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Sinopsis

La Reina Roja es vieja pero los reyes del Imperio Roto le temen como a nadie más. Durante todo su reinado, ha luchado la larga guerra, llevada a cabo en secreto, contra los poderes que están detrás de las naciones, por intereses más grandes que la tierra o el oro. Su mayor arma es la Hermana Silenciosa no vista por muchos y muda para todos. El nieto de la Reina Roja, el Príncipe Jalan Kendeth borracho, apostador, seductor de mujereses uno de los que puede ver a la Hermana Silenciosa. Décimo en la línea al trono y satisfecho con su rol de realeza menor, finge que la bruja horrible no está ahí. Pero la guerra se acerca. Los testigos afirman que un ejército de muertos vivientes está en marcha, y la Reina Roja ha llamado a su familia para defender el reino. Jal piensa que sólo es un rumor nada que vaya a afectarle a élpero está equivocado. Después de escapar de una trampa mortal puesta por la Hermana Silenciosa, Jal encuentra su destino mágicamente entrelazado con un feroz guerrero nórdico. Mientras los dos emprenden un viaje a través del Imperio para deshacer el hechizo, encontrarán graves peligros, mujeres dispuestas, y un príncipe advenedizo llamado Jorg Ancrath a lo largo del camino. Jalan gradualmente descubrirá una tenue luz de la verdad: el nórdico y él no son sino piezas de un juego, parte de una serie de movimientos en la larga guerra y la Reina Roja controla el tablero.

Dedicado a mi hija, Heather

Agradecimientos

Muchas gracias a la buena gente en Ace Books quienes hicieron posible todo esto y pusieron el libro en tus manos. Un agradecimiento especial a Ginjer Buchanan y Rebecca Brewer.

Gracias también a Justin Landon, quien leyó la primera parte del libro y proporcionó información muy apreciada.

Y finalmente, otra ronda de aplausos para mi agente, Ian Drury, y el equipo de Sheil Land por su excelente trabajo.

Staff

Coordinadoras

Fefe Silvia

Traductores

Adriana

M.Arte

Mersy

Rashel

Bianca

Paula M.

Ariana

Fefe

Jaz

Claudia

Mauricio

Ernie

Jonathan

Silvia

Ro

Riku

Diana N

Pamela Chu

Corrección General

Fefe

Corrección final y edición

Silvia M

Diseño

Rashel

Contenido

Portada

Sinopsis

Dedicatoria

Agradecimientos

Staff

Índice

Mapa

Capítulos

Del 1 al 31

Nosotros

Capítulo 1

Soy un mentiroso y un tramposo y un cobarde, pero nunca, nunca, abandono a un amigo. A menos claro, que no abandonarlo requiera honestidad, jugar limpio o valentía.

Siempre me ha parecido que golpear a un hombre por detrás es la mejor manera de hacer las cosas. Esto a veces se puede lograr con la ayuda de una simple artimaña. Clásicos como, “¿Qué es eso de ahí?” funcionan con sorprendente frecuencia, pero para obtener resultados verdaderamente mejores es mejor si la persona ni siquiera sabe que estuviste allí.

¡Auch! ¡Jesu! ¿Por qué demonios hiciste eso? Alain DeVeer se giró, sujetándose la parte posterior de la cabeza con la mano y apartándola sangrienta.

Cuando la persona que golpeas no tiene la gracia de caerse, generalmente es mejor tener un plan de respaldo. Dejé caer lo que quedaba del jarrón, me giré y corrí. En mi mente se había desplomado con un agradable “ooff” y me había dejado libre para irme de la mansión sin ser observado, pasando por encima de su cuerpo tendido y sin sentido. En cambio, su forma sin sentido ahora estaba persiguiéndome por el pasillo bramando por sangre.

Pasé por la puerta del cuarto de Lisa y la cerré detrás de mí, preparándome para el impacto.

¿Qué demonios? Lisa se sentó en la cama, con las sábanas de seda cayendo como agua, mostrando su desnudez.

Uh. Alain dio un golpe en la puerta, sacando el aire de mis pulmones y raspando mis talones sobre el azulejo. El truco es no apresurarse nunca por el pomo. Lo estarás buscando a tientas y conseguirás un golpazo en la cara con la apertura de la puerta. Prepárate para el impacto; cuando eso sucede, cierra de golpe el cerrojo mientras que la otra parte se está recuperando levantándose del suelo. Alain resultó estar de pie preocupantemente rápido y casi recibo de desayuno el pomo de la puerta a pesar de mis precauciones.

¡Jal! Lisa había salido de la cama, llevando nada más que la luz y la sombra entrando por las persianas. Las rayas le quedaban bien. Más dulce que su hermana mayor, con más curvas que su hermana menor. Incluso entonces la deseaba, con su

hermano el asesino retenido por tan sólo una pulgada de roble y con mis posibilidades de escapar evaporándose por momentos.

Corrí a la ventana más grande y rasgué las persianas al abrirlas.

Dile a tu hermano de mi parte que lo siento. Pasé una pierna por encima del marco—. Identidad equivocada o algo… —La puerta comenzó a temblar cuando Alain golpeó desde el otro lado.

¿Alain? Lisa se las arregló para mirarme enojada y aterrorizada al mismo tiempo.

No me detuve para contestarle pero salté hacia los arbustos, que por suerte eran de la variedad flagrante en lugar de la espinosa. Dejarte caer en un arbusto espinoso puede conducir a un dolor sin fin.

El aterrizaje siempre es importante. Yo hago muchas caídas y no es cómo comienzas lo que importa, sino cómo terminas. En esta instancia, terminé como acordeón, los talones en el culo, con la barbilla en las rodillas, la mitad de un arbusto de azalea en mi nariz y todo el aire de los pulmones expulsado, pero con ningún hueso roto. Me abrí camino para salir y cojeé hacia el muro del jardín, sin aliento y con la esperanza que el personal estuviera demasiado ocupado con las tareas previas al amanecer para no estar alertas y listos para cazarme.

Salí disparado, a través de los jardines oficiales, pasando por el jardín de hierbas, acortando por un camino recto a través de todos los pequeños diamantes de salvia, triángulos de tomillo y otras cosas. Atrás, en algún lugar de la casa un perro ladró, y eso me introdujo el miedo. Soy un buen corredor cualquier día de la semana. Soy un gran miedoso de clase mundial. Hace dos años, en el “incidente de la frontera” con Scorron, huí de una patrulla de Teutones, cinco de ellos en grandes corceles viejos. Los hombres que estaban bajo mi cargo estaban alertas, esperando cualquier orden. Creo que lo importante al huir no es lo rápido que corres sino que corras más rápido que el otro hombre. Desafortunadamente mis muchachos hicieron un trabajo muy pobre en detener a los Scorrons, y eso dejó al pobre Jal corriendo por su vida con apenas veinte años en su haber y una gran larga lista de cosas por hacer; con las hermanas DeVeer cerca del principio y muriendo con una lanza de Scorron no era ni siquiera la primera página. De cualquier manera, las fronteras no son lugar para estirar las piernas de un caballo de guerra, y mantuve la distancia entre nosotros corriendo a través de un campo de rocas a una velocidad vertiginosa. Sin previo aviso me encontré en una batalla campal entre una fuerza de Scorrons irregulares mucho más grande y la banda de hostigadores de la Marcha Roja que yo había estado representando en primer lugar. Me dispararon en medio de todo aquello, agité alrededor mi espalda en un terror ciego

tratando de escapar, y cuando el polvo se asentó y la sangre dejó de borbotear, me descubrí siendo el héroe del día, destrozando al enemigo con un ataque valiente que mostró total desprecio por mi propia seguridad.

Así que aquí está la cosa: La valentía se puede observar cuando una persona aplasta el miedo, mientras que en secreto está tratando de huir de un terror mayor. Y aquellos cuyo mayor terror es ser conocidos como cobardes, siempre son valientes. Yo, por el contrario, soy un cobarde. Pero con un poco de suerte, una sonrisa encantadora, y la habilidad de mentir desde la cadera, siempre he hecho un trabajo sorprendentemente bueno en parecer un héroe y engañar a la mayoría de la gente, la mayor parte del tiempo.

La pared de la casa de los DeVeer era alta e imponente, pero ella y yo éramos viejos amigos: Conocía sus curvas y debilidades, así como cualquier contorno que Lisa, Sharal o Micha pudieran poseer. Las rutas de escape siempre han sido una obsesión mía.

La mayoría de las barreras están ahí para mantener a la plebe fuera, no a los ricos. Salté un barril de agua y de ahí al techo del edificio del jardinero, y brinqué hasta la pared. Unos dientes se cerraron en mis talones mientras me arrastraba hacia arriba. Me aferré con los dedos y me dejé caer. Un estremecimiento de alivio me recorrió el cuerpo mientras el perro encontraba su voz y escarbaba frustrado en el lado opuesto de la pared. La bestia había corrido en silencio y casi me atrapa.

Los silenciosos son los más aptos para matarte. Cuanto más ruido y furia hay, menos asesino es el animal. Una verdad en los hombres también. Soy nueve partes bravuconería, una parte de codicia y hasta ahora ni un gramo de asesinato.

Aterricé en la calle, con menos fuerza esta vez, libre y sin compañía, y si no olía a rosas por lo menos olía a una mezcla de azaleas y hierba. Alain sería un problema para otro día. Él podría tomar su lugar en la fila. Y era una fila larga y a la cabeza estaba Maeres Allus, aferrando una docena de notas promisorias de pago, pagarés y las intenciones de pago que garabateé borracho en la ropa interior de seda de las putas. Me puse de pie, me estiré y escuché el perro quejándose detrás de la pared. Necesitaba una pared más alta que esa para mantener a los matones de Maeres a raya.

El Camino de los Reyes se extendía ante mí, sembrado de sombras. En El Camino de los Reyes, las casas de la ciudad de las familias nobles compiten con la ostentación de mansiones de los príncipes comerciantes, el nuevo dinero tratando brillar más que el viejo. La ciudad de Vermillion tiene pocas calles tan buenas.

¡Llévalo a la puerta! Se ha impregnado de ese aroma. Voces atrás en el jardín.

¡Aquí, Pluto! ¡Aquí!

Eso no sonaba bien. Salí a velocidad de carrera en dirección al palacio, ahuyentando las ratas y dispersando a los recogedores de estiércol en sus rondas, el amanecer persiguiéndome, arrojándome lanzas rojas en la espalda.

Capítulo 2

El palacio de Vermillion es una extensa relación de recintos amurallados, exquisitos jardines, mansiones de satélite para la ampliación de la familia y finalmente el Palacio Interior, la gran confección de piedra que durante generaciones ha alojado a los reyes de la Marcha Roja. Todo el lugar está decorado con estatuas de mármol manipulado en formas sorprendentemente realistas por el arte de los masones de Milano, y un hombre dedicado probablemente podría raspar suficientes láminas de oro de las paredes para hacerse un poco más rico que Croesus. Mi abuela lo odia con pasión. Ella sería más feliz detrás de barricadas de granito, de un centenar de metros de espesor con las cabezas de sus enemigos clavadas en ellas.

Aún en el más decadente de los palacios no se puede entrar sin algún protocolo. Entré deslizándome por en medio de la Puerta de los Cirujanos, lanzándole una corona de plata al guardia.

Saliste temprano de nuevo, Melchor. Me gusta aprenderme los nombres de los guardias. Ellos todavía piensan en mí como el héroe del Paso de Aral y es útil tenerlos

a mi lado cuando mi vida cuelga de una red de mentiras, tan grandes como en la que estoy.

Sí, príncipe Jal. Mientras mejor trabajen más duro trabajan, eso dicen.

Es verdad. No tenía ni idea de lo que había dicho pero mi sonrisa falsa es mejor aún que la verdadera, y nueve décimas partes de ser popular es la habilidad de alegrar

a los sirvientes.

Pondré a uno de estos bastardos perezosos a cambiar de turno. Asentí con la cabeza hacia el brillo sangrante de la linterna más allá de la rendija de la puerta de la caseta de vigilancia y pasé a través de las puertas mientras Melchor las abría.

Una vez dentro, fui en línea recta al Edificio Roma. Como tercer hijo de la reina, Padre se instaló en el Edificio Roma, un edificio palaciego del Vaticano construido por los propios artesanos del Papa para cuando el Cardenal Paracheck regresara. La Abuela tiene muy poco tiempo para Jesús y su cruz, a pesar de que dice algunas palabras en celebraciones e intenta decirlas en serio. Ella tiene mucho menos tiempo ahora para Roma, y ninguno en absoluto para el Papa que se sienta allí ahora; la Santa Vaca, ella la llama.

Como tercer hijo de mi Padre soy un cabrón para todo. Una cámara en el Edificio Roma, un cargo no deseado en el Ejército del Norte, uno que ni siquiera me movía a un rango de caballería desde que las fronteras del norte son tan jodidamente montañosas para un caballo. Scorron desplegó caballería en las fronteras, pero la Abuela declaró su terquedad como un defecto que la Marcha Roja debería explotar, en lugar de una estupidez que deberíamos seguir. Las mujeres y la guerra no se mezclan. Lo he dicho antes. Yo debería estar rompiendo corazones en un corcel blanco, armado para el torneo. Pero no, esa vieja bruja me tenía gateando alrededor de las cumbres tratando de no ser asesinado por los campesinos de Scorron.

Entré al Edificio, que era en realidad una colección de salones, camarotes, salón de baile, cocinas, establos, y un segundo piso con alcobas, por el ala oeste, una puerta de servicio hecha para pinches de cocina y eso. El Gordo Ned sentado en guardia, su alabarda contra la pared.

¡Ned!

¡Amo Jal! Se despertó con un sobresalto y estuvo peligrosamente cerca de tumbar

la silla hacia atrás.

Jamás me viste. Le guiñé el ojo y me fui. Gordo Ned mantuvo los labios apretados

y mis excursiones estaban a salvo con él. Me conocía desde que era un pequeño

monstruo que intimidaba a los príncipes y princesas más pequeños y adulando a los

suficientemente grandes para influenciarme. Él ya era gordo desde esos días. La carne colgándole ahora como el cosechador rodeándole para el golpe final, pero el nombre se le quedó. Hay poder en un nombre. “Príncipe” me ha servido muy bien; algo donde esconderme detrás cuando vienen los problemas, y “Jalan” lleva el eco del Rey Jalan de la Marcha Roja, Puño del Emperador tiempo atrás cuando teníamos uno. Un título y un nombre como Jalan traen consigo un aura, suficiente para darme el beneficio de

la duda, y nunca hubo duda alguna de que necesitaba eso.

Casi logro llegar a mi cuarto.

¡Jalan Kendeth!

Me detuve a dos pasos del balcón que guiaba a mis aposentos; con el dedo del pie listo para el siguiente paso, las botas en la mano. No dije nada. Algunas veces el obispo bramaba mi nombre cuando, por azar, descubría alguna travesura. Para ser justos normalmente yo era la raíz del problema. Esta vez, sin embargo, me estaba mirando directamente.

Te estoy viendo, Jalan Kendeth, tus huellas negras con pecado mientras te arrastras de nuevo a tu guarida. ¡Ven aquí!

Me di la vuelta con una sonrisa de disculpa. Los eclesiásticos quieren que te sientas apenado y en algunas ocasiones no importa si de verdad estás arrepentido. En este caso yo lo sentía por haber sido descubierto.

Y la mejor de las mañanas para usted, Su Excelencia. Puse las botas detrás de mi espalda y me contoneé hacia él como si todo este tiempo ese hubiera sido mi plan.

Su Eminencia me mandó presentarlos a sus hermanos y a usted en la sala del trono a la segunda campanada. El obispo James me frunció el ceño, sus mejillas grises con barba incipiente, como si él también hubiera sido expulsado de la cama a una hora irrazonable, aunque quizás no por el bonito pie de Lisa DeVeer.

¿Padre ordenó eso? No había dicho nada en la mesa la noche anterior, y el cardenal no es alguien que se levanta antes del mediodía, sea lo que sea que el buen libro tenga que decir sobre la pereza. La llaman un pecado mortal, pero en mi experiencia la lujuria te meterá en más problemas y la pereza es sólo un pecado cuando estás siendo perseguido.

El mensaje vino de la reina. La mirada del obispo se profundizó. Le gustaba atribuir todos los comandos a Padre como el más alto representante de la iglesia, aunque menos entusiasta, en la Marcha Roja. La Abuela una vez dijo que había sido tentada a poner el sombrero del cardenal en el burro más cercano, pero Padre había estado más cerca y prometió ser liderado con mayor facilidad. Martus y Darin se han ido ya.

Me encogí de hombros.

Ellos llegaron antes que yo también. Diría que perdono ligeramente a mis hermanos mayores. Me detuve, fuera del alcance de su brazo ya que el obispo no amaba nada más que darte una palmada para sacar los pecados de un príncipe rebelde, y me di la vuelta para subir las escaleras. Voy a vestirme.

¡Irás ahora! Ya casi dan la segunda campanada y tu embellecimiento nunca tarda menos de una hora.

Por mucho que me hubiera gustado discutir con el viejo tonto, él tenía razón y yo sabía que no debía llegar tarde con la Reina Roja. Suprimí una mueca y me apresuré delante de él. Llevaba puesto lo que había vestido para mis escapadas nocturnas, y aunque era bastante elegante, al terciopelo acuchillado no le había ido tan bien durante mi huida. Aun así, tendría que servir. La Abuela preferiría ver a su engendro de batalla blindado y goteando sangre en cualquier situación, por lo que un toque de barro por aquí y otro por allá me podrían dar un poco de su aprobación.

Capítulo 3

Llegué tarde a la sala del trono, con el eco de la segunda campanada apagándose antes de que llegara a las puertas de bronce, grandes objetos fuera de lugar, robados de algún palacio aún más grandioso que este, por uno de mis lejanos y sangrientos parientes. Los guardias me miraron como si fuera una mierda de ave que había entrado volando sin invitación por gran ventana para estrellarme contra ellos.

Príncipe Jalan Estiré las manos para apresurarlos. ¿Es posible que hayan oído hablar de mí? Estoy invitado.

Sin ningún comentario, el más grande de ellos, un gigante con una armadura de bronce quemado y casco carmesí emplumado, abrió la puerta izquierda lo suficiente para dejarme entrar. Mi campaña para ser amigo de cada guardia en el palacio nunca ha penetrado con los hombres escogidos por la Abuela; pensaban demasiado en sí mismos. También estaban muy bien pagados para impresionarse por mi generosidad, y quizás fueron prevenidos contra mí en cualquier caso.

Me arrastré sin anunciarme y me apresuré a través de la extensión haciendo eco en el mármol. Nunca me ha gustado la sala del trono. No por la grandeza arqueada de la misma, o la historia que vive en las piedras sombrías y mirando desde cada pared, sino porque el lugar no tiene rutas de escape. Guardias, guardias y más guardias, junto con el escrutinio de aquella terrible vieja mujer que dice ser mi abuela.

Me dirigí hacia mis nueve hermanos y primos. Parecía que esto iba a ser una audiencia exclusivamente para los nietos reales: los nueve príncipes jóvenes y la única princesa de la Marcha Roja. Por derecho yo debería haber sido el décimo en la línea al trono después de mis dos tíos, sus hijos, y mi padre y hermanos mayores, pero la vieja bruja que había mantenido ese asiento caliente en particular estos últimos cuarenta años tenía ideas diferentes acerca de la sucesión. La Prima Serah, todavía a un mes de su décimo octavo cumpleaños, sin tener ni una onza de lo que sea que hace una princesa, era la niña de los ojos de la Reina Roja. No voy a mentir, Serah tenía más de algunas onzas de lo que sea que le permite a una mujer robar la mirada de un hombre, y en consecuencia con mucho gusto habría ignorado los puntos de vista comunes de lo que primos deben y no deben hacer. De hecho he tratado de ignorarlos varias veces, pero Serah tenía un gancho de derecha vicioso y una habilidad para patear el más tierno de los puntos que el hombre posee. Había venido hoy llevando algún tipo de traje de

montar beige y gamuza que parecía más adecuado para la caza que para la corte. Pero, maldita sea, se veía bien.

Pasé junto a ella y di codazos para pasar entre mis hermanos cerca de la parte delantera del grupo. Soy un tipo de tamaño decente, lo suficientemente alto para dar a los hombres una pausa, pero normalmente no me importa quedarme entre Martus y Darin. Ellos me hacen parecer pequeño y, con nada que nos distinga, todos con el mismo cabello color oro oscuro y ojos color avellana, soy reconocido como “el pequeño”. Eso no me gusta. Aunque, en esta ocasión, estaba preparado para que me pasaran por alto.

No

era simplemente el estar en la sala del trono lo que me ponía nervioso. Ni siquiera

por

la mirada de desaprobación de la Abuela. Era la mujer del ojo ciego. Ella me asusta

hasta el tuétano.

La vi por primera vez cuando me trajeron ante el trono en mi quinto cumpleaños, el día de mi onomástica, flanqueado por Martus y Darinen con su mejor ropa de iglesia, Padre con su sombrero de cardenal, sobrio a pesar que el sol ya había pasado su cénit, mi madre en sedas y perlas, un puñado de clérigos y damas de la corte formando la periferia. La Reina Roja se sentó delante, en su gran silla gritando algo acerca del abuelo de su abuelo, Jalan, el Puño del Emperador, pero reparó en mí; la había visto a ella. Una mujer vieja, tan vieja que me revolvía el estómago con sólo mirarla. Se agachó a la sombra del trono, encorvada por lo que si mirabas desde el otro lado parecía que estaba escondida. Tenía una cara como de papel que había sido empapado y luego dejado a secar, sus labios una línea gris, pómulos afilados. Vestida con harapos que no tenían lugar en esa sala de trono, en contradicción con las galas, los guardias bronceados al fuego y el séquito brillante que fue a ver cómo sería puesto mi nombre.

No había movimiento en la arpía; ella podía haber sido un truco de la luz, un manto

descartado, una ilusión de líneas y de sombras.

—… ¿Jalan? —La reina Roja paró su letanía con una pregunta.

Había respondido con silencio, arrancando mi mirada de la criatura a su lado.

¿Y bien? la Abuela estrechó su mirada hasta sostenerme una mirada afilada.

Aún no decía nada. Martus me dio un codazo lo suficientemente fuerte para hacer que mis costillas crujieran. No había ayudado. Quería ver de nuevo a la vieja. ¿Todavía estaba aquí? ¿Se había movido en el momento que mis ojos la dejaron? Me imaginé cómo se movería. Rápida como una araña. Mi estómago se hizo un nudo.

¿Aceptas el cargo que te he dado, hijo? preguntó la Abuela, simulando bondad.

Mi mirada parpadeó de nuevo a la bruja. Seguía allí, exactamente igual, su rostro se

volvió a medias hacia mí, fijo en la Abuela. No me había dado cuenta de su ojo al

principio, pero ahora me atrajo. Uno de los gatos en el Salón tenía un ojo así. Lechoso. Casi color perla. Ciego, dijo mi enfermera. Pero para mí parecía que veía más con ese ojo que con el otro.

¿Qué le pasa al chico? ¿Es tonto? El descontento de la Abuela había ondulado por la corte, silenciando los murmullos.

No podía retirar la mirada. Me quedé ahí sudando. Apenas siendo capaz de evitar mojarme los pantalones. Demasiado asustado para hablar, demasiado asustado incluso para mentir. Demasiado asustado como para hacer nada más que sudar y mantener los ojos en aquella vieja señora.

Cuando se movió, casi corro y grito. En su lugar se me escapó un chillido.

—¿No… no la ven?

Ella se movió con muchísima lentitud. Así que al principio lentamente tenías que compararla con el fondo para estar seguro que no era tu imaginación. Luego acelerando, suave y seguro. Giró esa cara horrible hacia mí, un ojo oscuro, el otro leche y perla. De repente sentí mucho calor, como si todas las grandes chimeneas hubieran rugido a la vida con una sola voz abrasadora, desatando su furia en un perfecto día de verano, las llamas saltando de las rejillas de hierro como si no quisieran nada más que estar entre nosotros.

Ella era alta. Lo pude ver ahora, encorvada pero alta. Y delgada, como un hueso.

¿No la ven? Mis palabras elevándose en un grito, la señalé y ella se puso en frente de mí, alcanzándome con una mano blanca.

¿Quién? Darin a mi lado, nueve años bajo el cinto y muy viejo para esas tonterías.

No tuve voz para contestarle. La mujer del ojo ciego había dejado caer su mano de papel y huesos sobre la mía. Me sonrió, una mueca horrible en su cara, como gusanos moviéndose unos contra otros. Ella sonrió, y me caí.

Caí en un lugar caliente y a oscuras. Me dicen que tuve un ataque, convulsiones. Una “mini epilepsia”, dijo el cirujano a Padre al día siguiente, una condición crónica, pero nunca las tuve de nuevo, no en mis casi veinte años. Lo único que sé es que me caí, y creo que no he dejado de caerme desde entonces.

La Abuela había perdido la paciencia y estableció mi nombre sobre mí, mientras me sacudía y retorcía en el suelo.

Tráelo de vuelta cuando le cambie la voz 1 dijo.

Y eso fue todo durante ocho años. Volví a la sala del trono con trece años de edad, para

ser presentado a la Abuela antes del banquete de Saturnalia en el frío invierno del 89. En esa ocasión, y en todas las que siguieron, he seguido el ejemplo de todos y pretendido no ver a la mujer del ojo ciego. Quizás sea verdad que ellos no la ven, porque Martus y Darin son muy tontos para actuar y muy malos mentirosos, y aun así sus ojos nunca parpadean de más cuando miran hacia donde ella está. Tal vez soy el único que la ve cuando golpea sus dedos en los hombros de la Reina Roja. Es difícil no mirar cuando sabes que no deberías. Como con el escote de una mujer, pechos apretados y levantados para la inspección, y aun así se supone que un príncipe no debe

darse cuenta, no dejar caer la mirada. Lo intento arduamente con la mujer del ojo ciego y la mayoría del tiempo lo controlo, a pesar de que la Abuela me ha echado una mirada extraña de vez en cuando.

En cualquier caso, esta mañana en particular, la sudoración que llevaba en la ropa de

la noche anterior, y con la mitad del jardín de las DeVeer decorándola, no me importaba

en lo más mínimo estar encajado entre mis hermanos gigantes y ser “el pequeño”, es más fácil que me pasen por alto. Francamente, la atención de cualquiera de las dos, la Reina Roja o su silenciosa hermana eran cosas con las que prefería no vivir.

Estuvimos de pie durante otros diez minutos, sin hablar principalmente, algunos príncipes bostezando, otros cambiando el peso de un pie al otro, o lanzándome miradas de amargura. Trato de mantener mis desventuras fuera para no contaminar las tranquilas aguas del palacio. Es poco aconsejable cagar donde comes, y además, es difícil ocultarse detrás de una fila cuando el ofendido es también un príncipe. A pesar de ello, con el transcurso de los años, a mis primos les he dado muy pocas razones para amarme.

Por fin la Reina Roja entró, sin hacer una gran entrada pero flanqueada por guardias. El alivio fue momentáneo, la mujer del ojo ciego siguió a su paso, y aunque me di la vuelta más rápido que la luz, me vio mirándola. La reina se acomodó en su asiento real

y los soldados de la guardia se acomodaron alrededor de las paredes. Un solo

acompañante, Mantal Drews, creo, se quedó incómodo entre la descendencia real y nuestra soberana, y una vez más la sala volvió a estar en silencio.

Observé a la Abuela y, con un poco de esfuerzo, mantuve mi mirada sin deslizarse hacia la mano blanca y arrugada que descansaba detrás de su cabeza en el hombro del trono. Con los años he oído muchos rumores acerca del consejero secreto de la abuela;

1 Refiriéndose a cuando entre en la pubertad, alrededor de los 13 años, que es cuando la voz de los hombres se hace más grave

una anciana medio loca que mantienen escondida; la Hermana Silenciosa, la llamaban. Parecía, sin embargo, que soy el único que sabía que ella esperaba al lado de la Reina Roja cada día. Los ojos de las otras personas parecen evitarla justo como yo siempre deseé que mis ojos hicieran.

La Reina Roja se aclaró la garganta. En las tabernas que cruzan Vermillion dicen que

mi Abuela alguna vez fue una mujer guapa, aunque monstruosamente alta. Una

rompecorazones que atraía pretendientes de todos los rincones del Imperio Caído y más allá. Para mis ojos ella tenía una cara brutal, huesuda, piel estirada como si se hubiera quemado, pero aún mostrando arrugas como lo haría un pergamino. Ella debía de tener setenta años encina, pero nadie diría que tenía más de cincuenta. Su cabello

oscuro y sin una pizca de canas, aún mostrando un rojo profundo donde le da la luz.

Guapa o no, sus ojos volvían agua las entrañas de cualquier hombre. Astillas de pedernal de desapasionamiento. Y no hay corona para la reina guerrera, oh no. Se sentó siendo casi tragada por una túnica negra y escarlata, sólo la diadema más delgada de

oro para mantener los rizos en su lugar, raspando la parte trasera de su cabeza.

