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La página de patojos y patojas, chavalas y chavalos

LOS ZAPATOS

DE NINGUNA PARTE

Capítulo 1

chavalas y chavalos LOS ZAPATOS DE NINGUNA PARTE Capítulo 1 Tiburcio llevaba una semana buscando desesperado

Tiburcio llevaba una semana buscando

desesperado una zapatería. No es que faltasen zapaterías en la ciudad, pero las que

habían no tenían

era muy caros, en otra demasiado baratos y no se fiaba. En unas eran demasiado estrechos y le hacían daño, en otras no tenían de su medida. En unas tenían zapatos puntiagudos que no le gustaban, en otras eran tan chatos que le hacían daño en el dedo

gordo.

Tenía libre aquella tarde y decidió buscarlos por toda la ciudad, hasta los barrios más lejanos. Tenía piernas fuertes y caminó, caminó, deteniéndose en toda tienda que parecía vender zapatos. Hasta entró en una

calzado para él. En unas

llamada “al paso, al trote, al galope. Preguntó si para dar pasos tendrían… Le respondieron que sólo tenían herraduras. Entonces se dio cuenta de que en esa tienda sólo había sillas de montar, estribos, riendas y todo tipo de herraduras a gusto de los caballos y de sus dueños. Pensó que él había sido un burro entrando allí. Salió avergonzado.

Empezaba a anochecer. Un poco más adelante, en un callejón algo oscuro vio un extraño letrero. “TIENDA LA MISTERIOSA” . En la vitrina, junto a la puerta, se amontonaban cajas y objetos que no se distinguían muy bien por la poca luz, pero en un rincón descubrió varios pares de zapatos, botas, caites… Entró y preguntó:

“¿Tienen ustedes zapatos para mí?, del número 40?

Se levantó de su banqueta una

una pañoleta blanca en la cabeza. No era ni muy joven ni anciana, sino todo lo contrario.

Se le acercó y le miró de pies a cabeza. Sí,

señora con

así, empezando por los pies. Al llegar la

mirada a su cara la mujer le clavó

pequeños, negros, que parecían leer su corazón. “¿Está usted seguro de lo que quiere?”.

unos ojos

- Claro, ya le digo, unos zapatos para andar bien por las calles de esta ciudad con tantos baches y tropiezos”

- La mujer sonrió con gesto misterioso:

pues si quiere caminar lejos y seguro, le recomiendo estos… ¿del número cuarenta me dijo? Son ciento quince pesos. En la moneda de aquel país ( no les digo cuál es) ciento quince pesos no eran mucho. Los zapatos que le enseñó la vendedora eran un poco extraños en su forma y colorido. Pruébeselos- le aconsejó. Se sentó Tiburcio, se quitó los zapatos viejos, y se probó los nuevos. Movió algo los dedos de los pies, se levantó y caminó

un poquito. “¡Pues muy bien exclamó satisfecho esto es lo que buscaba! Me los, me losss…” Entonces se dio cuenta de que la vendedora había desaparecido. -“¡Oiga señora, oiga!”. Miró por todas

partes en el comercio.

Ya estaba casi oscuro y su casa estaba lejos. Decidió marcharse con los zapatos nuevos. Tiburcio era persona honrada. Dejó los ciento quince pesos sobre el mostrador. Gritó por última vez, por si ella estaba en otra habitación: “¡gracias señora, aquí le dejo el dinero!”. Agarró los zapatos viejos bajo el brazo y se fue. Estaba bastante oscuro. Al salir del callejón ya en las calles más anchas de la ciudad había farolas encendidas. Aunque era un poco tarde, por el placer de caminar con aquellos zapaos tan cómodos volvió paseando a casa.

.Nadie se asomó.

Por el camino se cruzó con su prima Carlota, que iba por la banqueta de enfrente.

- “¡Adiós Carlota!La muchacha se detuvo y miró hacia atrás.

- “¡Eh, que estoy aquí!Ella miró hacia donde él estaba. Pareció que no lo veía. Tiburcio levantó la mano saludando. “¡Muchacha que estoy enfrente!. Ella miró a un lado y a otro, se encogió de hombros y siguió adelante. Es verdad que estaba un poco oscuro, pero no tanto. “Esta chica necesita lentes”- pensó Tiburcio- y siguió también su camino de vuelta. Vivía en una casita de un solo nivel, con sus padres y una hermana más pequeña. Al llegar metió la llave en la cerradura, abrió - ¿Hay alguien?” – preguntó sin respuesta. Habrían salido todos.

Entro en su habitación. Dejó los zapatos viejos en un rincón. Se acercó a su armario que tenía un espejo de cuerpo entero. Allí fue a ver qué tal le caían los zapatos. Se puso enfrente del espejo, miró… y ¡no vio nada! – “¿Eh? ¿Qué me está pasando? ¿Estoy ciego?-dijo en voz baja. Pero él veía perfectamente todo lo que le rodeaba. Veía el armario y el espejo que reflejaba la habitación, pero él mismo no se veía allíTemblando de nerviosismo volvió a su cama y se sentó. El cansancio de la tarde, el paseo y los nervios le dieron ganas de tumbarse un ratito. Se quitó los zapatos. Desde su asiento miró hacia el espejo y dio un salto. ¡Ahora sí!, allí estaba él reflejado en el espejo, con cara de susto y… y descalzo.

LOS ZAPATOS

DE NINGUNA PARTE

Capítulo 2

LOS ZAPATOS DE NINGUNA PARTE Capítulo 2 En el primer capítulo, ¿recuerdan?, dejamos a Tiburcio, con

En el primer capítulo, ¿recuerdan?, dejamos a Tiburcio, con la boca abierta viéndose en el espejo cuando un rato antes no se veía. También recordó entonces que, cuando pasó cerca de su prima Carlota, tampoco ella le había visto. Pues no le fue muy difícil sacar consecuencias de lo que pasaba. Para estar más seguro se sentó frente al espejo, agarró los zapatos y empezó a ponérselos. Se puso el primero y miró al espejo. ¿Qué creen ustedes que pasó? ¿Se veía?, ¿no se veía? Pues mita-mita, que dicen en este pueblo. Se veía en blanco y negro, como una película de las antiguas. Entonces agarró el otro zapato se lo puso, y ¡zas! Lo que ustedes están pensando. Había vuelto a desaparecer totalmente del espejo porque él

sí se veía y se tocaba. Estaba allí, pero como en esas películas del hombre invisible,

nadie podía verle. No se lo acababa de creer.

esos zapatos eran

“invisibilizadores”, lo hacían invisible.

Miró el reloj. Eran las 9 de la noche. Estaba

cansado y nervioso de la impresión. Supuso que sus papás y su hermana estaban en alguna visita. Les dejó un aviso sobre la mesa de la cocina. “Me acosté, hasta mañana”. Volvió a su habitación y a dormir. Seguramente esa noche soñó mucho, pero él nunca se acordaba al despertar de sus sueños.

