CUENTOS.

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1. DR. KELLY
Un día, un muchacho pobre que vendía mercadería de puerta en puerta para pagar sus estudios, vio
que sólo le quedaba una simple moneda de diez centavos y tenía hambre. Decidió que pediría
comida en la próxima casa. Sin embargo, los nervios lo traicionaron cuando una encantadora joven
le abrió la puerta. En vez de comida le pidió un vaso de agua. Ella pensó que el joven tendría
hambre y le dio un gran vaso de leche. El bebió despacito y después le preguntó: - ¿Cuánto le
debo? -No me debes nada- respondió ella. Y continuó: - Mi madre nos enseñó a no aceptar pago
por una caridad. El dijo: - Pues te agradezco de todo corazón. Cuando Howard Kelly salió de aquella
casa no sólo se sintió más fuerte físicamente si no que también su fe en los hombres era más
fuerte. El ya se había resignado a rendirse y dejar todo. Años después esa joven mujer se enfermó
gravemente. Los médicos de su pueblo estaban confundidos. Finalmente la enviaron a la ciudad
más cercana donde llamaron a un especialista para estudiar su extraña enfermedad. Llamaron al Dr.
Howard Kelly. Cuando el médico escuchó el nombre del pueblo de donde era ella una extraña luz
iluminó sus ojos. Inmediatamente vestido con su bata de médico fue a ver a la paciente. Reconoció
inmediatamente a aquella mujer. El Dr. Kelly se propuso hacer lo mejor para salvar aquella vida.
Dedicó especial atención a aquella paciente. Después de una dura lucha por la vida de la enferma,
se ganó la batalla. El Dr. Kelly pidió a la administración del hospital que le enviara la factura total de
los gastos. El la pagó, después anotó algo y mando que se la entregaran a la paciente. Ella tenía
miedo de leer el documento, porque sabía que tendría el resto de su vida para pagar todos los
gastos. Finalmente, leyó la factura y algo le llamó la atención. Decía lo siguiente:
"Totalmente pagada hace muchos años con un vaso de leche"
Dr. Kelly
Lágrimas de alegría brotaron de los ojos de la mujer y su corazón feliz comentó:
"Gracias porque el amor se manifestó en las manos y en los corazones humanos"
2. LAS ADVERTENCIAS. ( ANÓNIMO)
Un día, un joven se arrodilló a orillas de un río. Metió los brazos en el agua para refrescarse el rostro
y allí, en el agua, vio de repente la imagen de la muerte. Se levantó muy asustado y preguntó:
-Pero... ¿qué quieres? ¡Soy joven! ¿Por qué vienes a buscarme sin previo aviso?
-No vengo a buscarte -contestó la voz de la muerte-. Tranquilízate y vuelve a tu hogar, porque estoy
esperando a otra persona. No vendré a buscarte sin prevenirte, te lo prometo.
El joven entró en su casa muy contento. Se hizo hombre, se casó, tuvo hijos, siguió el curso de su
tranquila vida. Un día de verano, encontrándose junto al mismo río, volvió a detenerse para
refrescarse. Y volvió a ver el rostro de la muerte. La saludó y quiso levantarse. Pero una fuerza lo
mantuvo arrodillado junto al agua. Se asustó y preguntó:
-Pero ¿qué quieres?
-Es a ti a quien quiero -contestó la voz de la muerte-. Hoy he venido a buscarte.
-¡Me habías prometido que no vendrías a buscarme sin prevenirme antes! ¡No has mantenido tu
promesa!