Los hijos de mis hijos. Las palabras de la Abuela salían tan impregnadas de decepción que sentías cómo te alcanzaban y trataban de estrangularte. Ella sacudió la cabeza, como si todos nosotros fuéramos un experimento en la cría de caballos que ha

ido

trágicamente mal. Y algunos de ustedes van a parir nuevos príncipes y princesas

por

su cuenta, según he escuchado.

Sí, W

Inactivos, numerosos y criando la sedición en sus números. La Abuela pasó sobre el anuncio del Primo Roland antes de que pudiera adularse a sí mismo. Su sonrisa murió

en esa estúpida barba suya, la que dejó crecer para permitir que la gente pudiera tener

por lo menos la sospecha de que tiene barbilla. Tiempos oscuros están llegando y

esta nación tendrá que ser una fortaleza. El tiempo de ser niños ya pasó. Mi sangre corre en cada uno de ustedes, débil a pesar de que ha crecido. Y serán ustedes soldados en esta guerra que viene.

Martus resopló ante eso, aunque lo suficientemente bajo para que pasara desapercibido. Martus había sido encargado de los caballos pesados, destinados a la caballería en general, comandante de la élite de la Marcha Roja. La Reina Roja en un ataque de locura hace cinco años casi había eliminado la fuerza. Siglos de tradición, honor y excelencia arados bajo el capricho de una anciana. Ahora todos íbamos a ser soldados corriendo a la batalla a pie, cavando zanjas, practicando sin cesar tácticas mecánicas que cualquier campesino podía dominar, y eso establece que un príncipe no es superior a un mozo.

—…mayor enemigo. Es hora de poner a un lado los pensamientos inútiles de conquista

e involucrarse en…

Subí la mirada desde mi disgusto para encontrar a la Abuela todavía zumbando sobre la guerra. No es que me preocupe demasiado por el honor. Toda esa caballerosidad sin sentido de llevar cargado a un hombre caído y cualquier compañero sensato se deshará de ti para salvarse en el momento que necesite correr; pero es el aspecto de ello, su forma. Estar en uno de los tres cuerpos de caballos, para ganar tus espuelas y mantener un trío de cargadores en el cuartel de la ciudad… había sido el derecho de nacimiento de los jóvenes nobles desde tiempos inmemorables. Maldita sea, quería mi cargo. Quería entrar en las caballerizas de los oficiales, quería intercambiar relatos fantásticos alrededor de las mesas de humo en el Conarrf y pasear a lo largo del Camino de los Reyes volando los colores de Lanza Roja o de Casco de Hierro, con el cabello largo y bigote erizado de un soldado de caballería y un semental entre mis piernas. Ser el décimo en la línea para el trono te conseguirá la entrada en un número nada insignificante de alcobas, pero si un hombre lleva la capa escarlata de los jinetes de la Marcha Roja y envuelve sus piernas alrededor de un caballo de guerra, habrá pocas damas de calidad que no se abran para él cuando las deslumbre con una sonrisa.

En la periferia de mi visión la mujer del ojo ciego se movió, echando a perder mi sueño y poniendo todos mis pensamientos de cabalgar, de uno u otro tipo, fuera de mi cabeza.

—…quemando todos los muertos. La cremación es obligatoria, para nobles y plebeyos,

y condenar cualquier disidente de Roma…

Eso de nuevo. El pájaro viejo había estado insistiendo sobre los ritos de muerte durante más de un año. ¡Como si a los hombres de mi edad les importara un comino esas cosas! Se había quedado obsesionada con cuentos de marineros, cuentos de fantasmas de las Islas Ahogadas, las divagaciones de los borrachos de barro de los Pantanos Ken. Los hombres ya fueron encadenados a tierra; buen hierro desperdiciado contra la superstición, y ahora ¿las cadenas no eran suficiente? ¿Los cuerpos tenían que ser quemados? Bueno, a la iglesia no le gustaría. Representaría un problema en sus planes para el Día del Juicio y todos nosotros levantándonos de la tumba para un gran abrazo mugriento. ¿Pero a quién le importaba? ¿En serio? Observé la luz de la mañana deslizarse a través de las altas paredes sobre mí y traté de imaginar a Lida como la había dejado esa mañana, vestida con luces y sombras y nada más.

La caída del personal del chambelán sobre las losas trajo mi cabeza de regreso. Para ser justos había tenido muy pocas horas de sueño la noche anterior y una mañana retadora. Si no me hubieran atrapado a un metro de la puerta de mi dormitorio me

hubiera quedado cómodamente en él hasta después de mediodía, soñando con mejores versiones del día que la Abuela seguía interrumpiendo.

¡Traigan a los testigos! el chambelán tenía una voz que podría hacer una sentencia de muerte aburrida.

Cuatro guardias entraron, flanqueando un guerrero Nuban, alto y con cicatrices, esposado de las muñecas y tobillos, las cadenas enroscadas a través de un cinturón de hierro que estaba alrededor de su cintura. Eso captó mi interés. Desperdicié gran parte de mi juventud apostando en las peleas del pozo en el Barrio Latino, y tenía la intención de malgastar gran parte de lo que me quedaba allí también. Siempre he disfrutado de una buena pelea y una buena dosis de sangre derramada, con tal de no ser yo el que sea golpeado o mi sangre la que sea derramada. Los Pozos del Gordo, o los Agujeros de Sangre en el centro de Mercants, te ponen lo suficientemente cerca para limpiar las salpicaduras ocasionales de la punta de tu bota, y ofrecen un sinfín de oportunidades para hacer apuestas. Últimamente incluso he metido hombres con mi propio boleto. Chavales que probablemente compraron en los barcos de esclavos de Maroc. Ninguno ha durado más de dos combates aún, pero incluso perdiendo puedes ganar si sabes en donde colocar tus apuestas. En cualquier caso, el Nuban parecía una apuesta sólida. Tal vez incluso podría ser el boleto que me quitaría a Maeres Allus de la espalda y silenciara sus tediosas demandas de pagarés por brandy ya consumido y por putas ya jodidas.

Un mestizo malicioso con un arreglo decorativo de dientes perdidos seguía al Nuban para traducir su jerigonza. El acompañante hizo una pregunta o dos, y el hombre respondió con las tonterías de costumbre sobre muertos elevándose desde las arenas del Afrique, elaborando cuentos para hacer pequeñas legiones de ellos. Sin duda esperaba la libertad si su historia probaba ser suficientemente entretenida. Hizo un buen trabajo, lanzando uno que otro genio por si acaso, aunque no eran los genios alegres normales en pantalones de satén ofreciendo deseos. Me sentí tentado de aplaudir al final, pero la cara de la Abuela sugería que no podía ser una buena idea.

Le siguieron dos depravados más, cada uno encadenado similarmente, cada uno con una fábula más escandalosa que la otra. El corsario, un tipo moreno con orejas rasgadas donde el oro había sido rasgado de él, contó acerca de barcos hundidos levantándose, tripulado por hombres ahogados. Y el esclavo habló de los hombres de hueso en los túmulos del mar de hierba. Ancianos muertos revestidos de oro pálido y ajuares de antes del tiempo de los Constructores. Ninguno de los dos tenía mucho potencial para el boxeo. El corsario parecía nervioso y fue, sin duda, usado para pelear en combates en lugares cerrados, pero había perdido dos dedos de ambas manos y la edad estaba en

su contra. El esclavo era un tipo grande, pero lento. Algunos hombres tienen un tipo especial de torpeza que se nota con cada movimiento que hacen. Empecé a soñar con Lisa de nuevo. Luego Lisa y Micha juntas. Luego Lisa, Micha y Sharal. Se puso algo complicado. Pero cuando más guardias marcharon con el cuarto y último de esos “testigos”, la Abuela de repente tuvo toda mi atención. Solamente tenías que mirar al hombre para decir que los Agujeros de Sangre no sabrían ni por donde los golpearon. ¡Había encontrado a mi nuevo luchador!

El detenido entró en la sala del trono con la cabeza muy alta. Hizo enanos a los cuatro guardias a su alrededor. He visto hombres más altos, aunque no muy a menudo. He visto hombres más musculosos, pero rara vez. Incluso en raras ocasiones se pueden ver hombres más grandes en ambas dimensiones, pero este nórdico se comportaba como un verdadero guerrero. Puede que yo no sea muy bueno para pelear, pero tengo buen ojo para los luchadores. Entró como un asesino, y cuando lo sacudieron para detenerle delante del chambelán, gruñó. Gruñó. ¡Casi podía contar las monedas de oro derramándose sobre mis manos cuando me llevara a este a los pozos!

Snorri ver Snagason, comprado en el barco de esclavos Heddod. El chambelán dio un paso atrás y mantuvo a su personal entre ellos mientras leía de sus notas. Vendido en un intercambio comercial del Hardanger Fjord. Deslizó un dedo, frunciendo el ceño. Describe los eventos que le relataste a nuestro agente.

No tenía ni idea de dónde podría ser ese lugar, pero claramente crían hombres duros en Hardanger. Los esclavistas habían cortado la mayor parte del cabello del hombre, pero el pequeño espesor que quedaba era tan negro como para ser casi azul. Justo había pensado en los escandinavos. La quemadura profunda a por su cuello y hombros mostraba sin embargo que no le iba bien el sol. Innumerables marcas de latigazos cruzaban la quemadura de sol, ¡eso tenía que picar un poco! Aun así, los pozos de boxeo siempre eran a la sombra, así que por lo menos él apreciaría esa parte de mis planes para él.

Habla, hombre. La Abuela se dirigió al gigante directamente. Incluso a ella la había impresionado.

Snorri volvió su mirada hacia la Reina Roja y le dio el tipo de mirada que es capaz de hacer perder los globos oculares a los hombres. Tenía ojos azules, pálidos. Por lo menos eso era atribuido a la herencia. Eso y los restos de sus pelajes y pieles de foca, y las runas nórdicas grabadas en tinta negra y azul alrededor de sus brazos. Escribiendo también, por el aspecto, algún tipo de guiones paganos pero con el martillo y el hacha allí también.

La Abuela abrió la boca para hablar de nuevo, pero el escandinavo se adelantó, robando la tensión para sus propias palabras.

Dejé el Norte de Hardanger, pero no es mi hogar. Hardanger son aguas tranquilas, laderas verdes, cabras y huertos de cerezos. La gente de allí no es verdaderamente la gente del Norte.

Habló con una voz profunda y un acento poco marcado, afilando los bordes de cada palabra lo suficiente como para que te dieras cuenta que había sido criado en otra lengua. Se dirigió a toda la habitación, aunque mantuvo sus ojos en la reina. Contó su historia con la habilidad de un orador. Había oído decir que el invierno en el Norte es una noche que dura tres meses. Tales noches crean narradores.

Mi casa estaba en Uuliskind, lejos del alcance del Hielo Amargo. Les cuento mi historia porque ese tiempo y lugar se han terminado y viven solamente en mis recuerdos. Quiero poner estas cosas en sus mentes, no para darles un sentido o vida, sino para hacerlos reales para ustedes, para dejarlos caminar entre el Undoreth, los Hijos del Martillo, y para que escuchen de su última lucha.

No sé cómo lo hizo, pero cuando envolvió su voz alrededor de las palabras, Snorri tejió una especie de magia. Me erizó el vello de la parte trasera de los brazos, y maldito sea si no quisiera ser un Vikingo también, balanceando mi hacha en una lancha navegando por el Uulisk Fjord, con el hielo de la primavera crujiendo bajo el casco.

Cada vez que él paraba para respirar la locura me quitaba el aliento y me sentía muy afortunado de estar cálido y a salvo en la Marcha Roja, pero mientras hablaba un latido de corazón de Vikingo latía en el pecho de cada oyente, incluso en el mío.

Al Norte de Uuliskind, más allá de las Tierras Altas de Jarlson, el hielo es cosa seria. El verano más fuerte se lo llevará un kilómetro y medio o tres, pero poco tiempo después te encuentras elevado por encima de la tierra en un manto de hielo que nunca se derrite, plegado, fisurado y antiguo. Los Undoreth sólo se aventuran a ir allí para comerciar con los Inowen, los hombres que viven en la nieve y cazan focas en el hielo del mar. Los Inowen no son como cualquier hombre, cosidos en sus pieles de foca y comiendo la grasa de las ballenas. Ellos son… una especie diferente.

Los Inowen ofrecen colmillos de morsa, aceites líquidos de la grasa de las ballenas, dientes de grandes tiburones, pieles de osos blancos y el cuero. También marfiles tallados en peines y picos y en las formas de verdaderos espíritus de hielo.

Cuando la Abuela intervino en el flujo de la historia, sonaba como un cuervo chillando tratando de sobrescribir una melodía. Aun así, le doy créditos por encontrar el deseo de hablar; se me había olvidado incluso que estaba de pie en la sala del trono, con los

pies doloridos y bostezando por mi cama. En su lugar estaba con Snorri comerciando hierro forjado y sal para sellar los huesos de las ballenas.

Habla de los muertos, Snagason. Pon un poco de miedo en estos príncipes ociosos le dijo la Abuela.

Fue cuando lo vi. El parpadeo rápido de su mirada hacia la mujer del ojo ciego. Había llegado a entender que era conocimiento común lo que la Reina Roja consultaba con la Hermana Silenciosa. Pero como con la mayoría de los “conocimientos comunes”, los destinatarios difícilmente te van a decir de donde obtuvieron la información, aunque son insistentes en decirte la veracidad de la historia con un vigor considerable. Era bien sabido, por ejemplo, que el duque de Grast llevaba chicos jóvenes a su cama. Yo inventé esa historia después de que me abofeteara por hacerle una sugerencia impropia

a su hermana; una moza rolliza que también tenía montón de sugerencias suyas

inapropiadas. La calumnia se quedó y tuve un gran deleite al verlo defender su honor contra la oposición que decía “¡lo escuché de una fuente de confianza!”. Era bien sabido que el duque de Grast sodomizaba a niños pequeños en la privacidad de su castillo, todos sabían que la Reina Roja practicaba su magia prohibida en su torre más alta, todo el mundo sabía de la Hermana Silenciosa, una bruja lamentable cuya mano descansaba sobre gran parte de los males del imperio, era o bien en la palma de la Reina Roja, o viceversa. Pero hasta que este Nórdico brutal miró en su dirección nunca había encontrado a nadie que viera a la mujer del ojo ciego al lado de mi abuela.

Ya sea que estaba convencido por la mirada del ojo aperlado de la Hermana Silenciosa

o por el comando de la Reina Roja, Snorri ver Snagason inclinó la cabeza y habló de los muertos.

En las Tierras Altas de Jarlson los muertos vagan congelados. Tribus de cadáveres, negros por las heladas, se tambalean en columnas, perdidos en el remolino de la helada. Dicen que los mamuts caminan con ellos, bestias muertas liberadas de los acantilados de hielo que los mantienen lejos del Norte, desde tiempos antes de que Odín les diera

a los hombres la maldición del lenguaje. Sus números son desconocidos, pero son muchos.

Cuando las puertas de Niflheim se abren para liberar el invierno, y los gigantes de hielo respiran a través del Norte, los muertos vienen con él, tomando a quien puedan encontrar para que se una a sus filas. A veces los comerciantes solitarios, o los

pescadores arrastrados a costas extrañas. A veces cruzan un fiordo por puentes de hielo

y toman pueblos enteros.

La Abuela se levantó de su trono, y una veintena de manos se movieron para cubrir las empuñaduras de las espadas. Lanzó una mirada agria a su descendencia.

¿Y cómo es que llegas delante de mí encadenado, Snorri ver Snagason?

Pensamos que la amenaza provenía del Norte, de las Tierras altas y el Hielo Amargo. Negó con la cabeza. Cuando los barcos llegaron a Uulisk en lo más profundo de la noche, a oscuras y silenciosamente, nosotros dormíamos, nuestros centinelas mirando al norte buscando muertos congelados. Los Raiders habían cruzado el Mar Tranquilo y venían en contra de los Undoreth. Los hombres de las Islas Ahogadas rompieron nuestras barreras. Algunos vivos, otros cadáveres preservados de la putrefacción, y otras criaturas aún medio-hombres de los pantanos de Brettan, comedores de cadáveres, demonios con dardos envenenados que roban la fuerza de un hombre y lo dejan tan indefenso como un recién nacido.

Sven Broke-Oar guió sus naves. Sven y otros de la Hardassa. Sin su traición los isleños nunca hubieran sido capaces de navegar el Uulisk de noche. Incluso por el día ellos hubieran perdido sus barcos. Las manos de Snorri se cerraron en enormes puños y los músculos se amontonaron sobre sus hombros, sacudidos por violencia. El Broke-Oar tomó veinte guerreros encadenados como parte de su pago. Nos vendió en Hardanger Fjord. El comerciante, un mercader del Puerto de los Reinos, tenía la intención de vendernos de nuevo en África después de que lleváramos su carga al sur. Su agente me compró en Kordoba, en el puerto de Albus.

La Abuela debía de haber estado buscando a lo largo y ancho por estas historias, la Marcha Roja no tenía la costumbre de esclavizar y sabía que ella no aprobaba el comercio.

¿Y el resto? preguntó la Abuela, pasando más allá de él, fuera del alcance de sus brazos, pareciendo que se inclinaba hacia mí. ¿Los que no fueron tomados por su compatriota?

Snorri se quedó mirando al trono vacío, y luego directamente a la mujer del ojo ciego. Habló tras los dientes apretados.

Muchos fueron asesinados. Yo yacía envenenado y vi espíritus malignos rodeando a mi esposa. Vi a hombres Ahogados persiguiendo a mis hijos y no podía girar la cabeza para ver su vuelo. Los Isleños regresaron a sus barcos con espadas rojas. Los prisioneros fueron tomados. Pausó, frunció el ceño y negó con la cabeza. Sven Broke-Oar me contó… historias. La verdad haría retorcer la lengua de Broke-Oar… pero dijo que los Isleños planeaban tomar prisioneros para excavar el Hielo Amargo.

El ejército de Olaaf Rikeson está allá afuera. El Broke-Oar dijo que los Isleños habían sido enviados para ponerlos en libertad.

¿Un ejército? la Abuela se acercó casi tan cerca como para tocarlo. Un monstruo de mujer, más alta que yo, y yo ya paso el metro ochenta, y probablemente lo suficientemente fuerte para quebrarme por mitad con la rodilla. ¿Quién es este

Rikeson?

El nórdico levantó una ceja ante eso, como si cada monarca debiera conocer la historia desabrida de sus tierras heladas.

Olaaf Rikeson marchó hacia el norte en el primer verano del reinado del emperador

Orrin III. Las sagas 2 cuentan que él planeaba llevar a los gigantes de Jotenheim y atravesar con él la llave de sus puertas. Historias más sobrias dicen que tal vez su objetivo era sólo llevar a Inowen al imperio. Sea cual sea la verdad, los registros están de acuerdo que llevó más de mil con él, tal vez diez mil Snorri se encogió de hombros

y se volvió de la Hermana Silenciosa hacia la Abuela. Más valiente que yo, aunque eso

no es decir mucho; yo no daría la espalda para esa criatura. Rikeson pensó que marcharon con la bendición de Odín, pero aun así el aliento de los gigantes disminuyó,

y

un día de verano cada guerrero en su ejército quedó inmóvil donde estaban parados

y

la nieve los ahogó.

El Broke-Oar cuenta que aquellos tomados de Uulisking estén excavando los muertos. Liberándolos del hielo.

La Abuela se paseaba a lo largo de la fila frente a nosotros. Martus, el pequeño yo, Darin, el Primo Roland con su estúpida barba, Rotus, magro y amargo, soltero a los treinta, más aburrido que soso, obsesionado con la lectura, ¡e historias de eso! Hizo una pausa con Rotus, otra de sus favoritos y el tercero en la fila por la derecha, aunque parecía que iba a darle el trono al Primo Serah antes que a él.

¿Y por qué, Snagason? ¿Quién ha enviado esas fuerzas con tal diligencia? Ella se encontró con la mirada de Rotus como si de todos nosotros fuera el único del que apreciaría la respuesta.

El gigante hizo una pausa. Es difícil para un Nórdico ponerse pálido pero juro que él se puso así.

El Rey Muerto, señora.

2 Una historia heroica de origen nórdico

Un guardia hizo un movimiento como para derribarlo, ya sea por dirigirse incorrectamente o por burlarse con cuentos tontos, no podía decirlo. La Abuela detuvo al hombre levantando un dedo.

El Rey Muerto. Hizo una lenta repetición de las palabras como si de alguna manera sellaran su opinión. Quizás lo había mencionado antes cuando yo no estaba escuchando.

Yo había escuchado historias, por supuesto. Los niños habían comenzado a contarlas para asustarse unos a los otros en la noche de Halloween. ¡El Rey Muerto vendrá por ti! Buu, buu, buu. Requería sólo un niño para estar asustado. Cualquier persona con una idea adecuada de lo lejos que están las Islas Ahogadas y de cuantos reinos se extendían entre nosotros tendrían poco tiempo para preocuparse con eso. Aún si las historias tenían un poco de verdad, no podía ver ningún caballero lo suficientemente emocionado acerca de un grupo de nigromantes paganos jugando con cadáveres viejos en donde sea que quedaran las lomas húmedas para los Señores de las Islas. Entonces, ¿qué pasa si realmente levantaron un millón de hombres muertos retorciéndose de sus ataúdes y soltando carne muerta con cada paso? Diez grandes caballos cabalgarían en media hora sin pérdida ninguna y sin condena a sus ojos podridos.

Me sentí cansado y de mal humor, enojado porque había tenido que soportar más de la mitad de la mañana escuchando a este sinfín de disparates. Si también hubiera estado ebrio le habría dado voz a mis pensamientos. Probablemente era bueno que no lo estuviera, aunque la Reina Roja podría dejarme sobrio al asustarme con una mirada.

La Abuela se volvió y señaló al Nórdico.

Bien dicho, Snorri ver Snagason. Deja que tu hacha te guíe. Parpadeé ante eso. Algún tipo de refrán del norte, supuse. Llévenselo dijo, y sus guardias lo sacaron, con las cadenas sonando.

Mis compañeros príncipes comenzaron a murmurar, y yo a bostezar. Observé al gran Nórdico alejándose y deseé que nos liberaran pronto. A pesar de que mi cama me llamaba tenía planes importantes para Snorri ver Snagason y necesitaba agarrarlo rápidamente.

La Abuela regresó a su trono y guardó silencio hasta que las puertas se cerraron tras la salida del último prisionero.

¿Sabían que hay una puerta a la muerte? La Reina Roja no levantó la voz y sin embargo cortó la plática de los príncipes. Una puerta real. Una que puedes tocar. Y detrás de ella, todas las tierras de la muerte. Su mirada nos barrió. Hay una pregunta importante que me deberían hacer ahora.

Nadie habló, no tenía ni idea pero estaba tentado a responder de todas maneras sólo para apresurar esto. Decidí ir en contra de mis pensamientos y el silencio se estiró hasta que Rotus se aclaró la garganta por último y preguntó, ¿Dónde?

Error. La Abuela ladeó la cabeza—. La pregunta era, “¿Por qué?” ¿Por qué hay una puerta a la muerte? La respuesta es tan importante como cualquier cosa que hayan escuchado hoy. Su mirada se posó en mí y rápidamente puse mi atención a la condición de mis uñas. Hay una puerta a la muerte porque vivimos en una era de mitos. Nuestros ancestros vivieron en un mundo de leyes inmutables. Los tiempos han cambiado. Hay una puerta porque hay cuentos de esa puerta, porque los mitos y las leyendas han crecido sobre ella durante siglos, porque se encuentran en los libros sagrados, y porque las historias de esa puerta son contadas una y otra vez. Hay una puerta porque de alguna manera la queremos, o la esperamos, o ambas. Ese es el por qué. Y es por eso que deben de creer las historias que les han sido contadas hoy. El mundo está cambiando, moviéndose debajo de nuestros pies. Estamos en una guerra, niños de la Marcha Roja, aunque no lo puedan ver todavía, aunque aún no puedan sentirla. Estamos en guerra en contra de todo lo que se puedan imaginar y armados solamente con nuestro deseo de oponernos.

Tonterías, por supuesto. La única guerra reciente de la Marcha Roja fue contra Scorron, e incluso ésa había terminado con una incómoda tregua el año pasado… La Abuela debió sentir que estaba perdiendo incluso hasta los más crédulos de su público y cambió de táctica.

—Rotus preguntó “¿Dónde?”, pero yo sé dónde está la puerta. Y sé que no se puede abrir. se levantó de nuevo de su trono. ¿Y qué es lo que la puerta demanda?

¿Una llave? Serah, siempre dispuesta a complacer.

Sí. Una llave Una sonrisa para su protegida. Dicha llave fue buscada por muchos. Una cosa peligrosa, pero mejor tenerla nosotros que nuestros enemigos. Muy pronto voy a tener tareas para todos ustedes: misiones para algunos, preguntas para otros, hasta nuevas lecciones para otros. Asegúrense de comprometerse con ustedes mismos en estas labores como nunca lo han hecho. En esta ocasión me van a servir, van a servirse a sí mismos, y lo más importante, servirán al imperio.

Intercambio de miradas, murmullos, “¿Dónde estaba la Marcha Roja en todo eso?” Martus quizás.

¡Suficiente! la Abuela dio varias palmadas, liberándonos. Váyanse. Escúrranse de vuelta a sus lujos vacíos y disfrútenlos mientras puedan. O, si mi sangre corre caliente en ustedes, consideren estas palabras y actúen de acuerdo a ellas. Estos son los

días finales. Todas nuestras vidas se dirigen hacia un solo punto y hora, no a demasiados kilómetros o años de esta habitación. Un punto en la historia cuando el emperador nos vaya a salvar o a condenar. Todo lo que podemos hacer es comprarle el tiempo que necesita, y el precio tendrá que ser pagado con sangre.

¡Al fin! Me apuré para salir entre los demás, alcanzando a Serah.

Bien, ¡Eso lo confirma! El viejo murciélago está demente. ¡El emperador! Me reí y dirigí mi caballerosa sonrisa. Ni la Abuela tiene la edad suficiente para haber visto al último emperador.

Serah me miró con una mirada de disgusto.

¿Escuchaste por lo menos algo de lo que dijo ella? Y salió, dejándome parado ahí, empujado por Martus y Darin mientras pasaban por mi lado.

Capítulo 4

Desde la sala del trono corrí por el gran corredor, girando a la izquierda en donde toda

mi familia había girado a la derecha. Armaduras, estatuas, retratos, exhibiciones de

espadas abiertas en abanico, todas ellas brillando al pasar. Mis botas golpearon unos cien metros de una alfombra tejida asombrosamente cara, exuberantes sedas estampadas al estilo Hindú. Giré en una esquina al final del camino, balanceándome al borde de perder el control, esquivé a dos sirvientas, y corrí a toda velocidad a lo largo del pasillo central de huéspedes, donde decenas de habitaciones estaban preparadas contra la posibilidad de visitas de la nobleza.

¡Fuera del maldito camino! Algún viejo sirviente se tambaleó desde una puerta en

mi camino. Uno de los de mi padre, Robbin, un viejo canoso lisiado que siempre

cojeaba sobre el lugar bajo sus pies. Me desvié para pasarlo. Dios sabe por qué mantenemos a esos parásitos. Y aceleré por el pasillo.

Dos guardias sorprendidos desde sus alcobas, uno incluso desafiándome antes de decidir si yo era más un imbécil que un asesino. Paré a dos puertas cerca del final del corredor, e hice la entrada a la Sala Verde, apostando a que estaría desocupada. La habitación, diseñada con estilo rústico con una cama con dosel tallada como la extensión de los robles, yacía vacía y envuelta en sábanas blancas. Pasé por la cama, dónde una vez había pasado varias noches agradables en compañía de una condesa

morena, de los tramos más al sur de Roma y aparté las cortinas. A través de la ventana,

en el balcón, saltando la barandilla y cayendo en la azotea enarbolada de las

caballerizas reales, un edificio que pondría en vergüenza cualquier mansión en el Camino de los Reyes.

Ahora, sé cómo caer, pero la caída del techo de los establos mataría a un acróbata Chinee 3 , así que la velocidad con la que corrí a lo largo de la canaleta de piedra era un cuidadoso equilibrio entre mi deseo de no caer a mi muerte y mi deseo de no ser apuñalado hasta la muerte por Maeres Allus o uno de sus ejecutores. El gigante nórdico podía hallarme una manera de pagar mi deuda por completo si yo lograba asegurarme sus servicios y tomaba las decisiones correctas. Joder, si la gente veía lo que yo vi en el hombre y no me daba buenas probabilidades, entonces podría sólo pasarle algunos amuletos de hueso y apostar contra él.

