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SOCIEDAD PERUANA DE DERECHO INTERNACIONAL TOMO VI JULIO-DICIEMBRE-1946 Nos. 21 y 22 DERECHO INTERNACIONAL ORGANO DE LA SOCIEDAD PERUANA DE DERECHO INTERNACIONAL COMISION DE LA REVISTA Alberto Ulloa Pedro Ugarteche Jorge Basadre Manuel Félix Madrtua Carlos Malca B. Alejandro Deustua A, SUMARIO Eee Mario Sosa.—Apuntes sobre la diplomacia en el Peri... .. 237 José Leén Barandiaran.—La Quinta Conferencia datertracrtesna © de Abogados. 266 Carlos Malea B. i 269 Calendario de los sucesos internacionales més importantes . 299 Documentos importantes: Discurso del Presidente de la Delegacién del Peri a la Asam~ blea General de la ONU reunida en New York, pronunciado en la sesién de 24 de octubre de 1946 ... ets 303 La cuestién espafola ... ee Bee 308 El incidente de Talara - : 310 Entrega de la Base Aérea de “El Se 316 Exposicién del Banco Central de Reserva del Peré con relacion ‘a la participacién del Peri en el Fondo Monetario Inter- Gheeal ye: Ste ie cei 32 Temario de Ia Quinta Conferencia Interamericana de Abogados. 375 Louislacién ca 385 Notas bibliograficas . 401 IMPRENTA TORRES AGUIRRE, 8. A, LIMA - PERU 1946 SOCIEDAD PERUANA DE DERECHO INTERNACIONAL Presidente: Alberto Ulloa Vice-Presidente: Juan Bautista de Lavalle Pro-Secretari Tesorero: Victor Proafio Alejandro Deustua A. Miembros del Instituto Americano de Derecho Internacional Victor Andrés Belatinde Arturo Garcia Salazar Alfredo Solf y Muro Alberto Ulloa Manuel Vicente Villaran Miembros fundadores Anselmo V. Barreto Juan Bautista de Lavalle José Matias Manzanilla Anibal Mavirtua Francisco Tudela Miembros. asociados Luis Alvarado G. José Félix Aramburé Diémedes Arias Schreiber Jorge Basadre Joné Luis Bustamante y Rivero Alejandro Deustua A. Pedro Dulanto Adan Espinosa Saldafia Joné Galvez Carlos Garcia Gastafieta Guillermo Hoyos Osores Hernando de Lavalle Carlos Malea B. Manuel Félix Mavirtua Pedro M. Oliv Ravi Porras Barrenechoa Victor Proafio Ononr Saldivar Manuel Seoane Mario Sona REVISTA PERUANA DE DERECHO INTERNACIONAL Organo de la Sociedad Peruana de Derecho Internacional COMISION DE LA REVISTA Alberto Ulloa Pedro Ugarteche Jorge Basadre Manuel Félix Madrtua Carlos Malea B. Alejandro Deustua A. Tomo VI — Nos. 21 y 22 1946 La responsaditidad de tas ideas y opiniones sus- tentadas en los articulos y notas corresponde caelu vamente a sus autores, LA COMISION. : : APUNTES SOBRE LA DIPLOMACIA EN EL PERU PREAMBULO EL DERECHO DIPLOMATICO La diplomacia en un pais es susceptible de ser estudiada en sus caracteres diferenciales, 0 sea en sus elementos sus- tantivos, distintos de las modalidades que se puedan derivar de causag externas. Las eircunstancias del tiempo y del medio, pueden y de- ben determinar en el concepto diplomatico de una nacién, for- mulas relativas de adaptacién; pero cabria deseubrir por de- bajo de esta especie de envoltura, un eje central, alrededor del cual y wniformando su movimiento, gira toda ella. La diplomacia, bajo este concepto, no es pues, por lo mismo, un fenémeno que aparece en un pueblo con las prime- ras manifestaciones de su actividad internacional, ni corres- ponde al periodo naciente de sus instituciones pablicas. Cuando la confusién y la incoherencia informan atin el organismo de su vida exterior y sélo el concepto de sus inte- reses inmediatos y ostensibles determinan Ja solucién de sus problemas, en el campo internacional, padeciendo de la insta- bilidad y 1a conseeuencia que a estos intereses earacteriza, no , ciertamente, una diplomacia, La diplomacia es tradi- pnal por coneepto. El estudio de 1a diplomacia de un pueblo, se basa en el conocimiento de su historia diplomatiea, ya que sera por un examen de su proceso evolutivo a través de los tiempos, que — 238 — se hard posible definir sus més salientes perfiles, deseubri las leyes de su ritmo y fijar los rasgos que la caracterizan y definen. : El estudio de la diplomacia del Pera, durante la era re- publicana, constituirfa, en su andlisis total, una labor apenas realizable en el decurso de algunos afios. La historia politiea general del pais, dentro de euya wr- dimbre habria que entresacar los fenémenos diplométicos, salvo algunos apreciables trabajos, se encuentra dispersa y diluida en obras 0 monograffas que s6lo estudian épocas o sucesos determinados 0 se preocupan, de modo preferente, en estudiar la vida y hazafias de ciertos personajes prominentes y representativos. Otro tanto cabe decir de las fuentes originales y prima- rias de investigacién histérica, que existen en los archivos oficiales 0 Bibliotecas ptiblieas 0 particulares; pero cuya exis- teneia se hace penoso descubrir por falta de catélogos deta- Mados y precisos que suministren al investigador pauta segu- ra y medio répido de hallar las que resulten titiles al objeto de su estudio, Esta labor de depuracién y seleccionamiento multiplica y dilata, considerablemente, el trabajo de preparacién y acopio de los elementos de estudio y se traduce en lentitud y rémora para la investigacién histérica. Sélo un campo de Ja vida diplomética- del Pera ha sido prolijamente espigado por nuestro eruditos y profesionales en este ramo de la ciencia. Las miltiples querellas de Hmites que el Perit ha sostenido ha estimulado y hasta hecho necesaria la justifieacin de sus derechos y dado lugar a una copiosa biblio- grafia, en la que a la vez que se analizan y expresan los titu- los de su dominio territorial, se exponen las orientaciones de su diplomacia en aquellos problemas internacionales. Poro estos valiosos estudios hechos como es racional, con un espiritu. de alegacién y de polémica, abarcan faces y secto- res de nuestra vida internacional sobre las que atin no cabe, por obvias razones, intentar una eritiea ni ensayar un juicio apreciativo de ellos. — 239 — En un trabajo que se llama “Necesidad de una orientacién diplom&tica”, Luis Antonio Eguiguren ha abordado en parte esta labor, estudiando por modo principal la politica del Pera en sus cuestiones limitrofes con el Brasil referente sobre todo a la época del tratado del 51 y a la aplicacién del principio del uti posidetis, que con un criterio erréneo y contradictorio ale- g6 el Pera en ese pleito internacional. No son, pués, las enestionés de limites, procesos de indole mas juridica que diplomitica, las que cabria analizar de prefe- reneia para inquirir el espiritu que animé la vida internaeio- nal de la Reptblica. Mas interesante y saneada es la fuente que nos brindan sus tratados piblicos, sus declaraciones de principios, el es- tudio de sus relaciones perennes con los pueblos del continen- te, escuchar la voz de sus hombres cuando hablaron desde los puestos directores de la vida politica del pais o la dejaron oir en los congresos y conferencias internacionales, el arbitraje, la solaridad internacional, el respeto a la independencia de los Estados débiles, el ideal de la paz por la justicia. No cabria por lo mismo precisar de antemano las partes y la extensién de este ensayd, que tiene por plan deducir del es- tudio de la historia diplomatica del Pera independiente las tendencias y las orientaciones de su concepto diplomiatico. APUNTES SOBRE LA DIPLOMACIA EN EL PERU Al estudiar la vida diplomatica del Pera a partir del afio 21-y hasta Jas vecindades del término de la primera mitad del siglo XIX, seremos sorprendidos por la observacién de ciertas corrientes doctrinarias de aceién periddica, diferentes apenas cn lo que resulta obra personal o del temperamento de sus gestores, pero impregnadas todas del mismo ideal, america- nista que habia ereado el comin vivae y el ejemplo de los que atravesaron las fronteras nativas para poner su espada al ser- vieio del Continente. — 240 — Dos son las naciones con las que el Pera sostuvo Ja mas activa relacién internacional: Bolivia y la Gran Colombia. Montan a varias decenas los tratados que en el curso de apenas veinte afios fueron celebrados con la primera de estas nacio- nes; y con la segunda, antes y después de su disgregacién - ya con Nueva Granada, con Venemela y con el Eeuador— serfan sélo bastantes para formar la historia diplomatica de pueblos centenarios. . De gran simplicidad es la labor de agrupacién de estos ac- tos piblicos, dentro de una categoria casi tiniea. Unicas son, en efecto, su ideologia y sus tendencias, gemelas en su forma, iguales en casi todos hasta el léxico de su articulado. Deset- brese entre ellos férmulas que han cristalizado, pudiera decir- se, en la psicologia del pais, haciendo sus periédieas aparicio- nes a través de largos afios. Tal ocurre en la Confederacién del Alto y Bajo Pera ob- jeto de la tenaz solicitacién de Bolivar, apenas desmembrada por eso mismo, la antigua unidad territorial de 1a Colonia; perseguida por Santa Cruz y sus secuaces, en las rojas jorna- das del aiio 36 y surguiendo, nuevamente, en los dias aciagos de 1880, como un fugaz conato, en la mente del dictador Pié- rola. Con una forma externa, casi idéntica, en las tres épocas mencionadas, fué también, semejante, el espiritu que inspiré las tres Confederaciones. Desde la misién encomendada a D, Ignacio Ortiz de Zeva- los, que dié origen al.'Tratado de Federacién de Chuquisaca, de Noviembre del afio 26, se presentia la tendencia federalis- ta, en las notas dirigidas por D. José Sénchez Carrién, cuan- do, al solicitar del Congreso, autorizacién para proseguir la campaiia emancipadora del Alto Pert, exigia que ese cuerpo fijara los limites de aquellas provineias i agregaba: “8. E. co- noce muy bién que habiéndoSele conferido el supremo mando, podria resolver, por si, este negocio, pero él quiere saber el voto expreso de Id representacion nacional”. Se define y conereta, esa misma tendencia, en el Deereto del Consejo de Gobierno de 28 de mayo de 1826, en euya ter- corn deelaracién se acordé mandar un plenipontenciario a Bo- livia a felicitar a su Gobierno y a expresar los sinceros deweos == Oil = del Per de que reine entre las dos repiiblicas “la mas cordial amistad y buena armonia”; ¥ se traduce, en definitiva, en el pensamiento central de Bolivar, sobre la Confederacién Ameri- cana, ‘a la cual dedicara tan constantes