-¡Te he prevenido!
-¿Me has prevenido?
-De mil maneras. Cada vez que te mirabas a un espejo, veías aparecer tus arrugas, tu pelo se volvía
blanco. Sentías que te faltaba el aliento y que tus articulaciones se endurecían. ¿Cómo puedes decir
que no te he prevenido?
Y se lo llevó hasta el fondo del agua.
3. POR UNA JARRA DE VINO ( J. BUCAY)
Había una vez... otro rey. Este era el monarca de un pequeño país: el principado de Uvilandia. Su
reino estaba lleno de viñedos y todos sus súbditos se dedicaban a la fabricación de vino. Con la
exportación a otros países, las 15.000 familias que habitaban Uvilandia ganaban suficiente dinero
como para vivir bastante bien, pagar los impuestos y darse algunos lujos.
Hacía ya varios años que el rey estudiaba las finanzas del reino. El monarca era justo y
comprensivo, y no le gustaba la sensación de meterle la mano en los bolsillos a los habitantes de
Uvilandia. Ponía gran énfasis, entonces, en estudiar alguna posibilidad de rebajar los impuestos.
Hasta que un día tuvo la gran idea. El rey decidió abolir los impuestos. Como única contribución
para solventar los gastos del estado, el rey pediría a cada uno de sus súbditos que una vez por año,
en la época en que se envasaran los vinos, se acercaran a los jardines del palacio con una jarra de
un litro del mejor de su cosecha. Lo vaciarían en un gran tonel que se construiría para entonces,
para ese fin y en esa fecha.
De la venta de esos 15.000 litros de vino se obtendría el dinero necesario para el presupuesto de la
corona, los gastos de salud y de educación del pueblo. La noticia fue desparramada por el reino en
bandos y pegada en carteles en las principales calles de las ciudades. La alegría de la gente fue
indescriptible.
En todas las casas se alabó al rey y se cantaron canciones en su honor. En cada taberna se
levantaron las copas y se brindó por la salud y la prolongada vida del buen rey.
Y llegó el día de la contribución. Toda esa semana en los barrios y en los mercados, en las plazas y
en las iglesias, los habitantes se recordaban y recomendaban unos a otros no faltar a la cita. La
conciencia cívica era la justa retribución al gesto del soberano. Desde temprano, empezaron a llegar
de todo el reino las familias enteras de los viñateros con su jarra, en la mano del jefe de familia. Uno
por uno subía la larga escalera hasta el tope del enorme tonel real, vaciaba su jarra y bajaba por
otra escalera al pie de la cual, el tesorero del reino colocaba en la solapa de cada campesino, un
escudo con el sello del rey.
A media tarde, cuando el último de los campesinos vació su jarra, se supo que nadie había faltado.
El enorme barril de 15.000 litros estaba lleno. Del primero al último de los súbditos habían pasado a
tiempo por los jardines y vaciado sus jarras en el tonel.
El rey estaba orgulloso y satisfecho; y al caer el sol, cuando el pueblo se reunió en la plaza frente al
palacio, el monarca salió a su balcón aclamado por su gente. Todos estaban felices. En una
hermosa copa de cristal, herencia de sus ancestros, el rey mandó a buscar una muestra del vino
recogido. Con la copa en camino, el soberano les habló y les dijo:
— Maravilloso pueblo de Uvilandia: tal como lo imaginé, todos los habitantes del reino han estado
hoy en el palacio. Quiero compartir con vosotros la alegría de la corona, por confirmar que la lealtad
del pueblo con su rey, es igual que la lealtad del rey con su pueblo. Y no se me ocurre mejor
homenaje que brindar por vosotros con la primera copa de este vino, que será sin dudas un néctar
de dioses, la suma de las mejores uvas del mundo, elaboradas por las mejores manos del mundo y
regadas con el mayor bien del reino, el amor del pueblo.
Todos lloraban y vitoreaban al rey. Uno de los sirvientes acercó la copa al rey y éste la levantó para
brindar por el pueblo que aplaudía eufórico... pero la sorpresa detuvo su mano en el aire, el rey notó
al levantar el vaso que el líquido era transparente e incoloro; lentamente lo acercó a su nariz,
entrenada para oler los mejores vinos, y confirmó que no tenía olor ninguno.
Catador como era, llevó la copa a su boca casi automáticamente y bebió un sorbo. ¡El vino no tenía
gusto a vino, ni a ninguna otra cosa...! El rey mandó a buscar una segunda copa del vino del tonel, y

luego otra y por último a tomar una muestra desde el borde superior. Pero no hubo caso, todo era
igual: inodoro, incoloro e insípido.
Fueron llamados con urgencia los alquimistas del reino para analizar la composición del vino. La
conclusión fue unánime: el tonel estaba lleno de AGUA, purísima agua y cien por cien agua.
Enseguida el monarca mandó reunir a todos los sabios y magos del reino, para que buscaran con
urgencia una explicación para este misterio. ¿Qué conjuro, reacción química o hechizo había
sucedido para que esa mezcla de vinos se transformara en agua...? El más anciano de sus ministros
de gobierno se acercó y le dijo al oído:
— ¿Milagro? ¿Conjuro? ¿Alquimia? Nada de eso, muchacho, nada de eso. Vuestros súbditos son
humanos, majestad, eso es todo.
— No entiendo – dijo el rey.
— Tomemos por caso a Juan. Juan tiene un enorme viñedo que abarca desde el monte hasta el río.
Las uvas que cosecha son de las mejores cepas del reino y su vino es el primero en venderse y al
mejor precio. Esta mañana, cuando se preparaba con su familia para bajar al pueblo, una idea le
pasó por la cabeza... ¿Y si yo pusiera agua en lugar de vino, quién podría notar la diferencia...? Una
sola jarra de agua en 15.000 litros de vino... nadie notaría la diferencia... ¡Nadie!...Y nadie lo hubiera
notado, salvo por un detalle, muchacho, salvo por un detalle:¡TODOS PENSARON LO MISMO!
4. EL CUENTO DE LAS RANITAS.
Sucedió una vez que dos ranitas salieron a dar un paseo. Como hacían a menudo, recorrían los
prados que rodeaban su charca saltando alegremente. Hasta que un día sucedió algo totalmente
inesperado: tras un salto ni más ni menos largo cayeron dentro de un balde que el vaquero había
olvidado cerca del establo y que aún guardaba bastante leche.
Al principio las ranitas no comprendían qué había sucedido, incluso encontraban divertida la
situación. Pero pronto se dieron cuenta que aquello se estaba convirtiendo en una trampa: por
mucho que se esforzaban por salir del cubo, las paredes metálicas eran demasiado lisas y el borde
quedaba demasiado alto. Y así lo único que podían hacer era nadar y nadar para no ahogarse en la
leche.
Pero el tiempo pasaba y el cansancio se apoderaba de ellas. ¿Te has dado cuenta de que nunca
vamos a salir de aquí?, le dijo la ranita mayor a la más joven. Nuestras patitas no podrán soportarlo
mucho tiempo y me temo que nunca saldremos de ésta. Moriremos aquí.
No importa, respondió la otra ranita. No podemos hacer otra cosa que nadar. Nada y no te lamentes.
Conserva tus fuerzas.
Y las ranitas siguieron nadando y nadando y nadando sin descanso. Al cabo de unas horas, la ranita
mayor volvió a quejarse: Nunca saldremos de aquí, éste será nuestro final. Me duelen las ancas y ya
casi me es imposible seguir nadando. En verdad ha llegado nuestro fin. A lo que la ranita pequeña
respondió: Nada y calla; no pierdas la esperanza. Simplemente confía y sigue luchando.
Y así siguieron, nadando y nadando; pero el tiempo pasaba y sus fuerzas menguaban, pues no
paraban de dar vueltas, una detrás de la otra, concentradas en el movimiento de sus patitas y en
mantener la cabeza fuera del líquido.
No puedo más, volvió a quejarse la ranita mayor, De verdad te digo que ya no puedo más. Ya no
siento las ancas, ya no sé si las muevo o no. No veo bien y no sé hacia dónde me muevo. Ya no sé
nada.
Continúa nadando, replicó la otra ranita. No importa cómo te sientas, no pienses siquiera en ello.
Sigue adelante, continúa.
Sacaron fuerza de flaqueza y siguieron nadando y nadando. Por poco tiempo, pues la rana mayor
pronto cejó en el empeño y con apenas un aliento de voz susurró:

