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Spine- .359 13.97cm X 21.

59cm

Colección Novela 107


Abalorios

Hasta
Muy pocas personas son capaces de creer que existen

Hasta que amanezca


algunos eventos predestinados en sus vidas, como, por ejemplo,
el amor. Es posible encontrarse con cientos de amores diferentes,
pero amor predestinado, solo hay uno.
Hasta que amanezca comienza cuando Mihaela y su madre se
ven obligadas a huir a Italia, cada una por sus propias razones...

que amanezca
Es una historia encantadora, llena de misterio, magia, amor,
fantasía, y un secreto que le cambiará el destino a Mihaela,
quizás para siempre. Un emocionante relato sobre el destino, las
coincidencias y el amor.

Ana Karen nació el 13 de julio de 1990


en la Ciudad de México, México, D.F. Estudió
la preparatoria en la Universidad La Salle de A. K. P. C. Ordóñez

A. K. P. C. Ordóñez
su ciudad natal. Actualmente se encuentra
estudiando la Licenciatura en Diseño Textil
en la Universidad Iberoamericana de esta
ciudad.
En su tiempo libre disfruta de la lectura
y la escritura. Entre sus autores favoritos están: Jane Austen,
Cecelia Ahern, Stephenie Meyer y J.K. Rowling. También le
gusta escuchar música, pintar, platicar, cantar y tomar café...
Pero lo que más le gusta hacer es pensar. Piensa mucho, tal vez,
demasiado. Cree desmedidamente en el destino y en los sueños.
La idea de escribir Hasta que amanezca surgió por un pacto que
hizo con dos grandes amigas el 6 de octubre de 2005. Comenzó
a escribirla en junio de 2006 y la terminó en abril de 2009.

ISBN 978-1-59835-133-0
51499

9 781598 351330
$ 14.99

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Hasta
que amanezca

A. K. P. C. Ordóñez

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Copyright ©2009 Ana Karen Pérez Calles Ordóñez
All rights reserved.
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Designer: Ricardo Potes Correa

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First Edition
Printed in Canada
10 9 8 7 6 5 4 3 2 1

Library of Congress Cataloging-in-Publication Data


Ordóñez, A. K. P. C. (Ana Karen Pérez Calles), 1990-
Hasta que amanezca / A. K. P. C. Ordóñez. -- 1st ed.
p. cm.
ISBN 978-1-59835-133-0
I. Title.

PQ7298.425.R35H37 2009
863’.7--dc22

2009047719

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Dedicatoria
Para mi mamá y mi abuela
quienes siempre han sido mis guías.
Las adoro con todo mi corazón
Para mi Raulín Paulín
Para mis amigas Dianis y Paola,
con quienes me motivo para escribir
Para mi papá,
quien últimamente me ha sido de mucho apoyo.
Te quiero papá
Para todos mis seres queridos
Y para el amor,
que es la inspiración de todo ser humano,
que no tiene tiempo ni edad,
que no se acaba ni caduca,
que siempre existirá
y cuya única promesa es la ilusión

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Agradecimientos

Empecé este libro un día cualquiera, a mediados del


año 2005, como un pacto con unas amigas. Siempre confié
en mí misma y sabía que algún día lo terminaría. Y hoy, 30
de marzo de 2009, le agradezco a Dios por haberme permi-
tido terminarlo.
También a mi mamá, a la abuela, a mi hermanito,
a mi papá, a Cindy y Giselle, y a todas aquellas personas
que siempre creyeron en mí. Claro que también agradezco
a Dios, a los angelitos y haditas (porque tengo la certeza de
que existen... ¿cierto, Aigam?). A todos mis amigos y ami-
gas, y a todos los seres que amo.
Y también a la larga lista que, seguramente, hay de-
trás de cada libro. Quiero decir, colaboradores sociales, per-
sonas trabajadoras, editores, editoriales y, por supuesto, la
gente que lee. La gente que lee para inspirarse, para pensar
que todo tiene solución y que siempre tiene que tener fuerza
y sacarla a flote para triunfar y seguir adelante.

A todos, muchas gracias

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Mis fuentes de inspiración

Encabezando la lista, están mis dos mejores ami-


gas, a quienes no está de más nombrarlas de nuevo: Pao y
Dianis. Porque realmente fueron las primeras en entusias-
marme para escribir. ¡Y vaya que lo hicieron!
En segundo lugar están varios libros de fabulosas
escritoras que he tenido el placer de leer: J. K. Rowling,
Jane Austen, Cecelia Aheren y Stephenie Meyer. Sí, puras
escritoras. Aunque no por eso piense que no haya fabulosos
escritores.
Por supuesto que lo fue Dario Marianelli con su fa-
buloso soundtrack de Orgullo y prejuicio. Claro que, asi-
mismo, lo fueron Hans Zimmer, James Horner, Trevor Mo-
rris, Ilan Eshkeri, Harry Gregson-Williams y James Newton
Howard, con ese maravilloso escenario que siempre crearon
en mi mente mientras escuchaba su magnífica música.
También, Lifehouse, Mitch Hansen Band, Muse, V.
A. Windsor for the Derby, The Radio Dept. (estos últimos
tres, de la película de Marie Antoinette) y James Morrison y
Nelly Furtado.
Y sobre todo, al amor que, insisto en que siempre
y por siempre, será y seguirá siendo el principal motor del
mundo y actor principal en cualquier vida.