O sea

que

Amaneció, sonó ese antipático aparato llamado despertador y en cuanto Tiburcio

abrió los ojos, naturalmente, le volvió a la cabeza la memoria de los misteriosos zapatos.

- “Los tengo que probar, a ver si siguen hoy como ayer”.

Se los puso y salió a la cocina, donde estaban sus padres desayunando. Doña Tina preparaba los huevos revueltos. Don Toribio estaba pasando las hojas del periódico mientras se le escapaban exclamaciones:

¡Uff!

¡huy!

¡ah!

¡qué bárbaro!

¡menos

mal!

- ¿Qué sucede? le preguntó doña Tina.

- Sucede de todo contesto Don Toribio- y empezaron los dos a comentar las noticias de la política nacional e internacional y los problemas de los emigrantes que estaban expulsando de los “Estados” (unidos-de-Norteamérica, se supone, pero los llamaban solo los Estados, a secas).

- Tiburcio entró en ese momento, despacito, procurando no hacer ruido con los pasos, pero rozó con el codo una cacerola vacía que se fue al suelo estrepitosamente.

- Se volvió doña Tina - ¡huy!, la dejé al borde y se habrá resbalado.

- Tiburcio saltó silenciosamente y se quedó en un rincón. Pensó que si los padres sentían algo que no veían, el susto podría ser tremendo. Doña Tina recogió la cacerola y en aquel momento entro Teresita, la pequeña de los “T”. ¿Se habrán dado ustedes cuenta?: eran Tiburcio, Toribio, Tina y Teresita. La broma de los amigos era: ¿Te vienes a tomar el te a casa de los T?

- Teresita tenía10 años, ocho menos que su hermano y era un rabo de lagartija, traviesa y lista para todo menos para los números, pues se le atravesaban las matemáticas en la escuela.

- Mamá- preguntó la niña- , ¿dónde está el dormilón de mi hermano?

- Déjale dormir; vendría anoche muy cansado. Entonces se dio cuenta Tiburcio de que ya debía dar señales de vida. Aprovechó que estaba la puerta abierta, volvió a su habitación, se quitó los

misteriosos zapatos y ya empezó a volver al mundo visible; se lavó, se peinó, se vistió, se puso los zapatos viejos y entró haciendo ruido a la cocina.

- Entre los saludos, los ¿qué tal te fue? y los ¿qué tal amanecieron? , la pregunta de Doña Tina: Pero hijo, ¿no fuiste ayer a comprar zapatos y todavía andas con esos medio rotos?

- Sí mamá, no encontraba en ningún sitio… Sólo vi unos pero no sé si me quedaré con ellos… volveré hoy a ver qué hago…

- Esa era de verdad la idea de Tiburcio. Aquellos zapatos estaban siendo un problema para él. Ir de Invisible por la vida está bien para los cuentos, pero para la vida real creaba muchos problemas. ¿Ustedes no han hecho nunca la prueba de volverse invisibles? Pues Tiburcio sí y estaba asustado. Cuando desayunaron, el volvió a su

habitación, metió en una bolsa de plástico los zapatos misteriosos (es que llamarlos in-vi-si-bi-li-za-do-res , es muy complicado). Pues el muchacho, agarró la bolsa y salió a la calle para devolver esos zapatos invi… o hablar con la señora que se los había vendido.

- Esta vez agarró un bus que pasaba cerca de allí. Se bajó justo frente a la tienda de las herraduras, la del “Paso, trote y galope”, siguió hasta el callejón y buscó la tienda de los zapatos. La buscó pero no la encontró. En el sitio donde ayer estaba la “tienda misteriosa” había un edificio en construcción. Los albañiles estaban levantando un segundo nivel, con ayuda de una grúa.

- Tiburcio se acercó a uno de ellos:

“disculpe ¿aquí no había antes una tienda de… de cosas? - Pues no sé muchacho, hace tres semanas que trabajamos en construir

esta casa. No tengo idea de lo que había antes aquí. - Tiburcio se quedó lo que se dice patidifuso, es decir, de piedra, hecho un lío, balanceando la bolsa de zapatos en la mano, mirando a todos lados sin saber qué hacer. Estuvo a punto de ir a la tienda para caballos y comprarse unas herraduras; pero al final lo pensó mejor y…

Ya les contaré en otro capítulo lo que hicieron el pobre Tiburcio y sus zapatos invi…

- Mientras tanto vayan aprendiendo a decir sin respirar: Tiburcio está invisibilizado quién lo desinvisibilizará, el desinvisibilizador que lo desinvisibilizare buen desinvisibilizador será.

L0S ZAPATOS DE

NINGUNA PARTE

Capítulo 3

L0S ZAPATOS DE NINGUNA PARTE Capítulo 3 Tiburcio dejó de balancear la bolsa con los zapatos

Tiburcio dejó de balancear la bolsa con los zapatos misteriosos y empezó a caminar de vuelta a casa. Ya no pensó en montar en ningún bus. Necesitaba pensar. Se daba cuenta de que con aquellos zapatos en su poder se le iba a complicar mucho la vida,

para bien o para mal. Pensó

un cubo de basura, pero menudo conflicto se podía organizar. Si los encontraba un ladrón, se los ponía y dejaba toda la ciudad pelada, levándose todas las cosas de todas las casas, hasta los quesos. Sería un caso curioso. Pero ya que tenía allí los misteriosos zapatos, y sabía cómo utilizarlos, se dijo:

Voy a ver lo que puedo hacer con ellos.

tirarlos

en

Entró en un jardincillo solitario a aquellas horas, se sentó en un banco, miró alrededor

Entró en un jardincillo solitario a aquellas horas, se sentó en un banco, miró alrededor por si venía alguien y se los puso. Volvió a la calle y empezó a pasear. No sabía qué hora era. Se acercó a una señora que caminaba por y la preguntó: “Buenos días, ¿me puede decir por favor qué hora es? “La señora se volvió hacia la derecha, hacia la izquierda. Hacia atrás, se quedó pálida de susto, volvió a mirar alrededor… dijo temblorosa:” laaas dieez y veeeeinteee” y siguió caminando, casi

corriendo, mirando hacia atrás de vez en cuando. -“Ya metí la pata se dijo Tiburcio a ver si me convenzo de que aunque estoy, no estoy” y siguió su camino procurando que nadie tropezase con él. Al principio le fue fácil porque a esa hora y en esa calle pasaba poca gente.

Pero al cabo de 10 minutos, escuchó a lo lejos gritos que se acercaban. Al llegar a la esquina cercana, se dio cuenta del origen de las voces-

escuchó a lo lejos gritos que se acercaban. Al llegar a la esquina cercana, se dio

Por allí venía, ocupando toda la calle, con una manta desplegada en primera fila, una marcha, manifestación de campesinos. En la manta estaba escrito con grandes letras el motivo:

LA MINERÍA DESTRUYE

NUESTRA TIERRA.

