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Carlos Basch (]audio Glasman

David I<reszes Daniel Rubinsztejn

EL PADRE

Q!JE NO CESA

ENSAYO Y CRÍTICA DEL PSICOANÁLISIS

ti LetraVIVa

Carlos Basch David Kreszes

Claudio Glasman Daniel Rubinsztejn

EL PADRE

QUE NO CESA

ENSAYO Y CRÍTICA DEL PSICOANÁLISIS

(m Letra Vnta

Basch, Carlos 1Glasman, Claudio 1Kreszes, David 1 Rubinsztejn, Daniel El padre que no cesa.

- 1• ed. - Buenos Aires- Letra Viva, 2006. 176 p. ; 22,5 x14 cm.

ISBN 950-649-129-1

1. Psicoanálisis . l. Título

CDD 150.195

© 2006, LETRA VIVA, LIBRERÍA y EDITORIAL

Av. Coronel Díaz 1837, (1425) Buenos Aires, Argentina letraviva@elsigma.com

Corrección: Jung Ha Kang

I.S.B.N.: 950-649-129-1

Primera edición: Abril de 2006

Impreso en Argentina- Printed in Argentina

Queda hecho el depósito que mur e n lu Lny 11 .72:3

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Indice

Prólogo

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7

EDUARDO RINESI

. El Nombre-del-Padre: Un punto de partida

Capítulo I .

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23

CLAUDIO GLASMAN

. El acto de Atalía y el punto de almohadillado

Capítulo II.

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57

CLAUDIO GLASMAN

. Un deseo de muerte no mortífero

Capítulo III

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91

DAVID KRESZES

. Impurezas de la desligadura del padre

Capítulo IV

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109

DAVID KRESZES

Capítulo V

125

Versagung del padre

CARLOS BASCH

Capítulo VI

143

Catacresis

DANIEL RUBINSZTEJN

. Final de un análisis

Capítulo VII

DANIEL RUBINSZTEJN

161

Prólogo

Eduardo Rinesi

Este libro comienza con una reflexión sobre el nombre) So- bre el nombre de este libro: El padre que no cesa. Que es un nombre que bus-ca "poner en forma", según nos indica Clau· dio Glasman desde la primera línea, otro nombre: el de un seminario sobre los ~'Espectros del padre en la escena ana- lítica"Jque está en el origen de estos trabajos y nombra uno de los problemas de los que aquí se habla (uno de los pro- blemas que subsisten, que permanecen, dice Glasman, en el paso de lo oral al escrito: de aquellas reuniones a este libro), y que por su parte recogía inspiración en un tercer nombre, que en realidad era el primero: el de un libro anterior de los mismos autores, titulado Espectros del padre, que en cier- to sentido este libro que ahora tenemos entre manos here- da, prolonga y continúa. De manera que estamos -bien s ve- ante una insistencia, ante una presencia (una presen- cia claramente espectral: volveré sobre esto# que persevera; 1 que porfia, que reincide, que -eiertamente- no cesq, que se resiste a desaparecer y, por el contrario, se obstina testaru- damente en volver y en mantenerse y en seguir compare- ciendo e inspirando nuevas reflexiones. En otras palabras:

que el propio tema del padre -del padre, de sus nombres y de sus espectros- es, él mismo, el primero de los espectros, y lo primero que no cesa, en el recorrido que va de Espectrog

del padre a El padre que no cesa_

Un recorrido que mira claramente, como señala de inme- d,iato el propio Glasman, en una doble dirección. Por un lad~ hacia el mundo de la tragedia: de la tragedia antigua (SófQ)-

EouARDO RrNESr

eles, y sobre todo, aquí, Edipo en Colona), de la tragedia isa- belina (Shakespeare, y sobre todo, siempre, Hamlet), de la tragedia francesa moderna (Racine, Claudel: Atalta y la tri- logía de los Coufontaine). Por el otro, hacia el texto de una muy comentada clase de Lacan (la primera y única clase de su inmediatamente interrumpido seminario de 1963) sobre el problema de los nombres del padre, que introduce, des- de su misma presentación, desde su mismo nombre, la deci- siva cuestión de la pluralidad de esos nombres que vienen a cumplir la función ordenadora del significante del Nom- bre-del-Padre, del que Lacan venía ocupándose, por cier- to, desde los inicios de sus enseñanzas. Inicios adonde van entonces a buscar inspiración -contra ciertas lecturas eta- pistas, evolucionistas, despuesistas, de la obra del maestro francés-los autores de este libro, convencidos de la ilegiti- midad del gesto que pretende hacer precipitar la constata- ción de la diversidad de los nombres del padre en devela-

miento de la presunta vaporización o pulverización de una

función estructurante que ningún dato sociológico, según se argumenta en los textos que van a leerse, autoriza a imagi- nar extinguida. Por eso es que aquí se afirma reiteradamente, en sentido contrario, que antes que celebrar el primaveral estallido de lo Uno y el advenimiento de la diversidad de las cosas, de la variedad de las relaciones y de la multiplicidad de las iden- tidades, hay que reparar en la explicación lacaniana del mo- mento de la institución del sujeto, a través del significante., como momento (anterior) de pasaje de lo múltiple a lo um¡. En otras palabras: que la explicación de ese "paso del sin- gular al plural" ensayada por Lacan en aquella única sesión de su seminario trunco del 63 no obliga a rechazar, sino que, al contrario, hace sistema con -y presupone- su explicación anterior sobre el "paso previo" de la introducción de lo dis- continuo (de lo Uno) en la masa m1,1ltiforme, innumerable y terrorifica del significado. Retomando entonces esa explica- ción, los autores de este libro nos reeuerdan que, para La-' can, el significante (todo significante, desde ya, y el signi:fi,; cante del Nombre-del-Padre en tanto point· de capiton del universo simbólico de un sujeto) cumple una función apaci-

PltnLo< :o

uante, pacificante, y desempeña de ese modo un papel que corresponderla llamar "inaugural", en la medida en que Sj conyie.rte en un punto de partida para el sujeto, en la carre~ tera principal por donde éste realizará su jornada. Estas dos metáforas -la del "punto de partida" y la de la "carretera principal"- merecen interesantes consideracio- nes en las páginas que siguen. Por un lado, Glasman lla- ma la atención, muy sugerentemente, sobre la fundamental ambivalencia de la expresión "punto de partida", que indi- ca que el sujeto sólo se separa del Otro separándose al mis-

mo tiempo de sí mismo, partiéndose a sí mismo. El sujeto es

sujeto porque está siempre exiliado del Otro y de sí: escin- dido. Por otro lado, David Kreszes se pregunta si el propio éxito de la expresión "carretera principal" no nos habla aca- so de un olvido (de una represión) fundamental, en el pen- samiento psicoanalítico contemporáneo, respecto al modo en que funcionan las cosas para el sujeto. Que no se limita a transitar cómodamente por esa "carretera principal" con- ducido sin sobresaltos por el significante del Nombre-del-Pa- dre, sino que a cada paso se ve en la encrucijada de decidir qué hacer con ese significante, qué oír, cómo acoger ese "Tu es ce qui me suivra(s)" en el que consiste -como había indi- cado Lacan en su célebre seminario sobre las psicosis, aquí cuidadosamente revisitado- la interpelación del Otro. Con cuánta hospitalidad -como se dice acá, recogiendo un noto- rio motivo derrideano- acoger el llamado a la subjetivación (es decir, de nuevo: a la partición) contenido en esa deman- da. Que no hay motivo entonces para no reescribir como di- "

fondo es todo lo que el Padre dice y todo lo que puede decir),

con esos sugerentes puntos suspensivos que dejan, del lado del Padre y como don del Padre, una indeterminación, una irresolución, un enigma, un silencio, que son interiores a la propia función paterna. El Padre, en efecto, está habitado por un silencio (por "un silencio de muerte", escribe Kreszes), que es otro nom- bre para su propia finitud, su propia necesidad de perecer y de ser olvidado, y su desafio es entonces el desafío de re- conciliarse con esa necesidad, de volverse sujeto del deseo

(que en el

ciendo apenas lo siguiente: "Tu es ", "Tú eres

EDUARDO RlNESl

de muerte que lo tiene por objeto, de ese deseo de muerte del padre cuyo de deberíamos poder leer, entonces, no (sólo) como un genitivo objetivo sino (también) como un genitivo subjetivo: como el deseo de muerte del padre que él es. (Si se me permitiera jugar con un trocadillo de Lacan que acá nos recuerda Carlos Basch -"tuez le pere", "tu es le pere"-, diría que el Padre debe oír, desde lo más profundo de su condi- ción humana, esta invitación: "Tuez le pereque tu es".) Sólo que, igual que el sujeto nunca podrá ser enteramente hospi- talario respecto al llamado a la subjetivación contenido en la interpelación paterna (o sólo podrá serlo al precio de dis- torsionar esa interpelación, de no "dejarla pasar" sino con- virtiéndola en un mandato superyoico, que es otro modo de decir lo que ya hemos dicho: que sólo podrá "partir" partién- dose) y por eso su subjetividad será siempre una subjetivi- dad escindida, así también el Padre nunca podrá ser ente- ramente hospitalario respecto a esa invitación a reconciliar- se con su propia finitud y con su propia necesidad de pere- cer, y por eso tendrá siempre el doble deseo de ser olvidado y de ser recordado. Así, resulta que tenemos (como dicen los franceses: "río arriba y río abajo") nudos de tensiones, puntos de irresolu- ción, indeterminación e incompletud, encrucijadas, impure- zas, "manchas" y tachaduras tanto del lado de la carretera principal del significante del Nombre-del-Padre (que, como dice Daniel Rubinsztejn con Lacan, es pacifiant, pero pas si fiant) cuanto del lado del sujeto. Aunque ponerlo así puede resultar todavía un tanto equívoco, porque en realidad (al menos en la realidad de la escena analítica, que es la que les importa a los autores de este libro) no hay nunca esos dos "lados". En efecto, como subraya Rubinsztejn, la "fun- ción paterna" y el "sujeto" -el "sujeto/lector", el sujeto que es convocado a leer (por) el significante del Nombre-del-Padre- no son dos entidades preexistentes a la m(lquina metafórica que los hace co-surgir, sino los dos cnhm; do un nudo inextri- cable. Si la Versagung (la frustmdón)·qut~ t'H inherente a la función paterna -{}Ue es otro modo, podríumoH decir, de nom- brar aquellos puntos susp(\nt~ivm~ c¡uc• t~•••\nlnn es a indeter- minación esencial de la fund(ln ¡u•t - OH, tomo decíamos

-r·nn

1)Jl(~L()(:()

hace un momento, un don, lo es porque, como explica por su parte Basch, opera como causa de la lectura del sujeto: la encrucijada - bien se ve- es inherente a la "carretera princi- pal", es ese punto al que las vías del significante necesaria- mente apuntan, y en el que se constituye el sujeto. Por eso, porque la función paterna consiste exactamente en convoéar a una lectura por parte del sujeto (y esto "por la simple razón", como se dice, de que el significante del Nom- bre-del-Padre "no significa nada"), porque el mandato pa- terno implica constituir un mandatario 1lector, pero tam- bién porque ese lector puede leer, y a veces lee - y justamen- te cuando lee y porque lee- ese "mandato" paterno como una orden, es que aparecen los espectros del padre. El verbo es apropiado: los espectros son apariciones, no "son" ni "están":

aparecen. Y aparecen, entonces, por los agujeros, por los va- cíos, por los silencios (otros tantos nombres para los puntos

que vienen del lado

del Padre y que el sujeto no termina de acoger tomando la palabra en (el) lugar del Padre, o (pero, de nuevo, este "o" no quiere mostrar una disyunción, sino volver a señalar esas dos hebras que forman el nudo que el sujeto es) que el Pa- dre no termina de aceptar asumiendo su necesidad de pere- cer. Por cierto, es justamente eso (son justamente esas dos cosas) lo que pasa en Hamlet, donde tenemos un sujeto que no se decide a actuar y un padre que no se resigna a ser ol- vidado ("Remember me" [1.5.91]) y al que su propio hijo debe pedirle ("Rest, rest, perturbed spirit" [1.5.183]: volveré sobre este rest) que descanse de una buena vez. Impurezas, decíamos. Impurezas del padre. Yuso el plu- ral con toda intención, a fin de subrayar que existen distin- tas formas de esas impurezas, que no son (digámoslo una vez más) modalidades anómalas de una función que podría- mos concebir -ideal o tendencialmente- como "pura", sino modos, modulaciones, inflexiones de esa misma, impura fun- ción. En la exploración de estas formas de la impureza del padre encuentran su lugar, en este libro, los análisis, que ya anunciamos, de algunos de los otros grandes capítulos de la historia del teatro trágico que mencionábamos al comienzo. Así, Kreszes vuelve sobre un momento fundamental de la

suspensivos que siguen al "Tú eres

")

EDUARDO RINESl

saga edípica para mostrarnos, en Edipo en Colona, a un Edi- po furioso, colérico y terrible, que maldice a sus hijos y con- dena a sus hijas -al ocultarles el lugar de su propia tumba- al doble desconsuelo de no poder olvidarlo y de no poder Ho- rario. Y Basch nos revela, de la mano de las consideraciones de Lacan sobre el teatro de Claudel, el modo en que en él se abre, para dar cuenta del carácter ridículo, irrisorio, que tiene también el padre, "un margen de comedia bufa en el corazón de la tragedia edípica". Esta última expresión -"en el corazón de la tragedia edípica"- resulta sin duda feliz, y resume lo que en este libro se postula sobre estas "impure- zas" de las que hablamos: lo que el padre tiene de ridículo y lo que tiene de terrible (igual que lo que tiene de incomple- to, finito e indeterminado) no lo tiene "a un costado", por así decir, del "núcleo duro" de la función que representa frente al sujeto, ni tampoco como el resultado de un asalto a esa función por algún elemento extraño, sino en el mismo cora-

zón de la relación -trágica- que lo constituye.

Casi una digresión: En un valioso trabajo reciente, titula- do Hamlet, el padre y la ley (Garla, Buenos Aires, 2004), En- rique Kozicki defiende la idea de que la famosa expresión de

Hamlet "A king ofshreds and patches" [3.4.102] ("un rey de

harapos y remiendos", aunque también se la ha traducido a veces como "un rey payasesco", lo que la deja muy cerca de las observaciones de Basch que acabamos de presentar) se refiere, no -como suele suponerse- al rey Claudia, sino a su hermano, Papá Hamlet, y afirma que hay que entender esa frase como una reflexión sobre el menoscabo de la función paterna que se tematizaría en la pieza. Que es esa función simbólica del padre la que estaría, en Hamlet, "en harapos

y remiendos", en la medida en que el padre de Hamlet (que

se aparece ahora frente a él, débil y sin su armadura, en la recámara de la reina, para pedirle que la cuide) estaría re- velándose como un inadecuado portador y vocero de la Ley. Creo reproducir fielmente la observación que, comentando ese libro hace un par de años, nos hizo á ambos (a Kozicki y

a mí) David Kreszes si la resumo di<'ÍNldo lo siguiente: que

la expresión "en harapos y remi<mdoH" n'Hulla feliz para ca- racterizar la función paterna Hiompr(l qtH' no se la use para

PHóLOOO

Henalar algún tipo de déficit de esa función por contraste <'On lo que ella debería ser, con su estofa "normal", digamos,

sino para caracterizar esa misma estofa. Vale decir: que la

función paterna no está "en harapos y remiendos" por con- traste con algún otro tipo de forma que podría asumir, y que por lo tanto el estar "en harapos y remiendos" -si quisiéra- mos usar esa expresión para indicar algo rajado, agujerea- do, roto: en suma, pas si fiant- no constituye la falla de la función paterna, sino su misma naturaleza. Si, en cambio, quisiéramos usar la expresión "en harapos y remiendos" -como suele hacérselo- para indicar algo que está funcionando mal, algo que falla respecto al modo en que debería funcionar, deberíamos decir que la función pa- terna está "en harapos y remiendos" justo cuando pretende erigirse como otra cosa que el lugar donde se deja oír un bal- buceo.que no lo sabe todo sobre sí mismo. En ese sentido, si en Hamlet la función paterna está (como en efecto está) "en harapos y remiendos" no es porque en una ocasión el espec- tro del antiguo rey se presente ante su hijo sin su armadura ni sus seguridades ni su majestuosidad, sino porque antes -en la escena que determina todo el curso posterior de los acontecimientos- se había presentado ante él con todas las galas y los atavíos de la guerra, cubierto, "de pies a cabeza" [1.2.226], por un acero impenetrable, y sobre todo cubierto, de pies a cabeza, por un no menos impenetrable saber sobre las cosas: tanto sobre las circunstancias de su propia muerte como sobre lo que hay que hacer (sobre lo que ahora Hamlet tiene que hacer) para vengarla. Nada de puntos suspensivos, nada de llamado a la lectura ni de aceptación de la muer- te y el olvido: aquí, en este momento (y no en el dormitorio), es cuando el padre de Hamlet falla como encaniación de la función paterna. De otro modo: Que, vestido de harapos y re- miendos, el padre de Hamlet personifica cabalmente la fun- ción paterna de la que se habla en este libro, mientras que, engalanado con todos los signos de su dignidad, nos presen- ta esa función paterna en harapos y remiendos. ¿Paradoja? Es que es de eso, de paradojas (significan-

tes que lo son justamente porque no significan nada, cau- sas que funcionan precisamente porque están vacías, su-

EDUARDO RINESI

jetos que se vuelven tales justo cuando se parten y se exi- lian para siempre de sí mismos), de lo que se trata siempre

aquí, en el mundo gobernado por el significante del Nom- bre-del-Padre. De paradojas y de conflictos irresolubles y de ambigüedades y de enigmas: de todo ello hay cantidad

de ejemplos en este libro. Y es por eso, justamente, que la tragedia interesa al psicoanálisis. La tragedia interesa al

psicoanálisis, en efecto, porque el mundo organizado bajo el imperio de la ley del padre está siempre, constitutiva- mente -igual que el mundo trágico-, "out ofjoint", "fuera de quicio" [Hamlet, 1.5.189]: tiene siempre -igual que aquél- una estructura contradictoria, paradójica y conflictiva. Las cosas serían sin duda menos complicadas (y menos trági- cas) si pudiéramos pasar de preguntarnos por la función del padre a decretar su de-función, el fin del Nombre-del- Padre, y entonces descubrir tendido ante nosotros -como el filósofo positivista o neopositivista descubre desplega- do ante sus ojos el glorioso espectáculo de todo lo existen- te- el sabroso festín de un conjunto de singularidades que reclamarían ahora (ahora: "más allá" o "más acá" del pa- dre, fuera -mejor- del viejo y odioso y obsoleto Padre, de sus redes y de sus paradojas) ser nombradas, clasificadas y ordenadas con palabras claras y distintas. Pues bien: esta posibilidad no solamente existe, sino que las posiciones que resultan de abrazarla son hoy -según se sugiere en este libro- "imperantes" tanto dentro como fue- ra del campo psicoanalítico, tanto en el terreno de la clínica como en el de los debates culturales, y es exactamente con- tra esas posiciones que está escrito este libro. Que sin duda por eso tiene ese tono de reincidencia y de porfía que seña- lábamos al comienzo: porque de lo que se trata acá, en efec-

to, es de seguir formulándose, obstinadamente, la vieja pre- gunta por el Padre. De seguir oyendo, diríamos, esa vieja y

siempre renovada pregunta. A eso me rC'f(,rfn yo al inicio de estas notas cuando hablaba de la pr<'s~.mciaespectral, en es- tas páginas, de u.n tema, una Pr<'gunla d<'l !{esto mismo de una pregunta, de la insistencia dt~ 111111 ¡m•gunta- : la pre- gunta por el padre. Esa pregunt.u, 1'11 nfC•d.o, puede ser pen- sada ella misma como un t'HJWdro, no 1•11 1'1 Hl'ntido en que

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PJtóW<iO

los espectros sqn pensados aquí, en este libro (no, quiero de- cir, en el sentido de lo que se les aparece a los sujetos bajo la forma del "espectro del padre"), sino en un sentido algo diferente, que pone a este libro (insisto: al ademán teórico- político de este libro) en sintonía con otro libro notorio, que sin ser mencionado expresamente en éste lo sobrevuela sin embargo -me parece- muy evidentemente, y al que en una tercera dirección -junto con la que señalan el universo de la tragedia y la obra teórica de Lacan- me parece que apunta también su propio nombre. Me refiero al muy sugerente Espectros de Marx, de Jac- ques Derrida (Trotta, Madrid, 1995), escrito en años de de- rrota política y cultural de las ideas de Marx, de la heren- cia de Marx, en todo el mundo, y que se ocupaba en reali- dad -simplificando mucho- de dos cuestiones, distintas pero complementarias. Por un lado, de la presencia del proble- ma teórico de los espectros en la obra de ese gran lector de Shakespeare que fue Marx. Por otro lado, de la propia obra de Marx como un espectro. Como el espectro de un muerto que, despachado demasiado aprisa y barrido con excesiva precipitación (como les pasa a los muertos de Hamlet: eso Lacan lo.vio muy bien) debajo de la alfombra del palacio del neo-liberalismo triunfante y soberano en esos años, ronda- ba sin embargo alrededor de sus murallas con un mensaje para darnos. Un mensaje que nosotros teníamos el deber, la responsabilidad (responsabilidad teórica, responsabilidad política) de escuchar. De heredar, decía incluso Derrida, po- niendo su tema (que prolongará en su intervención, titula- da "Marx & Sons", en un volumen colectivo de discusión de sus planteas editado por Michael Sprinker: Ghostly demar- cations [Verso, Londres, 1999]) sugerentemente cerca del de este libro. Donde también, ciertamente, se habla de heren- cias, y cuya invitación fundamental, me parece, es esa mis- ma: una invitación a no apurarnos a barrer las grandes pre- guntas y los grandes temas debajo de la alfombra. Hablando de alfombras: había una en el escenario del tea- tro The Globe donde la compañía de Shakespeare represen- taba Hamlet. Estaba en el centro, y se usaba para disimular, durante las escenas que transcurrían dentro del palacio, un

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EDUA1ill0 HINES!

