Está en la página 1de 89

KIERKEGAARD MI PUNTO DE VISTA

MI

PUNTO

DE

VISTA

INICIACION

FILOSOFICA

SOREN

AABYE

KIERKEGAARD

MI PUNTO

DE

VISTA

Traducción de JOSE MIGUEL VELLOSO

Prólogo de JOSE AN TO N IO MIGUEZ

JL

T O LL E ,

LEGE

AGUILAR

Biblioteca

de

Iniciación

Filosófica

Primera

edición

1959

Cuarta

edición

1972

Es propiedad Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723 © 1972 Aguilar Argentina S.A. de Ediciones, Buenos Aires

Impreso en la Argentina — Printed in Argentine

Edición original Synspunkiel for min foraftterwirksomhed publicada en 1859

PROLOGO

Perspectiva de Kierkegaard

¿Fue Sóren Kierkegaard un hombre heroico?

¿Fue realmente un hombre extraordinario?

Pre­

guntas ^ como éstas podrán ser formuladas con justo título por quienes se adentren con fruición e

interés por la rica vena de su obra. Y la

perspectiva del

filósofo

danés será tanto

más

precisa cuanto mejor responda a esos profundos interrogantes.

Partimos ya

de

un

hecho

cierto. Sóren Kierke­

gaard es un claro ejemplo del hombre enigmático para su tiempo y cuyo mensaje personal se

proyecta con más fuerza y poder sobre los

tiempos

que

le

siguen.

Es,

por

tanto,

en

ese

sentido, un apóstol verdadero, que adelanta para la posteridad una experiencia única, irreemplaza­ ble.

Cabe recoger, si acaso, el cotejo con Federico Nietzsche. Kierkegaard y Nietzsche, hombres del mismo siglo, viven una existencia atormentada, de

soledad a ultranza, pero que impresiona por su

dialéctica

íntima,

preludio de tantos dramas

existenciales.

Dos términos que hasta aquel momento —fijemos su punto decisivo en el año 1843, fecha de publi­ cación de Alternativa de Kierkegaard y casi de albores nietzscheanos— podían aparecer diso­ ciados, van a presentarse en el filósofo danés fuer-

temente emparejados: son éstos los de verdad y

vida,

vida y acto, filosofía

y

vida.

Y ante todo, Ta

resolución de la antinomia singularidad-universa­

lidad,

pero

vista

ahora

desde

la

vertiente

del

individuo mismo.

 

Kierkegaard, como Nietzsche, aspira a sumir enteramente lo nuevo en lo eterno. Y lo nuevo, en este caso, es la andadura existencial realizada en lo humano y desde lo humano, que es lo genérico, el campo invariable de la experiencia personal. En Kierkegaard se anuncia ya válidamente para la pretensión filosófica, la desnuda experiencia ín­

tima, y

por tanto individual, que intenta ejem­

plarizar a costa de la individualidad misma, es

decir,

por

lo

que ésta expone

en sus distintas

formas y en su increíble vicisitud.

A la luz de estas consideraciones Kierkegaard se

revela como un coloso de su tiempo. Lo es

ciertamente porque,

como pocos antes que él,

fiizo

de

mismo y de su propio acto

de vivir la

cuente de su propio filosofar. Fue, pues, filósofo ahondando en sí, a fuerza de intimar consigo mis­ mo en una reflexión ascética y continuada, que más semeja un paradójico método asistemá- tico.

Resulta, por tanto, curioso, pero de ningún modo extraño, que lo que hay de filosofía en Kierke­ gaard sea también lo que nos dejó de contenido biográfico. Lo que él quiere hacemos llegar como “ su” mensaje filosófico es, precisamente, el testi­ monio y la experiencia de su vida, trasparente por

entero para el hombre de hoy a través de sus escri­

tos

con

la misma nitidez con

que

se percibe el

fuego vital agustiniano en la lectura de las Confe­ siones.

Con ello, la perspectiva de Kierkegaard readquiere su verdadero rango y valor. Su filosofía personal

es hija de su personalísima experiencia, de una experiencia en la que entran en juego el cuerpo y el alma de Kierkegaard, el contorno circunstan­ ciado de su vida y todo aquello que en la práctica vital nuestro filósofo no pudo, no quiso o no supo eludir.

Para

la

visión

retrospectiva

de

Kierkagaard,

su

tiempo y su época son datos de precisividad suma; tanto, si acaso, como lo que en él puede influir su propio contorno corporal. Kierkegaard se encarga de hacer problemático el clásico racionalismo hegeliano, invalidándolo para sí mismo en nombre de su propia experiencia. Y lo hace en verdad como hombre religioso que es y como hombre que va a realzar la relación con Dios, no desde un plano puramente crítico, sino más bien desde un plano de testimonio vital, de testificación de Cristo, con la duda, el dolor y el desgarro personal que esto supone.

Lo religioso toma categoría humana con Kierke­ gaard para perder quizá categoría filosófica. Se da aquí el mismo caso que con Nietzsche, para quien el nihilismo es un paso previo hacia la transmuta­ ción de todos los valores sociales y morales, o, lo que es lo mismo, en favor de la afirmación de una religión y de una moral nuevas.

Las obras de Kierkegaard reflejan plenamente el giro extraño que inaugura con él la filosofía del siglo XIX. Rumbo extraño que, de todos modos, habría de corporalizarse mucho después de la muerte del filósofo danés. La cuestión, más congruente que podríamos presentarnos a noso­ tros mismos sería la de preguntarnos si es, en efec- to, una filosofía ese pretendido saber del hombre, cuando el hombre sigue siendo justa­ mente la constante problemática y la existencia misma problema radical e insoluble.

¿Quién es y qué significa para nosotros este Kierkegaard de innumerables facetas, este Kierke­ gaard multiplicado por siete, por ocho, o por nueve seudónimos, que pretenden encubrir —o descubrir quizá— su verdadera persona? ¿Qué continuidad puede admitirse en el hombre kierke- gaardiano a través de la sucesión de encubrimien­ tos que escinden la personalidad o que afirman las infinitas posibilidades de ese ser abierto que es para el existencialismo el ser humano?

Recordemos que con Alternativa aparece ya el primer seudónimo de Kierkegaard, Víctor Eremi­

ta. Bajo el non^bre de Johannes de Silentio se presenta Temor y temblor, y con el de Constantin Constantius su Ensayo de psicología experimen­ tal. Las Bagatelas filosóficas las firma Johannes Climacus, y poco después, El concepto de la angustia, obra capital kierkegaardiana, Vigilius Haufniensis, quinto de los seudónimos de nuestro* filósofo. A éste seguirían todavía el de Nicolaus Notabene, Hilarius Bogbinder, Frater Taciturnus,

y

el último en el tiempo, J. Anticlimacus, con el

que da a luz el Tratado de la desesperación y

Escuela del cristianismo.

Hay algo evidente en todo esto y que constituye una de las tónicas del existencialismo kierkegaar- diano e incluso de todo existencialismo. Así, un existenciaiista de nuestra época, como lo- es Jaspers, por otra parte profundamente vinculado a Kierkegaard, nos habla del ser humano como ser desgarrado mejor aún que escindido; desgarrado, nos dice el propio Jaspers, como objeto, como yo o como en-sí.

Podemos suponer, sin embargo, que la escisión kierkegaardiana es más una exigencia de la ascen­ sión que domina en él el paso de uno a otro estadio. La riqueza de la experiencia existencial está ahí precisamente: en agotar la multiplicidad

12

posible de experiencias para impersonalizarse y huir cada vez más del estado inautèntico. Y ello lo afirma Kierkegaard de manera muy clara en su Postscriptum. “ Yo soy impersonal o personalmen­ te un apuntador en tercera persona, que ha producido poéticamente unos autores, los cuales son autores de sus prefacios y aun de sus n o m b r e s Y bien; ¿no será esto, cuando menos en Kierkegaard, una manifestación de su “ pasión de lo infinito” ? ¿No querrá realmente llegar poi- si mismo al Individuo en virtud de la realización múltiple e ilimitada, en sí mismo, en su propia carne, de los individuos mismos? En todo caso, revélase que el hombre es quehacer, y quehacer a su propia costa. Ese despliegue incesante y atrevi­ do de la personalidad es el eterno fermento de loda doctrina existenciaiista. Casi podríamos de­ cir que constituye una espléndida “ pasión de lo infinito” , como lo declara el propio Kierkegaard.

El examen introspectivo kierkegaardiano, la pre­ sunta ruptura consigo mismo, el cuarteamiento de su ser que nos ofrecen los sucesivos seudónimos, son más que nada, tomando su actitud desde un punto de vista positivo, anhelos de progreso y de unidad en el desarrollo y la conquista de sí mismo.

Kierkegaard hizo el camino con su experiencia. Y su experiencia misma valoró el camino. No podríamos decir, con todo, que se trataba de un camino conscientemente buscado, pero sí de que en él aflora una pretensión volitiva, un afán de polémica con el que desgarra su vida en un análisis que no está exento de dureza hacia su propio ser.

Y sin embargo, en Kierkegaard lo definitivo y casi lo característicamente privativo de él es la elec­ ción y el salto. El salto es el signo del progreso e implica una libre decisión individual. Resulta ser un deber —muchas veces heroico— ante la vida

13

misma, una exigencia de la existencia y de la vida que implica también un continuado sacrificio.

En la perspectiva existencial que nos legó Kierke­ gaard se encuentra bien patente esta pasión electiva. Hay tres estadios por los que él mismo pasa —el estadio estético, el estadio ético y el estadio religioso— que van señalando las preferen­ cias individuales. Nada más admirable que seguir su curso en las distintas obras de Sóren Kierke­ gaard. Alternativa, el Diario del seductor, los Estadios en el camino de la vida, reflejan de modo nuiy fiel el momento romántico kierkegaardiano. “ Toda su vida estaba organizada para el goce” , nos dice en el Diario del seductor, definiendo con toda exactitud el anhelo del hombre romántico, mezcla de sensualidad y de egoísmo y en quien se compendian el mero placer de la situación mo­ mentánea y el hastío abrumador que le sigue.

una norma de conducta. Lo particular y lo general aparecen entonces en perfecta conjunción armóni­ ca y aún acaso fundidos, podríamos decir, en la síntesis que manifiesta el individuo. Kierkegaard declara con mucha precisión en Alternativa cuál es su concepto del deber. Y define con ello, justificándolo con su riesgo personal, lo que él entiende por el estadio ético. “ Precisemos —nos dice—. Jamás digo de un hombre que cumple el deber o los deberes, sino su deber; yo digo:

cumplo mi deber, cumple tú el tuyo. Esto

demuestra que lo individual es a la vez general y

particular.

El deber es lo general que se exige de

mí; si no soy, pues, lo general, no puedo tampoco cumplir el deber. Por otra parte, mi deber es lo particular que me concierne exclusivamente, y no obstante, es el deber y en consecuencia lo general. La persona adquiere aquí su valor supremo. Aparece como síntesis de lo general y de lo par­

ticular” .

El estadio estético nos sumerge en el hombre temporalizado, en el hombre esclavo del momen­ to y para el cual sólo queda un recurso supremo:

la desesperación. Si el hombre ha de superar este estadio para superarse a la vez a sí mismo, incidirá realmente en el campo de la desesperación. En la 2a parte de Alternativa está perfectamente nítido el consejo de Kierkegaard: “ Te exhorto a la desesperación, no como a un consuelo, como a un estado en el que debes permanecer, sino como a un acto que requiere toda la fuerza, toda la seriedad y todo el recogimiento del alma, pues mi convicción, mi victoria sobre el mundo es que todo hombre que no ha gustado la amargura de la desesperación se ha engañado siempre acerca del sentido de la vida, aun en el caso de que haya conocido en la suya la alegría y la belleza” .

 

No cabe duda que aquí resuena el acento de la etica kantiana. Pero corregido y valorado — subli­ mado, podría argüir Kierkegaard— por el propio esfuerzo individual que es el que cuenta como justificación suma. Tomado al pie de la letra, el imperativo categórico kantiano ofrecía esta forma única: obra sólo según una máxima tal que puedas (¡uerer al mismo tiempo que se torne ley univer­ sal. En su rigidez y exclusividad, parecía omitir la excepción individual, eso mismo que Kierkegaard y Nietzsche— vienen a poner sobre el tapete de la nueva filosofía.

Por eso, un tercer estadio superará todavía el estadio ético. Es un estadio, diríamos, en el que vence la excepción y lo genial a lo masivamente (•(.ico. Kierkegaard lo analiza debidamente en

En

este

punto

es

ya

el

deber ético

el

que

se

Temor y temblor, Migajas filosóficas, El concepto

impone.

Por

supuesto,

si

el

individuo

quiere

de la angustia y Estadios en el camino de la vida,

vencer la desesperación con la aceptación plena de

 

entre otras obras de su última época. El nuevo

salto, la nueva elección, a expensas de la existen­ cia desgarrada, deja al hombre en la zona de contacto con lo divino; mejor dicho, en la prueba indecible que colma ya, y desborda, la medida ética. Así, en el caso del sacrificio de Isaac, el hijo amado de Abraham. Temor y temblor desarrolla este tema para sublimar heroicamente lo que sobrepasa la norma ética y se instituye como medida única y eterna. Por encima del imperativo categórico, otra medida excepcional y aún más alta, pero ya cuando Dios se halla presente en el estadio religioso de la prueba, de esa prueba absurda que es también el mayor desgarro del hombre.

El Elogio de Abraham, en Temor y temblor, preséntase como el exponente máximo de la fe kierkegaardiana. Y es igualmente la justificación cimera del absurdo existencial, aunque desde un punto de vista de elevación del yo a la medida, realmente absurda, del amor divino. “ ¡No! Nada se perderá de aquellos que fueron grandes, cada uno a su modo y según la grandeza del objeto que amó. Porque fue grande por su persona quien se amó a sí mismo; y quien amó a otro fue grande dándose; pero fue el más grande de todos quien amó a Dios” . Grande en la antinomia, grande en el absurdo más inverosímil, Abraham prefigura muy a lo vivo el héroe religioso de Kierkegaard, por encima de la moral humana. Como Zaratus- tra, el de Nietzsche, también más allá del bien y del mal y con objetivos de superhombre.

Abraham aceptó la medida de Dios. Ningún otro hombre podría ser, como él, testimonio de la prueba y de la libertad absoluta. “ Hay hombres —dice Kierkegaard en su Elogio— que se apoyaron en sí mismos y triunfaron de todo; otros lo sacrificaron todo; pero fue el más grande de todos quien creyó en Dios. Y hubo hombres grandes por sus energías, saber, esperanza o amor; pero

16

Abraham fue el más grande de todos: grande por la energía cuya fuerza es debilidad, por el saber cuyo secreto es locura; por la esperanza cuya lorma es demencia; por el amor que es odio de sí mismo” .

