TRAS LA HUELLA DE UNA IDENTIDAD

OUSILHAO, HISTORIA, LEYENDAS Y TRADICIONES EN EL CORAZÓN DE
TRAS OS MONTES
Mario Díaz Meléndez*

El presente artículo nos adentra en un largo viaje por las costumbres y tradiciones más
enraizadas de esta piel de toro que es la Península Ibérica, concretamente nos
desplazaremos a una pequeña aldea portuguesa situada a escasos kilómetros de la
frontera zamorana y orensana, en una comarca donde el tiempo parece haberse
parado y donde sus habitantes repiten con orgullo generación tras generación su
nombre, Tras os Montes.
El viaje a esta región montañosa del norte de Portugal nos deparará muchas
sorpresas, un entorno natural incomparable de bosques de robles y castaños que
clarean en las inmediaciones de las pequeñas aldeas de la comarca, unas gentes que
luchan por sacar lo máximo de una tierra poca generosa y muy exigente, múltiples
puntos de agua que hacen del lugar un paraje de cuento y unas usanzas y ritos que se
pierden en la noche de los tiempos.
Por consiguiente, voy a hablar de algunos de los aspectos etnográficos que más
llaman la atención del visitante que osa a adentrase en tan accidentadas tierras,
centrándome en sus festividades y en el simbolismo que encierran, así como en sus
leyendas mejor guardadas, todo ello en un marco arqueológico que nos remite a la
presencia de al menos un castro bimilenario, cuyos enclenques restos vigilan y
flanquean con el recuerdo digno de lo que fueron en el paso serrano que les acerca a
la capital comarcal, la hermosa villa de Vinhais.

1- UNA ALDEA DE LEYENDA
Adentrándonos en la región portuguesa de Tras os Montes, dejando atrás su capital,
Braganza, ascendemos por viejos caminos de montaña, hoy trasformados en
modestas carreteras con curvas generosas, que nos trasportan a un lugar de leyenda.
La entrada a la aldea de Ousilhao queda custodiada por dos accidentes geográficos
que dominan el paso montañoso, el Alto do Castro y el Castro de Santa Comba,
toponimia sugerente para aquellos que como yo nos apasiona la Edad del Hierro, ya
que se hace alusión al poblamiento fortificado que la memoria ha ido borrando desde
hace más de dos mil años con el paso de las estaciones.
Como viajero curioso decido adentrarme en esta aldea, charlar con sus gentes y
rastrear la huella del tránsito de las diferentes culturas que han ido conformando la
identidad de esta hermosa e intrigante localidad. Mi sorpresa será que el rastro del
pasado no solo está presente a través de algunas evidencias materiales, sino que está
custodiado en el corazón de sus habitantes, es decir que el verdadero patrimonio de
Ousilhao es inmaterial, ajeno a la erosión del sol, la lluvia y la nieve.
Empapado de las historias y leyendas que la sabiduría popular comparte amable y
generosamente, comienzo mi andadura por esos lugares extraordinarios.

1.1.

SERES MÁGICOS DEL ALTO DO CASTRO

LA MOURA DEL CASTRO

Como punto de partida decido remontar el Alto do Castro, monte situado a 1.078
metros sobre el nivel del mar. Para ello me adentro en un bosque de castaños
cuyas formas sinuosas parecen susurrar y observar con recelo al buen aventurado
que se deja caer por estos lares. En sus robustos troncos visualizo unas marcas
de color rojizo que se corresponden con cada uno de los vecinos que recolectan
sus castañas, uno de los verdaderos tesoros de la comarca en otoño, los cuales se
aprovechan de forma ordenada y solidaria por toda la comunidad.

Fig1. Vista del Alto do Castro en invierno desde su cara oeste

Tras pasar por la entrada de una vieja mina abandonada, cuya boca se abre
oscura, húmeda y misteriosa continúo la subida hasta que un bosque de robles
bien engalanados de líquenes, me envuelve y me ofrece el aliento necesario para
llegar a la cima. Los más jóvenes compiten con los más ancianos por hacerse un
hueco entre la frondosidad y subir más alto, ellos son los que calientan a las
gentes de estas tierras en el duro y largo invierno.

Fig 2. Vieja mina abandonada a los pies del monte.

Superado el desnivel del último tramo, con la respiración entrecortada por el
esfuerzo, me apoyo en una de las muchas rocas que salpican la cumbre de tan
imponente monte y disfruto de la vista privilegiada que me ofrece el valle donde se
asienta la aldea: Al fondo oteo como se elevan las brumas del rio Tuela, que
descansa su serpenteo por la comarca a su paso por Ousilhao, quedando
encajado bajo la gran campiña que nutre de hortalizas, vino y buenos pastos para
el ganado a los habitantes de la aldea. Un gran número de arroyuelos parecen
peregrinar por sus verdes y pedregosos suelos desde las montañas más altas en
busca del curso fluvial que kilómetros abajo se encontrará algún día con las aguas
del padre Duero. Contemplo, casi a vista de pájaro, un poco más arriba, el caserío
disperso de la aldea, formado por seis barrios muy separados entre sí, antaño
quizás pertenecientes a las pocas familias que decidieron asentarse en este
enclave y unir sus fuerzas para sacar partido de la tierra y sobrevivir generación
tras generación.
El agitado aire del norte golpeando en mi cara me sugiere continuar mi búsqueda
por la cima y me trasporta hacía lo que parecen ser los restos de un viejo castro
del que no queda ya nada en pie y apenas puede revelarnos cuál fue su tiempo
histórico. Aquí es donde se sitúa una de las primeras leyendas que escuché en la
aldea, donde el imaginario popular cuenta que vive su moura, espíritu de la
naturaleza que custodia un tesoro de oro y que en las mañanas del día de San
Juan deja escuchar su bello y cautivador canto.

Fig 3. Vista del Alto do Castro.

Las mouras, son seres mitológicos pertenecientes al mundo de los elementales.
Suelen vivir bajo tierra y, como en este caso, en el entorno de un viejo castro,
saliendo por las noches a peinar sus cabellos con un peine de oro, aunque
también contamos con leyendas en las que estos seres están vinculados a las
fuentes, como más adelante descubriremos. Son muy comunes en toda la tradición
popular galaico-portuguesa, aunque se conocen en prácticamente toda Europa,
donde adoptan nombres y comportamientos muy diversos, aunque de forma
generalizada las englobamos bajo la denominación de hadas.
Este ser con apariencia de hermosa mujer, cuya presencia sigue viva en la
tradición de los lugareños, guarda fabulosas riquezas de las que tan sólo ella
disfruta y ocasionalmente algunos humanos si aciertan a desencantarlas, tarea

que siempre se desaconseja, ya que de no hacerlo podría atraparte en su mundo,
del que no se puede volver.
Como encantada que es, anhela librarse de su hechizo para volver a ser libre, de
ahí que pueda encariñarse con ciertas personas. Ahora bien, si alguien tuviese la
ocasión de toparse con ella entre los castaños y robles que circundan el castro, lo
que nunca debe hacer es infringir ciertas normas o revelar un secreto que ella no
quiere que se sepa, ya que acarrea todo tipo de desgracias, como las que se
recogen en la tradición popular de innumerables aldeas gallegas y trasmontanas.
Así, se conoce desde el muchacho que por contárselo a los padres se apoyó en
una piedra de la que jamás se pudo despegar, el campesino que encuentra
monedas de oro y, por hablar demasiado, ya no vuelve a encontrar ninguna más, la
muchacha que fue obsequiada con ricos presentes viendo cómo todos ellos se
convertían en carbón cuando dijo de dónde procedían, o aquellos que sufren daño
físico e incluso encuentran la muerte por realizar algo que no debían o elegir el
objeto equivocado entre todos los que oferta a quien se tope con ella. (Callejo
Cabo; 1995).
No obstante, a las mouras por lo general no les gusta la compañía de los hombres,
aunque su innata curiosidad hace que jamás estén alejados de ellos y los
observen frecuentemente. Nunca se dejarían observar en lugares cuyo entorno
natural originario esté deteriorado, ya que al ser consideradas espíritus de la
naturaleza protegen las flores y los árboles, sufriendo enormemente con el
deterioro progresivo de los bosques, del que depende su supervivencia en el
tiempo. Es por ello que hacen labores importantes y desapercibidas para la
mayoría de seres humanos, tales como repasar el aura de las plantas, hoja por
hoja, y la de los pastos, llegando incluso a modificar la orientación de una rama de
árbol para que crezca de forma más vigorosa.

Fig 4.Recreación libre de una moura

A las hadas en general, y a ésta en particular, les gusta la música suave y
melodiosa, sienten pánico por los truenos, odian el sonido de los tambores y en
especial, el de las campanas que se escuchan desde la iglesia de San Esteban,
que por otra parte, al estar realizadas en hierro, metal que repelen, les hace huir
despavoridas. Además de poseer, de forma generalizada, instrumentos musicales

con los que acompañan a sus canciones, en su mayoría de cuerda, estos seres
aman también la danza, que realizan principalmente en primavera durante la
medianoche. En múltiples leyendas de localidades cercanas se cuenta que cuando
se reúnen en la cima de las montañas bailan siempre en círculo o en corro
dándose la espalda, pudiendo apreciarse su rastro por los famosos “anillos de
hadas” o bien a partir del aroma a hierbas aromáticas que levantan en su frenético
y revitalizante danzar. Eso sí, este tipo de fenómenos, según la tradición, no están
exentos de peligros, ya que es normal, en caso de presenciarlos casualmente, que
uno se sienta embriagado y atraído al corro y comience a danzar hasta desfallecer,
ya que el tiempo de duración del baile para un humano no es el mismo que para
uno de estos seres, pudiéndose darse el caso de permanecer semanas en este
estado de embrujo y tener la sensación de haber pasado solo unos minutos.
También son conocidas las historias sobre el rapto o trueque de bebés por parte de
unas hadas que sienten envidia por la vitalidad de los humanos y a menudo tratan
de cambiar a sus crías para que sean amamantadas de forma temporal sin que las
madres se den cuenta. En su lugar, innumerables leyendas europeas aseguran
que suelen dejar a un viejo elfo, o a un niño raquítico que suele morir a los pocos
días de debilidad, a un enfermizo bebé de hada que puede tener una oportunidad
de salvación gracias a la leche humana, o simplemente una vieja y arrugada hada
que, cansada de la vida, adopta forma de niño para ser acunada, alimentada y
mimada por una madre adoptiva. En una época en la que la mortalidad infantil era
altísima, no es extraño que se buscaran explicaciones consoladoras para que sus
padres pudieran echar la culpa a alguien, o se contentaran sabiendo, que al menos
su hijo seguía vivo en el mundo de las hadas.

Fig 5. Paisaje boscoso de Ousilhao

Por otro lado, el hecho de que nuestra moura esté relacionada con una
construcción prehistórica, un castro, es tema habitual en toda la mitología europea.
Generalmente se asocian a monumentos megalíticos del II milenio antes de
nuestra era, lo que no es de extrañar viendo el tamaño de sus piedras, que si bien
hoy sabemos cómo se construyeron y a qué cultura pertenecían, el imaginario
popular sin embargo, encontró en las leyendas su particular explicación de aquello
que no comprendían.

No es de extrañar que solo en el concejo de Vinhais fueran registrados 159 lugares
de interés arqueológico, la mayoría de los cuales presentan una toponimia
relacionada con mouras y mouros, uniendo historia y leyenda.
En definitiva, este lugar sería la morada de una moura que aparte de tener una
gran fuerza física que le permite transportar grandes piedras, se hace sentir en el
mágico día de San Juan con su bello cantar. Pero no es casualidad que sea en
este día y no en otro. En esta fecha se produce el solsticio de verano, momento
idóneo en el que las mujeres de la aldea emplean para recoger la planta de la
cidreira, cuyas propiedades curativas están sobradamente probadas, quizás por la
magia que las impregna una de las noches más mágicas del año, o al menos eso
es lo que nos dice una tradición tan extendida a lo largo de la geografía peninsular
y europea.
Pero, nuestra moura no está sola en este lugar, vive acompañada de otros seres
mitológicos, los mouros, ¿queréis conocerlos?, vamos allá.

Fig 6. Vistas de la aldea desde el Castro de Santa Comba. Al fondo Alto do Castro.

 MOUROS: RAZA DE PRIMITIVOS POBLADORES DE LA ALDEA
Como acabamos de ver, en buena parte de la mitología europea nos encontramos con
la asociación de ciertos seres mágicos con yacimientos prehistóricos, a quienes se les
atribuye su construcción quizás como explicación legendaria de los antepasados del
lugar a estos extraños vestigios que no sabían interpretar.
Si bien, la tradición popular de Ousilhao nos revela también la presencia en este
mismo lugar de otros personajes míticos como los mouros, quienes en el paraje de la
“Torre”, donde se dice que había una ermita, acudían a oír misa. Una vez más no es
casualidad que coincidan las leyendas con evidencias históricas del pasado, ya que en
esta zona la arqueología sacó a la luz un altar de piedra con una inscripción en latín
dedicada a una divinidad de la que hablaremos más adelante. Debemos estar, por
tanto, ante un lugar posiblemente sagrado y perpetuado desde la más remota
antigüedad, que los antepasados de la zona han ido trasmitiendo de boca en boca
bajo un envoltorio legendario que amenaza con desaparecer, ya que cada vez son
menos las referencias que se tienen de estas historias en el subconsciente colectivo.

Vamos entonces a rescatarlos del olvido, ofreciéndoles la posibilidad de sobrevivir al
calor de este escrito y a entrar de lleno en el terreno mitológico, para después
ahondar, si cabe, en la parte histórica que se esconde detrás.
Primeramente habrá que saber quiénes son los mouros, que no deben confundirse
con los musulmanes que pisaron estas tierras hace más de mil años, ni con los
maridos de las mouras. Al parecer se trata de seres que la mitología popular atribuye
como raza ancestral, precristiana y gigantesca, que custodian un tesoro encantado en
ese lugar (el castro) que ellos mismos construyeron. Estos míticos individuos habitan
en el mundo subterráneo, donde existen galerías que hay quienes consideran forman
parte de un sistema arterial de túneles que recorren buena parte del noroeste de la
Península.