Gracias

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Índice
Capítulo I
Las razones 5
Capítulo II
La huida 27
Capítulo III
El reencuentro 33

Capítulo IV
Dos partidas 39
Capítulo V
Neelam Tabora 63
Capítulo VI
Dos nombres 74
Capítulo VII
De regreso en el regimiento 82
Capítulo VIII
La guerra 92
Capítulo IX
Error 105
Capítulo X
La batalla 108
Capítulo XI
Inconsciente 113

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Capítulo XII
Mi corazón destrozado 116
Capítulo XIII
Los menhires 118
Capítulo XIV
Abatwa 121
Capítulo XV
Tiranía 129
Capítulo XVI
¿Cómo llegué aquí? 136
Capítulo XVII
Pocos meses antes 143
Capítulo XVIII
El castigo 145
Capítulo XIX
El sabio 148
Capítulo XX
Otro recuerdo 150
Capítulo XXI
La promesa 153
Capítulo XXII
¿Cómo llegué aquí? 156
Capítulo XXIII
Isthar 158
Capítulo XXIV
La gema azul 161
Capítulo XXV
No lo sé 166

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Prólogo

Q
¿ ué importa el tiempo cuando sucedió? El tiempo
es algo vano, es un pretexto, un invento del hombre para jus-
tificar algo que estaba simplemente destinado a pasar, como
cuando en un corazón se infiltra el amor como humedad.
Realmente no importa cuándo o cómo; lo importante
es que sucedió.
Dicen que el destino ya está escrito, que no hay nada
que puedas hacer en contra de él. Puedes cambiar detalles,
puedes agregarle momentos, inclusive personas, pero nunca
se podrá cambiar lo que ya está predestinado.
Hay quienes nacen para una razón y hay quienes
nacen para ser la razón de alguien.
Yo no nací para ser razón. Nací porque yo era la
razón.
Y él nació porque debía encontrar su razón, que qui-
zá fuera yo. Pero me quería a mí en todos los sentidos de la
palabra.
Todo comenzó porque mi madre y yo nos vimos
obligadas a huir, cada una por sus propias razones…

Una guerra...

Un amor recóndito...

Una promesa...

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x Hasta que amanezca X

Capítulo I

Las razones

T
odo comenzó cuando llegó Melanie. Hacía tan-
to tiempo que no nos veíamos, tanto que inclusive había
olvidado su manera de sonreír. Ese día parloteamos en mi
recámara prácticamente toda la noche. Nos moríamos de
sueño pero no nos importaba: teníamos tanto que contar-
nos… Tres años entre dos primas es verdaderamente una
eternidad. Además, esas ricas galletas de chocolate con
relleno de vainilla con chantillí nos animaban a seguir
platicando.
Hacía mucho que no reía tanto, pero el solo hecho de
pensar que al día siguiente empezaríamos ambas en una nue-
va escuela, me ponía de nervios. Sentía un hueco horrible en
el estómago y en ese hueco, un cubo de hielo que alguien
enterraba.
Mi madre nos llevó a la escuela; en el camino nadie
murmuró ni una palabra. Mi madre estaba aún lo suficien-
temente adormilada como para hablar y Mel y yo solo nos
mirábamos la una a la otra con ojos en blanco. Justo antes
de bajar, ya en la escuela, mi madre me besó y me dio un
abrazo que realmente me brindó un poco de la valentía que
me hacía falta. Y nos dijo: “Niñas, les deseo mucha suerte.
Y cuídense”.

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x A. K. P. C. Ordóñez X

La verdad es que sentí un gran alivio al ver que


nosotras no éramos las únicas que nos encontrábamos pá-
lidas, con ojos abiertos y mirando de un lado a otro. Mel
parloteaba sin parar —era lo que solía hacer cuando estaba
turbada—, mientras yo no paraba de comerme las uñas y de
pasar mi dedo índice rozando y respingando mi nariz una y
otra vez.
De pronto dio el toque y ambas nos dimos un abra-
zo. “Suerte”, me susurró con un hilo de voz. Yo me limité a
responderle con una sonrisa.
Ya en el salón, me sentía observada por todos, como
si fuera la cosa más rara del mundo. Cómo quería desvane-
cerme en ese momento… Pero en vez de eso, me susurré a
mí misma: “Mila, cálmate y voltea y pídele cualquier cosa a
la persona que está junto a ti”.
Y eso intenté hacer. Primero hice mi ademán común
para respingar mi nariz y después me dirigí a la niña que
estaba a mi lado:
—Hola —dije con un hilo de voz y haciendo un
ademán con el que intentaba averiguar su nombre.
—Natalia —me respondió ella mientras yo le
sonreía.
—¿Sabes dónde queda el salón 21?
—No —respondió y me sugirió con una sonrisa—,
pero si quieres puedo acompañarte a buscarlo.
Natalia me acompañó a buscar a una maestra, ya que
mi madre me había pedido que fuera con ella a recoger unos
papeles.
El resto del día pareció no tener la menor importan-
cia porque no recuerdo más. Sin embargo, esa noche recibí
una llamada del destino.