Es inútil. No tiene ningún sentido seguir luchando. No entiendo qué estamos haciendo, por qué he
de seguir nadando. Nunca podremos escapar.
¡Nada, nada! ¡Sigue nadando!
Y aún reunieron fuerzas para nadar unos instantes más…, hasta que la ranita mayor, extenuada,
abandonó y murió ahogada. Y también la ranita más joven sintió la tentación de abandonar la lucha,
de dejarse vencer y acabar con aquello, pero siguió nadando y nadando mientras se repetía a sí
misma: Nada, nada. Un poco más, sólo un poco más. Continúa nadando. ¡Nada! ¡Nada!
Pero el tiempo pasaba y la ranita se sentía cada vez más débil. Le dolían las ancas, todo el cuerpo
le dolía, pero ella seguía nadando, nadando, moviendo sin cesar sus pequeñas extremidades.
Y de pronto sucedió algo sorprendente. Bajo sus patitas empezó a notar algo de mayor consistencia
que la leche, algo sólido, así que reunió las últimas fuerzas que le quedaban, se apoyó en aquella
masa y saltó… justo por encima del borde del balde, para ir a parar a la seguridad del prado.
¡Con el movimiento continuo de sus patitas la leche había empezado a convertirse en mantequilla! Y
la consistencia de la mantequilla le había ofrecido un punto de apoyo desde el que saltar.
Gracias a la perseverancia en su esfuerzo y a que no se había dejado derrotar por el cansancio o el
sin sentido, había sido capaz de transformar una situación terrible en una ocasión de liberación.
5, EL VERDADERO VALOR DEL ANILLO ( J. BUCAY)
Un joven concurrió a un sabio en busca de ayuda.
— Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo ganas de hacer nada. Me dicen
que no valgo absolutamente nada. Me gritan que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y
bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que los demás me valoren más?
El maestro, sin mirarlo le dijo: "cuánto lo siento muchacho. No puedo ayudarte, ya que debo resolver
primero mi propio problema. Quizás después..." Y haciendo una pausa agregó: "Si quieres
ayudarme tú a mí, podría resolver el este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar".
— E… encantado, maestro, titubeó el joven, sintiendo que de nuevo era desvalorizado y sus
necesidades postergadas.
— Bien, continuó el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo meñique de la mano
izquierda y, dándoselo al muchacho, añadió: "toma el caballo que está ahí fuera y ve al mercado. Es
necesario que obtengas por él la mayor suma posible, y no aceptes menos de una moneda de oro.
Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas".
El joven tomó el anillo y se fue. Apenas llegó al mercado, empezó a ofrecerlo a los mercaderes, que
lo miraban con algo de interés hasta que el joven decía lo que pedía por él. Cuando el muchacho
mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le giraban la cara y tan sólo un anciano fue lo
bastante amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era
demasiado valiosa para entregarla a cambio de un anillo. Alguien le ofreció una moneda de plata y
un recipiente de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de
oro y rechazó la oferta. Después de ofrecer la joya a todas las personas que se cruzaron con él, que
fueron más de cien, y abatido por su fracaso, montó en su caballo y regresó. Cuánto hubiera
deseado tener una moneda de oro para entregársela al maestro y liberarlo de su preocupación y
recibir al fin su consejo y ayuda.
El joven entró en la habitación del maestro.
— Maestro, dijo- "lo siento. No es posible conseguir lo que me pides. Quizás hubiera podido
conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que pueda engañar a nadie respecto al
verdadero valor del anillo.

— Eso que has dicho es muy importante, joven -contestó sonriendo el maestro-. Debemos conocer
primero el verdadero valor del anillo. Ve a ver al joyero. ¿Quién mejor que él puede saberlo? Dile
que desearías venderlo y pregúntale cuánto te da por él. Pero no importa lo que te ofrezca: no lo
vendas. Vuelve aquí con el anillo.
El joven volvió a cabalgar. El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó
y luego dijo al chico:
— Dile al maestro, joven, que si lo quiere vender ya mismo, no puedo darle más de cincuenta y ocho
monedas de oro.
— ¿Cincuenta y ocho monedas de oro? -exclamó el muchacho.
— Sí, replicó el joyero.- Yo sé que con tiempo podríamos obtener cerca de setenta monedas, pero si
la venta urge...
El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.
— Siéntate- dijo el maestro después de escucharlo-. Tú eres como ese anillo: una joya, valiosa y
única. Y como tal, sólo puede evaluarte un verdadero experto. ¿Por qué vas por la vida
pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Y, diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo meñique de su mano izquierda.
6. EL HOMBRE QUE SE CREÍA MUERTO ( J. BUCAY)
Había un señor muy aprensivo respecto de sus propias enfermedades y sobre todo, muy temeroso
del día en que le llegara la muerte.
Un día, entre tantas ideas locas, se le ocurrió que quizás él ya estaba muerto. Entonces le preguntó
a su mujer:
-Dime mujer ¿no estaré muerto yo?
La mujer rió y le dijo que se tocara las manos y los pies.
- ¿Ves? ¡están tibios! Bien, eso quiere decir que estás vivo. Si estuvieras muerto, tus manos y tus
pies estarían helados.
Al hombre le sonó muy razonable la respuesta y se tranquilizó.
Pocas semanas después, el hombre salió bajo la nieve a hachar algunos árboles. Cuando llegó al
bosque se sacó los guantes y comenzó a hachar. Sin pensarlo, se pasó, la mano por la frente y notó
que sus manos estaban frías. Acordándose de lo que le había dicho su esposa, se quitó los zapatos
y las medias, y confirmó con horror que sus pies también estaban helados.
En ese momento ya no le quedó ninguna duda, se "dió cuenta" que estaba muerto.
- No es bueno que un muerto ande por ahí hachando árboles- se dijo. Así que dejó el hacha al lado
de su mula y se tendió quieto en el piso helado, las manos en cruz sobre el pecho y los ojos
cerrados.
A poco de estar tirado en el piso, una jauría comenzó a acercarse a las alforjas donde estaban las
provisiones. Al ver que nada los paraba, destrozaron las alforjas y devoraron todo lo que había de
comestible.
El hombre pensó:
- Suerte que tienen que estoy muerto que si no, yo mismo los echaba a patadas.
La jauría siguió husmeando y descubrió al burro atado a un árbol. Fácil presa era de los filosos
dientes de los perros. El burro chilló y coceó, pero el hombre sólo pensó qué lindo sería defenderlo,