Fig 7y 8. Castaños del entorno de la aldea y Recreación libre de un mouro.

Múltiples son las leyendas populares sobre mouros que relatan cómo se les puede
escuchar moler, cantar o realizar todo tipo de ruidos procedentes de las ruinas
subterráneas donde habitan. Incluso nos llegan historias de sus frecuentes contactos
con humanos, generalmente producidos para intercambiar todo tipo de productos, casi
siempre oro por alimentos o trabajos, siempre y cuando se cumpliese con un pacto
previo y no se revelasen sus relaciones ni el origen del enriquecimiento repentino del
hombre, que de ser así podía acarrear incluso la muerte. También, son conocidas
leyendas cercanas que repiten como una niña ayudó a un mouro a peinarse y a
despiojarse recibiendo oro a cambio, con la condición de no poder mirarlo hasta llegar
a su casa, tratado que no se cumplió, por lo que las riquezas se convirtieron en
carbón, sino acabó peor, ya que se dice que si se te ocurriese volver a reclamarles
podrías acabar en la olla.
Así, se nos presenta una leyenda que nos indica que, aún siendo seres mágicos
poseedores de poderes especiales, éstos tienen necesidades mundanas, necesitan
alimentos y les gusta participar en matanzas de cerdos de los vecinos, ir a ferias y
mercados o incluso reclamar servicios de una comadrona para que les ayude en el
nacimiento de sus hijos. En estos encuentros con humanos el pago siempre se realiza
en oro, de ahí que la tradición los considere poseedores de grandes cantidades de
ese metal precioso, no faltando quienes incluso relacionan su nombre con la palabra
“ouro”. Es habitual que sean de este material sus aperos, útiles de cocina y ruecas y
que todo el halo de leyenda que los recubre brille como este metal.

La supuesta existencia de tesoros escondidos bajo tierra que se describen en los
cuentos y en las creencias legendarias de muchos países, del que no es ajena la
aldea trasmontana que centra mi atención, dio lugar en épocas de dificultades de
subsistencia, a que la mentalidad popular pusiera sus esperanzas salvadoras en la
localización de éstos.
Además, sirvió de motivación para el saqueo de mamoas, castros o megalitos por
parte de Indiana Jones de poca monta, que ayudados por libros supuestamente
mágicos, intentaron enriquecerse frecuentemente con pésimos resultados. Tal es el
caso del libro de desencantos más utilizado por toda la región galaicoportuguesa
desde al menos la Edad Media, me refiero al grimorio conocido como Libro de San
Cipriano. En él, encontramos rituales mágicos, invocaciones, pactos con el demonio y
búsquedas de tesoros mágicos que fueron utilizados por muchos incautos para
intentar salir de su condición de pobres labriegos. Y digo incautos porque los relatos
que han llegado sobre su utilización están llenos de fracasos por no cumplir
adecuadamente con su ritual, siendo habitual que la más mínima imprecisión en su
lectura destapara la caja de las iras de estos seres que propinaban castigos
ejemplares a quien osaba a intentarlo. Sumergiéndonos entre sus páginas podemos
encontrar múltiples rituales de desencanto, como trazar un triángulo en el suelo desde
el que rezar oraciones de desconjuro a los santos de rodillas y en latín (más bien
portugués), o bien una guía de localizaciones muy imprecisas de tesoros que nadie
encuentra. Aunque como acabamos de comentar, mejor ni intentarlo.

Fig 9. Grimorio conocido como “El Libro de San Cipriano” o “El Ciprianillo”

Algunos autores interpretan que la decepción de no conseguir encontrar ni arrebatar
los tesoros que esconden los mouros podría ir asociada a la concepción negativa de
enriquecerse sin un trabajo honesto, es decir la idea de abandonar la dura vida del
campesino sin esfuerzo, de ahí que las leyendas nos presenten a estos busca tesoros
como transgresores de alguna norma.
Esto último podría estar relacionado con la idea de quienes ven a estos seres de
leyenda como el paradigma de los no campesinos, concebidos como seres superiores
frente al labriego, inferior, simbolizando así por la propia sociedad que los crea las
inquietudes de un mundo dual presentado de forma extrema. (Martos Núñez, E. y De
Sousa Trindade, V.M.; 1997).
Pero no solo de oro vive el hombre, ni los mouros, ya que volviendo a la raíz de la
palabra, que más tarde abordaré, no faltan opiniones que se inclinan a relacionarlos
con el mundo de los muertos.
Así, hay que tener en cuenta que para nuestros antiguos la muerte era un tránsito, un
paso de un estado de existencia a otro, necesario para llegar al mundo de los
antepasados en el que se seguía viviendo. Ese mundo era, en cierta medida, muy
parecido al de los vivos pero contaba con elementos que el hombre echaba en falta en

su mundo terrenal. Por tanto, los muertos simplemente se transformaban para seguir
interviniendo en el mundo de los vivos, como ancestros que son, adquiriendo distintos
aspectos para hacerse vivibles a los mortales. Serían los antepasados, los
desaparecidos hace mucho tiempo cuando aún no había llegado el cristianismo,
aunque increíblemente se les asocie en este caso y en mucho otros escuchando misa.
Lo cierto es que casi por todo el mundo existen leyendas que hablan de antiguas razas
humanas que sufrieron una maldición o perdido una batalla y se vieron relegados,
como castigo a habitar en las entrañas de la tierra, donde construyeron sus ciudades y
se acomodaron lo mejor posible alejados de la superficie. Muchas de estas leyendas
nos hablan de seres feericos, enanos en general, o bien de gigantes, como en el caso
de los mouros.
Sea cual sea su significado u origen, lo cierto es que aparecen como figuras opuestas,
aunque paralelas a los seres humanos. Si la vida humana es a la luz del día, los
mouros actúan de noche, ocupan aquellos lugares donde la vida humana es imposible,
y obtienen todo tipo de productos sin que se les vea trabajar la tierra.
Por último, decir que en contadas ocasiones aparecen como seres peligrosos que
atacan a las personas, generalmente a niñas que pueden acabar devoradas. Esto nos
lleva a buscar su huella, y nunca mejor dicho, como ahora veremos, en el monte
situado enfrente de donde me encuentro en estos momentos, conocido como el
Castro de Santa Comba, donde me llegan relatos de alguna que otra fechoría
proferida por estos seres.

1.2.

HACIA EL CASTRO DE SANTA COMBA: HERRADURAS Y HADAS
DE AGUA

Una vez descendido el Alto do Castro, continúo mi recorrido por una carretera que,
tímidamente asfaltada, sigue los pasos del viejo camino de herradura por donde
transitaron pastores, buhoneros y todo tipo de intrépidos viajeros dispuestos a salvar
los desniveles que conducen hacia Vinhais por el paso montano, hoy conocido como
O Campo.
Junto al camino encuentro un curioso templete al que llaman alminha, donde dicen
que las almas de los difuntos piden a quien pasa junto a ella que recen y les dejen
ofrendas para salir del Purgatorio y conseguir así llegar al cielo. Los más ancianos del
lugar cuentan cómo una mujer rogó a las almas de los difuntos que le ayudaran para
que su cerda tuviese crías, prometiendo entregar una en sacrificio en el caso de que
se cumpliesen sus deseos. El asunto es que su animal tuvo un solo alumbramiento, y
ésta no consideró necesario llevar a cabo su promesa, ya que de ser así se quedaría
otra vez compuesta y sin puerco que criar. Después de acudir a rezar a la alminha y de
presentar sus excusas ante tal situación, al regresar a casa se encontró con la cerda y
su cría muertas, desgracia que atribuyó al incumplimiento del acuerdo.
Son muchas las “historias de viejas” que aseguran ver difuntos penitentes que piden
ser liberados para ascender al cielo, por ello, es tradición en esta tierra y en todo
Portugal de forma exclusiva, por cierto, la construcción de estos monumentos
dedicados a las ánimas, para las que se encienden velas, se rezan oraciones y se
realizan ofrendas, en ocasiones en forma de dinero para que se celebren misas en su
honor.

Fig 10. Alminha de Ousilhâo

Es en este lugar de encuentro que se abre en el paso montano, nexo de unión entre
los seres humanos que moran la aldea y los elementos de la naturaleza que la rodean
camuflados e integrados en estos dos destacados accidentes geográficos, donde se
celebran en verano las fiestas en honor a Nuestra Señora de la Alegría, existiendo
una capilla para su culto.

Fig 11. Ermita de Nuestra Señora de la Alegría

Sin pararme a intentar desentrañar qué hay detrás de esta curiosa y bonita
advocación a la Alegría, cuyos devotos aseguran haber sido una mujer santa que vivió
en la aldea mucho tiempo atrás, cabe decir que me trae el recuerdo del mundo clásico,
muy proclive a representar todo tipo de ideas abstractas con imágenes alegóricas. En
especial, puede que exista cierto poso religioso anterior relacionado con las Musas,
ninfas relacionadas con ríos y fuentes, muy similares a las mouras de agua que más
tarde veremos y que se sitúan en un lugar cercano al que me encuentro. Estas
divinidades que la mitología atribuye como hijas de Zeus y Mnemósine, (Hesiodo),
son capaces de inspirar toda clase de artes, es por ello, que sin entrar en más
cavilaciones, desde aquí las invocamos para que nos acompañen en nuestro transitar
camino del castro de Santa Comba que se alza orgulloso a 917 m.s.n.m, como si de
un centinela se tratara.

 TRAS LA HUELLA DE LOS MOUROS (Fraga da Vela)
Encarando la subida al monte por su lado norte, siguiendo un sendero cómodo para el
caminante que deja a nuestra espalda la imagen de una aldea inmersa en sus
quehaceres diarios, comienza a vislumbrarse en el horizonte, a muy pocos kilómetros,
la capital de la freguesía, Vilhais, cuyas murallas acicaladas siguen dominando el
territorio que un día fue vasallo suyo. A nuestra izquierda, poco antes de bordear la
elevación para encarar el último tramo de subida pronunciada al castro, sale a nuestro
paso una gran roca que nos anuncia nuestra primera parada, pues en ella se esconde
la huella de uno de estos seres gigantes de la mitología popular.
Cuenta la leyenda que en este paraje, conocido como Fraga da Vela, hay una marca
de herradura de caballo impresa en la roca, fruto de la persecución que protagonizaron
un mouro que quería dar alcance a Santa Comba, que al llegar al lugar y verse sin
salida, pronunció las siguientes palabras mágicas: “ábrete roca bendita, que en el
mundo quedarás escrita”, y de repente la roca se abrió para recoger a la santa y ésta
se libró del mouro, quedando la pisada de su montura impresa para la posteridad.

Fig 12. Vista de la Fraga da Vela

Acompañado de un amable vecino de la aldea, el señor Carlos Lopes, quien me
comenta no haber visto tal marca desde la niñez, buscamos concienzudamente dicho
vestigio por toda la superficie rocosa que se encuentra muy cubierta de líquenes.
Atendiendo a la dificultad de ver a simple vista estas formas grabadas en la roca, al
igual que hay constancia de otros lugares donde fue costoso y ni siquiera pudo
obtenerse un calco, dada la poca profundidad del surco y la erosión de los años
desisto en mi empeño, y lo pospongo para otra ocasión quedándome con la leyenda,
ya que como he comentado al inicio de este estudio, el verdadero patrimonio de esta
pequeña localidad portuguesa es inmaterial.
Con nada más que el recuerdo vivo de las gentes de la aldea que aseguran haberla
visto en alguna ocasión, un rayo de sol vuelve a dejarse caer entre las nubes que van
desfilando por el cielo al ritmo del viento del norte, iluminando el eco de cientos de
leyendas medievales que por toda Europa repartieron historias muy similares,
atribuidas en muchos casos a personajes santos, históricos o épicos que anduvieron
por estos lugares, sin obviar algunos topónimos donde aparecen este tipo de huellas
que los designan como pisadas de moros y moras, como es nuestro caso.
Veamos por tanto algunos paralelos ilustrativos que nos ayuden a comprender mejor
un mito muy extendido que parece responder a un patrón común: el enfrentamiento de

dos religiones diferentes, que termina con el triunfo del cristianismo frente al
paganismo.
La mayoría de emplazamientos en los que se han documentado petroglifos en forma
de herradura atribuyen su origen al apóstol Santiago en su viaje a Compostela o en
su lucha contra los sarracenos. Al respecto, encontramos analogías en las regiones
españolas de Navarra, Cantabria, Burgos, La Rioja, León, Zamora o en la propia
Galicia, donde destaca la leyenda de las huellas de Santiago situadas en el monte
Pindó (La Coruña), enclave sagrado por excelencia para los gallegos desde tiempos
prerromanos, donde no faltan tradiciones orales trasmitidas generación tras
generación sobre tesoros fabulosos, hermosas princesas, rutas secretas, serpientes
de siete cabezas, hadas encantadas o sacrificios y ritos de fecundidad, etc.

