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Manuel González Prada (1844-1918): del ensayo al panfleto

Dr. Joël DELHOM


Université Européenne de Bretagne (HCTI – EA 4249), Francia

Ponencia presentada en el Simposio internacional “El ensayo: hacia el bicentenario de su aparición en


Hispanoamérica. Balances, revisiones y porvenir de un género fundacional”, Universidad Nacional de Cuyo
(Mendoza, Argentina), 4-6 de noviembre de 2009.

No había fallecido aún González Prada cuando su compatriota Ventura García


Calderón lo definía como “un ensayista, un pensador apasionado” y lamentaba que no hubiera
escrito “algún libro homogéneo”: “Páginas libres y Horas de lucha, sus colecciones de
artículos, parecen misceláneas de un admirable escritor cuyos libros centrales se perdieron1.”
Poco después, publicaba también José Carlos Mariátegui un artículo mucho más crítico,
posteriormente incluido en sus Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928),
en el que aseveraba:

Y ni en Páginas libres ni en Horas de lucha encontramos una doctrina ni un programa


propiamente dichos. En los discursos, en los ensayos que componen estos libros,
González Prada no trata de definir la realidad peruana en un lenguaje de estadista o de
sociólogo. [...] No concreta su pensamiento en proposiciones ni en conceptos. Lo
esboza en frases de gran vigor panfletario y retórico, pero de poco valor práctico y
científico. [...] Las frases más recordadas de González Prada delatan al hombre de
letras: no al hombre de Estado. Son las de un acusador, no las de un realizador2.

A pesar de estas posibles limitaciones, la crítica del siglo XX no ha dejado de ver en González
Prada uno de los principales ensayistas latinoamericanos. Por ejemplo, en 1955, Robert G.
Mead, escribía en la Revista Hispánica Moderna:

1
Ventura GARCÍA CALDERÓN, Semblanzas de América, [Madrid], Biblioteca Ariel, [1919], p. 177.
2
José Carlos MARIÁTEGUI, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, Lima, Biblioteca Amauta,
1977, pp. 258-259.

1
Debe colocarse [a González Prada] en un punto equidistante entre los grandes
ensayistas-precursores de la primera generación romántica, como Juan María
Gutiérrez, Sarmiento, Mitre, y los del modernismo. Con mayor preparación científica,
es menos ingenuo que los románticos. En su temática, huye de lo abstracto y universal
hacia lo social y concreto. Pero su insistencia en una visión positiva del mundo le
aparta definitivamente del grupo de ensayistas finiseculares españoles e
hispanoamericanos3.

Enrique Anderson Imbert, en su Historia de la literatura hispanoamericana (1961),


clasificaba a González Prada entre los “constructores de pueblos”, junto a Bello, Sarmiento,
Montalvo, Varona y Martí, considerando además que es uno de “los tres pensadores más
serios de estos años” con Justo Sierra y Enrique José Varona4. También en los años sesenta,
Carlos Ripoll incluía a González Prada en su Antología del ensayo hispanoamericano y lo
justificaba asegurando que “pertenece asimismo al grupo de escritores que lograron jerarquía
artística para sus denuncias políticas5”. En la década siguiente, Eugenio Chang Rodríguez
notaba que “algunos críticos sostienen que don Manuel González Prada no es el mejor
pensador peruano, empero no tienen dificultad en incluirlo entre los grandes ensayistas de
América, con Martí, Montalvo, Hostos y Rodó”, antes de explicar por qué ha de ser
considerado un ensayista:

En don Manuel, la sociedad y la política peruanas fueron desafíos claves y constantes.


Como un censor romano señaló las causas del desquiciamiento social y el modus
operandi de sus corrompidos gobernantes. Su diagnosis y prognosis del corpus de sus
investigaciones y observaciones constituyen la materia prima de sus ensayos. Su
temática sigue la corriente general de la “literatura de ideas” de Hispanoamérica; se
deriva de su preocupación fundamental: la identificación de nuestro ser para buscar la
identidad. La problemática nacional, versión parcial de la continental, es el leitmotif
[sic] de su arte. La búsqueda de la esencia del ser peruano se encauza en él por el
camino de la crítica sociopolítica expresada con una estética que difiere tanto de la que

3
Robert G. MEAD, “González Prada: el prosista y el pensador”, Revista Hispánica Moderna, New York, XXI
(1), Enero 1955, pp. 16-17.
4
Enrique ANDERSON IMBERT, Historia de la literatura hispanoamericana, México, FCE, 1961, vol. I, pp. 297 y
300.
5
Carlos RIPOLL, Conciencia intelectual de América: antología del ensayo hispanoamericano (1836-1959), New
York, Las Américas Publishing Company, 2ª ed. corr. y aum. 1970 [1ª ed. 1966], p. 8.