Y

así

es

como

Kierkegaard hace de la vida la

terrible aventura de lo absurdo. Una aventura que se colma en el trance religioso, cara a Dios y ante Dios, como en el caso de la fe de Abraham, que es un símbolo de la locura existencial.

Kierkegaard ha buscado adrede el choque y el conflicto del existente, en exigencia y medida de superación. Por la sencilla razón de que entendía la existencia —y así habría de entenderse también después de él— como fuente de angustia y de [/ riesgo. Esta es la tesis que cabría deducir de su vida y de su obra. Y bebiendo en el drama del hombre verdaderamente cristiano, quiso y supo hacer de la filosofía no un saber de razón sino un

/

fruto

de

la

experiencia,

profundamente personal.

y

de la experiencia

Lo personal y biográfico en Mi punto de vista.

lín el riesgo existencial el existir es un hacerse, un concretarse como cuerpo existente, como signo y contenido de la continua interrogación que for­ mula 3a conciencia.

En términos justos, el existente realiza una verificación de la existencia con su mismo acto. “ Serás lo que quieras” , podrá decir, pero “ serás totalmente” , en conquista que no se detiene por obra de la libertad absoluta que domina y señorea al hombre.

La idea de libertad no podía por menos de tomar

cuerpo

en

la obra

de

Kierkegaard y,

aún más

radicalmente, en la filosofía existencialista que de

1.7

él

deriva.

Si

el

hombre

tiene

que

elegir,

si

necesariamente debe correr el riesgo de elegir, no hay duda de que únicamente podrá hacerlo de manera personal si la libertad misma se convierte en fundamento de la elección.

Libre es entonces el hombre —y elevado además a la categoría de persona— porque se hace surgir sin más; porque en sentido absoluto priva ya sobre la nada, como en una especie de brinco meteórico que le sitúa, en cuanto hombre, constituido y desgarrado, pues es él quien actúa y quien se ve a sí mismo, quien, en fin, viene a ser dualidad combativa, agónica e ineludible.

El hombre existencial —y Kierkegaard lo fue de modo sincero— se presenta siempre, antes que

nada, como biógrafo de sí mismo. Es él el que se

ve haciéndose, en ese “ cada instante”

que pregona

Sartre y que le prepara el cauce de la verdadera libertad. Porque cada momento de la existencia auténtica, esto es, cada perfil biográfico del hombre, trae consigo la resurrección, pero ya sobre una base entitativa, sobre un rescoldo de cenizas que es un algo para el futuro vital y en el que se ha consumido, instantáneamente también, todo un hombre.

Cuando Sóren Kierkegaard redactó Mi punto de vista en su obra, en el año 1848, había alcanzado ya el estadio religioso de su vida. Desde el año 1843, la actitud religiosa de Kierkegaard se hace

cada

vez

más

fuerte

y

el camino recorrido

anteriormente, hasta la ruptura definitiva con Regina Olsen, se le aparece como un progreso evidente en el pleno conocimiento de si mismo. Las esferas del existir humano están en él a punto de cumplirse y Kierkegaard tiene conciencia de ello. Por eso, su misma Introducción a Mi punto de vista es un manifiesto revelador de la cima personal a la que había llegado. Es él el que habla,

es él quien se define, es él quien se justifica y

justifica

a

la

vez

su obra.

“ El contenido de este

pequeño libro afirma, pues, lo que realmente soy como escritor, que soy y he sido un escritor reli­ gioso, que la totalidad de mi trabajo como escri­ tor se relaciona con el cristianismo, con el proble­ ma de ‘llegar a ser cristiano’, con una polémica directa o indirecta contra la monstruosa ilusión que llamamos cristiandad, o contra la ilusión de que en un país como el nuestro todos somos cris­ tianos” .

K1 ansia de superación está en vías de hacerse realidad para Kierkegaard o quizá ya se ha hecho. Sus experiencias, sus desdoblamientos, y esos saltos mismos que anulan la distancia de la nada al ser, han traído para el filósofo danés un senti­ miento de humildad que atestigua la soberanía de su estado. Como autor y como hombre incluso, Kierkegaard se confiesa sinceramente, por si de su experiencia misma puede obtenerse una lección para los demás hombres. “ Humildemente —nos dice igualmente en la Introducción a Mi punto de vista— ante Dios, y también ante los hombres, yo sé muy bien en dónde personalmente puedo haber ofendido; pero también sé con Dios que mi labor como autor fue el resultado de un irresistible impulso interior, la única posibilidad melancólica de un hombre, el honesto esfuerzo por parte de un alma profundamente postrada y compungida que quiere hacer algo como compensación, sin ahorrar ningún sacrificio o trabajo al servicio de la verdad” .

Kierkegaard se afana por hallar para los demás la explicación que él mismo da para el curso de su vida y para su vocación de escritor. El es, y lo declara, fundamentalmente un autor religioso o que ha realizado ya ese salto cuando en Mi punto de vista expone su nueva tesis. Para los que viven en la ilusión de que la vida se divide en dos partes

y que el período de la juventud pertenece a lo estético mientras que la edad madura se inserta en la religión, hay que intentar descubrir el engaño. Y Kierkegaard lo hace refiriéndonos detallada­ mente su modo personal de existencia, es decir, mediante la reflexión sobre lo biográfico, en la que asienta la eterna cuestión psicológica de su filosofía existencial.

Maravillosos son los rasgos que en tal sentido nos ofrece el capítulo II de Mi punto de vista. Rasgos perfectamente descritos para mostrar un Kierke­ gaard de la primera época, ya anulado por los saltos ético y religioso. “ Melancólico, incurable­ mente melancólico como yo era, sufriendo prodi­ giosos pesares dentro de mi espíritu, habiendo roto desesperadamente con el mundo y con todo io que es el mundo, educado estrictamente desde mi infancia en el convencimiento de que la verdad

debe sufrir

y ser mofada y

siendo lo

que era, encontraba un determinado tipo de satisfacción en esta vida, en este engaño inverso,

una satisfacción al observar que el engaño tenía

un éxito tan

.

Aquí hay, indudablemente, un humanismo de intimidad que Kierkegaard exalta hasta alcanzar su verdadero límite, esto es, el humanismo de trascendencia. Si algo hemos de agradecer a Kierkegaard en el inicio de la corriente existencial

es el haber

buscado una salida a la oscilación

dramática del existente. Su biografía misma nos lo atestigua y la cuestión fundamental que plantea —también naturalmente en Mi punto de vista--es haber partido de sí mismo como experiencia para reconstruir un mundo casi perdido y, con él, todo el sentimiento de la trascendencia lejana, más afín y cercana al hombre a medida de la profundidad de su experiencia.

Ksa es la conquista que trasluce claramente del análisis kierkegaardiano. Los saltos personales de Kierkegaard constituyen esas mismas conquistas, tunque su fruto conserve la acritud del desgarra­ miento íntimo. El sujeto está ahí y Kierkegaard se nos presenta en ese “ su” hacerse, afirmándose de manera optimista, pero con la plena conciencia de sus fracasos y de su propia derrelicción humana. Nada más expresivo, con este título personal, que la parte que el divino gobierno tuvo en su profesión de autor, referida en el capítulo III de Mi punto de vista. “ Cuanto he escrito hasta ahora nos dice— no ha sido, en un sentido, ni agradable de escribir. Hay algo doloroso al estar obligado a hablar tanto de uno mismo. Pluguiera a Dios que hubiera podido conservar mi paz aún más de lo que lo he hecho, sí, hasta morir incluso en silencio sobre este tema que, al igual que mi labor y mi trabajo literario, me ha ocupado durante día y noche. Pero ahora, gracias a Dios, ahora respiro libremente, ahora siento de verdad necesidad de hablar, ahora he llegado a un tema que hallo inmensamente agradable de pensar y de hablar. Mi relación con Dios es el ‘amor feliz’ de una vida que en muchos aspectos ha sido difícil e infeliz” .

l odo este relato biográfico —que no otra cosa es Mi punto de vista y la obra escrita de Kierke­ gaard— atestigua un punto de arranque en la filosofía existencial: lo subjetivo, lo privativamen- i(> personal e íntimo se perfila como el campo más genuino de experiencias y de confrontaciones trascendentes. Esto es esencial en el hombre de excepción que proclama Kierkegaard. De él —de sus fracasos, de sus saltos, de su ansia de autenticidad— da testimonio su misma desespera- rión cotidiana.

Con esto, Kierkegaard se nos muestra, en efecto, revestido de la sencillez del héroe. Del héroe que

acepta el riesgo humano pero elude el compromi­

so,

precisamente

para

afirmar

la

realidad

del

riesgo en el que va implicada la realidad de la persona. De lo que se trata es de ilusionar desde el hombre ese “ amor feliz” que en el estadio religioso se vuelve razón y sentido de su vida.

Y

he

aquí

cómo,

a

vueltas

consigo

mismo,

Kierkegaard alcanza una fe desesperada en el hombre. Pero su fe —su verdadera fe existencia!— no es, de ningún modo, una fe crédula. Antes

bien, es una fe que surge del conflicto dialéctico y

( ICONOLOGIA DE

KIERKEGAARD

1813.— 5 de mayo. Nace Soren Aabye Kierke­ gaard en la ciudad de Copenhague.

  • 1821. — 6 de octubre. Kierkegaard inicia sus estudios en el colegio de Borgerdyscole.

que convierte

el tiempo

en instante para hacer

  • 1830. — 30 de octubre. Acceso de Kierkegaard a

la Universidad.

más viva, a la luz de la conciencia, la desazón

*

individual

del

existente.

Ciertamente, tal como

  • 1837. — Mes de mayo. Primer encuentro de Kier­

Kierkegaard nos lo explica en su Diario, la tarea es doblemente ardua y difícil: porque el hombre de fe —el existente cristiano que encarna y

kegaard y Regina Olsen.

  • 1838. — 7 de septiembre. Publicación de la prime­ ra obra de Kierkegaard: Extracto de los

testimonia

la trascendencia— ha de

buscar con

papeles

de

alguien

que

vive todavía y

ahínco

al

hombre Hombre, hijo

de

sí mismo

y

publica a su pesar.

 

poeta de lo inefable, y, a la vez, proyectará todavía el “ más allá” sobre el rescoldo humeante de su acción.

JOSE

AN TO N IO

MIGUEZ

1840.— 10 de septiembre. Promesa de matrimo­ nio con Regina Olsen.

1841.— Mes de

octubre. Ruptura definitiva con

Regina Olsen.

  • 1843. — 20 de febrero. Kierkegaard publica, con el seudónimo de Víctor Eremita, Alter­ nativa y Fragmento de una vida. 7 de octubre. Aparecen Temor y temblor y Lirismo dialéctico con el nombre de Johannes de Silentio, así como La repeti­ ción y Ensayo de psicología, firmados por Constantin Constantius.

  • 1843. — 13 de octubre. Como continuación a Dos discursos edificantes, Kierkegaard publi­ ca Tres discursos edificantes. 6 de diciembre. Nueva publicación de Kierkegaard: Cuatro discursos edifican­ tes.

1844. — 13

de

junio.

Aparecen

las

Bagatelas

filosóficas a nombre de Johannes Clima-

cus.

17 de junio. Se publican El concepto de la angustia y Sencillo esclarecimiento previo al problema del pecado original, que firma Vigilius Haufniensis, y Prefa­ cios y Lectura amena para diversos esta­ dos, firmados por Nicolás Notabene.

  • 1845. — 30 de abril. Hilarius Bogbinder, séptimo seudónimo de Kierkegaard, publica Esta­ dios en el camino de la vida.

    • 27 de diciembre. Aparece en el diario

Faedrelandet (Patria) el artículo de Kier­ kegaard Actividad de un esteta ambulan­ te, que firma Frater Taciturnus. 1846.— 27 de febrero. Publicación de Postscrip- tum.

  • 1847. — Año decisivo. El 3 de noviembre Regina Olsen contrae matrimonio con Fr. Schle- gel. — Kierkegaard publica en junio de

este año La Crisis y redacta Mi punto de vista.

  • 1849. — 20 de mayo. Publicación de Dos peque­ ños tratados ético-religiosos.

    • 30 de julio. Aparece el Tratado de la

desesperación, que firma J. Anticlima- cus.

  • 1850. — 25 de septiembre. También Anticlimacus firma Escuela del cristianismo.

1851-1855. — Período intensamente polémico de

Kierkegaard. Los artículos se suceden casi sin intemipción, salvando el bache del año 1853, en que Kierkegaard nada publica.

  • 1855. — 11 de noviembre. Muerte de Kierkegaard. P ocos días antes había declarado crudamente a su amigo Emilio Boesen:

“ Saluda a todos los hombres y diles que mi vida ha sido un sufrir agudo, incom­ prensible e ignorado para todos, excepto para mí” .

JOSE

AN TONIO

M IGUEZ

MI PUNTO DE VISTA

INTRODUCCION

He alcanzado un punto en mi carrera de escritor desde el que resulta permisible hacer aquello a que me siento fuertemente impulsado de acuerdo con mi deber, o sea, para decirlo de una vez por todas, lo más directa y francamente posible: lo que yo como escritor declaro ser. El momento (por inadecuado que pueda ser en otro sentido) es el justo en parte porque (como ya he dicho) he alcanzado este punto, y en parte porque estoy en vísperas de encontrar por primera vez en el campo literario mi primera obra, Either/Or, en su segunda edición, la cual yo no deseaba haber publicado antes.

Hay una época para permanecer en silencio y otra para hablar. Mientras he considerado que era mi deber guardar ei más estricto silencio, me he esforzado en mantenerlo por todos los medios. No he vacilado en contrarrestar, en un sentido finito, mi propio esfuerzo con el enigmático misterio y la doble entente que el silencio favorece. Lo que he hecho en este aspecto ha sido mal comprendido e interpretado como orgullo, arrogancia y Dios sabe qué más. Mientras conside­ ré que mi deber religioso era guardar silencio, nada hice para evitar este malentendimiento. Pero si yo consideraba que mi deber era el silencio debíase a que no tenía tan a mano el conocimien­ to del arte del escritor como para que su entendimiento pudiera ser algo más que mal entendimiento.

El contenido de este pequeño libro afirma, pues, lo que realmente significo como escritor: que soy

y he sido un escritor religioso, que la totalidad de mi trabajo como escritor se relaciona con el cristianismo, con el problema de “ llegar a ser cristiano” , con una polémica directa o indirecta contra la monstruosa ilusión qué llamamos cris­ tiandad, o contra la ilusión de que en un país como el nuestro todos somos cristianos.