si no fuera porque él estaba muerto.
En algunos minutos dieron cuenta del burro, sólo unos pocos perros seguían royendo algún hueso.
La jauría, insaciable, siguió rondando el lugar.
No pasó mucho tiempo hasta que uno de los perros olió el olor del hombre. Miró a su alrededor y vio
al hachero tirado inmóvil en el piso. Se acercó lentamente (muy lentamente, porque el hombre era
muy peligroso y engañador). En pocos instantes, todos los perros babeando sus fauces rodearon al
hombre.
-Ahora me van a comer- pensó-. Si no estuviera muerto, otra sería la historia.
Los perros se acercaron ...y viendo su inacción se lo comieron.
7. DOS NÚMEROS MENOS. (J. Bucay)
Un hombre entra en una zapatería, y un amable vendedor se le acerca:
- ¿En qué puedo servirle, señor?
- Quisiera un par de zapatos negros como los del escaparate.
- Cómo no, señor. Veamos: el número que busca debe ser... el cuarenta y uno. ¿Verdad?
- No. Quiero un treinta y nueve, por favor.
- Disculpe, señor. Hace veinte años que trabajo en esto y su número debe ser un cuarenta y uno.
Quizás un cuarenta, pero no un treinta y nueve.
- Un treinta y nueve, por favor.
- Disculpe, ¿me permite que le mida el pie?
- Mida lo que quiera, pero yo quiero un par de zapatos del treinta y nueve.
El vendedor saca del cajón ese extraño aparato que usan los vendedores de zapatos para medir
pies y, con satisfacción, proclama «¿Lo ve? Lo que yo decía: ¡un cuarenta y uno!».
- Dígame: ¿quién va a pagar los zapatos, usted o yo?
- Usted.
- Bien. Entonces, ¿me trae un treinta y nueve?
El vendedor, entre resignado y sorprendido, va a buscar el par de zapatos del número treinta y
nueve. Por el camino se da cuenta de lo que ocurre: los zapatos no son para el hombre, sino que
seguramente son para hacer un regalo.
- Señor, aquí los tiene: del treinta y nueve, y negros.
- ¿Me da un calzador?
- ¿Se los va a poner?
- Sí, claro.
- ¿Son para usted?
- ¡Sí! ¿Me trae un calzador?
El calzador es imprescindible para conseguir que ese pie entre en ese zapato. Después de varios
intentos y de ridículas posiciones, el cliente consigue meter todo el pie dentro del zapato.
Entre ayes y gruñidos camina algunos pasos sobre la alfombra, con creciente dificultad.
- Está bien. Me los llevo.
Al vendedor le duelen sus propios pies sólo de imaginar los dedos del cliente aplastados dentro de
los zapatos del treinta y nueve.