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x Hasta que amanezca X

De repente me encontraba en los estantes de una


biblioteca y me topaba con el hombre más perfecto del mun-
do; ambos nos mirábamos y yo me quedaba parada, como
tonta, sin decir nada. Él se me acercaba mientras yo sentía
como mi corazón latía cada vez más fuerte, como si fue-
ra a salirse de su lugar en cualquier momento y pensando
que inclusive él podía escucharlo. De pronto, no sé cómo, se
acercó a mí con mucha delicadeza y me susurró al oído: “Así
será”. Me volví hacia él pero...
—¡Mila! ¡Mila! —¿acaso era la voz de él?; pero ya
no susurraba. Era la voz de mi prima—. ¡Mila! Ya despiérta-
te. Se nos está haciendo tarde.
Me desperté jadeando fuertemente y todavía sentía
inclusive su respiración a mi lado; aún escuchaba ese de-
licado: “Así será” en mi cabeza. Me metí en la regadera
pensando que en ella se me podría borrar esa vaga imagen
que tenía de él. Pero había parecido tan real que creí que
verdaderamente existía.

En la clase de Lógica yo seguía pensando en ese ser


perfecto, soñando y sin prestar atención a la maestra, que no
paraba de dictarnos y explicarnos los conjuntos universales.
—A ver, señorita Mila —me preguntó Leonardo, un
amigo—, ¿cuáles son los conjuntos universales?
Mi mente estaba totalmente en blanco y Natalia le
respondió por mí. Y él le contestó:
—Me estoy refiriendo a Mihaela —y se volvió hacia
mí solo para sonreírme.
Leonardo solía ser muy hostil conmigo, ¿y de pronto
se comportaba amablemente?
Ese mismo día, a la salida, yo estaba sentada arre-
glando mis cosas, cuando llegó Natalia y me dijo:

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x A. K. P. C. Ordóñez X

—Mila, te buscan —y lanzó una mirada al pasillo.


¡Era Leonardo! Cuando volteé, me proyectó una
sonrisa, se acercó a mí y, sin decir nada, me dio un beso
en la mejilla que me dejó semicongelada. Luego se fue
enseguida.
—Me parece que le gustas.
—¿Cómo crees?
Al llegar la hora de la comida, no dejaba de pensar en
esas dos frasecillas y en la escena anterior, pues no querían
abandonar mi cabeza; seguían y seguían resonando y esce-
nificándose en ella.

Pasaron pocas semanas y Melanie y yo nos hacía-


mos cada vez más unidas; no podíamos estar la una sin la
otra. En un descanso ella subió por mí para ir a comer algo.
Recuerdo que ese día yo me moría de hambre, ya que me
había olvidado de desayunar y hacía un frío tremendo.
Fuimos a la cafetería de la escuela y compramos un
pastel de chocolate para compartirlo; yo, aparte, compré un
café de mocha. Al volverme, después de pagar, nos topamos
con Leonardo que me saludó con un abrazo que me sacó de
órbita porque no supe cómo responderle. Después me perca-
té de que había una línea invisible entre los ojos de Melanie
y los de él. Se miraron profundamente antes de saludarse.
Leonardo se fue en un arrebato de furia y yo me quedé ex-
trañada. No sabía si debía preguntarle a Mel sobre lo que
había sucedido, porque ella se había quedado callada y solo
se había dirigido a mí para decirme: “Vámonos”.
Yo le obedecí y salimos de la cafetería. Durante el
resto del receso estuvo sin decir una sola palabra. Sus ojos
y su mente estaban definitivamente en otro lugar que no era
la escuela.

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x Hasta que amanezca X

Dio el toque y le dije:


—Mel, ¿estás bien?
—Sí.
—A mí no me lo parece.
—Mihaela, en serio, ¡estoy bien! —me respondió
enfadada y yo me fui sin siquiera despedirme.
Ese mismo día Leonardo me invitó a salir, pero yo
dejé a la deriva mi respuesta, sin darle ni un sí ni un no, ya
que no sabía qué sucedía entre mi prima y él.

Mi madre nos preparó pollo con queso y lechuga


con aderezo. La hora de la comida tenía una atmósfera silen-
ciosa pero yo decidí romperla.
—Mel, ¿ya me vas a decir qué sucedió?
—Mmm... No sé a qué te refieres —mintió vacilante.
—Pues a lo que sucedió con Leonardo.
—Así que lo conoces... ¿Va a tu salón? —evadió con
otra pregunta su respuesta.
—Mel, creo que yo hice la pregunta primero.
—No quiero hablar de eso.
—¿Qué sucede, niñas? —nos preguntó mi mamá con
expresión incauta.
—Nada, tía. Creo que Mihaela está confundida
—dijo Mel; luego dejó los platos en el fregadero y subió
rápidamente la escalinata de madera.
—¿Mila? —mi mamá se volvió hacia mí esperando
una respuesta, pero yo me encogí de hombros.
—No te preocupes, mamá. Intentaré solucionar-
lo —y ella me devolvió la sonrisa que yo le había lanzado
primero.
Esa noche tampoco pude dormir bien. Volví a soñar
con él.