y entusiastas esfuer- Z08. Bl Tratado de Chuquisaca de 1826, procuraba la aceesién de Colombia, pais que, ya el afio 23 habia celebrado con el Pe- ra, por medio de su representante D. Joaquin Mosquera, un pacto por el cual “La Reptiblica de Colombia y el Estado del Pera se unen, ligan, y confederan desde ahora y para siempre, en paz y en guerra, para, sostener con su influjo y fuerzas, su independencia de la nacién espafiola y de cualquiera otra do- minacién extranjera”. Seria salir del aspecto de la diplomacia, al que tratamos de limitar este estudio, averiguar las concepciones de caracter politico que pudieron influenciar en este plan del Libertador de vincular a su solo poder estos Estados de América; pero hay que afirmar la existencia atin en esa hora imprecisa de da vida de este Continente, de una definida orientacién diploma- tiea que tuvo en el genio de este hombre extraordinario un perenne y ardoroso portavoz. Féeil es pereibir que, en los primeros afios de la indepen- dencia, el primordial problema que los jévenes Estados hubie- ron de enfrentar fuera el de la conservacién de ese preciado bien, amenazado en el propio continente por la anarquia inter- nacional reinante entre las atin confusas nacionalidades y ame- nazado también de fuera por el peligro de Ja reconquista de la antigua y atin irreconciliable Metrépoli, 0 por la aceién con- quistadora de cualquiera otra nacién del viejo mundo. fran varios los prohombres que en una y otra América se esforzaban por asegurar la obra de los libertadores, oponien- do a las posibles invasiones europeas el prestigio de una orga- nizacién continental que enhebrara y recogiera las distintas fuerzas dispersas, fijando una orientacién diplomitiea unifor- ne y respetable que preparara las bases de una hermosa Con- foderacién de las antiguas eolonias espafiolas. Para consumar —decfa el norteamericano Burcke— el gran odificio de la libertad y de la independencia de Sudamérica, — 242 — para sumar los esfuerzos de todas esas provincias, darles uni- formidad, comunicar a todas los mismos beneficios, presentar- las asi a sus amigos como a sus enemigos con la fuerza de un todo, es evidente que se debe establecer un gobierno general para impedir la nulidad, la oposicién, la ambicién, la fragili- dad, las intrigas externas y las guerras domésticas que serian consecuencia fatal de la ausencia de concierto entre las pro- vineias. Para Bolivar, la Confederacién Americana, que é1 conside- raba como una contrapartida de la Santa Alianza, constituyé, durante su permanencia en el Perit, como antes desde Colom. bia, la mas firme orientacién de su diplomacia. El entusiasmo y el fervor que exhibié en su circular a los Gobiernos de América, de diciembre de 1924, reflejan el opti- mismo que el Libertador cifraba en la reunién de las repibli- cas del Itsmo como la mejor y més preciada garantia de la al- canzada independencia. “Si la Santa Alianza se mezcla en nuestros negocios —es- eribia desde Arequipa, en 1825, a don Hipélito Unanue, econ motivo de los sucesos de Chuquitos— es preciso que toda la América forme una sola causa. Para formar esta Liga es mas urgente que nunca la reunién de los federados en el Istmo. Aun cuando este Congreso no fuese sino el cuartel general de Ja Sagrada Liga, su utilidad e importancia seria inmensa”. Seguramente Bolivar encarné, cual ninguno, la tendencia a la vineulacién continental de América; pero, como esa coneep- cidn respondia a propésitos tan f4cilmente perceptibles de segu- ridad para los nuevos Estados, la semilla arrojada por el Li bertador germiné lozana en todos los campos. La Reptiblica de México invitada por Bolivar, en la circular antes citada, al Congreso de Panamé, se hizo, hasta 1840, ardorosa propa- gandista de la causa federal, procurando empefiosamente la reunién de aquella Asamblea destinada a servir, segiin la fe- liz expresién de quien la ideé: “de consejo en los grandes con- flictos, de punto de contacto en los peligros comunes, de ficl intérprete en los tratados ptblicos cuando ocurran dificulta- des y de conciliador, en si, de nuestras diferencias”, — 243 — Don Juan de Dios Cafiedo, representante de Méxieo, —di- ce en un artieulo de la Revista Peruana don José Antonio de Lavalle— proeuré la reunién del Congreso, pero desistié des- pués de siete aiios, porque las rivalidades existentes entre el Pert, Bolivia y Chile, y Buenos Aires y ésta tiltima Reptblica, las revoluciones intestinas, la completa anarquia y la extre- ma miseria en que estaban sumidos aquellos Estados, de 1836 a 1841, frustraron todas las combinaciones del sefior Cafiedo. Aunque la idea de la Confederacién entre todas las Re- ptiblicas Hispano-americanas aparecié en Colombia el aio 1821, el affan sano y vigoroso de la unién, —dice el publicista antes citado— ha sido sostenido por el Peri con un empefio y una generosidad dignas del mayor aplauso. Pero, si como vemos, hubo en América una orientacién diplomitica general y evidente que convergia hacia la unién de los nuevos Estados, inspirado en un deseo de solidaridad y de comin defensa, hay al margen de ese fenémeno y como producto de causas distintas esa otra politica que ya hemos indicado y que hizo de la federacién del Pera, ya sélo con Bo- livia 0 con la ineorporacién, ademés, segin las veces, de otros Estados, el tema favorito de nuestra gestién diplomatica. No fué la federacién pactada en el Tratado de Chuquisa- ca, suserita por Zevallos, la maxima aspiracién de nuestra Caneilleria, al confiar a aquel Ministro nuestra representacién en Bolivia. Las primitivas instruceiones, enviadas al referido funcio- nario le instaban a procurar “la unién’en Repitblica una e in- divisible del Peri y de Bolivia”, 1826. Se pereibe desde este momento, la primaeia de los intere- ses que van a alimentar, durante prolongada época la labor de nuestros diplomAticos en aquella nacién. El tratado de Chuquisaca, desaprobado en el Pert, por estipular la cesién de Arica a Bolivia, a cambio de Apolobam- ba y una indemnizacién de cinco millones de pesos, es el pun- — 244 — to inieial del largo y complicado proceso de grandes proyee- ciones internas y externas para los dos paises. De él arrancan los miituos recelos y las reciproeas desconfianzas, En él hallan asidero los politicos de uno y otro estado para prolongar, in- definidamente, la solucién de las cuestiones limitrofes. Esa actitud del Gobierno del Rimac, fué inspirada por la situacién que creaban el Alto Peré y Bajo Pera, la separacién de dos entidades politicas cuya configuracién territorial y Giniea convertia on artificial y penosa la existencia de una de ellas. Si descartamos las consideraciones de orden politico, que desde entonces y hasta el afio 1836, hicieron del Perti y Bo- livia el comtin escenario de las actividades de los bizarros ge- nerales de una y otra orilla del Desagiiadero, es facil que en- contremos en la copiosa literatura diplomética, que dejaron a su paso las miltiples misiones que tuvieron a su cargo el arreglo de nuestras diferencias con aquella Repiblica, esa formula persistente a que nos hemos referido y que puede considerarse, por lo tanto, como expresién de una orientacién definida para finiquitar la larga serie de problemas interna- cionales que ere6 el pacto de Chuquisaca. De entonces al presente, el Pert ha celebrado con Bolivia inmiimeros tratados de comercio cuya forma comtin es en to- do, la general y corriente de los denominados de amistad, co- mereio y navegacién. En cuanto a la delimitacién de sus fronteras con aquella Repibliea, ocupa la labor de nuestra diplomaeia, casi sin in- terrupeién, desde la época del rechazo del convenio de Chu- quisaca hasta 1910. Seria ajeno al estudio que venimos haciendo, con el fin de deseubrir el pensamiento directo de nuestra diplomacia, seguir en detalle la completa gestion internacional a que dan lugar pequefios ineidentes de lo que Mamose intervenciones y que fueron, propiamente, invasiones de una repiblica a otra, realizadas ya por las autoridades o ya por las propias comu- nidades de indigenas radieadas en las zonas de las atin bo- rrosas fronteras, Pero en las dichas invasiones una y otra na- — 245 — cién hallaron asidero para urgir la solucién del problema fronterizo. Lo que si cabe desentrafiar de este largo proceso, por en medio de sus incoherencias y contradicciones frecuentes, es la ne- cesidad que tenian ambas repiiblicas de conciliar dos intere- ses, que eran, por su simple enunciacién, contradictorios, 0 sea el derecho del Pera a conservar incélume su huella territorial hheredada de la colonia y la aspiracién boliviana a suavizar su condieién de tributaria de nuestro pais, para su comercio exterior, mediante la adquisicién de Arica. Este problema que ofrecia graves dificultades para su so- lucién, derivado de las tendencias utilitarias de ambos pue- blos, se complicaba atin mas con el viejo recelo que desde los dias del Libertador, y a partir de su salida del Pera habia he- cho del peligro bolivariano una obcesién nacional. Esta preoeupacién compartia su importancia con Ja ame- naza de la reconquista espafiola, que todavia en 1830, como muchos afios después inspiraba nuestro criterio internacional. En las negociaciones del Desagiiadero la base primera de ese acuerdo estuvo encaminada a impedir, por una alianza ofen- siva y defensiva entre el Pert y Bolivia, la ingerencia de todo poder extrafio que comprometiese la independeneia de las dos repiblicas amenazadas por “las miradas hostiles de la Corte de Madrid para tornar a las Américas al triste vasallaje de que salieron a costa de tantos sacrificios”. Pero permite precisar dentro de este aparente conflicto, el espiritu de nuestra diplomacia, la tenaz negativa del Peri para ineorporarse a la quintuple alianza propuesta por el ple- nipotenciario boliviano Olafieta a nuestro Ministro Ferreyros y que éste traté de limitar al Pera y a Bolivia en las gestiones de 1831. Si el peligro de la agresién espafiola hubiera ocupado cl primer plano de nuestra arquitectura diplomitica, la alianza pluralizada de las naciones de América habria halagado las aspiraciones de nuestra Caneillerfa; y mal se aviene