Fig 13. Vista de la Fraga da Vela (al fondo Vinhais)

Además, en muchos de estos lugares la tradición también atribuye a estas huellas la
función de indicar una fuente cercana, como en Sopeña (León), donde se cuenta que
Santiago afincado en una peña saltó sobre Astorga, cayendo al otro lado de la ciudad
en un prado, en el cual, al apoyarse el caballo, manaron cuatro fuentes, una por cada
herradura.
Mención aparte, serían las leyendas recogidas que relacionan estas huellas con
personajes épicos como el de Rodrigo Díaz de Vivar, “el Cid”, dispersas a lo largo del
ámbito geográfico donde tuvieron lugar sus hazañas, desde su destierro de Castilla
por Alfonso VI en Burgos, hasta Alicante, según queda relatado en el primer texto
literario castellano, el Cantar de Mío Cid. No obstante, también aparecen dispersas por
otras zonas que no coinciden con su ruta y que se atribuyen a otras figuras como Don
Pelayo en Asturias o Roldán, héroe de la épica francesa y sobrino del emperador
Carlomagno a quien se asocian grabados por toda la región pirenaica francesa e
incluso en lugares tan dispares como las Médulas (León) y en la provincia de
Salamanca.
Igualmente, casi en los cinco continentes podemos entrever leyendas asociadas a este
tipo de marcas y a otras dispares, pero enormemente significativas, vinculadas a
diferentes personajes religiosos, mitológicos, héroes locales, etc., estando quizás,
entre las más conocidas, las veneradas en Jerusalén relacionadas por los
musulmanes con las pezuñas del caballo de Mahoma que se conservan en el interior
de la llamada, por esta razón, Mezquita de la Roca.

Yéndonos al caso que nos atañe, parece vislumbrase la misma esencia mitológica que
acabamos de ver en otras regiones, la lucha entre la tradición pagana y la cristiana, en
este caso con Santa Comba como protagonista. Indagando en el culto a esta santa,
se observa como muchos de los lugares en los que se venera están relacionados con
ritos mágicos ya cristianizados que pudieran venir desde muy antiguo. Desde la Edad
Media, esta advocación que parece ser fruto de la combinación del culto a dos
vírgenes mártires, Santa Coloma de Siens y la de Córdoba, quedaría inserta dentro de
la tradición gallega como una bruja que tras encontrarse con Jesús en un camino de
Galicia decidió convertirse al cristianismo siendo después martirizada por su fe. De tal
manera, no es de extrañar que sea en la actualidad la patrona de las brujas gallegas y
que en lugares como en Santa Comba de Oia se crea que su altar produce fertilidad
en las mujeres o que muchas curanderas gallegas utilicen en sus métodos de curación
el cuchillo de hierro que se asocia a la santa como instrumento para cortar el mal.

Fig 14. La Pisada del Moro y de la Mora (Castrillos de la Valduerna, León)

Todo esto nos lleva a pensar que nos encontramos ante un lugar que en otro tiempo
fue considerado sagrado o vinculado a viejos cultos que la tradición ha mantenido vivo
en cierta manera bajo un halo de polvo que apenas impide ver más allá de su
superficie rocosa. De hecho, existen diversas hipótesis que relacionan este tipo de
marcas de herradura como símbolos de fertilidad e invocación a la luna, con ritos de
investidura de algún jefe local o como emblema de la conquista de un nuevo territorio,
en estrecha relación con cultos prerromanos de tipo céltico. Sin irnos muy lejos, en
la cercana localidad de Valpaços, en el enclave de Pias dos Mouros, donde la tradición
de nuevo saca a la luz a estos seres mitológicos, está documentado un monumento
excavado en la roca con una disposición octogonal, dos escaleras simétricas y
paralelas que dan acceso a la parte alta de una estructura donde se localizan dos
cavidades rectangulares en las que aparecen dos inscripciones grabadas en alfabeto
latino. El lugar ha sido interpretado como un posible santuario rupestre de tradición
indígena prerromana, similar a otros muchos que se disponen por el oeste peninsular,
que posiblemente fue reutilizado como enterramiento durante la Antigüedad Tardía.
(Correia Santos, M. J; 2010)
Otra posible interpretación podría estar relacionada con su posible valor simbólico
como delimitador territorial. Al respecto, basta recordar que en esta región se conocen
hoy ritos relacionados con la identificación de parcelas de terreno destinados a la
producción agrícola o a pastizales para el ganado a través de tres piedras de granito
que son clavadas verticalmente en el suelo, siendo la central más alta, y que los
vecinos denominan “marcos”. La demarcación de estas lindes se hace siempre en

presencia de algún testigo y se acompaña de un ritual religioso en honor a San
Silvano. El ritual consiste en arrojar la tierra extraída de la excavación previa a la
colocación de las piedras mientras se rezaba la siguiente oración: “San Silvano te
guarde e te defenda dos margeeiros. Amén” Por margeeiros se entiende a aquellos
que no respetaran el ritual y cambiasen los marcos de sitio por la noche, los cuales no
encontrarían el descanso eterno ni después de muertos hasta que fueran depuestos
los límites en su lugar correspondiente. De este modo, la sacralización del territorio se
hace en comunidad, bajo el respeto colectivo que tiene la obligación de dar a conocer
a los demás los límites de propiedad (Sofía Adriana Maciel; 1998).

Fig 15. Enclave y plano de Pias dos Mouros, Argeriz, Valpaços.

Sea nuestra Fraga da Vela un lugar sagrado prerromano, una zona de frontera entre
dos territorios o la huella del paso de diferentes religiones por la región, lo cierto es
que podría haber albergado cierta significación mágico-religiosa, además de estar
vinculada posiblemente con el castro que se yergue en sus inmediaciones. Vayamos a
este lugar donde la leyenda atribuye la existencia de un gran tesoro encantado
escondido e intentemos desempolvar la historia de este extraordinario enclave.
 UN CASTRO DE LA EDAD DEL HIERRO
Poco conocida es la presencia de este castro que desde lo alto preside la aldea como
testigo, desde el silencio, del paso de generaciones que con el tiempo se vieron
obligados en su mayoría a emigrar a tierras extrañas. Desde sus ojos de piedra, ya
derruidos y prácticamente inapreciables, sigue observando la transformación de la vida
de los habitantes de la aldea que se abre a sus pies.
En primer lugar, vamos a definir qué es un castro, entendiendo como tal aquellos
asentamientos humanos previamente planificados que se sitúan en lugares
estratégicos fácilmente defendibles, tanto por la naturaleza del terreno como por la
construcción de estructuras artificiales, desde donde controlan un territorio que
explotan, quedando organizados en su interior como una pluralidad de viviendas de
tipo familiar. La difusión de este modelo de asentamiento se llevó a cabo desde la
Edad del Hierro y tienen su ocaso con la romanización, aunque en el Noroeste
peninsular se alargan en el tiempo.

En nuestra visita pudimos apreciar su muralla, que estaría construida íntegramente de
piedra local, rodeando todo el perímetro de la cima del monte, que se extiende en
poco más de una hectárea, hoy arruinada y amontonada con el peso del olvido. Ésta
queda adaptada perfectamente al terreno, cerrando aquellos espacios mejor
defendidos de forma natural, como en los crestones rocosos, donde se sitúa en la
actualidad la antena de telecomunicaciones de la localidad. No parece estar formada
por un doble paramento y relleno informe como en otros castros de la meseta
castellana, aunque resulta difícil realizar una descripción precisa dado su mal estado
de conservación. En su flanco norte, parece situarse la entrada, donde se aprecia una
gran acumulación de piedras que podría ser el indicio de lo que pudo ser una torre.

Fig 16. Vistas del Castro de Santa Comba desde el Alto do Castro

Tampoco hemos podido estimar aspectos de arquitectura militar tales como fosos o
conjuntos de piedras hincadas, habituales en otros castros peninsulares que se
extienden desde Cataluña, valle del Ebro, Soria, Zamora y Salamanca. Tomando como
referencia el yacimiento fronterizo de As Muradellas (Lubián, Zamora), estos
dispositivos defensivos suelen encontrarse delante de la muralla, pero otras veces se
pueden situar antes o después del foso. La tradición interpreta tan curioso artilugio
como una defensa contra la caballería, si bien, como apuntan la mayoría de los
investigadores, vendrían a funcionar posiblemente como obstáculo para impedir que el
enemigo se acercase rápidamente contra el muro en una acción de rapiña.
Pasamos a su interior, donde la vegetación que cubre la superficie impide apreciar
indicios de vivienda alguna en prospección. No obstante, conocemos cómo pudieron
ser las moradas de este tipo de poblados a partir de excavaciones arqueológicas
realizadas tanto en la meseta castellana (grupo Soto de Medinilla de la I Edad del
Hierro) como en el área galaico-portuguesa, generalmente con cimientos y bases
construidas de mampostería en seco y alzados de tapial no muy diferentes a los
materiales empleados en la construcción de las viviendas tradicionales de la aldea,
donde aún pueden observarse restos de estas antiguas técnicas constructivas en vías
de desaparición (ver figura 18).
Las plantas de las viviendas pudieron ser de forma circular, o con esquinas
redondeadas, aunque es habitual el uso de plantas circulares y rectangulares
indistintamente. El único caso cercano donde se puede hablar con seguridad de
plantas circulares es el del castro citado anteriormente de Lubián y quizás en el de

Moimenta (Esparza Arroyo, 2011). En su interior, debieron contar con un único
ambiente en el que coexistían el descanso, las actividades culinarias y posiblemente el
hilado.

Fig 17. Derrumbe de muralla del castro

La disposición de este enclave, sin duda se vio favorecida por sus buenas condiciones
naturales de defensa contra otros grupos humanos o contra las alimañas que
merodeaban por el entorno, como el lobo, cuyo aullido ha dejado de escucharse en la
larga noche en la que ejerció su dominio. Por tanto, las cuestiones defensivas fueron
desde siempre las razones principales utilizadas para explicar su ubicación en altura,
pero hoy día sabemos que no fueron las únicas. La disponibilidad de recursos
económicos en el entorno, tales como pastos, tierras de cultivo, bosques, agua y
minerales son factores a tener en cuenta también. Estas gentes, que no debieron
exceder entre 150 y 200 almas, debieron de aprovechar la gran variedad de
alternativas estacionales que ofrecía el medio ecológico inmediato, las cuales no
supondrían el sobretrabajo de sus habitantes, el agotamiento de los recursos
disponibles, ni la mejora de la tecnología empleada, pero si el equilibrio entre lo que
se producía y consumía, tal y como parece estar sucediendo en las poblaciones
castreñas del Noroeste. De tal manera, es posible que las murallas jugaran también el
papel de limitar la expansión física y demográfica del castro con el fin de evitar el
surgimiento de relaciones de dependencia entre sí y mantener una modesta
autosuficiencia. En el momento de producirse, al cabo de varias generaciones,
resolverían la posible crisis reduplicando el sistema, es decir, a partir de la fundación
de un nuevo castro de características semejantes con el excedente demográfico
sobrante, lo que les llevaría a colonizar estos espacios montañosos, estableciendo
entre sí, lazos de solidaridad y cooperación.
Así, no solo una supuesta inseguridad, sino la disposición de un variado abanico de
recursos susceptibles de ser explotados serían las razones que esgrimieron sus
habitantes a la hora de asentarse en ese lugar, que además supone un paso de
comunicación importante entre valles.

Igualmente, pudo jugar un papel importante su faceta simbólica, como expresión visual
de la comunidad y afirmación de sus derechos en el territorio circundante, ya que sus
murallas serían visibles a propios y extraños desde larga distancia. Así, el hecho de
amurallarse podría cumplir la función de delimitar un espacio comunitario, en la que la
construcción de las mismas, también serviría para la materialización de la cohesión
social de las familias que lo integrasen.

Fig 18. Detalle de elementos constructivos empleados en una vivienda tradicional de Ousilhâo

Estamos, por tanto, ante un tipo de poblamiento prehistórico disperso, poco
jerarquizado, que se distribuiría de forma lineal en relación con los cursos fluviales.
Respecto a su cronología, resulta difícil establecer teniendo en cuenta la ausencia de
materiales en superficie, pero si observamos los estudios llevados a cabo en
yacimientos similares del entorno, podemos aventurar una ocupación a lo largo de la
Edad del Hierro, posiblemente en sus momentos iniciales, siglos VI-V a.C.