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x A. K. P. C. Ordóñez X

A la mañana siguiente Mel y yo no cruzamos pa-


labra. Seguía de mal humor y yo no tenía la paciencia su-
ficiente como para soportar su cólera el resto del día, así
que decidí seguirle el juego de no hablarnos y, al llegar a la
escuela, me subí enseguida al salón. Me senté en mi banca
y de pronto la puerta se abrió sin que nadie estuviera allí.
Había sido el viento.
Decidí pararme para cerrarla, pero algo me atrajo ha-
cia el balcón del pasillo. Todavía recuerdo como golpeaba
el viento sobre mi cara. Era como una caricia que me había
sugerido cerrar los ojos para percibirla mejor; aún sigue en
mi memoria el olor que mi nariz percibió minutos después.
Yo sabía que era él. Lo sentía detrás de mí y cerré mis ojos.
Lo escuché...
—Así será —me volvió a decir en un susurro.
Justo en ese momento abrí los ojos. Quería verlo, así
que me volteé, pero él no se encontraba allí. La expresión en
mis ojos era irresoluta. No sabía por qué lo había sentido así.
De pronto, mi mundo empezó a girar y sentí que me desva-
necía. Pero él estaba conmigo, a mi lado.
—Yo cuidaré de ti —yo no podía creer que hasta su
voz fuera perfecta.
Sus ojos verdes me miraban y brillaban de manera
especial esbozando una sonrisa. Quería preguntarle quién
era pero no podía hablar ni en susurros.
Él tomó mi mano y la acarició. Yo sentía que mi co-
razón iba a estallar; comenzó a latir tempestuosamente y de
nuevo me dio miedo de que él pudiera escucharlo. Hizo una
sonrisa de lo más linda y yo, sintiéndome aliviada de tenerlo
a mi lado, volví a cerrar los ojos.

Cuando los abrí de nuevo, no podía distinguir lo


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x Hasta que amanezca X

que tenía alrededor, pero sabía que él ya no estaba porque


la tranquilidad se había ahuyentado y ahora escuchaba unas
voces agitadas.
—No tenías que venir aquí. Vete. Yo me quedo con
ella.
—No. No me voy a ir.
—¡Vete!
Cada vez retumbaban más y más fuertes sus voces
en mi cabeza. Intentaba incorporarme pero no podía. Abrí
mis ojos pero no distinguía bien lo que había alrededor, pues
veía de manera borrosa. Al parecer, ellos se habían dado
cuenta de que me quería incorporar porque contuvieron su
discusión.
—Mila, ¿estás bien? —alcancé a distinguir que se trata-
ba de la voz de mi prima con un timbre lleno de preocupación.
Intenté contestarle pero solo me salió un suspiro.
Intenté de nuevo:
—Sí —logré decir al fin y, cuando pude distinguir
quiénes estaban cerca de mí, también vi a Leonardo.
Esa tarde mi prima y mi mamá se ocuparon de que
comiera más y mejor de lo que estaba acostumbrada.
—Mamá, en verdad, estoy bien.
—Mila, tienes que comer bien. Después de lo que
sucedió hoy...
—Mamá, estoy bien. Y lo que sucedió hoy fue
una confusión, nada más —dije, estudiando muy bien mis
palabras.
¿Una confusión? Me había desmayado porque ha-
bía vuelto a ver a un hombre que no existe; a escuchar una
voz que definitivamente no creía que existiera. Después de
analizar la situación, fruncí el ceño, algo turbada por lo que
realmente había sucedido.

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—Mila, no estás bien. ¿Por qué te habrás desmaya-


do así de repente? —mi madre me miraba preocupada—. El
doctor me dijo que debías comer bien. Se te bajó la presión.
En ese instante intenté buscar palabras que justifica-
ran lo que había sucedido. No podía decirle que había esta-
do soñando con un completo extraño porque me llevaría al
psicólogo y este iba a creer que estaba loca.
“¿Qué le podía decir? Piensa, piensa...”.
—Es por mi papá.
—¿Por tu papá?
—Sí. Lo extraño —cuando dije eso, mi mamá dejó
escapar una risita.
—¿Lo extrañas? —mi madre fruncía el ceño; yo sa-
bía que me conocía bien—. Mila, tu padre ha salido de viaje
desde que te encontrabas en mi vientre.
Yo también dejé escapar una risita.
—¿Cuándo llegará?
—No lo sé, tal vez el próximo lunes nos haga una
llamada.

Esa semana fue de lo más desagradable. Mi prima


seguía sin hablarme y yo estaba muy disgustada con ella por-
que lo único que pretendía era evadir el tema de Leonardo y
a mí me intrigaba en exceso la relación que había o hubiese
habido entre ellos. Además, ese viernes Leonardo llamó a mi
casa y contestó Melanie.
—Te habla Leonardo —me dijo con un tono petulan-
te y desconcertado.
—¿A mí?
—¡Pues sí!
—Bueno...
—Hola, Mila. Oye, yo… este... me preguntaba si

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x Hasta que amanezca X

tú quisieras salir hoy en la noche… mmm... conmigo —en


ese momento me volví y vi que Melanie seguía parada en el
marco de la puerta de nuestro cuarto.
—¿Mila?
—Ah. ¿Hoy? Es que no es posible —Melanie no
dejaba de mirarme con recelo, intentando adivinar lo que
Leonardo me decía del otro lado del teléfono—. Este… Y,
¿sabes? Ahorita no es buen momento. Tengo que hablar con
Mel. Te llamo luego, ¿vale?
Me preguntaba si habría notado mi tono mentiroso.
—Pues sí. Supongo.
—Bueno. Bye.
—Bye, Mila. Te cuidas.
—Ajá. Bye.
Después de colgar, me volví hacia Melanie.
—Ni siquiera te atrevas a mirarme ni a decirme
nada.
—Mel, no puedes seguir huyendo. Tengo que saber
qué es lo que sucede entre Leonardo y tú.
—Sucedió —me corrigió.
—Bueno. ¿Y me vas a decir o no?
—No. No le veo el caso.
—Si no le vieras caso, no me hubieras dejado de
hablar así, de la nada.
—Leonardo es tu amigo, ¿no? —me sugirió, igno-
rando la pregunta que acababa de hacer—. Pues pregúntale
a él.
—Melanie, no seas infantil. Así no se arreglan las
cosas...
Ese día también me rehuyó, así que tuve que pedirle
a mamá que interviniera.
—Pero, ¿qué fue lo que tú le hiciste, amor?