Pido a todos aquellos que tengan en el corazón la causa de la cristiandad —y se lo pido con tanta más urgencia cuanto más seriamente se empeñen en ella— que conozcan este pequeño libro, no curiosamente, sino con devoción, como se lee una obra religiosa. Naturalmente, no me importa el placer que ha encontrado o pueda encontrar el llamado público estético al leer, atentamente o de pasada, las obras de carácter estético, las cuales son un disfraz y un engaño al servicio de la cristiandad; porque yo soy un escritor religioso. Suponiendo que un lector de tal clase entiende a la perfección y aprecia críticamente las produc­ ciones estéticas individuales, siempre me entende­ rá totalmente mal, en cuanto no comprenda la religiosa totalidad en toda mi labor como escritor. Supongamos, pues, que otro entiende mis obras en la totalidad de su referencia religiosa, pero no entiende ni uno solo de los productos estéticos contenidos en ellas; en este caso yo no diría que su falta de entendimiento fuera esencial.

Cuanto escribo aquí es para orientación. Se trata de un testimonio público; no de una defensa o de una apología. A este respecto, en verdad, si no en otro, creo que tengo algo en común con Sócrates. Porque cuando fue acusado y estaba a punto de ser juzgado por “ la plebe” , su demonio le prohibió defenderse. Realmente, si lo hubiera hecho, ¡qué indecoroso hubiera sido y cuánto se hubiera contradich’o a sí mismo! Igualmente hay algo en mí y en la posición dialéctica que ocupo, que hace imposible para mí, e imposible en sí

mismo, llevar a cabo una defensa de mi trabajo como escritor. Tengo que sufrir muchas cosas, y espero tener que aguantar muchas más sin padecer la pérdida de mí mismo. Pero, ¿quién sabe? , tal vez el futuro me tratará con más gentileza que el pasado. La única cosa a que no me puedo resignar —que no puedo hacer sin padecer la pérdida de mí mismo y del carácter dialéctico de mi posición (que es justamente a lo que no me puedo resignar)—, la única cosa es defenderme qua escri­ tor. Eso sería una falsedad, la cual, aunque me ayudara a ganar finitamente todo el mundo, sería para la eternidad mi destrucción. Humildemente .mte Dios, y también ante los hombres, yo sé muy bien en dónde personalmente puedo haber ofen­ dido: pero también sé con Dios que mi labor como autor fue el resultado de un irresistible impulso interior, la única posibilidad melancólica de un hombre, el honesto esfuerzo por parte de un alma profundamente postrada y compungida que quiere hacer algo como compensación, sin ahorrar ningún sacrificio o trabajo al servicio de la verdad. Por tanto, sé también con Dios, ante cuyos ojos esta empresa halló gracia y sigue bailándola, igual que se regocija con Su asistencia, (|ue con respecto a mi profesión de escritor no necesito defenderme ante mis contemporáneos; ya que, si en este caso yo representara algún papel, no sería como abogado defensor sino como fiscal.

Sin embargo, yo no acuso a mis contemporáneos, dado que he entendido religiosamente como mi deber servir la verdad con abnegación, y mi tarea hacer todos los posibles para impedir llegar a ser considerado e idolatrado. Sólo aquel que conozca

por

propia

experiencia

lo

que

es

la

negación

puede desentrañar mi enigma y saber si es abnegación. Porque el hombre que no tiene experiencia de ello, llamará más bien a mi comportamiento amor de sí mismo, orgullo,

excentricidad, locura; por cuya opinión no sería razonable que yo le acusara, ya que yo mismo, en servicio de la verdad, he contribuido a formársela. Hay una cosa que no puede comprender ni una

asamblea

ruidosa, ni un “ público altamente esti­

mable” , ni en media hora, y esta cosa es el carácter de la verdadera abnegación cristiana. Para comprenderla se requiere temor y temblor, silen­ ciosa soledad, y un largo espacio de tiempo.

Estoy enteramente cierto de que he entendido la verdad que entrego a los demás. Estoy casi igualmente seguro de que mis contemporáneos, en tanto que no la comprenden, se verán obligados, por las malas o por las buenas, a comprenderla alguna vez, en la eternidad, cuando se hallen liberados de muchos cuidados y solicitudes pertur­ badores, de los cuales yo he sido liberado. He sufrido a causa del mal entendimiento; y el hecho de que voluntariamente me exponga a él, no indica que yo sea insensible al sufrimiento real. Sería como negar la realidad de todo el sufrimien­ to cristiano porque es voluntario. Tampoco se debe deducir como una inferencia directa que “ los otros” no tienen ninguna culpa, dado que si sufro es en servicio de la verdad. Pero por mucho que haya sufrido a causa del mal entendimiento, sólo puedo dar gracias a Dios por aquello que es de infinita importancia para mí: que El me ha concedido el entendimiento de la verdad.

Y

ahora sólo

una cosa más.

No

es preciso decir

que no puedo explicar toda mi labor como escritor en toda su integridad, o sea, con la interioridad puramente personal en la que poseo la explicación de ella. Y esto en parte se debe a que no puedo hacer pública mi relación con Dios. No es ni más ni menos que la interioridad genérica que todo hombre puede tener, sin considerarla como una distinción oficial en la que hubiera un crimen que ocultar y un deber que proclamar, o a

j i|ik' pudiera apelar como mi justificación. En jmilc porque yo no puedo querer (y nadie puede tlpneur que yo pudiera) introducir a la fuerza en Mitilip lo que únicamente concierne a mi persona; aunque, naturalmente, hay mucho en esto que me sirve para explicar mi obra como escritor.

PRIMERA PARTE

A

LA AMBIGÜEDAD O DUPLICIDAD EN LA l'ROFESION DE ESCRITOR *: DE SI EL A UTOR ES UN AUTOR ESTETICO O RELIGIOSO

C¿ueda, pues, por demostrar que hay esa duplici­ dad desde el principio al fin. No es éste un ejemplo del caso corriente en el que alguien descubre la presunta duplicidad y la persona afectada se ve obligada a probar que no existe. No es eso en absoluto, sino todo lo contrario. En caso de que el lector no sea lo suficientemente observador para notar la duplicidad, es misión del autor poner todo lo evidentemente posible el I lecho de que esa duplicidad está ahí. Es decir, la duplicidad, la ambigüedad son conscientes, algo que el autor conoce más que cualquier otra persona; son la distinción dialéctica esencial de toda la profesión de escritor, y tienen, por tanto, una razón más profunda.

I’ero

¿es esto así, hay una duplicidad

tan pene­

trante?

¿No se podría explicar el fenómeno de

1

Para

que

los

títulos

de

los

libros

puedan

ser

consultados

fácilmente

se

dan a continuación.

Primer grupo

(obra estética):

A lternativa;

M ied o

y

tem b lo r;

R e p e tic ió n ;

El

c o n c e p to

d e

¡a

angustia; P refacios; Fragm entos

filo s ó fic o s ; E stadios en

el cam ino

tic

la

vida,

junto

con

18

discursos

ed ificantes

que

fueron

publicados sucesivamente. Segundo grupo: Postscriptu m . Tercer «u p o (Obras religiosas): D iscursos ed ifican tes en diversos c apiri

tus;

L os

trabajos

del

a m or;

D iscursos

cristianos,

junto

con

un

pequeño artículo

estético. La

crisis y

una crisis

en

la

vida de

una

actriz.

 

otra manera, suponiendo que hay un escritor que primero fue un escritor estético y luego, en el curso de los años, cambió y se convirtió en un escritor religioso? No insistiré en la objeción de que, si éste fuera el caso, el escritor de marras no hubiese escrito un libro como éste, y seguramente no se hubiera propuesto dar una visión de toda su. obra, y aún menos hubiera escocido para ello el momento que coincide con la reaparición de su primer libro. Tampoco insistiré en el hecho de que sería bastante extraño que un cambio tal se hubiera llevado a cabo en el curso de pocos años. En otros casos en que un escritor originalmente estético se transforma en un escritor religioso, transcurren muchos años, de forma que la hipó­ tesis que explica el cambio señalando el hecho que en la actualidad es considerablemente más viejo no pierde plausibilidad. Pero en esto no insistiré; porque, aun cuando pudiera parecer extraño y casi inexplicable, aunque pudiera obli­ gar a buscar y hallar cualquier otra explicación, no por ello sería absolutamente imposible que un cambio tal ocurriera en el espacio de sólo tres años. Demostraré más bien que es imposible explicar el fenómeno de esta manera. Porque cuando se observe la cosa de más cerca se verá que antes que el cambio ocurriera no habían trans­ currido tres años, sino que el cambio es simultá­ neo con el principio, es decir, que la duplicidad data del mismo comienzo. Porque los Dos discur­ sos edificantes son contemporáneos de Alterna­ tiva. La duplicidad en su sentido más profundo, es decir, en su sentido de la profesión de escritor en conjunto, no es lo que era tema de comentario en su tiempo, sino el contraste entre las dos partes de Alternativa. No, la-duplicidad se descubre compa­ rando Alternativa con los Dos discursos edifican­ tes.

Lo religioso está presente desde el principio. Inversamente, lo estético está presente otra vez en

34

«‘I último momento. Después de dos años, durante los cuales sólo publiqué obras religiosas, apareció un pequeño articulo estético*. Este hecho iba en contra de la interpretación del fenómeno que supone un escritor estético, el cual, con el paso

del tiempo, cambia y se convierte en un escritor religioso. Así como los Dos discursos edificantes

aparecieron

de dos a tres meses después de

Alternativa, igualmente este pequeño artículo estético apareció de dos a tres meses después de los escritos puramente religiosos de dos años. Los Dos discursos edificantes y el pequeño artículo se corresponden el uno al otro inversamente y prueban inversamente que la duplicidad está tanto al principio como al final. Aunque Alternativa atrajo toda la atención y nadie se dio cuenta de los Dos discursos edificantes, este libro denotaba, sin embargo, que el escritor era un escritor religioso, el cual, por esta razón, nunca había escrito nada estético, sino que había empleado seudónimos para todas sus obras estéticas, mien­ tras que los Dos discursos edificantes eran del maestro Kierkegaard. Inversamente, aunque los trabajos puramente edificantes producidos duran­ te esos dos años han atraído posiblemente la atención de otros, nadie, tal vez, en un sentido más profundo, ha advertido el significado del pequeño artículo, el cual indica que ahora la estructura dialéctica total de la profesión de escritor está completa. El pequeño artículo sirve de piedra de toque para imposibilitar al final (igual que los Dos discursos edificantes hicieron al principio) la explicación del fenómeno suponien­ do que había un autor que primero era autor estético y más tarde cambió y se convirtió en un

escritor religioso, ya que era escritor religioso al principio y produjo obras estéticas incluso en el último momento.

La

«le 1848.

crisis y

una

crisis

en

la vida

de

una actriz,

en Patria, julio

ÍV5

El primer grupo de escritos representa la produc­ ción estética, el último grupo es exclusivamente religioso: entre ellos, como punto decisivo, está el Postscriptum. Este trabajo trata y plantea “ el

Problema” , que es el problema de toda la profe­

sión del escritor: cómo llegar

a ser cristiano. De

modo que toma conocimiento del trabajo escrito bajo seudónimo y de los dieciocho discursos edificantes, demostrando que todo ello sirve para iluminar el Problema, sin, empero, afirmar que éste era el objetivo de la producción interior, la cual realmente no hubiera podido ser firmada con un seudónimo, por una tercera persona incapaz de saber nada sobre el propósito de un trabajo que no era el suyo propio. El Postscriptum no es un trabajo estético, pero tampoco es religioso en el estricto sentido de la palabra. Por consiguiente, está firmado con un seudónimo, aunque añadí mi nombre como editor, cosa que no hice en el caso de cualquier trabajo puramente estético*. Este es un dato para aquel a quien preocupen estas cosas y tenga olfato para ellas. Entonces vinieron los dos años durante los cuales sólo aparecieron obras religiosas, todas con mi nombre. El período

de los seudónimos había pasado, el autor religioso

se había desembarazado del disfraz estético, y entonces, como un testimonio y como una precaución, apareció el pequeño artículo estético firmado con seudónimo, Inter et ínter. Esto puede dar una idea total de la profesión del escritor en su totalidad. Como ya he señalado, guarda reciprocidad con los Dos discursos edi­ ficantes.

*

La

crítica

literaria

d e

Dos

generaciones”

no

es

una

excepción,

en

parte

porque

no

es

estética

en

el

sentido

de

la

producción poética, sino crítica, y en parte, porque tiene un fondo

totalmente religioso

al interpretar “ la presente época” .

 

B

LA EXPLICACION DE QUE EL AUTOR ES Y HA SIDO UN AUTOR RELIGIOSO

Podría parecer que una mera protesta a este respecto por parte del mismo autor sería más que suficiente, ya que seguramente él sabe mejor lo que pretende. Por mi parte, sin embargo, tengo poca confianza en las protestas con respecto a las producciones literarias, y me inclino a tener una visión objetiva de mis propias obras. Si, como tercera persona, en el papel de lector, no puedo mantener que lo que yo afirmo es así, y que no podría dejar de ser asi, no se me ocurrirá desear ganar una causa que considero como perdida. Si, como autor, tuviera que empezar a protestar, fácilmente llevaría a la confusión a toda mi obra, la cual, desde el principio al fin, es dialéctica.

Por tanto, no puedo hacer ninguna protesta, pol­ lo menos antes de haber dado por otro camino una explicación tan evidente que una protesta del tipo considerado aquí sea totalmente superflua. Cuando se haya logrado esto, la protesta podrá ser permisible como una satisfacción lírica para mí, caso de que sintiera un impulso para hacerla, y podrá ser necesaria como deber religioso. Porque como hombre puedo estar justificado al protestar, y puede ser mi religioso deber hacer esa protesta. Pero es preciso no confundir esto con la profesión de escritor: no sirve de mucho como escritor lo

37

que yo como hombre proteste haber pretendido. Pero todos admitirán que cuando uno es capaz de demostrar con respecto a un fenómeno que no

puede ser explicado de otra manera, y que es de esta manera particular como puede ser explicado

en todos sus detalles, o

que la explicación

satisface todos los puntos, entonces esta explica­

ción queda establecida tan evidentemente como

resulta

posible

establecer la exactitud de una

explicación.

Pero ¿no hay una contradicción aquí? Quedó establecido en la parte anterior que la ambigüedad estaba presente hasta el fin, y hasta tanto esto quedó probado con éxito, resulta imposible pro­ bar que la explicación lo es; por tanto, en este caso parece ser el único medio para disminuir la tensión dialéctica y deshacer el nudo, una declara­ ción, una protesta. Este razonamiento parece ser agudo, pero en realidad es sofistico. En caso que una persona sofista encontrara necesario en una contingencia dada recurrir a una mixtificación, sería perfectamente natural para ella hacerlo de manera que la situación cómica resultante fuera de tal naturaleza que no pudiese rehuirla. Pero esto, también, se debe a una falta de seriedad, que le obliga a enamorarse de la mixtificación por sí misma, en lugar de utilizarla como medio. Por tanto, cuando se usa una mixtificación, una reduplicación dialéctica al servicio de un propósi­ to serio, se usará así meramente para evitar un malentendido, o un entendimiento apresurado, porque la verdadera explicación siempre está a mano y dispuesta para ser encontrada por aquel que honradamente la busca. Tomemos el ejemplo más elevado: toda la vida de Cristo en la tierra no hubiera sido más que un juego si El hubiese estado aquí de incógnito hasta un punto que pasara por el mundo sin que nadie se diera cuenta de El; y sin embargo, en un sentido auténtico, Cristo estuvo de incógnito.