 HADAS DE AGUA ENCANTADAS (Y ENCANTADORAS)
Dejando atrás el castro, volviendo sobre mis pasos, me desvío del camino antes de
llegar a las primeras casas de la aldea, penetrando en la vega fértil que en la lejanía
nos conduce al molino de pan junto al río Tuela. A poca distancia, abrazada y
protegida por innumerables zarzas y enredaderas, se esconde, ya olvidada, la fonte
do aranganho. Irrumpiendo en su silencio, perturbando su largo letargo y
rescatándola del olvido de los más jóvenes, que ya ni recuerdan su paradero, me
sumerjo en otra de las muchas leyendas populares del lugar, en este caso relacionada
con el culto a las aguas.
Esta fuente, tiempo atrás, fue considerada curativa. A ella solían acudir aquellas
madres que estaban preocupadas porque sus hijos no se desarrollaban bien y
presentaban cierto raquitismo. Los bañaban y si seguían un ritual adecuado la magia
de sus aguas les devolvía un retoño nuevo, renovado y sano. Dicho ritual aún es

recordado por las más ancianas del lugar, que me comentan que requería la presencia
de cuatro mujeres, las cuales al sumergir al menor en sus aguas tenían que rezar lo
siguiente:
“Fonte, fontinha cura este menino, em honra do Pai e da Virgen María, um
Padre Nosso e uma Avé Maria” (1)
Seguidamente, cada una de las mujeres pronunciaba una frase:
Eu te benzo aranganho, com tres folhas de castanho, com tres pellos…, que te
leve Barzabú. (2)
Después de estas palabras mágicas, dos de las señoras allí reunidas se desplazaban
hasta un pequeño arroyuelo, cogían una rama nueva y delgada de un árbol que crece
en el lugar y que llaman negrilho y hacían pasar por debajo del arco que envuelve la
fuente al niño nueve veces diciendo lo siguiente:
“Larba, lorbao, cara de cao, fuge p`ro mar, Santa Lucinda t`ha de curar. Em
honra do Pai e da Virgen Maria, um Padre Nosso e uma Avé Maria” (3)

Fig 19 y 20. Fuentes distribuidas a lo largo de la aldea

No es casualidad que fuese nueve veces, baste recordar la significación mágica de
este número en todo el noroeste peninsular y en la Europa atlántica. Representa las
grandes realizaciones mentales y espirituales, es el número de la iniciación, porque
marca el final de una fase de desarrollo espiritual y el comienzo de otra fase superior,
simbolizado por el paso de las unidades a las decenas. Y para muestra un botón:
nueve son las olas que en la playa de La Lanzada en Galicia debes recibir en la noche
de San Juan para que sus aguas te transmitan fertilidad y propiedades curativas,
nueve son los besos que hay que dar a una moura si se os presenta en forma de
serpiente para desencantarla y nueve son las vueltas que hay que dar alrededor de un
castro para no enojar a sus moradores, etc.
Pero sus aguas no solo expulsan los males del cuerpo, sino también los del espíritu,
los pecados y el mal de ojo, como nos muestra este rezo a las brujas:

“Bruxos e bruxas, mundanos e mundanas, mal me non possam fazer trista, contista
valha-me Sao Joao Baptista e Sao Joao Evangelista ó redor da mina casa assista” (4)
Curiosamente no he tenido la oportunidad de ver a ninguna bruja, entendiendo por
éstas, aquellas que fueron perseguidas desde la Edad Media y sobretodo en la Edad
Moderna por haber realizado, supuestamente, un pacto con el diablo. Pero si hay
mujeres sabias que de abuelas a nietas han sabido transmitir todo un saber popular
relacionado con consejos espirituales y curación de dolencias físicas y que son
enormemente respetadas por sus gentes. Eso si, a lo largo de todo el recorrido por la
aldea, en las cunetas y zonas de huerta crece sin ningún tapujo una de las plantas de
poder que más se han asociado a la brujas, el estramonio. Se trata de una planta de
la familia de las solanáceas tremendamente tóxica, ya que contiene una serie de
alcaloides, como la atropina, que provoca delirios alucinatorios e incluso la muerte en
función de la dosis ingerida. Tradicionalmente se asoció su utilización a las brujas, que
realizaban ungüentos con el fruto de esta planta y después se las aplicaban con un
palo o escoba en aquellas zonas cuya piel o mucosas absorbieran mejor la sustancia,
axilas, ingles e imagínense donde también, hasta creer volar en su escoba camino del
aquelarre, y de ahí la imagen estereotipada que hoy tenemos de ellas.

Fig 21. Planta brujeril conocida como estramonio (Datura Stramonium)

Todas estas manifestaciones de religiosidad popular, hoy prácticamente perdidas, pero
ayer muy vivas gracias a que adoptaron un sentido cristiano, bucean bajo las aguas de
viejos cultos paganos, donde se buscaba el apoyo de un hada para dar a esta fuente
virtudes mágicas y medicinales. Así, la tradición recoge la presencia de una dama de
agua o ninfa que habita en su interior y que gusta salir a sus inmediaciones a peinar
sus largos cabellos con un peine de oro, aunque también hay referencias a otras
acciones que realiza como tejer madejas de lana o lavar la ropa blanca. Su apariencia,
por tanto, no es muy distinta a la que se recoge en toda la tradición peninsular y
europea, un ser hermoso que viste en ocasiones largas túnicas o va desnuda, de ojos
de color verde esmeralda profundamente seductores para los humanos.
Estos seres, según la tradición popular, están dotados de poderes especiales, como la
curación, o por el contrario, pueden producir la muerte por ahogamiento a algunos
humanos, sin olvidar su capacidad de poder profetizar acontecimientos e incluso
favorecer la acumulación de riquezas.

El día más favorable para verla, de nuevo, es la mágica noche de San Juan, momento
en el que abandona su morada, un palacio subterráneo, cuya entrada está en el fondo
de la fuente, en la cual, guarda grandes tesoros y riquezas.
No obstante, la leyenda atribuye a este tipo de seres la búsqueda deliberada del
contacto con el hombre `para engatusarlo y seducirlo, cosa que se les da muy bien,
aunque en el caso de no ser correspondidas pueden resultar muy peligrosas. En casi
todas las historias sobre estos seres fantásticos, dicha seducción, que en ocasiones
acaba incluso en boda, puede resultar peligrosa, ya que de nuevo el contacto con ellas
queda sujeto a la condición de no mencionar su categoría de “mujer de agua”. (Callejo
Cabo, J.;1995)

Fig 22. Recreación libre de un hada de agua

También pueden adoptar la simbólica forma de serpiente, como ocurre con las serpes
o cóbregas en Galicia, fruto de algún encanto del que anhelan liberarse algún día,
aunque no escuché referencias de esta manifestación al respecto.
En conclusión, una vez más, encuentro una nueva evidencia de religiosidad popular,
en este caso similar a las de otras tradiciones como la de las xanas asturianas, las
janas leonesas, las lavandeiras gallegas y muchas otras repartidas por la Europa
atlántica, todas ellas vinculadas al elemento agua, visto como símbolo de regeneración
y elemento purificador.

2. TRAS LA FIESTA DE SAN ESTEBAN O DE “OS RAPAZES”
Durante el solsticio de invierno, que a los ojos humanos se traslada a los días 24 y 25
de diciembre, el sol vuelve a nacer y comienza a elevarse, dando paso al lento triunfo
de la luz sobre una oscuridad que ha ido ganando terreno desde la también mágica
noche de San Juan. No es casualidad que en este preciso momento que además
coincide con el final de la siembra, los habitantes de la aldea de Ousilhao, año tras
año, celebren una de sus fiestas mayores. Como si fuese la primera vez, todo
comienza de nuevo a partir de San Esteban, el ciclo continúa.

La fiesta es organizada anualmente por cuatro mozos pertenecientes a cada uno de
los barrios de los que se compone la aldea, lo que alimenta la cohesión social de un
caserío muy disperso. Entre todos y todas se reparten los personajes que conformarán
la celebración: un rey, dos vasallos, cuatro mozos, un gaitero, un tamborilero y un
grupo de mascarados, el resto les acompañaremos en el trascurrir de estos tres días
intensos para vivir una navidad diferente.
Nos situamos, por tanto, en el día 24 de diciembre y escuchamos el sonido de una
gaita que anuncia el inicio del ciclo festivo. El gaitero, que tradicionalmente es
forastero, hace su llegada a la aldea para despertar a la población y se reúne con los
cuatro mozos para ensayar y que todo salga como marca la tradición.

Fig 23 y 24. Iglesia de San Esteban y detalle de escultura del santo

Dejamos pasar la mañana del 25 de diciembre y ya por la tarde se inicia el recorrido
ritual por la aldea en la que los mozos con los “máscaras”, el tamborilero y el gaitero
van entrando en las casas de la localidad al mismo tiempo que cantan, bailan y hacen
diabluras. Éstas, están preparadas para recibirles, organizando una habitación con
una mesa en medio cubierta con un mantel blanco de lino sobre el que se ofrece pan,
vino, dulces variados, carne de cerdo, etc., y les esperan en el más absoluto silencio.
Los primeros en acceder al interior de las casas son los cuatro mozos acompañados
por los músicos, que danzan en torno a la mesa con movimientos circulares al mismo
tiempo que hacen sonar sus castañuelas y cantan las buenas fiestas del siguiente
modo:
“Estas casas sâo caiadas, mais por dentro do que por fora, muitos anos vivam
nelas, os senhores que nelas mora”.(5)
Terminada esta primera ceremonia salen los mozos y entran los terroríficos
“máscaras”, los cuales son imposibles de identificar, en un principio, por su
indumentaria. Ésta, se conforma de un traje de colores rojizos y amarillos elaborado a
base de tiras de tela del que cuelgan campanillas y todo tipo de abalorios que emiten
sonidos estridentes, una capucha cubriendo la cabeza, zuecos de madera y la
tradicional máscara de madera de castaño. Su aparición rompe el silencio de las
familias que esperan en sus moradas, aportando una apariencia medio animal, medio
humana, con caras perversas, ojos grandes y bien abiertos, cejas y pestañas
grabadas a fuego, nariz pronunciada y boca abierta con la lengua fuera, de la que en
ocasiones sale una serpiente, junto a unas orejas que pueden ser de lobo o cabra en
la mayoría de los casos.

El comportamiento de estos seres es inesperado, no conviene llamar su atención para
no ser objeto de sus travesuras. Su presencia aterroriza a los más pequeños y
produce un infinito respeto entre los adultos, están al margen de cualquier norma y de
las convenciones sociales que rigen la aldea durante el año. Son capaces de las
peores tropelías, inquietan al que los recibe al mismo tiempo que se percibe que son
necesarios, ya que de este caos vendrá el orden que imperará el año venidero.

Fig 25. Máscaras alrededor de una mesa en el interior de una de una casa visitada

Con el mismo estruendo con el que entran en las casas se esfuman, dejando atrás el
rastro de un vendaval para volver a las calles, donde corren, gritan, arrastran todo tipo
de objetos, saltan muros, ventanas, fustigan la tierra y si se cruzan con alguien, lo
cercan, saltan en torno a él, le salpican con los charcos de agua y le provocan.
Terminado el día de navidad, a la noche, el pueblo se junta para la “gallofa” y ya con la
cara destapada bailan hasta altas horas de la madrugada.

Fig 26. Caretos o mascarados de Ousilhao durante la fiesta

A la jornada siguiente, el día 26 de diciembre, desde muy temprano se repite la ronda
por las casas que faltan por visitar. La comitiva vuelve a dar las buenas fiestas del
siguiente modo:
“Levantem-se ó senhores, desses seus escanos dourados, dai a esmola ao
Santo Estêvao, que ele lhes dará o pago” (6)

Fig 27. Máscaras cargando en el carro a “rey” y “vasallos”

Terminado el recorrido, al mediodía, se juntan los mozos y los “mascaras” en la casa
del “rey” para partir hacia la iglesia donde se celebra misa en honor a San Esteban. En
el trascurso del recorrido se forma un cortejo con el gaitero al frente seguido de los
cuatro mozos y otras personas, el rey y sus dos vasallos y en último lugar los
“máscaras”, los cuales no tienen un lugar definido y continúan con sus tropelías.
A la entrada del templo, el sacerdote espera con el agua bendita que vierte sobre el
rey y los vasallos y una vez dentro éstos ocupan el lugar central, mientras uno de los
mozos acercan unos panes de trigo para ser bendecidos. Parte de este pan será
repartido entre la comunidad allí reunida para ser guardado en las casas por su
supuesto carácter curativo y protector, siendo, siempre que sea necesario, dado al
ganado para librarlos de enfermedades y sobre todo contra el mal de ojo.
Mientras, a los “máscaras”, que representan las fuerzas sobrenaturales de la
naturaleza, se les impide el paso a suelo sagrado, por lo que se esconden y
permanecen tranquilos y sosegados.
Cuando la ceremonia religiosa termina se lleva a cabo una procesión en torno a la
iglesia y a continuación se organiza la Mesa de San Esteban al aire libre, donde los
“máscaras” aprovechan para acometer sus últimas diabluras. Tras montar la mesa se
coloca en ella pan, vino, embutidos, dulces, fruta, etc., y se disponen a su alrededor
primeros los hombres, seguido de las mujeres y de los niños, quedando el cura, el rey
y los vasallos en otra contigua más pequeña.

Fig 28 y 29. Misa de San Esteban y banquete

Es ahora cuando se produce el acto de comunión colectiva de comer el pan bendito y
beber el vino que ofrecen los mozos, siempre sin la presencia de los “máscaras” que
siguen sin poder participar en este acto.
Después del banquete y tras cantar varias oraciones, el párroco hace la transferencia
de poderes del viejo al nuevo rey, al que se aplaude efusivamente. Acabado el ritual se
colecta dinero para las fiestas del año siguiente y el nuevo rey, flanqueado por sus
vasallos y seguido, ahora si, por los “máscaras”, es acompañado hasta su casa
ofreciendo pan y vino a toda su comitiva.
En el intervalo de tiempo entre estos hechos y el baile que tendrá lugar como colofón
de fiestas, los “máscaras” continúan sus travesuras, que ahora se acentúan, pues el
día termina y con él se marcharán estos seres sobrenaturales. Se llevan a cabo
pequeños robos, como el de algún carro de bueyes de los que aún quedan por la
aldea, asustando a quienes se cruzan con ellos y profiriendo sus famosos discursos
satíricos, generalmente dedicados a personas de la localidad, a los que no se tiene ni
la más mínima piedad.
Ya entrada la noche los vecinos vuelven a bailar hasta altas horas de la madrugada, la
fiesta llama a su fin, al día siguiente todo volverá a la normalidad, cada uno regresará
a sus quehaceres diarios renovados, dejando atrás días de barullo, confusión y caos.

Fig 30. Nuevo “rey” y sus “vasallos” llevados por los máscaras

Simbolismo y conexión mágica
Sin duda, la festividad de San Esteban que acabo de presenciar tiene un origen que se
remonta a lo noche de los tiempos, pero, ¿qué noche es esa?, ¿cuándo se produjo?,
quizás nunca lo sabremos, no obstante vamos a perdernos un poco a la luz de su luna
para rescatar un pedacito de su origen más remoto.
Por un lado, estaríamos ante una fiesta que nos ofrece ciertas características de ritos
de paso, ya que se realizan, como he indicado anteriormente, en un periodo de
transición cercano al solsticio de invierno, además de integrar en su participación a los
jóvenes o “rapazes” que realizan pruebas de resistencia física y ritos de pubertad.