con un es- piritu de interesado fisealismo, el deereto de Hacienda que a raiz misma de declarar rotas las negociaciones y queriendo, wogin 61 reza, dar al Gobierno de Bolivia prueba inequivoea — 246 — de los sentimientos paternales que abrigaban los peruanos con respecto a los naturales de aquel Estado y las disposiciones franeas y amistosas que animaban a la administracion del Pe- ri, rebajaba, en ese mismo momento, los derechos fi es de las importaciones y exportaciones de la Reptiblica Boliviana. No era, pues, fécilmente se advierte, la amenaza europea ni el interés fiscal, los tnicos ni quizds los principales estimu- los que impulsaban a los hombres dirigentes en ambas naeio- nes a busear en la formula federal —como freeuentemente lo expresaba la sonora literatura de la época— el seercto de la prosperidad y el engrandecimiento de los dos pueblos. En la entrevista del Desagiiadero, dice el pe édico “El Concilia- dor”, se van a fijar los estinos de las dos reptiblieas que de- ben ser de tanta influencia en el Continente. Despejada la frase del eorriente hiperbolismo de esos épi- cos dias, es evidente que ella contuyo una expresién profética sobre la repercusién, de vasta eomplejidad internacional, que habfa de tener el nuevo ensayo federal, que entonees se bos- quejaba y que habia formado en el pais dos eorrientes, de orientaciones sustancialmente opuestas; pero semejantes del todo en el espiritu de recia tenacidad que hubo de caraeteri- zarla. ‘A la indole de este estudio sobre la diplomacia del Pert el complejo heeho histérico de la Confederacién Peré-Bolivia- na de 1836, solo ineumbe mirarlo desde el punto de vista in- tenacional, desvinculindolo, en lo posible, de los factores que a 1 aportaron las Iuchas de predominio politico en que se ha- Haban empefiados los hombres que en él intervinieron y pues- ta la vista lejos del tumultuoso escenario en que a la sazén se libraban las campafias del perenne caudillaje. Cabré, por lo tanto, preguntar: jLa Confederacién Pert- Boliviana constituyé una coneepcién diplomatiea?, 4el pensa- miento que la inspiré ultrapasé la visién del cercano presente para dilatarse en la contemplacién de lo porvenir en un noble afin de asegurar los futuros destinos de la Patria?. El Mariscal Santa Cruz, que es el esforzado porta-estan- darte de la confederacién con Bolivia, militar de cepa boliva- riana, Presidente del Consejo de Gobierno en 1836, revive y — 247 — organiza el anhelo del Libertador y emprende, para realizar- la, una campafia, a la vez politica y. diplomatica que sélo ter- mina con la separacién de este continente de su infatigable Director, varios afios después. Holgaria en este estudio, siquiera fuese una glosa del juicio que a los historiadores del Pera ha merecido la Confe- deracién. La enérgica campafia que en nombre de la restaura- cién de la independencia del Pera, arrastré al fracaso la osa- da empresa santacrucina, nos Hevaré a la conclusion de que si hubo una orientacién diplomatica, en la unién del Pera y Bolivia, ella fué de este tltimo pais, enearnada en un pro- hombre de esa nacionalidad y encaminada a supeditar nuestra nacin a la boliviana, brindando al extranjero Protector cam- po mas amplio a su ambicién y mas grande pedestal para su gloria, Fué este —dice el historiador boliviano Alcides Ar- guedas— un proyecto coneebido por otros y que él pensaba realizar, ya para satisfacer su ambicién que era desmedida, como para servir los intereses de Bolivia y el Pera que él creia inseparables y solidarios, En el Pera, al simple enunciado del concepto unifieador se habia produeido ya y como expresién de la tendencia anti- federal, opiniones condenatorias a la diplomatica santacruci- na. A propésito de la separacién de Guayaquil en la que se mi- raba un ejemplo a seguir por los departamentos del Sur, de- cia el 26 de julio de 1830, el periddico “Bl Coneiliador”, “que el Pera se vea libre de estos males debe ser el voto de todas Jas personas en quienes Ja razén tenga algin influjo y en cu- yo pecho resuene la voz sagrada de la honradez y el patrio- tismo”, No cabria olvidar como un factor que aclara la solueién de este complicado problema de nuestra Historia, que Santa Cruz que era un boliviano que habia vivido en el Pera, bajo su tienda de campafia, en los dias de la Icha libertadora, ha- bia contribuido con su inteligencia y con su esfuerzo al en- grandecimiento de las instituciones nacientes, cooperando y haciendo obra comin con los peruanos, para proteger esta na- cionalidad de extraiias agresiones, hasta el punto de haber — 248 — €1, alto-peruano, protestado en su hora contra la separacién de aquellas provincias. La Federacién, pues, representé, en cuanto al plan diplo- matieo que pudo constituir, al lado de su finalidad politica, una aspiracién, una tendencia, hacia la solucién de los proble- mas que las cuestiones del litoral habia creado entre ambas perturbando las buenas relaciones de ambos paises y quizé también el previsor remedio de las que se dibujaban en el fu- turo lejano de los dos pueblos. La diplomaeia peruana, en sus rolaciones con Bolivia du- rante el periodo que hemos resefiado se caracteriza por su per- sistente oposicién a la politica de aquel pais, coneretada en la adquisicién de Arica. La desaprobacién del tratado de la gran confederacién Perd-Boliviana que surge de Chuquisaca, gestionado bajo la mediacién chilena, en 1826, el improbo resultado de la canfe- rencia del Desagiiadero, causa y razén, mas bien, de ardien- tes querellas internas, habianse debido, casi tnicamente, a la cesién de aquel puerto, empefiosamente solicitada por Bolivia, y a la que el Pera opuso siempre, aun desautorizando a sus ministros, una incontrastable negativa. El problema de Arica, como podria Mamirsele por radi- car en la permuta o cesién de aquel puerto el supremo obs- téculo para la inteligencia y confianza mutua de los pueblos eonfederados, ocuparé hasta muchos afios después el primer lugar entre las graves euestiones que embargan la diplomacia del Pera y despertaré la sutil suspicacia de los directores de nuestra politica internacional. “Hl Progreso”, periddico que se editaba en 1847, exponia en la siguiente forma ese problema retrospectivo: “Cualesquie- ra que fuesen los agravios que Bolivia pretende haber reeibi- do del Pera en aquella época aciaga, jamas se podran poner en balanza con los que recibié el Pert del establecimiento de la Confederacién Pert-boliviana, originada, timicamente, para el engrandecimiento del jefe de Bolivia y preparada por las intrigas de todo género con que ese jefe resolvié al Pera por muchos afios”. — 249 — “La cuestién Peré-boliviana no es cuestién de tarifa ni cuestién de la revolucién de Paredes, ni cuestién de las pa- siones personales del Presidente y del Ministro del Perd, si- no la cuestién de una muchacha nerviosa y maleriada, en cu- yos actos histérieos y para cuyos achaques son insuficientes todos los remedios porque su mal no se cura sino con la po- sesién de una joya que envidia a su vecina y mientras esta joya no se arranque del pecho de la veeina y adorne el de la deseontentadiza doncella, tendremos quejumbres, Horiqueos, alharacas y pataletas por todos los siglos de los siglos”. Por eso ya derrumbada y desechada la Confederacién y con motivo de la expedicién Flores, nuestro Ministro en Chi- le, don Felipe Pardo, desconfia de la cooperacién boliviana. “Bl Gobierno del Perd, es bastante cuerdo —eseribe Pardo— para negociar que las tropas de Bolivia no obren en el Sur sino de modo que no ofrezcan después inconvenientes 0 que Jos auxilios bolivianos no consistan en tropas sino en armas, pertrechos o dinero, a fin de que frustrada o aniquilada la expedicién Flores, no nos expongamos, por lo menos a la pér- dida de Arica, cuya adquisicién para Bolivia no deja de exci- tar la simpatia de esta nacién” (Chile). Y el mismo funcionario, comentando el rumor de que Bo- livia urde planes contra el Pera, se expresa en esta forma: “Bsti en conformidad con las antiguas y arraigadas preten- siones de aquellas repfblicas a la desmembracién de nuestro territorio”. ‘Al traseribir la frase en que Pardo afirma que la cesién de Arica a Bolivia contaba con Ja simpatia del Gobierno de Chile, Hega la oportunidad de recordar que el proceso de la Federacién Perd-boliviana, como antes lo hemos dicho, no tu- vo, podria afirmarse que nunca y menos atin en la etapa de su disolucién, el earacter de una cuestién circunserita a ambas repiibli¢ La diplomacia chilena, frente al problema federal hubo de desempetiar un rol de verdadera decision e importancia on América. Chile se hace el campeén de los detractores de aquel régimen y son sus barcos y sus armas, puestos al servi- cio de la causa antifederalista, los que dan término a la politi- — 250 — ca que indicé la constitucién de un organismo extenso y fuer- te en la costa Sur del Pacifico. “Vieron (Chile y Argentina) —dice el historiador chileno Sotomayor Valdez— con desagra- do la ereccién de un nuevo Estado que més tarde o mas tem- prano habria de pretender la preponderancia en los destinos de la América del Sur. Casi en los mismos términos se expresa en nuestros dias el publicista boliviano don José M. Valdivia C., quien en su libro “Paginas Hist6rieas” dice asi: “Fué el temor de la for- macién de ese Estado poderoso que podia pesar en Ia politica del Continente, el motivo que indujo a los politicos de la Gran Colombia primero y de Chile y la Argentina, mas tarde, para ir la realizacién de ese proyecto, tan conforme con el io, hoy en boga, de las nacionalidades”. La Confederacién Pert-boliviana, planteé, pues, un pro- blema diplomatico para cada uno de estos tres paises, cuyos earacteres propios es witil precisar. Desde el afio 1831 las cuestiones diplomAticas entre el Pe- ri y Bolivia se ventilaron bajo la atenta mirada del Gobierno de Chile, constituido, por el pacto de Arequipa, mediador en- tre los dos paises, Por lo estipulado en aquel convenio, Chile era el Hamado a resolver, con su intervencién amistosa, los conflictos que se suscitaran entre el Pera y Bolivia, segim la solicitacién hecha a nombre de esta Repiiblica, por su