agujero rectangular que había en el piso, que era el agujero por el cual, en la última escena del primer acto, desaparecía bajo tierra el espectro del antiguo rey, y que más tarde ser- vía de tumba al cuerpo de Ofelia en la escena del cemente- rio. No necesito indicar aquí, evidentemente, la enorme im- portancia de ese agujero, adonde van a parar los restos (rests)

y de donde salen -además de huesos, calaveras y gusanos-

los espectros de los muertos: ese agujero es la vía de comu- nicación entre los dos mundos por los que transita la pieza -el mundo de los vivos y el mundo subterráneo- y en cierto sentido esa comunicación es el tema de la obra, lo que vuel- ve muy verosímil la sugerencia de Glasman, inspirada en el seminario que Lacan dictó sobre Hamlet en 1959, de leer esa escena del cementerio como el verdadero centro (como

el point de capiton, dice Glasman, en el contexto de una ex-

plicación sobre ese concepto y sobre la posibilidad de leer la

sesión sobre el point de capiton como el point de capiton del

seminario de Lacan sobre las psicosis) de toda la tragedia. Esta idea es efectivamente interesantísima, y podemos tra- tar de examinar su productividad echando siquiera un rápi- do vistazo a lo que ocurre en esa escena fundamental. La misma, como se recordará, se abre con el delicioso diá- logo entre los dos sepultureros, que -con su parodia de la jer- ga judicial, su latín mal articulado, sus blasfemias, sus adi- vinanzas y sus chanzas- constituye un tesoro lleno de ver- daderas piedras preciosas, varias de las cuales aumentan su valor por su capacidad para, como de soslayo y en tono de co- media, echar luz sobre algunos aspectos fundamentales de la pieza, cuando no incluso ayudarnos a inteligir su sentido general y más profundo. Es el caso de la disparatada expo- sición del primer sepulturero sobre el suicidio "en defensa propia", o el de su divertida explicación sobre la diferencia entre el hombre que va hacia el agua y el agua que va ha- cia el hombre y lo ahoga, que Harold Goddard, en su notable

(Univer.sity of Chicago Press,

Chicago, 1951), ha propuesto comparar con la disculpa que en la escena siguiente le ofrecerá Hamlet a Laertes preten- diendo (pretensión inaceptable, por supuesto, no sólo para cualquier psicoanalista sino también para cualquier lector

The Meaning of Shakespeare

16

l'lt()LOOO

dP Hegel) que no había sido él quien había actuado en su contra , sino su locura la que lo había hecho actuar. En am- bos casos, en efecto, lo que tenemos es la descripción de la Ai tuación de un individuo sometido a fuerzas superiores a él y que él no controla, lo cual por cierto no deja de ser, por de-

cir lo menos, uno de los temas fundamentales de toda la pie-

za, y ciertamente uno que interesa centralmente a las cues- tiones que se discuten en este libro. Pero todo esto podría llevarnos muy lejos, y es necesario que no nos distraigamos, porque acaban de hacer su apari- ción sobre el escenario Hamlet y su amigo Horacio, quienes

se acercan hablando sobre el sentido de la vida y de la muer-

te y parecen dispuestos a iniciar un diálogo con el primer se-

pulturero. Éste, entretanto, ha despachado ya a su ayudan- te mandándolo a comprar "una jarra de aguardiente a lo de Yaughan", quien según parece era un tabernero que tenía

su cantina a la vuelta del teatro. Pero nosotros no estamos acá para revelar los "chivos" de Shakespeare sino para oír

a Hamlet, que acaba de dar un paso al frente y se dispone a formular una pregunta importantísima:

¿De quén es esta tumba, compañero? [5.1.99],

pregunta efectivamente fundamental que no sólo prod"li- ce (nos produce) el estremecedor efecto de una argentiniza- ción violenta, inesperada y total de Hamlet, sino que resu- me también, de un solo golpe, otro de los temas fundamen- tales de toda la pieza, cual es (Glasman lo señala desde el comienzo) el tema del duelo, del trabajo de duelo. Que re- quiere, como dice Derrida en el libro que mencionábamos un poco más arriba, "identificar los despojos [los restos] y loca- lizar a los muertos": saber dónde están, de quiénes son las tumbas. Y saber que, ahí donde están, están tranquilos y se- guros y quietos, y que ahí se quedarán. Ya habíamos oído a Hamlet pedírselo al espectro de su padre, mientras el actor que representaba al viejo rey, después de haber desapareci- do por el agujero donde ahora están por enterrar a Ofelia, corría de un lado a otro ("excelente zapador, viejo topo") gri- tando "Swear, swear!" por debajo de las tablas. "Rest, rest,

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I•;Jll JAlUJO RINEHI

perturbed spirit!", le había pedido el hijo al espectro de su padre. Rest: Quedate quieto, quedate mudo, quedate muer-

to. Y quedate ahí: "Que, dans ce que reste de lui, il y rest",

escribe Derrida. ¿Hay que hacer notar que la última frase que pronuncia Hamlet antes de morir, la famosísima "The rest is silence" [5.2.337], dice - como tantísimas otras frases de esta pieza llena de ambigüedades y dobles sentidos- mu- cho más que lo que dice? Pero Hamlet no sabrá, todavía, de quién, o para quién, es esa tumba. El sepulturero lo enredará en una ingeniosa serie de juegos de palabras y después le explicará cuánto tardan los cuerpos en pudrirse y le hablará de Yorik y le mostrará su calavera. Hamlet no sabrá que Ofelia ha muerto hasta que (escondido con Horacio detrás de un árbol o una lápi- da) lo oiga de boca de Laertes, quien, después de protestar por lo exiguo de los ritos mortuorios dedicados a su herma- na, salta ahora dentro de su tumba --en una demostración de dolor que a Hamlet le parece algo altisonante y ofensiva- para abrazarla por última vez. Es entonces cuando el prín- cipe sale de su escondite, ridiculiza a grito pelado la exage- rada afectación del muchacho y lanza su sonoro

[

]

This is 1,

Hamlet the Dane [5.1.224-5]

("Soy yo, 1Hamlet el Danés"), para inmediatamente trenzar- se en una pelea con Laertes, de quien deberán separarlo, a pedido del mismísimo rey, los caballeros presentes. Todo esto es muy interesante, a condición de que enten-

damos qué es lo que está pasando. Qué es lo que está dicien-

do Hamlet. Lacan, pasmado por las palabras del príncipe ("la cosa más inesperada", dice), se limita a observar que a Hamlet ''jamás se le escuchó decir que era danés" (lo cual es cierto), que "los daneses le dan náuseas" (lo cual tam- bién es cierto), y que "de pronto está todo revolucionado" (lo cual es certísimo: Hamlet acaba de enterarse de la muerte de la mujer a la que amaba). Pero una cosa es que de pron- to esté todo revolucionado y otra muy distinta que Hamlet esté diciendo cualquier cosa. Hamlet no está diciendo cual-

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l'l tf>J.()( :o

qui er cosa , y sobre todo no está diciendo que él es "danés", sino (como entendió en seguida Claudia, que justamente por

t'IW se apresura a recordar a todos que el príncipe está loco:

"¡Oh! Está loco,

Laertes" [239]) que él es el Danés. "Soy yo , 1

llamlet el Danés", dice, en efecto, Hamlet, y la frase puede conectarse con la del buen Marcelo, al comienzo de la pieza

("FRANcisco: Stand ho! Who is there? 1 HoRATIO: Friends to this ground. MARcELLUS :And liegemen to the Dane" [1.1.15] :

"y súbditos leales del rey de Dinamarca"), o con la del pro- pio rey, en la escena siguiente ("You cannot speak of reason

to the Dane 1 And lose your voice" [1.2.44-5]: "No malgasta-

réis la voz con vuestro Rey 1Si se trata de algo razonable"), porque, igual que en esos dos pasajes, the Dane, el Danés, in-

dica una dignidad real: la posesión de la corona o el derecho

a ella. Lo que Hamlet está proclamando, entonces, al vocife- rar "Soy yo, 1Hamlet el Danés", es nada menos que la legiti- midad de sus títulos. Lo que Hamlet está diciendo es que ha vuelto de Inglaterra para luchar por lo que le corresponde. Lo que Hamlet está haciendo es, como se dice en este libro, tomar la palabra. Tomar la palabra en (el) lugar del Padre, hacer-la-suya (Glasman) y asumir así el papel-apropiarse del papel- que habrá de jugar hasta el final de la pieza. Pero volvamos a nuestro agujero, donde habíamos deja- do a Laertes -justo antes de que Hamlet saliera de atrás del árbol a los gritos- abrazando el cuerpo muerto de su her- mana. Lacan está dispuesto a sacarle todo el jugo posible a ese agujero, como lo revela el sugestivo final de la segunda sesión de su seminario sobre Hamlet, y nosotros mismos es- tamos tratando de ponerlo en comunicación con los temas centrales de los que se habla en este libro. Pero para que ese agujero funcione efectivamente como la metáfora como la que sin duda puede ser leído es necesario que no nos ponga- mos a tirar gente ahí a tontas y a locas. Lacan, quien como acabo de sugerir no alcanza a comprender qué está dicien- do Hamlet cuando se presenta con su "This is 1, 1 Hamlet the Dane", supone que, inmediatamente después de lanzar ese ''verdadero rugido", el príncipe "se precipita a continua- ción de Laertes":·se tira al pozo. Pero eso es absurdo. Como ha observado Harley Granville-Barker en su clásico Prefa-

19

EDUARDO RJNESI

ce to Hamlet (Hill and Wand, Nueva York, 1957), es invero- símil que alguien pronuncie a viva voz una frase de la so- lemnidad, de la dignidad (de la royal dignity, escribe Gran- ville-Barker) de la que acabamos de oír de boca del Prínci- pe Hamlet y a renglón seguido se tire ridículamente a un hoyo para agarrarse a las trompadas, bajo tierra ("vemos a los dos amigos desaparecer en el pozo", dice Lacan), con un deudo de la muerta. El punto es relativamente controversia! porque, como se sabe, Shakespeare (que era el propio director de las primeras puestas de sus obras) nos ha dejado muy pocas indicaciones de dirección anotadas en sus textos, pero además porque de

esos textos no tenemos una única versión original, sino tres. Acaso inspirado en una de esas tres versiones - una versión in quarto, de 1603, considerada tan defectuosa que se conoce como Bad Quarto-, un tal Rowe, temprano editor de la pieza, estableció que, tras su frase, Hamlet "leaps into the grave", se tira a la tumba, y sus colegas posteriores lo han seguido

en ese punto. Sin embargo, ninguna de las otras dos versio-

nes originales de la pieza (el otro Quarto de 1604-5 y elFo-

lio de 1623) ordenan a Hamlet lanzarse gimnásticamente

al agujero, pero sobre todo es evidente por la propia secuen-

cia del texto (Laertes, ni bien termina de oír la declaración

de

Hamlet -de hecho, en la misma línea-, lo insulta dicien-

do

"¡Que el diablo se lleve tu alma!" [225], y dos líneas des-

quites tus dedos de

mi cuello" [227]) que es Laertes quien agrede físicamente a

Hamlet, y no al revés, y que por lo tanto es Laertes quien "climbs out ofthe grave", sale de la tumba (como anota por ejemplo Philip Edwards en su edición de Hamlet, Cambrid- ge University Press, 1985), para atacar al príncipe. La pelea

pués oímos a Hamlet pidiéndole "

que

entre los dos jóvenes tiene pues lugar fuera de la tumba, al borde de la tumba, no "dentro" de la tumba. Lo cual, me parece, vuelve mucho mayor el valor de me- táfora (de metáfora de algo de lo que se habla largamente en ese libro: de ese abismo, de ese devastador vacío de sen- tido al borde del cual se erigen siempre -y siempre preca- riamente-los sujetos, toman la palabra, como acabamos de oír hacer a Hamlet, los sujetos) de ese agujero adonde van

20

PR<) LO(:O

11 pn r a r los restos

cosas". Y de donde nosotros mismos estamos siempre tratan- do d e escapar, y donde siempre, por cierto, estamos en ries- go de re-caer. En su presentación de la idea que aquí hemos in t entado acompañar (la que nos invita a pensar la escena del cementerio como point de capiton de Hamlet), Glasman hace una observación preciosa: dice (acaso inspirado -no ten- go idea- en Lacan, pero muy lejos de lo que Lacan, en este específico punto, dice) que Hamlet, "en su pelea con Laer- tes", se cae al pozo. Se cae, no se tira. La idea me parece po- derosísima, y querría terminar entonces llamando la aten- ción sobre la notable alegoría de lo humano que nos ofrece- ría la siguiente escena, que la estupenda sugerencia de Glas- man nos permite imaginar: un sujeto forcejeando con otro al borde del vacío, moviéndose con torpeza, bamboleándose sin gracia, intentando esquivar los golpes, trastabillando, tra- t ando de evitar caer pero fracasando y, entonces sí, cayen- do, junto con el otro, en un pozo lleno de restos y de oscuri- dad y de confusión y pugnando allí, dentro del pozo, mien- tras tal vez sigue luchando con el otro (¿cómo saberlo?: no los vemos), por escapar, y consiguiendo en efecto, finalmen- te, volver a salir -quién sabe si por sus propios medios o afe- rrando la mano que le tiende, desde arriba, su amigo Hora- cío o alguno de los cortesanos o el mismo rey- y ponerse de nuevo, tambaleante, todo magullado, de pie. Por lo menos por un tiempo.

y de donde , como dice Lacan, "se escapan

21

Capítulo 1

El Nombre-del-Padre:

Un punto de partida

Claudia Glasman

Sé que en sus vínculos con personas o cosas ustedes advierten la significación del punto de partida.

SIGMUND FREUD

Nuestro punto de partida, el punto al que siempre volvemos, pues siempre estaremos en el punto de partida, es~ que todo verdadero significante es, en -tanto tal, un s1gn1ficante que no signi- fica nada.

JAcQUEs LAcAN

A modo de introducción: Con Lacan, psicoanalista, lector/es de Freud

El título del presente libro, El padre que no cesa es en cierta medida una puesta en forma de Espectros del padre en la escena analítica, título del seminario que fue su acon- tecimiento de origen y que sin embargo permanece como uno de sus problemas nucleares. Aquel nombre estaba ins- pirado en nuestro libro anterior, casi homónimo, Espectros del padre. El presente fue decidido teniendo en cuenta cier- ta discusión que consideramos necesaria en el interior del campo psicoWlalítico. Es que se ha vuelto casi una eviden- cia que en esta época post-moderna hay desde una declina- ción, una desaparición, y hasta lo que algunos "celebran in-

CLAUDIO GLASMAN

cluso como el descubrimiento de la inexistencia del padre simbólico tañfo-pur fuera como put dentro del psicoanáli-

~ Consideramos que la pregunta por la función o defun- ción del Nombre-del-Padre es tan urgente y crucial para la ""j)ractica del análisis, que esta evidencia debe ser decidida- mente conmovida. Por eso el nuevo título, que bajo una for- ma modal y más cerca de la lógica, quiere apuntar a lo se vuelve una insistencia necesaria. Será necesario interrogar las nuevas máscaras y la diversidad de modos sintomáticos o de malestar de la presencia siempre velada de lo que en- tendemos no cesa de ser una función nodal en la constitu- ción del sujeto. Su costado político, ya sea en la dirección de la cura o por fuera de ella en el ámbito de los debates cultu- rales, es entonces plantear una discusión en y desde el psi- coanálisis, desde una posición que va a contracorriente de ciertos ideales imperantes que han vuelto natural este tipo de afirmaciones ajenas a nuestra experiencia y teñidas de ilusiones, y desilusiones, de decadencia y progreso. También es una promesa o, para decirlo más cerca de nuestro deseo, una apuesta práctica. Aquel libro surgió de una reunión de trabajos pre-existentes, de psicoanalistas que venimos desde hace tiempo reuniéndonos en un trabajo co- mún. Esos textos, que ya habían sido escritos, fueron reuni- dos para su publicación. Después de aparecido el libro, y en- tusiasmados por el resultado de esa conjunción, decidimos comenzar a reunirnos para un nuevo trabajo, nuevas lectu- ras, otras discusiones. El fin más inmediato, un seminario, lo oral; quizás después, un nuevo libro, es decir, el paso al escrito. El propósito no era contar lo ya escrito, sino tomar- lo como punto de inicio para darle otras vueltas a las cues- tiones que evocan e invocan, lo cual debería ser más inquie-

los Espectros del padre, esos modos singulares del

tante a

retorno y de la ms1stencia de lo no s1mbolizadQ:

Por otra parte, dicho título Juega alusiVamente con la tra- gedia de Hamlet. Pero en la tragedia el espectro está en sin- gular, es elghost, el fantasma del padre asesinado, que retor- na demandando la venganza del hijo. Pluralizarlo lo aproxi- ma a los Nombres-del-Padre. Sin embargo no son la misma cosa espectros o nombres. Podríamos anticiparnos a cuestio-

24

1+:1. NoMIIIU •: · m:l ,· PAillU•:: lJN Pl JN'I 'O m : I'Alt'L' IIlA

25

CLAumo GLASMAN

alcanza que se digan una vez para que puedan ser leídas u oídas. Este es un punto de encuentro textual entre el funda- dor del psicoanálisis y Lacan ,gue quisiera primero remar- car, luego comentar. Hay una presentación del método afectado por la estruc- tura de la tragedia de Hamlet, en tanto entramado literal:

todas las vías de la pieza conducen a la escena del cemen- terio. Lacan hace ahí algo con sus lecturas del texto freu- diano. Se dejan oír aquí ecos de esas lecturas. Hoy se ha- bla entre nosotros, psicoanalistas, de la relación problemá- tica entre Lacan y Freud. Más específicamente, de la rela- ción crítica que hay entre el Lacan de los últimos semina- rios y el Lacan, más freudiano, de los primeros. Y aquí crí- tica quiere decir ruptura; en términos más filosóficos, supe- ración; en términos de herencia y transmisión, corte limpio de deudas. Lacan dice en algún lugar del seminario que es un lector de Freud. ¿Pero qué es un lector? Podemos para- frasearlo y proponer que así como él sostiene que al Nom- bre-del-Padre no basta con tenerlo sino que hay que poder- saber servirse de él, al texto de Freud como a la obra de La- can no basta con tenerlos sabidos ha ue poder servirse de é, e ellos, y un amenta mente si el lector es un psicoana- 1ista. El saber del mconsciente justamente es un saber que ñOSe tiene. Es una de sus propiedades la de ser inapropia- ble. Pero lo que no se tiene se sostiene, se conquista y se ol- vida a partir de la demanda analizante. Y si se produce y se pierde es porque hay respuesta, eso que llamamos res on- sabi 1 a o deseo del analista. on as o ras e reud y de Lacan tenemos al menos dos opciones: o somos sus creyentes servidores, lo que se llama fanáticos, nombre de la obedien- cia extrema, y entonces las convertimos en monumentos de un saber sin fisuras de cuya adoración y autoridad vivimos parasitándolas, para-citándolas vivir de ellas, o, en cambio_}. \l! nos servimos de ellas y las hacemos redes vacías para po- T der atrapar el deseo en las letras smgulares de los anális-:-:

que practicamos. Tam 1én en los modos que reinventamos para transmitir la experiencia del análisis. Brevemente, o nos consagramos a servirlos repitiéndolos o nos servimos de ellos crítica y heréticamente.

1•:1. NllMIIItt •: lll•:t

PAiliU• :: UN l'liN'I'O 111•: I'AH'I ' IJ)¡\

He aquí lo extraído de las citas freudianas: dos veces in,-

s iste en una repetición casi idéntica,_en el capítulo V, "Algu- nas discusiones", del historial del Hombre de los Lobos. Note el lector que esta repetición es la puesta en forma de un tex- '

. m1sma. Relación de homología entre la cosa tratada y la for- ma del tratamiento. Los detalles de forma en las cuestiones cruciales del psicoanálisis no son secundarios. En nuestro campo las cuestiones de forma son cuestiones de fondo. Más allá de la forma, en el fondo no hay nada:

Lo que tiene como

unto

re etición

.

.

[ .) cómo a partir de cierta fase del tratamiento todo pare- cía converger hacia ellas y ahora, en la síntesis, los más di- versos y notables resultados irradian de ellas, y cómo jus- tamente mediante su supuesto hallaron solución los gran- des y los más pequeños problemas así como las rarezas del

historial clínico [

)

] para la solución conjunta de todos los enigmas que nos plantea la sintomatología de la neurosis de la infancia, que de ella irradien toda sesión de efectos del mismo modo como todos los hilos del análisis llevaron hasta ella; entonces, con respecto a su contenido, será imposible que no constituya la reproducción de una realidad vivenciada por el niño.

[

1

2

Cuando Lacan se refiere al punto de almohadillado, que es el punto hacia donde quiero dirigir al lector, lo hace en los siguientes términos:

l. Sería muy interesante comparar la función de este supuesto necesa- rio con aquella otra función, nombrada en el "Fragmento de análisis de un caso de histeria" como puntos nodales. En el caso Dora lo que domina es la función de las palabras de doble sentido, esas que posi- bilitan un cambio de vía o el anudamiento entre círculo de represen- taciones. Entiendo que Lacan hace un nuevo uso de estos términos freudianos. Son su punto de partida . Les extrae consecuencias. Pero nuevamente distinguimos dos puntos nodales. Uno donde hay pala- bras-cruciales y otro donde hay construcción de una falta como nudo-

2. bordeado. Freud, S., "De la historia de una neurosis infantil", en Obras comple- tas, t . XVII, Amorrortu, Buenos Aires, 1994.

27

CLAUOTO GLAHMAN

Alrededor de ese significante, todo se irradia y se organi- za, cual si fuesen pequeñas líneas de fuerza formadas en la

superficie de una trama por el punto de almohadillado. Es el punto de convergencia que permite situar retroactivamente

y prospectivamente todo lo que sucede en ese discurso. 3

Repleguemos sobre estos textos el método del psicoaná-

lisis. Dejemos registrados algunos significantes que se pre- sentan y repiten en ambos. Se pueden extraer enormes con- secuencias de esta pequeña secuencia: irradian de ellas, con- vergen a ella, punto de convergencia, todo se irradia y orga- niza, hilos, líneas, retroactivamente, prospectivamente.