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considera a la literatura esclava de la ideología como de la que supedita las ideas a la
belleza de la expresión6.

Estas valoraciones, y especialmente la última, remiten a los principales criterios definitorios


del ensayo como género ideológico literario:
- una combinación de la finalidad crítica y de la intención estética, donde la función
estética refuerza la función moral, social o política;
- la intención didáctica y persuasiva en la identificación y posible solución de
problemas de orden general, especialmente en Latinoamérica los de la identidad y de
la construcción democrática de la nación;
- un ejercicio crítico no estrictamente científico, que reivindica su carácter
circunstancial, fragmentario, subjetivo y que se dirige a un amplio público.
El análisis del carácter y de las modalidades de gestación de la obra en prosa de González
Prada permitirá precisar de qué manera peculiar se ajusta a dichos criterios y averiguar lo que
hay de cierto en las críticas emitidas por García Calderón y Mariátegui.

Descripción de la obra en prosa de González Prada

Siendo joven, González Prada escribió algunas obras dramáticas, luego destruidas o
perdidas, y cantidad de versos. Existen también unos pocos cuentos breves que demuestran
que experimentó con la ficción. Si bien su inclinación poética jamás se desmintió, en prosa se
dedicó en su madurez exclusivamente a la literatura de ideas, aunque sólo publicó dos libros
en vida, Pájinas libres (París, Paul Dupont, 1894) y Horas de lucha (Lima, El Progreso
Literario, 1908), ambos colecciones de textos por lo general aparecidos primero en la prensa o
en folletos y a veces ampliamente refundidos. El resto de su obra ha sido recopilada y
publicada póstumamente por su hijo Alfredo y, después de la muerte de éste, por el crítico
peruano Luis Alberto Sánchez: se compone de otros siete volúmenes7. A pesar de lo esparcido
de la producción, pueden distinguirse dos periodos diferentes.

6
Eugenio CHANG RODRÍGUEZ, “El ensayo de Manuel González Prada”, Revista Iberoamericana, Pittsburgh,
XLII (95), abril-junio 1976, p. 239.
7
Bajo el oprobio (París, Bellenand, 1933); Anarquía (Santiago de Chile, Ercilla, 1936); Nuevas páginas libres
(Santiago de Chile, Ercilla, 1937); Figuras y figurones (París, Bellenand, 1938); Propaganda y ataque (Buenos
Aires, Imán, 1939); Prosa menuda (Buenos Aires, Imán, 1941); El tonel de Diógenes. Seguido de Fragmentaria
y Memoranda (México, Tezontle, 1945). Por otra parte, la obra poética consta de once libros de los cuales sólo
tres vieron la luz antes de la muerte del autor.