Recordó que la radio había anunciado la marcha el día anterior. Decidió ir con los que protestaban el pero ¿dónde se colocaría?, ¿entre todos? ¿detrás del gran grupo? “Iré delante de los manifestantes -pensó- donde llevan la manta desplegada.

Los campesinos portaban también banderas,

o pequeños afiches. Iban gritando consignas como:”¡ ¡La tierra es nuestra vida y nadie nos

la

comemos oro!!”. Tiburcio también empezó a gritar. Su voz se perdía entre las demás y nadie se daba cuenta de que el sonido salía

“de ninguna parte”.

quita!!”

o

”¡¡

Comemos maíz,no

El grupo de varios cientos de campesinos, mujeres y hombres se dirigía al ministerio de energía y minas.

Tan animado iba Tiburcio que se decidió mezclarse con los manifestantes. Aunque no lo vieran no lo notarían, como iban todos apretujados, hombro con hombro, codo con codo. Se mezcló en el grupo, sin decir siquiera “con permiso” y siguió caminando y gritando consignas.

Así fueron llegando al ministerio. Pero allí se encontró nuestro hombre invisible algo que no seesperaba. Cerrando la calle, delante del ministerio: una barrera de policía.

nuestro hombre invisible algo que no seesperaba. Cerrando la calle, delante del ministerio: una barrera de

¡Los “timotines” exclamó un viejito que caminaba a su lado. No entendía lo que

“anti” ni “motines” sólo le

sonaba “Timotines”.

quería decir

Los campesinos se detuvieron y uno de sus líderes se adelantó a hablar con los policías.

- No pudo hablar mucho. Se notó que el oficial tenía órdenes demasiado concretas y sin hacer caso al dialogante dio una orden. Los antimotines levantaron las estacas, se protegieron con sus escudos de plástico fuerte y avanzaron sobre los manifestantes.

- El grupo de inconformes, pacíficamente se sentó en el suelo manteniendo delante la pancarta. Algunas mamás que venían con sus niños, y hasta con el tiernito a la espalda se apartaron rápidamente y se echaron hacia atrás. Tiburcio también se iba a sentar cuando

recordó que a él no lo veían los polis. Entonces se quedó parado esperando reacciones.

-

El grupo antidisturbios (aunque disturbios allí no había) entró en las filas de manifestantes como un rebaño de elefantes en una cacharrería. Pisoteó la manta y las banderitas, empezó a patear y golpear a los manifestantes.

-

Tiburcio se dio cuenta de que allí tenía

él

trabajo. Se puso a la espalda de los

policías y con movimientos rápidos empezó a quitarles garrotes y escudos

a

los que podía, a poner a otros la

zancadilla, a empujar a quienes iban a

golpear a los caídos en el suelo y a

apartar a algún manifestante herido.

-

El

desconcierto fue grande, tanto entre

las fuerzas del orden que habían empezado el desorden, como entre los campesinos sintiendo que allí pasaba

algo raro pero no sabían qué.

- En ese desconcierto, algunos de los líderes de la manifestación entraron en el ministerio con gesto pacífico y seguro. Nadie les impidió el paso. Los “timotines” se replegaron desconcertados, sin saber qué estaba pasando. También el grupo de manifestantes se retiró por una de las calles, a atender a los heridos, a reunirse con sus esposas e hijos y a comentar intrigados aquello tan extraño que había sucedido. Los golpes habían sido escasos para lo que se temieron. Una extraña fuerza había dispersado a los antidisturbios. ¿Y Tiburcio? Tiburcio, contento, pensando que el estar invisibilizado, sin que nadie lo desinvisibilizase podía ayudarle, bien panificado, a hacer buenas obras. Pero en ese momento se dio cuenta de que ¡no tenía los zapatos viejos!. Los había olvidado en el jardín!… Echó a correr

para buscarlos. Pero en el jardín donde los dejó tampoco estaban.

- “¿Y ahora qué hago yo? “– se preguntó Tiburcio.

- Y ustedes se preguntarán también… Pues esperen hasta el próximo capítulo que se lo contaremos.

Tiburcio. - Y ustedes se preguntarán también… Pues esperen hasta el próximo capítulo que se lo
LOS ZAPATOS DE NINGUNA PARTE Capítulo 4 O sentado en un banco del parque, allí

LOS ZAPATOS

DE NINGUNA PARTE

Capítulo 4

O

sentado en un banco del parque, allí donde

había perdido sus zapatos viejos, pensando…

sea que nos encontramos con Tiburcio,

¿y ahora qué hago yo?

que nos encontramos con Tiburcio, ¿y ahora qué hago yo? Mientras pensaba no se dio cuenta

Mientras pensaba no se dio cuenta de que se acercaba por el paseo una señora con dos niños. La señora, la mamá sin duda, iba regañando a los pequeños.: “Les tiene que dar vergüenza sacar esas malas calificaciones.

Yo cuando era pequeña tenía muy buenas notas.

- “Pero mamá, si tú nos dijiste que de pequeña, en tu aldea no había escuela ni maestro”… La mamá se mordió los labios…

- “Bueno no había escuela, pero cuando fui mayor aprendí a leer y a hacer cuentas, y ahora en el mercado no me engaña nadie cuando compro”.

- Los pequeños se quedaron un poco avergonzados. La maestra había dicho a la mamá que sus hijos leían muy mal y así no podrían estudiar bien.

- “Ahora - siguió diciendo la mamá - en vez de jugar se van a sentar ustedes en ese banco y van a ponerse a leer”.

- Tiburcio seguía sentado en el banco, pensativo, cuando sintió que alguien se sentaba encima de él.

- “¡Aaaay mamá que no me puedo sentar! – gritó uno de los hermanos saltando

fuera del banco,- aquí hay un fantasma o no sé qué!”

- Naturalmente, en ese momento Tiburcio también se levantó rápidamente y se puso detrás de un árbol.

- “Niño no digas payasadas - le regañó la mamá-, ven aquí a sentarte”. Claro, ya estaba el terreno libre. Se sentó la mamá en el banco e hizo sentarse a los pequeños, que lo hicieron con mucha precaución, aunque ya no había nadie ocupando el lugar.

- Tiburcio no quiso saber más de los pequeños estudiantes y con cuidado para no tropezar con nadie, siguió caminando por la calle. A los pocos pasos encontró una zapatería: ZAPATOS LOS INVENCIBLES. “¿Cómo? -pensó Tiburcio…- ¡ah invencibles! no invisibles” Entonces se decidió a entrar con cuidado, a ver qué encontraba.