Veremos más adelante hasta dónde nos conducen. Desde ya podemos marcar una diferencia que valdría la pena con- servar: el texto freudiano apunta a un nudo, punto de um- bilicación, que es un supuesto vuelto necesario por el reco- rrido del análisis, a un sitio construido, fantasmático-real, lo no reconocido, límite de la interpretación y de la historia, mientras que el seminario marca la presencia de ese pun- to de anudamiento significante, ya se trate de un discurso

oral o de un texto escrito, alrededor del cual se organiza la lectura-interpretación psicoanalítica. Tendríamos entonces dos puntos o dos nudos en la trama y en el drama del anª-:

lisis. Un punto de referencia significante para la interpre- tación y un punto-agujereado creado por la re-construcci' . a escena e cementerio en a tragedia de Hamlet está de tal modo localizada en la lectura de Lacan, que adquiere ese valor, esa función de ser el punto de almohadillado de la pieza. No queremos dejar de señalarlo: ella contiene hterai.:- ñleñte un agujero, ese pozo al que cae Hamlet en su pelea con Laertes y del gue sale literalmente otro. Nuestra conjetura es que en esta sobreimpresión de tra- mas, la insistencia de estos puentes ínter-textuales que ope- ran cada una en su texto como llaves intra-textuales no es una mera analogía. Se trata de la singularidad de una lec- tura, de la puesta en acto del método analítico y de cierta_ concepción de lo que es la estructura del sujeto que por es-

:l .

OH

Lacan, J., El seminario, libro 3. Las psicosis, Paidós, Buenos Aires,

1984.

l•:t. NoMIIIU :- In : L · PAI)Itto: : UN l' U N'l'O Ul~ J'Ait ' l ' li>A

las v{as irrepetibles de la repetición se constituye, se co-ins- t ituye en su relación-separaciÓn con el Otro. Es el momento de adelantar otra propuesta de lectura:}

"El punto de almohadillado" 4

y la función de punto de almohadillado del seminario de Las psicosis. Como lector, uno va adquiriendo la convicción de que todo lo que está antes y todo lo que viene después se organizan a lrededor de lo que en este capítulo se postula, despliega y ejemplifica sobre este famoso y un tanto olvidado punto de almohadillado o punto de capitonado o punto de basta. Qui- zás el lector-psicoanalista se haya preguntado alguna vez por qué este término clave tiene tantos nombres. Su plura- lidad aludiendo a una falla, es índice de la falta. Para repe- tirlo en una fórmula breve: La sesión "el punto de almoha-

como capítulo ocupa el lugar

f

4. Ibídem. Quizás valga la pena agregar aquí que cuando decimos pun- to de almohadillado, no estamos diciendo punto final, como hoy suele leerse su función en relación a lo que sería una topología del no todo borromea y más acorde a nuestra época, que sería la de la inexisten- cia del Otro. Los términos que Lacan utiliza para referirse a las con- secuencias de la localización de este punto, las que van en una direc- ción dominada tanto por efectos retrospectivos como por los prospec- tivos, no dejan lugar a dudas sobre este punto. La idea de punto final liga el Nombre-del-Padre a una función-a Pero que- remos estacar aquí, que el efecto retrospectivo, si bien es fundamen- tal, no lo es todo. No menos decisivo es el efecto prospectivo, al que quisiéramos anudar esta función de ser menos un punto final que un punto de partida de la serie, sea ésta planteada en términos de lina-

je, filiación o sucesión, se trate del fundamento numérico de la serie o de las consecuencias de herencia y transmisión en la constitución y el devenir del sujeto, o incluso de las consecuencias que esto tiene en la concepción de lo que inicia o termina la serie asociativa en el tra- yecto de un análisis. Esta distinción cobra hoy plena actualidad por- que se intenta declarar caducos tanto la función del significante del Nombre-del-Padre como el punto de almohadillado, justamente por esta supuesta función de punto final a la que se le opondría como ca- rácter dominante de nuestra época la existencia de series infinitas no todas-femeninas. Nuestro modo de tomar esta cuestión es que no nos resulta la vía más fructífera la de oponer la excepción del Nom- bre-del-Padre y la constitución del todo al no todo del lado femenino de las fórmulas de la sexuación. Este binarismo, del o bien un lado,

ara el psicoanálisis es más b1en eXIs-

encia problemática y paradoja! e no ay un a o sm e otro. Y para

o bien el otro elimi

ue

Coimo no hacen conjunción

,

29

CLAUDIO GLASMAN

dillado" es el punto de almohadillado del seminario toma- do en su conjunto.

Me interesa además mostrar cómo las afirmaciones de La- can del seminario III, Las psicosis, no son meras ideas supe- radas del joven Lacan, de aquel, caduco, de la-primacía-del- significante, versus - idea de progreso- un último Lacan-bo- rromeo-de lo real. Una cierta estafa, quiérase o no, dirá el mismo Lacan, está en el horizonte de este modo de ofrecer al mercado la última novedad de su enseñanza, agregamos,

no sin cierta ironía

a Lacan.

En el plano lógico, esta idea de progreso implica ir acer- cándose a lo que el psicoanálisis pone en cuestión: al final habría universo del discurso, todo el saber estaría allí con- tenido; o, dicho en términos transferenciales, Lacan sería un nombre del sujeto supuesto saber. Un-Saber-Lacan al que al final de la cuenta, y dicha la última palabra, no le faltaría nada. Sobre el plano práctico, un ideal de mayor dominio a partir del supuesto de la evolución o desarrollo de un pensa-

miento: esto es el discurso del amo. Dicho más simplemen- te, el ideal psicoterapéutico de dominio instrumental. Por nuestra parte, encontramos algunas aseveraciones que an- ticipan de modo notable cuestiones que no dejan de ser re- tomadas reiteradamente a lo largo del conjunto de su ense- ñanza, con nuevas articulaciones y nuevos apoyos formales. Para decirlo de otro modo y parafraseando al propio Lacan, existen dichos y proposiciones que se formulan de un modo metafórico en los años 1955/1956 que más tarde encontra- rán nuevas justificaciones de estruc~ura. Esto toca el pro- blema del -ª.nudamiento entre el decir de lalengua y la es- critura formalizada. Desde el principiO y por principios, un rechazo de jerarquía de tiempos y lenguajes para la lógica y la disimetría práctica del lazo psicoanalítico. Remarco la proposición de lectura: la sesión llamada "El punto de almohadillado" tiene en el seminario la función de punto de almohadillado. Decirlo de este modo es funda- mental porque es práctica teórica del "no hay metalengua- je". Esto supone que, para atrás, este nudo se convierte, pa- radójicamente una vez producido, en un punto de atracción hacia donde los hilos del discurso se dirigen; y hacia delan-

30

1•: 1. NoMtlltK · m:.

.- Jl AIHn:: UN PUNTO ug PARTIDA

to, lo que viene después -y se sabe por otra parte que estas

<"on ·l:lccuencias serán las decisivas-. Ese horizonte ue os- ~tila que hay en el conjunto de los sigm cantes al menos un f

Htgm can e

e

e y un su e o

ore 1mp 1ca o, in-citado a

tomar a pa a raen nuestra práctica psicoana ítica. Hay un

en la histo-

!t nles y un después de este punto, como sucede

ria de un sujeto cuando se produce un acto, que es, en tanto

Lni, d

d

t- -- ---te.

Una cuestión preliminar: ¿Qué es un significante?

Lo que hace función de punto de almohadillado es enton- un sigmficante. No es de -Perogrullo detenerñ'QS'para

interrogar qué es un significante. Quizás sea una pregun- ta que pueda parecer del orden de las evidencias primeras. .fut.sgar el yelo de la evidencia ya justifica la pregunta analí- tica. ¿Qué es un significante? Resulta sumamente fructífero

-

ces

seguir, a lo largo del seminario, el modo en que se va cons- truyendo la noción de significante en psicoanálisis, para cul-_

mina

distinguen como estructurantes del sujeto.

¿Qué es un significanté? No es una pregunta de lingüista

si se articula a ¿qué es el inconsciente?, y, desde una pers-

pectiva explícitamente práctica, a ¿qué es la interpretación? Estas preguntas implican, suponen la pregunta por el suje- to del análisis. Pregunta subversiva en psicoanálisis, si to-

la función que tienen algunos significantes que se

!JID

davía las hay. Existen hoy analistas que, en función de razones de eficacia y de una cierta lógica del o bien o bien , opo- nen acto a interpretación, significante a objeto, simbólico

a real, en fin, etc. a etc., y desestiman el valor de la inter- pretación en el interior del acto analítico porque entien- den que ésta es un modo de agregar sentidos al síntoma o alimentar la Religión del Padre. Por eso se hace urgente y necesario despejar cierta confusión entre significante, si - no, senb o, s1gn1 cacwn,·s1gn1 ca o, etra, etc. Desde esta tarea de despeje o de despegue, si se me permite la expre- sión, emergerá nuestra concepción del sujeto del análisis.

31

CLAUDIO GLASMAN

También del encuentro paradójico entre la función de un significante sacralizado que ordena el conjunto de los sig- nificantes del sujeto Xuna práctica desacralizante que está en el.Quntg de mira del deseo y del acto del psicoanalista Es apuntando a estas resistencias que están dirigidos los esfuerzos de Lacan y también los nuestros. La distinción, la separación entre el significante y el significado, la fun- • ción de la barra, las diferencias entre signo, huella, sig- nificante y objeto son aquí cuestiones preliminares para introducir el significante o los significantes del Nombre- del-Padre y ese otro significante no menos problemático y misterioso, el falo. La oposición, práctica, entre búsqueda de significaciones, que está en el fondo de la demanda del analizante, y el encuentro con significantes en sí mismos insignificantes, que es el hallazgo sorpresivo del análisis, es lo que permite al analista salir de los callejones sin sa- lida de la significación_y pasar a la encrucijada de deci- sión 9}1e el significante abre al sujeto del análisis, el ana- lizante. Lo que está en juego es nada menos que el sujeto implicado en el horizonte de nuestra práctica. En principio, Lacan se sirve de Saussure, lo interroga, lo transforma, para desnués de la sesión sobre el punto de almohadillado hacer un pasaje de Saussure a Benve- niste. Con este último intentará articular el significante

a la pregunta por la persona, en términos del sujeto gra- matical, el sujeto del verbo, según interroga Benveniste a la subjetividad. Pero Lacan se sirve de la lingüística para fines no lingüísticos, analíticos. Para salir de este malen- tendido, en el seminario Encore llamará a la lingüística que le conviene al psicoanálisis lingüistería, más próxima

a la poética, como su neologismo lo dice, y más acorde al

fin de esas palabrerías en juego cuando se trata del dis- curso amoroso o deseante.

La proposición clave_del seminario III es que "el signifi~

ca~n cuanto tal no significa nada". Separada de ella, 1 forClüsión del Nombre-del-Padre, también introducida e ~i

este seminario, se convierte en una fórmula mecánica y va f cía. Esto tiene otros modos de formulación que van más all de las sesiones de los años cincuenta. Otro modo de decirlo:

t• : r. NoMHitK DEI. - PADJt~:: UN I'UN 'l'O UB PAH1'1UA

!!.l"iHII'IL significantes puros. Se vuelve una cuestión crucial illl.t•rrogur qué son estos "significantes puros". 5 I•:Htc asunt o de lo puro y lo impuro es muy complejo en PI pHicoanálisis. Toca desde las metáforas químico-científi-

lo profano, es decir religio-

o. Hccordará el lector aquella comparación freudiana en-

de ciertas prác-

1icnH institucionales posibles. Pero también sabemos cuán- 1(lH abus os se han cometido tanto en nombre de la pureza, l11 rilualización de la ortodoxia, como de las múltiples ma- ll<•ras del oportunismo psicoterapéutico de un hoy signado

por "todo por dos cobres".

Lacan fue tomando, sobre esta espinosa cuestión, diferen- lt•s posturas. En el seminario VII, La ética del psicoanálisis, purecería que el deseo del analista, ese deseo advertido de los Hcñuelos imaginarios, se confunde con un deseo puro. En esta dirección, sigue siendo válida aquella recomendación freudia- na de que el analista debería volver a pasar por una cura ca- tártica. De esta cura, que tiene por objeto la purificación de las pasiones del yo, saldría, por una metamorfosis ética, con deseo, no sólo advertido, sino, sobre todo, purificado.

un

t' II H al discurso de lo sagrado y

1ro doro puro del psicoanálisis y el cobre

ti . lbidem . En su texto de 1972, "L'etourdit", de escritura al límite de lo

ilegible, Lacan vuelve a referirse a la reunión del seminario de Las psicosis donde introduce lo que según su nueva formulación llamará

algunos analistas restrin -

geñ dicho asemanltsmo al Significante del Nombre-del-Padre, o para decirlo en términos posteriores, al significante amo. Considero que el significante asemántico, el significante que no significa nada, el sig-

el significante, es decir, el signi-

ficante a secas. Afirmar que el atributo de no significar nada se res- tringe al significante del Nombre-del-Padre alimenta nuestro engaña- do sentido común que imagina que siempre nos encontramos con sig- nificaciones, que todo significante debe su existencia a lo que quiere decir, etc. Podría agregar como problema que lo que ya se anuncia en el seminario III como el ejemplo límite de significante puro es la fór- mula escrita, ese juego de escritura formal. En 1972, esa fórmula ya no serán las letritas de la fórmula de la relatividad de Einstein que permiten que tengamos al mundo en el puño de la mano, sino los pu- ros mathemas. Hay aquí por lo menos una misma cosa que atraviesa y marca a un texto, testimonio de una práctica hecha de anticipacio- nes y relecturas retroactivas, y no un mero desarrollo y ampliación del dominio teórico.

nificante puro, es lisa y llanamente

"el significante asemántico" . He leído

que

GLAUDI o GLA '-;MAN

Pero un malentendido produjo la asimilación del analista a la figura de Antígona, la heroína, que marcha hacia su des- tino fatal, purificada de las pasiones de la vida, sin piedad ni temor. Y a pesar de tanta advertencia, siempre estamos ten- tados a identificarnos con algún héroe ya sea trágico o épico,

lo que suele resultar, caída la impostura, tragicómico. Por eso

surge la necesidad, en el seminario XI, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, de rectificar lo que rápida-

mente se convirtió en un ideal de pureza.Y una nueva adver- tencia nos dirige sobre los desastres a los que los ideales de pureza nos han llevado, ya sea en la política de la cura o en

la

política de masas. Ideales como aquel de la pureza de raza

y

sus consecuencias de segregación y exterminio de lo otro.

Deseo advertido rectifica, entonces, que el deseo del analis- ta no es un deseo puro. Un deseo entendido así llevaría a catástrofe de la extermmación del cuerpo, es decir, a la pu-

rificación-liquidación

está de más re etirlo de un deseo de diferencia a so u a, es 'f

decir de un deseo de separación.

de lo patológico. Se trata más bien, no

• A partir de aquí podemos plantear la práctica del análi-

sis como una paradoja pragmática: un deseo que no es puro 1 1 se dirige a un puro significante. Ahora lo puro se desplaza a 't la ura di erencia materializada en el significante, como lo reformula en "La ciencia y la ver ad".

La construcción del significante y de su función como punto de almohadillado

Paso al comentario de algunos fragmentos de capítulos previos a "El punto de almohadillado" para ir pesquisando el modo en que va componiendo, paso a paso, la necesidad del término y de la función del significante en tanto signi- ficante puro. Una vez más el lector estará advertido que el avance será zigzagueante y no lineal porque no pudo y no puede ser de otra manera. La cosa obliga al rodeo. Si algu- na cita parece un tanto extensa, no es por fidelidad a la obra sino por necesidad de la presencia del texto para practicar el comentario.

34

1•:1. NoMIIHE 1>1•:1,· PALJIU•: : UN !'UNTO m .: PARTIDA

l~nLre las páginas 198-199 de la edición de Paidós, apa- n·t~l'un ejemplo que no es cualquiera. Otra cuestión de mé- Lndo. Hacemos nuestro el aforismo freudiano: el ejemplo es In cosa misma, no ilustración de teoría:

Les ruego entonces detenerse un momento en lo siguien- le. Están en el declinar de una jornada de tormenta y fati- ga, contemplan la sombra que comienza a invadir lo que los rodea, y algo les viene a la mente, que se encarna en la for- mulación la paz del atardecer. No creo que nadie que tenga una vida afectiva normal ignore que eso es algo que existe, y que tiene un valor muy distinto al de la aprehensión fenoménica del declinar del brillo del día, al de la atenuación de líneas y pasiones. En la paz del atardecer hay a la vez una presencia y una selec- ción en el conjunto de lo que Los rodea. ¿Qué vínculo hay entre la formulación la paz del atarde- cer y lo que experimentan? No es absurdo preguntarse si se- res que no hiciesen existí; esa paz del atardecer como dis- tinta, que no la formulasen verbalmente, podrían distinguir- la de cualquier otro registro bajo el cual la realidad tempo- ral puede ser aprehendida. Podría ser, por ejemplo, un sen- timiento de pánico ante la presencia del mundo, una agita- ción que incluso observan en el mismo momento, en el com- portamiento de vuestro gato que parece buscar en todos los rincones la presencia de algún espectro, o esa angustia que atribuimos a los primitivos, sin saber nada de ella, ante la puesta del sol, cuando pensamos que quizá temen que el sol no vuelva, lo cual para nada es impensable. En suma, una inquietud, una búsqueda. Ven, ¿no es cierto?, que esto deja intacta la cuestión de saber qué relación mantiene con su formulación verbal ese orden de ser, que realmente tiene su existencia, equivalente a toda suerte de otras existencias en nuestra vivencia, y que se llama la paz del atardecer. 6

Es la primera vez que nos tropezamos con la"idea de que si no existiese esta fórmula significante "la paz del atarde-

6.

Ibídem.

35

CLAUDIO GLASMAN

cer" para el que está tomado por ella, podría no experimen- tar esa paz sino tener un sentimiento pánico. El ejemplo no es casual: que el significante "la paz del atardecer" tenga un efecto pacificante parece casi una tautología o un pleo- nasmo, pero no se trata de una descripción y la repetición de una información ya suministrada sino de la institución de aquello que parece ser constatado, es decir de un perfor- mativo. No es una cosa menor que llame significante a este sintagma de cuatro palabras. Del mismo modo, en "El pun- to de almohadillado" el Temor de Dios es tomado como un significante que hace a la función de punto de capitonado. 1 a experiencia de la paz del atardecer solamente puede ser vivida por aquel sujeto, ordenado, tan habitante como~ hitado por este significante. Aquí anticipa lo que más tarde llamará un 1;ignificante amo1Desde esta perspectiva, el que no dice o esCüeliao piensa en estos términos podría correr el riesgo de ver agitarse en él una angustia pánica. Lacan insiste en diferentes lugares en este seminario y también en otros, respecto de la función de apaciguamiento, pacificante, o de atemperamiento de la metáfora. Así lo re- toma, por ejemplo, en el seminario XI: cuando se refiere al Nombre-del-Padre, a su función de medium en la relación en- }+

tre el hombre y la mujer, dice allí que su presencia tempera el encuentro con el otro sexo. Podríamos jugar entonces con el ejemplo y decir que la paz del atardecer sería la de la hora

de un encuentro no pánico, deseante, entre el sujeto y el Otro sexo. La hora de la verdad de una cita de no · ' . Por la función e este signi cante, se abrá evitado, contandOC'On

~1.el horror, pudiendo entonces condescender al deseo. Nues; tro error sería absolutizar esta cara pacificante y desconocer el carácter polifacético y paradoja! de dicho significante. Sí,

_P.acifica,~e_ro . tambi:_én ~ortgica, somete

No somos repara-

dores del Padre. Pero por ahora suspendamos el juicio. Esta formulación (expresamente no decimos expresión) tiene una función pacificadora. No expresa o representa una experiencia sino que como significante la organiza, la insti- tuye. No refleja un estado del mundo, del otro o del cuerpo, sino que lo instaura. El sujeto de la metáfora deja de ser ob- jeto-presa, preso de pamco.

1~1.N OMli JU<:-OEL-PAURE: UN PUNTO DE PARTIDA

OL r·os eje mplos de la función pacificante del lignificante

Cierta vez, una analizante contó que una tarde en un lugar desconocido salió a caminar. Estaba de viaje en otro 1mis y se le hizo un poco más tarde que de costumbre. Es- tnba en un barrio negro, digamos Harlem, y comenzaba a oHcurecer. De pronto, se encontró en un lugar extraño, po- hlado de gente extraña y empezó a sentirse inquieta, obser- vada. No quiso seguir adelante con su caminata, se detu- vo, y dio la vuelta ya asustada porque "tuve miedo de que rue agarre la noche". En este caso, esa posibilidad de dar la vuelta ante el temor de que "la agarre la noche", está muy cercana a un efecto apaciguante. Si hubiera avanzado un

poco más habría sido presa, objeto de una angustia pánica,

y quién sabe si hubiera podido volverse, girar, y volver de

( 1 Sa zona negra.

ta"- ante un horror pasivizan - o es ereotipo con e que ace su

HTntOma !:_S el punto de giro, el giro lingüístico, _g.ue le hace posible emprender un movimiento orientado de retorno, y no caer presa des-orientada en la inmensidad de la oscur

noche del Otro.

