montevideo con las calles mojadas que ''reflejaban borrosamente las luces achatadas y confusas'', el fin del predominio batllista, pues es la tarde del 30 de noviembre de 1958, cuando el Partido Blanco gana ampliamente las elecciones nacionales; el párrafo señala que aún falta el escrutinio de algunos votos provenientes de ciertas localidades del interior aisladas por la lluvia y los malos caminos. En esas líneas nos encontramos con una capital sin luz, lluviosa, en el fin de la hegemonía batllista, aislada del resto del país por la lluvia y por malas vías de comunicación. En la novela se trabajará con la figura simbólica del padre y la relación con un hijo que no puede crecer y vivir con él, haciendo alusión al paternalismo de la estructura gubernamental creada por el batllismo. El final es trágico para el hijo, desgraciadamente un final premonitorio.

Pero el mejor ejemplo de creación de un mundo imaginado a partir de fragmentos ideologizados de una realidad surge en La Vida Breve (1950) de Onetti. Brausen el protagonista debe huir de Buenos Aires. Para lograrlo accede a una ciudad metaficcional que él mismo ha construido: Santa María. Ingresa a ella como el Doctor Díaz Grey, un médico producto también de un imaginado guión cinematográfico que él mismo crea. Pero Santa María, a pesar de presentarse como un mundo de alternativa, reproduce el esquema del pasado de Brausen que se desarrollaba en Montevideo. Interesante es que la capital dentro de la novela solo tiene espacio en la imaginación de Brausen: él sueña o recuerda estar en la capital, nunca nada se desarrolla en presente allí. El espacio de la metaficción lo abarca Santa María construida por lo que he denominado un puzzle de fragmentos de Montevideo y de Uruguay, que el escritor arma y reproduce.

La realidad circundante absorbe y atrapa hasta las más audaces ideas ficcionales. Escapar es imposible, o como decía Onetti, la única salida era la creación, y él sí lo logró con un corpus literario compacto e innovador, su obra no se limitó a los artículos que semanalmente acicateaban a la cultura uruguaya desde Marcha.

Lo que he rastreado son algunos de los principales elementos que la generación utilizó o reutilizó para la construcción de significados e identidades. El conjunto representa los dispositivos de una realidad simbólica fragmentada, capaz de condicionar ideologías y comportamientos sociales ya que construye ''una matriz histórico-simbólica clave para comprender procesos de construcción de lo urbano'' (Gravano, 1998, p. 111). Esa construcción

de lo simbólico se llevó a cabo en la tensión de un presente que debe denunciarse y un pasado que inevitablemente nos anclaba o aún nos ancla.

Pero ¿cómo logró el 45 apropiarse de la realidad, sembrar nuevos mitos, imponer un imaginario cultural? Los medios de información eran varios, pero el pueblo no consumía Marcha y si lo hacía, difícilmente lo entendería. Normalmente se habla del imaginario dejado

por la literatura; si bien se accede a Benedetti, el pueblo no lee Onetti, estos eran y son textos para consumo intelectual. ¿Quién se encargó entonces de la transmisión del imaginario? Angel Rama dice ''Los intelectuales de la generación crítica dispusieron de varios campos de actuación, donde obtuvieron sus recursos económicos y donde cumplieron una labor acorde a

Segundo, el profesorado en la enseñanza media y

sus ideas. Primero como periodistas. [

universitaria así como el magisterio en la primaria y en la enseñanza normal; a medida que la educación fue alcanzando a sectores mayores del país y por lo tanto debió recabar la colaboración de un mayor número de cuadros educadores. Fue el profesorado la salida

económica de la intelectualidad crítica y fue a través de las aulas donde se impartió un nuevo

así se empezó a instruir a las nuevas generaciones para un país distinto del que se

vivía'' (Rama, 1972, p. 87).

espíritu [

]

]

El estudio de este aspecto nunca se ha encarado: la transmisión y curricula de una época con relación al contexto y al imaginario que producía es una propuesta de trabajo a hacer. Los docentes uruguayos actuales se consideran privilegiados si llegaron a tener de profesor a algún integrante del 45, pero por otro lado, revisar esa época y su literatura no es necesario porque ya está encerrada, todo parece estar dicho.

Es difícil enfrentarse al vacío de la falta de proyectos culturales, pero quizás más difícil es percibir que aún se está anclado a las construcciones del imaginario de una generación pasada. Mientras, quedan fragmentos de lo que fuimos, o dijeron que fuimos, o nos hicieron creer que fuimos.

Bibliografía

ACHUGAR, H. La balsa de la Medusa. Montevideo: Trilce, 1994. ALFARO, A. Navegar es necesario. Montevideo: Banda Oriental, 1984. BERGER, P. The Homeless Mind. Nueva york: Random House, 1973. CAETANO, G., RILLA, J. Historia Contemporánea del Uruguay de la Colonia al Mercosur. Montevideo: Fin de Siglo, 1998. GRAVANO, A. Lo barrial en el imaginario urbano y el problema de la gestión social de calidad. Cuadernos de Antropología Social, Buenos Aires, 1998, N° 10, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires. MARTINEZ MORENO, C. El Paredón. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina,1972. PREGO, O. (Pról.) Juan Carlos Onetti. Cuentos Secretos. Periquito el Aguador y otras máscaras. Montevideo: Biblioteca de Marcha, 1986. ONETTI, J.C. Obras Completas. Madrid: Aguilar, 1979. QUIJANO, C. Los golpes de Estado. v.I. Cámara de Representantes del Uruguay, 1987 RAMA, A. La generación crítica. Montevideo: Alfa, 1972. RAPOPORT, A. La cultura y el orden urbano. In: Agnew, J., Mercer, J., Sopher, D., The City in Cultural Context, Boston: Allen, 1984.