Cénsul en Valparaiso. De aqui que cuando cuatro afios después se inicié la po- litiea de 1a Confederacién y que aquel tratado resulté inva- lido y eaduco, Chile vid desecha su situacién de benévolo me- diador entre dos paises casi siempre mal avenidos y alzarse en su reemplazo la amenaza de una entidad extensa y fuerte, segtin la frase de su historiador. Por eso frenteva la Confederacién, Chile sostuvo la polfti- ca invariable de destruirla, como tuvo después que ella’ conclu- y6 la preocupacién casi enfermiza de la vuelta de Santa Cruz y de la restauracién de su gobierno en las dos repiblicas. Segiin aseveracién de su Ministro Vial, Santa Cruz, que habia solicitado la abstencién de Chile ofreciendo el pago de su deuda, era el alma de la expedicién Flores y contando con — 251 — vl apoyo de Palmerston y de Inglaterra, que a su juicio lo habian apoyado en su primera empresa, no desistia de reeu- perar el gobierno de la extinguida confederacién. Sus amigos politicos de uno y otro Estado, segiin afirmaban los hombres de ese pais, lo habian provisto de cartas en las que se le soli- citaba como gobernante para que las hiciera valer ante sus protectores europeos. Si puede encontrarse en el pacto de Arequipa del afio 31, cl origen hist6rico del rol que en la diplomacia americana desempefiara Chile con relacién al problema de la Confedera- cién, son las expediciones sucesivas de Blanco Enealada y Bulnes el triunfo definitive de ese plan. Cabe, pues, contemplar la Federacién Peré-boliviana que nos oenpa, desde el punto de vista de cada una de las tres na- ciones que en forma varia, en ella fueron partes. Aunque el natural afan. de desentrafiar los méviles inti- mos de las acciones de los hombres, nos mueva a encontrar en Ja actitud de Santa Cruz un oeulto sedimento de ambicién y de sed de predominio, su admiracién por Bolivar, creador del plan federalista, su probado amor por ambas nacionalida- des y su concepto de cifrar en los dos Perties, el seereto del engrandecimiento y la seguridad de estos pueblos, nos permi- ton juzgar su aspiracién federalista como wn ideal politico al que consagré su inteligencia y su energia. La resistencia quo en el Perti desperté cl Pacto, de espe- cial manera cn un grapo scfialado de hombres piiblicos, es atri- buible, aparte deseonfianzas y recclos partidaristas, con el caudillo boliviano, a los que revestia de cardcter gravisimo la organizacién. constitucional del nuevo Estado, es atribuible, decimos, a la mutilacién territorial que ella imponia a la Re- ptiblica y que hirié la sueeptibilidad nacional en el grado su- premo que traducen las referencias de que antes hemos hecho mérito, 7 Para Chile el problema que se debatia entre Ios paises ve- cinos eva distinto, Miraba, ya a esa hora, el futuro de la hege- monfa sudamericana. El predominio de los pueblos eonfede- en rados signifieaba la valla infranqueable que encoutearia su avance hacia la expansién territorial que cuarenta afos mas tarde iba a poner a estas luchas yomanticas, el doloroso término que inventé la eonquista en América. De aqui que la oposicién radical en los estimulos de estos pueblos tuviera que produciz la desorbitacién de las tenden cias diplomaticas de los tres paises, Y como siempre oewre en la historia humana, es el pensamiento mas fuerte, aunque no siempre el més sano y el més justo, el que se impone y triunfa. La guerra del 79 revive en la diplomacia peruana la Con- federacién Perd-boliviana, concertando el tratado que en 1880 celebraron los representantes de estos dos paises, don Pedro Calderén y don Melchor Terrazas. Facil es ver los origenes de esta situacién internacional, que segiin expresa el artieulo 1 de aquel pacto, es formado para afianzar la independencia y la inviolabilidad, la paz in- terior y la seguridad exterior de los dos Estados, en la politi- ca en que desde el afio 42 y en su afin de apropiacién de la costa de Atacama, se habia inspirado Chile en sus relaciones con el Peri y Bolivia y que habia inducido a estas naciones en 1872 un pacto de alianza defensiva que puede considerarse, en realidad, como el prolegémeno de la nueva unin federa- lista. ‘La alianza con Bolivia el afio 72, responde a la idea sim- ple de buscar en la asociacién de dos paises vineulados por toda clase de antecedentes histéricos y geograficos, politicos y étnicos, una valla a las miras de expansién territorial que ‘alimentaba Chile, y que asi amenazaba en ese entonces, con gran inminencia, a la nacién boliviana, como constituia el mas grave peligro futuro para nuestro propio pais. La alianza-fué propuesta por Bolivia y tenia el fin, como el pacto federal de que hemos hablado, garantizarse, mutua- mente, su independencia, su soberania y la integridad de sus territorios respectivos. El pacto de alianza del 72 es en la historia diplométiea del Peri, el mas notable suceso de su vida eontempordnea, co- mo que alrededor de él gira, por modo principal, la politica — 253 — continental de Sud América, durante wn perfodo de casi diex aiios. El problema internacional que entonces se planted a nuestra Cancillerfa, fué lo que podria Hamarse el del equili brio sudamerieano, formado por la accién recfproca del Pera y la reciente aliada a la vez que la de los otros Estados de la costa atlantica, la Confederacién Argentina y Brasil y atin las otras Repiblicas del Plata, todos los cuales sostenian a la sa- zon agrias querellas de limite El punto central de esta actividad diplomatica hubo de si- inarse en la Argentina, con la misién confiada por el Pert al Ministro don Manuel Irigoyen, para conseguir la adhesién de aquel Estado al pacto de alianza Pert-boliviana. “Como en el articulo 9? del Tratado se conviene, solicitar la adhesién de los otros Gobiernos, —dicen las’ instrueeiones dadas al Ministro Irigoyen— U. S. procuraré obtener la de sa veptiblica, lo cual no parece hoy dificil atendiendo las di- rultades con que hasta ahora ha tropezado para legar una demareacién de limites con Chile”, Aun cuando la alianza con Bolivia segin claramente se deriva de las mismas instruceio- nes y muy en especial del pérrafo que reza “Examinado dete- nidamente este pacto se ve que él esté prudentemente calcu- lado para prevenir rompimientos evitando todo pretexto de guerra”, aun cuando esta alianza, decimos, no entrafiaba de manera alguna ideas hostiles del Pera para las naciones veei- nas ni atin para Chile, 61 legé a ser, en realidad, dentro de sus fases sucesivas, como una primera escaramusa, todavia incongruente, de la lucha armada que ese pais ya deeretaba contra el Pert, y a la que habia de servir, mas bien, de pretex- to y asidero. La misién de nuestro ministro en Buenos Aires contaba segtin légica previsién, con un factor propicio para atracr a aquel pais a su incorporacién a aquel pacto, cual era la cues- tién de limites con la Patagonia que entonees ventilaba Chile y que amenazaba convertirse en un conflieto bélico. La f6rmu- la arbitral que el pacto contenia tendia a alejar aquel peligro, concurriendo, ademis, a crear en ese pais una situacién de ais. Jamicnto destinada a contrarrestar sus impulsos guerreros. — 254 — Iniciada en la Argentina la gestién del Ministro Irigoyen para dar cumplimiento a las aludidas instruceiones, ella mar- ch6 préspera, allanando el camino de los miltiples tropiezos que ofrecieron a su paso cireunstaneias diffciles de politica interna que a la sazén afligian a Ja nacién argentina y la na- tural prudencia con que aquella cancilleria estudiaba el pro y el contra de un convenio diplomatieo que la Mevaba a “aliar- se”, decia el sefior Tejedor, canciller argentino que negociaba con el Ministro Trigoyen, con un Estado (Bolivia) con el que se tenia serias cuestiones y desavenencias. Es de verse en el interesante libro que sobre esta gestién ha publieado el Dr. Pedro Irigoyen, las graves inquietudes que al canciller argentino causaba la posible alianza que en oposicién a la que de él, solicitaba el Pera, podia concertar Chile y el Brasil, punto éste que merecié de Ja cancilleria pe- ruana dos distintas y contradictorias opiniones, como de una manera general las negociaciones diplomitieas, tema que al presente nos ocupa. Preguntado por el Ministro Tejedor en la primera confe- rencia sobre “Si seria posible que Chile solicitase y sobre todo obtuviese la alianza del Brasil, nuestro ministro hubo de con- testarle que aunque Chile egase a solicitar la alianza del Bra- sil, no era de temerse que la obtuviese, por que no se compren- dia qué miras y qué intereses politicos pudieran decidir al go- bierno del Emperador a lanzarse a una cuestién con las Re- pitblicas del Pacifico; que, por otro lado, nuestros gobiernos ° estaban en muy buenas relaciones con el del Rio de Janeiro; Y, por ultimo, que si Chile legaba a trabajar para obtener esa alianza, nosotros trabajarfamos de consuno para impedir que la obtuviese. Corroborando. y robusteciendo la opinién expresada por nuestro Ministro en Buenos Aires, lo decia en nota oficial el Canciller Riva Agiiero: “Puedo corroborar a usted la seguri- dad de que no hay el menor temor de que se realice la alianza entre Chile y cl Brasil, insinuada por el sefior Tejedor y el resultado nulo del viaje del sefior Blest Gana al Janeiro, ven- dré muy pronto a confirmar esta presuncién”, — 255 — Y en carta particular le agregaba: “La alianza de Chile con el Brasil es, segiin veo, uno de los temores de ese Ministro; yo, no s6lo no Ia temo, sino que tengo motivos para creer que si Chile la solicitase no la conseguiria. Sé euales son las ideas gel Brasil y mas puedo decir a usted y es que si quisiésemos nosotros la obtendriamos en el acto. Hl Brasil no tiene interés ninguno en ayudar a Chile y sf lo tiene en estrechar sus rela- ciones con nosotros, no solo por razén del comercio por el Amazonas, sino por las diferentes cuestiones que se le po- fan suscitar respecto de limites con el Beuador, Colombia y atin con Bolivia, cuestiones en las que no le convendria tener- nos por enemigos. ‘A més, el Brasil no deja de saber que si declaramos la navegacién libre de nuestros rios, muy pronto la obligarian a no dejar cerradas las bocas del Amazonas. A esto agregue