- ¿Se los envuelvo?
- No, gracias. Me los llevo puestos.
El cliente sale de la tienda y camina, como puede, las tres manzanas que le separan de su trabajo.
Trabaja como cajero en un banco.
A las cuatro de la tarde, después de haber pasado más de seis horas de pie dentro de esos zapatos,
su cara está desencajada, tiene los ojos enrojecidos y las lágrimas caen copiosamente de sus ojos.
Su compañero de la caja de al lado lo ha estado observando toda la tarde y está preocupado por él.
- ¿Qué te pasa? ¿Te encuentras mal?
- No. Son los zapatos.
- ¿Qué les pasa a los zapatos?
- Me aprietan.
- ¿Qué les ha pasado? ¿Se han mojado?
- No. Son dos números más pequeños que mi pie.
- ¿De quién son?
- Míos.
- No te entiendo. ¿No te duelen los pies?
- Me están matando, los pies.
- ¿Y entonces?
- Te explico -dice, tragando saliva-. Yo no vivo una vida de grandes satisfacciones. En realidad, en
los últimos tiempos, tengo muy pocos momentos agradables.
- ¿Y?
- Me estoy matando con estos zapatos. Sufro terriblemente, es cierto... Pero, dentro de unas horas,
cuando llegue a mi casa y me los quite, ¿imaginas el placer que sentiré? ¡Qué placer, tío! ¡Qué
placer!
8. EL LADRILLO BOOMERANG (. J. Bucay)
"Había una vez un hombre que iba por el mundo con un ladrillo en la mano. Había decidido que
cada vez que alguien le molestara hasta hacerle rabiar, le daría un ladrillazo. El método era un poco
troglodita, pero parecía efectivo, ¿no?
Sucedió que se cruzó con un amigo muy prepotente que le habló con malos modos. Fiel a su
decisión, el hombre agarró el ladrillo y se lo tiró.
No recuerdo si le alcanzó o no. Pero el caso es que después, tener que ir a buscar el ladrillo le
pareció incómodo. Decidió entonces mejorar el “Sistema de Autopreservación del Ladrillo”, como él
lo llamaba. Ató el ladrillo a un cordel de un metro y salió a la calle. Esto permitía que el ladrillo nunca
se alejara demasiado, pero pronto comprobó que el nuevo método también tenía sus problemas: por
un lado, la persona destinataria de su hostilidad tenía que estar a menos de un metro y, por otro,
después de arrojar el ladrillo tenía que tomarse el trabajo de recoger el hilo que, además, muchas
veces se liaba y enredaba, con la consiguiente incomodidad.
Entonces el hombre inventó el “Sistema Ladrillo III”. El protagonista seguía siendo el mismo ladrillo
pero, este sistema, en lugar de un cordel llevaba un resorte. Ahora el ladrillo podía lanzarse una y
otra vez y regresaría solo, pensó el hombre.
Al salir a la calle y recibir la primera agresión, tiró el ladrillo. Erró, y no pegó en su objetivo porque, al
actuar el resorte, el ladrillo regresó y fue a dar justo en la cabeza del hombre.
Lo volvió a intentar, y se dio un segundo ladrillazo por medir mal la distancia.
El tercero, por arrojar el ladrillo a destiempo.
El cuarto fue muy particular porque, tras decidir dar un ladrillazo a una víctima, quiso protegerla al
mismo tiempo de su agresión, y el ladrillo fue a dar de nuevo en su cabeza.
El chichón que se hizo era enorme...
Nunca se supo por qué no llegó a pegar jamás un ladrillazo a nadie: si por los golpes recibidos o por
alguna deformación de su ánimo.
Todos los golpes fueron siempre para él mismo".

9. "Harrison Bergueron" por Kurt Vonnegut

En el año 2081 todos los hombres eran al fin iguales. No sólo iguales ante Dios y ante la ley,
sino iguales en todos los sentidos. Nadie era más listo que ningún otro; nadie era más hermoso
que ningún otro; nadie era más fuerte o más rápido que ningún otro. Toda esta igualdad era
debida a las enmiendas 211, 212 y 213 de la Constitución, y a la incesante vigilancia de los
agentes de la Directora General de Impedidos de los Estados Unidos.
Algunas cosas en la vida aún no estaban del todo bien, sin embargo. Abril, por ejemplo, ya no
era el mes de la primavera, y esto confundía a la gente. Y en este mismo mes, húmedo y frío,
los hombres de la oficina de impedidos se llevaron a Harrison Bergeron, de catorce años, hijo
de George y Hazel Bergeron.
Fue una tragedia, realmente, pero George y Hazel no podían pensar mucho en eso. Hazel
tenía una inteligencia perfectamente común, y por lo tanto era incapaz de pensar excepto en
breves explosiones. Y George, como su inteligencia estaba por encima de lo normal, llevaba en
la oreja un pequeño impedimento mental radiotelefónico, y no podía sacárselo nunca, de
acuerdo con la ley. El receptor sintonizaba la onda de un transmisor del gobierno que cada
veinte segundos, aproximadamente, enviaba algún ruido agudo para que las gentes como
George no aprovechasen injustamente su propia inteligencia a expensas de los otros.
George y Hazel miraban la televisión. Había lágrimas en las mejillas de Hazel, pero ella ya no
recordaba por qué. En ese momento unas bailarinas terminaban su número.
Una chicharra sonó en la cabeza de George y los pensamientos que tenía en ese instante
huyeron como ladrones que oyen una campana de alarma.
- Era bonita esa danza, la que acaba de terminar - dijo Hazel.
- ¿Eh? - dijo George.
- Esa danza, era bonita - dijo Hazel.
- Ajá.
Trató de pensar un poco en las bailarinas. No eran realmente muy buenas, y cualquiera
hubiese podido hacer lo mismo. Todas llevaban contrapesos y sacos de perdigones, y
máscaras además, para que nadie se sintiese triste viendo un gesto gracioso o una cara bonita.
George había empezado a pensar vagamente que quizá las bailarinas no debieran tener
ningún impedimento, pero no fue muy lejos en esta dirección, pues la radio transmitió otro ruido
anonadador.
George torció la cara, junto con dos de las ocho bailarinas.
Hazel vio la mueca de George, y como ella no tenía radio tuvo que preguntar qué ruido había
sido ése.
- Como si golpearan con un martillo en una botella de leche - dijo George.
- Debe ser interesante oír todos esos ruidos - dijo Hazel, con un poco de envidia -. Las cosas
que inventan.
- Hum - dijo George.
- Pero si yo fuera Directora General de Impedidos, ¿sabes qué haría? - preguntó Hazel. Hazel
en realidad era muy parecida a la Directora de Impedidos, una mujer llamada Diana Moon
Glampers-.
Si yo fuese Diana Moon Glampers -dijo Hazel- usaría campanas los domingos. Sólo campanas.
Una especie de homenaje a la religión.
- Yo podría pensar, si fuesen sólo campanas - dijo George.