Fig 31. Celebración del día de San Esteban al final del día

Por otro lado, la máscara en sí forma parte del mundo de los símbolos, no tiene una
sola interpretación, no permite un acceso directo a su significado y éste no puede
desligarse de la cultura, el lenguaje y el contexto donde es llamada a figurar,
presentándose como expresión simbólica de la comunidad.
Ahora bien, comprender un símbolo no es tarea fácil, y más con nuestra mentalidad
racional, hija de La Ilustración. Aún así, diversos autores han tratado de interpretarlo,
en primer lugar, como un símbolo cósmico porque recoge el mundo de lo visible a
través de la representación plástica de un rostro semihumano y semianimal; En
segundo lugar, como un símbolo onírico, porque se enraíza con los recuerdos de una
comunidad que una vez al año atraviesa la consciencia. Por último, como símbolo
poético porque apela al lenguaje de una sociedad que se comunica mediante
expresión simbólica, hablándonos de las costumbres y tradiciones de una comunidad
en un sentido oculto que está detrás de todas las actitudes colectivas y ancestrales
(Sofía Adriana Maciel, 1998).
Además, el aspecto enigmático y terrorífico de la máscara envuelve emocionalmente
al observador que la teme, a la vez que la considera necesaria como entidad mágica
que se comunica por la expresión de elementos simbólicos tales como los ojos
abiertos, la boca abierta y serrada, la lengua colgando y los gestos ejecutados por el
portador, además de todo lo que la rodea.
Según Benjamín Pereira, la aceptación de este personaje se justifica porque
representa en un sentido amplio la idea de protección de la aldea, siendo a través de
ella cuando se normalizan ciertas fuerzas extrañas y difusas que en ese periodo se
creen desencadenadas y que se catalizan mediante su representación para retornar a
la normalidad.
En definitiva, con la máscara se desarrollan toda una serie de rituales de fertilidad,
fecundidad, iniciación, así como funciones sociales, económicas, mágicas y religiosas
que suponen la existencia de una lógica de relaciones, entre el elemento plástico y lo
que pretende significar, como por los lazos de unión que establece con los restantes
elementos del sistema cultural al que pertenece.

3. TRAS LA HISTORIA: DESHILANDO LA MADEJA DE LA LEYENDA
Sin duda, todo lo que hemos visto y acontecido en la aldea de Ousilhao tiene
significativos paralelos que nos retraen a épocas pasadas que han ido dejado su
huella en pequeñas dosis, siendo menester rescatarlas del olvido o al menos intentar
introducirnos en ellas para jamás olvidar el conglomerado de culturas, religiones y
tradiciones que han ido configurando lentamente al habitante trasmontano de hoy. Es
por ello por lo que brindo a estas gentes la modesta posibilidad de abrir un espacio de
reflexión que sirva de espejo para poder mirarse en él y entender qué y quiénes son,
puesto que si no conocemos nuestro interior no nos conocemos a nosotros mismos.
No es mi intención única llevar a cabo meras analogías con ritos del pasado que
puedan estar vivos en tradiciones y leyendas actuales, ni forzar relaciones imposibles,
ya que parto que es imposible llegar a comprender el trasfondo de este puzle, del que
solo cuento con varias fichas. Ahora bien, no nos encontramos ante unas
manifestaciones religioso-populares aisladas, ya que, como hemos ido viendo, por
toda Europa son conocidas las leyendas de hadas y mouros, así como los ritos
festivos con connotaciones burlescas en fiestas populares del ciclo invernal. En
relación a esto último, cabe recordar que en navidad son muchas las aldeas en las que
podemos escuchar cantar villancicos, ver algarabías de niños pidiendo aguinaldos por
las casas, procesiones en las que se arma ruido con cencerros, pequeñas bromas,
robos o cambio de sitio de animales y objetos, disfraces grotescos y cómicos,
pregones de ánimas, tomaduras de pelo a los poderosos e inversión de roles junto a
todo tipo de desenfreno festivo que puede tener un origen pagano remoto, pero
también cristiano, ya que esta última acepta este tipo de estados de ánimo en fechas
tan señaladas.
No obstante, no puedo obviar la similitud entre algunas tradiciones aquí encontradas
con fiestas y usos que se remontan bien a la etapa prerromana, como las creencias
vinculadas al culto de la naturaleza, fuentes, árboles, etc., bien al mundo romano,
como el culto a los muertos o algunas festividades como las Saturnales y las Kalendas
de enero que el cristianismo nunca pudo extirpar del todo. Además, se tendrán en
cuenta determinados elementos que se irían configurando a lo largo de la Edad Media
y Moderna y que el lento paso del tiempo de esta población rural ha ido difuminando
sin hacerlo desaparecer del todo.
Hecha esta aclaración, y recordando las palabras del gran antropólogo Caro Baroja,
quien consideraba que “lo que aún existe en el fondo de los campos no es tanto la
supervivencia de viejos sistemas religiosos, lozanos en un tiempo, como una serie de
nociones que pueden vivir adheridas al Cristianismo o enfrentadas a él, sin que por
fuerza, dependan de un mundo religioso pasado correspondiente a una sociedad
desaparecida hace siglos”. (Caro Baroja, 1979), hay que ser prudentes a la hora de
intentar asignar un origen tan remoto a este tipo de tradiciones.

3.1.

LA NOCHE DE LOS TIEMPOS: EL MUNDO CELTA

A la hora de adentrarnos en el universo celta que habitó estas tierras hace más de dos
mil quinientos años y buscar los cimientos de algunas de las tradiciones y leyendas
escuchadas y vividas en la aldea que nos ocupa, es preciso, en primer lugar, llevar a
cabo una primera consideración sobre quiénes eran los celtas de la Península Ibérica.
Los celtas fueron descritos por griegos y romanos como el conjunto de pueblos
bárbaros que habitaban el occidente europeo desde el Atlántico hasta el nacimiento
del Danubio desde aproximadamente el siglo VI a.C., sin que ello implicase categoría
étnica alguna (Herodoto). Siglos después (II y I a.C.), diversos autores clásicos como
Ptolomeo, Poseidonio, Estrabón, Diodoro o el propio Julio César recogieron noticias,

directa o indirectamente y fueron definiendo mejor a este conjunto de gentes, pero
siempre desde el punto de vista civilizador del romano. Así, se fue conformando una
visión tópica y cargada de prejuicios sobre los celtas como pueblo que compartía
ciertos rasgos culturales como son la organización social, la religión, las costumbres y
la cultura material. Esta visión distorsionada prevaleció hasta que la investigación en el
siglo XVIII sacara a la luz que estas poblaciones compartían además una misma raíz
lingüística, es decir que los celtas eran aquellos que hablaban alguna lengua céltica.
Ya en el siglo XIX lo celta comenzó a contaminarse con otros elementos fantásticos
fruto de la distorsión romántica en busca de un ideal natural que se estaba perdiendo
con la industrialización de Europa, a lo que se le añadió la visión política de búsqueda
de una identidad nacional, que en muchos casos derivó en la manipulación de un
pasado que justificara la construcción de las nacientes naciones. Entrados ya en el
siglo XX la percepción de los celtas se vio fortalecida con la aparición de la
arqueología y los hallazgos en los yacimientos centroeuropeos de Hallsttat y La Tene,
que pasaron a identificarse con los celtas de la Primera Edad del Hierro y los citados
por las fuentes clásicas respectivamente. Llegados a este punto, la presencia céltica
en cualquier lugar de la geografía europea fue entendida como el resultado de la
expansión de estos grupos originarios de Centroeuropa en diferentes oleadas
invasionistas, alcanzando incluso los confines del mundo conocido, Irlanda y nuestra
Península Ibérica.
Es aquí, donde quisiera hacer hincapié, ya que durante más de 70 años se explicó la
presencia celta en la Península como resultado de estas oleadas que fueron ocupando
la meseta española, la franja cantábrica y todo el occidente galaico-portugués
conformando una original cultura que en las estribaciones del Sistema Ibérico se
denominó Celtibérica, haciendo alusión a su mestizaje y originalidad respecto a los
demás celtas europeos. Ahora bien, a partir de los años 80, la investigación fue
matizando estas supuestas invasiones. Por un lado, en Irlanda la presencia céltica es
anterior a la Edad del Hierro según se constata en algunas excavaciones como las de
la mítica ciudad presuntamente identificada con Emain Macha. Por otro, en la
Península Ibérica, donde la tradicional asociación de invasores centroeuropeos con la
huella dejada por la llamada Cultura de Campos de Urnas que penetra por los
Pirineos desde el 1.400 a.C extendiendo el ritual de incineración de sus muertos que
depositan en urnas, no coincide con el área de expansión cética y si con su derivación
ibera, cuya lengua, entre otros muchos aspectos, no es indoeuropea.
En este estado de la cuestión, las investigaciones más recientes desechan estas tesis
foráneas y apuestan por un nuevo modelo que nos advierte de la fuerte personalidad
de los celtas peninsulares como resultado de un largo proceso de evolución en
contacto con otros pueblos, lenguas y culturas que fueron conformando gran variedad
de pueblos que únicamente compartían un remoto origen o substrato que podría
remontarse a la Edad del Bronce (II milenio a.C.). Atendiendo a esto último, en
Hispania, hoy día parecen distinguirse dos áreas célticas que siguen caminos
evolutivos diferentes y que podrían relacionarse con las dos lenguas identificadas por
los lingüistas:
-

El Occidente peninsular, que incluiría las áreas atlánticas, meseta oriental y
gran parte de la cornisa cantábrica, cuya lengua se ha denominado “lusitano”,
ya que conserva la P- inicial perdida en las restantes lenguas célticas,
considerada de las más antiguas por su proximidad al indoeuropeo.

-

La meseta oriental, ocupando principalmente las estribaciones del Sistema
Ibérico, la antigua Celtiberia, vinculada a los pueblos célticos que entran en
contacto con Roma y que recogen las fuentes escritas, hablantes del
“celtibérico” y responsables de la expansión de su cultura por buena parte del
oriente y el occidente meseteño castellano.

Vayamos a la parte occidental que es la que aquí nos ocupa y veamos qué elementos
culturales podrían tener relación con lo visto en la pequeña aldea a la que en estas
hojas hacemos referencia.
En primer lugar, nos encontramos ante los pueblos celtas más antiguos de la
Península, quienes vivían en pequeños castros como el que hemos descrito en
Ousilhao dedicándose a una economía agropastoril, con conocimientos de una
metalurgia muy relacionada con el mundo atlántico, básicamente de bronce, lo que a
la vista de los romanos que entran en contacto con los celtas históricos será visto
como rasgo arcaico de estos pueblos que paradójicamente habitan en lo que los
historiadores denominamos como Edad del Hierro.

Fig 32. Vistas de muralla este del Castro de Santa Comba

Estas gentes tendrían y mantendrían en el tiempo unos ritos indoeuropeos que en el
oriente de la meseta se verían muy difuminados con la eclosión del mundo celtibérico
desde el siglo IV a.C. Entre esos ritos nos encontramos con la presencia de dioses
sin nombre asociados con cultos a la luna o cósmicos, o divinidades que parecen
corresponder a una concepción originariamente no antropomorfa y asexuada, en
ocasiones relacionados con santuarios en peñas.
Fijando nuestra mirada en la localidad descrita, en líneas anteriores hicimos alusión al
hallazgo en el paraje de “La Torre” del Alto do Castro de un altar de piedra con una
inscripción en latín. En ella puede leerse (7): “Elanicus Ta / urinus Lae / su uo(tum)
l(ibens) sol(uit)”, que traducido a nuestra lengua vulgar vendría a decir “Elanico Taurino
cumplió debidamente la promesa hecha al dios Laesu”.
La investigación, ha planteado dos alternativas al respecto, bien que se trate del
apellido del dedicante, o el del padre de éste, bien que se trate de una deidad
prerromana no atestiguada hasta la fecha, puesta en relación con la raíz indoeuropea
leis (“surco de arado”), que algunos autores relacionan con los campos cultivados
(Redentor, 2006). Dentro de esta última posibilidad, su culto sería mantenido en época
romana, en clara alusión al origen indígena del que la circunscribe, posiblemente en
torno al siglo III, a juzgar por las características del monumento.
Siendo posibles sendas alternativas hay que tener en cuenta que no existe testimonio
alguno del nombre Laesus en Hispania, aunque si estarían registrados Elaesus y

Blaesus. No obstante, habría que explicar la carencia de la primera letra del nombre, y
si es el nombre del padre, la inexistente terminación del genitivo. Por el contrario, la
posibilidad de que estemos ante el nombre de un dios con dativo terminado en –u
aumenta si se tiene en cuenta la aparición en Vico de Sanabria, relativamente cerca
de Ousilhao, del altar dedicado a Madarssu Blacau (Olivares Pedreño; 2002)

Fig 33. Altar de piedra hallado en el paraje de la Torre (Ousilhao). Museo Arqueológico de Bragança.

Rastreando testimonios epigráficos relacionados con divinidades de tipo céltico en el
territorio suroriental de la antigua Gallaecia, ocupado en la actualidad, de modo
aproximado, por el distrito portugués de Braganza, desaparecen por completo los
testimonios del dios Cosus, tan frecuentes en el occidente de León y, por otra parte,
aparecen testimonios de Bandua, así como tres epígrafes dedicados al dios Aernus,
identificados como divinidades célticas muy antiguas.
Aernus, quien para algunos autores podría tratarse del dios protector de la primera
población, aparece por partida doble en la cercana localidad de Macedo de Cavaleiros,
concretamente en el Castro de Avellas y en el de Malta. En sendos lugares
posteriormente fueron levantadas capillas, corroborando la sacralidad del lugar desde
tiempos inmemoriales. En relación a las dedicatorias a Bandua, divinidad relacionada
con la cohesión y relacionada con las bandas de guerreros a las que hacen alusión las
fuentes clásicas, fueron descubiertas en la puerta de la ermita de Nª Sª da Hedra, en
“Cova da Lua” (Espinhosela, Bragança). El teónimo se cita como Bandue sin
apelativos, seguido sólo por el nombre del dedicante y la fórmula votiva, hecho poco
usual en los testimonios de este dios. La segunda inscripción apareció incrustada en el
muro del soporte de la capilla de A Senhora da Ribeira ubicada en la Quinta da Ribeira
(Seixo de Anciães, Carraceda de Anciães, Bragança).
Relacionado también con el culto a una diosa madre pre-indoeuropea encontramos a
las llamadas Matres, cuya veneración estuvo muy extendida por toda la Europa
céltica. En la religión prerromana, había una madre superior de los dioses, la Minerva

o Brigit irlandesa, también llamada Dana o Ana, que a su vez derivan de Deva, cuyo
nombre precéltico es muy común en la toponimia del norte peninsular asociada a
manantiales y ríos, y por lo tanto, al culto al agua. De hecho las hadas y el resto de
seres elementales de la mitología vendrían a ser una especie de lugartenientes de la
Madre Naturaleza, asistiendo en el cuidado de los cuatro elementos existentes (Fuego,
Aire, Tierra y Agua), como protectores de las plantas, animales y hombres.