Otro síntoma de la misma analizante. Comenzó a nadar.

placer desde la parte baja, don -

de hacía pie, hacia lo más profundo. Pero una vez que llega- ba a la otra punta no podía volver. Miraba el fondo y sentía que el fondo se la tragaba. fuemQre una dimensión de devo- ración, de ser tragado, está en el fondo de la fobia. Un fondo sin fondo la amenazaba. En distintos lugares encontramos una ca-relación entre la angustia-pánica, paralizante, y la continuidad confusa, y el significante con su punteado delimitante, atenuante, intro- duciendo la posibilidad de alguna acción o movimiento del suje to . A veces la huida es hacia atrás, a veces és una huida hacia adelante como en Hamlet. Se trata en cada caso de un movimiento del deseo que impulsa a la acción. Otro eJemplo, esta vez tomado del seminario V, Las for- maciones d el inconsciente . Ocupándose de la metáfora, h a-

Aquí,pacificante es hacer osible un movi-

miento, un acto - i a vue le . s a ormu a, es e e ~e e

Lo hacía sin dificultades y con

f

CLAUDIO GLASMAN

liamos un rastreo filológico con el término "aterrado". Ahí afirma que "aterrado" en tanto metáfora es un terror mitiga- do. Cierta idea de atenuación producida gracias a la homo- nimia, caso límite que, en la arbitrariedad o la contingencia de su composición y sustitución, muestra lo que es un sig- nificante puro. Entre aterrado, en el antiguo sentido de de- rribado o abatido, presa de terror o aterrorizado, puesto en tierra, sólo hay la relación hecha posible por la raíz terr, es decir, por un significante, que es puro nexo, puro texto. Es la sustitución misma de abatido por aterrado, con su matiz suplementario de terror, lo que produce el nacimiento de un nuevo sentido por vía metafórica. Dice:

Pero todo el interés de la cosa es subrayar que el terror

Por la

vía significante, la del equívoco y de la homonimia, es decir por la vía de lo más sin sentido que puede haber, es como la palabra engendra ese matiz de sentido, ese matiz de te-

rror [

es introducido por el terr que está en aterrado. [

]

]

Y agrega más adelante algo, que nos parece fundamental para lo que nos ocupa en este momento:

Ya les he indicado la función esencial del gancho terr, que debemos considerar puramente significante, y el papel de reserva homonímica con la que trabaja la metáfora, lo

veamos o no. [

El matiz de significación que aporta aterrado, en la me- dida misma en que se constituye y se afirma, implica, ad- viértanlo, cierto dominio y cierta domesticación del terror. El terror no sólo es nombrado sino también atenuado, y esto es precisamente, por otra parte, lo que les permite mantener

en su mente la ambigüedad de la palabra aterrado. 7

]

Abreviando, a partir de aterrado el terror ya no es completo. La metáfora produce un descompletamiento del terror. Recapitulemos. ''La paz deTatardecer", "el temor de Dios"

7. Lacan, J., El seminario, libro

dós, Buenos Aires, 1999.

38

5. Las formacion es del inconsciente, Pai-

1•:1. NoMIIIH· :- m : L · JlAIJtn:: UN !'UNTO m: l'AHTIDA

11 qlH' nos dirigimos, el temor de ser mordido por un caballo '' dPvorado por un lobo, el miedo de que "me agarre la noche", ,; l 1t•mor a que "el fondo de la pileta me trague" o el signifi- •'t lltlt• aterrado, son diferentes ejemplos de la función apaci-

¡p tuntc, de-limitanfe <;1.~1sillni.fic:;ªnte. En cada uno d.e ellOs l· n-i'l>ntramos resonancias y versiones de ese significante del 11ort1bre impronunciable, el del Nombre-del-Padre. No sabe- ntos si al lector alguna vez lo agarró la noche o se le cayó l1 noche encima. Cada cual podría saber de los significan- I• •H opacos que con miedo nominan algún encuentro allími- ¡, . de lo angustiante, eso innominado. El lenguaje tiene peso y I'Íecto de realidad. Ante tal inminencia, cada sujeto busca

l•vttar una entrada sin retorno u horadar su agujero de sa-

ltela. En todo caso, el significante metafórico tiene por efec-J f

lo un descompletamiento del terror. Este descompletamien- lo no es ajeno al descompletamiento de un goce del Todo, de 11 n Otro ilimitado. Sabemos que la topología ha puesto en cuestión las opo- Hiciones de interior y exterior, del adentro y del afuera. Pero In fobia inscribe en la topografía del sujeto, límites, delimi- laciones, puntos de orientación, señalización y demarcación del mundo. El Otro, el mundo ilimitado del goce del Otro es, por la vía del síntoma, re-marcado, demarcado. Sobre esta cuestión, las citas, diseminadas por diferentes Heminarios, son insistentes, casi repetitivas. Elegimos demo- rarnos en la vía de la repetición, de la insistencia. Pero aquí la repetición es el modo de ir contorneando algo nuevo, la noción y la función del significante, y un ejercicio para que los que leen y analizan lo escuchen en su familiar extrañe- za. Es un recorrido que apunta, en sus repeticiones, por di- ferencias de matiz, a producir un efecto de novedad:

Estable-

cer una ley natural es despejar una fórmula insignifican- te. Mientras menos signifique, más contentos nos ponemos. Por eso nos contenta tanto la culminación de la física eins-

teniana. Se equivocan si creen que las formulitas de Eins- tein que relacíonan la masa de ínercia con una constante y algunos exponentes, tienen la menor significación. Son un

[

] el significante a pesar de todo está ahí

]

39

CLAUDIO GLASMAN

puro significante. Y por eso, gracias a él tenemos el mundo en la palma de la mano. La noción de que el significante significa algo, de que al- guien se vale de ese significante para significar algo, sella- ma la Signatura rerum. Es el título de una obra de Jakob Boehme. Con lo cual quería decir que, en los fenómenos na - turales, está el susodicho Dios hablándonos en su lengua.

pueden parecer lejanos. Son, sin em-

bargo, esenciales para retomar el comienzo de nuestro dis- curso de este año. Nuestro punto de partida, el punto al que siempre volvemos, pues siempre estaremos en el punto de partida, es que todo verdadero significante es, en tanto tal,

un significante que no significa nada. 8

[

] Estos comentarios

¿Es una necesidad del discurso analítico, ya sea en un análisis, en una enseñanza o en la misma historia del movi-

miento psicoanalítico, tener que volver al punto de partida? Esta pregunta no es ajena a la cuestión del significante del. Nombre-del-Padre. Años más tarde Lacan va a definir una de sus funciones en el seminario De un discurso que no sería del

semblante

el Nombre-del-Padre es un significante y en tanto tal es un punto. Será un punto de almohadillado, punto de amarra, un punto de referencia, un punto de apoyo, un punto de no retor- no, etc., pero en el fundamento tiene una función inaugural, y en tanto instituyente del sujeto es un punto de partida dél Otro. Es necesario recordar que, en tanto acto de palabra, a un significante lo que lo hace significante es el punto de lle- gada, su registro en el Otro. No digo con esto que el signifi- cante del Nombre-del-Padre es tanto punto de partida como un punto final del psicoanálisis. Recordamos que un signifi- cante sólo se realiza en el punto de llegada, en ese momen- to de homologación en el Otro. Aquí la experiencia del chiste es, si se la toma en serio en sus consecuencias, paradigmátí- ca. Un significante sólo se consuma en el Otro. El giro lingüístico "punto de partida" tiene, además, múl~ tiples resonancias. Se enlaza con división, lo que se parte. Es punto de partición subjetiva.-- Pero al mismo tiempo es comien-

como la de ser un punto de partida. Me anticipo:

8 .

Lacan , J. , El seminario, libro 3 ., op. cit.

40

l•j1. NoMUHJ•:-oEL-PADRE: UN PUNTO DE PARTIDA

.o, inicio, separación. Por supuesto no podemos dejar de lado t•l costado de juego, la partida sea de cartas o del juego de psi- t·mmálisis. La can en el seminario X, La angustia, formó con

t •HLudiversidad de cañiSun neologismo: separtisión

lo usí. l que parte se part . El que parte del Otro se parte de 111. Modo e nombrar tanto la diVIsiÓn de sa6eres comOTa, Pér-:

elida del objeto a. Hay una bi-partición. La partida es por par- tida doble. Luego vendrá el inicíoa:eTa. serie o la secuencia a partir de la ex-sistencia de este punto primero. La interpreta- ción hace intervenir al Nombre-del-Padre por sus con-secuen- cias. De este modo reinicia y al mismo tiempo anticipa, cada vez, una por una, el más allá de un final. El final en todo caso vuelve a encontrarse con ese punto inicial, lo repite, y en la re- peticióp reinstaura ese punto como pérdida. Las consecuencias para cada sujeto son decisivas y a modo de ejemplo podríamos abreviar alguna de ellas con el siguiente aforismo co-inspira-

no se para" ~n defi-

nitiva, todo sujeto en tanto hablante, eshijo del significante y

Digámos-

do en un

análisis: "Si el padre no separa,

en tanto tal

Pasemos al apólogo del capitán de bar~9·No será la única ve z que Lacan recurre a esta figura para tratar 1~ experien-

cia analítica. Se trata en ambos casos de dirección y mane.:- jo~Pero no nos dejemos tentar, abstengámonos, no confun- damos manejo con dominio, deseo con poder.

un

exiliado tanto del Otro como de sí.

Estoy en el mar, capitán de un pequeño navío. Veo co- sas que se agitan en la noche de un modo que me hace pen- sar que puede tratarse de un signo. ¿Cómo voy a reaccio- nar? Si no soy todavía un ser humano, reacciono mediante todo tipo de manifestaciones, como suele decirse, modela- das, motoras y emocionales, satisfago las descripciones de los psicólogos, comprendo algo, en fin, hago todo lo que les digo que hay que saber no hacer. En cambio, si soy un ser humano escribo en mi bitácora: A tal hora, en tal grado de

longitud y latitud, percibimos esto y lo otro .

Esto es lo fundamental. Salvo mi responsabilidad. La dis- tinción del significante está ahí. Tomo constancia del si -como tal. El acuse de recibo es lo esencial de la comunicación en tanto-ella es, no significativa, sino significante. Si no arti-

.

-

41

CLAUDIO GLASMAN

culan fuertemente esta distinción, recaerán sin cesar en las significaciones que sólo pueden enmascarar el resorte origi- nal del significante en tanto ejerce su función propia. 9

El punto de coincidencia entre el capitán en su barco y el analista dirigiendo un análisis, es que su primera respQU.- sabilidad es la de tomar registro de lo incomprendido. ~

analista, desde el lugar del Otro, toma registro, de rebote

puede tomar la paiabra regi§trada . Al contra-

r io;el que no registra, en tanto analista, determina que no se diga aunque se hable.

Avancemos y detengámonos brevemente en el pensamien- to de Schreber, en el extraño presentimiento de que le gusta- ría ser una mujer en el momento del coito. A este momento crucial Lacan lo nombra como un período de confusión J!.áni- ca. Cuando se refiere a los fenómenos de franja, y ubica en ·segundo lugar los milagros del alarido, dice de éstos que son unpuro significante. Nuevamente encontramos esta relación entre la confusión pánica y el puro significante, que es el que introduce un principio, por más precario y patológico que sea, de orden espacializante en estados de confusión pánica. Y en medio de relatos de "la paz del atardecer", de meteoros y de barcos, pasa de pronto al interior de la escena del aná- lisis y vuelve a hablar de Schreber, de la confusión pánica y de cómo, en cada caso, la acción, la insistencia, reinstituyen- te, restituyente del significante, puntuando el mundo, hace un mundo posible para el sujeto que resulta de su acto.

.

el ana11zante

-

,

"-··-

La aparición de un significante nuevo. Con-secuencias y discusión

Hablando de ambigüedades, nos tropezamos en nuestro recorrido con un párrafo que nos obliga como lectores-ana- listas a interpretar, a decidir, Lacan aclara que comenzó a hablar del día y la noche para poder referirse mediante ese

9.

Ibídem.

l

•: ~o NoMIIIW

m :I.· P A I J ill •: : UN

l't JN ' I 'o

11 1•:

PA i t' I ' II JA

rodt•o a lo qu e est á líLJ<'a, el hom bre y

en el punto crucial de la experiencia ana- la mujer. Dice:

El signi ficant e d e be primero conceb irse como difer ente

de la significación. Se distingue por no tener en sí mismo Hignificación propia. Intenten, pues, imaginar qué puede ser la aparición de un puro significante. Obviamente, por defi- nición, ni siquiera podemos imaginarlo. 10

Como se puede leer, el párrafo goza de cierta ambigüe- dad. Algunos analistas lo han interpretado en el sentido de que no se puede imaginar, simplemente porque no exis- t <' un puro signific a nte. Es inimaginable porque un signi - ficante así no existe. Pero el texto admite u obliga a otras interpretaciones que se ajustan más al contexto del semi- nario. La primera es que existe un significante puro pero no podemos imaginar dicha existencia . Esta lectura, que considero más ceñida al texto, podría formularse así: el significante puro existe pero ex-siste a la imaginación. Es necesario distinguir concebir de imaginar, tal como están en el párrafo arriba citado, del mismo modo que en "La di- rección de la cura y los principios de su poder" oponía en- tender y comprender. Tenemos dos pares opuestos: conce- bi r y entender y, por el otro lado , imaginar y compre naer:

Nuestro trabajo intenta concebir, dar razones, volver in- teligible, incluso dar cuenta de aquello que es de por sí in- comprensible e inimaginable. Pero no se trata sólo de pos- tular la existencia de un puro significante que es un su- puesto necesario y básico de la práctica del analista, sino que además se trata de pensar su aparición o el momento de nacimiento del significante. La idea de aparición está ligada a la idea de origen. Y esto se confirma con lo que le sucede al párrafo en el seminario: aparecen mitos de ori- gen de pueblos primitivos que dan cuenta del modo origi- nario en que se constituye la relación del hombre con el símbolo. Esos mitos ficcionalizan una verdadera genealo- gía del significante. Son un modo épico, narrativo, de ese

lO . Ibídem .

CLAUOlO GLASMAN

encuentro estructural, de esa aparición y de esa secuen- cia, personificados en dioses, acciones y en linajes. En esa misma dirección será interpretado el mito de Edipo, que si no es un modo de relatar este anudamiento entre el.§.Y:

jeto y el significante, no ti~ para -n osotros analistas nin- gún sentido. Es sumamente importante anotar la diferencia entre lo que sería el primitivo y su mundo y el hombre moderno, es decir nosotros y el nuestro. Porque el primitivo es alguien que tiene su vida y sus actos ordenados bajo el ritmo de ri- tos y de narraciones míticas.

,

Gracias a estos mitos el primitivo se sitúa en el orden de las significancias. Tiene claves para todo tipo de situa- ciones extraordinarias. Si rompe con todo, aún lo sostienen los significantes, le dicen, por ejemplo, cuál es exactamen- te el tipo de castigo que su salida, que pudo producir des- órdenes, implica[ .] Nosotros, en cambio, nos vemos redu- cidos a permanecer temerosamente en el conformismo, te- memos volvernos un poquito locos cada vez que no decimos exactamente lo mismo que todo el mundo. Esta es la situa- ción del hombre moderno. 11

Este párrafo nos toca doblemente: por modernos y ade- más por analistas. Nos toca como analistas esta cuestión del conformismo. Este estado pánico del hombre moderno es un estado del cual nosotros, psicoanalistas, no estamos en ab- soluto excluidos. Por eso es tan dificil entre analistas tomar la palabra y no morir de pánico en el intento de decir algo que no lleve la garantía de saber marcado de autoridad, sea la de Freud o de Lacan o de algún otro más contemporáneo. E!:_la~, el nombre de autor ola consigna institucional consa ida tienen la función de cita de autoridad, unifican.- Así como1a práctica del análisis no es el rito de Edipo, el sa:- ber del psicoanálisis no debería convertirse en nuestra mi- tología, entendiendo por tal ese saber que se ofrece como ga- rante de nuestros actos en la dirección de la cura.

,

ll.Ibidem.

44

}~1. N ü Mllllli - DJ,o;L- PADRE : UN P UNT O DE PARTIDA

Es notable que cuando vuelve al asunto del que nunca se a partó, las psicosis, lo hace con estas preguntas:

¿Qué sucede cuando el registro del padre está ausente? El padre no es simplemente un generador. Es también

quien posee el derecho a la madre, y, en principio, en paz. [ No es casual esta referencia al derecho y a la paz. Supongamos que esa situación entrañe precisamente para el sujeto la imposibilidad de asumir la realización del significante padre a nivel simbólico. ¿Qué le queda? Le que- da la imagen a la que se reduce la función paterna . [ .] Es

una imagen [

ga~ he.~,y le permite aprehenderse en el

( .] La alienación es aquí radical, no está vinculada con nin- gún sig:Ó.ificado anonadante, como sucede en cierto modo de rivalidad con el padre, sino en un anonadamiento signifi- ,cante. Esta verdadera desposesión- primitiva del significan- te, será lo que el sujeto tendrá que cargar,_y aquello cuya compensación deberá asumir, largamente en la vida, a tra- vés de una serie de identificaciones puramente conformis-

tas a personajes que le darán la impresión de qué h,ay que hacer para ser un hombre. 12

]

]le

da pese a todo al sujeto un punto d~

plano imaginario.

Hoy, los analistas podríamos sentirnos aludidos cuan- do Lacan habla de los psicóticos en estos términos. ¿No es-

tamos algunas veces locamente aferrados a imágenes, mo- delos e in-vestimos hábitos de analistas, aterrorizados ante cualquier accidente o pregunta que ponga en cuestión el sa- ber consagrado? Somos casi modernos, al menos en el con- formismo. ¿Nos falta acaso un significante o un nombre de autor de referencia donde autorizarnos? ¿En qué se autoriza

significante

deTNOmbre-del-Padre, en el nombre de Freud, en el de La- can? Aunque respondamos correctamente con un "no" rotun- do, resuenan en nuestros oídos las recitadas citas de auto- ridad. Lo cierto es que aquí está quizás una de las razones por las cuales Lacan denunciaba con cierto espanto todo fin

el psicoanalista en el instante del acta_? i,En el

12 . Ibidem.

45

Ct.Al1Ul0 Gt.ASMAN

de análisis basado en la identificación con el analista: no es éste sino un modo de conformarse, vestirse con los hábitos del Otro que no existe y que sin embargo de mil modos ha_-

¿por qué lo híce?, la respuesta

más rápida es"porque estaba en conformidad con lo que el Otro me hizo". "Hago lo que me hicieron." La identificación precipitada de esta respuesta ubica en el Otro la responsa- bilidad del acto. Avanzamos en la lectura y nuevamente nos topamos con otro párrafo problemático. No porque en sí presente ambi- güedades sino porque entra en tensión con afirmaciones que encontramos en otros lugares del seminario. Nuevamente obligados a decidir como lectores, pero aquí parece que esta- mos obligados a decidir en contra de una afirmación de La- can. Riesgo de herejía. Pero recordemos aquí un principio lacaniano, metodológico del análisis: "Hay que hacer vivir un texto con lo que sigue y con lo que lo precede. Pero sobre todo con lo que sigue". Con estas indicaciones, por otra par- te muy freudianas, ahora leemos este párrafo problemático, con lo que sigue, aunque lo que sigue no es próximo, lo que mantiene el suspenso y la dificultad. Tendremos que espe- rar para justificar nuestra lectura:

cemos eXislir. A 1~ pregunta

Encamemos, aunque más no sea un poco, esta presen- cia del significante en lo real. La aparición de un significan- te nuevo, con todas las resonancias que supone hasta en lo más íntimo de las conductas y los pensamientos, la apari- ción de un registro como, por ejemplo, el de una nueva reli- gión, no es algo que podamos manipular fácilmente, la expe-

rien~ia lo prueba. [

La aparición de una nueva estruc.m-

ra en las relaciones entre los significantes de base, la crea ción de un nuevo término en el orden del significante, tiene

un . carácter devastador. Nuestro problema no es éste. No tenemos por qué inte- resamos en la aparición de un significante, porque profesio- nalmente éste es un fenómeno que nunca encontramos. 13

]

13./bidem.

1•:1. NoMllltJ•:-D~ :L - PADHE: UN PUNTO DE PARTIDA

Detengámonos en este punto: la aparición dt=.l. un signifi:

<~antenuevo tendría un efecto devastador. A continuación y <'n uria dirección confraria, lo que va a postular es la exis- L<'ncia de un agujero en la estructura del significante. Será la confrontación del sujeto con la falta de un significante lo que tiene ta1 efecto devastador. Como veremos más adelan- te,la aparición de un significante nuevo, al contrario, con sus efectos de reordenamiento de la estructura del sujeto, evita o reconstruye con su trabajo las devastaciones.

La pregunta adicional que les invito a formular es la si- guiente: ¿No es acaso concebible, en los sujetos inmediata- mente asequibles que son los psicóticos, considerar las con- secuencias de la falta esencial de un significante?

Y más adelante:

¿Puede hablarse de un acercamiento a un agujero? ¿Por qué no? Nada es más peligroso que el acercamiento a un vacío. 14

El conjunto de la argumentación de este seminario, y to- marlo en su conjunto es otra cuestión de método, es lo que nos orienta y autoriza a _tomar esta proposición en sentido contrario. La invención de un significante es lo que permite salir de cierto estado de estupor o _pánico, de anonadamien- to, para pasar a la acción. Esto es lo que plantea en el capí- tulo "El punto de almohadillado". Cuando Lacan relee el caso Juanito, en el transcurso de su comentario en el seminario IV, La relación de objeto, el objeto fóbico queda redefinido como un objeto en función significante en la medida en que es la creación de un nue- vo término. Un significante nuevo en la estructura del suje- to. Este significante no tiene en absoluto consecuencias de- vastadoras. Al contrario, lo saca al sujeto, de cierto estado confuso, de cierta angustia pánica. De nuevo la misma in- sistencia, cierta cosa difusa para introducirlo en otro orden

14./bidem.

CLAlJJ)[O ÜLA';MAN

del mundo, en la medida en que el mundo es un mundo or- denado por el significante. Dicho en sus términos:

yo subrayo que en un momento crítico de la evolución de

Juanito, interviene determinado significante con un papel po- larizador, recristalizador. Esto, sin duda, de forma patológica pero no menos constituyente. Desde ese momento el caballo

se pone a puntuar el mundo exterior con señales. [ .] Estas señales reestructuran para Juan el mundo, marcándolo pro- fundamente con toda clase de límites, la propiedad y la fun- ción de los cuales habremos de establecer seguidamente. 15

[ ]

Si nos quedara alguna duda de esta coincidencia respec- to de la función del punto de almohadillado y la función del significante sintomático en la fobia de Juanito como un sig- nificante o término nuevo, agrega en el seminario IV:

La función del caballo, cuando se introduce como punto central de la fobia, es la de ser un término nuevo, cuya pro- piedad consiste ante todo precisamente en la de ser un sig-

nificante oscuro. 16

Añade más adelante como enfatizando y remarcando lo que no termina de quedar del todo claro para los psicoana- listas de ayer y de hoy:

[Freud] Articula plenamente que el caballo es un objeto que sustituye a todas las imágenes y a todas las significa- ciones confusas alrededor de las cuales la angustia del su- jeto no llega a desencadenarse. Hace de él un objeto casi ar- bitrario, y por eso lo llama una señal, la cual permitirá, en este campo de confusiones, definir límites que, si bien son arbitrarios, aun así introducen el elemento de delimitación que hace posible esbozar un orden, primer cristal de una

cristalización organizada

entre lo simbólico y lo real. 17

15. Lacan, J., El seminario, libro 4. La relación de objeto, Paidós, Barcelo- na, 1994. 16. /bidem .

17./bidem.