3 Chinee: Persona nativa de China pero que vive en Inglaterra.

En el extremo del establo dos antiguos pilares de Corinto sostenían vides, o viceversa. De cualquier manera, un escalador bueno o desesperado, podría llegar al suelo desde allí. Resbalé los últimos tres metros, me hice un moretón en el talón, me mordí la lengua y salí corriendo hacia la Puerta de Batalla escupiendo sangre.

Llegué sin aliento y tuve que inclinarme, palmas en los muslos, lanzando grandes bocanadas de aire antes de que pudiera evaluar la situación.

Dos guardias me miraron con evidente curiosidad. Un viejo ladrón comúnmente conocido como Double, y uno más joven que no reconocí.

¡Double! Me enderecé y levanté la mano en saludo. ¿A qué mazmorra han sido llevados los prisioneros de la reina? Serían las celdas de guerra arriba en la torre de Marzal. Puede que sean esclavos pero no podrían al nórdico con ese populacho. Pregunté de todos modos. Siempre es bueno abrir con una pregunta fácil para hacer que un hombre baje la guardia.

No hay ninguna celda para ellos Double preparó un escupitajo, pero se lo pensó mejor y se lo tragó ruidosamente.

—¿Qu… —¡Ella no podía estar pensando en matarlos! Sería una pérdida criminal.

Los liberarán. Eso es lo que he oído. Double sacudió la cabeza ante la mala calidad del negocio, con su quijada tambaleándose. Contaph vendrá a procesarlos. Asintió con la cabeza al otro lado de la plaza y efectivamente allí estaba Contaph, con un aire de superioridad en sus ropas oficiales y abriéndose camino hacia nosotros, con el tipo de soberbia que sólo los funcionarios menores exhiben. Desde las altas ventanas enrejadas por encima de la Puerta de Batalla podía oír el distante ruido metálico de las cadenas, acercándose más.

Maldita sea. Eché un vistazo desde la puerta del sub-oficial y viceversa. Mantenlos aquí, Double le dije. No les digas nada. Ni una sola palabra. Te veré. A tú amigo también. Y con eso me apresuré a interceptar a Ameral Contaph de la Casa Mecer.

Nos encontramos en medio de la plaza donde un antiguo reloj de sol marcaba el tiempo con las sombras de la mañana. Ya las losas comenzaban a calentarse y la promesa del nuevo día hervía sobre los tejados.

¡Ameral! Levanté las manos ampliamente como si fuera un viejo amigo.

Príncipe Jalan. Agachó la cabeza como si tratara de evitar mírame. Le podía perdonar su desconfianza; cuando era un niño solía ocultar escorpiones en sus bolsillos.

Los esclavos que puso en el entretenimiento de esta mañana en la sala del trono ¿qué va a ser de ellos, Ameral? Me moví a interceptarlo mientras él intentaba dar la vuelta, agarrando firmemente el rollo con órdenes con su puño regordete.

Voy a ponerlos en una caravana para el Puerto Ismuth con papeles de disolución de cualquier contrato. Paró de intentar deshacerse de mí y suspiró. ¿Qué es lo que quiere, Príncipe Jalan?

Sólo al nórdico. Le dirigí una sonrisa y un guiño. Es demasiado peligroso para sólo liberarlo. Eso debería haber sido obvio para todos. En cualquier caso, la Abuela me envió para hacerme cargo de él.

Contaph me miró, estrechando los ojos con desconfianza.

No he recibido tales instrucciones.

Tengo, debo confesar, un rostro muy honesto. Sincero y valiente se me ha llamado.

Soy fácil de confundir con un héroe, y con un poco de esfuerzo puedo convencer incluso al desconocido más cínico de mi sinceridad. Con gente que me conoce, ese truco se vuelve más difícil. Mucho más difícil.

Camina conmigo. Pongo una mano en su hombro y lo llevo hacia la Puerta de Batalla. Es bueno dirigir a un hombre en la dirección en la que tenía intención de ir. Desdibuja la línea entre lo que quiere y lo que quieres.

En verdad la Reina Roja me dio un pergamino con la orden. Un garabato apresurado en un trozo de pergamino, realmente. Y para mi vergüenza lo he dejado caer en mi apuro por llegar hasta aquí. Retiré la mano de su hombro y desaté la cadena de oro de mi muñeca, una cosa de fuertes enlaces fijados con un pequeño rubí en ambos cierres. Sería muy vergonzoso para mí tener que volver y admitir la pérdida ante mi abuela. Un amigo entendería este tipo de cosas. Lo vuelvo a dirigir como si mi único deseo fuera que él llegara a su destino con seguridad. La cadena colgando delante de él. Tú eres mi amigo, ¿no es así, Ameral? En lugar de soltar la cadena en un bolsillo de su túnica y arriesgarme a recordarle los escorpiones, la presioné en medio de su palma sudorosa y se arriesgó al darse cuenta que era de cristal rojo y oro niquelado sobre plomo. No había empeñado nada de verdadero valor desde hace mucho tiempo en contra de los intereses de mis deudas.

¿Volverá sobre sus pasos y encontrará ese documento? preguntó Contaph, haciendo una pausa para mirar la cadena en su mano. ¿Y traerlo para el papeleo antes del atardecer?

Ciertamente. Rezumaba sinceridad. Un poco más y sería persuadido por mí.

Es peligroso, este nórdico Contaph asintió con la cabeza como si se convenciera

a sí mismo—. Un pagano con dioses falsos. Me sorprendí, debo admitir, ver “libertad” puesto al lado de su nombre.

Un descuido. Asentí. Ahora corregido delante de nosotros Double parecía estar dedicado a la acalorada conversación a través de la rejilla de visión de la subpuerta de la Puerta de Batalla. Puede dejar salir a los prisioneros le dije. ¡Estamos listos para ellos ahora!

***

Pareces extrañamente contento contigo mismo. Darin entró paseando al Alto Salón, un salón comedor llamado así por su elevación y no por la altura de su techo. Me gusta comer allí por la vista que ofrece, por el complejo del palacio a través de las ventanas, en el gran vestíbulo de la casa de mi padre.

Faisán, trucha en escabeche, huevos de gallina. Hice un gesto a las bandejas de plata delante de mí a lo largo del caballete. ¿Qué no es como para estar satisfechos? Sírvete. Darin es santurrón y excesivamente curioso sobre mis actividades, pero no es el dolor de culo de Martus, así que por no ser Martus llevaría el título de "hermano favorito".

El mayordomo dice que el menaje sigue desapareciendo de la cocina últimamente. Darin tomó un huevo y se sentó en el otro extremo de la mesa con él.

Curioso. Ese sería Jula, nuestro cocinero con vista aguda, contando historias a

Tengo

a algunos pinches ganados. Pronto pondrán fin a eso.

¿Con qué pruebas? Puso sal al huevo y dio un gran bocado.

nuestro mayordomo, aunque cómo tales rumores llegaron a oídos de Darin

¡Maldita sea la evidencia! Condenaré a algunos de los sirvientes, infundiré miedo en un montón de ellos. Eso pondrá fin a esto. Eso es lo que haría la Abuela. Los dedos ligeros deben ser quebrados, diría ella.

Me incliné por la honesta indignación, usando mi propia disconformidad para dar color

a mis reacciones. Ya nada de vender plata de la familia para Jal, entonces… esa línea

de crédito había llegado a su fin. Aun así, tenía al nórdico prudentemente resguardado lejos, en la torre Marsail. Podía ver la torre desde donde estaba sentado, un inclinado

edificio de piedra más antiguo que cualquier parte del palacio, marcado y desfigurado pero tercamente resistiendo los planes de una docena de anteriores reyes para derribarlo. Un anillo de pequeñas ventanas, con gruesos barrotes, corriendo alrededor de su circunferencia como un cinturón. Snorri ver Snagason estaría mirando desde uno

de aquellos pisos en su celda. Les había dicho que le dieran carne roja, cruda y sangrienta. Los luchadores se nutren de la sangre.

Durante mucho tiempo que me quedé mirando la ventana, mirando la torre y el vasto paisaje del cielo detrás de ella, un cielo de blanco y azul, todo en movimiento de modo que la torre parecía moverse y las nubes quedarse quietas, haciendo una nave con toda esa piedra, surcando a través de olas blancas.

¿Qué piensas de todas esas tonterías de esta mañana? pregunté sin esperar respuesta, seguro que Darin estaba por marcharse.

Creo que si la Abuela está preocupada, nosotros también deberíamos estarlo dijo Darin.

¿Una puerta a la muerte? ¿Cadáveres? ¿Nigromancia? Chupé y la carne salió fácilmente del hueso de un faisán. ¿Debo temer a eso? Di golpecitos con el hueso a la mesa, mirando hacia lo lejos por la venta y le sonreí. ¿Van a perseguirme por venganza? Lo hice pensar.

—Ya has oído esos hombres…

¿Alguna vez has visto a un hombre muerto caminar? Olvídate de desiertos lejanos y los desechos de hielo. Aquí en la Marcha Roja, ¿alguien alguna vez ha visto algo así?

Darin se encogió de hombros.

La Abuela dice que por lo menos un no nacido ha entrado en la ciudad. Eso es algo para tomarse en serio.

¿Un qué?

¡Jesu! ¿Realmente no escuchaste ni una palabra de lo que dijo? Ella es la reina, ya sabes. Harías bien en prestar atención de vez en cuando.

¿Un no nacido? El término no hizo sonar ninguna campana. Ni siquiera se acercó al campanario.

Algo que nace de la muerte en lugar de la vida, ¿recuerdas? Darin sacudió su cabeza ante mi mirada en blanco. ¡Olvídalo! Sólo escucha ahora. Padre te espera en su noche de ópera. No llegues tarde, o borracho, o ambos. No pretendas que nadie te lo dijo.

¿Opera? Dios mío, ¿por qué? Eso era lo último que necesitaba. Un grupo de idiotas gordos pintados gimiendo hacia mí desde un escenario durante varias horas.

Sólo ve allí. Se espera que un cardenal financie tales proyectos de vez en cuando. Y cuando lo hace, es mejor que su familia haga acto de presencia o las clases chismosas querrán saber por qué.

Había abierto la boca para protestar cuando recordé que las hermanas DeVeer estarían entre esas clases chismosas. Phenella Maitus también, la recién llegada, y al parecer, hermosísima hija de Ortus Maitus, cuyos bolsillos eran tan profundos que incluso podría valer la pena un contrato de matrimonio para llegar a ellos. Y por supuesto, si pudiera tener el debut de Snorri en los pozos antes de que empezara el espectáculo, entonces era probable que encontrara un sinfín de carteras aristocráticas y mercantiles abiertas en los intermedios de la ópera para apostar en esta emocionante sangre nueva. Si hay algo bueno que decir acerca de la ópera, es que hace que un hombre aprecie mucho más todas las otras formas de entretenimiento. Cerré la boca y asentí. Darin salió, aun comiendo su huevo.

El apetito me había abandonado. Empujé para apartar el plato. Mis ociosos dedos descubrieron mi antiguo relicario bajo los pliegues de mi capa, lo saqué, golpeándolo contra la mesa. Una cosa bastante barata de placa y cristal, que se abrió para revelar el retrato de mi Madre. Lo cerré de golpe otra vez. La última vez que me vio fue cuando tenía siete años; una Fiebre se la llevó. Ellos lo llaman Fiebre. En realidad es sólo una mierda. Te debilita, la fiebre te lleva, mueres apestando. No es la forma en que se supone que una princesa debe morir, o una madre. Deslicé el medallón lejos sin abrir. Mejor que me recuerde de siete y no como soy ahora.

***

Antes de abandonar el palacio recogí a mi escolta, los dos viejos guardias asignados a la tarea de preservar mi pellejo real, por la generosidad de mi padre. Con la pareja a cuestas giré al Salón Rojo y reuní a un puñado de mis camaradas habituales. Roust y Lon Greyjar, primos del Príncipe Arrow, enviados para "relaciones próximas," que parecían dispuestos a comerse toda nuestra mejor comida y perseguir a las doncellas. También Omar, séptimo hijo del Califa de Liba y un buen hombre para los juegos de azar. Lo había conocido durante mi breve e ignominioso hechizo en el Mathema, y ¡él había persuadido al Califa para que lo enviara al continente para ampliar su educación! Con Omar y los Greyjar me dirigí hasta la zona de huéspedes, ese ala del Palacio Interior donde se alojaban los más importantes dignatarios y donde el padre de Barras Jon, el Embajador de la corte de Vyene, mantenía un conjunto de habitaciones. Mandamos a un sirviente a buscar a Barras y vino bastante elegante, con Rollas, su compañero guardaespaldas, a la zaga.

¡Qué noche tan perfecta para emborracharse! Barras me saludó mientras bajaba las escaleras. Siempre decía que era una noche perfecta para emborracharse.

¡Para eso necesitaríamos vino! Extendí las manos.

Barras se hizo a un lado para revelar a Rollas detrás de él, llevando una gran botella.

Grandes acontecimientos hoy en la corte.

Una reunión del clan le dije. Barras nunca dejaba de sonsacar noticias de la corte. Tenía el presentimiento de que la mitad de su asignación dependía de conseguir chismes para su padre.

¿Lady Blue jugando sus juegos de nuevo? Arrojó un brazo alrededor de mis hombros y me condujo hacia la Puerta Común. Con Barras todo era un complot de nación contra nación, o peor aún, una conspiración para socavar la paz que quedaba en el Imperio Caído.

Maldita sea, si lo sé Ahora que lo mencionaba, hubo una charla de Lady Blue. Barras siempre insistió en que mi abuela y esta supuesta hechicera estaban peleando su propia guerra privada y había sido durante décadas; si es cierto, entonces, en mi opinión era una excusa pobre ya que había visto muy pocas señales de ella. Los cuentos sobre Lady Blue parecían tan dudosos como aquellos sobre el puñado de los supuestos magos que parecían perseguir a las cortes occidentales. Kelem, Corion, y media docena de otros: charlatanes muchos de ellos. Sólo la existencia de la Hermana Silenciosa de la

amiga azul revoloteaba de una corte de Teuton a la siguiente. Probablemente para este

Abuela prestaba alguna credibilidad a los rumores

Lo último que oí fue que nuestra

momento ya ha sido colgada por bruja.

Barras gruñó.

Esperemos que sí. Esperemos que no esté de vuelta con los Scorron causando esa pequeña guerra otra vez.

Podría estar acuerdo con él en eso. El padre de Barras negoció la paz y la trató como si fuera su segundo hijo. Preferiría que un pariente cercano viniera a perjudicar ese acuerdo de paz en particular. Nada me induciría de nuevo para combatir en a las montañas contra los el Scorrons.

Dejamos el Palacio por la Puerta de la Victoria de buen humor, pasando nuestra botella de Wennith rojo entre nosotros mientras que explicaba las virtudes de cortejar hermanas.

Cuando entremos a la Plaza de los Héroes el vino se convirtió en vinagre en mi boca. Me estaba ahogando y se me cayó la botella.

¡Allí! ¿La ves? Tosiendo, y limpiándome las lágrimas de los ojos, me olvidé de mi propia regla y señalé a la mujer ciega. Se puso en la base de una gran estatua, la Última Steward, sombría en su trono mezquino.

¡Espera! Roust me golpeó entre los hombros.

¿Ver a quién? preguntó Omar, mirando hacia donde señalaba. Vestida con harapos, podría pasar por nada más que un arbusto muerto si la mirabas otra vez. Tal vez eso fue lo que Omar vio.

¡Casi pierdo esto! Barras había recuperado la botella, segura en su cubierta de caña. ¡Ven con Papá! Te voy a estar cuidando de ahora en adelante, pequeña! Y la acunó como si fuera un bebé.

Ninguno de ellos la vio. Ella me observó un momento más, sus ojos ciegos quemándome, entonces se dio la vuelta y se alejó entre la multitud fluyendo hacia el Mercado Trent. Empujado por los demás, caminé, atormentado por los viejos miedos.

Nos acercamos a los Agujeros de Sangre temprano por la tarde, yo sudando y nervioso,

y no sólo por el calor fuera de temporada o el hecho de que mi futuro financiero estaba

a punto de caer sobre dos hombros muy anchos. La Hermana Silenciosa siempre me inquietó, y hoy había visto por completo demasiado de ella. Seguí mirando alrededor, casi esperando verla otra vez a lo largo de las calles atestadas de gente.

¡Vamos a ver a este monstruo tuyo! Lon Greyjar me golpeó con una mano el hombro, sacudiéndome de mis recuerdos y alertándome sobre el hecho de que habíamos llegado a los Agujeros de Sangre. Le sonreí y me prometí que exprimiría al cabrón hasta su última corona. Tenía una manera molesta, Lon también, muy sociable, demasiado dispuesto a poner sus manos sobre ti, siempre cortando cualquier distancia como si dudara de todo, incluso de las botas que en las que estabas de pie. Muy bien, miento mucho, pero eso no significa que los primos de algún menor principito puedan tomarse libertades.

Hice una pausa antes de dirigirme a las puertas y di un paso atrás, echando una mirada

a lo largo de las paredes externas. El lugar había sido un matadero, aunque uno grande, como si el rey de aquellos tiempos hubiera querido que incluso su ganado fuera asesinado en edificios que avergonzarían a las casas de sus rivales con coronas de cobre.

En la única otra ocasión que había visto a la mujer ciega, fuera de la sala del trono, ella había estado en la Calle de Clavos cerca de una de las mansiones más grandes hacia el extremo occidental. Salía de un baile de salón de algún embajador con una atractiva joven, tenía mi rostro abofeteado por mis esfuerzos y se estaba enfriando, mirando la calle antes de volver a entrar. Había estado moviendo uno de mis dientes para comprobar que la maldita chica no lo hubiera soltado cuando vi a la Hermana Silenciosa a través de la amplitud de la calle. Se quedó allí, más audaz que el bronce, con una cubeta en la mano blanca y una brocha de crin de caballo en la otra, pintando símbolos en las paredes de la mansión. No en las paredes del jardín frente a la calle, pero si en las paredes del propio edificio, aparentemente inadvertido por el guardia o el perro. La observé, con la noche cada vez más fría como si un viento la recorriera, dejando que todo el calor se desvaneciera. No mostraba señales de prisa, pintando un símbolo, pasando al siguiente. Bajo la luz de la luna parecía como si pintara con sangre, grandes pinceladas oscuras, cada una derramando innumerables gotas, que se unían para hacer los sellos que parecían torcer la noche alrededor de ellos. Estaba rodeando el edificio, lanzando un lazo sobre él, paciente, con lentitud, implacable. Entonces corrí dentro, con mucho más miedo de esa mujer y su cubeta de sangre que de la joven Condesa Loren, con su mano rápida, y cualquiera de sus hermanos que podrían ponerse sobre mí para defender su honor. La alegría de la noche se había ido, sin embargo, y me fui a casa bastante rápido.

Un día después, oí el informe de un terrible incendio en la Calle de Clavos. Una casa quemada hasta las cenizas sin un solo superviviente. Incluso hoy en día el sitio se encuentra vacío, sin nadie dispuesto a construir allí otra vez.

Las paredes de los Agujeros de Sangre afortunadamente estaban libres de cualquier decoración, salvo quizás los nombres rayados de los amantes temporales aquí y allá donde un contrafuerte proporcionaba refugio para tal trabajo. Me maldije por tonto y me dirigí a través de las puertas.

Los hermanos Terrif que dirigían los Agujeros de Sangre habían enviado un carro para recoger a Snorri desde Marsail más temprano este día. Había sido exigente en el mensaje que envié, advirtiéndoles, de tener considerable cuidado con el hombre y la garantía, demandando mil coronas de oro si fallaban al asegurar su presencia en el pozo Crimson para el primer combate.

Flanqueado por mi séquito me dirigí dentro de los Agujeros de Sangre, inmediatamente envuelto en el sudor, humo, peste y estruendo del lugar. Maldita sea, pero me encantaba así. Nobles vestidos de seda paseaban alrededor de la pista de combate, cada uno una isla de color y sofisticación, presionados de cerca por compañeros, luego de un halo de

andrajosos aduladores, vendedores ambulantes, hombres-cerveza, hombres-amapola y desvergonzados, y en la periferia, pilluelos listos para escabullirse entre un caballero y otro llevando mensajes por boca o por mano. Los tomadores de apuestas, cada uno sancionado y aprobado por los Terrifs, se situaron en sus puestos alrededor del borde de la sala, las probabilidades enumeradas en tiza, chicos listos para recoger o entregar a la carrera.

Los cuatro principales pozos yacían en los vértices de un gran diamante, de baldosas rojas en el suelo. Escarlata, Marrón, Ocre, y Carmesí. Todos semejantes, de seis metros de profundidad, seis metros de ancho, pero con el Carmesí primero entre iguales. La nobleza pasaba entre estos y los pozos menores, mirando hacia abajo, discutiendo acerca de los combatientes de la demostración, las posibilidades que ofrecen. Una barandilla de madera robusta rodeaba cada pozo, colocada como un delantal de madera superpuesto a la piedra, alcanzando un metro por debajo de la hendidura. Me abrí camino hasta el Carmesí y me incline, la barandilla contra mi estómago con fuerza. Snorri ver Snagason frunció el ceño hacia mí.

¡Carne fresca aquí! Levanté la mano, todavía mirando a mi boleto de comida. ¿Quién quiere un trozo?

Dos pequeñas manos oliva se deslizaron hacia fuera sobre la barandilla junto a mí.

Creo que yo. Siento que me debes un trozo, o dos, Príncipe Jalan.

Oh demonios.

Maeres, qué bueno verte Para darme crédito oculté el terror ciego de mi respuesta y no me embarré a mí mismo. Maeres Allus tenía una voz tranquila y razonable como la que un escribano o tutor deben tener. El hecho de que le gustara ver cuando sus cobradores cortan los labios de un hombre, convertía ese tono razonable del confort al horror.

Es un hombre grande dijo Maeres.

Sí. Miré violentamente alrededor hacia mis amigos. Todos ellos, incluso los dos viejos veteranos escogidos especialmente por mi padre para protegerme, se habían escabullido hacia Umber sin decir nada, dejando a Maeres Allus deslizarse junto a mí sin previo aviso. Sólo Omar tenía la decencia de parecer culpable.

¿Cómo le iría contra el hombre de Lord Gren, Norras? ¿Qué piensas? preguntó Maeres.

Norras era un pugilista experto, pero pensé que sería Snorri quien golpearía al hombre. Podía ver al luchador de Gren, de pie detrás de la puerta de barrotes opuesta a las que había llegado Snorri.

¿No deberíamos preparar la lucha? ¿Tener listas las probabilidades? Le lancé una mirada a Barras Jon y lo llamé¿Norras contra mi carne fresca? ¿Qué números hay?

Maeres puso una mano suave en mi brazo.

Tiempo suficiente para apostar cuando el hombre haya sido probado, ¿no?

—P… pero él podría llegar a causar daño —dije con nerviosismo. Planeo hacer buen dinero aquí, Maeres, te pagaré con intereses. Me dolía el dedo. El que Maeres me había roto cuando me quedé corto hacía dos meses.

Me convenciste dijo. Eso será de mi interés. Cubriré las pérdidas. Un hombre

como él

Entonces vi su juego. Trescientos era sólo la mitad de lo que le debía. Significaba que el bastardo quería ver morir a Snorri y mantener al príncipe real con su correa. Sin embargo, no parecía haber un camino más allá de eso. No se discute con Maeres Allus, ciertamente no en el salón de lucha de sus primos y debiéndole la mayor parte de mil en oro. Maeres sabía hasta dónde podía empujarme, príncipe menor o no. Había visto más allá de mis bravuconerías a lo que yace debajo. No llegas a dirigir una organización como la de Maeres sin ser bueno juzgando a los hombres.

¿Apuestas trescientos si no está en condiciones para luchar los combates esta noche? Podría deslizarme de regreso después de la ridícula ópera de mi Padre e invertir en las peleas serias. La maniobra de esta tarde sólo había tenido la intención de estimular el apetito y despertar interés.

Maeres no respondió, sólo aplaudió con sus suaves manos y tenía a los guardias levantando la puerta opuesta del pozo. Al sonido de reja de hierro en la piedra y las cadenas con trinquete a través de sus bastidores, las multitudes vinieron hasta la barandilla, atraídas por el tirón del pozo.

¡Es enorme!

¡Un chico guapo!

Norras lo hará feo.

Sabe lo que hace, Norras.

El fornido Teuton salió del arco, girando su cabeza calva sobre el cuello grueso.

podría valer 300 coronas.

Sólo puños, nórdico dijo en voz alta Maeres. La única salida de ése pozo para ti es seguir las reglas.

Norras levantó ambas manos y las apretó en puños como para instruir al bárbaro. Acortó la distancia entre ellos, rápidamente en sus pies, sacudiendo la cabeza en movimientos marcados hacia delante y atrás, destinados a engañar al ojo y tentar un golpe equivocado. Parecía más bien como un pollo para mí, moviendo su cabeza, con los puños en la cara, y los codos hacia fuera como pequeñas alitas. Una gran gallina musculosa.

Snorri claramente tenía el alcance, pero Norras llegó rápido. Agachó la cabeza, así Norras recibiría golpes en el cráneo. Eso es lo que iba a decir. Había visto antes a hombres herirse las manos con la cabeza gruesa y huesuda de Teuton. No tuve tiempo para dejar salir las palabras. Norras lanzó un puñetazo y Snorri lo atrapó con la palma de la mano, cerrando los dedos para atraparlo. Tiró de Norras hacia adelante, dando un puñetazo con su otro brazo, apartando a un lado el golpe salvaje de la izquierda del Teuton con el codo. El puño enorme del nórdico golpeó el rostro de Norras, los nudillos impactando desde la barbilla a la nariz. El hombre voló hacia atrás un metro o más, golpeando el suelo con un golpe deshuesado, sangre salpicando su cara, mezclada con dientes y suciedad de su hocico aplastado.

Un momento de silencio, y luego un rugido que hirió mis oídos. Mitad placer, mitad indignación. Pergaminos de apuestas volando, monedas cambiando de manos, todas las apuestas informales hechas en el momento.

Un espécimen impresionante dijo Maeres sin pasión. Observó mientras dos sirvientes arrastraban a Norras lejos por la válvula de salida de la cámara doble. Snorri les dejó hacer su trabajo. Pude ver que había calculado sus probabilidades de escapar y las encontró nulas. La segunda puerta de hierro podía elevarse solamente desde el exterior y sólo cuando la primera ya había bajado.

Enviar a Ootana. Maeres nunca levantaba la voz, pero siempre se escucha en medio del estruendo. Me ofreció una leve sonrisa.

¡No! estrangulado por mi indignación, recordando que había visto a los hombres sin labios incluso en el Palacio. Maeres Allus tenía un brazo largo. Maeres, mi amigo, ¿estás hablando en serio? Ootana era un especialista, con innumerables accesos a cuchillos dentados en su cinturón. Él ya había descuartizado a media docena de hombres este año. ¡Al menos deja a mi luchador entrenar con el cuchillo de gancho un par de semanas! Él es del hielo. Si no es un hacha no lo entienden traté

con humor, pero Ootana ya estaba esperado detrás de la puerta, un diablo suelto desde el extremo más lejano de África.

Peleen. Maeres levantó la mano.

—Pero… —A Snorri ni siquiera le habían dado su arma. Era un asesinato, puro y simple. Una lección pública para poner con firmeza a un príncipe en su lugar. ¡Aunque al público ni siquiera tenía que gustarle! Los abucheos resonaron cuando Ootana entró en el pozo, su espada enganchada descuidadamente a un lado. Los nobles abuchearon como si estuviéramos viendo a titiriteros en la Plaza. Ellos podrían silbar otra vez esta noche con la misma pasión si la ópera de mi padre contenía un grupo de villanos.

Snorri levantó la mirada hacia nosotros. Juro que estaba sonriendo.

¿No hay reglas ahora?

Ootana comenzó un lento avance, pasando el cuchillo de una mano a otra. Snorri extendió sus brazos, no totalmente, pero suficiente como para hacer que un hombre ancho aún más ancho en ese espacio reducido, y con un rugido que ahogó las voces de muchas voces arriba, cargado. Ootana se movió a un lado, con la intención de cortar y esquivar limpiamente, pero el nórdico llegó demasiado rápido, desvió para compensar, y alcanzó con los brazos cada vez al africano. Al final Ootana no podía hacer nada más que intentar el golpe mortal; nada más lo salvaría de la garra de Snorri. El intercambio se perdió en la colisión. Snorri había golpeado al hombre, conduciéndolo hacia atrás un metro y estrellándolo contra la pared del pozo. Se mantuvo así durante un latido tal vez una palabra pasó entre ellosluego se alejó. Ootana se deslizó a un montón arrugado en la base de la pared, fragmentos blancos de hueso mostrándose a través de la piel oscura, en la parte posterior de su cabeza.

Snorri se dirigió hacia nosotros, me lanzó una mirada ilegible, y luego miró hacia abajo para inspeccionar el cuchillo-gancho atravesando su mano, la empuñadura fuerte contra la palma de su mano. El sacrificio que había hecho para evitar la hoja en su garganta.