Fig 34. Posible derrumbe de torre de entrada al castro

Por tanto, varios aspectos de la personalidad de las mouras que se recogen en estas
leyendas asociadas a castros son propios de una divinidad de la naturaleza a la que
se debió rendir culto en esta zona y en casi todas las culturas y pueblos remotos,
motivados por el animismo, es decir por la creencia de que todo ser viviente y todo
objeto albergaba un espíritu o fuerza interior, lo que más tarde derivaría en toda una
serie de deidades terrestres y acuáticas.
Del mismo modo, este tipo de seres parecen compartir un mismo tronco cultural con
las Islas Británicas y Bretaña, lo que nos llevaría a pensar que podrían ser anteriores a
la civilización céltica, pero no posterior a ese pueblo, puesto que la impronta romana
en los países nórdicos en los que se conservan esas leyendas fue prácticamente nula
(Alonso Romero; 1998). Esta pervivencia se observa, por ejemplo, en la literatura
irlandesa, donde a la diosa Anu se la llama Madre de los Dioses en el Glosario de
Cormac, escrito alrededor del año 900, además de relacionarse con la tierra y con la
fertilidad. En algunas versiones aparece como diosa del Otro Mundo y su palacio está
en el interior de una colina. También están presentes en numerosas inscripciones
epigráficas y en esculturas donde aparecen con nombres significativos como Matres
Galaicas, Matres Brigaecas, etc. (García Fernández-Abalat, B. 1993, 54).

Fig 35.

Recreación libre de una moura constructora de megalitos

Los pueblos celtas, al no poseer templos para sus divinidades, consideraban sagrados
determinados espacios naturales. Al respecto, contamos con el culto a las piedras
constatado en los yacimientos portugueses del Cabeço de Fragoas y Panoias, o en el
español de Ulaca (Ávila) que además ejerció como sauna iniciática. Posiblemente el
mencionado de la localidad cercana de Valpaços y quizás, en menor consideración,
nuestra Fraga da Vela pudieron haber jugado algún papel ritual de tipo céltico. Al
respecto, cabe la posibilidad de que la huella de herradura grabada en su roca fuese,
tal y como apunta Santos Estévez (2002), “petroglifos arrinconados por la
investigación al ser considerados medievales”, por lo que merecerá la pena aumentar
y tener más en cuenta este tipo de manifestaciones.
El culto a las piedras se repite por todo el folclore europeo, encontrando
manifestaciones de este tipo desde el noroeste peninsular, donde, entre muchos otros
ejemplos, hallamos la leyenda de la “Vieja de Finisterre”, asociada al dolmen de
Orcabella, lugar en el que existe constancia al menos desde el siglo XVI de que se
siguiesen celebrando antiguos ritos de fecundidad, hasta en Irlanda, donde existen
también determinadas rocas que se conocen con el nombre de Camas de Santos, que
hasta el siglo XIX mantuvieron la costumbre de acostarse en ellas los matrimonios
infecundos con la esperanza de concebir.
Además, es común la figura de la moura que viene por el cielo transportando piedras,
hecho que ha llevado a algunos investigadores a vislumbrar una posible relación de
tipo lingüístico, ya que entre las palabras piedra y cielo hay raíces comunes en varias
lenguas indoeuropeas. El cielo era considerado sagrado, al igual que lo es la Madre
Tierra, creyéndose que la bóveda celeste era de piedra, lo que se atestigua tanto en el
mundo celta como en el mediterráneo y para muestra recordar cuál era el mayor temor
de los galos, que se les cayera el cielo sobre sus cabezas.
En otras muchas leyendas portuguesas, la moura, en ocasiones, ha sido sustituida por
la Virgen; como sucede con una roca que está cerca de Arcos de Valdevez, sobre la
que se dice que se apareció la Virgen hilando, o en la popular Pedra Formosa del
castro portugués de Briteiros, donde se dice que fue llevada hasta la iglesia en la
cabeza de una moura que iba hilando con su rueca. Citando un último ejemplo, la
construcción de las murallas del castro de Guimarães fue atribuida popularmente a
una moura que portaba las piedras en la cabeza y que, de nuevo, durante el trayecto,
iba hilando con sus ruecas.
En cuanto a las leyendas de Mouros, incidir en el origen indoeuropeo que algunos
autores atribuyen a la palabra. De dicha base céltica, al igual que del mismo origen,
parece derivar la palabra irlandesa marb, la britónica marw, y la restituida del galo
marvos. De ella procede también directamente la voz que utilizaron los celtas lusogallegos: maruos = muerto (Millán González-Pardo, 1990, 550).

Fig 36. Recreación libre de Tuatha de Danann irlandés

Este tipo de relatos, donde encontramos una raza mitológica de antiguos pobladores,
son muy comunes en la Europa céltica y precéltica, como por ejemplo se recoge en la
mitología irlandesa de los Tuatha de Danann. Según el Libro de las Conquistas, la isla
sufrió seis invasiones diferentes que fueron desplazando a los pobladores primigenios,
que en el caso de la vecina Escocia, eran descritos como gigantes. Los Tuatha de
Danann fueron los penúltimos invasores de Irlanda, los cuáles fueron sometidos por
los goideles procedentes supuestamente de Iberia, con quienes firmaron un tratado
final, tras varios incumplimientos previos, mediante el cual los tuatha se retirarían al
submundo de los sidhs, ocupando el reino subterráneo donde alcanzaron la felicidad
eterna en paralelo a la vida que desarrollaban los goideles en la superficie. Este tipo
de leyendas son el origen de múltiples teorías sobre el origen del mundo de las hadas
y de los elementales en general y posiblemente haga alusión a la llegada de grupos
celtas procedentes del continente.
Su relación con la Península Ibérica resulta tentadora, al menos para poder conectar
las tradiciones de la Europa Atlántica, testimoniadas desde el Campaniforme e
intensificadas en el Bronce Final (siglos XI-X a.C.), como se aprecia, por ejemplo, en
los depósitos rituales vinculados generalmente a vías de comunicación y, en muchos
casos, con el culto a las aguas, aparecidos por toda la franja litoral occidental del
continente. Estos conjuntos de piezas metálicas, en forma y tecnología son similares a
los hallados en el cercano enclave de la Fraga de Corvos (Macedo de Cavaleiros).
Además, la búsqueda de tesoros ocultos propiciada por estas leyendas contribuyó al
hallazgo en diferentes lugares de la Hispania occidental de objetos arqueológicos de
oro o de plata como torques, pulseras, brazaletes, tazas y otras piezas áureas datadas
entre el segundo e inicios del primer milenio a.C. (Flores del Manzano, F. 1998, 190),
lo que podría confirmar aún más su origen prerromano.
Sin detenernos más en los múltiples ejemplos existentes en relación a estas leyendas
populares, se ha sugerido que estos razonamientos favorecen la hipótesis de que las
leyendas de los megalitos que construyeron seres míticos, surgieron en una época en
la que ya se había olvidado su finalidad, posiblemente en torno al Bronce Final,
momento en el que se revitalizaron por mar las comunicaciones entre el continente
europeo y las Islas Británicas y cuyas huellas son cada vez más evidentes. Respecto a
los mouros, también hemos visto su posible vinculación a épocas muy remotas de la
prehistoria, pero, al tratarse en nuestro caso de leyendas relacionadas con posibles
castros de la Edad del Hierro, puede que su origen fuese posterior, quizás medieval,
como muchos autores sugieren, atribuyendo la construcción de estos poblados a seres
legendarios borrados ya de la memoria colectiva del lugar.

En definitiva, junto a estas leyendas que evocan un pasado muy remoto, encontramos
además toda una serie de costumbres que parecen guardar cierta similitud con las
descripciones de los pueblos celtas recogidas por los autores grecorromanos hace
más de dos mil años, como por ejemplo la presencia de rituales de augurio y
adivinación, los ritos vinculados a las aguas, la hospitalidad, el reparto de tareas por
sexo (vinculando a la mujer con el campo y la casa y al hombre con el ganado y la
caza), ritos de convivialidad, y en resumen, la manera en la que las gentes de
Ousilhao se desenvuelve en contacto con la naturaleza con un profundo sentimiento
sagrado.
Lo cierto es que el poso prerromano se ofrece sugerente a la hora de buscar el origen
y la relación del sistema de creencias existente en nuestra prehistoria reciente y que
más tarde fue evolucionando y alcanzando personalidad propia, aunque no podemos
asegurar nada que vaya más allá de esa fecha intemporal que llamamos “la noche de
los tiempos”.

Fig. 37. Calendario celta que muestra todos los ciclos festivos del año al compás de los trabajos en el campo.

3.2.

EL AMANCER DE LA CULTURA OCCIDENTAL: ROMA

La conquista romana de la Península Ibérica a finales del siglo III a.C. y la posterior
romanización de sus gentes supuso un proceso de transformación cultural sin
precedentes que sentó las bases de nuestra cultura. En las inmediaciones de la aldea,
como hemos visto al hablar del altar encontrado en el paraje de la “Torre”, se
atestiguan vestigios de este tiempo, a lo que se le sumaría la reutilización de algunos
materiales de construcción romanos, como las columnas que se constatan en algunas
de las casas más antiguas de la localidad.

Fig. 38. Casa tradicional de Ousilhao con posible columna reutilizada

Desconocemos la manera en la que fueron asimilados muchas de las costumbres y
ritos prerromanos, pero lo cierto es que la fuerte personalidad de la civilización romana
contribuyó al desarrollo de un dinámico mestizaje religioso, sobre todo en casos de
dioses de la naturaleza y protectores, a los que se invocaba en las épocas de conflicto
como Marte, Diana o Minerva.
Así, podemos observar que los cultos privados romanos resistieron mucho mejor al ser
menos localizables y poder mantenerse en la clandestinidad, perdurando más allá del
cristianismo, cuando de nuevo, sean asimilados determinados ritos paganos a la
nueva religión monoteísta del Imperio.
Yéndonos a las fiestas de San Esteban, parecen existir elementos de comportamiento
que nos remiten a un pasado muy antiguo de origen indoeuropeo, a lo que se le
sumaría el recuerdo de celebraciones romanas del ciclo de invierno, cuyas similitudes,
en muchos de los aspectos anteriormente descritos, resultan al menos tentadores a la
hora de realizar un acercamiento a sus orígenes. Este tipo de festividades se llevaban
a cabo en varios días para el mantenimiento de la armonía con los dioses, ya que
cualquier desequilibrio en ese terreno desataba la ira de las fuerzas divinas y traía
innumerables desgracias que solo podían ser aplacadas con oraciones, procesiones y
sacrificios.
En ese marco religioso encontramos cierta similitud con las Saturnales, festividad
celebrada en torno al 17 de diciembre dedicada al dios Saturno, dios de la agricultura,
momento que coincide con el periodo más oscuro del año, justo antes del nacimiento
del Sol Invictus (solsticio de invierno). Además, viene a coincidir con la finalización de
los trabajos del campo, tras la siembra, momento en el que la familia campesina podía
descansar del esfuerzo cotidiano. Era una fiesta tan apreciada por los romanos que,
de forma no oficial, se alargaba durante siete días (hasta el 23 de diciembre).

Fig. 39. “Máscara” ofreciendo vino durante la celebración de San Esteban

Durante estos días festivos se cerraban las escuelas y el pueblo romano podía dar
rienda suelta a todo tipo de diversiones que en otro momento del año no estaban tan
bien vistas, como el juego de los dados, borracheras, comidas copiosas, bailes
desenfrenados, etc. En las Saturnales era frecuente el juego de las inversiones, es
decir que el señor actuaba como esclavo, el éste como señor, eliminándose todas las
barreras sociales. Se nombraba a un “rey”, como en la festividad trasmontana, que
dirigía las fiestas desde su autoridad burlesca. Se caricaturizaban a los mandatarios
del momento, además de promulgarse leyes disparatadas que nos recuerdan a las mil
y una fechorías de nuestros mascarados. Este “rey”, que disfruta de los placeres de la
vida hasta el límite de sus posibilidades, era sacrificado simbólicamente al final de la
fiesta en un altar dedicado en honor a Saturno.
En estos días de locura y desenfreno, era habitual el hacerse regalos, muchos de ellos
sujetos a bromas muy calculadas. Todos los municipios y aldeas de época romana se
convertían en repúblicas burlescas donde los más humildes desempeñaban los cargos
públicos, derrocaban las leyes y eran servidos por sus amos sin poder ser castigados,
mientras las mujeres daban rienda suelta a su libertinaje sin perder por ello su buena
reputación. El último día de la fiesta vendría a coincidir con el solsticio de invierno,
dedicado también a Jano, siendo considerado como la “puerta de los dioses”, el
acceso al reino de la luz (Vázquez Hoys, A.; 2010).
En definitiva, vemos como en estos días de fiestas saturnales se celebraban los
carnavales de la Antigüedad: una orgía catártica que destruye el orden imperante para
volver al Caos primordial que alumbrará un tiempo en plenitud, cuyas similitud con la
fiesta de los rapaces es muy notable, aunque como veremos más adelante, el
cristianismo también hará su pequeña aportación en la tradición, enmarañando aún
más el confuso origen de la fiesta más singular de Tras os Montes.
El 25 de diciembre se celebraba el nacimiento de Mitra, dios iraní del cielo y de la luz
que tuvo gran devoción entre las legiones romanas que extendieron su culto. Éste,
nació milagrosamente del seno de una roca y los pastores fueron los primeros en
dirigir sus plegarias al niño desnudo, cubierto tan sólo por un gorro frigio. Su culto,
cobró auge a partir del siglo III bajo el emperador Aureliano, y con el tiempo, este dios
acabó imponiéndose a las demás divinidades, hasta desembocar, por sincretismo, en
una religión monoteísta.