- En una estantería a la izquierda había muchos pares de zapatos. Todos tenían una

- En una estantería a la izquierda había muchos pares de zapatos. Todos tenían una etiqueta con el número del tamaño y el precio. Allí había varios pares del número cuarenta. El precio 120 pesos. Más caros que los invisibles y la verdad no le gustaban mucho, pero no estaba para elegir. Miró hacia los lados. Nadie se fijaba en aquella estantería. Entonces rápidamente agarró los zapatos y dejó en su lugar los 120 pesos. Luego rápidamente salió a la calle. Verán que Tiburcio seguía

siendo persona honrada y no se aprovechaba de su invisibilidad para no pagar. ¡Qué ejemplo para la humanidad! Sí, era honrado, pero un poco torpe, porque al salir deprisa, rozó su codo con un jarrón que había de adorno junto a la

rozó su codo con un jarrón que había de adorno junto a la puerta y ¡zás!

puerta y ¡zás! o mejor: ¡cras, cric, chinc! Porque se hizo mil pedazos, o por lo menos novecientos noventa y nueve. No tuvo tiempo de contarlos. Salió a la calle y respiró.

- Sólo le faltaba ahora a nuestro amigo cambiarse de zapatos para visibilizarse, o sea, no andar por la vida invisible.

- Le fue fácil volver al jardín de antes. Allí seguía la mamá dando sermones a los niños. Pues el hombre invisible se fue detrás de unos rosales y se cambió los

nuevos zapatos por los todavía más nuevos. Ya visible tomó el camino de su casa. Al llegar entró haciendo ruido para que todos lo viesen.: -“Hola, buenas tardes”.

- “Hola –dijo la mamá - ¿ya compraste los zapatos?”. Se quedó mirándole los pies, mientras él zapateaba para que todos se fijasen en su calzado. Pero la hermanita curiosa se fijó que llevaba en la mano otros y empezó el conflicto:

- Mira mamá, si lleva otros en la mano! Y son más bonitos”.

- Tiburcio se puso nervioso; enrojeció. –“ No, no, estos no son, bueno, sí son pero no… Los voy a devolver, porque no sirven, claro que sí sirven pero… “ Se dio la vuelta y se metió deprisa en su habitación. Cerró la puerta y empezó a buscar dónde esconder los misteriosos zapatos invisivilizadores.

- Tenía miedo de que su traviesa hermana se metiera en su recámara y se los encontrase. Menudo problema si se les volvía invisible la pequeña. No se le ocurrió otra cosa a Tiburcio que volverse a poner los zapatos conflictivos. Se los puso, se quedó otra vez invisible, y empezó a pasear por el cuarto mientras pensaba: “Pues a ver qué puedo hacer yo ahora para esconder esto. Aquí en casa no es seguro. En menudo lío me he metido. Me gustaría estar lejos, para no complicarme la vida… Me gustaría estar ahora… en la India…. En la India… y ¡zas!. En ese mismo instante Tiburcio sintió que su casa desaparecía. Se encontró en un paisaje diferente. Escuchó un sonido como de una trompeta. Miró para atrás y allí, a dos pasos levantaba su trompa un hermoso elefante.

Pues en su tierra no existían esos animales, así que Tiburcio estaba… en donde él

Pues en su tierra no existían esos animales, así que Tiburcio estaba… en donde él había dicho:

- ¡En la mismísima India!

((Aquí nos quedamos, porque esto se pone complicado. El próximo capítulo sabremos qué pasa con esos zapatos misteriosos que, además de hacer a la gente invisible, también parecen una agencia de viajes gratuitos. Hasta el próximo capítulo, en la India))

LOS ZAPATOS DE

NINGUNA PARTE

Capítulo 5

LOS ZAPATOS DE NINGUNA PARTE Capítulo 5 Ya recuerdan, verdad? Por obra y gracia de esos

Ya recuerdan, verdad? Por obra y gracia de esos misteriosos zapatos, Tiburcio se encontraba…

de esos misteriosos zapatos, Tiburcio se encontraba… Bueno sí, se encontraba asombrado, a la sombra de

Bueno sí, se encontraba asombrado, a la sombra de la trompa de un elefante, y pensando: “O sea, que estos locos zapatos

además de hacerme invisible me hacen turista. Si yo digo el nombre de un país, allí me voy sin pagar pasaje de avión”.

Le dieron ganas de hacer la prueba y empezar a decir a toda velocidad: “quiero estar en….” Y nombrar todos los países del mundo. Pero se aguantó las ganas porque imagínense el mareo de saltar de un país a otro. Además en el aterrizaje le podía fallar el motor a alguno de los zapatos y darse un golpe contra una palmera o caer al mar, o…

Se apartó prudentemente del trompudo y se metió por las calles de aquella ciudad. No sabía cuál era.

La India es muy grande, con 1250 millones de habitantes. No sabía si estaba en Nueva Delhi, Bombay, Calcuta o… Bueno, que no sabía.

Tuvo que hacer un esfuerzo para darse cuenta de que seguía invisible y además no

Calcuta o… Bueno, que no sabía. Tuvo que hacer un esfuerzo para darse cuenta de que

podía hablar con nadie, porque tampoco conocía el idioma indio, o hindú como dicen otros. De todos modos, ya que estaba allí pensó : “me gustaría tomar contacto con la gente, pero cómo?. Para eso me tienen que ver”.

Se le ocurrió una idea. Aunque era un muchacho honrado consideró que en caso de necesidad… y la necesidad ahora era buscar unos zapatos. La calle estaba llena de gente y de puestos de venta, como en el mercado de su ciudad (que sigo sin decirles cuál es). No le fue difícil encontrar un puesto donde vendían calzado.

Lo que encontró por allí fue eso que se llaman babuchas, zapatillas sin cordones ni nada y con un pico como de pajarito. El clima era bueno; pensó que eso le bastaría para no clavarse algún clavo

ni nada y con un pico como de pajarito. El clima era bueno; pensó que eso

en la planta del pie. Calculó a ojo el tamaño de unas babuchas de esas y se las guardó. Nadie lo vio. Buscó un rincón apartado e hizo el cambio de calzado. “¿Y ahora qué hago con mis zapatos?En aquel mercado había de todo. Cerca del puesto de zapatos encontró un sitio donde vendían bolsas, se acercó y eligió una sencilla donde le cupieran los zapatos. Ya tenía experiencia de llevarse cosas desde su invisibilidad… Despacito la agarró. Pero en ese momento volvió la cabeza el vendedor y: ”¡Socorro que me roban!”. Tiburcio no se había dado cuenta de que ya, sin los zapatos, no era invisible. ¿A ustedes no les sucede que no se fijan cuando son invisibles y cuando no? Varias personas del mercado se echaron a por él. El muchacho tenía buenas piernas y mucho miedo. Salió corriendo por las callejuelas, tropezando con gente, con carros, con latas, con perros. Metiéndose por los lugares más estrechos y retorcidos que veía… hasta que se encontró en un callejón sin salida.