1•: 1. N oM I IHK

P

A IIIU • :;

UN I' I JN ' I 'O DI~ l' A I{ T IU A

Agreguemos por nuestra parte que el caballo es un pun-

Lo centr a l , es a s imismo un punto de detención, una

l:ión del mundo textual del sujeto. Parafraseando un poco a Lacan y otro poco a Derrida, por la vía del síntoma, el mun-

do está sobre la escena . de la escritura. Vale la pena recor- dar que el mismo Lacan había definido a la alucinación como una puntuación sin texto. Al contrario, la puntuación de la

fobi a

te, la función del significante (fóbico) es producir los puntos

que le sirvan al sujeto como puntos de orientación ante un mundo que se le presentaba como confuso ante una angus- tia imposible de soportar. La idea de la creación de un significante nuevo es de gran valor para nosotros. En años posteriores de su ense- ñanza, Lacan vuelve a insistir con la pregunta sobre ¿qué sería un significante nuevo? Y lo que muestra como ejem- plo de significante nuevo es el neologismo. Y una vez más vuelve al ejemplo que tiene a mano, el chiste de Heine re- tomado una y otra vez por Freud, una neoformación: "Fa- millionaria". Y sin mencionarlo explícitamente, van a retornar algu- nos rasgos donde se puede reconocer, en ese significante nuevo, algo del punto de almohadillado, que es nudo y pun- to. ¿Qué es ese neologismo? Se pregunta y responde: Es un punto, es un nudo. En el seminario III, a las preguntas ¿qué es el padre?, ¿qué es el significante del Nombre-del-Padre?, responde con una serie de términos que nos interesa destacar: es un punto, un nudo, un anillo, una metáfora, un número. No son proposicio- nes aisladas ni se superan unas a otras, se correlacionan y están destinadas a problematizar la respuesta. El complejo paterno quiere decir eso: la función del padre no es símple, tiene pliegues. Hacia ese problema vamos. Hacia la función de "un significante nuevo". Por lo que encontramos antes y lo que viene después, no podríamos sostener que el efecto de la aparición de un significante nuevo es devastador. Por el contrario, aparecerá, a partir de ahí, un nuevo sujeto de y por ese significante nuevo. Por eso, destacamos la impor- tancia del neologismo -y es casi una tautología-: el neo-lo-

puntua -

se produce sobre un mundo textualizado. Nuevamen-

CJ.i\111)1() <ll.i\HMi\N

gos como ejemplo elevado al rango de paradigma de lo que entendernos por un significante nuevo.

En el seminario V, Las formaciones del inconsciente, es

donde dirá que "Famillionaria" es un nudo, un punto. Freud en su libro sobre el chiste siempre vuelve a ese punto. Un punto poético, de creación, dentro de la estructura del sujeto y un punto poético dentro del saber del psicoanálisis. Agre- guemos que en la misma historia del acto de nacimiento del psicoanálisis, Lacan no duda en reconocer corno aparición de un significante nuevo al mismo Unbewusste, al incons- ciente freudiano: Este significante nuevo, aunque ya exis- tía de un modo homónimo, adquiere un valor absolutarnen- te inédito y crea el campo de una praxis, de una experien- cia y de un lazo social hasta ese momento inexistente. Se- gún Michel Foucault, ha sido decisiva su contribución para la concepción del símbolo que produce el nacimiento de la modernidad. Por otra parte, cabe la pregunta de si conside- rar la aparición de un significante nuevo corno devastado- ra no nos condena a la inhibición o al conformismo, es de- cir al eterno retorno repetitivo de las mismas citas de auto- ridad. En todo caso, no fue esa la operación de lectura que Lacan realizó sobre el texto freudiano; y sus innovaciones, sus nuevos significantes y sus nuevos juegos de escritura forman parte de lo que él llamó un nuevo pacto con el des- cubrimiento de Freud. Retornemos. Que sea un punto tiene una enorme impor- tancia pues se anuda con la puntuación corno actividad del intérprete, del lector, del analista. Postulamos una relación interior, de hornología, entre la estructura textual, ya pun- tuada, del sujeto y el acto analítico con sus intervenciones puntualizantes, interpretantes. Nadie puede decidir pre- viamente en un texto cuál es su centro organizador. Lacan afirma que todo texto, todo análisis de discurso, se organizá alrededor de un punto al que converge el conjunto del te~ to. Es una indicación para lectores, de especial interés para lectóres psicoanalistas. Que no seá evidente su presencia en el texto no quiere decir que no exista. Por otra parte, el su- jeto no espera al psicoanalista para producirla. Sino que §L su mundo, pensado como cosa continua, mediante la acción

F!l . Nt"lMIIlli< :OIII• : J.· Pi\llHI•: : UN I'UN'J '() IH•: l'i\lt' l'llli\

.d"' siga.ifieaR.tc ]ntroduce la discontinuidad en lo real. Si hay el tu y noche, paz y guerra, hombre y mujer, es porque exis- ten significantes que producen esas oposiciones. Esas pre- sencias significantes que hacen posible esas ausencias don- de se alojan la noche, la guerra, la mujer. Es una tesis, la lla- ma así, de supuesto necesario, postular para la práctica del psicoanalista, la existencia de significantes que no signifi- can nada, y en tanto tales los registramos. Hay lugares del seminario donde el puro significante se aproxima a la letra. Entre los ejemplos de puros significan- tes, está la fórmula de Einstein y la fórmula ya no es signi- ficante, es función de la letra. Deberíamos por lo menos ano- tar esto en nuestra lectura. Podríamos preguntarnos qué re- lación hay entre lo que llama puro significante y cierta idea de inscripción, en el sentido de la letra como función. ¿Qué relación con lo simbólico? ¿Qué punta apunta a lo real? Nos queda planteada hasta aquí una relación entre con- tinuidad, confusión y pánico. Una oposición entre la masa amorfa y continua como significado y la acción del signifi- cante, que es la que introduce la discontinuidad en lo real, y de ese modo atempera, apacigua, creando los intersticios por donde se desliza el deseo.

El analista, el síntoma y el significante del Nombre- del-Padre

Antes de terminar este capítulo quisiera dejar planteada cierta proximidad problemática entre tres funciones diferen- tes. ¿Qué relación y qué diferencias existen entre la función del síntoma, la función del significante del Nombre-del-Pa- dre y la función del analista? No es forzado ese ternario. Res- pecto del Nombre-del-Padre y del síntoma, hay afirmaciones que los conjugan. Cuando sostiene que no es una metáfora decir que el síntoma es una metáfora y cuando en otro lugar plantea que el único modo de acceso del sujeto a la función del padre es por vía metafórica. Por lo tanto, el síntoma es uno de los modos de acceso metafórico a la función paterna,

CI.AIIIliO 0LASMAN

una de sus metáforas posibles. Anómalo o si se quiere pato- lógico, pero también constituyente del sujeto. En el seminario V dice que el significante del Nombre-del- Padre autoriza el juego de los significantes, lo garantiza, lo sostiene. Es el significante que representa al conjunto de los significantes. Nos detenemos en el término autoriza porque es el que nos sirve de puente con una afirmación del semina- rio xrv, El acto psicoanalítico, donde podemos leer -son for- mulaciones que se aproximan de modo problemático sin ser idénticas- que el analista con su acto autoriza la tarea del analizante. Es parte de su función paradoja!, autorizar la ta- rea y no responder a la demanda de permiso, de autorización de actos. Autoriza una tarea que se consumará como caída de la figura de autoridad que él mismo encarna. Llama la atención el término autoriza, por su proximidad al discurso del amo, de la autoridad. Es que el significante del Nombre- del-Padre es un signi:ficañte amo, está ligado a lo que ordena:

Los términos que utiliza para hablar del significante so~ canos al discurso amo: élorden significante. Próximos, inclu- so etim~mente, pero sospechamos que no es lo mismo el orden que la orden. El significante del Nombre-del-Padre ordena, estructura, delimita las condiciones del desear. Pero vale la.pena decirlo, no se puede ordenar el deseo, se ordena el goce. Hay una ambigüedad entre masculino y femenino, entre el orden y la orden. Así como el superyó ordena gozar, el Nombre-del-Padre ordena el desear, demarcando el cam- po del Otro. En tanto el Otro es tachado hace posible el juego de los significantes como sitio del deseo. El falo será el punto- significante de carencia en el tesoro de los significantes. Ade- lanto otra pregunta: ¿Qué relación hay entre el Nombre-del- Padre y el sujeto? En términos de Lacan-Benveniste, ¿dónde se almohadilla la persona?, ¿dónde se produce la personiza- ción? Entonces, un punto de coincidencia es que el analista autoriza la tarea, el juego del análisis, así como el significan- te del Nombre-del-Padre autoriza el juego del inconsciente. ¿Es esta una de las maneras en las que forma parte del con- cepto de inconsciente? Pero el analista sabe de cierta manera, que ese juego que él autoriza está destinado a su caída como figura de autoridad. En el salto del fin de análisis, el resulta-

t<;r. NoMIII U: DEI , · PAIHtr: : U N PUN TO O E P AR T IDA

do es el surgimientO de un sujeto que se autoriza a sí mismo, es decir, que ya no estará sostenido en su acto ni por el reco- nocimiento ni por ninguna autorización del Otro. En el pa- saje al acto, resolutivo del fin de análisis, el Otro habrá que- dado fuera de juego. Por eso no hay alta analítica,_hay dar de baja al sujeto supuesto saber, que en esa pendiente deviene el "a" del sujeto. Pero sabemos que ese es un final ideal más fácil de saberlo y citarlo que de ponerlo en acto.

Un paso yreyio al pasaje del singular al plural

Ha sido destacado, no sólo por J.-A. Miller, 18 a partir de la lectura de la única sesión del seminario interrumpido Los Nombres-del-Padre, el pasaje que Lacan realizara en su en- señanza del singular, tal como lo introdujo en los prime- ros seminarios, al plural, del Nombre-del-Padre a los Nom- bres-del-Padre. Este paso, según coincide la mayoría de los comentadores, éStaríá"deS'tinado a quitarle consistencia al nombre entendido como Uno~n tanto demasiado religioso, afimenta la ilusión de la consistencia, unificante, totalizan- te, del Uno. No olvidemos que esa reunión está casi por en- tero dedicada al comentario del sacrificio de Abraham. Pare- cería que el paso de lo uno a lo múltiple, esta pluralización por sí misma, cuestionaría la existencia del Dios-Uno-Todo. Pero recordemos que cuando Lacan asimila el sujeto supues- to saber a Dios, no se trata del Dios del monoteísmo hebreo, que es un Dios-no-Todo, ya que no desconoce la existencia de otros dioses, sino del Dios de los filósofos, ese Dios-Uno- Todo. Por otra parte, tanto la religión hebrea como la cris- tiana, las que hasta nueva orden constituyen nuestra tradi- ción, no estarían en desacuerdo en referirse a los nombres de Dios en plural. Véase, por ejemplo, el libro de San Juan de la Cruz Los nombres de Cristo o el clásico libro de G. Scholem, La cábala y sus simbolismos, para la mística judía. Este pasaje al plural ya es un lugar común, del cual por supuesto no podemos ni debemos escapar sin antes haberlo

18. Miller, J .-A., Comentario del seminario inexistente,

nos Aires, 1992.

Manantial, Bue-

Ci./\l/1 )J() <: 1.1\! 'i M/\N

interrogado. ¿Quién podría escaparse de los lugares comu- nes sin antes haber pasado por ellos? Ya Freud había des- cubierto cómo con esos giros lingüísticos, esos estereotipos o clichés, en fin, esos lugares comunes, sus histéricas hacían síntomas. Nuestros analizantes, con este mismo recurso de la lengua, los siguen haciendo. Paradójicamente, hacen con los lugares comunes sínto- mas singulares con los que empiezan a salir del lugar co- mún. Salir de lo que Lacan llamó la "consideración general" para hacer posible la desideración singular del sujeto. Se hace, con el síntoma, un uso no común de los lugares comu- nes. Es la vía que, renunciando a la consideración general y

pasando por la des-consideración, aspira a la desideración,

la vía singular del deseo.

Pero, es lo que queremos enfatizar, a partir de la lectu- ra del seminario III, es necesario plantear un tiempo ante- rior, un movimiento en Lacan que va de lo múltiple a lo uno. El capítulúqüe pasaré a comentar plantea ese pasaje coz:ñ;; constituyente. Dice, literalmente, que ese Uno, hablando del monoteísmo, unoteísmo, forma parte de una tradición que

Entendiendo por nuestra la judía y cristia-

na. La tragedia de Racine, que es un poeta trágico del siglo XVII, es una tragedia que hace una lectura cristiana de un episodio de la Biblia hebrea, de Reyes, que se repite con algu- nas modificaciones en Números, referido al reinado de Ata- lía. Muestra por medio del análisis de esa tragedia, esta re- lación entre lo múltiple y lo uno. Lo uno para Lacan es un remedio. Pero sabemos que, en tanto phármakon, su exis- tencia es ambigua y contradictoria, es decir paradoja!, que lo que opera como remedio es también otra enfermedad, lo

que cura y salva puede ser, a veces es cuestión de dosis, un veneno que puede matar.

es la nuestra

En su seminario La naturaleza de los semblantes, 19 J.-A

Miller dice acertadamente que estamos enfermos d~ Pero él cree que se resuelve la cuestión pasando del Nom- bre-del-Padre a los Nombres-del-Padre. En Lacan ese uno es el que viene a remediar los terrores

19. Miller, J.-A, La naturaleza de los semblantes, Paidós, Buenos Aires,

2000.

54

1•:1. NoMmm III·:L-l'ADH~<::UN PUNTo DE PARTIDA

difusos. Ese mismo uno es el que encontramos en la cons- titución de la masa freudiana, y el pánico es la pérdida del lazo amoroso-identificatorio que sostenía esa ilusión de ser iodos por y para el uno. La solución, el remedio se convierte en la fuente de un nuevo malestar. El psicoanálisis rechaza las ideas de punto y de solución final. Ya sabemos las reso- nancias de espanto que este último término tiene. Ese Uno tiene un nombre particular en la constitución de nuestra tra- dición, tradición en la que nuestros pacientes hacen sus sín- tomas. Uno es el nombre que veremos aparecer como signifi- cante n~en"Ta tragedia de Raci.ne. Otros, tan imprevisi- bTes como incalculables, son los nombres que hacen función de síntoma o de almohadillado en cada análisis. Desde un significante-síntoma fóbico, a un neologismo en el chiste, al temor de Dios, cada uno de ellos se presenta como nombres de la función del significante del Nombre-del-Padre. Son nom- bres del punto de almohadillado, nombres a los que siempre se vuelve en un texto. ¿Cuál es el movimiento? ¿Es de aspi- ración? ¿Es de amarra? Si es de aspiración, nos aproxima- mos a la represión primaria. Esto nos lleva a otro ejemplo de nudo, de otro nudo que es el ombligo del sueño, punto que apunta a lo real. Este nudo del sueño es un nudo imposible de desatar. Desde ese lími- te, desde ese irreconocible lugar, se eleva el deseo del sueño al cabo de la interpretación. Quizás forme parte de la lógica del discurso analítico esta necesidad de volver al punto de partida. Este punto de par- tida lo reencontramos en el seminario XVIII, De un discur-

so que no sería del semblante. Allí dice que el Nombre-del-

Padre además de ser un punto, ademasde serunnuao, ade- más de ser un anillo, es un número. En otro lugar podría- mos desarrollar las consecuencias de postular su existencia como número, pero esta función lo ubica como introducien- do lo numerable, lo que es pasible de ser contado, la existen- cia de la serie, de la sucesión en la que se habrá localizado el sujeto. Uno cuenta con el Uno del Nombre-del-Padre. Se cuenta con o no con él. Es decir, que este significante da la posibilidad de la cuenta, de la serie. Será necesario releer el último capítulo del seminario III, titulado "El falo y el me-

1 1

Al!IJIO

ÜIA.'lMJ\N

teoro", y cotejar sus argumentos de principios de enseñan- za con aquel del semiñario XVIII sobre la importancia de lo numerable y lo innumerable. Es sorprendente encontrar de nuevo lo innumerable como algo del orden de lo pánico. En cambio, este uno es el uno contable, el que abre la posibili- dad de la cuenta. El uno punto de partida es punto d~ refe- rencia necesario para-ra interpretación. Punto de opacidadjf

y amarra para no ser arrastrado, gozado, sabido, por capn _;:ho gozoso del Otro, si existiera.

56

Capítulo 11

El acto de Atalía y el punto de almohadillado

Claudia Glasman

A veces es más importante mantener el problema planteado que resolverlo.

JACQUES LACAN

A partir de determinado punto ya no hay regreso. Es preciso alcanzar este punto.

FRANZ KA.FKA

Como hemos adelantado, existe un peligro real para el sujeto: la devastación, el desencadenamiento producido por el abismo del agujero, la inminencia del vacío. Existe un re- medio significante, temporal y espacializan~e,que abre tan- to el tiempo como el espacio del sujeto, más específicamen- te, un remedio-significante. Éste no es cualquiera y produ- ce irremediablemente sus propios males. Hay un riesgo de exposición y de escritura: la dispersión. Ante el imperio del Uno, del fascismo del lenguaje, una res- puesta política de la lengua podría ser la que concibió Roland Barthes, una poética de la digresión, una literatu.ra_de ftag- mento, Sin embargo, es necesario, para quien avanza en una interrogación, abstenerse de la tentación de la multiplicidad de vías posibles que se le van abriendo a cada paso. En todo caso, mi propósito, o mi apuesta, es que estas vías, si se mul-

57

CI.AI JJ)i() (;!.MIMAN

tiplican, tal como sucede inevitablemente en un análisis o en su exposición, en un punto imprevisible, se crucen o anuden. Hacia ese horizonte-punto-encrucijada nos dirigimos.

Las traducciones son traiciones pero que las hay y las ¡ay!

En el capítulo donde Lacan inventa e interroga lo que de hecho es un significante nuevo en el psicoanálisis, elpunto de almohadillado, toma como base de su análisis el acto prime- ro del oema trágico de Racine Atalía su última tragedia. Es necesario advertir al lector acerca de la traducción de Paidós donde aparecen los fragmentos del poema trágico de los que se sirve Lacan: es imposible seguir su lectura. En po- cas palabras, digamos que si hemos trabajado el punto de al- mohadillado en el texto ejemplar de Atalía, con la traducción- versión de Paidós, es entendible que nos resulte inentendi- ble. Es una dificultad de valor agregado para el psicoanahs- ta de lengua castellana que pretende adentrarse en el tex- to de Lacan, ya por sí de entrada dificil. Si recordamos que el ejemplo es la cosa misma, esta vez la cosa se nos vuelve más opaca e inaccesible por las dificultades de traducción. Estas dificultades se agudizan cuando se trata de un poema, lo cual lleva la dificultad al límite de lo intraducible. Existe una traducción del acto primero de la tragedia en

las Notas de la Escuela Freudiana de la Argentina. 1 Con sus

defectos, incluso con la ironía de sus errores de puntuación en un texto sobre el punto y la puntuación, es más respe- tuosa del texto trágico, y, por lo tanto, más legible y aprove- chable para nuestro análisis. Utilizaremos también, frente a esta dificultad, una versión de Atalía de la colección Austral de Espasa-Calpe realizada por M. Pérez Ferrero y R. Santos Torroella. Esta versión en prosa - se recordará que se trata de un poema trágico- nos aportará al menos algunos deta- lles que nos serán de importancia.

2

l.

Racine, J., Atalía, Acto primero. Notas de La Escuela Freudiana de La Argentina, N" 3, Helguero, Buenos Aires, 1979.

2.

Racinc, J., Athalia, Espasa-Calpe, Buenos Aires, 1948.

58

¡.;,AlTO ""' ATAJ.II\ V ~:L I'I IN' I'O 111•: AI.MOIIAilii.I.Ail()

Hornos utilizado además la edición francesa de Larousse romo texto testigo. 3

Atalía y la amenaza de devastación

Quisiera circunscribirme al Acto primero y al comenta- rio que Lacan realiza de la tragedia de Atalía, pero deberé relatar algunos otros episodios del drama para contextua-

lizarlo, no para darle sentidos pero sí para volverlo legible, inteligible, ya que es también cuestión de método analíti-

co

do. Enfatizo el término conjunto y no totalidad porque por más exhaustivo que sea el análisis de un texto o de un dis- curso, éste siempre es seccionado, recortado en la serie sig- nificante o literal decidida en el trabajo de lectura e inter- pretación. Se decide por un conjunto articulado que nunca es todo. Ya hemos dicho que también los textos están aguj~­ reados, aunque no lo parezcan. Lacan se dirige a un público al que supone familiarizado con esta historia trágica. Racine, el autor, no supone que sus lectores conozcan el episodio bíblico sobre el que basó su tex- to. Por eso, cuando publicó la tragedia se encargó de introdu- cir a los futuros espectadores en su contexto bíblico. En el capítulo anterior habíamos propuesto que "El punto de almohadillado" no sólo describe y define sino ue efectúa esa misma función ma el seminario. Lo que está antes apunta hacia él y lo que viene después son las conse- cuencias de ese punto de giro: primero el lugar y la función que tiene en la estructura significante, luego sus consecuen- cias para la constitución del sujeto que es sujeto de un sig- nificante en particular. Michel De Certeau llamaba a este modo freudiano de ope- rar, "práctica teórica". Tomó como ejemplo al mismo Freud

cuando en el Moisés y la religión monoteísta, entre doctas

citas bíblicas y de historia de las religiones, de pronto intro- duce en la argumentación un poema. Evoca a Schiller, "Lo

que

ese fragmento se inscriba en un conjunto articula-

3. Racine, J.,Athalie, Larousse, París, 1964.

CLAUDIO GLASMAN

que se ha hundido en este mundo permanecerá eternamen- te en el poema", para mostrar en acto, mediante esta cita, la pérdida de la referencia en y por la palabra poética. Las cosas del mundo, el sujeto,,se suben a la escena tex- tual. Pero no se suben del todo, y esto se vuelve particular- mente cierto cuando el sexo llega al saber-significante y algo irreductiblemente se pierde en ese pasaje y no pasa al saber. Anticipamos de este modo lo que va a decir en años poste- riores, donde el mundo se sube sobre la escena. Allí donde el significante en su función estructurante no lo recubre tacto.¡f es donde se descubren los especÉ:os para cubrir, poblar de imágenes, lo que realmente s; ha perdido. En el capítulo donde comenta Atalía no habla de puros significantes, sino de una "cadena pura de significantes". Reitera aquí el carácter no aislable del significante. Éste forma cadenas.