- Bueno, quizá habría que hacerlas sonar realmente fuerte - dijo Hazel - . Creo que yo sería una
buena Directora de Impedidos.
- Tan buena como cualquiera - dijo George.
- ¿Quién mejor que yo puede saber lo que es ser normal? - dijo Hazel.
- Nadie - dijo George.
Empezó a pensar oscuramente en Harrison, su hijo anormal, que ahora estaba en la cárcel,
pero una salva de veintiún cañonazos le sacudió la cabeza.
- ¡Caramba! - dijo Hazel - . Eso fue realmente ensordecedor, ¿no es cierto?
Había sido tan ensordecedor que George estaba pálido y tembloroso, y las lágrimas le
asomaban a los ojos enrojecidos. Dos de las ocho bailarinas habían caído al piso del estudio y
se apretaban las sienes.
- De pronto pareces tan cansado - dijo Hazel - . ¿Por qué no te acuestas en el sofá y apoyas tu
impedimento de plomo en los almohadones, mi querido? -Hazel hablaba de los veinte kilos de
perdigones que George llevaba al cuello, en un saco de tela-. Sí, apoya ese peso. No me
importa que no seas igual a mí durante un rato.
George sopesó el saco con las manos.
- No tiene ninguna importancia -dij -. Ya no lo noto. Es parte de mí mismo.
- Estás tan cansado en este último tiempo, hasta agotado diría yo -continuó Hazel-. Si hubiese
algún modo de abrir un agujero en el fondo del saco y sacar unas bolas de plomo... Sólo unas
pocas.
- Dos años de prisión y una multa de mil dólares por cada perdigón de menos - dijo George - .
No me parece un buen negocio.
- Si pudieras sacar unos pocos cuando llegas del trabajo - dijo Hazel - . Quiero decir que no
compites con nadie aquí. No haces nada.
- Si tratara de librarme de este peso - dijo George - otra gente tendría derecho a hacer lo
mismo, y muy pronto estaríamos de nuevo en la época del oscurantismo, cuando todos
rivalizaban con todos. ¿No te gustaría, no es verdad?
- Me sentiría horrorizada.
- Precisamente - dijo George - . Si la gente no cumpliera las leyes, ¿qué sería de la sociedad?
Si Hazel no hubiese podido responder a esta pregunta, George no hubiera podido ayudarla,
pues en ese instante una sirena le traspasó el cerebro.
- Se haría pedazos.
- ¿Qué cosa? - dijo George desconcertado.
- La sociedad - dijo Hazel, insegura - . ¿No hablabas de eso?
- ¿Quién puede saberlo? - dijo George.
Un boletín de noticias interrumpió de pronto el programa de televisión. No se pudo saber muy
bien en un principio qué noticia era, pues el anunciador, como todos los anunciadores, tenía un
serio impedimento en la lengua. Durante medio minuto, y muy excitado, el hombre trató de
decir:
- Señoras y señores...
Al fin se dio por vencido y le pasó el boletín a una bailarina.
- Muy bien - dijo Hazel - . Hizo lo que pudo. Hizo lo que pudo con lo que Dios le dio. Debieran
aumentarle el sueldo por haberse esforzado tanto.
- Señoras y señores - dijo la bailarina leyendo el boletín.

Debía ser una muchacha extraordinariamente hermosa, pues la máscara que llevaba era
horrible.
Y era fácil advertir también que tenía más fuerza y más gracia que ninguna de las otras
bailarinas. El saco de impedimento que le colgaba del cuello era tan grande como el de un
hombre de cien kilos.
Y la bailarina tuvo que pedir perdón en seguida por su voz. Era verdaderamente injusto que
una mujer usara una voz así: cálida, luminosa, una melodía que no era de este mundo.
- Perdón - dijo la muchacha y empezó a hablar otra vez con una voz absolutamente
incompetente-. Harrison Bergeron -graznó-, de catorce años, acaba de escaparse de la cárcel.
Se lo acusaba de intentar derribar al gobierno. Es un genio y un atleta, favorecido por el
impedimento, y extremadamente peligroso.
Una foto de Harrison tomada por la policía apareció en la pantalla: cabeza abajo, de costado,
cabeza abajo otra vez, y derecha al fin. La fotografía mostraba a Harrison de pie sobre un
fondo dividido en metros y centímetros. Medía exactamente dos metros diez.
Por lo demás, Harrison parecía un montón de fierros. Nadie había llevado nunca impedimentos
más pesados. Había crecido superando todos los impedimentos tan rápidamente que la
Dirección de Impedidos no había tenido tiempo de imaginar otros. En vez de un pequeño
receptor de radio en la oreja, como impedimento mental, llevaba un par de tremendos
auriculares, y además unos anteojos de vidrios gruesos y ondulados. Estos anteojos habían
sido concebidos no sólo para que no viera casi nada, sino también para provocarle terribles
dolores de cabeza.
Los pesos metálicos le colgaban de todo el cuerpo. Comúnmente había una cierta simetría, una
disposición verdaderamente militar en los impedimentos inventados para los individuos
demasiado fuertes, pero Harrison parecía un montón de chatarra ambulante. En la carrera de la
vida, Harrison arrastraba más de ciento cincuenta kilos.
Y para afearlo, los hombres de los impedimentos lo obligaban a usar continuamente una pelota
roja en la nariz, a afeitarse las cejas y a cubrirse los dientes blancos y regulares con pedazos
de película negra.
-Si ven a este muchacho -dijo la bailarina- no intenten, repito, no intenten discutir con él.
Se oyó el estruendo de una puerta arrancada de sus goznes.
Del estudio de televisión llegaron gritos y aullidos de consternación. El retrato de Harrison
Bergeron saltó una y otra vez en la pantalla como sacudido por un terremoto.
George Bergeron identificó en seguida el origen del sismo. No le fue difícil, pues su propia casa
había sido sacudida del mismo modo, muchas veces.
-¡Dios mío! -dijo-. ¡Tiene que ser Harrison!
En ese mismo momento el ruido de un choque de automóviles le barrió la idea de la cabeza.
Cuando George pudo abrir los ojos otra vez, la fotografía de Harrison había desaparecido y
Harrison mismo llenaba ahora la pantalla.
Estaba de pie en medio del estudio, balanceando la cabeza de payaso, y los fierros que le
colgaban del enorme cuerpo se sacudían y tintineaban. Tenía aún en la mano el pestillo de la
puerta que acababa de arrancar. Las bailarinas, los técnicos, los músicos y los anunciadores
habían caído de rodillas ante él, sintiendo que les había llegado la hora y que pronto serían
masacrados.
-¡Soy el emperador! -gritó Harrison-. ¿Me oyen todos? ¡Soy el emperador! ¡Todos deben
obedecerme en seguida!
Golpeó el piso con el pie y el estudio tembló.