Se quedó temblando pegado a la pared. Pero miró hacia atrás y respiró. No había

Se quedó temblando pegado a la pared. Pero miró hacia atrás y respiró. No había rastro de los perseguidores. Metió los zapatos en la bolsa y se la colgó al cuello. – “¿A dónde puedo ir ahora, si no conozco nada de aquí?”. Miró alrededor. Cerca de él pasaban algunos hombres y mujeres. Eran, ancianos y enfermos. Tenían aspecto de ser muy pobres. Unos cojeaban, otros medio se arrastraban apoyados en ramas como bastón. Sus ropas estaban sucias y desgarradas o iban casi sin ropa. Llamaron a una puerta que se abrió enseguida.

Allí se asomó una mujer vestida con una túnica blanca, limpia aunque no demasiado. “Este vestido – pensó Tiburcio lo he visto yo en algún sitio; mmm…¡ sí!, en un documental de la tele que hablaba de”… - Le entró un escalofrío por el cuerpo -

recuerdo…

esas son monjas

madre

que

nombraron santa

- recuerdo… esas son monjas madre que nombraron santa “¡Ya de la Teresa, la hace poco.”

“¡Ya

de

la

Teresa,

la

hace poco.”

Pensó que lo mismo estaba en Calcuta, aunque en toda la India y en otros países ya había hermanas de esas por muchos sitios.

Mientras recordaba todo eso, vio cómo los pobres que habían llamado a la puerta, iban entrando en la casa acogidos cariñosamente por la monjita. Entonces sin penarlo dos veces se puso en la cola, detrás de los mendigos. No tuvo que hacer mucho esfuerzo

para cojear un poco después de su huida. Iba despeinado y sucio, pero la hermana lo detuvo a la puerta. Le puso la mano en el hombro : “Muchachito, ¿tú no eres de aquí verdad?

El muchachito se quedó otra vez de piedra, pro no de susto, sino de asombro. Resulta que la hermana le hablaba en hindú ¡pero él lo entendía todo!. Al mismo tiempo sentía en su bolsa, donde tenía los zapatos guardados, un temblor, igual que cundo le llaman a uno por celular y el aparato vibra.

En ese momento Tiburcio ya no resistió más. Entre la sorpresa de estar en otro país con el elefante trompudo, el buscar y rebuscar en el mercado, el susto de sentirse descubierto robando, el cansancio, los nervios de la carrera frenética huyendo y el descubrir aquel maravilloso y a la vez miserable lugar con la hermana que lo recibía, cayó redondo al suelo, desmayado y agotado, aunque sin perder del todo el conocimiento.

La hermana llamó a otras compañeras que lo recogieron y pusieron sobre una pobre y

La hermana llamó a otras compañeras que lo recogieron y pusieron sobre una pobre y no muy limpia colchoneta. A su alrededor, en un ambiente de olor a enfermedad y miseria, otra pobre gente también acostada.

Tiburcio, con los ojos entornados y sin fuerzas, se dejó atender. Pero su cerebro funcionaba a toda velocidad: “Lo que me faltaba: Estos zapatos me sorprenden a cada minuto. Primero me hacen invisible, luego me llevan de viaje por el mundo y, encima, tienen

traducción simultánea. Pero esto no se lo puedo contar a las monjas porque no me creerían y lo mismo me echan a la calle. Mejor será hacerme el mudo. Sí, eso, aquí soy mudo”

Cerró los ojos y se quedó dormido de verdad.

Buena ocasión para también hacernos nosotros los mudos y no contarles más aventuras de Tiburcio hasta el próximo capítulo.

LOS ZAPATOS DE

NINGUNA PARTE

Capítulo 6

LOS ZAPATOS DE NINGUNA PARTE Capítulo 6 Cuando Tiburcio se despertó no sabía cuánto tiempo había

Cuando Tiburcio se despertó no sabía cuánto tiempo había dormido. Vio que empezaba lentamente a amanecer. Eso no le orientaba nada, porque entre la India y su país había una diferencia de algunas horas (al muchacho no se le daba bien calcular las diferencias horarias ente los países de la tierra)

Abrió los ojos y

a alrededor. Todo estaba en silencio. Los acogidos a la caridad de las hermanas dormían. En un rincón alumbrado por una luz pequeñita un monja leía. A veces

su

a la caridad de las hermanas dormían. En un rincón alumbrado por una luz pequeñita un

miró

echaba una mirada vigilante a la sala. Todo tranquilo.

Tiburcio tuvo que hacer el esfuerzo de siempre para recordar cuenta si estaba visible o no. Claro, Los “invis”, como empezaba a llamar a los mágicos zapatos, colgaban de su cuello en la bolsa de la que no se había separado. Allí, descansado en esa colchoneta, estaba muy bien pero tenía que hacer algo. Se acurrucó bajo las sábanas, se fue quitando las babuchas y poniéndose su maravilloso calzado. Guardó las zapatillas indias en la bolsa y se puso de pie. Despacito caminó por la sala de aquel hospitalito. Se acercó al rincón donde estaba la hermana e hizo un poco de ruido. La monja levantó la vista, miró a un lado y a otro y siguió leyendo.

Entonces nuestro amigo, caminando de puntillas, se acercó a la puerta que sólo estaba cerrada con una cadena, la desenganchó con cuidado abrió y salió a la calle. Dejó sin cerrar pero el viento se ocupó de eso y la puerta sonó: ¡click!.

Él dio un salto y, aunque no le hacía falta, se escondió detrás de un

Él dio un salto y, aunque no le hacía falta, se escondió detrás de un árbol. Lo que esperaba:

Enseguida apareció la cara asustada de la monja. Volvió a mirar a todos lados de la calle varias veces y al fin cerró.

En ese momento a Tiburcio le entró en el pellejo el espíritu turista. Con su bolsa de zapatillas al cuello salió del callejón y empezó a pasear. Hacia la derecha vió que el camino se metía entre grandes árboles.

Será algún Jardín pensó. Se acercó más y vió que los árboles seguían cada vez

Será algún Jardín pensó. Se acercó más y vió que los árboles seguían cada vez más grandes y más apretados entre ellos. Tenía que ir apartando las ramas más bajas. Ya no había camino sino zarzas y maleza. “Esto no es un jardín pensó esto es ¡la selva! Un escalofrío de emoción le recorrió el cuerpo. Miró a todos lados. Selva por todas partes. Oyó gritos por encima de él. Varios monos saltaban entre las ramas. Quiso volver hacia atrás… pero, ¿dónde estaba “atrás”? Ya no había camino, solo grandes plantas y enormes troncos. Había clareado y el sol se metía entre las hojas mezclando luces y sombras. Otro escalofrío, este de miedo, le volvió a recorrer el cuerpo que ya lo tenía escalofriado (¿se dice así?) pero en aquel

momento el pobre Tiburcio se quedó escalo…helado de terror) porque a pocos metro de él se escuchó un enorme rugido que dejó en silencio a los monos y temblando a Tiburcio.

que dejó en silencio a los monos y temblando a Tiburcio. La cabeza y las patas

La cabeza y las patas de un tigre con sus garras, sus colmillos y sus rayas, el uniforme completo del tigre de Bengala, aparecieron en la espesa jungla.