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—Ah… —gemí—. Nada, mamá. Ya te expliqué: es-


tábamos en la cafetería, llegó Leonardo y fue donde sucedió
lo extraño.
—¿Lo extraño?
—Sí, ma. Ni siquiera sé explicarlo —me quedé diva-
gando mientras revivía la situación en mi mente.
—Bueno. Y después de eso, simplemente ¿te dejó de
hablar?
—Sí, ma.
—Bueno. Hablaré con ella. Pero no prometo nada,
¿vale?
—Mmm. Ajá —respondí con un susurro de alivio.
Transcurrió el fin de semana de lo más lento y gris.
Melanie seguía sin hablarme y Leonardo insistía en que
quería salir conmigo, mientras que yo me negaba bajo la
incógnita e intriga de no saber lo que había sucedido entre
ambos.
—Hablé con Mel.
—¿En verdad? ¿Qué te dijo?
—Pues se negó a decirme qué es lo que le sucede;
siempre que la interrogaba respondía que nada, que está bien
—respondió mi madre con una mirada algo frustrada, al
igual que la mía.
—Eso es mentira, madre, cómo nada; si ni siquiera
me dirige la palabra.
—Lo sé...

Pasaron días y días. Leonardo seguía invitándome


y, la verdad, yo quería salir con él porque era muy amable y
agradable ante mis ojos, pero no debía hacerlo; no debía sin
antes saber la relación que pudo haber tenido con mi prima.
Eso fue lo que me impulsó a hablar con ella aquella noche.

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x Hasta que amanezca X

Estábamos ya en nuestras camas, a punto de dormir,


cuando rompí el silencio.
—Mel... ¿Estás despierta? —fui capaz de escuchar
un suspiro de su parte.
—... Sí.
—¿Podemos hablar?
—... Sí.
—¿Qué fue lo que sucedió entre Leonardo y tú?
—No vas a rendirte hasta saberlo, ¿cierto Mila?
... No ... para ser honesta no hubo nada de su parte... más
bien yo... estaba… estaba… estaba enamorada de él. Fue
en la secundaria, antes de partir con mamá... éramos los
mejores amigos y él me lo contaba todo y yo a él, excepto
el hecho de que a mí me encantaba, pero después se con-
virtió en un verdadero patán y se enteró de que yo... de que
yo...
—Estabas enamorada de él —completé la frase y me
volví para mirar su rostro. Ella también se volvió.
—Sí —afirmó y se quedó pensativa—... y pues todo
cambió. No dejaba de burlarse de mí ni de recordarme que
jamás podría fijarse en mí. Me recordó lo antiestética que
soy.
Comenzaban a brillarle los ojos.
—¿Él te dijo eso?
—No, pero así me hizo sentir.
—Mel, tú no eres fea.
—Pues no soy muy agraciada tampoco...
—Mel...
—Bueno, ya lo sabes; ahora si quieres salir con él sal
con él. Ya sé que te ha estado invitando y tú te has negado.
—Pues es que no sabía lo que había sucedido entre
ustedes y ahora que lo sé...

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x A. K. P. C. Ordóñez X

—Mila; sal con él. Ya no me importa; si lo veo en la


escuela ni siquiera me vuelvo a verlo...
—No, Mel; no saldré con él, porque qué tal si me
agrada más: no sería un acto correcto de mi parte. Tú lo
sigues queriendo.
—Ya no lo quiero ni siento nada por él; solo un gran
rechazo, eso es todo.
—Mel...
—Sal con él, en serio, ya no me importa —y al decir
esto se volvió para dormirse y no me atreví a decirle nada
más.

Después de esa pequeña charla, Melanie optó por


hablarme de manera cortante, como recuerdo esa mañana
durante el desayuno… cuando me decidí, por fin, a decirle
que saldría por la tarde con Leonardo.
—Hoy por la tarde saldré con Leonardo…
—Mmm…
—¿Mmm?
—Bueno, pues ¿qué quieres que te refute? Si quieres
puedo fingir felicidad aunque no creo que parezca creíble
por más que me esfuerce.—me contestó con aire petulante.
—Me dijiste que no te molestarías.
—No; dije que me daba igual y no me molesta; pero
tampoco me es agradable del todo.
—Por Dios, Mel, ¡ya basta! —le grité con el más
desesperado y harto tono de voz—. Creo que ni tú misma
sabes lo que quieres.
Recogí mis libros para guardarlos en mi mochila, le
eché una última mirada con un ligero desagrado en mis ojos
y me volví hacia la puerta de la casa.
Mi madre ya nos esperaba dentro del auto; opté por

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x Hasta que amanezca X

subirme en el sitio del copiloto. No tenía ganas de sentir la


mirada de Mel.
—¿Y Mel?
—Supongo que ya viene.
Al subirse al auto azotó la puerta.
—¿Todo está bien?
—Sí, ma; supongo que Mel extraña a su mamá. Eso
es todo.
—Ay Mel, no estés triste, amor; tu madre llegará
en un par de semanas —mi madre le decía inocentemente,
ignorando lo que realmente sucedía.
Había optado mal al irme junto a mi madre; sentía la
mirada de Mel sobre mi nuca y a esa no la podía esquivar.