usted que tengo motivos para saber que no hay simpatias por la politiea de Chile y que no es el sefior Blest Gana hombre para conseguir de ese Imperio que modifique sus ideas a este respecto”.. -La sélida conviceién que abrigaba el sefior Riva Agiiero, en agosto de 1873, fecha de las anteriores comunicaciones, de la no existencia del peligro de la entente chileno-brasilera ha- bia sufrido algim desmedro menos de un aiio después, porque en abril de 1874 oficiaba al Ministro Irigoyen, en los siguien- tes términos: “U. 8. comprenderé fAcilmente, que en el fondo, ol Brasil debe de mirar con recelo esta posible perspectiva (la adhesion argentina al pacto) habiendo como hay tenden- cins y aspiraciones encontradas entre ambos pajses, especial- mente entre los asuntos del Paraguay. Por otro lado, como Chile no se duerme y parece que trata de ofrecer su alianza al Imperio, podria suceder que Hegase un momento en que éste, 4 impulso de los temores en que he hablado a usted antes, aceptase como alianza, 0 cuando menos estrechase sus relacio- nes con Chile prestindole el apoyo moral de sus simpatias. BI medio de hacer imposible esa alianza, y por consiguien- to dejar aislado a Chile en todas sus cuestiones es, en mi jui- cunseribir la alianza con la Rept- »y on el del gobierno, ¢ — 256 — blica Argentina y Bolivia a las cuestiones de limites entre es- tos y Chile y a las enestiones que puedan surgir entre los paises contratantes, consignando, por consiguiente, en el pro- tocolo que formalizard la adhesin, que la alianza no se exten- der a las euestiones que por razones politicas o de territorio » puedan suseitarse entre la Confederacién y el Imperio, des- cartarselas en lo absoluto, circunscribiéndolos a los que he in- dicado”. No era dificil prever que tan repentino cambio en la f6r- mula que el sefior Irigoyen habia sometido al Canciller ar- gentino, y que asi quitaba tan grande interés a ese pats, sus- trayendo de la accién de Ia alianza uno de sus posibles y gra- ves problemas, habia de provoear en el nimo de aquel nego- ciador una impresién de rechazo y desagrado. Puede apreciarse el serio quebranto que experimenté la negociacién en tramite por la nota en que el Ministro Irigo- yen, al trasmitir a su Gobierno el éxito desfavorable que ha- Dia obtenido en su empefio, contempla la posibilided de dar por suspendida la negociacién e irse al Brasil, segtin lo expre- ga en su nota de 5 de mayo de 1874. i Nada significaria a partir de este instante, que marea un cambio de frente en la diplomacia peruana, que nuestro Mi- nistro en Buenos Aires consiga al fin que la reserva propuesta sea aceptada por aquel Gobierno, La ambicionada adhesién argentina es ya en adelante objeto de una languida gestion que dura todavia tres afios més y que culmina con la poster- gacién indefinida del tratado por el Senado argentino y el re- tiro de nuestro Ministro en aquel pais. El Ministro La Torre, que sucedié a Riva Agiiero en la cartera de Relaciones Exteriores, dié cardcter de especial gra- vedad al problema brasilero que ya habia inspirado a su an- tecesor inequivocos recelos. Al reiterar sus instruceiones’al Ministro Irigoyen decia el sefior La Torre, “Ud. debe tener siempre presente, cudmto importa conservar la armonia que existe con el Brasil y evitar ua alianza de esa nacién con Chi- Je, pues, las consecuencias de esa unién son muy faciles de prever”, y en nota posterior, insistiendo en la misma idea y © temeroso de que el pacto sin la reserva pudiera arrastrar al eumetieiees — 257 — Perit a intervenir en un conflicto de la Confederacién con el Brasil, sino posefdo de un singular afan de mantener al Pera al margen de la conflagracién que amenazaba a todas las na- ciones del continente y que habia justamente inspirado la alianza con Bolivia, le deeia: “pedré usted proceder teniendo siempre presente el estado de las relaciones de la Confedera- cién con Chile, el Brasil y las otras repiblicas.del Plata y nuestroedeseo de conservar las que nos ligan con todas esas potencias”. La conservacién de las buenas relaciones con todas esas potencias, segiin la expresién del sefior La Torre, inspiré a este Ministro la politica del aplazamiento que traduce su co- rrespondencia oficial y privada con el agente peruano en Bue- nos Aires y acentuando en esa forma la idea del desinterés del Perit por la adhesién argentina que ya habia vislumbrado el Ministro Tejedor, segtin tuvo ocasién de expresarlo al repre- sentante peruano y que contribuy6 no poco al fracaso definiti- vo de la misién Irigoyen, bajo tan buenos auspicios iniciada. Segiin se vé muy bien, la precisan las apostillas que el sefior Pedro Irigoyen ha puesto a la publicacién de la corres- pondeneia de su padre, don Manuel Irigoyen, con la canci- llerfa, fuente la mas genuina para el estudio de la diplomacia peruana en aquella época, las instrueeiones que nuestro repre- sentante recibia reiteradamente del Ministro La Torre, esta- ban destinadas a conseguir el aplazamiento indefinido del pacto de adhesin, No sc referfa esta politien a plazo alguno ni estaba condicionada a un acontecimiento futuro préximo 0 lejano. Las expresiones usadas en sus oficios y en sus cartas no oneierran sino el concepto de su aplazamiento y la demora: “No debemos apresnrarnos en Ja actualidad a procurar su 80- lucién”, “Haga usted todo lo posible por marchar con pies de plomo”. ;Ilasta cudndo? El Ministro no lo dice ypor qué? Es iis bien posible deseubrir las razones que inspiran esta nue- va politica, El deseo del sefior La Torre de conseryar, como lo expre- fa en la nota mis arriba traserita, las buenas relaciones del La inminencia Port con todas Jas naciones de Sudamé| — 258 — de un conflicto armado entre la Argentina y Chile le sugerfa, en consecuencia con ese eriterio, la siguiente expresién con- tenida en carta particular de 25 de octubre del 75, dirigida por el Dr. Irigoyen: “Nosotros debemos conservar el afecto y buena voluntad de ese Gobierno sin ponernos de puntas con el de Chile”, Sin reeurrir a otras citas tan expresivas como las ante- riores, se puede apreciar la sustaneial diferencia qué cxiste entre el espfritu que preside ahora la diplomacia peruana y el que habia ereado la ‘alianza defensiva con Bolivia y la pre- tendida adhesién argentina confiada a la gestion del mismo negociador a quién se dirigian aquellas indicaciones. Las dificultades entre Chile y la Argentina fueron razén muy prineipal para que se procurara la adhesion de este pais y ellas se contemplan en el parrafo inieial de las instrucciones dadas al sefior Manuel Irigoyen, el 20 de mayo del 73 y se in- _ Yoean en el curso de todo ese documento para transparentar la conveniencia que aquella nacién debfa encontrar en acep- tarla. “Sabe US. —se le dicé al Ministro Irigoyen— que de al- gtn tiempo a esta parte vienen suscitandose graves cuetiones entre Chile de una parte y la Confederacién Argentina y Bo- livia de la otra, con motivo de la demarcacién de limites” y en Iineas posteriores, previendo la posible proyeccién de esas dificutades, se agrega: “A la Reptblica Argentina interesa, pues, tanto como a Bolivia entrar en la alianza... y con mas raz6n hoy que los limites con la Patagonia amenazan entrar en la via. de los hechos”. Esta opinién formada a la distancia por nuestro Canci- ller recibié en breve la m4s cabal confirmacién del-enviado en Buenos Aires, quien desde la primera entrevista con el nego- ciador argentino pudo afirmar a su gobierno la evidente exis- teneia del antedicho peligro. Terminose' la entrevista —dice el sefior Irigoyen en su nota de 12 de julio de 1873— adqui- riéndose el convencimiento que este Gobierno esté resuelto a resistir las pretensiones de Chile sobre la Patagonia, aan por medio de las armas”, — 259 — Seria necesario repetir que el conflicto armado entre el Pertti y Chile se hallaba en marcha desde muy lejanos dias y que era convieeién unénime de los hombres de Estado del pais que si el objeto de la aspiracién inmediata de aquella nacién era, por lo pronto, el litoral boliviano de Atacama, el seiiuelo més lejano, pero mas vivamente coidiciado eran las salitreras peruanas de Tarapaca. Los armamentos navales que para realizar ese propésito se procuraba Chile desde 1866 y los que por el afio que corria estaba a punto de recibir de Inglaterra, daban al conflicto previsto trazas de inminencia y ante la imposibilidad de con- trarrestar con otra superior o siquiera fuera igual esa fuerza material, solo le quedaron al Pert, como lo pensaron los hom- bres de 1872, buscar dentro de wn sistema politico de coopera- cién o de equilibrio continental la manera de evitar la temi- da agresién del pais del Sur, 0 sumar a los propios y defi- cientes, elementos extrafios para enfrentarla. Deeretada como se vé por Chile la guerra al Pert jera la abstencién de nuestro pais en el conflicto de aquella na- vin con la Argentina, una manera de evitarla? No. Por en medio y pasando a través de sus querellas eon ese pais, cifra- das en las semi-ignoradas regiones de la lejana Patagonia, co- mo las que sostenfa con Bolivia ya casi supeditada a su do- minio por la obra de Melgarejo, hacia un camino imperturba- ble la sofiada conquista de nuestro rico territorio, No solo fué de funestas y graves conseeuencias el aplaza- miento deliberado y sistemAtieo de la adhesién argentina en esta filtima etapa de la gestién que analizamos. La desesperan- te lentitud que habia aquejado a este negocio diplomatico desde su origen atribuible a las dubitaciones y reeatos que le opuso Ja cancillerfa de La Paz, ya le habian dafiado lo bas- tante. Desde su diseusién en el Senado argentino y seguramente antes, el tratado seereto de alianza defensiva con Bolivia era conocido en Rio y otras cancillerias interesadas en el asunto. Chile lo vislumbré desde su origen, Con la fina diserecién que le era propia y al ser interrogado por el Caneiller argentino sobre la noticia que tuviera Chile de ese pacto, contesta en su — 260 — primera entrevista el Ministro Trigoyen: “Hasta mi salida de Lima no habia sabido nada el Gobierno o 1a Legacién de Chi- Je en esa Capital; pero que quizé sospecharian que mi Gobier- no