“¡Estoy perdido -dijo

Esto me

sucede por no estar donde debía, ¡en mi casa!”.

en vos baja -

Sintió como si alguien le agarraba del pelo (¿un mono?). Sintió luego como un viento fuerte que azotaba su rostro y le cerraba los ojos… y ya no sintió más que un suave golpe en sus espaldas que rebotaban sobre un mullido colchón. Abrió los ojos y se vió de espaldas y patas arriba sobre su cama, en su habitación, en su ciudad que sigo sin decirles cómo se llama.

Se quedó un rato tumbado mientras se le

pasaban los escalofríos hindúes y hacía un

mientras se le pasaban los escalofríos hindúes y hacía un recuento de lo sucedido. Cuando se

recuento

de

lo

sucedido.

Cuando se miró en el espejo y vio… que no se veía, lo primero que pensó fue:

“¡Qué tonto he sido! Podía haberme paseado al lado del tigre que tampoco me podía ver! Claro que no me veía, pero ¿y si me olía?, que esos

bichos tienen muy buen olfato. Sí, sí, mejor estoy aquí en casita”.

Se quitó los zapatos “invi” y se puso las babuchas de la India.

En ese momento tocaron en la puerta. La voz de su hermanita le gritaba: “¡Tiburcio, Tiburcio llevas durmiendo 15 horas! ¿No te vas a levantar? En la cabeza de Tiburcio se enroscó una duda como una serpiente: “Y ahora qué les cuento, para que no piensen que estoy loco?”

Eso se preguntaba. Yo en este momento no me acuerdo lo que contestó, así que paciencia. Buscaré en mis archivos y en el próximo capítulo se lo cuento.

LOS ZAPATOS DE

NINGUNA PARTE

Capítulo 7

LOS ZAPATOS DE NINGUNA PARTE Capítulo 7 Ya me acordé de sigue la historia: Pues cuando

Ya me acordé de sigue la historia:

Pues cuando sonó el toc toc! Y la voz de su hermana Teresita resonó llamándolo, Tiburcio contestó poniendo voz de sueño:

“Hooola ahora voy, en cuanto me bañe”. Y de verdad le hacía falta quitarse el sudor y el polvo acumulado en sus correrías asiáticas. Se duchó, se peinó, se echó un poco de colonia para no oler a tigre, se vistió y se puso los za… ¡Ay no! Las babuchas bengalíes. Tenía que estar visible.

para no oler a tigre, se vistió y se puso los za… ¡Ay no! Las babuchas

Salió a la sala, comedor, cocina donde hacía la vida la familia.

Estaban viendo la televisión pero en cuanto entró, Doña Tina echó la vista a sus pies. Ya se los tenía controlados: “Qué zapatillas tan curiosas ¿ dónde las has conseguido?”

Tiburcio ya tenía preparada la respuesta:

“Ayer estuve en una reunión en que se trataban temas de la India y había una venta de recuerdos típicos” (no mentía) – “Denme algo de comer que tengo hambre”.

Mientras desayunaba, comía y cenaba, todo a la vez - le cayeron preguntas de toda la familia: “¿y de qué trataban en esa reunión tan larga?

y cenaba, todo a la vez - le cayeron preguntas de toda la familia: “¿y de

- “¿Qué reunión? Ah sí, Nos han estado presentando la selva, la situación de los bosques y animales que está en peligro de extinguirse, por la caza y la destrucción porque”…

- Aquí le cortó el papá, don Toribio: Para eso no hace falta hablar de la India. En nuestro país nos están dejando sin bosques por los madereros abusivos y las minas de oro que han descubierto. Vamos a tener que comer en vez de papas y pollo, churrasco de oro.

- Don Toribio trabajaba en su abarrotería. El hijo se daba cuenta de que le iba aumentando la preocupación por los temas sociales. Antes sólo se preocupaba por el precio de los frijoles y por los triunfos de su equipo de fútbol.

- Mientras hablaban, Teresita se había sentado en el suelo y le iba quitando poco a poco las babuchas a su hermano. Cuando lo consiguió se las puso y

empezó a caminar por la habitación diciendo: “¡soy una cazadora india y voy a cazar leones !

- “Niña no sabes nada , en la india no hay leones, sólo tigres”

- ¿Y tú cómo lo sabes? ¿Acaso has visto algún tigre?”

- “¡Claro que lo he visto! (ya metí la pata- pensó)… lo, lo, lo vi en uuun libro que tengo de ciencias naturales.

- Teresita era la consentida de su hermano mayor.

- En los días de esta historia tenían una semana de vacaciones por ser las fiestas de San Epafrodito, patrono de aquella pequeña ciudad de… (sigo son decirles de que país).

- Teresita estaba en primaria.

- Tiburcio, (esto tenía que habérselo dicho antes) estudiaba periodismo en la facultad estatal.

- “Teresita –intervino Doña Tina– devuélvele las chancletas a tu hermano”

- “Déjaselas mamá. Tengo que salir y me pondré los zapatos, pero tú, Tere,

cuídamelas. Son recuerdo de un viaje… ejem, de un viaje del avión que las trajo hasta aquí”

- Tiburcio siempre estaba a punto de descubrir sus aventuras.

- Volvió a su habitación se puso los zapatos feos que había comprado. Metió los “invis” en la bolsa india y se la colgó del hombro.

- “Al salir dijo: “No sé si vendré a cenar, a lo mejor vengo tarde”

- No les extrañó. Estaba acostumbrados a las extrañas aventuras de hijo mayor. Él no sabía si volvería tarde o pronto, pero por si acaso…

no sabía si volvería tarde o pronto, pero por si acaso… - Mientras se duchaba había

- Mientras se duchaba había recordado que tenía reunión con algunos compañeros de estudio. Con ellos

habían fundado una asociación para acoger emigrantes. En esos días llegaban muchos a su país camino de otras naciones con más posibilidades de trabajo. Se llamaba la asociación “TODOS UNO”

- Llegas tarde- le dijeron los amigos al entrar

- Sí. Perdonen, es que me dormí porque ayer estuve en la In… ejem… en la cama un poco enfermo”.

- En la reunión estaban hablando de las dificultades de comunicación para ayudar a la gente. Aquellos días habían acogido a una familia, papá mamá y dos niñas refugiadas de Siria. Dos reporteros les habían encontrado, escondidos, amenazados de muerte. El papá era también periodista. Habían conseguido traerlos en avión hasta aquel país.

- - “El problema es, -comentaban en aquella reunión- que no tenemos medios para conectar con la familia, recoger sus documentos, avisar a sus

compañeros. Les ha cortado todas las comunicaciones”.