Me ocupé de otros ejemplos en los cuales reencontramos al significante en su función pacificante, de atenuación ante lo que aparece como pánico, terror, confuso o difuso. Lo ex-

cesivo inconmensurable se presentará en AtqlíC!

como

el t~

rror ante el furor. Lo que se anuncia como amenaza de de- vastaciÓn proviene de una mirada furiosa. El furor, la furia, son nombres de la hybris, del exceso, de lo desmedido, de lo innumerable. En el texto de Racine la inminencia de la de- vastación no proviene de un significante nuevo sino por el contrario de lo que entra en tensión dramática con él. Eso- Otro-amorfo-innumerable-furioso-femenino será, en la trage- dia, eso, a lo que este significante permite proporcionar me- dida y freno. En la lectura de la obra no hay ninguna duda de que se trata del furor vengativo de una reina, de una ma-

dre, de una abuela y de los dioses, Baal, para llamarlos por su nombre bíblico, en nombre de los que ella actúa. Sin em- bargo, Lacan no toma en cuenta, al menos de un modo explí- cito, este costado femenino-materno del furor, se ocupa sólo del terror de los dioses. Pero es tan relevante este costado del texto, que considero que deberíamos tomar nota de esa mirada furiosa, presencia de un goce femenino, y de los te- rrores que provoca. No podemos ni debemos dejar de anotar aquí en esa amenaza de peligros innumerables, incontables,

60

1•:1. AG r o "' ': A'I'ALIA Y~;,, l'UN'I' O o~: ALMOI!AOILLAJ ><>

In presencia desmedida de un Goce Otro. El punto de almo- hadillado tiende a poner medida en lo desmedido, límite a lo ilimitado, sea el temor de Dios o el temor a la castración. Son puntos-límite.• Nos estamos acercando al punto no sólo de las consecuen- cias de la existencia del significante en el mundo sino de las g\retendría la aparición de un significante nuevo. Este últi- mo, en el capítulo "El punto de almohadillado" y a partir del análisis de la tragedia, muestra de un modo dramático y con- tundente que no sólo no tiene un efecto devastador sino que, por el contrario, es lo que evita el pánico y permite pasar al acto. Porque Atalía, la reina, tiene rodeado el templo con un innumerable ejército mercenario, mientras que a éste lo de- fiende sólo un número pequeño de levitas, sacerdotes que la única sangre que saben derramar es sangre de inocentes ca- britos en acotados ritos sacrificiales. El término devastador en la tragedia está con todas las letras puesto del lado de la furia de la rema-madie. LO unico que evita el pánico, el te- rror, la desbandada, es la apanciÓn de un significante nue- vo transformándolos en un verdadero coraje. Y esto a cansé=" cuencia de la puesta en función escénica pero también histó- rica de un nuevo, tan absolutamente nuevo como puro signi- ficante, Uno. Las consecuencias de esa sorprendente irrup- ción trascienden el marco de la tragedia y llegan hasta noso- tros. Ya gue todavía vivimos, y deseamos y sufrimos, bajo el orden im uesto orla tradición instaurada or ese Uno-si - nificante. Es en lo que no cesó e msistir Lacan a lo largo de su enseñanza. A menos que la época y el mundo contemporá- neos ya sean otros de los que Lacan vivió y enseñó, lo que no es del todo seguro, en este punto las cosas no habrán cambia- do para nosotros. Mi conjetura es que las consecuencias de la ~ariciónde un término nuevo no podrlan ser devastadoras;" sino que, por el contrario, aportarían a la constitución de un unto basal, si se lile per@te la expresión, que impide la de- yastación del edificio estructural del sujeto. Y esto tiene una enorme importancia, si pasamos de la escena trágica, literaria o histórica, a la dimensión trágica de la escena analítica. En Juanito, lo que irrumpe corno devastador no es la apa- rición de un significante nuevo, es la irrupción de ciertos ele-

Cr.AlJI)I() (;I.MIMI\N

mentas inasimilables de lo real como son el goce anómalo de una parte del cuerpo o la llegada de la pequeña intrusa. Las reglas del mundo que hasta ese momento dominaban para él, estallan. Es que ese goce hace estallar la pantalla, se pro- duce una caída de la escena del Otro porque eso real no tie-

se cae de

ese Otro. Ese momento de máxima angustia es el de la caída del Otro. Es necesario preservar esta ambigüedad. Esta caí- aa del Otro, ¿qué implica? ¿Una caída del sujeto o una caída del Otro? Posiblemente ambas cosas a la vez. Verdadero pa- saje al acto constituyente del sujeto. Una caída co-destitu- yente. Un tiempo segundo, fantasmáticamente terrible, pero menos terrible, es el de ese Otro cuando se levanta furioso, insatisfecho e insaciable y se abalanza con sus fauces abier- tas sobre el cuerpo del sujeto. En todo caso es preferible el temor a s r e do e no ser nada para el Otro. El término nuevo es aquel que viene a reor enar el mundo. Es~significante fóbico, el que viene a apuntalar, a puntuar de nuevo la textura del mundo. Retoma, dice Lacan, la pregunta del sujeto, que incumbe a su ser, su sexo, su existencia.

ne lugar en su mundo de engaños imaginarios y

En capítulos anteriores había anticipado la posibilidad de que un significante nuevo, no especifica todavía cual, po- dría suponer en el orden de la cultura, la sociedad, la apa- rición de una nueva religión. No dice nada más. Incluso pa- rece decir que en todo caso esa cuestión no sería de nuestra incumbencia. Recién en "El punto de almohadillado", unas cien páginas después, explicita de cuál significante se trata, de qué tradición religiosa y del modo en que estamos afec- tados por ella. Es a partir de allí que es posible un acto, incluso parado-

jalmente en el nombre de mor de Dios".

,

para nombrarlo casi todo, "el te-

Algunas observaciones sobre tragedia y psicoanálisis

Nosotros nos encontramos interrogando los espectros del padre en textos, comentarios, interpretaciones de Ata-

lía, Edipo en Colana, en la trilogía de Claudel, Edipo Rey,

62

J•:1. i\1 "1'0 111•: J\'rALII\ Y 1<.:1. l'l!NTO DE ALMOHAIJILLADO

Antigona, Hamlet. Estas son, al menos hasta aquí, algunas

de las más importantes tragedias del psicoanálisis. Lacan

a Juanito poeta trágico. Lo dijimos 1 hay una dimen :

llama

sión trágica de la ex.periencia analítica. Existe una rela- ción que no es exterior, cita culta o erudita entre psicoaná- lisis y tragedia. El lazo es interno y orgánico. En el capítu-

lo de La interpretación de los sueños sobre los sueños típi-

cos, Freud incluye los sueños de muerte de personas que- ridas. Allí, comentando Edipo Rey, compara el arte trágico de demorar la revelación de la identidad del héroe con la verdad en demora, ese suspenso que sostenemos también con nuestro arte abstinente de no satisfacer ni rechazar la demanda de saber, de identidad, de ser, en la doble pers- pectiva de un "horizonte de no respuesta" por ser al mismo tiempo un "horizonte deshabitado del ser". Hay una rela- ción entre esta demora, una letra en espera, el diferimien- to, el arte de suspender el juicio o la decisión, que acercan el escenario trágico, la escena del sueño y el acto analítico El hilo del deseo atraviesa las tres escenas. Ese tiempo en suspenso es el tiempo-rodeo necesario para el advenimien- to de la palabra-deseo, de la efectuación del acto y del su- jeto que es su consecuencia paradójica. Es el tiempo nece- sario para la creación de las condiciones para la consuma- ción del acto. Resulta notable que a propósito de esos sue- ños típicos introduzca las tragedias de Edipo, el ue actúa sm saber, y e am e que sa e, pero no actúa. Inversamente, en las tragedias son decisivos los sueños. Hay creencia y fe en la palabra soñada en el texto trágico. En el mundo trágico los personajes creen en la verdad que los sueños enigmáticamente transmiten, cosa que en otros discursos no sucede y que por esta vía crea otro cruce entre

psicoanálisis y tragedia. En Mito y tragedia en la Grecia an-

tigua, 4 Vernant dedica un capítulo, "Ambigüedad e inversión. Sobre la estructura enigmática de Edipo Rey", a la singu- laridad de la palabra trágica. Allí muestra cómo los héroes trágicos no son unívocos, no son seres de una sola cara, son controvertidos, en conflicto interior, ambiguos, verdaderas

4. Vernant, J.-P., Mito y tragedia en la Grecia antigua, t. 1, Paidós, Bar-

celona, 2002.

63

ÜLAlJl)l() 0LAHMAN

paradojas encarnadas o pers9nificadas. Y las palabras que utilizan en los diálogos suelen ser tan ambiguas como ellos mismos, al punto de variar en forma antitética su valor. Di- chas por uno o escuchadas por otro, dicen lo contrario. Este punto permite también establecer respecto de la ambigüe- dad y la contradicción cruces de escenas o discursos. Por la ambigüedad de la palabra, es posible que el personaje trá- gico diga algo y no sepa lo que dice, pero que los que escu- chan, el público o el coro, escuchen la otra cara de la pala- bra. Por la misma palabra saben algo que el que la profiere ignora. La ambigüedad dicha divide al sujeto en su desdi- cha. Esta ambigüedad crea las condiciones de lo que se ha llamado ironía trágica. Aquí se anudan ambigüedad y enig- ma. Es una de las vías de la ironía trágica. No es fácil, en· latragedia de Racine, encontrar esta ironía trágica. Pero, como veremos más adelante, hay también ironía en la esce- na racineana. Tanto en Edipo Rey como en Atalía hay men- ción a los sueños y sus consecuencias. En la primera, Yocas- ta le dice a Edipo que renuncie a la búsqueda de quién es el asesino, que todos los hombres siempre han tenido sue- ños incestuosos pero que son sólo sueños, no hay que hacer- les caso. Freud comenta que nosotros los psicoanalistas ja- más podríamos estar de acuerdo con esta posición, y que a esos sueños hay que tomárselos en serio, que tienen conse- cuencias, y que son dignos de interpretación. En Atalía, la reina tiene un sueño que la transforma, que la trastorna, y el execrable sacerdote de Baal, Natam, le dice que una rei- na poderosa como ella no puede sentir temor por un mero niño de sueños. Pero Atalía cree en el anuncio del sueño. Ese sueño y sus efectos sobre la reina tienen consecuencias de- cisivas en el desarrollo del drama. Entonces, si bien la vida no es sueño, un sueño no es solamente un sueño, afecta la vida del sujeto, es ecialmente si hay otro ue está dispues- to a escuchar o leer lo que ahí se Ice y escribe.

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1•:1 , A<•I'O m: A'rAl.lA Y EL PUNTO m: ALMOHADILLADO

Hobre el comentario del acto primerq cuestión

El

punto en

Comienza Lacan el capítulo situando la función activa, creadora, del significante.

El significante no sólo da la envoltura, el recipiente de \ f la significación, la polariza, la estructura, la instala en la existencia. 5

El significante no da envoltura a algo que preexiste. En Lodo_caso, la envoltura formal del significante instaura lo que antes no estaba. En este sentido pensamos la performativi- dad significante, su acción. De este modo leemos la llamada envoltura formal del síntoma.

f

Sin un conocimiento exacto del orden propio del significan- te y de sus propiedades, es imposible comprender cualquier cosa, no digo de la psicología -en cierta manera basta limi- tarla- sino ciertamente de la experiencia psicoanalítica.

Toma el esquema de Saussure de los dos flujos:

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Recordemos que en el nivel superior Saussure ubica el Uujo del significado, en tanto se diferencia del flujo signifi- cante. Tendríamos arriba el significado y abajo el significan- Le. Por fuera de esta relación y de este esquema nos queda

5. Lacan, J., El seminario, libro 3. Las psicosis, Paidós, Barcelona, 1984. De aquí en adelante y sólo en este capítulo, las citas sin la referencia al pie corresponden a la clase 21 de este seminario.

65

CLAUU!O GLA.':iMAN

el referente, "las cosas del mundo". De la línea del significa- do comenta Lacan que es una masa amorfa y agrega:

Por nuestra parte, lo llamaremos provisoriamente la masa sentimental de la corriente del discurso, masa confu-

sa donde aparecen unidades, islotes, una imagen, un objeto,

un sentimiento, un grito, un llamado. Es un continuo [

]

Nuevamente nos encontramos con el término "confusa". Reencontramos un punto fundamental sobre el que opera la acción del significante cuya intervención viene a reorde- nar cierta cosa confusa, pánica. Recordemos que cuando he- mos mencionado el pánico, éste aparece asociado a lo confu- so. La relación es tan íntima que llega a formar el sintagma c;;;;¡usión pánica. Otro término que localizamos en esta fra- se: "es un contin;o". El pánico, lo confuso y lo continuo que- dan del lado de la masa amorfa del significado. Es respecto de este continuo que la función significante se realza intro-

duciendo una discontinuidad.

un continuo, mientras que por debajo, el significante

está ahí como la pura cadena del discurso, sucesión de pa-

labras, donde nada es aislable.

[ ]Es

Es importante remarcar, en contrapunto al término "con- tinuo", los términos "cadena" y "sucesión", ya que hacen del significante un elemento no aislable. LOs significantes se presentan encadenados, haciendo lazos enlazados . Que ha- gan lazo es decisivo. Es esta metáfora del lazo la que Freud

~ en su morfología de la masa., Esa es la estr~

ue construye en Psicolog í a de las masas

análisis del yo

Esta es una r enc1a que se puede leer entre líneas en el comentario de Atalía. El sujeto es un sujeto que está doble- mente enlazado, atado, al o§jeto que ocupa el lugar del Ideai 5kJ. Yo y a los otros yo. Lacan se pregunta por dónde podríamos trabajar este pro- blema.Pasa por Hamlet, dejándolo para más adelante, y toma lo que tiene a mano, porque es francófono,Atalía . Dedica una página entera para mostrar la ambigüedad del primer pá-

66

1•;1. At:I' O m ; ArALIA Y ~;L P U NTO DE ALM O HADILLADO

rrafo en el que Abner, el General, viniendo del templo donde está el Sumo Sacerdote, de un modo muy ambiguo dice:

Sí, vengo a su templo a adorar al Eterno.

Este comienzo abrupto es enigmático. Ha provocado diver- sas interpretaciones. Como si el diálogo viniera de antes. Una continuación de no se sabe qué. Del mismo modo, la tragedia tiene un final abierto. Pero no tan oscuro para los que cono- cen la historia bíblica. Hasta podría parecer un buen final. El peligro ha desaparecido. Pero no es así del todo. La ame- naza del principio se transforma en un deseo, que es tam- bién profecía e ironía final. Así, la tragedia transcurre en el medio de escenas supuestamente anteriores pero también de una historia que continuará. En el texto bíblico que Ra- cine supone sabido, dice que esta historia continuó de una manera no menos trágica por no decir horrorosa. Son ambi- guos el comienzo y el final porque la palabra ambigua .for- ma parte necesaria de la puesta en escena trágica. Lacan anuda su punto de almohadillado al apres-coup freudiano. Habría que esperar al final de la frase. Si nos que- damos en el "sí", podría ser un "no" o un "sí, pero", un "qui- zás" como todo "sí". Terminada la frase, parecería que "Sí, vengo a su templo a adorar el Eterno" nos tranquilizara res- pecto de su sentido; eso sería el apres-coup. La última pala- bra daría sentido a la primera. Ahora sabríamos a qué vie- ne, a adorar al Eterno. Pero no es del todo así. El Sacerdo- te no está tranquilo después de que el general Abner dijo a qué venía. El lector no está seguro. El conjunto del enuncia- do no agota el enigma de la enunciación.

- ¿Pero qué sucede en la escena que estamos tratando de analizar? Viene un general de Atalía. Ella, la extranjera, es una reina que no es hebrea ni creyente en el Dios de los ju- díos. Pero es la reina de Judea e Israel legitimada por ma- trimonio, y viene al templo que es el lugar sagrado donde se conserva el arca, la ley. Viene al templo de David donde sos- pecha que hay algo escondido que podría ser el tesoro de Da- vid, es decir oro pero también algo más. El General, Abner, es el general del rey. Por lo tanto, si Atalía es la reina, él es

67

CLAUDIO Üt.A';MAN

el general de la reina. Pero no es tan simple, el General tie- ne dos amos, ya que al mismo tiempo reconoce como su au- toridad sagrada a Joad, el Sumo Sacerdote. En esta tragedia, trono y altar están en conflicto. El tro- no personificado por Atalía y el altar por Joad. A este envia- do, doble enviado que va y viene de la Otra al Uno, del Uno a la Otra, llevando mensajes, Lacan lo llama doble agente, co- laboracionista. Muy francés, en sus des-calificativos. Incluso los significantes que usa para hablar de la escena -"quiere pasar a la Resistencia"- son de la historia reciente de Fran- cia. Hace una lectura muy actual de la tragedia porque uti- liza significantes de la ocupación nazi. Así planteado, pare- cería ser que se trata del reino de Judá ocupado por una ex- tranjera. Pero no es tan así, porque Atalía se había casado con un rey de Judá. Siendo extranjera, no había ocupado por la fuerza el reino sino por una alianza matrimonial. Pero volvamos, no se sabe con qué intenciones viene Ab- ner al templo. Es el general de la reina el que viene a decla- rar su fe y a renovar su pacto con Dios y con su ley. Recorde- mos que Atalía vive al amparo de los Dioses. Baal, a quien le ha erigido un templo, es nombre de Dioses.

Sí, vengo a su templo a adorar al Eterno, Vengo, según el uso antiguo y solemne, A celebrar la famosa jornada En que en el Monte Sinaí la ley nos fue dada.

El coro repite, a lo largo de la obra, que lo que se recuer- da es el don de la ley pura . En ese día, en el templo, se con- memora el momento en el que Dios le entrega la ley a Moi- sés. Se va a celebrar el don de la ley:

Gracias Dios por habernos dado la ley pura, la ley santa. 6

Se trata del don de la ley. Según repite el coro, lo más grande que Dios le habría dado al hombre es la ley pura, la ley santa.

6. Racine, J ., Athalia, op. cit.

68

1•:1. A<

"l'O

m: ATAL!A Y EL PUN1'0 DE ALMOHADILLADO

T,ncan ubica este diálogo inaugural entre Abner y Joad on el registro de la significación, que en este momento de su 11nseñanza se equipara al de lo imaginario, y prosigue:

Y, luego de haber sido dejado en suspenso el Eterno, no se hablará nunca más de él hasta el final de la pieza. Se evocan recuerdos, eran los buenos tiempos, en multitud el pueblo

santo inundaba los pórticos, pero en fin, las cosas han cam- biado mucho, adoradores celosos apenas unos pocos.

Lacan no se ocupa de un fragmento que otros lectores-críti- cos de la tragedia han remarcado y que me interesaría desta- car porque está ligado a lo que al psicoanálisis le interesa.

Eran otros tiempos. La audacia de una mujer, despidien- do esa afluencia de la multitud, convirtió esos bellos días en días tenebrosos. 7

convirtió esos bellos días en días tene-

brosos". Estamos ante lo que se llama en retórica un quias- mo. La segunda proposición gira alrededor del término día Y"ii.rando sobre este punto se pasa de lo bello a lo tenebro:

Ho. Hay un giro, una inversión que no es simétrica. Aquí nos -lropezamos con obstáculos-problemas de traducción. La ver- Hión de la Escuela Freudiana dice:

Remarquemos:"[

]

Un pequeño número, apenas, de adoradores Osa volver a darnos alguna sombra de los primeros /tiempos. 8

Y como por arte de magia del traductor, el quiasmo con su giro han desaparecido. Como también notará el lector, además del quiasmo, el tra- ductor eliminó la palabra"celosos" que para Lacan es un térmi- no fundamental en su interpretación. En otra de las traduccio- nes queda "celosos" pero desaparece "adoradores". Cuando lo que está en juego para nuestro análisis es del sintagma"adora-

'f .

Racine, J.,Athalie, op. cit. (la traducción es nuestra).

H. Racine, J.,Atalía, Acto primero, op. cit.

69

CI.AliiJIO (; I.AHMAN

dores celosos". Como ya lo hemos dicho, no se traLu de un exce-

so de celo, sino de mostrar la relación entre traducción, comen-

tario e interpretación. Cuando se pierden los significantes, sea en el pasaje de lenguas de una traducción o en el relato de un análisis, lo que queda es, en resumidas cuentas, el sentido, la significación. Omitidos, elididos los significantes, tanto la lec-

tura como la interpretación analítica quedan imposibilitadas porque con los significantes se pierden tanto la estructura en la que éstos se articulan como el sujeto que implican. Lacan hace un pequeño rastreo etimológico del término

"celo". Le sirve este ejercicio filológico porque relaciona celo

a emulación, rivalidad, imitación. Y con celo se reflejan los personajes en el espejo. Dice la versión castellana en el seminario III:

Tiemblo porque Atalía, para no ocultaros nada, Haciéndoos arrancar a vos mismo del altar No logre en fin sobre vos venganzas funestas, Y de un respeto forzado despoje los restos.