38

Lo mismo ocurre en el caso de una reduplicación dialéctica; y la señal de una reduplicación dialécti­ ca es que la ambigüedad se mantiene. En cuanto la seriedad requerida la apresa, es capaz también de librarse, pero siempre de forma que la misma seriedad sale garante de la verdad de ella. Así como la esquivez de una mujer tiene una referen­ cia con su amado y cede cuando éste aparece, pero sólo entonces, así también una reduplicación dialéctica tiene una referencia con la verdadera seriedad. Para uno que sea menos serio la explica­ ción le será negada, porque la elasticidad de la reduplicación dialéctica es demasiado grande para que él la pueda asir: aparta la explicación de él otra vez y hace que dude de si realmente es la explicación.

Vamos a realizar este intento. Vamos a tratar de explicar el conjunto de esta producción literaria

partiendo de la base de que ha sido escrita por un autor estético. Fácilmente se percibe que desde el principio no se aviene con esta explicación, la cual se cae cuando se encuentra con los Dos discursos edificantes. Si, por el contrario, queremos realizar el experimento partiendo de la base de que es un escritor religioso, se verá que, paso a paso, la suposición corresponde con cada punto. Lo único que queda inexplicable es cómo puede ser que un autor religioso emplee las obras estéticas de esa L'orma. Es decir, nos hallamos de nuevo frente a la ambigüedad o la reduplicación dialéctica. Con la diferencia ahora de que la suposición de que se trata de un autor religioso ha quedado bien sentada, y queda sólo por explicar la ambigüedad.

No me

atrevo a decir si puede resultarle fácil

hacerlo a una tercera persona; pero la explicación es la que se encuentra en la Segunda Parte de este

librito.

Una cosa más aún, una cosa que, como he dicho, puede ser una satisfacción lírica para mí como

39

hombre, y que como hombre es mi deber religio­ so; en una palabra, una protesta directa de que el autor es y ha sido un autor religioso. Cuando empecé Alternativa (del cual, sea dicho entre paréntesis, existía de antemano literariamente solo una parte, es decir, un pequeño Diapsalmata, mientras que todo el libro se escribió en el espacio de once meses, y la segunda parte primero), yo estaba potencialmente bajo la influencia de la religión como nunca he estado. Me hallaba tan profundamente conmovido que comprendí per­ fectamente que no me sería posible seguir una conformista y segura vía media en la que la mayor l/ parte de la gente pasa su vida: tenía que arrojarme a la perdición y a la sensualidad, o elegir lo religioso de forma absoluta como la única cosa; o bien el mundo, en una medida que hubiera sido espantosa, o bien el claustro.' En lo profundo estaba ya determinado que era lo segundo lo que yo podía y debía elegir: la excentricidad del primer movimiento fue. simplemente la expresión de la intensidad del segundo; ponía de manifiesto el hecho de que yo me había dado absolutamente cuenta de que me sería imposible ser religioso sólo hasta cierto punto. Este es el lugar de Alternativa. Fue una catarsis poética que, sin embargo, no anduvo mucho más allá que la ética. Personalmente, yo estaba muy lejos de desear encaminar el curso de mi existencia hacia la comoda situación del matrimonio por amor a mí mismo, puesto que religiosamente me hallaba ya en el claustro; idea que se encuentra oculta en el seudónimo Víctor Eremita.

Esta es la situación; hablando en sentido estricto, Alternativa fue escrito en un monasterio, y yo puedo asegurar al lector (y dirijo especialmente esta seguridad, si por azar cae bajo sus ojos, a aquel que no tiene capacidad o tiempo de analizar una producción como la mía, y que sin embargo tal vez se ha encontrado sorprendido por la

40

extraña mezcla de religioso y estético en mis escritos), yo puedo asegurar al lector que el autor de Alternativa dedicaba un tiempo determinado cada día, con regularidad y precisión y precisión monásticas, a leer libros edificantes, y que con miedo y temblor reflexionaba sobre su responsa­ bilidad. Entre otras cosas, reflexionaba especial­ mente ( ¡qué maravilloso! ) sobre “ El diario del seductor” . Y entonces, ¿qué ocurrió? El libro alcanzó un inmenso éxito, especialmente ( ¡que maravilloso! ) “ El diario del seductor” . El mundo abrió sus brazos de forma extraordinaria al autor admirado, al cual, sin embargo, todo esto no le “ seducía” , porque era una eternidad demasiado

vieja para eso.

Luego siguieron los Dos discursos edificantes. Cosas de la más vital importancia suelen parecer

insignificantes. Primero apareció la gran 9^r,^’ Alternativa, que fue “ muy leída y más discutida” , y luego los Dos discursos edificantes, dedicados a mi difunto padre y publicados en la fecha de mi nacimiento (5 de mayo), “ una florecilla oculta en el gran bosque, no solicitada ni por su belleza, ni

por su

perfume, ni porque fuera alimenticia” *.

Nadie advirtió seriamente los Dos discursos o se preocupó de ellos. Recuerdo incluso que uno de mis conocidos vino a verme con la queja de que había comprado el libro de buena fe convencido de que, puesto que era mío, tenía que ser algo ingenioso e inteligente. Recuerdo también que yo le prometí que si lo deseaba podía reclamar el dinero. Ofrecí al mundo Alternativa con la mano izquierda, y con la derecha los Dos discursos edificantes’, pero todos, o casi todos, asieron con sus diestras lo que yo sostenía en mi siniestra**.

*

Cfr. el Prefacio a los D o s discursos ed ificantes de 1843.

 

**

Cfr.

el

Prefacio

a

los

D o s

discursos

ed ifican tes

de

1844:

“ Busca

a

m i

lector,

el

cual recibe con la mano derecha lo que se le

ofrece con la izquierda” .

41

Ante Dios pensé lo que debía hacer: aventuré mi contingencia en los Dos discursos edificantes; pero comprendí perfectamente que sólo unos pocos los comprenderían*. Y aquí por primera

vez aparece “ aquel individuo al que con alegría y gratitud llamo mi lector” , fórmula estereotipada que se repetía en el Prefacio a cada colección de Discursos edificantes. Nadie puede acusarme de haber cambiado, de que tal vez en el último momento, tal vez por el motivo que había perdido el favor del público, pensaba diferente­ mente sobre esta materia de lo que antes había pensado. No. Si alguna vez he disfrutado del favor del público, ha sido a los dos o tres meses de la publicación de Alternativa. Y en esta situación, la cual para muchos tal vez hubiera sido una tentación, yo juzgué que era el momento más favorable para hacer lo que tenía que hacer al objeto de asegurar mi posición, y la empleé al servicio de la verdad para introducir mi categoría “ el individuo” ; fue entonces cuando rompí con el público, no por orgullo y arrogancia, etc. (y desde luego no porque en aquel momento el público me fuera desfavorable, ya que, por el contrario, me era enteramente favorable), sino porque tenía plena conciencia de que yo era un escritor religioso y que como tal me importaba “ el

individuo”

(“ el individuo” , en oposición a “ el

público” ), pensamiento en el que está contenida toda una filosofía de la vida y del mundo.

* De ahí el tono melancólico del Prefacio donde se dice acerca del librito: “ Puesto que se puede decir en sentido figurado que con su publicación inicia una marcha como para un viaje, permítaseme que lo siga con la mirada. A sí es que lo veo cómo sigue su ruta por senderos solitarios o sin compañía por los caminos reales. Después de alguna pequeña confusión debida al hecho de haberse equivocado por algún parecido casual, encuentra, por fin, que el individuo al que con alegría y gratitud llamo mi lector, al que busca, al que le tiende los brazos, etcétera. Cf. el Prefacio a los D o s

discursos ed ificantes de

1843.

El primer Prefacio tenía para m í, y

aún tiene, un significado tan íntimo y personal que me sería muy

difícil trasmitirlo.

42

A partir de entonces, es decir, desde la publica­ ción de Temor y temblor, el observador serio que dispone de presuposiciones religiosas, el observa­ dor serio al que es posible darse a entender desde leios y al que es posible hablarle en silencio (en. el seudónimo Johannes-de silentio) estaba en situación de advertir que esto, despues de todo, era un tipo muy singular de producción estetica. Y esto fue justamente ensalzado por la muy reverenda firma Kts., lo cual me agrado muchísi­

mo.

43

íiMGUNDA PARTE

TODA LA OBRA DEL AUTOR INTERPRETA­ DA DESDE EL PUNTO DE VISTA DE QUE EL AUTOR ES UN AUTOR RELIGIOSO

( :a p it u l o

i

A. LAS OBRAS ESTETICAS

Vor qué el principio de las obras fue estético, o lo t/ue eso significa, entendido en relación con el total*.

LA CRISTIANDADES UNA PRODIGIOSA ILUSION

'Podo aquel con alguna' capacidad de observación que considere seriamente lo que se llama Cristian­ dad, o las condiciones de un país llamado cristiano, sin duda se sentirá asaltado por profun­ das dudas. ¿Qué significa el que todos esos miles y miles se llamen a sí mismos cristianos como cosa corriente? ¡Esos hombres innumerables, cuya mayor parte, según es posible juzgar, vive en categorías completamente ajenas al Cristianismo! Cualquiera se puede convencer de ello por la más simple observación. ¡Gente que nunca entra en

*

Una vez por todas tengo que pedir seriamente al amable

lector que

tenga

en

cuenta

siempre

que

el pensamiento que hay

tras la obra en su totalidad es: lo que significa llegar a ser cristiano.

una

iglesia

que

nunca

piensa

en Dios,

nunca

menciona Su nombre, excepto

en los juramen­

tos

¡Gente a la que nunca se le ha ocurrido que

puede tener alguna obligación hacia Dios, gente

^Uie’ u0 , b*e? ponsidera esta como máximo en la culpabilidad de trasgredir la ley criminal, o que ni

siquiera considera esto necesario! ¡Sin embargo oda esa gente, incluso aquellos que aseguran que no hay Dios, es cristiana, se llama cristiana es reconocida como cristiana por el Estado,’ es entenada como cristiana por la Iglesia, queda como cristiana por la eternidad!

No

hay

duda

de

que

en

el

fondo

de todo esto

debe

de

haber

una

tremenda

confusión,

una

espantosa ilusión.

Pero

¡ay

de

remover esta

cuestión!

Si, se todas las objeciones. Porque los

nay que saben

lo

que quiero decir, pero que me

replicarían dándome una cariñosa palmada en la espalda: Mi querido muchacho, eres aún dema­ siado joven para embarcarte en esta empresa, para la cual, si es que se pretende tener algún éxito se requerirán por lo menos un buen número 'de misioneios bien capacitados; empresa que signifi­ ca ni mas ni menos que proponerse introducir el

cristianismo. . .

en la Cristiandad. No, querido

muchacho, seamos hombres; esa empresa está más

y locamente ambiciosa como

alia de tus fuerzas

de

las

mías.

Sería

tan

desear reformar la

plebe, con la cual ninguna persona juiciosa

quiere entremeterse. Iniciar tal cosa es un fracaso seguro . Tal vez; pero aunque el fracaso fuera cierto también es cierto que nadie ha deducido f , ay objeción del Cristianismo; porque cuando llego el Cristianismo al mundo era un “ fracaso seguro aun más definitivo que empezar tal cosa sm embargo, fue empezado. Y tampoco hay duda de que nadie^ ha aprendido esta objeción de

bocrates;

porque el se mezcló con

quiso reformarla.

la “ nlebe”

v

Esto es, a grandes rasgos, lo que ocurre. De cuan­ do en cuando un párroco provoca un pequeño alboroto desde el pùlpito diciendo que ocune algo malo en alguna parte con todos esos numero­ sos cristianos; pero todos aquellos a quienes esta hablando son cristianos, y aquellos de quienes habla no están presentes. Esto se puede descnbir más propiamente como una emocion fingida. A veces aparece un entusiasta religioso, arremete

contra la Cristiandad, vocifera

y

arma

mucho

ruido, denunciando a casi todos como no cristia­ nos. y no logra nada. No tiene en cuenta el

hecho de que no es fácil disipar una ilusión. Supongamos ahora que es un hecho que la mayor

parte

de

la

gente,

cuando

se llama

a

si

misma

cristiana, está bajo una ilusión; ¿cómo se deíien- den contra un estusiasta? Ante todo, no se

preocupan

absolutamente

de

él,

no

tienen

en

cuenta su libro, y lo dejan inmediatamente a un lado; o bien, si emplea la palabra viva, dan la _

vuelta por otra calle y no le escuchan. Despues se libran de él definiendo todo el concepto, y se

acomodan seguros en su ilusión:

hacen de el un

fanático y de su cristianismo una exageración, y al

final resulta ser el único,

o uno de los pocos, que

no es cristiano en serio (porque la exageración es, sin duda, una falta de seriedad), mientras que los

otros son todos cristianos en serio.

No, no es posible destruir una ilusión directamen­ te y sólo por medios indirectos se la puede arrancar de raíz. Si el que todos son cristianos es una ilusión, y si no hay nada que hacer sobie eso, es preciso hacerlo indirectamente, no por uno que se proclame a sí mismo a grandes gritos extraordi­ nariamente cristiano, sino por uno que, mejoi orientado, esté dispuesto a declarar que no es cristiano en absoluto*. Es decir, uno que pueda

*

Podemos

recordar

el

P ostscriptu m ,

cuyo

autor, Johannes

Climacus, declara expresamente que no es cristiano.

47

acercarse por detrás a la persona que está bajo la ilusión. En lugar de desear gozar de la ventaja de ser uno mismo esa rara cosa, un cristiano, es preciso dejar que el futuro esclavo goce creyéndo­ se cristiano, y tener la resignación suficiente de ser uno que está mucho más atrás que él; de otra manera, podemos estar seguros de que no sacare­ mos al hombre de su ilusión, cosa que es bastante difícil en cualquier caso.

Si, de acuerdo con nuestro supuesto, la mayor parte de la cristiandad se imagina solamente que es cristiana, ¿en qué categorías vive? Vive en categorías esteticas o, como máximo, en catego­ rías estético-éticas.