El Oso dijo Maeres en voz más baja que nunca entre el ruido de la multitud en erupción. Yo nunca lo había visto enojado, pocos hombres lo habían visto, pero pude verlo ahora en la delgadez de sus labios y la palidez de su piel.

¿El Oso? ¡Por qué no dispararle con ballestas desde la barandilla y listo! Había visto al oso una vez en los Agujeros de Sangre, una bestia negra de los bosques occidentales. Lo pusieron contra un hombre de Conaught con una lanza y red. No era más grande que él, pero la lanza sólo lo hizo enojar y cuando lo acorraló todo había

terminado. No importa cuánto músculo tenga un hombre, la fuerza de un oso es una cosa diferente y hace que cualquier guerrero parezca débil como un niño.

Les tomó un tiempo preparar al oso. Esto claramente no había sido parte del plan que involucraba a Norras y Ootana. Snorri simplemente se quedó de pie donde estaba, sosteniendo su mano herida por encima de la cabeza y agarrando la muñeca con la otra. Dejó el gancho-cuchillo donde estaba, incrustado en su palma.

La furia de la multitud que había demostrado a la entrada de Ootana estalló a nuevas alturas cuando el oso se acercó a la puerta, pero la risa en pleno auge de Snorri los silenció.

¿Llaman a eso un oso? Bajó los brazos y se golpeó el pecho. Yo soy de Undoreth, de los Hijos de Hammer. La sangre de Odín corre por nuestras venas. ¡Nacidos de la Tormenta! Señaló hacia Maeres con su mano traspasada, goteando carmesí, sabiendo que él era su torturador. Yo soy Snorri, Hijo de Axe. ¡He luchado contra los trolls! Tienes un oso más grande. Lo he visto en las celdas. Envía a ese.

¡El Oso más grande! gritó Roust Greyjar detrás de mí, y su hermano tonto tomó

el canto. ¡Oso Grande! En cuestión de segundo todos estaban aullando y el antiguo

matadero vibraba con la demanda.

Maeres no dijo nada, sólo asintió con la cabeza.

¡El Oso más grande! La multitud rugió una y otra vez hasta que por fin llegó el gigantesco oso que los dejó asombrados y en silencio.

No podría decir dónde había conseguido la bestia Maeres, pero debió costarle una fortuna. La criatura era simplemente la cosa más grande que jamás había visto. Eclipsando a los osos negros de los bosques de Teuton, rebasando incluso a los osos entrecanos de más allá de las tierras de Slav. Incluso encorvado detrás de la puerta en su piel grisácea, se puso de pie y medía más de tres metros, puro músculo y grasa debajo de la piel. La multitud respiró hondo y aulló de placer y horror, extasiados ante

la perspectiva de la muerte y sangre derramada, indignados por la injusticia de la

muerte venidera.

A medida que la puerta se levantaba, el oso gruñía y se ponía a cuatro patas detrás de

él, Snorri tomó el cuchillo-gancho y tiró de él liberándolo, haciendo un curioso giro con la hoja en el último momento, necesario para evitar que la herida se volviera más

grande. Cerró su mano lastimada en un puño escarlata y tomó la hoja por encima de la cabeza con la otra.

El oso, claramente una raza ártica, entró sin prisas en cuatro patas, balanceando la cabeza de lado a lado en grandes barridos, perfilando el hedor de los hombres y la sangre. Snorri fue a la carga, estampando sus grandes pies, con los brazos abiertos, rugiendo ese desafío ensordecedor propio de él. Se detuvo en seco pero fue lo suficiente como para hacer que el oso se levantara sobre sus patas traseras, devolviendo el desafío con un gruñido que casi me hace mearme, incluso detrás de la seguridad la barandilla. El oso con tres metros de altura, con sus patas delanteras levantadas, sus garras negras más largas que dedos. El cuchillo de Snorri, carmesí por su propia sangre, parecía una pequeña cosa que daba pena. Que apenas podría penetrar la grasa del oso. Se necesitaría una espada larga para alcanzar sus entrañas.

El nórdico gritó una maldición en su lengua pagana, extendiendo la mano herida, manteniéndola abierta, salpicando sangre sobre el pecho del oso, un patrón de color rojo sobre el fondo blanco.

¡Qué locura! incluso yo sabía que no le debes dejar ver a algo salvaje que estás herido.

El oso, más curioso que enfurecido, se agachó, inclinándose para oler y lamer su pelaje ensangrentado. Y en ese instante Snorri arremetió contra él. Por un momento me pregunté si realmente podría matar a esa cosa. Si por algún milagro de guerra podría conducir la hoja justo a su columna mientras tenía la cabeza agachada. Todos nosotros lanzamos una exhalación. Snorri saltó. Puso su mano herida en la parte superior de la cabeza del oso, como un vaso de corte saltó sobre sus hombros, en cuclillas. Rugiendo de indignación, el oso se irguió, buscando la molestia, levantándose hasta su altura máxima como si Snorri fuera un niño y el oso su padre cargándolo en su espalda. A medida que el oso se enderezaba, Snorri también se enderezaba, saltando hacia arriba con su empuje combinado, alzando el cuchillo con la mano. Condujo la hoja a unos 6 metros por encima del borde del barandal de madera del pozo. Se impulsó, alcanzó, giró, y en unos segundos estaba entre nosotros.

Snorri ver Snagason surgió a través de la multitud de alcurnia, pisoteando a hombres adultos bajo sus pies. En algún lugar en esos primeros pasos encontró un cuchillo nuevo. Dejó un rastro de ciudadanos aplastados y sangrantes, usando su hoja sólo tres veces cuando miembros del equipo del pozo Terrif hicieron esfuerzos fervientes para detenerlo. Los dejó destripados, con la cabeza casi arrancada. Salió a la calle antes de que la mitad de la gente supiera lo que había pasado.

Me incliné sobre el borde. El pasillo era un caos; en todas partes los hombres fueron encontrando su coraje y empezaban a dar caza a su presa que se había ido. El oso había

vuelto a olfatear el suelo del pozo, lamiendo la sangre de las losas, la huella roja de la mano de Snorri marcada en la parte posterior de su cabeza.

Maeres había desaparecido. Tenía la costumbre de ir y venir. Me encogí de hombros. El nórdico era demasiado peligroso para retenerlo. Habría sido la causa de mi muerte, de una forma u otra. Al menos así podría pagar trecientas coronas de mi deuda con Maeres Allus. Eso lo mantendría lejos de mis espaldas por unos buenos tres meses, tal vez seis. Y muchas cosas pueden pasar en seis meses. Seis meses es una eternidad.

Capítulo 5

¡Ópera! No hay nada como eso. Excepto los jabalíes en celo.

Lo único bueno de la interminable ópera de Padre era el lugar, un fino edificio con cúpula construido en el este del barrio de Vermillion donde la preponderancia de los banqueros de Florentino y los mercaderes de Milano daban a la ciudad un toque muy diferente. Durante la primera hora miré a las ninfas desnudas jugueteando a lo largo de la cúpula, pintadas de modo que la superficie curvada las presentara sin ninguna distorsión. Por mucho que admiraba el ojo de los artistas por el detalle, encontraba la escena frecuentemente interrumpida por recuerdos de imágenes provenientes de los Agujeros de Sangre. Snorri derrotando a Norras con lo que debió de haber sido un golpe mortal. Ootana cayendo hacia adelante desde la pared del pozo, la parte posterior de su cabeza fracturada abierta. Ese salto. ¡Ese espectacular, imposible y loco salto! En el escenario, un soprano subiendo a través de un aria mientras volvía a ver al nórdico lanzándose hacia su libertad.

En el intermedio busqué caras familiares. Llegué tarde al espectáculo y me deslicé ruidosamente a un asiento, bloqueando la vista de los demás. En la tenue luz y separado de mis compañeros más puntuales, tuve que conformarme con sentarme entre extraños. Ahora bajo las luces del vestíbulo y tomando copas de vino de cada bandeja que pasaba, encontraba que a pesar de las terribles advertencias de mi hermano Darin, la noche de apertura contaba sorprendentemente con muy poca asistencia. Parecía que hasta el mismo Padre había fallado en llegar. Está enfermo, dijeron los chismosos. Él nunca fue un amante de la música, pero las arcas del vaticano financiaron su tontería de ángeles

y demonios clamando unos contra otros, hombres gordos sofocados de calor bajo las

alas de cera y plumas mientras cantaban a coro. Lo menos que su representante local podía hacer era asistir y sufrir con el resto de nosotros. Maldita sea, ni siquiera pude ubicar a Martus, o al maldito Darin.

Empujé a un hombre con una máscara de esmalte blanco, como si estuviera yendo hacia una mascarada en lugar de a una ópera. O al menos intenté empujarlo, fallé y reboté en él como si estuviera hecho de metal. Me giré, frotándome el hombro.

Algo en los ojos que miraban desde esas ranuras me dejaron en un baño de miedo frío

a cualquier cosa que tuviera que reclamarle. Dejé que la multitud de personas nos

separaran. ¿Había sido siquiera un hombre? Lo ojos me poseyeron. El iris blanco, la

pupila gris. El hombro me dolía, como si una infección se comiera el hueso… No Nacido. Darin había dicho algo acerca de un no nacido en la ciudad

¡Príncipe Jalan! Ameral Contaph me saludó con una familiaridad irritante, hinchado en una ropa elegante ridícula, comprada sin duda sólo para esta ocasión. Deben de estar desesperados por llenar los asientos si los aduladores de Contaph fueron invitados al estreno─. ¡Príncipe Jalan!

De alguna forma el flujo de la multitud nos separó lo bastante lejos y yo fingí no verlo. El tipo probablemente estaba buscándome por el papeleo inventado sobre Snorri. Peor aún, tal vez ya hubiera escuchado que el nórdico estaba corriendo frenético por las calles de Vermillion…o tal vez habría arrancado el baño de oro de mi regalo. ¡De cualquier forma, ninguna de las razones por las cuales él probablemente quería hablar conmigo, parecían ser razones por las que yo quisiera hablar con él! Me giré rápidamente y me encontré cara a cara con Alain DeVeer, usando una inapropiada venda alrededor de su cabeza y flanqueado por dos altos y feos hombres en apretadas capas de ópera.

¡Jalan! Alain se estiró hacia mí, alcanzando sólo un poco de mi exquisitamente ajustada capa. Encogí los hombros quitándome la prenda y se la dejé, mientras corrí por las escaleras, tejiendo un peligroso camino alrededor de viudas con diamantes en su cabello y lords huraños y viejos bebiendo vino, con la triste determinación de un hombre deseando apagar sus sentidos.

Soy de pies ligeros, pero probablemente es mi total indiferencia por la seguridad de otras personas es lo que me permite abrirme un considerable espacio rápidamente.

Hay letrinas colectivas detrás del teatro. Para el hombre, una docena de asientos abiertos sobre agua fluyendo en canales que se vierten en el callejón de atrás. El agua corre desde un tanque largo ubicado en el techo. Una pequeña banda de niños pobres pasan todo el día llenándolo con cubetas; una actividad que tuve la oportunidad de notar cuando usé uno de los camerinos del elenco para una asignación con la Duquesa Sansera una temporada anterior. Yo estaba esforzándome diligentemente, como lo hace un tipo con una mujer en sus últimos años de vida e incrementando su fortuna, esperando a aprovecharse de un préstamo, pero cada vez que parecía que estábamos llegando a algo, un pequeño niño deambulaba pasando por la puerta, derramando agua de las pesadas cubetas. Me desconcentraba. Y la desgraciada vieja no me prestó más que un penique de plata.

A pesar de todo, la tarde Dinero-Cubetas con la Duquesa no fue una total pérdida. Antes de que le permitiera sacarme de allí con un beso mojado y un apretón de mi

trasero, perseguí a tantos niños sucios como pude y pateé algunos traseros. Es cierto que mis enemigos me sobrepasan en número, pero después de todo, soy el héroe del Paso de Aral, y algunas veces, cuando el Príncipe Jalan Kendeth está encendido de furia es mejor huir, sin importar la edad. Si tienes ocho.

Había encontrado tres de los pequeños bastardos arrinconados en el pequeño cuarto trastero, donde las cubetas son almacenadas entre muchas escobas y trapos. Y esa fue

la recompensa; otro escondite para agregar a mi lista.

Corriendo a lo largo del mismo pasillo ahora, con Alain y amigos a una esquina o dos detrás de mí, me detuve en seco, agarré la puerta abierta del armario y me zambullí en

él. La cuestión de cerrar puertas detrás de ti es hacerlo rápido pero en silencio. Eso resultó ser un desafío mientras trataba de desenredarme de los palos de las escobas en

la oscuridad, sin balancear las torres de cubetas cayéndose alrededor de mí. Segundos

después, cuando Alain y sus amigos bajaron el pasillo, el héroe del Paso de Aral estaba

agachado entre los trapos agarrándose la boca para reprimir un estornudo.

Me las arreglé para retener el estornudo casi lo suficiente, pero ningún hombre puede estar en control total de su cuerpo, y a veces hay cosas imparables, como le dije a la Duquesa Sansera cuando ella expresó su decepción.

¡Achuu!

Las pisadas, debilitadas al borde del sonido, se detuvieron.

¿Qué fue eso? La voz de Alain, distante pero no lo suficiente.

Los cobardes se dividieron en dos grupos grandes. Aquellos paralizados por el miedo,

y aquellos motivados por él. Afortunadamente yo pertenezco al último grupo y salí corriendo de ese armario como un…bueno, como un príncipe pervertido esperando escapar de una paliza.

Siempre he hecho un estudio cuidadoso de las ventanas, y las más accesibles en el teatro estaban en las antes mencionadas letrinas colectivas, necesitadas por obvias razones. Bajé el corredor, giré, tomé la curva, y me zambullí en la fétida penumbra de las letrinas para hombres. Un viejo caballero se había quedado allí con una botella de vino, sintiendo claramente que respirar en una olorosa cloaca era preferible a un asiento más cerca del escenario. Lo pasé corriendo, escalé sobre la parte de atrás del trono, y traté de meter mi cabeza entre las cortinas. Normalmente estaban entreabiertas para ofrecer suficiente ventilación para prevenir que el lugar explotara si algún inmaduro y sobrealimentado lord se pedorreaba. Hoy, como todo lo demás desde que me levanté, parecía estar en contra mía y permanecían firmemente cerradas. Las agité fuertemente. No estaban aseguradas y no tenía sentido que lo estuvieran. El miedo prestó fuerza a

mi brazo y cuando las malditas cosas no abrieron, rompí los vidrios antes de meter la

cabeza.

Por medio segundo solo me quedé tirado con ese suave y ligeramente menos fétido aire

en la cara. ¡Salvación! Hay algo casi orgásmico en escaparse de un montón de

problemas, ganando libertad y burlándose al respecto. Tal vez mañana ese mismo problema te estará esperando a la vuelta de la esquina, pero hoy, justo ahora, ha sido

vencido, ha quedado en el polvo. Los cobardes, sobrecargados con imaginación como

nosotros, prestamos más atención al futuro, preocupándonos por que vendrá después,

así

que cuando la rara oportunidad de vivir el momento se presenta, la agarro con todas

las

manos que tengo libres.

En

el medio segundo siguiente me doy cuenta de que estamos en el tercer piso y la

caída hacia la calle de abajo parece que, probablemente, me lastimará más gravemente

de lo que Alain y sus amigos se atreverían. Quizá debería levantarme, enfrentarlo y

recordarle a Alain del padre de quién era esta maldita ópera, y cuya abuela sucede que está calentando el trono. Ni una parte de mí quería apostar por el sentido común de sopesar la ira de Alain, pero una rotura de tobillo por una caída en el callejón donde descargan la mierda… tampoco me atraía mucho.

Y después la vi. Una andrajosa figura en el callejón, doblada por una carga. ¿Un cubo? Por un ridículo momento pensé que era otro de esos niños pequeños arrastrando agua

del

tanque. Una pálida mano levantó una brocha; la luz de la luna brilló en lo que goteó

de

esta.

Jalan Kendeth, escondido en las letrinas. Qué apropiado. Alain DeVeer, estrellando la puerta detrás de mí. No giré la cabeza ni una fracción. Si no me hubiera hecho cargo de unos asuntos al inicio del intermedio, hubiera llenado rápidamente la letrina donde estaba parado a través de las dos piernas del pantalón. La figura en el

callejón miró hacia arriba y un ojo atrapó los rayos de la luna, brillando perlada en la oscuridad. Mi hombro me dolió con un repentino recuerdo de la figura enmascarada con la que choqué dentro. Una certeza me llegó desde la garganta. Ese no había sido

un hombre. No había nada humano en esa mirada. Afuera, la mujer ciega de un ojo

pintó sus runas letales, y dentro, entre los lords y las damas, el infierno caminó con nosotros.

Yo habría corrido sin pensarlo hacia una docena de Alain DeVeers para escapar de la Hermana Silenciosa. Demonios, hubiera aplastado a Maeres Allus para poner un poco

de espacio entre esa vieja bruja y yo. Hubiera puesto el pie en su ingle y le hubiera

dicho que lo añadiera a la cuenta. Me hubiera encargado de Alain y sus dos amigos si

no hubiera sido por el recuerdo de un incendio en la Calle de Clavos. Las paredes

ardieron por sí solas. No había quedado nada más que finas cenizas. Nadie salió. Ni una persona. Y ha habido otros cuatro incendios como ese a lo largo de la ciudad. Cuatro en cinco años.

¡Oh, Jalan! Alain prolongó la a, haciéndola sonar como una canción burlona. ¡Jaaaalan! Realmente no tomó muy bien lo de aquel jarrón roto sobre su cabeza.

Me introduje más allá a través de la persiana rota, metiendo a presión ambos hombros en el hueco y separando más vidrios. Alguna clase de red se extendió a lo largo de mi cara. ¿Por qué justo ahora necesitaba una gran araña en mi cabeza? Una vez más los dioses del destino estaban cagándose en mí desde lo alto. Miré a la izquierda. Símbolos negros cubrían la pared, cada uno parecía como un insecto horroroso y perverso atrapado en sus lechos de muerte. A la derecha, más de ellos, extendiéndose desde donde la mujer ciega de un ojo había regresado a su trabajo. Parecían haber crecido a lo largo de los lados del edificio, como enredaderas…o trepando. No había forma de que pudiera llegar tan alto. Plantó sus horribles semillas mientras rodeaba el edificio, pintando un lazo de símbolos, y por cada uno crecían más, y más, elevándose hasta que el lazo se convirtió en una red.

¡Hey! El alardeo de Alain se convirtió en irritación al ser ignorado.

Tenemos que salir de aquí. Me liberé y miré atrás a los tres en el camino hacia la puerta, el hombre viejo agarrando su vino mirándolos, desconcertado. No hay tiempo…

Bájenlo de ahí. Alain agitó su cabeza en señal de disgusto.

La caída a la calle había sido eliminada del primer puesto de la lista de las cosas más aterradoras, donde se había situado justo encima de Alain y sus amigos. Las escrituras en la pared inmediatamente sacaron todas las otras cosas fuera de la lista y me metí en las letrinas. Atoré ambos brazos a través del agujero que había hecho y me lancé fuera. Brinqué unos cuantos pies y me detuve sobre el astillado marco de una contraventana. Algo oscuro y muy frío se extendió a lo largo de mi cara nuevamente, sintiendo algo muy parecido a una red tejida por la araña más fuerte del mundo. Los hilos de esto me cerraron el ojo izquierdo y se opusieron a cualquier futuro avance.

¡Rápido!

¡Agárrenlo!

Corrí tan pronto como Alain dio la orden. Soy muy bueno cuando se trata de escabullirse de las cosas, pero mi situación actual ofrecía pocas opciones. Agarré el alféizar de la ventana con las dos manos y traté de impulsarme más allá, logrando una

delantera de unos cuantos centímetros y una chaqueta rota. La cosa negra sobre mi cara tiraba aún más fuerte, presionando mi cabeza hacia atrás y amenazando con tirarme de vuelta al cuarto si disminuía mi agarre, aunque fuera un poco.

Ahora, la naturaleza podrá haberme regalado un muy físico decente pero trato de evitar cualquier actividad extenuante, al menos cuando estoy vestido, y no reclamo de ninguna gran fuerza. Sin embargo, el terror puro tiene un efecto sorprendente en mí y habría sabido lanzar objetos extraordinariamente pesados si se interpusieran entre una rápida huida y yo.

Anticipar la llegada de la mano de Alain DeVeer agitando mi espinilla ocasionó el nivel exacto de terror. No era el pensamiento de ser arrastrado dentro otra vez y que me dieran una buena paliza lo que me preocupaba; aunque normalmente lo haría…muchísimo. Era la idea de que mientras ellos estuvieran golpeándome, y mientras el pobre Jalan estuviera rodando agarrando sus protuberancias masculinamente y gritando por misericordia, la Hermana Silenciosa completaría sus lazos, el fuego comenzaría y todos y cada uno de nosotros arderíamos.

Lo que sea que se había extendido a lo largo de mi cara se había dejado de extender y en su lugar estaba reteniéndome para no poder avanzar, toda su elasticidad al máximo. Ahora lo sentía más como un trozo de cable, cortándome la frente y la cara. Sin entrar nada desde donde impulsarme con los pies, me colgué, un tercio afuera, dos tercios dentro, golpeando en vano y rugiendo toda clase de amenazas y promesas. Sospechaba que Alain y sus amigos se habían detenido para reírse a expensas de mí porque llevó más de lo que esperaba que alguien pusiera una mano en mí.

Deberían haberse tomado el asunto más en serio. Unas piernas temblorosas son una propuesta peligrosa. Lleno de desesperación fracasé e hice una sólida conexión, patee algo que crujió como una nariz. Alguien hizo un ruido similar al que Alain había hecho aquella mañana cuando le rompí el florero sobre la cabeza.

El impulso añadido resultó suficiente. La obstrucción de lo que parecía un cable se adentró un poco, como un cuchillo frío cortando a través de mí, y después algo cedió. Sentía más como si fuera yo quién cedía en lugar de la obstrucción, como si me quebrara y eso me atravesara, pero de cualquier manera quedé libre y caí fuera en una pieza en lugar de dos.

Como son las victorias resultó bastante pírrica, siendo mi premio la libertad de lanzarme de cara a una caída de dos pisos entre el pavimento y yo. Cuando te quedas sin gritos durante una caída, sabes que has caído demasiado profundo. Demasiado lejos y demasiado rápido en general para haber alguna esperanza razonable de que te vuelvas

nunca a levantar de nuevo. Algo tiró de mí, sin embargo, deteniendo mi descenso por

una fracción, aunque un sonido horrible de rasgadura silenció mi grito al caer. Aun así,

me golpeé contra el suelo con una fuerza más que suficiente para matarme, excepto por

el gran montículo de mierda semisólido acumulado debajo de la salida de las letrinas. Caí con un ¡plaf!

Me tambaleé al ponerme de pie, escupiendo bocanadas de mierda, rugí una grosería, resbalé e inmediatamente me sumergí de nuevo. Risas burlonas desde arriba me confirmaron que tenía audiencia. En mi segundo intento me caí de espaldas, retirando mierda de mis ojos. Mirando hacia arriba vi todo el lado del teatro de la ópera vestido con símbolos entrelazados, con una excepción. La ventana desde la cual caí al descubierto, la cara de un hombre mirando de cerca desde el agujero que dejé. En algún otro lado, las extremidades negras de la caligrafía de la Hermana Silenciosa, cerraron

las ventanas, pero ni un rastro a lo largo de la ventana rota de la letrina. Y descendiendo

de esta, una grieta, corriendo profundamente en los escombros, siguiendo el patrón de

mi descenso. Una peculiar luz dorada sangró de la grieta, parpadeando con sombras

por toda su longitud, iluminando tanto el callejón como el edificio.

Con más rapidez y menos prisa logré salir y busqué a la Hermana Silenciosa. Ella había dado vuelta en la esquina, posiblemente antes de que cayera, No podía ver lo lejos que había llegado hasta completar su tarea. Retrocedí a la mitad del callejón, fuera del montón de mierda, limpiando la suciedad de mi ropa con poco éxito. Algo se enganchó a mis dedos y me encontré sosteniendo lo que parecía ser una cinta negra, pero parecía más como una pata retorciéndose de algún horrible insecto. Con un quejido me lo quité y encontré un símbolo completo de la bruja colgando de mi mano, casi llegando al suelo y retorciéndose con una brisa que no estaba allí; como si fuera algo intentando envolverse de nuevo en mí. Lo lancé hacía abajo con asco, percibiendo que era más asqueroso que cualquier otra cosa que se me hubiera envuelto.

Una réplica mordaz volvió mi mirada al edificio. Mientras miraba, la grieta se expandió, corrió hacia abajo otros cinco metros, casi alcanzando el suelo. El chillido que salió de mí fue más afeminado de lo que habría deseado. Sin titubear, me di la vuelta y hui. Más risas desde arriba. Me detuve al final del callejón, esperando algo inteligente que gritarle a Alain. Pero cualquier ocurrencia que pudo haberse materializado, desapareció cuando los símbolos a lo largo de la pared junto a mí

empezaron a iluminarse. Cada grieta se abrió, brillando, como si se hubieran convertido

en fisuras hacia un mundo de fuego a la espera de todos nosotros, justo debajo de la

superficie de piedra. Me di cuenta en ese momento que la Hermana Silenciosa había completado su trabajo y que Alain, sus amigos, el viejo con su vino, y cada una de las

personas de dentro estaban a punto de arder. Lo juro, en ese momento incluso sentí pena por los cantantes de ópera.

¡Salten, idiotas! grité por encima del hombro, mientras corría.

Doblé la esquina a toda velocidad y resbalé, mis zapatos aún estaban pegajosos por la mierda. Extendiéndome a través del pavimento, miré de nuevo hacia el callejón, ahora iluminado en una cegadora incandescencia lleno de sombras palpitantes. Cada símbolo quemándose. En el final, una sombra en particular se mantuvo constante: la Hermana Silenciosa, andrajosa e inmóvil, siendo poco más que una mancha en el ojo a pesar del resplandor de la pared detrás de ella.

Moví los pies al sonido del espantoso grito. El viejo salón sonó con notas que jamás habían sido emitidas por ninguna boca, a pesar de los largos años de su historia. Entonces corrí, mis pies resbalando y deslizándose debajo de mí; y fuera de la brillantez del callejón algo me persiguió. Una línea brillante e irregular zigzagueó a lo largo de

mi ruta, como si el patrón roto buscara reclamarme, agarrarme e iluminarme para que

también compartiera el mismo destino del que me había costado tanto escapar.

Pensarías que es mejor guardar el aliento para correr, pero a veces encuentro que gritar ayuda. La calle en la que giré desde el callejón pasa detrás del teatro y era muy transitada incluso a esta hora de la noche, aunque no tanto como Calle Pintura, que pasa por la gran entrada y reparte clientes en las puertas. Mi… grito masculino… sirvió

de alguna manera para despejarme el camino, y donde los ciudadanos resultaron

moverse demasiado lento, los esquivé o si eran lo suficientemente pequeños o frágiles,

los arrasé. La grieta emergió en la calle detrás de mí, avanzando en pasos titubeantes rápidos, cada uno acompañado por un sonido como si algo caro se demoliera.

Dando un giro hacia el espacio entre dos policías en una patrulla, dirigí una mirada hacia atrás y vi la punta de la grieta a la izquierda, virando calle abajo, lejos del teatro y en la dirección que yo había tomado. La gente de la calle apenas se dio cuenta, paralizados como estaban por el resplandor del edificio que estaba más allá, sus paredes ahora envueltas en una llama morada pálida. La grieta en sí parecía más de lo que en primer lugar apareció, siendo en realidad dos grietas corriendo juntas, cruzando y volviéndose a cruzar, una goteando una luz dorada candente y la otra revelando una oscuridad incontenible que parecía tragarse cualquier iluminación que caía en su camino. En cada punto que se cruzaban, hervían chispas doradas en la oscuridad y destrozaban las losas.

Me metí entre los dos policías, el impacto me dejó girando, saltando sobre un pie para mantener el equilibrio. La grieta corrió debajo de un hombre viejo que había derribado

en mi huida. Más que eso, corrió a través de él, y donde la oscuridad cruzó la luz algo

se rompió. Fisuras más pequeñas se dispersaron desde cada punto del cruce, abarcando al hombre rápidamente antes de que él literalmente explotara. Trozos rojos de él fueron lanzados hacia el cielo, quemándose mientras volaban, consumidos con tal ferocidad que fueron pocos los que lograron regresar al suelo.

Digan lo que digan de correr, lo importante es levantar los pies tan rápido como sea posible; como si el suelo hubiera desarrollado un gran deseo de lastimarte. Lo que más o menos estaba pasando. Corrí a un ritmo que habría hecho que mi perro huyendo esa misma mañana, se parase para comprobar si sus piernas se estaban moviendo aún. Más gente explotó en mi estela mientras la grieta corría a través de ellos. Salté un carro, que inmediatamente detonó detrás de mí, pedazos de madera ardiendo salpicaron la pared mientras me lanzaba a través de una ventana abierta.