3
Es sin duda la traumática experiencia de la derrota peruana en la Guerra del Pacífico y
la consiguiente ocupación chilena de Lima lo que decidió a González Prada, a modo de deber
patriótico, a analizar detenidamente la realidad nacional en discursos, ensayos y artículos. Su
estancia en Francia y en España, de 1891 a 1898, le permitió acceder a las Bibliotecas
Nacionales y asistir a clases en la Sorbona y en el Collège de France, donde pudo escuchar
por ejemplo a uno de sus modelos, Ernest Renan. Leyó mucho y su pensamiento se fue
radicalizando. La edición de Pájinas libres fue la culminación de esta primera etapa, que
abarca los veinte últimos años del siglo XIX. González Prada se dirigía principalmente a la
elite intelectual del país y a la incipiente clase media de ideas avanzadas, con un discurso
liberal radical que apelaba a una regeneración con arengas tan provocadoras como la famosa:
“¡Los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra!8” La segunda etapa, mucho más virulenta que
la primera, refleja el giro ideológico del republicanismo federalista hacia el anarquismo,
marcado en 1902 por la separación del partido Unión Nacional que el escritor había
contribuido a fundar en víspera de su viaje a Europa. Destacan la serie de artículos firmados
con seudónimos que compuso a partir de 1899 para la prensa liberal y anticlerical, y luego de
1904 à 1909 para el periódico obrero anarquista Los Parias. A partir de 1910, González Prada
parece haberse apartado de la prensa militante hasta que en 1914 volvió a la palestra para
denunciar el golpe de Estado del coronel Oscar Benavides, editando su propio periódico del
que no pudo sacar más que un número9. Aunque Horas de lucha, la obra maestra del segundo
periodo, no ostenta la orientación revolucionaria de los artículos, manifiesta una clara ruptura
con las clases privilegiadas, a las que el autor ya no trata de convencer sino de humillar en
ensayos cortos e incisivos como “Nuestros Beduinos”, donde escribe: “Aquí la podre
contagiosa se oculta bajo el frac y la levita, no bajo la blusa ni el poncho. [...] entre nosotros
existe una clase superior, y en esa clase una costra de donde bajan al asiento los gérmenes de
todas las miserias, de todas las prostituciones y de todos los vicios10.” Pájinas libres y Horas
de lucha son dos libros muy diferentes en el contenido y en la forma. Los textos filosóficos, la
crítica literaria y las arengas patrióticas no tienen cabida en el segundo, que está dedicado por
completo a temas sociopolíticos y no tiene un carácter tan erudito como el primero, aunque
todos sus ensayos están sembrados de referencias cultas. Es evidente que González Prada
había pasado a dirigirse a lectores menos ilustrados, adaptando la forma y el estilo.

8
Manuel GONZÁLEZ PRADA, “Discurso en el Politeama”, en Páginas libres, con un estudio crítico de Rufino
Blanco-Fombona, Madrid, Sociedad Española de Librería (Biblioteca Andrés Bello; VII), [1915], p. 79.
9
Véase Joël DELHOM, “González Prada y la prensa del Perú”, en Jean-Michel DESVOIS (ed.), Prensa, impresos,
lectura en el mundo hispánico contemporáneo. Homenaje a Jean-François Botrel, Pessac, PILAR-Presses
Universitaires de Bordeaux, 2005, p. 363-374. También en <http://sites.google.com/site/joeldelhom/>.
10
Manuel G. PRADA, Horas de lucha, Callao, Tip. Lux, 2ª ed., 1924, p. 220. El subrayado es de G. Prada.

4
Basta ojear la sección III de la “Cronología de la obra en prosa de Manuel González
Prada”, establecida en 1947 por Robert G. Mead11, para tener una idea del género y del tema
de cada uno de los más de doscientos cincuenta escritos que constituyen su obra completa. En
esta lista, unos cincuenta textos son calificados de ensayos por el estudioso norteamericano, el
triple de artículos periodísticos, a los que hay que añadir más de veinte discursos,
conferencias, estudios y prólogos. Dado que Mead no precisa los criterios distintivos
adoptados y por la misma indeterminación del ensayo como género, es obvio que este tipo de
aproximación es puramente subjetiva, aunque sí orientadora. En cuanto al contenido, hay
ensayos filosóficos, literarios, biográficos, históricos, políticos, sociales, e incluso un ensayo
de divulgación científica. Los artículos son casi todos de crítica sociopolítica. La reflexión del
intelectual limeño abarca conceptos tan amplios como la libertad, la justicia, la moral, la
democracia, la religión, el progreso y la civilización.
Sin entrar en un análisis estilístico o retórico, es preciso destacar la enérgica concisión
de la prosa de González Prada, así como la ferocidad de los ataques realzada por la habilidad
metafórica12. El ethos agresivo y la voluntad satírica de muchos de sus escritos lo dibujan
como polemista más que como ensayista. Sin embargo conviene recordar que, históricamente
en la literatura de ideas, ensayo y panfleto han sido formas muy próximas, y mientras algunos
críticos distinguen géneros diferentes, otros conciben el ensayo como un hipergénero que
abarca una gran diversidad de formas, entre ellas las agonísticas. La tendencia polémica es
bastante natural, por no decir consubstancial al género, puesto que el ensayo, como el artículo
periodístico, recoge experiencias, valores y opiniones individuales, no verdades irrefutables.