Supongamos entonces que un escritor religioso ha considerado profundamente esta ilusión, la Cris­ tiandad, y ha resuelto atacarla con todo el poder a su disposición (con la ayuda de Dios, quede bien sentado), ¿qué tiene que hacer, pues? Ante todo,

no impacientarse. Si se impacienta, arremeterá contra ella y no logrará nada. Un ataque directo solo contribuye a fortalecer a una persona en su ilusión, y al mismo tiempo le amarga. Pocas cosas requieren un trato tan cuidadoso como una ilusión, si es que uno quiere disiparla. Si algo obliga a la futura presa a oponer su voluntad, to­ do está perdido. Y esto es lo que logra un ataque directo, y además implica la presunción de reque­

rir a un

hombre que haga a otra persona, o en su

presencia, una concesión que puede hacer mucho más provechosamente a él mismo en privado. Eso es lo que logra el método indirecto, el cual, aman­ do y sirviendo la verdad, lo arregla todo dialéctica­ mente para la futura presa, y luego se retira tími­ damente (porque el amor es siempre tímido), para no presenciar el reconocimiento que hace él a sí

mismo a solas ante Dios; que ha vivido hasta en­ tonces en una ilusión.

Por tanto, el escritor religioso debe, ante todo, ponerse en contacto con los hombres, es decir, debe empezar con obras estéticas. Estas son las arras. Cuanto más brillantes sean esas obras, mejor para él. Además, debe estar seguro de sí mismo, o (y ésta es la única seguridad) debe relacionarse con Dios, con miedo y temblor, a fin de que acontezca el hecho más opuesto a sus intenciones, y, en lugar de poner en movimiento a los otros, los otros adquieren poder sobre él, de forma que lermina empantanándose en lo estético. Por tan- l.o, debe tenerlo todo dispuesto, aunque sin impaciencia, con el propósito de sacar inmediata­ mente lo religioso, en cuanto perciba que tiene a sus lectores con él, de forma que con el ímpetu conseguido por la devoción a lo estético entren en contacto con lo religioso.

lis muy importante no introducir la religión ni demasiado pronto, ni demasiado tarde. Si pasa demasiado tiempo, se fomenta la ilusión de que el escritor estético ha envejecido y, por tanto, se ha vuelto religioso. Si llega demasiado pronto, el efecto no es bastante violento.

Partiendo de la base de que existe una prodigiosa ilusión en el caso de esos muchos hombres que se llaman a sí mismos cristianos y son considerados como cristianos, el método de salir al paso de ella ((ue se sugiere aquí no entraña condena o denuncia. Se trata de una invención totalmente cristiana que no puede emplearse sin miedo y temblor, o sin una auténtica abnegación. Aquel que está dispues­ to a ayudar carga con toda la responsabilidad y

hace

todo el esfuerzo, pero por esta razón esa

línea de acción posee un valor intrínseco. Hablan­ do en general, un método sólo tiene valor en relación con el resultado obtenido. Algunos con­ denan y denuncian, vociferan y arman mucho

ruido; todo eso no tiene valor intrínseco, aunque crean lograr mucho con ello. Sucede lo contrario

con la línea de acción de que tratamos aquí. Supongamos que un hombre se ha dedicado a ella, supongamos que ha empleado en ella toda su vida, y supongamos que no ha logrado nada: a pesar de todo, no ha vivido en vano, porque su vida ha sido auténtica abnegación.

2

Sí EL AUTENTICO EXITO ES LOGRAR EL ESFUERZO DE LLEVAR A UN HOMBRE A UNA DEFINIDA POSICIONANTE TODO, ES PRECISO FATIGARSE PARA ENCONTRARLE DONDE ESTA Y EMPEZAR AHI

Este es el secreto del arte de ayudar a los demás. Todo aquel que no se halla en posesión de él, se engaña cuando se propone ayudar a los otros. Para ayudar a otro de manera eficaz, yo debo entender más que él; pero ante todo, sin duda debo entender lo que él entiende. Si no sé eso, mi mayor entendimiento no será de ninguna ayuda para él. Si, de todos modos, estoy dispuesto a empenacharme con mi mayor entendimiento, es porque soy un vano o un orgulloso, de forma que, en el fondo, en lugar de beneficiarle a él, lo que deseo es que me admiren. En cambio, todo auténtico esfuerzo para ayudar empieza con la autohumillación: el que ayuda debe primero humillarse y ponerse por debajo de aquel a quien quiere ayudar, y, por tanto, debe comprender que ayudar no significa ser soberano, sino criado; que ayudar no significa ser ambicioso, sino paciente; que ayudar significa tener que resistir en el futuro la imputación de que uno está equivocado y no entiende lo que el otro entiende.

Tomemos el caso de un hombre que es apasiona­ damente colérico, y supongamos que realmente está equivocado. A menos que se pueda empezar con él haciéndole creer que es él el que tiene que

50

instruimos y a menos que se pueda hacer esto de manera que el hombre colérico, demasiado impa­ riente para escuchar una sola de vuestras palabras, nr halle contento al descubrir en vosotros un oyente complaciente y atento, no os será posible ayudarle en absoluto. O tomemos el caso de un -'iiamorado que ha sido desgraciado en amores, y

■■ apongamos que la

forma en que se somete a su

pasión es realmente irrazonable, impía, no cristia­ na. Si no podemos empezar con él de forma que

halle un auténtico descanso al hablar con nosotros sobre su sufrimiento y que pueda enriquecer su mente con las interpretaciones poéticas que noso­

tros le sugerimos, sin saber que no compartimos su pasión y queremos librarle de ella, si no podemos hacer eso, no le podemos ayudar en absoluto; se recluye lejos de nosotros, se ensimis­

ma. . .

y entonces nosotros sólo charlamos con él.

Tal vez gracias al poder de vuestra personalidad podréis obligarle a reconocer que se halla en falta; ¡Ah! , queridos míos, inmediatamente escapará

por un sendero escondido para acudir a una cita

con

su oculta pasión, a la que apetece ardiente­

mente, temiendo casi que haya perdido algo de su seductor calor, porque ahora, gracias a vuestro comportamiento, le habéis ayudado a enamorarse

otra

vez,

a

enamorarse

ahora

de

su

misma

desdichada

 

.

¡Y

vosotros

sólo

charlais

con él!

Lo mismo sucede con respecto a lo que significa llegar a ser cristiano; suponiendo que los muchos que se llaman a sí mismos cristianos se hallan bajo una ilusión. Denunciad el mágico encanto de lo estético; bien, ha habido realmente tiempos en que podéis haber logrado coaccionar a la gente. Pero, ¿con qué resultado? Con el resultado de que privadamente, con secreta pasión, aman esa ma­ gia. No, dejemos esto. Y recordad, vosotros que sois serios y austeros, que si no podéis humillaros, no sois genuinamente serios. Sed el asombrado

51

oyente

que se sienta

y

escucha lo

que

el otro

encuentra más

placer

en

contaros

porque

le

escucháis

con

asombro.

Pero,

sobre

todo,

no

olvidéis una cosa: el propósito que tenéis en la mente, el hecho de que es lo religioso lo que debéis

llevar adelante. Si sois capaces de ello, presentad

lo estético con toda su magia fascinadora, domi­

nad

si

os es posible el ánimo del otro hombre,

presentadlo con el tipo de pasión que más

exactamente

le

conviene,

alegremente

para los

alegres,

en

tono

menor para los melancólicos,

ingeniosamente para los ingeniosos, etcétera. Pe­ ro, sobre todo, no olvidéis una cosa, el propósito

que

tenéis que llevar

lo religioso.

Haced eso por todos los medios, y no temáis

hacerlo; porque verdaderamente no se puede hacer sin miedo y temblor.

Si podéis hacer eso, si podéis encontrar exacta­ mente el lugar donde está el otro y empezar allí, tal vez podáis tener la suerte de conducirle al lugar donde os halláis vosotros.

Porque

ser

maestro

no

significa

simplemente

afirmar que

una

cosa

es

asi,

o recomendar una

lectura,

etcétera.

No,

ser maestro en el sentido

justo

es

ser

aprendiz.

 

La

instrucción

empieza

cuando tú, el maestro, aprendes del aprendiz, te pones en su lugar de modo que puedas entender

lo que él entiende y de la forma que él lo entiende, caso de que no lo hayas entendido

antes, o

si lo has entendido antes, permitas a él

someterte a un examen de manera que pueda

asegurarse de que

tú sabes

tu papel.

Esa

es

la

introducción. Entonces el principio puede reali­ zarse en otro sentido.

En mi mente, de forma constante he levantado una objeción contra una clase de la ortodoxia de nuestro país que consiste en encerrarse en peque­ ños grupos, y en afirmarse uno al otro en la

creencia de que ellos son los únicos cristianos, y, por tanto, el no saber hacer otra cosa con relación a la cristiandad que vociferar que los otros no son cristianos. Si es verdad que en realidad hay tan pocos cristianos en la cristiandad, esos ortodoxos se hallan eo ipso bajo la obligación de ser misioneros, aunque un misionero en la cristiandad siempre será bastante diferente de un misionero entre los gentiles. Fácilmente se comprenderá que esta objeción mía ataca nuestra ortodoxia en la forma correcta, desde atrás, ya que se basa en la admisión, o el supuesto de que ellos son realmen­ te auténticos cristianos, los únicos auténticos cristianos de la cristiandad.

Así, pues, el escritor religioso, cuyo pensamiento predominante es cómo puede uno llegar a ser cristiano, comienza justamente en la cristiandad como escritor estético. Por un momento, dejé­ moslo dudoso entre si la cristiandad es una monstruosa ilusión o es un vano concepto para los muchos que. se llaman a sí mismos cristianos; dejemos que más bien se suponga lo opuesto. Pues bien, este principio es superfluo, se basa en una situación que no existe; pero que, sin embargo, no hace ningún daño. El daño es mucho mayor, o mejor dicho, éste es el único daño, cuando uno que no es cristiano pretende serlo. Por otro lado, cuando uno que es cristiano da la impresión de que no lo es, el daño no es grande. Suponiendo que todos sean cristianos, este engaño, a lo sumo, puede confirmarlos aún más en que lo son.

3

LA ILUSION DE QUE LA RELIGION Y EL CRISTIANISMO SON COSAS .4 LAS QUE SE RECURRE CUANDO SE ENVEJECE

Lo estético siempre ensalza la juventud y su breve instante de eternidad. No puede avenirse con la

seriedad de la edad, menos con la seriedad de la eternidad. De aquí que el esteta desconfíe siem­ pre de la persona religiosa, suponiendo que, o bien nunca se ha sentido inclinado a lo estético, o bien esencialmente hubiera preferido seguir dis­ frutando de ello, pero que el tiempo ha ejercido su influencia debilitadora y él se ha hecho viejo y ha buscado refugio en la religión. La vida se divide en dos partes: el período de la juventud pertenece

a lo estético; la

edad madura a la religión; pero,

hablando honestamente, todos hubiéramos prefe­ rido seguir siendo jóvenes.

¿Cómo puede desvanecerse esta ilusión? Digo “ puede” porque ya es otra cuestión que el esfuerzo realmente tenga éxito; pero puede ser desvanecida por la consecución simultánea de una producción estética y religiosa. En este caso no se deja margen a la duda, porque la producción estética garantiza la juventud y así la simultánea consecución en la esfera religiosa no puede ser explicada sobre una base accidental.

Suponiendo que la cristiandad es una prodigiosa ilusión, es decir, es un concepto vano para los

muchos que se llaman

a sí mismos cristianos,

parece ser muy

probable que la ilusión de que

ahora hablamos sea extremadamente comente. Pero esta ilusión se agrava aún más por el concepto de que uno es cristiano. Uno vive dentro de las categorías estéticas, y si alguna vez piensa sobre el cristianismo, aplaza el problema hasta que sea más viejo. “ Porque —se dice uno a sí mismo—, de hecho, soy esencialmente cristiano” . No se puede negar ciertamente que, en la cristiandad, los hay que viven tan sensualmente como cualquier paga­ no vivía. Sí, incluso más sensualmente, porque tienen esa desastrosa sensación de seguridad de que esencialmente son cristianos. Pero no rehúye lo más posible la decisión de llegar a ser cristiano; es más, uno encuentra un obstáculo adicional en

54

el hecho de que uno tiene como orgullo ser joven durante el mayor tiempo posible (y sólo cuando uno se hace viejo debe recurrir al cristianismo y a la religiosidad). Entonces uno se verá obligado a reconocer que se ha vuelto viejo; pero sólo cuando uno se haya vuelto viejo recurrirá al cristianismo y a la religiosidad.

Si uno pudiera ser siempre joven, no tendría la

más mínima

necesidad ni de cristianismo ni de

religión.

Este es un error extremadamente pernicioso para toda religiosidad. Se basa en el hecho de que la gente confunda el concepto de hacerse viejo en el sentido del tiempo con el de hacerse viejo en el sentido de la eternidad. No se puede negar, realmente, que, con harta frecuencia, se ve el poco edificante espectáculo de un joven que era portavoz ardiente y apasionado de lo estético transformado en un tipo de religiosidad que tiene todos los defectos de la vejez, en un sentido débil, en otro excesivamente demasiado fuerte. No se puede negar que muchos, que representan a lo religioso, lo son demasiado austeramente y dema­ siado hoscamente, por miedo a no ser bastante serios. Esto, y muchas cosas más, pueden contri­ buir a generalizar la ilusión y a establecerla más firmemente. Pero, ¿qué remedio hay para eso? El único remedio es aquello que ayudará a disipar esta ilusión.

De forma que si un autor religioso desea enfren­ tarse con esta ilusión, tiene que ser, al mismo tiempo, un escritor estético y religioso; pero, sobre todo, no debe olvidar una cosa, la intención de toda su empresa, que lo que debe decisivamente salir adelante es lo religioso. Las obras estéticas son solamente un medio de comunicación, y para aquellos que posiblemente las necesiten (y en el supuesto de que la cristiandad sea una prodigiosa

55

ilusión deben de ser muy numerosos) sirve como prueba de que es imposible explicar la producción religiosa por la creencia de que el autor se ha vuelto viejo; porque son de hecho simultáneas, y sin duda uno no ha envejecido simultáneamente.

Tal vez este esfuerzo no conduce al éxito; tal vez, pero de todos modos no se hace ningún gran daño.^ El daño será, como máximo, que alguien no creerá en la religiosidad de tal escritor. Bien. El

escritor que trata de religión puede, con

harta

frecuencia, tener mucho interés en su propio beneficio que se le considere como religioso. Si éste es el caso, demuestra claramente que el escritor en cuestión no es un carácter autentica- mente religioso. Es como el caso de un maestro demasiado preocupado sobre la opinión que sus alumnos puedan tener de su instrucción, sus conocimientos,_ etcétera. Un maestro tal, cuando pretende enseñar, es incapaz de mover pie o mano. Supongamos, por ejemplo, que piensa que es mejor para sus alumnos hablar de algo que entiende en lugar de algo que no entiende. ¡Santo Dios! Esto 110 puede aventurarse a hacerlo, por

miedo a que sus alumnos pudieran realmente

creer que no entiende

de ello.