Rodé sobre mis pies dentro de lo que parecía ser, y ciertamente olía como tal, un burdel

de tan baja clase que no estaba al tanto de su existencia. Unas formas se retorcían en la

penumbra a un lado mientras me arrojé al otro lado de la cámara, tirando una lámpara, una mesa de mimbre, un vestidor, y un pequeño hombre con un peluquín, antes de pulverizar los postigos de la rara ventana en mi entrada.

El cuarto se iluminó detrás de mí. Choqué contra el callejón en el cual caí, dejé que la pared opuesta detuviera mi impulso, y salí volando. La ventana por la que entré se quebró, el alfeizar y el dintel, el edificio entero dividiéndose. Las fisuras gemelas, luz y oscuridad, tejieron su camino tras de mí, aumentando más su velocidad. Salté sobre

un cachorro desplomado en el callejón y corrí. Por el sonido de ésta, la fisura recuperó su permanente adicción un latido después.

La mirada hacia adelante es la segunda regla de correr, justo después de levantar los

pies. Aunque algunas veces no puedes seguir las reglas. Algo de la grieta demandaba

mi atención, y lancé otra mirada hacia atrás.

¡Golpe! Al principio pensé que había chocado contra una pared. Recuperando aliento para gritar y correr más, me alejé, sólo para descubrir que la pared me estaba deteniendo. Dos grandes puños, uno vendado y uno sangrado, agarrándome la chaqueta sobre el pecho. Miré hacia arriba, luego un poco más arriba, y me encontré a mí mismo mirando a los pálidos ojos de Snorri ver Snagason.

—¿Que… —No tuvo tiempo para más palabras. La grieta corrió a través de nosotros.

Vi una fractura negra alzarse a través del nórdico, haciendo líneas irregulares a lo largo

de su cara, sangrando oscuridad. En el mismo momento algo caliente e

insoportablemente brillante cortó a través de mí, llenándome con luz y llevándose el mundo lejos.

Mi visión se aclaró justo a tiempo para ver la frente de Snorri descendiendo. Escuché un crujido de una clase completamente diferente. Mi nariz estaba rota. Y todo el mundo se desvaneció nuevamente.

Capítulo 6

Primero revisé dónde estaba mi billetera, y luego di una palmada buscando mi relicario. Es un hábito que he desarrollado. Cuando despiertas en los tipos de lugares donde yo despierto, y con la compañía que normalmente pago por mantener… bueno, vale la pena tener tu dinero cerca. La cama estaba más dura y desigual de lo que me suele gustar. Tan dura y desigual como adoquines, en realidad. Y olía a mierda. El glorioso momento seguro entre estar dormido y estar despierto se acabó. Rodé hacia mi costado, agarrándome la nariz. O no estuve inconsciente durante mucho tiempo, o el hedor mantuvo alejados incluso a los pordioseros. Eso y la conmoción camino abajo, el rastro de ciudadanos destrozados, la casa de la ópera quemándose, la grieta en llamas. ¡La grieta! Me tambaleé al ponerme en pie, esperando ver un camino irregular conduciendo por el callejón y apuntándome directamente. Nada. Al menos nada que se pueda ver a la luz de las estrellas y un cuarto de luna.

Mierda. Me dolía la nariz más de lo que parecía razonable. Recordé unos ojos feroces bajo cejas gruesas… y luego esas cejas gruesas estrellándose en mi cara—. Snorri…

El nórdico se había ido hace rato. No podía decir porqué no había pedazos nuestros carbonizados decorando las paredes. Recordé la forma en que esas dos fisuras corrían de lado a lado, cruzándose y volviéndose a cruzar, y en cada unión, una detonación. La fractura oscura atravesó a Snorri, la había visto en su cara. La luz

Me revisé de pies a cabeza, repentinamente buscando heridas con manos frenéticas. La fractura luminosa me había atravesado. Al subir las perneras de los pantalones sólo había mugrientas canillas, sin señal de una luz dorada brillando de ninguna grieta. Pero la calle no mostraba indicios de grietas, tampoco. Ni un rastro de ellas más que el daño que dejaron.

Alejé los pensamientos de esa cegadora luz dorada de mi mente. ¡Había sobrevivido! Los gritos de la casa de la ópera volvieron a mí. ¿Cuántos habían muerto? ¿Cuántos de mis amigos? ¿Y mis familiares? ¿Habían estado las hermanas de Alain allí? Roguemos a Dios que Maeres Allus hubiera estado. Que fuera una de esas noches donde pretende ser un comerciante y usara su dinero para entrar a grupos sociales mucho más altos que el de él. Sin embargo, ahora necesitaba poner más distancia entre el incendio y yo. ¿Pero adónde iría? La magia de la Hermana Silenciosa me había perseguido. ¿Estaría esperando en el palacio para terminar el trabajo?

Cuando tengas dudas, corre.

Me retiré nuevamente, a través de calles oscuras, perdido pero sabiendo al mismo tiempo que daría con el río y me orientaría de nuevo. Correr a ciegas te hace propenso a romperte la nariz, y dado que ya me la había roto y no tenía ganas de saber qué ocurre después, mantuve mi paso vertiginoso prudente. Normalmente encuentro que dejar los problemas detrás de mis talones a muchas millas de distancia mejora las cosas. Sin embargo, mientras corría, respirando por la boca y agarrándome el costado donde un músculo sufría un calambre, me sentía cada vez peor. Un malestar crecía minuto a minuto y empeoró hasta convertirse en una ansiedad paralizante. Me pregunté si así era cómo se sentía la carga de conciencia. No es que tuviera la culpa. No hubiera podido salvar a nadie ni aunque lo hubiera intentado.

Me detuve y me apoyé en una pared, recobrando el aliento y tratando de deshacerme de lo que fuera que me atormentase. Mi corazón seguía palpitando contra mis costillas, como si hubiera empezado a correr a toda marcha en vez de haber tomado un descanso. Cada parte de mí parecía frágil, quebrantable de alguna manera. Mis manos tenían mal aspecto, muy blancas y brillantes. Empecé a correr de nuevo, acelerando y dejando toda la fatiga atrás. La energía de reserva corrió por toda mi piel, agitándome, recolocando mis vibrantes dientes en su lugar, haciendo parecer que mi cabello flotara alrededor de mi cabeza. Algo estaba mal conmigo, roto; no podía parar aunque hubiera querido.

Adelante, la calle se bifurcaba y la luz de las estrellas sólo ofrecía la forma de los edificios que dividían el camino. Cambié de un lado de la calle al otro, sin estar seguro de cuál camino seguir. Ir por el izquierdo me empeoraba, aumentando mi velocidad como si estuviera en una carrera, haciendo mis manos casi brillar mientras rebotaban, haciendo que me doliera la cabeza, tanto como para dividirse en dos, la luz brillante nublando mi visión. Virando a la derecha, se restauraba algo de normalidad. Elegí la bifurcación derecha. De repente supe a dónde ir. Algo había estado tirando de mí desde que me levanté de los adoquines. Ahora, como si una lámpara hubiera sido encendida, sabía qué dirección tomar. Y si me alejaba de ella, cualquier malestar que me afectase empeoraría. Caminé recto y los síntomas desaparecieron. Tenía una dirección.

Cuál era el destino, no lo sabía.

Parecía ser mi día de dirigirme calle abajo por las calles de Vermillion. Mi ruta ahora seguía la suave pendiente hacia el Seleen donde ella moderó su paso a través de la ciudad. Empecé a pasar los mercados y bahías de carga tras los grandes almacenes que daban hacia los muelles de los ríos. Incluso a esta hora los hombres se movían de acá para allá, acarreando cajas de carretas tiradas por mulas, cargando camiones,

trabajando con la luz de linternas para empujar la mercancía a través de las estrechas calles de Vermillion.

Mi ruta me llevó a través de un mercado desierto que olía a pescado y me hizo parar contra una gran extensión de pared, uno de los edificios más antiguos de la ciudad, ahora nombrado almacén de muelles. Se extendía más de cien yardas y más tanto a la derecha como a la izquierda, pero a mí no me interesaban ninguna de esas direcciones. Recto. Mi ruta era totalmente recta. Desde allá es donde venía el tirón. Una puerta de amplios tablones chirrió abriéndose a un par de metros de distancia y sin pensarlo estaba allí, abriéndola de par en par, pasando al desconcertado servil que aún seguía tratando de empujar la puerta. Había un pasillo adelante, en mi camino, y empecé mi carrera. Gritos detrás de mí mientras los hombres se precipitaban y trataban de atraparme. Había reflectores por el lugar, derramando la fría luz blanca del edificio. No me había dado cuenta de lo viejo que era el edificio. Corrí sin darle importancia, pasando de arco en arco, cada uno de los cuales daba a talleres iluminados de constructores. Todos ellos con bancos verdes llenos y paredes repletas de estantes sobre estantes, con plantas de muchas hojas. Cuando, a mitad del camino del pasillo del almacén, una puerta de tablones se abrió, golpeando en mi camino, en lo único que tenía tiempo de pensar antes de caer inconsciente, fue en que golpear a Snorri ver Snagason habría dolido más.

***

Cuando desperté, estaba acostado, una vez más, y dolorido en tantos lugares que extrañé el dichoso estado de ignorancia y fui directo a las preguntas estúpidas.

¿Dónde estoy? Todo nasal y dudoso.

La brillante pero parpadeante luz y el leve sonido antinatural me ayudaron a recordar. Algún lugar con reflectores. Traté de sentarme y me encontré atado a una mesa

¡Ayuda! Un poco más alto. Entrando en pánico, probé mi fuerza contra las cuerdas pero no cedieron. ¡Ayuda!

¡Mejor guarda tu aliento! La voz venía desde las sombras junto a la puerta. Entrecerré los ojos. Un rufián robusto se apoyó contra la pared, mirándome.

¡Soy el Príncipe Jalan! ¡Conseguiré tu jodida cabeza por esto! Desata éstas cuerdas.

Sí, eso no va a pasar. Se acercó, masticando algo, con la parpadeante luz reluciendo en su calva.

¡Soy el Príncipe Jalan! ¿No me reconoces?

Como si supiera qué aspecto tienen los príncipes. ¡Ni siquiera sé sus nombres! En lo que a mí respecta eres un ricachón que fue atrapado y terminó nadando en una alcantarilla. Tuviste la mala suerte de acabar aquí. Horace, sin embargo, parecía conocerte de alguna parte. Me dijo que te mantuviera aquí y se fue. “Vigila a ese, Daveet”, me dijo. “Vigílalo muy bien”. Debes ser importante o estarías flotando por el río con la garganta cortada.

¡Mátame y mi abuela derrumbará este cuartel! Una gran mentira, pero dicha con convicción, me hizo sentir mejor. Soy un hombre rico. Déjame ir y tendrás dinero toda tu vida. Admitiré que tengo un don para mentir. Sueno menos convincente cuando digo la verdad.

El dinero es genial y todo dijo el hombre. Dio un paso alejándose de la pared y dejó que los reflectores iluminaran la brutalidad de su rostro. Pero si te dejo ir sin permiso de Horace, no tendré dedos para contarlo. Y si resulta ser que de verdad eres un príncipe y te dejamos ir sin que el jefe lo diga, bueno, Horace y yo pensaremos que el que nos quiten los dedos será la parte fácil. Me enseñó los dientes, bueno, más brechas que dientes, siendo sincero y regresó a las sombras.

Me recosté, quejándome de vez en cuando y haciendo preguntas que él ignoraba. Al menos la extraña compulsión que me condujo hasta este desastre en primer lugar se había esfumado. Aún seguía sintiendo el tirón, pero la necesidad de seguirlo había disminuido y me sentía más como mi antiguo yo. Lo cual en este momento significaba aterrorizado. Incluso en mi pánico, sin embargo, me di cuenta que la dirección que me molestaba estaba cambiando, tambaleándose, el impulso por perseguirla bajando su intensidad minuto a minuto.

Tomé un gran respiro y analicé mis alrededores. Una pequeña habitación, no uno de los grandes talleres. ¿Habían estado sembrando plantas allí? Eso no tenía sentido. No había plantas aquí, sin embargo. La luz rota probablemente indicaba que no era apto para eso. Sólo una mesa y yo atado a ella.

—¿Por qué… —La puerta se abrió con un estruendo y cortó mi pregunta número diecinueve.

¡Santo Dios, apesta! Una calmada y triste voz familiar. Por qué no levantan a nuestro invitado y ven si pueden quitarle algo de esa suciedad de encima.

Unos hombres se acercaron por ambos lados, manos fuertes agarraron la mesa y el mundo volvió a su ángulo correcto, dejando la mesa de pie, conmigo y todo, aún atado a ella. Un balde de agua fría se me llevó el aliento y la visión antes de que tuviera tiempo de mirar alrededor. Otro siguió inmediatamente. Me encontraba jadeando,

tratando de encontrar aire; una misión difícil cuando tu nariz está tapada con sangre y agua, mientras que una piscina marrón con hedor comenzó a extenderse alrededor de mis pies.

Bueno, estoy bendecido. Parece haber un príncipe escondido bajo toda esa asquerosidad. Un diamante en el barro, como dicen. Aunque uno de muy pocos quilates, sin embargo.

Sacudí el cabello húmedo de mis ojos, y allí estaba él, Maeres Allus, vestido con sus mejores ropas como si fuera a encontrarse con gente de alta sociedad… ¿Y una ópera, quizás?

¡Ah, Maeres! Esperaba verte. Tenía algo que entregarte de nuestro acuerdo. Nunca lo llamaría mi deuda. Nuestro acuerdo sonaba mejor. Más como si fuera problema de ambos y no sólo mío.

¿Sí? Sólo la más mínima sonrisa burló las comisuras de sus labios. Había usado esa misma sonrisa cuando uno de sus pesos pesados me rompió el dedo índice. El dolor todavía me recorre en las frías mañanas cuando tomo la pequeña jarra de cerveza que colocan junto a mi cama. Recorría ese mismo dedo ahora, seguro en mi costado.

Sí. Ni siquiera tartamudeé. Lo tenía conmigo en la ópera. Según mis cálculos, el negocio con Snorri me había comprado en la región seis meses de gracia, pero nunca hace daño sonar dispuesto. Además, lo más importante cuando estás atado a una mesa por criminales es recordarles que eres más valioso cuando no estás atado a una mesa. El oro estaba justo en mi bolsillo. Debí haberlo perdido en el pánico.

Trágico. Maeres levantó una mano, dobló los dedos y un hombre vino desde las sombras para pararse a su lado. Un crujido seco acompañaba su paso y se detuvo cuando él lo hizo. No me gustó éste en absoluto. Parecía demasiado feliz de verme. Otro incendio sin supervivientes.

—Bueno… —No quería contradecir a Maeres. Mis ojos se deslizaron al hombre a su lado. Maeres es un tipo delgado, sin nada especial, el tipo de hombrecito que te encontrarías inclinado sobre libros de contabilidad en la oficina de algún comerciante. Ordenado cabello marrón, ojos que no eran ni crueles ni amables. Ciertamente, notablemente parecido a mi papá en edad y apariencia. Su acompañante, sin embargo, parecía del tipo de hombres que ahogarían gatitos por diversión. Su cara me recordaba a las calaveras de las catacumbas del palacio. Colócales algo de piel y ponles unos pálidos ojos, y obtienes a este hombre, con una gran sonrisa y dientes muy grandes y blancos.

Maeres chasqueó los dedos, volviendo mi atención hacia él.

Éste es Cutter John 4 . Le iba diciendo cuando entrábamos qué desafortunado es que hayas visto mi proyecto aquí.

tartamudeé la pregunta. La victoria podía medirse ahora por

la ausencia de suciedad en mí mismo. Cutter John era un nombre que todos conocían, pero no muchos afirmaban haberlo visto. Cutter John entraba en juego cuando Maeres quería lastimar a las personas creativamente. Cuando un dedo roto, un dedo del pie amputado o una buena paliza no eran suficientes, cuando Maeres quería marcar su autoridad y dejar su marca en alguna pobre alma, Cutter John era el hombre para hacer el trabajo. Algunos le llamaban arte.

Las amapolas.

No he visto ninguna amapola. Filas y filas de cosas verdes creciendo, aquí bajo reflectores. Mi tío Hertert, el al-parecer-no-heredero, como a Padre le gusta llamarlo, ha hecho incontables iniciativas para cortar los suministros de opio. Ha ido asegurándose de hacer cumplir la ley, yendo en botes a patrullar Dios sabe cuántos kilómetros del Seleen, convencido de que la fuente se encontraba río arriba, en el puerto de Marsail. Pero Maeres hizo sus propios suplementos. Aquí mismo. Bajo la nariz de Hertert y listos para venderse. No vi nada, Maeres. Me estrellé contra una puerta, por amor a Dios. Tan borracho que iba ciego.

Volviste a la sobriedad extraordinariamente bien. Levantó una vinagreta dorada hasta su nariz, como si mi olor lo ofendiera. Lo que probablemente era cierto. En cualquier caso es un riesgo que no puedo correr, y si tenemos que separar la compañía deberíamos hacerlo un evento memorable, ¿no? Agitó la cabeza hacia Cutter John.

Eso fue suficiente para que mi vejiga explotara. No era como si alguien se fuera a dar cuenta, de tan empapado y oloroso que estaba.

—Va…Vamos, Maeres, ¿estás bromeando? Te debo dinero. ¿Quién te pagará si…si yo no te pago? Él me necesitaba.

Bueno, Jalan, la cosa es que no pienso que puedas pagarme. Si un hombre me debe mil coronas, está en problemas. Si me debe cientos de miles, entonces yo estoy en problemas. Y tú, Jalan, me debes ochocientas seis coronas, una cifra apenas menor que el de tu entretenido nórdico. Todo lo que te convierte en un pequeño pez que ni me puede tragar, ni alimentar.

—Pero… puedo pagar. Soy el nieto de la Reina Roja. ¡Soy bueno con las deudas!

—¿Pro

pro…proyecto?

4 John el Cortador.

Una de muchas, Jalan. Tantas denominaciones no quitan el hecho de que me debes. Le llamaría “príncipe” a un producto sobrevalorado en la Marcha Roja en estos tiempos.

—Pero… —Siempre he conocido a Maeres como un hombre de negocios, cruel, y ciertamente implacable, pero cuerdo. Ahora parecía que la locura giraba tras esos pequeños ojos oscuros. Había mucha sangre en el agua para el tiburón dentro de él como para que se mantuviera quieto por mucho tiempo—. Pero… ¿qué bien haría matarme? No podría decírselo jamás a nadie. Mi muerte no le beneficiaría.

Moriste en el incendio, príncipe Jalan. Todo el mundo lo sabe. No tengo nada que ver con eso. Y si una pizca de rumores flota bajo las conversaciones de Vermillion, un susurro de que quizás podrías haber muerto en otro lugar, en situaciones nada placenteras por una deuda… bueno, ¿A qué alturas podrían llegar mis clientes en un intento por no decepcionarme en un futuro? ¿Quizás haya señoritas con una mala reputación que reconocerían el último brazalete de Cutter y esparzan la palabra así como lo hacen con sus piernas? Miró a Cutter John, quien levantó su brazo derecho. Bandas secas de cartílago pálido rodeaban la extremidad, decenas de ellos cruzándose entre sí, empezando en la muñeca y llegando más allá del codo.

¿Qu-qué? No entendía lo que estaba viendo, o a lo mejor una parte sensible de mi cerebro rehusaba a dejarme entender.

Cutter John rodeó sus labios con un dedo. Los trofeos a lo largo de su brazo susurraron mientras lo hacía.

Abrir de par en par Su voz se deslizó como si fuera algo inhumano.

No debiste haber venido aquí, Jalan. Maeres habló en el silencio de mi horror. Es desafortunado que no puedas “no ver” mis amapolas, pero el mundo está lleno de desgracias. Se alejó para pararse junto a Daveet en la puerta. Las luces parpadeando a través de su cara formando una única animación, una sombra de sonrisa yendo y viniendo, yendo y viniendo.

¡No! Por primera vez, no quería que Maeres Allus se fuera. Cualquier cosa es mejor que ser abandonado con Cutter John. ¡No! ¡No hablaré! No lo haré. Jamás. Puse algo de rabia en eso, ¿Quién creería una promesa entre sollozos?. ¡No diré ni una palabra! Tensé las cuerdas, volviendo la mesa de nuevo a sus patas. Arránquenme las uñas. No hablaré. Tenazas calientes no harán que diga nada.

¿Qué hay de las frías? Cutter John levantó las tenazas de hierro de mango corto, que había estado sosteniendo durante todo este tiempo en la otra mano.

Rugí hacia ellos, agitándome, inútil con las cuerdas. Si los hombres de Maeres no hubieran estado en las patas de las mesas, se habría volcado y hubiera caído de boca contra las baldosas, lo que, tan mal como suena, habría sido mucho menos doloroso que lo que Cutter John tenía en mente para mí. Seguía rugiendo y gritando, pasando rápidamente a los sollozos y las súplicas, cuando algo caliente y húmedo me salpicó en la cara. Fue suficiente para abrir los ojos y detener mis bramidos. A pesar de que había dejado de gritar, el estruendo no era menos ensordecedor, sólo que ahora no era yo gritando. Había ahogado la caída de la puerta cuando la rompieron para abrirla, demasiado aterrado como para darme cuenta. Sólo Daveet estaba allí ahora, enmarcado en el umbral. Se dio la vuelta mientras yo miraba, con una hendidura desde la clavícula hasta la cadera, derramando sus entrañas en el suelo. A la izquierda una gran figura se movió en el borde de mi visión. Cuando giré la cabeza, la acción ocurrió detrás de la mesa; otro grito y un brazo pálido envuelto en pulseras hechas de labios se situó en las baldosas, a más o menos un pie de distancia de donde la cabeza de Daveet golpeó la piedra cuando se tropezó con sus intestinos. Y en un momento se hizo el silencio. Ningún sonido excepto los hombres gritando fuera en el pasillo, haciendo eco en la distancia. Daveet parecía haberse desmayado o muerto por una pérdida repentina de sangre. Si Cutter John había perdido su brazo, no se quejaba. Podía ver otro de los hombres de Maeres que yacía muerto. Los demás quizás estaban muertos detrás de mí o actuando como haría yo y corriendo hacia las colinas. Si no hubiera estado atado a la maldita mesa los estaría adelantando yo mismo de camino hacia las antes mencionadas colinas.

Snorri ver Snagason se colocó en mi periferia.

¡Tú! dijo.

La túnica con capucha que había llevado puesta cuando me topé con él estaba rasgada en los hombros; con sangre salpicada en el pecho y brazos y goteaba de la espada escarlata que sostenía en el puño. Más de ella corría por su rostro de un corte superficial en la frente. No sería difícil confundirlo con un demonio saliendo del infierno. De hecho, en la luz parpadeante, revestido de sangre y con la batalla en los ojos, era muy difícil no hacerlo.

¿Tú? la elocuencia que Snorri había demostrado en la sala de trono de Abuela lo había abandonado totalmente.

Alargó la mano hacia mí y me encogí, pero no mucho ya que la maldita mesa estaba en medio. Mientras esa gran mano se acercaba, sentí hormigueos en los pómulos, labios, frente, como alfileres y agujas, un sentimiento de presión formándose. Él también lo sintió, vi sus ojos agrandándose. La dirección que me había guiado, el

destino que me había llevado… era él. La misma fuerza había traído a Snorri aquí y lo había enfrentado contra los hombres de Maeres. Los dos nos dimos cuenta.

El nórdico ralentizó la mano, con los dedos a una pulgada o dos de mi cuello. La piel allí vibraba, casi crepitando con… algo. Se detuvo, sin querer saber qué ocurriría si me tocaba la piel. Retiró la mano y volvió con un cuchillo y antes de que pudiera chillar se puso a cortar mis ataduras.

Te vienes conmigo. Podemos resolver esto en otro lugar.

Dejándome entre retazos de cuerda cortada, Snorri volvió al umbral, deteniéndose solo para estampar en el cuello de alguien. No el de Maeres, desafortunadamente. Agachó la cabeza y la echó hacia atrás inmediatamente con un movimiento rápido. Algo silbó al otro lado de la entrada, muchos algos.

Ballestas. Snorri escupió en el cadáver de Daveet. Odio a los arqueros. Me miró. Toma una espada.

¿Una espada? El hombre claramente pensaba que seguía en las tierras remotas entre la gente excesivamente peluda del Norte. Le eché un ojo a la masacre, mirando

detrás de la mesa. Cutter John yacía tendido con el muñón del brazo apenas palpitante

y una herida fea en la frente. Sin señales de Maeres. No me podía imaginar cómo había escapado.

Ninguno de ellos tenía un arma más ofensiva que un cuchillo de seis pulgadas; llevar algo más grande dentro de las murallas de la ciudad no merecía la pena los problemas que daba por los reglamentos. Tomé la daga y pateé a Cutter John en la cabeza un par de veces. De verdad me hizo daño en los dedos de los pies, pero fue un precio que valió la pena pagar.

Cojeé alrededor de la mesa sosteniendo mi nueva arma y obtuve una mirada fulminante del nórdico. Agarró la puerta.

Atrápala. No lo conseguí. Mientras saltaba sobre el pie bueno, me agarraba la cara

y maldecía nasalmente, Snorri quitó las patas de la mesa rápidamente usándola como un escudo enorme para luego avanzar hacia el pasillo. ¡Cúbreme!

El temor de ser dejado atrás y encontrarme en las garras de Maeres otra vez me impulsó

a entrar en acción. Con esfuerzo tomé la puerta y juntos propulsamos nuestros escudos hacia el pasillo antes de encontrarnos con ellos. Las flechas resonaron hacia ambos inmediatamente, puntas de hierro fraccionándose parcialmente.

—¿Hacia dón… —Snorri ya estaba demasiado lejos para escucharme incluso si no estuviera haciendo su grito de guerra. Había irrumpido furioso en el pasillo detrás de

mí. Lo seguí lo mejor que pude, tratando de sostener la mesa en mi espalda mientras tropezaba tras él, manteniendo la cabeza abajo, estirando los hombros para mantener la puerta en su lugar. Gritos y alaridos adelante indicaban que Snorri se había enfrentado con sus odiadas ballestas, pero para cuando llegué allí, todo era sangre y pedazos. El problema principal radicaba en no resbalar sobre la sangre derramada. Varias flechas más golpearon la mesa a mi espalda con golpes poderosos, y otra pasó entre mis tobillos, dejándome saber que había dejado un espacio sin cubrir. Afortunadamente, sólo quedaban diez metros para llegar a la salida. Con la puerta raspando el suelo detrás de mí, y sólo teniendo las puntas de los dedos al descubierto, salí al aire de la noche. Mi momento tradicional de triunfo por escapar una vez más fue detenido por un musculoso brazo que llegó desde la oscuridad y me tiró a un lado.

Tengo un bote gruñó Snorri. Normalmente cuando se dice que alguien gruñe algo, es una forma de hablar, pero Snorri realmente ponía algo salvaje en sus palabras.

¿Qué? Liberé mi brazo, o él lo dejó ir, o ambos lo hicimos, sin gustarnos la quemante sensación de hormigueo donde sus dedos me agarraron.

Tengo un bote.

Por supuesto que sí, eres un Vikingo. Todo parecía bastante surrealista. Tal vez había sido golpeado en la cara demasiadas veces desde que Alain me agarró en la ópera una o dos horas antes.

Snorri negó con la cabeza.

Sígueme. ¡Rápido!

Salió disparado hacia la noche. Los sonidos de los hombres que se acercaban por el pasillo del almacén me convencieron para perseguirle. Cruzamos un amplio espacio lleno de barriles y cajas, pasando decenas de redes de pesca, las velas de los botes asomándose por encima del muro del río junto a nosotros. Bajo la luz de la luna cruzamos un muelle y bajamos escalones de piedra hacia el agua, donde un bote de remos yacía atado a uno de los grandes anillos de hierro establecidos en la pared.

Tienes un bote le dije.

Estaba a un kilómetro río abajo, libre y despejado. Snorri arrojó su espada dentro, y luego entró él y cogió un remo. Algo me pasó. Hizo una pausa, mirando un momento su mano, aunque había sólo oscuridad—. Algo… Me estaba enfermando. — Se sentó y tomó ambos remos. Sabía que tenía que volver, sabía la dirección. Y entonces te encontré.

Me quedé de pie en el escalón. La magia de la Hermana Silenciosa había hecho esto.

Lo sabía. La grieta había corrido a través de nosotros, la luz a través de mí, la oscura a

través de él, y como Snorri y yo nos habíamos separado, alguna fuerza arcana intentó reincorporar esas dos líneas, la oscuridad y la luz. Nos habíamos alejado el uno del otro, el río llevando a Snorri al oeste, y esas fisuras ocultas comenzaron a abrirse de nuevo, comenzaron a desgarrarnos sólo para que pudieran ser libres para correr juntos una vez más. Recuerdo lo que sucedió cuando se unieron. No fue muy bonito.

