Está en la página 1de 2

Alberto Barrera Tyszka

Septiembre en el horizonte

21/02/2010

Al referirse a las elecciones de 1998, Alberto Müller Rojas, jefe de campaña de Hugo Chávez,
realizó hace años este drástico balance: "La campaña se ganó relativamente fácil. Se ganó más
por la gran cantidad de errores políticos que cometieron sus adversarios que por la calidad de
nuestra campaña electoral".

Doce años después, de pronto, en la esquina de este miércoles, me pregunto si esa frase podría
este año volver a tener sentido.

Obviamente, han pasado muchas cosas durante todo este tiempo. Entre otras, hemos visto cómo
un gobierno traiciona la voluntad de cambio de la mayoría del país, secuestra el Estado y las
instituciones, e inventa una "revolución" para constituirse en una nueva élite dominante que
aspira a controlar de manera absoluta la sociedad. No estamos, además, ante una agenda oculta.

Todo este proyecto no sólo se publicó sino que tiene vocación de rating. Estamos ante un modelo
autoritario que hace lo imposible por gozar de alta popularidad.

Para lograr este objetivo, una de las tareas iniciales del Gobierno fue bombardear y liquidar el
sentido de alternancia en el país. Lentamente han impuesto una noción de tiempo diferente. Es,
incluso, un proyecto retórico distinto. El país habla otro idioma, un idioma que tiene cada vez
menos vocabulario civil, que ha desechado el diccionario de las variables democráticas.

El discurso heroico y militar, donde gotean persistentemente palabras como "revolución" o


"comandante", no hace sino crear otra idea del tiempo y de poder: el "no volverán" es
fundamentalmente un "no nos iremos". No son un gobierno.

Son una nueva clase social. El bolivarianismo, más que una ideología, es sobre todo un estatus,
un privilegio.

Vaclav Havel, al referirse a este tipo de proyectos, ha hablado de las sociedades postotalitarias.
Una de sus características, según señala el ex presidente checo, reside en las dificultades que
construye el poder para ejercer cualquier tipo de disidencia. No se trata ya de la represión
descarnada, de la violencia directa del Estado sobre los ciudadanos, sino un tipo de sometimiento
más elaborado, igual de violento y brutal, pero menos evidente, adornado de legalidad,
legitimado por mecanismos y procedimientos más sutiles, por una constante producción
simbólica que terminan, incluso, siendo todavía más eficaces que la fuerza física.

Basta con asomarse al Gobierno para captar la dinámica de segregación que promueve este
supuesto proceso revolucionario. La paranoia que vive y distribuye el poder con respecto a su
propio entorno es una muestra perfecta del metabolismo que se expande por todos lados.
Cualquiera puede ser excomulgado el próximo segundo. Cualquier puede quedarse sin trabajo,
sin documentos, sin Estado, sin libertad de acción, sin palabras... Cualquiera es un pretraidor, un
delincuente en potencia. Incluso los más devotos, en un instante pueden perder la gracia divina.
La habilidad y la perversión del Gobierno bolivariano reside justo ahí: en no ser lo que es. En
transformar la represión y la censura en un orden natural, en una serena normalidad.

A esto, por supuesto, hay que sumarle también las miserias de cierta élite que dirige o que aspirar
dirigir la disidencia que existe en el país.

Sobran los ejemplos. Uno de ellos: lo ocurrido recientemente con Globovisión. Más allá de las
declaraciones de los supuestos protagonistas del conflicto, lo verdaderamente importante es lo
que no se ve, lo que no puede probarse. La mano invisible del Gobierno es tan salvaje como la
mano invisible del mercado. En todo, termina habiendo entonces demasiados cómplices. Y las
verdaderas víctimas siempre son las mismas: los usuarios, los trabajadores, el periodismo que
necesita sobrevivir a un país que ha convertido la política en un género televisivo.

No es fácil ser de oposición.

No es fácil asumirse como parte de una disidencia en pugna con un poder que descaradamente te
descalifica, te amenaza, te excluye. Pero tampoco es fácil reconocerse como alguien de oposición
si no existe una dirigencia capaz de superar sus pequeños intereses, capaz de representar la
diversidad y de asumir el desafío de reinventarse.

No es fácil pero, a pesar de todo esto, quienes no aceptamos el proyecto del poder y rechazamos
a un Gobierno que pretende eternizarse, seguimos siendo, por lo menos, casi la mitad del país.

Seguimos siendo muchos, demasiados.

"Las elecciones se ganan más por omisión de la oposición que por acción del chavismo. De eso
estoy convencido", dijo Müller Rojas. Doce años después, y con septiembre en el horizonte,
¿volverá a perseguirnos esa frase?