Desde el punto de vista de la significación, incluso de lo que llamamos comprensión de texto, éste es incomprensible. Podría ser que Atalía no le oculta nada a Joad y no es así. Abner es el que dice: "Para no ocultaros nada". Es más legi- ble en la traducción de la Escuela Freudiana:

Para no ocultaros nada, tiemblo que Atalía, Al arrancaros a vos mismo del altar, No concrete al fin sobre vos sus cruentas venganzas. 9

En la traducción de Espasa-Calpe, el segundo "no" des-

aparece. "(no) concrete al fin

ción es una afirmación:

" Es que en verdad esta nega-

Para no ocultaros nada, temo que Atalía, al arrancaros a vos mismo del altar, concluya sobre vos su funesta vengan- za y con insincero respeto despoje cuanto quede. 10

9. Racine, J., Atalía, Acto primero, op. cit.

10. Racine, J., Athalia, op. cit.

70

EL ACTO !)lo; A ·I'AI.IA Y EL PUNTO DE ALMOHADILLADO

Lo que el General dice temer es que Atalía concrete so- bre el Sacerdote sus venganzas funestas. Hay, como se verá en más de una oportunidad, problemas de traducción que dificultan el análisis del ejemplo. Como el lector apreciará, en este párrafo aparece el término "temo" en lugar de "tiem- blo''. En el texto francés están los dos. La distinción vale por- que, para Lacan, con el temblo ntra en escena el temor. El enera e 1ce a acerdote: 'j)emblo por vos" porque la ha visto a Atalía dirigir miradas furiosas sobre el templo. La- can dice:

Ahí, vemos surgir una palabra que tiene mucha impor- tancia: tiemblo. Es etimológicamente la misma palabra que temer, y el temor va a aparecer.

Es muy importante destacar que con el significante "tiem- blo'' aparece el temor. Es congruente con su insistencia de cómo el si ificante introduce, crea, el temor. El significan- te temblor instaura e emor. ¿ ué tiene que ver aquella paz 1 f del atardecer con este temor? ¿Sería una contradicción pos- tular que hay un temor que pacifica? ¿Acaso es un oxímo- ron "temor pacificante"? Esta paradoja no es ajena a la fun- ción del significante del Nombre-del-Padre. Para Lacan, toda esta parte del diálogo se desarrolla en lo que él llama la "masa amorfa de la significación". Este diá- logo intersubjetiva, especular, se mantiene dentro del pla- no imaginario de la significación. Es un intercambio afecta- do de sospechas. Cada uno sospecha del otro. El otro algo se guarda, algo no dice. Respecto de la intención, ¿a qué viene? El otro, ¿qué guarda? ¿Qué esconde? Joad le dice al Sacer- dote que Dios hace mucho que ha callado, que no muestra sus milagros. En cambio Atalía ha demostrado en la gue- rra que es una poderosa triunfadora. Hay una tensión dra- mática entre Atalía y Joad, entre los Dioses de ella (Baal) y su Dios. Lacan comenta que no se sabe si es una adver- tencia, un consejo, un consejo prudente o incluso eso que se llama sabiduría. Su comentario apunta a la ambigüe- dad de lo que sería, en términos de Austin, la fuerza ilocu- toria del discurso de Abner. Estamos en el terreno de lapa-

CLAUDIO GLASMAN

labra y de la acción. Cuando Abner habla, ¿le da un conse- jo, realiza una advertencia, le arroja una amenaza o le pro- porciona sabiduría? El diálogo continúa en el plano de la adulación y del jue- go significativo. Cuando habla del chivo emisario, dice:

El chivo emisario está ahí muy convenientemente como para seguir siendo el cebo.

Está anticipando que Abner, el General, se va a transfor- mar en un chivo emisario, que va a ser el cebo viviente sin saberlo de una trampa que el Sacerdote, que sabe un poco más, le va a tender a Atalía, que se presenta como alguien que tampoco sabe. Prosigue Lacan:

No sabemos todavía adónde quiere llegar, salvo que [dice el General]:

"Creedme, cuanto más pienso en ello, menos dudo Que sobre vos su furia no está dispuesta a estallar."

A ese último "no" también p!Odríamos sacarlo, y siguien- do el texto reconocemos la ambigüedad del no. Nuevamen- te una afirmación que parece negar, hay algunos no que son s(, y el texto quedaría así:

Creedme, cuanto más pienso en ello, menos dudo Que sobre vos su furia está dispuesta a estallar.

La observaba ayer y veía sus ojos lanzar sobre el santo lugar miradas furiosas.

Lo dijimos, hay uno que sabe más que el otro. ¿Qué es lo que sabe Joad, el gran sacerdote? Según nos cuenta Lacan, sabe que en el templo hay escondido un Eliacin. Sabe que hay gato encerrado. Pero, nos preguntamos, ¿qué es un Eliacin? ¿Es quizás un Dios?, ¿un objeto sagrado? ¿Un Eliacin será acaso otro nombre de Dios como un Elohim? Parecen rimar, pero no todo lo que rima es nombre de Dios. Son preguntas

72

EL A( : I'O Dt : A TAL.tA Y EL PUNTO DE ALMOHADILLADO

udmisibles para un lector hispano, profano e ignorante tan- to del texto hebreo como de ésta, la última tragedia de Raci- ne. Es que Racine, poeta trágico, se permite recrear el texto bíblico, inventar nombres, darles a los personajes bíblicos la palabra y la acción en la escena trágica. Y esto Lacan no lo cuenta, lo cual obliga al lector a leer la tragedia y la Biblia. Para Joas, el futuro niño-rey, que es un personaje y un nombre bíblico, le inventa un nombre trágico. Eliacin es el nombre de un niño que el Sumo Sacerdote ha adoptado, pro- tegido y educado en secreto y que es el último descendien- te de la estirpe de David. Lo ha preparado, sin que el mis- mo niño lo sepa, para ser el futuro rey de los judíos. Es el último, la última gota de sangre que Atalía, por un descui- do, por un error, no mató, no exterminó. Atalía es una ex- terminadora fallida, pero también será una víctima sacrifi- cada. El Dios de los judíos, por boca del sacerdote, también llama al exterminio. Es una tragedia de una violencia tremenda a dos pun- tas. No se podría decidir fácilmente quiénes son los buenos y quiénes los malos. No es tan sencillo porque los persona- jes, como en la tragedia antigua, no son simples, son al me- nos dobles. Incluso quien es más doble y equívoca es Atalía, aun más que Joad, que parece permanecer siempre idénti- co a sí mismo. Entonces, un Eliacin quiere decir simplemen- t e: Un niño huérfano llamado Eliacin al que en un momento determinado del drama se le dirá que es Joas, el rey de los judíos, cosa que él no sabía. Joad resguarda un niño, el úl- timo heredero de David, a quien proyecta coronar próximo re y. Más adelante, Lacan dirá que es el hijo del Sacerdote. Sin embargo, su importancia en la obra se debe a que no es el hijo del Sacerdote. Es hijo del hijo de Atalía, es decir su nieto. Pero no hay que ponerse aquí demasiado tiernos, por- que ella mató a toda su descendencia e intentó matarlo a Joas ya que no sólo es su nieto sino también un descendien- te de David. Por sus pequeñas venas corre doble sangre, no tiene sangre pura. En todo caso es un hijo adoptado. El mi H mo niño no sabe quién es, no sabe de quién es hijo. Sa~ q111 • fue abandonado y adoptado por el Sacerdote y su mujPr. No sabe que bajo el nombre de Eliacin lo espera Joas, futuro r·n

ti

CLA!JJ)JO GLA '-;MAN

y último sobreviviente de la estirpe de David. Ht•d(•n ('fi el momento en que lo coronan rey le revelan el nombre verda- dero, le dicen quién es. Por eso Lacan cita a Abner:

Ella se equivocó, dice más tarde, vale decir -¿Falló ella en una parte de la masacre?

Deténgase nuestro lector en esta pregunta terrible que gol- pea hasta nosotros. ¿Cuál fue el error? Como decían por acá, en una época no tan lejana, ¿no matar a todos? Pues sí, otra vez, una vez más, la solución final falló. Ese fue el error. Al último sobreviviente, herido y agonizante, lo dio por muerto. Ese fue el error deAtalía, creer que estaba muerto. Digámos- lo en nuestros términos: él no estaba muerto y no lo sabía. Él, Joas, el pequeño heredero, no lo sabía; ella, su abuela asesi- na, tampoco. No lo sabían. Es más espantoso todavía porque además el niño, Joas, era su nieto, su descendiente. Hay algo aquí que recuerda a Medea. Esta Reina-Madre venga en sus

descendientes la muerte de sus ascendientes.

Para Lacan, un tanto irónicamente, Abner es atraído por carne fresca, por sed de sangre. A continuación practica el método freudiano de recorrer hacia atrás este trayecto del texto y anotar la serie de los significantes que intervinieron en el diálogo:

Pero esto sólo es así con una única condición: que se per- caten ustedes del papel del significante. Si se percatan, ve- rán que hay cierto número de palabras claves subyacentes al discurso de los dos personajes, y que en parte se recubren. Está la palabra temblar, la palabra temer, la palabra exter- minación. Temblar y temer son primero empleadas por Ab- ner, que nos lleva al punto que acabo de indicar, es decir al momento en que Joad verdaderamente toma la palabra.

]

es decir al momento en que Joad toma verdaderamente la palabra". Es que hay aquí una cuestión crucial. Porque ese

punto del que se trata, es el mismo del momento en el que el personaje toma la palabra. Anotemos pues esta coinci-

Remarco el final del párrafo:"[ .] nos lleva al punto [

74

l~r.AC'l'O m; NPALIA Y EL PUNTO DE ALMüli.ADILLAUO

dencia: el punto en cuestión y el hecho decisivo de tomar la palabra que al sujeto lo constituye en cuanto tal. Es el mo- mento en que le cambia el peso de sentido a la misma pala- bra "temo". Primero, entonces, "temblar" y "temer" las em- plea Abner cuando dice: "Temo por vos, tiemblo". Aislemos el final del párrafo:

Temblar y temer son primero empleadas por Abner, que nos lleva al punto que acabo de indicar, es decir al momen- to en que Joad verdaderamente toma la palabra.

Lacan le da mucha importancia al acto de tomar la pala-·· bra, porque si alguien es sujeto, habrá sido sujeto de la pala-\ J bra tomada. Vale aquí sostener la ambigüedad entre el que 1f. toma la palabra y el que es tomado por ella. Joad, el Sacer- dote, respecto del "tiemblo", de la amenaza, de la intimida- ción, responde:

Quien pone un freno al furor del mar, Sabe también detener de los malvados los complots. Sometido con respeto a su santa voluntad, Temo a Dios, estimado Abner, y no tengo ningún otro temor.

En la traducción de Paidós dice:

Temo a Dios, decís

nunca dijo eso [

]

Le responde, mientras que Abner

Confusa es en este punto la versión-Paidós, y este punto así oscurecido es justamente el punto crucial de la lectura de Lacan, el punto de almohadillado. Las cosas son un poco diferentes en el texto francés. Al

traductor y a los editores se les escapó un pequeño detalle. Primero, es Joad, el Sacerdote, quien, al responder, toma la palabra e introduce el punto "Temo a Dios, querido Abner. No tengo ningún otro temor". Eso lo dice el Sacerdote. Pero Racine se ocupó de poner su repetición entre comillas y ci-

". Pero esta se-

gunda vez es Joad nuevamente el que habla, citando a Ab-

tándolo a Abner, le dice: "'Temo a Dios', decís

CLAUDIO GLASMAN

ner, mientras que Abner, que nunca dijo eso, es tomado por dicha palabra. En la versión-Paidós desaparecen las comillas y con ellas el valor de cita, de repetición de lo que no había sido dicho, que tienen estas palabras en boca de Joad. Llegamos al punto crucial del texto, las palabras han

sido dos veces pronunciadas. "Temo a Dios

por Joad, pero la segunda es atribuida a Abner. Y de este modo se produce el pase de la palabra de uno al otro. De este modo tan extraño, Abner es tomado por el significante "temor de dios". Lo provoca Joad a Abner, diciéndole: "La fe que no actúa, ¿es una fe sincera?". Porque Abner viene como enviado de la reina proclamando su fe al Dios de Joad.

", las dos veces

Ya han pasado ocho años y una impía extranjera Usurpa todos los derechos del cetro de David. Se baña impunemente en la sangre de nuestros reyes, De los hijos de su hijo, detestable homicida. 11

Es decir, de sus nietos. Como decíamos más arriba, ella los mató a todos, a todos excepto a uno. Joad no dice, has- ta la escena en donde los hechos se desencadenan, que está vivo el último heredero de David, que es al mismo tiempo el nieto de Atalía.

Temo a Dios, decís su verdad me toca. Ved como ese Dios responde por mi boca.

Dice Joad, el Sacerdote:

¿Del celo de mi ley os sirve adornaros? ¿Pensáis honrarme con estériles votos? ¿Qué fruto me toca de todos vuestros sacrificios? La sangre de vuestros reyes clama y no es escuchada Romped, romped todo pacto con la impiedad. Del medio de mi pueblo exterminad los crímenes. Y vendréis entonces a inmolarme víctimas.

11 . Racine, J. , Atalía, Acto primero, op. cit.

l~L A(; I'O m: Ñl'AL.IA Y EL PUNTO DE ALMOHADLLLADO

Es tan notable como espantoso ver de qué manera se mez- clan en la escena trágica lo que es del orden del sacrificio ri- tual y lo que es del exceso, de la inmolación de víctimas hu- manas, masacre o exterminio. Se pasa, con cierta facilidad aterradora, de un lugar a otro. Esta conversación sucede so- bre un fondo de sangre. Comenta Lacan:

Y vemos aparecer aquí la palabra que señalé al comien-

zo, el celo[

bajo formas más o menos fijas en lugares apropiados.

.] No hay que creer que sean inocentes víctimas

En el mundo del escenario trágico sucede lo mismo que en la historia de los hombres: del derramamiento de sangre del sacrificio ritual ·a la masacre a secas hay un solo paso.

Cuando Abner hace notar que El Arca Santa está muda y ya no brinda mas oráculos, se le replica vivamente que:

"[

]

Y Dios siempre fiel en todas sus amenazas"

Deténgase el lector en lo que dice Joad de Jezabel, lama- dre de Atalía:

Cerca de ese campo Jezabel fatal inmolada, Bajo los pies de los caballos esa reina pisoteada, En su sangre inhumana los perros refrescados; Y de su cuerpo horrendo los miembros desgarrados;

Según la Biblia, Jehu, el que la mata en el nombre de Dios, ordena no enterrarla. Es castigada de este modo para que se la coman los perros, del mismo modo en que Crean- te castiga al hermano muerto enAntígona de Sófocles. Ata- lía tiene, en este punto, antecedentes antiguos tanto en la tradición hebrea como también en la tragedia griega. Nue- vamente nos encontramos con ritos de duelo no realiza- dos, de muertos y muertas insepultos. Lo cual quiere de- cir: no muertos según las leyes sagradas, ágrafas, no es- critas, como hombres. Una paradoja a tener en cuenta es

CLAUDIO GLASMAN

que Jezabel es condenada a quedar insepulta por orden y castigo divino.

El siguiente comentario de Lacan introduce el punto de- cisivo. El paso de registro. Y no es cualquier medio el utili- zado para darlo, la homonimia. Por sus consecuencias, es algo más que un ingenioso juego de palabras si se me permite la invención: la homonimia ho-

monimiza. Hay en Lacan una idea de homonimización. Por su

doble vía, a través de la homonimia, se hace posible el cambio

J

de registro, el pasaje de lo imagmano a o simbólico. La borra- aura del s1gno como reproducCIÓn de un objeto real. Por su paso homonimizante de huella borrada, se realiza la pérdida del re- ferente y la elevación del signo a la dignidad significante.

r

En suma, ¿cuál es aquí el papel del significante? Noso- tros los analistas no ignoramos que el miedo es algo especial- mente ambivalente; es también algo que nos empuja hacia adelante, que nos jala hacia atrás, es algo que hace de us- tedes un ser doble y que cuando lo expresan ante un perso- naje con el que quieren jugar a tener miedo juntos, los pone a cada instante en la postura del reflejo. Pero hay otra cosa, que tiene aire homónimo, el temor de Dios.

Es decisivo en este punto el uso de la homonimia. Para Lacan, el temor de Dios y el temor son términos casi homó- nimos. No tienen nada que ver, excepto por su relación sig- nificante. Si el temor de Dios es homónimo del temor a se- cas, es por una contingencia puramente significante en la que se produce la sustitución.

Para nada son lo mismo. Este es el significante, más bien rígido, que Joad saca del bolsillo en el momento preciso en que le advierten de un peligro.

Amenazado de una devastación furiosa, saca el signifitJ cante del bolsillo del Otro.

J•;t. ¡\( ' 1' 1) 1)1•: A·I ' AI.IA y

1•:1 . I'IIN'I'O l)J •: ALMOIJAI >II.I.AI )()

El temor de Dios es un término esencial en cierta línea de pensamiento religioso, que se equivocarían si creen sim- plemente que es la línea general. El temor de los dioses [ un sentimiento multiforme, confuso, de pánico.

]

Aquí vamos llegando a cierto momento culminante del tex- to; vemos el modo en que el analista aísla algunos significan- tes. En el capítulo anterior habíamos localizado la confusión pánica para hablar de cierta continuidad confusa. Acá lo usa como multiforme y casi aparece lo de masa amorfa, confusa del significado, en lo multiforme. Amorfo y multiforme se con- funden en el sujeto que es presa de la angustia pánica.

El temor de Dios al contrario, sobre el que se funda una tradición que se remonta a Salomón, es principio de una sa-

biduría[

]

Destaquemos que "es principio", porque después va a ex- plicitar que la tradición que allí se funda es la tradición ju- dea-cristiana, que es la nuestra. Y esto significa que bajo es- tos significantes se organizan las neurosis, las psicosis y las perversiones así como es posible la existencia de la práctica analítica. En todas ellas, de diferente manera, en esta épo- ca de progreso tecnológico científico, "Dios está más o me- nos velado en el asunto". Es necesario destacar que el psicoanálisis, surgido en cier- to momento del desarrollo de la ciencia y el capitalismo, tam- bién tiene por referencia la religión de un Dios que no ter- mina de morirse. Son estos significantes religiosos los que

nos interesan porque es la tradición en la que padecemos y

en la que analizamos. Es necesario volver a partir de ahí. El J

sujeto que demanda análisis es ante todo el sujeto de la re- ligión, de la creencia y de la fe.

-

fJ

El temor de Dios es un significante [

]

Así como "la paz del atardecer" es un significante, no son cuatro, "el temor de Dios" es otro significante que tampoco son tres, es uno.

CI.AUDJO ÜI.AHMAN

Fue necesario alguien que lo inventase y propusiese a

los hombres, como remedio a un mundo hecho de terrores

múltiples [

]

Nótese cómo retorna lo multiforme ahora como terrores múltiples. Encontramos cierta relación entre el pánico y el terror múltiple.

tener miedo a un ser que, después de todo, no puede ejer-

cer sus malos tratos más que por los males que están ahí, múltiplemente presentes, en la vida humana. Reemplazar los temores innumerables por el temor de un ser único que no tiene otro medio para manifestar su potencia salvo por lo que es temido tras esos innumerables temores, es fuerte.

[ ]

Es importante aquí destacar la idea de sustitución me- tafórica, porque el uno sustituyea lo innumerable, lo uno sustituye a lo múlbp~ Entonces, lo uno aquí es el comien- zo, el principio de una serie o secuencia, en tanto remedio, de algo que aparece como caído debajo de la barra, pero no desaparecido por eso mismo que lo sustituye y de ese modo lo significa. El poder del temor de Dios es el poder que tiene respecto de aquello a lo que reemplaza. Lo uno hace alusión

y sustitución, pero no elimina lo innumerable. El temor no

elimina el terror, lo atenúa. El poder de temor de Uno-Dios- Padre se lo obtiene de aquello que acecha como la amenaza

innumerable. De ahí surge y se mantiene el poder del uno. Quizás, podríamos conjeturar que de esa operación de sus- titución de lo innumerable por lo uno numerable queda ese resto inconmensurable que se escribirá como letra "a" y será

la causa del deseo. Lacan se anticipa a una objeción y dice:

Me dirán: ¡Esa sí que es una idea de cura!

Han pasado tantos años de este seminario y se siguen es- cuchando objeciones similares. Como si plantear la eficacia del significante del Nombre-del-Padre y del temor de Dios, que es su antecedente religioso, fuera un modo de sostener

la religión del Padre. Pero no es así. Ni Lacan en ese mo-

80

1•;1 , A( ~1'0 1)1•! A ' I'Ar.IA Y I•!L I'UN ' I'O U.l<! ALMOIIADILLAJ){)

mento ni nosotros, hemos venido a sostener una versión re- ligiosa del psicoanálisis. Pero el sujeto del análisis, aquel que nos consulta, es el sujeto de la creencia, de la superstición y de la fe. En esto se sostiene la transferencia. La transferen- cia misma es un acto de fe en Q.Ue hay Uno-Otro-Todo-Saber. Una respuesta posible a uno de estos contradictores es que acá Lacan plantea que el advenimiento del temor de dios es la de un rimer si ificante, un significante nuevo u · ·_ cia una tradición que es a nuestra, un punto de partida, no un punto final. Es tamb1en el punto de part1da del análisisJ en la medida en que se instala la tran ferencia como su·et supuesto sa ero, para decirlo Todo, como Dios. Paradoja del ps1coaná11sis, este Uno 12 tiene que mstaurarse como suposi- ción para, al fin de la tarea y como acto final, caer. Pero ade- más, este remedio, que no elimina los males, es un punto de partida que dice que no hay modo de establecer un punto fi- nal. Este punto de partida es el que hace posible el análisis, porque es condición tanto de la transferencia como del sín- toma. En términos de nuestra política, no hay modo de dic- taminar con éxito un punto final como tampoco hay mane- ra de imponer un nunca más. Al final sólo hay salto, pasaje. al acto como momento resolutivo, tan significante como real, del acto analítico. Por otra parte,"Teemos estas historias que vienen de tan

{jj. De todos modos, el problema aquí introducido es complejo pues Lacan más adelante, y justamente para abordar el problema de la transferen- cia y del sujeto supuesto saber, distingue el Dios de los filósofos, ese Uno

que es un Dios que habla,

Dios de la palabra revelada y que además nunca se propuso como Todo. El pacto de fe que realiza con su pueblo, cuya transgresión es terriblemen- te castigada, sólo rige en la tierra del Dios; no se niega en otras tierras la creencia de otros pueblos en otros dioses, se los niega sólo en el territorio

y para el pueblo en que este Dios reina. Entonces, según Lacan, este Dios no es todo. Se encontrará una muy interesante diferencia entre creencia

y fe en el ya clásico y todavía vigente artículo de Octave Mannoni: "Ya lo sé, pero aun así" (en La otra escena. Claves de lo imaginario, Amorrortu, Buenos Aires, 1973). La distinción está planteada en dicho artículo entre la fe en un solo dios con el cual hay pacto y la creencia en la existencia de otros dioses, que no son negados por esta fe, pero con los cuales no se pac- ta. Este punto de co-incidencia es el que lo lleva a Lacan a afirmar que el

dios de los judíos es "no todo" porque es "no todos

de la Totalidad, del Dios de Abraham, Jacob

,

,

los dioses".