No te quedes ahí como un idiota. Desata la soga y sube.

—Yo… —El bote de remos se movía con la corriente tratando de arrancarse del

amarre. No parece muy estable. Siempre he considerado los botes como un tablón delgado entre el ahogarme y yo. Como un compañero al que nunca le había confiado

mi seguridad antes, y que de cerca parecía aún más peligroso. El río oscuro sorbió los

remos como si tuviera hambre.

Snorri asintió hacia los escalones, hacia el hueco en el muro del río a donde conducían.

En un momento, un hombre con una ballesta estará allí y te convencerá de que esperar fue un error.

Me subí inmediatamente después de eso, Snorri desplegó su peso para evitar que volcara el bote antes de arreglármelas para sentarme.

¿La soga? preguntó. Los gritos resonaron por encima de nosotros, acercándose.

Saqué mi cuchillo, rasgué la cuerda, casi pierdo el cuchillo en el río, lo intenté de nuevo y finalmente corté los hilos hasta que por fin cedieron y nos soltamos. La corriente nos llevó y la pared desapareció en la penumbra junto con toda la vista de la tierra.

Capítulo 7

¿Vas a vomitar otra vez?

¿El río ha dejado de fluir? pregunté.

Snorri resopló con disgusto.

Entonces sí. Manifesté, añadiendo otra raya de color en las oscuras aguas del Seleen. Si Dios hubiera tenido la intención de que los hombres fueran por el agua, les habría dado… —Me sentía demasiado enfermo para el ingenio y colgaba inerte

sobre un lado de la embarcación, frunciendo el ceño al amanecer gris que se levantaba

detrás de nosotros

¿Un mesías que caminara sobre el agua para mostrarles a todos ustedes que era exactamente donde Dios tenía la intención de que estuvieran los hombres? Snorri sacudió esa gran cabeza cincelada suya. Mi gente tiene un aprendizaje más antiguo que el que trajo su Cristo Blanco. Aegir es dueño del mar y no tiene intención de que vayamos sobre él. Pero aun así lo hacemos rugió a través del compás de una canción: Undoreth, nosotros. Nacimos para la batalla. Levantamos el martillo, levantamos el hacha, a nuestros gritos de guerra los dioses tiemblan. Remó, tarareando sus canciones desafinadas.

Me dolía la nariz como la sodomía, sentía frío, la mayor parte de mí me dolía, y cuando conseguí aspirar a través de mi morro, dos veces roto, me di cuenta de que aún olía ligeramente menos mal que ese montón de estiércol que salvó mi vida.

les

habría dado lo que sea que se necesite para ese tipo de cosas.

Me callé. Mi pronunciación sonaba cómica; mi nariz se hubiera salido “por

la dosis”. Y a pesar de que tenía todo el derecho de quejarme, eso podría irritar al nórdico, y no vale la pena irritar a la clase de hombre que puede saltar sobre un oso para escapar de una fosa de lucha. Especialmente si fuiste tú quien lo puso en esa fosa en primer lugar. Como diría mi padre, “Errar es humano, perdonar es divino… pero

solo soy un cardenal y los cardenales son humanos, así que en lugar de perdonarte voy a errar al golpearte con este palo.” Snorri no parecía de la clase que perdona tampoco. Me conformé con otro gemido.

¿Qué? Levantó la vista de su remo. Recordé el notable número de cuerpos que dejó a su paso entrando y saliendo de la granja de amapolas de Maeres para buscarme. Todo con la mano gravemente herida. Nada.

Mi

***

Remamos a través de las extensiones de jardines de la Marcha Roja. Bueno, Snorri remó, y yo tumbado gimiendo. En realidad él principalmente nos dirigió y el Seleen hizo el resto. Donde su mano derecha agarraba el remo, lo dejaba ensangrentado.

Los paisajes pasaban, verdes y monótonos, y yo me desplomé por la borda, murmurando quejas y vomitando esporádicamente. También me pregunté cómo había pasado de despertar al lado del deleite desnudo de Lisa DeVeer a compartir un bote de remos de mierda con un maníaco nórdico gigante, todo entre el espacio de dos amaneceres.

¿Tendremos problemas?

¿Eh? Levanté la vista de mi miseria.

Snorri inclinó la cabeza corriente abajo donde varios muelles de madera desvencijados llegaban al río, un número de barcos pesqueros se amarraban en ellos. Los hombres se movían aquí y allá a lo largo de la orilla controlando las trampas para peces, arreglando redes.

—¿Por qué debería… —Recordé que Snorri estaba muy lejos de casa en tierras que probablemente solo habría vislumbrado desde la parte trasera de un vagón de esclavos. No dije.

Él gruñó y fijó un remo para ponernos en ángulo hacia aguas más profundas donde corría la corriente más rápida. Tal vez en los fiordos del norte congelado cualquier extraño que pasaba era una presa y te convertías en un extraño a diez metros de tu puerta. La Marcha Roja gozaba de formas de comunicarse un poco más civilizadas, debido en gran parte al hecho de que mi abuela clavaría a un árbol a cualquiera que rompiera las leyes más importantes.

Continuamos pasando varias aldeas sin nombre y pequeños pueblos que probablemente tenían nombres pero contenían muy pocas distracciones como para que me importara cuáles eran esos nombres. Ocasionalmente un campesino descansaba los dedos en la azada, mentón en los nudillos y nos miraba pasar con la misma vaciedad que las vacas. De vez en cuando nos perseguían algunos pillos, siguiendo a lo largo de la orilla durante unos cuantos metros, algunos lanzando piedras, otros enseñando sus culos sucios como una amenaza burlesca. Las lavanderas haciendo sonar los trajes húmedos de sus maridos contra piedras planas, levantaban las cabezas y silbaban apreciativamente al nórdico mientras flexionaba sus brazos contra los remos. Y finalmente en un tramo solitario del río donde el Seleen exploraba la llanura aluvial,

con el sol caliente y alto, Snorri nos desvió debajo de la amplia franja de un gran sauce.

El árbol se asomaba a través de las tranquilas aguas junto al extremo de un largo

meandro y nos cubría bajo su follaje.

Entonces dijo, y la proa chocó contra el tronco del sauce. La empuñadura de su espada se resbaló del banquillo e hizo un ruido metálico sobre las tablas, hoja oscura con sangre seca.

—Mira… acerca del foso de lucha… yo

viaje la había gastado planeando las fluidas negaciones que ahora se negaban a salir de

mi lengua. En medio del vómito y las quejas había estado ensayando mis mentiras,

pero ante la mirada atenta de un hombre que parecía estar más que listo para matar para abrirse camino a través de cualquier situación, me quedé sin la saliva necesaria para falsedades. Por un momento lo vi mirando a Maeres desde el fondo de la fosa. “¿Traigan un oso más grande?” —Recordé la sonrisa que tenía en la cara. Una carcajada salió de mí y, mierda, sí me dolió. ¿Quién dice esa clase de cosas?

Snorri sonrió.

El primero era muy pequeño.

Gran parte de la mañana de mi primer

¿Y el último estaba bien? Sacudí la cabeza tratando de no reírme otra vez. Llegaste antes que Ricitos de Oro a la culminación por un oso.

Frunció el ceño ante eso.

¿Ricitos de Oro?

No importa. No importa. ¡Y Cutter John! Contuve el aliento y me rendí al placer

del recuerdo de escapar de ese demonio de ojos saltones y sus cuchillos. El regocijo

burbujeó saliendo de mí. Me doblé, jadeando con una risa histérica, golpeando el costado del bote para detenerme. ¡Ah, Jesu! Arrancaste el brazo del bastardo.

Snorri se encogió de hombros aguantando otra sonrisa.

Por haberse metido en mi camino. Una vez que vuestra Reina Roja cambió de idea acerca de dejarme ir, puso su ciudad en guerra conmigo.

—La Reina Ro… —Me contuve a mí mismo. Yo había dicho que fue orden de la reina

que lo enviaran a la fosa. No tenía ninguna razón para no creerme. Recordar los puntos

de anclaje de cualquier red de mentiras es parte de lo básico cuando se practica el

engaño. Normalmente soy de primer nivel en eso. Culpé de mi fallo a las circunstancias

extenuantes. Después de todo, había escapado de la sartén de Alain DeVeer al fuego

de la ópera solo para sumergirme desde eso a algo aún peor—. Sí. Eso fue… cruel de su parte. Pero mi abuela es conocida como una tirana.

¿Tu abuela? Snorri levantó las cejas.

Um. Mierda. Él ni siquiera se había percatado de mí en la sala del trono y ahora incluso me conocía como un príncipe, un premio de rehén. Soy un nieto muy lejano. Apenas emparentado en absoluto, realmente. Alcé una mano hacia mi nariz. Toda esa risa la había dejado palpitando con dolor.

Toma un respiro. Snorri se inclinó hacia adelante.

¿Qué?

Deslizó su brazo, agarrando mi cabeza por atrás, los dedos como barras de hierro. Por un segundo pensé que me iba a aplastar el cráneo, pero luego su otra mano bloqueó mi vista y el mundo estalló en blanca agonía. Pellizcando el puente de mi nariz con sus dedos y el pulgar, tiró y retorció. Algo chirrió y si me hubiera quedado algo en el estómago que vomitar, hubiera llenado el bote con eso.

Ya está. Me soltó. Arreglado.

Grité por el dolor y la sorpresa en un estallido, arrastrándome a la coherencia al final de eso.

—…¡Jesu jódeme con una cruz! —Las palabras salieron claras, la voz gangosa se había ido. Sin embargo no me atreví a decir gracias, así que dije: ¡Ouch!

Snorri se echó hacia atrás, apoyando los brazos a los lados de la embarcación.

¿Entonces estabas en la sala del trono? Debes haber oído el cuento por el que nos trajeron prisioneros para contarlo.

—Bueno, si… —Ciertamente unos pedazos.

Sabes a dónde me dirijo entonces dijo Snorri.

¿Al sur? Me aventuré.

Se quedó perplejo ante eso.

Estaría más a gusto yendo por mar, pero puede que sea difícil de planificar. Puede ser que tenga que caminar hacia el norte a través de Rhone y Renar y Ancrath y Conaught.

—Bueno, por supuesto… —No tenía idea de lo que estaba hablando. Si hubiera habido una palabra de verdad en su historia no querría volver. Y su itinerario sonaba como una

excursión al infierno. Rhone, nuestro vecino tosco al norte, siempre fue un lugar que era mejor evitar. Sin embargo si me encontrara con un hombre de Rhone lo mearía si estuviera en llamas. Renar, nunca había oído hablar de ese lugar. Ancrath era un reino tenebroso en el borde de un pantano y lleno de un linaje de puros asesinos, y Conaught yacía tan lejos que estaba destinado a haber algo malo allí.

Te deseo suerte en el viaje, Snagason, a donde sea que estés destinado. Tendí mi mano para un abrazo varonil, preludio de una partida hacia nuestros caminos.

—Yo voy al norte. A casa para rescatar a mi esposa, mi familia… —Se detuvo por un momento, apretando los labios, después se quitó de encima la emoción. Y salió mal

la primera vez que te dejé atrás dijo Snorri. Miró mi mano extendida con una medida

de sospecha y extendió la suya con cautela . ¿No sentiste eso justo ahora? Tocó

su propia nariz con la otra mano.

¡Claro que lo sentí! Era posiblemente lo más doloroso que había experimentado, y eso de alguien que aprendió por las malas a no saltar hacia una silla de montar desde la ventana de un dormitorio.

Acercó más su mano a la mía y una presión se levantó en mi piel, toda alfileres, agujas y fuego. Acercándose más, y más lento, y mi manó comenzó a palidecerse, casi a brillar desde dentro, mientras la suya se oscurecía. Con una pulgada entre nuestras palmas extendidas parecía que un fuego frío corría por mis venas, mi mano más brillante que el día, su mirada como si se hubiera sumergido en aguas oscuras, teñidas con tinta negra que se juntaba en cada arruga y llenaba cada poro. Sus venas corrían en negro mientras que las mías se quemaban, una oscuridad salía de su piel como niebla, una voluta de pálida llama transparentándose a través de mis nudillos. Snorri se encontró con mi mirada, sus dientes apretados contra un dolor que reflejaba el mío. Ojos que habían sido azules donde ahora eran agujeros dentro de su propia noche.

Di uno de esos gritos que siempre espero que pasen desapercibidos y quité mi mano

rápidamente.

¡Maldición! La sacudí, tratando de quitar el dolor con la sacudida, y miré mientras volvía a la normalidad. ¡Esa maldita bruja! Entiendo tu punto de vista. No vamos a asustarnos por esto. Hice un gesto hacia una playa de grava en el borde del meandro. Puedes dejarme ahí. Encontraré el camino de regreso.

Snorri sacudió la cabeza, sus ojos volviendo a ser azules.

Fue peor cuando nos separamos mucho. ¿No te diste cuenta?

Estaba más bien distraído dije. Pero si, recuerdo algunos problemas.

¿Qué bruja?

¿Qué?

—Dijiste “maldita bruja.” ¿Qué bruja?

—Ah, nada, yo… —Recordé los fosos de lucha. Mentirle al hombre en este punto sería probablemente un error. Estaba mintiendo por costumbre en cualquier caso. Mejor contárselo. Podría ser que sus métodos paganos pudieran conducir a algún tipo de solución. Tú la conociste. Bueno, la viste en la sala del trono de la Reina Roja.

¿La vieja völva? preguntó Snorri.

¿La vieja qué?

Esa arpía al lado de la Reina Roja. ¿Ella es la bruja de la que estás hablando?

Sí. Todo el mundo la llama la Hermana Silenciosa. Aunque la mayoría no la ve.

Snorri escupió en el agua. La corriente se lo llevó en una serie de remolinos lentos.

Conozco ese nombre, la Hermana Silenciosa. Las völvas del norte lo nombran, pero no en voz alta.

Bueno, ahora la has visto. Todavía me asombraba con eso. Tal vez el hecho de que los dos pudiéramos verla tenía algo que ver con que su magia fallara en destruirnos. Ella hizo un hechizo para matar a todos en la ópera a la que fui anoche.

¿Ópera? preguntó.

Es mejor no saber. En cualquier caso, escapé del hechizo pero escapé, algo se quebró, una grieta corría tras de mí. Dos grietas, una oscura, una iluminada. Cuando tú me agarraste, la grieta nos alcanzó y pasó a través de nosotros dos. Y de alguna forma se detuvo.

¿Y cuándo nos separamos?

La fisura oscura pasó a través de ti, la luz a través de mí. Cuando las separamos parece que las grietas tratan de liberarse, de reunirse.

¿Y cuándo se juntan? preguntó Snorri.

Me encogí de hombros.

Es malo. Peor que la ópera. Sin embargo, a pesar de lo indiferentes que mis palabras pudieran ser, y a pesar del calor del día, mi sangre corría más fría que el río.

Snorri apretó la mandíbula de esa forma que yo había llegado a reconocer como consideración. Sus manos tranquilamente estrangulaban los remos.

¿Así que tu abuela me sentencia al foso de lucha y después tú dejas caer la maldición de su bruja sobre mí?

¡Yo no te busqué! La indiferencia por la que me había esforzado no vendría de una boca seca. Tú me paraste en seco en la calle, ¿recuerdas? Me arrepentí de usar la expresión en seco 5 inmediatamente.

Eres un hombre de honor dijo a nadie en particular. Busqué la sonrisa y no encontré nada excepto sinceridad. Si estaba actuando, yo tenía que obtener lecciones del mismo lugar donde él hubiera obtenido las suyas. Llegué a la conclusión de que estaba recordándose a sí mismo sus obligaciones, lo que parecía extraño en un vikingo cuyas obligaciones se extendían a recordar saquear antes de violar, o al revés. Eres un hombre de honor. Esta vez más fuerte, mirándome fijamente. No tenía noción de dónde diablos sacó esa idea.

mentí

Deberíamos resolver esto como hombres. Absolutamente las últimas palabras que quería oír.

Este es el asunto, Snorri. Contemplé las diferentes opciones de escaparme ante mí. Podía saltar por la borda. Desafortunadamente siempre había visto los botes como un delgado tablón entre ahogarme y yo, y nadar como lo mismo otra vez pero sin el tablón. El árbol ofrecía la siguiente mejor opción, pero las hojas del sauce no son material para escalar, a menos que resultes ser una ardilla. Escogí la última opción. ¿Qué es eso de allí? Señalé un punto en la orilla del río detrás del nórdico. Apenas giró la cabeza. Mierda. Ah, error mío. Y eso me dejaba sin opciones. Como estaba diciendo. El asunto es. El asunto. Bueno, honestamente. El asunto tenía que ser algo. Um. Tengo miedo de que cuando te mate, la grieta salga de ti, tal como haría si nos separásemos demasiado. Y entonces boomuna fracción de segundo más tarde estaría muy lejos. Tan tentador como poner mis principescas habilidades de lucha contra las de… ¿cuál es tu rango? Nunca lo he sabido.

Terrateniente. Soy dueño de mi tierra, cuatro hectáreas desde la costa de Uulisk hasta la cima del risco.

5 La expresión original en inglés es stopped dead que significa ‘parar en seco’. En el original se arrepiente de usar la palabra dead, que por si sola significa ‘muerto’. Imposible traducirlo con el mismo sentido.

Así que por mucho que me tiente romper las reglas sociales y destrozar el brazo de un príncipe de la Marcha Roja contra un… un terrateniente, me preocupa que no vaya

a sobrevivir a tu muerte. Por su ceño podía ver que podía ser un riesgo que estaba

dispuesto a tomar si no había ninguna otra mejor alternativa en oferta, así que para impedírselo añadí: Pero sucede que siempre he tenido el anhelo de visitar el Norte por mí mismo y ver cómo se hacen los saqueos. Y además, mi abuela se preocupa de esos fantasmas muertos tuyos. Traería paz a su corazón el tener el asunto resuelto. Así que mejor voy contigo.

Me refiero a viajar rápido. El ceño de Snorri se profundizó. Lo he dejado demasiado tiempo y la distancia es grande. Y te lo advierto: Será un asunto sangriento cuando llegue allí. Hazme ir más despacio y… pero te estabas moviendo bastante rápido cuando chocaste contra mí. Su frente se alisó, nubes de tormenta disipándose,

y esa sonrisa le iluminó, medio salvaje, medio amigable, pero totalmente peligrosa. Además, tú sabrás más del terreno que yo. Háblame de los hombres de Rhone.

Y como si estuviéramos viajando como compañeros. Me había atado a su búsqueda de rescate y venganza en alguna tierra distante. Con suerte no llevaría mucho tiempo. Snorri podría salvar a su familia, luego matar a sus enemigos hasta el último hombre, nigromante, y monstruo cadáver, y eso sería todo. Soy bueno con el autoengaño pero no pude lograr hacer que el plan sonara como algo más que una pesadilla suicida. Aun así, el Norte helado era un largo camino; lleno de oportunidades para romper el hechizo que nos unía y correr a casa.

Snorri cogió los remos de nuevo, hizo una pausa, entonces:

Ponte de pie un momento.

¿En serio?

Asintió. Tengo buen equilibrio en un caballo pero ninguno en el agua. A pesar de eso, sin querer fallarle al hombre a pocos momentos de nuestra nueva compresión, me puse de pie, brazos extendidos para no perder el equilibrio. Hizo balancearse el barco, un movimiento agudo deliberado, y me lancé al río, agarrándome desesperadamente a las ramas del sauce como un hombre a punto de ahogarse se agarraría a un clavo ardiendo.

Por encima de la salpicadura podría escuchar a Snorri riéndose a carcajadas para sí mismo. Estaba diciendo algo como: —Limpien… juntos… —pero solo podía entender palabras extrañas dado que ahogarse es un asunto ruidoso. Finalmente, cuando me había rendido de intentar salvarme a mí mismo tragándome toda el agua y me había deslizado debajo de la superficie por tercera y última vez, me tomó del chaleco y me

arrastró de nuevo con angustiante facilidad. Me tendí en la parte inferior dejándome caer como un pez y vomitando gran cantidad del río como para inundar el bote.

¡Bastardo! Mi primera palabra coherente antes de que recordara lo grande y asesino que era.

¡No podía dejar que vinieras al Norte oliendo así! Snorri se rió y se dirigió de vuelta a la corriente, el sauce arrastrando sus dedos sobre nosotros en arrepentimiento. ¿Y cómo puede un hombre no saber nadar? ¡Qué locura!

Capítulo 8

El río nos llevó hasta el mar. Un viaje de dos días. Dormimos en las orillas de los ríos, lo suficientemente lejos para escapar de lo peor de los mosquitos. Snorri se reía de mis quejas.

―Durante el verano en el norte los mosquitos en el aire son tan grandes que producen sombras.

―Probablemente por eso eres tan pálido ―dije―. Sin bronceado y la pérdida de sangre debido los mosquitos.

Me fue difícil encontrar el sueño. El suelo duro no ayudó, ni la picazón ni cualquier cosa que usara para suavizarlo. Todo el asunto me recordó la miseria que había sido el Campamento Scorron dos veranos atrás. Es cierto que no estuve allí más de tres semanas antes de volver a ser agasajado como el héroe del Paso de Aral y que cuidaran y curaran mi pierna herida, lesionada en combate, o por lo menos por correr de un combate a otro. En cualquier caso, estaba tirado en el suelo demasiado duro y áspero mirando las estrellas, con el río susurrando en la oscuridad y los arbustos vivos con cosas que murmuraban y crujían. Entonces pensé en Lisa DeVeer y sospeché que pasarían varias noches entre hoy y mi regreso al palacio y no iba a encontrar ocasión para preguntarme cómo había acabado en tal situación. Y en las horas más cortas de la noche, sintiendo lástima de mí mismo, incluso encontré tiempo para preguntarme de nuevo si Lisa y sus hermanas podrían haber sobrevivido a la ópera. Quizás Alain había convencido a su padre de que las dejara en casa como castigo por las compañías que habían estado manteniendo.

―¿Por qué no duermes, Marcha Roja? ―habló Snorri desde la oscuridad.

―Estamos en la Marcha Roja, nórdico. Sólo tiene sentido llamar a alguien por su lugar de origen cuando se está muy lejos de él. Ya hemos pasado por esto.

―¿Y lo de dormir?

―Hay mujeres en mi mente.

―Ah. ―Había tanto silencio que pensé que lo había dejado, entonces…―. ¿Alguna en especial?

―Prácticamente todas, y su ausencia en esta orilla del río.

―Es mejor pensar solo en una ―dijo.

Contemplé las estrellas durante mucho tiempo. La gente dice que giran, pero no pude notarlo.

―¿Por qué estás despierto aún?

―Me duele la mano.

―¿Un rasguño como ese? ¿Y un gran Vikingo como tú?

―Estamos hechos de carne al igual que otros hombres. Esto necesita limpieza, coserlo. Si se hace bien conservaré el brazo. Dejaremos el bote cuando el río se ensanche, luego bordearemos la costa. Encontraré a alguien en Rhone.

Él sabía que habría un puerto en la desembocadura del río, pero si la Reina Roja lo había marcado para morir, sería una locura ir allí en busca de tratamiento.

El hecho de que la Abuela hubiera ordenado que lo pusieran en libertad y de que el puerto de Marsail era un centro de renombre en medicina, con una escuela que había producido los mejores médicos de la región durante casi trescientos años, lo guardé para mí. Decírselo desentrañaría mis mentiras y me pintaría como el arquitecto de su destino. No me sentía al respecto, pero era mejor eso a que decidiera cortarme con su espada.

Volví a las imaginaciones de Lisa y sus hermanas, pero en lo más profundo de la noche el fuego encendió mis sueños, coloreándolos de violeta, y vi a través de las llamas, no la agonía de los moribundos, sino dos ojos oscuros en la hendidura oscura de una máscara.

De alguna manera había roto el hechizo de la Hermana Silenciosa, escapé del infierno, y se desvaneció parte de la magia… pero, ¿qué otra cosa podría haber escapado y dónde podría estar ahora? De repente, cada ruido en la oscuridad era el lento paso de ese monstruo, olfateándome en la noche ciega, y a pesar del calor un sudor frío yacía sobre mí.

*** La mañana azotó con la promesa de un día de verano abrasador. Más una amenaza que una promesa. Cuando observas desde un porche cubierto del sol, bebiendo vino helado y el verano de la Marcha Roja pinta limones en las ramas de los jardines; eso es una promesa. Cuando tienes que trabajar un día entero en el polvo para cubrir la distancia de un pulgar en el mapa; eso es una amenaza. Snorri frunció el ceño al este, rompiendo su ayuno con los últimos restos del pan que había robado en la ciudad. Dijo poco y

comió con la mano izquierda, la derecha estaba roja e hinchada, la piel con ampollas como en los hombros, pero no por quemaduras del sol.

El río tenía un aire salobre, las orillas separándose y entregándose a las marismas. Nos pusimos de pie al frente de nuestro bote, ahora el agua estaba a cincuenta metros de distancia, absorbidos de nuevo por el flujo de las mareas.

―Marsail. ―Señalé una bruma en el horizonte, una mancha de oscuridad contra el arrugado azul donde la distancia del mar estaba concentrado bajo el cielo.

―Grande. ―Snorri negó con la cabeza. Fue a la barca de remos e hizo una ligera reverencia, murmurando. Algunas malditas oraciones paganas, sin duda, como si fuera necesario agradecer a esa cosa, por no ahogarnos. Terminó por fin, se dio la vuelta y me hizo un gesto para liderar el camino.

―Rhone. Y por carreteras rápidas.

―Serían más rápidas si tuviéramos caballos.

Snorri resopló como si estuviera ofendido por la idea. Y esperó. Y esperó un poco más.

―Oh, ―dije, y nos conduje, aunque en verdad mi experiencia terminaba con el conocimiento de que el río Rhone yacía al norte y un poco al oeste. Yo no tenía la menor idea acerca de las carreteras locales. De hecho, pasado Marsail tendría problemas para nombrar cualquiera de las principales ciudades de la región. Sin duda mi prima Serah podría volverlos locos, por sus pechos desafiando la gravedad todo el tiempo, y el primo Rotus probablemente podría aburrir a un bibliotecario hasta la muerte hablando de la población, producción y la política de cada asentamiento hasta la última aldea. Mis atenciones, sin embargo, siempre se habían centrado más cerca de casa y con ocupaciones menos dignas.

Salimos de la amplia franja donde la llanura aluvial estaba cultivada y subimos por una serie de cordilleras hacia tierra más seca. A Snorri le corría el sudor en el momento en que la tierra se niveló. Parecía estar teniendo problemas; tal vez una fiebre por la herida tenía sus garras sobre él. No pasó mucho tiempo para que el sol se convirtiera en una carga. Después de un kilómetro y medio o tres de senderismo a través de los valles pedregosos y matorrales ásperos, con los pies doloridos, y las botas demasiado apretadas, regresé al tema de los caballos.

―¿Sabes qué sería bueno? Caballos. Eso es.

―Los nórdicos navegamos. No cabalgamos. ―Snorri parecía avergonzado, o tal vez fuera por las quemaduras del sol.

―¿No lo hacen o no pueden?

Se encogió de hombros.

―¿Qué difícil puede ser? Sostener las riendas e ir hacia adelante. Si nos encuentras caballos, los montaremos. ―Su expresión se ensombreció―. Tengo que volver allí. Dormiré sobre la montura si un caballo me lleva al norte antes que Sven Broke-Oar termine su trabajo en el Hielo Amargo.

Se me ocurrió entonces que el nórdico realmente esperaba que su familia pudiera sobrevivir. Pensaba en esta misión como un rescate en lugar de una venganza. Eso me hizo sentir peor. La venganza es un asunto de cálculo, se sirve mejor fría. El rescate es más como un sacrificio, peligro suicida, y toda clase de locura que debería hacerme correr en la dirección opuesta. Romper el hechizo que nos unía se volvió una prioridad mayor. Por el aspecto de su mano, que parecía empeorar a cada hora, con la infección propagándose ahora marcada por el oscurecimiento de sus venas, teníamos que romper el hechizo lo más rápido posible. No sea que se me muriese y entonces mis terribles predicciones sobre las consecuencias para uno de nosotros si el otro moría, serían puestas a prueba. Lo había dicho como una mentira, pero lo había sentido como una verdad cuando lo dije.

*** Caminábamos penosamente en medio del calor del día, forzándonos a atravesar un sendero de un bosque de coníferas seco y sin aire. Horas más tarde, los árboles nos liberaron, con rasguños y pegajosos tanto de savia como de sudor. Por suerte nos desbordamos en un margen del bosque directamente sobre un camino ancho, salpicado de restos de antigua pavimentación.

―Bien ―Snorri asintió limpiando la cuneta lateral con una patada―. Pensé que te habías perdido allá atrás.

―¿Perdido? ―Fingí estar herido―. Cada príncipe debe conocer su reino como la espalda de… de… ―Un recuerdo atisbado de la espalda de Lisa DeVeer vino a mí, el patrón de las pecas, los huesos de su columna vertebral proyectando sombras a la luz de la lámpara mientras se inclinaba para alguna dulce tarea―. De algo familiar.