¿Una obra frustrada?

No deja de ser significativo que González Prada no utilizara jamás la palabra ensayo
en el título de sus obras. Como ya lo había notado Robert G. Mead13, el escritor peruano fue
influenciado por el modelo francés. Las revistas (La Revue des Deux Mondes, La Revue de
Paris, Le Journal des Débats…) publicaban contribuciones cortas en forma de artículos, que
permitían a los intelectuales intervenir rápidamente en los debates que agitaban la sociedad, y

11
Robert G. MEAD, “Cronología de la obra en prosa de Manuel González Prada”, Revista Hispánica Moderna,
New York, XIII (3-4), Julio-Octubre 1947, pp. 309-317. En Internet puede verse una versión actualizada por
Thomas Ward: <http://evergreen.loyola.edu/tward/www/gp/orden_crono.htm>.
12
Sobre la elocuencia de la prosa de González Prada, véase R. G. MEAD, “González Prada: el prosista y el
pensador”, art. cit., pp. 17-22 y E. CHANG RODRÍGUEZ, “El ensayo de Manuel González Prada”, art. cit., pp. 244-
248.
13
R. G. MEAD, “González Prada: el prosista y el pensador”, art. cit., p. 21.

5
por otra parte eran editadas colecciones de textos breves, a menudo polémicos, anteriormente
dados a conocer en la prensa14. Los órganos militantes eran mucho más punzantes, así el
semanario anarquista de Émile Pouget, Le Père Peinard (1889-1902), podría haber inspirado
las arremetidas más satíricas y panfletarias del autor. La elección de la forma periodística en
el segundo periodo demuestra en González Prada una estrategia de difusión del pensamiento
que privilegia la rapidez de reacción del escritor de cara a los acontecimientos sociopolíticos
en un contexto de formación de la opinión pública. Un escritor visto como conciencia moral y
en la vanguardia de los ideales progresistas de una sociedad pre-democrática. Al respecto,
merece ser citado lo que González Prada escribía en la tercera parte del ensayo “Propaganda y
ataque”, fechado en 1888, donde definía el papel del intelectual anticipando su propia
evolución ulterior:

Ardua tarea corresponde al escritor nacional, como llamado a contrarrestar el


pernicioso influjo del hombre público: su obra tiene que ser de propaganda y ataque.
Tal vez no vivimos en condiciones de intentar la acción colectiva, sino el esfuerzo
individual y solitario; acaso no se requiere tanto el libro como el folleto, el periódico y
la hoja suelta.
Hay que mostrar al pueblo el horror de su envilecimiento y de su miseria;
nunca se verificó excelente autopsia sin despedazar el cadáver, ni se conoció a fondo
una sociedad sin descarnar su esqueleto. ¿Por qué asustarse o escandalizarse? Cuanto
se diga, ¿no lo palpan nacionales y extranjeros? La lepra no se cura escondiéndola con
guante blanco15.

Los críticos que han estudiado el ensayo del siglo XIX en Francia han señalado su
heterogeneidad e incluso su dualidad. Distinguen una tendencia hacia la obra monográfica
larga, de estilo pulido, serio y neutral, y otra tendencia hacia el escrito breve, fragmentario, de
estilo más sencillo y polémico, que resulta de una adaptación del autor al auge de la prensa
como medio de comunicación dentro de la aceleración que conlleva la vida moderna16. Su

14
Charles SAINTE-BEUVE, Causeries du lundi (1851-1862); Ernest RENAN, Essais de morale et de critique
(1859) y Essais de critique et d’histoire (1858 y 1882); Rémy de GOURMONT, La Culture des idées (1900); tres
autores citados por González Prada. La Revue des Deux Mondes y La Revue de Paris, así como La Revue Bleue
(o Revue Politique et Littéraire) también son mencionadas en su obra.
15
Manuel GONZÁLEZ PRADA, Páginas libres, op. cit., p. 174.
16
Véase Pierre GLAUDES y Jean-François LOUETTE, L’Essai, Paris, Hachette Supérieur, 1999, pp. 98-102. En el
artículo “Essai” del Dictionnaire universel des littératures (1876) ya notaba el escritor Gustave Vapereau: “Il y a
des époques comme la nôtre, où toute l’activité se dépense en essais, en travaux préparatoires qui attendent en
vain la mise en œuvre dernière” (citado por P. Glaudes y J.-F. Louette, p. 98).