-Aun tullido, encorvado, impedido como ustedes me ven aquí -rugió-, ¡soy el más grande de
todos los gobernantes de todos los tiempos! Y ahora miren en lo que puedo convertirme.
Harrison se arrancó las correas que sostenían el metal como si fueran de papel de seda, esas
correas garantizadas para sostener dos mil quinientos kilos.
Los pedazos de chatarra que habían sido los impedimentos de Harrison se aplastaron contra el
suelo.
Harrison pasó los pulgares bajo la barra que sostenía las guarniciones de la cabeza, y la barra
se quebró como una brizna de paja. Aplastó los lentes y los audífonos contra la pared, y se
arrancó la nariz de goma descubriendo el rostro de un hombre que hubiera estremecido a Thor,
el dios de trueno.
- ¡Ahora elegiré a mi emperatriz! - dijo Harrison mirando el grupo arrodillado a sus pies-. Que la
primera mujer que se atreva a levantarse reclame a su esposo y su trono.
Pasó un momento y al fin una bailarina se puso de pie, balanceándose como un sauce.
Harrison sacó el impedimento mental de la oreja de la bailarina y luego los impedimentos
físicos con asombrosa delicadeza. En seguida le quitó la máscara.
La bailarina era de una cegadora belleza.
-Bien -dijo Harrison tomándole la mano-. Ahora le mostraremos a la gente lo que significa la
palabra «danza». ¡Música!
Los músicos se treparon a sus sillas, y Harrison les quitó también los impedimentos.
-Toquen como mejor puedan -les dijo- y les haré barones y duques y condes.
La música comenzó. Era normal al principio: barata, tonta, falsa. Pero Harrison alzó a dos
músicos de sus sillas y los movió en el aire como batutas, mientras cantaba la música. Luego
los dejó caer otra vez en los asientos.
La música comenzó de nuevo, mucho mejor que antes.
Harrison y su emperatriz se quedaron un rato escuchando, gravemente, como esperando a que
los latidos de sus propios corazones concordaran con la música.
Luego se alzaron en puntas de pie, y Harrison tomó entre sus manazas el talle de la bailarina,
haciéndole sentir esa ligereza que pronto sería la ligereza de ella.
Y al fin, en una explosión de alegría y gracia, saltaron en el aire.
No sólo abandonaron entonces las leyes de la Tierra sino también las leyes de la gravedad y
las leyes del movimiento.
Giraron, remolinearon, brincaron, cabriolaron, caracolearon y revolotearon.
Saltaron como ciervos en la Luna.
Cada nuevo salto acercaba más a los bailarines al cielo raso, que estaba a diez metros de
altura.
Pronto fue evidente que pretendían tocar el cielo raso.
Lo tocaron.
Y luego neutralizando la gravedad con el amor y el deseo se quedaron suspendidos en el aire a
unos pocos centímetros por debajo del cielo raso y allí se besaron mucho tiempo.
En ese instante Diana Moon Glampers, la Directora de Impedidos, entró en el estudio con una
escopeta de doble cañón. Disparó, dos veces, y el emperador y la emperatriz murieron antes
de llegar al suelo.
Diana Moon Glampers cargó otra vez la escopeta. Apuntó a los músicos y les dijo que tenían
diez segundos para ponerse otra vez los impedimentos.

En ese mismo momento el tubo del aparato de TV de los Bergeron osciló y se apagó.
Hazel se volvió hacia George para comentarle el desperfecto, pero George había ido a la
cocina en busca de una lata de cerveza.
George volvió con la cerveza, deteniéndose un instante cuando una señal de impedimento lo
sacudió de pies a cabeza. Luego se sentó otra vez.
-¿Has estado llorando? -le preguntó a Hazel mirando como ella se enjugaba las lágrimas.
-Sí -dijo Hazel.
-¿Por qué? -dijo George.
-Me olvidé. Hubo algo realmente triste en la televisión.
-¿Qué era? -preguntó George.
-No lo sé, tengo la cabeza confundida -dijo Hazel.
-Hay que olvidar las cosas tristes.
- Es lo que hago siempre - dijo Hazel.
- Magnífico - dijo George.
Torció la cara. Un cañón le retumbó en la cabeza.
- Caramba. Parece que esta vez fue un ruido ensordecedor - dijo Hazel.
- Así es realmente, puedes repetir esa verdad.
- Caramba - dijo Hazel - . Parece que esta vez fue un ruido ensordecedor.
10. EL CUENTO DEL ELEFANTE ( J. Bucay)
Cuando yo era chico me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los
animales. También a mí como a otros, después me enteré, me llamaba la atención el elefante.
Durante la función, la enrome bestia hacia despliegue de su tamaño, peso y fuerza descomunal...
pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba
sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas clavada a una pequeña estaca
clavada en el suelo. Sin embargo, la estaca era solo un minúsculo pedazo de madera apenas
enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía
obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría, con
facilidad, arrancar la estaca y huir. El misterio es evidente: ¿Qué lo mantiene entonces? ¿Por qué no
huye?
Cuando tenía 5 o 6 años yo todavía no creía en la sabiduría de los grandes. Pregunté entonces a
algún maestro, a algún padre, o a algún tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó
que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado. Hice entonces la pregunta obvia: -Si
está amaestrado, ¿por qué lo encadenan? No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente.
Con el tiempo me olvide del misterio del elefante y la estaca... y sólo lo recordaba cuando me
encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta.
Hace algunos años descubrí que por suerte para mí alguien había sido lo bastante sabio como para
encontrar la respuesta: El elefante del circo no se escapa porque ha estado atado a una estaca
parecida desde muy, muy pequeño. Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a
la estaca. Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró, sudó, tratando de
soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo, no pudo. La estaca era ciertamente muy fuerte para él.
Juraría que se durmió agotado, y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le
seguía... Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se
resignó a su destino.
Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no se escapa porque cree -pobre- que NO
PUEDE. Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco

después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro.
Jamás... jamás... intentó poner a prueba su fuerza otra vez...

11.EL ESPANTAPÁJAROS MUDO.
El espantapájaros soñó un día que no era mudo. Que su corazón de paja era de verdad, y que su
latido le traía vida a un cuerpo humano. Él no sabía que jamás llegaría a ser como el campesino que
con tanto esfuerzo le creó.
Tenía brazos, también piernas. Y por ello no comprendía que razón le impedía andar, por qué sus
brazos no podían bailar mecidos por el viento de la tarde. Llevaba ropas, al igual que su amo, pero
nadie se paraba a hablar con él. Tenía boca, nariz y ojos, pero ni sabores ni olores percibiría nunca,
si bien por alguna razón podía ver. Y lo que sus ojos le mostraban no eran alegres prados, ni altas
montañas a las que admirar. Tan sólo tristes y eternos campos de trigo amarillento, como si de un
mar de olas suaves se tratara. Pero eso no lo podía saber el espantapájaros, pues jamás vio el mar,
ni creía poder ver algo semejante en el tiempo que de vida le restaba.
Más de un día intentó que sus extremidades respondieran a lo que su cabeza les demandaba, pero
siempre en vano. Algo tan simple como quitarse el sombrero ante los grajos que, indiferentes, se
posaban sobre sus inertes brazos habría significado todo un mundo para el espantapájaros. Desde
el interior de su cabeza les gritaba, pues no podía hacerlo en verdad, ya que era mudo, y sus brazos
y piernas seguían insolentemente en la misma posición. Aquello, su postración eterna, era algo que
obsesionaba al pobre espantapájaros. Pasaron primaveras, inviernos .El espantapájaros seguía
enzarzado en su lucha sorda por el control de sus miembros.
No vio al campesino pasar, no le vio marchar lejos de su tierra. Los antaño amarillos campos que le
rodeaban se tornaron agrestes, sembrados sí, pero de mala hierba. El espantapájaros no se dio
cuenta, no tenía tiempo de llorar a las desaparecidas espigas.
Un día creyó haber movido uno de sus dedos, el tercero, habría jurado, de su mano derecha. No
sabía que el viento, travieso como un niño y por lo tanto cruel, jugaba con sus ilusiones, pues sabía
de su lucha. Al día siguiente le movió otro, y a la semana el espantapájaros contempló asombrado
como era su mano entera la que se movía al son de una danza que no podía oír, pues no tenía
oídos. Tremendamente ilusionado, creyó que era él el que su mano controlaba, y le ordenó que
desabrochara uno de los botones de su vieja camisa, pues siempre le había quedado muy prieta.
Mas evidentemente todo esfuerzo fue en vano. Su mano se movía sí, pero no podía controlarla. La
envidiaba, pues ella si que era libre, libre para moverse, libre también de lo que su cabeza le exigía.
Y finalmente libre del cuerpo del pobre espantapájaros, pues el viento, en un alarde de crueldad, se
la llevó una tarde de otoño. Y allí quedó como ruina de su ilusión un muñón hecho de paja.
Entonces fue cuando el espantapájaros perdió toda esperanza de poder correr algún día, perdió su
ilusión por ser él quien sus pasos guiara. Y comenzó a llorar, pues milagrosamente también poseía
esa facultad. Y el viento, arrepentido por su pueril proceder, decidió ayudar a su antaño víctima de
travesuras. Sopló sobre los páramos con la fuerza de un tornado, haciendo que malas hierbas,
malos recuerdos y un espantapájaros sin mano derecha volaran lejos, muy lejos de aquélla tierra
baldía.
Y el espantapájaros nadó en el aire, bailó toda la noche lejos del suelo, mientras el viento le hacía
cosquillas entre los botones de su ajada camisa. Sumido en su trance de movimientos, no se dio

cuenta de que la paja que componía su triste figura se iba fugando de la cárcel de su ropa
aprovechando las ráfagas del huracán, y que poco a poco se iba descomponiendo en la nada de la
que procedía. Pero le daba igual, pues su sueño se había cumplido.
Y convertido en pequeños retazos, vio tierras infinitas teñidas del amarillo que tan familiar le era.
Pero tras ellas aparecieron las grandes montañas, la lluvia, los rayos y los truenos. Y lo poco que
quedó del espantapájaros se repartió por las cuatro esquinas del Mundo. El mar… el espantapájaros
por fin reposó en el mar, mecido por leves olas unas veces y arrastrado por gigantescos tifones otras
tantas, siempre en movimiento, nunca atado a ningún lugar. Pues el viento jamás permitiría tal
tortura a su protegido.

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