Es decir,

no vale

para maestro; aunque se llame a sí mismo

maestro,

está

tan lejos

de serlo

que en realidad

aspira a ser citado

con

por sus discípu­

los. O, como en el caso de un predicador de

arrepentimiento, el cual, cuando quiere azotar los vicios de su edad, está demasiado preocupado por lo que su edad piensa de él, se halla tan lejos de ser un predicador de arrepentimiento, que más bien se parece al visitante de Año Nuevo, que llega con felicitaciones. Simplemente se hace a sí

mismo

un

poco

más interesante vistiendo con

unas

ropas

que

son

bastante extrañas para un

visitante de Año Nuevo. Y así sucede con la persona religiosa que no puede soportar que se la considere como la única persona que no es

litigiosa. Porque, en la esfera de la reflexión, ser capaz de resistir esto es la más ceñida definición (l<‘ la religiosidad esencial.

QUE AUNQUE UN HOMBRE NO QUIERA SEGUIR HASTA DONDE UNO SE ESFUERZA POR CONDUCIRLE, ES POSIBLE AUN HACER ALGO POR EL: OBLIGARLE A DARSE CUENTA

Se puede tener la buena suerte de hacer mucho por otro, se puede tener la buena suerte de conducir a otro donde uno desea y (para atener­ nos al tema que constituye aquí nuestro interés

esencial

y

constante),

se puede

tener la buena

suerte de

ayudarle a llegar a ser cristiano. Pero

este resultado no está en mi mano; depende de

muchas cosas,

y,

sobre

todo,

depende

de

si

el

quiere

o

no. Por toda ia eternidad es imposible

que yo obligue a una persona a aceptar una

opinión,

una

convicción, una creencia. Pero

puedo

hacer una cosa:

puedo

obligarle a darse

cuenta.

En

un cierto sentido ésta es la primera

cosa;

porque

es la condición antecedente a la

próxima

cosa,

es decir,

a ia aceptación de una

opinión, de una convicción, de una creencia. En

otro sentido es la última, o sea, no quiera dar el paso siguiente.

en el caso de que

No se puede discutir que es un acto de caridad, pero tampoco hay que olvidar que es un acto temerario. Al obligar a un hombre a darse cuenta logro también el propósito de obligarle a juzgar. Ahora está a punto de juzgar: pero lo que ahora juzga no está bajo mi control. Tal vez juzga en sentido totalmente opuesto de aquel que yo deseo. Además, el hecho de que se ha visto obligado a juzgar puede tal vez haberle amargado furiosamente contra la causa y contra mí. Y acaso

57

yo soy la víctima de mi acto temerario. Obligara

la gente a darse cuenta y a juzgar es la característi­ ca del auténtico martirio. Un mártir genuino nunca usa su fuerza, sino que lucha con la ayuda de la impotencia. Obliga a la gente a darse cuenta.

Dios

lo sabe, ellos se dan cuenta; ellos lo matan.

Pero con esto se contenta. No cuenta con que su muerte pone punto final a su labor; cree que su muerte forma parte de ella; es más, que su labor adquiere ímpetu gracias a su muerte. Porque ver­ daderamente aquellos que le matan se dan cuenta a su vez; se ven obligados a considerar de nuevo la causa y para un efecto totalmente distinto. Aquello que el hombre vivo no podía hacer, el muerto puede; gana para su causa a aquellos que se han dado cuenta.

Hay una objeción que he levantado una y otra vez en mi prop io pensamiento contra aquellos predicadores que generalmente encontramos pre­ dicando el cristianismo en la cristiandad. Rodea­ dos como están por una excesiva ilusión y hallándose seguros a causa de ella, no tienen el valor de hacer que los hombres se den cuenta. Es decir, no son lo suficientemente abnegados con respecto a su causa. Se alegran de hacer prosélitos, pero quieren hacerlos para fortalecer su causa, y, por tanto, no se preocupan de investigar cuidado­ samente si son auténticos prosélitos. Esto significa que, en un sentido más profundo, no tienen causa. Su causa es aquella a la que están egoísta­ mente ligados. De aquí que no se arriesguen a ir por entre los hombres en el sentido real, o apartarse de la ilusión por dar una impresión de la idea pura. Tienen el oscuro temor que es una cosa peligrosa obligar a la gente a darse cuenta en la verdad. Realmente, hacer que la gente se dé cuenta en la falsedad —es decir, inclinarse y restregarse ante ellos, halagarles, implorar su atención y su juicio indulgente, someterse ( ¡la verdad! ) a su plebiscito—, se puede lograr sin

58

ningún peligro, por lo menos, aquí, en la tierra, donde, por el contrario, se logra con ventajas de todo tipo. Y, sin embargo, tal vez se logra tam­ bién con el peligro de que algún día, en la eterni­ dad, pueda uno ser “ suspendido” .

Y ahora, con referencia al supuesto-que es un vano concepto por parte de los muchos que se llaman a sí mismos cristianos. Si un hombre vive en este concepto, vive dentro de categorías totalmente ajenas al cristianismo dentro de categorías pura­ mente estéticas, y si alguien es capaz de conquis­ tarle y cautivarle con obras estéticas y luego sabe cómo introducir lo religioso con tal prontitud que con el impulso de su abandono de lo estético el hombre se encuentra ante las más decisivas definiciones de lo religioso, ¿qué ocurre enton­ ces? Pues que entonces debe darse cuenta. Sin embargo, nadie puede decir de antemano lo que sigue a esto. Pero por lo menos se ve obligado a darse cuenta. Posiblemente volverá en sí y adverti­ rá lo que implica llamarse a sí mismo cristiano. Posiblemente se enfurecerá con la persona que se ha tomado esta libertad con él; pero por lo menos habrá empezado a darse cuenta, estará en el punto de expresar un juicio. Posiblemente, para proteger su retirada, expresará el juicio que el otro es un hipócrita, un falsario, un tonto; pero no hay remedio, deberá juzgar, habrá empezado a darse cuenta.

Normalmente se invierte la relación; y se invirtió realmente cuando el cristianismo se enfrentó con el paganismo. Pero se prescinde totalmente del hecho de que la situación estaba enteramente alterada por la noción de cristiandad, que lo traspone todo a la esfera de la reflexión. En la cristiandad, el hombre que se esfuerza por condu­ cir a la gente a ser cristiana, normalmente da todo tipo de seguridades de que él mismo es cristiano. Protesta de ello una y otra vez. Pero no observa

59

que,

desde el principio, ha existido una terrible

confusión sobre este.punto; porque la gente a

quien

se

dirige es ya cristiana.

Pero

si

ya

son

cristianos aquellos

a

quienes

se

dirige,

¿qué

sentido puede

tener el hacerles volverse cristia­

nos?

Si, por el contrario, no son cristianos, en su

opinión, aunque ellos se llamen así, el mismo hecho de que ellos se llamen a sí mismos cristianos demuestra que tenemos que habérnoslas con una situación que requiere reflexión y que, por ello, la táctica debe ser totalmente contraria.

Aquí no puedo extender más la acuciante necesi­

dad que la cristiandad tiene de la ciencia militar

enteramente nueva,

conseguida

a través

de

la

reflexión.

En

varios

de

mis

libros

he dado

sugerencias sobre los principales factores de esa

ciencia,

cuyo

meollo

se puede expresar en una

sola frase: el método debe ser indirecto.

Pero el

desarrollo de

este

método

puede

requerir

la

atención de años, una atención alerta a cada hora del día, diaria práctica de las escalas, o un paciente ejercicio de dedos en la dialéctica sin hablar de un constante miedo y temblor. En la comunicación del cristianismo, donde la situación esta calificada por cristiandad, no hay una rela­ ción directa o recta, puesto que tiene primero que ser dispuesta como un vano concepto. Toda la vieja ciencia militar, toda la apologética y lo que

lleva consigo, sirve más bien —hablando sincera­ mente— para traicionar la causa del cristianismo.

A cada instante y a cada punto debe adaptarse la

táctica

a

una

lucha

concepto, una ilusión.

que

se

lleva

contra

un

De forma que cuando un autor religioso en la cristiandad, cuyo pensamiento absorbente es la tarea de llegar a ser cristiano, hace todo lo posible para que la gente se dé cuenta (si lo logra o no es otra cuestión), debe empezar como escritor esté­ tico y hasta un punto determinado debe mante-

60

uersie en este papel. Pero necesariamente debe haber un límite; porque su objetivo es hacer que la gente se dé cuenta. Y hay una cosa que el autor no debe olvidar: su propósito, la distinción entre esto y aquello, entre lo religioso como cosa decisiva y el incógnito estético, para que el entrecruce de la dialéctica termine en parloteo.

EL CONJUNTO DE LA OBRA ESTETICA, CONSIDERADA EN RELACION CON EL TOTAL DE LA OBRA, ES UN ENGAÑO; ENTENDIENDO, SIN EMBARGO, ESTA PALABRA EN UN SENTIDO ESPECIAL

Cualquiera que considere la obra estética como la obra total y luego considere la parte religiosa desde este punto de vista, sólo la podría conside­ rar como un desfallecimiento, una disminución. Ya he demostrado antes que el supuesto sobre el que se basa este punto de vista 110 se puede mantener. Ha quedado establecido allí que desde un principio, y simultáneamente con las obras publicadas bajo seudónimo, determinadas señales, llevando mi nombre, daban noticia telegráfica de lo religioso.

Pero desde el punto de vista de toda mi actividad

como autor, concebida íntegramente, la obra estética es un engaño, y en eso estriba la más profunda significación del uso de seudónimos. Un engaño, sin embargo, es una cosa muy fea. A esto

yo

podría

responder:

Es

preciso

no

dejarse

engañar por la palabra “ engaño” . Se puede engañar a una persona por amor a la verdad, y (recordando al viejo Sócrates) se puede engañar a una persona en la verdad. Realmente sólo por este medio, es decir, engañándole, es posible llevar a la verdad a uno que se halle en la ilusión. Quienquie­

ra rechace esta opinión, pone de manifiesto el he­

61

cho

de que no está muy versado en dialéctica

y

que

esto

es precisamente

lo

que se necesita de

modo especial cuando se opera en este campo. Porque hay una inmensa diferencia, una diferen­ cia dialécticá, entre estos dos casos.* el caso de un

hombre

que

es

ignorante

y

va

a recibir

una

porcion de conocimiento, de forma que es como un vaso vacio al que hay que llenar, o una hoja de

papel en blanco sobre la que hay que escribir aleo

y

el^ caso

de un hombre

que se halla

bajo

una

ilusión de la que es antes preciso librarle. Igual­ mente es diferente escribir sobre una hoja de papel en blanco y poner de manifiesto, mediante la aplicación de un líquido cáustico, un texto que está escondido bajo otro texto. Suponiendo, pues, que una persona es víctima de una ilusión, y que para comunicarle la verdad lo primero que

hay que hacer es arrancarle de la ilusión, si yo no empiezo engañándole, debo comenzar con la comunicación directa. Pero la comunicación di­ recta presupone que la capacidad del receptor para recibirla no se halle alterada. Pero éste no es

el

caso,

ya

que se interpone

en el camino

una

ilusión.

Es

decir,

ante

todo

hay

que usar el

liquido cáustico. Pero este líquido cáustico signi­ fica su negatividad, y la negatividad entendida en relación con la comunicación de la verdad es pre­ cisamente lo mismo que el engaño.

¿Qué significa, pues, “ engañar” ? Significa que no se debe empezar directamente con la materia que uno quiere comunicar, sino empezar aceptando la ilusión del otro hombre como buena. Así, pues (para mantenernos dentro del tema del que se trata especialmente aquí), no se debe empezar de este modo: yo soy cristiano; tú no eres cristiano. Ni tampoco se debe empezar así: estoy procla­ mando el cristianismo; y tú estás viviendo dentro de categorías puramente estéticas. No, se debe empezar’ de este modo: vamos a hablar de estetica. El engaño estriba en el hecho de que uno

habla de ella simplemente para llegar al tema religioso. Pero, en el caso que suponemos, el otro hombre se halla bajo la ilusión de que lo estético i'S el cristianismo: porque, piensa, yo soy cristiano y, sin embargo, él vive en categorías esteticas.

Aunque, a pesar de eso, muchos párrocos consi­ deran este método totalmente injustificable, y muchos también son incapaces de manejarlo (no obstante que todos ellos, de acuerdo con sus propias afirmaciones, están acostumbrados a usar

el método socrático), yo,

por

mi

parte,

me

adhiero tranquilamente a Sócrates. Es cierto, no era cristiano, lo sé, y, sin embargo, estoy total­ mente convencido de que lo hubiera sido. Pero era un dialéctico, todo lo concebía en términos de reflexión. Y la cuestión que aquí nos ocupa es puramente dialéctica, es la cuestión de usar la reflexión en la cristiandad. Estamos tratando aquí de dos magnitudes cualitativamente diferentes; pero en un sentido formal puedo llamar perfec­ tamente a Sócrates mi maestro, mientras que solo he creído, y sólo creo, en Uno: Nuestro Señor

Jesucristo.

  • B. EL POS TSCRIPTUM

Constituye, como ya he dicho, el punto decisivo de toda mi obra como escritor. Presenta el

“ problema” , el

de

llegar a ser cristiano. Siendo

toda

la obra escrita bajo seudónimo, la obra

estética,

la

descripción

de

un camino

que una

persona puede tomar para llegar a ser cristiano (a

saber, fuera

de

lo

estético

para

llegar

a

ser

cristiano), ésta describe el otro camino (a saber,

fuera

del

Sistema,

de la especulación,

etcetera,

para llegar a ser cristiano).

63

C. LA OBRA RELIGIOSA

He podido expresarme muy brevemente, incluso con respecto al Postscriptum, ya que este libro no presenta ninguna dificultad cuando el punto de vista de la obra literaria en su conjunto es que el autor es un autor religioso. La única cosa que requería explicación era la cuestión de cómo, partiendo de este supuesto, había que concebir la obra estética. Y por tanto, partiendo de este supuesto, la última sección, la obra puramente religiosa, que desde luego establece punto de vista, no requiere explicación.

CONCLUSION

¿A

qué

viene a parar todo eso, cuando el lector

reúne los puntos de que se ha tratado en los

anteriores

párrafos?