En la escuela fue todo bien. Las pocas amigas que


había hecho en aquel tiempo eran muy agradables conmigo,
sobre todo Eva. Siempre tenía algo bueno que decirme:
—No te preocupes; tu prima debe extrañar en parte a
su madre y pues tal vez tenga celos de ti por lo de Leonardo;
pero tú, sal con él…—Eva se reía y yo la miraba extraña-
da—. No tomes a mal mi risa pero…
Se volvió a reír.
—Al pobre hombre lo tienes tan mal…
Ambas nos reímos y a ella se le pusieron coloradas
las mejillas para quedar a tono con lo que llevaba puesto.

Como dos horas antes de que llegara Leonardo por


mí, yo seguía hecha una facha, en mis pants azules con unas
sandalias. Llamé a Eva por teléfono.
—Eva; en verdad no sé qué ponerme —le dije entre
risas—. Digo sé que no es para tanto y sé que también va a so-
nar ridículo; pero nunca había tenido una… bueno, una cita.

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Hasta que amanezca182-12-08-09.i17 17 12/10/09 9:28:20 AM


x A. K. P. C. Ordóñez X

—Mila; solo sé tú. No es la gran cosa, te lo juro.


Aparte, ya lo tienes embobado…
—Mmm… posiblemente, pero tampoco quiero ir
muy arreglada. Tú me entiendes ¿verdad?
—Ay nena; para serte franca, yo tampoco he tenido
nunca una cita —ambas nos reímos.
De pronto nos quedamos calladas y me volví; Mel
estaba mirándome recelosa mientras sacaba la jarra con agua
de naranja del refrigerador.
—Nenis ¿sigues ahí? —me preguntó Eva.
—Mmm…sí.
—Ay, tu prima debe estar ahí, ¿verdad?
—Ahá… —le contesté, cuidando minuciosamente
mis palabras para que no se me fuera a salir algo que fue-
ra a delatar lo preocupada que estaba sobre mi vestimenta.
No quería que Mel pensara que sentía algo por Leonardo,
porque realmente no era así.
—Bueno; pues entonces solo dedícate a oír mis ins-
trucciones de mamá gallina… —ambas nos reímos, aunque
ella lo hizo abiertamente del otro lado del teléfono y yo a hur-
tadillas—. En primer lugar, sé tú, y esto engloba el hecho de
que te debes vestir como mejor te agrade para sentirte cómo-
da… En segundo lugar, no vayas a besarlo en esta cita, esp...
Me vi tan obligada a interrumpirla que casi me olvi-
do de que mi prima estaba allí.
—No voy a be… —al oírme decir esto caí en la cuen-
ta de que mi prima seguía allí y había abierto los ojos como
platos gigantes— …no voy a be… a ver ese partido. Lo
lamento, Eva, prometo ir a verte jugar más seguido…
Pero al parecer Mel no había creído mi juego de pala-
bras; me miraba con tanto odio que no la reconocía.

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x Hasta que amanezca X

—No inventes, Mila, ¿tu prima escuchó? Ay no, pa-


rece que esta charla telefónica no llevará tu relación con Mel
por buen camino. Mejor te llamo luego.
—Sí, nos vemos el lunes, cuídate Eva. Bye.
Justo después de que colgamos, Melanie optó por
tomar su vaso con jugo y subirse a nuestro cuarto sin decir
palabra.

Leonardo llegó antes de la hora acordada, así que le


pedí de favor que esperara en la sala de estar.
—¿Quieres, mientras tanto, un vaso con agua?
—Bueno
Al entrar en la cocina me di cuenta de que mi prima
estaba allí. Me dirigió una mirada verdaderamente horrible y
yo de inmediato me fui al garrafón que aún no estaba abierto
y con un cuchillo intenté abrirlo en vano, porque ni con el
cuchillo podía; además sentía la mirada de mi prima sobre
mí. Finalmente pude y casi se me cae el garrafón al servir el
agua. Mi prima soltó una risita y enseguida yo me tropecé
derramando un poco de agua.
—¿Todo bien primita? —me pareció innecesario
contestarle; seguía burlándose, así que solo asentí y me salí
de la cocina.
—Nunca servir agua me había parecido tan peligroso
—me dijo Leonardo entre risas.
—Créeme; no lo quieras saber —le respondí y me
solté a reír—; espérame dos segundos, solo subo por mi cha-
marra y hago una llamada.
—Ok.
Subí deprisa la escalera; tomé la primera chamarra
del clóset y marqué el número de mi madre.

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x A. K. P. C. Ordóñez X

—¿Sí?
—Hola ma; oye, Leonardo ya está aquí. Regreso a
eso de las ocho u ocho y media quizás.
—Bueno; pero me avisas y ¡contesta el teléfono!
—Sí, mamá —le respondí a regañadientes.
—Bueno; cuídate amor, un beso.
—Sí, ma; bye.