El camino terminó en una meseta donde innumerables manantiales brotaban de las colinas del este a lo largo del manto de piedra, y la tierra regresaba al cultivo. Los olivares, el tabaco, campos de maíz. Aquí y allá, una casa de campo solitaria o colecciones de cabañas de piedra, con tejados de pizarra, acurrucadas juntas buscando protección.

Nuestro primer encuentro fue con un anciano conduciendo a un burro aún más venerable que él, por delante suyo con golpes de vara. Dos enormes cestos de lo que parecía ser palos casi engullían a la bestia.

―¿Caballo? ―Snorri murmuró la sugerencia cuando nos acercamos.

―Por favor.

―Tiene cuatro patas. Eso es mejor que dos.

―Encontraremos algo más robusto. Y tampoco un caballo de arado. Algo apropiado.

―Y rápido ―dijo Snorri.

El burro nos ignoró, y el viejo prestó un poco más de atención a nuestra conversación, como si encontrarse vikingos gigantes y príncipes harapientos fuera algo cotidiano.

―Ajá.

Y había pasado.

Snorri frunció los labios llenos de ampollas y siguió caminando, hasta que a un centenar de metros más abajo del camino algo lo detuvo en seco.

―Eso ―dijo mirando hacia abajo―, es el mayor montón de estiércol que jamás he visto en mi vida.

―Oh, no lo sé ―le dije―. He visto más grandes. ―De hecho, había caído en más grandes, pero ya que este parecía haber caído de una única bestia tenía que estar de acuerdo que era malditamente impresionante. Podrías haber apilado una veintena de platos para la cena con eso si lo desearas―. Es grande, pero he visto parecidos antes. De hecho, es muy posible que pronto tengamos algo en común.

―¿Si?

―Es muy posible, mi amigo, que nuestras vidas sean salvadas por un gran montón de mierda. ―Me volví hacia el viejo de atrás―. ¡Hey! ―grité calle abajo a su espalda―. ¿Dónde está el circo?

El anciano no se detuvo, sino que simplemente extendió un brazo huesudo hacia una cresta tachonada de aceitunas hacia al sur.

―¿Circo? ―Preguntó Snorri, todavía paralizado en el montón de estiércol.

―¡Estás a punto de ver un elefante mi amigo!

―¿Y ese elefante curará mi mano envenenada? ―Mantuvo la parte en cuestión levantada haciendo una mueca mientras lo hacía.

¡El mejor lugar para conseguir que te vean las heridas fuera de un hospital del campo de batalla! Estas personas hacen malabares con hachas y palos de fuego. Se mecen en trapecios y caminan sobre cuerdas. No hay un solo circo en el Imperio Caído que no tenga media docena de personas que puedan coser heridas y, con suerte, un vendedor de hierbas para otros padecimientos.

Un camino se apartaba de la carretera cuatrocientos metros más adelante y conducía hacia la cima.

Tenía evidencia de tráfico reciente, y sí que era un gran tráfico, el suelo duro marcado con surcos por las ruedas, los árboles que sobresalían mostraban ramas rotas recientemente. En la cima pudimos ver un campamento: Tres grandes círculos de vagones, varias tiendas extendidas. No era un circo creado para entretener, sino uno que se movía y disfrutaba de una parada de descanso. Un muro seco de piedra cercaba el campo donde los viajeros habían acampado. Paredes así eran muy comunes en la región, siendo un lugar para poner los pedazos ubicuos de roca que cedía el suelo, ya que era un medio para contener al ganado o marcar límites. Un amargo enano de pelo gris estaba sentado cuidando la puerta de tres barrotes en la entrada del campo.

―Ya tenemos un hombre fuerte. ―Miró a Snorri con un estrabismo miope y escupió una impresionante cantidad de flema en el polvo. El enano era del tipo que se asemeja a los hombres comunes en el tamaño de su cabeza y manos, pero cuyos torsos han sido concentrados en espacios demasiado pequeños, sus piernas eran delgadas y arqueadas. Se sentó en la pared limpiándose las uñas con un cuchillo y su expresión anunciaba que sería más que feliz usándolo con extraños.

―¡Vamos! ¡Ofenderás a Sally! ―protesté―. Si ya tienes una mujer barbuda, apenas puedo creer que sea tan bien parecida como ésta joven muchacha.

Eso llamó la atención del enano.

―Bueno ¡Hola Sally! ¡Gretcho Marlinki a su servicio!.

Podía sentir a Snorri acercándose desde atrás en una manera que sugería que mi cabeza podría ser destrozada en poco tiempo. El hombrecillo saltó de la pared, miró de reojo hacia Snorri y desenganchó la puerta.

―En marcha. Tienda azul dentro del círculo a la izquierda. Pregunta por Taproot.

Caminé, agradecido de que Gretcho fuera demasiado bajo para pellizcar el trasero de Snorri o podríamos deberle a Taproot un nuevo enano.

―¿Sally? ―El nórdico retumbó detrás de mí.

―Coopera conmigo ―le dije.

―No.

La mayor parte de la gente del circo estaba durmiendo fuera, probablemente por el calor del mediodía, pero una buena parte trabajaba en varias tareas alrededor de los vagones. Reparando ruedas y tachuelas, atendiendo a los animales, cosiendo el lienzo, una chica bonita practicaba piruetas, una mujer con un embarazo avanzado tatuaba la espalda de un hombre sin camisa, el malabarista inevitablemente tiraba cosas esperando atraparlas.

―Absoluta pérdida de tiempo. ―Asentí con la cabeza en dirección al malabarista.

―¡Me encantan los malabaristas! ―La sonrisa de Snorri mostró sus dientes blancos en la oscuridad de su barba.

―¡Dios! ¡Probablemente eres del tipo al que le gustan los payasos!

Su sonrisa se amplió, como si la mera mención de los payasos fuera divertidísima. Bajé la cabeza.

―Venga.

Pasamos una pared de piedra mucho más allá, lejos de la cuesta, había dispersadas varias lápidas. Claramente las generaciones habían usado este sitio para hacer una pausa en sus viajes. Y algunos nunca se fueron. La tienda azul, aunque casi parecía gris, resultó fácil de hallar. Era más grande, limpia y alta que el resto, estaba en el centro y lucía un cartel pintado en mal estado en dos postes.

Famoso Circo del Dr. Taproot Leones, Tigres, Osos, ¡por Dios! Por Nombramiento de la Corte Imperial de Vyene

Ya que llamar con la mano es difícil en la tiendas de campaña, me incliné hacia la trampilla de la entrada y carraspeé.

―… ¿No podías simplemente pintar algunas rayas en el león?

―…

―Bueno, no…Pero ¿podrías lavarlos de nuevo antes de eso?

―…

―No, ya ha pasado un tiempo desde la última vez que bañe a un león, pero…

Mi segundo carraspeo, más teatral les llamó la atención.

―¡Pase! ―Me agaché, Snorri se agachó y entramos.

Me llevó un momento que se me acostumbraran los ojos a la penumbra azul dentro de

la tienda. El Dr. Taproot, supuse, era la figura delgada sentada detrás del escritorio, y

la criatura más substancial inclinándose hacia él, con las manos puestas firmemente en

los papeles entre ellos, debía de ser el compañero objetando acerca de bañar a los

leones.

―¡Ah! ―dijo la figura sentada―. ¡Príncipe Jalan Kendeth y Snorri ver Snagason! Bienvenidos a mi morada. ¡Bienvenidos!

―¿Cómo rayos… ―Me sorprendí a mí mismo. Es bueno que me conozca. Había estado preguntándome cómo lo iba a convencer de que era un príncipe.

―Oh, soy el doctor Taproot, y lo sé todo mi príncipe. ¡Míreme!

Snorri me adelantó y se sentó en una silla vacía.

―Se corre la voz. Especialmente sobre los príncipes. ―Él parecía menos impresionado que yo.

―¡Mírenme! ―Taproot asintió, como un pájaro, una cabeza de rasgos afilados sobre un cuello delgado.

―Los jinetes-mensajeros en el camino Lexicon transportan chismes junto con sus pergaminos sellados. ¡Y qué historia! ¿Realmente saltó sobre un oso ártico, señor Snagason? ¿Cree que podría saltar uno de los nuestros? La paga es buena. Ah, pero tiene lesionada la mano. Un cuchillo de gancho ¿Cierto? ¡Mírenme! ―La cháchara de Taproot llegó tan rápido y se movió tan deprisa que aun sin prestarle toda la atención te sentías hipnotizado.

―Sí, la mano. ―Eso me enganchó―. ¿Tiene usted algún cirujano? Estamos sin fondos. ―Snorri frunció el ceño ante eso―. Pero soy bueno con los créditos. Las arcas reales aseguran mi cartera.

El doctor Taproot me ofreció una sonrisa de complicidad.

―Sus deudas son parte de la leyenda, mi príncipe. ―Levantó las manos como tratando de enmarcar la enormidad de ellas―. Pero no tema, yo soy un hombre civilizado. ¡Nosotros, los del circo no dejamos que un viajero herido se vaya sin atención! Haré

que nuestra dulce Varga vea el asunto personalmente. ¿Una bebida? ―Alcanzó el cajón del escritorio―. Te puedes ir, Walldecker. ―Ahuyentó al hombre de la cicatriz en la cara que había permanecido en silencio durante nuestra conversación en señal de desaprobación.

―¡Rayas! ¡Mírenme! Unas buenas. Serra tiene pintura negra. Ve a Serra.

Volviendo su atención hacia mí, sacó una botella de vidrio oscuro, lo suficientemente pequeña para contener veneno.

―Tengo un poco de ron. Antiguo material del naufragio del Hunter Moon, dragado por hombres de vieiras de la costa Andoran. Pruébalo. ―Mágicamente sacó tres tacitas de plata―. Siempre tengo uno para sentarme y charlar. Es mi marca. ¡Mírenme! El chisme corre por mis venas y tengo que alimentar el hábito. Dígame mi príncipe. ¿Está su abuela bien? ¿Cómo está su corazón?

―Bueno, tiene uno, supongo. ―No me gustó la impertinencia del hombre. Y su ron olía como a lo que los vendedores de hierba frotan sobre los sabañones. Ahora que tenía un silla debajo de mi trasero, y una tienda de campaña sobre mí y mi nombre y posición social siendo reconocidos, empecé a sentirme más como mi viejo yo. Tomé un sorbo de ron y lo maldije por eso―. Sin embargo, no sé nada de cómo lo está llevando. ―La idea de mi abuela sufriendo alguna flaqueza parecía ajena a mí. Ella está hecha de la roca madre y es la que más durará de nosotros. Fue así como Padre lo tenía. ―¿Y sus hermanos mayores? ¿Martus y Darin, no? ¿Martus ya va para los veintisiete, cierto? Si, ¿en dos semanas?

―Um. ―Demonios si yo supiera sus cumpleaños―. Están bien. Martus falló en la caballería, pero al menos consiguió una oportunidad.

―Por supuesto, por supuesto. ―Las manos de Taproot nunca estaban quietas, estaban tomando el aire como si arrancara trozos de información de él―. ¿Y tú tío abuelo? Nunca fue un hombre de bien.

―¿Garyus? ―Nadie sabía nada sobre el viejo. Yo ni sabía que era pariente en mis primeros años, hasta después de ir a visitarlo a la torre donde lo mantenían. Subí por la ventana para que nadie me viera. Era el tío―abuelo Garyus, quien me había dado el relicario con la imagen de mi mamá. Yo debía tener unos cinco o seis años. Sí, no mucho después de que la Hermana Silenciosa me tocara. La mujer del ojo ciego, como yo la llamaba por ese entonces. Me dio una mini-epilepsia. Se quedó y me dominó por un mes. Encontré al viejo Garyus por accidente cuando era pequeño, trepé y me di cuenta de que la habitación no estaba vacía. Él me dio miedo, encorvado y enfermo en

su lecho, retorcido de una forma que un hombre no debe retorcerse. No malvado, pero mal. Me asusté de atraparlo, esa es la verdad. Y él lo sabía. Era bueno sabiendo como trabajaba la mente de un hombre, y también la de un niño

“Yo nací así” había dicho él. No groseramente, aunque yo lo había mirado como si fuera un pecado. Su cráneo sobresalía, deforme, como una patata.

Él yacía recostado en la cama, una jarra y un vaso en la mesa cercana, iluminado por la luz del sol. Nadie iba a verle en esa torre, sólo una enfermera para limpiarlo y a veces un niño que trepaba por la ventana.

“Nací roto.” Con cada frase se quedaba sin respirar. “Yo tenía una hermana gemela, y cuando nacimos tuvieron que separarnos. Un niño y una niña, los primeros gemelos siameses que no eran ambos niña o niño. Nos separaron. Pero no lo hicieron bien y conseguí…esto.” Levantó su brazo torcido, como si hacerlo fuera un trabajo de Hércules.

Se había librado de las sábanas; como una tumba, eso era lo que esas sábanas me hicieron pensar, se acercó y me entregó un medallón, bastante simple, pero con la foto de mi madre en el interior, tan linda y real que se podría pensar que te estaba mirando.

―Garyus. ―Me recordó Taproot, rompiendo el silencio que se había creado.

Hice a un lado eso de mi memoria.

―Está bastante bien. ―Lo que quería decir era: No es de tú incumbencia. Pero cuando estás lejos de casa y más pobre que los ratones de iglesia, tienes que frenar tu orgullo. Garyus era al único al que le dedicaba tiempo, a decir verdad. No podía salir de su habitación. No, a menos que alguien se lo llevara. Así que lo visitaba. Posiblemente era la única tarea que siempre cumplí―. Bastante bien.

―Bien, bien. ―Taproot se retorció las manos, exprimiendo la aprobación, una lucha entre sus dedos demasiado pálidos y largos―. Y Terrateniente Snagason ¿Cómo se encuentra el Norte?

―Frío, y demasiado lejos. ―Snorri dejó la taza vacía, lamiéndose los dientes.

―¿Y el Uuliskind? ¿Sigue siendo blanco? Cabras rojas en las laderas Scraa para la leche, negras para la lana en la cordillera Nfflr?

Snorri entrecerró los ojos al amo del circo, preguntándose tal vez si el hombre estaba leyendo su mente.

estado en Uuliskind? El Undoreth recordaría un circo y sin embargo nunca he

oído hablar de elefantes hasta el día de hoy. Y eso me recuerda. Tengo que ver esa bestia.

Taproot sonrió: de forma estrecha, incluso los dientes detrás de los finos labios. Destapó el ron de nuevo, moviéndose para rellenar nuestras copas.

―Mis disculpas, pero pueden ver la forma de tratar conmigo. Fisgoneo. Pregunto. Devoro los cuentos de los viajeros. Almaceno cada fragmento de información. ―Se tocó la frente―. Aquí. ¡Mírenme!

Snorri tomó la copa con su mano buena.

―Sí. Cabras rojas en Scraa, negras sobre la cordillera Nfflr. Aunque no hay prácticamente nadie que las atienda. Llegaron los barcos negros. Cosas muertas de las Islas Sumergidas. Sven Broke-Oar trajo esta condena sobre nosotros.

―Ah. ―Taproot asintió, juntó los dedos y frunció los labios―. El de los Hardassa. Un hombre duro. No es bueno, me temo. ―Sus pálidas manos confirmaban su opinión―. Tal vez las cabras, rojas y negras, tengan ahora nuevos pastores. Chicos del Hardassa.

Snorri bebió del ron. Puso la mano envenenada sobre la mesa. La herida del cuchillo estaba descolorida y supurando por una ranura entre los tendones.

―Cúrame y tendrás que cambiar esa historia, amo del circo.

―Ciertamente. ―Una rápida sonrisa iluminó el rostro de Taproot―. Matar o curar, ese es nuestro lema. Mírenme. ―Sus manos se movían alrededor del nórdico, nunca tocando, pero si enmarcando y siguiendo la línea de la incisión―.Vayan al vagón de Varga. El más pequeño del círculo rojo. En la agrupación cerca de la puerta. Varga puede limpiar, coser y vendar una herida. Las mejores cataplasmas que alguna vez hayan visto. ¡Mírenme! Incluso una herida rancia se rinde ante ellos.

Snorri se puso de pie, me levanté para ir con él. Se había convertido en un hábito.

―¿Se puede quedar, príncipe Jalan? ―Taproot no levantó la mirada, pero algo en su tono de voz me mantuvo allí.

―¿Ha

―Te veré más tarde ―le dije a Snorri―. Ahórrate la vergüenza de llorar frente a mí cuando Varga esté haciendo su trabajo. Y cuidado con los elefantes. Son verdes y les gusta el sabor a Vikingo.

Snorri respondió con un bufido y se agachó hacia el brillo cegador del día.

―Un hombre feroz. ¡Míreme! ―Taproot miró la puerta de la tienda, balanceándose a la estela de Snorri―. Dime príncipe. ¿Cómo es que viajan juntos? No lo imagino como uno que busque dificultades en el camino. ¿Cómo es eso que el nórdico no lo ha matado en algún foso o que usted no haya huido a la comodidad de su hogar?

―Tiene que saber que he aprendido a ver más sobre dificultades en Scorron Heights que… ―Algo en el lento pesar con que Taproot negó con la cabeza me dejó sin confianza. Temía mencionar mi heroísmo en el Paso de Aral, él podría reírse de mí. Ese es el problema con los hombres que me conocen demasiado. Un suspiro se me escapó―. ¿Sinceramente? Estamos destinados por un hechizo. Un maldito inconveniente. ¿Usted no tendría un…

―¿Un hechicero jurado? ¿Una mano oculta que pudiera separarlos? ¡Mírame! Si tuviera tal cosa, este circo sería una mina de oro y yo el más rico de todos los hombres ricos.

Había esperado que se riera ante mis afirmaciones del hechizo, así que ser tomado seriamente era un alivio, aunque oír lo difícil que era deshacerse de la magia era menos agradable.

Taproot terminó su bebida y puso la pequeña botella de vuelta en la gaveta.

―Hablando de hombres ricos, podrías estar interesado en saber sobre un Maeres Allus.

―Claro que él sabía. Taproot sabía sobre el hermano secreto de la Reina

Roja, demasiado roto para el trono. Él sabía de cabras masticando en las laderas

―Tú sabes

distantes de Fjords. Difícilmente no sabría del señor más grande del crimen de Vermillion.

―Mírame. ―Taproot puso un dedo delgado junto a su nariz delgada―. Maeres tiene secretos que ni siquiera yo sé. Y no está muy complacido contigo.

―Entonces, quizás un viaje al norte sería bueno para mi salud en cualquier caso ―dije.

―Muy cierto. ―Taproot me despidió con la mano, agitándola como si yo fuera un acróbata que viene a pedir más serrín para el anillo central y no un Príncipe de la Marcha Roja. Dejé que lo hiciera también, cuando un hombre que sabe demasiado, no desgasta sus modales en ti, es mejor seguir adelante.

Capítulo 9

La

mujer embarazada, dejando de tatuar por un momento, me condujo hacia el vagón

de

Varga. Caminaba como pato en frente de mí, con cada paso que daba parecía estar

más cerca de dar a luz, aunque dijo que todavía faltaban semanas para eso.

Daisy me dijo. Su nombre, o tal vez como planeaba nombrar al bebé si es que resultaba ser niña. No estaba escuchando con mucha atención. Habíamos pasado por una carreta donde una mujer con medias ajustadas de seda estaba sentada, con los tobillos cruzados detrás de su cabeza y mi atención se había apartado.

¿Daisy? Un buen nombre. Para una vaca.

Vi al elefante, acorralado por una cerca que él mismo podría derribar de un golpe, atado

a un grueso poste con una cadena. Varios hombres del circo, mostrando esbeltos y musculosos cuerpos, se paseaban alrededor de una barra hecha con dos barriles y un tablón, observando al elefante y a lo que sea que pasase por ahí. Detrás de ellos una carreta llena de cerveza les proporcionaba sombra. Los circos siempre venían con cerveza en abundancia para la audiencia. Supongo que es más fácil impresionar a un público borracho.

Más adelante, pasamos por una tienda de campaña andrajosa cosida con lunas y estrellas, símbolos del horóscopo esparcidos entre los cielos desteñidos. Un viejo estaba sentado afuera en un taburete de tres patas, dientes torcidos, en mal estado y con manchas en la piel.

Estrecha mi mano, forastero. No pude definir si la criatura era hombre o mujer.

No la complazcas. Daisy apuró el paso. Es una chiflada. Todo es perdición y melancolía. Ahuyenta a los jugadores.

Eres la presa nos gritó la anciana, luego tosió como si un pulmón le hubiera estallado. Presa. No sé a quién iban dirigidas esas palabras.

Guárdate eso para los campesinos le dije, pero me causó un escalofrío. Siempre lo hace. Creo que es por eso que se venden las profecías.

Caminamos hasta que la tos seca se desvaneció detrás de nosotros. Me reí, pero en realidad me había sentido cazado desde que dejé la ciudad. Aunque no sabía por qué. Más que la Hermana Silenciosa, más que los terrores de Maeres, eran los ojos detrás

de esa máscara de esmalte que me observaba en mis momentos de calma. Sólo un vistazo a la ópera, sólo un breve encuentro, y aún me perseguía.

Varga Daisy señaló un vagón tal como Taproot lo había descrito. Respiró profundamente y empezó a andar, de vuelta por el camino que vinimos. No dije gracias, me distraje por el pequeño grupo de mujeres escasamente vestidas agrupadas alrededor de la puerta del vagón de Varga. Bailarinas, pensé, por su flexibilidad y los retazos de seda que llevaban puestos.

Señoritas. Me acerqué, mostrándoles mi mejor sonrisa. Sin embargo, parecía que un príncipe alto y rubio de la Marcha Roja era menos interesante que un enorme y oscuro nórdico con músculos hinchados, como si sus brazos y piernas hubieran sido rellenas de piedra. Las muchachas señalaban a la oscuridad debajo del toldo, soltando risitas con las manos en sus bocas, intercambiando susurros de admiración. Me incliné y subí al vagón de cuatro ruedas.

No era necesario quitarle la camisa dije. Son sus manos las que necesitan que se retiren cosas.

Snorri me lanzó una mirada oscura desde el sofá en el cual había estado acostado. Realmente tenía una topología alarmante, su estómago surcado y dividido por músculo, su pecho y brazos rebosando de poder, venas retorciéndose a través de él para alimentar sangre al motor de su fuerza, todo tenso ahora contra el dolor que las investigaciones de Varga le estaban causando.

Me estás bloqueando la luz. Varga detuvo el trabajo complicado y se dio la vuelta. Era una mujer de mediana edad, canosa, con un rostro poco atractivo del tipo que muestra compasión y desaprobación en medidas iguales.

¿Vivirá? pregunté con genuino interés aunque emprendedor.

Es una herida desagradable. Los tendones no están dañados pero uno de los huesos pequeños de la mano está roto, otro dislocado. Sanará, pero lentamente, y sólo si la infección es contenida.

¿Entonces es un sí?

Probablemente.

¡Buenas noticias! Me giré hacia las muchachas de afuera. Esto merece una celebración. Bellas damas, déjenme invitarlas a beber algo y así permitámosle a mi compañero un poco de privacidad. Caminé hasta estar entre ellas. Olían a maquillaje, perfume barato, sudor. Todo bien. Soy Jalan, pero pueden llamarme Príncipe Jal.

Al fin mis viejos encantos empezaron a funcionar. Incluso la magnificencia esculpida de Snorri ver Snagason tuvo dificultad al competir con la palabra mágica príncipe.

Cherri. Un placer conocerlo, Su Majestad. había algo de duda en su voz, pero pude darme cuenta de que quería creer que su príncipe había llegado.

Tomé su mano.

Encantado. Y sonrió hacia mí, suficientemente linda con una nariz respingona y ojos pícaros, cabello rubio, rizado, con rayos dorados.

Lula dijo su amiga, una moza pequeña con cabello negro y corto, pálida a pesar del verano, y entallada como para satisfacer el sueño de cualquier estudiante.

Con Cherri en un brazo, Lula en el otro, y un grupo de bailarinas siguiéndonos, dirigí el camino de vuelta a la carreta de cerveza. Snorri soltó un jadeo debajo del toldo de Varga. Y la vida fue buena.

*** La tarde pasó con una neblina agradable y me privó de la compañía de mis últimas coronas de plata. Los hombres del circo resultaron ser extraordinariamente tolerantes al verme manoseando a sus mujeres, tal como hacían las mujeres del circo, y nos recostamos en cojines situados frente a la carreta de cerveza, bebiendo vino en ánforas, cada vez más ruidosos mientras las sombras se alargaban.

Fastidiosamente, las bailarinas siguieron preguntándome acerca de Snorri, como si el héroe de Aral entre ellas no fuera suficiente para captar su atención.

¿Es un caudillo? preguntó Lula.

Es tan grande dijo una belleza pelirroja llamada Florence.

¿Cuál es su nombre? Una chica Nuban, alta con bucles de cobre a través de sus orejas y una boca hecha para besarla. ¿Cómo lo llaman?

Snorri dije. Significa golpea-esposas.

¿No? Cherri, con los ojos muy abiertos.

¡Sí! Fingí tristeza. Un temperamento horrible; si una mujer lo molesta él le corta la cara. Dibujé una línea con el dedo por mi mejilla.

¿Cómo es el Norte? No era tan fácil de distraer la chica Nuban.

Me acerqué el ánfora a la boca, tragando vino mientras extendía la mano en un ángulo inclinado.

Como esto. Me limpié los labios. Sólo que congelado. Todos los norteños se van a las costas, donde se congregan en aldeas miserables y con olor a pescado. Se abarrota de gente. De vez en cuando un grupo más se desliza sobre su trasero desde las montañas y el único lugar para los más cercanos a la costa es en un bote. Y entonces zarpan. Imité el progreso de un barco a través de las olas. Le di a Lula mi ánfora. ¿Esos cuernos en sus yelmos? Me hice dos cuernos, una mano a cada lado de mi cabeza. Cuernos de cornudos 6 . Los recién llegados están rebotando en la cama con las esposas que han sido dejadas atrás. En un lugar terrible. Nunca vayan allí.

Una niña y un niño pequeños vinieron a cantarnos, una pareja singular con voces claras y agudas, incluso el elefante se acercó para escuchar. Tuve que callar a Cherri para oír ininterrumpidamente cuando cantaban “High-John”, pero la deje soltar risitas en medio de su interpretación de “Boogie Bugle”. Sin advertencia, sus voces se elevaron en un aria que me llevó de vuelta a la ópera de mi Padre. La cantaron de una manera más dulce y con más corazón, pero aun así el mundo parecía cerrarse a mí alrededor y escuché aquellos gritos en el incendio. Y debajo de esos gritos, en mi memoria despertó un sonido más profundo, algo escuchado pero al mismo tiempo no entendido, un tipo de aullido diferente. El rugido de algo enojado en vez de asustado.

Suficiente. Les lancé un cojín. No les di y el elefante lo recogió del suelo. ¡Largo! El labio de la pequeña niña tembló por un instante y luego ambos se fueron.

—… “denles lo que quieran, queridos.” Eso es todo lo que dice. Con Taproot todo es caderas y tetas. No hay arte en eso para él Lula me miró por encima del cáliz de arcilla, buscando afirmación.

Bueno, para ser justo, Lula, tú eres mayormente caderas y tetas dije, mis palabras un tanto insultantes ahora.

Se rieron con eso. La combinación de un título y vino fluyendo libremente hará a las personas reírse de cualquier cosa que parezca sonar gracioso, y nunca me he quejado de eso, ni una vez. Una gran palabrota se oyó en dirección del vagón de Varga. Puse un brazo alrededor de Cherri, otro alrededor de Lula, y las acerqué a mí. Disfruta el mundo mientras puedas, digo. Una filosofía lo suficientemente superficial con la cual vivir, pero superficialidad es lo que me tocó. Además, lo profundo está dispuesto a ahogarte.

Las primeras estrellas de la tarde me vieron ser escoltado a un tour por el vagón de las bailarinas, apoyado en cada lado por Cherri y Lula, aunque sería difícil decir quién

6 Un hombre con una esposa que está con muchos hombres.

daba más soporte. Nos dejamos caer dentro y es extraño decir que en la oscuridad, casi todo lo que queríamos hacer requería de tres pares de manos.

*** En la oscuridad de la noche, una conmoción interrumpió los procedimientos en el vagón de las bailarinas. Al principio lo ignoramos. Cherri estaba haciendo su propio alboroto y yo estaba haciendo lo mejor para ayudarla. Lo ignoramos hasta que el balanceo del vagón se detuvo, haciendo a Cherri tomar aliento. Hasta ese punto había escuchado muy poco encima de sus exclamaciones y el crujido de los ejes y soportes.

¡Jalan! La voz de Snorri.