6
tendencia panfletaria tal vez haga de González Prada un ensayista atípico en Latinoamérica,
aunque no menos profundo que los demás, con ciertas limitaciones en cuanto a la obra
realizada, como lo apuntaron García Calderón y otros críticos posteriores. Eugenio Chang
Rodríguez destacaba que “en su reflexión utiliza sólo dos de los tres elementos hegelianos: la
tesis y la antítesis. Don Manuel no llega a la síntesis; por eso tal vez no ofreció programa
sistematizado alguno17”.
Pájinas libres, aunque no carece de intención polémica, no es un libro panfletario, al
contrario de la segunda parte de Horas de lucha y de numerosos artículos cuyo carácter
satírico es notable. Cuando deja el ensayo por el pasquín, González Prada prioriza la protesta
inmediata, la censura de las instituciones y de los hombres corrompidos, o por decirlo así, la
demolición de la sociedad inicua. Su capacidad para analizar la complejidad, introducir
matices o proponer alternativas se ve limitada por la misma forma elegida para la expresión.
La agresividad, la brevedad, la periodicidad, la estrecha vinculación del artículo con la
actualidad, la necesidad de hacerse entender entre un público poco acostumbrado a la lectura,
son imperativos que no permiten al autor desarrollar una obra “constructiva” de gran alcance.
Tal vez por eso mismo estuvo González Prada toda su vida revisando textos para una futura
edición que no llegó a realizar. Muchos son los fragmentos, los trabajos valiosos pero
inconclusos y, efectivamente, el lector no encuentra la monografía sintética de crítica literaria
o de crítica política y social que se esperaba.
Aunque replantean de manera crítica los fundamentos de la realidad, el panfleto y el
artículo satírico no permiten mostrar al lector la “justeza de un pensamiento” y “persuadirlo
de lo bien fundado de la argumentación”, dos normas particulares del ensayo según María
Elena Arenas Cruz18. La demostración de la tesis del autor aparece como secundaria frente a
la descalificación de la tesis contraria o del personaje que la encarna. Como asumen
implícitamente que verdad y error son claramente identificables, el panfleto y la sátira son
formas que descargan certezas sin necesidad de demostrarlas, y que sólo contemplan dos tipos
de lectores: uno, el enemigo al que se menosprecia, con quien no se puede llegar a un
entendimiento; y otro, el amigo ya convencido, al que se regocija. Al contrario, el ensayo en
su forma ideal trata de explicar y convencer a un verdadero interlocutor con quien se instaura
un debate o incluso una polémica. Mientras el ensayo se aproxima al discurso de la ciencia al
exponer parte de sus presupuestos ideológicos, las formas agonísticas tienden a ocultarlos, lo

17
E. CHANG RODRÍGUEZ, “El ensayo de Manuel González Prada”, art. cit., p. 249.
18
María Elena ARENAS CRUZ, Hacia una teoría general del ensayo. Construcción del texto ensayístico, Cuenca,
Ed. de la Universidad de Castilla-La Mancha, 1997, p. 458.

7
que impide el cuestionamiento de los postulados fundamentales del discurso. Lo que podría
ser discutido no se enuncia y es inconscientemente aceptado por el lector. Como lo expone el
crítico Marc Angenot, sátira y panfleto suponen una ruptura radical con su objeto, son
discursos de la marginalidad19, situación en la que se encontró de forma creciente González
Prada a partir de 1900.
Retomando los elementos definitorios del ensayo enunciados al principio, se puede
decir que el predominio de la voluntad agonística en González Prada y la elección de una
forma breve conducen a:
- un debilitamiento de las funciones crítica y estética porque la escritura pierde en
sutileza y elegancia al adoptar un régimen panfletario, es decir esencialmente dualista
y violento20;
- un debilitamiento de la función didáctica y persuasiva, porque se busca una impacto
contundente e inmediato basado en una reacción afectiva más que en el
convencimiento racional del lector neutral;
- un aumento del carácter circunstancial, fragmentario e impulsivo propio de la forma
periodística.