Después de que bajé y nos fuimos, se me pasó el


tiempo volando. Ya no nos dio tiempo de entrar al cine, pero
pasamos como dos horas dentro de un café y después nos
paseamos por la plaza como una hora sin parar de hablar.
Aunque después comencé a distraerme, algo en una parte de
mí me señalaba que no todo estaba bien.
—Leonardo, ¿ya podemos irnos?
—Pero aún no son ni las ocho.
—Por eso mismo; en poco tiempo darán las ocho y
ya debo irme. Le prometí a mi madre que estaría en casa a
esa hora.
—Bueno; entonces vamos. Deja que le hable a mi
hermano para que pase por nosotros.
—No es necesario.
—No; sí que lo es. No quiero darle una mala impre-
sión a tu madre.
Al llegar a mi casa, Leonardo me abrió la puerta del
auto y me ayudó a bajar.
—Gracias por traernos.
—Por nada —me respondió su hermano.
—Bueno, pues ya me voy —me volví a Leonardo
que me miraba insistentemente.
—Sí; nos vemos el lunes, supongo.
—Sí —al despedirme le di un beso en la mejilla y
enseguida me metí a mi casa.

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x Hasta que amanezca X

Mi madre me estaba esperando en uno de los sofás


de la sala.
—¿Cómo te fue, amor?
—Bien, ma; gracias.
—Amor… —agregó mientras golpeteaba con su
mano sobre el sofá—; cuando pregunto cómo te fue, no te
estoy pidiendo tres sílabas.
Ambas soltábamos una risita y yo me fui a sentar a su
lado para platicarle exactamente cómo habían sucedido las
cosas, desde mi llamada a Eva y el enojo extraño de mi pri-
ma, hasta que Leonardo me había abierto la puerta del auto
de su hermano para ayudarme a bajar.
—Sí; me parece buen chico y también es guapo, ade-
más de caballeroso y gentil.
—Mamá; me parece que tienes un juicio muy amplio
de él sin siquiera conocerlo.
—Yo solo tengo el juicio del pequeño hombre que
me has descrito.
—Mamá; yo jamás dije que fuera guapo.
—Sí, sí que lo hiciste.
—¡Claro que no!
—No quiero discutir contigo —me replicó y comen-
zó a hacerme cosquillas.
—Ma, mam, mamá —le pedí entre risas—. ¡Ya, para!
¡Por favor!
—Bueno, niña horrible; vamos a cenar. Háblale a
Mel.
—No creo que me haga caso, pero haré todo lo que
pueda.
Al entrar en mi cuarto vi a Mel recostada sobre mi
cama. Creí que estaba dormida, así que saqué un pijama de uno
de mis cajones del buró y cerré la puerta sigilosamente…

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x A. K. P. C. Ordóñez X

—Mila…
Seguramente había escuchado mal, así que seguí has-
ta el cuarto de mi madre para cambiarme. Cuando abrí la
puerta, Mel me esperaba afuera.
—Mel… —le respondí algo vislumbrada—. ¿Qué
sucede?
—Nada —me respondió golpeadamente—. ¿Qué tal
tu cita?
En esa última pregunta noté que su tono era algo iró-
nico y déspota.
—Pues… bien, gracias.
—No; no me agradezcas y menos en tono interroga-
tivo primita.
Al oírla decir esto ni siquiera me quedaron ganas
de contestarle y di un suspiro, pero no me pude aguan-
tar y mis palabras salieron justo como las sentía. Creo
que eso fue un gran error del cual tal vez me arrepentiría
después.
—¿Sabes qué? Me parece de lo más estúpido que
estés “arreglando” tus emociones de una manera tan pri-
mitiva, con frases irónicas y subrayando la palabra primita
como si yo no supiera serlo —tomé un breve respiro—. Ya
me harté; con razón tu madre te envió primero: debe estar
harta de ti.
Después de decir esto y sentirme aliviada por el mo-
mento, me entró un pequeño remordimiento y le dije:
—Vamos a cenar; mi madre desea que tú nos acom-
pañes.
—Pero tú no, primita, así que prefiero quedarme aquí
—me respondió conteniendo toda la rabia y el rencor que
llevaba dentro.
—Perfecto. ¡Que pases buenas noches!

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x Hasta que amanezca X

—La disfrutaré —me dirigió una última mirada


mientras dio otro azotón a la puerta de mi cuarto.

El sábado no pasó nada interesante, salvo que Me-


lanie se quedó encerrada en mi cuarto todo el día y solo salió
para atender la llamada de su madre que tuvo el placer de
decirnos que llegaría en diez días.
—Así que mi tía llegará el once de noviembre.
—Sí, cielo.
Esa noticia me calmó un poco, ya que significaba que
mi prima ya no estaría tanto tiempo en la casa porque iría a
la suya.

E
sa noche volví a soñar con él. Sus ojos verdes vol-
vían a inundarme el alma y yo ya no lo soportaba; me irrita-
ba el hecho de saber que estaba soñando. Me parecía de lo
más tonto estarme enamorando en sueños. Al despertarme
volví a caer en cuenta de que, como ya había predicho, solo
era un sueño más.

Toda la semana transcurrió lentamente. El jueves


me enfermé y no fui a la escuela y Leonardo me llevó unas
flores a mi casa que cambiaron mi humor por completo.

N
— o, mamá, no; dime que no es cierto. Que todo
es una mentira —no paraba de llorar, no sentía mis rodillas.
Mi madre también estaba llorando.
—No, por favor, mamá.
De pronto me encontraba en lo que parecía una igle-
sia inundada pero no podía salir: la puerta estaba cerrada.
Algo había abierto la puerta y al asomarme veía lo que pare-
cía un precipicio y yo caía…

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x A. K. P. C. Ordóñez X

—¡Mamá!
—Amor… estás soñando; es una pesadilla.
—Ay, mamá, qué bueno que esté bien…—y le di un
fuerte abrazo.
—Hora de irse a la escuela; hoy ya no vas a faltar.
—Ma, cinco minutos.
—¡No, ya; despierta!
Ese día pasó muy lentamente y me parecía que nada
tenía sentido: amaneció y terminó el día lluvioso.