trataba de algan arreglo con Bolivia y con esta Repiiblica, porque mi nombramiento de Agente Diplomatico cerca de es- te Estado, habia producido impresién en la expresada Le- gacién”. Convertida esta sospecha en certidumbre bien poco des- pués, pudo aquel pais inieiar esa politiea de duetilidad y eon- temporizacién que adormecié a Bolivia y que se tradujo en la inexplieable diplomacia de tropiezos y de rémora que también sirvio los intereses y los planes de esa nacién, Pero si la diplomacia peruana peed de ilégica y tornadi- za en lo tocante @ la adhesién argentina, se earacteriz6 por ja firmeza y lealtad que a juicio de sus hombres dirigentes debia a su aliada Bolivia. El Ministro peruano don Manuel Trigoyen, que ejereié también la representacién de la nacién boliviana ante el Go- bierno de Buenos Aires, hubo de hallarse colocado, mas de wna vez, en la enojosa situacién de recibir de los dos paises ou- | 08 poderes reunia inspiraciones distintas y atin contradicto- rias; pero sin que ello debilitara la devocién y el celo con que cauteld los intereses que aquella nacién le habia con- fiado”. ;Qué hago yo entre el Gobierno del Peri que me ordena consignar en el protocolo de adhesién ciertos prin- cipios y el de Bolivia que tenazmente me prescribe que con- sigue otros diametralmente opuestos... me expongo a que el Gobierno de Bolivia no apruebe el protocolo, decfa en una no- ta el sefior Trigoyen. Tin realidad, como ya antes se ha dicho, la lentitud de que adolecié la_ gestion Trigoyen, si bien deliberada e inten- cional duranté su postrera etapa, fué en la primera época de ella debida a las dificultades y dilaciones presentadas por aquella nacién en su affin de dejar a salvo sus derechos sobre Tarija que erefa haber impedido si el principio del uti-poside- tis que cl pacto de alianza contenia era tomado en el sentido que generalmente se le diera entre Jas naciones de Hispano América 0 sea con referencia al afio 1810. — 261 — El caneiller boliviano don Mariano Bautista, estudié con tan insaciable meticulosidad, una férmula dentro del pacto que garantizara los alegados derechos de Bolivia sobre aque- lla Provineia, que pudo arrancar a la pluma del seffor Irigo- yen las siguientes frases: “me abstengo sefior Ministro de eali- ficar la condueta del sefior Bautista mas parece que no qui- siera de buena £é Hegara a un resultado satisfactorio la nego- ciacién que se me ha encomendado cerea de este Gobierno”. El representante pudo, desde bien al principio percatarse y asi fué en efecto, de que su misién era facilmente realiza- ble si se encaminaba no a conseguir la adhesién de la Confe- deracién al pacto de alianza Perd-boliviano, sino a concertar uno nuevo de la misma naturaleza entre el Perit y la Argen- tina, Esta férmula insinnada reiteradamente por el Canciller argentino a nuestro representante merecié ser recomendada por 61 al Gobierno del Peri como sustitutoria de la anterior en el caso de que aquélla se hiciera imposible o muy diffeil- mente alcanzable. “Lo que conviene, en efeeto, decia el ante- rior Irigoyen al Ministro de Relaciones del Pera, después de haber asegurado como lo ha heeho, la alianza de Bolivia, es de obtener la de esta eonfederacién”. Apenas cabria encontrar como expresién de ese espiritu de lealtad para Bolivia, a que nos hemos referido, una exterio- rizacién mas precisa que las que encierran las frases conteni- das en la nota del Caneiller Riva-Agiiero de octubre del 73, on las que rechazando las insinuaciones del caneiller argenti- no Tejedor, decfa el sefior Irigoyen: “Por poderosos que sean los motivos de convenieneia que puedan haber impulsado al sefior Tejedor a querer prescindir en la celebracién de la alianza del coneurso de Bolivia, el Pert no puede seguir en este asunto otra senda que la que ha emprendido. La maneo- munidad de sus intereses con Bolivia y atin mas que esto, su lealtad internacional no le permitiran jam4s ir a buscar un alindo del Atlantico, preseindiendo del amigo que tiene en es- te lado del Pacifico y cuya wnién esté consagrada por un pacto que deseansa en la £6 piblica y en el honor de ambas naciones”. — 262 — Podria repetirse al infinito las citas que nos brindan Ta correspondencia oficial y privada de la gestién Irigoyen part temarear la perenne constaneia con que se recomendé a aquel diplomitico la necesidad de hacer triunfar en los diferendos de aquella nacién con la caneilleria argentina, la tesis de Bo- livia, euyos intereses, decia el sefior A. L. de Ja Torre en nota de 12 de julio de 1875, “no podemos abandonar”. La alianza con Bolivia como la fracasada adhesin argen- tina, habfa obedecido a un pensamiento central, eual era coh trarrestar, por anticipado, la agresién que Chile preparaba contra el Pert tentado por Tas codiciadas riquezas de Tara: paci, a las que los estadistas de aquel pais concedian mayor Importancia que a cualquiera que pudieran ofrecerle las tierras de Ix Patagonia o cl estrecho de Magallanes que a la sazén se disputaban con la nacién del Plata. Tal diplomacia estuyo imspirada en wn claro concept de las convenieneias del Peri para el objeto de resguardar su se- guridad territorial, El litoral boliviano enclavado entre aqi" Fa naci6n y la nuestra era un Sbiee material y seguro para de- tener la expansién chilena, era tan elemental este acerto que con un eriterio inverso, ya en los dias de la derrota, lo expre- aba el pacifista boliviano don Aniceto Aree, cuando al acon- sejar a su pais la paz a outrance con el vencedor decia: “la nuiea tabla de salvacién para Bolivia es la neeesidad que tie- he Chile de ponerla a su vanguardia para asegurar sus cn- quistas. = ‘Aparte de este valor que le prestaba su ubicacién ge0- grifiea, le colaboracién que la aliada prestaba al Perd era de ima modestia que avecindaba los limites de la insignifican- cia, Aunque el-Presidente Daza en un telegrama al General Prado, le decia al Uegar @ Taena: “nueve mil hombres del ejército boliviano, mal vestidos, peor armados, pero Tenos de entusiasmo y valor se hallan bajo mi mando, dispuestos a re ‘ibir sus érdenes”, segtin versién de un historiador, boliviano el ejército equipado de Bolivia apenas contaba con dos mil doseientos hombres y s6lo pudieron reunir en los primeros mo- mentos -del conflicto hasta cuatro mil soldados. — 263 — @ En presencia de la prevista agresién chilena y cuando el lit6ral boliviano era ya teatro de los actos militares realizados por el @jéreito de aquella nacién, la diplomacia del Peré no mostré ningtin signo de vacilacién en lo que estimé el eumpli- miento de su deber para con la aliada. No se descubre en los actos de la cancilléria ningiin esfuerzo dirigido a localizar el conflieto en aquellas dos naciones y solo traduce en su labor cl angustiado y utépico propésito de evitar la guerra. Desde los primeros dias del aio 79 los agentes diplomé- ticos en Chile y Bolivia recibieron instrucciones de ofrecer Jn mediacién del Pert para el arreglo de la querella originada por la cuestién de las salitreras, revestido después de dlgido carfeter por el deereto del Gobierno de La Paz que reseindié el contrato celebrado con la Compafifa de Salitres y Ferroca- rril de Antofagasta. La representacién boliviana en Lima y el propio Gobierno de ese pats, por intermedio de nuestro Agente en La Paz, recibieron la insinuacién de suspender la ejeeucién de impuesto al salitre y someter el asunto al arbi- traje. A estos dos medios diplomAticos pues: el arbitraje del que el Pera fué siempre esforzado adalid, y la mediacién, recurrié la cancilleria para conjurar en esa grave hora el in- menso peligro que amenazaban a la Repibliea. Era ciertamente muy diffeil que aquellos medios diplo- mAticos, los tmicos por lo demfs posibles en aquel instante, hubieran tenido la virtualidad de-detener ni postergar siquie- ra el desenlace de un plan pélico, euya coneepeién tenia en realidad muchos afios de vida y a cuya generacién y desarro- No habian aportado su coneurso, cada cual en su esfera, fac- tores de tan vasta y compleja naturaleza, Eludido el arbitraje por Chile y deseartada la mediacién por un cortés rechazo, segtin se expresa en el contramanifies- to del Pert, dirigido a los paises extranjeros, el problema quedé reducido a la declaracién del easus foedgris. Fueron, igualmente, precisas y nitidas las formulas pre- sentadas por ambas cancillerias sobre tan decisive y traseen- dental asunto, A la exigencia chilena de una declaraeién abso- luta © incondicional de neutrafidad, el Plenipotenciario sefior — 264 — Lavalle respondié que el Peri no podia ni debia permanccer neutral en la contienda. 5 Los fundamentos de tal resolucién se hallan claramente expresados en el siguiente pirrafo de Ja eireular meneionada. “Si Chile no hubiera oeupado el litorial boliviano invocando a1 absurdo principio de reivindieaeién, que viola el uti poside- ts de 1810 y amenaza la integridad territorial de los Estados de Sud América; si no hubiera abrigado el propésito de apo- derarse a viva fuerza de lo que nunca le ha pertenc! do; si, inspirindose en los dictados de una razén sana, hubiese con- eretado sus esfuerzos a provocar, mediante el empleo de me- dios cohereitivos, que se admitiese la inteligencia due al atri- puye al artieulo 49 del Tratado de 1874, avochndose wna eues- tién de la competencia de los tribunales bolivianos; induda- blemente que el Peri no habria tenido raz6n para intervenir en la contienda, porque desde que no se ofendiese 1a integri- dad, del territorio boliviano no habria sobrevenido al casus foederis y hubiera permanecido neutral procurando evitar la guerra que presagiaba el rompimiento de las buenas yelacio- nes entre ambos paises y las hostilidades emprendidas”. Falto de armonia y paralelismo en el desarrollo de su eoncepeién integral, el plan diplomético jdeado para evitar Ja guerra con que Chile amenazaba a Bolivia careeié de efi- ciencia para servir a su primario objeto ¥ prindé al pais del Sur féeil cuyuntura para resolver por medio conjunto lo que seguramente pensaba realizar en etapas sucesivas, envolvien- ‘Jo dentro de 1a misma solucién de fuerza a 1a nacién. contrin- cante y a su esforzado defensor. Las