Llegados ya al 26 de diciembre, día de San Esteban para los cristianos, los romanos
celebraban la fiesta de Háloa, en la que se veneraba a la diosa Ceres en su
manifestación de campo labrado preparado para la siembra. Sólo las mujeres de todas
las clases sociales participaban en estos festejos, que se caracterizan por la
ostentación de símbolos sexuales, burlas groseras, divertidos chistes y prácticas
lésbicas.
Coincidiendo con el Háloa, los campesinos celebran las Dionisíacas (Baco), dios del
vino y de la inspiración, que en ciudades como en Roma, se celebraba en el
bosquecillo del Aventino durante la noche solo para iniciados, mujeres en un primer
momento. Su celebración se veía envuelta de procesiones fálicas, sacrificios,
mascaradas nocturnas y danzas enloquecidas destinadas a provocar el éxtasis
colectivo, aclamaciones rituales como el “Evohé, Evohé…” repetidos una y otra vez
junto a sonidos de tambores y platillos. Todo dentro de una atmósfera embriagadora y
desenfrenada que rompía con la rigidez de los modales mantenidos durante todo el
año.

Fig. 40. “Máscaras” recorriendo la aldea durante las fiestas de San Esteban

Por cercanía de fechas contamos también con ciertas similitudes en las Kalendas de
Ianuarius (enero), dedicadas al dios Jano, a quien también se consagrarían el primer
día de cada mes. Todo romano que deseaba emprender con buen pie un negocio o
finalizar con éxito una empresa, acudía a rendir culto a esta divinidad. En este primer
día del año los romanos adornaban las mesas con manjares especiales, ramos y
luces, brindaban sacrificios a sus antepasados y ofrecían a Jano una torta hecha de
harina de trigo amasada con sal y vino. También este día estaba dedicado al perdón y
a los sentimientos de amistad que se manifestaban en el intercambio de obsequios y
presentes, de hecho viene de aquí el origen de estrenar algo nuevo durante el primer
día del año, en honor a Rómulo, primer rey de Roma, quien recibió de sus
colaboradores en estas fechas unas ramas cortadas de un frutal del bosque de la
diosa Strenia, y de ahí el nombre.
Pero, sobre todo resulta significativo que durante las kalendas gustaba disfrazarse de
figuras monstruosas, emitir cánticos impuros, danzar de forma frenética e ingerir vino
en grandes cantidades, tradición que por otra parte está presente en todas las

conmemoraciones relacionadas con los ciclos vegetativos, donde los excesos eran el
vehículo para la comunión final con la naturaleza, tal y como hemos venido
observando también en Ousilhao.

Fig. 41. “Máscaras” empujando carro tradicional de la localidad

Por otro lado, yéndonos a los cultos domésticos, resulta significativa la privacidad
con la que se rendía devoción a los dioses lares, manes y penates, los cuáles se
enmarcan dentro de los más arcaicos del mundo romano.
Originalmente el Lar es el dios protector de la familia y tiene un carácter funerario.
Eran los antepasados de la familia, fundadores de la gens. A ellos se les
encomendaba la protección y se les realizaban ritos obligatorios oficiados por el pater
familias en el altar que se levantaba en cada vivienda. El culto a los lares se celebraba
especialmente en los días festivos, realizándose ofrendas de perfumes, vino, miel y
guirnaldas al final de cada una de estas jornadas. Fuera de la casa, los lares eran
adorados también en pequeñas capillas ubicadas en los límites de los campos
cultivados, que marcaban la frontera simbólica de la propiedad familiar y el ámbito de
lo propio, hecho que hoy en día se realiza en Ousilhao delimitando las propiedades
con marcos, acompañando su colocación de un ritual, tal y como vimos anteriormente.
Otros seres del culto doméstico eran los manes, espíritus de los antepasados muertos
que merodean por el hogar aterrorizando la tranquilidad de la vida familiar. A ellos se
acudía en solicitud de favores, existiendo la obligación de rezarles a diario y de colgar
sus retratos en las paredes de la casa, de lo contrario errarían constantemente hasta
convertirse en espíritus malignos. En su honor se celebraban fiestas funerarias, en las
que los difuntos eran obsequiados con alimentos, flores, bebidas y regalos.
En el recuerdo de estas divinidades quizás esté el origen de la costumbre portuguesa
de instalar alminhas en los caminos, que si bien tienen una connotación cristiana, su
culto resulta muy similar al mantenido en época romana en una esfera más doméstica.
Por otro lado, los penates eran los espíritus tutelares de los víveres de reserva de la
familia y su culto era similar al de los lares. Tienen por tanto, una connotación agraria y

sagrada, siendo necesarios para el mantenimiento del sustento familiar y la
conservación de los alimentos.

Fig. 42. Altar dedicado a los dioses lares, donde se les rendía oración y realizaban ofrendas

Algunos antropólogos opinan que la creencia sobre la existencia de seres elementales
en sus múltiples denominaciones, tales como duendes, hadas o gnomos, debe su
origen a la prolongación y reminiscencia del culto a los dioses lares.
Sin embargo, son múltiples las leyendas recogidas de seres mágicos cuya labor no es
precisamente la de custodiar y proteger a los propietarios de las casas, sino todo lo
contrario. Por esta razón, también existía en la mitología romana, junto a los Lares,
espíritus malhechores como los Larvae o Lemures, considerados como almas dañinas
de algunos difuntos que vagaban por los viñedos, molinos, pozos y viviendas
molestando y asustando a diestro y siniestro. Resulta curioso como todavía en esta
localidad portuguesa es costumbre dejar en la cacerola un buen poso de la leche que
se ha cocido en ella tras su ordeño, alegando cuestiones de sabor, aunque en realidad
parece esconder la vieja creencia de atención a los duendes domésticos, tan golosos,
que verían calmadas así sus necesidades, ayudando a la convivencia con estos
seres. Por ende, también nos encontramos con la creencia en duendes domésticos,
los cuales procederían del grupo de los “elementales de los bosques”, que en un
momento dado, decidirían voluntariamente separarse de sus congéneres para
acercarse a los hogares humanos, con quienes podían desarrollar una relación de
odio, o por el contrario, de gran afecto, llegando incluso a seguir a la familia allá donde
estuviesen, expandiéndose por toda Europa e incluso en América.
Algunos folcloristas no dudan en relacionar estas creencias en duendes con la de las
almas de los difuntos que vagan erráticas por el mundo de los vivos. De tal manera,
resulta significativo el hecho de que la festividad de San Esteban esté relacionada con
el fin de la siembra y el inicio de un nuevo ciclo ligado también con el retorno de los
muertos, representados con máscaras diabólicas a modo de espíritus que traen un
caos que debe ser aplacado con un ritual perfectamente establecido que dé lugar a un
nuevo orden y garantice un buen año de cosecha, sugerente al menos.
Un último apunte respecto a la cultura romana nos llevaría a la huella de herradura
grabada en la Fraga da Vela, ya que hay quienes apuntan que este tipo de
manifestaciones se remontan a este tiempo. Al respecto, el estudio ceramológico

efectuado en el campamento romano del Ala II Flavia de Pentavonium, en Rosinos de
Vidriales (Zamora), llevado a cabo por Santiago Carretero Vaquero, apunta sobre la
existencia, dentro de la cerámica de tradición astur, de unos motivos ornamentales con
forma de herradura que parece atribuirse al siglo I de nuestra era.
3.3.

RITOS PAGANOS A LOS OJOS DE UN CRISTIANO

El noroeste peninsular fue desde el inicio de la cristianización una región donde la fe
de Cristo se implantó de una forma superficial y deficiente, motivo por el cual, la Iglesia
católica ha procurado en numerosas ocasiones reprimir este tipo de manifestaciones
cuyo origen es muy posible que sea anterior a su establecimiento, muy difuminado con
el paso del tiempo, tal y como hemos sugerido en páginas anteriores.
La imagen de las máscaras, entre lo terrorífico y lo grotesco, semejante a la figuración
diabólica, sin duda suscitó recelo entre algunos sectores de la jerarquía eclesiástica,
quienes consideraron este tipo de festividades como escandalosas y pecaminosas,
además de estar enraizadas a viejos ritos paganos a los que había que dotar de una
advocación cristiana en honor a un santo. Ya se sabe que a un pueblo se le pueden
quitar muchas cosas, pero las festividades y las tradiciones no, éstas son muy difíciles
de erradicar. Como supuestamente dirían los que cristianizaron la fiesta, “seguid
haciendo lo que queráis pero el sentido religioso se lo damos nosotros”.
Por tanto, no parece discutible la estrategia cristiana de ubicar sus celebraciones en
los mismos días festivos que los paganos aprovechando unas mismas simbologías,
sentimientos, emociones y sentidos para cada época del año, atendiendo
especialmente al ciclo agrario del campesinado en el que influían notoriamente los
cambios astronómicos y meteorológicos, la sucesión de días largos o cortos, fríos o
calurosos, solsticios y equinoccios, momentos de cosecha o carestía, etc. (Del Campo
Tejedor, 2014). Tampoco hay dudas sobre la coincidencia del nacimiento de Cristo con
la celebración del dies natalis invicti solis romano, el 25 de diciembre, fecha
establecida oficialmente por los padres de la Iglesia en el año 440, ya que
anteriormente este dato era irrelevante en los cristianismos primitivos, además de
haber detalles históricos en los evangelios que vendrían a determinar que en
diciembre no pudo haber sucedido dicho supuesto nacimiento, aunque eso ya es
harina de otro costal y este no es lugar para discutir dogmas de fe.
Lo cierto es que ya desde el siglo IV encontramos múltiples declaraciones en contra de
estas prácticas festivo rituales por parte de la Iglesia, desde San Juan Crisóstomo,
quien denunciaba las mascaradas, comedias y coros de los primeros días del año,
pasando por San Ambrosio, San Agustín o San Máximo de Turín, que llegó a censurar
que el pueblo se disfrazara de mujer, animal o seres fantásticos.
Posiblemente a finales del mundo antiguo, en el área que nos ocupa, estos cultos
estarían luchando por mantenerse vivos, ya que tenían como fundamento el territorio
en que se asentaron los primitivos grupos humanos, sus antepasados, y por lo tanto
su cohesión.
Así, fueron los ritos en su práctica colectiva los que preocuparon principalmente a la
Iglesia por su mayor magnitud e incidencia social y porque, por su trascendencia, las
festividades religiosas eran más difíciles de perseguir. Al ser en su mayoría creencias
relacionadas con ciclos vegetativos y conmemorativos, fueron esas mismas
características las que definieron su pervivencia y evitaron que sufrieran la
persecución de otros actos religiosos. Los sacerdotes procedieron a centrarse en la
exposición de sus vicios, su grosería y escabrosidad (el reforzamiento de lo lúdico, lo

trasgresor y lo mágico que envuelve al hombre con la naturaleza), mucho más fácil
que luchar contra su erradicación.

Fig. 43. “Máscaras” a la espera de entrar en vivienda

No obstante, desde la Alta Edad Media comienzan a celebrarse concilios, cuyas actas,
durante más de un siglo, insisten permanentemente en la prescripción de no utilizar los
servicios de los adivinos, ni seguir las tradiciones supersticiosas paganas, prohibiendo
la idolatría, previniendo a los clérigos contra magos y similares y reprimiendo a los
adoradores de piedras, árboles o fuentes de manera reiterada, vinculadas todas ellas
a viejos cultos de la naturaleza.
Los ritos mágicos y adivinatorios habían atravesado de forma invariable distintas
culturas, perviviendo a través del tiempo y circulando suficientemente enmascarados a
través de las diferentes religiones que las habían acogido bajo advocaciones nuevas.
Esto se debía a que existía una fuerte sensibilización popular, propiciada por la
necesidad práctica y terapéutica, además de espiritual, a la hora de satisfacer los
deseos y peticiones para tiempos venideros (Del Campo Tejedor, 2014).
Son conocidos algunos ejemplos de cómo los obispos, en su afán de frenar los
excesos de estas festividades, obligaban a sus feligreses a acudir a las iglesias
durante el tiempo que transcurría entre el 17 de diciembre y el 6 de enero, con el fin de
evitar que se ocultasen en casas y haciendas, lugares considerados ideales para la
práctica de ritos que poco tenían que ver con el dogma católico que se estaba
consolidando en la Península. Igualmente, tenemos referencias del intento de frenar
una doctrina no católica, el Priscilianismo, muy extendida desde finales del siglo IV en
el noroeste peninsular, condenada como herejía en el Concilio de Zaragoza del año
380. Un proceso similar viven los fili, druidas cristianizados de Irlanda y Gales, a
quienes se acusaría de practicar la brujería, el exhibicionismo y toda una serie de ritos
orgiásticos.
Significativo son también los acontecimientos acecidos en el Segundo Concilio de
Braga, celebrado en el año 572, donde fueron denunciados en el Sermón contra las
supersticiones rurales, los “inventos del demonio” que mantenían los campesinos de
Galicia.
Lo cierto es que todo este tipo de prácticas cercanas a la superstición popular,
estuvieron tan extendidas y arraigadas en todo el noroeste peninsular bajo el dominio