Para concluir, cambiando de perspectiva

Finalmente, cabe preguntarse, como lo hizo Mariátegui, si González Prada fue un


constructor o un demoledor. Irrumpió en el debate político para contribuir a hacer del Perú
una nación moderna, lo que implicaba liquidar la herencia colonial e integrar a la población
marginada mediante una política enérgica de las elites liberales, desde arriba hacia abajo (top-
down). Después cambió de estrategia y se propuso derribar el Estado oligárquico, fuese liberal
o conservador, para abrir paso a una sociedad igualitaria, llamando a las masas a la acción
revolucionaria, desde abajo hacia arriba (bottom-up). En ambas etapas, González Prada
consideraba que para construir algo nuevo y bueno era preciso destruir lo viejo y malo, siendo
que en su segundo periodo dio prioridad a la destrucción porque había dejado de creer en la
voluntad de los liberales de transformar radicalmente la sociedad. Según él, la reconstrucción
debía ser obra de todo el pueblo y no sólo de una elite; lo asentó claramente en el discurso “El
intelectual y el obrero”, diciendo:

19
Marc ANGENOT, La Parole pamphlétaire. Contribution à la typologie des discours modernes, Paris, Payot,
1982, especialmente pp. 32-39 y 186.
20
Entiéndase desde una perspectiva estética clásica.

8
Los intelectuales sirven de luz; pero no deben hacer de lazarillos, sobre todo en las
tremendas crisis sociales donde el brazo ejecuta lo pensado por la cabeza. [...] El
mayor inconveniente de los pensadores –figurarse que ellos solos poseen el acierto y
que el mundo ha de caminar por donde ellos quieran y hasta donde ellos ordenen. Las
revoluciones vienen de arriba y se operan desde abajo21.

La ideología libertaria contribuyó a este paso del ensayo al panfleto, porque privilegia
la demolición de la sociedad burguesa, dejando a la espontaneidad popular la tarea
reconstructiva en base a los principios rectores enunciados por los grandes teóricos del
anarquismo. Para los ácratas, la destrucción revolucionaria es por sí misma constructiva como
acción emancipatoria individual y colectiva; por consiguiente es más imperativo despertar la
rebeldía popular que disertar doctamente sobre el presente o el futuro, con matices y distingos
propios del moderantismo reformista22. Desde esta perspectiva, que fue indudablemente la de
González Prada, la obra agonística de la segunda etapa, aun limitada a difundir principios
libertarios y a denunciar de forma bastante maniquea las injusticias o el oscurantismo, era tan
positiva y necesaria como la obra ensayística más nutrida de la primera etapa. Es
precisamente el imperativo ético de libertad y de justicia al que responde toda su prosa de
“propaganda y ataque” lo que le otorga un valor universal por encima de su enfoque en la
realidad peruana. No importa que González Prada pase a la posteridad como publicista y no
como ensayista o que el lector culto opine que su resentimiento frustró la elaboración de una
obra filosófica, política y literaria de mayor alcance. Basta con recordar que intentó
democratizar el pensamiento, proporcionando a las clases populares algunos instrumentos
críticos para analizar la sociedad y forjar una conciencia revolucionaria. El ensayo, como toda
la literatura de ideas, está sometido a una tensión dialéctica entre propuesta y protesta,
construcción y destrucción, que cada autor resuelve a su manera, según su temperamento y su
ideología. Ya lo había ilustrado Las Casas con su Brevísima relación de la destrucción de las
Indias.

21
M. G. PRADA, Horas de lucha, op. cit., p. 68.
22
Consciente de ello, González Prada se alejó de uno de sus modelos, Ernest Renan, en cuya obra criticaba la
indecisión que lo llevaba a contradecirse: “Todos los defectos de Renan se explican por la exageración del
espíritu crítico, el temor de engañarse y la manía de creerse un ‘espíritu delicado y libre de pasión’, le hacían
muchas veces afirmar todo con reticencias o negar todo con restricciones, es decir, no afirmar ni negar y hasta
contradecirse, pues le acontecía emitir una idea y en seguida, valiéndose de un pero, defender lo contrario. De
ahí su escasa popularidad: la multitud sólo comprende y sigue a los hombres que franca y hasta brutalmente
afirman con las palabras, como Mirabeau; con los hechos, como Napoleón”, M. GONZÁLEZ PRADA, “Renan”, en
Páginas libres, op. cit., p. 210.