Saqué mi cabeza entre las rendijas, hacia la luz de las estrellas, nada contento. Snorri estaba de pie agarrando la cama de la carreta con un brazo grueso, deteniendo su movimiento.

Ven.

No tenía el aliento para decirle que eso era lo que estaba intentando hacer. En vez de eso, salí, amarrándome lo que necesitaba ser amarrado.

¿Sí? dije, sin esconder el temperamento de mi voz.

Ven. Me guió entre las carretas más cercanas. Podía escuchar llantos ahora. Lamentaciones.

Snorri siguió el gradiente del campo, dejando que nos guiara un poco hacia afuera de las carretas alrededor de la tienda de Taproot. Aquí varias docenas de personas del circo se acurrucaban ante el fuego.

Un niño murió. Snorri puso su mano sobre mi hombro, como para ofrecer apoyo. No nacido.

¿La mujer embarazada? Una tontería que decir, tenía que ser una mujer embarazada. Daisy. Recuerdo su nombre.

El bebé está enterrado. Asintió hacia un pequeño montículo en la tierra más allá del fuego, ceñido entre dos viejas lápidas. Deberíamos dar el pésame.

Suspiré. No más diversión para Jal esta noche. Sentí lástima por la mujer, claro, pero los problemas de personas que no conozco nunca llegan tan profundamente dentro de mí. Mi padre, en uno de sus raros momentos de coherencia, lo declaró como un síntoma de la juventud. Mi juventud, al menos. Le pidió a Dios que me hiciera llevar la compasión como carga más adelante en la vida. Simplemente me impresionaba el

hecho de que me hubiera notado, o a mis costumbres por una vez, y claro, siempre es bueno para un cardenal recordar hablar con Dios de vez en cuando.

Nos sentamos un poco separados del grupo principal, aunque lo suficientemente cerca para sentir el calor de la hoguera.

¿Cómo está la mano?

Duele más, se siente mejor. Extendió su extremidad en cuestión y la flexionó ligeramente, contrayéndose del dolor. Me extrajo mucho veneno.

Afortunadamente Snorri omitió la mayoría de detalles. Algunos buscan entretenerte con los detalles sangrientos de sus padecimientos. Mi hermano Martus hubiera pintado cada gota brillante de pus para mí en uno de sus monólogos de pobre-de-mí, para los cuales el único remedio es una salida rápida.

La noche estaba lo suficientemente cálida, combinada con el fuego y mi ejercicio reciente, para dejarme agradablemente somnoliento. Me recosté sobre el suelo, sin quejarme por su dureza o el polvo en mi cabello. Por un momento o tres observé las estrellas y escuché el llanto suave. Bostecé una vez y el sueño me llevó.

Sueños extraños me persiguieron esa noche. Vagaba por un circo vacío, perseguido por el recuerdo de los ojos detrás de esa máscara de porcelana pero encontrando solo a las bailarinas, cada una sollozando en su cama y rompiéndose en fragmentos brillantes cuando intentaba tocarlas. Cherri estaba ahí, Lula también, y se rompieron juntas, diciendo una sola palabra. Presa. La noche se fracturó, agrietándose a través de tiendas de campaña, llantas, barriles; un elefante rugió en la oscuridad de la noche. Mi cabeza llena de luz hasta que al fin abrí los ojos para no quedarme ciego.

¡Nada! Solo el bulto de Snorri, sentado a mi lado, sus rodillas encogidas. El fuego había disminuido a brasas rojas. La gente del circo ya se había ido a sus camas, llevando su tristeza con ellos. Ningún sonido, solamente el zumbido y chirrido de insectos. Los latidos de mi corazón disminuyeron la velocidad. La cabeza me siguió doliendo como como si estuviera fracturada, pero la culpa por ese encuentro con un cuarto de galón de vino, fue engullida en el calor del día.

Es una cosa que hace al mundo llorar, la pérdida de un bebé. El murmullo de Snorri fue casi tan profundo como para poder entenderlo. En Asgard, Odín lo ve y su ojo que no parpadea, parpadea.

Pensé que sería mejor no mencionar que técnicamente un Dios con solo un ojo solo puede guiñarlo.

Todas las muertes son tristes. Me pareció algo bueno que decir.

La mayoría de lo que un hombre es, ha sido escrito para el momento en que su barba empieza a cosquillear. Un bebé está hecho de varios “tal vez”. Hay pocos crímenes peores que el fin de algo antes de su tiempo.

Una vez más me mordí la lengua y no me quejé que eso era exactamente lo que él había dicho antes en la carreta de las bailarinas. No fue tacto lo que me mantuvo callado sino el deseo de no terminar con la nariz rota otra vez.

Supongo que algunas tristezas sólo pueden tocar en realidad a un padre. Había escuchado eso en alguna parte. Pienso que tal vez mi Prima Serah lo había dicho en el funeral de su hermano pequeño. Recuerdo todas las cabezas grises asintiendo e intercambiando palabras acerca de ella. Probablemente lo sacó de un libro. Incluso a la edad de catorce años estaba planeando obtener la aprobación de la Abuela. Y su trono.

Cuando te conviertes en padre, eso te cambia. Snorri habló en dirección al brillo del fuego. Ves el mundo de otra manera. Aquellos que no cambian no eran completamente hombres para empezar.

Me pregunté si estaba borracho. En ese estado es cuando suelo hablar profundidades hacia la noche. Luego recordé que Snorri fue padre. No podía imaginarlo. Pequeños, una vez, rebotando en sus rodillas. Manos pequeñas tirando de sus trenzas de batalla. Aun así, entendí mejor su humor ahora que pude suponer qué era lo que veía entre las brasas. No a este niño no nacido, sino a sus propios hijos, huyendo de los horrores de la nieve. La cosa que lo llevó al norte contra todo sentido.

¿Por qué estás aquí todavía? le pregunté.

¿Por qué lo estás tú?

Me desmayé. La exasperación se notó levemente en mi voz. ¡No me quedaré a hacer vigilia! De hecho, ahora que estoy despierto buscaré un lugar mejor para dormir. Tal vez uno con curvas más interesantes y una nariz respingona. Me puse de pie, un lado de mi cuerpo me dolía, y pataleé para darle algo de vida a mis piernas.

¿No puedes sentirlo? dijo mientras me giraba para irme.

No. Pero sí podía. Algo estaba mal. Un sentimiento de quebrantamiento. No, no puedo. Aun así, no di ni un paso más.

En un respiro los insectos silenciaron su coro. Un sonido profundo me alcanzó, retumbando desde la planta de mis pies, aún descalzos.

Ah, demonios. Mis manos temblaban, con el familiar terror a lo desconocido, pero también con algo nuevo, como si estuvieran llenas de luz fragmentada.

Sí, demonios. Snorri se puso de pie también. Tenía su espada robada en la mano. ¿La había tenido todo el tiempo o había ido a buscarla mientras dormía? Apuntó con la espada hacia la tumba del bebé. El ruido había venido de ahí. Un excavación, un rasguño, el sonido de las raíces abriéndose camino a ciegas a través de la tierra. La lápida a la izquierda se inclinó mientras el suelo se hundía bajo ella. La de la derecha se tambaleaba hacia adelante, cayendo con un golpe sordo. Todo alrededor de montículo del niño se agrietaba y se levantaba.

Deberíamos correr dije, no teniendo ni la menor idea de por qué no lo estaba haciendo ya. La palabra presa se repetía una y otra vez detrás de mis ojos. ¿Qué está pasando ahí abajo? Tal vez una fascinación extraña me mantuvo ahí, o la inmovilidad de un conejo bajo de las garras de un halcón.

Algo está siendo construido dijo Snorri. Cuando el no nacido regresa, toma lo que necesita.

¿Regresa? A veces pregunto incluso cuando en realidad no quiero saber la respuesta. Mal hábito.

Es difícil regresar para el no nacido. No son como los caídos que se levantan gracias

a la muerte de los hombres. Snorri empezó a balancear la espada con la mano

izquierda, haciéndola borrosa alrededor de él en destellos del brillo del fuego, haciendo

al

aire suspirar. Son cosas no comunes. El mundo debe de ser abierto para aceptarlos,

y

su fuerza es incomparable. El Rey Muerto en verdad debe querernos bastante.

Mis pies reaccionaron a eso y corrí. Mientras el suelo se elevaba y una cosa oscura se levantaba, arrojando terrones secos de tierra y sacudiendo lápidas, avancé cinco pasos grandes antes de tropezar con una jarra de vino; posiblemente una que había traído conmigo, y cayendo de cara.

Me di la vuelta y vi el resplandor de las estrellas y la tenue luz de las brasas haciendo su silueta visible, algo terrorífico todavía enterrado y aun así más sobresaliente que el nórdico, una cosa delgada de huesos viejos, con ropas andrajosas, brazos sobrecogedores con garras construidas de demasiados huesos de dedos para contar. Y cerca de estos restos secos y chirriantes, algo húmedo y brillante, una frescura vital corriendo a lo largo de un Golem construido de la arena de la tumba, tejiendo esto con lo otro, sangrando con rapidez en la construcción.

Snorri anunció a gritos su desafío sin palabras, pero se mantuvo firme: No atacó a su enemigo. Le sobrepasaba por más de un metro. La cosa muerta extendió un brazo, sus garras buscando a Snorri, luego regresó la mano a su lugar. Un cráneo gris, lleno de nueva humedad, se unió a un cuello que una vez fue la totalidad de la columna de un

hombre. ¡Y habló! Aunque no tenía pulmones para soplar, ni lengua para formar sus palabras, habló. La voz del no nacido chirrió como un diente contra otro, rechinó como un hueso contra otro, y de alguna manera llevaba un significado.

Reina Roja dijo.

Snorri retrocedió un paso, su espada levantada. El cráneo roto y esos espantosos hoyos húmedos que servían de ojos me encontraron, descalzo, desarmado y alejándome de espaldas en el suelo.

Reina Roja.

¡Yo no! Nunca he oído acerca de ella. La fuerza abandonó mis piernas y dejé de intentar escapar, aunque era lo único que quería hacer.

Tú llevas su propósito dijo. Y la magia de su hermana. Balanceó su cabeza hacia Snorri y pude respirar de nuevo. O tú dijo, ¿Y tú? El no nacido volvió su mirada hacia mí otra vez, ahora hacia mis pies. Bajo esa inspección empecé a morir de nuevo. ¿Escondido? El cráneo se inclinó en pregunta. ¿Cómo está escondido?

Snorri atacó. Mientras la atención del no nacido se mantenía fija en mí, avanzó con la espada en su otra mano, y lo golpeó en su angosta cintura de hueso, piel seca y cartílago viejo. La cosa se sacudió alarmantemente, se recuperó, y lo alejó con una ligera palmada que levantó al nórdico del suelo y lo envió disparatándose, su espada volando detrás de mí, perdida en la noche.

Las batallas en base a la estrategia, y el eje central de la estrategia son las prioridades. Como mis prioridades eran Príncipe Jalan, Príncipe Jalan, Príncipe Jalan, y “tener buen aspecto” en el cuarto puesto, aproveché la oportunidad de retornar mi huida. Considero que lo más importante del éxito es la habilidad de actuar en el momento. Un héroe ataca en el momento; un buen cobarde huye en él. El resto del mundo espera el siguiente momento y termina como carroña para los cuervos.

Avancé diez metros antes de casi rebanarme el pie con la espada de Snorri, la cual había terminado su trayectoria con la punta hacia arriba. Veinte centímetros de la espada estaban enterrados en la tierra fuerte, el resto sobresalía peligrosamente. Incluso en mi terror reconocí el valor de tres pies de acero frío y me detuve para tirar de ella. La acción hizo que me girara y pude ver al no nacido acercarse a Snorri, fantasmagórico a la luz de las estrellas. Desarmado, Snorri se negó a correr y sostenía lo que parecía ser una lápida sobre él como un escudo. La piedra se destrozó bajo el puño del no nacido. Una mano delgada de muchos huesos rodeó la cintura del Vikingo, en algún momento sería destripado o le arrancaría la cabeza.

Algo enorme, oscuro y lamentándose como una banshee se arrastró hacia mí desde el campamento. En vez de ser aplastado bajo su enorme corpulencia, corrí, eligiendo la dirección donde estaba apuntando anteriormente. Necesitaba toda mi rapidez para mantenerme alejado de los enormes pies golpeando detrás de mí, y gritando, me dirigí directamente al no nacido, tratando desesperadamente de tener piernas extras para virar hacia un lado.

En el último momento, con los pantalones listos para mojarse, me dejé caer hacia la izquierda, no dándole a Snorri por poco, me di la vuelta, di vuelta otra vez, y de alguna manera evité ensartarme la espada. Me levanté para ver, atónito, mientras Cherri rebotaba sobre un elefante enfurecido. El no nacido cayó con el sonido de un centenar de palos húmedos rompiéndose, el suelo en pedazos bajo los pies contundentes del tamaño de rodelas. El elefante retumbaba en la oscuridad de la noche, todavía llevando a la chica, y haciendo un sonido de trompetas lo suficientemente fuerte como para despertar a los muertos, si es que alguno dormía todavía.

Snorri aterrizó cerca de mí con un ruido sordo y me sobresalté. Se mantuvo en el suelo sin moverse el tiempo que mi corazón tardó en latir cinco veces, luego se levantó con sus brazos gruesos. Extendí su espada y la tomó.

Gracias.

Era lo menos que podía hacer.

Cualquier hombre no iría a recuperar el arma de su compañero y luego atacar a un no nacido con una mano. Se levantó con un gruñido y fijó su vista en la oscuridad de la noche. Un elefante, ¿no?

Sí.

Y una mujer. Se acercó a la hoguera y empezó a patear las brasas sobre los restos del no nacido.

Sí.

La gente del circo estaba acercándose a nosotros ahora, formas oscuras contra la noche.

¿Crees que la chica estará bien?

Lo consideré, habiendo pasado algo de tiempo entre sus muslos yo mismo.

Estoy más preocupado por el elefante.

Capítulo 10

A la primera luz la mitad del circo había medio empacado. Nadie expresaba ningún deseo de quedarse, y como era de esperar el Dr. Taproot tendría que encontrar un nuevo apeadero la siguiente vez que pasaran por aquí.

Cherri regresó con el elefante mientras esperaba a Snorri por la entrada del terreno. El enano había regresado a su poste y ambos tratábamos de hacernos trampa con las cartas. Me paré y salude. Cherri debió haber esperado que amaneciera para regresar. Se veía demacrada, la pintura de su cara derramada, líneas oscuras alrededor de sus ojos. Un caballero finge no darse cuenta de estas cosas, y me apresuré a atraparla mientras se deslizaba de la espalda de la criatura. Se sintió lo suficientemente bien en mis brazos para que me arrepintiera de la necesidad de irme.

Mis agradecimientos, señora. La puse en el suelo y me aparté de la trompa inquisitiva el elefante. La bestia me hacía sentir siete tipos de nerviosismo y además olía a establo. ¡Buen chico! Le di una palmada en el costado arrugado y giré hacia la puerta de nuevo.

Es una chica dijo Cherri. Nelly.

Ah. ¿De qué otra manera podría llamarse? Salvado por una bailarina en una elefanta. No añadiría eso a la historia del héroe del Paso de Aral.

Cherri tomó la cuerda del ronzal de la elefanta y la guió hacia el campamento, lanzándome una última mirada mágica que me hizo desear una noche más, al menos.

Snorri llegó unos momentos después.

Qué cosa más del demonio. Negó con la cabeza. ¡Elefantes!

Podrías llevarte uno a casa sugerí.

¡Tenemos mamuts! Incluso más grandes, pero con abrigos de piel. Nunca he visto uno, pero ahora lo quiero. Miró hacia el campamento. Le di el pésame a la madre. No hay nada que decir en estas situaciones, pero es mejor decir algo a no decir nada. Dio un pequeño apretón con una mano muy familiar sobre mi hombro. Deberíamos irnos, Jal, ya no somos tan bienvenidos. ¿A menos que quieras hacer algún trueque de caballos?

¿Con qué? Le mostré mis bolsillos. Me dejaron sin dinero.

Snorri se encogió de hombros.

Ese medallón con el que siempre jugueteas podría comprar diez caballos. De los buenos.

Casi nunca lo toco. Lo miré, sorprendido, diciéndome que recordara sus intensos ojos. No recuerdo haberlos mirado ni una vez desde que nos conocimos. Y no es de valor. Dudé que el anciano en el camino hubiera cambiado su burro por el medallón y una corona de plata.

El nórdico se encogió de hombros y empezó a marcharse. Le di un pequeño codazo mientras pasaba.

Taproot ha venido a vernos marchar.

Dr. Taproot se acercó. Parecía incómodo al aire libre, lejos de su escritorio. Dos hombres lo flanqueaban, guiando sus caballos, un capón pálido y una yegua parda.

El primero era el domador de leones que conocimos en lo azul de la tienda de Taproot, el segundo era un hombre enorme quien obviamente estaba ocupando el trabajo de fortachón que que se había pensado inicialmente que buscaba Snorri. Me pregunté si el buen doctor estaba esperando algún tipo de problema.

Taproot. Snorri inclinó la cabeza. La espada robada colgaba de su cintura ahora, dependiendo de un arreglo de tiras de cuerda y cuero.

¡Aja! ¡Los viajeros! Taproot miró a su fortachón, como si lo comparara con Snorri. Ahora yendo al norte. ¡Mírenme!

Ninguno de los dos tenía una respuesta para eso. Taproot continuó.

¿Perseguidos por la mala suerte, tal vez? El tipo de desgracia que llena y vacía tumbas. ¡Mírenme! Sus manos se movían como dramatizando lo que describía. Eso hubiera sido información importante. Ayer al mediodía esa información hubiera ganado su sustento. La tristeza en sus largos rasgos parecía casi perfecta, casi caricaturesca. Me preocupaba que no pudiera saber si la muerte del bebé había significado algo para él o no. De todas formas, no hay que llorar sobre la leche derramada terminó, luego giró para marcharse pero pareció como si recordase algo y se dio la vuelta hacia nosotros una vez más. ¡No nacido! Casi un grito ahora. ¿Traen al mundo a un no nacido? ¿Cómo… —Se controló una vez más y prosiguió, su tono familiar de nuevo. Esto no estuvo bien hecho. No estuvo bien hecho para nada. Deben irse lejos de aquí. Y rápido. Hizo señas a los caballos y sus compañeros caminaron al frente, extendiendo las riendas hacia nosotros. Tomé el capón.

Veinte coronas en su cuenta de deudas, mi príncipe. Taproot inclinó la cabeza una fracción. Sé que serán buenos con eso.

Observé a mi corcel, le palmeé el cuello, sentí la carne sobre sus costillas. Un rocín lo suficientemente decente. Snorri se mantuvo rígidamente al lado del suyo como si estuviera preocupado de que le mordiera.

Muchas gracias dije, y me subí a la silla de montar. Veinte en oro era un precio lo suficientemente justo. Un tanto exagerado, pero justo, dadas las circunstancias. Me sentí mejor montado. Dios nos dio los caballos para que pudiéramos escapar más rápido.

Mejor sean rápidos en el camino, están en el centro de una tormenta, joven príncipe, sin errores. Taproot asintió como si hubiera sido yo el que hablaba y el sólo estaba de acuerdo. Hay manos sumergidas en abundancia en este asunto, muchos dedos en la cacerola. Todos mezclándose. Una mano gris detrás de ti, una mano negra en tu camino. Escarba un poco más profundo, y tal vez encuentres azul detrás del negro, rojo detrás del gris. ¿Y aún más profundo? ¿Va más profundo? ¿Quién sabe? No este guardián de circo. Tal vez todo va más profundo que lo profundo, profundo sin fin. Pero estoy viejo, mis ojos se hacen más débiles, sólo veo a lo lejos.

Um. Parecía la única respuesta sensata para su torrente de tonterías. Podía ver ahora quién entrenó a la adivina del circo.

Taproot asintió a mi sabiduría.

Despidámonos como amigos, Príncipe Jalan. Los Kendeths han sido una fuerza del bien en la Marcha Roja. Extendió su mano delgada y la tomé lo suficientemente rápido, supuse que le dolía mantenerla más tiempo. ¡Eso! dijo. Sentí mucho escuchar de la muerte de su madre, mi príncipe. Solté su mano. Tan joven, era tan joven para la espada del asesino.

Parpadeé hacia él, asentí y conduje mi caballo por el camino.

Vamos, Snorri. Sobre mi hombro. Es como remar un bote.

Caminaré un poco primero dijo, y siguió, guiando a su rocín con las riendas.

Admito un poco de remordimiento en dejar el circo atrás. Me gustaba la gente, el aire del lugar, incluso estando en movimiento. Y por supuesto, las bailarinas. A pesar de eso, tenía una pequeña sonrisa en los labios. Era bueno saber que incluso la amplia fuente de información de Taproot le fallaba de vez en cuando. Mi madre murió por unas fiebres. Toqué el bulto hecho por el medallón bajo mi chaqueta. La foto de mi

madre adentro. Unas fiebres. El contacto me hizo sentir incómodo de repente, y mi sonrisa se desvaneció.

*

Llegamos al camino principal y cruzamos de nuevo al camino que habíamos tomado primero, guiados por direcciones del enano tramposo en la entrada. Ninguno de los dos habló hasta que nos encontramos la pila de estiércol de elefante que me había alertado primero de la proximidad del circo.

Así que, ¿no puedes montar, entonces?

Nunca lo he intentado dijo.

¿Nunca te has sentado siquiera en un caballo? Parecía difícil de creer.

He comido muchos dijo.

Eso no ayuda.

¿Cómo puede ser de difícil? preguntó, no moviéndose ni un poco para descubrirlo.

Menos difícil que saltar sobre osos y bajarse de ellos, supongo. Por suerte, soy el mejor jinete de la Marcha Roja y un gran maestro. Señalé al estribo. Pon el pie ahí. No el primer pie en que piensas, el otro. Súbete y no te caigas.

Las lecciones continuaron lentamente y para su orgullo, Snagason no se cayó. Sí me preocupé de que enterrara sus musculosas piernas en las costillas del caballo, pero al final Snorri y el caballo llegaron a una tregua incómoda en donde ambos adoptaron una sonrisa y siguieron avanzando.

Para el momento en que el sol había pasado su cenit pude darme cuenta que el nórdico estaba sufriendo.

¿Cómo está la mano?

Me duele menos que los muslos gruñó.

—Tal vez si aflojaras un poco el agarre y dejaras al caballo respirar…

Cuéntame acerca de Rhone dijo.

Me encogí de hombros. No llegaríamos a la frontera hasta la tarde siguiente y el último kilómetro bastaría para contarle cualquier cosa que valiese la pena acerca del lugar, pero parecía que necesitaba distracción de sus molestias y dolores.

*

*

No hay mucho que decir. Un lugar terrible. La comida es mala, los hombres hoscos e ignorantes, las mujeres con ojos torcidos. Y son ladrones tal y como son hombres. Si le das la mano a un Rhonish, cuéntate los dedos después.

Nunca has estado allí, ¿verdad? Me lanzó una mirada con los ojos entrecerrados, luego se sacudió para mantenerse estable en la silla.

¿No escuchaste lo que acabo de decir? ¿Por qué iría a un lugar así?

No lo entiendo. Se arriesgó a dar otra mirada hacia atrás. Los reyes de Rhonish fundaron la Marcha Roja, ¿no es así? ¿No fueron los Rhonish quienes les salvaron de la invasión de Scorron? ¿Dos veces?

¡No lo creo! Aunque ahora que lo mencionaba, un vago recuerdo vino a mi mente de días muy calurosos en la Habitación Gris con Tutor Marcle. Pienso que un príncipe de la Marcha Roja sabe un poco más de la historia del lugar que un… campesino fuera de las laderas congeladas de un fiordo. Admito haberme dormido en la mayoría de clases de Marcle, pero probablemente hubiera notado algo como eso. En cualquier caso, son malos.

Para cambiar el tema de la conversación, y porque cada vez que miraba hacia atrás mi imaginación escondía monstruos en las sombras, saqué el tema de la búsqueda.

—Cuando me topé contigo, la fisura, la grieta que me perseguía… venía del hechizo de la Hermana Silenciosa.

Me contaste eso. El hechizo que lanzó para matar a todos en eta ópera tuya.

—Bueno… hubiera matado a todos, pero no creo que esa sea la razón por la cual hechizó el lugar. Tal vez no quería destruirnos a todos, tal vez tenía su objetivo y el resto solo estábamos en el camino. ¿Pudo habernos perseguido hasta el circo lo que sea que ella haya estado persiguiendo?

Snorri levantó las cejas, luego frunció el ceño, luego negó con la cabeza.

Ese no nacido estaba recién formado, del niño de Daisy. No nos siguió hasta ahí.

Eso sonó un poco esperanzador.

Pero, eso no pasó sólo porque sí, ¿no? ¿No se supone que estas cosas son extrañas? Algo hizo que eso pasara. Alguien tratando de matarnos.

Tu Reina Roja estaba recopilando cuentos de muertos. Ella sabe que Ragnarok está cerca de nosotros, la última batalla se acerca. Está planeando luchar contra el Rey Muerto, y seguramente él planea luchar contra ella. El Rey Muerto tal vez sepa de

nosotros, tal vez sepa que nos dirigimos al norte, llevando la magia de la bruja con nosotros. Tal vez sepa que estamos ligados por el Hielo Amargo donde sus muertos se reúnen. Tal vez quiera detenernos.

Mientras que había desviado la conversación de Rhone con éxito, Snorri no me había dicho nada para tranquilizar la mente. Mastiqué y saboreé lo que me había dicho unos cuantos kilómetros más y me supo muy amargo. Estábamos siendo perseguidos, lo sabía, sangre a hueso. Esa cosa de la ópera nos acosaba, y corriendo ante eso nos sumergimos de lleno en lo que sea que el Rey Muerto hubiera colocado en nuestro camino.

***

Un día después nos topamos con los primeros ejemplares del tipo de hombres Rhonish de los que había advertido a Snorri. Un puesto de guardia de cinco soldados de Rhone unido a una gran taberna que se extendía a ambos lados de la frontera. El puesto de guardia de la Marcha Roja, de cuatro hombres, estaba contiguo al lado opuesto de la taberna, y los dos grupos cenaban juntos la mayoría de las tardes en los lados opuestos de una mesa larga a través de la cual se encontraba la frontera, marcada a lo largo de los tablones por una línea de clavos de cabezas pulidas.

Me presenté como un noble andrajoso ya que ninguno reconocería a un príncipe de la Marcha Roja y, pensando que nos burlábamos de ellos, se ofenderían. Supongo que hubiera podido levantar una corona de oro con el rostro de la Abuela en ella y protestar acerca del parecido de la familia, pero no tenía ninguna. O una corona de plata. Y la mayoría de las monedas de cobre tenían la Torre Iax en ellas o al Rey Gholloth, quien reinó antes que la Abuela y no se parecía en nada a su hija o a mí.

Snorri dijo muy poco en la taberna, su tensión reflejada, preocupado de que se hubieran dado órdenes de asegurar la frontera contra él. Gastamos el resto de mis monedas en una pequeña comida de sopa de repollo y carne misteriosa antes de dirigirnos a Rhone, el cual, a pesar de mis recelos, se parecía mucho a la Marcha Roja, excepto que las personas solían pronunciar la “r” de una forma molesta.

El primer pueblo Rhonish al que llegamos coincidió con nuestra primera noche. Un lugar bastante grande con un nombre torpe pero digno: Milltown 7 . Montamos a un paso suave a lo largo de la calle fangosa, una avenida llena de comerciantes, viajeros y gente del pueblo. Snorri avanzó a una herrería en la calle, abierta y ruidosa con los martillos.

Deberíamos conseguirte una espada, Jal —ahora me llamaba Jal, no “mi príncipe”, no “Príncipe Jalan”, ni tampoco “Jalan”, sino “Jal”. No le hice saber que me molestaba

7 Milltown: Ciudad del Molino.

porque solo conseguiría que hiciera lo mismo más veces y con una sonrisa más amplia. ¿Qué tal eres con una espada?

Mejor que tú con un caballo dije.

Snorri lanzó un bufido y su yegua se unió a él. La había llamado Sleipnir por un rocín pagano, y parecían llevarse bien a pesar de que Snorri montó como un tronco pegado a la silla, pesaba casi lo mismo que su montura. Desmontó, el efecto nada diferente al ya mencionado tronco cayéndose de su pedestal.

¿Me lo muestras? Sacó su espada y me la ofreció por la empuñadura.

Miré a mi alrededor.

No puedes ir balanceando la espada en la calle principal. ¡Alguien perdería un ojo!

Y eso solamente si la seguridad de la ciudad no te atrapa primero.

Snorri parecía desconcertado, como si en las laderas cubiertas de hielo del norte eso fuera la cosa más natural del mundo.

Esto es una herrería. Hizo señas hacia la ferretería a la par de nosotros. El herrero hace espadas. Las personas deben probarlas aquí fuera todo el tiempo. La empuñadura de la espada extendida hacia mí de nuevo.

Lo dudo.