- A Tiburcio se le encendió una lucecita:

- ¿Tienen ustedes alguna dirección donde se pueda ir?.

- “¿Ir hasta Siria? “,

- “Yo conozco a alguien que podría pero no les puedo decir quién”.

- Los compañeros le dieron la dirección de un lugar en la capital Damasco. Se guardó el papel en el bolsillo.

en la capital Damasco. Se guardó el papel en el bolsillo. - Cuando la reunión terminó,

- Cuando la reunión terminó, nuestro amigo que iba tomando ánimo con las posibilidades transmisoras de su calzado, se dirigió a un parque con

árboles y plantas altas. Buscó un lugar solitario. Hizo el cambio de zapatos. Metió los otros en la bolsa. Se sentó en el suelo y dijo como en un suspiro:

“Pues, qué se le va a hacer; ¡vámonos para Damasco!”

- …………………… - El lugar donde aterrizo sentado, era una calle con algunos edificios en
-
……………………
-
El lugar donde aterrizo sentado, era
una calle con algunos edificios en pie y
otros con señales de destrucción - En
aquel momento estaba sembrado de
escombros de las casas cercanas, con
arboles tronchados y algunas
humaredas por las calles que lo
rodeaban.

- Aquí dejamos a Torcuato sentado, que descanse un poco, mas que del viaje, de la sorpresa en el nuevo campo de aterrizaje y de servicio social.

- En el próximo capítulo les informaremos cómo se manejó el joven aprendiz de periodista en aquel trágico lugar.

LOS ZAPATOS DE

NINGUNA PARTE

Capítulo 9

LOS ZAPATOS DE NINGUNA PARTE Capítulo 9 Vámonos para Jerusalén – había dicho Tiburcio. De Siria
LOS ZAPATOS DE NINGUNA PARTE Capítulo 9 Vámonos para Jerusalén – había dicho Tiburcio. De Siria

Vámonos para Jerusalén había dicho Tiburcio.

De Siria a Israel, como ven en el mapa, no hay más que un paso, sobre todo con ese maravilloso calzado que salta fronteras y aduanas.

En cuando dijo en Damasco esa frase, el muchacho apareció sentado en el suelo, a

En cuando dijo en Damasco esa frase, el muchacho apareció sentado en el suelo, a la puerta de un templo. No era grande y en el muro se veía una inscripción. Cuando se iba a acercar para leer lo que ponía, vio venir detrás de él un grupo de personas, turistas, seguro, cargados casi todos con sus cámaras de fotos, siguiendo a alguien que parecía el guía de la expedición. Tiburcio se apartó deprisa. Recordó que estaba calzado de invisible y podían tropezar con él.

de la expedición. Tiburcio se apartó deprisa. Recordó que estaba calzado de invisible y podían tropezar

Escuchó al guía comentar, entre los “clic,” de las cámaras: “como les decía: este es el santuario de Dominus flevit, que en latín quiere decir: “el Señor lloró”. (Afortunada- mente los visitantes y el guía hablaban su mismo idioma y se enteraba bien de la explicación) Miren hacia abajo y admiren la vista de Jerusalén. Esa misma que Jesús contempló y se le saltaron las lágrimas, pensando en que no quedaría de aquella ciudad piedra sobre piedra”.

Los turistas leyeron el letrero, luego volvieron la vista hacia el otro lado y exclamaron: ¡Oh, ah!. También Tiburcio miró y no dijo nada. Se quedó con la boca abierta.

hacia el otro lado y exclamaron: ¡Oh, ah!. También Tiburcio miró y no dijo nada. Se

Allí estaba la ciudad santa. El había visto fotos de ella en un libro de viajes que tenía en su casa. Ahora estaba allí delante de él en carne y hueso, digo, en piedra y tierra. Recordaba que delante estaba la muralla por su parte oriental y detrás la cúpula de una mezquita, cuyo nombre no recordaba, donde antiguamente había estado el templo. Detrás se veían grandes edificios modernos.

Mientras contemplaba todo aquello, Tiburcio, sentado en una piedra de aquel mirador empezó a recapacitar: “Bueno ¿por qué he

venido yo aquí?

Damasco, en la oficinas de <la voz de Siria>, cuando entraban soldados y el periodista me dijo que nos fuéramos… ¡No me hubiera hecho falta irme; con ponerme estos zaparos!… Ya. Pero me entró miedo, y como Israel está cerca de Siria fue lo primero que se me ocurrió. Pues ya que estoy aquí, voy a darme una vueltecita por la ciudad. Pero ¿cómo, visible o invisible? Invisible- decidió - Nadie sabe lo que puedo encontrar por ahí

Claro, fue porque estaba en

abajo” - Se levantó y empezó a descender por el camino del valle de Josafat.

y empezó a descender por el camino del valle de Josafat. Vio ese lugar todo lleno

Vio ese lugar todo lleno de antiguas tumbas. Dicen que cuando los muertos resuciten allí nos vamos a juntar todos. Pequeño le pareció aquel sitio para tanta gente.

Así llegó a la mismísima Jerusalén, a la parte más antigua.

Empezó a recorrer las callejuelas. Pasaba mucha gente con vestimentas diversas. Algunos con traje y

Empezó a recorrer las callejuelas. Pasaba mucha gente con vestimentas diversas. Algunos con traje y sombrero negro. Mujeres con vestidos que le recordaban a las que había visto en su corta visita por las calles de Damasco. Recordó que en la prensa y la televisión comentaban los enfrentamientos y los problemas entre judíos y palestinos.

Dando vuelta por un lado y por otro volvió junto a las murallas que había divisado desde arriba y encontró a los mismos turistas o peregrinos, como quieran llamarlos, que encontró en el “Dominus flevit”.

Siguió detrás de ellos hasta entrar en un amplio recinto que ya conocía por su

Siguió detrás de ellos hasta entrar en un amplio recinto que ya conocía por su libro de viajes. En él había leído lo mismo que en ese momento escuchaba explicar al guía: “Pues ya ven que entramos en el símbolo más solemne del antiguo templo de Jerusalén: el muro de las lamentaciones, donde vienen a hacer oración muchos creyentes. Hasta el papa vino aquí. Pueden darse cuenta de que arriba, detrás del muro está las mezquitas de alAqsa y de la Roca donde antes estaba el templo que los romanos destruyeron. Tiburcio miró hacia arriba y allí vio la cúpula dorada. Pero en aquel momento se fue

dando cuenta de que era tarde, de que no había comido y ya iba siendo la hora de cenar. Los peregrinos y judíos piadosos se iban retirando y, poco a poco, aquella gran explanada se iba quedando vacía.

Pues pensó Tiburcio a ver qué hago yo ahora.

Eso digo yo. ¿A ver qué va a hacer ahora ese muchacho?.