81

C

:I.A\11

)10 GI.AHMAN

lejos y que no dejan de mostrar que hay algo de la repetí:_ ción de un horror genocida, sacrificial, que no cesa de no ex- tiñguirse , Entonces, dice Lacan que hay que ser poeta o profeta para inventar un significante así, un significante mayor, primor- dial; es decir, un significante de base. El significante domi- na la cosa, la reestructura, a partir de ahí están las signi- ficaciones totalmente cambiadas. Este es el significante "el Temor de Dios": 13

Ese famoso temor de Dios lleva a cabo el pase de pres- tidigitación de transformar, de un minuto a otro, todos los temores en un perfecto coraje. Todos los temores -No ten- go otro temor- son intercambiados contra lo que se llama el temor de Dios, que, por obligatorio que sea, es lo contra- rio a un temor.

No queda del todo claro si el término "obligatorio" nos u.lü.:

ca .más cerca del deseo o del superyó en este paso al acto. LQ que es seguro es gue una acción se hace posible a partir de él. Habría que poder hacer esta distinción. ya que el temor de Dios aparece, en tanto punto de almohadillado, comÜUñ -sigmtícante del Nombre-del-Padre-nudo-punto. Dejamos

@importancia de la creación de un significante nuevo retornará en mo- mentos puntuales en la enseñanza de Lacan. Así como habíamos adelan- tado que el síntoma es un término nuevo que viene a reestructurar el con- junto de los significantes del sujeto, también el inconsciente freudiano, el Unbewusste, es, según palabras de Lacan, un significante nuevo que ha subvertido las relaciones del sujeto occidental con el saber. En el momen- to en que Lacan produce lo que llama su traducción al francés como l'un.e- bévue, una equivocación, es el momento en que comenta acerca de la posi- bilidad y de la necesidad de creación de un significante nuevo. ¿Es l'un.e- bévue un nuevo significante que ha reordenado el edificio del psicoanálisis afectando en el paso de lenguas el mismo concepto de inconsciente? ¿Es otro el inconsciente a partir de esta "traducción"? Lacan se reconoce a sí mismo como no suficientemente poiite como para producirlo, neologismo, este último, inventado por él entre poeta y otra cosa que permanece para nosotros enigmática. Pero desde aquel temor de Dios al Unbewusste freu- diano hay un paso enorme, porque el segundo se inscribe en la tradición fundada por el primero, pero para ponerla en cuestión. Podríamos decir que la transferencia es la puesta en acto de la realidad no sexual sino de creencia, sagrada, del inconsciente, su cicmt-

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Bt. M~1·o m: J\TALlll Y L~L l'lJN'l'O

m : ALMmwm.LAilO

abierta esta cuestión respecto del acto que se efectú_a en el nombre del temor de Dios. Será necesario volver a interro- gar la relación entre el Nornbre-del-Padre y su función corno condición del deseo y la del super ó corno orden de goce. Y aqm reencon ramos, respecto de este significante, tanto su función de puesta en orden del conjunto de los significan- tes del sujeto como también la orden o el mandato del que alguien puede ser objeto o sujeto (sobre la distinción entre orden y mandato y los efectos subjetivantes u objetivantes véase el comentario en los capítulos siguientes realizados por David Kreszes). Una bi-escisión, entonces, de la fun- ción del significante temor de Dios: como condición del de- seo, ya que inaugura y autoriza el juego del conjunto signi- ficante donde el deseo se juega, y también esa otra cara del significante que comanda las acciones del sujeto en tanto significante amo. Esta relación entre el Nornbre-del-Padr y el superyó será una de las cuestiones retomadas por Da- vid Kreszes en los próximos dos capítulos. y el punto de al- mohadillado será retornado en dichos capítulos corno pun- to decisorio del sujeto en la metáfora de la carretera prin- cipal y sus puntos-encrucijadas. Lacan construye una proporción donde se sustituye terro- res múltiples por el temor de Dios-uno, y, por otra parte, el celo, y su dimensión especular, es sustituido por Dios fiel a sus amenazas. Es a partir de esta doble sustitución que va a unirse, tornando y cambiando de posición, a la "tropa fiel". Doble sustitución en este pasaje de lo imaginario a lo sim- bólico: Terrores por temor y celo por fiel. En este seminario, el término "fiel" es sumamente importante porque está re- lacionado con lo planteado al comienzo del año respecto de lo que llama "palabras fundadoras". "Tú eres mi amo", "Tú eres mi mujer" son para Lacan una dimensión de lo que in- troduce, en un tiempo primero de la constitución del suje- to, la palabra como acto, más específicamente corno pacto. Esta dimensión de pacto de la palabra es lo que llamafides. Esto último es lo que va a retomar a partir de aquí para ha- blar justamente de cómo de este pacto surge un sujeto. Es la pregunta que viene después de aquella por la función del punto de almohadillado.

83

CLAlJI)J() GI.AHMAN

Cuando Ja aguja del colchonero, que entró en el momento de Dios fiel en todas las amenazas, vuelve a salir, todo está cocinado, el muchacho dice: Me voy a unir a la tropa fiel.

(Obsérvese al pasar que el general, el colaboracionista, aho- ra se transfonna, es parte del pasaje, en un muchacho que pasa a la resistencia.)

Si analizamos esta escena como una partitura musical, veremos que ahí está el punto donde llega a anudarse el

significado y el significante, entre la masa siempre flotante

de las significaciones (

]

y el texto. AtaUa debe a ese tex-

to admirable, y no a la significación, el no ser una pieza de boulevard.

El punto de almohadillado es la palabra temor [

)

Apuntemos que si es la palabra temor, habría que agre- gar, aunque sea entre paréntesis, (de Dios). Sigue:

] con todas sus connotaciones trans-significativas. Alre-

dedor de ese significante, todo se irradia y se organiza, cual si fuesen pequeñas líneas de fuerza formadas en la superfi- cie de una trama por el punto de almohadillado. Es el pun- to de convergencia que permite situar retroactivamente y prospectivamente todo lo que sucede en ese discurso.

(

Es sumamente importante la inclusión de los dos movi- mientos, retrospectivo y prospectivo, porque lo que viene después está muy ligado a lo que se anudó antes por este punto. Estos significantes, que están tomados de la discu- sión Freud-Jung del capítulo V del historial del Hombre de los Lobos, dicen, ya lo habíamos anticipado, que el pun- to en cuestión no es un punto final, pues tiene un efecto prospectivo, con-secuencial. No olvidemos que el acto del que se trata es el acto primero, y ese acto primero afecta de un modo decisivo el desarrollo posterior del argumen- to de la tragedia. Como en el quiasmo que comentamos, el discurso, el texto sufre un giro a partir y alrededor de este punto. Aquí queda planteado que el punto en cues-

84

~1. A< ~L'() m : ATALfA Y EL PUNTO DE ALMOHADILLADO

tión no es un punto final sino un punto seguido

secuencias. Si para Freud el Edipo tiene esa función nuclear, es porque el padre es nudo, un punto, un punto de almohadillado, un \ punto de ¡basta!, si se nos permite el uso, del goce autoeróti- co, del goce incestuoso y un punto de a-filiación a la serie sig- nificante planteada en ténninos de sucesión generacional.

de con-

f

A modo de recapitulación y de algunas consideraciones y problemas

Cuando me referí al advenimiento de un significante nuevo, el temor de Dios, enfaticé su valor de sustitución, sin nombrarlo así, de metáfora. Por el lado de lo caído, los terro- res, es decir, lo múltiple, sustituido por la emergencia de lo uno. Podríamos escribirlo así: Uno/múltiple, o, si se quiere, El Uno-lo numerable/ lo múltiple-lo innumerable. Otro modo de escribirlo: la morfología del Uno/lo amorfo-lo difuso. Por otra parte, tenemos la sustitución del celo por la fe, la fides; entonces: Pacto/celos. Otro modo de nombrar esta operación podría ser: del lazo especular al pacto de la palabra. Con el pacto nace el acto en el nombre del temor de Dios, en el Nombre-del-Padre. Esta sustitución interesa porque ha quedado remarcado y difundido el modo en que Lacan pasa del significante del Nombre-del-Padre en tanto singular a "Los Nombres-del-Padre"; dicho en otros términos: cómo pasa de lo uno a lo múltiple, del singular al plural. Pero aquí loca- lizamos un 'ro anterior, el momento en ue introduce el si -

nificante del Nom re- e - a

res difusos. Un acto de palabra que va de lo múltiple-confu-:- j'

so a lo uno-primero. Despues va a tener que hacer un nuevo grro para volver a lo'"múltiple, pero será otro múltiple. - n la cura analítica este pasaje tiene una enonne im or- tancia en la con ormacwn el síntoma. Es el modo en que el sujeto puede sahr de la angustia pánica para entrar en el orden del síntoma, es decir de lo que se puede contar, y pa- sar, en una nueva dimensión del discurso, a servirse de e.•w uno de múltiples modos. En términos del chiste, al múltiplo

-J

re como un remedio a los terro- (

85

~1

CLAUDIO GLASMAN

uso del mismo-uno material. Pero esta vuelta a lo múltiple ya no es al campo del terror sino al del deseo del Otro, es de- cir el del deseo del sujeto. A partir de aquí, en las reuniones siguientes, Lacan co- mienza a distinguir lo que es orden de lo que es mandato que, en general, suelen utilizarse entre nosotros como sinó- nimos. Decimos indistintamente con cierto descuido las ór- denes o los mandatos del superyó. Para Lacan no se trata de lo mismo. La orden hace del otro un objeto, constata gue es un objeto, mientras ue el mandato or el contrario es un ama o, una mterpelación, una in-citación al sujeto. El tú eres el que me segUlrás es un llamado dirigido a la pre- gunta del sujeto, a un sujeto que permanece indeterminado; el mandato lo convoca a su pregunta, a su pregunta funda- mental. Empieza a jugar con el "Tú eres el que me seguirás" y el "tú eres el que me seguirá", es decir, con la sutil diferen- cia en francés entre la segunda y la tercera persona. Es tan sutil, que no se escucha, sólo se lee. Opone el llamado al su- jeto del seguirás a la constatación de la tercera persona, la no persona, del seguirá. Todas las consecuencias pasan por la presencia o ausencia de esa "s" que en francés es muda, pero legible. Hay homofonía, pero no homonimia. Esto es de- cisivo, porque cuando él dice: "Tú eres el que seguirás el li- bro", por ejemplo, la pregunta del s,ujeto es la respuesta al mandato. El mandato introduce la dimensión de la pregun- ta, la suscita. La cita al sujeto se produce por la suscitación de su pregunta. El sujeto responde al tú eres con una pre- gunta: ¿quién soy para ser ese que tú dices que soy? ¿Quién soy para seguir el libro? En cambio, cuando pone como ejem-

plo "tú eres el que seguirá a la multitud", las, las del suje-

to, que está en la segunda persona, desaparece. La "s" del sujeto está forcluida. Y el sujeto queda pasivizado, objeta- lizado. Recordemos que una de las respuestas al mandato es la pregunta formulada opacamente en la vestidura for- mal del síntoma. La orden es, como dice Lacan en ((Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano", orden de goce; el que escucha sólo puede responder oigo, nada más, un oigo que es gozo en francés, sólo en francés por operación

!•!1. ¡\( " ! ' () m: Á'I'I\I.[A Y 1•: 1, !'UNTO LH' AI , MOIII\IJILJ.AUO

homofónica. Hay certeza en la orden. En el mandato hay confianza y con la confianza vuelve la fe, el pacto. Es a par- tir de la fe que se puede mentir y el sujeto ya no será igual a lo que dice. Es a partir de la fe incluso que habrá primera mentira histérica, es decir dimensión de la verdad e incluso

esa no-fe de la intriga histérica, su modo de mostrar en car-. ne propia que el amo está castrado. En su pseudo melanco-

lía, ella se queja de que no sirve

realidad por su síntoma ella no sirve, añadamos, al amo, se J f

niega a ser

sirvo para nada", "no produzco nada", "soy una inútil", como un "no sirvo al amo", "me niego a producir según el amo me demanda", "me rebelo a ser un útil, un instrumento de su goce". En el capitalismo actual, la histérica suele declarar-

,

de que es una inútil, y en

le

un útil. Hay que interpretar entonces el "no

se en huelga de miembros caídos.

Volviendo a la tragedia, quizás, valdría la pena intentar distinguir, como ya lo hemos señalado, si se trata de orden o mandato. ¿En qué se nos presenta como una orden? En que cuando Lacan empieza a hablar de Abner y el texto mismo de la tragedia nos lo muestra de este modo, el Sacerdote nunca confía del todo en él. Nunca le dice de qué se trata, lo usa de cebo. En el seminario V lo dice mejor: "Lo usa de lombriz". No parece que sea un modo subjetivante denominarlo lombriz o cebo. Lo usa de objeto, incluso de cigarra, un insecto, al final. Lo usa de objeto-carnada para que Atalía, que es la otra que está en juego, muerda el anzuelo y caiga en la trampa que la llevará a la ruina y a la muerte al final: ''Ved", "oíd", "recibid", son órdenes. Los modos verbales que utiliza el Sacerdote son imperativos. Habla como un Amo, y algunos críticos han mos- trado cómo Joad mantiene la apariencia de ser siempre idén- tico a sí mismo. Parecería que no está barrado. Es quizás el único que no vacila en ningún momento de la pieza. Sin em- bargo, él es quien dice: "no soy yo, es Dios quien habla por mi boca". Y esta invocación al Otro, lo divide. En cambio, en los otros, desde Atalía a Eliacin-Joas, en- contramos que el conflicto, el no saber, la vacilación, lo doble- irreconciliable fluye por las mismas venas. Y si Atalía cae en la trampa, es porque tiene un sueño donde sueña con el pe-

87

Cr.Atmro GL.A."'MAN

queño. Está loca de ira y temor, y mira al templo con miradas furiosas, pero también temerosas. Todo a partir de un sue- ño, donde ve primero a Jezabel, su madre muerta, y luego a un bello niño con un cuchillo que la viene a matar. De pron- to, siente temor y culpa, y como se siente culpable, vá a ren- dirle un sacrificio al Dios de los judíos en el que ella no tiene fe, pero en el que sin embargo tiene cierta creencia porque le lleva un sacrificio. Cuando entra al templo ve al niño de su sueño, es el mismo, y el efecto siniestro sobre ella no se deja esperar, entra en pánico. Ésta, "una mujer audaz", una reina soberbia, de pronto, ve la repetición de la imagen del sueño en la realidad y entra primero en pánico. Más tarde, se ve sedu- cida por el niño e intenta llevárselo a vivir a su palacio. Al final, cae en la trampa que le tiende Joad, la apresan y la mandan a matar. Pero antes de morir pasa algo funda- mental. Hasta ese momento ella quería matar a la última gota de sangre viva de los herederos de David. Le pregunta Joad aAbner, en el fragmento que lee Lacan: "¿Cómo se re- conoce a alguien que profesa la fe?".Algo del reconocimiento está en juego. El reconocimiento tiene una función decisiva en la trama trágica desde la tragedia antigua, como lo for- mulara Aristóteles en La poética. Al final, ella viene a bus- car al niño y reconoce en Eliacin-Joas al nieto. Porque el nie- to lleva en el cuerpo "la huella del cuchillo". Es muy impac- tante. Ese es el punto del reconocimiento trágico. Él lleva en el cuerpo "la huella del cuchillo" que ella misma le hizo cuando en el día de la masacre de sus descendientes estuvo a punto de matarlo y lo dejó agonizando creyendo que esta- ba muerto. Ahora, por su cicatriz, lo reconoce como su nie- to. Pero en ese momento crucial en el cual se encuentra per- dida, ya no quiere matarlo. Le transmite un deseo . Ya no le lanza una mirada de exterminio. Le transmite un deseo. El deseo de que él sea quien va a vengarla a ella, a la madre de ella, a su padre, a su linaje. Él va a ser el vengador de su es- tirpe. Paradoja trágica, la última gota de sangre de la casa de David se convertirá en el último vengador de la estirpe de Atalía. Y, según dice la Biblia, así fue. Fue Joas, al prin- cipio, un buen rey judío, pero después se apartó de la ley y terminó cumpliendo ese último deseo maldito, matando al

88

E L ACTO DE ATALlA Y EL PUNTO DE ALMOHADILLADO

hijo de Joad, a Zacarías, su hermano. Continúa la escalada de la venganza, porque él también lleva sangre doble. Es un sujeto por sangres dividido. El que era uno, deviene el otro, su contrario. Es que el que era uno, Joas, no era uno, era al menos dos. Es una ironía de un final que permanece abier- to a paradojas como ésta. Quisiera remarcar que, en el transcurso de la tragedia, na- die sabe, excepto el sacerdote y su mujer, la verdadera iden- tidad de Eliacin. Como ya dijimos, él mismo no sabe quién es. A tal punto que Atalía, después de su sueño, y queriendo saber quién es verdaderamente, lo llama a Eliacin y lo in- terroga, porque ella piensa que un niño no va a mentir. Y el pequeño responde, responde de lo que sabe. No sabe quién es. Pero lo hace de tal modo que termina seduciendo a la reina, que le ofrece ir a vivir a su palacio con ella. Comien- za allí un intento de reconciliación entre esta reina asesina y el que había sido su víctima y terminará siendo su perdi- ción. Aparentemente, los únicos que saben son Joad, el Sumo Sacerdote, y su esposa, la tía del niño. Joad es quien mane- ja los hilos, evita el pánico y la desbandada, y prepara la ce- lada. Pero tampoco sabe todo. Porque cuando Atalía al final le transmite su deseo de venganza a Joas, no sabe el Sumo Sacerdote que este niño a quien él ha salvado y educado con tanto celo, y en quien ha depositado todas sus esperanzas, es el que un día va a matar a su hijo. De eso hay una alusión, no está escrito en la tragedia este futuro final: y es aquí que descubrimos la ironía trágica. Él, que lo protegió y lo edu- có para ser rey, está formando, criando sin saberlo, al asesi- no de su propio hijo, Zacarías. Él tampoco sabe. Acá, ¿quién sabe? Es impactante la transmisión de este deseo de muer- te y de venganza. No podemos aquí dejar de evocar ese afo"'::

rismo de Lacan que dice que "el Nombre-del-Padre articula l't

desde Edipo en adelante, no es dueño l

el deseo a la ley, la herencia es su pecado". Ese pecado crimi-

nal es transmitido en la tragedia por vía materna.

El

e

es el SUJeto ara OJl escu nmiento freudiano, el ue

resnonde por lo que 1zo y IJO

sus actos, pero es responsa

e o que hace sin saber. E

sm sa ~~~~

't

La tragedia muestra que no es posible la solución final,

89

CLAUIJIO GLASMAN

que es la purificación de una raza o estirpe por la desapa- rición de la otra, la que se presenta como extranjera. Est

tragedia muestra que no se puede matar a todos, porqu

el sujeto mismo está dividido. El sujeto mismo es uno y e1 i

otro. Joas es uno y el otro. ¿Cómo matar lo otro que habit en uno? Esta división interna es incurable. El sujeto es ex- tranjero de sí m1smo

Esta historia articula lo que Lacan llamó la dimensión trágica de la experiencia analítica. El conflicto se va despla- zando, Jamas desaparece, persiste irreconciliado. Incluso lo que llamamos pacto no deja a los sujetos del pacto del todo constituidos. Aquel "Tú eres mi mujer", que parece concluir en la determinación de la identidad de ambos participantes del pacto, introduce paradojalmente la pregunta: ¿qué soy para ser esa mujer que tú dices? Por supuesto, esta pregun- ta retorna en forma invertida sobre el hombre que profie- re el pacto. En la escena trágica, en la escena del sueño, en la escena analítica, escenarios del sujeto del deseo, siempreiJ queda un resto irreconciliable. En el reconocimiento, que- da siempre un resto irreconocible. No olvidemos que cuan- do Lacan propone que se crea con el temor de Dios un reme- dio a los males, surge con este significante otra dimensión del malestar que encuentra su lugar sintomático en el dis- curso del psicoanálisis. Nuestros pacientes están, cada unq a su modo, enfermos del Uno. El problema sigue siendo en un análisis cómo de lo Uno puede devenir lo Otro. Retorno de un Otro múltiple, más próximo a la falta, de Otro-Uno- Padre del que el sujeto se pueda servir. Porque, como antici- pó el poeta, "conquistarás la herencia de tus padres, porque /-f lo que no se usa, es una pesada carga que se lleva". O para decirlo en nuestros términos, de un modo más rioplatense y válido para múltiples usos, desde la formación de síntomas hasta la enseñanza y transmisión del psicoanálisis: la heren- cia de tus antecesores (de Freud a Lacan): ¡hacé-la-tuya!

90

Capítulo 111

Un deseo de muerte no mortífero

David Kreszes

Una sabiduría eterna, con el ropaje del mito primordial, aconseja al hombre anciano renunciar al amor, escoger la muerte, reconciliarse con la necesidad del fenecer.

S!GMUND FREUD

Encrucijadas de la enunciación

A este respecto quisiéramos no dejar de mencionar nuestra preocupación. A esta altura de su lectura del li- bro, el lector ya habrá transitado por múltiples comenta- rios en torno a la tragedia Atalía. En el presente capítulo será objeto de interrogación el bíblico sacrificio de Isaac, llamado también de Abraham. En el próximo comentare-

mos la tragedia de Sófocles Edipo

textos aparentemente no vinculados de manera directa a nuestra práctica. ¿Qué es lo que conviene a nuestro campo, el de la prácti- ca psicoanalítica? ¿Conviene, como se hace habitualmente, apelar a las viñetas clínicas, comentar algún caso a lama- nera de los especialistas, o interpelar nuestro campo desde un lugar extranjero? ¿Pero acaso se trata de conveniencias? ¿Cómo interpelar nuestra propia casa? ¿Hablando desde un

en Colana .