Significa

que

éste

es

un

trabajo literario, cuyo pensamiento total es la tarea de llegar a ser cristiano. Pero es un trabajo literario que entiende desde el principio y sigue consecuentemente, la implicación del hecho de que la situación es cristiandad —una modificación reflexiva— y de ahí quedan transformadas en reflexión todas las relaciones del cristianismo. Llegar a ser cristiano en la cristiandad significa, o bien llegar a ser lo que uno es (la interioridad de la reflexión o el llegar a ser interior a través de la reflexión), o bien significa que lo primero es desembarazarse de los lazos de la propia ilusión, lo cual es también una modificación reflexiva. Aquí no hay lugar para la vacilación o la ambigüedad del tipo que corrientemente se obser­ va en todas partes cuando uno no sabe y no puede llegar a saber si uno se encuentra en el paganismo, si el párroco es un misionero en este sentido, o dónde se encuentra uno. Aquí no se echa de

menos lo que generalmente falta, a saber, una definición categóricamente decisiva y una decisiva expresión para la situación: predicar el cnstiams- mo en la cristiandad. Todo esta puesto en Lérminos de reflexión. La comunicación esta condicionada por la reflexión, de donde es comu­ nicación indirecto. La comunicación esta caracte­ rizada por la reflexión y, por tanto, es negativa, nadie dice que sea cristiano en un grado extraordi­ nario ni alega que tiene revelaciones (todo lo cual corresponde a una comunicación inmediata y directa)- sino al contrario, hay uno que afirma qul no es cristiano. Es decir, el comunicante esta

detrás

del

otro

hombre,

ayudándole

negativa

mente- aunque, si realmente logra ayudar a

alguieX es^ otra cuestión. El problema en si es un

problema de reflexión:

llegar a ser cristiano

..

.

cuando uno es cristiano de cierto modo.

CAPITULO II

LA DIFERENCIA DE MI MODO PERSONAL DE EXISTENCIA CORRESPONDE A LA DIFERENCIA ESENCIAL DE MIS OBRAS

En esta época, y realmente en muchas épocas pasadas la gente ha perdido casi de vista el hecho de que la profesión de escritor es, y debe ser, una vocación seria que implica un modo adecuado de existencia personal. La gente no se da cuenta de que la prensa en general, como expresión de la comunicación abstracta e impersonal de ideas, y la prensa diaria en particular, a causa de su formal indiferencia con respecto a la cuestión de si aquello de que informa es cierto o falso, contri­ buye enormemente a la desmoralización general, por razón de que lo impersonal, lo cual, en su mayor parte, es irresponsable e incapaz de arre­ pentimiento, es esencialmente desmoralizador. No advierten que la anonimidad, como la más abso­ luta expresión de lo impersonal, lo irresponsable, es una fuente fundamental de la moderna desmo­ ralización. Por otro lado, 110 piensan que el anonimato podría ser contrarrestado de forma muy simple y que la impersonalidad de la comunicación impresa sería un correctivo total, si la gente volviera simplemente a la antigüedad y aprendiera lo que significa ser un hombre personal individual, ni más ni menos, cosa que, sin duda, hasta un escritor, ni más ni menos, lo es también. Esto está perfectamente claro. Pero en nuestra edad, que tiene por sabiduría lo que es realmente

el 'meollo de la iniquidad, a saber que uno no se preocupa del comunicante, sino solamente de la comunicación, de lo objetivo solamente, en nues­ tra edad, repito, ¿qué es un escritor? Un escritor es, con frecuencia, simplemente úna x, incluso cuando firma con su nombre; algo absolutamente impersonal, que se dirige abstractamente, con la ayuda de la imprenta, a miles y miles de personas, mientras él permanece oculto y desconocido, viviendo una vida tan escondida, tan anónima como es posible para una vida, seguramente para no poner de manifiesto la demasiado clara y flagrante contradicción entre los prodigiosos me­ dios de comunicación empleados y el hecho de que el autor es sólo un individuo; tal vez también por miedo al control que en la vida práctica siempre se puede llevar a cabo sobre cualquiera que desea amaestrar a los demás y que tiende a ver si su existencia personal corresponde a su comunicación. Pero sobre todo esto, que merece la más seria atención por parte de uno que quiera estudiar la desmoralización del Estado moderno, no puedo entretenerme aquí.

A. EL MODO PERSONAL DE EXISTENCIA EN RELACION CON LAS OBRAS ESTETICAS

Me refiero ahora al primer período de. mi profe­ sión de escritor y a mi modo de existencia. Era un autor religioso, pero había empezado como autor estético; y esta primera etapa fue de incógnito y engaño. Iniciado muy temprana e intensamente en el secreto de que Mundus vult decipi, no estaba en situación de poder desear seguir esas tácticas. Más bien lo contrario. En mí se trataba de una cuestión de engañar inversamente en la mayor escala posible, empleando hasta lo último el

conocimiento

que

tenía de los hombres,

de sus

debilidades y de sus estupideces, no para aprove­ charme de ellas, sino para ayudarme a mí mismo

68

V

y debilitar la impresión que yo causaba. El secreto del engaño que conviene al mundo que quiere ser engañado consiste en parte en formar una camari­ lla con todo lo que lleva consigo, en afiliarse a una u otra de esas sociedades para la admiración mutua, cuyos miembros se apoyan unos a otros con la lengua y con la pluma en persecución de beneficios mundanos; y consiste en parte en ocultarse uno mismo de la muchedumbre huma­ na, en no ser nunca visto al objeto de producir un efecto fantástico. Así, pues, yo tenía que hacer exactamente lo contrario. Yo tenía que existir en un absoluto aislamiento y debía proteger mi soledad; pero al mismo tiempo tenía que esforzar­ me en ser visto a cada hora del día, en vivir como si estuviera en la calle, en compañía de Juan, de José, de Pedro, y en las situaciones más impensa­

das.

Esta es

la forma de engañar de la verdad, el

camino

más

seguro

para

debilitar,

en sentido

mundano, la impresión que uno causa. Era,

además, el

camino seguido por hombres de

capacidad muy distinta de la mía para hacer que

la gente se diera cuenta. Esas personas reputables,

los engañadores que quieren que la comunicación les sirva en lugar de servir ellos a la comunicación, se presentan al público sólo para ganar reputación para ellas mismas. Esas personas despreciadas, los

“ testimonios de la verdad” , que

engañan inversa­

mente, han tenido siempre que acostumbrarse a ser considerados como nulidades en el sentido mundano y en no contar para nada, a pesar de que trabajan día y noche, y sufren además, a causa de no tener ninguna ayuda, aunque crean que el trabajo que realizan es su carrera y su

“ vida” .

De forma

que había

que hacer esto,

y

esto se

hizo,

no

de

cuando

en

cuando,

sino

cada

día.

Estoy convencido de que, con una sexta parte de esto o aquello, junto con un poco de camarilla y

un autor al que nunca se ha visto —especialmente

69

si esto ha sucedido durante bastante tiem po-

pueden llegar a causar un efecto mucho más

extraordinario. Yo, sin embargo, me había asegu­

rado de poder trabajar todo lo laboriosamente

que quisiera y cuando el espíritu me impulsara a

ello, sin tener que preocuparme de que pudiera

alcanzai demasiado renombre. Porque en un

cierto sentido, yo estaba trabajando con igual

laboriosidad en otra dirección; contra mí mismo,

solo un autor podrá comprender qué tarea es

tiabajar como autor, es decir, con mente y pluma

y, sin embargo, estar a disposición de todo el

mundo. Aunque este modo de existencia me

enriqueció inmensamente con observaciones sobre

a vida humana, es un tipo de conducta que

llevaría a muchos hombres a la desesperación.

Poique significa el esfuerzo de desvanecer toda

ilusión y presentar la idea, en toda su pureza- y

verdaderamente, no es la verdad la que gobierna al

mundo, sino las ilusiones. Aunque la producción

literaria fuera mas ilustre que cualquiera de las

conocidas hasta entonces, si el autor de ella

tuviera que vivir como yo sugiero aquí, en breve

tiempo se aseguraría contra el renombre mundano

y la baja adulación de la plebe. Porque la plebe no

dad

1Smo y* Por

tanto, no posee la capaci­

de retener impresiones a pesar de las expe-

nencias contrarias. Es siempre una víctima de las

apariencias. El dejarse ver una vez y otra, y el

dejarse ver en las situaciones más impensadas, es

bastante para que la plebe olvide su impresión de

un hombre y pronto se canse y harte de él. Y

despues de todo, mantenerse constantemente a la

vista de todos no consume mucho tiempo

siem­

pre y cuando uno emplee el suyo de ’forma

juiciosa

(es decir,

insensatamente en el sentido

mundano), y con vista a obtener los mejores

resultados, pasando una y otra vez por el mismo

punto

y

que este sea el más frecuentado

de

la

ciudad. Cualquiera que cuide su reputación en un

sentido mundano,

no

volverá

por

el mismo

camino por donde fue, aunque este sea el mas

conveniente. Evitará que le vean dos veces en un

tiempo tan corto; por miedo a que la gente pueda

suponer que no tiene nada que hacer, mientras

que, si se sienta en su habitación en casa durante

las tres cuartas partes del día y no hace nada, este

pensamiento no se le ocurrirá a nadie Por otro

lado, una hora bien gastada, en sentido divino,

una hora vivida para la eternidad, e invertida

deambulando entre la gente

 

no es tan

pequeña cosa después de todo. Y realmente es

muy agradable a Dios que se sirva a la verdad de

esta manera. Su Espíritu da testimonio podero­

samente con

mi

espíritu,

que

tiene

el

pleno

consentimiento

de

Su Divina Majestad. Tod ^

testimonio de la verdad indica su aprobación,

reconociendo que uno esta dispuesto a seJ™ir a

verdad, la idea, y a no traicionar la verdad en

beneficio de la ilusión. He experimentado una

sensación realmente cristiana al aventurarme a

hacer el lunes un poco de aquello sobre lo que

uno llora el domingo (cuando el párroco habla

sobre ello y llora

también). . .

y el lunes uno esta

dispuesto a reírse de ello

..

Yo sentía una satisfac­

ción realmente cristiana al pensar que, aunque no

hubiera otro, había un hombre en Copenhague al

que todo pobre hombre podía acercarse libie-

mente y conversar con él en la calle; que, aunque

no hubiera otro, había un hombre que, a pesar de

la sociedad que más corrientemente frecuentaba,

no evitaba el contacto con los pobres, sino que

saludaba a todas las criadas que conocía, a todos

los criados, a todos ios trabajadores corrientes. Y o

experimentaba una sensación realmente cristiana

por el .hecho de que, aunque no hubiera otro,

había un hombre que (varios años antes de que la

existencia diera a la raza otra lección), hacia un

esfuerzo práctico en pequeña escala para aprender

la lección

de

amar al prójimo

de uno

y,

¡ay.

,

echaba una espantosa mirada dentro de la ilusión

que es la cristiandad, y (un poco mas tarde)

71

echaba una ojeada también a la situación en que se

hallaban las clases más bajas al ser seducidas por

despreciables periodistas cuya pugna o lucha por

la igualdad (ya que ésta se halla al servicio de la

mentira) no puede llevar a otro resultado que a

obligar

a las clases privilegiadas a adoptar una

actitud de autodefensa y a mantenerse orgullosa-

mente alejadas del hombre corriente, y hacer al

hombre corriente insolente en su audacia.

No puedo detallar más la descripción de mi

existencia personal aquí; pero estoy convencido

de que raramente ningún autor ha empleado tanta

astucia, intriga y sagacidad para lograr honores y

reputación en el mundo con vistas a engañarlo,

como yo he desarrollado para engañarlo inversa­

mente en beneficio de la verdad. Hasta qué punto

hacía esto intentaré demostrarlo con un solo

ejemplo, conocido por mi amigo Giodwad, el

corrector de pruebas de Alternativa. Estaba tan

atareado cuando leía las pruebas de este libro, que

me resultaba imposible transcurrir el tiempo

acostumbrado

deambulando por la calle. No

terminaba mi trabajo hasta bastante tarde, por la

noche, y entonces me apresuraba a ir al teatro,

donde me quedaba literalmente sólo de cinco a

diez minutos. Y, ¿por qué hacía eso? Porque yo

temía que aquel gran libro me creara una repu­

tación demasiado grande*. ¿Y por qué hacía

esto? Porque yo conocía la humana naturaleza,

especialmente en Copenhague. Dejarme ver cada

noche durante cinco minutos por algunos cente­

nares de personas bastaba para mantener la opi­

nión: no tiene nada que hacer, es un holgazan.

*

Por la misma razón,

en el momento

en que

el conjunto de

Alternativa estaba listo para ser transcrito a una mejor copia, escribí un pequeño artículo en Patria, bajo mi propia firma, en el que gratuitamente negaba que yo fuera el autor de diversos artículos interesantes que habían aparecido anónimamente en varios periódicos, reconociendo y admitiendo mi pereza y pidien­ do que desde entonces nadie me considerara como autor de nada a cuyo pie no estuviera estampado mi nombre.

Esta

era

la

existencia

que

yo

llevaba

para

secundar mi

obra estética. De

cuando

g u a n d o

entrañaba,

ademas,

una

rotura

Tamarillas

Y

tome

la

resolución

polémica

ae

considerar todo elogio como un ataque, y_ todo

ataciue como una cosa digna de no tenerse en

cuenta Este era mi modo público de existencia.

Casi nunca visitaba a nadie, y en casa se observaba

estrictamente la regla de

no

recibir

a

nad

,

excepto al pobre que llegara en busca de ayuda.

Porque yo no tenía tiempo de recibir visitas en

casa V cualquiera que hubiese entrado en mi casa

c?mo visitante, podía fácilmente barruntar una

situación de 1¿ que no debía de tener ningún

barrunto. De este modo existía. Me atrevo a decu

que si en Copenhague ha habido alguna vez un

opinión

opinión

unánime sobre

alguien,

ésta

ha

sido la

sobre

mí,

que yo

era un perezoso

un

holgazán, un frívolo; inteligente, tal vez brillante,

astuto, etcétera; pero que me faltaba totalmente

“ seriedad”

Yo representaba una ironía mundana,

jote de viure,

la más

útil

forma

del buscador de

placeres, sin trazas de “ seriedad y positividad

,

por otra parte, yo era prodigiosamente astuto e

interesante.

Cuando pienso en aquel tiempo, me siento casi

tentado de pedir excusas a la gente de impor

tancia y reputación en la comunidad, porque c

v e r d a d yo sabía perfectamente bien lo que estaba

haciendo; y, sin embargo, desde su punto de vista

tenía razón en pensar mal de mí porque de: esta

manera, dañando mi propio prestigio, contribuía

al movimiento que estaba dañando al poder y al

renombre general, a pesar de que siempre he sido

conservador a este respecto y he encontrado

ülacer en dar a los

eminentes y distinguidos la

deferencia, consideración y admiración que se les

debe. Empero, mi disposición conservadoia no

entrañaba un deseo de tener ese tipo de distincioi

para mí mismo. Y justamente porque los emi

nentes y distinguidos miembros de la comunidad

me habían demostrado no sólo simpatía, sino

parcialidad, habían intentado de muchas formas

llevarme al otro lado (el cual ciertamente era

honesto y bienintencionado); justamente por esta

razón me siento inclinado a presentarles excusas,

aunque, naturalmente, no puedo lamentar lo que

he hecho, ya que estaba sirviendo a mi idea. La

gente distinguida siempre ha sido más conse­

cuente en su trato conmigo que las clases más

bajas, las cuales, incluso desde su punto de vista,

no se han comportado rectamente, ya que ellas

también (de acuerdo con lo que queda dicho) me

atacaron. . .

porque yo no era lo bastante superior

para mantenerme alejado; lo cual es muy curioso

y ridículo por parte de las clases más bajas.