Si quieren saberlo espérense al próximo capítulo de las aventuras de Tiburcio y sus zapatos, esos que son de ninguna pare y de todas las partes. Pero como es tarde, buenas noches.

LOS ZAPATOS DE

NINGUNA PARTE

Capítulo 10

LOS ZAPATOS DE NINGUNA PARTE Capítulo 10 Anochecía en Jerusalén. Tiburcio estaba allí hambriento y cansado.

Anochecía en Jerusalén. Tiburcio estaba allí hambriento y cansado. Vio que los peregrinos a quienes seguía salían también del muro de las lamentaciones y los siguió.

también del muro de las lamentaciones y los siguió. El grupo fue caminando otra vez por

El grupo fue caminando otra vez por la vieja Jerusalén llena de tiendas de comida, de

regalos y recuerdos para los turistas. No pudo evitar la tentación de echar mano a una naranja y empezó a pelarla, mientras el vendedor que en ese momento miraba hacia ahí se quedaba boquiabierto al ver que una de sus frutas desaparecía misteriosamente. Mientras comía con apetito la naranja israelí pensaba que, seguramente donde ellos iban encontraría un lugar para cenar algo y dormir… tal como estaba, invisible.

En una de las callejuelas los peregrinos se dirigieron a una puerta donde, bajo un símbolo de cruces se leía: CUSTODIA TERRAE SANCTAE. Aquello le sonaba, (aunque no conocía el idioma,) como

Custodia tierra- santa. Debía de ser portugués, o latín o cualquiera sabe.

no conocía el idioma,) como “ Custodia – tierra- santa. Debía de ser portugués, o latín

A la puerta les recibió amablemente un

fraile. Entró con ellos y cerró, pero Tiburcio y

sus zapatos ya se habían colado también en la casa.

Los peregrinos tenían allí sus habitaciones. Llevarían alojados varios días. Imagínense al muchacho invisible mezclado entre el grupo

de visitantes, procurando no tropezarse con

nadie. Por lo que escuchó en sus conversaciones venían de varios lugares de América Latina; eran mexicanos, colombia- nos, peruanos… estudiantes de sociología que habían ganado un concurso en una universidad internacional de Estados Unidos. El premio a todos los ganadores había sido ese viaje a los “Santos Lugares”.

Recorriendo los pasillos encontró una sala entreabierta con un letrero en su puerta:

internet. Entonces recordó que su familia

no sabía nada de él hacía dos días y, aunque estaban acostumbrados a su espíritu aventurero, supuso que se sentirían inquietos. Aprovechó que no había nadie,

que todos se habían ido a cenar y aguantándose el hambre se sentó y escribió en la computadora un mensaje: “No me esperen, estoy unos días fuera. Ahora no les puedo decir por dónde ando”. Tampoco se lo pensaba decir más tarde. Después de enviar el mensaje, bajó al comedor. Cuidando de que nadie notase que desaparecían platos, cubiertos y comida de la cocina, se sirvió y se sentó en un rincón, donde no podría tropezar con nadie. Cenó y buscó una habitación vacía para dormir. No le costó trabajo encontrar la cama ni quedarse como un tronco.

Le despertaron los ruidos de los peregrinos que ya se preparaban para salir. Iban montando en un microbús. Tiburcio les escuchó que se dirigían a la franja

que ya se preparaban para salir. Iban montando en un microbús. Tiburcio les escuchó que se

de Gaza. Le entró un escalofrío por el cuerpo. Había visto en la televisión que ese era el terreno del pueblo Palestino, en el que les habían arrinconado los israelíes, pero que tampoco les acababan de dejar en paz.

Pues vamos allá- pensó. Sentado dentro del bus no podría ir. ¿O sí podía? En la parte de detrás estaban amontonados los equipajes. Se puso como equipaje privilegiado encima de las maletas. El busito arrancó. El guía comenzó una explicación que le interesó mucho de cómo el pueblo palestino sufría en esa zona la agresividad de los israelíes que no querían convivir con

mucho de cómo el pueblo palestino sufría en esa zona la agresividad de los israelíes que

los árabes. Era un problema muy antiguo que se había agudizado cuando el pueblo Judío que había sido diezmado por los nazis en Alemania, consiguió de la ONU, al fin de la guerra mundial, un territorio en aquella tierra donde entonces estaban los árabes. Pero fueron los israelíes ensanchando sus fronterasPoco a poco les iban empujando hacia la orilla del mar Mediterráneo…Seguía hablando el guía cuando llegaron a una alta y fuerte muralla. Allí estaba encerrado el pueblo palestino.

El guía de los estudiantes, se bajó en la aduana y enseñó unos documentos. Ya les habían explicado que con una petición de la

los estudiantes, se bajó en la aduana y enseñó unos documentos. Ya les habían explicado que

embajada norteamericana tendrían paso libre, donde los palestinos encontraban grandes dificultades para entrar y salir. Entró el bus ante la mirada triste e indignada de los palestinos que hacía cola para poder entrar o salir, controlados por soldados israelíes.

Cuando entraron en Gaza a Tiburcio le entraron deseos de tomar contacto con aquella gente y sus problemas. Se bajó del bus, en un rincón se cambió de calzado recordando que en su bolsa, al cuello, mientras él ya era visible, sus zapatos le servían de traductor automático, para entender y hablar cualquier idioma.

Empezó a caminar por una ciudad con signos de destrozos, bombardeos… Encontró a una familia sentada a la puerta de su casa medio en ruinas y se acercó a platicar con ellos. Se presentó como un joven estudiante latinoamericano. Lo de latino tranquilizó a aquellas personas y empezaron a hablarle de sus problemas, algo de lo que ya había

escuchado

al

guía

de

la

expedición

estudiantil.

Pues hablas muy bien nuestro idioma- le dijo la mamá de esa familia.

- Si les cuento por qué hablo así su lengua no me lo creerían-contestó Tiburcio, sin saber qué otra explicación dar, y siguió haciéndoles preguntas sobre su vida y el conflicto de los dos pueblos.

Pero poco después se escuchó ruido de aviones.

pueblos. Pero poco después se escuchó ruido de aviones. Toda la familia, mayores y pequeños se

Toda la familia, mayores y pequeños se levantaron de un salto.

“¡Al refugio gritó el padre de la familia. La mamá agarró en brazos a la pequeñita. Salieron todos corriendo diciendo a Tiburcio que les siguiera. Tiburcio hizo ademán de

a Tiburcio que les siguiera. Tiburcio hizo ademán de seguirles pero se sentó en el suelo,

seguirles pero se sentó en el suelo, se cambió de zapatos y en el mismo momento que cerca de aquel barrio caía una bomba, exclamó con voz temblorosa:

¡Deprisa , zapatos, vámonos volando a…….!

…. ¿Que a dónde dijo que se iba? Pues fíjense que no me acuerdoTendré que consultar mis archivos.

En el próximo capítulo se lo cuento.