duras horas de la guerra, el comén infortunio, el ca- ming recorrido por ambos pueblos juntos, a lo largo de la mis- na ruta dolorosa, no habian tenido la virtud avin de extinguir ese viejo problema de Arica, que, por entre el humo del com- pate, asomaba su encanecida cabeza. “Cuando la Division Bo- liviena entré a Arica —escribe el historiador Aleides Argue- das—, se habs hecho correr la noticia de que las tropas bo- livianas en inteligencia con las chilenas iban resueltas a tomar Taena y Aviea y realizar asi los planes y sugestiones de Chile respecto a que Bolivia debia romper la alianza con el Pera y — 265 — apoderarse de estos territorios, para tener una salida propia al Pacifico”. Dijimos antes que el pacto de alianza del 73 con Bolivia cra, puede décirse, el precursor de la Federacién de 1880, Con la diferencia en el tiempo, ambos respondieron, en realidad, wna semejante concepcién diplomatica, Pero’ mientras la nlianza del,73 encarné la previsién de la guerra con Chile y procuré y ‘uizé pudo evitarla, la Federacién del 80 solo le- 6 a constituir, dentro del Gesconcierto que aquejaba a am- bas naciones, la expresién empequefiecida y retérica del gran hiawis aevewinenh Mario Sosa. LA V CONFERENCIA INTERAMERICANA DE ABOGADOS Bn 1947 se realizaré en Lima la Quinta Conferencia Interamericana de Abogados. La Habana, Rio de Jancivo, Mé- xico, Santiago, han sido anteriormente los puntos de ci- ta de los abogados de América en el tozudo esfuerzo para ir sentando las bases de una compenctracién juridica. Con ello ge propende de una manera verdaderamente eficaz, a la soli Garidad continental. Los resultados obtenidos en las anterio- res conferencias auguran un coeficiente mas elevado de frue- tuosidad en el futuro, especialmente de la que tendré lugar en Lima, Las recomendaciones y sugestiones que se formulen no deben quedar en el plano de los generosos propésitos y de Jos enunciados elegantes. Es menester que aquéllas hallen su més rapida, segura y acabada realizacién. En la conferencia de Lima seré conveniente considerar esta militante exigencia. En la misma habra, cabalmente, una especie de inventario y balance sobre resoluciones aprobadas en anteriores conferen- cias, en mira a considerar si ellas se encnentran im feri de al- canzar su adecuada efectuacién. Los abogados del Peri tienen una cita de honor en 1947. El renombre juridico de nuestro pais esté comprome- tido, Si hemos’ asumido wna responsabilidad, debemos demos- trar que somos idéneos para cumplirla eireunspectamente. En la esfera jurfdica goza nuestro pats de disereto prestigio en ‘Amériea. El esfuerzo tiene que ser por demas esmerado e in- tenso, para que esa estima resulte enriquecida, trabajando pa ra ello acertada y diligentemente en tan conspicua justa que tendré Iugar en 1947. — 267 — La tarea, por la naturaleza misma de los propésitos y el eardcter de estas Conferencias, es de notable dimensién. La vineulacién espiritual de América tiene que basarse en el reefproco conocimiento de los regimenes y practicas juridicas en los paises del Continente. El Derecho como pleno de nor- mas de eomportamiento, representa una concepeién de vida. Desde este punto de vista, est4 adnato al hombre en cuanto éste es apreciado como totalidad viviente, pues el derecho tiende a solucionar problemas que comprometen fundamental- mente la integridad existencial humana. La compenetracién juridiea entre los paises de este Continente viene a significar, por ende, una finalidad prognéstiea y, a la vez un dato diag- néstico de la solidaridad espiritual hemisférica. El anhelo consiste en Hegar a una unificacién legislativa, que exhiba a América como un todo homogéneo en cuanto a la estructura- cién social consistente en Jos atributos, facultades y deberes de los individuos y las personas colectivas. Para aleanzar ese resultado y, atm més, para plantear la posibilidad de tan im- portante perspectiva, se requiere una comin dogmatica, una apreciacién ideolégica concorde en cuanto a las cuestiones ju- ridicas, Las labores que incumben a las Conferencias Intera- mericanas de Abogados tienden a estudiar hasta qué punto puede crearse un criterio dogmatico comin en América en la region del Derecho, Frente a la magnitud del propésito y ¢o- mo una etapa preparatoria a su posible realizacién, es preci- so enfocar los problemas que conciernen a la armonia legis- lativa, primero, y a la uniformidad legislativa, después, para conseguir la coincidencia en cuanto a las reglas que determi- aen la competencia entre legislaciones ¢o-presentes, resolvien- Jo la cuestién de las calificaciones, y fijando las conexiones apropiadas entre las institueiones juridicas y las normas de sompetencia material, y para determinar un comin denomi- aador en cuanto a las decisiones mismas que integren los re- gimones jurfdicos en América. Las reformas legislativas en los paises de este Continente, mm mira a una solidaridad mis intima y més firme entre los nlamox, s6lo podrdn hacerse eonveniente y efieazmente, des- yudw do haberse ponderado solicita y concienzudamente el — 268 — conjunto de factores que entran en jucgo ¥ después, tambi de haber supeditado los dificultades que el asunto presenta. Para desbrozar el camino se reunen y trabajan estas Confe- rencias. Gracias a esta labor generosa, desinteresada, ahita de nobles propésitos y alentadores auspicios, las legislaciones de ‘América podrén, en un futuro tal vez no lejano, apropineuarse a la meta promisora, realizando obra fidedignamente edifi- cante y fecunda en pro de las gentes de América en general, cumpliendo con ello con Jo que in substantia es el deber del legislador: hacer la felicidad de los hombres. Recordemos lo que se dice en la Reptiblica de Platon: “ana vez mas olvidas, mi querido amigo, que el legislador no se propone la felicidad de una clase especial de ciudadanos con exclusion de las otras, sino que pone todos los medios posibles para obtener el bien- estar de todos, uniéndolos por la persuasion y por Ja autori- dad y Mevandolos a participar en las yentajas que cada cual puede aportar a la sociedad comin”. José Leén Barandiaran. EL ARBITRAJE INTERNACIONAL (Conclusién) CAPITULO Vill LA SENTENCIA ARBITRAL Naturaleza juridica: Uno de los problemas més interesantes en el estudio del urbitraje internacional es el que se refiere a la naturaleza juridica de la sentencia arbitral. Consideramos que se han intentado cuatro soluciones fundamentales: A).—La que toma a la sentencia como parte del compro- miso de arbitraje; B).—La que, independizéndola del compromiso, sin em- Dargo, la fundamenta como un acuerdo de los Estados en li- tigio; G),—La que la considera un acto juridico internacional; y D).—La que ve en la sentencia un hecho juridico en sen- Vido estricto. Analicemos estas soluciones: A).—La sentencia como parte del compromiso de arbitra- Jo: Sabemos que para las corrientes clasicas del Derecho In- tornacional sélo la voluntad de los Estados tiene importancia Juridica, Por esto han sido estas corrientes las que han pro- pugnado las soluciones A y B, més arriba indicadas. Aquéllos que ven en la sentencia una parte del compro- miso explican su posicién diciendo que cuando, ante un dife- jondo internacional, las partes en desaeuerdo convienen en so- — 270 — meter sus diferencias a la solucién arbitral, eso significa lo mismo que si las partes dijeran: “Desde este momento damos por solucionado nuestro diferendo en la forma que el arbitro estableceré siguiendo los trémites y modalidades que ahora determinamos”. En otras palabras, Ja solucién del diferendo seria el efecto del acuerdo expresado en el eompromiso.. El compromiso englobarfa la solucién pero con esta cireunstancia espeeialisima: Las partes, en Iugar de ponerse de acuerdo s0- bre todos los puntos de sus diferencias, convienen en aceptar como contenido de su ‘acuerdo lo que el arbitro establezca. Nos parece que esta tésis no es acertada. Por el compro- miso las Partes no han resuelto el diferendo; ellas no han hecho otra cosa que crear el medio destinado a conseguir Ja solucién. Gaetano Morelli dice con muchisima razén, refi- riéndose a los compromisos que establecen el arbitraje gene- yal: “Si el acuerdo pone fin al diferendo estariamos en el ca- sso de que él estaria ya resuelto aun antes de haberse produ- ido”. B).—La sentencia como un acuerdo de los Estados en lie tigio—Superando a esta tesis que considera ‘a Ja sentencia co- mo parte del compromiso arbitral se ha propugnado, entre otros autores por Dietrich Schindler, la idea de que la senten- cia, ella misma, es un acuerdo de los Estados en litigio. Estos autores confieren cardeter juridieo auténomo ia Ja sentencia, independizindola asi del compromiso en el sentido de que ella ya no es una de sus partes. Para explicar la cireunstancia de que la sentencia, sien- do voluntad de las partes, se dé como voluntad del arbitro, esta tesis sostiene que el arbitro no es otra cosa que un 6r- gano comin a los Estados litigantes, por Jo enal las sentencias, que aparentemente emanan de la voluntad del arbitro, en rea Jidad no son otra cosa que una declaracién de voluntad hecha por los Estados en litigio por medio de un 6rgano comén, el arbitro. ‘Tampoco aceptamos esta teorfa, pues, en nuestro concep- to, es esencia misma del arbitraje que la sentencia no sea obra de los Estados sino de una voluntad que es extrafia a ellos. Bl pacto de arbitraje casi siempre se produce euando recono- — 271 — cen las partes que no pueden Iegar a un acuerdo respecto a sus diferencias por si mismas. Los Gobiernos estén convenci- dos que sus voluntades no pueden concordarse; pero obedien- tes al imperativo del Derecho Internacional, al mandato de la conciencia de la humanidad, resuelven someterse a la volun- tad de un tercero, a la voluntad del arbitro, en cuanto en la declaracién de esa voluntad se expresaré lo que las tendencias valorativas de la époea elevan a la categoria de LO JUSTO. Por esto no es aceptable la idea de que los Gobiernos se limi- ten a crear un érgano especial, comin a ellos, y le confien la competencia necesaria para la solucién de su diferendo. Morelli objetando a la teorfa del acuerdo dice que para llegar a un acuerdo las declaraciones de voluntad de uno o de varios Estados no son suficientes; es necesario que a cada declaracién corresponda una aceptacién, es decir el consenti- miento. Existiendo un conjunto de declaraciones sin sus ¢o- rrespondientes aceptaciones se tendré un conjunto de actos unilaterales pero no acuerdos bilaterales. Esto nos hace com- prender que si el 4rbitro actita como un é6rgano comin a las dos partes y la sentencia es un acuerdo, el Arbitro ha tenido que desdoblarse: como érgano de una parte hace la declara- cién; como drgano de la otra realiza la aceptacién. Morelli considera que es imposible admitir que una persona fisica sea al mismo tiempo el autor y el destinario de una declaracién de voluntad. C).