Este es el primer período: mediante mi modo

personal de existencia yo pretendía apoyar la

obra estética y escrita bajo seudónimo en su

totalidad. Melancólico, incurablemente melan­

cólico como yo era, sufriendo prodigiosos pesares

dentro de mi espíritu, habiendo roto desespera­

damente con el mundo y con todo lo que éste es,

educado estrictamente desde mi infancia en el

convencimiento de que la verdad debe sufrir y ser

mofada y burlada, invirtiendo un tiempo deter­

minado cada día en plegarias y meditaciones

devotas, y siendo yo mismo personalmente un

penitente, abreviando, siendo lo que era, encon­

traba (no lo niego) un determinado tipo de

satisfacción en esta vida, en este engaño inverso,

una satisfacción al observar que el engaño tenía

un éxito tan extraordinario, que el público y yo

estábamos en los términos más confidenciales,

que yo estaba casi de moda como predicador del

evangelio de la mundanidad, que aunque no me

hallaba en posesión de aquel tipo de distinción

que sólo se puede obtener mediante un modo de

vida enteramente distinto, sin embargo en secreto

(y por tanto más cordialmente amado) yo era el

niño mimado del público, considerado por todos

como prodigiosamente interesante y sagaz. Esta

satisfacción, que era mi secreto y que a veces me

extasió, podía haber sido una peligrosa tentación.

No porque el mundo y esas cosas pudieran

tentarme con su halago y adulación. No, por esta

parte estaba a salvo. Si algo podía haberme hecho

zozobrar, hubiera sido este pensamiento llevado al

extremo, la obsesión casi extática de cómo el

engaño estaba teniendo éxito. Esto era un indes­

criptible alivio a un sentido de resentimiento que

anidaba en mí desde la infancia; porque, mucho

antes, yo había visto con mis propios ojos, como

me habían enseñado, que la falsedad, la mez­

quindad y la injusticia gobernaban el mundo.

Muchas veces pensaba en estas palabras de Alter­

nativa:

“ Si supierais solamente de qué os

estáis

riendo.

.

.

¡si supierais quién es aquel con

quien

tratáis, quién es ese holgazán!

B. EL MODO PERSONAL DE EXISTENCIA

EN RELACION CON LAS OBRAS RELIGIOSAS

El

mes de

diciembre de

1845

el manuscrito del

Postscriptum estaba completamente listo, y, tal

como

era mi costumbre,

se lo había entregado

todo de una vez a Luno (el impresor); los

suspicaces

pueden

no

creer en

mi

palabra, toda

vez

que

el

libro

de

cuentas

de Luno puede

demostrarlo. Esta obra constituye el punto crucial

de toda mi actividad de escritor, ya que presenta

el “ problema” : cómo llegar a ser cristiano. Con el

empieza

la

transición

a

la

serie

de

escritos

puramente religiosos.

 

En

seguida

advertí

que

tenía

que

amoldar

mi

modo

personal

de

existencia

a este cambio,

o

bien,

que

debía

intentar

dar

a

mis

contem­

poráneos

un

concepto

diferente

de

mi

modo

personal

de

existencia.

Ya

había

empezado

a

pensar lo que debía hacer, cuando, de la forma

más oportuna, ocurrió un pequeño incidente en el

que vi una señal de la providencia para ayudarme

a actuar decisivamente en aquella dirección.

Sin embargo, no puedo seguir sin haber llamado la

atención del lector sobre la situación de Copen­

hague en aquella coyuntura, mediante una des­

cripción que tal vez ahora tendrá mucho mayor

relieve por contraste con la situación bélica. Por

mayoría no

es ironía.

Nada es

más

cierto

que

esto, porque no entraña el mismo concepto. La

ironía tiende hacia una persona como su limite,

como quedó tan justamente establecido por el

dicho aristotélico de que el hombre ironico lo

hace

todo

“ en

atención

a

el

mismo

{ e k v t o v

eveKa)

y en este caso había un inmenso publico,

que codo con codo, in bona caritate, se volvía tan

irónico como el Diablo. Pero el caso era dema­

siado serio. Esta ironía se desviaba hacia la vulga­

aquel tiempo se desarrollaba poco a poco el

ridad.

Porque

aun

en

el

caso

de

que

el

notable fenómeno de que toda la población de

instigador real hubiera poseído un talento nada

Copenhague se volvía irónica, y justamente tanto

insignificante, al pasar

a través

de

esos

mi es

y

más irónica cuanto más ignorante e ineducada era

la gente. Había ironía aquí e ironía allí, de un

extremo al otro. Si la cosa no fuera tan seria y si yo

pudiera contemplarla con un interés puramente

estético, no niego que es la cosa más cómica que he

visto nunca, y creo que difícilmente se podría

encontrar una cosa tan fundamentalmente cómica.

miles de personas hubiera tenido que volverse

vulgar y desdichadamente la vulgaridad es siem­

pre popular. Así, pues, se produjo una desmora­

lización que recuerda espantosamente el castigo

con que el Profeta, en nombre del Señor, amena­

zaba a los judíos como el peor de los castigos:

“ Los niños mandarán sobre vosotros (Isaías, 111.

Toda la población, con todos los ociosos por las

4).

Se produjo

una desmoralización que, consi­

calles y las avenidas, como los pilluelos y apren­

derando

las

proporciones

del

pequeño

país,

lo

dices; toda la legión de esas clases que en nuestros

amenazaba realmente

con

una completa desin­

días son las únicas privilegiadas, aquellas que, sin

tegración

moral. Para formarse una idea del

valer nada, llegan a

(lo que lleguen a ser) en

peligro

es preciso

ver

de

cerca

como

hasta las

masa; toda la población de una ciudad, gremios,

gentes

de

buena

crianza y

ricas, en cuanto

se

corporaciones, hombres de negocios, personas de

convierten

en

una

“ multitud

,

se

toman

seres

calidad, se

en familia; estos miles y

totalmente distintos.

Es preciso

ver de

cerca el

miles de personas se

justamente en

deseo de

carácter puesto de manifiesto por la

la única cosa que me atrevo a asegurar que es

gente corrientemente

íntegra

y

equitativa, que

imposible para ellos convertirse (especialmente en

dice:

Es una vergüenza, es sorprendente para

masa y en familia), se convierten en irónicos, con

quienquiera que sea, hacer o manifestar cosas

la ayuda de un periódico, el cual, a su vez

tales y luego ellos mismos contribuyen a envolver

(bastante irónicamente), introduce la moda con la

a la ciudad en la polvareda de la murmuración y

ayuda de los editoriales, y la moda que introduce

la ironía. Creo que es imposible encontrar

de la charla pueblerina. Es preciso presenciar la

dureza de corazón con que la g«nte que corrien­

nada más ridículo. Porque la ironía implica una

temente es amable despliega en su capacidad

cultura intelectual específica, la cual es muy rara

como “ público” , pensando que su intervención o

en cualquier

y aquella chusma y

no intervención es una cosa frívola, una cosa

barahúnda eran adeptos a la ironía. La ironía es

frívola realmente, la cual, mediante la contri­

absolutamente no social; una ironía que sea de la

bución de los muchos, se convierte en un mons-

76

77

tmo. Es preciso ver cómo se teme a la risa más

que a cualquier otro tipo de ataque, cómo incluso

un hombre que ha ido al encuentro de peligros

mortales por una causa que no le concierne, difí­

cilmente vacilaría en traicionar a su padre y a

su madre en caso de que el peligro fuera la risa.

Porque un ataque de ese tipo aisla a un hombre

más que cualquier otro, y en ningún momento le

ofrece la ayuda del pathos, mientras la frivolidad,

la curiosidad y la sensualidad se sonríen, y la

cobardía nerviosa que teme constantemente un

ataque parecido grita sin ce’sar, “ No es nada” , y la

cobardía despreciable que se salva del ataque

mediante cohecho o adulando a la persona intere­

sada, dice “ No es nada” , e incluso la piedad dice

No es nada” . Es terrible cuando, en un pequeño

país, la murmuración y la mueca de burla se

convierten en una amenaza de “ opinión pública” .

Dinamarca estaba a punto de ser absorbida por

Copenhague, y Copenhague al borde de conver­

tirse en

una

mera capital de provincia. Es muy

fácil fomentar una cosa así, especialmente con

ayuda de la prensa; y cuando se ha logrado se

precisa tal vez una generación para anularla.

Pero basta de esto. Resultaba importante para mí

alterar mi modo de existencia personal para

ponerme de acuerdo con el hecho de que yo

estaba realizando la transición hacia el plantea­

miento de problemas religiosos. Yo debía tener

una forma de existencia que correspondiera a este

tipo de escritor. Ya he dicho que esto ocurría en

el mes de diciembre y era de desear que todo

estuviera listo para el tiempo en que el Postscrip-

tum

apareciera.

De

forma

que

di

el

paso

dentro de este mes de diciembre. Con el conoci­

miento que yo poseía de la situación, fácilmente

advertí que seria suficiente dirigir dos palabras a

ese órgano de ironía, el cual, en un sentido (es

decir, si^ yo no hubiera sido el hombre que soy),

me había más bien venerado e inmortalizado, y

78

que

esas

dos

palabras

bastarían

para

invertir

dialécticamente toda la relación de mi existencia,

haciendo que todo aquel interminable público de

adeptos

a

la

ironía

fijara

sus

ojos

en

mí,

de

manera que yo me convirtiera en el blanco de la

ironía de todos los hombres. ¡Ay de mí, el

Maestro de la Ironía!

La orden fue promulgada, y para que no pudiera

ser explotada como una forma de ironía recien­

temente inventada y altamente graciosa, añadí

una dosis bastante fuerte de ética para hacerme

objeto del gran abuso del aborrecible órgano de la

aborrecible ironía. Aquella hidra de innumerables

cabezas creyó, indudablemente, que yo estaba

loco. Las personas que veían más profundamente

en el asunto contemplaban, no sin estremecerse, el

salto que yo hacía, o bien (porque pensaban sólo

en lo que se entiende mundanamente por munda-

nalidad y no se les ocurrió pensar en lo

que se

entiende por ello en el sentido divino), encon­

traron por debajo de mi dignidad el tomar noticia

de tal cosa, mientras que yo debería haber

encontrado por debajo de mi dignidad el haber

vivido como un contemporáneo de tal desmora­

lización sin actuar decisivamente, contentándome

con la barata virtud de comportarme como “ los

otros” , es decir, eludiendo todo lo posible cual­

quier acción, mientras que la vileza periodística

era una escala desproporcionadamente grande,

estaba sin duda llevando a la gente a sus tumbas,

mortificando y amargando, tal vez no siempre a

los objetos directos del ataque, pero sí de todos

modos a sus mujeres y ninos, a sus parientes y

amigos más próximos, penetrando de forma vil en

todas partes, incluso dentro del santuario de la

iglesia, escupiendo mentiras, calumnias, inso­

lencias, y todo al servicio de una pasión perniciosa

y de la despreciable voracidad del

dinero. . .

¡ya

todo eso era “ responsable” un granuja! Pronto

entendí perfectamente que al servicio de mi idea

79

el rumbo que yo tomaba era el bueno y no vacilé.

Por tanto, reclamo históricamente la propiedad de

sus consecuencias, las cuales, sin duda, en aquel

momento nadie me envidiaba, y cuyo valor

fácilmente discierne mi mente en perspectiva.

He puesto en claro que dialécticamente la posi­

ción hubiera sido apropiada para recobrar el uso

de la comunicación indirecta. Mientras yo me

hallaba ocupado exclusivamente con obras reli­

giosas, no hubiera podido contar con la ayuda

negativa de esas duchas diarias de vulgaridad, las

cuales serían lo bastante refrescantes para evitar

que la comunicación religiosa fuera demasiado

directa, o me creara demasiado directamente

adheridos. El lector no podía relacionarse directa­

mente conmigo, porque ahora, en lugar del

incógnito del escritor estético, yo había interpues­

to el peligro de la risa y las muecas de burla, a las

que la mayor parte de la gente teme. Y aquel que no

se asustara por esto, se encontraría frenado por el

próximo obstáculo, por el pensamiento de que yo,

de forma voluntaria, me había expuesto a todo

esto, dando pruebas de un cierto tipo de locura.

¡Ah, sí! ¡Sin duda así juzgaron sus contemporá­

neos a aquel caballero romano que dio aquel salto

inmortal para salvar a

su país!

¡Ah, sí!

, porque

dialécticamente

era

la

exacta

expresión

de

la

abnegación cristiana, y yo,

pobre

diablo,

el

Maestro de la Ironía, me convertí en el lamen­

table blanco de la risa de un “ público altamente

estimado” .

El vestido era correcto. Todo autor religioso es eo

ipso polémico; porque el mundo no es tan bueno

para que el hombre religioso pueda creer que ha

triunfado o que se halla con la mayoría. Un autor

religioso victorioso que está en el mundo no es eo

ipso un autor religioso. El autor esencialmente

religioso es siempre polémico y, por tanto, sufre a

causa o bajo la oposición que corresponde a

80

aquello en que es preciso considerar en su época

como el mal específico.

Si

son

los

reyes y

los

emperadores, los papas y

los

obispos,

los

que

constituyen el Mal, es preciso reconocer al autor

religioso por el hecho de que es objeto de su

ataque.

Si

el

mal

es la plebe y la mueca burlona

bestial, se le debe reconocer por el hecho de que

es objeto de este tipo de ataque y persecución. Y

el autor esencialmente religioso

tiene un único

punto de apoyo para su palanca, es decir, el

silogismo milagroso. Cuando cualquiera le pre­

gunta en qué basa su pretensión de que está en lo

cierto y de que es la verdad la que proclama, él

contesta esto: “ Lo demuestro por el hecho de que

soy perseguido; ésa es la verdad y puedo probarlo

por

el hecho

de que soy burlado” . Es decir, no

mantiene la verdad

o

la justicia

de

su causa

apelando a la reputación, el honor de que

disfruta,

sino

que hace justamente lo contrario;

porque

el

hombre

esencialmente religioso es

siempre

polémico.

Todo

escritor

religioso,

u

orador, o maestro, que se aparte del peligro y no

se halle presente en donde este se encuentra y en

donde