visigodo, que ya San Martín de Dumio, en el siglo VI, criticó duramente estas
creencias en su obra De correctione rusticorum, donde llega a decir que “muchos de
los demonios expulsados de la gloria, aún triunfan en el mar, en los ríos, en las
fuentes y en las selvas, y aún hay hombres ignorantes del Señor que los consideran
dioses y que en el mar adoran a Neptuno, en los ríos a las lamias, en las fuentes a las
ninfas y en las selvas a las dianas”, en clara alusión a los seres mágicos recogidos en
las leyendas populares de la aldeas. En esa misma obra se prohíbe por ejemplo la
costumbre grecorromana de llevar alimentos a los cementerios en honor a los difuntos,
los ritos de expulsión de los malos espíritus que se ejercían en las casas ante
cualquier desgracia o mala racha, los encantamientos, los amuletos, el uso de hierbas
medicinales, el culto a los astros y en definitiva toda forma de manifestación mágicoreligiosa.
A finales ya del siglo VII se condenan a todos aquellos que seguían rindiendo culto a
los espíritus de las fuentes, pues era práctica frecuente llevarles ofrendas de pan y
vino e incluso sacrificios de animales. Del mismo modo se sanciona a los veneratores
lapidum (adoradores de piedras), cuya prohibición aparece en las actas del XII y XVI
Concilios toledanos, donde no solo se persigue el tradicional culto de aquéllas, sino
específicamente la más clara definición de las estelas epigráficas, y precisamente las
que el sentir conciliar consideraba como más peligrosas, las que contenían
inscripciones votivas paganas. Si bien, en este siglo ya no se realizaban este tipo de
inscripciones pero la práctica religiosa indígena seguía viva.
Con la llegada de los musulmanes, en aquellas zonas donde hubo una islamización
mayor, que no es nuestro caso, fueron borradas muchas de las tradiciones anteriores,
formando un fenómeno original en la Península Ibérica donde se puede ver, por
ejemplo, en relación a la tradición de seres mágicos elementales, franjas que van de
norte a sur, siendo las del sur de Portugal similares a las de Galicia, las de Murcia
como las de Castilla y la franja cantábrica, o las de Alicante como las de Cataluña,
todas ellas siguiendo la senda de la repoblación cristiana medieval. Por tanto, las
tradiciones que nos llegan a la actualidad están profundamente cristianizadas y en
gran medida deben su origen a estos momentos medievales tardíos, siendo muy difícil
quitarles el manto que las cubre.
Los intentos de acabar con estas creencias y tradiciones, o bien de asimilar algunos
ritos que habían perdurado y que buena parte de la Iglesia consideraba paganos,
siguen siendo la tónica general en toda la Europa cristiana, donde podemos encontrar
ejemplos como el de Burcado de Worms, quien en el año 960 se lamenta de estas
costumbres de fin de año heredadas de los romanos, o el del obispo de Auxerre en
1220, quien tilda de paganas diversiones como la festa stultorum o fattuorum (fiesta de
los locos), celebradas en innumerables lugares.
No obstante, prácticas como la medieval fiesta del asno (festum asinorum), la citada
fiesta de locos o la fiesta del obispillo (episcopus puerorum), muy divulgada en el
contexto peninsular, participaban a menudo el propio obispo y los mandatarios más
respetables de la diócesis, ya que presentan elementos que no tienen porqué ser
contradictorios ni ajenos a la doctrina católica como devoción-diversión, sacralidadrisa, degradación burlesca-exaltación de la fe.
De tal manera, todos los rituales festivos cristianos invernales, desde Todos los Santos
hasta el Carnaval, pasando por los días de Navidad, van adquiriendo desde la Edad
Media un carácter grotesco y de inversión del orden, que expresa en clave simbólica
todo el ciclo litúrgico y festivo, con momentos de alegría y tristeza, recogimiento y
júbilo, esperanza y zozobra, acorde con los ritmos que la naturaleza imprimía en el
hombre apegado a la tierra, y muy especialmente con su quehacer agrícola y
ganadero cambiante.

Inquisiciones aparte, que en el caso de la Península Ibérica estuvo más preocupada
en perseguir prácticas judaizantes y moriscas, junto a alguna bruja ya en épocas más
tardías, nada en comparación con las escandalosas cifras alemanas, que alcanzan
alrededor de 75.000 ejecuciones, la Iglesia continuó prohibiendo y adaptando viejos
ritos y generando otros tantos nuevos, que como acabamos de ver, se asociaban bien
a la concepción religiosa cristiana.
A mediados del siglo XVIII, nos encontramos que en distintas localidades
trasmontanas fueron prohibidas las fiestas de ”mascarados” al estar consideradas
ruidosas y bulliciosas y cometerse en ellas grandes excesos. Pero en nuestra pequeña
e insignificante aldea, la cual está dando ya para varias páginas, se mantuvieron este
tipo de festividades con un marcado espíritu cristiano. Su supervivencia estuvo
asociada a su asimilación al primer santo mártir del cristianismo, San Esteban, y al
hecho de que esta localidad venía repitiendo sus mismas costumbres desde tiempos
remotos, encerrando en ellas su cultura, la cual se trasmite a través de un lenguaje
que les es familiar, cargado de un alto valor simbólico.
Yéndonos a otras formas de religiosidad popular detectadas, volvemos a recordar el
caso de las alminhas, las cuáles fueron creadas en el contexto del Concilio de Trento
(1545-63), cuando se impone el dogma de la existencia del Purgatorio como estado
intermedio entre el cielo y la tierra para la purificación de las almas. En respuesta a las
propuestas de la Reforma protestante, se crean las Cofradías de Almas como forma
de institucionalizar la creencia en el Purgatorio, imponiéndose la convicción de que las
almas saldrían más pronto de este lugar cuantas más oraciones y ofrendas fuesen
dadas por los vivos. (Fernandes Vicente, M; 2009).

Fig. 44. Carro de dos ruedas en uso de la aldea de Ousilhao.

Por último, volviendo a las viejas leyendas que hablan de seres mágicos, como
hemos visto, empezaron a ser mal vistas desde los primeros concilios cristianos, pero
continuaron estando profundamente arraigadas en la mentalidad popular en épocas
posteriores. Para acabar con algunas viejas creencias lo que hizo la Iglesia fue
cristianizarlas, tal y como hemos visto en el caso de Santa Comba y su persecución
por un mouro. Fue común el atribuir al Diablo o a las brujas la construcción de
determinados monumentos y también las formaciones naturales de rocas a las que se

rendía algún tipo de culto pagano. Las mouras y las hadas en general se convirtieron,
en muchos casos, bajo la influencia del Cristianismo, en brujas horribles, con el fin de
que el pueblo rechazara así cualquier lugar u objeto relacionado con ellas. Sin
embargo, cuando el arraigo de las creencias paganas era difícil de extirpar, la Iglesia
fue sincretizándolas y adaptándolas a su credo, y donde antes había una moura, se
situó a una Santa o a una Virgen, quien sabe si Nuestra Señora de la Alegría.
Por otro lado, la Iglesia, en su afán evangelizador, contribuyó a su manera a mantener
vivo el término mouro al confundirlo con los naturales del territorio de la antigua
Mauritania, que eran musulmanes y enemigos de sus doctrinas cristianas. Y el mouro
con el significado de musulmán pasó a ser un personaje del folclore, un habitante de
castillos, cuevas y ruinas del pasado en las que jamás había vivido un mahometano.
Ya hemos hablado sobradamente de estos seres de leyenda y de su posible origen
medieval, basta recordar algunas de las connotaciones que adquieren los mouros en
una población que anduvo desde el estatus de ciudadano (merced al Edicto de
Caracalla del año 212) al de siervo en la estructura política feudal, de ahí el
surgimiento del prototipo del no campesino, frente al labriego, reflejo simbólico de una
sociedad inquieta que antepone estos dos mundos bien diferenciados.

Fig. 45. Recreación libre de seres fantásticos del noroeste peninsular

Lo cierto es que, en las zonas rurales, pocos eran los que negaban la existencia de
estos seres hasta hace poco más de un siglo, basta recordar el célebre dicho gallego
que aún se sigue escuchando sobre las Meigas “yo no creo en ellas, pero haberlas
haylas”.
Contamos, además, con innumerables obras que hacen referencia a estos seres y que
prueban el arraigo de estas creencias. Una de las más antiguas es un libro didáctico
contra las supersticiones relacionadas con estos seres, el Tratado contra las hadas,
escrito en el siglo XIV por Alfonso de Valladolid, cronista de la corte del rey español
Alfonso XI. Ya en el siglo XVI, la documentación referente a estas creencias alcanza
su momento álgido, llegando la Iglesia a plantearse serias dudas sobre su naturaleza
como seres adscritos a un estado intermedio entre ángeles y humanos, de los cuáles
en el caso de tener alma podrían ser salvados y convertidos. Estaba tan aceptada su
existencia que incluso la supuesta presencia de duendes en un hogar era utilizado
como motivo para rescindir contratos de alquiler, como así se atestigua en documentos
de jurisconsultos castellanos. Teólogos de los siglos XV, XVI y XVII recogieron en sus
obras algunos incidentes con estos seres a los que no dudan en tildar de demonios de
poca monta, estando muy presentes también en la literatura y en la vida popular,
empezando a decaer progresivamente en torno al siglo XVIII, momento en el que el
padre Feijoo zanja la polémica doctrinal negando su existencia.

Una leyenda sitúa el declive de la presencia de hadas con la llegada del cristianismo,
aunque como acabamos de ver las nuevas creencias no consiguieron desplazar del
todo a estas criaturas. Aún así, su desaparición se produjo a finales del siglo XIX,
quizás relacionado con el avance de otra manera de concebir el mundo al ritmo de la
industrialización y bajo el predominio de la ciencia racional.
En las regiones españolas de Asturias y Cantabria, cuentan que se marcharon porque
el hombre era cruel y egoísta y no querían ver la muerte de bosques, retornando a sus
hermosas y subterráneas moradas y a sus lechos resplandecientes de oro y cristal
(Callejo Cabo; 1995), quien sabe si no pensaron igual en esta aldea trasmontana y nos
dejaron para siempre.
CONSIDERACIONES FINALES
A lo largo de estas páginas he pretendido acercarme al estudio de las leyendas y las
tradiciones de una aldea singular, con el objetivo de mantenerlas vivas y evitar que
caigan en la memoria del olvido, empleando para ello la observación, la entrevista con
los lugareños y toda la documentación bibliográfica a mi alcance como método de
análisis y divulgación.
Hemos visto, como en varios lugares de la aldea existen testimonios del pasado que la
tradición ha ido adornando con leyendas que fueron gestadas para transmitir la cultura
de un pueblo de forma amena y entendible. No obstante, resulta casi imposible
desenmarañar todo este entramado de tradiciones cuyo origen podría remontarse a la
noche de los tiempos y que, con el paso de los siglos, fueron dejando, grano a grano,
la impronta del tránsito de las diferentes gentes que se dejaron caer por sus bosques,
pastizales, campos de cultivo y calles tímidamente asfaltadas.
Además, he querido establecer un punto de debate y encuentro que sirva para
reactivar el valor del patrimonio inmaterial que guardan los pueblos, muchas veces
infravalorado en relación al material, animando a todos aquellos que estuviesen
interesados a que recopilen las historias y creencias de sus gentes y pongan en valor
la cultura de sus antepasados.
En la actualidad, son muchas las aldeas que viven el final de sus vidas, amenazadas
por la despoblación, el abandono y el recuerdo de lo que un buen día fueron.
Rescatemos estas tradiciones desconocidas para la mayoría de nuestros hijos y
nietos, criados en urbes lejanas y con intereses muy diferentes al de sus ancestros y
guardémoslas en estas pequeñas cápsulas de papel o digitales, ya que solo así
conocerán realmente quiénes son y de dónde vienen.
A las nuevas generaciones que vuelven a los pueblos de origen de sus padres y
abuelos en verano quisiera dedicar este artículo. No olvidéis vuestras raíces,
caminad, descubrid viejos lugares, hablad con vuestros mayores, seguid poniéndoos
vuestras máscaras y si tenéis la suerte, o la desgracia, de encontraros con algunos de
los seres mágicos aquí descritos, no probéis ningún conjuro de desencantamiento, ni
os dejéis llevar por la codicia de falsas promesas de enriquecimiento, corred y que el
viento os golpeé en la cara y agite vuestros cabellos.

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NOTAS
* Licenciado en Historia por la Universidad Autónoma de Madrid. Diplomado en Estudios Avanzados de Doctorado en Prehistoria y
Arqueología. Premio de Investigación Memoria de Licenciatura de la Diputación de Soria 2010. Actualmente trabaja en el cuerpo
de profesores de Educación Secundaria Obligatoria y Bachillerato (Ciencias Sociales, Geografía e Historia).
(1)”Fuente, cura a este niño, y honra al Padre y a la Virgen María, un Padre Nuestro y un Ave María”.
(2)” Yo te bendigo angaranho, con tres hojas de castaño, con tres “pellos”…, que te lleve el diablo”.
(3) “Larva, “larvón”, cara de perro, huye hacia el mar, Santa Lucinda te ha de curar. En honor al Padre y a la Virgen María, un Padre
Nuestro y un Ave María”.
(4) “Brujos y brujas, mundanos y mundanas, mal no me puedan poner triste, válgame San Juan Bautista y San Juan Evangelista
alrededor de mi casa asista.”
(5) “Estas casas son acompañada ,tanto por dentro como por fuera, muchos años vivan en ellas los señores que en ellas moran".
(6) “Levantense señores de sus escaños dorados, dar limosna al Santo Esteban, que él se lo pagará”
(7) Museo Arqueológico de Bragança, inv. nº 1526.

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