—La sentencia como un acto juridico internacional: Sabemos que hecho juridico es todo acontecimiento al cual una norma juridica relaciona ciertos efectos, juridicos. Los actos juridicos son una categoria de los hechos juri- dicos; consisten en una deelaracién de voluntad de un sujeto do derecho, en virtud de la eual dicho sujeto determina por #f mismo algunas de sus relaciones juridicas. Para que la sen- tencia arbitral sea un acto juridico internacional es necesa- rio que se cumplan dos condiciones: 19—Que el arbitro sea un sujeto de Derecho, y 2% Que los efectos juridicos que la norma relaciona a la declaracién de voluntad constituyan relaciones juridicas del wujoto do la declaracién. = 87 — En cuanto a la primera condicién, es decir que el drbi- tro sea sujeto de derecho, ya hemos explicado nuestra posi- cién en capitulos anteriores; y también comentamos su fun- cién en vista del bien de la Humanidad. También cuando explicamos el fundamento del Derecho Internacional como valoracién individual dijimos que creemos que el Derecho In- ternacional se sustenta, gravita, en la coneiencia individual. Todo esto nos Hevé a sostener que el arbitro es un sujeto de Derecho Internacional. La segunda condicién no se cumple, pues los efectos ju- ridicos que la norma relaciona a ja declaracién de voluntad no se refieren al sujeto de la declaracién, al arbitro, sino a las partes en litigio. En la sentencia el drbitro no determina sus propias relaciones juridicas, sino que se refiere a las re- Jaciones juridicas de las partes que a 1 se han sometido. Esto no se vé muy claramente a causa de que al conside- rar sicolégicamente a la sentencia se la comprueba como acto de yoluntad. Se vé que el Arbitro sabe que de la senteneia que va a pronunciar se desprenderdn consecuencias juridieas para las partes, y que él dirige su propia actividad sicolégica a la produceién de esas consecuencias juridieas. Se ve que el arbi- tro quiere esas consecuencias juridicas pero se olvida que ellas no son queridas para sus propias relaciones sino para las relaciones ajenas, las relaciones de las partes en conflicto. De manera pues que, si es verdad que se cumple la conai- cién de que la sentencia es un hecho de voluntad de un sujeto de derecho, sin embargo ella no puede considerarse como un acto juridico porque no se cumple Ta condicién de que la sen- tencia determine las relaciones propias del sujeto de la decla- racién. D).—La sentencia como un hecho juridico: Mucho mas adecuada es la’ explicacién de la sentencia como un hecho ju- taieo, Un acontecimiento, cualquiera que sea su naturaleza, es un hecho juridico desde el momento en que ¢s considerado por el derecho como productivo de consecuencias juridicas. Pues bien, la Norma Procesal Fundamental, de que ya nos he- mos ocupado, relaciona a la declaracién de voluntad del ar- pitro (senteneia) el efecto juridico: solucién del diferendo. — 273 — El contenido de la declaracién del arbitro no es lo que figura en primer plano. Lo que toma en euenta la Norma Procesal Fundamental es el acto de voluntad escucto, en si mismo, y a este hecho le relaciona como efecto, también algo simple, la solucién del diferendo. Esta relacién se pereibe cla- ramente cuando las partes en el compromiso sefialan solu- ciones alternativas, pues entonces, al hecho de la declaracién de voluntad se relaciona lo que estaba predeterminado como solucién. En esos casos los efectos estén determinados a priori. La Norma Procesal Fundamental no hace otra cosa que confe- ferirles actualidad, eficacia. Sucede fenémeno idéntico al que se produce en relacién con el articulo 6 de nuestro Cé- digo Civil vigente: al hecho juridico de morir la norma rela- ciona un efecto determinado a priori: el fin de la personali- dad. La relacién no se percibe con estos earacteres cuando no se sefialan en el compromiso las modalidades de la solucién ; y esto es lo que sucede corrientemente en el arbitraje inter- nacional, Se produce esta oscuridad debido a que, en esos ca- sos, la declaracién del Arbitro no solamente es el hecho a que se relaciona, como efecto juridico, la solucién del diferendo; sino que, al mismo tiempo que es el hecho juridico tenido en cuenta por la Norma Procesal Fundamental contiene en sus preseripciones las modalidades de la solucién. Es algo asi co- mo la declaracién de voluntad simultaneamente constituye el hecho juridico y contiene los efectos que la Norma Procesal Fundamental relaciona a ese hecho, Gaetano Morelli refirién- dose a esto mismo explica el fenémeno diciendo que: “El de- yecho objetivo apela a la declaracién de voluntad en el senti- do de que no relaciona a Ja sentencia efectos juridicos deter- minados a priori, sino los efectos juridicos que resultan de la declaracién misma, es decir el efecto de que el conflicto debe ser considerado resuelto segin la declaracién del Juez. Y en otra parte dice: “Los efectos que la norma relaciona a la sen- toneia son establecidos, no directamente sino indirectamente, mediante un reenvio al contenido de la sentencia”. Hn resumen la sentencia arbitral no es parte del com- promiso, no es un acuerdo de las partes; no es tampoco un acto juridico; la sentencia es un hecho juridico, — 274 — Fundamento de la eficacia de la sentencia: ‘Ya nos hemos referido a la naturaleza juridica de la sen- tencia, En lo dicho algo se atisba del fundamento de su efi- cacia, mas es bueno que hagamos mencién de algunas de las mas importantes y autorizadas opiniones vertidas a este 7°5° pecto. Franz von Lizst, con su crudo positivismo nos dice: “El Ynico fundamento de la sentencia arbitral es siempre la vo- luntad do las partes litigantes” (34). Bn nuestro estado de eul- tura, on el campo de las relaciones internacionales, evidente- mente que el cumplimiento ide la sentencia arbitral depende de la voluntad de las partes litigantes; pero esta compre pacién no nos debe arrastrar a pensar que el fnndamento mismo de ella sea la voluntad, pues tal cosa significaria que si.un Estado por su propio interés se niega @ cumplir una sen- tencia, y por lo tanto deja de sustentarla con su voluntad, la dicha sentencia deja de existir en su ealidad juridica interna- cional, o en el menor de los casos, existe, para el Estado que quiere su cumplimiento y no existe para el Estado que la re- pudia o desconoce. Tal cosa no es verdad: una sentencia obli- ga aunque no se cumpla. Su existencia juridica es indepen- diente de sa cumplimiento. Opinién semejante a la de von Lizst sostiene el tratadis- ta argentino Antokoletz quien dice: “la obligatoriedad del fa- lo es de origen contractual”. Somos del pareve de que en estas tésis se ha generalizado peligrosamente el earaeter con- Seneional de 1a institueién arbitral. Tal punto de vista nos puede arrastrar a la conelusién de que la sentencia no seria ffican a menos que la voluntad de Tas partes en tal sentido esté expresamente manifestada. esis contraria a las anteriores es la que sostiene Limm- purg (35) quien encuentra el “elemento obligatorio” de Jas gentencias, en el hecho de que “las partes se han creado una (a)—Franz von Lizst; Ob. Cit. pig. 978. (5)—Limmburg; “L’antorité de chose juges des décisions des juris: dictions internationales”. — 275 — jurisdiccién, investida de los atributos y de los efectos nor- males que las reglas generales de la ciencia y la jurispruden- cia le acuerdan”. Siguiendo estas mismas convicciones Karl Strupp (36) fundamenta la obligatoriedad de las sentencias en el “Derecho de Gentes Formal”. Estas dos teorfas en nues- tro concepto adolecen del defecto de fundamentar la eficacia de la sentencia apoydndose en conceptos vagos, de contenido indeterminado, y que no cuentan con una jerarquia precisa en la serie de los intereses humianos. Frede Castberg, al estudiar el exeeso de poder en las sen- tencias internacionales, fundamenta la eficacia de ellas, sobre todo, en el interés de la comunidad internacional de que la de- cision pronunciada sea absolutamente definitiva. Creemos que Castberg Mega hasta muy cerca de la realidad pero falla al apoyarse en un elemento material que es el “interés de la co- munidad”, olvidando que el de la eficacia es simple y lana- mente formal. En el campo del Derecho toda sentencia” “de- bidamente pronunciada y motivada...” (37), tiene eficacia para resolver el conflicto. Esto proviene de la Norma Procesal Fun- damental. Vale siempre. Cuente 0 no con el apoyo del interés de la comunidad. El interés de la comunidad podra servir de base para que se organice el poder ejeeutivo que logre la aplicacién de la sentencia, mediante la coaceién sobre las par- tes, pero para nada mas. Si el interés de la comunidad fundamentara la eficacia do la sentencia podriamos afirmar que ella debe ser respetada wo dicte conforme a justicia o no, Esto no es verdad. Lo que ol interés de la comunidad puede exigir seré que la parte o las partes afectadas por una sentencia irregularmente rendida no procedan independientemente y por su propio juzgamicn- to a oponerse a la sentencia sino que busquen la intervencién do un tribunal internacional que resuelva si la sentencia esté bien dada o n6,. En otras palabras si adolece de alguna nuli- (4).—Karl Strupp; “Le droit du juge international de statuer selon ite (J7)—Términos empleados on el articulo 81 de la Convencién de Ww Maya do 1907, — 2716 — daa, Esto es Jo maximo que puede exigir el interés de la c0-