P
ronto llegó el sábado. La noche del viernes no
soñé absolutamente nada y desperté con falta de algo, con
un vacío que no sé aún cómo explicar. En el desayuno mi
mamá no habló, Melanie tampoco y yo no tenía ganas de
pronunciar palabra. De repente mi madre rompió el silencio
e hizo una pregunta extraña que no deja de resonar en mi
cabeza porque aún no la comprendo:
—¿Qué día es hoy? —la voz de mi madre parecía
débil, aunque no sé si así lo percibí.
—Ocho de noviembre —al pronunciar estas palabras
pasaron dos cosas que pude captar no sé cómo. Percibí un
olor a flores, de lo más dulce, y luego de eso se volvió a
hacer el silencio incómodo, roto enseguida por el timbre del
teléfono.
Vi como mi madre contestaba el teléfono. Nunca ol-
vidaré cómo fue cambiando su rostro conforme recibía pa-
labras y palabras que carecían de sentido. De pronto el vaso
con jugo se desvaneció y cayó lentamente hasta chocar con
el piso conforme mi madre dejaba la línea suelta… Creí que
ya sabía lo que sucedía. Comprendía a la perfección, pero
algo en mí no quería aceptarlo.

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x Hasta que amanezca X

—¿Mamá?
Mi voz sonó como un eco. En ese momento mi madre
se desvaneció en la pared de la cocina; de pronto se encon-
traba más pálida que nunca y cayó de rodillas sobre el piso.
—¿Mamá? Mamá, dime qué sucede.
—Mila, tu padre…—yo me llevé una mano a mi
boca para ahogar el grito que quería producir.
—…No —ahora comenzaba a comprender.
—Tu padre… tu padre falleció, amor —el llanto de
mi madre estalló cuando comenzó el mío.

La madre de Mel llegó, junto con Leonardo, a mi


casa. Yo, inconscientemente, me lancé sobre Leonardo, de-
seando que fuera él. Leonardo me abrazó con fuerza y me su-
surró: “Lo siento, Mila”, a lo que yo no pude responder sino
con más lágrimas. Aun en esas circunstancias Mel no dejaba de
mirarme con odio.

Un día yo me dirigí a la cocina por un vaso de


agua:
—Has de estar feliz empleando tu papel de víctima
para poder abrazar a Leonardo frente a mí sin que te pueda
decir nada ¿verdad primita? —creí que no tendría de dónde
sacar fuerzas para responderle, pero salieron de algún lugar.
—¿Qué es lo que te molesta en verdad, Mel: que lo
abrace o que esté enamorado de mí? —los ojos de Melanie me
miraron con furia y frunció sus labios sin pronunciar palabra.
De pronto sentí que su mano golpeaba con fuerza mi mejilla
izquierda. Llevé la mano sobre mi rostro y me volví a ella sin
decir palabra, al ver en sus ojos una expresión llena de satis-
facción. En ese momento otra lágrima volvió a salir de mi ros-
tro y, una vez fuera de la cocina, me eché a llorar de nuevo.

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x A. K. P. C. Ordóñez X

Y así pasaron días y días; ya no me atrevía a salir del


cuarto de mi madre, porque Mel seguía allí con mi tía y no
quería verla. Aún no lograba entender lo que realmente le
sucedía y me sentía lo suficientemente cansada como para
intentar comprenderla.

Ya estaba tan cansada de llorar que los ojos me do-


lían. De hecho no creo que hayan sido suficientes lágrimas:
mi alma se encontraba más triste de lo que podía expresar
o, inclusive, sentir. Casi un mes después de aquella triste
noticia, estaba recargada en los pies de mi cama cuando mi
madre abrió la puerta de mi cuarto.
—Mila, prepara tus maletas; nos vamos.
—¿Irnos, adónde?
—Solo haz tus maletas, cielo…—me susurró y salió
de mi cuarto.
Al abrir la puerta para cuestionarla, vi que cerraba la
de su cuarto. E hice lo que me había ordenado: mis maletas
entre lágrimas y recuerdos que también guardé en ellas…

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By A. K. P. C. Ordóñez

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Ana Karen nació el 13 de julio de 1990


en la Ciudad de México, México, D.F. Estudió
la preparatoria en la Universidad La Salle de A. K. P. C. Ordóñez

A. K. P. C. Ordóñez
su ciudad natal. Actualmente se encuentra
estudiando la Licenciatura en Diseño Textil
en la Universidad Iberoamericana de esta
ciudad.
En su tiempo libre disfruta de la lectura
y la escritura. Entre sus autores favoritos están: Jane Austen,
Cecelia Ahern, Stephenie Meyer y J.K. Rowling. También le
gusta escuchar música, pintar, platicar, cantar y tomar café...
Pero lo que más le gusta hacer es pensar. Piensa mucho, tal vez,
demasiado. Cree desmedidamente en el destino y en los sueños.
La idea de escribir Hasta que amanezca surgió por un pacto que
hizo con dos grandes amigas el 6 de octubre de 2005. Comenzó
a escribirla en junio de 2006 y la terminó en abril de 2009.

ISBN 978-1-59835-133-0
51499

9 781598 351330
$ 14.99

HastaqueAmanezca- FinalCover.ind1 1 12/9/09 1:04:52 PM

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